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Daniel James. “Resistencia e integración.

El peronismo y la clase trabajadora argentina”

QUINTA PARTE: Los trabajadores y la Revolución Argentina: de Onganía a la vuelta de Perón, 1966-73

9. Los dirigentes sindicales peronistas son asediados: nuevos actores y nuevos desafíos

La Revolución Argentina y la crisis de la dirigencia sindical

- Las primeras instancias del gobierno del general Juan Carlos Onganía instituido tras el coup d’état de 1966
parecieron darle la razón a las optimistas calculaciones de la burocracia sindical, que implícitamente habían apoyado
la destitución del radical Arturo Illia. Las reformas radicales, que habían tendido a la debilitación de la cúpula, estaban
ahora inertes; la izquierda peronista mantenía una posición marginal; y el vandorismo era capaz de desplegar
movilizaciones masivas y disciplinadas, sin incluir a la masa desorganizada y conflictiva. Sin embargo, pronto se
evidenció que los cálculos no eran más que quimera.

- Se desató una crisis en la gerencia gremial, caracterizada por: la aparición interna de opositores que cuestionaron
las estructuras gremiales existentes; divisiones internas entre los gremialistas, y el peligro de quedar aislados de un
peronismo resurgente. La crisis fue suscitada por el accionar del régimen militar, que: suspendió toda actividad y
organización política en pos de agilizar las negociaciones y ya no tener que depender del diálogo con otros grupos de
interés.

- La inactivación de la política tenía como objetivo la instauración del plan económico bosquejado por el ministro
Krieger Visena, cuyos principales blancos eran la clase trabajadora y el movimiento gremial. Se suspendieron los
diálogos con la CGT, se suprimió la personería jurídica en un gran número de sindicatos y se aplicó la intervención
tan pronto como el gremio amenazaba con una huelga. La cúpula sindical se encontraba en un dilema: si optaba por
la confrontación, toda la estructura podría desaparecer; si optaba por la negociación en tales términos, seguramente
perdería credibilidad frente a los afiliados.

- El plan no era más que una continuación de las ideas desarrollistas, mediante la racionalización y la modernización,
y donde prevalecería el capital extranjero. Para ello, el gobierno desplegaría toda una serie de redistribuciones de los
ingresos en detrimento de los asalariados y del sector agrario y en beneficio de los empleadores urbanos industriales;
asimismo, se buscó la supresión de todos los gastos estatales considerados irracionales e improductivos, como la
protección arancelaria.

- Nuevas respuestas lógicas nacieron de la situación de 1966. A vistas de los fracasos de la estrategia vandorista,
aquellos que habían sido intervenidos y más afectados por la política económica recurrieron a la llana oposición, que
se vería truncada con las derrotas del Plan de Lucha de 1967; los gremios más pequeños y vulnerables optaron en
cambio por una alianza neocorporativista. Vandor y sus seguidores optaron por mantener la compostura, sin cerrar
los canales de diálogo ni darles suficientes excusas al gobierno para la total erradicación del gremialismo.

- Más allá de la estructura sindical, la represión estatal se expandió hacia otras áreas de la vida social y política,
como las universidades y las fuerzas policiales. Esto desembocó en una considerable tranquilidad social, al menos en
apariencia, mientras entraban en ebullición diversas tensiones bajo la superficie; los asalariados urbanos, pequeños
comerciantes, empresarios de economías regionales y propietarios rurales fueron de los más afectados.

- Recién en 1969, el descontento civil y las tensiones gremiales confluyeron en una ola generalizada de
desobediencia, que tuvo como principal escenario a las ciudades del interior, particularmente Córdoba. Habiendo
empezado como una protesta universitaria, pronto la CGT se les unió en solidaridad y organizó una serie de huelgas
generales; todo ello se sucedía con muchos motivos de queja: política salarial, “descuentos zonales”, abolición del
sábado inglés y condiciones laborales desfavorables en la industria automotriz. Pronto se instalaron barricadas y se
atacaron a los edificios estatales que simbolizaban autoridad. La protesta había desbordado la movilización planeada
por los sindicatos. Este llamado “Cordobazo” significó el principio del fin de la Revolución Argentina, al haber
destrozado la imagen de invencibilidad que había legitimado al gobierno militar.
- En vano fue el intento de la cúpula sindical de ponerse a la cabeza de la movilización y utilizar al Cordobazo a su
favor; este fenómeno terminó por acrecentar la crisis de liderazgo gremial, al haberse consolidado nuevos actores y
corrientes.

Nuevos actores: la rebelión de las bases

- El sorpresivo surgimiento de nuevos actores obreros, que terminaron por socavar el poder de la cúpula, se dio
especialmente en la producción automotriz, de siderurgia y petroquímica en el cinturón industrial que bordeaba al río
Paraná. Hasta entonces, esta mano de obra se había mantenido al margen de las transformaciones y conflictos
sindicales; esto se debió a que eran empleados de empresas multinacionales, disponían de buenos salarios y
estabilidad de la ocupación laboral, y en su mayoría formaban parte de sindicatos por empresa y que negociaban en
el nivel de cada firma, es decir, de manera colectiva pero descentralizada de los avatares gremiales nacionales.

- Esta singular estructura, ajena a la cúpula sindical, permitió el fortalecimiento de la conciencia en las bases para
presionar tanto sobre los empleadores como sobre los dirigentes gremiales; donde los sindicatos peronistas habían
sufrido de la desmovilización.

- Con el plan económico de Krieger Vasena y la racionalización y degradación de los salarios resultantes, se terminó
con la pasividad de esta clase obrera. Hubo todo una serie de rebeliones por parte de las base obreras de las
empresas automotrices, que quitaron a los dirigentes de sus sindicatos de empresa y eligieron a nuevos líderes de
línea intransigente. Al ser destrozada la docilidad, la estructura de los sindicatos de empresas dificultó el control de
las bases rebeldes, puesto que no contaban con los controles internos de los sindicatos peronistas tradicionales.

- La oposición laboral se organizó especialmente en el interior; en Buenos Aires, el movimiento gremial se mantuvo al
margen de la conmoción reinante en el resto del país, en parte gracias a la existencia de los mencionados
mecanismos de represión y coopción truncaban las posibilidades afirmar algún grado de autonomía. Asimismo, la
distribución geográfica (cercanía entre hogares y lugar de trabajo) en el interior propiciaba la cooperación, mientras
en la metrópolis bonaerense pasaba lo inverso y nunca se llegó a desafiar verdaderamente a los empleadores y/o
dirigentes gremiales como en el interior.

Clasismo y sindicalismo de liberación: significado y límites de la nueva oposición sindical

- En Córdoba, la vanguardia del movimiento fue coordinada por el gremio de Luz y Fuerza, los sindicatos de SITRAC
y SITRAM, y por los obreros de la planta IKA-Renault. Si bien este fue el epicentro, su accionar inspiró movilizaciones
similares en otros puntos del interior.

- Se desplegaron protestas poco convencionales, como los “paros activos” (que extendían la manifestación más allá
del lugar de trabajo), ocupaciones de plantas y la toma de rehenes entre personal. Sin embargo, la singularidad de
estas protestas fue su carácter antiburocrático, es decir, en oposición a los modelos vigentes de dirigencia sindical y
distribución del poder, relacionados demasiado estrechamente con las empresas. Si bien los pedidos por una
dirección honesta no eran nuevos, nunca tuvo un eje tan central como en esta situación; se evocaba por la
democracia interna, el abandono de la corrupción y la prontitud de respuesta a las necesidades de las bases. Se trato
de evitar la formación de las tradicionales burocracias profesionales, por lo que se puso énfasis en que los líderes
debían de haberse consolidado desde abajo. Otra característica fue la rotación periódica de los dirigentes.

- Los nuevos dirigentes se concentraron en las condiciones de trabajo, enfrentándose a los planes de racionalización
orientados a intensificar la producción, como las bonificaciones, las categorías laborales, y pidiendo la participación
de los trabajadores en los objetivos de la producción. Esta fue una resurrección de las reivindicaciones de las
condiciones laborales, que habían sido abandonadas tras las derrotas de la era de Frondizi.

- Conceptos como el “clasismo” y el “sindicalismo de liberación” implicaban una identificación del movimiento obrero
con la supresión del capitalismo y la creación de una sociedad socialista; aún más, hubo proposiciones de
nacionalizaciones masivas y el control obrero de las industrias. Tanto para los sindicatos tradicionales como para los
empleadores, el clasismo suponía una irreconciliable naturaleza de los intereses entre clases, reconciliación tan
indispensable para los dos primeros. Asimismo, el movimiento había demostrado la capacidad de suscitar el
desorden social con tal de alcanzar sus objetivos, lo que era una amenaza directa al régimen militar.

- Sin embargo, este movimiento no estaba exento de limitaciones y contradicciones internas. Entre ellas, el hecho de
que no pudiera convertirse en una fuerza genuinamente nacional o incluso llegar a Buenos Aires significó una
considerable debilidad. Asimismo, la cruenta represión gubernamental y empresarial truncó al movimiento.
- Cabe destacarse que en la mayoría de los casos las bases no concordaban con los objetivos últimos del clasismo,
es decir, de la instauración de una sociedad socialista; apoyaban al movimiento por los cambios concretos hacia una
dirección gremial más honesta.

- A continuación del Cordobazo, la propagada sensación de desorden social propició el accionar de activistas
políticos de extrema izquierda dentro de la clase obrera; maoístas, peronistas revolucionarios, comunistas y toda una
serie de marxistas de la nueva izquierda tuvieron su propia voz entre la oposición interna de las filas gremiales, al
haberse erosionado la primacía del peronismo y su burocracia sindical. El Cordobazo y el Viborazo parecieron ser
dos antecedentes claros de un desafío más profundo desde las bases, unidas en oposición al régimen militar y
aglutinadas definitivamente gracias al accionar de los grupos izquierdistas.

- Uno de los legados más importantes del clasismo fue expandir, aunque sea parcialmente, el espectro de las
ideologías políticas en el discurso de la clase trabajadora.

- Sin embargo, y como ya se ha dicho, la movilización por parte del clasismo se basaba en el atractivo que
presentaban los líderes, más honestos y combativos, antes que por factores puramente ideológicos; en cuanto se dio
la asunción del general Lanusse y las flexibilizaciones parecieron permitir una vuelta al juego político y aún del líder
exiliado, la latente lealtad al peronismo refluyó y se visualizaron los límites de la radicalización política y de la
conciencia de clase adquirida. Esto se evidenció aún más con los fallidos intentos de formalizar el clasismo en 1971.

Continúa la crisis de los dirigentes sindicales: del Cordobazo a la vuelta de Perón

- El período 1969-1973 estuvo signado por el desmantelamiento del régimen autoproclamado Revolución Argentina y
el acceso al poder del peronismo mediante elecciones. La destitución de Onganía fue seguida por la instalación de
Levingston y la flexibilización aunque no lo suficiente como para calmar el descontento popular y el cada vez más
radicalizado accionar guerrillero; se desató un segundo Cordobazo, que supo unificar la lucha de obreros,
estudiantes, vastos sectores de la población y los grupos izquierdistas. Incapaz de menguar el conflicto, Lanusse es
puesto en el cargo, que se encargó de la transición hacia un gobierno civil.

- El Gran Acuerdo Nacional (GAN) proponía el restablecimiento de las tradicionales instituciones que regulaban la
vida cívica y política. Se levantó la proscripción a los partidos políticos y se dialogó con importantes figuras del
peronismo para permitir su vuelta al juego político y el retorno del líder por excelencia, y se desbarataron los aspectos
del plan económico que disgustaron a los sectores empresariales.

- Sin embargo, la guerrilla de extrema izquierda era un fenómeno difícil de contener, que no se contentaba con la
promesa de futuras elecciones electorales. Para 1970 operaban cuatro grupos guerrilleros importantes: las Fuerzas
Armadas Peronistas (FAP), las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP)
y los Montoneros. El radicalizado accionar de estos grupos (que comprendían asesinatos, secuestros, sabotajes,
ataques a instalaciones militares y robos), que estaba a su vez aprobado por jóvenes y/o estudiantes, convenció a
los militares que Perón y el peronismo eran los únicos que podían contrarrestar esta amenaza, y dejó a los primeros
en pésimas condiciones para las negociaciones.

- Del GAN, la dirección sindical no consiguió grandes concesiones, a pesar de las flexibilizaciones; si bien
conservaba su hegemonía en Buenos Aires, ya no tenía las capacidades como para movilizar a sus afiliados
masivamente como lo hubiese hecho en el apogeo del vandorismo.

- Acontece el asesinato de Vandor en 1969 y el de José Alonso en 1970, ambos a manos de grupos guerrilleros.

- La jefatura sindical se mostraba pesimista ante la revitalización del peronismo y la emergencia de nuevas fuerzas
izquierdistas en el seno del movimiento, que difería enormemente de la tradicional izquierda gremial del período
1960-1970 (los duros tenían peso, pero marginalmente y concentrado en los pequeños sindicatos; el peronismo
revolucionario ejercía su influencia en las bases, particularmente en el interior y formaba parte de las nuevas
corrientes de oposición gremial, pero también su alcance era limitado). A la cúpula le preocupa principalmente los
grupos guerrilleros juveniles, inspirados por el extremismo de una amplia gama de sublevaciones del Tercer Mundo,
particularmente la experiencia cubana, e identificando al peronismo como un movimiento de liberación nacional con
objetivos socialistas; estos grupos estaban en directa oposición a la burocracia sindical, y representaban una
amenaza tanto física como ideológica, puesto que planteaban extirparlos y suplantarlos. Y Perón no hizo nada para
detenerlos, puesto que les era útil desde una perspectiva táctica.
- Poca y nula participación habían tenido los sindicatos en la organización de las elecciones y la proposición de
candidatos de 1973; luego de dieciocho años de apoyar de apoyar la recuperación del poder estatal por el peronismo,
la victoria de Cámpora suscitaba pocos sentimientos de satisfacción y optimismo.

- La renuncia de Cámpora, la creciente campaña en los días que siguieron a su renuncia contra los “infiltrados” en el
movimiento, el papel desempeñado por los sindicatos en la campaña electoral que llevó a Perón a la presidencia en
septiembre de 1973, todo anunciaba un desplazamiento de la influencia dentro del peronismo en detrimento de los
sectores extremistas. Esto se ve evidenciado con el llamado “Pacto Social”, esencialmente un acuerdo entre
empleadores y gremios para la congelación de los salarios y la conciliación política, que necesitaba de la burocracia
sindical.

- En menos de un año, los guerrilleros habían pasado a una posición de obediencia o mismo de llana clandestinidad,
por lo que se embarcaron en la oposición armada contra Isabel, heredera y viuda del líder tras su muerte en julio de
1974. La cúpula sindical se fortaleció gracias a la bendición personal de Perón y pasaron a representar al verticalismo
o el respeto por la jerarquía interna al movimiento, en oposición a los jóvenes “imberbes” izquierdistas. Aún antes de
la muerte de Perón, la extrema derecha peronista ya había comenzado a encargarse de purgar a aquellos que
habían mostrado simpatía con la izquierda y el clasismo y cualquier otra forma de gremialismo disidente.

- A pesar de una falsa apariencia de solidez, la cúpula sindical se encontraba en frágiles condiciones; el Pacto Social
implicaba una serie de graves compromisos, y ni la CGT ni la CGE disponían siquiera de la credibilidad necesaria
para hacerlos cumplir. Esto a su vez coincidió con una contracción del mercado mundial y un salto de la inflación
internacional como consecuencia de la apreciación del petróleo, y una mala predisposición del empresariado para
cooperar. El pacto terminó por incentivar el ya latente conflicto de clases, que venía en ebullición desde el período
anterior a 1973.

- La cúpula sindical utilizó sus recientemente adquiridos recursos estatales para aislar y aterrorizar a sus posibles
rivales en la militancia, así como ejercer presión en Isabel tras la muerte de Perón.

- Los militantes de base, desprovistos de una estructura clandestina como la que ostentaban los grupos guerrilleros,
fueron el blanco predilecto de los escuadrones de muerte derechistas. Por su parte, para el clasismo se habían
acabado sus tentativas de fundar una alternativa política izquierdista del peronismo; ello implicaría un desafío político
directo. Estas incapacidades para construir un liderazgo alternativo terminaron por alimentar y fortalecer la
hegemonía de la burocracia sindical, que a su vez falló en reafirmar su credibilidad entre las bases; con la espiral
inflacionaria, el descontento de estas últimas resurgió y se visualizó fervientemente con el llamado “Rodrigazo”, en
oposición al plan de estabilización coordinado por el ministro Celestino Rodrigo. El movimiento espontáneo implicó
ocupaciones de fábricas y manifestaciones populares durante un mes, y estuvo dirigido por la jefatura sindical; sin
embargo, esta no disponía de soluciones alternativas y coherentes.

- En la estela del Rodrigazo nacieron “comisiones coordinadoras”, con el propósito de reorganizar a las bases y los
activistas, pero su accionar estuvo limitado por la interrupción del coup d’état de 1976.

10. Conclusión

- Tras el derrocamiento del general Perón en 1955, se asistió a la consolidación del sindicalismo peronista tanto como
expresión de la clase trabajadora como del peronismo, principal identidad política e ideológica de la clase. Tras
intentos de su erradicación, el período 1960-1970 vio la emergencia del movimiento gremial como fuerza social y
política indiscutible; junto a las fuerzas armadas, los gremios eran el otro polo alrededor del que giraba la sociedad
argentina. El trabajo trató de documentar esta transformación y comprender la naturaleza del movimiento y sus
líderes.

- Si bien algunos podrían argumentar que la burocracia sindical se implantó y perpetuó en el liderazgo a fuerza de la
corrupción, negociación con el Estado, pactos con las fuerzas armadas y matonismo, el autor por su parte sostiene
que estos fueron recursos que utilizó para acumular y proteger su propio poder, pero se los toma aisladamente y
contribuyen a una simplificación. Tomando teorías de la sociología, el autor argumenta sobre el proceso de
“integración”, el creciente dominio del pragmatismo entre los sindicatos peronistas y el creciente efecto “corruptor”
que tienen la constante negociación con empleadores y funcionarios oficiales, en el sentido que promueven tomar el
punto de vista de los gerentes más que de los trabajadores y una búsqueda por otro status. Tomando los datos de
productividad, salarios reales y niveles de protesta, el autor puede afirmar que la cúpula sindical cumplió un papel
fundamental en el proceso de reestructuración del capitalismo argentino y como reguladores del posible conflicto. El
autor trata de escapar de las simplificaciones en términos de traición esbozadas por la generación de la Resistencia y
luego la Juventud Peronista.

- Sin embargo, ni los sindicalistas peronistas más intransigentes pudieron ofrecer una alternativa viable al
integracionismo; el integracionismo debe de entenderse en una sociedad en que el Estado no proporcionaba
acertadamente las necesidades básicas de los trabajadores, los sindicatos se presentaban como proveedores de
servicios sociales.

- El autor admite que si bien es cierto que la cúpula sindical confinó el descontento obrero en parámetros limitados,
esto no quita la existencia de acciones como el Plan de Lucha de 1964; la tarea del sindicato consiste en presentar
un equilibrio entre activismo y aquiescencia; un pasividad exagerada le desposee de su excusa para existir.

- El autor denota la escasez de expresiones formalizadas e institucionales de colaboración entre el Estado y los
sindicatos, en comparación con otras naciones industrializadas en el mismo período histórico; el vandorismo en
ningún sentido puede ser considerado como una institución estatal consagrada. Esta ambivalencia era la naturaleza
de la cúpula sindical, su fuerza pero también su debilidad.

- El apoyo al golpe militar de 1966 fue evidentemente un error, pues eliminó el limitado espacio de maniobra que
había existido hasta entonces y dejó solo dos alternativas en su lugar: la llana oposición o subordinación; su
ambivalencia se vio socavada.

- El integracionismo, sin embargo, no debe de ser aceptado sin reparo y debe de ser comprendido como parte de un
proceso histórico de la clase trabajadora argentina en su totalidad.