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infobae.com 23/9/2018

Cultura

Por qué el psicoanálisis cambió el


pensamiento occidental: sobre la vigencia
de Sigmund Freud
Hace 79 años, el creador del psicoanálisis moría en Londres tras ser inyectado con tres
dosis de morfina, para dejar de padecer los dolores por el cáncer de paladar que lo
acechaba. ¿Cuáles fueron sus aportes y cómo se conjugan con nuestro tiempo? Los
psicoanalistas Luciano Lutereau y Alexandra Kohan dialogaron con Infobae Cultura

Por Luciano Sáliche


23 de septiembre de 2018
lsaliche@infobae.com

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Vigencia de Sigmund Freud, hoy

Padre del Psicoanálisis. Así, con ambas palabras en mayúscula, se lo conoce a Sigmund
Freud. Es más que una definición; se trata, también, de un modo de situarlo en la historia
del pensamiento: el origen de esta práctica y teoría, de esta terapia y filosofía. ¿Qué queda
de todo eso hoy?

Mucho. Del Psicoanálisis queda muchísimo. Pero empecemos por el principio. El germen
de esta disciplina aparece en las sesiones que Freud mantenía con sus pacientes por casos
de histeria. Corría el año 1892, hacía diez que se había graduado de médico. El estudio de
la mente humana lo estaba llevando a lugares jamás explorados.

En aquellas terapias, estancado en tratamientos que no avanzaban, comenzó a indagar en un


nuevo mecanismo: la asociación libre, que consta de, básicamente, verbalizar sin ningún
tipo de censura las ocurrencias que pasan por la cabeza del paciente. No tenía que ver con
la hipnosis ni la catarsis, sino que se trataba de, justamente, asociar libremente los
conceptos, pasando por fantasías, sueños, sin mayor sugestión que la del propio deseo.
Entonces destapó una olla.
Familia Freud (Foto de 1876)

Parece simple, pero realmente no lo es. Porque, mediante el lenguaje, Freud tajea el manto
que envuelve al paciente permitiéndole conocer su propio dolor, sus síntomas, para que
intente comprenderlo aprendiendo a la vez a convivir con ello. Aparece aquí, entonces, el
concepto de inconsciente: un lugar psíquico en la mente humana donde se alojan los
contenidos reprimidos, que pujan por salir. ¿Cómo convivir con aquello que está dentro
nuestro, que desconocemos y cuando somos incapaces de manejar las formas en que se
manifiesta? Freud, en este sentido, modifica la forma de pensar al hombre.

"El pensamiento occidental cambió a partir del descubrimiento freudiano. No se piensa


igual después de Freud. Pero no sólo aquello que se piensa sino cómo se piensa, la propia
forma de pensar fue afectada por Freud". La que habla es la psicoanalista
y docente Alexandra Kohan.
Se refiere al descubrimiento freudiano, que "trae a escena el cuerpo de la histeria, con el
que Freud se encuentra, como un cuerpo nuevo, un cuerpo que no estaba; el descubrimiento
freudiano funda un cuerpo porque funda, a la vez, una lectura; funda una lectura de un
cuerpo más allá de la norma médica, esa lectura hace fracasar el saber médico. Yo diría que
lo que Freud hace es soltar los cuerpos que estaban amarrados a la univocidad del saber
médico y los hace hablar. En ese sentido, hay toda una nueva concepción del síntoma. Un
síntoma deja de ser algo a extirpar, algo concebido como un problema para pasar a ser una
solución (de compromiso) ante un problema radical: hay algo entre el sujeto y el mundo
que no tiende a la adaptación, hay algo en el sujeto que no tiende a su propio bien. Hay una
inadecuación estructural entre el sujeto y el mundo. Y en 'mundo' pongamos todos los
objetos con el que el sujeto pretende relacionarse", completa en diálogo con Infobae
Cultura.
Foto de Sigmund Freud en 1905

Quizás sea con la publicación de La interpretación de los sueños, en 1899, cuando la


comunidad científica empieza a comprender mejor el trabajo que estaba realizando Freud.
En ese libro parece inaugurarse el psicoanálisis como disciplina. Por eso, tres años después,
recibe una condecoración sorpresiva. No le da demasiada importancia, pero es algo
institucional, algo que trasciende, algo que lo sitúa de otro modo frente al afuera. Se trata
del nombramiento imperial como "Profesor Extraordinario". En una carta a su colega
Wilhelm Fliess le escribo con ironía: "Es como si de pronto el papel de la sexualidad
fuera reconocido oficialmente por su Majestad". Porque si hay algo que prima en el
psicoanálisis, en nuestras represiones, en nuestro deseo, es la sexualidad.

"Desde un comienzo a Freud se lo acusó de pansexualismo (ver la sexualidad en todas


partes); sin embargo, eso es algo que ya la psiquiatría de la época había destacado —le dice
el psicoanalista y escritor Luciano Lutereau a Infobae Cultura—. No hay más que
recordar la obsesión del siglo XIX por el niño masturbador, el dispositivo de sexualidad
que Foucault subrayó en el primero de los volúmenes sobre la cuestión y otros detalles. No
obstante, Freud no fue un paladín de la sexualidad, sino quien destacó que no hay nada en
la sexualidad que inscriba o establezca la diferencia sexuada: no hay pulsión oral de mujer,
pulsión anal de varón, etc., es decir, para decirlo de un modo paradójico: no hay nada en la
sexualidad que conduzca al sexo, ¡la sexualidad no tiene sexo! Este sí es el descubrimiento
freudiano, el que levanta la hipoteca normativa en pleno siglo XIX, es decir, cuando la
heterosexualidad se consagra como el paradigma de la orientación sexual".

Y continúa: "De este modo, Freud es un precedente indispensable del feminismo y de


ciertas ideas que hoy parecen incluso planteadas contra el psicoanálisis: para Freud el sexo
es performativo, esto es, depende de un acto que no se corresponde con la anatomía, una
autorización de sexo que es singular. Por eso, como me gusta decir, el feminismo actual es
el psicoanálisis por otros medios, aunque con una particularidad: en tanto método, el
psicoanálisis no espera deconstruir a nadie con un discurso hiperbólico y súper moralista
(como el de algunas proclamas feministas actuales), sino que no pide más que recostarse en
un diván y ubicar el punto en que alguien se constituye como sujeto a partir de una
misoginia constitutiva, asociada muchas veces a una homofobia defensiva".

Sigmund Freud junto a otros psicoanalistas, entre ellos Jung, en la Universidad de Clark en
1909

"La noción de síntoma que hay en Freud es novedosa, inédita y no está en otro lugar, en
otro discurso, salvo en el marxismo", agrega Alexandra Kohan. "Junto a la noción de
síntoma —continúa la psicoanalista— se produce una novedosa noción de sujeto: con
Freud el sujeto ya no puede gobernarse a sí mismo ni pensarse de manera directa, sin
mediaciones, sin opacidades. Sería imposible el 'conócete a ti mismo'. El inconsciente hace
de ese sujeto alguien extraño para sí mismo. Freud descentra el lugar de la conciencia
cuando corre la razón hacia el inconsciente y produce lo que él mismo llama 'una herida
narcisista'. Una más en la serie de Copérnico y de Darwin. No somos transparentes a
nosotros mismos, no somos sujetos de la voluntad y, siendo un poco radical, diría que la
única voluntad es la de la pulsión que, además, no es gobernada por el Yo. De modo tal que
síntoma, sujeto y pulsión configuran un cuerpo nuevo que nos pone de frente a una
opacidad ineluctable. Resumiría todo el descubrimiento freudiano en ese cuerpo nuevo y en
una nueva manera de leer y de leernos".

Freud y la Asociación Psicoanalítica Vienesa

El universo teórico de Freud incomodaba. De entrada, el nazismo lo consideró su enemigo.


No era sólo por ser judío, la cosa iba más allá: el psicoanálisis invitaba a reflexionar, a
cuestionar, a repensar el estatuto de nuestras ideas y creencias, y eso, al Tercer Reich,
no le convenía. Sus hijos fueron perseguidos, y su hermanas, asesinadas en campos de
concentración. Tuvo que irse de esta nueva Austria, anexada a la Alemania Nazi desde
1938. Consiguió asilo en Londres. Antes de irse, debió firmar una declaración —lo cuenta
Mark Edmundson en su libro La muerte de Sigmund Freud— donde aseguraba que
había sido bien tratado en su país. Lo hizo, y añadió, con una ironía que ya es una marca
nítida de su personalidad, "encomiendo encarecidamente la Gestapo a cualquiera".
Al año siguiente, un 23 de septiembre de 1939, murió. No estaba en Viena como hubiese
querido. Sino en Londres. Padecía cáncer de paladar y el dolor se había vuelto insoportable.
Max Schur, su médico, le había hecho una promesa: cuando Freud lo dispusiese, le
aplicaría sedantes hasta morir. Sabía que pronto vendría la agonía, y de ese sufrimiento
final no quería saber nada. Fue así, entonces, que —por pedido expreso de Freud— recibió
tres inyecciones de morfina y se despidió del mundo a los 83 años. Hoy, a 79 años exactos
de la muerte de su creador, ¿qué queda del psicoanálisis y cuál es su vigencia? ¿Cómo se
conjuga esta práctica —pero sobre todo esta teoría— en esta nueva época?

Sigmund Freud en una foto coloreada posteriormente

"El psicoanálisis fue resistido en todas las épocas", comenta Kohan. "Hoy es corrido por
derecha por las neurociencias y por izquierda por ciertos estudios de género… algunos. Lo
que creo es que el psicoanálisis está vivo en la medida en que somos muchísimos los que
seguimos produciendo lecturas y no repitiéndolo como un dogma. Cuando Lacan produjo
su 'retorno a Freud' llevó adelante una operación de lectura que sacó al texto freudiano de la
letra muerta y la degradación de la que había sido objeto por parte de los post freudianos.
Nuevamente, de lo que se trata es de leer, que es lo opuesto a dogmatizar", agrega y cita a
Juan Bautista Ritvo, otro psicoanalista argentino: "Un dogma es un dogma porque está
prohibido leerlo".

"El psicoanálisis atraviesa siempre momentos turbulentos. Como es una práctica que no es
funcional al mercado, suele caer bajo sospecha —dice Luciano Lutereau—. Puede
ponerse de moda eventualmente, pero dura sólo un ratito: el psicoanálisis incomoda, es
algo que comprueba cualquier paciente después de algunas sesiones, cuando descubre
que el análisis no lo victimiza, sino que interroga su complicidad con aquello de lo que
sufre. El psicoanalista, en cambio, quizá ya no incomoda tanto; en particular hay una
versión contemporánea del analista erudito, que sabe mucho de psicoanálisis, pero habla
poco de su práctica y, por ejemplo, es un especialista capaz de decir lo que el psicoanálisis
debe ser. Su alter ego es el psicoanalista que se considera el heredero del intelectual faro y
le baja línea a la sociedad respecto de cómo vivir, tomar decisiones políticas, etc. Este es un
síntoma compartido entre psicoanálisis y feminismo: así como un problema del feminismo
suelen ser les feministas, el principal problema del psicoanálisis somos los psicoanalistas
cuando queremos hacer mucho más que dedicarnos a nuestra tarea (analizar) y nos
convertimos en educadores".
La más emblemática foto de Sigmund Freud, coloreada posteriormente
Por último, Alexandra Kohan concluye que, en definitiva, el psicoanálisis se conjuga
leyendo el presente: "Los síntomas de cada época no están por fuera del malestar
contemporáneo. Así como para Freud hubo una moral victoriana, cada época dicta la moral
sexual y prescribe conductas sexuales, cada época tiene su erótica. Pero sería un lugar
común creer que como vivimos en una época en la que casi todo está permitido, entonces
no tendría porqué haber síntomas: la liberación sexual pudo haber traído algún alivio pero
no la eliminación de la represión y el retorno de lo reprimido. Me parece que en la época de
los discursos que subrayan la virtud de la transparencia, en la época de la fetichización del
Yo, en la época en la que se pretende vivir sin pathos y en la que hay un empuje
permanente a ser libres, a disfrutar de cualquier modo, a gozar sin límites; en la época del
imperativo a no aburrirse, a no angustiarse, el psicoanálisis sigue incomodando ahí
donde dice que hay un cuerpo que no es mío, un pathos ineliminable, una opacidad
imposible de atravesar. Pero sigue incomodando, sobre todo, porque no promete la
felicidad. Y es justamente ahí mismo donde yo leo el alivio que puede traernos el
psicoanálisis. No el psicoanálisis en tanto teoría sino en tanto el encuentro contingente con
un analista".

"Hay un rasgo que siempre admiré de Freud —concluye Lutereau—; que cuando le
preguntaban sobre ciertos temas (muchos de ellos inquietantes) respondía como varón,
como padre, como judío, etc. Admiro, entonces, que respondía con sus particularidades,
cuando se trataba de una pregunta que excedía el dispositivo. Hablaba desde sus
particularidades, llevándolas hacia una posición singular. No fue un profeta, tampoco un
indiferente. Era un hombre comprometido, como varón, padre, judío y muchas cosas más.
Que lo personal sea político no quiere decir que lo personal sea universalizado. Hablar en
nombre del psicoanálisis, para opinar sobre ciertos temas (no vinculados a la práctica del
psicoanálisis), es la infatuación mayor, de la que Freud siempre se cuidó. Porque Freud era
varón, padre y judío, pero al menos no estaba tan loco como para creerse Freud".