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El doble chantaje

La trampa en el falso debate entre estatalismo y neoliber alismo.

Mauricio Márquez Murrieta

El debate contemporáneo alrededor de la contienda electoral en México ha adquirido la forma de una


falsa dicotomía entre dos pseudo-alternativas representadas por el neoliberalismo y el estatalismo, entre
un fascismo de derecha y un populismo de izquierda. Lo cierto es que, en el fondo, tanto uno como otro
constituyen sendas estrategias para privar al ciudadano de la libertad para incidir y participar de forma
efectiva en los asuntos comunes que le conciernen.

Se nos quiere hacer pensar que no podemos optar más que entre el neoliberalismo – que hoy tiene al país
en la catastrófica situación en la que está con más de 33 mil desaparecidos en 10 años, cerca de 310 mil
homicidios en 3 sexenios, una deuda pública estratosférica que alcanza los 10 billones de pesos y un
pago anual de intereses superior a los 500 mil millones, 60% de la población en situación de pobreza, y
mucho más aún – y un estatalismo setentero para el que la única opción visible parece ser el
intervencionismo estatal desmedido cuyos excesos desembocaron en la profunda crisis de la deuda de
1982.

Hoy en día esta falsa dicotomía es sostenida por el dogma neoliberal dominante que, desde que fue
cobrando protagonismo a mediados de los años 70, la utilizó para presentar su modelo, proyectos y
programas estructurales como las únicas alternativas.

No creo exagerar al afirmar que para el neoliberalismo –como para el liberalismo decimonónico antes
que él – la base del desarrollo económico descansa en garantizar el funcionamiento irrestricto de la ley
de la oferta y la demanda del mercado libre, lo cual ha quedado históricamente resumido en la famosa
“mano invisible del mercado”, acuñada por Adam Smith en su magna obra La riqueza de las naciones.
El supuesto básico de la “mano invisible” consiste en sostener que la competencia entre agentes
económicos guiados exclusivamente por sus intereses egoístas, libres de toda coerción e intervención
por parte cualquier influencia ajena al mercado (entiéndase, el Estado) termina generando un juego
virtuoso que a la larga produce el mayor beneficio posible para el mayor número posible de personas; es
decir, el neoliberalismo sostiene que el libre mercado conduce a un óptimo socio-económico que
cualquier regulación externa amenaza con desvirtuar.

De este presupuesto principal, el neoliberalismo deriva una serie de proposiciones que tienen en la
restricción del Estado en la economía su piedra de toque. De esta manera, esta doctrina económica
procede a prescribir una conjunto de medidas para el buen funcionamiento de toda economía, entre las
que podemos mencionar: desregulación estatal –incluido el mercado de trabajo, de tierras y de los
recursos naturales –; adelgazamiento del Estado a su mínima expresión; privatización de recursos y
empresas públicas; libre circulación de bienes, servicios y capital –más no de mano de obra –; reducción
al máximo del gasto social, la inversión productiva y los déficits presupuestales por parte del Estado;
intervención del Estado en la economía cercana a cero, salvo en aquellas áreas y sectores que lo
requieran como fomento a la inversión; contención salarial; y, restricción o eliminación de los impuestos
progresivos al tiempo que se extienden y aumentan los regresivos.

1
No es tanto que tales prescripciones económicas carezcan por completo de sentido o no sean
convenientes en momentos determinados como medidas concretas para enfrentar coyunturas económicas
precisas, sino que, en el fondo, realmente el gran problema con ellas – y con la visión neoliberal que las
respalda y promueve – radica en su fundamentalismo dogmático; fundamentalismo que, como bien lo
demuestra Harvey1, termina no siendo al final más que una pantalla ideológica destinada a disimular su
verdadera naturaleza de clase y justificar “bajo una espesa capa retórica (…) las políticas draconianas”
que mantienen a la gran mayoría de la población en la pobreza, la precariedad y la marginalidad a favor
de un sector cada vez más rico y cada vez más pequeño. Como dice Adela Cortina, “el fundamentalismo
[es] específico de aquel tipo de doctrinas que mantienen un conjunto de principios como racionalmente
intocables, a partir de los cuales derivar el resto de la doctrina”2.

No podemos menos que señalar en el neoliberalismo, pero sobre todo en los neoliberales de carne y
hueso, una arrogante autosuficiencia que pretende arrogarse una mirada absoluta y omni-abarcadora,
capaz de erigirse en observador imparcial desde la atalaya de la infalibilidad, apta para juzgar de una vez
y para siempre lo que es y lo que no, lo que se puede y lo que no, lo correcto y lo incorrecto en la vida
político-económica de un país o, incluso, el mundo entero.

El estatalismo –término mediante el que nos referimos, siguiendo a Arthur MacEwan3, a las diversas
doctrinas económicas proteccionistas que pregonan la intervención del Estado en la economía en
detrimento del mercado abierto – no difiere tanto del neoliberalismo salvo en el nada insignificante
punto del lado por el que se inclina en la falsa oposición entre Estado y mercado. Para el neoliberalismo
el Estado debe reducirse a su mínima expresión y encargarse únicamente de velar por el buen
funcionamiento del mercado de acuerdo a las leyes de la oferta y la demanda. En tanto que para el
estatalismo, el Estado adquiere un papel rector en la economía sometiendo el funcionamiento del
mercado a sus imperativos. Estado y mercado adquieren en ambas visiones significados fijos y
absolutos, que no sólo son inadecuadas sino, en el fondo, constituyen “falsas opciones” que comparten
los mismos supuestos –como el de la dicotomía mercado-Estado o la oposición mercado abierto-
mercado protegido –, aunque adopten posturas contrarias al respecto.

Para el neoliberalismo cualquier consigna que se aleje del conjunto de dogmas que lo constituyen debe
ser tachada de populista e irresponsable, para el estatalismo toda medida que se aleje del papel rector del
Estado y las élites que lo controlan es acusada de apátrida y entreguista. En el fondo lo único que ambas
representan realmente son los intereses de los grupos de poder que las sostienen y a quienes favorecen,
en detrimento del control democrático por parte de una ciudadanía fuerte capaz intervenir activamente
en las decisiones y elecciones orientadas al diseño de proyectos de país alternativos en los que sean sus
intereses, derechos y necesidades, y los de la nación, los que se vean reflejados.

Es por eso que debemos sacudirnos el doble chantaje al que nuestra élite política nos quiere someter al
presentarnos estas dos opciones como si fueran las únicas alternativas. Hemos de rechazar
categóricamente tanto la consigna neoliberal de que no hay otra alternativa ni mejor mundo que el que
plantea, como la estatalista que concibe la suya como la única y última opción para superar la injusticia
y la desigualdad endémicas de nuestro país, pues siempre existe la posibilidad de construir alternativas
incluyentes desde la consolidación de una democracia plural y participativa en la que sea el ciudadano
quien determine los modos de existencia compartida dentro de los que se desarrollará su vida en común.

1
Harvey, David (2012). El enigma del capital. Madrid, Akal.
2
Cortina, Adela (2014) Ética sin moral. Madrid, Technos, pag. 32.
3
MacEwan, Arthur (2001). ¿Neoliberalismo o democracia? Estrategia económica, mercados y alternativas económicas para el siglo XXI.
Barcelona, Intermón-Oxfam