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Conclusiones

El libro exploró el contexto institucional del caudillismo y su influencia en los


conflictos partidarios. Las limitaciones del Estado provincial impactaron de un
modo selectivo a diferentes sectores de la elite local y por lo tanto, influyeron
en sus afiliaciones políticas. Un sistema federal de gobierno que aseguraba la
autonomía política de la provincia era 3a mejor alternativa para los caudillos
que, gracias a su habilidad para movilizar clientes, tenían la capacidad de
practicar la política en el nivel local. Pero otros sectores de la elite, sin clientela
-y por lo tanto, con pocas posibilidades de competir por el poder político
localmente-, estaban a favor de un sistema centralizado con una fuerte
presencia estatal nacional en el nivel local. Vista desde el interior del país, la
centralización del poder no sólo fue una consecuencia de las políticas imple
mentadas por el Estado nacional; también fue buscada activamente por ciertos
sectores de las elites provinciales. En el conflicto entre unitarios y federales,
entonces, se enfrentaron dos proyectos políticos, con importantes
consecuencias para diferentes sectores de las elites provinciales. Y fue la
debilidad del aparato estatal provincial (e inicialmente también del nacional) lo
que dio a las clases bajas un papel decisivo en la lucha política, pues obligó a
las elites a cultivar una clientela. En este sentido, las condiciones agrarias y el
desarrollo histórico de las relaciones sociales en Los Llanos y Famatina
impactaron de un modo diferente en la capacidad de las respectivas elites para
establecer lazos verticales de solidaridad para movilizar gente, aunque no
resultaron determinantes.
Contrariamente a lo que se ha afirmado, el proceso de formación, del Estado
generó mucha resistencia entre las clases bajas rurales, y esta resistencia
afectó al ritmo y a la forma que tomó el proceso. El tiempo y el dinero gastados,
el esfuerzo militar realizado y las alianzas estratégicas creadas por el gobierno
nacional para imponer su poder político y militar en el territorio nacional no
pueden entenderse sin lomar en cuenta la movilización ele las clases bajas en
favor del federalismo y sus líderes. Además, la supervivencia del sistema
federal de gobierno, a pesar del fuerte proceso de centralización (entre 1862 y
1880), no puede explicarse plenamente sin considerar la capacidad exhibida
por las provincias para resistir ese proceso, una resistencia posibilitada, una
vez más, por la identificación de las clases bajas rurales con la causa federal.
Los indicadores sociales de los rebeldes revelan que no eran criminales ni
militares profesionales, y que las montoneras no eran ni una expresión de
bandidaje rural ni un modo de vida. Fueron una de las formas que tomaron las
luchas partidarias y una de las formas en que los gauchos se involucraron en
política. Más aún, los heterogéneos orígenes sociales de los rebeldes en
general, y de los líderes políticos en particular, sugieren que la política en las
áreas rurales no era un terreno monopolizado por las elites locales. Es decir, al
menos visto desde la perspectiva de las áreas rurales de La Rioja, la lucha
entre unitarios y federales no era un conflicto intraelite, sino uno que
involucraba a los más diversos sectores de la sociedad.
Esta investigación de la naturaleza de la participación política de los gauchos
mostró que las montoneras tenían una organización de tipo militar. En este
sentido, los retratos de las movilizaciones del caudillo como "democracia
bárbara" o "democracia inorgánica" deben entenderse como participación
popular en la política, pero no como signos de prácticas democráticas. Y
aunque a veces las movilizaciones parecían poner al mundo patas para arriba
(lo que les daba matices igualitarios), eso no significaba que la montonera fuera
una organización sin jerarquías o responsabilidades bien definidas.
Las motivaciones materiales inmediatas, como recompensas monetarias o
acceso a diferentes tipos de bienes, tuvieron un papel crucial en las
movilizaciones políticas. Las relaciones de largo plazo patrón-cliente
contribuyeron también a la conexión entre caudillos y gauchos. Estos vínculos
se construían en la vida cotidiana, y sus formas correspondían a las
necesidades que las condiciones agrarias y las relaciones sociales imponían a
los gauchos. Los beneficios de la relación iban desde la ayuda material para la
subsistencia hasta la protección que los caudillos podían brindar a sus clientes.
Pero las motivaciones inmediatas o el intercambio material que implicaban las
relaciones patrón-cliente no funcionaban en un vacío sociocultural y político-
ideológico. La identificación personal y partidaria de los gauchos con los líderes
(o la falta de ella) también contaba en la decisión de unirse (o resistir) a una
montonera.
El liderazgo de los caudillos también incluía dimensiones emocionales y
culturales. La vida social del caudillo a nivel local era un componente clave de
la relación entre los líderes y sus seguidores; en realidad, era una de las
formas en que se desarrollaba entre ellos un vínculo personal. Al mismo
tiempo, el carisma de los caudillos no era tanto una consecuencia de sus
cualidades personales sino más bien de las cualidades atribuidas a ellos por la
cultura regional: es decir, de la percepción que los gauchos tenían de los
caudillos. Por ende, el liderazgo carismático de los caudillos fue una
construcción de los seguidores. En este sentido, el análisis del folclore también
reveló el papel fundacional del liderazgo de Facundo: como primer caudillo de
La Rioja después de la independencia fue fundamental dentro de la cultura
regional para definir cómo debía comportarse un caudillo.
Había además una dimensión política en los lazos entre líderes y seguidores.
Años de movilización significaron que la relación caudillo-seguidor se
desarrollara en el contexto de luchas partidarias en las que surgieron
identidades, y en las que las lealtades partidarias se reconocían explícita y
públicamente. De esta forma, la relación caudillo-seguidor creó el espacio para
que los seguidores fueran concientes de las luchas políticas y, eventualmente,
para que hubiese una identificación política entre líderes y gauchos. Más aún,
el liderazgo caudillista (chachismo) podía ser uno ele los significados que la
identidad partidaria (federalismo) tomara en el nivel local
.La identidad partidaria ha sido una preocupación importante en este estudio.
Varios fenómenos -desde las relaciones sociales agrarias, pasando por las
identidades étnicas y religiosas, hasta la experiencia de los gauchos durante el
proceso de formación del Estado- dieron forma al federalismo en el nivel local.
Algunos de ellos, como las conflictivas relaciones agrarias y la diferenciación
étnica en la provincia tenían sus orígenes en la época colonial. Otros, como la
postura de los partidos con respecto a la religión y el reclutamiento para la
guerra contra el Paraguay, reflejaron, ciertos aspectos de la lucha política en
diferentes momentos del siglo XIX, e involucraron tanto los terrenos de conflicto
nacional como internacional. Así, las identidades partidarias en la década de
1860 implicaban experiencias desarrolladas en varios periodos de tiempo, y
reflejaban procesos en los niveles local, nacional e internacional.
El liderazgo de Facundo fue fundamental para el desarrollo de esta identidad
partidaria, El repertorio oral lo pintaba como un héroe religioso, agrario y étnico
que encarnaba varios de los significados del federalismo en La Rioja. En otras
palabras, la figura de Facundo representaba y construía la identidad del Partido
Federal a nivel local, otra forma en que el liderazgo caudillista se articuló con la
política partidaria.
La evidencia muestra también que, en el nivel local y especialmente entre las
clases bajas, los enemigos de los federales eran llamados "salvajes [unitarios]"
en lugar de liberales (a veces los liberales se referían a sí mismos como
Unitarios). Este lenguaje enfatizaba que los actores percibían una continuidad
de décadas en la naturaleza del conflicto, lo que también se reflejó en otros
aspectos de la jerga política local (blancos frente a negros; masones frente a
cristianos), en símbolos partidarios (el unitarismo siguió identificándose con el
color azul), y en las víctimas del federalismo (algunas de las familias que
perdieron miembros a manos de las montoneras de 1860 también habían
sufrido pérdidas durante las movilizaciones federales de las décadas de 1820 y
1830).
Las identidades partidarias, entonces, fueron muy importantes para orientar a
la gente políticamente, y fue la naturaleza de esas identidades lo que
probablemente explique la continuidad que mostraron los rebeldes en sus
afiliaciones políticas. Y el hecho de que muchos líderes perdieran sus vidas
luchando en nombre del federalismo sugiere que la continuidad también
implicaba un cierto nivel de compromiso. Por lo tanto, el concepto de política
facciosa es insuficiente para explicar el conflicto entre unitarios y federales
durante el proceso de formación del Estado en La Rioja. Las identidades
políticas estaban diferenciadas social e ideológicamente y lo más importante,
las lealtades partidaria débiles (la supuesta tendencia de los actores a cambiar
de bando, un elemento importante en el argumento de política facciosa) no
parecen haber sido una característica dominante en la política de las zonas
rurales de La Rioja. La falta de continuidad en la alineación partidaria parece
haber sido más común entre los políticos urbanos y profesionales, sin una base
propia de seguidores y de poder, que entre los caudillos rurales y su clientela
que mostraron una notable continuidad en sus afiliaciones.
Finalmente, un comentario sobre la formación de la Nación, mitos y cultura oral.
Como hemos visto, los gauchos tenían una perspectiva de la política que era
de alcance nacional. Aunque las identidades partidarias podían tener
connotaciones locales específicas los gauchos eran conscientes de que el
conflicto entre unitarios y federales abarcaba las 14 provincias, un espacio
político que identificaban como la Confederación Argentina o la República
Argentina. Esta percepción nacional de la política fue resultado, en parte, del
funcionamiento de la cultura oral que definió un espacio político nacional entre
los gauchos. Esta comprobación saca al proceso de formación de la Nación del
dominio exclusivo de los manifestaciones letradas e impresas de la alta cultura
del siglo XIX, como novelas y periódicos, y lo coloca también en el terreno de la
cultura popular y los analfabetos. La imagen mítica de Facundo, una presencia
significativa en el repertorio oral, fue así parte de este proceso de formación de
la Nación. Al mismo tiempo, a través de la literatura de Sarmiento, este mito se
filtró a la alta cultura y la elite liberal se apropió de él para diseñar un proyecto
de Argentina moderna en el cual el campo, los caudillos y los gauchos
federales, que habían alimentado la leyenda de Facundo, ocuparían un lugar
definitivamente secundario. Así, tanto en la cultura popular como en la alta, y
en términos partidarios contradictorios, el mito de Facundo funcionó para ese
proceso.

Reflexiones sobre campesinado y política en América Latina

Como dije al principio, este libro forma parte de una tendencia reciente y más
amplia en la historia de América Latina que reclama la necesidad de estudiar
procesos políticos más grandes, en particular aquellos de la formación del
Estado y la nación "sin dejar afuera a la gente". Como ha mostrado la
investigación en otras áreas, en especial en México y en la zona andina, en
Argentina las clases bajas rurales también afectaron el ritmo y el resultado del
proceso histórico del siglo XIX. Por un lado, los resultados presentados aquí
buscan restaurar la importancia de la vida rural y su política en la historia de la
Argentina hasta, al menos, la década de 1870, un pasado en gran medida
olvidado por la experiencia predominantemente urbana del siglo XX. Por otro
lado, y como ha sido sugerido por otros autores, la incorporación de la "política
de los sectores populares" en el proceso histórico debería también modificar
nuestra comprensión de lo que es la política de las "élites". Por ende, el estudio
del caudillismo en La Rioja revela que, como en México y en los Andes, los
movimientos políticos del siglo XIX no se basaron en una clase determinada ni
los caudillos fueron actores políticos completamente autónomos: como en el
resto de la América española, la lucha por la formación, de la nación en la
Argentina incluyó a todas las clases sociales, y los sectores populares rurales y
los caudillos fueron ambos términos ele la misma ecuación política. Del mismo
modo, el estudio de las rebeliones riojanas indica que, como en otras áreas del
continente, el conocimiento de los procesos históricos requiere un análisis que
integre la política en los niveles local, regional, nacional e internacional.
Como han mostrado los estudios sobre otras regiones del continente, este
trabajo también sostiene que la importancia histórica del caudillismo se
extendió mucha más allá de las peleas personales o de facciones. En realidad,
el análisis de las luchas caudillistas echa luz sobre el proceso de formación del
Estado y la nación, y es una ventana privilegiada para estudiar la historia de las
naciones hispanoamericanas.
No obstante, es el desafío metodológico implícito en este enfoque de la
política en América Latina el que ofrece las posibilidades más interesantes de
establecer un diálogo entre diferentes regiones y naciones. Como en el caso de
otros estudios, una explicación adecuada del caudillismo enfrenta el problema
de comprender qué motivó a "la gente", especialmente a los sectores populares
rurales, a participar en política o a rebelarse. ¿Cuál fue el papel de, digamos,
"los intereses materiales" frente a "las motivaciones ideológicas” (para
presentar una dicotomía ciertamente simplista) en las movilizaciones? El
estudio de estas cuestiones en La Rioja sugiere la "sobredeterminación" de la
acción colectiva rural; es decir, que numerosos aspectos de naturaleza tanto
"material-social" como "ideológico-cultural" moldearon la acción política de los
gauchos,
Pero entender la sobredeterminación del comportamiento colectivo rural implica
el desafío metodológico de llegar a las "dimensiones cruciales pero intangibles
de la mentalidad campesina". Aquí, como algunos autores han sostenido, es
necesario integrar cultura y política, y buscar las relaciones entre prácticas
políticas, ideologías y otros aspectos de las experiencias de los actores (como
la religión, la etnicidad, las supersticiones y las creencias, o las percepciones
de los ciclos agrícolas, para nombrar sólo algunos), y ver los significados que
generaron y la forma en que impactaron en el conflicto político.
Es en la reconstrucción de este "tejido blando" que los historiadores de la
política popular y rural enfrentan el mayor problema: la alta tasa de
analfabetismo en la mayor parte de la historia de América Latina, así como la
inestabilidad y la debilidad de las instituciones estatales y privadas, han
limitado la disponibilidad de documentos escritos. Sin embargo, hay formas de
superar, al menos parcialmente, esta barrera. En el caso de La Rioja, el folclore
y los legajos de los juicios criminales contra los gauchos después de la rebelión
demostraron ser productivos para la reconstrucción de al menos algunos
aspectos de la voz de los analfabetos y sus prácticas. Es claro, sin embargo,
que casi cualquier tipo de documento -cuando se lo usa de un modo crítico,
cuando se lo cruza y se lo triangula con otras fuentes- puede resultar vital para
esta reconstrucción. En este sentido, hasta las fuentes "tradicionales",
generadas por la elite, como la correspondencia o los registros tributarios,
pueden echar luz sobre aspectos insospechados de la experiencia popular.
Finalmente, la diversidad de la experiencia popular, y la necesidad de
comprender la relación entre fenómenos tan alejados como las prácticas
políticas, la religión, la etnicidad, etcétera, crean desafíos de interpretación y de
investigación que, por el momento, parecen estar más allá del alcance de
estudios a escala nacional. En cambio, los relatos locales o regionales han
demostrado ser más útiles para comprender la política de los sectores
populares.