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Cuba, la época imperialista y las

contradicciones de la transición al socialismo


31/08/2003
AUTOR EDUARDO MOLINA
La nuestra es la época de decadencia imperialista, de crisis, guerras y revoluciones, y es también el
comienzo de la época de la transición al socialismo. Que después de 1917 la revolución fuera
derrotada en países centrales como Alemania o Italia, mientras triunfaba en algunos países
atrasados como la propia Rusia o China, determinó la dramática historia del siglo XX y permitió la
aparición de la burocracia en los Estados obreros como un nuevo factor histórico de enormes
consecuencias, tanto para el desarrollo de la revolución obrera mundial como para la dinámica
misma de los procesos de transición. En aquellos países donde el capitalismo había sido expropiado,
la burocracia introdujo monstruosas deformaciones, bloqueando estructuralmente la transición y
finalmente, llevándolos a la ruina, la descomposición y a los procesos de restauración capitalista que
hemos visto en los últimos años.

Cuba no es socialista (como tampoco lo fueron la URSS y el resto de los países así mal llamados).
Es el ABC del marxismo, que una sociedad socialista, o mejor dicho comunista, significa un amplio
desarrollo de las fuerzas productivas, una profunda transformación de todas las relaciones sociales y
un alto nivel cultural, superiores a los alcanzados por el capitalismo maduro, donde los productores
asociados dirigen sus asuntos sin necesidad de un Estado colocado por encima de la sociedad. Un
estadío así, sólo puede alcanzarse sobre una base internacional y tras un periodo histórico de
transición, en el cual es necesario el Estado obrero, instrumento de la dictadura del proletariado (es
decir, de la clase obrera organizada como Estado). Aun después de haber triunfado la revolución, el
destino histórico de esa transición no está asegurado, como lo mostraron dramáticamente la
evolución de la Unión Soviética o de China.

La contradicción fundamental de las sociedades en transición ya había sido señalada por Marx [1] y
brota de que aunque el capitalismo y la propiedad privada de los medios de producción han sido
abolidos, durante un periodo las normas de distribución siguen siendo burguesas (retribución salarial
del trabajo, papel de los estímulos materiales, desigualdades en el acceso a los bienes de consumo,
etc). Sólo el más amplio desarrollo de las fuerzas productivas y del nivel de vida material y cultural de
la sociedad permitirá la superación de las normas de distribución heredadas y su reemplazo por
normas socialistas en el marco de una sociedad basada en la abundancia y la cooperación entre los
productores.
A esta contradicción fundamental se unen otras: la inevitable supervivencia de elementos de
mercado mientras se avanza progresivamente hacia su extinción; de ciertas divisiones sociales de
clase, la necesidad de un Estado de dictadura del proletariado, la existencia temporal de sociedades
en transición aisladas en un mundo todavía capitalista y por lo tanto mortalmente hostil, el atraso
cultural de las clases explotadas que toman el poder, etc.

De estas contradicciones transitorias se desprende que, como señala Trotsky: “Las leyes que
gobiernan la sociedad transicional son muy diferentes de las que gobiernan el capitalismo. Pero no
en menor medida se diferencian de las futuras leyes del socialismo” [2].
La complejidad de los problemas de la transición deriva de que mientras “La economía socialista
avanzada será armónica, internamente proporcionada y en consecuencia estará libre de crisis; por el
contrario, la economía transicional del capitalismo al socialismo es una encrucijada de
contradicciones” [3]. Desde el punto de vista económico, para dirigir la construcción socialista, es
preciso dominar el “arte de la planificación” pues, “Sólo se puede imprimir una dirección correcta a la
1
economía de la etapa de transición por medio de la interrelación de estos tres elementos: la
planificación estatal, el mercado y la democracia soviética. Sólo de esta manera se podrá garantizar,
no la superación total de las contradicciones y desproporciones en unos pocos años (¡esto es
utópico!) sino su mitigación, y en consecuencia, el fortalecimiento de las bases materiales de la
dictadura del proletariado hasta el momento en que una revolución nueva y triunfante amplíe la
perspectiva de la planificación socialista y reconstruya el sistema” [4].
De hecho, en las primeras etapas de la transición al socialismo es prácticamente inevitable recurrir a
cierto grado de mercado, ceder márgenes a la actividad privada doméstica o hacer ciertos acuerdos
bien delimitados con el capital extranjero, particularmente en los países económicamente atrasados,
donde las graves dificultades de la edificación socialista hacen necesaria una primera fase que
Preobrajensky, Trotsky y otros marxistas rusos denominaban “acumulación primitiva socialista” para
alcanzar el nivel del capitalismo desarrollado. Por supuesto, tampoco pueden evitarse retrocesos
temporales: es el ejemplo histórico de Lenin, Trotsky y los bolcheviques en Rusia después de 1922,
aplicando con la NEP (Nueva Política Económica) que incluía acuerdos comerciales y de inversiones
con el mundo capitalista y la restauración de amplios márgenes para el mercado y para la actividad
como recursos obligados para poder reconstruir la economía tras la guerra civil.

Naturalmente la combinación entre mercado y planificación es contradictoria, conflictiva. Las


concesiones al mercado entrañan siempre inmensos riesgos: el fortalecimiento de las fuerzas
internas hostiles al socialismo y la exposición a las presiones del mercado mundial capitalista. Las
principales armas contrarrestantes a este peligro son el carácter proletario revolucionario del poder
político y la más amplia participación de las masas trabajadoras en la toma de decisiones y en el
control de las concesiones, sus objetivos y alcances, mediante la más amplia democracia obrera; el
desarrollo de los mecanismos de la economía nacionalizada (propiedad de los principales medios de
producción y de la tierra, monopolio del comercio exterior, papel de la industria y la banca estatal) y
que la clase obrera sea la principal beneficiaria (mediante la elevación sistemática de su situación
material y cultural). Por otra parte, el problema decisivo es la dirección del desarrollo: ¿Los “efectos
saludables” (para usar una expresión de Trotsky [5]) de las concesiones fortalecen al sector estatal
de la economía y ayudan al desarrollo de la clase obrera como clase social dirigente, o minan las
bases de la economía nacionalizada y fortalecen a las capas hostiles al socialismo?
Uno de los efectos decisivos del aislamiento de la revolución rusa y el retraso de la revolución
mundial durante el siglo XX fue el monstruoso desarrollo del fenómeno burocrático, introduciendo un
nuevo obstáculo histórico contrarrevolucionario en la dinámica de la transición al socialismo. La
consolidación de la burocracia en los estados obreros, como una casta parasitaria y privilegiada, fue
posible expropiando políticamente a las masas trabajadoras e imponiendo un régimen totalitario para
consolidar sus propias posiciones. Desde el punto de vista de la dirección económica, esto significa:
a) que las necesidades materiales y políticas de la burocracia pasan a ser un factor determinante en
la política económica y en la planificación; y b) que se liquida la planificación democráticamente
centralizada (articulando dialécticamente los tres términos de mercado, plan y democracia obrera),
para degenerar en planificación burocrática.

La burocracia es orgánicamente enemiga de la democracia obrera y se considera omnipotente: “por


eso prescinde tan fácilmente del control del mercado y de la democracia soviética” [6]. Los planes
burocráticamente centralizados, guiados no por los intereses de las masas trabajadoras en la
transición al socialismo, sino por los intereses de la burocracia, provocan enormes costos
económicos y sociales, conducen al estancamiento y finalmente abona el terreno para la
descomposición: “las ventajas productivas del socialismo, de la centralización, de la concentración,
de la administración unificada son incalculables. Pero la aplicación errónea, particularmente del
abuso burocrático, las puede convertir en sus opuestos” [7].
Es cierto que en una primera etapa y pese a la burocracia, Rusia, China y otros estados obreros
lograron extraordinarios avances: “El papel progresista de la burocracia soviética coincide con el
periodo dedicado a introducir en la Unión Soviética los elementos más importantes de la técnica
capitalista (...) Ahora bien, cuanto más lejos se vaya, más se tropezará con el problema de la calidad,

2
que escapa a la burocracia como una sombra. Parece que la producción está marcada con el sello
gris de la indiferencia. En la economía nacionalizada, la calidad supone la democracia de los
productores y de los consumidores, la libertad de crítica y de iniciativa, cosas incompatibles con el
régimen totalitario del miedo, de la mentira y de la adulación” [8]. El dominio burocrático significa el
bloqueo de la transición y la imposibilidad de alcanzar los altos niveles de productividad, desarrollo
tecnológico y bienestar material y cultural necesario para el desarrollo socialista. Desesperada por el
fracaso de sus desastrosos “planes”, la burocracia “redescubre” las bondades del mercado y por
medio del mismo, se reconcilia con el capital, pasándose finalmente del parasitismo de la economía
de transición a su destrucción abierta y a la restauración del capitalismo. Este es el camino que
siguieron las burocracias stalinianas y maoísta después de los acontecimientos de 1989-1991 en los
mal llamados “países socialistas” –ante el aborto de los incipientes procesos de revolución política–
se pasaron abiertamente a la restauración buscando “reciclarse” como nuevas burguesías.
A pesar de sus peculiaridades, el proceso cubano encuadra en líneas generales dentro de esta
dinámica histórica. La prolongación del dominio del castrismo, defendiendo con sus métodos
burocráticos la revolución que parasita (es decir, hundiéndola al mismo tiempo) demostró que sólo
podía conducir a la ruina.

 NOTAS
ADICIONALES
 [1] Karl Marx, Crítica al Programa de Gotha.
[2] León Trotsky, Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición (compilación de escritos de León
Trotsky), CEIP, Buenos Aires, 2001, pág. 553.
[3] León Trotsky, “Problemas del desarrollo de la URSS”, en op. cit., Pág. 502.
[4] León Trotsky, “La economía soviética en peligro”, en op. cit., pág. 550.
[5] León Trotsky, “Tesis sobre la industria” (abril de 1923), en op. cit., pág. 268.
[6] León Trotsky, op. cit., pág. 549.
[7] León Trotsky, op. cit., pág. 553.
[8] León Trotsky, La Revolución Traicionada.

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Antecedentes históricos de la revolución del
’59
31/08/2003
AUTORFACUNDO AGUIRREGUSTAVO DUNGA

“Es un deber mío evitar, mediante la independencia de Cuba, que los Estados Unidos se
extiendan (...) sobre otras tierras de nuestra América. Todo lo que he hecho hasta ahora y
todo lo haga de ahora en adelante tiene esa finalidad (…) Conozco al monstruo porque he
vivido en sus entrañas.”
José Martí
“El movimiento insurreccional de Cuba ha de despertar la codicia de los egoístas extranjeros
que buscan nuevos pueblos que esclavizar (...) Si les fuese dable Cuba dejaría de ser
colonia de España para pasar a ser feudo de algunos extranjeros y el pueblo de Cuba habría
derramado la más generosa de su sangre para cambiar de amos.”
Carlos Baliño
“(…) en su lucha contra el imperialismo –el ladrón extranjero- las burguesías -los ladrones
nacionales- se unen al proletariado, buena carne de cañón. Pero acaban por comprender
que es mejor hacer alianza con el imperialismo que al fin y al cabo persigue un interés
semejante. De progresistas se convierten en reaccionarios. Las concesiones que hacían al
proletariado para tenerlo a su lado, las traicionan cuando éste, en su avance, se convierte en
un peligro tanto para el ladrón extranjero como para el nacional.”
Julio Antonio Mella

1868-1878
La historia de la Cuba moderna se remonta a mediados del siglo XIX, donde se comienza a gestar la
estructura económica y a moldear las características sus clases dominantes. Cuba llegó a ser a mediados
de ese siglo el principal productor de azúcar del mundo y EEUU su gran comprador. El desarrollo
capitalista cubano del siglo XIX estaba signado por la particularidad de darse en torno a la combinación
del trabajo libre asalariado y la mano de obra esclava. “Como sociedad esclavista colonial sometida al
yugo español, Cuba experimentó ya, durante la primera mitad del siglo XIX, en el marco de la esclavitud,
un notorio desarrollo de sus fuerzas productivas bajo el flujo financiero y tecnológico del capitalismo
mundial. En esa etapa, que prolonga el siglo XVIII cubano, el impacto del capitalismo actuó de manera
paradójica, porque en lugar de provocar la crisis del régimen esclavista vigente, lo que hizo fue impulsar
este modo de producción hasta límites sin precedentes, en lo que respecta tanto a números de esclavos
introducidos como a intensificación de la explotación. Esto a partir de la actividad azucarera (...) A
mediados de este siglo esta base esclavista entró en contradicción con el proceso de transformación
técnica que había cobrado un ritmo sorprendente (...) el rápido desarrollo del capitalismo en otros
sectores de la economía (sobre todo en el tabaco) la intensiva incorporación de la isla al capitalismo
mundial, las mismas necesidades de la división del trabajo especializado en la industria azucarera,
llevaron al ocaso del régimen existente. Mientras que la organización del trabajo se hacía según patrones
esclavistas, el financiamiento, la tecnología productiva y la comercialización obedecían a los impulsos y
necesidades del sistema capitalista en plena expansión” [1].
Es esta contradicción la disparadora de la Primera Guerra de la Independencia entre 1868 y 1878. El
hecho de que en Cuba haya iniciado tardíamente la lucha por la autonomía nacional se explica por el
temor de la esclavista oligarquía cubana, que en el periodo de las luchas independentistas de principios
del siglo XIX, optó por quedar bajo la tutela del imperio español frente al recuerdo que había despertado
4
en ella la revolución negra haitiana de finales de siglo XVIII. La desigualdad inherente a la formación
económica se reflejaba en el plano interno en el desequilibrio regional: un Occidente (La Habana,
Matanzas, etc) desarrollado con producción intensiva, en base al trabajo esclavo y en un alto nivel de
vinculación con el capitalismo comercial era partidario del imperio español, porque su relación con la
metrópoli les aseguraba el acceso al mercado mundial. Por otra parte los hacendados del retrasado
Oriente (Camagüey, Las Villas) que: “obligados a responder al reto de la mecanización (...) No contaban
hacerlo con éxito a partir del capital, insuficiente para reinvertir a ritmo rápido en importaciones de
maquinaria. Ni tampoco podían recurrir a la mano de obra esclava, ya en declinación. No quedaba otra
alternativa, fueron a las armas. De ellas esperaban no sólo deshacerse de la metrópoli, sino hacerse del
estado y desde él manejar una política de importaciones que anulara la desventaja sufrida en la carrera
por la tecnificación” [2]. Este sector de la oligarquía terrateniente (cafetaleros, medianos azucareros y
ganaderos) es el que encabeza este frustrado movimiento nacional, que en su curso destacó una base
plebeya de combatientes (conocidos como los “mambises”). Este sector liberó a los esclavos para
ganarse su simpatía y engrosar las filas del ejército patriota, se vio obligado a fundir a su manera, en un
solo programa el problema social del momento –la abolición de la esclavitud– y la aspiración de
independencia nacional. Luego de diez años de lucha, y amén de la superioridad del ejército realista, que,
en aquel entonces, contaba con el apoyo de EEUU, este movimiento independentista tardío no pudo (no
podía) transformarse en un verdadero movimiento nacional que llevara adelante la revolución
democrático-burguesa. La incipiente burguesía azucarera y los terratenientes de Occidente, gracias a su
desarrollo material y a la importante posición de Cuba frente al mercado mundial y a pesar de la crisis
económica, eran reticentes a la independencia, pues preferían continuar manteniendo el estatus de
colonia española que le garantizara la continuidad de sus jugosos negocios, antes que perder sus
privilegios frente al temor que despertaba en la oligarquía el movimiento popular que expresaban las
fuerzas independentistas. Por su parte los hacendados de Oriente prefirieron firmar la paz sin
independencia a cambio de migajas de la metrópoli [3], dejando librados a su suerte a los campesinos y
esclavos liberados, base de este movimiento. La primera guerra contra el dominio español, desnudó
tempranamente la naturaleza conservadora y cobarde de sus clases dominantes.

1895-1898: de Martí a la enmienda Platt


La estructura económica cubana terminará de ser modificada en la segunda mitad del siglo XIX. Es el
momento en que el proletariado empieza a constituirse en una fuerza social, concentrada en la zafra, las
tabacaleras y las ciudades [4]. La posta de la lucha nacional pasará a manos de la pequeñoburguesía
liberal, a sus más lúcidos intelectuales quienes recurren a métodos jacobinos para encarar la gesta
emancipadora. Estos empalmarán con algunos de los viejos líderes independentistas, como el mulato
Antonio Maceo, que junto al poeta José Martí fundaran el Partido Revolucionario Cubano y encabezaran
la Segunda guerra de la independencia en 1895. Esta constituye un auténtico movimiento popular, donde
confluyen las masas trabajadoras –influenciadas por los anarquistas– que apoyan abiertamente al ejército
libertador y el PRC, los afrocubanos, peones y pequeños propietarios, campesinos tabacaleros y la
pequeñoburguesía urbana. En el programa de este movimiento se sintetizan la lucha independentista con
las demandas sociales de estos sectores. Esta lucha comienza cuando ya en el mundo se empieza a
configurar el dominio de los monopolios y EEUU emerge como potencia imperialista.
Le cabe el mérito a José Martí sobre la comprensión de este problema clave para los pueblos de América
latina. Su visión lo llevó a plantear que la lucha tenía un carácter eminentemente antiimperialista. Para el
poeta y líder cubano “Los pueblos de América son más libres y prósperos a medida que se apartan de
EEUU. Jamás hubo en América de la independencia acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue
más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los EEUU potentes, repleto de
productos invendibles, y determinados a extender sus dominios en América, hacen a las naciones
americanas de menor poder (...) De la tiranía de España supo salvarse América española y ahora,
después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, que ha
llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia” [5]. Es indudable el
aspecto progresista de esta visión, así como apoyarse y comprender la importancia del rol que pudieran
jugar las clases populares en el proceso independentista (lo cual lo asemeja al jacobinismo). Sin
embargo, Martí, ”no era partidario de una ‘revolución de clases’, ni de un gobierno de los trabajadores

5
sino de un Estado que asegurara ‘más justicia en el reparto social (...) una parte más equitativa en los
productos del trabajo’” [6]. Su política era conformar un frente anticolonialista de carácter policlasista y
ganarse a los hacendados para consolidar “la unidad de la nación entera contra el ocupante español” [7].
Luego de la temprana muerte en combate de Martí, la dirección del PRC cambiará de orientación y
subordinará al movimiento popular a la burguesía y los terratenientes, quienes a su vez piden al
imperialismo yanqui su intervención militar en la guerra. Por su parte el proletariado, que como dijimos era
influenciado por los anarquistas, carece de una política independiente y de la madurez necesaria para
imponerla, en las condiciones del desarrollo de la lucha independentista en Cuba. A pesar de sus
limitaciones de clase, la lúcida visión política de Martí, su antiimperialismo y su apelación a las masas
para lograr la independencia calará profundo en el pensamiento social cubano, sobre todo en sus clases
medias.

Luego de la “independencia”, en 1901, Cuba comienza a vivir su estatus semicolonial, en realidad


“neocolonial”, bajo la tutela estadounidense. La “enmienda Platt” [8], las intervenciones militares yanquis
en la isla, la fragilidad del estado cubano surgido de la “independencia” de España, y la dependencia
económica de las exportaciones del azúcar al mercado americano configuraran las primeras décadas de
la joven república

1933: El fantasma del proletariado


Crisis de Wall Street mediante y caída de los precios del azúcar, la isla es sacudida por el marasmo
económico y en agosto de 1933 se inicia una de las revoluciones más importantes del continente en la
década del ’30. Esta revolución fue el punto más alto de un proceso de luchas antiimperialistas y
revolucionarias que se dio en este periodo en Centroamérica (como por ejemplo, el movimiento de
Augusto Sandino en Nicaragua contra el invasor yanqui, o la colosal revolución salvadoreña, que
destacara la figura del militante comunista Farabundo Martí).

La huelga general indefinida decretada por el Congreso Nacional de Obreros Cubanos y la Federación
Obrera de La Habana, influenciada por los trotskystas, derriba a la dictadura del asesino Gerardo
Machado, apodado “el asno con garras” o el “carnicero”. La revolución da origen al gobierno nacionalista
de Grau San Martín y Antonio Guiteras [9], que deroga la “enmienda Platt”, otorga libertades democráticas
y de organización al movimiento obrero, suspende la deuda externa, otorga la autonomía universitaria y la
jornada de 8 horas. Dicho gobierno cae en manos de la reacción organizada por el entonces sargento
Fulgencio Batista –que fuera uno de los protagonistas de la sublevación de las tropas contra Machado–
enfrentando la resistencia de las masas obreras, campesinas y pequeñoburguesas que será la
característica de la lucha de clases cubana hasta los ’40. Esta revolución contó con la oposición abierta
de la burguesía y el imperialismo yanqui impulsores del golpe.
El movimiento obrero, por su parte, es dividido por la criminal política de los stalinistas que en medio de su
orientación del “tercer periodo” [10]se negaron a tener una política de defensa del gobierno nacionalista
frente a la contrarrevolución, y los sectores que se disolvieron detrás del guiterismo y su movimiento
Joven Cuba, entre ellos la mayoría de los dirigentes del trotskysmo cubano. La clase obrera, que en el
transcurso de esta revolución llegó a poner en pie soviets, careció de una política independiente que le
permitiera hegemonizar al movimiento, siendo éste dirigido por sectores radicales de la
pequeñoburguesía.
Estos acontecimientos constituyen los antecedentes revolucionarios del ’59, que irán moldeando al país y
a las clases sociales que serán sus protagonistas.

La lucha contra la dictadura de Batista


El proceso que lleva a la caída de la dictadura del ex sargento del ejército Fulgencio Batista, comienza a
gestarse a los pocos años de haber consumado su golpe palaciego. En él confluyeron diversas formas de
lucha, tanto del campesinado de la Sierra Maestra, como de la pequeñoburguesía urbana y la clase
obrera. También se manifestó en forma temprana el pase a la oposición de sectores de la burguesía no
azucarera. Esta confluencia de intereses de las distintas clases sociales fue erosionando aceleradamente
la base social del régimen. Mientras tanto, en EEUU, sectores influyentes de la prensa liberal,
“horrorizados” con el accionar represivo de la dictadura, empezaron a observar con simpatía el accionar
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de los “barbudos” de Fidel Castro. Finalmente el Departamento de Estado ante el enorme ascenso de
masas le soltará la mano a Batista, lo que precipitará su caída. El 10 de marzo de 1952, Batista encabeza
un golpe de estado preventivo que lo lleva al poder alentado por el imperialismo yanqui. El “hombre
fuerte” de Cuba realiza el llamado “madrugazo” para impedir el seguro triunfo en las elecciones de ese
año de Roberto Agramonte candidato del Partido del Pueblo (Ortodoxo) [11].
El objetivo del golpe era, por un lado, poner un poco de orden ante la imagen de ingobernabilidad que
existía en la política nacional, producto del enfrentamiento de las camarillas capitalistas y del alto grado
de corrupción en la entonces “democrática” Cuba. Y por el otro, el temor que le causaba a las clases
dominantes y al imperialismo, no tanto las propuestas políticas y económicas de los Ortodoxos, como el
descontento creciente de la juventud y la pequeñoburguesía cubana, que veían en este partido la
continuidad del “guiterismo” y su retórica nacionalista. Aunque esta no era su perspectiva, y no pasaba de
ser más que una oposición democrática, cuyo fantasma preocupaba al imperialismo y las clases
dominantes cubanas [12].
Batista contaba con el apoyo firme del ejército y la complicidad de la burguesía que, sin embargo, no se
alinea con el nuevo gobierno, expresándose esta ubicación en la oposición de los partidos hegemónicos
de la burguesía, aunque no hicieran nada –al igual que el PSP– para enfrentarlo [13].
La base del descontento popular radicaba en la particular situación económica del país. En la segunda
postguerra la demanda de azúcar cubano en el mercado externo comenzó a decrecer. Esto trajo la
reducción de los tiempos en la zafra y el desempleo masivo en el campo y en la industria, a su vez
imposibilitó al país la adquisición de artículos básicos de consumo principalmente en el mercado yanqui.
La crisis económica será el telón de fondo de todo el periodo de la dictadura de Batista.

Quien encabeza inmediatamente la oposición a la dictadura es el movimiento estudiantil, siendo


violentamente reprimido. “Fue en el movimiento estudiantil vinculado a la Ortodoxia donde comenzó a
configurarse una tendencia política basada en tres premisas: la primera planteaba la necesidad de
restaurar las antiguas libertades democráticas, la segunda era una diferenciación tajante con el Partido
Auténtico, a fin de impedir que éste monopolizara la legitimación de la lucha antidictatorial; la tercera, de
acuerdo con las tradiciones heredadas de los años treinta en la lucha contra Machado, planteaba la
urgencia de recurrir a las armas a fín de secundar un eventual movimiento de masas” [14].
Por su parte el movimiento obrero dirigido por la burocracia de Eusebio Mujal, que venía de apoyar al
gobierno anterior, es subordinado al gobierno de Batista, quien recrudece sus métodos gansteriles contra
toda oposición [15]. Sin embargo, la clase obrera, a partir de 1955 azuzada por la crisis azucarera será
uno de los protagonistas centrales en la lucha contra la dictadura.
El fracaso del asalto al cuartel de Moncada, el 26 de Julio de 1953, con el cual Fidel pretendía forzar una
insurrección popular, es un hito que marca el inicio de una oposición violenta y armada a la dictadura por
parte de los estudiantes y la configuración de nuevos sectores políticos. La acción sobre el cuartel militar y
su defensa en el juicio –cuyo alegato fue popularmente conocido como “La historia me absolverá”– hacen
de Fidel Castro una figura popular. No está demás decir que los stalinistas cubanos en este caso se
alinearon junto a Batista, condenando a los atacantes del cuartel como “aventureros y provocadores
pequeñoburgueses”.

En 1955 los trabajadores del azúcar en la ciudad de Santiago, Camagüey y Las Villas llevan adelante una
violenta huelga iniciando la lucha proletaria y de los obreros agrícolas contra la dictadura. En efecto lo que
había comenzado como una huelga por una demanda salarial, pronto se convirtió en un movimiento
radicalizado que aglutinó a los trabajadores industriales de los ingenios con los desocupados de la zafra y
los estudiantes en las ciudades. En medio de una de las tantas crisis azucareras, Batista no podía permitir
la paralización de la rama industrial ya que atentaba contra los negocios de la gran burguesía y el
imperialismo. De ahí, la respuesta del régimen: la represión. Por tanto, los trabajadores en breve tiempo
pasaron de exigir salarios a gritar a viva voz ¡abajo el gobierno criminal! Esta experiencia cala hondo en
sectores de trabajadores y sienta las bases para la superación de la burocracia sindical. Otro hito que
demuestra el papel de la clase obrera, se expresó en la huelga general de 1957 cuyo epicentro fue la
ciudad de Santiago, tras el asesinato de Frank Pais, popular dirigente urbano del M 26 [16]. El alto grado
de espontaneísmo y combatividad de las masas fue respondido con la militarización de la ciudad y una

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brutal represión. Estos hechos levantaron la queja de la embajada norteamericana y el repudio de
sectores empresariales del Oriente, y constituye el inicio de una ruptura abierta de un sector importante de
la burguesía con la dictadura.
Mientras en la Sierra Maestra, Fidel y sus compañeros iban conformando una base social en el
movimiento campesino y por otra parte formalizaba una política de alianzas con el resto de las fuerzas
opositoras, el más importante es el llamado Pacto de Caracas [17].
A fines de 1958, las columnas del Ejército Rebelde dirigidas por el Che Guevara y Camilo Cienfuegos
propinan una fuerte derrota al ejército batistiano en el combate de Santa Clara, lo que acelera su
descomposición. Un sector del generalato que intentaba buscar un acuerdo con los rebeldes intenta una
última maniobra desesperada: dar una salida a la crisis por medio de una junta militar. Esta maniobra es
desarmada por la huelga general de cinco días que posibilitó la entrada del Ejército Rebelde a La Habana
y la posterior instauración del gobierno provisional de Manuel Urrutia. Fidel Castro, a los pocos meses,
tuvo que reconocer el papel clave jugado por la clase obrera en ese momento: “Afirmarlo con toda la
autoridad que nos da el haber sido actores en aquellas horas decisivas: fue la huelga general la que
destruyó la última maniobra de los enemigos del pueblo; fue la huelga general la que nos entregó las
fortalezas de la capital de la república; y fue la huelga general la que dio todo el poder a la
revolución” [18].

[1] Gérard Pierre-Charles, Génesis de la Revolución Cubana, Siglo XXI, México, 1991.
[2] Marcos Winocur, Las clases olvidadas de la revolución cubana, Contrapunto, Buenos Aires, 1987.
[3] En la guerra de la independencia la oligarquía terrateniente obtendrá cierta autonomía con respecto a España y la
libertad de formar sus propios partidos políticos.
[4] Hacia 1860 “(...) una nueva rama de la industria había nacido y cobrado cuerpo: la del tabaco (...) se contaban más de
15.000 trabajadores armadores de cigarros, con cerca de 500 establecimientos en La Habana”. Entre sus primeras luchas
se destaca “la huelga de 1866 en el establecimiento ‘La Cabaña’ de La Habana, producida por el mal trato dado al personal
y que terminará con la satisfacción de sus demandas”. Marcos Winocur, Los orígenes del movimiento obrero en Cuba,
CEAL, Bs. As., 1974.
[5] José Martí, Nuestra América.
[6] Luis Vitale, De Martí a Chiapas. Balance de un siglo, Síntesis, Santiago, 1995.
[7] Marcos Winocur, Las clases olvidadas de la revolución cubana. Contrapunto, Bs. As., 1987.
[8] La enmienda Platt, propuesta por el senador americano del mismo nombre y redactada por el Departamento de Estado,
fue insertada como apéndice en la Constitución política del estado cubano en 1899. Verdadero estatuto del vasallaje, en
sus primeros artículos señalaba que: “1. Cuba reconoce el derecho de EEUU a intervenir en sus asuntos internos; siempre
que este último país lo estime necesario para la conservación de la independencia cubana, y para el mantenimiento de un
gobierno adecuado para la protección de la vida, propiedad y libertad individual (...) 2. Para poner en condiciones a los
EEUU de mantener la independencia de Cuba y proteger al pueblo de la misma, así como de su propia defensa, Cuba
arrendará o venderá tierras a los EEUU; destinadas al establecimiento de bases carboneras y navales”.
[9] Antonio Guiteras formaba parte del Directorio Estudiantil Universitario y se integra desde la clandestinidad a la lucha
contra el dictador Machado. Al caer éste, ocupa en el gobierno de Grau San Martín la cartera de ministro de gobierno. Fue
fundador de la corriente Joven Cuba opositora a la oligarquía entreguista y con un perfil nacionalista de izquierda.
[10] Periodo de política “ultraizquierdista” de la Internacional Comunista, dirigida por Stalin, que negaba el frente único con
las direcciones reformistas contra el fascismo, calificándolas de “socialfascistas”.
[11] Este partido había surgido como una escisión del gobernante Partido Revolucionario Cubano (Auténtico) del presidente
Prío Socarrás, cuestionando la corrupción imperante en el seno del mismo. Cabe recordar que el joven abogado Fidel
Castro era militante “ortodoxo”, y se presentaba a esas elecciones como candidato a diputado.
[12] La experiencia del nacionalismo de izquierda de Guiteras “golpeó a los políticos tradicionales y buena parte de ellos
fueron aceptando las reglas de un cierto juego para alternarse en el poder”. Marcos Winocur, Todo el poder al Ejército
Rebelde, CEAL, Bs. As., 1974.
[13] “(...) muerto el líder cívico Eduardo Chibás, la vertiente opositora burguesa acaba por enredarse en el juego del golpe
de estado, y es así como se explica la pasividad de los partidos políticos tradicionales cuando Fulgencio Batista se hace del
poder”, Idem.

8
[14] Fernando Mires, “Cuba entre Martí y las Montañas”, La Rebelión Permanente. Las revoluciones sociales en América
latina, Siglo XXI, México, 1998.
[15] “(...) el mujalismo dueño de la CTC, la vertiente opositora proletaria se halla prácticamente neutralizada. Por cierto, el
movimiento obrero cubano acabará por rehacer sus filas. Pero en 1952 el golpe de estado de Fulgencio Batista lo
encuentra desarmado, descabezado, diezmado por el gansterismo y la corrupción, imposibilitado, en una palabra, de
manifestar una resistencia significativa, como hubiera podido ser una huelga general antigolpista”. Marcos Winocur, op. cit.
[16] Recordando la huelga de Santiago, el Che Guevara llegó a la siguiente conclusión: “Este fenómeno popular sirvió para
que nos diésemos cuenta que era necesario incorporar a la lucha por la liberación de Cuba al factor social de los
trabajadores e inmediatamente comenzaron las labores clandestinas en los centros obreros para preparar una huelga
general que ayudara al Ejército Rebelde a conquistar el poder”. Ernesto Che Guevara, Proyecciones sociales del Ejército
Rebelde.
[17] “El primer punto de este acuerdo se refería a la concertación de una ‘estrategia común para derrocar a la tiranía
mediante la insurrección armada’ (...) El segundo punto del acuerdo se refería a la constitución de un gobierno provisional
después de la caída de Batista, cuyo objetivo debería ser conducir al país ‘a la normalidad, encauzándolo por el
procedimiento constitucional y democrático’. El tercer punto proponía un programa mínimo de gobierno ‘que garantice el
castigo de los culpables, los derechos de los trabajadores, el orden, la paz, el cumplimiento de los compromisos
internacionales y el proceso económico institucional del pueblo cubano’”. Con respecto a las FFAA se refería de este modo:
“esta no es una guerra contra los institutos armados de la república sino contra Batista, único obstáculo de la paz”.
Fernando Mires, La Rebelión Permanente. Las revoluciones sociales en América latina, Siglo XXI, México, 1998.
[18] Citado por Marcos Winocur en Todo el poder al ejército rebelde, CEAL, Buenos Aires, 1974.

9
La revolución permanente en Cuba
31/08/2003
AUTORFACUNDO AGUIRREGUSTAVO DUNGA

“La historia de las revoluciones es para nosotros, la historia de la irrupción violenta de


las masas en el gobierno de sus propios destinos.”
León Trotsky
“El deber de todo revolucionario es hacer la revolución.”
Segunda Declaración de La Habana (1962)

Hace 44 años las masas cubanas recibían victoriosas en las calles de La Habana a las columnas del
Ejército Rebelde y abrían una de las epopeyas históricas y la revolución social más profunda que
diera nuestra América. Surge a partir de entonces un proceso revolucionario que va a impactar al
conjunto de los pueblos de América latina y se constituye desde entonces la leyenda de los
“barbudos” de la Sierra Maestra.

Hoy en día, luego de la experiencia catastrófica del stalinismo y los regímenes burocráticos, de la
derrota de la oleada revolucionaria que sacudió al mundo a fines de los sesenta y primeros años
setenta, la idea de una revolución triunfante que se alce con el poder, es condenada por utópica o
por reproductora de formas de dominación que lleven a una nueva frustración. La persistencia de la
revolución cubana, en un cuadro de ofensiva imperialista, convierte a la misma en un testimonio vivo
de la lucha por la emancipación nacional y una fuente de polémicas alrededor de sus enseñanzas y
su curso. La revolución cubana advierte a aquellos que, haciéndose eco del discurso posmoderno,
condenan las revoluciones sociales del siglo XX por su trágico resultado y asumen ingenuamente
como propia la pretensión de las clases dominantes de que los oprimidos no deben luchar por el
poder. Por el contrario, esta experiencia de las masas, recuerda que sin quebrar la resistencia y la
capacidad de acción del capital, sin derrotar a sus fuerzas represivas, es decir, sin destruir a su
Estado es imposible pensar seriamente cualquier cambio social. Predicando que hay que “cambiar el
mundo sin tomar el poder”, en parte, a raíz de la noche oscura del stalinismo, de sus regímenes de
talón de hierro, donde el Estado dominado por la burocracia imponía su mando para evitar cualquier
representación autónoma de obreros y campesinos. Lo que no han comprendido los tributarios de
este tipo de pensamiento “antiestatista”, aunque aciertan al señalar las aberraciones que se han
hecho en nombre del socialismo real, es que una de las enseñanzas que hay que extraer, y la
experiencia cubana lo confirma nuevamente, es que el régimen burocrático es un obstáculo que se
levanta contra la perspectiva de la construcción de un Estado revolucionario, de los consejos de
obreros, campesinos y soldados. La lucha por el socialismo, la dictadura proletaria como parte de
ella, requiere de la actividad consciente y autodeterminada de obreros y campesinos, transformar a
su gobierno en un punto de apoyo de la lucha de clases y la revolución a escala internacional,
concebir las tareas del Estado como una transición hacia el socialismo; es decir hacia su propia
abolición como institución de dominio, para dar paso a una sociedad sin clases y sin Estado.

En las notas que siguen pretendemos trazar algunas líneas de pensamiento que contribuyan, a partir
del estudio de la revolución cubana, a descifrar una teoría y una estrategia que interpele las
enseñanzas de la lucha de clases que nos precedió y las exponga a la luz de la nueva realidad del
capitalismo y los combates de las clases explotadas. Para nosotros, contra todo el escepticismo
teórico y el posibilismo político que ha caracterizado a gran parte de la izquierda en la ultima década
del siglo XX, la actualidad de la teoría de la revolución permanente y de una estrategia de poder de la
clase obrera, expresada en partido, frente a la amenaza de la barbarie capitalista es una herramienta
filosa para la lucha de clases contra el capitalismo y la dominación imperialista, que debe ser
10
constantemente reexaminada a la luz de los procesos sociales vivos y de la experiencia histórica, de
la cual la revolución cubana es un importante hito para extraer lecciones que preparen a las nuevas
generaciones revolucionarias en su intento de asaltar los cielos.

La revolución cubana y la actualidad de la revolución


En los primeros días de aquella insurrección que puso fin a la dictadura de Batista, nadie imaginaba
que el proceso abierto iba a desembocar en la victoria de una revolución de obreros y campesinos.
Nadie sospechaba que la histórica dominación del imperialismo yanqui sobre la isla iba a acabar por
medio de la expropiación de la burguesía y los terratenientes, nacionalizando la industria y llevando
una radical reforma agraria. Fue al calor de la constitución de milicias armadas las que llevarían –
luego de la aplastada intentona contrarrevolucionaria de Playa Girón– a Fidel Castro a declarar el 1°
de mayo de 1962 el carácter socialista de la revolución. Este es el origen del primer Estado obrero –
aunque deformado– [1] de América latina.
Esta revolución caribeña difundió su influencia rápidamente sobre multitudes de militantes e
intelectuales, que vieron en la experiencia cubana y en los guerrilleros de la Sierra Maestra una llama
de esperanza y de voluntad militante que los llevó a incorporarse activamente en la lucha política de
la época. Frente a un stalinismo que desde Moscú preconizaba la colaboración con la burguesía, que
perseguía a los elementos revolucionarios del movimiento obrero y los condenaba a la marginalidad,
cuyo conservadurismo se hacía asfixiante para todo aquel que quisiera luchar contra el orden social;
la experiencia cubana se presentaba como una alternativa viable para la lucha revolucionaria. Frente
al sonoro fracaso del nacionalismo burgués de la época, impotente y cobarde para enfrentar al
imperialismo, el grito de ¡Patria o muerte! del Ejército Rebelde aparecía como una genuina y valiente
expresión de lucha contra la opresión imperialista.

Como toda revolución social, el debate sobre Cuba fue febril. Muchas fueron las lecturas que se
hicieron a partir de esta gesta. Resalta sobre todas, la de quienes impactados por esta victoria de las
masas y alentados por el curso político que toma Ernesto Che Guevara, identificaron la revolución
con el aspecto militar de la lucha guerrillera. Consideraban este método la mejor vía para romper al
reformismo imperante y desarrollar una estrategia para derrotar a los ejércitos burgueses. De esta
forma de interpretar la revolución cubana se nutrirán esencialmente las distintas corrientes
latinoamericanas que expresarán en forma difusa el llamado guevarismo. Buscando llevar adelante la
vía armada, concluyeron divorciando a una generación de militantes revolucionarios de la lucha de
clases real, que en América latina y en el Cono Sur en particular, tuvo como epicentro a la clase
obrera y las masas urbanas. La trágica derrota de estas experiencias puso en cuestión el militarismo
y el voluntarismo con que se intentó propagar la lucha contra el imperialismo y la burguesía en
nuestro continente.

Una nueva ideología voluntarista


Hoy, en los primeros años del nuevo siglo, frente al avance brutal del imperialismo en América latina
–doctrina neoliberal en mano– e impulsados por un resurgir de la resistencia y actividad de las masas
en el continente –esencialmente de pobres urbanos y campesinos– y la existencia de un movimiento
impugnatorio de la globalización capitalista, asistimos al intento de ciertos sectores intelectuales de
releer la revolución cubana bajo un nuevo prisma anticapitalista y que se pretende antiestalinista,
inspirados en el pensamiento del Che Guevara, en quien identifican una figura heroica del marxismo
latinoamericano [2]. Pretenden rescatar así su valiosa figura del uso marketinero que hace el
capitalismo, de la pasividad simbólica a que lo condenó el reformismo y el populismo y por otro lado
señalar los basamentos ideológicos de una “nueva izquierda”, que en los hechos resulta tributaria del
actual estadío político –reformista o semireformista– de las direcciones de los movimientos sociales
como el MST brasileño, de sectores de los piqueteros argentinos y de los movimientos políticos como
el EZLN o las FARC.
Apelando a los elementos más radicales del Che: su antiimperialismo, su anticapitalismo, su crítica a
los aspectos más groseros de la influencia soviética en el Estado cubano y su internacionalismo
militante, intentan desarrollar una visión del guevarismo como creador de una nueva “filosofía de la
praxis”, que explica en parte el proceso revolucionario cubano. Oponen al esquematismo stalinista un
11
antideterminismo a partir del papel de las fuerzas revolucionarias expresadas en la voluntad política
de sus dirigentes, quienes en la Declaración de La Habana, sostenían que: “El deber de todo
revolucionario es hacer la revolución”.

La lectura que ofrecen del Che se basa en reivindicar su concepción del hombre nuevo como
portador de una nueva “subjetividad histórica” [3]. Tomando de Guevara su idea de la preeminencia
de la conciencia –conciencia de la necesidad del cambio revolucionario y de su posibilidad real– por
sobre las condiciones objetivas –dadas por la dominación imperialista–, rescatan el voluntarismo
inherente de esta visión para resaltar el papel de la educación y los estímulos morales en la
formación del hombre nuevo y definir los sujetos anticapitalistas en función de su papel en la lucha.
Desplazando a la clase obrera y las masas del centro de atención, identifican al sujeto con el hombre
nuevo que, en la concepción guevarista, desarrolla su actividad creativa en la guerra revolucionaria.
Esta interpretación conduce a disociar la praxis revolucionaria de la lucha de clases, reemplazando la
organización de las masas explotadas por la construcción de una fuerza armada. La constitución de
un sujeto consciente, como producto de la actividad autónoma de las masas y la relación con la
vanguardia comunista que busca impulsar hacia adelante las tendencias progresivas del proceso
social a partir de la autodeterminación obrera y popular, que proyectan su hegemonía; es
reemplazada por la preeminencia de una voluntad organizada, como fuerza externa de las masas,
las cuales están llamadas a seguir a los combatientes guerrilleros. Así la revolución cubana es
explicada por “la iniciativa de las fuerzas revolucionarias que queman etapas, decretan el carácter
socialista de la revolución y emprenden la construcción del socialismo” producto de su capacidad de
“forzar la marcha de los acontecimientos” [4], relegando el hecho de que la victoria de la revolución
socialista no era el objetivo declarado de la guerrilla en Sierra Maestra y que los acontecimientos se
la impusieron en gran medida a Fidel y el Che.
Por último, hace descansar en la formación del hombre nuevo la alternativa a la burocratización,
olvidando que la acción consciente de las clases explotadas en un Estado obrero se logra a partir del
ejercicio directo del gobierno revolucionario, basando el Estado en la democracia de la clase obrera y
los campesinos –para lo cual la clase obrera debe ser hegemónica antes de la conquista del poder–.
Esta es una de las condiciones para la construcción del socialismo.

La reivindicación moderna de la estrategia continental de la guerra revolucionaria que planteara el


Che y su visión del papel de las luchas de liberación nacional como vía para la revolución socialista
expresada en la emblemática afirmación de “no hay más cambios que hacer; o revolución socialista o
caricatura de revolución” sigue atrapada dentro de los marcos del tercermundismo de la nueva
izquierda setentista y no saca ninguna lección de la trágica derrota de esta experiencia [5]. Esta
última lectura de Guevara, que lo acerca al permanentismo, lo lleva al revolucionario
argentinocubano a desarrollar una activa militancia por la unidad de la lucha antiimperialista, pero
separando ésta de una estrategia de la revolución para los países metropolitanos –donde se
concentraban los principales batallones sociales del proletariado internacional– que no estaba
presente en su horizonte.
Desde nuestro punto de vista, sin menospreciar el valor político e histórico que representan la vida y
el pensamiento de Guevara, el marxismo revolucionario tiene una explicación más profunda y rica en
la teoría de la revolución permanente y en la estrategia de la construcción de un partido obrero
revolucionario, como factor de la lucha de clases. La misma no sólo incorpora muchos de los
aspectos señalados por el Che sino que también lo somete a crítica; pues su arsenal conceptual
pone el acento en la interpretación de la revolución proletaria, en las metrópolis y las semicolonias,
como una totalidad que comprende su materialidad y necesidad, su relación con la acción de las
fuerzas sociales, la iniciativa obrera y campesina, los factores políticos y la unidad del proceso
revolucionario mundial, que hacen a la subjetividad y la estrategia política de los marxistas.

Significado e influencia de la revolución cubana


Como decimos más arriba, en los principios de esta revolución nadie imaginaba que la misma
terminaría tomando el curso de ruptura con la burguesía que finalmente adoptó. Ni siquiera el M 26 ni
Fidel Castro y el Che Guevara preveían este derrotero para su empresa política. Por aquel entonces
12
Castro declaraba que la suya era una revolución “verde oliva” y definía sus objetivos como
democráticos. Así declaraba que: “La democracia es mi ideal, pero mucha gente llama democracia a
cosas que no son democracia (...) Yo no soy comunista, no estoy de acuerdo con el comunismo (...)
la democracia y el comunismo no son lo mismo para mí” [6]. Sin embargo, en los primeros días de la
revolución, habiendo destruido el aparato militar de Batista, descalabrando al Estado burgués cubano
y atenazado entre la presión imperialista y el despertar revolucionario del movimiento de masas –
quienes toman las armas en defensa de su revolución cuando ésta es amenazada– el proceso
cubano desemboca en el nacimiento del primer Estado obrero de América latina. La revolución
cubana iniciada en 1959 se transformará de “verde-oliva” en roja dando veracidad histórica a la
teoría-programa de la revolución permanente, asestando un golpe demoledor a la concepción de la
conciliación de clases y la revolución por etapas que constituía el leit motiv básico de los partidos
comunistas y los movimientos reformistas de aquel entonces.
La revolución de obreros y campesinos vino a completar la obra inconclusa de la lucha
independentista que a finales del siglo XIX iniciara el poeta y líder antiimperialista José Martí y que
en la década del treinta intentara ser llevada a cabo por un gran ascenso obrero y popular que
termina con la vergonzosa Enmienda Platt pero no puede poner fin a la moderna dominación
imperialista. A su vez es una desmentida de las estrategias reformistas imperantes en la izquierda,
por haberse dado esta revolución por fuera y a pesar del stalinismo y del nacionalismo burgués. Así
contribuyó no sólo a gestar una amplia simpatía en grandes masas de luchadores, intelectuales y
militantes de izquierda desencantados con el accionar de los partidos comunistas pro Moscú, que
eran colaboradores activos de la burguesía. Sino que además sembró expectativas en el nacimiento
de una alternativa política al stalinismo a partir de la evolución hacia la izquierda del M 26,
fundamentalmente de Castro y Guevara.

Esto se expresó en el hecho de que la revolución cubana se transformó en un polo de referencia. Al


calor de sus actos y de las palabras de sus dirigentes se iban poniendo a la orden del día las
discusiones sobre la lucha armada, el antiimperialismo, las vías de la conquista del poder, el
contenido de la dictadura del proletariado, etc. La revolución generó tendencias y rupturas en los
partidos reformistas y movimientos nacionalistas alrededor de la “cuestión cubana”. Dentro de las
filas del movimiento trotskista operó activamente reagrupando a sus organizaciones nacionales e
inclusive creando fraccionamientos internacionales en diferentes tendencias alrededor de las
conclusiones vitales en torno a esta revolución.

Las tareas de la revolución cubana


Según el esquematismo stalinista practicado por los partidos comunistas de América latina de
aquellos años, el carácter de la revolución en las semicolonias y entre ellas la cubana debía ser
deducido de las tareas que tenían planteadas. La revolución colonial y semicolonial debía poner fin al
atraso feudal y semifeudal imperante –según su particular lectura– en este tipo de naciones y
acometer tareas de tipo democráticas. Definían así el carácter de la revolución como democrático,
agrario y antiimperialista.

La revolución cubana de 1959 fue un golpe durísimo a esta concepción, ya que vino a realizar de
manera íntegra y efectiva las tareas de la revolución democrático-burguesa, en primer lugar la
independencia nacional, la revolución agraria, la reforma urbana y las de la democracia política –
motores inmediatos del movimiento que terminó con el dominio de Batista– pero no según el
esquema stalinista. Este desenlace fue posible enfrentando resueltamente a las clases poseedoras
nativas que actuaban como correa de transmisión y daban garantías a la dominación imperialista y el
latifundio. La derrota de la burguesía y los terratenientes cubanos y su aparato de Estado, apéndices
de los EEUU, se convirtió en una condición necesaria para realizar las conquistas que se planteaban
en primer término en esta revolución. La alianza más general del campesinado, el semiproletariado
rural, la clase obrera urbana, la pequeño burguesía y hasta sectores de la misma burguesía cubana
que caracterizara al movimiento popular que voltea la dictadura pronto se encuentra tironeada entre
los diversos actores. La lucha de clases en el transcurso de la revolución cubana destaca a las
tendencias conservadoras que se transforman pronto en agentes de la reacción impulsada por el
13
imperialismo y a las nuevas fuerzas sociales capaces de empujarla adelante. Se crea así una ruptura
radical del antiguo bloque social: por un lado la burguesía y sectores acomodados de la pequeña
burguesía queriendo confinar la revolución a un cambio del régimen político y mantener la
subordinación –aunque en otras condiciones– con EEUU. Por el otro la base plebeya, obrera,
semiproletaria y campesina, junto a un sector de la intelectualidad, impulsando la lucha en la
consecución de los objetivos de las masas: la revolución política se transforma en un medio de la
revolución social mediante la acción viva de las clases explotadas. Estas son las fuerzas dinámicas
que señalan el carácter permanentista de esta revolución. Es este proceso vivo el que Guevara
explicara como “ (...) una revolución agraria, antifeudal y antiimperialista, que fue transformándose
por imperio de su evolución interna y de las agresiones externas, en una revolución socialista y que
lo proclama así, ante las faz de América: una revolución socialista” [7]

Desarrollo desigual y combinado


En Cuba se manifestó con todo su rigor histórico la ley más general del desarrollo desigual y
combinado. Esta ley, formulada por León Trotsky para explicar las condiciones históricas de la
revolución socialista, presupone la idea de que un país atrasado o semicolonial, en la época
imperialista, no sigue en las distintas fases de su desarrollo un curso lineal que imita las distintas
etapas de la evolución de las metrópolis capitalistas, sino que avanza a saltos, combinando los
elementos propios de su atraso con las condiciones y los avances impuestos por la dominación y la
penetración del capital imperialista en dichos países. Es esta ley histórica la que universaliza y pone
al orden del día en los países atrasados la moderna lucha entre las clases como medio de resolución
de sus contradicciones.

En la historia cubana esta ley general se expresó en el hecho de que la solución a los problemas
estructurales de la joven nación no podían ser resueltos por un desarrollo evolutivo y orgánico del
capitalismo sino saltando etapas, mediante la supresión y superación del régimen burgués. El
ingreso temprano del capitalismo en las relaciones económicas de la isla, hicieron que se acentuara
la dependencia de las metrópolis, llámese España primero y EEUU luego. La constitución de la
oligarquía, la burguesía cubana y su Estado, se hizo siguiendo estos parámetros de dependencia,
agravados en el siglo XX por su cercanía con los EEUU y el papel que para éste representaba,
dando origen a una clase dominante raquítica y completamente antinacional sometida a las ordenes
del capital norteamericano.

El movimiento independentista martiano no sólo se paró contra el colonialismo del viejo imperio
español sino que se concibió a sí mismo como una fuerza impulsora de la segunda independencia de
nuestra América contra el naciente imperialismo yanqui. Sin embargo, habiendo planteado el
problema no encontró las vías para resolverlo. Muerto José Martí en combate, las oligarquías criollas
controlan el movimiento nacional y optan por liberarse del yugo español sometiendo a la isla al yugo
norteamericano, cuyo símbolo fue la ignominiosa Enmienda Platt en la constitución política del
Estado cubano y manteniendo la propiedad terrateniente. La tardía independencia formal de Cuba se
da en el momento histórico en que el capitalismo está dando pasos al imperialismo y los EEUU
proyectan su dominación al llamado patio trasero. La formación de una nación independiente no
pudo ser resuelta por las viejas clases de hacendados y comerciantes que sólo buscaban un
mercado para su azúcar. La incipiente clase obrera del tabaco y el azúcar, a pesar de ser un núcleo
duro de las huestes independentistas, se encontraba inmadura estructural y políticamente para tomar
esta tarea en sus manos. Su consecuencia fue que Cuba se vio postergada en su desarrollo por la
aceptación de su papel en la división internacional del trabajo como productor y abastecedor de
azúcar –esencialmente al mercado norteamericano– y políticamente por las subsiguientes
intervenciones imperialistas legitimadas por la Enmienda Platt.

Fue la revolución contra la dictadura de Machado de 1933, la que dio las pistas sobre quién era el
sujeto capaz de llevar adelante la emancipación cubana: la clase obrera y su alianza con el
campesinado y la pequeño burguesía urbana. Nuevamente la ley del desarrollo desigual y
combinado muestra su valor histórico: puestos a optar por una independencia conquistada por masas
14
sublevadas o la postergación de la nación cubana, la burguesía y la oligarquía criolla recurre a los
servicios del entonces sargento Fulgencio Batista para poner fin al movimiento subversivo y relanzar
los vínculos de sometimiento con EE.UU. En esta ocasión la clase obrera da signos de que en sus
fuerzas radican las posibilidades de un cambio de orden en Cuba. La huelga general que termina con
la dictadura, la fortaleza y politización de los sindicatos, el surgimiento embrionario de soviets en el
Oriente son una prueba de ello. La carencia de autonomía de la clase obrera con respecto a la
pequeño burguesía, que se explica por su inmadurez política, agravada por la orientación
ultraizquierdista del llamado “tercer periodo” del stalinismo cubano impiden al proletariado resolver a
su favor y de las masas campesinas esta revolución.

Fue la revolución de 1959 la que pudo cumplir con los objetivos de la revolución democrático-
burguesa, precisamente porque el pueblo armado impuso la ruptura con la burguesía y el
imperialismo y con ella un curso socialista para la revolución, aun antes de haber madurado la
autonomía de la clase obrera y su hegemonía sobre las clases oprimidas y explotadas, confiando y
delegando en manos de un ala radical de la pequeña burguesía (el M 26) la dirección del nuevo
gobierno revolucionario; el que se ve impedido de llevar adelante su propio programa por la presión
combinada del imperialismo y la burguesía de un lado y de las masas armadas del otro. La ley del
desarrollo desigual y combinado se devela en la fundación de un Estado obrero como vía para la
independencia nacional.

La revolución permanente y su dialéctica en el caso cubano


La teoría de la revolución permanente sostiene que: “Con respecto a los países de desarrollo
burgués retrasado y en particular de los coloniales y semicoloniales, la teoría de la revolución
permanente significa que la resolución íntegra y efectiva de sus fines democráticos y de su
emancipación nacional tan sólo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado,
empuñando éste el poder como caudillo de la nación oprimida y ante todo de sus masas
campesinas” [8] esta afirmación se vio corroborada objetivamente en el proceso cubano, lo que vino
a confirmar que en la época del imperialismo las tareas tardías de la revolución democrático-
burguesa (la liberación nacional, la revolución agraria y la reforma urbana) sólo pueden ser resueltas
por la revolución proletaria. La revolución del ’59 y la constitución del Estado obrero (aunque
deformado) en Cuba son una demostración de esta tesis y aún constituye una derrota ideológica y
estratégica de la concepción de la revolución por etapas y la colaboración de clases.
El M 26, que representaba políticamente al ala radical de la pequeño burguesía, se vio imposibilitado
de llevar adelante su programa de “mayor democracia y justicia social” [9] viéndose en la obligación
en el transcurso de la lucha de tener que incorporar las demandas sociales del campesinado y los
pobres urbanos [10]. El intento de alcanzar sus metas dentro del orden burgués desnudó sus límites.
Castro y su movimiento se convirtieron en agentes excepcionales, no previstos, del proceso histórico
y dirección de un movimiento de masas que empuja la revolución frente a las agresiones del
imperialismo, superando los límites del capitalismo.
Es precisamente en el papel excepcional de la pequeño burguesía como dirección del proceso
cubano, donde se cuestiona el contenido estratégico de la teoría de la revolución permanente que
sostiene que: “Sean las que fueren las primeras etapas episódicas de la revolución en los distintos
países, la realización de la alianza revolucionaria del proletariado con las masas campesinas sólo es
concebible bajo la dirección política de la vanguardia proletaria organizada en Partido Comunista
(...)” [11].
En Cuba la dinámica de la revolución permanente no se dio mediante la dirección efectiva del
proletariado y su vanguardia revolucionaria organizada en partido sino mediante una situación y
actores extraordinarios, que dan lugar a una dialéctica del proceso vivo de la lucha de clases donde
la derrota de la burguesía se anticipa a la estructuración de una nueva hegemonía de la clase obrera
expresada en consejos u otra forma de autoorganización. Esta debilidad de las masas explica mucho
de la iniciativa política de Castro que contiene al movimiento popular bajo su control. Esta anomalía
da lugar a un bloqueo estratégico de la dinámica permanentista: por un lado no permite a los obreros
y campesinos constituir el gobierno directo de esos organismos de autodeterminación; por el otro el

15
Estado cubano surgido de la revolución no será un factor consciente de la revolución latinoamericana
sino que con el tiempo será una nueva mediación que se levanta contra la misma. Por esta vía la
revolución permanente encuentra una confirmación en su negación, pues la revolución cubana
encuentra un nuevo límite en una tendencia conservadora que busca cristalizar las conquistas del
proceso social en una burocracia del nuevo Estado, en detrimento de las tendencias socialistas a la
autodeterminación de las masas y a la unidad del proceso revolucionario latinoamericano y
mundial [12].

El salto de calidad en el proceso revolucionario


Intentaremos aproximarnos a una explicación al punto anterior que fundamente la naturaleza de la
revolución cubana y las fuerzas sociales que le dieron origen.

Castro y sus compañeros fueron sobrepasados por la acción combinada de dos fuerzas antagónicas:
la del imperialismo que se pone a la cabeza de la contrarrevolución y la de las masas que en defensa
de la revolución se arman y movilizan. Fidel frente a esta situación se ve obligado a radicalizar sus
respuestas.

Una sincronía excepcional de factores objetivos e históricos actuaron de una forma tal que permite el
desenlace de los acontecimientos, conjugando una estructura caracterizada por la combinación de
los siguientes elementos: la alianza con la burguesía que había permitido la caída de la dictadura y
que tuvo su símbolo en el corto gobierno de Manuel Urrutia se vio rota rápidamente. Los capitalistas
y terratenientes cubanos se suman al imperialismo y se enfrentan al gobierno revolucionario. Cuando
la revolución intenta llevar adelante las primeras medidas que responden a las demandas sociales de
la población –congelamiento y rebaja de alquileres, congelamiento de tarifas, ajusticiamiento de los
representantes del régimen y la creación del INRA [13] que impulsa la reforma agraria– la burguesía
decide abandonar al gobierno revolucionario. El bloque de fuerzas sociales que había permitido la
caída de Batista se rompe. El imperialismo a su vez conspira abiertamente contra el gobierno cubano
y suspende la compra de azúcar a la isla. Todo esto obliga a Castro y Guevara a apelar al
movimiento de masas para lograr la supervivencia de la revolución y a radicalizar las medidas del
gobierno.
Las masas, a su vez, cobran un protagonismo central expresado en el papel que empieza a jugar el
proletariado con la ocupación de las refinerías petroleras y las centrales azucareras para evitar el
boicot patronal-imperialista y de los campesinos que buscan hacer efectiva la reforma agraria. Las
provocaciones contrarrevolucionarias provocan el llamado del gobierno a la formación de milicias
obreras y campesinas y el armamento generalizado de la población. Este es el punto de no retorno
que indica la definitiva ruptura con la burguesía y el origen de un gobierno obrero y campesino que
luego de la invasión de Playa Girón, organizada por la CIA, tomará un curso de expropiación y
determinará el carácter socialista de la revolución. La dirección del M 26 presionada entonces
conjuntamente por el imperialismo y las masas armadas, no puede detener el desarrollo de los
acontecimientos debiendo amoldarse a la nueva relación de fuerzas, imposibilitada de llevar su
programa adelante debe asumir como propio el programa de la clase obrera [14].

La revolución de contragolpe
La revolución, según la concebía el Movimiento 26 de Julio desde la Sierra Maestra, tenía por
objetivo terminar con Batista e imponer la democracia en Cuba. La composición social y el origen
político de la mayoría de sus dirigentes provenían de la pequeñoburguesía y el movimiento
estudiantil. Su programa consistía en una mezcla de reformas políticas y sociales, con rasgos
nacionalistas. En suma su estrategia era la de un movimiento policlasista [15]. Consecuentes con
esta concepción y ante el hecho de que sectores importantes de la burguesía cubana –y del mismo
imperialismo– estaban contra Batista, la entrada en La Habana del Ejército Rebelde instauró un
gobierno de coalición con el ex presidente de la Corte Suprema de Cuba, Manuel Urrutia, a la
cabeza. Este gobierno de coalición expresaba el bloque de fuerzas sociales que había enfrentado a
la dictadura, pero también el pensamiento que movía a los guerrilleros. Así en un discurso de Fidel

16
del 19 de febrero del ’59, un mes después de la toma del poder, éste afirmaba sus ideas, para
tranquilizar a la burguesía, señalando que: “Iremos a una campaña muy grande para convencer al
cubano de que compre artículos cubanos. Por eso los industriales están tan contentos con nosotros a
pesar de que venimos con unas cuantas leyes revolucionarias” [16]. De esta pretensión inicial de los
guerrilleros no quedó nada en pie.
Este frente común no tardó en desgajarse, tironeado por los distintos intereses de clase, por la
presión del imperialismo y la acción de los obreros y campesinos. Como recuerda Guevara: “En
enero de 1959 se estableció el gobierno revolucionario con la participación en él de varios miembros
de la burguesía entreguista. La presencia del Ejército Rebelde constituía la garantía de poder, como
factor fundamental de fuerza. Se produjeron enseguida contradicciones serias, resueltas, en primera
instancia, en febrero del ’59 cuando Fidel Castro asume la jefatura de gobierno con el cargo de
Primer Ministro. Culminaba el proceso en julio del mismo año, al renunciar el presidente Urrutia ante
la presión de las masas” [17]. Esta tensión hace añicos la pretensión original del M 26 y deja sin
sustento su programa de reformas sociales y democráticas. El mismo fue superado por la velocidad
de los acontecimientos. La dirección guerrillera se encontró de pronto con la deserción y hostilidad
abierta de la burguesía cubana. Fidel Castro y su movimiento, que hasta ese momento intentaban
actuar como árbitros entre las clases, quedan sujetos a la marea de la revolución. Inaugura entonces
una dinámica de contragolpe, oponiendo a cada medida del imperialismo y la burguesía, una
contramedida revolucionaria, apelando a la movilización de las masas obreras y campesinas que
expresaban un auténtico interés por la revolución. “La extensión y profundización del proceso
revolucionario se realizó a través de la presión y de la iniciativa de los líderes. En los campos
azucareros ocurrió la acción masiva: ‘las milicias revolucionarias han convertido las 161 centrales
azucareras de la isla en 161 baluartes de la revolución. Estas milicias protegen sus propios centros
de trabajo contra el sabotaje criminal’. En las refinerías petroleras ocurrió una acción masiva similar:
‘eran las milicias de estos centros de trabajo, las que estaban alertas y vigilantes antes de las
intervenciones y procedieron a ponerlas en funcionamiento, con el apoyo decidido de los técnicos e
ingenieros cubanos’” [18].
Huber Matos y otros dirigentes menores del movimiento conspiran abiertamente contra el nuevo
gobierno. El imperialismo aprovecha para recrudecer su boicot y decreta la ruptura de relaciones
comerciales. La respuesta de Fidel es convocar a la formación de milicias populares adonde acuden
masivamente los obreros y campesinos. Así la rebelión de Matos en el Escambray es aplastada por
las fuerzas revolucionarias. De esta manera, el Estado burgués es demolido por las masas
insurrectas, que protagonizan las expropiaciones de las refinerías, las tierras y las centrales
azucareras. La política de Fidel Castro a partir de entonces consiste en ponerse a la cabeza del
movimiento de las masas. Cada paso adelante de las mismas es orientado hacia la defensa del
gobierno revolucionario, en el cual las masas movilizadas identifican sus intereses y conquistas.
Sobre esta base más tarde Fidel Castro institucionalizará el nuevo poder y avanzará en controlar al
movimiento popular.

A la deriva en sus relaciones internacionales, amenazado por el imperialismo, el nuevo gobierno


deberá respaldarse en el apoyo de la URSS. Lo que es respondido con la invasión de los exiliados
cubanos (a partir de entonces gusanos) armados por la CIA a Bahía de los Cochinos en 1961. Esta
invasión es derrotada por las milicias populares lo que lleva –crisis de los misiles (1962) mediante– a
la agudización del bloqueo económico y la profundización del proceso de expropiaciones. Fidel
Castro proclama, el Primero de Mayo de 1962, en la rebautizada Plaza de la Revolución el “carácter
socialista” del Estado cubano y de su revolución. Este proceso que da origen al primer Estado obrero
de Latinoamérica, que Guevara define acertadamente frente al filósofo existencialista francés Jean
Paul Sartre como “la revolución de contragolpe” [19].

El papel de la clase obrera y los campesinos


Son los obreros y los campesinos revolucionarios, los defensores y protagonistas fundamentales de
esta fase de la revolución. Como un autor señala: “El apoyo activo y armado de los obreros al
gobierno revolucionario ha sido decisivo para la consolidación y defensa de su poder. Sin dicho

17
apoyo el núcleo dirigente revolucionario no habría podido transformar el viejo orden y establecer el
socialismo cubano. Sin embargo, la revolución no fue una revolución obrera en el sentido marxista
clásico. No fueron los obreros quienes iniciaron la lucha por el poder, como lo hicieran tres décadas
antes en la insurrección contra Machado, que entonces determinó rápidamente la formación de
soviets de obreros, campesinos y soldados en todo el país. En la revolución castrista, en cambio los
obreros desempeñaron un papel estratégico mediante su apoyo masivo y organizado a las medidas
del gobierno revolucionario y su defensa” [20].
La clase obrera cubana llega a la revolución como un componente más del bloque de fuerzas
sociales hegemonizado por la pequeñoburguesía. Sus organizaciones sindicales estaban copadas
por una burocracia corrupta y agente de la dictadura, el llamado mujalismo, y los partidos que
hablaban en su nombre, esencialmente el Partido Socialista Popular, carecían de fuerza y autoridad
frente a las masas así como de independencia con respecto a la burguesía. El campesinado y los
pobres del campo apoyan al Ejército Rebelde a partir del momento en que éste incorpora a su
programa la reivindicación de la reforma agraria.

Es cierto que la caída de la dictadura no fue el producto directo de una revolución obrera, pero
tampoco la expropiación de la burguesía fue la coronación del programa castrista, más bien la
dinámica la revolución en marcha terminó imponiendo un Estado obrero. En la historia de la moderna
lucha de clases la pequeñoburguesía nunca ha podido imponer una forma estable de gobierno
independiente. Ya desde Marx se señalaba cómo esta clase sigue al burgués o al obrero. El mismo
autor, en la cita, desliza cómo al calor de la radicalización del proceso los obreros y campesinos
serán la base de apoyo de la revolución y del nuevo gobierno. A pesar de su falta de independencia,
la clase obrera garantiza con la huelga general de enero del ’59 la caída de la dictadura, y se
convierte en el transcurso de la revolución, junto a los campesinos, en los protagonistas centrales de
las expropiaciones. Fueron los mismos obreros quienes recuperaron sus organizaciones y echaron a
patadas a los mujalistas de los sindicatos. Sin embargo, debido a su preocupación por defender la
revolución amenazada, Fidel Castro, basado en su gran prestigio, logró imponer la reorganización de
los sindicatos desde la cúpula del nuevo Estado, nombrando a la cabeza de la CTC-R a los
stalinistas del PSP, en quien todo el mundo desconfiaba [21]. Esta fracción se volcó desde aquel
momento a regimentar al movimiento obrero e impedir su autoorganización en el desarrollo de la
lucha revolucionaria [22].
La clase obrera fue todo lo revolucionaria que podía, huérfana de autonomía política e independencia
de sus organizaciones, careciendo de hegemonía sobre el conjunto del movimiento revolucionario de
las clases explotadas [23].

Un bonapartismo sui generis de un nuevo Estado. La evolución del M 26.


Los cambios producidos en la revolución entre el ’59 y el ’62 dan paso a un nuevo tipo de
bonapartismo sui generis, que transforma su contenido social al ritmo de la caída del viejo Estado
burgués semicolonial y el nacimiento de un Estado obrero deformado. La definición de bonapartismo
sui generis, había sido formulada por León Trotsky para analizar al gobierno de Cárdenas que había
nacionalizado el petróleo en el México de los años ’30. Así sostenía que: “En los países
industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la
burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder
estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil
burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter
bonapartista sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En
realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al
proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado (...)” [24].
La ubicación original del M 26 con respecto a la clase obrera se ajusta a esta forma descripta por
Trotsky. Recordemos que antes de la victoria sobre Batista, Fidel Castro establece sus acuerdos con
la burguesía y la oposición política cubana en el Pacto de Caracas y busca establecer contactos
dentro del movimiento obrero para utilizarlo como un auxiliar de la lucha antidictatorial. En un primer
momento, al triunfo de la revolución, el M 26 y el Ejército Rebelde se transforman en el árbitro de

18
toda la situación, producto de la derrota de las viejas FFAA, intentando imponer este papel entre los
distintos actores y buscando un equilibrio frente a los mismos. La ruptura con la burguesía lo obliga a
recostarse sobre el apoyo popular dando origen a un gobierno obrero y campesino, que inicia un
curso anticapitalista. A partir de ese segundo momento, la radicalización del proceso revolucionario
lleva al nuevo gobierno a tomar la iniciativa como forma de expresar su control sobre la situación y
dar un canal a las acciones. El M 26, como fuerza política, adquiere transitoriamente un curso
centrista. Se produce una transformación en su seno, mientras Fidel Castro busca que las masas no
queden fuera de su control, los obreros y campesinos ven en este movimiento el instrumento político
desde donde empujar su revolución.
Decimos entonces que es un tipo específico de bonapartismo sui generis, por expresar esta
tendencia más general común a todos los gobiernos de jugar un rol de árbitro en los países
semicoloniales entre el imperialismo y el proletariado y las clases explotadas. Ausente la burguesía
nacional, queda recostado exclusivamente en las clases populares que vienen conquistando
posiciones. Al tratarse de un gobierno surgido de la revolución que avanza en el cambio del régimen
de propiedad y el carácter del Estado, se produce un salto de calidad en la forma en que establece
las condiciones de su arbitraje. Como dirigentes de una clase que no es la suya, Fidel Castro y el M
26 ven cambiar la revolución que va dando origen a un Estado obrero. Su transformación en
dirección de este proceso no implica un cambio en su carácter más general de bonapartista, sino en
su contenido social y por ende en la naturaleza de las nuevas contradicciones que se le presentan –
por un lado, la oposición del imperialismo y la contrarrevolución interna, por el otro, las masas
movilizadas y su propia ala izquierda dentro del M 26, en el medio jugando un papel cada vez más
preponderante y decisivo, la burocracia de Moscú y los stalinistas cubanos–. Este bonapartismo va a
ser una de las condiciones del carácter deformado del nuevo Estado, que luego del reflujo de la
marea revolucionaria y el estrechamiento de la relación con Moscú –más allá de los vaivenes– van a
permitir la stalinización del régimen político.

Algunas consideraciones sobre esta definición


Nos detendremos un instante a explicar esta definición. Con esta categoría queremos saldar cuentas
con las posiciones que tienden a ver a la dirección castrista como un producto revolucionario original
que avanza empíricamente al marxismo, tal como sostenía Ernesto Che Guevara. Muchos epígonos
adhieren así a una especie de teoría del “sustitucionismo” que explicaría la revolución cubana [25].
El historiador marxista Isaac Deutscher explicando cómo pudo triunfar la revolución china sin tener
como fuerza dirigente al proletariado, encuentra la respuesta en lo que el llama el fenómeno del
“sustitucionismo” [26]. Según esta explicación, que no niega los puntos de contacto entre el
stalinismo y el maoísmo, el Partido Comunista Chino habría podido dirigir la revolución campesina en
1949 en un sentido socialista por la adhesión de Mao al marxismo y por la íntima ligazón entre la
revolución china y la URSS. Para Deutscher el análisis de Trotsky, según el cual los ejércitos de Mao
de triunfar podían resultar la expresión del interés campesino contra el proletariado, se mostró
equivocado porque se instauró un Estado obrero. En una segunda visión Deutscher, ya
desilusionado frente a la brutalidad de la Revolución Cultural, define a Mao “como una combinación
de Lenin y Stalin” queriendo señalar así la diferencia entre el comandante guerrillero y el personero
del régimen totalitario. Esta referencia responde al objetivo metodológico de comparar procesos
políticos similares y responder a este tipo de visión que ensalza las supuestas virtudes subjetivas de
este tipo de direcciones o quieren resaltar la posibilidad de ejercer presión sobre las mismas. No
vemos un leninismo inherente en Mao tal como creía Deutscher o un empirismo revolucionario en
Fidel que los empuje a ser portavoces de las clases explotadas. Los vemos más bien como actores
excepcionales que se ven obligados a adaptarse al proceso histórico para no perder el control de los
acontecimientos.
El M 26 como ya dijimos era un movimiento de la pequeñoburguesía, policlasista de difusa ideología
nacionalista y martiana. Se nutría de la tradición insurreccionalista, “jacobina”, de la
pequeñoburguesía cubana. Es al calor de la revolución política que preconizan y llevan a cabo contra

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Batista que el M 26 queda al frente de las fuerzas sociales que radicalizarán el proceso. Hasta este
momento los guerrilleros de la Sierra cumplen un rol jacobino, dinamizador y protagonista de la lucha
política. Los acontecimientos que ya hemos descripto llevan a la ruptura del M 26 y a la imposición
final de la fracción más radical de Castro y Guevara. Superada históricamente la época del
jacobinismo y las revoluciones políticas democráticas, puestas en movimiento las clases explotadas,
el auge de la revolución impondrá una dinámica al proceso cubano que no podrá ser contenida
dentro de los marcos democrático burgueses. El nuevo bonapartismo que encarna Fidel Castro se
monta sobre la ola revolucionaria para darle un canal y controlarla. Su adhesión ideológica al
“socialismo” es funcional a esta necesidad y a establecer una alianza con los sectores conservadores
dentro del Estado que –bajo la tutela de la URSS– serán la base de una nueva burocracia.

La dirección de los comandantes


El desarrollo de la revolución se encontró con que cada paso adelante dado por las masas contra el
imperialismo y la burguesía, se expresaba bajo la forma de un contragolpe del gobierno
revolucionario, así las masas actuaban en auxilio de las medidas de Fidel. La relación establecida
por la dirección con el pueblo era a través de los mítines masivos donde Fidel contenía su
protagonismo, intentando de este modo subsumir su iniciativa. Pasado el momento más agudo de la
revolución, Castro llama a la constitución del Partido Unico de la Revolución como una forma de
institucionalización del proceso, liquidando la libertad de tendencias que había existido hasta
entonces en el seno de las masas. Hecho esto se le impide a obreros y campesinos expresar
autonomía frente a los comandantes [27], transformados por el discurso oficial, y luego por la
mitología castrista en los portadores exclusivos de la revolución. Esta es la forma ideológica con que
una nueva burocracia gobernante expropia políticamente las conquistas de un nuevo Estado por
parte de las masas.
La cada vez mayor subordinación de la dirección castrista a Moscú, que llevo a duros debates y
luchas políticas en el seno de la dirección cubana sobre la política exterior de la revolución y la
discusión sobre la orientación económica, mostró la necesidad de la nueva casta gobernante de
reforzar su control acentuando su carácter bonapartista. Estos son los límites que una dirección de
esta naturaleza impone al triunfo revolucionario, reforzado por el hecho de tratarse de un país de la
periferia semicolonial, en un contexto mundial de colaboración entre los Estados Unidos y la Unión
Soviética. Es la forma que toma la reacción interna frente al empuje revolucionario para actuar como
un freno al interior de la isla.

Esto también se refleja en su política exterior. La alianza con el aparato stalinista internacional
empuja a establecer una estrecha colaboración con las burguesías latinoamericanas. Esto no se hizo
sin crisis, el mismo Guevara, que se oponía progresivamente a aspectos de la política de Moscú en
cuanto a la economía y la coexistencia pacífica, es derrotado y sus partidarios silenciosamente
desplazados de los puestos de mando del “Estado obrero deformado”.

Autodeterminación de la clase obrera


Toda revolución social inaugura un periodo de transición donde la clase obrera y las masas expresan
sus anhelos de libertad. La revolución socialista es un medio para conquistar mediante la dictadura
proletaria un punto de partida en la transición al socialismo y una base de apoyo para la derrota del
imperialismo y la revolución a escala internacional. La expropiación de la burguesía, la planificación y
el monopolio del comercio exterior son condiciones necesarias pero no suficientes para este fin,
mucho más en países de la perifería capitalista. La actividad consciente y autodeterminada de
obreros y campesinos, su pleno dominio político y su autogobierno, es imprescindible para crear
nuevas relaciones sociales libres e igualitarias, que preparen la abolición del Estado como institución
de dominio, en una sociedad sin clases, el comunismo. Sin embargo, como transición, en todo
Estado obrero conviven las tendencias del viejo orden y de la nueva sociedad. Allí donde una
20
burocracia impone sus designios se fortalecen las tendencias burguesas tanto al interior, como
régimen de control social y de privilegio, como al exterior bajo la forma del abandono de la lucha de
clases y la conciliación con los capitalistas. El curso que tomó la revolución cubana vuelven a
confirmar estas tesis.

Tomado desde un punto de vista histórico la ausencia de un partido marxista revolucionario, anclado
firmemente en la clase obrera, impidió que en la revolución cubana el proletariado impusiera su
hegemonía como dirección del proceso, y que éste se expresara de forma autónoma en el desarrollo
de los acontecimientos. El doble poder que expresaran las milicias no bastó para que surgieran
organismos de autodeterminación de las masas sobre el que se construyera el nuevo Estado, tal
como pudo ser en la experiencia de los soviets en los primeros años de la Revolución Rusa. Las
masas fueron controladas por la dirección castrista antes de que éstas pudieran poner en pie sus
propias organizaciones de autogobierno. La experiencia de los soviets no era ajena al proletariado
cubano, habían sido parte de la revolución del ’33, donde la clase obrera alcanzó su punto más alto
de subjetividad y llegó a disputar la hegemonía del movimiento antiimperialista.

Anteriormente afirmamos que el stalinismo nativo no pudo ser efectivo en el proceso del ’59, sin
embargo veinte años de acción stalinista en el movimiento obrero no pasaron sin consecuencias. La
clase obrera cubana llegó a la revolución sin haber construido un Estado mayor alternativo sobre el
cual apoyarse para conquistar su independencia e imponer su hegemonía en el movimiento
revolucionario.

La ideología cubana
La burocracia una vez erigida como poder intentó explicar la historia a través de una
“ideología” [28] donde las fuerzas propulsoras, los obreros y campesinos, hablan por boca de Fidel
Castro, y el papel de las grandes masas de hombres y mujeres en el proceso histórico es subsumido
por la iniciativa de los individuos que movidos por una voluntad de cambio generaron las condiciones
de la revolución cubana.
Esta revolución, como todo profundo proceso de transformación social ha sido “ (...) la historia de la
irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos.” Y “Sólo estudiando los
procesos políticos sobre las propias masas se alcanza a comprender el papel de los partidos y los
caudillos, que en modo alguno queremos negar. Son un elemento, sino independiente, sí muy
importante, de este proceso. Sin una organización dirigente, la energía de las masas se disiparía,
como se disipa el vapor no contenido en una caldera. Pero sea como fuere, lo que impulsa el
movimiento no es la caldera, ni el pistón, sino el vapor” [29]. Fue el protagonismo de grandes masas
de trabajadores y campesinos que cambiaron el destino colonial de la isla. Esto fue así a lo largo de
toda la historia de la Cuba moderna. En forma permanente las masas intentaron doblegar la
dominación imperialista y colonial a las que las sometían las clases dominantes nativas. Guerra y
revolución recorren cien años de historia cubana. Sin embargo, la “historia oficial” de la revolución del
’59, que da origen al primer Estado obrero deformado de América latina y occidente, fue reescrita
alrededor de una inversión del proceso revolucionario. El rol primordial que se le hace jugar a los
caudillos de la revolución cubana, en particular Fidel Castro así como la transformación de Guevara
en un ícono, tiene el múltiple objetivo de identificar el interés de la revolución, es decir el interés del
nuevo Estado con el destino de sus dirigentes. Esta es una forma de reforzar la autoridad frente a
cualquier cuestionamiento surgido de las entrañas del movimiento de masas que ponga en duda su
poder ejercido con métodos bonapartistas. Otro aspecto velado por la apariencia reside en no
ahondar en las explicaciones teóricas y en los balances estratégicos sobre la revolución cubana y el
papel de la misma en la lucha de clases latinoamericana e internacional.
Es una falsa conciencia construida, que surge para justificar el congelamiento de la revolución en los
marcos de la isla y la burocratización del régimen cubano. Se trata entonces de desmitificar la
historia revolucionaria cubana poniéndola sobre sus pies.

21
 NOTAS
ADICIONALES
 [1] Consideramos a Cuba un Estado obrero por el hecho de que por medio de la conquista del poder político se expropió
a la burguesía y los terratenientes, se nacionalizó la propiedad, se impuso el monopolio del comercio exterior y se
instauró la planificación como medio de la política económica. Las características deformantes de este Estado están
dadas porque al frente del mismo se encuentra una burocracia que impide el ejercicio directo del poder por parte de
obreros y campesinos, obteniendo sus privilegios de la dirección de este Estado y que actúa como un factor conservador
del orden social, en el terreno de la lucha de clases continental e internacional. Todos estos elementos los
desarrollaremos a lo largo del artículo.
[2] Uno de los principales animadores de esta corriente de pensamiento es el intelectual brasileño Michel Löwy, militante
del Secretariado Unificado de la IV Internacional. En la Argentina uno de sus exponentes es Néstor Kohan docente de la
UBA y de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo y autor, entre otros, de: De Ingenieros al Che. Ensayo sobre
el marxismo argentino y latinoamericano.
[3] Néstor Kohan, De Ingenieros al Che. Ensayo sobre el marxismo argentino y latinoamericano, Biblos, Bs.As., 2000.
[4] Ernesto Guevara, La planificación socialista, su significado citado por Michael Löwy, Dialéctica y revolución, Siglo XXI,
México, 1978, p. 178.
[5] La derrota del foco guerrillero en Ñancahuazu, Bolivia, no sólo nos habla de la coherencia e integridad revolucionaria
del Che Guevara, sino también del fracaso del intento de forzar mediante la voluntad de un grupo decidido la revolución.
Pagando con sus vidas el precio de esta trágica empresa.
[6] Citado por Silvio Frondizi, La revolución cubana. Su significación histórica, Ciencias Políticas, Montevideo, 1961, p. 74.
[7] Ernesto Guevara, “Si la Alianza para el Progreso fracasa” en Obras Completas, Legassa, Bs. As., 1996, p. 231
[8] León Trotsky, La Revolución Permanente, El Yunque, Argentina, s.f, p. 167.
[9] Cfr. Fernando Mires, La rebelión permanente. Las revoluciones sociales en América Latina, Siglo XXI, México, 1998.
Luis Vitale, De Martí a Chiapas. Balance de un siglo, Síntesis, Santiago, 1995. Silvio Frondizi, op. cit. Ernesto Gonzalez,
Historia del trotskismo obrero e internacionalista en la Argentina. Palabra obrera, el PRT y la revolución cubana, Antídoto,
Bs.As., Tomo 3 Volumen 1, 1999.
[10] “La Reforma Agraria radical, que es la única que puede dar la tierra al campesino, choca con los intereses directos de
los magnates azucareros y ganaderos. La burguesía teme chocar con esos intereses; el proletariado no teme chocar con
ellos. De este modo la marcha misma de la revolución une a los obreros y a los campesinos.” Citado en Ernesto Guevara,
op. cit., p. 206.
[11] León Trotsky, op.cit., p. 168.
[12] Distorsionadamente, la polémica entre Guevara y los soviéticos expresan esta nueva contradicción.
[13] Instituto Nacional de la Reforma Agraria.
[14] El revolucionario ruso León Trotsky señalaba que en circunstancias excepcionales direcciones reformistas y
pequeñoburguesas podían avanzar más allá de lo que deseaban, en el camino del “gobierno obrero y campesino”
entendido como un episodio transitorio hacia la dictadura del proletariado: “(...) no se puede negar categóricamente, por
anticipado, la posibilidad teórica de que, bajo la influencia de cirscunstancias completamente excepcionales (guerra,
derrota, crack financiero, presión revolucionaria de las masas, etc), los partidos pequeñoburgueses, incluyendo a los
stalinistas, puedan ir más lejos de lo que ellos mismos quieren en la vía de una ruptura con la burguesía. En cualquier
caso, una cosa es indudable: aunque esta variante, sumamente improbable, se realizara alguna vez en alguna parte, y el
“gobierno obrero y campesino”, en el sentido arriba mencionado, se estableciera de hecho, representaria meramente un
corto episodio en la vía hacia la verdadera dictadura del proletariado.” En León Trotsky, El programa de transición para la
revolución socialista, Crux, La Paz, s.f, p. 60. Consideramos que el caso cubano se ajusta metodológicamente a esta
definición.
[15] “El 26 de Julio no es un partido político sino un movimiento revolucionario, sus filas estarán abiertas para todos los
cubanos que sinceramente deseen restablecer en Cuba la democracia política e implantar la justicia social”. El programa
del 26 de Julio no superaba los límites de la democracia burguesa: “1) formación de un frente cívico revolucionario con
una estrategia común de lucha; 2) designación de una persona llamada a presidir el gobierno provisional; 3) renuncia del
dictador; 4) renuencia del frente cívico a aceptar o invocar la mediación o intervención de otra nación en los asuntos
internos de Cuba, más una petición a EE.UU. para que suspenda todos los envíos de armas a la dictadura; 5) rechazo de
cualquier gobierno provisorio representado en una Junta Militar; 6) apartar a los militares de la política; 7) llamar a

22
elecciones de acuerdo con lo establecido en la constitución del ’40 y el código electoral de 1933; 8) bosquejo de un
programa mínimo a ser cumplido por el gobierno provisional.” Citado por Fernando Mires, op.cit, p. 309.
[16] Marcos Winocur, Cuba: Los primeros quince años de la revolución, CEAL, Bs.As, 1973.
[17] Ernesto Guevara, op.cit.
[18] James Petras, Clase, poder y estado en el Tercer Mundo. Casos de conflictos de clases en América latina, F.C.E,
México, 1993.
[19] Este concepto de Guevara a Sartre está vertido en el libro Huracán sobre el azúcar y es también utilizado por Silvio
Frondizi en su libro “La revolución (...), op. cit. y retomado por Ernesto González en el capítulo dedicado a este proceso
en su “Historia del trotskismo (...), op. cit.
[20] Maurice Zeitlin, La política revolucionaria y la clase obrera cubana, Amorrortu, Buenos Aires, 1973.
[21] Según Adolfo Gilly, hablando sobre la popularidad de los dirigentes stalinistas en el movimiento obrero cubano
contaba: “Un obrero me decía que Lázaro Peña era el artífice de la más completa unidad del proletariado cubano: la
unidad contra él.” Adolfo Gilly, “Cuba entre la coexistencia y la Revolución”, en Monthly Review. s/e, 1964.
[22] “El secretario general de la CTC-R (Central de los Trabajadores de Cuba-Revolucionaria) fue electo en el último
congreso de la central obrera, realizado en 1961. Se lo eligió con el sistema de la candidatura única, es decir, que ningún
adversario podía competir con él en la elección. Su designación fue mucho más una decisión de arriba que una elección
de abajo. Los trabajadores, que apoyan y defienden hasta la muerte a la revolución, no opusieron resistencia organizada
al sistema, pues hay una preocupación que guía cada paso y cada iniciativa de los obreros cubanos: no causar daño a la
revolución, retenerse o esperar cuando creen que alguna protesta, por justificada que sea, puede perjudicar a la
revolución.” En esta cita Gilly, un observador cercano de los acontecimientos, cuenta cómo fue electo secretario general
el odiado Lázaro Peña.
[23] “La mecánica política de la revolución consiste en el paso del poder de una a otra clase. La transformación violenta
se acentúa generalmente en un lapso de tiempo muy corto. Pero no hay ninguna clase histórica que pase de la situación
de subordinada a la de dominadora súbitamente, de la noche a la mañana, aunque esta noche sea la de la revolución. Es
necesario que ya en la víspera ocupe una situación de extraordinaria independencia con respecto a la clase oficialmente
dominante, más aun, es preciso que en ella se concentren las esperanzas de las clases y de las capas intermedias,
descontentas con lo existente, pero incapaces de desempeñar un papel propio (...)”, León Trotsky, Historia de la
revolución rusa, Antídoto, Buenos Aires, 1997.
[24] León Trotsky, “La industria nacionalizada y la administración obrera.” en Escritos Latinoamericanos CEIP (comp.),
CEIP, Buenos Aires, 1999.
[25] Esta es una amplia tendencia de opiniones y posturas que van desde los que centran su explicación en el papel
exclusivo de la dirección hasta la visión más burguesa que señala el salto de calidad por los factores externos, como la
opción entre EEUU y la URSS.
[26] Al respecto ver “El maoísmo: sus orígenes, antecedentes y perspectivas” en Isaac Deutscher, El maoísmo y la
Revolución Cultural China, Era, México, 1974.
[27] Con esta política reprimen y encarcelan, por ejemplo, a los trotskistas cubanos del POR- Voz Proletaria,
simpatizantes de la corriente orientada por J. Posadas, que se niegan a disolverse en pos de un partido único. Años más
tarde los militantes trotskistas serán liberados a condición de que abdiquen de construir un partido independiente que se
referencie en las ideas de la IV Internacional. Al respecto cfr. Gary Tennant, The Hidden Pearl of the Caribbean:
Trotskyism in Cuba, 1932-65. Editado por Revolutionary History.
[28] Utilizamos aquí el concepto de “ideología” en el sentido que Marx y Engels le imprimen en La Ideología Alemana:
como falsa conciencia. A este respecto Engels explica: “(...) el estado, una vez que se erige en poder independiente frente
a la sociedad crea una nueva ideología”. (Federico Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana.). “La
ideología es un proceso que se opera por el llamado pensador conscientemente, en efecto, pero con una conciencia
falsa. Las verdaderas fuerzas propulsoras que lo mueven, permanecen ignoradas para él; de otro modo, no sería tal
proceso ideológico. Se imagina, pues, fuerzas propulsoras falsas o aparentes”. (Carta de Engels a Franz Merhing 14 de
julio de 1893).
[29] León Trotsky, Historia de la Revolución Rusa, op. cit.

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