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Caracas, 30 de noviembre de 2017.

Apuntes sobre Las Bacantes, de Eurípides

La obra trata sobre la llegada de Dioniso a Tebas con su séquito de ménades buscando
reconocimiento para sí y para su madre Semele. Es un Dios extranjero, ajeno a la Hélade (que es
como los griegos designaban su territorio). Ya esto indica una realidad extraña, quizás nada
conocida, y por eso mismo oscura. No pertenece a las delimitaciones familiares. Es fuerza
extranjera.

Dioniso es el producto de Semele con Zeus. Al Hera enterarse de la infidelidad de su esposo,


monta en cólera y prepara una intriga para deshacerse de Semele. Ésta muere calcinada por la
visión de Zeus y es allí cuando sucede el primer nacimiento de Dioniso, quien es salvado por Zeus
escondiéndolo en su muslo hasta parirlo posteriormente. Por eso el doblemente parido. Su
nacimiento, por lo tanto, está ya marcado por la tragedia de la mano de fuerzas femeninas. Es hijo
de la infidelidad y de la venganza, tiene que ser escondido, un hijo oculto. Muerte y vida están en
estrecha vinculación desde el inicio en este Dios. Pero adicionalmente hay otra peculiaridad
interesante: primero es parido de una mujer; posteriormente de una figura masculina. Aquí
percibo el nacimiento de la ambigüedad que acompaña a este Dios, su androginia, su bisexualidad.
Traigo a colación en este momento una asociación que extraigo de Kerenyi en su Dionisos: el autor
contrapone dos “conceptos” griegos: bio y zoe. El primero más metido en lo particular, como en la
biografía personal, más en las delimitaciones de la sociedad y la civilización. Por el contrario, la zoe
es la vida, o más bien como el “impulso energético” de la vida, algo como una fuerza primordial.
Kerenyi entiende a Dioniso precisamente como expresión de la zoe. En este sentido, en él deben
darse contradicciones y ambigüedades esenciales (un poco como la libido que es bisexual).

En la tragedia de Eurípides, se cuenta que la propia familia de Semele, y particularmente sus


propias hermanas, dudaban de su asociación con un Dios y por lo tanto de la divinidad de su hijo.
Había sido deshonrada, considerándola mentirosa y acaso una especie de meretriz. Nuevamente
el mundo femenino en hostilidad.

Dioniso llega entonces a Tebas como para hacer justicia, pareciera. A su madre y a sí mismo. Una
cosa, de hecho, conduce a la otra. Llega y altera el orden de la ciudad, específicamente caotiza la
cotidianidad de las mujeres, quienes abandonan sus hogares (telas y husos) para internarse en el
bosque a cantar, bailar y entregarse a los placeres orgiásticos. Frente a esto se sitúa Penteo, rey de
Tebas e hijo de Agave. Siendo hijo de ésta, sería sobrino de Semele, la madre de Dioniso y por lo
tanto serían primos el Dios y el rey. Esto sitúa las cosas en un conflicto familiar. Penteo personifica
una energía masculina unilateral e hipertrofiada. Su discurso es el del guerrero y el del poder.
También el del orden y la racionalidad. Es un conservador, quizás muy orgulloso de sus logros, de
su historia y de su posición social. Parece estar fuertemente identificado con ésta, realidad que se
expresa en varias escenas del diálogo, especialmente cuando teme que los ciudadanos de Tebas lo
vean vestido de ménade. Le importa mucho el qué dirán, parece darle excesivo valor a su papel
como soberano.
Frente a la hipertrofia masculina representada por Penteo, está el mundo femenino en posesión. Y
es un mundo altamente polarizado, ya que no admite la presencia masculina en sus correrías en el
bosque. El culto a Dioniso es un asunto estrictamente de mujeres. En medio de estas polaridades,
encuentro muy significativa la presencia de dos figuras masculinas: Cadmo, fundador de Tebas, ya
anciano, abuelo de Penteo, y Teresias, el también anciano y adivino, que es ciego. Esta incapacidad
para ver hacia afuera me sugiere su cercanía con el mundo interior, con la reflexión psíquica que
es lo que probablemente lo convierte en oráculo de Tebas. Estas dos figuras afirman la
conveniencia de reconocer al Dios extranjero y tratan sin éxito de hacer entrar en razón al
soberano Penteo. Deciden conscientemente rendir culto al Dios junto con las bacantes, pero para
esto, consideran imprescindible vestirse de ménade. Dejando de lado la gran importancia que
tiene Dioniso en la vejez sugerida por estas figuras en la obra (y expuesta por Rafael López-Pedraza
en su Dioniso en Exilio), me resulta psicológicamente relevante hacer foco en eso del disfraz. Me
sugiere que para ir al encuentro con lo dionisíaco hay que desarrollar una actitud psíquicamente
andrógina o bisexual. Ir de frente con la actitud de Penteo es terminar despedazado; hacerlo
desde un territorio estrictamente femenino, es caer en posesión, digamos psicotizarse.

Dioniso no se venga sólo de la posición hipertrofiada masculina, sino que también (y en igual
intensidad) de lo femenino. Lo dionisiaco como rebelión hacia las polaridades o unilateralidad.
También en su complot contra las mujeres que posee, se deja ver cierta sujeción psíquica del Dios
hacia complejos femeninos, y en particular hacia lo materno. La tragedia de la obra reside con
particular fuerza en el acto de Agave de dar muerte a su hijo. Esto recuerda eventos de la
genealogía del Dios. Quizás el verdadero conflicto de Dioniso está en el terreno de lo femenino-
materno. Enloquece a las mujeres y a través de esto subvierte el orden establecido.

Dioniso es un Dios terrible porque exige una hibridación psíquica que es profundamente difícil de
lograr. Por eso (y recordando palabras de López-Pedraza) a este Dios es preferible tomarlo en
dosis homeopáticas…