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EL TIEMPO

DE LA POLÍTICA
El siglo xix reconsiderado

por
Elias J. Palti

m
siglo
veintiuno
editores
)*a
Siglo veintiuno editores Argentina s.a.
TUCUMAN 1021 7*N (C10DQAAG), 3U EN O S A IR E S , R EP Ú B LIC A ARGENTINA

Siglo veintiuno editores, s.a. de c.v.


C E R R O D E L A GU A 246, DELEG A CIÓ N COYOACAN. 0-1310. M ÉXICO . 0 . F.

Siglo veintiuno de España editores, s.a.


C/M EN ÉN O EZ P ÍP A L . 3 B IS (26036) MADRID_________

Palti, Elias José


E! tiem po de la política. El siglo XIX reconsiderado
1a ed. - B uenos Aires: Siglo XXI E ditores
A rg e n tin a , 2007.
328 ¡j . ; 21x14 cm. (M etam orfosis / dirig id a p o r
C arlos A ltam irano)
ISBN 978-987-1220-87-8
1. Ensayo en E spañol. I. T ítu lo

CCD 864

P o rtad a : P e te r T jeb b cs

© 2007, Siglo X X í E d ito res A rg e n tin a S. A.

ISBN: 978-987-1220-87-8

Im preso en Artes Gráficas Dclsur


Alte. Soler 2450, Avellaneda,
en el mes de abril de 2007

H echo el depósito que marca la ley 11.723


Impreso en A rgentina - Madc in A rgentina
A quien sigo soñando,
y bregando por que no lo alcance la pesadilla.
índice

Agradecim ientos 11
Prólogo 13

Introducción:
Ideas, teleologism o y revisionismo en la historia
político-intelectual latinoam ericana 21

1. H istoricism o/O rganicism o/P oder constituyente 57

2. P u e b lo /N ac ió n /S o b e ra n ía 103

3. O pinión pública/R azón/V oluntad general 161;

4. R epresentación/S ociedad civil/D em ocracia 203

5. Conclusión
La historia político-intelectual com o historia de
problem as 245,

6. Apéndice
Lugares y no lugares de las ideas en América Latina 259

7. Bibliografía citada 309;


Agradecimientos

En la elaboración y publicación de este trabajo p a rticip a ro n


gran ca n tid ad de personas; m uchas veces sin saberlo ellas, y en
u n g ra d o q u e yo m ism o n o p o d ría co m p le ta m en te m e n s u ra r y
del q u e no p o d ría h a c er justicia. Sus n om bres, adem ás, se m ez­
clan y s u p e rp o n e n casi p u n tu a lm e n te con la lista in c lu id a en
o tro libro de recien te aparició n so b re el p en sam ien to m exica­
no d e l siglo XIX, con el q u e éste fo rm a, de h ech o , u n a ú n ic a
obra. De esta vasta lista, sólo q u ie ro d ejar co n stan cia a q u í de
q u ien es h a n estado m ás d ire c ta m en te involucrados en su ela­
b oración. P ido disculpas, pues, de m a n e ra anticipada, p o r no
m e n c io n a r a todos los q u e m ere cía n ser m encionados. Mi re ­
co n o cim ien to los c o m p re n d e p o r igual.
En p rim e r lugar, q u iero a g ra d e c er a q u ien es fo rm a ro n p a r­
te del proyecto original frustrado del cual surgió la idea d e es­
ta obra: E rika Pañi, AJfredo Avila y M arcela Ternavasio. C onfío
en q u e el fu tu ro volum en en colab o ració n q u e p rep a ra m o s, y
cuyo título tentativo es Ilusiones y realidad de la cultura política la­
tinoamericana, co m p en sará con creces la o p o rtu n id a d e sta vez
p e rd id a de trabajar m ás estrech am en te. A H ilda Sabato, q u ien ,
com o siem pre, se tom ó tan e n serio su tarea de critica q u e sus
solos com entarios bien po d rían d ar lugar a otro volum en. A A n­
tonio A n n in o yjavier F ernández Sebastián, p o r sus sugerencias
y aportes.
A Liliana W einberg y Elisa Pastoriza, p o r invitarm e a d icta r
sem inarios que m e perm itieron avanzar en la confección de este
trabajo. El Sem inario de H istoria A tlántica, q u e dirige B e rn a rd
Bailyn e n la U niversidad de H arvard, el S em in ario de H istoria
de las ideas y los intelectuales, que co o rd in a A d rián G orelik en
el In stitu to Ravignani, el Sem inario de H istoria Intelectual de
El Colegio de M éxico, que dirigen Carlos M arichal y G uillerm o
Palacios y c o o rd in a A lex an d ra Pita, y el fo ro virtual Iberoldeas
fu ero n todos ám bitos en los q u e p u d e in te rc a m b ia r ideas y dis­
cu tir algunos de los tem as q u e aq u í se desarro llan . A gradezco
a sus m iem bros respectivos p o r sus señalam ientos y sugerencias,
los q u e m e h a n sido su m am en te productivos. A Carlos Altami-
ran o , p o r su apoyo p a ra incluir el libro en la colección q u e di­
rige, y a Carlos Díaz, p o r el inicio de un vínculo editorial que sé
q u e será p erd u rab le y se p ro lo n g ará en nuevos proyectos. A mis
co m p añ ero s del P rogram a d e H istoria Intelectual, con quienes
c o m p a rtí in n u m e rab le s conversaciones siem p re e n riq u e ce d o -
ras, y a su director, O scar T erán, en particular, p o r perm itirm e,
adem ás, disfru tar d e sus charlas en los largos viajes de regreso
d e Q uilm es.
Prólogo

Es una linda astucia que me hayan pegado un lenguaje que


ellos imaginan que no podré utilizar nunca sin confesar que
soy miembro de su tribu. Voy a maltratarles su jerigonza.

S a m u e l B e c k e tt, El innombrable

En M any Mexicos, Lesley B ird Sim pson relata las ho n ro sas


exequias fú n eb re s q u e recibió la p iern a de Santa Arm a a m p u ­
tada p o r u n a bala d e cañón. Años m ás tarde, iba a ser desente­
rrada d u ra n te u n a p ro te sta p o p u la r y arrastrada p o r toda la ciu­
dad. “Es difícil seguir el hilo de la razón a través de la generación
que siguió a la in d e p e n d e n c ia ”, concluye Sim pson.1
El siglo X IX ha parecido siem pre, en efecto, u n perío d o ex­
traño, poblado de hechos anóm alos y personajes grotescos, de
caudillism o y anarquía. En este cuadro caótico e irregular resul­
ta, sin duda, difícil “seguir el hilo d e la razón”, e n c o n trar claves
que perm itan d a r sentido a las controversias que entonces agi­
taron la escena local. P o r q u é h om bres y m ujeres se aferraron a
conductas e ideas tan obviam ente reñidas con los ideales m oder­
nos de dem ocracia representativa que ellos mismos habían con­
sagrado, para Sim pson sólo p o d ría explicarse p o r factores psico­
lógicos o culturales (la am bición e ignorancia de los caudillos,
la im p ru d en cia y frivolidad de las clases acom odadas, etcétera).
Tras esa explicación asom a, sin em bargo, u n supuesto.im ­
plícito, n o articulado: el de la p erfecta transparencia y raciona­
lidad de esos ideales. Así, lo q u e ella pierde de vista es, precisa­
m en te, aquello en q u e radica el verdadero interés histórico de
este p erio d o . El siglo xix va a ser un m om ento de refundación
e in c e rtid u m b re , en q u e to d o estaba p o r hacerse y n a d a era
cierto y estable. Q u eb rad as las ideas e instituciones tradiciona­
les, se a b riría un horizonte vasto e incierto. Cuál era el sentido
de esos nuevos valores y prácticas a seguir e ra algo que sólo po­
d ría dirim irse en u n terren o estrictam en te político.
Esto q ue, visto retro sp ectiv am en te — desde la perspectiva
de n u e stra política estatizada— , n o s resulta insondable n o es
sino ese m o m e n to en que la vida co m u n a l se va a replegar so­
bre la instancia de su institución, e n q u e la política, ¿n el se n ­
tido fu erte del térm ino, em erge tiñ e n d o todos los aspectos de
la existencia social. Ése será, en fin, el tiempo de la política.
Para d e scu b rir las claves particu lares que lo an im an es n e ­
cesario, sin em bargo, d e sp re n d e rn o s d e nuestras certidum bres
presentes, p o n e r e n tre paréntesis nuestras ideas y valores y p e­
n e tra r el universo conceptual en q u e la crisis de in d e p e n d e n ­
cia y el p o ste rio r proceso de co n stru c ció n de nuevos Estados
nacionales tuvo lugar. El análisis de los m odos en q u e h a b rá de
definirse y redefinirse a lo largo d e éste el sentido de las cate­
gorías políticas fu n d am e n ta les — co m o rep re sen ta ció n , sobe­
ranía, etc.— , la serie de debates q u e e n to rn o de ellas se p ro ­
d u je ro n e n esos años, nos in tro d u c irá en ese rico y com plejo
e n tra m a d o de problem áticas q u e subyace a su caos m anifiesto.

Lenguajes políticos e historia

La im p o rta n c ia que h a c o b ra d o e n los últim os años la his­


toria in telectu al hace innecesario ju stifica r u n estudio enfoca-
d ° en el lenguaje__político. De m a n e ra le n ta p e ro firm e se h a
ido d ifu n d ien d o la necesidad de pro b lem atizar los usos del le n ­
guaje, en u n a profesión tra d icio n a lm e n te reacia a hacerlo. U n
p rim e r im pulso p ro v ien e d e las p ro p ia s exigencias de rig o r
arraigadas en ella: resulta paradójico observar q u e investigado­
res celosos de la precisión de sus datos, p e ro poco inclinados a

1 Leslcy B ird S im p so n , M any Mexicos, Bcrkeley, U niversity o f C alifo rn ia


Press, 1966, ‘¿SO.
cuestionarse los co n c ep to s, cuyo se n tid o im a g in a n p e rfe c ta ­
m ente expresable en la lengua natu ral y tra n sp aren te para cual­
quier hablante nativo, utilicen los conceptos laxam ente, a trib u ­
yendo con frecu en cia a los actores ideas q u e no c o rre s p o n d e n
a su tiem po. Esto ú ltim o se p o d ría evitar, en g ran m edida, con ■
sólo ap elar a un diccionario histórico. Sin em b arg o , existe u n a
seg u n d a cu estió n , ín tim a m e n te re la c io n a d a co n el re su rg i­
m iento recien te de la h istoria intelectual, m u ch o m ás co m p li­
cada de resolver.
De a cu erd o c o n lo q u e se su p o n e , el estudio d e los usos del
lenguaje n o sólo resu lta necesario a los fines de lo g ra r u n m a­
yor rigor conceptual, sino tam b ién p o r su relevancia in trín se ­
ca. A nalizar cóm o se fu e ro n rc fo rm u la n d o los lenguajes políti-
cos a lo largo de u n d e te rm in a d o p e río d o a rro ja ría claves p a ra
c o m p re n d er aspectos históricos m ás generales, cuya im p o rta n ­
cia ex ced ería incluso el m arco específico d e la disciplina p a rti­
cular. C om o a p u n ta b a ya R aym ond W illiams en el p ró lo g o a su
libro Keywords (1976):

Por supuesto, no todos los temas pueden com prenderse median­


te el análisis de las palabras. Por el contrario, la mayor parte de
las cuestiones sociales e intelectuales, incluyendo los desarro­
llos graduales de las controversias y-conflictos más explícitos,
persisten dentro y más allá del análisis lingüístico. No obstan­
te, m uchas de ellas, descubrí, no podían realm ente a p reh en ­
derse, y algunas de ellas, creo, siquiera abordarse a m enos que
seamos conscientes de las palabras como elem entos.2

Según señalaba W illiams, u n diccionario resulta, sin e m b a r­


go, co m p le ta m en te insuficiente p a ra d escu b rir el sentido his­
tórico de u n cam bio sem ántico. El análisis d e n in g ú n térm in o
o n in g u n a c a te g o ría particu lar, p o r m ás p ro fu n d o y sutil que

( ^ R a y m o n d W illiam s, Keywords. A Vocalmtary o f Culture and Socieiy, N ueva


York, O x fo rd U niversity Press, 1983, p p . 15-6.
sea, alcanzaría a d escu b rir la significación h istó rica d e las re­
configuraciones conceptuales observadas. Para ello, d e c ía Wi­
lliams, no es necesario tra sc en d e r la instancia lingüística, pero
sí rec o n stru ir u n cam po co m p leto de significaciones. Afirm a­
b a que su texto Keywords no se d e b e tom ar com o u n dicciona­
rio o glosario, sino com o “el registro d e la in te rro g a c ió n en un
vocabulario ”.3 “El objetivo in trínseco de su lib ro ”, aseguraba, “es
enfatizar las in te rco n e x io n es”.
N o obstante, tal proyecto sufrirá, en el curso de su realiza­
ción, u n a inflexión fundam ental. Según decía, su p ro ced im ien ­
to original tom aba com o u n id a d de análisis “gru p o s [ clusters],
c o n ju n to s p a rticu la re s d e p a la b ras q u e e n d e te rm in a d o m o ­
m e n to aparecen com o a rticu la n d o referencias interrelaciona-
das”.4 Si b ien no ab a n d o n ó este proyecto inicial, obstáculos m e­
to dológicos insalvables lo o b lig aro n a alterarlo , y a re c a e r en
u n fo rm a to m ás tra d ic io n a l.5 En definitiva, W illiam s carecía
a ú n del instrum ental conceptual p a ra ab o rd ar los lenguajes po­
líticos com o tales. En los años in m e d ia ta m e n te p o ste rio re s a la
p u b licació n d e Keywords, d istintos autores, e n tre los cuales se
d estacan las figuras d e J. G. A. Pocock, Q u e n tin S k in n er y Rein-
h a r t Koselleck, a u n q u e p a rtie n d o de perspectivas y en fo q u es
m uy distintos, e n c ara ría n sistem áticam ente la ta re a d e proveer
las h e rra m ie n ta s necesarias p a ra ello, vehiculizando el tránsito
de la an tig u a h istoria de ideas a la llam ada “nueva h isto ria in­
te le c tu a l”.

3 Ibid., p. 15.
4 Ibid., p. 22.
5 Q u e n tin S k in n e r lu e g o c u e stio n a ría d u ra m e n te esto. D ecía: “M a n te n ­
g o m i c re e n c ia e n q u e n o p u e d e h a b e r historias d e c o n c e p to s c o m o ta le s”.
Q u e n tin S kinner, “A Reply to my C ritics", e n ja m e s T u lly (e d .), M ea n in g and
Context. Quentin Skinner a n d H is Critics, O x fo rd , Polity Press, 1988, p . 283. Pa­
ra u n a c rític a específica d e Keywords, d e R aym ond W illiam s, véase Q u e n tin
S k in n er, Visions o f Pnlitics. Volume ¡: RegardingMethod, C a m b rid g e , C am b rid g e
U niversity Press, 2002.
A poyándose en estos nuevos m arcos teóricos, el p resen te
estudio in te n ta re to m a r el proyecto original de W illiams, apli­
cado, e n este caso, al siglo XIX latin o am erican o . Éste es, pues,
m ucho m en o s q u e u n diccionario, d a d o q u e n o resulta de n in ­
gún m o d o su ficien tem en te com prehensivo n i sistem ático, p e­
ro es, al m ism o tiem po, algo m ás q u e u n diccionario: se trata
de u n trabajo de historia intelectual). Esto se in te rp re ta aquí en el
sentido d e q u e n o in te n ta trazar todos los cam bios sem ánticos
que su friero n los térm in o s políticos a b o rd a d o s a lo largo del
p eríodo e n cu estió n , sino qu e b u sca re c o n stru ir lenguajespolíti-
cos. Las diversas categorías q u e ja lo n a n su desarrollo n o se de­
ben to m a r co m o si rem itiera cada u n a a u n objeto diverso, si­
no com o distintas en trad as e n u n a m ism a realid ad , instancias
a través de las cuales ro d e a r aquel n ú cleo co m ú n q u e les sub-
yace, p e ro q u e n o p u e d e p e n e trarse d ire c ta m en te sin transitar
antes p o r los in fin ito s m e a n d ro s p o r los q u e se despliega, in­
cluidos los eventuales extravíos a los que to d o uso público de
los lenguajes se e n c u e n tra inevitablem ente som etido. Sólo to­
m adas e n su co n ju n to , en el ju e g o d e sus in terrelacio n es y des-
fasajes recíprocos, h ab rán , en fin, de revelársenos la naturaleza
y el sentido d e las p ro fu n d as m u tacio n es co n cep tu ales ocurri­
das a lo largo del siglo analizado. .
E n c o n tra m o s aquí la p rim e ra de las m arcas que distingue
la llam ada “nueva historia in te le c tu a l” de la vieja tradición de
historia de “id ea s”. Esta su p o n e u n a red efm ició n fu n d am en tal
de su objeto. U n lenguaje político n o es u n c o n ju n to de id ea s’:
o conceptos, sino un_m odo característico d e producirlos. Para
reconstruir el lenguaje político de u n p e río d o n o basta, pues,
con analizar los cam bios de sentido q u e sufren las distintas ca­
tegorías, sino q u e es necesario p e n e tra r la lógica que las articu­
la, cóm o se re c o m p o n e el sistem a de sus relaciones recíprocas.
Por cierto, ésta n o es la ú n ica diferen cia e n tre la historia inte­
lectual y la histo ria de ideas. De ella derivan u n a serie de refor­
m ulaciones teóricas y m etodológicas fundam entales, las cuales,
idealm ente, a b riría n u n h o riz o n te a u n a perspectiva muy dis-
tinta y m ás com pleja de tos procesos histórico-conceptuales. Ta­
les diferencias, espero, se irán d e scu b rien d o progresivam ente
a lo largo del p resen te estudio.

El revisionismo histórico reconsiderado

En todo caso, cabe señalar, n o se trata ésta de u n a em p resa


in au d ita en la región. O bras hoy m uy difundidas h an avanzado
en m uchas de las direccio n es q u e aquí se ex p lo ran . El p u n to
de refe re n c ia obligado son los trabajos d el rec ien te m e n te falle­
cido F ra n f ois-Xavier G uerra. Él dio un im pulso fu n d a m e n ta l a
la histo rio g rafía p o lítico -in telectu al latin o a m e ric an a , dem os-
tran d o ia im portancia del análisis de la d im ensión sim bólica en
la com prensión de los procesos históricos. De este m o d o afir­
m ó sobre u n a nueva base lo q ue, especialm ente e n M éxico, se
conoce desde hace unos años com o u n a nueva co rrien te de “es­
tudios revisionistas” (la cual e n c o n tra ría su p u n to de p a rtid a
en la o b ra d e otro gran a u to r recien te, C harles H ale).
Lo que sigue, com o verem os, co n tin ú a y discute, a la vez, los
enfoques y perspectivas de G uerra. Según in ten ta dem ostrarse,
no es v erd ad eram en te en su “tesis revisionista” d o n d e radica lo
fu n d am e n ta l de su aporte a la historiografía latinoam ericana.
P or el contrario, su alegado “revisionism o” tiende m ás bien a os­
cu re c e r la p e n e trac ió n de sus análisis históricos, b lo q u e a n d o
m uchas de las líneas posibles de investigación a la q u e aquéllos
se abren, conspirando incluso co n tra su mismo objeto: desm an­
telar las perspectivas d o m in an tes de la historia político-intelec­
tual latinoam ericana de carácter fu ertem en te teleológico.
En realid ad , p a rtie n d o n u e v a m e n te del caso m ex ican o
—q u e es, d e hecho, e! que se h a convertido en u n a especie de
caso testigo p ara el resto de la reg ió n —, cabe d e c ir q u e se ha
vuelto hoy muy difícil saber a ciencia cierta qué d eb e e n te n d e r­
se p o r “revisionism o”. Casi todos los trabajos históricos actua­
les en ese país —definitivam ente, dem asiado disím iles e n tre sí
com o p a ra p o d e r ceñ irlo s a u n a ú n ic a c a te g o ría —, in clu id o s
los escritos an terio res de q u ien escribe, suelen definirse d e es­
te m odo. El térm in o se h a visto d e g ra d a d o así a u n a suerLc de
c o n traseñ a p o r la cual se co n stataría sim p lem en te la su p u esta
actualidad y validez académ ica del texto e n cuestión, lib re ya
del tipo de teleologism o y nacionalism o q u e im p re g n ó a la a n ­
tigua historiografía liberal. De todos m odos, si bien resu lta im ­
posible d e fin ir d e u n m o d o preciso este “revisionism o h istó ri­
c o ”,5 p o d e m o s sí d e sc u b rir ciertas te n d e n c ia s m ás g e n e ra le s
que lo distancian respecto d e aquellas perspectivas tra d icio n a ­
les q u e vino a cuestionar. Según señala Rafael Rojas en L a escri­
tura de la Independencia'.

Si la im agen es sólo de “caos”, “inestabilidad”, “caudillism o”,


“an arquía” [...], el enfoque se acerca al m odelo liberal clási­
co, concebido en la República R estaurada y el F orlinato y r e ­
novado en la etapa posrevolucionaria. En cambio, si reconoce
el valor de las formas jurídicas del antiguo régim en y su acti­
vación poscolonial, el enfoque ya se inscribe en la corriente
revisionista que h a predom inado en el cam po académ ico du­
rante las últimas décadas.7

Así e n te n d id o , el p resen te estudio d e n in g ú n m odo p o d ría


considerarse "revisionista”, a u n q u e tam poco es p o r ello necesa­
riam ente “antirrevisionista” o “lib eral”. D esde la perspectiva de
que aquí se parte, la p reg u n ta sobre las continuidades y los cam ­
bios en la historia se e n c o n tra ría allí sim plem ente mal plan tea-

til fel uso d e ese té rm in o dista del q u e d e éste se h ace e n o tro s países, co­
m o la A rg e n tin a . S o b re el rev isio n ism o h istó ric o a rg e n tin o , véanse D ia n a
Q uatrocchi-W oisson, Los males de la meritoria. Historia y política en la Argentina,
B uenos A ires, E m ecé, 1995, y T ulio H a lp erin D o n g h i, Ensayos de historiogra­
fía, B uenos Aires, El C ielo p o r A salto, 1996.
7 Rafael Rojas, La escritura de ia Independencia. El surgimiento de la opinión
pública en México, M éxico, T a u ru s/C ID E , 2003, p. 269.
da. De h ech o , tam poco se p o d ría siquiera decir que e n tre am ­
bas perspectivas aleg ad am en te opuestas (la “liberal" y la “revi­
sionista”) haya en realidad contradicción alguna: la im agen de
“caos”, “in estabilidad”, “caudillism o”, “a n a rq u ía ”, que definiría
al en fo q u e liberal, n o sólo n o es incom patible sino q u e se des­
p re n d e , ju sta m e n te , d e la creen cia su p u estam en te “revisionis­
ta ”, p e ro igualm ente com partida p o r la historiografía liberal, en
la persistencia de form as institucionales e ideas provenientes del
antiguo régim en .
Sea com o fu ere , según verem os, n o es p o r allí p o r d o n d e
pasa la renovación q u e está desde hace algunos años reconfí-
g u ra n d o p ro fu n d a m e n te el cam po de la histo ria político-inte­
lectual latin o a m e ric an a (de hech o , la tesis “revisionista" es tan
o m ás an tig u a aú n q u e el p ro p io en fo q u e lib e ral). Esta com ien­
za a revelarnos u n a im agen m uy distinta del siglo XIX latin o a­
m erican o en u n sen tid o m u ch o m ás p ro fu n d o y com plejo que
lo q u e la id ea d e la pervivencia de p a tro n e s sociales e im agina­
rios tradicionales alcanza a expresar. En definitiva, el análisis
de los lenguajes políticos nos revelará p o r q u é los postulados
revisionistas necesitan hoy, al igual que los liberales clásicos, ser
ellos m ism os tam b ién revisados.
Introducción
Ideas, teleologismo y revisionismo
en la historia político-intelectual latinoamericana

La ambición de reducir el conjunto de procesos naturales a


un pequeño número de leyes ha sido totalmente
abandonada. Actualmente, las ciencias de la naturaleza
describen un universo fragmentado, rico en diferencias
cualitativas y en potenciales sorpresas. Hemos descubierto
que el diálogo racional con !a naturaleza no significa ya una
decepcionante observación de un mundo lunar, sino la
exploración, siempre electiva y local, de una naturaleza
cambiante y múltiple.
I l y a P r ig o g in e e Is a b e l l e S t e n g e r s , La nueva alianza

Según señala Fran^ois-Xavier G uerra, la escritura de la his­


toria en A m érica L atina h a sido co n ceb id a “más que com o u n a •
actividad universitaria, com o u n acto político en el sentido eti­
m ológico de la palabra: el del ciudadano defen d ien d o su polis,
n arrando la epopeya de los h éroes q u e la fu n d a ro n ”.1 Esto sería
particularm ente cierto para el caso de la historia de las ideas po­
líticas. Sólo en los últim os veinte años ésta lograría librarse de la
presión de dem andas externas y extrañas a su ám bito particular.
La creciente profesionalización del m edio historiográííco, com ­
binada con el m alestar g eneralizado respecto de la vieja tradi­
ción de historia de “ideas”, dará lugar así a la proliferación de lo
que, especialm ente en México, se llam an “estudios revisionistas”,
que buscan su p erar los relatos m aniqueístas propios de aquella

1 F ranfois-X avier G u erra, “El o lv id ad o siglo x i x ”, en V. Vázquez de Pra-


da e Ignacio O la b a rri (c o m p s.j, Balance de la historiografía sobre Iberoamérica
(1945-1988). Actas de las TV Conversaciones Internacionales de Historia, P am plo­
na, Ediciones U niversid ad de N avarra, 1989, p. 595.
tradición. P or debajo de esta con tien d a m anifiesta referida a los
c o n ten id o s ideológicos subyace, sin em bargo, u n desplazam ien­
to aú n m ás fundam ental de o rd e n epistem ológico.
E n efecto, la historia político-intelectual com enzará e n to n ­
ces a apartarse de los añejos y fu e rte m e n te arraigados m oldes
teóricos cim entados en esa tradición, p a ra en fo carle en_eljmá-
lisis d e cóm o se co n fo rm aro n y_tran sfo rm aro n históricam ente
los “lenguajes políticos”. Com o verem os, ¡esto su p o n d rá u n a ver­
d a d e ra revolución teórica en la disciplina q u e h a b rá de recon-
fig u rar co m p letam en te su objeto y sus m odos de aproxim ación
a él, ab rie n d o el terren o a la definición de u n nuevo cam po de
p ro b le m átic a s, m uy distintas ya de las que d o m in a ro n hasta
a h o ra en ella. En M odernidad e independencias (1992), G u erra se­
ñala, e n este sentido, el h ito fu n d a m e n ta l en la historiografía
latin o a m e ric an a reciente, el cual servirá aquí com o p u n to de
p a rtid a p a ra d e b a tir respecto de estas nuevas perspectivas, el
sentido de las redefiniciones que con ellas se o p eran , sus alcan­
ces, y tam bién los problem as y desafíos que p lan tean .

La emergencia de la historia de ideas latinoamericanas

Veam os prim ero brevem ente cóm o se instituyó la historia de


“ideas" com o disciplina académ ica. El p u n to de referencia melu
dible aquí es el m exicano L eopoldo Zea. Si bien sería exagerade
afirm ar que éP 'in v en tó ” la historia de ideas en América Latina,

2 A quí d eja re m o s d e lad o otras o b ras d e d ich o a u to r y los desplaza


tos c o n c e p tu a le s q u e en ellas se o b serv an p a ra c o n c e n tra rn o s en este qu.
c o n sid e ra m o s su texto fu n d a m e n ta l. S o b re las alteracio n es q u e fu e sufrier
''d o su e n fo q u e historiogváfico, véase Elias J . Palti, “G u e rra y H ab erm as: III
siones y realid a d de la esfera p ú b lica latin o a m e ric an a ", e n Erika P añi y Alici
S a lm eró n (co o rd s.), Conceptuar lo que se ve. Franfois-Xavier Guerra, histoiiado
Homenaje, M éxico, In stitu to M ora, 2004, p p . 461-483.
f í £ b b r a s co m o A filosofía no Brasil (1876), de Silvio R o m ero , o L a evolucié
¡de tas ideas argentinas (1918), d e jó s e In g e n ie ro s, así lo atestiguan.
fue, sí, quiep_ fijó sus p a u ta s m etodológicas fu n d am e n ta les, las
que, apenas m odificadas, subsisten.hasta hoy, tiñ e n d o incluso
las perspectivas de sus p ro p io s críticos. En su o b ra clásica, E l po­
sitivismo en México (1943), a b o rd ó p o r p rim e ra vez, de m a n e ra
sistemática, la p ro blem ática p articular que la escritura d e la his­
toria de ideas p lan te a e n la “periferia" d e O c c id en te (esto es,
en regiones cuyas cu ltu ras tie n e n u n |c a rá c te r “derivativo”, se­
gún se las d e n o m in a desde entonces); m ás c o n c re ta m e n te , cuál
es el sentido y el o b jeto d e analizar la o b ra de p e n sad o re s q u e ,
según se adm ite, n o realizaro n n in g u n a c o n trib u c ió n a la his­
toria de ideas en g en eral; q u é tipos de e n fo q u e s se re q u ie re n
para to rn a r relevante su e stu d io .4
Esta perspectiva a b re las puertas a u n a reco n fig u ració n fu n ­
dam ental del cam po. D esengañados ya d e la posibilidad de q u e
el p ensam iento latin o a m e ric an o ocupase un lu g ar e n la histo­
ria universal d e las ideas, q u e la m arginalidad cu ltu ral de la re ­
gión fuera algo m era m e n te circunstancial,5 Zea y su g en eració n
se verían ob lig ad o s a p ro b le m a tiz a r y r e d e ñ n ir los e n fo q u e s
precedentes que veían a ésta com o “la lu ch a d e u n co n ju n to de
ideas c o n tra o tro c o n ju n to d e ideas”. “En u n a in te rp re ta c ió n
de este tipo", decía Zea, “salen so b ran d o M éxico y todos los p o ­
sitivistas m exicanos, los cuales no vendrían a ser sino po b res in-

4 Esta p ro b lem ática, sin em b a rg o , se vería d e sp lazad a e n su p e n sa m ie n ­


to en el m ism o m o m e n to en q u e , ju s ta m e n te , ab raza las d o c trin a s llam ad as
“dependentistas". En efecto, en los añ o s sesen ta se p ro d u c e u n g iro en el p e n ­
sa m ie n to d e Z ea d el cual sólo el títu lo d e su o b ra escrita e n 1969 es ya ilus­
trativo: La filosofía am aicana como filosofía sin más. P a ra u n e x c e le n te e stu d io
fde las diversas fases q u e atrav iesa su c o n c e p to h istó ric o , véase TV.vi Me d in ,
1Leopoldo Zea: Ideología y filosofía de América Latina, M éxico, CCyDEL-UNAM ,
!1992.
1 r’ H asta en to n ce s, la d e b ilid a d in te le c tu a l d e A m érica L a tin a solía a tri­
buirse m e ra m e n te a u n a “falta d e m a d u re z ”, a la ‘ju v e n tu d ” d e las n acio n e s
latino am ericanas, que, p o r lo ta n to , h a b ría —o p o d ría , al m e n o s— d e resol­
verse con el tiem p o .
térp rete s d e u n a d o c trin a a la cual no h an h e c h o aportaciones
dignas de la atención u niversal”/ ’ Pero, p o r otro lado, según se­
ñala, si las hu b iera, descu b rirlas tam poco sería relevante para
c o m p re n d e r la cu ltu ra local. “El h ech o de ser positivistas me­
xicanos los que hiciesen a lg u n a ap o rtació n n o p asaría de ser
u n m ero incidente. Estas a p o rtacio n es b ien p u d ie ro n haberlas
h e c h o h o m b res de otros p aíses”.7 En definitiva, n o es d e su vín-j
culo con el “reino d e lo e te rn a m e n te válido” sino “de su rela­
ción con u n a circunstancia llam ada M éxico”8 q u e la h istoria di
ideas local tom a su sen tid o . Lo v e rd a d e ram e n te relevante nq
son ya las posibles “a p o rta c io n e s” m exicanas (y latinoam erica
ñas) al p en sam ien to en g en eral, sino, p o r el c o n tra rio , sus “yej
rro s ”; en fin, el tipo d e refracciones que sufrieron las-ideas eu­
ro p eas c u an d o fu ero n tran sp lan tad as a esta reg ió n . j
Zea especificaba tam b ién la u n id ad d e análisis p a ra esta em­
p resa com parativa: los “filosofem as” (un eq uivalente a lo que
en esos m ism os años A rth u r Lovejoy co m en zab a a d e fin ir co
m o “ideas-unidad”, definición que le perm ite establecer á la his
toria de ideas com o disciplina p a rticu la r en el m ed io académ i
co anglosajón).9 Según señala, es en los conceptos p a r t i c u l a r
: d o n d e se registran las “desviaciones" de sentido q u e producen
los traslados contextúales. “Si se co m p aran los filosofem as uti
lizados p o r dos o m ás culturas diversas”, dice, “se e n c u e n tra qu<
estos filosofem as, a u n q u e se p re se n ta n v erb alm en te com o lo
m ism os, tien en co n ten id o s q u e c a m b ian ”.10
E ncontrarnos aquí fin alm en te definido el diseño básico d<
la anroxim ación fu n d ad a en el esquem a de “m o d elo s” y “desvia

r' L eo p o ld o Zea, El positivismo en México, M éxico, El C olegio d e Méxicc


1943, I, p. 35.
7 Ibid., p. 17.
8 Ibid., p . 17.
9 Véase A r t h u r Lovejoy, “R eflectio ns o n ih e history o f id e a s”, Journal i

the History o f ideas 1.1, 1940, p p . 3-23.


10 L eo p o ld o Zea, El positivismo en México, I, p. 24.
ciones” que aú n hoy do m in a a la disciplina. Ésta resulta, pues,
déT úT intento de historización de las ideas, del afán d e arran­
car de su abstracción las categorías genéricas en q u e la discipli­
na se funda, p a ra situarlas en su contexto particular de en uncia­
ción. Así co n sid erad o , esto es, en sus prem isas fundam entales
el proyecto d e Zea n o resulta tan sencillo de refutar. U no de los
problem as en él es que no siem pre sería posible distinguir los
“aspectos m etodológicos” de su m odelo interpretativo de sus “as­
pectos substantivos” (para d e c irlo e n las palabras de H a le ),11
m ucho p e o r resguardados a n te la crítica.12 La articulación de la
historia de ideas co m o disciplina p a rticu la r estuvo en M éxico
íntim am ente asociada al surgim iento del m ovim iento lo mexica­
no,13 y su em presa q u edaría atada desde entonces a la búsque­
da del “ser n a c io n a l” (que su b secu en tem en te se ex p an d e para
com prender a la del “ser latinoam ericano” en su c o n ju n to ). Exis­
te, sin em b arg o , u n a se g u n d a razón q u e llevó a o sc u re c e r los
aportes de Zea; u n a m enos obvia p e ro m u ch o m ás im portante.
El esquem a de “m odelos” y “desviaciones” p ro n to pasó a form ar
parte del sentido com ún de los h istoriadores de ideas latinoa-

1J C h arles H a le , “T h e H istory o f Ideas: S ubstantive a n d M ethodological


A spects o f th e T h o u g h t o f L e o p o ld o Z ea", Jo u rn a l o f L a tin A m n ican Studies
3.1,1971, pp. 59-70.
D esde este p u n to d e vista re su lta n p e rfe c ta m e n te ju stificad as afirm a­
ciones com o las de A lex an d e r B e tan co u rt M en d ieta cuan d o señala q u e la pers­
pectiva d e Zea “te rm in a p o r im p o n e r a la realid a d histórica u n esq u em a que
ha sido e la b o ra d o aprioriy q u e fuerza la re a lid ad h istó rica ”. A lex an d er Retan-
c o u rt M en d ieta, Historia, ciudades e ideas. La obra de José L u is Romero, M éxico,
UNAM, 2001, p. 42. Silvestre Villegas, sin em b arg o , p refiere destacar las orien ­
taciones p lu ricu ltu ralistas q u e cree d e sc u b rir en la obra de ese autor; véase Vi­
llegas, “L e o p o ld o Zea y el siglo x x i”, Metapolítica 12, 1999, p p , 727-32.
13 S o b re la tray ecto ria de este m o v im ien to , véanse G. W. Hewes, “Mexi­
can in S earch o f th e ‘M ex ican ’ (Review)", The American Journal o f Economics
and Sociology 13.2, 1954, p p . 209-222, y H e n ry S clm iidt, TheRoots o f Lo Mexica­
no Self and Society in Mexican Thought, 1900-1934, C ollege S tation, Texas A&M
University Press, 1978.
m ericanas, y ello ocluiría el h ech o de que la búsqueda de las re­
fracciones locales" no es u n objeto natural, sino el resultado de
u n esfuerzo teó rico que re sp o n d ió a co n d icio n es históricas y
’ epistem ológicas precisas. C onvertido e n u n a su erte d e presu-
■puesto im pensado, cuya validez resultaría in m e d ia ta m e n te ob
vía, aquello que constituye su fu n d am e n to m etodológico esca­
paría a toda tem atización.

Los orígenes del revisionismo histórico

El p u n to de p a rtid a de las nuevas corrientes revisionistas de


la historia político-intelectual m exicana, en particular, y latinoa­
m ericana, en g e n e ra l, suele situarse en la o b ra de C harles Ha­
le. S egún señala u n o de sus cu lto res m ás n o to rio s, Fernando
Escalante G onzalbo:

Antes de que [Hale] se entrom etiera, podíam os contarnos un


cuento delicioso, conm ovedor: aquí habíam os tenido desde
siem pre— una herm osa y heroica tradición de liberales: que
eran dem ócratas, que eran nacionalistas, que eran republica­
nos, que eran revolucionarios y hasta zapatistas (y eran bue­
nos) ; una tradición opuesta, con patriótico em peño, a la de
una m inoría de conservadores: m onárquicos, autoritarios, ex­
tranjerizantes, positivistas (que eran muy m alos).14

El p ropio H ale h a señalado reitera d am e n te com o su prin­


cipal c o n trib u c ió n el h a b e r a rra n c a d o a la h isto rio g ra fía de
ideas local del p lan o ideológico subjetivo (del que, según afir-

1-1 F e rn a n d o E scalan te G on zalb o , "La im p o sib ilid ad d e l lib eralism o en


M éxico", en Jo se fin a Z. V ázquez (c o o r d .), Recejición y transformación del libera
lismo en México. Homenaje al profesor Charles A. Hale, M éxico, El C olegio de Mé­
xico, 1991, p. 14.
maba, él, co m o ex tra n je ro , no particip ab a) p a ra resituarla e n
el suelo fu m e de la histo ria objetiva.ir>
Com o surge de la afirm ación de Escalante, H ale e n d e re z a ­
rá su crítica, en realidad, hacia aq u el costado q ue, com o vimos,
fue el m ás e rrático en el e n fo q u e d e Zea, su "aspecto sustanti­
vo”: u n a visión ideológica y m a n iq u e a articu lad a sobre la base
de la a n tin o m ia esencial (un “su b te rrá n e o fo rcejeo ontológi-
co”, lo lla m a b a E d m u n d o O ’G o rm a n ),16 e n tre lib eralism o y
conservadurism o; el p rim e ro , id en tifica d o co n los p rin c ip io s
de la in d ep en d en cia; el segundo, asociado a los in te n to s de res­
tauración de la situación colonial. De este m o d o , dice H ale, Zea
ignora que, e n su in te n to de “em an cip ació n m e n ta l” d e la co­
lonia, los liberales m exicanos sólo c o n tin u a b an la tradición re ­
form ista b o rb ó n ic a .17 H ale ex trae de allí sus otras dos tesis c e n ­
trales. La p rim e ra es q u e e n tre liberales y conservadores h u b o

A nte la afirm a ció n d e u n a n tro p ó lo g o m e x ica n o a m ig o suyo d e q u e


é!, com o e x tra n je ro , n o p o d ría a lca n zar a c o m p re n d e r el p e n sa m ie n to m e ­
xicano, H ale señ ala q u e "llegué a la co n clu sió n , sin em b a rg o , d e q u e u n e x ­
tranjero n o c o m p ro m e tid o p u e d e esta r m e jo r cap acita d o p a ra a p o rta r u n a
com prensión n o v ed o sa d e u n tó p ico h istó rico tan sensible c o m o el lib eralis­
mo m exicano”. C harles H ale, Mexican Uberalism in the Age o f Mora, 1821-1853,
New H aven y L o n d re s, Yale U niversity Press, 1968, p. 6. E n u n a rtíc u lo so b re
la obra d e Z ea insiste e n q u e “u n h is to ria d o r e x tra n je ro tien e u n a o p o rtu n i­
dad única. A jen o a las c o n sid e ra c io n e s p atrió tic as, se e n c u e n tra lib re p a ra
identificar las ideas d e n tr o d e su c o n te x to h istó rico p a rticu lar". C h arles H a­
le, “T h e H isto ry o f Ideas: S ub stan tiv e a n d M e th o d o lo g ical A spects o f th e
T h o u g h t o f L e o p o ld o Z ea”, Journal o f ¡Míin American Studies III. 1, 1971, p. 69.
16 E d m u n d o O ’G o rm a n , La supervivencia política novohispana. Reflexiones
sobre el monarquismo mexicano, M éxico, F u n d a c ió n C u ltu ral C o n d u m e x , 1969,
p. 13.
17 E sp ecíficam en te e n re la c ió n co n M ora, afirm a H a le q u e “a u n q u e el
program a d e re fo rm a de 1833 fue u n a ta q u e al ré g im e n d e privilegio c o rp o ­
rativo h e re d a d o d e la C o lo n ia , d ifícilm en te p u e d a co n sid erarse ‘u n a n e g a ­
ción de la h e re n c ia e s p a ñ o la ’. D e h e c h o , los m o d e lo s m ás relevantes p a ra
Mora eran esp añoles: C arlos III y las C o rtes d e Cádiz". C harles H ale, Mexican
Liberalism in the Age o f Mora, p. 147.
m enos d iferencias q u e lo q u e solían c re e r los historiadores de
ideas m exicanos. “Por debajo del liberalism o y el conservaduris­
m o políticos”, asegura, “hay en el pen sam ien to y la acción me­
xicanos p u n to s de com unicación m ás p ro fu n d o s”18 q u e están
dados p o r sus com unes tendencias centralistas. La segunda es
q u e esta m ezcla contradictoria e n tre liberalism o y centralismo
q u e caracterizó al liberalism o m exicano y latin o am erican o no
es, sin em bargo, ajena a la tradición liberal europea. Siguiendo
a G uido de R u g g iero ,19 H ale descubre en ella dos “tipos idea
les” en p e rm a n e n te conflicto, a los q u e define, respectivamen­
te, com o “liberalism o inglés” (en c a m a d o en Locke) y “liberalis­
m o francés” (rep resen tad o p o r Rousseau); el prim ero, defensor
de los d e re c h o s individuales y la descentralización política; el
segundo, p o r el contrario, fu ertem e n te organicista y centralis­
ta. H ale afirm a q u e “El conflicto in te rn o e n tre estos dos tipos,
ideales p u e d e discernirse en todas las naciones occidentales”.20j
E nco n tram o s aquí la contribución m ás im p o rtan te q u e rea-¡
liza H ale ^al estudio d e la historia intelectual m exicana del siglo'
X IX . Ésta n o reside tanto, com o él afirm a, en h a b e rla arranca­
do del te rre n o ideológico p ara convertirla en u n a e m presa aca^
d é m ic a objetiva com o en h a b e rla desp ro v in cian izad o . Fami­
liarizado, co m o estaba, con los debates q u e se p ro d u je ro n en
F rancia sobre la Revolución de 1789 al im pulso de las corrien­
tes neotocquevillianas q u e surgen en los años en q u e H ale es-
taba c o m p le ta n d o sus estu d io s do cto rales, p u d o com probar
q u e la m ayoría de los dilem as en to rn o de los cuales se deba­
tían los ladno am ericanistas e ra n m enos idiosincrásicos q u e lo
que éstos q u e ría n creer. Ello le perm ite, en Mexican Liberalisn
in the Age ofM ora, d e sp re n d e r de su m arco local los deb ates re
lativos a las supuestas tensiones observadas en el pensam iento

18 C h a rle s H ale, Mexican Liberalism in the Age o f Mora, p. 8.


19 G u id o d e R u g g iero , The History o f European Liberalism, G lou cester
Mass., P e te r S m ith , 1981.
w H ale, Mexican Liberalism in the Age ofM ora, pp. 54-5.
liberal m exicano p a ra situarlas e n u n escenario m ás vasto, de
proyecciones atlánticas. Sin em bargo, es tam bién en to n ces que -
las lim itaciones in h e re n te s a la histo ria de ideas se vuelven más
claram ente m anifiestas.
C om o vimos, p o r d eb ajo de los antagonism os políticos, H a­
le descubre la acción d e p a tro n e s culturales q u e atraviesan las
divexsas.corrjentes ideológicas y épocas, y que él iden tifica con
Qethos hispano ('“es in negable", dice, “que el liberalism o en Mé­
xico ~há sido co n d ic io n ad o p o r el tradicional ethos hispano ”).21
Este sustrato cu ltu ral u n ita rio c o n tie n e, p ara él, la clave últim a
que explica las co n trad iccio n es que ten sio n aro n y tensionan la
historia m ex ican a (y latin o am erican a, en g e n e ra l), y les d a sen­
tido. Según afirm a:

[...] siguiendo con la cuestión de la continuidad, podem os en­


contrar en la era de M ora u n m odelo que nos ayuda a com ­
p ren d e r la deriva reciente de la política socioeconómica en el
México que em erge de la revolución [...] Es nuevam ente la
inspiración de la España del siglo XVlii tardío que prevalece.22

Si b ien la id ea d e la c u ltu ra latinoam ericana com o “tradicio- •


nalista”, “organicista”, “cen tralista”, etc., es u n a rep resen tació n
de larga data en el im aginario colectivo tanto latinoam ericano
com o n o rteam erican o , e n la versión de Hale se p u e d e n detec­
tar huellas m ás precisas q u e p ro v ien en de la “escuela culturalis-
ta” iniciada p o r q u ien fu e ra u n o de sus m aestros en Colum bia
University, R ichard M orse. Las perspectivas de am bos rem iten
a u n a fu en te co m ú n , a la q u e al m ism o tiem po discuten: Louis
H artz. En The Liberal Tradition in America (1955), H artz fijó la
que sería la visión están d ar de la historia intelectual n o rteam e­
ricana. Según asegura, u n a vez trasladado a Estados Unidos, el

21 Ibid., p. 304.
M Ibid.
liberalism o, a Falta de u n a aristocracia tradicional que p u d iera
o p o n erse a su expansión, p erd ió la d inám ica conflictiva que lo
caracterizaba en su contexto de o rig en p a ra convertirse en u n a
suerte de m ito unificante, u n a especie de “seg u n d a n atu ra le z a ”
para los n o rte a m e ric a n o s, c u m p lie n d o así fin a lm e n te en ese
país su vocación universalista.23 En u n texto posterior, H artz am ­
plía su m o d elo interpretativo al co n ju n to de las sociedades sur­
gidas con la expansión europea. En cada u n a de ellas, sostiene,
term in a ría im poniéndose la cu ltu ra y la tradición políticas do­
m inantes e n la nación o cu p an te en el m o m e n to de la conquis­
ta. Así, m ien tras q u e e n Estados U nidos se im puso u n a cultura
burguesa y liberal, A m érica Latina q u e d ó fijada a u n a h e ren cia
feudal.24
Morse retom a este enfoque, pero introduce u n a precisión. Se­
gún afirm a, com o Sánchez A lbornoz y otros h abían ya dem ostra­
do,25 en E spaña nu n ca se afirmó el feudalism o. La R econquista
había dado lugar a un im pulso centralista, e n c am a d o en Castilla,
que, p a ra el siglo xvi, tras la derro ta de las cortes y la nobleza (re­
presentantes de tradiciones dem ocráticas m ás antiguas), se im po­
ne al conjunto de la península y se traslada, uniform e, a las colo­
nias. Los habsburgos eran la m ejo r ex p resió n d e absolutism o
tem prano. España y, p o r extensión, la Am érica hispana, serían así
víctimas de u n a m odernización precoz. Según dice Morse:

[...] precisam ente porque España y Portugal habían m oder­


nizado prem aturam ente sus instituciones políticas y renovado

23 Louis H artz, The Liberal Tradition in America. A n Interjm tation o f Ameri­


can Political Thought sincc the Reoolution, N ueva York, HBJ, 1955.
‘ML ouis H artz, “T h e F rag m cn tatio n o f E u ro p e a n C u ltu re a n d Id eo lo g y ”,
en L ouis H a rtz (co m p .), The Founding o f Neto Societies. Studies in the History o f
the United States, L atin America, South Africa, Cañada, and Australia, N ueva York,
H arv est/H B J, 1964, p p . 3-23.
aB C lau d io S án ch ez A lbornoz, España, un. enigma histórico, B u en o s Aires,
S u d am erica n a , 1956, i, pp. 186-7.:M arc B loch ta m b ié n sostuvo u n a p o stu ra
an álo g a en La sociedad feudal, M éxico, U n ió n T ip o g rá fic a E d ito rial, 1979.
su ideología escolástica en el período tem prano de construc­
ción nacional y expansión ultram arina de Europa, rehuyeron
a las implicancias de las grandes revoluciones y fracasaron en
internalizar su fuerza generativa.2B

Las sociedades de h e re n c ia h isp a n a te n d e rá n así sie m p re a


perseverar en su ser, d a d o q u e carecen de u n p rin c ip io d e d e ­
sarrollo in m an en te. “U n a civilización p ro te sta n te ”, dice M orse,
“p u e d e d esarro llar sus e n erg ías in fin itam en te e n aislam iento,
com o o c u rre con Estados U nidos. U na civilización católica se
estanca c u a n d o n o está en co n ta c to vital con las diversas c u ltu ­
ras y tribus h u m a n a s”.27
Esto ex p licaría el h e c h o de q u e el leg ad o p a trim o n ia iista
haya p e rm a n ec id o inm oclificado e n la región hasta el p re s e n ­
te, d e te rm in a n d o to d a evolución subsiguiente a la co n q u ista.
Com o dice u n o d e los m iem b ro s de la escuela c u ltu ralista de
M orse, H ow ard J. W iarcla, el resultado fue q u e “e n vez d e insti­
tu ir reg ím en es dem ocráticos, los p adres fu n d ad o re s d e A m éri­
ca L atina se p re o c u p a ro n p o r preserv ar las je ra rq u ía s sociales
y las in stitu cio n es trad icio n ales an tid em o cráticas";28 “e n c o n ­
traste con las colonias norteam erican as, las colonias latin o a m e ­
ricanas se m antuvieron esencialm ente autoritarias, absolutistas,
feudales (en el se n tid o ibérico del térm in o ) p atrim onialistas,
elitistas y orgánico-corporativas”.29

R ich ard M orse, New World Soundings. Culture and Ideology in the Amen-
cas, B altim ore, T h e Joh ns H o p k in s U niversity Press, 1989, p. 106. M o rse ex­
p o n e o rig in a lm e n te este p u n to d e vista en 1964 en su c o n trib u c ió n ai iibro
de L ouis H arte, The Founding o f Nerti Societies.
21 R ic h a rd M orse, “T h e H e rita g e o f L atín A m erica", e n L ouis H artz
(co m p .), The Founding of Neru Societies, p. 177.
23 H o w ard W iarda, " I n tro d u c tio n ”, en H o w ard W iarda (co m p .), Poülics
and Social Change. The Distinct Tradition, M assachusclts, U niversity o f Massa-
chtisetts Press, 1982, p. 17.
w ibid., p. 10.
E n Mexican Liberalism in the Age o f Mora, H ale re to m a y dis­
cute, a su vez, la re in te rp re ta c ió n q u e M orse realiza de la p ers­
pectiva de H artz. Si bien coincide en afirm ar q u e en la A m éri­
ca h isp an a n u n c a h u b o u n a tradición política feu d a l (au n q u e
sí u n a sociedad fe u d a l), asegura q u e las raíces d e las te n d e n ­
cias centralistas p resen tes en el liberalism o local no re m ite n a
la h e re n c ia de los h a b sb u rg o s, sino a la tra d ic ió n refo rm ista
b o rb ó n ic a . H ale desafía así las in te rp re ta c io n e s cultu ralistas
(in d u d a b lem e n te , los b o rb o n es eran m u ch o m ejores c a n d id a ­
tos com o an teced en tes del reform ism o liberal del siglo XIX que
los h ab sb u rg o s), sin salirse, sin em bargo, de sus m arcos. Sim ­
p le m e n te traslada el m o m e n to del origen del siglo xvi al siglo
XVIII, m a n te n ie n d o su p re su p u e sto fu n d a m e n ta l: d a d o q u e
sie m p re o p e ra u n p ro ceso d e selección de ideas ex tran jeras,
n in g ú n “p résta m o e x te r n o ” p u e d e explicar, p o r sí m ism o, el
fracaso en instituir gob iern o s dem ocráticos en la reg ió n (com o
señ ala C laudio Véliz, “en F rancia e In g la te rra existía u n a com ­
p lejid a d [de ideas] lo su ficien tem en te rica com o p a ra satisfa­
cer desde los m ás radicales a los m ás conservadores e n Améri-.
ca L a tin a ”).30 Su causa ú ltim a hay que buscarla, pues, e n la
p ro p ia cultura, en las tradiciones centralistas locales.31 P ero el
traslado que H ale realiza del m o m e n to orig in ario del liberalis­
m o m ex ican o d esd e los h a b sb u rg o s a los b o rb o n e s lleva, sin
em bargo, a desestabilizar este m o d o característico de p ro c e d e r
in telectu al desde el m o m e n to que tiende, de h e c h o , a expan-

30 C lau d io Véliz, The Centralist Tradition o f Latin America, P rin c e to n , P rin ­


ce to n U niversity Press, 1980, p. 170.
31 “Ni ta falta d e ex p e rie n c ia p revia ni las ideologías políticas im p o rta d a s
—afirm a C ien D ealy— p u e d e n ex p licar el fracaso d e los h isp a n o a m e ric a n o s
en estab lec er u n a d em o cra cia viable, tal co m o n o so tro s la c o n o c e m o s. Más
b ien , p a re c e ría q u e éstos elig iero n c o n sc ie n te m e n te im p le m e n ta r u n sistem a
d e g o b ie rn o en el cual ta n to su te o ría corno su p rác tic a tuviera m u c h o en co­
m ú n co n sus tradiciones." Dealy, “P ro le g o m e n a oti th e S p an ish A m erican P o ­
litical T ra d itio n ”, en H ow aid W iarda (c o in p .), Politks and Social Change, p. 170.
dir el proceso d e selectividad a la propia, tradición: parafrasean­
do a Véliz, p o d ría m o s d ecir q u e tam b ién en las tradiciones lo­
cales h a b ría u n a com p lejid ad d e ideas lo suficientem ente rica
com o satisfacer d esd e los m ás radicales a los m ás conservado­
res. La p re g u n ta q u e su afirm ación p la n te a es p o r q ué, en tre
las diversas trad icio n es disponibles, M ora “elig e” a la b o rb ó n i­
ca, y n o a la h ab sb u rg a, p o r ejem plo.
La in tro d u c c ió n d e tal cuestión inevitablem ente e n c ie rra a
las ap ro x im acio n es culturalistas en u n círculo argum ental: así
com o, según asegura H ale, si M ora llegó a Constant, y n o a Loc-
ke, fue p o r in flu e n cia de C arlos III, cab ría tam bién d ecir que,
inversam ente, sí M ora m iró a C arlos III com o m odelo, y n o a
Felipe II, fue p o r influencia de las ideas de C onstant. La expan- •
sión d e Ja id ea d e selectividad a las p ro p ias tradiciones d esnu­
da, en ú ltim a instancia, el h e c h o de q u e éstas no son algo sim­
plem ente d a d o , sino algo c o n sta n te m e n te renovado, en el que
sólo algunas de ellas p e rd u ra n , refuncionalizadas, m ientras que
otras son olvidadas o redefm idas. Y ello h a ría im posible distin­
guir h asta q u é p u n to éstas son causa o, m ás bien, consecuencia
de la historia política. La relació n e n tre pasado y p resen te (en­
tre “tra d icio n e s” e “ideas”) se volvería ella m ism a un problem a;
ya no se sab ría cuál es el explanans y cuál el explanandum.
L uego de la publicación de Mexican Liberalism in the Age of
Mora, M orse a b o rd a el p ro b le m a y m odifica su p u n to de vista
anterior, tal co m o h a b ía sido expuesto en su contribución al li­
bro d e H artz, T heF oundingof Neto Societies (1964). E ntonces, en
realidad, red e sc u b re algo q u e ya h a b ía señalado antes: la p re ­
sencia en A m érica L a u n a d e dos tradiciones en conflicto en su
m ism o o rig en , u n a m edieval y tom ista, rep resen tad a p o r Casti­
lla, y o tra ren a c e n tista y m aquiavélica, e n carn ad a en A ragón. Si
bien, señala a h o ra , en u n com ienzo se im pone el legado tom is­
ta, a fines del siglo xvin y, sobre to d o , luego de la in d e p e n d e n ­
cia, renace el sustrato renacentista, trabándose un conflicto e n ­
tre am bas tradiciones. De este m o d o , los hispanoam ericanos,
según dice M orse, “son re in tro d u c id o s al conflicto histórico en
la E spaña del siglo xvi e n tre la ley n atu ral n eo to m ista y el re a ­
lism o m aquiavélico”.32 A un así, insiste en que las ideas neoto-
m istas seguirían p re d o m in a n d o e n la región. De h e c h o , este
a u to r afirm a que la d o c trin a m aquiavélica sólo p u d o ser asim i­
lada en el m u n d o ibérico en la m ed id a en que “fue reelab o ra-
da e n térm inos acep tab les” p a ra la tradición neoescolástica de
pen sam ien to h e re d a d a .33 Las ideologías reform istas e ilum inis-
tas se caracterizarían así p o r su radical eclecticism o, co n fo rm a ­
ría n "un m osaico ideológico, antes q u e u n sistem a”.34
En definitiva, M orse aplica aquí a la p ro p ia “hipótesis bor-
b o n ista ” el método genético q u e busca siem pre “identificar la m a­
triz histórica subyacente de actitud y acción social”.35 Siguien­
do dicho m étodo, dado que, com o H ale mism o señala, n in g u n a
po lítica p u e d e explicarse p o r u n a p u ra in flu en cia e x te rn a , el
p ro p io proyecto reform ista b o rb ó n ico d ebería, a su vez, expli­
carse a p artir d e tradiciones p reex isten tes.36 Así, la lógica del
m éto d o g e n é tico rem ite siem p re a un m o m e n to p rim ig e n io ,

32 R ich a rd M orse, “C laim s o f Political T ra d itio n ”, Nexv World Soundíngs,


p. 112.
33 Ibid.
34 Ibid., p. 107.
35 R ich ard M orse, ‘T h e H e rita g e o f L atín A m e rica ”, en L o u is H a rtz
(c o m p .), TheFoundingafNcwSocieties, p. 171. “La cuestió n c rític a —dice— n o
es ta n to la p re g u n ta vacía d e si fu e el n e o to m ista Suárez o el ja c o b in o R ous­
seau la (igura im eleclu a! tu te la r d e las ju n ta s so b eran as h isp a n o a m e ric a n a s
d e 1809 y 1810, en los alb o res d e la e ra in d e p e n d ie n te . Si to m am o s se ria m e n ­
te la n o ció n de q u e la A m érica h isp an a h a b ía establecido ya co n a n te rio rid a d
sus bases políticas e in stitucionales, d e b e re m o s id en tificar la m atriz d e p e n ­
sam ien to s y actitu d es sub y acen te, n o la retó ric a co n la cual ésta p u e d e v etar­
se e n a lg ú n m o m e n to d a d o ” (ibid., p. 153).

1(’ In d u d a b le m e n te , en su in te rp re ta c ió n d e las raíces del lib eralism o d e
M ora, H ale co n fie re u n a d im e n sió n d e sp ro p o rc io n a d a a u n c o n ju n to d e p o ­
líticas C |u e se ap lic aro n en ¡as co lo n ias sólo ta rd ía m e n te y d e m o d o inconsis­
te n te . C om o señ ala Tulio H a lp e rin D o n g h i en su crítica a The Centralist Tra-
dilion o f Latín America, d e C la u d io Véliz: “El a b so lu tism o fu e, m ás q u e u n
rég im e n de c o n to rn o s d e fin id o s e n qiie to d a a u to rid a d e m a n a b a d e la de u n
a u e fu n cio n a com o u n arhh_ o fu n d a m e n to ú ltim o in fu ndado.
M referir la oposición e n tre habsburgos y b o rb o n e s a o tra an-
« n o r y m ás prim itiva enere c á l l a n o s y aragoneses, la re.nter-
pretació n d e M orse rescata al m éto d o
Tre tradiciones e influencias al que la p re p u e s ta d e H ale paree,
c o n d u cirlo p e ro refuerza en él su caracter esenciahsta.
En últim a instancia, las explicaciones culturalistas p resu p o ­
n e n la idea d e “totalidad cu ltu ral”, de u n sustrato orgánico de
tradiciones y valores. T odo c u e sd o n a m ie n to a la existencia d e
dicho trasfondo orgánico las convierte en n ecesariam en te ines­
tables y precarias. Sin em bargo, la afirm ación de la existencia d
entidades tales, d e algo sem ejante a u n ethos hispano no p u e d e
pasar n u n c a d e u n m ero postulado indem ostrable. C om o seña­
ló E d m u n d o O ’G orm an, q u e haya países m as n e o s y países mas
pobres, g o b iern o s m ás dem ocráticos y g o b ie rn o m enos d e m o ­
cráticos, etc., son cuestiones que p u e d e n discutirse y analizarse
sobre bases em píricas. A hora bien, la afirm ación de q u e esto se-
: deba a alguna su erte d e d eterm inación cultural resulta incom -
probable, nos co n d u ce más allá de la historia, a u n te rre n o o n ­
cológico d e esencias eternas e ideas apiiori, d e “en teleq u ias”.

Poca es la distancia entre caracterizar com o “espíritu” lo que


se concibe com o “esencia”. Y así, pese a su ubicación en el de­
venir histórico, Iberoam érica resulta ser u n ente en sí o por
naturaleza “idealista”, y Angloamérica, u n ente en sí o por na­
turaleza “pragm ático”. Dos entes, pues, que si bien actualizan
su m odo de ser en la historia, es [sic] en cuanto entelequias

so berano legislador, tin a m eta h acia la cual o rie n ta b a n to d o s sus esfuerzos de


reorgan ización m o n á rq u ic a cuya e stru c tu ra o rig in a ria estab a m uy alejad a de
esc ideal, y cuya m a rch a , siem p re co n tra sta d a , estab a d e stin a d a a n o co m p le­
tarse n u n ca". T ulio H alp e rin D o nghi, “En el tra sfo n d o d e la novela de d icta­
dores: la d ic ta d u ra h isp a n o a m e ric a n a com o p ro b le m a h istó ric o ”, El espejo de
la historia. Problemas argentinos y perspectivas latinoamericanas, B uenos Aires, Su­
dam ericana, 1987, p. 2.
de la potencia de "sus respectivas esencias; dos entes, digamos,
que como un centauro y un unicornio son históricos sin real­
m ente serlo.37

N ad a im p id e a ú n p o stu lar la ex isten cia de en teleq u ias ta­


les: p ero la histo ria ya no tie n e n a d a q u e d e c ir al respecto —y,
com o decía W ittgenstein ( Tractatus, pro p o sició n 7), “de lo que
n o se p u e d e hablar, m ejo r callar”.

"Ideas" y "tipos ideales" en América Latina

La p re g u n ta q u e la historia de “id ea s” p lantea, sin e m b a r­


go, es, m ás b ien , cóm o no h ab lar de la “c u ltu ra local”, cóm o no
re fe rir las ideas en A m érica L a tin a a a lg ú n su p u esto sustrato
cultural que ex p lique el sistem a de sus “desviaciones” y “d istor­
siones locales”. La “escuela cultu ralista”, com o tal, h a sido, en
verdad, lateral en los estudios latinoam ericanos. Se trata, bási­
cam ente, de u n in te n to de su p e ra r los prejuicios existentes en
el m edio académ ico n o rte a m e ric a n o y c o m p re n d e r la cu ltu ra
latinoam ericana “en sus propios térm in o s”38 que, en últim a ins-

(íZ-fedm undo O ’G o rm an , México. E l trauma de su historia, M éxico, UNAM,


1977, p . 6 9 .0 'G o m v a n , cabe señalar, m a n tie n e la discusión en u n te rre n o q u e
d e n o m in a “o n to ló g ic o ”. El afirm a co n c e b ir las te n d e n c ia s cu lturales n o co m o
“en te le q u ia s” o esencias dadas de u n a vez y p a ra siem p re , sino com o “proyec­
tos vitales” q u e se constituyen co m o tales sólo h istó ric a m en te. En ¡m . invención
de América h ab la d e “in v en cio n es”, en opo sició n a las “creacio n es”, q u e su p o ­
n e n , según dice, u n co m ien zo ex nihilo. Al resp ecto , véase C harles H ale, “Ed­
m u n d o O ’G o rm a n y la h isto ria n a c io n a l”, Signos Históricos 3, 2000, p p . 11-28.
1 ^D eb em o s ver a A m érica L atin a e n sus p ro p io s térm in o s, e n su p ro p io
co n te x to h istó rico — d e m a n d a W iarda—, d e b e m o s d e ja r d e lad o los p re ju i­
cios y el e tn o c e n trism o , las actitu d es d e su p e rio rid a d q u e tan a m e n u d o d e ­
te rm in a n la p erc e p c io n e s, esp e c ialm e n te en la so cied ad p olítica n o rte a m e ­
rican a , d e o tro s países cuyas tra d ic io n e s son p e c u lia re s .” H o w ard W iarda,
“C o n clu sió n ”, en H ow ard W iarda (c o m p .), Polilics and Social Change, p. 353.
tan d a, sólo conduce a re p ro d u c ir aó rtica m en te todos los este­
reotipos circulantes.39 A hora bien, aun cuándo la “escuela cultu-
ralista” es m arginal e n tre los especialistas, la referencia en la his­
toria de ideas latin o am erican a a las peculiaridades de la “cultura
lo c a r (que la h a ría n c o n trad icto ria con los principios liberales)
constituye u n a práctica universal. Más allá de sus orígenes “cul-
turalistas”, la afirm ación de H ale d e que “la experiencia distinti­
va del liberalism o latin o am erican o derivó del h ech o d e que las
ideas liberales se aplicaron [...] en u n ám bito que le era refrac­
tario y hostil”40 p arece u n a verdad indisputable, trasciendo a di­
cha escuela fo rm a n d o p a rte del sentido com ún en la profesión.
■ No se trata ésta, sin em bargo, de u n a m era verdad de hecho,
sino de u n a afirm ación q u e tiene fundam entos históricos y epis­
tem ológicos precisos. N uevam ente, com o dice G uerra, la inte­
rrogación sobre los desajustes e n tre la cultura local y los princi­
pios liberales d e b e ría ella m ism a volverse objeto de escrutinio.41
Más allá de su co n te n id o p a rtic u la r (que siem pre varía con las

30 A p esar d e sus d e n u n c ia s d e los “p reju icio s de los académ icos n o rte a ­


m ericanos” (o quizá, p re c isa m e n te p o r ello), los cultores del e n fo q u e “cultu-
ralista” se e n c u e n tra n a tal p u n to tan m al p ro teg id o s ante los estereotipos que,
en su in te n to p o r c o m p r e n d e r la “p ecu lia rid a d latin o am erican a”, M orse llega
a d ar c réd ito incluso a los dislates d e L o rd Keysserling, com o, p o r ejem plo, su
definición de la gana com o el “p rin c ip io o rig in a l” que in fo rm a la c u ltu ra lati­
noam ericana. V éase R ich ard M orse, “Tow ard a T h e o iy o f Spanish A m erican
G o v ern m en t”, en H ow ard W iard a (c o m p .), Politics and Soáal Ckange, p. 120.
40 C harles H ale, “Political a n d Social Id eas in L atin A m erica, 1870-1930”,
en Leslie B ethell (c o m p .), The Cambridge History o f Latin America. Fmm c. 1870
to 1930, C am b rid g e, C a m b rid g e U niversity Press, 1989, rv, p. 368.
41 E d m u n d o O ’G o rm a n ra s tre a su o rig e n en la crisis q u e se p ro d u jo a
m ediados del siglo XIX. “L a e v id en c ia d e i fracaso d eb ió p ro v o car el con v en ­
cim iento de qu e el p ro y ecto lib eral p re te n d ía edificar u n castillo e n la a ren a,
m ovediza d e u n gig an tesco equív o co : q u e el p rin cip io ilu strad o y m o d e rn o
de la ig u ald ad n a tu ra l e ra u n a a b stra c ció n sin fu n d a m e n to real, el p ro d u c to
de u n a trad ició n filosófica d e la q u e , p re c isa m e n te , h abían q u e d a d o al m ar­
gen los p u eb lo s ib e ro a m e ric a n o s." E d m u n d o O ’G orm an, México, E l trauma
de su historia, p. 43.
circunstancias históricas), lo cierto es q u e tal referencia a la cul­
tu ra local viene a llenar u n a exigencia conceptual en la discipli­
na, ocu p a un casillero en u n a d e te rm in a d a grilla teórica. Las
“particularidades latinoam ericanas” funcionan com o ese sustra­
to m aterial objetivo e n el que las form as abstractas de los “tipos
ideales” vienen a inscribirse y e n c a rn a r históricam ente, aquello
que concretiza las categorías genéricas d e la historia de ideas, y
vuelve relevante su estudio en el co n texto local.
En efecto, d e n tro d e los m arcos d e la h istoria de “ideas”, sin
“peculiaridades locales”, sin “desviaciones”, el análisis de la evo­
lución de las ideas en A m érica L atina p ierd e todo sentido (co­
m o decía Zea, M éxico y todos los autores m exicanos “salen so­
b ra n d o ”) . Sin em bargo, parafraseando a u n o de los fundadores
de la llam ada “Escuela de C am b rid g e”, J. G. A. Pocock, dicho
pro ced im ien to no alcanza a rescatar al histo riad o r de ideas “de
la circunstancia ele que las construcciones intelectuales que tra­
ta de c o n tro lar n o son en absoluto fen ó m e n o s históricos, en la
m ed id a e n q u e fu e ro n co n stru id as m ed ia n te m odos ahistóri-
cos de in te rro g a c ió n ”.112 M ientras q u e los “m o d elo s” d e pensa­
m ie n to (los “tipos ideales”), considerados en sí m ism os, a p a re ­
cen com o p e rfe c ta m e n te consistentes, lógicam ente integrados
y, por lo tanto, definibles a jn io ri —de allí q u e to d a “desviación”
de éstos (el logos) sólo p u e d a concebirse com o sintom ática de
alguna suerte de pathos oculto (u n a cu ltu ra tradicionalista y un a
sociedad je rá rq u ic a ) que el h isto ria d o r d e b e des-cubrir—, las
culturas locales, en tanto sustratos p e rm a n en te s (el eíhos hispa­
no), son, p o r definición, esencias estáticas. El resultado es una
narrativa pseudohistórica que conecta dos abstracciones.
Los “tipos culturales", en definitiva, n o son sino la co n tra­
p a rte necesaria d e los “tipos id eales” de la histo rio g rafía de
ideas políticas. Esto explica p o r qué n o basta con cuestionar las

12 J. G. A. Pocock, 1‘olitics, Language, and Tune. Essays on Political Thought


aiid History, C hicago, T h e U niversity o f C h icag o Press, 1989, p. 11.
ap roxim aciones culturalistas p a ra d e sp re n d e rse efectiv am en te
de las ap elacio n es esencialistas a la tradición y a las cu ltu ras lo­
cales com o p rin c ip io explicativo últim o. Para ello es n e c esa rio
p e n e tra r y m in a r los su p u e sto s ep istem o ló g ico s e n q u e tales
apelaciones se fu n d an , esto es, escrutar d e m an e ra crítica a q u e ­
llos “m o d elo s” q u e e n la histo ria de ideas local fu n c io n a n sim ­
plem en te co m o u n a prem isa, algo dado. Ello n o s c o n d u c e así
más allá d e los lím ites d e la histo ria in telectual latin o a m e ric a ­
na, nos obliga a c o n fro n ta r aquello que constituye u n lím ite in­
h e re n te a la histo ria de “id ea s”: los “tipos id ea les”. Y a q u í tam ­
bién en co n tram o s la lim itación de la renovación historiográfica
de H ale. Si bien, com o vimos, su e n fo q u e ro m p e co n el provin­
cianism o de la h istoriografía de ideas local p ara situ ar las c o n ­
tradicciones q u e observa e n el p e n sam ien to liberal m ex ican o
en u n co n tex to m ás am plio, m an tie n e , sin em bargo, las a n tin o ­
mias p ro p ia s de la h isto ria d e “id e a s”, a h o ra in scrip tas en el
seno de la m ism a tradición liberal. T odo aquello q u e hasta e n ­
tonces se vio co m o d e c id id am e n te antiliberal, u n a “p ecu liari­
dad latin o a m e ric an a ” (el centralism o, el autoritarism o, el orga-
nicismo, etc.) pasa ahora a integrar la definición de u n liberalismo
que no es verdaderamente liberal (el “liberalism o fra n c é s”) e n fre n ­
tado a o tro liberalismo que es auténticamente liberal (el "liberalis­
m o inglés”). Esta perspectiva, n o obstante, p ro n to co m en zaría
tam bién a p e rd e r su su sten to conceptual.

Formas, contenidos y usos del lenguaje

En los años en que H ale publicaba Mexican Liberalism in the


Age ofM ora com enzaba ju sta m e n te e n Estados U nidos, con The
Ideological Origins o f the American Revolution (1967), de Bernarcl
Bailyn,43 la dem o lició n del m odelo p ro p u esto p o r H artz. Co-

4Í' B crn ard Bailyn, The Ideological Origins o f the American Revolution, C am ­
bridge, H arv ard U niversity Press, 1992.
m o vimos, p a ra esté, los principios liberales y dem ocráticos que
p re s id ie ro n la R evolución d e I n d e p e n d e n c ia e n c a rn a b a n la
esen cia de la c u ltu ra p o lític a n o rte a m e ric a n a . A n alizan d o la
p a n fle te ría del p e río d o , Bailyn, p o r el c o n trario , descu b rió en
el discurso revolucionario de ese país la presencia d e te rm in a n ­
te de u n universo c o n c e p tu a l q u e rem itía a u n a tra d ició n de
p en sam ien to m uy distin ta de la liberal, d e m ás a n tig u a d ata, a
la q u e d efinió g e n é ric a m e n te c o m o “h u m an ista cívica”. E sta
perspectiva se volvió tan p o p u la r q u e el hum anism o cívico, lu e­
go red e fin id o p o r o b ra d e G o rd o n W ood44 y J. G. A. P ocock45
com o “rep u b lica n ism o ”, te rm in a ría p rác tic a m e n te d esp lazan ­
do al liberalism o com o la supuesta m atriz de p en sam ien to fu n ­
d a m e n tal que identifica el universo de ideas políticas n o rte a ­
m ericano.
Esto llevaría ya a p ro b le m atiz a r las narrativas tradicionales
de la historia de ideas latinoam ericanas. El d ebate en to rn o del
“republicanism o” term in aría m in a n d o las distintas d efiniciones
e n boga respecto del liberalism o (y su delim itación del re p u ­
blicanism o), obligando a sucesivas reform ulaciones,46 n in g u n a
de las cuales se e n c o n tra ría libre d e objeciones fundam entales.
Tales com plicaciones resu lta n , sin em bargo, inasim ilables p a ra
la historia de ideas local. El_esquem a clásico de los “m o d elo s”
^ y las “desviaciones” s u p o n e sistem as de p e n sa m ie n to ( “tipos
ideales”) claram en te d elim itados y definidos. Se d a así la p a ra ­
doja de que los ú n ico s q u e p a re c e n te n e r hoy cierta clarid ad

G o rd o n W ood, The Creation o f the American Republic, C hape! [lili, U n i­


versity o f N o rth C aro lin a Press, 1969.
45 J. G. A. P ocock, The M ackiavellian M om m i. Florentine Political Thought
a n d the Atlantic Republican Tradition, P rin c e to n , P rin c e to n U niversity Press,
1975.
46 En Liberty befoi-eLiberalism, S k in n e r tra ta d e ac larar la confu sió n re in a n ­
te al re sp ecto y d iscute la id en tificació n d e la o p o sició n e n tre rep u b lic a n is­
m o y liberalism o con a q u ella o tra p la n te a d a a n tes p o r Isaiah B erün e n tre li­
b e rta d positiva y lib ertad negativa.
respecto d e q u é es, p o r ejem plo, el “liberalism o lo ck ia n o ” (y,
en consecuencia, e n qué se n tid o el liberalism o nativo se habría
“desviado” de éste) son los h isto ria d o res de ideas latinoam eri­
canos {m ientras q u e e n tre los especialistas n o hay n in g ú n con­
senso al re s p e c to ).47
De todos m odos, n o es allí d o n d e reside el aspecto crucial
del p roceso d e renovación c o n c e p tu a l que sufre la disciplina.
El d e b a te suscitado en to rn o del rep u b lican ism o (y del libera­
lism o) ocultó, e n realidad, su v e rd a d e ro nú cleo , q u e e ra de ín-
dote'teórico-m etodológica. De lo q u e se trataba, en palabras de
(Pocock,Aio e ra de ag reg ar u n casillero nuevo en la grilla de la
historia d e “id ea s” (el “re p u b lica n ism o clásico”), sino de tras­
c e n d e r ésta en u n a “historia de los discursos” o de los “len g u a­
jes po lítico s”. S egún afirm aba:

El cam bio producido en esta ram a de la historiografía en las


dos décadas pasadas puede caracterizarse como un movimien­
to que lleva de enfatizar la historia del pensam iento (o, más
crudam ente, “de ideas”) a enfatizar algo diferente, para lo cual
“historia del h a b la ” o “historia del discurso", aunque ninguno
de ellos carece de problem as a re s u lta irreprochable, pueden
ser los m ejores térm inos hasta ahora hallados.48

Ello sup o n e u n a red efin ició n del objeto m ismo de e s tu d io ,.


la n o c i ó n texto) p o r la cual se busca in co rp o rar a ésta aq u e­
llas otras dim ensiones, adem ás d e la p u ra m e n te referencia], in­
h ere n tes a los usos públicos del lenguaje. Com o señala nueva­
m ente Pocock,

47 V é a s e jo h n D u n n , The Political Thought o fjo h n Loche. A n Hútorical Ac­


count o f the Argument o f the “Two Treatises o f Goventrnent", C am b rid g e, C am b rid ­
ge U niversity Press, 1995.
48 J. G. A. P ocock, Virtue, Commerce and History, C am bridge, C am bridge
U niversity Press, 1991.
[...] el p u n to aquí más bien es que, bajo la presión d e la di­
co to m ía idealism o /m aterialism o , c o n cen tram o s to d a n u es­
tra aten ció n en el p en sam ien to com o con d icio n ad o p o r los
hech o s sociales fuera d e el, y n in g u n a e n el p en sam ien to
com o d e n o ta n d o , refirien d o , asum iendo, aludiendo^im pli-
can d o , y realizando u n a variedad de funciones d e las cua­
les la de c o n te n e r y p ro v eer in form ación es la m ás sim ple
d e todas.'19

Esta perspectiva lleva im plícita u n a d efinición del tipo de


dilem as plan tead o s p o r el m o d elo de Zea, ya muy distin ta d e la
señalada p o r H ale y los revisionistas. Ella nos ayuda a despro-
víncianizar a h o ra a la p ro p ia crítica de ese m o d elo p a ra ligar
los problem as hallados en él a lim itaciones in h ere n te s a la his­
toria d e ideas. Según m u estra Pocock, el proyecto m ism o de
“historizar" las “ideas” g e n e ra co n tradicciones insalvables. Las
ideas, de hech o , son ahistóricas, p o r definición (su significado
—qué es lo que dijo un a u to r— p u e d e p erfe c ta m e n te estable­
cerse aprim r, no así su sentido, q u e es relativo a q u ién lo dijo, a
q u ién lo hizo, en q u é circunstancias, etc.). Estas a p a re c en o no
en u n m ed io d a d o , p e ro ello es sólo u n a circunstancia e x te rn a
a ellas; no hace a su definición. E n fin, la historia, la tem p o ra ­
lidad es algo que le viene a las ideas “desde fu e ra ” (del “co n tex ­
to e x te rn o ” de su aplicación); no es u n a dim ensión constituti­
va suya.
Tal apriorism o m etodológico tiene consecuencias historio-
gráficas sustantivas. La ah istoricidad de las ideas tien d e inevi­
tab le m e n te a g e n e ra r u n a im ag en de estabilidad transhistóri-
ca en la historia intelectual. Esto resulta, e n ú ltim a instancia,
de la p ro p ia viscosidad relativa de las ideas. In d u d a b le m e n te ,
hacia 1825 los latin oam ericanos pen sab an no m uy distinto de
com o lo h acían an tes d e 1810, lo q u e suele llevar a concluir,

'Í9J. G. A. Pocock, Politics, Language, and Time, p. 37.


sin em bargo, q u e , d esd e el p u n to de vista de la histo ria intelec­
tual, e n tre am bas fechas n o cam bió n a d a e n A m érica Latina.
Com o sabem os, esto no es así. La ru p tu ra del vínculo colonial
supuso u n q u ie b re irreversible tam b ién en el nivel d e la histo­
ria intelectu al. Las m ism as viejas ideas c o b ra rá n e n to n c e s un
sentido nuevo. El p ro b le m a rad ica en q u e las “id ea s” no alean-
zan a registrar los cam bios pro d u cid o s, p u e sto q u e éstos no re­
m iten a los c o n te n id o s p ro p osicionales d e los discursos, ni re ­
sultan, p o r lo ta n to , p e rc e p tib le s en ellos. Así, si enfocam os
n u estro análisis exclusivam ente en la d im e n sió n referencial de
los discursos (las “id e a s”), n o hay m o d o de h a lla r las m arcas
lingüísticas d e las transform aciones en su co n te x to de e n u n c ia ­
ción.50 Para d escubrirlas es necesario traspasar el p lan o sem án-

& D e allí q u e , e n los m arco s d e este tip o d e a p ro x im a c io n e s, el tra/.ado


de las co n ex io n es e n tr e “te x to s” y “c o n te x to s” g e n e re d e m o d o inevitable u n a
circu larid ad lógica; los p u n to s d e vista relativos a sus re la c io n e s n o son re a l­
m e n te (y n u n c a p u e d e n ser, d a d a la n atu ra le z a d e los o b je to s co n q u e trata)
los resu ltad o s d e la investigación em p íric a , sin o q u e co n stitu y e n sus p re m i­
sas (las qu e son s u b s e c u e n te m e n te p ro y ectad as c o m o c o n c lu sio n e s d e ella).
“Ei eslogan —dice P ocock— d e q u e las ideas d e b e ría n e stu d ia rse e n su c o n ­
tex to social y p o lític o c o rre , p a ra m í, el riesgo d e c o n v ertirse en p u ra p a la ­
b rería. La m ayoría d e los q u e lo p ro n u n c ia n su p o n e n , a m e n u d o in co n sc ie n ­
te m e n te , q u e ellos ya sab en cuál es la re la c ió n e n tr e las id eas y la re a lid a d
social. C o m ú n m e n te to m a la fo rm a d e u n a teo ría c ru d a d e la c o rre s p o n d e n ­
cia: se su p o n e q u e las id eas en e stu d io son c aracterísticas d e a q u ella facción,
clase o g ru p o al q u e su a u to r p e rte n e c ía , y se e x p lica c ó m o tales id eas e x p re ­
san los intereses, esp eran zas, m ied o s o racio n alizacio n es típ icas de ese g ru ­
po, El p elig ro a q u í es el d e a rg u m e n ta r en círculos. D e h e c h o , es su m am en ­
te difícil id en tificar sin a m b ig ü e d a d la ad scrip ció n social d e u n individuo, y
aú n m u c h o m ás la d e u n a idea, sie n d o la c o n c ie n c ia algo sie m p re tan co n ­
trad icto rio . N o rm a lm e n te , u n o tie n d e a so s te n e r las su p o sic io n es q u e u n o
hace resp ecto d e la p o sició n social d e ese p e n sa d o r co n las suposiciones que
u n o h ace d e la significancia social d e sus id eas, y lu e g o se re p ite el m isino
p ro c e d im ie n to e n la d ire c c ió n inversa p ro d u c ie n d o u n a d efin itiv am en te d e ­
p lo rab le p erv ersió n m e to d o ló g ic a .” j . C. A. P ocock, Politics, Langiiagt, and
Time, p. 105.
tico d e los discursos (el nivel de sus c o n te n id o s ideológicos ex­
plícito s), e in te n ta r c o m p re n d e r cóm o, m ás allá d e la p ersis­
tencia de las ideas, se rec o n fig u ra ro n los lenguajes políticos sub­
yacentes.

Fran^ois-Xavier Guerra: Lenguajes, modernidad


y ruptura en el mundo hispánico

El im pulso h acia u n a renovación a ú n m ás radical e n la dis­


ciplina p ro v en d ría d e la o b ra de Franfois-X avier G uerra, quien
p o n d ría en el c e n tro de su análisis los cam bios o p e ra d o s en el
discurso político. “El len g u a je ”, aseguraba, “no es u n a realid ad
sep arab le d e las realid ad es sociales, un e le n c o d e in stru m e n ­
tos n e u tro s y a te m p o ra les del q u e se p u e d e d isp o n e r a volun­
tad, sino u n a p a rte esencial de la rea lid a d h u m a n a ”.51 De este
m o d o in te g ra b a la h isto rio g ra fía p o lític o -in te le c tu a l latin o a ­
m e ric a n a al p ro c e so d e ren o v a c ió n c o n c e p tu a l q u e e n esos
años estaba tra n sfo rm an d o p ro fu n d a m e n te la disciplina. Este
e n fo q u e le a b rirá las p u e rta s a u n a nueva visión del fe n ó m e n o
revolucionario. S in téticam en te, su perspectiva derivará e n cin­
co d e sp la z am ien to s fu n d a m e n ta le s q u e c o lo c a rá n a la h isto ­
riografía sobre la crisis de la in d e p e n d e n c ia en u n nuevo te­
rre n o .
En p rim e r lugar, G u erra ro m p e con el esquem a tradicional
e n la historia de “ideas” de las “influencias ideológicas”. Lo que
desencadena la m utación cultural que analiza n o es tanto la lec­
tu ra de libros im p o rta d o s com o la serie d e tran sfo rm acio n es
q ue altera objetivam ente las condiciones de en unciación de los

61 “La a te n c ió n p re sta d a a las p a lab ras y a los v alo res p ro p io s d e los acto­
res co n creto s d e la h istoria es u n a co n d ició n n ecesaria p a ra la intelig ib ilid ad.”
F rancois-X avter G u e rra y A n n ick L e m p é rié re , “In tro d u c c ió n ", en G u erra y
L em p é riére (co o rd s.), Los espacios públicos e?i Iberoamérica. Ambigüedades y pro­
blemas. Siglos xvhi-xjx, M éxico, FCE, 1998, p. 8.
discursos. C om o señala, ]a convergencia con Francia en el nivel
de los lenguajes políticos “n o se trata d e fen ó m en o s de m odas
o influencias —a u n q u e éstos tam bién existan— sino, fundam en­
talm ente, de u n a m ism a lógica surgida de un com ún nacim iento
a la política m o d e rn a [la 'm o d e rn id a d de ru p tu ra ’] ”.52 G uerra
descubre así u n vínculo interno e n tre am bos niveles (el discur­
sivo y el extradiscursivo). El “c o n te x to ” deja de ser u n escena­
rio e x te rn o p a ra el desen v o lv im ien to de las “id ea s” y pasa a
co n stitu ir u n aspecto in h e re n te a los discursos, d eterm in an d o
desde d e n tro la lógica de su articulación.
En se g u n d o lugar, G u e rra c o n e c ta estas transform aciones
conceptuales con alteraciones ocurridas en el plano d e las prác­
ticas políticas com o resu ltad o de la em ergencia d e nuevos ám ­
bitos de sociabilidad y sujetos políticos. Los desplazam ientos se­
m ánticos observados cobran su sentido en función de sus nuevos
m edios y lugares de articulación, esto es, de sus nuevos espacios
de enunciación (las sociabilidades m o d e rn a s), m odos de socia­
lización o publicidad (la pren sa) y sistemas de autorización (la
o p in ió n ), los cuales no preex isten a la p ro p ia crisis política, si­
n o que su rg en sólo co m o resu lta d o d e ésta, d a n d o lu g ar a la
conform ación de u n a in cip ie n te “esfera pública” in d ep e n d ien ­
te, en principio, del p o d e r del Estado.
En te rc e r lugar, lo a n te d ic h o le p erm ite a G uerra superar
el dualism o e n tre tradicionalism o español y liberalism o am eri­
cano. C om o él m u estra claram en te, se trató de un proceso re­
volucionario único, q u e ab arcó de co n ju n to al Im perio, y tuvo
su ep icen tro , p recisam en te, en la península, la cual se vio, de
h e c h o , m ás d ire c ta m e n te im p a c ta d a p o r la crisis del sistema
m o n árq u ico y la subsiguiente em ergencia de u n a “voluntad na-
cio n al”, q u e en to n c e s irru m p ió m ed ian te las movilización ar­
m ad a en defensa de su m o n a rc a cautivo.

52 Fran^ois-X avie r G u e rra , Modernidad e indepmdenáas. Ensayos sobre las re­


voluciones hispánicas, M éxico, M APl’R E /F C E , 1993, p, 370.
En cuarto lugar, esta perspectiva re p la n te a las visiones res­
pecto d e los m odos de inscripción de las g u erras d e in d e p e n ­
d e n c ia en A m érica L a tin a e n el m arco d e la llam ad a “era d e
las revoluciones d e m o c rática s”, y las pecu liarid ad es de la mo-
, dern izació n h ispánica. Su rasgo característico será, de fo rm a
m ás no tab le en las provincias ultram arinas, u n a c o n ju n ció n de
; m o d ern id ad política y arcaísm o social q u e se expresa en la hi-
bridez del lenguaje político que su p e rp o n e referencias c u ltu ­
rales m o d ern as con categorías y valores q u e rem iten c laram en ­
te a im aginarios tradicionales.
Por últim o, las c o n tra d ic c io n e s g e n e ra d a s p o r esta vía n o
evolutiva a la m o d e rn id a d p e rm itiría n c o m p re n d e r y explica­
ría n las dificultades p ara co n c eb ir y co n stitu ir ios nuevos esta­
dos nacionales com o e n tid a d es abstractas, unificadas y g e n é ri­
cas, d esp ren d id as d e to d a e stru c tu ra corporativa co n c re ta y d e
los lazos de su b o rd in a c ió n personal p ro p ias del A ntiguo Régi­
m en. Los vínculos d e p e rte n e n c ia prim ario s seg u irán sien d o
aquí esos “p u eb lo s” b ien concretos, cada u n o con los d erech o s
y obligaciones p articu lares que le c o rre sp o n d e ría trad icio n al­
m en te com o cu erp o .
Estos dos últim os puntos, sin em bargo, no p arecen fácilm en­
te com patibles con los tres anteriores. C om o verem os m ás a d e ­
lante, allí se e n c u e n tra la base de u n a serie de p roblem as c o n ­
ceptuales q u e m a rra n el e n fo q u e d e G uerra. Éstos se asocian
al rígido dualism o e n tre “m o d e rn id a d ” y “tra d ició n ” q u e term i­
n a rein sc rib ie n d o su perspectiva d e n tro d e los m ism os m arcos
teleológicos q u e se p ro p o n e y, en g ran m edida, logra en sus es­
critos desm ontar, lo 'q u e g e n e ra tensiones inevitables e n el in­
terio r de su m odelo interpretativo. En fin, m ientras que los tres
prim eros postulados antes señalados se fundan en u n a clara de­
lim itación en tre “lenguajes políticos” e “ideas políticas”, los dos
segundos llevan d e nuevo a c o n fu n d ir am bos.
Las antinomias de Guerra y la crítica del teleologismo

Lo visto a n te rio rm e n te gira, en realidad, en to rn o de u n ob­


jetivo fu n d am en tal. Lo q u e G u e rra se p ro p o n e es r e c u p e ra r la
histo ricid ad d e los p ro ce so s políticos y culturales, d islo c a n d o
las visiones m a rc a d a m e n te teleológicas d o m in a n te s en el área.
“A m enos de im ag in ar u n m isterioso determ in isrn o h istórico,
la acción de u n a ‘m a n o invisible’ o la in terven ción d e la Provi­
d en cia, no hay p a ra u n h isto ria d o r, e n estos pro ceso s h istó ri­
cos”, dice, “ni director, ni guió n , ni papeles defin id o s d e a n te ­
m a n o ”.53 Según afirm a,
[...] puesto que nuestras m aneras de concebir el hom bre, la
sociedad o el poder político no son universales ni cu e! espa­
cio ni en el tiem po, la com prensión de los regím enes políticos
m odernos es ante todo u n a tarea histórica: estudiar un largo
y complejo proceso de invención en el que los elem entos in­
telectuales, culturales, sociales y económicos están im bricados
íntim am ente con la política.54

Sin em bargo, G u e rra aseg u ra q u e no h a sido ésta la tesitu­


ra q u e inform ó la m ayoría d e los estudios en el área.

Consciente o inconscientem ente, muchos de estos análisis es­


tán im pregnados de supuestos morales o teleológicos po r su
referencia a m odelos ideales. Se ha estim ado de m anera im­
plícita que, en todo lugar y siem pre —o por lo m enos en los
tiempos m odernos—, la sociedad y la política deberían respon­
d er a u n a serie de principios com o la igualdad, la participa­

ra fra n fo is-X a v ier G u e rra , “D e lo u n o a lo m últiple: D im en sio n es y lógi­


cas de la In d e p e n d e n c ia ", en A n th o n y M cFarlane y E d u a rd o Posarla C arb ó
(c o m p .), Independence and llevolulion in Spanish America: Pcrspsctives a n d Pro­
blema, L ondres, Insticute o f L atin A m erican Studies, 1999, p. 5G.
54 Fran^ois-X avicr G u e rra , “El so b e ra n o y su reino . R ellcxiones so b re la
génesis del ciu d a d a n o e n A m érica L a tin a ”, e n H ild a S a b a to (co o rd .), Ciuda­
danía política y formación de las naciones. Perspectivas históricas de América Latina,
M éxico, FCE, 1999, p. 35.
ción de todos en la'política, la existencia de autoridades sur­
gidas del pueblo, controladas por él y movidas sólo po r el bien
general de la sociedad... No se sabe si este “d e b e rían ” corres­
ponde a una exigencia ética, basada ella misma en la natura­
leza del hom bre o la sociedad, o si la evolución de las socieda­
des m odernas conduce inexorablem ente a esta situación.55

G u e rra distingue así dos tipos d e teleologism o: el ético) que


im agina que la im posición final del m o d elo liberal m o d e rn o e s
u n a suerte de im perativo m oral, y el historicistá, que cree, a d e ­
m ás, que se trata de u n a ten d e n c ia histórica efectiva. Sin em b ar­
gó, según afirm a G uerra, ello lleva a p e rd e r d e vista el h e c h o de
q u e la concepción individualista y d em ocrática de la sociedad
es u n fen ó m en o histórico recien te, y que no se aplica tam poco
hoy a todos los países.

Ambas posturas absolutizan el m odelo ideal de la m odernidad


occidental: la prim era, al considerar al hom bre com o natural­
m ente individualista y dem ocrático; la segunda, po r su univer­
salización de los procesos históricos que han conducido a al­
gunos países a regím enes políticos en los que hasta cierto punto
se dan estas notas. Cada vez conocem os m ejor hasta qué p u n ­
to la m odernidad occidental —po r sus ideas e imaginarios, sus
valores, sus prácticas sociales y com portam ientos— es diferen­
te no sólo de las sociedades no occidentales, sino tam bién de
las sociedades occidentales del Antiguo Régimen.56

E n definitiva, según alega, esta perspectiva resu lta in a p ro ­


p iad a para c o m p re n d e r el desenvolvim iento histórico efectivo
de A m érica Latina, en d o n d e los im aginarios m o d ern o s escon­
d en siem pre y sirven de alb erg u e a prácticas e im aginarios in ­
com patibles con ellos. A hora b ien , está claro q u e el a rg u m e n ­

55 Ibid., p. 34.
55 IbuL
to de q u e el id ea l de sociedad m o d e rn a (“hom bre-individuo-
c iu d a d a n o ”) n o se ap liq u e a A m érica L atina n o lo invalida aun
com o tal; p o r el co n tra rio , lo p re su p o n e com o u n a su erte de
“p rin cip io reg u lativ o ” kantiano.
Tal a rg u m e n to sitú a c la ra m e n te su m o d elo d e n tro de los
m arcos d e la p rim e ra de las form as d e teleologism o q u e él mis­
m o d en u n cia, el teleologism o ético. Incluso p o d ría n e n c o n trar­
se tam bién en sus escritos vesdgios del segundo tipo d e teleo­
logism o señalado, el historicista. La m odernización de Am érica
Latina, a u n q u e fru stra d a e n la práctica, u n a vez desatada seña­
lará, p a ra él, u n h o riz o n te q u e ten d e ría , de algún m o d o u otro,
a desplegarse h istó ricam en te.

De todas m aneras, ni en México ni en ninguna parte resulta­


ba posible d eten er la lógica del pueblo soberano [...] Tarde o
tem prano, y a m edida que nuevos m iem bros de la sociedad
tradicional van accediendo al m undo de la cultura m oderna,
gracias a la prensa, a la educación y sobre todo a las nuevas for­
mas de sociabilidad, la ecuación de base de la m odernidad po­
lítica (pueblo = individuo¡ + individuo2 + ... + individuo ) recu­
pera toda su capacidad de movilización.57

La id ea del carácter irreversible de la ru p tu ra p ro d u cid a en ­


tre 1808 y 1812, q u e u b ica su e n fo q u e en u n a perspectiva pro ­
p iam en te histórica, d e s p re n d id a de to d o esencialism o y todo
teleologism o, se term in a revelando aq u í com o su contrario: lo
que hace irreversible el proceso de m o dernización política es,
no tanto el tipo d e q u ieb re resp ecto del pasado que éste seña­
ló, y su consiguiente a p e rtu ra a un ho rizo n te de desarrollo con­
tingente y a b ie rto , sino el d eterm in ism o , al m enos, en princi­
pio (esto es, a u n cu a n d o esto en la región n o se verifique nunca
efectiv am en te), de su lógica prospectiva presupuesta de evolu­
ción. Tras los fen ó m e n o s se e n c o n tra ría o p eran d o así un p rin­

57 F ran fois-X av ier G u e rra , Modernidad, e independencias, p. 375.


cipio generativo q u e los articu la en u n a u n id a d de sentido. El
in te n to de rescatar la historicidad d e los fen ó m en o s se revuelve
así en u n a form a de idealismo historicistá. A un c u a n d o éste no
a p a re z ca ya co m o p u n to de p a rtid a efectivo, sino sólo co m o
u n a m eta, n u n c a alcanzada p e ro siem p re p resu p u esta, la pie­
d ra de to q u e p a ra este m o d elo sigue d a d a p o r el su p u esto de
la d e te rm in a b ilid a d a priori del ideal hacia cuya realización to­
do el proceso tien de, o d e b e ría ten d e r.58
Esta perspectiva teleológica se e n c u e n tra , d e hech o , ya im ­
p líc ita en la dico to m ía, p ro p ia de la h isto ria d e ideas, e n tr e
“m o d e rn id a d = individualism o = d e m o c rac ia ” y “tradición = or-
ganicism o = a u to rita rism o ”, sobre la cual pivotan aú n tam b ién
las diversas vertientes revisionistas, in c lu id a la de G u e rra . De
allí q u e la crítica a las perspectivas teleológicas sólo se p u e d a
form ular, en estos .marcos, m e ra m e n te en los térm inos del vie­
jo “a rg u m e n to e m p írista” (la idea d e im posibilidad de u n a rea­
lidad d a d a de elevarse al id ea l).59 La “h isto ric id a d ”, la contin-

38 C ab e aq u í u n a p recisió n c o n c e p tu a l. U n m o d e lo teieo ló g ico ele evo­


lu ció n es, silicio se?isu, aq u e l q u e h a c e a n c la r to d o d esen v o lv im ie n to e n su
p u n to d e llegada. Lo q u e G u e rra llam a teleo io g ism o histo ricistá es só lo u n a
d e las Formas posibles q u e éste a d o p ta , q u e es el biologista. Este in c o rp o ra ,
al p rin cip io Ideológico, lo q u e p o d e m o s llam ar u n p rin c ip io arqueológico o ge­
nético. S egún el p a rad ig m a p refo rm ista -ev o lu cio n ista d e d esa rro llo o rg á n ic o ,
u n o rg a n ism o d a d o (sea este n a tu ra l o social) p u e d e ev o lu cio n ar h a c ia su es-
tad o Final sólo si este se e n c u e n tra ya c o n te n id o v irtu a lm c n tc e n su estad o
. inicia!, en su g e rm e n prim itivo, co m o u n p rin c ip io in m a n e n te d e d esa rro llo .
E n este seg u n d o caso, tan to el esta d io inicial c o m o el final se e n c o n tra ría n
ya p re d e te rm in a d o s de form a in m a n e n te . Lo ú n ico c o n tin g e n te es el cu rso
q u e m ed ia e n tre u n o y o tro , el m o d o c o n c re to del paso de la potencia al acto.
r,y C om o d ecía M o n tesq u ic» resp e c to de su m o d elo : "No m e re fiero a los
casos particu lares: e n m ecán ica hay cierto s ro za m ie n to s q u e p u e d e n c a m b ia r
o im p e d ir Sos efectos de la teoría; en p o lítica o c u rre lo m ism o". M o n tesq u ieu ,
El espíritu, rfe las leyes, B uenos Aires, H ysp am érica, 1984, xvil, p á rra fo v i i i , p.
235. Los p ro b lem as latin o am eric a n o s p a ra a p licar los p rin cip io s lib erales d e
g o b ie r n o re m itiría n a esos "ro z a m ie n to s" q u e o b stacu lizan o im p id e n "los
efectos d e la te o ría ”, p e ro q u e d e n in g ú n m o d o la cu estio n an ,
gencia de los fen ó m e n o s y procesos históricos, a p a re c e recluí-
da d e n tro de u n ám bito estre ch o d e d e te rm in a c io n e s a primi.
El p u n to es q u e tal e sq u em a b ip o la r lleva a velar, m ás q u e a re­
velar, el v e rd a d e ro sentido d e la renovación historiográfica que
p ro d u ce G u e rra , y q u e consiste, ju sta m e n te , e n h a b e r desesta­
bilizado las estrech eces d e los m arcos d icotóm icos trad icio n a­
les p ro p io s d e la h isto ria d e “ideas”. E n lo q u e sigue, in te n ta re ­
m os p recisar e n térm in o s estrictam en te lógicos cuál es la serie
de o p e ra c io n e s c o n cep tu ales q u e im plica la dislocación d e los
esquem as teleológicos p ro p io s d e la histo ria d e ideas.

La disolución de ios teleologismos: su estructura lógica^

A fin d e disolver los m arcos teleológicos p ro p io s d e la his­


toria d e ideas, el p rim e r paso consistiría en d esaco p lar los dos
p rim e ro s té rm in o s de am bas ecu ac io n es a n tin ó m ic a s an tes
m encio nadas. Es decir, h abría q u e p e n sar q u e no existe u n vín­
culo lógico y n ecesario e n tre m o d e rn id a d y atom ism o, p o r un
lado, y tra d icio n a lism o y organicism o, p o r o tro . La m oderni-
daH, en tal caso, p o d ría tam b ién d a r lu g ar esquem as m entales
e im aginarios de tipo organicista, com o de h e c h o h a ocu rrid o .
Estos no se tra ta ría n d e m eras recaídas e n visiones trad icio n a­
les, sino q u e serían tan in h e re n te s a la m o d e rn id a d com o las
perspectivas individualistas de lo social. Así, si b ien el tradicio­
nalism o seguiría sien d o siem pre organicista, la inversa, al m e­
nos, ya no sería cierta: el organicism o n o n e cesariam en te rem i­
tiría a h o ra a u n c o n c e p to tradicionalista. Esto in tro d u c e un
nuevo e le m e n to de in ce rd d u m b re e n el esq u em a de la “tradi­
ció n ” a la “m o d e rn id a d ”, q u e no rem ite sólo al transcurso que
m edia e n tre am bos térm inos. A hora tam poco el p u n to de lle­
gada se p o d ría establecer apriori; la m o d e rn id a d ya no se iden­
tificaría con u n único m o d elo social o tipo ideal, sino que com ­
p ren d e ría diversas alternativas posibles (al m enos, dos; aunque,
de hecho, co m o verem os, serán m uchos inás los m odelos de so-
ciedad que h a b rá n de elaborarse h istóricam ente en eJ curso del
siglo X IX).
El d e sa c o p la m ie n to de los dos p rim e ro s térm in o s d e las
ecuaciones an tin ó m icas lleva, com o vem os, a d esarticu lar la se­
g u n d a fo rm a d e teleologism o, el historicista. No así a ú n , sin
em bargo, la p rim e ra form a de teleologism o que G uerra d e n u n ­
cia, el ético. U n o p o d ría todavía arg ü ir q ue, si la m o d e rn id a d
p u e d e d a r lu g a r a un co n cep to o bien atom ista, o b ien o rg an i­
cista de lo social, sólo el p rim e ro de ellos resulta m o ra lm e n te
legítim o, sólo éste inscribe la m o d e rn id a d en u n h o riz o n te d e ­
m ocrático. P ara d e sm o n ta r esta se g u n d a fo rm a d e teleologis­
m o h abría, pues, q u e desacoplar a h o ra los dos últim os térm i­
nos d e la do b le ecuación. Es decir, h a b ría q u e p e n sar q u e n o
existe u n a relación lógica y necesaria e n tre atom ism o y d e m o ­
cracia, p o r u n lado, y organicism o y autoritarism o, p o r otro. En­
contram os a q u í la diferen cia crucial e n tre lenguajes e ideas o
ideologías. Los lenguajes, en realid ad , son siem pre in d e te rm i­
nados sem án ticam en te; u n o p u e d e afirm ar algo, y tam bién to­
do lo co n trario , en p e rfe c to español. A nálogam ente, desde u n
len g u aje ato m ista u n o p o d ría p la n te a r in d istin ta m e n te u n a
perspectiva d em o crática o autoritaria; e, inversam ente, lo m is­
m o cabría p ara el organicism o. Las “ideas” (ios c ontenidos ideo­
lógicos) n o están, en fin, prefijadas p o r el lenguaje de base. E n ­
tre lenguajes p o líticos y sus posibles derivaciones ideológicas
m ed ia siem pre u n proceso de trad u cció n abierto, e n diversas
instancias, a cursos alternativos posibles. En sum a, el individua­
lismo atom ista ya n o sólo n o sería el único m o d elo p ro p ia m e n ­
te m o d ern o de sociedad, sino que tampoco su contenido ético resul­
taría inequívoco.
P ro d u c id o s estos dos d e saco p lam ien to s co n c ep tu a le s se
q u iebra, pues, el m ecanicism o de las relaciones e n tre los té r­
m inos involucrados, lo que desarticula, en principio, am bas for­
m as d e teleologism o señaladas p o r G u e rra . Sin em b arg o , las
prem isas teleológicas del esquem a se m an tie n e n aún en pie. El
m odelo se vuelve m ás com plejo, sin superarse todavía su aprio-
rism o. N o p o d e m o s ya d e te rm in a r de a n te m a n o n i el resulta­
do del p ro ceso de m o d ern iza c ió n n i el curso h acia él, p ero sí
p odem os todavía estab lecer a priori el ran g o d e sus alternativas
posibles. La co n tin g en cia d e los procesos históricos sigue rem i­
tie n d o a u n p la n o e stric tam e n te em pírico. P ara q u e b ra r tam ­
bién esta fo rm a de ap rio rism o es n ecesario p e n e tra r la pro b le ­
m ática m ás fu n d a m e n ta l q u e p lan te a la histo ria de “id eas”.
Tras am bas form as de desaco p lam ien to , atom ism o y orga­
nicism o dejan ya d e a p a re c e r de m a n e ra ineludible com o m o­
d e rn o s y tradicionales, d em o crático s y autoritarios, respectiva­
m e n te , p e ro siguen sie n d o todavía c o n c eb id o s com o dos
principios opuestos, p e rfe c ta m e n te consistentes en sus propios
térm in o s, es decir, ló g ic a m e n te in te g rad o s y au to co n ten id o s.
La histo ricid ad se u b ica así todavía en la arista q u e u n e ideas
con realidades, sin alcanzar a p e n e tra r el plano conceptual mis­
m o; la te m p o ra lid a d (la “invención" d e que h ab la G uerra) 110
le es aún u n a d im en sió n in h e re n te y constitutiva suya. En defi­
nitiva, el e sq u em a “de la trad ició n a la m o d e rn id a d ” es sólo el
resultado del despliegue secuencia] de principios concebidos,
ellos m ism os, p o r p ro ce d im ie n to s ahistóricos (lo que contradi­
ce, d efin itiv am en te, los tres p rim e ro s p u n to s a n te s señalados
e n relació n co n los desp lazam ien to s fu n d am e n ta les que p ro ­
d u jo G u e rra en la histo rio g rafía del p e río d o ). Si de lo que se
tra ta es de dislocar efectivam ente las aproxim aciones id e o ló ­
gicas a la histo ria político-intelectual, restan todavía dos pasos
fu n d am en tales.
El p rim e ro de ellos consiste en re c o b ra r u n .p n n c ip io jie
irreversibilidad tem p o ral in m a n e n te a la h isto ria in telectual.
U n a de las claves p a ra ello nos la a p o rta otro de los fundado­
res de la E scuela de C am bridge, Q u e n tin Skinner. Este autor
señaló lo q u e llam aba la “m itología de la prolepsis” en que to­
d a perspectiva teleológica se funda, esto es, la búsqueda retros­
pectiva de an u n c ia c io n e s o an ticipaciones de nuestras creen­
cias presen tes.. H a b ría , sin em b arg o , que añ ad ir a ésta u n a
segunda form a, inversa, de “m ito lo g ía”, que llam arem os “mito-
logia d e la retro lep sis”: la creencia en que se p u e d e n reactivar
y traer sin más al p resen te lenguajes pasados, u n a vez q u e la se­
rie de supuestos en q u e éstos se fu n d ab an (y q u e incluyen ideas
d e la tem p o ralid ad , hipótesis científicas, etc.) ya se qu eb ró . És­
tas no p u ed en d e sp re n d e rse de sus prem isas discursivas sin re­
ducirlas a u n a serie de postulados (“id eas”) m ás o m en o s trivia­
les q ue, efectivam ente, se p o d ría n d e scu b rir en los contextos
conceptuales m ás diversos. En definitiva, p a ra reconstruir la his-
¡ to ria de los len g u ajes políticos no sólo d e b e m o s tra sp a sa r la
superficie de los co n ten id o s ideológicos de los textos; debem os
tam b ién d escu b rir estos umbrales de historicidad, u n a vez su p e­
rados los cuales resu lta ría im posible ya u n a llan a reg resió n a
situaciones histérico-conceptuales precedentes. Sólo así se p u e­
de evitar el tipo de anacronism os al que c o n d u c e n inevitable­
m e n te las visiones dicotóm icas, y q u e lleva a ver los sistem as
conceptuales com o suertes de principios e tern o s (com o el bien
y el m al en las antiguas escatologías) o cuasieternos (com o d e­
m ocracia y au to ritarism o e n las m o d ern as filosofías políticas)
en p e rp e tu o antagonism o.
j La co m p ren sió n de éstos com o form aciones históricas c o n ­
tingentes supone todavía, sin em bargo, u n a operación más. Co­
m o vimos, a fin de m in a r los teleologism os p ro p io s de la histo­
ria de “id eas” n o basta con c u estio n ar las co n d icio n es locales
iide aplicabilidad del tip o ideal, sino q u e hay q u e a b rir el tipo
jideal m ism o a su in terro g ació n , escru tar de m a n e ra crítica sus
Ipremisas y fundam entos. De lo que se trata, ju sta m e n te, e n u n a
historia de los lenguajes políticos, es de re tro tra e r los postula­
dos ideológicos de u n m odelo a sus prem isas discursivas, para
descubrir allí sit-s punios ciegos inherentes, aquellos presupuestos im ­
plícitos en él p e ro cuya exposición, sin em bargo, sería d estru c­
tiva p ara éste. Sólo este p rincip io perm ite a b rir la perspectiva
a la existencia d e co n tradiccion es que no se red u zcan a la m e­
ra oposición e n tre m odelos opuestos, p e rfe c ta m e n te c o h e re n ­
tes e n sí m ism os, y co rre sp o n d ie n te s, cada u n o , a dos épocas
diversas superpuestas de m an era accidental. El antagonism o en
el nivel de los im aginarios se revela así ya no co m o e x p re sa n d o
sólo alg u n a suerte de a sin c ro n ía ocasional, sino co m o u n a di­
m en sió n intrín seca a to d a fo rm a ció n discursiva.
P odem os d e n o m in a r lo se ñ ala d o com o el p rin c ip io de in-
c o m p le titu d constitutiva d e los sistem as c o n c e p tu a le s. É ste es
la prem isa fu n d am en tal p a ra p e n s a r la historicidad de los fen ó ­
m e n o s conceptuales. En definitiva, n in g u n a nueva d e fin ició n ,
n in g ú n desplazam iento sem án tico p o n e en crisis a u n le n g u a ­
j e d a d o , sino sólo en la m e d id a e n q u e d e sn u d a sus in co n sis­
tencias in h ere n te s. De lo co n tra rio , sólo cabría a trib u ir las m u ­
tacio n es c o n c ep tu a le s a m e ra s circ u n sta n c ia s o a c c id e n te s
históricos: de no ser p o rq u e a alg u ien —q u e n u n c a falta— se le
o c u rrie ra cuestionarlos, o p o rq u e cam bios en “el clim a g e n e ­
ral d e id ea s” ( l ’air du temps, al q u e G u e rra suele a p e la r c o m o
m arco explicativo ú ltim o de los cam bios c o n c e p tu a le s )60 los
volvieran e v en tu alm en te obsoletos, los lenguajes p o d ría n sos­
ten erse de m an era indefinida, n o h a b ría n a d a in trín seco a ellos
q u e los historice, que im p id a e v en tu alm en te su p e rp e tu a c ió n .
C on este p rincipio se q u ie b ra fin alm en te la p rem isa fu n d a ­
m e n ta l en la q u e se sostiene to d o el esquem a de los “m o d elo s"
y las “desviaciones”: el su p u esto de la p erfecta c onsistencia y ra­
c io n a lid a d d e los “tipos id e a le s”. L legam os así al s e g u n d o as­
p e c to fu n d a m e n ta l q u e distin g u e la historia de los lenguajes,
resp ecto de la historia de “id ea s”. Los lenguajes, a d ife ren c ia d e
los “sistem as de p e n sa m ie n to ”, n o son e n tid ad es a u to c o n te n i-
das y lógicam ente integradas, sino sólo histórica y p re c a ria m e n ­
te articuladas. Se fu n d an en p rem isas co n tin g en tes; no sólo en
el sen tido de q u e no se so stien en en la p u ra razón sino e n p re ­
supuestos eventualm ente contestables, sino tam b ién en el sen­
tido de q u e n in g u n a fo rm ació n discursiva es consistente e n sus '

ti0 “M ás q ue in te n ta r u n a p o n d e ra c ió n im posible d e las in flu en cias te ó ­


ricas de u n a u o tra escuela en u n a e n u n c ia c ió n de p rin cip io s —d ice— , hay
q u e in te n ta r m ás b ie n a p re n d e r el 'e sp íritu d e u n a ép o ca ' — l ’a ir du temps,"
Franfois-X avier G u e rra , Modernidad e indepertdenáas, pp. 170-1.
p ro p io s térm inos, se e n c u e n tra siem pre dislocada resp e c to de
sí m ism a; en fin, q u e la tem p o ralid a d (historicidad) n o es u n a
d im en sió n e x te rn a a éstas, algo q u e les viene a e lla sjie sd e fue­
ra (de su “co n te x to e x te rio r”), sino in h e re n te , q u e las h a b ita
e n su interior. Sólo e n to n c e s c o m e n z a rá n a a b rírse n o s verda­
d e ra m e n te las p u ertas a u n a perspectiva libre de to d o teleolo­
gism o, com o ped ía G uerra. La reco n stru cció n de la h isto ria de
los desplazam ientos significativos en ciertos conceptos clave nos
revelará así un transcurso m u c h o m ás com plejo y difícil d e a n a ­
lizar, q u e desafía u n a y o tra vez aquellas categorías co n las que
in ten tam o s asir su sentido, oblig an d o a revisar n u estro s supues­
tos y creencias m ás firm e m en te arraigadas, d e sn u d a n d o su apa­
re n te evidencia y n a tu ra lid a d com o ilusorias. E n definitiva, só­
lo c u a n d o log ram o s p o n e r e n tre p a ré n tesis n u e stra s p ro p ia s
c e rtid u m b res p resen tes, c u e stio n ar la su p u esta tra n sp a re n c ia y
racionalidad de n u estras convicciones actuales, p u e d e la h isto ­
ria a p a re c e r com o problema; n o com o u n a m e ra m arc h a, la se­
rie d e avances y retrocesos, h acia u n a m e ta d efin ib le a priori,
sino com o “creació n ”, “in v en c ió n ”, com o p e d ía G uerra, un tan ­
te o incierto y abierto, te ñ id o d e co n trad iccio n es cuyo sentido
n o es descubrible ni d efinible según fórm ulas genéricas, ni d e­
j a red u c irse al ju e g o d e a n tin o m ia s e te rn a s o c u a sie te rn a s al
q u e la historia d e “ideas" tra tó d e ceñirla.
1
Historicismo / Organicismo /
Poder constituyente

Se trata, por lo tanto, de una historia que tiene como


función restituir problemas más que describir modelos.

F ie r r e R o s a n v a l l o n , Por una historia conceptual de lo político

U n aspecto po co advertido e n el en fo q u e de G uerra es el


d esp lazam ien to q u e p ro d u c e en su in te rp re ta c ió n del propio
p ro ceso revolucio nario español. El eje de su análisis se co ncen­
tra n o ta n to e n los debates e n las C ortes gaditanas com o en el
p e río d o previo a éstas. Los “dos años cruciales”, p ara él, no son
los q u e van de 1810 a 1812, com o n o rm a lm e n te se in te rp re ta ,1
sino d e 1808 a 1810.2 Dos hitos delim itan y en m arcan su inte­
rro g ació n . S egún señala, e n tre las convocatorias a las Cortes de
Bayona y de Cádiz, escritas, respectivam ente, en am bas fechas
m encionadas, se observa u n a transform ación asom brosa. Mien­
tras q u e la p rim e ra señala e n su títu lo IX, artículo 61, que “ha­
b rá C ortes o Ju n ta s de la N ación com puestas de 172 individuos,
divididos e n tres E stam en to s”, la constitución g aditana va a de­

1 “P o cas fech as hay tan tra sc e n d e n te s en la h isto ria p o lítica e sp a ñ o la”,


afirm a, p o r e je m p lo , S án ch ez A gesta, “c o m o esos d iecio ch o meses, e n tre el
24 d e se p tie m b re d e ] 8 1 0 y e l l 9 d e m arzo d e 3812, e n q u e se fraguó la Cons­
titu ció n de C ádiz". L uis S án ch ez A gesta, Historia del constitucionalismo español,
M adrid, In stitu to de E stu d io s P olíticos, 1955, p. 45.
2 “Et p e río d o q u e va d e los le v a n ta m ien to s p e n in su lare s de la prim avera
d e 1808 a la d iso lu ció n d e l a j u n t a C en tral e n e n e ro de 1810 es sin duda la
é p o c a clave d e las re v o lu cio n es h isp án icas, tam o e n el trán sito hacia la Mo­
d e rn id a d , c o m o en la g estació n d e la In d e p e n d e n c ia .” Fran^ois-Xavier G ue­
rra, Modernidades e independencia, p. 115.
finir ya taxativam ente en su título m, capítulo 1: “Las Cortes son
la re u n ió n de todos los dip u tad o s q u e rep re sen ta n la N ación,
n o m b ra d o s p o r los c iu d a d a n o s”.3 Éstos ya n o serán los procura­
dores del A ntiguo Régim en, sino q u e constituirán colectivam en­
te u n p rin cip io inédito: la representación unificada de la voluntad
nacional.4 ¿C óm o se p ro d u jo este desplazam iento de los “esta­
m e n to s” a los “c iu d a d a n o s” com o sujetos de la im putación so­
berana?, ¿qué o cu rrió e n tre u n a y o tra constitución que d e ri­
varía en sem ejan te inflexión con cep tu al?, ¿cuáles fu ero n las
prem isas y co n d icio n es que la hiciero n posible?, ¿cuál su sen ti­
do y cuáles sus consccucncias tanto co nceptuales com o prácti­
cas? Estos son los in te rro g a n te s q u e o rd e n a n la elaboración de
Modernidad e independencias.
A h o ra bien, hay que decir q u e el proceso de convocatoria
a las Cortes de Cádiz fue u n a de las cuestiones más oscuras, con­
flictivas y accidentadas del p e río d o .5 El d ecreto de la ju n ta C en­
tral, im pulsado p o r G aspar M elchor de Jovellanos, establecía
de m a n e ra taxativa u n a rep re sen ta ció n estam ental. Esa convo­
catoria a p a re n te m e n te se extravió (otro d e los m iem bros de la
J u n ta , M anuel Q u in tan a , sería luego acusado de ocultarlo de
fo rm a d e lib e ra d a ).5 Por d etrás d e este “a c c id e n te ” se o cu lta­
b an, sin em bargo, razones m ás poderosas. Com o señalaría luc-

s Vcase Constituciones de España, M adrid, S eg u ra, 1988.


* "U n o d e los p u n to s clave d e la m u iac ió n c u ltu ra l y p olítica d e la Mo­
d e rn id a d ”, seg ú n aseg u ra G u erra “se e n c u e n tra e sen cialm en te allí; en el trá n ­
sito d e u n a co n c ep c ió n an tig u a de n ació n n la d e n a ció n m o d e rn a ", F ranfois-
X avier G u e rra , Modernidad e independencias, p. 319.
,J P ara u n análisis d eta lla d o de éste, véanse F ed erico S uárez, Et proceso de
convocatoria a Cortes, P am p lo n a, U niversidad d e N avarra, 1982, y M anuel M o­
ran O rtin , “La fo rm ació n de las C ortes (1808-1810)”, en M iguel A rtola (ed .),
Ayer: Las Cortes de Cádiz, M adrid, M arcial Pons, 1991, p p . 13-36.
6 De h e c h o , lu ego d e restau rad o F e rn a n d o VII en el poder, Q u in ta n a
ría juzgado y c o n d e n a d o p o r tal h ech o . S egún señaia el fiscal q u e lo acusa: “Su
v oluntad d e c id id a hacia tas novedades q u e tan to h a n p erju d ic a d o a la nació n
se d escu b re co n ia Fuerte p resu n ció n q u e resulta c o n tra Q u in ta n a en la ocul-
go Q u in ta n a e n su d efen sa, la c o n v o cato ria orig in al ya n o se
com padecía con el estado d e la “o p in ió n p ú b lic a ”.7 Ello se h a ­
ría evidente e n la consulta q u e e n to n ces se realizó. El “extravío”
de la o rd e n a n z a llevó a q u e el d e c re to oficial del 22 de mayo
de 1809 n o incluyera precisión alg u n a en c u a n to a la com posi­
ción d e las C ortes. U n m es m ás tarde se p ro m u lg ó u n a circu lar
llam ando a las instituciones especializadas y a “los sabios y p e r­
sonas ilu strad as” del rein o a h a c er llegar a la ju n ta sus p a re c e ­
res al resp ecto . Las respuestas que d e in m ed iato c o m en zaro n
a a rrib a r (cuya im p o rta n c ia se ría re c ie n te m e n te c o m p a ra d a
con la de los cahiers de doléanccs) ,8 apoyaban p o r cierto la afir­
m ación d e Q u in ta n a .9

tación del d e c re to d a d o p o r la j u n t a C entral p a ra la convocación a C o rte s ¡ j o i '


estam entos; p re s u n c ió n q u e , fu n d á n d o se sobre la in terv e n c ió n q u e tuvo en
el c o n o cim ien to y e n tre g a d e p ap ele s de la S ecretaría de la j u n t a C en tra l, co­
m o oficial m ayor d e ella, n o p u e d e desv an ecerse con decir, co rn o dice, q u e si
h u b ie ra tra ta d o d e h a c e rlo d esap arecer, lo h u b ie ra verificado d e su e rte q u e
n u n c a h u b ie ra ap a re c id o y q u e el h acerlo co m o se hizo, y n o d e o tra m a n e ra ,
p re se n ta m ás b ie n la id ea d e tin a in o c e n te casualidad". "S eg u n d a resp u esta
fiscal e n ia causa d e Q u in ta n a y d el Semanario", en M an u el Q u in ta n a , Memo­
rias del Cádiz de las Corles, Cádiz, U niversidad d e Cádiz, 1990, p. 198.
7 C om o d iría lu eg o A gustín A rguelles, el d e c re to d e la J u n ta sería venci­
do p o r “u n in flu jo su p e rio r" , “la fu e rz a irre sistib le d e la o p in ió n p ú b lica".
A gustín A rguelles, Examen histórico de la reforma constitucional que hicieron las
Cortes Generales y extraordinarias desde que se instalaron en la Isla de León el día 24
de setiembre de 1S19, hasta que cerraron en Cádiz sus sesiones en 14 de. propio mes de
1813, L o n d re s, Iinpr. d e C arlos W ood e hijo, 1835, p p . 190 y 210.
8 Les cahiers des plaintes et doléances (cu ad ern o s d e quejas y reclam os) e ra n
escritos re u n id o s e n to d o el rein o francés, con m otivo d e la convocatoria a Es­
tados gen erales, p o r los cuales la població n h acía c o n o c e r sus reclam os y de­
seos al m onarca. A lre d e d o r de éstos se articu lab a to d o el sistem a re p resen tati­
vo tradicional (los q u e se enviaban al P arlam ento eran cahiers, n o dip u tad o s, los
cuales eran sólo sus p o rta d o re s eventuales, y estab an obligados a re sp e ta r el
mandato imperativo en ellos d epositados). El ca/iier ffénéral resultante de su reu ­
nión era, junto con el m o n arca, la e n cam ació n d el cu erp o místico de la tuición.
HEstas fu e ro n p a rc ia lm e n te co m p ilad as p o r F ed erico Suáre/. y p u b lic a ­
das en tres v o lú m en es d e Informes oficiales sobre Cortes. P ara un estu d io d eta lla ­
Los hechos q u e siguieron, m arcados p o r el rápido deterio ro
de la situación de la J u n ta Central, a co m p añ an d o los fracasos de
la c am paña co n tra las fuerzas d e ocupación francesas,10 resulta­
ro n , no obstante, confusos. La Instrucción del I a de e n e ro de
1810 insistía aún en la convocatoria p o r estam entos, fijando, sin
em bargo, solam ente los m odos de elección de u n a de las Cám a­
ras (la co rresp o n d ien te al Estado lla n o ). N o h u b o acuerdo, p o r
el contrario, en cu an to a cóm o se debía c o n fo rm ar la segunda
de ellas. Calvo de Rozas, quien p rete n d ía su p ed itar la participa­
ción de los nobles y el clero a u n exam en previo de su actuación
d u ra n te la crisis, aprovechó estas desavenencias p a ra reenviar
el dictam en a la C om isión d e C ortes, la q u e ya n o te n d ría oca­
sión de decidir. La R egencia d e c re ta ría fin alm en te, sólo cuatro
días antes d e la in au g u ració n oficial de las sesiones, la re u n ió n
sin estam entos. E n ú ltim a instancia, tras estas vicisitudes se hi­
cieron m anifiestas las com plejidades del p rim e r liberalism o es­
pañol.
D istintos au to res señalan q u e éste n o p u e d e in te rp re ta rse
aú n com o u n p e n sa m ie n to p ro p ia m e n te m o d e rn o . Lo que

do, véase M iguel A rtola, Los orígenes de la España contemporánea, M adrid, Ins­
titu to d e E studios P o líticos, 1959, p p , 257-369. “La p riv anza d e G odoy", c o n ­
cluye A rtola, “p o r razo n es d e m uy diversa ín d o le , es causa e ficien te de u n es-
tad o d e o p in ió n m uy g en era liz ad o , q u e h a b re m o s d e carac teriz ar c o m o un
can san cio d el ré g im e n m o n á rq u ic o absolutista, se n tim ie n to u n á n im e q u e re ­
flejan los textos d e to d as las p ro c e d e n c ia s [...] En 1809 y 1810 la o p in ió n n a ­
cional co in cid e en c o n d e n a r n o sólo las p erso n as sino tam b ién el sistem a mis­
m o ” (ibid., p. 288).
10 La d e rro ta d e O c a ñ a d el 19 d e n o v iem b re d e 1809 será decisiva al res­
pecto. Esta d e se n c a d e n a u n lev a n tam ien to en Sevilla. Se fo rm a en to n ce s u n a
J u n ta Provincial q u e re asu m e el p o d e r so b e ra n o y conv oca a las d em ás p ro ­
vincias a h acerlo y a e n v iar sus d ele g a d o s a esa ciu d ad p ara co n stitu ir u n a Re­
gencia. El d esc ré d ito d e la J u n ta C e n tra l se ag ud iza cu a n d o d ec id e el 13 de
e n e ro d e 1810 traslad a rse a la isla d e L eó n . P o r d e c re to del 29 de e n e ro , és­
ta fin alm en te se disuelve y ,transfiere su p o d e r a un C o nsejo d e R egencia q u e
en to n c e s se crea.
em erge e n to n c e s es u n tejido co n cep tu al a n u d a d o p o r motivos
p ro v en ien tes de u n a trad ició n pactista hisp an a q u e se rem o n ­
ta al siglo xvi. Su ex p resió n es el constitucionalism o histórico,
el cual bu scaría re sta u ra r la “an tig u a y venerable C onstitución
de E sp a ñ a ”.11 Sin em b arg o , la filiación de las ideas d el libera­
lism o g a d ita n o resu lta p ro b le m átic a de establecer. El pactism o
de los constitucionalistas históricos rem itía, en p rin cip io , a la
trad ició n neoscolástica de Suárez, p e ro tam b ién a la iusnatura-
lista de G rocio y P u ffen d o rf. Esta sola c o m p ro b ació n com plica
ya la cuestión, p uesto q u e obliga a e n tra r e n el d e b a te (proba­
b lem e n te , inso lu b le) acerca d e c u án d o com ienza la “m o d ern i­
d a d ” (¿es el iu sn atu ralism o alem án ya “m o d e rn o ”, o todavía se
sitúa del o tro lado d e la línea?, ¿dónde, ex actam en te, d eb e tra­
zarse ésta?). De to d o s m odos, el p u n to crítico rad ic a en que,
a u n c u a n d o se p u d ie ra estab lecer el origen preciso d e las dis­
tintas ideas e n to n c e s circulantes, éstas todavía nos dirían poco
respecto del se n tid o c o n c re to q u e en to n c e s a d q u iriero n .
El constitucionalism o histórico, cuya acta de fu n d ació n sue­
le rem itirse al discurso de adm isión en la Real A cadem ia de His­
toria q u e dicta Jovellanos e n 1780, y que ráp id a m e n te se difun­
d e, d a ría e x p re sió n a la p e rc e p c ió n g en eralizad a, que se
acen tu ará d u ra n te el re in a d o d e Carlos IV, respecto d e la deca­
dencia del im p erio h isp a n o .12 N o se trataba, asegurabajovella-
nos, de co n stitu ir a la n a c ió n , sino de restablecer aquella que
el despotism o, en su afán centralizador, había desvirtuado:

11 G asp ar M e lc h o r d e Jo v ellan o s, “M em o ria e n q u e se re b a te n las calum ­


nias divulgadas c o n tra los in d iv id u o s d e la J u n ta C en tral d el R ein o , y se d a ra­
zón de !a c o n d u c ta y o p in io n e s d el a u to r d esd e q u e re c o b ró la lib e rta d ”, Es­
critos políticos y filosóficos, B arcelo n a, Folio, 1999, p. 183.
12 P ara un c u a d ro m in u c io so d e c ó m o se fu e co rro y en d o el A ntiguo Ré­
g im en en E sp añ a en los a ñ o s p rev io s a la revolución liberal, véase Jo sé M aría
P ortillo V aldés, Revolución de nación. Orígenes de la cultura constitucional en Es­
paña, ] 780-1812, M ad rid , C e n tro d e E studios Políticos y C o n stitu cio n ales,
2000 .
¿Por ventura no tiene España su Constitución? Tiénela, sin du­
da; porque ¿qué otra cosa es una C onstitución que el conjun­
to de leyes Fundamentales que fijan los derechos del soberano
y de los súbditos, y los m edios saludables p ara preservar unos
y otros? ¿Y quién duda que España tiene estas leyes y las cono­
ce? ¿Hay algunas que el despotism o haya atacado y destruido?
Restablézcanse.13

Las opiniones confluían esp o n tán eam en te hacia este punto.


El historicism o constitucionalista m arcaría, así, el tono de los de-
bates que entonces se p ro d u jero n . Sin em bargo, tal consenso es­
condía profundas divergencias. Si todos estaban de acuerdo en
cuanto a que había que restaurar la constitución tradicional del
re in o ,14 p ro n to descubrirían que cada u n o la veía a su m odo.
Para u n o de los líderes d e la facción liberal, A gustín A rgue­
lles, la constitución tradicional (estam ental) d e q u e hablaba j o ­
vellanos era, en realid ad , u n a invención suya, calcada del m o­
delo británico. En definitiva, éste, p ara A rgüelles, se p ro p o n ía
c rear u n espíritu aristocrático q u e en E spaña n u n c a existió. Ni
p o d ía tam poco existir. “¿Cabía traslad ar con la fo rm a y ap ara­
to ex terio r de la C ám ara alta d e In g laterra su esp íritu aristocrá­
tico, fruto de seiscientos años a lo m enos de ejercicio parlam en­
tario, d e usos, costum bres, hábitos y prácticas legales con que
consiguió a te n u a r el orgullo y altivez de tan p o d ero so cu erp o
de nobleza?”,15 se p re g u n ta b a , d a n d o tres razones fu n d am e n ­
tales respecto de p o r q u é esto era im posible.
La p rim era rem itía a aquella causa m ás inm ed iata que h a ­
bía frustrado el proyecto de Jovellanos: las divergencias que exis­

13 G aspar M elch o r d e jo v e ila n o s , “M em oria", op. ci¿., p. 187.


14 In clu so el Manifiesto de los persas, q u e serviría d e base p a ra el restab le­
cim ien to d el ab so lu tism o e n 1814 p o r p a rte d e F e m a n d o VII y la ab o lició n
d e la C on stitu ció n , invocaría ta m b ién m otivos historicistas.
15 A gustín A rg ü elles, La reforma constitucional de Cádiz, M adrid , ITER,
1970, p, 121.
tían e n el seno d e las m ism as clases aristocráticas (al igual q u e
en el in te rio r del c le ro ),16 q u e h a c ía n im posible to d o a c u e rd o
respecto de su p ro p ia d efinición sin suscitar rivalidades, q u e el
clima de agitación política n o p o d ía m en o s q u e prom over:

No era posible adoptar n in g u n a regla en este p u n to sin pro ­


m over un cisma entre las categorías nobiliarias de León y Cas­
tilla. Unas presum ían tener preferencia sobre las que sólo eran
conocidas por privanza y favor, m ientras ellas alegaban siglos
de distinción y ren o m b re, reclam ando otras co n tra las que
fundasen su derecho gracias a m ercedes concedidas por asien­
tos y em presas de ganancia y lucro en épocas de apuro del e ra­
rio. Si antes de la insurrección habían dorm ido sus deseos y
sus pretensiones, a la par con los del resto de la nación, n o se
podía prever, después de conm ovidos los ánimos, adonde lle­
garían sus rivalidades, sus quejas y sus resentim ientos, o fen d i­
das con clasificaciones aristocráticas, hechas arbitrariam ente
ahora, no para arreglar el cerem onial y etiqueta de palacio, si­
no con el fin de negar o conceder derechos políticos exclusi­
vos, de restablecer una institución extinguida de tres siglos [las
C ortes], que si había de resucitar era preciso que renaciese ba­
jo otra form a y con diversos atributos de los que tenía al expi­
rar en el siglo XVI para que se asimilase al espíritu y carácter
de la era coetánea.17

E n co n tram o s aquí la seg u n d a d e las razones que co n sp ira­


ban c o n tra la institución de u n a rep resen tació n estam ental: la

16 “R especto al b razo eclesiástico", se ñ a la b a A rguelles, “se c o m e tía e n el


m ism o p ro y e c to [d e Jov ellan o s] o tro e r r o r m u c h o m ás grave y p erju d ic ia l.
Este b razo en A rag ó n se fo rm ab a d iverso m o d o q u e el d e Castilla, E n a q u e l
rein o , ad em ás d e los obispos, e n tra b a n e n él p o r m ero e sp íritu feu d al varios
abades, p rio re s y co m e n d a d o re s, y los a p o d e ra d o s d e los cabildos eclesiásti­
cos". A gustín A rgüelles, L a reforma constitucional de Cádiz, p. 113.
17 A gustín A rgüelles, ibid., p. 101.
conciencia de la n atu raleza histórica y cam biante d e las nacio­
nes, e n cuanto a su com posición social, incluida la de sus clases
privilegiadas.18 D ada esta situación, la p re g u n ta ya n o era si res­
ta u ra r o no Ja vieja constitución del reino, en lo que todos acor­
d a b a n , sino cuál de ellas, cóm o fijar el m o m e n to su p u esto en
q u e ésta e n c o n tró su expresión auténtica. C u alq u ier definición
al respecto no p o d ría ya o cu ltar su inevitable arbitraried ad .

¿Acaso la opinión contem poránea, la opinión ilustrada y pa­


triótica de aquel tiem po de exaltación, de entusiasm o, de pa­
siones nobles, generosas e independientes podía dejar de ana­
lizar cuidadosam ente los elem entos de que la ju n ta C entral
form aba la Cám ara privilegiada? Y cuanta más calma, cuanto
más detenim iento se em please, ¿no sería para descubrir me­
jo r que el estado real y verdadero de aquellos estam entos no
era el que teórica y especulativam ente se suponía? Verdad es
que el ilustre autor [Jovellanos] deseaba que la C ám ara que­
dase abierta en lo sucesivo al pueblo com o recom pensa de
grandes y señalados servicios. ¿Y no era entonces u n a contra­
dicción de sus mismos deseos darle al nacer un origen tan ex­
clusivo, señalar com o única calidad para escoger los fundado­
res de su patriciado no sólo la nobleza, sino una nobleza cual
la concebía tres siglos ha el condestable de Castilla?19

Llegam os fin alm en te a la tercera y m ás fu n d a m e n ta l d e las


razones que d e te rm in a ro n la qu ieb ra del A ntiguo R égim en: en

¡8 El p ro p io Jo v ellan o s re c o n o c ía q u e “si, p o r o tra p a rte , re s p e ta n d o en


d em asía las antiguas fo rm as y an tig u o s privilegios, convocase u n as C o rtes cua­
les las últim as co n g re g a d as en 1789 [p o r C arlos IV], o bien cuales las d e ios
siglos X V ] y X V I I , o c o m o las q u e p re c e d ie ro n al a ñ o de 1538, o, en fin, com o
las q u e se c e le b ra ro n b a jo la d o m in a c ió n g o d a y las d in astías a stu ria n a y leo­
n esa, co n m ayor razó n se le d iría q u e e m p le a b a su a u to rid a d p a ra resu cita r
u n cu e rp o m o n stru o so , in cap az d e re p re se n ta r su voluntad". G aspar M elch o r
d e Jovellanos, "M em o ria”, op. a i,, p. 191.
19 A gustín A rgüelles, reforma constitucional de Cádiz, pp. 1 ] 6-7,
un m o m e n to que todas las au to rid ad es tradicionales habían co-
lapsado j u n to con el p o d e r m o n á rq u ic o ,20 cuál era aquella
constitución a la que se d e b ía re sta u ra r —en lo que, repetim os,
todos d e c ía n ac o rd a r— era algo q u e sólo p o d ía establecerlo la
p ro p ia “o p in ió n p ú b lic a ”. Ésta h a b ía así ex p a n d id o sus dom i­
nios p a ra c o m p re n d e r tam b ién el pasado.
P o d em o s d escu b rir aquí aquel rasgo que d eterm in a la natu­
raleza revolucion aria d e la situación ab ierta p o r la vacancia del
trono. É sta resulta, n o d e la vo lu n tad d e los sujetos d e trastocar
la histo ria (todos buscaban, en realid ad , preservar el o rd en tra­
d icio n al), sino del h e c h o d e q u e aq u é lla se h a b ía vuelto tam ­
bién o bjeto de debate. Toda p o stu ra al respecto n o podría ya su­
p e ra r el estatus de u n a m e ra o p in ió n .
N o se trató, pues, tan to de u n a “revolución e n las ideas”; no
es e n el p la n o de las creencias subjetivas en que se p u ed e des- ,
c u b rir la p ro fu n d a a lteración o c u rrid a, sino en las condiciones
objetivas d e su e n u n c ia c ió n . M artín ez M arina expresa esto, a
su m o d o , c u a n d o afirm a q u e las p asadas C ortes “n o tuvieron
p o r o b je to v ariar la C o n stitu c ió n , ni a lte ra r las leyes patrias,
a u n q u e p u d ie r a n h a c e rlo e x ig ié n d o lo así la im p e rio sa y su­
p re m a ley de la salud p ú b lic a ”.21 El p u n to clave n o es que no
hayan te n id o p o r objeto alte ra r la C onstitu ción, sino el descu­
b rim ie n to de q u e “p u d iera n h a c e rlo ”. El p rim er liberalism o es­
p a ñ o l c o m e n z a ría así a p e la n d o a la H isto ria p ara term in a r en­
c o n tra n d o e n ella su o p uesto: el poder constituyente, es decir, la

20 “N o se olvide ta m p o c o ”, a p u n ta b a el p ro p io Jovellanos, “q u e [la re p re ­


sen tació n n a c io n a l] n o la c o n g re g a u n a a u to rid a d co n stitu cio n al n i d e anti-
g u o estab lecid a, sino u n a a u to rid a d d e l to d o nuev a, y au n q u e alta y legítim a,
p u e s q u e la h a n a d o p ta d o y e rig id o los p u e b lo s, tal, q u e sus fu n c io n e s y lím i­
tes n o e stá n su fic ie n te m e n te d e m a rc a d o s ni p o r d esgracia u n ifo rm e m e n te
rec o n o cid o s". G asp a r M elch o r d e jo v e ila n o s , “M em oria", op. cit., p. 191.
21 F ran cisco M artínez M arina, Teoría de las Cortesa grandes Ju n ta s Naciona­
les de lo Reinos de León y Castilla. M onmnentos de su Constitución política y de la so­
beranía del pueblo por el ciudadano Francisco M artínez Marina, M adrid, Im p r de
F erm ín V illalp an d o , 1813, ti, p. 472.
facultad y la h e rra m ie n ta p ara cancelarla. En la p ro p ia búsque­
d a de re sta u ra r el pasado o rd e n h a b ría n así de trastocarlo. El
constitucionalism o histórico sería, en fin, la negaáón historicista
de la Historia.
Lo d ich o nos lleva a] seg u n d o p u n to en el que, m ás allá de
sus divergencias respecto del pasado, todos (salvo la facción aí>
solutista) acordaban: sea q u e d e b ie ra respetarse o b ien refo r­
m arse la co nstitución tradicional y, e n cu alq u iera de am bos ca­
sos, cuál e ra ésta e ra n todas cu estiones q u e sólo a las p ro p ias
C ortes —o, m ejor dicho, a la n a c ió n toda re p re se n ta d a e n Cor­
tes— les tocaba resolver.22 C om o señalaba Argüelles:

Cualesquiera que fuesen las intenciones o miras de las Cortes,


a ella tocaba po r su parte señalar la senda que ella misma se­
guía y llamar su atención hacia donde le pareciese que era más
urgente dirigirla [...]. Las Cortes podían alterar la form a del
gobierno si les parecía conveniente, variar las personas que
hasta entonces le habían adm inistrado, hacer las declaracio­
nes abstractas que juzgasen inás a propósito en aquellas cir­
cunstancias.23

** P ara T ie rn o G alván, esto m a rca lo q u e llam a la d iso lu ció n d e la “c o n ­


cien c ia g e n é tic a ”: “A m i ju ic io " , dice, “la co n clu sió n es la sig u ien te: Q u e la
m en talid a d g en ética tien d e a d e sap a re c er y, p o r co n sig u ien te, tam b ién el co n ­
serv ad u rism o trad icio n al. La d e sa p a ric ió n d e la m en ta lid a d g e n é tic a n o su ­
p o n e la d esa p a ric ió n d e la H isto ria, sin o la asim ilación d e la H isto ria convir-
tic n d o la e n u n e le m e n to m ás del p a n o ra m a analítico -co n tem p lativ o . D icho
e n o tras palabras: el p asad o n o g e n e ra y c o n d ic io n a el p re s e n te , sino al c o n ­
trario , el p re se n te d e te rm in a el se n tid o c u ltu ra l d el p a sa d o ”. E n riq u e T ie rn o
G alván, Tradición y modernismo, M adrid, T ecnos, 1962, p. 167.
23 A gustín A rgüelles, /jz reforma constitucional de Cádiz, pp. 130-1. Jovella
nos, p o r su p arte, a d m itía: “baste d e c ir q u e el g o b ie rn o , tem ero so d e u su r­
p a r a la n ació n u n d e re c h o q u e ella sola tien e, d eja a su m ism a sa b id u ría y
p ru d e n c ia a c o rd a r la fo rm a en q u e su v o lu n tad se rá m ás c o m p le ta m e n te re­
p re se n ta d a ". G asp ar M elch o r d e Jovellanos, “M e m o ria ”, op. cit., p. 193.
En la sesión inau g u ral d e las Cortes, M uñoz T o rre ro sienta
aquel principio que m arca verdaderam ente el p u n to de inflexión
en este proceso. Su p rim er decreto, fech ad o el 24 de septiem bre
de 1810, afirm aba: “Los diputados q u e c o m p o n e n ésta y q u e re­
presentan la nación española se declaran legítim am ente consti­
tuidos en C ortes generales y extraordinarias y q u e reside en ellas
la soberanía n acion al”.24 Ese día h ab ía sido form alm ente estable­
cido el poder constituyente, cuyo fu n d am en to q u e d a ría asentado en
el artículo 3a de la C onstitución d e 1812: “la so b e ra n ía ”, afirm a­
ba, “reside esencialm ente en la N ación y, p o r lo m ism o, p e rte n e ­
ce a ésta exclusivam ente el d erech o de establecer sus leyes fun­
d a m e n tale s”. E ra ya clara, d ecía B enito R am ón H erm ida, “la
esencialísim a diferencia de las Cortes pasadas y presentes: aqué­
llas, lim itadas a la esfera d e u n C ongreso N acional del Soberano,
y éstas, elevadas a las de u n Soberano C ongreso, cuyo n o m b re co­
rresponde m ás bien que el equívoco de C ortes”.25
La irru p c ió n del p o d e r constituyente trastocaba, objetiva e
irreversiblem ente, las c o o rd e n a d a s en fu n c ió n de las cuales se
desenvolvían los discursos públicos. La persistencia de las vie­
jas ideas o cu ltaría así cam bios fu n d am en tales e n el sentido que
éstas en to n ces cobran. Lo cierto es que las dificultades halladas
para designar los nuevos problem as y fen ó m en o s (com o vemos,
n a d a sencillos de c o m p re n d e r y definir) no pasarían inadverti­
das a los p ro p io s d ip u ta d o s re u n id o s e n C ádiz.26 E! lenguaje
e m erg ería así com o pro b lem a.

^ Esto d a rá o rig en a u n co n flic to con el e n to n c e s p re s id e n te de! C o n se­


jo d e R egencia, el o b isp o d e O re n se , q u e lu eg o se p ro lo n g a rá e n u n a n ta g o ­
n ism o q ue d u ra hasta la diso lu ció n d e las C ortes el 20 d e se p tie m b re d e 1813.
Al resp ecto , véase Rafael F la q u e r M o n teq u i, “El ejecu tiv o e n la revolución li­
b eral", e n A rtola (e d .), Ayer: Las Corles de Cádiz, p p . 36-65.
25 Diario de Sesiones de las Cortes', citado p o r M anuel F e rn án d e z M artín, De­
recho parlamentario español, M adrid, Im pr. de Hijos d e j. A. G arcía, 1885,1, p. 703.
26 En 1813 se tra d u c e d el italian o y publica en Sevilla e) Nuevo vocabula­
rio filosófico-democrático, indispensable para los que deseen entender la nueva leng ua
El lenguaje como problema: ideas, modernidad
e hibridismo discursivo

Resulta interesante observar el h ech o d e q u e el lenguaje y sus


usos hayan sido preocupaciones centrales e n las C ortes gadita­
nas.27 Para el d iputado D ueñas era preciso “rectificar las palabras,
p ara q u e d e este m o d o se rectifiquen las ideas".28 C om o señala
Javier F ern án d ez Sebastián en u n in teresan te estudio reciente:

revolucionaria, d e L o re n z o Ig n acio T h iu le n . S e g ú n se e x p lic a e n el p ró lo g o


(vol. n, p . 96 ): “La co n fu sió n q u e la D em o cracia h a in tro d u c id o e n el le n g u a ­
j e es tal, q u e c o n v e n d ría p e n sa r se ria m e n te e n h a c e r m u c h a s m u ta c io n e s en
la le n g u a an tig u a : p u e s m ie n tra s p e rm a n e z c a n c o m o están , n o p u e d e n m e ­
n o s d e resu ltar, o u n a co n fu sió n de id eas q u e n o n o s e n te n d a m o s, o a n d a r
co n ro d e o s y c irc u n lo q u io s p a ra e x p lic a rn o s b ie n ”. C ita d o p o r Ma. T eresa
G arcía G odoy, E l léxico del primer constitucionalismo español y mejicano (1810-
1815), C artu ja, U n iv ersid ad d e G ra n a d a, 1999, p p . 45-6.
¿' 1 Los cam b io s e n to n c e s o p e ra d o s en el le n g u a je d ie ro n lu g a r a u n a lar­
ga serie d e e stu d io s históricos. L ° s tra b a jo s sem in ales al re sp ec to son los de
J u a n M an c h a l so b re el té rm in o “lib eral" (El secreto de España. Ensayos de histo­
ria intelectual y política, M adrid , T au ru s, 1995, p p , 31-45) y V ic e n te L lo re n s
(“N otas so b re la ap a ric ió n d e liberar, N R F H \% 1958, p p . 53-8). Más re c ie n ­
te m e n te a p a re c ie ro n trabajo s m ás c o m p ren siv o s y sistem áticos; a lg u n o s de
ellos d e c a rá c te r com p arativ o . AI re sp e c to , véanse R afael L apesa, “Id ea s y p a­
labras. D el v o cab u la rio d e la Ilu stració n al d e los p rim e ro s lib e ra les”, E l espa­
ñol moderno y contemporáneo. Estudios lingüísticos, B arc e lo n a , G red o s, 1996, p p .
9-42; M aría C ruz S eo an e, El primer lenguaje constitucional español (Las Cortes de
Cádiz), M adrid, M o n ed a y C réd ito , 1968; Ma. T e resa G arcía G odoy, E l léxico
del primer constitucionalismo español y mejicano, y P e d ro AJvarez d e M iran d a, Pa­
labras eideas: E l léxico de la Ilustración temprana en España (1680-1760), M ad rid ,
Real A cad e m ia E sp a ñ o la , 1992. El d ic c io n a rio r e c ie n te m e n te a p a re c id o y
co o rd in a d o p o r Jav ie r F e rn á n d e z Sebastián y ju a n F ran cisco F u e n tes (Diccio­
nario político y social del siglo X IX español, M adrid, A lianza, 2002), u n a o b ra d e
en v erg a d u ra in u sitad a, re p re se n ta u n a su erte d e síntesis y cu lm in a c ió n d e los
estudios a n te s m en cio n ad o s.
28 C itad o p o r Jav ier F e rn án d ez S eb astián , “C o n stru ir ‘el id io m a d e la li­
b e rta d '. El d e b a te p o lítico-lingüístico en los u m b ra le s d e la E sp añ a c o n te m ­
p o rá n e a ”, m an u scrito .
La aguda conciencia de que el “idiom a político”, a diferencia
del "natural”, requiere un cuidado exquisito en cada detalle,
se puso de m anifiesto hasta el p u n to de sopesar de un modo
casi obsesivo la inclusión de este o aquel adverbio en el texto
de un artículo, e incluso de revisar la sintaxis, el orden y la co­
locación de determ inados térm inos. Se diría que m uchos di­
putados e ntendieron que la trascendenciajurídico-polídca de
las reform as resultaba inseparable de su dim ensión lingüísti­
ca: la obra de Cádiz debía tomarse, pues, com o un acto cons­
tituyente en la esfera de la lengua.29

U n a constitución es, en efecto, indisociable de lo lingüísti­


co, no sólo p o r el h e c h o obvio d e q u e se expresa p o r m edio de
palabras, sino p o rq u e su p o n e , al m ism o tiem po, u n a in terv en ­
ción sobre el lenguaje. La C onstitución de Cádiz, en particular,
se p u e d e ver “com o u n catálogo d e definiciones en d o n d e se
explica d e m a n e ra breve, casi aforística, en q u é consiste la na­
ción, el a m o r a la p a tria, la c iu d a d a n ía o las C o rtes”.30 D ado,
p o r o tro lado, q u e se trata de u n texto revestido de au toridad,
c o n tin ú a F ern án d ez Sebastián, “el to n o im perioso d e su articu­
lado b ien d eja ver q u e n o se tra ta de ilustrar o d e opinar, sino
d e e n u n c ia r in eq u ív o cam en te u n m an d a to a los esp añ o les”.31
La p re g u n ta es ¿de d ó n d e n ace esta exigencia im periosa de “le­
gislar so b re el le n g u a je ”, “g o b e rn a r el d iccio n ario ”? Sin duda,
se m anifiesta allí u n h e c h o p ro fu n d a m e n te significativo: la im ­
p resió n g e n e ra liz a d a e n tre los actores del p e río d o d e que el
lenguaje se h a b ía vuelto u n p ro b lem a, que los viejos no m b res
no alcanzaban ya a d esig n ar las nuevas realidades, q u e había,
en fin, q u e refu n d ar, ju n to con la nación, el idiom a q u e la d e­
bía rep resen tar. “U n a n a c ió n q u e se m ejo ra ”, decía L a Abeja Es­
pañola, “es in dispensable q u e señale su nuevo sistem a con nue-

29 Javier F e rn á n d e z S eb astián , “C o n stru ir 'el idiom a d e la lib e rta d ”’, p. 6.


30 Ibid., p. 14.
S1 Ibid.
vas voces, y que a c ad a u n a d e las novedades q u e in tro d u c e le
p o n g a tam bién un n o m b re n u ev o ”.32
J u n to con esta voluntad legislativa sobre el lenguaje va a apa­
recer tam bién, sin em bargo, la conciencia de sus lim itaciones,
del desfasaje inevitable e n tre las ideas e instituciones, p o r un la­
do, y las voces que las expresan, p o r otro. Los textos d e la épo­
ca subrayan tres fu en te s de desajustes o form as características
de “anfibología del len g u a je ” (hay, en realidad, u n a cuarta, que
es, de hecho, la m ás fu n d am e n ta l y explica a estas otras tres, pe­
ro para llegar a ella h a b rá que esperar al final del p resen te ca­
pítulo) . La p rim era es la práctica “escolástica” d e c re a r voces va­
cías, caren tes de re fe re n te ; es decir, de in te n ta r realizar ú n a
revolución p u ra m e n te n o m in al q u e no co rre sp o n d e a ningún
objeto o fen ó m en o real.33 La segunda es u n a variante de la an­
terio r: el “riesgo del e n g a ñ o ”, que consiste en p o n e r nuevos
no m b res a viejas realidades. El significado p olítico de estas dos
prim eras críticas era, en realidad, am biguo. M ientras que en los
círculos liberales expresaban el tem o r de q u e la tare a de rege­
neración a la que estaban abocados se term inase resolviendo en
u n a m era revolución lingüística, los afiliados al p artid o absolu­
tista veían allí im plícito, en cam bio, el p eligro de q u e el abus de
mots, la confusión de las voces, tornase borrosos los contenidos
valorativos adherido s tradicionalm ente a las palabras.34 P o r úl-

“R evolución de n o m b re s y n o de cosas”, L a Abeja Española, 2 7 /6 /1 8 1 3 ,


citado p o r C ruz S eo an e, El primer lenguaje constitucional español, p. 42.
33 “Los escolásticos —d ice La Abeja Española— h a n sido siem p re m uy fe­
lices en esta especie d e ‘a n d a m ia d a s’ d e voces q u e , p o r falta de cosas q u e ex­
presar, se h a n re p u ta d o castillos en el ayre y c o n sig n a d o en el país d e las q u i­
m eras o e n tes d e razó n , c o m o ellos dicen." “R evolución d e n o m b re s y n o de
cosas”, L a Abeja Española, 2 7 /6 /1 8 1 3 , citado p o r C ruz S eo a n e , El primer len­
guaje constitucional español, p, 42.
34 “A n tig u am en te —d e cía El Procurador General—, el ro b o se llam ab a ro ­
bo, el ad u lte rio a du lterio , la im p ie d a d im p ie d a d y p o r el m ism o o rd e n los de­
m ás vicios q u e co n serv aro n sie m p re u n o s n o m b re s m uy feos d e q u e los hom -
tim o, la terc era de las fu en tes de desajustes, q u e resultaba esp e­
cialm ente fastidiosa al p a rtid o m o n árq u ico , y que es la q u e n o s
interesa aquí e n particular, consistía e n la o p e ra c ió n inversa de
in te n ta r legitim ar las novedades políticas a p e la n d o a viejos tér­
m inos. El ejem plo paradigm ático de ello e ra n las p ro p ias C o r­
tes: u n n o m b re que invocaba u n a trad ició n añ eja p a ra d esig n ar
u n h e c h o q u e rep resen tab a, e n v e rd a d , su co m p leta n eg ació n .
E n efe c to , “casi to d o s los p r e c e p to s c o n s titu c io n a le s , ri­
g u ro sa m e n te subversivos d e los o rd e n a m ie n to s ju ríd ic o s p r e ­
c e d e n te s , in te n ta r ía n d e f e n d e r s e ”, a p u n ta J o a q u ín V arela,
“m e d ia n te el recu rso a u n a s u p u e sta tra d ició n esp añ o la, q u e
p e rm itiese v in cu lar to d as las m e d id a s in n o v ad o ra s a u n p r e ­
c e d e n te h istó ric o ”.35 Para los absolutistas, se tratab a de u n a a r­
gucia retó rica. C om o señala F e rn á n d e z Sebastián, p a ra los clé­
rigos anticonstitucionalistas, co m o L o re n zo T h iu le n o M agín
F errer, “esta m a n e ra insidiosa d e a trib u ir nuevos sen tid o s a la
a n tig u a te rm in o lo g ía re s u lta n o sólo m u c h o m ás p e lig ro sa y
s e d u c to ra , sin o tam b ié n e s p e c ia lm e n te p e rv e rsa y re c h a z a ­
b le ”.36 M uchos liberales, sin e m b a rg o , c re ían e n c o n tra r e n la
h isto ria e sp a ñ o la fu n d a m e n to s reales p a ra sus p ro p u e s ta s.37
A rgüelles a rg u m e n ta b a esto así:

bres se a fre n ta b a n y p o r lo m ism o h u ía n . H oy ya te n em o s n o m b re s b rillan te s


co m o el d e ‘d e s p re o c u p a c ió n ’, ‘lu c e s ’, ‘filo so fía’, ‘fra n q u e z a ’, ‘lib e ra lid a d ’,
e tc .” C itad o p o r C ruz S eo an e, El jrrimer lenguaje constitucional español, p. 211.
36 J o a q u ín V arela S u an ces-C arp eg n a, L a teoría del Estado en los orígenes del
constitucionalismo hispánico (Las Cortes de Cádiz), M adrid, C e n tro d e E stu d io s
C o nstitu cion ales, 1983, pp. 46-7.
3r>Jav ier F e rn á n d e z Sebastián, “C o n stru ir ‘el id io m a d e la lib e rta d ”', p. 10.
37 A este m ism o p ro c e d im ie n to a p e la ro n tam b ié n los d ip u ta d o s a m e ri­
canos. A nte el rech azo p e n in s u la r a o to rg a r el d e re c h o d e ciu d a d a n ía a las
castas, p u esto q ue, seg ú n se aleg ab a, tal d e re c h o “e ra d e sc o n o c id o en n u e s­
tros códigos, sin q u e en todos ellos, d e sd e el F u e ro ju z g o hasta la R eco p ila­
ción se e n c u e n tre u n a sola ley q u e h a b le d e é l”, p o r lo q u e se tratab a d e "u n a
d e n o m in a c ió n nueva, q u e se h a to m a d o d e las n acio n e s e x tra n je ra s”, el m e-
[...] sólo personas que ignoren la historia del pueblo español,
de la nación misma de que son individuos, p u e d e n llam ar
ideas m odernas, innovaciones de los pretendidos filósofos de
estos tiempos, teorías de los publicistas, máximas perniciosas
de los libros franceses y que sé yo quantas inepcias [...']. Yo
procuraré tranquilizar a qualquiera que rezele de esta qües-
tión con razones y autoridades sacadas, no de m onitores fran­
ceses, no de escritores extrangeros, ni de filósofos novadores,
sino de las fuentes puras de la historia de España, de los vene­
rables y santos m onum entos de nuestra antigua libertad e in­
dependencia.38

Am bas hipótesis opuestas h a n e n c o n trad o defensores e n tre


los h isto ria d o res.39 Es p ro b a b le q u e esta a p e la c ió n a la tra d i­
ción escondiera u n uso in stru m e n ta l de la historia. A un así, sin
em bargo, no c o n trad eciría la creen cia de A rgüelles. Este, “que
n o es historiador, in te rp re ta las referencias q u e tiene del pasa­
do en el sentido de las m o d e rn a s ideas, alte ra n d o aquéllas ra­
d ic a lm e n te ”.40 Hay q u e te n e r e n c u e n ta , subraya F e rn á n d e z
Carvajal, que e n tre los p e n sad o re s de la ép o ca existía “u n sen­

x ic a n o jo s é M iguel G uridi y A lcocer insistía en q u e, sin em b arg o , a u n q u e n o


existiera la d e n o m in ac ió n a p ro p ia d a , “ten íam o s la re a lid a d q u e le c o rre sp o n ­
d e ”. “Lo q u e e n tre ellas significa ciudadano explica la voz natural p a ra n o so ­
tros, y lo q u e se c o n ced e a u n e x tra n je ro co n el d e re c h o de c iu d a d a n ía d á b a ­
m os n o so tro s co n la caria de naturaleza” (G uridi y A lcocer, Diario de Sesiones de
Cortes, 1 0 /9 /1 8 1 1 ). Se trataría, en definitiva, de u n p ro b le m a d e tra d u cc ió n .
38 A gustín A rgítelles, Diario de Sesiones de Cortes, 6 /6 /1 8 1 1 .
39 M ientras q u e am o re s c o m o T ie rn o Galván o R aym ond C a rr d e fie n d e n
la p rim e ra de las hipótesis, o tro s, c o m o R ich ard H err, so stien en la seg u n d a.
V éanse T ie rn o G alván, Tradición y modernismo, p. 138; R aym ond C arr, España
(1808-1935), B arcelona, A riel, 1968, p. 105, y R ich ard H e rr, Ensayo histórico de
la España contemporánea, M adrid, EDERSA, 1971, pp, 108-9.
40Jo sé A n to n io M aravall, "E stu d io p re lim in a r" , en F ran cisco M artín ez
M arina, Discurso sobre el origen de la monarquía y sobre la naturaleza del gobierno
español, M adrid, C e n tro d e E studios C o n stitu cio n ales, 1988, p. 78.
tido histó rico deficiente, p o co p e n e tra d o de la individualidad
de los fen ó m e n o s h istóricos”.41
E n definitiva, si b ien la ap elació n a nociones e instituciones
m uy tra d icio n a le s, com o las C o rtes, serviría, de h e c h o , p ara
tra n sfo rm ar d e m o d o radical d ich a tradición, ello se h a ría de
u n a fo rm a n o necesariam en te co n scien te.42 E nco n tram o s aquí
o tro de los aspectos cruciales q u e separa la historia de los “len­
guajes políticos” de u n a historia de “ideas políticas”. U n lengua­
je , a d ife ren c ia de las ideas, n o sólo es in d ete rm in a d o sem ánti­
cam en te, sino q ue tampoco es u n atributo subjetivo. Los lenguajes
p o lítico s son e n tid a d e s objetivas, q u e se e n c u e n tra n p ú b lica'
m en te disponibles p a ra diversos usos posibles p o r distintos in­
terlo cu to res, y existe de m an e ra in d e p e n d ie n te de su voluntad.
En definitiva, los vocabularios de base no cam bian con las pos­
tu ras de sus p o rta d o re s, p u e sto q u e defin en las c o o rd en ad as
d e n tro de las cuáles éstas p u e d e n e v en tu alm en te desplazarse
(al m enos, sin h a c er e n tra r e n crisis ese tipo dado de discurso).
De allí q u e los giros en la trayectoria ideológica —siem pre in e­
v itab lem en te errática y c a m b ian te — de los actores políticos no
siem pre sirvan de guía p a ra re c o n o c e r cam bios operados en el
nivel d e los lenguajes subyacentes (e, inversam ente, la persis­
tencia d e ciertas ten d en cias ideológicas dom inantes bien p u e­
d e o c u lta r u n a recom posición p ro fu n d a de las condiciones de
e n u n c ia c ió n d e los discursos). La referen cia q u e hace G uerra
a T ocqueville es p a rticu la rm e n te significativa al respecto.

41 F ran cisco F e rn á n d e z C arvajal, “El p e n sa m ie n to polÍLico esp añ o l e n el


siglo XIX", e n G u ille rm o D íaz-Plaja y R a m ó n M e n én d ez Pida! (ed s.), Historia
general de las literaturas hispánicas, B arcelona, S ociedad d e A rtes Gráficas, 1957,
rv, p. 349, c ita d o p o r V árela, La teoría del Estado en los orígenes del constituciona­
lismo hispánico, p. 47.
42 E n c o n tra m o s a q u í ese p ro b le m a q u e llevó a S k in n e r a m o d ific a r s l i
p la n te o p rim itiv o : la llam ad a “falacia in te n d o n a lis ta ’’. Al resp ecto , véase la
serie d e tex to s re u n id o s e n Ja m e s Tully (c o m p .), Mcaning and Context. Quen-
tin Skinner and his Crítics, P rin c e to n , P rin c e to n University Press, 1988.
R eto m an d o u n a com paración p la n te a d a p o r Federico Suá-
rez, G u e rra afirm a que, “com o lo hizo n o ta r Tocqueville, a p ro ­
pósito de la id én tica consulta q u e en F rancia hizo L om enie de
B rien n e en 1788, al h a c e r d e la co n stitu ció n un tem a de d e b a ­
te se pasa, ya, de la restauración d e las leyes fu n d am en tales a la
política m o d e rn a , al rein o de la o p in ió n ”.43 En efecto, la e m e r­
gencia de la “política m o d e rn a ” refiere, c o n c re ta m e n te , a qué
se va entonces a debatir. Son los cam bios e n las preguntas q u e se
p la n te a n los que señalan desplazam ientos en las coo rd en ad as
conceptuales, trastocando los vocabularios de base. Esta es tam ­
bién, de h ech o , la prem isa sobre la cual se fu n d a la persp ecti­
va de G u e rra ,44 el n ú cleo fu n d am e n ta l de su e m p resa d e ren o ­
vación historiográfica (que no radica, com o vimos, en su “tesis
revisionista”, com o suele afirm arse). Sin em bargo, se m u estran
aq u í tam bién las vacilaciones d e su m éto d o . La in te rp re ta c ió n
que ofrece in m ed iatam en te a co n tin u ació n co n trad ice, en rea­
lidad, este postulado.

Los acontecim ientos posteriores confirm an esta intuición. Los


resultados de la consulta —conocidos en bu en a parte de Espa­
ña y e n una débilísim a parte de Am érica— m uestran cómo,

43 Franfois-X avier G u erra , “La p o lítica m o d e rn a e n el m u n d o hispánico:


ap u n te s p a ra u n o s años cruciales (ISOS'l.HO't) ”, e n R icard o Ávila Palafox, C ar­
los M artín ez Assacl y j e a n M eyer (c o o rd s.), Las formas y las políticas del dominio
agrario. Homenaje, a Franfois Ckevaher, C .uadalajara, U n iv ersid ad d e G uadala-
ja ra , 1992, p. 178.
44 "A u n q u e, p o r el m o m e n to ”, afirm a , “ta n to las C o rtes y la re p re s e n ta ­
ció n a m e ric a n a e n la J u n ta C e n tra l se c o n c ib e aú n e n el m a rc o d e la re p r e ­
sen tac ió n trad ic io n al —re p re se n ta c ió n d e los ‘p u e b lo s’, q u e se ex p re sa n p o r
sus c u e rp o s m u n ic ip a le s— , los tóp ico s d e los q u e se va a d isc u tir e n a d e la n ­
te son los tem as clave q u e a b re n la p u e rta a la rev o lu c ió n p o lític a y a la In ­
d e p e n d e n c ia a m e ric a n a . De lo q u e se va a d e b a tir re a lm e n te d u ra n te los
añ o s sig u ien tes, a través d e las m o d a lid a d e s p rácticas d e la re p re se n ta c ió n ,
es: ¿qué es la n ació n ?" F ran fo is-X av ier G u e rra , Modernidad e independencia,
p. 133.
aunque el constitucionalism o histórico es aún fuerte, los libe­
rales van ganando terreno.45

G uerra extrae, pues, de la afirm ación de Tocqueville, la con­


clusión de q u e “la victoria de los revolucionarios es c o n se c u e n ­
cia de la v ictoria ideológica, la q u e es u n sig n o in eq u ív o c o e
irreversible d e la m utación del lenguaje”.46 Id en tifica así tal m u­
tación “irre v e rsib le ” del len g u a je c o n u n g iro id eo ló g ic o : el
avance del id ea rio liberal y el retro ceso del con stitu cio n alism o
histórico. Sin em b argo, está claro que n o e ra eso lo q u e p lan ­
teaba Tocqueville. Lo q u e señalaba éste era, p rec isam e n te , que
el sólo llam ado a las C ortes h a b ía m arc ad o u n a ru p tu ra fu n d a ­
m ental, independientemente de quién ganase luego la elección o qué
ideas se impusiesen. De hech o , no h ab ría sido im p en sab le que los
constitucionalistas históricos, o incluso los absolutistas, triu n fa­
sen e n éstas, p e ro ello no h a b ría a lte ra d o el h e c h o d e fo n d o
p ara Tocqueville: q u e la constitución se había vuelto objeto de deba­
te público. E ra este h ech o , no el p o ste rio r triu n fo del p a rtid o li­
beral, lo q u e tran sfo rm aría de un m odo irreversible los len g u a­
je s políticos. Y ello p o rq u e éste re c o n fig u ra ría d e m a n e ra
radical el terreno de debate.
Los p u n to s álgidos en el análisis d e G u e rra se e n c u e n tra n ,
precisam ente, com o vimos, en esos m o m en to s e n q u e trascien­
de el p lan o estricto de los enunciados, c u a n d o su p e ra la visión
del lenguaje co m o m era sum a de elem en to s h e te ro g é n e o s, p a­
ra analizar cóm o se va re c o m p o n ie n d o la lógica q u e los articu ­
la, cóm o se rec o n fig u ra el suelo de problem áticas subyacentes;
cóm o, e n Fin, la em erg en cia de la cuestión d e la soberanía alte­
ró los discursos d e u n a fo rm a objetiva e irreversible al transfor­

45 F ran^ois-X avier G u e rra , "La p o lítica m o d e rn a e n el m u n d o h isp án i­


co”, en Ávila Palafox, M artín ez Assad y M eyer (c o o rd s.), Las formas y las polí­
ticas del dominio agrario, p. 178.
4G Ibid., p. 179.
m ar d rásticam en te sus co n d icio n es d e e n u n ciació n . C om o se­
ñala, a u n q u e los im ag in ario s trad icio n ales seguían siendo los
^o m in an tes (com o la p ree m in e n c ia del constitucionalism o his­
tórico lo a te stig u a ), “p o r las p re o c u p a c io n e s y los o b jetos de
reflexión de m u ch as d e las elites se estab a e n tra n d o ya en p ro ­
b lem áticas m o d e rn a s ”47 (re ten g a m o s d e esta cita el térm in o
“p ro b le m átic a s”, co m o d istinto, y en este caso, de sen tid o in­
cluso o p u esto al de las “id ea s” de los acto res). “N o hay, pues,
que to m ar al p ie d e la letra estos a rg u m e n to s arcaizantes”, con­
cluye, “p u es b astantes d e quienes los e m p le a n se a m p a ran d e ­
trás de térm in o s antiguos p a ra ex p re sa r nuevas ideas, difíciles
de fo rm u la r antes de 1808”.48
Esto nos c o n d u c e a la “cu estió n a m e ric a n a ”. En la m ed id a
en q u e se tra tó d e u n a a lteració n objetiva del len g u aje p o líti­
co (relativa a las “p ro b le m átic a s” e n c u e stió n ), in d e p e n d ie n ­
te de la v o lu n ta d d e los ag e n te s (sus “id eas"), q u e reconfigu-
ra ría las c o o rd e n a d a s e n fu n ció n d e las cuales se o rd e n a b a el
d e b a te p o lítico, tam p o c o el discurso d e la d ip u ta c ió n a m e ri­
c an a escaparía a ella. C om o verem os, si la im ag en é p ic a lati­
n o am erican a q u e o p o n e al tradicionalism o español el liberalis­
m o criollo h isp an o am erican o resulta, co m o dem o stró G uerra,
d e c id id a m e n te sim plista, su o p u e sta , sin e m b a rg o , n o lo es
m enos.

Los diputados americanos y los fundamentos


corporativos de la nación

U no de los tem as clásicos de la h istoriografía española acer­


ca del p e río d o g ad itan o destaca la im p ro n ta escolástica q u e ti­
ñ ó el discurso de los dip u tad p s am ericanos, m u ch o m ás m a r­

47 Frangois-X avier G u e rra , Modernidad e iridejiendericias, p. 171.


48 Ibid., p. 173.
cad am en te que el de los p e n in su la re s.49 Ya e n 1947 M anuel Gi­
m énez F e rn án d e z afirm aba q u e “la base do ctrin al y com ún de
la in su rg en cia am erican a, salvo ciertos ad itam en to s d e influen­
cia localizada, la sum inistró n o el co n cep to ro u sseau n ian o de
Pacto social p e re n n e m e n te constituyente, sino la d o ctrin a sua-
reziana de la so b e ra n ía p o p u la r”.50 R e to m a n d o esta tesis, G ue­
rra señala q u e el tradicionalism o h isp a n o a m eric a n o se tradujo
en u n a c o n c e p c ió n p lu ra lista d e la n ació n co m o co n stitu id a
p o r diversidad de “p u e b lo s”, a los q u e se invocará de form a per­
m a n e n te , im p id ie n d o así el d e sa rro llo de estad o s m o d ern o s
centralizados. A h o ra b ien , ¿se p u e d e to m ar el uso del térm ino
“p u e b lo ”, en plural, c o m o ín d ice inequívoco de tradicionalis­
m o cu ltu ral y social?51 Es posible q u e haya sido de h e c h o así en
este caso particular, p e ro n o d e m a n e ra necesaria. Esto sólo se
p u e d e estab lecer an a liza n d o có m o surgió, c o n c re ta m e n te , la
apelació n a m erican a al c o n c e p to pactista trad icio n al.52
S egún surge de las fu en tes, la visión plural deJ rein o com o
articu lad a a p a rtir de sistem as de su b o rd in acio n es tradicíona-

49 Cfr. J o s é C arlo s C h ia ra m o n te , “F u n d a m e n to s iu s n a tu ra lis ta s d e los


m o v im ien to s d e in d e p e n d e n c ia ”, en M a rta T e rá n y jo s é A n to n io S erran o O r­
teg a (e d s .), La guerra de independencia en la América española, Z am o ra , M ichoa-
cán , El C o leg io d e M ic h o a c á n /I n s titu to N a cio n a l d e A n tro p o lo g ía e H isto ­
ria /U n iv e rs id a d M ich o acn n a d e San N icolás d e H id alg o , 2002, p p . 99-123.
50 M an u el G im én ez F e rn á n d e z , Las doctrinas populistas en la independencia
de Hispano-América, Sevilla, CSIC, 1947, p . 29.
51 C o m o vim os, u n a larga tra d ic ió n d e a u to re s esp a ñ o le s hizo extensiva
esta afirm a c ió n ta m b ié n a los lib e ra le s p e n in s u la re s, se ñ a la n d o sus raíces
n eoescolásticas, p e ro ello les sirve n o p a ra a firm a r su trad icio n alism o , sino,
m ás b ie n , las raíces nativas d el “p rim e r lib eralism o ” esp añ o l. V éase S ánchez
A gesta, Historia del constitucionalismo español, p p . 65-73.
52 P a ra estu d io s re c ie n te s so b re los d e b a te s g ad itan o s, y la partic ip a c ió n
d e los a m e ric a n o s e n ellos, véan se M a n u e l C h u st, La cuestión nacional ame­
ricana en las Cortes de C ádií (J810-J814), V alen cia, U N E D /H is to ria S o c ia l/
U NAM , 1999; M arie R ieu-M illan, Los diputados americanos en la Cortes de Cá­
diz, M ad rid , CSIC, 1998, y J o a q u ín V arela, L a teoría del Estado en los orígenes
del constitucionalismo hispánico.
les se im pone en la diputación am ericana en el curso de la dispu­
ta suscitada p o r la designación de u n a gran can tid ad d e dip u ta­
dos suplentes residentes en España, debido a las dificultades de
las colonias p ara enviar a sus propios rep resen tan tes,53 algo que
aquéllos cu estio n arían dad o q u e las poblaciones involucradas
no habían p articipado en su elección ( “dip u tad o s p o r voluntad
a je n a ”, los llam aba la Gaceta de Buenos Aires, elegidos “p o r u n
p u ñ a d o de av en tu rero s sin carácter ni re p re s e n ta c ió n ”).54 La
idea de u n a m o n a rq u ía plural, co n fo rm ad a p o r diversidad de
“p u e b lo s” o “re in o s”, les p e rm itiría e n to n c e s im p u g n a r la ca­
pacidad de u n “re in o ” de re p re se n ta r a otro (de ac u erd o con
el prin cip io ju ríd ic o d el negotiorum gestor) .55 F re n te a este argu­
m en to , los p en in su lares p o stularon el co n cep to de u n a nación
y u n a rep resen tació n unificadas, d e u n único p u e b lo español,36
lo cual volvía relativam ente in d iferen te el lugar c o n creto d e re ­
sidencia.57

r’3 Tor d e c re to d el 8 d e se p tie m b re de 1810 a las pro v in cias d e u ltra m a r


se les asig n aro n tre in ta re p re se n ta n te s, so b re u n total d e cien. E n el m o m e n ­
to de reu n irse las C ortes, v ein tin u ev e de ellos e ra n su p le n te s eleg id o s en Cá­
diz p o r c ie n to se te n ta y siete a m eric a n o s re sid e n te s allí, y sólo u n o , el re p re ­
se n ta n te d e PuerLo Rico, e ra titular. A m ed id a q u e lle g a ra n los titu lares, los
su p le n te s d e b e ría n re sig n a r su cargo, p e ro esto m u ch as veces se rá m otivo d e
conflicto.
51 “D iscurso so b re la n u lid a d d e las C ortes q u e se c e le b ra n en E spañ
Caceta de Buenos Aires, 25 / 2 / 1 8 1 1, citad o p o r R ieu-M illan, Los diputados ame­
ricanos mi tas Cortes de Cádiz, p. 6.
55 C om o afirm ab a el p e ru a n o R am ó n Feliú, la so b e ra n ía “se co m p o n e d e
partes real y físicam ente distintas, sin las cuales todas, o sin m u ch as d e las cua­
les n o se p u e d e e n te n d e r la so b e ra n ía ” (citad o p o r R ieu-M illan, Los diputados
americanos en tas Cortes de Cádiz, p. 15).
56 “'Vo q u ie ro q u e nos a c o rd e m o s”, insistía ei d ip u ta d o D iego M uñoz To­
rre ro , “d e q u e fo rm am o s u n a sola N ación, y n o u n ag re g ad o d e varias n acio ­
n e s”. Diario de Sesiones déla s Cortes, 2 /9 /1 8 1 1 ) .
57 En palab ras d e Jo v ellan o s, " re u n ie n d o e n sí la re p re se n ta c ió n n acio ­
nal p u e d e , sin d u d a, re fu n d ir u n a p a rte de ella en alg u n o s d e sus m ie m b ro s”.
G aspar M elch o r de Jo v ellan o s, “M em oria", Escalos políticos y filosóficos, p. 187.
A m ed id a q u e se avanzara e n los debates, la p o stu ra d e los
d ip u ta d o s a m erican o s se volvería, sin em bargo, am bigua al res­
pecto. El eje d e la con tro v ersia p ro n to se desplazaría h a c ia la
p ro p o rc io n alid a d de la re p re se n ta c ió n (arts. 22 y 29). A las p r o ­
vincias de u ltra m a r se les o to rg ó u n a rep re sen ta ció n m uy mi
n o rita ria , a p esar d e q ue, seg ú n las estim aciones de la ép o ca,
las dos secciones del im perio (E spaña y A m érica) c o n ta b a n con
u n a población eq u iv alen te.58 A esto se llegó m ed ia n te el e x p e ­
d ie n te d e excluir del censo a los m iem b ro s de las castas. Esta
vez, los d ip u ta d o s am erican o s a p e la ría n a u n c o n c ep to m o d e r­
n o d e la c iu d a d a n ía p a ra p ro te s ta r c o n tra las d e sig u a ld a d e s
establecidas p o r el rég im en e le c to ra l.59 En definitiva, hay q u e
adm itir q u e la “tesis é p ic a ” n o carece p o r co m p leto d e fu n d a ­
m entos. Al m enos en este p u n to específico, que e ra el c e n tra l
para los am ericanos, éstos a p a re c ía n com o m ás c o h e re n te m e n ­
te liberales q u e los liberales p e n in su la re s.60
Es cierto q u e todavía e n to n c e s su lenguaje c o m b in a ría es­
tos c o n cep to s m o d ern o s co n o tro s de m atriz cla ram e n te pac

58 Al resp ecto , véase R ieu-M illan, Los diputados americanos en las Cortes de
Cádiz. P a ra u n a d escrip ció n d e ta lla d a d e las d eleg a c io n e s am erica n as, véase
M aría T eresa B crru e zo , L a diputación americana en tas Cortes de Cádiz, M a d rid ,
C en tro d e E slud ios C o n stitu cio n ales, 1986.
59 "Ser p a rte d e la so b e ra n ía n a c io n a l”, d e c ía el m ex ican o [osé S im eó n
U ría, “y n o ser c iu d a d a n o d e la n a c ió n sin d e m é rito p erso n al, son a la v er­
d ad, S eñor, d o s cosas q u e n o p u e d e n c o n c e b irse , y q u e u n a a la o tra se des­
tru y en ” (José S im eó n U ría, Diario de Sesiones de las Corles, 4 /9 /1 8 1 1 ) . El m e­
xicano R am os A rizpe insistía al resp ecto : “V.N. tien e san cio n ad o , co n ap lau so
g en eral, q u e la so b e ra n ía resid e e se n c ia lm e n te en la n ació n Las castas
com o p arte de la nació n tie n e n n ec e sa ria m e n te u n a p a rte p ro p o rc io n al y res­
pectiva d e la s o b e r a n ía ” (R am o s A rizp e, Diario de Sesiones de /as Cortes,
1 4 /9 /1 8 1 1 ).
60 Es sugestivo, al resp e cto , q u e los d ip u ta d o s a m erican o s fueran asocia­
dos a los secto res m ás radicales d el lib eralism o , e n c o n trá n d o se e n tre los q u e
e n fre n ta ro n m ás d e n u n c ia s y p e rse c u c io n e s lu e g o de la restauración d e F e r
n a n d o VII.
tista escolástica. In clu so se p u e d e a c e p ta r q u e estos ú ltim o s
constituyeron su n ú cleo d o ctrin al. A un así, está claro q u e sus
c a m b ian te s p o stu ras o b e d e c ie ro n a u n a lógica e stric ta m e n te
política, y sus rea lin e a m ie n to s ideológicos d e p e n d ie ro n de có­
m o se p lan te ó en cada caso el deb ate. D ada la posición en que
se e n c o n tra b a n , la teo ría pactista clásica ap arecía sen cillam en ­
te com o la que m ejo r se ajustaba a sus objetivos estratégicos. Es­
ta, d e hech o , les p e rm itiría tam b ién abogar p o r la ig u ald a d de
la rep re sen ta ció n , al igual q u e la d o ctrin a liberal,61 p e ro ten ía
sobre esta ú ltim a u n a ventaja adicional fun d am en tal: la invoca­
ción a los “p u e b lo s”, en plu ral, c o n te n ía en sí la a m en aza ap e­
nas velada d e u n a posible secesión p o r p arte de las co lo n ias62
(reco rd em o s q u e los d ip u ta d o s am ericanos veían vicios de ori­
g en e n las Cortes, y re ite ra d a m e n te p la n te a ro n d u d as sobre la

.61 C om o m u e stra V arela: “N o re s u lta difícil re c o n o c e r q u e la id e a d e N a­


ción d e M artínez M arin a se p re s e n ta b a , sin fo rzarla e n exceso, fá cilm e n te re-
co n d u cib le al e sq u e m a p ro v in cialista d el q u e p a rtía n los d ip u ta d o s d e U ltra ­
m ar. E ste e sq u e m a , c o h e re n te c o n sus fin e s p o lític o s ‘p a rtic u la ris ta s' o
‘a u to n o m ista s', ajen o s a M arina, re su lta b a d e sd e lu e g o in c o m p a tib le co n la
id e a d e N ació n d e fe n d id a p o r los d ip u ta d o s lib e ra le s d e la m e tró p o li. P o r
o tra p a rte , al estar e x e n to el c o n c e p to d e N ació n d e M artínez M arin a d e cual­
q u ie r vestigio e stam en tal —cosa q u e en m o d o alg u n o p u e d e decirse d e las te­
sis ex p u estas p o r los d ip u ta d o s realistas— p o d ía satisfacer tam b ié n las ansias
igu alitarias q u e an im a b a n a la m ayoría de los d ip u ta d o s am erican o s". Vare-
la, La teoría del Estado en los orígenes del constitucionalismo hispánico, p. 230.
“Es m uy d e te m e r" , ad v e rtía el m ex ic a n o R am os A rizpe, “q u e la a p ro ­
b a c ió n d el a rtíc u lo e n c u e stió n va a in flu ir d ire c ta m e n te e n la d e s m e m b ra ­
c ió n d e las A m éric a s” (Acias de las Sesiones de Cortes, 5 /9 / 1 8 1 1 ) . C o m o re c o ­
n o c e ría lu eg o A rg u elles: “E ra a d e m á s u n a fa ta lid a d in s e p a ra b le d e las
circ u n sta n c ia s q u e a c o m p a ñ a ro n a la in su rre c c ió n d e la p e n ín s u la el q u e
la in d e p e n d e n c ia d e A m érica se p re s e n ta se a la im a g in a c ió n d e sus d ip u ta ­
d o s n o c o m o u n su ceso e v e n tu a l y re m o to , sin o c o m o p ró x im o e in e v itab le
[...] Los d ip u ta d o s p e n in s u la re s n o d e sc o n o c ía n las causas q u e p o d ía n c o n ­
su m a r alg ú n d ía la se p a ra c ió n ab so lu ta d e la A m érica y las q u e c o n sp ira b a n
a h o ra a a c e le ra rla''. A gustín A rg u elles, La reforma constitucional de Cádit, pp.
246-7.
leg itim id ad de sus disposiciones sin previa consulta de las po­
blaciones a m e ric a n a s).63
N a d a p a re c e , e n fin, a u to riz a r ir m ás allá y p re te n d e r ex­
tra e r d e allí co n c lu sio n es re sp e c to d e la n a tu ra le z a social o
id e n tid a d cu ltu ral d e los sujetos involucrados. D ebe reco rd ar­
se, p o r o tra p a rte , q u e su co h esió n com o g ru p o fue tal sólo en
lo relativ o a la d e fe n sa de reclam o s específicos p a ra las colo­
nias, p e ro q u e se tra tab a de u n a delegación de ideología h e te ­
ro g én ea, q u e, en los dem ás p u n to s, se dividió in te rn a m e n te si­
g u ie n d o las m ism as líneas d e escisión que dividieron ál resto
d e los congresistas.64 Lo d icho, de to d o s m odos, n o es sólo un

63 El p ro p io M a rtín ez M arin a re c o n o c e r ía luego esta d eficien cia d e o ri­


g e n , p r o p o n ie n d o u n a n u ev a co n v o cato ria . D e h e ch o , n o sólo Jas provincias
u ltra m a rin a s h a b ía n te n id o p ro b le m a s p a r a p a rtic ip a r d e las C o rtes, sino
ta m b ié n las p ro v in c ia s o c u p a d a s d e E sp añ a. “M uchas pro v in cias d e E sp añ a
y las p rin c ip a le s d e Ja c o ro n a d e C astilla”, d e c ía , “n o in flu y ero n d ire c ta ni
in d ire c ta m e n te e n la c o n stitu c ió n , p o rq u e n o p u d ie ro n eleg ir d ip u ta d o s ni
o tro g a rle s su fic ie n te s p o d e re s p a ra llevar su voz en las co rtes, y se r en ellas
los in té rp re te s d e la v o lu n ta d d e sus cau san te s. De q u e se sigue, h a b la n d o
le g a lm e n te y c o n fo rm e á reglas d e d e re c h o , q u e la a u to rid a d del c o n g reso
e x tr a o rd in a rio n o es g e n e ra l, p o rq u e su voz n o es el ó rg a n o ni la ex p resió n
d e la v o lu n ta d d e to d o s los c iu d a d a n o s, y p o r co n sig u ien te a n tes de c o m u ­
n ic a r la c o n stitu c ió n á los q u e tu v ie ro n p a rte e n ella y d e exigirles el j u r a ­
m e n to de g u a rd a rla , re q u e r ía la ju s tic ia y el d e re c h o q u e p re sta sen su c o n ­
s e n tim ie n to y a p ro b a c ió n lisa y lla n a m e n te , ó p ro p o n ie n d o m o d ificacio n es
y re fo rm a s q u e les p a re cie se p o r m e d io d e d ip u ta d o s lib re m e n te eleg id o s y
a u to riz a d o s c o n su ficien tes p o d e re s p a ra e n te n d e r e n este p u n to y en io d o
lo a c tu a d o e n las cortes". M artín ez M arin a, Discurso sobre el origen de la monar­
quía, p p . 165-6.
64 C o m o afirm a R ieu-M illan, “n o se observ a u n a relació n a p a re n te e n tre
el ‘a m e ric a n ism o ’ d e estos d ip u ta d o s y su id eo lo g ía política: liberales m ás o
m e n o s m o d e ra d o s, c o n se rv ad o res ilu strad o s, absolutistas" (Rieu-M illan, Los
diputados americanos en las Cortes de Cádiz, p. 3 7 4 ). M uchos de sus m iem bros,
ad em á s, m a n tu v ie ro n p o stu ras oscilan tes e n c u a n to a sus ad h esio n es p artid a­
rias. Fray S erv an d o T eresa d e M ier, p o r e jem p lo , adm itía, en m o m en to s en
q u e se d e c la ra b a co nserv ad o r, h a b e r te n id o u n p e río d o ja c o b in o en tiem pos
recaudo m etodológico; u n a operación intelectual com o ésta (ex­
traer co n clu sio n es relativas a la n a tu ra le z a social o iden tid ad
cultural de los actores a p a rtir de sus definiciones ideológicas)
conlleva u n a serie de supuestos relativos a los m odos d e conce­
bir la historia intelectual que, com o verem os, se han vuelto hoy
difíciles d e so ste n e r (y, en definitiva, n o s devuelven a la vieja
h isto ria d e “id eas”). Esto se observa m ás c la ra m e n te cu a n d o
analizam os el o tro polo de la a n tin o m ia q u e establece G uerra.
C om o vimos, el m o to r de la m u tació n cu ltu ral que se pro­
dujo en el lapso de esos “dos años cru ciales” fue, según afirm a
ese autor, el g ru p o liberal encab ezad o p o r Q u in tan a. Esta evo­
lución, sin em bargo, tuvo efectos co n trad icto rio s p a ra España,
puesto q u e selló su divorcio resp ecto d e A m érica. “Las Cortes
de C ádiz”, asegura G uerra, “al h a c e r d e la nación española un
E stado u n ita rio c e rra b a n d e fin itiv am e n te la p o sibilidad de
m a n te n e r a los reinos de Indias en el seno de la M o n arq u ía”.65
Así com o el particularism o a m erican o revelaba, p a ra G uerra,
un im aginario tradicionalista, inversam ente, el ideal liberal de
u n a nación unificada im puso u n a po lítica c e rra d am e n te “colo­
nialista” (e n te n d id o esto en el sentido d e q u e llevaría a recha­
zar de plano los reclam os de m ayor a u to n o m ía de las colonias).
“Para establecer u n a verd ad era igualdad política e n tre las dos
partes de la M o n a rq u ía ”, asegura, “h u b ie ra sido preciso trans­
form ar el im aginario de las elites p e n in su la re s”.66 Sin em b a r­
go, si analizam os esta afirm ación, se observa en ella u n a inver­

en q u e escribió sus "Cartas a E l E spañol’, De h e c h o , es difícil hablar, p ara este


p e río d o te m p ra n o , d e '‘p a rtid o s’' o a u n d e c o rrie n te s ideológicas c laram en ­
te d efinidas. Al resp ecto , véase el in te resa n te a rtíc u lo d e R o b erto B reña, “U n
m o m e n to clave en la histo ria p o lítica m o d e rn a d e la A m érica hispana: Cádiz,
1812", m an u scrito .
r,:j F ranfois-X avicr G u erra, Modernidad e independencias, p. 341.
66 F ranfois-X avier G u e rra , "La d esin te g ra c ió n d e la m o n a rq u ía hisp áni
c a ”, A n to n io A n u in o , Luis C astro Leiva y Francois-X avier G u erra (co m ps.),
De ios imperios a las ilaciones. Iberoamérica, Z aragoza, Ibercaja, 1994, p. 225.
sión de las relacio n es d e causalidad. De n in g ú n m o d o se p u e­
de a trib u ir el c a rá c te r colonialista de la p o stu ra d e la m ayoría
peninsular a sus ideas liberales; en to d o caso, sería m u ch o más
c o n é c ta la afirm ación inversa d e q u e, si a b razaro n en este p u n ­
to u n a visión m o d e rn a de N ación, fue p o rq u e ésta arm onizaba
con sus posturas colonialistas. Lo cierto, sin e m b a rg o , es que
no existe u n a c o rre la c ió n necesaria e n tre am bos térm in o s (li­
beralism o y colonialism o). Lo d e m u e stra el h e c h o d e q u e co­
lonialistas fu e ro n p o r igual ta n to los liberales co m o los abso-
Iutistas.fi7 D e m a n e ra inversa, sí b ien el lib eralism o servía de
sustento ideológico al colonialism o, era, n o obstante, igualm en­
te com patible con u n a p o stu ra opuesta. De hech o , com o vimos,
tam bién los d ip u ta d o s am erican o s ap e la ro n a prem isas libera­
les a Fin de afirm ar su d e m a n d a de re p re se n ta c ió n igualitaria.
El p ro p io G u erra se c o n tra d ic e e n este p u n to al a d m itir q u e el
h ech o de abogar p o r la igualdad d e rep re sen ta ció n obligaba a
los am ericanos a a d h e rir a ese m ism o ideal liberal q ue, según
afirm a, llevaba a los p en in su lares a rech azar todo reclam o e n
este sentido.

Su objetivo fundam ental fue, en este caso, batallar por la igual­


dad de representación entre España y América. Era éste su ob­
jetivo prioritario, lo que en parte explica que, a pesar de su
concepción plural de la M onarquía, aceptasen los plantea­
m ientos de los liberales peninsulares. La petición de igualdad
con la Península y la obtención del elevado núm ero de dipu­

67 G u erra está aq u í, en realid ad , p o lem izan d o , al m ism o tiem p o , con una


larga trad ició n h isto rio g ráfica q u e ve el o rig en de la d iso lu ció n del im p erio
en la visión co n serv ad o ra d e E spaña, lo cual, según señ ala Álvargz Ju n c o , co n ­
cebía la m ism a co m o “u n a n a ció n ú n ica, an tig u a, castellan izad a y h o m o g é­
nea", consustancial p o r ello “co n la m o n a rq u ía , con la relig ió n católica y con
un estad o fu e rte m e n te c e n tra liz ad o y co n vocación uniForinista”. Jo sé A.lva-
rez Junco, Mater Dolarosa. La idea deEsparia en el siglo XIX, M adrid, Taurns, 2 0 0 J,
P .27.
tados que esto llevaba consigo, les hacía aceptar entonces una
concepción unitaria de ia M onarquía que cuadraba mal con
su muy enraizada visión de ésta com o un conjunto de com u­
nidades políticas diferentes.68

En realidad, tam poco esto e ra exactam en te así. Com o afir­


m a Rieu-M illan en relación con el p rin cip io de soberanía p o p u ­
lar, “esta d efensa p o d ía fu n d am en tarse, e n o tro contexto, sobre
bases teóricas tradicionales (estado p atrim o n ial com puesto p o r
diferentes reinos) ”.69 Esto m uestra las com plejidades del deba­
te, y la im posible reducción m u tu a e n tre im aginarios sociales e
ideologías políticas determ inadas. En fin, si la an tin o m ia “libe­
rales peninsulares = atom icism o = colonialism o” co n tra “tradi­
cionalism o am ericano = organicism o = in d e p e n d e n tism o ” p u e­
d e aceptarse com o u n a descripción c o rre c ta del m o d o en que
se alin earo n las fuerzas en Cádiz, está claro q u e tal contraposi­
ción no se fu n d a en ningún nexo conceptual (ni la defensa am e­
rican a de u n a concepción plural d e la m o n arq u ía era, en sí mis­
m a, “trad icio n al”, ni la idea m o d e rn a de u n a nación unificada
e ra necesariam ente colonialista), sino u n o p u ram e n te co n tin ­
gente, derivado de las circunstancias y las form as en que se fijó
el d ebate y se establecieron ev en tu alm en te líneas de alianza y
ru p tu ra en las C ortes mism as.70

63 G u erra , Modernidad e independencias, p . 345.


69 Rieu-M illan, Los diputados americanos en las Corles de Cádiz, p. 17.
70 En verdad, si b ie n el colonialism o d e los d ip u ta d o s p en in su la re s n o n e ­
cesariam en te c o n trad ecía su liberalism o, les p la n te a ría sf co n trad iccio n es p o ­
líticas reales serias, d esd e el m o m en to en q u e los o b lig ab a a aliarse a los secto­
res ultrarrealistas e n A m érica. Los d ip u ta d o s am erican o s en Cádiz em p u jarían
a los p en in su lares a en fren tarse u n a y o tra vez a esta co n trad icció n , llevando
pro p u estas d e re m o ció n de los virreyes Abascal, d e P erú , y V enegas, d e Méxi­
co, p o r d e sco n o cer las sanciones constitucionales. Estos ap arecerían com o ba­
luartes del absolutism o, al q u e los liberales d esp reciab an , p ero , p o r o tro lado,
constituían los pilares fu n d am en tales, e n sus respectivas reg io n es, de! o rd e n
colonial q u e ellos tam bién d e fen d ían , o n o estaban dispuestos a alterar.
Volvam os, p u e s, a n u e s tra p re g u n ta o rig in al: ¿hasta qué
p u n to la a p e la c ió n a las d o c trin a s n eo esco lásticas re p re se n ­
taba v e rd a d e ra m e n te u n reg reso a u n tipo de im aginario tra­
dicional? C o m o señalam os, d e te rm in a r esto d e u n m odo p re ­
ciso re s u lta im p o sib le . E n re a lid a d , d istin g u ir los m otivos
“tra d ic io n a le s ” y “m o d e rn o s ” n i siq u iera es sie m p re factible.
Estos se m ezclan de m o d o s cam b ian tes y com plejos en el dis­
curso p o lític o del p e río d o , al p u n to de volverse m uchas veces
in d isc e rn ib le s. Lo c ie rto es q ue, com o señ ala A n to n io A nni-
no, el co rp o rativ ism o va a ser “re in v e n ta d o ” en to n ces. Según
asegura, “los fu n d a m e n to s m unicipalistas de los fu tu ro s esta­
dos re p u b lic a n o s se c re a ro n d u ra n te la crisis d e l Im p e rio y no
a n te s ”.7-1
A n n in o in tro d u c e así u n a precisión fu n d am en tal en el con­
cep to d e G uerra: el corporativism o territorialista o m unicipalis-
ta, m ás q u e u n a pervivencia del o rd e n colonial, fue, p o r el con­
trario, resu lta d o de su dislocación ( “el desliz d e la ciudadanía
hacia las c o m u n id ad es territo riales”, dice, “n o fue u n a ‘h e re n ­
cia c o lo n ial’ directa sino q u e se gestó en el corto p erío d o de su
crisis”).72 E n el nivel d e las instituciones sociales ocurriría así lo
m ism o q u e co n los im aginarios sociales. El corporativism o, al
igual q u e el escolasticism o, com o el p ro p io G u e rra señala, era
u n a trad ició n , si b ien n o olvidada, ya en claro retro ceso en el
m u n d o hispánico. Su reactivación en el siglo x v iii n o significa­
ría, pues, u n m e ro reg reso a éste: “el p u n to m ás im p o rta n te ”,
asegura A n in n o , “es q u e los nuevos ayuntam ientos electivos re­
p rese n taro n u n fen ó m e n o de neocorporadvism o e n el interior

71 A n to n io A n n in o , “S o b e ra n ía s e n lu c h a ", en A n n in o , C astro Leiva y


G u erra (co m p s.), De los impeños a las naciones, p. 251.
72 A n to n io A n n in o , “El J a n o b ifro n te: L os p u eb lo s y los orígenes de! li­
b eralism o e n M éx ico ”, e n L eticia R eina y Elisa Servín (coords.), Crisis, refor­
ma y revolución, México: Historias de f i n de siglo, M éxico, T a u ru s/C o n a c u k a -
IN H A , 2002, p. 209.
de un cuadro co nstitucional”.73 Recolocadas objetivam ente en
u n nuevo horizonte discursivo, las m ism as viejas ideas e institu­
ciones adquirirían un sentido y u n a dinám ica ya m uy distinta ele
la que tenían en el A ntiguo R égim en. En u n in te resa n te estu­
dio de caso, José A ntonio S errano m uestra, en efecto, cóm o se
alteraron entonces los m odos de articulación del poder.

La multiplicación de los cabildos constitucionales al cobijo del


liberalism o gaditano puso en m archa un proceso de iguala­
ción jurisdiccional entre las villas y las ciudades, lo que anuló
la subordinación de las poblaciones “sujetas” a sus capitales.74

73 A n tonio Arm iño, “Soberanías en lu ch a ”, en A rm iño, C astro Leivay G ue­


r r a (com ps.), De tos imperios a las naciones, p. 251. P ara a lg u n o s au to res, com o
R ich ard M orsc, se trataría llan a m en te d e u n a invención, u n a ficción, q u e no
te n ía n in g ú n asidero histórico. El co iporativism o m edieval n o se h a b ría d ad o
n u n c a e n España. El texto d e referen cia clásico aq u í es C lau d io S ánchez Al­
b o rn o z, España, un enigma histórico, B uenos Aires, S u d am eric a n a , 1956.
"'Jo sé A n to n io S erra n o Orlo.^ 1., Jerarquía terrilarialy transición política, Za­
m o ra, M ichoacán, El C o leg io d e M ic h o a c á n /In s titu to M o ra, 2001, p. 137.
L u eg o d e la in d e p e n d e n c ia , se refo rzará esta te n d e n c ia h a c ia u n a “d e m o c ra­
cia'’ corporativa. “La C o n stitu c ió n d e 1826”, señ ala S e rra n o O rteg a , "m odifi­
có su stan cialm en te la je r a rq u ía te rrito rial y la o rg an izació n p o lítica d e Gua-
n aju ato . E n 1809 fu n c io n a b a u n a je r a rq u ía p ira m id a l e n el c u e rp o p o lítico
provincial: los ay u n tam iento s de G u an aju ato , L eó n , C elayay San M iguel eran
los q u e re p re se n ta b a n la 'voz' d e la provincia. E n 1820 y 1823 se m o d ificó es­
te c u e rp o p o lítico al in c o rp o ra rse los elec to res d e p a rtid o s d e los cabildos de
las villas y d e los p u eb lo s, a u n q u e a q u ello s c u a tro cab ild o s se g u ían co n se r­
v ando u n m ayor peso en té rm in o d e votos electorales, al d e sig n a r el 16 d e los
36 elec to rres d e p artid o . En cam b io , a p a rtir de 1826, c ad a p a rtid o te n d ría
ei d e re c h o a igual n ú m e ro de votos p a ra d e sig n a r d ip u ta d o s" {ibid., p. 185).
Esta te n d e n c ia se h ab ría in iciad o , en realid ad , con la reo rg a n iz ac ió n te rrito ­
rial p u esta en m arc h a p o r los b o rb o n es. V éanse H ira d e G o rta ri R abieta, “La
o rg an izació n política territo rial. De la N ueva E sp añ a a la P rim e ra R epública
F ed eral, 1786-1827”, en Jo se fin a Z. V ázquez (c o o rd .), E l establecimiento del fe ­
deralismo en México (1821-1827), M éxico, El C olegio d e M éxico, 2003, pp. 39-
76, y H o rst P ietsch m an n , Las reformas borbónicas y el sistema de intendencias en
Nueva España. Un estudio político administrativo, M éxico, FCE, 1996.
Así, la instau ració n de u n sistem a rep re sen ta tiv o fu n d a d o
e n el p rin c ip io corporativo te rrito ria l, a u n q u e basado e n p a u ­
tas c la ram e n te tradicionales, te rm in a ría dislo can d o la p rem isa
fu n d am en tal en q u e se asentaba el o rd e n social del A ntig u o Ré­
gim en: su e stru c tu ra piram idal. T odo el sistem a de s u b o rd in a ­
ciones y je ra rq u ía s, q u e hasta e n to n c e s o rd e n a b a la so cied ad ,
en pocos años sería c o m p le ta m en te desarticulado.
D esde u n p u n to de vista teó rico , esta to rsió n categorial tie­
ne d o s co n secu en cias fu n d a m e n ta le s. E n p rim e r lugar, ésta
cuestiona la id en tid a d de la op o sició n e n tre tradición y m o d e r­
n id a d c o n aq uella o tra e n tre p e rm a n e n c ia y cam bio, y, e n últi­
m a instancia, e n tre n atu raleza y artificio: m u ch o s de los arcaís­
m os sociales o atavism os id eo ló g ic o s observ ad o s p o d ría n n o
deberse sim p lem en te a la persisten cia d e arraigados p a tro n e s
co m u n ales o im aginarios trad icio n ales. Éstos serán , ele a lg ú n
m odo, rein v en tad o s entonces. En definitiva, el corpoxativisnio
m unicipalista no expresa m e ra m e n te u n a fo rm a n atu ral trad i­
cional de sociabilidad política, sino, al igual q u e la n ació n m o ­
d e rn a p a ra G uerra, sería u n fe n ó m e n o de o rigen “e strictam en ­
te p o lític o ” (esto es, “artificial”) .75

75 La p o stu ra de A n n in o , sin e m b a rg o , re su lta o scilan te e n este p u n to ,


q u e d a n d o p o r m o m e n to s a ú n p risio n e ro d e la ec u a c ió n d e la d ic o to m ía e n ­
tre trad ició n y m o d e rn id a d c o n a q u e lla o tr a e n tr e naUirale7.a y artificio. Se*
g ún señala: “Esta n o ta b le sin g u larid ad de( m u n d o hisp án ico , m ás aú n en Mé­
xico, h izo q u e tras la In d e p e n d e n c ia , la re p ú b lic a liberal tuviera p o r m u c h o
tiem po dos fu en tes de legitim idad: los p u e b lo s y los co n g reso s constituyentes,
o sea, los dos acto res q u e en c a rn a b a n u n o lo ‘n a tu r a l’ y o tro lo 'c o n stitu id o
A ntonio A n n in o , "Pueblos, liberalism o y n a c ió n e n M éxico", cu A n to n io A n­
n in o y Franfois-X avier G u erra, coords., Inventando la nación, Iberoamérica, üigb
XIX, M éxico, FCE, 2003, pp . 427-8. En u n te x to re c ie n te , en cam bio, señala ya
la in g e n u id a d d e iden tificar sin m ás las in stitu cio n es del A ntiguo R égim en co­
m o ex p resió n de u n orden natural, e n o p o sició n a la artificialidad del sistem a
m o d ern o . ‘T o d as las sociedades fu ero n y serán siem p re im aginarias p o r !a sen­
cilla razón de q u e fu ero n y serán im aginadas. T am b ién el A ntiguo R égim en
lo fue. El m ism o casu ism o ju ríd ico , q u e p a re c e tan co n creto y pragm ático, no
La segunda consecuencia, a ú n m ás fu n d am e n ta l, deriva de
la anterior. La co m p ro b a ció n de A n in n o q u ieb ra ya el “teleo-
logism o del p u n to de p a rtid a ”, inverso al del discurso n a c io n a ­
lista latin o am erican o , q u e im p re g n a la perspectiva de G uerra.
Lo q ue, p ara éste, estaba en el o rig en , esa “e stru c tu ra p ro fu n ­
d a ” q u e la in d e p e n d e n c ia hace sim plem ente em erger, n o era
la n acio n alid ad , sino los g é rm e n e s de disgregación p o lítica y
social.76 En la perspectiva d e A nnino, p o r el co n trario , la desar­
ticulación de las u n id ad es político-adm inistrativas coloniales n o
h a b ría sido un h e c h o fatal resu lta n te de las co n d icio n es p re e ­
xistentes (las tradiciones c o rp o rativ as), sino, al m en o s e n p a r­
te, del p ro p io m o d o y las circunstancias específicas en q u e se
p ro d u jo la ru p tu ra del vínculo colonial, e n tre las cuales, las lar­
gas guerras, con la serie d e dislocaciones sociales, políticas, eco­
nóm icas, etc. que trajo aparejadas, o el contexto in te rn ac io n al,
d o m in ad o , a la sazón, p o r el clim a de la R estauración, n o fu e­
ro n en absoluto ajenas a este resultado.
Las vacilaciones de G u e rra tie n e n todas, en ú ltim a in stan ­
cia, u n a fuente com ún. C om o vimos, el h e c h o de no d istinguir

fu e o tra cosa q u e u n esfuerzo e n o rm e p a ra im ag in ar y c o n tro la r la m ultiplici­


d a d so cial.” A n to n io A n n in o , “El v o to y el XIX d esco n o c id o ", Foro Jberoldeas
w w w .fo ro ib e ro id e a s.c o m .a r/fo ro /d a ta /4 8 6 4 .p d f.
76 En definitiva, se trata del viejo ju e g o de h allar el “huevo d e la se rp ie n te ”,
aquel pecad o original q u e explica todos los p roblem as subsiguientes. Las pala­
bras con q u e cierra Modernidad e independencias son elo cu en tes al respecto: vis-'
tos retrospectivam ente, los eventos q u e agitaron la historia latin o am erican a re­
cien te aparecen todos com o “avatares de este p ro b lem a esencial, q u e co nocen
todos los países latinos e n el siglo x j x y q u e explica la co n co rd an cia d e sus co­
yunturas políticas: la b m sca instauración, en un as sociedades tradicionales, del
im aginario, las instituciones y las prácticas de la política m o d e rn a " (ibid., p. 381).
G u erra reto m a aq u í acríticam en te la visión, n o m en o s m ítica, u n a y otra vez re­
fu tad a p o r la historiografía recien te, d e la preexistencia d e la nació n y las liber­
tades m odernas norteam erican as, en oposición a la n o preexistencia de éstas en
A m érica Latina, com o explicación ú ltim a d e sus destinos divergentes (d an d o
lu g ar a su oposición e n tre las vías evolutivas y n o evolutivas a la m o d ern id a d ).
claram en te lenguajes e ideas lo lleva a c o n fu n d ir e identificar
éstos com o atributos subjetivos, es decir, a proyectar los lengua­
jes al p lan o d e la co n cien cia d e los actores p a ra ex tra er luego
de allí conclusiones relativas a su n a tu ra le z a social o identidad
cultural. Y ello term in a ría m a rra n d o su proyecto historiográfi-
co.77 L uego de d e sm o n ta r la a n tin o m ia e n tre liberalism o am e­
rican o y atavismo p e n in su la r sobre la cual descansa la tesis épi­
ca de la rev o lu ció n d e in d e p e n d e n c ia , en vez de desplegar
todas las c o n sec u e n c ia s d e ese hallazgo, en m u ch o s aspectos
crucial, se lim itará, sin em bargo, sim plem ente a in v ertirlo s tér­
m inos, lo q u e lo obliga a fo rz a r e n exceso su arg u m en to . Así,
la d ico to m ía e n tre m o d e rn id a d y tradición, lejos de debilitarse,
se reforzará d e sd o b lá n d o se e n u n a se g u n d a antinom ia, inver­
sa a la an terio r, e n tre liberalism o español (m odernista) y orga-

77 En efecto , esta co n fu sió n , c o m o señ alam o s, deriva in ev itab lem en te en


u n a re c a íd a e n aq u ella visión id ealista y, en ú ltim a instancia, teleológica de
la revo lución d e in d e p e n d e n c ia q u e él se p ro p o n e cuestionar. C o m p ro b a d a
la c a re n c ia d e fu n d a m e n to s e n d ó g e n o s, d e raíces sociales y cu ltu rales n ati­
vas, n o p o d ría evitar co n c lu irse q u e fa m o d e rn iz a c ió n de las e stru ctu ras po­
líticas locales, sin las cuates, se g ú n afirm a , la re vo lu ció n d e in d e p e n d e n c ia
h a b ría sido in co n ce b ib le, sólo p o d ría a trib u irse a la “in flu encia id eo ló g ica”
e x te rn a. La “m u ta c ió n c o n c e p tu a l” q u e e n to n c e s se p ro d u jo en las colonias
te n d ría su b a sa m e n to e stric ta m e n te e n el p la n o d e las ideas. “A hí se e n c u e n ­
tra, sin d u d a — dice—, u n a d e las claves p a ra ex p lica r las p artic u la rid ad e s d e
la vida p o lítica m o d e rn a e n to d o s los n u ev o s países: la existencia d e actores,
d e im ag in ario s y de c o m p o rta m ie n to s trad icio n ales, en c o n trad icció n con los
nuevos principios que se recogen en los textos" (Franfois-X avier G u erra, Moderni­
dad e indefiendencias, p. 205, el d e sta c a d o es m ío ) . N o es o tra cosa, d e h e c h o ,'
lo q u e afirm a la vieja tra d ic ió n d e h isto ria d e “ideas" latin o am erican a. En di­
c h o caso, su a p o rte se lim itaría sim p le m e n te a p recisar q u e tal influencia ideo­
lógica q u e im p re g n ó a la n u e v a élite g o b e rn a n te criolla ("los nuevos prin ci­
p ios q u e se rec o g e n en los textos") n o p ro v in o d ire c ta m en te d e Francia, sino
a través d e E spaña. Si bien esto re su lta ría in te re sa n te com o señalam iento, hay
q u e co n v e n ir q u e d e n in g ú n m o d o p o d ría co n sid erarse u n a revolución his-
to rio g ráfica. E n definitiva, m u e s tra s im p le m e n te q u e el m arco teó rico del
q u e p a rte C u e rra n o le p e rm ite h a c e r ju stic ia y calib rar el sentid o y la verda­
d e ra d im en sió n de su c o n trib u c ió n , q u e n o ra d ic a ciertam en te allí.
nicism o a m erican o (tradiciónalista) —lo q u e volverá a la “tesis
revisionista” u n a suerte de reflejo invertido de la vieja “tesis épi­
ca". En definitiva, a u n q u e opuestas en sus contenidos, tras am ­
bas perspectivas, la revisionista y la épica, subyace u n a m ism a
visión idealista y teleológica de la historia. Sólo su locus cam bia,
sin m odificarse en lo esencial. Y esto nos devuelve a la histo rio ­
grafía e sp añ o la d e ideas.

Las raíces del constitucionalismo histórico

P ara g ran p arte de la histo rio g rafía española de ideas, las


C ortes de Cádiz son m u ch o m ás q u e u n h e c h o histórico, m ás
incluso q u e u n a a u té n tic a revolución política y cultural: re p re ­
sentan u n a suerte de epifanía de la lib e rta d .78 Com o afirm a Va-
rela, tras esa co rta p ero convulsiva m archa, “la soberanía se p re ­
se n ta b a a h o ra como lo que realmente es\ u n a facu ltad u n ita ria e
indivisible, in alienable y p e rp e tu a, orig in aria y ju ríd ic a m e n te
ilim itada”. Según concluye, “estos presupuestos sí e ra n capaces
de servir de cim iento a la idea y a la vertebración práctica, his­
tórica, del E stado".79
No es o tra cosa, en realidad, lo que señalaban, desde u n a
perspectiva o p u esta (la “tesis é p ica”) , tam bién los actores y o b ­
servadores latin o am erican o s del p e río d o , com o el m exicano
Carlos M aría de B ustam ante.

“Que la soberanía reside esencialm ente en la Nación y por lo


mismo pertenece a éste exclusivamente el derecho de estable-

78 La C o n stitu ció n de 1812, dice S ánchez Agesta, "se iba a elevar a u n m i­


to d el co n stitu c io n alism o e sp a ñ o l' (S án ch ez A gesta, Historia del constituciona­
lismo español, p. 84). Su estu d io , p o r lo ta n to , te n d ría u n in terés q u e trascen ­
d ería el p la n o e stric tam e n te histórico.
'9 V areia, L a teoría del Estado en los orígenes del constitucionalismo hispánico,
p. 430 (el d e stacad o es m ío).
cer sus leyes fundam entales.” ¡Qué dolor! Ha sido necesario el
decurso de m uchos siglos, el d erram am iento de m ucha san­
gre en la cam paña y el choque más derecho contra el fanatis­
mo y la ignorancia más servil, para deslindar esta verdad im­
portante y p resentar a la faz del universo una proposición tan
sencilla com o verdadera.80

Am bas tesis opuestas (la épica hispanista y la épica am erica­


nista) pivotan, d e hech o , sobre la base de un con ju n to de prem i­
sas com unes. La m ás im p o rtan te de ellas es la de la racionalidad,
en principio {es decir, m ás allá d e su aplicabilidad o n o al m edio
específico), de ios ideales liberales. A hora bien, tal percepción,
lejos de expresar u n m ero h ech o de la realidad, es sintom ática
del proceso de naturalización de u n a serie de presupuestos que,
hacia los años q u e nos ocupan, n o parecían aú n en absoluto au-
toevidentes p ara los contem poráneos. Y ello p o r motivos m ucho
más atendibles qu e la supuesta ofuscación de los sentidos p ro d u ­
cida p o r la persistencia de prejuicios y p reo cu p acio n es añejas.
Esto nos conduce fin aim en te a Ja cuarta de las fuentes d e anfi­
bología del lenguaje que preocupabán tanto a liberales com o ab­
solutistas (y que explica a las otras tres antes señ alad as).
El p ro b le m a crítico q u e se les planteó no era tan to la m ani­
pulación ilegítim a d e lenguaje, ya sea in v en tan d o n o m b re s sin
referen te, o c re a n d o neologism os p ara d esignar antiguos obje­
tos, o bien, fin alm en te, a p e la n d o a térm inos fam iliares p a ra le­
gitim ar fen ó m en o s in au d ito s (los tres tipos d e anfib o lo g ía de
los q u e hablábam os antes). El p u n to crucial es la co n cien cia o
sensación g e n e ra liz a d a de esta r e n fre n tá n d o se a n te u n fe n ó ­
m eno anóm alo, para el que no cabrían categorías que pudieran de­
signarlo apropiadamente. C om o señala el dip u tad o am ericano Lis-
p e g u c r en la sesión del 25 de e n e ro de 1811:

80 C arlos M aría d e B u sta m a n te , L a Constitución de Cádiz, o Motivos de mi


afecto a ia Constitución, M éxico, FEM, 1971, p. 28.
Téngase en ten d id o que este Congreso es muy diferente de laí
dem ás Cortes; su objeto ha sido otro. N inguna de las anterio­
res había tenido la soberanía absoluta; jam ás en ellas había el
pueblo exercido tanta autoridad. Este C ongreso no es Cortes,
es cosa nueva, ni sé qué nom bre se le pueda dar.81

A quello q u e n o se deja nom brar, que aparece sim plem ente


com o im posible de definir, no es sino la id ea d e u n poder constitu
yente. Esta laguna conceptual, sin em bargo, n o se debería ya sim­
plem ente a la persistencia de imaginarios tradicionales, de un len­
guaje que no co n ten ía nom bres p ara expresarlo. La p ro p ia idea
de un acto instituyente que no reconoce n in g u n a legalidad p ree­
xistente, de u n Congreso que habla en n o m b re de u n a voluntad
nacional a la q ue dice representar, p ero a la cual, sin em bargo, a
él mism o le toca constituir com o tal, q u e n o acepta, p o r lo tanto,
n in g u n a au to rid ad p o r fuera de sí m ism o, p e ro cuya legitim idad
dep en d e del postulado de la preexistencia d e u n a soberanía de
la que em anen sus prerrogadvas y que le haya conferido su auto­
ridad y dignidad, en suma, u n a entidad a la vez heteró n o m a y au
tocontenida, q u e debe afirm ar y neg ar al m ism o tiem po sus p ro
pias premisas, parecía conducir a paradojas irrem ediables.
Con el p o d e r constituyente irru m p e , p u es, algo q u e n o s<
dejaría d esig n ar co n viejos pero tampoco con nuevos nombres. L;
afirm ación de Varela a n te rio rm e n te citada n o s revela ya algu
ñas de las fisuras q u e em piezan e n to n c e s a m anifestarse (y, He
gado el m o m e n to , em pujarían a a b rir los p ro p io s “tipos idea
les” a su in te rro g a c ió n ). La id ea d e la so b e ra n ía “co m o un;
facultad un itaria, indivisible, inalienable y p e rp e tu a ” es, com<
señala Varela, la ú n ica capaz “d e servir de cim iento a la idea ’
a la vertebración práctica, histórica, del E stado”,82 y, sin em bar

81 Diario de Sesiones de las Corles, 2 5 / 1 / 1 8 ] ! , c ita d o p o r C ruz S eo an e, i


primer lenguaje constitucional español, p. 92.
8í! V arela, La teoría del Estado en los orígenes del constitucionalismo hispánia
p. 430.
go, resulta, al m ism o tiem po, destructiva de éste. P o r un lado,
p re su p o n e su alienación p o r p a rte del pu eb lo en sus rep resen ­
tantes, p u e sto q ue, al ser u n a facultad “u n ita ria e indivisible”,
n o se p u e d e c o n serv a r lu eg o de h a b e rse tra n sfe rid o , que es,
p o r o tro lad o , p re c isa m e n te a q u e llo q u e esa m ism a n o ció n
vuelve in co n c e b ib le , e n la m e d id a en q u e , p o r tra tarse justa­
m en te d e u n a facultad “u n ita ria e indivisible”, resulta tam bién
“in alien ab le y p e rp e tu a ”. En fin, aq u ella que, com o señala Va-
rela, constituye la p rem isa del E stado al m ism o tiem po choca­
ría siem pre c o n tra éste.
Esta a p o ría e m e rg ería e n las C ortes e n los debates suscita­
dos respecto de cóm o lo g rar la "rigidez constitucional La pre­
g u n ta q u e e n to n c e s se p lan te ó e ra ésta: u n a vez consagrado el
dogm a d e la so b eran ía popular, ¿cóm o p o d ían fijarse lím ites a
su ejercicio, cóm o evitar q u e aquellos q u e le d iero n origen a la
constitución se creyeran con d e re c h o a alterarla en el m o m e n ­
to que lo d esearan , sin m ás regla q u e su p ro p ia voluntad sobe­
rana? De lo c o n tra rio , d e n o p o d e r fijarse u n lím ite a su ejerci­
cio, la co nstitución sólo h a b ría d e establecer el p rincipio de su
p ro p ia d estrucció n. Lo ú n ico q u e q u e d a ría en Firme de ella se­
ría el p o d e r y la facultad de d e rro c a rla.83
Evitar esto, se p en sab a, su p o n ía la creación d e u n órgano
especial de revisión; es decir, la in m e d ia ta red u cció n del p o d e r
constituyente a p o d e r constituido, q u e es el ám bito en q u e n e­
c esariam en te se circu n scrib e la a c tu a c ió n de to d o C ongreso.
Com o afirm a Varela:

83 “H ay leyes —d ecía el d ip u ta d o a stu ria n o In g u an zo — qu e son p o r esen­


cia in a lterab les y otras, al c o n tra rio , q u e p u e d e n y d e b en variarse según los
tiem pos y circu n sta n cias. A la p rim e ra clase p e rte n e c e n aquellas q u e se lla­
m an, y son re a lm e n te , fundamentales, p o rq u e constituyen los fu n d am en to s del
estado, y d e stru id as ellas se d e stru iría el ed ificio social." Diario de Sesiones de
Uis Cortes, c itad o p o r V arela, La teoría del Estado en los orígenes del constituciona­
lismo hispánico, p. 363.
Los diputados liberales, al instituir el órgano de reform a consti­
tucional bien diferente de u na Asamblea Constituyente, venían
a reconocer objetivamente un hecho que debiera ser obvio, a
saber: que en el Estado sólo puede haber órganos consdtuidos,
lo que ante todo quiere decir que es en su norm a constitucional,
como norm a suprem a del ordenam iento jurídico, en donde re­
side realm ente la soberanía y no en la “N ación” o en cualquier
otro sujeto prejurídico [... ] El problem a del pouvoir conüiluanl
se reduce a un m ero problem a de competencias orgánicas: in­
dagar qué órgano y con qué procedim iento le corresponde a la
m áxima parcela de la soberanía en el Estado, la m áxima cuota
de su ejercicio: reform ar su Constitución.84

Para q u e b ra r esta suerte de mise en abíme h abía, pues, que


re d u c ir aquello que definía, ju sta m e n te , el carácter revolucio­
nario del proceso abierto en 1808 (la irru p ció n del p o d e r cons­
tituyente) a u n a cu estió n m e ra m e n te p ro ce d im e n tal: definir
bajo q u é circunstancias, e n qué plazos y siguiendo q u é norm as
se p o d ría eventualm ente alterar la carta constitucional. Se lle­
gaba así la p aradoja de p re te n d e r crear u n “p o d e r constituyen­
te c o n stitu id o ”, según la ex presión de Sánchez A gesta.85 Tras
esta p arad o ja, sin e m b a rg o , asom a u n a cuestión m u c h o más
fu n d am en tal; ella nos d escu b re las lim itaciones in h e re n te s al
p rim e r liberalism o esp añ o l. E n efecto, la im p o rta n c ia de la
irrupción del p o d e r constituyente oscureció, en realidad, aquel
aspecto clave para c o m p re n d e r la natu raleza d e este p rim e r li­
beralism o: en toda esta primera etapa la cuestión de la nación no ha­
bría aún de emerger como problema. Allí se nos revela, en fin, el sen­
tido p ro fu n d o del historicism o gaditano.

84 V arela, La leona del Estado en los orígenes del constitucionalismo hispánico,


p. 346.
85 Luís S án ch ez Agesta, I3rinápios de teoría política, M adrid, E d ito ra N acio­
nal, 1979, p. 329.
Al d ecir d e M en én d ez y Pelayo, éste se trataba d e un “e x tra ­
ño espejism o”, q u e Sánchez. A gesta explica p o r el g e n e ra liz a d o
rech azo al absolutism o, que h a c ía ver al pasado rem o to co m o
u n a su e rte de e d a d d o rad a e n q u e las libertades trad icio n ales
resistían todavía con éxito al im pulso centralista avasallador d el
p o d e r m o n á rq u ic o .86 N o ob stan te, tras esta invocación m ítica
del pasado —q u e, com o vimos, es efectivam ente tal, lo q u e n o s
llevó a relativizar su supuesto “tra d icio n a lism o ”— se e sco n d e ,
sin em b arg o , u n fu n d a m e n to m u c h o m enos ilusorio. Esto n o s
devuelve a la cuestión de la “h ib rid e z ” del lenguaje p olítico d el
p e río d o . Este se relaciona, n o c o n las ideas de los actores, co­
m o n o rm a lm e n te se in te rp re ta , sin o c o n la n a tu ra le z a d e las
p ro b le m átic a s q u e se e n c o n tra b a n e n to n c e s e n d e b a te .87 L a
o b ra d e o tro d e los voceros, ju n to co n Jovellanos, del “co n sti­
tucionalism o h istó ric o ”, Francisco M artínez M arina, a p o rta al­
gunas claves p a ra c o m p re n d er el sentido de este hibridism o dis­
cursivo del p erío d o .

86 L uis S ánchez A gesta, Historia del constitucionalismo español, p. 63. Este


rech azo al absolutism o, se ñ a la J o a q u ín V arela, se va a trad u cir, a su vez, e n
una d esco n fian za e n el p o d e r ejecutivo. V arela, “Rey, c o ro n a y m o n a rq u ía e n
los o ríg e n e s del co n stitu cio n alism o e sp a ñ o l, 1808-14”, Revista de Estudios Po­
líticos bb, 1987, p p . 123-195.
87 D ich a d istin ció n re su lta fu n d a m e n ta l p a ra c o m p re n d e r la n a tu ra le z a
del d e b a te político del p erío d o . La p e rc e p c ió n d e la p resen cia de motivos c o n ­
tradictorios, o p ro v e n ie n te s d e u niversos c o n c e p tu a le s diversos, n o es e n sí
m ism a u n a p ru e b a d e la in co n sisten cia d e los len g u ajes políticos d e u n p e río ­
do d a d o , sino q u e suele revelar, sim p le m e n te , u n a in ad ec u ació n del p ro p io
in stru m en to de análisis. Si c o n c e n tra m o s n u e stro e n fo q u e exclusivam ente en
el nivel d e la superficie d e los c o n te n id o s id eo ló g ico s d e los discursos, es m uy
n atural e n c o n tr a r m ixturas d e to d o g é n e ro , m ezclas in c o h e re n te s de m otivos
contradictorios, p e rd ié n d o se d e vista cuál es la lógica q u e los dispone (o, even-
tualm ente, cóm o d ich a lógica se fisura). En definitiva, lo q u e vuelve plausible
la p o stu ra d e G u e rra es el h e c h o d e q u e , e n u n p rim e r m o m e n to , h ab ría n ,
efectivam ente, d e su p e rp o n e rse , n o ta n to “id ea s”, sino problem áticas c o n tra ­
dictorias. La "hibridez" refiere a la n a tu ra lez a equívoca del cam po de refe re n ­
cias discursivo.
Para M artínez M arina, e n tre la n ació n y el p o d e r político
hay u n a diferen cia esencial. La p rim e ra , dice, es u n a e n tid ad
n a tu ra l, q u e existe en sí in d e p e n d ie n te m e n te de la v o lu n tad
d e los sujetos. Ésta a rticu la un sistem a esp o n tá n e o d e su b o rd i­
naciones sociales q u e e n c u e n tra n su raíz p rim e ra e n la a u to ri­
d a d p a te rn a . Para d e c irlo en térm in o s de A lthusio, la n ació n
con stitu ía u n a consociatio symbiotica.s& Sin em b arg o , p a ra M artí­
nez M arina, al c o n tra rio q u e p a ra A lthusio, e n tre estos víncu­
los naturales de su b o rd in a c ió n que constituyen a la n a c ió n y el
p o d e r político hab ía u n a d isco n tin u id ad radical. Las form as de
g o bierno, a d iferen cia de las n aciones, tie n e n u n o rig e n estric­
ta m e n te convencional; cam bian, p o r lo tan to , con el tiem po,
p u d ie n d o alterarse p o r la sola v o lu n tad d e sus m iem bros. “Ni
Dios ni la n a tu ra le z a ”, asegura, “obligan á los h o m b re s á seguir
precisam en te este ó el o tro sistem a de g o b iern o ".89 El “s u e ñ o ”
absolutista de u n a c o rre la c ió n estricta e n tre a u to rid a d p a te r­
n a (que es u n h e c h o n a tu ra l) y p o d e r m o n á rq u ic o (que es un
resu ltad o convencio nal), seg ú n dice, n o resiste el m e n o r an á­
lisis.90

88 La cien cia q u e la estu d ia te n d ría así u n alcan ce m ay o r q u e la política,


la cien cia d e la c iu d ad , la cual se su p e rp o n e e n to n c e s a u n a económica o cien­
cia d el hogar, p a ra c o n stitu ir la symbiótica. Esta e stu d ia rá a to d o s los g rupos
q u e viven e n c o m u n id a d o rg á n ic a , y las leyes d e su aso ciació n n a tu ra l. Althu-
sio la d efin e c o m o el a rte de estab lecer, cultivar y c o n serv ar e n tre los h o m ­
b res el lazo o rg án ico d e la vida social.
89 M a rtín ez M arin a, F ra n c isc o , Discurso sobre el origen de la monarquía,
p. 87.
90 C abe a c la ra r q u e n o e ra ésta la id e a d e A lth u sio d e u n a c o n tin u id a d
esencial e n tre o rd e n social y o rd e n p o lítico (lo q u e d em u e stra , u n a vez más,
la im posib ilid ad de e sta b le c er c o rre la c io n e s inequívocas e n tre d o c trin a s so­
ciales e id eo lo g ías). El c a rá c te r n a tu ra l d e los lazos d e su b o rd in a c ió n funda
e n A lthusio, p o r el c o n tra rio , u n a perspectiva “dem o crática", o p o n ie n d o , de
h ech o , a la m o n a rq u ía la id ea d e p o lia rq u ía com o la e x p re sió n m ás a u tén ti­
ca d e v ín cu lo po lítico o rg án ico .
La autoridad p atern a y el gobierno patriarcal, el prim ero sin
duda y único que p o r espacio de m uchos siglos existió entre
los hom bres, no tiene semejanza ni conexión con la autoridad
política, ni con la m o n arq u ía absoluta, ni con alguna de las
form as legítim as de gobierno adoptadas por las naciones en
diferentes edades y tiem pos. [...] La autoridad paterna bajo
la prim era consideración proviene de la naturaleza, precede
á toda convención, es in d ep en d ien te de todo pacto, invaria­
ble, incom unicable, im prescriptible: circunstancias que de
n in g u n a m an era convienen ni son aplicables á la autoridad
política, y m enos la m o n arq u ía absoluta. Este género de go­
bierno le introdujo el tiem po, la necesidad y el libre consen­
tim iento de los hom bres: es variable en sus formas y sujeto á
mil vicisitudes.91

En esta distinción c o n c ep tu a l q u e establece M artínez M ari­


n a se trasluce algo m ás q u e u n a m ezcla ideológica d e m o d er­
nism o y tradicionalism o: e n ella se co n d en sa u n rasgo objetivo
del discurso político d el p e río d o (que nos perm ite h a b la r de
“hibridez de las p ro b lem áticas”) . El proceso revolucionario que
estalla e n la p e n ín su la se fu n d a to d o , en últim a instancia, en
u n supuesto: el d e la p ree x iste n c ia d e la nación. De allí la afir­
m ación de que, d esap arecid o el m o n arca, la so b eran ía reverti­
ría n u evam ente en ésta. El poder constituyente que em erge en Cá­
diz e n c u e n tra aq u í su lím ite.
S eg ú n señalara A rto la e n Los orígenes de la España contempo­
ránea, “carecien d o p o r e n te ro de instrucciones o reglas de con­
d u c ta n o es ra ro q u e [los d ip u ta d o s] se sintiesen com o los
cre a d o res d e u n nu ev o p a c to social”.92 Esto, sin em bargo, da­

91 M artínez M arina, F ran cisco , Discurso sobre el origen de la monarquía, pp.


92-3.
92 M iguel A rtola, L oí orígenes de la España contemporánea, M adrid, Institu­
to de E studios Políticos, 1959, p. 395.
ría lu g a r a u n m a le n te n d id o (el cual se o b serva e n la e x p re ­
sión de G u e rra de qu e “se trata de fu n d a r u n a nación y de p ro ­
clam ar su so b eran ía y ele c o n stru ir a p a rtir de ella, p o r la p ro ­
m ulgación de u n a constitución, u n g o b iern o lib re ”) ,93 La id ea
de un p o d e r constituyente refe ría e stric tam e n te a la facultad
de estab lecer o a lte ra r el sistema de gobierno. El artícu lo 3 de la
C onstitución antes citado, en su red acció n original, hacía es­
to explícito:

La soberanía reside esencialm ente en la Nación, y por lo mis­


mo le pertenece exclusivamente el derecho de establecer sus
leyes fundam entales, y de adoptar la form a de gobierno que
más le convenga.0,1

El nuevo pacto social refu n d a ría el E stado, pero ello presu­


po n ía ya la Nación que pudiera hacer esto. La idea de la necesi­
d a d d e constituir a ia nación era a ú n inconcebible. A un cuando,
com o vimos, no había acu erd o respecto de cómo estaba consti­
tuida, y si su estru ctu ra era inm utable o cam biante con el tiem ­
po, algo q u e puede eventualm ente reform arse, n ad ie dudaba
de su existencia com o tal.9r’ Incluso para aquellos que concebían

93 Frangois-X avier G u erra , Modernidad e independencias, p. 175.


94 Diario de Sesiones de las Corles, 2 5 /8 /1 8 1 1 (esta ú ltim a e x p re sió n luego
se su p rim ió puesto q ue p o n ía en cuestión la p e rm a n e n c ia del sistem a m o n ár­
q uico, algo q u e u n sector im p o rta n te d e d ip u ta d o s n o estab a disp u esto a ha­
c er). N o e ra o tro el c o n c e p to orig in al d e soberanía. C o m o verem os en el ca­
p ítu lo c o rre sp o n d ie n te , éste su rg e a Fines d e siglo xvi co n J e a n B odin com o
asociado a la facu ltad del m o n a rc a de d a r y rev o car leyes. N o te n ía todavía
relació n a lg u n a co n la id ea de soberanía nacional, y, p o r su p u esto , m en o s aún
con la d e la facu ltad de constituir ésui.
96 "Hay, sin e m b a rg o , u n a p rim e ra acep ció n q u e , p o r en c im a de sus
feren cias, to d o s c o m p a rte n : ia n ación d esig n a al c o n ju n to de la M onarquía.
C om o lo h a m an ifestad o d e m an e ra p a te n te la re a c ció n u n á n im e d e sus ha­
b ita n te s d e los dos c o n tin e n te s , la n a c ió n e sp a ñ o la es u n a c o m u n id a d de
h o m b re s q u e se sie n te n u n id o s p o r u n o s m ism os sen tim ien to s, valores, reli-
su o rig e n com o co n v en cio n alm en te establecido, d ich o conve­
nio prim itivo se e n c o n trab a , p a ra ellos, siem p re ya presupues­
to en el c o n c e p to de u n p o d e r co n stitu y en te.90 Las declaracio­
nes de J u a n N icasio G allego, q u e A l tóla cita c o m o ejem plo de
la e m erg en cia de u n a visión pactista de lo social d e corle “rous-
se au n ia n o ”, m u estran a las claras esta d o b le d im en sió n del con­
cep to (lo q u e revela q u e la cuestión de la p ree x iste n c ia d e la
nación no se relacio n a estrictam ente con el c a rá c te r —tradicio­
nal o m o d e rn o — de las referencias c o n c e p tu a le s ):

U na nación —dice Gallego—, antes de establecer sus leyes consti­


tucionales y adoptar una forma de gobierno es ya una nación, es de­
cir, una asociación de hom bres libres que han convenido vo­
luntariam ente en com poner un cuerpo m oral, el cual ha de
regirse po r leyes que sean el resultado de la voluntad de los in­
dividuos que lo form an y cuyo único objeto es el bien y la uti­
lidad de toda la sociedad.97

E n definitiva, la cuestión relativa a la existencia d e la nación


escapaba al universo práctico d e problem as de este p rim e r li­
beralism o (era u n a cuestión p u ra m e n te “téc n ica ”, para Argüe-

gión, co stu m b res y, so b re to d o , p o r u n a c o m ú n lealtad al rey. En este sen ti­


do, la u n id a d d e la nación es u n d a to ex p erim en tal q u e n o a d m ite o p o sició n .”
Fran^ois-X avier G u e rra , Modernidad e independencias, p p , 324-5.
Esto s u p o n ía q u e el acto p rim itivo de a rtic u lac ió n d e l o rd e n po lítico
d eb ía acep tarse d e a h o ra en m ás co m o u n h e c h o sie m p re ya verificado. Si es­
tas C o rtes Fueron co nstitu y en tes, ex p licab a G u rid i y A lcocer, fue p o rq u e “e n ­
c o n tra n d o a la m o n a rq u ía sin C o n stitu ció n , p o r n o esta r e n uso d e sus leyes
F undam entales, las re sta b le c ie ro n , lo cual n o h a rá n las C o rte s Futuras, p o r­
que ya n o h a b rá n e c esid ad d e e llo ” (Diario de Sesiones de Cortes, 1 8 /1 /1 8 1 i).
Q ue se tra ta b a d e un c u e rp o constituyente, aseg u rab a A rguelles, "era d e cir tá­
citam en te q u e n o p o d ía se r p e rp e tu o ". A rguelles, El Semanario Patriótico 38,
7 /1 2 /1 8 1 0 , p. 129.
97 C itad o p o r A rtola, Los orígenes de la España contemporánea, p. 409 (el des­
tacado es m ío ).
lies, que n o ten ía sentido d e b a tir).9u C om o G u erra m ism o se­
ñala, el p ro p io alzam iento revolucionario q u e h ab ía dado ori­
g en al p o d e r c o n stitu y e n te ( “u n a in su rre c c ió n p o p u la r ”, en
palab ras de A rguelles, “en q u e la n ació n d e h e c h o se h a b ía
rein teg ra d o a sí m ism a en todos sus d e re c h o s ”) h a b í a tam ­
bién d a d o p ru e b a de la e n tid a d d e a q u é lla .100 La id ea de la
preex isten cia d e la n ació n era, en ú ltim a instancia, el d ato a
p a rtir del cual se levantaba el edificio constitucional gaditano
y la prem isa de la que los nuevos p o d eres representativos tom a­
b an su legitim idad.101 Puesta ésta en en tre d ic h o , todo el discur­
so del p rim e r liberalism o hispano se d e rru m b aría . P ero n o es
en la p en ín su la q u e ello hab ría de ocurrir. Llegam os así al p u n ­
to fu n d am en tal q u e m arca la dinám ica diferencial e n tre la pe­
nínsula y las colonias: sólo en las colonias h a b rá , efectivam en­
te, de p lan te arse la n ecesid ad d e crear, en el m ism o acto de

98 "No se tra ta a q u í”, se excusaba, “de id eas técn icas o filosóficas sobre el
estad o prim itivo d e la so c ie d a d ”. Diario de Sesiones de Cortes, 2 5 /8 /1 8 1 1 .
59 A rguelles, La reforma constitucional de Cádiz, p. 215.
100 “La u n a n im id a d y la in te n sid a d d e la re a c ció n p atrió tica, el re ch azo
p o r la p o b lació n d e u n as ab d ica cio n es a las cu ales n o h a d a d o su c o n se n ti­
m ien to , re m ite a alg o m u c h o m ás m o d e rn o : a la n a c ió n y al se n tim ie n to n a ­
cional" (Fran^ois-X avier G u e rra , Modernidad e. independencias, p. 121). “L a co­
m u n id a d d e se n tim ie n to s y d e valores es tan g ra n d e y el re ch a zo a! en e m ig o
ta n g e n e ra l, q u e esta u n id a d va a serv ir d e b a se a la c o n stru c c ió n d e u n a
id e n tid a d n ac io n a l m o d e rn a [...] Esas g lo rias so n las d e u n a E sp añ a —en
sin g u lar— ú n ica, q u e se su p o n e e x is te n te d e sd e los m ás le jan o s tiem p o s"
(ibid.. p. 162).
101 P ara M artínez M arina, su o rig en d a ta det siglo xir, c u a n d o el p u e b lo
es convocado p o r p rim e ra vez a C ortes. “El p u e b lo , q u e rea lm e n te es la n a­
ció n m ism a y en q u ien reside la a u to rid a d so b e ra n a , fu e llam ado a u n augus­
to co n g reso , a d q u irió el d e re c h o d e voz y voto e n las co rtes de q u e h ab ía es­
tad o privado, tuvo p a rte e n las d e lib e ra c io n e s, y sólo él fo rm ab a la
rep resen ta ció n n acional: revolución política q u e p ro d u x o los m ás felices re­
sultados y p rep aró la reg en eració n d e la m o n arq u ía . Castilla com enzó en cier­
ta m an e ra á ser u n a n ació n ." M artínez M arina, Francisco, Discurso sobre el ori­
gen de la monarquía, p. 133.
co nstitución del o rd e n político, tam b ié n aq uella e n tid a d a la
que éste d eb ía re p re se n ta r (la n ación). La p reg u n ta fun d am en ­
tal allí ya n o será v erd a d e ram e n te cómo estaba constituida la na­
ción sino cu á le ra ésta. Más allá del m ayor tradicionalism o o no
de las ideas de los actores, la revolución am erican a pro d u cirá
así u n a segunda ru p tu ra en el nivel de las problem áticas subya­
centes. El p rim e r liberalism o hab ía com en zado a p e la n d o a la
historia y las tradiciones p a ra term in a r e n c o n tra n d o en ellas su
negación: el p o d e r constituyente. Lo q u e e m erg erá ah o ra será
la p re g u n ta resp ecto d e cóm o se constituye, a su vez, el propio
p o d e r co n stituyente, lo q u e resultará, com o verem os, en u n a
nueva inflexión con cep tu al.
Pueblo / Nación / Soberanía

S¡, tal corno se ha visto, la originalidad de un pensamiento


político reside sólo excepcionalmente en cada una de las
ideas que en él se coordinan, buscar la fuente de cada una
de ellas parece el camino menos fructífero (a la vez que
menos seguro) para reconstruir la historia de ese
pensamiento.

Tuno Halperin Donghí, Tradición política española e


ideología revolucionaria de Mayo

Las sin u o sid a d es q u e se o b se rv a n e n el p rim e r lib e ra lis ­


m o esp añ o l, d e te rm in a d a s p o r las tensiones p ro p ias al d isc u r­
so co n stitu cio n alista h istó rico , resu lta n ilustrativas, en ú ltim a
instancia, d e u n a c u e stió n m ás g e n e ra l d e o rd e n e p iste m o ló ­
gico.
Según señalan distintos autores, e n tre ellos Pocock y Skin-
ner, si b ien la dinám ica de los cam bios en los lenguajes políti­
cos conlleva rearticulaciones drásticas de sentido, las novedades
lingüísticas siem pre d e b e n a ú n legitim arse según los lenguajes
preexistentes. Y esto nos e n fre n ta ante la paradoja de cóm o con­
ceptos inasim ilables d e n tro de su universo sem ántico p u e d e n ,
no obstante, resultar com prensibles y articulables d e n tro del vo­
cabulario disponible (p u esto q u e de lo co n trario n o p o d ría n
circular socialm ente); cóm o éstos se despliegan en el in te rio r
de su lógica, socavándola.
En este m arco, ciertos térm in o s cobran relevancia en tan ­
to q u e a c tú a n e v e n tu a lm e n te co m o conceptos bisagra, esto es,
categorías q ue, en d e te rm in a d as circunstancias, sirven de pi­
vote e n tre dos tipos discursos in conm ensurables c a tre sí, c o n ­
virtiéndose así e n núcleos d e co n d ensación de problem áticas
h istórico-conceptuales m ás vastas.3 En L a génesis del mundo co-
pem icano, H ans B lu m en b e rg n o s ofrece alg u n o s ejem p lo s de
ello.2
S egún m uestra dicho autor, la astronom ía c o p e rn ica n a n e­
cesariam ente se levanta a p a rtir d e las prem isas del p en sam ien ­
to escolástico-m edieval y e n tro n c a con él. Este a p o rta el bagaje
categorial que, p o r u n lado, C o p érn ico e n c u e n tra d isponible a
fin d e im aginar u n universo en el que nu estro p lan e ta aparez­
ca desplazado a u n lu g a r ex c én tric o al m ism o, así co m o , p o r
o tro lado, regula los criterios de aceptabilidad de esa nueva doc­
trin a.3 De hecho, señala B lum enberg, la cosm ología co p ern ica­
n a surge m ás bien de u n in te n to de salvar la física aristotélica
q u e d e alguna vocación p o r destruirla. Sin em bargo, y a pesar
de ello, term in a utilizando los m ism os principios aristotélicos
p a ra subvertir su concepción física en su p ropia base.4 P ara que
ello resultara posible fue necesario antes, sin em bargo, u n p ro ­
ceso d e aflojamiento d e su sistem a q u e a b rie ra a q u e lla latitud

1 E n c o n tra m o s a q u í la d istin ció n q u e estabtece K oselleck e n tre histo ria


d e “id e a s” e h isto ria d e “co n cep to s". “U n a p alab ra —d ice— se c o n v ie rte en
u n c o n c ep to si la to talid ad de u n c o n te x to de ex p e rien cia y significado socio-
p o lítico , en el q u e se usa y p ara el q u e se usa esa p alab ra, pasa a fo rm a r p a r­
te g lo b a lm en te d e esa ú n ica p alab ra." R e in h a rt K oselleck, Futuro pasado. Pa­
ra u n a semántica de los tiempos históricos, B arcelona, Paidós, 1993, p . 117.
‘¿ V éase H an s B lu m en b erg , Die Genesis der kopemikanischen Welt, F ra n c fo rt
d el M ein, S u h rk am p , 1996, Allí B lu m en b e rg estu d ia el caso d e d o s c o n c e p ­
tos bisagra, esto es, dos p rin c ip io s d e la astro n o m ía an tig u a q u e c u m p liría n
fu n c io n e s análogas a dos d e las c ate g o rías clave q u e h ic ie ro n p o sib le la re ­
v o lu ció n a stro n ó m ic a m o d e rn a : las n o c io n e s d e appetentia p artium (la te n ­
d e n c ia d e las p artes a u n irs e ), p a ra la ley d e g ravedad, y la d e Ímpetus, p a ra la
inercia. Al respecto, véase Paki, “H an s B lu m en b erg (1922-1996): so b re la his­
to ria, la m o d e rn id a d y los lím ites d e la razón", Aportas, p p . 83-312.
3 H an s B lu m en b erg , op. cit., p. 155.
4 D e este m o d o , B lu m en b e rg se d istan ciaría tan to d e las v ersio n es “vul-
can istas” (q u e im ag in an las ru p tu ra s co n ce p tu a les c o m o a b ru p ta s reco n fig u ­
racio n es d e sen tid o ) co m o d e las “n e p tu n ia n a s” (q u e ven éstas c o m o el re­
su ltad o de u n larg o p ro ceso d e tran sfo rm acio n es g rad u ales).
( Spielraum ) en la cual la revolución co p em ican a se volviera con­
cebible; a u n q u e n o p o r ello la a n tic ip a b a .5 La trayectoria de la
inflexión d e la que nace la física m o d e rn a ilustraría así lo que
llam a la historia de efectos ( Wirkungsgeschichte) p o r la cual u n nue­
vo im aginario cobra form a.
La ru p tu ra conceptual que venim os analizando cabría igual­
m en te e n te n d e rla com o u n a historia de efectos. Esta perspectiva
expresa m e jo r la serie de desplazam ientos p o r los cuales se fue­
ro n e n to n c e s to rsio n a n d o los lenguajes, cóm o form as de dis­
curso rad icalm en te incom patibles con los im aginarios tradicio­
nales n a c e ría n , sin em b arg o , d e reco m p o sicio n es operadas a
p a rtir de sus propias categorías. La id ea de la yuxtaposición de
ideas tradicionales y m o d ern a s b rin d a u n a im agen, si n o desa­
certada, sí algo p o b re y d eficiente d e los fenóm enos de trasto-
c am iento de los vocabularios políticos, puesto que n o alcanza
a ú n a c o m p re n d e r esa p a ra d o ja de có m o nuevos horizontes
co n cep tu ales irru m p e n en el seno d e los viejos, se despliegan
y e n c a d e n a n d esd e el in te rio r d e su m ism a lógica, al tiem po
que la desarticulan.
En este p u n to , es necesaria u n a distinción. Las razones de
por qué la vacancia del p o d e r puso en crisis el im perio parecen
obvias. La p reg u n ta que aquí subyace, e n cambio, no es tan fácil
de responder: p o r qué tal h ech o m inó a la monarquía com o tal.
La p rim era cuestión responde a razones de índole estrictam en­
te fáctica; la segunda, p o r el contrario, involucra algo más, que
no se lim ita al o rd en de lo sim bólico, p ero que lo com prende.
Esta precisión se e n c u en tra en la base de la revolución historio-
gráfica producida p o r G uerra. Sin em bargo, a esta prim era p re­
cisión es necesario adicionar u n a segunda. El socavam iento de
los fu n d am en to s conceptuales en que se sostenía la institución
m o n árq u ica n o p o d ría explicarse sim plem ente p o r la em ergen­
cia, a su vera, de o tro p rincipio de legitim idad antagónico, lo

5 H a n s B lu m en b erg , op. á t., p. 158.


cual, com o señala el propio G uerra, va a ser, en realidad, el p u n ­
to de llegada de la crisis y no su punco de partida. P o r esa misma
razón, au n q u e no fueron extrañas a tal hecho, tam poco se po­
dría atribuir sólo a la influencia de las ideas extranjeras, la cual
debería todavía ser ella misma explicada (cóm o éstas pudieron
cobrar tal influencia, cuáles fueron sus condiciones de recepción
local). En definitiva, se trata de c o m p re n d e r cóm o la vacancia
del p o d e r m inó los principios tradicionales d e legitim idad des­
de dentro, perm itiendo así el tipo de torsiones conceptuales que
term in arían p o r dislocarlos, volviendo m anifiestas, e n fin, las
contradicciones que éstos contenían. E ncontram os aquí nuestro
prim er eslabón en la cadena de efectos que dará com o resulta­
do la m utación conceptual de la que habla G uerra: si la crisis del
sistema político llevó al discurso político hispano a reen co n trar­
se con sus tradiciones pactistas neoescolásticas, lo que resurgiría
con ella, com o verem os, no serían tanto sus postulados fundamenta­
les como sus dilemas nunca resueltos.

El pactismo neoescolástico y sus aporías

El neoescolasticism o esp añ o l va a fijar e n el p en sam ien to


político occidental, m ás q u e u n a teo ría política o un c o n ju n to
de conceptos y categorías, u n a p roblem ática, esto es, u n a fo r­
m a característica d e in te rro g a rse so b re los o ríg en es y fu n d a ­
m entos del o rd en político.6 C oncebida orig in ariam en te com o

6 “Existe e n to n ce s —señala H alperin D onghi— u n a p ro b lem ática com ún,


qu e d a c ie rta u n id a d el p e n sa m ie n to p o lítico e sp a ñ o l del seiscientos. Esta
u n id ad está h ech a, m ás q u e de coherencia, de m o n o to n ía: n o se advierte m uy
bien q u é n e x o racio n al p u e d e h allarse e n tre los d istin to s tem as p refe rid o s
p o r la ate n c ió n de los tratadistas d e la política en esta c en tu ria; p e ro es ya u n
hech o n otab le q u e casi todos ellos hagan, en el m uy am p lio haz d e ternas q u e
la trad ició n les o frecía, u n a elección casi idén tica. A fuerza de h allarlos se ad­
vierte q u e lo q u e los u n e es u n a c o h e re n c ia h istórica, si n o lógica; el p en sa­
u n m o d o d e p e n sar los lím ites del p o d e r regio, la idea pactista
neoescolástica c o n te n ía, sin em bargo, u n a a m b ig ü e d ad fu n d a­
m ental.7 De a c u e rd o con ese co n cep to , la v o lu n tad p o p u la r se
e n c o n trab a e n el o rig en d e la institución m o n árq u ica, p e ro no
era su fu n d am e n to . Si el postulado de la existencia de u n co n ­
trato prim itivo e n tre el m o n arc a y su p u e b lo c o n stitu ía la base
para fu n d ar su legitim idad, no e ra en fu n ció n d e su o rigen con-
sensual sino de los fines que le ven d rían , e n consecuencia, ado­
sados a su posición de cabeza del rein o y c e n tro a rticu la d o r de
la c o m u n id a d política. E n el im aginario del A ntiguo R égim en,

m ien to político p arec e a h o ra u n a reacció n —in te re sa n te co m o sín to m a— an ­


te situacio nes históricas cuyo c o n te n id o p ro b lem á tic o alca n zab an los escrito ­
res políticos a adivinar, p e ro n o a carac te riza r seg ú n sus rasgos m ás p ro fu n ­
dos y esenciales, y m u c h o m e n o s a resolver.” V éase T u lio H alp erin D o n g h i,
Tradición política española e ideología revolucionaria de Mayo, B uenos Aires, C e n ­
tro E d ito r d e A m érica L atin a, 1988, p. 50.
7 La id ea d e u n p ac to p rim itiv o e n tre el p u e b lo y el m o n a rc a c o b ró su
fo rm a m ás e la b o ra d a p re c isa m e n te e n E sp añ a en tiem p o s d e la C o n tra rre ­
form a. Esto co incide c o n el re n a c im ien to del tom ism o, cuyo c e n tro se e n c o n ­
trab a e n la U niversidad d e París. Allí e stu d ió F rancisco d e V itoria, q u ie n , co­
m o titu lar d e la c áte d ra de teología en Salam anca d esd e 1526 hasta su m u erte
en 1546, fo rm a ría el n ú c le o d e u n a p rim e ra g e n e ra c ió n d e p e n sa d o res,
m iem b ro s e n su m ayoría d e la o rd e n d e d o m in ico s a la q u e p e rte n e c ía V ito­
ria, q u e es la q u e sien ta las bases d e las d o ctrin a s q u e, e n la se g u n d a m itad
del siglo xvi y la p rim e ra m ita d dei siglo sig u ien te, d e sa rro lla ría n los jesuítas,
cuyos re p re se n ta n te s m ás salientes son Francisco Suárcz y Luis d e M olina. Pa­
ra u n a visión g e n e ra l del p e n sa m ie n to español d el p e río d o , véanse F rederick
C oplesto n, A History ofPhilosophy, vol. III: Ochham to Suúrez, W cstm inster, New-
m an B ookshop, 1953; Luis A lonso G etino, El maestro fr. Francisco de Vitoria, Ma­
d rid , s / n ., 1930; B em ice H a tn ik o n , Political Thought in Sixkenth-Century Spain,
O xford, C la re n d o n Press, 1963; Jo sé A n to n io M aravall, Teoría española del es­
tado en el siglo xvn, M adrid, In stitu to de Estudios Políticos, 1944; Pierrc Mcs-
n a rd , L' essorde la philosophie poUtique au XV/e siécle, París, Boivin & Cié,, 19‘J6;
Q u e n tin Skin ner, The Foundalions o f M odem Political Thought, C am b rid g e,
C a m b rid g e U niversity Press, 1988, y Reijo W ilenus, The Social and Political
Theory o f Francisco Suárez, H elsinski, Socieias P h ilo so p h ica F cnnica, 1963.
n in g u n a voluntad h u m a n a p o día, p o r sí m ism a, to m a r legíti-
m o u n o rd e n a m ie n to político, sino sólo e n la m ed id a en que
ésta coincidiera con el designio divino, es decir, q u e se conci­
llara con los prin cip io s etern o s de ju sticia (u n a sociedad de ca­
níbales, form ad a con el ú n ico fin de com erse u n o s a otros, no
p o día, obviam ente, ser legítim a p o r m ás q u e ello coincidiera
con la voluntad de sus m iem b ro s).8 En este p u n to , sin em b ar­
go, es necesaria u n a distinción conceptual.
La voluntad fo rm a p arte fu n d an te de la legislación h u m a­
n a ( ius ), a diferencia d e la divina y la natu ral (fas), que son con­
n aturales al h o m b re y, p o r lo tanto, in d e p e n d ie n te s de su vo­
lu n tad . Sin la m ediación de la voluntad n o h a b ría legislación
civil ni, p o r lo tanto, o rd e n político alguno. P e ro la voluntad
que allí se m en ta n o es la d e los súbditos, sino la del legislador.
Ésta constituye la co n d ició n necesaria y suficiente p ara la vali­
dez de la n orm a; en la m ed id a en q u e la facu ltad d e legislar se
e n c u e n tra a d h e rid a a su función, le es coesencial (“dam os p o r
supuesta la existencia en el legislador”, aseg u rab a Suárez, “de
p o testad p a ra obligar; luego si se d a ta m b ié n la v o lu n ta d de
obligar, n a d a m ás p u e d e necesitarse p o r p a rte de la volun­
ta d ”).9 Esto aclara la naturaleza del co n cep to pactista neosco-
lástico.
En co n tra de lo q u e h a b ría de in te rp re ta rse , éste era, fun­
dam en talm en te, u n a teo ría de la obediencia; buscaba señalar
p o r qué, si bien en la base de to d a c o m u n id a d política se e n ­
c u en tra siem pre u n acto de voluntad, ésta n o es la voluntad po­
pular. P ero es aquí tam bién que aparece aquella am bigüedad
antes m encionada. En últim a instancia, la ap elación a la idea
de justicia buscaba al m ism o tiem po sostener la trascendencia

8 “N o p u e d e h a b e r R epública sin ju sticia”, d ecía S an ta M aría, “ni Rey q u e


m erezca serlo si n o la m a n tie n e y la conserva", Fr. J u a n d e S anta M aría, Tra­
tado de República y Policía cristiana. Para Reyes y Principes y para los que en el go­
bierno tienen ju j veces. V alencia, P e d ro P atricio Mey, 1619, p . 96.
9 Francisco S uárez, De legibus, M adrid, CSIC, 1971, lib. i, cap. IV , p. 71.
del p o d e r del soberano respecto de sus súbditos y m arcar los lí­
m ites puestos a su voluntad. La figura del pacto originario in­
dicaba, ju sta m e n te , el h e c h o de que la facultad q u e le había si­
do con ferid a al legislador p o r Dios m ism o, le h a b ía sido dada
n o p a ra pro v ech o p erso n a l, sino p a ra p e rse g u ir el b ien de la
c o m u n id a d .10 Y, de este m o d o , en el m ism o acto de sostener su
legitim idad, en la m ed id a en q u e la idea pactista p erm itía dis­
tinguir un a u tén tico m o n arc a de un déspota, a b ría tam bién las
p u ertas a su eventual deposición, es decir, consagraba el d ere­
cho legítim o d e sed ició n .11 Si p a ra los neotom istas españoles
no era v e rd a d e ram e n te al p u e b lo a quien le tocaba ju zg a r so­
b re la legid m id ad o n o d e l m onarca, sino a Dios m ism o, la re­
volución regicida inglesa m ostraría, sin em bargo, los intrinca­
dos y co n tro v e rtid o s m ed io s p o r los q u e A qúél p o d ría h acer
efectivos sus fallos.12
El p en sam ien to absolutista in te n ta rá entonces apartarse de
sus fu n d a m e n to s pactistas, id e n tific a n d o a! s o b e ra n o com o
em anación in m e d ia ta d e Dios, sin poder, sin em bargo, nu n ca
lograrlo p o r com pleto, p u e sto q ue, ju n to con la id ea de límites

10 “P o rq u e los p re la d o s se llam an p asto re s en razón a q u e h an d e d a r la


vida p o r sus ovejas; y ad m in istra d o re s, n o d u eñ o s; y m inistros de Dios, n o cau­
sas prim eras. L u eg o e n el e jercicio d el p o d e r, están o bligados a acom odarse
a los p ro p ó sito s d ivinos.” S uárez, De legibus, lib. l, cap. VII, p. 133.
11 Q u ien d esarro lla este tó p ic o es J u a n de M ariana en De Rege ei Regis Ins-
íitutione. Este asp ecto d e l p e n sa m ie n to d el siglo xvn fu e en fatizad o p o r Fig-
gis a fin de traz ar u n a lín e a in te rru m p id a q u e lleva del escolasticism o espa­
ñ o l al p e n s a m ie n to re v o lu c io n a rio b ritá n ic o del siglo xvn (véase J o h n N.
Figgis, Political Thought from Cerson to Crotius, 1414-1615, N ueva York, I-Jarper
T orchbooks, 1960). P o r el c o n tra rio , p a ra L abrousse, tal ex acerb ació n de la
política c o n te n ía la sim ien te d el to talitarism o c o n te m p o rá n e o (véase R oger
L abrousse, L a doble herencia política de España, B arcelona, Bosch, 1942).
12 AJlí conv erg e u n a larg a trad ició n rad ical in icialm en te e la b o ra d a en el
m arco d e la lu c h a d e las c iu d ad e s italian as c o n tra las am b icio n es im periales,
cuyo prin cip al vocero fu e B artolo d e S ax o ferrato , y que, a p e la n d o al an tig u o
d e re c h o ro m a n o , d e fe n d e ría el d e re c h o d e in su rrecció n po p u lar.
a su poder, caían tam bién n ecesariam ente los fu n d am e n to s de
su legitim idad. En últim a instancia, el refo rzam ien to absolutis­
ta del o rig en tra sc e n d e n te d e la so b eran ía, q u e h ace d e ésta
u n a facultad indivisible e inalienable, lejos d e resolver el p ro ­
blem a de su legitim idad, sólo h a ría aun m ás m anifiesta la do­
ble naturaleza del m o n arc a,13 distinguiría todavía de m odo más
tajante su corpus mysticum (su investidura, q u e n o m u ere ) de su
corpus verum, en tan to ser m ortal (“cuanto m ás e ra exaltada la
s o b e ra n ía ”, señ alab a O tto G ierke, “m ás fu rio sa se to rn a b a la
d isputa acerca de su ‘S u jeto ’ o p o rta d o r”) ,14 distancia que, lle­
gado el m om ento, term in a rá a p arecien d o com o señalando un
abism o insalvable.
Más allá de sus eventuales consecuencias prácticas conflic­
tivas, las co n cep cio n es pactistas tradicionales c o n te n ía n p ro ­
blem as conceptuales fundam entales. En prim er lugar, hacían sur­
gir la cuestión de cóm o el m o n arc a po d ía ser al m ism o tiem po
parte del pacto y su resu lta d o .15 La idea de u n c o n tra to origi­
n ario en tre el m o n arca y sus súbditos p resu p o n ía ya su existen-
cia, lo que de m odo inevitable volvía a p la n te a r la cuestión de
su origen. Algo m ás grave aú n, sea que el so b e ra n o existiera
previam ente o q u e surg iera con el p ropio p acto, en cualquie­
ra d e am bos casos la id ea d e u n c o n tra to prim itivo su p o n ía
siem pre la preexistencia del pueblo. Esto d aría n acim ien to , a
su vez, a las teorías del doble pacto. El pactum subjectionis e n tre
el pueblo y su soberano h a b ría sido p reced id o p o r el pactum so-
detatis p o r el que se constituyó el p rim ero . La id ea de u n se­

13 Véase E rn st H . K antorow icz, The K ing’s Tiuo Bodies. A Study in Mediae-


valPolitical Theology, P rin c e to n , P rin c eto n U niversity Press, 1981.
14 O tto G ierke, Natural Law and the Theory ofSodely, 1500 lo 1800, Boston,
Beacon Press, 1957, p. 41. El o b jeto fu n d a m e n ta l q u e o rg an izab a el p en sa ­
m ie n to co n trarre fo rm ista era, ju s ta m e n te , el de re fu ta r ia tesis lu te ra n a d e la
g racia co m o el rasgo d istintivo de u n m o n a rc a leg ítim o , p u e sto q u e, co m o
o cu rriría co n el calvinism o, llevaba fácilm en te a ju stific a r el tiran icid io .
15 Véase Tulio H a lp e rin D o n g h i, Tmdición política española, p p . 23 y ss.
g u n d o p a c to p e rm a n e c e rá siem p re, sin e m b a rg o , co m o p ro ­
blem ática. M ientras q u e el p rim e r pacto (el pactum subjedionis)
te n ía un sen tid o claro, q u e e ra im p o n e r lím ites m etapositivos
a la v o lu n ta d del so b eran o , n o o c u rría así c o n el seg u n d o , el
cual no te n d ría o tro objeto q u e volver co m p re n sib le aquél. De
este m o d o , sólo trasladaría a o tro te rre n o la m ism a serie d e in­
terro g an te s q u e p lan teab a el p rim e ro (¿podía d ich o p acto re­
vocarse?, ¿en q u é circunstancias?; de ser esto posible, ¿cuál se­
ría el estado resultante?, etc.), e n el cual, sin e m b a rg o , ya no
e n c o n tra ría n solución p o sib le .16 En definitiva, la id ea d e un
pactum societatis e ra n e c e sa ria p a ra p o d e r c o n c eb ir, a su vez,
el pactum subjeclionis, sin resu lta r ella m ism a c o m p le ta m e n te
concebible.
El p u n to crítico es q u e este se g u n d o p a c to p a re c ía te n e r
im plícita la id ea de u n estado presocial o rig in ario , d a d o que
sólo esto ju stificaría la realización de u n p acto constitutivo, lo
q u e era sim plem ente im p en sab le en los im aginarios tradicio­
nales, p u esto q u e p arecía c o n d u c ir al p rin cip io “h e ré tic o ” ele
la génesis artificial —convencionalista— del o rd e n social.’7 Por
cierto, no e ra así p ara el p en sam ien to p o lítico ncotom ista. La
idea tradicional de u n estado de naturaleza n o co n tra d ec ía , sino
que p resu p o n ía, la de la naturaleza social del h o m b re .18 Ese es­
tado previo a la existencia d e toda legislación positiva no era,
p a ra éste, ex tra ñ o a to d a n o rm a, sino aq u el e n q u e sólo regía

16 "El pactum soáetatis—afirm a H a lp e rin D o n g h i— o fre c e así un;i ju stifi­


cación m e n o s fácil, u n a u tilid ad m e n o s ev id en te e n el p la n o ju ríd ico -p o líti-
co q u e el pactum subjedionis-, n o tie n e n a d a d e e x tra ñ o q u e se lo m en c io n e
m en o s fre c u e n te m e n te , q u e a u n los a u to re s q u e lo in tro d u c e n en sus espe­
c u lac io n es lo in te rp re te n d e m o d o q u e a te n ú a sin d u d a su h e te ro g e n e id a d
radical con la trad ició n cristian a m edieval, p e ro a la vez le q u ita relev an cia.”
T ulio H a lp e rin D o n g h i, Tradición política española, p. 24.
17 Véase T ulio H alp erin D onghi, Tradición política española, p. 24.
18 Al resp ecto , véase B. Rom eyer, “La T h é o rie S u arézien n e d 'u n état d e
n a tu re p u r é ”, Archives de Philosophie 18, 1949, p p . 37-63.
la ley natural ,19 in n ata en los hom bres, y q u e em anaba de Dios y
los co m u n icab a de in m ed iato con Él.20 La p re g u n ta que esto
p lanteaba (y que term inaría c o n d u c ie n d o a Locke y, más allá, a
Rousseau) e ra qué p o d ía entonces llevar a éstos a a b a n d o n ar tal
estado idílico de libertad primitiva, gobernados sólo p o r los idea­
les de ju sticia natural, re n u n c ia r a ésta p a ra som eterse a la vo­
luntad de u n o de ellos. En todo caso, qué po d ía obligarlos a h a­
cerlo, puesto que, de lo conü-ario, la génesis de la soberanía sería
algo accidental, pro d u cto de circunstancias fortuitas (y, p o r lo
tanto, eventualm ente disp utables). La id ea de un pactum sociela-
tis, im pensable ella m ism a p ero necesaria, d e todos m odos, p a­
ra p o d e r p e n sar el pactum subjectionis, term inaría así volviendo a
éste incom prensible (o, p e o r aún, algo perverso: “si el h o m b re
nace natu ralm en te libre, súbdito ún icam en te del C re a d o r”, se­
ñalaba Suárez, “la autorid ad h u m an a aparece com o contraria a
la naturaleza e im plica la tira n ía ”) ,21

19 El to m ism o establecía u n a estricta je ra rq u ía e n tre los distintos tipos d e


leyes, e n tre las cuales d istin g u ía c u a tro fu n d a m e n ta le s: la lex eterna q u e es la
q u e g uía la c o n d u c ta divina, la lex divina q u e D ios reveló in m e d ia ta m e n te a
los h o m b re s en las escrituras, la lex naturalis, q u e El im p lan tó e n los co razo ­
n es de sus siervos a fin d e q u e p u d ie ra n se g u ir sus designios, y la lex civiles,
q u e es la q u e el h o m b re crea.
20 “Esta ley es u n a especie de p ro p ie d a d d e la n atu raleza y p o rq u e el m is­
m o Dios la in cu lcó en e lla ” (Suárez, Be legtbus, lib. I, cap. III, p. 4 5 ) . “P u ed e ser
calificada d e co n n a tu ral al h o m b re , en el se n tid o en q u e to d o lo cread o con
la natu raleza y q u e siem pre h a p e rm a n e c id o en ella, d e algún m o d o es llam a­
do n a tu ra l” (ibid., p. 48).
21 Suárez, De legibus, lib. ni, cap. I, p. 1. S ig u ien d o este m ism o co n ce p to ,
en su Segundo tratado sobre el gobierno civil, J o h n L ocke afirm aría q u e “si el h o m ­
bre en el esLado d e n atu raleza e ra tan lib re, c o m o se dice; si e ra am o ab so lu ­
to de sí m ism o y d e sus posesiones, igual a los m ás g ran d es, y lib re d e to d a su­
je c ió n , ¿ p o r q u é se a p a rta ría d e esa lib e rta d ? ¿P o r q u é re n u n c ia ría a su
im p erio y se su jetaría al d o m in io y co n tro l d e algún o tro p o d e r? ”J o h n Locke,
Two Treatises o f Government, C am b rid g e, C am b rid g e U niversity Press, 1967, p.
368. E n c o n tra m o s, e n fin, el orig en d el fam o so d ile m a co n q u e R ousseau
ab riría luego su Contrato social, esto es, el h e c h o d e q u e el h o m b re haya n aci­
d o libre p e ro se e n c u e n tre , sin em b arg o , so m e tid o en todos lados.
Es aquí que el p e n sam ien to neoscolástico in co rp o ra aque­
lla tesis, so b re la q u e se fu n d a rá la tradición iusnaturalista del
siglo xvii, de la posibilidad de q u e esa sociedad natu ral se vie­
ra e v en tu alm en te afligida p o r la injusticia y la in certidum bre,
obligan do a sus m iem bros a instituir, en su p ro p io interés, u n a
au to rid ad política.22 Este p o stu lad o , sin em bargo, contradecía
el c o n c ep to m ism o de lex n a tu ra lisP Lo cierto es que, lejos de
resolver el p ro b le m a , lo agudizaría. C aren tes ya de u n fu n d a ­
m e n to n a tu ra l d e sociabilidad, de u n cierto instinto gregario
inscripto p o r D ios en el co razó n de los hom bres; privados, p o r
lo tanto , de la id ea de u n corpus mysticum, n o hab ría form a de
ex p licar cóm o individuos o rig in a riam e n te autónom os p u e d e n
co m p o rtarse de u n m o d o un ificad o , com o si p o rta ran ya u n a
voluntad c o m ú n , según su p o n e la idea d e un pacto. En fin, el
m ism o p rin c ip io q u e p e rm itía c o m p re n d e r la necesidad de la
institución d e u n o rd e n político (la q u ieb ra del o rd en natural)
lo volvía, a la.vez, im posible.
C onsciente d e la inviabilidad d e esta alternativa, el pensa­
m ie n to c o n tra rre fo rm ista seguirá a ferrad o al co ncepto de un
o rd e n n a tu ra l o rg án ico prim itivo co m o fu n d am e n to últim o a
la sociedad p o lítica,24 el cual se h a b ía to rn ad o ya, sin em bargo,

22 V éase B. R om eyer, “L a T h é o rie S u a ré z ie n n e d ’u n é ta t d e n a tu re pu- .


re", op. cit., pp. 43-45. La tra d ic ió n n e o to m jsta católica, cab e aclarar, estaba
m u ch o p e o r p re p a ra d a p a ra c o n fro n ta r este d ilem a q u e sus enem igas, las te n ­
d encias n e o a g u stin ia n a s d el lu te ra n ism o , p u esto q u e parecía co n d u cirla in e­
v itab lem en te a la id e a d e la n a tu ra le z a h u m a n a ra d icalm en te perv ersa, p ro ­
d u cto de la C aída, e n q u e estas ú ltim as te n d e n c ia s se fu n d ab an .
í3 U n e stad o social fu e ra d e la ley natural, e n el sen tid o trad icio n al d e és­
ta, e ra sim p le m e n te in co n c e b ib le , im p lica ría la d e u n a su erte de sociedad de
m o n stru o s o, m e jo r d ic h o , u n a fo rm a m o n stru o sa d e sociabilidad. El posible
alejam iento d e ésta p u e d e e n te n d e rs e c ie rta m e n te p a ra casos individuales,
p e ro n u n c a p a ra las so cied ad es, c o n c e b id a s c o m o tales.
24 “E n p rim e r lu g a r —afirm a b a S uárez—, el ho m b re es un anim al social
cuya n atu raleza tie n d e a la vida en c o m ú n ” (Francisco Suárez, De legibits, lib.
ni, cap. i, p. 3). “La co n stitu ció n d e los h o m b re s en Estado —insistía— es na­
tural a! h o m b re en cu a lq u ie r co n d ició n q u e se e n c u e n tre ” (ibid., cap. [II, p. 6).
insostenible, desde ei m o m e n to que, llevado éste hasta sus úl­
tim as co n secu en cias lógicas, h a b ía revelado sus in co n siste n ­
cias.25 El co n ju n to de dilem as que éste gen erab a p erd e rá n ac­
tu alid ad a m ed id a que se afirm e la m o n a rq u ía barroca, p e ro
nunca en c o n trará n verdadera solución. La crisis que se abre tras
la caída de la m on arq u ía en 1808 no h a rá m ás que hacerlos rea-
florar, en u n co n tex to histórico y conceptual, sin em bargo, ya
muy distinto. El problem a para pensar la idea de un pueblo u n i­
ficado y soberano derivará ya n o del carácter trascendente del
poder, sino, precisam ente, d e su radical in m an en cia (su carác­
te r político , co n v en cio n al). Las n o c io n e s de pueblo y nación se
c o n v ertirán e n to n c e s en núcleos de c o n d en sació n p ro b le m á ­
tica en que estas tensiones v e n d rán a inscribirse, ab rie n d o u n a
latitud a h o riz o n tes c o n c ep tu a le s ya ex trañ o s a su lógica p ri­
mitiva.

Soberanía y nación: una combinación imposible

P ro d u cid a la acefalía, auto res com o Jovellanos o M artínez


M arina a p e la rá n a la idea neoescolástica d e ley n a tu ra l p a ra
postular el principio de la preexistencia de la nación, en la que
re c a e ría e n to n c e s la so b eran ía. De este m odo, n o o b sta n te ,
p ro d u c irá n u n a torsión fu n d a m e n ta l e n el co n cep to pactista
clásico.26 C u an d o M artínez M arina identifica la nación con el
e stado de n atu raleza de los neoescolásticos está, e n realidad,

25 AJ resp ecto , véanse P ic rre M esnard, L ’essorde ta philosophie politique au


xvie siécle, p p . 627-8, y Q u e n tin S k in n er, The Foundations o f M odem Polilical
Thought, p. 158.
26 “P a tria y n ació n —señ ala H a lp erin D o n g h i— son n o cio n es q u e in n o ­
van ra d ic a lm e n te so b re el p e n sa m ie n to p o lítico tradicional, en la m e d id a en
q u e se ven de m o d o cad a vez más d ecid id o co m o e n tid a d e s capaces d e sub­
sistir al m a rg en de las o rg an izacio n es políticas estatales en d o n d e se e x p re ­
san p o lític am e n te ." T ulio H alp erin D o n g h i, Tradición política española, p. 100.
a p a rtán d o se d e esa trad ició n . L a ru p tu ra del pacto del p u e b lo
c o n el m o n a rc a n o devolverá a h o ra a esc re in o de ig u aldad y
lib ertad ilim itadas en la q u e los térm in o s soberanía o derecho no
eran aún conocidos. La nación n o es el estado p o sted én ico h u ­
m an o o rig in a rio , sino q u e su p o n e fo rm a cio n e s sociales c o n ­
cretas, con u n a h isto ria y u n a c u ltu ra particu lares, y ó rg an o s
d e expresión definidos, u n a representación nadonaL
E n este sen tid o , a u n q u e p rec e d e a la institu ció n d e u n a a u ­
toridad, se acerca m ás a lo q u e Suárez designaba con el n o m ­
b re de potestate iwisdictionis, que surge, justam ente, con el pactum
subjetionis, y se distin g u ía, p o r lo tan to , d e fa potestate dominati-
va, p ro p ia a los sistem as d e relaciones natu rales d e o b ed ien cia
y s u b o rd in a c ió n (co m o la q u e se establece e n tr e p a d re s e hi­
jo s), que re m ite n a u n á m b ito estric tam e n te privado, p u esto
q u e son a n te rio re s a la in sta u ra c ió n d e to d o p o d e r p ú b lico ,
a to d a legislación positiva y, p o r lo tan to , a la división d e los
hom bres en naciones; es decir, son com unes e in h eren tes al gé­
n e ro h u m an o . E n definitiva, la representación nacional, la pos­
tulada nueva sede de la soberanía, n o co rresp o n d e ya a n in g u ­
n a d e am bas p o testa d es (la potestate iurisdictionis y la potestate
dom inativa). Esta su erte de so b eran ía sin so b eran o (una sobe­
ran ía vaga, e té rea , q u e está en todos lados y en n in g ú n lugar
particular) n o es u n poder político alternativo al m onárquico, si­
n o que indica u n a instancia anterior, que n o es tam poco aq u e ­
lla regida exclusivam ente p o r la ley natural; in tro d u ce, en fin,
u n tercer prin cip io , h íb rid o , que se distingue tan to del estado
de naturaleza c om o del de sociedad civil, e in co rp o ra al m ism o
tiem po elem en to s de am bos.27 Ésta se sitúa así d e m an era am ­
bigua e n tre el pactum societatisy el pactum subjectionis. D enota,

‘¿1 C om o .señ ala M esnard, p a ra aquellos au to res, "el p u e b lo si se q u iere


es la m atriz del E stado, p e ro e n m o d o alg u n o es 1111 o rg an ism o defin id o ni
un Factor político a u tó n o m o q u e p o sea existencia p ro p ia ”. Picrre M esnard,
op. cit-, p. 593.
básicam ente, u n a paradoja: la de unn jurisdicción sin u n poder de
jurisdicción’2-^
En efecto, d e n tro d e los m arcos del p e n sam ien to pactista
tradicional, la idea d e soberanía nacional re presen taba u n a suer­
te de o x ím oron; in cru stab a u n p rincipio convencionalista en
el seno d e la ley natural, e inversam ente, in te g rab a u n elem en ­
to natu ral (los llam ados derechos naturales inalienables) al plano
convencional com o el elem ento fu ndante de to d o o rd en a m ie n ­
to político.29 Su com binación en u n ú n ico c o n c ep to su p o n d ría

28 P a ra S uárez, to d a ju risd ic c ió n p re s u p o n ía u n p o d e r d e ju risd ic c ió n .


E sto surge n e c e sa riam e n te d e la id ea d e q u e sólo d e la v o lu n ta d d el legisla­
d o r e m a n a Ja legislación civil, esto es, p re su p o n e ya el p o d e r s o b e ra n o del Es­
tad o . C om o señalaba Suárez: “H e m o s d e afirm ar, e n efecto, q u e p a ra el o to r­
g a m ie n to de las leyes, se p re c isa p o d e r d e ju ris d ic c ió n , y q u e n o basta
re a lm e n te el p o d e r d e d o m in io . [...] B artolo d e S asso ferrato señ ala q u e el
p o d e r legislativo c o rre sp o n d e a la ju risd ic c ió n in h e r e n te a la so b era n ía "
(Francisco S uárez, op. dt., lib. i, cap. V I I I , p. 151). “E sta tesis p u e d e tam b ién
p ro b arse fácilm en te c o n a rg u m e n to s de razó n . E n p rim e r lugar, la fu n ció n
legislativa es el m e d io m ás ad e c u a d o p a ra el g o b ie rn o d e la c o m u n id a d . .J
P o r tan to , dicha facu ltad c o rre sp o n d e de suyo al p o d e r d e g o b ie rn o del Es­
tad o , al q u e co m p e te p ro c u ra r el b ien co m ú n . A h o ra b ie n , tal p o d e r, según
se h a d ich o , es p re c isa m e n te el de ju risd icc ió n . A dem ás, el p o d e r de d o m i­
n io tien e esen c ia lm e n te u n c a rá c te r p rivado y p u e d e d a rse en u n a p erso n a
resp ecto d e o tra. El p o d e r d e ju risd ic c ió n , p o r el c o n tra rio , es p o r n a tu ra le ­
za el p o d e r p ú b lico y está e n fu n ció n d e la c o m u n id a d . L u eg o ú n ic am e n te
ese p o der, rep etim o s, constituye la base p a ra el o to rg a m ie n to d e las leyes que
esen cialm en te tam b ién h a c e n referen cia a la c o m u n id a d ” (ibid., p p . 154-55).
S egún afirm aba M arínez M arina: “La ley n atu ral, llam ad a así p o rq u e se
en cam in a á p ro teg e r y conservar las prerrogativas n atu rales del h o m b re , y p or­
q u e p rec e d e á todas las convenciones y al establecim iento d e las sociedades y
de las leyes positivas é instituciones políticas, n o em pece á la lib ertad é indepen­
d encia de las criaturas racionales, antes p o r el c o n trario la g u arece y la defien­
de. Ley etern a, in m utable, fu en te de to d a justicia, m o d elo d e todas las leyes, ba­
se sobre la q u e estriban los d erech o s del ho m b re, y sin la cual n o sería posible
q u e hubiese enlace, o rd e n ni con cierto e n tre los seres in telig en tes”. Francisco
M artínez M arina, Discuno sobre el origen {le la monarquía y sóbrela naturaleza del go­
bierno español, M adrid, C en tro de Estudios C onstitucionales, 1988, p. 85.
la red efín ició n previa de am bas categorías. H asta a h o ra nos re­
ferim os exclusivam ente al segundo de los térm inos involucra­
dos (el de nación)-, los desplazam ientos ocurridos en el prim e­
ro d e ellos (el de soberanía) son aú n m ás ilustrativos de hasta
qué p u n to la id ea d e u n a sob eran ía nacional era com pletam en­
te e x tra ñ a al p e n sam ien to neoescolástico.
En el siglo x v i i , el apelativo “so b e ra n ía ” era, en realidad, un
neologism o. Éste n o se e n c u e n tra en latín. Los atributos del po­
d e r e ra n hasta entonces descritos, alternativam ente, c o m o potes-
tas, majestas o imperium.30 En todos los casos rem itían a un dpo
de dom inación de aspiraciones universalistas, que com prendía,
idealm ente, a la cristiandad toda. El surgim iento del concepto
de sob eran ía se asociará estrech am en te al proceso de seculari­
zación y de descom posición d e la u n id ad de la cristiandad. Po­
dem os decir que se trata, pues, d e un concepto “m o d e rn o ” (con
lo q u e n o hacem os, sin em bargo, más que confundir m ás las co­
sas, d ad a la p lurivocidad d e este apelativo: esta “m o d e rn id a d ” a
la q u e aquí se refiere n o te n d ría n a d a que ver con aquella de la
que h ab la G uerra, a la q u e p rec e d e en varios siglos, y que esta
últim a vendría, ju sta m e n te, a desalojar) .31 Lo cierto es que éste
aparece p o r p rim e ra vez en las lenguas vernáculas. La prim era
m ención se e n c u e n tra en los Six livres de laRépublique (1576), de
Je an Bodin, y, sugestivam ente, dicho térm ino desaparece en su
p rim era traducción al español realizada en 1590 p o r G aspar de

30 AJ resp ecto , véanse J o h n N . Figgis, El derecho d i v in o d e los reyes y tres en­


sayos adicionales, M éxico, FCE, 1942, y Jo sé A n to n io M aravall, L a teoría del Es-
lado e n España e n el siglo XVII, M ad rid , In stitu to d e Estudios Políticos, 1944.
31 S egún señ ala N icola M atteucci: “Éste es el co n cep to político-jurídico
q ue p e rm ite al estad o m o d e rn o , co n su lógica absolutista in te rn a , afirm arse
sobre la o rg an izació n m edieval d el p o d e r, basada, p o r u n lado, sobre los es­
trato s y sobre los estados, y, p o r el o tro , sobre las dos g ran d e s co o rd en ad as
universales del p a p a d o y d el im p erio ". N icola M atteucci, “Soberanía", en Nor-
b e rto B obbio y N icola M atteu cci, Diccionario de política, M éxico, Siglo XXI,
1988, p. 1.535.
Añastro. Por bastante tiem po más, la term inología usada p ara
designar la a u to rid ad m o nárquica será todavía oscilante (alter­
n an d o con térm inos com o “so b e ra n id ad ”, “su p rem acía”, etcé­
tera) .
Ese cam bio term in o ló g ico expresa, a la vez, el desplaza­
m ie n to político q u e e n to n c e s se estaba p ro d u c ie n d o , p o r el
que las nuevas dinastías se apropiarían de los atributos antes re­
servados al e m p e ra d o r (al rey en su reino se lo llam aría impera-
to rin regno suo) . No será ésta, sin em bargo, u n a m era transfe­
rencia de atributos. En su transcurso, éstos serán redefm idos.
La soberanía p ierd e , de hech o , aquel rasgo característico del
imperium. su ilim itación espacial (las nuevas m o n arq u ías fu n ­
cionarán ya en el in te rio r de u n sistem a p o lítico que alberga
p lu ra lid a d d e Estados con los cuales lin d a n ). Tal a trib u to se
trasladaría a h o ra del p lan o ex terio r al plano interior, pasaría a
indicar la ausencia de lím ites in te rn o s al p o d e r real (cu an d o
H obbes afirm aba que “tiran ía significa ni más ni m enos q ue so­
b e ra n ía ”32 n o estab a sino señ alan d o aq u ello im plícito en su
m ism a definición). Sin em bargo, com o vimos, aú n en to n ces el
pen sam ien to regalista no p o d ría p rescin d ir p o r com pleto de
tales lím ites (incluso H o b b es no p o d ría evitar d e te rm in a r al­
gún um bral —en su caso, Ja preservación d e la p ro p ia vida—
que la au to rid ad m o n árq u ica n o p o d ría traspasar sin volverse
ilegítim a). En definitiva, la soberanía, com o concepto, será la
m arca de su m ism a im posibilidad últim a.
Q ueda claro, de todos m odos, que p o r esta vía de n in g u n a
fo rm a llegam os a la idea de u n a soberanía nacional Para ver có­
m o ésta, llegado el m om ento, habría de d esp ren d erse de aqué-
lia, es necesario observar u n a seg u n d a inflexión que sufre el
térm ino, la cual se liga al proceso de secularización de los fines
asociados a la com unidad. Para autores com o Rivadeneyra, la

32 T h o m as H o b b es, LevialAan, c la materia, form a y ppcler de una Rejmblic


eclesiástica y civil, M éxico, FCE, 1984, p. 392.
causa final d e la sociedad ya n o era la justicia, sino la felicidad ge­
n e r a d Más p recisam en te, ésta e ra la trad u cció n en clave secu­
lar de aq u élla. Esta n o c a re c ía aú n , p u es, d e u n a d im e n sió n
trascen d en te; rio se tra tab a de u n a felicidad m e ra m e n te e m p í­
rica. De todos m odos, o fre c e rá luego a au to re s com o M artínez
M arina las bases p a ra co n c eb ir la idea de u n a c o m u n id a d q u e
c o n tie n e en sí su p ro p io fu n d a m e n to y p rin c ip io de legitim i­
d ad (la nación soberana ) .34 Los atrib u to s o rig in a ria m e n te aso­
ciados a la id ea de imperium, y luego a p ro p iad o s p o r el m o n a r­
ca, se van a h o ra a tra n sfe rir a esta nueva e n tid a d , la naáón. La
violencia c o n cep tu al im plícita en este traslado n o p o d ría, sin
em bargo, p asar inadvertida incluso a los propios constituciona-
listas históricos. Jovellanos m ism o se verá en to n ces obligado a
e stab lecer u n deslinde term inológico.
C om o m u estra d ich o autor, hab lar de soberanía nacional es
sim plem ente absurdo. T oda so b eran ía su p o n e súbditos. D ecir
que alguien (u n individuo o u n a co m u n id ad ) es so b eran o de
sí m ism o n o tiene sentido.

Es m enester confesar —asegura— que el nom bre de soberanía


no conviene sino im propiam ente a este poder absoluto; por­
que la soberanía es relativa, y así com o supone de una parte
autoridad e im perio, supone de otra sumisión y obediencia;
po r lo cual, nunca se puede decir con rigurosa propiedad que
un hom bre o un pueblo es soberano de sí.35

33 P ed ro d e R ivadeneyra, Tratado de religión y virtudes que debe tener el Prin­


cipe cristiano para gobernar y conservar sus Estados. Contra lo que Nicolás de Aíu-
cpiiaveloy los políticos de esle tiempo enseñan, M ad rid , P. M adrigal, 1595, p. 45'),
citado p o r Jo s é A n to n io M aravall, op. dt., p. 149.
1,4 Vcase F rancisco M artín ez M arina, Principios naturales de la moral, de la
política y de la legislaáón, A dolfo P osada (e d .), M adrid, R. A, de C iencias M o­
rales y Políticas, 1933, cap. vi.
!,r>G asp ar M elch o r de Jovellan o s, “Ñ o la a los A péndices a la M em oria en
defensa de la Junta C en tral" ( 2 2 /7 /1 8 1 0 ), Escritos políticos y filosóficos, p, 210.
M enos sentido a u n tiene la id ea de q u e éste p u e d a conser­
varla luego de hab erla transferido a la a u to rid ad (que era, co­
m o vimos, el p ro b lem a suscitado en las C ortes gaditanas a p ar­
tir del debate en tornó de cóm o lograr la rigidez constitucional).
Para resolver esta doble am bigüedad conceptual, Jovellanos pro ­
po n e volver a la fuente original del térm ino y reservar a esta nue­
va acepción la voz supremacía ( im pm um ), a la cual la distingue
así de la soberanía.

Siendo tan distintos entre sí el p o d e r que se reserva una na­


ción al constituirse en m onarquía del que confiere al m onar­
ca para que presida y gobierne, es claro que estos dos poderes
debían enunciarse po r dos distintas palabras, y que adoptada
la palabra soberanía para enunciar el poder del m onarca, fal­
ta otra diferente para enunciar el de la nación. [...] Por lo cual
me parece que se puede enunciar m ejor p o r el dictado de su­
premacía, pues aunque este dictado pueda recibir tam bién va­
rias acepciones, es indudable que la supremacía nacional es en
su caso más alta y superior a todo cuanto en política se quiera
apellidar soberano o supremo.B6

S ig u ien d o esta lín e a d e p e n sa m ie n to , Leslie afirm aba: “Sin u n a ú ltim a ins­


tancia n o p u e d e h a b e r g o b ie rn o . Y si ésta está en el p u e b lo , tam p o co hay go­
b ie rn o ”. Leslie, The Best Ansiaer that Ever mas Alacie, p. 15, c ita d o p o r J o h n N.
Figgis, El derecho divino de los reyes, p . 298.
36 G asp ar M elch o r d e Jovellanos, “N o ta a los A p én d ices a la M em oria en
d efen sa d e la J u n ta C e n tra l" ( 2 2 /7 /1 8 1 0 ) , op. cit., p. 215. R e e n c o n tra m o s
aq u í la p re o c u p a c ió n relativa a las an fib o lo g ías d el len g u aje. Este sería, para
jo v ellan o s, u n b u e n ejem p lo d e c ó m o los p ro b lem as político s tie n e n sus raí­
ces en u n uso deficien te del len g u aje. “¡Q ué d isp u tas n o se ag ita ro n e n tre los
an tig u o s do g m ático s y acad ém ico s —a seg u rab a— q u e se h u b ie se n disipado
sólo con q u e se ac o rd asen sobre la significación de la p a la b ra verdad1. Y, ¿es
o tro , p o r v en tu ra, el o rig en d e esLa in te rm in a b le y e te rn a lu c h a d e cuestio­
nes y disputas, q u e se agitan a to d as h o ra s e n las ciencias o facu ltad es m eta­
físicas, e n q u e, d iscu tién d o se siem p re u n a s m ism as dudas, n u n c a se descubre
R esulta ev id en te, sin em b arg o , q u e era esto, de hech o , lo
que la n o c ió n de soberanía excluía, p o r definición. Al colocar
o tra so b e ra n ía {la “su p rem acía n a c io n a l”) p o r encim a de ella,
sim p lem en te vaciaba de se n tid o el térm in o , p ara luego retra­
ducirlo p o r o tro q u e recoge todos los atributos que le h an sido
despojados. De este m odo, n o ob stan te, no solucionaba aún las
p arad o jas q u e resu lta b a n d e ese desp lazam ien to conceptual.
Estas, en v erdad, n o ten d rían ya solución posible; sim plem en­
te se natu ralizarían en el discurso político, es decir, dejarían de
a p a re c e r co m o pro b lem as (pasando a fo rm ar parte de lo que
Polanyi llam ó la “d im en sió n tá c ita ” d e un discurso), síntom a
inequívoco de q u e la inflexión c o n c ep tu a l p o r la que em erge­
ría u n nuevo vocabulario político se h a b ía ya com pletado. En­
tonces, será la id ea de u n a soberanía real\z. que aparecerá com o
ab su rd a.37 La definición q u e o frecería el líder liberal Flórez Es­
trad a en u n a n o ta dirigida a F e rn a n d o VII, poco después de su
restau ració n , es ya ilustrativa al respecto:

La palabra Soberano quiere decir super omnia, y como no pue­


de haber en la sociedad un poder superior al de facultar ó apo­
d erar para hacer leyes, del cual depende el mismo legislador,
el que tenga aquel poder es el Soberano de derecho [al cual dis­
tingue del Soberano de hecho, que identifica con el detentor del
poder, aun cuando se trate de u n a autoridad legalmente esta­
blecida] . Confesar como se confiesa por vuestros mismos con­
sejeros que la Nación tiene el derech o de elegir apoderados
para hacer leyes, y afirm ar al m ism o tiem po que la Soberanía

ni fija la verdad? P u es o tro tal su ced e c o n la p a la b ra soberanía, la cual, com o


voy a explicar, se p u e d e to m a r e n dos p rin c ip a le s y m uy d iferen tes sen tid o s”
(ibid., p. 210).
37 E n la m e d id a en q u e la so b e ra n ía a p a re c ía ya com o u n a “facultad u n i­
taria e indivisible, in alienab le y p e rp e tu a ” ( “lo q u e realm en te es", en palabras
de V arela), h a b la r al m ism o tie m p o d e so b e ra n ía n acional y so b eran ía real
re p re se n ta ría u n a lla n a co n tra d ic ció n .
no reside en ella y sí en el Monarca, es un absurdo, m ientras
á la vos Soberano no se le dé el valor de otra idea diferente de
la dicha; ó m ientras no se haga ver que en el Rey reside un po­
d er superior á aquel, lo que es inconcebible.38

En definitiva, la noción moderna de soberanía nacional se des­


p re n d e rá d e la com binación paradójica de dos principios tra­
d icionales in co m p atib les e n tre sí: la n o ció n escolástica de la
p reexistencia del pueblo a la instauración de toda a u to rid ad p o ­
lítica con el postulado regalista de la soberanía com o unificada
y au to co n ten id a, n o derivable m ás que de sí m ism a, e in alien a­
ble, p o r definición. Y esto nos conduce a u n segundo aspecto
fu n d am e n ta l relativo al tipo de fen ó m en o s que nos ocupa.
C om o señalam os en p rim e r lugar, la m utación co n cep tu al
que se p ro d u jo a com ienzos del siglo xix no p u ed e c o m p re n ­
derse com o el m ero desplazam iento de u n co n ju n to de ideas
que desaparece, o tien d e a desaparecer, p o r o tro c o n ju n to de
ideas nuevas que entonces em erge, o tiende a em erger. Anali­
zar ésta obliga a seguir aquel proceso, m u ch o m ás com plejo,
p o r el cual se fu ero n to rsionando los sentidos en el in te rio r del
vocabulario preexistente. En segundo lugar, vemos a h o ra có­
m o estas torsiones, e n contraposición a lo que constituye el pro­
ced im iento habitual de la h istoria de ideas, n o p u e d e n n u n c a
descubrirse a p a rtir del análisis de cada u n a de las ideas d e m a­
n e ra aislada, tra tan d o eventualm ente de d e te rm in a r su origen
tradicional o m oderno. Para ello es necesario estudiar cóm o se
reco n fig u ra el sistem a de sus relaciones con aquellas otras ca­
tegorías con las cuales linda; en fin, debem os reco n stru ir cam­
pos semánticos.39 En este caso particular se trata de trazar el cam ­

38 Alvaro Flórcz Estrada, "R ep resen tació n a S.M.C. el S.D. F e m a n d o VII


en d efen sa de las C o rtes (1 8 1 8 )”, p. 28.
3US o b re este c o n c e p to , véase R cin h a rt Koselleck, “H isto ria c o n c e p tu a l e
histo ria social", Futuro pasado, pp. 105-126.
po d e lim ita d o p o r las n ociones de pueblo, nación y soberanía , y
cuya vinculación su p o n d ría, al m ism o tiem po, su m utua re d e ­
finición. Y ello nos devuelve a la n o c ió n de pueblo.

Pueblovpueblos e imaginarios tradicionales

C om o vimos antes, si bien los d ip u ta d o s am ericanos en Cá­


diz a d h irie ro n al co n cep to p lural de la m o n arq u ía, com o in te­
grad a p o r diversidad de pueblos o reinos, ello no era un ín d ice
inequívoco d e tradicionalism o cultura] o social. El p o stu la d o
de la existencia d e diversidad de reinos re u n id o s bajo la c o ro n a
española n o prejuzgaba a ú n sobre cóm o se concebían, a su vez,
éstos, es decir, si fu n d ad o s en lazos co n tractu ales corporativos
o en vínculos voluntarios e n tre individuos. De hech o , n o siem ­
pre será posible siquiera distinguirlo. Y ello n o tanto d eb id o a
am bigüedades pro p ias al discurso político latinoam ericano del
perío d o , al uso incierto u oscilante de que fu ero n objeto dichos
conceptos, a su alegada “h ib rid ez”, com o a aquéllas, m ás fu n ­
d am en tales, in h e re n te s a esos m ism os conceptos. Esto se o b ­
serva a ú n m ás claram en te cu ando analizam os el discurso in d e ­
p e n d e n tista latin o am erican o . Lo tradicional y lo m o d e rn o se
im b ricarían e n él d e m odos com plejos y cam biantes, volvién­
dose incluso m uchas veces indiscernibles e n tre sí.
Según señala A ntonio A nnino, el p o rte ñ o M ariano M ore­
no es el m e jo r ejem p lo de la em ergencia tem p ran a de un co n ­
cepto de n acio n alid ad unificada, esto es, del virreinato com o
“u n a u n id a d in d estru c tib le ”, e n co ntraposición a la id ea de és­
ta com o u n a m e ra agregación de pueblos.40 C om o afirm a en u n
d o c u m e n to ap arecid o orig in alm en te e n 1810 en form a señali­
zada en L a Gaceta de Buenos Aires, “Sobre la m isión del Congrc-

A n to n io A n n in o , “S o b eran ías en lu c h a ”, e n A. A n n in o H al., De los im ­


perios a las naciones, p. 249.
so ”,41 “la verd ad era so b eran ía de u n pueblo n u n c a ha consisti­
d o sino en la voluntad g en eral del m ism o”, la cual, asegura, es
“indivisible e in alie n a b le ”.'12 Incluso p u e d e allí descubrirse en
su base un co n cep to individualista de lo social. “En esta disper­
sió n ”, insiste M oreno, “n o sólo cada p u eb lo asum ió la au to ri­
d ad que de co n su n o h a b ía n conferido al m onarca, sino q u e ca­
d a h o m b re d e b ió c o n sid erarse e n el estado a n te rio r al pacto
social”. 43 C on esta d efinición, sin em bargo, M oreno se a p arta­
ría del consenso d o m in a n te . A n n in o cree hallar allí, e n fin, el
origen de la lu ch a q u e signaría toda la historia a rg e n tin a sub­
secuente: “las soberanías de los pueblos”, dice, “se c o n tra p o n d rá n
d u ra n te largo tie m p o a la soberanía del pueblo o de la N a c ió n ”
proclam ada p o r M o ren o .44
De a c u e rd o c o n el m o d elo d e G u e rra , h a b ría , pues, que
co n sid erar a M oren o com o u n claro vocero de la id ea m o d e r­
n a de n ación, fre n te a u n a sociedad a ferrad a aú n a u n a c o n ­
cepción trad icio n al d e ésta. Sin em bargo, esto n o e ra necesa­
ria m en te así. La idea de M o ren o d e pueblo p o d ía en m arcarse
a la p erfección en los cu ad ro s d e u n a visión todavía c o rp o ra ­
tiva, esto es, asociarse a la p re e m in e n c ia q u e gozaba B uenos
Aires, com o capital virreinal, d e n tro de la p irá m id e d e je r a r ­
quías tradicionales e n tre ciudades. De h e c h o , los im aginarios
tradicionales n o carecían de u n prin cip io que p e rm itiera a rti­
cular en tid ad es políticas suprarregionales, es decir, q u e p u d ie ­
ra fu n cio n ar com o fu n d a m e n to d e u n cierto c o n c ep to de n a­

41 Su títu lo c o m p le to es “S o b re la m isión d el C o n g reso convocado en vir­


tu d d e la reso lu ció n plebiscitaria d el 25 d e M ayo”, y se e n c u e n tra e n M aria­
n o M oreno, Escritos políticos y económicos, B u en o s A ires, La C u ltu ra A rg en tin a,
.3915, pp. 269-300.
4i M arian o M o re n o , “S o b re la m isión d el C o n g reso c o n v o c a d o ...", op.
cit., p. 284.
43 Ibid.
M A n to n io A n n in o , “S o beran ías e n lu c h a ”, en A. A n n in o et a i, De los im­
perios a las naáones, p. 251.
ción u n ific ad a sirviendo así de concepto bisagra e n tre dos len­
guajes políticos c o n tra p u esto s: el p rin cip io ju ríd ic o de negotia-
rum gestor (la facu ltad de u n a p a rte del reino de rep re sen ta r la
to ta lid a d ).
Éste fue, de h e c h o , el p rin c ip io que invocó el C abildo p o r­
teñ o p a ra arrogarse la rep re sen ta ció n del c o n ju n to del virrei­
n ato , y justificar así su d esco n o cim ien to de las au to rid ad es pe­
nin su lares. Sin e m b a rg o , M o re n o lo rech azaría de m an e ra
explícita. Según d escubre, b u sc a n d o justificar su causa, con tal
invocación el C abildo h a b ía in c u rrid o en u n a obvia contradic­
ció n , d a d o q u e éste era, p rec isam e n te , el p rincipio en que la
J u n ta gaditan a fu n d ab a tam b ién su legitim idad. Tal com proba­
ción lo devuelve, pues, a u n co n cep to m ás “trad icio n al”: la le­
g itim idad de las nuevas a u to rid a d e s sólo p o d ría fundarse en el
asentim iento de los “p u e b lo s”. El Congreso convocado, del que
h a b la el artículo q u e analizam os, debía, ju stam en te, servir de
ejem plo al c o n ju n to del im p e rio (“ha sido este un acto d e ju s­
tic ia ”, decía, “d e q u e las cap itales de E spaña n o n o s d iero n
ejem plo, y q u e los p ueblos de aquéllas provincias m irarán con
envidia”) .45
La p o stu ra de M o ren o , cabe aclarar, resulta a ú n en to n ces
oscilante en este p u n to , lo cual la p ro p ia am bigüedad del tér­
m in o hace posible. La frase con que concluye ese d o c u m en to
es ilustrativa al respecto. L u eg o d e c o m p ro b ar q u e “es u n a qui­
m era que todas las A m éricas españolas form en un solo Estado”,
asegura:

Puede, pues, hab er confederación de naciones, com o la de


Alemania, y pu ed e hab er federación de una nación, compues­
ta de varios estados soberanos, como la de Estados Unidos. Es­
te sistema es el mejor, quizá, pero difícilmente podrá aplicar­

45 M arian o M o re n o , “S o b re la m isió n de! C ongreso co n v o cad o ...", op.


cit., p. 283.
se a tocia la América. [ . Yo desearía que las provincias, redu­
ciéndose a los límites que hasta ahora han tenido, formasen
separadam ente la constitución conveniente a la felicidad de
cada una.415

Los “pueblos" a los que se refiere, pues, son siem pre aq u e­


llos de las “provincias”. Pero la idea de “provincia” no ten ía un
significado fijo. Esta designaba sim plem ente u n a parte de u n a
u n id ad política mayor. C u ando se refería al virreinato, indica­
ba de m an era vaga lo que hoy en te n d e m o s p o r provincias, p e­
ro cuando se refería al im perio o a A m érica en su conjunto, co­
m o es el caso de la cita anterior, las provincias aludidas eran,
en cam bio, los virreinatos (es decir, algo m u ch o m ás cercano a
lo que hoy solem os designar com o “n a c io n e s”) .
Es cierto, de todos m odos, que, desde el m o m en to en que
rechaza el p rincipio de negotiorum gestor, d eberá, a la vez, tras­
ladar este m ism o co ncepto federativo al in te rio r d e cada uno
de los virreinatos, provocando la frag m en tació n d e la sobera­
nía en sus c o m p o n en tes elem entales (esto es, las provincias, es­
ta vez en ten d id as com o las secciones d e las cuales está consti­
tuido cada virreinato). El p u n to es que, al igual que en el caso
de la diputación am ericana en Cádiz, esa po stu ra resp o n d ió a
consideraciones políticas precisas. En el in te rio r del universo
de ideas tradicional n o h ab ía n in g u n a razón de o rd e n concep­
tual que im pidiera la postulación de e n tid ad es políticas supra-
rregionales, p o r ejem plo los virreinatos, com o sujetos legítim os
de la im putación soberana.
P odem os ver que, así com o la noción d e “p u e b lo s”, en plu­
ral, n o era n ecesariam ente tradicional, inversam ente, tam poco
la só la aparición del térm in o “p u e b lo ”, en singular, prejuzgaba
respecto de su co n ten id o , es decir, no rem itía de m odo inelu­
dible a un ho rizo n te m o d ern o de pensam iento. De hecho, sus

40 Jbid., p. 300.
oríg en es rem otos p u e d e n rastrearse en la refe re n c ia bíblica al
pueblo israelí, la cual servirá d e m o d elo p a ra to d a concepción
d e c o m u n id a d u n ita ria . P o r cierto , estam os m uy lejos aún de
u n a idea m o d e rn a d e éste, asociada al de nación (tam b ién en
el sentido m o d ern o del té rm in o ). Ese térm in o se c o n e cta b a to­
davía con el de ecclesia cristiana y, m ás tarde, c o n el del r.orfms
mysticum e n c a rn a d o e n el so b e ra n o (o, e v e n tu a lm e n te , en el
P arlam ento, idea q ue, a su vez, reto m aría la tradición conciliar
elab o rad a en tiem pos del G ran Cism a y en la cual se basó el co­
legio cardenalicio p a ra d isp u ta r con el Papa el p a p e l de re p re ­
se n ta n te de Dios en la T ie rra ).47 No viene al caso a q u í seguir
los d etalles de su tray ecto ria; baste señ alar el h e c h o de que
id en tificar los h o riz o n tes co n cep tu ales en q u e se inscribe un
discurso político d a d o n o re su lta tan sencillo co m o a q u e lla
oposición sugiere; definitivam ente, n o alcanza con reg istrar el
uso en singular o en p lu ra l de u n térm ino particular. Para com ­
p re n d e r su sentido, es necesario seguir la serie de torsiones a
que éste se verá som etido, el ju e g o de sus cam biantes relacio­
nes sem ánticas con aquellas otras categorías a las q u e h a b rá de
vincularse. El d o c u m e n to d e M oreno q u e venim os an alizando
sirve tam bién de p u n to d e p a rtid a p ara observar el com plica­
do proceso de recom posición sem ántica que supuso la afirm a­
ción de un concepto “m o d e r n o ” d e nación.

La nación como problema

La apelación de M oreno a los “p u eblos” com o sede origina­


ria de la soberanía tie n e im plícita u n a im pugnación de la a u ­

47 La tradició n co n c ilia r b u scab a d e este m o d o u n in stru m e n to q u e p ro ­


tegiera a la Iglesia an te la p o sib ilid ad d e u n p a p a hereje. S k in n e r e n c u e n tra
aq u í el o rig en rem o to d e las id eas pactistas m o d ern as. Véase Q u e n tin Sktn-
ner, TheFoundalions of M odem Political Thoughl, C am bridge, C am b rid g e Uni-
versity Press, 1988, pp. 114-123.
to rid ad real m u ch o m ás radical q u e la d e Flórez Estrada. Para
él, n o se tra ta sim p lem en te d e q u e la au sencia del rey haya he-
c h o d e sa p a re c e r el p acto de sujeción q u e ligaba a las colonias
con el m o n arca. Según afirm a, d ic h o p acto en rea lid a d n u n c a
h a b ía te n id o lugar. El dom inio real sobre A m érica asegura que
n o estuvo n u n c a fu n d ad o en el co n sen tim ien to de los pueblos,
sino en u n acto de violencia.48 Era, p o r lo tan to , a b so lu tam en ­
te ilegítim o. De allí deriva una- co n sec u e n c ia m ás fu n d a m e n ­
tal: en esta p a rte del rein o , “el q u e su b ro g u e p o r elección del
C ongreso la p e rso n a del Rey, q u e está im p e d id a d e reg irn o s,
n o tie n e reglas p o r d o n d e co n d u cirse, y es preciso p refijárse­
las”.49 “Esta o b ra ”, asegura, “es la q u e se llam a constitución del
E stado”.50 La vacaiio regis en A m érica d e sn u d ab a así o tra vacan­
cia m ás fu n d am e n ta l, la vacatio legis. A quí, pues, n o se tra taría
tan sólo d e establecer u n a n u ev a a u to rid a d q u e lle n a ra el lu­
g a r vacante del soberano, sino q u e h a b ría q u e crear u n a legi­
tim id a d in ex isten te, constituir el o rd e n po lítico . T odo su dis­
curso se e n c u e n tra im p re g n ad o d e u n sentido de refu n d a c ió n
rad ical.51
El radicalism o de M oreno, in d isp u tab le desde el p u n to de
vista p o lítico , es m enos ev id en te, sin e m b a rg o , c u a n d o se lo
considera desde u n a perspectiva histórico-conceptual. Sin em ­

48 “La A m érica e n n in g ú n caso p u e d e co n sid e ra rse sujeta a aq u e lla obli­


gació n ; ella n o h a c o n c u rrid o a la ce le b ra c ió n d el p ac to social d e q u e d e ri­
van los m o n a rca s españoles, los ú n ico s títu lo s d e leg itim id ad d e su im perio;
la fu erza y la violencia son la única base d e la co n q u ista." M arian o M o ren o ,
“S o b re la m isión del C o n g reso c o n v o c a d o ...”, op. di., p. 290.
49 M arian o M o ren o , “S o b re la m isió n de! C o n g re so co n v o c a d o ...", op.
di., p . 287,
50 Ibid., p. 286.
51 “Pocas veces ha p re s e n ta d o el m u n d o u n teatro igual al n u e stro , p ara
fo rm a r u n a co n stitu ció n q u e haga felices a los pueblos"; “la A m érica p re se n ­
ta u n te rre n o lim pio y b ien p re p ara d o ", insistía, “d o n d e p ro d u c irá frutos p ro ­
digiosos la san a d o ctrin a q u e sie m b re n d ie stra m e n te los legisladores" (ibid.,
p . 270).
bargo, no es en su c o n c ep to plural del im perio d o n d e radica
su m ayor lim itación. P arad ó jicam en te, la m ism a prem isa que,
com o señala A n n in o , m arca la m o d e rn id a d de su concepto (la
idea de u n a s o b e ra n ía n a c io n a l que preex iste a la a u to rid ad
política) es la q u e le im p id e avanzar h acia aquel p u n to en que
la ru p tu ra con los im aginarios tradicionales se volvería ya irre­
versible.
En efecto, p a ra M oreno, q u e h u b ie ra que constituir a la na­
ción significaba q u e el C ongreso convocado n o sólo d eb ía de­
signar quién h a b ría de g o bernar, sino tam bién cómo h ab ría de
hacerlo, fijar el m arco legal d e n tro del cual h a b ría de ejercer
su poder. Pero ello p re su p o n ía ya la existencia d e aquella e nti­
d ad a la cual se invocaba, de hech o , p a ra h a c er tal convocato­
ria. Según aclaraba in m e d ia ta m e n te a con tin u ació n de la cita
antes transcripta, en la q u e afirm aba q u e aquella reversión so­
b e ra n a se aplicaba n o sólo al pueblo, e n su co n ju n to , sino tam­
b ién a cada individuo:

No pretendo con esto reducir los individuos de la M onarquía


a la vida erran te que precedió a la form ación de las socieda­
des. Los vínculos que unen el pueblo al rey son distintos de los
que unen a los hom bre entre sí mismos: un pueblo es un pue­
blo antes de darse un rey.52

M oreno situaba así su c o n c ep to pactista d e n tro d e los m ar­


cos estrictos del pactum subjectionis.

Aunque las relaciones sociales entre los pueblos y el Rey que­


dasen disueltas o suspensas po r el cautiverio de nuestro monar­
ca, los vínculos que unen a un hom bre con otro en sociedad
quedaron subsistentes, porque no dependen de los primeros;
y los pueblos no debieron form arse pueblos, pues ya lo eran,

52 Ibid., p. 279.
sino de elegir una cabeza que los rigiese, o regirse a sí mismos,
según las diversas formas con que puede constituirse íntegra­
m ente el cuerpo m oral.53

P o r entonces, sin em bargo, los prim eros síntom as de disen­


so in te rn o com enzarían a p la n te a r aquella cuestión m ás funda­
m ental in terd icta en su discurso, puesto q u e constituía su p re ­
misa.

Es digno de observarse —señalaba— que entre los innum era­


bles jefes que de com ún acuerdo han levantado el estandarte
de la guerra civil para dar en tierra la justa causa de la Améri­
ca, no hay uno solo que limite su oposición al m odo o a los vi­
cios que pudiera descubrir en nuestro sistema; todos lo atacan
en la sustancia, no quieren reconocer derechos algunos a la
América.5'*

La perspectiva de u n a g u e rra civil revelaría q u e lo q u e se


en c o n trab a entonces en d isputa no era quién y cómo h a b ría de
gobernar, sino, fun d am en talm en te, a quién hab ría de g o b ern ar
(al co n ju n to de los súbditos del m o n a rc a o a alguna sección
p articular d e ellos) y, en definitiva, q u ién p o d ría determ inarlo.
La idea de la preexistencia d e la n a c ió n se to rn a ría entonces
insostenible. U na vez fijada ésta, h abría, a su vez, q u e m inarla,
a fin de que surgiera verd ad eram en te u n a id ea m o d ern a de na­
ción. E ncontram os aquí, e n fin, u n a nueva cuestión, fundam en­
tal, de o rd e n m etodológico p a ra c o m p re n d e r la com plejidad
de los procesos de m utación conceptual, evitando su simplifi­
cación.
El do cu m en to de M oreno nos revela por qué el carácter no
lineal de estos procesos no se d eb e sim plem ente a los obstácu-

53 Ibid.
54 Ibid., p. 295.
los in te rp u esto s p o r el m ed io social o cu ltu ral a la e m erg en cia
d e u n nuevo lenguaje. Más im p o rta n te a ú n es el h ech o de q u e
to d a m u ta c ió n c o n c e p tu a l conlleva, in ev itab lem en te, la c o n ­
fro n ta ció n de dilem as cuya reso lu ció n su p o n e silenciam icntos
y p e rm a n e n te s rev ersio n es so b re sí p a ra socavar sus m ism as
prem isas y p u n to s de p a rtid a originales. En definitiva, la h isto ­
ria de la conform ación de u n nuevo vocabulario político es m e­
nos la h isto ria del hallazgo pro g resiv o d e nuevos c o n te n id o s
sem ánticos que la del desarrollo, mucho más trauviáticoy conjlicli- ,
vo, de aquellos puntos ciegos inherentes a él O tro d o c u m e n to fu n ­
dacio n al del discurso in d e p e n d e n tis ta latin o am erican o , el ela­
b o rad o e n 1808 p o r Fray M elchor d e T alam antes, d e stin a d o a
los m iem b ro s del cabildo d e M éxico, ilustra la serie de p ro b le ­
m as a q u e d aría lugar la a p e rtu ra a la in te rro g a c ió n de a q u e ­
llo q u e co n stitu ía la prem isa del discurso in d e p e n d e n tista (es­
to es, la id ea de la preex isten cia d e la n ació n ) ,55 y que M o re n o
n o p o d ía ya tem atizar sin q u e se d e sm o ro n a ra todo su a rg u ­
m en to , p e ro tam poco po d ía en to n ces, com o vimos, evitar c o n ­
frontar.
El p u n to d e p a rtid a de T alam antes es el m ism o que el d e
M oreno: la desaparición del m o n arca ( vacatio regis) había ab ier­
to un vacío n o sólo político sino, fu n d am e n ta lm e n te, in stitu ­
cional ( vacatio legis). C om o m u estra, n in g u n a de las instancias
e n to n ces subsistentes se e n c o n tra b a autorizada p o r real c é d u ­
la a e je rc e r fu n cio n es legislativas. Estas d e b e ría n en carg arse,
pues, a u n a rep resentación convocada a tales efectos.
La p rim era cuestión que p la n te a b a la convocatoria e ra có­
m o h a b ría de constituirse el congreso, lo cual su p o n ía u n a dc-

55 G u erra h a advertido ya sobre la im p o rtan cia d e este d o cu m en to , la cual


radica, seg ú n afirm a, en el h e c h o d e q u e afirm e "que las C ortes que hay q u e
re u n ir en la N ueva E spaña llevaran la re p re se n ta c ió n del co n ju n to d e la na­
ción española y, p o r lo tanto, tam b ién d e la m etró p o lis”. Fran<;oisc-Xavier G ue­
rra, "La política m o d e rn a en el m u n d o h isp á n ic o ”, en Ávila Palafox, Martínez.
Assad y M eyer (coords.), Las fonnas y las políticas del dominio agrario, p. 107.
finición respecto de cóm o estaba co n fo rm ad a la n ació n . El ti­
po d e rep resen tació n q u e p ro p o n ía se fu n d ab a e n principios
claram ente corporativos; la dip u tació n debía expresar la estruc­
tu ra piram idal del re in o .56 E sta visión “tra d ic io n a l” resultaba,
e n realidad, al igual que e n M oreno, de su rechazo al principio
de negotiorum gestar {si es necesario re u n ir todos los elem entos
constitutivos del reino, es p o rq u e n in g u n o se e n c o n tra ría au­
torizado a h a b la r en n o m b re de los d e m á s). Su a rg u m e n to , sin
em bargo, iba ya más allá q u e el de aquél.

Se ha dicho en estos días que la Ciudad de México, com o Me­


trópoli, representa á todo el Reyno, teniendo para ello Cédu­
la de nuestros Reyes. No se duda que este digno y celoso Ayun­
tam iento goze de este y otros privilegios que son propios de
las grandes Capitales; pero debe decirse que su representación
solo es para defender los fueros, privilegios y leyes del Reyno,
mas no para exercer á nom bre de las demás Ciudades el po­
der legislativo.57

Más que rechazar ese principio, Talam antes h acía m anifies­


ta la inflexión que su aplicación su p o n d ría: el tip o d e re p re ­
sentación que le c o rresp o n d ería, pues, a M éxico, co m o capital
del rein o , ya no ten d ría n a d a en co m ú n con la fu n c ió n tradi­
cional de rep re sen ta r sus p ueblos subordinados a n te e I Rey que
las leyes de Indias le asignaban. La nación d eb ía a h o ra asum ir
su p ro p ia rep re sen ta ció n . T alam antes in tro d u c ía así u n con­
cep to decid id am en te ex tra ñ o al ideario pactista clásico: el de

56 E! m o d o com o d e fin e la com posición d el C o n g re so resu lta su m am e n ­


te d etallad o , señ ala n d o cad a u n a d e las in stitu cio n es q u e d e b ía n esta r re p re ­
sentadas, los fu n c io n a d o s y n o ta b le s del re in o h ab ilitad o s p a ra p a rtic ip a r de
éste, cu án to s d eleg ad o s le c o rre sp o n d e ría a cad a c iu d a d de a c u e rd o con su
p rem in e n cia , etcétera.
57 Talam antes, “Id ea del co n g re so nacio n a l de N ueva E spaña", en G ena­
ro G arcía, Documentos históricos mexicanos, M éxico, SEP, 1985, cap. V I I , p. 373.
u n a so b e ra n ía secular sui generis, q u e es, al igual q u e la divina,
causa sui (se e n g e n d ra a sí m ism a). C om enzaba d e este m odo
la dem o lició n del supuesto d e q u e el cam po sem ántico confor­
m ado p o r las nociones de pueblo, nación y soberanía se encon­
traba fu n d a d o en u n vínculo n a tu ra l 58 L legado a este p u nto,
h a b ría , pues, q u e re c o m p o n e rlo so b re otros fu n d am e n to s,
rea rtic u la rlo e n u n h o riz o n te convencionalista (artificial) de
realidad.
En el caso d e T alam antes, está claro que él co n sid erab a a
M éxico a u to riza d o a u n a re p re s e n ta c ió n n acio n al in d e p e n ­
dien te. P ero, rechazado el p rin c ip io del negotiorum gestor, d eb e­
ría b a sa r esta asp iració n en o tro p rin cip io . Y es a q u í d o n d e
e m e rg e n las am b ig ü ed ad es co n cep tu ales. Ese a u to r p ro p o n e
tres criterio s p a ra d iscernir los n ú cleo s de agregación prim iti­
vos dep o sitario s de las facultades soberanas.

E xpondrem os la idea que debe formarse, y han form ado los


Publicistas y Políticos, de la Representación nacional. Se en­
tiende por ella el derecho que goza una Sociedad para que se
le m ire como separada, libre é independiente de qualquiera
otra nación. Este derecho p en d e de tres principios: de la na­
turaleza, de la fuerza y de la política.59

El p rim e r p rincipio, la naturaleza, rem ite a factores objeti­


vos, esto es, los accidentes geográficos, la diversidad d e climas,
así com o d e las lenguas, etc. “Las A m éricas”, concluye, “tienen
rep re sen ta ció n nacional, com o que están n atu ralm en te sepa­
radas de las otras naciones, m u ch o más de lo que están en tre
sí los reynos d e la E u ro p a ”.60 La fuerza, p o r su parte, im plica la

ss V éase el análisis d e la o b ra d e M artín ez M arina en el capítulo anterio r.


53 T alam antes, “Id e a d el co n g reso n a c io n a l d e Nueva E sp añ a”, en G ena­
ro G arcía, op. cit., cap. vil, p. 383.
60 Ibid.
capacidad m aterial d e sostener su in d ep e n d e n c ia . “P o r la fu er­
za, ias naciones se p o n e n en estado de resistir á los enem igos”.61
H asta aquí estam os en u n plano previo a to d a idea convencio­
nal de derech o . El tercer principio, e n cam bio, la política, colo­
ca ya a la n ació n e n u n plano distinto d e realid ad social. “La re­
p re se n ta c ió n n acio n al q u e da la política, p e n d e ú n ic a m e n te
del d erech o cívico, ó lo que es lo m ism o, de la q u alidad d e Ciu­
d a d a n o que las Leyes c o n ced en á ciertos individuos del Esta­
d o ”.62 T alam antes reto m ab a así u n prin cip io de la teo ría polí­
tica del neoescolasticism o p a ra d o b la r so b re sí el c o n c ep to
pactista. P ara él, si bien la nación tiene u n fu n d a m e n to n a tu ­
ral, no toda c o m u n id a d natural, sin em bargo, es u n a nación.
Ésta supone, adem ás, u n a representación nacional, lo cual in­
volucra, a su vez, u n cierto o rd e n ju ríd ic o .
Este principio, com o señalam os, no e ra e x tra ñ o al c o n cep ­
to pactista clásico. P or el contrario, expresaba la im posibilidad,
d e n tro de sus m arcos, de pensar u n a sociedad civil d e sp ren d i­
d a de la idea de soberanía, es decir, de im aginar jurisd icció n al­
g u n a sin u n p o d e r de jurisdicción. No obstante, afirm ado en el
contexto de u n vacío de poder, cobraría un sentido com pleta­
m ente distinto. P erdida ya toda instancia de trascendencia (una
au to rid ad colocada p o r encim a de la c o m u n id a d a la cual de­
be g o b e rn a r y q u e constituya su g a ra n te ú ltim o ), e m e rg ería
co n cretam en te la p reg u n ta respecto de cóm o la nación se p u e­
de rep re sen ta r (autorizar) a sí misma, la cual se desdobla, a su
vez, e n la de cóm o p u ed e ésta ser o rigen y resultado al m ism o
tiem po de la rep resen tació n nacional. Vemos así cóm o el dis­
curso político com ienza ya a gravitar e n to rn o de la cuestión
del pactum soríetatis; em pieza a plantearse el p ro b lem a de cóm o
se constituye el propio poder constituyente. Y esto, com o verem os,
h a b rá de c o n fro n tar a Talam antes con problem as insolubles.

B1 Ibid.
62 Ibid.
La b ú sq u e d a d e los fu n d am e n to s políticos al d e re c h o d e re­
p resen tació n n acio n al (aquella a u to rid ad q u e h a b ría co n feri­
do a los h a b ita n te s d e las colonias la calidad de ciu d ad an o s)
co n d u ce a ese a u to r al C ódigo de Indias. Éste, según dice, co n ­
fiere im p lícitam en te a M éxico la potestad de legislar a lo d o el
R eino de N ueva E spaña.

La Ley segunda, T ítulo octavo, Libro quarto de la Recopila-


ción de Yndias m anda que, “en atención á la grandeza y no­
bleza de la ciudad de México, y á que en ella reside el Virrey,
G obierno y A udiencia de la Nueva España, y fue la prim era
Ciudad poblada de Christianos”, tenga el prim er voto y lugar
de las Ciudades y Villas de la Nueva España. Esta ley es una tá­
cita declaración, ó más bien un verdadero reconocim iento del
derecho que gozan para congregarse las Ciudades y Villas del
Reyno, quando así lo exigen la Causa pública, y bien del esta­
do, pues de otra m anera serían absolutam ente inútiles é iluso­
rios el voto y lugar que se les conceden.63

T alam antes invoca aq u í p ara ello la idea de la p re e m in e n ­


cia ju ríd ic a de M éxico, com o capital del reino, q u e es ju sta m e n ­
te lo que, com o vimos, él mism o negaría en su rechazo del p rin ­
cipio, allí im plícito, d e negotiorum gestor. Es e n to n c e s tam b ién
q u e su a rg u m e n to se com plicaría, desde el m o m e n to q u e lo
obligaría a buscar u n fu n d am e n to n o n a tu ra l al p o stulado de
la preexistencia de la nación. La razón para ello, sin em bargo,
no es tan sencilla d e descubrir. C iertam ente, n o es aq u í el ca­
so, com o en M o ren o , de u n a reacción c o n tra u n a convocato­
ria a C ortes (la g ad itan a) que todavía no se h a b ía realizado. Es
necesario, pues, d e s a n d a r la lógica de su a rg u m e n to a fin de
descu b rir aquellas líneas d e tensión que re c o rre n su discurso.

^ T alam antes, “Id e a d el congreso nacional de Nueva E sp añ a - CcUis;is a n ­


ojj. cit, cap. vil, p. 345.
te rio re s " , e n G en aro G arcía,
Lo prim ero que hay que n o ta r es el desplazam iento concep­
tual producido. La cuestión de la rep re sen ta ció n , com o vemos,
se h a d esp re n d id o ya de aquella o tra relativa a la com posición
del rein o p ara anu d arse al in te rro g a n te , m ás fu n d am e n ta l, res­
pecto de cuál era, m ás allá de cóm o estaba constituida, esa e n ­
tidad que h a b rá de representarse. T alam antes fija la quaestio en
estos térm inos:

A un M inistro que goza la reputación de sabio, honrado y pa­


triota {juré vel injurid, Deus scit), se h a atribuido la expresión
de que el Reyno de Nueva-España, com o Colonia, no tiene re­
presentación nacional ni puede congregarse como Cuerpo pa­
ra organizarse y regenerar su Código Legislativo.64

F re n te a esta postura, lo que se p ro p o n e co n c re ta m e n te es


dem ostrar p o r q u é “las Am éricas, sin e m b arg o de ser Colonias,
tien en actu alm en te rep resen tació n n a c io n a l”. Para ello utiliza
el p ropio a rg u m en to de sus d etractores p ara volverlo en su con­
tra. Según afirm an éstos, no existe tal vacío de au to rid ad pues­
to que, tras la caída del m onarca, persisten aún en las colonias
sus au to rid ad es delegadas que, com o la A udiencia, se e n c u en ­
tran habilitadas a legislar el rein o e n su n o m b re . A hora bien,
según m u estra Talam antes, esto su p o n e ya el reconocim iento
im plícito d e u n a p otestad legislativa resid e n te en las Colonias.

Considerém os solamente que si la Audiencia de México pue­


de dictar esas nuevas Leyes generales, ó, lo que es lo mismo,
suplir las Leyes Coloniales, que están al presente sin uso, con
inm enso perjuicio del Reyno, se inferirá de aquí inm ediata­
m ente que si en las Américas ha habido semejante potestad,
ha habido y hay sin duda representación nacional. Porque ¿no

64 T alam an tes, “Id e a del co n g reso n a c io n a l d e N ueva E spaña", en G ena­


ro G arcía, op. cil., cap. vil, p. 374.
es á nom bre de la Nación, es decir, de este Reyno, á nom bre
del qual, y po r cuyo solo beneficio se han expedido esas nue­
vas determ inaciones? ¿Dónde está, pues, la incom patibilidad
de las Américas para ten er representación nacional, si los mis­
mos que la niegan se aprovechan de ella para dar fuerza á sus
argum entos?65

T alam antes señala así u n a contradicción en sus oponentes.


P e ro es allí tam b ién d o n d e em p ezarían a revelarse las fisuras
p resen tes en su p ro p io arg u m e n to .
Si los p en in su lares c o m ien zan n eg an d o tal potestad legisla­
tiva, lo cual su p o n d ría el desco n o cim ien to de su d e p en d en cia
respecto de E spaña, p a ra te rm in a r afirm ándola, dado que sólo
así p u e d e n av en tar el p elig ro d e la vacaiio legis, inversam ente,
T alam antes c o m ie n za a firm a n d o la posesión de tal potestad,
pu esto q ue, de lo co n tra rio , no cabría pensar que las colonias
p u d ie ra n rec lam a r u n a re p re se n ta c ió n nacional, p ara negarla
de inm ediato, d a d o que, de lo c o n trario , n o existiría la vacatío
legis q u e justificara su convocatoria.

¿Qué autoridad hay hoy en día en este Reyno —se pregunta—


capaz de alcanzar por sí misma los referidos fines, y de exer-
cer tan elevadas funciones? ¿Donde aquel poder que dispen­
sa, abroga, é instituye las Leyes, que les da fuerza y rigor, ó las
altera según las circunstancias? ¿Han recibido jamas los Virre­
yes sem ejante potestad? ¿La h an obtenido las Audiencias?
¿Han podido los Reyes concederla á otro contra los derechos
inherentes al C uerpo de la Nación?66

65 Jlnd., p p . 381-82.
66 Ibid., p. 352. “F a lta n d o p a ra n o so tro s el G o b iern o de la M etrópoli", in­
siste, “n os faltan m u c h as [leyes] q u e la A u d ien cia n o p o d ría suplir sin ap ro ­
piarse d e u n g o b ie rn o legislativo, q u e d e n in g u n a m an era le p e rte n e c e , ni
p u e d e p e rie n e c e rle " (ibid., p. 439).
E ncontram os aquí, finalm ente, aquel núcleo pro b lem ático
que lo obligaba a tom ar distancia del p rincipio de negostiorum
gestor que, sin em bargo, com o vimos, se e n c o n trab a e n la base
de su concepto. En su caso, n o surgió com o u n a reacción a las
preten sio n es de representatividad de las C ortes gaditanas, co­
m o en M oreno, sino fre n te a u n h e c h o au n m ás serio, desde
un p u n to de vista conceptual. En N ueva España, aú n de m a n e ­
ra m ás clara que en el Río de la Plata, no existía en verdad un
vacío de poder. C om o señalaba u n d o c u m e n to red actad o p o r
los fiscales d e la A udiencia q u e lo ju zg ab an , la convocatoria a
un congreso en A m érica era ya, en realidad, un claro d esco n o ­
cim ien to de a u to rid ad e s co n stitu id as de m o d o leg ítim o de
acu erd o con los criterios establecidos, las únicas autorizadas,
según el p ropio texto de Talam antes, a hacerlo.67 Se trataba, en
sum a, de u n acto d e cid id am en te ilegal.

Y la ley 2, tit. 8., lib. 4, de la misma recopilación de Indias man-


da —“Que esta ciudad de México tenga el prim er voto de las
ciudades y villas de la N. E. com o lo tiene en los reinos de Cas­
ulla la ciudad de Burgos, y el prim er lugar despues de la justi­
cia en los congresos que se hicieren (son palabras literales de
dicha ley) por nuestro m andato [de los fiscales], por que sin
él no es nuestra intención y voluntad que se puedan ju n ta r las
ciudades y villas de las Indias”— Resulta, pues, por u n a parte
que el m andar a convocar semejantes congresos, es una de las

67 De a c u e rd o con éste, e ra el virrey q u ie n d e b ía co n v o car al C o n g reso .


“P erte n e c ie n d o al Virrey el d e re c h o d e convocatoria p a ra este C o n g reso (p o r
residir en él el p o d e r executivu del M onarca q u e en la actualidad se halla p e r­
so n a lm e n te im p e d id o ), co n v o cará á los referid o s m iem b ro s p o r m e d io de
u n a C ircular, em p lazán d o lo s p a ra d e te rm in a d o lug ar y tiem p o , el mas breve
qu e sea posible" (ibid., p. 360). Sin em b arg o , c o m o in m e d ia ta m e n te p o d ría
c o m p ro b a r (el g o lp e de Yermo n o d ejaría lugar a d u d as al re sp e c to ), a q u e ­
llas a u to rid a d e s a q u ien es ese a u to r invocaba se n e g a ría n , sin em b arg o , a ha­
cerlo.
cosas reservadas á la Soberanía, y que haciéndose sin tal m an­
dato del Soberano, se haría contra su intención y voluntad.üf>

El p u n to crítico radica e n que, en el p ro p io concepto de Ta­


lam antes, caídas las a u to rid ad es delegadas, caía tam bién n e c e ­
sa ria m e n te con ellas la idea d e u n a re p re s e n ta c ió n nacional.
Tras estas inconsistencias asom an las dificultades q u e e n c u e n ­
tra éste p a ra co n ceb ir ese tipo de a u to rid a d p aradójica a la q u e
invoca (la n a c ió n ), u n a ju risd ic c ió n sin u n p o d e r d e ju ris d ic ­
ción (o, dicho con sus propias palabras, u n a rep resen tació n n a ­
cional sin u n a au to rid ad que p u e d a co n fe rir el título de ciu d a­
d an o sobre la que ésta se fu n d a). En definitiva, T alam antes aú n
n o lo g raría conjugar en u n único c o n c ep to las nociones d e so-
beraníay de nación. En esta im posibilidad convergen razones d e
ín d o le ta n to c o n cep tu al com o práctica.
D esp ren d id a la nación de su fu n d a m e n to n a tu ra l y, al m is­
m o tiem po, politizada (es decir, a rro jad a al rein o de la c o n tra ­
dicción), Talam antes n o p o d ría ocultar la arb itra rie d a d de u n a
a tribución sob eran a que se h ab ía visto ya m in a d a e n su base. El
desconocim iento de las autoridades delegadas —com o su ponía
la id ea de vacatio tegis— im plicaba q u e A m érica h a b ía sido d e ­
vuelta a su estado de naturaleza prim itiva. P ero entonces ya n a ­
die estaría en condiciones de h a b la r en n o m b re de la totalidad
social. La. invocación a la nación p o r p a rte de u n sujeto o g ru ­
po de sujetos suponía, pues, de u n m o d o m u ch o más evidente
aun que en el caso de la A udiencia, cuyas p retcnsiones al res­
pecto T alam antes buscaba com batir, la arro gación ilegítim a d e
u n a rep re sen ta ció n de que carecían, p o r definición. Y en efcc-

“El virrey D. José d e Itu rrig aray al R eal A cu e rd o le co n su lta sobre el


m o d o de c o n c u rrir los ay untam ientos al co n g reso g en eral: contestación y pe-
d im e n to de los fiscales”, en j . E. H e rn á n d e z y Dávalos, / listona de la C u m a ¡le
Independencia de México, M éxico, C om isión N acio n al p a ra las C ele b ra c io n e s
del 175 A niversario d e la In d e p e n d e n c ia N acional y 75 A niversario de la Re­
volución M exicana, 1978, I, p. 581.
to, to d a atrib u ció n de representatividad a p a rtir de e n to n c e s se
vería, en los hechos, siem pre cuestionada. C om o señalaba en
1812 el im p u g n a d o r de u n “M anifiesto de la N ación A m erica­
na" firm ado p o r Jo sé M aría Cos, afirm ar que “la v e rd a d e ra na­
ción A m ericana som os n o so tro s” rep resen tab a u n “abuso d e es­
tas voces”.69 “Soy am erican o com o vos”, insistía, y concluía: “es
claro, mi d o c to r q u e usurpáis crim in alm en te el ilustre n o m b re
de ju n ta sob eran a de la n ació n A m ericana, q u e n o os ha dado,
ni p o d id o d ar tal po d er, y rep resen tació n ".70
De este m odo, tras la im posibilidad de p e n sar la id ea d e có­
m o la nación se re p re se n ta a sí, la cual, en efecto, es atribuible
a ú n a la pervivencia de im aginarios tradicionales, com ienza a
esbozarse, sin em bargo, u n a p ro blem ática q u e ya n o lo es. La
convocatoria a reu n irse e n u n congreso p resu p o n ía, de hecho,
aquello que se buscaba crear: u n a voluntad unificada. Se hace
m anifiesta aquí, en fin, aq uella a p o ría in h e re n te a la id ea de
u n poder constituyente. Y aquí tam bién encontram os el p u n to que
m arca la dinám ica diferencial e n tre la p en ín su la y sus colonias.
Lo que, según G uerra, allí h ab ría em ergido tras la caída de la
m o n arq u ía era, p o r el contrario, a lo que en A m érica tal hecho
habría puesto fin. El v erd ad ero núcleo que subyace y m otoriza
el proceso de reco n fig u ració n de los lenguajes políticos en la
región n o es tanto, o sólo, la vacancia del poder, ni tam poco,
cie rta m en te , la lu ch a c o n tra el o c u p a n te e x tra n je ro , sino el
p ro fu n d o antagonism o que entonces desgarraría a la sociedad
local e n bandos e n fren tad o s a m uerte. Ésta se vería así súbita e
ineluctablem ente arrojada al reino de la política. La g u e rra con­
tra el enem igo e x te rn o se convertiría aquí e n g u e rra civil, que­
b ran d o todo principio de representación.

69 “Im p u g n ació n d e Fr. D iego M iguel de B ringas y E ncinas, al m anifies­


to del Dr. C os”,J. E. H e rn á n d e z y Dávalos, Historia de la Guerra de Independen­
cia de México, cap. iv, p. 513.
70 Ibid., pp. 522 y 568.
Esto nos devuelve a aquel aspecto que todos los m atices n e ­
cesarios q u e in tro d u jo G u erra hiciero n , sin em bargo, desdibu­
jar, q u e consiste, m ás allá de la supuesta m ayor persistencia de
im aginarios tradicionales, en el carácter revolucionario del p ro ­
ceso a p a rtir del cual se fu n d a ría n los nuevos Estados n a c io n a ­
les. Este m ism o h e c h o obligaba a c o n fro n tar u n a serie d e cues­
tiones q u e sim plem ente resultaban ininteligibles en los m arcos
del pactism o clásico, p e ro q u e tam poco se p lan tearían en es os
años e n la p en ínsula. La n ació n d ejaría entonces de ser el p u n ­
to de p a rtid a y la prem isa en la q u e descansaba el discurso in-
d e p e n d e n tista p a ra convertirse ella m ism a en u n problem a. Y
esto d e te rm in a ría u n a seg u n d a inflexión conceptual d e la que
su rg iría u n nuevo lenguaje político. Para que ello se p ro d u je ­
ra, sin em bargo, sería necesario q u e antes se m inara aquel c o n ­
c e p to cuya e m e rg e n c ia h a b ía d a d o inicio, ju sta m e n te , a ese
p roceso de redefm iciones: el de la preexistencia d é la nación
(lo q u e m u estra lo in trin c a d a que p u e d e ser la historia d e efec­
tos p o r los cuales cobra fo rm a un nuevo vocabulario político).

Poder constituyente e indecidibilidad

Es n ecesario aclarar que el tipo de inflexión que estaba allí


p ro d u c ié n d o s e te n ía m en o s q u e ver con los cam bios e n las
ideas d e los actores que con las alteraciones en sus condiciones
de e n u n c ia c ió n , las q u e tra d u c e n la serie de desplazam ientos
o cu rrid o s en el te rre n o de las problem áticas subyacentes, el ti­
po d e cu estio n es a las q u e aquéllos se verían even tu alm en te
co n fro n tad o s, y q u e llevaría a afincar el debate en el p lan o del
pacium societatis.
A un luego de !a in d e p e n d e n c ia , la pervivencia de im agina­
rios sociales tradicionales se iba a expresar, en la m ayoría de los
textos constitucionales surgidos en la prim era década revolu­
cionaria, especialm ente en las disposiciones relativas a la com ­
posición de la C ám ara de S enadores, y que llevaban a la inclu­
sión de obispos, m ilitares dé alta grad u ació n , antiguos directo ­
res de Estado, doctores universitarios elegidos p o r claustro, los
"ciudadanos m ás b e n e m é rito s” o c o m ercian tes y h acen d ad o s
(A rgentina, 1815; C hile, 1822; V enezuela, 1819).7J U n o de los
casos más notables al respecto fue la convocatoria a convención
constituyente que a fines de 1821 realizó Itu rb id e en M éxico.72
Esta o rd en a b a u n a elección estrictam ente estam ental y c o rp o ­
rativa: quince rep resen tan tes p ara el clero, quince m ilitares, un
p ro c u ra d o r p o r ayuntam iento y un a p o d e ra d o p o r A udiencia.
Según señalaban sus críticos, tal o rd e n a n z a vaciaba de sentido
el congreso, p u esto q u e establecía ya de a n te m a n o el m odo en
que la nación estaba constituida, q u e era, precisam ente, lo que
éste debía determ inar.73 Aquellos p ro p o n d ría n , en cam bio, una
representación unificada, igualitaria y p ro p o rcio n al. Com o d e­
cía el clérigo in su rg en te José de San M artín: “N uestros pensa­
m ientos n o p u e d e n ser depositarios de la confianza pública si­
n o en cu a n to re p re se n ta n te s d e la v o lu n ta d g e n e ra l d e la
n a c ió n ”.74
L a convocatoria d e Itu rb id e era ya, e n verdad, anacrónica.
Y ello n o p o r cam bios en las ideas, sino p o r el sim ple h e c h o de
que la noción m ism a de u n p o d e r constituyente se e n c u en tra
inextricablem ente asociado al de u n a voluntad unificada. “U n

71 Los textos constitucionales p u e d en consultarse en www.ee rvantesvirtua


c o m /c o n stitu c io n e s. A gradezco a E rika P añ i h a b e rm e p rovisto la in fo rm a ­
ción aq u í sum in istrad a.
. 72 Al resp ecto , véase el in te re sa n te análisis q u e realiza A lfredo Avila en
“Las p rim e ra s e lec cio n es d el M éxico in d e p e n d ie n te " , Política y Cultura 11,
1998-1999, pp. 29-60.
C om o señ alá Avila, p ara ellos, “ob lig ar a e le g ir a c ierto tipo d e p erso ­
nas’e n -e l C o n g reso le q u ita b a a éste la lib e rta d n e c e saria p a ra c o n stitu ir la
n ación". A lfredo Avila, “Las p rim era s eleccio n es del M éxico in d e p e n d ie n te ",
op. cit., p. 47.
7,1Jo sé de San M artín, “C u estio nes im p o rta n te s so b re las C o rte s”, citado
p o r A lfredo Avila, “Las p rim eras eleccio n es del M éxico in d e p e n d ie n te " , op.
dt., p. 43.
c iu d a d a n o de P u e b la ” señ alab a esto d e un m o d o preciso: sin
elección p ro p o rc io n al e igualitaria, “la ficción legal que su p o ­
n e c o n c en tra d a e n los d ip u ta d o s la voluntad de toda la nación
deja de te n e r fu n d a m e n to y es totalm en te a b s u rd a ”.75 Sin em ­
bargo, está claro q u e esta últim a definición, co m o la anterior,
to rn ab a igualm ente ocioso ese congreso, desde el m o m e n to en
que preestablecía tam b ié n u n d e te rm in a d o c o n c ep to de cóm o
estaba co nstituida la n a c ió n . El q u e ésta n o p a re c ie ra así, sin
em bargo, es p ro fu n d a m e n te sintom ático.
C om o vem os, e n u n o o e n o tro caso, la id ea d e u n p o d e r
constituyente p e rd ía sentido. En definitiva, esto sim p lem en te
m u estra que el m o d o de d efinición d e la n ació n n o es en ver­
d ad el resultado de n in g u n a elección, sino su p resu p u esto . És­
ta escapa del alcance de c u alq u ier congreso, d a d o q u e su p ro ­
pia c o n fo rm ac ió n co m o tal ya la p re su p o n e . A som a a q u í el
fantasm a de u n fu n d a m e n to decisionista en la base d e to d a fo r­
m ación institucional, aquello, en fin, im pensable p a ra el p e n ­
sam iento liberal-republicano: el carácter rad icalm en te c o n tin ­
g en te (en últim a instan cia arbitrario ) de los fu n d a m e n to s de
todo o rd e n político. Lo q u e evita que esto se h ag a m anifiesto
es el ráp id o proceso d e naturalización de los p rec e p to s pactis-
tas que entonces tie n e lugar: p ro n to el sujeto-ciudadano pasa­
ría a ser visto n o sólo com o u n m o d o de definición posible de
las identidades subjetivas, sino sim plem ente com o constituyen­
do la “base n a tu ra l” d e la sociedad. N o o c u rriría así, sin em b ar­
go, respecto de la o tra de las cuestiones planteadas en el d o c u ­
m en to de T alam antes. La d esin teg ració n territo ria l y política
q u e se p ro d u c e tras la in d e p e n d e n c ia te n d e ría p o r m u ch o
tie m p o a d e sn u d a r el c a rá c te r e m in e n te m e n te político de los
m odos de delim itación de los Estados nacionales que en to n ces
em ergieron .

75 “Un c iu d a d a n o d e P u e b la ”, c ita d o p o r A lfredo Ávila, “Las p rim e ra s


elecciones del M éxico in d e p e n d ie n te " , op. «(., p. 47.
Com o decíam os, la p rim e ra d e las cuestiones p ro n to se re ­
solvería en u n se n tid o c la ra m e n te “m o d e r n o ”. D esde el m o-
' m en tó en q u e el consenso h a b ía pasado a ser la fu en te últim a
de leg itim id ad en q u e se sostenía la a u to rid a d (q u e es el su­
puesto im plícito e n la id ea de u n co n g reso c o n stitu y e n te), la
nación d e b e ría a p a re c er com o fu n d a d a de m a n e ra estricta en
lazos libre y v o lu n tariam en te asum idos. H acia 1821, el m exica­
no Jo sé M aría Luis M ora expresaría esto ya sin “h ib rid e ce s”.

¿Qué es lo que en ten d em o s p o r esta voz nació n , pu eb lo o


sociedad? ¿Y cuál es el sentido q u e le h a n dado los p u b li­
cistas, c u a n d o afirm an de ella la so b e ra n ía en los térm inos
expresados? N o p u ed e ser o tra cosa que la re u n ió n libre y
v o lu n tariam en te form ada de h o m b re s que p u e d e n y q u ie­
re n en un te rre n o leg ítim am ente p o seíd o , co nstituirse en
Estado in d e p e n d ie n te de los dem ás.76

Este concepto qu ed ará fijado a p a rtir de entonces en el len­


guaje político. La noción plural d e pueblos p o r cierto n o desapa­
rece, p ero rem itirá ahora, sin em bargo, n o a la cuestión respec­
to de cóm o estaba constituida in te rn a m e n te la nación, sino a
aquella otra, m ás fundam ental, p ero que se revelaría m ás difícil
de resolver (y que e n G uerra se en cu en tra confundida con aqué­
lla), respecto de cóm o identificarla; esto es, cóm o d e te rm in a r
qué grupos h um anos p u e d e n constituirse colectivam ente com o
portadores legítim os de u n a voluntad autónom a, y cuáles no.
En la cita anterior, según vem os, M ora p ro p o n ía dos crite­
rios básicos: la posesión in d isp u tad a de u n suelo y la voluntad
y la capacidad para autogobernarse. Para él, n o cabía d u d a al­
guna de q u e M éxico llenaba am bos requisitos. Este conform a­

76 José M aría Luis M ora, “D iscurso sobre la in d e p e n d e n c ia d el im p erio


m e x ican o ”. Semanario Político y Literario (1822), en Obras sueltas, M éxico, Po-
rrú a, i 963, p . 465.
ba u n re in o c la ram e n te distinguible e n el m apa, cuyos m iem ­
bros, adem ás, h a b ía n h ech o m anifiesta su voluntad de autogo-
bern arse.
M ora, e n definitiva, estaba p e rsu a d id o de que los in te n to s
de secesión e x p re sa b a n m e ra m e n te u n a in co m p re n sió n del
sentido del té rm in o “n a c ió n ”.

El pueblo ignorante, persuadido de su soberanía y careciendo


de ideas precisas que determ inen de un m odo fijo y exacto el
sentido de la palabra nación ha creído que se debía reputar
po r tal toda reunión de individuos de la especie hum ana, sin
otras calidades y circunstancias. ¡Conceptos equivocados que
deben fom entar la discordia y desunión y prom over la guerra
civil!77

La sola explicitación del co ncepto bastaría, pues, para des­


b a ra tar las p reten sio n es de sob eran ía d e los estados provincia­
les.78 No obstante, tal supuesta evidencia hab ría de problem ati-
zarse de inm ediato. La caída del Prim er Im perio que se produjo
al a ñ o siguiente y la oleada secesionista que le siguió revelarían
las am bigüedades q u e tal concepto contenía.

77 Ibid., p. 463.
78 S egún afirm a b a el Dictamen de la comisión especial de convocatoria para un
nuevo congreso (M éxico, Im pr. d el c iu d a d a n o A le jan d ro V aldéz, 1823, p. 7),
“las provincias sólo son p o rc io n e s c o n v en cio n ales d e u n g ran to d o p arecid as
a los signos del Z o díaco , q u e n o ex isten en la n a tu raleza, sino q u e son inven­
tad os p o r los astró n o m o s p a ra e n te n d e r y e x p lica r m e tó d ic a m e n te el curso
de los astros". A esto los federalistas re p lic a rá n q u e las provincias eran hijas
de la “m ism a n a tu r a le z a ”, q u e h a b ía div id id o u n “te rrito ria in m e n so ” p ara
q u e cada p o rc ió n se g o b e rn a ra "según sus in terese s, sin se n tir la opresión de
o tra, p o r h o m b re s q u e co n o zcan sus n e c e sid a d e s y m erezcan su co n fian za”.
V éase V alentín G óm ez Farías, Voto particular del Sr. Gómez Parías, como indivi­
duo de la co?nisión especial nombrada por el Soberano Congreso para examinar la cues­
tión de si se debe o no convocar a u n nuevo Congreso, M éxico, Impr. d e Palacio,
1823, p. 3. A grad ezco a E rika Pañi h a b e rm e provisto esta inform ación.
E n efecto, e n to n c e s se h a ría ev id en te que, c o n tra lo que
M ora su p o n ía , no e ra en ab so lu to sencillo ju stifica r p o r qué
ciertas u nidades adm inistrativas m ayores co n fo rm ab an u n au­
téntico “p u e b lo ” y n o así las diversas secciones de q u e éste se
com ponía. La p ro p u esta de M ora c o n te n ía u n terc e r c riterio
que a p u n ta b a ya en este sentido; u n o sim ilar a lo q u e autores
c o n te m p o rá n e o s llam an el “p rin c ip io del u m b ra l” (el cual, co­
m o vimos, se e n c o n trab a tam bién p resen te ya en T alam antes):
que sólo aquellas que p u e d e n co n fo rm ar unidades políticas via­
bles p o d ría n considerarse auténticas nacionalidades, dotadas
de u n a voluntad autónom a.

Pero ¿cuáles son estas condiciones necesariam ente precisas pa­


ra que una nación pueda constituirse? Son indispensables: I a,
la posesión legítima del terreno que se ocupa; 2S, la ilustración
y firmeza convenientes para conocer los derechos del hom bre
libre y saberlos sostener contra los ataques internos del despo­
tismo y las violencias externas de la invasión; últimam ente, una
población bastante que asegure de un m odo firme y estable la
subsistencia del Estado p o r lo im ponente de una fuerza arm a­
da, que evite igualm ente las convulsiones internas producidas
po r el descontento de los díscolos perturbadores del orden y
contenga los proyectos hostiles de un ambicioso extranjero.
En una palabra, un terreno legítim am ente poseído y la fuerza
física y moral para sostenerlo son los constitutivos esenciales
de cualquier sociedad.79

Sin em bargo, si éste pareció justificarse cu ando de lo que se


trataba e ra de garantizar la in d ep e n d e n c ia respecto d e España,
no resultaría igualm ente eficaz com o a rg u m en to en co n tra de
los reclam os de au to n o m ía de los estados. De hecho, la íncor-

7sJo sé M aría Luis M ora, “D iscurso so b re la in d e p e n d e n c ia del im p erio


m e x ic a n o ”, op. di., p. 405.
p o rac ió n del “p rincipio del u m b ra l”, esto es, la capacidad físi­
ca de u n estado d e sostenerse, te n d ía a trasladar peligrosam en­
te la cuestión al terren o de los hechos: bastaba q u e éste d em o s­
tra ra la c ap acid ad d e d e fe n d e r con acciones m ilitares sus
reclam os p a ra convertirlos ipso fa d o en legítim os.80 Lo cierto es
que, u n a vez consagrado el p rincipio de au to determ inación, n o
h a b ría fo rm a d e acolarlo sin c o n tra d e c ir sus m ism os p o stu la ­
dos: ¿cóm o negarles a aquéllos el ejercicio de ese m ism o d e re ­
ch o q u e M éxico h ab ía reclam ado p a ra sí? L orenzo de Zavala,
el fu tu ro fu n d a d o r de la logia yorkina, señalaría la c o n tra d ic ­
ción llana con los principios rep u b lican o s que im plicaba el in­
ten to d e o bligar a los estados a p e rm a n e c e r d e n tro de la fed e­
ración p o r m edio de la fuerza. C om o explicaba en su alegato
en favor de la aceptación de la separación pacífica de G uatem a­
la (la que se p ro d u jo in m ed iatam en te tras la caída de Itu rb id e ):

Pero entonces [se aduce que] puede suceder lo mismo en Mé­


xico y los dem ás Congresos. Q uién sabe cuál sería en este ca­
so la opinión pública; pero lo cierto es que siem pre debe se­
guirse el voto de la mayoría. La comisión no podía m enos que
o b rar por los principios que ha expuesto, los mismos que han
conducido al Congreso desde el año pasado: yo me acuerdo,

80 El p ro p io T alam antes, e n u n d o c u m e n to q u e p resen ta en el cu rso d e


su descarg o a n te el T rib u n al d e la In quisición q u e lojii7.ga, señala este p u n to
(lo q u e c o n tra d ic e c la ra m e n te su p ro p u e s ta o rig in al). Allí busca d e m o s tra r
que “el p o d e r Phisico n o autorisa p a ra la lib ertad legal; q u e esta p e n d e d e p rin ­
cipios m ui d iferen tes, qualcs son las leyes, los d erech o s, obligaciones y co stu m ­
bres; q u e si el p o d e r Phisico fu era b asta n te p a ra leg itim ar esa in d e p e n d e n c ia ,
p o d ría tam b ién servir de regla a n um erosas acciones m orales, y el h o m b re p o ­
d ría en to n c e s leg alm en te to d o lo q u e p u d iese P hisicam ente, en cuyo caso la
fuerza d ecid iría del d erec h o , según el p erv erso y h e rro n e o p rincipio del im ­
pío H ob bes [...] y q u e p o r ultim o q u a lq u ie ra individuo p o d ría separase de la
Sociedad ó c u e rp o á q u e estaba adicto, c au sán d o se en ello u n a m o n stru o sa
con fu cio n y d e so rd e n e n la S ociedad e n te r a ”. T alam antes, "Plan de la o b ra
proyectada", e n G en aro G arcía, Documentos históricos. . ., cap. vil, p. 49.
señor, que en el seno de V. S. clam aban fuertem ente contra las
tropas [enviadas po r Iturbide] que iban a atacar e San Salva­
dor; pues señor, ¿por qué no respetam os los derechos que en­
tonces se respetaban? ¿Que había en G uatem ala antes dere­
cho para constituir u n gobierno y ahora no?81

El p ro b le m a que antes se p la n te ó e n relació n con el im pe­


rio en su conjunto, se replica a h o ra, a escala red u cid a, en el in­
terio r d e cada u n o de los “re in o s”. P ero esta vez se inscribe ya
d e n tr o de u n m arco de p e n s a m ie n to pactista m o d e rn o . Más
q u e u n a incom prensión del “v erd ad ero sentido d e la política
m o d e rn a ”, lo que ah o ra se hace m anifiesto es el trasfondo apo­
rético que subyace a ese co n cep to .
P o r un lado, el ideal pactista m o d e rn o su p o n e u n p rin cip io
de escisión, u n m o d o d e d e lim itar q u ién es están habilitados a
p a c ta r en tre sí y constituirse colectivam ente com o p o rta d o res
legítim os de u n a voluntad soberana. La idea d e soberanía com o
facultad única, indivisible e in alienable índica, en realidad, la
ausencia de u n lím ite in te rn o a ésta, p e ro , al m ism o tiem po, a
diferencia del antiguo imperium, tiene im plícita, com o vimos, la
existencia de u n lím ite ex tern o (ésta se e n c u e n tra siem pre ins­
cripta dentro de u n cam po in teg rad o p o r p lu ralid ad d e e n tid a ­
des soberanas con las cuales lin d a). Sin em bargo, p o r o tro la­
do, desde el p u n to de vista pactista, tal d elim itació n resu lta
indecidible.
Años m ás tard e, en su rep aso del p ro ceso q u e llevó a la in­
d e p e n d e n c ia , el líd e r c o n serv a d o r m ex ican o Lucas A lam án
revelaría este trasfondo de irracio n alid ad en los fu n d am e n to s
de la n acio n alid ad . C om o se ñ ala b a e n su H istoria de Méjico
(1848-52), la idea de que, d e p u e sto el m o n arca, la so b e ra n ía

81 L o ren zo d e Zavala, “Sesión d el d ía 18 d e o c tu b re de 1823. In te rv e n ­


ció n de Zavala sobre la in d e p e n d e n c ia d e la P rovincia d e G uatem ala", Obras.
El historiador y el representante popular, M éxico, P o rrú a , 1969, p . 885.
retro v ertía en el p u e b lo , d e ja b a todavía in d efin id o a qué pue­
blo se refería. A h o ra b ien , p a ra A lam án, afirm ar q u e se trata­
b a del “pu eb lo m ex ic an o ” e ra u n a m e ra petición de principio,
te n ía ya co m o su p re s u p u e s to el q u e M éxico co n stitu ía u n a
n a c ió n , lo cual era, p rec isam e n te , aq u ello que se e n c o n trab a
e n cuestión.

La audiencia y los españoles m irab an á la N ueva E spaña co­


m o u n a colonia [...] y el ay u n tam ien to y los am ericanos se
apoyaban en.las leyes prim itivas y en la in d e p e n d e n c ia es­
tablecida p o r el código d e Indias, adem ás de las doctrinas
gen erales de los filósofos del siglo anterior, sobre la sobera­
n ía d e las naciones, a u n q u e todas las aplicaciones que de
estas hacían, su p o n ían q u e M éjico fuese ya in d ep e n d ien te
y p u d iese ya o b ra r com o n a c ió n soberana, que era precisa­
m en te lo q u e los otros resistían é im p u g n ab an .82

D esnudos aq u í de u n fu n d a m e n to natural, se descubre e n ­


to n c e s aq u ello q u e en la p re g u n ta a n te rio r aparecía b o rra d o .
Al igual q u e la d efin ició n resp e c to d e cómo está co n stitu id a la
n a c ió n , la de cuál es ésta n o p u e d e ser resu ltad o d e n in g u n a
e lecció n , p u e sto q u e co nstituye la p rem isa de to d a elección;
esto n o p u e d e d e te rm in a rlo n in g ú n co ngreso constituyente
d e sd e el m o m e n to en q u e tal d e fin ició n se e n c u e n tra siem ­
p r e ya im p lícita e n su m ism a convocatoria. La p re g u n ta res­
p e c to d e cuáles son los sujetos d e la im p u tac ió n so b e ra n a nos
traslada, e n fin, m ás allá d e l u n iverso de ideas pactista liberal;
n o s sitúa en el te rre n o d e sus m ism as co n d icio n es de posibi­
lidad.
La relación e n tre rep re sen ta ció n ( nación ) y soberanía ( esta­
do ) se to m a ría así p o r se g u n d a vez problem ática, p ero esta vez

82 L ucas A lam án , Historia de Méjico, M éxico, Im pr. d e j . M. Lara, 1848-


1852,1, p. 191. ,
esta tensión v en d rá a alojarse en el in te rio r de los sistem as de
referen cias c o n c e p tu a le s m o d ern as. Se c ie rra así el círculo
ab ierto p o r T alam antes. La diagonal q u e a b re la torsión con­
ceptual, esa “h isto ria de efectos”, p o r la q u e h a b ría n d e q u e­
brarse los lenguajes tradicionales se desplegaría, com o vimos,
a p a rtir del p u n to en que la rep resen tació n se d e sp re n d e d e la
figura de un so b eran o trascen d en te p a ra transferirse a aquella
e n tid a d que su p u e sta m e n te le preexiste: la nación, la cual d e ­
bería entonces rep re sen ta rse a sí misma, d a n d o así origen a un
nuevo c o n c ep to de so b e ra n ía (u n a so b e ra n ía in m a n e n te , la
cual se co n d e n sa en la fig u ra del p o d e r c o n stitu y e n te). Q u e ­
b rad o a h o ra aquel supuesto que articulaba el cam po sem ánti­
co conform ado p o r las categorías d e pueblo, nación y soberanía,
a saber, el de la preexistencia de la nación, la id ea de ésta ha­
bría nuevam ente d e d esp ren d erse de la so b e ra n ía p a ra rearti-
cularse en un nivel superior, lógicam ente p re c e d e n te de reali­
dad social, que n o será ya, pues, el del acto institutivo originario
de ella sino el d e sus propias prem isas.

Historia, nación y razón

U no de los tópicos tradicionales en la historiografía nacio­


nal latin o am erican a consiste en asociar la p re c a rie d a d d e los
nuevos arreglos institucionales con la m o d e rn id a d de sus orí­
genes. A diferen cia d e las europeas, cuyos o ríg en es m íticos se
h u n d e n e n el p asad o rem o to , las n acio n es latin o a m e ric an a s
eran, m uy obviam ente, construcciones políticas recien tes y, en
g ran m edida, arbitrarias. De m odo sugestivo, las c o rrien te s re­
visionistas reto m ará n este m ism o p atró n interpretativo. Según
señala G uerra, la im posibilidad de arraigar un sentido de na­
cionalidad se explica “e n la m edida que [los nuevos estados na­
cionales] no p o d ría n basarse en aquellos elem en to s culturales
que en la E u ro p a d e fin irá n después la ‘n a c io n a lid a d ’: la len­
gua, la cu ltura, la relig ió n , un origen c o m ú n , real o supues­
to ”.83 Este a rg u m e n to , e n realidad, n o es del to d o com patible
con la hipótesis de este a u to r acerca de q u e fue, p o r el c o n tra ­
rio, la in co m p ren sió n p o r p a rte de la po b lació n local (aferra­
d a, según afirm a, a im aginarios tradicionales) d e la id ea m o ­
d e rn a de n a c ió n , co m o u n a e n tid a d abstracta, h o m o g é n e a y
u n ificad a (es decir, la idea o p u e sta a la q u e refie re e n la cita
a n te rio r), lo q u e im pidió la afirm ación de los nuevos Estados.
En efecto, la c o m p ro b a ció n del o rig e n e stric tam e n te político
d e las naciones latinoam ericanas, q u e es, de h e c h o , la m arca
d e su m o d e rn id a d , p e ro que a h o ra, p a ra G u erra, co n stitu iría
su p rin cip al déficit, llevaría a u n a de sus fu en te s m ás citadas al
respecto, B en ed ict A nd erso n , a la conclusión o p u esta, y a ase­
g u ra r q u e e n A m érica L atina las “co m u n id ad es d e criollos d e ­
sa rro lla ro n te m p ra n a m e n te con cep cio n es d e la n a c io n a lid a d
[nation-ness] mucho antes aún que en la mayor parte de Europa" .84
Lo cierto es q u e los nuevos Estados, u n a vez instalados, re­
q u e riría n , para su afirm ación, fundarse en principios de legiti­
m id a d m en o s co n tin g e n te s que los azares d e las batallas e n las
g u erras d e in d e p e n d e n c ia o la serie d e vicisitudes políticas q u e
les siguieron. La lucha c o n tra el pasado colonial se trocaría e n ­
tonces en u n a lu ch a n o m enos a rd u a p o r n e g a r (o, al m enos,
velar) la ev entualidad de sus o ríg en es com o N ación y e n c o n ­
trarles basam entos culturales m ás p erm an en tes. A fin d e afir­
m ar los nuevos Estados e ra necesario, en fin, co n so lid ar lo que
n o era m ás que un patriotism o am ericanista vago en u n a “c o n ­
ciencia nacional” a la que se sub o rd in aran otras form as de iden­
tidad (regionales, d e casta, etc.). Surgiría así la idea d e que los

85 Frangois-X avier G u e rra, "Las m u ta c io n e s d e la id e n tid a d en la A m éri­


ca hispánica", e n G u e rra y A n n in o (co o rd s.), Inventando La nación, p. 21.9.
84 B en ed ict A n d erso n , Imagined Communities, L o nd res, Verso, 1991, p. 50.
P ara u n a perspectiva o p u esta, véase Jo sé C. C h ia ra m o n te , “Et m ito de los o rí­
g en es e n la histo rio g rafía la tin o a m e ric a n a ”, Cuadernos del instituto Raxiignani
2, B uenos Aires, In stitu to d e H isto ria A rg en tin a y A m erican a “Dr. E m ilio Ra-
v ig n an i”, 1991.
nuevos E stados sólo d iero n form a institucional a n acio n alid a­
des larg a m e n te p reexistentes cuyo linaje la historiografía res­
pectiva h a b ría d e revelar.
Este p ro g ra m a acom pañará de m a n e ra n atu ral el giro co n ­
ceptual que com enzaba a p ro d u cirse e n E u ro p a con la difusión
de las filosofías de la historia del rom anticism o. Estas co ncebi­
rán a las naciones com o organism os q u e evolucionan siguien­
do sus propias tendencias in h ere n te s de desarrollo, desplegan­
do históricam ente aquel principio que las identifica. De acuerdo
con este co n cep to , cada nación d e n e su lógica objetiva de fo r­
m ación inscripta en su p ro p ia configuración natural. La volun­
tad subjetiva p u e d e eventualm ente a le n tar o desalentar d e te r­
m inadas tendencias in h eren tes suyas; lo q u e no p u ed e h a c er es
desconocerlas llanam ente y p re te n d e r in tro d u c ir en ese orga­
nism o social u n curso evolutivo que n o form e p arte ya de sus al­
ternativas potenciales d e desarrollo. El conocim iento histórico,
la p e n etració n d e ese germ en prim itivo de sociabilidad en que
descansa la co m u n id ad dada, y explica el sentido de las vicisitu­
des de su curso histórico efectivo, c o n te n d ría tam bién, pues, las
claves últim as de su gobem abilidad.
D e n tro de los m arcos d e los esquem as tradicionales d e la
historia de ideas, este co n cepto organicista n o p u ed e in te rp re ­
tarse sino com o u n regreso a un ideal social m ás p ropio del An­
tiguo R égim en. El historicism o rom ántico parece, en efecto, re­
tro tra e r al p e n sam ien to local a u n h o riz o n te de ideas m uy
próxim o al constitucionalista histórico. Este p ro v en a la m atriz
de pen sam ien to básica que llevaría a ap elar al pasado a fin de
d escubrir la constitución natural p ro p ia a cada co m unidad n a­
cional, lo que devolvería a usos claram ente tradicionales de tér­
m inos tales com o los de “co n stitu ció n ” y “n a c ió n ”. De allí que,
p ara G uerra, la definición d e nación de Sarm iento, de que “la
au to rid ad se fu n d a en el asentimiento indeliberado que una nación
da a un hecho permanente", le aparezca com o u n a clara p ru eb a de
la pervivencia de im aginarios tradicionales. Ésta, dice, “po n e
im plícitam ente de m anifiesto la inexistencia de la nación mo-
d e m a —e n te n d id a co m o u n a asociación de individuos a u tó n o ­
m os, los ciu d ad an o s— y sí, en cam bio, la perm an en cia d e ese
otro tipo d e co m u n id ad es venidas de la historia que clam an por
sus derechos ig n o ra d o s en el nuevo sistem a de referencias”.85
R esulta aq u í d e nuevo sintom ático el h ech o de que las co­
rrien tes revisionistas latinoam ericanas, e n su in te n to de discu­
tir los relatos n acionalistas locales, se basen e n autores com o
B enedict A n d e rso n y Eric H obsbaw m , a quienes invocan siem ­
p re para extraer, en realidad, u n a conclusión opuesta a la de
aquéllos. Lejos d e d e n u n c ia r su tradicionalism o, lo que esos au­
tores in te n ta n es d e sm o n ta r las visiones nacionalistas revelan­
do, ju sta m e n te , có m o la idea ro m án tica organicista de nación
com o u n a e n tid a d n a tu ra l y objetiva ( “in d e lib e ra d a ” y “p e rm a ­
n e n te ”, en las p alabras de Sarm iento) es u n a categoría, en ver­
dad, absoluta y completamente moderna , sin lazos en com ún con
los m odos p re m o d e rn o s de co m p ren sió n de la sociedad.
La identificación del organicism o rom ántico con el c o n cep ­
to organicista de u n Jovellanos o u n M artínez M arina lleva, en
efecto, a p e rd e r d e vista el aspecto crucial que distingue am bos
ho rizo n tes de p en sam ien to . La apelación a la historia q u e p ro ­
p o n ía el constitucionalism o histórico expresaba, ju sta m e n te, la
carencia d e to d a conciencia p ro p ia m en te histórica. Esta seguía
el viejo ideal ped ag ó g ico c icero n ian o d e la historia magister vi­
tan. Com o señaló Koselleck, tal ideal pedagógico se sostiene en
el supuesto de la iterabilidad de la historia, es decir, que las mis­
m as situaciones básicas se reitera n , sólo alteran d o su escenario.
En definitiva, éste carece de u n co n cep to de la H istoria com o
u n sustantivo colectivo singular (un en si y para sí) , que co n tie­
ne u n principio intrínseco de desarrollo, es decir, despliega una
tem p o ralid ad in m a n e n te , h a c ie n d o im posible todo regreso a
situaciones p rec e d e n te s, que es la n o c ió n que introdujo, p reci­
sam ente, el rom anticism o. Lo que existían para aquél e ran , p o r

85 Franfois-Xavier Guerra, Modernidad, e independmáas, p. 350.


el co n trario , pluralidad de historias, las cuales h ab rán eventual-
m e n te de reiterarse. E n fin, lejos d e p a rticip a r de un m ism o
concepto, es este ideal p edagógico tradicional lo que las filoso­
fías de la historia del rom anticism o vinieron, ju stam en te, a des­
m antelar.86
La in terp retació n de G uerra, hay q u e decirlo, es u n a m ues­
tra del tipo de anacronism os a los q u e c o n d u c en las visiones di-
cotóm icas propias de la tradición de historia de ideas (en cu­
yos m arcos, todo a p a rtam ien to del tipo ideal liberal ilustrado
“m o d e r n o ” n o cabe p e n sarlo m ás q u e com o u n a re c a íd a en
u n a visión tradicionalista, q u e exp resaría la persistencia de pa­
tro n es culturales o sociales p re m o d e rn o s). En definitiva, éstas
llevan a a rra n c ar los sistem as conceptuales del nicho epistem o­
lógico particu lar d e n tro d e los cuales cobran sentido, estable­
ciendo así arbitrarias conexiones transhistóricas. La asociación
e n tre dos conceptos c o rre sp o n d ie n te s a p e río d o s m uy distin­
tos de la h istoria intelectual, com o el constitucionalism o h istó­
rico y el rom anticism o, en u n a co m ú n oposición al co n cep to
liberal ilustrado que fuera, de h e c h o , co n te m p o rá n e o del pri­
m ero, es un claro ejem plo del tipo de problem as que p lan tean
los análisis centrados en las “ideas”, obliteran d o el sustrato con­
ceptual que en cada caso les subyace y d e te rm in a la historici­
d ad de las form aciones discursivas.
E n efecto, a pesar de sus co n ten id o s opuestos en el nivel de
su discurso explícito (las ideas), el constitucionalism o históri­
co (“tradicionalista”) se sitúa, e n realidad, en u n m ism o plano
epistém ico que el p en sam ien to liberal ilustrado (“m o d e rn o ”);
co m p arte con éste un m ism o suelo categorial. Am bos se fu n ­
d a n e n u n a m ism a visión ahistó rica ta n to del m u n d o natural
com o social. En fin, resultan indisociables, e n tre otras cosas, de

86 Al respecto, véanse R e in h a rt K oselleck, Criticay crisis del mundo burgués


M adrid, R ialp, 19G5, y "La h istoria m ag istra v'itac", Futuro pasado, B arcelona,
Paidós, 1993, pp. 41-66.
las teorías fijistas de la historia natural de los siglos xvn y xvui.87
El su rg im ien to del p e n sa m ie n to ro m á n tic o , p o r el co n trario ,
se asocia e stre c h a m e n te al d esarro llo d e las co rrien tes evolu­
cionistas surgidas a com ienzos d el siglo XIX y resu lta in co m ­
prensible d esp ren d id o de ellas. Éstas h a b rá n de q u eb rar la opo­
sición e n tre evolución y p refo rm a c ió n , p ro p ia d e la historia
natural, in tro d u c ie n d o u n p rin cip io de fo rm ació n progresiva
en los procesos genéticos. En este caso, lo q u e se e n c o n tra rá
p re fo rm a d o , y q u e garantiza, e n últim a instancia, la regulari­
d ad de los procesos biológicos y p e rm ite la rep ro d u c c ió n siste-
m ática de las especies, ya n o será n in g ú n co n ju n to de rasgos fi­
jo s, sino el prin cip io de su form ación, algo p arecid o a lo q u e
hoy llam am os u n “p ro g ra m a g e n é rico ”.88
Este co n cep to se aplicará tam bién p a ra c o m p re n d e r la g é­
nesis de las sociedades. Se in tro d u c e así u n prin cip io de desa­
rrollo en el plano de la instancia constitutiva de la sociedad (és­
ta n o será el resu lta d o d e u n ú n ic o acto, sino de un largo
proceso m ad u ra tiv o ), a b rie n d o , d e este m o d o , u n h o riz o n te
nuevo de in terro g ació n , e x tra ñ o p o r co m p le to al lenguaje li­
beral ilustrado. En últim a instancia, la llegada del rom anticis­
m o vino a lle n a r u n vacío c o n cep tu al e n el co n cep to pactista
m o d ern o , p erm itien d o tem atizar aquello im plícito en este, pe­
ro in a b o rd a b le d e n tro d e sus m arcos: có m o se constituye el
propio poder constituyente,89 Para ello, sin em bargo, deb erá a n ­

87 V éase Elias J . Palti, L a nación como problema.


88 Vcasc E líasJ. Palti, “La ‘m etáfo ra d e la vida'. La filosofía d e la histo ria
de H e rd e r y los d esarro llo s d esiguales en las ciencias n atu rales de la Ilu stra­
ción ta rd ía ”, Aporías, pp. 133*192.
S9 C om o señ ala J ü r g e n H a b e rm a s: “H ay u n a b re c h a co n ce p tu a l en la
co nstrucción legal del estad o co n stitu cio n al q u e invita a ser llen ad a p o r u n a
in terp re tació n n aturalista d e la nación . La e x ten sió n y los lím ites de u n a re­
pública no p u e d e n establecerse so b re la base d e criterio s norm ativos. E n té r­
m inos p u ra m e n te norm ativos, n o p u e d e explicarse có m o se co m p o n e el u n i­
verso de aquellos q u e se u n e n a fin de fo rm ar u n a asociación libre e igualitaria
tes m in ar aquel supuesto q u e se e n c o n tra b a en su base y hab ía
sido la p ie d ra de to q u e p a ra la m u ta c ió n c o n c e p tu a l a b ierta
con la revolución de in d ep e n d e n c ia : el p o stu lad o de la g é n e ­
sis convencional de lo social, con lo q u e term in a destruyendo
el concepto m ism o de poder constituyente. Más p recisam ente, vol­
verá a recluirlo en el ám bito estricto del pactum subjectionis, pa­
ra h e n d ir la id ea de u n pactum societatis y tran sferirla al plano
de los procesos evolutivos objetivos. Este vuelve a colocarse, en
fin, del lado d e la naturaleza, p e ro esta vuelta so b re sí del len ­
guaje político p ara m in ar sus m ism as prem isas n o devolverá ya,
sin em b arg o , a u n c o n te x to discursivo p re c e d e n te . E n p arte,
p o rq u e esa m ism a n aturaleza ya se h a tran sfo rm ad o , se h a di­
versificado e historizado, a lb e rg an d o p lu ra lid a d de tem p o rali­
dades diversas. La ley natural q u e a h o ra se invocará ya n o será,
pues, aq uella g e n érica h u m a n a d e l neoescolasticism o (que
tam bién c o m p artía el p rim e r liberalism o, h a c ie n d o autocon-
tra d k to rio el postulado d e la p reex isten cia d e la n a c ió n ), sino
que rem itirá a aquel plan deformación específico a cada organis­
m o particular.90 En todo caso, la idea de u n a oposición llana
e n tre ilum inism o y ro m an ticism o (atom ism o y organicism o)
p ierd e de vista el vínculo al m ism o tiem po inescindible y con­
flictivo que liga a am bos h o rizo n tes co n cep tu ales, el n e x o di­

q uiénes d e b e n y q u ién es n o d e b e n p e rte n e c e r a d ich o círculo. D esde un


p u n to de vista norm ativo, los lím ites territoriales y sociales de u n estado cons­
titucional son co n tin g en tes El nacionalism o e n c u e n tra su p ro p ia respues­
ta práctica a u n p u n to q u e n o p u e d e ser resuelto en la te o r ía ”. Jü rg e n H aber-
mas, 'T h e E u ro pean N ation-State -1 ts A chievem ents an d ItsLim its. O n th e Past
a n d P resen t o f Sovereignty a n d C itizenship", en G opal B alakrishnan (com p,),
Mapping the Nalion, L ondres, V erso/N ew L eft Review, 1996, pp. 287-8.
90 La id ea d e “plan d e fo rm a c ió n ” fue in tro d u c id a en el siglo XV1H p o r
E tien n e GeofTroy, fu n d a d o r d e la cristalografía, y p a d re del fam oso biólogo
G eoffroy de Saint H ilaire, q u ien ap licará ese c o n ce p to a la b iología en d o n d e
te n d rá larga historia. U n o de sus seguidores, G o eth e, usará el m ism o co n cep ­
to com o base p ara su fam oso escrito so b re “la m etam o rfo sis d e las p la n tas”.
n ám ico q u e lleva de u n o a o tro y q u e hace a este últim o u n a
fo rm ació n conceptual rad icalm en te diversa de la prim era, pe­
ro cuya em erg en cia h a b ría sido inconcebible sin ésta.
Lo visto perm ite c o m p re n d e r m e jo r el sentido de la em pre­
sa in te le c tu al a la que se abocaría, con éxito desigual, u n a se­
g u n d a g e n e ra c ió n de p e n sad o re s surg id a tras la in d e p e n d e n ­
cia. Q u ie n m ejo r la sintetizó fue, en realidad, un alem án, KarI
von M artius, cu a n d o en 1842 defin ió el program a q u e hab ría
de p resid ir al cenácu lo de h isto riad o res congregados en torno
del In stitu to H istórico y G eográfico Brasileño. En Como se deve
escrever a Historia do Brasil, Von M artius consagraba la idea de la
p e cu liarid ad de su existencia n acional fu n d ad a en la fusión ori­
ginal d e tres elem en to s raciales-culturales diversos: el indíge­
n a, el n e g ro y el p o rtu g u é s. “E stam os v ie n d o ”, concluía, “un
p u e b lo nuevo n a c e r y desarro llarse d e la u n ió n y el contacto
e n tre estas tres razas distintas. P ro p o n g o que su historia evolu­
cio n e de a cu erd o con su ley específica de estas tres fuerzas con­
v e rg e n te s”.91 S obre estas bases se c o n stru iría en ese país u n a
te m p ra n a y p o d e ro sa tradición historiográfica,92 q u e alcanza­
ría su p rim era síntesis con la Historia, Geral do Brasil (1854-1857),
d e Francisco A. de V arnhagen. Allí se revelaría cómo se fue con­

91 E n B radford B u m s (c o m p .), Perspectivas on Brazilian History, N ueva York


y L o n d re s, C o lu m b ia U niversity Press, 1967, p . 23. "El g en io d e la h isto ria ”,
d ecía m ás a d e la n te von M artius, “p ro p u s o la m ezcla de pueb lo s de Ja m ism a
raza co n razas tan e n te ra m e n te d ife re n te s e n su in dividualidad y carác te r fí-
sico y m o ra l a fin de fo rm ar u n a nueva y m aravillosa nación o rg an izad a” (ibid.,
24). “C o m o se deve escrever a h isto ria d o Brasil" fue el trabajo p rem ia d o p o r
el In s titu to en el c o n cu rso realizad o a p ro p u e s ta d e d a C u n h a B arbosa d u ­
ra n te su 51a sesión d e n o v iem b re d e 1840.
92 P a ra este re su ltad o fu e clave la fig u ra d e P e d ro II, q u ien presid iría en
p e rs o n a las sesiones d el IH G B d u ra n te c u a re n ta años, desde 1849 hasta su
d e rro c a m ie n to . La de) h is to ria d o r se volvería así u n a figura p articu larm en te
n o ta b le d u ra n te el S e g u n d o Im p e rio , d a d o su acceso d irec to al m o n arca,
sien d o éstos n o rm a lm e n te re c o m p e n sa d o s co n títulos d e nobleza y altos car­
gos políticos.
fo rm an d o un tipo brasileño particular, d e sp re n d ié n d o se pro­
gresivam ente de su antepasado portugués, y que dotaría a la na­
ción brasileña de u n a id en tid a d defin id a.H3
Es cierto, sin em b arg o , que en la A m érica h isp a n a (quizá
con la sola —y n o tab le — excepción de C hile) dicho proyecto
se revelaría m u ch o m ás difícil de realizar, y sólo de m an e ra tar­
día e n el siglo xix h a b ría de plasm ar (au n q u e e n un m arco in­
telectual ya m odificado, teñ id o p o r las ideas positivistas). Pero
ello n o resu ltaría n e c esa ria m e n te de las características d e las
nuevas sociedades posrevolucionarias. De h e c h o , la ausencia
de u n a identidad nacional fácilm ente p e rc e p tib le n u n c a fue en
sí m ism a u n obstáculo p a ra la creación del tipo de ficciones de
id en tid ad com o las nacionales. Pensar esto sería no tan to u n a
in g enuidad com o ac ep ta r acríticam ente lo q u e el p ro p io rela­
to genealógico de la nacionalidad postula. En definitiva, la afir­
m ación revisionista que señala la carencia de fu n d am en to s cul­
turales p ree x iste n te s a los nuevos Estados co m o explicación
últim a de su precariedad, en realidad, no hace sino afirmar, por
la negativa, aquello que niega p o r la positiva. Es decir, presu­
p o n e la validez, en principio, del esquem a explicativo naciona-
lista-culturalista, lo q u e revela hasta q u é p u n to la visión revisio­
nista de la histo ria político-intelectual latin o a m e ric an a no es
sino la contracara invertida de la nacionalista.
P o r otro lado, tam poco alcanzaría a explicar cóm o fue que,
au n q u e los supuestos co n d icionantes culturales últim os n o se
alteraron en lo esencial, puesto que se tra taría de u n sustrato
inm utable, p o r definición, se iría eventualm ente im p o n ien d o
en los distintos países un poderoso sentido de la nacionalidad,
q u e term in a ría s u b o rd in a n d o efectivam ente otras form as de
identidad. Lo cierto es que, más allá de las d u d as y diferencias
que inevitablem ente subsistirán respecto de cuáles serían éstas,

93 Francisco A. d e V a rn h a g e n , Historia Geral do Brasil, S an P ablo, E ditora


U niversidadc d o Sao P aulo, 1988.
e n la se g u n d a m ita d d e l siglo xix se iría d ifu n d ie n d o con ra~
pidez la id e a de la ex isten cia d e id e n tid a d e s n a c io n a le s dife­
renciales. Este su p u e sto p ro n to se n a tu ra liz a ría e n el discurso
político, pasando a fo rm a r parte del suelo d e sus prem isas in-
cuestionadas. La n ació n d ejaría de a p a re c e r ella m ism a com o
p roblem a, com o u n a e n tid a d histórica y co n tin g e n to (y, p o r lo
tanto, arbitraria, cuyos fu n d am e n to s resultan, en ú ltim a in stan ­
cia, indecidibles) p a ra convertirse en u n a verdad autoevidente,
el p rincipio explicativo últim o de todo d esarro llo histórico. Re­
suelta así fin alm en te la seg u n d a de las p reg u n ta s q u e tcnsiona-
ro n el d ebate político e n las décadas críticas q u e sig u iero n a la
in d ep e n d e n c ia , se reab riría, sin em bargo, la p rim e ra de ellas,
a u n q u e ello o cu rrirá e n u n co n tex to discursivo ya a lterad o p o r
com pleto. Es la idea de un sujeto h o m o g én e o la q u e h a b rá de
problem atizarse de nuevo, síntom a inequívoco del proceso de
socavam iento q u e venía sufriendo el vocabulario surgido d e la
q u ie b ra del vínculo colonial. C o m en zará así a esbozarse una
nueva m utación conceptual. Las redefiniciones operadas en tor­
n o del cam po sem ántico articulado a p a rtir d e las categorías de
opinión pública, razón y voluntad nos p erm itirán observar más en
detalle la e stru c tu ra básica q u e definía a ese vocabulario, y có­
m o ésta se iría m in a n d o hasta p o r fin dislocarse, ab rie n d o así
u n h o rizo n te conceptual ya p o r com pleto e x tra ñ o a aquél, pe­
ro n o p o r ello m en o s in h e re n te m e n te “m o d e rn o ”.
Opinión pública / Razón /
Voluntad general

La opinión pública, en otras palabras, implica la aceptación


de una política abierta, pública. Pero, al mismo tiempo, su­
giere una política sin pasiones, una política sin facciones,
una política sin conflictos, una política sin temor. Podría de­
cirse incluso que ella representa una política sin política.

K e ith M . B a k e r, Inventing the French Revolution

La ru p tu ra del vínculo colonial trajo aparejadas, com o vi­


m os, alteracio n es políticas irreversibles. Privadas ya las nuevas
a u to rid ad es d e to d a g aran tía trascen d en te, sólo la voluntad de
los sujetos p o d ría proveerles u n fu n d am e n to de legitim idad. Y
ésta e n c a rn a ría e n la “o p in ió n p ú b lic a ”. De allí q u e los g o b e r­
n a n te s h a b rá n de invocarla siem pre. Tal invocación n o sería,
adem ás, sólo retó rica. En el curso del siglo XIX se difu n d e con
rapidez la id ea d el “p o d e r de la o p in ió n ”. Esta aparecerá com o
u n a su erte d e trib u n a l en últim a instancia cuyo fallo sería ina­
pelable. S egún se adm ite, n in g ú n g o b iern o p o d ría sostenerse
si c o n tra d ije ra las tendencias de la opin ió n .
La p re g u n ta q u e esta p ersp ectiv a p la n te a es q u é e ra esta
“o p in ió n p ú b lic a ” de la q u e se h ab lab a, quiénes la fo rm ab an ,
cuáles e ra n son sus órganos, cuáles, e n fin, los fu n d am e n to s
de su alegado p o d e r y efectividad. La respuesta a estas p re g u n ­
tas n o p u e d e ser unívoca, d a d o q u e ta n to las ideas al respecto
co m o las p rá c tic a s c o n c re ta s en q u e éstas se su ste n tab a n se
m o d ificaro n de m a n e ra p ro fu n d a a lo largo del siglo. El tra ­
zado de la e rrá tic a trayectoria de la o p in ió n pública e n A m é­
rica L atina nos ofrece claves fu n d am e n ta les p a ra c o m p re n d e r
la e s tru c tu ra del len g u aje político surgido de la descom posi­
ción de los im aginarios tradicionales, q u e llam arem os el “m o ­
delo ju ríd ic o d e la o p in ió n p ú b lic a ”, 1 y cóm o ésta se iría, a su
vez, m in a n d o , a b rie n d o así las p u e rta s a u n a nueva m u ta c ió n
c o n c ep tu a l.2

Los orígenes del modelo jurídico de la opinión pública


y sus presupuestos

E n u n artículo incluido en Los espacios públicos en Iberoamé­


rica, A nnick L em p ériére ofrece u n rela to del origen del c o n ­
cepto “m o d e rn o ” ( “fo re n se ”) de o p in ió n pública que nos ayu­
da a c o m p re n d e r cóm o se d e sp re n d e y en q u é se distingue de
sus an teced en tes clásicos.3 P o r cierto, las ideas de opinión y pu-

1 Esto es, la id ea d e ésta co m o u n a su e rte d e trib u n a l n e u tra l q u e , tras


evaluar la evidencia d isp o n ib le y c o n tra sta r los d istin to s a rg u m e n to s, accede,
id e a lm e n te , a la "verdad del ca so ”. Ya Alexis d e T ocqueville señ aló la im p o r­
tan cia q u e tuvo la c u ltu ra ju ríd ic a e n la e m e rg e n c ia d el c o n c e p to m o d e rn o
d e la o p in ió n p ú b lica. “Las c o rtes d e ju s tic ia ”, d ec ía , “fu e ro n m a y o rm e n te
resp o n sab les d e la n o c ió n d e q u e to d o a su n to d e in te ré s p ú b lico o p rivado
sea sujeto a d eb ate". Alexis de T ocqueville, Oíd Regime and Revolution, G a rd e n
City, N ueva York, D oubleday, 1957, p. 117. S o b re los o ríg e n e s d e ese c o n c e p ­
to, véanse K eith M ichael Baker, Inventing llieFrench Revolution. Essays onFrench
Political Culture in the Eighteenth Century, N ueva York, C am b rid g e U niversity
Press, 1990; R o g er C h artier, Espacio público, crítica y desacraüzación en el siglo
XVII!. Los orígenes culturales de la Revolución Francesa, B arcelo n a, G edisa, 1995,

y jú rg e n H ab erm as, The Structural Transformation o f the. Public Sphere. A n Inquiry


inte a Category o f Bourgeois Society, C am b rid g e, T h e M IT Press, 1991.
2 Esta hipótesis se e n c u e n tra d e sa rro lla d a en Elias j . Palti, L a invención de
u n a legitimidad. Razón y retórica en el pensamiento mexicano del siglo X IX (£/jt estu­
dio sobre las formas del discurso político), M éxico, FCE, 2005.
5 En su co n trib u c ió n a Los espacios públicos en ¡bcroaménca, G eneviéve Ver-
d o señ ala q u e “La n o c ió n d e ‘o p in ió n p ú b lica ' e n el m o m e n to d e su ap a ri­
ción —es decir, en la últim as d écad as d el siglo xvm, al d e se n c a d e n arse las re­
v o lu cio n es lib erales— n o se d e fin e fá cilm e n te. Los e stu d io s d e M ichael K.
B aker (sic) y M o n a O z o u f sobre el caso fran cés m u e stra n q u e coexisten en el
blicidad n o n a c e n a fines del siglo xvni; ellas fo rm a b an p a rte
fu n d a m e n ta l del discurso p o lític o p re c e d e n te . “Id e a lm e n te ”,
dice L e m p é rié re , en el A ntiguo R égim en “cu a lq u ier c o n d u c ta
d e b ía esta r e n el caso d e ser ‘p ú b lic a ’ p o rq u e la pu b licid ad ga­
ran tiza b a su rec titu d m o ra l”.4 La o p in ió n pú b lica fungía así al
m o d o de u n “trib u n a l”, c e n su ra n d o o a p ro b a n d o p ú b lic a m e n ­
te las c o n d u ctas individuales, fijando, e n fin, u n a “o p in ió n so­
c ia l” o rep u ta ció n . Este es tam b ién el c o n c ep to al q u e a p elan
los p rim e ro s patriotas. Los escritos del m ex ican o José J o a q u ín
F e rn án d e z de Lizardi ilustran có m o se p ro d u c e esa torsión p o r
la cual éste se convertiría en la base p a ra m in a r el rég im en co­
lonial.
S ig u ien d o u n a p a u ta trad icio n al, e n los escritos de E l pen­
sador mexicano (su se u d ó n im o p re fe rid o ), la o p in ió n p ú b lic a
aparece co m o u n a su erte de reservorio d e m áxim as c o n su etu ­
din arias trasm itidas de g e n e ra c ió n e n g e n e ra c ió n m ed ia n te el
ejem p lo ( “consuetudo est altera natura", d e c ía );5 e n fin, u n a doxa
o saber social com partido en q u e se e n c a rn a aquel co n ju n to de
p rin cip io s y valores m orales d o n d e descansa la convivencia co­
m unal, En ellos se condensa, a su vez, u n a inclinación al bien
in n a ta e n el ho m b re, se hace m anifiesta su naturaleza racional.
El error, p o r el co n trario , expresa u n a desviación de las sanas
costum bres, p ro d u cto de u n a m ala ap reciación de las norm as
sociales, o bien de alguna perversión con g én ita (com o el egoís­
m o, la codicia, etc.). P ero éste sólo p u e d e afectar a los hom bres

léxico de la ép o ca m uch as e x p resio n es (e n tre otras, las de esprit public) cuyos


sen tid o s son próxim os y qu e la n o ció n m ism a ap a re c e m arcad a p o r cierta am ­
b ig ü e d a d ”. V erdo, “El e sc án d alo d e la risa, o las p arad o jas d e la o p in ió n en
el p e río d o d e la e m a n c ip a c ió n rio p la te n se ", e n G u e rra y L e m p c rié rc
(c o o rd s.), Los espacios públicos en Iberoamérica, p. 225.
4 A nnick L em p ériére, "R epública y p u b licid a d a Finales dei A ntiguo Ré­
g im en (N ueva E spaña)", e n G u e rra y L e m p é rié re (co o rd s.), op. cil., p. 63.
5 Jo sé Joaquín F e rn án d e z d e L izardi, “E ducación", El Pensador Mexicano
(2 /1 /1 8 1 3 ) , e n Obras, M éxico, UNAM , 1968, III, p. 107.
co n siderados de m an e ra individual;6 n u n c a p u e d e convertirse
en prin cip io s d e c o n d u c ta socíalm ente com partidos. Los escri­
tos de F ern án d ez de L izardi revelan u n a confianza, si n o en la
p ro b id a d de los ciu d ad an o s com o individuos, sí en el sistem a
de los co n tro les sociales q u e p ro te g e n y p reserv an a los suje­
tos de las pasiones, las cuales en privado p u e d e n d esplegarse
con lib ertad . De allí el consejo d e “el c o ro n e l” a su hija, Pru-
d e n c ia n a , en L a Q u ijolitay su prim a, de q u e evite el c o n ta c to
con los h o m b re s en privado, d a d o q ue, “c u a n d o n o ten e m o s
testigos de nuestras d e b ilid a d e s”, “las pasiones n o se p u e d e n
sujetar a la ra z ó n ”.7 En fin, com o señalaba L e m p érié re , sólo la
publicidad de las acciones h a ría posible distin g u ir el b ien del
m al (la falsa virtud, d ecía F e rn án d e z de Lizardi, “n o p u e d e ser
c o n sta n te ” y, al final, siem pre se d e scu b re ).8
Sin em bargo, aquel a u to r in tro d u c ía un giro fu n d am e n ta l
en este c o n c ep to d esd e el m o m e n to que en n o m b re d e esta
o p in ió n pública in te rp ela b a a las pro p ias au to rid ad es colonia­
les. De este m odo las colocaba en u n pie de igualdad con el res­
to de los m ortales; b o rra b a el pathos de la distancia q u e le c o n ­
fería su d ig n id ad y que e m a n a b a del arcano (la posesión de un
saber inaccesible a los com unes súbditos). C om o p u n tu aliz a en
un pan fleto dirigido al virrey Venegas:

Hoy es cuando los aduladores andarán quebrándose las pier­


nas po r subir a la cum bre bipartila [ _] Pero ¡oh, fuerza de la

6 De allí deriva la sociabilidad n a tu ra l del h o m b re . "Esta n e c e sid a d [de


re u n irse en sociedad] se fu n d a ”, d ecía Suárez, “en el h e c h o d e q u e el h o m ­
b re es u n anim al sociable, q u e ex ige p o r su p ro p ia n atu ra le z a u n a vida social
y d e re la ció n co n o tro s h o m b re s. [ ...] P u es los h o m b re s, in d iv id u a lm e n te
con sid erad o s, difícilm en te co n o c e n las exigencias del b ie n c o m ú n , y ra ra vez
lo d esean p o r sí m ism o s”. F rancisco Suárez, De legitms, lib. i, cap, m , p. 57.
7Jo sé J o a q u ín F ern án d ez d e L izardi, Im Quijotita y su prim a (1818-9), Mé­
xico, P o rrú a, 1990, p. 2 1 L
8 Ibid., p. 206.
verdad!, hoy se verá vuestra excelencia en mi plum a un mise­
rable m ortal, un hom bre como todos y un átom o despreciable
a la faz del Todopoderoso. Hoy se verá vuestra excelencia un
hom bre que (por serlo) está sujeto al engaño, a la preocupa­
ción y a las pasiones.9

Los fu n cio n ario s n o son, pues, m ás que individuos y, com o


tales, víctim as de las pasiones y los intereses personales; suscep­
tibles, en fin, d e e rra r ( “todos los q u e n o s g o b iern an y h a n go­
b e rn a d o son h o m b re s, rec e p tá c u lo s de vicios y virtu d es”, d e­
c ía ).10 Al e rro r de los individuos, q u e es ah o ra tam bién el de
u n p o d e r despojado de sus m isterios y dignidad, F ernández de
L izardi o p o n e a q u í las verdades colectivas (sociales), en cuyo
re p re se n ta n te se erige. La o p in ió n pública se instituye así co­
m o u n rein o de tra n sp a re n c ia e n fre n ta d o al ám bito de la oscu­
rid ad de los sujetos particulares (en el que se incluyen a los fun­
cionarios reales). Y ésta ra ra m e n te erraba:

La opinión pública, po r lo com ún, siem pre es ce n ad a [sic],


po rque com o al hom bre le es innato apetecer el bien y huir
del mal, se sigue que, queriendo el bien de todos, los más lo
saben distinguir y casi siem pre es buena la opinión pública.31

La op in ió n pública, instituida com o el lugar de la Verdad,


aparecía aquí tam bién com o el ám bito d e la m oralidad, enfren­
tad o a u n p o d e r q ue, si se h urtase a la vista del “ojo p ú b lic o ”,

9Jo s é J o a q u ín F e rn á n d e z d e L izardi, “AI E xcelen tísim o S e ñ o r D on F ran ­


cisco X avier V enegas", El Pensador Mexicano (3 /1 2 /1 8 1 2 ), e n Obras, m, pp.
83-84.
10Jo sé Jo a q u ín F e rn á n d e z d e L izardi, “P ro n ó stico político de ElPensador
Mexicano y e x p lica c ió n d e o tro igual q u e escrib ió en el a ñ o de 18M "
( 1 2 /5 /1 8 2 4 ) , e n Obras, x i i , p. 664.
" J o s é Jo aq u ín F e rn á n d e z d e L izardi, El hermano del perico que cantaba la
victoria. Periódico político y moral (1 823), e n Obras, v, p. 64.
n o p o d ría evitar su perversión. P o r ese m ism o in te rm e d io , la
p rensa —el nuevo n o m b re de la p u b lic id a d , el ágara m o d e r­
n o — se erigía com o el ú n ico m ed io capaz de p rev e n ir la co­
rru p ció n de los funcionarios. El B ieny la Verdad se fu n d ía n e n ­
tonces e n la Opinión. Surgía así la n o c ió n del “trib u n a l de la
o p in ió n ” com o al m ism o tiem po ju e z su p re m o d e las acciones
del p o d e r y fu en te de su legitim idad. N o obstante, el co n cep to
lizardiano g u a rd a b a a ú n u n a prem isa d e m atriz c la ram e n te
p re m o d e rn a . Sólo tras la in d e p e n d e n c ia h a b ría ésta d e q u e ­
brarse, d an d o e n verdad lugar a la em erg en cia del co ncepto ju ­
rídico de la o p in ió n pública.
En efecto, el m o d elo lizardiano partía todavía, com o vimos,
del supuesto d e la tran sp aren cia, en prin cip io , de las norm as
fundam entales de m o ralid ad en que se fu n d a la vida com unal,
su nomos constitutivo. Para F ernández de Lizardi, el pueblo por­
taba colectivam ente u n a su erte de saber intuitivo, te n ía u n ac­
ceso inm ediato a la V erdad, la cual resu ltaría m anifiesta, al m e­
nos, p a ra aq u ello s cuyo e n te n d im ie n to n o se e n c o n tra b a
ofuscado p o r las tinieblas de las pasiones personales. “La Ver­
d ad es Señora, p e ro m uy fam iliar con to d o el m u n d o ”, le con­
fiaba ésta, sin el m e n o r pudor, a El P ensador; “yo b ien deseo
que todos m e vean, m e conozcan, m e tra ten y m e am en; para
esto m e hago dem asiado visible”.12 Su visibilidad derivaba, en
últim a instancia, de su apriorismo. Y aq u í radica el aspecto más
claram ente “tra d icio n a l” de su concepto. La V erdad, las m áxi­
m as fundam entales de m oralidad en q u e descansa la com uni­
dad, se im ponía a sus m iem bros, al igual que los dogm as de la
religión a los creyentes, com o algo dado; su establecim iento no
su ponía elección alg u n a o reflexión; ésta se m ostraba a sí mis­
m a a quien quisiera verla. N o cabía aquí diversidad d e p arece­
res: sólo existían q uienes conocían la verdad y quienes la igno-

,zJo se J o a q u ín F e rn á n d e z d e L izardi, “R id en tem d ice re v eru m ¿quid ve­


ta!?”, El Pensador Mexicano ( 1 / 1 L /1814), e n Obras, I I I , p. 464.
raban. En definitiva, p a ra d ich o autor, el universo ético se e n ­
c o n tra b a en la misma relación de trascendencia respecto de la socie­
dad que tenía el poder en el Antiguo Régimen.
Roto el vínculo colonial, este co n cep to se to rn a ría insosteni­
ble. La sociedad civil se convertiría entonces d e ám bito de la uni­
dad m oral co m u n a l e n espacio de disenso (según ad m itía e n ­
tonces, "la divergencia de o p iniones am enaza [con] la a n a rq u ía
p o r todas partes. U n pu eb lo dividido en op in io n es e intereses es
im posible que consolide su felicidad").13 Y esto q u eb rab a la idea
d e la transparencia d e la Verdad. Las n o rm as sociales se volvían
in co h eren tes e incom prensibles. La oscuridad ab a n d o n ab a así
su red u cto en el ám bito privado p a ra abrazar tam bién al espa­
cio público; virtud y vicio, verdad y e rro r resultaban ya indiscer­
nibles, fru stran d o to d a posibilidad de un o rd e n político estable.
La reform ulación del concepto de o p inión pública que rea­
liza la generación subsiguiente de pensadores tom a ya com o su
pu n to de p artida precisam ente esta idea de la relativa oscuridad
de la Verdad. Para autores com o el m exicano José M aría Luís Mo­
ra, ésta, lejos de ap arecer com o destructiva de toda posibilidad
de funcionam iento estable del ord en am ien to institucional secu­
lar, era de hech o la que abría las puertas al progreso hum ano.

Si fuese tan fácil a p ren d er como ver, el estudio perdería todo


su valor. Es necesario que una especie de oscuridad y de barre­
ras fuertes nos hagan sentir el gozo y el honor de disipar la una
y allanar las otras. La virtud dejaría de excitar nuestro interés,
nuestra veneración, nuestro entusiasmo, si no tuviese que ven­
cer a las pasiones, y luchar contra la desgracia.H

13José Jo a q u ín F e rn á n d e z d e L izardi, “P ro nóstico p o lítico de ElPensador


Mexicano y explicación d e o tro igual q u e escribió en el a ñ o d e 1814” ( Y l / b /
1824), e n Obras, X I I , p. 662.
'"'José M aría Luis M ora, “De ta o p o sic ió n ”, El Observador, 2Í época ( 4 / 8 /
1830). «I, p. 42.
E n c o n tra m o s a q u í un p rim e r p u n to d e in flexión a p a rtir
del cual h a b ría d e desplegarse u n nuevo len g u aje político. La
V erdad ya no resulta inm ediatam ente visible, ni la virtud u n m e­
ro dato, sino algo q u e debe lograrse d e m a n e ra esforzada, en
su lucha p e rm a n e n te contra las c e rtid u m b re s aceptadas de m o­
do atávico. L a o p in ió n pública deja, e n fin, d e a p arecer com o
la prem isa p a ra convertirse en u n resu lta d o de la poliiiká (en ­
ten d id a co m o publicidad) -, ésta eleva la p u ra op in ió n subjetiva
( doxa ) a convicción racio n alm en te fu n d a d a ( ratio ) ,15 convierte
la m era o p in ió n en “o p inión pública” ( “la o p in io n p ú b lica”, d e­
cía E l Observador, “es la voz general de todo un pueblo convencido de
una verdad, que ha examinado por medio de la discusión”) ,16
Se in c o rp o ra de este m odo u n nuevo ám bito al re in o de la
política. Son los propios sujetos los q u e d e b e n a h o ra d ictarse a
sí mism os las no rm as que habrán d e reg ir su vida com unal. Lle­
gam os así a la segunda red efin ició n fu n d a m e n ta l q u e se p ro ­
duce en el co n cep to lizardiano, y q u e señala aquel p u n to de fi­
sura en to rn o del cual g irará to d o el p e n sa m ie n to p o lítico
subsiguiente. La idea de la inmanencia de las n o rm as (la inexis­
tencia de D ios o a u to rid ad su p e rio r alg u n a q u e p u e d a confe­
rirlas) será, en efecto, la que ab rirá las p u e rta s a la poliíizaáón
d e la p ro p ia esfera pública (en el c o n c ep to lizardiano la políti­
ca, com o vimos, se veía red u cid a a u n a cuestión, en últim a ins­
tancia, p u ra m e n te é tic a), y tam bién en la q u e se co n d en sará el

15 C om o señ ala Baker, “p o r larg o tie m p o sin ó n im o d e inestab ilid ad , flui­


dez, subjetividad, la n o ció n de o p in ió n a h o ra se estabiliza p o r su co n ju n ció n
co n el té rm in o ‘p ú b lic a ’, su m ie n d o así la u n iv e rsalid a d y o b jetivid ad d e la
chose publique e n el discurso absolutista [...] La u n iv ersalid ad y o b jetividad de
la o p in ió n p ú b lica son constituidas p o r la razó n ". K eith M ichael Baker, Inven­
ting theFrench Revohition, p. 194.
16 “D iscurso so b re el m o d o d e fo rm arse la o p in io n p ú b lic a ”. E l Observa­
dor, l s ép o ca (2 /1 /1 8 2 8 ), II!, p. 370. El Observador era el d iario d irig id o p o r
M ora q u e servía d e vocero de la logia escocesa. Los textos d o ctrin ales q u e és­
te co n tien e b ásicam en te rep ro d u ce n ideas ap arecid as o rig in alm en te en ElEs-
pectador Sevillano, de A lberto Lisia.
núcleo problem ático in h e re n te a to d o sistema de g obierno pos-
tradicional (y q u e n in g u n a teo ría política h a b rá de reso lv er).
En efecto, el aspecto crucial q u e la crisis ab ierta tras la in­
d e p e n d e n c ia p la n te a es que ésta resu ltaría d e m o le d o ra no só-
lo del supuesto d e la trasparencia d e las norm as q u e g o b iern an
la sociedad, sino tam b ién d e la idea de su trascendencia ( objetivi­
dad). El Plan de la Constitución política de la Nación Mexicana ha­
ce m anifiesto ya el tip o de p ro b le m a que esto genera.

A la época en que una nación destruye el gobierno que la re­


gia, y establece otro que la subrogue, los pueblos, viendo que
son obra suya las creaciones políticas, com ienzan á sentir sus fuer­
zas, se exaltan y vuelven difíciles su administración. Las volun­
tades ad q u ieren un grado asom broso de energía, cada uno
quiere lo que juzga mas útil: todo tiende á la división, todo
am enaza destruir la u n id ad ,17

El m odelo ju ríd ic o de la op in ió n pública nace, en fin, de la


crisis de aquel doble supuesto en que descansaba el concepto de
F ern ández de Lizardi de la o p in ió n pública: la transparencia y la

17 “P lan d e !a C o n stitu ció n P o lítica d e la N ació n M exicana" (1823), en


L ilian B riseño S eno siain , M a. L a u ra Solares R obles y L au ra Suárez d e la To-
n 'e (co m p s.), I^a independencia de México. Textos de su historia, M éxico, S E P /In s-
titu to M ora, 1985, I I I , p. 87 (énfasis a g re g a d o ). Del m ism o m o d o , p a ra E l Agin­
ia Mexicana, q u e p u b lic a p o r p rim e ra vez en esp añ o l los Sophismes anarchiques
d e B en th am , el o rig e n d e la in estab ilid ad q u e afectaba a M éxico rad ic ab a en
“el abu so q u e se h ace d el d e re c h o q u e te n e m o s de o b serv ar las o p e ra cio n e s
d el g o b ie rn o . C a d a in d iv id u o ve á su m o d o la m a rc h a d e aquel". “La o p i­
n ió n ", E lÁ g u ila Mexicaria (1 4 /1 0 /1 8 2 4 ), 183, p . 4. Según d e n u n c ia ría luego
Ellmparcial, “si cada in d iv id u o d e u n a so cied ad tuviera d e re c h o p ara revolu­
cio n arse c o n tra el g o b ie rn o q u e c re e d efectu o so , estaría esta so cied ad en es­
tad o de g u e rra pe rm a n e n te " . Ellmparcial 1.1 (1 8 /6 /1 8 3 7 ), p. 1. S obre los p ro ­
b lem as q u e a c a rre a la id e a d e so b e ra n ía in d iv id u al d e n tro del c o n c e p to
c o n iraciu alista, véase W. R. L u n d , “H o b b e s o n O p in ió n , Private J u d g e m e n t
an d Civil War", History o f Political Thought X I I I . 1, 1992, p. 67.
trascendencia de los valores y norm as. Ello, sin em bargo, p are­
cía volver imposible todo o rd en regular. Si los sujetos, a h o ra ins­
tituidos com o únicos soberanos, pudieran re d ra r en cu alq u ier
m o m e n to su adhesión a los poderes establecidos, n o h a b ría for­
m a de establecer n in g ú n gobierno. En fin, el ideal típicam ente
m o d ern o d e au to d eterm in ació n sob erana de los sujetos choca
d e m an e ra inevitable con el carácter regular de todo o rd e n ins­
titucional, el cual es necesariam ente trascendente a las volunta­
des e intereses accidentales de sus m iem bros individuales.
El co n cep to deliberativo de la o p in ió n pública c o n te n d ría ,
e n definitiva, u n a contrad icció n in h e re n te . P o r un lad o , éste
p resu p o n e todavía la id ea de u n a V erdad objetiva (la “verdad
del caso”) en to rn o de la cual los distintos pareceres p u d ie ra n
e v e n tu a lm e n te converger.18 Y ello es n e c esa ria m e n te así p o r­
que, si n o h u b iera una V erdad últim a e n m ateria política, el ju e ­
go de las in terp retacio n es se p ro lo n g a ría de m o d o in d efin id o
sin u n anclaje de objetividad que p erm itiera saldar las d ife re n ­
cias y alcanzar u n consenso asum ido de m an e ra v oluntaria. El
resultado sería, e n tal caso, algo muy cercano al “estad o de n a ­
tu ra lez a ” hobbessiano (al q ue sólo p o d ría p o n e r térm in o la im­
posición de la voluntad de u n déspota). Sin u n a V erdad, todo
d e b a te se volvería, pues, im posible. Pero, p o r otro lado, si exis­
tiera u n a Verdad, entonces la apelación a la op in ió n pú b lica no
te n d ría sentido. La resolución de las cuestiones e n d isp u ta ca­
b ría confiarla a los expertos. E n ú ltim a instancia, n o existirían
opiniones, sino quienes p o seen la verdad y quienes la ig n o ra n

18 S eg ú n se afirm a en u n a rtíc u lo a p a re c id o e n 1820 en El Hispanoameri­


cano-Constitucional“así com o la v o luntad g e n e ra l de u n p u e b lo , q u e se e x p re ­
sa p o r m ed io de las leyes, es la re u n ió n d e las v o lu n tad es p a rtic u la re s d e los
ciu d ad a n o s a cerca de los objeto s d e in terés g en eral, así la o p in ió n p ú b lica n o
es n i p u e d e ser o tr a cosa sino la co in c id e n c ia de las o p in io n e s p artic u la re s
en u n a v erd a d d e q u e todos están convencidos". L o ren zo d e Zavala, “C ó m o
se fo rm a la o p in ió n p ú b lica”, El Hispanoamericano Constitucional (1 3 /6 /1 8 2 0 ),
e n Obras. El periodista y el traductor, M éxico, P o rrú a, 1966, p. 31.
(lo q u e n o s devuelve a la idea del rey-filósofo de P latón, o b ie n
su re m e d o m o d e rn o , alg u n a su erte d e tecn o cracia). E n sín te ­
sis, sin u n a V erdad últim a, el d e b a te racional sería im posible,
p e ro , co n u n a V erdad, éste sería ocioso. Y esto nos c o n d u c e a
ia cuestión del “u n a n im ism o ”.

Opinión pública y unanimismo

P ara la escuela revisionista, com o vimos, lo q u e h a b ría de


m a rra r el desarrollo de la idea m o d e rn a de o p in ió n p ú b lic a en
la reg ió n sería la pervivencia de arraigados prejuicios tradicio-
nalistas. Su sín to m a característico sería la co n tam in ació n d e és­
ta con u n ideal u n an im ista definitivam ente co n tra d ic to rio con
ella. E n prin cip io , el ideal deliberativo en q u e esa idea se sus­
te n ta p re su p o n e la controversia, la divergencia de o p in io n e s.
Sin em b arg o , la persistencia d e u n a visión holista de la socie­
d ad, p ro p ia de las tradiciones corporativas m edievales, deriva­
rá en un rechazo a to d a fo rm a legítim a de disenso.

Esta teoría de la opinión pública, cuyo carácter m oderno es, en


muchos aspectos, evidente, presenta otros que lo son m ucho me­
nos. El más llamativo es la concepción unanimista de la opinión
[...] Para evitar el riesgo de que la diversidad de opiniones con­
duzca a la guerra de partidos, se preconiza una solución sorpren­
dente: la formación de un partido nacional [...] El pluralismo
político real no forma parte aún del espíritu del tiempo.
El ideal continúa unanimista y los “partidos" —o mejor dicho
los grupos políticos que compiten por el poder— se conciben
peyorativamente como “bandos” o “facciones” cuya acción con­
duce a una “discordia que pone en peligro la cohesión social”.19

19 F ran co is-Xavier G u erra, Modernidad e independencias. Ensayos sobie las re­


voluciones hispánicas, M éxico, FCE, 1993, p p . 273-4 y 360.
En esta afirm ació n , G u e rra re to m a u n a visión p ro fu n d a ­
m en te arraigada e n tre los h isto riad o res de ideas en la reg ió n .20
Sin em bargo, tras ese consenso se observan ciertas a m b ig ü ed a­
des, las cuales se h acen m anifiestas en algunos de los escritos
de esta escuela. Para V éro n iq u e H é b ra rd , p o r ejem plo, el una-
nim ism o tiene raíces absolutistas, antes que corporativistas; és­
te es, en realidad, u n resu ltad o del p roceso de centralización
del p o d e r o p e ra d o p o r los b o rb o n es. La “soberanía ú n ica e in ­
divisible” del m o n arc a, dice, lu eg o d e la in d e p e n d e n c ia será
transferida a las nuevas au toridades. E n ese m ism o escrito sur­
ge todavía, sin em bargo, u n a tercera explicación, distinta de las
dos a n terio res (y n o del todo com patible con ellas). S iguiendo
m odelos ensayados p ara el análisis d e los discursos de la Revo­
lución francesa, H é b ra rd estudia el discurso bolivariano y rela­
ciona a h o ra este afán de u n a n im id a d c o n la p ro p ia lógica de la
acción revolucionaria, la cual lleva a ver to d a co n fro n tació n de
o p iniones com o aten tato ria c o n tra la salud pública.21

20 P ara je s ú s Reyes H ero les, p o r e jem p lo , la falacia im plícita en este p rin ­


cipio e ra evid en te: la v o lu n ta d g e n e ra l d e la n a c ió n resu lta aq u í, ro u sseau -
n ia m e n te , ex clu y em e d e las v o lu n ta d es p a rtic u la re s d e los p a rtid o s. Y ello
p o rq u e “la v o lu n tad g e n e ra l es vista c o m o v o lu n ta d u n á n im e . La sola ra zó n
de la m ayoría n o obliga a ceder". Jesú s Reyes H ero les, E l liberalismo mexicana,
M éxico, FCE, 1994, ir, pp. 255-6. R esulta sugestivo observar q u e R ichard Hofs-
ta d te r señ ale algo p a re c id o con resp ecto al sistem a p o lític o n o rte a m e ric a n o
d e com ienzos d el siglo X I X . R ich ard H o fstad ter, The Idea o f a Party System. The
Rise o f Ilegitímate Opposilion in the United States, 1780-1840, Berkeley, U niversity
o f C alifornia Press, 1969, p. 2.
21 V éase V é ro n iq u e H é b ra rd , ‘‘O p in ió n p ú b lica y re p re se n ta c ió n e n el
C ongreso C o n stitu y en te d e V enezuela (1811-1812)", en G u erra y L e m p é rié ­
re, Los espacios públicos en Iberoamérica, p p . 196-224. Esta ú ltim a in te rp re ta c ió n
d e H é b ra rd reto m a , e n realid a d , la p ro p u e s ta orig in al de G u e rra en México:
del Antiguo Régimen a la Revolución, q u e asocia el afán u n an im ista a la d e m o ­
cracia m o d e rn a . Este, aseg u rab a e n to n c e s sig u ie n d o a A gustín C o ch in (en
q u ien F u re t se basó p ara fo rm u la r su tesis revisionista de la R evolución fra n ­
cesa), lejos d e ex p resar u n resabio p re m o d e m o , com o señalaría luego en Mo-
Estas oscilaciones arg u m én tales expresan, en últim a instan­
cia, las vacilaciones ideológicas de esta escuela.22 El pun to , de
todos m odos, es q u e am bas in te rp re ta c io n es opuestas son, no
obstante, p e rfe c ta m e n te sostenibles. E n definitiva, éstas m ues­
tran q u e el se n tid o del u n a n im ism o n o es unívoco, que éste,
com o todas las d em ás categ o rías q u e analizam os, n o es en sí
m ism o “tra d icio n a l” o “m o d e rn o ”.23 N o basta, pues, con verifi­
car su ap a rició n p a ra e x tra e r co n clu sio n es determ in ad as res­
p ecto del tipo de im aginario q u e su b tie n d e a su invocación.24
Su significado no p u e d e , en fin, establecerse in d e p e n d ie n te ­
m e n te de la re d discursiva p a rticu la r e n que ésta se produce.
Lo cierto es que el afán d e u n a n im id a d n o e ra en absoluto
c o n tra d ic to rio con los im aginarios m odernos. De hecho, éste

dem idad e independencias, h a c ía m an ifiesto aq u e l "p roblem a esencial d e la p o ­


lítica c o n te m p o rá n e a " : la v o lu n ta d d e im p o n e r u n ideal de u n a n im id a d tras
el cual se o cu lta y ejerce, e n re a lid a d , el p o d e r d e la “m a q u in a ria ’’, (las socie­
d ades d e p e n sa m ie n to q u é p ro n to d a ría n lu g a r al te rro r co m o sistem a de go­
b ie rn o ). “C o ch in —d ec ía — p u so en ev id e n c ia la relación necesaria e n tre el
m ecan ism o d em o crá tic o y u n a n im ista d e las 'so cied ad es d e p e n sa m ie n to '.”
Francois-X avier G u erra , México: del A ntiguo Régimen a la Revolución, M éxico,
FCE, 2000, i, p. 165.
22 S o b re los giros en la tra y e c to ria in te le c tu a l de G u e rra , véase Elias J.
Palti, “G u e rra y H ab erm as: ilu sio n es y re a lid a d d e la esfera p ú b lica latinoa­
m erican a", en E rika Pañi y A licia S a lm eró n (c o o rd s.), Conceptuar lo que se ve.
Franfois-Xairier Guerra, historiador. Homenaje, M éxico, Instituto M ora, 2004, pp.
461-483.
23 E n ú ltim a in stan cia, n o es o tra cosa lo q u e Keith Baker, un a u to r tan­
tas veces citad o p o r los m ie m b ro s d e esa escu ela, señala c u an d o afu m a que
la ‘“o p in ió n p ú b lic a ’ to m a la fo rm a d e u n a co n stru cció n política o ideológi­
ca, a n tes q u e la d e un re fe re n te socio ló g ico d isc re to ”. Keith M ichael Baker,
Inventing theFrench Revohttion, p. Í72.
24 C o m o surge del p ro p io re la to d e H é b ra rd , en el caso específico que
ella estu d ia, el in te n to d e aislar la “re p re se n ta c ió n n acio n a l” de la "opinión
p ú b lic a ” tenía, en rea lid a d , m otivaciones prácticas, más q u e raíces ideológi­
cas: se tratab a, c o n c re ta m e n te , d e ev itar q u e la Sociedad P atriótica lid e ra d a
p o r M iran d a co n tro la se el C o n g re so in stalad o en Caracas.
form aba p a rte fu n d am en tal del co n cep to jurídico (“m o d e rn o ”)
de la o p in ió n pública.25 C om o vimos, sin al m enos u n a instan­
cia de V erdad, la cual es, p o r definición, tra sc en d e n te a las opi­
niones, d ich o c o n c ep to n o p o d ría articularse. N o obstante, es
cierto aú n q u e ésta resultaba, a la vez, destructiva d e aquél. Eii
últim a instancia, la historia del co n cep to de o p in ió n pública es
m enos la m arc h a to rtuosa hacia el d escu b rim ien to de su “ver­
d a d e ra ” n o c ió n (la q u e actúa com o u n telos h acia el cual ésta
tiende, o d e b e ría tender) q ue el de los diversos intentos de con­
fro n tar esta ap o ría constitutiva suya, el tan teo incierto en u n te­
rre n o en q u e n o hay soluciones válidas preestablecidas.
U n p rim e r m odo característico e n q u e el pensam iento libe­
ral in te n ta rá resolver esta c o n tra d ic c ió n consistirá e n estable­
cer u n a distinción de niveles de legislación. P o r ésta h a b rá de
diferenciarse de m an era tajante la esfera d e los principios cons­
titucionales fu n d am en tales d e la de los actos de gobierno. Só­
lo los segundos p o d ría n ser objeto legítim o de controversia. No
así los prim eros, puesto q u e ellos pro v een el m arco d e n tro del
cual ésta es posible. C om o señaló, n u evam ente, M ora:

En una sociedad ya constituida el conflicto de opiniones jamás


puede versar sobre las bases verdaderam ente esenciales de la
sociedad, es decir, sobre los pactos y las leyes que aseguran las
garantías individuales [...]. Tampoco debe haber divergencia
sobre las leyes ciertam ente constitucionales [...]. La estabili­
dad que debe ser el carácter esencial de la constitución, se
opone á la discusión que tendiese á m udarla, pues de otro mo­
do jam ás la sociedad tendría aquel reposo firme y perm anente
' que le es indispensable [...] y la fluctuación continua acaba­
ría por disolverla y hacerla presa de la tiranía. El cam po am­
plísimo de com bate está en las m edidas de administración, en

25 B aker señ ala cla ram e n te esto en la cita q u e sirve d e ep íg rafe al p resen ­
te capituló.
la dirección, em pleo y econom ía de las rentas públicas... e n ...
no pueden num erarse las m aterias políticas que en un sistema
libre pueden esclarecerse po r los escritos públicos... Es estas
disputas se profundizan o acendran las verdades beneficiosas,
y si se quiere dárseles el nom bre de partidos, éstos son nece­
sarios y provechosos.26

Para M ora, los únicos “partidos provechosos” e ran , pues, los


partidos sabáticos q ue, com o el dios de los escolásticos, p o d ía n
dictar constituciones p ero , u n a vez c read a su o b ra (aun c u a n d o
n o fu e ra el m u n d o p e rfe c ta m e n te o rd e n a d o d e u n a vez y p a ra
siem pre de la C reació n ), d e b ía n abstenerse d e in terv en ir lu e­
go e n su m archa, y lim itarse a tra ta r cuestiones adm inistrativas,
fiscales, etc., evitando d e m a n e ra escru p u lo sa las p ro p ia m en te
políticas, esto es, las relativas a las norm as constitucionales, p ues­
to q u e éstas e ra n el fu n d a m e n to y la p re c o n d ic ió n de la vida
co m u n al.27 “Si alg u n a ley hay en la sociedad universal y obliga­

26 “D iscurso so b re los ca ra c te re s d e las-facciones", E l Observador, I 4 é p o ­


ca (1 7 /1 0 /1 8 2 7 ), n.6, p p . 182-184.
27 C abe aquí, sin em b arg o , d istin g u ir el ideal u n an i m ista del rech azo d e
la id ea de partidos, el cual e ra ta m b ié n u n o d e los m otivos re c u rre n te s en el
p e río d o , a u n q u e tam p o c o in d icab a n e c esariam en te u n resab io tradicionalis­
ta. S ig u ien d o el c o n ce p to libera! clásico, tal co m o e n to n c e s lo e n te n d ía n en
A m érica L atina (de u n m o d o n a d a a rb itra rio , p o r o tra p a rte ), la fo rm ació n
d e u n a o p in ió n p úb lica conllevaba la d e u n d e b a te racio n al. Y esto p re su p o n ­
d ría la exclusiva ate n c ió n a lo q u e se e n c o n tra b a e n cad a caso en cuestión y a
los distintos arg u m e n to s exp u esto s, d e ja n d o de lad o to d o o tro tip o de consi­
d eracio nes; p o r ejem plo, el h e c h o de q u e q u ien p ro p o n g a u n a d e term in ad a
m ed id a sea m iem bro o n o d e m i p a rtid o o g ru p o d e in terés particular. De allí
q u e los “partidos" legítim os fu e ra n sólo aquellas form acio nes circunstanciales
q u e se creab an d e m a n e ra e sp o n tá n e a en to m o d e cad a cuestión específica.
T oda o tra organización m ás p e rm a n e n te , com o lo q u e nosotros e n te n d e m o s
p o r "p artid o s” (y e n esa ép o ca se solía llam ar '‘facción"), era n ecesariam en te
vista com o perversa, p ues te n d ía a c o n ta m in a r los d eb ates co n adh esio n es fi­
jas (o relativam ente estables en el tiem po, co m o su p o n e cu a lq u ier “p a rtid o ”,
toria, es el código fu n d a m e n ta l”, aseguraba; “u n a C onstitución
es n a d a e v id e n tem e n te si no es la ley de todas las o tra s”.28 De
allí que, según decía, “n u n c a u n a constitución nueva se ha[ya]
escrito sino sobre ru in as y cenizas de la n ació n q u e la d icta ”.29
Los fu n d am e n to s últim os del o rd e n legal (el nomos constituti­
vo) a p a re c en así co m o u n o rd e n objetivo, algo d ad o . Estos no
aceptan m ás que consensos unánim es.
En definitiva, ree m erg e aquí la cuestión d e la rigidez cons­
titucional, q u e tan to p reo c u p ó a los constituyentes gaditanos.
El desd o b lam ien to e n el co n cep to de la ley q u e in tro d u c e M o­
ra, el tipo de “u n an im ism o ” que perseguía, n o buscaba m ás que
p o n e r los p recep to s constitucionales a resg u ard o de las c o n tro ­
versias, puesto q ue, de lo co n trario , n o se p o d ría evitar el peli­
gro de u n deslizam iento a la an arq u ía. El p u n to es que tal des­
doblam iento, más que contradecir el concepto pactista m oderno,
rep re sen ta su p rem isa .30 C om o ya h a b ía adv ertid o R ousseau,

en el sen tid o m o d e rn o d el térm in o ) d e te rm in a d a s p o r relac io n es ex trañ as al


p u n to p articu lar en d eb ate , y que, p o r lo tan to , n in g ú n a rg u m e n to racional
p o d ía to rc e r (d ich o en la term in o lo g ía d e la épo ca, desplazaba ¡as “cosas" —y
la b ú sq u ed a de la ‘V erdad d e las cosas”- ^ p a ra d a r la p rim a c ía a las “p e rso ­
nas"). Éstos, en síntesis, h a ría n la id ea p a rla m e n ta rista absurda; el C ongreso
b ien p o d ría, en tal caso, reem p lazarse p o r u n a com isión n eg o cia d o ra form a­
d a p o r los je fe s d e p artid o . D e a cu e rd o co n este co n c e p to , la m áxim a ho y u m ­
versalm ente a c ep tad a d e q u e a la p o lítica re p u b lic a n a le es in h e re n te la o p o ­
sición e n tre p artid o s re p re se n ta u n co n trase n tid o . Lo c ie rto es q u e allí d o n d e
los h isto riad o res d e ideas cre e n p e rc ib ir u n resid u o trad icio n alista sería, en
realid ad , en d o n d e la elite la tin o a m e ric a n a era m ás c o m p le ta y c o h e re n te ­
m en te “m o d ern a".
28 “D iscurso so b re las leyes q u e atac an la seg u rid a d in d iv id u al”, El Obser­
vador, ]* ép o ca ( 8 / 8 /1 8 2 7 ) , en José M aría L uis M ora, Obras sueltas deJosé M a­
ña Luis Mora, ciudadano mexicano, M éxico, P o rrú a , 1963, p. 516.
29 “D iscurso sobre los caracteres de tas facciones", El Observador; I a é p o ­
ca (1 7 /1 0 /1 8 2 7 ), 11.6, p. 183.
30 Éste h a b rá así d e reiterarse, m e d ia n te d istin tas fo rm u lac io n e s, e n tre
los m ás diversos a u to re s (ta n to lib erales com o co n serv ad o re s) y se re p ro d u ­
ce tam b ién en los filósofos políticos c o n te m p o rá n e o s en la fo rm a d e la opo-
de a cu erd o con ese c o n cep to , en el ám bito de las norm as cons­
titutivas fu n d am en tales la voluntad d e aco rd ar de los sujetos no
p u e d e ser sino u n á n im e , p u esto q u e lo c o n tra rio obligaría a
fo rzar a los rem isos a h acerlo, involucraría necesariam ente un
acto llano d e violencia, el cual teñ iría al o rd e n resultante con
u n a m a n c h a in elim in ab le de ilegitim idad.
Este p o stu la d o , d e h e c h o , sólo re to m a u n a vieja m áxim a,
establecida p o r A ristóteles en su Retórica (1354a"b), d o n d e mos­
trab a cóm o los valores y no rm as fu n d am e n ta les q u e constitu­
yen la vida co m u n al, q u e es la p reco n d ició n p a ra to d a delibe­
rac ió n pú b lica, n o p u e d e n , sin c o n tra d ic c ió n , volverse ellos
m ism os m a te ria d e d e b a te público. Éste dice q u e su tratam ien­
to es, e n to d o caso, u n a cuestión filosófica, n o retórica. Los pro­
blem as p o lític o s e n u n a sociedad c o m ien zan p recisam en te
cu a n d o la retó ric a (la d eliberación pública) reb asa sus lím ites
in h e re n te s y se in tro d u c e e n el ám bito de los valores y norm as
fundam entales. Sin em bargo, u n a vez que esas no rm as han per­
d id o su c a rá c te r tra sc e n d e n te p a ra convertirse en creaciones
hum anas (siem pre contestables, p o r definición), ya no sería po­
sible p o n e r diques al avance de la retórica (el ám bito d e la con-

sición e n tre u n a ‘ju stic ia p ro c e d im e n ta l” (según se alega, id eo ló g icam en te


n e u tra ) y u n a ju s tic ia substantiva". P ara to m a r el ejem p lo d e u n a u to r de in-
d isp u tad o s títu lo s d e m o c rá tic o s, jü r g e n H ab e rm a s, éste, sig u ie n d o este mis­
m o ra z o n a m ie n to , señ ala en Fahtíútát u n d Geliung<\ue to d a crítica al o rd en
estab lecid o d e b e h a c erse a través del medio legal. La Ley se coloca así p o r enci­
m a d e la v o lu n ta d d e los su jeto s. Al e n tr a r e n so cied ad , éstos, seg ú n dice,
a b a n d o n a n su d e re c h o a u sa r la c o e rc ió n y lo tran sfieren a la au to rid ad le­
gal. El ú n ic o d e re c h o q u e co n serv an , afirm a el autor, es el de re n u n c ia r a su
p e rte n e n c ia a u n a c o m u n id a d dada, esto es, el derecho a emigrar. Jiirg e n Ha-
b erm as, Between Facts and Norms. Ccmtributions to a Disemine Theory o f Law and
Democracy, trad . d e W illiam R elig, C am b rid g e, T h e M IT Press, 1996, pp. 124-
5. P ara u n análisis d e esta o b ra , véase Elias J . Palti, “P atro k lo s’ F uneral and
H a b e rm a s’ S e n te n c e . A Review-Essay o f Faktizitñt u n d Geltung, by H ab erm as”,
Law & Social In q u iry w .23, 1998, pp. 1.017-1,043 (hay versión en español en
Elias J . Palti, Aporías).
tróversia). Lo cierto es q u é la p rofundización de la crisis p olí­
tica haría colapsar de m an era constante tam bién esta distinción
(las alteraciones constitucionales, de hecho, h a b rá n e n to n ces
de sucederse), y ju n to con eila to d o el co ncepto lib eral-rep u ­
blicano ( “m o d e rn o ”, p a ra G u erra; ju ríd ic o ”, p a ra nosotros)
h a b ría 'd e desm oronarse.

Razón contra voluntad general: la crisis


del modelo jurídico de la opinión pública

Para trazar la crisis d el co n cepto jurídico de la op in ió n públi­


ca, que daría lugar a la em erg en cia de u n nuevo lenguaje polí­
tico, al cual d enom inarem os el concepto estratégico d e la sociedad
civil, n o basta con trazar los cam bios que el térm ino sobrellevó.
Es necesario, d e nuevo, observar cóm o se fue d escom poniendo
u n d e te rm in a d o cam po sem ántico. En este caso es necesario
analizar cóm o se reconfiguró el sistem a de las relaciones recí­
procas en tre los conceptos d e o p in ió n pública, razón y volun­
tad general, en función del cual el p rim ero tom aba su significa­
do. Y esto nos devuelve a la cuestión del unanim ism o.
G u erra e n c u e n tra el su sten to ideológico de las tendencias
unanim istas en la d o c trin a de la sob eran ía de la razón. Sin em ­
bargo, en este p u n to vuelven a descubrirse las vacilaciones ar­
gum éntales. M ientras q u e e n México: Del Antiguo Régimen a la
Revolución afirm aba q u e e n la invocación a la so b eran ía d e la
razón com o opuesta a la voluntad g en eral yace el rasgo “funda­
m ental de la política c o n te m p o rá n e a ",31 en M odernidad e inde­
pendencias, en cam bio, aparece ya, com o vimos, com o la ex p re ­
sión de los resabios de u n a visión holista de la sociedad, p ro p ia

•” R especto d e esta in te rp re ta c ió n orig in al d e G u erra, véase E liasJ. Pal-


ti, “G u erra y H ab erm as. Ilusiones y re a lid a d d e la esfera p ú b lica la tin o a m e ri­
cana", en S alm eró n y P añi (co o rd s.). Conceptuar lo que se ve, pp. 461-483.
del A ntiguo R égim en. D e nu ev o tam b ién , cuál de am bas in te r­
p reta cio n e s opuestas es la c o rre c ta resulta irtdecidible a priorí.
En todo caso, si b ien am bas son, e n p rin cip io , factibles, las dos
p ierd e n ig ualm ente de vista el n ú c le o p roblem ático q u e subya-
ce al cam po sem án tico co n stitu id o p o r las categorías aq u í en
discusión: el vínculo inescindible y conflictivo e n tre razón y vo­
lu n tad sobre el q u e se fu n d a la noció n m o d ern a de o p in ió n p ú ­
blica. U n a afirm ación d e J o a q u ín V arela ilustra las equivocida-
des q u e articulan d ich o cam po.
R epasando los p ro b lem as q u e le p lan te aría al p rim e r libe­
ralism o h isp a n o el in te n to de conciliar la invocación a la h isto ­
ria con la convocatoria a aq u ello que, de hecho, re p re se n ta su
negación, el congreso co n stituyente, en el que viene a e n c a r­
narse ya o tra so b eran ía, que n o es la q u e em ana del pasado, Va­
reta tra ta de m atizar tal su p u esta a n tin o m ia señ alan d o cóm o,
p a ra los liberales, “La H isto ria y la R azón (y la V oluntad) d e­
b ía n eq u ilib ra rse m u tu a m e n te ”.32 En efecto, si b ie n la raz ó n
em erg e com o la nueva soberana, ésta, si q u ería ser efectiva, no
p o d ría sim p lem en te d esco n o cer los datos de la realidad. E n la
afirm ación d e Varela se e n c u e n tra im plícito, sin em b arg o , u n
p ro b lem a m u ch o m ás serio —in ab o rd ab le, p ara el p rim e r libe­
ralism o— , el cual se revela en el paréntesis d e n tro del q u e ap a­
rece en la cita la ex presión “y la V o lu n tad ”.
Si la c uestión d e la relació n e n tre razón e historia o cu p ará
d e m an e ra cen tral los debates que agitaron al p rim er liberalis­
m o, éstos tenían ya im plícitos, sin em bargo, u n a prem isa no te-
m atizada: la identificación llana de la razón con la voluntad. Se­
g ú n surge del p ro p io c o n c ep to forense de la opinión pública,
la voluntad gen eral es tal sólo e n la m ed id a en que se e n c u e n ­
tra racio n alm en te fu n d ad a. De lo con trario, no p o d ría esp erar
su p e ra r la co n d ició n de u n a su m a o convergencia accidental

Jo a q u ín S uan ces-C arp eg n a V arela, La teoría del Estado en los orígenes del
constitucionalismo hispánico, p. 172.
de m eras voluntades particulares, las q u e se verían deg rad ad as
a realid ad es p u ra m e n te fácdcas, históricas, sin c o n te n id o n o r­
m ativo alg u n o . La invocación a la “so b e ra n ía d e la ra z ó n ” n o
sería, en fin, sino sólo o tro m o d o de referirse a la “sob eran ía
de la v o lu n tad g e n e ra l”.33
La p re g u n ta que. aquí se p la n te a es q u é sucede c u a n d o se
p ercibe, n o ob stan te, la p rese n c ia d e u n a fisura in elim in ab le
e n tre razón y voluntad. L legado a este p u n to co m enzaría a des­
c o m p o n e rse el cam po in te g ra d o p o r los co n cep to s d e razón,
voluntad g en eral y o p in ió n pública, con lo que este ú ltim o tér­
m ino com en zaría a p e rd e r su su sten to com o nú cleo articula-
d o r d e un lenguaje político característico. La idea de u n a esci­
sión e n tre razón y voluntad h a ría n a c e r u n a serie d e dilem as
fre n te a los cuales el vocabulario e n to n c e s disponible n o con­
te n ía respuestas posibles, (si la opinión pública p u e d e eventual­

33 “Si la v o lu n tad se a rro g a la su p re m a c ía e n la tierra, q u e n o co m p e le


sin o a la ra z ó n g e n e ra l”, insistía A lb erd i, “n o d e b e m o s fe lic ita m o s m en o s,
p u esto q u e la v o lu n tad g en era! n o irá m ás allá d e la ra zó n g en eral. La razón
y la fuerza (h a b lo en g ra n d e ) son dos h ec h o s q u e se su p o n e n m u tu a m e n te .
Q u ita d la fuenta, acab ará la razón; q u ita d la razó n , aca b a rá la fu e rz a ” (Juan
B autista A lb erd i, Fragmento preliminar al estudio del derecho, B u en o s A ires, Bi-
blos, 1984, p. 269). Lo cierto es que, en los m arco s del m o d elo forense, la for­
m ació n d e u n a “o p in ió n p ú b lic a ” m oviliza sie m p re u n c ierto saber. En p ri­
m e r lugar, n in g u n a v o lu n ta d m a y o ritaria p o d ría d e c la ra r leg ítim as leyes
co n tra ria s a p rin c ip io s universales d e ju stic ia . “La v o lu n tad de u n p u e b lo ”,
d ecía el a rg e n tin o E steb an E cheverría, ‘ja m á s p o d rá san cio n ar co m o justo lo
q u e es esen cia lm e n te injusto" (E steban E ch ev erría, Dogma socialista, B uenos
Aires, Jack so n , 1944, p. 146). Existiría, p u es, u n a n o rm ativ id ad objetiva q u e
es n ecesario conocer. En se g u n d o lugar, n in g ú n p u e b lo p u e d e ta m p o c o d e ­
cid ir so b e ra n a m e n te ser algo d istin to d e lo q u e re a lm e n te es o p u e d e even­
tu alm en te llegar a ser, p re te n d e r v io len ta r su co n stitu ció n o rg án ica. La for­
m ación d e u n a o p in ió n p ú b lica n o es, en definitiva, sino el m e ca n ism o de
au to d e s c u b rim ie n to c o m u n a l, de los p rin c ip io s q u e d e te rm in a n su ín d o le
particular. “U n a n a c ió n ”, decía A lberdi, “n o es u n a n ació n sino p o r la con­
ciencia p ro fu n d a y reflexiva de los e lem en to s q u e la co n stitu y en ” (Juan B au­
tista A lberdi, Fragmento preliminar, p. 122).
m en te c o n tra d e c ir p rin cip io s universales de justicia, en tal ca­
so, ¿cuáles d e b e n seguirse, los q u e dicta la razón o los que im­
p o n e la voluntad so b eran a del pueblo?; en todo caso, ¿privados
ya d e to d a au to rid ad tra sc en d e n te, q u ién q u e n o sea la propia
o p in ió n pú b lica p o d ría d icta m in a r al respecto?).
La dislocación y crisis d e este vocabulario político fue, sin
em b arg o , u n fen ó m e n o su m a m e n te com plejo, que de nin g ú n
m o d o se red u jo a la m era verificación, p o r p a rte d e los actores,
de su su p u esta inad ecu ació n a la realid ad local, de la inaplica-
b ilidad de sus prem isas al co n te x to latin o am erican o , d an d o lu­
gar a las fam osas “desviaciones”. N o es así com o ocu rren las m u­
taciones en la h istoria in telectu al. En todo caso, la verificación
de “d esviaciones” d e se n tid o n o ex p lica aú n cóm o p u d ie ro n
even tu alm en te articularse, desde el in te rio r dicho vocabulario,
ideas q u e escaparían, sin em bargo, a su universo d e discurso.
El caso q u e analizam os es u n ejem p lo . E n la m ed id a en que
constituye su prem isa, n in g u n a c o m p ro b ació n p o d ría refu tar
la idea de la id en tid a d e n tre razón g e n e ra l y voluntad general.
E n los m arcos del m odelo forense, esto resulta, com o dijimos,
sencillam ente in co n ceb ib le. P ara la elite latin o am erican a del
p e río d o , el h e c h o —q u e p a ra m u ch o s será, en efecto, eviden­
te-—34 de q u e en la reg ió n la voluntad d e los sujetos contradiga
de m a n e ra p e rm a n e n te lo q u e dicta la razón de n ingún m odo
c u e stio n a ría d ich o supuesto. Sólo p ro b a ría q u e no se había
constituido aún u n a auténtica voluntad g eneral (la que, en efec­
to, n o p u ed e sino fundarse en la ra z ó n ), ya sea p o r im pedim en­
tos subjetivos (falta de ilustración, prejuicios culturales de sus

34 E sta id ea p u e d e hallarse ya e n e n los a lb o res de la indep en d en cia. En


su Manifiesto de Cartagena (1812), Sim ón Bolívar, p o r ejem plo, com entaba que
“todavía n u estro s co n ciu d a d an o s n o se h allan e n ap titu d de ejercer p o r sí mis­
m os y am p liam en te sus d erech o s; p o rq u e care c en de las virtudes políticas que
caracterizan al v e rd a d e ro rep u b lic a n o ". Sim ón Bolívar, “M anifiesto de Carta­
g e n a ”, en Jo sé L uis R o m ero y L uis A lb erto R o m e ro (com ps.). Pensamiento po­
lítico de la etnandparíón (1790-1825), C aracas, A yacucho, 19 7 7 , 1, p. 133.
'm iem bros) u objetivos (su sujeción a redes corporativas o clien-
telísticas que le im pedían m anifestar librem ente su v o lu n tad ).35
En definitiva, la crítica que afirm a la inadecuación de dicho
vocabulario a la realidad local de ningún m odo cuestiona tal vo­
cabulario; p o r el contrario, se sostiene en sus m ism os supuestos
y se despliega a p artir de sus propias categorías. Sin em bargo,
p o r debajo de esa crítica aflorarían problem as m u ch o m ás se­
rios que term in arían , de hech o , p o n ien d o en crisis ese lengua­
je. P artien d o de la prem isa antes m encionada, distintos autores
se esforzarían p o r precisar los a trib u to s q u e d istin g u en a u n a
au téntica opinión pública de la m era voz popular. Para el m exica­
no M ora, p o r ejem plo, es el len to proceso de fo rm ació n que
conlleva y le perm ite alcanzar, a diferen cia d e las m eras cre e n ­
cias, el g rad o de consistencia que le provee su sustento racional
y que hace posible u n o rd en a m ie n to institucional regular.

Esta regla segura nos debe servir para dar su justo valor á esas
oleadas populares, [...] ellas nunca serán signo de la opinión
pública y de la voluntad general, porque entre otras cualida­
des les falta la estabilidad y firmeza?*'

35 “A quel cuyo b ie n e sta r d e p e n d e d e la v o lu n tad d e o tro , y n o goza d e


in d e p e n d e n c ia p erso n al, m en o s p o d rá e n tr a r al g o ce d e la so b e ra n ía ; p o r­
q u e difícilm en te sacrificará su in terés a la in d e p e n d e n c ia d e la razó n " (Este­
ban E cheverría, op. cit., p. 204). R esulta aq u í p a rad ó jic o o bservar q u e los mis­
mos q u e le c u estio n an hoy a éstos h a b e r in te n ta d o re strin g ir el sufragio son
tam bién los q u e m ás insisten e n el ca rá c te r trad icio n alista d e la sociedad y la
c u ltu ra locales: en definitiva, el p e c a d o d e a q u éllo s n o sería m ás q u e el de
h ab e r sido co n secu en tes co n u n a p e rc e p c ió n q u e éstos, e n lo esencial, toda­
vía co m p a rte n . P o r o tro lado, está claro q u e tal p e rc e p c ió n n o señ ala n in g u ­
n a p e c u lia rid a d d el p en sa m ie n to la tin o a m e ric a n o en ese p e río d o , ni sería
tam p o co u n á n im e m e n te c o m p a rtid a e n la reg ió n .
36 “£)iSCLirSo so b re la o p in ió n p ú b lica y v o lu n tad g e n e ra l”, El Observador,
P ép o ca (1 /8 /1 8 2 7 ) 1.9, p. 269. “D istingam os c u id a d o sa m e n te la voz p o p u - .
laf, d e la o p in ió n p ública: la p rim e ra se fo rm a co n la m ism o facilidad q u e las
nubes d e prim avera, p e ro con la m ism a se d isipa" (ibid., p. 274).
Más allá de cuál fu ere el criterio a d o p ta d o , las soluciones a
tal dilem a pasarán de m an era inevitable p o r la in tro d u c ció n de
u n a d istin ció n e n tre v o lu n ta d g e n e ra l y voz p o p u lar. De este
m o d o se salvaría el co n cep to de o p in ió n p ú b lica com o tal, re­
cluyendo las co n trad iccio n es halladas a u n p lan o e strictam en ­
te em p írico , p e ro al precio de d e m o le r o tro d e los supuestos
que se e n c o n tra b a en su base.
Si bien, seg ú n señalam os, el m odelo ju ríd ic o de la o pinión
pública, a diferencia del concepto tradicional d e ésta, 110 exclu­
ye ya la co ntingencia (el error) , es decir, ya n o aparece sólo com o
lo opuesto a la Razón, com o e n F ernández d e Lizardi, sino corno
u n m o m en to necesario en su constitución (el m o m en to “rep u ­
blicano” p o r excelencia, puesto que es el q u e hace necesario el
debate), tal inscripción de la contingencia e n el concepto de la
política perm ite, al m ism o tiem po, m an te n er la oposición funda­
m ental sobre la que descansaba tam bién el pensam iento de éste:
aquella e n tre lo público y lo privado com o ám bitos respectivos
de la razón y de las pasiones.37 Todo el m odelo ju ríd ico pivota so­
bre la base d e la prem isa de que sólo un discurso racional puede
objetivarse, articularse públicam ente; las pasiones individuales,
p o r el contrario, singulares e intransferibles, p o r definición, no
son susceptibles de ser intercam biadas y circular socialm entc.38

37 Según la d e fin ic ió n d e tEncyüopcdic, “o p in ió n ” es "un ju ic io d u d o so e


incierto " (Encydopédie raisonné des sciences, des artset des méliers, L au sann c y Ber­
na, chez les S ociétés T ypographiques, 3 778-81, xxin, 754-7; c itad o p o rC lia r-
tier, The C ultural Origins, p. 2 9 ). K eith B aker e stu d ió c ó m o a Fines d el siglo
X V I I I el té rm in o "o p in ió n ” p ie rd e su significado trad ic io n a l p a ra convertirse,

ya con el aditivo “p ú b lic a ”, en sin ó n im o de u n iv ersalid ad , objetividad y racio­


nalid ad (K eith M ichael Baker, np. cit., pp. 167-199). S o b re la diferen cia e n tre
o p in ió n y razó n , véase tam b ién J. A. W. G u n n , “P ublic O p in ió n ", en T ercncc
Ball el al. (c o m p s.), Political Innovation and Conceptual Changa, C am b rid g e,
C am b rid g e U niversity Press, 1995, csp. pp. 114-5.
38 S obre esa o p o sició n en el p e n sam ien to ilu strad o eu ro p e o , véase H an-
n ah A ren d t, The H um an Condition, Nueva York, D oubleday, 1959, cap. n; ‘T h e
Public a n d th e Prívate R calm ”.
Por ello n o alcanzan n u n c a a constituirse com o o pinión pública.
La in tro d u c ció n de la noción de razón popular quiebra, sin
em bargo, esta oposición. Com o p ro n to h a b ría d e descubrirse,
co n la d em ag o g ia, el caudillism o y o tra s fo rm as p erversas de
publicidad, la m era “o p in ió n ” a b a n d o n a ría su red u c to natural,
el ám bito individual, p a ra ad q u irir e n tid a d política, objetivar­
se en instituciones públicas, e n fin, convertirse en p o d e r.39 És­
tos fo rm a rá n “u n fan tasm a d e o p in ió n p ú b lic a ”,40 en q u e “la
de c la m a c ió n ” sustituye “al racio cin io ”.41 D e este m odo, lo p ú ­
blico y lo privado d ejarían de ser los ám bitos respectivos d e la
razón, en q u e se fo rm an las verdades colectivas, y las pasiones
e in tereses p u ra m e n te individuales. L leg ad o a este p u n to , la
m ism a o p in ió n pública d e b e ría convertirse en objeto de la p ro ­
pia em presa de d iscernim ien to p o r la q u e se constituye com o
tal. Ésta seguiría siendo “siem pre c e rta d a ”, p e ro cuál era ella ya
no estaría ig u alm ente claro p a ra todos; p a ra volverse reco n o ci­
ble, d e b e ría tam b ién co m p a rec e r a n te el trib u n al de la Razón.
En fin, su articulación im p o n d ría a h o ra u n trabajo sobre su mis­
mo concepto a fin de delim itarse y distinguirse de aquellas otras
form as —perversas— d e publicidad q u e la rem e d ab a n .

39 “P o r lo co m u n trib u ta m o s esa d e fe ren c ia re sp etu o sa á n u estro s pad res,


am os y su p erio res [ ...] . A m a s d e estas d e p e n d e n c ia s, fu en tes d e o p in io n , hay
o tras q u e , p a ra d istin g u irlas d e las a n te rio re s, p u d ié ra m o s llam arlas facticias.
En cad a p u e b lo [...] se a d q u ie re n séq u ito a lg u n o ó alg u n o s vecinos p o r su
g en e ro sid ad , p o r su h o n ra d e z y au n á veces p o r algún vicio rep ren sib le.
Estos tales se h a c e n tam b ién o rig en de creencias y persuasiones [...] n o m e re ­
cen el n o m b re d e o p in io n , p e ro bien p o d ra dárseles el d e creencia o persua­
sión: y d irem o s q u e se p u e d e te n e r u n a persuasión común." “D iscurso so b re la
o p in ió n p ú b lica y v o lu n tad g en eral", El Observador, l 2 é p o c a ( 1 /8 /1 8 2 7 ) , 1.9,
p. 267.
40 “D iscurso sobre los m ed ios de q u e se vale la a m b ició n p a ra d e stru ir la
lib e rta d ”, El Observa/lor, I a ép o ca (2 0 /6 /1 8 2 7 ), e n jo s é M aría Luis Mora, Obras
sueltas, pp. 501-502.
41 “In tro d u cció n ", E l Observador, 2* ép o ca (3 /3 /1 8 3 0 ), en José M aría Luis
M ora, op. cit., p p . 620-1.
Si todavía esta p rim e ra g e n e ra c ió n d é p en sad o res liberales
no d u daba d e la existencia d e criterios objetivos e indisputables
p a ra ello (discernir la a u té n tic a o p in ió n p ú b lic a ), la p ro fu n d i-
zación de la descom posición del sistem a político term in a ría re ­
velando esa cuestión com o sencillam ente indecidible. Rotos los
d iq u es n atu rales q u e d elim itan el ám bito de la razó n del rein o
d e las pasiones, el campo del saber (el topos eidon) del campo del
sin sentido (el topos eidólóri), n in g ú n andam iaje artificial (n in g u ­
n a n o rm a e m a n a d a d e u n p o d e r secular, siem pre sujeta a la in­
terp reta ció n y el disenso) p o d ría ya restaurarlos. En tiem pos de
revolución, concluye M ora, n o existe realm en te la im parciali­
dad; ésta sería sólo u n a especie de ilusión óptica p ro d u cid a p o r
n u e s tra posición p a rtic u la r d e n tro d e ella.

Sucede a los que se hallan en el centro de una revolución, lo


que al que navega p o r un río, que todos los objetos situados
en las riberas cu ando están realm ente inmóviles se les figu­
ra en perpetuo y continuo m ovimiento, reputándose él único
en reposo; sin sentirlo pues, sin advertirlo y aun positivamen­
te convencido de su im parcialidad los hom bres son muy par­
ciales en semejantes circunstancias [...] Nada pues ten d rá de
extraño que a pesar de hab er procurado a nuestros escritos es­
ta prenda, sin p e rd o n a r diligencias no la hayamos obtenido y
se advierta en ellos el influjo de los partidos.42

E n efecto, com o p ro n to se com probará, para el gobierno,


los alzam ientos van a ser siem pre actos ilegales en co n tra de au­
toridades legítim am ente constituidas, m ientras que, para los in­
surrectos, será el g o b iern o el ilegítim o, el que ha violado los
principios constitucionales que ellos se pro p o n d rían restablecer
(con lo que la p ropia distinción en tre las norm as constituciona­

42 “C esación d el O b serv ad o r", E l Observador, 23 época, en Jo sé M aría Luis


M ora, op. cit., p. 755.
les —el corpus mysticum de la Ley— y los actos d e g o b iern o —su
corpús verarrt—, destinada a d ar estabilidad al sistem a institucio­
nal, se term inaba convirtiendo en su contrario: u n in stru m en to
p a ra la legitim ación de las revoluciones). U n o y otros, e n fin,
afirm arían ser voceros legítim os de la opinión pública, no habien­
do ya modo objetivo alguno para determinar quién está en b cierto.^
M inada la id ea de V erdad, socavado to d o fu n d a m e n to de
objetividad p o r la generalización del antagonism o,44 el co ncep­
to deliberativo d e la o p in ió n pública n o p o d ría sostenerse. Co­
m o señaló Ignacio Ram írez, lo único que se c o m p ru e b a e n la
realidad es la existencia d e diversidad de o p in io n e s particula­
res, n in g u n a de las cuales p u e d e arrogarse de m a n e ra legítim a
la rep re sen ta ció n d e la v o lu n tad general.

Podem os tam bién asegurar que hay opiniones públicas diver­


sas, que las hay contrarias, y finalm ente, que algunas de ellas
no tienen eco más lejano que la voz de un pollino del rancho
donde suena. [...] Siendo esto así: ¿se deberá respetar la opi­
nión pública? ¿Cuál de tantas, deberá respetarse? 45

43 E sto va a d a r o rig e n a la cre ac ió n e n 1836 del Supremo Poder Conserva­


dor, en c a rg a d o , seg ú n rezab a la Segunda Ley Constitucional, en su a trib u c ió n
93, artícu lo 12®: d e “d e c la ra r cuál es la v o lu n tad de la n a c ió n e n c u a lq u ie r ca­
so e n q u e sea c o n v en ie n te c o n o c e rla ”.
44 Ig n acio R am írez se b u rla ría e n to n c e s d e to d a p re te n sió n d e objetivi­
d ad y v erd ad : “Q u e rie n d o h a lla r D o n Sim plicio / Las leyes d e la ra zó n / Y
darlas a la n a ció n / E stu d ia n d o , p e rd ió el ju icio ". Ig n acio R am írez, “La resu­
rrecció n d e D on Sim plicio", Obras completas, M éxico, C e n tro d e Investigación
C ientífica Ing. J. Tam ayo, 1984,1, p. 280,
45 Ig n a cio R am írez, “S o b re la o p in ió n p ú b lic a ”, Don Sim pliáo ( 1 8 / 4 /
1846), en Obras completas, I, p. 277. P ara este autor, la p o stu lació n ele tal cosa
com o u n a v o lu n tad g e n e ra l d e la n ació n n o es m ás q u e u n artilu g io re tó ric o
m ed ian te el cual se p ro y ecta sobre esta la p ro p ia v o lu n ta d d e los g o b e rn a n ­
tes y de este m o d o se la e n c a d e n a a sus d ictám enes. Ig n ac io R am írez, “Sobre
la o p in ió n pública", en Obras completas, [: Escritos p erio d ístico s - 1, p. 278.
E n fin, d e c id ir cuál es la q u e e x p resa la o p in ió n co m ú n se­
ría siem p re tam b ién u n a cu estió n de o p in ió n . El espacio p ú ­
blico se d e sg arrab a así en p lu ra lid a d d e o p in io n e s, to d as ellas
in ev ita b le m e n te p a rtic u la re s, q u e n o p o d ría n ya re d u c irs e a
u n a u n id a d .
Vemos cóm o se d escom ponía el cam po sem ántico configura­
d o p o r las nociones de o pinión pública, razón y voluntad general.
X con él, es todo un lenguaje político el que hab ría d e desm o ro ­
narse, p a ra com enzar a recom ponerse ya sobre bases com pleta­
m e n te diversas. Em pieza así a abrirse u n ho rizo n te co n cep tu al
en el que la quiebra de la V erdad ya no sería vista com o destruc­
tiva d e todo o rd en am ien to político, sino, po r el c o n tra n o , com o
su condición misma de posibilidad.
En efecto, p ara au to res com o R am írez, estará claro ya que
la inexistencia d e leyes e n m a te ria política (puesto q ue, si efec­
tivam ente las h ubiera, “m il naciones, cien siglos c o n tin u a m e n ­
te legislando, las h a b ría n e n c o n tra d o ”),46 lejos de h a c er im p o ­
sible la política, es lo q u e a b re las p u e rta s a ella. La política
nacería, precisam ente, de esta irred u ctib ilid ad de la voluntad a
la ley (“es la ley que esclaviza e n vez del h o m b re ”, aseguraba) ,47
El surgim iento de u n nuevo lenguaje político resultará, e n fin,
d e u n a se g u n d a inscripción de la tem p o ralid ad e n el c o n c ep ­
to d e o p in ió n pública: la co n tin g en cia (el erro r) ya n o se ins­
talará sólo en su p u n to de partida, sino tam bién en su térm ino.
Éste conllevará así u n a pro fu n d izació n de la id ea de la in m a ­
n encia del p o d e r (esto es, u n ap artam iento aú n m ás radical res­
p e c to del co n cep to d e éste com o algo tra sc en d e n te), y la ex­
pansión concom itante del ám bito de la política.
U n a vez m in ad a la tra n sp a re n c ia d e l supuesto d e base en
q u e d escansaba el m o d elo fo re n se de la o p in ió n pú b lica (el

46 Ignacio R am írez, “U tilidad d el tiem po", Don Simplicio (2 6 /9 /1 8 4 6 ), cu


Obras completas, l, p. 263.
47 R am írez, “La re p re se n tació n nacional", Don Simplicio, e n Obras covijik-
tas, I, p. 175.
idea] d e u n a o p in ió n co m ü ñ unificada, ard cu lad a en to rn o de
u n a V erdad), h a b ría d e d escubrirse aquello im plícito p e ro n e ­
gado en éste. Si b ien , d e n tro de sus m arcos, razón y volu n tad
g en eral son siem pre indisociables, am bas, sin em bargo, resul­
tan al m ism o tiem po co n trad icto rias (la aplicación de u n a n o r ­
m a n o p o d ría considerarse p ro p ia m e n te u n acto d e voluntad;
ésta com en zaría allí d o n d e la n o rm a se q u ieb ra ). Es, e n fin, es­
te vínculo inescindible y conflictivo a la vez e n tre Razón y Vo­
lu n ta d el q u e dicho lenguaje n o p o d ía tem atizar sin dislocarse,
d e b ie n d o p e rm a n e c e r (com o en la cita a n te rio r d e Varela)
siem pre “e n tre parén tesis”. El q u e p u d ie ra ah o ra objetivarse en
el discurso público es sín tom a inequívoco del vuelco que se es­
taba p ro d u c ie n d o en el nivel del len g u aje político, el cual se
ap a rtaría ya d e su m atriz forense originaria.

La transformación estructural de la esfera pública


latinoamericana

El surgim iento d e un nuevo lenguaje político, que coincide


con la difusión del ideario positivista en la región, a co m p añ a­
rá, a la vez, u n a p ro fu n d a transform ación que en to n ces h a b rá
de reco n fíg u rar la esfera pública latinoam ericana, d a n d o lugar
así a u n nuevo co ncepto respecto del sentido de la acción p olí­
tica. En el capítulo siguiente habrem os de reco n stru ir la estruc­
tura m ás gen eral del lenguaje político que entonces em erg e a
partir del análisis del cam po sem ántico conform ado p o r las ca­
tegorías de representación, democracia y sociedad civil. A quí nos li­
m itarem os a señalar cóm o la serie de alteraciones en el espacio
público y la aparición d e nuevas form as de práctica política, aso­
ciadas a la afirm ación d e u n a incip iente esfera pública, h a b rá
de alejar la noción de op inión pública d e su m arco deliberati­
vo p ara reinscribirla en u n ho rizo n te de discurso estratégico.
Volviendo a los o ríg en es del m o d elo forense de la o p in ió n
pública, en su relato antes m encio nado, L em periéré, siguien­
d o aquí tam b ién la pro p u esta original d e G uerra, destaca la im­
p o rta n c ia q u e tuvo la em erg en cia y difusión de los órganos de
p re n sa e n la afirm ació n de ese m o d elo . C om o es sabido, en
A m érica L atin a la p ren sa p erió d ica surgió en las postrim erías
del rég im en colonial. O rig in ariam en te, su fundación seguía la
tradición del A ntiguo R égim en de “in fo rm a r”, esto es, d a r a co­
n o c e r a los súbditos las decisiones de los g o b ernantes. Esos ó r­
ganos c u m p lie ro n , incluso, u n p ap el rea c c io n a rio . M ediante
éstos, las a u to rid ad e s coloniales buscaban, en realidad, co n tra­
rre sta r la acción de otros m edios m ás inform ales (y dem ocráti­
cos) de transm isión d e ideas, com o el rum or, el libelo m anus­
crito, los panfletos, etc., q u e en aquel m o m e n to d e crisis de la
m o n a rq u ía p ro liferaro n . P ero , parad ó jicam en te, de este m odo
ab rirían u n espacio nuevo de d eb ate y, co n él, la idea de la po­
sible fiscalización p o r parte del “p ú b lic o ” d e las acciones del go­
b ie rn o (lo q u e m in aría de m a n e ra decisiva las bases sobre las
que se su sten tab a la política del A ntiguo R é g im e n ). La opinión
p ú b lica se in stitu iría así com o el á rb itro su p re m o de la legiti­
m idad de la a u to rid ad . El arg e n tin o V icente F. L ópez haría ex­
plícito este nu ev o vínculo e n tre poder, o p in ió n pública y p re n ­
sa periódica.

El p o d e r soberano se gana ó se pierde ante el tribunal sobera­


no de la opinion pública. Esta es en todos los casos el juez de­
finitivo que sentencia: se instruye, aprende; ella misma delibe­
ra. La prensa tiene u n a im portancia viva en este suprem o
debate de la palabra parlam entaria cuyo prem io es el poder
de gobernar.48

L a prensa, suerte de ágora m o d e rn o , e n carn aría un m odo


in éd ito de articulación del espacio público que perm itía con­

48 V icen te ,F. L ópez, “De la n atu ra le z a y del m ecan ism o del P o d e r E jecu­
tivo e n los p u e b lo s libres", Penisla del Río de la Plata, JV.15, 1872, p. 518.
ciliar las ideas de deliberación racional y dem ocracia. Ella sim­
bolizaba, e n palabras del a rg e n tin o B artolom é M itre, “el triu n ­
fo de la intelijencia sobre la fuerza bruta; la p rep o n d e ra n cia de
las ideas sobre los hechos; la apoteosis de la au to rid ad m o ra l”.49
Sin em bargo, e n la seg u n d a m itad del siglo, lo que llam am os
el “m o d elo ju ríd ic o ” de la o p in ió n pública h a b ría de reform u-
larse decisivam ente. N uevam ente, la p ren sa cum plió un papel
clave en esta transform ación.
C om o suele señalarse, ese p e río d o m arcó el p u n to culm i­
n a n te de la p re n sa política en A m érica L atin a50 (antes de su
transform ación en “prensa de n o ticias”),1,1 lo que se expresó en
la proliferación asom brosa del n ú m e ro de diarios. Más im p o r­
tante, sin em bargo, fue el nuevo p a p e l q u e éstos asum ieron e n
la articulación del sistem a político. Y esto nos conduce a cierta
p arad o ja in h e re n te a la n atu ra le z a de la reestru ctu ració n del
espacio público que entonces se p ro d u jo . En principio, la quie­
bra del ideal deliberativo de o p in ió n pública que venim os se­
ñalan d o p arece contradictoria con la p ercepción que entonces
se generalizó respecto de la im p o rta n c ia política fu n d am en tal
que ésta a dquirió en esos años. Se observa aquí, de hecho, u n a
cierta co n tradicción en las fuentes. P o r u n lado, se aseguraba
que n in g u n a facción te n d ría o p o rtu n id a d de tallar po lítica­
m e n te sin c o n ta r co n algún ó rg a n o u ó rg an o s q u e le fu e ra n

40 M itre, “P ro fesió n d e fe", Los Debates (1852), c itad o p o r A dolfo M itre


(co m p .), Mitre periodista, B uenos Aires, In stitu ció n M itre, J943, p. 117.
50 V éanse Jo sé Bravo U g artc, Periodistas y periódicos mexicanos (hasta 1935),
M éxico, Ju s, 1966; M aría d el C arm en Ruiz C astañ ed a, Luis R eed T orres y E n ­
riq u e C o rd e ro y T orres (c o m p s.), El periodismo un México, 450 años de historia,
M éxico, T rad ic ió n , 1974; A lberto R o dolfo L cttieri, L a República déla Opinión.
Política y opinión pública en Buenos Aires entre I8 5 2 y 1862, B uenos Aires, Biblos,
1999, y R aúl Silva C astro, Prensa y periodismo en Chile (1812-1956), S antiago,
U niversidad d e C hile, 1958.
' 51 Véase Irm a L o m b a rd o , D éla opinión a la noticia, M éxico, Kiosco, 1992.
adictos.52 P ero , p o r o tra p a rte , se insistía u n a y o tra vez e n la
poca im p o rta n c ia q u e el d e b a te político y la difusión de ideas
ten ían e n las elecciones.53 La p re g u n ta q u e surge a q u í es ¿cuál
d e am bas o p in io n e s opuestas d e b e m o s a c e p ta r co m o válida?:
¿la q u e a firm a la im p o rta n c ia d e la p re n s a y la o p in ió n pública
o la que le n ieg a a ésta cu alq u ier in flu en cia p o n ie n d o to d o el
acento, e n cam bio, e n las intrigas y m aq u in a cio n e s políticas?
L a resp u esta es q u e am bas afirm aciones opuestas son, no obs­
tante, ig u alm ente válidas. E n te n d e r có m o estas dos p e rc e p c io ­
nes contradictorias se concillaban a la perfección ofrece la clave
p a ra c o m p re n d e r el sentido que e n to n c e s ad q u irió el c o n c ep ­
to de o p in ió n pública.
En efecto, am bas afirm aciones opuestas son incom patibles
e n tre sí sólo en los m arcos del c o n c ep to forense de aquélla; no
resultaría ya así d e n tro del nuevo m o d elo q u e llam am os estra­
tégico. Si la p ren sa ju g ó u n p ap el clave en las elecciones no fue
exclusivam ente p o r su capacidad com o vehículo p a ra la difu­
sión d e ideas, o —sólo— p o r los a rg u m e n to s y el efecto p ersu a­
sivo q u e p ro d u c ía en sus eventuales lectores. Más decisiva aún

52 “L a e x p e rie n c ia m o stró desp u és, a u n en la A m érica d el Sur, q u e n in ­


g u n a d ic ta d u ra , p o r p o d e ro sa q u e fuese, p u d o p re sc in d ir d e ese trib u to d e
la v o lu n tad g e n e ra l, de q u e derivaba su a u to rid a d y sacab a su fu e rta m o ra l.”
B arto lom é M itre, Historia de San M artín y de la emancipación sudavunicana, Bue­
nos Aires, El A ten eo , 1950, p. 165.
63 C om o d e c ía en El Mensajero, bajo el se u d ó n im o d e Jovial, M anuel M.
d e Z am aco n a (jefe d e la b a n c a p o rfirista e n el C o n g reso ): “—Se m e trasluce
e n to n ces, c o n testab a el in g e n u o provincial, q u e e n esto de las eleccio n es el
to q u e está, n o en la v o lu n tad ni e n el voto d e los pueblo s, sino e n el de los
g o b e rn a d o re s, los gefes p olíticos y los gefes m ilitares. —U d. lo ha d ich o , y es
tan así, q u e p o r todas p artes o irá á los p rin cip a le s c o n trin c a n te s en esta lu­
ch a, h a b la r d e los g o b e rn a d o re s y d e los g e n e ra le s con q u e c u e n ta n , m en o s
q u e d e los p u eb lo s q u e le son adictos. —¿Y d e q u é servirá á U d. c o n o c e r la
o p in ió n y las sim patías públicas? ¡B uena p ro fe c ía h aría Ud. so b re sem ejan te
d ato l A cérquese U d. á los político s activos, so b re to d o á los círcu lo s oficia­
les". “B o letín ”, El Mensajero 1.19 ( 2 3 /1 /1 8 7 1 ), p. 1.
era su capacidad m aterial p a ra g e n e ra r hechos políticos (sea o r­
q u estan d o cam pañas, h a c ie n d o circular ru m o re s, etc.); en fin,
o p e ra r políticam ente, in te rv en ir sobre la escen a p a rtid aria sir­
viendo d e base p a ra los diversos in te n to s de articu lació n (o d e­
sarticulación) de red es políticas. R e e n c o n tra m o s aq u í algo ya
señalado p o r G u e rra c u a n d o afirm a lo siguiente:

Hay, pues, que analizar [la acción de la prensa] en térm inos de


eficacia: las palabras son las armas que los actores sociales em­
plean en su combate. Con ellas se esfuerzan en exaltar a sus par­
tidarios, en denigrar a sus enemigos, en movilizar a los tibios.54

G u erra señala esto, en realidad, en el c o n te x to del proceso


d e em ergencia dél ideal deliberativo. Sin em b arg o , resu lta cla­
ro que esa perspectiva ten ía im plícito un m o d elo de publicidad
ya muy distinto de aquél. Es cierto tam bién q u e ello no se h a­
rá m anifiesto sino hasta la segunda m itad d el siglo, c u a n d o se
afirm e v erd ad eram en te u n sistem a de prensa. E ntonces, la o pi­
n ión pública dejaría de ser concebida com o u n “tribuna! n e u ­
tra l” que busca acceder, p o r m edios e stric tam e n te discursivos,
a la “verdad del caso”, p a ra e m e rg er com o u n a su erte d e cam ­
po de intervención y espacio de in teracción agonal p a ra la de­
finición de las id en tid ad es subjetivas colectivas (que es el con­
cepto, de h e c h o , im plícito en la a firm ació n a n te rio r de
G uerra). Se im p o n e así u n a nueva “m etáfo ra ra d ic a l”; el foro se
convierte en campo de batalla. “La trib u n a ”, d ecía e n esos años
El M onitor Republicano , “es el cam po de batalla del o rad o r; allí
tiene arm as poderosas d e q u e d isp o n e r”.55
Esta redefinición del p apel de la prensa expresa, en últim a
instancia, u n a re configuración m ás global del espacio público,

54 Frangois-X avier G u erra, Modernidad e independencias, p. 301.


55 “B oletín d el ‘M o n ito r’” El M onitor Republicano, 5a é p o c a , xXi.80
(3 /4 /1 8 7 1 ), p. 1 (F irm a d o :Ju a n F e n iz ).
q u e c o m p re n d e a las p ro p ia s prácticas electorales. Los com i­
cios e ra n entonces, de h e c h o , v erd ad ero s cam pos de com bate.
Las descripciones q u e de éstos se hacían son elo cu en tes al res­
pecto . U n testigo de la época, Félix A rm esto, relatab a así la ba­
talla e n las elecciones p o rte ñ a s d e d icie m b re de 1863 por el
c o n tro l de u n a de las m esas electorales:

Los sitiadores, m ucho más num erosos qúe los sitiados, desem­
ped rab an la calle y se hacían transportar del Bajo [...] pon­
chadas de cascotes, m ientras que éstos arrancaban ladrillos de
los m uros y cuanto tenían cerca, dejando sin un azulejo la cú­
pula de la iglesia [...]. [Los locales vecinos] eran refugio de
las huestes enemigas, y desde allí, como desde la torre de la
iglesia, se hacían certeros impactos, en la cabeza y ojos de los
guerreros de ambos partidos.56

La violencia de los com icios, sin em b arg o , no necesaria­


m en te contradecía o m erm ab a su valor com o m ecanism o de le­
g itim ación y acceso al po d er. En un estudio recien te sobre el
caso específico a rg e n tin o , H ild a Sabato abrió u n a nueva pers­
pectiva al respecto q u e p e rm ite c o m p re n d e r de fo rm a m ucha
m ás precisa cuál era el rol c o n c re to q u e te n ía n e n to n c e s las
elecciones. C om o señala:

Ni la legitim idad de un régim en dependía de la transparencia


electoral ni las elecciones eran el único m edio aceptado y efi­
caz para acceder al p o d e r o para participar de la vida política.
Al adoptar esos supuestos, las interpretaciones más clásicas so­
bre la form ación del sistema político argentino rápidam ente
deducen, de la baja participación electoral, la indiferencia de

56 Félix A rm esto, M itristasy alsinístas, B u en o s Aires, S udestada, 1969, p.


15 y ss.; citad o p o r H ilda S abato, L a política en las calles. Entre el voto y la movi­
lización. Buenos Aires, ¡862-1880, B u en o s Aires, S u d am erican a, 1998, p. 85.
buena parte de la población por los asuntos políticos o su mar-
ginación im puesta, y de la m anipulación de las elecciones, la
falta de legitim idad de un sistema político que debía asentar­
se sobre la pureza del sufragio. De esta m anera, dejan de lado
la posibilidad de preguntarse quiénes votaban efectivamente
y qué quería decir votar, tener y ejercer el derecho de sufra­
gio, en los distintos m om entos de la vida política argentina.57

Según m u estra la autora, a fin de c o m p re n d e r esta a p a re n ­


te paradoja (el p ap el central de los com icios com o m ecanism o
de legitim ación d e los p o d eres públicos y su m anifiesta irreg u ­
laridad) , es necesario tom ar en cu enta dos aspectos. En p rim e r
lugar, estam os e n u n contexto en el que el uso de la fuerza no
era visto com o algo ilegítim o. P o r el contrario, era u n a suerte
de obligación cívica cada vez que consideraban que los p rinci­
pios de la lib ertad se e n c o n trab a n am enazados. C om o señala­
b a M itre e n 1874 d esd e las páginas de L a Nación, la p ro p ia
C onstitución así lo dictam inaba:

Estudiando la situación en que se encuentra el país, decíamos


que agotados los m edios de opinion, y colocada la situación
en el terreno de la fuerza, el pueblo en virtud de lo estableci­
do en el artículo 21 de la Constitución tenía el derecho y el de­
ber de armarse en defensa de la patria y de la misma Consti­
tución.58

En segundo lugar, las elecciones form aban p arte, y n o se di­


ferenciaban a ú n dem asiado n ítid am en te, de otros m edios más

37 H ild a Sabato, ibid., p. 15,


58 “P o d eres co n stitu c io n a les - P o d eres u su rp a d o re s”, La Narión ( 1 1 / 7 /
1874), v.1323: 1. “A h o ra nos dicen", insiste, “q u e esto es el m o tín ; la revuel­
ta, el g o b ie rn o d e C alfucurál ¡Parece in creíble! Los p rin cip io s co n stitu c io n a­
les n o ad m ite n sem e ja n te m o n stru o sid ad . Estam os en el te rre n o firm e de la
co n stitu ció n e n lo q u e so sten em o s" {ibid.).
directo s y co n creto s —y tam bién inform ales— q u e te n ía la so­
ciedad de in flu ir e n las decisiones de los g o b e rn a n tes, com o la
m ovilización callejera, las p eticio n es y los reclam os públicos,
etc. Es, e n fin, el in te n to de institucionalizar este haz co m p le­
jo de relaciones q u e articu lab a el vínculo e n tre g o b e rn a n te s y
g o b e rn a d o s el q u e d a ría lugar a la fo rm ació n d e u n a in cip ie n ­
te “sociedad civil”, asen ta d a en la p ren sa y en u n c o n ju n to de
asociaciones d e la m ás diversa ín d o le. Am bos aspectos explican
m e jo r alg u n as de las características p e c u liare s d e l fu n c io n a ­
m ien to del sistem a político del perío d o .
El co n tro l cuasim ilitar de las m esas electorales form aba p a r­
te, en realidad, de u n c o n c ep to estratégico de la acción p o líti­
ca en el q u e ciertos valores com o el arrojo y la disposición p ara
el com bate e ra n tan apreciados com o los a rg u m en to s rac io n a ­
les e n el m o m e n to de d ecid ir la distribución y acceso al poder.
C om o observa Pilar González:

Esto perm itiría com prender mejor declaraciones como las que
hace La Tribuna en 1854, para anunciar el triunfo de su lista:
“disponem os del elem ento principal: la fuerza. D isponem os
del apoyo de la opinión pública”. En esta movilización electo­
ral no sólo hay la acción de una clientela, sino tam bién una ló­
gica representativa: la de una sociedad que se manifiesta a tra­
vés del accionar belicoso.59

Lo a n te rio r explica, a la vez, un segundo aspecto, e n p rin ­


cipio, paradójico en el fu n cio n am ien to del sistem a político del
p erío d o . P o r u n lado, según se afirm a, las elecciones e ra n n o r­
m alm en te “co ncertadas”, esto es, los comicios sólo servirían p a­
ra legitim ar la vo lu n tad dei caudillo o de las fam ilias influyen­
tes locales. Sin em bargo, p o r otro lado, lo que se observa en la

59 Pilar G onzález B ern ald o d e Q uirós, Civilidad y política en loa orígenes de


la Nación Argentina, ¿a s sociabilidades en Humus Aires, 1829-1362, B uenos Aires,
FCE, 2001, p. 303.
práctica es q u e éstas fueron siem pre m uy disputadas, alcanzan­
d o incluso, com o vimos, lím ites de e x tre m a violencia física.
De nuevo, am bos aspectos com binados diseñan un m odo ca­
racterístico de práctica política q u e co n ju g a el “arreg lo ” electo­
ral con un alto grado de in ce rtid u m b re respecto de los resulta­
dos. El régim en de com petencia efectiva que entonces se im pone
n o va a co n trad ecir la práctica del “a rre g lo ”, sino que surge, p o r
el co n trario , d e su proliferación (si b ie n las listas eran n o rm al­
m en te “co n certad as”, es frecu en te e n c o n tra r en las fuentes lis­
tas “arregladas” m uy distintas e n tre sí p a ra u n a m ism a elección).
Y es aquí d o n d e e n tra a ju g a r la prensa. Los diarios cum plirán
u n papel esencial e n la “co n certació n ”, y tam bién en la “descon-
c e rtació n ” d e las listas. Los llam ados “trabajos electorales” con­
sistirían, básicam ente, en d ise ñ a r y llevar a cabo p e rm a n en te s
estrategias y contraestrategias (y contra-contraestrategias), ar­
ticulando alianzas, y tam bién desarticulándolas, dan d o así lugar
a constelaciones políticas y red es partid arias m uy com plejas (y
tam bién precarias y fugaces)60 q u e atraviesan las diversas instan­
cias de p o d e r (el Ejecutivo, el C ongreso, los estados, los clubes,
etc.) y com unican el sistem a político con diversos ám bitos de la
sociedad. De este m odo, g en eran ám bitos m ás am plios de m o­
vilización y canalización políticas, volviendo dicho sistema par­
cialm ente receptivo a los reclam os de diversos sectores sociales,
más allá de los círculos estrechos d e la elite g o b ern an te.61

60 U n b u e n e jem p lo d e ello fu e ro n las ele c c io n e s p resid en ciales de 1871


en M éxico, las cuales, c o m o an alizam os en o tro lad o , d ie ro n lu g a r a u n in­
cre íb lem e n te in trin c a d o ju e g o de alianzas y estrate g ias políticas e n tre los di­
versos círculos d e q u e se c o m p o n ía n los p a rtid o s e n p u g n a, to cá n d o le s a los
diarios u n p ap e l clave al resp ecto . V éase Elias J. Palti, “La S ociedad F ilarm ó­
n ica del Pito. O p e ra , p ren sa y p o lítica e n la República Restaurada", Historia me­
xicana u i.4 , 2003, p p . 941-978.
61 V éanse F lo ren cia Mal Ion, Peasant and Nation. The M aking o f Postcolonial
México and Perú, Berkeley, U niversity o f C a lifo rn ia Press, 1995, y Guy P. C.
T h o m so n , “P o p u la r A spects o f L iberalism in M éxico, 1848-1888”, Bulletin o f
Latín Amanean Research 10.3, 1991, pp. 265-292.
Eri definitiva, a la acción p eriodística, en te n d id a com o ins­
tru m e n to d e in te rv e n c ió n práctica, cabe tam b ién inscribirla
d e n tro de esa m ism a lógica estratégica de la política. Esto su­
p o n ía ya cierta co n cien cia p ráctica p o r p a rte de la elite local
respecto d e lo q u e nosotros llam aríam os la “perform atividad”
de la p alabra, de q u e las palabras son acciones, en fin, de que
u n p anfleto b ien p o d ía d e rrib a r g o b ie rn o (“¿quién ha negado
que u n a idea vale tanto com o u n suceso?”, preguntaba M itre) .6~
E1 perio d ism o a p a re c erá así co m o al m ism o tiem po u n m odo
d e discutiry de hacer política. Y esto in fu n d e tam bién u n a n u e ­
va conciencia resp e c to de la perfo rm ativ id ad de la palabra en
el sentido d e su “creativ id ad ”: la p ren sa periódica n o sólo bus­
caba “re p re s e n ta r” a la o p in ió n pública, sino que ten ía la mi­
sión d e con stitu irla com o tal. En la biografía que M itre dedica
e n 1845 a José Rivera In d a rte (el q u e surge allí com o la Figura
a rq u etíp ica del periodista p o lític o ), aparece ya la analogía, lue­
go u n a y o tra vez reiterad a, de la p re n sa com o u n a bandera. Se­
g ú n señala, la b a n d e ra n o tie n e sólo la función de representar las
fuerzas e n pugna: ella reúne materialmente a los ejércitos en los
cam pos d e batalla.

El estandarte en las lejiones rom anas era mas que el símbolo


de la nacionalidad, el vínculo que reconcentraba la falanje an­
tes del com bate, la voz de m ando en la punta de u n a pica du­
rante la batalla, y el recuerdo del ju ram en to en todos los mo­
m entos de la cam paña,63

Esto m ism o o cu rría, p a ra él, co n la p ren sa en el terren o de


las batallas políticas. Ésta n o “re p re s e n ta ” a u n a o pinión públi­

62 B arto lo m é M in e , “E stu d io s so b re la v id a y escritos de D. Jo sé Rivera


I n d a r te ”, Obras completas, B u en o s A ires, ed ició n o rd e n a d a p o r el H . C ongre­
so d e la N ación, 1949, XII, p. 382.
63 M itre, “D e la d isc ip lin a e n las re p ú b lic a s ”, La Nueva Era (1846), en
A dolfo M itre (c o m p .), Mitre periodista, p. 52.
ca p reconstituida, sino que la constituye com o tal con su p ro ­
p ia p réd ic a, cum ple u n p a p e l fu n d a m e n ta l en la definición de
las identidades colectivas p e rm itie n d o a los sujetos identificarse
com o m iem bros d e u n a d e te rm in a d a c o m u n id a d de intereses
y valores. M itre asociaba así el desarro llo d e la práctica p e rio ­
dística con el proceso de em erg en cia de u n co n cep to nuevo de
la acción política. P o r su in te rm e d io , esta a b a n d o n a b a su ca­
rácter trascendente, cesaría de ser u n a instancia separada de lo
social p a ra convertirse en el m ecanism o fu n d am e n ta l p a ra su
autoconstitución, el trabajo de la sociedad sobre sí m ism a. “La
p re n s a ”, decía, “es el p rim e r in stru m e n to de civilización en
n uestros días, y h a dejad o de ser u n d e re c h o político, p a ra con­
vertirse en u n a facultad, en u n nuevo sen tid o , en u n a nueva
fu erz a o rg án ic a del g é n e ro h u m a n o , su ú n ica p alan ca p a ra
o b ra r sobre sí m ism o”.04
T enem os aquí establecidas las c o o rd en ad as básicas q u e d e ­
finen el nuevo lenguaje político q u e en to n ces em erge. Ésta deja­
ría d e ser un “juez” p ara convertirse en u n a suerte de “cam po
de in te rv en c ió n ”. Ese co n cep to estratégico de la acción políti­
ca p ro n to pasaría a fo rm ar p arte del sentido com ún d e la elite
latinoam ericana y se inscribiría en su horizonte práctico, d e te r­
m in a n d o sus actitudes y acciones concretas. Lo cierto es q u e la
e m e rg en c ia de este nuevo len g u aje político señ alará u n des­
p la z a m ie n to fu n d a m e n ta l d e l d e b a te p o lític o . Éste v e n d ría
a h o ra a p la n te a r u n a cuestión a n te rio r a la relativa a los m eca­
nism os de form ación de u n a o p in ió n pública, que era la de los
m odos de articulación del sujeto de aquélla. En fin, indicará una
nueva reconfiguración o p e ra d a e n el nivel del suelo de proble­
máticas subyacentes.65

04 M itre, "Profesión de fe ”, Los Debates (1852), c itad o p o r A dolfo M itre


(co m p .), op. cil., p. 117.
65 Este tó p ico se d esarro lla en ei cap ítu lo siguienLc.
Deliberación política y acción retórica

Tal d e sp la z am ien to c o n c e p tu a l p u e d e d e fin irse en té rm i­


n o s de g é n e ro s retóricos. El desarro llo de u n c o n c ep to e s tra té ­
gico a c o m p a ñ a ría el tránsito de u n a id ea d e la esfera p ú b lica
c o n c eb id a de a c u erd o con las pautas de la m o d a lid a d retó ric a
deliberativa-forense a o tra articu lad a e n fu n ció n de un m o d e ­
lo o ra to rio d e m atriz epideíctica. El g é n e ro ep ideíctico (la terc e ­
ra de las form as e n q u e trad icio n alm en te se dividía la o rato ria)
se asocia, en efecto, a u n a idea de la acción política com o o rie n ­
tad a a la co n fo rm ació n d e las id en tid a d e s subjetivas, d e n tro de
u n sistem a q u e ofrece —y co n fro n ta — distintas definiciones al­
ternativas posibles de éstas, m ed ian te procesos en los cuales la
apelación a factores no rac io n ale s—tales com o a le n tar el o rg u ­
llo, provocar vergüenza, etc.— resulta a u n m ás decisiva q u e la
a rg u m e n ta c ió n racional.66 En la tradición clásica, éste se co n ­
v e rtiría e n u n g é n e ro “so sp ech o so ”, e n la m e d id a en q u e se
o rie n tab a a m ovilizar a la au d ien cia d e sp ertan d o sus instintos
y em ociones, antes q u e dirigirse a sus facultades intelectuales;
en fin, q u e se en c o n trab a m ás e stre ch a m en te co n ectad a con el
patkos q u e con el logosP Sin em bargo, estudios m ás recientes
destacan dos funciones fu n d am en tales q u e le cabían a este ti­
po de discursos en el m u n d o an tig u o (y q u e son las que nos
p e rm ite n relacio n ar ese gén ero co n el c o n c ep to político estra­
tégico q u e in ten tam o s analizar a q u í).

66 Ig n acio A ltam iran o a p ela ría a los m o d elo s clásicos p a ra d efin ir el n u e ­


vo p a rad ig m a d e o rado r, cuya fu n ció n ex ced e, efectiv am en te, la d e ilu strar a
la o p in ió n : “¡Santa y n o b le m isión! D esde ese tie m p o c o lo ca b a e n tre el o p ri­
m id o y el opresor, e n tre la ley y sus infractores, ¡cuántos d esastres evitól Des­
d e ese tiem p o el o ra d o r ha sido el p ro te c to r d e l p o b re , el sostén de su patria
y el ap ó sto l d e las g ra n d e s v erd ad es q u e n u n c a d e b e n m o rir”. Igrurcio Alta-
m ira n o , “Los tres d ere c h o s", Obras completas, M éxico, S e cretaría de E duca­
ción Pública, 1986,1, 36.
67 V éase G eorge K ennedy, The Art o f .Persuasión in Greett, P rin ccio n , P rin ­
ceto n U niversity Press, 1963, p. 153 y ss.
En p rim e r lugar, p o r d etrás de esta ap elación a los factores
em otivos se e sco n d ía u n aspecto ritual, el cual, a u n q u e in h e ­
re n te a la retó rica, sólo e n el g é n e ro ep ideíctico se h ace m ani­
fiesto.68 Según éste nos m u estra, la retó rica n o sería sino u n a
especie de m ecanism o de sublim ación que convierte los en fre n ­
tam ientos físicos e n c o n tie n d as verbales. La política rep u b lica­
n a que h a b rá de im p o n erse en esos años ap arecerá, en efecto,
al igual que las disputas retóricas e n la tradición clásica, com o
u n a form a ritualizada de guerra, u n a su erte d e sublim ación del
antagonism o (“reco rd em o s a F oción”, señalaba el m exicano Ig­
n acio A ltam irano, “ese p a trio ta in co rru p tib le , de q u ien decía
Pollyeucto que era el más elocuente de los oradores, tantas veces ven­
ced o r de los m ac e d o n io s”).fi!) “A quellas luchas, casi c u e rp o a
c u e rp o ”, decía A rm esto respecto de los com icios, “e n q u e sitia­
dores y sitiados se cam biaban m utuas injurias, ten ían m ucho de
los legendarios com bates de la Edad M edia, en que la palabra
acom pañaba a la acción”.70 Se trataba, de todos m odos, al igual
que otras form as de m ovilización política, d e u n a g u e rra locali­
zada y acotada, que em pezaba y culm inaba en el día y el lugar
de las elecciones, y q u e raí a vez tenía consecuencias fatales.71

68 V éase M ichael C árter, “T h e R itual F u n c tio n s o f E p id eictic R h eto ric,


T h e Case o f S ó crates’ F u n era l O ra tio n ", Rlietorica IX.3 (1991): 209-232.
69 Ig n acio A liam iran o , “Los tres d e re c h o s", Obras completas, I, p p . 36-7.
“U n ab o gad o sin elo cu en cia", decía, “es c o m o u n so ld a d o q u e tie n e a su dis­
posición to d a clase d e arm as, p e ro q u e n o sabe m a n e ja r n in g u n a". Ignacio
A Jtam irano, “N ecesid ad d e la e lo cu en cia e n el fo ro ”, op. rít., I, p. 307.
70 Félix A rm esto, M itrislasy alsinistas, p. 17; c itad o p o r H ikla Sabato, La
política en las calles, p. 90.
71 “Fue M itre”, aseg u rab a el p o rte ñ o C arlos D 'A m k o , “el q u e p a ra o p o ­
nerse al voto d e los soldados d e U rquiza en 1852, en vez d e re c u rrir a las ar­
mas, p o rq u e el abuso d e la fu e r/a n o tiene m ás re m ed io h o n ra d o q u e la fu er­
za, in v en tó el fra u d e ”. C arlo s D ’A m ico, Buenos Aires, sus hombres, su política
(.1860-1890), B uenos Aires, A m erican a, 1952, pp. 103-4, citado p o r Pilar G on­
zález B em ald o d e Q uirós, Civilidad y política en los orígenes de la Nación Argen­
tina, p. 303.
Ese co ncepto estratégico d e la acción política com o u n a for­
m a ritualizada de g u e rra te n ía im plícita u n a cierta definición
de las contradicciones q u e sufriría el proceso d e afirm ación del
nu ev o o rd e n liberal. Su p u n to de fisura se situaría en el h e c h o
d e q u e n o siem pre será p o sible aislar con nitidez el ám bito de
las c o n tie n d as verbales del d e los e n fre n ta m ie n to s físicos. En
efecto, el p ro p io m o d elo epid eíctico , en la m edida, ju sta m e n ­
te, e n que concebía a las p alab ras com o acciones, te n d ía a h a c er
m uy ten u e la línea q u e dividía u nas d e otras (desde el m o m e n ­
to en q u e se d e m u e stra q u e u n p anfleto bien p u e d e d e rrib ar
u n go b iern o , ¿cóm o distin g u ir u n a opinión contr aria al gobier­
n o de u n acto sedicioso?). Y es aquí d o n d e aparece la segunda
d e las funciones pro p ias a la o ra to ria epideíctica.
Com o señalan hoy los estudiosos de la tradición retórica clá­
sica, la ritualización de la violencia o p erad a p o r la retórica no
su p o n d ría u n mero traslado d e antagonism os preexistentes a un
nu ev o te rre n o , el de los discursos. Existiría, tam b ién , u n a di­
m ensión performativa (e n te n d id a en el sentido de creatividad)
a ñ a d id a a éstos:72 los discu rso s epideícticos cu m p lirían , ade­
m ás de su fu n ció n ritual, u n p a p e l crucial en la identificación
y tran sm isió n de los valores — nomos— que, supuestam ente,
constituyen a u n a c o m u n id a d d a d a .73 En los discursos fúnebres
(que es el tipo m ás característico d e este género), los individuos

72 Según muestra e l g én ero ep id eíctico, la acción retórica es, e n palabras


de Beale, “una acción social significativa e n sí m ism a”. W aker Beale, “Rheto-
rical Performative Discourse: A N ew T h eo ry o f Epidcictic”, Philosophy and RJie-
íoric 11, 1978, p. 225.
73 V éanse J. Poulakos, “G eorgias’ and Isocrates’ Use o í the Encomiüin",
The Southern Speecli Communication Journal 5 ], 1986, p. 307, y Cli. Perelman y
L. Olbrechts-Tyieca, The New Rhetrnic. A treatiss onArguvientation, N oire Dame
y Londres, University o f N otre D am e Press, 1971, p. 50. Para oirás evaluacio­
nes del gén ero ep id eíctico, véase Lawrence Rosenfield, “The PracLical Cele­
braron o f E pideictic”, en E ugene W hite {com p.), Rhe.lnrk in Trrmstíion, U ni­
versity Park, T he Pennsylvania State University Press, 1980.
se co n vierten en tipos q u e e n c a m a n valores q u e la sociedad
particu lar aprecia com o tales. Esta se p u e d e ver a sí m ism a re­
flejada en ellos e identificarse e n to n c e s com o tal. D e allí la fu n ­
ción constitutiva d e sentidos de c o m u n id a d d e d ichos discur­
sos. El o ra d o r fú n e b re no se dirig e, pues, a u n a a u d ie n c ia
preconstituida, sino que, de algún m odo, él m ism o la fo rm a co­
m o tal en la p ro p ia acción o rato ria .74
Tenem os definidas aquí las co o rd en ad as básicas a p a rtir de
las cuales se reaticulará el lenguaje político. A la difusión del
ideario positivista en la reg ió n cabe inscribirla en los m arcos de
este proceso de reconfiguración político-conceptual m ás g e n e ­
ral. Este se ap artaría ya de m an e ra radical d e lo q u e definim os
com o el m odelo forense de la o p in ió n pública. N o p o r ello, sin
em bargo, será m enos in h ere n te m en te “m o d e rn o ” q u e este otro
al que vino a desalojar. P o r el contrario, su em erg en cia señala­
rá u n a profundización en la inm anentización del pensam iento
político, in co rp o ran d o a su ám bito aquellas instancias de reali­
dad que dentro de los m arcos del an terio r lenguaje político apa­
recían sim p lem en te com o dadas. Así com o la diso lu ció n del
concepto clásico de la op in ió n pública, tal com o lo observam os
al com ienzo con motivo de F ernández de Lizardi, llevó a pro-
b lem atizar (politizar ) sus p resu p u esto s (esto es, la id ea de las
n o rm as com o constituyendo un o rd e n objetivo y trascendente
a la voluntad de los sujetos), del m ism o m odo, la crisis del m o­
delo ju ríd ico de la opinión pública daría lugar, a su vez, a la pro-
blem atización (politización) d e sus prem isas, a saber: el carácter
objetivo, dado, del sujeto de la opinión. Las m ism as viejas cate­
gorías se van así a resituar en un terren o de problem áticas dis­
tinto, alterando radicalm ente su significado.

74 “La misión del periodista", d e d a el m exicano Francisco Zarco, "por


m ás pretensioso que pueda sonar, es n o sólo la de expresar las o p in ion es de
un partido, sino la de difundirlas y así conducir a la op in ión pública". Zarco,
Francisco, ‘'Editorial", El Siglo X IX (1 /1 /1 8 5 7 )] .
4
Representación / Sociedad civil /
Democracia

El concepto de un ser que desde cierto punto de vista debe


presentarse independientemente de la representación tiene
no obstante que deducirse de la representación, puesto que
sólo puede ser por elía.

J o h a n n G o t t lie b F ic h t e , "Segunda introducción a la Doctrina


de la ciencia"

La democracia es experiencia e historia; se despliega y


metamorfosea en el tiempo, se revela y se renueva al hilo
de un tanteo que no cesa de torsionar las vistas y
enriquecer las formas.

M a rc el G a u ch et, La Révolution des pouvoirs

C om o es previsible, la categ o ría de “re p re s e n ta c ió n ” se si­


tu aría en el centro de los debates producidos tras la q u ieb ra det
régim en m onárquico. De hech o , las novedades introducidas en
C ádiz.bien se p u e d e n resu m ir en la id ea de u n a “inversión de
la re p re se n ta c ió n ”. M ientras q u e las C ortes tra d icio n a lm e n te
rep re sen ta b an a los súbditos a n te e I rey,1 con la caíd a de la m o­

1 Éste era también todavía el con cep to d e representación de Fernández,


de Lizardi. Según cuenta El Pensador, tal sería el m andato qu e en diversas (.ar­
tas “la voz del pueblo" le en co m en d ó a él y a los dem ás periodistas: ‘T om en
ustedes sobre sí la representación de los síndicos, si acaso los nuestros duer­
men". José Joaquín Fernández de Lizardi, “Erre que erre", Suplem ento a El
Pensador Mexicano (1812), en Obras, M éxico, UNAM, 1968, lu, p. 129. Siguien­
do la tradición jurídica, Fernández de Lizardi identifica así al representante
con el procurador. Éste es, precisam ente, el origen del con cep to m oderno
de representación. En el siglo X IV com enzaría a usarse, en el ámbito ju ríd i­
n a rq u ía los sujetos d e b e rían asum ir su p ro p ia rep resen tació n .
Los im aginarios tradicionales sobrevivirían, sin em bargo, en los
m odos de co n c eb ir ésta. Los sujetos a q u ien e s h a b ría d e re p re ­
sentarse serían aú n los cu erp o s del A ntiguo R égim en (en pard-
cular, las ciudades en ten d id as com o fo rm a n d o redes de e n tid a ­
des corporativas o rd en a d a s de m an e ra piram id al).
El inicio del proceso p o r el cual se a b a n d o n ará este concep­
to y e m e rg erá la idea de u n a rep re sen ta ció n nacional unifica­
da p u e d e rastrearse en el a b a n d o n o progresivo de los m anda­
tos imperativos (la obligación de los d ip u ta d o s de ceñirse a las
instrucciones de sus e le c to re s). R oto este prin cip io , los d ip u ta ­
dos d ejarán de ser m eros voceros de sus co m u n id ad es de ori­
gen p a ra pasar a e n c arn a r u n p rincipio inédito: la voluntad ge­
n e ra l d e la nación constituida e n los órg an o s deliberativos de
g obierno. C om o m ostrara Siéyés en u n d eb ate análogo o c u rri­
d o en la A sam blea N acional, y que señalaría la em erg en cia del
c o ncepto m o d ern o de dem ocracia representativa m o d ern a ,2 es
en éstos que aquélla se conform aría com o tal. E n definitiva, el
trabajo d e la rep re sen ta ció n n o es o tro q u e la re d u c c ió n a la

co, el térm ino repraesenta n indicando el h ech o de que un magistrado o pro­


curador ocupara el lugar o actuase en nom bre de una com unidad (cabe re­
cordar que en la tradición clásica el térm ino repraesentarerefería en exclusiva
a objetos inanim ados). En el siglo xvi, este con cep to ampliaría su sentido pa­
ra com prender la idea de una representación política. A parentem ente, es en el
fam oso capítulo xvi del Leviathan, de Tilom as H obbes, que aparece el primer
tratamiento sistem ático del concepto de representación política. Sobre la eti­
m ología del térm ino repraesentatio, véase H anna Pitkin, The Conctpt o f Repre-
senlation, Berkeley, University o f California Press, 1972, pp. 240-252. Sobre la
idea de H obbes de la representación política, en particular, véase José María
H ernández, El retrato de u n dios mortal. Estudio sobre la filosofía política de Tho-
mas Hobbes, Barcelona, Anthropos, 2002.
2 Q uien prim ero presentó este con cepto fue, en realidad, Edmund Bur-
ke en su célebre “Discurso a los electores de Bristol" de 1774. R. J. S. Hoff-
ínann y P. Levack (com ps.), Burke’s Politics. Selected Writings and Speeches, N ue­
va York, A. A. Knopf, 1949.
u n id a d d e la p lu ra lid a d de v o lu n tad es p a rticu la re s a fin de
c o n stitu ir la v o lu n tad g en eral de la nación. Esta n o preexiste,
pues, a su p ro p ia rep resen tació n .
P ara la escu ela revisionista, la pervivencia de rasgos tradi-
cionalistas se e x p resaría todavía, de todos m odos, en los m eca­
nism os de elección: a q u ien es se designaría com o re p re se n ta n ­
tes se g u iría n sie n d o , p o r b a sta n te tiem p o m ás, aq u ello s que
p o seían u n tipo de p ree m in e n c ia social que los hab ilitab a pa­
ra p ro n u n c ia rse e n n o m b re de su co m u n id a d .3 Es incluso po­
sible observar u n seg u n d o tipo d e inversión d e la rep re sen ta ­
ción, tam b ié n p ro p ia del A ntiguo Régim en: en las cerem onias
y en el b o a to q u e asu m en los nuevos g o b e rn a n tes n o sería di­
fícil h a lla r los rastros de u n a voluntad tradicional de re p re se n ­
tación del po d er, la exhibición de los atributos que le confieren
su a u to rid a d . Más significativa, sin em bargo, sería la incapaci­
d ad p a ra c o n c eb ir la idea m ism a d e u n a dem ocracia rep resen ­
tativa. R e p re se n ta c ió n y d em o cracia serán vistas c o m o térm i­
nos antinóm icos.
De nuevo, tan p ro n to com o analizam os este vínculo proble­
m ático q u e se estableció e n tre am bos térm inos, vem os que és­
te excedía el m arco de la oposición e n tre tradición y m o d ern i­
dad. La im posibilidad persistente de conciliarios resulta, p o r el
co n tra rio , p ro fu n d a m e n te significativa de las líneas de fisura
qu e re c o rría n el p ro p io lenguaje político “m o d e rn o ” ( “fo re n ­
se”) , y p o r las q u e éste h a b ría a la sazón fracturarse.

! C om o pedía u n a orden real de 1809, la elección debía recaer en “indi­


viduos de notoria probidad, talento e instrucción, exentos de toda nota que
pueda m enoscabar la op in ión pública". Citado por Guerra, “El soberano y su
reino. R eflexiones sobre la génesis del ciudadano en América Latina", en Hil-
da Sabato (coord .), Chidailama política y formación de las naciones. Perspectivas
históricas de América Latina, M éxico, FCE/Fideicom iso de las Am éricas/EI Co­
legio de M éxico, 1999, p. 55.
Democracia y representación: el vínculo conflictivo
pero inescindible

El g o b iern o rep resen tativ o , tal com o e ra e n to n c e s com ­


p ren d id o , su p e rp o n ía dos principios en apariencia c o n trad ic­
torios: el principio dem ocrático e n el p lan o d e la autorización
con el principio aristocrático en el plano de la deliberación. La
instauración del sufragio in d irecto estaba d estin ad a a p ro d u c ir
este desdoblam iento. La elección reco b rab a así su sen tid o ori­
ginario: sería sólo u n m ecanism o d e selección de los mejores (lo
q u e nos devuelve a o tro de los rasgos tradicionalistas m en cio ­
nados: la rep resen tació n com o asociada a la p ree m in e n c ia , ya
sea social o m oral, o b ien intelectual, m erito c rá tic a ). El gobier­
n o rep resen tativ o sería, e n definitiva, u n a aristocracia electiva.
“C om o lo dice e n 1813 el p resid en te de la ju n ta electoral de la
provincia de San Luís de Potosí con u n a frase de adm irable n a­
tu ra lid a d : ‘Si nos hayam os co n g reg ad o s en v e rd a d e ra J u n ta
A ristocrática es e n virtud de la D em ocracia del P u e b lo ’”.4
Para G uerra, la idea d e la dem ocracia rep resen tativ a com o
u n a aristocracia electiva d e n u n c ia la hibridez d e los horizontes
conceptuales sobre los que pivotó el discurso in d ep en d en tista.
D icho co n cep to , sin em b arg o , te n ía fu n d a m e n to s históricos
ciertos. El rechazo a los m an d ato s im perativos y la institución
de u n sistem a representativo tuvo com o objeto, en efecto, tra­
ta r de lim itar los “excesos d e m o c rático s”. Esto se ex p resó e n
u n a serie de restricciones al sufragio p o p u lar.5 C om o señala

4 Franfois-Xavicr Guerra, “El soberano y su r e in o ”, en H ilda Sabato


(co o rd .), Ciudadanía política y formación de las naciones, p. 51.
5 El h ech o verdaderamente llamativo, sin em bargo, es lo p oco restricti­
vo que, a pesar de ello, fue la legislación en esta materia en A m érica Latina,
si se la compara con la que por esos años se Impone en Europa o Estados Uni­
dos. M arcello Carmagnani y Alicia H ernández Chávez. señalan, por ejem plo,
para el caso m exicano, que en ía elec cio n es para el C ongreso G eneral de
1851 participaron cerca de un millón de votantes, lo que representaba api o-
M arcela T ernavasio p a ra el caso d e B uenos Aires, a fin d e fre ­
n a r el d e sliz am ie n to h acia la a n a rq u ía h a b ía q u e d e sa rra ig a r
las prácticas asam bleístas, lo q u e se tra d u c e e n la clau su ra d e
los dos C abildos q u e existían e n la provincia (e n B uenos A ires
y L u jan ).
G u e rra in tro d u c e aquí u n a distinción fu n d am en tal. E n c o n ­
tra d e lo q u e sostiene la versión épica d e la in d e p e n d e n c ia , se­
ñ ala q u e la p articip ació n p o p u la r n o era n e c esa ria m e n te signo
de irr u p c ió n d e la “m o d e rn id a d " (“hay a n te s in n u m e ra b le s
ejem plos de m otines, revueltas, in su rreccio n es y jacqueries, con
com posición y reivindicaciones populares evidentes”) ,GLos q u e
se o rg an iz ab a n a lre d e d o r d e los cabildos e ra n a ú n esos “p u e ­
blos c o n c re to s ” p ro p io s del A ntiguo R égim en. De m a n e ra in ­
versa, la im posición de u n sistem a rep resen tativ o , más allá de
su c a rá c te r conservador, cabría in te rp re ta rla com o ex p resan d o
u n avance fu n d am e n ta l en el proceso de m o d ern izació n polí­
tica y socio.cultural.
A esta ú ltim a afirm ación, sin em bargo, h a b ría q u e m atizar­
la. S egún señala Ternavasio, no se observa u n a co rrelació n en-

xim adam ente el 20% de la población m asculina adulta. “Es difícil encontrar
esta proporción", concluyen, “en sistemas propiam ente censatarios." Carmag-
nani y H ernández Chávez, “La ciudadanía orgánica m exicana, 1850-1910 ",
en Hilda Sabato (coo rd .), op. dt., p. 3 7 6 .José M urilho de Carvalho señala al­
go similar para el caso brasileño. Según muestra, la C onstitución de 1824, co­
nocida por su carácter conservador, im puso, en realidad, m uchos m enos exi­
gencias para acceder al derecho al sufragio que la francesa de esc mismo año.
Y esto se expresó en la práctica efectiva: en 1872, por ejem plo, votaron un
millón d e personas, lo cual representaba el 53% de la población masculina
mayor de 25 años (M urilho de Carvalho, "Dim ensiones de ta ciudadanía en
el Brasil del siglo XIX", ibid., p. 327). Un caso particularmente interesante es
la ley electoral que se sanciona en Buenos Aires en 1821, por obra de llernar-
dino Rivadavia, y que perm anecerá vigente, en lo esencial, el resto del siglo.
Véase Marcela Ternavasio, La revolución del voto. Política y elecciones en Buenos
Aims, 1810-1852, B uenos Aires, Siglo XXI, 2002.
0 Frangois-Xavier Guerra, Modernidad e independencias, p. 87.
tre actores definidos y tipos d e im aginario, e n tre la natu raleza
supuesta de los sujetos y sus actitu d es políticas c o n cretas (las
q u e fu ero n , en realid ad , m uy cam b ian tes y erráticas).

Más allá de los resultados a los que condujo está controversia


—donde triunfaron los sostenedores de las formas representa­
tivas—, es preciso detenerse en algunos aspectos del conflicto.
U na interpretación más sensible a las perspectivas de análisis
que po n en el eje en la dicotom ía tradición-m odernidad po­
dría ver en esta disputa la contraposición de principios anti­
guos y m odernos de representación, invocados en cada caso
po r grupos relativam ente perm eables a asum ir com o propios
algunos de tales principios según sus experiencias vitales pre­
cedentes. Pero si se contem pla, por ejem plo, que el mismo Ca­
bildo se posicionó a favor del régim en representativo en esta
oportunidad —no así en otras disputas similares— es preciso
adm itir que la dim ensión estrictam ente política (coyuntural)
explica gran parte de los conflictos aquí descritos.7

Los alineam ientos ideológicos seg u irían , tam b ié n e n este


p u n to , pues, u n a lógica e stric ta m e n te política, invalidando
cualquier in te n to de e x tra e r d e ellos conclusiones respecto de
la naturaleza social o cu ltu ral de los actores.8

7 Marcela Ternavasio, op. dt., p. 47.


8 El rechazo de los m andatos estaba íntim am ente asociado, a su vez, con
el repudio a los partidos. A la inversa, e n la segunda m itad del siglo XIX, con
el surgim iento de las grandes maquinarias partidarias y la idea de un sistema
de partidos se generalizaría la crítica a la idea de la in d ep en d en cia de los re-
preseniates. En su interpretación de tal h ech o, Bernard Manin, al contrario
de Guerra, señala que “la in d ep en d en cia de los mandatos es claram ente una
característica no democrática de los sistemas representativos” (B em ard Ma­
nin, Lasprinápios del gobierno representativo, Madrid, Alianza, 1998, p. 210. Aun
cuando no aceptem os esta idea de Manin, hay que admitir que la exigencia
de mandatos imperativos no es necesariam ente “tradiciónalista” (salvo que
Sea com o fu ere, está claro, d e todos m odos, que el vínculo
e n tre m o d ern izació n p o lítica y d em ocracia fue equívoco des­
de su origen. Y en ello se traslu cen problem as de o rd e n no só­
lo em pírico. La defin ició n d el p resid e n te de la ju n ta p o to sin a
d e la dem ocracia rep re sen ta tiv a com o u n a aristocracia electiva
te n ía n o sólo sustentos histó rico s reales sino, m ás im p o rtan te
a ú n , basam entos teóricos fu n d a d o s.9 Más allá de ias consecuen­
cias ideológicas e v e n tu a le s q u e su in stauración supuso, ésta
p lan te ab a u n a serie d e p ro b le m as conceptuales, h a c ie n d o difí­
cil d iscern ir hasta q u é p u n to su crítica expresaba m era m e n te
prejuicios tradicionalistas o a p u n ta b a ya a aspectos conflictivos
in h e re n te s a ese m ism o c o n c ep to . Las am bigüedades respecto
d el carácter tradicional o m o d e rn o de los debates que se agita­
ro n e n to rn o de esta ca te g o ría se expresan incluso en las p ro ­
pias in te rp re ta c io n es d e la escu ela hisfonográfica liderada p o r
G uerra.
C om o m uestra V é ro n iq u e H é b ra rd , tras la idea de la re p re ­
sen tació n com o “aristo cracia electiva” subyace u n d e te rm in a ­
d o co ncepto de o p in ió n p ú b lica (con lo que encontram os aquí
el p u n to en q u e am bas categorías —las de opinión pública y re­
p rese n tac ió n — se tocan):

En últim a instancia, quien está encargado de revelar, fabricar


y finalm ente asentar la opinión es el cuerpo de los represen-

considerem os también a este profesor d e la Universidad de Nueva York un re­


sabio del antiguo régim en ), ni tam p oco una peculiaridad latinoamericana.
9 C om o señala M anin, la id ea d e un a dem ocracia representativa fue ori­
gin alm en te concebida co m o una suerte de institución mixta. Y esto de un
m od o nada arbitrario. “Hay qu e resaltar”, dice, “que las dos dim ensiones de
la elección (la dem ocrática y la aristocrática) son objetivamente verdaderas
y am bas acarrean con secu en cia s significativas" (Bernard Manin, op. cit., p.
192). “La elección inevitablem ente seleccion a elites, pero queda en manos
de los ciudadanos corrientes d efinir qué constituye una elite y quién perte­
n ece a ella" ( ibid., p. 291).
tan tes, según el principio de evidencia opuesto al sentido co­
m ún. Esta opinión pública que supone la unanim idad y exclu­
ye un verdadero debate constituye una vía inm ediata de acce­
so a la verdad y al interés general.10

E n su in te rp re ta c ió n , el postulado d e q u e “q u ien está e n ­


cargado de revelar, fabricar y finalm ente a sen ta r la o p in ió n es
el cu erp o de los rep resen tan tes, según el prin cip io d e eviden­
cia opuesto al sentido c o m ú n ” expresa un rasgo tradicionalis-
ta que oculta u n a vo lu n tad de unanim ism o c o n trad icto ria con
la m o d ern id ad . P ero, p o r o tro lado, es ju sta m e n te ese p rinci­
pio, com o vimos, el q u e p e rm itiría rech azar los m andatos im ­
perativos, a b rien d o así las p u ertas a la m o d e rn id a d política. En
definitiva, tras el señalam iento de H é b ra rd com ienzan a filtrar­
se dilem as que ya son propios al concepto m o d e rn o de d em o ­
cracia representativa.
La idea representativa m o d ern a supone, en efecto, el recha­
zo del “sentido c o m ú n ”. C om o vimos, sólo este rechazo d a lu­
g ar al ju eg o de la d eliberación colectiva, abrien d o así el espacio
al trabajo de la representación. Más que de u n rasgo tradicionalis-
ta, surge, pues, de su p ro p ia definición. Y es tam bién, sin em ­
bargo, el p u n to en q u e ésta se disloca. E ncontram os aquí lo que
Rosanvallon llam a la “p a ra d o ja constitutiva de la rep re sen ta ­
c ió n ”.11 Esta conjuga, e n efecto, un principio de identificación
y un principio de diferenciación. Toda rep resen tació n supone,
de hecho, la ausencia de aquello que se e n c u e n tra rep resen ta­
d o ;12 es decir, si n o h u b iera u n a cierta distancia e n tre rep resen ­

10 Hébrard, “O pin ión pública y representación en el C ongreso Constitu­


yente de Venezuela (1811-1812)”, en Guerra y Lem périére (com ps.), Ijos es­
pacios públicos en Iberoamérica, p. 215.
11 Vcase Pierre Rosanvallon, Le peuple introuvable. Histoire de la représenla-
tion démocratique en France, París, Gallimard, 1998, p. 41.
12 Etim ológicam ente, repraesentaresignifica hacer presente o manifiesto,
o presentar nuevam ente, algo que se encuentra ausente.
tante y rep re sen ta d o , la rep resen tació n n o sería necesaria, p e­
ro, en dicho caso, se q u ie b ra el vínculo rep resen tativ o .13 En d e ­
finitiva, el trabajo de Ja re p re se n ta c ió n se d e sp re n d e , precisa­
m ente, a partir de la arista en que ésta se destruye. Se d escu b re
aquí la naturaleza problem ática de la cuestión relativa a los m an ­
datos im perativos. P o r u n lado, es necesaria la lib ertad d e deci­
sión de los dip u tad o s a fin d e d a r sentido a la d eliberación en
las Cám aras. La id ea de q u e los rep re sen ta n te s d eb ían lim itar­
se a ex p resar la v o lu n ta d d e sus m an d a n tes refleja, en efecto,
sim plem ente el h e c h o de q u e no había todavía em ergido el con­
cepto de la política com o fu n d a d a en un d e b a te racional. Pero,
p o r o tro lado, si éstos tien en lib ertad de decisión, ¿qué g aran ti­
zará que su v oluntad p articu lar h ab rá de coincidir c o n la vol un­
tad de aquellos a q u ien es dicen representar?
Tras la cuestión “té c n ic a ” d e los m and atos im perativos aflo­
raría, pues, u n p ro b le m a m u ch o más crucial, q u e es, e n defini­
tiva, el q u e viene a condensarse en la idea m o d e rn a de re p re ­
sentación: la im posibilidad de conciliar la idea dem ocrática con
las concretas relaciones fácticas de p o d e r.14 A utores com o Lu-

13 "Es verdad qu e un hom bre no p u ede ser un representante —sino só­


lo de nom bre— si habitualm ente hace lo op u esto a lo que sus representados
harían. Pero también es verdad que tam poco es un representante —sino só­
lo de nom bre— si n o hace nada, si sus representados actuasen directam en­
te" (H anna Pitkin, The Concept o f Representalton, p. 151). “Este requerim iento
paradójico es precisam ente el que se refleja a ambos lados de la controversia
entre m andato e independencia" (ibid., p. 153).
14 “O bviam ente, el pod er representativo de una sociedad articulada no
p u ede representarla co m o un lo d o sin oponerse de algún m od o a los otros
m iem bros de la sociedad. H e aquí una fuente de dificultades para la ciencia
política de nuestro tiem po porque, bajo la presión del sim bolism o democrá­
tico, la resistencia a distinguir term inológicam ente entre estas dos relaciones
devino tan poderosa que ha afectado también a la teoría política. El poder
gobernante es el poder gob ern an te incluso en una democracia, pero uno no
se anima a confrontar este h ech o .” Eric V oegelin, The New Sáence o f Pvtilics.
A n Introduction, Chicago, T h e University o f Chicago Press, 1952, p. 38.
cas A lam án term in a rá n p o r revelar aquello que subyace a este
vinculo inelim inable y conflictivo al m ism o tiem po e n tre re p re ­
sentación política y dem ocracia. Si la idea representativa des­
truye aquella o tra que constituye su p ro p io fu n d am e n to , en úl­
tim a instancia, sólo despliega y sirve de índice a la contradicción
aún m ás radical co n ten id a, a u n q u e d e fo rm a soterrada, e n la
p ro p ia idea de soberanía popular.

Dícesele, pues, al pueblo: sois soberano, pero no podéis ejer­


cer la soberanía; es necesario que m e la deis á mí para desem ­
peñarla. ¿Ysobre quien la vais á ejercer? ¡¡¡Sobre el pueblo
mismo!!! ¿No es esta la burla mas infam e y atroz que se puede
imaginar? [...] ¿no es el sarcasmo mas cruel y degradante que
se puede inventar? ¡A fé que si el pueblo pudiera ejercer por
sí mismo esa soberanía que se la atribuye, sin necesidad de di­
putados, senadores &c., no habría tantos partidarios de sus de­
rechos reales!15

Esto se liga, a la vez, a lo q u e llam a el “m isterio de la r e p re ­


se n ta c ió n ” p o r el que los ap o d e ra d o s se trasm u tan d e indivi­
duos, p o rtad o res de u n a d e te rm in a d a volontéparticuliére, e n ex­
presión de la volonté genérale d e la n ació n , y, de este m odo, se
erigen súbitam ente en soberanos de sus p o d e rd a n te s (faculta­
dos, p o r lo tanto, a ejercer “d e m an e ra leg ítim a” el p o d e r de
represión sobre quienes les h an d elegado su p o d e r) .

Según el sistema adoptado, unidos form an el soberano [...]


Sin em bargo, una pequeñísim a fracción de esa universalidad,
por un incom prensible misterio, form a en las elecciones la so­
beranía: por último que por otro misterio, tam bién de la po­
lítica m oderna, los representantes y apoderados, de individuos
dependientes se convierten en soberanos, y en soberanos de

15 “S o b e ran ía p o p u la r”, El Universal ( 7 /1 2 /1 8 4 8 ), 1.22, p. 3.


sus mismos representantes y poderdantes ¡Oh altezas, oh pro­
fundidad de la m oderna ciencia!16

Lo cierto es que, a diferencia de lo q u e o cu rriera, p o r ejem ­


plo, con las n o c io n e s de o p in ió n pública o n a c ió n , la idea de
u n a d em o cracia rep resen tativ a n u n c a alcanzará a n aturalizar­
se en el lenguaje político del p e río d o . Esta p e rm a n e c e rá com o
esa h e n d id u ra en el co ncepto forense de la op in ió n pública p o r
la que h a b rá fin alm en te de dislocarse. Según m ostraba Ignacio
Ram írez, ésta h acía m anifiesta la presencia de un trasfondo me-
taflsico e n el in te rio r del lenguaje liberal m o d ern o .

¿Qué cosa es representar? Es hacer pape! ajeno; es fingirse otra


persona; es sustituir a la cara la careta. ¿Ypuede ser acertado un
sistem a que n ecesariam ente se fu n d a en la m entira? Entre
un Congreso y un Concilio no hay diferencia.17

La id ea rep resen tativ a estigm atizará, en ú ltim a instancia, la


b rec h a in su p e ra b le e n tre sociedad y política, ese exceso de lo
social irre d u ctib le al o rd e n d e la política (in tro d u c ien d o en su
seno u n resid u o irre p re se n ta b le que d e n u n c ia el fo n d o de fac-
ticidad de las relacio n es de p o d e r ) .
La p rese n c ia d e u n a b rec h a e n tre dem ocracia y re p re se n ­
tación n o resu lta rá e x tra ñ a a G uerra. De h ech o , él term in a ex­
trayendo u n a conclusión e n el fo n d o n o muy distinta d e la del
p re sid e n te d e la j u n t a potosina. “El régim en rep resen tativ o ”,
afirm a “es u n g ran in v en to ”, p u esto que “p e rm ite conciliar la
soberanía radical del pueblo con el ejercicio del p o d er p o r unos
p o c o s ”.18 La d e m o c ra c ia rep re sen ta tiv a se p a re c e ría m ucho,
pues, a u n a aristocracia electiva. Sin em bargo, en el m odo en

16 Ibid.
17 Ignacio Ramírez, “Carta a Fidel [G uillerm o Prieto]" (3 /1 8 6 5 ), Obras
completas, III, p. 158.
18 Frangois-Xavier Guerra, Modernidad e ivdependencias, p. 257.
que él form ula esta p aradoja la vacía de sentido, velando el n ú ­
cleo problem ático que le subyace. La idea de dem ocracia re p re ­
sentativa aparece allí no m u ch o más que com o u n a especie de
argucia p o r la cual se adiciona u n adjetivo p a ra calificar al sus­
tantivo “dem ocracia” de u n m o d o que lo vuelva, de hech o , irre­
conocible. Sea com o fuere, el p u n to es q u e la id ea de la d e m o ­
cracia representativa com o u n a aristocracia electiva n o expresa
necesariam ente u n prejuicio tradicionalista, a u n q u e es cierto
q ue tam poco capta p o r co m p letó el sentido de la idea m o d er­
n a de ésta. En definitiva, e n u n a y en o tra perspectiva, tan to en
la tesis m odernista (que atribuye todos los problem as políticos
a la h eren cia tradicionalista) com o en la an tim o d ern ista (que
ve en el arribo de la m o d ern id ad el avance d e u n a racionalidad
auto ritaria y excluyente), se pierde aquel núcleo p roblem ático
q u e la idea de rep resen tació n designa.
E n tre dem ocracia y rep re sen ta ció n se establece, en efecto,
com o vimos, un vínculo conflictivo, p o r definición, puesto que
contiene u n a tensión constitutiva, pero, sin em bargo, al m ism o
tiem po inescindible, d ad o q ue, e n contextos postradicionales,
q u e b ra d o ya el prin cip io d e unificación provisto p o r la prese n ­
cia de u n soberano trascen d en te, sólo e n la rep re sen ta ció n y a
través de. ella se p u e d e a rticu lar la id en tid ad de aquél que será
rep resen tad o , es decir, sólo p o r m edio de los m ecanism os in­
m anentes de la rep resen tació n puede constituirse ese “p u e b lo ”
q u e h abrá, a su vez, de d e le g a r su p o d e r en los rep resen tan tes,
despojándose así en ese m ism o acto de ella (com o dice Corin-
ne E naudeau, “to d a rep re sen ta ció n es paradójica; el sí m ism o
sólo se capta en ella a co n dición de p e rd e rse ’’).19
El destino de la rep re sen ta ció n es así el de ser necesaria e
im posible al m ism o tiem po. Se e n c u e n tra , p o r ello m ism o,

19 Corínne Enaudeau, L a paradoja de la representaríón, B uenos A ires, P


dós, 1999, p. 71. Véase también F. R. Ankersmith, PoliticalReprtsenlaiion, Stan-
ford, Stanford University Press, 2002.
siem p re am en azad a p o r p a rtid a doble. L a p rim e ra altern ativ a
p a ra lo g ra r la id en tid a d del re p re se n ta d o y el re p re s e n ta n te es
lla n a m e n te elim in an d o este últim o, esto es, m ed ia n te la d e m o ­
cracia d irecta. Pero ello sólo traslada d e te rre n o la p a ra d o ja de
la rep resen tació n , del plano del poder constituido al del poder cons­
tituyente, sin p o r ello resolverla. La p ro b le m átic a q u e e n to n c e s
surge es cóm o se constituye, a su vez, el p ro p io p o d e r c o n stitu ­
yente. Esto es lo q u e Eric Voegelin llam a la cuestión de la arti­
culación de lo social:20 cóm o la p lu ra lid a d d e sujetos se re d u c e
a la u n id a d .21 La seg u n d a alternativa p a ra lo g ra r Ja id e n tid a d
e n tre re p re s e n ta n te y re p re se n ta d o consiste, inversam ente, en
la alien ació n del segundo en el p rim e ro , esto es, e n la c o m p le ­
ta d eleg ació n e n éste d e sus facultades soberanas. Pero e n to n ­
ces se destruye igualm ente el vínculo representativo. El re p re ­
se n ta n te, in d ep e n d iza d o ya de sus rep re sen ta d o s, viene a h o ra
a re p re s e n ta r u n a soberanía inexistente, lo cual e n u n sistem a
rep u b lica n o de go b iern o im plica privarlo d e su legitim idad.
E n definitiva, la re p re se n ta c ió n se a rticu la en fu n ció n de
u n doble exceso: de lo social respecto d e lo político, p e ro tam ­
bién d e lo político respecto de lo social. Este últim o, e n c a rn a ­
d o e n el p rin c ip io ju ríd ic o d e la so b eran ía, d o ta de u n id a d al
sujeto, provee aquel su p lem en to p o r el cual éste ad q u ie re u n a
id e n tid a d . Esto es lo q u e Rosanvallon llam a la representación-Ji-
guración. El p rim e ro de los excesos, e n c a rn a d o e n el prin cip io
d e la so b e ra n ía popular, c o n d en sa to d o aquello q u e n o pu ed e,
sin em b arg o , reducirse a esa u n id ad , lo q u e d a lugar a Jo que
Rosanvallon llam a la representación-legitimación. El trabajo de la

20 Eric V oegelin, The New--., p. 37.


21 “Es, en efecto", decía Thom as H obbes, “la unidad del ref>resenlantp., no
la unidad d e los representados lo que hace la persona una". Thomas Hobbes,
Leviathan, o la materia, forma y poder de un a República eclesiástica y civil, México,
FCE, 1984-, p. 135. El rechazo a los m andatos imperativos se fundó, justam en­
te, en el supuesto de que la unidad de la voluntad no preexiste al propio tra­
bajo d e la representación.
rep resen tació n su p o n e la su p resió n del rasgo distintivo de lo
social: su h e te ro g en e id a d , p u e sto que de lo c o n tra rio su re p re ­
sentación sería im posible, y, al m ism o tiem po, su preservación,
puesto que, en tal caso, ésta se volvería ociosa. La ausencia de
u n a voluntad g e n e ra l unificada, destructiva del vínculo rep re-
sentacional, es tam b ién su co n d ició n de posibilidad. La d iago­
nal d e la rep resen tació n se d e sp re n d e así a p a rtir d e u n a d o ­
ble fisura. P o r u n lado, ésta p re su p o n e aquello q u e la destruye
(la distancia que sep ara al re p re se n ta n te d e su re p re se n ta d o )
y, p o r o tro , sólo se constituye sobre la base de aq u ello q u e la
hace al m ism o tie m p o in n ec e saria (la vo lu n tad g en eral de la
n ació n ). Así com o la co n stitu ció n política del “p u e b lo ” com o
sujeto u n ita rio y so b eran o p re su p o n e y excluye al m ism o tiem ­
p o la rep re sen ta ció n , in versam ente, la re p re se n ta c ió n p resu ­
p o n e y excluye al m ism o tiem po la h e te ro g e n e id a d de lo social
respecto de la política. Es en ese doble exceso, la trascendencia-
in m a n e n cia d e lo político respecto d e lo social (la sim ultánea
ligazón-independencia del o rd e n d e la re p re se n ta c ió n respec­
to de aquello rep resen tad o : p rim e ra aporía) y la necesidad-im ­
posibilidad de red u c ir la h e te ro g e n e id a d de lo social a la u n i­
d ad de la política (segunda a p o ría ), q u e se h ace m anifiesta la
naturaleza e m in e n te m en te política (esto es, en ú ltim a instancia
indecidible) de la rep resen tació n .
Si la rep re sen ta ció n p re se n ta aporías insolubles, n in g u n a
de las alternativas p ara elim inarla resulta, n o obstante, m ás con­
sistente o m enos problem ática. La historia de las figuraciones
de la política m o d ern a en el siglo xix latin o am erican o , e n d e­
finitiva, no es sino la d e los diversos in ten to s -^siem p re p reca­
rios e inestables— p o r c o n fro n ta r la serie de co n trad iccio n es
resultantes del fen ó m e n o d e in m a n e n tiz ac ió n de las relacio­
nes de p o d e r (las cuales se verán privadás ya d e to d a g aran tía
y sanción trascendente), q u e son las que v endrían, en fin, a en ­
carnarse en la categoría de dem ocracia representativa (volvién­
dola p articularm ente revulsiva en los m arcos del lenguaje p o ­
lítico del p e río d o ). H acia m ediados de siglo, ésta se traduciría
en térm in o s de cóm o d a r ex p resió n a la h e te ro g e n e id a d social
com o tal, cóm o representaren el p lan o político-institucional aque­
llo irre p re se n ta b le p o r definición, p u e sto que señala ju sta m e n ­
te aq u ello q u e lo excede (esto es, el p rincipio de la soberanía
p o p u la r ) . La idea de la lu ch a e n tre “m o d e rn id a d ” y “tra d ició n ”
n o sería sino u n o de los diversos m odos p o r los q u e se trataría
de d a r c u e n ta de esa fisura in h e re n te al concepto de rep re sen ­
tació n .22 Esta es tam bién, sin em b arg o , la historia del descubri­
m ie n to , p o r p a rte de los p ro p io s actores, de la im posibilidad
de h a c erlo , d e la revelación d e las lim itaciones de u n esquem a
explicativo q u e sólo p u ed e c o m p re n d e r las contradicciones co­
m o resu ltan tes de m eros desajustes fácticos, em píricos (la im ­
posib ilid ad práctica de h a c e r c o in c id ir la realid ad con el m o­
d elo id e a l) .23
L a q u ieb ra del ideal deliberativo d e u n o rd en republicano,
q u e se co n d e n sa en el co n cep to fo re n se de la o p in ió n pública,
p e rm itiría re p la n te a r la cuestión de la relación e n tre dem ocra­
cia y re p re se n ta c ió n sobre bases c o m p letam en te distintas. La
co m b in a ció n de am bas categorías en un único concepto, el de
d e m o c rac ia representativa, su p o n d rá , a su vez, la redefinición
de los térm inos involucrados (p erm itien d o , respectivam ente, el

22 Esto, en definitiva, perm ite rom per co n et supuesto de Ja autoeviden-


cia del con cep to de dem ocracia representativa y tomar en serio los problemas
que históricam ente éste ha revelado. C om o señala una de las autoridades en
el tem a, confrontados a la variedad y am bigüedad de usos del concepto, “lo
que d eb em os buscar no es una d efin ición precisa, sino el m odo de hacer jus­
ticia a las varias aplicaciones particulares de la representación en los diversos
con textos —cóm o aquello ausente se hace presente y quién lo considera así”.
H anna l'iikin, The am ctpl.. p. 30.
“¿Hasta qué'punto”, se pregunta Guerra, “esta larga y, sin embargo, in­
com pleta enum eración de con d icion es y etapas se dio en la realidad? ¿O se
trata aún, y n o sólo para América Latina, de un horizonte en parte inalcan­
zable por el carácter ideal del m o d elo hom bre-individuo-ciudadano? Fran-
gois-Xavier Guerra, “El soberano y su r ein o ”, en Hilda Sabato (coord.), Ciu­
dadanía política.. p. 61.
surgim iento d e dos neologism os, los de “rep resen tació n social”
y “g o b e rn a b ilid a d ”) . No obstante, p a ra q u e ello fu e ra posible,
sería necesario antes in tro d u c ir e n tre am bos u n te rc e r térm i­
no, el de "sociedad civil”, la cual se d istin g u irá en to n c e s de esa
en tid ad m ás vaga llam ada “op in ió n p ú b lic a ”. Se e m p ezaría así
a tejer la re d categoría! q u e c o n fo rm ará u n nuevo cam po se­
m ántico cuya articulación nos conduce m ás allá de los confines
del lenguaje hasta en to n ces disponible.

Lastarria y la representación social

H acia la segunda m itad del siglo, q u e es c u a n d o se d ifunde


el ideario positivista, la q u ieb ra del ideal de u n a o p in ió n públi­
ca unificada, articu lad a en to rn o de u n a V erdad, colocaría en
el centro de la reflexión la p reg u n ta , inexpresable en los m ar­
cos del m o d elo forense, de cóm o re p re se n ta r sujetos singula­
res com o tales. Se a b rirá así u n nuevo ho rizo n te de in terro g a­
ción, p ara el cual el vocabulario h asta en to n c e s disponible no
co ntaba ya con categorías con q u e abordarlo.
Si, com o vimos, el tópico de la “in com prensión d e la dem o­
cracia representativa m o d e rn a ” (cuyo co ncepto su p o n e perfec­
tam en te tran sp aren te) b rin d a u n m arco explicativo, no del to­
d o desacertad o , a u n q u e sí in suficiente p a ra d e s e n tra ñ a r la
com pleja tram a de problem as q u e a lo largo d e la p rim e ra mi­
tad de siglo se escondería p o r detrás d e d ich o co n cep to , p ro ­
yectado su b secu en tem en te e n el tiem po resu ltaría ya p o r com ­
p leto in ad e c u a d o . T rasladado a la se g u n d a m itad d el siglo,
obstaculizará la co m p ren sió n de lo q u e se e n c o n tra b a e n to n ­
ces c o n cretam en te en debate. Este vaciará de sentido las polé­
micas que se suscitaron en ese perío d o , red u cién d o las a u n a se­
rie de lam en tab les m ale n te n d id o s q u e n o m ere ce n n in g ú n
tratam ien to histórico m ás específico ni cuya co m p ren sió n de­
m an d a esfuerzo intelectual alguno. En definitiva, sólo si p e n e ­
tram os él núcleo aporético que subyace a dicho co ncepto po­
d e m o s d escu b rir el sen tid o p ro fu n d o de las p o lém icas q u e e n ­
tonces se ag itaro n e n to rn o de éste.
D e hech o , e n tre am bos m o m en to s de la h isto ria político-in­
telectu al la tin o a m e ric a n a yace u n a cisu ra fu n d a m e n ta l. Las
problem áticas q u e h a b rá n d e p lantearse, y los m arcos catego-
riales co n q u e se a b o rd a rá n , son ya otros. La q u ie b ra del ideal
de u n a o p in ió n p ú b lica unificada articulad a a través de los m e­
canism os de delib eració n colectiva q u e p e rm ite n co n v erg er h a­
cia esa V erdad e n q u e descansa la vida d e la c o m u n id a d , el des­
cubrim iento de las divergencias com o constitutivas d e la política,
p la n te a ría la necesid ad de p e n sar cuáles eran aquellos clivajes so­
ciales más permanentes que resistirían su reducción a una unidad. Y,
fu n d am e n ta lm e n te, cóm o volver esas d iferencias representables,
a fin de m inarlas e n su singularidad. Surge aq u í, pues, la cues­
tión d e la representación sodai
E n los m arcos tradicionales de la h istoria d e ideas, la em er­
g en cia d e ese c o n c e p to , de claras rem iniscencias corporativas,
aparece com o la p ru e b a m ás palm aria de la pervivencia d e im a­
ginarios tradicionales (lo q u e le perm ite a G u e rra ,re fe rirse al
Porfiriato com o el “A ntiguo R égim en”, e n u n dem asiado obvio
a n a cro n ism o ). Esta co b ra u n sentido m ucho m ás sustantivo, sin
e m b arg o , c u a n d o la analizam os a la luz d e la serie de proble­
m áticas q u e venim os analizando. Lejos d e re p re s e n ta r un re­
greso a los tipos d e im aginario social p ro p io s del A ntiguo Ré­
g im en , las nuevas teo rías organicistas de lo social se revelan,
p o r el c o n tra rio , com o se ñ ala n d o u n a p ro fu n d iz a c ió n de la
idea de la in m a n e n cia del poder.
De hech o , el m o d elo forense de la o p in ió n pública guarda­
ba a ú n resabios de trascendencia. Este p re s u p o n ía ya la exis­
tencia de u n público idealm ente h o m o g én eo , al cual se trans­
fe rirá n los a trib u to s p ro p io s del so b eran o m edieval. Rota la
idea de u n a V erdad objetiva en que este supuesto se fundaba,
su rg irá la p re g u n ta d e cóm o concebir un tipo de objetividad
de lo social com patible con la evidencia de la disem inación del
sistem a d e las d iferencias sociales. Son estas m ism as las que,
p ro b ad a su im posible subsunción a u n a v o lu n ta d g en eral u n i­
ficada, d e b e rá n a h o ra articularse m u tu a m e n te a fin d e consti­
tu ir u n bien colectivo (el q u e n o excluiría ya, sino q u e in teg raría
a la p lu ralid ad d e intereses —y, en definitiva, racionalidades—
sociales). La o b ra del ch ilen o Jo sé V. L astarria perm ite obser­
var cóm o se p ro d u c e esta transición h acia u n nuevo lenguaje
p olítico e n cuyos m arcos todas las ca te g o ría s fu n d a m e n ta le s
que venim os analizando h a b rá n d e redefinirse.
La p re g u n ta respecto de cóm o volver rep re sen ta b le u n a so­
ciedad que alberga u n a pluralidad irreductible d e intereses, n e ­
cesidades, in clin acio n es y p a re c e re s p a rtic u la re s a p a re c e en
L astarria m uy tem p ran o en el c o n te x to latin o am erican o . Ésta,
ocu p a u n lu g ar c e n tral en u n escrito q u e d a ta d e 1846, “E le­
m entos de d e re c h o público constitucional teórico positivo i po­
lítico”,24 q u e sirvió com o p lataform a á la revolución liberal de
1851 (lo q u e le costaría a L astarria su p u e sto e n la universidad
a p esar de q u e él p e rso n alm en te n o p articip ó d e la revuelta) ,25
Lastarria distingue allí “la institución civil i política llam ada Es­
ta d o ” de otras instituciones q u e e n su co n ju n to co n fo rm an la
sociedad civil. El p rim ero constituye, dice, el “p o d e r p o líd c o ”,
al que o p o n e un “p o d e r social” diversificado en esferas au tó n o ­
m as e n tre sí (el com ercio, la in d u stria , las artes, las ciencias,

24 Lo que trata allí de pensar es “la sociedad co m o un conjunto de insti­


tuciones orgánicas, todas las cuales reposan sobre las mismas leyes de inde­
pendencia i correlación, constituyendo así una esp ecie de confederación en ­
tre los diferentes órdenes". José V ictorino Lastarria, “E lem entos de derecho
público constitucional teórico positivo i p olítico” (1846), Obras completas 1:Es­
tudios políticos y constitucionales, Santiago, Impr. Barcelona, 1906, p. 193. Este
texto, cabe aclarar, fue elaborado antes de su adopción del credo positivista,
la que no se produce, según cuenta en sus Memorias sino hasta 1868. El tér­
m ino “positivo” que se encuentra consignado en el título del escrito antes
m encionado aparece allí en su acepción jurídica más lata.
25 Sobre !a vida y la obra de Lastarria, véanse Alamiro de Ávila Martel et
a l. Estudios sobreJosé Victorino Lastarria, Santiago, Universidad de Chile, 1988,
y Alejandro Fuenzalida Grandón, Lastarria y su tiempo, Santiago, n /s ., 1981.
etc.) ,26 “Por consiguiente, no cabe duda", afirm a, “que la socie­
d a d d e b e dividirse en ta n ta s sociedades p a rtic u la re s cuantos
son los fines prin cip ales en q u e se divide el fin social”.27 Este
p o d e r social constituye, en definitiva, la soberanía nacional, la
cual es inalienable, “p o rq u e la sociedad n o p o d ría despojarse
de su p o d e r je n e r a l a favor de u n a p e rso n a o d e m u ch o s sin
c o n tra ria r su p ro p io fin, p u esto q u e re n u n c ia ría p o r este solo
h e c h o a la m as preciosa de las prerrogativas, al a trib u to esen­
cial de su p erso n alid ad colectiva”.28 El gran p ro b le m a político
y con stitu cio n al es, p a ra él, cóm o d a r exp resión institucional
in d e p e n d ie n te a este p o d e r social hasta a h o ra c o n fu n d id o con
el p o d e r político y o p rim id o p o r él.

Para form arse una idea exacta del p o d e r del Estado no debe
confundirse con la del p o d er social en jeneral, porque de no
hacerlo así se perd ería la ju sta independencia en que deben
estar las diferentes esferas de la actividad social. El poder so-

56 “La institución civil i p olítica llam ada Estado, d esp u és de haberse


em ancipado de la institución relijiosa, se ha arrogado y ejercido la tutela de
todos los dem as negocios hum anos. Esta tutela ha podido ser lejítima m ien­
tras que el desarrollo d e las dem as instituciones sociales no ha adquirido bas­
tante en eijía para que éstas se dirijan por sí mismas; pero hace m ucho tiem­
po que ha llegad o a ser opresiva i ha d eten id o el progreso d e la actividad
hum ana. Es verdad que hasta ahora solo la relijion y el derech o se han cons­
tituido socialinente por m ed io dé la Iglesia y el Estado; pero las sociedades
p rop en d en en su progreso al desarrollo libre e in d ep en d ien te d e la indus­
tria, del com ercio, de las ciencias i de las artes, i se hacen esfuerzos para dar
a estas esferas de actividad una organización qu e les sea propia a fin de ga­
rantirlas contra las influencias de otros poderes, cuya intervención altera más
o m en os su carácter i p o n e trabas a su p erfecció n .”José Victorino Lastarria,
“E lem en tos de d erech o p ú b lico con stitu cion al teórico positivo i político",
Obras completas, I, pp. 47-8.
27 José V ictorino Lastarria, “E lem entos de derecho público constitucio­
nal teórico positivo i político", op. dt., I, p. 46.
28 Jbid., pp. 53-4.
cial existe en la sociedad, i es en sum a el conjunto de todas las
fuerzas puestas en movimiento por la sociedad i sus miembros
en las diversas esferas de la actividad hum ana. Ya hem os visto
que el fin jeneral del hom bre i de la sociedad se com pone de
los fines moral, relijioso, científico, artístico, industrial, com er­
cial i político; po r consiguiente el p o d e r social se com pone
tam bién de los poderes encargados de realizar estos fines par­
ticulares, de los cuales no debe faltar ninguno en la sociedad,
aunque no todos existan en la debida proporcion [...] La justa
separación que debe existir entre todos ellos, según su natu­
raleza especial, es la que asegura a todas las esferas de la acti­
vidad hum ana su independencia respectiva, i al mismo dem po
es la única garantía contra los males que sufriría la sociedad si
el poder político se absorbiese a todos los dem as i anulase la
acción del poder social en jen eral.29

La soberanía nacional no p u e d e reducirse al p o d e r políti­


co sin destruirse com o tai; aquélla excede siem pre a éste. D e lo
que se trata es, pues, de d iseñar m ecanism os in m a n e n te s de in­
tegración social, c o m p re n d e r cóm o es que todas estas funcio­
nes especializadas p u ed an “encam inarse a la realización del fin
je n e ra l del h o m bre, a u n q u e cada u n a fu n cio n e bajo la acción
de un principio especial.30 Y esto p lantea, a su vez, u n p ro b le­
m a a n te rio r respecto de cuál es la e stru c tu ra de ese p o d e r so­
cial (los “fines principales e n que se divide el fin social”), cuá­
les son los sujetos a los q u e h a b rá de rep resen tarse.
Esto invierte, de algún m odo, tei situación anterior; saldada
finalm ente la segunda de las cuestiones, m ucho m ás com pleja y
difícil de resolver, que se p lan tearía de in m ed iato tras la inde­
pen d en cia, a saber, cuál era esa e n tid a d q u e iba a ser rep resen ­
tada, a p artir del m o m en to en q u e se q u ieb ra el supuesto del
individuo com o la base natu ral de la sociedad (aquello q u e en­

29 Ibid., pp. 50-1.


30 Ibid., p. 194.
tonces se hab ía ráp id am en te naturalizado en el discurso políti­
co), resurge, sin em bargo, la p rim e ra d e ellas: cóm o está consti­
tu id a la nación. E n este p u n to rea p a rec e de m an e ra inevitable
la id ea d e u n a Verdad. La noción d e rep resen tació n social es, en
definitiva, inseparable tam b ién de u n saber, de u n a ciencia d e
lo social; p resu p o n e u n a d e te rm in a d a sodobgta.5] La sociedad
es, p a ra Lastarria, el sujeto de la representación (representación-
legitim ación). Pero, a la inversa, para serlo, ésta debe, a su vez,
p o d e r tornarse objeto de rep resen tació n {representación-figu­
ració n ). Y es aquí d o n d e re em erg e el p ap el del Estado. “El Go­
b ie rn o ”, dice Lastarria, “n o solo d eb e c o n o c er la riqueza i re c u r­
sos de la nación, sino tam bién distribuirlos i dirigirlos [...], d e b e
c o n o cer sus fuerzas i poseer e n sum a cúantos conocim ientos se
c o m p re n d e n en el vasto círculo de las ciencias sociales”.32
El p la n te a m ie n to del p ro b le m a de la rep resen tació n -fig u ­
ración d e lo social perm ite así a L astarria re in tro d u c ir a q u ello
q u e h abía, en u n p rin cip io , in te n ta d o e lim in ar o al m enos li­
m itar: el papel del Estado com o instancia unificadora en tan to
e n c a rn a d u ra del p rin cip io aristocrático-inteligente, que es el
q u e d e b e figurar lo social p a ra volverlo re p re se n ta b le .33 Esto

31 E n su pro y ecto , la re p re se n ta c ió n se d istrib u y e d e l sig u ie n te m o d o :


"P or los in terese s relijioso sy m o rales, cin c o [d ip u ta d o s]. P o r el ín teres d e la
a g ric u ltu ra , veinticinco. P o r el Ín te re s d e la m in ería, q u in c e . P or el ín te re s
d e las m an u factu ra s i oficios in d u striales, diez. P o r el co m e rc io je m e ra l i sus
industrias auxiliares, tre in ta ”. Jo sé V ictorino Lastarria, “B osquejo de una cons­
titu c ió n política arreg la d a a los p rin c ip io s i d o ctrin a s d e la cien c ia ”, op. di.,
II, p. 543.
32 Jo s é V ictorino L astarria, “E le m e n to s d e d e re c h o p úblico con stitu cio ­
n al teó rico positivo i p o lític o ”, op. til., i, p. 42.
33 L astarria m a n tie n e así en su p ro y ecto co n stitu cio n a l un d oble sistem a
d e re p resen tació n ; se lim ita a colocar, al lad o d el sistem a tradicional d e re ­
p re se n ta c ió n política, artic u la d o en fu n ció n del p rin c ip io d e la mayoría n u ­
m érica, u n sistem a de re p re se n ta c ió n social, o rg an izad o a partir de u n c o n ­
ju n t o d e in stitu cio n es esp ecializad as q u e d a ría n ex p resió n a los diversos
c o m p o n e n te s de los qu e se c o n fo rm a la sociedad.
su p o n e, obviam ente, u n s a b e r especializado (“i es fácil c o n c e ­
b ir ”, concluye, “que estas co n d icio n es d e capacidad n o se e n ­
c u e n tra n en todos los individuos de u n a so cied ad ”) El in te n ­
to d e p o n e r en caja aquellos ele m en to s de lo social (el ám bito
d e la diversidad) que no a cep tan red u cirse a lo político-jurídi­
co (el ám bito de la u n id ad ) te rm in a así h a c ie n d o e m e rg e r de
m o d o m ás descarn ad o aquello d e la política q u e excede lo so­
cial (y le perm ite constituirse com o tal).
La tensión entre p o d e r político y p o d e r social rep ro d u ce, en
últim a instancia, aquella otra en tre razón y voluntad señalada por
G uerra, que perm ite in tro d u cir restricciones a los d erechos po­
líticos. P o r cierto, el liberalism o d e Lastarria n o era dem ocrático.
Sin em bargo, m ás significativo q u e su aristocratism o es cóm o co­
m enzaba entonces a redefinirse el concepto de dem ocracia; aun­
qu e esto sólo se observará con m ás claridad en sus escritos tar­
díos. En lo inm ediato p odem os sí ver cóm o la perspectiva de
Lastarria reform ula las relaciones e n tre tradición y m od ern id ad
políticas, invirtiendo, de hecho, el esquem a de G uerra.
En efecto, a diferencia de G u erra, p a ra L astarria la persis­
ten cia del principio de rep re sen ta ció n política, fu n d a d o en la
p u ra voluntad popular, expresaba la presencia de “resabios i re­
m iniscencias del réjim en a n tig u o ”. P o r el co n trario , la no ció n
de rep resen tació n social —q ue, vista desde la perspectiva del
pactism o ilustrado, aparece com o u n a vuelta al ideal c o rp o ra ­
tivo colonial— era la form a p ro p ia m e n te “m o d e rn a ” de go b ier­
no, su ideal últim o. En fin, el m o d elo político “organicista” no
sería d e u n a m era p ro p u esta de república posible, u n a fo rm a p re ­
lim inar y transitoria en la m arch a hacia u n supuesto ideal e te r­
n o de república verdadera rep re sen ta d o p o r el co n cep to pactis-
ta-ilustrado, sino u n a fo rm a diversa de co n c eb ir esta últim a.35

34 Jo sé V icto rino Lastarria, “E lem en to s de d e re c h o p ú b lico co n stitu cio ­


nal teó rico positivo i político", op. cit., [, p, 56.
35 La articu lació n d e u n a to talid ad o rg á n ic a sólo p u e d e ser el resu ltad o
d e u n a largo trabajo de au to co n stitu ció n d e lo social, d e afirm ación d e las di-
L uego verem os cuál e ra el ideal de dem ocracia im plícito en
este c o n cep to . En to d o caso, está claro que de n in g ú n m o d o se
tra tab a de u n regreso a u n ideal p re m o d e rn o . Este surgió de la
revelación de un c o n ju n to de ap o rías im plícitas en el co ncep­
to ( “m o d e r n o ”) d e re p re se n ta c ió n política; a p o rta rá u n a res­
p u e sta al in te rro g a n te resp ecto de có m o llenar la b rec h a e n tre
re p re s e n ta n te y re p re s e n ta d o , sin re d u c ir lla n a m e n te u n o a
otro; en sum a, cóm o co n ciliar rep re sen ta ció n y dem ocracia.
Esto su p o n d ría , a su vez, la refo rm u lac ió n de ese in te rro ­
gante. En los m arcos del nuevo lenguaje que entonqces com en­
zaba a em erger, y q u e d e n o m in a m o s “el concepto estratégico
d e la sociedad civil”, éste h a b ría de retrad u cirse en el de cóm o
establecer u n vínculo existenáal e n tre rep re sen ta n te y rep resen ­
tado, hallar algún tipo d e identidad sustantiva e n tre am bos que
g arantice q u e la voluntad d el d ip u ta d o habrá de coincidir de
m a n e ra e s p o n tá n e a con a q u e lla q u e m an ifestarían ev en tu al'
m e n te sus votantes (algo q u e el m ecanism o p u ra m e n te form al
de la autorización no alcanzaría aú n a asegurar) .36 Aquí radica
el n ú cleo de la idea de rep re sen ta ció n social. La in tro d u cció n
de la consideración de la p ro b le m átic a relativa a las condicio­
n es sustantivas de la re p re se n ta c ió n conllevaba ya u n a reconfi­
g u ració n fu n d am e n ta l del len g u aje político. Este co ncepto de

versas esferas d e actividad y su m u tu a com patib ilizació n . "La ép o ca d e la u n i­


d a d está a u n lejan a, p e ro es p reciso a p ro x im a rla , p re p a ra n d o su realización.
C u a n d o ex istan en su c o m p le ta o rg an iza c ió n los p o d eres sociales, fo rm a rá n
todos u n a v erd ad era representación social, e lig ie n d o cada u n o d e ellos sus res­
pectivos fu n cio n ario s: esta re p re se n ta c ió n será d ife re n te de todas las con o ci­
das, p o rq u e su m isión n o consistirá en in te rv e n ir directa i c o n tin u am e n te en
el m o v im ien to d e los ó rg a n o s p a rtic u la re s, n i en darles la leí i la lejisiacion,
sino ú n ic a m e n te en velar p ara q u e n in g u n o salga de su esfera, para q u e g u a r­
d e n las relaciones d e a rm o n ía i consigan el fin social que le ha cabido en suer­
te ." Jo sé V ictorino L astarria, “E le m e n to s d e d e re c h o p úblico co nstitucional
teó rico positivo i político", op. cit., I, p p . 195-6.
36 V éase H a n n a P itk in , TheN etu..., p p . 60-91.
Lastarria rep resen ta, n o obstante, u n in te n to aún algo p rem a ­
turo, u n a form a transicional en la definición del nuevo concep­
to estratégico de la sociedad civil q u e co b ra rá perfiles m ás n í­
tidos sólo d écad as m ás tard e, a c o m p a ñ a n d o la difu sió n del
ideario positivista en la región. L a o b ra p o ste rio r del p ro p io
Lastarria resulta aquí tam bién ilustrativa.

Positivismo, organicismo y semecracia

En sus Lecdones de política positiva (1875), L astarria retom a,


tres décadas m ás tarde, las m ism as ideas antes esbozadas, ree-
laborándolas a h o ra en clave com teana. Si bien sus planteos no
se alteran e n lo esencial, se observan e n ellos algunos desplaza­
m ientos sugestivos. En prim er lugar, a p a re c e a h o ra d e m an e ra
explícita la crítica antes im plícita al m o d elo pactista m o d ern o .
Según descubre, son las visiones contractualistas (absurdas e in­
sostenibles en lo teórico, según dice) las que llevan a co n fu n ­
dir el p o d e r social con el p o d e r político y, d e este m odo, “escla­
vizan la actividad de todos los e le m en to s de la sociedad a la
voluntad del E stado”.

Este funesto error subsiste porque todavía se adm iten dos ab­
surdos capitales de la falsa teoría del contrato social, aun por
los que ya no creen en esa teoría, a saber: que la soberanía [del
Estado] es ilimitada, i que el p o d er político que la ejerce tie­
ne su base en la abdicación que hacem os de parte de nuestra
libertad para conservar el resto.3'

El ideal ilustrado de u n a sociedad p erfe c ta m e n te ho m o g é­


nea escondía, para 61, un im pulso au to ritario . P or el contrario,

37 Jo s é V icto rin o L astarria, “L cccio n cs d e p o lític a positiva", op. á t., ii,


p. 271.
la política positiva es aq uella q u e perm ite d istin g u ir la n acio n a­
lidad d el E stado y co n c eb ir las naciones y sociedades co m o e n ­
tidades hetero g én eas.

U na gran nacionalidad, aunque tenga un mismo oríjen, una


misma historia i un mismo territorio, pu ed e tener también va­
rias unidades sociales, i constituir en cada una otros tantos Es­
tados o gobiernos [...] De la misma m anera puede haber dis­
tintas nacionalidades, i p o r consiguiente diversas unidades
sociales, som etidas a un solo Estado. [...] En todas estas com ­
binaciones i en las demas que puedan existir, el Estado es siem­
pre una institución social i política que representa el principio
del derecho para m an ten er la arm onía i correlaciones de las
diversas esferas de la actividad social; de m odo que la teoría
política de la nación, o de la sociedad civil, no es e! Estado,
aunque sea la existencia de éste la que la constituye.38

Esta perspectiva lleva a reforzar su “o rg an icism o ”, radicali­


zando la oposición e n tre los dos principios q u e antes había tra­
tado d e equilibrar. La teo ría de la rep re sen ta ció n política y la
teo ría de la rep resen tació n social, según asegura a h o ra Lasta­
rria, articulan h o rizo n tes de sentido incom patibles e n tre sí. La
p rim e ra p a rticip a del o rd e n especulativo; la segunda, del o r­
d e n activo.39 Am bas se desenvuelven según dos lógicas distin­
tas. La deliberación se o rd e n a en to rn o del p rincipio de la ma­
yoría num érica; la rep resen tació n , en cam bio, es irreductible a
ésta. No se trata sólo de d e fe n d e r el derecho de las minorías. Este
concepto, dice el autor, “es todavía u n a cosa m ui vaga c indefi­
n id a ”. No sólo p o rq u e resulta indefinible ( “¿qué es apríori. una

38 Ibid., p. 223.
“En je n e r a l”, d ice, “la acción d e todos los m iem b ro s d e la sociedad en
esta g ra n d e o b ra de c o o p e ra c ió n es d e dos m an eras, especulativa o activa",
fosé V ictorino L astarria, “L ecciones d e política positiva", op. di., II, p. 89.
m inoría?”),40 sino, fu n d am e n ta lm e n te, p o rq u e n o cum ple con
su objetivo. Los defensores d e la rep re sen ta ció n pro p o rcio n al,
dice, e n u m e ran “com o u n a d e las escelencias de esta nueva for­
m a la d e q u e en ella se am p ara la representación de las minorías,
en lugar d e decir q u e su verdad i ju sticia consisten e n que am ­
p a ra la rep resen tació n de todos los intereses colectivos de la n a ­
c ió n ”.41 U n in te rés social, en definitiva, n o p u e d e som eterse a
la decisión colectiva; su rep resen tació n n o es u n objeto pasible
de votación en la m edida en que su definición constituye la p re ­
m isa d e toda rep resen tació n .

El poder de decisión, si se le considera com o una condicion de


la autoridad de una asamblea deliberante, es un derecho co­
lectivo, im personal, que dene su razón de ser en necesidades
de hecho i que po r la fuerza de las cosas reside exclusivamen­
te en la mayoría; m ientras que el derecho de representación,
que se practicó por m edio del sufrajio popular, es un derecho
.imprescriptible de la sociedad, que ejercita cada ciudadano in­
dividual i personalm ente, para constituirla representación so­
berana; i esto es lo que se ha confundido p o r una preocupa­
ción funesta desde el oríjen del sistem a representativo. En
jeneral, las elecciones se hacen po r la simple mayoría de votos
absoluta o relativa, como si tratara de u n a decisión. [...] En
realidad, lo que se pone en votación no es la elección de tales
o cuales representantes, sino mas bien la cuestión de cuál frac­
ción de los sufragantes habrá de tener representación 42

El recolocar su foco en los intereses sociales (alegadam en-


te plurales, p o r definición) le p erm itirá a L astarria d e sp re n d e r

40 Jo sé V icto rin o L astarria, “L eccio n es d e p o lític a positiva", op. cit., II,


p. 335.
41 Ibid., p. 334.
42 Ibid., p p . 327-28.
al m ism o tiem p o su c o n c ep to político del supuesto de la exis­
tencia de u n saber objetivo de lo social y u n ó rg an o especiali­
zado q u e lo expresa (el E stado). De este m odo, este a cen tu ad o
organicism o, en la m ed id a en que legitim a las diferencias p o ­
líticas, ab rirá p o r fin las p u e rta s a la id ea de p artid o s en tanto
que en c arn a cio n e s d e clivajes sociales objetivos, lo que se tra­
ducirá, a su vez, e n el diseño de u n m odelo m ucho m ás “d e m o ­
c rático ” (algo q ue, e n el m arco d e las oposiciones trad icio n a­
les dé la historia de ideas resu lta paradójico) .43 En co n tra de lo
q u e sostenía tre in ta añ o s antes, a h o ra, con el p a rtid o liberal ya
e n el po d er, d e n u n c ia rá to d o in te n to d e lim itación del sufra­
gio com o u n acto d esp ó tico .44
Este desp lazam ien to ideológico, sin em bargo, n o s dice to­
davía poco respecto d e su p e n sam ien to político: e n definitiva,
tam p o c o es cierto q u e su id ea a n te rio r, aún c e ñ id a de m o d o
parcial a los postulados pactistas, fu era in h e re n te m e n te aristo­
crática, ni esta o tra organicista, in trín secam en te dem ocrática.
A m bas son derivaciones posibles p e ro n o necesarias de aq u e ­
llas p rem isas c o n c e p tu a le s, d e te rm in a d as, en c ad a caso, m ás
p o r consideraciones políticas prácticas que p o r la estricta lógi-

43 Q u ien ex p resa m ás c la ra m e n te esto es el co lo m b ian o Rafael N úñez.


“L a co ntroversia p o lític a ”, d ice, “es tan n ec e sa ria p a ra el p ro g re so d e la cien­
cia d e los g o b ie rn o s y d e la cien c ia de la legislación, q u e c u a n d o desap arece
u n o d e los g ra n d e s p artid o s, p o r c u a lq u ie ra causa e x trao rd in a ria , el sobrevi­
viente se divide, y sus fraccio n es o ram as lu c h a n con igual o m ayor c alo r del
q u e aco stu m b ra b a n e m p le a r al h a c e r cara al e x tin g u id o adversario com ún".
Rafael N ú ñ ez, “L a re fo rm a p o lític a en C o lo m b ia. Filosofía d e la situ a c ió n ”
(1882), e n L e o p o ld o Z ea (c o m p .), Pensamiento positivista latinoammcatio, Ca­
racas, A yacucho, 1980, II, p. 233.
44 Este sería d e n o m uy d istin ta n a tu ra le z a a cu alq u ier o tra form a de vio­
lación del p rin c ip io d e lib re c o n tra ta c ió n . “T o d a lim itación o puesta al d e re ­
cho de sufrajio q u e d e sn a tu ra lic e el ejercicio co m p leto de la so b eran ía, será
tan injusta co m o los req u isito s q u e la ley o p u sie ra a los co n trato s de los p ar­
ticulares, c o n tra ria n d o su lib e rta d d e trab ajo i su libertad de c o n tratar."Jo sé
V ictorino L astarria, “L eccio n es d e p o lítica positiva”, op. til., II, p. 308.
cá in te rn a de sus postulados. Más significativos al respecto son
los deslizam ientos, algo m ás sutiles, que se observan en el nivel
del aparato argum entativo q u e subtiende a dichas posturas. Es­
tos revelan cóm o la idea m ism a de “dem o cracia” se hab ía rede-
finido, asociándose a la noción de “sem ecracia” o “g o b iern o de
sí” {self-govemTnent).
El giro m ás crucial que p ro d u c e la ru p tu ra con el c o n c ep ­
to deliberativo es el q u e p erm ite a Lastarria a rra n c a r el p rinci­
pio de co n stitu ció n de u n a to ta lid a d social d el m arc o d el o r­
d en estatal y reinscribirlo en el seno de la p ro p ia sociedad. La
figuración social se d esp lieg a a h o ra e n u n ám b ito a n te rio r al
de la deliberación (y, p o r e n d e , del Estado p o lític o ).45 Rem ite
a la estructura del cam po en que ésta se desenvuelve, el de sus
condiciones objetivas d e posibilidad: toda d e lib eració n colec­
tiva, to d a “o p in ió n p ú b lic a ”, p re su p o n e ya u n sujeto de ésta,
u n a “sociedad civil”. D ado q u e ella n o es el resu ltad o sino la
prem isa de la d eliberación, la p re g u n ta q u e surge de in m ed ia­
to es cóm o se constituye, a su vez, ésta. El régim en d e la re p re ­
sentación p roporcional señalaría, precisam ente, el m ecanism o
d e autoform ación de lo social, el m edio para la articulación, no
consensual sino estratégica, d e u n fin general a p a rtir de la plu­
ralidad de fines particulares; así se constituiría la expresión ins­
titucional y el m edio para el trabajo de definición respectiva y
m u tu a com patibilización e n tre las diversas esferas de actividad
social.
El m ecanism o de la re p re se n ta c ió n fun cio n al o social ex­
presa así la em erg en cia de u n nuevo tipo d e ideal d e au to g o ­
b iern o ( self-govemment) o sem ecracia. La superación del p rinci­

45 La re p rese n ta c ió n social surge de la n e cesid ad “d e c o n stitu ir sep a r


d a m e n te u n a a u to rid a d q u e re p re se n te el p rin c ip io d el d e re c h o , i este po ­
d e r d e c o n stitu irla es lo q u e en el len g u aje de los políticos m o d e n o s se llam a
soberanía nacional, ó so b e ra n ía d e los p u eb lo s, com o p o d e r su p re m o i a n te ­
rio r al d el Estado". Jo s é V icto rin o L astarria, “L ecciones d e p o lítica positiva",
op. cit., II, p. 300.
pió d e la delib eració n co m o ú n ico fu n d a m e n to del o r d e n ins­
titucional term in aría, p a ra L astarria, con la fu e n te de los d esa­
ju stes é n tre política y so ciedad, q u e es la que p e rm ite la tira n ía
de los rep re sen ta n te s so b re los representados.

Hasta aquí, según estos principios, la delegación política p o ­


dría tener un caracter m as adecuado a los fines del verdadero
sistema representativo, i si se lograra establecer la m an e ra de
hacer efectiva la responsabilidad del representante en su m an­
dato especial se obtendría u n a garantía contra los peligros que
resultan de dar al delegado u n a superioridad peligrosa sobre
sus com itentes. [...] La ventaja mas trascendental que en este
siglo ha conquistado la semecracia, o el gobierno del pueblo
por sí mismo, es la de establecer el sistema representativo de
m anera que los depositarios del poder político no tengan ni
el poder ni los m edios de hacer mal, i este bien inapreciable
no se ha obtenido sino haciendo franca i espedita la respon­
sabilidad de los m andatarios d en tro del círculo bien d eterm i­
nado de sus atribuciones.46

La rep resen tació n social, concluye Lastarria, “n o solo es la


v erd ad era rep re sen ta ció n , sino u n a o b ra de justicia, d e lib er­
tad, de verdad, de paz i d e p o lític a ”.47 Este ideal de g o b iern o ,
ya p o r com pleto e x tra ñ o al m o d elo ju ríd ic o de la o p in ió n pú-

4f’Jo sé V ictorino L astarria, “L eccio n es d e p olítica positiva", op, cit.} li, p.


411. “El Estado", d e c ía A lb erd i e n 1872, “p u e d e ser visto co m o u n m a n d a ta ­
rio resp ecto de la so cied ad , cuyos in terese s y d estino s rep rese n ta . P ero res­
p ecto de los p o d e re s d e le g a d o s q u e eje rc ían el g o b iern o d e u n p u e b lo d e ­
m ocrático y rep u b lican o , el E stado o p u e b lo so b e ran o n o tienen más relación
q u e la del m a n d a n te co n el m a n d a ta rio , relació n q ue n o adm ite can ció n ju-
ra to ria d e p arte del p o d e rd a n te , sin o d el a p o d erad o". Ju a n B autista A lb erd i,
Escritos postumos, VIH, p . 133.
1,7Jo s é V icto rin o L a sta rria , “L ec c io n e s d e p olítica positiva", op. d i., n,
p. 391.
blica, se sostiene en un fu n d a m e n to m uy diverso del de aquél:
el principio de asociación.

La asociación es el m odo verdadero i com pleto de realizar to­


dos los fines del progreso social, es la palanca de la actividad
hum ana, el m edio de com binar todas las fuerzas, todos los ele­
m entos que se hallan separados i que deben e n trar a form ar
el equilibrio social. [...] Es, pues, necesario crear el equilibrio
social po r m edio de la asociación, i para poder utilizar esta pa­
lanca poderosa, es indispensable buscarle su p u n to de apoyo
en la verdad.48

La asociación rep resen ta un tipo de Verdad objetiva y subje­


tiva a la vez; sirve sim ultáneam ente de principio d e intelección
y de principio de acción; conjuga, en fin, el o rd en especulativo y
el o rd en activo, p erm itien d o así re u n ir la representación-legiti­
m ación y la representación-figuración. Pero para c o m p re n d er
el sentido que entonces ad q u iere este concepto de asoáaáón, y
cóm o fue que Lastarria llegó a éste com o el p u n to no d al de su
teoría polídca, es necesario considerar la serie de transform acio­
nes que se o peraron e n el p lan o de las prácticas políticas en el
curso de las tres décadas que m edian e n tre Elementosy Lecciones.

El asociacionismo y el ideal del self-government

Según vimos, el proyecto político original de L astarria bus­


caba d a r cabida en el sistem a in stitu cio n al a los diversos ele­
m en to s particulares q u e constituyen lo social, sin destruirlos
com o tales. Esto im plicaba e lim in ar ese exceso d e lo social res­
p ecto de lo político iden tifican d o u n o y o tro en el p lan o de la
representación-legitim ación, es decir, h a c ie n d o am bos dom i-

¡bid., p. 77.
nios coextensivos a fin de evitar q u e alguno de los factores que
c o m p o n e n lo social se p e rd ie ra en él m ecanism o de la delega­
ción del poder. Este, no obstante, n o p o d ría evitar que en la ins­
tancia d e la representación-figuración se pusiese de m anifiesto,
inversam ente, to d o aquello d e lo p olítico que excede lo social
y p erm ite a éste constituirse. La articulación de u n concepto po­
lítico c o h e re n te fu n d ad o en la idea de la representación social
o sem ecracia su p o n d ría así u n seg u n d o m ovim iento po r el cual
se elim inara tam bién este ú ltim o exceso resituando el principio
constitutivo d e lo social en el seno d e la propia sociedad civil.
De este m o d o se com p letará la m u tació n conceptual puesta en
m archa p o r la crisis del m o d elo ju ríd ic o de la opinión pública.
Esta será expresiva, e n definitiva, de la serie de transform acio­
nes que en esos años h a b rá n de reco n fig u rar la esfera pública
latin o am erican a (y del q u e la alteraciones antes analizadas en
cuanto al p ap el q u e asum ió la p ren sa periódica en la articula­
ción del sistem a político es, e n últim a instancia, u n a de sus ex-:
p resio n es), a p a rtir d e la afirm ación d e u n a vasta red de asocia­
ciones civiles especializas.
En efecto, en la se g u n d a m itad del siglo XIX se registra u n a
“fiebre asociacionista”. “P o r todas p a rte s b rotan sociedades ar­
tísticas, congresos científicos, asociaciones de o b rero s”, señala­
ba en M éxico E l M onitor Refmblicano.49 De m an era análoga, Pi­
lar G onzález c o m p ru e b a “u n a eclosión de esas form as de
sociabilidad” en B uenos Aires.50 D e u n extrem o al otro del con-
d n e n te los latin o am erican o s se re u n ie ro n entonces en un am ­
plio abanico d e organizaciones de la m ás diversa especie, des­
de las m ás re p u ta d a s e influyentes (com o los clubes literarios,
científicos, so cied ad es de p re n s a y profesionales, etc.) hasta
otras (com o la sociedades p a ra auspiciar bailes, clubes de aje-

íS “E sp íritu d e A sociación", líl M onitor Republicano, 58 época, xvii.4.766


{ 1 3 /1 0 /1 8 6 7 ), p. 1 (F irm ad o : C a b in o F. B ustam am e).
50 P ilar G onzález B e rn a ld o d e Q u iros, op, cit., p. 249.
drez, agrupaciones d e'fans de las divas de la ó p era, etc.), orga­
nizadas en to m o de cuestiones m en o res o p a ra la organización
de acdvidades cotidianas y ev en to s sociales. Estas so cied ad es
co n g reg arían , en su conjunto, a miles, quizá m illones, fo rm a n ­
do u n a d en sa m alla que ligaría al tejido social desde su in te rio r
(de hecho, éstas cruzaban d e m a n e ra transversal las diversas re­
giones, clases, ideologías, etnias, c o m u n ic an d o así a los distin­
tos segm entos d e su p o b lació n ). C om o señala P ilar G onzález
específicam ente e n relación c o n la seg u n d a m itad del siglo xix:
“la novedad del p erío d o radica m en o s en la presen cia d e refo r­
m as in stitu cio n ales o tran sfo rm acio n es d e las rela cio n e s de
fuerza socioeconóm icas q ue e n esa extensión de la esfera polí­
tica, que a co m p añ a la re actualización de las instituciones re p u ­
blicanas”.51
U no d e los aportes m ás im p o rta n tes de la escuela d e G ue­
rra a la historiografía del p erío d o fue, justam ente, el de llam ar
la atención sobre la im portancia del fen ó m en o de proliferación
de las “sociabilidades m o d e rn a s”. P ara G uerra, la im p o rtan cia
de su d esarro llo rad icó en q u e ellas c ristalizaro n en la p rác­
tica el m o d elo de u n a c o m u n id a d d e individuos re u n id o s p o r
vínculos con tractu ales lib re m e n te asum idos; e n fin, proveye­
ro n la base m aterial, el suelo de experien cia c o n c re ta a p artir
del cual se alzó el im aginario social “m o d e rn o ”. “Poco a p o c o ”,
asegura el autor, “a m ed id a qu e se d ifu n d e n este tip o de socia­
bilidades y el im aginario que las aco m p añ an , la sociedad e n te ­
ra em pieza a ser pensada con los m ism os conceptos q u e la n u e ­
va sociabilidad: com o u n a vasta asociación d e individuos unidos
vo luntariam ente cuyo co n ju n to constituye la n ació n o el pue­
blo”.52 Siguiendo esta misma línea d e argum entación, Pilar Gon­
zález afirma:

51 Ibid., p. 266 .
52 Frangois-X avier G u erra, Modernidad e independencias, p. 91.
Pese a las diferencias entre las form as analizadas hasta aquí, es
u n hecho que esas asociaciones com parten ciertas caracterís­
ticas com unes: se organizan a partir de form as contractuales e
igualitarias de relación que suponen la noción de individuo
m oderno y desarrollan un tipo de lazo específico, el de la so­
ciabilidad asociativa. Se trata de un lazo secundario, revocable
y por lo tanto de naturaleza contractual que implica com par­
tir un conjunto de valores que reúnen e identifican a los miem­
bros de todas las asociaciones más allá de los objetivos especí­
ficos de cada u n a de ellas. En realidad, esos intercam bios
responden a u n a misma representación del individuo [como]
ser racional, sociable por civilidad y social p o r un acto volun­
tario, En la asociación —nos tienta decir “por la asociación”—,
el hom bre se convierte en un ser social. La asociación sólo exis­
te en el marco de esos individuos-seres racionales, libres e igua­
les que deciden form alizar sus intercam bios a partir de un
acuerdo com ún.53

Esta afirm ación deb e, n o obstante, m atizarse. Al igual que


e n tre el desarrollo de u n sistema de p ren sa perió d ica y del con­
c ep to d e o p in ió n pública, analizados antes, e n tre el concepto
contractualista y el m ovim iento asociacionista no hay un víncu­
lo directo y necesario. E n definitiva, la relación e n tre procesos
m ateriales y fen ó m e n o s co n cep tu ales n o es n u n c a unívoca ni
tra n sp a re n te . La in te rp re ta c ió n señalada es sólo u n a de las di­
versas lecturas q u e ese fen ó m en o acep taría. En todo caso, las
asociaciones civiles tenían tam bién im plícitas, de un m odo qui­
zá m u c h o m ás p e rtin e n te , o tro m o d elo d e sociedad, distinto
d e l pactista, q u e es ju sta m e n te el q u e h a b rá d é rem o d elar el
ideario liberal en la seg u n d a m itad del siglo xix, pero cuya in­
teligibilidad se e n c u e n tra o b tu ra d a p o r el esquem a que id en ­

53 P ilar G onzález B ern ald o d e Q uirós, op. cit., p. 316.


tifica el organicism o con u n regreso a u n ideal social p rerao -
derno;
E n efecto, dichas asociaciones p a recían cristalizar la form a
m o d e rn a básica d e au to o rg an ízació n social e sp o n tá n e a , p re ­
via a to d a d elib eració n ; en fin, serían la e n c a rn a c ió n actuali­
zada del a n tig u o ideal rep u b lica n o d e a u to g o b ie rn o e n c o n ­
textos sociales h e te ro g é n e o s y com plejos. Sin d u d a , ésta e ra
u n a perspectiva a lta m e n te estilizada d e aquéllas. Tales o rg an i­
zaciones n o e ra n , e n verdad, ni dem o cráticas ni h o m o g én eas.
M ientras q u e algunas e ra n fu e rte m e n te aristocráticas y exclu­
sivistas (com o el C írculo Francés, el Jockey C lub, e tc .), otras
(com o las asociaciones de ayuda m u tu a y sindicales, las igle­
sias p ro testan tes, etc.) org an izaro n a vastos secto res d e las cla­
ses bajas; m ie n tra s q u e algunas m an ifestaro n p u n to s de vista
políticos su m am en te conservadores (en especial, aquellas aso­
ciadas a la iglesia católica), otras (e n tre las q u e se in clu ían no
sólo varios de los clubes políticos tradicionales y m u ch o s de los
nuevos sindicatos obreros, sino tam bién organizaciones form a­
das e n to rn o de tem as específicos, com o las ligas c o n tra la li­
dia d e toros, y au n u n activo m ovim iento fem inista) sostuvie­
ro n p ro g ram as m uy radicales, e incluso de e x tre m a izquierda;
p o r últim o, m ien tras q u e algunas trabajaron e n estrech a alian­
za con el g o b iern o (com o la ag ru p acio n es co n ectad as con la
ed u cación, la prev en ció n del crim en y la salud p ú b lic a ), otras
sirvieron de p latafo rm a p a ra la acción de fuerzas opositoras a
los regím enes establecidos (tanto desde la izquierda com o des­
de la d e re c h a ).
N o obstante, a u n q u e el carácter especializado de estas aso­
ciaciones im p o n ía de m an e ra n ecesaria exclusiones e n algu­
n o s respectos, éstas p e rm a n ec ía n —al m enos id e a lm e n te — al
m ism o tiem p o abiertas en otros. P o r ejem plo, a u n las ag ru p a ­
ciones socialm ente m ás exclusivas p o d ían ser —y de h e c h o lo
fu ero n — m uy am plias y permisivas en cu an to a los p u n to s de
vista políticos de sus m iem bros; a la inversa, aquellas o rg an i­
zaciones articuladas en to m o d e program as políticos m uy p re­
cisos, q u e ex ig ían u n fu e rte com p ro m iso ideológico p o r p a r­
te de sus in te g ra n te s , so lían a g ru p a r y c o m u n ic a r g e n te de
m uy diversa e x tra cc ió n social, y así sucesivam ente. P o r o tro la­
do, tal re d d e asociaciones civiles resu ltab a, p o r su p ro p ia n a­
turaleza, m u c h o m ás com prensiva,'socialm ente h a b la n d o , que
el sistem a p o lític o . De ella p articip a b an , de h e c h o , sectores,
com o los m ie m b ro s de las colonias ex tran jeras, q u e n o goza­
b an , p o r d efin ició n , de d e re c h o s políticos. En ú ltim a in stan ­
cia, el sujeto d e la “so cied ad civil” n o e ra el ciudadano (en tan­
to su jeto ra c io n a l, d e sp o ja d o de to d o a p e tito singular, que
d e lib e ra en la p laza p ú b lic a ), sino el hombre (en ta n to sujeto
d e in tereses, in clin a c io n es y expectativas p a rticu la re s, q u e se
a g ru p a p a ra b re g a r colectivam ente p o r éstas). Las asociacio­
n e s civiles e ra n , e n sum a, a la vez integrativas y exclusivistas;
e n c a m a b a n u n m o d o específico d e in teg ració n social y p arti­
cipación p o lític a q u e era, según se postulaba, igualitaria y, al
m ism o tie m p o , sensible a las co n d icio n es diferenciales de sus
m iem bros.
La sociedad civil se distingue así de los m ecanism os de con­
form ación de u n a opinión pública. El espacio social entonces se
fragm enta. Éste n o c o n fo rm a ah o ra u n todo h o m o g én eo , sino
que alberga pluralidad de actores agrupados sectorialm ente, que
n o buscan a c c e d e r d e m an e ra colectiva a n in g u n a “verdad del
caso”, sino d e fe n d e r y arm o n izar e n tre sí sus intereses específi­
cos. La to talid ad social ya n o se organiza a p a rtir de u n a Ver­
d ad unificada, sino de u n bien común q u e nace del p ropio tra­
bajo de m u tu a com patibilización de plu ralid ad de aspiraciones
y d em a n d a s p articulares. Surge así u n nuevo concepto del tra­
bajo de la representación; en palabras de Voegelin, u n a nueva pers­
pectiva resp ecto del m ecanism o d e la articulaáón de lo social.
Ésta n o se constituye de m an e ra discursiva sino estratégica a
p a rtir del m ism o ju e g o de los antagonism os y las transacciones
m utuas. Su o rd e n es, pues, siem pre precario; d eb e ser conti­
n u a m e n te refo rzad o y reco n stru id o . El espacio público se con­
vierte así, e n fin, de u n foro para el debate de ideas en u n a suer­
te de aren a para la oposición y m utua articulación de intereses
siem pre singulares.54
De este m odo, el cam po social asegura la in m a n e n c ia de su
ám bito, se instituye com o u n espacio au to co n stitu id o y cerrado
sobre sí. Se com pleta con esto el segundo m ovim iento concep­
tual de reducción de lo político a lo social, rec o lo ca n d o el m e­
canism o de articulación d e lo social en el in te rio r d e la p ro p ia
sociedad. Ello, no obstante, ten d rá u n precio. El reenvío de la
representación-figuración al seno d e la sociedad c o n d u c irá de
m odo inevitable a in tern alizar las aporías de la rep resen tació n .
En este p u nto, sin em bargo, debem os volver a lo analizado
antes respecto d e los o ríg en es del c o n c ep to estratég ico d e la
op in ió n pública. La in tro d u c ció n de la n o ció n de rep re sen ta ­
ción social abriría las p u ertas a todo u n nuevo cam po d e apli­
cación, u n nuevo te rre n o para la acción estratégica, apenas es­
bozado an terio rm en te, y que con d u ce del p lan o d e la “o pinión
pública” al de la “sociedad civil”. Esto se asocia al p ro b lem a ya
m en cio n ad o a propósito del escrito tem p ran o de L astarria res­
pecto de la figuración de esa sociedad a la q u e d e b e re p re se n ­
tarse, según el co ncepto de rep resen tació n social; esto es, có­
m o se identifican, cuál es la naturaleza de esos sectores sociales
a los que el sistem a in stitucional d e b e d a r ex p resió n , q u é as­
pectos, en fin, resultan relevantes p a ra su definición.
La afirm ación de u n nuevo lenguaje político sólo se p ro d u ­
cirá cu ando se descubra, p o r p arte ya d e u n a seg u n d a g en era­

54 C om o señalaba p o r e n to n c e s A lberdi: “La g ra n ra zó n d e su p e rio rid a


d e la política d e los in tereses y c o n v en ie n cia sobre la p o lític a d e los p rin ci­
pios o d erech o s absolutos, es q u e ella hace posible la pa 2 . D os intereses o p u es­
tos son siem p re susceptibles d e conciliar.se; dos p rin cip io s o p u esto s n o p u e­
d e n c e d e r u n ápice sin d e stru irse. N o hay m ed io s d e re c h o s n i m ed ias
verdades en el lenguaje de la filosofía del d e re c h o ”.J u a n B autista A lberdi, £s-
cntos postumos, XII, p. 402. E ste, dice, es el “m é to d o a n g lo sa jó n ”, q u e es “el de
transacción, el compromiso, el a rre g lo co n ciliato rio c o m o m e d io d e resolver sus
conflictos, p o r co n cesio n es d e u n o y o tro lad o " (ibid., p. 220).
ción d e p ensadores positivistas, q u e n o sólo lo social corno to­
talidad no preexiste a los m odos de su figuración, sino ta m p o ­
co aq u ello s diversos g ru p o s q u e lo co n stitu y en . Su u n id a d e
id e n tid a d com o tales conlleva ya u n cierto trabajo de represen­
tación. En definitiva, los g ru p o s funcionales, a d ife ren c ia d e los
individuos, q u e c o n stitu irían u n a su p u esta base natural, n o son
algo m era m e n te dado; su c o n fo rm ació n participa ya del orden de
la política. El cam po d e la acción estratégica se am p lía así p ara
c o m p re n d e r tam bién al proceso histórico objetivo d e articu la ­
ción d e u n a sociedad civil, q u e es la con dición d e p o sibilidad d e
u n a v o lu n tad g en eral d e la n a c ió n .56 La politización de la re­
p resen tació n política se despliega a h o ra e n u n a politización de
la re-p rese n tac ió n social. R ecién e n to n c e s h a b rá v e rd a d e ra ­
m e n te de cristalizar la id ea fo rm u la d a p o r M itre de la acción
política com o un trabajo de la sociedad sobre sí misma. P ero éste ya
n o se tra taría d e u n a acción retó rica (de m atriz epid eíctica), si­
n o de u n a intervención material o p e ra d a sobre el c u e rp o social
(éste fue, d e hecho, el p erío d o en que cobraron form a e n A m é­
rica L atina u n a serie de instituciones disciplinarias, com o el sis­
te m a p e n ite n cia rio , la e d u cació n elem en tal, etc., q u e e x p a n ­
d e n co n c re ta m e n te el área de in terv en ció n posible del E stado
so b re la sociedad y los individuos). Y es aquí d o n d e e n c o n tra ­
m os el lím ite del “positivism o” de Lastarria. Más allá d e su ag'
giom am ento en m ate ria de fu e n te s teóricas, L astarria seguía
sie n d o a ú n u n re p re s e n ta n te típico de la clase po lítica que
e m e rg e e n la p rim e ra m itad del siglo. La afirm ación del idea­
rio positivista estuvo asociada, p o r el contrario, a un recam bio
q u e se p rodujo en el plantel gobernante, que se tradujo, a su vez,
u n desplazam iento en cu a n to a las orientaciones profesionales

B5 C om o señala V oegelin, “ta articu lació n es la condición de 1a re p re se n ­


ta c ió n ”. Pero, inversam ente, “a fin d e c o b ra r vida", co n tin u a, "una sociedad
d e b e p ro d u c ir el re p re se n ta n te q u e h a b rá de ac tu ar p o r ella"; en fin, lo social
n o preexiste a los m odos d e su rep resen tació n . Eric Voegelin, op. cit., p. '11.
de sus m iem bros: los abogados, com o L astarria, c e d e ría n e n ­
tonces su lu g ar a los m édicos.
En efecto, la m edicina em erg ió e n esos años com o el p a ra ­
digm a de u n a disciplina al m ism o tie m p o fu n d a d a en lo teóri­
co y o rie n ta d a hacia lo práctico —y, p o r lo tanto, ad e cu a d a a la
reso lu ció n de los asuntos sociales—; esto es, curarlas ta n fre ­
c u e n te m e n te invocadas “patologías sociales y c u ltu ra le s” lati­
noam ericanas. Ella encarnaba, e n fin, el ideal pastoralista de un
saber universal e individual a la vez ( “la p o lític a ”, d ecía A lber­
di en 1873, “se acerca más a la m ed icin a q u e a la m oral. Ella de­
be sus auxilios y cuidados a todos los vivientes”) ,5C En este ideal
pastoralista se co n d en sa el sustrato político, el fu n d a m e n to im ­
plícito y n e g ad o , a la vez, del fe n ó m e n o asociativo.57
La form ación de sociedades científicas, y en especial m éd i­
cas, aparece com o p a rticip a n d o de aq u el proceso g e n e ra l a n ­
tes señalado de autoorganización social. Sin em bargo, esto lle­
vó a confundir dos fenóm enos muy distintos en tre sí. Las nuevas
sociedades m édicas n o e ra n , com o las a n te rio re s sociedades
científicas; p arte de la República déla s Letras, y los nuevos m édi­
cos, a diferencia de los médiáens-philosophes del siglo anterior, n o
eran h o m b res de letras h a b la n d o a otros h o m b re s de letras en
un pie de igualdad. Estos se dirigían a h o ra a u n a sociedad que
carecía del tipo de conocim iento q u e ellos poseían. Los m édi­
cos vendrían ah o ra a e n c a rn a r esa V erdad que se h a arran cad o
al Estado p ara alojarse, p o r su in term ed io , en la p ro p ia socie­
dad civil. El in te n to d e dar c u e n ta d e la h e te ro g en e id a d de lo
social, de su p erar la contradicción e n tre E stado y sociedad, e n ­
tre dem ocracia (en el plano de la representación-legitim ación)
y aristocracia (al nivel d e la rep resen tació n -fig u ració n ) se re ­
suelve así e n la disem inación del poder, e n la p roliferación e in-
m anentización de los sistemas de autoridad.

50 Juan B autista A Jberdi, Escritos postumos, viu, p. 6 )5 .


57 S obre el co n cep to pastoralista, véase Elias J . Palti, La invenáón de una
legitimidad, cap. v.
El “p u n to de vista m é d ic o ” velaba, pues, tras el ideal de la
auto o rg an izació n , asim etrías fu n d a m e n ta le s de poder. T en ien ­
do com o m e ta la m odelación d e las conductas colectivas, el di­
seño de las políticas públicas im plicaba, de hech o , la desubje-
tivación del público, re d u c ie n d o a la sociedad y a los individuos
a objetos de las técnicas disciplinarias y el tipo específico de sa­
b er asociado a ellas (los especialistas co n o cen siem pre m ejor
q u e los pacien tes lo q u e éstos n e c e sita n ). A un así, la objetiva­
ción d e la so cied ad in h e re n te a ese p u n to de vista n o era n ece­
sariam en te c o n tra d ic to ria con el c o n c e p to de la sociedad civil
co m o e n c a rn a c ió n del ideal d e m o c rático de au to g o b iern o . La
acción pastoralista n o se concebía com o em a n a n d o de u n a ins­
tan cia s u p e rio r a la sociedad. R e p re se n ta b a sí, sin em bargo,
u n a d efin ició n p a rtic u la r del c o n c e p to de d em o cracia com o
a u to g o b ie rn o . Este se in te rp re ta ría , e n este contexto, n o en el
sentido trad icio n al d e autolegislación, com o se hacía en los m ar­
cos del m o d elp forense, sino en el d e autocontrol, térm in o que
h a b ría e n to n c e s de traducirse p o r el d e gobemabilidad, e n te n d i­
do com o la capacidad de u n m ed io social dado para m a n te n e r
bajo co n tro l sus propias ten d en cias antisociales (“el self-govem-
ment en q u e consiste la lib e rta d ”, d e c ía A lberdi en esos años,
“em pieza e n el h o m b re p o r el g o b ie rn o d e su propia voluntad,
p o r el d o m in io de sí m ism o”).58
Vem os aq u í las consecuencias q u e te n d ría el reenvío de la
representación-figuración al seno d e la sociedad civil, p ero que
L astarria n o p o d ría ya tem atizar. Este traslado p ro d u cirá una
escisión e n su seno. La sociedad civil se convierte de este m o­
do en o b jeto y sujeto a la vez d e la rep re sen ta ció n , p ero ambas
dim ensiones se d esd o b lan en las figuras del médico-sujeto-re-
p re s e n ta n te y del p acie n te -o b je to -re p re se n ta d o . R een co n tra­
m os aquí las p aradojas de la re p re se n ta c ió n proyectadas ahora
en u n p lan o su p e rio r (el de la rep re sen ta ció n social). En defi-

5SJ u a n B autista A lberd i, Escritos postumos, vil!, p. 355.


nitivá, en los m arcos de éste c o n c ep to estratégico de la acción
política, la refrresenlación social (el trabajo de los expertos) só­
lo se justifica bajo el supuesto d e la existencia d e u n desfasaje
e n tre los intereses objetivos y la vo lu n tad subjetiva m anifiesta
de los sujetos representados. Esta ún icam en te co b ra sentido so­
bre la prem isa d e que los sujetos n o p u e d e n identificar y re p re ­
se n ta r p o r sí m ism os su id en tid a d y naturaleza, con lo q u e se
q u iebra, sin em bargo, de nuevo, el vínculo representativo. Tan
p ro n to com o esta escisión se despoje de su velo d e n a tu ra lid a d
y se to m e objeto de escrutinio crítico, el co n cep to positivista
d e sn u d ará sus inconsistencias, p o n ie n d o de m anifiesto la n a tu ­
raleza a p o ré d c a de la noción de rep resen tació n social. El p ro ­
yecto de m u tu a red u cció n de lo político y lo social, de volver
am bos dom inios coextensivos, de lo g rar u n a coincidencia sus­
tantiva e n tre rep re sen ta n te y re p re se n ta d o m ed ian te el ex p e ­
d ien te de asegurar u n vínculo de tipo existencial e n tre am bos,
se revelaría entonces tan inviable en la práctica com o insoste­
nible e n la teoría,59 p ero n o p o r ello m enos fu n d am e n ta l, sin
em bargo, si se p rete n d ía reco nciliar la idea representativa con
el p rincipio dem ocrático.
En síntesis, el positivismo, al m ism o tiem po q u e a b re a la
política los procesos de articulación de las id en tid ad es subjeti­
vas, va a o cu ltar la naturaleza política de su accionar tras el ve-
io d e u n saber objetivo de lo social. A hora bien, si el nuevo m o­
delo estratégico de la sociedad n o p o d ría tam poco prescin d ir
aú n de u n a cierta idea de Verdad, d e u n a instancia trascen d en ­
te ai la política, el p u n to es q u e va a traslad ar ésta a u n p lan o

M E n el p lan o de la teo ría p o lític a /e s ta n u ev a m utació n c o n c ep tu al d e ­


rivará, a su vez, e n u n a nueva crisis d el co n c e p to d e sistema de partidos. Los tex­
tos clásicos al resp ecto son R o b ert M ichcls, Les partís palitiques. Essai sur les ten-
dance oligarchiques des démocraties, París, E rn e st Flam vnarion, 19'] 4; M.
O stro g o rsk i, Democracy and tlie Organiialion o f Political Parties, C h icag o , Sey-
m o u r M artin Lipset, 1964, y Max W eber, J'rom M ax Weber. Essays in Sociology,
N ueva York, O x fo rd U niversity Press, 1977.
distinto, a n te rio r y m ás prim itivo, de realid ad . Ésta ya n o se si­
tú a en el nivel d e los objetos de la d e lib e ra c ió n colectiva, sino
e n el de los m o d o s d e definición de sus m ism os sujetos. E n to­
d o caso, el p e n sar la institución d e u n o rd e n ya desprovisto d e
todo fu n d a m e n to objetivo, de toda V erdad, se sitúa más allá del
h o riz o n te de lo p en sab le en el siglo xix; nos traslada a un u n i­
verso c o n c ep tu a l rad icalm en te distinto.
A nalizar có m o e n tra e n crisis este nuevo m o d elo estratégico
de la sociedad civil escapa, sin em bargo, al alcance del p rese n te
estudio.60 Basta aq u í c o n señalar cóm o la m u tació n co n cep tu al
q u e in tro d u jo el positivism o supuso u n a alteración d e los le n ­
guajes políticos, u n a reform ulación d e los m odos d e definición
de las categorías políticas fu n d am en tales n o m enos crucial q u e
la que se p ro d u jo ju n to c o n la crisis d e la in d ep e n d e n c ia . Más
im p o rtan te aún, a ésta d e nin g ú n m o d o cabría concebirla co­
m o u n m ero reg reso a u n ideal p re m o d e rn o d e sociabilidad, o
com o alguna su erte d e form ación ideológica transaccional e n ­
tre “m o d e rn id a d ” y “tra d ic ió n ”. P o r el c o n tra rio , re p re se n tó
u n a profundización en la inm anentización del concepto del po­
der, indicaría u n in te n to aú n más radical p o r d a r c u e n ta d e las
contradicciones resu ltan tes de la q u ieb ra de to d a garantía tras­
c e n d en ta l al o rd e n a m ie n to institucional, m arcan d o así un um ­
bral su p erio r e n la problem atización del co n cep to liberal-repu­

60 Ya e n el sig lo sig u ie n te , el p e ru a n o M arian o C o rn e jo c o m e n z a ría a


plantear, au n q u e todavía en clave positivista, algunos de los problem as que plan­
tearía el c o n c e p to asociacionista. N o o b stan te, p a ra él los m ales q u e este aca­
rre a sólo p u e d e n ser re m e d ia d o s p o r el p ro p io d e sa rro llo d el asociacionis-
m o. "El n ú m e ro c re c ie n te d e asociacio n es”, d ic e , “tie n e u n resu ltad o q u e eri
c ierto m o d o se o p o n e al p rin c ip io m ism o d el se n tim ie n to solidario, cuya ten ­
d e n c ia es s o b re p o n e r el a m o r d el g ru p o so b re el egoísm o, p o rq u e la su p re ­
m acía d el g ru p o está e n ra zó n inversa co n el n ú m e ro d e asociaciones a que
p erte n e c e u n m ism o ind iv id uo . C o m p re n d id o éste en u n a soia asociación, es
p o r co m p le to a b so rb id o p o r e lla .” M ariano C ornejo, "La solid arid ad , sín te ­
sis d el fe n ó m e n o so cial” (1909), en Zea (co m p .), Pensamiento positivista lati­
noamericano, ii, p. 488.
blicano. La ta re a ya n o se rá in te rro g a r cóm o, p o r q u é y en
n o m b re de q u é d e re c h o s p u e d e n los sujetos a c e p ta r dejarse
som eter, sino m o strar có m o se p ro d u c e n c o n c re ta m e n te las
relaciones d e su b o rd in a c ió n . Así co m o la m u ta c ió n político-
co n cep tu al p ro d u c id a con la in d e p e n d e n c ia supuso u n a am ­
pliación c o n c re ta del á m b ito de la p o lítica, c o m p re n d ie n d o
aquello q u e en los im aginarios tradicionales ap arecía com o da­
do, u n a em anación de u n o rd e n tra sc en d e n te (las n o rm as fu n ­
d am entales constitutivas d e la c o m u n id a d ), el nuevo lenguaje
surgido en la se g u n d a m itad del siglo supuso, a su vez, la in­
co rp o ració n al ám bito de la po lítica d e u n a instancia de reali­
d ad (los m odos de articulación de los sujetos colectivos y su re­
p resen tació n in stitucional com o tales) q u e e n los m arcos del
an te rio r m o d elo fo ren se a p arecía com o su prem isa. S u p erad o
este u m b ral ya no cabría tam poco u n nuevo regreso; sería im ­
posible rec o n stitu ir la serie de idealizaciones en que aquél se
fundaba. En definitiva, ello d e te rm in a u n p rin cip io de irrever-
sibilidad de los procesos con cep tu ales q u e no viene d a d o p o r
el supuesto telos hacia el cual se o rie n ta n o d e b e rían o rie n ta r­
se (dado q u e no existe “ni director, ni guió n , ni papeles defi­
nidos de a n te m a n o ”) ,61 sino p o r las p ro p ia s realizaciones p re ­
cedentes, la h isto ria de efectos q u e a lin e a los discursos en u n
ho rizo n te a b ie rto , c o n tin g e n te , volviendo así “a la c o m p re n ­
sión de los reg ím en es políticos m o d e rn o s a n te todo u n a tarea
histórica: u n larg o y co m p lejo p ro ceso d e in v e n c ió n ”, com o
p ed ía G u erra ,62

61 G u erra, “D e lo u n o a lo m ú ltip le: D im ensio nes y lógicas d e la In d e p e n ­


d e n cia”, en M cFarlane y P osada C a rb ó (c o m p s.), Independería an d Revolulion
in Spanish America, p, 56.
62 G u e rra , “El so b e ra n o y su r e in o 71, e n H ild a S abato (c o o rd .), op. cit.,
p. 35.
5
Conclusión. La historia político-
intelectual como historia de problemas

Bien lejos de corresponder a una incertidumbre práctica


sobre sus distintos modos de funcionamiento, el sentido
flotante de la democracia participa fundamentalmente de
su esencia.

P ie r r e R o s a n v a l l o n , Por una historia conceptual de lo político

Un faltante nos obliga a escribir, que no cesa de escribirse


en viajes hacia un país del que estoy alejado. Al precisar el
lugar de producción, ante todo quisiera evitar el "prestigio"
(impúdico, obsceno, en su caso) de ser tenido como un
discurso acreditado por una presencia, autorizado para
hablar en su nombre, en fin, que supone de qué se trata.

M icriE L de C erteau , La fábula mística

U n artículo recien te de T eren ce Ball ilustra cierta encruci- ■


ja d a a n te la que se e n c u e n tra hoy la historia intelectual. En él,
Ball discute la tesis de la esencial refutabilidad ( contestabilily) de
los c o n c ep to s,1 q u e afirm a q u e el sentido de los conceptos m e­
d u lare s del discurso ético, p olítico y científico no p u ed e n u n ­
ca fijarse de u n m odo definitivo; esto es, que “no hay ni pu ed e
h a b e r criterios co m u n es co m p artid o s p ara decidir qué cuenta
e n estética p o r ‘a rte ’ o e n p o lític a p o r ‘d em o cracia’ o ‘igual­
d a d ’”.2 Tal tesis, según afirm a este autor, resultaría atractiva en

1 Véase W illliam C onnolly, TheTerms o f Political Disemine, P rinceton, P rin ­


c e to n U niversity Press, 1983.
(^ T e re n c e Ball, “C on fessio n s o f a C o n c ep tu al H istorian", Fimiish Yearbook
o f Political Thought 6, 2002, p. 21.
especial p a ra los historiadores, puesto q u e no sólo a p o rta u n a
clave para co m p re n d er el cam bio conceptual sino, adem ás, p er­
m ite h acerlo de u n m odo vaiorativam ente n e u tra l. D esde esta
perspectiva, n in g u n a teoría política p o d ría afirm arse com o su­
p e rio r o m ás verdadera que cu alq u iera otra. De h e c h o , según
confiesa Ball, él m ism o la com partió p o r m u ch o tiem p o , hasta
que em pezó a descu b rir sus deficiencias.3
En p rim e r lugar, dice, conlleva u n a falacia m etodológica,
puesto q u e parte del hecho c o n tin g en te d e que ciertos concep­
tos h an sido h istóricam ente refutados ( contested) p a ra e x tra er
d e allí u n a ley universal acerca d e su naturaleza. P o r o tro lado,
ten d ría adem ás, en segundo lugar, im plicancias éticas neg ati­
vas, dado q u e si n o h u b iera form a de fijar el sentido d e los con­
ceptos políticos fundam entales, si cada u n o p u d iese in te rp re ­
tarlos a su m an e ra, la id ea m ism a d e c o m u n id a d se volvería
inconcebible.

Si los conceptos constitutivos del discurso político, y por lo tan­


to, de la vida política, fueran, en efecto, esencialmente refutables,
entonces no podría haber lenguaje m oral com ún o léxico cí­
vico, y por ende, comunicación, y po r ende com unidad, inclu­
so siquiera esperanza de establecer y m antener u n a com unidad
cívica. Si la tesis de la refutabilidad esencial fuera cierta, enton­
ces, el discurso político, y por lo tanto, la vida política, se tor­
naría imposible, y exactam ente por las mismas razones po r las
que la civilidad y la vida social son imposibles en el estado de
naturaleza im aginario y solipsista de Hobbes: cada individuo
es una m ónada, radicalm ente desconectada de cualquier otro
individuo en la m edida en que habla u n a suerte de lenguaje

3 El p ró lo g o a Conceptual Change and the Constitulion, q u e Ball escrib e j u n ­


to con P ocock, es, d e h ech o , u n o de ios alegatos m ás a rd ie n te s e n favor de
esa tesis. V éase T e re n c e Ball y j. G. A, P ocock (e d s.), Conceptual Change and
the Constitulion, Law rencc, Kansas U niversity Press, 1988, p p. 1-12.
privado de su propia factura. Dado que estos lenguajes indivi­
duales no p u eden traducirse o entenderse m utuam ente, cada
hablante es forzosam ente un extraño y u n enem igo para los
demás.4

En últim a instancia, afirm a Ball, la tesis m e n c io n a d a tiene


im plicancias autoritarias. En caso de que su rg ieran desacuerdos
resp ecto del sen tid o de co n cep to s tales co m o “p o d e r ”, “lib er­
ta d ”, ‘ju sticia”, etc., el e n te n d im ie n to m u tu o se lo graría sólo p o r
dos m edios: la conversión o la co erció n ; “y p re su m ib le m e n te
aquellos q u e n o p u e d a n ser convertidos d e b e n se r coacciona­
dos (excluidos, silenciados, ridiculizados, ignorados, e tc .)”.5
Este a u to r señala u n p u n tó fundam ental, a u n c u a n d o la forr
m a e n q u e lo fo rm u la n o resulte del todo ap ro p ia d a. Está cla­
ro q u e a firm ar q u e la tesis d e la esencial re fu ta b ilid a d de los
c o n cep to s c o n d u c e a u n a su erte de solipsism o, volviendo im ­
posible to d a fo rm a d e c o m u n id a d , es e x a g era d o y, e n ú ltim a
instancia, e rró n e o . Lo q u e esa tesis señala es la im posibilidad
p a ra u n a c o m u n id a d d e co n stitu irse de m a n e ra p le n a com o
u n a totalidad orgánica, p erfectam ente in te g rad a y hom ogénea.
C om o afirm a Pocock, to d a sociedad relativam ente com pleja al­
b erg a p lu ra lid a d de códigos o lenguajes p olíticos.6 Lo cierto es
q u e la tesis d e la esencial refutabilidad d e los c o n cep to s n o n ie ­
ga, e n principio, la posibilidad d e fijar el sen tid o de éstos, a u n ­
q u e afirm a sí q u e ello es posible ún icam en te d e n tro de los m ar­
cos d e u n a d e te rm in a d a c o m u n id a d po lítica o lingüística.7

"*T c ren ce Ball, “C onfessions o f a C o n c e p tu a l H isto rian ", Finnish Yeatbook


o f Political Thought 6, 2002, p. 24.
B Ibid., p. 23’
6 V éase J . G. A. P ocock, Virtue, Commerce, a n d History, C am b rid g e, C am ­
b rid g e U niversity Press, 1991, p p . 1-36.
7 Q u ie n sostuvo esta a firm a ció n d e u n m o d o m ás sistem ático fu e S tanley
Fish, en su provocativo te x to ¡s There a text ití this Class? [Stanley Fisb, fs H ie­
re a text in this Class? (C a m b rid g e , Mass., C am b rid g e U niversity Press, 1 9 8 0 )].
Así form uladas, las diferencias e n tre am bas posturas p ie r­
d e n su carácter irreductible (de h e c h o , Ball n o ig n o ra que el
sentido d e los conceptos políticos cam bia c o n el co n tex to de
su e n u n ciació n ). Pero, de este m odo, se n o s escapa tam bién el
núcleo de la controversia. Ball está e n lo cierto, en realidad, en
cuanto a q u e esa tesis tiene im plícita u n a p rem isa m ás “fu e rte ”,
que es la q u e él rechazaría. De a c u erd o co n ella, n o sólo toda
fijación de sentido sería inevitablem ente parcial, relativa a u n
lenguaje particular, sino que, adem ás, sería siem pre precaria.
Y ello p o r causas que rem iten m en o s al co n te x to histórico ex­
tern o e n q u e se desenvuelven los lenguajes q u e a razones m u ­
c h o m ás in h e re n te s , in trín secas ( “e se n c ia le s”) a éstos. U n ar­
tículo d e S andro C hignola resu lta ilustrativo al resp ecto .8
En ese artícu lo , C hignola d istingue dos etapas en el desa­
rro llo re c ie n te de la histo ria c o n c e p tu a l italiana. La p rim e ra
aparece c e n tra d a a lre d ed o r de P ieran g elo S chiera y el Institu­
to Italo-G erm ánico d e T rento, q u e e h los años setenta renova­
ro n de m an e ra decisiva los enfoques relativos a la historia cons­
titu cio n al.9 Su m o d elo in te rp re ta tiv o , d e m atriz h in tz e a n a ,10
perm itió la revalorización del e lem en to lingüístico e n la articu­
lación de las relaciones políticas, e n fatizan d o así la necesidad
de historizar los conceptos a fin d e p ro c e d e r a u n a reconstruc­
ción m ás precisa, típico-ideal, d e la e x p e rie n c ia político-consti­
tucional m o d ern a .
U na se g u n d a vertiente historiográfica, iden tificad a con la
o b ra del “G ru p o de Investigación d e los C o n c e p to s Políticos
M o d ern o s”, dirigido p o r G iuseppe D uso e n el Instituto de Fi-

8 S an d ro C h ig n o la, “H istoria d e los co n cep to s, h isto ria co n stitu cio n al, fi­
losofía política", Res publica, vi.] 1-12, 2003, p p . 27-68.
9 Las ideas h isto rio g ráficas de esta g e n e ra c ió n d e a u to re s se e n c u e n tra n
c o n d en sad as en P ie ran g elo S ch iera (e d .), Per u n a nuova storia constituzionale
esoziale, N ápoles, V ita e P en siero , 1970.
10 El lib ro d e S ch iera, OttoH intze (N ápoles, C u id a , 1974), fue clave en la
d ifusión d e las ideas históricas d e este ú ltim o a u to r en Italia.
losofia de la U niversidad de P adua, habrá, sin em bargo, de ir
m ás allá, re fo rm u lan d o el objeto m ism o de la histo ria concep­
tu a l.11 Según afirm a esta escuela, p a ra d escubrir el sentido de
las categorías políticas m o d e rn a s n o basta con trazar largas ge­
nealogías co nceptuales o histo rizar sus usos. Lo q u e se req u ie­
re, m ás bien , es u n a tare a d e “crítica y d e c o n stru cc ió n ”. “Si los
co n cep to s políticos m o d e rn o s p o seen u n a h istoricidad especí­
fica”, insiste C hignola, e n to n c e s “será posible re a b rir la discu­
sión e n to rn o d e ellos y d e su in trín se c o carácter a p o ré tic o ”.12
C om o vem os, am bas co rrien tes acuerdan en cu an to a la his­
toricid ad de los co n cep to s. A m bas se ap artan ya, pues, d e los
cán o n es de la antigua histo ria de ideas. Sin em bargo, p a rte n de
la base de visiones m uy distintas respecto de la.fu en te y la n a ­
tu raleza de la te m p o ra lid a d histórico-intelectual. L a p rim e ra ;
fase e n la tem poralización d e los conceptos busca revelar que
los cam bios que los co n cep to s sufren a lo largo del tiem po no
siguen n in g ú n p a tró n p reestab lecid o y dirigido a la realización
de u n a m eta final: la ilum inación de la definición verd ad era de
tal co n cep to . Sin em bargo, la indefinibilidad d e los conceptos
está asociada a q u í todavía a factores de naturaleza estrictam en­
te em p írica. In d ic a u n a c o n d ic ió n fáctica, u n suceso circuns­
tancial. N ada im p id e aú n , e n prin cip io , que éstos p u e d a n esta­
bilizar su c o n te n id o sem án tico . D esde esta perspectiva, si a
nad ie se le ocurriese cu e stio n ar o alte ra r el sentido de u n a ca­
tegoría, éste p o d ría m a n te n e rse de m an e ra indefinida. No hay
n a d a intrínseco a los conceptos que n o s perm ita an u n c ia r o e n te n ­
d e r p o r q u é sus d efin icio n es establecidas devienen inestables
y, llegado el caso, sucum ben. La historicidad es aquí a la vez ine­
vitable y co n tin g e n te . Los co nceptos, en efecto, cam bian con

11 Al resp ecto , véanse G iu se p p e D uso (e d .), Jlpotere. Perla sloria dellafilo­


sofía política moderna, R o m a, C aro cci, 1999, y La lógica delpotere. Strnia concep­
túale como filosofía politca, R om a, L atterza, 1999.
52 S a n d ro C h ig n o la, “H isto ria d e los conceptos, histo ria co nstitucional,
filosofía política", op. cit., vi.] 1-12, 2003, p. 35.
el tiem po, p ero la historicidad n o es u n a dim ensión constituti­
va suya. P ara decirlo en térm in o s de Ball, éstos son siem pre, de
hech o , refutados, p ero ello n o significa q u e sean esencialmente
refutables.
El desarrollo de u n a perspectiva m ás fu erte respecto d e la
tem p o ralid ad de los conceptos supone el traslado d e la fu en te
de la co ntingencia del c o n tex to e x te rn o al seno de la historia
intelectual m ism a. De a cu erd o con este últim o p u n to de vista,
el h e c h o d e que los conceptos no p u e d a n fijar su significado
no refiere, en efecto, a u n a m e ra co rro b o ració n em pírica, algo
que p o d ría eventualm ente n o ocurrir, a u n q u e , e n los hechos
siem pre lo haga. Indica, p o r el co n trario , una^condición jn h e -
re n te a éstos: q u e su c o n te n id o sem ántico n o es n u n c a p e rfe c ­
tam ente autoconsistente, lógicam ente integrado, sino algo con­
tin g en te y precariam en te a rticu la d o .13
Esto im plica u n a visión ya m uy distinta respecto de la tem ­
p o ralid ad de los conceptos. Significa que, au n en el caso im ­
probable —y, en el largo plazo, llan am en te im posible— d e que
los conceptos no m utaran su sentido, p erm an ecerían , de todos
m odos, siem pre refutables, p o r naturaleza. En fin, si el signifi­
cado de los conceptos no p u e d e ser fijado de u n m odo deter-

'.1?>S eg ú n en tie n d o , q u ie n m e jo r d e fin e esta perspectiva es H an s B lum en-


berg, c u a n d o discute la te o ría d e la secularización. Lo q u e, p a ra B lu m en b erg ,
la m o d e rn id a d h e re d a d e las a n tig u a s escato lo g ías n o es n in g u n a serie d e
co n te n id o s ideales trad u cid o s en clave secular, sino, fu n d a m e n ta lm e n te , u n
vacío, re s u lta n te de la q u ie b ra d e las cosm ovisiones cristianas. Éstas ya n o
a p o rta rá n resp u estas a u n a p re g u n ta —a q u ella re sp ec to d el sen tid o d e l m u n ­
do—^ fre n te a la cual, sin em b arg o , la m o d e rn id a d n o p o d ría p e rm a n e c e r in ­
d ifere n te . E n últim a instancia, los diversos len g u ajes político s m o d e rn o s n o
serán sin o o tro s tan to s in ten to s d e lle n a r significativam ente ese vacío, tra ta r
de asir, to r n a r inteligible, c re a r sen tid o s a fin d e h a c e r so p o rtab le u n m u n d o
q u e, p e rd id a to d a id ea d e tra sc e n d en c ia, n o p u e d e d e ja r d e c o n fro n ta r pe^
ro tam p o co a c e p ta r la radical c o n tin g e n c ia (“irra c io n a lid a d ”) d e sus fu n d a ­
m entos; esto es, la “esen cial re fu ta b ilid a d ” d e las cate g o rías n u c le a re s d e to ­
do discurso ético o p o lítico p o strad icio n al.
m inado, n o es p o rq u e éste cam bia h istó ricam en te, sino a la in ­
versa, cam bia h istó ric a m e n te p o rq u e n o p u e d e fijarse d e u n
m odo d e te rm in a d o . N o obstante, p a ra d escu b rir p o r q u é to d a
fijación d e s e n tid o es constitutivam ente p recaria, d e b e m o s tra ­
zar u n e n te ro cam p o sem ántico, es decir, debem os tra sc e n d e r
la histo ria d e ideas o de conceptos e n direcció n a u n a h isto ria
de los len g u ajes políticos. E n definitiva, rec o n stru ir u n len g u a ­
je político su p o n e n o sólo observar cóm o el significado d e los
conceptos cam bió a lo largo del tiem p o , sino tam bién, y fu n d a ­
m en ta lm e n te , qué impedía a éstos alcanzar su plenitud semántica.
Esto es, m ás precisam ente, lo q u e P ierre Rosanvallon llam a
“u n a historia conceptual de lo político”. Esta se p ro p o n e dislocar
las visiones form alistas, tí pico-ideales, de la historia intelectual,
que ven las form aciones conceptuales com o sistemas autocon te­
nidos y lógicam ente estructurados. S egún señala Rosanvallon,
tales visiones esconden siem pre u n im pulso norm ativo q u e lle­
va a desplazar el objeto histórico particu lar p a ra recolocarlo e n
un sistem a de referencias ético-políticas. Y, de esta form a, d e ja n
escapar la “cosa m ism a” de lo político, que es, según asegura, su
esencia aporética. El caso de Ball es u n b u e n ejem plo de las ten ­
dencias norm ativistas q u e subyacen a las perspectivas “débiles”
de la tem p o ralid ad d e los conceptos políticos.14 El pun to , en fin,
p ara Rosanvallon, n o es “buscar resolver el enigm a [de la políti­
ca m o d e rn a ] im p o n ién d o le u n a norm atividad, com o si u n a

14 L a id e a d e R osanvallon d e u n a “h isto ria c o n c e p tu a l d e lo p o lític o ” su­


p o n e , d e h e c h o , u n a inversión d e la p ersp ectiv a d e Ball re sp e cto d e las su­
p u estas im p lican cias d e la tesis d e la re fu ta b ilid a d esencial d e los c o n cep to s.
N o es, e n v e rd a d , la im posible fijación d el se n tid o d e los co n cep to s p o lítico s
fu n d a m e n ta le s lo q u e h ace im p o sib le la p o lítica. P o r el c o n tra rio , si éste p u ­
d ie ra d e te rm in a rs e d e u n m o d o objetivo, la p o lítica p e rd e ría ipso jacto t o d o .
- sentido; la reso lu c ió n d e los asu n to s p ú b lico s d e b e ría en tal caso co n fiarse a
los e x p e rto s. N o h a b ría lugar, e n fin, p a ra las d iferen cias legítim as d e o p i­
n io n e s al re sp ecto ; sólo existirían q u ie n e s conocen esa v erd a d e ra d e fin ic ió n y
q u ien es la ignoran.
ciencia p u ra del lenguaje o del d e re c h o p u d ie ra in d icar a los
hom bres aquella solución razonable a la cual n o ten d rían otro
rem edio que adecuarse”, sino “considerar su carácter p roblem á­
tico” a fin de “c o m p re n d er su fu n cio n am ien to ”.15 Ello conlleva
u n a reform ulación fu n d am en tal de los m odos de ab o rd ar la his­
toria político-intelectual:

El objetivo —señala— no es ya solam ente de o p o n er banal­


m ente el universo de las prácticas con el de las norm as. De lo
que se trata es de partir de las antinom ias constitutivas de lo
político, antinom ias cuyo carácter se revela únicam ente en el
transcurso de la historia.16

E ncontram os aquí, pues, u n a segunda form ulación, m u ch o


m ás sustantiva, respecto de la naturaleza d el desacu erd o e n tre
am bas escuelas que venim os analizando. Este rem itiría a pers­
pectivas m uy distintas e n cu an to a\ origen de la tem p o ralid ad
que irrem ediablem ente p e n e tra los conceptos políticos m o d er­
nos. M ientras que la p rim e ra sitúa su fu en te e n la b re c h a inevi­
table que separa las no rm as y las prácticas, p a ra la segunda, és­
ta resulta de antinom ias constitutivas. La fu en te e x te rn a d e la
tem p o ralid ad sólo h a ría m anifiesta esta o tra fo rm a de tem p o ­
ralid ad inscripta ya e n el in te rio r de to d a fo rm a ció n c o n c ep ­
tual, q u e tiñe de c o n tin g e n cia el p ro p io universo norm ativo,
o Las dos corrientes historiográficas que distingue C hignola pa­
ra el caso italiano ilustrarían, en realidad, u n a oscilación carac­
terística en la historia intelectual, según hoy se la practica. M ien­
tras q u e la p rim e ra devuelve a ésta a u n a situación en la que
b o rd ea con la vieja tradición de historia de ideas, la segunda tras­
lada la disciplina a u n te rre n o nuevo y d istinto, abre u n hori-

15 P ie rre R osan val Ion, P o ru ñ a historia conceptual de lo político, B u en o s Ai­


res, FCE, 2001, p p . 41-2.
115 Ibid., p. 43.
zonte a lo que cabría m ás p ro p ia m e n te llam ar u n a historia de
los lenguajes políticos. Y, en la m ed id a en que se trata de u n a en­
crucijada a la q u e la disciplina to d a se enfrenta, tam poco la his­
toria intelectu al latin o am erican a p e rm a n ec e rá ex trañ a a ella.
En efecto, la crítica revisionista se asocia de m an e ra estre­
ch a c o n la p rim e ra de las c o rrie n te s italianas señaladas p o r
C hignola. Esta expresa el in te n to d e in tro d u c ir un nuevo sen­
tido de la tem p o ralid ad de las fo rm acio n es conceptuales y su­
p e ra r los esquem as id e o ló g ic o s de la historia de ideas. Sin em ­
bargo, la concibe a ú n c o m o u n a co n d ició n m eram en te fáctica,
q u e e m a n a d e la b re c h a q u e separa el rein o de las norm as del
ám bito d e las prácticas efectivas. Las norm as no son, ellas mis­
mas, vistas com o co n tin g en tes, sino e n u n sentido debilitado:
p ara los au to re s revisionistas n o existiría ya, en efecto, u n con­
cep to e te rn a m e n te válido de d em ocracia, pero sí un concepto
v e rd a d e ro de d e m o c rac ia re p re se n ta tiv a m o d ern a, q u e es la
q u e las elites latinoam ericanas del siglo xix no h ab rían alcan­
zado a ú n a c o m p re n d er, o lo g rad o realizar, p ro d u cien d o toda
suerte de fen ó m e n o s anóm alos, p o b lan d o el lenguaje político
de “h ib rid e ce s” conceptuales.
C om o el caso d e Ball ilustra, p o r debajo de esta versión de­
b ilita d a d e la te m p o ra lid a d d e los co n cep to s se descubre la
p re s e n c ia d e te n d e n c ia s n o rm ativ as, q u e term in a n reinscri­
b ie n d o a estas c o rrie n te s revisionistas d e n tro de los m ism os
m arcos teleológicos q u e se p ro p u sie ro n desm ontar. Q uebrar- .
los, en v erd ad , su p o n e u n a ta re a subsecuente “de crítica y de­
c o n s tru c c ió n ”, re q u ie re socavar la aparien cia de p erfecta ra­
c io n a lid a d y n a tu ra lid a d de los “tipos ideales”, in tro d u c ir en
ellos u n p rin c ip io m ás fu e rte de la tem p o ralid ad de los con­
ceptos; en fin, exige pasar de u n a historia centrada en los conte­
n id o s ideales d e los d iscursos a o tra o rie n ta d a a d e te c ta r los
nú cleo s pro b lem ático s a lre d e d o r d e los cuales se desplegaría
el d e b a te político.
El siglo xix latinoamericano: una visión
po Iítico-conceptua I

Según surge del estudio p reced en te, a lo largo del p e río d o


en cuestión se p u e d e n observar cuatro g ran d es n u d o s p ro b le ­
m áticos que tensarán el d ebate político. El p rim e ro rem ite al
carácter equívoco del sujeto de la soberanía. El pueblo va a ser
“u n am o indisociablem ente im perioso e in ap resab le”.17 En tan­
to q u e sujeto y objeto a la vez de la em p resa d e su p ro p io dis­
c e rn im ie n to , n o p o d rá (c o n )fig u ra rse a sí m ism o sin p re s u ­
p o n e rse ya com o tal. Este d e b e rá así afirm arse y neg arse de
m an era sim ultánea. El segundo núcleo pro b lem ático refiere a
la in determ inabilidad d e la sede de la soberanía. Esto se liga a la
doble naturaleza del ciu d ad an o m o d ern o . D espojada la sobe­
ra n ía de su naturaleza trascendente, surgirá la p arad o ja de que
el mism o que será el soberano será tam bién el súbdito, y que só­
lo p o d rá ser lo p rim e ro si acepta convertirse en lo segundo. Su
carácter com o tal ú n ica m en te p o d rá así actualizarse a co n d i­
ción de perderse. A quí se h a rá m anifiesta, e n ú ltim a instancia,
u n a problem ática mayor: la radical im posibilidad d e conciliar
el principio d e sob eran ía p o p u lar con las co n d icio n es fácticas
de p o d e r in h eren tes a todo sistema institucional regular. El ter­
cero de los núcleos problem áticos deriva, a su vez, d e allí. Éste
refiere a la in ce rtid u m b re relativa a los fundamentos de la sobe­
ranía, lo q u e explica el doble nacim iento de la política m o d er­
na. El o rd en a m ie n to institucional fu n d a rá su legitim idad en la
voluntad, p e ro to m ará su sentido de la razón. A m bos principios
se reenviarán u n o a o tro d e form a p e rm a n e n te , dad o el víncu­
lo inéscindible y destructivo a la vez que los u n e , im pidiéndole
a dichas categorías fijar su co n ten id o re fe re n c ia l.18 El cuarto y

{1 Ibid.', p. 23.
,s En efecto, c o m o vim os, la voluntad general sólo p o d rá c o n stitu irse co­
m o tal e n la m ed id a en q u e se sostenga de u n fu n d a m e n to raciona!; única-
ú ltim o n ú c le o p ro b lem ático , en el q u e se c o n d e n sa n los tres
anteriores, refiere a la inasibilidad de los modos de actualización/
manifestación d e la soberanía; esto es, lo q u e se co n o ce co m o la
“p a ra d o ja d e la re p re s e n ta c ió n ”. E n condiciones postradicio-
nales, p e rd id a la visibilidad que ofrece el m o n arca com o en car­
n ació n m ística de la república, la rep resen tació n se convertirá
e n u n trabajo, siem pre inacabado, e n la m ed id a en q u e éste só­
lo h a b rá d e desplegarse p recisam en te a p a rtir de la arista e n
q u e el vínculo representativo se quiebra.
Este c u á d ru p le impasse (relativo al sujeto, la sede, los fu n d a ­
m entos y los m o dos d e m anifestación d e la soberanía) h e n d irá
esa fisura e n la historia intelectual p o r la que h a b rá d e irru m p ir
la tem poralidad, dislocará el ám bito reglado d e los tipos ideales
a b rie n d o el h o riz o n te a su dim ensión política n e g a d a. Ese im­
passe d e lim ita así u n u n iverso discursivo e n cuyo p e rím e tro
e x te rio r no se sitúan ya supuestos co n ten id o s ideales, n in g ú n
c o n ju n to d e n o rm as y valores que lo en m arcan y a cuya p len a
figuración los desarrollos conceptuales p ro d u cid o s e n su in te­
rio r ten d e ría n (o d e b e rían h a b e r ten d id o ), sino u n e n tra m a d o
de problem áticas p a ra las cuales no h ab ía soluciones válidas a
priori p o r lo q u e el te n o r d e las respuestas que h a b rá n eventual­
m en te d e elaborarse n o p o d rá pred eterm in arse sino q u e h a b rá
de revelársenos sólo en el p ro p io trabajo de reco n stru cció n his­
tórica de d ich a tram a. En últim a instancia, la histo ria político-
intelectual latin o am erican a del siglo XIX n o es sino la de los d i'

m e n te éste p ro v e e rá u n h o riz o n te d e o b jetividad q u e h a g a posib le u n c o n ­


senso a su m id o d e m a n e ra vo lu n taria. Esto significa, sin e m b a rg o , q u e a q u e ­
llos c o n te n id o s norm ativ o s e n q u e la v o lu n tad se so stien e escap an a su alcan ­
ce, n o so n ello s m ism os o b ra d e la v o lu n tad , sin o q u e se le im p o n e n a ésta
com o u n o rd e n objetivo. El p u n to , n o o b stan te , es q u e , e n c o n d ic io n e s pos-
trad icio n ales, n o h a b rá ya ta m p o c o in stan cia a lg u n a, fu e ra d e la p ro p ia vo­
lu n ta d p o p u la r, capaz d e d ic ta m in a r al resp ecto . La razó n n o p o d rá así evi­
ta r volverse ella m ism a siem p re m a te ria d e o p in ió n , d estru y én d o se co m o tal.
Así, u n o y o tr o p rin c ip io se s u p o n e n y se excluyen m u tu a m e n te .
versos m odos d e co n fro n tar estas aporías constitutivas de la p o ­
lítica. Y tam bién de tratar de fijarlas sim bólicam ente, de m in ar­
las en su irre d u ctib le singularidad, d a n d o así lugar a siem pre
precarias e inestables constelaciones intelectuales.
A este p rim e r objetivo (identificar los n u d o s problem áticos
que rec o rre n la historia político-intelectual latinoam ericana del
siglo X IX ), le subyace otro no m enos cen tral a n u e stro proyec­
to: c o n tra rre sta r las tendencias norm ativistas enraizadas e n la
disciplina.19 N o es otra, en fin, q u e la m ism a tarea a la q u e las
, co rrien tes revisionistas se ab o caro n , sin alcanzar, sin em bargo,
a realizar p o r com pleto. Y ello, com o señalam os, tiene fu n d a ­
m entos conceptuales precisos, se relacio n a con u n a visión lim i­
tada de la tem poralidad de los conceptos q u e red u ce ésta a u n a
m era co n d ició n fáctica, lo que nos devuelve al esquem a “de la
tradición a la m o d e rn id a d ”.
P o r debajo del uso que la escuela revisionista hace d e esos
térm inos subyace, en realidad, u n a falacia lógica. Com o vimos,

19 Esto d a rá lu g ar a lo q u e llam o e! “sín d ro m e d e A lfonso el sa b io ”. Se­


g ú n se d ice, el m o n a rc a español solía a se g u ra r q u e si D ios lo h u b ie ra co n su l­
tado al c re a r el m u n d o , se g u ram e n te le h a b ría salido m u ch o m ejor. D el m is­
m o m o d o , co m o se ñ a la ra G u erra en su crítica d e las versio nes épicas d e la
histo ria d e ideas, los h isto riad o res locales n o d e ja ría n d e la m en tarse d e q u e
las elites d e c im o n ó n ic a s la tin o a m e ric a n a s n o lo s h u b ie s e n c o n s u lta d o a
ellos al c o n stru ir los re g ím e n e s in stitu cio nales locales. El caso d e A lfonso el
sabio re su lta tam b ién ilustrativo d e los p ro b le m as q u e estas te n d en c ias n o r­
m ativas g e n e ra n . É ste, al h ace r d ic h a a firm ació n , h a b ría estado p e n s a n d o en
cierto s asp ecto s irracio n ales q u e se o b serv ab an en la e stru c tu ra del universo.
En efecto, la a stro n o m ía pto lem aica, q u e e ra la q u e él ten ía d isp o n ib le , d e ­
b id o á su c a rá c te r g e o c é n tric o o b lig ab a a in tro d u c ir u n a serie d e m ov im ien­
tos ex trañ o s, irracio n ales (los fam osos ep iciclo s), a fin d e p o d e r e x p lica r la
tray ecto ria efectiva d e los p lan etas. Su e jem p lo d e b e ría servim o s d e ad ver­
ten cia; sie m p re es p ru d e n te so sp ech ar q u e la a p a re n te irrac io n alid a d de los
fen ó m en o s m uy p ro b a b le m e n te e x p rese p ro b le m a s q u e tie n e n q ue ver m e­
nos co n la re a lid a d que; se estu d ia q u e co n el p ro p io in s tru m e n to d e análisis
co n q u e se in te n ta a b o rd arla. B ien p u e d e se r éste, e n realid ad , el q u e d e se n ­
caje su o b je to volviendo in co m p ren sib le.
la ru p tu ra del vínculo colonial puede definirse en tales térm inos.
A unque con algunos problem as, la m en cio n ad a fórm ula rep re ­
senta m ás o m enos adecu ad am en te la naturaleza de la inflexión
político-conceptual q u e en to n ces se produjo. El p ro b le m a sur­
ge, e n realidad, de u n deslizam iento conceptual subrepticio que
esa escuela in tro d u ce, p o r el cual las categorías de “tra d ició n ” y
“m o d ern id ad ” hab rán de p e rd e r su vínculo con las entidades his­
tóricas que originariam ente designaban y pasarán a señalar u n a
especie de antinom ia e te rn a que rec o rre ría y explicaría toda l a .
h istoria político-intelectual latin o am erican a hasta el p resen te,
co b ra n d o en su transcurso claras con n o tacio n es valorativas. Es­
to d ará finalm ente com o resultado la doble cadena de equivalen­
cias antinóm icas m o d ern id ad = atom ism o = dem ocracia contra
tradición = organicism o = autoritarism o sobre cuya base pivotan
todas las interp retacio n es revisionistas.
En fin, m ediante ese desplazam iento “tradición” y “m o d ern i­
d a d ” dejarán de ser categorías históricas, que rem iten a horizon­
tes conceptuales tem poralm ente localizables, para convertirse en ,
lo que Koselleck llam a “contraconceptos asim étricos”,20 u n o de
los cuales se definirá p o r oposición al otro com o su contracará .
negativa. Ju n to s diseñarán así u n o rd e n cerrado,21 perfectam en­
te autocón tenido, cuya m u tu a oposición agotará el universo con­
ceptual d e la política, volviéndolo legible de cabo a rabo. Todo
lo contenido en él h a b rá de clasificarse, o bien com o tradicional,
o bien com o m o d ern o , o bien, eventualm ente, com o u n a com ­
binación, e n dosis variables, d e tradición y m o d ern id ad . Ya no
q u ed ará lugar, apriori, p ara otras alternativas posibles.
El p u n to es q u e tal deslizam iento conceptual n o sólo vacia­

20 R e in h a rt K oselleck, “S o b re la sem án tica histórico-política d e los con­


ce p to s c o n tra rio s a sim é tric o s”, Futuro pasado, B arcelo n a, Paidós, 1993, pp.
205-250.
21 C o m o d ecía K an t (Metafísica de las costumbres ÍIS6) , “dividir en dos p a r­
tes u n c o n ju n to de cosas h e te ro g é n e a s n o c o n d u c e a n in g ú n co n cep to d e te r­
m in a d o " (citad o p o r R e in h a rt K oselleck, op. cit., p. 209).
rá a la historia político-intelectual local de todo sentido sustan­
tivo, red u cién d o la a u n a serie de m alentendidos del sentido de
las categorías políticas m odernas, sino tam bién volverá a la in­
vestigación histórica p erfectam en te previsible. Lo que h a b rá de
hallarse lo sabem os ya d e an tem an o : las contam inaciones tra-
dicionalistas que im p reg n aro n el ideario liberal e n su in te n to
d e aplicación a u n contexto que n o le era adecuado. La labor del
h isto riad o r de ideas cesará, en fin, de ser u n a em presa verda­
d e ra m en te h erm e n éu tica p a ra reducirse a la tarea ru tin a ria de
com probación em pírica d e lo q u e el p ropio esquem a preesta­
blece, la recolección de ejem plos reiterados que de m an era ine­
vitable h a b rá n d e verificar la vigencia de la oposición d e base,
y ello p o r el sencillo motivo de que el p ro p io esquem a in te rp re ­
tativo excluye p o r definición to d a o tra posibilidad. En definiti­
va, carente de u n principio m ás fu erte de la tem p o ralid ad (his­
toricidad) de los conceptos, ciega a la dim ensión ú ltim am en te
c o n tin g e n te inscripta en sus m ism os fu n d am en to s, la recaíd a
de la escuela revisionista en las visiones teleológicas q u e busca
d e sm o n tar resulta inevitable.
Esto sólo m uestra q u e no basta con cuestionar los c o n te n i­
dos de los enfoques tradicionales para librarse del tipo d e teleo-
logism o sobre el que éstos se fu n d an . Para hacerlo es necesario
p e n e tra r y m inar sus supuestos epistem ológicos de base. Y ello
invierte el señalam iento con q u e iniciam os nuestro estudio. Si
el esquem a de los m odelos y d e las desviaciones aparecía hasta
aquí com o el ú n ico im aginable con el q u e po d ía volverse rele­
vante el estudio de las ideas locales, q u eb rad o ya el supuesto de
la perfecta transparencia y racionalidad de los “tipos ideales” y,
al m ism o tiem po, m inadas las visiones esencialistas implícitas en
las referencias a la cultura local, todo in te n to por devolverle a
éste un sentido sustantivo y convertir la historiografía c o n c ep ­
tual latinoam ericana en u n a auténtica em presa h erm e n éu tica
, pasará de m an era ineludible p o r la dislocación de ese esquem a;
supondrá, en fin, la tarea de socavar críticam ente el viejo tópi­
co de “las ideas fuera d e 'lu g a r” en que éste se funda.
Apéndice. Lugares y no lugares de
las ideas en América Latina 1

Si es necesario desubjetivizar lo más posible la lógica y la


ciencia, no menos indispensable es, como contrapartida,
desobjetivar el vocabulario y ia sintaxis.

CiAUDE-Lours Estéve, Études pbilosophiques su r l'expression


littéraire

En 1973 R o b erto Schwarz publicó u n trabajo q u e m arcó d e


m a n e ra p ro fu n d a a to d a u n a g e n e ra c ió n de p e n sad o re s e n
A m érica L atina, “As idéias fora do lu g a r”.2 Este, en u n princi-

1A g rad ezco p o r sus co m e n ta rio s a E rika P añ i, a los m ie m b ro s d el “S em i­


n ario d e h isto ria de las ideas, los in telectu ales y la c u ltu ra ” d el In stitu to “Dr.
E. R av ig n an i” d e la UBA, a los p a rtic ip a n te s d el se m in a rio so b re H isto ria
A tlántica d irig id o p o r B e rn a rd Bailyn q u e, c o n el títu lo “T h e C ircu latio n o f
Ideas", se realizó e n agosto d e 2000 e n la U n iv ersid ad d e H a rv a rd , así c o m o
d el se m in a rio d e h isto ria d e id eas o rg a n iz a d o p o r C arlos M a n ch a l y A lexan-
d ra Pita e n El C olegio de M éxico, e n todos los cuates tuve o p o rtu n id a d se dis­
c u tir este trab ajo . T am bién a Elisa P astoriza y L ilian a W einberg, c¡ue m e invi­
ta ro n a d ic ta r sem in ario s so b re el tem a e n la U n iv ersid ad d e M ar d el Plata y
el COyDEL-UNAM, respectiv am en te. El p re s e n te ensayo salió o rig in a lm e n te
p u b lic a d o p o r el CCyDEL d e la UNAM, co n el títu lo d e “El p ro b le m a de 'las
ideas fu e ra d e lu g a r’ revisitado. Más allá d e la ‘h isto ria d e id e a s’”, en la serie
d e Cuadernos de los Seminarios Permanentes. A g rad ezco al CCyDEL y a Liliana
W ein b erg p o r p e rm itirm e re p ro d u cirlo .
2 R o b e rto Schw arz, “As idéias fora d o lugar", Esludos Celrrap 3, 1973, reim ­
p reso e n A o vencedor as batatas. Forma literária e processo social nos inicios do ro­
mance brasileiro, San P ablo, L ivraria D uas C id ad es, 2000, p p . 9-32 (o rig in al­
m e n te p u b lic a d o en 1977). La p ag in ac ió n u tilizada c o rre sp o n d e a esta últim a
edición. H ay u n a tra d u c c ió n al esp añ o l e n A d ria n a A m an te y F lo ren cia Ga-
rra m u ñ o (co m p s.), “Las ideas fu e ra de lu g a r”. Absurdo Brasil, polémicas en la
cultura brasileña, B ueno s Aires, Biblos, 2000, p p . 45-60.
pió, ten ía p o r objeto p ro v eer de bases teóricas a aquellos p e n ­
sadores que, desde u n a p o stu ra “progresista”, in te n ta b a n con­
trarrestar la fuerte influencia q u e en los años sesenta y setenta
ejercieron las tendencias nacionalistas en las organizaciones de
izquierda,3 Pero el c o n c ep to d e “ideas fuera de lu g a r” p ro n to
ex p andió sus alcances revelándose p a rticu la rm e n te p ro d u c ti­
vo para teorizar el desenvolvim iento p roblem ático de las ideas
en la historia latinoam ericana. A u n cuarto de siglo, la co n tri­
b ución de Schwarz en este sentido necesita, n o obstante, ser re ­
considerada. En el curso d e los últim os años, la p é rd id a apa­
re n te d e c e n tralid ad d e los E stados nacio n ales h a ay udado a
ha c er m anifiesta la com plejidad in h e re n te a los procesos dé in­
tercam b io cu ltu ral, o cu lta tras u n a perspectiva q u e te n d ió a
concebirlos exclusivam ente en térm inos de relaciones inter-na-
cionales (o inter-regionales). Esto coincide, p o r o tro lad o , con
la em ergencia d e u n a serie de nuevos conceptos, ap ortados po r
aquellas disciplinas dedicadas de m a n e ra específica a analizar
esos procesos, q u e nos obligan a rec o n sid era r algunos d e los
supuestos im plícitos en su perspectiva y reform ularla.
El objeto de este a p é n d ic e es in te n ta r explorar, a la luz de
las realidades p ro d u cid a s e n este ú ltim o fin de siglo, nuevos
enfoques relativos a la d in ám ic a p articu lar de los procesos de
in tercam b io cultural e n las zonas periféricas, utilizan d o p ara
ello h erram ientas conceptuales provistas p o r los desarrollos re­
cientes p ro d u cid o s en las disciplinas y teorías e n el área. C o­
m o se in te n ta dem ostrar, el co n cep to de Schwarz c o n tie n e al­
gunas falencias derivadas d e u n a teoría lingüística dem asiado
c ru d a (in h eren te a la historia d e “ideas”) que red u ce el lengua­
je a su función m eram en te referencial. U n a distinción m ás pre-

s V éase R o b erto Schwarz, “C u ltu ra e política, 1964-1969”, O p a i de farní-


lia e outros estudos, San P ablo, Paz e T erra, 1992, p p . 61-92. Las te n d e n c ia s n a ­
cionalistas en el P artid o C o m u n ista B rasileño se trad u c ía n , c o n c re ta m e n te ,
en u n apoyo a u n a alianza cívico-m ilitar. Véase D aniel P écau t, Os intelectuais
e apolítica no Brasil, San P ablo, Á tica, 1990, pp. 205-222.
cisa d e niveles de lenguaje p e rm itirá revelar aspectos y p ro b le­
m as o b literad o s p o r esa perspectiva. Sin em bargo, la p ro p u es­
ta de Schwarz p u e d e aú n desglosarse de sus p resu p u esto s lin­
güísticos y ree lab o ra rse , proveyendo así u n m arco teórico más
adecu ad o p a ra co m p re n d er la com plejidad in h e re n te a los pro­
cesos d e in te rca m b io c u ltu ra l y, m ás específicam ente, el tipo
d e d in ám ic a p ro b lem ática d e las ideas que Schwarz se p ro p u ­
so analizar.

De lugares y no lugares de las ideas

P ara c o m p re n d e r el se n tid o d e l co n cep to d e “las ideas fue­


ra d e lu g a r” d e Schwarz es necesario situarlo en el m arco con­
cep tu al e n q u e éste surgió. Schwarz buscaba m ed ian te ese con­
cep to , b á sic a m e n te, tra d u c ir e n clave cultural los postulados
de la lla m a d a “teo ría de la d e p e n d e n c ia ”, cuyo n ú cleo se ges­
tó e n el “S em inario d e M arx ” o rg an izad o en los años sesenta
e n San P ablo (y en el cual él p a rtic ip ó ).4 Esa teo ría, com o se
sabe, se o rie n ta b a a d iscu tir las tesis “dualistas” del desarrollo
capitalista q u e c o m p re n d ía n a las zonas periféricas com o m e­
ros resabios precapitalistas q u e te n d ía n h istóricam ente a desa­
p a re c e r (co n lo q ue, se su p o n ía , en la reg ió n h ab ría de rep ro ­
ducirse, al m en o s id ea lm e n te, el m o d elo de desarrollo de los
países c e n tra le s). Los so ste n e d o re s d e la teo ría d e la d e p e n ­
d e n c ia p o stu lab an , p o r el c o n tra rio , la existencia de u n a diná­
m ica com pleja e n tre “c e n tro ” y “p e rife ria ”, constituyendo, am­
bos, in stancias in h e re n te s a u n m ism o proceso de desarrollo
capitalista, fo rm a n d o así u n ú n ico sistem a interconectado. Lo
“p e rifé ric o ” sería, p u es, u n a cre a c ió n del propio sistema capi­
talista; su c a rá c te r c o m o tal estaría d e te rm in a d o no p o r su ori­
gen (precap italista), sino p o r su posición actual en el sistema

4 V éase D an iel P écaut, Oí intelectuais e a política no Brasil, pp. 217-220.


económ ico m u n d ial.5 Las consecuencias paradójicas d e la mo-
r- dernízación en la región in d icarían así no tan to u n a “an o m a­
lía local”, sino q u e h a ría n m anifiestas co n trad iccio n es propias
al m ism o sistem a capitalista. “Desde esta perspectiva”, señala­
ría luego Schwarz, “la escena brasileña arro ja u n a luz revelado­
ra sobre las nociones m etro p o litan as canónicas de civilización,
progreso, cultura, liberalism o, etcétera".6
E ljip o rte específico de^Schwarz consistió en percib ir el p o ­
tencial co n te n id o e n los postufados dep en d en tistas, que hasta
entonces sólo se h ab ían aplicado al cam po d e la historia eco­
nóm ica y social, para el ám bito de la crítica literaria y la teoría
cultural. Estos le p erm itirían d e sm o n ta r los esquem as ro m á n ­
tico-nacionalistas sobre los que hasta e n to n c e s se fu n d ab a n to­
das las historias d e la litera tu ra brasileña y q u e llevaban a ver a
ésta com o la épica del progresivo a u to d e sc u b rim ie n to d e un
ser nacional oprim ido bajo la m alla d e categorías “im portadas",
extrañas a la realid ad local.

C festa perspectiva se tra d u jo en u n trabajo d e revisión h istoriográfica que


cam bió fu n d a m e n ta lm e n te n u e stra im agen d el siglo XIX b rasileñ o . Los estu­
dios realizados p o r los m iem b ro s d e este g ru p o g ira ría n , b ásicam en te, en to r­
no de! objetivo d e d e m o stra r hasta q u é p u n to la esclavitud e n el Brasil fue
■fu n cio n al al sistem a capitalista. Los trabajos clave e n este re sp ecto son los de
Celso F u rtad o , Fonnagdo económica do Brasil, R ío d e J a n e iro , E d ito ra F u n d o d e
C u ltu ra, 1959, y F e m a n d o H . C ard o so , Capitalismo e escravidáo no Brasil Meri­
dional. 0 Negro na sociedade escravocrata do Rio Grande do Sul, Río d e J a n e iro ,
Paz e T erra, 1977, o rig in a lm e n te p u b licad o e n 1962. U n b u e n co m p e n d io de
las ideas d e p e n d en tista s se e n c u e n tra e n Ruy M au ro M arini y M argara Millán
(com ps.), La leona social latinoamericana. Textos escogidos. Tomo II: La teoría de
la dependencia, M éxico, UNAM, 1994, y C ristóbal Kay, L atin American Theories
o f Developmsnt a n d Underdevclopment, L ondres, R o u tled g e, 1989. P ara u n a re-
señ a crític a d e éstas, véase S tu a rt B. Schw artz, “L a c o n c e p tu a liz a c ió n del
Brasil po$-d¿pendentista: la h isto riog rafía co lo n ial y la b ú sq u e d a de nuevos p a­
radigm as", en Ignacio Sosa y B rian C o n n a u g h to n (co o rd s.), Historiografía la­
tinoamericana contemporánea, M éxico, CCYDEL-UNAM, 1999, p p . 181-208.
R o b e rto Schwarz, "A n o ta específica” (1998), Seqüencias brásikiras. En-
saíos, San Pablo, C o m p a n h ia Das L etras, 1999, p. 153.
El objeto últim o d e este a u to r e ra refu tar la c reen cia nacio­
nalista de que bastaría a los latinoam ericanos con d e sp re n d e r­
nos de nuestros “ropajes e x tra n je ro s” para e n c o n tra r n u e stra
“v e rd a d e ra esen cia i n te r io r ”.7 S ig u ie n d o los p o stu la d o s de-
pen d en d stas, p a ra Schwarz no cabe hab lar de u n a “c u ltu ra n a ­
cional brasileñ a” p reex isten te a la cultura occidental. A quélla
n o sólo es h istóricam ente u n resultado de la expansión de és­
ta, sino que form a p arte in teg ral d e ella ( “en estética com o en
política", dice, “el terc er m u n d o es p a rte o rg án ica de la escena
c o n te m p o rá n e a ”) .8 Así, e n el ám bito cultural o p e ra ría u n a dia­
léctica c o m p leja e n tr e lo “e x tr a ñ o ” y lo “p r o p io ” a n á lo g a al
político-social. C om o señala respecto de las ideas liberales en
A m érica Latina (que son las q u e se e n c u e n tra n e n el fo n d o de
este d e b a te ), “de n a d a sirve insistir en su obvia false d ad ”; de lo
q u e se trata, en cam bio, es d e “observar su dinám ica, de la cual
su falsedad es u n c o m p o n e n te v e rd a d e ro ”.9 Si bien la adopción

7 “Más allá d e sus d iferen c ia s —d ecía—, am bas te n d e n c ia s n acionalistas


[d e izquierda y de d e re c h a ] co n v erg ían en la esp eran za d e lo g ra r su m e ta eli­
m in a n d o to d o lo q u e n o fu e ra in d íg e n a . El resid u o sería la esencia brasile­
ñ a .” R o b erto Schwarz, “N acio n al p o r su b strag áo ”, Que horas sao?Ensatas, San
Pablo, C o m p an h ia Das L etras, 1997, p. 33. O b serv an d o retro sp e c tiv a m e n te
aq u ella ép o c a en q u e los n acio n a lism o s d esarrollistas estab an a ú n e n auge,
señ ala q ue “rein a b a veinte a ñ o s atrás u n e sp íritu co m bativo seg ú n el cual el
p ro g reso resu ltaría e n u n a esp ecie d e reco n q u ista , o m ejor, d e exp u lsió n de
los invasores. R echazad o el im p erialism o , n e u tralizad as las form as m ercan ti­
les e industriales de la c u ltu ra q u e le c o rre sp o n d e n y aislada la b urguesía an­
tinacional aliada del p rim e ro , e sta ría to d o listo p ara desenvolverse la cultura
n acio n a l verd ad era, desnaturalizada por los elementos jrrecedenles, entendidos como
cuerj>os extraños" (ilñd., p. 32).
R o b erto Schwarz, “Existe u rn a estética d o terceiro m undo?" (1980), Que
horas sao?, p. 128.
9 R o b erto Schwarz, “As id éias fo ra d e lugar", Ao vencedoras batatas, p. 26.
“C o n o c e r Brasil", d e c ía a c o n tin u a c ió n , "es c o n o c e r estos desplazam ien to s,
e x p e rim e n ta d o s y p ractic ad o s p o r to d o s c o m o u n a su erte d e destin o , p ara el
cual, sin em b arg o , n o h a b ía n o m b re p ro p io , d ad o q u e el uso im p ro p io d e
n o m b re s e ra p arte d e su n a tu ra le z a ” (ibid.).
de conceptos extraños gen era, de h ech o , graves distorsiones,
el pun to , p ara él, es q u e el distorsionar c o n c ep tu a lm e n te n ues­
tra realidad no es algo que los latin o am erican o s podam os evi­
tar. P or el co n trario , es precisam ente en tales distorsiones, en
el d e n o m in a r la rea lid a d local con n o m b re s siem pre im p ro ­
pios, d o n d e radica la especificidad latin o am erican a en general
y la brasileña en particular. A los brasileños, dice Schwarz, “se
los reconoce com o tales en sus distorsiones p a rticu lares”.10
Este c o n c e p to g u a rd a , e n realid ad , relacio n es com plejas
con los postu lad o s d e p e n d en tista s. A u n q u e resu lta p e rfe c ta ­
m en te com patible con éstos, no se sigue d e m a n e ra directa de
ellos. Su solo traslado del plano económ ico-social al ám bito cul­
tual im p o n ía ya u n a refracció n p a rtic u la r a éstos, in tro d u c ía
u n a cierta torsión d e n tro d e esa teoría. En este caso, su in te r­
vención m arc ad a m e n te a n ü esen cialista y a n tin a cio n a lista se
sostendría en el a rg u m en to de que to d a rep re sen ta ció n d e la
realidad supone siem pre u n d e te rm in a d o m arco teórico. Y, e n
Am érica Latina, ese m arco estaría provisto p o r sistemas de p en ­
sam iento de origen ex trañ o a la realid ad nativa. De allí que p a­
ra Schwarz los latin o a m e ric an o s estem os c o n d e n a d o s a “co­
p ia r”, es decir, a p e n sar de m an era equívoca, u sando categorías
inevitablem ente inadecuadas a la realidad q u e se in te n ta rep re ­
sentar.
Esta últim a afirm ación, sin em bargo, n o sería de igual m o­
do evidente incluso para m uchos de los cultores de esa co rrien ­
te (en definitiva, la d e p e n d e n tista , com o to d a o tra teo ría, se
dice d e m u ch o s m odos). Poco después de la publicación del
artículo de Schwarz aparece en Cademos de Debate un trabajo de
M aría Sylvia de C arvalho F ranco cuyo títu lo es ya ilustrativo:
“As idéias éstáó n o lu g a r”.11 C om o estu d io sa del o rd e n escla­

10 R o b erto Schwarz, "As idéias fo ra d e lu g a r”, Ao vencedor as batatas, p. 21.


11 M a n a Sylvia d e C arvalho F ran co , “As idéias estao n o lu g a r”, Cademos
de Débale 1, 1976, p p . 61-64.
vista en el Brasil, C arvalho F ran co h a b ía rechazado de m an era
sistem ática, sig u ie n d o e n esto ig u alm e n te los p o stu lad o s de-
p en d en tistas, no sólo la hipótesis d e q u e el esclavismo h u b ie ­
ra sido c o n tra d ic to rio c o n el p roceso de expansión capitalista,
sino tam b ién q u e las ideas liberales h u b ieran estado “desajus­
tadas” en el Brasil d e c im o n ó n ic o .32 P ara Carvalho F ranco, las
ideas liberales no e ra n ni m ás ni m en o s extrañas al Brasil, no
estaban n i m e jo r n i p e o r ajustadas al contexto local que las co­
rrie n te s esclavistas. U nas y otras fo rm a b an parte integral de la
co m p leja re a lid a d b rasile ñ a . N i siq u ie ra se p u e d e d ecir que
fu era n inco m p atib les e n tre sí: al igual q u e el afán de lucro ca­
pitalista y las form as esclavistas d e p ro d u cc ió n , las actitudes in­
dividualistas b u rg u esas se im brican en el Brasil con las cliente-
listas y paternalistas volviéndose difícilm ente discem ibles entre
sí.13 S egún afirm a, c o n su c o n c e p to de “las ideas fu era de lu ­
g a r ”, Schwarz te rm in a ría , d e h e c h o , recay en d o e n el tipo de
dualism o q u e in te n ta b a p rec isam e n te com batir, esto es, en el
p o stulado de “los dos B rasiles”: al Brasil “artificial” de las ideas
(y la p o lític a ), liberal, le o p o n d ría el Brasil “re a l” (social), es­
clavista.

12 V éase C arv alh o F ra n c o , Homes livres na ordem cscravocrata, San Pablo,


USP, 1997, o rig in a lm e n te p u b lic a d o e n 1969. En esto C arvalho F ranco c o n ­
tradice las p o stu ras m ás tra d ic io n a le s de los teó rico s de la d ep en d en c ia , quie­
nes a u n hoy insisten e n la ex isten cia d e u n a co n tra d icc ió n , si n o e n tre capi­
talism o y esclavism o, sí e n tr e éste y el id e a rio liberal. Véase, C iro F. Cal doso
(o rg .), Escraviddos e abolí{.do nn Brasil. Novas perspectivas, Río d e Ja n e iro , Jo rg e
Zahar, 1988.
íí-^E n esas breves in d ic a c io n e s so b re la génesis y ei significado p ráctico
d e lfa v o t”, d ice re tro sp e c tiv a m e n te C arvalho F ra n co respecto de su o b ra a n ­
tes m e n c io n a d a , “in te n té m o s tra r c ó m o el id e a rio burgués es u n o de sus p i­
lares —la ig u ald a d fo rm a l— , n o 'e n tr a ' en Brasil, com o p o r afuera, sino que
aparece en el p ro c e so d e c o n stitu c ió n d e las relaciones de m ercad o , a las cua­
les es in h e r e n te .” C arv alh o F ra n c o , “As idéias cstáo no lu g a r”, Cademos de de-
bale 1, 1976, p. 63 ],
Tendríamos, por un lado, las razones burguesas europeas ob­
secuentem ente adoptadas para nada, y, po r el otro, el favor y
eí esclavismo brasileños incom patibles con ellas. Sostener es­
ta oposición es, ipsofacto, separar abstractam ente sus térm inos,
del modo ya indicado, y perder de vista los procesos reales de
producción ideológica en Brasil.14

En definitiva, la po lém ica d e sata d a p o r C arvalho F ra n co


p lantea u n problem a m etodológico m ás general. Las ideas, pa­
ra esta au to ra, jam ás están “fu e ra de lu g a r’’ p o r el sencillo, m o ­
tivo de que si éstas p u e d e n eventualm ente circular de m an e ra
pública en u n m edio dado es p o rq u e sirven a algún p ro p ó sito
en él, es decir, p o rq u e existen ya en éste co n d icio n es p a ra su
recepción. La antinom ia e n tre “ideas” y “rea lid a d e s”, en q u e el
co ncepto de Schwarz se sostiene, sería así falsa; am bos térm i­
nos n o serían n u n c a p o r com pleto ex trañ o s en tre sí.
La crítica de Carvalho F ranco ap u n ta, e n fin, al n ú cleo ar-
g u m ental de Schwarz, puesto q u e p arte de sus m ism os postula­
dos p ara term in a r extrayendo conclusiones opuestas.15 Y ésta
lo perseguirá a lo largo de toda su trayectoria intelectual, d e­
term in a d o sus sucesivas reelab o racio n es. C om o señ ala P aulo
A rantes e n Sentimenío da dialética, las acusaciones c o n tra Sch­
warz de p erm a n ec e r d e n tro de un m arco "dualista” d e pensa­
m ien to se reitera rá n u n a y o tra vez hasta el p re se n te .16 Y a u n
c u ando su biógrafo las rechaza, adm ite q u e la consistencia de
las críticas en este sentido no p u e d e d eberse a un m ero m alen ­
tendido.

14 C arvalho Franco, “As idéias cstáo n o lu g a r”, Cadernos de debate 1, p. 62.


' 15 P ara u n a crítica más radical d e am bas p o stu ras, véase Jo s c M urilo d e
C arvalho, “A h isto ria in telectu al n o Brasil: breve rc tro sp e c to ”, Topoi 1. 1999,
pp. 123-152.
16 P au lo E d u ard o A rantes, Sentimenío da dialética n a experiencia intelectual
brasileira. Dialética e dualidade segundo Antonio Candido e Roberto Schzoarz, San
Pablo, Paz e T erra, i 992.
De hech o , cabe señalar q u e la p ro p ia form ulación d e S ch­
warz tiene algo de paradójico, y n o resu lta del to d o c o h e re n te
c o n su p ro p io planteo. El o b jeto original de Schwarz era, p re ­
cisam ente, rech azar el tópico. Tal com o él lo m uestra, en ta n ­
to q u e in stru m en to de lu ch a política, la acusación de “irrealis-
m o p o lític o ” (que determ in ad as ideas están e n A m érica L atina
“fu e ra d e lu g a r”) resultaría siem pre u n ex p e d ie n te sencillo pa­
r a descalificar al adversario. Así, éste no sólo se p resta ría a la
p a ro d iz ac ió n (de M iguel M acedo, p o r ejem p lo , se decía, e n
M éxico, q u e se vestía según el p ro n ó stic o m e te o ro ló g ic o de
L o n d res), sino que tendría, adem ás, im plicaciones conservado­
ras: los “irrealistas” serian, típ ica m e n te , los d efen so res de las
ideas consideradas más progresistas en su tiem po. C om o dice
Schwarz, “en 1964 los nacionalistas de d e re c h a catalogaban al
m arxism o de ser u n a influencia exótica, quizás im aginando q u e
el fascism o e ra un invento b ra sile ñ o ”. 17
E Jjó p ic o de “las ideas fu e ra de lu g a r” es, e n verdad, d e lar­
ga d a ta e n la reg ió n .18 Las acusaciones d e “irrealism o p o lític o ”
fo rm a n así u n a suerte de ju e g o d e espejos. C u an d o los historia­
d o res d e ideas tachan, p o r ejem plo, a la G en eració n del 37 e n
la A rg e n tin a de “eu ro p e ísta ”, n o h a c en m ás q u e rep e tir lo que
las c o rrie n te s nacionalistas d e p e n sa m ie n to a firm a ro n en su
m o m e n to , y éstas, a su vez, n o h a c ía n m ás q u e re to m a r (y vol­
ver e n c o n tra suyo) el arg u m en to q u e los p ro p io s m iem bros de
la G en eració n del 37 d irigieron antes c o n tra sus co n tendientes
d e la ge n e ra c ió n p rec e d e n te , los llam ados “u n ita rio s”, quienes
p o r su p u esto tam bién rech azaro n d e m a n e ra tajante que ellos
h u b ie ra n desconocido la necesid ad d e ad e cu a r las ideas e ins­
titu cio n e s im p o rtad as a las co n d ic io n es particulares d e la re~

17 R o b e rto Schw arz, "N acional p o r s u b s tra f a o ” (1986), Qiie horas sao?,
p. 33.
18 Z ea situó su o rig e n en la id ea d e H eg el d e q u e A m érica e ra “el eco d e l
viejo m u n d o y el reflejo d e vida ajena". L e o p o ld o Zea, Dos etapas del pensamien­
to en Hispanoamérica, M éxico, El C olegio d e M éxico, 1949, p. 15.
gión. Está claro que, tom adas literalm ente, tales acusaciones re­
sultan insostenibles: es obvio q u e n u n c a n ad ie p u d o ig n o ra r el
h e c h o de q u e las distintas form as constitucionales, p o r ejem ­
plo, n o son igualm ente viables e n todo tiem po y lugar. El p u n ­
to en verdad conflictivo radicaba en d e te rm in a r q u é era lo que
su p u estam en te estaba, en cada caso, “fuera de lugar" y e n qué
sentido lo estaba (y p o r cierto que, p ara los p ropios actores, las
q u e estaban fu e ra d e lu g ar e ra n siem pre las ideas de los otros).
En definitiva, la difusión d el tó p ico n o p u e d e c o m p re n d e rse
d esp re n d id o de la función ideológica a la que éste sirvió.
Lo visto explica la reacción de C arvalho Franco: co n su fór­
m ula, Schwarz estaría, ju sta m e n te, d an d o pábulo a las afirm a­
ciones de que las ideas m arxistas (al igual que las liberales en
el siglo xix) e ra n extrañas a la realidad brasileña, im p o rta c io ­
nes “exóticas”, es decir, que éstas estarían en el Brasil “fu e ra de
lu g a r”. E n definitiva, dicho a u to r volvería llanam ente a c a er e n
el tópico, con las consecuencias poten cialm en te reaccionarias
qu e éste te n d ría siem pre im plícitas. Para C arvalho F ranco, la
b ú sq u ed a m ism a de qué ideas estarían desajustadas respecto de
la rea lid a d brasileña, y cuáles n o , e ra sen cillam en te ab su rd a
{como vimos, p a ra ella tanto las ideas liberales com o las escla­
vistas, las fascistas com o las m arxistas, estaban e n ese país “e n
su lu g a r”, e ra n p a rte in teg ral de la realid ad brasileñ a,.p u esto
que, de n o ser así, de n o te n e r condiciones de recep ció n e n la
p ro p ia realidad local, éstas n o p o d ría n circular a llí). C om o ve­
rem os, la po stu ra d e esta au to ra resulta, en u n sentido, m u ch o
m ás consistente q u e la de Schwarz. Sin em bargo, en este p u n ­
to su crítica, a u n q u e justificada, lleva a p e rd e r d e vista el n ú ­
cleo d e la arg um entación de este últim o.
Para Schwarz n o se trataba tam poco de p o n erse a d iscutir
qué ideas estarían desajustadas y cuáles n o precisam ente, porque,
según afirm aba, todas lo estaban. T anto las fascistas co m o las
m arxistas, tan to las liberales có m o las esclavistas, to d as e ra n
“im p o rta d a s” p o r igual. El fo n d o d e su crítica a Silvio R om ero
—el m e jo r re p re se n ta n te , p a ra él, d e las visiones ro m á n tic o -
nacionalistas d e la lite ra tu ra — rad icab a, de h e c h o , e n su d e­
n u n c ia d e la ilusión de que los desajustes ideológicos fueran,
en las reg io n es periféricas, evitables. C om o dice Schwarz, Ro­
m ero p en sab a q u e bastaba con sólo p roponérselo “p ara que los
efectos del exotism o se.disolvieran com o p o r en c an to ”, y así “al
sugerir q u e la im itación es evitable, a tra p a al lector e n u n falso
p ro b le m a ”.19
Las p ro p u e sta s d e C arvalho F ran co y Schwarz rep re sen ta -,
rían , e n ú ltim a instancia, dos vías diversas de escapar del tópi­
co. L a d e la p rim era, m ed ia n te el énfasis en la realid ad d e las
ideas (sus condiciones locales de posibilidad); la del segundo,
colocando el acento n o e n los desajustes e n tre ideas y realida­
des, com o sugiere Carvalho Franco, sino en los de la propia rea­
lidad brasileña. Para Schwarz no se tratab a tanto de la existen­
cia de “dos B rasiles” c o n tra p u esto s —u n o ficticio (el de las
ideas) y o tro real (el d e la sociedad)—, sino que lo p ro p io d e la
sociedad (y, p o r extensión, d e la cultura) brasileña sería su per­
m a n e n te desajuste respecto d e sí m ism a, debido precisam ente
a su carácter capitalista-periférico.
P ara C arvalho F ranco, con d ich o co ncepto Schwarz recae­
ría u n a vez m ás en las perspectivas dualistas, co n trab an d ean d o
con u n nu ev o n o m b re la oposición tradicional e n tre dos lógi­
cas d e d e sarro llo , dos m o d o s d e p ro d u cc ió n co n trapuestos:
u n o p ro p ia m e n te capitalista y o tro “capitalista p e riféric o ”. Pa­
ra Schwarz, p o r el co n trario , n o se tra ta ría de dos lógicas diver­
sas, sino de u n a m ism a lógica (la b ú sq u e d a de beneficio) que
o p e ra , sin em b arg o , de m odos diversos e n las distintas regio­
nes: m ie n tra s q u e en el c e n tro tie n d e a g e n e ra r condiciones
pro p ias d e sociedades capitalistas avanzadas, en la periferia só­
lo p e rp e tú a el subdesarrollo y rep ro d u c e patrones precapitalis-
tas d e relació n social.

19 R o b e rto Schw arz, “N a c io n a l p o r s u b s t r a j o " (1986), Que horas san?,


p p . 41 y 47.
La p o stu ra de Schwarz sería así m ás sensible a las particula­
ridades derivadas del carácter periférico de la c u ltu ra local (las
que en la visión de Carvalho Franco te n d e ría n a disolverse en
la idea de la u n id a d de la cultura o c c id e n ta l). A un así, ésta no
resuelve el p ro b lem a original respecto del supuesto desajuste
de las ideas m arxistas en el Brasil (el a rg u m e n to d e q u e las
ideas fascistas no estarían en el Brasil m enos “desajustadas” que
las m arxistas difícilm ente sirva de c o n su elo ).20 En apariencia,
la po stu ra d e Schwarz co n d u ciría a u n escepticism o respecto
de la viabilidad d e to d o proyecto e m a n c ip a d o r e n la región.
Las dificultades q u e esa cuestión le p lan tea se observan con cla­
ridad en sus “Respostas a Movimento" (1976). A nte la p reg u n ta
de si “u n a lectura in g en u a de su ensayo ‘As idéias fo ra de lu g ar’
n o p o d ría llevar a concluir que todas las ideologías, inclusive las
libertarias, e sta ría n fu e ra de lugar en los países p eriférico s”,
Schwarz, resp o n d e lo siguiente:

Las ideas están en su lugar cuando representan abstracciones


del proceso a que se refieren, y es una fatalidad de nuestra de­
pendencia cultural que estemos siem pre interpretando nues­
tra realidad con sistemas conceptuales creados en otra parte,
a partir de otros procesos sociales. En este sentido, las propias
ideas libertarias son con frecuencia una idea fuera de lugar, y
sólo dejan de serlo cuando se las reconstruye a p artir de las
contradicciones locales.21

• T anto la p re g u n ta com o la respuesta resu lta n m uy signifi­


cativas. De h e c h o , el en trevistador in d ic a en su in te rro g a n te
u n a de las consecuencias paradójicas antes señaladas en el con-

w De h e ch o , re s u e n a n aquí los ecos de lá p o lém ica suscitada en R usia en


1905 resp ecto d e las posibilidades del socialism o e n n acio n e s capitalistas atra­
sadas.
21 R o b erto Schw arz, “C u id ad o cora as ideo lo gías alie n íg e n a s (R espostas
a Mct/imenlo)” (1976), O p a i de familia, p. 120.
cepto de Schwarz: sus afinidades con las ideas de los n aciona­
listas q ue, en principio, llevarían a c o n d e n a r com o “fo rán eas”
las ideas m arxistas de su p ro p io autor. Su contestación aclara
el p u n to , p e ro lo c o n d u c e a u n a nueva a p o ría. Según se des­
p re n d e d e ésta, n o todas las ideas en A m érica L atina estarían,
siem pre e inevitablem ente, “fuera de lugar”, com o afirm aba en
su crítica a R om ero. P o r el co n trario , éstas, asegura ah ora, p o ­
d rían eventualm ente rearticularse de un m odo que resulten asi­
m ilables a la realidad local. Esto, sin em b arg o , co n trad ice todo
lo q u e venía afirm an d o hasta aquí, lo que n o sólo señala u n a
nueva co n v erg en cia—siem pre problem ática— co n las posturas
nacionalistas (salvo e n sus ex p resio n es m ás jin g o ístas, n u n c a
el nacionalism o negó de p lan o la necesidad d e “a d e c u a r” ideas
fo rán eas a la realid ad local). Ésta lo devuelve d e llen o —esta
vez sí, sin escape posible ya— al tópico, esto es, a la b ú sq u e d a y
distinción de qué ideas estarían, en tonces, ajustadas a la reali­
d a d b rasileña (lo' que e n su Filosofía de la historia americana Leo­
p o ld o Zea llam ó el “proyecto asuntivo”) 22 y cuáles no, siendo
q u e las ideas q u e e sta rán s u p u e sta m e n te desajustadas serán
siem pre, com o es previsible, las de los o tros.23 E n todo caso, así

22 L eo p o ld o Zea, Filosofía de la historia americana, M éxico, FCE, 1978. D en­


tro d e este "proyecto a su n tiv o ” Zea incluye todos aq u ello s q u e , c o m e n z a n d o
p o r Francisco Bilbao y A n d rés Belio y c o n tin u a n d o co n Jo sé V asconcelos y J o ­
sé E n riq u e R odó, e n tie n d e q u e in te n ta ro n a d e c u a r las id e as e u ro p e a s a la
re a lid a d local.
'^ C a b e re c o rd a r q u e la te n d e n c ia n a cio n a lista a la q u e e n to n ce s el p ro ­
gresism o de izq u ierd a in te n ta b a d isc u tir n o e ra ya el n acio n a lism o ro m á n ti­
co de c o rte re a c cio n a rio , al estilo d el re p re se n ta d o p o r Silvio R om ero, sino
las posiciones nacionalistas-desarrollistas q u e flo reciero n e n ¡os años cin cu e n ­
ta y b u scab an c o n v ertir al Brasil en u n país capitalista avanzado. Lo q u e Sch­
warz y los “teóricos d e la d e p e n d e n c ia ” in te n ta b a n m o stra r era, p recisam en ­
te, la im p o sib ilid ad d é a p lic a r los p a tro n e s d e d e sa rro llo cap italista d e los
países cen trales a las reg io n es p eriféricas. E n fin, p a ra él, las ideas desarrollis-
tas estab an en A m érica L atin a, sie m p re e in ev ita b le m en te , "fu era de lu g a r”;
n o así, e n cam bio, las ideas marxistas q u e él sostenía: a u n q u e tam b ién “im p o r­
ta d as”, éstas, aseg u raría a h o ra , b ie n p o d ría n a d ecu arse a la re a lid ad local.
planteado (en su versión “débil", digam os), el co ncepto de Sch­
warz n o h a ría m ás que reactualízar el viejo dilem a antropofági-
co; n o re p re se n ta ría n in g ú n ap o rte c o n cep tu al o riginal.24
De todos m odos, este planteo de Schwarz n o se concilia con
su p ro p io co ncepto; de hech o , d esm o n ta toda su arg u m en ta­
ción p reced en te. Así reform ulada, n o h a b ría form a de abordar
la cuestión de las "ideas fuera de lu g a r” sin p re s u p o n e r la exis­
tencia de alguna su erte de “esencia in te rio r” a la q u e las ideas
“extranjeras” n o lograrían representar. Más grave aú n (y es aquí
d o n d e la p o stu ra d e C arvalho F ranco a p a re c e com o m ucho
m ás consistente q u e la d e Schwarz), ésta p resu p o n e , además,
la posesión d e alg u n a descripción d e aquella rea lid a d in terio r
n o m ed ia d a p o r co n cep to s, y q u e p e rm itiría e v en tu alm en te
evaluar las distorsiones relativas de los diversos m arcos concep­
tuales. La oposición en tre “ideas” y “realid ad es” se revela así co­
m o un m ero artilugio retó rico p o r el q u e sólo se busca velar el
h ech o de q u e lo q u e se o p o n e n siem pre n o son sino “ideas” di­
versas, descripciones alternativas d e la “rea lid a d ”.
En definitiva, nos e n fren tam o s aq u í a aquello q u e señala el
lím ite ú ltim o en el c o n c ep to de Schw ar 2 . La fó rm u la d e “las
ideas fuera de lugar" lleva necesariam ente a in stau rar u n deter­
m inado lugar com o el lugar d e la V erdad (y a re d u c ir el resto
al nivel de m eras “ideologías”). El p lan teo d e C arvalho Franco,
p o r el co n trario , si bien diluye la p ro blem ática relativa a la n a ­
turaleza periférica de la cultura local, sirve, n o o b stan te, para
p o n e r de m anifiesto el carácter e m in e n te m e n te político de las
atribucionés d e “a lte rid a d ” d e las ideas.

24 En 1949, L e o p o ld o Zea, re to m a n d o u n a an tig u a y ya b ie n estab lecid a


trad ició n , p la n te a b a la c u estió n en térm in o s análo g o s, tiñ é n d o la d e m atices
hegelianos: “D e n tro d e u n a lógica d ia lé ctica ”, decía, “n e g a r n o significa eli­
m in a r sino asim ilar, esto es, co n serv ar [ ...] . C u a n d o se asim ila p le n a m e n te
n o se siente lo asim ilad o co m o algo a jen o , e sto rb o so , m o lesto , sin o c o m o al­
go q u e le es p ro p io n a tu ral. Lo asim ilado form a p a rte del p ro p io s e r”. L eo­
po ld o Zea, Dos etapas del pensamiento en Hispanoamérica, p p . ] 5-16.
Éste es tam bién , en rea lid a d , el p u n to hacia el cual tien d en
a converger las elaboraciones originales d e Schwarz (com o vi­
m os, p a ra él, todas las ideas estarían siem pre ig ualm ente “fue­
ra d e lu g ar” en la reg ió n ), p e ro al que la fó rm u la d e “las ideas
fu e ra de lu g a r” n o alcanzaría, sin em b arg o , a re p re s e n ta r de
m a n e ra acabada. Ella d a ría así lu g ar a in te rp re ta c io n e s algo
sim plistas resp ecto d e su c o n c e p to (u n a llan a d e n u n c ia de la
“irre a lid a d ” de las ideas, y, m ás específicam ente, d e las ideas li­
berales e n el siglo xix e n la reg ió n ). Sin em bargo, tales in te r­
pretacio n es, a u n q u e d em asiad o poco sutiles, n o estarían tam ­
p o c o del to d o injustificadas. L a re c a íd a de Schwarz en el
tópico, inducida, en p a rte , p o r la p ro p ia am bigüedad de su fór­
m ula, n o se sigue d e m o d o directo de su p ro p io co n cep to ori­
ginal, p e ro e n c u e n tra en él fu n d am e n to s ciertos; señala, en de­
finitiva, su lím ite ú ltim o , al q u e la crítica de C arvalho Franco
te rm in a p o r desnudar. Esta, en efecto, coloca a Schwarz frente
a aquello a lo q u e to d a su a rg u m e n ta c ió n co n d u ce y, sin em ­
barg o , n o p u e d e tem atizar sin al m ism o tiem po desarticular el
sistem a categorial e n q u e su c o n c ep to se inscribe. Lo confron­
ta a su p u n to ciego in h e re n te , a aquella prem isa e n que su sis­
tem a se fu n d a y del q u e tom a su coherencia, siendo a la vez ina­
b o rd a b le , p o r d e fin ic ió n , d e sd e d e n tro de éste: la radical
in d ecidibilidad del tópico; esto es, el h e c h o de que no se pue­
de n u n c a d e te rm in a r q u é ideas están fu era de lugar y cuáles no
desde juera de un determinado marco conceptual particular. La críti­
ca d e C arvalho F ranco lleva así a h a c e r m anifiesta aquella pre­
m isa que, a u n q u e im plícita en el co ncepto de Schwarz, éste de­
b e n o obstante n e g a r a fin d e p o d e r articularse: la naturaleza
e m in e n te m e n te política d e las atribuciones de “alterid ad ” de las
ideas. Tal revelación ten d ría, sin em bargo, su precio. El plan­
teo d e esta au to ra im p e d iría e n to n c e s tem atizar las particulari­
d a d e s que derivarían d e la c o n d ic ió n periférica de la cultura
local (y, en últim a instancia, te n d e ría a ocultar su condición co­
m o ta l), que es ju sta m e n te la p ro blem ática en to rn o de la cual
g iran las elaboraciones de Schwarz.
Lo expuesto define, en fin, el objeto en función del cual se
o rd e n a el presente estudio. Más ad elante in te n ta re m o s anali­
zar cuáles son aquellas lim itaciones del co ncepto de Schwarz,
n o tanto de o rd en ideológico, sino fu n d am e n ta lm e n te concep­
tuales, que le im p id en to m a r distan cia d el tó p ic o y to rn a rlo
efectivam ente m ateria de escrutinio crítico (evitando su recaí­
d a e n éste), buscando, al m ism o tiem po, rescatar el n ú cleo de
su te o iía que, según e n tie n d o , p e rm a n ec e aún hoy vigente. En
definitiva, com o verem os, el ap o rte decisivo de Schwarz radica
n ó tanto en las soluciones q u e ofrece (las que, según estam os
viendo, no son en verdad tales), sino en la p ro p ia fo rm ulación
de la p ro blem ática o riginal q u e p lan te a y m oto riza todos sus
desarrollos teóricos: cóm o a b o rd a r la cuestión relativa a la na-
turaleza periférica de la c u ltu ra local, tem atizar la pecu liarid ad
de la dinám ica que d ich a condición les im p o n e a las ideas en
la región, sin recaer p o r ello en los dualism os y, en últim a ins­
tancia, en los esencialism os propios de las co rrien tes n aciona­
listas. A ntes de analizar esto debem os, sin e m b a rg o , rep a sa r
brevem ente otro de los deb ates en los q u e p articipó Schwarz.
La polém ica anterior, co m o vimos, refe ría al ám b ito cultural
m ás general, esto es, reto m a n d o los térm inos d e A rantes, a la
dialéctica en tre ideas y sociedad; la q u e verem os a h o ra rem iti­
rá, en cam bio, a u n a p ro b lem ática más específicam ente estéti­
ca, a u n segundo tipo de dialéctica a p a rtir de la cual se desple­
garía el m odelo de análisis literario que lo convertiría e n u n o
de los críticos m ás d estacad o s en el s u b c o n tin e n te , a saber:
aquella e n tre form a artística y co n ten id o social.

De lugares y "entrelugares" de la crítica

■Para abordar esta seg u n d a dim ensión en la o b ra de Schwarz


es necesario, sin em b arg o , d esen m arcarla antes del c o n te x to
conceptual más general del q u e surge —las teorías de la d e p e n ­
dencia— para situarla en la perspectiva de las co rrientes critico-
literarias m ás específicas en q u e su m o d elo in terp retativ o bus­
caba inscribirse.
El p u n to d e refe re n c ia fu n d a m e n ta l aquí lo constituye la
o b ra d e A ntonio C andido. El m érito fu n d am e n ta l d e C a n d id o
rad icó , p a ra él, en h a b e r lo g ra d o d e s a rro lla r u n m o d e lo d e
ap ro x im ació n sociológica a la lite ra tu ra sin p o r ello o b litera r
su d im en sió n específicam ente estética. El m é to d o crítico m ar-
xista d e Schwarz se postula com o u n a ela b o rac ió n y u n desa­
rro llo de aq u el m o delo, al cu al p o d ría m o s definir, e n fo rm a
abreviada, conform e a lo que L ucien G o ld m an n d e n o m in ó “es-
tru c tu ra lism o g e n é tic o ”.25 Este tra ta, b ásicam en te, d e com bi­
n a r el análisis estético con el histórico-social (vaivén q u e , p ara
Schwarz, d efin e a u n en fo q u e “de iz q u ie rd a ”) . Y ello su p o n e
u n a d o b le im pugnación: p o r u n lad o , a los en fo q u es “contení-
distas", q u e , según dice, p ro d u c e n u n a “d e sd ife re n c ia c ió n ” d e
esferas a n u la n d o así la riqueza d e la o b ra literaria, y, p o r otro,
a las a p ro x im ac io n es form alistas q u e desgajan los p ro d u c to s
artístico s d e sus c o n te x to s d e e m e rg e n c ia y sus c o n d ic io n e s
m ateriales d e pro d u cció n . La clave p a ra tal c o n ju n c ió n de es­
tos d o s niveles de análisis —lo q u e llam a, sig u ie n d o a W alter
B enjam ín, u n a “m irad a e stereo scó p ica”— la a p o rta el c o n c ep ­
to d e form a. Ese co n cep to le p e rm ite , seg ú n afirm a, captar el
trasfo n d o social del que nace u n a o b ra d a n d o c u e n ta al mis­
m o tie m p o d e la pro d u ctiv id ad de su d im e n sió n lingüística y
literaria. N o es e n los m ateriales q u e u n artista utiliza, en los
c o n te n id o s de su obra, sino e n el nivel de los pro ced im ien to s
constructivos del relato que el e n to rn o d a d o se e n c u e n tra re­
p re se n ta d o , o m ejor d icho, reproducido de u n m o d o específica­
m en te literario . P ero si esto es así, es p o rq u e lo social no es u n
c o n te n id o n e u tro sobre el q u e la fo rm a lite ra ria viene a so-
b reim p rim irse.

25 V éase L ucien G o ld m a n n , Marxismo y ciencias humanas, B uenos Aires,


A m o rro rtu , 1975.
En definitiva, Schwarz logra trascen d er la a n tin o m ia en tre
forma literariay contenido social co n cib ien d o a este ú ltim o n o co­
m o u n m ero m aterial a ser elab o rad o p o r m edios lingüísticos,
sino com o constituido p o r totalidades estructuradas, es decir,
formas objetivas “capaces de p a u ta r tan to u n a novela com o u n a
fó rm u la deprecatoria, u n m ovim iento político o u n a reflexión
teórica, pasibles de confrontarse a través de la reconstrucción de aque­
lla condición práctica mediadora ”.26 Esto abre las puertas, en fin,
a la posibilidad de hallar hom ologías estructurales e n tre am bos
niveles (textual y extratextual) de realidad, sin p o r ello red u cir
u n o al otro. La “idea social de fo rm a ” asegura q u e “se tra ta de
u n esquema práctico, do tad o de u n a lógica específica”:

Éste se traduce en un interés económico-político, u n a ideolo­


gía, un juego verbal, o bien en un enfoque narrativo. En cuan­
to a las afinidades, estamos en el universo del m arxismo, para
el cual los constreñim ientos m ateriales de la reproducción de
la sociedad son ellos mismos formas de base, las cuales se im­
prim en, mal o bien, en las diferentes áreas de la vida espiri­
tual, en las que circulan reelaboradas en versiones más o me­
nos sublimadas, o falseadas; form a, por lo tanto, trabajando
formas. En definitiva, las formas que encontram os en las obras
son la repetición o la transform ación, con resultado variable,
de formas preexistentes, artísticas o extra-artísticas.27

Este concepto “estructuralista g e n é tic o ” fo rm ab a ya parte,


en realidad, del saber establecido en los años en q u e Schwarz

26 R o b erto Schwarz, “A d e q u a fá o n acio n a l e orig in alid ad e crítica", Seqüén-


cias, p. 30.
s7 R o b erto Schwarz, “A dequagao n a cio n a l e orig in alid ad e crítica ”, Seqüén-
cias, p p . 30-1. Este es el co n cep to , e n fin, q u e se resu m e e n el su b títu lo d e su
o b ra clásica A a vencedor as batatas:. Forma literaria e processo social nos inicios do
romance brasileiro.
com enzó su lab o r crítica. “La com b in ació n d e estru ctu ra e his­
to ria ”, re c o rd a ría luego éste, “estaba e n el foco del d eb ate teó­
rico de la é p o c a ”. L a Crítica de la razón dialéctica de S artre dice
que “hizo d e esta com binación la p ie d ra d e toque de la com ­
p re n sió n d el m u n d o p o r la iz q u ie rd a ”.^8 El a p o rte particu lar
d e Schwarz consistió, en verdad, e n re la c io n a r esta dialéctica
e n tre fo rm a y c o n te n id o , estru ctu ra e h istoria, análisis literario
y reflexión social con aquella otra, m ás específicam ente latinoa­
m ericana, e n tre “c e n tro ” y “p e rife ria ”. D e este m odo se p ro p o ­
n ía c o m p re n d e r cóm o la realidad local, q u e define las condi­
ciones h istó ric a s p articu la re s de re c e p c ió n d e los g é n e ro s y
form as d e ex presión artísticas (siem pre n ecesariam ente extran­
jera s d eb id o a n u e stra posición m arginal e n los sistemas de pro ­
d u c c ió n c u ltu ra l), d e te rm in a e v e n tu a lm e n te sus m ism as fo r­
mas, trastocándolas. Según señalaba, en las regiones periféricas
el cruce de esta do b le dialéctica se rá siem p re al m ism o tiem po
inevitable y problem ático.
La o b ra de Jo sé de A lencar resulta, p a ra él, en especial ilus­
trativa de las contradicciones g en erad as p o r el traslado al Bra­
sil d e u n a fo rm a literaria (la novela realista, según fue desarro­
llada en F ran cia p o r Balzac) q u e e ra típ ica m e n te burguesa y,
p o r lo tan to , po co ad ecu ad a p a ra re p re s e n ta r la realidad brasi­
leñ a de esclavitud, patem alism o y d e p e n d e n c ia personal. En su
m em orable análisis de Sen/tora (la últim a d e las novelas de Alen-
car) , Schwarz descubre cóm o o p e ra e n el p lan o literario aque­
lla dialéctica a n te s señalada en tre verdad y falsedad: la falsedad
de la form a, el efecto paródico g e n e ra d o p o r la transposición
al co n texto b rasileño de situaciones p ro p ias de las novelas rea­
listas burguesas, d e sn u d a el verdadero co n ten id o de esa reali­
d ad social (u n sistem a en que el afán d e lucro individual se en­
c u e n tra encastrado en relaciones d e tipo paternalista y m ediado

28 R o b e rto S chw arz, “O s sete fó le g o s d e u m liv ro ” (1998), Seqüénáas,


p. 50
p o r ellas). Según señala, el genio de M achado de Assis consis­
tió en to m a r este efecto paródico e n u n principio constructivo
del relato. La paro d ia se vuelve así au to p a ro d ia y se troca en la
forma de la n a rra c ió n (cuyo m o d o d e articu lació n es la digre­
sión). C on este concepto Schwarz m arca un giro en los estudios
m achadianos (o, según él m ism o p refiere decir, co n tin ú a la re ­
volución e n la crítica literaria b rasile ñ a iniciada p o r A nto n io
C a n d id o ), a p o rta n d o u n a clave fu n d am e n ta l p a ra co m p re n d er
él sentido de la ru p tu ra que p ro d u c e el a u to r de las Memorias
postumas de Blas C ubasen las letras latinoam ericanas.29 M edian­
te la digresión, M achado de Assis q u e b ra b a el efecto de verosimi­
litud, volviendo paródico el p ro p io im pulso m im ético de la no ­
vela realista. R etrabajado “desde la p e riferia ” el gén ero hace así
m anifiestos aquellos dispositivos discursivos q u e d eb e ocultar
para constituirse com o tal (lo q u e lleva a Schwarz a com parar
la novelística m achadiana co n su c o n te m p o rá n e a rusa: “hay al­
go en M achado de Gogol, Dostoievsky, G oncharov y C hejov”,
asegura) .30
T am bién aquí vemos o p e ra r la dialéctica e n tre verdad y fal­
sedad señalada en relación con Alencar, p e ro esta vez co b ra un
giro particular. De hech o, ésta h a b ría a h o ra de invertirse. En
este caso, el c o n te n id o “falso” d e la rea lid a d b rasileña d esn u ­
da la v erd ad de la form a e u ro p e a (que es su in h e re n te “false­
d a d ”). D e este m o d o , dice Schwarz, “nuestros exotism os nacio­
nales se convierten en histórico-m undiales”. De allí el vínculo
que e n c u e n tra e n tre la o b ra de M achado d e Assis y la d e sus
pares rusos.

29 P ara u n a le ctu ra de la o b ra de M ac h a d o d e Assis q u e re to m a y discu­


te,'a] m ism o tiem p o , la perspectiva crítica d e Schwarz, véase Elias [. Palti, “O
espélho yazio- R epresentagáo, subjetividade e h isto ria em M achado de Assis”,
Trabajos p rem iad o s. P rem io In te rn a cio n a l “M ach ad o de Assis", Brasilia, Mi*
ñisterio d e R elaciones E x terio res d e Brasil, en p ren sa.
30 R o b erto Schwarz, “As idéias fora de lu g a r”, Ao vencedoras batatas, p. 28.
Quizás esto sea com parable a lo que ocurría en la literatura ru­
sa. Com paradas con estas últimas, incluso las más grandes de
las novelas francesas parecen ingenuas. ¿Ypor qué? A pesar de
sus reclamos de universalidad, la psicología del egoísmo racio-
nal y la ética de la Ilustración aparecía en el Im perio Ruso co­
m o una ideología “foránea”, y por lo tanto, local y relativa. Sos­
ten id a por su retraso histórico, Rusia forzaba a la novela
burguesa a enfrentar u n a realidad más com pleja.31

Schwarz nos descubre, pues, el secreto de la universalidad


d e la o b ra de M achado d e Assis.32 En su o b ra co n vergerían am ­
bas dialécticas: la p ro b lem ática relativa a c ó m o lo g ra r u n a p ro ­
d u ctividad específicam ente litera ria q u e fu e ra a la vez social­
m e n te representativa se asocia e n ella a la cuestión d e cóm o ser
universal en la p eriferia sin re n e g a r de tal co n d ició n m arginal
e n la c u ltu ra o ccidental sino, ju sta m e n te , e x p lo tán d o la. P ero
es a q u í tam bién d o n d e em pieza a com plicarse el esquem a in­
terp retativ o de este autor.
En p rim e r lugar, resulta evidente (y Schwarz d e n in g ú n mo­
do lo desconoce) q u e la parodización, y a u n la autoparodiza-
ción del g é n e ro n o es en verdad u n a o rig in alid ad brasileña o
incluso p ro p ia de la “p e rife ria ”. De h e c h o , M ach ad o d e Assis
tom ó su m odelo d e u n a u to r tam bién e u ro p e o , L au ren ce Ster-
n e . Y esto p ro b lem atiza la se g u n d a d ialéctica tem atizad a por
Schwarz (la ex isten te e n tre “c e n tr o ” y “p e rife ria ”): a u n para
“subvertir” los m odelos eu ro p eo s, los autores locales deberían
siem p re a p elar tam bién a m odelos im portados. L legado a este
p u n to n o sólo com ienza a disolverse la oposición e n tre lo “fal­
so ” y lo “v e rd a d e ro ” com o c o rre s p o n d ie n te s a lo “lo cal” y lo

31 ¡bul, p. 29.
32 V éase J o h n G ledson, “R o b e rto Schw arz: Un meslre na periferia do capita­
lism o”, e n Por un novo Machado de Assis, S an P ablo, C o m p an hia d a s Le U'as,
2006, pp. 236-278,
“im p o rtad o ”, respectivam ente, según u n a le c tu ra sim plista de
la fórm ula de Schwarz p u ed e llegar a sugerir. Para el crítico bra­
sileño, lo “v e rd a d e ro ” en este co n tex to n o sería m enos “im p o r­
tad o ” que lo “falso” en él, y viceversa. Siguiendo este argum ento
hasta sus últim as consecuencias lógicas, lo q u e e n co n traríam o s
en todos los casos (es decir, tanto e n el “c e n tro ” com o en la “pe­
riferia”) serían, en realidad, constelaciones co n trad icto rias de
elem entos, con lo que sus lógicas de agrupamienio no serían directa­
mente atribuibles a contextos dados. En definitiva, esta situación
frustraría todo in te n to de d e scu b rir rasgos q u e sup u estam en te
p a rticu la ric en a la c u ltu ra la tin o a m e ric a n a e id e n tifiq u e n su
condición “periférica”.
En efecto, la observación de posibles “d istorsiones locales”
generadas p o r la transposición a la reg ió n d e form as discursi­
vas, ideas e instituciones en su o rig en ex trañ as a ella tam poco
autorizaría a e x tra er la conclusión de q u e las ideas están siem­
p re b ien ubicadas e n E u ro p a y siem pre m al ubicadas e n Am é­
rica L atina, com o el co n cep to de “las ideas fu e ra de lu g a r” p a­
re c e ría suponer. R esulta ev idente q u e esto n o es cierto; el
“d istorsionar” las ideas y n o m b ra r d e m a n e ra im p ro p ia las rea­
lidades n o es u n a p e cu liarid ad b rasileña o latin o a m e ric an a .33
Podem os aún, de todos m odos, a c ep ta r q u e el tipo de dialéc­
tica hallada p o r Schwarz en la o b ra de M achado d e Assis indi­
caría u n tipo p a rticu la r d e “d isto rsió n ”, específica d e las regio-

3S El caso d e la novela ilu stra esto. A utores c o m o F rie d ric h H eb b el, p o r


ejem p lo , c u e stio n ab an q u e, com o fo rm a literaria, la n o v ela ro m á n tic a fuese
ad ecu a d a a la realid ad a lem an a. H e b b e l, al igual q u e Schw arz resp e cto del
caso b rasile ñ o , c o n sid e ra b a q u e esto se d e b ía a q u e la h isto ria ale m a n a no
h ab ía ten id o u n a evolución “o rg á n ic a ”. S egún decía, “es v e rd a d q u e nosotros
los alem a n es n o g u a rd a m o s n in g ú n lazo co n la h isto ria de n u e stro p u eb lo
[...] . P ero , ¿cuál es la causa? La causa es q u e n u e s tra h isto ria n o h a ten id o
n in g ú n resu ltad o , q u e n o p o d e m o s c o n sid e ra rn o s a n o so tro s m ism os el p ro ­
d u cto de n u e stro d esa rro llo o rg án ico , c o m o los fran ceses y los ingleses”, ci­
tad o p o r G eo rg Lukács, L a novela histórica, M éxico, E ra, 1971, p. 75.
nes periféricas. Sin em b arg o , esta afirm ación salva su objeto
p e ro e n fre n ta a ese a u to r a n te u n dilem a todavía m ás serio. El
aspecto m ás in q u ie ta n te im plícito en este in te n to de percib ir
los vestigios textuales-narrativos d e la co n d ició n periférica de
la cu ltu ra local radica, en realidad, en el h e c h o de que éste ter­
m in a volviendo su p o stu ra p e lig ro sa m en te pró x im a a la del se­
g u n d o de sus dos g ran d es antagonistas e n fu n ció n d e cuya crí­
tica h a b ría de a rticu la rse y d e sarro llarse su c o n c ep to de “las
ideas fu era de lu g a r”: Silviano Santiago.
M uy tem p ran o , e n “El e n tre lu g a r en el discurso latinoam e­
ric a n o ” (1970), Santiago in tro d u jo u n a serie de conceptos ex­
traíd o s de las teorías críticas francesas m ás recientes (decons­
tru ccio n ism o , p o ste stru c tu ra lism o , etc.) p a ra d e sa rro lla r u n
c o n cep to , d e hech o , tam bién im plícito en los análisis de Sch­
warz. Al igual que p a ra éste, p a ra Santiago el caso d e M achado
d e Assis sería paradigm ático d e la co n dición p articular del “dis­
cu rso la tin o a m e ric a n o ”: éste e n c o n tra ría su ám bito específico
e n ese “e n tre lu g a r” q u e es el del desvío d e la n o rm a, la m arca
de la diferen cia en el p ro p io texto original q u e destruye su uni­
dad y pureza. Las lecturas e n la p eriferia d el capitalism o no se­
ría n , pues, n u n c a in ocentes. Éstas n o consistirían en u n a m era
asim ilación pasiva de m o d elo s extraños, a u n q u e tam poco los
u sa ría n p a ra revelar u n ser in te rio r q u e los preexiste, sino que
se o rie n ta ría n a inscribirse co m o lo o tro d e n tro de lo U no de
la c u ltu ra occidental de la q u e fo rm a n p a rte , h aciendo así ma­
nifiestas sus inconsistencias in h ere n te s.
Tal com o lo in te rp re ta (o rein terp re ta ) Santiago, el m étodo
crítico im plícito en C an d id o (y tam bién e n Schwarz), su m odo
d e concebir los m odos d e co n tacto e n tre las culturas local y oc­
cidental, supone, pues, la q u ieb ra del co ncepto de “influencia”
p a ra colocar en su lugar el de “escritura”, entendida com o un
trabajo sobre u n a tradición d e la que se participa y a la que, al
m ism o tiem po, se violenta p e rm a n en te m e n te señalando aque­
llos desajustes “locales” com o constitutivos de su mismo concep­
to. La idea d e “e n tre lu g a r” d e Santiago lleva así a cuestionar la
definición de las relacioñes e n tre “c e n tro ” y “p e riferia ” en tér­
m inos de “original” y “copia”.34 La ob ra de M achado d e Assis no
sería u n a m era versión d egradada de u n “m o d elo o rig in al” eu­
ropeo, supuestam ente superior y p e rfe c ta m e n te acabado. Co­
m o vimos, tam poco p a ra Schwarz: lo es. Su condición periférica
le habría perm itido de algún m odo “su p e ra r” al m odelo francés
revelando sus lim itaciones intrínsecas. Esto resulta, adem ás, per­
fectam ente co h eren te con su lectura (o relectura) reciente de
los postulados dependentistas, en la que afirm a que las contra­
dicciones del desarrollo capitalista en la periferia “arrojan una
luz reveladora sobre las nociones m etropolitanas canónicas de
civilización, progreso, cultura, liberalism o, e tc é te ra ”.35
Sin em bargo, llegado a este p u n to , su rg e n e n Schwarz re­
servas respecto de sus m ism as conclusiones. P ara éste, el con­
ce p to aq u í im plícito d e “las ventajas del a tra s o ” (u n eco, de
nuevo, de las discusiones en la Rusia de 1905) conlleva el ries­
go de convertirse en u n a suerte de celebración del subdesarro-
11o.36 Y ello le plan tearía u n dilem a, a saber: cóm o explicar la
universalidad de la obra de u n M achado de Assis sin re n u n c ia r
a hallar en ella vínculos con su condición periférica (que de­
term ina su contexto particular de em ergencia y la convierte en
u n a o b ra socialm ente representativa), p ero , al m ism o tiem po,
evitar e n c o n tra r en ésta p ro p ied ad es epistém icas q u e lleven a
diluir su situación m arginal e n la c u ltu ra occid en tal (n o deja
de ser significativo al respecto el hecho de que las teorías decons-
truccionistas q u e Santiago aplica a A m érica L a tin a sean ellas

34 Vcase Silviano S antiago, Urna Literatura nos trópicos, San Pablo, P erspec­
tiva, 1978.
35 R o b erto Schwarz, “A n o ta específica" (1998), Seqüéncías, p, 153.
36 CFr. H a ro ld o ele C am pos, “De la razó n a n tro p o fág ica: d iálo g o y dife­
ren cia en la c u ltu ra b rasileñ a ", De la razón antropofágica y otros ensayos. Selec­
ción, trad u cció n y p ró lo g o d e R o dolfo M ata, M éxico, Siglo XXI, 2000, pp. 1-
24. A gradezco a H o ra c io C resp o p o r lla m ar m i a te n c ió n so b re la relevancia
d e este a u to r e n el c o n te x to d el p re se n te d eb ate .
tam b ién en origen e u ro p eas). Así, fren te a Santiago, Schwarz
h a b ría d e insistir en la necesid ad d e p la n te a r la co n d ició n p e ­
riférica com o deficiencia, sin caer, n o obstante, en la in g en u id a d
nacionalista d e verla sólo en térm in o s de u n a m era carencia (es­
to es, u n tipo d e inadecuación q u e n o deriva ni indica n ecesa­
ria m en te u n a falta sino q u e revela desajustes in h e re n te s a u n a
c ie rta lógica de desenvolvim iento). En fin, u n dilem a com pli­
cado, cuya sola form ulación re p re se n ta u n a p o rte fu n d a m e n ­
tal p a ra la teo ría cultural latin o am erican a, d a d o q u e d elim ita
u n h o riz o n te de in te rro g a c ió n d efinitivam ente significativo y
com plejo, p e ro al cual Schwarz n o p o d ría ya e n c o n tra r solucio­
n es consistentes con su p ro p io concepto.
E n u n a co nferencia dictad a e n abril d e 2001 e n B uenos Ai­
res, Schwarz esquem atizó su p ro p u e sta al respecto en térm inos
d e u n do b le “d eslin d e” (o “d e sau to m atizació n ”). S egún seña­
la, el g ran m érito de C andido h a b ría sido el d e “d e slin d a r” la
o p o sició n c e n tro /p e rife ria de la o p osición “s u p e rio r”/ “infe-
r io r ”: com o lo m uestra p rim e ro M achado de Assis (y hoy p a re ­
ce ya innegable; p ara d e m o stra rlo bastaría co n citar sólo algu­
n o s pocos n o m b re s), el c a rá c te r p eriférico de la p ro d u c c ió n
lite ra ria local n o la c o n d e n a ría n e c esa ria m e n te a u n a c o n d i­
ción de in ferio rid ad respecto d e la eu ro p ea. Sin em bargo, aú n
rech aza el in te n to “p o stestru ctu ralista” d e “d e slin d a r” la oposi­
ción e n tre ce n tro y p eriferia d e aq uella o tra e n tre el “m o d e lo ”
y la “c o p ia ”. Schwarz reto m a a q u í un p lan te o suyo d e “N acio­
n al p o r s u b s tr a jo " (1986), c u a n d o discutía con lo q u e llam a­
b a las teorías de los “filósofos fran ceses” (D errida y F o u c a u lt).
S egún éstos, dice, “sería m ás exacto y n e u tro p en sar e n térm i­
nos d e u n a secuencia infinita de transform aciones, sin princi­
pio ni fin, sin prim ero ni segundo, sin m ejor ni p e o r”.3' La anu­

37 R o b erto Schwarz, “N acio n al p o r su b strag áo ”, Que horas sao'?, p. 35. Co­


m o d e c ía Borges, “p re s u p o n e r q u e to d a reco m b in ació n d e elem entos es obli­
g a to ria m e n te in ferio r a su orig in al es p re s u p o n e r q u e el b o rra d o r 9 es obliga-
lación de la noción de “co p ia ” p erm itiría así “am pliar la autoes­
tim a y lib erar la ansiedad del m u n d o su b d esarro llad o ” sin, em ­
pero, resolver n in g u n a de las causas que m an tie n e n a la región
en el subdesarrollo.38 Tales teo rías llevarían así a d e sco n o c e r
llan am en te las asim etrías reales existentes e n el ám b ito m u n ­
dial en cu an to a recursos tanto m ateriales com o sim bólicos.
En definitiva, Schwarz p ien sa q u e las nuevas c o rrien te s crí­
ticas rep re sen ta n sólo u n a su erte de adecuación al p ro ceso de
m ercan til ización de la c u ltu ra (cuya falta de tem atización con­
sidera, en form as retrospectiva, u n o d e los déficits fu n d a m e n ­
tales del “Sem inario de M arx” de San P ablo),39 proyectado hoy
a escala m undial. En el co n te x to de la globalización eco n ó m i­
ca, el an tig u o form alism o co b raría u n nuevo sentido. E n su p a­
so del estructuralism o al posestructuralism o, dice Schwarz, su
“seudoradicalism o artístico, d e subversión cu ltu ral en abstrac­
to, especialm ente e n el lenguaje, se convierte en id eo lo g ía lite­
raria g e n e ra l”.40 El trastro cam ien to sim bólico p o sm o d e rn ista
de las je ra rq u ía s sería sólo la c o n tra ca ra y c o n tra p a rte necesa­
ria d e su reforzam iento efectivo. La revolución p e rm a n e n te en
el p lan o form al se hab ría vuelto así funcional a la co n trarrev o ­
lución m aterial hoy su p u estam en te en curso.41

to ría m e n te in fe rio r al b o rra d o r H —ya q u e n o p u e d e h a b e r sino b o rra d o re s.


El c o n c e p to d e texto definitivo n o c o rre sp o n d e sino a la relig ió n o al c an san ­
c io ”.Jo rg e Luis Borges, “Las versiones h o m é ric a s”, Obras completas, B n en o s Ai-
res, E m ecé, 1974, p. 239,
38 R o b e rto Schwara, ilñd., p. 35.
39 R o b e rto Schwarz, “U ní sem in ário d e M arx ” (1995), Seqüenáas, p. 103.
110 R o b e rto Schw arz, “D isc u tin d o co m A lfred o Bosi" (1 993), Seqüencias,
p. 85.
1,1 Estas críticas se ligarían a las q u e G érard L e b ru n d efin ió c o m o te n d e n ­
cias an tiin telectu alistas e n Schwarz, esto es, u n a so sp ech a h acia to d a p ro d u c ­
ció n in te le c tu a l q u e n o sirva a p ro p ó sito s re v o lu cio n ario s o n o p u e d a legiti­
m arse d esd e lo p o lítico . V éase G é ra rd L e b ru n , “A lgum as c o n fu só e s n u in
severo a taq u e á in te le c tu a lid a d e ”, Discurso (1 980), p p . 145-152, seg u id o d e la
resp u esta d e Schwarz, pp. 153-6.
Lo visto explica, en últim a instancia, la paradoja señalada^
en el ap a rtad o anterio r: la apelación de Schwarz a u n a fórm u­
la, com o la d e “ideas fu era de lu g a r”, en principio, poco a p ro ­
p iad a a su o b jeto —y que ha d ad o lu g ar a las acusaciones (co­
m o vimos, no siem p re in fu n d ad as) de “d u alism o ”—, a saber:
p re c isa m e n te , p ro b le m atiz a r el su p u e sto nacionalista d e que
las ideas e u ro p e a s estarían en A m érica L atin a “fuera de lu g a r”.
Esta p a ra d o ja se aclara, pues, c u a n d o la situam os en el contex­
to p a rticu la r de d e b a te en que Schwarz elab o ra su concepto. A
com ienzos de la d é c ad a del seten ta la pro b lem ática relativa a
la “p e rife ria ” y la crítica a las “desviaciones nacionalistas-popu­
listas” de la izq u ierd a com unista h a b ía n , e n realidad, p erd id o
su a n te rio r ce n tralid ad y c e d id o su lu g a r a o tra problem ática
o rie n ta d a h acia las rep ercu sio n es en la p ro d u cció n crítica y ar­
tística que tuvo el desarrollo en el Brasil de u n m ercado capi­
talista avanzado d e b ien es cu ltu rales y su a p a re n te capacidad
p a ra ab so rb e r to d o in te n to de tran sgresión, asim ilarlo a su ló­
gica y co n v ertirlo e n in stru m e n to p a ra su p ro p ia re p ro d u c ­
ció n .42 Schwarz estaba ya escribiendo, en realidad, en u n con­
tex to cada vez m ás hostil a los p o stu lad o s dependentistas. La
fó rm u la de las “ideas fu era de lu g a r” a la que entonces se afe-
rra, a u n q u e poco ap ro p iad a, puesto q u e tiende a allanar las su­
tilezas d e su c o n cep to , p erm itiría al m en o s preservar la noción
de la existencia d e asim etrías e n tre c e n tro y periferia, en tre el
“m o d e lo ” (eu ro p e o ) y la “c o p ia ” (local).
E n los m o d o s de d efinición d e su c o n c ep to se com binan,
pues, razones de o rd en tanto teórico com o extrateórico. El criti­
co brasileño enm arcaba así su cuestioñam iehto de las corrientes
p o sm o d ern istas en u n a perspectiva fu n d am e n ta lm e n te ético-
política. Y esto le p erm itía descartarlas sobre la base de conside­
raciones pragm áticas, es decir, de su incapacidad para g en erar

42 V éase al resp ec to la serie d e ensayos re u n id o s en A m ante y G arram u-


ñ o , Absurdo Brasil.
acciones c o n d u c en te s a su p e ra r la d e p e n d e n c ia cu ltu ral lati­
noam ericana. En definitiva, según piensa, éstas rep resen tarían
suertes de com pensaciones sim bólicas a contradicciones reales
a las q u e ayudan así a p erp etu ar. Sin em bargo, la cuestión que
aquí se planteaba no era verdadera o exclusivam ente de índole
ético-política sino epistem ológica, es decir, involucraba aspec­
tos fácticos relativos a la dinám ica d e los procesos sociocuítura-
íes (y q u e n o p u e d e n , p o r lo tanto, im p u g n arse sim plem ente
p o r sus reales o supuestas consecuencias ideológicas). Lo cier­
to es que el tópico de la “im itación” es m ucho m ás com plejo que
lo que el co ncepto d e Schwarz sugiere. Su aproxim ación e n tér­
m inos de “m odelos” y “desviaciones” es, sin duda, u n a simplifi­
cación d e los siem pre in fin itam en te in trin c a d o s procesos de
generación, transm isión, difusión y ap ro p iació n de ideas.43 P or
otro lado, tam poco existe u n a co rre sp o n d en c ia unívoca e n tre
am bos aspectos de su co n tien d a polém ica: u n o b ien p o d ría es­
tar de a cu erd o con Schwarz e n cu a n to a sus postulados ideoló­
gicos, y au n así te n e r u n a perspectiva de los procesos de in te r­
cam bio cultural muy distinta de la suya.44 Resulta necesario, pues,

43 E n últim a instancia, el p ro b lem a q u e la defin ició n d e Schwarz p lan tea


es ¿cóm o trazar, e n la p ráctica, la línea qu e sep ara el ám b ito en q u e las ideas
se e n c u e n tra n b ie n situadas de aquel e n q u e éstas estarían "fuera d e lu g a r”?
Para p o n e r u n ejem p lo to m ad o de la literatura, Noches Irístesy día akgredc Fer­
n án d e z de Lizardi (1818-1819) es u n a “im itació n " d e Noches lúgubres (1771)
d eJo sé C adalso, q u e es, a su vez, u n a "im itación” d e Nighl Tkougkts (1742-1745)
d e Edw ard Young, q u e es p ro b a b le m e n te u n a “im itación " d e a lg u n a o b ra a n ­
terior, y así sucesivam ente. P o r o tro lado, los “im ita d o re s” de F e rn án d ez de
Lizardi en M éxico fo rm an u n a legión. A h o ra b ie n , ¿cóm o p o d em o s d istin ­
guir, en la serie d e sus desplazam ientos, ci original (u originales) de la cop ia
(o copias)?
44 De h e c h o , Schw arz estab lece re lac io n es d e m asiad o m ecán icas e n tre
teo rías literarias e ideologías políticas, p ro d u c ie n d o así u n a “d esd iferen cia­
ción d e esferas". N o ob stan te, com o él m ism o observa, e n tre los p ostu lad os
de u n a d e te rm in a d a teo ría estética y sus posibles d erivaciones ideológicas no
existe u n a relació n lógica n ecesaria, sino q u e m ed ia u n p ro ceso d e tra d u c ­
in tro d u c ir u n a distinción- La p re g u n ta q u e surge aquí, co n cre­
tam en te, es si la oposición e n tre “m o d elo ” y “c o p ia ” es e n ver­
d ad ap ro p iad a p a ra d ar c u e n ta del tipo de asim etrías cu ltu ra­
les que él se p ro p o n e destacar y analizar.
Volviendo a su esquem a de los “deslindes”, si bien el dilem a
q u e fo rm u la Schwarz resulta, com o m encionam os, muy signifi­
cativo, hay q u e d ecir q u e la solución q u e e n c u e n tra (acep tar el
prim er deslinde que p ro d u ce C andido, p ero n o el segundo que
realiza Santiago) resulta p recaria. U n o bien p u e d e arg ü ir que
el p rim ero de ellos p resu p o n e ya lógicam ente al segundo. En
efecto, la disolución de la oposición e n tre lo su p e rio r y lo infe­
rio r com o p aralela a aq uella e n tre c e n tro y p eriferia destruye
tam bién su paralelism o con la terc era de las oposiciones: si al­
go “p eriférico ” deja d e ser “in fe rio r” cabe s u p o n e r que es po r­
q u e d e alguna fo rm a su p e ró ya su co n d ició n de m era “c o p ia ”
d e g ra d a d a resp ecto d e algún supuesto “m o d e lo ” p a ra co b ra r
“o rig in alid ad ” propia. Sea com o fuere, siguiendo su p ro p io ar­
gum ento, aquel p rim er “d eslinde” p ro d u cid o p o r C andido vuel­
ve ocioso al segundo desde el m o m e n to en q u e es ya potencial-
m ente m ás devastador de la oposición e n tre ce n tro y periferia
q ue el postulado p o r Santiago (ante la q u ieb ra de la oposición
e n tre lo su p e rio r e inferior, la preservación de aquella segun­
d a e n tre el m o d elo y la copia a p arece com o ap en as un frágil
c o n su e lo ). S iendo esto así, m edidas am bas según la vara de sus
supuestos efectos prácticos (que es el co n te x to en que el pro­
pio Schwarz sitúa la discusión), no q u e d a ría claro ya po r qué
a c ep ta r aquel p rim e r deslin d e p e ro n o este últim o.

ció n , ab ierto siem p re, e n diversas instancias, a in te rp re ta c io n e s alternativas:


seg ú n seña(a, ta n to las teo ría s “c o n te n id is la s” (el c o n c e p to rnitnético de la
p ro d u c c ió n artística) co m o las form alistas (el co n structivism o estético) p u e ­
d en o b ien "te n e r u n v alo r crítico ", o b ie n “alin earse con el oscurantism o, y
p u e d e n incluso te n e r u n e fecto crítico gracias a este últim o alineam iento".
R o b e rto Schwarz, “A d eq u ag áo n a c io n a l e o rig in alid a d e c rític a", Sequtncias,
p p . 40-41,
P o r o tro lado, y esto es quizá m ás grave desde u n p u n to de
vista m etodológico, la insistencia de Schwarz e n preservar el es­
q u em a de los “m o d elo s” y las “desviaciones”, a u n q u e teórica­
m en te poco eficaz, n o carece, de todas m aneras, d e consecuen­
cias (negativas) p a ra la investigación histórico-intelectual. Su
p lan te o term ina, en la práctica, sirviendo p a ra refo rzar p ro b le­
m as in h e re n te s a la historia de “ideas” en A m érica L atina.

Las limitaciones inherentes a la historia de "ideas"

En efecto, las p a ra d o jas im plícitas en la fó rm u la d e “las


ideas fu era d e lu g a r” se expresan, a su vez, en u n a cierta te n ­
sión e n tre su m éto d o crítico y sus derivaciones histórico-inte-
lectuales. C uando pasa al análisis del discurso p olítico se pier­
d e aquella noción m ed u la r que le h a b ía p erm itid o su p e ra r el
tipo d e reduccionism os propios de los enfoques “m aterialistas
vulgares”: el co n cep to d e forma. A unque, com o afirm a, éste se
aplicaría igualm ente al ám bito del pen sam ien to político, cuan­
do a b an d o n a el ám bito de la literatura para centrarse en el aná­
lisis de los sistemas conceptuales tom a a éstos com o m eros con­
ju n to s ideas, es decir, los red u c e a sus co n ten id o s ideológicos
(com o si los discursos políticos n o tuvieran forma, sino que só­
lo sirvieran de vehículos p a ra trasm itir ideas) . Así, en su tránsi-
. to del p lan o d e la crítica literaria al ám bito d e los discursos p o ­
lítico-sociales, las sutilezas de sus p e rc e p c io n e s tie n d e n a
perderse de m a n e ra inevitable h a c ie n d o m anifiestas las estre­
checes heurísticas del esquem a d e “m o d elo s” y “desviaciones”
com o grilla p a ra c o m p re n d e r el desenvolvim iento errático de
las ideas en A m érica Latina.
Siguiendo el esquem a d e “m odelos” y “desviaciones”, la his­
toriografía d e ideas en A m érica Latina se e n c o n traría desde sus
orígenes organizada én to rn o de la b ú sq u e d a y definición de
las “d isto rsio n e s” p ro d u c id a s p o r el traslad o a la reg ió n de
ideas liberales q u e, su p uestam ente, resu ltab an in co m p atib les
con Ja c u ltu ra y tradiciones h e re d a d a s.45 Los h istoriadores d e '
ideas locales co in cid en así en p o stu lar q ue, e n el siglo XIX, el
resu ltad o de la colisión e n tre la c u ltu ra tradícionalista nativa y
los p rin cip io s universales del liberalism o h a b ría sido u n a suer­
te d e ideología transaccional, q u e José Luis R om ero definió co­
m o “lib eral-conservadora”.46 C o n fro n tad as a un m edio q u e les
e ra ex trañ o y hostil, las ideas “m o d ern a s” liberales cob raro n en
la reg ió n , según se afirm a, u n c a rá c te r m arcad am en te conser­
v ad o r y “re tró g ra d o ”.
Tal esquem a, sin em b arg o , al red u c ir todas las aristas p ro ­
blem áticas en la historia in telectu al local a cuestiones relativas
a lo q u e en filosofía legal se llam a adjudicatio (la aplicabilidad
o n o d e u n a n o rm a a u n caso p a rticu la r), im pediría, de hecho,
a los h istoriadores d e ideas in te rro g a r críticam ente los “m ode­
los” putativos, b lo q u e a n d o así d e a n te m an o la eventual proble-
m atización de éstos, que es precisamente, como señalara Schwarz, el '
aspecto más interesante en la obra de Machado de Assis: cómo ésta ha­
cía manifiestos desde dentro del género problemas que le eran intrínse­
cos. La ap elación a esa e n tid a d vaga llam ada “E u ro p a ” fu n cio ­
n a aquí, p o r el co n trario , a m o d o de invocación a esa su erte de
esfera su p ra lu n a r e n q ü e las ideas en c o n trarían , supuestam en­
te, “su lugar a p ro p ia d o ”. De allí q ue, d e n tro de este m arco con­
c e p tu a l, el q u e las ideas d e u n a u to r d e te rm in a d o se hayan

45 E n p alab ras d e u n o de los m ás lúcid o s h isto riad o res d e ideas d el área,


C h arles H ale: “L a e x p e rie n c ia distintiva d el liberalism o deriva del h e ch o de
q u e las ideas lib erales se a p lic aro n e n países alta m e n te estratificados en tér­
m in o s sociales y raciales, e c o n ó m ic a m e n te subdesarrollados, y con u n a a rrai­
g ad a tra d ic ió n d e a u to r id a d estatal cen tra liz a d a . E n síntesis, las m ism as se
a p lic a ro n e n u n a m b ie n te e x tra ñ o y h o stil”. C harles H ale, “Political a n d So­
cial Id eas in L atín A m erica, 1870-1930,” en Lesiie B ethell (com p.), The Cam­
bridge History o f L a tín America, C a m b rid g e , C am bridge Universicy Press; 1989,
vol. iv, p. 368.
46 Jo sé L uis R o m ero , Las ideas políticas en Argentina, B uenos A íres, FCE,
p. 1984, cap. V.'
apartado del supuesto “tipo id ea l” liberal (el logos) sólo pu ed a
in te rp re ta rse co m o sintom ático d e alg ú n pathos oculto. Los
“m odelos” son, en la región, aceptados d e m a n e ra llana com o
perfectam en te consistentes, y su sentido com o tran sp aren te. A
las definiciones de m anual, simplistas p o r naturaleza, aquí se las
tom a de m odo acrítico com o p u ntos de p a rtid a válidos; el ú n i­
co problem a q u e la historia de ideas p lan te aría en A m érica La­
tina es algo, de hech o , ex tern o a éstas p o r com pleto: su aplica-
bilidad o no al específico co n tex to local.
D esde u n p u n to de vista conceptual, la co n secu en cia m ás
grave del señalam iento a n te rio r es que las aproxim aciones tra­
dicionales a la “historia de ideas” necesaria y sistem áticam ente
fracasan en su in te n to de hallar algo “p e c u liar” a A m érica La­
tina, com o p re te n d e n . A fin de postular el hallazgo d e alguna
“peculiaridad latin o am erican a”, los historiadores d e ideas loca­
les no sólo d e b e n sim plificar la historia d e ideas eu ro p ea, bo­
rra n d o todas sus aristas problem áticas y e lim in a n d o la com ple­
jid a d de su curso efectivo. El p u n to es que a u n así difícilm ente
e n c o n trará n algún m o d o d e describir las postuladas “idiosin­
crasias" latinoam ericanas con “categorías n o e u ro p e a s”. Com o
señala Schwarz, térm inos tales com o “conservadurism o”, y aun
la m ezcla ideológica expresada en la fó rm u la d e R om ero (“li­
beralism o co n serv ad o r”), se tratan , ev identem ente, de catego­
rías n o m enos “abstractas” y “e u ro p e a s” q u e su opuesto “libera­
lism o”. No o b stan te ello, todavía es cierto q u e , d e n tro del
m arco de estas aproxim aciones, en la m ed id a e n que, según el
consenso general, los pensadores latinoam ericanos no realiza­
ro n n in g u n a contribución relevante a la historia “universal” del
pensam iento, lo único q u e p u ed e aú n ju stificar y to rn a r rele­
vante su estudio es la expectativa de hallar “disto rsio n es” (có­
m o las ideas se “desviaron” del p a tró n p resu p u esto ). E nco n tra­
m os aquí, en fin, la contradicción básica de las aproxim aciones
centradas en las “ideas": éstas generan u n a ansiedad p o r ^ “par­
tic u la rid a d ” que nunca pueden satisfacer. En síntesis, la historia
de “ideas” lleva a u n callejón sin salida.
Así, obligada a postularse u n objetivo q u e n u n c a p u e d e al­
canzar, ésta m ina sus p ro p io s fu n d am en to s. C om o vimos, Sch­
warz es p articu larm en te lú cid o acerca d e esta situación (la si-
m u ltánea necesidad-im posibilidad de distorsiones en la historia
d e ideas lo cal). Sin em bargo, to m a p o r u n a característica de la
h istoria intelectual latin o am erican a lo q u e es, en realidad, un
p ro b lem a in h e re n te a ¡as p ro p ias aproxim aciones a ésta. Si no
es posible e n c o n tra r los supuestos rasgos q u e especifican a las
ideas en el co n tex to local es, e n ú ltim a instancia, p o rq u e esas
m ism as aproxim aciones lo im piden: considerado desde el p u n ­
to d e vista d e su c o n te n id o ideológico, to d o sistem a de pensa­
m ie n to cae n ecesariam en te d e n tro d e u n lim itado ran g o de al­
ternativas, n in g u n a de las cuales p u e d e p r e te n d e r a p a re c e r
com o u n a exclusividad latin o am erican a. Las ideas de u n a u to r
d a d o sólo p u e d e n ser, d e n tro de este esquem a, o b ien m ás li­
b erales que conservadoras, o b ien m ás conservadoras q u e libe­
rales, o b ien d e b e n ubicarse e n algún p u n to equidistante e n tre
am bos polos (y el m ism o p a tró n h a b rá d e rep ro d u c irse en ca­
d a u n o de los distintos tópicos e n q u e las historias d e ideas tra­
dicionales suelen encontrarse organizadas). En definitiva, cuan­
d o analizam os los textos a b o rd á n d o lo s exclusivam ente e n el
nivel de los contenidos prep o sicio n ales, el espectro de los p o ­
sibles resultados se p u e d e estab lecer p erfectam en te apriori] las
posibles controversias se re d u c e n a cóm o categorizarlos.
De este m odo, tales p ro b lem as locales p lan te an cuestiones
epistem ológicas de alcance m ás vasto. D esde la perspectiva ex­
clusiva de los c o n te n id o s sem ánticos de los discursos, e n tre
“id e a s” y "re a lid a d ”, e n tre “te x to ” y “c o n te x to ”, sólo existiría
u n a relación m ecánica e x te rn a. El “contexto" aparece aquí só­
lo com o u n a especie de escen ario ex te rio r para el despliegue
d e las ideas (que c o n fo rm an el “te x to ”). E n tre u n o y otro nivel
n o hay aú n verd ad era in te rp e n e tra c ió n . Y aquí radica tam bién
la lim itación fu n d am e n ta l c o n tra la q u e choca el enfoque d e
Schwarz. En definitiva, si éste n o p u e d e d ar cuenta d é las razo­
nes epistem ológicas p a ra la necesidad-im posibilidad de tales
“distorsiones” es porqu e el m ism o descansa sobre las prem isas
que determ inan tal necesidad-imposibilidad. La raíz últim a de ello
se encuentra en u n a perspectiva lingüística decididam ente pobre,
inherente a la historia de “ideas”, que reduce el lenguaje a su fun­
d ó n puram ente referencial. Es ésta la que provee los fundam entos
p a ra la distinción entre “ideas” y "realidades” en la que el proble-
ma de “las ideas fuera de luga r” se sostiene. Yéste es tal sólo sobre
la base del supuesto de esta distinción: tan pronto com o ésta se ve
m inada, la cuestión de la “im itación” pierde todo sentido. Pero ha­
cer esto requiere la reform ulación d e su entero universo catego-
rial, lo que conlleva no sólo la definición de otros tópicos para la
historia intelectual sino, fundam entalm ente, la reconfiguración de
su mismo objeto de estudio, esto es, del concepto de “texto”, incor­
p o ran d o a su definición la consideración d e aquella dim ensión
pragmática que le es inherente.

Representación y uso de las ideas

Esta perspectiva tradicional de la h istoria de “ideas” q u e re ­


latam os rep resen ta, en realidad, u n a sim plificación del m éto­
d o crítico de Schwarz (com o vimos, éste es m u ch o m ás sutil y
com plejo). A un así, tal p a tró n interp retativ o tradicional (que
es el q u e reside en la base del esquem a d e “m o d elo s” y “desvia­
ciones”) e n c u en tra raíces conceptuales p ro fu n d as en su propia
teoría. Estas se ligan, com o dijim os, a u n a perspectiva lingüís­
tica p o b re q u e d e te rm in a u n a c o n c en tra c ió n exclusiva en los
contenidos sem ánticos de los textos (su dim ensión referen cial).
U na expresión de PocockV csul ta su m am en te relevante al res­
pecto: “el p u n to aquí m ás bien es q ue, bajo la presió n de la di­
cotom ía idealism o/m aterialism o, hem os concentrado toda nues­
tra ate n c ió n e n el p e n sam ien to co m o c o n d ic io n a d o p o r los
hechos sociales fuera del m ism o, y n o h em os p restad o n in g u ­
n a al p en sam ien to com o d e n o ta n d o , re firie n d o , asum iendo,
aludiendo, im plicando, y realizando u n a variedad de funciones
de las cuales la d e c o n te n e r y p ro v e e r in fo rm a c ió n es la m ás
sim ple de todas”.47
E n efecto, q u e Schwarz asocie el q u e las ideas en Am érica
L au n a se e n c u e n tre n “fuera d e lu g a r” con el h ech o de que és­
tas resu lten descripciones in ad ecu ad as (“rep resen tacio n es dis­
torsionadas”) d e la realid ad local d e n o ta q u e su perspectiva pi-
vota aún sobre la base d e este co n cep to tradicional de la historia
d e “ideas^ q u e red u c e el lenguaje a su fu n ció n m eram ente re-
ferencial (las “ideas” com o “re p re se n ta c io n e s” de la realidad).
Sin em bargo, el tip o de p ro b lem ática q u e él se p ro p o n e abor­
d a r excede el ám b ito estrictam ente sem ántico del lenguaje. De
h ech o , e n te n d id a e n este sentido, la ex p resió n “ideas fuera de
lu g a r” resulta u n a contradicción e n los térm inos. La definición
d e u n discurso dad o com o “fuera d e lu g a r” conlleva la referen ­
cia a su dim ensión pragm ática, a las condiciones de su enuncia­
ción. A lgunas distinciones co nceptuales nos perm itirán, pues,
precisar las raíces conceptuales d e las paradojas y problem as a
q u e co n d u ce la fó rm u la de Schwarz.
Si d ich a fó rm u la re p re se n ta u n a c o n tra d ic c ió n en los tér­
m inos es p o rq u e en ella se c o n fu n d e n dos instancias lingüísti­
cas m uy distintas. Schwar?. in tro d u c e e n esta fó rm u la u n factor
pragmático-contextual en u n nivel semántico d e lenguaje, lo que
necesariam en te e n g e n d ra u n a d isco rd an cia conceptual, es de­
cir, lo lleva a d escrib ir las ideas e n té rm in o s de significados y
proposiciones atribuyéndole, sin em b arg o , funciones que son
propias de su uso. Las “ideas” (el nivel sem ántico) suponen pro­
posiciones (afirm aciones o n e g a cio n e s resp ecto del estado del
m u n d o ). Estas n o se e n c u en tra n d e te rm in a d as contextualm en-
te: el c o n te n id o sem ántico d e u n a p ro p o sició n (“qué se dice”)
p u e d e establecerse m ás allá del co n te x to y m odo específico de
su en u n ciació n . Las consideraciones contextúales rem iten, en
cam bio, a la dim ensión pragmática del lenguaje. Su unidad es

47 Ibtd., p. 37.
el enundado {utterance), no la proposición (statement). Lo q u e im-
Vp o rta en el enunciado no es el significado (meaning) , sino el sen-
=tido (significance). Este últim o, a diferencia del anterior, n o p u e­
de establecerse independientem ente de su contexto particular de
elocución. Este refiere no sólo a “q u é se d ijo” (el co n ten id o se­
m ántico de las ideas), sino tam b ién a “cóm o se d ijo ”, “q u ién lo
d ijo ”, “d ó n d e ”, “a q u ié n ”, “en q u é circunstancias", etc. La com-
/ prensión del sentido supone u n en ten d im ien to del significado-, sin
\ em bargo, am bos son de n a tu ra le z a m uy distinta. El seg u n d o
p e rte n ec e al o rd e n de la lengua, describe hechos o situaciones;
el prim ero, en cam bio, p e rte n ec e al o rd e n del habla, im plica la
realización d e u n a acción. Lo visto hasta aquí puede re p re se n ­
tarse com o sigue:48

En el m arco de nuestra discusión presente el p u n to crítico


es que las “ideas” (en tanto proposiciones o slatenients) son verdade­

48 Fuente: Oswald D ucrot, El decir y lo dicho, B uenos Aires, H ach e ttc , 1984,
p. 31.
ras o falsas (representaciones correctas o erradas d e la realidad),
pero n u n c a están “fu e ra de lugar"; sólo los enunciados lo están:
el estar "fuera d e lu g a r” es n ecesariam en te u n a condición prag­
mática ; indica que alguien dijo algo de u n m o d o incorrecto, o
que fue dicho p o r la p e rso n a equivocada o e n u n lugar in ap ro ­
piado o en u n m o m e n to in o p o rtu n o , etc. A la inversa, los enun-
dados, com o tales, p u e d e n eventualm ente estar “fu era de lu g ar”,
p e ro no ser falsos o verdaderos. Sólo las pro p o sicio n es lo son. Un
e n u n ciad o p articu lar p u e d e quizá c o n te n e r proposiciones fal­
sas, p ero au n así es "verdadero” (“rea l”) com o tal. Los en u n c ia ­
dos, de h e c h o , trascien d en la distinción e n tre “ideas” y “reali­
d a d ”: ellos son siem pre “reales” com o actos de habla (para decirlo
con los térm inos de A ustin). Esto explica u n a d e las paradojas
q ue señala Schwarz: q u e u n enunciado c o n te n g a proposiciones
falsas (“rep resen tacio n es distorsionadas d e la re a lid a d ”) y que
au n así sea “v e rd a d e ro ”. P ero ésta n o rem ite a n in g u n a particu­
laridad brasileña o latinoam ericana, sino a u n a facultad in h e ­
ren te al lenguaje.
Podem os sintetizar a h o ra el postulado fu n d am en tal que o r­
ganiza este trabajo: la definición de u n m odelo q u e perm ita dar
cuenta de la dinám ica problem ática de las ideas en A m érica La­
tina, en la m ed id a e n q u e involucra u n a consideración de la di­
m ensión p ragm ática del lenguaje, no se p u e d e realizar con el
tip o de h e rra m ie n ta s co nceptuales q u e Schwarz m aneja (que
son, en definitiva, las trad icio n ales de la “h isto ria de id ea s”).
Sólo a p a rtir de u n a co n sid eració n sim u ltán ea d e las diversas
instancias d e lenguaje se p u e d e n estab lecer relaciones signifi­
cativas e n tre los textos y sus contextos particu lares d e enuncia­
ción, hallar u n vínculo q u e conecte los dos canales de la “visión
este reo sc ó p ic a ” ( “análisis lite ra rio ” y “reflexión social”) que
p ro p o n e Schwarz,49 y co nvertir así a la histo ria intelectual en

49 R oberto Schwarz, "A d eq u afáo n acional e o rig inalidad e crítica”, Seqüén-


áas, p. 28.
u n a verdadera em presa h e rm e n éu tica . Si en fo cam o s n u e stro
análisis exclusivam ente e n la dim ensión referen cial de los dis­
cursos, n o hay m odo de trazar las m arcas lingüísticas de su con­
texto de enunciación, puesto que, en efecto, éstas n o radican
en este nivel. De allí q ue, siguiendo los p ro ce d im ie n to s habi­
tuales de la h istoria de ideas, n o p u e d a h allarse e n las “ideas
latinoam ericanas” n in g ú n rasgo que las p articu larice e identi­
fique com o tales: sólo la consideración de la d im ensión prag­
m ática de los discursos p e rm ite c o m p re n d e rlo s co m o eventos
(actos d e habla) singulares. En definitiva, la_búsqueda de las
determ inaciones contex túales q u e c o n d ic io n an los m odos de
apropiación, circulación y articulación d e los discursos públi­
cos nos conduce m ás allá de la historia d e “ideas".

De las "¡deas" al "lenguaje"

El paso de u n a historia de las “ideas” a u n a h isto ria d el “len-


guaje” ofrece, e n efecto, u n a nueva base p a ra a b o rd a r el tipo
de cuestiones q u e Schwarz se p ro p u so tem atizar. De todos m o­
dos, es cierto que hacerlo obliga, al m ism o tiem po, a revisar as­
pectos fu n d am en tales de su concepto. U n ejem p lo ayudará a
aclarar am bas cuestiones. U n m odelo p a rticu la rm e n te relevan­
te en este sentido es el desarrollado p o r Iu ri L o tm a n .50 La apli­
cación d e su co ncepto d e “sem iosfera” al análisis d e la p ro b le­
m ática p lan te ad a p o r Schwarz n o s p e rm itirá observar en qué
sentido u n a aproxim ación c e n trad a e n los “len g u a jes” p u ed e
proveer de u n a base p a ra avanzar en su m ism o proyecto, ilus-

© V éase )u ri M. L o tm an , La semiosfera. I: Semiótica de la cultura y del texto


(B arcelona: C áted ra / U niversitat de Valencia, 1996) y L a semiosfera. II: Semió­
tica de la cultura, del texto, de la conducta y del espacio, B arcelo na, C á te d ra /U n i-
versitat d e V alencia, 1998. A gradezco a E d u a rd o S agu ier p o r h a b e rm e llam a­
d o la aten c ió n so b re las posibles afin id ad es e n tre el c o n c e p to de Schwarz y
las ideas d e L otm an.
tra n d o al m ism o tiem po la n a tu ra le z a de las lim itaciones que
le im p o n ía su inscrip ció n d e n tro d e los m arcos tradicionales
d e la historia de “id eas”.
La sem iótica, com o se sabe, es la disciplina q u e h a venido a
o c u p a r en n u estro s días el lugar q u e dejó vacante el eclipse de
la retó rica clásica. Esta h a tra ta d o d e analizar sistem áticam ente
los procesos de intercam bio sim bólico. Su piedra de toque fue
la definición de la u n id a d com unicativa elem ental rep resen ta­
d a p o r el esquem a “em isor -> m ensaje -> re c e p to r”. Sin em bar­
go, p a ra L otm an, ese esquem a m o n o lin g ü e deriva en u n m ode­
lo abstracto, estilizado y estático, de los procesos de generación
y transm isión de sentidos. C om o él m uestra, ning ún “código”,
“te x to ” o “len g u aje” (térm in o s q u e usa e n form a intercam bia­
ble) existe aislado; to d o proceso com unicativo supone, dice, la
p re se n c ia de al m en o s dos có digos y u n o p e ra d o r de tra d u c ­
ción. El co ncepto de “sem iosfera” señala, precisam ente, la coe­
xistencia y superposición de in fin id ad de códigos en el espacio
sem iótico (lo que, en últim a instancia, d eterm in a su dinám ica).
Este, com o señalam os, re p re se n ta u n a alternativa posible para
ree lab o ra r el m o d elo de Schwarz q u e rescate el núcleo “fu e rte "
de su p ro p u esta original (y q u e su p ro p ia form ulación llevó a
diluir).
En p rim e r lugar, el m o d elo d e L otm an aclara un concepto
q u e se e n c u e n tra sólo p arcialm en te articulado en los textos del
critico brasileño. S egún a firm a el sem iólogo ruso-estonio, si -
b ien to d o código (p o r ejem plo, u n a “cultura nacional”, u n a tra­
dición disciplinar, u n a escuela artística o bien u n a ideología po­
lítica) se e n c u en tra en constante interacción con aquellos otros
q u e form an su e n to rn o , tien d e siem pre, sin em bargo, a su p ro ­
p ia clausura a fin de preserv ar su equilibrio in tern o u hom eos-
tasis. Éste g en era así u n a auto d escrip ció n o m etalenguaje por
el cual legitim a su rég im en d e discursividad particular, recor­
tan d o su esfera de acción y d elim itan d o intern am en te los usos
posibles del m aterial sim bólico disponible dentro de sus con­
tornos. Y de este m odo fija tam bién las condiciones de apropia-
ción de aquellos elem eritos sim bólicos “extrasistém icos”: u n a
“id ea ” c o rre sp o n d ie n te a un código q u e le es e x tra ñ o no p u e­
de introducirse en él sin antes sufrir u n p roceso de asim ilación
a éste. Esto m u estra que, e n definitiva, el “canibalism o" semió-
tico no es u n a particularidad brasileña, y m u ch o m enos u n a he­
rencia cultural tupí, com o im aginaba O sw ald d e A n d rad e.51
En este m arc o se c o m p re n d e m ejo r la c rítica p rim e ra de
Schwarz al rech azo p o r p a rte de los n acionalistas a la “im ita­
ció n ” de los m odelos “foráneos”, cuando señala q u e la im itación
no-álcanza a explicarse p o r sí m ism a, sino q u e d e b e n buscarse
en la p ro p ia realidad brasileña las condiciones q u e explican esa
tendencia a ad o p tar conceptos extraños p a ra describir (siempre
de m an e ra im p ro p ia) a la realid ad local. E n definitiva, decía
Schwarz, es en el m ism o acto de “im itar” q u e la cu ltu ra brasile­
ñ a hace m anifiesta su n aturaleza in h ere n te . P ero ello tam bién
m uestra que, com o señalaba Carvalho Franco, n u n c a las “ideas"
están realm en te “fu e ra d e lu g ar”, esto es, q u e n u n c a los in te r­
cam bios com unicativos su p o n en m eras recep cio n es pasivas de
elem entos “e x tra ñ o s”. Para ser asim ilados, éstos d e b e n ser (o
volverse) “legibles” p o r la cu ltu ra q u e los h a d e in c o rp o ra r (de
lo contrario, resultarían “irrelevantes” p ara ésta, “invisibles” des­
de su ho rizo n te p a rtic u la r). La p re g u n ta a q u e esta co m p ro b a­
ción e n fre n ta a Schwarz p u e d e form ularse así: ¿cóm o p u e d e n
las ideas ser asim ilables com o propias y extrañas al m ism o tiem-

51 E n Die Nalionalitátenfrage u n d die Sozialdemokratie (1924), el líd e r socia­


lista O tto B auer sintetizó esta id ea en su co n c ep to d e “a p e rcep ció n n a c io n a l”.
Su definición d e éste re su lta su gestivam ente sim ilar a la id e a d e O swald de
A n d rad e del “canibalism o cu ltu ra l”. Según afirm a, la “a p e rc e p c ió n nacional"
in d ica q u e “n in g u n a n a c ió n a d o p ta elem en to s fo rá n e o s e n fo rm a inalterad a;
cad a u n a los a d a p ta a su se r total, y los so m e te al cam b io e n su p ro c e so de
ad o p ció n , d e digestión m e n ta l”. Bauer, “T h e N a tio n ”, en G opal B alakrishnan
(co m p .), M apping the Nation, L ondres, Verso, 1996, p. 68. Al resp ecto , véase
Elias J. Palti, La nación como problema. Los historiadores y la “cuestión nacional”,
B uenos Aires, FCE, 2003.
po? La ú n ica fo rm a de salvar la n o ció n de los “desajustes loca­
les” sería volver atrás en sus a rg u m en to s y p o stu la r la existen­
cia de un cierto sustrato m ás au téntico de n acionalidad a la que
su p ro p ia cu ltu ra “su p erficial” fallaría en e x p resar o re p re s e n ­
tar, q u e es precisam ente lo q u e sostiene el discurso nacionalis­
ta. R eencontram os aquí, pues, aquella alternativa en apariencia
ineludible: o bien disolver la p ro b lem ática relativa a la c o n d i­
ció n p eriférica d e la c u ltu ra local, o b ien volver a los m arco s
dualistas pro p io s del n acionalism o. Existe, sin e m b a rg o , u n a
terc era opción, q u e Schwarz esboza sin alcanzar a ú n a d e sa rro ­
llar d e m o d o consistente.
La p ie d ra de to q u e d e su c o n c ep to radica e n u n giro fu n ­
d a m e n ta l q u e él in tro d u c e e n los m o d o s d e a b o rd a r la cues­
tión. Su in terro g ació n original ya n o referiría e n verdad a la su­
p u e sta “ex trañ eza” d e las ideas y la cu ltu ra brasileña sino, m ás
bien, a cóm o es q u e éstas vienen ev en tu alm en te a ser p ercib i­
das com o tales p o r d e te rm in a d o s sectores de ia p o b lac ió n lo­
cal. La referen cia a las ideas d e L otm an p u e d e sernos d e utili­
d ad p a ra aclarar tam b ién este p u n to . C om o éste señala, si bien*
los procesos de in tercam b io cu ltu ral n o involucran n u n c a u n a
m e ra recep ció n pasiva d e elem en to s “ex trañ o s”, y p recisam en ­
te p o r ello, es in h e re n te a éstos la am bivalencia sem iótica, la
q u e tien e dos orígenes. En p rim e r lugar, las equivocidades re ­
sultantes del h e c h o d e q u e los códigos (al igual que la sem ios­
fera, co n sid erad a en su c o n ju n to ) n o son in te rn am e n te h o m o ­
géneos: en su in te rio r coexisten y se su p e rp o n e n (se e n c u e n tra
cruzado por) in finidad d e subcódigos que tien d en , a su vez, a
su p ro p ia autoclausura, h a c ie n d o n o siem pre posible la m u tu a
traductibilidad. P o r o tro lado, esa m ism a a p e rtu ra de los códi­
gos a su e n to rn o sem iótico tien d e tam b ién a p ro d u cir siem pre
nuevos deseq u ilib rio s in te rn o s. A fin de volver asim ilable u n
elem en tó ex terno, los sistem as d e b e n adecuar su estructura in­
te rn a a éste, reacom odar sus co m ponentes, desestabilizando así
de m odo constan te su config u ració n presente. Esto se ligaría a
lo q u e J e a n P iaget estudió bajo la rú b rica de procesos de asimi-
¿ación y acomodación, a los q u e d efin ió co m o los m ecanism os
fundam entales p a ra la equilibración-desequilibración de las es­
tru ctu ras cognitivas.52 S ig u ien d o este c o n c e p to , c ab ría d e c ir
que las am bivalencias son causa y efecto al m ism o tie m p o de
los desequilibrios. Los desarrollos desiguales p ro d u ce n necesa­
riam ente asim etrías e n tre los códigos y subcódigos (jerarquías
y desniveles en cu an to a relaciones d e p o d e r ) , lo que conlleva
siem pre, en to d o proceso de intercam bio, la presen cia de cier­
ta violencia sem iótica (o p eran te tan to e n los m ecanism os d e es­
tabilidad de los sistem as com o en los im pulsos dinám icos q u e
dislocan ésto s), y deriva e n com p en sacio n es sim bólicas insufi­
cientes.53
Lo que Schwarz percibe com o la d e te rm in a n te últim a d e la
“particu larid ad latin o am erican a” (la interacció n pro b lem ática
e n tre “c e n tro ” y “p e riferia ”) cabría c o m p re n d erla, pues, com o
u n a ex p resió n d e tales desarrollos desiguales e in tercam b io s
asim étricos e n el ám bito de la cultura, q u e resulta e n u n doble
fenóm eno. P o r u n lado, e n la p eriferia de u n sistem a los códiL
gos serían siem pre m ás inestables q u e e n el c e n tro , p o r lo q u e
sus capacidades de asim ilación re su lta ría n relativam ente m ás
lim itadas. P o r o tro lado, la distancia sem iótica que los separa
respecto del c e n tro h a ría que las presio n es p a ra su acom oda­
ción sean allí m ás fuertes. Vistas desde esta perspectiva, las pos­
turas de C arvalho F ranco y d e Schwarz p ie rd e n su carácter an­
tagónico. A m bas estarían en fa tiz a n d o , resp ectiv am en te, dos
aspectos d iferen tes e igualm ente in h e re n te s a todo fen ó m e n o
de in tercam b io cultural. M ientras q u e el c o n c ep to de Carval­
ho F ranco se en fo c a e n los m ecan ism o s d e asimilación, el d e

42 Véase Tean P iaeet, La equilibraáón de las estructuras comitivas, M éxico,


Siglo XXI, 1978.
53 La idea d e la co m p en sació n sim bólica co m o el p ro c e d im ie n to q u e p e r­
m ite la reversibilidad d e las estru ctu ras cognitivas (sin lo cual n o existe n in ­
g ú n co n o cim ien to v erd a d ero ) fue d e sa rro llad o p o r P iag et en el tex to a n tes
m en cio n ad o , La equilibraáón de la estructuras cognitivas.
Schwarz se c o n c e n tra ría en los pro.cesós de acomodaáón a que
aquéllos su elen , a su vez, d a r lu g ar (y a las inevitables tensiones
in te rn a s q u e éstos g e n e ra n ).
L a a n te r io r refo rm u lac ió n del c o n c ep to d e Schwarz con­
d e n sa el n ú c le o de su p ro p u esta teórica.54 Sin em bargo, lleva
al m ism o tie m p o ya im plícita la revisión de ésta en tres aspec­
tos fu n d a m e n ta le s. E n p rim e r lugar, e n esta perspectiva, los
“c e n tro s ” y las “periferias” n o son ya algo fijo y estable, sino va­
riable e n el tiem p o y en el espacio. D eterm in arlo s no es, de h e ­
cho, u n a ta re a sencilla. No sólo se desplazan históricam ente, si­
n o q u e, in cluso e n u n m ism o m o m e n to d a d o , son siem pre
relativos (lo q u e es u n c e n tro en u n resp ecto , bien p u e d e ser
periférico en o tro respecto;55 los centros y periferias contienen,
a su vez, sus p ro p io s cen tro s y p eriferias, etc.). Resulta, pues,
sim plista y, en definitiva, eng añ o so h a b la r de “c e n tro s” y “p eri­

t a E n “D iscu tin d o com A lfred o R osi” (1993), R o b erto Schwarz se ap ro x i­


m a m ás c la ra m e n te a esta fo rm u la c ió n . Allí d iscu te la id ea d e Bosi d e “filtro ”
cu ltu ra] (A lfredo Bosi, Dialéctica de la colonizando, San P ablo, C o m p a n h ia de
L etras, 1992). S egú n afirm a, ésta “tie n e m é rito s claros, e n c u a n to q u e supe­
ra los m o d elo s m ec á n ic o s o aleato rio s d e d ifu sió n del p e n sa m ie n to . En espe­
cial, las re lacio n es p ro fu n d a m e n te asim étricas e n tre países ricos y países p o ­
b re s [ ...] p asan a ser vistas co n m ay o r h u m a n id a d , y m ay o r certeza, pu esto
q u e e n lu g a r de u n a im p o rta c ió n d ire c ta y u n ilate ra l n o s h ace n o ta r la efica­
cia, incluso involun taria, de la co n stitu ció n in te rn a de la p a rte débil, q u e n u n ­
ca es c o m p le ta m e n te pasiva" (R o b e rto Schw arz, Seqüénáas, p. 8 3 ). P ero, al
m ism o tie m p o , in d ic a q u e la a sim ilació n d e e le m e n to s e x tra ñ o s n u n c a es
c o m p le ta p o r la m ism a c ircu n sta n cia (q u e la n o c ió n d e filtro tie n d e a desco­
n o c e r) d e q u e to d a c u ltu ra n ac io n a l fo rm a p a rte d e u n sistem a in tern acio ­
n al e stru c tu ra d o p o r “co n d ic io n e s y an tag o n ism o s globales, sin cuya presen­
cia las d ife ren cias locales y n acio n a les n o se e n tie n d e n ” (ibid., p. 84).
55 A dem ás, a u n q u e existe u n a evidente co rrelació n e n tre eco n o m ía y cul­
tu ra, tam p o co p u e d e afirm arse q u e los “c e n tro s eco n ó m ico s"co in cid en siem­
p re c o n los "cen tro s c u ltu ra le s”. E stados U n id o s, p o r ejem plo, aú n después
d e conv ertirse e n u n g ra n c e n tro e c o n ó m ic o m u n d ial, siguió sien d o peiifé-
rico c u ltu ra lm e n te (y a u n hoy lo es e n alg u n as á re a s). S o bre este p u n to , véa­
se H a ro ld o d e C am p os, De la razón antrajiofágica.
ferias" com o si fueran e n tid a d es h o m o g én eas y fyas, es decir,
objetos cuya naturaleza y características p u e d a n d eterm in arse
a prioti (lo q u e co n d u ce a u n a visión ab stracta y g e n é ric a de
“E u ro p a ”_y_ÜAiiiéñca L atina”, y de sus relaciones m utuas).
En ^egundo/lugar, los d esaju stes sem ióticos n o se sitú an
aq u í en el nivel del c o m p o n e n te sem ántico. No se trata d e q u e
las ideas “rep re sen te n in ad e c u a d am e n te la re a lid a d ”; los dese­
qu ilib rio s n o re m ite n , en este c o n te x to , a la re la c ió n e n tre
“ideas” y “rea lid a d e s” —c o n c ep to q u e tiene siem pre im plícito
(ál m enos com o contrafáctico) el ideal d e u n a sociedad com ­
p leta m e n te orgánica, en la q u e “id eas” y “realid ad es” conver­
ja n —, sino a la de las ideas resp ecto de sí m ism as. Y este tipo
dislocaciones resultan, en efecto, inevitables. Estas derivan, co­
m o vimos, de la coexistencia y superposición, e n u n m ism o sis­
tem a, de códigos h e te ro g én e o s e n tre sí. Esto d e te rm in a que,
si b ie n n u n c a las ideas están “fu e ra de lu g a r” (puesto q u e su
significado n o p reexiste a sus p ro p ia s co n d ic io n es de in te li­
g ib ilid a d ), éstas están , al m ism o tie m p o , sie m p re “fu e ra d e
lu g a r” (d ad o que todo sistem a alb erg a p ro tocolos c o n tra d ic ­
to rio s d e le c tu ra ); m ás p re c is a m e n te , éstas se e n c u e n tra n
“siem p re p arcialm ente desen cajad as”. Y ello es así n o p o rq u e
las ideas e in stitu cio n es e x tra ñ a s no p u e d a n e v e n tu a lm e n te
adecuarse a la realid ad local (de h ech o , siem pre están, e n ü n
sentido, “b ien adecuadas”), sino p o rq u e d ich o proceso de asi­
m ilación es siem pre conflictivo d e b id o a la presencia, en el in­
terio r de cada cultura, de p lu ra lid a d d e agentes y m odos a n ta ­
gónicos de apropiación (“u n a sociedad plural y com pleja”, dice
Pocock, “h ab la un lenguaje plural y com plejo; o, m ás b ien, u n a
p lu ra lid a d d e lenguajes especializados, cada u n o de los cuales
p o rta sus propias pautas para la definición y distribución d e au­
to rid a d ”).56 En este m arco, p e n sar q u e las ideas p u d iera n e n ­
contrarse p o r com pleto desencajadas im plicaría afirm ar u n es-

w j . G. A. Pocock, Politics, Language, a n d Time, p. 22.


tado d e c o m p le ta anomia (la d iso lu c ió n de to d o sistem a), el
cual no es n u n c a verificable d e m a n e ra em p írica (au n el esta­
do de g u e rra civil p resu p o n e reglas). P o r el contrario, im ag in ar
u n estado e n el q u e éstas estuvieran encajadas a la p e rfe c ció n
equivaldría a su p o n e r u n sistem a c o m p letam en te o rg án ico , un
o rd e n to ta lm e n te reg im en ta d o q u e h a logrado elim in ar todas
sus fisuras y co n trad iccio n es in te rn a s (fijar su m eta ie n g u a je ),
algo q u e n o es n u n c a tam poco posible e n sociedades relativa­
m e n te com plejas.
L a p e rc e p c ió n d e la “e x tra ñ ez a ” de la cu ltu ra b rasileña res­
p e c to de su sociedad, señ alad a p o r Schwarz, se ex p licaría así
com o u n a ex p resió n de los desajustes p ro d u cid o s p o r esta di­
n ám ica co m p leja d e los procesos de ad quisición cu ltu ral. Di­
ch a “e x tra ñ ez a ” n o se tra taría sólo de u n d ato q u e la “o p in ió n
p o p u la r” rec o g e (com o p ien sa n los n acionalistas), u n a m e ra
c o m p ro b a c ió n e m p írica, sino (com o sugiere e v e n tu a lm e n te
Schwarz) u n a resu lta n te de las am bivalencias q u e se d e sen c a ­
d e n a n e n el m ism o proceso d e pro d u cció n , transm isión y a p ro ­
piación de los discursos. N o cab ría ya h a b la r de “ideas fu e ra d e
lu g ar”, d e categorías q u e estarían, p o r su p ro p ia naturaleza, d e ­
sajustadas resp e c to de la rea lid a d local (d a n d o lu g ar a r e p r e ­
sentaciones distorsionadas de ésta). Los desajustes serían, m ás
bien, u n a exp resión del h ech o d e que to d a asim ilación es siem ­
p re c o n tra d ic to ria . Y esto nos c o n d u c e al terc e r aspecto, q u e
constituye, en realidad, aquel e n verdad problem ático, puesto
q u e escapa ya definitivam ente a las posibilidades d e tem atiza-
ción im plícitas en el c o n c ep to del brasileño.
El té rc e r)aspecto q u e la in tro d u c ció n de ía co n sid eració n
d e la d im e n sió n prag m ática del lenguaje nos obliga a revisar
del c o n c e p to d e Schwarz radica en el h e c h o d e que, com o se
sigue de las co n sid eracio n es a n terio res, n o sólo las “ideas” n o
están n u n c a c o m p le ta m e n te desen cajad as o “fu e ra d e lu g a r”
—pues e n ese caso, c aren tes de condiciones apropiadas de re­
cepción, se to m a ría n irrelevantes (invisibles) para el código da­
do—, q u e es, en definidva, lo q u e el p ro p io Schwarz señala, si­
n o que, adem ás, el sentido de sus desajustes n o p o d ría tam p o ­
co definirse sino sólo en fu n ció n de u n código particular. Esto
es, que la d eterm in ació n d e las am bivalencias, p a ra u n sistem a
dado, es ella misma equívoca, u n a función de u n contexto prag-
!m ático particular d e enunciación. No existe un “lugar de la rea-
)lid a d ” en el q u e se p u e d a d e te rm in a r —taxativa y objetivam en­
te— qué “ideas” se e n c u e n tra n “fuera d e lugar" y cuáles no. En
definitiva, la definición de q u é está “fu e ra de lu g a r” y q u é está
“en su lugar a p ro p ia d o ” es ella m ism a p a rte ya del ju e g o d e los
equívocos (com o vimos, p a ra los p ro p io s actores, los “irrealis­
tas” son siem pre los “o tro s" ). Y esto red efin e el ob jeto d e la his­
toria intelectual local. De lo q u e se trataría e n to n ces es d e com ­
p re n d e r q u é es lo q u e se e n c u e n tra “fu e ra de lu g a r” e n cada
co n texto discursivo particular: cóm o es q u e ciertas ideas o m o­
delos y no otros vienen a a p a re c e r com o “e x tra ñ o s” o in a p ro ­
piados p a ra re p re se n ta r la realid ad local; cóm o, ideas y m o d e ­
los que resultan “a p ro p iad o s” para ciertos sujetos, ap arecen com o
“ex trañ o s” p a ra otros; cóm o, finalm ente, ideas o m odelos que,
en determ inadas circunstancias y para ciertos actores, aparecie­
ro n com o “ex trañ o s” se revelan eventualm ente com o “apro p ia­
d o s” p a ra esos m ism os actores (y a la inversa, cóm o ideas y m o­
delos que p a re c ie ro n “a p ro p ia d o s” se to rn a n “e x tra ñ o s” p a ra
ello s). El ejem plo clásico de Schwarz, el de la C onstitución b ra ­
sileña de 1824, resulta aquí tam b ién ilustrativo.
Siguiendo el texto de la Declaración de los Derechos del Hombre
y el Ciudadano, ésta afirm aría que todos los h o m b re s n acidos en
suelo brasileño serían libres e iguales. C om o señ ala Schwarz,
tal declaración, rep e tid a en u n país en q u e a p ro x im ad a m en te
u n tercio de la población era esclava, g e n e ra b a evidentes con­
tradicciones. E n todo caso, rep resen tab a u n a grosera distorsión
de la realidad. Se trataría, en fin, d e u n a ex presión m ás de la
serie de desajustes p ro d u cid o s p o r la in tro d u c ció n d e las ideas
liberales en u n co n tex to e n que no existían las condiciones so­
ciales que le d iero n origen. Sin em bargo, d ich o p rin c ip io n o
era necesariamente c o n tra d ic to rio con la existencia de la esclavi-
tud. Éste es tal sólo bajo el supuesto de que los esclavos son sujetos de
derecho, que era, p recisam en te, lo q u e el discurso esclavista n e ­
gaba.57 El q u e esa d eclaración nos resulte contradictoria con la
ex isten cia de la esclavitud, en definitiva, sólo revela nuestras
p ro p ia s creencias p rese n tes al respecto (es decir, refleja el h e ­
c h o d e que p a ra n osotros iodos los seres hum anos, incluidos los
esclavos, son sujetos de d e re c h o ; en fin, que no participam os
d e l discurso esclavista),58 lo q u e no es relevante desde u n p u n ­
to d e vista historiográfico.
Sin em bargo, Schwarz está a ú n en lo cierto c u a n d o afirm a,
en c o n tra d e C arvalho F ranco, q u e tal declaración estaba “fue­
ra d e lu g a r”. P o r su p u esto , n o im p o rta aquí q u é pensam os n o ­
sotros al respecto. El p u n to es q u e ésta en efecto pareció así pa - »
ra los pro p io s actores (o al m enos, p a ra algunos de ellos), y que
e n el curso del siglo xix esta percepción se difundió rápidam en­
te (en especial, en la se g u n d a m itad del siglo). Las q u e se con­
trapusieron, en to n c e s n o fu e ro n “ideas” con “realid ad es”, sino
dos discursos opuestos (com o señala L otm an, la generación de
co n trad iccio n es o am bivalencias sem ióticas su p o n e siem pre la

57 “El azú car sería d e m asiad o cara si n o se e m p le a ra n esclavos e n el tra­


b ajo q u e re q u ie re el cultivo d e la p la n ta q u e lo p ro d u ce . Estos seres de q u ie­
n e s h a b lam o s so n n e g ro s d e los p ies a la cabeza y tie n e n ad em ás u n a nariz
tan aplastad a qu e es casi im p o sib le c o m p a d e c e rn o s de ellos. N o p u e d e caber­
n o s e n la cabeza q u e sien d o D ios u n se r in fin ita m e n te sabio haya d a d o u n al­
m a, y, so b re to d o , u n alm a b u e n a , a u n c u e rp o to ta lm en te n e g ro .” Esto lo de­
cía n a d a m en o s q u e M o n te sq u ie u [El espíritu de las leyes, lib ro XV, cap. v). Se
p u e d e aleg ar q u e tal afirm ació n n o e ra p ro p ia al liberalism o, sino q u e refle­
j a sus p ro p io s preju icio s p e rso n ales, o u n clim a d e época, etc. (algo c o n tra lo
cual, éste, sin em b arg o , a d v ierte en el prefacio: “n o he sacado mis p rincipios
d e m is p reju icio s”, aseg u ra allí, "sino d e la n atu raleza de las cosas”). Sea co­
m o fu e re , resu lta c laro q u e la c o n ju n c ió n liberalism o-esclavism o —a u n q u e ,
p o r ra z o n e s obvias, en el B rasil se h a rá s e n tir d e m an era m ás n o to ria — n o
fu e u n a “p artic u la rid a d b rasileña".
f t s,P a ra la d istin ció n e n tre "p erso n a" y “cosa", v éasejaco b G o ren d er, O es-
cravismo colonial, San P ablo, A tica, 1978, p . 73.
presencia de al m enos dos códigos h e te ro g én e o s e n tre sí) que,
en determ inadas circunstancias, e n tra ro n en contacto y colisio­
naron. E n todo caso, lo cierto es que la “des-ubicación” de di­
cha carta no e ra algo “n a tu ra l” o fijo (que fue y se m antuvo así
desde el m om ento m ism o de su p roclam ación), ni algo que sur­
gía in m e d ia ta m e n te de la p ro p ia letra d e la declaración cu a n ­
do se la co n trastab a con la “rea lid a d ” social d e su tiem po, sino
un resultado histórico, el p ro d u cto (co n tin g en te) de u n a serie
d e desarrollos desiguales q u e d e te rm in a ro n las c o n d ic io n es
particulares de articulación pública de los discursos en ese país
y en ese perío d o . E n definitiva, su estar “fu era d e lu g a r” n o se
p u ed e c o m p re n d e r fu e ra del proceso de descom posición que
sufre p o r entonces la institución esclavista (en un país cuya eco­
nom ía sigue, sin em b arg o , fu n cio n an d o sobre la base de é sta ).
Refleja, en fin, có m o las prem isas del discurso esclavista esta­
b an siendo socavadas.
Volvemos así a u n a d efinición c e n tra d a e n los co n ten id o s
sem ánticos d e los discursos (las “ideas”) , p e ro desde u n a pers­
pectiva q u e in c o rp o ra ya la c o n sid e rac ió n de la d im en sió n
pragm ática de éstos. Ella m uestra p o r q u é la p re g u n ta sobre si
las ideas liberales estaban e n Brasil “fu era de lu g a r” n o es u n a
a la que se p u e d a re sp o n d e r sim plem ente p o r sí o p o r no. Es­
ta obliga a tra sla d a r n u e stro e n fo q u e a u n p la n o d istin to de
análisis (un m ovim iento que Schwarz esboza sin alcanzar a con­
cretar), A la h istoria d e las “ideas p arcialm ente desencajadas”
cabe definirla co m o u n a suerte de h istoria de las “ideas de las
ideas-fuera-de-lugar”, u n a historia de u n segundo o rd en de ideas,
en fin, u n a h isto ria d e los lenguajes y sus m o d o s de articu la­
ción, circulación y apro p iació n social. Y tam bién de los inevita­
bles desfases q u e éstos gen eran .
En síntesis, p o d em o s afirm ar que el c o n c ep to de Schwarz
de Jas "ideas fu era de lu g ar” así reform ulado, es decir, reinter-
pretado en térm inos de las “ideas siem pre parcialm en te desen­
cajadas”, resulta a ú n su m am en te esclarecedor de los fen ó m e ­
nos de in tercam b io sim bólico y, en particular, d e la dinám ica
desigual d e los desarrollos culturales en A m érica L atina, ofre­
cien d o u n a h e rra m ie n ta m ás sofisticada d e análisis q u e la q u e
provee el e sq u e m a d e “m o d e lo s” y “desviaciones” d e n tro del
cual el p ro p io Schwarz inscribió su p ro p u esta teó rica (y lo lle­
vó a analizar las ideas e n térm inos d e significados y p ro posicio­
nes atribuyéndoles fu n cio n es q u e son propias, sin em b arg o , de
su uso). Según vimos, la apelación a m odelos lingüísticos m ás
com plejos p e rm itiría rescatar el núcleo "fu erte” de su p ro p u es­
ta original (que es definitivam ente m ucho m ás in te re sa n te que
su versión debilitada m ás difu n d id a) y ree lab o ra rlo evitando la
rec a íd a e n el tópico, to rn a n d o a este m ism o en o b jeto de a n á ­
lisis, pasible d e escru tin io crítico; e n fin, “d e s n a tu ra liz a rlo ”,
“desfam iliarizarlo”.
Esta sofisticación del m odelo p ro p u esto p o r Schwarz, en úl­
tim a instancia, no sólo es u n a de las direcciones posibles en las
q u e éste p u e d e desarrollarse, sino qu e resulta, eri u n sentido,
m u ch o m ás com p atib le con los p resupuestos antiesencialistas
im plícitos en su p ro p ia in terv en ció n polém ica. El p recio que
debem os p ag ar p o r esta sofisticación argum ental, sin em bargo,
es el de re n u n c ia r a to d a expectativa de hallar alg ú n rasgo ge­
n érico, sencillam ente form ulable, q u e id en tifiq u e a la historia
intelectu al local latinoam ericana; esto es, d e llegar a d escu b rir
a lg u n a característica p a rticu la r e n su d in ám ica q u e sea com ún
a los diversos tipos d e discursos, a lo largo d e los diversos p erío­
dos e ig u alm en te p e rc e p tib le e n todos los países de la región
(y q ue, a su vez, distinga esta d inám ica de la de aquellos discur­
sos p e rte n ec ie n te s a todos los dem ás c o n tin e n te s y reg io n e s);
desistir, e n fin, de la p rete n sió n d e p o d e r definir, m ás allá de
su contexto particu lar d e enunciación, qué ideas están fuera de
lugar, y en qué sentido lo están en A m érica Latina. En definiti­
va, e n tie n d o q u e él n ú cleo del a rg u m en to que aquí se presen-
. ta se e n c u e n tra ya p e rfe c ta m e n te sintetizado e n u n a frase de
Schwarz aparecid a e n u n artículo d e 1969-1970 c u an d o discu­
tía el m ovim iento “tropicalista” (p ero que vale tam bién p a ra su
p ro p ia fó rm u la): “L a g e n e ra lid a d de este e sq u em a és tal que
co m p re n d e a todos los países del c o n tin e n te , en cada u n o de
los estadios de su historia, lo cual sería u n defecto: ¿Q ué nos
pu ed e d e c ir acerca del Brasil de 1964 u n a fó rm u la ig u alm ente
aplicable, digam os, al siglo xix a rg e n tin o ? ”.59

59 R o b erto Schwarz, “C u ltu ra e política, ]964-1969”, O p a i defam ilia e an­


tros estudos, p p . 77-8.
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