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Tipologias dela personalidad y proceso salud enfermedad.

Desde épocas tan remotas como la de Hipócrates (460-357 a.n.e) y la de Galeno (131-201
a.n.e) se trató de establecer un vínculo entre las particularidades psicobiológicas de las
personas y su predisposición a determinadas enfermedades.

De esta forma se establecieron las primeras asociaciones entre los cuatro fluidos corporales
considerados entonces básicos –bilis negra, amarilla, sangre y flema–, sus concomitantes
psicológicos y la vulnerabilidad a una u otra afección.

A partir de una estructura conceptual, medularmente diferente, este enfoque tipológico de la


personalidad, vinculado por una u otras vías al proceso salud-enfermedad, ha evolucionado
hasta nuestros días. Desde esta dimensión y con un soporte tanto teórico como empírico, con
una metodología sólida, consistente y sugestiva, se ha redescubierto un campo
auténticamente científico de investigación para la psicología.

Este resulta de particular interés, tanto para la indagación epidemiológica como para aquella
rama de la psicología que tiene como objeto específico la amplia gama de particularidades,
procesos, rasgos y estados psicológicos que inducen o potencian en la familia, en el individuo
y en la población conductas saludables. De igual forma condicionan comportamientos
favorecedores de morbilidad, y que son consustanciales al estudio del proceso salud-en-
fermedad. Como es evidente, se está haciendo referencia a la psicología de la salud .

Aunque una gran parte de las investigaciones que avalan los alentadores resultados sobre el
tema en estudio no han sido aún replicadas, tienen un enorme mérito. Este es, el de haber
demostrado sin lugar a dudas, que las vías que vinculan la personalidad con la salud y con la
enfermedad son complejas y parecen estar relacionadas con múltiples variables, lo que ha
contribuido en gran medida a dificultar el control riguroso de ellas. El predominio del
paradigma biomédico, centrado en el individuo y en la enfermedad, tuvo una extensa y
marcada repercusión en los estudios relativos al papel de la personalidad en la salud y en la
morbilidad, tanto en la general, como en la psicológica.

Una manera de expresarse esta influencia en el campo de la psicología ha estado dada en los
modelos tipológicos conceptualizadores solo como predisponente de enfermedad y no de
salud. No es hasta casi las dos últimas décadas de la segunda mitad del presente siglo, en que
comienzan a delinearse modelos de personalidad con rasgos psicológicos que pueden
considerarse promotores de estilos de vida saludables. Este cambio fue decisivamente
impulsado por el progresivo desplazamiento del esquematismo biologicista en las ciencias
médicas, a tenor de la aplicación del modelo biopsicosocial.

Estos tipos de personalidad predisponentes a la salud, de manera abierta o implícita, se


hipotetizan como estimuladores de la formación en el individuo de un sistema de respuestas
emocionales positivas. Dicho sistema, como se hará referencia posteriormente, incluye en su
propia esencia patrones estables de reacciones fisiológicas inductores de procesos biológicos
que parecen tener un efecto positivo sobre los procesos regenerativos del individuo.

Actualmente y de manera general, puede considerarse que las tipologías de la personalidad se


orientan en dos grandes direcciones.

 Una de ellas enfatiza en el hecho de que cualquier patrón de personalidad


considerado patológico puede ser predictor de una mayor vulnerabilidad del sujeto
hacia cualquier enfermedad. Es decir, en esta concepción la personalidad predispone
al individuo hacia una mayor morbilidad general.
 La otra dirección, por el contrario, sustenta el carácter predictor de determinados
patrones de personalidad, respecto a un incremento de la vulnerabilidad del sujeto en
relación con las enfermedades específicas. Tal es el caso, por ejemplo, de la
enfermedad arterial coronaria y el patrón tipo A, tal y como es concebido en el
presente. De igual forma ocurre con la personalidad tipo C de Temoshok (1987), y la
predisposición al cáncer.

Otros autores, entre ellos Grossarth-Maticek y Eysenck (1990), elaboraron una tipología
de personalidad que incluye cuatro tipos: la personalidad tipo 1 o predispuesta al cáncer,
la tipo 2 o predispuesta a la enfermedad arterial coronaria, la personalidad tipo 3 o
ambivalente y la tipo 4 o autónoma, que en esta concepción predispone a la salud.
Aunque esta tipología no constituye objeto de análisis del presente trabajo, en una
investigación prospectiva realizada con una amplia muestra de sujetos en Europa,
demostró suficientemente ser predictora tanto de cáncer como de enfermedad
coronaria.

Personalidad y salud.

Uno de los modelos de personalidad concebidos como predisponentes a un buen estado de


salud es la llamada personalidad hardiness , que integra un patrón caracterizado por su
fortaleza, por su sentido de la responsabilidad consigo misma, por la capacidad del individuo
para enfrentarse con éxito a la realidad y controlar las demandas y estresores ambientales e
interpersonales. Este tipo de personalidad parece correlacionar significativamente en
diferentes estudios experimentales realizados, con el incremento en la actividad de las células
Natural Killer (NK), importante indicador inmunológico en los seres humanos.

Estos hallazgos sustentan la hipótesis de que los individuos con este patrón de personalidad
son menos vulnerables a aquellas enfermedades en las que la inmunidad parece estar más
comprometida.

Personalidad self-healing (autocurativa). Caracteriza a individuos que se distinguen por su


energía, capacidad de respuesta, equilibrio emocional, seguridad, y constructividad, viveza y
alegría. Mantienen relaciones cercanas y positivas con otras personas, saben utilizar vías
adecuadas para solucionar sus problemas y tienen un buen sentido del humor, que tiende más
a la filosofía que a la hostilidad.

Los conceptualizadores de este tipo de personalidad, Friedman y VandenBos (1992) describen


conductualmente a estos individuos, como personas que muestran de modo habitual, una
sonrisa natural y los movimientos de sus ojos, cejas y boca son sincrónicos y no forzados. Son
personas sanguíneas, entusiastas, que tienen gestos suaves y que son menos aptos para
adoptar posturas corporales agresivas. Caminan suavemente y de igual forma hablan, y
muestran menos trastornos en el lenguaje y un tono de voz más modulado. Los individuos de
los modelos anteriores son positivos, constructivos y productivos; muestran motivos y
objetivos bien orientados en relación con ellos mismos y con las demás personas.
Personalidad predispuestas a la enfermedad.

Patrón tipo A .Fue justamente a partir de las observaciones clínicas realizadas en enfermos con
trastornos cardiovasculares, cuando en 1974 dos cardiólogos norteamericanos, Meyer
Friedman y Ray Rosenman , describieron el llamado patrón de conducta tipo A. Bajo esta
denominación caracterizaron a aquellos individuos que mostraban en sus relaciones
interpersonales marcada impaciencia, urgencia temporal, realizaban esfuerzos excesivos por
lograr sus objetivos, eran muy competitivos, exhibían una fuerte hostilidad, lenguaje explosivo
y manerismo motor.

Luego de un estudio con 3 500 sujetos, que se extendió durante algo más de 8 años, estos
demostraron una bien definida relación estadística entre este patrón tipo A y la aparición de
muerte súbita, infarto agudo del miocardio y angina.

Al mismo tiempo concibieron como patrón tipo B a aquellos individuos que exhibieron solo de
manera discreta algunas de las referidas características del patrón tipo A, y que, en
consecuencia, estaban menos predispuestos a padecer enfermedades coronarias, tal y como
se mostró en el referido estudio. Investigaciones realizadas posteriormente posibilitaron
establecer la hipótesis de que la hostilidad es el elemento fundamental o tóxico del patrón tipo
A, de acuerdo con los criterios de Contrada , Leventhal y O´Leary (1992).

Según el criterio de estos y otros autores, el patrón tipo A, tal y como y se concibe actualmente
se caracteriza por la hostilidad como elemento central. Esta incluye patrones de lenguaje
vigorosos expresados en un lenguaje rápido y acelerado, entonación verbal explosiva y corto
período de latencia en las respuestas, así como manerismo motor.

Se acepta en calidad de hipótesis que el patrón de conducta tipo A, que desarrollan


determinados individuos como forma más o menos estable y constante de interactuar con el
estrés interpersonal, en particular los retos y desafíos, es promotor de enfermedad arterial
coronaria, sustentada en una hiperreactividad fisiológica. Esta disfunción fisiológica afecta
tanto al sistema simpático adreno medular (SAM), como al sistema pituitario adreno cortical
(PAC).

No obstante las respuestas fisiológicas del primer sistema mencionado (SAM), por estar
mediadas simpáticamente, parecen tener más peso en la asociación patrón tipo A
−enfermedad arterial coronaria. En resumen, el patrón tipo A se considera promotor de
aterosclerosis coronaria, hipertensión arterial e infarto del miocardio, ya que provoca en el
individuo una hiperreactividad simpática en respuesta a estresores psicosociales, así como
probablemente por inducir una mayor frecuencia y duración de dicha actividad simpática, y en
lo esencial por las repercusiones de esta en el sistema cardiovascular.

Personalidad patrón tipo C. Es considerada como un tipo de personalidad que predispone al


cáncer, y que es al mismo tiempo opuesta al patrón tipo A. Los individuos con personalidad
tipo C se caracterizan por ser muy conciliadores, poco afirmativos, pacientes y evitadores de
conflictos interpersonales. Tienen una represión crónica de las emociones negativas, en
particular el miedo y la ira, y experimentan ante el estrés interpersonal, desamparo y
desesperanza crónicos.

Estos han sido aprendidos durante la vida bajo la influencia de la constelación familiar y
utilizados de manera estable, aun cuando el individuo no sea consciente de ello. Este conjunto
de características psicológicas hipotéticamente provoca por una parte una disminución o
deterioro mantenido de importantes indicadores de la inmunidad, mecanismo que parece
participar en la promoción, progresión y recurrencia del cáncer. No obstante, se plantea
también a modo de hipótesis una mediación inicial por factores constitucionales.

Por otra parte, el desamparo y la desesperanza pueden provocar indirectamente conductas


que deterioran la salud y que tienen efectos en la aparición de carcinógenos, lo que contribuye
más a deteriorar la inmunidad y provocar daños en el ADN, tal y como señalan Contrada ,
Leventhal y O´Leary (1992). La supresión de las emociones negativas, en especial el miedo y la
ira, es considerado el elemento central de este patrón de personalidad. Cabría preguntarse,
qué ocurrió con el valor predictivo de vulnerabilidad específica en aquellos individuos que
sufren al mismo tiempo de una enfermedad cardiovascular y de una neoplasia maligna.

Para explicarlo, tomaremos como referencia la teoría de las emociones de Lazarus et al . A


partir de ella se intentará su aplicación en la interpretación de la vida humana. Antes, es
preciso remitirse a las concepciones tipológicas de avanzada, entre estas la ya mencionada de
Grossarth-Maticek y Eysenck (1990). La construcción teórica de esta concepción tipológica de
la personalidad halló confirmación empírica, validada estadísticamente, para cada uno de los
tipos estudiados: es decir, la personalidad tipo 1 “subestimulada o predispuesta al cáncer”, la
tipo 2 “sobreexcitada o predispuesta a la enfermedad arterial coronaria”, la tipo 3
“ambivalente” y la tipo 4 o “autónoma”. Interesa en particular, en relación con el problema en
cuestión, el análisis de la personalidad tipo 3 o “ambivalente”.

De acuerdo con los autores es relativamente saludable, en tanto varía en forma continua de
las reacciones del tipo 1 a las del tipo 2, y viceversa. Es decir, determinados objetos, personas
o ambos, son altamente valorados desde el punto de vista emocional y son considerados como
la causa principal de felicidad, aunque su fracaso en la relación con ellos provoca sentimientos
de desamparo y desesperanza, característicos de la personalidad tipo 1.

En otras situaciones, estos mismos objetos y personas son considerados la causa fundamental
de infelicidad; no obstante, el fracaso al querer desprenderse de ellos les provoca ira,
hostilidad y sobreexcitación, precursores de enfermedad coronaria. De acuerdo con esta
teoría, este tipo de personalidad “ambivalente” hace a los individuos más resistentes y menos
vulnerables tanto al cáncer, como a la enfermedad coronaria. Una inversión de los
mecanismos que supuestamente propician esta resultante en lo relativo a la salud y a la
enfermedad posibilitaría una explicación plausible respecto al papel de los factores
psicológicos y sociales, en la aparición en una misma persona de cáncer y de enfermedad
arterial coronaria, a lo largo de la vida, hecho que por lo demás no es del todo infrecuente.

En este análisis es esencial tener en cuenta que las tipologías, como cualquier taxonomía, son
aproximaciones teóricas a la realidad y no la realidad misma. El hombre es un sistema, y lo que
ocurre en cada uno de los subsistemas que lo integran afecta a los restantes y viceversa. Es por
ello que si bien se debe tener cautela al abordar las tipologías, de igual forma se debe ser
consecuente con el paradigma biopsicosocial, expresión teórica de la esencia real y social del
hombre. Con este enfoque, se propone en calidad de hipótesis la participación en la
enfermedad arterial coronaria de dos importantes sistemas de estrés: el SAM y PAC.

El mismo enfoque podría hacerse extensivo al cáncer, en que el sistema PAC parece
desempeñar un rol protagónico, aunque pueden, y de hecho deben participar, ambos
sistemas, bajo la influencia de factores psicosociales y en respuesta a estos. De igual forma,
ocurre con el sistema inmune, el sistema de péptidos y en particular aquellos que son
precursores de los neurotransmisores, algunos de los cuales como la linfokina han demostrado
sus efectos en el tratamiento del cáncer ( Smedley et al ., 1983:262).

Por otra parte, no puede ignorarse el hecho de que cada persona a lo largo de su existencia, y
a partir de su experiencia individual, elabora un conjunto de herramientas psicológicas, en
cuyo proceso influye y participa la familia, la escuela, otros grupos sociales y la sociedad, a
través de todos ellos y de otras instituciones. Estos instrumentos psicológicos, elaborados,
aprendidos por el sujeto con mayor o menor éxito real y autopercibido van a servirle de
manera relativamente estable, durante períodos más o menos largos de la vida, para encarar y
solucionar las demandas que su existencia comporta.

Dichos instrumentos psicológicos tendrán una mayor estabilidad en tanto la personalidad se


consolida, y dichas herramientas demuestran su efectividad al sujeto-real, autopercibida, él lo
evalúa y se propone reajustarlas o perfeccionarlas en diferentes esferas y situaciones de la
vida. En este proceso, el individuo crea su propia familia e interactúa “a su forma” en la
sociedad, a través de determinados grupos, dentro de los cuales, y después del grupo familiar,
cabría citar por su importancia e influencia el laboral. En el propio proceso de construir la vida,
surgen emociones que conforman un sistema que integra valoraciones cognitivas, condición
necesaria y suficiente para que aparezcan patrones de reacciones fisiológicas e impulsos para
la acción ( Folkman y Lazarus, 1988 y Smith y Lazarus , 1993).

Este complejo psicofisiológico, como es sabido, puede predisponer a la salud o a la


enfermedad al individuo. Las emociones negativas que muestran tendencia a la cronicidad
durante la vida, llegan a serlo. Constituyen una expresión de la valoración personal del
individuo de que su interacción con la realidad supone una amenaza con una frecuencia
mucho mayor a la esperada, real, autopercibida o ambas, para el bienestar y la autoestima de
él, de sus íntimos o de ambos, que le obliga a sobreesfuerzos crónicos para sobrevivir en ella.
Las emociones negativas son también expresión de la evaluación personal de la realidad por el
individuo, en calidad de obstáculo vital para la realización de sus motivaciones y para el logro
de objetivos esenciales.

Expresan, además, el fracaso personal autopercibido, generalizado en mayor o menor grado,


en el encuentro y en el control necesario y suficiente, de las demandas inter e intrapsíquicas.
Estas emociones negativas cuasi-crónicas surgen a partir de las valoraciones cognitivas ( Smith
y Lazarus , 1993) antes, durante y después de los encuentros sujetos-demandas; a pesar de su
cronicidad, en su momento y aún en muchos casos, pueden ser modificadas, tanto las
emociones como las valoraciones cognitivas iniciales que le dan origen, el resto de los
componentes psicofisiológicos y la expresión conductual de la emoción. Esta última
aseveración ha sido suficientemente demostrada en los trabajos de Eysenck y Grossarth-
Maticek (1991) con la utilización de su terapia conductual creativa novedosa o terapia
conductual creativa novedosa o terapia conductual creativa novedosa o terapia conductual
creativa novedosa o terapia conductual creativa novedosa o entrenamiento de la autonomía
entrenamiento de la autonomía entrenamiento de la autonomía entrenamiento de la
autonomía entrenamiento de la autonomía, encaminada con éxito a evitar profilácticamente la
muerte por cáncer y por enfermedad coronaria en sujetos predispuestos a dichas
enfermedades.

La perdurabilidad y estabilidad –a lo largo de la vida o en situaciones claves para el bienestar


actual y futuro del sujeto– de este complejo emocional, en el que se integra lo cognitivo, lo
afectivo, lo fisiológico y lo volitivo, pueden ser predictoras de un aumento de la susceptibilidad
psicológica a las enfermedades, y en particular a algunas de ellas. El incremento de la
vulnerabilidad psicológica está dado por la calidad de estas emociones, por la valoración del
propio sujeto de sus emociones, por el costo de las emociones y de su valoración para la
autoestima, y por las descargas fisiológicas que producen y que adquieren una tendencia a la
cronicidad.

Este conjunto, desde el punto de vista de la repercusión biológica que alcanza, significa un
avivador, que al parecer mantiene en estado de alerta a los procesos degenerativos del
organismo. Dicha alerta puede ocurrir de manera selectiva, indiscriminada o de ambas formas,
en diferentes situaciones o en diferentes momentos de la vida. Pero sin dudas, lo psicológico y
lo social tienen un papel determinante, así como un impacto en la promoción de determinados
estados fisiológicos. Algunos de estos estados son positivos y están asociados a la salud; otros
son fisiopatológicos, y generadores de la ruptura y de la pérdida del equilibrio y del bienestar
que la salud en los seres humanos tipifica.

Dentro de estas expresiones de desequilibrio y ruptura, las enfermedades cardiovasculares y


el cáncer ocupan las primeras causas de muerte en el primer mundo. De ahí, la importancia de
elucidar las vías y mecanismos de carácter psicológico y social que participan de una u otra
forma en la aparición de estas dos enfermedades crónicas no transmisibles, cuya incidencia ha
ido cada año en aumento en el mundo desarrollado.