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LOS SACRAMENTOS

Señas de identidad de los Cristianos


LUIS NOS MURO

LOS SACRAMENTOS
Señas de identidad de los Cristianos

DESCLÉE DE BROUWER
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© Luis Nos Muro, 2004

© EDITORIAL DESCLÉE DE BROUWER, S.A., 2004


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info@edesclee.com

Impreso en España - Printed in Spain


ISBN: 84-330-1918-X
Depósito Legal: BI-2695/04
Impresión: RGM, S.A. - Bilbao
ÍNDICE

PRÓLOGO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9
INTRODUCCIÓN . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 17

1. APROXIMACIÓN AL CONCEPTO DE INICIACIÓN . . . . . . . 31

2. ¿QUÉ REFORMA NECESITAN LOS SACRAMENTOS? . . . . . 41

3. NADA TAN BUENO COMO EL CUERPO HUMANO . . . . . . 49

4. EL DIFÍCIL MATERIAL DE LA PALABRA . . . . . . . . . . . . . . . . 59

5. EL SACRAMENTO COMO VEHÍCULO DEL MISTERIO . . . 79

6. EL SÍMBOLO COMO VEHÍCULO DEL SACRAMENTO . . . . 93

7. LA HISTORIA DE LA CRUZ DE JESUCRISTO CORRE POR


LOS SACRAMENTOS COMO LA MEJOR MEDICINA DE
DIOS PARA LA CURACIÓN DE LA HUMANIDAD . . . . . . . . 117

8. DIOS UNO Y COMUNIDAD TRINITARIA, PADRE, HIJO Y .


ESPÍRITU SANTO, ES EL AUTOR DE LOS SACRAMENTOS,
SI BIEN, Y POR ACUERDO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD,
ES JESUCRISTO EL PROTAGONISTA DE LOS SACRA-
MENTOS DE LA IGLESIA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 135

9. IGLESIA Y SACRAMENTOS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 169

10. LOS SACRAMENTOS, AUNQUE SON CELEBRACIONES


RELIGIOSAS Y MEDIOS A TRAVÉS DE LOS CUALES SE
CELEBRA LA RELIGIÓN, NO CONSTITUYEN REALIDAD
ALGUNA DIFERENTE DE LA RELIGIÓN, SINO QUE SON
LA RELIGIÓN MISMA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 179
8 LOS SACRAMENTOS

11. DIGNIDAD DE LOS ELEMENTOS TERRENOS DE LOS


SACRAMENTOS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 193

12. POR LA FE SE CREE EN LOS SACRAMENTOS Y, A SU VEZ,


LOS SACRAMENTOS VISIBILIZAN LA FE CON LA QUE SE
CREE . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 209

13. DE LA GRACIA OBTENIDA EN LOS SACRAMENTOS


CELEBRADOS CON FE . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 215

14. LA PALABRA Y LOS SACRAMENTOS CONSTITUYEN LA


EVANGELIZACIÓN COMPLETA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 223

15. APROXIMACIÓN AL SACRIFICIO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 227

16. SACRAMENTOS, CARÁCTER Y CELEBRADORES . . . . . . . . 241

17. DESDE LOS SACRAMENTOS DE NUESTROS ANTEPASA-


DOS A UN PACTO ENTRE CRISTIANOS. EL SIMBOLISMO
DEL NÚMERO SIETE Y LA ORDENACIÓN DE LOS
SACRAMENTOS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 249

18. LOS SACRAMENTOS SON LA FUENTE DE LA VIDA ÉTICA


Y MORAL DEL CRISTIANO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 263

ÍNDICE GENERAL . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 271


PRÓLOGO

“Los Sacramentos: Señas de identidad de los Cristianos” es un


libro que me evoca la estructura musical de una sinfonía inacaba en
torno al tema abordado por la teología tradicional en el tratado De
sacramentis in genere. El tema es tan de hoy como de siempre. Un
tema antiguo sí; pero que el autor, Luis Nos Muro, logra cifrarlo, en
la partitura de estas páginas, como una melodía nueva. Porque, sobre
el pentagrama de la fe, en clave trinitaria, y al compás del amor y de
la esperanza, consigue darnos, en el tono justo, y según la sensibilidad
de los tiempos actuales, la música sonora que reclaman los símbolos
cristianos más excelsos, como son los sacramentos.
Da la impresión de que el autor ha escrito cada página del libro
en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Así de simple
y peculiar. Pero también tan poco al uso de los tratadistas. Pues sor-
prende y gratifica que la familia trinitaria acompañe, ambiente, ilu-
mine y dé sentido a cuantas reflexiones e intuiciones se hacen y
sugieren en esta sinfonía de iniciación sacramental. Porque el autor
capta el mapa y paradigma del cosmos y de toda la historia en
armónica convivencia trinitaria. Porque, para Luis Nos Muro, toda
comunidad auténtica y creyente se inspira en el misterio trinitario;
de sus virtualidades vive y, de una u otra forma, de él deriva y lo
refleja. Y porque el sacramento, desde su misma infraestructura, une
a las personas, las vincula entre sí y las remite a Dios.
10 LOS SACRAMENTOS

En efecto, concebir el sacramento como mineral, fuente y raíz de


vida, no es cosa menor. Implica acercarse con mirada trascendida a
sus infraestructuras. Esos medios, recursos, signos, símbolos y ele-
mentos que evocan, sugieren, expresan y vuelcan el corazón ilumi-
nado hacia el misterio, propiciando una experiencia existencial de
fe. Es el primer movimiento de esta sinfonía: trascender lo inma-
nente por la trasparencia, caminar de lo visible a lo presentido e
invisible, y del signo al significado.
Pero impulsar la celebración de los sacramentos como factor
comunitario y como acorde, supone acometer un segundo movi-
miento en sintonía con las cuestiones antropológico-teológicas. Es
el que evoca la vida al concebirla como proceso de momentos fuer-
tes y suaves, de silencios y de gritos clamorosos sucedidos en armó-
nica alternancia hasta hacerse melodía. Melodía que requiere un
oído fino para conjugar las tonalidades musicales de los signos, para
suscitar vivencias, para lograr canciones, fiesta y regocijo. Una músi-
ca que brota del alma al ritmo de los diversos momentos o etapas
de la vida, y que acompaña y orienta, desde el nacimiento, hasta el
acorde final de la existencia. Canciones son los sacramentos que, al
alba, nacen sin remedio e incontenidos, que mantienen la alegría al
mediodía y transforman la propia defección en fiesta reconciliado-
ra. Una fiesta donde el servicio cobra relevancia y el amor ambien-
ta y fecunda el convivir; donde regocija compartir el pan y el vino
en la mesa de la fe y del compromiso, y en donde, a la caída de la
tarde, tras la temporalidad, se alienta y fortalece para lograr el acor-
de que colma la vida de sentido.
No obstante, al memorar, proclamar y celebrar los sacramentos,
conviene mantener la dominante de los signos y señales que anudan
el pasado en el presente hacia el futuro. Es un tercer movimiento que
describe los sacramentos como encuentro con Dios en medio del
mundo. Lo refrendan los pueblos que contemplan la naturaleza
como un poema lírico; que convierten los ritos en símbolos y que
PRÓLOGO 11

hacen de la historia, de manera más o menos clara, una peregrina-


ción sacramental. Pero la referencia obligada la constituye el pueblo
de Israel junto con la Iglesia. Un pueblo creyente y fiel al que Dios
habla; y un pueblo en medio del cual se encarna Dios al ritmo del
Espíritu de Jesús el Cristo. En él, por él y con él, la Iglesia vive y resul-
ta sacramento. Naciendo de él, marca y vitaliza el camino verdade-
ro de la vida, mediante los símbolos que Cristo-Jesús le confirió,
como minerales sagrados, como herencia y relicario en el Espíritu.
Los sacramentos engendran hijos para la Iglesia y a ella misma alum-
bran. Son momentos salvíficos que Dios realiza en el Espíritu de
Cristo. Acciones culturales de los hombres nuevos mediante las cua-
les, en el Espíritu y a través de Cristo, al Padre glorifican.
Esa dominante se mantiene en otros movimientos que desgrana
esta sinfonía inacabada. Pero en las variaciones, y es bueno apun-
tarlo, no aparece el rito en demanda de la gracia, sino como cele-
bración simbólica a impulso de una experiencia entrañable: la expe-
riencia compartida en el Espíritu del Hijo; la experiencia vivida y
celebrada por la comunidad creyente de la Iglesia; una experiencia
que se siente y comunica, que se acrecienta, intensifica y fortalece
en comunidad. Comunidad que camina entre las persecuciones del
mundo y los consuelos de Dios; que busca el milagro de la Pascua;
que sufre las cruces de la vida, y que acepta la peripecia de la muer-
te en la esperanza de la Resurrección. Comunidad, pueblo religioso
que, con puro corazón, conciencia buena y fe sincera, concibe los
sacramentos como consumación y recapitulación en Cristo, y hace
de la fe, mirada iluminada; del amor, lenguaje universal, y de la espe-
ranza, presencia cierta.
Aquí se contempla y se describe el sacramento como símbolo
que evoca Cruz y Pascua, que clama convergencia solidaria y que
engendra una sociedad distinta: la sociedad restablecida, la familia
de los hijos del Padre en el Espíritu del Hijo; un pueblo donde todos
y cada uno se descubren hijos de un Padre común, solidarios unos
12 LOS SACRAMENTOS

con los otros y de toda la creación. Esta dominante, y desde esa


perspectiva, motiva a disfrutar de este recital sacramental que se
intitula: “Los Sacramentos: Señas de identidad de los Cristianos”.
Vivimos tiempos de búsqueda y clarificación; tiempos de inte-
gración y reencuentro de identidad. La ciencia teológica, aunque
resulte paradójico, tiene un carácter problemático que deriva de la
misma esencia cristiana. El cristianismo es Pascua, y no puede pres-
cindir de una dialéctica. La dialéctica de la redención, que es cruz y
resurrección; la dialéctica de la fe, que es oscuridad y certeza; la dia-
léctica del testimonio, que es acogida del mensaje y fidelidad com-
prometida. Le corresponde al teólogo hablar de Dios y de las reali-
dades de la fe. Para ello recurre a ideas o conceptos. Pero sin obviar
una actitud crítica y de purificación constante de sus mismas con-
cepciones y lenguaje. Abordar el misterio de la salvación exige, al
tiempo que un discurso emocionado y humilde, conjugar las tres
variables de lo analógico: la afirmación, la negación y la eminencia.
Hace décadas que se dilucidan en la teología sacramental varios
conflictos. Tanto el que surge entre fe y religión, naturaleza y gracia,
como el planteado por la pastoral entre evangelización y sacramen-
to; o el que, de manera inveterada, persiste entre acción litúrgica y
compromiso ético-profético. Debates nada irrelevantes. Y cuestio-
nes sobre las que, conforme se suceden los movimientos de esta sin-
fonía, ejecuta inspiradas variaciones el autor.
En todo momento muestra conocer el autor, y no desprecia, las
distintas concepciones que hoy se ofrecen para una teología sacra-
mental actualizada; pero ensaya, con plausible soltura y talante inte-
grador, su peculiar alternativa ante interrogantes que pueden formu-
larse en estos términos: ¿Cómo asumir la sacramentalidad cósmico-
biológica? ¿Es la corporeidad del hombre una infraestructura sacra-
mental cristiana? ¿Cómo ha de presentar la pastoral a Cristo, sacra-
mento del hombre, y a la Iglesia, sacramento del mundo? ¿Qué evan-
gelización espera una cristiandad lánguida, que arrastra motivaciones
PRÓLOGO 13

precristianas en sus formulaciones, para que interpele, regenere y


viva las señales de su identidad, siendo signo de salvación en la his-
toria? Pero en sus modulaciones, evitando la estridencia y la rotun-
didez apologética, el autor soslaya tanto la corriente personalista, la
liberadora y la histórico-salvífica, igual que no se circunscribe en la
simbólico-mistérica, en la fenomenológica o en la analógica ya de
corte antropológico y psicológico, filosófico, teológico o eclesial. No
obstante, maneja, con raro virtuosismo pedagógico, las categorías
utilizadas por todas ellas, las respeta, las aprovecha y las ensambla;
unas veces como contrapuntos, otras como arpegios y, las más,
como acordes puntuales.
Hoy suele afirmarse que la secularización radical, que enfatiza la
brecha entre lo sagrado y lo profano, entre Dios y el hombre o la
historia, es una tendencia superada. También dicen que remite la
contraposición o yuxtaposición entre evangelización y sacramenta-
lización. No obstante, persiste la inquietud profunda, sobre todo en
la pastoral cristiana occidental, por la consecución de una evangeli-
zación que facilite el encuentro de Dios en Cristo, que acoja e inter-
pele desde Cristo en la Iglesia, en el mundo y en la historia.
Es sabido que no faltan, al respecto, quienes reivindican una ins-
trucción que aúne conocimientos, talante educativo y garra cate-
quética. Otros tantean renovar el lenguaje y unos signos que consi-
deran anacrónicos. Muchos buscan un mensaje más comunicativo,
y sueñan con los medios oportunos para ello. Hay quienes sostie-
nen que la renovación de los rituales y las adaptaciones lingüísticas
o gestuales que se van efectuando arrojan un balance pobre al cons-
tatar que el creyente de hoy no comprende ni vive lo que es y repre-
senta el hecho religioso mejor que el practicante de ayer. De cual-
quier forma, el lenguaje y una inteligencia senciente sacramental pos-
tulan una iniciación pedagógica a su sentido y en la lectura de los
símbolos. Y es que, en el silencio, aflora un sinfín de vivencias varia-
das; en la soledad se hacen sonoras muchas vibraciones, y hay una
14 LOS SACRAMENTOS

ardiente oscuridad que, aún en medio de la niebla, orienta, evoca e


interpela a condición de no recaer en antropologismos inmanentes,
vulgaridades litúrgicas o culturalismos arqueológicos. Es decir, sin
que los conceptos sofoquen las vivencias; sin que prevalezcan las
explicaciones puramente horizontales sobre las iniciaciones vertica-
les, y donde aparezca Dios como alguien familiar entre los signos.
El hecho religioso, para expresar la idea de lo divino, conjuga
creencias y ritos, doctrina y práctica. Dos factores igualmente indis-
pensables y esenciales. Ambos necesitan renovarse sin descanso. La
gente, que no suele entender ni preocuparse mucho de doctrinas o
teorías religiosas, gusta que las representaciones sacramentales se
actualicen y que estén en sintonía con lo que vive y experimenta
cada día. Los teóricos y especialistas, preocupados por los funda-
mentos doctrinales, tienden a precisar tanto los conceptos que los
convierten en abstracciones desvitalizadas. Y aunque, como ha ocu-
rrido desde el Vaticano II, la renovación teológica ha sido valiente,
y pueda concederse que nunca ha evolucionado tanto la sacramen-
taria como en los últimos lustros, es también patente que las prácti-
cas religiosas siguen tan ancladas como siempre.
Con todo, y al hilo del eco agustiniano que suena en esta sin-
fonía, bien podrá decirse, en apretada síntesis, lo que afirmó san
Agustín: no hay otro sacramento de Dios sino Cristo. Fuente, sacramen-
to original de salvación es Cristo. De Él dependen y reciben todos
los sacramentos su sentido. Pero Cristo, a través del Espíritu, pro-
longa su existencia, explicita, actualiza e historiza su misión salva-
dora mediante y en la Iglesia: cuerpo, esposa y plenitud de Cristo,
sacramento para el mundo y “del” mundo. Porque en la Iglesia se
revela y se ofrece Cristo al mundo; y el mundo descubre en ella lo
que por vocación está llamado a ser. La Iglesia garantiza la conti-
nuidad histórica de la salvación de Cristo por su condición de lám-
para sobre el candelero o ciudad en la montaña, donde toda la cre-
ación pueda ver lo que le importa para su unidad y paz. Y si el
PRÓLOGO 15

mundo rechaza y contesta a la Iglesia como institución, no es por


ser criatura de Cristo, sino porque no aparece ante el mundo con las
palabras y obras con las que la equipara su Maestro y Señor. La
Iglesia no es un ente abstracto, neutro e irrelevante. Es un pueblo de
personas visibles y concretas, porción del mundo que ha tomado
conciencia de su vocación última divina, e invita a celebrarla y pro-
clamarla desde la fe, el amor y la esperanza. Son creyentes impreg-
nados de la vida, muerte y Resurrección del Señor. Son profetas y
testigos del vivir en Cristo, signos y sacramentos ante la comunidad
creyente y en medio del mundo, porque sienten, viven y se mani-
fiestan en coherencia con el Misterio de Cristo y con su Iglesia. Son
cristianos, sacramento de Cristo y de la Iglesia, pues interpelan, de pala-
bra y con la acción, a existir, de un modo nuevo, en referencia al
Padre y en plena concordancia con el Espíritu de Jesús. Así lo pro-
fesan en cada momento puntual y cotidiano; así lo viven en la inti-
midad del corazón y públicamente lo proclaman y, en los momen-
tos más decisivos de la vida, lo celebran en comunidad.
Luis Nos Muro cuenta con recursos para realizar una orquesta-
ción sacramental sin incidir en la repetición manida. Además de
ilustración, evidencia un buen grado de maestría; procede de mane-
ra evocadora e incitativa, y ejecuta las exposiciones con inspirada
humildad, fe y poesía. La ilustración sin fe, sin humildad y sin poe-
sía poco evoca; y casi nada dilucida ni aquilata en los ámbitos donde
hay que entrar y caminar con el alma arrodillada. Además, aunque
el rumor sacramental susurre en las frondas y en las bóvedas de
cualquier humano, contactar con el misterio y escuchar sus varia-
ciones es privilegio de iniciados. Igual que sus policromías impactan
solamente a quienes las miran con los ojos de la fe, y a los que, con
el corazón volcado, acogen con ternura su interpelación, para
hacerlos experiencia personal y compartida.
Aunque el autor, con propósito manifiesto, nunca delimita el
tema, siempre lo mantiene y lo retoma, aún desde incursiones y fugas
16 LOS SACRAMENTOS

de índole diversa, y lo desgrana con un raro virtuosismo: el que le


da su propio perfil humano, su sabiduría y la libertad “de los hijos
de Dios”. Esta exposición rehuye la sistematización al uso. Pero
aparecen, unas veces como arpegios y otras recurriendo al contra-
punto, todas las variaciones sustantivas de la teología sacramental.
Y se ofrecen con aquilatada claridad, con lenguaje próximo, sin fór-
mulas doctrinales al alcance de los más. Pero también sin veleidades
ni aspavientos. Pues el autor, al afrontar las cuestiones palpitantes,
las discierne, conjuga, les da mayor alcance, y las abre a dilatados
panoramas.
Estimo que el autor sale airoso de su empeño en esta sinfonía
inacabada. No obstante, el júbilo que produce este fruto cierto, que
debe valorarse como una incitación en la renovación de los estudios
teológicos españoles, es anuncio de las mejores esperanzas. Y cabe
esperar, ante el feliz resultado de esta travesía teológica iniciática,
que Luis Nos Muro prosiga su tarea de investigador contemplativo
de los sacramentos. Entre líneas intuimos que la tentación le ronda.
Esperamos que sea así. Lo celebraremos.

Herminio de la Red Vega, OSA*

* A Don Herminio de la Red Vega, sacerdote agustino, y Director de la Revista


“Religión y Cultura”, agradezco la “Presentación” que ha escrito para mi libro,
así como las numerosas correcciones y sugerencias que me ha proporcionado en
el transcurso de su gestación y escritura. Asimismo, a los sacerdotes Javier
Lucea, Salvador Quintero, Honorio López y Jesús Lacabe, amigos y coherma-
nos en san Vicente de Paúl, un millón de gracias, pues, sin su ayuda, correccio-
nes, grandes y pequeñas, mi libro no hubiera llegado a puerto.
INTRODUCCIÓN

Los sacramentos son las señas de identidad de los cristianos en


un doble sentido: Celebrándolos, ejercen de cristianos y, siendo cris-
tianos, forman parte de la Iglesia en la que los celebran y reciben.
Por eso, la Iglesia se sabe y manifiesta auténtica casa de la familia de
Jesucristo en la medida en que sus hijos celebran los sacramentos y
ejercen de cristianos.
Los sacramentos son los minerales regalados por Dios a la huma-
nidad para que se vertebre a semejanza de su Hijo Jesucristo, del
mismo modo que para ser persona se precisa de comida, amor,
escuela, libros, deporte y un largo etcétera.
El Misterio trinitario indica que las personas divinas se inter-
comunican tan totalmente que, sin dejar de ser personas, tres, y dis-
tintas las tres, no por eso son otra realidad que un único Dios, cuya
divinidad comulgan las tres personas por igual. Es decir, que cada
una de las tres personas divinas es Dios totalmente.
Pues bien, este modelo de unidad en la pluralidad, al que apunta
el Misterio trinitario, también debe situarse en el corazón de la
comunidad que celebra y recibe los mismos y únicos sacramentos
que hacen de ella una persona comunitaria sin que desaparezcan
por ello las personas individuales.
El misterio de la Encarnación de Dios apunta a integración entre
Dios-Verbo y Hombre-Jesús, sin dejar de ser Dios ni hombre; sin
18 LOS SACRAMENTOS

que desaparezcan ni Dios ni el hombre, una vez unidos; sin que se


confundan Dios y el hombre, sino que, siendo diferentes, pero en
una única persona, la humanidad permanece humana y divina, y
la divinidad sigue siendo divina y humana. Y es que Dios-Verbo y
Hombre-Jesús coinciden tan estrechamente que no son sino una
única persona.
Pues bien, así como hemos destacado la misteriosa cohesión y
complementariedad en las personas de la Trinidad, lo mismo debe-
mos afirmar de la persona de Jesús con los suyos y de los cristianos
entre sí y con Cristo.
El cristiano, al celebrar el sacramento, se apodera de su conteni-
do, pues le es concedido por gracia, y lo que contiene el sacramen-
to es la vida de Dios para el hombre. De modo que, asimilando esa
vida, el hombre se diviniza, pero sin mengua ni de su humanidad ni
de su personalidad.
Los sacramentos son una lección permanente de que en el origen
del cristianismo hubo un acontecimiento fundante. Un aconteci-
miento que, además de originarlo, lo marca para siempre. Y este
acontecimiento que lo funda es el Misterio de la Cruz, ocurrido en
la Historia hace 2.000 años, y llegado hasta el día de hoy en las cele-
braciones sacramentales presididas por el Espíritu Santo en la Iglesia.
Esta idea se puede reforzar con cuanto acontece en la Historia
de pueblos y culturas. Así como los pueblos tienen en su origen
unos personajes históricos, míticos o legendarios, con los que se
identifican o configuran, porque desde ellos arranca ese pueblo o
cultura, Jesucristo es para los cristianos el fundamento original, cul-
tura y culto, cuya historia empapa las comunidades en la medida en
que activan y celebran los sacramentos.
El pueblo judío tiene una fuerte presencia de sus antepasados. Y
no sólo eso, sino que se sabe contemporáneo de Moisés, y con él
atravesaron y atravesarán el Mar Rojo los judíos de todos los tiem-
pos, y lo que se dice de Moisés es trasladable a personajes como
Abrahán, David y Ester.
INTRODUCCIÓN 19

La catequesis cristiana también tendrá que reforzar la presencia


de sus antepasados y de cuantas personas hayan destacado nota-
blemente en la configuración de las diversas iglesias locales de la
única Iglesia de Jesucristo. Con esto, sugiero que la Historia hay que
activarla para revivirla, en orden a que no se borre la memoria de
cuanto ha ocurrido en ella. Así, los españoles debemos tener una
fuerte presencia de los apóstoles Pedro y Pablo, pero, a su vez, de
Santiago y de los discípulos de los Apóstoles que evangelizaron a
nuestros antepasados, así como de Isidoro de Sevilla e Ildefonso de
Toledo, Teresa de Jesús y Francisco Javier, Santiago Masarnau y
Concepción Arenal, Jesús Vergara o Cirila Suescum.
Noé, Abrahán, Moisés, David, Ester y Judit son algunos de los
antepasados de nuestra fe. Y no sólo eso, sino que nos sentimos hon-
damente vinculados a los grandes personajes del Antiguo Testa-
mento. También nos sentimos muy unidos a los grandes personajes
del Nuevo. No digamos a Jesucristo, a Nuestra Señora, al líder san
Pedro, al pensador san Pablo, al amoroso san Juan y a otros muchos.
Con todo, yo creo que el cristiano se siente más configurado con
Abrahán, Moisés o David que con Pedro y Pablo, excepción hecha
de Jesucristo y de la Virgen María, bien porque sabemos más de los
antiguos o porque se ha insistido sobre ellos en la catequesis con
mayor destreza.
Nos hemos familiarizado con los personajes del Antiguo Testa-
mento, y así debe ser, pero casi se ha despojado a los judíos de sus
antepasados para hacerlos nuestros.
Con este planteamiento me refiero a la teología espoliativa de
“tipo” y “antitipo”, acuñada por los Santos Padres, aunque con fun-
damento en san Pablo. En concreto, la teología “espoliativa” dirá
que Moisés (tipo) fue una figura de Jesucristo, pero que Jesús es el
verdadero Moisés o (antitipo), esto es, que el verdadero Moisés es
Jesucristo en cuerpo y alma.
Pero, en honor a la verdad, y según una teología sana, la Antigua
Alianza no ha sido disuelta porque las promesas de Dios son irre-
20 LOS SACRAMENTOS

vocables. De ahí que la teología, si no quiere atropellar la Biblia y


herir a los judíos, tendrá que corregir esos enfoques tendenciosos y
explicar correctamente el tema de la Alianza1.
El texto de san Juan Crisóstomo, que podría ser multiplicado, nos
ayudará a entender la manipulación de la teología de “espolio”, según
acabo de indicar. Dice el gran Crisóstomo: “El relato del diluvio es un
sacramento (misterion), y sus detalles una figura (tipos) de las cosas
venideras. El arca es la Iglesia; Noé, Cristo; la paloma, el Espíritu
Santo; el ramo de olivo, el amor de Dios a los hombres. Igual que el
arca protegía, en medio del mar, a los que estaban dentro de ella, así
la Iglesia salva a los extraviados. Pero el arca se limitaba a proteger;
la Iglesia hace más. Por ejemplo, el arca recibía bestias irracionales
y las conservaba irracionales; la Iglesia recibe hombres sin logos y
no se limita a conservarlos, sino que los transforma”2.
Los sacramentos son las gestas realizadas por Dios en favor de
la Humanidad. La gran familia de la Iglesia cristiana tiene en el
Antiguo Testamento sus gestas ancestrales. Pero de esto ya hemos
dicho algo.
Dios no se ha contentado con crearnos a su imagen y semejan-
za, que ya es mucho, para abandonarnos a nuestras fuerzas, no. Dios
vela por sus hijos y está a su lado como una madre que se da en ali-
mento.
Con Adán y Eva estuvo Dios en el paraíso; con Noé, en el arca;
con Abrahán, en la circuncisión; con nosotros, en Jesucristo. La vida
de la humanidad está sombreada por la presencia divina como si
Dios estuviera al atisbo de la manifestación plena del ser humano.
Mientras vive en la tierra, el ser humano es un peregrino. Dios
es su patria en una doble dimensión: Como descanso definitivo y
como término de su crecimiento en su Hijo Jesucristo. Por eso, la

1. H. Vorgrimler, Teología de los sacramentos, Herder, Barcelona, 1989, 31.


2. San Juan Crisóstomo, J. Daniélou, Sacramentos y culto según los Santos Padres,
Guadarrama, Madrid, 1962, 126.
INTRODUCCIÓN 21

Iglesia enseña al cristiano a ser perfecto, como el Padre celestial,


a crecer en Dios y a transformarse en él.
Si Cristo es el cimiento de todo cristiano, Cristo es el edificio que
el cristiano debe construir en su persona a lo largo de la vida. Si
Cristo es la tierra en la que el cristiano hunde sus raíces, Cristo debe
ser el fruto del trabajo de todo cristiano.
En el plan de Dios todo está dispuesto de modo admirable para
que ocurra la transformación en Cristo. Es cierto que Dios desea
que la persona madure, pero no es menos cierto que es el mismo
Dios quien ha colocado a nuestro alcance el mineral sagrado de
Jesucristo.
Admitamos y creamos como hijos de la Iglesia de Jesucristo que
los sacramentos nos maduran en el lagar cristiano, pero no negue-
mos que los sacramentos del Antiguo Testamento, a pesar de que
hayan desembocado en el Nuevo, según la teología cristiana, santi-
fican a los hombres y mujeres fieles al Dios del Israel antiguo, así
como que Dios, el único Dios, salva a los hombres y mujeres de
otras Religiones y a cuantos se abrazan a una ética auténtica.
Los Santos Padres han exagerado con sus deliciosos contrapun-
tos entre ambos Testamentos. Así, el arca de Noé recibió y salvó a
muchos animales, pero tan irracionales salieron como entraron.
Cierto que no se dice que hombres y mujeres entraron irracionales
en el arca y que salieron como entraron, pero algo de eso se intuye
cuando se dice que ingresaron sin “logos” y sin “logos” salieron. Por
el contrario, los cristianos, según la comparación de los Padres,
entramos en la Iglesia irracionales, que no es cierto, y las aguas del
Bautismo nos vuelven racionales. Agudezas teológicas, sin duda,
pero tan exageradas como deliciosamente inexactas y tendenciosas.
Una vez realizado el misterio de la Encarnación, la humanidad
ha entrado en un juego tan profundo con la divinidad que, pertene-
ciéndose a sí misma, se pertenece a Dios, y se pertenece más a sí
misma en la medida en que se dona a Dios.
22 LOS SACRAMENTOS

En Jesucristo, y para nosotros los cristianos, Dios ha manifesta-


do su plan de salvación, plan que la Iglesia conoce y nunca debe
ignorar, si no quiere fracasar para Dios, para sí misma y para la
humanidad. Y Jesucristo, por su parte, ha expuesto en su Evangelio
que es el pan bajado del cielo para ser comido, realizar nuestra inte-
gración e injertarnos definitivamente en Dios.
El cristiano, pues, debe conocer, en cuanto le sea posible, el
Misterio de Dios, descubierto en Jesucristo, celebrado bajo la presi-
dencia del Espíritu Santo, en orden a recibir los sacramentos que
realizarán poco a poco su total integración y compromiso, como
persona creyente, en el mundo físico, histórico, cultural, técnico,
científico, plural y religioso del momento en el que le toque vivir.
El receptor, al celebrar y recibir los sacramentos, y toda la Iglesia
con él, no debe desvincularlos de la salud definitiva de Dios, ni de la
salud consumada en Jesucristo, ni de la salud que Dios y Jesucristo
nos regalan aquí y ahora, por el Espíritu Santo, en los sacramentos
de la Iglesia. Por eso, la salud que recibimos en los sacramentos
tiene como fin la esperanza de los bienes futuros, antes que la con-
servación o logro de los presentes3, aunque sin olvidarlos, pues las
realidades terrenas también han sido alcanzadas por la salud de
Jesucristo, y caminan con los humanos y con Cristo a la salud total
anunciada y prometida.
De hecho, recibimos la gracia por medio de los elementos terre-
nos y, en consecuencia, la presencia de Jesucristo alguna resonancia
saludable debe ejercer en los elementos terrenos y en cuanto cons-
tituye la estructura de los sacramentos.
Con esto, apuntamos a la escatología o meta final de la Historia,
anunciada en la Sagrada Escritura. Es decir, al estado que alcanzará

3. San Agustín, Enquiridión LVI. BAC. IV, Madrid, 1956, 559. ( Siempre que cite
a san Agustín, lo haré por la edición de la BAC, Madrid, 1946-1995, indicando
los volúmenes según el número romano de la Obra Completa del santo ( 41
volúmenes ), y no según la numeración arábiga de los volúmenes en la
Biblioteca General de la BAC).
INTRODUCCIÓN 23

la naturaleza cósmico-humana cuando se descubra totalmente quién


es Jesucristo y nosotros con él, y comience el reinado de Dios más
allá de las ambigüedades de lo terreno e histórico.
De hecho, la materia, asumida y humanizada por Jesucristo, ya ha
alcanzado la salud y el crecimiento totales. Nadie más saludable que
el Jesucristo-Hombre-Dios, y nada más saludable que la humanidad
corporal de Jesucristo. Y es que precisamente en la corporalidad
humana de Jesucristo, enteramente igual a la nuestra, ha cesado todo
límite y toda enfermedad, y la muerte nada tiene que ver con esa cor-
poralidad divino-humana. La materia humana, pues, ha alcanzado
en Jesucristo su última dimensión y no puede crecer más. Y esa meta,
que ya ha sido alcanzada en Jesucristo, se conseguirá en la naturale-
za cósmico-humana, en todos y cada uno de los hombres, en todas
y cada una de las mujeres. En el entretanto, la Iglesia nos abona para
esa salud definitiva con los minerales de los sacramentos, de modo
que nos vayamos acostumbrando a esa salud final, lo mismo que
Dios se ha acostumbrado a ser hombre en Jesucristo.
La teología enseña que la salud final comienza en la realidad
actual o, según el lenguaje teológico, en la realidad deteriorada de la
materia humana. Así, aceptando la salud de Jesucristo se recupera el
estado originario. Es decir, que por la aceptación de la obra de
Jesucristo el ser humano recupera radicalmente la salud que Dios
infundió en la Naturaleza, en la Historia y en la Humanidad. Y es
que Dios no destruye para crear de nuevo, sino que devuelve la
salud a quienes aceptan la obra de su Hijo.
Así es como debe ser entendida la nueva creación porque, a pesar
del mal de origen, acontecido en los umbrales del tiempo, y de los
males personales y estructurales, nada se corrompe tan de raíz que
Dios quede borrado de la creación y de la criatura. Esto no puede
suceder ni siquiera en el ser humano, y eso que el hombre puede
mandar a Dios que se aleje de él, pero Dios no puede obedecer ese
mandato porque eso equivaldría a la destrucción de Dios por Dios.
24 LOS SACRAMENTOS

Prueba de que lo presente se consumará y no será destruido es


que el Verbo, al hacerse hombre, se hizo al modo humano. Y no
solamente eso, sino que todo cuanto hizo y dijo ni ha desaparecido
ni desaparecerá, sino que queda realizado y registrado (memoriali-
zado en su definitiva-persona-humano-divina), lo mismo y mejor
que los últimos mensajes en la caja negra de un avión siniestrado.
Si esto ha ocurrido con Jesucristo, eso acontecerá con la huma-
nidad. Y eso que ha ocurrido ya con Jesucristo, comienza en noso-
tros cada vez que celebramos y recibimos un sacramento. Y es que
recibir un sacramento es como volcar sobre nosotros la historia
saludable de la Cruz, historia que nos sana para siempre.
Con todo, y este es un punto que se me escapa, debido a su rea-
lidad misteriosa, el acontecimiento de la Cruz y su salubilidad resul-
tan trágicos y necesitan un gran esfuerzo de comprensión desde la
fe cristiana. De hecho, a Dios le costó, aunque libremente, morir en
Jesucristo, para que fuera posible la recuperación del equilibrio per-
dido y la transformación de todo. Por otra parte, el restablecimien-
to no parece tan evidente. Y es que la tragedia del Calvario, pensa-
da humanamente, es desproporcionada: Mucho dolor, el dolor de
un Dios-Hombre hasta la muerte por nosotros y, sin embargo, todo
permanece y sigue como si Jesucristo no hubiera conseguido nada.
Una palabra de consuelo la proporcionan los Santos, canonizados
o no, y los hombres y mujeres de una ética sana. Ellos, asimilando,
no sin esfuerzo, los sacramentos del Resucitado y los sacramentos de
una ética sana, parece que domestican el mal de origen, el mal per-
sonal y el mal estructural, ese cemento formado por mi malicia, la
tuya y la de toda la humanidad. Y lo que hacen estos hombres y
mujeres, bien con los sacramentos de Jesucristo o con los sacramen-
tos de la ética, eso lo puedo hacer yo con ética o con sacramentos, y
abonarme, como Vicente de Paúl o Gandhi, para esa salud definitiva.
De todo esto podemos extraer algunas conclusiones, que estarán
presentes en el transcurso de estas páginas.
INTRODUCCIÓN 25

1. Jesucristo, en su realidad humana e histórica, fue el Medio de


Encuentro o Sacramento para los fieles de su tiempo. A noso-
tros, a través de los elementos terrenos de los sacramentos, sólo
nos es dado relacionarnos con Jesucristo mediante la fe, aunque
también la fe les fue exigida a los contemporáneos de Jesucristo.
No nos vamos a perder ahora en disquisiciones puntillosas
sobre si es más provechoso ver a Jesucristo con los ojos de la fe
o con los ojos de la carne. A los Apóstoles y contemporáneos del
Salvador les fue concedida la visión del Sacramento-Cristo bajo
esta realidad: Dios, a quien no se ve, fue visto con los ojos de la
fe y con los ojos de la carne. A los creyentes de hoy no se nos
permite ver a Jesús más que sacramentalmente. Es decir, que
vemos a Jesucristo con los ojos de la fe, lo mismo que los após-
toles, pero nos tenemos que valer de la fe para verlo en los sím-
bolos sacramentales, como a los paisanos de Jesús se les exigió la
fe para verlo en el sacramento de su cuerpo histórico.
2. Cristo ha querido perpetuarse en la Historia para acompañar-
nos hasta el fin de los tiempos. En los planes de Dios ha entra-
do seguir presente entre nosotros en unos símbolos, en unas
palabras, en unos determinados materiales terrenos, como en
otro tiempo se hizo niño en el seno de María para ser paisano
de los judíos. A Nuestra Señora se le pidió el obsequio de su
“fiat”, antes de que germinara en sus entrañas el chiquillo de
Dios. Hoy día, Jesucristo también dice al cristiano: ¿Quieres que
yo me encarne en ti? Pues realiza mis sacramentos como quie-
re la Iglesia, recíbelos con fe, y estaré en ti tan realmente como
en mi Madre, y podrás ser hijo mío, hermano de mi Hijo y, lo
que es más, Madre de mi Hijo4.
3. El hombre, que comenzó siendo criatura alentada por Dios en la
mañana del Génesis, terminará siendo Cristo en la incursión que

4. San Agustín, Sermón 25, 7. 8. BAC. VII, Madrid, 1964, 121-124.


26 LOS SACRAMENTOS

realizará el Salvador, al final de los tiempos, al frente de la huma-


nidad realizada, en el seno de la Trinidad.
4. La fe es un requisito para vivir junto a Dios y de Dios. La fe es
necesaria para la recepción de los sacramentos. Pero la fe no rea-
liza la presencia de Cristo entre nosotros al recibir el sacramen-
to. El hombre puede creer o no que Jesucristo existe, pero no por
eso deja de existir, ni de estar presente en los sacramentos. Según
la fe cristiana, el Jesucristo resucitado se “persona” en el hombre
que recibe el sacramento con una realidad más fuerte. Es decir,
con la realidad que tiene Jesucristo por ser el Hombre-Dios, en
quien cree, eso sí, el cristiano.
Sólo quien recibe los sacramentos como Dios quiere y los
celebra la Iglesia podrá comprender la densa realidad de la pre-
sencia de Dios en el sacramento, así como en el receptor del
sacramento. De este modo, y poco a poco, el rostro de Jesucristo
resplandecerá en el hombre hasta hacer de su existencia una
luminosa ventana de Dios.
5. La Historia del Arte alude a diversos cánones para la construc-
ción de obras artísticas. Así, contamos con el canon de Fidias, de
Policleto y de Mirón, el canon del Renacimiento, del Romanti-
cismo y de los innumerables “Ismos” del siglo XX.
En el cristianismo no existe más canon que Jesucristo para
que el bautizado llegue a ser obra de arte. Al contrario de lo que
se pudiera pensar, este único canon no tiene nada de rígido.
Aunque a todos se nos ordena crecer en Jesucristo, no se exige a
todos los mismos e idénticos centímetros.
En el cristianismo tenemos un Pablo y un Pedro diame-
tralmente distintos entre sí por temperamento y educación; un
Agustín, una Teresa grande y una Teresa pequeña. Sin embargo,
unos y otras crecen en Cristo, a semejanza de Cristo, de modo que
todos son Cristos, ya que el Cristo Total aún no está completo,
pues, “desde que Jesús nació, desde que terminó de crecer, desde
INTRODUCCIÓN 27

que murió, todo ha seguido moviéndose, porque Cristo no ha ter-


minado de formarse. No ha atraído hacia Sí los últimos pliegues
de su Vestido de carne y de amor que constituyen sus fieles. El
Cristo místico no ha alcanzado su pleno crecimiento, ni, por tanto,
el Cristo cósmico. Uno y otro, al mismo tiempo, son y están sien-
do, y en la prolongación de este engendrar está situado el resorte
último de toda actividad creada. Cristo es el Término de la
Evolución, incluso natural, de los seres; la Evolución es santa”5.
Esto quiere decir que Jesucristo es un canon muy rico en face-
tas, y que allí donde hay bondad y belleza, allí está Dios. Y por
encima de todo, que Dios es infinito, y el hombre participa de
una centellica de Dios.
Hay personas que durante toda su vida no harán otra cosa
sino considerar los misterios de la infancia de Jesucristo hasta
hacerse niños con el Jesucristo niño, y llegan a ser santas.
Hay personas que consideran a Cristo como hombre de
acción, hombre el más humanitario que haya pisado la tierra, y
llegan a ser santas.
Hay personas que consideran a Cristo bajo el Misterio del
Cuerpo Místico y llegan a ser santas. Y es que Cristo se amolda
a todas las inteligencias: Niño con los niños; sabio con los doc-
tores; dialéctico con los fariseos; misericordioso con los débiles;
compasivo con los enfermos, y con los pecadores arrepentidos,
pastor amoroso.
El cardenal Bérulle dice a este propósito: “Él mismo es parte
de nosotros, y al hacernos universalmente partícipes de sí mismo
quiere al mismo tiempo que participemos especialmente de sus
diversos estados según la diversidad de nuestra elección y de
nuestra entrega a Él... Así hace a sus hijos partícipes de su espí-
ritu y de la gracia de sus misterios; da a unos su vida, a otros su

5. Pierre Teilhard de Chardin, Himno del universo, Taurus, Madrid, 1967, 69-71.
28 LOS SACRAMENTOS

muerte, a unos su vida oculta, a otros su vida pública, a unos su


vida interior, a otros la externa.
En su mano está atribuirnos aquellos estados y misterios de
su persona divina que Él quiera, y en la nuestra está unirnos y
sujetarnos a ellos”6.
6. Por medio de los sacramentos Dios nos acompaña desde el naci-
miento hasta el fin sin fin, que consistirá en vivir eternamente
con él. De modo que si contemplamos los sacramentos desde
esta brecha nos percataremos de que Dios nos acompaña como
sólo él puede y sabe hacerlo.
7. Desde el punto de vista del fenómeno humano, los sacramentos
constituyen la Geografía e Historia de las relaciones inter-perso-
nales entre Dios y la comunidad cristiana, entre Dios y la perso-
na cristiana, historia real, deliciosa, íntima, con esa intimidad
sabrosa que, al decir de Agustín, constituye el centro más íntimo
de la propia intimidad.
Pero, ¿puede el ser humano relacionarse con Dios? ¿Puede
Dios relacionarse con el ser humano?
Si, según la Biblia, el ser humano ha sido creado a imagen y
semejanza de la Trinidad, toda persona, por medio de esa seme-
janza, puede y está constituida para relacionarse con Dios. Otra
cosa es que la persona sea educada y adiestrada para esa rela-
ción. Y, a su vez, otro asunto muy distinto es que los creyentes
de corte bíblico sean educados para la relación con Dios desde
otra plataforma que no sea la de su propia persona. De ahí que
cada vez que recibimos un sacramento, Dios es el que viene a la
persona del creyente para recordarle que ya estaba dentro de él
con anterioridad a la recepción del sacramento o, para activar,
por medio de él, la presencia radical de Dios en la persona del
creyente.

6. Bérulle, Eugen Walter, Fuentes de santificación, Herder, Barcelona, 1959, 373.


INTRODUCCIÓN 29

Ahora bien, el cristiano, al recibir un sacramento, activa la


presencia de Dios en su persona, cree en la presencia de Dios en
su vida, pero tal y como Dios quiere estarlo por medio de la pre-
sencia e historia sagrada de su Hijo.

Finalmente, así como mi yo, mi único yo, sujeta, mejor que con
un clavo, las edades por las que atraviesa mi persona, los sacramen-
tos son los minerales y alimentos sabrosos que aglutinan la perso-
nalidad cristiana desde el hoy y para el mañana eterno de Dios.

El poema de Paul Claudel, titulado “Procesional”, es un buen


ejemplo para activar la “comunión de los santos” y vivir la fe en
compañía de los antepasados, presentes y futuros.

“Pero ¿qué temeré? Cuando veo delante de mí a los mártires


y a todos los que han hecho su largo deber en silencio, y
el grupo de todas las madres y hermanas, todas las nobles
mujeres que han muerto con decencia...
Sin cambiar un solo punto creo lo que mis padres creyeron
antes de mí, confesando al Salvador de los hombres y Jesús
que murió en la cruz,
confesando al Padre que es Dios, y al Hijo que es Dios, y al
Espíritu Santo que es Dios, y, no obstante, no tres dioses,
sino un solo Dios,
y que el Padre es eterno, y el Hijo es eterno, y el Espíritu
Santo es eterno,
y, no obstante, no son tres eternos, sino un solo y eterno Dios,
y que el Padre engendra y el Hijo es engendrado y vive, y
que el Espíritu Santo no engendra ni es engendrado, sino
que procede del Padre y del Hijo”7.

7. Paul Claudel, Procesional, Emilio del Río, Antología de la poesía católica del
siglo XX, A. Vasallo editor, Madrid, 1964, 104-105.
1
APROXIMACIÓN AL CONCEPTO
DE INICIACIÓN

Todo cuanto digamos en estas páginas tiene carácter iniciático.


En consecuencia, la Iniciación vendrá dada de modo global. Sin
embargo, la iniciación tiene su acento propio y es necesario desta-
carlo, aunque abundaremos, como es obvio, en el Bautismo, por ser
el gran sacramento de la iniciación.
Si la pertenencia a toda cultura se realiza a través de la educación
y la socialización en contenidos y costumbres, para ingresar en el
cristianismo también se requiere aprendizaje e iniciación en sus sím-
bolos, costumbres y contenidos.
En el cristianismo entramos, fundamentalmente, por medio del
Bautismo, y por la familiarización con la Sagrada Escritura y la
Tradición.
La Sagrada Escritura es el mensaje de Dios, experimentado por
judíos y cristianos, y recogido en los libros sagrados de la Biblia.
Por Tradición, y ya es un concepto más complejo, debido, sobre
todo, a inexactitudes acumuladas y transmitidas, se entiende la pre-
sencia de la Sagrada Escritura, creída, meditada y vivida en la comu-
nidad cristiana, más las declaraciones solemnes de los Concilios y
del Magisterio de la Iglesia.
¿Qué quiere decir la palabra iniciación?
La palabra española “iniciación” procede del verbo latino “in-
eo”, que significa entrar, tomar consejo, caer en gracia de alguien,
ponerse en camino.
32 LOS SACRAMENTOS

Desde el punto de vista cristiano, iniciación quiere decir, funda-


mentalmente, entrada en Jesucristo, que se presenta como puerta y
camino1. Y se entra en Jesucristo mediante el nuevo nacimiento,
porque “el bautismo es la iniciación de la vida cristiana como repro-
ducción de la muerte y de la resurrección de Cristo en cada uno”2.
La iniciación cristiana, como toda iniciación, transcurre por eta-
pas. En el caso cristiano, estas etapas, y siguiendo a san Pablo, tie-
nen esta secuenciación:

1. El cristiano es un incorporado al Pueblo-Cuerpo de Jesucristo,


siendo el Espíritu Santo el garante de que hemos sido incorpo-
rados a Jesucristo como premio de haber creído en él3.
2. Por el hecho de haber sido incorporados a Jesucristo, se realiza
en nosotros la reconciliación, pero no una reconciliación cual-
quiera, sino la gran reconciliación que consiste en el traspaso del
poder del mundo al poder de Dios y, como es natural, este tras-
paso es obra de Dios, pero queriéndolo el cristiano.
3. Al ser reconciliados por Dios de manera tan radical, acontece la
presencia y habitación de la Santísima Trinidad en el bautizado,
o gran gracia, aunque volveremos sobre esto en su correspon-
diente apartado.
4. La presencia de la Trinidad en el bautizado, aceptada con fe,
constituye una nueva creación o iniciación radical, según san
Pablo: “Lo que es yo, estando bajo la Ley morí para la Ley, con
el fin de vivir para Dios. Con el Mesías quedé crucificado y ya no
vivo yo, vive en mí Cristo; y mi vivir humano de ahora es un vivir
de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí. Yo
no inutilizo el favor de Dios; y si la rehabilitación se consiguiera
con la Ley, entonces en balde murió el Mesías”4.

1. Jn 10, 1.
2. X. Zubiri, El problema teologal del hombre: Cristianismo, Alianza Editorial-
Fundación Zubiri, Madrid, 1997, 351.
3. 2 Cor 1, 22; Ef 1, 13; Rom 4, 11.
4. Gál 2, 19-21.
APROXIMACIÓN AL CONCEPTO DE INICIACIÓN 33

La Iniciación, como tarea y proceso educativo, consiste en trans-


formar al candidato que ingresa en el camino y escuela, que es
Jesucristo, en una persona nueva por medio de celebraciones, cere-
monias y ritos que sirven para elevar al candidato a una categoría
nueva de persona.
En el caso cristiano, el iniciado está llamado a ser otro Cristo en
el único Jesucristo.
La iniciación es un proceso propio de toda cultura y tan esencial
que la iniciación es cultura y la cultura es iniciación. Un niño, por
ser engendrado, es introducido en una carne, en un cuerpo, y no en
un cuerpo cualquiera, sino en un cuerpo mediterráneo o chino. Al
hablarle, está siendo inculturado e iniciado.
Si la cultura requiere iniciación, toda cultura, aun la más liberada,
contiene procesos iniciáticos que van desde lo más elemental a lo más
refinado. Supongamos una investidura de Licenciado o de Doctor en
la Universidad de Deusto. Ese acto supone el término feliz de unos
tramos y la entrega de la llave que, a su vez, sirve para investir a otros
y continuar con la formación personal. El día de la investidura se pro-
clama que el Licenciado o Doctor puede registrarse en el Colegio de
Licenciados y Doctores, a cuyo Instituto sólo acceden los que han
caminado provechosamente por las aulas universitarias.
La iniciación, en términos cristianos, equivale a todo un proce-
so, no tanto para renacer de nuevo, como si se partiera de cero, sino
para darnos cuenta de que ya habíamos nacido para Dios desde el
inicio, y que Dios ya estaba con nosotros, y nunca desasistidos de
su presencia. De modo que hay que desterrar la idea incorrecta de
caminar del no ser al ser, de la nada a algo, de la muerte a la vida,
del estado de “moro” al de cristiano, sino del ser a un ser más denso,
y de la vida a más vida. Esto es, a aceptar que somos de Dios y que
Dios es nuestro.
La finalidad de la iniciación consiste en transformar al iniciado a
imagen y semejanza de alguien que se presenta como modelo de
identidad. Para el niño, los modelos de identidad son el padre y la
34 LOS SACRAMENTOS

madre. Para el estudiante son los profesores. Para el cristiano es


Cristo, más toda la comunidad que tiene a Jesucristo como modelo
de referencia.
El iniciado, en consecuencia, tendrá que despojarse o, mejor,
enderezar todo aquello que le impide la configuración con el mode-
lo escogido.
La identificación con Cristo es radical en el cristiano, aunque no
exige aniquilación ni del yo ni del propio ser.
Para entenderlo mejor, bueno será recordar la anécdota de los
Padres del Desierto. Murió el abad de un gran monasterio después
de haber vivido con sus hermanos durante cien años. Al llegar a las
puertas del cielo, llamó y contestó san Pedro: ¿Quién va? El abad
respondió, Señor, soy yo, el abad Demetrio. Pero san Pedro le res-
pondió: Pues haz el favor de volver a tu abadía y vivir otros cien
años con tus monjes. Cumplidos los doscientos, de nuevo murió el
abad y llamó a las puertas del cielo. ¿Quién va? Señor, soy yo, el
abad Demetrio. Pues haz el favor de volver a tu monasterio y vivir
otros cien años con tus monjes. Cumplidos los trescientos, murió el
abad Demetrio; llamó a las puertas del cielo y, al ser preguntado
“¿quién va?”, respondió: “Señor, soy tú”. Y se le permitió la entrada.
Esta anécdota, valiosa como un tratado, significa que Cristo no
sólo es el modelo de identidad, sino la persona con la que debemos
configurarnos totalmente, pero desde dentro y de verdad.

Rasgos característicos de la iniciación cristiana


El rasgo más importante de la iniciación cristiana consiste en la
actualización del Memorial de Jesucristo, volteado en el Bautismo
sobre todo cristiano. Es decir, que Jesucristo se vuelva revulsivo,
mediante el Bautismo, y traspase con su energía las diversas etapas
de la vida del creyente.
La docilidad al Memorial viene marcada, tanto para una perso-
na que ha recibido el Bautismo en edad adulta como en la infancia,
APROXIMACIÓN AL CONCEPTO DE INICIACIÓN 35

por la acogida del evangelio, que supone lectura, con clave, en


orden a saberlo y que resulte revulsivo, tanto para el adulto como
para cuando lo sea el niño.
Revulsivo quiere decir que el evangelio sea rumiado continua-
mente y esté presente en todas las actuaciones de la vida.
La docilidad supone una disposición favorable para ser instruido
en los Misterios más importantes del cristianismo, así como la
entrega de cuanto somos a Dios-Padre, como hijos suyos que
somos en Jesucristo, quien nos ha abierto a la Paternidad de Dios,
ya que, sin Jesucristo, no hubiéramos sabido que Dios es nuestro
Padre. Hubiéramos tenido noticia de que es un gran Dios, pero no
que es Padre, o que Dios es Dios siendo Padre.
Docilidad quiere decir cambio de una vida por otra mejor;
robustecimiento de la vida divina por medio de los sacramentos, y
la aceptación de la Comunidad que me recibe. Y es que el cristiano
hijo de cristianos y ciudadano de una comunidad cristiana en ella
nace y en ella se hace5.

¿Es difícil la iniciación cristiana en la cultura de hoy?


El cristianismo primitivo quiso borrar sus semejanzas con las
Religiones entre las que surgió silenciando su parentesco y exal-
tando prepotentemente su bondad, excelencia y originalidad. Y no
sólo eso, sino que, al presentar a Jesucristo como al único, se pensó
que las formas iniciáticas cristianas fueron inventadas y ordenadas
por el mismo Jesucristo. Si la persona de Jesucristo es única, en el
sentido de original, todo lo referente a él debe ser único. Este fue
un error que ha llegado a nuestros días, pero insostenible porque
todo lo humano tiene un substrato común. Y acaso podamos afir-
mar del cristianismo, aunque sin extremarlo radicalmente, que su

5. Cf. Dionisio Borobio, La iniciación cristiana, Sígueme, Salamanca, 1996, 15, 17-
19, 21-25, 28, 33-39, 41-43.
36 LOS SACRAMENTOS

genialidad consiste en no tener casi nada original, y por eso pue-


den ser cristianos y pertenecer al cristianismo la totalidad de hom-
bres y culturas.
Los actuales medios de comunicación son excelentes para la
transmisión del mensaje religioso y para la iniciación, pero en el uso
de los medios de comunicación al servicio del mensaje cristiano,
como en todos los órdenes de la vida, lo que hace falta es claridad
de ideas, así como una excelente formación técnica y teológico-reli-
giosa. Ahora bien, para alcanzar ambos requisitos se precisa de
escuelas y maestros que impartan esas destrezas. Y es que, como
dice Postman: “Se trata de algo muy serio, y por eso no sacamos
nada en claro cuando los educadores preguntan: ¿aprenderán mejor
matemáticas los estudiantes con ordenadores que con libros de
texto?; ni cuando un hombre de negocios se plantea: ¿con qué sis-
tema podremos vender más productos?; ni cuando los predicadores
preguntan: ¿podemos llegar a más gente a través de la televisión que
de la radio?; ni cuando los políticos inquieren: ¿qué eficacia tienen
los mensajes transmitidos a través de los diferentes medios de
comunicación? Estas cuestiones son inmediatas. Apartan nuestra
atención de la grave crisis social, intelectual e institucional que favo-
recen los nuevos medios... Lo que necesitamos saber es si la televi-
sión cambia nuestra concepción de la realidad, la relación de los
ricos con los pobres, la idea misma de felicidad. Un predicador que
se limite a considerar en qué medida un medio de comunicación
puede aumentar su audiencia pasará por alto la pregunta funda-
mental: ¿en qué forma alteran los nuevos medios lo que se entiende
por religión, por iglesia, incluso por Dios? Y si el político no puede
pensar más allá de las próximas elecciones, entonces nosotros debe-
mos preguntarnos de qué manera afectan los nuevos medios a la
idea de organización política y a la concepción de la ciudadanía”6.

6. Postman, J.I. Sánchez Carazo en Filosofía de la técnica, Memoria académica


1999-2000, Instituto Fe y Secularidad, Madrid, 2000, 14-15.
APROXIMACIÓN AL CONCEPTO DE INICIACIÓN 37

Cierto que muchas instituciones iniciáticas, como familia, escue-


la e iglesias, están bastante desacreditas y sus ritos han sido olvida-
dos, pero rebrotan con fuerza en bautizos, primeras comuniones,
entrevistas con maestros de espiritualidad, retiros y acampadas7. En
concreto, lo iniciático, utópico y simbólico, está presente en el cine,
novela y poesía con tanta fuerza que podemos afirmar que cantidad
de ritos iniciáticos están siendo difundidos por estas manifestacio-
nes artísticas. Por ejemplo, se ha instituido que los padres lleven a
sus hijos al campo o al cine durante los días de fiesta. El hecho de
comprar una novela o libro de poesía, prestarlos y comentarlos,
también constituye un rito cuasi religioso.
Familia, escuela e iglesias inician, a pesar de todos los pesares, y
acaso no se haya valorado suficientemente su capacidad iniciática.
Desde el punto de vista religioso es oportuno iniciar cuanto
antes a toda persona, y por cuanto antes entiendo desde la infancia,
pues el ser humano empieza a ser inculturado desde la concepción.
De la iniciación religiosa hay que descartar la impaciencia. Esto
es, no hay que hacer personas religiosas y cristianas antes de tiem-
po, máxime cuando el cristiano es una persona en proceso hasta
que descanse en Dios.
También hay que descartar de la iniciación el complejo de “des-
poblamiento” o de “caserío vacío”. Como cada día somos menos,
atrapo lo que puedo y lo inicio de la manera que sea.
El modo de acertar, tanto en tiempos de abundancia como en
tiempos de escasez, es hacer bien cuanto hay que realizar y atener-
nos al tiempo. Lo hecho mal, hay que rehacerlo muchas veces, y lo
remendado adolece de originalidad.
De todos modos, nuestros padres nos iniciaron en el lenguaje
cuando no podíamos corresponder verbalmente, pero gracias a esa
anticipación rompimos a hablar a su debido tiempo.

7. Cf. Dionisio Borobio, Sacramentos y familia. Para una antropología y pastoral


familiar de los sacramentos, Paulinas, Madrid, 1993, 67-109.
38 LOS SACRAMENTOS

Con esto quiero decir que hay que contar con la paciencia. El
Bautismo recibido a los cero años o la Eucaristía a los siete o nueve,
un día pueden convertirse en auténticas experiencias precisamente
porque los recibimos, lo mismo que volvemos al niño que fuimos
cuando nos lo cuentan o nos miramos en otro niño.

Un mínimo de pedagogía
De la iniciación religiosa hay que descartar todo cuanto huela a
artificial. De lo que se trata es de enseñar a ser y a vivir en cristiano,
y no de lecciones, aunque esto no quiere decir que no haya que
enseñar. En la familia se enseña, y los padres son los primeros
docentes, pero esas enseñanzas son tan vitales que las asimilamos
sin darnos cuenta y sin reparar en que tienen una férrea estructura,
como corresponde a todo lo vital.
Pensemos, por ejemplo, en el aprendizaje del idioma materno.
Este aprendizaje es muy distinto del escolar, aunque ambos deben
complementarse. San Agustín no olvida nunca el gusto con el que
aprendió el latín, en el ámbito de la familia, en contraposición del
disgusto que le supuso la enseñanza del griego de modo mecánico
y escolar8.
En orden a la iniciación cristiana sería magnífico la elaboración de
un Documento entre poético, narrativo, musical y simbólico, con con-
tenidos muy bien escogidos, y en el que primara lo celebrativo. Esto
se puede realizar, pero mediante un equipo de expertos en simbólica,
pedagogía, didáctica, religión, cristianismo y un largo etcétera.
Así como el cristianismo adaptó y aceptó muchas formas iniciá-
ticas no cristianas, hoy habría que hacer lo mismo con muchos ritos
actuales, fiestas, saunas, deportes9, iluminados, claro está, a la luz de

8. San Agustín, Las confesiones I, XIII, 20; I, XIV, 23; BAC. II, Madrid, 1974, 91.
93. 94.
9. A. Grabner-Haider, Ritos modernos de “substitución”, Selecciones de Teología
120 (1991) 329-332.
APROXIMACIÓN AL CONCEPTO DE INICIACIÓN 39

la Pascua del Señor Jesús. Los cristianos primitivos adoptaron en sus


iniciaciones la terminología de los Juegos Olímpicos de su tiempo
hasta presentar el cristianismo como un campeonato. Pensemos,
por ejemplo, en numerosos textos de san Pablo.
Hoy debemos examinar con lupa la cultura para insertar en ella
todo cuanto hacemos, porque la fe se da en la cultura o no se da. La
Cultura informa la Religión y la Fe, y la Fe y la Religión informan la
Cultura. Ahora bien, ¿estamos en la cultura de hoy?10.
Dos circunstancias han de tenerse muy en cuenta en el proceso
de iniciación: 1. La comunidad cristiana, con su nivel de fe, forma-
ción y praxis, en la que una persona es iniciada, y 2. La obligación
de todos al progreso y cultivo personal.
El tema de la Iniciación, como ya he dicho, será tratado más
extensamente en la publicación que dediquemos al Bautismo. Allí
insistiremos, también, en la formación permanente del cristiano,
pero quiero hacer ahora una pequeña digresión sobre la necesidad
y obligación que tenemos los cristianos de estudiar el cristianismo.
Dice San Francisco de Sales que el estudio debe ser el octavo
sacramento del sacerdote11, y no exagero si esa obligación la extien-
do a toda persona cristiana.
Sin una formación permanente sobre Jesucristo y el Espíritu
Santo, que nos hablan de Dios, es impensable que el cristiano se
configure con el Misterio de Dios Uno y Comunidad.
El Misterio de la Comunidad divina es hondo y difícil. Pero si
conocemos que es hondo y difícil, ya sabemos algo de él. Y puesto
que el Misterio de Dios es insondable, Jesucristo y el Espíritu Santo
nos han hablado de Dios para acercarnos a su hondura. De ahí que,
si no sabemos cuanto Jesucristo y el Espíritu comunican sobre el
Misterio de Dios, difícilmente podemos ser cristianos ni acceder, en la

10. Cf. A. Scheer, Función de la cultura en la evolución litúrgica de iniciación,


Concilium 142 (1979) 188-202.
11. San Francisco de Sales, Meditaciones sobre la Iglesia, BAC, Madrid, 1985, 16.
40 LOS SACRAMENTOS

medida de lo posible, al Dios Uno y Trinidad. A la Escritura, pues, hay


que acudir para leer y meditar sobre su rico contenido sobre Dios12.
La formación permanente está fuertemente relacionada con la
presencia, pobre o rica, de las Instituciones religiosas, cristianas y de
otras confesiones, en la Cultura13. Y como los analistas denuncian la
escasa presencia de lo religioso en la Cultura, ¿a qué se debe esa
ausencia por nuestra parte? ¿Acaso a la escasa formación religiosa
de los cristianos?
El área occidental, cristiana mayoritariamente, goza de una altí-
sima calidad de vida, y esto es bueno y hay que trabajar para que
todo el mundo la alcance. Pero la pregunta que los cristianos debe-
mos hacernos es ésta: ¿Nuestra educación religioso-cristiana alcan-
za el mismo nivel que nuestra calidad de vida? ¿Leemos tantos
libros como viajes hacemos a países exóticos? ¿Se pide y se oferta
formación cristiana con la misma avidez con la que se piden y ofer-
tan los sacramentos?
La formación religiosa de una comunidad cristiana debe alcan-
zar, al menos, el mismo nivel que la calidad de vida. La sociedad
navarra, por poner un ejemplo, ¿goza de una formación religiosa de
la misma altura que su calidad de vida?
Formación religiosa no es lo mismo que consumo de sacramen-
tos, importantes para todo cristiano, cuanto formación teológica y
bíblica para celebrar y recibir los sacramentos con el fin de ordenar
la sociedad según el corazón de Dios.
Finalmente, y como material para la elaboración del “Documento”
al que he aludido, sugiero el poema de Charles Péguy, titulado “La
experiencia”, pues pienso que puede servir de infraestructura magní-
fica para la creación de una Escuela de Iniciación o Documento
Iniciático14.

12. M. D. Chenu, Nueva conciencia del fundamento trinitario de la Iglesia,


Concilium 166 (1981) 340-353.
13. G. Steiner, Nostalgia del absoluto, Siruela, Madrid, 2001, 13 y ss.
14. Charles Péguy, Palabras cristianas, Sígueme, Salamanca, 1964, 70-72.
2
¿QUÉ REFORMA NECESITAN
LOS SACRAMENTOS?

Al comenzar este apartado, y antes de responder a la pregunta


que formulo, quiero concederle la palabra a Bernard Bro. En un
libro publicado poco después del Concilio Vaticano II, y que con-
tiene muchas páginas de rigurosa actualidad, dice: “Inevitables y
provechosas, las dificultades de los sacramentos y de la liturgia han
existido siempre en toda la historia de la Iglesia. Su lenguaje será
siempre algo “extraño”; los representantes de la Iglesia no serán
nunca la imagen definitiva de Cristo que a nosotros nos gustaría que
fuesen; los ritmos de la liturgia no coincidirán jamás exactamente
con los de nuestra sicología. Es inútil que nos irritemos por ello. No
sólo es ésta una cuestión que no se ha podido resolver durante dos
mil años y que nunca se resolverá, sino que además no es posible
que sea de otro modo, dada la naturaleza de las cosas: el conflicto
es inevitable, e incluso nos atrevemos a decir que provechoso, ya
que los sacramentos tienen que estar de acuerdo con esa superación
que nos pide el evangelio”1.
Volvamos ahora a la pregunta del encabezado a la que contesto
con otra, aunque no sea muy correcto el procedimiento. ¿De qué
reforma está necesitado “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la

1. B. Bro, El hombre y los sacramentos, Sígueme, Salamanca, 1967, 245-246.


42 LOS SACRAMENTOS

Mancha”? A ambas preguntas respondo con una contestación senci-


lla y simple: La reforma que necesitan tanto los sacramentos como la
obra de Cervantes consiste en entenderlos, celebrarlos y entenderla.
Si los Sacramentos fueran un armario, yo diría que su contenido
es la historia sucedida a Jesucristo durante su vida terrena más su
estado glorificado y definitivo a la derecha de Dios Padre, como
Hombre y Dios que es. Pero esa historia hay que activarla de la
misma manera que sacamos los trajes del armario para vestirlos.
En consecuencia, lo primero que quiero decir con respecto a los
sacramentos y a la Liturgia en general es que son piezas de arte de
una belleza tan luminosa y sustancial que hay que estar educados
para poder gustar de su contenido y de su forma.
Los sacramentos no necesitan de una reforma ni de dos. Los
sacramentos, al igual que la Liturgia de la Iglesia, están necesitados
de una reforma continua, y la reforma profunda consiste en celebrar-
los siempre como si cada vez fuera la primera y la última. Y esto es
lo difícil, pues celebrarlos de ese modo equivale a palpar, gustar y asi-
milar de tal manera los sacramentos que nos identifiquemos con ellos
y ellos con nosotros. Esto quiere decir que es necesario introducirnos
dentro de ellos como el actor se identifica con el personaje que
representa. En una palabra, que si importante es la recepción del
Bautismo, es necesario del todo permitirle a Jesucristo que me intro-
duzca dentro de él en la celebración bautismal y durante toda la vida.
El Concilio Vaticano II ha quitado mucho polvo acumulado
sobre los sacramentos y sobre la Liturgia, pero esto hay que hacer-
lo siempre, y a esa operación se llama limpieza antes que reforma.
El Concilio Vaticano II, y en esto consiste su gran aportación, quie-
re que comprendamos los sacramentos para que los celebremos con
provecho.
Si uno de los atributos de Dios es la Belleza, Jesucristo, que es el
rostro humano y visible de Dios, al menos por lo que dicen los
evangelios, fue un hombre muy atractivo. Su fascinación para las
¿QUÉ REFORMA NECESITAN LOS SACRAMENTOS? 43

mujeres, los niños y los hombres de toda clase y condición social es


evidente. En consecuencia, los medios que nos acercan hoy a
Jesucristo, como son los Sacramentos, también deben ser bellos, lo
cual no quiere decir aparatosos ni sofisticados, sino sumamente sen-
cillos, con la belleza sublime del niño, pintura o poema a los que
nada falta ni sobra.
El Concilio Vaticano II ha programado la Liturgia para la Iglesia
actual, y esta programación alcanza, cómo no, a los Sacramentos
como meollo de la Liturgia. Al fin y al cabo, lo que celebra la
Liturgia de la Iglesia no es otra cosa que los sacramentos o la vida
de Jesucristo para la humanidad. De ahí que la Iglesia del Vaticano
II desee ardientemente que los cristianos comprendamos los sacra-
mentos con el mayor provecho posible, pues de su comprensión
depende la aproximación al Misterio de Jesucristo.
La Liturgia, y en ella los sacramentos, está servida en un drama
bello y rico de signos, símbolos, representaciones y significados.
Muchos de esos símbolos ya no dicen nada, no porque carezcan de
sentido, sino porque no sabemos leerlos, por más que se escenifi-
quen diariamente ante nosotros. Se impone, pues, la comprensión
de los sacramentos en el ámbito de una primera lectura sencillísima.
Si yo pronuncio, pongamos por caso, la palabra “Partenón” ante
un público que nada sabe del famoso templo de los griegos, el edi-
ficio de la Acrópolis ateniense no dice nada, pero sí una vez expli-
cado, incluso al público más sencillo.
A la hora de acometer la reforma de la Liturgia, el Concilio
Vaticano II concede mucha importancia al lenguaje, pero no sólo en
cuanto a la utilización de las lenguas patrias en el ceremonial de la
Iglesia sino, lo que es más, a la incorporación de las tradiciones y
genio de cada pueblo al culto divino2. Y ésta es una de las grandes
tareas que aún está por emprender.

2. Concilio Vaticano II, Constitución sobre la sagrada liturgia, Nºs. 59. 66. 63. 36.
37. 38 40. 49. BAC. Madrid, 1965, 178. 167-168. 179-180. 169.
44 LOS SACRAMENTOS

La reforma de la Liturgia se ha de acometer, una vez introduci-


das las lenguas patrias, que no es poco, desde lo utópico e imagina-
tivo, pero servido todo ello en un lenguaje narrativo que acredite la
experiencia de lo que se cuenta mientras se va celebrando, ya que la
palabra es superior a los símbolos en la Religión cristiana. “Los sím-
bolos pueden ser religiosos de muchas maneras, pero únicamente
las palabras nombran directamente lo sagrado”3.
Pensemos en los símbolos eucarísticos del pan y del vino. Por sí
mismos, esos símbolos son elocuentes, pero hablan de verdad cuan-
do las palabras de la consagración se pronuncian sobre ellos y pro-
claman verbalmente que el pan es el Cuerpo de Jesucristo y que el
vino es la Sangre de Jesucristo
La dimensión utópica es necesaria porque, además de ser el
hombre una utopía en realización, la cultura actual, a través de la
novela y de los medios de comunicación, ha tomado gusto por lo
utópico, y le aburre cuanto es presentado sin ese estilo. Sobre lo utó-
pico no es necesario insistir, pues ya está presente en la Biblia,
Santos Padres, Liturgia y Teología.
Con todo, la Liturgia del Vaticano II no admite improvisaciones,
ni siquiera calculadas, y ha quedado casi tan rígida como antes de
la reforma. Sin embargo, hay que decir que es preferible la recita-
ción monótona de los textos actuales que la substitución por otros
en un lenguaje sintácticamente intolerable y lleno de imprecisiones
estilísticas y de contenido.
¿Cómo ser fiel a los textos actuales? A mí se me ocurren dos
sugerencias: Proclamarlos con maestría y educar a los actores y a la
asamblea para una audacia creativa.
Los oradores griegos y latinos poseían un patrón, un molde,
y sobre ese molde vaciaban el discurso que debía pronunciarse
como si fuera improvisado. Algo semejante debieran hacer los

3. (K. Rahner), Louis Dupré, Simbolismo religioso, Herder, Barcelona, 1999, 163.
¿QUÉ REFORMA NECESITAN LOS SACRAMENTOS? 45

actores del drama litúrgico. Sin embargo, la Iglesia, que tanto cuidó
en otros tiempos el género oratorio, no sólo lo ha arrumbado, sino
que, en la actuación de sus agentes de pastoral, casi no se preo-
cupa de que pronuncien bien y, lo que es más grave, de que lean
con sentido.
Una educación para la audacia creadora acaso sea pedir dema-
siado, aunque esto es más necesario que celebraciones rutinarias de
misas y misas. La misa multitudinaria que celebró el Papa Juan
Pablo II en Cuba resultó creativa, aunque sin grandes innovaciones
o ninguna, pero sí con espontaneidad cuidada, y es precisamente la
espontaneidad de Juan Pablo II la que convendría que se extendie-
ra a las celebraciones cotidianas, por más que hay que reconocer
que no todos los ministros han recibido adiestramiento para cele-
brar con la maestría del Papa, pero todo se aprende.
“La imaginación –dice Aubry– es la voz de la audacia. Si en Dios
hay realmente algo divino, será el haberse atrevido a concebirlo
todo por la imaginación”4.
El texto de Aubry es bellísimo por verdadero, pero no es menos
bello y verdadero que el ser humano, a su vez, percibe la obra de
Dios, acusa su impacto y la dice en palabras y emociones propias.
Lo cual equivale a recrear lo creado y decirlo con unas palabras que,
por auténticas, siempre serán originales.
Los poetas japoneses dicen sencilla, pero admirablemente:

“No tiene nada


mi choza en primavera.
Lo tiene todo”. (Sodo).
“El ruiseñor
unos días no viene,
otros dos veces”. (Kito).

4. A. Aubry, Liturgia, fiesta e imaginación, Concilium 49 (1969) 376-389.


46 LOS SACRAMENTOS

“Estoy aquí
por estar, y la nieve
sigue cayendo”. (Issa).
“De no estar tú,
demasiado enorme
sería el bosque”. (Issa)5.

¿Cómo narrar con una cierta originalidad? Para centrarnos en


este tema sería bueno que recordáramos algunas de las personas
que nos hayan impactado como narradores, bien nuestros abuelos,
primeros maestros o grandes locutores.
El narrador cuenta algo que es verídico o ha podido serlo, y lo
cuenta como si hubiera sido testigo o protagonista y, a su vez, lo
comunica con tal fuerza que lo narrado lo hacemos nuestro o, al
menos, sentimos como si hubiéramos sido contemporáneos de los
hechos narrados. A este respecto, un rabino paralítico contó en la
sinagoga cómo oraba su maestro. Al repetir cómo gesticulaba, cim-
breaba su cuerpo y caminaba, el rabino sintió la necesidad de ser fiel
a lo narrado y, para ello, sin saber cómo, se puso en pie y comenzó
a gesticular, bailar y caminar como su querido maestro. Desde ese
momento, no necesitó de la silla de inválido6.
Quien desee narrar con arte debe leer mucha novela, poesía,
drama y cuentos. Quien desee narrar con maestría, que lea la Sagrada
Escritura sin interrupción. Don Benito Pérez Galdós, uno de los
mejores novelistas de la Literatura Universal, leyó asiduamente la
Biblia, y la maestría de los narradores sagrados se refleja en sus
grandes novelas.
El agente de pastoral debe equiparse para ser un buen narrador
en orden a contar la Historia de la Salvación como si estuviera
aconteciendo al tiempo que se va narrando. Este recurso ayudará a

5. Jaikus, Mondadori, Madrid, 1998, 77. 23. 33. 41. 45.


6. J.B. Metz, Breve apología de la narración, Concilium 85 (1973) 222-238.
¿QUÉ REFORMA NECESITAN LOS SACRAMENTOS? 47

rescatar la pequeña homilía de esa insufrible oratoria de enterrador,


así como a desterrar de la catequesis el aburrimiento adormilante.
El texto que Maurice Zundel titula “En la cuna del simbolismo”
y que subtitula “Caro verbum facta est” (“Y la carne se hizo Verbo”),
puede revestirnos de cordura a la hora de emprender la renovación
de la Liturgia y de los Sacramentos7.

7. Maurice Zundel, El poema de la santa liturgia, DEDEBEC, Ediciones Desclèe


de Brouwer, Buenos Aires, 1947, 245-250.
3
NADA TAN BUENO COMO
EL CUERPO HUMANO

Son tantos los virus incontrolados que navegan por mi cabeza


que he dudado al escribir este encabezado. Por fin, he decidido
dejarlo y no tocarlo. Pensé cambiar “bueno” por “bello”, pero lo
bueno ya es bello y lo bello, bueno. Pensé cambiar “cuerpo” por
“ser”, pero el verbo “ser” es tan rico como abstracto, y nunca tan
sabroso como “cuerpo”. Cierto que mi cuerpo es un ser, pero un ser
mío, y al ser más nuestro lo llamamos cuerpo. Pensé sustituir
“humano” por “alma”, pero al decir “cuerpo humano”, en esa expre-
sión englobamos todo, lo espiritual y lo carnal. Y no sólo eso, sino
que deben desaparecer las dicotomías que han contribuido a nues-
tra desgracia.
La persona humana es la realidad más densa de la creación.
Nada como ella tiene conciencia de sí, y nadie tan configurado con-
sigo mismo que se pertenezca radicalmente como ella.
El cristiano debe entender su corporalidad como algo tan real y
propio de sí que nunca podrá realizarse fuera de ella. De ahí que el
cuerpo sea el quicio de la realización cristiana. El mismo Verbo de
Dios vino en cuerpo para enseñar a los humanos a ser personas
tal y como lo quiere Dios. En consecuencia, si Dios ha salido al
encuentro de los hombres en la corporalidad visible de Jesucristo,
siendo una misma realidad con el hombre Jesús, la corporalidad
50 LOS SACRAMENTOS

humana visibiliza a la persona, pero constituyendo una misma rea-


lidad la interioridad y la corporalidad. En una palabra, que la per-
sona humana es para sí un yo que abarca corporalidad e interiori-
dad, percibido por los demás en la corporalidad. De ahí que sin la
corporalidad sean impensables tanto la realización humana indivi-
dual como la relación interpersonal.
Gracias, pues, a la corporalidad, la persona humana se instala en
sí misma, asimila la realidad, sale de sí, entra en el otro, se dona y
recibe en su contexto cultural. Y todo gracias a la corporalidad. De
ahí que: “Toda influencia espiritual de un hombre sobre otro supo-
ne por su misma naturaleza un encuentro en el que el cuerpo
desempeña la función de intermediario. La vida interior del hombre
se manifiesta como una realidad que está en este mundo por y en la
corporalidad. Por el cuerpo y en el cuerpo se abre un hombre al
exterior, y se hace presente a sus semejantes. El encuentro humano
se realiza pues por y en la presencia visible del cuerpo, el cual es un
signo que cubre y revela a la vez la interioridad humana”1.
Todo esto es cierto, pero no lo es menos que la persona huma-
na no parte de cero en su existencia, sino que se instala, o viene a
ser instalada, en una cultura. Y la cultura es tan inmensa que no
cabe totalmente en un único ser humano. Yo, por ejemplo, he naci-
do en la cultura y natura navarra y española. En este sentido, la cul-
tura española es mía y yo de ella. Pero, con anterioridad a mí, la
cultura española ya existía y seguirá existiendo cuando yo desapa-
rezca.
Una Religión tendrá porvenir en el momento en que ayude al ser
humano a realizar su integración. Desgraciadamente, algunas reli-
giones, el cristianismo entre ellas, si no en cuanto religión cristiana,
sí por la filosofía y antropología negativas que ha originado o adop-
tado, han troceado excesivamente la existencia humana.

1. E. Schillebeeckx, Cristo, sacramento del encuentro con Dios, Dinor, San


Sebastián, 1966, 24.
NADA TAN BUENO COMO EL CUERPO HUMANO 51

La teología cristiana, moderna y tradicional, ha introducido tales


distingos entre cuerpo y alma, cultura, fe, religión, política, sacro y
profano, economía y gratuidad, que difícilmente pueden restañarse
dichas fisuras, ni casi admitir, con la Biblia en la mano, que Dios lo
hizo todo bueno y muy bueno.
La sexualidad, en concreto, ha jugado una mala partida en el
cristianismo. Lo mejor del ser humano y clave de la comunicación
ha sido enjuiciado y experimentado como algo pernicioso. Y esta
“perversidad” no ha causado estragos únicamente en las células celi-
batarias, sino, también, entre los seglares casados. Si triste ha sido la
sexualidad para muchos célibes, no menos lo ha sido para muchos
matrimonios. Y lo más triste es que, por haber pesado tanta negati-
vidad sobre la corporalidad, se ha pasado al libertinaje en materia
sexual.
Con todo, al sopesar ambos extremos, uno se queda perplejo,
pues muchas personas casi se inclinan a pensar que mayor pecado
ha sido la negatividad que ha pesado sobre la sexualidad que la
actual permisividad y desmadre. En una palabra, que mayor delito
ha sido la imagen ensangrentada y vengativa que la teología y la
moral han inoculado de Dios que las infracciones por las que se ha
dicho que Dios nos ha de castigar con verdadera saña.
La persona humana debe ser educada para comunicar consigo
misma, gozar consigo misma, y para compartir y gozar con los
demás y con lo demás. Los seres animados con conciencia de
vivientes se manifiestan a sí mismos, de modo que, “así como el con-
cepto en el sonido lingüístico, también el alma es inherente al cuer-
po; la palabra es el ropaje del pensamiento, y el cuerpo es la mani-
festación del alma. Así como no hay conceptos mudos, tampoco
hay almas que no se manifiestan”... “La relación de alma y cuerpo
representa el primer modelo y paradigma de una relación, pues en
ella nos encontramos de nuevo en el punto central de nuestro pro-
pio problema sistemático. La relación de alma y cuerpo representa
52 LOS SACRAMENTOS

el primer modelo y paradigma de una relación puramente simbóli-


ca que no puede transformarse intelectualmente en una relación
cósica causal”...2.

Los sacramentos cristianos son los elementos terrenos para el


encuentro mundano entre Dios y los hombres
Los sacramentos cristianos, lo mismo que los de todas las Reli-
giones, al ser celebrados en el culto mediante elementos terrenos,
enseñan que han sido superadas las barreras entre vida cotidiana y
vida religiosa, entre mundanidad y divinidad, pues que la vida reli-
giosa, para manifestarse en el culto, cuenta con las realidades terrenas.
Tan verdadero es todo esto que Dios no se nos da de cualquier
manera, sino que se entrega en realidades que podemos comer, como
acontece con el pan y el vino eucarísticos, o con la Palabra procla-
mada durante las celebraciones. En los alimentos terrenos, por alcan-
zables, se nos da Dios, y es en ellos donde lo alcanzamos y nos alcan-
za. Y precisamente porque en el culto contamos con los elementos
terrenos, el hombre descubre que existe una gran relación entre lo
que llamamos vida cotidiana o profana y vida espiritual o religiosa.
Así, la persona humana percibe en el culto que vida no hay más que
una y la misma, y que acaso, y sin acaso, Dios es verdadero Dios para
nosotros en la medida en que se ha hecho cuerpo y se relaciona con
nosotros corporalmente, enseñándonos este comercio admirable que
si Dios se ha hecho cuerpo, es que el cuerpo y todo lo corpóreo es
bueno y muy bueno, tan bueno que el Dios-Jesucristo es Cuerpo.
Pero si Dios habita en la corporalidad humana y cósmica, ¿qué
necesidad tenemos de los sacramentos religiosos para percatarnos
de la vecindad de Dios?

2. Ernest Cassirer, Filosofía de las formas simbólicas III, Fondo de cultura econó-
mica, México, 1998, 124; Cf. J. J. Tamayo-Acosta, Los sacramentos, liturgia del
prójimo, Trotta, Madrid, 1995, 71-73.
NADA TAN BUENO COMO EL CUERPO HUMANO 53

El sacramento, lo mismo que la salida de nosotros por medio de


gestos y palabras, capacita para descubrir con nueva luz lo que está
oculto, aunque presente, tanto en el cosmos como en la persona
humana. En definitiva, el sacramento enseña que Dios está metido
en la historia cotidiana y pequeña de cada día, y que es en la vida
cotidiana y pequeña de cada día donde nos hemos de encontrar con
el Dios grande y Padre, lo mismo que nos encontramos a nosotros
mismos en un diálogo con el otro, en el perfume de una flor, en un
sufrimiento ahorrado o en una injusticia impedida.
Los sacramentos deben ser presentados como medios de
encuentro con el Dios presente en las diversas y sucesivas etapas de
la vida humana. En concreto, el Bautismo, o nuevo nacimiento para
Dios en la Iglesia, ha de ser relacionado con el nacimiento humano,
pues tan hija de Dios es la criatura cuando engendrada por sus
padres que cuando lavada en el Bautismo e incorporada al Pueblo
de Dios. Y esto, que es evidente en el Bautismo, también lo es en los
restantes sacramentos.

De la desintegración a la integración
La persona humana tiende a su integración precisamente porque
también tiene conciencia de que puede desintegrarse. Por eso, el
creyente sabe que un medio eficaz para liberarse de la fragmenta-
ción consiste en el reconocimiento del dinamismo que gobierna la
Historia y el Hombre, dinamismo que no solamente impide la desa-
gregación, sino que favorece su trabazón más compacta.
Los sacramentos prometen la integración humana a través de la
relación con Dios porque en los sacramentos se experimenta la pre-
sencia constructora del Otro, el cultivo de Dios en nosotros y de
nosotros en Dios. Y es que los sacramentos son la mejor escuela del
cristianismo y donde nos hacemos cristianos.
En este sentido, los sacramentos son una escuela admirable de
corporalidad y de integración.
54 LOS SACRAMENTOS

Por medio del Bautismo nos hacemos Pueblo del Dios que nos
libera de la tribu y del reino de taifas.
Por la Reconciliación y la Unción reparamos los errores cons-
cientes y la frustración que supone la muerte.
El sacramento del Matrimonio y del Amor indica que nada más
unificante que el amor, pues sin amor no se puede llegar a la inte-
gración.
Por medio del Ministerio Ordenado y de la Confirmación se
manifiesta que el servicio y el compromiso unifican e integran.
La Eucaristía, finalmente, expresa que somos lo que recibimos
(hijos de Dios en Jesucristo), y que recibimos lo que somos (la filia-
ción de Dios en Jesucristo), si vivimos de manera que no nos vea-
mos obligados a no recibirla.
Los sacramentos integran a la persona para que ella unifique e
integre el Cosmos y, unificándolo e integrándolo, se apodere de él,
y pueda trabajar, en favor de todos y del Todo que es Dios.
Si Dios no es ajeno a la materia, sino su fundamento, los sacra-
mentos no nos remiten a una realidad distinta, sino a una realidad
que ha asumido la materia en Jesucristo y en los elementos terrenos
de los sacramentos. Por eso, los sacramentos han unido el Mito,
relato sagrado o palabra sagrada, con el Rito o acción, tan desuni-
dos en teología.
La teología protestante ha dado mucha importancia a la Palabra.
La teología católica ha privilegiado el Rito o acción. Ambas visiones
se han conjuntado en la mejor teología de hoy, borrando muchas
diferencias artificiales entre católicos y protestantes3.

3. Cf. Darío Zadro y Arno Schilson, Símbolo y sacramento, S. M., Madrid, 1989,
160. 163-165; Louis-Marie Chauvet, Símbolo y sacramento, Herder, Barcelona,
1991, 118. 148. 156-159; E. Schillebeeckx y B. Willems, Presentación,
Concilium 31 (1968) 5-6; B. Bro, El hombre y los sacramentos, Concilium 31
(1968), 38-53; Cf. Félix Placer Ugarte, Signos de los tiempos, signos sacramen-
tales, Paulinas, Madrid, 1991, 88-91; I. B. Metz, Caro cardo salutis. Para una
comprensión cristiana del cuerpo, Selecciones de Teología 9 (1964) 53-58.
NADA TAN BUENO COMO EL CUERPO HUMANO 55

La persona humana como sacramento de sí misma


Aunque vuelva a lo mismo con otras palabras, insisto en que la
corporalidad es la vertiente, ladera (o sacramento), que manifiesta y
descubre la realidad densa del ser humano. La corporalidad, en con-
secuencia, es el vehículo vivo que transporta, contiene y representa
la interioridad para uno mismo y para los demás. De ahí que un
sacramento que debemos recibir los hombres y las mujeres es la
“auto-comulgación” de nosotros mismos. Nunca me cansaré de
insistir que la educación humana y cristiana debe colocar el acento
en esta necesidad primordial.

La persona humana es un archivo de la Comunidad divina


Que el ser humano sea sacramento revelador de sí mismo es más
que obvio. Pero que la persona humana archive en sí la presencia de
la Comunidad Una y Trina de Dios requiere un acto de fe. Ahora
bien, es obvio que el creyente realice actos de fe, por más que no
hay que dificultárselos. Al contrario. Hay que facilitárselos, aunque
la facilitación no ahorre, en absoluto, el acto de fe o el salto a la fe.
¿Cómo mostrar al creyente que su persona es un archivo vivien-
te de la Comunidad Divina?
Si el ser humano, como se lee en la Escritura, es hechura de Dios,
quiere decir que el Dios-Comunidad vive en él.
Si por Dios entendemos el Viviente por excelencia, también la
persona humana se auto-experimenta como viviente, aunque no
absoluto, pero sí como un ser lleno de vida, plural y uno.
Si Dios es una Comunidad de personas relacionadas tan admira-
blemente que no son (las Tres) sino un Único Dios, la persona
humana debe concluir que es bueno y muy bueno llevarse bien con-
sigo misma y con los demás, así como lo fatales que son las malas
relaciones a nivel personal, social y cósmico.
La catequesis sobre los sacramentos deberá hacer incursiones
prácticas en el Misterio Trinitario porque el receptor de la Eucaristía,
56 LOS SACRAMENTOS

por ejemplo, puede llegar a pensar que el sacramento del Cuerpo y


de la Sangre del Salvador es monopolio de Jesucristo, y no del Dios-
Comunidad. No. El creyente debe saber que todo sacramento es
patrimonio de la Comunidad Divina, activación de la Comunidad
Trinitaria en el receptor del sacramento, así como “comulgación” de
sí mismo, de la Trinidad, de la Iglesia, de la Humanidad y de todo el
universo.
Sí, hay que insistir en que toda la Iglesia se adentra en el cristia-
no, y el cristiano en ella, cada vez que se celebra y recibe un sacra-
mento, así como que el creyente y toda la Iglesia se adentran en la
Comunidad del Dios Trino.
Con lo dicho bastaría para percatarse de que los sacramentos
son celebraciones con una honda carga comunitaria, pero no quie-
ro cerrar este apunte sin asomarme, aunque deprisa, a lo que dicen
los teólogos del momento con relación a las huellas de la Trinidad
en la persona del creyente.
Los teólogos insisten en que el Padre, la Madre y el Hijo son pre-
sencias del Dios-Comunidad en la familia humana. Asimismo, des-
tacan la capacidad creadora del hombre, a semejanza del Padre
Creador; su capacidad ejecutiva, a semejanza de Jesucristo-Verbo
dinámico y ejecutor del plan de Dios como hombre de acción que
fue, y la destreza educadora del ser humano, a semejanza del
Espíritu Santo, que no cesa de trabajar en el hombre y en la mujer
como proyectos humano-divino que son.
El ser humano, con ser uno, como Dios es Uno y Trino, es cons-
ciente de que es portador de una memoria, de una inteligencia y de
una voluntad.
El ser humano, en fin, como las Personas de la Trinidad, es amor,
poderoso, sabio, amado, amante y amor4.

4. L. Boff, Los sacramentos de la vida, Sal Terrae, Santander, 1980, 42-43;


Cristoph Teobald, Dios es relación, Concilium 289 (2001) 53-66; J. M.
Lochman, Repercusiones prácticas de la doctrina de la Trinidad, Selecciones de
Teología 62 (1977) 84-92.
NADA TAN BUENO COMO EL CUERPO HUMANO 57

Concluyamos este apartado con algo que ya se ha dicho, pero


que no conviene olvidar.
Según la mentalidad de nuestro tiempo, es verdadera Religión
aquella que integra y no desintegra. Es verdadera Religión aquella
que destaca la bondad de todo lo creado y, prioritariamente, la bon-
dad del ser humano como realidad psico-orgánica y corpóreo-espi-
ritual. Es verdadera Religión aquella que amaestra para hablar con
uno mismo, con los hermanos, hermanas, y con Dios, pero con un
Dios que ha optado por ser cuerpo humano, como lo capta el
poema de Alfonso Junco:

“Así: te necesito
de carne y hueso.

Te atisba el alma en el ciclón de estrellas,


tumulto y sinfonía de los cielos;
y, a zaga del arcano de la vida,
perfora el caos y sojuzga el tiempo,
y da contigo, Padre de las causas,
Motor primero.

Mas el frío conturba en los abismos,


y en los días de Dios amaga el vértigo.
¡Y un fuego vivo necesita el alma
y un asidero!
Hombre quisiste hacerme, no desnuda
inmaterialidad de pensamiento.

Soy una encarnación diminutiva;


el arte, resplandor que toma cuerpo;
la palabra es la carne de la idea:
¡encarnación es todo el universo!
¡Y el que puso esta ley en nuestra nada,
hizo Carne su Verbo!
58 LOS SACRAMENTOS

Así: tangible, humano,


fraterno.
Ungir tus pies que buscan mi camino,
sentir tus manos en mis ojos ciegos,
hundirme, como Juan, en tu regazo,
y –Judas sin traición– darte mi beso.
Carne soy, y de carne
te quiero.
¡Caridad que viniste a mi indigencia,
qué bien sabes hablar en mi dialecto!
Así, sufriente, corporal, amigo,
¡cómo te entiendo!
¡Dulce locura de misericordia:
los dos de carne y hueso”5.

5. Alfonso Junco, “De carne y hueso”, Emilio del Río, o. c. 212-213.


4
EL DIFÍCIL MATERIAL DE LA PALABRA

La persona humana es una palabra viva y viviente, dotada de un


lenguaje articulado que le permite salir de sí y comunicarse con los
demás.
Por ser uno y múltiple, el ser humano tiene muchas palabras para
expresarse, aunque todas ellas procedan del único hontanar de la
persona.
En este momento no vamos a tratar del aprendizaje y uso correc-
to del lenguaje, temas importantísimos, que los tendremos en cuenta
de otra manera, cuanto de la necesidad de decirnos en un lenguaje
correcto y comunicativo, pues las palabras suponen un otro al que
hablamos para que nos entienda.
“El lenguaje, del que decimos que hace al hombre, es hoy, en sus
innumerables configuraciones, el signo visible de éste”1.
Don Benito Pérez Galdós tuvo el raro acierto de construir sus
personajes desde la palabra. Fortunata, por ejemplo, una de sus cria-
turas inmortales, evoluciona, afina, enriquece y se hace más mujer
en la medida en que aprende a expresarse correctamente.
Y como muchos españoles mordemos nuestro idioma desconsi-
deradamente, vale la pena una pequeña reflexión sobre este asunto,
porque la persona no posee otro instrumento mejor que la palabra,

1. Franz Rosenzweig, La estrella de la redención, Sígueme, Salamanca, 1997, 153.


60 LOS SACRAMENTOS

y a ella hemos de recurrir con prioridad a todo medio de comuni-


cación. El símbolo, con todo lo bello y comunicativo que es, tam-
bién necesita de la palabra, pero ya hablaremos más adelante del
lenguaje de los símbolos.
Por otra parte, y según la Sagrada Escritura, Dios se ha dicho y
dado en Palabra sobre Palabras, y en la Palabra ha salido al encuen-
tro de la humanidad para provocar el diálogo entre el Yo y el Tú. Y
si la Palabra no es suficiente para que el hombre capte el mensaje,
Dios crucifica la Palabra en un gesto denso y escandaloso, para
darse a entender sin reticencia alguna2.

El español y su vergüenza de hablar bien


No todos los extranjeros dominan correctamente sus respectivos
idiomas, ni todos los españoles hablamos mal los nuestros, pero yo
experimenté un complejo de admiración y de envidia al escuchar
por vez primera la buena entonación y excelente lectura de los acto-
res de la liturgia vaticana.
Los españoles casi nos avergonzamos de pronunciar bien nues-
tro idioma, al margen de la desafortunada moda del pasotismo,
mientras nos esforzamos por pronunciar correctamente el idioma
extranjero aprendido.
Los españoles no sólo descuidamos la construcción gramatical,
sino que casi nos desentendemos de dotar a nuestros parlamentos
verbales de su correspondiente entonación: “Los españoles somos,
dicen, (los europeos), unos charlatanes arbitrarios, que rellenamos
con retórica los vacíos de la lógica, que sutilizamos, con más o
menos ingenio, pero sin utilidad alguna; que carecemos del sentido
de la consecución y la ilación, con alma escolástica, casuistas”...3.

2. R. Latourelle, La revelación como palabra, testimonio y encuentro, Selecciones


de Teología 3 (1962) 19-25.
3. Miguel de Unamuno, Sobre la europeización, OC. III, Vergara, Barcelona, 1958,
1106.
EL DIFÍCIL MATERIAL DE LA PALABRA 61

Sea lo que fuere de todo esto, lo cierto es que muchos españoles


no empleamos correctamente nuestro idioma precisamente porque
en la escuela no se nos ha adiestrado para ello. Esto ha sido grave,
y lo sigue siendo. Hace ya muchos años, Pedro Laín Entralgo se
lamentaba de las dificultades de los estudiantes por no dominar
correctamente el idioma4.

Importancia de la palabra
Con brevedad, quiero destacar la trascendencia de la palabra en
siete vertientes: Personal, Social, Política, Poética, Bíblica, Teologal
y Conciliar.

Personal
La persona humana es el único animal que habla. Por medio de
la palabra, salimos de nosotros, entramos en los demás, y los demás
se adentran en el santuario de nuestro yo. Pero la palabra, como
material delicado que es, se convierte en arma de doble filo, pues
por la palabra nos hacemos, pero también naufragamos en el
momento en que la despojamos de su correspondencia con el amor
y la verdad5.
En castellano decimos: “Ese es un hombre de palabra” y, tam-
bién, “un hecho vale por mil dichos”. La primera expresión remite a
coherencia: Es una persona que hace lo que dice. La segunda dela-
ta una fisura: No hacemos lo que decimos, o decimos lo que no
hacemos.
Cuando el hombre que pronuncia la palabra está enfermo, la
palabra se devalúa, y nada más urgente que su devolución a su
estado primitivo porque: “Las cuestiones aparentemente adjetivas
pueden ser capitales. Y nada más urgente quizá que luchar por la

4. Pedro Laín Entralgo, Sobre el diálogo y sus condiciones, Revista de Occidente


1 (1963) 101-105.
5. Georges Gusdorf, La palabra, Galatea, Nueva Visión, Buenos Aires, 1957, 9.
62 LOS SACRAMENTOS

claridad y la precisión verbal en estos tiempos de palabras enfer-


mas y conceptos desnaturalizados”6.
La palabra es la mejor huella de nuestra persona, porque la vida
de los hombres es como su lenguaje7. A este respecto, es ilustrativa
la anécdota del cardenal de Polinac: “Un personaje puesto en esce-
na por Diderot en la Conversación que sigue al sueño de
d´Alembert, evoca, ‘en el jardín del rey, bajo una jaula de vidrio, a
un orangután que tiene el aire de un san Juan que predica en el
desierto’”. El cardenal de Polinac, admirando un día la bestia, le
habría dicho: “Habla y te bautizo”8. En resumen, que “la señal visi-
ble de su alma, que no podría faltarle sin que dejara de ser hombre,
es únicamente la palabra”9.

Social
Si por la palabra salimos de nosotros mismos, por la palabra nos
construimos en sociedad, pues la persona sólo puede realizar su
vocación en diálogo amoroso con los otros: “La índole social del
hombre demuestra que el desarrollo de la persona humana y el cre-
cimiento de la propia sociedad están mutuamente condicionados.
Porque el principio, el sujeto y el fin de las instituciones sociales es
y debe ser la persona humana, la cual, por su misma naturaleza,
tiene absoluta necesidad de la vida social. La vida social no es, pues,
para el hombre sobrecarga accidental. Por ello, a través del trato con
los demás, de la reciprocidad de servicios, del diálogo con los her-
manos, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades
y le capacita para responder a su vocación”10.

6. Guillermo de Torre, M. García Viñó, Pintura española neofigurativa,


Guadarrama, Madrid, 1968, 169.
7. Lucio Anneo Séneca, Cartas Morales II (Origen de la corrupción del lenguaje,
CXIV), Iberia, Barcelona, 1964-1965, 227.
8. Georges Gusdorf, o. c., 9.
9. Franz Rosenzweig, o.c., 153.
10. Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 25, 242.
EL DIFÍCIL MATERIAL DE LA PALABRA 63

Pero así como la palabra es signo de la bondad o corrupción de


la persona, también puede serlo de la salud o enfermedad de la ente-
ra sociedad, y esta catalización es tan vieja como la historia del
hombre: “Si la moral pública se ha relajado y la gente se ha entre-
gado a los placeres, el lenguaje de los dirigentes deja mucho que
desear en sinceridad y hasta en elegancia. La obscenidad del len-
guaje es un indicio de la inmoralidad pública”11.

Política
No hay reforma política que no vaya acompañada de una honda
preocupación por la palabra, bien para servir o para dominar. Recor-
demos los empeños de los Reyes Católicos por dotar al Castellano
de la primera gramática de las lenguas modernas, o de los trabajos
de Richelieu, en la fundación de la Academia Francesa, en orden a
implantar la monarquía absoluta. En nuestro tiempo: “Causó asom-
bro... ver cómo el jefe del Estado Soviético hacía de filólogo en un
escrito en el que tomaba posición respecto del problema del porve-
nir de las lenguas humanas, previendo la progresiva unificación de
los idiomas. Es que el establecimiento de un imperio no se opera sin
una importante centralización del lenguaje. Toda reforma importan-
te, toda revolución, exige una renovación del vocabulario. No se ha
transformado a los hombres mientras no se ha modificado su mane-
ra de hablar”12.
Uno de los hombres de Iglesia que mejor entendió este problema
fue san Vicente de Paúl. Sabedor de que la evangelización requiere
la renovación del lenguaje, redactó un pequeño tratado sobre el arte
de hablar. Y lo curioso es que hasta los autores de teatro y los come-
diantes imitaron el sencillo método de Vicente de Paúl13.

11. Lucio Anneo Séneca, o.c., II, 227.


12. Georges Gusdorf, o. c., 18.
13. San Vicente de Paúl, Conferencia del 20 de agosto de 1965. Sobre el método
que hay que seguir en las predicaciones; Cf. Conferencia del 22 de agosto de
1965. Sobre el método que hay que seguir en la predicación, Obras Completas
XI/3, Sígueme, Salamanca, 1974, 164-187. 191-195.
64 LOS SACRAMENTOS

La vertiente política del lenguaje la planteó el viejo Confucio con


toda lucidez: “El que no sabe el significado de las palabras no puede
conocer a los hombres”... “Si los nombres no son correctos, las pala-
bras no se ajustan a lo que representan y, si las palabras no se ajus-
tan a lo que representan, los asuntos no se realizarán”... “Si los asun-
tos no se terminan, no prosperarán ni los ritos ni la música, si la
música y los ritos no se desarrollan, no se aplicarán con justicia
penas y castigos, y si no se aplican penas y castigos con justicia, el
pueblo no sabrá cómo obrar”... “En consecuencia, el hombre supe-
rior precisa que los nombres se acomoden a los significados y que
los significados se ajusten a los hechos. En las palabras del hombre
superior no debe haber nada impropio”14.

Poética
La Poesía capta y dice la Realidad, el brillo de la realidad, el
esplendor e impacto de la realidad, con unas palabras que, por
auténticas, no son otras que las escritas al “dictado” de la realidad,
aunque a ellas se vuelva para pulirlas, una vez y otra, con la insatis-
facción de no haber acertado con las palabras verdaderas, pues no
en vano la poesía “es lengua de la lengua”15.
De ahí que si Dios es realidad, la máxima realidad, y realidad que
impacta, la persona religiosa debe decirse a sí misma y a los demás
esa realidad de Dios, y esto lo hace, y con palabras sublimes, todo
creyente que contacta con la Realidad-Dios, tenga preparación aca-
démica o no, porque el creyente, todo creyente, culto y menos
culto, cuando responde en verdad al impacto de la Realidad-Dios,
lo hace con palabras y expresiones acuñadas en ese momento. Y
son palabras de tal calidad que si la persona religiosa que las ha acu-
ñado las oyera cuando las pronuncia, se admiraría de su capacidad
narrativa y poética.

14. Confucio-Mencio, Los cuatro libros, Alfaguara, Madrid, 1981, 88. 143.
15. Pierre Michon, Rimbaud el hijo, Anagrama, Barcelona, 2001, 28.
EL DIFÍCIL MATERIAL DE LA PALABRA 65

No es el momento de alargar el discurso, pero sí de subrayar que


el Dios de ahora, de ayer, de mañana y de siempre, es Bello y quie-
re ser dicho en palabras buenas, sanas y bellas, lo mismo que los
escritores sagrados transmitieron el mensaje de Dios en prosas y
poemas bellísimos.
En consecuencia, el agente de pastoral, y no sólo el ministro de
la Liturgia, debe recibir un adiestramiento tal en el arte de la Palabra
que facilite al mismo Dios el poder decirse lo mejor posible, por
medio de la palabra humana que ha pedido en préstamo, y a los
hermanos la mejor captación de Dios en la representación de los
misterios sagrados.
No todos podremos ser Isaías, pero acaso sí Amós. Pero resulta
que Amós, con no ser tan buen poeta y decidor como Isaías, es un
altísimo decidor de Dios porque narra con palabras auténticas el
mensaje captado en sus palabras de pastor y de labrador.
Antes de cerrar este epígrafe quiero decir que el servidor del
culto ha de recibir un adiestramiento tal en el arte del buen decir
que su palabra nunca suene a muerte, sino a vida, porque de la vida
y de la salud de Dios es de lo que habla a sus hermanos.

Bíblica
La Sagrada Escritura presenta a Dios como Palabra en diálogo
abierto en el interior de su ser personal. Palabra que llama a la exis-
tencia a la naturaleza cósmica y humana16. Palabra hecha humani-
dad en Jesucristo para que los hombres puedan oírla y transformar-
se en hijos de Dios17.
La importancia de la palabra en la Biblia, como vehículo de
comunicación o de bloqueo, puede rastrearse a través de los mitos
de Babel18 y de Pentecostés19. Babel simboliza la ceremonia de la
confusión introducida por el ser humano en la obra de Dios, tanta

16. Gn 1, 1-31.
17. Jn 1, 1-18.
18. Gn 11, 1-9.
19. Hch 2, 1-13.
66 LOS SACRAMENTOS

confusión que los constructores de la torre no se entienden. Pente-


costés, por el contrario, simboliza la buena armonía, que no es otra
que la educación para la convivencia en justicia y amor.
Sobre la Palabra Bíblica se pueden hacer muchas consideracio-
nes, pero me contento con unas pocas.
El Dios de la Biblia se ha manifestado como el hablante, tanto
hacia adentro como hacia afuera. Si habla en su interioridad, es que
no es aburrido, y ésta es una de las claves de acceso teológico al
Misterio Trinitario. Si habla hacia afuera, es que es donable, y su
Palabra es visible y audio-visible. Si la creación es su Biblia visible, el
Libro, la Escritura, también es visible. De ahí que los hebreos no
digan: Hemos oído la Palabra de Dios, sino: Hemos visto la Palabra
de Dios. Por eso, el evangelista Juan dice en su Prólogo que el Verbo
se hizo Hombre. Esto es, la Palabra de Dios se ha hecho audio-visi-
ble en el Hombre-Jesús. Y el Hombre-Jesús se dijo en palabras visi-
bles de tal belleza que sus parábolas son un modelo de didáctica, de
estilo y de palpabilidad. Dios se dice por su Hijo, y el Hijo es tan
bello como su Padre, o la Belleza del Padre y, al comunicarse, se
dice con la máxima belleza que puede hacerlo un Dios-Hombre.
Según los cánones de Israel, nadie accedía al Instituto de los
Profetas si no era poeta. Jesús es el gran poeta de Dios, y los evan-
gelios contienen algunos de sus poemas, en orden a que podamos
aproximarnos al autor de esas palabras.
Los teólogos actuales no escriben tratados de Teología Estéti-
ca, sino de Estética Teológica, así como de Teología Narrativa20 y
Autobiográfica. Sin meternos en más profundidades, esto quiere
decir que el Dios Bello debe ser manifestado bellamente, y el cami-
no más apto para ello acaso consista en narrar la andadura de Dios
por el ser humano.
Cuando los Santos Padres y los Teólogos, partiendo de la Escri-
tura, afirman que Jesucristo es la forma, esplendor y exégesis de Dios-
Padre, están diciendo que Jesucristo es el Estilo del Padre.

20. J. J. Tamayo-Acosta, o. c. 138-139.


EL DIFÍCIL MATERIAL DE LA PALABRA 67

De todo esto se pueden sacar muchas consecuencias y dos son


las que apunto. La Iglesia, como depositaria de la Belleza-Palabra,
decae, y apenas tiene nada que decir, cuando atropella la Belleza. La
Iglesia, como depositaria de la belleza de la Palabra, apenas tiene
nada que decir cuando no expresa bellamente el Mensaje.
Acaso se ha reflexionado muy poco en este sentido, y acaso la
actual crisis en la que están sumergidas muchas parcelas de la Iglesia
se deba a los atropellos cometidos contra la belleza. Lo diré con
más claridad. Parte de la crisis en la que estamos metidos se debe a
que muchos sectores de la Iglesia han perdido el estilo. Y una fami-
lia, cuando ha perdido el estilo, desaparece, y es lo mejor que puede
acontecer.
Pero cuando hablo de estilo, no pienso en sutilezas. Los labra-
dores de nuestros pueblos, ricos o pobres, tuvieron y tienen su esti-
lo. Y los mismos labradores saben distinguir entre una persona con
estilo y otra sin él. Y no sólo eso, sino que, incluso, dicen: Fulano
tiene dinero, pero carece de estilo. Por el contrario, Zutano es
pobre, pero con estilo.

Teologal
La Historia de la Iglesia registra lo mucho que el cristianismo ha
respetado la palabra al poner a su servicio los mejores recursos estilís-
ticos y retóricos, a la vez que su decadencia al no expresarla con dig-
nidad. Pensemos en hombres como Agustín y Crisóstomo, Francisco
de Sales y Vicente de Paúl, Romano Guardini, Carlos Rahner, Hans
Urs Von Balthasar y Pablo VI.
El lector interesado por la excelencia de la palabra puede acudir
a dos textos, uno de Oto Miller21, y el otro del poeta José María
Valverde22.

21. O. Miller, M. Schmaus, Sobre la esencia del cristianismo, Rialp (Patmos),


Madrid, 1957, 318-320.
22. José María Valverde, Poesías reunidas, Ediciones Giner, Madrid, 1961, 13-14.
68 LOS SACRAMENTOS

Conciliar
La Iglesia del Concilio Vaticano II se ha percatado de la impor-
tancia de la palabra y ha instaurado el diálogo en el corazón de la
cristiandad: “Lo cual requiere, en primer lugar, que se promueva en
el seno de la Iglesia la mutua estima, respeto y concordia, recono-
ciendo todas las legítimas diversidades para abrir, con fecundidad
siempre creciente, el diálogo entre todos los que integran el único
pueblo de Dios, tanto pastores como fieles. Los lazos de unión de
los cristianos son mucho más fuertes que los motivos de división
entre ellos. Haya unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, cari-
dad en todo”23.
Para ello, exhorta a los sacerdotes a que se equipen para el diá-
logo, sugiriendo los medios seguros de la capacidad de escucha y
apertura a los demás24.

Epílogo: La explosión del diálogo


Después de tanto tiempo, si no de silencio, sí de falta de comu-
nicación, ha seguido “una desiderativa apelación al diálogo” por
haber vivido enquistados en el “narcisismo” y la “esterilidad”25.
Pero así como la incomunicación es mala, igualmente nociva es
la verborrea y herejía del reunionismo. Por eso, estimo conveniente
la lectura de algunos textos bíblicos referentes a la alternancia entre
el silencio y la palabra como requisito para el diálogo.
El apóstol san Juan, en su Poema-Prólogo al evangelio, antes de
que la humanidad escuchara la Palabra de Dios por medio de Jesús
de Nazaret, la presenta como Verbo dinámico en el interior numi-
noso del Dios Trinidad:

“Al principio ya existía la Palabra”... 26.

23. Gaudium et Spes 92, 353-354.


24. Optatam Totius 19, 474.
25. Pedro Laín Entralgo, a. c., 101-105.
26. Jn 1, 1- 5.
EL DIFÍCIL MATERIAL DE LA PALABRA 69

Después de comunicada la Palabra, ha permanecido, según san


Pablo, como “un secreto callado por incontables siglos, pero mani-
festado ahora y, por disposición de Dios eterno, comunicado con
escritos proféticos a todos los pueblos para que respondan con la fe,
a Dios, el único sabio, por medio de Jesús Mesías”27.
Pero donde se aprecia mejor la alternancia de silencio y palabra,
como requisito para el diálogo, es en la literatura sapiencial de
Israel:

“Tiempo de callar, tiempo de hablar”28.


“No avientes con cualquier viento
ni sigas cualquier dirección.
Sé consecuente con tu pensar
y coherente en tus palabras;
sé rápido para escuchar
y calmoso para responder;
si está en tu poder, responde al prójimo,
y si no, mano a la boca.
El hablar trae honra y trae deshonra,
la lengua del hombre es su ruina”...29.
“El que domina la lengua, vivirá sin peleas;
el que detesta la murmuración, sufrirá pocos males.
No repitas una murmuración
y no quedarás malparado;
no se lo cuentes ni a amigo ni a enemigo,
y no lo descubras, a no ser que incurras en pecado”...30.
“Hijos, escuchad mi instrucción sobre el hablar:
el que la guarda no quedará cogido...

27. Rom 16, 25-27.


28. Ecl 3, 7-8.
29. Eclo 5, 9-15.
30. Eclo 19, 4-17.
70 LOS SACRAMENTOS

El que se acostumbra a insultar


no aprenderá en toda la vida”31.
“Si buscas la sinceridad, la alcanzarás
y te la vestirás como traje de gala...
El hombre religioso habla siempre sabiamente,
el necio muda como la luna.
Entre necios mide tu tiempo,
entre sabios detente;
la conversación de los necios es indignante
y su risa es derroche de pecado;
la conversación del malhablado horripila;
cuando riñe hay que taparse los oídos;
riña de arrogantes es como derramar sangre,
es penoso escuchar sus insultos”32.

Elogio del silencio


“Me gustaría fundar una Orden del Silencio como la Orden de la
Trapa, no con fines religiosos, sino estéticos; para acabar de una vez
por todas con tanta charlatanería”33.
Efectivamente, nuestro tiempo ha instalado el ruido en el cora-
zón humano de modo que podría decirse de muchas personas que
han substituido su intimidad por el transistor o la televisión. Si los
antiguos fueron más remisos en el hablar, “era porque les avergon-
zaba no llegar con los hechos a la altura de las palabras”34.
En nuestro tiempo, la palabra sufre de inflación, y entre dichos y
hechos existe el mismo desfase que en una fotografía mal enfocada.
Es necesario dotar a las palabras de todo su realce y recuperar el
silencio, tanto personal como ambiental, si no queremos que perez-

31. Eclo 23, 7-15.


32. Eclo 27, 8-15.
33. Sören Kierkegaard, M. Viñó en o.c. 169.
34. Confucio-Mencio, o.c. 25.
EL DIFÍCIL MATERIAL DE LA PALABRA 71

ca el ser humano. Y cuando digo perecer, no me refiero a un cata-


clismo, cuanto a esos deterioros cualitativos que, sin embargo, nos
permiten seguir viviendo como si nada hubiera pasado, precisa-
mente porque todavía no han sido inventados aparatos con capaci-
dad suficiente como para registrar tales deterioros.
La excesiva dependencia de los medios de comunicación nos ha
hecho pasar de un dogmatismo de corte religioso a un dogmatismo
sociológico. No sin ironía, al paso que hemos recortado la infalibili-
dad de la Biblia o de la Iglesia, hemos concedido amplios vuelos, y
casi absolutizado el valor de las encuestas y mensajes televisivos,
con las consiguientes decepciones, confusionismo, rectificaciones,
cuando se hacen, y trapicheo.
Así las cosas, la realidad nos confronta ante una inmensa tarea:
Recuperación de la palabra, porque “la palabra que no has dicho es
tu esclava”, mientras que la palabra que has dicho es tu señora”35.
Recuperación del silencio como requisito para el diálogo, pues,
“donde quiera que se establece el diálogo de espíritu a espíritu, hay
que saber manejar el silencio y expresarse tanto con los sonidos
como con la ausencia de sonidos”36. Recuperación de la verdad,
pues, de lo contrario, el hombre corre el peligro de transformarse en
una farsa colonizada por el error. A este respecto, no puede ser más
significativa la anécdota que cuenta Guitton: “Soloiev era un día
huésped de un monasterio y había prolongado hasta una hora muy
avanzada su conversación con un piadoso monje. Al querer volver
a su celda, salió al pasillo a donde daban las puertas, todas iguales,
y todas igualmente cerradas, de las celdas. En la oscuridad, no lle-
gaba a identificar la puerta de su celda. Por otra parte, era imposi-
ble, en esa oscuridad, volver a la del monje con quien acababa de
estar. Y tampoco quería molestar a nadie durante el riguroso silen-
cio monástico de la noche.

35. Jean Guitton, Diálogos con Pablo VI, Cristiandad, Madrid 1967, 153.
36. Id. o.c., 31.
72 LOS SACRAMENTOS

Y así el filósofo se resignó a pasar la noche paseándose lentamen-


te, absorto en sus pensamientos, a lo largo del pasillo del monasterio
que de repente se había vuelto misterioso e inhospitalario.
La noche fue larga y pesada. Pero por fin pasó. Y las primeras
luces del alba permitieron al filósofo identificar sin esfuerzo la puerta
de su celda, ante la cual había pasado tantas veces sin reconocerla.
Y Soloiev comentaba: “Muchas veces pasa eso también con los
que buscan la verdad; pasan muy cerca de ella en el curso de sus
vigilias sin encontrarla, hasta que hay un rayo de sol”...37.
La Poesía, como el Arte en general, tiene la gratuita funcionali-
dad de conducirnos a la antesala de lo bello, de la misma manera
que la infraestructura de la fe nos sitúa ante la persona de Jesucristo
y, por su medio, ante el Padre de Jesucristo y Padre nuestro.
La Poesía y el Arte, en consecuencia, no son superfluos, cuanto
vehículos para la relación y disfrute de lo bello que emerge en la rea-
lidad y es servido en estilos que deben amoldarse a lo bello a la
manera que el vino al vaso que lo contiene.

Palabra y sacramento
Dios dice su Palabra en lenguaje humano. Lo mismo que la per-
sona se dona y dice en sus palabras, Dios ha dicho su Verbo en pala-
bras humanas, divinizando los idiomas. A Dios no le cuesta decirse
ni donarse, pero a los seres humanos nos cuesta darnos a entender,
así como comprender la Palabra de Dios en nuestras palabras, de las
que se ha servido Dios como medio y sacramento de su mensaje.

La materia es dialogable. Por la materia a los sacramentos


Dios sigue hablando no solamente por la creación, sino en la cre-
ación. Si la creación es hechura de Dios, según la Biblia, la materia
de la creación sigue hablando de Dios en ella y por ella. El mismo

37. Id. o. c., 160.


EL DIFÍCIL MATERIAL DE LA PALABRA 73

ser humano, por el mero hecho de ser receptor de esa creación-


materia y elaborador-colaborador, habla con Dios de modo artesa-
nal-creativo, y no sólo verbalmente.
Si Dios es creador-hacedor, quiere decir que Dios permanece
dentro de lo creado, pues no es como un carpintero que fabrica la
mesa, según la idea que tiene en la mente, pero no puede quedarse
dentro de la mesa animándola. Por el contrario, Dios es el creador-
hacedor que, además, permanece dentro y fuera de lo creado como
dueño. De ahí que la creación entera, y en cada uno de sus elemen-
tos, sigue hablando de Dios, o Dios sigue hablando por medio de lo
existente. Ahora bien, el ser humano tiene capacidad para oír, deso-
ír, ajustar o desajustar su vida según los planes de Dios o en contra.
Dios ha hablado por las criaturas: pan, vino, agua, aceite, sal, etc.,
y sigue hablando por ellas antes de que su Hijo Jesucristo designara
el pan, criatura hablante de Dios desde siempre, como vehículo de
su persona y medio de encuentro con los suyos. Todo esto quiere
decir que la criatura-pan-hablante ha llegado, en Jesucristo-Pan para
la humanidad, a su máxima locución: A ser Pan con el Pan de Dios
para los hombres.

Características del lenguaje sacramental


El lenguaje sacramental ha de ser alusivo, escandaloso, relacio-
nal, simbólico y comunitario-trinitario.

Alusivo
Quiere decir sugerente, henchido de significación, poético y sim-
bólico más que descriptivo. El lenguaje empleado en los sacramen-
tos señala, ante todo, la donación: He ahí el pan, el pan que soy yo,
Jesucristo. Y si el lenguaje sacramental alude a la donación, quiere
decir que apunta al Dios de toda gratuidad que se dona indebida-
mente o, lo que es lo mismo, sin merecerlo.
Que Dios nos dé el pan, puesto que somos criaturas suyas nece-
sitadas de comida, es lógico y natural, pues, de lo contrario, sería un
74 LOS SACRAMENTOS

mal Padre. Pero que Dios se dé a comer a sus criaturas por medio
del Cristo-Dios hecho pan, ya no es tan natural y lógico, sino gra-
cioso y gratuito, aunque también entiendo, y acaso sea lo más
correcto, que si Dios es Padre-Creador, se done a sus criaturas de
esa manera que llamamos graciosa, pero que acaso sea la más natu-
ral y lógica. Al fin y al cabo, si Dios ha hecho al hombre, forzosa-
mente el hombre tiene hambre de Dios, y nunca el hombre se con-
tentaría con cualquier pan, sino con el que le sacie de verdad, y éste
no puede ser otro que el Pan de Dios, el Dios-Pan38.

Escandaloso
“Comed mi carne” y “bebed mi sangre” fueron expresiones
escandalosas del maestro Jesús, y siguen escandalizando en nuestros
días. Yo diría, salvando todas las distancias, que el maestro judío
escandalizó, entre otras razones, porque empleó un lenguaje desen-
fadado, al estilo de nuestros Cervantes, Quevedo, Unamuno, Cela o
Umbral. A veces, casi nos resistimos a repetir sus palabras, cuando
no las endulzamos con tontorras explicaciones. ¿No habría que
guardar un silencio mayor con las palabras de Dios y de Jesús? Sin
embargo, acaso no resida lo más escandaloso en el lenguaje de la
Liturgia cuanto en el sentido, que se nos escapa, y esto hace que el
lenguaje sea extraño, ya que no atina plenamente a vehicular el
mensaje. Con todo, a pesar de que el lenguaje nos desacredite, es
preferible el desacierto estilístico y comunicativo con tal de que no
sea Jesucristo quien nos desacredite39.

Relacional
El lenguaje de la Sagrada Escritura y de los sacramentos es rela-
cional. Dios se comunica con sus criaturas por medio de un lenguaje
fundamentalmente amoroso. Si esta relación constituye gracia, mal

38. Cf. Darío Zadra/Arno Schilson, o. c. 131.


39. D. Herviu-Léger, Factores de la crisis del lenguaje doctrinal y kerigmático de la
Iglesia, Concilium 85 (1973) 177-192.
EL DIFÍCIL MATERIAL DE LA PALABRA 75

haríamos en echar mano de un lenguaje causalista y productivista.


Los escolásticos emplearon un lenguaje causalista y comercial a la
hora de hacer teología sacramental40.

Simbólico
El lenguaje simbólico no se contrapone a ningún otro lenguaje.
Empleamos el lenguaje simbólico-poético porque se necesita de
otra herramienta epistemológica para navegar por los sacramentos.
El lenguaje simbólico apunta a un proceso de advenimiento siem-
pre en aumento. Y como el sacramento apunta a un advenimiento
anunciado, escatológico y definitivo, que se escapa de nuestro domi-
nio total, de ahí que empleemos el lenguaje simbólico41.

Comunitario-trinitario
Dios-Padre reside en un gran silencio, pero no porque sea mudo,
sino porque es rico, y de una riqueza que no le viene de fuera, sino
de dentro. Dios es la Suma Riqueza, y ese es el alcance del Dios
Silencio o Silencioso.
Pero si Dios es la suma riqueza, aún es más rico si puede decir y
comunicar su riqueza, pero no, como ya he dicho, para enriquecer-
se, cuanto para comunicarse, puesto que más rico se es cuanto
mejor se comunica lo que se posee, pero desinteresadamente.
Pues bien, Dios-Padre se dice tan exactamente que comunica
todo lo que es en su Hijo-Verbo, siendo el Hijo-Verbo tan Dios
como Dios-Padre, con la particularidad, eso sí, de que el Hijo-Verbo
es el Máximo Decidor de Dios-Padre, Diccionario único de Dios-
Padre, Academia única de Dios-Padre y Presidente único de la Real
Academia de La Legua de Dios-Padre.
De ahí que la Biblia manifieste que Dios-Padre ha dicho todo por
su Hijo, siendo Jesucristo el mejor Periodista y Reportero de Dios-

40. Chauvet, o.c., 17-18.


41. Chauvet, o.c., 19. 52. 65. 92. 95-96.
76 LOS SACRAMENTOS

Padre, como puede comprobarse en los artículos y poemas que se


han conservado en los evangelios.
Maravilloso, grande y admirable es que Dios-Padre resida en su
Silencio-Rico, comunicado por la Lengua preciosa del Verbo-
Palabra, pero aún comprendemos mejor la riqueza de Dios cuando
percibimos su silencio dicho por el Verbo y calentado por el Espíritu
Santo, Dios como el Padre y el Hijo y, a su vez, comunicador del
amor divino por las personas del Padre y del Hijo. Es decir, que no
sólo percibimos el silencio rico de Dios-Padre, pronunciado por la
Palabra y en la Palabra de su Hijo, sino que ese rico silencio, pro-
nunciado por Jesucristo, llega a nosotros calentado por el fuego del
Espíritu Santo, que caldea el silencio de Dios, en la Palabra del Hijo.
También el ser humano es un silencio rico, y tanto más rico
cuando bien dicho con amor.
Si así es Dios (perdón); si así es la persona humana, el sacra-
mento es y debe ser la celebración de la inmensa riqueza divino-
humana de la que acabamos de hablar.
El pan de la Eucaristía, por ejemplo, antes de ser consagrado, es
una rica realidad; riqueza que aumenta cuando, además de pan,
pasa a ser el Pan-Dios o el Dios-Pan, que crece para nosotros cuan-
do, comulgado, calienta a la persona creyente, trasladándola, sin
dejar la tierra, a los umbrales de la definitiva.
En suma, que en la celebración del sacramento deben confluir lo
Divino y lo Antropológico; el reflejo de lo uno y triple divino, así
como el reflejo de lo uno y triple humano y cósmico.

Crisis del lenguaje religioso


La fe se testimonia no sólo con hechos, sino también con pala-
bras. Pero sucede que el lenguaje de la fe viene a ser para muchos
oyentes como una lengua extranjera y, más que extranjera, extraña
y causante de gran malestar cultural y religioso42. La gente formada

42. J. M. Velasco, El malestar religioso de nuestra cultura, Paulinas, Madrid, 1993, 5.


EL DIFÍCIL MATERIAL DE LA PALABRA 77

en religión entiende lo que dice, pero el lenguaje en el que expresa


su creencia es incomprensible para muchas gentes de hoy. De ahí
que sea necesario un lenguaje inteligible. En los profesionales de la
Teología se constata falta de gancho, y cuando algunos teólogos se
deciden a emplear un lenguaje inteligible, se les acusa de pérdida de
densidad. A la falta de atracción, la inmensa mayoría responde con
mudez y sordera. Como remedio a este problema, se aduce la nece-
sidad de una teología elaborada con el pueblo en orden a que el
pueblo entienda y hable inteligiblemente de lo que cree43.

¿Qué puede decir la Literatura al lenguaje de los sacramentos?


La Literatura opera con un lenguaje contemplativo. Es cierto
que la Literatura no tiene como tarea hacer Religión ni Teología.
Tampoco pienso ahora en la Literatura como arsenal de noticias
religiosas, que ya es bastante, y habrá que hacer uso de ese cúmulo
de datos. Lo que interesa en este momento es la sensibilidad de los
literatos para captar la experiencia de lo Religioso y transmitirla en
sus creaciones.
La Literatura actual de los países católicos acusa a la Literatura
Litúrgica postconciliar de empobrecimiento, de pérdida de carga
simbólica por haber querido ser demasiado expresiva y acaso des-
criptiva del Misterio.
La Literatura se ha convertido para mucha gente en una espe-
cie de culto religioso precisamente por haberse constituido, a pesar
de todo, en vehículo del sentimiento religioso, descuidado por la
Religión y la Liturgia. Si en la actual Literatura se detecta senti-
miento religioso, estamos de enhorabuena, pues más grave es la
pérdida del sentimiento religioso, tanto en el Pueblo como en la
Literatura, que la desaparición de la misma creencia. Si el senti-
miento religioso pervive, aún se puede hablar de Religión. Si el

43. Adolf. Exeler, Fe y Palabra. Por una teología del pueblo, Selecciones de Teología
73 (1980) 91-94.
78 LOS SACRAMENTOS

sentimiento religioso ha muerto, se hace casi imposible el plantea-


miento de lo Religioso.
Considero que este problema es capital para la Religión, a pesar
del insuficiente tratamiento que le concedo.
Una buena aportación a la Liturgia vendrá por el lenguaje poéti-
co, simbólico y evocativo, y nunca por el lenguaje gárrulo. El len-
guaje de las parábolas de Jesucristo es indicativo de lo que quiero
decir. San Agustín, antes de convertirse, fue un amante de las pala-
bras, hasta saberse un pobre mercader del lenguaje44. Una vez con-
vertido, más ama la verdad en las palabras que las mismas palabras45,
pero no por eso descuida y desprecia el estilo.
Hoy es del todo necesario una educación para la palabra porque
Dios nos ha alcanzado en el ámbito de dos Palabras, o de una única
Palabra-Densa: La Cósmica (materialidad del Cosmos), y la Verbal-
Humana, en la que se dice el hombre, y en la que el hombre dice la
Realidad que le impacta46.

44. San Agustín, Las confesiones VIII, 6, 13. BAC. II, 323.
45. San Agustín, De la doctrina cristiana IV, V, 7. BAC. XV, Madrid, 1969, 221.
46. Cf. M. P. Gallagher, ¿Qué puede decir la literatura a la liturgia?, Concilium 152
(1980) 259-264.
5
EL SACRAMENTO COMO VEHÍCULO
DEL MISTERIO

“Cuando el misterio es demasiado impresionante


no es posible desobedecer” 1.

Jesucristo constituye la referencia central de la Iglesia y de los


sacramentos. Jesucristo es el contenido más rico de los sacramentos,
y a Jesucristo habrá que volver, una vez y otra, como el buen escri-
ba del evangelio, pues, además de ser el núcleo de los sacramentos,
es el Señor y Misterio de la Iglesia.
San Agustín se percató de la centralidad de Jesucristo para el
cristianismo, pues afirma que “el misterio de Dios no es otra cosa
que Cristo, en el que era preciso vivificar a todos los que habían
muerto en Adán”2.

¿Qué son los sacramentos?


Jesucristo no es un fundador religioso que se ha contentado con
predicar un mensaje. Jesucristo es fundador del cristianismo y de
los sacramentos en el sentido de que se ha quedado en ellos como
vida de los cristianos. Por eso, a la pregunta sobre qué son los
sacramentos, nuestro Zubiri responde: Los sacramentos son las

1. Antoine de Saint-Exupéry, El principito, Emecé, Buenos Aires, 1951, 12.


2. San Agustín, Carta 187, XI, 34. Cartas, BAC. XIª, Madrid, 1972, 557-558.
80 LOS SACRAMENTOS

acciones de Cristo; aquellas mismas acciones saludables que Cristo


realizó en su tiempo y que ahora realiza entre nosotros mientras
dure la Historia3.
En términos muy semejantes se expresa Schillebeeckx: “Un
sacramento es por tanto ante todo y sobre todo un acto personal
del mismo Cristo que nos abraza, en el plano de la visibilidad terres-
tre de la Iglesia, en una forma de manifestación funcional o institu-
cional, un acto pues para el que se ha recibido poder en la Iglesia en
virtud de una designación del mismo Cristo por razón del carácter:
“ex oficio”... “Un sacramento es un acto salvífico personal del mismo
Cristo celestial, en forma de manifestación visible de un acto fun-
cional de la Iglesia, en otras palabras, la actividad salvífica de Cristo
en forma manifestativa de un acto eclesial”4.
En consecuencia, el paso de Jesucristo por la tierra como funda-
dor del cristianismo es mucho más rico de lo que se puede suponer,
y así lo constatan los autores de las memorias evangélicas: Pasó por
la tierra haciendo el bien: dando vigor a los paralíticos5, habla a los
mudos6, vista a los ciegos y oído a los sordos7. Más aún. La bondad
de Jesucristo no se agota en los gestos y milagros obrados durante
su vida terrena, sino que ha venido al mundo para que la humani-
dad tenga vida en abundancia8, y sea su vida hoy tan eficaz como
en el tiempo histórico en el que le tocó vivir.
Sus paisanos decían a Jesucristo: Señor, que vea, oiga o deje de
atormentarme este demonio9. Pues bien, las mismas gracias que los

3. X. Zubiri, o. c. 341. 345-346.


4. E. Schillebeeckx, Cristo, sacramento del encuentro con Dios, o. c. 68. 69.
5. Mt 9, 1-8.
6. Mt 9, 32-34.
7. Mt 12, 22-23.
8. Jn 6, 35.
9. Jn 9, 1-39; Mc 7, 31-37; 8, 22-26; Mt 9, 27-31; 20, 29-34; 8, 28-34; 15, 21-28; Mc
1, 21-27; 5, 1-20; Lc 8, 26-39.
EL SACRAMENTO COMO VEHÍCULO DEL MISTERIO 81

judíos suplicaban a Jesús, podemos pedírselas nosotros porque está


tan presente en la actualidad como entre sus contemporáneos.
A todos nos maravilla el misterio de la Encarnación, ese aconte-
cimiento por el que el Hijo de Dios se hizo niño en las entrañas de
María. Sin embargo, casi no golpea la actualización de ese misterio,
aunque de otro modo, en el pan y en el vino de la misa celebrada
en una catedral o en una ermita de campo.
María pronunció su “fiat” y el Verbo se hizo hombre en sus
entrañas. La comunidad, reunida y presidida por el ministro, pro-
nuncia unas palabras tan sencillas como las de Nuestra Señora, y el
Resucitado se “persona” en los materiales sacramentales.
La presencia de Jesús en Palestina estuvo velada por la envoltu-
ra del cuerpo, y en la actualidad sigue oculta bajo las estructuras
humanas e históricas de la Iglesia, pero a los que creen y son hijos
de Dios por la fe, les es concedida la gracia de remontarse desde las
estructuras humanas hasta el misterio de Jesucristo.
Con relación a los sacramentos, el cristiano debe despojarse de
prejuicios y creer que si Dios ha dispuesto la salida del sol a una
hora determinada, sin consultar con científico alguno, también ha
convenido que su Hijo Jesucristo esté disponible para nosotros en
los sacramentos.
En consecuencia, “los sacramentos son encuentros inter-perso-
nales entre los fieles y Cristo”10, celebrados en el culto litúrgico de
la Iglesia, bajo la dirección del Espíritu Santo, pues si el Santo
Espíritu de Dios no anima el Memorial, en modo alguno existe
sacramento11.
A través de estos encuentros inter-personales, Jesucristo nos
transforma. Por eso, el ministro que los celebra para sus hermanos,
lo mismo que el receptor, deben permitir a Cristo que los transfor-

10. E. Schillebeeckx, La presencia de Cristo en la Eucaristía, Fax, Madrid, 1968,


116.
11. Y. M. Congar, El Espíritu Santo, Herder, Barcelona, 1983, 137-138.
82 LOS SACRAMENTOS

me en orden a trabajar con Jesucristo: “No, padre (dice Vicente de


Paúl a uno de sus sacerdotes), ni la filosofía, ni la teología, ni los dis-
cursos logran nada en las almas; es preciso que Jesucristo trabaje
con nosotros, o nosotros con él; que obremos en él, y él en noso-
tros; que hablemos como él y con su espíritu, lo mismo que él esta-
ba en su Padre y predicaba la doctrina que le había enseñado: tal es
el lenguaje de la Escritura”12.

El sacramento es el molde que nos transforma en Cristo


Vivir en Cristo, crecer en Cristo y transformarse en Cristo, cons-
tituye el principio vital del cristianismo. Cristo es el molde de hacer
hijos de Dios en la Iglesia; la artesa en la que se ha de cerner la hari-
na del hombre; el pan de cohesión que ha de integrar, en el esplen-
dor de su divina-humanidad, todos los rostros de los seres huma-
nos; la Palabra por la que Dios ha llamado al mundo, y responde
mediante la Iglesia.
El creyente, al aceptar la fe, se dona a Dios, y Dios, agradecido,
se entrega al hombre a través de los sacramentos.
La transformación de la comunidad cristiana en Cristo tiene sóli-
dos fundamentos en la Sagrada Escritura. En opinión de san Pablo,
Cristo es una persona que muere y resucita con eficacia colectiva13.
Nosotros, inteligencias acostumbradas a muchas disquisiciones,
no podemos ni franquear el umbral del principio enunciado por san
Pablo, ni mucho menos comprender hasta dónde llega la unión
entre Cristo y los cristianos14.
Consciente de esta novedad, san Pablo repetirá que Cristo es su
vida y la de los cristianos15. En una palabra, que los sacramentos son
la actualización de Cristo en el tiempo.

12. San Vicente de Paúl, OC, XI/3, 236


13. 2 Cor 5, 14-15.
14. 2 Cor 5, 17.
15. Gál 2, 20.
EL SACRAMENTO COMO VEHÍCULO DEL MISTERIO 83

Un sacramento es la historia de la salvación, realizada de una vez


por todas en el árbol de la Cruz, historia que fluye por la Iglesia
mediante ritos religiosos y visibles que tienen una fuerte seme-
janza con aquello a lo que apuntan
“Según nuestro modo frecuente de hablar, solemos decir, cuan-
do se acerca la Pascua: “Mañana o pasado mañana será la pasión
del Señor”. Pero el Señor ha padecido muchos años ha y la pasión
no ha tenido lugar sino una vez. En el mismo día del domingo
decimos: “Hoy resucitó el Señor”, aunque han pasado ya hartos
años desde que resucitó. Nadie es tan necio que nos eche en cara
la mentira cuando hablamos así. Nombramos tales días por su
semejanza con aquellos otros en que tuvieron lugar los aconteci-
mientos citados. Decimos que es el mismo día, aunque no es el
mismo, sino otro semejante a él en el girar de las edades. Así tam-
bién, cuando nos referimos a la celebración del sacramento del
altar, decimos que en ese día acontece lo que no acontece en ese
día, sino que aconteció antaño. Cristo fue inmolado una sola vez
en persona y es inmolado no sólo en las solemnidades de la
Pascua, sino también cada día entre los pueblos, en dicho sacra-
mento. Por eso no miente quien contesta que es inmolado ahora,
cuando se lo preguntan. Los sacramentos no serían en absoluto
sacramentos si no tuviesen ciertas semejanzas con aquellas reali-
dades de que son sacramentos. Por esa semejanza reciben, por lo
regular, el nombre de las mismas realidades. Así como a su modo
peculiar el sacramento del cuerpo de Cristo es el cuerpo de Cristo,
y el sacramento de la sangre de Cristo es la sangre de Cristo, así
también el sacramento de la fe es la fe. Ahora bien, creer no es otra
cosa que tener fe. Por lo tanto, cuando se contesta que cree un
niño que todavía no siente la afección de la fe, se contesta que
tiene fe por el sacramento de la fe y que se convierte a Dios por el
sacramento de la conversión, porque esa misma respuesta perte-
84 LOS SACRAMENTOS

nece a la celebración del sacramento. Así, hablando del mismo


bautismo, dice el Apóstol: Hemos sido sepultados con Cristo para
la muerte16. No dice: “Hemos empezado a simbolizar la sepultura”,
sino: Hemos sido sepultados. Luego al sacramento de una tan
grande realidad le dio el nombre de la misma realidad”17.
Un sacramento es la historia del amor de Dios realizada en el
árbol de la Cruz. Y la manifestación del amor de Dios en la Cruz
supone que ese amor llega hasta nosotros y a los venideros, pero
no como un drama repetido o realizado de nuevo en la misa, sino
el mismo, único e irrepetible amor de Dios manifestado en la
Cruz. Esto es así porque Dios es Dios y sus manifestaciones, la
historia de la Cruz en concreto, empapan todos los tiempos, pero
sin necesidad de repetir ese acto como si, al repetirlo, comenzara
de nuevo.

El sacramento es un signo eficaz de la gracia


Además de signo de la gracia, el sacramento ha sido instituido
por Jesucristo para que done gracia y salve a quien lo recibe. En
consecuencia, puede decirse que el sacramento es signo de la gra-
cia, pero no solamente signo, sino que la realiza y dona porque es
signo de la misma gracia. De ahí que Agustín defina los sacramen-
tos como “sagrados y visibles signos de cosas ocultas”18.
Además de las prácticas fundamentales de los cristianos, los sacra-
mentos son los vehículos ordinarios de la salvación de Jesucristo, a
quien el Padre ha dado todo poder19, y entregados por Jesucristo a la
Iglesia para que los celebre con sus hijos.

16. Rom 6, 4.
17. San Agustín, Carta 98, 9. BAC. VIII, Madrid, 1967, 628-629.
18. San Agustín, De la gracia de Jesucristo y del pecado original II, XL, 45. BAC.
VI, Madrid, 1971, 404; Ott, Ludwig, Manual de teología dogmática, Herder,
Barcelona, 1969, 486-488.
19. Mt 28, 18; Heb 2, 10; 5, 10.
EL SACRAMENTO COMO VEHÍCULO DEL MISTERIO 85

Los Sacramentos y la Comunidad


La comunidad es el ámbito de los sacramentos. Así como llegamos
a ser nosotros con los demás, los sacramentos cobran toda su fuerza
al celebrarlos con una comunidad con la que nos identificamos.
El sacramento consiste, ante todo, en la carrera de Cristo, carre-
ra y profesión manifestada durante su vida, pasión, muerte y resu-
rrección, con el fin de que los seres humanos viéramos en él el pro-
yecto que Dios tiene sobre la humanidad, diseño totalmente cum-
plido en Jesucristo con el fin de que, configurados con él, por medio
de los minerales sacramentales, también lleguemos a ser lo que Dios
tiene proyectado para nosotros. De ahí que Agustín coma y beba el
sacramento y lo distribuya a sus hermanos. Y es que, como pobre
de Dios, quiere saciarse con los sacramentos, pero en compañía de
los que comen lo mismo y son comidos por el mismo Jesucristo en
comunidad20, pues es en el ámbito comunitario donde los sacra-
mentos se visibilizan y se comprende cuanto Dios ha hecho por la
humanidad y por cada una de las personas.
Los sacramentos son los símbolos de la sociedad cristiana y los
medios para reconocerse los hermanos21. Esto hay que tenerlo muy
en cuenta, pues el sentido de lo comunitario y de lo simbólico
constituye la vivencia típica del cristianismo: “Los hombres no
pueden asociarse bajo el nombre, verdadero o falso, de ninguna
religión, si no están vinculados por alguna relación, fundada sobre
signos o ritos visibles: la fuerza de esos ritos tiene un valor inena-
rrable, por lo que hace sacrílegos a quienes la desprecian. En efec-
to, es fruto de impiedad el desprecio de aquello sin lo que no puede
existir la piedad”22.

20. San Agustín, Las Confesiones IX, XIII, 36; X, XLII. BAC, 70. 381. 453.
21. San Agustín, Carta 166, 20. BAC. XI/a, 319; Cf. E. Vilanova, Expresión de la fe
en el culto. En la era apostólica, Concilium 82 (1973) 192-203.
22. San Agustín, Contra Fausto L 19, 11. BAC. XXXI, Madrid, 1993, 395.
86 LOS SACRAMENTOS

Los sacramentos son los actos de culto de los fieles de Cristo


Jesucristo es quien tiene la iniciativa e invita al culto en el que ofi-
cia como santificador de los hombres, incorporando a sus herma-
nos al culto que tributa a su Padre en la tierra. De este modo, el mis-
terio de Cristo se actualiza, y el Resucitado nos alcanza, como a los
discípulos de Emaús, y facilita los encuentros inter-personales con
él y con los cristianos23.

Los sacramentos como Alianza y Memorial


Los sacramentos son la actualización de la alianza hecha por
Dios con la humanidad, ratificada por Jesucristo y confiada a la
Iglesia. Así, un sacramento no es otra cosa que la animación, por
obra del Espíritu Santo, de la alianza y del memorial de Jesucristo.
Como memoria de la Cruz, el sacramento es aceptado por todos
los cristianos. Pero no cualquier celebración es sacramento, alianza
o memorial. “Hay sacramento en una celebración cuando la con-
memoración se hace de modo que se sobreentienda al mismo tiem-
po que hay un oculto significado y que ese significado debe recibir-
se santamente”. La Navidad, por ejemplo, no es sacramento, sino
festividad. Por el contrario, al celebrar la Pascua, no sólo traemos el
suceso a la memoria, sino que, al recordarlo, lo celebramos en la fe
como tránsito a su fin24.
Reforcemos el concepto de “Memorial” con este texto de Bro, ya
que el “Memorial” debe primar en la teología sacramental, así como
en la catequesis y, cómo no, en la liturgia, como lugar auténtico
donde se actualiza el “Memorial”: “Los sacramentos tienen un
poder recapitulador en nuestra vida: nos ligan a una realidad que
está por encima de lo fraccionado de nuestras psicologías. Alguien
(J. M. Tillard) lo ha designado como la triple dimensión de los

23. M. J. O’Connell, La teología sacramental hoy, Selecciones de Teología 5 (1963)


29-36.
24. San Agustín, Carta 55, I, 2, II, 3. BAC. VIII, 310-312.
EL SACRAMENTO COMO VEHÍCULO DEL MISTERIO 87

sacramentos. Reúnen juntamente el presente, el pasado y el porve-


nir. De cara al pasado, reavivan para nosotros la fuente de toda vida
y de toda salvación: hacen presente la potencia de la pasión de
Cristo sin que existan por ello dos actos separados. La misa, o la
absolución en la penitencia, no hacen que comience de nuevo
la cena o la redención. Los sacramentos no duplican los actos
de Cristo, sino que los hacen presentes en nuestra vida aplicándo-
nos la fuerza misma de estos actos. En la ordenación, el obispo no
transmite al diácono el sacerdocio de Cristo, como si se tratase de
un regalo, sino que lo injerta en el sacerdocio de Cristo. Cada cris-
tiano participa, en los sacramentos, del mismo gesto auténtico del
Salvador, siendo Cristo el que nos concede poder poner ese acto
con él. No es que nosotros ayudemos a Nuestro Señor, ni que él nos
ayude, sino que nosotros hacemos en él lo que él hace”25.

El sacramento es un símbolo que expresa las experiencias funda-


mentales que comporta la fe en Jesús
Pero un símbolo que no sólo indica, sino que contiene, expresa y
realiza la gracia. El sacramento es el símbolo de la vida nueva
comenzada en el tiempo presente con la obra de Jesucristo, y que lle-
gará a su plenitud en la resurrección de los muertos. Los sacramen-
tos, en consecuencia, son símbolos que anticipan en el tiempo la
meta de la historia o escatología final26, ya que, al ser celebrados en
comunidad, es la Trinidad Santa la que irrumpe personalmente en
cada uno de los bautizados, pero también, socialmente, en la totali-
dad de los celebrantes, adelantando, en el tiempo, cuanto se alcan-
zará plenamente, a semejanza de la Trinidad: Un Dios, en comuni-
dad, y una comunidad único Dios.

25. B. Bro, El hombre y los sacramentos, o. c. 67-68.


26. San Agustín, Sermón 260 A, 1 (= Denis 8). BAC. XXIV, Madrid, 1983, 617; Cf.
L. M. Chauvet, Escatología y sacramento, Selecciones de Teología 158 (2.001)
147-153.
88 LOS SACRAMENTOS

El sacramento en cuanto Misterio o Mysterion


La palabra mysterion aparece en los escritos de Pablo. En los
comienzos del cristianismo se llamó misterio a las celebraciones
que hoy designamos con el nombre de sacramentos. El Bautismo,
por ejemplo, es un misterio en el que acontece la Historia de la
Salvación realizada en la Cruz, pero con una configuración propia,
como es la introducción del bautizado en el cuerpo de Jesucristo y
en el único Bautismo, pues a pesar de ser muchos los bautizados, el
Bautismo es único, como Cristo es uno y único.
En el idioma griego civil, misterio quiere decir iniciación, culto de
los misterios, ritos salvadores, gnosis y doctrina oculta. Según los
Santos Padres, misterio equivale a Jesucristo como Logos de Dios;
Muerte de Jesucristo en favor de la humanidad, y Doctrina Cristiana.
Al inicio del cristianismo, y para diferenciar sus ceremonias de
las de griegos y romanos, a los misterios cristianos se les llamó
sacramentos. La gran iglesia de África prefirió la palabra sacramen-
to en vez de misterio, pero poco a poco se identificaron misterio
y sacramento27, aunque misterio es palabra más rica y debiera ser
recuperada por la teología con preferencia a sacramento28.

Fe, palabra y sacramento


El sacramento es una palabra, como Jesucristo es la Palabra de
Dios, pero una palabra para ser comida29. Apoyados en san Agustín,
algunos Reformadores concedieron tanta importancia a la Palabra,
por su sacramentalidad, que la despojaron de todo soporte terreno,
y no faltan razones. Para el católico, y por las mismas razones, el
sacramento está formado por la conjunción de la Palabra con los

27. Raphael Schulte, Los sacramentos de la Iglesia como desmembración del sacra-
mento radical, en Mysterium Salutis IV/2, Cristiandad, Madrid, 1975, 76-79. 80-
84. 87-94.
28. R. Arnau, Tratado general de los sacramentos, BAC. Madrid, 1994, 35-47.
29. San Agustín, Sermón 95, 1. BAC. X, Madrid, 1965, 315.
EL SACRAMENTO COMO VEHÍCULO DEL MISTERIO 89

Elementos terrenos, lo mismo que el Verbo con el Jesús visible. Así,


sin la Palabra, el Agua no es sacramento, y la Palabra, sin Agua,
tampoco30.
El sacramento es la manifestación pública de la fe de quien lo reci-
be, siendo la fe, a su vez, el sacramento e infraestructura de la fe, ya
que un día habrá fe sin sacramento, pero mientras somos caminantes
tan imposible es un sacramento sin palabra como la palabra sin sacra-
mento. El sacramento, en consecuencia, es afirmación de fe y confe-
sión de fe. De ahí que los sacramentos sean celebraciones de fe.
Por medio de las celebraciones sacramentales, que son la infra-
estructura, como bien lo apuntan los elementos terrenos, Dios obra
la salvación y la recuperación del equilibrio cósmico y humano,
pero por medio de las celebraciones y de los elementos terrenos, y
nunca sin ellos, en el aquí y el ahora. Por tanto, un sacramento es la
escenificación litúrgica de un misterio de fe, celebrado con fe

¿Qué es el sacramento como misterio?


Un sacramento, en cuanto misterio, es el Reino de Dios31, el plan
salvífico de Dios, eterno y oculto32, realizado como salvación en
Cristo33, en el tiempo de la Iglesia34, y a ella confiado para que haga
conocer a toda la humanidad que Cristo está presente en medio de
ella para salvarla35.
El misterio no ha de ser confundido con el sacramento. El mis-
terio es el contenido del sacramento, y el sacramento es la repre-
sentación litúrgica del Misterio. El misterio es Jesucristo, y el sacra-

30. San Agustín, Tratados sobre el evangelio de san Juan 80, 3. BAC. XIV. Madrid,
1965, 364-365.
31. Mc 4, 11.
32. 1Cor 2, 1-7.
33. 1Cor 1, 23; 2,7; Col 1, 26-27; 2, 2.
34. Ef 3, 9; 5, 32.
35. 2Tim1, 9-10; Tit 2, 11; Jn 1, 9-14; Apoc 21, 3; Cf. José Cristo Rey García de
Paredes, Teología fundamental de los sacramentos, Paulinas, Madrid, 1991, 37-
48. 49-53.
90 LOS SACRAMENTOS

mento es la representación del misterio-Jesucristo para los suyos.


Ahora bien, una vez conjuntados y celebrados misterio y sacra-
mento, el sacramento es misterio y el misterio es sacramento.
El misterio tampoco ha de ser identificado con el símbolo, pues
el misterio es la acción de Dios, mientras que el símbolo es el medio
a través del cual actúa Dios.
El misterio es difícil de comprender, pues es una verdad de fe
conocida por revelación; un designio escondido en Dios, pero no
para que permanezca oculto, como ocurre en las Religiones Mis-
téricas, sino para darlo a conocer en Cristo, pues Jesucristo es el
periodista que ha comunicado los planes de Dios.

El sacramento en cuanto sacramento


La palabra “sacramentum” quiere decir relación con lo numino-
so. De ahí que el derecho romano hable de lo sagrado, de la mani-
festación pública de lo sagrado, y de las personas que pueden acu-
dir a las manifestaciones religiosas de la Ciudad.
Sacramento, según el derecho romano, quiere decir juramento
de la bandera por los soldados, y también suma de dinero deposi-
tada en lugar sagrado, en el templo, y que allí queda, consagrada a
la divinidad, como señal de un juicio, se gane o se pierda.
Tertuliano, como buen abogado, es quien hizo correr la palabra
sacramento por la teología cristiana en vez de misterio, aunque
dotando al sacramento con el contenido del misterio. Esto es: Plan
de Dios, secreto de Dios, salvación de Dios.
Sacramento equivale a escenificación del misterio, como ya se ha
dicho. El sacramento, en consecuencia, es una celebración religiosa,
litúrgica, que tiene por dentro un misterio. El sacramento, en su
escenificación litúrgica, es como la envoltura del misterio, pero con-
tenido y continente son una misma cosa, y nada el uno sin el otro.
La teología de la Iglesia prefirió, desde el inicio del cristianismo,
la palabra sacramento en vez de misterio, a pesar de que la palabra
sacramento no procede de la Biblia. Ahora bien, ¿por qué Tertuliano,
EL SACRAMENTO COMO VEHÍCULO DEL MISTERIO 91

u otro autor más antiguo, dio carta de ciudadanía a la palabra sacra-


mento y no a misterio?
Tertuliano es un jurista romano del Norte de África, acuñador
genial de terminología teológica. Como buen jurista, sabe que se es
ciudadano romano en cuanto hijo de un pater-patricio que oficia y
rinde culto a Dios en el altar de su casa con la asistencia de sus hijos,
parientes, protegidos y hasta de los esclavos. En consecuencia,
quien no tiene ni puede tener un altar en casa para celebrar el culto,
porque carece de un padre-patricio, es tan pobre que le está prohi-
bido tener Dios, ciudadanía romana, y hasta derecho a la existencia.
Como buen jurisconsulto, Tertuliano conoce muy bien todo
esto, y no sería extraño que aceptara el “sacramentum” romano
como medio para escenificar los misterios de Jesucristo, en orden a
concienciar a los cristianos, tanto nobles como plebeyos, de que
Jesucristo es el único Padre de familia, culto y altar del cristianismo
al alcance de todos los bautizados.

Sacramentos e Iglesia
Antes que una segunda encarnación de Dios, como se ha dicho,
la Iglesia es el medio oficial escogido por Dios para su presencia en
la Historia. Lo que sucede es que de la Iglesia tenemos un concep-
to excesivamente jurídico y olvidamos que, bajo las estructuras
humanas, late el corazón de Dios con las mismas pulsaciones que
en la humanidad del Salvador.
Cierto que el elemento que falla en la Iglesia es el humano. Pero
esto debe consolarnos, pues, aunque fallemos nosotros, tenemos
uno que, siendo como nosotros, no falla, y comprende muy bien
que fallen sus hermanos
Jesucristo es el sacramento de Dios-Padre, y la Iglesia es el sacra-
mento del Hijo de Dios y Dios mismo, de modo que así como el
Padre se manifestó en su Hijo, Jesucristo sigue presente en el mundo
por medio de la Iglesia.
92 LOS SACRAMENTOS

Los sacramentos, finalmente, no son una parte de la Iglesia,


cuanto la celebración de la salvación de Cristo en el tiempo históri-
co de la Iglesia36, tiempo que abarca y empapa el universo entero,
según el poema de Suárez Veintimilia37.

36. T. García Barberena, Los sacramentos en el ordenamiento canónico, Concilium


38 (1968) 161-169.
37. Carlos Suárez Veintimilia, Emilio del Río, o. c. 455.
6
EL SÍMBOLO COMO VEHÍCULO
DEL SACRAMENTO

Aproximación al símbolo y a lo imaginario


A pesar de que el símbolo y lo imaginario se evaden de toda cla-
sificación y definición, no por eso son tan anárquicos ni hostiles que
impidan el acercamiento. Más aún. Como los símbolos no son para
ellos, sino para las personas, y pues que contamos y jugamos con
ellos, debemos hacer un esfuerzo, si no por dominarlos despótica-
mente, sí para poseerlos con mansedumbre.
Por posesión pacífica entiendo el apoderamiento de los símbolos
con la misma soberanía que ejercemos sobre nuestro yo, el cual, con
ser nuestro, nos sorprende.
A pesar de tanta versatilidad, el símbolo y lo imaginario no care-
cen ni de estructura ni de leyes derivadas de la lógica simbólica,
aunque parezca contradictorio, pues lo lógico y lo simbólico pare-
cen oponerse entre sí.
Acaso atropellando lo simbólico e imaginario, adelanto que uno
y otro se ajustan a dos leyes fundamentales: la ley de la Constancia
y la ley de la Inconstancia.
Por ley de la constancia se entiende la presencia persistente
del símbolo tanto en la Historia de las Civilizaciones como en la
Historia de las Religiones, en las Sociedades y en el Psiquismo
humano.
94 LOS SACRAMENTOS

Por ley de la inconstancia se entiende que lo constante del sím-


bolo consiste en ser inconstante. Es decir, que por constante que sea
la presencia del símbolo en los medios referidos, no siempre se con-
figura de igual manera, ya que la obediencia y configuración ciegas
equivaldría a su muerte1. Por ejemplo, el mar siempre impacta, pero
no sorprende de igual modo todos los días.
Ernest Cassirer, en su calidad de hombre de ciencia y estudioso
de la realidad simbólica, nos aproxima a ella afirmando que el sím-
bolo rompe las manos de los dualismos filosóficos, pues supera,
como ninguna otra herramienta, los conceptos trillados de inma-
nencia y trascendencia: “Una y otra vez nos hemos visto conduci-
dos en el curso de nuestra investigación a la convicción de que el
verdadero concepto de lo “simbólico” no se adapta a las tradiciona-
les clasificaciones y dualismos metafísicos, sino que rompe sus mar-
cos. Lo simbólico no pertenece nunca al “allende” ni al “aquende”,
ni al campo de la “inmanencia” o al de la “trascendencia”, sino que
su valor consiste justamente en que supera esas antítesis proceden-
tes de una teoría metafísica que sólo conoce dos mundos”2.

Fundamentación antropológica de lo simbólico


El símbolo y lo imaginario han de ser situados dentro de la rea-
lidad personal e interpersonal3. Si el ser humano se autoexpresa en
la palabra, alcanzada por la dimensión simbólica, quiere decir que la
persona humana manifiesta su realidad corporal, espiritual y comu-
nitaria por medio de símbolos.
Según los psicólogos, el símbolo es una realidad casi exclusiva-
mente anímica que sirve a la persona para establecer la correspon-
dencia existente en todos los órdenes de la realidad4.

1. J. Chevalier, Diccionario de los símbolos, Introducción, Herder, Barcelona, 1988,


33-35.
2. Ernest Cassirer, o. c. III, 445-446.
3. D. Zadra / A. Schilson, o.c. 123. 132-133.
4. R. Guénon, J. E. Cirlot, Diccionario de los símbolos, Siruela, Madrid, 1997, 37.
EL SÍMBOLO COMO VEHÍCULO DEL SACRAMENTO 95

La realidad es tan densa que precisa del símbolo para ser expre-
sada
La realidad, esa poderosa infraestructura en la que se apoyan, a
la vez que la hacen, lo físico y lo espiritual, lo anímico y carnal, lo
científico y popular, lo técnico y artístico, es tan densa que no
puede ser abarcada en su totalidad porque, además de pertenecer a
ella el sujeto que la percibe, advierte, también, que “la verdad de una
cosa contiene más que la cosa” 5 vista por él. De ahí que el viejo
Salustio haya dicho que “el mundo es un objeto simbólico”6 porque,
siendo lo que se ve, apunta a lo que no se ve, es decir, a más mundo,
a más realidad.
Si yo arrojo a la basura la jícara rota guardada por la abuela,
comprendo el alcance de la jícara cuando oigo a la abuela lamen-
tarse de su desaparición, pues era lo único que pudo salvar del
incendio que arrasó la casa de sus antepasados. Un ejemplo, cierto.
Una jícara rota, cierto. Pero la honda verdad de la jícara únicamen-
te puede reconstruirse cuando la abuela cuenta su historia.
Para Lévi-Straus, Benveniste y Lacan, nada más real que lo sim-
bólico. Al venir al mundo, la persona es introducida y se hace en un
medio pactado social y culturalmente y, por ende, queda atrapada
en la trama del orden simbólico7.
Pero esto no sólo acontece con lo grande, como es el lenguaje y
la cultura, sino con el lenguaje pequeño y doméstico, con la cultura
pequeña y doméstica, con la filosofía casera o ciudadana, con la reli-
gión patriarcal y matriarcal, y con la visión de la montaña contada
por el abuelo.
La realidad, toda la realidad, en la medida en que es descrita,
descubre lo que tiene dentro, manifestando a su vez que, de no

5. M. Lurker, El mensaje de los símbolos, Herder, Barcelona, 1992, 11.


6. Salustio, J. E. Cirlot, o. c. 11.
7. R. Scholtus, Sacramento, símbolo, acontecimiento, Selecciones de Teología 132
(1994) 265-268.
96 LOS SACRAMENTOS

haber sido explorada, hubiera permanecido cerrada y muda, aunque


nada ni nadie pueda decir la entera verdad de la realidad.

Qué es el símbolo
“El símbolo no es lo uno o lo otro, sino que representa ‘lo uno
en lo otro’ y lo ‘otro en lo uno’”8. Este principio quiere decir que el
símbolo, por serlo, posee algo que me pertenece y, a su vez, que yo
tengo algo que pertenece al símbolo, pues, de lo contrario, difícil-
mente podría decirse del símbolo que es “lo uno en lo otro” y “lo
otro en lo uno”.
La Cruz de Jesucristo, por ejemplo, además de instrumento físi-
co del ajusticiamiento de Jesús y representación de la Historia de la
Salvación, para la cultura occidental es símbolo y signo del dolor de
cada día. La Cruz (lo uno), y máxime para un discípulo de Jesús,
está en lo otro (en el discípulo), y lo otro (el discípulo), está en lo
uno (Cruz de Jesús).
El símbolo representa lo desconocido en lo conocido. Mejor
aún. Aunque no conozcamos totalmente lo desconocido, tampoco
lo desconocemos del todo. De ahí que haya unido Cassirer los
extremos de lo “uno en lo otro” y de lo “otro en lo uno”. Es decir,
que toda realidad, por serlo, tiene un afuera y un adentro, un más
allá y un más acá. Así, por el afuera o cara exterior, algo vislumbra-
mos del adentro.
Partiendo de la hermosa y profunda definición de Cassirer, siga-
mos adentrándonos en el símbolo, por más que sea difícil apresar-
lo, no sólo por su complejidad, sino porque entre los tratadistas
no hay un acuerdo sobre el símbolo, y acaso tenga que ser así9, ya

8. E. Cassirer, o. c. III, 446.


9. A. Fossion, La iniciación al simbolismo en la catequesis, Selecciones de
Teología 138 (1996) 135-145; Joseph M. Rovira Belloso, Los sacramentos, sím-
bolos del Espíritu Santo, Centro de Pastoral Litúrgica, Barcelona, 2001, 39-84;
Luis Maldonado, Praxis sacramental y compromiso de fe, PPC., Madrid, 2001,
252. 330; Louis Dupré, o.c. 37-48. 60.
EL SÍMBOLO COMO VEHÍCULO DEL SACRAMENTO 97

que, por naturaleza, el símbolo es inaprensible, pues, al tiempo que


manifiesta algo, también lo encubre10.
El Cristo de Velázquez puede facilitarnos el acercamiento a la
ardiente oscuridad del símbolo. El artista pintó su Cristo con una
sola cara. La otra está sustituida por la larga y negra cabellera del
Nazareno. Ahora bien, no estar presente no quiere decir que al
Cristo le falte una cara, y no porque la pintara el artista e, insatisfe-
cho, como se ha supuesto, la volviera a cubrir con la cabellera, no.
La cara visible habla de la invisible, y casi vemos mejor la invisible,
por el misterio que la envuelve, que la manifiesta.
En su materialidad, el símbolo puede estar representado por un
escrito, pintura o instrumento y, en consecuencia, puede ser visto,
pues, aunque tenga un componente desconocido o misterioso, tam-
bién tiene otro visible. Por eso, el símbolo, a pesar de su cara mani-
fiesta, tiene otra oculta y, de no estar iniciado, nada dice al que no
sabe leerla11.
El pan eucarístico es una realidad muda para una cultura que
desconozca el simbolismo cristiano del pan. Materialmente, el pan
es conocido, pero desconocido en cuanto adorado por una comu-
nidad. Ahora bien, si el no iniciado contempla cómo una asamblea
adora y come de ese pan, no cabe duda de que le impacta y pide
explicaciones.
Pero sigamos con la materialidad del símbolo. Las partes de un
anillo, de un bastón o de una escritura sirven como medios de reco-
nocimiento entre personas, desconocidas por el momento, pero
poseedoras de uno de los fragmentos y, en consecuencia, con un
pasado común. Así, el joven Tobías responde a su padre: ”Haré lo
que me dices. Pero ¿cómo podré recuperar ese dinero de Gabael, si
ni él ni yo nos conocemos? ¿Qué contraseña puedo darle para que

10. J. Chevalier, o. c. 16.


11. C. G. Jung y AA. VV., El hombre y sus símbolos, Aguilar, Madrid, 1969, 20.
98 LOS SACRAMENTOS

me reconozca y se fíe de mí y me dé el dinero? Además, no conoz-


co el camino de Media. Tobit le dijo: –Gabael me dio un recibo, y
yo le di el mío; firmamos los dos el contrato, después lo rompí por
la mitad y cogimos cada uno una parte, de modo que una quedó
con el dinero”12.
Por símbolo se entiende también un lenguaje compuesto de figu-
ras (agua, aire, tierra, fuego, serpiente, árbol, puerta, cruz, montaña,
nave, águila, etc.), con el que se entendieron los antiguos y llegaron
a construir obras de tal perfección que maravillan en la actualidad13.
Como forma de pensamiento, el símbolo es la expresión de una
experiencia cumbre que impacta de tal modo a la persona que no la
olvida, y precisamente para que esto no suceda, escoge un objeto
físico y hasta construye un relato, oral o escrito, que le sirva de
Memorial: “Acertó (Jacob) a llegar a un lugar. Y como ya se había
puesto el sol, se quedó allí a pasar la noche. Cogió allí mismo una
piedra, se la puso a guisa de almohada y se echó a dormir en aquel
lugar. Y tuvo un sueño:

“Una rampa que arrancaba del suelo y tocaba el cielo con la


cima. Mensajeros de Dios subían y bajaban por ella. El Señor
estaba en pie en lo alto y dijo: Yo soy el Señor, el Dios de tu
padre Abrahán y el Dios de Isaac. La tierra donde estás acos-
tado te la daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia se
multiplicará como el polvo de la tierra y ocuparás el oriente
y el occidente, el norte y el sur, y todas las naciones del
mundo serán benditas por causa tuya y de tu descendencia.
Yo estoy contigo, yo te guardaré adondequiera que vayas, te
haré volver a esta tierra y no te abandonaré hasta que cumpla
lo que he prometido”.

12. Tob 5, 1-3.


13. S. Guerra, Símbolo y experiencia espiritual, Selecciones de Teología 102 (1987)
117-132.
EL SÍMBOLO COMO VEHÍCULO DEL SACRAMENTO 99

Al despertar, dijo Jacob:


— Realmente, el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía.
Y añadió sobrecogido:
— Qué terrible es este lugar: es nada menos que la Morada de
Dios y la puerta del cielo.
Jacob se levantó de madrugada, cogió la piedra que le había
servido de almohada, la puso en pie a modo de estela y derra-
mó aceite por encima. Y llamó a aquel lugar Morada de Dios;
antes la ciudad se llamaba Almendrales.
Jacob hizo un voto:
— Si Dios está conmigo y me guarda en el viaje que estoy
haciendo, si me da pan para comer y vestidos para cubrirme, si
vuelvo sano y salvo a casa de mi padre, entonces el Señor será
mi Dios y esta piedra que he levantado como estela será una
morada de Dios, y de todo lo que me des, te daré el diezmo”14.

Un modelo de símbolo lo constituye el pupitre vacío del niño


muerto. Los maestros ordenan retirarlo, pero los niños lo vuelven a
colocar, pues les recuerda al compañero que tanto les hizo reír en
vida. Asimismo, un ejemplo de símbolo es la silla vacía en algunas
celebraciones de los judíos, por si vinieran el Profeta o el Mesías a
comer con ellos. Todo el libro del Apocalipsis transmite sus mensa-
jes por medio de símbolos de un colorido fascinante, y libritos como
“Israel” de León Felipe, o “El principito” de Antoine de Saint-
Exupéry, así como bellísimas parábolas y libros enteros de la Biblia,
son otros tantos ejemplos del símbolo y del simbolismo como
forma de pensamiento.

14. Gn 28, 11-22; Cf. F. Chirpaz, La experiencia de lo sagrado, según Mircea Eliade,
Selecciones de Teología 99 (1986) 217-224; J. M. Castillo, Símbolos de libertad.
Teología de los sacramentos, Sígueme, Salamanca, 1992, 172; C. Valenziano,
Imagen, cultura y liturgia, Concilium 152 (1980) 265-272; K. Rahner (Para una
teología del símbolo), Escritos de teología, IV, Taurus, Madrid, 1964, 286-299;
M. Lurker, o. c. 21.
100 LOS SACRAMENTOS

El símbolo y su garantía de autenticidad


El símbolo tiene credenciales de autenticidad:

• Cuando es fijo, y no anárquico ni caprichoso. La Cruz, por


ejemplo, la forman dos maderos cruzados más el Cristo cla-
vado en ella. Si hoy está representada por los dos palos, pero
sin Cristo, y mañana por el Cristo sin Cruz, y al otro por cual-
quier garabato, origina confusión.
• El símbolo es auténtico cuando es conocido, al menos en
parte, y no constituye un rompecabezas.
• El símbolo tiene autenticidad cuando relaciona dos polos.
Así, Dios y Hombre son dos extremos, pero relacionados
entre sí.
• El símbolo es auténtico cuando une corporalidad e intencio-
nalidad. La genuflexión corporal escenifica la intencionalidad
de quien saluda o adora la Eucaristía.
• El símbolo es verdadero cuando está henchido de valor.
• Finalmente, el símbolo es auténtico cuando su materialidad es
la mínima suficiente. La hogaza de pan de algunos monu-
mentos eucarísticos de la Semana Santa constituye la muerte
del símbolo, pues está tan consumado en la brillante y apeti-
tosa hogaza, que nuestra hambre se sacia con ella. Por el con-
trario, la finísima y poco menos que “desprestigiada” hoja de
pan de las eucaristías actuales, por contener un mínimo de
pan, o pan en su más graciosa levedad, tiene mayor fuerza
simbólica que la hogaza, pues difícilmente una lámina de pan
es suficiente para saciar el hambre, pero sí para despertar el
apetito por el pan al que apunta, cumpliendo con su honrada
misión de símbolo.

Pero el símbolo también tiene sus antileyes, y como las creden-


ciales expuestas las han disparado, apunto una en la que se cae fácil-
mente: la tautología. Este error consiste en la repetición inconside-
EL SÍMBOLO COMO VEHÍCULO DEL SACRAMENTO 101

rada del símbolo. Por ejemplo, un templo en el que se repite la cruz,


el altar o la estatua de la Virgen María, está al borde de la muerte
del símbolo y a dos pasos de la magia. Cierto que la duplicación del
símbolo suele hacerse sin malicia alguna, pero esto es lo peor, pues
inconscientemente se está manifestando que una sola cruz o altar
no son suficientes para simbolizar la Historia de la Salvación o la
Historia de la Cena.

Funcionalidad del símbolo


De la misma manera que la razón tiende a la unificación de lo
real, también el símbolo pretende la unificación de lo creado, abo-
liendo la dispersión, pero sin domesticar la realidad ni reduciendo
despóticamente lo desconocido a conocido15. Por el contrario, apun-
tando a la unidad de lo creado, cumple humildemente con su misión
trasladándonos a los umbrales, pero sin desvelarlos impúdicamente,
pues sabe que su misión tiene un límite. En este sentido, no tiene
precio el texto que presento en doble versión: “Preguntado, en efec-
to, el Señor mismo por alguien sobre cuándo vendría su reino, con-
testó: Cuando el dos sea uno, y lo de fuera como lo de dentro, y lo
masculino con lo femenino, ni masculino ni femenino. Ahora bien,
el dos es uno cuando hablamos unos con otros verdad, y en dos
cuerpos hay sin fingimiento una sola alma. Y lo otro de “lo de fuera
como lo de dentro” significa: al alma llama lo de dentro y al cuerpo
lo de fuera. Así, pues, al modo que tu cuerpo se manifiesta, así tu
alma hágase manifiesta en las buenas obras. Lo de: “Lo masculino
con lo femenino, ni masculino ni femenino”, quiere decir: que un
hermano viendo a una hermana no piense sobre ella nada referente
a la hembra; ni la hermana viendo al hermano piense acerca de él
nada referente al varón. Cuando vosotros –dice el Señor– hiciereis

15. J. Chevalier, o. c. 35. 37; A.Vergote, Gestos y acciones simbólicas en la liturgia,


Concilium 62 (1971) 198-211.
102 LOS SACRAMENTOS

esto, vendrá el reino de mi Padre”16. “Jesús vio unos niños tomando


el pecho. Dijo a sus discípulos: “Estos niños que maman son como
los que entran en el reino”. Ellos le dijeron: “¿Entonces entraremos
en el reino como niños?”. Jesús les dijo:

“Cuando convirtáis los dos en uno,


cuando hagáis lo que está dentro igual a lo que está fuera
y lo que está fuera igual a lo que está dentro,
y lo que está arriba igual a lo que está abajo,
cuando convirtáis lo masculino y lo femenino en una sola cosa,
de tal modo que lo masculino no será masculino
y lo femenino no será femenino,
cuando hagáis que los ojos sustituyan un ojo,
que una mano sustituya una mano,
que un pie sustituya un pie,
y una imagen sustituya una imagen,
entonces entraréis en el reino”17.

Uso del símbolo


Empleamos el símbolo para representar conceptos que no pode-
mos definir o comprender del todo, así como para expresar lo que
se escapa al entendimiento, establecer la conexión entre las dos
mitades del mundo, relacionar el adentro con el afuera, y acceder al
fondo de la realidad, ese fondo intuido simbólicamente, y del que
los sentidos suministran noticias al entendimiento18.
Jesucristo, por ejemplo, al captar el fondo de la realidad cósmica,
humana y divina, lo narra en bellísimas parábolas, y se sirve de ellas
para aproximarse al misterio indecible y narrar lo que puede.

16. D. Ruiz Bueno (ed.), Padres apostólicos, san Clemente, Carta segunda a los
corintios XII, BAC. Madrid, 1974, 364-365.
17. M. W. Meyer, ed. Las enseñanzas secretas de Jesús (El evangelio de Tomás),
Crítica. Grupo editorial Grijalvo, Barcelona, 1986, 48-49; Cf. E. Pagels, Los
evangelios gnósticos, Crítica. Grupo editorial Grijalvo, Barcelona, 1982, 181.
18. C.G. Jung y AA. VV., o. c. 21; M. Lurker, o.c. 24; S. Guerra, a. c. 117-132.
EL SÍMBOLO COMO VEHÍCULO DEL SACRAMENTO 103

Qué se entiende por experiencia simbólica


Por experiencia simbólica se entiende una auténtica forma de
pensamiento en cuya comunicación y expresión confluyen, en admi-
rable simbiosis, la sensibilidad, el pensamiento, la imaginación, la
memoria, la voluntad y la intuición.

Cultura y sistema simbólicos


Toda cultura puede considerarse como un conjunto de sistemas
simbólicos o tapiz en el que han sido tejidos, de modo admirable, el
lenguaje, los códigos de comportamiento, las relaciones económicas
y comerciales, el arte, la ciencia, la técnica, la filosofía, la fiesta, el
ocio, la religión y un larguísimo etcétera. Y es que la realidad, como
ya se ha dicho, es tan densa que precisa de muchas herramientas
para ser expresada. Y como el símbolo es una herramienta valiosa,
mal haríamos en no utilizarla.

Importancia del símbolo


Hombres y mujeres estamos interesados por la estructura profun-
da, por los modelos y por los símbolos. Y no solamente eso, sino que
el ser humano, a pesar de los atropellos que comete consigo mismo
y con los otros, está convencido de que lo más importante de su vida
consiste en hacerla, y una buena herramienta la encuentra en el sím-
bolo. De ahí que el psicoanálisis haya puesto en boga palabras como
imagen, símbolo y signo, que pertenecen al vocabulario del pueblo.
Los estudios actuales han demostrado la importancia del símbo-
lo para las culturas arcaicas, así como para cualquier sociedad tradi-
cional. Por otra parte, la reacción contra el cientificismo, el estudio
del fenómeno poético y la búsqueda del surrealismo han lanzado al
hombre al estudio de los modos autónomos de conocimiento.
La ruptura con el símbolo e intuicionismo que unían a Europa
con el Mundo se inició con la Escolástica y se consumó con el
Racionalismo filosófico de los siglos XVII y XVIII. Sin embargo, las
104 LOS SACRAMENTOS

vías del simbolismo son utilísimas para entrar en comunión con cul-
turas que no comulgan con el cerebralismo europeo. De ahí que: “El
día en que la teología dejó de ser simbólica, se abrió para la cultura
cristiana la era de las grandes rupturas. Al dejar de tener contacto con
la cultura que le dio ser –la cultura bíblica–, la teología perdió toda su
potencia radical para vivir en simbiosis con toda cultura humana,
cualquiera que fuese, pero ante todo con la cultura antigua. No es
posible medir a los símbolos con conceptos. La relación que la teo-
logía mantiene con las imágenes y la literatura (Weltanschaung) de
una época, define exactamente la relación que la teología mantiene
con la cultura de esa época. Una teología sin imagen es una teología
sin cultura. Es la imagen la que constituye la unidad cultural”19.
Hoy se ha comprendido que el símbolo y el mito pertenecen a
la sustancia de la vida espiritual; que puede mutilarse la realidad,
pero no extirparse, pues las consecuencias serían catastróficas. Y es
que en todo ser humano subsisten realidades míticas de índole
superior al de la vida consciente. Y no sólo eso, sino que el hombre
más realista vive de imágenes.
Salvo excepciones, los seres humanos llevamos a cuestas ciuda-
des paradisíacas a las que volvemos en momentos de mayor vitalis-
mo. Y es que “la vida del hombre moderno está plagada de mitos
medio olvidados, de hierofanías en desuso, de símbolos gastados.
La desacralización ininterrumpida del hombre moderno ha altera-
do el contenido de su vida espiritual, pero no ha roto las matrices
de su imaginación: un inmenso residuo mitológico perdura en las
zonas mal controladas del hombre”. Un compás de acordeón o los
gritos desgarrados de un negro espiritual son capaces de abrirnos la
puerta no de paraísos perdidos, sino de paraísos existentes. El hom-
bre moderno tiene que actualizar estos paraísos. En consecuencia
con todo esto, “algunas lenguas modernas siguen considerando a
quien carece de imaginación como un ser limitado, mediocre, tris-

19. Pie Duployé, B. Bro en El hombre y los sacramentos, o.c. 152, nota 2.
EL SÍMBOLO COMO VEHÍCULO DEL SACRAMENTO 105

te, un pobre desgraciado”. Muchos psicólogos, Jung entre otros,


“han demostrado que las desavenencias síquicas, tanto en lo indivi-
dual como en lo colectivo, se deben, en gran parte, a la esteriliza-
ción de la imaginación”20.

Actualidad del símbolo


El símbolo está recibiendo un trato de favor debido a que la ima-
ginación ya no es considerada como “la loca de la casa”, sino inspi-
radora de descubrimientos y de progreso. Y es que la imaginación
se anticipa a lo que la ciencia verifica. Por otra parte, hoy estamos
viviendo en el mundo de la imagen. La Filosofía, la Literatura y el
Cine interpretan mitos antiguos y acuñan nuevos, y el psicoanálisis
explora en el subconsciente individual y colectivo. En una palabra,
que un mundo simbólico abre la mente a lo desconocido. De ahí
que se interesen por el símbolo la Historia de las Civilizaciones y de
las Religiones, la Lingüística y la Antropología, la Crítica del arte, la
Sicología, la Medicina, la Venta, la Propaganda y la Política. Este
interés indica que vivimos en un mundo de símbolos, y que un
mundo de símbolos vive en nosotros 21.
La Religión también está volviendo al símbolo. Su abandono ha
originado desacralización y desencanto. De ahí que se vuelva al sím-
bolo como medio para reencantar el mundo desangelado22.

El símbolo y la razonabilidad de su modo de pensar por medio


de la analogía
Según lo indica la misma palabra, la analogía sirve para estable-
cer la proporción o semejanza existente entre dos cosas, de modo
que, desde lo visible, caminemos a lo invisible.

20. M. Eliade, Imágenes y símbolos, Taurus, Madrid, 1955, 12. 13. 18. 19. 20.
21. A. Vergote, a. c. 198-211.
22. W. Crockett, Cristianismo y cultura en la sociedad moderna secularizada,
Selecciones de Teología 117 (1991) 53-56.
106 LOS SACRAMENTOS

Al valor analógico del símbolo, como modo de pensamiento


razonable, acaso, y sin acaso, podamos acceder con mayor ventaja
valiéndonos de ejemplos con fuerza de definición.
La Biblia, por ejemplo, está repleta de pensamiento analógico.
Así, en el libro del Génesis aparecen relacionados el árbol y la ser-
piente. El árbol alza sus ramas al cielo. La serpiente se yergue sobre
su cuerpo. El árbol hunde sus raíces en la tierra. La serpiente zigza-
guea por el polvo23.
Las congregaciones religiosas manifiestan su espíritu en los empla-
zamientos escogidos para construir sus casas. Así, los cartujos esco-
gen lugares abruptos y recónditos; los benedictinos las montañas
elevadas; los cistercienses los valles amenos; los jesuitas las ciudades.
Los pigmeos del África ecuatorial tienen la convicción de que
Dios se comunica con ellos por medio del arco iris. Por eso, en
cuanto aparece en el firmamento, cogen sus arcos y apuntan con sus
flechas con el fin de tocarlo imaginariamente y entrar en comuni-
cación con el Dios que les habla.
Cuando Vicente de Paúl, en el siglo XVII, envió a sus misioneros
a la isla de Madagascar, les advirtió que dejaran en Europa la teolo-
gía escolástica y que descubrieran las semillas del Verbo en la cultu-
ra malgache. Por eso, Santos Bourdaise escribe al santo en una larga
y preciosa carta: ”Me han dicho que, antes de dar a luz una mujer,
es necesario que ella diga todo el mal que ha hecho y todas las per-
sonas a las que ha ofendido alguna vez en su vida. También tienen
que abrir todos los cajones y paquetes que hay en su casa; pues
creen que, si no lo confesara todo antes, no podría dar a luz. Esto
supone para nosotros una ocasión de decirles en qué consiste el
sacramento de la penitencia”24.

23. Gn 2 y 3.
24. San Vicente de Paúl, OC. V, 490. (Toda la carta es una joya, así como las que
escriben los misioneros de Madagascar a San Vicente de Paúl, debido a las noti-
cias y sistema de evangelización).
EL SÍMBOLO COMO VEHÍCULO DEL SACRAMENTO 107

Con estos ejemplos, acaso hayamos comprendido mejor que


por otro procedimiento la razonabilidad del pensamiento simbóli-
co y su fuerza para establecer relaciones entre seres, realizar síntesis
y referirse de modo admirable a la totalidad25.

Necesidad y defensa del símbolo


De la necesidad y defensa del símbolo hablan elocuentemente la
sicología profunda, la filosofía del lenguaje, la etnología, la antropo-
logía y la sociología.
La sicología profunda afirma que el inconsciente sólo puede
ser explorado mediante el símbolo. Para la filosofía del lenguaje,
sin la apoyatura del símbolo no pueden ser expresados determi-
nados contenidos. Según la etnología y antropología culturales, los
rituales simbólicos son necesarios para la convivencia ciudadana.
Finalmente, según la sicología social, lo simbólico tiene una gran
influencia tanto en el comportamiento individual como en el co-
lectivo.

El símbolo y sus enemigos


Como es natural, el símbolo y su razonabilidad como forma de
pensamiento, también tiene sus detractores, principalmente en el
racionalismo y en el empirismo.

Culturalidad y transculturalidad del símbolo


Toda cultura tiene sus símbolos propios, pero también existen
símbolos transculturales o comunes. A estos símbolos transcultura-
les llamó Jung arquetipos, aunque hoy en día se cuestiona su teoría.
Por arquetipo, y según Jung, se entiende “una epifanía, es decir, la apa-
rición de lo latente a través del arcano: visión, sueño, fantasía, mito”...

25. M. Lurker, o. c. 23; J. E. Cirlot, o. c. 42. 44-45. 51.74.


108 LOS SACRAMENTOS

“No se trata de representaciones heredadas, sino de cierta predis-


posición innata a la formación de representaciones paralelas que
denomino “inconsciente colectivo”26.

El símbolo no ha de ser confundido con el emblema, atributo, ale-


goría, metáfora, analogía, parábola, apólogo, signo algebraico, signo,
mito, magia y rito. No es necesario que nos extendamos en todas y
cada una de estas figuras, pero no pueden faltar unas líneas sobre el
Signo, el Mito, la Magia y el Rito, por la relación que tienen con el
sacramento.

El signo y sus clases


Por su categoría y proximidad al símbolo, aunque sin serlo, el
signo merece una mención especial. El signo “no es nunca una
envoltura exterior y meramente accidental del pensamiento, sino
que en el empleo de ese signo se expresa un cierto viraje, una ten-
dencia y una forma básicas del pensamiento”27. De ahí que dijera san
Agustín que el signo es una cosa, pero que no toda cosa es signo, ya
que signo es todo aquello que se emplea para dar a conocer algo.
Un signo es una realidad sensible y visible que revela una carencia
y remite a otra realidad ausente. El significante es el elemento sen-
sible; el significado es la realidad evocada. La significación es la rela-
ción establecida; relación que depende de las personas que adoptan
esa significación, dependiendo del elemento sensible o del código
de los comunicantes28.
El signo puede ser natural o convencional. Es natural cuando
tiene conexión de naturaleza con la cosa significada. Por ejemplo, la
sonrisa conecta naturalmente con la felicidad, así como el pan con

26. C. G. Jung y AA. VV., o. c. 67; J. E. Cirlot, o. c. 41.


27. E. Cassirer, o. c. III, 445-446.
28. San Agustín, De la doctrina cristiana, I, II, 2; II, I, I. BAC. XV, 58-59. 97.
EL SÍMBOLO COMO VEHÍCULO DEL SACRAMENTO 109

el alimento. Con mayor precisión aún, el signo es natural cuando no


cabe otra elección. Así, el humo es el signo natural del fuego y no
cabe elegir otro signo para que lo signifique naturalmente29.
El signo es convencional cuando ha sido pactado por la socie-
dad para expresar sensaciones o pensamientos30.

El Mito
Por mito se entiende un secreto guardado en los orígenes de un
pueblo, raza o cultura. Mediante su representación, se intenta con-
ducir a los hombres a los confines donde moran los dioses o ante-
pasados, así como la consecución de todas las acciones humanas
significativas, tanto interiores como exteriores, en orden a conseguir
la personalidad, a semejanza de dioses y antepasados.
Literariamente, un mito es un guión que se narra mientras se eje-
cuta la acción ritual. Y no sólo eso, sino que la narración va dicien-
do cómo debe ejecutarse minuciosamente la acción ritual.
En los mitos orientales y nórdicos confluyen cuatro enseñanzas
superpuestas: La histórica, o epopeya antigua, como soporte mate-
rial del símbolo; la psicológica, o lucha entre espíritu y materia a
nivel humano; la conductual, o comportamiento del planeta y, final-
mente, una enseñanza relacionada con la constitución de la materia
y el orden cósmico31.
El mito apunta a la reconciliación definitiva entre “hombre-hom-
bre, hombre-naturaleza, a la armonía total, a esa plenitud llamada
salvación, resultante de la redención en la tradición cristiana”32.

29. San Agustín, De la doctrina cristiana, II, I, 2. BAC. XV, 97-98.


30. San Agustín, De la doctrina cristiana, II, II, 3. BAC. XV, 98-99.
31. S. G. F. Brandon, Diccionario de Religiones comparadas, II, Cristiandad,
Madrid, 1975, 1034-35; P. Poupard (Dir), Diccionario de las Religiones, Herder,
Barcelona, 1987, 1205.ss; J. Chevalier, o. c. 20-21; F. Chirpaz, a. c. 217-224; J. E.
Cirlot, o. c. 55.
32. J. A. Pérez Tapia, Filosofía y crítica de la cultura, Trotta, Madrid, 2000, 230.
110 LOS SACRAMENTOS

La Magia
Es un fenómeno que se evade de una definición concisa. Por
magia se entiende una práctica ancestral, empapada de saber po-
deroso, y que sirve de engranaje en las sociedades tradicionales.
Normalmente suele subsistir en el seno de toda cultura, por más
refinada y religiosa que sea. Mediante la magia, el ser humano imita
lo que desea profundamente, y es que lo semejante produce lo
semejante. Por ejemplo, los dardos clavados en un animal pintado
pondrán la caza al alcance de su perseguidor.

El Rito
Es una imitación de lo que se desea obtener, acompañado de
palabras adecuadas, invocando a los dioses y explicando la acción
mientras se va realizando el rito con toda exactitud. Participa, como
se ve, del mito y de la magia. La mala comprensión de las ceremo-
nias puede reducir el sacramento a un rito puramente mágico.
Todo rito trata de integrar al ser humano en un orden nuevo,
pero con tal fuerza que comulgue con lo divino; active la parte des-
conocida (nocturna) del hombre en la parte conocida o diurna;
purifique, bien sea por el sacrificio o por la confesión de culpas; anti-
cipe el gozo de la fiesta o prepare para el gozo y, finalmente, cure o
supere el espanto de la muerte con la muerte simbolizada en el
sacrificio ritual.

La Simbólica como ciencia


El simbolismo o simbólica es la ciencia y el arte de pensar, inter-
pretar y relacionar los símbolos característicos de una determinada
tradición, sirviéndose de la sicología y de la etnología, principal-
mente33.

33. J. Chevalier, o. c. 21; J. E. Cirlot, o. c. 11. 36.


EL SÍMBOLO COMO VEHÍCULO DEL SACRAMENTO 111

El Misterio sacramental en cuanto signo sensible y simbólico y


como pacto formulado en un credo o confesión de la fe
El misterio sacramental, como ya hemos dicho repetidas veces,
es la Historia de la Salud de Dios, protagonizada por Jesucristo, con-
sumada de una vez por todas en la Cruz, y actualizada permanen-
temente por Jesucristo, en la Iglesia, bajo la dirección del Espíritu
Santo, como Alma del Pueblo de los bautizados en Jesucristo.
La palabra “signo”, semeion o memorial, es de uso corriente en
el Antiguo Testamento, y designa cosas, acciones, ritos y personas
que no tienen significado total en sí, sino en cuanto referidos a los
acontecimientos de la Historia de la Salvación. El arco iris, como
fenómeno natural, no tiene sentido religioso-bíblico, pero sí en
cuanto medio escogido por los hombres de la Biblia para simboli-
zar el pacto que Dios ha firmado con la humanidad después del
diluvio universal34, y lo mismo se puede decir del altar levantado por
Abrahán35, de la circuncisión36, de las pintadas con sangre en las
puertas de las casas de los hebreos residentes en Egipto37, de los
altares levantados como signos rememorativos de las intervencio-
nes de Dios en favor del Pueblo38, de la sangre, como memorial de
la Alianza39, del arca de Noé40, y de la fiesta de Pascua41.
En el Nuevo Testamento, la palabra “signo”, semeion o me-
morial, aparece en el evangelio de Mateo42, pero es san Juan el
que la usa con profusión, como puede comprobarse en el pasa-
je de las bodas de Caná43, en el encuentro de Jesús con la Sama-

34. Gn 9, 11-17.
35. Gn 12, 7.
36. Gn 17, 11.
37. Ex 12, 13.
38. Gn 12, 7; 13, 14-18; 26, 25; 28, 18; 35, 13-15; Ex 17, 14-16; Jos 3, 7-17; 4, 1-9.
39. Ex 24, 12.
40. Gn 7, 1-24.
41. Ex 12, 21-28.
42. Mt 12, 38.
43. Jn 2, 1-12.
112 LOS SACRAMENTOS

ritana44, con el funcionario de Cafarnaún45, y en la resurrección


de Lázaro46.
En todos estos casos, y en otros muchos, el signo va más allá de
su pura materialidad, y su interés estriba en que son signo-símbolos
para facilitar la fe en el Jesús de Dios.
Desconocer que los sacramentos se manifiestan a través de sig-
nos sensibles es ignorar que la tierra “no es aún un cielo” y enten-
der muy poco de la admirable pedagogía divina47.
Dios, al manifestarse al mundo, se ha servido de los mismos sig-
nos utilizados por el hombre para comunicar con él. La caridad y
pedagogía divinas llegan a tanto que Dios se presenta en el mundo
como un hombre más de carne y hueso. Así, para darse a entender,
sin invadirnos dice que es el pan bajado del cielo48, el buen pastor
que da la vida por su rebaño49, la puerta del corral50 y el agua viva51.
Evidentemente, Jesucristo, con todos sus milagros, signos y sím-
bolos, pretendía situar al hombre ante el misterio de Dios, ya que ni
el signo, ni el símbolo, ni el sacramento son el misterio de Dios, sino
escaleras para aproximarse.
El signo, para serlo, debe ser distinto de la cosa significada. El
pan, por ejemplo, no es equiparable totalmente con Cristo o, al
menos, no todo pan es Cristo. El signo debe depender de la cosa
significada y ser más imperfecto que la cosa significada. Cristo ha
querido que el pan, siguiendo con el mismo ejemplo, lo signifique,
pero el pan es de menor entidad que la persona de Cristo y que
cualquier otra persona. El signo debe ser más asequible que la cosa
significada. La naturaleza del pan es mucho más comprensible que

44. Jn 4.
45. Jn 4, 48-54.
46. Jn 11.
47. A. G. Martimort, Signos de la Nueva Alianza, Sígueme, Salamanca, 1962, 28.
48. Jn 6, 42.
49. Jn 10, 11-12.
50. Jn 10, 9.
51. Jn 7, 38; B. Piault, ¿Qué es un sacramento?, Casal i Val, Andorra, 1964, 26.
EL SÍMBOLO COMO VEHÍCULO DEL SACRAMENTO 113

la naturaleza de la persona de Cristo, a la que significa. En una pala-


bra, que para entrar en comunicación con Jesucristo nos servimos
de signos y de símbolos que en parte lo apuntan y en parte lo ocul-
tan. Día llegará, como dice la misma Escritura, que veamos a Dios
cara a cara, y sin la mediación de signos, símbolos y sacramentos.
Pero mientras viva en la tierra, el creyente no sólo debe conocer los
signos y símbolos de su religión, sino comprender el funcionamien-
to de los signos sagrados. Sólo así, el creyente cristiano podrá ser
impactado, y para ello debe preceder la catequesis sobre los símbo-
los, lo mismo que ocurría en la Iglesia de los primeros siglos. Cierto
que la intelección de los símbolos no da automáticamente su con-
tenido, pero prepara para recibir el misterio de la salvación que
actualiza permanentemente Jesucristo por medio de las representa-
ciones litúrgicas de los sacramentos.
Los formularios o confesiones solemnes y dogmáticas de la fe
son llamados impropiamente símbolos. Los formularios de fe o cre-
dos son declaraciones oficiales de las Iglesias. Su terminología es
analítica y sirve para acceder a Dios-Padre desde el padre y la madre
humanos.
Los credos, aunque propiamente no son símbolos, llegan a ejer-
cer de tales cuando sirven de vínculos de unidad entre los creyen-
tes, y no sólo eso, sino que los orientan en la dirección de lo que
deben creer. En consecuencia, los credos, formularios o reglas de fe,
son abreviaciones de lo que se debe creer. Por ejemplo:

Creo que Dios es Padre y Madre.


Creo que Jesucristo es la Persona Divino-Humana que se hizo
Hombre.
Creo que el Espíritu Santo de Dios anima con su impulso la
Naturaleza, la Historia y la Humanidad.
Creo que la Iglesia es el medio oficial escogido por Dios para que
guarde, celebre y comunique el Misterio descubierto en Jesucristo
bajo la presidencia del Espíritu Santo.
114 LOS SACRAMENTOS

Creo en el hombre y en la mujer, y creo, también, que los seres


humanos somos hijos no sólo adoptivos de Dios, sino criaturas
suyas, y que el Bautismo de Jesucristo y en Jesucristo nos capacita
para la celebración de los Misterios del Señor Resucitado.
Creo que la Vida es una y única, que procede de Dios y a Dios
vuelve, después de haberla gozado aquí, para vivirla por siempre,
liberada de toda limitación.
Y porque creo en Dios y a Dios, al fin del Credo digo Amén,
sabiendo lo mucho que me compromete la confesión que acabo de
hacer.

El Nuevo Testamento contiene numerosas confesiones de fe, que


constituyen auténticas abreviaciones de lo que debe creer un cris-
tiano. Dice Pablo: “Porque si tus labios profesan que Jesús es Señor
y crees de corazón que Dios lo resucitó de la muerte, te salvarás”52.
“Por eso, os advierto que nadie puede decir: “¡Afuera Jesús!”, si habla
impulsado por el Espíritu de Dios; ni nadie puede decir: “¡Jesús es
Señor!”, si no es impulsado por el Espíritu Santo”53. Las Cartas de
Juan contienen esta confesión de fe: “Si uno confiesa que Jesús es el
Hijo de Dios, Dios está con él y él con Dios”...54.
En las catequesis a los adultos del cristianismo primitivo, el Credo
constituía la centralidad de la instrucción, junto con el Padrenuestro.
El Credo se entregaba por escrito (traditio) para que lo aprendieran
de memoria y dieran cuenta de él (reditio) a los catequistas. Una vez
comprobado el aprendizaje, se recogían las copias55.
El símbolo, credo o formularios de fe también tienen el signifi-
cado de pacto. De modo que así como los comerciantes antiguos
manejaban sus símbolos para conocerse entre sí y mantenerse uni-

52. Rm 10, 9-10.


53. 1Cor 12, 3.
54. 1Jn 4, 16.
55. San Agustín, Sermón 215, 1. BAC. XXIV, 177. 185.
EL SÍMBOLO COMO VEHÍCULO DEL SACRAMENTO 115

dos o, lo que es lo mismo, conciencia de gremio, el cristianismo,


como negocio espiritual, también tiene sus símbolos pactados, que
sirven a los bautizados de signos de reconocimiento: “El símbolo es,
pues, la regla de la fe, compendiada en pocas palabras para instruir
la mente sin cargar la memoria; aunque se expresa en pocas pala-
bras, es mucho lo que se adquiere con ella. Se llama símbolo a aque-
llo en que se reconocen los cristianos; es lo primero que de forma
breve voy a proclamar. Después, en la medida en que el Señor se
digne concedérmelo, os lo explicaré, pues lo que quiero que apren-
dáis de memoria, quiero también que lo podáis comprender”...56.
El Sermón 214, pronunciado por Agustín con ocasión de la
entrega del Símbolo a los catecúmenos, es de suma importancia
para lo que vamos diciendo. Acaso sea el primer sermón compues-
to por el obispo de Hipona para la celebración de la entrega del
Símbolo y remitido a los catequistas de su diócesis para que lo expli-
quen siempre que tengan que hacer la entrega del Símbolo. Aparte
de esto, el sermón tiene una resonancia especial porque presenta el
sacramento en términos de pacto y de contraseña: “Acabo de expo-
ner a vuestra caridad, según mi capacidad, todo lo que se transmite
en el símbolo. Y recibe el nombre de símbolo porque en él está con-
tenido el acuerdo pactado de nuestra sociedad, y el confesarlo es la
señal establecida por la que se reconoce el fiel cristiano”57.
¿Es aplicable cuanto se acaba de exponer del símbolo a los sacra-
mentos?
La Liturgia juega con el símbolo, y así debe ser, pero la Liturgia
juega, fundamentalmente, con los Relatos a los que hay que conce-
der el máximo valor y esplendor.
Jesucristo no desencadenó símbolos, sino que pronunció, ante
todo, relatos que recogieron y recompusieron los suyos. Esos rela-

56. San Agustín, Sermón 213, 2. BAC. XXIV, 151-152; Cf. Sermón 212, 1, 2. BAC.
XXIV, 145-149.
57. San Agustín, Sermón 214, 12. BAC. XXIV, 176.
116 LOS SACRAMENTOS

tos, al “recontarlos” o representarlos, rememoran de un modo vital


cuanto Jesús vinculó a esos relatos, por ejemplo, la Eucaristía.
Cierto que el pan, el vino, la cruz y el agua son para nosotros
abreviaturas simbólicas de las narraciones. Pero las narraciones, y
no los símbolos, son las que actualizan el contenido dejado por
Jesucristo en ellas. Es decir, que en el cristianismo, y para rememo-
rar la Cena, no partimos del pan o del vino, sino de los relatos en
los que incluimos el pan y el vino a los que el relato dota de un
nuevo significado.
De ahí la importancia debida a la buena proclamación y lectura
de los relatos eucarísticos o bautismales, porque de esto depende,
además de la fe, el que nos metamos dentro de los relatos que se
proclaman.
Si esto no se alcanza, los fogonazos de signos y de símbolos
podrán ser hermosos, pero desorientadores si nos detienen en ellos.
Con todo, debo decir que el pan, el vino, el aceite, la cruz, etc.,
son signos-simbólicos rememorativos de las representaciones litúr-
gicas de los Misterios, pero las representaciones litúrgicas de los
Misterios son las acciones importantes, previas a los símbolos, y de
las que surgen los símbolos.
José Javier Ciordia, en el Credo de “La misa del hombre”, desta-
ca muy bien los tres movimientos que no deben faltar en toda con-
fesión humana y religiosa: “Creo en ti, Tierra”, “Creo en ti, Hombre”,
“Creo en Ti, oh Dios” 58.

58. José Javier Ciordia, La misa del hombre, Y, 1. Salamanca, 1965, 30-33.
7
LA HISTORIA DE LA CRUZ DE JESUCRISTO
CORRE POR LOS SACRAMENTOS COMO
LA MEJOR MEDICINA DE DIOS PARA
LA CURACIÓN DE LA HUMANIDAD

Antes de abandonar definitivamente el Paraíso terrenal, y a pesar


de las urgencias del ángel que, espada en mano, apremiaba a Eva y
a Adán para que cumplieran las órdenes de Dios, el primer hombre
pudo arrancar una rama del árbol de la vida, la plantó en el huerto
de su nueva casa y, con el tiempo, se hizo un árbol gigantesco. Con
una de sus ramas fabricó Adán un bastón, que le sirvió de apoyo en
su ancianidad. Abel heredó el bastón de su padre, y con él condu-
cía las ovejas desde los pastos a las aguas y desde los abrevaderos a
las praderas. Cuando fue asesinado por su hermano Caín, un veci-
no encontró el bastón en el campo y, manchado de sangre como
estaba, lo guardó en su casa como testimonio del primer fratricidio
de la historia. Pasados algunos siglos, sobrevino una hambruna terri-
ble en Israel y un hebreo, que marchó con las tribus a Egipto, llevó
consigo el bastón y lo regaló a Moisés por haber defendido a los
hebreos de la brutalidad de los capataces egipcios durante la cons-
trucción de las pirámides. Con ese bastón, el hermano de Aarón y
de María golpeó las aguas del mar Rojo, se separaron, y las tribus,
que huían de los ejércitos del Faraón, pasaron a la tierra de la liber-
tad. Durante la travesía del desierto, como una plaga de víboras
diezmara al pueblo, Moisés hizo del bastón una cruz, la alzó en lo
118 LOS SACRAMENTOS

alto de su tienda y, cada vez que un hebreo era mordido por las
víboras, dirigía su mirada a la cruz-bastón y sanaba. Salomón here-
dó el segundo huerto de Adán, mandó cortar el árbol y lo regaló
para la viga central del templo del Señor. En tiempos muy recien-
tes, casi al inicio de la era cristiana, José, descendiente del rey David
y padre del judío Jesús de Nazaret, compró un lote de vigas, entre
las cuales se encontraba la que se hizo con el árbol que regalara
Salomón. Cuando se disponía a transformarla en arados, pasó Judas
por el taller, se encaprichó con ella y la revendió a los romanos por
una bonita suma de dinero. Los romanos fabricaron con ella unas
cuantas cruces y, llegado el tiempo, en una de ellas crucificaron a
Jesús de Nazaret, descendiente de Adán, de la familia real de David,
Mesías e Hijo de Dios, según las Escrituras de los cristianos1.
Esta narración no es una fantasía, sino un relato al estilo judío
para transmitir un mensaje. En este caso, el mensaje consiste en que
el árbol de la Cruz es el primero y verdadero, pues quien colgó de
él apaciguó la historia entre Dios y el hombre. Por eso, cada vez que
una criatura es conducida por sus padres y padrinos a la pila bau-
tismal, antes de recibir las aguas saludables, el ministro, así como los
padres, padrinos, familiares y amigos presentes, trazan sobre la fren-
te del bautizando la señal de la Cruz, simbolizando que la Historia
de la Cruz del Redentor revive prodigiosamente y alcanza con su
salud a la criatura. Por eso, el ministro, según derrama sobre la cabe-
za del niño las aguas fecundadas por el Espíritu Santo, traza la Cruz,
por tres veces, indicando que esa criatura ha sido, es y será, una hija
de Dios Padre, de Dios Hijo y de Dios Espíritu Santo.
Pero mucho antes de que la Cruz pasara a ser el símbolo de “el
mayor de los males y el más difícil de soportar, ser crucificado y sos-
tenido en una cruz”2; siglos antes de que en una pared del Palatino
romano, allá por el siglo III de nuestra era, apareciera un grafito con

1. Cf. Alan Watts, Mito y ritual en el cristianismo, Kairós, Barcelona, 1998, 64-66.
2. Lucio Anneo Séneca, Cartas Morales a Lucilo, CL, vol. II, Iberia, Barcelona,
1965, 172.
LA HISTORIA DE LA CRUZ DE JESUCRISTO 119

un asno crucificado, que lo mismo podía ser una farsa contra los
cristianos que un elogio de los adoradores del dios egipcio Set (en
forma de asno)3, la Cruz es uno de los símbolos religiosos más anti-
guos de la humanidad. A través de la Cruz “puede seguirse una
dirección básica común del pensamiento religioso que va desde la
forma más antigua de la cruz, la de la svástica, hasta la especulación
medieval, que inserta en la intuición de la cruz todo el contenido de
la teología cristiana. Ocurre una resurrección de ciertos motivos ori-
ginarios cósmico-religiosos cuando en la Edad Media se identifica a
los cuatro extremos de la cruz con los cuatro cuadrantes celestes o
zonas del mundo, cuando se asocia al Oriente, Occidente, Norte y
Sur con determinadas fases de la historia cristiana de la salvación”4.
Antes de proseguir en esta línea y de aducir los ricos comentarios
de los Santos Padres al símbolo de la Cruz, quiero destacar lo que
constituye para mí no una ironía, cuanto una auténtica paradoja.
El madero de la Cruz de Jesucristo, como instrumento de supli-
cio, no tiene nada de bello. Ahora bien, el cristianismo ha cepillado
tanto la Cruz que la ha transformado en obra de arte.
Un hombre de nuestra cultura, el poeta León Felipe, explica con
unos versos lo que quiero decir:
“Hazme una cruz sencilla, carpintero”...
“Me gustaría contar la historia de esta piedra: es un verso peque-
ño. Me salió como una oración. Y yo lo he guardado y lo he reza-
do con lágrimas: en los hospitales, en la guerra, en los leprosarios,
en los días de desespero y abandono... Ahora esta piedra la tengo
colgada en la cruz que se yergue en la cabecera de mi cama. Es una
cruz desnuda y sencilla como yo la describo. Un día, Carlos Arruza,
mi sobrino, cuando vio que no tenía cruz que presidiera mi lecho,
me regaló una preciosa y de gran valor, con un Cristo delirante.

3. J. Leipoldt y W. Grundmann, El mundo del Nuevo Testamento, vol. III,


Cristiandad, Madrid, 1973, 644.
4. Ernest Cassirer, o.c. II, 189-190.
120 LOS SACRAMENTOS

Era una joya gótica: valía un dineral. Regalo de un torero rum-


boso que me ha querido siempre como yo a él. Pero aquella cruz no
me gustaba... Y se la devolví. Entonces le mandé hacer a mi amigo
el carpintero Ernesto una cruz lisa y sin efigie. La cruz desnuda
como la dejó Jesucristo cuando “al seno del Padre subió el Verbo y
al seno de la tierra bajó el cuerpo”, cruz que fue construida para un
Dios pero que ahora le viene perfectamente al hombre. “Igual le
sirve al juez que al bandolero”. Esa es la que yo quería y la que me
hizo mi amigo, el carpintero Ernesto. Está hecha con las medidas,
la forma y el tamaño que yo le di... Y de esta cruz es de donde yo
tengo colgado este poema... esta piedra:

Hazme una cruz sencilla,


carpintero...
Sin añadidos
ni ornamentos...
Que se vean desnudos
los maderos,
desnudos
y decididamente rectos:
Los brazos en abrazo hacia la tierra,
el astil disparándose a los cielos.
Que no haya un solo adorno
que distraiga este gesto:
Este equilibrio humano
de los dos mandamientos...
Sencilla, sencilla,
hazme una cruz sencilla, carpintero”5.

Un hombre desnudo, no por desvestido, sino por ensangrenta-


do, contuso y convulso, rodeado de un enjambre de avispas y cru-
cificado, es algo horroroso, pero los cristianos lo hemos transfor-

5. León Felipe, ¡Oh, este viejo y roto violín, Visor, Madrid, 1993, 161-163.
LA HISTORIA DE LA CRUZ DE JESUCRISTO 121

mado en arte, y una Cruz con un Crucificado preside la cabecera de


nuestros templos. Por eso, la primera vez que vi en la ermita de
Santa María de mi pueblo el Cristo de los pies de plata que allí se
venera, me contaba mi madre que me quedé horrorizado.
El cristianismo es una inmensa paradoja. Entre otras, dice que el
Hombre-Dios fue masacrado brutalmente en una Cruz. Y lo cierto
es que creemos en eso, pero lo que acaso no sea de tanta cordura es
que hayamos hecho de la Cruz y del Hombre-Dios, brutalmente
clavado en ella, un objeto de arte. Pero el ser humano es capaz de
eso y de mucho más. Ha crucificado al Dios-Hombre y la Belleza
del Hombre-Dios.
Prosigamos con el signo de la Cruz que vimos trazar sobre la fren-
te del niño antes de infundir sobre su cabeza las aguas bautismales.
La Cruz, como flecha disparada al cielo, “rompe el círculo
encantado, el círculo vicioso que deduce todo del espíritu humano
y todo lo vincula a él”6, para centrar a la humanidad en el máximo-
hombre, en el Hombre-Dios.
Los Santos Padres se recrean con el simbolismo de la Cruz.
San Ignacio de Antioquía afirma que la Cruz es la palanca con la
que Jesucristo transporta las piedras vivas de los cristianos al templo
de su Padre y Dios7.
El autor de la Carta a Bernabé se entretiene aplicando a la Cruz
las excelencias de la letra tau (T) de los griegos, precisamente por
su forma de Cruz8.
San Justino, el pequeño filósofo de Samaría y predicador ambu-
lante, considera que el símbolo de la Cruz es muy antiguo, pero que
es más exacto decir que constituye un símbolo natural. Así, divisa el
signo de la Cruz en las velas de las naves, en los arados de los cam-
pesinos y en los instrumentos de los artesanos. Más aún, “la misma

6. G. K. Chesterton, El hombre eterno, Porrúa, México, 1986, 184.


7. D. Ruiz Bueno, o.c., San Ignacio de Antioquía, Carta a los Efesios IX, BAC, 452.
8. D. Ruiz Bueno, o. c., Carta a Bernabé, BAC, 790.
122 LOS SACRAMENTOS

figura humana no se distingue en otra ninguna cosa de los animales


racionales, sino por ser recta, poder extender los brazos y llevar,
partiendo de la frente, prominente, la llamada nariz, por la que se
verifica la respiración del animal, y que no otra cosa muestra sino la
figura de la Cruz”. Hasta los estandartes tienen forma de Cruz, y los
sepulcros de los emperadores son rematados con esta figura9.
San Gregorio de Nisa dice que así como Jesucristo se ajusta y
abraza con la Cruz, de modo que la Cruz no es completa sin Cristo,
ni Cristo sin Cruz, de la misma manera, Jesucristo, empapando con
su gracia la creación entera, armoniza y ajusta todo cuanto existe en
la creación10.
Es San Pablo el que ha dado pie a estos deliciosos comentarios
patrísticos sobre la Cruz, como seguiremos viendo. El Apóstol de las
Gentes se inspira, a su vez, en la filosofía estoica, y traslada la suge-
rencia a las cartas que escribe a los cristianos de Éfeso11 y de Filipos12.

De la mano de Pablo, Agustín escribirá deliciosos comentarios


sobre la anchura, longitud, altura y profundidad de la Cruz.
En el palo transversal están clavadas las manos de Jesús, como
signo de las buenas obras, lo mismo que en las estanterías coloca-
mos los libros.
El palo vertical, hundido en tierra, simboliza la perseverancia, la
longanimidad y la gracia que, descendiendo de Dios, y pasando por
la cabeza de Cristo, llega a la profundidad del ser humano.
El trozo vertical, que sobresale del horizontal, y en el que Cristo
apoya la cabeza, simboliza la realización de los símbolos y la com-
prensión de los misterios que esperamos gozar en la Casa de Dios13.

9. D. Ruiz Bueno (ed.), Padres apologistas griegos, San Justino, Apología I, BAC,
Madrid, 1954, 244-245; Cf. Minucio Félix, El octavio, Apostolado Mariano,
Sevilla, 1990, 74.
10. Gregorio de Nisa, La gran catequesis, Ciudad nueva, Madrid, 1990, 114-116.
11. Ef 3, 14-21.
12. Flp 2, 5-11.
13. San Agustín, Carta 140, 64. BAC, VIII, 1039; Carta 147, 34. BAC. XIª,73-74.
LA HISTORIA DE LA CRUZ DE JESUCRISTO 123

En suma, que la Cruz encierra toda la vida cristiana14, y es el


mejor símbolo de los sacramentos. Por eso, si los hombres y muje-
res de otras Religiones pueden contemplar las celebraciones de los
misterios cristianos, pero no son capaces de ver qué tienen por den-
tro, también pueden ver la Cruz, pero sólo los iniciados entienden
la historia del sagrado símbolo en el que murió Jesucristo15.
Si todo eso, y mucho más, es la Cruz de Cristo, ni Agustín ni cris-
tiano alguno tienen que avergonzarse de ella, aunque en algún tiem-
po haya sido contraseña de ignominia. Y así como de una persona
insensata se dice que no tiene cabeza, otro tanto se puede decir del
cristiano que se avergüenza de llevar el signo de la Cruz tatuado en
la frente. Llevar la frente sin Cruz equivaldría a desnudez insensata.
Pero precisamente porque el cristiano tiene mente y frente, de ahí
que lleve sobre ella la Cruz de Cristo, que constituye la mente del
cristiano16.
El símbolo de la Cruz contiene el mejor resumen de lo que es el
cristianismo. Con todo, la Cruz no es un sacramento, y es llamativo
que no lo sea. Muchos santos Padres, y Agustín entre ellos, la llama
sacramento y grande, el mayor de los sacramentos. Pero precisa-
mente porque es el Sacramento Mayor, por eso no es sacramento
pequeño, si se puede hablar así, ya que los sacramentos pequeños lo
único que tienen por dentro, y lo dan a quien lo pide y celebra con
fe, es el Misterio de la Cruz, es decir, el acontecimiento tremendo
que se consumó en ella, en la tarde del Viernes Santo, siendo Poncio
Pilato gobernador de Israel en nombre de Roma. De ahí que la Cruz
constituya, por sí sola, la mejor lección de lo que es un sacramento,
así como la síntesis más apurada del cristianismo.

14. San Agustín, De la doctrina cristiana II, 41, 62. BAC. XV, 158.
15. San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos 103, I, 14. BAC, XXI, Madrid, 1966,
735.
16. San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos 141, 9. BAC. XXII, Madrid, 1967,
680-681.
124 LOS SACRAMENTOS

El símbolo de la Cruz supone la realización, en el plano de la


Salvación, del lema adoptado por la Revolución Francesa en los
tiempos modernos: Libertad, Igualdad, Fraternidad.
Según el cristianismo, las personas somos libres e iguales, aunque
diferentes, ya que igualdad quiere decir diferencia. Por eso, el cris-
tianismo añade a la utopía de la Revolución Francesa, para que sea
topía, esto es, realidad terrena e histórica, la cimentación en algo o
alguien común a todo, anterior y superior a todo. Y esto común,
anterior y superior a todo, es la Paternidad de Dios descubierta y
enseñada por Jesucristo.
Fuera de las fronteras del cristianismo, la Cruz es uno de los sím-
bolos más antiguos de Egipto y de China. En el palacio Cnosos, en
Creta, ya estaba representada la Cruz, esculpida en mármol, quince
siglos antes de la venida de Jesucristo. De ahí que la Cruz simboli-
zara para esas culturas, entre otras cosas, los puntos cardinales, las
cuatro estaciones, la orientación, el punto de unión entre cielo y tie-
rra, como Cristo une en sí al hombre y a Dios, la recapitulación del
universo y el polo auténtico del mundo, así como el árbol primige-
nio que crece en el centro de la tierra.
La cruz de asa, ansata o egipcia, en forma de llave, sirve para
abrir y cerrar, y su círculo, o asa, simboliza millones de años, pues
el círculo no tiene principio ni fin, y simboliza inmortalidad y elixir
de inmortalidad. Por eso, en los templos egipcios existía una cama
en forma de cruz sobre la que se tendían los iniciados para ser sim-
bólicamente crucificados y purificados. La cruz en la frente, entre
los dos ojos, significa iluminación y visión de secretos hasta enton-
ces desconocidos. De ahí que dijera san Pablo que no apetecía otra
sabiduría sino la encerrada en la Cruz de Cristo17.

17. Flp 3, 7-11.


LA HISTORIA DE LA CRUZ DE JESUCRISTO 125

II

En la Cruz, como dice la Sagrada Escritura y elabora la teología


cristiana, se llevó a cabo la Redención, y la historia sagrada y reden-
tora de la Cruz es la que corre, como única energía vital y sanante,
por el gran sacramento de la Iglesia y por los siete sacramentos por
los que se visibiliza y actualiza la Iglesia.
El sacrificio de la Cruz, ofrecido por Jesucristo libremente al
Padre, ha borrado los desequilibrios del mundo y reconciliado a los
hombres con Dios.
Pero el sacrificio realizado por Jesucristo en la Cruz no ha de ser
confundido con la crucifixión, ni mucho menos. Y es que Dios
Padre no decretó que Jesucristo muriera en la Cruz, y redimiera a la
humanidad mediante la muerte violenta y catastrófica. Jesucristo, en
verdad, no vino a morir en Cruz, aunque, como hombre, tenía que
pasar por el trago de la muerte. Cristo vino al mundo para redimir,
y la Cruz se le cruzó en el camino y la aceptó. La muerte de Cristo
en una Cruz fue una decisión que tomaron sus ajusticiadores. Cierto
que la Redención fue llevada a cabo en la Cruz, pero pudo realizar-
se de otro modo.
Ordinariamente, se identifican sacrificio de Jesucristo y crucifi-
xión. Sin embargo, hay que deshacer el malentendido. Jesucristo
muere en la Cruz, pero no subyugado por el poder del mal, sino por
el poder de Dios, aunque haya dicho al Padre que no comprende ni
tal muerte ni tal abandono. Y es precisamente en esa tesitura cuan-
do Jesucristo ofrece su vida a Dios como sacrificio y expiación del
poder del mal y de los malos.
Clavado en la Cruz por el poder del mal, no es sacrificado
Jesucristo por el poder del odio, pues el poder del mal lo único que
hace es asesinarlo o matarlo injustamente. Y es que una matanza no
constituye, ni puede, sacrificio alguno, sino brutalidad criminal.
Por parte de Jesucristo, el sacrificio consiste en haber aceptado el
poder del mal y, en esa conflictividad, ofrece su vida a Dios como
126 LOS SACRAMENTOS

expiación de la injusticia, perdonando, incluso, a quienes lo clavan


en la Cruz. Es decir, que a Jesucristo le quitan la vida sus verdugos,
pero él ofrece a Dios esa vida que están destruyendo sus asesinos.
Si no se distingue entre crucifixión y sacrificio, se corre el peligro
de pensar que los verdugos fueron los sacrificadores de Jesús y, en
consecuencia, los que ofrecieron a Dios la vida de Jesucristo, cuando
lo único que hacen es asesinarlo y ajusticiarlo ignominiosamente18.

III

Según la Sagrada Escritura y la teología cristiana, la Redención


por la Cruz supone liberación del poder del mal, y esta liberación
del poder del mal conlleva el traslado de la humanidad a la sobera-
nía del poder del bien. Esta liberación corre, fundamentalmente, por
el gran sacramento del Bautismo, en el que morimos a lo que no es
Dios ni de Dios, y nacemos para Dios y para cuanto es de Dios.
Pero, ¿qué es el mal?
La realidad del mal acaso sea más fácil experimentarla que
definirla.
Se tiene experiencia del mal cuando uno atropella su propia con-
ciencia o pisotea la dignidad ajena. Ahora bien, inmediatamente se
preguntará qué se entiende por conciencia, y por conciencia recta-
mente formada, y están muy bien estas preguntas, y hay que hacerlas.
Se tiene conciencia del mal cuando no se ama. E inmediatamen-
te se preguntará, y está muy bien, y hay que hacerlo, qué sea el amor,
cuándo se ama y cuándo no. La persona humana, lo mismo que
Dios, es amor y está hecha para amar, y se desquicia cuando no ama.
Pero, ¿qué es y cómo ha sido hecho el ser humano? La persona,
hombre y mujer, está tan bien hecha que lo está mal. Por una parte,
su condición natural es la de ser finita. Por otra, y por condición

18. X. Zubiri, o. c. 183. 224. 310. 365. 449-450.


LA HISTORIA DE LA CRUZ DE JESUCRISTO 127

natural, el ser humano se sobrepasa a sí mismo y, al sobrepasarse y


no poder alcanzar lo que quiere, porque no puede, se desasosiega.
Por si fuera poco, el bautizado, al ser colocado bajo el poder de
Dios, experimenta, cómo no, su poder, pero también, y acaso con la
misma intensidad o mayor, la seducción del poder del mal.
¿No consistirá el trauma del que habla la Escritura en la expe-
riencia de la seducción del poder del mal, seducción que incita a
cerrarse en uno mismo como si fuera absoluto?
Por el inicio, medio, fin, y vuelta a empezar de la aventura huma-
na, atraviesa el río de la libertad. El ser humano se sabe libre, y lo
es, pero no tanto como se ha venido diciendo, cuanto libre con la
libertad que pertenece a la criatura. Y la libertad que pertenece a la
criatura, se crea o no en Dios, es que yo no me he creado a mí
mismo, aunque tenga que recrearme, pero no me recreo con inde-
pendencia de cuanto existe. Con todo, a pesar de esta hipoteca, soy
libre y asumo mi libertad.
Pero, si por una parte soy limitado, y por otra, sobrepasando mis
límites, nada consigo y me hastío, ¿por qué no educar al ser huma-
no para que opte por aquello que puede alcanzar, y no se descentre
queriendo lo que no puede? Inmediatamente se responderá que esa
postura es suicida porque abdica de la libertad, y no se puede renun-
ciar a aquello que a uno le pertenece constitutivamente.
Si, por una parte, soy limitado y, por otra, me sobrepaso, ¿por
qué no exonerar a esos “sobrepasos”, pues que excesos son, de toda
connotación moral, al menos ante la conciencia, exceptuados los
“sobrepasos” que dañan a un tercero?
Por si fuera poco, la sicología añade que hay personas que vie-
nen a este mundo con mayor equilibrio que otras, en el sentido de
que a unas no les cuesta tanto ordenarse, mientras que a algunas les
cuesta Dios y ayuda.
A estas alturas, veo que se puede continuar con el problema
hasta el infinito, y no llegar a solución alguna, bien porque no la
tiene o porque soy incapaz de hallarla. Por tanto, en esta encrucija-
128 LOS SACRAMENTOS

da es donde, antes de quedarme paralizado, admito la perplejidad


como lo más grande que me puede suceder. Me quedo perplejo por
lo bajo y por lo alto, pues, como persona, me fascina la perplejidad
que me empuja a caminar de perplejidad en perplejidad.
¿Qué es el mal? La Escritura y la Teología responden que el mal
consiste en el alejamiento de Dios. Es decir, huir de Dios querien-
do, pero huir de Dios con toda frialdad es cosa difícil, aunque acaso
posible.
Hecho el ser humano-cristiano para vivir trinitariamente, pues
que lleva la impronta de la Trinidad en su propia entraña de criatu-
ra, el hombre cristiano se equivoca cuando opta por vivir su vida de
espaldas al Dios uno y trino. En una palabra, opta por vaciarse y des-
privatizarse de Dios, lo cual, sigo pensando, es muy difícil. En con-
secuencia, el mal consistiría en vivir mi vida en mí y desde mí, sien-
do así que mi vida debo vivirla desde mí, pero según el plan de Dios.
Toda criatura, por serlo, llámese Adán, Javier o Begoña, está ante
Dios y en su entorno. El mal no consiste en querer ser como Dios,
a lo que, por otra parte, está llamada la criatura humana, cuanto en
querer ser Dios sin Dios. En una palabra, que yo quiero ser como
Dios en mí, pero sin más Dios que yo.
Esta postura, y según la Biblia, no sólo desplaza a Dios, sino que
rompe las buenas relaciones con él. Y la catástrofe de la ruptura no
está únicamente en el atropello de los términos de la Alianza, que
también lo está, cuanto en el atropello de la Alianza existente entre
Dios y las criaturas, por el hecho de ser su Criador. Y es que, con
ese atropello, rompo con el Criador, y la ruptura, a su vez, desenca-
dena un desgarrón en serie con el resto de las criaturas. Creado o
criado para sintonizar con el Criador, conmigo mismo y con los
otros, impido la circulación de la sintonía del Criador con las cria-
turas, de las criaturas con el Criador, de las criaturas entre sí y, en
consecuencia, la circulación de todo por mí y yo por todo, alzando
las esclusas que me aíslan del entorno.
LA HISTORIA DE LA CRUZ DE JESUCRISTO 129

Por si todo esto fuera poco, aún existe el desastre estructural. Si


el error personal consiste en la cerrazón en uno mismo, expulsando
a Dios y a los otros de la intimidad, el desorden estructural organi-
za la humanidad por áreas enfrentadas entre sí por la posesión y el
dominio. En consecuencia, si es preciso exterminar al otro para que
no disminuyan mis haberes e influencia, lo extermino, juntamente
con el área a la que pertenece. Este desequilibrio se da en política,
economía, religión e iglesia. Y lo más pernicioso es que hasta lo san-
ciona el derecho. Por eso, cuando decimos o se nos dice: Eso será
injusto, pero es legal, estamos defendiendo jurídicamente el mal
estructural.
¿Qué es el perdón? Si el mal consiste en vivir bajo el poder del
odio, el perdón no consiste en el olvido de lo que se ha hecho mal,
cuanto en colocar al perdonado bajo el poder de Dios, porque el
perdón equivale a una nueva creación o redención.
En orden a borrar cuanto de insustancial se ha introducido en la
conciencia católica respecto del mal y del perdón, la teología judía
tiene un enfoque iluminador, y que se puede incorporar, sin más, a
la teología católica. Según el enfoque judío, el mal no consiste en un
suceso aislado, cuanto en no haberme convertido definitivamente a
Dios, y de eso es de lo que el judío pide perdón.
Sé que habré desbarrado en algunos enfoques, y que apenas si he
solucionado algo, pero en lo que quiero hacer pie, y acaso pueda
servir, es que la realidad de la libertad, del mal y del perdón, la vivo
desde mí y en mí, pero, viviéndola así, experimento que mi apela-
ción no termina en mí, sino que me lleva ante Otro, al que llamo
Dios, que es mucho mejor que yo, menos verdugo que yo (nada ver-
dugo), y ante el cual experimento que ama entrañablemente, y que
sin decirme con acritud que me equivoco, me regala su amor, y en
ese amor-pacífico es donde experimento si amo, si no amo, si yerro,
si no yerro, si soy perdonado, siempre por él, pero no siempre por
mí ni por el otro distinto de mí e igual que yo.
130 LOS SACRAMENTOS

En una palabra, que perdón y conversión consisten en la vuelta


a Dios, al eje de Dios, cancelando con el juego al escondite inaugu-
rado por Adán y Eva19, para volver al Padre, como el muchacho de
la parábola20.
¿Qué relación tienen Jesucristo y el mal? La trasgresión no ha de
ser situada solamente bajo la órbita de Cristo, en el sentido de que
vino a cargar con el mal de todos, cuanto a que vino a vivir bajo el
poder del odio en un mundo que vive alejado de Dios21.

IV

En este momento, quiero ser tendencioso y ejercer de abogado


del diablo. Si la Cruz de Jesús puso en paz todas las cosas de modo
que allí donde abundó el pecado sobreabundó la gracia, esto habrá
que explicarlo, ya que, tanto antes de la Crucifixión como después,
la situación del ser humano ha quedado igual, si no peor.
Yo creo que todo ha sido redimido por Jesucristo, pero que esa
re-creación ha acontecido y acontece de modo que todo parece igual
o, como he dicho, peor, porque es más palpable el poder del mal que
el poder del bien, pero aquí es donde entra mi tendenciosidad.
Evidentemente que si hiciéramos dos montones: uno con todo
cuanto el hombre ha hecho de bueno, y otro con todo cuanto ha
hecho de malo, el montón del bien superaría, a pesar de todo, al
montón del mal.
Hecha esta aclaración pueril, pido permiso para proseguir con
mi tendenciosidad.
Si, como ha dicho Agustín de Hipona, el palo transversal de la
Cruz es una estantería o biblioteca para colocar las obras buenas, en

19. Gn 3, 7-11.
20. Lc 15, 18.
21. X. Zubiri, o. c. 217-218. 228. 321-326. 328.
LA HISTORIA DE LA CRUZ DE JESUCRISTO 131

la mitad de ese palo transversal, en la que escoja cada uno, quiero


colocar algunas obras malas, no para vergüenza de Cristo, sino para
ignominia de los cristianos, que deberíamos trabajar más con nues-
tro Salvador para erradicar el poder del mal y aumentar la presen-
cia del bien.
Coloquemos, pues, sobre el palo escogido algunos de los pesos
pesados de la humanidad.
Según los cálculos de los sabios, en tiempos de Jesucristo había
en el mundo 200 millones de habitantes. En el momento presente,
pasan de 6.000 millones, y se calcula que llegarán a 12.000 millones
en el año 2.050. Todos estos millones de personas, los 6.000 millo-
nes actuales, son criaturas de Dios, pero resulta que 2.000 millones
pasan hambre porque el 20% de la población rica y, para INRI cris-
tiana, acapara el 80% de los recursos del planeta y de los ingresos
mundiales. Debido a este desbarajuste, 30.000 niños mueren diaria-
mente en el mundo a causa del hambre, llegando a 40 millones las
personas que, al cabo de un año, mueren por falta de alimentos.
Sigamos colocando sobre el palo transversal de la Cruz otros
pesos pesados, y no para vergüenza de Cristo, sino para INRI de los
cristianos.
En los opulentos Estados Unidos, 4 millones de niños viven en
extrema pobreza. En el estado brasileiro de Sao Paulo, 500.000
niños son maltratados por sus padres; 4.500 niños vagabundean
durante el día por sus calles, y 895 lo hacen durante la noche. La
última guerra ha dejado en Ruanda 40.000 niños huérfanos. La
prensa, que no los políticos, está denunciando el tráfico de niños. En
España, ETA, desde que comenzó a matar, ha asesinado a más de
1.000 personas.
Pero no sigamos por este camino, no sea que, si no para ver-
güenza de Cristo, pero sí de los cristianos, Cristo sienta vergüen-
za de nosotros, sus consocios y escogidos para ordenar la Historia
con él.
132 LOS SACRAMENTOS

Termino la sacramentalidad de la Cruz y del Perdón con dos tex-


tos, uno de Romano Guardini: “Cuando hagas la señal de la Cruz,
procura que esté bien hecha. No tan deprisa y contraída, que nadie
la sepa interpretar. Una verdadera cruz, pausada, amplia, de la fren-
te al pecho, del hombro izquierdo al derecho. ¿No sientes cómo te
abraza por dentro? Haz por recogerte; concentra en ella tus pensa-
mientos y tu corazón, según la vas trazando de la frente al pecho y
a los hombros, y verás que te envuelve en cuerpo y alma, de ti se
apodera, te consagra y santifica.
¿Y por qué? Pues porque es signo de totalidad y signo de reden-
ción. En la Cruz nos redimió el Señor a todos, y por la Cruz san-
tifica hasta la última fibra del ser humano. De ahí el hacerla al
comenzar la oración, para que ordene y componga nuestro inte-
rior, reduciendo a Dios pensamientos, afectos y deseos; y al ter-
minarla, para que en nosotros perdure el don recibido de Dios; y
en las tentaciones, para que Él nos fortalezca; y en los peligros,
para que Él nos defienda; y en la bendición, para que, penetrando
la plenitud de la vida divina en nuestra alma, fecunde cuanto hay
en ella.
Considera estas cosas siempre que hicieres la señal de la Cruz.
Signo más sagrado que éste no le hay. Hazlo bien: pausado, amplio,
con esmero. Entonces abrazará él plenamente tu ser, cuerpo y alma,
pensamiento y voluntad, sentido y sentimientos, actos y ocupacio-
nes; y todo quedará en él fortalecido, signado y consagrado por vir-
tud de Cristo y en nombre de Dios uno y trino”22.

El lector interesado puede acudir al poema de Miguel de Unamuno


titulado “Perdón”, y del que transcribo unos versos:

22. Romano Guardini, Los signos sagrados, Editorial litúrgica española, Barcelona,
1965, 11-14.
LA HISTORIA DE LA CRUZ DE JESUCRISTO 133

“Si tú no te perdonas
no te perdona Dios;
¡perdóna-te!
Si en paz no vives
contigo mismo,
si no consigues
paz en tu pecho,
¡no te dará Dios paz!...
La paz viene del fondo
del corazón;
es divino tesoro
que en ti Dios puso,
¡es tesoro de amor!
Esa inquietud interna
que te derrite,
es anhelo infinito
que no se extingue,
que no se sacia,
es porque no perdonas,
es porque no amas”...! 23.

23. M. De Unamuno, OC., T. XIII (Poesía I), 344-347.


8
DIOS UNO Y COMUNIDAD TRINITARIA, PADRE,
HIJO Y ESPÍRITU SANTO, ES EL AUTOR DE LOS
SACRAMENTOS, SI BIEN, Y POR ACUERDO
DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD, ES JESUCRISTO
EL PROTAGONISTA DE LOS SACRAMENTOS
DE LA IGLESIA

“Summa”
“El verdadero es el mejor ideal;
sin él verdad no existe en ser alguno:
Toda la gloria sea dada
Al Santo Tres-en-“Uno”1.

En los apartados que preceden he ido introduciendo cuñas trini-


tario-sacramentales, pues no en vano el Misterio Comunitario de
Dios es lo específico del cristianismo-católico. Pero ha llegado el
momento de centrarnos más detenidamente en el Misterio central
de la fe católica.

I
LOS SACRAMENTOS Y LA SANTÍSIMA TRINIDAD

A pesar de lo mucho que se ha profundizado en el cristianismo,


casi nos cuesta atribuir a la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espí-
ritu Santo, todo cuanto acontece en la Historia de la Salvación. Y es

1. G. M. Hopkins, Emilio del Río, o.c., 177.


136 LOS SACRAMENTOS

que, desde pequeños, no nos asomaron al rostro comunitario de


Dios. Claro que, aunque lo hubieran hecho, seguiríamos sin asimi-
larlo porque, con ser la Familia trinitaria el centro de nuestra fe, es
el Misterio más denso del cristianismo y, en consecuencia, de muy
difícil acceso. Por otra parte, acaso la teología aún no haya alcanza-
do el lenguaje adecuado para exponer el gran Misterio2.
Como a Dios-Padre nos lo han presentado, desde la infancia, tan
robusto y creador, pues a él atribuimos, instintivamente, cuanto
acontece en la Historia de la Salvación, así como las acciones sacra-
mentales, aunque los protagonistas más directos sean Jesucristo y el
Espíritu Santo.
El Hijo, Jesucristo (protagonista de la Historia de la Salvación,
Dios-Hombre y judío histórico de Palestina, predicador maravillo-
so del Reino de Dios durante una campaña relámpago, defensor de
los pobres y muy querido por ellos, mal visto por los grandes, sobre
todo por los poderes religiosos, asesinado por un grupo de judíos
juramentados contra él, aunque con el consentimiento del gober-
nador romano, enterrado, resucitado y sentado como Dios y Hombre
en la comunidad trinitaria), es la persona divina que mejor conoce-
mos, aunque no exhaustivamente, y por eso hacemos bien en con-
cederle el mayor protagonismo en la Historia de la Salvación,
convencidos, además, de que la Santísima Trinidad no tiene ningún
recelo.
El Espíritu Santo, como gestor de Jesucristo, alma de la Iglesia
y maestro de ceremonias de la Liturgia, así como alentó a los pro-
fetas de ambos Testamentos y anunció a María el designio de Dios
sobre ella, hoy, aquí y ahora, amaestra a los cristianos, en particu-
lar y en equipo, para que celebren la Memoria de Jesucristo en los
Misterios sacramentales. En consecuencia, si él presidió la gesta-

2. Cf. D. Borobio, Bautismo-Fe Trinitaria-Sociedad secularizada, La Santísima


Trinidad y el bautismo, Secretariado Trinitario, Salamanca, 1992, 146-149.
DIOS UNO Y COMUNIDAD TRINITARIA 137

ción del chiquito Jesús en el vientre de María, también preside el


encuentro de Dios con nosotros, por medio de Jesucristo, en el pan
y en el vino, en el agua bautismal o en el amor entre un hombre y
una mujer. Por eso, mientras la comunidad se reúne para celebrar
la Eucaristía o cualquier otro sacramento, está presente en la asam-
blea dirigiendo el crecimiento del pan y del vino hasta su total
transformación en el cuerpo y sangre de Jesucristo. En una palabra,
que el Espíritu Santo es quien dirige la admirable simbiosis por la
que somos lo que comemos y comemos lo que somos. Esto es,
Dios, que se hace nosotros, en Jesucristo, y nosotros, que nos hace-
mos Dios, en el mismo Jesucristo.
La teología de la Iglesia afirma contundentemente que toda la
Historia de la Salvación es obra de la Santísima Trinidad, pero que
unas acciones son más directamente atribuibles a cada una de las
personas divinas. Así, la creación es obra de Dios-Padre por aquello
de que el Padre crea y engendra.
La teología de la Iglesia atribuye la campaña-pública del encuen-
tro de Dios con la Historia a toda la Trinidad, pero concede un pro-
tagonismo mayor al Dios-Hijo, Jesucristo, por aquello de que apare-
ce como el más mozo de los tres y, por ende, capaz de mayor movi-
miento en una campaña publicitaria. De ahí que dijera San Vicente de
Paúl que Jesucristo es el jornalero, obrero y albañil de Dios, enviado
por la Trinidad a la tierra, para proclamar a la humanidad, desde
Palestina, el mensaje de que Dios es el único Padre que crea y ama3.
Jesucristo tuvo muchos aciertos en su tierra, pero acabó misera-
blemente porque, a pesar de ser Dios verdadero y hombre verda-
dero, fue asesinado de la manera más brutal.
La teología de la Iglesia aplica al Espíritu Santo los títulos de
aliento en todo cuanto Dios ha creado, estilo de Dios en sus cria-
turas, y maestro que explica a la humanidad la historia de la

3. San Vicente de Paúl, OC. IX/1,446.


138 LOS SACRAMENTOS

Creación, la historia de Jesucristo y la historia de la Iglesia. En una


palabra, que es él quien explica que Dios-Padre sigue comprometi-
do en todo cuanto ha creado; quien interpreta el fracaso y triunfo
de Jesucristo, y quien preside la celebración de los sacramentos,
como protagonizó la gestación y alumbramiento de Jesucristo. En
definitiva, la vida que activa el Espíritu Santo, como gestor de los
sacramentos, es la vida de Jesucristo amada entrañablemente por el
Dios-Trinidad. Es decir, que cuanto Dios-Padre ama entrañable-
mente de Jesucristo no es únicamente el Verbo maravilloso que es
desde siempre en el seno de la Trinidad, sino, también, la carne
maravillosa que asumió el Verbo hecho hombre en las entrañas de
Nuestra Señora.
El verbo asumir, aunque clásico en la teología de la Encarnación,
se queda corto, como toda palabra empleada para hablar de lo
inefable, pero tiene la resonancia, entre otras, de que Dios no sólo
ama la carne maravillosa de su Hijo Jesús, sino, también, la carne
maravillosa de los hombres y mujeres, hermanos y hermanas de
Jesucristo, que han existido, existen y existirán.

II
LOS SACRAMENTOS Y DIOS-PADRE

El autor de los sacramentos es Dios-Padre en cuanto dueño de


la salud que dimana del sacramento. Sé que las comparaciones son
inexactas, pero aproximan a lo que se quiere decir. Así, lo impor-
tante de un vaso es el líquido, pero también el cristal. Pues bien, el
sacramento tiene por dentro la salud de Dios para nosotros, aun-
que, en el sacramento, agua y vaso son una misma cosa. De ahí
que Dios, que es un deportista excelente y quiere que todos
juguemos con él sin ningún complejo, haya encargado a la Iglesia
de su Hijo que configure los sacramentos con tal llaneza que no
nos espanten.
DIOS UNO Y COMUNIDAD TRINITARIA 139

Si a los Apóstoles no se les permite fundar otra Iglesia, sino


entrar y ser parte de la de Jesucristo, tampoco está permitido fundar
otros sacramentos, pues la Iglesia de Jesucristo ha sido fundada
en el sacramento que brotó del costado abierto del Hijo Crucificado
de Dios.
El costado abierto de Jesucristo sirve a los Padres de la Iglesia
para establecer un símil entre el viejo Adán y el nuevo. Si del costa-
do del viejo Adán creó Dios-Padre a Eva, madre de todos los vivien-
tes, del costado abierto de Jesucristo, muerto en la Cruz, el Padre-
Creador hizo brotar la Iglesia, como nueva Eva, así como las medi-
cinas de los sacramentos para que crezcan fuertes los hijos engen-
drados por la nueva Madre-Eva-Iglesia.
San Agustín tiene un texto que debe ser conocido por todos los
cristianos. Dice el obispo de Hipona: “El Dios único es más que el
único bautismo, ya que el bautismo no es Dios, sino que es algo
grande porque es sacramento de Dios; y, sin embargo, el Dios único
era adorado aun fuera de la Iglesia por los que lo desconocían. De
la misma manera, el único bautismo es conferido aun fuera de la
Iglesia por los que lo ignoran. El que dice que no puede ser que el
Dios único y verdadero sea adorado fuera de la Iglesia por los que
no le conocen, que considere qué responderá, no a mí, sino al
mismo Apóstol, que dice: Lo que adoráis sin conocer, eso os vengo
yo a anunciar”(Hch. 17, 23)4.
Después de haber leído este texto, no haya duda para el católico
de que Dios-Padre es el autor del sacramento y más grande que el
sacramento. Pero, asimismo, el católico debe saber que Dios es el
donador de la gracia del sacramento, y que se sirve de la persona
del ministro celebrante para la realización y administración del
sacramento5.

4. San Agustín, El único bautismo V, 8. BAC. XXXIII, Madrid, 1990, 422.


5. San Agustín, Sermón 266, 3. BAC. XXIV, 723.
140 LOS SACRAMENTOS

Y como Dios es Padre de Jesucristo y nuestro, al Padre-Dios


quiero rezar con esta plegaria titulada por Leopoldo Panero: “Tú
que andas sobre la nieve”, y que dice así:

“Ahora que la noche es tan pura y que no hay nadie más que
Tú,
dime quién eres.
Dime quién eres y qué agua tan limpia tiembla en toda mi
alma;
dime quién soy también;
dime quién eres y por qué me visitas,
por qué bajas hasta mí, que estoy tan necesitado,
y por qué Te separas sin decirme Tu nombre,
ahora que la noche es tan pura y que no hay nadie más que
Tú...

Ahora que siento mi memoria como un espejo roto y mi boca


llena de alas.
Ahora que se me pone en pie,
sin oírlo,
el corazón.
Ahora que sin oírlo me levanta y tiembla mi ser en libertad,
y que la angustia me oscurece los párpados,
y que brota mi vida, y que Te llamo como nunca,
sostenme entre Tus manos,
sostenme en la tiniebla de Tu nombre,
sostenme en mi tristeza y en mi alma, Tú que andas sobre la
nieve”6.

6. Leopoldo Panero, Poesía 1932-1960, Cultura Hispánica, Madrid, 1963, 145-146.


DIOS UNO Y COMUNIDAD TRINITARIA 141

III
JESUCRISTO ES EL GRAN SÍMBOLO Y SACRAMENTO DE DIOS PARA EL
MUNDO EN LA IGLESIA

En el Misterio del Dios uno y trino no hay ni puede haber ras-


tro alguno de sacramento ni de símbolo. En el misterio trinitario
todo es realidad cumplida, de modo que en él no cabe símbolo algu-
no que apunte a algo más.
Por el Misterio de Dios uno y trino, Dios es todo lo que puede
ser. Es decir, Dios-Dios. Ahora bien, el Misterio trinitario es símbo-
lo y meta para nosotros. Es símbolo y meta de unidad, armonía,
inteligencia, buena relación y trabajo en equipo. Del Misterio de
Dios, sólo Jesucristo puede decirnos algo, y no todo, bien porque
nosotros no podemos comprender, bien porque él mismo sigue
siendo símbolo de Dios-Padre y, en consecuencia, al tiempo que
comunica el Misterio divino, no puede manifestarlo totalmente,
pues él mismo, mientras no se descubra sin límites en Dios, perma-
necerá siendo símbolo de Dios con una cara transparente y otra
velada, como acertadamente pintó nuestro Velázquez.

Jesucristo es el máximo símbolo de Dios-Padre


En el evangelio de san Juan leemos este texto precioso: “No
estéis agitados; fiaos de Dios y fiaos de mí. La casa de mi padre tiene
muchos aposentos. Si así no fuera, ¿os habría dicho que voy a pre-
pararos sitio? Cuando vaya y os lo prepare, volveré para llevaros
conmigo; así, donde esté yo, estaréis también vosotros. Ya sabéis el
camino para ir a donde yo voy.
Tomás le dijo:
—Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?
Respondió Jesús:
—Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie se acerca al Padre
sino por mí; si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre,
aunque ya desde ahora lo conocéis y lo estáis viendo.
142 LOS SACRAMENTOS

Felipe le dijo:
—Señor, preséntanos al Padre; con eso nos basta.
Jesús le replicó:
—Con tanto tiempo como llevo con vosotros, ¿todavía no me
conoces, Felipe? Quien me ve a mí está viendo al Padre, ¿cómo
dices tú: “preséntanos al Padre”? ¿No crees que yo estoy con el
Padre y el Padre conmigo? Las cosas que yo os digo no las digo
como mías: es el Padre que está conmigo realizando sus obras.
Creedme, yo estoy con el Padre y el Padre está conmigo; al
menos dejaos convencer por las obras mismas. Sí, os lo aseguro:
Quien cree en mí hará obras como las mías y aún mayores; por-
que yo me voy con el Padre, y lo que pidáis alegando mi nombre
lo haré yo para que la gloria del Padre se manifieste por medio
del Hijo; cualquier cosa que me pidáis alegando mi nombre, la
haré”7.
Según la teología católica, el símbolo pleno de Dios para el hom-
bre es el Logos-Hombre, viendo al cual se ve al Padre, como ha
dicho san Juan. Pero el Logos no sólo simboliza, sino que es lo sim-
bolizado. Es decir, que siendo el Logos Dios, además de simboli-
zarlo para nosotros, es Dios en sí mismo.
Que Jesucristo es el símbolo de Dios no se ha de entender, aun-
que resulte repetitivo, como si Jesucristo fuera símbolo o medio a
través del cual, lo mismo que yo me sirvo del ordenador para escri-
bir, se sirviera Dios para comunicarse con la humanidad. Ser sím-
bolo de Dios, como Jesucristo, quiere decir, con toda justicia, y en
primer lugar, que Jesucristo es, en sí mismo, símbolo de Dios sien-
do el Dios-Hombre. Con mayor claridad aún: Jesucristo simboliza
que él mismo es Dios.

7. Jn 14, 1-14.
DIOS UNO Y COMUNIDAD TRINITARIA 143

Jesucristo como símbolo de sí mismo


En sí mismo, Jesucristo es una persona simbólica, como todo ser
humano, pero, además, el simbolismo personal de Jesucristo no se
agota en él, sino que, simbolizándose a sí mismo, simboliza a Dios.
Es decir, que la ultimidad de Jesucristo, aquello que es en su estrato
más hondo, es Dios, pero siéndolo de una manera dinámica.
Toda su vida es simbólica, y así lo manifiesta a través de sus pre-
ciosas parábolas y parlamentos verbales. De hecho, vive su aventu-
ra humano-personal en un pueblo y cultura repletos de símbolos, y
todo el Antiguo Testamento, con el que está familiarizado, consti-
tuye un bosque de símbolos.
Según el Nuevo Testamento y la teología elaborada por el cris-
tianismo, la Alianza Antigua es figura de lo que se realizará plena-
mente en un tiempo, como si la historia del Antiguo Testamento no
fuera plena, sino incompleta e inmadura.
Partiendo de este principio bíblico-teológico, como ya lo apun-
tamos al inicio de este libro, los hijos del Nuevo Testamento no han
hecho sino expoliar el Antiguo Testamento en favor del Nuevo. Sin
ir más lejos, a un Testamento se le llama viejo y nuevo al otro. A un
Testamento se le llama vieja ley y al otro ley nueva. A un Testa-
mento se le llama profecía y al otro cumplimiento de la promesa.
Al uno se le llama pascua antigua o judía, y al otro la pascua nueva
de Jesucristo. El uno simboliza al viejo Israel, mientras que el otro
es símbolo del Israel nuevo de la Iglesia.
Israel tiene que estar muy incomodado con estos planteamien-
tos. Si yo fuera judío también me sentiría desairado. Yo no sé resol-
ver este problema, pero creo que biblistas y teólogos, judíos y cris-
tianos, tienen que decirnos mucho más sobre este asunto.
En términos jurídicos casi podría afirmarse que el cristianismo ha
usurpado la personalidad judía, introduciendo en todo algún que
otro cambio, pero, al fin y al cabo, se vislumbra una usurpación y
suplantación de personalidad.
144 LOS SACRAMENTOS

Israel, el único Israel, sin apelativos de viejo o nuevo, posee una


historia religiosa muy densa y llena de símbolos, tan rica como la
historia de otras Religiones, aunque yo conozco mejor la historia
bíblica.
Que la historia del antiguo Israel no sea sino el anuncio de la
nueva, y la nueva la realización de la antigua, no me cuadra del todo
por varias razones.
En primer lugar, admitiendo, como cristiano, que el Mesías
anunciado es Jesucristo, los judíos rechazan su mesianismo por estar
en desacuerdo con su fe, y este dato ha de ser tenido en cuenta.
En segundo lugar, el cristianismo admite todo el Antiguo Testa-
mento y sus personajes, y tanto el texto como sus protagonistas
corren por el Nuevo, pero interpretados de tal modo que se alejan
del original.
En tercer lugar, ambos Testamentos nos remiten a otro novísi-
mo, escatológico y final, en el que veremos la Historia Sagrada con
más claridad, sin símbolos, ni siquiera el de Jesucristo, porque vere-
mos la realidad sin intermediarios. Y esto es lo que me hace pensar
que debemos ser más cautos en la interpretación de ambos Testa-
mentos, pues ninguno de los dos es definitivo.
Jesucristo no sólo vivió en un pueblo y cultura simbólicos, sino
que, además, él mismo jugó con el simbolismo de Israel, lo explicó
y se lo aplicó a sí mismo: “Y comenzando por Moisés y siguiendo
por los Profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escri-
tura”8. Es decir, que la Escritura habla de él y a él se refiere.
San Pablo dice que lo escrito en la Biblia sobre el Mesías se ha
cumplido: “Lo que os transmití... y que resucitó al tercer día, como
lo anunciaban las Escrituras”9.
El evangelista Juan, citando a un testigo presencial, que segura-
mente no es otro que él, dice que en Jesús se cumple cuanto se había

8. Lc 24, 27-28.
9. 1Cor 15, 3-5.
DIOS UNO Y COMUNIDAD TRINITARIA 145

profetizado en el libro del Éxodo10, en los Salmos11 y en Zacarías12.


Todo esto, continúa Juan: “Lo dice un testigo presencial y su testi-
monio es válido, y ése sabe que dice la verdad, para que también
vosotros creáis; porque esto ocurrió para que se cumpliera la
Escritura: “No le quebrarán ni un hueso”, y en otro lugar dice:
“Verán al que traspasaron”13.
El Nuevo Testamento repite incesantemente que no es la sangre
de un animal la que ahora salva, como en otro tiempo salvó a los
israelitas que marcaron las puertas de sus casas con la sangre del
cordero pascual14, sino que es la sangre de Cristo la que salva.
Al contrapunto que el Nuevo Testamento establece entre la san-
gre vieja y la nueva hay que responder que la sangre antigua salva-
ba y sigue salvando, así como que la sangre de Cristo salva y segui-
rá salvando. Pero a una y otra exégesis habrá que añadir que ambas
Pascuas están emplazadas a la definitiva o escatológica, es decir, a la
Pascua que celebrará la humanidad cuando se cierre la Historia y
Dios reine sin la mediación de Jesucristo. La referencia de ambas
Pascuas a la definitiva ilumina a las dos y evita la prepotencia, el
odio, el fundamentalismo y las guerras santas.
Para comunicarse con el ser humano, Dios tendrá que hacerlo de
tal manera que la persona perciba esa comunicación, bien median-
te realidades visibles y terrenas, bien por medio de realidades inter-
nas perceptibles, como pueden ser los sueños, pensamientos, visio-
nes e imaginaciones.
Según la teología católica, Dios se ha servido de la persona real
de Jesucristo para comunicarse con la humanidad.
¿Cómo se comunicaba Jesucristo con los hombres y mujeres de
su tiempo? Por medio de su corporalidad. Los apóstoles, así como

10. Éx 12, 46.


11. Sal 22, 19; 34, 21.
12. Zac 12, 10.
13. Jn 19, 35-37.
14. Éx 12, 23-27.
146 LOS SACRAMENTOS

las personas que admiraban a Jesucristo, viendo al hombre Jesús,


adoraban lo que no veían, es decir, a Dios o, al menos, lo que Jesús
traducía de Dios.
La teología católica afirma que Jesucristo es la comunicación ofi-
cial de Dios a la humanidad. Pero el Jesucristo-Dios-Hombre no
vino al mundo para vivir siempre en Palestina. Ausente corporal-
mente de este mundo, ha querido que la Iglesia, asistida por el
Espíritu Santo, celebre el Memorial de su Pascua, y que, al cele-
brarlo, salve y siga salvando, como en su tiempo, a las personas que
confían y creen en él, hasta que la humanidad, junto con la materia,
se realicen definitivamente en Dios.

Dios se dona a los seres humanos en la corporalidad de Jesucristo


Por Verbo, o segunda persona de la Trinidad, la teología católi-
ca entiende Dios, salud para la humanidad desde siempre y para
siempre.
Jesucristo, o el Verbo-Hombre, o el Dios-Hombre, comienza a
ser salud para la humanidad desde el primer instante de su germi-
nación en las entrañas de su Madre la Virgen María.
La corporalidad de Jesucristo es el medio por el cual Dios se
comunica con la humanidad. Pero la corporalidad de Jesucristo ha
de entenderse bien. Así como la persona humana es corporal, de
Jesucristo hay que decir lo mismo. De manera que así como no hay
persona humana sin cuerpo, tampoco ha de pensarse un Jesucristo
sin cuerpo.
A pesar de que en el ser humano hay partes bien diferenciadas,
como la cabeza y los pies, se percibe que esas partes pertenecen a
un Yo, y sin ellas no habría persona.
¿En qué se diferencia mi cuerpo de mi alma y mi alma de mi cuer-
po? Si no nos hubieran educado para estas distinciones, ni nos haría-
mos la pregunta. Pero, a pesar de hacerla, no sabemos, no podemos
decir: Aquí comienza mi alma y termina mi cuerpo, o aquí comienza
mi cuerpo y termina mi alma.
DIOS UNO Y COMUNIDAD TRINITARIA 147

¿Se puede trasladar todo esto a Jesucristo? Pienso que sí. La doc-
trina católica enseña que Jesucristo es Dios, y que en su persona no
existe zona alguna que no sea divina y humana al mismo tiempo.
Para clarificar más el asunto, la teología católica añade que divi-
nidad y humanidad no se han mezclado de modo que el resultado
sea Jesucristo, sino que la divinidad es toda humana, sin mezcla, y
que la humanidad es toda divina, pero sin mezcla tampoco, aunque
juntas indivisiblemente.
Con mayor claridad, si es posible, en orden a acercarnos a su ver-
dadero alcance. El Hombre-Jesucristo es Dios sin dejar de ser hom-
bre, y el Dios-Jesucristo es hombre sin dejar de ser Dios. Pero
Jesucristo no ha de pensarse nunca como el resultado de la mezcla
de Dios y de hombre, es decir, una tercera realidad, como la hidro-
miel obtenida por la mezcla de agua y de miel.
Del ser humano también podemos decir, y así es, que el alma es
corporal, sin dejar de ser espíritu, y que la corporalidad es alma, sin
dejar de ser corporal.
Como resultado de todo esto hay que decir que Jesucristo es un
Yo único, lo mismo que el ser humano es un Yo. Con este Yo único
piensa y se comunica el ser humano, y con este único Yo se comu-
nica y piensa Jesucristo.
He dicho en el encabezado que Dios se dona a los seres huma-
nos en la corporalidad de Jesucristo. Ahora digo, aunque no hace
falta, que Dios se comunica a los seres humanos por la corporali-
dad-divino-humana de Jesucristo.
Este planteamiento, aunque parezca repetitivo, es necesario por-
que ordinariamente se piensa que Dios se comunica a la humanidad
por la corporalidad de Jesucristo, pero como si la corporalidad de
Jesucristo hubiera sido para el Galileo lo que el vaso para el agua. No.
La corporalidad de Jesucristo, como la nuestra, es tal que el vidrio es
agua y el agua es vidrio. Es decir, que la divinidad no se comunica a
la humanidad por medio de una corporalidad pasiva, sino que la cor-
poralidad de Jesucristo es tan activa y divina como la divinidad.
148 LOS SACRAMENTOS

Desemboquemos en algo más cotidiano y familiar para noso-


tros, como es el pan de la Eucaristía, aunque no por cotidiano y
familiar deje de ser misterioso. En el pan de la Eucaristía está actua-
lizado el Misterio de Dios para nosotros. Pues bien, el pan, sin dejar
de serlo, es el cuerpo sacramental de Jesucristo resucitado. Digo
esto porque la doctrina ordinaria de la Iglesia, o la explicación dada
a lo inexplicable, dice que el pan pierde su identidad, conservando
los accidentes, es decir, las puras apariencias, y que los accidentes,
sigue la explicación, no descansan en el pan, sino en el cuerpo de
Jesucristo.
No creo ni quiero desbarrar teológicamente si digo que el pan es
el cuerpo de Cristo, y que el cuerpo de Cristo es el pan, a la mane-
ra que en el Misterio de la Encarnación la humanidad es divina y,
al revés, aunque Misterio Encarnado y Eucaristía no se homologan
totalmente.
Todo sacramento contiene en su interior, valga la expresión,
el Misterio invisible de Dios para el hombre. Pero ese núcleo o
Misterio invisible tiene una envoltura visible que constituye la pal-
pabilidad del Misterio. Más aún. Toda la acción sacramental de
Dios en la liturgia tiene dos partes: Misterio y escenificación del
Misterio. Al Misterio, o Jesucristo de Dios para nosotros, lo llama-
remos Misterio, o gran Misterio, y a la celebración, o Misterio ce-
lebrado, la llamaremos sacramento o escenificación litúrgica del
Misterio. Pero ese Misterio es tan Sacramento como Misterio y tan
Misterio como Sacramento. El sacramento consiste en la visibiliza-
ción del Misterio, pero Misterio y visibilización sacramental son, a
su vez, una misma realidad. Y es que, una vez conjuntadas ambas
partes, Misterio y sacramento, tan saludable resulta el Pan-Jesús
como el Jesús-Pan.
Con todo, en el Dios-hombre lo que se veía con los ojos era su
cuerpo, como con los nuestros vemos el pan de trigo de la Eucaristía,
y no el Jesucristo de Dios en el pan eucarístico. Pero, así como a tra-
DIOS UNO Y COMUNIDAD TRINITARIA 149

vés de la visión de la corporalidad los videntes de antaño podían


aproximarse a la divinidad, los creyentes de hoy nos aproximamos al
Misterio de Dios a través del pan y del vino sacramentados.
He dicho todo lo anterior para llegar a esta afirmación: Dios
actuaba en Jesús, y sigue actuando, pero no como otra persona
metida en el cuerpo de Jesús, sino siendo uno con Jesús, es decir,
siendo el Dios-Hombre para nosotros. De la misma manera, Jesu-
cristo sigue actuando en sus sacramentos, pero no como una ener-
gía metida dentro de los sacramentos, sino siendo uno con los ele-
mentos terrenos de los sacramentos.
Dios sanaba por medio de la corporalidad de Jesús, pero no
como quien se sirve de un bisturí para sajar o, lo que es igual, como
puro instrumento. No. La corporalidad de Jesús era tan sanante
como su divinidad y, por decirlo mejor, corporalidad-y-divinidad
era la única unidad sanante. Si yo me sonrío, claro que son mis ojos
los que sonríen, pero más cierto es que mi persona es la que ríe y
sonríe por medio de mis ojos.
Todo esto es trasladable a los sacramentos pues donan la salud
del Jesucristo de Dios porque son saludables, y no meros elementos
terrenos o instrumentales. En una palabra, que el Misterio-Jesucristo
de Dios en el sacramento actúa mediante los elementos terrenos,
pero siendo los elementos terrenos tan saludables como el Misterio-
Jesucristo de Dios.
A pesar de la íntima unidad entre Misterio y envoltura en los
sacramentos, la teología católica no aplica a los sacramentos la doc-
trina de la unión hipostática que se da en el Verbo-Encarnado. Me
explico. Por unión hipostática se entiende, dicho de modo sencillo,
la unidad de persona entre la divinidad y la humanidad en Jesucristo
o de Jesucristo. Es decir, que divinidad y humanidad, con ser com-
pletas cada una de ellas por separado, no forman más que una sola
persona en Jesucristo. En consecuencia, no es lícito pensar que el
Cristo glorioso no asume el pan y lo hace su cuerpo, como sucedió
150 LOS SACRAMENTOS

en su hominización, pero, y a pesar de eso, la fe de la Iglesia nunca


ha dicho que el pan de la Eucaristía se hipostasia con la divinidad
de igual modo que el Verbo con el hombre Jesús. La hipóstasis entre
hombre y Dios ya se ha hecho para siempre en Jesús, y Dios no
necesita, como nosotros, repetir sus decisiones.
El tratado de los sacramentos tiene su mejor infraestructura en la
persona de Jesucristo. Sacramentología y Cristología van de la mano.
Así como la salud brota de la corporalidad-divina de Jesucristo, y no
sin su corporalidad, produciendo a una la salud el cuerpo y la divi-
nidad de Jesucristo, así el Jesucristo glorificado y celebrado en los
sacramentos sigue comunicando su salud por los sacramentos, pero
resultando los elementos terrenos de los sacramentos de la misma
salubilidad que la corporalidad histórica de Jesucristo.

Apellidos sacramentales de Jesucristo


Los apellidos más excelsos de Jesucristo, como Sacramento de
Dios, son: Palabra, Imagen y Revelador de Dios.
Que Jesucristo es la Palabra definitiva de Dios para los cristia-
nos, quiere decir que Dios se ha comunicado con la humanidad de
muchas maneras, y una de ellas, la definitiva, según la teología cató-
lica, ha sido por medio de Jesucristo, tal y como dice el Prólogo del
evangelio de Juan15.

En cuanto Imagen de Dios, Jesucristo es el auténtico retrato-


copia de Dios invisible16, pacificador17 e impronta de su ser18.

Revelador del “Padre” quiere decir, ante todo, que el Dios para
nosotros no es el Dios neutro, sino el Dios y Padre de Jesucristo, y
no Padre en tanto que Creador, que también lo es, sino en cuanto

15. Jn 1, 1-18.
16. Col 1, 15-17.
17. Col 1, 19-20.
18. Hb 1, 3.
DIOS UNO Y COMUNIDAD TRINITARIA 151

Padre de Jesucristo, en el sentido profundo de que Dios ha engen-


drado un Hijo que es tan Dios como él.
El ser humano no ha descartado el deseo de aproximarse a Dios,
y si no le es posible demostrarlo, al menos desea una mostración.
Pero como tampoco puede acercarse a Dios tan apuradamente,
Dios, según la teología católica, le ha solucionado el problema
saliendo a su encuentro en la persona de Jesucristo. Con todo, ni el
mismo Jesucristo pudo revelar a Dios totalmente al hombre duran-
te su campaña pública. A este respecto, resulta emotiva la pregunta
del apóstol Felipe: Señor, preséntanos al Padre, porque no nos basta
contigo, por más que eres el camino, la verdad y la vida en direc-
ción al Padre19.
A Dios, dice Juan en el Prólogo, “nadie lo ha visto jamás; es
el Hijo único, que es Dios y está al lado del Padre, quien lo ha
explicado”20.
Jesucristo, con ser el único que está en el Padre, siendo Hijo
Eterno del Padre, y después de habernos comunicado, al menos
cuanto ha quedado consignado en las pequeñas memorias de los
evangelios, no ha podido revelarnos totalmente lo que es Dios.
Esta imposibilidad tiene varios estratos. Jesucristo no puede reve-
lar totalmente el Misterio de Dios a los hombres porque él mismo,
por ser el Dios-Hombre, también tiene que creer en y a Dios, y
quien cree es porque no ve totalmente y, en consecuencia, también
tiene que confiar en Dios, entregándose a él por la fe.
Jesucristo no puede revelar totalmente el Misterio de Dios a los
hombres porque Dios no puede ser absolutamente comprendido
por los humanos.
Finalmente, el ser humano no está capacitado para recibir una
plena revelación de Dios porque él mismo no es Dios, ni Dios
puede hacer que el hombre sea Dios.

19. Jn 14, 6-14.


20. Jn 1, 18.
152 LOS SACRAMENTOS

La Cristología, explicando este asunto, se expresa en estos tér-


minos: Jesucristo, en su persona histórica, es la máxima revelación
de Dios; la persona que menos ha opacado a Dios, pero, a pesar de
todo, revelándolo, lo vela, en el sentido de que Jesucristo fue y es el
Dios-Hombre en Palestina, como lo es ahora en los sacramentos.
Muchos, a pesar del velo de la corporalidad, creyeron que era Dios,
pero este paso lo daban en la fe. Otros también veían a Jesucristo,
pero, al verlo en carne, se decían: Imposible que sea Dios, pues Dios
no tiene cuerpo, y no sobrepasaban el obstáculo.
De ahí que Jesucristo manifieste, revele y encubra a Dios.
Los ángeles anunciaron a los pastores de Belén una gran alegría:
El nacimiento del Salvador como un infante fajado en pañales, acos-
tado en un pesebre y alimentado y educado por José y María. Los
pastores remontaron estos límites y adoraron al Niño como Dios, y
a Dios como Niño.
En los sacramentos, también Jesucristo se revela envuelto en los
pañales del pan y del vino, del agua y del aceite. Quien remonta en
la fe estas ataduras sacramentales, adora a Jesucristo-Dios no como
a quien está instalado u hospedado en el pan y en el vino, sino como
a quien se ha instituido y establecido a sí mismo en la Eucaristía
para nosotros.

La Encarnación como sacramento de Dios


El Verbo eterno de Dios no ha venido a vivir entre nosotros,
como en la antigüedad bíblica, por medio de figuras, símbolos y
ángeles, sino como un Dios hecho hombre. Cierto que la huma-
nidad del Dios-Jesús aún sigue siendo simbólica, si no para él, sí
para nosotros. Para él no porque su humanidad resucitada ejerce
totalmente de Dios, sin velo alguno, como le ocurría en Palestina.
Entre los consejos de Pablo a su discípulo Timoteo encontramos
estos versos deliciosos:
DIOS UNO Y COMUNIDAD TRINITARIA 153

“Sin discusión, grande es el misterio que veneramos:


Él se manifestó como hombre,
lo rehabilitó el espíritu,
se apareció a los mensajeros,
se proclamó a las naciones,
se le dio fe en el mundo,
fue elevado a la gloria”21.

Comentando el texto de Pablo a su discípulo Timoteo, dice


Agustín que, al llegar la plenitud de los tiempos, el Verbo fue envia-
do “no a colmar a los ángeles, ni a hacerse ángel...; ni a morar en los
hombres o con los hombres, así estuvo con los patriarcas y profe-
tas, sino para que el Verbo se encarnase, es decir, se hiciese hombre;
y en este futuro sacramento radica la salvación de aquellos santos y
sabios nacidos de mujer antes que Cristo naciera de una virgen;
y esperando en Él y creyendo este misterio encontrarán la salud
cuantos esperan, creen y aman. Este es aquel gran sacramento de
piedad que se ha manifestado en la carne, justificado en el espíritu;
se apareció a los ángeles, fue predicado a las naciones, creído en el
mundo y ensalzado en la gloria” (1Tim 3, 16)22.

La energía de la Pascua del Resucitado se enciende en los sacra-


mentos
Siguiendo con la comparación, yo diría que la energía de la
Pascua del Resucitado fluye, como la corriente eléctrica por los
cables, en las celebraciones litúrgico-sacramentales de la Iglesia.
Pascua es una palabra muy rica en significados. Ordinariamente
suele traducirse por “paso”. La acción de pasar se opone a perma-
nencia y, efectivamente, la Pascua de Jesucristo es un paso que se

21. 1Tim 3, 16.


22. San Agustín, Tratado sobre la Santísima Trinidad IV, XX, 27. BAC. V, Madrid,
1968, 314.
154 LOS SACRAMENTOS

detiene, es celebrado, y continúa su andadura, porque el Misterio de


Jesucristo no hay quien lo pueda detener ni remansar a capricho.
Pascua es una palabra muy rica en significados. Apunta a la pre-
sencia salvadora de Dios en el Israel de nuestros antepasados, así
como la presencia de Dios en Jesucristo.
Pascua es una palabra muy rica en significados. Para los cristia-
nos significa la vida y obra de Jesucristo; la campaña pública de
Jesucristo en Palestina, proclamando que el Reino de Dios había lle-
gado para la humanidad en su persona; la verificación de sus alocu-
ciones con hechos admirables, como son la curación de los dese-
quilibrios psico-orgánicos de tantas personas que le pedían con fe la
recuperación del equilibrio perdido.
En consecuencia, la energía que corre por las celebraciones litúr-
gicas es la Pascua-Paso de Jesucristo para nosotros en los sacra-
mentos de la Iglesia; la historia de Jesús contada y celebrada por la
Iglesia, que guarda la memoria de Jesucristo, y que, al contarla, cele-
brándola, de nuevo sana, equilibra y aproxima a Dios, pues lo que
asimilamos es la energía del Jesucristo de Dios o, más precisamen-
te, el Jesucristo-energía para nosotros, débiles pecadores.
Cuando decimos que Jesucristo es nuestra Pascua, proclamamos
que Jesucristo es nuestro canon, norma y artesa para fabricar cris-
tianos. Y así como se pinta según el canon de Velázquez o de
Picasso, de igual modo se fabrican cristianos con el molde y paten-
te de Jesucristo.
En consecuencia, los sacramentos son los medios a través de los
cuales Dios actualiza la memoria de Jesucristo en la Iglesia, y los fie-
les cristianos, aceptando activamente la memoria de Jesucristo, par-
ticipan de ella y con ella (con Jesucristo) se donan al Padre. Por eso,
y antes de seguir adelante, aunque trataremos el tema en su lugar
debido, en el sacramento, partiendo de la Memoria de Jesucristo, se
da un juego de relaciones descendentes y ascendentes, desde un
centro singular, cual es el Jesucristo de Dios. De ahí que haya escri-
DIOS UNO Y COMUNIDAD TRINITARIA 155

to Schillebeeckx: “Si consideramos, pues, los sacramentos desde


abajo, podemos decir: son la actividad simbólica, cultual, específica,
de una comunidad religiosa determinada, a saber, la Iglesia, en la
cual el Cristo celeste realiza por la misión del Espíritu un misterio
más profundo”...”Si consideramos los sacramentos desde arriba, es
decir, partiendo del acto salvífico celeste que Cristo sacramentaliza
en un acto de la Iglesia, y por consiguiente como un acto simbólico
personal de Cristo por mediación oficial de la Iglesia, se nos pre-
sentan inmediatamente como la visibilidad eclesial de la voluntad
de Redención de Cristo frente al sujeto que recibe el sacramento”23.
Jesucristo, por ser el Hombre-Dios, es único. Y, por serlo, alcan-
za al ser humano, que también es único, aunque en diversas etapas
que pasan por él y son él. Pues bien, los sacramentos de Jesucristo
alcanzan al único ser humano en el transcurso de las diferentes eta-
pas de su vida.
Pero el Jesucristo presente en los sacramentos no es únicamente
el Dios-hombre-judío de Palestina, sino el Dios-hombre ascendido
al cielo, después de muerto, resucitado y sentado a la derecha de
Dios-Padre como Dios-Total que es.
¿Por qué celebramos los cristianos de modo tan singular la vida del
Hombre-Dios? Ante todo, porque merece crédito y, según ese crédi-
to, los cristianos vemos en él al modelo de hombre diseñado por Dios
desde toda la eternidad, y descubierto en “el sacramento de la divini-
dad y humanidad de Cristo, que se manifestó en la carne”24.
La crucifixión, a pesar de su horrible y antiestética crueldad, por
carnicera, es el sacramento de nuestra fe. Es decir, que, a pesar de
ese desastre, en la crucifixión vemos los cristianos la realidad-miste-
riosa de Dios tan abajada y sin parecer Dios que por eso fue posible
matar a Dios en Jesucristo.

23. E. Schillebeeckx, Cristo, sacramento del encuentro con Dios, o. c. 93. El texto
continúa. El interesado puede acudir a él.
24. San Agustín, De la naturaleza y de la gracia II, 2. BAC. VI, Madrid, 1971, 722.
156 LOS SACRAMENTOS

Con todo, por ser así la fe cristiana, la duda y el escándalo sur-


gen inmediatamente. ¿Por qué el amor de Dios se ha manifestado al
máximo en la crucifixión? Nunca lo entenderemos hasta el fondo,
pero lo creemos, pues intuimos el tremendo amor de Dios por
nosotros, incluso a costa de la hecatombe de su Hijo. San Agustín
reflexiona de este modo: “Y muchos, sosegado el furor y vencida la
especie aquella de frenesí, reconocieron la divinidad de Cristo. Y
cuando después de la ascensión envió el Espíritu Santo, convirtié-
ronse al por ellos crucificado, creyeron en el sacramentado y bebie-
ron ahí la sangre que, frenéticos, habían derramado”25.
Jesucristo, desde la Cruz, es el Reintegrador de lo disperso a la
unidad o, según el pensamiento clásico de Filósofos, Santos Padres
y Escritores Eclesiásticos, el reductor del dos al uno26.
San Agustín no se cansa de repetir a sus feligreses, y por medio
de sus escritos a toda la cristiandad, que los sacramentos manaron,
simbólicamente, del costado abierto de Jesucristo: “La puerta abier-
ta en un costado del arca significa, indudablemente, la herida que la
lanza abrió al atravesar el costado del Crucificado. Los que vienen
a Él entran por ella, porque de ella manaron los sacramentos, con
los que son iniciados los creyentes”27.
Glosando el traspaso del costado (Juan 19, 31-37), escribe el
autor de Las Confesiones: “De una palabra muy estudiada hizo uso
el evangelista, al no decir que hirió, golpeó u otra cosa parecida,
sino abrió, para dar a entender que allí se abría la puerta de la vida,
de donde manaron los sacramentos de la Iglesia, sin los cuales no
se entra a la vida que es verdadera vida. Aquella sangre fue derra-
mada para la remisión de los pecados; aquella agua templa el cáliz
de la salvación; el agua sirve para lavar y para beber. Esto es lo que

25. San Agustín, Sermón 87, 14. BAC. VII,1964, 198.


26. San Agustín, Tratado sobre la Santísima Trinidad IV, 11.BAC. V, 286-287; Cf.
Sermón 341, 14. BAC. XXVI, Madrid, 1985, 47.
27. San Agustín, La Ciudad de Dios XV, 26, 1. BAC. XVII, Madrid, 1965, 184.
DIOS UNO Y COMUNIDAD TRINITARIA 157

anunció el mandato dado a Noé de abrir una puerta en el arca, por


la que debían entrar los animales que no debían perecer en el dilu-
vio, la cual era figura de la Iglesia. Por esto la primera mujer fue for-
mada del costado del varón dormido, y fue llamada vida y madre
de los vivientes. En lo cual dejó la señal de un grande bien antes del
grande mal de la prevaricación. Este segundo Adán se durmió en
la cruz para que de allí le fuese formada una esposa por haber sali-
do del costado del que dormía. ¡Oh muerte que da vida a los muer-
tos! ¿Qué cosa más pura que esta sangre? ¿Qué herida más saluda-
ble que ésta?”28.
De modo que los sacramentos brotados del costado de Cristo
nos liberan, si son leídos con fe, y nos desatan del Mal y del Malo
para unirnos con quien formábamos una Unidad antes del trauma
de la división29.

Cómo se ha de entender que los sacramentos fueron instituidos


por Jesucristo
La teología tradicional, entendiendo por tradicional la de los
Santos Padres, y no la que más tarde se arrogó para sí ese título,
pensó que todos los sacramentos, sin más, fueron instituidos direc-
tamente por Jesucristo. Pero la teología de los Padres y la tradicio-
nalista no se han de homologar totalmente, ni mucho menos.
Agustín, como exponente de la teología de los Padres, piensa que
los sacramentos fueron instituidos por Cristo de un modo simbóli-
co, como ya hemos tenido ocasión de comprobar: Por la puerta del
costado abierto de Cristo brotó, como sacramento derivado, la
Iglesia, y Jesucristo transmite su salud por la Iglesia y por las con-
creciones sacramentales de la Iglesia. Y esta visión simbólica de la
institución de los sacramentos llegó hasta el siglo XVI.

28. San Agustín, Tratados sobre el Evangelio de San Juan CXX, 2. BAC. XIV,
Madrid, 1965, 594-595.
29. San Agustín, Tratado sobre la Santísima Trinidad VIII, V, 7. BAC. V, 417-418.
158 LOS SACRAMENTOS

Pero una cosa es que los sacramentos se deriven de Jesucristo a


la Iglesia, e incluso que fueran instituidos por Cristo, y otra cosa
muy distinta atribuir a la institución de los sacramentos un matiz
jurídico, como pensó la teología medieval y la que hoy catalogamos
de tradicionalista.
Según santo Tomás, que sostiene con todo acierto que los sacra-
mentos transmiten la Pascua del Señor, a la hora de pensar en la ins-
titución como tal, dice que alguien instituye algo cuando da a una
cosa fuerza y vigor, como acontece con el legislador y la ley. Pero
esta visión jurídica supone que el sacramento equivale a un decre-
to-ley del Salvador.
En consecuencia, y según el enfoque jurídico, la institución no
tiende directamente a comunicar gracia, cuanto al poder de confe-
rirla por medio de elementos sensibles. De ahí que este modo de
pensar se preocupe por determinar cuáles son los elementos sensi-
bles que constituyen el sacramento.
Para decir que los sacramentos han sido instituidos por Cristo
hay que rechazar la vía jurídica, sencillamente porque el mandato
de celebrar el Bautismo y la Eucaristía no constituye una promul-
gación jurídica de Cristo, cuanto el imperativo-amoroso de cele-
brar lo mandado, sin interrupción, hasta que la Historia desembo-
que en Dios.
Teólogos hay que piensan que la institución de los sacramentos
se remonta al tiempo en el que aún no se habían escrito los evange-
lios, es decir, en el tiempo que va desde la Resurrección-Ascensión
de Jesús hasta la escritura de los primeros textos canónicos.
Otros teólogos, siguiendo a san Buenaventura, piensan que los
sacramentos fueron instituidos por Cristo a ruego de los apóstoles.
La teología de los grandes Reformadores y continuadores afirma
que únicamente la Eucaristía, entendida también como perdón de
los pecados, y el Bautismo, tienen origen jesuano, mientras que los
restantes sacramentos son debidos a la Iglesia medieval.
DIOS UNO Y COMUNIDAD TRINITARIA 159

Otros teólogos, protestantes y católicos, con mayor hondura,


piensan que los sacramentos son obra del Espíritu Santo en la
Iglesia y para la Iglesia.
El Concilio de Trento, como contrarréplica a la teología de los
Reformadores, afirma que los 7 sacramentos han sido instituidos
por Cristo, pero el Concilio no especifica qué entiende por instituir,
ni cómo fueron instituidos, ni cuándo ocurrió la institución.
Muchos teólogos liberales y modernistas del siglo XIX aseguran
que los sacramentos, al menos en lo que respecta a la institución, se
deben a la Iglesia de los Apóstoles o antigua, pero inspirándose en
Cristo.
Según otros teólogos de nuestros días, los sacramentos son crea-
ciones de la Iglesia instituida por Cristo como sacramento principal.
Lo que hoy se afirma con contundencia, y tiene un alto porcen-
taje de credibilidad y verosimilitud, es que la Iglesia, conducida por
el Espíritu Santo, cree y practica que los sacramentos han sido ins-
tituidos en ella, como visibilidades del Jesucristo Resucitado, para el
equilibrio de la historia humana. De hecho, la Iglesia no surge mien-
tras el Espíritu Santo no ilumina al grupo de Jesucristo para que cre-
yera en el Muerto-Resucitado y, sin fe en el Muerto-Resucitado, no
sólo es imposible la Iglesia como gran sacramento de Cristo, sino
los 7 sacramentos como visibilidades de la fe en el Jesucristo Resu-
citado y celebrado en la Iglesia.
Que el Espíritu Santo explica a la Iglesia quién es Jesucristo y su
obra, está fuera de duda para los creyentes. Sin el Magisterio del
Espíritu Santo, los discípulos de Jesucristo nunca se hubieran cons-
tituido en Iglesia, y menos aún en Iglesia de Jesucristo, precisamen-
te porque el Nazareno terminó de tal manera que el hecho de atri-
buirle intención fundacional hubiera sido una locura.
La Eucaristía, que parece tan diseñada y perfilada por el Jesús
histórico, es completada por la Iglesia con el Viernes Santo, cuando
el Nazareno ya no estaba en la tierra. Cierto que en la misma Cena
se habla de entrega, y esto se ha interpretado como profecía cum-
160 LOS SACRAMENTOS

plida el Viernes, pero más que de profecía en términos estrictos


habría que hablar de profecía en acción, ya que el factor tiempo es
importante en la profecía, y no tanto un suceso ocurrido de un día
para otro que, aunque difícil, no es imposible predecir.
Sea lo que fuere de todo esto, lo cierto es que el Espíritu Santo
hizo ver a la Iglesia, dispersada por el escándalo de la Cruz y reuni-
da y perdonada por Jesucristo en sus apariciones, que los acon-
tecimientos ocurridos durante el Jueves santo, Viernes, Sábado y
Domingo de Resurrección, es cuanto debe celebrarse en la Cena,
cargada de promesas, que celebró Jesús con los discípulos, una vez
Resucitado, y que sigue celebrando la Iglesia hasta que la Historia
desemboque y entre, definitivamente realizada, en Dios.
¿Fueron instituidos los sacramentos directamente por Jesucristo?
De este tema ya se ha hablado bastante, pero conviene insistir,
aun a riesgo de repetirse.
El Misterio Pascual constituye la máxima densidad de los sacra-
mentos cristianos, y de la Pascua mana la gracia transmitida por los
sacramentos, como reconoce el Concilio Vaticano II: “Por tanto, la
liturgia de los sacramentos y de los sacramentales hace que, en los
fieles bien dispuestos, casi todos los actos de la vida sean santifica-
dos por la gracia divina que emana del misterio pascual de la pasión,
muerte y resurrección de Cristo, del cual todos los sacramentos y
sacramentales reciben su poder, y hace también que el uso honesto
de las cosas materiales pueda ordenarse a la santificación del hom-
bre y a la alabanza de Dios”30.
Según la tradición litúrgica más antigua de la Iglesia, la teología
de los sacramentos no buscó su punto de arranque y apoyo en la
unión hipostática del Verbo-Dios con el judío-Jesús, cuanto en la
Pascua de Cristo, incluyendo en la Pascua el nacimiento de la Iglesia
o hecho cristiano.

30. Constitución sobre la sagrada Liturgia 61; Cf. José Cristo Rey García Paredes,
o.c., 161-181.
DIOS UNO Y COMUNIDAD TRINITARIA 161

Este planteamiento es cierto en teología, pero que la Liturgia no


junte Encarnación y Pascua no me parece adecuado, pensando, sobre
todo, en el orden de la Salud para nosotros, ya que, desde el “para
nosotros”, y con anterioridad a la Pascua, acontece el Misterio de
la Encarnación, y la Encarnación, en sí, ya es Pascua, y en este
Misterio, cumulativamente, acontece todo el Misterio de Cristo,
aunque sea secuenciado en la Historia de la Salvación gradual y
pedagógicamente.
La unión entre Encarnación y Pascua tiene su fundamento en la
persona de Jesucristo. El Cristo Encarnado se relacionó con la huma-
nidad siendo salud y sacramento del Padre para nosotros desde el
mismo momento de la Encarnación, durante su campaña pública y,
cómo no, en los acontecimientos de su Muerte-Resurrección, como
gran contenido de los sacramentos que remiten a una celebración
definitiva, pero sin símbolos ni sacramentos.
Si los sacramentos fuesen una caja, con perdón del ejemplo, en
ella encontraríamos el Misterio de la Encarnación junto con la vida,
obra, muerte, resurrección, ascensión y entronización de Jesucristo
a la derecha de Dios-Padre como Dios y hombre que es. Más sen-
cillamente. Encontraríamos que el contenido del sacramento es la
persona de Jesucristo ofrecida al creyente en los alimentos terrenos
de los sacramentos.
Que Jesucristo celebró con los suyos muchas veces la Pascua judía
y que, al final de su vida, celebró su Pascua propia, en el contexto de
la judía, es un hecho. Que Jesucristo encargó a los suyos que cele-
braran su Pascua hasta el final de los tiempos, en su Memoria, tam-
poco es controvertible. Ahora bien, además de su Pascua, ¿instituyó
Jesucristo minuciosamente el ceremonial? ¿Instituyó Jesucristo los
signos o medios a través de los cuales nos comunica la historia
y contenido de su Pascua? Más en concreto. ¿Instituyó Jesucristo
minuciosamente la forma de lo que la Iglesia denomina sacramentos
de Cristo?
162 LOS SACRAMENTOS

Afirmar o negar que los sacramentos fueron o no instituidos por


Jesucristo es afirmar o negar poca cosa. Lo importante es que el
propio Jesucristo se ha hecho una realidad con los sacramentos,
pero no como quien se instala en ellos como en un apartamento,
sino como quien es los sacramentos y los sacramentos son él. Así,
más importante es que los sacramentos son Cristo y que Cristo es
los sacramentos, que la misma gracia comunicada por los sacra-
mentos. Y es que Jesucristo-gracia es quien se dona en los sacra-
mentos, y no únicamente su gracia.
Jesucristo se ha vinculado a un signo-simbólico, lo mismo que el
Verbo se unió con un hombre concreto, para darse y comunicarse
como salud, y esto es lo que constituye, fundamentalmente, la ins-
titución o mismidad de Jesucristo con los sacramentos. En una pala-
bra, que así como el ser de Cristo es Cristo, el ser de los sacramen-
tos es el mismo Cristo.
¿Cómo se auto-instituye Cristo en los sacramentos?
No se puede demostrar que el Jesús histórico haya fundado
todos los sacramentos por un acto específico de su voluntad, y que
los entregara a su Iglesia bien perfilados y delimitados, sino más
bien como realizaciones abiertas31.
¿Cómo han de entenderse los textos del Nuevo Testamento alu-
sivos a los Sacramentos?
Jesucristo proclama una donación de salud vinculada al naci-
miento simbólico de las aguas bautismales fecundadas por el Espíritu
Santo. Así, el bautismo de Juan, recibido por Jesús, está anunciando
el nuevo Bautismo según Jesucristo32.
Jesucristo proclama una donación de salud vinculada al pan y
al vino, apuntada abundantemente en las comidas celebradas por
el Jesús histórico con toda clase de gentes, pero como signo,

31. Mt 11, 4-6.


32. Hch 1, 5; 8, 14-16; Jn 3, 3-8.
DIOS UNO Y COMUNIDAD TRINITARIA 163

además, de que quiere quedarse con los suyos para encontrarse a


diario con ellos33 en la Eucaristía.
Jesucristo proclama una donación de salud vinculada a la per-
manencia con los suyos hasta el fin de los siglos para proclamar, en
compañía de los cristianos, el Reino, y en esa proclamación se per-
fila la Confirmación. De modo que así como el Espíritu Santo des-
ciende sobre Jesús para acompañarle, el mismo Espíritu Santo
acompaña a todos los bautizados en la proclamación del Reino34.
Jesucristo proclama una donación de salud vinculada al Perdón.
Y esta donación la imparte Jesús en los banquetes eucarísticos cele-
brados con los pecadores35.
Jesús proclama una donación de salud vinculada a la fe, oración,
unción, confesión de pecados e imposición de manos. Él mismo
efectúa muchas curaciones con procedimientos similares, y encarga
a los suyos que hagan lo mismo, perfilándose así la Unción de los
enfermos para la sanación aquí y para la resurrección final36.
Jesús proclama una donación de salud vinculada a la capacidad
de servicio, y adiestra a los suyos para que ejerzan esa capacidad
como un ministerio en favor de la comunidad37.
Jesús proclama una donación de salud como nueva ordenación
de la Alianza referida y realizada en el amor de un hombre por una
mujer y de una mujer por un hombre38.
Jesucristo realiza con hechos la donación vinculada a los sacra-
mentos, adelantando la salud definitiva, y realizando personalmente
cuanto ordena que se haga en su Nombre. Así, por ejemplo, se bau-
tiza, cura a los enfermos, multiplica el pan y los peces, sirve y lava los
pies, resucita a los muertos, perdona y ama incondicionalmente.

33. 1Cor 11, 22-25; Mt 26, 16-28; Mc 14, 22-24; Lc 22, 19-20.
34. Hch 8, 17; 19, 5-7.
35. Mc 2, 1-12; Lc 15, 11-32.
36. Mc 6, 12-13; Sant 5, 13-20.
37. Hch 6, 5-6; 1Tim 4, 6-16; 2Tim 1, 6-18; 1Pe 2, 5-9; Ap 1, 6; 5, 10; 20,6; Flp 2,
17; Heb 13, 15; Rom 15, 16.
38. Mt 19, 3-12.
164 LOS SACRAMENTOS

En una palabra, que Jesús es la salud única comunicada median-


te signos y símbolos distintos en orden a acercarse a la persona y
aplicarle su Redención en todas y cada una de las etapas de la vida.
Jesucristo es autor y origen de los sacramentos porque él, como
Dios-visible-humanado, es el sacramento-primordial de la salva-
ción. En consecuencia, los sacramentos de la Iglesia son imágenes
reales del Misterio-sacramento de Cristo porque, en cuanto hom-
bre, Jesucristo es portador y signo eficaz de la salud de Dios.
Finalmente, así como los sacramentos del Antiguo Testamento
salvaban porque eran realizaciones de la Palabra prometedora de sal-
vación, Cristo es Salvador porque es la Encarnación de la Palabra,
tanto antigua como nueva, hecha hombre. De ahí que los sacramen-
tos del Antiguo Testamento salvaran, con anterioridad a la venida his-
tórica de Cristo, porque realizaban lo que la Palabra proponía. Cristo,
en consecuencia, no ha inventado la Palabra, sino que, por serla, la
realiza. Tampoco inventa los signos, sino que los emplea y potencia.
El sacerdote que celebra la Cena del Señor y administra los
sacramentos no es ni autor de la Cena ni dueño de la Gracia pro-
ducida por los sacramentos. El sacerdote es una persona que ayuda
a Cristo a repartir a los hombres la gracia de la Redención. Tan ver-
dad es esto que, permaneciendo el sacerdote en conciencia de peca-
do, Cristo dona su gracia a los que la reciben con tal de que el sacra-
mento se realice y reciba como quiere la Iglesia.
Jesucristo, como autor de parábolas, de signos, de símbolos, de
milagros y de sacramentos, él mismo era y es el contenido de pará-
bolas, signos, símbolos, milagros y sacramentos39.
El milagro de las Bodas de Caná llama la atención de la poetisa
cubana Dulce María Loynaz por ser el más juguetón, “niño”, casi
arrancado a la fuerza, y recogido únicamente por el evangelista Juan40.

39. Cf. S. Marsili, Sacramentos, Nuevo diccionario de liturgia, Paulinas, Madrid,


1987, 1797-1813.
40. Dulce María Loynaz, Poema CXVI, Poesía completa, Editorial Letras cubanas,
La Habana, Cuba, 1993, 138-139.
DIOS UNO Y COMUNIDAD TRINITARIA 165

IV
EL ESPÍRITU SANTO Y LOS SACRAMENTOS

La celebración de los sacramentos está presidida por el Espíritu


Santo, intérprete fiel de Jesucristo y de su obra, en orden a que no
erremos en la celebración de los misterios sagrados.
El Espíritu Santo, en consecuencia, es quien activa, en la
Anámnesis de la Eucaristía, la vida, obra y persona de Jesucristo.
El Espíritu Santo conduce a los cristianos, en alas de la fe, a los
acontecimientos sagrados ocurridos en la persona del Salvador,
pero tal y como esos acontecimientos salvadores ocurrieron ante
Dios. De ahí que seamos hoy tan contemporáneos de la Cena de
Jesús como lo fueron Pedro y Juan, precisamente porque, si todo eso
ocurrió ante Dios, Dios está en la Historia, y no sólo en un momen-
to, sino en la totalidad de la Historia.
El rostro del Espíritu Santo no se ha perfilado y desarrollado en
Occidente tanto como en Oriente, pero entre los occidentales no es
extraño que haya sido así, ya que la teología occidental ha insistido
mucho en la categoría de persona, y ha personalizado, en conse-
cuencia, el Misterio de Dios uno y trino. Por otra parte, el Verbo es
quien se ha hecho hombre y su persona es tan próxima y querida
que todo el cristianismo occidental está muy configurado con
Jesucristo, prototipo de persona.
San Agustín, aunque no sea más que una salida de buen humor,
dice que el Espíritu Santo ni se hizo paloma ni vino a redimir a los
palomos41. Con esto quiere decir el santo que es mucho más ase-
quible Jesucristo que el Espíritu Santo.
Ahora bien, que ha sido y sigue siendo el Espíritu Santo el pre-
sidente de los sacramentos del Cristo Resucitado es evidente. Si el
Espíritu Santo no hubiera explicado a los apóstoles y discípulos el
sentido de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, el cristianis-

41. San Agustín, El combate cristiano, XXV, 24 BAC, XXI. Madrid, 1973, 449.
166 LOS SACRAMENTOS

mo aún estaría por nacer. De ahí que sea el Espíritu Santo el que nos
traslada desde lo visible a lo invisible, desde los sacramentos corpo-
rales a los sacramentos espirituales42, y sea a él a quien debemos
pedir que obre en todos y cada uno de los cristianos las promesas
de su Pentecostés, según la plegaria ardiente del poeta:

“¡Quémame, Lengua de Fuego!


¡Sopla después sobre las hachas incendiadas
y espárcelas por el mundo
para que tu llama se propague!
¡Transfórmame en tus brasas
para que yo queme también como tú quemas,
para que yo marque también como tú marcas!
¡Deshazme con tu tempestad,
Espíritu violento y dulcísimo,
y rehazme cuando quieras,
y ciégame para que los prodigios de Dios se realicen,
e ilumíname para que tu gloria se irradie!
¡Espíritu, tú que eres la boca de todas las sentencias,
tócame para que mis hermanos desconocidos y longincuos y
extraños,
comprendan mi habla según todos los oídos que creares!
¡Me excederé en mis límites,
creceré en todas las distancias,
seré la palabra trascendente, la profecía, la revelación
y las realidades!
¡Devórame, renuévame, resucítame en tu voluntad creadora
delante de la muerte y delante de la nada!
¡Aguza mi intuición,
descansa en mis pupilas,
agita mi lentitud,
hazme numeroso como tú,

42. San Agustín, Carta 55, V, 9. BAC. VIII, 318.


DIOS UNO Y COMUNIDAD TRINITARIA 167

cubre todo mi cuerpo de párpados que atalayen todas las


longitudes y todas las latitudes
y expectativas y anunciaciones y partos y concepciones
y generaciones y siglos de siglos!
Resurgiré de todos los vientres
y volaré en un sentido de perpetuidad sobre las aguas y sobre las
tierras.
¡Desátame, Espíritu Paráclito! ¡Corta mis lazos,
sopla la tierra que hay sobre mi sepultura!
¡Lléname de tu verdad y conságrame tu moderno apóstol!
¡Amo como poeta la forma en que te presentaste a la asamblea del
Cenáculo,
y siento tu presencia,
tu aproximación, tu unción sobre mi alma!
¡Dame tu fecundidad sobrenatural,
tu heroicidad y tu luz!
¡Úngeme tu sacerdote,
tu soldado, tu vino, tu pan,
tu semilla, tus perspectivas!
¡Espíritu Paráclito, te amo con mis cinco sentidos,
con mi imaginación,
con mi memoria, y con los otros dones poéticos y proféticos y
reconstituidores
que ultrapasan mi espesa materia y mi espíritu traslúcido!
Soy tu ramo de olivo que traes de los diluvios constantes de la
humanidad,
y cuyo óleo ungirá mis iguales y los desiguales a mi tamaño.
¡Espíritu Paráclito, tú que eres el único pájaro que desciende en mi
noche untuosa,
perfora mis ojos para que vea más,
para que penetre la unidad que tú eres,
para que suba de mi pequeñez y me abata en ti!”43.

43. Jorge de Lima, Espíritu Paráclito, Emilio del Río, o. c. 235-237.


9
IGLESIA Y SACRAMENTOS

Toda la vida de la Iglesia está centrada en los sacramentos. Más


aún, la Iglesia es sacramento y soporte del Misterio de Jesucristo, y
su presencia en el mundo se debe a que Dios proclama en ella su
Palabra e invita a que la coman visiblemente en los sacramentos1.
Puesto que los sacramentos son las supremas celebraciones litúr-
gicas de la Iglesia, la comprensión de los sacramentos está regida y
condicionada por una recta concepción de la Iglesia. Es decir, que
la inteligencia de los sacramentos depende de lo que entendamos
por Iglesia.
Pues bien, por Iglesia se ha entendido la “cristiandad” extendida
por todo el mundo. Es decir, que la Iglesia abarca a todo el mundo
y, en consecuencia, todo el mundo es posesión de la Iglesia y, for-
zosamente, Iglesia.
Por Iglesia se ha entendido, también, el Reino de Dios anuncia-
do por la Iglesia e identificado con ella, olvidando que la Historia no
se ha cerrado, y que sólo a Dios pertenece ultimarla y descubrir defi-
nitivamente su Reino.
Por Iglesia se ha entendido, y es lo correcto, la presencia de
Jesucristo en la Historia para sanar a la humanidad, siendo la Iglesia,

1. Cf. Adrien Nocent, El año cristiano y sus implicaciones en la espiritualidad y la


catequesis, Selecciones de Teología 22 (1967) 143-146; P. De Clerck,
Sacramentos, Iglesia, Mundo y Reino, Selecciones de Teología 69 (1979) 3-14.
170 LOS SACRAMENTOS

en consecuencia, el lagar, la casa de oración, el hospital y lugar de


la fe donde trabajan Dios y los cristianos en favor de la humanidad.
La visión correcta de los sacramentos, pues, dependerá de la
recta comprensión de la Iglesia. De ahí que el verdadero lugar de los
sacramentos sea la Iglesia y no puedan separarse, para su estudio y
celebración, de la Eclesiología. Por eso, la comprensión de la Iglesia,
como sacramento derivado de Jesucristo, permite situar los sacra-
mentos en el corazón de la Iglesia y, a su vez, la Iglesia tiene con-
ciencia de serlo en la medida en que celebra los sacramentos2. De
manera que así como Jesucristo es el traductor y actualizador del
Misterio de Dios-Padre para la humanidad, lo sigue siendo hoy,
mediante la Iglesia y de los cristianos, para los creyentes de todos los
tiempos, así como para los hombres y mujeres de otras Religiones o
de sin Religión alguna.
La Iglesia es sacramento y sustrato de todo sacramento porque
“está caracterizada por el sacramento de la Trinidad”3. Por eso, si
todo cristiano ha sido bautizado en nombre de Dios Padre, Hijo y
Espíritu Santo, también la Iglesia ha sido bautizada en la Trinidad,
de lo contrario, no podría bautizar. De ahí que la Iglesia sea la pri-
mera bautizada, para bañar, a su vez, a sus hijos, así como el lagar
donde se prensan los sacramentos4.
La teología actual, iluminada por el Concilio Vaticano II, profe-
sa que la Iglesia es la señal o sacramento de la íntima unión con
Dios y con la humanidad; que los sacramentos son las realizaciones
de la Iglesia, y que la Iglesia es el sacramento derivado de Jesucristo.
Con todo, sólo a partir de la Edad Media cuenta el Magisterio de la
Iglesia con una doctrina común sobre los sacramentos.

2. Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Iglesia, 11; P. Smulders, Sacramentos


e Iglesia, Selecciones de Teología 13 (1965) 7-15.
3. San Agustín, Ochenta y tres cuestiones diversas 57, 2. BAC. XL Madrid, 1995,
151.
4. San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos 80, BAC. XXI, 122-123.
IGLESIA Y SACRAMENTOS 171

La Iglesia es sacramento porque contiene a Cristo para difundir-


lo. Si no lo hace, deja de ser sacramento de Cristo.
La Iglesia no establece Alianza ni Memorial por sí misma, sino que
proclama lo que ha hecho su Señor por ella, por todos y para todos.
Los sacramentos son los materiales más excelsos de la Iglesia,
pero no son los únicos medios que canalizan la salud de Dios, pues
también hay en la Iglesia otros medios saludables más pequeños,
pero acaso más íntimos. Dice la Escritura: “Donde están dos o tres
reunidos apelando a mí, allí, en medio de ellos, estoy yo”5.

Apellidos sacramentales que la Escritura aplica a la Iglesia


San Pablo llama a la Iglesia: Pléroma, Cuerpo y Esposa de
Jesucristo. Estos, pues, son los grandes apellidos bíblicos de la Iglesia
que vamos a examinar, pero, antes de hacerlo, bueno será que acti-
vemos la relación existente entre los sacramentos y el Misterio de la
Trinidad, según lo expuesto en otro apartado, en orden a que no
queden desvinculados del Misterio central del cristianismo.
El Misterio Trinitario, según nos ha comunicado Jesucristo y
enseña la teología cristiana, es la expresión más plena de la realidad
de Dios. De ahí que todo cristiano debe saber que en el interior de
la comunidad trinitaria el Padre es Dios total, el Hijo es Dios total,
y el Espíritu Santo es Dios total y lazo de amor y de unión entre
las tres personas divinas. Pues bien, la función que desempeña el
Espíritu Santo dentro del Misterio de la Santísima Trinidad, la ejer-
ce en la Iglesia mediante los sacramentos, pues los cristianos, gra-
cias a su docencia, creemos que los sacramentos no dan 7 Cristos,
sino un único Jesucristo; no 7 gracias, sino una única gracia; no un
trozo de gracia cada uno, o la gracia en trozos, sino todos ellos, y
cada uno, la gracia por entero, aunque Jesucristo se haga presente
con sus sacramentos, y redima de modo especial las diversas etapas
de la vida del cristiano. Más aún. El Espíritu Santo hace ver que así

5. Mt 18, 20.
172 LOS SACRAMENTOS

como en el interior de la Trinidad él es el lazo de la buena armonía


entre las personas divinas, esa función la desempeña, como alma de
la Iglesia, mediante los sacramentos. En suma, el Espíritu Santo, por
ser el lazo de unión en el interior misterioso de la Trinidad, “es el
nudo con el cual Cristo nos liga firmemente consigo”6.
Después de este pequeño engarce entre Trinidad y sacramentos,
prosigamos con los apellidos sacramentales de la Iglesia.

La Iglesia es pléroma de Jesucristo


Los autores de las cartas a los Colosenses y Efesios llaman a
Jesucristo pléroma de Dios, en el sentido de que Dios, como pleni-
tud, quiso habitar corporalmente en Jesucristo7. En los mismos
documentos también se llama a la Iglesia pléroma de Jesucristo, en
el sentido de que Jesucristo es cabeza de la Iglesia que llena el uni-
verso como cuerpo encabezado por su Señor8. A su vez, el cristiano
se hace en la Iglesia pléroma de Cristo porque, mediante la Iglesia,
ha obtenido su plenitud en Cristo9.
Pléroma puede entenderse en sentido pasivo y activo. Pasivo,
cuando lo que se tiene ha sido recibido de otro. Activo, cuando se
comunica lo que ha sido recibido.
Pléroma es un concepto sacramental porque une en sí un conte-
nido invisible (la vida de Dios) en un continente visible (la estructu-
ra de la Iglesia). El continente es elemento transmisor necesario
para que el contenido trascendente llegue al destinatario.
La Iglesia, como pléroma, aunque no tenga en exclusiva la distri-
bución de su contenido, sí que tiene en posesión plena el contenido
porque Dios se ha volcado sobre el recipiente sin restricciones10.

6. Juan Calvino, Institución de la religión cristiana I, III, I, 1, Feliré, Capellades


(Barcelona) 1994, 401.
7. Col 1, 19; 2, 9; Ef 3, 19.
8. Ef 1, 22; 4, 13.
9. Col 2, 11.
10. Jn 1, 14.
IGLESIA Y SACRAMENTOS 173

La Iglesia es el cuerpo de Jesucristo


“Cuerpo” es otro de los apellidos bíblicos de la Iglesia. Por eso,
así como la corporalidad es necesaria para todo sacramento, eso es
lo que afirma este apellido al llamar a la Iglesia cuerpo de Jesucristo.
Pablo emplea el sustantivo “cuerpo” para exponer la unidad de la
Iglesia en su diversidad orgánica y funcional. Jesucristo es la cabeza
del cuerpo de la Iglesia, como motor del organismo completo, y
fuente única de la que procede la vida de la Iglesia11.
Cuando la Escritura dice que la Iglesia es el cuerpo vivificado por
Cristo, se ha de entender que Cristo la anima como el alma al cuer-
po, pero con una energía propia de quien no puede morir después
de resucitado, y no sólo eso, sino con la energía que Jesucristo tiene
en propiedad por ser Dios12.
Pablo no habla de “cuerpo” en sentido figurado o metafórico
para referirse a la sociedad organizada de la Iglesia. Cuando Pablo
emplea la palabra “cuerpo” en el contexto en el que estamos hablan-
do, lo hace en sentido judío. Es decir, que entiende por “cuerpo” el
físico. Por eso, cuando Pablo habla de la unión del cuerpo del cris-
tiano con el de Cristo hay que entenderlo de modo real.
Según Pablo, el cuerpo del cristiano es cuerpo-templo del Señor,
y será resucitado por Dios como el de Jesucristo. Se trata, pues, de
un cuerpo muy real, ya que lo compara con la unión sexual que
hace de dos cuerpos uno13.
Por cuerpo, según san Pablo, ha de entenderse el universo en el
que habita Dios, cielo y tierra, cuerpo humano y humanidad. En
una palabra, el universo que Cristo lleva en germen como nueva
criatura14.

11. Col 1, 16; 2, 19.


12. Rm 6, 1-11.
13. 1Cor 6, 12-20; 10, 17; Rm 12, 4-5; Col 2, 11-13; 3, 9-11; Ef 2, 18.
14. Cf. Pierre Benoît, Cuerpo, Cabeza y Pléroma en las epístolas de la cautividad,
Selecciones de Teología 4 (1962) 267-277.
174 LOS SACRAMENTOS

La Iglesia es la esposa de Jesucristo


“Esposa” es otro apellido de la Iglesia. Pablo dice a la comunidad
de Corinto que la ha desposado con Cristo15. Con esta compara-
ción, el Apóstol se hace eco de los profetas, que presentan a Israel
como esposa de Yahvé, aunque las infidelidades desprestigian a
Dios. Por eso, Pablo teme que la Iglesia de Corinto desacredite a
Cristo lo mismo que Israel a Yahvé.

Consecuencias
1. La Iglesia es sacramento de Dios porque forma (es) un solo
cuerpo con su Señor. 2. La Iglesia debe comportarse con el mundo
y en el mundo como Jesucristo con la sociedad de su tiempo, aun-
que esto no excluya que Cristo y la Iglesia estén sometidos a la
ambigüedad de lo histórico.

La Iglesia como sociedad de culto


La Iglesia es la sociedad que posee los sacramentos para cele-
brarlos y escenificarlos en los actos de culto. Por eso, en tanto es
Iglesia en cuanto se reconoce a sí misma en los sacramentos: “De
este modo llegamos a una definición más precisa de los sacramen-
tos. Son éstos un acto cultual de la Iglesia, en el que ésta, en comu-
nión de gracia con su cabeza celeste, Cristo, implora del Padre la
gracia para aquél que recibe el sacramento, y al mismo tiempo los
sacramentos son también una actuación santificante de la misma
Iglesia en cuanto comunidad de santificación en santa unión con
Cristo”16.
Una comunidad se reconoce Iglesia en la celebración de la Cena,
y reconoce que es Iglesia celebrando la Eucaristía con los hermanos.
Y es que en los actos del culto es donde los cristianos se entienden

15. 2Cor 11, 1-4.


16. E. Schillebeeckx, Cristo, sacramento del encuentro con Dios, o. c. 84.
IGLESIA Y SACRAMENTOS 175

entre sí y cobra consistencia el grupo, ya que toda sociedad, para


pervivir, necesita de acciones generadoras de identidad. De modo
que los sacramentos son para los cristianos, además de señas de
identidad, el ámbito donde se origina toda una cosmovisión e inter-
pretación de la Historia a la luz de lo que se celebra en el culto.
La Iglesia es el lugar donde Dios dirige la palabra a cada cristia-
no, invitándole a comunicar con él por la fe17 y con los hermanos
que profesan la misma fe.

La Iglesia como sacramento de salvación en la historia


La Iglesia, entendida como sacramento de salvación, quiere decir
que Dios sigue salvando en la Historia mediante la Iglesia, como en
otro tiempo salvó por medio de Israel, de Jesús y de cuantos media-
dores se ha servido para salvar al mundo18.

La Iglesia como sacramento de unidad


Así como el Verbo se une a la humanidad en lazo tan íntimo que
ni Dios ni el hombre pueden romperlo, la Iglesia debe testimoniar
esta unión de Dios con el hombre, no tanto para constituir una
sociedad unida, que también a eso debe tender, cuanto para unir los
hombres con Dios, como fundamento de toda unidad. De ahí que
la Iglesia debe conformarse con ser la figura transitoria del reino de
Dios en la Historia, pues no es en ella donde desemboca la Historia,
sino que ella desemboca en el Reino de Dios y hacia Él quiere que
camine la Historia.
Los sacramentos son medios de unidad. Por eso, si el Bautismo
hace de los cristianos pueblo de Dios, la Eucaristía transforma al
pueblo en cuerpo de Jesucristo.

17. Cf. A. Nocent, a. c., Selecciones de Teología 22, 143-14; T. García Barberena, a.
c., Concilium 38, 161-169.
18. San Agustín, Carta 187, XI, 34. BAC. XIa, 557-558; Cf. K. Rahner, Iglesia y
sacramentos, Selecciones de Teología 4 (1962) 231-239.
176 LOS SACRAMENTOS

La Iglesia como sacramento del mundo


La Iglesia del Concilio Vaticano II sabe que es sacramento de
Cristo para estar al servicio de la humanidad. La Iglesia del
Concilio Vaticano II entiende que la salvación de Dios pasa por
un grupo, como pasó por otro, antes de que fuera fundada, aun-
que, hablando con mayor precisión, la Iglesia comenzó con Adán
y Eva, pues a ese grupo o pareja se le encomendó la transmisión
de la salvación.
Gertrud von le Fort canta la antigüedad de la Iglesia en estos
términos:

“Tengo aún flores salvajes en los brazos, tengo aún los


cabellos mojados por el rocío matinal de los valles pri-
mitivos.
Conozco aún oraciones a que prestan oídos los campos, sé aún
cómo se calman las tormentas y cómo se bendice el agua.
Llevo aún en mi seno los secretos de los desiertos, llevo aún
sobre mi frente los nobles sistemas tejidos por los pensa-
dores grises.
Porque soy madre de todos los hijos de la tierra: ¿qué tienes
que insultarme, mundo, porque me atrevo a ser grande
como mi Padre celestial?
¡Ya ves, en mí se arrodillan pueblos que han desaparecido
hace tiempo, y desde mi alma muchos paganos claman
hacia lo eterno!
Yo estaba secretamente en los templos de sus dioses, estaba
oscuramente en las máximas de sus sabios.
Yo estaba sobre las torres de sus observatorios, estaba con las
mujeres solitarias sobre las cuales soplaba el espíritu.
Yo era el deseo de todos los tiempos, la luz de todos los tiem-
pos, yo soy la plenitud de los tiempos.
Yo soy lo que los reúne, el gran rasgo de unión, soy su unidad
eterna.
IGLESIA Y SACRAMENTOS 177

¡Yo soy la encrucijada de todas sus calles; en mí es donde los


milenarios están en marcha hacia Dios!”19.

La Iglesia de hoy, gracias al Concilio Vaticano II, ha asimilado


que, como Iglesia de Dios, forma un grupo con todos los hombres
y culturas que se oponen al mal y contribuyen al equilibrio de la
humanidad. Y es que, más que nunca, la Iglesia actual se autocon-
cibe como anunciadora del Reino, y no como el Reino ya realizado.
La Iglesia, por autocomprenderse mejor que nunca, se contenta
con ser una referencia cualificada que apunta al centro de todo,
Cristo, en orden a que Jesucristo desemboque todo en Dios. Por eso,
el Concilio Vaticano II dice: “Por ser Cristo luz de las gentes, este
sagrado Concilio, reunido bajo la inspiración del Espíritu Santo,
desea vehementemente iluminar a todos los hombres con su clari-
dad, que resplandece sobre la faz de la Iglesia, anunciando el evan-
gelio a toda criatura. Y como la Iglesia es en Cristo como un sacra-
mento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la
unidad de todo el género humano, insistiendo en el ejemplo de los
concilios anteriores, se propone declarar con toda precisión a sus
fieles y a todo el mundo su naturaleza y su misión universal. Las
condiciones de estos tiempos añaden a este deber de la Iglesia una
mayor urgencia, para que todos los hombres, unidos hoy más ínti-
mamente con toda clase de relaciones sociales, técnicas y culturales,
consigan también la plena unidad en Cristo”20.

El mundo como sacramento de la Iglesia


Junto a la visión de la Iglesia como sacramento del Mundo, no
es menos cierto que la Iglesia ha de considerar el Mundo como su
sacramento, y acaso esta dimensión ha sido muy poco desarrollada

19. Gertrud von le Fort, Santidad de la Iglesia, I, Emilio del Río, o. c. 502-503.
20. Constitución dogmática sobre la Iglesia 1; Cf. J. Groot, La Iglesia como sacra-
mento del mundo, Concilium 31 (1968) 58-74.
178 LOS SACRAMENTOS

por la teología. Pero así como la humanidad y la materia se aden-


tran en el psico-organismo del Salvador, también el mundo, con
toda su complejidad, entra en la sacramentalidad de la Iglesia por-
que la Iglesia es Mundo, es Historia, y está en el Mundo.
Un exponente de todo esto lo tenemos en los soportes terrenos
de los sacramentos. De manera que así como el sacramento no es
nada sin los soportes, los soportes tampoco son nada sin el Misterio
que corre por ellos. De ahí que la Iglesia, para expresar la grandeza
de Jesucristo, debe asumir lo mejor de las culturas en orden a poder
presentar a la humanidad el Jesucristo de Dios, lo mismo que Dios
escogió al judío Jesús para que fuera su mejor representante entre
los hombres.
10
LOS SACRAMENTOS, AUNQUE SON CELEBRACIONES
RELIGIOSAS Y MEDIOS A TRAVÉS DE LOS CUALES
SE VIVE LA RELIGIÓN, NO CONSTITUYEN REALIDAD
ALGUNA DIFERENTE DE LA RELIGIÓN, SINO QUE
SON LA RELIGIÓN MISMA

Los sacramentos y el Templo


La comunidad cristiana celebra los sacramentos reunida en
un templo. El templo cristiano, según se desprende de la Sagrada
Escritura, no ha sido construido por el hombre, sino por Dios1, y en
él reposa el Espíritu Divino como en su mejor morada.
Jesucristo no sólo celebra fiestas y comidas religiosas en pleno
descampado, aunque nada más sagrado que el campo, sino que
también celebra fiestas y comidas religiosas en casas, tanto de judí-
os piadosos como de judíos pecadores pero, al igual que del campo,
de la casa hay que decir que nada más sagrado que ella, pues en su
interior habitan los hombres y mujeres creados a imagen y seme-
janza de Dios.
El cristianismo nació sin templos. Al inicio se sirvió del de
Jerusalén y de las sinagogas, pero pronto se construyeron edificios
de nueva planta para las celebraciones cristianas. En consecuencia,
si el cristianismo nace sin templos, puede vivir sin ellos, pero es muy
difícil que prescinda una vez que los ha construido.

1. Mc 14, 58; Jn 2, 19-21; 15, 1-11;Col 2, 9; Hb 3, 6; 9, 11; 1Cor 6, 15; 12, 27; 13,
16; 2Cor 6, 16.
180 LOS SACRAMENTOS

Los cristianos celebran en sus templos la Memoria del Salvador


en compañía de los hermanos de la tierra, pero en comunión con
los antepasados que celebraron esa misma Memoria. En conse-
cuencia, un templo cristiano, como el de toda Religión, es un espa-
cio tan denso y amado que constituye una injuria cualquier desa-
fuero contra él, pues supondría un atentado contra la Memoria de
Jesucristo y de los antepasados.
El templo ha de estar ordenado de tal manera que todo cuanto
haya en él, empezando por la fábrica material, sea un libro legible y
educativo.
Factor número uno en la realización de un templo es el arte, no
lo suntuario, sino el arte, porque, cuando el arte es sumo, de tal
modo se hermanan Estética y Misterio que no sabemos dónde
acaba la estética y comienza lo sagrado, ni dónde comienza lo
sagrado y termina la estética. El arte es de tal importancia en el tem-
plo dedicado al culto que, en muchas ocasiones, por el arte se llega
adonde la religión y el culto no alcanzan.
Pero el arte no es cualquier cosa. El arte es la realización más
compleja y simple que concurre en el mercado. Compleja, porque
es cruce de muchos caminos e ideologías. Simple, porque el arte no
nace por yuxtaposición de materiales, sino como resultado de la
refundición de los materiales en el crisol del artista.
Dice Ángel Ganivet que “la síntesis espiritual de un país es su
arte. Pudiera decirse que el espíritu territorial es la médula; la reli-
gión el cerebro; el espíritu guerrero el corazón; el espíritu jurídico,
la musculatura, y el espíritu artístico, como una red nerviosa que
todo lo enlaza y lo unifica y lo mueve. Suele pensarse que la religión
es superior al arte, y que el arte es superior a la ciencia, consideran-
do sólo la elevación del objeto hacia el cual tienden; pero visto
desde el punto de vista en el que yo me coloco, como fuerzas cons-
tituyentes del alma de un país, la superioridad depende del carácter
de cada país. En el fondo, ciencia, arte y religión son una misma
cosa; la ciencia interpreta la realidad mediante fórmulas; el arte,
LOS SACRAMENTOS, CELEBRACIONES RELIGIOSAS 181

mediante imágenes, y la religión, mediante símbolos, y rara es la


obra humana en que se encuentra una interpretación pura”...2.
En el arte, como apunta Ganivet, concurren muchos factores:
Naturaleza, Patria, Cultura, Historia, etc. Todos estos factores, y
muchos más, atañen al arte cristiano, pero el factor religioso incide de
modo especial. Y es que el cristianismo es una religión revelada, y
posee un sistema de vida con dogmas e ideología propios. Por tanto,
el arte cristiano tiene que ser un reflejo de la fe revelada y creída.
Así las cosas, una catedral o templo bien hechos deben ser un
buen tratado de teología desde la puerta de entrada hasta el exterior
del ábside. Si la vida del cristianismo se cimienta sobre la persona
de Jesucristo, todas las manifestaciones del cristianismo deben ser
auténticas prolongaciones sacramentales de su Señor en orden a
ejercer sobre el creyente la fuerza bienhechora de un sacramento.
En consecuencia, el arte cristiano auténtico no debe ser otra cosa
sino la presencialización de lo eterno en lo temporal. “El arte
Bizantino concede más importancia que cualquier otro arte a la
Encarnación del Hijo de Dios: el concilio de Nicea, en 787, enseña
que la veneración de los iconos se justifica, en último análisis, por-
que son una prolongación de la Encarnación. El icono se convierte
en un medio sensible, que comunica cierta gracia espiritual; su
misma materia se torna sagrada, pues el icono ha sido pintado des-
pués de un determinado número de días de ayuno y de oración, ha
sido bendecido, y sirve en las ceremonias religiosas. Llega a ser una
prolongación, lejana sin duda, pero real, de la humanidad deificada
de Jesús. El icono –o la estatua, el cuadro, y, en general, todos los
objetos sagrados– se torna así transparente y deja ver otra cosa, el
Cristo adorado evocado por él y adorado por nosotros”3.

2. Ángel Ganivet, Idearium español.-A, Obras Completas, I, Aguilar, Madrid,


1951, 512-513.
3. Charles Moeller, Literatura del siglo XX y cristianismo III, Gredos, Madrid,
1960, 104, n. 13.
182 LOS SACRAMENTOS

El templo es la principal manifestación del arte cristiano. Antes


que morada de Dios, el templo es casa del hombre y lugar de
reunión de la comunidad. Dios no se circunscribe a lugar alguno,
aunque se encuentre en las especies sacramentales reservadas en un
templo.
El templo, todo él, debe estar construido en función del altar, de
manera que así como toda pieza musical tiene una nota dominante,
la clave del templo es el altar.
Un templo cristiano debe ser un vivo reflejo del universo y esca-
lera por la que se sube y baja de la tierra al cielo y del cielo a la tie-
rra: “Tomando mis precauciones para que nadie me importunase y
poder estar libre a la hora de la cita, consagré algunas al descanso.
Pero la inquietud me abrasaba, y a las tres me fui a la catedral. Era la
hora del coro, y los canónigos entraban uno tras otro por la Puerta
del Perdón. Algunos se detenían a echar un parrafito en el Patio de
los Naranjos, paseando junto al púlpito de San Vicente Ferrer.
Al encontrarme dentro de la iglesia, la mayor que yo había visto,
sentí una violenta irrupción de ideas religiosas en mi espíritu.
¡Maravilloso efecto del arte, que consigue lo que no es dado alcan-
zar a veces ni aun a la misma Religión! Yo miraba aquel recinto
grandioso, que me parecía una representación del Universo. Aquel
alto firmamento de piedra, así como las hacinadas palmas que lo
sustentan, y el eminente tabernáculo, que es cual una escala de san-
tos que sube hasta Dios, dilataban mi alma, haciéndola divagar por
la esfera infinita”...4.
En este momento, sería conveniente un recorrido por el templo
cristiano, comenzando por la Iglesia primitiva, y pasando por el arte
Bizantino, Románico, Gótico, Renacimiento, Barroco y arte de
nuestros días, pero este despliegue excedería nuestro intento5.

4. Benito Pérez Galdós, Los cien mil hijos de San Luis, (Episodios Nacionales II),
O. C. Aguilar, Madrid, 1986-1990, 652-653.
5. Cf. J. M. Velasco, El malestar religioso de la cultura. o. c., 119-148.
LOS SACRAMENTOS, CELEBRACIONES RELIGIOSAS 183

Para una ordenación del espacio litúrgico


Una buena ordenación del espacio litúrgico se atiene a estos
principios:

1. Un espacio simbólico es el resultado del emplazamiento creado


por la arquitectura, música, disposición de objetos y actores en sus
funciones respectivas. Un espacio litúrgico, en consecuencia, “es
un lugar culturalmente construido y psíquicamente establecido”.
2. Los elementos del espacio litúrgico deben estar inter-relaciona-
dos y no de espaldas los unos a los otros. Un altar descontex-
tualizado no significa nada, por hermoso que sea.
3. Si los objetos significan, nos conducen a hablar con Dios median-
te Cristo.
4. La tradición no es sólo Palabra-texto, cuanto ethos o modo de
ser. Y el modo propio y característico de un espacio litúrgico
tiene fuerza iniciática. De ahí que del espacio litúrgico se pueda
decir que es una palabra visible. Por eso, el lugar de la celebra-
ción debe ser performativo, o ajustado a los celebrantes como el
cuerpo se adapta al vestido y el vestido al cuerpo.
5. El espacio litúrgico hay que cuidarlo no por arqueologismo, sino
por evangelización y catequesis.
6. El espacio litúrgico debe ser transicional o, lo que es lo mismo,
medio para el diálogo con Dios, como la nana conduce al sueño.
7. Los misterios de la Navidad, por ejemplo, tienen sus propios
contenidos y hasta su estilo, con sus signos y colores, para intro-
ducirnos mejor en los misterios sagrados que se celebran.

Jesucristo es la religión de los cristianos


El cristianismo es una fe, pero no es menos religión que fe. El cris-
tianismo tiene la particularidad de exigir fe a sus fieles. Esto es, que se
religuen, mediante una fe, con la persona en quien creen, así como
con las principales verdades que constituyen la doctrina cristiana.
184 LOS SACRAMENTOS

Para la inmensa mayoría de los cristianos, así como para los fie-
les de otras Religiones, el cristianismo es una Religión. ¿Por qué,
pues, aparece con tanta insistencia en los tratados actuales de teo-
logía que el cristianismo es una fe antes que una religión? ¿Qué sub-
yace en esa insistencia de los teólogos? ¿Será que presentando el
cristianismo como una fe se facilita el diálogo con otras Religiones,
en orden a no rivalizar con Religión alguna?
Pero el cristianismo es una religión que exige fe. Aún más. La
religión cristiana es Jesucristo y se exige fe en Jesucristo. De mane-
ra que Jesucristo es la persona-religión que nos vincula con Dios,
religándonos, al mismo tiempo, con el sacramento de la Iglesia y
con la Iglesia de los sacramentos.
En consecuencia, puede decirse, sin temor alguno, que los sacra-
mentos, y Jesucristo como meollo de los sacramentos, son las cere-
monias religiosas que los cristianos celebran en la Iglesia, religándo-
se con Jesucristo y con el Dios y Padre de Jesucristo.

El culto cristiano es Jesucristo


El culto cristiano es el Cristo celebrado en la liturgia de los sacra-
mentos. Es decir, que el culto cristiano no es otro que el Cristo cele-
brado y asimilado en los sacramentos.
El culto cristiano no consiste en unas ceremonias, sino en la
transformación de la existencia humana por el amor divino, porque
el culto, todo culto, establece una relación activa con Dios o con
los dioses6.
Los sacramentos cristianos no son exclusivamente medios de
gracia, sino actos de culto en los que se celebra y recibe la gracia del
Dios de Jesucristo. Qué sea la gracia, lo veremos en otro lugar.
Hoy se estiman mucho las mediaciones sacramentales de las
Religiones porque sirven para expresar la experiencia religiosa.

6. Ernest Cassirer, o.c. II, 271.


LOS SACRAMENTOS, CELEBRACIONES RELIGIOSAS 185

Jesucristo es para los cristianos el administrador de los dones de


Dios-Padre, y los dones de Dios, por excelencia, son los sacramen-
tos. Así, actuando y celebrando los sacramentos, rendimos a Dios el
culto más perfecto, pues nos servimos de los dones que Dios nos ha
dado en Cristo, y principalmente de Cristo como máxima donación
de Dios para nosotros.

El sacrificio cristiano es Jesucristo


El sacrificio de Cristo no fue ritual, pues no se celebró en lugar
sacro, aunque sí religioso, pues toda la tierra lo es, ni fue oficiado
por un hombre ordenado de sacerdote, aunque toda persona, por
serlo, es religiosa y más que sacerdote. El sacrificio de Cristo tam-
poco fue una fiesta, cuanto una ejecución jurídica por la que fue
condenado ignominiosamente7.
Según la carta a los Hebreos, la entrega de Cristo es un auténtico
sacrificio porque en él se dan: Expiación o redención por los pecados
de los hombres8; Alianza: ya que Cristo es Mediador perfecto entre
Dios y la humanidad9; Consagración: porque transforma al hombre
hasta el fondo y lo une con Dios10; Acción de gracias por la salvación
obtenida, siendo el mismo Jesucristo nuestra mejor acción de gracias
a Dios por la salvación que nos ha regalado en su Hijo11.
Sobre el sacrificio cristiano volveremos más adelante.

Fe y culto
¿Qué sentido tiene la participación en la Liturgia? ¿No basta con
tener fe? ¿Por qué hay que manifestarla? Estas preguntas se las hace
todo creyente.

7. Hb 11, 26.
8. Hb 9, 28; 10, 12.
9. Hb 9, 15-24; 13, 20.
10. Hb 5, 8-9; 10, 10; 13, 12.
11. Hb 2, 12; 13, 15; Cf. Albert Vanhoye, Culto antiguo y culto nuevo en la Carta a
los Hebreos, Selecciones de Teología 75 (1980) 252-256.
186 LOS SACRAMENTOS

La fe no es que haya que manifestarla, cuanto celebrarla, y toda


celebración constituye la exteriorización de lo que se celebra, y lo
que se celebra es lo que se cree. De ahí que el acto litúrgico sea fe
en acto o fe celebrada y, en consecuencia, visible.
Sobre la fe también insistiremos más adelante.

Los sacramentos como oración


Los sacramentos no son únicamente celebraciones de la fe creída,
sino que, al mismo tiempo, los sacramentos, celebrados y creídos, son
la auténtica oración de los cristianos, pues los sacramentos son “una
oración cultual de toda la Iglesia junto con Cristo intercesor, la cual
comunica infaliblemente la gracia pedida al sujeto religioso”12.
Si la celebración de los sacramentos es un acto cultual de fe, en
esa celebración ya entra la oración. En una palabra, que en la cele-
bración de los sacramentos unimos la fe con la que se cree a la ora-
ción con la que se ora lo creído, según dice el axioma: La fe ora y
la oración cree.
Por toda la estructura de la misa fluye una corriente de oración.
Así, la procesión de entrada y el rito penitencial o de perdón tienen
la virtud de apaciguarnos. Los ritos previos a la Palabra animan a
acogerla en auténtico estado de oración. Esto es: que la Palabra
resuene en mi silencio. Una vez acogida la Palabra, se le da el obse-
quio de la fe en el Credo, rubricado con el compromiso de la
Oración Universal. La dimensión orante alcanza su cumbre en los
dones, pues la comunidad se ofrece en el pan y en el vino para ser
transformada en el Cuerpo y la Sangre del Resucitado y presente en
la Cena. En una palabra, que la Liturgia así entendida configura a la
comunidad para que celebre y ore lo celebrado.
El Bautismo, por ejemplo, es la ocasión para dar gracias a Dios
por su Paternidad y por nuestra Filiación y, a su vez, por el bien de
los hijos admitidos en el seno de la Iglesia.

12. E. Schillebeeckx, Cristo, Sacramento del encuentro con Dios, o. c. 84.


LOS SACRAMENTOS, CELEBRACIONES RELIGIOSAS 187

La Confirmación es el momento para ratificar lo que Dios ha


hecho con nosotros en el Bautismo, juntamente con el compromi-
so de trabajar con la Iglesia en la difusión mundial del evangelio.
La Eucaristía es la fiesta para dar gracias a Dios por ser nosotros
contemporáneos de la Cena, ya que la Misa que celebramos hoy y
ahora es la misma del Jueves Santo.
El Ministerio Ordenado es la ocasión para dar gracias a Dios por
habernos llamado a todos, a la Iglesia en su totalidad, y a algunos
de los nuestros en particular, para servir a tiempo completo a sus
hermanos.
El Matrimonio constituye la oportunidad para dar gracias a Dios
por la Alianza de su Amor, representada mejor que en ningún otro
sacramento por la donación mutua de un hombre y de una mujer.
La Unción es la ocasión para dar gracias a Dios por la sanación
de nuestras heridas físicas, psíquicas y espirituales, con la esperanza
de vivir un día liberados de la pesadilla de la muerte.
La Reconciliación es la ocasión para dar gracias al Señor porque
nos perdona en la Iglesia, aunque la Iglesia nos reconcilia mediante
todos los sacramentos, pero uno está diseñado expresamente para
la reconciliación13.
Los sacramentos son las celebraciones de fe más apropiadas para
alabar a la Santísima Trinidad y darle las gracias más rendidas por
su presencia y vida en los creyentes. Pero acaso el cristiano no ha
sido educado en la catequesis para la relación oracional con la
Comunidad divina en los sacramentos. Por ejemplo, después de
haber recibido la Eucaristía, nos recogemos para centrarnos en
Jesucristo y con Jesucristo, pero acaso no nos centramos en la
Comunidad divina, siendo así que la Eucaristía activa la presencia del
Dios Uni-Trino en el comulgante y en toda la asamblea.

13. B. Häring, Fuerza salvífica de la liturgia, Selecciones de Teología 132 (1994)


269-276.
188 LOS SACRAMENTOS

Proyección social de los sacramentos


Si la celebración de la fe es una nota integrante de la creencia
cristiana, quiere decir que los sacramentos, como máximas densida-
des de fe, deben celebrarse como acontecimientos de gracia con
proyección tanto espiritual como externa o social.
La Iglesia Primitiva tuvo una fuerte conciencia comunitaria, y
creyó y experimentó que el Espíritu Santo es el alma visible de la
comunidad y, en consecuencia, así como el alma humana se exte-
rioriza por el cuerpo, otro tanto debe ocurrir con el Espíritu Santo
o alma de la Iglesia. De ahí que en la celebración de la fe no sólo se
haya de tener en cuenta el principio interior del Espíritu Santo, sino
hasta los gestos más mínimos que exteriorizan la presencia del
Espíritu en la comunidad.
No se niega, ni mucho menos, que la fe haya de celebrarse per-
sonal e íntimamente, sino que, lo mismo que cantamos en una fies-
ta y en el interior recóndito de nuestra casa, la fe ha de ser creída y
celebrada interna y externamente.
Una buena educación nos ha de enseñar a equilibrar fe interna
con fe externa; celebración interna de la fe con celebración externa,
pues lo justo es que no se disocien, y esto ha ocurrido y sigue ocu-
rriendo en la historia cotidiana del cristianismo.
Durante mucho tiempo, el clero se aisló del pueblo, alejando el
altar de la comunidad, con mengua del sentido de familia cristiana.
La Devoción Moderna, que exageró las prácticas de oración en
solitario, así como el Nominalismo, tanto en Filosofía como en
Teología, que negaba la fuerza de la comunidad, contribuyeron a
desvirtuar la dimensión comunitaria de los sacramentos.
Una vez perdida la visión comunitaria de los sacramentos, según
la poderosa concepción de san Agustín: “Los fieles conocen el cuer-
po de Cristo si no desdeñan ser el cuerpo de Cristo”...14, los sacra-

14. San Agustín, Tratados sobre el evangelio de san Juan 26, 13. BAC. XIII, Madrid,
1968, 586-588.
LOS SACRAMENTOS, CELEBRACIONES RELIGIOSAS 189

mentos empezaron a celebrarse en un idioma desconocido para el


pueblo, y no sólo eso sino que, a causa de ello, el pueblo no recibía
la Eucaristía o, si la recibía, desconocía el significado del Amén.
Algo semejante ocurre con el Bautismo, pues no se celebra la
incorporación de un nuevo miembro a la comunidad con sentido de
cuerpo, sino que se bautiza fuera de la Pascua y sin asistencia de la
comunidad.
Los documentos de muchos Papas, como la Mystici Corporis de
Pío XII, la Mysterium Salutis de Pablo VI, y el Concilio Vaticano II,
insisten en el sentido comunitario de la celebración de la fe en el culto,
sin olvidar la celebración personal. Y es que, en el cristianismo, tam-
bién recibimos el sacramento del Bautismo cada vez que un hermano
es bautizado, pues el Bautismo es uno, el mismo y único para todos.

Los sacramentos y su animación

¿Qué significa animar? Animar quiere decir dar alma. Pero no se


trata de dar alma o un alma a la asamblea, sino de que el alma de la
asamblea aflore durante la celebración. Si en una celebración se uti-
lizan los símbolos o se celebra por medio de símbolos, es necesario
conocer el significado del símbolo para asimilar el mensaje. Cuando
una comunidad, por ejemplo, permanece sentada durante una cele-
bración, con esa postura significa que está sentada ante la presencia
del Señor.
La animación no se consigue haciendo participar a toda costa a
los asistentes, cuanto introducirlos en la celebración libre y gratui-
tamente. En consecuencia, la mejor animación consiste en dejar al
pueblo que se manifieste a través de su propio carácter y cultura.
El presidente, como principal animador, no es el que lo hace
todo, cuanto el concertador de la acción de todos en el aconteci-
miento sacro-litúrgico. En una palabra, el animador debe estar muy
atento a todo el conjunto.
190 LOS SACRAMENTOS

Principios para que la liturgia resulte un auténtico juego sacro


La liturgia y los sacramentos, como toda obra de arte, requieren
unos acuerdos. Así:

1. Los sacramentos nunca han de ser presentados como si fueran


algo más que la Palabra, pues los sacramentos dan lo que tienen,
y su contenido es la Palabra de la salvación.
2. Para celebrar los sacramentos correctamente es mejor que haga-
mos lo que decimos, y no que digamos lo que vamos a hacer,
pues acaso se coloque el acento en los parlamentos verbales más
que en los hechos.
3. La presencia de las personas durante la celebración de los sacra-
mentos debe ser tal que hasta su postura física denote comuni-
cación y participación.
4. Si el altar es la mesa de un banquete, debe evocar una mesa, y
no una piedra de sacrificios, sepultura, mostrador de tienda o
escaparate de mercancías.
5. El símbolo del sacramento, en su materialidad, no debe ser ni
excesivo ni insignificante.
6. El símbolo no debe ser tan hierático y rígido que no evolucione.
7. El símbolo nunca debe ser banalizado.
8. El símbolo no es mero adorno del Misterio, sino infraestructura
esencial para una comunidad.
9. Si el símbolo está siendo recuperado por la sociedad actual15, la
Iglesia tendrá que educar a sus fieles, durante la iniciación y
siempre, para poder contemplar, con mayor profundidad, las
realidades naturales que, a su vez, simbolizan otra cosa, como
pueden ser la luz, el agua y el fuego.
10. La fe cristiana no puede vivirse sin religión ni ritos.
11. Hay que ser fieles al rito, pero también hay que ser creativos. Y
acaso existe una mayor creatividad en el tono y talante celebra-

15. Cf. R. Arnau, o. c. 15-19.


LOS SACRAMENTOS, CELEBRACIONES RELIGIOSAS 191

tivos y proclamativos que en todas las innovaciones que se


puedan introducir.
12. La programación excesiva es más nociva que la ritualización.
13. Toda programación debe observar la gradación siguiente: a) La
liturgia es un boceto. Esto quiere decir que la liturgia no se
improvisa. b) La liturgia habrá que descodificarla y codificarla.
c) La sobriedad es la mejor aceptación del escatológico todavía
no, así como el despojo de la Iglesia ante la venida del Reino.
14. Los celebrantes se reconocen entre sí por medio del rito.
15. En la liturgia, la relación entre significante-significado sobrepasa
los límites humanos, pues en ellos entra la intencionalidad de
Jesucristo y de la Iglesia. Por otra parte, muchos de los símbolos
litúrgicos pertenecen a la Biblia. De ahí que haya que conocer el
significado que tienen en el mundo bíblico.
16. Un simbolismo que apunte a la pura domesticidad, sin taladrar
el futuro y sin dimensión profética, no sirve. El símbolo cristia-
no es tan rico que su estudio y conocimiento despejará el riesgo
de inventar nuevos símbolos. De ahí que diga san Agustín que
nada más perjudicial que el símbolo cuando no se comprende su
significado16.
17. Una religión será eficaz y verdadera cuando sus símbolos sean
conocidos y gustados, pues los símbolos cristianos son tan den-
sos como la humanidad de Jesucristo.
18. Las Iglesias cristianas se preguntan con toda seriedad: ¿Servimos
y damos testimonio? ¿Sirven los símbolos para la vida o única-
mente mientras son celebrados en la intimidad del templo?
19. Los sacramentos hay que celebrarlos y representarlos, pero no
como si fueran piezas de teatro nada más. San Agustín no era
partidario de la representación teatral de los Misterios, pero sí de
celebrarlos festiva y alegremente en la asamblea litúrgica. De ahí

16. San Agustín, Exposición de la epístola a los Gálatas 19. BAC. XVIII, Madrid,
1959, 126-127.
192 LOS SACRAMENTOS

que el lector de los Santos Padres sabe muy bien que las cele-
braciones litúrgicas presididas por aquellos hombres eran gozo-
sas y festivas17.

Leopoldo Panero es el autor de un hermoso poema sobre el tem-


plo, titulado “Cándida Puerta”, y cuya lectura puede reforzar cuan-
to se acaba de exponer18.

17. San Agustín, Carta 55, 35. BAC. VIII, 344; B. Haering, Sacramentos y comuni-
dad, Selecciones de Teología 13 (1965) 31-34; J. Shea, La segunda ingenuidad.
Enfoque de un problema pastoral, Concilium 81 (1973) 108-116; Louis-Marie
Chauvet, o.c. 325-339; L. M. Chauvet, La liturgia en su espacio simbólico,
Concilium 259 (1995) 411-424; B. McDermot, Los sacramentos como oración,
Concilium 179 (1982) 325-332.
18. Leopoldo Panero, o. c. 443-448.
11
DIGNIDAD DE LOS ELEMENTOS TERRENOS
DE LOS SACRAMENTOS

Un cristiano cree en Dios y celebra su fe con hechos, de mane-


ra que los sacramentos son la fe celebrada, y la fe celebrada es la fe
creída. Por eso, cuando la doctrina católica afirma que el cristiano
necesita de los sacramentos, no se ha de entender por sacramentos
la materialidad de los ritos, sino los ritos celebrados con tal fe que
en ellos se alcance la amistad de Dios en esta vida, así como la posi-
bilidad de gozar de él eternamente.
En la justa comprensión del sacramento han acordado mucho
las diversas confesiones cristianas. La teología protestante ya no
afirma radicalmente que la gracia se recibe sólo por la fe y no por
los sacramentos, pues admite que el sacramento es la Palabra creí-
da y realizada, al paso que la teología católica admite que la justifi-
cación, así como la posibilidad de realizarse plenamente, se alcan-
zan por medio de la celebración creyente de los sacramentos, y no
por la mera celebración.
A todo esto hay que añadir que los cristianos y los creyentes de
otras Religiones necesitamos de Dios y de su ayuda para gozar de
él. Los cristianos gozarán de Dios mediante la oferta de Jesucristo
creída y practicada. Los creyentes de otras Religiones gozarán de
Dios e irán a él creyendo en Dios, o a quien así llamen, mas con las
obras que acrediten su fe.
194 LOS SACRAMENTOS

La ayuda de Dios es necesaria para la plena realización de los


creyentes, y los sacramentos son los medios para alcanzar esa ple-
nitud, de manera que sin los sacramentos es difícil que un cristiano
se realice plenamente.
El creyente de otra Religión necesita de Dios y de los sacramen-
tos de su Religión, y claro está que no precisa de los sacramentos
cristianos. Más aún. Dios, y nadie más, es el único y gran sacra-
mento de cristianos y de toda persona religiosa.
Dios concede su ayuda a todos los seres humanos, pero su actua-
ción no ha de entenderse como una intervención desde fuera de la
persona, ni tampoco como una ayuda cuando se ha terminado la
tarea, sino como una fuerza desde el interior de la persona, y desde
el comienzo hasta el fin.
Dicho esto, el cristiano pide a la Iglesia un sacramento de
Jesucristo para colaborar con la presencia dinámica de Dios en el
interior de su persona.

Los elementos terrenos y los sacramentos


Todo sacramento es visible por una de sus caras, ya que cuenta
en su estructura con elementos perceptibles. El pan y el vino, por
ejemplo, son visibles y los sentidos los perciben.
¿Tienen algún fundamento bíblico los elementos terrenos uti-
lizados en la confección de los sacramentos? Más en concreto.
¿Utilizó Jesucristo elementos terrenos para comunicar la gracia de
su vida?
Según la Sagrada Escritura, Jesucristo y sus apóstoles se sirvie-
ron de gestos visibles y de elementos terrenos para realizar accio-
nes con significado espiritual. Así, Jesús bendice a los niños y les
impone las manos1. Para curar a un ciego, le toca los ojos con los

1. Mc 10, 16.
DIGNIDAD DE LOS ELEMENTOS TERRENOS 195

dedos mojados en saliva2. Los apóstoles curan a muchos enfermos


ungiéndolos con aceite3 y, al imponer las manos sobre los bautiza-
dos, el Espíritu Santo desciende sobre ellos4.
Los elementos materiales o instrumentales, como pan, vino, acei-
te, adquieren una nueva realidad gracias a las palabras de Jesucristo
y a la presencia del Espíritu Santo que preside la transformación de
los elementos terrenos de los sacramentos.
Jesucristo reconciliaba y donaba la gracia de su amistad median-
te su persona, lo mismo que el ser humano comunica su interior por
la palabra y su alegría por la sonrisa. En consecuencia, era la perso-
na del Salvador, divinidad-humana y humanidad-divina, la que hacía
lo que nos narran las memorias evangélicas.
¿Se puede decir que los elementos terrenos de los sacramentos
tienen su parte en la donación de la energía sobrenatural que
transmiten, lo mismo que la corporalidad de Jesús participaba de
las obras de gracia que hacía en favor de los que se acercaban a
él? Evidentemente que sí. Sin embargo, la Iglesia nunca ha afir-
mado, ni siquiera de la Eucaristía, que el pan, con ser el cuerpo
del Señor resucitado, se una a la persona del Salvador como la
humanidad a la divinidad mediante el misterio de la Encarnación.
Con todo, y después de esta matización, hay que decir, pues es
doctrina de fe, que el pan y el vino del sacramento de la Euca-
ristía se convierten en el cuerpo y en la sangre del Señor, y que
por medio de los elementos terrenos, todo lo transubstanciados
que se quiera, pero terrenos, el Salvador comunica su vida a los
bautizados que comen su cuerpo y beben su sangre en el pan y
en el vino de la Eucaristía.

2. Mc 8, 22-26; 16, 18; Cf. Lc 4, 40; 13, 13; Hch 9, 12; 28, 8.
3. Mc 6, 13.
4. Hch 8, 17; 19, 6.
196 LOS SACRAMENTOS

Pequeña jerga gramático-sacramental


Este tema podría terminar aquí, pero no pueden faltar las pági-
nas que vienen a continuación, teniendo en cuenta que, desde el año
1202, así es como se han explicado los sacramentos. Los términos
que voy a introducir acaso disgusten a los lectores de hoy, pero, por
encima de gustos o disgustos, el expositor debe ser fiel a la historia.
Por otra parte, la comprensión de esta pequeña “jerga” puede con-
tribuir a la inteligencia de los sacramentos, así como para huir de la
magia: “Por lo que respecta a los siete sacramentos, la garantía divi-
na de eficacia nos es bastante familiar. En la controversia con la
insuficiente comprensión de los reformadores, el concilio de Trento
definió solemnemente que los sacramentos otorgan “ex opere ope-
rato” la gracia que representan simbólicamente. Por el simple hecho
de poner el signo sacramental, hay ya seguridad de que la gracia
divina se ha comunicado. El católico ha aprendido esto desde niño
tan ahincadamente y lo ha conservado tan naturalmente en su con-
ciencia de fe, que acaso no se ha enfrentado nunca con la objeción
que se nos hace desde fuera, pero que también –si la oye una vez-
tan fácil eco encuentra en el propio corazón: que el hombre inten-
ta de un modo mágico conseguir una fuerza sobre lo que ya según
su nombre es dádiva libremente otorgada; es decir, gracia”5.
He aquí, pues, algunos de los contenidos anunciados.

“Opus operatum”
Vayamos por partes. “Opus” es un sustantivo que procede del
latín “opus, operis”, y que significa obra, acción. “Operatum” es un
participio del verbo “operor”, que significa obrar, hacer, trabajar,
consagrarse a Dios, celebrar un sacrificio. “Operatum” quiere decir
obra consumada. La traducción literal vendría a ser: Hecho lo hecho,
o hecha la obra, o realizada la obra.

5. Otto Semmelroth, El sentido de los sacramentos, Fax, Madrid, 1965, 82.


DIGNIDAD DE LOS ELEMENTOS TERRENOS 197

Para lo que nos interesa, y aplicado al sacramento, “Opus opera-


tum” quiere decir que, una vez realizado el sacramento o, una vez
realizada la obra de Dios, el receptor siempre recibe la gracia del
sacramento, aunque la gracia del sacramento no ha de identificarse
con la gracia final o santificante, sino como algo intermedio y de
difícil comprensión, y acaso no pase de especulación de los teólo-
gos. Si así fuese, al recibir el sacramento recibiríamos dos gracias.
Una, la que concede el sacramento por el mero hecho de contener
la vida de Dios. Otra, la única gracia de Dios. Los teólogos de hoy
no ven por qué un sacramento haya de dar dos gracias.
Para aclarar o confundir el problema quiero abundar en este asun-
to, aunque no tiene más fundamento que el parecer de algunos teó-
logos. Supongamos que estamos ante el pan y el vino consagrados
sobre la mesa del altar. Pues bien, por contener el pan y el vino el
cuerpo y la sangre del Señor ya están donando a sus adoradores una
centellica graciosa de lo que contienen, lo mismo que la bombilla
trasparenta la luz. Sin embargo, hay que decir, con toda contunden-
cia, que la Eucaristía no ha sido ordenada por el Salvador para donar
haces de luz, sino el disparo grande y único de su cuerpo y sangre.
“Opus operatum”, como ya hemos dicho, significa obra realiza-
da y, en nuestro caso, los sacramentos, conocidos por revelación, y
celebrados, creídos y proclamados.
Por “opus operatum” también puede entenderse la realización
válida del rito sacramental. Ahora bien, el “opus operatum” nunca
ha de pensarse como una acción mecánica o mágica. Es decir, que
una vez hecho lo que hemos hecho, esto es, los ritos sacramentales,
automáticamente, y por el mero hecho de haber realizado minu-
ciosamente todos los ritos según un código estipulado, la gracia de
Dios tendría que desprenderse de la acción hecha.
“Opus operatum” significa, en definitiva, la visitación y presen-
cia de Jesucristo, en medio de su pueblo, por medio de los sacra-
mentos.
198 LOS SACRAMENTOS

“Opus operantis” o “ex opere operantis”


“Ex” es una preposición de ablativo. “Opus” es un sustantivo de
“opus operis”. “Operantis” es un genitivo del participio “opus” que,
traducido al castellano, quiere decir del que hace o, también, la regla
con la que se hace algo.
Aplicado al sacramento, la expresión “opus operantis” o “ex
opere operantis”, alude a lo realizado tanto por el ministro como
por el receptor, así como a la intencionalidad con la que ambos
actúan.
En definitiva, por “opus operantis” hemos de entender el hecho
por el que Dios visita a su pueblo en los sacramentos, pero, para que
haya visita, los ministros y el pueblo deben querer recibir la visita de
Dios y, en consecuencia, hospedarlo.

“Ex opere operato”


“Ex” es una preposición de ablativo. “Opere” es un ablativo sin-
gular de “opus operis”. “Operato” es el participio del verbo “operor”.
Por lo que a los sacramentos se refiere, la expresión “ex opere ope-
rato” quiere decir que, una vez aplicada la forma a la materia, con
los debidos requisitos, el sacramento queda constituido. Por ejem-
plo: Tenemos sobre la mesa del altar el pan (materia válida) de la
Eucaristía, y pronunciamos sobre él la fórmula válida (las palabras
del Señor: “Esto es”...). Pues bien, aplicada la fórmula al pan, el
sacramento queda constituido, y lo hecho es eficaz por haber sido
realizado el rito válidamente. En consecuencia, ese pan y ese vino
contienen a Jesucristo resucitado, o son el cuerpo y sangre del Señor
resucitado, y quien recibe ese pan y ese vino, recibe la presencia del
Señor resucitado. Ahora bien, la eficacia del “ex opere operato” no
ha de ponerse en el ministro, ni en la validez de los materiales y
palabras, ni en la buena intención del receptor, cuanto en Jesucristo,
como dueño de la gracia, que ha querido vincular su presencia y
donación a los elementos terrenos válidamente tratados.
DIGNIDAD DE LOS ELEMENTOS TERRENOS 199

Para qué son los Sacramentos


Todos los sacramentos confieren la gracia santificante. Y la gra-
cia con la que Dios nos santifica en los sacramentos, aunque abun-
daremos sobre este asunto en otro apartado, es una donación cre-
ada por Dios con ocasión del sacramento, distinta de Dios, pero
sobrenatural y únicamente concedida por Dios. La gran gracia de
Dios, y por eso se llama increada, es su presencia en todo por ser
el Creador de todo. La gracia sacramental o creada en los sacra-
mentos también es una donación sobrenatural, concedida única-
mente por Dios, y que consiste en la aceptación de esa gracia, en
querer la gracia de su presencia, así como todo cuanto hizo su Hijo
y sigue haciendo por nosotros. Con la gracia santificante, a su vez,
se nos capacita para creer, amar, esperar en Dios, rendirle culto,
hacernos grandes6, construir la Comunidad7, y comunicar al hom-
bre con Dios8.
Los sacramentos son los vendajes para curar nuestras heridas,
aunque la sanación final la consigamos en la Jerusalén definitiva9.

La dignidad de los elementos terrenos de los sacramentos


Los sacramentos constituyen la geografía que sustenta la Iglesia
y la patria auténtica de los cristianos. Toda la energía y belleza de la
Iglesia está contenida en los sacramentos y de ellos dimana. Los
sacramentos, en cuanto tierra y geografía de la Iglesia, son bellos
por sí mismos, como toda tierra y geografía, pobre o rica, tienen su
particular belleza. De ahí que los sacramentos brillan y deben brillar

6. San Agustín, Las Confesiones XIII, 11, 26. BAC. II, 576.
7. San Agustín, Contra Fausto, L.19. BAC. XXXI, 395.
8. San Agustín, Las Confesiones XIII, XXVII, 42. BAC. II, 592.
9. San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos 146, 8. BAC. XXII, 808-809. 377;
Cf. Carta 54, 1. BAC. VIII, 300; Exposición de la epístola a los Partos VI, 10.
BAC. XVIII, 287-289; Enarraciones sobre los Salmos 127, 13. BAC. XXII, 377;
Concordancia de los evangelistas III, 25, 72. BAC. XXIX, 1992, 611.
200 LOS SACRAMENTOS

por sí mismos, y nunca deben ser opacados por los aparejos con los
que suelen ser presentados. Una rosa no se debe pintar porque sus
colores son hermosos por sí mismos. Por eso, el ceremonial de los
sacramentos debe ser sobrio y elegante en orden a que destaque la
belleza y vitalidad de los sacramentos.
Los elementos terrenos de los sacramentos son de tal categoría
que contribuyen a la santificación del hombre y a la alabanza de
Dios. Así como los sacramentos santifican al ser humano, los ele-
mentos terrenos de los sacramentos alcanzan su cumbre en los
sacramentos, pues, por su medio, el Dios de Jesucristo concede a
los cristianos la gracia de la Redención. Nunca, podemos decir sin
miedo, el agua, el pan y el vino son más densamente agua, pan y
vino que cuando empleados para el encuentro con Jesucristo.
Dios ha querido mundanizar lo divino por medio de los ele-
mentos terrenos, todo lo espiritualizados que se quiera, pero terre-
nos, en orden a que, por medio de la visibilidad, se pueda captar y
recibir aquello que Dios quiere concedernos. Y es que, si Dios quie-
re relacionarse con los seres humanos, tendrá que valerse de medios
asequibles para nosotros. Así, y porque Dios lo ha querido, el cos-
mos está vinculado a la Historia de la Salvación. Adán es barro. El
Verbo de Dios, al hacerse hombre, no sólo abraza al hombre, sino
que, en el hombre, abraza a toda la creación, de modo que la salva-
ción de Dios llega a la humanidad a través de la corporalidad, ya
que el cuerpo, para el cristiano, es el gozne de la salvación. El pan
y el vino, y todos los elementos terrenos de los sacramentos, no
solamente han sido incorporados a la Historia de la Salvación, sino
que, por incorporados, ya están pregustando de la máxima catego-
ría a la que han de llegar las criaturas en la civilización inaugurada
por la Resurrección de Jesucristo. El cuerpo de Jesucristo, y en él los
nuestros, ha llegado a la plena perfección.
¿Por qué los sacramentos son realidades visibles e invisibles,
pasajeras y permanentes, con una exterioridad y una interioridad?
DIGNIDAD DE LOS ELEMENTOS TERRENOS 201

Los sacramentos son signos visibles de la fe que profesamos en


orden a que caminemos hacia Dios desde la visibilidad a la invisibi-
lidad, y comprendamos que lo visible está permeado por lo invisible.
La Iglesia católica realiza unciones visibles con aceite y perfume
porque los ungidos en el Nuevo Testamento son todos los bautiza-
dos, y no solamente los reyes, profetas y sacerdotes como en el
Antiguo Testamento10.
Los sacramentos de la Iglesia católica tienen una exterioridad
visible porque así como la acogida exterioriza el amor, la visibilidad
de los sacramentos exterioriza la invisibilidad del sacrificio interno
de los corazones ofrecidos a Dios11.
La Iglesia católica sabe muy bien que los sacramentos tienen una
cara visible y otra invisible; una cara que se ve y otra que se entien-
de e intuye porque: “Lo que se ve tiene forma corporal, lo que se
entiende posee fruto espiritual”12.
Por eso, en los sacramentos, como dice Agustín, una cosa es la
forma, que la puede tener hasta el hereje, y otra cosa es la fuerza o
caridad del sacramento13.
Los elementos terrenos de los sacramentos, lo mismo que las
palabras, pasan. Por el contrario, “la fuerza que actúa por esas reali-
dades físicas, permanece siempre y el don espiritual que insinúan, es
eterno”14.
Según san Agustín, la visibilidad del sacramento es necesaria
para la creación de la comunidad: “¿Qué otra cosa son cualesquiera
signos corporales sino una especie de palabras visibles, santas en
verdad, pero mutables y temporales? Dios es eterno, pero no lo es
el agua, y la acción física que se realiza con los bautizados se actúa

10. San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos 26, II, 2. BAC. XIX, Madrid, 1964,
267-268.
11. San Agustín, La Ciudad de Dios X, XIX. BAC. XVI, Madrid, 1964, 549-550.
12. San Agustín, Sermón 272. BAC, XXIV, 767.
13. San Agustín, Sermón 229 U (fragmento), BAC. XXIV, 383.
14. San Agustín, Contra Fausto XIX, 16. BAC, XXXI, 398-400.
202 LOS SACRAMENTOS

y pasa. A su vez tampoco hay consagración si no se pronuncian las


sílabas que suenan y pasan con rapidez cuando se dice Dios. Todo
esto acontece y pasa. Suena y pasa; en cambio la fuerza que actúa
por esas realidades físicas, permanece siempre y el don espiritual
que insinúan, es eterno”15.
El sacramento crea una conciencia nueva, y no únicamente una
limpieza pasajera16. De ahí que diga Agustín a los herejes que están
revestidos de Cristo por haber recibido el sacramento, pero que
siguen desnudos en lo referente a fe y costumbres. Tienen el
Bautismo, pero no su fruto salvador ni el vínculo de la paz, ya que
“una cosa es el sello de la salvación y otra la salvación misma”17.

Donde se continúa con la gramática


“Sacramentum tantum”
Por sacramentum tantum, o sacramento solamente, se entiende
la materia significativa empleada en el sacramento. El agua, por
ejemplo, constituye el signo-materia del Bautismo. Para los escolás-
ticos, la materia o signo de los sacramentos, agua, óleo, pan, diálo-
go entre penitente y confesor, imposición de manos o el consenti-
miento en el Matrimonio, son signos exteriores de los sacramentos.
Estos signos exteriores significan y apuntan la gracia, pero ellos no
pueden darla.

“Sacramentum et res”
Esta expresión puede traducirse por sacramento y pequeña gra-
cia, de la que ya hemos dicho algo. Sacramentum ya sabemos lo que
significa: elemento terreno. La traducción literal de “res” es cosa, o
lo que un sacramento tiene por dentro. Sacramentum et res equiva-
le al contenido más objetivo y concreto del sacramento. Por ejem-

15. San Agustín, Contra Fausto L. XIX, 16. BAC. XXXI, 398-399.
16. San Agustín, Contra Fausto L. XIX, 12. BAC. XXXI, 395-396.
17. San Agustín, Sermón 260 A, 2.3 (=Denis 8). BAC, XXIV, 619-620.
DIGNIDAD DE LOS ELEMENTOS TERRENOS 203

plo, la presencia de Jesucristo está en el pan una vez que ha sido con-
sagrado, aunque no recibido, y lo mismo vale decir del arrepenti-
miento interior, antes de recibir la absolución del confesor. Pues bien.
El sacramento, por ser realizado, siempre está dando algo, y a esta
donación llamaron los escolásticos la gracia del sacramento. Es
decir, que por ser realizado ya está donando una gracia, por más que
esa gracia no equivale a la gracia final o definitiva del sacramento.
Pensemos en la Eucaristía. En el pan consagrado se encuentra ya la
presencia de Jesucristo y, por el mero hecho de estar presente, está
donando algo: el don de su presencia, aunque la Donación total se
realice cuando se comulga o recibe el pan consagrado.

“Res tantum”
Literalmente quiere decir la gracia solamente, la única gracia, la
gran gracia, gracia final del sacramento y aprovechamiento auténti-
co del sacramento. Esto se da, por ejemplo, cuando se comulga el
pan eucarístico creyendo que se recibe el cuerpo y la sangre de
Jesucristo resucitado que alimenta la fe, cura y justifica. Esta gracia
final está significada, pero no dada, ni por el “sacramentum tantum”
ni por el “sacramentum et res”. La “res tantum, o gracia final, ya no
es signo de otra cosa, sino la misma cosa apuntada: La presencia de
Jesucristo en la persona del comulgante.

Tres clases de “res”


Por si fuera pequeño el tinglado anterior, los escolásticos aún dis-
tinguieron tres estadios en la “res” o gracia final: Pasada, Presente, y
Futura.
La gracia “pasada”. Como en la misa se celebra la Cena Pascual
del Señor, y esa Cena fue celebrada hace 2.000 años, los escolásti-
cos la llamaron res pasada o histórica, aunque ya hemos repetido
hasta la saciedad que la Cena de ayer, de ahora y de mañana, es la
misma y única Cena del Señor que llega en el aquí y en el ahora de
la misa por obra del Espíritu Santo.
204 LOS SACRAMENTOS

La gracia “presente”. Los escolásticos llamaron res presente a


la realidad sacramental significada y dada por el sacramento. Por
ejemplo, el Bautismo significa y da la vida nueva.
La gracia “futura o escatológica”. Hoy, en el aquí y ahora de la
Eucaristía, recibimos lo que Dios nos da y somos capaces de reci-
bir. Pero la donación de Dios en los sacramentos apunta a la dona-
ción final, pero sin sacramentos. Es decir, sin pan, sin palabras ni
evangelios, cuando estemos junto a Dios, después de nuestra muer-
te terrena y resurrección para no volver a morir. Esto es lo que se
entiende por res futura o donación escatológica.

La forma o fórmula de los sacramentos


Por forma o fórmula del sacramento hemos de entender las pala-
bras que se pronuncian sobre el agua al bautizar, o sobre el pan y el
vino al consagrarlos en la misa.
Materia (pan) y Forma (palabras), (“Esto es mi cuerpo”...), cons-
tituyen el entero sacramento. Si al Bautismo se le quitan las palabras
(yo te bautizo...), únicamente tenemos agua. Y si las palabras son
pronunciadas, pero no sobre el agua, tampoco tenemos sacramen-
to completo.
La expresión “forma” es capciosa, e inmediatamente viene a
la mente el vaso de cristal que da forma al agua contenida. No.
Las palabras no dan forma de ese modo a las aguas bautismales.
La comprensión de la forma pasa por este camino: El Nuevo
Testamento dice: Cuando bautices, hazlo de este modo: Derrama
agua sobre la cabeza del bautizando y, al tiempo que la viertes, di:
“Yo te bautizo”... Y mientras el agua corre, lava y refresca la cabeza
y el cuerpo del bautizando de una manera visible, las palabras, que
entran por los oídos, van diciendo al neófito que, mientras por su
cuerpo corre el agua externamente, el agua de la Trinidad o pre-
sencia de la Santísima Trinidad, entra en el interior del bautizado.
Es decir, que la presencia del Dios uno y trino envuelve por fuera y
DIGNIDAD DE LOS ELEMENTOS TERRENOS 205

por dentro al hombre bautizado, significando que ese hombre, sin


dejar de ser hijo de sus padres, es hijo del Dios uno y trino, o que,
ese hombre bautizado, siendo hijo del Dios-Trino, es, al mismo
tiempo, hijo de sus padres.

* * *
Pequeños rompecabezas que han hecho correr ríos de tinta y
que, a pesar de su materialismo, algo dicen. La Iglesia del Concilio
Vaticano II no habla de los sacramentos con ese lenguaje, pero,
por desgracia, acaso sea con lo único que se quedan muchos cris-
tianos. De todos modos, y aunque yo he optado por el lenguaje del
Concilio, puede que otro, utilizando ese lenguaje instrumentalista,
materialista, cosista, o como se le quiera llamar, escriba, valiéndose
de lo que venimos llamando “jerga” o “gramática”, preciosas cate-
quesis para nuestro pueblo18.
Consciente de la aridez de estas páginas, sugiero al lector y al
catequista que las endulce con los hermosos poemas eucarísticos de
Lope de ”19, y con la lectura del “Himno a la Materia”:

“Bendita seas tú, áspera Materia, gleba estéril, dura roca, tú


que no cedes más que a la violencia y nos obligas a traba-
jar si queremos comer.
Bendita seas, peligrosa Materia, mar violenta, indomable pasión,
tú que nos devoras si no te encadenamos.
Bendita seas, poderosa Materia, Evolución irresistible, Realidad
siempre naciente, tú que haciendo estallar en cada momen-
to nuestros encuadres nos obligas a buscar cada vez más
lejos la Verdad.

18. Cf. Ludwig, Ott, Manual de teología dogmática, o. c. 491-495; I. Zuzek,


Aspectos del derecho canónico sacramental, Concilium 38 (1968) 299-314;
Dario Zadra/Arno Schilson, o.c. 154-155; K. Rahner, Palabra y Eucaristía,
Escritos de Teología IV, o. c, 349-350.
19. Lope de Vega, Obras Poéticas, Barcelona, 1983, pp. 339-340. 343-344. 394-401.
416-417. 453-457. 531-533. 537-543
206 LOS SACRAMENTOS

Bendita seas, universal Materia, Duración sin límites, Éter sin


orillas, Triple abismo de las estrellas, de los átomos y de las
generaciones, tú que desbordando y disolviendo nuestras
estrechas medidas nos revelas las dimensiones de Dios.
Bendita seas, impenetrable Materia, tú que, tendida por todas
partes entre nuestras almas y el Mundo de las Esencias,
nos haces consumir en el deseo de atravesar el velo incon-
sútil de los fenómenos.
Bendita seas, mortal Materia, tú que, disociándote un día en
nosotros, nos introducirás, por fuerza, en el corazón mismo
de lo que es.
Sin ti, Materia, sin tus ataques, sin tus arranques, viviríamos
inertes, estancados, pueriles, ignorantes de nosotros mis-
mos y de Dios. Tú que castigas y que curas, tú que resistes
y que cedes, tú que trastruecas y que construyes, tú que
encadenas y que liberas, Sabia de nuestras almas, Mano de
Dios, Carne de Cristo, Materia, yo te bendigo
Yo te bendigo, Materia, y te saludo, no como te describen,
reducida o desfigurada, los pontífices de la ciencia y los
predicadores de la virtud, un amasijo, dicen, de fuerzas
brutales o de bajos apetitos, sino como te me apareces
hoy, en tu totalidad y tu verdad.
Te saludo, inagotable capacidad de ser y de Transformación
en donde germina y crece la Sustancia elegida.
Te saludo, potencia universal de acercamiento y de unión
mediante la cual se entrelaza la muchedumbre de las
mónadas y en la que todas convergen en el camino del
Espíritu.
Te saludo, fuente armoniosa de las almas, cristal límpido de
donde ha surgido la nueva Jerusalén.
DIGNIDAD DE LOS ELEMENTOS TERRENOS 207

Te saludo, Medio divino, cargado de Poder Creador, Océano


agitado por el Espíritu, Arcilla amasada y animada por el
Verbo encarnado.
Creyendo obedecer a tu irresistible llamada, los hombres se
precipitan con frecuencia por amor hacia ti en el abismo
exterior de los goces egoístas.
Les engaña un reflejo o un eco.
Lo veo ahora.
Para llegar hasta ti, Materia, es necesario que, partiendo de un
contacto universal con todo lo que se mueve aquí abajo,
sintamos poco a poco cómo se desvanecen entre nuestras
manos las formas particulares de todo lo que sostenemos,
hasta que nos encontremos frente a la única esencia de
todas las consistencias y de todas las uniones.
Si queremos conservarte, hemos de sublimarte en el dolor
después de haberte estrechado voluptuosamente entre
nuestros brazos.
Tú, Materia, reinas en las serenas alturas en las que los
Santos se imaginan haberte dejado a un lado; Carne tan
transparente y tan móvil que ya no te distinguimos de un
espíritu.
¡Arrebátame, Materia, allá arriba, mediante el esfuerzo, la
separación y la muerte; arrebátame allí en donde al fin sea
posible abrazar castamente al Universo!”.
Abajo, en el desierto que se ha vuelto a calmar, alguien llora-
ba: “¡Padre mío, Padre mío! ¡Qué viento alocado se lo
llevó!”.
Y en el suelo yacía un manto”20.

20. Pierre Teilhard de Chardin, o.c., 69-71.


12
POR LA FE SE CREE EN LOS SACRAMENTOS Y,
A SU VEZ, LOS SACRAMENTOS VISIBILIZAN
LA FE CON LA QUE SE CREE

Los sacramentos son confesiones de fe celebradas de un modo


palpable
“Los sacramentos no son mágicos. No transforman el mundo en
su realidad empírica, que continúa repleto de las aflicciones que sue-
len aquejar a los humanos. Los sacramentos tampoco son lógica-
mente convincentes: no es posible demostrar empírica o racional-
mente la gracia que comunican, sino que ésta sólo se puede perci-
bir como parte de un acto de fe”1.
Inmediatamente después de la consagración del pan y del vino,
y como parte de la consagración, el ministro proclama: “Este es el
sacramento de nuestra fe”. El Credo o Regla de Fe también es una
confesión, pero en el sacramento la fe tiene un plus. En el Credo
profesamos que creemos en Jesucristo como Palabra proclamada en
las lecturas y explicada en la homilía, así como en las verdades esen-
ciales de la fe. En el sacramento confesamos nuestra fe en la Palabra
y en las principales verdades de la fe, pero creemos y confesamos
no sólo con palabras, sino con hechos y gestos celebrados.
En la Eucaristía, por ejemplo, proclamamos que la Palabra de
Dios se ha hecho hombre y se dona, y todo esto lo celebramos y
expresamos recibiendo y comulgando el pan consagrado.

1. Peter Berger, Risa redentora, Kairós, Barcelona, 1999, 338.


210 LOS SACRAMENTOS

En el Bautismo proclamamos que somos hijos de Dios, y lo dra-


matizamos zambulléndonos en las aguas fecundadas por el Espíritu
Santo de Dios.
El sacramento, pues, hablando para entendernos, tiene una cara
interna y otra externa o, mejor, al celebrar el sacramento exteriori-
zamos la fe, conscientes de que la fe exteriorizada es la misma fe inte-
rior e invisible por la que creemos en el Dios uno y trino.
Cierto que la fe del receptor y la del ministro no concede ni hace
la gracia, según hemos dicho, pero hay que repetir que la fe del
receptor y la del ministro hace lo que debe hacer, y si se omite, no
hay sacramento.
El receptor y el ministro aportan al sacramento la ratificación de
su Amén, esto es, la entrega a Jesucristo, lo mismo que en la fe aco-
gemos a Dios que sale a nuestro encuentro y nos entregamos a él.
De manera que así como no hay fe sin acogida y entrega a Dios,
tampoco hay sacramento si no se cree en el Jesucristo que se entre-
ga al creyente y es acogido en la fe.
Fe y sacramento, sacramento y fe, son inseparables en la econo-
mía que regula la relación entre Dios y el cristiano. En consecuen-
cia, los sacramentos son la fe sellada.
En el Nuevo Testamento, el verbo ungir también significa sellar.
Dios sella la fe de los que oyen y acogen su Palabra en su interior:
“Y el que nos mantiene firmes –a mí y a vosotros– en la adhesión al
Mesías es Dios que nos ungió; él también nos marcó con su sello y
nos dio dentro el Espíritu como garantía”2.
La “sellación” interior, celebrada y exteriorizada en los sacra-
mentos, impregna toda la vida del cristiano lo mismo que la de
Cristo que, ungido por el Espíritu Santo, pasó por la tierra oliendo
a Espíritu Santo, esto es, haciendo el bien.
Hasta tal punto van unidos fe y sacramentos que constituyen, en
un sello único, las señas de identidad del creyente individual y de la

2. 2Cor 1, 21-22; Cf. 1Jn 2, 20-21. 27; Lc 4, 18-19; 10, 38.


POR LA FE SE CREE EN LOS SACRAMENTOS 211

colectividad. Los discípulos de Emaús, por ejemplo, reconocen al


Resucitado en la bendición y reparto del pan3, pero también han
tenido un gesto de acogida con el peregrino y, en consecuencia,
también Jesucristo ha reconocido a sus discípulos en el hecho de
acogerlo en la posada, sellando el encuentro con la Cena comparti-
da. Los discípulos, en definitiva, han creído y acogido al peregrino,
y el peregrino ha creído y acogido a los discípulos.
El etíope evangelizado por Felipe cree en Jesús y a él se entrega,
pero su donación la ratifica y sella sumergiéndose en las aguas bau-
tismales4.
En el proceso de conversión de Saulo hay dos gestos que exte-
riorizan la fe: Ananías le impone las manos y recobra la vista (de la
fe) en Jesucristo, y Saulo ratifica su fe en el Hijo de Dios recibiendo
las aguas bautismales5.
Una vez más, y según los pasajes escriturísticos, la recepción del
sacramento constituye la exteriorización de la fe y, a su vez, la fe
interioriza el sacramento o, lo que es igual: no hay un afuera sin un
adentro, ni un adentro sin un afuera. Y es que Jesucristo, en quien
se cree por la fe interna, es el mismo Cristo creído por la fe externa
o celebrada.
Tanta importancia tiene la fe en la celebración del sacramento
que: “La verdadera entidad de nuestra Cena está en que nosotros,
cuando recibimos a Cristo, creemos recibir a Cristo; la recepción es
la exteriorización de nuestra fe”6.
Con relación al nexo entre fe-sacramento ya queda dicho lo
principal, pero aún quiero añadir dos palabras: Una sobre los sacra-
mentos, como milagros “desclasados”, y la otra sobre su problemá-
tica pastoral.

3. Lc 23, 13-35.
4. Hch 8, 26-40.
5. Hch 9, 17-19.
6. San Agustín, Sermón 112, 5. BAC. VII, 345.
212 LOS SACRAMENTOS

Los milagros fueron para los judíos que creyeron en Jesús signos
de que el Nazareno era el Salvador de Dios. Para los cristianos de
hoy, los sacramentos son los elementos terrenos a través de los cua-
les Dios salva como en otro tiempo salvó por los milagros de Jesús.
Ahora bien, a nosotros nos salvan los sacramentos maravillosamen-
te, pero sin necesidad de milagros o, lo que es igual, nos salvan por
medio de milagros desclasados u ordinarios.
La problemática pastoral de los sacramentos es muy aguda y no
la vamos a agotar, pero es necesario una mínima sugerencia.
El cristianismo, cuando fue minoritario, y para diferenciarse de
las demás Religiones, no consintió que sus Misterios aludieran ni a
los momentos claves del ciclo vital ni a las cuatro estaciones del año.
Pero cuando la cultura fue sinónimo de cristianismo y cristianismo
de cultura, la Iglesia cristianizó el ciclo vital, y no tuvo empacho en
identificar los sacramentos con los momentos claves de la vida.
La crisis de los sacramentos en las viejas cristiandades, y digo los
sacramentos por ser los máximos exponentes de la Iglesia, es pavo-
rosa. Refiriéndonos a España, y según datos del lejano 1990, el 27,
3% de los españoles se sentía practicante y asistía a la misa domini-
cal. El 54, 3% se sentía no muy creyente y no muy practicante. El
número de ateos e indiferentes ascendía al 26, 1%. Por otra parte,
aunque el 87 % se declaraba católico, sólo el 63% se consideraba
religioso, mientras que el 28% se definía como no religioso, y cuan-
to más jóvenes, menos religiosos.
Con relación a la Confesión, el 73% de los españoles no se había
confesado nunca, mientras que el 6% declaraba que lo hacía sema-
nalmente.
Uno de los conflictos entre el cristianismo y la cultura actual pro-
cede de la colisión entre los métodos científicos y técnicos moder-
nos y los conocimientos pre-científicos, así como de las diversas
concepciones de cultura. Por eso, es conveniente que tengamos
muy en cuenta a qué cultura nos referimos cuando relacionamos
cultura, fe y religión.
POR LA FE SE CREE EN LOS SACRAMENTOS 213

Por cultura, en un sentido humanista, se entiende el conjunto de


conocimientos, artes y técnicas que existen en una sociedad, y
cuyos conocimientos son poseídos por la generalidad de las perso-
nas que la integran.
La cultura de hoy colisiona con la fe o con la religión porque,
habiendo sido la religión la que englobaba toda la cultura, en el
momento presente no sólo no la engloba, sino que la cultura es
autónoma, aparte de que muchas culturas o no son cristianas o son
anticristianas.
Por otra parte, la expresión de la Iglesia, principalmente en el
ropaje de los sacramentos, no ha asimilado nada o casi nada ni de
la ciencia ni de la tecnología actuales7.
Jorge de Lima, poeta, médico y político brasileiro confiesa su fe
de cristiano en estos términos:

Porque la sangre de Cristo


chorreó sobre mis ojos,
mi visión es universal
y tiene dimensiones que nadie sabe...
No hay oscuridad ya para mí.
Opero transfusiones de luz en los seres opacos,
puedo mutilarme y reproducir mis miembros como las estre-
llas del mar.
Porque creo en la resurrección de la carne y creo en Cristo,
y creo en la vida eterna, amén.

7. Cf. J. Rogues, Los ritmos anuales en la civilización urbana. Reflexiones pastora-


les, Selecciones de Teología 66 (1978) 164-166; Juan Martín Velasco, Situación
socio-cultural y práctica sacramental, Selecciones de Teología 132 (1994) 245-
258; Jean Gaillard, Sacramentos y fe, Selecciones de Teología 13 (1965) 16-20;
I. de la Potteríe, La unción del cristiano por la fe, Selecciones de Teología 8
(1963) 263-274; D. Power, Presentación, Concilium 132 (1978) 149-151; L. M.
Chauvet, o.c. 159-176.
214 LOS SACRAMENTOS

Y teniendo la vida eterna puedo transgredir leyes naturales:


mi paso es esperado en los caminos,
vengo e iré como una profecía,
soy espontáneo como la intuición y la fe.
Soy rápido como la respuesta del Maestro,
soy inconsútil como su túnica,
soy numeroso como su Iglesia,
tengo los brazos abiertos como su Cruz despedazada y rehe-
cha,
a todas horas, en todas las direcciones, en los cuatro puntos
cardinales.
Y sobre mis hombros la conduzco
a través de toda la oscuridad del mundo, porque tengo la luz
eterna en los ojos.
Y teniendo la luz eterna en mis ojos, soy el mayor mago:
resucito en la boca de los tigres, soy alfa y omega, pez, cor-
dero, me alimento de langostas, soy ridículo, soy tentado,
soy perdonado, soy derribado en tierra y glorificado, tengo
mantos de púrpura y estameña, burrísimo como San
Cristóbal y sapientísimo. Y soy loco, completamente loco,
para siempre, por todos los siglos, loco de Dios. Amén.
Y siendo loco de Dios, soy la razón de las cosas, el orden, la
medida,
soy la balanza, la creación, la obediencia,
soy el arrepentimiento, soy la humildad,
soy el autor de la pasión y muerte de Jesús,
soy la culpa de todo.
Nada soy,
Miserere mei, secundum magnam misericordiam tuam”8.

8. Jorge de Lima, Poema del cristiano, Emilio del Río, o. c. 234-235.


13
DE LA GRACIA OBTENIDA EN LOS SACRAMENTOS
CELEBRADOS CON FE

El lenguaje religioso-cristiano, bien a nivel de teólogos, ensayis-


tas, catequistas, y no digamos de pueblo, dice que el cristianismo es
una religión espiritual. Si por espiritual entendemos todo cuanto
sucede en el interior de los creyentes, naturalmente que el cristia-
nismo es una religión espiritual e interior, pero no por eso deja de
ser corporal e histórica.
El cristianismo alcanza al ser humano en su totalidad, de modo
que sus ritos pretenden restaurar el equilibrio espiritual-corporal del
creyente. Y es que la salud donada por los sacramentos no se sitúa
al margen de los valores contantes y sonantes. Valores como fe, gra-
cia y sacramentos no cotizan en bolsa, pero no por eso dejan de ser
auténticos valores que alcanzan a la totalidad de la persona cristia-
na, con tal de que en la calle actúe como un ciudadano moldeado
por la fe y la gracia de la fe.
Todo sacramento es celebrado por la persona entera: Alma y
cuerpo ¿Qué duda cabe que la Eucaristía alcanza a la totalidad del
comulgante? Evidente que el pan eucarístico no sacia el hambre
material, por más que se coma físicamente. Pero, por medio del pan,
se da algo que alcanza a toda la persona, lo mismo que una situa-
ción feliz o compañía grata afectan anímica y físicamente.
Pues bien, lo diré sin temor. La recepción del cuerpo y de la san-
gre del Señor alcanza al comulgante en su totalidad. Es el cuerpo y
216 LOS SACRAMENTOS

el alma los que reciben al Señor, y su recepción es experimentada


interna y externamente. Internamente el comulgante da gracias a
Jesús. Externamente, el cuerpo expresa, con su recogimiento, la aco-
gida del Señor comulgado. Y todo eso lo experimenta el comul-
gante y lo contempla la comunidad.
Cuando se dice que los sacramentos son la celebración de la gra-
cia de Dios y apropiación de la obra de Jesucristo, ¿qué queremos
decir?, ¿qué es la gracia de creer?, ¿qué es la gracia?
El encabezado habla de la gracia obtenida en los sacramentos
celebrados con fe.
Por gracia increada, y sin meternos para nada en la cantidad de
divisiones y subdivisiones acuñadas por los teólogos, hay que enten-
der, fundamentalmente, la presencia de Dios uno y trino en la per-
sona del bautizado y receptor creyente de los sacramentos.
Si Dios es Dios y ha creado todo, está presente en la criatura,
dependiendo, claro está, de la naturaleza de los seres, pues Dios,
estando en todo, no está en todo de la misma manera. Dios, por
ejemplo, está en la piedra, pero la piedra no es capaz de celebrar la
gracia de la presencia divina. Dios está en la persona humana y ella
es la única capaz de percibir la presencia de Dios, de responder a
esa presencia y de sobresaltarse con la gracia de su presencia.
Por gracia sacramental, fundamentalmente, o gracia que Dios
nos da en los sacramentos, hay que entender el diálogo amoroso
mantenido entre Dios y los humanos; la vida que Dios comunica en
y por Jesucristo; la energía del Resucitado ofrecida y celebrada en
los sacramentos; la donación de la filiación divina, por la que somos
hijos de Dios en su Hijo; el auxilio divino, dado gratuitamente, pero
con el que hay que colaborar para hacer el bien y superar el mal1.
Por gracia se entiende la divinización de los creyentes, pero no
como algo que nos envuelve, desde fuera, como un manto, deján-

1. Xavier Zubiri, El problema teologal del hombre: Cristianismo, o.c., 356. 411.
DE LA GRACIA OBTENIDA EN LOS SACRAMENTOS 217

donos radicalmente pecadores, no, sino como una realidad produ-


cida por Dios en el interior de la persona y con la entera colabora-
ción de la persona.
Por gracia ha de entenderse la liberación de nuestro yo obsesivo
en orden a centrarnos, desde nosotros, en el eje de Dios.
En definitiva, la gracia, y con palabras de la Escritura, es la dona-
ción del Padre como Creador, de la vida de Jesucristo como Señor
y Salvador, y de la presencia del Espíritu Santo como Santificador y
Agente de la gracia2.
El Antiguo Testamento, al hablar de gracia, insiste en el concep-
to de conversión al Señor3.
Todo ser humano puede celebrar la gracia de la presencia de
Dios en él, sea de la Religión que sea, o aunque no tenga ninguna,
o sea para sí mismo su propia y única Religión.
Los católicos estamos educados de una manera particular, como
particular es la educación musulmana, para celebrar la presencia de
Dios-trinidad en cada uno de los bautizados y en la totalidad de la
familia cristiana. A esta educación particular para celebrar la pre-
sencia graciosa y gratuita de Dios uno y trino la llamamos liturgia
sacramental y gracia de los sacramentos.
¿Qué gracia recibimos en los sacramentos?
En los sacramentos recibimos la gracia de la presencia de Dios,
porque el sacramento también es una criatura y, en consecuencia,
recibimos, fundamentalmente, la presencia de Dios, como gracia
única, pero con estos matices:

1. En el sacramento aceptamos, de un modo celebrativo, la presen-


cia de Dios en el ser humano. Es decir, que nos alegramos de su
presencia y la aceptamos con la iluminación que procede de la fe.

2. 1Cor 12, 4; Jn 7, 39; 12, 32; 14, 23; 1Jn 3, 1.


3. 2 Sam 12, 13-23 (David); Ex 32, 8; Gn 3; Dt 9, 24; 10, 12-17; Jue 2, 12; 3, 9; Am
4, 6-11; Is 10, 20-22; 29, 13; Dt 10, 12-17; Jer 17, 14; 24, 6-7; Os 6, 1-2; Ez 36,
25-28; Job 38, 41; Sal 44, 10-23; 51, 5-6; 95, 7-11; 119, 67.
218 LOS SACRAMENTOS

2. En el sacramento recibimos a Dios, pero filtrado a través de la


persona de Jesucristo.
3. Al recibir un sacramento, y fundamentalmente el Bautismo, Dios
nos incorpora al proyecto que nos ha ofrecido en Jesucristo, en
orden a ser hijos de Dios por medio de su Hijo, y tal y como se
nos ofrece esta filiación en Jesucristo.
4. En todo sacramento, al celebrarlo como Dios quiere, según lo ha
manifestado Jesucristo y ordenado la Iglesia, recuperamos el
equilibrio perdido.
5. Finalmente, siempre que nos abrimos a la presencia graciosa de
Dios-trinidad, según nos lo ha enseñado Jesucristo, los sacramen-
tos nos divinizan, y por divinización entendemos, fundamental-
mente, y como gran gracia, la filiación. Es decir, ser hijos de Dios
por medio de Jesucristo, ya que el único Hijo de Dios, y Dios
como el Padre, es Jesucristo, que no ha venido a enseñarnos a ser
hijos de Dios como él es, sino a ser hijos de Dios haciéndonos her-
manos suyos y de los otros en él. De modo que la gracia de la filia-
ción divina consiste en ser hermanos de Jesucristo, y siendo her-
manos del Hijo es como llegamos a ser hijos de Dios-Padre.

La teología oriental concibe la gracia de los sacramentos como


medio a través del cual el ser humano es divinizado, mientras que
la teología de occidente concibe la gracia de los sacramentos como
el mineral para recuperar la salud y el equilibrio perdidos.
La apertura acogedora de la presencia graciosa de Dios, canali-
zada por los sacramentos, redimensiona al cristiano preparándolo,
con su colaboración y correspondencia, para que sea lugar esplén-
dido de la presencia graciosa de Dios.
Con relación a la gracia increada, la gracia sacramental o creada,
así como sobre la justificación, o acuerdo entre el Creador y la cria-
tura, los teólogos han escrito mucho y bueno, pero también nos
recuerdan, y es un excelente recuerdo, que no concibamos la gracia
como una mercancía que se puede comprar. Si así fuera, lo mejor
que podíamos hacer era recibir, sin tregua, los sacramentos4.
DE LA GRACIA OBTENIDA EN LOS SACRAMENTOS 219

Thomas Merton autobiografía la andadura de la gracia por su


persona en este poema:

Lee los versos de los brutales azotes


y lo que está escrito en sus anotaciones terribles:
“La sangre corre a lo largo de los muros de la ciudad de
Cambridge
tan inútil como las aguas del riachuelo,
y la taberna y el callejón apuestan sobre sus vestidos”.
Aunque mi vida está escrita en el cuerpo de Cristo como en
un mapa,
los clavos han impreso en esas manos abiertas
más que el abstracto nombre de los pecados,
más que los estados y las ciudades,
los nombres de las calles, los números de las casas,
el registro de los días y las noches
en que yo lo he asesinado en cada plaza y en cada calle.
Lanza y espinas, azote y clavo
han más que hecho de su corazón mi crónica.
Y mis vagabundajes más que morder su pie sangrante.
Cristo: desde mi cuna te había conocido siempre.
Y aun cuando pecaba, caminaba hacia Ti, sabiendo
que eras mi mundo.

4. Cf. L. M. Chauvet, Símbolo y sacramento, o.c. 147; K. Rahner, Para una teolo-
gía del símbolo, Escritos de teología, IV, 309; K. Rahner, Devoción personal y
sacramental, Escritos de teología II, Taurus, Madrid, 1963, 115-125; Lucien
Cerfaux, La teología y la gracia según san Pablo, Selecciones de Teología 21
(1967) 7-13; P. Rousselot, La concepción de la gracia en san Juan y en san Pablo,
Selecciones de Teología 21 (1967) 14-19; K. Wennemer, Espíritu y vida en san
Juan, Selecciones de Teología 21 (1967) 20-26; Marc François Lacan,
Conversión y gracia en el Antiguo Testamento, Selecciones de Teología 21
(1967) 27-30; Charles Moeller, Gracia y justificación, Selecciones de Teología 21
(1967) 54-58; Peter Smulders, La estructura de la gracia, Selecciones de
Teología 21 (1967) 89-92.
220 LOS SACRAMENTOS

Fuiste mi Francia y mi Inglaterra,


mis océanos y mi América.
Fuiste mi vida y aire y todavía
no te reconocía.
¡Oh! Cuando yo te amaba, aun cuando te odiaba
amando aún y negándote en todas las glorias del universo,
era tu viva carne lo que yo desgarraba y pisoteaba
y no el aire o la tierra.
No porque Tú no sientas en las criaturas,
sino que el conocerte, en ellas, hizo de cada cuerpo un sacri-
legio.
Cada acto de gula te profanaba
y te despojaba y te deshonraba como en la Eucaristía.
Y, sin embargo, en cada llaga me librabas de un crimen
y como cada golpe se rescataba en la sangre,
me has pagado cada gran pecado en gracias aún mayores
porque así, cuando yo te mataba,
te hiciste más ladrón que cualquiera de los de tu banda.
Me raptabas mis pecados en tu vida moribunda
y me robabas hasta mi muerte.
Dónde, sobre qué cruz llegará mi agonía,
no te lo pregunto.
Porque está escrita y cumplida aquí
en cada crucifijo, en cada altar.
En mi historia que se ahoga y borra,
en tus cinco copiosos jordanes;
tu voz que grita mi consumatum est.
Si en tu cruz tu vida y muerte son una sola cosa,
Amor me enseña a leer en Ti el resto de una nueva historia:
traigo otra vez mis días a otra infancia
cambiando, de camino,
DE LA GRACIA OBTENIDA EN LOS SACRAMENTOS 221

Nueva York y Cuba por tu Galilea


y Cambridge por tu Nazareth.
Hasta que llego otra vez a mi principio
y encuentro un pesebre y una estrella y la paja,
un par de bestias, algunos hombres simples,
y aprendo de ellos que he nacido
ahora no ya en Francia, sino en Belén”5.

5. Thomas Merton, “La biografía”, Emilio del Río, o. c. 309-310.


14
LA PALABRA Y LOS SACRAMENTOS CONSTITUYEN
LA EVANGELIZACIÓN COMPLETA

Si el sacramento es la actualización de la presencia de Dios Uno


y Trino en el bautizado; si el sacramento es una palabra salvadora;
si el sacramento es la palabra visible; si la palabra o sacramento invi-
sible de Dios se ha hecho hombre, nadie debe decir, y se ha repeti-
do hasta la saciedad que, en orden a la construcción de una comu-
nidad cristiana, la evangelización precede a los sacramentos, y que
los sacramentos deben ser pospuestos a la evangelización.
No. La palabra-evangelio se hizo sacramento, y el sacramento se
hizo evangelio-palabra. En consecuencia, evangelio y sacramento,
sacramento y evangelio, son las dos caras de una única moneda, y
las dos manos necesarias para la construcción de la entera comuni-
dad cristiana.
¿Existe alguna precedencia, según el plan de Dios, en la predica-
ción de la Palabra, por una parte, y de la realización de la Palabra,
como sacramento, por otra? Vayamos por partes.

La fuerza de la Palabra
Por sí misma, la Palabra tiene fuerza salvadora. Como dice la
Escritura, la Palabra posee tal fuerza que quema y tritura la piedra1,
y tan cumplidora que no vuelve a Dios vacía:

1. Jer 23, 29.


224 LOS SACRAMENTOS

“Como bajan la lluvia y la nieve del cielo,


y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,
de fecundarla y hacerla germinar,
así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía,
sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo”2.

La Palabra contiene la gloria de Dios3, y su buena noticia tiene


fuerza para salvar al que la acoge con fe4. Tajante más que espada
de doble filo, a ella es a quien habremos de dar cuenta5. La Palabra
limpia a los que la acogen6, y por ella vuelven a nacer, no de semi-
lla mortal, sino de la semilla misma de Dios7.
Acerca de la relación entre Palabra-sacramento no existen decla-
raciones oficiales del Magisterio de la Iglesia. De todos modos, la
precedencia del mensaje a la fe debida o dada al mensaje, según
Pablo8, así como la teología del Vaticano II, destacan la eficacia de
la Palabra de Dios: “La Iglesia ha venerado siempre las Sagradas
Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de
tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de
la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la
liturgia. Siempre las ha considerado y considera, juntamente con la
Tradición, como la regla suprema de su fe, puesto que, inspiradas
por Dios y escritas de una vez para siempre, comunican inmutable-
mente la palabra del mismo Dios y hacen resonar la voz del Espíritu
Santo en las palabras de los profetas y de los apóstoles. Es necesa-
rio, por consiguiente, que toda la predicación eclesiástica, como la
misma religión cristiana, se nutra de la Sagrada Escritura y se rija
por ella. Porque en los sagrados libros, el Padre que está en los cie-

2. Is 55, 10-11.
3. Jn 1, 14.
4. Rom 1, 16.
5. Heb 3, 12-13.
6. Jn 15, 1-3.
7. 1P 1, 23.
8. Rom 10, 17.
LA PALABRA Y LOS SACRAMENTOS 225

los se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la efi-
cacia que radica en la palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y
vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del
alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual. Excelentemente se
aplican a la Sagrada Escritura estas palabras: Pues la palabra de Dios
es viva y eficaz (Heb 4, 12), que puede edificar y dar herencia a
todos los que han sido santificados (Hch 20, 32; 1Tes 2, 13)”9.
Según los Reformadores, la salvación procede de la Palabra, de
su predicación y de la fe con que es acogida. En consecuencia, los
sacramentos no son para ellos la forma suprema de la salvación,
sino la Palabra predicada, escuchada y acogida con fe.
Como reacción a la Reforma protestante, la teología católica
amortiguó la importancia salvadora de la Palabra y la consideró,
desafortunadamente, como portadora de verdades objetivas.

El equilibrio teológico del Concilio Vaticano II

El Concilio Vaticano II ha equilibrado la teología católica y desa-


rrollado la teología de la Palabra, así como la inter-relación entre
Palabra y sacramentos.
Algunos teólogos católicos consideran la predicación de la Palabra
como un cuasi sacramento. Otros consideran el sacramento como
la forma suprema de la Palabra eficaz, de modo que el sacramento
es la Palabra en su máxima realización. Finalmente, hay teólogos
para los que la Palabra tiene la fuerza de moldear y de dar forma al
que la acoge con fe.
La teología católica ha redescubierto la fuerza de la Palabra, y la
teología protestante ha comenzado a valorar el acontecimiento sal-
vador a través de las acciones simbólicas de los sacramentos.

9. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática sobre la divina revelación, VI, 21.
BAC. 142.
226 LOS SACRAMENTOS

La palabra en cuanto predicación


Como símbolos visibles, los sacramentos son predicaciones de
Dios al mundo.
Las palabras imperativas de la Eucaristía: “Esto es mi cuerpo”...,
son importantísimas, pero, según la nueva ordenación litúrgica, hay
que dar importancia a todo el contexto en el que resuenan las pala-
bras consecratorias, contextualizándolas en la celebración de la misa
o del sacramento en el que resuenen las palabras imperativas de
Jesucristo. De ahí que la celebración de todo sacramento ha de ser
aprovechada por los pastores para mantener un diálogo evangeliza-
dor con los peticionarios del sacramento, pues Dios es quien desea
predicar con su Palabra en el ámbito del sacramento.
Más aún. El celebrante de un sacramento, lo mismo que el cate-
quista o educador de la fe de sus hermanos, deben insistir mucho
en que así como Dios y Jesucristo se autoimplican en lo que dicen
haciéndolo, el receptor del sacramento debe introducirse en esa
dinámica divina. Si Jesús dice: Esto es mi cuerpo, se implica tanto
que, efectivamente, se realiza lo que dice. En consecuencia, el recep-
tor del bautismo o de la eucaristía debe introducirse de tal modo en
las palabras de Jesucristo que experimente que se está realizando en
él y para él cuanto ha dicho Jesucristo10.

La palabra es sacramento y el sacramento es palabra


Según san Agustín, la Palabra es de tal importancia que de nin-
guna manera puede ser substituida por signos11.
La Palabra y el signo, o sacramento, constituyen la infraestruc-
tura originaria en la transmisión de la salvación. El oyente se con-
mueve y experimenta el “revulsivo” de la Palabra en su corazón,
pero no se contenta con la corazonada, sino que pregunta a los

10. J. Ladrière, o.c., 112. 116. 117. 281.


11. San Agustín, De la doctrina cristiana II, III. 4. BAC. XV, 99-100.
LA PALABRA Y LOS SACRAMENTOS 227

Apóstoles qué debe hacer, después de haber oído la Palabra y expe-


rimentado su fuerza, a lo que responden que se ratifique la Palabra
oída con el sello del Bautismo.
Palabra y sacramento son inseparables. Dios ofrece su Palabra
reconciliadora, y la humanidad, con el Hombre-Dios, acepta la ofer-
ta y responde a Dios con el sacramento de la Cruz.
El ser humano, por ser creación de Dios, ya responde a Dios
desde su condición de criatura. Mejor aún, Dios mismo se respon-
de desde la criatura, pues todo cuanto existe es obra suya, pero Dios
quiere que la criatura responda personalmente.
La Palabra es el constitutivo íntimo del sacramento, y los sacra-
mentos son la suprema eficacia de la Palabra.
Por Palabra de Dios se entiende el mensaje contenido en la
Biblia, predicado en la Iglesia, escuchado, creído y celebrado. De
modo que es Cristo quien habla en la Iglesia cuando se proclama la
Palabra en la Liturgia, y es la misma Palabra la que realiza la
Eucaristía. Por eso, si en los otros sacramentos dice el ministro “yo
te bautizo en nombre de Cristo, en la Eucaristía se contenta con
narrar las palabras de la Cena”12.
La Palabra no es adoctrinamiento nada más, sino proclamación.
Al ser anunciada, se desvela, sale de Dios y se hace presente en
medio de la asamblea.
La Palabra proclamada y creída es la suprema realización de la
Palabra, y esto acontece en los sacramentos. Por eso, un sacramen-
to es un acontecimiento salvador que tiene la Palabra como meollo.
De ahí que, sin predicación, no hay sacramento. En consecuencia,
por la predicación se va al sacramento, siendo la asamblea litúrgica
el escenario adecuado para la predicación de la Palabra.
¿Qué diferencia existe entre evangelización y sacramentos, sa-
cramentos y evangelización? Más que de diferencia hay que hablar

12. A. M. Roguet, La presencia activa de Cristo en la Palabra de Dios, Selecciones


de Teología 19 (1966) 248-252.
228 LOS SACRAMENTOS

de complementariedad, pues la predicación de la Palabra se orde-


na a la fe, y los sacramentos a la gracia de la fe, lo mismo que, según
la economía cristiana, el Verbo-Palabra de Dios deviene Hombre-
Jesucristo13.
Dulce María Loynaz refleja en esta prosa poética su audición de
la Palabra de Dios:

“Tú me hablabas, pero yo no sabía desde dónde. Y sentía tu voz,


tu misma voz fluyente y cálida, un poco ronca, a veces, por la emo-
ción que te apretaba a la garganta... Tú me hablabas, pero yo no
sabía desde dónde, ni distinguía tus palabras; sólo percibía tu voz
naciendo, como la noche, de todos los puntos del paisaje.
Y tu voz era una ola tibia que me envolvía, poco a poco prime-
ro, como blandura de marea alucinada por la luna, y arrebatadora
después, con sacudidas de tormenta que se infla por el horizonte.
Era tu voz otra vez –¡y cuándo no fue tu voz!...– la que yo sentía
no sólo ya en mis oídos, sino en la misma carne, como ola de agua,
de fuego, como ola espesa que avanzaba creciendo...
Era tu voz, fantasma de mi oído, saber recóndito y constante de
todas las músicas, de todas las palabras, de todas las voces que han
sonado en mi vida después de ella; era tu voz, tu misma voz única
e inextinguible siempre, que me envolvía, que me cercaba, que me
doblegaba el alma reacia, súbitamente estremecida...
Pero yo no sabía dónde me hablabas... Era tu voz, sí, tu misma
voz de fuego y agua y huracán. Pero yo miraba temblando en torno
mío, y sólo veía las desnudas paredes del silencio”14.

13. Cf. Lucien Richard, Palabra y sacramento: Acercamiento ecuménico, Selec-


ciones de Teología 20 (1966) 288-300.; A. M. Roguet, a.c., 248-252; Cf. Félix
Placer Ugarte, o.c. 93-118; L. M. Chauvet, Símbolo y sacramento, o.c. 225-227;
O. Semmelroth, Predicación y sacramentos, Selecciones de Teología 1 (1962) 8-
14.; K. Rahner, Palabra y Eucaristía, Escritos de Teología IV, 324-363; Id,
Palabra y Eucaristía, Selecciones deTeología 13 (1965) 49-58; Ch. Davis,
Teología de la predicación, Selecciones de Teología 5 (1963) 56-62.
14. Dulce María Loynaz, Poema XLVIII, o.c. 117-118.
15
APROXIMACIÓN AL SACRIFICIO

Terca supervivencia del sacrificio en la vida


“Echa afuera el sacrificio y volverá al galope”. Cada vez que pre-
ferimos una cosa, estamos sacrificando otras, o prescindiendo de
otras. Y es que la consecución de una meta requiere disciplina y
sacrificio. Nada, absolutamente nada valioso se alcanza en la vida
sin una buena dosis de sacrificio1.

Generalidades previas
Según la Biblia, el sacrificio se remonta al alba de la humanidad.
Caín, como representante de la sociedad agrícola, ofrece a Dios el
fruto de sus campos, pero se desprende de lo peor. Por el contrario,
su hermano Abel, dedicado al pastoreo, ofrece a Dios las ovejas
más gordas de sus rebaños2. A Abrahán, como una reminiscencia de
sacrificios humanos que la Biblia quiere desterrar, se le pide en sacri-
ficio a su hijo Isaac, pero a Dios le basta con la prontitud de su obe-
diencia, y el sacrificio del muchacho es sustituido por un carnero3.
El profeta Miqueas está desconcertado y se pregunta: ¿Cómo me

1. Ghislain Lafont, Permanencia del sacrificio, Selecciones de Teología 112 (1989)


302-304.
2. Gn 4, 2-4.
3. Gn 22, 1-24.
230 LOS SACRAMENTOS

presentaré e inclinaré ante Dios? ¿Con holocaustos? ¿Con mi pri-


mogénito? ¿Con la defensa del derecho? 4. El libro del Éxodo habla
del pacto firmado entre Dios y el Pueblo, acuerdo ratificado con la
sangre de un animal5.
Sacrificio y violencia, violencia y sacrificio, son dos constantes en
la Biblia. Aproximadamente, el Antiguo Testamento contiene 600
casos de violencia, y de la ira de Dios habla la Biblia en más de 1.000
ocasiones6.
La violencia es un tema recurrente en los evangelios. Leídos en
esta clave, Jesucristo es un hombre violento y desencadenador de
violencia activa y pasiva. Los relatos de la Pasión son de una vio-
lencia inusitada, por más que hayan sido sacralizados y embelleci-
dos por el cristianismo.

Qué se entiende por sacrificio según la estimativa popular


El pueblo entiende por sacrificio lo que cuesta, y lo más costoso
es la donación continua. De ahí que por sacrificio no ha de enten-
derse únicamente una acción violenta con derramamiento de san-
gre humana o de animal, cuanto la donación voluntaria y libre de
toda violencia.
El sacrificio de Jesucristo, por ejemplo, no termina ni comienza
con la masacre de la Cruz, sino que consiste en una donación sin
tregua: donación que se inicia con la salida del Verbo de la casa de
la Trinidad, continúa durante su vida terrena, alcanza un momento
cumbre en la Cruz, y se prolonga mansamente en los misterios
eucarísticos7.

4. Miq 6, 6-9.
5. Ex 24, 1-18.
6. N. Lohgink, Antiguo Testamento. El desenmascaramiento de la violencia.
Comentarios exegéticos a un tema de actualidad, Selecciones de Teología 72
(1979) 285-293.
7. Ernst Cassirer, o.c. II, 273.
APROXIMACIÓN AL SACRIFICIO 231

Inteligencia de sacrificio según las religiones


Las religiones, incluida la bíblica y las derivadas de ella, entien-
den por sacrificio:
1. La presentación a Dios de una ofrenda, pero siempre que se
entienda por Dios una fuerza superior al ser humano;
2. En forma ritual, esto es, por medio de una escenificación oficial;
3. Por parte de la comunidad o pueblo, aunque el sacrificio u ofren-
da también puede ser de los particulares, según la filosofía de
cada cultura;
4. De un don concreto, esto es, material: uvas, pan, corderos;
5. Con el que se identifican los sacrificantes;
6. Para autodonarse a quien es mayor que los seres humanos;
7. En orden a identificarse con el Ser Superior;
8. Y unirse a él.
De lo expuesto se deduce que por sacrificio ha de entenderse el
acto que conduce a la unión con Dios como reconocimiento abso-
luto de nuestra dependencia, sin complejo alguno, pues, al recono-
cer la soberanía de Dios, el ser humano recapacita en la suya que
consiste, precisamente, en estar presente ante Dios como un yo en
diálogo con su Hacedor, si no como un igual, en modo alguno
como un pordiosero.
En consecuencia, el sacrificio es un acto religioso porque, me-
diante una ofrenda o víctima, se modifica el estado anímico de la
persona o de la comunidad que lo realiza, afectando, incluso, a los
objetos ofrecidos, pues ya no se vuelven a usar o, al menos, nunca
del modo anterior.
De modo más condensado, se puede decir que por sacrificio se
entiende la inter-comunión entre mundo-sagrado y mundo-profano
mediante la ofrenda de algo.
Según el Nuevo Testamento, los cristianos pueden corresponder
a Dios por los beneficios recibidos de dos maneras: Participando
del sacrificio de Jesucristo, y amando al prójimo con un amor que
es la prolongación del amor de Dios.
232 LOS SACRAMENTOS

Atenágoras, allá por los años 170-180, purifica de tal modo el con-
cepto de sacrificio que afirma que la religión no se mide por los sacri-
ficios materiales, cuanto por la dedicación o sacrificio de la inteli-
gencia al conocimiento de Dios: “Mas ya que quienes nos acusan de
ateísmo –vulgo que no sabe ni por sueño qué cosa es Dios, tan igno-
rantes y tan ajenos a la contemplación de la razón teológica como
de la física, que miden la religión por ley de sacrificios–, nos repro-
chan no tener los mismos dioses que las ciudades, considerad, os
ruego, oh emperadores, uno y otro punto del siguiente modo, y, ante
todo, el reproche de no sacrificar. El Artífice y Padre de todo este
universo no tiene necesidad ni de sangre ni de grasa, ni del perfume
de flores e inciensos, como quiera que Él es perfume perfecto; nada
le falta y de nada necesita. Para Él, el máximo sacrificio es que conoz-
camos quién extendió y dio forma esférica a los cielos y asentó la tie-
rra a manera de centro, quién congregó las aguas en mares y separó
la luz de las tinieblas, quién adornó con astros el éter e hizo que la
tierra produjera toda semilla; quién creó a los animales y plasmó al
hombre. Teniendo, pues, al Dios artífice que todo lo contiene y todo
lo mira con la ciencia y arte con que todo lo dirige, y levantando a
Él nuestras manos puras, ¡qué necesidad tiene ya de hecatombes?...
¿Qué falta me hacen a mí los holocaustos de que Dios no necesita?
¡Y qué falta me hace presentar ofrendas, cuando hay que ofrecerle
sacrificios incruentos, que es culto racional!?”8.

Sacrificio y escenificación del Inicio


Por sacrificio han entendido la mayoría de Pueblos y Culturas
la escenificación dramática de un acontecimiento mítico, general-
mente violento, y que tuvo lugar en el alba de la humanidad o de
una cultura determinada.

8. D. Ruiz Bueno, Padres apologistas griegos, Atenágoras, Legación en favor de


los cristianos 13, o.c. 664-665.
APROXIMACIÓN AL SACRIFICIO 233

La reproducción, mediante la escenificación del Mito, origina un


nuevo nacimiento, con la muerte a lo viejo, así como la entrada en
una nueva vida social. La dramatización se desarrolla entrelazando
lo escenificado con los ritmos cósmicos del amanecer-atardecer,
sol-luna, invierno-primavera-verano-otoño.
En este contexto, Jesucristo no sólo es el primero y gran antepa-
sado del cristianismo, sino el fiel siempre presente, como sacrificio
único y verdadero de los misterios cristianos. De ahí que la teología
y la liturgia llamen a Jesucristo tiempo y reloj de los cristianos, pues
él, como alfa y omega de todo, es el tiempo y la eternidad, ayer, hoy
y mañana, principio y fin, y las cuatro estaciones del cosmos de la
liturgia cristiana.
Por eso, a lo largo del año litúrgico la historia sagrada de
Jesucristo se escenifica revestida con la vitalidad y colorido de las
cuatro estaciones. En el silencio del invierno, germina y nace el
Verbo-Hombre, como un niño, del seno de la Virgen-Madre. En
la primavera, por Pascua florida, celebra la Iglesia la Muerte y
Resurrección del Hombre-Dios. Durante el verano y el resto del
año, se celebra la presencia de Jesucristo, en sus misterios, presidi-
dos por el Espíritu Santo, alma de la Iglesia, predicador oficial y filó-
sofo que descifra la persona de Jesucristo. En el otoño, recogidas las
cosechas, caídas las hojas de los árboles, a punto de concluir el año
religioso, celebra la liturgia la realeza de Jesucristo y la desemboca-
dura de la Historia terrena en la Historia de Dios.

Clases de sacrificios según su forma


El sacrificio puede ser:
1. Cruento: Cuando la víctima se consume totalmente o se quema.
2. De Comunión: Cuando la víctima es comida en señal de común
unión entre los creyentes y la divinidad.
3. Incruento: Cuando el sacrificio consiste en una ofrenda de acción
de gracias. Por ejemplo, la recitación del Padrenuestro constituye
234 LOS SACRAMENTOS

un auténtico intercambio de dones, pues mediante la oración que


enseñó Jesús: Alabamos, pedimos, prometemos y damos. Y es que
“rehusar dar equivale a declarar la guerra, significa rechazar la
alianza y la comunión”9.

Ahora bien, la oración también tiene rango de sacrificio, ya sea


de petición, de alabanza o de acción de gracias, así como la liturgia
concebida como culto, en el que adoramos, reconocemos, expiamos
y ofrecemos nuestros dones. La Eucaristía, en concreto, es el supre-
mo sacrificio de acción de gracias, o la suprema oración de alabanza
con la que los cristianos bendecimos a Dios.

Centralidad del sacrificio en el culto


El sacrificio, de la clase que sea, constituye “un núcleo firme en
torno al cual se agrupa la acción del culto”10.
Según el cristianismo, sacrificio y culto constituyen una única
realidad. La carta a los Filipenses presenta la fe como sacrificio
litúrgico11. La proclamación de la buena noticia del Hijo de Dios es
para Pablo un culto, su culto12, ya que su función sacra por exce-
lencia (su culto-sacrificio) consiste en el anuncio de la buena noti-
cia de Dios para que la ofrenda de los paganos, consagrada por el
Espíritu Santo, le sea agradable a Dios13. La ofrenda a Dios de su
propia existencia es para Pablo su más entrañable culto y sacrificio:
“Por ese cariño de Dios os exhorto, hermanos, a que ofrezcáis vues-
tra propia existencia como sacrificio vivo, consagrado, agradable a
Dios, como vuestro culto auténtico; y no os amoldéis al mundo
éste, sino idos transformando con la nueva mentalidad, para ser

9. L. M. Chauvet, Símbolo y sacramento,o.c. 109.


10. Ernst Cassirer, o.c. II, 273; Cf. R. de Vaux, Instituciones del Antiguo Testamento,
Herder, Barcelona, 1985, 567-74 (páginas excelentes).
11. Flp 2, 17.
12. Rom 1, 9.
13. Rom 15, 16.
APROXIMACIÓN AL SACRIFICIO 235

vosotros capaces de distinguir lo que es voluntad de Dios, lo bueno,


conveniente y acabado”14. Finalmente, según la carta a los Hebreos,
la solidaridad y la comunicación de bienes son los “sacrificios que
agradan a Dios”, así como alabar a Dios por Cristo también es un
“sacrificio de alabanza”15.

El sacrificio de Cristo según el Nuevo Testamento


El autor de la carta a los Hebreos presenta la muerte de Jesucristo
como auténtico sacrificio: “El Mesías, en cambio, presentándose
como sumo sacerdote de los bienes definitivos, mediante el taber-
náculo mayor y más perfecto, no hecho por hombres, es decir, no
de este mundo creado, y mediante sangre no de cabras y becerros,
sino suya propia, entró de una vez para siempre en el santuario,
consiguiendo una liberación irrevocable.
Si la sangre de cabras y toros y unas cenizas de becerra, cuando
rocían a los impuros, los consagran confiriéndoles una pureza exter-
na, ¿cuánto más la sangre del Mesías, que con espíritu irrevocable
se ofreció el mismo a Dios como sacrificio sin defecto, purificará
nuestra conciencia de las obras de muerte, para que demos culto al
Dios vivo?
Por esa razón es mediador de una alianza nueva: para que, des-
pués de una muerte que librase de los delitos cometidos con la pri-
mera alianza, los llamados puedan recibir la herencia perenne, obje-
to de la promesa.
Mirad, para disponer de una herencia es preciso que conste la
muerte del testador, pues un testamento adquiere validez en caso de
defunción; mientras vive el testador, todavía no tiene vigencia.
De ahí que tampoco faltase sangre en la inauguración de la pri-
mera alianza. Cuando Moisés acabó de leer al pueblo todas las pres-

14. Rom 12, 1-2.


15. Heb 13, 16; cf. Flp 4, 18.
236 LOS SACRAMENTOS

cripciones contenidas en la Ley, cogió la sangre de los becerros y


las cabras, además de agua, lana escarlata e hisopo, y roció primero
el libro mismo y después al pueblo entero diciendo: “Esta es la san-
gre de la alianza que hace Dios con vosotros”. Con la sangre roció
además el tabernáculo y todos los utensilios litúrgicos. Según la Ley,
prácticamente todo se purifica con sangre, y sin derramamiento de
sangre no hay perdón.
Bueno, estos esbozos de las realidades celestiales tenían que
purificarse por fuerza con tales ritos, pero las realidades mismas
necesitan sacrificios de más valor que éstos; y de hecho el Mesías
no entró en un santuario hecho por hombres, copia del verdadero,
sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante Dios a favor
nuestro. Y no era tampoco para ofrecerse repetidas veces, como el
sumo sacerdote, que entra año tras año en el santuario, llevando
una sangre que no es la suya; si no habría tenido que sufrir muchas
veces desde que se creó el mundo. De hecho, su manifestación ha
tenido lugar una sola vez, al final de la historia, para abolir con su
sacrificio el pecado.
Por cuanto es destino de cada hombre morir una vez, y luego un
juicio, así también el Mesías se ofreció una sola vez, para quitar los
pecados de tantos; la segunda vez, ya sin relación con el pecado, se
manifestará a los que lo aguardan para salvarlos”16.
En este texto, denso en verdad, el autor reflexiona sobre estos
elementos: El oferente, el destinatario, la ofrenda, las personas por
las que se ofrece, el mediador, equidistante entre Dios y el hombre,
en unión con aquellos por quienes se ofrece (por nosotros-con
nosotros), así como la identidad entre el oferente y la ofrenda.
La carta a los Hebreos sugiere a Agustín una excelente visión del
sacrificio de Cristo17.

16. Heb 9, 11-28; Cf. Heb 10, 5-18; Rom 4, 25; Gál 2, 20; 3, 13; 2Cor 5, 14-21;
Ef 5, 2.
17. San Agustín, Tratado sobre la Santísima Trinidad IV, XIV, 19. BAC. V, 300-301.
APROXIMACIÓN AL SACRIFICIO 237

El sacrificio de Jesús, según el teólogo africano, fue “significado


por las diversas figuras de los sacrificios anteriores”18. Cierto que Dios
no necesita del sacrificio de su Hijo, pero sí nosotros. Por otra parte,
el sacrificio visible es sacramento del invisible19, y auténtica celebra-
ción de la Memoria de Jesucristo20.
El gran mérito del obispo de Hipona es que jamás disocia el
sacrificio de Cristo del de la Iglesia. Es decir, que la Iglesia ofrece a
Dios el sacrificio de Cristo, pero con el sacrificio de Cristo se ofre-
ce a Dios ella misma. En consecuencia, si la Iglesia ha sido bautiza-
da, toda la Iglesia debe ofrecer a Dios el sacrificio de Cristo, pero
ofreciéndose a sí misma, pues, de lo contrario, el sacrificio no sería
completo. Si Cristo es la Cabeza del Cuerpo, el Cuerpo pertenece a
la Cabeza, así como la Cabeza al Cuerpo. De ahí que la Iglesia, al
ofrecer el sacrificio de Cristo, se ofrece ella misma con Cristo21.
Esta poderosa visión de Agustín se perdió durante muchos
siglos, pero ha sido recuperada, a Dios gracias, por la Eclesiología
del siglo XX y ya XXI.

Notas específicas del sacrificio cristiano


Según el Nuevo Testamento, el cristiano puede agradecer a Dios
los beneficios recibidos de dos maneras: Participando en el sacrifi-
cio de Jesucristo, y amando al prójimo con Dios.
Otra de las notas específicas del sacrificio cristiano consiste en
permitir a Dios que nos colme con sus beneficios, y no tanto ofre-
cerle cosas, sino dejarle que nos llene, y plenamente nos ha colma-
do en la persona de su Hijo. Por eso, el cristiano no puede ofrecer

18. San Agustín, Réplica al adversario de la ley y los profetas I, XXXVII, 18. 37.
BAC. XXXVIII, Madrid, 1990, 729.
19. San Agustín, La Ciudad de Dios X, V. BAC. XVI, 521-522; Réplica al adversa-
rio de la ley y los profetas I, XXXVII. 18. 37. BAC, XXXVIII, 729-731.
20. San Agustín, Ochenta y tres cuestiones diversas 61, 2. BAC XL, 172.
21. San Agustín, La Ciudad de Dios X, XX. BAC. XVI, 550-551.
238 LOS SACRAMENTOS

a Dios un sacrificio mejor que el Memorial de la vida-muerte-resu-


rrección-ascensión-entronización de Jesucristo.
El sacrificio cristiano no consiste en dar a Dios algo que no tiene
y comienza a tenerlo porque se lo hemos dado, cuanto en darnos
totalmente a Dios en orden a que experimentemos que nos ha acep-
tado plenamente desde toda la eternidad, actúe con nuestro permi-
so en nosotros, y nos colme o lleve a la consumación querida por él.
De ahí que entre el sacrificio de Jesucristo y el de los cristianos
exista homogeneidad, aunque nuestro sacrificio se nutra del de
Jesucristo. Y es precisamente a este sacrificio cultual al que llama san
Juan verdadero culto en espíritu y en verdad22. La humanidad, como
dice Agustín, se ofrece a Dios por medio de Cristo y en Jesucristo23.
La Cena es la cara visible del sacrificio cristiano. Es cierto que la
exégesis católica y la protestante se han resistido a la presentación
de la Cena como sacrificio, pero las cosas se han remansado mucho
en ambos campos. La Cena no pretende completar la Cruz de
Jesucristo cuanto actualizarla, ya que lo insoslayable es que Jesucristo
manda, con un imperativo categórico, que se haga la Memoria de la
Cruz en la Cena.
Los Padres, y esta es su lección permanente, unieron Cristo con
Iglesia en el sacrificio eucarístico celebrado ininterrumpidamente
desde el Jueves y el Viernes históricos.
Los grandes escolásticos, como Pedro Lombardo y Tomás de
Aquino, afirman que la Eucaristía es el sacrificio de Cristo realizado
de una vez por todas, pero que en la Misa hay una auténtica inmo-
lación porque en ella se hace Memoria de lo que Cristo hizo de una
vez por todas.
Lutero no admite la misa como sacrificio, sino como Memoria,
pues el mismo Cristo quiere que se haga Memoria de su sacrificio
en la Cena.

22. Jn 4, 20-24.
23. San Agustín, La Ciudad de Dios X, VI. BAC. XVI, 523-524.
APROXIMACIÓN AL SACRIFICIO 239

El Concilio de Trento responde a Lutero que la Cena es el sacri-


ficio indoloro del doloroso de la Cruz. Y es que Lutero se horrori-
zaba porque, según algunos teólogos católicos, Cristo es matado de
nuevo en la Cena.
El Concilio Vaticano II nos ha dejado una visión correcta de
sacrificio. Así, la Eucaristía, instituida por Jesucristo, es el sacrificio
que perpetúa, por los siglos, hasta que Cristo vuelva a cerrar la
Historia, el sacrificio de la Cruz confiado a la Iglesia como Memorial
de la Muerte y Resurrección de Jesucristo24. La Cena, sigue dicien-
do el Concilio, no pretende completar la Cruz, sino celebrarla y
actualizarla. Haciendo la Eucaristía, según el mandato de Jesús, la
Iglesia colabora con el sacrificio de Cristo: “Para realizar una obra
tan grande, Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en
la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la misa, sea en la
persona del ministro, “ofreciéndose ahora por ministerio de sacer-
dotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz”, sea sobre todo
en las especies eucarísticas. Está presente con su fuerza en los sacra-
mentos, de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bau-
tiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la
Sagrada Escritura, es Él quien habla. Está presente, por último,
cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió:
Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en
medio de ellos (Mt 18, 20).
Realmente, en esta obra tan grande por la que Dios es perfecta-
mente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre
consigo a su amadísima esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y
por Él tributa culto al Padre Eterno.
Con razón entonces se considera la liturgia como el ejercicio
del sacerdocio de Jesucristo. En ella, los signos sensibles significan
y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así

24. Concilio Vaticano II, Sobre la sagrada liturgia 47. BAC. 173.
240 LOS SACRAMENTOS

el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miem-


bros, ejerce el culto público íntegro.
En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de
Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagra-
da por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo
grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia”25.

Acuerdos ecuménicos sobre el sacrificio


Los acuerdos ecuménicos afirman que Cristo padeció y sufrió su
Pasión, y que Dios nos capacita para ofrecer el sacrificio de la Cruz
como si fuera nuestro. Ofrenda de oración y ofrenda eucarística se
sintetizan. La Eucaristía es la representación de la Cruz. Eucaristía
y Cruz constituyen un único sacrificio. Finalmente, el Señor es quien
manda celebrar y repetir la Cena-convite, y en la Cena-convite
ordena que se celebre la Memoria de la Cruz26.
Junto con la búsqueda de Dios, como auténtico sacrificio, según
Atenágoras y la donación a Dios de nuestra persona, según Pablo y
Agustín, aconsejo las lecturas del Salmo 50 y “El examen de con-
ciencia” de Péguy27.

25. Concilio Vaticano II, Sobre la sagrada liturgia 7. BAC. 153-154.


26. B. Neun-heuser, Sacrificio, Nuevo diccionario de liturgia, o.c. 1814-1834
27. Charles Péguy, o.c. 66-69.
16
SACRAMENTOS, CARÁCTER Y CELEBRADORES

El carácter
Además de lo expuesto en otro apartado, por carácter hay que
entender la capacitación para celebrar y recibir los sacramentos. La
capacitación la recibimos en el Bautismo, pues en la fuente bautis-
mal no sólo se nos introdujo en el Pueblo de Dios, sino que, ade-
más, se nos invistió para que pudiéramos celebrar los Misterios cris-
tianos, tanto los ministros como los simples fieles, pues si los minis-
tros los celebran para los fieles, también ellos los reciben.
En el bautismo, pues, fuimos incorporados a Cristo, y tal incor-
poración nos caracteriza e imprime en el bautizado un modo de ser,
esto es, la manera específica de ser cristiano o, lo que es igual, carac-
terizados o educados para serlo1.
Por carácter se entiende el rasgo más típico y personal de un ser
humano. Es una persona de carácter, solemos decir. Carácter, pues,
desde el punto de vista personal, es, ante todo, la propia persona y,
en consecuencia, la huella más típica que un ser humano imprime
en sus obras y palabras es su propio yo. En suma, que por carácter
se ha de entender el brillo, lustre y esplendor de una persona en sí
y en todo cuanto hace y dice.

1. Xabier Zubiri, o.c., 353-355.


242 LOS SACRAMENTOS

¿Es trasladable, sin más, todo lo anterior a los sacramentos cuan-


do decimos que Bautismo, Confirmación y Ministerio Sacerdotal
imprimen carácter?
El Concilio de Trento definió que Bautismo, Confirmación y
Ministerio Sacerdotal imprimen un carácter indeleble. Sin embargo,
y a pesar de la definición tridentina, los teólogos no dejan de reco-
nocer que la doctrina sobre el carácter es confusa y poco elaborada.
De ahí que los tratadistas defiendan su existencia, aunque no estén
de acuerdo en qué consiste o, lo que es igual, se da por existente el
carácter, pero sin saber qué es.
La doctrina del carácter, ¿tiene fundamentación en la Sagrada
Escritura?
Los teólogos se apoyan en textos de la segunda carta a los
Corintios y de la carta a los Efesios.
El apóstol Pablo dice que Dios es el que unge nuestra fe (la sella)
para creer en el Mesías. Y así como Jesús fue marcado o sellado con
el Espíritu Santo, Dios “también nos marcó con su sello y nos dio
dentro el Espíritu como garantía”2.
La fuerza del carácter la coloca Agustín, partiendo de san Pablo,
en la Iglesia, que se mantiene Una a pesar de los herejes, así como
en el ejercicio visible del sacerdocio recibido en el Bautismo3.
Según el obispo de Hipona, el Bautismo es el sacramento que
capacita y caracteriza para recibir los demás sacramentos.
En consecuencia, la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia y
en cada cristiano, la actividad apostólica y la celebración cultual, es
lo más rico que se puede decir del carácter y de los sacramentos que
lo imprimen.
La Reforma Protestante rechazó de cuajo la doctrina del
carácter.

2. 2Cor 1, 21-22; Cf. Ef 1, 13; 4, 30.


3. San Agustín, Réplica a la carta de Parmeniano II, XIII, 28. BAC. XXXII, Madrid,
1988, 289-291.
SACRAMENTOS, CARÁCTER Y CELEBRACIONES 243

Los Escolásticos, por su parte, defendiendo que Dios es el único


autor de la gracia (res), admiten que, antes de la gracia final, que
sólo Dios puede concederla, el sacramento tiene un efecto propio,
y a este efecto propio lo llaman disposición para recibir la gracia y,
a su vez, a esa disposición la llaman carácter.
Santo Tomás fue partidario de la doctrina del carácter, la enri-
quece con el pensamiento de Agustín, y añade que el carácter dis-
pone para la celebración del culto (dar-recibir), de modo que así
como la gracia configura con Cristo, el carácter configura con el
sacerdocio de Cristo, haciendo de la Iglesia una sociedad visible,
cultual y jerárquica4.

Los celebradores
La Iglesia tiene conciencia y experiencia de que Dios, por ser
Padre, siempre está ejerciendo su Paternidad. Dios ama y, amando,
manifiesta su Paternidad. Esto es lo que ha sabido siempre la Iglesia,
y de ello tiene conciencia y experiencia.
El Misterio de Dios se realiza por Jesucristo más la colaboración
del ser humano. Si Dios ha creado a los seres racionales sin haber
contado con ellos, tanto los respeta que, después de haberlos crea-
do, no quiere frustrarse en lo que ha creado y, para ello, dialoga con
la creación y desea que se le responda.
La Historia saludable de la Cruz la transmite Dios a los recepto-
res mediante acciones simbólicas, pero los símbolos y los ritos invi-
tan a los cristianos a que substituyan los símbolos por sus personas,
pues la Gracia no es para los símbolos, sino para las personas. Es
decir, que la presencia de Jesucristo en el pan eucarístico no es para
el pan, sino para alimento de las personas.

4. Sto. Tomás, Suma Teológica, III, 63 (Solución). BAC. V. Madrid, 1994, 535. Cf.
E. Boularand, Carácter sacramental y misterio de Cristo, Selecciones de
Teología 13 (1965) 64-67; E. Ruffini, El carácter como visibilidad concreta del
sacramento en relación con la Iglesia, Concilium 31 (1968) 111-124.
244 LOS SACRAMENTOS

Si importante es cuanto realizan conjuntamente los ministros y


los fieles, igualmente importante es que el sacramento se realiza
gracias a la acción conjunta de ambos. Por eso, es muy poca cosa
llamar ministros a los celebrantes, pues la Iglesia tanto es celebra-
dora de los sacramentos con los ministros como receptora con los
fieles. Y cuando una asamblea, a la que llamamos Pueblo de Dios
y comunidad celebrante, quiere para sí el rito que está acontecien-
do, por el hecho de quererlo es toda la asamblea la que lo preside,
realiza y recibe.

Diseño de celebrante
1. El celebrante debe ser, ante todo, transmisor del Señor.
2.El celebrante debe representar al Señor, ya que uno de los
presentes en la celebración debe simbolizar la presidencia del
Resucitado.
3. El celebrante, lo mismo que el receptor, es parte del sacramento.
4. Todo celebrante debe actuar de tal manera que no suplante ni a
Cristo ni a la Comunidad.
5. El presidente señala amorosamente su cometido a cada miem-
bro de la asamblea.
6. Jesucristo está presente en la asamblea por medio del celebran-
te. En consecuencia, así como Cristo presidió la Cena y se pre-
ocupó de lo necesario, el presidente ha de colaborar en la pre-
paración del templo-cuerpo de la asamblea.
7. El celebrante debe recordar a la asamblea las obras realizadas
por Dios en favor de la humanidad y narrar con habilidad el
Memorial del Señor.
8. El celebrante debe poner a la asamblea en sintonía con la Iglesia
Universal y con toda la humanidad.
9. La Iglesia cree en lo que celebra y pide al celebrante que oficie
de modo creyente y creíble, puesto que hace de nexo entre el
rito exterior y la fe de la Iglesia.
SACRAMENTOS, CARÁCTER Y CELEBRACIONES 245

10. Tanto el ministro como los hermanos a quienes preside y admi-


nistra se santifican recibiendo los sacramentos, sin olvidar que el
ministro se santifica administrando, y acaso no se haya insistido
en esto suficientemente.
11. El celebrante está obligado a realizar el sacramento de manera
que la asamblea entienda que lo hace en verdad. De ahí que la
intención subjetiva pase a segundo plano ante la intención obje-
tiva. En este asunto, el contexto eclesial es de tanta importancia
que, en el supuesto de que el ministro oficie visiblemente los
ritos pero sin intención subjetiva de hacerlos, la Iglesia supliría la
falta de intención.
12. La Iglesia es Misterio, y el católico debe obsequiar con su fe el
orden establecido por la Iglesia en los santos Misterios. Pero así
como el creyente debe dar obsequio de fe a la ordenación de la
Iglesia, la Iglesia debe ayudar al creyente para que dé su obse-
quio de fe sin dificultad. A este respecto, san Agustín valora
mucho las cualidades del ministro y de la Iglesia, en orden a que
no se dificulte el obsequio de la fe, aunque, como dice, “distin-
guimos los méritos humanos, no los sacramentos divinos”5.
13. Finalmente, el Concilio Vaticano II traza este hermoso diseño del
celebrante-presidente y de los fieles cristianos: “Dios, que es el
solo Santo y Santificador, quiso tener a los hombres como socios
y colaboradores suyos, a fin de que le sirvan humildemente en la
obra de la santificación. Por eso consagra Dios a los presbíteros,
por ministerio de los obispos, para que, participando de una
forma especial del sacerdocio de Cristo, en la celebración de las
cosas sagradas obren como ministros de quien por medio de su
Espíritu efectúa continuamente por nosotros su oficio sacerdotal
en la liturgia. Por el bautismo introducen a los hombres en el
pueblo de Dios; por el sacramento de la penitencia reconcilian a

5. San Agustín, Réplica al gramático Cresconio, donatista III, VII. BAC. XXXIV,
Madrid, 1994, 325.
246 LOS SACRAMENTOS

los pecadores con Dios y con la Iglesia; con la extremaunción ali-


vian a los enfermos; con la celebración, sobre todo, de la misa
ofrecen sacramentalmente el sacrificio de Cristo. En la adminis-
tración de todos los sacramentos, como atestigua san Ignacio
Mártir, ya en los primeros tiempos de la Iglesia, los presbíteros se
unen jerárquicamente con el obispo, y así lo hacen presente en
cierto modo en cada una de las asambleas de los fieles.
Pero los demás sacramentos, al igual que todos los ministerios
eclesiásticos y las obras del apostolado, están unidos con la
Eucaristía y hacia ella se ordenan. Pues en la sagrada Eucaristía
se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en
persona, nuestra Pascua y pan vivo, que, por su carne vivificada
y que vivifica por el Espíritu Santo, da vida a los hombres, que de
esta forma son invitados y estimulados a ofrecerse a sí mismos,
sus trabajos y todas las cosas creadas juntamente con Él. Por lo
cual, la Eucaristía aparece como fuente y cima de toda evangeli-
zación, al introducirse, poco a poco, los catecúmenos en la par-
ticipación de la Eucaristía, y los fieles, marcados ya por el sagra-
do bautismo y la confirmación, se injieren cumplidamente en el
Cuerpo de Cristo por la recepción de la Eucaristía. Es, pues, la
celebración eucarística el centro de la congregación de los fieles
que preside el presbítero. Enseñan los presbíteros a los fieles a
ofrecer al Padre en el sacrificio de la misa la Víctima divina y a
ofrendar la propia vida juntamente con ella; los instruyen en el
ejemplo de Cristo Pastor, para que sometan sus pecados con
corazón contrito a las llaves de la Iglesia en el sacramento de la
penitencia, de forma que se conviertan cada día más hacia el
Señor, acordándose de sus palabras: Arrepentíos, porque se acer-
ca el reino de los cielos (Mt 4, 17). Les enseñan, igualmente, a
participar de la celebración de la sagrada liturgia de forma que
exciten también en ellos una oración sincera; los lleven como de
la mano a un espíritu de oración cada vez más perfecto, que han
SACRAMENTOS, CARÁCTER Y CELEBRACIONES 247

de actualizar durante toda la vida en conformidad con las gracias


y necesidades de cada uno; llevan a todos al cumplimiento del
propio estado, e introducen a los más fervorosos hacia los con-
sejos evangélicos, que cada uno ha de practicar de una forma
adecuada. Enseñan, por tanto, a los fieles a cantar al Señor en sus
corazones himnos y cánticos espirituales, dando siempre gracias
por todo a Dios Padre en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.
Los loores y acciones de gracias que elevan en la celebración
de la Eucaristía los presbíteros las continúan por las diversas
horas del día en el rezo del Oficio divino, con que, en nombre
de la Iglesia, piden a Dios por todo el pueblo a ellos confiado o,
por mejor decir, por todo el mundo.
La casa de oración en la que se celebra y se guarda la
Eucaristía y se reúnen los fieles, y en la que se adora para auxilio
y solaz de los fieles la presencia del Hijo de Dios, nuestro
Salvador, ofrecido por nosotros en el ara sacrifical, debe estar
limpia y dispuesta para la oración y las funciones sagradas. En
ella son invitados los pastores y los fieles a responder con grati-
tud a la dádiva de quien por su humildad infunde continuamen-
te la vida divina en los miembros de su Cuerpo. Procuren los
presbíteros cultivar convenientemente la ciencia y, sobre todo, las
prácticas litúrgicas, a fin de que por su ministerio litúrgico las
comunidades cristianas que se les han encomendado alaben cada
día con más perfección a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo”6.

Pensando en el talante celebrativo que han de manifestar los


pastores, K. Rahner dice que nunca han de oficiar los sacramentos
como si fueran realidades desconectadas del Mundo y de la Historia,
sino como celebraciones, en profundidad, de cuanto acontece en el

6. Concilio Vaticano II, Sobre el ministerio y vida de los presbíteros 5. BAC. 410-
410; Cf. J. Lecuyer, El celebrante: Notas para profundizar su función,
Selecciones de Teología 6 (1963) 107-110; J. M. Tillard, A propósito de la inten-
ción del ministro y del sujeto de los sacramentos, Concilium 31 (1968) 125-139.
248 LOS SACRAMENTOS

Mundo y en la Historia. La Eucaristía, que distribuye el Cuerpo de


Jesucristo a todos sus fieles por igual, ha de ser celebrada teniendo
muy en cuenta el empeño cada vez mayor de la humanidad por el
justo reparto de los bienes de la tierra, aunque, como es evidente, aún
haya que corregir muchas injusticias, pero no por eso se han de silen-
ciar los aciertos7.
Si el bautizado, en consecuencia, ha sido sellado con la presencia
de Dios-Comunidad, en la celebración de los sacramentos es donde
debe activar la presencia trinitaria en orden a imprimir con garra el
sello de la Trinidad en la Historia. En efecto, si el cristiano ha sido
hecho cuño de Dios en el bautismo es que, con ese sello, Dios quie-
re seguir firmando su creación y la Historia de su Creación.
El delicioso poema de Luis Guillermo Alonso, con el que cierro
el tema del carácter, alude a las huellas que Dios ha impreso en las
criaturas, más allá de ritos, por más que los ritos de Dios son sus
huellas en las criaturas:

“Dios ensaya rúbricas


en el agua del río,
en mi barro,
en mi arena,
en mi nieve primera,
en la noche del tiempo.
Yo no sé qué puso
Ni me importa mucho.
Ahí están sus huellas.
Dios ensaya rúbricas
Misteriosas, bellas”8.

7. K. Rahner, Reflexiones sobre la realización personal del acontecimiento sacra-


mental, Selecciones de Teología 41 (1972) 13-18.
8. Luis Guillermo Alonso Martínez, Si aún queda algo de voz, Sal Terrae,
Santander, 2001, 43.
17
DESDE LOS SACRAMENTOS DE NUESTROS
ANTEPASADOS A UN PACTO ENTRE CRISTIANOS.
EL SIMBOLISMO DEL NÚMERO SIETE
Y LA ORDENACIÓN DE LOS SACRAMENTOS

Los sacramentos del Antiguo y del Nuevo Testamento


Una vez que han sido acuñadas expresiones felices y nos hemos
familiarizado con ellas, es muy difícil su modificación, aunque surja
la sospecha de que algo hiriente subyace en dichas acuñaciones.
Tal sucede con expresiones tan hermosas y de tradicional alcurnia
como Antiguo Testamento y Nuevo Testamento.
En verdad que son expresiones felices y, más que felices, afortu-
nadas y, más que afortunadas, formulaciones de las que se ha saca-
do provecho.
Pero, ¿es cierto que hay dos Testamentos verdaderos? ¿No será
más bien, puesto que existe un único Dios y una única Humanidad,
que no haya más que un único Testamento?
El Magisterio de la Iglesia confiesa que el Antiguo Testamento
tuvo sacramentos verdaderos y válidos. Efectivamente, los sacra-
mentos del Antiguo Testamento transmitieron y siguen transmi-
tiendo gracia de Dios al pueblo judío y, por medio de Israel, a toda
la humanidad.
La Iglesia confiesa que en el Antiguo Testamento hubo sacra-
mentos de Dios y que, por auténticos, transmitieron la gracia ver-
dadera. Ahora bien, y como es lógico, la Iglesia, al hablar de sacra-
mentos, se refiere a los de Jesucristo, confiados a ella, y sobre los que
250 LOS SACRAMENTOS

no tiene poder absoluto, en el sentido de que debe celebrarlos en el


Nombre de Jesucristo Resucitado, y bajo la presidencia del Espíritu
Santo.
La Sagrada Escritura, al referirse a la sacramentalidad, emplea
el término “signo” (semeion), y en mínima proporción el de “sím-
bolo”.
Muchas narraciones bíblicas tienen carácter simbólico. Muchos
objetos y lugares poseen valor de símbolo. Podría decirse que toda
la Biblia es un símbolo.
Para el israelita, la realidad, cósmica y humana, es signo de la
presencia de Dios. Para el cristianismo, es la Palabra revelada, pre-
dicada y proclamada, más la fe del oyente, la que infunde nueva sig-
nificación a un elemento material-natural como es el agua. La fuen-
te del Bautismo es de agua natural, pero sobre esa agua, que ya es
criatura de Dios, cae la Palabra fecundante y la enriquece con un
plus de presencia de Dios, indicando que en esa agua, fecundada
por el Espíritu Santo, es donde Dios quiere que se bañen sus hijos y
recuperen su antiguo y verdadero esplendor.
Todos los signos bíblicos podrían clasificarse según estas cate-
gorías:

1. Signos de la creación (el hombre ha sido creado a imagen y


semejanza del Verbo de Dios).
2. Signos de acontecimiento (el Éxodo, por el que Dios libra a
Israel del peligro, simbolizado por Egipto, aunque los egipcios, y
con toda razón, podrían decir que Israel fue su enemigo), el más
grande de los cuales es la Encarnación del Verbo.
3. Los grandes signos referentes a personas, ya se trate de Dios, de
Cristo o del ser humano.
4. La fiesta de Pascua, con su ritual de signos y símbolos.
5. La parábola que, como pequeño género literario, constituye un
signo didáctico, siendo Jesucristo el maestro incomparable de las
parábolas, y gran parábola de Dios-Padre.
DESDE LOS SACRAMENTOS DE NUESTROS ANTEPASADOS 251

La percepción de Dios no es transparente, pero no por su culpa


ni por la nuestra, sino porque así tiene que ser, ya que nosotros
nunca sabremos cómo es Dios en su totalidad. De ahí que la pre-
sencia de Dios sea, a la vez, presente-ausente, lejana-próxima. Cierto
que en la plenitud de los tiempos Dios ha querido relacionarse con
la humanidad por medio de su Hijo1, pero el Jesús histórico, con ser
lo que fue, también velaba a Dios.
El hombre antiguo representaba lo sagrado en infinidad de for-
mas, debido a que trataba de apropiarse de Dios, así como de ser
poseído por él en el culto. De ahí que el hombre antiguo, y el
moderno también, ame los lugares privilegiados de culto porque la
densidad religiosa le facilita el apoderamiento de Dios y que Dios se
apodere de él.
El Antiguo Testamento vio en todo esto una buena dosis de
ambigüedad. Por eso, y con la finalidad de diferenciar a Dios de los
dioses, así como los lugares sagrados de los hebreos de los lugares
de culto paganos, desató el tremendo resorte de la trascendencia. Es
decir: Dios está aquí, pero más allá, pues su presencia no se agota
en el aquí de un lugar, por muy sagrado que sea.
La Trascendencia es uno de los resortes que más ha purificado
la reflexión sobre Dios2. Verdad que el Dios trascendente ha eclip-
sado a los dioses, pero, a su vez, y según el cristianismo-católico, la
misma trascendencia ha sido frenada por la Encarnación del Verbo.
Y si parte del pueblo judío rechazó el remanso de Dios en Jesús de
Nazaret, precisamente por el freno que supone para el gran Yahvé,
otros muchos lo recibieron como Mesías3. De modo que, si con
anterioridad a Cristo, nunca le faltaron a Israel sacramentos4,
tampoco le faltan ahora, pues Dios se sigue donando en ambos

1. Gál 4, 6.
2. Gn 5, 22; 6, 9; 4, 4; 8, 21; 9, 12-16; Ez 14, 14; Rom 1, 21; 1Cor 10, 20.
3. San Agustín, Carta 149, II, 19. BAC. XI a, 130.
4. San Agustín, La Ciudad de Dios VII, XXXII, BAC. XVI, 399-400.
252 LOS SACRAMENTOS

Testamentos5, como se dona a los herejes cristianos, por más que


no pertenezcan a la Unidad de la Iglesia.
Con todo, la teología cristiana, tanto antigua como nueva, man-
tiene que en el Antiguo Testamento se prometió la gracia, pero que
en el Nuevo Testamento se dio; que el Antiguo Testamento fue un
símbolo, pero que el Nuevo Testamento es la realidad apuntada por
el símbolo6.
Una vez más, afirmo, aunque no sepa resolverlo, que, por más
que el cristianismo se haya apoderado del Antiguo Testamento y lo
haya hecho correr por el Nuevo, el Antiguo Testamento siempre
será lo que es, pues Dios no es caprichoso7.

El pacto entre cristianos


Si a través de los sacramentos es la Iglesia la que se hace visible,
para que el diálogo ecuménico sobre los sacramentos sea eficaz, lo
primero que tienen que hacer las Iglesias es ponerse de acuerdo
sobre el Misterio de la Iglesia, como substrato y Madre de lo sacra-
mentos. Y es que, si las Iglesias no llegan a un acuerdo sobre el
Misterio de la Iglesia, los pactos sobre los sacramentos casi carecen
de sentido, pues los sacramentos dependen de lo que se entiende
por Iglesia y, por desgracia, en el cristianismo existen diferentes y
opuestas concepciones de Iglesia. De todos modos, en este terreno
se ha avanzado y acordado mucho8.
El acuerdo tácito, sin necesidad de pacto alguno entre las Iglesias,
es el consentimiento unánime sobre Dios-Trinidad, Jesucristo y

5. San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos 77, 2. BAC. XXI, 33-35.
6. San Agustín, Sermón 272, 1. B (= Mai 158). BAC. XXIV, 772.
7. Cf. P. Grelot, Presencia de Dios y comunión con Dios en el Antiguo
Testamento, Concilium 40 (1968) 521-535.
8. Convergencias doctrinales en el seno del Consejo Ecuménico de las Iglesias, ed.
de la Facultad de Teología de Barcelona (Sección san Paciano), Barcelona, 1983.
Todo el folleto es de sumo interés.
DESDE LOS SACRAMENTOS DE NUESTROS ANTEPASADOS 253

Sagrada Escritura. Con todo, y a pesar de punto de partida tan sóli-


do, escandaliza que no acuerden en otras partidas implícitas en todo
lo anterior. Ahora bien, pesa tanto la historia humana que, siendo la
Iglesia una empresa de salvación, el factor humano es decisorio, y
quizá deba ser así, ya que lo humano es pesado, mientras que lo espi-
ritual-sobrenatural es sumamente ligero.
De todos modos, y desde los sacramentos de iniciación conce-
bidos como un todo, existe una buena plataforma para el diálogo
con las Iglesias Orientales, ya que nunca separaron Bautismo, Con-
firmación y Eucaristía, y en nada difieren, en este terreno, de la
Iglesia Católica, ni la Iglesia Católica de las Iglesias Orientales.
Con las Iglesias Reformadas también se puede dialogar desde los
sacramentos de iniciación, pues los hermanos separados creen fir-
memente que los sacramentos de iniciación conducen a la fe.
Tanto para el Oriente como para el Occidente cristianos es un
bien común la ordenación de los sacramentos en mayores y meno-
res. Así, Oriente y Occidente admiten que el Bautismo y la Eucaristía
fueron instituidos por Cristo, que existen verdades de primer orden,
así como concilios mayores, ecuménicos y regionales, doctores
mayores y menores.
Los obstáculos en el campo ecuménico casi son mayores entre
las Iglesias que más concuerdan en doctrina y praxis, pues existen
Iglesias ortodoxas que prohíben a sus teólogos la participación en
congresos sobre ecumenismo. Más aún. Algunas Iglesias ortodoxas
niegan la validez del Bautismo, Eucaristía y Confirmación adminis-
trados por un ministro católico, ya que, según ellos, un católico es
un hereje. Por el contrario, y en fuerte contraste con lo anterior, la
Iglesia ortodoxa rusa considera válido el Bautismo católico, mien-
tras que la Iglesia ortodoxa griega rebautiza a los católicos que se
acogen a ella.
Si los historiadores han designado a la Católica como Iglesia de
los Sacramentos y a la Protestante como Iglesia de la Palabra, hoy
254 LOS SACRAMENTOS

se han borrado esas diferencias, pues tanto para unos como para
otros Palabra y Sacramento no se contraponen, ya que la gracia se
comunica por la Palabra-Sacramento y por el Sacramento-Palabra.
En el sacramento del Bautismo, fuera de algunas pequeñas dife-
rencias, casi hay acuerdo total entre todos los cristianos.
La Cena, como Memorial del Señor Jesús y anticipo de la paru-
sía y escatología finales, también es casi admitida totalmente por los
cristianos.
Respecto del carácter sacrificial de la Cena existe un gran acuer-
do, pues entienden que la Cena es la verdadera representación sim-
bólico-sacramental del único sacrificio de la Cruz.
Casi todos los cristianos creen unánimemente en la presencia de
Cristo en la Eucaristía, pero lo que divide es que los católicos bajan
a detalles muy fuertes, mientras que los protestantes creen en la pre-
sencia, pero sin bajar a concreciones.
Respecto de la comunicación o comunión entre las Iglesias que
tienen la misma fe y praxis, la Iglesia Católica permite a los suyos,
allí donde no haya servicio católico, aunque con una normativa, la
plena intercomunión en los sacramentos de aquellas iglesias que
comparten la misma fe, unos mismos sacramentos y sus obispos son
sucesores de los Apóstoles.
El asunto más espinoso entre católicos, protestantes y ortodoxos
es el del Primado. A este respecto, el Padre Congar es clarividente,
y a él me remito: “¿Y el Papa actual? (le pregunta el entrevistador).
En su discurso inaugural Juan Pablo II afirmó que su política era el
Concilio. Después tal vez ha tenido una posición más autoritaria,
pues lo es todo en la Iglesia. Creo que hay que dejar constancia de
una marcha atrás por el hecho de que el movimiento conciliar ha
sido sustituido por la centralización. Esto puede ser muy grave. Juan
Pablo II habla a menudo de la próxima unión con los ortodoxos.
Pero ésta resulta del todo imposible si el Pontífice romano no
respeta completamente las Iglesias particulares, las instituciones
DESDE LOS SACRAMENTOS DE NUESTROS ANTEPASADOS 255

patriarcales, con todos sus derechos. El poder del Papa se sitúa en


la comunión de la Iglesia. Esto hay que entenderlo bien”9.

El simbolismo del número siete


¿Tiene algún fundamento la diversificación de los sacramentos?
Si Cristo es el sacramento de Dios, como lo es, y si la Iglesia es el
sacramento de Cristo, como lo es también, ¿por qué existen sacra-
mentos diversificados?
Diversificados no quiere decir opuestos, ni distintos de Cristo ni
de la Iglesia, sino que, siendo uno Cristo, una la Iglesia y, en conse-
cuencia, no existiendo más que un único Sacramento, o lo que es lo
mismo, siendo uno el Cristo visible en la única Iglesia visible, ¿por
qué existen 7 sacramentos? Por otra parte, ¿por qué 7 únicamente y
no 10 ó 5? ¿Qué valor doctrinal tienen las declaraciones conciliares
de Lyón (1274) y de Trento (1547) que anatematizan toda formula-
ción en contra?
Los teólogos actualizan la declaración del Concilio de Trento
diciendo que la definición no afecta al 7 como número aritmético,
sino que, de hecho, son 7 y nada más que 7 los signos sacramenta-
les que conceden la salud de Jesucristo.
La Teología actual considera que el número 7 está condicionado
por la historia, y estima que ha sido la teología la que lo ha elabora-
do. De todos modos, la teología actual estima que no hay que bata-
llar por este asunto. Ahora bien, es curioso que, en tema tan impor-
tante, y durante siglos, haya habido una gran oscilación en cuan-
to al número de los sacramentos. Agustín, por ejemplo, habla de
Bautismo y de Eucaristía con toda contundencia. Con no tanta,

9. G. Zizola, El “testamento” del cardenal Gongar, Selecciones de Teología 138


(1996) 96-97; I. Zuzek, Aspectos del derecho canónico sacramental en el orien-
te cristiano, Concilium 38 (1968) 229-314; Y. Congar, La idea de sacramentos
mayores y principales, Concilium 31 (1968) 24-37; A. G. Martimort, La Iglesia
en oración, Herder, Barcelona, 1987, 171-174.
256 LOS SACRAMENTOS

de Reconciliación y de Ministerio Sacerdotal. Cierto que llama


sacramento a la Cruz, a la Sagrada Escritura y al Padrenuestro, pero
añade la consideración, que no suele citarse, de que en el Antiguo
Testamento hubo muchos sacramentos debido a que el pueblo anti-
guo andaba muy desorientado a causa del miedo que sentía de Dios10,
y a ese temor se debe la abundancia de sacramentos11. Por el contra-
rio, en el Nuevo Testamento el Salvador: “Reunió la sociedad del
pueblo con sacramentos, pocos en número, fáciles de observar, ricos
en significación; así el bautismo que se celebra en el nombre de la
Trinidad, así la comunión de su cuerpo sangre y cualquiera otro que
se contenga en las Escrituras canónicas12.
La diferencia entre los sacramentos del Antiguo Testamento y
los del Nuevo estriba en la orgía propia de los antiguos y la parsi-
monia de los nuevos: “Comparados con los del Antiguo Testa-
mento, los signos y los sacramentos del Nuevo se presentan con una
gran sobriedad: no ya la orgía de los sacrificios animales, sino un
poco de pan y vino, no ya la exaltación de los ritos de iniciación,
sino el agua del bautismo, etc. Tenemos la impresión de que se ha
buscado una extraña discreción. Los sacramentos de la nueva ley
pueden ser discretos, porque su misión no es la de ser excitantes,
sino la de ofrecer una realidad. Los sacramentos poseen la realidad,
nos proponen la plenitud de una salvación que no tiene que venir,
sino que está ya cumplida y perfecta por Jesucristo”...13.
¿Es el número 7 una expresión simbólica de plenitud?
El número 7 está cargado de simbolismo en las diversas cultu-
ras de la humanidad, y se usa para designar los siete días de la
semana, los siete planetas, los siete grados de perfección, los siete
niveles celestes, los siete pétalos de rosa, las siete ramas del árbol

10. San Agustín, De la verdadera religión XVII, 33. BAC. IV, Madrid, 1956, 107.
11. San Agustín, Enarraciones sobre los Salmos 143. 2. BAC. XXII, 715-716.
12. San Agustín, Cartas, 54 , I, 1(a Jenaro), BAC. VIII, 300.
13. B. Bro, El hombre y los sacramentos, o. c. 213.
DESDE LOS SACRAMENTOS DE NUESTROS ANTEPASADOS 257

cósmico, los siete colores del arco iris, etcétera. Para los semitas,
el símbolo septenario es santo y signo de perfección14. Muchos
pueblos celebran sus fiestas en el día séptimo o durante siete días,
y la Biblia habla del candelabro de los siete brazos, de los siete
espíritus que reposan en la vara de Jesé, así como de la construc-
ción del templo de Salomón en siete años. Más aún, la Biblia se
abre con el relato de la creación en siete días (Génesis) y se cierra
con la lucha feroz del mal contra el bien simbolizada en los siete
cuernos de la bestia apocalíptica. Como número bíblico, el 7 es el
preludio del 8, del día completo, de la Paz sin término, así como
símbolo del hombre-finito, en contraposición de Dios, que no
puede ser numerado.
¿Habrá que decir del número 7, como de los ángeles que, si no
existen, han sido imaginados tan bellos que merece la pena que
existan?
En torno al simbolismo del siete la teología ha tejido una pre-
ciosa cosmovisión salvadora. Así, girando los sacramentos en torno
a la Eucaristía, son alimentados por ella y a ella vuelven.
El Bautismo posibilita la pertenencia a la comunidad cristiana.
La Confirmación proclama la vida recibida y equipa para el tes-
timonio.
El Ministerio ordenado cohesiona al Pueblo, preside la Eucaristía
y la entrega.
El Matrimonio simboliza la alianza de Cristo con su pueblo,
alianza que se realiza por y en el amor, simbolizando, a su vez, y rea-
lizando, el amor de Cristo por su Iglesia.
La Unción se administra para el retorno a la vida ordinaria,
vigorizada con la Eucaristía, y como preparación para el viaje
escatológico.
La Reconciliación perdona y ayuda para superar las pruebas.

14. Robert Hotz, o.c., 319-322; Cf. Mircea Eliade, El chamanismo y las técnicas
arcaicas del éxtasis, FCE., España, 2001, 222-231.
258 LOS SACRAMENTOS

En esta cosmovisión religiosa no ha de verse cada uno de los


sacramentos como puntos sucesivos de una línea, sino como ondas
que, partiendo de Jesucristo, llegan a todos los momentos de la vida.
Así, Jesucristo es el gran sacramento que ilumina a todos, lo mismo
que la Eucaristía en la que está Jesucristo presente de modo especial.
En el simbolismo del número 7 existe una razón de congruencia
en conformidad con las edades (infancia, niñez, adolescencia, juven-
tud, adultez, madurez, ancianidad), así como de pedagogía por
parte de Dios.
Detengámonos en cada uno de los sacramentos y, sin ánimo de
un concordismo barato, busquemos sencillamente cuáles son las
grandes experiencias humanas que se encuentran detrás de cada
uno de ellos.
El Bautismo es el sacramento del comienzo.
La confirmación, de la madurez cristiana.
La penitencia, del perdón.
La unción está ordenada a la curación del cuerpo y conforta-
miento para el viaje definitivo.
El matrimonio para la vida en común y fuente de nuevos hijos.
El sacerdocio ministerial para el servicio.
La Eucaristía, finalmente, es el sacramento que alimenta a todos
los sacramentos15.
El simbolismo septenario, que puede convencer o no, es pre-
ferible abordarlo desde principios con mayor fundamento. Y estos
principios son los cristológicos, eclesiológicos y antropológicos.

Pricipios cristológicos
Jesucristo es uno y único. Más sencillamente. Jesucristo es una
persona y no dos. Pero toda persona, incluido Jesucristo, se va
haciendo a través de etapas sucesivas. Esto es obvio en todo proce-

15. B. Bro, El hombre y los sacramentos, o. c. 146-147.


DESDE LOS SACRAMENTOS DE NUESTROS ANTEPASADOS 259

so humano y, por en ende, en la hominización de Jesucristo. Por


otra parte, Cristo es el Redentor, pero: “El sacramento no es la
Redención sin más, sino el acto de redención en cuanto orientado
hacia una necesidad de redención particular, humana y eclesial,
diferenciada según los siete sacramentos”16.

Principios eclesiológicos
La Iglesia, con ser una y única con Cristo y Cristo con ella, tiene
otros tantos rostros propios a lo largo de la Historia, tanto que
sería muy sospechoso que la Iglesia tuviera un rostro único en
todos los tiempos. La Iglesia, además, se desarrolla en la medida
en que sus hijos se incorporan a ella, de modo que no habría Iglesia
sin personas incorporadas a ella. Ahora bien, la Iglesia, por ser la
Madre de todos sus hijos, acompaña a cada uno de ellos según sus
cualidades y necesidades. En la Iglesia están, y son Iglesia, el niño,
el joven, el adulto, el anciano y, junto con la diversidad de edades,
el proceso y grado de madurez o inmadurez de todos y cada uno
de sus componentes.

Principios antropológicos
Todo ser humano es persona radicalmente desde su concepción,
aunque no ejerza plenamente, por más que ya se ejerce recibiendo
el cariño. El ser humano se va haciendo persona en etapas sucesi-
vas, proceso que no termina, según el cristianismo, pues, una vez
apurada la etapa de la muerte, se sigue siendo persona junto a Dios.
Y lo llamativo es que allí se seguirá creciendo sin angustia. En con-
secuencia, Jesucristo-Iglesia, Iglesia-Jesucristo, acompañan a los cris-
tianos desde que nacen, durante la vida terrena, hasta la desembo-
cadura en el más allá17.

16. E. Schillebeeckx, Cristo, sacramento del encuentro con Dios, o. c. 99.


17. J. Dournes, Para descifrar el septenario sacramental, Concilium 31 (1968) 75-94.
260 LOS SACRAMENTOS

Ordenación de los sacramentos


Desde el alba del catolicismo, pues Ignacio de Antioquía, mar-
tirizado hacia el año 110, ya designa al Bautismo y a la Eucaristía
como sacramentos importantes, la tradición cristiana llama al
Bautismo y a la Eucaristía sacramentos mayores o sacramentos
de la fe y de la caridad. Más adelante, entre los siglos IV-V, san
Agustín denomina salvación al Bautismo y vida a la Eucaristía.
San Pedro Damiano, siglo XI, introduce un orden de preeminen-
cia entre los sacramentos. Algunos teólogos llegan a decir que
la Iglesia tiene muchos sacramentos, pero que únicamente dos,
Bautismo y Eucaristía, proceden de Cristo, y que los restantes
fueron instituidos por los Apóstoles. Pedro Lombardo (1140)
llama sacramentos principales a Bautismo y Eucaristía. Hugo de
San Víctor da prioridad a los tres sacramentos de Iniciación. Santo
Tomás dice que los sacramentos importantes son los que nacen
del costado abierto del Crucificado, y que estos son Bautismo y
Eucaristía.
Teniendo en cuenta que entre los sacramentos existe rango, se
puede dialogar más fácilmente con las Iglesias de la Reforma, por
más que lo importante no es el rango de los sacramentos, sino si
comunican gracia o no. Por su parte, el Concilio de Trento conde-
na la afirmación de que todos los sacramentos son iguales desde
cualquier punto de vista. En la actualidad, los teólogos han optado
por clasificar los sacramentos en principales y secundarios, debido
al mandato de Cristo y al efecto que producen. Sobre el Bautismo
y la Eucaristía pesan los imperativos: bautizad, haced, comed y
bebed. Con relación al efecto, el Bautismo es sacramento mayor o
principal porque hace de una multitud un Pueblo18, y la Eucaristía
hace del Pueblo un Cuerpo porque todo el Pueblo participa del

18. 1Cor 12, 13; Gál 3, 27.


DESDE LOS SACRAMENTOS DE NUESTROS ANTEPASADOS 261

mismo pan19. Los sacramentos restantes tienen la encomienda de


santificar y cristianar a los fieles de Cristo en las distintas situacio-
nes por las que atraviesan20.
* * *
A lo largo de estas páginas hemos insistido mucho en la fuerza
que poseen los sacramentos para acercarnos al Misterio de Dios
Uno y Trino, al Misterio Solidario de la Encarnación entre el Verbo
de Dios y el Hombre y, en consecuencia, a la Unidad del Misterio
de la Iglesia y del cristianismo.
Sin embargo, la realidad es que la Única Iglesia del Jesucristo del
Dios Uno y Trino no solamente está fragmentada, sino dividida
dolorosamente y poco menos que enemigos los fragmentos entre sí,
pues no existe peor odio que el teológico.
Desde la fuerza que contienen los sacramentos, sobre todo el
Bautismo y la Eucaristía, para relacionar al creyente, desde la comu-
nidad y personalidad diferentes, con el Dios Trino y Uno, Uno y
Trino, con el Dios Encarnado, tan verdadero Dios como verdadero
Hombre, y con la Iglesia Una, Única, Universal y Local, se pue-
de y se debe concienciar a las comunidades cristianas en el Ecu-
menismo, pues la fragmentación del cristianismo supone un
gigantesco mentís práctico e histórico contra la Trinidad, contra la
Encarnación, contra el Alma de la Iglesia o Espíritu Santo, y contra
la Persona Humana, una y única, alcanzada por la Energía del único
Jesucristo del Dios-Trino.
Paul Claudel, como poeta católico, es un magnífico constructor
de alegorías sacramentales. El lector interesado puede acudir a la
que titula “Oración para el domingo por la mañana21.

19. 1Cor 10, 17.


20. Cf. Y. Congar, La idea de sacramentos mayores o principales, Concilium 31
(1968) 24-37.
21. Paul Claudel, Emilio del Río, o.c. 115-117.
18
LOS SACRAMENTOS SON LA FUENTE
DE LA VIDA ÉTICA Y MORAL DEL CRISTIANO

El comportamiento ético-moral del cristiano ha de estar alimen-


tado y regido por los sacramentos, pues en ellos recibimos la Nueva
Alianza ético-moral de Dios para los hombres.
Según los planteamientos tradicionales de la teología moral, los
sacramentos se relacionan con la dimensión jurídica del Decálogo y
no con la vertiente amorosa de la Alianza. De ahí el cariz jurídico
de los sacramentos de la gracia en los tratados teológicos. Pero lo
malo, aunque el planteamiento es pernicioso, no consiste en el enfo-
que jurídico, sino, lo que es peor, en la concepción de Dios como
Juez inmisericorde y sus perniciosas consecuencias. De ahí que, y
aplicando este enfoque al catolicismo español, haya escrito un teó-
logo del momento presente: “Junto a la primacía otorgada al ele-
mento racional, estaba el peso excesivo otorgado a la exigencia
moral. Los mandamientos habían prevalecido sobre los sacramen-
tos; la obligación para con Dios sobre el amor que Dios ha tenido
para con nosotros; la acentuación del pecado del hombre dejaba en
la sombra la revelación de la gracia, fidelidad y misericordia de Dios,
manifestadas en la entrega de su Hijo y en el don del Espíritu Santo.
Todo era percibido y vivido primordialmente en clave individualis-
ta, sin que la Iglesia, en cuanto comunidad dentro de la cual la fe
264 LOS SACRAMENTOS

surge, madura y se consuma, tuviera la importancia objetiva que le


es propia como hogar permanente de una fe ilustrada”1.
Otra teología moral ha estudiado los sacramentos dentro de la
virtud de la Religión. En consecuencia, si Religión es religación
con Dios, los sacramentos alimentan esa religación. El enfoque es
correcto, pero reduccionista, ya que los sacramentos se desenvuel-
ven en el ámbito de lo religioso nada más. Es decir, que casi nada
tienen que ver con la calle, y todo queda en el templo. En conse-
cuencia, y según este enfoque, los sacramentos son poco menos que
celebraciones de puertas adentro. En una palabra, que tanto la Ética
como la Política engendradas por los sacramentos convencen en el
templo y durante el transcurso de las celebraciones, pero no en la
calle. La política de Cristo convence durante la Cena, pero es la
política de Aristóteles la que convence en la plaza.
Otra corriente, con mayor acierto, estudia y expone los sacra-
mentos dentro de la moral general fundamental, pues la gracia
constituye la ley fundamental de Jesucristo, y no los preceptos jurí-
dicos, aunque sin menospreciarlos.
Finalmente, y esta es la visión correcta, la teología de nuestro
tiempo es partidaria de que lo sacramental (la vida de Jesucristo
corriendo por la humanidad), ha de extenderse a todos los campos
de la vida, pues la vida de toda persona, sea o no cristiana, tiene
valor sacramental y es sacramento2.
De ahí que la ética cristiana no tiene ni debe tener a Dios como
legislador, sino como a Trinidad amorosa3.
Este nuevo y acertado enfoque destaca la fuerte relación entre
sacramentos (Gracia-Vida) y (Ética-Moral) sin disociación: “Por

1. O. González de Cardedal (ed.), Alfonso Querejazu, Joaquín Garrigues, Corres-


pondencia y escritos (1954-1974), Trotta, Madrid, 2000, 78.
2. Cf. D. Hamanzi, Sacramentos, Diccionario enciclopédico de teología moral, o.c.
966-977.
3. Trullo Goffi, Fundamentación trinitaria de la vida moral y espiritual, Selecciones
de Teología 107 (1998) 219-223.
LOS SACRAMENTOS FUENTE DE LA VIDA ÉTICA Y MORAL 265

ello, aun cuando dicha disociación es real, es superable. De ahí que


no sea necesario renunciar a ninguna de las dos dimensiones de la
experiencia religiosa. Una religión sin culto sería poco expresiva y
carente de dinamismo. Una religión sin referencia ética caería en el
formalismo. Ética y sacramentos son dos momentos necesarios en
la experiencia religiosa, también en la religión cristiana. Ambos se
encuentran en tensión permanente, remitiéndose la una a los otros
y viceversa. Pero la referencia no es de mutua complacencia, sino de
corrección y vigilancia.
El recuerdo cultual del éxodo tiene que estar en sintonía con una
experiencia de liberación histórica. De lo contrario, se queda en una
ritualidad vacía. La memoria sacramental de la muerte y resurrec-
ción de Cristo requiere, además de su celebración festiva, su verifi-
cación en la práctica. La experiencia sacramental ha de articular
culto y vida, conformando una unidad diferenciada con estas o simi-
lares características: estar sólidamente arraigada en la interioridad
de la persona, vivir el encuentro personal con Dios, celebrar comu-
nitariamente y de forma visible el misterio de la salvación, ser sub-
versiva ante la injusticia, mostrarse solidaria con el sufrimiento ajeno
y defender la vida de los pobres.
En los sacramentos actitud interior y práctica exterior han de
corresponderse. Las loas verbales se tornan inanes cuando el cora-
zón está alejado de Dios (Is 29, 13, citado por Mc 7, 6-7; Mt 15, 8-
9). El amor a Dios es retórica cuando no va acompañado del amor
al prójimo”4.
Los sacramentos, más que auxilios y fragmentos, por más gra-
ciosos que sean esos fragmentos, son la forma de hacer cristianos.
En consecuencia, más que medios y auxilios, entendidos como
pasajeros, son formas, en el sentido de estructuras, que deiforman al
cristiano. Y si lo deiforman, el cristiano tendrá que obrar y actuar
con una ética y moral aceptadas por Dios. De ahí que el cristiano

4. J. J. Tamayo-Acosta, o. c. 166-167.
266 LOS SACRAMENTOS

sea un sacramento de Cristo en la vida y en la política, como medio


para manifestar el Rostro de Dios y de Cristo en la Historia. Por eso,
el Nuevo Testamento ruega al cristiano que viva de tal modo de
Cristo que su vida sea una proyección de Jesucristo en la Historia:
“Para saber si conocemos a Dios, veamos si cumplimos sus manda-
mientos. Quien dice: “Yo lo conozco”, pero no cumple sus manda-
mientos, es un embustero; ése no lleva dentro la verdad. En cambio,
en uno que hace caso de su mensaje, el amor de Dios queda reali-
zado de veras. Así podemos saber que estamos con él; quien habla
de estar con Dios tiene que proceder como procedió Jesús”5.
San Pablo aún es más explícito, si cabe, pues afirma que el cris-
tiano se ha de conformar (no se olvide que Cristo es el molde de
hacer cristianos) con Cristo de tal modo que los dos formen una
persona. Pablo ha evangelizado a los habitantes de Galacia, pero en
su ausencia han vuelto a las andadas. De ahí que el apóstol les diga:
“Sería bueno, en cambio, que os interesarais por lo bueno siempre,
y no sólo cuando estoy ahí con vosotros. Hijos míos, otra vez me
causáis dolores de parto, hasta que Cristo tome forma en vosotros”6.
La figura del parto es muy elocuente. Por otra parte, el apóstol
sabe muy bien que la forma crística del cristiano es toda una carre-
ra, y que mientras no viva definitivamente con Jesucristo en Dios, el
cristiano tiene que morir y configurarse con él hasta que pase de
esta vida a la otra. Esta figura abunda en el pensamiento de san
Pablo con bellísimos matices: Jesucristo “transformará la bajeza de
nuestro ser reproduciendo en nosotros el esplendor suyo, con esa
energía que le permite incluso someterse el universo”7.
A su discípulo Timoteo le dice que se acuerde de Jesucristo duran-
te toda su vida, y que Jesucristo, más que recuerdo, sea Memoria de
su recuerdo, y se lo acuña en un precioso texto:

5. 1Jn 2, 6-11.
6. Gál 4, 18-20.
7. Flp 3, 21.
LOS SACRAMENTOS FUENTE DE LA VIDA ÉTICA Y MORAL 267

“Si morimos con él, viviremos con él;


si perseveramos, reinaremos con él;
si lo negamos, también él nos negará;
si somos infieles, él permanece fiel,
porque negarse a sí mismo no puede”8.

Los sacramentos, en definitiva, son una donación, una gracia de


Dios concedida por Jesucristo. Pero sobre esa donación graciosa
pesa el imperativo de celebrarla en la vida, y para ello habrá que
saber qué es un sacramento, según lo hemos intentado iluminar
desde vertientes plurales a lo largo de estas páginas.
En carta a Proba, y comentando (Rom 13, 13-14) dice san Agustín
que vivamos de tal modo que nada ni nadie nos impida celebrar los
sacramentos9.
Uno de nuestros grandes poetas, Luis Felipe Vivanco, es el autor
del poema con el que cierro este apartado y “Señas de identidad de
los cristianos”. El poema se titula “Recluta”, y constituye toda una
ética cristiana, humana y poética. El Texto dice así:

“No se hizo el hombre para el sábado sino el sábado para


el hombre.
No se hizo el hombre para la bandera sino la bandera para
el hombre.
No se hizo el recluta para el sargento sino el sargento para
el recluta.
No se hizo el mozo para la disciplina militar sino la discipli-
na para el mozo.
No se hizo el soldado para el capitán sino el capitán para el
soldado.
No se hizo la brigada para el general sino el general para la
brigada.

8. 2Tim 2, 8-13.
9. San Agustín, Carta 22, 2. 3. BAC. VIII, 80-81.
268 LOS SACRAMENTOS

No se hizo el pueblo para el ejército sino el ejército para el


pueblo.
No se hizo el hombre para la ciudad sino la ciudad para el
hombre.
No se hizo el obrero para la fábrica sino la fábrica para el
obrero.
No se hizo el niño para el maestro sino el maestro para el
niño.
No se hizo el enfermo para el médico sino el médico para el
enfermo.
No se hizo la mano para el guante sino el guante para la
mano.
No se hizo el pueblo para el que gobierna sino el que gobier-
na para el pueblo.
No se hizo el que trabaja para el sindicato sino el sindicato
para el que trabaja.
No se hizo el hombre para la historia sino la historia para el
hombre.
No se hizo el hombre para el consumo sino el consumo para
el hombre.
No se hizo el hombre para la propaganda sino la propagan-
da para el hombre.
No se hizo el libro para el editor sino el editor para el libro.
No se hizo el arte para la galería sino la galería para el arte.
No se hizo el lector para el periódico sino el periódico para
el lector.
No se hizo el seglar para el cura sino el cura para el seglar.
No se hizo el cuerpo para el alma sino el alma para el cuerpo.
No se hizo el pecado para la gracia sino la gracia para el
pecado.
No se hizo el católico para la misa sino la misa para el cató-
lico.
LOS SACRAMENTOS FUENTE DE LA VIDA ÉTICA Y MORAL 269

No se hizo el cristiano para Cristo sino Cristo para el cris-


tiano.
No se hizo la criatura para Dios sino Dios para la criatura.
En resumidas cuentasse hizo el hermano para el hermano y
se hizo el hombre para el hombre”10.

* * *
Por mi parte, no me queda sino desear que cada cristiano, per-
sonal y comunitariamente, nos vertebremos a semejanza del Dios
Uno y Trino, Simple y Plural, e imprimamos su sello trinitario en la
Historia, cuidando amorosamente del pobre11.

10. Luis Felipe Vivanco, Prosas propicias, Plaza Janés, Barcelona, 1976, 64-65;
Antología poética, Alianza Editorial, Madrid, 1976, 117-118.
11. Cf. Luis Maldonado, o.c., 130-138.
ÍNDICE GENERAL

PRÓLOGO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9
INTRODUCCIÓN . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 17
1. APROXIMACIÓN AL CONCEPTO DE INICIACIÓN . . . . . . . 31
Rasgos característicos de la iniciación cristiana . . . . . . . . . . . . . . . . 34
¿Es difícil la iniciación cristiana en la cultura de hoy? . . . . . . . . . . . 35
Un mínimo de pedagogía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 38

2. ¿QUÉ REFORMA NECESITAN LOS SACRAMENTOS? . . . . . 41

3. NADA TAN BUENO COMO EL CUERPO HUMANO . . . . . . 49


Los sacramentos cristianos son los elementos terrenos para el
encuentro entre Dios y los hombres. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 52
De la desintegración a la integración . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 53
La persona humana como sacramento de sí misma . . . . . . . . . . . . 55
La persona humana es un archivo de la Comunidad divina . . . . . . 55

4. EL DIFÍCIL MATERIAL DE LA PALABRA . . . . . . . . . . . . . . . . 59


El español y su vergüenza de hablar bien . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 60
Importancia de la palabra . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 61
Personal . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 61
Social . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 62
Política . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 63
Poética . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 64
Bíblica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 65
Teologal . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 67
Conciliar . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 68
272 LOS SACRAMENTOS

Epílogo: La explosión del diálogo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 68


Elogio del silencio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 70
Palabra y sacramento . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 72
La materia es dialogable. Por la materia a los sacramentos . . . . . . 73
Características del lenguaje sacramental . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 73
Alusivo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 74
Escandaloso . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 74
Relacional . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 74
Simbólico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 75
Comunitario-trinitario . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 75
Crisis del lenguaje religioso . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 76
¿Qué puede decir la Literatura al lenguaje de los sacramentos? . . . 77

5. EL SACRAMENTO COMO VEHÍCULO DEL MISTERIO . . . 79


¿Qué son los sacramentos? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 79
El sacramento es el molde que nos transforma en Cristo . . . . . . . . 82
Un sacramento es la historia de la salvación, realizada de una vez
por todas en el árbol de la Cruz, historia que fluye por la Iglesia
mediante ritos religiosos y visibles que tienen una fuerte semejanza
con aquello a lo que apuntan . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 83
El sacramento es un signo eficaz de gracia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 84
Los sacramentos y la Comunidad . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 85
Los sacramentos son los actos de culto de los fieles de Cristo . . . . 86
Los sacramentos como Alianza y Memorial . . . . . . . . . . . . . . . . . . 86
El sacramento es un símbolo que expresa las experiencias
fundamentales que comporta la fe en Jesús . . . . . . . . . . . . . . . . . . 87
El sacramento en cuanto Misterio o Mysterion . . . . . . . . . . . . . . . 88
Fe, palabra y sacramento . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 88
¿Qué es el sacramento como misterio? . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 89
El sacramento en cuanto sacramento . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 90
Sacramentos e Iglesia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 91

6. EL SÍMBOLO COMO VEHÍCULO DEL SACRAMENTO . . . . 93


Aproximación al símbolo y a lo imaginario . . . . . . . . . . . . . . . . . . 93
Fundamentación antropológica de lo simbólico . . . . . . . . . . . . . . . 94
La realidad es tan densa que precisa del símbolo para ser expresada 95
Qué es el símbolo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 96
El símbolo y su garantía de autenticidad . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 100
Funcionalidad del símbolo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 101
Uso del símbolo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 102
ÍNDICE GENERAL 273

Qué se entiende por experiencia simbólica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 103


Cultura y sistema simbólicos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 103
Importancia del símbolo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 103
Actualidad del símbolo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 105
El símbolo y la razonabilidad de su modo de pensar por medio
de la analogía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 105
Necesidad y defensa del símbolo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 107
El símbolo y sus enemigos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 107
Culturalidad y transculturalidad del símbolo . . . . . . . . . . . . . . . . . . 107
El símbolo no ha de ser confundido con... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 108
El signo y sus clases . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 108
El mito . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 109
La magia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 110
El rito . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 110
La simbólica como ciencia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 110
El misterio sacramental en cuanto signo sensible y simbólico y
como pacto formulado en un credo o confesión de la fe . . . . . . . 111

7. LA HISTORIA DE LA CRUZ DE JESUCRISTO CORRE POR


LOS SACRAMENTOS COMO LA MEJOR MEDICINA DE
DIOS PARA LA CURACIÓN DE LA HUMANIDAD . . . . . . . . 117

8. DIOS UNO Y COMUNIDAD TRINITARIA, PADRE, HIJO Y .


ESPÍRITU SANTO, ES EL AUTOR DE LOS SACRAMENTOS,
SI BIEN, Y POR ACUERDO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD,
ES JESUCRISTO EL PROTAGONISTA DE LOS SACRA-
MENTOS DE LA IGLESIA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 135
I. LOS SACRAMENTOS Y LA SANTÍSIMA TRINIDAD . . . . . . . . . . . . . . 135
II. LOS SACRAMENTOS Y DIOS-PADRE . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 138
III. J ESUCRISTO ES EL GRAN SÍMBOLO Y SACRAMENTO DE DIOS PARA
EL MUNDO EN LA IGLESIA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 141
Jesucristo es el máximo símbolo de Dios-Padre . . . . . . . . . . . . . . . 141
Jesucristo como símbolo de sí mismo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 143
Dios se dona a los seres humanos en la corporalidad de Jesucristo 146
Apellidos sacramentales de Jesucristo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 150
La Encarnación como sacramento de Dios . . . . . . . . . . . . . . . . . . 152
La energía de la Pascua del Resucitado se enciende en los
sacramentos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 153
Cómo se ha de entender que los sacramentos fueron instituidos
por Jesucristo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 157
IV. E L E SPÍRITU SANTO Y LOS SACRAMENTOS . . . . . . . . . . . . . . . . . 165
274 LOS SACRAMENTOS

9. IGLESIA Y SACRAMENTOS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 169


Apellidos sacramentales que la Escritura aplica a la Iglesia . . . . . . . 171
La Iglesia es el pléroma de Jesucristo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 172
La Iglesia es el cuerpo de Jesucristo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 173
La Iglesia es la esposa de Jesucristo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 174
Consecuencias . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 174
La Iglesia como sociedad de culto . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 174
La Iglesia como sacramento de salvación en la historia . . . . . . . . . 175
La Iglesia como sacramento de unidad . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 175
La Iglesia como sacramento del mundo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 176
El mundo como sacramento de la Iglesia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 177

10. LOS SACRAMENTOS, AUNQUE SON CELEBRACIONES


RELIGIOSAS Y MEDIOS A TRAVÉS DE LOS CUALES SE
CELEBRA LA RELIGIÓN, NO CONSTITUYEN REALIDAD
ALGUNA DIFERENTE DE LA RELIGIÓN, SINO QUE SON
LA RELIGIÓN MISMA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 179
Los sacramentos y el templo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 179
Para una ordenación del espacio litúrgico . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 183
Jesucristo es la religión de los cristianos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 183
El culto cristiano es Jesucristo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 184
El sacrificio cristiano es Jesucristo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 185
Fe y culto . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 185
Los sacramentos como oración . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 186
Proyección social de los sacramentos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 188
Los sacramentos y su animación . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 189
Principios para que la liturgia resulte un auténtico juego sacro . . . . 190

11. DIGNIDAD DE LOS ELEMENTOS TERRENOS DE LOS


SACRAMENTOS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 193
Los elementos terrenos y los sacramentos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 194
Pequeña jerga gramático-sacramental . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 196
“Opus operatum” . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 196
“Opus operantis” o “ex opere operantis” . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 198
“Ex opere operato” . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 198
Para qué son los sacramentos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 199
La dignidad de los elementos terrenos de los sacramentos . . . . . . 199
Donde se continúa con la gramática . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 202
“Sacramentum tantum” . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 202
“Sacramentum et res” . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 202
“Res tantum” . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 203
Tres clases de “res” . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 203
La forma o fórmula de los sacramentos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 204
ÍNDICE GENERAL 275

12. POR LA FE SE CREE EN LOS SACRAMENTOS Y, A SU VEZ,


LOS SACRAMENTOS VISIBILIZAN LA FE CON LA QUE SE
CREE . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 209
Los sacramentos son confesiones de fe celebradas de un modo
palpable . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 209

13. DE LA GRACIA OBTENIDA EN LOS SACRAMENTOS


CELEBRADOS CON FE . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 215

14. LA PALABRA Y LOS SACRAMENTOS CONSTITUYEN LA


EVANGELIZACIÓN COMPLETA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 223
La fuerza de la Palabra . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 223
El equilibrio teológico del Concilio Vaticano II . . . . . . . . . . . . . . . 225
La palabra en cuanto predicación . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 226
La palabra es sacramento y el sacramento es palabra . . . . . . . . . . . 226

15. APROXIMACIÓN AL SACRIFICIO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 227


Terca supervivencia del sacrificio en la vida . . . . . . . . . . . . . . . . . . 227
Generalidades previas . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 227
Qué se entiende por sacrificio según la estimativa popular . . . . . . . 230
Inteligencia de sacrificio según las religiones . . . . . . . . . . . . . . . . . . 231
Sacrificio y escenificación del inicio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 232
Clases de sacrificios según su forma . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 233
Centralidad del sacrificio en el culto . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 234
El sacrificio de Cristo según el Nuevo Testamento . . . . . . . . . . . . . 235
Notas específicas del sacrificio cristiano . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 237
Acuerdos ecuménicos sobre el sacrificio . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 240

16. SACRAMENTOS, CARÁCTER Y CELEBRADORES . . . . . . . . 241


El carácter . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 241
Los celebradores . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 243
Diseño de celebrante . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 244

17. DESDE LOS SACRAMENTOS DE NUESTROS ANTEPASADOS


A UN PACTO ENTRE CRISTIANOS. EL SIMBOLISMO DEL
NÚMERO SIETE Y LA ORDENACIÓN DE LOS SACRA-
MENTOS . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 249
Los sacramentos del Antiguo y del Nuevo Testamento . . . . . . . . . 249
El pacto entre cristianos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 252
El simbolismo del número siete . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 255
Principios cristológicos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 258
Principios eclesiológicos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 259
276 LOS SACRAMENTOS

Principios antropológicos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 259


Ordenación de los sacramentos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 260

18. LOS SACRAMENTOS SON LA FUENTE DE LA VIDA ÉTICA


Y MORAL DEL CRISTIANO . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 263

ÍNDICE GENERAL . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 271


Biblioteca Manual Desclée
1. LA BIBLIA COMO PALABRA DE DIOS. Introducción general a la Sagrada Escritura, por
Valerio Mannucci (6ª edición)
2. SENTIDO CRISTIANO DEL ANTIGUO TESTAMENTO, por Pierre Grelot (2ª edición)
3. BREVE DICCIONARIO DE HISTORIA DE LA IGLESIA, por Paul Christophe
4. EL HOMBRE QUE VENÍA DE DIOS. VOLUMEN I, por Joseph Moingt
5. EL HOMBRE QUE VENÍA DE DIOS. VOLUMEN II, por Joseph Moingt
6. EL DESEO Y LA TERNURA, por Erich Fuchs
7. EL PENTATEUCO. Estudio metodológico, por R. N. Whybray
8. EL PROCESO DE JESÚS. La Historia, por Simón Légasse
9. DIOS EN LA ESCRITURA, por Jacques Briend
10. EL PROCESO DE JESÚS (II). La Pasión en los Cuatro Evangelios, por Simón Légasse
11. ¿ES NECESARIO AÚN HABLAR DE «RESURRECCIÓN»? Los datos bíblicos,
por Marie-Émile Boismard
12. TEOLOGÍA FEMINISTA, por Ann Loades (Ed.)
13. PSICOLOGÍA PASTORAL. Introducción a la praxis de la pastoral curativa,
por Isidor Baumgartner
14. NUEVA HISTORIA DE ISRAEL, por J. Alberto Soggin (2ª edición)
15. MANUAL DE HISTORIA DE LAS RELIGIONES, por Carlos Díaz (4ª edición)
16. VIDA AUTÉNTICA DE JESUCRISTO. VOLUMEN I, por René Laurentin
17. VIDA AUTÉNTICA DE JESUCRISTO. VOLUMEN II, por René Laurentin
18. EL DEMONIO ¿SÍMBOLO O REALIDAD?, por René Laurentin
19. ¿QUÉ ES TEOLOGÍA? Una aproximación a su identidad y a su método,
por Raúl Berzosa (2ª edición)
20. CONSIDERACIONES MONÁSTICAS SOBRE CRISTO EN LA EDAD MEDIA,
por Jean Leclercq, o.s.b.
21. TEOLOGÍA DEL ANTIGUO TESTAMENTO. VOLUMEN I, por Horst Dietrich Preuss
22. TEOLOGÍA DEL ANTIGUO TESTAMENTO. VOLUMEN II, por Horst Dietrich Preuss
23. EL REINO DE DIOS. Por la vida y la dignidad de los seres humanos,
por José María Castillo (5ª edición)
24. TEOLOGÍA FUNDAMENTAL. Temas y propuestas para el nuevo milenio,
por César Izquierdo (Ed.)
25. SER LAICO EN LA IGLESIA Y EN EL MUNDO. Claves teológico-espirituales a la luz del
Vaticano II y Christifideles Laici, por Raúl Berzosa
26. NUEVA MORAL FUNDAMENTAL. El hogar teológico de la Ética,
por Marciano Vidal (2ª edición)
27. EL MODERNISMO. Los hechos, las ideas, los personajes, por Maurilio Guasco
28. LA SAGRADA FAMILIA EN LA BIBLIA, por Nuria Calduch-Benages
29. DIOS Y NUESTRA FELICIDAD, por José Mª Castillo
30. A LA SOMBRA DE TUS ALAS. Nuevo comentario de grandes textos bíblicos,
por Norbert Lohfink
31. DICCIONARIO DEL NUEVO TESTAMENTO, por Xavier Léon-Dufour
32. Y DESPUÉS DEL FIN, ¿QUÉ? Del fin del mundo, la consumación, la reencarnación y la
resurrección, por Medard Kehl
33. EL MATRIMONIO. ENTRE EL IDEAL CRISTIANO Y LA FRAGILIDAD HUMANA.
Teología, moral y pastoral, por Marciano Vidal
34. RELIGIONES PERSONALISTAS Y RELIGIONES TRANSPERSONALISTAS, por Carlos
Díaz
35. LA HISTORIA DE ISRAEL, por John Bright
36. FRAGILIDAD EN ESPERANZA. Enfoques de antropología, por Juan Masiá Clavel. S.J.
37. ¿QUÉ ES LA BIBLIA?, por John Barton
38. AMOR DE HOMBRE, DIOS ENAMORADO, por Xabier Pikaza
39. LOS SACRAMENTOS. Señas de identidad de los Cristianos, por Luis Nos Muro
Este libro se terminó
de imprimir
en los talleres de
RGM, S.A., en Bilbao,
el 19 de noviembre de 2004.