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Índice y Preámbulo de

Las reglas en juego (Algunas relaciones entre filosofía y literatura)


San José, Costa Rica: Editorial Arlekín / Ediciones Perro Azul, 2003

Disponible a la venta en Librería UCR online

ÍNDICE

PREÁMBULO EN TRES HILADAS

TEJIDOS ENTRE FILOSOFÍA Y LITERATURA

Rorty, Platón, Derrida, y otro Platón. Notas para un conversatorio


Víctor Alba de la Vega

Literatura como imaginario. Ser lector con Spinoza


Sergio E. Rojas Peralta

Escritura, fisiología y disolución. Apuntes para un imposible


y fragmentario tratado de geo-grafía política
Esteban Mata Vargas

Asombros ante el mundo. Entre literatura y filosofía


Mario Salas Muñoz

PUNTADAS EN AMÉRICA LATINA

In finito litterario
Sergio E. Rojas Peralta

¡Sí, Señor Berkeley; no, Señor Kant!: Exploraciones comparativas


en la metafísica de Macedonio Fernández
Andrés Lema Hincapié

Identidades desperfiladas. Apuntes acerca de las relaciones entre


literatura y filosofía en América Latina
Alexandra Ortiz Wallner
OTROS TRAZOS

Saramago o el poder de un título


Natalia Rivero Pascual

¿Qué decir? El discurso. Aportes clásicos al problema de la


relación entre filosofía y literatura
Pablo Hernández Hernández

¿Qué decir? El pensamiento. Fin-de-siècle: ejemplo de un


encuentro entre literatura y filosofía
Pablo Hernández Hernández

De las muchas maneras en que fue escrita la Ética


Sergio E. Rojas Peralta

E. M. Cioran y el carnaval de las sensaciones impuras


Johnny Abarca Aguilar

LOS AUTORES
PREÁMBULO
en tres
hiladas

Los textos que componen esta antología no pueden


registrarse bajo un estilo único. Tampoco bajo una disciplina normal.
En común tienen la celebración, explícita o no, de una tolerancia
básica a la diversidad: de talantes, de fuentes, de contenidos, de
relaciones. Pasan por afirmar que el pensamiento requiere una
variedad diseminadora. Por ejemplo, que el pensamiento no está
restringido a la filosofía y la ciencia, o, peor aún, a filósofos y
científicos. Es decir, su guiño gozoso es también la aserción de que
aquella pluralidad no le resta nada a la rigurosidad del pensar. Más
bien, lo más probable es que le sume. Aunque quizá esta imagen
económica no sea la más pertinente.
La diversidad –y la tolerancia y celebración de esa diversidad–
no es sino ejemplo de algo que el saber, el pensar, el vivir en general
debieran afirmar todos los días y en todas partes, si es que
queremos, claro está, pensar y convivir de mejores maneras. Por
supuesto, parte del problema es qué entendemos por “mejores”
maneras.

Esta plática, ya ineludible, entre filosofía y literatura, al poner


en obra y sostener en juego las severidades del pensar y las gracias
del verso, de la imagen, de la parábola, marca también una suerte de
ejemplo ético y político. Es una muestra, sencillamente, de la
imperativa necesidad de recrear continuamente formas de diálogo
que no atenten contra la calidad y la caridad del pensamiento,
contra las diferencias culturales e individuales, contra el derecho a
expresarse, a replicar, a afirmar.
De distintas maneras veremos que en estos textos el
pensamiento que se quiere filosófico se inclina, gracias
principalmente al entrelazamiento con la literatura, hacia aspectos
que grosso modo podemos llamar “éticos”. Quizá nada más porque
tienen que ver con las maneras como nos relacionamos y nos
afectamos, y con cómo el pensamiento –por más riguroso que se
plantee a sí mismo– siempre tendrá que partir de y volver a las
espirales de la vida que lo hace posible. (Se trata aquí de cómo el
pensamiento sólo puede perder si se niega a trazarse dentro de esa
vida. De hecho, podemos llamar “nihilismo” a cualquier
pensamiento que se niegue a ello.) Y mejor sería decir, para ser
consecuentes: a las vidas que lo hacen posible. En la novela, por
ejemplo, el pensamiento nunca se olvida de sí mismo como parte del
tejido, de la estructura –fabric, se dice lúcidamente en inglés para
recoger ambos sentidos– de la vida de donde surge y donde es
efectivo.

II

¿Cuáles reglas –entonces– y cuál juego?


Curiosamente, fue conversando entre amigos, mientras
jugábamos billar, como llegamos al título de este volumen.
Tratábamos de decidir si podíamos hacer más interesante el juego
variando ligeramente alguna de las reglas. O bien, si en ese
momento nos convenía más hacerlo.
Por eso el trasfondo de todo esto es en realidad muy simple:
no habría nunca que renunciar a poder cuestionar las reglas, todas,
si el caso lo exige. Para poder jugar –que es como decir: para poder
vivir– necesitamos, sin duda, reglas; pero para poder seguir jugando
sin condenarnos a alguna resignación, sin aburrirnos, y ponderando
siempre mejores maneras de convivir (de jugar) sin tener que
postular una redención en alguna trascendencia fuera de juego
(fuera-de-vida), debe ser posible, en principio, cuestionar todas las
reglas en algún momento. Es la misma promesa que sostendría a una
democracia radical.
A pensar, pues, y repensar las ventajas y desventajas, los
peligros y seguridades de algo como eso, es a lo que invita el
encuentro entre literatura y filosofía. Porque una de esas reglas –en
este caso, una históricamente académica– es la que impide que la
disciplina filosófica quiera mezclarse, contaminarse con o
equipararse a la literatura. Aquí el juego empieza por poner esa regla
en juego: por arriesgarnos a considerar qué pasaría con ese riesgo.
Porque no todo riesgo conduce a un abismo. Y aunque lo haga, a
veces parece más prudente tomar el riesgo de lanzarse que no
hacerlo.

III

Los textos y los autores que se han reunido acá para poner en
escena conversaciones entre filósofos y escritores, y para conversar
entre sí sin ánimos de competencia –porque se puede ser
competente sin tener que competir o, más exactamente, sin tener
que ganar– provienen de distintas ocasiones y lugares.
Ciertamente la mayoría somos de profesión filósofos, lo cual
puede seguir inclinando la balanza hacia una consideración filosófica
de la literatura, es decir, a una reducción de la literatura a lo que la
filosofía piense de ella. Con lo cual no habríamos puesto un pie fuera
de la república platónica.
Sin embargo, el gesto puede interpretarse también de otra
manera: cómo desde la filosofía se puede hablar con la literatura sin
tener que establecer, como regla de juego de ese intercambio, la
superioridad de una o de otra. Quizá se quiera mostrar, tan sólo, que
el abandono de algunas jerarquías –o de la obsesiva “necesidad” de
jerarquizar, verticalmente– es más conveniente a la interacción, la
fertilidad de las ideas y, en general, la imaginación. Entendiendo
aquí, también, la imaginación de nuevas o renovadas formas de
organizarnos y cohabitar.
Creo poder leer en común en los textos que siguen al menos
la atmósfera de estas aseveraciones. Quienes aquí hemos querido
colaborar no formamos, por supuesto, un grupo disciplinar, una
Escuela. Supongo que no estaríamos de acuerdo en muchas cosas
que decimos, pero creo que sí estamos de acuerdo en que podemos
decirlas y en que es enriquecedor incluso decirlas juntos. Porque
hacer un libro es también una manera de juntarnos, de hablar e
invitar a otros a hacerlo.

Una breve palabra sobre los textos.


Cuatro de ellos tuvieron una primera oportunidad de ser
presentados en el “Conversatorio sobre la relación entre filosofía y
literatura” llevado a cabo en octubre del 2002 en la Facultad de
Letras de la Universidad de Costa Rica, organizado por Alexander
Jiménez. Son los de Alexandra Ortiz, Mario Salas, Víctor Alba, y el
texto de Pablo Hernández dedicado a recorrer algunos aportes
clásicos a esta relación. Ha pasado más o menos un año desde
entonces; fluidas como el tiempo que las deja cambiar, las versiones
incluidas aquí difieren de aquellas primeras propuestas.
El texto de Víctor Alba describe la perspectiva de Richard
Rorty sobre cómo, y por qué, la filosofía debiera hoy en día
entregarse a la literatura. La compara, además, con una de las
fuentes que Rorty dice seguir al erigir sus posturas: Jacques Derrida.
En ese recorrido un Platón y otro Platón conversan para hacer del
intercambio entre filosofía y literatura un asunto primariamente
ético.
Sergio Rojas colabora con dos textos referidos, de distintas
maneras, a la Ética de Spinoza, un autor que no muchas veces es
leído desde las cercanías de los ámbitos literarios. Aparecen allí
Cervantes, Ovidio, Queneau, Lope y muchos otros en pasajes donde
la afección y cierto afán hermenéutico no parecen poder, o querer,
soltar su abrazo. También se incluye un texto suyo sobre el infinito
literario, leído en la obra de Jorge Luis Borges; entre otras cosas, su
propuesta resalta por la originalidad estilística.
Hilando y jugando con Kafka, Heidegger, Zinedine Zidane y
otros argelinos, el texto de Esteban Mata es una suerte de ejercicio
escritural ofrecido por el autor a modo de –a la vez– relato, artículo
y chiste; en ello, me parece, radica su galante firmeza.
El texto de Mario Salas logra, en muy pocas páginas, seguir el
trazo histórico de las relaciones entre filosofía y literatura, marcando
algunos momentos especiales –Platón, Kant, Hegel, Wittgenstein,
Borges– con el deseo de mostrarnos que es para encontrar refugio y
consuelo que creamos obras de arte, y, entre ellas, sistemas
metafísicos.
Andrés Lema recoge en su colaboración algunas
comparaciones entre Berkeley y Kant, recorridas entre líneas de
Macedonio Fernández, ese sibilino personaje que, según Borges,
más que ninguna otra persona que él hubiera conocido sólo vivía
para pensar. Su no religiosa “ontología de la ensoñación” es
recordada aquí, merecidamente, como un grandioso asedio literario
a la más cara terminología metafísica de occidente.
También en un cruce particularmente latinoamericano entre
literatura y filosofía se inscribe la intervención de Alexandra Ortiz,
que nos obliga a recordar la maravilla de vivir ya de por sí en pueblos
acostumbrados a ver germinar sus mejores pensamientos en
cuentos o historias sobre las personas asombrosas que los piensan, o
que son víctimas de los pensamientos –o falta de ellos– de otros.
Natalia Rivero nos brinda un recuento estudiado y provocador
de la obra de José Saramago. En ella, cree Rivero, filosofía y
literatura se dan la mano de maneras que no pueden dejarnos
indiferentes, en parte porque allí logramos oír hablar a sus
personajes, y en parte porque, haciéndolas brotar a partir de títulos
que obran como “ideas fuertes”, Saramago escribe novelas
comprometidas con su tiempo, y de izquierdas, además, razón de
sobra para tomarlo a él como ejemplo de un autor reconocido –
diríamos, incluso, “triunfante”– que no ha querido rendirse a las
exigencias del marketing. Siguiéndole el tono a su autor, Rivero
remarca la sugerencia de Saramago de reivindicar el papel de los
deberes humanos.
Pablo Hernández divide su intervención en dos momentos,
como ida y vuelta, quizá, con el discurso y el pensamiento. Con los
sofistas y Aristóteles, primero, y después con Wittgenstein y
Hoffmansthal en la famosa Viena de fin de siglo, Hernández
Hernández defiende la idea de que, por un lado, al hablar y escribir,
sea literatura o filosofía, no podemos escapar de la retórica; pero
que, por otro lado, de lo que se trata con esos libros que hacemos y
leemos es de poder perturbar el mundo, visitándolo, digamos, con
textos que nos lleven más allá de sí mismos.
Finalmente, el volumen culmina con un texto donde Johnny
Abarca lee, con Émil Cioran, todo un carnaval de seductoras
impurezas. La impureza entre filosofía y literatura, la impureza de la
carne y la vida, del pensador que vive todo lo que piensa. La
presencia a la vez “luminosa y sombría” de Cioran –“nihilista
creador” y defensor, como Nietzsche, de la noción de verdad como
“error insuficientemente vivido”– se refleja en el estilo mismo del
texto de Abarca: se trata, al parecer, de que las ideas ladren y aúllen
para que vuelva a ellas la vida de donde nacen...

Anticipando nuevas relaciones, con paradojas y sin ellas,


celebrando la complejidad es, pues, como se teje el enramado de
este juego cuya regla principal es poder poner en juego cualquier
regla –incluyendo ésta– si alguna vez viene al caso: es decir, si con
ello podemos llegar a convivir cada vez más amigablemente, sin
negarnos unos a otros la posibilidad de expresar y desarrollar cada
uno sus capacidades y afectos.
Recordemos que el enramado es también el sostén del barco,
necesario para que pueda flotar y navegar y llevarnos a conocer
mundos y aventurarnos en nuevos acontecimientos.

V. A. D.