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Agustina Rodríguez — Literatura Uruguaya II 2017

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ENRIQUE CASARAVILLA LEMOS


UN POETA, MÚLTIPLES CONCIENCIAS

Agustina Rodríguez
PRIMER PARCIAL — LITERATURA URUGUAYA II 2017

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Agustina Rodríguez — Literatura Uruguaya II 2017

 INTRODUCCIÓN

De todas las críticas que refieren a la poesía del autor uruguayo Enrique Casaravilla Lemos,
de todos los autores que le han dedicado contados suspiros… Si hay camino en común que
los recorra a todos, es la imposibilidad de reducir su poesía a los límites de una corriente
determinada. Appratto lo sitúa dentro del contexto poético uruguayo de la generación del
veinte postmodernista, pero se empeña en estudiar las características que lo posicionarían
opuesto a dicha generación, esto es, a la recurrencia de elementos modernistas que moldean
su poesía. Por otra parte, si bien Ida Vitale reconoce un arranque postmodernista en los
inicios de Casaravilla, niega dicha categorización en su lírica más madura. Por ende, es
factible concertar que, forme o no forme parte exclusiva del enjambre estilístico de corrientes
literarias que luchaban a capa y espada por hacerse un lugar en la rebosante poesía uruguaya
del veinte, la poesía de Casaravilla es más amplia que la reductible categorización a un
movimiento artístico. Modernismo, postmodernismo, vanguardismo, nativisimo… Son
múltiples los -ismos que merodean en derredor de la poesía de Casaravilla. Empero, ninguno
logra moldearse a la perfección en torno a los versos (des)dibujados del poeta. Esa
multiplicidad de tonos que la habitan parece subrayar con mayor intensidad ciertos elementos
que se tornan más recurrentes a lo largo de la obra de estudio, Las formas desnudas (1930).
La totalidad de sus páginas encierra la tensión entre diversas conciencias que ansían florecer
al mismo tiempo, pero que, casi que sin darse cuenta, chocan las unas con las otras,
resultando en esa explosión de forma y de significantes que sugiere. El fervor de su espíritu
místico colisionando con un ardor erótico insoslayable hace de la poesía su fruto. O en
palabras de Alberto Zum Felde: “el místico y el fauno prosiguen su lucha dramática…”
(1930: 10). Una lucha por esos distintos elementos (o lugares) que buscan ser uno, que
buscan integrarse en un lugar común que es la poesía; que anteriormente no encontraron
acomodo en ningún otro poeta, pero que en Casaravilla no solo se encuentran, sino que de la
perennidad de su lucha logran resultar en arte.
De allí podría intuirse la calificación de “raro” que comúnmente se le atribuye al autor. La
imposibilidad de categorizarlo dentro de una corriente particular ni de encontrarle
antecedentes claros, sumado al tinte desconocido de su poesía tildan al poeta como
perteneciente a un nuevo grupo de raros, esos que alguna vez denominó Rubén Darío.
“Aquellos raros dejaron de serlo y de una vena casi secreta llegan otros a ocupar ese
espacio”, en palabras de Ida Vitale. La autora a su vez atribuye el inconmesurable brillo de
Juana de Ibarbourou, a nivel tanto nacional como internacional, como otro de los motivos por

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los que quizá el resto de la producción poética uruguaya de la generación del veinte, entre
ellos (y sobre todo) la de Casaravilla Lemos, quede un tanto opacada.
Así como tampoco debemos olvidar esa rareza del autor abonada por una vida personal
austera. Vivió al margen de la sociedad intelectual de su época, publicando algún que otro
poema de vez en cuando, ganando anónimamente algún concurso literario, manteniendo
charlas literarias con unos pocos amigos y conocidos que por lo general prestaban el oído sin
lograr aprehender del todo lo escuchado.
Más allá de que el estudio biográfico de la obra de Casaravilla no es lo que se busca en
este presente ensayo, cabe destacarla como una posible conexión extralingüística ya que, al
fin y al cabo, Enrique Casaravilla Lemos no solo escribió poesía, sino que fue “poeta, solo y
todo poeta” (Zum Felde: 1930, 13).

 (DES)ARRAIGO

Casaravilla fue criado en un entorno familiar católico, donde la religión formaba parte
fundamental de sus relaciones y de su vida cotidiana. Este entorno religioso dejó marcas muy
profundas en el poeta, marcas que se dejan ver a lo largo de toda su poesía en pos de ese
misticismo ambulatorio que todo lo circunda: “hay un negro órgano de Iglesia y un coro de
voces eucarísticas resonando siempre en la penumbra de su espíritu” (Zum Felde: 1930, 7).
Mas no se trata de una fe religiosa pura. Alejado del dogma, Casaravilla nos presenta una
conciencia religiosa turbada. Hay en su poesía un exquisito ir y venir entre una sensualidad
insoslayable y el ascetismo que demuestran sus versos, esa intrínseca conexión con una
realidad poética que trasciende la palabra, que recupera el valor de la palabra exacta, sin
artificio alguno, en un contexto artístico en el que la pureza idiomática no es moneda
corriente.
Este deseo de pureza lingüística tiene íntima relación con el deseo torturante de pureza
heredado del cristianismo, el que a su vez le inculcó el sabor extático del culto, el vigilado
temor por el pecado. A su vez, le inculcó el temor por el pecado y todos aquellos
sentimientos propios de quien predica con vehemencia la fe cristiana. Todos estos elementos
se encuentran en la poesía de Casaravilla: desde el uso preciosista y casi celestial de su léxico
para referir, de manera recurrente, a imágenes asociadas al culto cristiano. Ahora bien, la
presencia de estos elementos sufre una transformación que se va incrementando de
composición en composición. El espíritu religioso en Casaravilla debe ser apreciado a la luz
del pensamiento metafísico que lo acosa. Hay en su poesía otro eje que no debe pasarse por

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alto, que por el contrario todo lo trastoca, y es esa conciencia filosófica racionalista que
convierte su fe inicial en ese panteísmo tempestuoso que terminará por caracterizar su lírica.

 EL DEVENIR DE UNA AUTOCONCIENCIA

La irreductibilidad que exige la poesía de Casaravilla, como condición necesaria para


alcanzar su máximo disfrute, es una de las principales características por las que resulta
menester promover un mayor estudio sobre la obra del autor. Tal como lo enunció Zum Felde
en el prólogo que le dedica a la obra estudiada en este presente artículo, así como también Ida
Vitale lo menciona en su nota introductoria: la pureza y la originalidad que emana la poesía
de Casaravilla hacen que resulte imposible aprisionarla dentro de los barrotes de una
corriente literaria única, dentro un paradigma de pensamiento particular, ni siquiera hace
posible lecturas en eco de autores ajenos, a los que haya leído y de quienes se haya servido —
consciente o inconscientemente— para la enunciación de su lírica.
El único trazo de posibles fuentes que podemos tratar de bosquejar es el que el propio autor
nos permite: Nietzche, Renán… ¿Dios?
Si bien la totalidad de los poemas que conforman Las formas desnudas tienen un dejo
filósofico, es el tercer y último libro, dentro de la obra, el que nos permite una mayor
inserción dentro de la mente turbada metafísicamente del autor. Este tercer libro se titula
“libro III, breve; Exámenes interiores: señales o aspectos en mi entendimiento,
contradicciones” y desde ya nos advierte que no será igual a los anteriores; por el contrario,
este en particular ofrece una suerte de explicación al lector, para que al dar vuelta la página
también este último dé vuelta sus expectitativas, cambie su disposición y asimile con otros
ojos las profundas reflexiones o exámenes que el autor confiesa a partir de allí. El uso de esta
palabra en particular: exámenes, nos recuerda, inconscientemente quizá, a la celebérrima
práctica filósofica de la antigüedad clásica, por supuesto, de Sócrates el memorioso. ¿Guiño o
casualidad por parte de Casaravilla? La multiplicidad de conciencias que habitan el poemario
—la mística, la dionisíaca, la filosófica— nos dan la ilusión de por lo menos compartir una
cosa siquiera y es el estar bien despiertas; válgase la redundancia, el ser altamente
conscientes de sí mismas. Lo que deja pensar que todo allí está lejos de ser mera casualidad.
Consecuentemente, este tercer libro encierra una serie de exámenes interiores, a la manera
socrática, que nos revelan una conciencia intranquila, un despertar metafísico y un
reconocimiento de la propia condición humana.

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Aforismos, apotegmas, ¿entradas al estilo de un diario íntimo? Las formas que adquiere esta
nueva conciencia son múltiples y disímiles; pero, en brillante resonancia con su título, con la
cualidad de presentarse como “una síntesis de expresión esencial” (Zum Felde: 1930, 10),
honestas, sin máscaras, desnudas a los ojos del lector. El alma de Casaravilla busca
desnudarse y lo logra en más de una manera… ¿Hacia Dios? ¿Hacia la mujer? ¿Hacia el
universo? ¿Hacia algo que está más allá y resulta incognoscible? ¿Hacia el lector?
Ese vulgo, al que se refiere Zum Felde en su prólogo, se ha preguntado alguna vez quién es el
verdadero poeta dentro de todos los que habitan el poemario, de todas las voces que hacen
eco dentro de sus páginas y que muchas veces se contradicen entre sí… ¿A cuál de ellas
escuchar? ¿Cuál es la verdadera? Y precisamente esta es una de las exquisitas complejidades
que presenta la poesía de Casaravilla, pues todas son verdaderas, o mejor dicho ninguna
resulta falsa. Perfecto reflejo de la condición humana, destinada a sufrir contradicciones,
paradojas inaprensibles inherentes a nuestra naturaleza.

No puedo más… no puedo más, esta noche!… Nada


siento del alma, todo siento del mundo!, hundido
en lo Inútil y muerto…, las alas sin sentido
ven en la luna como una tapa cerrada

La necesidad de trascendencia que ilustran estos versos del poema “Luna” refleja la tortura
del padecer humano que sufre el poemario entero. Proyectan una de las principales cuestiones
filosóficas de todos los tiempos, que es la dicotomía entre el mundo físico y el mundo
inteligible; el primero como lo inútil y lo muerto, aquello de lo que el poeta no puede escapar;
y el alma como poseedora de alas que la transporten a un universo más allá de lo que nos
ofrece el mundo sesnsible.
Si bien el tercer libro es, por excelencia, el de carácter filosófico más consciente de sí
mismo, en el primero aún se pueden hayar retazos como el de “Luna”. No obstante, los
versos que habitan el primer libro todavía retratan la lucha interna entre un Dios en su
máxima expresión cristiana y un Universo/Dios que personifica el panteísmo tan presente en
Casaravilla. Claro ejemplo de esto son los ambiguos versos pincelados en “Ruego”, que
demuestran una necesidad filosófica mayor y, a su vez, la referencia a un “señor” con ecos de
catolicismo y una clara conciencia del pecado:

SEÑOR, apártame de los débiles tesoros!


—Dame los fuertes, ¡tuyos!, ¡tus tesoros!,
los que no se abren con llave de oro…

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No estos ¡tan pobres!


que como sombras en nuestras manos tiemblan,
y ofrecen una forma tan efímera
como el lloro y el gozo de los días…
No los que miro, vanos, me concedas;
no los que envuelven en deleite vano;
sino los que no miro todavía!
que resplandecen con belleza eterna
en tu amor solitario y soberano
de inextinguible Esfera!;
¡Los de tu dulce Océano lejano!

 ¿BODAS CELESTIALES O CARMESÍES?

Conviene subrayar, para no quedarnos con una simple lectura ingenua de la obra, esta
pluralidad de conciencias, de voces intercaladas, que juegan a solaparse unas a otras,
turnándose el protagonismo de poema en poema, incluso de verso en verso, llegando a
dialogar seductivamente.

Me llaman
a su gracia pálida
las bodas del cielo.
—Pero yo amo la Tierra.

Me llaman las altas estrellas.


—Pero las mujeres cubren con una roja llama, toda la tierra…!

Me llaman las altas tinieblas!…


—Pero yo amo las cabelleras
de las plantas,
que las más sensuales, y felices, me recuerdan
de las mujeres de la tierra!

Me llaman desde las alturas de las estrellas


llantos
de vagos labios
perdidos….

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—¡Pero yo amo la tierra!

Quizá sus “Versos terrenos…” sean de los que mejor representen esta “lucha dramática”
entre el místico y el fauno en Casaravilla. El poema, enmarcado entre rayas y juegos de
espacios, asemeja el diálogo entre dos conciencias opuestas y turbadas. El hombre se halla
dividido entre su cuerpo, seducido por la tierra y sus sensuales elementos, y su alma, atraída
por deseos de tipo menos carnal. Por un lado, el fervor místico de clara connotación cristiana,
que en este poemario alcanzan un tono más maduro, logrando una mayor profundidad al
reflejar los restos de una fe religiosa devenida metafísica. La lectura por contraste entre los
términos cristianos, que siguen poblando su poesía, —las estrellas, las altas tinieblas, las
bodas del cielo…— y la búsqueda de una mayor comunión con los objetos terrenales de su
naturaleza, personificados por excelencia en la figura de la mujer.
La sexualidad en Casaravilla es palpable de distintas maneras, pero siempre está presente.
Tanto Alberto Zum Felde como Ida Vitale lo destacan como de “los más ardientes poemas de
amor varonil que se han escrito en el Uruguay, los más sensuales, rendidos…”, en palabras de
esta última (1968: 95).

Me tentaba… Mi río de deseos,


rojo,
su cadera blanda de música rodeaba.
Me arrastraba a la Alegría de sus dientes
y de sus más ocultas redondeces
nevadas.
Y mis imperios en llamas, se oscurecían…
y casi ya sobre su sexo suave…
turbado y escondido,
casi ya en el n o c t u r n o mar de su sexo
mi corriente de deseos deteníase,
loca…
(…)
Me hubiera dado a ella todo entero
y como un racimo me hubiese exprimido

Y como dos de esos otoñales racimos nos hubiéramos esparcido…

“Estremecimientos del recuerdo” es quizá el poema que expresa más nítidamente la presencia
de objetos sensuales y la danza fervorosa en la que se enfrascan los cuerpos. La analogía a

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distintos elementos de la naturaleza no hace más que reforzar la estrecha relación dionisíaca
del poeta con la naturaleza que lo circunda, produciendo una embriaguez ditirámbica
excesiva y orgiástica, que resulta en su lírica.

Referencias bibliográficas
 APPRATTO, R. (s. f.). Casaravilla: La práctica de los sentidos. Montevideo:
Instituto de Profesores Artigas.
 CASARAVILLA LEMOS, E. (1930). Las formas desnudas. (1era). Montevideo:
Imprenta Germano Uruguaya.
 VITALE, I. (1968). “Los poetas del veinte”. En Capítulo oriental (p. 95).
Montevideo: Prisma Ltda.
 ZUM FELDE, A. (1930). Proceso intelectual del Uruguay. Montevideo: Imprenta
Nacional Colorada.

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