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I7.

Los GUARDIANES DEL DESORDEN


Rituales de la cultura juvenil
j' i
en los albores de la era moderna
por Norbert SCHINDLER I
Los GUARDIANES DEL DE.';oRDEN

E n el año 1532, los pastores protestantes dirigieron al


Consejo de la ciudad de Schaffhausen una enconada pro-
testa por los vicios y pecados cada vez más extendidos entre la
población. En ella se dice, entre otras cosas:

"Y, así, si ello no es castigado de inmediato por nuestros hermanos


(como ha ocurrido recientemente en una localidad), sus cuerpos y
vidas no estarán a salvo ni en sus casas... Además, suelen salir de
noche, envueltos en niebla, con los tambores, y también han untado
de noche el castillo de los predicantes con heces humanas, y talaron a
otros hombres honorables los árboles que con tanto esfuerzo y traba-
jo plantaron. y, en suma, han demostrado tal encono en sus modos y
maneras, que ni los turcos serían capaces de tanto ... " '.

Toda clase de anónimos ataques contra las personas y sus


bienes, cerraduras untadas con heces, árboles talados ... parece
que el clero reformador no gozaba del favor de las gentes en el
anuncio de su novedosa visión de la moral. La cauta política
que, sin embargo, aplica el Consejo en cuanto a las ideas refor-
mistas no le proporcionó más que un débil apoyo, con lo que
dio ocasión a sus enemigos de expresar su desazón del modo
más rotundo. Pero ¿quiénes eran entonces esos antípodas
capaces de peores desafueros que los turcos? ¿Sólo jóvenes, o
también había adultos en sus filas? Cabría suponer que la situa-
ción política creada con la introducción de la Reforma tres
años antes hace coincidir a representantes de ambos grupos de
edad en el campo de la oposición 2. La participación de los
adultos confería siempre un peso adicional a semejantes actos

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HISTORlA DE LOS JÓVENES

de protesta, aunque no significase más que las acciones iban en


serio. Sin embargo, las formas que adopta esta protesta recuer-
dan de un modo tan inconfundible las usuales prácticas admo-
nitorias de la cultura juvenil, que van desde las bromas hasta las
amonestaciones colectivas, que resulta imposible dudar de la
participación activa de los jóvenes en estos "desafueros". ¿A
quién si no a ellos, casi siempre mercenarios dispuestos a servir
a cualquier señor, podía achacarse el uso amenazador de los
tambores en medio de la noche? Todo el mundo estaba acos-
tumbrado a achacar a su insolencia cualquier perturbación de
la paz nocturna y cualquier escapada, y de hecho en el siguien-
te escrito de protesta que emian en 1536-1537 los predicantes
de Schaffhausen aparecen, junto a la denuncia de las faltas
tan "corrientes" de "gritos, blasfemias, juramentos... , torneos,
borracheras, refriegas hasta la media noche" (hury, gotsleste-
rung, schworen ... , grosse spil, trunkenheyt, fullery lrys in die mit-
nacht), las clásicas y sonoras manifestaciones nocturnas de los
jóvenes, "risas, gritos y cantos poco cristianos, de forma que
nadie puede descansar" (undchristenliche{s] }ut7..en, schryen, sin-
gen, also das nieman vor inen ruw hat) 3. Pero no todo 10 que
emana de ese brío jivenil desembocaba en bromas y chanzas; 10
serio y la broma se entremezclan de continuo precisamente en
los actos de quienes se encontraban en el umbral de la edad
adulta. Su juguetona seriedad, más convincente que cualquier
otra medida, era algo de lo que sabían servirse las comunida-
des preindustriales que les concedieron una libertad conside-
rable, e incluso los elevaron al rango de representantes de la
moral pública. Con ocasión de los charivari o prácticas de amo-
nestación contra las faltas de Índole social y moral \ actuaban
en sustitución de los adultos y con su consentimiento implícito,
y ello confería a sus acciones el peso del acto adulto, liberándo-
los al tiempo de cualquier papel previamente asignado. La
juventud era una etapa marcada por la aspiración a un papel,
rígida a pesar de la liberalidad de la época, y regida por las
expectativas de los mayores, y en ella -para volver de nuevo a
los incidentes de Schaffhausen- no había nada más serio que
las prácticas charivari de la "insolente" tala de frutales y tam-
bién vides. En las sociedades agrarias semejante "sacrilegio"
equivalía a una declaración formal de guerra con la que el ata-
cante renunciaba a su derecho a vivir en la comunidad. Las

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Los GUARDIANES DEL DESOIIDEN

acciones juveniles poseían un vínculo con el mundo de los


adultos distinto, más funcional, de lo que es corriente hoy y de
lo que nosotros COnocemos como muy tarde a partir de los
movimientos juveniles burgueses de finales del siglo pasado,
pues tal relación depende del reconocimiento de un horizonte
vital propio y genuino de la juventud "~o El intenso intercambio
entre cultura juvenil y cultura adulta sólo fue posible gracias a
cierta relajación, 'juvenilización", por no decir una mayor
"infantilización" del comportamiento adulto 6 de lo que hoy
nos resulta habitual. Hacia 1539, el Ordenamiento sinodal
decreta "que los puros no se lleven a caballo" (das die puren nit
kretzetten habind) 7, es decir, que no se lleven en volandas en
broma. Como consigna en su diario el rico ciudadano y más
tarde juez de Schaffhausen, Hans Stockar, a los treinta y cinco
años, en la noche de carnaval de 1526, una horda aparente-
mente conocida por él de "honorables" burgueses, entre los
que se encuentra el maestro de latín, irrumpió de noche y en
su ausencia en la bodega de su casa para saquear sus existen-
cias. Se "bebieron dos cuartillos de vino y se comieron y bebie-
ron lo que encontraron, y revolvieron toda la casa ... ; 10 que he
de tomar a broma ... y me emborracharon al criado y a la sir-
vienta ... y estuvieron gritando y cantando y bailando" 8 El ani-
moso perjudicado tuvo que poner buena cara al mal tiempo. Es
posible que Stockar no se hubiera mostrado lo bastante gene-
roso con motivo de alguna festividad, o que sus compañeros
tuviesen otra deuda pendiente con él. En cualquier caso, tal
atrevimiento, que de acuerdo con la ley actual cumpliría sin
más los requisitos de un hurto de fractura, fue consignado en
las actas del Consejo como desorden nocturno, es decir, una
"gamberrada" exculpada gracias al derecho de hurto ritual
propio de los carnavales y que muy bien podría haber emana-
do de la cultura juvenil.
La juventud de comienzos de la era moderna aún no era esa
juventud mimada en 10 pedagógico que se contempla con pro-
funda desconfianza, ni ese periodo de la vida al que se asignan
las numerosas instancias protectoras burocráticas que hoy
conocemos. Fue la sociedad de clases industrial la que desarro-
lló esa dramaturgia de la edad juvenil como enfática deposita-
ria de la esperanza y latente amenaza social, y la que dotó de un
contenido tanto negativo como positivo a esa fase de madura-

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HISTOIUA Pi LOS JÓVENES

ción, estilizándola en cualquier caso hasta convertirla en un


fenóneno de culto con carácter orientativo 9. En principio, los
animados debates juveniles que hoy contemplamos, y los temo-
res que ellos expresan de que las generaciones subsiguientes
pudieran arrebatarles la herencia que les corresponde, no
cuentan más de un siglo. En comparación con ello, las relacio-
nes que mantiene el mundo adulto de comienzos de la era
moderna con sus jóvenes llama la atención por lo relajado, a
pesar de las salidas de tono de los menores IQ. No sólo se basaba
en un orden jerárquico rígido, cuya oferta de normas venía
marcada por una evidente falta de alternativas, sino también
en la idea, derivada del modelo social cuasifamiliar, de una
maduración progresiva marcada por una lenta adaptación a las
circunstancias sociales 11. Esta idea del aprendizaje social basa-
do en la experiencia, es decir, del "aprendizaje como simple
familiarización ... en la que el aprendiz adquiere inconsciente-
mente y sin darse cuenta los principios -también los descono-
cidos-- del «arte» y del arte de la vida de los productores de
esas prácticas" 12 fue rechazada de un modo tan radical por la
pedagogía de la Ilustración que hoy resulta dificil concebir sus
principios inherentes y los mecanismos de socialización que
acarreaba. Nada más falso que la idílica apariencia de la vida
simple, y por ello hay que desconfiar de la sencilla fachada del
aprendizaje implícito. Todo intento de interpretar esto desde
una perspectiva histórica y antropológica que aspire a algo más
que a proyectar los problemas de hoy hacia el pasado ha de
concebir, por tanto, la cultura juvenil de principios de la era
moderna no como una "moratoria" social, sino como una
auténtica fase de transición e iniciación a la condición adulta
en el sentido de los ritos de paso etnológicos. Los espacios de
libertad que el mundo de los adultos cedía a los jóvenes corres-
pondían a un tiempo en el decurso del día (los jóvenes como
"amos de la noche"), impulsaban la formación de grupos de
acuerdo con la edad, y ofrecían la posibilidad de una autoedu-
cación y autorrepresentación en el seno del grupo. La marcada
praxis ritual de los grupos juveniles masculinos constituía un
laboratorio de saber práctico en el que cabía experimentar con
la adquisición de las normas imperantes y, por ello, producía
insospechados efectos de acoplamiento social retroactivo. En
el centro de la apropiación lúdica y de la relativización de la

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Los GUARDIANES DEL DESORDEN

visión dominante no había procesos individualistas de interna-


lización de las normas, sino mecanismos de aprendizaje colec-
tivos que obedecían a una dialéctica del acatamiento de reglas
y de la violación admitida de las mismas.

1. Pero ocupémonos ahora de la cuestión de la delimita-


ción de lo que conforma el periodo juvenil 13, Gran parte de las
últimas investigaciones sobre la cultura juvenil de comienzos
de la era moderna se nutren de la afirmación de Philippe Aries
de que en la sociedad de los siglos XVI y XVII aún no existía una
clara diferenciación entre la infancia y la juventud, y de que
aún no se poseía una imagen exacta de lo que hoy denomina-
mos adolescencia 14, y, sin embargo, Natalie Z, Davis llama la
atención, a mi entender con toda razón, sobre los gruposjuve-
niles cuyas prácticas ya contenían y presuponían diversas fun-
ciones socializan tes para los que se encontraban en ese proceso
de maduración, tanto en las ciudades como en el mundo rural, y
que los teóricos del desarrollo atribuyeron más tarde a la fase de
la adolescencia 15. A continuación expondré el intento de Davis
de describir lajuventud de comienzos de la era moderna a partir
de su cultura, sus ritos y costumbres, para ampliar algunos pun-
tos de vista y enriquecerlos con ciertos datos procedentes de
fuentes del ámbito lingüístico del sur de Alemania. Sin embargo,
tal vez merezca la pena considerar más detenidamente la hipóte-
sis de Aries, dado que no puede negarse que la delimitación de
infancia yjuventud en las fuentes plantea no pocas dificultades, y
que incluso el término "juventud" a menudo se emplea como
sinónimo de infancia. Ello es particularmente patente en las
ordenanzas sobre nacimientos del siglo XVI:

Quien se haya hecho bautizar nuevamente, o haya sido bautizado


en su juventud, no será admitido por nuestros señores a la ciudad ... '·

El médico municipal de Basilea Felix Platter (1536-1614)


emplea el término en este mismo sentido al referirse en su dia-
rio a los recuerdos de infancia:

He escuchado con mucho agrado las historias que me han conta-


do, y en particular las que suele narrar la juventud, fábulas, cuentos y
sagas 17,

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HISTORIA DE LOS JÓVENES

Tampoco hay que olvidar que es un septuagenario quien en


este caso recuerda tiempos pretéritos, y es posible que su
memoria haga aproximarse o confunda algunos hechos. Y se
trata también de una mirada retrospectiva no sólo nostálgica,
sino también con ciertos tintes patriarcales, sobre el despreo-
cupado tiempo de la infancia y la juventud, que el autor con-
fronta con miras pedagógicas con las responsabilidades de la
vida adulta. Esto último, verdadera categoría de la mentalidad
ordenancista, tal vez ayude a explicar por qué la 'Juventud" se
convierte en la jerga de las autoridades y de los mayores en los
siglos XVI Y XVII en un concepto que engloba a todos aquellos a
los que no cabe responsabilizar plenamente de sus actos.
Frente a éste, se da en la misma época un uso del concepto
que se corresponde en gran medida con el significado actual
del mismo y que define a la juventud como una fase de la vida
claramente distinta tanto de la infancia como de la existencia
adulta. En la solicitud de los reformadores de eliminar la "Casa
de las Mujeres" de Basilea se dice:

Que esta casa no es otra cosa que la sentina de la corrupción de


la juventud ... Dejemos a un lado a la infancia, pues sus pecados no
son perniciosos, aunque las varas hayan de estar siempre visibles y
dispuestas. No hay que dejar acercarse a lajuventud, pues ésta tien-
de mucho más a la lascivia, y por ello será tanto más necesario no
sólo castigarles, sino poner un cerco para evitar el pecado de la
impudicia 18.

Dificilmente puede atribuirse una confusión entre niños y


jóvenes a estas declaraciones, que defmen con meridiana cla-
ridad el grupo de los varones sexualmente maduros aunque
solteros. Si cambiamos de lugar y lanzamos una breve mirada
a las peregrinaciones religiosas constatamos algo similar, y es
que los milagros de niños se registraban ya en los siglos XVI
Y XVII como algo separado, especial, mientras que los jóvenes
que habían hecho votos se adscribían al mundo adulto con
una naturalidad que da qué pensar. En el caso de los lugares
clásicos de peregrinación bávaros, la frontera la marca la
edad de diez años, aproximadamente 19. Por ello podemos .:
partir del supuesto de que la sociedad del siglo XVI poseía una
noción clara y distinta de la diferencia cultural entre la infan-

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r

ILlS GUARDJA.'1ES DEL DESORDEN

cia y lajuventud, noción que, sin embargo, el historiador per-


cibe como solapada y difusa debido a las dicotomías de tinte
neopatriarcal y autoritario que el discurso reformador esta-
blece entre mayores de edad y menores, responsables e "irres-
ponsables".

Si la frontera entre infancia y juventud sigue siendo fluida y


difusa a comienzos de la era moderna, ello depende funda-
mentalmente de que la escuela no representaba aún para el
grueso de la población una altern~tiva a la vida laboral, rasgo
característico de la modernidad. Unicamente con la imposi-
ción de la instrucción obligatoria general a comienzos del si·
glo XIX se afianza esa cesura -reforzada en lo religioso en los
territorios protestantes 20 por el rito de iniciación que supone la
confirmación- que marcan los catorce años y que, con el
abandono de la escuela y el paso al mundo del trabajo o del
aprendizaje laboral, constituye un corte muy claro entre la
infancia y lajuventud 21, El imperativo estatal de la instrucción y
el servicio militar obligatorios señalaron el comienzo de la fase
juvenil. Sin embargo, las circunstancias que marcan el inicio de
la era moderna, en las que la escuela elemental es más un
deseo que una obligación, se caracterizan para la mayoría de
los niños y jóvenes por una multiplicidad de formas entremez-
cladas de experiencias laborales y escolares, por un flujo conti-
nuo de aprendizaje y trabajo: era usual que los niños de cinco o
seis años comenzasen a realizar trabajos leves como pastores
o recaderos, por e:iemplo, y en las clases más humildes ya se les
empleaba como criados a los diez o doce años, a menudo para
aliviar la economía doméstica de la familia 22, y en las familias
campesinas y artesanas se consideraba natural que los niños
colaborasen en el negocio familiar desde sus primeros pasos.
La "escuela de la vida". con su praxis implícita (Bourdieu).
seguía siendo más importante que los conocimientos imparti-
dos por el maestro: la pedagogía de la ardua incorporación al
mundo adulto, que obedecía más al principio de la copia que
del aprendizaje distanciado, seguía teniendo más fuerza que la
incipiente teoría de la especialización pedagógica. Por ello no
es posible determinar con criterios generales dónde acaba la
infancia y dónde comienza lajuventud; tales márgenes depen-
den de las condiciones específicas de ambiente y condición

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Hl~'TORlA DE LOS JÓVENES

social bajo los cuales tenían lugar estos procesos de socializa-


ción y aprendizaje. Y únicamente en las clases educadas es posi-
ble encontrar el germen de la noción, tan moderna, de la
juventud como "moratoria", es decir, como una economía vital
dispuesta a renunciar temporalmente a ciertos privilegios con-
fiando en futuras posibilidades de carrera y estatus. Una
noción que se fundamenta en una época de "formación" pro-
longada, en gran medida liberada de imperativos económicos,
yque hoy tal vez nos resulte excesivamente natural. En el plano
conceptual las nociones de infancia y juventud quedan tam-
bién desdibujadas porque la conciencia feudal solía revestir
preferentemente sus nociones de orden político con los luga-
res comunes tan concretos y accesibles de casa y familia. De
este modo, la infancia llegó a convertirse, gracias a una pers-
pectiva paternalista, en la metáfora social de la dependencia,
de la minoría de edad legal, en suma, lo que explica que en las
listas de ajuares domésticos y testamentos aún se consignara a
los criados solteros de cincuenta o sesenta años como niños,
mientras que en los campos de batalla no pocas veces se enfren-
taban muchachos de quince o dieciséis.
Y, aSÍ, si la entrada en la fase juvenil resulta relativamente
difícil de determinar a comienzos de la era moderna, su final
estaba marcado por el matrimonio y la fundación de un hogar
propio, independiente de las familias originarias de un modo
que no nos es en absoluto ajeno. Ya los derechos de ciudadanía
tardomedievales registran la.~ diferencias en cuanto a la movili-
dad que se derivan de este corte: mientras que para los adultos
casados el derecho de ciudadanía y la residencia obligatoria
aparecen vinculados y pueden anularse tras una ausencia de
dos años, "los criados solteros podrán entrar y salir cuando lo
deseen, sin merma alguna de su derecho de ciudadanía" 2'. Sin
embargo, hay que señalar que la nupcialidad de la.~ clases altas
y bajas muestra notables diferencias y que en las clases inferio-
res, sobre todo, el momento de la boda fue posponiéndose
cada vez más a lo largo de los siglos XVII y XVIII por razones eco- '
nómicas y de subsistencia política 24. Esto hizo que, en el trans-
curso de estas décadas, la escena juvenil se enriqueciera, y no
sólo entre las clases pudientes, como ocurre también hoy, sino
incluso la culturajuvenil de las gentes sencillas, con los adultos
de Jacto de edades comprendidas entre los veinte y los treinta y

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r
Los GUAIU)IANES DEL DESORDEN

cinco, ganando con ello peso social. Si pasamos revista a los


datos socio económicos conocidos, cabe afirmar sucintamente
que a comienzos de la era moderna sí había una clara concien-
cia de la fase juvenil como periodo vital independiente,
que por cierto se entendía menos como "moratoria" social que
como una etapa: de transición funcional en el sentido de los
ritos de paso, es decir, como una inserción gradual en las con-
diciones de vida adultas, y que por ello adolece de la distinción
numérica de edades que solemos realizar hoy bajo las actuales
condiciones de estatalidad. El comienzo de esta etapa sigue
siendo difuso, mientras que su final, que en principio cabría
hacer coincidir con el matrimonio, se revela, ante un análisis
más pormenorizado, enormemente dependiente de la lógica
social imperante de la subsistencia 2\

2. La cuestión de la existencia de la juventud y del carácter


propiamente juvenil a comienzos de la era moderna adquiere
otros contornos, más precisos, si analizamos la dimensión cultu-
ral de la autodefinición de aquellos a quienes nos referimos, la
noción y las formas organizativas autónomas de estos jóvenes.
Según mis datos, nadie ha lanzado esta pregunta de un modo
más radical que Natalie Z. Davis. Su concepción de la cultura
juveni1 de esta época como una cultura de grupo informal que
se constituye fundamentalmente mediante la actuación ritual
puede confrontarse con provecho con otras nociones más
angostas y de tinte institucional, que se rigen por la posibilidad
de formalizar las relaciones sociales. No es necesario, para reto-
mar una vez más la cuestión de la diferenciación entre infancia
yjuventud, preocuparse por este umbral desde una perspectiva
abstracta y definitoria, ya que estos grupos juveniles siempre
supieron trazarlo en interés de la subsistencia de sus propios
privilegios frente a los "pequeños" mediante chanzas y drásti-
cos ritos de aceptación e "iniciación", acciones policiales noc-
turnas, y, en casos extremos, palizas 26. Quizá pueda revisarse la
vieja literatura histórica y etnológica de la cultura juvenil desde
esta perspectiva investigadora, tan distinta. Ésta se caracteriza
por carecer de una noción precisa de las culturas de grupo
informales y define a lajuventud como forma social-apoyán-
dose en las opiniones jurídicas y de historia constitucional
imperantes en sus días- allí donde ésta se afanaba en crear,

(313)
HISTORIA DE LOS JÓVENES

para afirmarse, elaboradas formas organizativas (reglamentos,


prácticas financieras reguladas, reuniones periódicas, manifes-
taciones, etc.). De todo ello se deriva una búsqueda-sin duda
no particulamente exitosa- de modelos organizativos fijos de
la cultura juvenil, que, de acuerdo con los ideales románticos
que se forjan en torno al pueblo, cabría derivar también de cul-
tos ancestrales. El etnógrafo de Basilea E. Hoffmann-Krayer,
por ejemplo, trató de zafarse del dilema que plantea la necesi-
dad de fundamentar la continuidad de "esa antiquísima institu-
ción de la corporación juvenil" 27, aun aduciendo únicamente
unas pocas y, además, tardías pruebas, en su encomiable traba-
jo sobre "Corporaciones juveniles y justicia popular en Suiza"
(Knabenschaften und Volkjustiz in der Schweiz), mediante la asun-
ción teórica de que con el tiempo "la organización se habría
relajado en muchos sentidos ... o incluso (se habría) disuelto
por completo ... , ya fuera por degeneración en el desenfreno o
bien por atrofia" 28.
Semejante pesimismo cultural, característico de la época,
no refleja, sin embargo, el meollo del asunto, sino únicamente
los propios prejuicios. La cultura juvenil de comienzos de la era
moderna no era una asociación ciudadana, y no aspiraba a
serlo. Incluso en Suiza, donde las pandillas adoptaron, debido
a una notable autonomía de los pueblos, una forma corporati-
va muy marcada 29, esta equiparación con la modernidad nos
llevaría demasiado lejos. No necesitaban adoptar los rasgos
organizativos propios de la estructura burocrática para ser efi-
caces, sino que extraían su fuerza social del principio del peer-
group, es decir: uno permenece unido porque conoce al otro
desde hace mucho tiempo. Y, así, cabe imaginar este mecanis-
mo social del modo más simple: uno se encontraba con los
otros regulamente en la plaza del pueblo o de la ciudad, for-
mando grupos pequeños, estructurados a su vez por lazos de
parentesco, vecindad o amistad, discutía con miembros de los
grupos más afines, acordaba lo que harían y a continuación se
hacía precisamente aquello que se imponía de modo informal
bajo la autoridad de los mayores, más duchos en esas lides 30. "A
partir de mayo, casi cada tarde de sábado solíamos estar al aire
libre hasta muy tarde, hacíamos hogeras, nos pasábamos una
botella, cantando y tocando la armónica; antes de irnos a casa
hacíamos alguna trastada" 31.

[314 ]
Los GUARDIANES DEL DESOIU)EN

Pero sus pensamientos giraban fundamentalmente en torno


a las jóvenes y en cómo atraer su atención con toda clase de tri-
quiñuelas y poniendo en práctica las tradicionales costumbres
de cortc::jo. Estas prácticas de galanteo, plasmadas en el norte y el
centro de Europa en los clásicos Kiltgang, Gasselgehen y Fensterln 32,
constituyen el epicentro de esta cultura de la corporación juve-
niL Con ellas se alineaban las posibilidades, estructuradas
mediante el rito, de conocimiento del otro sexo, pero también
cierto control sobre el mercado matrimonial local, que se expre-
saba fundamentalmente en acciones de castigo y amonestación
contra las uniones desiguales (uniones con foráneos, bodas de
viudos, y, en general, matrimonios "erróneos" o "inadecuados").
Los datos recogidos hasta la fecha indican que las prácticas de
amonestación del charivari --que fueron extendiéndose hasta
abarcar todos los posibles problemas de la "economía moral" de
las comunidades locales-- se enraízan en este papel de vigilan tes
patriarcales que ejercen los varones solteros sobre las muchachas
de su CÍrculo. En correspondencia con las prácticas matrimonia-
les endogámicas, el colectivo de los muchachos solteros se erige
en guardián de la moral y el honor de las muchachas solteras de
su pueblo, y en las localidades de Graubund era incluso usual,
como ocurre en el caso de la costumbre denominada l\1ailehen.
que se asignase a cadajoven un muchacho durante un periodo
determinado como guardián de su honra, una especie de
matrimonio a prueba temporal que aunaba las funciones de la
iniciación en el matrimonio, el control moral y la progresiva
adaptación a los futuros papeles en el seno del hogar 33. Los
muchachos se constituyen en grupo social autónomo a cargo
de la protección de "sus" muchachas, así corno de la identidad
del pueblo ante todo en las duras y a menudo brutales manio-
bras de rechazo de las "intromisiones" de foráneos que tratan
de adentrarse en su coto matrimonial 34. Cuando, hacia 1590,
un ciudadano de Chur entró con su h~jo adolescente en una
casa de Flecken Bürglen, en el cantón de Thurgau, se vio ro-
deado de pronto por la juventud del lugar, que se congregó
vociferando y lanzando "obscenidades" (garunzüchtige[nJ) ante
la casa, para oponerse a la supuesta merma de sus posibilidades
de contraer matrimonio 3:,. Algo parecido refleja el reglamento
suizo de corporaciones juveniles más antiguo que se conserva,
el de Tamils (Graubünden) de 1612, donde se lanza la pregun~

(315)
HISTORIA DE tOs JÓVENES

ta de si no sería posible llegar a un acuerdo pacífico con 1115


rivales foráneos mediante negociaciones y la estipulación de
un tributo o una indemnización !16.
La segunda dimensión ritual que revela el carácter grupal
de la cultura juvenil masculina era su destacado papel en la
configuración del carnaval y de los usos carnavalescos, cuyos
protagonistas eran sin duda ellos mismos. Cabe relacionarlo
por una parte con la teoría de las costumbres "válvula de esca-
pe", con las gratas posibilidades de relajación que admitían, y
que se abrían precisamente a los jóvenes en aquellos tiempos
torcidos y locos. En Stilfs (sur del Tirol) se llamaba a los jóve-
nes hoale, equiparán dolos, a ellos y a sus desmanes, en una
metáfora muy propia de la cultura rural, con los jóvenes bovi-
nos castrados que, debido al exceso de energía contenida y
sus temperamentales salidas, resultaban díficiles de controlar
y apenas podían emplearse como animales de tiro 37, yen el
Graubúnden retorromano se les llamaba por ello sencilla-
mente matti, los locos, los furibundos 38. y, lo que es aún más
importante, la designación de los jóvenes como representan-
tes de los usos del "mundo al revés" desde la perspectiva toda-
vía inequívoca del mundo de los adultos permitía que aque-
llos que aún se encontraban en ese periodo de transición
hacia la edad adulta se erigiesen en administradores natura-
les de los lúdicos ritos de transformación y renovación pro-
pios del carnaval. Ante todo, en las ciudades suizas había
numerosas organizaciones juveniles dedicadas al carnaval,
que, con sus apariciones burlescas e irónicas, han planteado
un cúmulo de problemas a la vieja etnografia. Los dilemas
que ofrecen las instituciones tan graves, por una parte, y gro-
tescas, como la Sauzunft de Rapperswil, cuya existencia atesti-
guan documentos de 1578 39 , la pomposa "Sociedad del omnipo-
tente, poderoso e insuperable Consejo" (exesel/schaft des gro-
ssmiichtigen, gewaltigen und unüberwindliclum Rats) de Zug, cuyas
actividades recogen actas de 1608 4°, el "Parlamento de los locos"
(Narrenparlmnent) de Weinfeld, cuyo origen se remonta al menos
a 1786 y que todos los años organizaba, el miércoles de ceniza,
una procesión en señal de veneración hacia el palacio del gober-
nador y que, en juicio sumarísimo, pasaba revista a los sucesos
del lugar, o también la "Excelentísima, magnífica, sobresa-
liente y excelsa sociedad Kilbi" (Wohledle, Hochgeachte, insonders,
Los GUARDIANES DEL DESORDF.N

Hochgeehrte, Hochschiitzbare Kilbigesellschaft) de Schwyz, con su


"poderosísimo juez de mujeres" (Vielgewalthabenden Maidlivogtr1
podrían resolverse contrastándolos con las instancias carnavales-
cas y dependientes del "mundo al revés" de las "ahadías de jóv~
nes" augendabteien) francesas, es decir, las "abadías" o "reinos;
del "desgobierno" 42. Tanto en unas como en otras se trataba de
parodiar el orden imperante, anunciando en tono de chanza
futuras reclamaciones del poder, lo que documenta el interés de
la juventud por el futuro y sus expectativas. El ejercicio de fun-
ciones de ordenación efectivas y su parodia ihan siempre de la
mano. El papel de los jóvenes como soporte de los usos carnava-
lescos adquiere relevancia sobre todo por el hecho de que el car-
naval, con su principio de inversión carnavalesca de los hábitos,
contaminaba asimismo el resto de las costumbres y festividades
relacionadas con las estaciones del año, en particular las más cer-
canas, las del invierno 43, lo que erige a lajuventud en instancia
conformadora de las fiestas. Las fiestas de mediados del imier-
no, centradas en el cambio, con la costumbre de las visitas desti-
nadas a renovar y reforzar los VÍnculos sociales, constituía su
dominio 44.
y, en tercer lugar, se atribuye a los jóvenes varones --como
ampliación de su papel de vigilantes de las muchachas solte-
ras-- ciertas funciones policiacas generales que no sólo afecta-
ban a los jóvenes, sino también a los adultos y sus faltas. Los
Estatutos de Tamils, tras estipular en su punto 4 que podrán
"atronar" (schelúm) a cualquiera que se haya "comportado de
un modo impropio" y, en caso necesario, hacerle entrar en
razón mediante el ejercicio de la violencia en lo que respecta a
sus bienes, precisan sus competencias en cuanto a la salvaguar-
dia de la moralidad en los siguientes términos:

5ª: Por lo que se refiere a los casados que se enzarcen en peleas, si


uno de ellos abandonase la casa y pernoctara en otro lugar, deberá
exigírseles, para que se reconcilien, 16 medidas de vino, y si no quisie-
ran darlas, se les atronará de acuerdo con la costumbre de antaño y se
organizará una algarada con tambores 15.

La falta comienza, por tanto, con el abandono -sin duda


puntualmente registrado por los vecinos- del hogar fami-
liar; el matrimonio, también como medida preventiva de una,
"
[317}
HISTORIA DE LOS JÓVENES

posible separación, será amonestado por el grupo de jóve-


nes, y podrá compensarla con cierta cantidad de vino que
aquéllos ingerirán corúuntamente. Lo avala una regulación
penal que estipula que, en caso de negarse, la falta será
hecha pública mediante el rito del charivari, cuyo mensaje
social abarca desde la seria advertencia hasta la expulsión
definitiva de la comunidad. El papel de supervisores ostenta-
do por los jóvenes no se limitaba a la supervisión de la moral
sexual y conyugal, sino también a todos los ámbitos imagina-
bles de la vida común y su moralidad. Cuanto más tiempo
ejerciesen esta función, más poder adquiría el control ejer-
cido por las corporaciones juveniles y sus pedantes formas
de ordenación, que fácilmente degeneraban en prácticas
cotidianas de terror pequeño burgués. Así, por ejemplo, el
Reglamento de corporaciones juveniles suizo del siglo XIX,
cuyos orígenes no se remontan más allá del final del si-
glo XVIII, estipula que se perseguirá puntillosamente a los
que no se peinen o no se laven, a quienes visiten la iglesia
con los mandiles o los zapatos sucios, o con los zapatos des-
abrochados, y a las muchachas que vayan a recoger agua a la
fuente sin mandil o con las trenzas desordenadas 4ti. Estas
mezquinas ordenanzas, que en la transición a la modernidad
fueron transformando gradualmente la vigilancia del com-
portamiento moral en un amplio proyecto disciplinario con
ciertos tintes de higiene social se dirigían ante todo a las
jóvenes sometidas de cualquier modo al control de las corpo-
raciones. El artículo octavo del Estatuto de la Kilbigesellschajt
de Schwyz, que data probablemente de comienzos del si-
glo XIX, dice:

Si un chico tuviera alguna queja por la suciedad de las casas del


pueblo habrá de denunciarlo ante el juez de mujeres para que éste
amoneste a la muchacha, que deberá enmendarse y arreglar las cosas
mejor en el futuro 47.

El artículo 10 contiene una amenaza de encanto no menor:

Las muchachas habrán de recogerse puntualmente a las nueve, y


si alguna se encontrase fuera de su casa después de esa hora, habrá de
contarse entre los murciélagos 48.

[318]
Los GUARDIANES DEL DESORDEN

En la transición al orden burgués, el charivari muestra de


nuevo su cara de Jano: en los años de la revolución, las formas
tradicionales de la justicia amonestadora constituyeron un
medio importante de expresar el potencial de protesta política
de las clases más humildes 49; en otras circunstancias, también
podía desembocar sin fractura alguna en pequeñoburguesas
campañas disciplinarias propias de la cultura popular. Por ello
toda insistencia es poca cuando afirmamos que estas pedantes
y minuciosas reglamentaciones, estas decisiones tan atractivas
como rancias y dogmáticas sobre el comportamiento "bueno" y
"malo", que a fin de cuentas debían conformar el proyecto bur-
gués de la "decencia", tienen su origen en la función básica de
las corporaciones juveniles: el control de la sexualidad prema-
trimonial y conyugal.
Sin duda cabe preguntarse si no se encomendaría con ello
la tarea a los menos indicados, convirtiendo al infractor en
supervisor, una pregunta irritante que a mi entender constitu-
ye la clave de la cultura juvenil de comienzos de la era moder-
na. Pues de hecho estas aparentes contradicciones afectan a
todo el campo de acción de los jóvenes: ¿impúberes organizan-
do las grandes fiestas populares, supuestos pretendientes como
guardianes de la moral sexual, los instigadores del desorden
como guardianes del orden público? La Kilbigesellschaftresume
estas paradojas con la sibilina afirmación:

Ninguna virgen habrá de tener pretendiente, o algún día ven-


drá uno 50.

Los muchachos solteros custodiaban ciertamente la virgini-


dad de "sus" muchachas, pero lo hacían únicamente con el fin
de que éstas se la entregasen. La supresión de la paradoja tiene
lugar en el terreno de lo práctico y se expresa con una sencillez
arrolladora ... cuando venga uno, que le guste. Igualmente lige-
ra e irónica es la valoración de la moralidad de las ciudades de
los siglos XVI YXVII. No hay que dejarse engañar por esos ritos de
autor representación respetuosos de la jerarquía que imitan el
ceremonial oficial del poder. Cuanto más puritanos parecen, más
acre es la burla de la autocomplacencia imperante. Cuanto más
se ciñen a los procedimientos judiciales oficiales, más dura es la
crítica: los antiguos etnólogos se quedaban sin habla ante las obs-

[319]
HISTORIA DE LOS JÓVENES

cenidades expresadas en los protocolos del Saugrncht ('Tribunal


de la cerda") de Rapperswil del siglo XVII. Permítase nos aducir al
menos un ejemplo de 1631 de cómo el espíritu carnavalesco de
las organizaciones juveniles era capaz de llevar al absurdo los
rituales del poder imperante:

Hans Zuppiger denuncia que en el verano le arrancó a un tábano


las alas, de lo que después se arrepintió. Tras lo cual encerró al tábano
en una caja y fue a la capilla de San Wendel a rogarle que le volvieran
a crecer las alas. 2 azumbres" 51.

Una necedad, aunque hay que recordar que el cruel


"seccionamiento" en vivo de toda clase de insectos consti-
tuía uno de los pasatiempos predilectos de los jóvenes cam-
pesinos, y no menos ridículo el arrepentimiento y la
supuesta penitencia, que parodian los usos de la población
rural, tan aficionada a las peregrinaciones y a los milagros.
Ypor ello resulta tanto más cómico el burlesco castigo de
pagar dos azumbres de vino: un travestismo completo de la
noción oficial de justicia, que roza la blasfemia y que vive de
denunciar públicamente un pecado juvenil absolutamente
corriente, someterlo "hipócritamente" a un juicio "normal"
a fin de que la engolada lógica de los que mandan se vea
expuesta al ridículo ante el juicio del sentido común. y, sin
embargo, algo tan chocante parece que no chocaba excesi-
vamente en su época. Como en el carnaval, en los tribuna-
les de los jóvenes se dan curiosos vínculos soterrados entre
el mundo real y el "mundo al revés" que van perfilando el
sentido de sus locas ocurrencias. Ésos que con tanta vehe-
mencia se burlan del orden imperante no eran unos margi-
nados, sino que fácilmente podía encontrárseles pocos
años después adornados con las galas de los jueces; el
"increíble formalismo" 52 que caracterizaba la justicia de los
jóvenes no era sino el fiel reflejo de la práctica judicial ofi-
cial al uso. Todavía en 1810, el reglamento de la corpora-
ción juvenil de Andeer expresa sin ambages el objetivo de
estas instituciones: "Para aprender jurisprudencia, tanto
del derecho civil corno del penal, y ejercitarse en ella" 5\
El espíritu carnavalesco de estos "tribunales de escarnio"
(Spottgerichte) convertía a los jóvenes en guardianes del

[320]
Los GUARDIANES DEL DESORDEN

desorden, además de aunar de un modo tan directo como


natural la pervivencia de las libertades concedidas a los
jóvenes con su preparación para la vida adulta.
Por último, añadiremos una observación sobre la función
militar de las corporaciones juveniles suizas, que los militaristas
intérpretes del siglo XIX tanto gustaron de idealizar. Es innega-
ble que, de acuerdo con la organización militar descentraliza-
da de la Confederación Helvética, las tareas de estas corpora-
ciones coinciden en gran medida con la estructura de las
milicias locales, y que los comandantes o capitani de estos gru-
pos juveniles no tardarían en adoptar un estilo paramilitar alta~
mente jerarquizado 54, y, sin embargo, están muy lejos de consti-
tuir un poder ordenador en el sentido que actualmente
atribuimos a este concepto. y, sobre todo, en sus comienzos, da
la impresión de que la población montañera autóctona cele-
braba que estos grupos de alborotadores no se ensañasen con
sus propios pueblos, sino que dirigieran sus poco predecibles
actividades hacia el exterior. Los saqueos y desmanes de los insu-
rrectos en las llanuras, como los pueblos en torno al lago de
Constanza o sus barcos, eran sin duda usuales en el siglo XV 55. La
conquista de Thurgau en 1460 se llevó a cabo de este modo,
cuando menos curioso: en Rapperswil se congregaron belige-
rantes grupos juveniles procedentes de Unterwald, Lucerna y
Rapperswil, y acordaron organizar por su propia cuenta el asal-
to a Thurgau. Como estos guerrilleros carecían del estatus de
combatientes, es decir, de atribuciones para cualquier negocia-
ción, y las ciudades sitiadas temían sus actos vandálicos, trata-
ron de quitárselos de encima mediante juramentos de fideli-
dad y toda clase de concesiones diplomáticas. Los pueblos de
las hordas guerreras sólo tuvieron que legalizar a posteriori la
campaña no oficial, y el sometimiento de Thurgau se consumó
con un empleo muy escaso de la fuerza militar 56. La guerra de
los suabos de 1499 puso también de relieve la enorme influen-
cia que ejercían los usos juveniles en las acciones militares. Se
trató de amedrantar al enemigo fundamentalmente mediante
el hurto nocturno del ganado, lo que transformó la clásica riva-
lidad de los pastores, y sus modos, aprendidos desde la más tier-
na edad, en maniobras guerreras 57.
N ada se sabe de la existencia de formas organizativas feme-
ninas estables. Si prescindimos de las prácticas carnavalescas de

[321 )
HISTORIA DE LOS JÓVENES

amonestación propias del Pflug- und Blochziehen 58 (arado y tron-


co)* y de la Miidchenversteigerung (subasta de muchachas) en
mayo '9, es decir, de rituales directamente relacionados con la
preparación de la vida marital y con el mercado matrimonial
local, quedan tan sólo unas pocas fuentes aisladas, vagos restos "
más que claros indicios, que pudieran atestiguar la actuación
colectiva y la unión pública de las mujeres solteras 60. Uno de
los indicios más notables por su carácter contrario a los usos
patriarcales nos lo ofrecen las ordenanzas matrimoniales de
Núrembergde 1485:

Item ... que recientemente cierto número de doncellas han proce-


dido, con motivo de las amonestaciones de boda, a salir a las calles, lo
que no se aviene con la decencia propia de ellas, y por ello este probo
tribunal ha deliberado decretar que de boyen adelante ninguna don-
cella podrá vagar por las calles tras una amonestación ni reunirse
unas con otras en cualquiera otro lugar" 61.

Sobre todo en las grandes ciudades podía ocurrir que las


muchachas reclamaran para sí el derecho usual entre los solte-
ros de despedir con "música de acompañamiento" al que se
separaba de su grupo en el momento de contraer matrimonio.
Pero las noticias que tenemos son demasiado escasas como
para descartar alguna sorpresa. Las autoridades, sin embargo,
siempre fueron muy reacias a aceptar tal incursión en los privi-
legios masculinos, incursión que ponía en tela de juicio el tra-
dicional reparto de papeles entre los sexos. y, así, hacia 1544,
Lutero escribe al príncipe elector de Sajonia, aludiendo a la
erosión de la noción del matrimonio debida al incipiente desa-
rrollo capitalista: 'Tenemos aquí a un gran número de jóvenes
de diversa procedencia. Y las féminas se han vuelto atrevidas,
corren tras los muchachos hasta sus recámaras o alcobas, o
donde puedan, ofreciéndoles abiertamente su amor" 62. Las
estrictas autoridades de las ciudades reformadas del siglo XVI se
vieron obligadas una y otra vez a intervenir para evitar las
correrías nocturnas y atrevimientos de las mujeres solteras 6~. y,

* Pjlug- und Blochziehen: práctica de amonestación propia del carnaval en


la región suaba y cercanías. Las doncellas del lugar tiran de un arado, precedi-
das por un joven que "siembra hombres". En algunos lugares, los muchachos
las salpican con agua, más tarde, al pasar junto al no. (N. de la 7:).

[322 ]
Los GUARDIANES DEL DESORDEN

así, se abren auténticos abismos ante el pathos del ordenancis--


mo moral y policial cuando, hacia 1625, en Berna, han de lla-
mar al orden "sobre todo a los jóvenes y doncellas, que [ ... ] sin
recato se buscan y se pegan unos a otros como putas y mucha-
chos, y retozan juntos, que no sería de extrañar que se abriera
la tierra [ ... ] y engullera a seres tan inmundos, incapaces de
avergonzarse ante Dios o ante sus congéneres ... ""\ También
sobre las citas nocturnas de los jóvenes de ambos sexos en el
cementerio cayó el largo brazo de la autoridad municipal 65.
Esta política cada vez más rígida de separación pública de los
sexos, que en la Berna del siglo XVII propició, entre otras medi-
das, la desaparición del tradicional mercado de criados 66, hizo
que la noción de orden que implicaba la pertenencia de la
mujer al hogar y no al ámbito público adoptase contornos cada
vez más duros~ Por ello, la consolidación de una cultura de
grupo autónoma por parte de las muchachas solteras dejó
de interesar, bajo estas circunstancias, al poder. En Wil, en
Suiza oriental, se limitó a comienzos del siglo XVII la visita de las
jóvenes a los establecimientos públicos a cinco tardes fijas al
año, en las que se les permitía reunirse siempre que no dieran
motivo de escándalo y bajo una estricta vigilancia. En 1663, el
Consejo remitió la justificación de que "en las citadas reunio-
nes se provoca la justa ira de Dios por los frecuentes desmanes,
lascivos, perversos y pecaminosos, y [ ... ] los jóvenes, ante todo
las féminas, suelen darse en tales ocasiones a la bebida, lo
que las lleva a comportarse con una desfachatez indigna de su
estado" 67. El abad de Sankt Gallen critica por las mismas fe-
chas, como regidor de la ciudad, la práctica ritual propia de las
mujeres casadas de reunirse, a comienzos del año, en la noche
de carnaval de las mujeres, el llamado 'Jueves sucio", y con oca-
sión de otras festividades en las tabernas, y "beber juntas de tal
modo que es una vergüenza y un desmérÍto y un mal ejemplo
para las hijas" 68, aportando su granito de arena para que la
taberna se convirtiese definitivamente en territorio masculino.
También cabe interpretar estos testimonios como pruebas de
lo dificil que resultaba mantener a las mujeres, que entre otras
desempeñaban tareas comerciales nada desdeñables, al ámbito
del hogar. Tal es quizás el sentido de la ordenanza dictada en
Berna el 9 de febrero de 1627, que estipula que habrán de
prohibirse "también los indecentes cánticos y las marchas noc-

[323)
HISTORIA DE LOS JÓVENES

turnas de las doncellas pidiendo dádivas [ ... ], y también de las


mujeres, que merman su guardia y tranquilidad" 69. El hecho '~:
de que sepamos tan poco de estas correrías y HeischebriiucM .~
(colectas de limosnas y cuestaciones) y, en general, de las apari-
ciones públicas de las jóvenes a comienzos de la era moderna
se debe en gran medida a una política de costumbres que les
impone el estigma de la amoralidad y trata de reprimirlas en 10
posible. Durante el carnaval, los ataques físicos a las mujeres
por parte de los varones eran moneda corriente, "pero si...
alguna vez las mujeres o las doncellas llegaban a tener la des-
vergüenza de cometer los mismos actos", o incluso trataban de
darle la vuelta a la tortilla, los señores del Consejo amenazaban
con imponerles penas particularmente severas 70. En el ámbito
de la cultura rural, los corros de hilanderas, con la amenidad
que caracteriza a la tertulia de las trab~adoras, constituían el
único territorio público femenino, por lo que fueron combati-
dos ante todo por las autoridades eclesiásticas fundamental-
mente mediante la discriminación moral, una estricta segrega-
ción por sexos y la defensa de la familia 71. De esta política de
domesticación, disfrazada de virtud y honorabilidad, llama la
atención la limitación de las mujeres a sus funciones sexuales y
reproductivas, con su tradicional papel de ama de casa y madre
que apenas dejaba espacio para la socialización en el ámbito
público y la adquisición de una perspectiva social por parte de
las adolescen tes, constriñéndolas desde un principio al terreno
de lo doméstico y lo familiar. Ú nicamen te cuando se com paran
estas restricciones y su justificación moral con la naturalidad
con que se acepta el -siempre contumaz- papel que desem-
peña la juventud masculina en la esfera pública, el comporta-
miento de los muchachos se revela como lo que efectivamente
era: el privilegio de un orden patriarcal restaurado.

3. Pero ¿cómo eran las travesuras juveniles de comienzos de


la era moderna, yen qué se distinguían de las que hoy conoce-
mos? A una gamberrada clásica, dedicada a su madre en
Líese tal (cerca de Basilea) en el año 1539, agradece Felix
Platter, aparentemente, la cicatriz de su nariz. I

y ya que, por la razón que fuere, mi madre se quedase hasta muy


tarde hilando. teniéndome junto a ella (siendo aún un niño de
j
(324]
Los GUARDIANES DEL DESORDEN

pecho) en el banco, unos alegres e intrépidos jóvenes tomaron una


calavera del cementario, le pegaron una velita de cera encendida y la
alzaron mediante un palo hasta la ventana, abierta,junto a la que tra-
bajaba mi madre, y su visión sin duda la asustó tanto que, tras caerse la
cabeza del palo y rodar por la alcoba, debió de levantarse, horroriza-
da, y volcar de un golpe la cuna ... " 72.

Asustar a los demás, ante todo a las mujeres y niños, era al


parecer uno de los ámbitos y cometidos propios de lajuventud
masculina, acto ritual donde se mezclan los polos del valor y el
temor, que subraya el reparto tradicional de papeles y se practi-
ca con particular eficacia al abrigo de la oscuridad. La predilec-
ción por las máscaras de diablo en el carnaval tiene mucho que
ver con ello: "Los insolentes muchachos se ponían ropas de
diablo, o se envolvían en sábanas y asustaban a las gentes ... " 73.
Un gran número de ritos carnavalescos en torno a la noche de
carnaval pueden explicarse antropológicamente como usos de
amedrentamiento, y las máscaras marciales y embozos que se
empleaban, y que los antiguos etnógrafos han querido relacio-
nar con toda clase de cultos ancestrales, encuentran explica-
ción en ese teatro de papeles genéricos que propiciaba la viril
autoafirmación de los jóvenes. Las pruebas de valor también
forman parte de esta culturajuvenil; la dinámica de grupo y el
deseo individual de reconocimiento las suscitan de un modo
incesante, y son ellas las que reordenan lajerarquía interna del
grupo. A comienzos del siglo XVI, en Kaiserstuhl (Aargau) se
impone, por ejemplo, la moda de las arriesgadas escaladas noc-
turnas del puente del Rin, de tal modo que el Consejo resolvió
incluir su prohibición en el Libro de la ciudad (Stadtbuch) 74.
Muy pocas gamberradas se debían a una iniciativa propia; la
presión ejercida por el grupo era demasiado grande. Se deben
a este intento de destacar los escamoteos nocturnos que pare-
cen haber gozado de su predilección y que les conferían mayor
prestigio si no eran atrapados: una lógica que les permitia traspa-
sar fácilmente el umbral de la criminalidad menor. y, así, tam-
bién en 1659 se consignan ciertas incursiones nocturnas en los
viñedos del Alto Rin "donde varios gamberros... causaron de
noche daños a las viñas, y en otra ocasión, también de noche,
hurtaron algo de vino" 75. Como las vides de las regiones vinate-
ras solían estar sometidas a una estricta vigilancia -y gozaban de

(325]
HISTORIA DE LOS JÓVE."IEl!

protección jurídica- 76, es posible que el atractivo de lo prohibi-


do fuera en este caso particularmente poderoso. Sin embargo,
los desmanes de esta "malvada y proterva" juventud 77 se situaban
por debajo del umbral de la criminalidad. Y si lo traspasaban,
siempre lo hacían de modo que a la justicia le resultase dificil
reaccionar de un modo adecuado. Una ordenanza de Solothurn
de 1493 se refiere a ello en los siguientes términos:

Sean quienes sean los que dan esas voces y organizan esa algarada
a la noche, y colocan carros, maderos o palos cruzados en las callejas,
o les arrebatan a las gentes decentes las ruedas de sus carros, las llevan
a la fuente o las esconden en cualquier otro lugar, se les castigará irre-
misiblemente a pasar un día y una noche en el calabozo, ya pagar a las
pobres gentes diez chelines" 78.

Las barreras y obstáculos artificiales que se les colocan a los


transeúntes en la calle oscura para que tropiecen, o esas ruedas
de carreta que esconden o arrojan a la fuente para boicotear el
cotidiano decurso de las tareas, no son más que la desvirtua-
ción simbólica del orden imperante expresada por una instan-
cia ordenadora secreta y oculta aún en proceso de formación.
"Sean quienes fueren": la fuente de Solothurn transmite de un
modo elocuente ese contraste entre los regidores del día y los
anónimos señores de la noche, no sin asumir su incógnito
como una amenaza. La fórmula de la "canalla temerosa de la
luz" va forjándose. Que nadie quiera atribuirse tales actos resul-
ta ya bastante nocivo para un orden que se basa en el conoci-
miento, aunque la lacerante sospecha de que también podría
tratarse de los propios hijos parece anunciar un desastre inmi-
nente. "En el caso de las correrías nocturas de lajuventud se
aplicaba la norma no escrita de que la calle entera les pertene-
cía" 79. Este ataque simbólico contra el orden imperante solía
manifestarse mediante asaltos a la propiedad burguesa, aun-
que los daños solían ser leves, si bien la irritación de los afecta-
dos al día siguiente no debía ser poca. Entre estas "gamberra-
das nocturnas" se cuentan, como refiere el Reglamento de la
ciudad de Zof en 1604, "la rotura por golpes u otra clase de
daños a ventanas, puertas, bancos u otros objetos" 80. Asimismo,
se hacían rodar barricas sin dueño con gran estruendo por las
calles oscuras 81, se lanzaban piedras o bolas de nieve contra

[326]
Los GUARDIANFS DEL DESORDEN

puertas y ventanas 82, o incluso, como refiere indignado el


Reglamento de moralidad de Berna de 1715, "la quiebra de
bancos y cajones, o el lanzamiento de pesadas piedras, barricas
y toneles desde los muros de la iglesia sobre las casas de la pra-
dera, lo que perjudica a muchos y es de lamentar en una ciudad
vigilada, donde deberían imperar la paz y la buena concordia" 83.
Pero sin duda era la silenciosa coacción de esta honorabilidad
burguesa la que suscitaba una y otra vez la protesta de los jóve-
nes. Y todos estos desmanes y "actos vandálicos" iban acompaña-
dos de "salvajes gritos, brincos y saltos, traqueteo y aporreo de
cajas", con lo que "se turbaba la paz nocturna y se asustaba a
muchas personas, en particular a los enfermos" B4. La indigna-
ción suscitada por la algarabía nocturna es vieja, pero la referen-
cia a la necesidad de disfrutar de cierta tranquilidad por parte de
enfermos y ancianos data del siglo XV1II 85. Prueba los intentos de
la autoridad de proveerse de argumentos para contrarrestar las
tradicionales prácticas de desorden.

Las ordenanzas municipales contra el ruido nocturno


datan de la segunda mitad del siglo xv y proliferaron de un
modo notable en el transcurso de la Reforma, para adoptar
luego, a partir de 1550, otras formas normadas. Únicamente
en Solothurn se emitieron en el periodo que va de 1493 a 1540
nueve ordenanzas contra los perturbadores de la paz nocturna,
de las cuales seis coinciden con la "fase álgida" de los debates
en torno a la Reforma (1526-1535)8&. En Basilea, Ecolampadio
exige al Consejo de la ciudad en 1526 que dicte una ordenanza
que ampare a la población ante los intentos de perturbar el ser-
vicio religioso, "para impedir que los contumaces molesten con
gritos o ruidos el recogimiento de los fieles durante el oficio
divino" 87, El carácter gradual de la transformación de estos des- '
manes juveniles tradicionales en actos religioso-políticos se
desprende del Reglamento de moralidad de Solothurn de
1526, donde se dt'plora que "a la noche se dé pie al disgusto de
jóvenes y viejos con gritos, ofensas y daños infligidos a gentes
decentes" 88, El surgimiento repentino del concepto de "inju-
ria" en el canon tradicional da que pensar, pues las canciones
ofensivas e injuriosas se citan con frecuencia en otras fuentes 89,
Dos años después queda patente que con esos "desmanes noc-
turnos" se alude fundamentalmente a ciertos ataques a clérigos

[327]
HISTORIA DE LOS JÓVENES

poco apreciados: "Y si alguien osara atacar a alguien, civil o reli-


gioso, ante su casa o en cualquier otro lugar con insultos, can-
ciones o recitaciones injuriosas", habrá de "ser encerrado en
una torre" y "pagar su culpa con diez libras" 90. Ya este castigo
un tanto excesivo en comparación con los sucesos nocturnos
indica que el Consejo temía que semejantes procacidades anti-
clericales perturbaran la paz social. Los jóvenes no sólo partici-
paban en ataques larvados bajo el disfraz carnavalesco 91, sino
también en acciones concretas contra objetivos muy precisos:
en Basilea, en 1522,se castigó a "Ullin van Rinach, el pescador,
hijo de Martin van Rinach", "pues había ayudado junto con
otros y de noche a asaltar la casa de un clérigo y el clérigo tiene
derecho a exigirlo" 92, seguramente un charivari contra el con-
cubinato de clérigos. En 1527 se encarceló al criado de campe-
sino Claus Fry porque también había sacado a un clérigo de su
casa para tacharlo de mentiroso 9\ y en 1532 tres jóvenes de
Riehen (en las estribaciones de Basilea) arrancaron de noche
la puerta del párroco y la arrojaron a un estanque 94. También
se hacía uso de técnicas psicológicas propias de la guerra: en
marzo de 15.29, el joven Lienhart Hanis difundió entre las
parroquias el aviso de que guardasen los objetos de valor, "pues
recorreremos las casas de los párrocos, y, aunque no ahora,
ocurrirá en un día o tres". Había escuchado decir a los viticul-
tores que "habrá un juego de Pascua* en el que se cantará
como en carnavales" 95, Al parecer, los pueblos de la región de
Basilea eran particularmente reticentes a aceptar a los predi-
cantes. Por una parte, rechazaban la injerencia disciplinaria en
lo social de los nuevos predicadores morales: cuando el pastor
de Benken quiso prohibir personalmente, en 1529, los cánticos
nocturnos en las tabernas, los afectados organizaron una alga-
rada con cánticos ante su casa, sacaron al "tunante" de la
misma y le rompieron una ventana 96. Por otra parte, las frustra-
das esperanzas de la población campesina en cuanto a la re-
ducción de los impuestos se reflejaron en su negativa a pagar
el diezmo y en los discursos que animaban a la rebeldía.
"¡Desollador!" 97, le espetó uno al párroco de Muttenz, y otro

* JuegO,s de Pascua (OstersPiele): juegO,s propiO,s de la Pascua en el sur de


Alemania y Suiza, en IO,s que generalmente se escO,nden huevO,s u O,trO,s O,bje-
tos para que IO,s encuentren IO,s niñO,s o, se O,rganizan carreras. (N. de la T.).

[328]
Los GUARllIANES DEL DESORDEN

incluso se había "apropiado de la última de las diez entregas de


grano" 9H. Las acciones de los jóvenes se adaptaron perfecta-
mente a este ambiente levantisco. En esa misma localidad se
castigó en 1530 a varios jóvenes por burlarse del párroco,
"entrando de noche y con niebla en el secreto habitáculo de los
profetas" 99, tras lo cual demolieron la letrina. En abril de 1530
seis jóvenes de Pratteln, entre ellos tres criados, arrojaron al
predicante Jakob Ymelin "heces humanas al jardín... , y un
ladrillo contra sus parras, al tiempo que gritaban desdeñosos
«loco mochales», todo esto de noche" Cuatro meses más
l(){).

tarde, un grupo de siete muchachos emprendió el siguiente


asalto contra un clérigo que no contaba con su aprecio.
Apedrearon por la noche su casa y el cenador de verano, y
plantaron "malas hierbas y semillas" en el huerto recién sem-
brado, "para que lo bueno no medrase ante lo malo" 101, le desen-
cajaron la veIja del jardín y la arrojaron al abrevadero de los
caballos, le rompieron el orinal, le desordenaron la leñera y di$-
persaron "su leña y sus bastones ante la casa y por las calles" 102.
Lo más llamativo de estos asaltos es que los jóvenes actuaran por
propia iniciativa, pero con la connivencia de los mayores. En
Pratteln las autoridades no quisieron investigar quiénes eran los
autores de los hechos, yel padre de uno de los vándalos le
había dicho a su hijo: "que si él fuese un muchacho, no le
importaría arrojarle inmundicias" 103. Yen Muttenz, el propio
tribunal fue juzgado junto con los jóvenes al haber participado
en las ofensas infligidas al párroco 104.
Las medidas que adoptaban las autoridades contra los des-
manes nocturnos de los jóvenes solían limitarse básicamente a
amenazas y a exhortar a vigilantes nocturnos a actuar con
mayor dureza, y a los padres para que cuidasen mejor de sus
vástagos y "los mantengan en sus casas" a la noche 105, Ya en
1487 se incluyó en Rheinfelden el siguiente párrafo en eljura-
mento que debían prestar los aprendices artesanos: "cejar en el
clamor nocturno cuando suene la campana" 106. Sin embargo,
de poco valían tales medidas; el indignado tono de las orde-
nanzas revela la probable indefensión del pueblo ante las
correrías nocturnas 107. Por ello no es fácil determinar qué
cabía atribuir a una retórica política destinada a aliviar las heri-
das de los afectados por las gamberradas, o si realmente se pen-
saba en poder poner coto con ellas a las acciones juveniles. Las

1329 )
HISTORIA DE LOS JÓVENES

propias normas de aplicación de las ordenanzas nos hacen


dudar de ello, pues en ellas llama la atención que desean desli-
gar las "ofensas nocturnas" de la dinámica penal en curso y tra-
tarlas "separadamente", "según el criterio del magistrado y del
Consejo, y de acuerdo con la importancia de la falta" 108. Sin
duda, los señores del Consejo no estaban interesados en que se
tachase de Climinales a sus propios hijos por delitos banales;
eran conscientes de que la juventud necesita ciertos espacios de
libertad. Por otra parte, no se podían permitir dejar sin castigar
tales actos por razones políticas. y, así, se requería una instancia
penal en la que cupiera esa dificil mezcla de dureza e indulgen-
cia afin al carácter lúdico de las provocaciones juveniles: la "casi-
ta de los locos", llamada en Solothurn sencillamente Jaula", una
célula de arresto para retenciones breves que afectaban al honor
del infractor sin convertirlo en criminal. En Augsburgo se cons-
truyó en 1475 para "los noctámbulos, borrachos y ruidosos" Hl9;
en Sankt Gallen se menciona un lugar parecido en 1533 !lO, Yen
Lucerna Renward Cysat refiere en 1575 que:

se construyó y dispuso en el puente de Rüss un trullo para castigo de


los díscolos, en particular de los jóvenes... Lugares similares había en
muchas otras localidades grandes y pequeñas, y eran un ejemplo para
la Confederación, que de hecho imitó 111.

Cabe destacar que en el siglo XVII, incluso los pueblos de


Suiza oriental copiaron tales medidas disciplinarias: en 1672, la
comunidad de campesinos de Toggenburg Mosnang rogó a las
autoridades eclesiásticas de Sankt Gallen "que construyesen un
trullo o una casa de locos jun to a la iglesia", "para que los mucha-
chos descarriados se atengan a las normas de decencia" 112.
Todo ello pareció ser de poca utilidad. La escena ciudadana
está marcada durante la era moderna por esta notoria lucha de
las autoridades con la díscola juventud. En Sankt Gallen dicho
enfren tamiento comienza ya en 1508 con una ordenanza sobre
costumbres y moralidad que prohíbe los gritos injuriosos, los
bailes en corro y las canciones obscenas no sólo de los adultos,
sino también de los "chicos de edad intermedia" 1l3. Al reforzar-
se el régimen de moralidad tras la Reforma, el Consejo decidió
combatir estas diversiones populares y a sus protagonistas, por
lo general jóvenes, mediante espías. Se empleó a cuatro vigilan- J
"

t
,',
[ 330 h
Los GUARDIANES DEL DESORDEN

tes, "encargados de denunciar a los que vaguen de noche y a


los que canten, griten u organicen desmanes similares" 114. Pero
tales medidas de vigilancia reforzada dificilmente podían asus-
tar a la población, en particular a los hijos de los pobres. Más
bien constituían una provocación para burlarse y resistirse de
forma aún más drástica a la moral y las costumbres impuestas
por la oficialidad. Hacia 1615 se apresó a dos jóvenes por arro-
jar heces y desperdicios desde la puerta de Multer sobre los
peregrinos que se dirigían al convento, y silbarIes H5. Se desató
una guerrilla interminable, sobre todo con los vigilantes noc-
turnos y los guardianes apostados a las puertas de la ciudad,
entre cuyas obligaciones figuraba ya en 1487 la represión de
los que perturbaban la tranquilidad nocturna Ilti. En 1668 el
Consejo les advirtió que debían vigilar más estrechamente y
denunciar a los muchachos que causaran daños con tableros o
con el lanzamiento de otros objetos 117, Diez años después, los
vigilantes tuvieron que escuchar la acre amonestación del
Consejo porque los desmanes callejeros habían alcanzado tales
cotas que "en muchas calles habían llegado a romper todas las;
cuerdas de las campanas e incluso las barras de hierro, retiran.:
do las piedras de las tiendas, y causando tales daños por todas
partes que fácilmente habría podido abrirse todo" 118. Pero
cuanto más se reforzaban las medidas de vigilancia, mayor era
la resistencia 119, Hacerle frente se convirtió en una cuestión de
pundonor. Ya a finales del siglo xvn se registran irónicos ataques
contra los guardianes del orden, e incluso escaramuzas, ante
todo de los jóvenes de las clases más marginadas 120, y en 1763 el
Consejo de Berna se ve obligado "a castigar duramente a todo
aquel que ataque a los vigilantes, patrullas, rondas y puestos, ya
sea de palabra u obra; y allí donde ... se atrape, como señala la ley,
a los díscolos ... de modo que en tales casos la guardia haya de
defenderse con sus cañones y bayonetas, tratando, sin embargo,
de reconocer a sus enemigos y detenerlos" para que éstos pudie-
ran ser castigados como correspondía ltl. Y precisamen te en esta
época se inicia la lucha en torno a las farolas recién instaladas en
las ciudades, es decir, en torno a esos mudos guardianes del
orden que debían aguarles la fiesta a los tradicionales señores de
la noche, y de los que el burgués siglo XIX afirmaba jactancioso
que cada uno de ellos valía por un policía m: simbólica lucha por
el poder que, por otra parte, aún no ha concluido.

[ 331 1
Hll>lOlllA DE WS JÓVENES

Las tropelías de los jóvenes campesinos se distinguían de las


de los jóvenes urbanos por los medios a su disposición, aunque
no eran muy diferentes. También allí se encuentra la misma
"protervidad", la misma escenificación del "orden al revés":
ruedas de carreta desmontadas, arrastre de carros, rastrillos
que cuelgan de los árboles, cestas y carros de heno artística-
mente dispuestos sobre los tejados, maderos apilados a las
puertas de las casas, y esas prácticas rituales de hurto que no
sólo se dirigían contra los cerezos y ciruelos de los huertos, sino
también contra las repletas despensas de los campesinos 123.
Una ordenanza de Glarns de 1724 deplora "... que en todas par-
tes las gentes decentes de hoy sufren de noche que les lancen
objetos contra las ventanas, o que les tiren las cercas" 124,
Destaquemos únicamente en este contexto la costumbre del
"saqueo de iglesias", es decir, el notable combate entre la
noción de propiedad de los adultos -respaldado por las auto-
ridades-- y los ideales colectivistas de los jóvenes, que campan
por sus respetos con semejantes "insolencias". Entre 1552 y
1856, las autoridades cantonales de Glarus se vieron obligadas
a decretar anualmente la llamada "ordenanza de la fruta" para
apresar a los que "roban a las gentes honradas sus frutos, ya
sean nueces, peras, manzanas, judías, zanahorias o cualquier
,) otra clase de vegetales, de noche o de día, abiertamente o en
secreto" 125, y siempre sin éxito. Ya la primera ordenanza de
Solothurn de 1557 contra el hurto de fruta revela que éste
daba pie a otras muchas clases de desórdenes nocturnos.

Allí donde alguno ... entre en el jardín, huerto, era o pradera de


otro, saltara la cerca y tomase para sí la fruta, o rompiese la cerca, se lle-
vase leña, o tomase cualquier fruta, ya fueran cerezas, manzanas, peras
o cualquier otra, o causase cualquier daño a los árboles o en derredor,
ya sea de día o de noche, grande o pequeño, y luego se tuviese por su
dueño, será considerado públicamente como ladrón ... ¡!l>.

Tal amenaza, que dos años después se reforzó denominando


a los infractores "ladrones en toda regla", es decir "ladrones acu-
sados públicameme" 127, revela cuál era el interés de la autoridad
en este conflicto: a fin de asegurar los derechos de los propieta-
rios, decidió desligar tales faltas de "niñatos" del marco tradicio-
nal de las jocosas libertades juveniles y elevarlas al rango de hm-

[332J
Los GUARDIANFS DEL DESORDEN

tos regulares y punibles. Los abusos de los jóvenes, sin embargo,


respondían a una lógica social muy distinta: en el marco del
orden simbólico del pueblo, el conflicto en torno a las cerezas
constituía una mera prolongación de la incesante disputa entre
los adultos, que señalaban los límites y trataban de conservarlos,
y sus descendientes, empeñados en disolver tales límites, trans-
formarlos y redefinirlos en el ámbito de la sucesión generacio-
nal. Pero, en esas comunidades estructuradas según las agrupa-
ciones familiares y sus intereses de supervivencia, lajuventud no
constituía únicamente el garante "orgánico" del cambio social,
sino también un colectivo que aún podía actuar al margen del
sistema de distribución material del mundo adulto y que, por
eso mismo, era capaz de representar con sus acciones al Clmjunto
del pueblo con más contundencia que el alcalde más curtido. En
esta naturalidad de la representación social de la comunidad hay
que buscar asimismo la razón profunda de que los adultos enco-
mendasen a los jóvenes tareas que ellos mismos no habrían podi-
do realizar con tanta convicción, y de que resultase imposible
poner fin a esa "guerra de las cerezas". Las propias fuentes suizas
mencionan, junto a las intrusiones secretas, ataques abiertos o
públicos. Lo que con ello se expresa, la dureza con que losjóve-:
nes trataban de imponer sus exigencias colectivas frente alafrag-
mentación de intereses imperante, queda patente en este infor-
me tirolés:

y es que van a los propietarios de los cerezos, les sacan de sus


camas, les anuncian el robo y les obligan a defenderse. Cuando algu-
no trata de echarlos, llegan a las manos o urden otras artimañas, por
ejemplo, ponen una cesta llena de piedras sobre la puerta, y cuando
el campesino sale, las piedras le golpean por el movimiento de la
misma; o hien manchan los escalones que llevan a la casa y ponen
espinas. Cuando el campesino pisa los escalones que tan bien conoce,
al salir en pos de ellos, cae encima de las espinas. Cuando tienen éxito
en alguna de estas bromas, se ponen a cantar y a silbar, burlándose y
riéndose del que ha caído en la trampa. Durante el tiempo que dura
esta comedía, esquilman el cerezo l2".

Aquí tenemos, por tanto, un ritual de la provocación que


elevaba los hurtos de fruta escasamente perseguidos al rango
de "guerra de las cerezas", satisfaciendo a lo que parece las eXÍ-

[333)
HISTORIA DE LOS JÓVENES

gencias de los ritos de provocación masculinos, de la noción de


honra ligada a aquéllos y de la posibilidad de dirimirla con un
combate leal 129, pero sólo para ridiculizarlos mediante una
trampa cuidadosamente ideada: tales eran las mañas con las
que se hacía dudar a los adultos del pueblo de si merecía la
pena enfrentarse a los muchachos, o si no sería más prudente
hacer la vista gorda y tolerar sencíllamente las "pequeñas liber-
tades" que se tomaban. No es casual que las bravatas colectivas
de los jóvenes rozasen la atrevida idea de que las cerezas eran
de todos. En el mundo rural, tal noción de propiedad solía
aplicarse exclusivamente a los frutos que crecían salvajes,
mientras que todos los productos del campo cuya maduración
requiriese unos cuidados exhaustivos eran tabú y se considera-
ba una profanación que otro los tomase. Los cerezos, cuyo "cul-
tivo" exigía relativamente poco trabajo, se sitúan en la frontera
entre naturaleza y cultura, por lo que parecía legítimo "robar
un poquito", yel tradicional derecho de hurto de los jóvenes
garantizaba la flexibilidad de dicha frontera. Es posible que
además entraran en juego otros factores sociales, al menos
de modo inconsciente. En ocasiones se habla de la entrega de
botines a las muchachas en señal de veneración 1:líJ, y las orde-
nanzas suizas de la fruta dan a entender que muchos pobres
enviaban a sus hijos y criados regularmente a robar a los huer-
tos de los más pudientes. En cualquier caso, las penas impues-
tas a los cómplices eran mucho más duras que las que recaían
sobre los ladrones; en Solothurn se amenazó con la expulsión a
los mayores que aceptasen el producto de esos hurtos 131.
Seguramente, las hazañas de los muchachos, presentadas ante
sus conciudadanos con cierto espíritu deportivo, influían de
un modo igualmente vago en las tensiones y discusiones de la
jerarquía del pueblo. "Amonestación y desmán de la mano
van" 132 se decía, y en las acciones cotidianas de los jóvenes a
menudo resulta dificil distinguir dónde empezaba una cosa y
dónde terminaba otra. Si, en el siglo XVllI, los afectados empie-
zan a protestar cada vez más y con mayor vehemencia contra
sus amonestaciones m, ello revela no sólo el declive de la políti-
ca admonitoria clásica, sino también la progresiva delimitación
de esa zona oscura en la que se moVÍan los usos censores. Los
charivaris más "serios" de los jóvenes se insertaban en una
extendida y amplia práctica del charivari cotidiano. En este sen-
Los GUARDIANFli DEL DESORDEN

tido, cabe aprobar la propuesta de E. P. Thompson de que lo


importante es rastrear la "prolongada prehistoria de los con-
flictos en torno a la amonestación" 13\ sin olvidar que la propia
praxis ritual de la cultura juvenil ha aportado lo suyo a su desdi-
bujamiento.

4. La Iglesia contrarreformista, con su concepción unidi-


mensional del orden y la reforma, no supo apreciar, sin embar-
go, los rasgos libertarios de la pedagogía popular implícita en
estos usos. Esos vehementes muchachos, su afán de imponerse
y sus riñas, esos arrogantes borrachines "que arremeten unos
contra otros armados con cuchillos en las callejas, armando
jaleo en el baile" 135, como se dice en un informe de visitación
de Pfalz-Neuburg de 1575, eran sencillamente un incordio. La
"reforma católica bávara" no se limitó a prescribir a sus súbdi-
tos la asistencia regular a los oficios divinos y el aprendizaje de
la doctrina, además de la práctica de la confesión y la comu-
nión, sino que formaba parte de "un proyecto disciplinador
amplio bajo la bandera de la moralidad y el temor de Dios" 136.
Como había tenido malas, e incluso aterradoras, experiencias
en el adoctrinamiento y conversión de los mayores 137, las prác-
ticas misioneras de la Iglesia no tardaron en dirigirse a los
niños y jóvenes 138, encontrándose sobre todo en el último caso
con una amplia paleta de resÍtencia activa y pasiva, que incluía
desde imaginativas excusas para ausentarse de la catequesis
hasta notorios desmanes en relación con la obligación de aten-
der los oficios y espectaculares acciones de protesta. En 1659
unos jóvenes colocaron en Núremberg una enorme piedra
ante la casa de un sacerdote non grato, y libraron un auténtico
combate con las "patrullas" que debían mantener el orden
durante el servicio religioso arrojándoles piedras y bolas de
nieve 139; en los primeros años de la Contrarreforma se registra-
ron en Baviera ataques esporádicos contra los predicadores
jesuitas que se atrevían a criticar con demasiada dureza las cos-
tumbres populares 140.

En este punto aduciré al menos una fuente de un caso típi-


co que nos permitirá esclarecer los aspectos centrales de las
tensiones y conflictos entre la cultura juvenil y la disciplina
eclesiástica que poco a poco fueron convirtiéndose en costum-

[335]
HISroRIA DE LOS JÓVENES
,
breo Hacia finales del siglo XVII, una queja eclesiástica resume en
nueve puntos las "indecencia.. que ocurren en algunas vicarías
del llamado valle de Stanzer * 141, de los cuales al menos seis se
refieren a los jóvenes. En primer lugar, el estricto párroco critica,
~
II

corno es natural, los usos de galanteo propios del lugar, al afir-


mar que "ocurren cosas muy irritantes entre los jóvenes solteros,
tanto mozos corno muchachas, de día y de noche, en ciertas reu-
niones y grupos, en tabernas donde se expende vino o en otros
lugares apartados, y en particular practican peligrosos yescanda-
losos paseos y rondan junto a las ventanas en las tardes, los
domingos y días festivos". Las libertades rituales propias de las
costumbres de cortejo y preparación para la vida marital, que
constituían para los jóvenes varones solteros el ~je de sus expec-
tativas de alcanzar el estatus adulto, aparecen aquí únicamente
corno degeneración de las costumbres y desenfreno. La propia
enumeración indiscriminada de los "lugares escandalosos" reve-
la la escasa disposición del clero contrarreformista a aceptar la
lógica social de la cultura popular. Más bien atacan con razona-
mientos morales abstractos todo lo que amenaza con rehuir el
control moral de la autoridad. Por ello, su crítica recae también
en los bailes populares, en particular sobre la "danza de esquina"
(winckhl tiinz) nocturna en casas privadas, y se denosta el compor-
tamiento de la población campesina con motivo del carnaval y
otras fiestas, en cuyo transcurso "corno yo mismo he visto ... , no
sólo acuden a bailar a las tabernas los varones adultos y las
muchachas, sino también niños de ocho, nueve o diez años".
Que la participación de los niños en los bailes populares consti-
tuye la prueba más fiable de su inocuidad no parece habérsele
ocurrido a este fanático de la moralidad. Considera el baile
como la sentina de la impudicia, y su percepción, marcada por
un concepto meramente sexual y negativo, convierte a los baila-
rines en pecadores potenciales. Según su credo implícito, todos
los desórdenes sociales se deberían a una sexualidad incontrola-
da, y por ello es capaz de proseguir, sin solución de continuidad,
con su queja. En el punto tres dice, por tanto:

en las citadas vicarías se observan muy malos modos y comporta-


mientos para con los servidores de Dios por parte de los jóvenes, de

* En el extremo tirolés de la garganta del Arlberg. (N. de la 1:).

[336]
Los GUARDIANES DEL DESORDEN

modo que estos muchachos ya crecidos se atrevieron, como ocurrió


este mismo año con toda dureza, a lanzar antes de los oficios bolas
de nieve en lo que ellos llaman anteiglesia contra las muchachas
solteras, y en la semana santa pasada algunos de estos tunantes des-
carriados volcaron un saco lleno de heno desde tal atrio, y lo lanza-
ron durante el servicio religioso sobre la ropa de las mujeres que
allí había, y también han jugado en varias ocasiones durante el ser-
món en la dicha anteiglesia. Por no hablar de la incesante charla,
los empellones y otras indecencias que también son frecuentes en
las mencionadas vicarías 142.

Todo ello permite entrever la amplitud que había adquirido


la noción de "anteiglesia" en la cultura populaIl. No sólo abar-
caba el acontecimiento social de la visita a la iglesia, sino que
designaba el lugar privilegiado que ocupan los muchachos en
las primeras filas del coro desde donde lo dominaban todo sin
ser vistos. ("Los solteros siguen prefiriendo ocupar los prime-
ros bancos del atrio, desde donde pueden «observar» mejor a
las chicas") 14\ erigiéndose en una suerte de cabeza de puente
de los intereses profanos en las dependencias sacra'). En la cos-
tumbre de arrojar bolas de nieve sobre las muchachas y de ata-
carlas con heno, o con polvos pica pica, se reconoce fácilmente
la burda mezcla de travesura y cortejo en toda regla, tan usual
en las relaciones entre ambos sexos en el ámbito rural. Pero los
clérigos no perdían el tiempo en desentrañar el significado
social de bromas tan burdas, limitándose a considerarlas como
una interrupción del servicio religioso y síntoma de inmorali-
dad. Y particularmente indigna se les antoja la costumbre que,
con motivo de las bodas, tenían los muchachos:

cuando los novios se retiran a descansar, los jóvenes solteros buscan a


los novios profiriendo toda clase de obscenidades y maldades, y cuan-
do los han encontrado, los llevan junto con su cama por las calles
hasta la taberna, donde los novios han de invitarles a algo 144.

Estos ritos de paso con motivo de las bodas eran para los
jóvenes el punto álgido de sus actividades colectivas. Cuando
alguno abandonaba definitivamente sus filas al casarse había
que despedirlo con todos los honores, es decir, del modo más
drástico y con toda clase de jugarretas. Ya Felix Platter tuvo que

[337]
HISTOIUA DE LOS JÓVENES

"escapar de los jóvenes muchachos por la puerta trasera" 145 al


casarse en 1557. El lecho nupcial que se pasea por las calles y
que termina depositándose en la taberna simboliza en realidad
únicamente el corte que, con el rito de paso de la boda, tiene
lugar en la vida del pueblo, y documenta de un modo palpable
el poder que ejercen los jóvenes sobre la sexualidad, un control
que se detiene ante la cama matrimonial sin quedar por ello
anulado. Sin embargo, nada de todo esto tiene cabida en el
escrito de protesta de los clérigos. Éste se conforma con trazar
una imagen hostil en la que los jóvenes aparecen como los eter-
nos perturbadores del orden, como una amenaza a las normas
morales. No hacía falta que hicieran nada especial, bastaba con
que asumieran el papel negativo pergeñado por las autorida-
des para recrear ese escenario conflictivo en el que se desarro-
llaron a comienzos de la era moderna las relaciones entre
Iglesia y juventud. Yel conflicto era tanto más irremediable por
cuanto los intentos de auto afirmación de la cultura juvenil
siempre se han alimentado de la alegría de la oposición, del
placer que extrae de relativizar de un modo irónico y juguetón
las normas imperantes.
Pero los párrocos rurales excesivamente afanosos que trata-
ban de poner en práctica esa nueva moralidad, desequilibran-
do la tradicional armonía entre la moral impuesta por la auto-
ridad y la comunitaria a fin de inclinar la balanza a su favor,
terminaban por padecer esta oposición en sus propias carnes.
En 1661 se elevó en tierra de Basilea una queja "por la costum-
bre de beber, gritar y callejear de noche ... Hay aves nocturnas
que atacan a las gentes, y ni siquiera el señor (párroco) está a
salvo de ellos" 146. Cuando el prebendado de Prittriching (en la
jurisdicción de Landsberg) deplora con vehemencia en el año
1724 el "deterioro de las costumbres" en su comunidad, no
consigue con ello otra cosa que los "burdos criados y campesi-
nos le griten, atruenen, canten e insulten del modo más cruel,
chascando los látigos delante de la rectoría y de la iglesia" 147,
haciéndose eco de sus sermones de un modo que hace dudar
de su efectividad. En tales debates con los reformadores ecle-
siásticos, y sobre todo con los más duros, la cultura de grupo de

,
estos jóvenes solteros empieza a perfilarse como la avanzadilla
de la resistencia frente a la ofensiva moral impuesta desde arri-
ba y punta de lanza de la defensa de los derechos de autodeter-
,:'.1.
[338]
Los GUARDIANES DEL DESORDEN

minación de la cultura rural. Sus elocuentes protestas expresa-


ban el disgusto latente de la comunidad y respondían al deseo
de que el párroco adoptase una actitud más moderada para
"adaptarse a las necesidades y reglas del pueblo en sus aparicio-
nes y comportamiento" 148 si quería vivir en paz con su comuni-
dad. La debilidad decisiva de los reformadores radicaba sin
duda en que en aquellos momentos carecían de apoyos.
Cuando el párroco de Dópshofen (en las estribaciones de
Augsburgo) trató de eliminar en 1625 los bailes -otro de los
caballos de batalla del nuevo y ascético clero- porque dis--
traían a los jóvenes de la catequesis, "los criados corrieron a la
noche a la rectoría para molestarme con gritos y chanzas. El
alcaide lo toleró, ¿qué se puede hacer en estas circunstan-
cias? "149. Una vez que Dios y el poder terrenal lo habían dejado
en la estacada, al pobre hombre no le quedó más remedio que
soltar un hondo suspiro.

Cabe suponer que detrás de tales cencerradas 150 estaba la


mano de los adultos y de los propietarios, que naturalmente no
querían saber nada del asunto y a quienes la cosa debía de
regocijarles: todo ello conforma una protesta juvenil admitida
y muy extendida en el ámbito rural que también permite pre-
suponer la existencia de un amplio consenso socio-moral que
reforzaba el statu quo de la jerarquía rural y que tuvo cierta
influencia incluso en las acciones de protesta que culminaron
en los levantamientos del campesinado 1>1. Sin embargo, no
debemos deducir que la relación entre los adultos y los jóvenes
del ámbito rural pueda definirse como una conjura; siempre se
trata más de tolerar que de instigar. El consenso implícito entre
jóvenes y mayores era tan notable que no se planteaba la cues--
tión de la autoría de las protestas. Precisamente cuando se tra-
taba de poner coto a los supuestos derechos morales y las pres--
cripciones impuestas desde fuera a la comunidad cabía fiarse
del fino olfato de los jóvenes. Un ejemplo muy claro de este
notable consenso en cuanto a los valores entre miembros de
distintas generaciones, y de la imbricación de las libertades
juveniles admitidas con su preparación para la vida adulta, nos
lo ofrece Johann J. Bodmer en su descripción de la asamblea
de la Dieta del Land de Appenzell y su representación paródica
por parte de lajuventud del lugar al día siguiente:

[339] \
HISTORIA DE LOS JÓVENES

Aún a comienzos de este siglo XVIII, los jóvenes de las tierras fron-
teras con Appenzell tenían la costumbre de mantener una reunión
posterior a la asamblea de la Dieta en la que imitaban a las personas,
las decisiones y los usos de sus magistrados y padres con mucha gracia y
haciendo gala de un ingenio natural. En general, se tomaban la liber-
tad de presentar las serias decisiones, preceptos y discursos dictados en
la Dieta bajo una luz burlesca e incluso cómica. Eran muy hábiles al imi-
tar y parodiar los defectos grandes y pequeños de palabra, de la voz o de
la expresión. Y si se percataban de que alguno de los cabecillas había
introducido una frase o una máxima que pudiera considerarse un
sofisma, o contradijera sus actos, no las perdonaban jamás. No pocas
veces dictaban sentencias o adoptaban decisiones que eran el reverso
de las decisiones y opiniones vertidas el día anterior. Esta licencia fue
refrendada tras un largo ejercicio de varios años, y eliminarla requeri-
ría un esfuerzo ingente y la aquiescencia del Gobierno" 152.

Resulta sorprendente, aunque sólo en un principio, que la


dieta territorial, a fin de cuentas el gremio con mayor capacidad
decisoria y política del cantón, estuviera expuesta a la crítica y las
burlas de losjóvenes. En otros cantones había instituciones muy
similares ',3. En los grupos sociales bien definidos en los que cada
cual conocía al vecino se creó de este modo, a nuestros ojos bas-
tante arriesgado, una válvula de escape para la articulación de la
conformidad en lo político, asegurando al mismo tiempo que la
propia descendencia seguía de cerca las deliberaciones de los
adultos. Mientras la política siguió estando estrechamente ligada
a los VÍnculos familiares y de parentesco, y mientras se adminis-
tró como una herencia, pudo permitirse familiarizar de manera
tan paradójica a los políticos del mañana con sus futuras tareas.
Al fin y al cabo, el carnavalesco ajuste de cuentas con las insensa-
teces ocurridas en la comunidad que efectuaban los "tribunales
de muchachos" (Knabengerichte) de Graubund y de Aargau, o los
'~uzgados de escarnio" (SpottgerichtshoJe) de Zug, Rapperswil,
Weinfelden, Stan, o los de Appenzell, no era más que otra de las
formas que adoptaba la política cotidiana, y, por lo demás, todo
el mundo sabía que las corporaciones juveniles ejercían no
poca influencia sobre la política oficial debido a su cohesión y a
su relación numérica con el resto de la población. No se igno-
ran sus "intentos de infliltración" tácticos en los órganos de
representación territoriales 15\ y seguramente no es un despro-

[340]
Los GUARDIANES DEL DESORDEN

pósito atribuirles gran parte de las perturbaciones del ances-


tral ritual de votación que tantas protestas suscitaran en el si-
glo XVIII, e incluso el "salvaje tumulto" (gar ungestüohme tumul-
tuiren) 155 y las interrrupciones y las voces proferidas durante las
deliberaciones, que hacían que los oradores "cesasen o que los
gritos les impidiesen adoptar decisiones" 156.

Tampoco los que dirigían los hilos de la cultura popular


lograban mantener siempre a raya a los jóvenes. Las tensiones
entre la cultura juvenil y el mundo de los adultos ya eran nota-
bles en aquella época. y, así, bastaba con que el hijo de un cer-
vecero se burlase de otro con las palabras: "¡POCO te falta para
quedarte calvo, vas para juez, condenado!", para provocar una
reyerta en la que volaban las barricas de cerveza y no faltaban
sendos zurriagazos (etliche Pünckhl) en la cabeza 157. Se trataba
de un equilibrio de poder inestable que en cualquier momento
podía desbocarse. Cuando en una oscura noche de febrero del
año 1644, poco antes de la medianoche, las ventanas de doce
tabernas y casas de la plaza del mercado de Traunstein estalla-
ron a causa del lanzamiento de bolas de nieve, los afectados
pensaron en seguida en sus indómitos jóvenes, pero el ataque
era demasiado masivo y demasiado ambiciosos sus objetivos
como para poder achacarlo al deseo de venganza de un solo
individuo. Por ello, todo quedó en meras sospechas, ya que no
se pudo acusar a nadie 15H. Al igual que se quejaban de las "gra-
ves insolencias y los descarados desmanes de los chicos", los
regidores de Sankt Gallen lamentan en una ordenanza de 1706
que en la localidad de Kaltbrunnen, los "chicos de la noche"
estuvieran "gritando a la noche ... expresiones malsonantes en
las calles abiertas, lanzando además piedras contra las gentes
de orden y sus casas, poniendo en peligro sus vidas y haciendas,
y no sólo eso, sino que se atrevieron incluso a clavar impruden-
tes pasquines en las casas de los clérigos" 159. Según se despren-
de de la última observación, una disputa con un párroco poco
apreciado parece dar pie a la intervención de la autoridad y a
su advertencia de "actuar desde las instancias máximas, y, si
fuera necesario, con maléfica dureza" 160.
Para las gentes de orden, los adolescentes constituían ya un
constante factor de inquietud e inseguridad al seguir el princi-
pio de no inmiscuirse en sus asuntos, sino permitir que losjóve-

[341 ]
HISTORIA DE LOS JÓVENES

nes lo arreglasen todo entre ellos, Este rasgo libertario de la


cultura popular de comienzos de la era moderna resulta
menos sorprendente si tenemos presente que el sistema de
normas de la sociedad rural se enfrentaba a escasas alternativas
en aquellos días, No sólo creó ciertos espacios de libertad para
los jóvenes, sino que también disfrutaba de la ven taja de aliviar
a las relaciones de los adultos de los complejos problemasjuve-
niles de reconocimiento y de la obligación de conformar los
ritos por los cuales los miembros de las diversas familias entra-
ban en contacto, Los adultos se limitaban, por tanto, a vigilar
los actos y tendencias de los vástagos, y por lo demás se confia-
ba en los efectos socializadores que este grupo producía de por
sÍ. Para los adultos, estas libertades juveniles, las travesuras y
proyectos concebidos y realizados conjuntamente, dibtüaban
un horizon te de vivencias y de vida opuesto a las jerarquías
sociales establecidas y capaz de crear un sentido de pertenen-
cia a la comunidad cuyos efectos integradores sólo palidecían
con el paso gradual al mundo adulto y la asunción de papeles tiI'LlJ
eLsPdecífillcosbendcua~toda la condici0 n ~~cial y a la P;oP1I'edad 161,
> lJM
a es um ra a mIra a con que l os Jovenes segman os actos
de los mayores garantizaba la continuidad del sistema de valo-
res de la sociedad rural sin que hiciera falta alzar el dedo en
ademán pedagógico 162,
La otra cara de la moneda de estas distancias que marcan la
diferencia entre la cultura juveniJ y el mundo de los adultos
son ciertas sorpresas desagradables, como la incursión noctur-
na que acaba de citarse, y ante todo la marcada tendencia de
los jóvenes a dirimir por la fuerza las rivalidades y conflictos
que se originaban en el seno de sus grupos, algo muy natural
en una cultura de grupo en la que la fuerza fisica, la habilídad
yel valor desempeñan un papel fundamental y donde es nece-
sario ganarse el reconocimiento del resto de los varones, A fin
de ilustrar los casos clásicos registrados en las actas de los tri-
bunales rurales, citaremos aquí sólo dos ejemplos, cronológi-
camente muy próximos, procedentes de Siegsdorf, pueblo del
norte de Baviera, un importante mercado de la región, del
año 1616:

Adam, hijo de Georg Aufhaimber, de Árzt (=Eisenárzt), ha arre- "


metido de noche en las calles de Siegsdorf contra Stephan Peuntner, /,1':

[342]
Los GUARDIANES DEL DESORDEN

tejedor de Miesenpach (=Ruhpolding) y le ha roto una costilla con


una piedra, aturdiéndolo con cuchufletas de borracho" 163.

Wolf, criado de Pamer, de Siegsdorf, se ha tropezado con Adam,


criado de Wolf Sparzenreiter, a la noche y sin que hubiera peligro de
ninguna clase, y sin conocerle, le ha dado un pinchazo en la axila con
un cuchillo 164.

Comparados con los macabros "torneos" realizados con la


violencia usual en las ciudades del siglo XVI, tales percances no
parecen excesivamente graves. Hacia 1513, en una taberna de
jornaleros muniquesa unos jóvenes se reúnen a beber y acuer-
dan que "matarán al primero que vean en la calle" 165. Primero
se tropezaron con un manco, al que decidieron no tocar al no
poder defenderse; pero el próximo transeúnte, un criado del
duque de Württemberg, cayó VÍctima de esa "prueba de valor".
En julio de 1533 un canónigo de Augsburgo escapó a duras
penas del asalto mortal de cuatro jóvenes comprometidos en
una apuesta similar 166.
Pero esta cultura de los solteros no se caracteriza únicamen-
te por dicha predilección por la violencia, que de cualquier
forma comparte con otros grupos 167. Parece más exacto ver en
ello unjuego con las formas de violencia simbólicas propias de
los ritos de adquisición de la virilidad, que, con su dinámica de
provocación y respuesta, y sus imperativos de resistencia obliga-
da y autoafirmación, fácilmente desembocan en sangrientos
altercados. A ello se añade una mentalidad de coto cerrado, de
vigilante de la plaza, que tenía mucho que ver con el control
del mercado matrimonial de la localidad y que, junto con las
"guerras de muchachos" (Knabenkriege) mantenidas entre los
pueblos vecinos por diversos motivos 168, conforman una instan-
cia que propicia la formación y delimitación de la identidad de
los pueblos 169.
Detrás de todo ello está el intento de afirmar y representar
el propio terreno, un simbolismo que casi se diría constituye
una logística de la presencia local, que asumen y ejercitan los
adolescentes y que cuenta con el reconocimiento de los mayo-
res. Esta voluntad de estar presente, esta ocupación simbólica
de espacios, encuentra tal vez su expresión más unívoca en sus
apariciones, en particular en la muy debatida costumbre de gri-

[343]
HISTORIA DE LOS JÓVENES

taro Esto puede parecer raro, pero es la expresión de su con-


ciencia de sí mismos y de su bienestar, de la "irrefrenable" ale-
gría de vivir y de su confianza en la propia fuerza, ya que dicha
acrobacia de la garganta constituye una invitación a sumarse a
ese sentimiento de plenitud, así como una declaración de
guerra potencial a los que no quieran colaborar, y en cualquier
caso una señal insoslayable del "lenguaje corporal" que anun-
cia su presencia. Lo que para los señores los trombones, trom-
petas y fanfarrias, eran para las gentes sencillas, que debían eri-
girse personalmente en heraldos de sus mensajes, sus propias y
penetrantes voces. También durante el carnaval desempeñan,
junto con otras prácticas sonoras de anuncio de su presencia,
como el chasquido de látigos, el cencerreo, etc., un importante
papel con el que los activistas, en su mayoría jóvenes, trataban
de llamar la atención y proclamaban fieros su disposición a vol-
ver el mundo del revés 170. Sólo cabe hacer conjeturas sobre la
procedencia de tales formas acústicas de representación: en el
origen de este arte de la entonación tan particular pudieran
estar las imitaciones de voces de animales de los charlatanes de
feria (de Maulhans, el "bocazas deJuan", un vigilante nocturno
de Messkirch, Suabia, se decía con admiración que "era capaz
de gritar como un pavo, tan aguda era su voz" 171), Y otra raíz,
quizá más importante, pudiera encontrarse en las llamadas con
las que se comunicaban a una distancia considerable los vaque-
ros y pastores de las praderas alpinas y prealpinas 172. Pero las
más notables son sin duda las prácticas de cortejo de los jóve-
nes solteros, la pose de "sacar pecho" tanto ante el otro sexo
como ante los propios compañeros y posibles rivales 173. Si bus-
camos los paralelismos con las formas de autorrepresentación
actuales y más expresivas de la cultura juvenil rural, probable-
mente las identificaremos más con los chirridos de las ruedas y
los motores a todo gas al salir de las discotecas que con ese fol-
clore domesticado del canto a la tirolesa con el que se regalaba
al turismo en las regiones alpinas 174.

Pero lo que es seguro es que estos "vocingleros" nunca


encontraron mejor resonancia para sus gritos que la que les
brindaban a la noche las estrechas callejuelas de las ciudades.
En las ciudades grandes el problema era, en consecuencia,
mayor. Una ordenanza de moralidad augsburguesa de 1546

[344 ]
Los GUARDIANES DEL DESORDEN

decreta, con ese patetismo tan característico de la Reforma y


para que "Dios no nos vuelva la espalda por más tiempo", que
"se proscriba por completo el galanteo con instrumentos/ can-
tosjsilbidos al acudir a la misa o en otros momentos, así como
los/ gritos/ cencerreos/ asonadas y toda clase de gestos o cánti-
cos obscenos o impropios en calles y casas" 175. El régimen abso-
lutista no se conformó, sin embargo, con esta perspectiva
moralizante. Ante su mirada de "ley y orden" los gritos de los
impetuosos jóvenes constituían una abierta incitación a la
desobediencia ya la transgresión, una provocación simbólica
'dirigida contra las fuerzas del orden, que estaban decididos a
aceptar, y por ello se inició en los despachos una acre campaña
contra sus "atrevimientos" y el "burdo clamor a la noche" 176.
Las autoridades locales de la época conocían mejor el paño
que la actual e intrépida casta de burócratas, y por ello sus res-
puestas a las incesantes órdenes que les llegan desde las altas
instancias de instaurar de una vez la paz y el orden, también
"en las bodas", donde el griterío ritual alcanzaba su punto álgi-
do, y "prohibir los gritos y las voces" 177, están teñidas de resigna-
ción. "Hasta donde es posible", hasta donde se pueda: hasta allí
procederían. En puridad, todo esto significaba sencillamente
que las posibilidades de imponer tales medidas no eran muy
grandes. Las voces eran expresión de ese sentimiento festivo
de plenitud que está presente en el significado originario de
la palabra del medio alto alemán hochzeit *, y conformaban
una suerte de ceremonia de despedida, un homenaje de los
muchachos solteros a uno de los suyos que decidía renunciar
a su libertad en aras del matrimonio. No estaban dispuestos a
que se les impidiese ofrecerle una "serenata", y cuanto más
audible y estridente fuera, tanto más apreciado podíaconsi-
derarse el novio entre sus congéneres 178. Pocos antídotos
podía ofrecer la administración contra el sentido social de
semejantes "ritos de paso" sociales (Van Gennep), y los ejecu-
tores de tales medidas sabían muy bien, como formula en
1618 con meridiana claridad un curador, que "no habrá paz
ni tranquilidad en las calles, y no se acabará con semejantes
correrías nocturnas si no hay un agente judicial vigilándolas
toda la noche" 179.

* Hochzeit: tiempo alto o álgido. (N. de la T.).

[345]
HISIDIUA DE WS JÓVENES

Sólo cuando, en el transcurso del siglo XVIII, se da un


aumento de la población que refuerza la jerarquía social y
comienzan a prender las nuevas nociones de moralidad inclu-
so en el ámbito rural, surgen las primeras fisuras y contradic-
ciones en esta coalición aparentemente tan firme y segura de
jóvenes y adultos. De nuevo, la Iglesia desempeñó un papel
clave 1"". En el sur del Tirol, Jos "merodeadores de la noche" del
valle del Martell (Nachtschwiirmer), y las "orugas de la noche", o
"gritadores" (Nachtraupert, lnnischreier) de Ulten, corno se les lla-
maba por sus charivans particularmente sonoros, acometieron
en el siglo XVIII una dura campaña para defenderse de la cre-
ciente presión disciplinadora de pastores y misioneros, una
guerra de guerrillas permanente que, a comienzos del si-
glo XIX, llegó a obligar al párroco Josef Eberhófer, un nativo
que conocía muy bien las costumbres de los jóvenes, a renun-
ciar a su cargo IRI. Las penas draconianas decretadas por las
ordenanzas municipales de Württemberg indican que también
aquí se temía que se agudizasen las tensiones:

Los merodeadores de la noche, ya sean solteros o casados, que se


encuentren gritando, o lanzando tiros, o alborotando del modo que
fuere, dentro o fuera del pueblo, y en particular delante de la iglesia o
parroquia, serán encerrados corno primera medida en la torre y a con-
tinuación serán castigados a trabajos forzados, y en caso de que todo
esto no les haga desistir y sean apresados por tercera vez por la misma
causa, serán enviados por insumisos y perturbadores de la tranquilidad
nocturna los solteros a la guerra y los casados al correccional"".

A fin de cuentas, las relaciones que mantienen las corpora-


ciones juveniles suizas con sus párrocos en el siglo XVIII no se
caracterizan precisamente por esa armonía contemplativa des-
crita en el idílico panorama trazado por Caduff 183. Corno ejem-
plo en contrario aduciremos aquÍ únicamente la protesta del
sínodo de Glarus contra los desmanes de las pandillas juveniles
y los "muchos dislates de los jóvenes", de 1767:

Nosotros, los servidores de la Iglesia, nos esforzamos lo que pode-


mos para inculcar a las jóvenes criaturas las verdades y obligaciones de
nuestra santa religión. También concebimos en ocasiones grandes
esperanzas al ver el fruto de tales esfuerzos. Pero esta labor, recién

[346]
Los GUARDIANES DEL DESORDEN

comenzada, se ve mermada no pocas veces por la aparición en las


calles de las llamadas sociedades de muchachos y se echa a perder. En
cuanto se admite a los chicos al santo sacrificio empiezan a d~iarse ver
en dichas calles en compañía de otros, contra la voluntad de sus
padres ya veces de la suya. En estas sociedades aprenden y oyen por lo
general cosas más malas que buenas e instructiv-dS... En estos grupos
los chicos aprenden a despreciar a Dios y su palabra, a resistirse a las
autoridades, a sus maestros, profesores y padres, y pierden su precioso
úempo vagando por ahí ociosos, y a la noche se les oye vociferar de un
modo indecente por calles y callejas, causando grandes destrozos en
las vinaterías a cuenta del vino de año nuevo y el de carnaval, además
de prender fuego por doquier. Si se les prohíbe hacer tales cosas,
pronto ninguna persona decente estará a salvo de ellos, padeciendo a
menudo las humillaciones y ofensas más feroces. Si se les paga algo,
derrocharán grandes sumas, y con mucha inquina, gritos, voces,
riñas, disputas y otros pecados. Por esta razón muchos se acostum.
bran a llevar una vida dispendiosa y se dan a la bebida de tal modo
que se llenan de deudas desgraciados señores, licenciosos burgueses
del estado y crisúanos que se hacen indignos de tal nombre por su
penoso comportamiento 184.

Los jóvenes como jinetes apocalípticos de una nueva


honorabilidad burguesa: eso parece nuevo, y en este punto
resulta difícil dejar de recordar que precisamente en esa
época en la "Marcha de Nafels" (Nafelsfahrt), la peregrinación
de Glarus que cada año rememoraba la decisiva batalla de
1388 contra los Habsburgo, los héroes de antaño eran perci-
bidos por la autoridad como notorios perturbadores del
orden lB5. En la orgía ordenancista del culto al Estado ilustra-
do, en la apacibilidad del proyecto de veneración burguesa
de los héroes, ya no había lugar para aquellos que tuvieron
que sacrificarse.
En la medida en que determinados sectores de los notables
del pueblo se apartaban, bajo el "civilizador" influjo de la moral
eclesiástica, de sus burdas correrías, las corporaciones juveniles
tuvieron que renunciar progresivamente a su estatus privilegia-
do de representantes de la conciencia comunitaria y empezaron.
a sentir el peso de un creciente afán legitimador. Cuanto más.
debían defenderse, más agudos eran sus tonos. En ocasiones es
posible constatar en las fuentes esa relación directa entre mar-

[347]
HISTORIA DE L05 JÓVENES

ginación social y un radicalismo verbal agudizado, que culmina


con el folclore de la enfervorecida protesta de los Haberfeldtrei-
ber * del siglo XIX 186. Así, los jóvenes solteros de Schondorf
(Arnmersee) le "rompieron una ventana al párroco, al haber
alzado la voz en su sermón contra los noctámbulos, además de
arruinar la fuente del modo más soez ... A continuación, esos
mismos chicos gritaron a voz en cuello durante el sermón «cura
[ ... ] calla ya la boca, o haremos otras cosas ... "" 187. Resulta impen-
sable que este estilo tan rudo, y en particular la., amenazas diri-
gidas contra el párroco, contasen hacia finales del siglo XVIII con
la aprobación unánime de la comunidad. En este caso, la cultu-
rajuvenil parece querer defenderse únicamente a sí misma.
La historia, aún por completar, del progresivo declive de las
instituciones de las corporaciones y pandillas juveniles a 10
largo de los siglos XVIII YXIX puede resumirse como sigue: cuan-
to mayor su grado de organización, más acre era el encontro-
nazo con el orden legal burgués, en pleno auge. Esto vale tanto
para los Haberfeldtreiberde la alta Baviera como para las corpora-
ciones suizas. En Graubünden, en pleno siglo XVIII, el juez
supremo Disentis expresa del siguiente modo el abismo que va
separando a las autoridades de lajusticia popular:

No puede negarse que tales procedimientos, en sí ilegales [de la


justicia aplicada por las pandillas], a menudo tienen mejores efectos y
más éxito que las medidas que aplica la autoridad. Sin embargo, en
un país libre, si bien civilizado, no cabe reconocer estos medios ilíci-
tos, aunque tengan por fin buenas obras 188.

La cita permite intuir lo trabajosa que debió de ser la repre-


sión estatal de la justicia juvenil en las zonas rurales, y, de
hecho, el apoyo de los mayores a las acciones de los jóvenes aún
subsiste hasta bien entrado el siglo XIX. Por otra parte, una
mayor movilidad social comenzó a disolver los universos cerra-
dos de los pueblos, y las prácticas de amonestación empezaron
a dirigirse casi exclusivamente contra los foráneos e inmigran-
tes. Por ello se empezó a considerarlos como representantes de

* Haberfeldtreiber: originariamente, la palabra está ligada a la antigua práctica


admonitoria bávara de organizar asonadas en señal de protesta por alguna falta
contra la "costumbre". Más adelante designa el alzamiento y las marchas de pro-
testa de los campesinos de la alta Baviera de los años 1705 y 1706. (N. de ÚI T.).

[348 ]
Los GUARDIANES DEL DESORDEN

una provinciana xenofobia, y proliferaron las qu.:.:jas por la arbi<-


trariedad, e incluso por el régimen de terror impuesto por las
corporaciones. En Ems, las autoridades del lugar trataron de sal~
var en 1856 el tradicional radio de acción de su corporación, ata.,;
cada por todos los frentes, encomendándole el derecho de sobe-
ranía otorgado a la comunidad. El gobierno grisón no tardó en
descubrir este subterfugio y pocas semanas más tarde desautori-
zó la decisión de la comunidad con la indicación lapidaria de
que el ejercicio de las funciones policiales era irrenunciable e
intransferible, y que privilegiar de este modo a las corporaciones
lesionaba el principio de igualdad de todos los miembros de la
comunidad IOY. La era del dominio de las corporaciones juveniles
llegaba a su fin, y la corporación de Ems condujo sus derechos
de enjuiciamiento y control de la moralidad a la tumba en una
marcha fünebre no exenta de tintes militares. Sus seguidores
"pudieron" dedicarse entonces a la vital cuestión de si las trenzas
de las chicas estaban donde debían.
Los Haberer de la alta Baviera proceden asimismo de viejas
formas de justicia admonitoria popular y, en el transcurso de"
siglo XIX, fueron convirtiéndose en una organización secretá
transregional de administración de justicia, que, con sus espec-
taculares acciones, trataba de defender a la población campesi-
na de las exigencias de la moderna estatalidad y de los cambios
sociales que ésta conllevaba. Fracasaron menos por el dispar
equilibrio de poder contra el que se rebelaban que por su
defensa de nociones reaccionarias frente al cambio social, aun-
que tampoco fue ésta la única razón de su declive. Su causa ha
de buscarse más bien en el hecho de que su intento de transfe-
rir las prácticas de amonestación locales a un nivel político más
general acabó por minar su base de actuación. Lo que podía
parecer plausible desde el punto de vista social y moral en el
mundo rural perdía todo fundamento al enfrentarse a una ofi-
cialidad sometida a unos principios discursivos más abstractos.
Por muy sofisticadas y veladas que fuesen las formas que adop-
tasen las viejas categorías morales, ya no servían para atacar a
jueces, párrocos y funcionarios por su corrupción e inmorali-
dad con ese estilo que antaño pudo emplearse contra los pro-
pios vecinos, y, además, fracasaron porque la mayor parte de las
acusaciones parecían traídas por los pelos 190. Semt:iantes incul-
paciones, fehacientemente falsas, les hicieron perder gradual-

[349]
HISTORIA DE LOS JÓVENES

mente el apoyo de la población, cuyos derechos deCÍan defen-


der. Al adoptar tintes tan ambiguos, la resistencia empezó a
perder pie, y la bravucona "folclorización" de la protesta, con la

,
que trataban de recuperar un consenso ya debilitado, no logró
sustituir a la larga a la política.
La juventud de comienzos de la era moderna fue y siguió
siendo el baluarte del desorden. Sólo el mundo del consumo
del siglo xx fue capaz de crear ese modelo de juventud absolu-
tamente positivo que impregna la vida adulta con el sueño de
la eterna juventud: triste utopía de los que se han hecho adul-
tos tanto por su carácter consolador como por sus carencias en
lo pedagógico, y que amenaza con sofocar con las cadenas de la
industria cultural y su talante misionero a los verdaderamente
jóvenes. La utopía juvenil de comienzos de la era moderna res-
pondía a un esquema más sencillo y quizá menos temeroso: la
carnavalesca "fuente de la juventud" que vuelve a hacer girar
la rueda de las generaciones en oposición a la naturaleza. Todo
se orientaba por esa imagen de una sucesión naturalmente
necesaria y por las virtudes de la renovación que acarrearía. La
juventud aún estaba impregnada de una profunda ambivalen-
cia, conformando un estado de transición más cercano a la
edad adulta que a la infancia y que aún era capaz de oponer a
aquélla el espejo de la ironía antes de que las cosas se pusieran
serias. Nada puede sorprendernos más que la generosidad con
que se enfrentaron entonces los adultos a las escapadas juveni-
les, y su irrefutable certeza de que eran transitorias. En ella no
sólo se refleja la conciencia de la necesidad, prácticamente
impuesta por el orden natural, del relevo generacional, sino
también una confianza social en el futuro que nosotros hemos
perdido irremisiblemente.

[350]
Los GUARDIANES DEL DE50IIDEN

Notas
I H. Lieb/K. Schib (ed.) "Beschwerden und Sorgen der Schaffhauser

Geisdichkeil um 1540", en Schaffhauser Beítriige zur vaterliindischen Geschichte,


48 (1971). pp. 146 Yss.
, B. Scribner, "Reformation, Karneval und die «verkehrte Welt»" en R. van
Dülmen/N. Schindler (ed.), Volkskultur. Zur WiderentdecJmng des vergessenen
Alltags (16.-20.jahrhundertj, Francfort/Main, 1984, pp. 127 Yss.
.< Lieb/Schib (ed.), SchaJJhauser Geístlíchkeít um 1540, p. 152. Cf también
J. Wipf, Reformationgeschichte der Stadt Schaffhausen, Zúrich, 1929, p. 292; E. G.
Rüsch, "Die SchafThauser Reformationsordnung von 1529", en Schaffhauser
Beitriige wr vaterliindíschen Geschichte, 56 (1979), p. 25.
4 E. Hinrichs, ""Charivari» und Rügebrauchtum in Deutschland. For-

schungsSland und Forschungsallfgaben", en M. Scharfe (ed.), Brauchfors-


chung, Darmsladt, 1991, pp. 430463.
5 U. Herrmann, "Was heisst ':}ugend»? Jugendkonzeptionen in der deut-

schen Sozialgeschichte", en H.-G. Wehlíng (ed.), Jugend, jugendprobleme,


jugendprotest, Stuttgart/Berlín/Colonia/Maguncia, 1982, pp. 11-27; T. von
Trotha. "Zur Entstehung von Jugend", en K5lner Zeitschrift f Soziologie u.
Sozialpsychologie, 34 (1982), pp. 254-277; L. Roth, Die Erfindung des Jugendli-
chen. MÚllich, 1983; J. R. Gillís, Geschichte der Jugend. Traditian und Wandel im
Verhiiltnis der Altersgruppm und Generatirmen in Europa van der zweiten Hiilfte des
18. Jahrhunderts bis zur Gegenwart, Weinheim/Basilea, 1980, pp. 105-186. Cf
también con la nola 9.
h Cf con P. Aries, Geschichte der Kindheit, Múnich, 1978, pp. 126 Y ss.; E.

Schubert, "Erspielte Ordnung. Beobachtugen zur bauerlichen Rechtswelt


des spateren Mitte\alters", en Jahrbu.ch f friinkische Landesforschung, 38 (1978),
pp. 51-65; C. Lohmer, Die Welt der Kinder im 15.jahrhundert, Weinheim, 1989,
pp. 154 Y SS., Y 178 Y ss. Resullan de poca utilidad, sin embargo, las obras de
E. von Kúnssberg, "Rechtsbrauch und Kinderspiel. Untersuchungen zur
deutschen Rechtsgeschichte und Volkskundc", en Sitzungsberichte d. Heidelber-
ger Akademie d. Wissenschajten, voL XI, Phil.-hist. Kl., Dis. 7, Heidelberg, 1920,
pp. ]-64.
7 Wipf, RPformationsgeschichte, p. 327.

M Th. Peslalozzi-Kutter, Kulturgeschichte des Kanlons Schauffhausen und seiner

Nachbargebiete im Zusammenhang der allgemeinen Ku.lturgeschichte, Aarau/Lei¡r


zig, 1928, p. 391, nOla 280.
9 Sohre el surgimiento de los jóvenes modernos a finales del siglo: W.

Laqueur. Die deutsche Jugendbewegung. Eine historische Studie, Colonia, 1962;


R. Lindner, "Bandenwesen und Klubwesen im wilhelminischen Reich und
in der Weimarer Republik. Ein Beitrag zur historische Kulturanalyse", en
Geschichte und Gesellschaft, 3 (1984), pp. 352-375; D. Peukert, Gremen der
Sozialdisziplinierung. Aufstieg und Krise der deutschenju.gendfürsorge von 1878
bis 1932, Colonia, 1986; ídem, Ju.gend zwischen Krieg und Krise. [,ebenswelten
Van Arbeiterju.ngen in der Weimarer R.epublik, Colonia, 1987; ídem, "Die «Halbs-
tarken". Protestverhalten von Arbeiterjugendlichen zwischcn Wilhelminis-
chem Kaiserreich und Ara Adenauer", en Zeitschrift für Piidagogik, 30
(1984), pp. 533-548; W. Bucher/K. Pohl (ed.), Schock u.nd SchOpfung.

(351 ]
HISTORIA DE LOS JÓVENES

jugendiisthetik im 20. jahrhundert, Catálogo de la exposición, Darm-


stadt/Neuwied 1986.
lO Para una visión de conjunto, vid. Gillis, Geschichte der jugend, pp. 17-47;

M. Mitterauer, Sozialgeschichte derJugend, Francfort/M., 1986, en particular las


pp. 164 Y ss. y, en el plano teórico, sigue resultando muy sugerente e! traba-
jo de S. N. Eisenstadt, "Altersgruppen und Sozialstruktur" en L. V. Frie-
den burg (ed.), jugend in der modernen Gesellschaft, Colonial Berlín, 1969,
6.' ed., pp. 49-81.
11 "Sería posible presentar e! pequeño mundo de la familia, con sus

patentes tensiones entre intimidad y poder, como reflejo y símbolo de los


problemas, más amplios, de orden político y social" (N. Z. Davis, "Die
aufsassige Frau", en ídem, Humanismus, Narrherrschaft und die Riten der
Gewalt. Gesellschaft und Kultur im frühneuzeitlichen Frankreich, Francfort/M.,
1987, p. 139).
lZ p, Bourdieu, Entwurj einer ThelJrÍe der Praxis auf der ethnologischen Grund-

lage der kalrylischen Geselschaft, Francfort/M., 1976, p. 192.


" Mitterauer, Sozialgeschichte der jugend, pp. 44-95.
J4 Aries, Gesehíehte der Kindheit, pp. 82 Y86.

" N. Z. Davis, "Die Narrenherrschaft", en ídem, Humanismus, op. ciL,


pp. 106-135 y 277 Yss.; ef en este caso con las pp. 118 Yss. En cuanto a la con-
troversia, cf asimismo con la introducción a la segunda edición francesa de
1973 de Aries, Geschíchte der Kindheít, pp. 52-54.
16 "Basler Ratsmandat gegen die Tiiufer vom 2.6.1526", en Aktensammlung

zur C.eschichte der Basler Refurmation von denjahren 1519 llis Anfang 1534, voL 11,
E. Dürr/P. Roth (eds.), Basilea, 1933, p. 337. Cf también illidem, pp. 355
Y635.
17 V. Lotscher (ed.), Felix Platter, Tagelmch [LebensbeschTeilmng] 1536-1567,

Basilea/Stuttgart, 1976, p. 59. "Yo era como suele seria juventud, ansioso con
la fruta ... " (leh llin seer UlÍe der iugned art, girig über dass obst gewessen ... ), (illidem,
p. 74). Por otra parte, dice de sus once años, "todavia éramos unos niños" (wir
waTen beidt noch kinder), (ibídem, p. 88).
¡; Aktensammlung zur Geschichte der Basler Refurmation. vol. Y.l, Basilea, 1950,

p.137.
19 R. Habermas, Wallfahrt und Aufruhr. Zur Geschichte des Wunderglaubens in

der frühen Neuzeit, Francfort/Nueva York, 1991, p. 50.


2. M. Scharfe, "Kindheit a Dieu. Konfirmation als Kulturzasur ¡m Lebem¡..
Jau[", en K. Kóstlin (ed.), Kinderkultur; Bremen, 1987, pp. 171-182; C. Burck-
hardt-Seebass, Konfirmation in Stadt und Landschaft Basel. Volkskundliche Studie
zur Geschichte eines kirchlichen festes, Basilea, 1975 .
., También el inicio de! aprendizaje de un oficio oscilaba considerable-
mente a comienzos de la época moderna, situándose luego en e! siglo XVIII
en torno a los catorce o quince años (R. Reith, "Zur beruflichen Sozialisation
¡m Handwerk vom 18. bis ins frühe 20. Jahrhundert. Umrisse einer Sozial-
geschichte der deutschen Lehrlinge", en Vierteljahrsschrift f Sozial- u. Wirl-
schaftgeschichte, 76, 1 [1989], p. 7).
"' M. Mitterauer, "Gesingedienst und Jugendphase im europiiischen Ver-
gleich", en Geschichte und Gesellschaft, 11 (1985), pp. 188 Y ss.
"H. Parigger (ed.), Das Bamberger Stadtrecht, Würzburg, 1983, p. 64.

[352 ]
Los GUARDlANF.5 DEL DESORDEN

2. M. Mitterauer, "Vorindustrielle Familienformen. Zur Funktionsentlas-


tung des «ganzen» Hauses im 17. und 18. Jahrhundert", en idem, Grundtypen
alteuropiiischer SozialfO'rmer!. Haus und Gemeinde in vO'rindustriellen Gesellschaften,
Stuttgart/Bad Cannstatt, 1979, pp. 74 Yss. Y 93; W. Hartinger, "Bayerisches
Diensbotenleben auf dem Land vom 16. bis 18.Jahrhundert~, en Zeitschriftfür
Bayerische Landesgeschichte, 38, (1975), p. 629. Y, para un tratamiento más
general: J. Schlumbohm, "Sozialstruktur und Fortpllanzung bei del' landli-
chen Bevolkerung Deutschlands im 18. und 19. Jahrhundert. Befunde und
Erkliirungsansiitze zu schíchtspezifisehen Verhaltensweisen", en E. Voland
(ed.), Forlpflan1.ung: Nalur und Kultur im WechselspieL Verseuch eines Dialogs zUJÍ-
schen Biologen und So1.ialwissenschaftlern, Francfort/M., 1992, pp. 322-346.
25 D. Groh, "Strategien, Zeit und Ressoureen. Risikominimierung. Unter-

produktivitiit und Mussepriiferenz. die zentralen Kategorien von Subsis-


tenzokonomien", en ídem, Anthropologische Dimensionen der Geschichte, Frane-
fort/M., 1992, pp. 54-113.
,. E. Strübin, Baselflieter Volkslebtm. Sitte und Brav.ch im Kulturleben der Gegen-
wart, Basilea, 1967, pp. 138 Yss.
~7 E. Hoffmann-Krayer, "Knabenschaften und Volksjustiz in der Sehweiz",
en ídem, Kleine Schriften zur Volkskunde, edil. por P. Geiger, Basilea 1946,
pp. 124-159, yen particular la p. 125.
'" Ibídem, pp. 125 Y ss.
'" G. Caduff, Die Knabenschaften Graubündens. Eíne volkskundlích-kulturhisto-
rische Studie, Chur, 1932, pp. 23 Y ss.; H. Métraux, Schweiz.er jugendleben in fünf
jahrhunderten. Geschíchte und Eígenarl der jugend und ihrer Bünde ím Gebiet der
protestantischen deutschen Schweiz, Zúrich, 1942, pp. 40-51.
50 Strübin, Baselbieter Volksleben, p. 140.

11 Iflidem, p. 143.

'" K. R. V. Wikman, Die Einleitung der Ehe. Eine vergleichende ethno-soziokr


gische Untersuchung über die Vorstufe der Ehe in den Sitten des schwedischen Volks-
tums, Abo 1937, en particular las pp. 55-162 Y 369 Y ss.; Mitterauer, Sozialges-
chichte derjugend, pp. 17l Y ss.; R. Beck, "Illegitimitiit und voreheliche Sexua-
litiit auf dem Land. Unterfinning 1671-1770", en R. van Dúlmen (ed.), Kultur
der einfachen Leute. Bayerisches Volksleben vom 16. flis 1.um 19. jahrhundert,
Múních, 1983, pp. 112-150 y 233 Y ss.; J.-L. Flandrin, "Repression and Chan-
ge in the Sexual Life ofYoung People in Medieval and Early Modern Times~,
en journal of Famíly Hístory, 2 (1977), pp. 196-210; l. Pe ter, Gasslbrauch
und Gasslspruch in Ósterreich, Salzburgo, 1981, 2.' ed., y en particular las
pp. 155-187.
" Cf con la institución de las "Ugadias~, es decir, las Miidchenvogteien en
Caduff, Die Knabenschaften Graubündens, op. dt., pp. 77 Yss.
.. Ibídem, pp. 67-74; Strübin, Baselflieter Volksleben, pp. 140-142.
'lO E. Menolfi, Sanktgallische Untertanen ím Thurgau. Eine sozialgeschichtliche

Untersuchung über die Herrschaft Bürglen (TC) im 17. und 18. jahrhundert, Sankt
GaUen, 1930, p. 286.
M Schweizerisches Archiv f Volskunde, 1 (1897), pp. 144-147.

" A. Doner, Tiroler Fasnacht innerhalb der alPenliindísclum Winter- und Vor-
frühlingsbriiuche, Viena, 1949, pp. 30 Y ss.
'" Caduff, Die Knabenschalten Granbündens, 31.

[353 ]
HISTORIA DE LOS JÓVENES

'9 C. Helbling, "Die Knabenschaften in Rapperswil", en Schweizerisches


Archivf Volkskunde, 21 (1917), pp. 121-135.
41' Hoffmann-Krayer, Knabenschaften und Volksjustiz, op. cit., pp. 132 Y SS.;

idem, "Die Fastnachtsgebrauche in del' Schweiz", en Schweizerisches Archiv f


Volkskunde, 1 (1897), pp. 264-268.
41 P. Meintel, "Die Organisation del' Kilbigesellschaft in Schwyz", en

SchweizerischesArchivf Volkskunde, 19 (1915), p. 182.


" Davis, Narrenherrschaft, pp. 106-135; Mitterauer, Sozialgeschichte der
Jugend, pp. 195-197.
" P. Burke, Helden, Schurken und Narren. Europiiische Volkskultur in der jrühen
Neuzeit, Múnich, 1985, pp. 205 Y ss.
44 Se encuentra considerable material sobre las costumbres invernales del

Kliipfeln, Perchtenlaufen y Sternsingen, en H. Moser, Volksbriiuche im geschichtlichen


Wandel. Ergebnisse aus Jünzig Jahren volkskundlicher Quellenforschung, Múnich,
1985, pp. 1-97; H. Schuhladen, "Zur Geschichte von Perchtenbriiuchen im
Berchtesgadener Land in Tirol und Salzburg vom 16. bis zum 19. Jahrhun-
dert. Grundlagen zur Analyse heutigen Traditionverstandnisses" en Bayeris-
ches Jahrlrnch f Volkskunde, 1983-1984, pp. 1-29; R. Bendix/T. N eff, Silves-
terkliiuse in Urniisch, Sankt Gallen, 1984.
4' Schweizerisches Archiv f Volkskunde, 1 (1897), p. 146.
4" Hoffmann-Krayer, Knabenschaften und Volksjustiz, op. cit., p. 141.
n Meintel, Kilbígesellschaft, p. 183.

'" Ibídem.
49 W. Kaschuba, Volkskultur zwischen feudaler und bürgerlicher Gesellschaft. Zur

Geschichte eines Begriffs und seiner gesellschaftlichen Wirklichkeit, Francfort/Nueva


York, 1988, pp. 166 Y ss. Y 203 Y ss.; C. Lipp, "Katzenmusik, Krawalle und "Wei-
berrevolution». Frauen im politischen Protest del' Revolutionsjahre", en idem
(ed.), Schimpfende Weiber und patriotischeJungfrauen. Frauen im Vormiiz und in der
Revolution 1848/49, Moos/Baden-Baden, 1986, pp. 112-130.
>O Ibídem, p. 182.

51 Helbling, KnabenschaJten in Rnpperswil, p. 127, nota 1.

52 Caduff, Die Knabenschaften Graubündens, p. 209.

" Ibídem, p. 207.


,',4 Tbídem, pp. 188-194.

',>, H. Maurer, Schweizer und Schwaben. Ihrer Begegnung und ihr Auseinanderle-
ben am Bodensee im Spiitmittelalter, Constanza, 1991, 2." ed., pp. 33-50.
S(, B. Meyer, "Del' Thurgauer Zug von 1460", en Thurgauische Beitriige zur
vaterliindischen Geschichte, 97 (1960), pp. 15-47.
57 H. G. Wackernagel, "Maskenkrieger und Knaben im Schwabenkriege

von 1499", en ídem, Altes Volkstum der Schweiz. Gesammelte Schriften zur historis-
chen Volkskunde, Basilea, 1956, pp. 247-249.
58N. Schindler, "Heiratsmündigkeit und Ehezwang. Zur popularen Rügesit-
te des Ptlug- und Blochziehens", en Idem, Widerspenstige Leute. Studien zur Volks-
kultur in der jrühen Neuzeit, Francfort/M., 1992, pp. 175-214 Y 361 Yss.
S!l G. Korff, "Heraus zum l. Mai. Maibrauch zwischen Volkskultur, bürger-

licher Folklore und Arbeiterbewegung", en Van Dülmen/Schindler (ed.),


Volkskultur, op. cit., pp. 252 Y ss.
60 ef con la crítica relativización de la hipótesis de los female networks, en

[354}
Los GUARDIANES DEL DESORDEN

L. Roper, "Gendered Exchanges: Women and Communication in Sixteenth-


Century Germany", en Kommunikation und Alltag in Spiitmittelalter und fTÜher
Neuzeit, Viena, 1992 (de próxima publicación). Agradezco a la autora que me
haya permitido estudiar el manuscrito.
61 J. Baader (ed.), Nürnberger Polizeiordnungen aus dem XII/. bis xv. Jahrhun-

dert, reimpresión, Amsterdam, 1966 (l." ed., Stuttgart, 1861), p. 84.


62 Obras de Martin Luther, Correspondencia (WA) , vol. X. nO 3985,

pp. 500 Y ss.


" Artículo 22 del "Konstanzer Zuchtordnung von 1531", en O. Feger
(ed.), Die Statutensammlung des Stadtschreibers Jiirg Vogeli, Constanza, 1951, p.
58; "Berner Mandat vom 8.11.1600", en H. Rennefahrt (ed.), Die Rechstquellen
des Kantons Bern, vol. X, "Das Stadtrecht von Bern X - Polizei, behórdliche
Fürsorge", Aarau, 1968, p. 13.
54 "Berner Sittenmandat vom 3.11.1625", en H. Rennefahrt (ed.), Die

Restquellen des Kantons Bern, vol. VI, 2' parte: "Das Stadtrecht von Bern VI-
Staat und Kirche", Aarau, 1961, p. 862.
l;' "Mandat vom 12.7.1626" (H. Rennefahrt [ed.], Die Rechtsquellen des Kan-

tons Bern, vol. X, p. 8).


6<> Ibidem, pp. 10 Y ss.

67 M. Bless-Grabher, "Liederliche Weibsbilder, Ehrenjungfern und Frauenzim-

mer". Frauen in alten Wil, Wil, 1986, p. 26.


GH Ibidem, p. 27.

69 H. Rennefahrt (ed.), Die Rechtsquellen des Kantons Bern, vol. X, p. 14.

70 "Überlinger Ratsverordllung von 1555", en V. Mezger, "Die Fasnacht in

Überlingen", en Schriften d. Vereins f Geschichte d. Bodensees u. seiner Umgebung,


60 (1932-1933), p. 28.
7t H. Medick, "Spinnstuben auf dem Dorf.]ugendliche Sexualkultur und

Feierabendbrauch in der landlichen Gesellschaft der frühen Neuzeit", en G.


Huck (ed.), Sozialgeschichte der Freizeit. Untersuchungen zum Wandel der Alltags-
kultur in Deutschland, Wuppertal, 1980, pp. 19-49.
72 Felix Platter, Tagebuch, op. cit., p. 55.

7:l Ludwig Lavater 1569 (Hoffmann-Krayer, Die Fastnachtsgebriiuche in der

Schweiz, p. 57). Se encuentran también instructivos ejemplos del grosero jue-


go de papeles ligado a ello en H. Moser, "Zur Geschichte der Maske in
Bayern", en L. Schmidt (ed.) Masken in Mitteleuropa. Volkskundliche Beitriige zur
europiiischen Maskenforschung, Viena, 1955, pp. 114 Y ss.
74 F. E. Welti (ed.), Die Rechtstquellen des Kantons Argau, primera parte, vol.

111: "Die Stadtrechte von Kaiserstuhl und Klingnau", Aarau, 1905, nO. 53, p. 66.
"W. Merz (ed.), Die Rechstquellen des Kantons Argau, segunda parte, vol. 11:
"Die Oberamter Kónigsfelden, Biberstein und Kasteln", Aarau, 1926, nO 123,
p.248.
76 "Y si alguien es encontrado de noche en las viñas, habrá de entregar X

caballos o una mano". ("Der Stadt Rheinfelden Rechte und Gewohnheiten


von 1530", en F. E. Welti (ed.) Die Rechtsquellen des Kantons Argau, primera par-
te, vol. VII: "Das Stadtrecht von Rheinfelden", Aarau, 1917, p. 230.
77 Renward Cysat, Collectanea chronica und Denkwürdige Sachen pro Chronica

Lucernensi et Helvetiae, sección primera, vol. 1, primera parte, edito por VonJ.
Schmid, Lucerna, 1969, p. 131.

[355J
HISTORIA DE LOS JÓVENES

" Ch. Studer (ed.), Rechtsquellen des Kantons Solothum, vol. II: "Mandate,
Verordnungen, Satzungen des Standes Solothurn von 1435 bis 1604", Aarau,
1987, n 2 34, p. 92.
~l D. Fabre, "Die Familie. Privates Leben und Brauchtum im Widerstreit",
en P. Aries/R. Chartier (eds.), vol. 111: "Von der Renaissance zur Aufklarung",
Francfort/M., 1991, p. 552 (versión española, Historia de la vida privada, "Del
Renacimiento a la Ilustración'" Taurus, Madrid, 1989).
HO W. Merz (ed.), Die Rechtsquellen des Kantons Argau, primera parte, vol. V:

"Das Stadtrecht von Zofingen", Aarau, 1914, p. 262.


'1 "Berner Policeyreg1ement vom 24. 5. 1748", en H. Rennefahrt (ed.), Die
Rechtsquellen des Kantons Rem, primera parte, vol. X: "Das Stadtrecht von Bern
X. Polizei, behordliche Fürsorge", Aarau, 1968, p. 37.
"En una ordenanza de Berna de 1591 ya se menciona "el pernicioso lan-
zamiento de piedras sobre las praderas... casi siempre de noche" (das schiidli-
chest steinwerfen an die l'vfattm... 'TIU!hertheils by nacht), (ídem, p. 6, nota 1).
"' H. Rennefahrt (ed.), Die Rechstsquellen des Kantons Bern, parte primera,
vol. VI, segunda mitad: "Das Stadtrecht von Bern VI. Staat und Kirche",
Aarau, 1961, nO 31 yp. 962.
"4 Ibídem.

05 También en Zug se prohibieron en 1741, aludiendo a los "ancianos,

enfermos y quebradizos" (Kranken, Presthaften und allen Leute) las perturba-


ciones de la tranquilidad nocturna (E. Gruber [ed.], Die Rechtsquellen des Kan-
tons Zug, vol. 1: "Grund- und Territorialherren. Stadt und Amt", Aarau, 1971,
p.482).
" Ch. Studer (ed.), Die Rechtsquellen des Kantons Solothurn, vol. 11, pp. 92,
156, 176, 224 Y SS.; 228, 246 Y ss.; 259, 267 Y 291.
87 Aktensammlung zur Geschíchte der Basler Reformation, vol. 11, p. 376.

AA Ch. Studer (ed.), Die Rechtsquellen des Kantons Solothurn, vol. 11, p. 156.

l!9 "Tras lo cual se cantaron toda clase de canciones impropias y ofensi-

vas, en las que se denostaba a muchas personas civiles y eclesiásticas, bur-


lándose de ellas, injuriándolas e hiriéndolas, y también se escuchaban toda
clase de palabras sucias y soeces de jóvenes y viejos de día y a la noche, lo
que ocasionó no pocas querellas y mucho furor... ". ("Basler Ratsmandat
vom 10.2.1526", en Aktensammlung zur Geschichte der Rasler Reformatíon,
vol. 11, pp. 230 Y ss.).
9<J Ch. Studer (ed.), Die Rechtsquellen des Kantons Solothum, vol. 11. p. 176.

91 Scribner, Reformatíon, Karneval und die "verkehrte ~lt", pp. 117-152; N.

Schindler, "Karneval, Kirche und verkehrte Welt. Zur Funktion der Lachkul-
tur im 16. ]ahrhundert", in ídem, Widerspenstige Leute, pp. 144 Yss.
.. "Urfehde vom 18.6.1522", en Aktensammlung zur Geschíchte der Rasler
Reformation, vol. 1, Basilea, 1921, p. 37.
9' "Crfehde vom 25.2.1527" en Aktensammlung zur Geschichte der Rasler

Reformation, vol. 11, p. 440. Sobre el ritual de la provocación con intención de


sacar a alguien de su casa: K.-S. Kramer, "Das Herausfordern aus dem Haus.
Lebensbild eines Rechtsbrauches", en Bayerische Jahrbuchf Volkskunde, 1956,
pp. 121-138; H. Heidrich, "Grenzübergange. Das Haus und die Volkskultur in
der frühen Neuzeit", en Haus und die Vo/.kskultur und der frühen Neuzeit, en Van
Dülmen (ed.), Kultur de,. einfachen Leute, pp. 17-41.

(356) f,
t
Los GUARDIANES DEL DESORDEN

94 "Urfehde vom 2.10.1532", en Aktensammlung %111' Geschichte der Basler


Reformatíon, vol. VI, Basilea, 1950, p. 141.
.. "Urfehde vom 31.3.1529", en Aktensammlung ZU1' Geschichte der Basler
Reformation, vol. III, Basilea, 1937, p. 382.
96 Ibídem, vol. 4. Basilea, 1959, p. 267.

97 "Urfehde vom 15.1.1533", en ibídem, vol. VI, p. 226.

'JI! "Urfehde vom 10.8.1532", en ibídem, p. 110.

'" "Urfehde vom 3.4.1530", en ibídem, vol. IV, p. 390. Cf también con i!Ji,..
dem, pp. 389 Y 394 Y ss.
100 "Urfehde vom 5.4.1530", en ibídem, p. 393.

101 "Urfehden vom 1.8.1530", en ibídem, p. 543.


JO, Ibídem, p. 544.
10' Ibidem, p. 543.
1" "Urfehden vom 5.4.1530", en ibídem, pp. 393 Yss.
10' Ch. Studer (ed.), Die Rechtsquellert des Kantons Solothum, vol. n, p. 176.

1" F. E. Welti (ed.), Die Rechtsquellen des Kantons A1'gau, primera parte,
vol. VIII, nO 181, p. 164.
107 Otras ordenanzas suizas contra los ruidos nocturnos dictadas entre los

siglos xv y XVII (tomados de la Sammlung Schweizerischer Rechtsquellen):

1442-43 Rheinfelden/AG (Aargau, parte 1, vol. VII, p. 63)


1491 Berna (Berna, parte 1. vol. X, p. 1)
1501 Rheinfelden/AG (Aargau, parte 1, vol. VII, pp. 188 Yss.)
1502 Berna (Berna, parte 1, vol. X, p. 1)
1532 Lenzburg/ AG (Aargau, parte 1, vol. IV, p. 268)
1532 Berna (Berna, parte 1, vol. X, pp.8 Yss.)
1541 Basilea (Rechtsquellen von Basel, ed. por Von].
Schnell, Basilea, 1856, p. 379)
1557 Bremgarten/AG (Aargau, parte 1, vol. IV, p. 113)
1560 Kaiserstuhl/AG (Aargau, parte 1, vol. III, p. 105)
1580-90 Berna (Berna, parte 1, vol. 6/2, p. 839;
vol. X, p. 12)
1606 Berna (Berna, parte 1, voL X, pp. 20 Yss.)
1636-41 Zug (Zug, vol. 1, p. 471)
1645 Baden/AG (Aargau, parte 1, vol. 11, p. 308)
1670 Glarus (Glarus, vol. 11, pp. 950 Yss.)
1673 Freie Árnter (Aargau. parte 1, vol. VIII. p. 605)
1681 Kaiserstuhl/ AG (Aargau, parte 1, vol. I1I, p. 18)

lOS W. Merz (ed.), Rechtsquellen des Kantons Aa1'gau, parte primera, vol. V.

pp. 262 Y351.


¡09 Die Ch1'oniken der deutschen Stiidte vom 14. bís ins 16. jahrhundert,

vol. XXIX: "Augsburgo [Preu]", p. 73, nota 2.


¡JO C. Moser-Nef, Die freie Reicrustadt und Republik Sankt Callen. Geschichte

ih1'er Verfassung und staatsrechtlichen Entwicklung, voL III, Zúrich/Leipzig, 1934,


p.777.
111 Renward Cysat, Collectama Ch1'onica, sección primera, vol. 1, primera

parte, p. 131.

(357)
I
HISTORIA DE LOS JÓVENES

112 F. Rothenflue, AUgemeine C,eschichte der Landschaft Toggenburg (sin lugar),

(Niederbüren), 1886, pp. 208 Yss.


•" Moser-Nef, Sankt Gallen, vol. V, p. 106, Yvol. III, p. 899.
114 lmde:m, p. 819.

115 Moser-Nef, Sankt Ganen, vol. V, p. 302.

Jl6 Moser-Nef, Sankt Ganen, vol. TII, pp. 799 Y813.

m lmdem, p. 803.
118 lmdem, p. 806.

m Hay un ejemplo temprano del uso intensivo de la violencia por parte


de las fuerzas del orden en G. Schwerhoff, Kiiln im Kreuzverhiir. Kriminalítiit,
He:rrschaft und C,esellschajt in eine:r friihneuzeitlichen Stadt, Bonn/Berlín, 1991,
p.306.
12<1 N. Schindler, "Die Entstehung der Unbarmherzigkeit. Zur Kultur und

Lebensweise der Salzburger Bettler am Ende des 17. Jahrhunderts", en ídem,


Widerspenstige Leute, p. 293.
m H. Rennefahrt (ed.), Die Rechtsquellm ths Kilntoos Rem, vol. X, p. 41 (el
subrayado es del autor).
m Imdem, p. 42. Cf con W. Schivelbusch, Lichtblicke. Zur Geschichte der küns-
tUchen Helligkeit im 19. Jahrhundert, Francfort/M., 1986, p. 98 .
... Strübin, Baselmeler Volksleben, pp. 143 Y SS.; Dórrer, Tiroler Fasnacht,
pp. 34 Y ss.
'" F. Stucki (ed.), Die Rechtsquellen des Kilntans Glarus, vol. I1I, Aarau, 1984,
p.1304.
m lltidem, p. 1503.
12ü Ch. Studer (ed.), Die R.echtsquellen des Kilntons Solo/hum, vol. 11, p. 374.

Cf también los ejemplos citados por Moser-Nef, Die freie Reichsstadt, Sankt
Ganen, vol. V, pp. 108,113 Y114.
127 Ch. Studer (ed.), Die R.echtsquellen des Kantons Solothurn, vol. 11, p. 375.

12" Dórrer, lIroler Fasnacht, pp. 36 Y ss.

129 L. Roper, "Mánnlichkeit & mannliche Ehre", en Joumal Geschichte, 1

(1991), pp. 28-37.


lJO Dorrer, Tiroler Fasnacht, p. 37; Caduff, Die Knabe:nschaften Grauúündens,

p.50.
1>. Ch. Studer (ed.), Die R.echtsquellen des Kiln/ons Solo/hum, vol. 11, p. 374;
pp. 375 Y 429.
'" StTÜbin, Baselmete:r Volkslebtm, p. 142.
'" Fabre, Die .Familie, pp. 562 Yss. Cf también con N. Z. Davis, "Charivari,
Honor and Community in Seventeenth-Century Lyon and Geneva", en
MacAloon (ed.), Rile, Drama, Spectacle: R.ehearsals toward a Theory of Cultural
Performance, Filadelfia, 1984, pp. 42-57.
'" E. P. Thompson, "Rough Music oder englische Katzenmusik", en ídem,
Plebeische Kultur und moralische Okonomie. Aufsiitze zur englischen Sozialgeschichte
des 18. und 19. Jahrunderls, ed. por D. Groh, Francfort/Berlín/Viena, 1980,
p.158.
m W. Kugler, "Die Kirchenvisitationen in der Superintendentur Mon-
heim van der Reformation bis zur Gegenreformation", en Zeitschíjt for baye-
'1
rische Kírchengeschichte, 33 (1964), p. 58.
'" R. Beck, "Der Pfarrer und das Dorf. Konformismus und Eigensinn im l,

[358)
Los GUARDIANES DEL DESORDEN

katholischen Bayern des 17./ 18. Jahrhunderts~, en R. van Dúlmen (ed.),


Armut, Liebe, Ehr~. Studien zur histmischen Kulturforschung, FrancfortjM., 1988,
p.135.
137 Tal refiere por ejemplo el párroco de Mógeldorf (cerca de Núrem-

berg) en la visitación de 1626: "Hace no mucho tuve que dar la comunión a


un anciano de ochenta años. Al preguntarle cuántos dioses hay, respondió:
seis. Ante lo cual le pregunté cómo podía decir algo así, si, teniendo los años
que tenía, no había aprendido al menos que no hay más que un solo Dios y
tres personas en la Trinidad. Ante lo que repuso: «Ah, ¿sólo hay uno? Yo pen-
sé que eran seis»" (K. Leder, Kirche und Jugend in Nürnberg und seinem Landf!!"
met 1400ms 1800, Neustadt/Aisch, 1973, p. 159.)
El acento en la instrucción religiosa de niños y jóvenes, que comienza
en general en torno a 1600, y tal vez incluso antes en los territorios protes-
tantes, se deriva de las malas experiencias de los misioneros: los adultos con-
sideraban el adoctrinamiento público y la reprensión como algo deshonroso,
por lo que solían mantenerse alejados de la catequesis. Seguramente es por
ello por lo que se afirma, en el edicto eclesiástico de Hohenlohe de 1588, que
en el caso de los adultos y ancianos no cabía examinar sus conocimientos
"por toda clase de razones imperiosas e importantes", sino que había que
adoctrinarles con gran cuidado y paciencia, y tratar de que "aprendiesen [ ... ]
de los niños" en las catequesis oficiales para niños (E. Sehling [ed.] Die roan-
gelischen Kirchenurdnungen des XVI. Jahrhunderts, vol. XV, Tubinga, 1977,
p. 278). Cf. también con: J. Schmidlin, Die kirchlichen Zustiinde im Deutschland
vur dem Dreissingjiíhrigen Krieg, vol. I1I, Friburgo, 1910, pp. 28 Yss.; R. Steinmetz.
"Volkshildung in Bayern. Zur Situation des niederen Schulwesens in Gegenre--
formation und Aufkliirung", en H. Gerndt, W. AA. (ed.), Dona Ethnologíca
Monacensia. Festlchrift f. L. Kretzenbacher zum 70 Ceb., Múnich, 1983, p. 213;
E. Hegel, Geschichte des Erzmstums Kaln, vol. IV, Colonia, 1979, p. 312.
Leder, KÍTche und Jugend in Nürnberg, p. 204. Acontecimientos como
éste -así como, desde luego, la protección de los valiosos vidrios- aparecen
a menudo en las ordenanzas de las autoridades. Por lo mismo, con posterio-
ridad a 1674 se añade un nuevo artículo al Libro del Land Langwies, Grau-
bund, en el que se dice "que se prohíbe arrojar bolas de nieve o piedras, en
particular contra las iglesias o ayuntamientos" ("ess verbotten [ist/, mit schnee
oder steinen zu wiírfen und sonderurh l!y der chirchen und ratMauss") (E. Meyer-
Marthaler, [ed.l, Die R.echtsquellen des Kantons Graubünden, segunda parte,
vol. 1: "Gericht Langwies", Aarau, 1985, p. 223).
l4" S. Riezler, Ceschíchte Baierns, vol. IV, Gotha, 1899, p. 574; F. J.
Lipowsky, Geschichte der jesuiten in Baiern, vol. 1, Múnich, 1816, p. 276. Vid.
también, en general: E. W. Zeeden, Die Entstehung der Konfessionen. Grund-
lage und formen der KonJessionsbildung im Zeitalter der Glaubenskiimpfe.
Múnich/Viena, 1965, p. 103.
,.. "Abschrift ¡m Gemeindebuch von Flirsch/ Arlberg" (archivo parro-
quial), pp. 220 y ss.
Imdem,p.220
1" Strúbin, Baselmeter Volksleben, p. 135.
,.. Unanstendigkheiten, p. 221.
1" Felix Platter; 1agebuch, p. 327.

[359]
HISTORIA DE WS JÓVENES

..6 Strübin, Baselbieter Volksleben, p. 141.


..1 Cit. según Beck, Der Pfarrer und das Dar/, p. 136; Ytambién pp. 133-135.
"" lbidem, p. 137.
144 Birlinger, Aus Schwaben, voL n, p. 227. Para incidentes similares en la

Franconia media protestante: K...s. Kramer, ",-\ltere Spuren burschenschaftli-


chen Brauchtums in Mittelfranken", en jahrbuch f. friinkische Landesfarschung,
20 (1960), pp. 381-383.
1',0 Thompson, lWugh Music, pp. 131-168; N. Z. Davis, Narrenherrschaft,

pp. 106-135; J. le Goff/J.-CL Schmitt (eds.), Le Charivari. Actes de la table roo-


de... , París, 1981.
1" Algunas de las causas que motivaron la sublevación del campesina-
do bávaro en 1705-1706 fueron la negativa de los hijos solteros de los cam-
pesinos y de los jornaleros a someterse a la talla e ingresar en el ejército
imperial, una protesta que los campesinos apoyaron aunque sólo fuera por
razones económicas (S. Riezler/K. von Wallmenich [ed.], Akten zur ('xes-
chichte des bairischen Bauernaufstandes, 1705/06, voL 1, Múnich, 1915, pp. 28
Y ss.; Ch. Probst, Lieber bayrisch sterben. Der bayrische Volksaufstand der jahre
]705 und 1706, Múnich, 1978, pp. 139-180). En cuanto al papel que
desempeñaron las corporaciones juveniles en los levantamientos campesi-
nos, cf. también con H. G. Wackernagel, "Der Trinkelstierkrieg vom Jahre
1550", en ídem, Altes Volkstum der Schweiz, pp, 222-243; L Werlen, "Die Walli-
ser Mazze- ein RebellionsrituaJ", en Zeitschr. f. Volkskunde, 74 (1978).
pp. 167-197; A. Suter, "Troublen" im Fürstbistum Basel, (1726-1740). Ein Fallstu-
die zum biiuerlíchen Widerstand im 18. jahrhundert, Gotinga, 1985, pp, 355-
368 Y 198 Y ss.
'" J ohann J. Bodmer, Historische Erziihlungen, die Denkart und Sitten der Alten
zu entdecken, Zúrich, 1769, p, 237, cit. según R Wolfram, "Der «aussere Stand»
in Bern und die Entwicklung stiidtischer Jungmannerverbiinde in der
Schweiz", en ídem, Studien zur iilteren Schweizer VoZkskultur. Mythos, Sozialard-
nung, Brauchbewusstsein, Viena, 1980, p. 217, nota 312 .
•" Hoffmann-Krayer, Knabenschaften und Volksjustiz in der Schweiz, pp. 133-
137, pp. 148 Yss.
)54 Cadufl, Die Knabenschaften Graubiíndens, pp. 243 Yss.

15' "Glarner n.nnibergbrief vom 27.4.1746" F. Stucki (ed.), Die ReschsqtU-


llen des Kantons Claros, voL 111, p. 1012.
"b lbidem, p. 1013.
157 St>\ Traunstein. "Ratsprotokoll vom 3.8.1689", folios 6Q.62.

158 St>\ Traunstein. A V 16,26 ("Gerichtiliche Vernehmung der Geschadig-

ten vom 24.2.1644"). - Losjóvenes se aprovechaban del hecho de que el lanza-


miento de bolas de nieve seguía enjuiciándose, en contraste con el de piedras,
como "delito de caballeros", es decir, como una falta menor, aunque sus con-
secuencias fuesen muy similares. y, así, los muchachos de Augsburgo bombar-
dearon en 1647 el lujoso cortejo de trineos de los patricios con tal fruición que
se prohibió el lanzamiento de bolas de nieve mediante un decreto del ayunta-
miento y se contrató expresamente a cuatro vigilantes para mantenerlos a raya
e impedir ulteriores desmanes (Birlinger, Aus Schwaven, voL n, p. 23).
159 F. EIsener (ed.), Die Rechtsquellen des Kantlrns Sankl Callen, tercera par-

te: "Die Rechte del' Lanschaft", voL 1: "Lanschaft Gaster", Aarau, 1951, p. 558.

[360)
Los GUARDlANf.'I DEL DESORDEN

100 Ibídem.
16' Destacan este rasgo igualitarista, ante todo de los grupos juveniles
rurales: Davis, Narrenherrschaft, pp. 118 Y 120; R. Muchembled, "Die
Jugend und die Volkskultur im 15. Jahrhundert. Flandern und Artois", en
P. Dinzelbacher/H.-D. Mück (ed.), Volkskultur des euroPiiíschen Spiitmittelal-
ters, Stuttgart, 1987, pp. 35-58. Las formas tradicionales de la culturajuve-
nil no empezaron a desaparecer en el ámbito rural hasta avanzado el si-
glo xx, viéndose sustituidas por una cultura asociativa local. Las investiga-
ciones de la "historia oral" de Gestrich realizadas en una comunidad de
trabajadores de Wurttemberg subrayan la quiebra de tal tradición durante
la 1 Guerra Mundial (A. Gestrich, TraditioTU!lle jugendkultur und Industríalj-
síerung. Sozialgeschichte der jugend in eíner liindlichen Arbeítergemeínde Würt-
tembergs 1800-1920, Gotinga, 1986, pp. 101 Y 115). El trasfondo de este
fenómeno lo constituye el cambio de las estructuras socioeconómicas por
la introducción del trabajo fabril, que disolvió los círculos endogámicos de
los pueblos y acortó la fase de la adolescencia al reducirse la edad en que
se contraía matrimonio (ibídem, pp. 102 Yss.).
1", Son de gran interés las afirmaciones de las personas interrogadas por

Gestrich de que la prolongada "ausencia de tantos hombres jóvenes" duran-


te la 1 Guerra Mundial "tuvo por efecto la disolución de muchas tradiciones
importantes" (de la cultura juvenil). (Gestrich, Tradítionellejudgenkultur und
Industrialisierung, p. 115). "A los jóvenes [ ... ] les faltaron durante la guerra los
mayores, que habrían podido suministrarles los «instrumentos» necesarios
para las prácticas de la subculturajuvenil del pueblo ... " (ibídem, p. 101).
,., StA Traunstein, R 17/2, "Pl1eggerichtsrechnungen von 1616" (uentas
de la Curaduría de 1616), negociado de Miesenbach, folio 6.
1M Ibídem, folio 7.

165 Die Chroniken der deutschen Stiidte vom 14. bis ins 16. jahrhundert, vol. XXV

("Augsburg: Rem"), Reimpresión, Gotinga, 1966, p. 7.


166 Die ehroniken der deutschen Stiidte, vol. XXIII ("Augsburg: Sender"),

Reimpresión, Gotinga, 1966, p. 358.


161 Los aspectos violentos aparecen subrayados en Muchembled, Die

jugend und die Volkshultur im 15. jahrhundert, pp. 35-58. ef también con:
Schwerhoff, Koln im Kreuzverhiir, pp. 304 Y307 Yss.
168 Strübin, Baselbieter VolksÚiben, pp. 29 y ss., 141 Y SS., Y 146-148.

169 Mitterauer, Sozialgeschichte der jugend, p. 173; Gestrich, Traditionellt!

jugendkullur und Industrialisíerung, pp. 106-111.


"" ej, por ejemplo con W. Mezger, Narreteí und Tradition. Die Rottweíler Fas-
net, Stuttgart, 1984, pp. 66 Y ss. Muy similar, y sin duda representativo de la
historia de las cencerradas y alborotos propios del carnaval, es el desarrollo
de la figura central de la noche de carnaval de Überlingen, el HiinseÚi, cuya
primera mención data de mediados del siglo XVIII: sus latigazos resultaban tan
duros al oído de la honorable burguesía, que llegó a prohibirse «su indecen-
te chasquido" (das unanstiindige schnalzen) ya en 1789, así como en otras oca-
siones en el transcurso del siglo XIX, al parecer sin éxito. Hacia 1822 se decía:
"Como el uso y el chasquido del látigo llega a límites insoportables, nos
vemos obligados a prohibir de nuevo y del modo más tajante estos desmanes"
(Da das SchnaJzen und Peítschen wieder so sehr und bis zur giinzlichen Unertriiglich-

[ 361)
HISTOIUA DE LOS JÓVENES

keit überhand nimt, SO siehet man sich genothígt, díf'sen Unfug aufs nene und schar{s·
te eínwbíethen) (D. H. Stolz, "Die Fastnacht in Überlingen", en H. Bausinger
(ed.), Masken zwischen Spíel und Emst. Beítrage des Tübínger Arbeítskreíses für Fas-
nachtsforschung, Tubinga, 1967, pp. 97 Yss. Y 103).
l7l Zimmernsche ehmnik, edito por A. Barack, vol. m, Stuttgart, 1869, p. 460.

En Colonia se decía de quienes practicaban este arte que "U'inaban como el


ruiseñor, titaban como el pavo, berreaban como el ciervo... " (F. IrsiglerI A.
Lassota, Bettlerund Gaukler; Dimen und Henker. Randgruppen und Aussenseíter in
Kiiln I3()()'1600, Colonia, 1984, p. 126).
172 R. Weíss, Voll!skunde der Schweí.z. Grnndriss, Erlenbach-Zúrích, 1946,

pp. 231 Yss.


'" ej también con Peter, Gasslbrauch, pp. 117-122.
l74 H. Moser, "Vom Folklorísmus in unserer Zeit", en ídem, Voll!slmiut:he im

geschichtlichen Wandel, pp. 336-358.


'" "Beruff ains Ersamen Rats/der Stat Augspurg/Zu Pflanzung Chri~
tlichs/züchtigs und erbers leben", de 11-9-1546, en StA Augsburg, Sammlung
Anschliige und Dekrete 149()'·1649, nO 20.
176 "Rentmeisterumrittsprotokolle Oberland, Generalia vom 8.6.1654", en

StA Traunstein, A XIII 6,1, sin foliar.


177 Ibídem.
17' ej, por ejemplo, con Dorrer, Tiroler rasnacht, pp. 49 Y ss.
17" "Beschwerdebrief des Ptlegers Ladislaus von Torring an den Traun~

teiner RaL vom 30.5.1618". (Carta de protesta del curador Ladislao de


Torring al Consejo de Traunstein de 30-5-1618), en Sta Traunstein, A V
16,16.
,"o ej también con Fabre, Die Familie, pp. 565 Yss.

1M Dorrer, Tiroler Jiasnacht. pp. 33-40, en particular las pp. 38 Yss.; R. Wol-

fram. "Burschenbrauchtum, Rügegerichte und Katzenmusiken in Südtirol",


en FesL5,hrift j O. HiiJler zum 75. Ceb., sin año y sin lugar, pp. 721-741, en par-
ticular las pp. 726 Yss. Y738.
,., Art. 10 de la Ley de la Administración Local de Elchingen, "Mfalter·
wang etc. von 1766" (F. Wintterlin [ed.J, Württembergische Liindliche Rechst~
!len, vol. 1, Stuttgart, 1910, p. 244).
,., Caduff, Díf? Knabenschaften Graubündens, pp. 179-187.
1'4 F. Stucki (ed.), Die Rechstquellen dRs Kanwm Glarus, vol. 111, pp. 1322 Yss.

'''' En la ordenanza de traslados (Fahrtsmandat) del 9.4.1792 se decía "que


para desdoro de esta fiesta de conmemoración muchos [chicos] se han com-
portado, en particular en el coro de las iglesias, con poco comedimiento y
malos modos, charlando y bebiendo" (das zu gmsser unanstandigkeit dieses wie-
dergediíchnuss fest vide [Knaben] besonders in der kírchen bey dem ckor mit fürwitz
und eítelm gwünder, schwiitzen und trucken sich auff(efürt (ibídem, p. 1108). CJ.
también con G. Thürer, Kultur des alten Landes Glarus. Studie des Lebem eíner
eidgeniissischen Demokratie im 16. Jahrhundert, Glarus 1936, pp. 271 Y 460-463.
'"' En sus intentos por describir la actividad del Haberftldtreíber como un
"tribunal de moralidad bávaro" tradicional (Breibeck), los historiadores han
caído en la trampa de la hábil autoescenificación de los Haberer, con la que
pretendieron disfrazarse de tradición. Esto vale esencialmente para la litera-
tura más antigua, pero incluso puede reprocharse al, por lo demás notable,

[362]
Los GUARDIANES DEL DESORDEN

estudio de H. Ettenhuber (H. E., "Charivari in Bayem. Das Miesbacher


Haberfeldtreiben von 1893" en R. van Dúlmen [ed.], Kultur der einfachen Leu-
te, pp. 180-207 Y 25()"257) .
• 87 Citado según Beck, Der Pfarrer und das Dar/, p. 136.

... Caduff, Die Knabtmschaften Graubiindens, p. 230.


189 Ibídem, pp. 233 Yss.
n
190 Ettenhuber, Charivari in Bayero, pp. 197 Y ss.; Hinrichs ·Charivari und

Rügellrauchtum in Deutschland, pp. 447 Y ss. Y 451460.

[363J