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Flórez Ochoa, Rafael (1999).

Evaluación pedagógica y cognición,


Bogotá: McGraw-Hill, 1-55.

Este autor hace una diferencia conceptual entre educación, formación,


enseñanza, y aprendizaje. La educación corresponde a las
interacciones culturales que permiten la inclusión de nuevos sujetos a la
sociedad, que requieren ser formados. Por lo tanto, la formación es el
proceso mediante el cual el ser humano experimenta todas aquellas
prácticas que la comunidad va a ofrecerle con el fin de hacerse parte
de ella, siendo así la formación el propósito de la enseñanza. En ese
sentido, la enseñanza compete todas aquellas actividades
intencionadas para que los individuos resuelvan situaciones dadas las
experiencias, asegurando el aprendizaje. Así, el aprendizaje constituye
la coherencia que los individuos pueden establecer entre sus vivencias y
lo que razonan. De dicha forma, se pueden advertir diferentes modelos
educacionales, y metodologías asociadas.

El modelo Tradicional está basado en un humanismo metafísico-religioso


e intenta formar el carácter de sus estudiantes en todas sus dimensiones;
fomentando las cualidades innatas de los alumnos, es decir, sus
facultades a través de la disciplina. Los contenidos de este modelo
buscan mostrar y enseñar, por sobre todas las demás cosas, a los
autores clásicos, sus disciplinas y los resultados de sus ciencias. La
metodología de este modelo se denomina “Transmisionista”; que es la
imitación del buen ejemplo, el cual se lograría haciendo que el alumno
ejercite y repita una y otra vez. Aquí la figura del profesor en relación al
alumno es en extremo vertical y se presenta como una figura
incuestionable, que tiene el conocimiento consigo y que debe
transmitirlo a sus alumnos.
El modelo conductista sostiene que los educadores deben traducir los
contenidos presentados en clases para que los alumnos puedan exhibir
los resultados y hacer evidente el aprendizaje. Este modelo se basa en el
estímulo y respuesta, donde éstas últimas son conductas observables
que se traducen en el desarrollo intelectual del niño. Los ejes principales
del modelo conductista son: el refuerzo, asegurador de aprendizaje;
una enseñanza individualizada que se reafirma a través de la
comunidad, la necesidad de planificar tanto lo enseñado cómo el
ambiente de este aprendizaje y cobra gran importancia la repetición y
frecuencia de la práctica para la retención de lo aprendido

El modelo romántico sostiene, como principio, que tanto el desarrollo


como formación del alumno deben ser libres; esto mediante un
ambiente flexible, sin influencias externas y caracterizado por el rol
auxiliar que toma el profesor, centrando su currículo en las experiencias
e inquietudes vitales de los alumnos. Se genera una relación basada en
el eurocentrismo, dejando como eje principal del proceso al estudiante
y abandonando las metodologías tradicionales de calificación; las
cuales, al ser consideradas como inhibidores, dejan de ser necesarias.
Este modelo tiene como finalidad la maduración de la interioridad de
los alumnos suspendiendo a todo agente que pueda coartar el proceso
de aprendizaje.

Por otra parte, el modelo social-cognitivo o socio constructivista está


más orientado a que cada sujeto educado se integre de manera
productiva, tanto material como cultural, en la sociedad. Se privilegia la
interacción y debate colectivo que extrae los problemas de la realidad
cotidiana para apuntar hacia posibles resoluciones. De este modo, el
conocimiento se concibe como una construcción social que integra la
evaluación y la autoevaluación como parte inseparable del proceso de
enseñanza y aprendizaje.

Flórez Ochoa (1999), diferencia la perspectiva pedagógica cognitiva


(constructivista) en cuatro corrientes entre las que la cuarta corriente o
corriente social-cognitiva, es revisada como una perspectiva
pedagógica aparte, conocida como pedagogía social constructivista.

Las otras corrientes estrictamente cognitivistas descritas por el autor son


primero aquella corriente que establece como meta educativa que el
niño acceda progresiva y secuencialmente a un nivel de desarrollo
intelectual superior y más complejo a partir de sus necesidades y
experiencias de vida. Para ello, se establece una relación de
reciprocidad entre el alumno y el profesor, en la que el maestro actúa
como facilitador y estimulador de experiencias nuevas que en términos
metodológicos se traducen en la creación de un ambiente que
permiten al niño explorar nuevos horizontes y exponerse a experiencias
de aprendizaje que potencian su afianzamiento y el desarrollo de su
capacidad de pensar.

La segunda corriente del enfoque cognitivo es iniciada por Bruner (1973)


y se centra en el contenido de a enseñanza y el aprendizaje. Privilegia
los conceptos y estructuras básicas de las ciencias ya que proveen al
alumno de material de alta complejidad a través del cual obtiene las
mejores oportunidades para desatar su potencial intelectual a través del
descubrimiento y la experimentación. El tipo de evaluación es
formativa, es decir, se realiza durante el proceso de aprendizaje para
prever posibles desviaciones del desarrollo del modelo científico por
parte de los alumnos y tiene como objetivo saber acerca de los
descubrimientos y apropiación a la estructura básica de la ciencia al
final del aprendizaje.
Ausbel (1978) critica este modelo y propone que lo importante del
aprendizaje es que éste se torne significativo para el alumno. Para ello el
propone que el profesor debe suscitar dudas e interrogantes para
relacionar su experiencia personal con el aprendizaje, convirtiéndose así
en un agente activo del mismo. También en esta corriente se inscriben
los pedagogos cognitivos dedicados al estudio de la enseñanza de las
ciencias que se centran en explicar los prejuicios y malas
interpretaciones de los estudiantes de ciencias o bien en el estudio del
cambio conceptual de las ideas de mundo de los alumnos.

La tercera corriente cognitiva es la corriente de habilidades de


pensamiento, que apunta a orientar la enseñanza y el currículo hacia lo
formación de habilidades cognitivas consideradas como más
importantes que el contenido. Por ejemplo, propiciar en los alumnos el
pensamiento inductivo mediante preguntas desafiantes y actividades
propuestas por el profesor. En la década de los noventa(s) aparecen
estudios que proponen que existe una relación integral entre el
contenido y las habilidades de pensamiento unificando ambos
aspectos.