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Eley, G.: “Cap.

19: Conclusión”

En 1945, la alianza antifascista no presentaba fisuras. Sin embargo, con el final de la 2GM van a
reaparecer las antiguas tensiones entre los bloques comunistas y socialistas que durante la lucha contra el
fascismo se habían hecho a un lado.
Problemas aparecen fuera de Europa: restauración del imperialismo francés en Indochina, guerra civil en
China, guerra civil en Grecia.
Cuando Gran Bretaña deja de financiar a los gobiernos anticomunistas de Turquía y Grecia, en 1947
EEUU pone en marcha la doctrina Truman para prestar ayuda financiera a ambos en la derrota de los
grupos insurgentes. A su vez, se pone en marcha el Plan Marshall, con el fin de ayudar a la
reconstrucción de la convulsionada Europa de posguerra y evitar la radicalizacion de los grupos
izquierdistas.
Europa se polariza aceleradamente. En 1947, los PC de Francia, Italia y Bélgica son expulsados del
gobierno. Stalin crea la Cominform para consolidar el bloque oriental. Finaliza la tolerancia hacia los
“caminos nacionales” del comunismo en Occidente, vuelve línea de “Dos Bandos”. Las tensiones
aumentan en Europa oriental, con la Revolución checoslovaca (1948) y la definitiva división de Alemania
en dos mitades.
En Asia las revueltas anticoloniales obtuvieron resultados diversos: República Popular China (1949);
movimientos antiimperialistas triunfan en Indonesia y Birmania, son sofocados en otras zonas o
desencadenan prolongadas guerras de liberación. La guerra de Corea (1950-1953) fue un momento crítico
que impulsó la remilitarización a gran escala de Europa. Los comunistas griegos fueron abandonados por
Stalin y perdieron la guerra civil en 1948. En Europa del Este, Stalin impuso una uniformidad brutal y
expulsa a la Yugoslavia de Tito de la Cominform en 1948 por negarse a aceptarla.
En Occidente, la URSS volvió a ser demonizada luego de la breve fascinación que generó su lucha contra
el fascismo (totalitarismo, falta de libertad, deslealtad a la nación, enemigo interior). En el bloque oriental,
el recrudecimiento de la hostilidad fue peor, generó paranoia de conspiración en las democracias
populares, con consecuente control y terror.

Asegurando la democracia para el capitalismo

Después de 1947, Occidente va a militar con toda sus fuerzas contra las promesas de democracia que
había despertado el socialismo tras la batalla de Stalingrado, cuando venció a los nazis.
EEUU va a implementar el Plan Marshall como un medio para cimentar la democracia y bloquear las
esperanzas radicales. A la vez que se aseguraría la paz social en Europa, garantizaría el crecimiento
económico norteamericano.
El Plan Marshall fue economico pero también político (precursor de integración trasnacional). En un
comienzo tuvo intenciones de reforma, pero su unión con el anticomunismo y por ende, con los sectores
más reaccionarios, hizo que se fuera reduciendo el espacio para estos experimentos.
En Italia, por ejemplo, la ayuda norteamericana fue acompañada de imperativos anticomunistas que
exigían aumentar la productividad y romper la unidad y combatividad del movimiento obrero, lo cual
suponía eliminar la influencia de socialistas y comunistas. Los derechistas hace tiempo querían
neutralizarlos pero por su cuenta no podían. En Gran Bretaña, el Plan Marshall permitió mantener gastos
militares elevados sin restringir más los niveles de vida.
El nexo de la economía de posguerra, la Guerra Fría y el anticomunsimo definió los límites de la política y
suprimió un mundo de historias plurales. La retórica de la amenaza soviética ocultaba historias locales de
explotación y destruyó experimentos de autodeterminación y democracia. Los conflictos revolucionarios en
Grecia, el sudeste de Asia e Irán no eran consecuencia de las rivalidades entre las grandes potencias o de
la contraposición del «mundo libre» y el comunsimo, sino movimientos por derecho propio.
Usando la ayuda económica para bloquear opciones radicales, EEUU se aseguró que los reformistas no
comunistas (socialdemócratas, cristianos radicales, socialistas) no pudieran elegir.
Al transformar la coyuntura económica europea, el Plan Marshall no sólo anuló las tendencias
colectivistas, sino también la coyuntura política que daba respetabilidad a los comunistas. El plan era una
piedra angular de la doctrina de contención y tenía un importante objetivo político: aislar a la URSS y a
los partidos comunistas europeos. Este objetivo dio buenos resultados, culpando a los soviéticos de
rechazar la ayuda y obteniendo con ello una gran victoria propagandística.

Perspectivas de democracia en la Europa del Este

Al finalizar la guerra, en Europa del Este el tejido de la sociedad civil había quedado hecho trizas
(población diezmada, campos de exterminio, deportaciones en masa, trabajo forzoso). En 1945, no
obstante, aún quedaba espacio para que las izquierdas autóctonas pudieran maniobrar.
Las economías de Europa del Este estaban subdesarrolladas y la guerra había dañado la infraestructura.
El programa de reconstrucción soviético tenía grandes diferencias con el de Occidente: proponía una
industrialización dolorosa, que priorizaba la industria pesada y bienes de capital en detrimento del
consumo significaba grandes sacrificios para los consumidores; la colectivización terminó imponiéndose.
El Plan Marshall, en cambio, era un programa que vinculaba la modernización industrial con el consumo.
La experiencia política reciente de Europa del Este había sido de dictadura. La pauta que empezaba a
aparecer en la región (coaliciones de unidad nacional denominadas «democracias populares») estaba
garantizada por el Ejército Rojo; su presencia puso fin a los proyectos occidentales de restauración
conservadora a expensas de la izquierda.
El modelo soviético de economía dirigida y gobierno de un solo partido significaba «socialismo» sólo en un
sentido estrecho, técnico y empobrecido, purgado de democracia. La política soviética habia dejado de
respaldar la revolución en otras partes y secuestrado las izquierdas europeas para sus propios fines de
gran potencia.
Al principio, la dominación soviética en Europa del Este varió y se implementó la consigna «caminos
nacionales al socialismo» que ya caracterizaba la política comunista en Europa occidental en 1945. La
realidad de los «caminos nacionales» abacaba desde elecciones fraudulentas (Polonia) hasta elecciones
totalmente libres (Checoslovaquia) Aparte de atacar a los que habían colaborado con los nazis, los
comunistas fueron contra sus rivales más fuertes, los partidos de base campesina. Después de 1945-
1946, el pluralismo auténtico fue raro. Los comunistas se hacían con ministerios clave mientras dominaban
la planificación económica, y durante 1947-1948 consolidaron su dominio. A partir de entonces, el control
soviético se puso más riguroso y se dio fin a la experiencia de “caminos nacionales”.
Las relaciones entre comunistas y socialistas eran centrales, ya que los partidos campesinos no resultaron
decisivos. Cuando aumentaron las tensiones con la Guerra Fría, los comunistas vencieron a sus rivales
dada su mejor estrategia, pero los socialdemócratas van a respaldar las radicalizaciones bajo la idea de
que había que asegurar la supervivencia del régimen y evitar los desastres de 1918-1920 y 1933-1934, en
un contexto de presiones crecientes y preocupaciones internacionales relativas a complots derechistas y la
desestabilización económica.

Estalinizando las democracias populares

La Guerra Fría malogró las iniciativas democráticas emergidas en Europa del Este después de 1945. El
escenario se vio modificado por una serie de acontecimientos clave en 1947: la Doctrina Truman, la
expulsión del PCF y el PCI del gobierno en Francia e Italia; el Plan Marshall, la fundación del Cominform.
El contraste de la Cominform (1947) con la Comintem definió claramente el movimiento internacional. Su
objetivo no era profundizar la revolución sino asegurar la lealtad a la política exterior soviética. De allí que
estuvieran ausentes figuras claves como Tito, y que no se invitara ni al PC griego ni al finlandés, que era
muy fuerte. Tampoco se habló de la liberación de las colonias.
El mundo volvió a dividirse en dos bandos y las democracias populares se convirtieron en regímenes
comunistas. Los partidos comunistas no gobernantes encabezaron la resistencia a la americanización en
Occidente. El efecto inmediato fue el enfrentamiento con los no comunistas y el comienzo de una segunda
fase del poderío soviético, la estalinización propiamente dicha, entre 1947 y fines de 1948.
Dramatizado por el Golpe de Praga (1948) en Checoslovaquia y reproducido en otras partes, se cerraron
los periódicos anticomunistas, se purgó a los comunistas, y se atacó a la sociedad civil. Los
socialdemócratas fueron obligados a fusionarse con los partidos comunistas. Se llevó adelante la
colectivización de la agricultura y se completó la nacionalización que culminó con planes plurianuales y
coordinó las economías de la Europa del Este con la URSS.
La escisión de Tito inició la fase final de la estalinización, desde 1948 hasta la muerte de Stalin en 1953.
El Partido Comunista Yugoslvo (KPJ) después de 1945 había abogado por la dictadura del proletariado
contra la vía parlamentaria, afirmando la revolución internacional y respaldando a los comunistas griegos,
mientras Stalin se atenía al Acuerdo de No Injerencia que había firmado con Churchill durante la guerra.
Stalin expulsó a Tito de la Cominform en 1948, acusándolo de querer crear un centro comunista alternativo
y aprovechó la medida para realizar un despliegue monolítico de lealtad. En Europa del Este las purgas
fueron feroces y la disciplina del partido se vio sumamente reforzada.
El movimiento internacional fue activado y orquestado contra Tito. Tito buscaba activamente formar una
confederación de los Balcanes y Europa del Este. Se trataba de una antigua idea de la Comintern que
databa de la década de 1920, con obvias virtudes de integración económica, dado el atraso de la región.
Dimitrov (búlgaro) había propuesto una confederación general de las democracias populares y Grecia, un
país donde la guerra civil iba acercándose a su punto culminante. Esto es lo que Stalin quiso cortar de
raíz.
La clave fue el ataque contra los «comunistas nacionales» o «clandestinos locales» como Rajk en
Hungría, Gomulka en Polonia o Rostov en Bulgaria, cuyos antecedentes en la resistencia los separaba de
los exiliados en Moscú. Para Stalin, el «cosmopolitismo» o vinculación a Occidente hacía que un grupo
más amplio de «extraños» resultara automáticamente sospechoso: ex socialdemócratas e izquierdistas no
afiliados, Brigadistas Internacionales de la guerra civil española, intelectuales judíos, hombres que se
habían exiliado en Londres en vez de en Moscú.
El descenso de la liberación de 1945 a la pasividad embrutecida de los primeros años cincuenta causó un
daño a la idea socialista del que ésta nunca se recuperó. Se malograron los mejores logros del comunismo
(servicio en España, la solidaridad antinazi, internacionalismo sin limitaciones de la era de los frentes
populares, identificación con los bienes progresistas de la cultura europea y el pluralismo democrático del
camino nacional checoslovaco). El sufrimiento de los judíos en los campos de concentración fue
convertido en denuncia antisemita. El antisemitismo, llamado ahora antisionismo, estuvo presente en el
proceso de Slanski (1952) en el que 11 de los 14 acusados eran judíos.
El proceso de Slanski (dirigente comunista checoslovaco acusado de traición) fue el último acto de la
estalinización de la Europa del Este. Allí los partidos comunistas fueron las verdaderas victimas del
estalinismo. Estos partidos fueron destruidos como movimientos creativos y totalmente rehechos. Esto
tuvo una dimensión sociológica: miles de obreros ascendidos de la fábrica a la administración estatal. En
cierto sentido, la clase obrera tuvo su revolución social. Pero la estalinización descendió sobre Europa del
Este como una contrarrevolución política. Si el Plan Marshall aseguró la democracia para el capitalismo,
entonces la política soviética en la Europa del Este aseguró el socialismo para Stalin.

Pautas de reforma europea occidental

El conservadurismo que resurgió tras 1947 fue distinto del conservadurismo anterior a la guerra. La
segunda posguerra dio lugar a avances democráticos más duraderos que el del período de entreguerras.
Se creó un nuevo ordenamiento que incluyó la nacionalización y la propiedad pública, organizada
alrededor de economías mixtas y planificación central, vinculadas a fuertes Estados del bienestar y a una
política laboral activa. La integración europea también avanzó.
Esta atmósfera estaba definida por el colectivismo (amalgama de patriotismo, responsabilidades públicas y
bienes públicos). Los movimientos obreros se integraron en la vida activa del Estado a través del
reconocimiento de los sindicatos, la libre negociación colectiva y la ampliación de las libertades civiles, que
ahora se unieron a las vinculaciones de la ciudadanía en la Europa occidental por primera vez. El
movimiento obrero se puso en el centro del sistema de gobierno, y el trabajo mismo pasó a ser un bien
social.
El orden de posguerra pasó de los ideales democráticos liberales de 1789, que consideraban los
derechos políticos como garantia suficientes de libertad, a la sociatdemocracia y los derechos sociales
en la esfera socioeconómica. La ciudadanía social fue un avance decisivo. Se argüía que para que el
pueblo ejerciera su democracia eficazmente, se necesitaban unos niveles de vida mínimos; de lo contrario,
las desigualdades sociales debilitaban la ciudadanía en el voto Eos derechos políticos necesitaban el
complemento de los derechos sociales (trabajo, subsidios de paro y enfermedad, pensiones, asistencia
sanitaria universal, viviendas, igualdad de oportunidades en educación, un salario mínimo). Estas antiguas
exigencias de los movimientos obreros europeos se convirtieron ahora en derechos generales por medio
de la reconstrucción de la posguerra.
Las mujeres pasaron a ocupar un rol central en el Estado de Bienestar: obtuvieron derecho al voto y
fueron destinatarias de las campañas políticas. La movilización de las mujeres durante la guerra había
creado expectativas de igualdad, pero las consiguientes reivindicaciones de la ciudadanía se centraron en
la maternidad. En realidad, el empleo femenino aumentó más y las mujeres no volvieron sencillamente al
hogar. Pero los lenguajes públicos imaginaron que volvían. Las mujeres participaron en el romance de la
democracia en la posguerra, pero en términos ya conocidos desde los regímenes de género maternalistas
posteriores a 1918. Este era un obvio frente de normalización. La Europa católica utilizaba la retórica
familiar del tipo más reaccionario. La política familiar se convirtió en un arma importantísima de la guerra
fría y el control «totalitario» de la familia en el Este comunista sería motivo de temor omnipresente.
Las medidas del Estado del bienestar y las reformas de la ciudadanía del período antifascista acumularon
lenguajes sobre derechos y capacidades que posteriores radicalismos también podrían desarrollar (lucha
contra desigualdad de género, equidad salarial, etc.).
Las reformas fueron polivalentes. Los Estados del bienestar llevaban aparejados programas tenocráticos
de modernización industrial, competitividad internacional y eficacia nacional, como de mejora social y
progreso democrático de maneras altruistas. La capacidad de armonizar estos argumentos funcionalistas
con las esperanzas de grandes movimientos sociales y combinar el objetivo de la prosperidad capitalista
con el proyecto reformista de una base política de izquierda era de importancia vital para la estabilidad de
los nuevos sistemas políticos durante la guerra fría.
La socialdemocracia de la posguerra

La socialdemocracia fue el terreno de la principal tendencia no comunista de la izquierda después de


la 2GM. Cada vez más temerosa de la lucha de clases y escéptica de la transformación del capitalismo por
medio de la revolución, la socialdemocracia fue despojándose de forma creciente de la tradición marxista.
Los partidos más fuertes eran los escandinavos (Suecia, Noruega y Dinamarca), que ganaron repetidas
veces las elecciones con programas de reforma estructural basados en la democracia liberal, las
economías mixtas, el corporativismo sindical y Estados de bienestar fuertes. Un segundo grupo lo
constituían socialdemocracias fuertes que entraron en coalición (Finlandia, Islandia, Suiza, Austria).
En otras partes, los socialistas sufrieron oposición continua. En Gran Bretaña y la Alemania Occidental,
partidos fuertes se vieron bloqueados por conservadurismos populares. El laborismo irlandés se veía
marginado permanentemente por el marco político nacionalista. En Francia e Italia, los socialistas se
encontraban ante partidos comunistas fuertes. Finalmente, los socialistas estuvieron en la clandestinidad
en España, Portugal y Grecia hasta el fin de las respectivas dictaduras a mediados de los ‘70.
Las socialdemocracias más fuertes eran vehículos generales del progresismo, pero en gran parte de la
Europa occidental las condiciones lo impidieron. Allí donde factores como el dogmatismo marxista y las
divisones religiosas o étnicas no existían, y la socialdemocracia pragmática dominaba los movimientos
obreros nacionales, los partidos socialistas se convirtieron en la voz principal de 1945, reuniendo amplias
coaliciones detrás de la bandera progresista del movimiento obrero. Así, ocurrió en Gran Bretaña.
Escandinava y Austria.
La Guerra Fría aseguró el éxito socialdemócrata. El Plan Marshall apuntaló a las socialdemocracias a la
vez que la política anticomunista les permitió liberarse de competidores. Allí donde el programa social que
había detrás del Plan Marshall (medidas modernizadoras consistentes en alta productividad, salarios
elevados impuestos redistribuidos y consumo masivo) tropezó con un movimiento obrero combativo
dirigido por los comunistas, chocó con el anticomunismo de la Doctrina Truman y cedió, como ocurrió en
Italia y en Grecia. Allí donde, en cambio, el Partido Comunista era pequeño y el movimiento obrero era
socialdemócrata, como en Gran Bretaña, los Países Bajos y Escandinavia, el Plan Marshall armonizó con
los reformismos locales y los robusteció.
El keynesianismo era la base de este programa socialdemócrata. El keynesianismo aceptaba la
permanencia del capitalismo pero juzgaba necesaria la intervención del Estado para corregir las
disfunciones del mercado y propugnaba mecanismos macroeconómicos de control de la gestión de la
demanda agregada por medio de la política fiscal y el gasto público a gran escala, con el fin de equilibrar el
proceso de crecimiento económico mediante salarios elevados, precios estables y pleno empleo.

Corporativismo

Las relaciones laborales en la posguerra requirieron una triangulación corporativista: el trabajo obtuvo
beneficios económicos tangibles (pleno empleo, salarios elevados, seguridad social, defensa frente a los
abusos de la patronal) e influencia política; el capital obtuvo un mayor margen de libertad (debido al
descenso de la conflictividad obrera) para aplicar una nueva estrategia de acumulación basada en el
fordismo (salarios elevados, alta productividad y proceso laboral modernizado), asociada al aumento del
consumo; y el Estado obtuvo un nuevo papel consistente en supervisar este acuerdo social a gran escala.
El keynesianismo puso fin al desempleo masivo. Un auge capitalista sin paralelo despertó un optimismo
asombroso entre los socialdemócratas, a los que ahora no guiaba la creencia en el inevitable
derrumbamiento de capitalismo, sino la certeza humanizada de su futuro próspero. La retórica de la
revolución, como desafio al poder del Estado, habla desaparecido hacía ya mucho tiempo, pero ahora
también desapareció toda política extraparlamentaria (gobierno local, democracia en el lugar de trabajo,
acción directa). La economía mixta, con su arquitectura de Estado del bienestar, pleno empleo y sector
público fuerte, hizo que los socialdemócratas aceptaran la propiedad y el control privados.
El Estado del bienestar propuso el universalismo, hacer que los derechos sociales formaran parte de la
ciudadanía en lugar de prestaciones concedidas tras una comprobación de los ingresos. Presentando
políticas sociales solidarias mediante el lenguaje de la familia, el hogar y la comunidad, hizo suya la moral
superior de la nación.
En 1960, los socialistas habían abandonado en su mayor parte las ideas de abolir el capitalismo. Los años
de guerra proporcionaron una ética de colectivismo que resonó durante otros tres decenios. Pero la visión
más amplía, la de ejercer el liderazgo político-moral en la nación, de la manera como había imaginado
Gramsci o los arquitectos de la Viena Roja o los militantes de los pequeños Moscús, se perdió.
Las mujeres en su lugar (y los hombres en el suyo)

La experiencia de las mujeres entre el Frente Popular y la guerra fría era una historia conocida. Los frentes
populares español y francés parecieron introducir a las mujeres en la esfera pública, ya fuera por medio
del sufragio y la causa republicana en la guerra civil española o la oleada de huelgas que hubo en Francia
en junio de 1936. La 2GM movilizó luego la retórica del servicio patriótico en toda Europa, en el trabajo de
las mujeres para la economía de guerra británica y los sacrificios de la resistencia en la Europa ocupada
por los nazis. La guerra causó grandes trastornos a la vida familiar, confundió los limites entre lo público y
lo privado e introdujo a las mujeres en cometidos que normalmente desempeñaban los hombres,
perturbando con ello las normas de género establecidas. Sin embargo, después de 1945 se restauraron
continuidades más antiguas: en vez de obtener las mujeres la plena participación en la ciudadanía
democrática, la maternidad y la vida doméstica volvieron a usurpar los resultados.
La admisión de las mujeres como ciudadanas con derecho al voto no abrió los regímenes de género que
existían. Si 1918 dio el sufragio a las mujeres del norte y el centro de Europa, 1945 hizo lo propio en las
católicas Italia, Bélgica y Francia, al tiempo que restauraba el derecho al voto que el fascismo había
suprimido. Sólo Portugal, España, Grecia y Suiza siguieron teniendo sistemas de gobierno exclusivamente
masculinos. Pero de nuevo sobrevino la dialéctica de la igualdad y la diferencia: mientras las mujeres
ejercían los derechos políticos, las leyes sociales de la posguerra trataban de mantenerlas en casa.
La incapacidad de la izquierda para escapar de este marco matemalista señaló los limites del antifascismo.
Los comunistas tendieron la mano a grupos «no proletarios», pero se dirigieron a las mujeres de forma
estereotipada, mientras los socialdemócratas se acercaban todavía más a un terreno generizado de forma
conservadora. La misoginia, la separación de las esferas y la simple indiferencia por parte de movimientos
con predominio masculino siguieron siendo la norma.
Como en 1914-1918, las mujeres fueron arrancadas de la domesticidad, metidas en el empleo y los
papeles públicos, y movilizadas por el bien colectivo. Todo esto fue guiado por promesas de ciudadanía e
igualdad en la nación al terminar la guerra. A pesar de ello, en 1950 las mujeres volvían a ocupar el lugar
secundario de antes.
Al terminar la guerra, las mujeres no siempre dejaban el empleo remunerado, donde continuó la tendencia
subyacente al alza. El maternalismo del Estado del bienestar incapacitó a las mujeres políticamente al
atarlas a la domesticidad, pero también podía validar la participación.

Entre lo personal y lo político

El decenio de 1950 fue una época intermedia para las mujeres, suspendidas entre la novedad de la
ciudadanía jurídica y la normalización de la vida doméstica, en un régimen de género de lo público y lo
privado que entrañaba lo contrario de la personalidad emancipada. En este sentido, el armazón
maternalista del Estado del bienestar era clave, especialmente en las formas pronatalistas más fuertes,
con su valoración de las madres-amas de casa, en contraposición con las mujeres que trabajaban y
privaban a sus hijos de los cuidados maternos.
Triunfó el ideal del ama de casa-madre con dedicación plena: provista de servicios sociales, leche y zumo
de naranja gratis, formada para que fuese competente desde el punto de vista técnico, compartiendo
papeles con el marido-sostén de la familia que traía el salario a casa. La creciente participación de las
mujeres en la economía, por medio del empleo, la educación superior y el consumo privado, que estaba
redefiniendo la relación de las mujeres con el mundo público, quedó oculta de este modo.
Este silenciamiento del radicalismo, en medio de planteamientos pro familia, fue también un efecto de la
guerra fria. La movilización del patriotismo contra el comunismo después de 1947, como continuación
tergiversada de la solidaridad antinazi, armonizaba fácilmente con la retórica sobre la familia y el hogar,
uniendo una domesticidad idealizada a la integridad amenazada de la nación y su estilo de vida, salvado
recientemente del fascismo. Si las mujeres ocupaban la posición de madres en esia economía discursiva,
los hombres se interpretaban no sólo como padres sino como portadores de responsabilidad pública,
dentro de sistemas rígidos de diferencia de género.