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Interpolación y cautiverio en las crónicas

de la conquista de México

Alberto Prieto Calixto

Tradicionalmente, en la jerarquía de los géneros historiográficos, la cró-


nica ocupa un lugar intermedio entre los anales —una simple lista de
eventos en orden cronológico— y la historia, una descripción en forma
narrativa que da cuenta de unos hechos pasados. Hayden White, entre
otros, ha sugerido las limitaciones de esta división; anales y crónicas no
tienen porqué ser inferiores a la historia; únicamente son formas dife-
rentes de representación. La estrechez de miras de este desglose genéri-
co se hace más patente en el caso de la crónica de Indias. En la conver-
gencia de narrativas que se produce en el Nuevo Mundo, el sincretismo
es la nota dominante. De hecho, la mayor parte de los textos coloniales
no encaja, debido a su hibridez, en categorías conocidas, ya sean histó-
ricas o literarias. Las obras de estos cronistas con vocación de narrado-
res se aproximan cada vez más a la prosa novelada, mientras que la re-
lación, como modalidad expositiva, se dilata de modo tan considerable
que numerosos relatores cultos y de indiscutible relevancia histórica lle-
gan a considerarla por extensión como equivalente de las narraciones his-
tóricas propiamente dichas.
Los primeros textos que describieron el Nuevo Mundo utilizaron gran
cantidad de antecedentes literarios. Un ejemplo al respecto sería el caso
de los Comentarios reales del Inca Garcilaso y el relato en torno al nau-
fragio de Pedro Serrano, estructura narrativa que trasciende las relacio-
nes impuestas por el marco histórico. Este cuento intercalado del Inca,
como otros muchos de la época, transmuta de una manera explícita las
narraciones ocasionales gestadas por el descubrimiento en creaciones li-
terarias propiamente dichas. Estos episodios intercalados surgen, a me-
nudo, como la elucidación creativa, que, sorteando lo cotidiano, repara
en sucesos insólitos. Suelen ser fragmentos que brotan de situaciones lí-
mite, las cuales, por otro lado, en la era de la conquista y colonización
de América, no eran en absoluto infrecuentes. De este modo surgen nu-
merosos relatos interpolados de aventuras de diferente orden, en las cua-
les el cautiverio juega un papel destacado.
La interpolación aparece por lo general como desdoblamiento ima-
ginativo de la historiografía indiana. Son numerosos los casos que de-

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jan constancia sobre el poco valor que historiadores y críticos tradicio-


nales llegaron a conceder a la interpolación. Comentando la Monarquía
indiana de Fray Juan de Torquemada, Ángel María Garibay, autor de la
Historia de la literatura náhuatl, observa que: «cuando se haga una re-
fundición de esta obra, eliminando las disertaciones impertinentes, [...]
aligerando el estilo, [...] se habrá facilitado a los estudiosos de la etno-
grafía una mina bien rica en materiales... A algún joven de laboriosidad
y entusiasmo queda reservada esta meritoria empresa» (p. 47; el subra-
yado es mío).
Es precisamente esa condición que se le otorgó a la interpolación de
impertinente e inocuo «material de relleno» lo que permitió que ésta pu-
diese eludir la censura y escapar del discurso oficial, actuando así como
vehículo transmisor de determinadas situaciones de matiz subversivo.
Entre éstas se encuentran varias descripciones de cautiverios que pre-
sentan desenlaces opuestos a los que se esperaría, de acuerdo al discur-
so oficial que identificaba el cautiverio con el infierno, y el captor in-
dígena con el demonio.
Así, camuflados entre cientos de páginas relativas a asuntos de ín-
dole generalmente histórica, aparecen instancias que presentan situacio-
nes en las que se muestra un mundo «desordenado» en contraposición
al orden establecido por la corona.
En los relatos de cautivos intercalados en piezas mayores el cauti-
verio suele aparecer como algo mucho más llevadero y soportable que
el descrito en los relatos independientes. Se humaniza al captor, descu-
briéndose su lado positivo. Este hecho se opone a la drástica e indivisi-
ble frontera que el discurso oficial había levantado entre captor y cau-
tivo, hereje y cristiano, barbarie y civilización. En algunos casos los
límites de esta frontera van difuminándose, hasta llegar a borrarse.
De entre los abundantes episodios de cautiverio indígena recogidos
e interpolados en textos mayores voy a fijarme hoy únicamente en dos:
los casos de Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar. Estamos ante los
primeros cautivos cristianos en manos indígenas de los que tenemos
mención textual. Ambos representan los dos lados de la moneda respecto
a su cautiverio. Después de ocho años de cautividad, Aguilar se integra
en las huestes de Cortés, sirviendo de intérprete y alcanzando de este
modo un papel decisivo en la conquista de México, mientras que
Guerrero, totalmente aculturado y asimilado a la vida indígena, se que-
da con los mayas, de los que pasa a ser capitán de guerra.
En sus Cartas de relación Hernán Cortés no proporciona demasia-
dos detalles respecto al rescate de Aguilar, despachando el asunto con
un simple: «vimos cómo venía en una canoa uno de los españoles cati-
vos que se llamaba Jerónimo de Aguilar, el cual nos contó la manera

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cómo se había perdido y el tiempo que había que estaba en aquel cab-
tiverio» (p. 124). El conquistador de México intentó por todos los me-
dios rescatar a los cautivos españoles que creía que estaban desperdiga-
dos por la zona. Lejos de ejercer de redentor mercedario, Cortés
pretendía conseguir un traductor fiable. Ni Melchorejo ni Julianillo, los
indios que llevaba de lenguaraces, le inspiraban confianza; podían es-
caparse (como efectivamente hizo Melchorejo en Tabasco) o tergiversar
intencionadamente sus traducciones. Una vez conseguido el intérprete
deseado, el asunto deja de tener importancia para Cortés.
En su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España Bernal
Díaz del Castillo proporciona muchos más detalles respecto a la incor-
poración de Aguilar a su expedición.
En la obra de Bernal se produce una saturación descriptiva en todos
los niveles. El soldado medinense sabe explotar al máximo la anécdo-
ta, sobre todo respecto a aspectos marginales del quehacer común, lo
que otorga a ésta una —aparentemente— inofensiva cotidianeidad que
le permite tratar asuntos que de otro modo serían intratables.
De acuerdo con Bernal, los mensajes de Cortés alcanzan al cautivo
Jerónimo de Aguilar, que se apresura a comprar su libertad con los regalos
enviados por el conquistador. Haciendo gala de gran solidaridad, Aguilar,
en vez de dirigirse inmediatamente al lugar del encuentro propuesto en la
carta, se encamina, según Bernal, a un pueblo situado a cinco leguas de allí,
para comunicar las buenas noticias a su compañero de cautiverio Gonzalo
Guerrero, el cual decide permanecer entre los indígenas. Las razones de
Guerrero son relatadas por Bernal de la siguiente manera:

Hermano Aguilar, yo soy casado, tengo tres hijos, y tiénenme por


cacique y capitán cuando hay guerras: ios vos con Dios; que yo
tengo labrada la cara e horadadas las orejas; ¿qué dirán de mí
desque me vean esos españoles ir desta manera? E ya veis estos
mis tres hijitos cüán bonicos son. Por vida vuestra que me deis
desas cuentas verdes que traéis, para ellos, y diré que mis her-
manos me las envían de mi tierra (p. 64).

El captor, pese a ser un bárbaro, se rige por ciertas reglas. Existe el


matrimonio, se reconoce una estratificación social, cacique, capitán.
Parece ser el amor que Guerrero siente por su mujer y sus tres «boni-
cos» hijos lo que induce a éste a quedarse con los mayas. Éste hecho,
acentuado por el uso de los diminutivos, presenta a unos captores ca-
paces de despertar cariño; en otras palabras, se los humaniza. La anéc-
dota, enumerada a nivel microscópico, se reviste de un cariz familiar,
inocuo, que continúa con el parlamento de su enojada compañera, en la
tradición medieval de la mujer de carácter fuerte:

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mira con que viene este esclavo a llamar a mi marido: ios vos,
y no curéis de más pláticas'; y el Aguilar tornó a hablar al
Gonzalo que mirase que era cristiano, que por una india no se
perdiese el ánima; y si por mujer e hijos lo hacía, que la llevase
consigo si no los quería dejar; y por más que dijo y amonestó no
quiso venir (65).

Las palabras de la mujer establecen la diferencia entre Aguilar, un


mero esclavo, y su marido capitán de los ejércitos. Guerrero se refiere
a sus compatriotas como «esos españoles». Está claro que, para él, los
españoles son los otros. Sus mayores lazos los constituye su familia, y
también los mayas, de los que es capitán y cacique, y los que pronto se
verán enzarzados en conflictos militares con los propios españoles. El
matiz subversivo de este hecho no puede obviarse, a pesar de aparecer
recubierto por la profusa anécdota de Bernal, que es lo que precisamente
permite que este relato vea la luz.
Si bien Bernal mismo no comenta la decisión de Guerrero de per-
manecer con los indígenas, ofreciendo un retrato más bien humano y
simpático del personaje, es a Cortés a quien corresponde, desde el pri-
mer momento, expresar la reprobación que en el lado español merece
tal acción. Dice Cortés, según Bernal: «En verdad que le querría haber
a las manos, porque jamás será bueno» (Bernal 70).
Existen, sin embargo, varias versiones respecto al acto de fraternidad
de Aguilar [ir a buscar a su compañero, poniendo en peligro su propio
rescate] y ninguna coincide con la de Bernal. Si nos atenemos a un es-
cueto Cortés en sus Cartas de relación, el clérigo de Écija no llegó nun-
ca a informar de su partida a Guerrero: «Deste Jerónimo de Aguilar fui-
mos informados que los otros españoles que con él se perdieron en aquella
carabela que dio al través estaban muy desparramados por la tierra, la cual
nos dijo que era muy grande y que era imposible poderlos recoger sin es-
tar ni gastar mucho tiempo en ello» (p. 124). De la misma opinión es
Andrés de Tapia, el primero en hablar con Aguilar tras su rescate, según
el cual, éste confesó que:

otro español [Guerrero] había tomado por mujer a una señora in-
dia [...] e que él sintió del otro su compañero que no quería ve-
nir, por otras veces que le había hablado, diciendo que tenía ho-
radadas las narices y orejas e pintado el rostro y las manos; e por
esto no lo llamó cuando se vino (p. 49).

Así pues, en la crónica de Tapia es el propio Aguilar quien asume


que Guerrero no volvería con los españoles. Según Gomara, otro de los
cronistas de la época, Aguilar mandó una nota a su compañero, ponién-

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dolo al corriente de la situación, aunque no especifica si llegó a esperar


la posible respuesta1. Por último, Diego de Landa, en su Relación de las
cosas de Yucatán, también discrepa con la versión de Bernal. Para Landa
«Aguilar contó allí su pérdida y trabajos y la muerte de sus compañe-
ros y cómo fue imposible avisar a Guerrero en tan poco tiempo por es-
tar a más de 80 leguas de allí» (p. 92).
En definitiva, que en la realidad, Aguilar con toda probabilidad ni si-
quiera informó a Guerrero de la llegada de los españoles2. Por lo tanto,
el entrañable diálogo entre los dos cautivos fue únicamente producto de
la desbordante imaginación de Bernal Díaz del Castillo. Ahora bien, esto
no supone en absoluto un menoscabo ni de su valor literario ni de su
mérito como representación del motivo del cautiverio, ni tampoco de su
valor histórico. Según la preceptiva clásica, tanto el poeta como el his-
toriador no se obligaban a escribir verdad, sino verosimilitud. Respecto
a la historia, según Paul Ricoeur: «En nombre de este derecho, [verosi-
militud, no veracidad], los historiadores antiguos no dudaron en poner
en boca de sus héroes discursos inventados, los cuales, si bien no esta-
ban apoyados por documentación alguna, eran hechos verosímiles»
(180). La deliciosa conversación entre Aguilar y Guerrero es, así pues,
más que un hecho fehaciente, una construcción retórica permitida por la
historiografía de la época.
La caracterización que hasta este momento se ha realizado de Aguilar
lo presenta como un hombre en posesión de rasgos humanos: su soli-
daridad, su ansia de recobrar la libertad y de volver con los suyos, su
tristeza cuando estas posibilidades no se concretan. Sin embargo, sus
rasgos físicos, su apariencia externa, descrita por Bernal al integrarse a
la expedición de Cortés, en cierto modo lo deshumanizan. A pesar de la
obvia diferencia externaentre Aguilar y el resto de miembros de la ex-
pedición, el ex-cautivo no parece ser consciente de ello.
Según Manuel Alvar, para los conquistadores «Castilla, entrañada en
la voluntad de estos hombres, era la presencia física de cada uno de
ellos» (p. 131). El término castilan, primer testimonio de la palabra exó-
tica entre los indios de Campeche (p. 131), posee, siempre de acuerdo
a Alvar, una capacidad caracterizadora tanto para el sujeto mismo como
para el observador externo, en este caso los indígenas. En un ambiente

Cfr. Romero, Rolando J., «Texts, Pre-Texts, Con-Texts: Gonzalo Guerrero in the
Chronicles of Indies», Revista de Estudios Hispánicos 26 (1992), pp. 345-368, p. 350.
Por otro lado, la distancia entre donde se supone que habitaba Guerrero, Chetumal,
y donde se encuentran Aguilar y Cortés es de aproximadamente 400 kilómetros (las
80 leguas de Landa no estarían muy desencaminadas). El viaje, andando o en barca,
de ida y vuelta, en nueve días habría sido imposible.

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desconocido y a menudo hostil, esta identificación con Castilla y su len-


gua como sinónimo de España constituye el medio por excelencia de los
conquistadores para tratar de establecer y preservar su identidad propia,
a lo que debe añadirse la adhesión incuestionable a la fe católica.
El cautivo de vuelta al mundo occidental participa de un espacio tran-
sicional, con acceso a dos mundos. Por un lado se trata de cristianos,
españoles, pero por otro son figuras conflictivas, sospechosas, peligro-
sos «otros», en virtud de sus experiencias alejadas del espacio regulado
y restrictivo impuesto por el discurso de la corona.
Bernal revela progresivamente las alteraciones que Aguilar ha expe-
rimentado, sin saberlo, como resultado de su largo cautiverio. Lo hace
al seguir y narrar los esfuerzos de éste, en cada una de las etapas que
debe salvar en su progresión para reintegrarse a la comunidad castella-
na. En cada una de dichas etapas es confrontado, repito, sin que él mis-
mo lo perciba, ya sea con la sospecha, la incredulidad o la curiosidad
de sus paisanos. Hay algo patético en este personaje, cuyo comporta-
miento, caracterizado por la confianza y el trato de igualdad que emplea
con los españoles, desentona con su apariencia física de indio.
Desde el principio, el regreso de Aguilar pone en evidencia la relación
de dominación que imponen los españoles en su trato con los indígenas.
En un primer momento su actitud provoca sorpresa. Contrariamente a los
nativos que lo acompañan en la canoa, Aguilar, tenido por los españoles
todavía como indio, no expresa temor frente a la presencia de los con-
quistadores en la costa, por el contrario, busca tranquilizar a sus acompa-
ñantes indígenas, y les comunica, en su propia lengua «que no tuviesen
miedo, que [los españoles] eran sus hermanos» (Bernal, p. 68).
La actitud de Cortés ante su llegada refleja no sólo lo excepcional,
sino lo desmedido de este comportamiento a los ojos de los españoles,
por parte de alguien que todos suponen un indígena. Para el capitán, el
acercamiento sin precauciones de la canoa y de sus ocupantes es un acto
de insolencia o de provocación. Picado en su superioridad de conquis-
tador, dice Bernal que «mandó Cortés a Andrés de Tapia y a otros dos
soldados que fuesen a ver qué cosa nueva era venir allí junto a nosotros
indios sin temor ninguno» (p. 68; el subrayado es mío).
Efectivamente, en este momento, Aguilar no es más que un indio, y
así lo afirma Andrés de Tapia al informar a Cortés de que los que se
acercan son siete indios de Cozumel porque «los vio que eran indios,
(porque el Aguilar ni más ni menos era que indio)» (pp. 68-69). Al sal-
tar a tierra, Aguilar es observado de cerca. Está irreconocible como es-
pañol, y, según Bernal, es: «moreno e tresquilado a manera de indio es-
clavo, e traía un remo al hombro, una cotara vieja calzada y la otra en
la cinta, e una manta vieja muy ruin, e un braguero peor, con que cu-

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bría sus vergüenzas» (p. 69). Aunque torpemente, Aguilar logra expre-
sarse en un español «mal mascado y peor pronunciado» (p. 69), excla-
mando la frase-fórmula, «Dios y Santa María y Sevilla» (p. 69) que lo
reintegra, desde este instante, a la comunidad de los conquistadores. Esta
pertenencia al grupo dominante no puede ser, sin embargo, definitiva,
sino a partir del momento en que, progresivamente, tome posesión de
los signos exteriores que confirmen su identidad española, es decir, que,
a diferencia de los indígenas, cubra su desnudez. Es así como Cortés or-
dena que se le remitan muy luego vestimentas europeas «camisa e ju-
bón e zaragüelles, e caperuza e alpargates, que otros vestidos no había»
(p. 69).
Aguilar, tras los ocho años pasados en cautiverio, se ha aindiado. No
sólo su apariencia física, sino también sus maneras lo delatan como tal.
Cuando Cortés, que al principio no lo distingue de los demás indios,
pregunta por él, Aguilar, que está justo delante del conquistador, y que
le ha escuchado «se puso en cuclillas, como hacen los indios, e dijo: 'Yo
soy'» (p. 47).
Jerónimo de Aguilar aparece a lo largo de este episodio en el relato
de Bernal como un ser alienado tanto de su propia cultura —lo que se
expresa a través de la mirada alienante de sus compatriotas— como de
la comunidad en la cual se ve forzado a vivir. No obstante las sucesivas
transformaciones que el cautivo sufre durante su estancia con los indios,
para éstos sigue siendo un extranjero, un «castilan».
Para Fray Diego de Landa, Aguilar no ha perdido nunca el referen-
te cultural de occidente. Se abstiene de comentar su aspecto físico ain-
diado, que ni siquiera menciona, aunque señala la desnudez en que ve-
nía y cómo Cortés lo vistió con presteza. Añade Landa este detalle
significativo al encuentro del cautivo con los cristianos: «los de la ar-
mada fueron a ver quién era; y Aguilar les preguntó si eran cristianos y
respondiéndole que sí, y españoles, lloró de placer y puestas las rodillas
en tierra dio gracias a Dios y preguntó a los españoles si era miérco-
les» (p. 92; el subrayado es mío), lo cual demuestra que a pesar de su
aislamiento, Aguilar trató de mantener los puntos de referencia crono-
lógicos europeos y nunca se integró en la cultura maya3.
Un aspecto fundamental que fija al cautivo en su propia cultura, salva-
guardando su identidad aun en las circunstancias más adversas para prac-
ticarla, es la persistencia en la fe cristiana. El mismo Bernal no puede de-

Algo parecido hará Cabeza de Vaca, quien, a pesar de su integración, y contraria-


mente a los indígenas, que no tienen otra noción del tiempo que el ritmo de las es-
taciones y la alternancia del día y de la noche, intenta conservar en la memoria los
años, los meses y los días.

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jar de omitir el mencionar junto a la descripción física de Aguilar que lo


caracteriza como indio y esclavo, aquel elemento que lo singulariza parti-
cularmente como español, y, por ende, como cristiano: «traía atado en la
manta un bulto, que eran Horas muy viejas» (p. 69). El propio Aguilar,
que, recordemos, es clérigo, se cuida de predicar en voz bien alta, delante
de sus compatriotas, a los indígenas a los que aconseja que: «siempre tu-
viesen devoción y reverencia a la santa imagen de Nuestra Señora y a la
Cruz, que se conocieran que por allí les vendría mucho bien» (p. 70).
En repetidas ocasiones Bernal deja patente el afán evangelizador del
antiguo cautivo, ya sea explicando a los indios cómo construir una cruz
con una ceiba (p. 89) ya aconsejándoles que abandonen a sus dioses y
cesen los sacrificios a los ídolos (pp. 87-89).
La insistencia en la fe religiosa y el aspecto catequizador de Aguilar
se repite en varias crónicas. Fray Diego de Landa insiste en el mismo
aspecto, ahondando en la identificación de tonos bíblicos cautiverio /
muerte, rescate / vuelta a la vida. Jerónimo de Aguilar era «buen cris-
tiano y tenía unas horas por las cuales sabía las fiestas. Y que éste se
salvó con la ida del marqués Hernando Cortés, el año de 1519» (p. 88;
énfasis mío). El rescate es la salvación, mientras que las «horas viejas»
que lleva preciosamente al cinto después de ocho años de cautiverio, co-
munican de manera metafórica su persistencia en la fe.
En su Monarquía indiana, Juan de Torquemada introduce un nuevo
aspecto que subraya el carácter devoto y puro, en términos cercanos a
la beatificación, del de Écija; su castidad. Según Torquemada, el caci-
que Taxmaro, molesto por el celibato del clérigo, trató de tentarlo en va-
rias ocasiones. Una noche le envió a pescar al mar dándole por compa-
ñera una india muy hermosa, de catorce o quince años de edad e instruida
por el cacique para provocar a Aguilar. A pesar de que ella le tentaba,
invitándole a su hamaca, y diciéndole que no era hombre, él fue tem-
plado, y «al cabo resolvió vencerse y cumplir lo que a Dios tenía pro-
metido, que era no llegar a mujer infiel, a fin de que Él lo librase del
cautiverio en que estaba»4.
Torquemada es el único que muestra las castas peripecias del cauti-
vo andaluz. El ferviente tono presente en su epístola es un lugar común
en los relatos de cautivos tentados por el pecado de la carne. La casti-
dad, como en el caso de Aguilar, tiene por última recompensa la liber-
tad. Se trata fundamentalmente de una construcción retórica que se em-
peña en negar la integración con «el otro». Como ya quedó indicado
anteriormente respecto al caso de la conversación que Bernal se inven-

Cfr. Herrén, Ricardo, La conquista erótica de las Indias, Madrid, Planeta, 1991, pp.
25-26.

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ta entre Guerrero y Aguilar, importa poco que la realidad sea bien dife-
rente, como en efecto ocurre con el «casto» Aguilar.
En la desinteresada versión de los captores mayas de Aguilar, la cró-
nica de Chac-Xulub-Chen, incluida en el volumen Crónicas de la
Conquista de México se lee: «De este modo, nuestra tierra fue descu-
bierta, a saber, por Jerónimo de Aguilar, quien, a saber, tuvo por suegro
a Ah Naum Pot, en Cozumel, en 1517 años»5. Parece ser que Aguilar
tuvo en realidad más vocación de marido que de célibe. Después de la
conquista de Tenochtitlán, olvidada por completo la hija de Ah Naum
Pot, contrajo matrimonio con una española en México, y años después
acabó sus días de una dolencia que no se adquiere leyendo el libro de
las Horas: la sífilis6.
Volvamos por último brevemente a Guerrero. La desaprobación res-
pecto a su decisión de quedarse con los mayas es mordaz en los escri-
tos de Fray Diego de Landa, y virulenta en Fernández de Oviedo. Landa
manifiesta su rechazo ante aquellos aspectos que muestran hasta qué
punto se ha aindiado Guerrero, y, más grave aún, la sospecha de que
éste ha abandonado la fe cristiana y por tanto, toda posibilidad de sal-
vación:

[los indios] le casaron con una muy principal mujer en que hubo
hijos; y que por esto nunca procuró salvarse como hizo Aguilar,
antes bien labraba su cuerpo, criaba cabello y harpaba las orejas
para traer zarcillos como los indios y es creíble que fuese idóla-
tra como ellos» (p. 89; el subrayado es mío).

Fernández de Oviedo es más prolijo en las descripciones de Guerrero


y en las acciones que éste lleva a cabo como jefe indígena en contra de
la ofensiva de los conquistadores españoles en Yucatán. La desaproba-
ción de tales actos es inapelable. El renegado, en efecto, merece la más
dura crítica, no sólo porque es un obstáculo para la conquista, sino so-
bre todo porque al elegir permanecer entre los indígenas, rehusa la sal-
vación y abandona la comunidad de los hombres, es decir, de los euro-
peos.
Años más tarde, Antonio de Solís, en su Historia de la conquista de
México, también muestra su censura absoluta del caso. Ni siquiera ar-
gumenta el amor hacia su familia. Para Solís, el afecto hacia la mujer e
hijos es fingido. Tras constatar la excepcionalidad del caso: «no halla-
mos que se refiera de otro español en estas conquistas semejante mal-

5 Cfr. Herrén, op. cit. (nota 4), p. 24.


6 Cfr. Herrén, op. cit. (nota 4), pp. 26-27.

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dad»7, se excusa incluso de haberlo mencionado, haciéndolo únicamen-


te por fidelidad a las fuentes históricas.
Vilipendiado por sus compatriotas contemporáneos, la importancia
de Guerrero consiste en el hecho de ser el primer conquistador español
en lanzar un desafío a la noción de la pretendida superioridad de la ci-
vilización europea, y a la idea del destino manifiesto de evangelización
que se arroga España. Guerrero es el primer europeo del que tenemos
constancia textual que adopta sin ambages el continente americano, que
opta libremente por la «barbarie», y a quien no propulsan ni la sed de
poder ni el oro ni demás riquezas. Contrariamente a la posición que nie-
ga toda humanidad al indígena americano, aquella adoptada por
Guerrero ilustra la posibilidad de adentrarse en su cultura, aceptarla y
fundirse en ella. En él predomina otra voluntad que la de dominación y
exterminio manifestada por los conquistadores. Los lazos que lo unen a
esta tierra son su esposa indígena, sus hijos mestizos, su integración. Su
vida ilustra, por lo tanto, la posibilidad de una alternativa para los pue-
blos de este continente, que no sea la del saqueo, la esclavitud y la des-
trucción. Para Jaime Concha, Guerrero, «el buen cautivo», «abre una
brecha de tolerancia, permite un intercambio de valores y de costum-
bres que eran imposibles de concebir en medio del ejercicio permanen-
te de la violencia. Es un germen, mínimo germen de utopía, de eso que
no fue» (p. 6).
Fuese lo que fuese, este cautivo renegado se ha convertido en un pa-
radigma de la comunicación entre culturas. Opuesto al símbolo de la
Malinche, basado en la violencia, la destrucción y la negación de una
realidad ajena, Gonzalo Guerrero se yergue como símbolo de un tipo de
integración y mestizaje basado en el respeto y la aceptación de la cul-
tura del «otro».

OBRAS CITADAS

Alvar, Manuel, «Bernal Díaz del Castillo», en Magrigal, íñigo, ed.,


Historia de la literatura hispanoamericana, Época colonial, Madrid,
Cátedra, 1982, vol. I.
Concha, Jaime, «Réquiem por el 'buen cautivo'», Hispamérica, 15.45,
1986, pp. 3-15.
Cortés, Hernán, Cartas de relación, Delgado Gómez, Ángel, ed.,
Madrid, Castalia, 1993.

7 Cfr. Pellicer, Rosa, «Gonzalo Guerrero, el primer aindiado», Nuevo texto crítico, 9.10
(1992), pp. 61-71, p. 66.

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Interpolación y cautiverio en las crónicas 1475

Díaz del Castillo, Bernal, Historia verdadera de la conquista de la Nueva


España, Sáenz de Santa María, Carmelo, ed., México, Alianza edi-
torial, 1991.
Garibay, Ángel María, Historia de la literatura Náhuatl, México, Porrúa,
1953-1954.
Herrén, Ricardo, La conquista erótica de las Indias, Madrid, Planeta,
1991.
Landa, Fray Diego de, Relación de las cosas de Yucatán, León Cazares,
María del Carmen, ed., México, Cien de México, 1994.
Pellicer, Rosa, «Gonzalo Guerrero, el primer aindiado», Nuevo texto crí-
tico, 9.10 (1992), pp. 61-71.
Ricoeur, Paul, «The Interweaving of History and Fiction», en Time and
Narrative, Chicago, University of Chicago Press, 1984, pp. 180-192.
Romero, Rolando J., «Texts, Pre-Texts, Con-Texts: Gonzalo Guerrero in
the Chronicles of Indies», Revista de Estudios Hispánicos, 26 (1992),
pp. 345-368.
Tapia, Andrés de, «Relación de Andrés de Tapia», en Yánez, Agustín,
ed., Crónicas de la Conquista de México, México, Ediciones de la
Universidad Nacional Autónoma, 1939, pp. 43-96.
Torquemada, Juan de, Monarquía indiana, León Portilla, Miguel, ed.,
México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1995.

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