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Caso Aceite de Colza

El 20 de mayo de 1989, la justicia dirimió la causa abierta a 38 empresarios relacionados


con el envenenamiento masivo por el aceite de colza con fines industriales utilizado de
forma fraudulenta. Ocho años después de que falleciera el primer intoxicado, solo 13 de
ellos fueron condenados a penas de entre seis meses y 20 años de prisión, sanciones muy
inferiores a las solicitadas por el fiscal, en las que se llegó a pedir para algunos de los
acusados entre 10.000 y 100.000 años de cárcel.

Las investigaciones que se llevaron a cabo consiguieron desenmascarar a los culpables


de la intoxicación. Se descubrió que siete empresas y unas diez marcas comerciales
cometieron un fraude al mezclar el aceite con otros productos y vendiéndolo de forma
clandestina y sin ningún control para uso alimentario.

Un mes y medio después del primer fallecimiento y gracias al trabajo de campo del doctor
Tabuenca Oliver, subdirector del Hospital Niño Jesús (Madrid), se determinó cual era la
causa que había provocado la intoxicación generalizada: aceite de colza adulterado
vendido a granel. A partir de ese momento, palabras como “anilina“, “desnaturalizado” o
“refinado” se harían habituales entre la sociedad, conmocionada tanto por el transcurso
de los acontecimientos como por la inacción de los representantes públicos.

El síndrome tóxico permitió que se destapara la red de empresas implicadas en el proceso


de la alteración del aceite desnaturalizado. A finales de julio, siete empresas y una decena
de marcas se encontraban en el punto de mira de las autoridades sanitarias.

El fraude provenía de la mezcla que algunas empresas llevaron a cabo a la hora de


procesar el aceite. Estos mezclaban varios componentes, obteniendo como resultado un
producto adulterado para uso industrial. Acto seguido, se vendía clandestinamente y sin
ningún tipo de control. Una de las empresas más activas fue RAELSA, ubicada en
Alcorcón, causante de la mayor parte del envenenamiento en los municipios del sur de la
Comunidad de Madrid.

La extensión del problema sanitario cruzó las fronteras españolas y llegó a países como
Dinamarca o Francia. Varias empresas galas reconocieron su ignorancia y trataron de
eximir su responsabilidad alegando que empleaban la anilina como desnaturalizante
“porque así se lo pedían los españoles”.
El 20 de mayo de 1989 se conoció la sentencia. Durante el proceso judicial, la defensa de
los acusados argumentó que el origen de la intoxicación no provenía de la manipulación
del aceite sino de una serie de partidas de tomates rociados con pesticidas provenientes
de Almería. Esta teoría se rechazó por parte de varios especialistas médicos. Una de las
personalidades más relevantes en este sentido fue el epidemiólogo británico Richard Doll,
que acudió al juicio para sostener —en base a un informe elaborado por él mismo enviado
al tribunal— que el aceite de colza adulterado fue el causante del síndrome tóxico.

La hipótesis alternativa se centró fundamentalmente en lo siguiente: Algunos


investigadores sostienen que la masiva intoxicación no fue provocada por el aceite de
colza sino por la mala utilización de productos organofosforados en una plantación de
tomates en Almería. Dicha denuncia incluso implica algún tipo de prueba militar de
Guerra biológica. Estos investigadores se basan en que se ha intentado reproducir la
enfermedad en un laboratorio administrando el aceite de colza a cobayas y no se ha
logrado obtener los mismos efectos que sufrieron los pacientes. El Dr. Muro fue el
primero en investigar las intoxicaciones descartando que pudiera deberse al aceite, pues
había enfermos que no había consumido dicha sustancia que habían enfermado y otros
que sí la habían consumido y no habían enfermado. Fue cesado de su cargo de director
del Hospital del Rey. Otros investigadores señalan que sólo un 3 por 1.000 de los
consumidores del aceite sospechoso estaban afectados.

La hipótesis alternativa es que la intoxicación tuvo su origen en una partida de tomates


cultivados en Roquetas de Mar (Almería), previamente tratados con un compuesto
organotiofosforado (la partícula indica presencia de azufre en el compuesto), el
fenamiphos (comercializado con el nombre de Nemacur), combinado con isofenphos
(comercializado con el nombre de Oftanol). Tanto es así, que el anterior mencionado Dr
Muro, se lanzó el 13 de mayo de 1981 a predecir nuevos focos de afectados: dado que
había seguido la pista de la enfermedad y había logrado dar con la red de distribución del
producto venenoso, notificó en la tarde del 13 de mayo a los doctores Munuera y Cañada
—subdirector general de programas de Sanidad— dónde exactamente iban a aparecer
nuevos casos de afectados al día siguiente, con especificación de poblaciones y de calles.
Al día siguiente, 14 de mayo, aparecieron efectiva y puntualmente estos nuevos afectados
en las poblaciones y en las calles indicadas por el Dr. Muro.

Luis Frontela, catedrático de Medicina Legal de la Universidad de Sevilla, realizó un


experimento en donde se alimentó a ratones con pimientos y tomates que previamente
habían sido tratados con un nematicida organofosforado (3metil-4-metiltiofenil
isopropilamido fosfato) y a otros con aceite de colza. «Entre el 1 % y el 20 % de los
animales así alimentados han muerto. El resto reproducen las principales lesiones del
síndrome tóxico. En cambio los ratones a los que se les ha suministrado aceite de colza
lo único que han hecho es engordar».

Sin embargo, sólo dos de los acusados —Juan Miguel Bengoechea y Ramón Ferreiro—
fueron condenados con penas privativas de libertad. Los restantes, con penas menores, ya
habían cumplido la condena durante el período de prisión preventiva o fueron absueltos.

Tres años más tarde, el Tribunal Supremo amplió las condenas, elevando las penas de
varios de los aceiteros. Sin embargo, estos se declararon insolventes debido a lo cuantioso
de las indemnizaciones. Ante esta tesitura, los abogados de los afectados exigieron
responsabilidades al Estado por supuestas negligencias de sus funcionarios. De esta
forma, y tras 16 años de espera, se condenó a dos funcionarios y a la Administración,
como responsable civil subsidiario, a restituir el total de las indemnizaciones. El pago se
demoró, en algún caso, más de dos décadas.

Básicamente, para condenar a los implicados se utilizó la moderna teoría de la imputación


objetiva. Los industriales y comerciantes que habían intervenido en el proceso de
importación, manipulación de este aceite son quienes serían sentados en el banquillo de
los acusados, siendo condenados por el Tribunal Supremo Español, el cual aplicó la
doctrina desarrollada por el Tribunal Federal Alemán en el caso Contergan, y consideró
probada la correlación existente entre el antecedente de la ingestión y las consecuencias
de la muerte o las lesiones:

“para la determinación de una ley causal natural al menos en el sentido del


Derecho Penal, no es necesario que se haya podido conocer el mecanismo preciso
de la producción del resultado (en este caso la toxina que ha producido los
resultados típicos) en tanto se haya comprobado una correlación o asociación de
los sucesos relevante y sea posible descartar otras causas que hayan podido
producir el mismo”.

En este sentido, se condenó a los implicados a penas privativas de libertad (solo a dos),
mientras que el resto o salió libre porque ya se habían computado sus penas en la prisión
preventiva o en sí eran relativamente muy bajas. En lo que concierne a las personas
jurídicas, la Ley que introduce la responsabilidad penal de las personas jurídicas no entró
en vigor hasta diciembre de 2010; por lo que no hubo sanción penal para estas. Sin
embargo, haciendo un análisis comparado, de haber habido responsabilidad penal de las
personas jurídicas en aquel entonces, en las penas que pueden imponerse a estas, se habría
optado por la disolución de la persona jurídica. En este sentido, la disolución producirá la
pérdida definitiva de su personalidad jurídica, así como la de su capacidad de actuar de
cualquier modo en el tráfico jurídico, o llevar a cabo cualquier clase de actividad, aunque
sea lícita.

Caso Siemens
En el caso Siemens o Volkswagen (en Alemania), el fabricante de automóviles alemán
utilizaba un dispositivo de engaño cuando los automóviles pasaban una inspección
técnica para falsear las emisiones contaminantes y así evadir las regulaciones sobre
emisiones. El objetivo era ahorrar costes para la multinacional. La sanción fue para la
compañía en sí y no para sus empleados.

No obstante, que este caso suele ser presentado como leading case de la legislación
alemana en cumplimiento de los Convenios internacionales anticorrupción, es preciso
señalar que el Tribunal Supremo Federal alemán (BGH) no castigó a los administradores
y miembros del consejo de administración por un delito de corrupción de funcionarios
extranjeros, argumentando sobre el origen histórico de dicho precepto y su alcance para
hechos cometidos en el extranjero por lo que no resultaba aplicable por respeto al
principio de legalidad. Sin embargo, condenó a los administradores por un delito de
administración desleal, entendiendo que éstos habían causado un perjuicio a la empresa
al no haber respetado las normas relativas a la correcta administración leal y fiel en la
realización del acto de disposición patrimonial relativo al pago de comisiones para la
obtención de contratos a favor de la empresa.

El caso Siemens mostró cuán importante es cumplir con la ley y cuán severas pueden ser
las consecuencias para las compañías. Gracias a la colaboración prestada por Siemens
AC a las autoridades y a la realización de investigaciones internas, una multa inicial que
se calculaba en varios miles de millones de euros, logró acordarse en alrededor de mil
millones de euros (€ 395.000.000 acordados con la Fiscalía de Múnich y € 600.000.000
con la Securities and Exchange Commission y el Departamento de Justicia
estadounidense).

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