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OBSERVACIONES SOBRE LA MECANICA CUANTICA Y

EL INDETERMINISMO DE LO HUMANO
CAPITULO SÉPTIMO
La naturaleza no es un experimento del hombre, sino el hombre
un experimento de la naturaleza.
Niels Bohr
1. EL MECANICISMO CIENTIFICO
Durante las últimas décadas el espectacular desarrollo de algunas
ramas de la ciencia, tales como microbiología, bioquímica,
genética e incluso sociobiología, ha hecho posible que el viejo
mecanicismo cientí-fico de principios del siglo XVIII conquiste
parcelas de la naturaleza que en tiempos pasados parecieron
inaccesibles. Hoy día se admite sin recelo que cualquier realidad
natural, desde el macrosistema llamado Universo hasta la reacción
química que dio origen a la vida, tiene una estructura comparable
a la de una máquina, aunque esta máquina sea extremada-mente
complicada y para predecir su comportamiento se requieran leyes
distintas a las de la física clásica.
Este mecanicismo científico no se ha limitado a los fenómenos
pro-pios de la materia inanimada, sino que, a partir de la
revolución evolu-cionista protagonizada por Darwin, se ha
extendido a los seres vivos, tratando de explicar incluso hasta su
comportamiento psíquico, lo cual ha dado origen a que cierta
investigación empírica de la segunda mitad del siglo XX
establezca que el comportamiento del hombre corresponde al de
un sistema cibernético (1).
Sin embargo, el mecanicismo científico tropieza con una gran
dificul-tad filosófica, pues implica la admisión de un rígido
determinismo causal en la dilucidación de toda actividad humana.
Si el hombre puede redu-cirse a un «modelo mecánico», cualquier
decisión tomada por él se deberá a unas causas concretas, que
permitirán explicarla y preverla con absoluta certeza, y, por tanto,
toda su manera de proceder estará ciegamente determinada. El
hombre no goza de libertad, sino que es sólo un pequeño
engranaje en el complejísimo mecanismo universal.
Vemos, pues, que la razón, apoyada en los constantes
descubrimien-tos científicos, nos empuja cada vez con más fuerza
hacia variantes modernas del viejo determinismo laplaciano (2)1,
y sólo la tenacidad de algunos filósofos indeterministas permite
aún concebir al hombre con cierta capacidad para elegir sus
propios actos. El eterno dilema de la predestinación o el libre
albedrío, en cualquiera de sus vertientes, teoló-gica o
antropológica, sigue aún en pie. Lo que llama la atención es la
manera tan ingenua con que algunos indeterministas de nuestra
época han querido zanjar la controversia, apoyándose en ciertas
conclusiones de la moderna física cuántica. Estos eruditos opinan
sin fundamento alguno, como veremos más adelante, que el
indeterminismo filosófico que presupone la existencia del libre
albedrío es innegable desde el punto de vista científico, pues cabe
perfectamente dentro de los supuestos de la moderna física
atómica.
2. LA MECANICA CUANTICA Y LAS RELACIONES DE
INCERTIDUMBRE DE HEISENBERG
La mecánica clásica, cuyos fundamentos fueron establecidos por
Newton a finales del siglo XVII, ha contribuido en forma muy
notable al desarrollo del saber científico, y además, al ser una
ciencia exacta en la que el principio de causalidad 2 se aplica en
toda su extensión, supone que el determinismo impera en la
naturaleza, donde las leyes físicas, por el mero hecho de serlo,
establecen el comportamiento de todo lo que existe.
Sin embargo, la mecánica newtoniana no es aplicable a todos los
fenómenos físicos. Por un lado, Einstein demostró teóricamente, a
prin-cipios de siglo, que, cuando un cuerpo se mueve a
velocidades compara-bles con la velocidad de propagación de la
luz, las leyes que determinan su comportamiento deben ser otras
muy distintas de las establecidas por Newton. Y así nació la
mecánica relativista. Algunos años antes, Planck había llegado a
la conclusión de que la energía no puede presentarse en
cantidades tan pequeñas como se quiere, es decir, que, de la
misma forma que existe «una unidad elemental» de materia,
existe también una unidad elemental de energía, y ésta sólo puede
concebirse en cantidades iguales a esa unidad, llamada cuanto de
energía, o en múltiplos de ella. Por aquel entonces se comprobó
también que las leyes de la mecánica clásica dejaban de ser
aplicables cuando en los procesos en estudio inter-vienen
cantidades de energía comparables a los cuantos.
La mecánica cuántica (3) se desarrolló a finales de la década de
los veinte, gracias al esfuerzo de físicos tan notables como Bohr,
Heisen-berg, Schrödinger y Born, con el propósito de establecer
un cuerpo de doctrina que sirviera para explicar los anteriores
procesos. Sin embargo, no es justo considerar la mecánica
relativista o la cuántica como una refutación de la mecánica
newtoniana, que aún sigue en pie como caso particular de las dos
anteriores, cuando se cumplen ciertas condiciones de entorno.
Así, por ejemplo, si se pretende calcular la órbita de una nave
espacial, se utilizan las leyes y los postulados de la mecánica
new-toniana, y los resultados obtenidos son de gran precisión. Por
el contra-rio, para estudiar la propagación de un rayo láser en el
espacio intereste-lar es preciso hacer uso de los postulados de la
mecánica relativista, y para investigar la estructura electrónica de
un átomo hay que recurrir a la mecánica cuántica.
Una de las características más importantes de la mecánica
cuántica radica en el hecho de estar fundamentada en leyes de
naturaleza estadís-tica, en lugar de apoyarse en leyes exactas
como las propuestas por New-ton. La física de los cuantos no
permite establecer la órbita de un elec-trón que gira alrededor de
su núcleo mediante parámetros exactos, como lo hace la mecánica
clásica al tratarse de un planeta del sistema solar. En microfísica
solamente se puede establecer una «nube de probabili-dad» en
torno del núcleo atómico, dentro de la cual puede estar el
elec-trón, con una probabilidad distinta para cada uno de sus
puntos, según ciertas leyes de distribución estadística.
Esta importante característica se debe a las llamadas relaciones de
incertidumbre, establecidas por Heisenberg (4) en 1927, al
demostrar que en el mundo de la microfísica es imposible
determinar con gran precisión y simultáneamente el valor de
cualquier pareja de magnitudes que sean canónico-conjugadas,
esto es, que tengan las dimensiones físicas de una acción, como
ocurre, por ejemplo, con el impulso y el lugar (posición). Lo cual
equivale a decir que, si queremos medir precisamente la
veloci-dad de una partícula subatómica, su posición aparecerá
como indetermi-nada dentro de ciertos límites, y viceversa. Esto
es consecuencia inevita-ble de que en este campo de la física no
es posible despreciar la influencia que el procedimiento de
medida ejerce sobre lo que se pre-tende medir, ocurriendo que, si
se «afina» mucho en uno de los paráme-tros que se quieren
determinar, la otra cantidad canónico-conjugada se verá
fuertemente afectada por la medida, y sólo estará al alcance del
observador establecer la probabilidad de que esa cantidad tenga
un valor u otro, según ciertas consideraciones de tipo estadístico.
Esta peculiaridad de la física cuántica ha desconcertado
sobremanera no sólo a los físicos, sino también a los filósofos,
pues pudiera interpre-tarse como una refutación del sólido
cimiento del principio de la causa-lidad. Si en igualdad de
condiciones un electrón que gira en torno a su núcleo puede estar
en un sitio o en otro, según la probabilidad que corresponde a
cada uno de estos lugares, parece que el determinismo de la
macrofísica debería ser sustituido en microfísica por el llamado
proba-bilismo cuántico.
Ante esta perspectiva, los físicos atómicos se han agrupado en dos
escuelas distintas de pensamiento. Los progresistas, que admiten
la ine-ludible necesidad del probabilismo cuántico, forman la
llamada escuela de Copenhague, mientras que los conservadores,
a la cabeza de los cua-les estuvo el propio Einstein, se han unido
en lo que algunos conocen como escuela de París. Para estos
últimos, las leyes de la macrofísica son extensibles a la
microfísica, aunque de momento no se sepa cómo hacerlo. Hay
que señalar que estas dos tendencias no son antagónicas, sino que
tratan de explicar la realidad desde puntos de vista distintos.
Heisenberg, Bohr, Dirac, Pauli y Born, principales inspiradores de
la escuela de Copenhague, opinan que, como el actual edificio
científico descansa en último término en la experiencia, es decir,
en medidas físicas que necesariamente implican cambios
energéticos, y dado que la energía es discreta y por debajo de un
cierto límite no puede existir cambio alguno, este límite establece
en forma clara e incontrovertible hasta dónde puede llegar nuestro
conocimiento del mundo que nos rodea. Este mundo, que
podríamos llamar lo real, es algo abstracto de lo cual sola-mente
podemos obtener una cierta representación, que denominamos lo
conocido, a través de nuestros sentidos y de los instrumentos y
procedi-mientos de medida con los que intentamos amplificar su
sensibilidad. Evidentemente, lo conocido nunca será una réplica
perfecta de lo real. Las relaciones de incertidumbre de Heisenberg
establecen hasta dónde puede llegar la «precisión replicativa» de
nuestra imagen de lo real. Dichas relaciones determinan el tamaño
del «grano» de la película dis-ponible para fotografiar al mundo
que investigamos. Es inútil buscar detalles inferiores a ese grano,
porque, aunque existen, no están a nuestro alcance y nunca
podrán estarlo, pues el grano es una característica de la naturaleza
que nunca podremos cambiar, como ocurre con otras tales como
la carga del electrón o la velocidad de la luz.
Einstein y sus discípulos de la llamada escuela de París, entre los
que podríamos citar a Schrödinger, Bohr y Louis de Broglie,
nunca se resignaron a aceptar este agnosticismo científico. Para
ellos, la mecánica cuántica en su actual versión es incompleta,
como es incompleto el conocimiento que tenemos hoy día de la
dinámica atmosférica, lo que hace que nuestras predicciones
meteorológicas tengan solamente carácter probabilístico. Los
físicos teóricos de la escuela de París afirman que deben existir
ciertos «parámetros ocultos» (5), funciones o variables aún no
descubiertas, que son las que determinan, con la precisión
newtoniana a la que hemos estado acostumbrados durante tanto
tiempo, cómo se producen los procesos reales, con independencia
de que, por limitaciones insoslayables de la naturaleza, podamos
o no llegar a medir esos procesos.
No es el propósito de este trabajo tomar partido entre estas dos
tenden-cias. Bástenos insistir una vez más en el hecho de que
ambas posturas desembocan en una sola verdad: lo
indeterminado, al menos hasta ahora, no es la realidad, sino el
conocimiento de ella. Y añadamos también que, en la actualidad,
la casi totalidad de los físicos teóricos del mundo se inclinan por
la concepción progresista del problema y admiten que la
incertidumbre de Heisenberg correctamente interpretada siempre
estará presente, y no tiene sentido alguno el intentar desterrarla.
3. EL INDETERMINISMO CIENTIFICO Y EL
PROBABILISMO CUANTICO
Algunos años después de publicarse las relaciones de
incertidumbre de Heisenberg se produjo un desmedido alborozo
entre ciertos filósofos indeterministas de la época y frases como
las siguientes fueron ampliamente comentadas y discutidas: «La
física atómica ha hecho fracasar al determinismo», «El principio
de causalidad es incompatible con la moderna teoría cuántica»,
«En el mundo de la materia rige el indetermi-nismo», «La física
atómica ha devuelto la libertad al hombre», «La mecánica
cuántica ha refutado al materialismo», etc.
Comencemos por aclarar un punto fundamental: ¿Es determinista
o indeterminista la mecánica cuántica? El propio Max Planck,
progenitor de la moderna teoría atómica, ha dicho (6): «En la
concepción del mundo de la mecánica cuántica impera el
determinismo con la misma rigidez que en la mecánica clásica.»
Y en efecto, si consideramos la mecánica cuántica como una
doctrina que explica los fenómenos atómi-cos, aunque sea sólo
dentro de ciertos límites impuestos por la estructura propia de la
naturaleza, y que como tal sirve para prever sus consecuen-cias,
deberemos admitir que esta doctrina es esencialmente
determinista. Y gracias a que lo es, al desarrollar teóricamente la
ciencia de los cuan-tos, se puede suponer (principio de
causalidad) que para observar lo real tiene que producirse un
fenómeno perturbador que lo alterará indefecti-blemente. Y
precisamente así, a partir de este razonamiento totalmente
determinista, Heisenberg llegó a sus relaciones de incertidumbre.
Sin embargo, si definimos el determinismo científico como «la
doc-trina que presupone la existencia de leyes naturales fijas, que
determinan unívocamente el estado futuro de un sistema a partir
del presente», la mecánica cuántica actual no parece determinista,
como ha comentado ampliamente el propio Heisenberg (7) y
como se desprende del hecho de que la teoría de los cuantos
obliga a formular todas sus leyes como leyes estadísticas, lo que
forzosamente la separa del rígido determinismo deri-vado de la
mecánica newtoniana.
La forma más elegante de soslayar esta doble imagen de la
mecánica cuántica, que más bien es un simple problema
semántico, consiste en admitir que la moderna física atómica se
rige por el probabilismo cuán-tico. Las principales magnitudes
cuánticas son indeterminables, al menos por el momento, y por
ello sólo se puede calcular su probabilidad; o, lo que es lo mismo,
en la microfísica los fenómenos no pueden ser determi-nados con
la exactitud matemática de las leyes de la física clásica, pero lo
pueden ser con la probabilidad que establecen las leyes de la
estadística.
Una interpretación errónea del indeterminismo científico,
consecuen-cia de olvidar su ineludible carácter probabilista, ha
llevado a más de un escritor de renombre (8 y 9) a defender
opiniones como las indicadas al comienzo de este apartado.
4. EL INDETERMINISMO DE LO HUMANO
Cuando el indeterminismo no se refiere a acciones físicas
cuales-quiera, sino que se circunscribe concretamente a los actos
ejecutados por el hombre (conducta), se acostumbra a
denominarle indeterminismo filo-sófico o psíquico. Sin embargo,
como estos términos son bastantes amplios y en cierto modo
ambiguos, parece más apropiado utilizar la expresión
«indeterminismo de lo humano» para designar precisamente el
indeterminismo que presupone que los actos conscientes del
hombre no son simples eslabones en una cadena natural de causas
y efectos, sino que las «causas primeras» de dichos actos no
existen como tales, pues ellos acontecen espontáneamente y sin
condicionamiento alguno, origi-nándose libremente en lo más
íntimo del propio ser, lo cual constituye su libre albedrío.

Veamos ahora lo que ocurre al extender los resultados de la física


moderna al indeterminismo de lo humano. En primer lugar, hay
que establecer si el cerebro del hombre, en donde al parecer reside
su poder decisorio (libre albedrío) (ver capítulo I, apartados 4 y
5), se rige por las leyes de la microfísica o las de la macrofísica. A
este respecto, es necesa-rio señalar que los conocimientos
neurológicos actuales muestran que el cerebro no pertenece al
ámbito de la física cuántica, pues los intercam-bios energéticos
que se producen en él son intercambios entre moléculas o grupos
de moléculas, pero no entre partículas subatómicas3. Luego en
base a esta hipótesis sólo podemos aplicar al cerebro las rígidas
leyes de la mecánica newtoniana, que desembocan
indefectiblemente en el deter-minismo mecanicista.
Supongamos, en una segunda opción, que lo dicho anteriormente
no es cierto y admitimos que en el cerebro tienen lugar
intercambios energé-ticos a nivel de partículas subatómicas
(hipótesis no confirmada hasta la fecha, pero que pudiera ser
cierta). Si para enjuiciar esta segunda hipóte-sis se adopta la línea
de pensamiento de la escuela de Copenhague, que, como hemos
dicho, es la más aceptada actualmente, deberemos explicar el
funcionamiento del cerebro mediante el probabilismo cuántico.
Lo cual, parafraseando a Pascual Jordán (11), nos conducirá al
resultado decepcionante de tener que sustituir la imagen de la
máquina, como esquema del organismo humano, por la del
cubilete de dados que fun-ciona estadísticamente, sin resquicio
alguno por el que pueda infiltrarse el libre albedrío. Si, por el
contrario, enjuiciamos esta segunda hipótesis desde el punto de
vista de la escuela de París, el probabilismo cuántico debe
considerarse sólo como pasajero y el funcionamiento del cerebro
debe entenderse como regido por las leyes exactas aún no
descubiertas, lo cual nos hace caer nuevamente en el mecanicismo
determinista.
Sabido es que el edificio científico actual se fundamenta tan sólo
en dos pilares causales, descritos magistralmente por Jacques
Monod (12): el azar y la necesidad. Si un acontecimiento viene
causado por una ley natural que lo determina rígidamente, como
ocurre en el mundo de la macrofísica, decimos que este
acontecimiento es necesario. Si, por el con-trario, no existe o no
se conoce la ley determinante, como pasa en la microfísica,
decimos que el acontecimiento se debe al azar y lo estudia-mos
mediante la teoría estadística. Resulta claro que, para la ciencia, lo
que no es necesidad es azar, pero no se contempla espacio
intermedio para el libre albedrío.
El hecho de confundir la impredictibilidad de un resultado,
problema central de la mecánica cuántica, con la libertad de
acción, implícita en el indeterminismo de lo humano, es un
tremendo error filosófico, en el que han caído en forma
incomprensible algunos pensadores ajenos a la física, al
tergiversar de manera partidista ideas tan importantes como la
incer-tidumbre de Heisenberg.
5. LA UNICA DEFENSA ADMISIBLE
Según hemos visto, el indeterminismo de lo humano no puede
justifi-carse en base a la mecánica cuántica. La única forma
admisible de defender dicho indeterminismo sería admitir que se
trata de una postura filosófica radicalmente distinta a las del
determinismo o indeterminismo científico y, como tal, se
desenvuelve en un plano completamente dife-rente al de las leyes
de la naturaleza. Habría, pues, que suponer que las denominadas
interrelaciones de la mente, conocidas también como las
conexiones de la vida interior o del espíritu, no obedecen a las
leyes, exactas o estadísticas, de la física. En otras palabras, sería
preciso volver a la vieja hipótesis de que lo mental pertenece a un
mundo indepen-diente de lo físico.
Sin embargo, cada vez resulta más difícil aceptar esta hipótesis,
cuando un trombo diminuto es capaz de oscurecer para siempre la
mente más preclara, cuando estados mentales como la depresión o
la euforia se controlan con fármacos convencionales, cuando un
pequeñísimo tumor cerebral desmorona el temperamento más
férreo, cuando la ciencia médica dictamina y la experiencia
confirma que un importante número de enfermedades mentales
son de carácter hereditario, cuando las drogas hacen cambiar la
perspectiva psíquica que poseemos del mundo que nos rodea, en
fin, cuando tantas y tantas cosas que llamamos mentales se
manejan de una manera estrictamente física.
Para admitir el indeterminismo de lo humano no existe más
alterna-tiva que la ingenuidad de los niños o la fe de los santos. Si
no se tiene alguna de ellas, más vale recordar lo que decía Kant:
«¡Tened la valentía de serviros de vuestra propia inteligencia!»
6. BIBLIOGRAFIA
1. R. Berger, Psyclosis, W. H. Freeman and Company, San
Francisco 1977.

2. P. S. Laplace, Essai philosophique sur les probabilités, en J.


Maritain, Distinguer pour unir les degrés du savoir, Desclée de
Brouwer, Paris 1940.
3. P. A. M. Dirac, The Principles of Quantum Mechanics,
Oxford-Clarendon, London 1949.
Una exposición muy clara y abreviada sobre este tema puede
encontrarse en: R. Havemann, Dialéctica sin dogma. Ariel,
Barcelona 1967.

4. W. Heisenberg, en Zeitung Physik 43 (1927) 172. Ver


también:

W. Heisenberg, Les Principles Physiques de la Théorie des


Quanta, traducción fran-cesa, Gauthier-Villars, Paris 1932.

Una exposición muy clara y abreviada sobre este tema


puede encontrarse en:

R. Paniker, El indeterminismo científico: Anales de Física y


Química, Madrid, 41 (1945), 573-605.

5. D. Bohm, A Suggested Interpretation of the Quantum


Theory in terms of Hidden Variables: The Physical Review,
Lancaster, Pensylvania, 85 (1952), 166-179 y 180-193.

6. M. Planck, De Kausalbergriff in der Physik, J. A. Barth,


Leipzig 1932.
7. W. Heisenberg, La imagen de la naturaleza en la física
actual, Ariel, Barcelona 1976.

8. V. Horia, Consideraciones sobre un mundo peor, Plaza


Janés, Barcelona 1978.

9. P. W. Bridgman, Determinism in Modern Science, en S.


Hook (ed.), Determinism and Freedom in the Age of Modern
Science, Collier Books, New York 1974.

10. C. U. M. Smith, El cerebro, Alianza, Madrid4 1978.

11. P. Jordán, La física del siglo XX Fondo de Cultura


Económica, México 1963.

12. J. Monod, El azar y la necesidad, Barral Editores,


Barcelona 91977.

Notas.
1 Los fenómenos naturales están enteramente determinados en
cuanto se conoce un número suficiente de condiciones iniciales.

2 Este principio puede formularse de varias formas: «Todo


cambio tiene una causa», «la causa debe ser anterior al efecto»,
etc. Del principio de causalidad se desprende inme-diatamente el
de uniformidad: «En iguales circunstancias, las mismas causas
producen los mismos efectos.»

3 Véase, por ejemplo, C. U. M. Smith (10), en donde


textualmente se dice: «La teoría física del cerebro, resumida en
este libro, muestra que éste es una máquina extremada-mente
compleja, pero que es una maquinaria firmemente gobernada por
las leyes del mundo macroscópico.»