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CRISTO EJE TRANSVERSAL DE NUESTRA FE

INTRODUCCIÓN
La vida misionera de la Iglesia ha estado presente desde siempre. Se lo puede palpar
claramente en los inicios mismo del cristianismo. Inclusive, está claro el mandato de
Jesús que envía a los setenta y dos; y luego la misión que les confía de anunciar esa
Buena Noticia y de hacer que todos sean sus discípulos (cfr. Mt 28,18-19).
Tras la muerte de Jesús, los discípulos permanecen en silencio, están tristes porque todo
parece haber fracasado, temen anunciar a Cristo por miedo a tener que morir. En medio
de esa oscuridad de la vida, experimentan la presencia del Resucitado y luego la venida
del Espíritu Santo que los llena de fortaleza y les impulsa a la Misión. Es el Espíritu que
prometió Jesús que vendría a guiarlos y acompañarlos. Él los guía por el camino correcto
porque es el espíritu de la verdad.
Con esta fuerza los discípulos van a la misión y no temen ni siquiera la muerte; su
fortaleza está en el poder de Dios otorgado por el Espíritu prometido. Así anuncian a
tiempo y destiempo a Cristo que ha resucitado, invitan a la conversión y van haciendo
discípulos, fundando Iglesias y comunidades cristianas.
Hoy también, en medio de las dificultades del mundo contemporáneo es importante
que todo misionero esté impregnado del Espíritu Santo, reciba de él su fuerza y la
valentía para poder anunciar el Evangelio. Cristo es el centro de la predicación, la Buena
Noticia es Cristo. Por tanto, todo cristiano está llamado a la misión, a testimoniar a Cristo
con su vida. Para ello, debe tener una fe profunda, un encuentro con Cristo en su vida y
a partir de esa experiencia de fe, evangelizar, darlo anunciarlo, para que otro también,
igual que él, pueda conocerlo y aceptarlo en su vida.
En la evangelización siempre se va a encontrar con problemas tanto internos como
externos de la Iglesia. pero también está la fortaleza divina que acompaña a aquel que
se lo permite. Quienes no pueden salir a evangelizar, pueden cooperar con su oración.
El presente trabajo conta de tres partes fundamentales teniendo en cuenta el método
de Aparecida: Ver, Juzgar y Actuar. En el primero, se presenta un resumen de dos
encíclicas: Redemtoris hominis y Redemtoris Missio; en lo segundo, se elaborará un
ensayo personal, y en el tercero se presentará una aplicación pastoral para la realidad
de hoy con cuatro prioridades y tres desafíos en cada prioridad.
DESARROLLO
REDEMPTOR HOMINIS
En este documento el Papa da a conocer la realidad que vive el pueblo en ese tiempo;
y lo presenta en cuatro grandes apartados:
I. HERENCIA
Estamos a finales del segundo milenio -afirma el Papa- con ello vienen nuevos tiempos
a los que no se debe de perder “la ciencia de la verdad-clave de la fe” que permite
comprender el amor de Dios por el mundo, que entregó a su Hijo único para que todo
el que crea tenga vida eterna (cfr.Jn 3,15-17). Por eso, la plenitud del amor está en su
Hijo, por lo que se puede repetir “¡feliz culpa que mereció tal Redentor!
En las primeras palabras del nuevo pontificado, Juan Pablo II manifiesta su admiración a
Pablo VI y a Juan XXIII, y afirma que, respondió a la puesta con un “acepto” y esta misión
le confía a Jesucristo y a María; y se confía en la guía del Paráclito prometido.
También resalta la confianza en el Espíritu de Verdad y de Amor que se ve plasmado en
el comienzo de Juan XXII y que culmina con Pablo VI, en los cuales se ve realmente el
testimonio de una verdadera consciencia de Iglesia. este último, a través de los múltiples
y frecuentemente dolorosos acontecimientos de su pontificado, nos ha enseñado el
amor intrépido a la Iglesia, la cual, como enseña el Concilio, es “sacramento, o sea signo
e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”.
El Papa también habla de la relación con la primera Encíclica de Pablo VI, a lo que
manifiesta que la conciencia de la Iglesia debe ir unida con una apertura universal, a fin
de que todos puedan encontrar en ella “la insondable riqueza de Cristo”. Presentar a la
iglesia en su auténtico rostro, ab extra; luchar contra las críticas que atacaban desde
dentro ab intra. La Iglesia siguiendo el ejemplo de su maestro era humilde de corazón.
Todos debemos estar disponibles para esta misión porque “Dios quiere que todos los
hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad”.
En cuanto a la colegialidad y apostolado, el hincapié está en que Cristo mismo injertó en
el colegio apostólico de los doce con “Pedro a la cabeza”, esto se renueva hoy con el
colegio de Obispos, con el sucesor de Pedro como guía. Sin embargo, esta la unidad
como identidad universal de la Iglesia. Colaborando cada uno desde su vocación
específica pero siempre con la mirada en Jesucristo cabeza de la Iglesia.
Se enfatiza hacia la unión de los cristianos, teniendo presente lo que dijo Jesús: “para
que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti”. Por tal razón, el Vat. II
respondió a esto con el decreto sobre el ecumenismo. El objetivo es superar las
dificultades que se dan por el camino para ser fieles a Cristo. La verdadera actividad
ecuménica significa: diálogo, disponibilidad, bien común, apertura, búsqueda común de
la verdad. A esto es importante cuidar el tesoro de la verdad divina, constantemente
cuidada y enseñada por la Iglesia.
II. EL MISTERIO DE LA REDENCIÓN
Comienza con el misterio de Cristo, puesto que la Iglesia es en Cristo como un
sacramento, signo e instrumento de la íntima unión de los hombres con Dios; porque Él
es la fuente, el Redentor. Por eso la Iglesia siempre escucha sus Palabras. “En efecto, por
mandato del mismo Cristo, su Maestro, la Iglesia celebra incesantemente la Eucaristía,
encontrando en ella la “fuente de la vida y de la santidad”. Así, permanece en la esfera
del misterio de la Redención, la cual, ha llegado a ser el “principio fundamental de su
vida y misión”.
La redención: creación renovada: Cristo es el segundo Adán, el que redime el mundo; ha
entrado en el corazón del hombre y en su misterio. Por ello, afirma el Vat II “En realidad
el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. Cristo tan
perfecto que ha devuelto la dignidad y la semejanza divina, deformada por el pecado.
Por eso, la dimensión divina del ministerio de la Redención consiste en la revelación del
Padre y la Efusión del Espíritu Santo que marcan un sello con carácter en este misterio.
Esto se explica desde el sentido de la cruz y la muerte de Cristo. El Dios de la creación se
revela como Dios de la redención. A su Hijo que no conoció pecado lo hizo pecado por
nosotros para que fuésemos justificados en Él.
En cuanto a la dimensión human del misterio de la Redención, cabe explicar que el
hombre no puede vivir sin amor, ya que, permanecería incomprensible si no lo
experimenta y lo hace propio, si no participa de él. La plenitud del amor es Cristo, y por
Él es que el hombre se hace comprensible. Así mismo, la Iglesia permanece
contemplando el misterio total de Cristo y con ello puede dar la dignidad y el sentido de
la existencia en el mundo, a cada persona, perdida por el pecado.
El papa se adentra también en explicar el misterio de Cristo en la base de la misión de la
Iglesia y del cristianismo, manifestando la unidad de las tres religiones que tienen a
Abraham como el Padre de la fe: islam, judía, cristiana. Estas dos últimas se vinculan
también con el pasado relativo de la Antigua Alianza.
El Papa afirma que “es necesario que todos nosotros, cuantos somos seguidores de
Cristo, nos encontremos y nos unamos en torno a Él mismo”. Solo así manifestaremos
nuestra unidad al mundo, y esta es la gran misión, porque el revelar a Cristo, hace que
todo hombre se encuentre a sí mismo en él, ayudar a las generaciones contemporáneas
de nuestros hermanos y hermanas, pueblos, naciones, estados, humanidad, países en
vías de desarrollo y países de la opulencia, a todos, en definitiva, a conocer las
“insondables riquezas de Cristo”, porque éstas son para todo hombre y constituyen el
bien de cada uno”.
Entra entonces la misión de la Iglesia y la libertad del hombre, la primera por institución
de Cristo es su custodia y maestra, por la asistencia del Espíritu Santo. En esta misión el
primer ejemplo es Cristo y luego, los apóstoles, mártires y confesores. La verdad de la
Iglesia es la de Cristo que libera al hombre, que se opone a la libertad del mundo; porque
no es humana sino divina. Cristo es la verdad y la verdad os hace libres.
III. EL HOMBRE REDIMIDO Y SU SITUACIÓN EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO
Cristo se ha unido a todo hombre, Él es el camino de hace siglos, pero al mismo tiempo
el camino del futuro. Por ello, el esfuerzo de la Iglesia para que conozcan a Cristo y él
pueda recorrer cada camino de la vida con la fuerza de la verdad a cerca del mundo y el
hombre contenida en el misterio de la Eucaristía y la Redención. Cristo se hace presente
a pesar de todas las limitaciones que hay en la Iglesia. Dios llama al hombre
personalmente para que sea tal como Él lo ha querido, lo ha elegido y lo ha destinado a
la gloria y a la gracia.
Entonces todos los caminos de la Iglesia conducen al hombre, por ello su principal
preocupación es el hombre, esa su misión, allí está el camino trazado por Cristo que
conduce a la Encarnación y Redención. En el medio, el hombre experimenta múltiples
limitaciones, en sus deseos y en su vida; está atraído también por muchas solicitudes
que tiene que elegir y renunciar. Más como pecador y enfermo hace lo que no quiere y
hace lo que no quiere, esto lleva a divisiones y discordias sociales. Cristo muerto y
resucitado a redimido al hombre y la Iglesia es consciente y lucha contra aquello que
impide la Redención.
De qué tiene miedo el hombre contemporáneo, si Dios le concedió ser dueño y custodio
de lo creado, pero él, se ha vuelto explotador y destructor sin ningún reparo. En este
desarrollo de la tecnología si el hombre se hiciere más consciente, maduro
espiritualmente, responsable, abierto a los demás, más disponible para dar y ayudar
todo sería diferente. Pero como cristianos hay que plantearse las interrogantes del
problema del mundo y que afectan la situación del hombre de hoy y del mañana. Las
divisiones, críticas, etc. Por eso la Iglesia animada por la fe, considera esta solicitud por
el hombre, su humanidad, y su futuro en esta tierra, encontrando su fundamento en
Jesucristo mismo, como atestiguan los evangelios.
frente a esto se pregunta el Papa ¿progreso o amenaza? Se acerca el final del segundo
milenio y hay dos amenazas: por un lado, el avance de la tecnología que a sido causante
de que el hombre sea amenazado y explotado; y por otro, está el sometimiento al
mundo. Ello ha llevado a la desigualdad social desembocando en la pobreza y el hambre,
muchos sufren la desnutrición. También está el abuso de la libertad que lleva al
consumismo, y limita la libertad de los más pobres, los débiles y miserables. A esta
realidad Juan XXIII y Pablo VI lo compararon con la parábola del rico epulón y el pobre
Lázaro. Como solución a esto Juan Pablo II propone la tarea de ser decididos en el
compromiso por el hombre siendo pueblos libres y solidarios. La Iglesia, contraria al
mundo que se sirve de armamentos para la guerra y destrucción, combate con el
Espíritu, de la Palabra y el amor, anunciando a tiempo y destiempo el respeto a la
dignidad y libertad de cada uno.
Derechos del hombre: "letra" o "espíritu"; es lamentable que a la paz se contrapone el
respeto de la dignidad humana; en caso contrario, la vida humana, incluso en tiempo de
paz, está condenada a distintos sufrimientos y al mismo tiempo, junto con ellos se
desarrollan varias formas de dominio totalitario, neocolonialismo, imperialismo, que
amenazan también la convivencia entre las naciones. Cómo la violación de los derechos
del hombre va acompañada de la violación de los derechos de la nación, con la que el
hombre está unido por vínculos orgánicos como a una familia más grande.
Entre estos derechos se incluye, y justamente, el derecho a la libertad religiosa junto al
derecho de la libertad de conciencia. De hecho, hasta el mismo fenómeno de la
incredulidad, arreligiosidad y ateísmo, como fenómeno humano, se comprende
solamente en relación con el fenómeno de la religión y de la fe. En la actualidad la
secularización ha desplazado a los hombres creyentes, pero como creyentes estamos
guiados por la fe en la fuerza redentora de la cruz de Cristo.
IV. LA MISIÓN DE LA IGLESIA Y LA SUERTE DEL HOMBRE

La Iglesia solícita por la vocación del hombre en Cristo; a esto precisa que todo hombre
está infundido por el soplo que proviene de Cristo; así, la Iglesia esposa de Cristo, el cual,
por su redención se ha unido a ella, ésta debe estar vinculada con todo hombre. Pero el
hombre debe también inquietarse por el Señor como dice San Agustín: “Nos has hecho,
Señor, para ti e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti”.

La Iglesia se esmera por mirar al hombre con los ojos de Cristo mismo, se vuelve más
consciente de que es custodia de un gran tesoro que no le es lícito estropear, sino que
debe crecer continuamente. En este tiempo, parece repetir la Iglesia con más fuerza
“Ven Espíritu Santo… guía al que tuerce el sendero”. El Vaticano II, concientiza en la
triple misión y oficio de Cristo: Sacerdote, Profeta y Rey. Nos hacemos también más
conscientes de aquello a lo que debe servir toda la Iglesia, como sociedad y comunidad
del Pueblo de Dios sobre la tierra, comprendiendo asimismo cuál debe ser la
participación de cada uno de nosotros en esta misión y servicio.

La Iglesia es responsable de la verdad; pues se presenta ante el mundo como


responsable de la verdad divina. Jesús cuando se presenta como Profeta y Maestro,
remite sus palabras al Padre; por ello, esta misma fidelidad debe haber en la Iglesia,
porque la verdad es de Dios. Y para custodiar esta verdad Cristo envió al Paráclito para
que fuera el guía. Ser responsables a estar verdad implica buscarla y amarla y lo
encontraremos en su esplendor, sencillez y profundidad. Este amor y esta aspiración a
comprender la verdad deben ir juntas, como demuestran las vidas de los Santos de la
Iglesia. A ejemplo de ellos, cada uno debe predicar la verdad de la Iglesia, de Dios, no
por separado, sino en la unidad con ella; y la responsabilidad de evangelizar es de todo
cristiano, desde la vocación a la que pertenezca.

La eucaristía y penitencia van de la mano, las dos se entienden en unidad; pero la


plenitud es la Eucaristía, porque en ella nos unimos a Cristo terrestre y celestial que
intercede por nosotros al Padre. Por el acto Redentor somos redimidos, comprados a
precio. Por la acción del Espíritu Santo se hace posible con el ministerio de la Iglesia este
Sacramento de amor. Por ello, la Eucaristía la constituye como auténtico pueblo de Dios.
Por tanto, la unidad entre estas dos, se da porque la buena nueva predicada invitaba a
convertirse y creer en el evangelio y el Triduo Pascual consolida esto en nuestras almas
forjando una dimensión doble: Eucaristía y Penitencia, por lo que está el esfuerzo de
conversión y la participación en la Eucaristía, sin ello, estaría privada de su plena eficacia.

Vocación cristiana: servir y reinar; para ejercerlo con dignidad afirma el Papa que hay
que saber dominarse, es necesario poseer las virtudes que hacen posible tal dominio.
Los sacerdotes, los religiosos y religiosas deben ser fieles a este principio. En base al
mismo, tienen que construir sus vidas los esposos, los padres, las mujeres y los hombres
de condición y profesión diversas, comenzando por los que ocupan en la sociedad los
puestos más altos y finalizando por los que desempeñan las tareas más humildes.

La fidelidad a la vocación, o sea la perseverante disponibilidad al “servicio real”, tiene


un significado particular en esta múltiple construcción, sobre todo en lo concerniente a
las tareas más comprometidas, que tienen una mayor influencia en la vida de nuestro
prójimo y de la sociedad entera. La libertad no es hacer lo que se quiera, sino es un don
grande que debemos usarlo para un verdadero bien. Por eso, para la libertad nos libreó
Cristo y nos libera siempre.

Finalmente, el Papa culmina su encíclica hablando sobre maría como la Madre de


nuestra confianza; pues, la finalidad de cualquier servicio en la Iglesia, bien sea
apostólico, pastoral, sacerdotal o episcopal, es la de mantener este vínculo dinámico del
misterio de la Redención con todo hombre. Y María es Madre de Cristo y Madre de la
Iglesia como lo dijo Pablo VI. Y es precisamente esto, porque ella dio la vida humana al
Hijo de Dios. Nadie como ella ha sido introducido en él por Dios mismo, por eso, allí
radica su carácter excepcional de la gracia de la Maternidad Divina. Ahí está la
participación de María, en el designio divino de la salvación del hombre, a través del
misterio de la Redención. Esto comenzó con su Fiat, porque “desde aquel momento este
corazón virginal y materno… bajo la acción del Espíritu Santo, sigue siempre la obra de
su Hijo”.

REDEMPTORIS MISSIO
INTRODUCCIÓN:
El Papa invita a un compromiso misionero, al cual, debemos comprometernos con todas
nuestras fuerzas para servir, obviamente bajo la guía del Espíritu Santo que impulsa a
anunciar. Por ello, el Vaticano II se ha esforzado por renovar la Iglesia según las
necesidades del mundo contemporáneo. Se han dado muchas dificultades tanto dentro
como fuera, pero ante esa crisis hay que tener en cuenta que “la fe se fortalece
dándola”. El evangelio no quita la libertad ni la cultura. El deber de todos es anunciar a
Cristo a todos los pueblos. Ahora hay nuevas oportunidades, los que conocen a Cristo se
han duplicado, han caído ideologías, apertura de fronteras, y valores humanos
generalizados.
I. JESUCRISTO ÚNICO SALVADOR
“Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6) es lo que el Papa manifiesta dando a conocer
que no hay otro nombre por el que se otorgue la salvación, pues la universalidad de ella
de da por medio de Jesucristo, tal como nos lo presenta el NT, porque “hay un solo Dios
y también un solo mediador entre Dios y los hombres”: Cristo. Por tal motivo no se debe
perder en ningún momento su unidad ya que por designio divino se ha puesto que todos
tengan a Cristo por cabeza; porque Él es el Verbo encarnado, el Alfa y la Omega.
La fe en Cristo es una propuesta a la libertad del hombre, ya que el hombre está en la
plena libertad de decirle no a Cristo, porque está en plena libertad de acoger o dejar; sin
embargo, se puede ver la novedad que Él trae. Una radical novedad de vida que es vivida
por sus discípulos. Así mismo, aunque se tenga la opción para elegir, siempre queda la
pregunta fundamental. En el mundo moderno se está dando una tendencia de llevar al
hombre a una vida horizontal, llevada por ideologías y regímenes políticos que buscan
construir una sociedad sin Dios. Frente a ello, sebe dar a conocer la riqueza que nos
ofrece Cristo, mediante una evangelización de anuncio y testimonio, respetando las
conciencias y sin violar la libertad. Porque la fe es la libre adhesión del hombre a Dios.
La Iglesia, signo e instrumento de salvación, porque ella es la primera beneficiara de la
salvación; pues ella tiene la posibilidad de la salvación en Cristo, y para cooperar a esta
salvación tiene la necesidad de ser instrumento de redención: ser sal y luz.
La salvación es ofrecida a todos los hombres, porque la salvación no se concede
solamente a los que de “modo explícito creen en Cristo y han entrado a su Iglesia”;
porque muchos no tienen esa facilidad, pero la gracia en relación misteriosa con la
Iglesia ilumina; porque Cristo vive en ella, es su esposo, y en ella cumple su misión.
Nosotros no podemos menos de hablar (Hch. 4, 20); frente al testimonio de los mártires
de todos los tiempos que, han defendido la fe “convencidos de que cada hombre tiene
la necesidad de Jesucristo”. Esa es la misión, transmitir nuestra fe. tal vez la duda, ¿Para
qué la misión? Para abrirse al amor de Dios verdadera liberación; Cristo es nuestra paz,
su amor nos apremia dándonos sentido y alegría. Y ¿por qué la misión? Porque a
nosotros se nos ha encomendado el anuncio de la Buena Noticia, la novedad de Cristo;
y como compromiso de testimoniar la fe y la vida cristiana como servicio a los hermanos.
II. EL REINO DE DIOS
Cristo hace presente el Reino, porque en Él se cumple la promesa, y ese Reino se lo ve
manifestado en su persona por su palabra y sus obras; pues se reconoce la identidad del
mensaje y del mensajero, y desde la fe se puede percibir un Reino que ya presente y
como prueba de ello están los milagros, exorcismos, la elección de los doce, etc.
Finalmente, este Reino revela al Padre, porque nos lo presenta como “Abba” y “es
sensible a las necesidades, a los sufrimientos de todo hombre; es un Padre amoroso y
lleno de compasión, que perdona y concede gratuitamente las gracias pedidas”.
Las características y exigencias del Reino se ven manifestadas en todas las dimensiones
por eso se puede afirmar con toda claridad que es para todos los hombres, pero de una
manera especial para los marginados. Esta salvación alcanza a las personas la liberación
tanto en si dimensión física como espiritual. Además, transforma la manera en como
son las relaciones humanas, haciendo de éstas don de vida. En fin, es la liberación realiza
el designio de salvación en toda su plenitud.
En el Resucitado, llega a su cumplimiento y es proclamado el Reino de Dios, porque a
través de ella queda inaugurado el Reino de una manera definitiva y su acontecimiento
se manifiesta en el kerigma.
El Reino con relación a Cristo y a la Iglesia, porque se habla mucho del Reino, pero de un
reino que está desligado de la Iglesia, de un reino del mundo; mientras que el Reino de
Cristo no es de este mundo porque es un Reino de paz, solidaridad, fraternidad… así, el
Reino se manifiesta entonces en la persona de Cristo y la Iglesia en comunión con Él lo
hace presente en el mundo. Si la Iglesia se separa de Cristo ya no habría el Reino, como
tampoco existiría separado de la Iglesia. La misión consiste entonces en el anuncio de
Cristo, porque la Iglesia no es un fin para sí misma.
La Iglesia está al servicio del Reino y por esa razón invita constantemente a la conversión
a toda la humanidad. Y para trabajar de mejor manera en esta misión evangelizadora ha
fundado Iglesias particulares y a través de ellas difunde los “valores evangélicos”.
Además, intercede por el mundo entero como instrumento de salvación.
III. EL ESPÍRITU SANTO PROTAGONISTA DE LA MISIÓN
El envío “hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8) lo vemos plasmado en las narraciones
de los evangelistas, al cumplir el mandato de Jesús. En el envío se presentan dos
elementos esenciales. La dimensión universal y la fuerza y el poder del Espíritu Santo.
También enfatizan los evangelios en el Kerigma, en la vivencia de las primeras
comunidades cristianas. La Iglesia vive por lo que se dice y se hace no está basada en
capacidades meramente humanas sino en el poder del Resucitado.
El Espíritu guía la misión y lo hace de dos maneras concretas, la primera es mostrando
el camino; y la segunda, es eligiendo a las personas. en el libro de los Hechos se puede
vislumbrar con claridad la misión. Esto consiste en anunciar a Cristo e invitar a la
conversión para recibir al Espíritu Santo. Así, poco a poco el anuncio se va extendiendo
por el mediterráneo, posteriormente a Roma y al Occidente.
El Espíritu hace misionera a toda la Iglesia que comienza con el primer anuncio de Pedro
y que poco a poco se va agrando a la comunidad de los discípulos los que acogen el
evangelio. Así se forma la comunidad, que, empieza a compartir sus bienes y a reunirse
para compartir la palabra y la eucaristía. Este modo de actuar da testimonio de lo que
predican.
El Espíritu está presente operante en todo tiempo y lugar, y se manifiesta de modo
particular en la Iglesia y en sus miembros, pero su “presencia y sus acciones son
universales”. Es por medio del Espíritu que los actos humanos se pueden encaminar a la
verdad, al bien y a Dios. Él sopla donde quiere y esparce sus semillas, por eso toda clase
de su presencia debe ser acogida con estima y gratitud; y la Iglesia debe hacer su
discernimiento porque a ella Cristo le ha dado su Espíritu para que le conduzca a la
versad completa.
La actividad misionera está en sus comienzos y por tal razón estamos llamados a la
valentía apostólica confiando en el Espíritu Santo como protagonista de la misma. La
Iglesia se renueva y afronta desafíos, pero los frutos del Espíritu no han faltado. Por eso,
así como los misioneros del pasado han escuchado la voz del Espíritu también hoy
estamos llamados a escucharlo.
IV. LOS INMENSOS HORIZONTES DE LA MISIÓN AD GENTES
Un marco religioso, complejo y en movimiento debido a los grandes cambios que se van
presentando en la sociedad y los desafíos que ello representa. Genera toda una serie de
cambios; sin embargo, la actividad misionera si ha dado abundantes frutos.
La misión “ad gentes” conserva su valor a pesar de los cambios que presenta el mundo
y todo esto gracias a su fundamento sólido. Podemos ver tres situaciones de
evangelización: la actividad misionera de la Iglesia a pueblos, naciones, que no conocen
al cristianismo”; luego están comunidades con estructuras adecuadas y sólidas,
finalmente, los lugares de la antigua cristiandad, a los que hay que re-evangelizar.
A todos los pueblos, no obstante, las dificultades que se van presentando dentro de este
campo de evangelización, como se puede palpar las prohibiciones a la entrada
misionera, a la conversión, son externas; pero también hay dificultades internas como
la falta de fervor, divisiones dentro del cristianismo, descristianización de países
cristianos, anti testimonios y falta de vocaciones al apostolado. Para afrontar a ello, se
recomienda a los teólogos sentir con la Iglesia y a todos, que sean activos protagonistas
de la misión.
Los ámbitos de la misión “ad gentes” no conoce final porque la misión es mandato de
Cristo y a todos. Pero para abarcar todo se presentan tres lineamientos de esta misión
y son los siguientes: ámbitos territoriales, que se define en territorios concretos y con
su particularidad; mundo y fenómenos sociales nuevos, los cuales presentan varios y
profundos cambios; y finalmente, áreas culturales o areópagos modernos, como lugares
para propagar el evangelio, uno de ellos es la comunicación que está unificada a toda la
humanidad y transformándola.
Fidelidad a Cristo y promoción de la libertad del hombre por tal tazón la misión siempre
está marcada por la conciencia de la libertad del hombre. La Iglesia camina por el mismo
sendero que Cristo, su Cabeza. Así entonces, tiene la tarea de desarrollar la misión en el
mundo y abarcar lo más posible; pero siempre dirigiéndose al hombre con todo el
respeto por su libertad.
Dirigir la atención hacia el Sur y hacia el Oriente porque a pesar de que la misión
representa en la actualidad el mayor desafío de la Iglesia, hay que seguir evangelizando
aquellos lugares que no conocen a Cristo, porque con su concepción hacen que muchos
nieguen la redención de Cristo, como es el caso del Sur y Oriente. No debe cesar la
misión, pues ahora, la mayoría del cristianismo ya no está en la vieja Europa sino en los
pueblos donde ha llegado la misión.
V. LOS CAMINOS DE LA MISIÓN
La primera forma de evangelización es el testimonio porque en el tiempo que vivimos es
más creíble el testimonio que las palabras por eso la Iglesia tiene que ser vivo testimonio
que se hace visible en el modo de comportarse. Siendo sensible con las personas
especialmente con los que sufren y los pequeños. Eso conlleva a que tenga que asumir
posiciones valientes ante la corrupción que desfigura el rostro de Cristo.
El primer anuncio de Cristo Salvador es la prioridad de la Iglesia, por lo tanto, a pesar de
los conflictos que se presentan al evangelizar ella continúa introduciendo el amor de
Dios a la humanidad. El anuncio parte de Cristo muerto y resucitado que por su pasión
nos da su plena y total liberación del mal. Con la misión se acrecienta la fe, esto lleva al
anuncio y fervor misionero que, frente a la prueba, el creyente el es capaz de morir por
testimoniar la fe en Cristo.
Conversión y bautismo están íntimamente vinculados en la evangelización. La
conversión es un don de Dios, de la Trinidad. Así el creyente por la fe acoge al Señor que
lo llama. La Iglesia llama a todos a la conversión. Pero en este proceso de conversión, al
final está el bautismo, por el que se hace miembro del pueblo de Dios. El Señor mismo
envió a evangelizar y a bautizar en nombre de la Trinidad para que todos sean sus
discípulos.
Formación de Iglesias locales es el paso que sigue a la conversión y el bautismo. cada
persona individual ahora es llamada a formar parte del Pueblo de Dios, a vivir en
comunidad. Así se cumple el objetivo de la misión “ad gentes” “fundar comunidades
cristianas, hacer crecer las Iglesias hasta su completa madurez.”
Las “comunidades eclesiales de base” fuerza evangelizadora de una opción prioritaria
en la pastoral que están siendo positivas en la formación cristiana y en la presencia
misionera. Para ser cristiano hay que formarse en Cristo, y así, como las primeras
comunidades compartir la unidad, la Iglesia particular con la Iglesia universal. Unión
expresada en corazón y espíritu.
Encarnar el Evangelio en las culturas de los pueblos se da mediante un proceso en el
cual, la Iglesia se inserta en la vida de los pueblos, a través, de la inculturación del
evangelio se hace más apta para la misión. También asume de la cultura todo lo que hay
de bueno en ella. Pero todo esto debe ser purificado, elevado y perfeccionado.
El diálogo con los hermanos de otras religiones también forma parte de la
evangelización. Este diálogo ayuda a crecer de manera recíproca. Está destinada en su
mayoría para aquellos que no conocen a Cristo, es decir, a los que pertenecen en su
mayoría a otras religiones no cristianas. Este diálogo no es con una táctica o interés sino
con motivaciones, exigencias y dignidad. En este campo, hay muchas dificultades, pero
es importante perseverar con fe y caridad.
Promover el desarrollo, educando las conciencias puesto que la Iglesia está involucrada
en instituciones educativas, de salud, etc. Tiene la misión también de educar “las
conciencias revelando a los pueblos al Dios que buscan, pero que no conocen; la
grandeza del hombre creado a imagen de Dios y amado por él; la igualdad de todos los
hombres como hijos de Dios; el dominio sobre la naturaleza creada y puesta al servicio
del hombre; el deber de trabajar para el desarrollo del hombre entero y de todos los
hombres”.
La Caridad, fuente y criterio de la misión porque ella ante todo el mundo quiere ser una
Iglesia de los pobres y manifestar así las bienaventuranzas en toda su profundidad. En
fidelidad a ellas debe compartir con los pobres y oprimidos. La caridad se vuelve
entonces testigo de la actividad misionera.
VI. RESPONSABLES Y AGENTES DE LA PASTORAL MISIONERA
Los primeros responsables de la actividad misionera es el Colegio episcopal encabezado
por el Sumo Pontífice. Son entonces los principales llamados a la evangelización en el
mundo; tanto como miembros del Colegio episcopal, como también en cada una de sus
Iglesias particulares. Deben fomentar la actividad misionera y abrirse a las necesidades
de los demás como Iglesia particular.
Misioneros e Institutos “ad gentes” son también misioneros gracias a la vocación que el
Señor ha suscitado en sus vidas y están llamados a predicar. Es una vocación especial de
compromiso y servicio total. Por tanto, los institutos deben disponer de lo necesario
para la evangelización y preparar al candidato en lo espiritual, físico y moral.
Sacerdotes diocesanos para la misión universal porque con el orden no están para una
misión restringida sino abierta: universal. Deben tener una mentalidad y un orden
misionero. De manera especial aquellos que se encuentran en lugares donde la minoría
es cristiana.
Fecundidad misionera de la consagración, a los cuales se les pide también mantener el
espíritu misionero; haciendo diferencia, claro está, a los institutos de vida consagrada,
contemplativa y los de vida activa. Los primeros que por su consagración se dedican a
servir a la Iglesia deben ser misioneros, manteniendo, sus propios estatutos. Los
segundos, deben dar testimonio de la caridad y la unión con Cristo, en especial a los no
cristianos que mantienen vida contemplativa. Y los últimos, extiendan de acuerdo a su
actividad, espacios para el anuncio del Reino de Dios.
Todos los laicos son misioneros en virtud del bautismo por eso los pontífices han
enfatizado su labor misionera, pues con su testimonio de fe, Pio XII habla de los
misioneros y misioneras laicas. Por ello también Juan P. II reconoce el valor de los laicos
que en muchos casos han fundado asociaciones misioneras.
La obra de los catequistas y la variedad de los ministerios tienen una responsabilidad
fuerte y concreta. Los catequistas son los principales en la evangelización dentro de la
Iglesia. A pesar de las dificultades que persisten, tienen características específicas como:
“son agentes especializados, testigos directos, evangelizadores insustituibles, que
representan la fuerza básica de las comunidades cristianas, especialmente en las Iglesias
jóvenes, como varias veces he afirmado y constatado en mis viajes misioneros”.
Congregación para la Evangelización de los Pueblos y otras estructuras para la actividad
misionera, los responsables de éstas deben estar vinculados con Cristo, tal como Él dijo:
“Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el
mundo crea que tú me has enviado” sólo así se da la fecundidad en la Iglesia. Como la
Iglesia es comunidad visible eso implica que haya estas responsabilidad y organizaciones
para la evangelización.
VII. LA COOPERACIÓN EN LA ACTIVIDAD MISIONERA
Oración y sacrificios por los misioneros, son medios de comunión y de apoyo para con
los misioneros. A la oración es muy importante y necesario unir el sacrificio.
“Heme aquí, Señor, estoy dispuesto, envíame” (cf. Is 6, 8); es otra manera de cooperar
ante la misión, pues el promocionar vocaciones es algo fundamental. Las vocaciones a
la vida consagrada y sacerdotal son el pilar fundamental de vitalidad para la Iglesia.
“Mayor felicidad hay en dar que en recibir” (Hch 20, 35); son muchas las necesidades
que tiene la Iglesia; por ende, colaborar con bienes es muy importante ya que ayudan
tanto a las fundar nuevas Iglesias como también a sostener las obras de caridad que
tiene.
La responsabilidad primaria de las Obras Misionales Pontificias, el Papa menciona
cuatro: “Propagación de la Fe, San Pedro Apóstol, Santa Infancia y Unión Misional”. Esta
unidad misional tiene como fin la sensibilización y formación de sacerdotes, religiosos y
religiosas.
No sólo dar a la misión, sino también recibir, eso es importante. No solamente dar y
cerrarse en uno mismo, sino está el abrirse también a la universalidad de la Iglesia a
recibir de ella y mantener la comunión, sin ser partícipes de particularismos.
VIII. ESPIRITUALIDAD MISIONERA
Dejarse guiar por el Espíritu, esto es muy importante ya que, así como a los apóstoles
fue el Espíritu quien los fortaleció para que lleven adelante la misión; de la misma
manera hoy, en medio del ambiente difícil que se vive al igual que en aquel tiempo, exige
valentía y luz del Espíritu.
Vivir el misterio de Cristo enviado sólo en la unidad con Cristo se puede vivir y entender
la misión. Por eso a ejemplo de Cristo que lleva a obedecer a plenitud el designio del
Padre culminando en la Cruz. De la misma manera se le pide al misionero renunciarse a
sí mismo y hacerse todo para todos.
Amar a la Iglesia y a los hombres como Jesús los ha amado, porque Él como Buen Pastor
ha venido a unir a los hijos de Dios que estaban dispersados. Él es quien busca a la oveja
perdida y regala su vida por ellas. Así mismo el misionero debe ser impulsado a donarse
por celo a las almas porque es el hombre de la caridad. Y así como cristo amó a su Iglesia
de la misma manera debe amarlo y como testimonio de ello, debe gastar la vida por el
prójimo.
ENSAYO
CRISTO COMO EJE TRANSVERSAL DE NUESTRA FE
INTRODUCCIÓN:
Si la evangelización ha sido desde el comienzo de la Iglesia el eje fundamental para ir
acrecentando la fe y fortaleciendo la comunidad con nuevos miembros, no hay duda
que en la misión siempre ha estado presente la fuerza del Espíritu que Jesucristo
prometió a sus discípulos (cfr. Jn 16,8).
Es menester que en esta misión esté presente el mismo Señor, puesto que lo único que
puede cambiar los corazones es su amor; Él es capaz de transformar cualquier corazón,
aún sea de piedra (Cfr. Ez. 11,19). Entonces un misionero siempre debe llevar a Cristo
en su vida, pues solamente con Cristo puede evangelizar. Por ello, los primeros
discípulos, recibieron El espíritu Santo y fue ahí cuando comenzaron a evangelizar.
También se puede ver cómo Cristo cambió completamente la vida de Pablo (Cfr. Hch.
9,3ss). Luego de su conversión es uno de los grandes evangelizadores y en él queda
claramente es solo un servidor del Señor, que Cristo es el mayor tesoro que alguien
puede tener (cfr. Fil 3,8); una herramienta que porta a Cristo, porque Cristo vive en Él
(Cfr. Gal 2,20).
En todo momento de la misión se puede ver que Cristo es el eje central; por ello, en el
presente ensayo, voy adentrarme en tres ejes generales; cómo evangelizaba la primera
comunidad, la evangelización en la actualidad y Cristo como eje transversal de la fe.
DESARROLLO:
LA EVANGELIZACIÓN DE LA PRIMERA COMUNIDAD CRISTIANA.
La primera comunidad cristiana vivó varios momentos para ir propagando la fe por todo
su medio. Era una comunidad que vivía en unidad, compartía sus alimentos y celebraba
la fracción del Pan. Viendo este ejemplo de unidad y compartir, muchos se vinculaban a
la comunidad, porque el Señor los agregaba a aquellos que se convertían (Cfr. Hch 2,
42ss).
La realidad cultural: dentro de la primera comunidad cristiana se puede palpar también
la presencia de la cultura. Las personas que están fuera de la Iglesia a quienes ellos los
denominan paganos, pero por otro lado están también los religiosos de su tiempo que
son los judíos. En este medio, es como se desarrolla la misión evangelizadora de los
primeros discípulos. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta esta realidad
misionera. Por una parte, el consejo de ancianos, perseguían a los cristianos por predicar
la resurrección de los muertos que se había realizado ya en Jesús (Cfr. Hch 4,1ss; 5,17).
Sin embargo, a pesar de todo ello, había muchos que iban acogiendo la fe y se unían a
la comunidad (Cfr. Hch. 2,47). Pero también, muchos que predicaban entregaban su
vida por el Evangelio (Cfr. Hch. 7,54). De otro lado están los paganos que no conocían a
Dios de Jesucristo, sino que tenían otros dioses, pero a ellos también llega la
evangelización. Aunque empieza en el medio judío luego se expande a los paganos con
el fin de cumplir el mandato de Jesús “vayan y hagan que todos sean mis discípulos” (Mt.
28,18). Como caso particular está la ciudad de Atenas, a la cual, San Pablo les predicó el
Evangelio, les habló del Dios desconocido, tal como ellos tenían escrito en una urna vacía
(Cfr. Hch 17,16ss). Es una realidad de controversia y persecución (Cfr. hch. 5,17), sin
embargo, allí van fundando comunidades con aquellos que acogen la fe (Cfr. Hch. 16,11;
18,1s; 17,1s).
La presencia de Cristo en la misión: la presencia de Cristo es fundamental en la misión
de los primeros discípulos. Se puede identificar claramente que la misión comienza con
la presencia de Cristo resucitado (Cfr. Hch. 1,3.11). La comunidad se reúne entorno a
Cristo a compartir y vivir la oración (Hch. 2,47), la predicación gira entorno a Cristo
resucitado que se manifiesta a los discípulos (Cfr. Mc. 16, 12-18, Mt. 18,16-20; Jn. 20,19-
23; 14,16; 1Cor 15,5). Con el poder de Cristo la misión se hace creíble porque los
apóstoles realizan prodigios en su nombre (Cfr. Hch 3,5ss; 5,15-16; 9,34). Su mensaje
central en la Evangelización era dar a conocer a Cristo, por eso se palapa claramente que
en muchos lugares los discípulos se encuentran “predicando a Cristo” (Hch. 8,5).
El Espíritu Santo fortalece y guía en la Evangelización: la presencia del Espíritu Santo es
fundamental para llevar a cabo la misión. Es Él quien impulsa la acción misionera en los
primeros discípulos, de la misma manera como lo hizo también con Jesús pues, “lo
impulsó hacia el desierto” (Mc. 1,12; 4,1). Ese mismo Espíritu es el que acompaña a los
discípulos en su misión evangelizadora (cfr. Hch. 6,3; 7,55). Es gracias a la fuerza del
Espíritu prometido que los discípulos se llenan de valentía y empiezan a evangelizar,
porque antes, se encontraban encerrados por miedo a la gente (Cfr. Hch. 2,1ss).
LA EVANGELIZACIÓN EN LA ACTUALIDAD
La realidad de hoy: vivimos en un mundo donde la realidad es muy difícil para la
evangelización por ello como manifiesta el concilio vaticano II hay que tener en cuenta
los “signos de los tiempos”, “así como a las exigencias de la situación que cambia
continuamente y se desenvuelve en determinadas direcciones” (RM n. 15).
Es la realidad cambiante que a coartado la libertad del ser humano, porque unos posen
muchos bienes mientras que otros se desenvuelven en la miseria y están bajo el dominio
de los poderosos (Cfr. RM n. 16). Por lo tanto, “El progreso de la técnica y el desarrollo
de la civilización de nuestro tiempo, que está marcado por el dominio de la técnica,
exigen un desarrollo proporcional de la moral y de la ética” (RM n. 16).
El hombre en vez de cuidar la creación como el Señor le ha encomendado, a dejado de
lado ese precepto y se ha vuelto dominador de la creación, explotador y, por tanto,
destructor; mientras que, “era voluntad del Creador que el hombre se pusiera en
contacto con la naturaleza como “dueño” y “custodio” inteligente y noble, y no como
“explotador” y “destructor” sin ningún reparo” (RM n. 16).
Otra manera en que vivimos esta realidad tan cambiante es lo que menciona el Papa
Francisco, “la cultura del descarte”, además, “es un trastocamiento tal de situaciones
religiosas y sociales, que resulta difícil aplicar concretamente determinadas distinciones
y categorías eclesiales a las que ya estábamos acostumbrados” (RM n. 32). Y por esta
razón, se puede afirmar que “el hombre por tanto vive cada vez más en el miedo” (RM
n. 16).
En este medio de esta realidad es como se tiene que evangelizar en la actualidad. Esto
es muy desafiante, porque en cuanto a creencias, es muy variada; el islam, el judaísmo,
el hinduismo… y dentro del mismo cristianismo están las varias divisiones. Además,
están aquellos que no creen en Dios y se denominan ateos. Es una realidad variada y
desafiante; pero ahí está la misión y en cumplir el mandato de Jesús de hacer que todos
sean sus discípulos (Cfr. 28,18) y que todos sean uno como Él y el Padre son Uno (Cfr. Jn
17,21-23).
Entre estos derechos se incluye, y justamente, el derecho a la libertad religiosa junto al
derecho de la libertad de conciencia. De hecho, hasta el mismo fenómeno de la
incredulidad, arreligiosidad y ateísmo, como fenómeno humano, se comprende
solamente en relación con el fenómeno de la religión y de la fe. En la actualidad la
secularización ha desplazado a los hombres creyentes (Cfr. RM n. 17).
Los misioneros de hoy y su relación con Cristo: en medio de esta realidad que cada vez
se vuelve más cambiante, es importante que los misioneros tengan una profunda
experiencia de Cristo, que sean llenos de fe y que vivan la oración. De allí parte el
anuncio de “la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino está cerca;
convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 14-15; cf. Mt 4, 17; Lc 4, 43). (RM n. 13).
El reino que Dios trae es de salvación, liberación, que transforma y que interesa a todos
(Cfr RM n.14-15). Por tanto, todo lo que va en contra de los derechos y la dignidad del
hombre, no viene de Dios. Tampoco viene de Dios lo que está separado de la Iglesia y
de Jesucristo (Cfr. RM n. 18).
Para vivir la plenitud de la unidad con Cristo está el sacramento de la eucaristía, de ello,
afirma Juan Pablo II en la Redemtoris Hominis: “La Eucaristía es el Sacramento más
perfecto de esta unión. La Iglesia vive de la Eucaristía, vive de la plenitud de este
Sacramento, cuyo maravilloso contenido y significado han encontrado a menudo su
expresión en el Magisterio de la Iglesia, desde los tiempos más remotos hasta nuestros
días” (RH n. 20).
Quisiera terminar este apartado diciendo que hay muchos que están al frente del
cuidado y la misión de la Iglesia que no tienen una profunda relación con Cristo y por
ello, cometen muchos errores que no son testimonio para los demás. La falta de la
oración, lleva a que se aleje de la verdadera evangelización y se termine siendo
funcionario y quizá es lo que en muchos pasa y eso afecta a la Iglesia. “La evangelización
es a tiempo y destiempo”; pero este principio muchas veces no se lo cumple. La misión
es formar a la gente, acompañar, guiar y dar testimonio de lo que se predica. Sólo quien
confirma con su vida lo que predica es realmente auténtico discípulo de Jesús, el cual,
“es poderoso en obras y palabras” (Lc 24,19). Pero también están aquellos que viven
una auténtica vida cristiana, llena de oración, llena de Dios, que enriquecen a la Iglesia
y dan con su ejemplo de vida testimonio de Cristo.
El papel del Espíritu Santo en la misión: el Espíritu Juega un papel imprescindible en la
evangelización, es el que guía y dirige la misión de la Iglesia; y lo hace de dos maneras
concretas: la primera es mostrando el camino; y la segunda, es eligiendo a las personas
(Cfr. R M n. 24-25). Esa misma fuerza del Espíritu que se manifestó en la misión de los
primeros cristianos también se manifiesta en los misioneros de hoy; y de la misma
manera impulsa cada vez mas a extender el evangelio a otras culturas (Cfr. RM n. 25).
Gracias al Espíritu que opera en todo tiempo y lugar, pero de una manera particular en
la Iglesia y en sus miembros, es que su presencia y sus acciones son universales. Y esto
hace que los actos humanos se encaminen en la verdad, el bien y a Dios. Por ello, el
concilio Vaticano II reconoce que Él sopla donde quiere y esparce sus semillas, por lo
que la Iglesia debe discernir con cuidado y acoger con humildad todo lo que venga de Él
(Cfr RM n. 28-29).
Es la fuerza del Espíritu la que hace que muchas personas den testimonio de su fe. En la
realidad que se vive, al igual que en los primeros tiempos, en muchos lugares la Iglesia
es perseguida, especialmente donde la minoría es católica. Sin embargo, es ahí donde
muchos aceptan ir al martirio, pero no retractarse de su fe o negar a Jesucristo (Cfr. RM
n 35-36).
Todos somos evangelizadores: Así como los primeros discípulos, se dedicaban
profundamente a la evangelización a tiempo completo, de la misma manera es la
invitación en la actualidad. Por mucho tiempo, habido una concepción errónea por parte
de los fieles católicos de pensar que la evangelización compete únicamente a los líderes
de la Iglesia: sacerdotes, diáconos, obispos. Pero a Dios gracias que en el Concilio
Vaticano II se logra dar un giro y manifestar que los responsables de la misión somos
todos los bautizados porque nos unimos a Cristo y somos en él Sacerdotes, profetas y
reyes.
Dentro de la Iglesia hay varios movimientos evangelizadores, pero ello no implica
ninguna exclusión, sino que todos debemos ser misioneros. Entonces, afirmar que toda
la Iglesia es misionera no excluye que haya una específica misión ad gentes; al igual que
decir que todos los católicos deben ser misioneros, no excluye que haya “misioneros ad
gentes y de por vida”, por vocación específica. (RM n.32).
CRISTO COMO EJE TRANSVERSAL DE LA EVANGELIZACIÓN
En la Evangelización el protagonista es Dios Trinitario: El Padre que llama, el Hijo que es
el mensaje y centro de la predicación. A él se lo predica. Y el Espíritu Santo es aquel que
impulsa a la Misión, el que fortalece y muestra el camino.
Nadie va a predicar por cuenta propia, sino que predica a Cristo. Él es la Buena Noticia,
con Él se hace presente el Reino de Dios. La misión parte, precisamente de la fe en
Jesucristo tal como se expresa en la profesión de fe trinitaria (Cfr. RM n. 4).
Sin Cristo no hay misión. Porque la misión se da gracias a Cristo resucitado, que ha
vencido la muerte y que busca la salvación del género humano. Por tanto, si no se
predica a Cristo la misión se vuelve vacía, insípida, increíble. Sólo Cristo es capaz de
atraer a todos hacia Él (cfr. Jn 12,32). Es capaz de capaz de cambiar un corazón de piedra
por uno de carne (cfr. Ez 36,26). La misión es llevar a Cristo tanto en las obras como en
las palabras. No es predicarse a sí mismo, porque todos somos instrumentos de Él,
meros siervos inútiles. Mientras que el encuentro con Cristo hace discípulos capaces de
dar la vida por Él y por el Evangelio. Podemos ver como ejemplo como su presencia
convirtió a Pablo quien pasó de perseguidor a predicador. Así mismo, quien se encuentra
con Jesús cambia su vida, sus planes y vive el Evangelio.
Con el bautismo todos somos hijos adoptivos de Dios “miembros de Cristo y miembros
del cuerpo de la Iglesia”. Nos hacemos uno en Cristo y por su resurrección obtenemos
la salvación. El anuncio parte de Cristo muerto y resucitado que por su pasión nos da su
plena y total liberación del mal.
Si el Mensaje que se predica es Jesucristo, el eje de la misión es el hombre. Es buscar su
conversión. “La Iglesia sirve de veras a la humanidad, cuando tutela esta verdad con
atención incansable, con amor ferviente, con empeño maduro y cuando en toda la
propia comunidad, mediante la fidelidad de cada uno de los cristianos a la vocación, la
transmite y la hace concreta en la vida humana” (RH n. 21). “Por otra parte, la Iglesia se
dirige al hombre en el pleno respeto de su libertad. La misión no coarta la libertad, sino
más bien la favorece. La Iglesia propone, no impone nada: respeta las personas y las
culturas, y se detiene ante el sagrario de la conciencia. A quienes se oponen con los
pretextos más variados a la actividad misionera de la Iglesia; ella va repitiendo: ¡Abrid
las puertas a Cristo!” (RM n. 39).
CONCLUSIÓN:
Para una verdadera evangelización debe estar presente siempre Cristo. Hay que ser
portadores de Cristo. Y para ello, la vía fundamental es la oración, que es el puente para
el encuentro con el Señor. La plenitud del encuentro se da en la Eucaristía “fuente y
culmen de la vida cristiana” (LG 11).
En la misión hay momentos difíciles que toca afrontar, pero no hay que darse por
vencidos, es necesario fortalecerse en el Espíritu y continuar evangelizando. La Buena
noticia que se predica es Cristo resucitado. Y todo aquel que lo reciba en su vida
acogiendo el mensaje debe dejarse llevar por su Espíritu y vivir sus mandamientos.
La misión es para todos los cristianos no solamente para unos pocos; todos debemos
por tanto ser comprometidos en la acción misionera de la Iglesia. debemos estar
abiertos a dar, pero también a recibir. Alí está la riqueza de la evangelización. Así se
puede crecer entre todos en la fe.
El tener a Cristo cambia radicalmente la vida de todo ser humanos. Él es la libertad total,
es la máxima plenitud del Amor que dio su vida por la humanidad entera, solo pide de
cada persona la entrega generosa a su persona, a que se lo acoja en cada una de nuestras
vidas. Esta conversión es un Don de Dios, que otorga a cada uno de manera particular.
Pero cada uno somos miembros de una Iglesia Particular y entre todos formamos la
Iglesia universal que camina hacia el encuentro pleno con el Señor.