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Dios y las moscas

UNO. No soy ateo. El ateo tiene fe en que Dios no existe. Yo carezco de esa fe. No puedo probar la
inexistencia de Dios. Sospecho que en un avión lleno de pasajeros precipitándose a tierra, podría
probar la inexistencia de un ateo.

DOS. El ateo tiene mala fama. Si dice: Soy ateo y una buena persona, nadie le cree. El ateo es
socialmente repudiado. El ateo es visto como un mal bicho. El ateo quiere que Dios no exista,
quiere aniquilar a Dios. Es, por tanto, sospechoso de querer matar a alguien. Siendo que muchos
han matado en nombre de Dios, el ateo aplica la teoría de la guerra preventiva y se apresura en
matar a Dios para que otros no vengan a matarlo en nombre de Dios.

TRES. Puede que Dios no exista. Pero puede que exista. Si hay una remota posibilidad de que
exista (y digamos que la hay), y si cuando estemos muertos nos reuniremos con Dios, y si es
probable que Dios nos someta a juicio, y si como bien sabemos somos culpables, la prudencia y la
cortesía aconsejan darle a Dios el mínimo beneficio de la duda. Si los niños son felices creyendo en
Papá Noel, ¿por qué los padres deberían hacer el odioso papel de aguafiestas y decirles que Papá
Noel no existe? Si ciertos adultos son felices creyendo en Dios, ¿por qué alguien debería
estropearles la película divina diciéndoles que Dios no existe cuando no hay evidencias irrefutables
de su inexistencia? Los sueños y las fantasías existen y muy a menudo poseen una densidad aún
más real que la vida misma. Aspirar a una vida sin sueños parecería una empresa ardua e
inhumana. Postular una vida sin sueños ni fantasías puede ser el camino seguro a la desdicha. Dios
es un sueño, pero un sueño a la medida de cada uno y un sueño que puede ayudar a sobrellevar
las tristezas de la vida y mejorar la experiencia humana. Dejemos que cada persona sueñe
libremente lo que mejor le convenga. Entrometerse en los sueños y las fantasías de una persona
es un acto de prepotencia moral. Imponer nuestros sueños y fantasías a otra persona no lo es
menos.

CUATRO. Mi escenario optimista es que Dios no existe y es una fantástica creación humana. Mi
escenario optimista es que la muerte me liberará de la condena oprobiosa de ser yo mismo y me
exonerará del recuerdo de mi identidad que ya viene siendo un lastre. Lo que más me asusta de la
vida eterna no es el castigo que con seguridad me espera sino el flagelo aún peor de vivir conmigo
mismo para siempre. Si he de ser condenado, ruego que se me conceda otra identidad, de modo
tal que nunca más pueda recordar que fui el cretino que soy ahora mismo.

CINCO. Mi escenario pesimista es que Dios existe y que a mi muerte me sentará en el banquillo de
los acusados y alguno de sus fiscales memoriosos exhibirá ante el jurado las evidencias de que soy
culpable. Aun si consigo el mejor abogado defensor, perderé el juicio. Soy culpable. Me declaro
culpable. Merezco la máxima pena, cadena perpetua (siendo perpetua realmente perpetua).
Ruego a Dios que exonere a mis padres de asistir a ese juicio que les provocará un bochorno
insoportable. Por mucho que ahora procure enmendar mi conducta y proceder con rectitud y
hacer el bien sin mirar a quién y convertirme en una persona virtuosa y para nada sinuosa, ya es
tarde para reparar el daño perpetrado a sabiendas, ya es tarde para borrar las huellas de mis
crímenes, ya es tarde para alegar que después de tantas fechorías soy inocente.

SEIS. Mi escenario moderadamente optimista es que Dios existe pero está fatigado de juzgar a
tantos de sus hijos defectuosos. Mi escenario moderadamente optimista es que Dios se sabe
imperfecto porque recuerda que creó a las moscas, a los dinosaurios, a los mosquitos y las
tarántulas, y cuando recuerda que las cosas no le salieron del todo bien, se llena de compasión y
comprende que nosotros también somos imperfectos y tenemos, por así decirlo, nuestra propia
colección de moscas, dinosaurios y mosquitos. En ese escenario, Dios se exime de la severa y
engorrosa tarea de juzgarnos y ordena a sus ángeles que suene la música de Bach y todos nos
echemos a descansar sin recordar lo que fuimos, sin saber dónde estamos, sin saber siquiera que
esa música la escribió Bach.

SIETE. Yo no tengo un sueño. Yo tengo sueño. Quiero dormir. Quiero dormir y no despertar y
olvidar para siempre que soy el tonto inútil que de momento sigo siendo.