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Esta carta debería tratar sobre los rasgos de carácter que yo buscaría en quien quisiera

convertirse en psicoterapeuta. No sé decidir el orden, pero me gustaría encontrar todos estos:

1) Un gusto pronunciado por la palabra y un cariño espontáneo por las personas, por
diferentes que sean a usted. Le propongo una prueba un poco difícil, pero, al final,
usted debe tomar una decisión importante: converse con dos o tres personas que
viven en la calle, acérquese a ellos, déjelos hablar lo que, en general, nadie escucha
(salvo, justamente, los psicoterapeutas de los Centros de Atención Psicosocial). Si
usted logra escuchar, digamos, una hora, sin que el discurso (casi siempre incoherente)
quebrante su atención, y si no retrocedió instintivamente cuando ellos pararon una
mano percudida en su camisa o directo en su brazo, pasó la prueba. Repita, si es
posible, con otras muestras: pacientes psiquiátricos en una enfermería o en un
hospicio, pacientes terminales en un hospital general y personas asoladas por un luto.
Sé, claro, que son pruebas que pueden parecer extrañas y extremas, sugeridas por
alguien (yo, en este caso) que tiene desde siempre una simpatía (por no decir una
atracción) por las zanjas del mundo. Pero mi intención es prevenir. Mire bien, yo me
formé en una escuela de gente encorbatada o, entonces, alardeando camisas de seda
modelo Revolución Cultural China. Algunos años después de haber comenzado mi
práctica de psicoanalista, decidí trabajar durante un tiempo (fueron dos años) en un
IME (Instituto Médico-Educativo) del norte de Francia, en Le Havre. Yo sería terapeuta
de niños que solamente tenían en común el rasgo siguiente: todos – los papás, la
asistencia social, la escuela – habían renunciado a ellos y dejado de apostar en ellos.
Durante la visita preliminar para obtener el empleo, me senté en el patio de la
institución, contemplando la extraña agitación a mí alrededor. De repente, un niño,
bonito e inquietante por la mirada saltona, vino hasta mí, subió en mi regazo (yo
pensé: chévere, él me encuentra simpático, no?) y comenzó a comer mi rostro. No
eran mordidas, eran chupadas largas, de boca abierta, en los ojos, en la nariz, en las
mejillas; en un instante, mi cara estaba cubierta de una saliva espesa que tenía un olor
y gusto inconfundibles de café con leche, tan malo como solamente la institución
psiquiátrica lo consigue hacer. Duró una eternidad, y yo lo dejé, hasta que él mismo,
tal vez encontrando extraño que yo no le apartase de mí asqueado, paró y me quedó
mirando. Pasé mi mano en su cabeza, lento, para no asustarle, en un gesto que quería
decir; está bien, entendí que este es su forma de hablar, esta es (literalmente) su
“lengua”, puede hablar conmigo. El director de la institución, que estaba sentado a mi
lado, comentó; bueno, creo que usted fue aprobado. Y pensé lo siguiente: eso debería
haber pasado conmigo mucho tiempo atrás, antes de comenzar mi formación, cuando
aún daría para desistir. Por suerte, pasé en esta prueba tardía.

2) Una extrema curiosidad por la variedad de la experiencia humana con el mínimo


posible de prejuicio. Usted puede tener creencias y convicciones. Es más, es excelente
que las tenga, pero, si esas convicciones acarrean aprobación o desaprobación morales
preconcebidas de las conductas humanas, su chance de ser un buen psicoterapeuta es
muy reducido, para no decir nulo.
Explico mejor. Usted puede ser religioso, creer en un Dios, en una revelación y hasta
en un orden del mundo. Sin embargo, si esa fe significa para usted una noción del bien
y del mal que le permite saber de antemano cuáles conductas humanas son loables y
cuáles condenables, por favor, absténgase: su trabajo de psicoterapeuta será
desastroso.
La preocupación moral no es extraña al trabajo terapéutico, pero, para el terapeuta, el
bien y el mal de una vida no se deciden a partir de principios preestablecidos; ellos se
deciden en la complejidad de la propia vida de la cual se trata.
Un mismo síntoma puede ser la razón del éxito o del fracaso de una existencia. Si
usted sufre de insomnio, porque, por ejemplo, su historia lo condena a ser para
siempre el centinela de la casa, puede pasar que usted se torne el responsable
nocturno más confiable de una central nuclear o, al contrario, que usted atraviese la
vida de café en café, en una lucha extenuante contra el sueño que, obviamente, sobra
para el día. En resumen, el insomnio no es ni malo ni bueno. Ahora aplique la misma
idea al caso de una preferencia o de una fantasía sexual y entenderá que un terapeuta
que tuviese un juicio moral preconcebido sobre la tal fantasía o preferencia no tendría
condición de respetar la singularidad de su paciente.
Usted podría preguntar: pero será que no hay conductas que puedo juzgar como
despreciables, sea cual fuese su lugar, origen y función en la vida de mi paciente? Qué
hago, si mi tatarabuelo era Zumbi de los Palmares, y alguien se presenta, me cuenta
que odia los negros y orientales, cree en la supremacía de la raza blanca e quiere
ayuda porque (el ejemplo es real) solamente consigue desear cuerpos de otras razas?
Pues bien, de dos una: o usted puede escuchar ese paciente sin juicio moral
preconcebido (pero sin, en verdad) o, entonces, es un límite, un caso del cual usted no
puede ocuparse. Encamine para otro terapeuta que tal vez tenga límites diferentes.
Es fácil entender que, si usted tiene opiniones morales armadas sobre la mitad de los
actos posibles en esta tierra, es mejor dejar la profesión de terapeuta para quien tiene
más indulgencia por la variedad de la experiencia humana.

3) Este punto es controvertido: además de una grande e indulgente curiosidad por la


variedad de las experiencia humana, me gustaría que el futuro terapeuta ya tuviese,
en esa variedad, un cierto kilometraje rodado. Claro, se que Freud era, por lo que
parece, bien educadito, y eso no impidió que él se fuera capaz de lidiar como
terapeuta (y no como moralista) con síntomas y fantasías sexuales que su época
condenaba radicalmente. Tampoco impidió la “descubierta” de la existencia de la
sexualidad infantil, de la cual nadie quería siquiera escuchar hablar. Cómo lo
consiguió? Es que, en su propio análisis (o auto-análisis que fuera), él supo encontrar
fantasías y deseos que no eran muy distantes de los que animan vidas extrañas y
reprobadas socialmente. Él aprendió, en resumen, que es difícil, si no imposible,
encontrar “desvíos” por los cuales al menos una parte de nuestra mente no se haya
enganchado en algún momento.
Por qué cualquier terapeuta no haría lo mismo? Pasa que dudo que el coraje analítico
de Freud pueda ser compartido por muchos. Por eso, prefiero contar con la
experiencia efectiva, o sea, me gustaría que la capacidad de considerar la variedad de
las vidas y de las conductas con cariño e indulgencia viniese al terapeuta de la variedad
“animada” de su propia vida.
En el caso de Freud, esa exigencia habría sido inútil y engañosa. Pero, como considero
a Freud una excepción, en la hora de escoger un terapeuta, mi preferencia iría para
alguien que no fuese una carta-postal del conformismo. Por lo tanto, si usted estuviese
hesitando en escoger la profesión de psicoterapeuta solamente porque, por una razón
cualquiera, usted no es un modelo de normalidad, olvídese de esa preocupación.
Claro, es posible que usted aún encuentre en su camino instituciones de formación
muy preocupadas en no comprometer su aura de respetabilidad social. Hasta hace
poco tiempo atrás, por ejemplo, había institutos de formación de psicoanalistas que
consideraban que un o una psicoanalista no podría ser homosexual. La justificación era
que los tales sujetos no habrían llegado a la supuesta “madurez genital”, o sea, a
aquella etapa (pero sería mejor decir aquel estado) de la sexualidad en que las
personas tendrían sexo solamente para hacer hijos, bien correcto. Probablemente, se
trataba sobre todo de “hacerse el bonito” a los ojos de la sociedad bien pensada,
cuyos miembros son, al final, los “mejores” pacientes (o sea, en este caso, aquellos
que pueden pagar más). La prueba de eso es que los mismos institutos, durante años,
recusaron dar formación a candidatos que tuviesen algún tipo de deformidad física.
Decían que los defectos visibles impedirían que los pacientes idealizasen a su
terapeuta, como es necesario que pase, inicialmente, para que la cura funcione.
Los psicoanalistas eran, en el comienzo de la historia del psicoanálisis, un grupo de
excéntricos, marginales de la medicina y de las ciencias sociales. Se entiende que
algunos se pusieran ansiosos por ganar cartas de recomendación para los clubes
notables, normales y bonitos. Pero no se entiende que esa fachada de normalidad
pueda ser, hoy, un criterio en la hora de seleccionar candidatos para la formación.
En fin, si su vida sexual fuera un poco colorida y usted se encuentra con una institución
que condena su deseo, no hesite, pase de largo, siga adelante y busque otra
institución. Recuerde dos cosas. Primero, un psicoterapeuta (y aún más un
psicoanalista) que define una conducta como “desvío” no habla en nombre de la
psicoterapia y aún menos en nombre del psicoanálisis. Él habla sea en nombre de su
ansia de normalidad social, sea en nombre de su esfuerzo para reprimir en él mismo el
deseo que parece condenar. Segundo, y más general, quien estigmatiza categorías
universales, como “los homosexuales”, “los sadomasoquistas”, “los exhibicionistas”
etc., es un mayorista, mientas el psicoanálisis trabaja al por menor: la fantasía y el
deseo solamente encuentran su sentido en las vidas singulares.

4) El cuarto y último rasgo que me gustaría encontrar en el futuro psicoterapeuta es una


buena dosis de sufrimiento psíquico. Desaconsejo la profesión para quien está “muy
bien, gracias”, por dos razones.
Primero, una parte esencial de la formación de un terapeuta que trabajará con las
motivaciones conscientes o inconscientes de sus pacientes consiste en lo siguiente: el
futuro terapeuta debe, él mismo, ser paciente durante un buen tiempo. Cierto, es
posible, aparentemente, someterse a una terapia o a un psicoanálisis solamente por
razones didácticas, para aprender el método o, como dicen algunos, para conocerse
mejor. Pero insisto en el “aparentemente”, pues, de hecho, es improbable que un
psicoanálisis pase sin que un sufrimiento reconocido motive al paciente. El proceso no
es necesariamente desagradable, pero pide una determinación y un coraje que
pueden fallar más fácilmente en quien no precisa de tratamiento. Por qué diablos me
aventuraré a explorar el sótano de mi cabeza, lugares malolientes y arriesgados, si no
fuera empujado por la voluntad de resolver un conflicto, calmar un síntoma y
conseguir vivir mejor? Una terapia puramente didáctica es generalmente una
simulación de terapia.
Y he aquí una segunda razón para preferir que el futuro psicoterapeuta traiga consigo
una buena dosis de sufrimiento psíquico y precise curarse. Durante los años de su
práctica clínica, en el futuro, muchas veces usted dudará de la eficacia de su trabajo.
Encontrará pacientes que no mejoran, agarrados a sus síntomas más dolorosos como
un náufrago a un salvavidas; vivirá momentos consternados en que las palabras que se
le ocurrirán parecerán alfileres de juguete agitados en vano contra fuerzas
inmensamente superiores. En esos momentos (que, créalo, serán frecuentes) será
bueno recordar que usted sabe en realidad (y no solamente por los libros) que su
práctica sirve. Sabe porque la práctica que usted propone a sus pacientes ya curó al
menos a uno: usted.

Resumiendo, mi joven amigo que piensa en ser terapeuta, si usted sufre, si sus deseos
son un poco (o hasta muy) extraños, si (gracias a su extrañeza) usted contempla con
cariño y sin juzgar (o casi) la variedad de las conductas humanas, si le gusta la palabra y
si no es animado por el proyecto de tornarse un notable de su comunidad, amado y
respetado por la vida entera, entonces, bienvenido al club: tal vez la psicoterapia sea
una profesión para usted.

Contardo Calligaris