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Hoy, nos reunimos para celebrar nuestra herencia, el poder de las familias y las cosas que más

importan.
Independientemente de los orígenes ancestrales, todos somos parte de esta gran familia humana,
y esperamos que se sientan conectados con su herencia unos con otros; disfruten de la música y
de los principios eternos no solo este momento sino siempre.
De vez en cuando podemos reflexionar sobre algunas preguntas muy básicas como: ¿De dónde
vine? ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Y qué sucederá después de que me haya ido? ¿Se acordarán de
mí?
Es cierto que las decisiones que tomaron las personas que nos precedieron afectan nuestras vidas
de muchas maneras; y nuestras propias decisiones determinarán no solo nuestro camino personal
a lo largo de la vida, sino que también influirán enormemente en las generaciones venideras.
A medida que creamos nuestra propia historia personal, añadimos a la herencia que dejaron
nuestros antepasados; y la mejor, o quizá la única forma de llegar a saber sobre la riqueza de este
legado, es conocer mejor a los que le dieron forma: sus nombres, su lugar en el tiempo, sus
historias, sus sacrificios, sus fracasos y sus logros, sus tristezas y sus alegrías.

Musical

Su vida podría estar relacionada con la siguiente historia de una joven, Cris, la cual está compuesta
en base a sus conocimientos, experiencia en su llamamiento de consultora, y el anhelo de volver a
reunirse con los seres que amó en la tierra y que amó al saber de ellos por medio de la historia
familiar.

¿Dónde estoy? Escucho pequeños sollozos que parecen alejarse. Tengo miedo. Quiero
a mi mamá. Padre Celestial, ¿Qué pasó?
- Cris, ¿puedes oírme?
Escucho una dulce voz que me transmite calma, mi corazón esta acelerado.
- Pequeña, mirame.
Está vez puedo escucharla mejor. Es cálida, amorosa, me hace sentir paz, siento que el
miedo se está apaciguando y me embarga una sensación plena, cierta mezcla de
bienestar y armonía. Giro la cabeza tratando de reconocer el lugar en el que me
encuentro sin embargo lo desconozco. Frente a mí está un hombre de sonrisa amplia y
ojos llorosos me recibe, él debe ser el dueño de la voz. Comienzo a reconocerlo, y mi
corazón se sobresalta un poco.
- Cris, bienvenido al mundo de los espíritus. Soy José María, tu bisabuelito.
- ¡Abuelito!
Él falleció cuando tenía meses de nacida, y a veces solía tener un sueño en el cual él
me cargaba en sus brazos y sobaba mi pequeña mano contra su barbilla la que tenía
una incipiente barba que picaba, mi mamá decía que él siempre hacía eso por lo que
comencé a dudar si es que era realmente un sueño o un bello recuerdo del
subconsciente, sin embargo, ahora lo tenía frente a mí, lo abracé con ahínco.
- ¿Abuelito? ¿Eres tú?
- Si soy yo, no te asustes pequeña.
- De hecho, estoy muy asustada. No estaba preparada para morir, no aún.
- Es normal tener miedo, pero mira donde estas, reconoce el lugar.
- Ven conmigo Cris, hay personas que debes conocer.
- Abuelito, ¿Conoces a personas de todas las épocas? ¿Algún profeta? – Las
preguntas se me acumularon y la curiosidad comenzaba a invadirme.
- Un paso a la vez pequeña.
Mi abuelito nos abrió paso entre un grupo de personas que me miraban con rostros
sorprendidos y a la vez sonrientes, como si me conocieran y a la vez no. Una mujer
llamó a mi bisabuelito e intercambiaron palabras que no alcancé a oír, estaba
embelesada con tan bellas melodías y tan grandioso paisaje que no podía describirse
porque las palabras no alcanzaban para hacer entender que era lo más hermoso que
se podía ver.
- ¿Cristina? – hablo la mujer.
Era mi tía abuela Alcidia, hija de mi abuelito José María. Se la veía reluciente y
hermosa, mi corazón se estremeció puesto que su rostro era muy parecido al de mi
abuelita, mi mami Juana.
- ¡Tía Alcidia! Tenía apenas…
- 5 años cuando fallecí, mírate ahora, toda una señorita.
Ella estaba feliz, pero sus ojos anhelaban hacerme miles de preguntas.
- ¿Cómo esta Juanita? ¿Mis hermanas? ¿Mi mamá? – Con la última pregunta sus
ojos se oscurecieron con tristeza. – Sé que ellos no conocen la Iglesia, como me
habría gustado que alguien los llevará…
Me sentí triste. Yo debía ser ese alguien, yo debería conocer a sus hijos y debería
haberles hecho conocer el evangelio. Pero no lo había hecho, había sido egoísta. Me
había convertido en una muchacha afanada por estudiar y trabajar que había olvidado
aquellos pequeños tesoros, le había restado importancia a mi propia familia. Me sentía
asustada.
- Lo siento tía Alcidia – quise romper a llorar.
- Oh mi niña, no debes sentirte culpable…
Sin embargo no podía evitarlo, había permitido que la dificultad de hallar a su
verdadera mamá me hiciera persistir de la búsqueda y por lo tanto postergar la
felicidad de mi querida tía Alcidia ya que desde pequeña fue arrancada de los brazos
del que era el primer amor de mi bisabuelito y nunca más se supo más de ella.
- Ojalá ambos puedan perdonarme…
- Pequeña, las familias siempre se perdonan, por eso son lo que son, familias. Ese
amor sobrepasa cualquier equivocación.
(ACTUACIÓN caminando por el mundo de los espíritus, mímica de hablar con algunos y
rechazar a otros)
- ¿Cristina? (Papá de Antonella)
- Soy yo.
- Cristina… ¿conoces a Antonella?
Ella era mi mejor amiga.
- Sí.
- Mi nombre es Antonio, soy su papá. – (mímica de emoción) – Gracias Cristina, sé
que ella se ha bautizado y sé que me ha buscado y bautizado, pero quiero saber
cómo esta, como esta Rafael, como esta mi esposa.
- Ella es mi mejor amiga, y sé está esforzando. Ella lo ama y ama el evangelio, se ha
convertido en un verdadero ejemplo para su familia y para mí, va a salir a una
misión, se está preparando para volver a verle…debería estar muy orgulloso, es
una de las mejores personas que he conocido.
- Es mi amada hija, cuan feliz me hace saber que volveré a verla…
- Y esta vez como una familia eterna. – (abuelito)
- ¡Será misionera! Como me gustaría decirle cuando la amo y cuanto oró a diario por
ella y su hermano, cuan ansioso espero que volvamos a reunirnos.
Durante esa fracción de segundo la culpabilidad desapareció un poco, mas supe que mi
felicidad estaría completa si hubiera enseñado el evangelio a mi propia familia. Me
despedí gustosa del hermano Antonio y supe en ese momento que era cierto lo que
solían decir en la tierra, las personas que más amamos suelen estar pendientes de
nosotros y de cierta forma cuidarnos con sus oraciones y deseos de su corazón.
- Abuelito José María, si yo hubiera sido menos egoísta tal vez me habría encontrado
con más personas agradecidas, si no me hubiera preocupado solo por libros o
exámenes de la universidad durante todos los días habría sentido la misma alegría
de hace un rato.
- La vida, Cris, es una ruleta de elecciones y estas deben ser pesadas en una balanza
que den equilibrio.
- No he hecho bien las cosas, no he hecho suficiente.
- Aquí puedes hacerlo, la historia familiar aquí se perpetúa ¿sabes? He avanzado
muchísimas generaciones durante el tiempo que he estado aquí ¿Verdad hija? – se
dirigió a mi tía Alcidia.
- Es cierto Cris, tenemos muchos nombres por los que estamos ansiosos en resucitar
para poder hacer la obra por ellos. Porque nuestros lazos se perpetúen y podamos
vivir como la familia que somos, porque la familia…
- Es lo más importante – Afirmo mi abuelito.
(Llegan a la casa que se específica en el cuento)
- ¿Dónde estamos? – pregunte.
- Ya verás.
(Entra la tatarabuela Clara Rosa)
- Cristinita, soy tu tatarabuela Clara Rosa, mamá de Blanca y abuela de Juana. Fallecí
mucho antes de que nacieras, sin embargo, te tuve presenté desde que supe que
llagarías a la Tierra, como hija de Monica, mi bisnieta.
- ¿Eres tú? – comencé a derramar lágrimas, al parecer este lugar me hacía derramar
muchas de ellas. – He escuchado muchas historias sobre ti, de mi mami Blanca, de
mi mami Juana, de mi propia de madre, de mi tía Jenny y siempre quise
agradecerte por el bello legado que dejaste con nosotros, por hacer que el
evangelio llegué a nuestras vidas.
Desde que llegué había recibido muchos abrazos, sin embargo, el que me dio mi
tatarabuela fue el más reconfortante y hermoso.
- Hijita, cuanto me alegra conocerte, pero… ¿qué haces aquí tan pronto? Apenas
tienes…
- 19 años. – Era cierto, no me había dado cuenta de eso, de que apenas había
comenzado la juventud y ahora ya la estaba dejando atrás, con muchísimos errores
y algunos resentimientos.
- Eres tan solo una jovencita.
- Lo sé, y he desperdiciado tanto, de mi vida y del evangelio. Me siento tan
arrepentida, tan apenada y tan culpable.
- ¿Sabes? Ambas hemos vivido épocas totalmente distintas, vidas opuestas y
decisiones diferentes, pero somos una familia, y ese es nuestro mayor vínculo.
- ¿Te arrepentiste de tus decisiones cuando llegaste aquí?
- No cariño, a pesar de que conocí el evangelio de muy avanzada edad, lo abracé con
mi vida, supe que era verdad y quise que toda mi familia lo supiera que mis nietas
entendieran que la única forma de llegar a ser completamente felices estaba en
aceptar el evangelio de Jesucristo.
- Supe que les leías el Libro de Mormón. Era lo que siempre contaba mi mami Juana.
- Así es, tu tía Clara, tu tía Esther, tu tía Rosa, tu tía Socorro y tu misma abuelita se
sentaban a mi alrededor en ladrillos, porque no teníamos sillitas, y les leía en voz
alta. Me llené de felicidad cuando supe que las hijas de Juanita habían aceptado el
evangelio y habían comenzado a hacer nuestro árbol genealógico.
- Mi tía Jenny y mi mamá, pero más mi tía Jenny se encargó de conseguir registros o
relatos de mi mami Blanca.
- Y mira, gracias a ellas tengo a mi esposo, tu tatarabuelo Milciades, mis hijos, mis
padres, mis hermanos, ¿te imaginas que habría sido de mí sin aquellas ordenanzas?
¿Qué habría sido de ellos sin esas ordenanzas? Seguirían esperando sus
ordenanzas condenados al pasar del tiempo y a veces al horroroso olvido.
- No hice suficiente… Olvide a mi familia, deje que los estudios y el trabajo
absorbieran mi vida.
- Perdiste el rumbo hijita, te dejaste seducir por la belleza de las letras y la
simplicidad de los números, centraste tu vida en éxito académico, que claramente
no está mal, sin embargo, la vida es una balanza y olvidaste cargar el otro lado.
- No los recordé, no recordé que detrás de mí existían generaciones cargadas de
legado y amor, abuelita… olvidé el sacrificio de cada generación, olvidé recordarlos.
- ¿Crees que, si es que regresarás a la Tierra, esta vez, harías lo suficiente?
- Creo que si es que regresará a la Tierra valoraría más a mi familia, los recordaría a
diario y soñaría en regresar con ustedes, me preocuparía por mi familia viva y por
mi familia que ya ha partido. Y esta vez, no permitiría que la dificultad interfiriera y
buscaría cada tía o primo de mi árbol genealógico.
(La tatarabuela besa la frente de Cris)
- Nuestro Padre Celestial conoce tu corazón y Jesucristo murió para poder darnos la
opción de arrepentirnos ¿lo sabes verdad hijita? Sabes que Él tiene un plan para ti
y para mí, sabes que su amor se extiende de formas grandiosas, y sabes que plan
es, está en tu bendición patriarcal, y solo tú la conoces. Ahora cierra los ojos, y
piensa en ella, piensa en si tu misión en la Tierra ha acabado ya, o si es que no…
(La tatarabuela canta)
- Santos, venid, sin miedo, sin temor, mas con gozo andad. Aunque cruel jornada
ésta es, Dios nos da Su bondad. Mejor nos es el procurar afán inútil alejar, y paz
será el galardón. ¡Oh, está todo bien! – Mi mami Juana me había dicho que era el
himno favorito de su abuela. - ¿Por qué decís que es dura la porción? Es error; no
temáis. ¿Por qué pensáis ganar gran galardón, si luchar evitáis? Ceñid los lomos
con valor; jamás os puede Dios dejar, y el refrán ya cantaréis: ¡Oh, está todo bien!