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Audio 6: transcripción

Este espacio sin lugares plantea una cuestión importante (¡y si solo fuera una!).

Nos introducen en esta cuestión las ballenas jorobadas. El animal que emite
unos sonidos tan intensos que pueden atravesar de un lado a otro el Atlántico.
Pero, a la vez, es el animal que envía unos “soliloquios”, como dice Richard
Dawkins, el autor de entre otros libros tan difundidos de «El gen egoísta», unos
mensajes de ocho minutos de duración (no es el piar de un pájaro). ¿Tienen
alguna relación estos dos récords, el de la distancia y el de la duración? Antes
de tratar esta pregunta vamos a salir del mar para ir al espacio exterior y ver la
situación del astronauta que viaja en la Odisea espacial que canta el gran
Arthur C. Clarke. En su ruta de salida del sistema solar cruza las órbitas de
Júpiter y Saturno, a 778.330.000 Kms y 1.429.400.000 Kms de la base Tierra,
respectivamente. A esa distancia, una comunicación con su equipo en Tierra
supone que su mensaje tardaría cuarenta y tantos minutos y 1 hora y 20
minutos en ser recibido, y otro tanto tiempo en recibir el astronauta la
respuesta. El viajero está en la misma tesitura que las ballenas jorobadas:
¿enviará mensajes cortos?¿o empaquetará en cada envío la mayor
información posible? La distancia y la demora asociada (aunque la palabra
viaje a la velocidad de la luz y no a la lenta velocidad del sonido) imposibilitan
mantener una conversación, pues se eternizaría por los tiempos de espera. (En
la película, Stanley Kubrick, tuvo que saltarse el límite universal de la velocidad
de la luz para que el astronauta pudiera conversar con la Tierra, pues de ser
fiel a las leyes no habría habido película esperando a que recibiera
contestación a su saludo inicial).

Así que en la comunicación hay una logística, como en la del transporte: hay
que transportar por algún medio la palabra de un lugar a otro y entonces se
plantea cuál será el volumen adecuado para que el transporte sea lo más
eficiente. Si una madre, hace un tiempo no muy lejano, quería comunicar con
su hijo en ultramar, empaquetaba sus palabras en un sobre. Tardaba semanas
en llegar a su destinatario y otras semanas en recibir respuesta, así que
aprovechaba al máximo la hoja, hasta la última línea de su reverso, para que
compensara el esfuerzo del envío. Pero si ahora está en conexión continua con
el Aleph, no va a empaquetar en un globo o bocadillo de WhatsApp , o similar,
un volumen de texto semejante al de la carta. Y posiblemente se encadene una
conversación, con una sucesión de globos de una y otro. Y también,
posiblemente, no terminará con una despedida, como el cierre de la carta, pues
la sensación es de conexión continua. Si tenemos esta proximidad, si
experimentamos esta sensación de presencia, ¿cómo nos comunicaremos? La
carta, el periódico, el libro… respondieron perfectamente a las exigencias de
logística del transporte de la palabra. Pero si ahora no hay que salvar
distancias, ¿la comunicación no se adaptará mejor a las reglas de la oralidad?
¿Y cuáles son esas reglas? Pues empecemos por una dosificación distinta, es
decir, mensajes más cortos, ya que no tienen que realizar un largo e incierto
viaje, y la intervención de quien escucha llega también de inmediato, por lo que
se puede interactuar, dialogar, conversar; algo que echaba de menos Platón en
su Fedro. Así que primero es explorar cómo dosificar la palabra. Esta
dosificación nos cuesta, pues nos han enseñado, hemos aprendido, a llenar
con palabras páginas en blanco y nos han creado el horror al vacío blanco.
Después de la dosificación hay que cambiar esa geometría de la que
hablábamos antes, esa suposición de que nos asomamos todos al gran balcón
de la plaza y que desde allí, expuestos a todo el mundo, dirigimos nuestro
discurso. Esta ingenua impresión se ha acrecentado con los medios de difusión
(radio, televisión) más todavía que con la impresión de un libro o la publicación
de un artículo en un periódico, una suerte de diseminación azarosa de las
palabras, de las imágenes, de tu imagen cada vez que dices algo en una red
social. Lo vemos como una inquietante exposición pública. Pero es que,
aunque la plaza es tan grande y concurrida, tú no estás en el balcón, sino en la
explanada, en un pequeño corrillo. Y tu voz, y si están atentos los asistentes,
circulará por ese ámbito. No más. Sucede, sin embargo, y eso es lo que alarma
y confunde, que quienes están realmente en el balcón, y cada vez más
molestos porque los de abajo, los de la plaza, no les atienden como antes, se
enteran de algún cotilleo de los que rueda por los corrillos y lo proclaman
desde el balcón, adquiriendo así una amplitud para el que no había sido
pronunciado. Y así pueden gritar: ¿veis lo que se dice en la plaza? ¿las
trivialidades, inconveniencias…? Pues dejad de enredaros en esos corrillos y
atendednos.

Tenemos, por el momento, tres rasgos que hay que tener en cuenta e
interpretar cada unos ellos. El de la dosificación, basado en la logística del
transporte. ¿Qué supondrá esto en la comunicación? Vamos a dejarlo así, por
el momento. El otro rasgo, que no debemos, como a ninguno de ellos, perderle
la pista es el de la interacción, pues a medida que hay más proximidad y
menos demora (o ninguna) en el transporte es más fácil esa interacción. En la
situación que vimos del viaje interplanetario, la demora hacía muy difícil, por no
decir imposible, que la base Tierra interviniera en lo que estaba diciendo el
astronauta, así que había que esperar a que compusiera todo su mensaje.
Pero es posible intervenir sobre el discurso si se recibe de inmediato, mientras
se está produciendo. Si hay esa posibilidad, ¿cómo construir ese discurso para
favorecer la intervención? El tercer rasgo es el de la comunicación en ámbitos
pequeños. Podría pensarse que si el Aleph es tan fenomenal contracción del
espacio, entonces un mensaje alcanzaría todo de inmediato. Pero esa
ausencia de distancias es la que posibilita, como recordarás que te señalé, que
el pequeño corrillo esté formado por personas que en el mundo físico, real,
estarían alejadas unas de otras y, por tanto, incapaces de formar corrillo. Otra
cosa es que estos círculos son abiertos, es decir, que lo que circula por uno de
ellos pueda saltar a otro y a otros y hacerse como se dice en el lenguaje de las
redes sociales, viral. Esa ósmosis es lo que hace que el infinito borboteo de la
diferencia no suponga disgregación, desmenuzamiento. Y es, además, un
potencial latente en el Aleph que, en cualquier momento, puede producir una
emergencia imprevisible, caótica. El Aleph, por tanto, contiene el caos. Algo
producido en lo pequeño, en lo extremadamente pequeño, puede tener una
resonancia total.

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