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1. EL TEMA DE LA /IGLESIA.

Se expone en una cuádruple escala:

a) La proyección en la voluntad de Dios. Ya el prólogo de la carta (la euloghía: 1,3-14) piensa en


una especie de anticipación de la comunidad eclesial en una voluntad salvífica de Dios que es
anterior a la misma fundación del mundo (cf 1,3.4.5.11s). Hay que advertir que el concepto de
predestinación aquí presente no es técnico (le falta el aspecto negativo de la perdición), sino que
expresa únicamente la constatación de la participación actual y efectiva de los cristianos en la
gracia de la elección. El plural tantas veces repetido ("nos-nosotros") hace ver hasta qué punto el
autor de Ef piensa en términos comunitarios: Dios ha proyectado desde siempre un conjunto de
redimidos. La Iglesia, además, es la depositaria de la revelación de un "misterio" que concierne a
un proyecto divino más amplio sobre el mundo entero: el de "recapitular todas las cosas en Cristo"
(1,10). Este conocimiento forma parte de la sabiduría cristiana (cf 1,8-9), que por eso mismo sabe
juzgar oportunamente de las realidades cósmicas, no sólo en cuanto que las relativiza, sino sobre
todo en cuanto que las ve secretamente orientadas hacia una meta crística; y esto le confiere
además al cristiano una visión no temerosa, sino positiva y optimista en sus relaciones con el
mundo, puesto que sabe que éste no es autónomo ni tirano, sino desautorizado de su cualidad de
"potencia", desacralizado, sometido e incluso en tensión hacia el único señorío de Cristo. Y el
autor de la carta dobla sus rodillas ante el Padre (cf 3,14), ya que sólo él ha creado todas las
cosas (3,9) y sólo de él recibe su existencia y su fuerza cada uno de los grupos (3,15: patriá en
griego no significa "paternidad", sino "tronco, familia, estirpe, linaje") de las potencias tanto
celestiales como terrenales (esto es, de todo tipo). Sobre todo, debe ser toda la comunidad
cristiana la que dé este testimonio (cf 3,10s): es el único texto en todo el NT en que la ekklésía se
convierte, en conjunto, en sujeto de una proclamación, que tiene por otra parte una dimensión
universal). Y es a este Dios al que se dirige imperiosa, humilde y gozosa la doxología de todos los
cristianos "en la Iglesia yen Cristo Jesús" (3,21): es como un canto coral que sube desde toda la
comunidad cristiana hacia aquel que es "padre de todos, que está sobre todos, por todos y en
todos" (4,6: la fórmula es probablemente de origen o al menos de resonancia filosófica griega, en
donde encerraba una referencia cosmológica) [/Cosmos].

b) La dimensión cristológica. La cristología de Ef parte no de una reflexión sobre la Iglesia, sino de


una meditación sobre las relaciones de Cristo con el panorama más vasto de las realidades
cósmicas (cf 1,9-10.20-22a). Sus relaciones con la realidad eclesial serán tan sólo una
especificación, aunque especialmente privilegiada, de sus relaciones cósmicas (cf 1,22b-23).
Efectivamente, el lector de este escrito empieza descubriendo que el primordial "misterio de la
voluntad de Dios" es el de "recapitular todas las cosas en Cristo" (1,10), es decir, el de dar un
administrador, un responsable a la plenitud de los tiempos nuevos que han colmado ya los de las
antiguas esperanzas (cf un significado análogo apocalíptico de "misterio" en Qumrán: lQpHab
7,2.13-14; 1QS 11,17-19). Nos vemos así enfrentados con la figura gigantesca de Cristo
pantokrátór (cf 1,20s.22a). Esta concepción cristológica ofrece al cristiano una clave hermenéutica
del mundo capaz de no restringir el señorío de Cristo solamente a la Iglesia; en efecto, Cristo es
más grande que la Iglesia, la cual no puede pretender encerrarlo todo en sus propios límites; esto
significaría para ella identificarse con el mundo, que es más bien el teatro entero del dominio de
Cristo. Sin embargo, no es el cosmos, sino solamente la Iglesia la que es llamada "cuerpo" suyo
(1,23; 2,16; 4,4.12.16; 5,23.30), es decir, lugar de su pertenencia especialísima; más aún, un
conjunto viviente que recibe de él no sólo un sentido y una orientación (como el mundo), sino
incluso la existencia, la subsistencia, la identidad misma (cf 4,15-16). Es muy elocuente sobre todo
el texto 1,22b-23 (que presentamos aquí en una versión particular): Dios "lo entregó en calidad de
cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia, que es su cuerpo, la plenitud suya que llena por
completo todas las cosas". El mundo y la Iglesia forman dos círculos concéntricos, sometidos al
mismo señorío de Cristo; pero sólo la Iglesia es el pléroma de Cristo, es decir, el ámbito
plenamente lleno de su presencia, de su gracia y de sus dones (cf 3,19; 4,10.13; 5,18), con el que
guarda una relación que no es sólo de trascendencia, sino de inmanencia. Esta relación tan
especial se pone también de manifiesto mediante el lenguaje nupcial (cf 5,25.27), que representa
una recuperación de la antigua simbología profética de Oseas. Pero aquí la personificación de la
Iglesia no tiene que entenderse en el sentido gnóstico de una preexistencia de la misma en forma
de sizigía o de pareja arquetípica de Cristo; efectivamente, en 5,2 la Iglesia no es más que el
conjunto personalista e histórico de "vosotros" y "nosotros". Esto significa que la Iglesia no está de
forma autónoma en el origen de la redención, sino que es el simple resultado de la salvación de
los cristianos (cf 2,45); en el origen de todo el acontecimiento salvífico está solamente el amor de
Dios en Jesucristo a todos los que estaban muertos por sus propios pecados (cf 2,1) [/Jesucristo].

c) La estructuración interna. Este aspecto particular de la eclesiologia de Ef aparece en primer


lugar en la imagen del "templo santo" (2,22), que va creciendo "sobre el fundamento de los
apóstoles y de los profetas" (estos últimos son probablemente personas espirituales de la Iglesia
primitiva: cf ICor 12,28); al mismo Pablo se le reconoce un ministerio totalmente singular (cf 3,2s).
Pero la sección epistolar más importante en este sentido es 4,716, que ofrece tres elementos en el
mensaje. En primer lugar se observará que Cristo es el punto de partida (cf vv. 7s.10.11.16) y al
mismo tiempo la meta de tensión de toda la vida de la Iglesia y de su ministerialidad (cf vv. 13.15).
En segundo lugar, el autor menciona algunos ministerios específicos: "Él a unos constituyó
apóstoles; a otros, profetas; a unos evangelistas, a otros pastores y maestros" (4,11). Aunque se
distingue de otras listas análogas del epistolario paulino (cf 1Cor 12,28; Rom 12,68), las funciones
que aquí se designan constituyen los ministerios fundamentales, de base, en torno a los cuales se
articula la comunidad; pero probablemente esta lista designa una sucesión histórica desde la edad
de los apóstoles hasta la de los pastores, cuya actividad principal es la de "maestros" (cf la
endíadis), más bien que no todo el espectro, que no es ni mucho menos completo, de ministerios
actuales. En tercer lugar, sin embargo, se afirma aquí una ministerialidad de todos los miembros
de la Iglesia (cf 4,7: "cada uno de nosotros hemos recibido..."); contra H. Schlier, y con R.
Schnackenburg, ese "nosotros" tiene que entenderse en sentido comunitario y no sectorial, como
se deduce tanto de la cita bíblica de 4,8 como de la locución no particularista de 4,10 ("para que
se cumpliesen todas las cosas" o quizá "todos", en masculino). De manera que la tarea específica
de los mismos ministerios fundamentales consiste en "hacer idóneos a los santos para cumplir el
ministerio"(4,12; otras versiones no recogen estos matices); esta universalidad ministerial se
afirma además en 4,13: "hasta que todos lleguemos...".

d) La composición ecuménica. La Iglesia es un "corpus mixtum", un cuerpo compuesto no tanto de


santos y de pecadores, sino más bien de hombres que proceden de experiencias religiosas y de
culturas diversas. Es un ejemplo actualizado de ecumenismo. El autor de la carta, en conformidad
con su ambiente histórico, está pensando en los judíos y en los paganos que han llegado a
confluir en la nueva realidad eclesial y que tienen que dar prueba dentro de ella de aquella unidad
y de aquella paz que Cristo realizó en sí mismo. "El es nuestra paz; el que de ambos pueblos hizo
uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad; anulando en su propio cuerpo la ley, sus
mandamientos y decretos. El ha formado de los dos, en su propia persona, una nueva humanidad,
haciendo así la paz. El hizo de los dos un solo cuerpo y los ha reconciliado con Dios por medio de
la cruz, destruyendo en sí mismo la enemistad" (2,14-16). Puede apreciarse el procedimiento tan
cargado y tan repetitivo de este texto: señal de que el tema impregna el ánimo del autor y le
resulta especialmente querido. En Cristo, y por tanto en la Iglesia (probablemente el complemento
"en un solo cuerpo" supone una dimensión tanto individual como social), quedan superadas todas
las divisiones; el "hombre nuevo" (también aquí tanto en sentido individual-cristológico como
social-eclesial) es un hombre de paz, que favorece y realiza no sólo la mutua coexistencia, sino
una comunión recíproca, de forma que ahora "los unos y los otros" pueden presentarse "al Padre
en un solo Espíritu" (2,18; pero aquí el pneúma podría tener solamente un valor psicológico, como
en Flp 1,27). La confluencia simultánea de las diversas ramas histórico-salvíficas forma parte del
"misterio" divino revelado ahora a la Iglesia: "Este secreto consiste en que los paganos comparten
la misma herencia con los judíos, son miembros del mismo cuerpo y, en virtud del evangelio,
participan de la misma promesa en Jesucristo" (3,6). Destaca aquí la posición totalmente
privilegiada de Israel, pueblo de Dios desde antiguo, al que se es incorporado ahora por gracia (cf
2,11.12): "los paganos de nacimiento... estabais en otro tiempo sin Cristo, alejados de la
ciudadanía de Israel"; 2,13.19: "Ya no sois extranjeros y huéspedes, sino que sois ciudadanos de
los consagrados y miembros de la familia de Dios"). Vuelve a percibirse la sugestiva imagen
paulina del injerto contra la propia naturaleza (cf Rom 11,17-24); pero ahora se sugiere además
que la Iglesia está más allá del solo Israel (cf los "hijos de la desobediencia" en 2,2; 5,6) y que los
cristianos, aunque en continuidad con el plan divino de la salvación, forman algo nuevo, un
"tertium genus".