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UNIVERSIDAD DE LA CUENCA DEL PLATA

Autorizada definitiva Decreto del P.E.N. N°: 091/2006

Facultad de Psicología, Educación y Relaciones Humanas

TRABAJO PRÁCTICO INTEGRADOR

“Hijos: ¿una obligación?”

Carrera: Licenciatura en Psicología

Cátedra: Psicología Social, Familia y Sistemas

Profesora: Joscovich, Lisette.

Grupo de Trabajo:
● Bistman, Lorena B.
● Ise Fabris, Marieta.
● Lucena, Clara.
● Ojeda, Rodrigo.
● Vallejos, Natalia.
● Woroniuk, Edgar.

6 de junio de 2018
ÍNDICE

ÍNDICE 1

INTRODUCCIÓN 2

DESARROLLO 4
Iniciando el Proceso de Reflexión 4
Primer Conclusión 12
Continuando con el Análisis: Familias Contemporáneas 12
Segunda Conclusión 20
Renovando nuestra Caja de Herramientas 22
¿Qué nos queda por Aprehender? 27

CONCLUSIÓN 29

BIBLIOGRAFÍA 30

1
INTRODUCCIÓN
La realización del presente trabajo, enmarcado en la cátedra de Psicología Social,
Familia y Sistemas, es la integración de un proceso de reflexión y construcción de
conocimiento en relación con la temática elegida. Este proceso desarrollado a lo largo de todo
el cuatrimestre y distribuido en tres etapas.
El primer momento de elaboración tuvo como objetivo deconstruir alguna concepción
y/o problemática presente en la actualidad de nuestra sociedad, y, tal como lo anticipa su
título: “Hijos: ¿Una Obligación?”, lo que decidimos abordar es la representación social de
que los adultos deben tener hijos, la cual es puesta en cuestión, aunque no directamente, por
los movimientos feministas. Para averiguar si nuestra hipótesis inicial sigue vigente en los
jóvenes adultos de nuestra sociedad, para poder deconstruir esta concepción -teniendo en
cuenta lo múltiple- debimos posicionarnos, primeramente, como este observador que nos
menciona Moscovici, aquel que ve sin ser visto detrás del espejo de doble visión. Así es
como, de la mano de Edgar Morin y Ana María Fernández, tomamos una producción cultural
- una viñeta - que nos permitió la pesquisa de las dimensiones e inscripciones que atraviesan,
permitiendo que emerjan en nosotros nuevas preguntas. Las que nos posibilitaron llevar
nuestra investigación a un nivel local, es decir formular y realizar entrevistas a 20 jóvenes-
adultos y, mediante la realización de escritos personales logramos incluirnos dentro de la
muestra, ya que no olvidamos que somos parte de la realidad que estamos analizando.
De este modo, en un primer momento pudimos evidenciar que, como sociedad, estamos
en un proceso deconstructivo, donde algunos individuos, mediante su capacidad imaginativa,
pudieron posicionarse como autónomos y criticar lo instituido. Dando lugar a la emergencia
de nuevas configuraciones de familia, a varias representaciones de adultez, de las funciones
atribuidas a la mujer y al hombre. Para que, en este segundo momento, luego de una
contextualización de las representaciones de la familia en el devenir histórico, nos
enfocaremos en el análisis de estos nuevos modos de vinculación, de concebir a la familia y
poder dar cuenta de los valores e ideales que transmiten.
Finalmente, posicionados en este tercer momento de análisis, gracias a la comprensión
de que no existen verdades absolutas y que nuestro proceso reflexivo y de construcción del
conocimiento es algo inacabado, nuestro objetivo consiste en corrernos de los conceptos y
autores otorgados por la cátedra para intentar articular aquellos conocimientos adquiridos
gracias al camino recorrido dentro de la universidad y, sobre todo, el que nos queda por
recorrer para poder seguir abordando esta temática.

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3
DESARROLLO
“Cuando hacemos un análisis de la cotidianeidad desde una
perspectiva psicológica enriquecemos la crítica de la vida cotidiana
porque esto nos permite indagar cuáles son los mecanismos por los
cuales cada sistema social produce los sujetos que son aptos para su
continuidad y su desarrollo. El análisis de la vida cotidiana en una
organización social concreta nos permite descubrir el proyecto que
subyace y que organiza al proceso de socialización.” Quiroga (1981).

Iniciando el Proceso de Reflexión

Para iniciar con la elaboración, consideramos apropiado retomar algunas cuestiones


planteadas en los trabajos anteriores. Como bien lo dijimos en la introducción, el proceso
partió de la recolección de datos de tres fuentes: una viñeta que nos permitió considerar las
dimensiones, inscripciones del problema y poder elaborar preguntas problemas; entrevistas a
20 jóvenes-adultos de las ciudades de Resistencia y Barranqueras durante el mes de Marzo; y,
finalmente, nuestros escritos personales que nos permitió incluirnos dentro de la muestra, ya
que, al igual que los entrevistados, somos parte de la “realidad” que miramos y, como lo
menciona Ana P. Quiroga en Psicólogos Sociales ¿para qué? (1984), es importante el
reconocimiento de nuestras necesidades y de la comunidad a la que pertenecemos, superar las
ilusiones de nuestra situación como sujeto, grupo o pueblo para evidenciar nuestra verdadera
situación. De este modo, gracias a la sistematización de los datos obtenidos de estas tres
fuentes (viñeta, entrevistas y escritos personales) pudimos extraer tres categorías principales:
● Contexto: dividido en tres subcategorías íntimamente relacionadas:
○ Socio-histórico (lugar, sociedad, prejuicios, presión)
○ Cultural (ideales, valores, edad)
○ Económico (trabajo, sustento)
● Familia (hijo, padre, madre, tradicional, ensamblada, vínculo, amistad, lazos);
● Sujeto (persona, hombre, mujer, metas, proyectos, decisión/deseo, motivos,
realización, expectativas, rol/función).
Estas categorías están interrelacionadas, son producto y productor, emergentes de la
relación dialéctica que poseen en nuestra vida cotidiana. Por ello, realizamos un esquema
referencial donde pudimos establecer algunas de estas relaciones encontradas tanto en las
concepciones teóricas como en la vida cotidiana.

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También mencionamos que el punto de inicio en la articulación consistió en la elaboración
de una hipótesis que tomamos como base y guía: Los adultos deben ser padres. Pero, en el
trasfondo de ella, surgía la pregunta de si verdaderamente se asocia a los adultos como padres
o, si en realidad, las funciones variarán en relación al género, desglosándose en dos hipótesis
diferenciadas: por un lado, Ser mujer es ser madre y, por otro lado, los hombres deben ser
exitosos laboral, económica y sexualmente. Es decir, que partimos nuestra indagación con
estas tres primeras hipótesis íntimamente relacionadas. Pero ¿cómo llegamos a la idea de que
un adulto debe tener hijos?, se ¿debe querer? o ¿debemos tener?. El simple hecho de que
podamos preguntarnos esto nos lleva a otra pregunta, ¿ésta imposición de algo que debemos
hacer se cumple a rajatabla?. Así llegamos a un cuarta hipótesis: La paternidad/maternidad
es una elección. De alguna manera, mediante la realización de las entrevistas pudimos ver
que estas concepciones están vigentes en nuestra sociedad. Son representaciones de una
sociedad que, a pesar de que se encuentra en continuo cambio, permanecen. Esto nos lleva a
considerar si existe algún tipo de presión por parte de las instituciones, grupo de pares,
debido a aquello que se espera de nosotros.
Podemos partir de que en nuestras cuatro hipótesis hay ciertos imperativos que buscan una

estabilidad del mundo humano, actuando estos como el generador de un orden social en el

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sujeto que viene al mundo. Este orden, necesario debido a su inestabilidad orgánica, surge de

la producción humana constante, en el curso de su externalización, de poner en el mundo

externo su constitución biológica y subjetiva. Por lo que, podemos decir que el hombre

constituye su propia naturaleza, que se produce a sí mismo y que ésta auto-producción es

siempre necesaria y constante. De modo que, el individuo no nace siendo parte de una

sociedad sino que, previamente, debe atravesar distintos procesos, debe abstraer roles y

actitudes de otros específicos a otros en general, internalizar el mundo de sus padres como

“el” mundo. para luego, en un segundo momento, internalizar los campos semánticos que

estructuran interpretaciones y comportamientos de rutina, los cuales contrastan con los

establecidos previamente. Esto es lo que Berger y Luckmann (1966) denominan procesos de

socialización primaria y secundaria respectivamente.

Ahora bien, tal como estos autores nos dicen, la actividad humana está sujeta a un proceso
de habituación, cuya ventaja es que restringe las opciones y un gasto energético ya que los
significados de estas acciones se cristalizan y se dan por establecidos. Haciendo posible
anticipar la actividad y generar expectativas respecto del comportamiento del otro, formando
un modelo del comportamiento -norma o pauta de conducta- y de la interacción a establecer.
Las instituciones controlan el comportamiento humano porque en ellas se establecen pautas
definidas de antemano que canalizan ese comportamiento en una dirección determinada. En
nuestro caso el hecho de los adultos deben ser padres, ser mujer es ser madre, los hombres
deben ser exitosos cumplen con este legado, orientando hacia cierto eje los comportamientos
del hombre en sí mismo.
Gracias a algunos autores, incluso a nuestras experiencias personales, podemos decir que
existen ciertas demandas o presiones que se ejerce sobre los sujetos en relación a la
maternidad, a la paternidad y lo que se espera de cada persona en relación a su género y al
lugar que los lleva a ocupar en la sociedad. Lo notamos en “El proceso de influencia social”,
donde Hollander plantea que “los seres humanos están necesariamente orientados hacia otros
seres humanos dentro de su medio, y la influencia social se manifiesta cada vez que un
individuo responde a la presencia real o implícita de otro u otros” (p.17), dando cuenta de que
un individuo inmerso en una sociedad, piensa y actúa de determinada manera,
correspondiendo a la influencia que recibe y a la cultura en la que se encuentra. De este
modo, resulta comprensible que surjan ideas que sustentan las hipótesis anteriormente

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planteadas, que se pueda originar y sostener en el tiempo ese tipo de pensamientos e ideas
con respecto a ello. El individuo no actúa completamente para sí mismo, sino que esa acción
está condicionada en parte por el contexto. Hollander también expresa que “la influencia
social puede estar relacionada con el efecto recíproco de una persona sobre otra en la
interacción social” (p.17), que dicha influencia se produce de manera constante en la
interacción que establecen los individuos, el contacto que los relaciona. Asimismo, vemos
que autores como Gerth y Mills, plantean que un vínculo entre el carácter de los hombres y
las estructuras sociales en la que estos viven, establecen que la personalidad de los sujetos
tenga una profunda relación con las instituciones políticas, militares, religiosas, familiares, y
con sus propias transformaciones históricas que establecen. Los sujetos se encuentran ligados
en su vida a diversas instituciones en donde se pueden establecer lazos que condicionan sus
elecciones de vida. Por su parte Mead afirma que “nos comportamos como nosotros nos
imaginamos que ellos esperan que lo hagamos. Comportarse como una persona es
interpretar un rol de acuerdo a la imagen que tenemos de ese rol”, que el hecho de que se
espere que una persona adulta debe querer ser padre o madre, es decir que ese deseo tenga
que formar parte del proyecto de vida de las personas, implicaría que tengan que continuar
con un rol que ya está establecido para ellos. De ahí que la persona sienta la presión o
padecimiento por cumplir, o no, con ese rol, con eso que se espera lleve a cabo, ya que es una
función tan naturalizada que normalmente no se considera que puede no ser de su interés o
formar realmente parte de su proyecto de vida. Es necesario en este punto aclarar que, más
allá de que existan estos mandatos, puede existir el deseo, tanto consciente como
inconsciente, de tener hijos como de llevar a cabo cualquiera de los roles esperados, como no
hacerlo y/o no quererlo.
Hasta este momento, hablamos de los procesos de influencia social pero esto no es lo
único que determina las acciones o deseos de un individuo. ¿Qué comprende a un individuo?
Gerth y Mills lo comprenden partir de tres aspectos: organismo, estructura psíquica y la
persona. Aquí entran en cuestión algunas concepciones, en primer lugar, considerar al
individuo como un organismo, como seres biológicos, es una de las concepciones que nos
llevó a pensar a la mujer como madre, ya que orgánicamente es capaz de gestar en su vientre
un niño y al hombre como un ser potente y fuerte que debe llevar en sí el peso de la familia.
Incluso, desde las teorías psicoanalíticas, desde la estructura del lenguaje, tal como lo
planteaba Lacan, “ni siquiera había un representante simbólico de lo que era ser una mujer, la
única forma que se representaba a las mujeres era como madre” Meler (2018). Por otro lado,
considerarlo como una estructura psíquica, es caracterizar al ser humano por la integración de

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percepción, emoción e impulsos en su conducta. Hace alusión a “cuándo”, “cómo” y “por
qué” el hombre siente, percibe y desea. Notamos que muchas veces la estructura psíquica y
todo lo que ella concierne no es tenida en cuenta en su totalidad por la sociedad, el deseo de
ser madre y padre no está presente en todas las personas y, por lo tanto, ese (no) deseo y
sentimiento que tenga esa persona es la mayor de las veces juzgado por la sociedad. Por
último, la persona: alude al ser humano como “actor de roles”, en función a ciertas
motivaciones. En el caso de la mujer se cree que su único rol o el más importante por sobre
todos es el de ser madre, en cambio el del hombre es proveer económicamente a su familia,
siendo más común que el hombre trabaje, en lugar de quedarse él a cuidar a sus hijos.
Retomando la frase de Mead “comportarse como una persona es interpretar un rol de
acuerdo a la imagen que tenemos de ese rol’’ podríamos decir que esto que postulamos como
nuestras primeras hipótesis, ser adulto es formar una familia, que toda mujer debe ser
madre o todo hombre debe ser exitoso y proveedor, muchas veces esa es la imagen que se
transmite de los roles asociados al adulto, a la mujer, al hombre.
Es útil también lo propuesto por Denise Jodelet (1984) en el artículo “La representación
social: fenómenos, concepto y teoría” al plantear que los hombres comunes, “de la calle”,
utilizan determinadas palabras para clasificar a los individuos, por ejemplo mujer = madre.
Esas palabras, que conllevan implícitamente teorías sobre su naturaleza y la de sus actos,
pasan a integrar nuestra cultura introduciendo una representación social con ella al lenguaje
cotidiano hasta convertirla en una categoría de sentido común, es decir en un instrumento
para comprender al otro, para saber cómo conducirse ante él y hasta para asignarle un lugar
en la sociedad. De ahí que surja la hipótesis de que las mujeres por el hecho de serlo, es decir
de haber nacido y vivir como tales, deben ser madres; se termina asociando la idea de mujer
con la representación social de la maternidad, por lo tanto podría hasta pensarse que el lugar
que tenemos en la sociedad es el de engendrar hijos, ocuparnos de ellos y de todo lo que ello
conlleva. La misma autora va a plantear que se trata de una forma de interpretar y pensar
nuestra realidad cotidiana; es un conocimiento que se va construyendo a partir de las
experiencias, informaciones, conocimientos y modelos de pensamientos que fuimos
recibiendo, o sea que está socialmente elaborado y también es compartido porque que se
transmite de generación en generación, a través de la tradición, de la educación, del
intercambio social. Se trata de un conocimiento práctico y se lo denomina “sentido común”.
Para Castoriadis “la creación de representaciones, afectos, deseos, por la imaginación
humana es condicionada pero nunca predeterminada”(Tello), de ahí que la llame
imaginación radical; es esa autonomía de la imaginación que caracteriza la psique humana.

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Tello explica, en el mismo texto, que en el plano de la psique, el imaginario radical se va a
concretar en tanto que imaginación radical de los individuos, que tiene como fruto una
multiplicidad de representaciones. Ahora bien, en el plano histórico-social, el imaginario
radical se concreta como imaginario social o instituyente y de este imaginario surgen las
significaciones. Estas significaciones imaginarias sociales van a definir representaciones,
deseos y actos de los sujetos de forma totalmente arbitraria. La ideas, como por ejemplo la de
la maternidad/paternidad, son una creación del colectivo y carecen de sentido en sí mismas.
Estas significaciones imaginarias sociales son posibles por las cosas instituidas por ellas que
las encarnan y figuran, transmiten y reproducen. Estas significaciones como por ejemplo, la
madre, el padre, la mujer, la familia, no tienen referente, sino que ellas lo ponen, instituyen
un modo de ser donde se interrelacionan los individuos y las cosas (Tello, 2003).
El ser humano es reflexivo e interactivo y, aunque desarrolla su pensamiento mediante un
proceso de socialización donde aprende a vivir en sociedad adquiriendo roles, su cultura; el
manejo de los símbolos y signos (productos de la interacción/comunicación) -tal como nos
explica Mead- con los cuales se relaciona con su entorno y consigo mismo, le permiten evitar
ser esclavos del entorno y dirigir activamente sus acciones, pudiendo formar nuevas líneas de
significado sin dar importancia a las opiniones que los otros puedan tener, lo que implica
ponerse en el lugar de otro para imaginarse lo que opinen de su persona (capacidad que se
denomina ‘’el self’’). En otras palabras, debemos entender la naturaleza humana como un no
determinado genéticamente cuyo rasgo esencial es de aprender de otros en una relación
dialéctica con la sociedad. En este movimiento en el cual lo instituido, como aquellos
“modelos de acciones con significado que se cristalizan y acompañan con acciones y roles
típicos que existen de manera recíproca”, que nos viene como un orden dado, externo
(heteronomía) pueda ser reconocido como algo capaz de un cambio, como algo constituído
por los sujetos y que, en su relación con el contexto, tiene la capacidad de imaginar nuevas
relaciones sociales; pasar a ser autónomos, en términos de Castoriadis. Aquí encontramos la
emergencia de la cuarta hipótesis: se puede elegir ser padre/madre, emergencia del sujeto.
Si entendemos al ser humano como un ser de necesidades, socialmente determinado, como
un emergente de la compleja red de vínculos y relaciones sociales, tal como lo concebía
Pichon Rivière, si lo comprendemos como el resultante de una producción socio-histórica,
debemos considerar que hay diversos modos de hacerse sujetos, los cuales están marcados
por ciertos colectivos históricos, de género, de edad, de etnias, grupos, etc. Es decir que la
subjetividad es una construcción que hace la sociedad de los modos posibles de ser sujetos,
de los lugares que ésta habilita. “También Freud (...) por ejemplo, cuando planteó que el

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psicoanálisis no puede dar cuenta de cómo un ser humano bisexual – porque él creía en la
bisexualidad constitutiva de la especie – evoluciona hasta transformarse en una mujer. Esto,
fíjense que esta idea de que una mujer no nace abrochada a una imagen de hembra humana
sino que se constituye como producto de un proceso de formación vincular, social” (Meler,
2018).
La subjetividad del siglo XX se constituía, como nos menciona Esther Díaz, por los dos
lenguajes heredados: el romanticismo, que permitía dar cuenta de la emotividad y el
modernismo, determinante de nuestra condición de seres racionales, responsables de nuestros
propios actos. Ambos invirtieron tanto en la singularidad de cada invididuo que terminamos
creyendo que es sustancial y universalmente así. Pero, ¿Cuáles son las modalidades de sujeto
que habilita la sociedad posmoderna?, “los sujetos posmodernos ¿de qué padecen? es decir
¿cuáles son los problemas de ahora? por decir así. Y este es un interrogante necesario y muy
difícil de responder porque estamos involucrados todos nosotros, es decir, nosotros somos los
sujetos posmodernos, los que vivimos en nuestra época tenemos que pensar sobre lo que
estamos viviendo, sobre el mundo en el que vivimos” Meler (2018).
Los cambios tecnológicos de la posmodernidad, retomando a Esther Díaz, han desatado la
diversidad social, permitiendo nuevas formas de relación y han pulverizado las ideas
regulativas y rectoras de nuestros valores y conductas. Los cambios sucesivos de las
circunstancias nos hace considerar que la verdad sobre nosotros mismos y la relación con los
otros son construcciones momentáneas, dependiente del medio por el cual nos comuniquemos
con ellos. De esta manera, ella considera que a partir de la década del ‘90 comienza a
constituirse un sujeto virtual, que continúa conservando un discurso pero que este no
garantiza identidad, la cual puede ser muy azarosa y cambiante. La única coherencia posible
es el discurso, pura escritura en un espacio virtual. Un sujeto sin cuerpo, sin certezas,
sujetado a las prácticas digitales. “Los desarrollos tecnológicos van promoviendo cambios
subjetivos y cambios culturales. Ahora me parece importante entender que estos cambios no
son uniformes, que todavía encontramos tendencias diferenciales por género ¿por qué digo
todavía? Porque cada vez más nos parecemos las mujeres con los varones, y viceversa, en el
sentido de que hacemos vidas parecidas, ambos estudiamos, ambos trabajamos, cada vez más
los varones están participando en la crianza de los hijos; de modo que al tener condiciones de
vida parecidas, no idénticas pero semejantes, las subjetividades, en términos del carácter, se
va asemejando” Meler (2018).
Por lo que, podemos ver que las nuevas formas de relacionarse, en una sociedad donde la
fragilización de los lazos familiares y la inestable inserción laboral son moneda corriente,

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además de labilidad de los modelos identificatorios, donde los sujetos deben reinventarse
continuamente, deben ir cambiando nuestros modos de ser sujetos. Estas cuestiones, que
permiten un movimiento de deconstrucción de lo instituido, de poner en cuestión estas
funciones asignadas a los adultos, a las mujeres y a los hombres (así como de muchas otras
cuestiones) posibilitan la emergencia de su subjetividad, de poder decidir o desear algo
distinto sin que sea patologizado.
Ahora bien, este movimiento instituyente no anula las cuestiones previamente instituidas,
éstas permanecen vigentes, tal como lo demuestran nuestras entrevistas, y se siguen
manifestando en el llevar a cabo los roles establecidos y esperados, como también en el
esperar que los otros lo realicen, o incluso dar por sentado que en algún momento lo van a
hacer, como si fuese una cuestión heredada o si se quiere instintiva, el deseo de ser madre o
padre. También se evidencia en la angustia, en ciertos modos de padecimiento y en la crítica
de la sociedad, como señalando con el dedo el ejemplo de lo que está mal, de lo fallido en la
transmisión familiar.
En relación a ello y, para ir cerrando -por qué no abriendo nuevos interrogantes - cuando
consultamos a Irene Meler, teoría que por parte del grupo intentamos incluir en nuestra
articulación, sobre estos modos de subjetividad, de nuestro roles previamente asignados y de
los cambios que actualmente ella puede evidenciar. En su breve pero abarcativa respuesta nos
comenta sobre el mercado laboral, el cual está organizado en torno a un modelo de trabajador
varón (industrial, blanco, de clase media), el cual tiene una esposa que se encarga de la
crianza de los niños y de las labores domésticas y, todo el mercado laboral e institucional se
organiza en función a esta mirada androcéntrica.. Pero, actualmente, con la inserción cada vez
mayor en el mercado laboral de las mujeres es necesaria una modificación de la organización
de las instituciones sociales debido a que, por ejemplo, los jóvenes cada vez son más pobres y
no pueden pagar a una persona que se quede al cuidado de los hijos y de las labores
domésticas mientras que estos trabajan. Es decir, estos modelos de hombre proveedor, al
igual que el de mujer maternal van desapareciendo, o postergandose en el tiempo ya que, en
aras de una “estabilidad” laboral, debido a la competitividad en el mercado, a los deseos
personales, se pospone la maternidad al mismo tiempo que decrece biológicamente su
capacidad de gestar hijos.
También nos comentaba sobre la tesis doctoral de Marta Cipollone, donde estudió a
mujeres de clase media, universitarias, en la ciudad de Buenos Aires que deciden no tener
hijos y que, como resultado del mismo, encontró que esta elección puede estar determinada
por múltiples factores, tanto por cuestiones de salud como por deseos o aspiraciones

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personales ya que prefieren no tener grandes cargas económicas, poder disfrutar de la vida de
otras maneras, viajando, por ejemplo. Pero, así mismo, como encontramos esta nueva figura,
una figura electiva (cosa impensada poco tiempo atrás), también encontramos mujeres, nos
dice, del mismo sector social que deciden conscientemente ser madres solas, lo cual es
posibilitado por las nuevas tecnologías debido a que, además de la adopción, recurren a la
fertilización artificial como a la criopreservación, es decir tipificación de un óvulo a la espera
de una persona con la que pueden formar pareja o un donante de esperma.

Primer Conclusión
En definitiva, podemos ubicar como primer conclusión que, en nuestra cotidianeidad
posmoderna existen tantas concepciones y roles asociados que resultan hasta contradictorios,
ya que son producto de esta compleja realidad y modos de vinculaciones que fue emergiendo
gracias a los cambios tecnológicos, culturales, económicos, etc.
Debemos indagar el por qué la organización de las instituciones sociales, del mercado
laboral, que ya no son funcionales para estos nuevos modelos de vinculación y por qué existe
una resistencia al cambio. Sin dejar de lado el preguntarnos ¿qué fué el generador de cambios
subjetivos?, ¿cuáles son estos modos se subjetividad? ¿y de vinculación?. Otra cuestión, que
fue muy nombrada pero no pudimos abarcar es la institución de la familia, cuáles son estos
modos o representaciones actuales de una familia, ¿sigue siendo dispositivo en el término
foucaultiano, una institución? ¿cuales son los valores, ideales, que transmiten? ¿qué implica
que se grafilicen estos lazos?. Por último, la cuestión de los roles masculinos, entendiendo
que aquellos asociados a la mujer fueron modificándose en el tiempo, ¿esto implica que
aquellos asociados a los hombres cambiaron? ¿son nuevos verdaderamente? ¿cómo se
vivencia este avance de la mujer?.

Continuando con el Análisis: Familias Contemporáneas


“La familia está considerada como un grupo de pertenencia,
primario, nexado mediante vínculos consanguíneos, donde se
establecen una serie de lazos afectivos y sentimientos. Se forjan
expectativas y afianzan valores, creencias y costumbres. En ella se
inicia y desarrolla desde temprana edad primer proceso de
socialización que va a facilitar en las siguientes etapas de su
evolución psicobiológica la adquisición de una serie de conductas

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que le van a servir en posteriores estadios de existencia” (Familia
Funcional y Disfuncional, s/f).
Tomando como punto de partida esta definición de familia podemos dar cuenta que ésta
institución tiene la función de enseñar al niño los roles sociales, a participar en sociedad
mediante la adquisición de comportamientos, de contenido emocional ya que se aprenden por
medio de la relación interactiva con sus padres y el resto de su familia. Estas pautas de
conducta están determinadas por el nivel sociocultural de la familia, sus grupos de
pertenencia y grupos de referencia. Es decir, que “la familia juega un papel de agente de
socialización de masas” (Ficha de Cátedra s/f), mientras que las instituciones sociales
asignan a los sexos determinadas funciones de acuerdo a estereotipos de género: el hombre
como proveedor de sustento económico familiar, poseedor de la autoridad y poder, generando
reglas y, al mismo tiempo, el que debe ocuparse del mundo público; mientras que la mujer,
ubicada en el otro extremo, se encarga de la crianza de los niños, relaciones de afecto y la
satisfacción de las necesidades emocionales y nutricias de los miembros de su familia,
funciones que impiden registrar, evaluar, expresar y legitimar su propio malestar.
Al mismo tiempo pudimos ver, tanto con los desarrollos de Roudinesco como en nuestra
investigación que, junto a la familia nuclear coexisten otros modos de vinculación, de
relaciones en donde se fundan familias ensambladas (o recompuestas), monoparentales,
homoparentales, pluriparentales, con hijos concebidos naturalmente, adoptados u obtenidos
por medio de técnicas de reproducción, etc. Cambios emergentes debido a las
transformaciones políticas, económicas, culturales, científicos y tecnológicos ocurridos a
nivel mundial. En base a ello, Cristina Ravazzola (1990) expresa que “aún cuando se puede
percibir algunos cambios en estas conceptualizaciones, persiste en la sociedad la idealización
de la familia y el matrimonio como lugares sociales maravillosos a los que las mujeres deben
aspirar”.
“Es decir que tanto lo prescripto como lo prohibido en las prácticas y atribuciones en torno
a la parentalidad se presentarán como instituidos, que tendrán los matices y recubrimientos
propios de la comunidad de pertenencia y de las configuraciones vinculares que aniden en
ella, modulando versiones de padres, de madres, de hijos y de vínculos posibles entre ellos,
así como las cualidades del lazo con el conjunto social. Tienen la condición constitutiva de
presentarse velados e instituidos, es decir, con carácter de fundacionales” (Blumenthal et al,
2015). Estos autores también advierten que las diversas formas de relación se sostienen a
modo de postulados firmes, verídicos e irrefutables, como lo son nuestras hipótesis guías, las

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cuales no fueron refutadas sino más bien confirmadas, dando lugar a una convergencia de
posibilidades :
1. Los adultos deben ser padres.
2. Ser mujer es ser madre.
3. El hombre debe ser exitoso laboral, económica y sexualmente.
4. La maternidad y/o paternidad es una elección.
Pero esta última hipótesis se la puede tomar como un interrogante, aunque actualmente es
una afirmación en los jóvenes-adultos pero, que aún sigue generando malestar en ellos la
concepción imperante de familia, por ello podemos ver en esto un movimiento instituyente ya
que la organización de la parentalidad, constituida en base a las relación entre géneros, fué
transformándose en el devenir sociohistórico, de modo tal que “nos encontramos ante la caída
simultánea de los modelos paterno y materno, en condiciones de subjetivación, constituidos a
través de relaciones de poder entre varones dominantes, proveedores y transmisores de
legalidad y mujeres dadoras de cuidados, amparo y ternura, ambos productos de la cultura
occidental urbana con que hemos atravesado hasta finales de siglo XX”. Por lo que, “hoy
definimos lo familiar como ‘la organización compleja, abierta a cambios y a diversidad de
configuraciones posibles en tanto se respete la asimetría en la que adultos responsables
ejercen las funciones subjetivantes que permitan el crecimiento de los niños, habitantes de
dicha organización’ (...) y extenderla a la idea de entramado vincular, en donde los lazos
afectivos trascienden la relación genética y biológica”.
¿Qué quieren decir Blumenthal (et al) con esto?. Que en lo familiar, cuya condición de la
relación consanguínea de los miembros era fundamental, pasa a ser considerada como una
opción, en tanto la estructura familiar cumpla su función de sostén, amparo y pertenencia a
sus integrantes, así como la transmisión y terceridad. Que sea el lugar en construcción a
donde se pueda recurrir. Por lo que se la puede considerar -aún- como un dispositivo, como
un conjunto complejo y heterogéneo que da forma a la subjetividad actual.
De este modo, la familia en tanto sistema relacional, heterogéneo, se encuentra en
constante transformación, debido a su interacción con otros miembros de la familia y con la
sociedad o grupos sociales, construye su propia realidad a través de los significados aportados
desde la cultura, lenguaje y la construcción de sus propios mitos y creencias. Es un sistema
autorregulado a través de una jerarquía de poder mediante la formulación de reglas que les
otorga a sus miembros experimentar lo que está permitido y lo prohibido.

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Este sistema familiar implica, según lo plantea Andolfi (1984), que un cambio en alguno
de los miembros de la familia trae como consecuencia un cambio en los otros individuos, lo
que a su vez modifica la unidad previamente considerada.
Todo sistema está constituido por múltiples microsistemas de interacción dinámica.
Entendemos que una familia al estar integrada por diversas personas, una actitud positiva o
negativa, puede repercutir de la misma manera o contraria en otro integrante, generando una
modificación en toda su unidad. Ya que conjuntamente están en constante comunicación.
Por otro lado considera que la familia es un sistema en constante transformación, debido a
que debe modificarse a medida que atraviesa las distintas circunstancias del ciclo vital
familiar, para dar respuesta a las necesidades que presentan sus miembros, en el transcurso
del proceso de crecimiento, y con el fin de asegurar la continuidad y crecimiento psicosocial
de los mismos. Es decir, que cada familia atraviesa por diversas circunstancias y que estas
llevan a modificar su estructura, tenida hasta ese momento, dicha modificación es necesaria
para poder atravesarla.
Existe un doble proceso de continuidad y crecimiento, que se produce a partir del
equilibrio entre dos funciones: la tendencia homeostática y la capacidad de transformación,
las cuales actúan a través de un mecanismo de retroalimentación orientado hacia el
mantenimiento de la homeostasis o bien hacia el cambio.
Las demandas de cambio son provenientes de tensiones intrasistémicas, como el
nacimiento de los hijos, su adolescencia, alejamiento del hogar, etc. También están las
intersistémicas que serían los cambios de domicilio, modificaciones en las condiciones de
trabajo, etc. Tales acontecimientos influyen en el funcionamiento familiar, requiriendo un
proceso de adaptación que obliga a sus miembros a negociar sus funciones de interacción con
el fin de asegurar la cohesión de la familia.
Con este aporte, damos cuenta que la familia está constituida por varios miembros, en
donde cada cual tiene un lugar y un tipo de influencia en ella. “Cada familia es portadora de
los valores y creencias de la sociedad a la cual pertenece, estos van a ser reinterpretados por
la misma creando de esta manera códigos propios alrededor de los cuales se organizan las
interacciones de los miembros. De esta manera la familia socializa a los individuos que la
componen” (Ficha de cátedra “Funciones de la familia, s/f). Es decir que cada familia es la
encargada de transmitir sus ideales de acuerdo a la cultura y a la sociedad en la que esté
inmersa, estableciendo códigos, los cuales determinarían sus actos.
Como nos menciona Minuchin (1977), contemplar la familia es observarla como un
organismo vivo que evoluciona en el tiempo e intercambia información y energía con el

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mundo exterior; organismo que transcurre una progresión de complejidad creciente,
atravesando períodos de desequilibrios, tanto en el individuo como el contexto y que, en estos
saltos de estadios, se elaboran tareas y aptitudes nuevas. Luego Minuchin, junto a Fishman
(2004), en “Técnicas de Terapia Familiar” desarrolla el modelo de evolución de la
formación de la familia, cuya primer etapa es la formación de la pareja, lo que nos permite
avalar esta idea de que una familia no necesariamente debe tener hijos. La formación del
holón conyugal se da en el momento en que dos personas se unen con tal propósito, mediante
un acuerdo -no necesariamente legal- donde deben conciliar el conjunto de valores y
expectativas con que vienen, resignar parte de la individualidad otorgada por sus familias de
origen, con tal de ganar el sentido de pertenencia al nuevo sistema que están constituyendo.
Siempre tendrán puntos de fricción y deberán adaptarse para sobrellevar las demandas
contextuales modificadas. De este modo, en algún punto quedaba constituida la estructura de
base de las interacciones entre ellos, con el establecimiento de sus límites y pautas de
conducta. Así, el sistema deberá ofrecer a sus miembros una plataforma de apoyo para el
trato con lo extrafamiliar proporcionar un refugio frente a las tensiones por fuera. En
definitiva, “el holón conyugal tiene que aprender a enfrentar los conflictos que
inevitablemente surgen cuando dos personas están empeñadas en formar una nueva unidad”
pero “para formar la nueva unidad de pareja, cada uno de los miembros tiene que convertirse
en parte”.
Podemos pensar en relación a nuestro tema, que un adulto opte por no ser padre, siendo
que ha sido criado en una familia que le ha transmitido la constitución del matrimonio y de
ello la procreación. Este sujeto se encontraría ante una posición que no es la esperada por esa
familia que le ha propiciado sus ideales, los cuales han sido tomados por esta, de acuerdo a la
cultura y a la sociedad en la que se encontraban en ese momento. Tal así, que muchas veces
las decisiones y acciones que establezcan los sujetos es llevada a cabo de acuerdo a lo que
exige o manifiesta la sociedad a cada familia, y dicha familia transmite a sus miembros; al
mismo tiempo, se evidencia en nuestras entrevistas que la decisión de no tener hijos por parte
de una persona o familia resulta angustiante para los miembros de este sistema debido a la
demanda de sus familias de orígen.
Pero la formación de parejas sin hijos, como ya lo venimos diciendo durante este
desarrollo, no es la única configuración vincular que encontramos. Como nos dicen
Blumenthal, et al (2004) “Nos encontramos con configuraciones vinculares en las que lo
novedoso es su visibilización como en el caso de las parejas del mismo sexo, en que el
reconocimiento de su existencia y legitimación de sus derechos se ve corroborado en lo

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jurídico por el matrimonio civil igualitario. Equipara sus derechos y obligaciones a los del
matrimonio de los heterosexuales, incluyendo entonces la posibilidad de la filiación por
adopción o por técnicas de reproducción asistida”. Para Roudinesco (2002) los progresos en
la inseminación artificial fueron una de las cuestiones que allanaron el camino de la
procreación, posibilitando un reemplazo de las relaciones sexuales por una intervención
médica. Fue así que se posibilitó el surgimiento de las familias “homoparentales”. Esa
expresión testimoniaba un movimiento a la vez transgresor y normalizador; se ridiculizaba
por un lado el principio de la diferencia sexual en el cual se apoyaba hasta ese momento la
célula familiar y por otro lado, ésta era reivindicada como una norma deseable y deseada. Por
primera vez, hombres y mujeres pretendían prescindir de coito vaginal para fundar una
familia. Si bien eso constituía una transgresión (rechazo de algunos homosexuales a plegarse
a las reglas de la procreación natural), los nuevos padres gays y lesbianas no pretendían
cuestionar los dos grandes interdictos fundadores de las leyes del parentesco, que son la
prohibición del incesto y la prohibición de la confusión de las generaciones.
Otra forma de vinculación que encontramos son las familias “monoparentales”, en las
cuales “lo novedoso es que se trata de mujeres que se han establecido laboral y
profesionalmente y deciden tener un hijo/a solas, por adopción o por donación de gametos.
Tanto hombres como mujeres van constituyendo familias monoparentales”. Estas “madres
solteras” ya no son proscriptas de la sociedad, mientras que hace menos de treinta años se las
consideraba transgresoras de la obligación del matrimonio para procrear. Al igual que los
hombres, ellas pueden también procrear hijos en varias camas y hacerlos cohabitar en
familias llamadas “coparentales”, “recompuestas”, “biparentales”, “multiparentales”,
“pluriparentales” o “monoparentales”. Esta terminología traduce no sólo la inversión de la
dominación masculina, sino también una nueva forma de conceptualizar a la familia, que será
considerada como un lugar de poder descentralizado y de numerosos rostros (Roudinesco,
2002).
En este sentido, retomando a Minuchin y Fishman (2004), se encontraran en los siguientes
estadios del desarrollo familiar, donde no hay una formación del holón conyugal, sino un
holón parental ya que éste puede estar compuesto de diversas formas (abuelo, tía) y es
posible que excluya en buena medida a uno de los padres. En él se incluye la crianza de los
hijos y las funciones de socialización. El niño aprende lo que puede esperar de las personas
que poseen más recursos y fuerza, a conocer si sus necesidades habrán de ser consideradas así
como lo modos eficaces de comunicar aquello que desea y, vivencia el estilo con que su
familia afronta los conflictos y las negociaciones. De este modo, es indispensable que este

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padre o madre pueda establecer reglas que se modifiquen en la medida en que los hijos van
creciendo, pueden ir otorgándoles mayores responsabilidades y permitan su proceso de
socialización e individuación.
Por último, es también necesario desarrollar lo que son las familias pluriparentales antes
nombradas; caracterizadas por las recomposiciones múltiples, estas familias construidas,
deconstruidas y reconstruidas, remiten al doble movimiento de la desacralización del
matrimonio y al de la humanización de los lazos de parentesco. Esta familia “recompuesta”
era frágil, neurótica, consciente de su desorden, pero deseosa también de recrear un equilibrio
que la vida social no podía procurarles. Así, los hijos podían ser criados bajo la autoridad de
dos padres y dos madres, y bajo el mismo techo que sus hermanastros y/o hermanastras. Eso
significó que los niños que vivían con uno solo de sus padres, antes considerados
como“bastardos”, luego “hijos naturales”, pudieron luego integrarse a la norma de este nuevo
orden familiar recompuesto.
En resumen, podemos considerar que estas nuevas formas de vinculación -tanto
heteroparental como homoparental, monoparental, pluriparental, o incluso cónyuges sin
hijos- pueden ser considerados como una institución familiar en tanto permitan y promuevan
la socialización, el proceso de individuación y sentido de pertenencia, en tanto contenga
afectivamente a sus miembros.
Es preciso recordar lo desarrollado en el texto de “Familia funcional y disfuncional” (s/f),
donde se remarca que toda familia se instaura y constituye en un determinado momento
histórico y les otorga a sus integrantes elementos propicios para su autorrealización. Por lo
tanto se organiza de acuerdo a los roles que la comunidad ha propuesto para todas las familias
y en compatibilidad con los proyectos, recursos y metas de ésta y de sus integrantes los
cuales deben ser respetados. Pero muchas veces, los valores y roles compartidos, al no
evolucionar ni modificarse de acuerdo a la dinámica social inmediata, se tornan no
saludables, anacrónicas, divergentes y reaccionarias a la evolución funcional de la familia y,
por lo tanto, afecta negativamente a sus integrantes. Es por esto que en una familia
tradicional, el que el hijo/a se desista a tener descendencia es visto como una gran calamidad,
pues es visto como un rechazo al cambio de las costumbres o directamente verse como
incorrecto y al no existir flexibilidad para reacomodarse a las crisis y superarlas, surge una
disfuncionalidad que pone en peligro la salud mental de sus integrantes. Esto puede ser
porque cumplimiento de la norma, el reglamento, la orden y la preservación de la autoridad
como sus correspondientes sanciones a los transgresores es sinónimo de fidelidad, cariño,
amor e identificación con la familia. En definitiva, “esto muestra que las nuevas posibilidades

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de procreativas en la filiación conmueven lo familiar en todos sus vínculos, exigiendo un
proceso de elaboración parento-filial como a abuelos, tíos y demás representantes de la
familia ampliada, así como al entorno social con quienes se entraman lazos de pertenencia
vincular” (Blumenthal et al).
Finalmente, consideramos pertinente volver a los roles asignados a la mujer y al hombre,
en tanto holones integrantes de un sistema familiar. Como ya lo menciona en la Ficha de
Cátedra “Funciones de Familia” e incluso los desarrollos de Minuchin y Fishman (2004) en
“Técnicas de la Terapia Familiar” el aprendizaje de estos roles se realiza mediante el
contacto con quienes representan para él un individuo un modelo a quién imitar. La familia,
junto a las demás instituciones sociales, “contribuyen a atribuir a los sexos diferentes
funciones de acuerdo a los estereotipos de género” los que “se han ido modificando con el
transcurso del tiempo. Roles que en alguna época eran tradicionales (...) en la actualidad se
están desdibujando”. De este modo, podemos ver que con la salida de la mujer al medio
público, al ambiente laboral, los roles que diferencian al hombre y a la mujer, se fueron
asemejando. La mujer fue ganando derechos mediante su lucha porque estos sean
reconocidos, lucha posibilitada por las circunstancias socioeconómicas que demandaban otro
ingreso en el hogar..
Pero, algo que remarcaba Volnovich, este ganar terreno en las actividades “permitidas” a
una mujer no fué correlativo en relación a los roles asignados a los hombres, de ellos se sigue
esperando lo mismo que sean exitosos económica/laboral, familiar y sexualmente, da lo
mismo si tienen hijos o no. Esto genera en las masculinidades actuales una crisis, en incluso,
genera gran violencia contra las mujeres debido a que aquello lo diferencia y lo caracteriza es
el trabajo; y nos remite, incluso, a aquel momento primordial en el que el niño -rebosante de
feminidad- se diferencie de su madre es un acto de violencia, de renegar contra la mujer.
Con decir que se sigue esperando lo mismo de ellos también remite a que, aquello que lo
diferencia en su rol es una prohibición en cuanto a lo emocional, el hecho de que “los nenes
no lloran”. En este sentido, vemos que las demandas de igualdad de roles asignados a los
géneros conlleva grandes inconvenientes en las subjetividades masculinas, debido a que están
“entrenados para no sentir”, entran en contradicciones con las nuevas demandas sociales, un
sujeto más activo y participativo en la crianza de sus hijos, que posicione en un lugar de
protector, cuidador, que se encargue de transmitir amor a los hijos al mismo tiempo de que
deba compartir el lugar de autoridad. El hecho de que sea educado como un “Dios padre”
poseedor del poder en la familia a cumplir un lugar donde debe compartir, no sólo las tareas
sino también el poder con otra persona -su pareja-, genera una herida narcisista, una

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frustración que, a falta de herramientas psíquicas para tramitarlas, produce una descarga por
medio de la violencia.
“Es evidente (...) que el principio mismo de la autoridad -y del logos
separador- sobre el cual siempre se fundó la familia está hoy en crisis en el
seno de la sociedad occidental. Por un lado, ese principio, por la afirmación
majestuosa de su soberanía caduca, se opone a la realidad de un mundo
unificado que borra las fronteras y condena al ser humano a la horizontalidad
de una economía de mercado cada vez más devastadora; pero, por otro, incita
de manera incesante a restaurar, en la sociedad, la figura perdida de Dios
padre en la frontera de una tiranía. Enfrentada a ese doble movimiento, la
familia se muestra ante el sujeto como la única capaz de asumir ese conflicto
y favorecer el surgimiento de un nuevo orden simbólico”. Roudinesco
(2002).

Segunda Conclusión
A través de los procesos deconstructivos por los que atravesamos como medio de
indagación y como recurso para nuestra elaboración, fuimos revelando estas concepciones,
sus orígenes y vigencia en la actualidad. En definitiva, nuestro trabajo consistió en un análisis
las condiciones concretas de existencia, de la experiencia multitudinaria y heterogénea de un
mundo en movimiento donde se entrelazan hechos, acciones, objetos, relaciones, etc. y. tal
como nos los dice Ana Quiroga. interpelar los hechos desde una distancia reflexiva,
problematizando lo cotidiano.
De este modo, pudimos dar cuenta, nuevamente, que hay una confluencia de
concepciones, de roles atribuidos a hombres y mujeres. Por un lado encontramos mandatos
que las instituciones sociales, entre ellas incluidas las familia, que insisten por que se
cumplan, roles y funciones cristalizadas e institucionalizadas mientras que, por el otro,
estamos ante circunstancias, sistemas sociales que se oponen a estos roles, o al menos que
intentan cambiarlos, movimientos que se dan desde principio de siglo gracias a los cambios
tecnológicos, económicos, políticos y a los cambios dentro de la sociedad que permite la
emergencia o visibilidad de ellos..
Estas cuestiones nos permiten comprender nuestra vida cotidiana, en tanto que ponernos
en el lugar que le toca a la mujer es algo muy hablado en estos tiempos y gracias a su
movilización pudieron ir ampliando y modificandolos. Ocurre lo mismo con los modelos de

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familia ya que se comienzan a institucionalizar otros modos de conformar el sistema familiar,
el holón conyugal. Aún así, todavía es poco hablado, aunque sí muy cuestionado, el lugar
otorgado al hombre, lugar que podríamos decir que fue dejado de lado en estos movimientos
deconstructivos debido a que no se amplió para las masculinidades sus posibilidades de
acción y mucho menos las expectativas puestas en ellos. Como nos decía Volnovich,
tampoco se les otorga las herramientas de poder tramitar estas heridas.
En este sentido, podemos dilucidar que si bien los roles atribuidos a cada género se fueron
aproximando, o mejor dicho, que los roles de la mujer se fueron ampliando a los roles
atribuidos al hombre, es decir que éste fue renunciando a algunas cuestiones pero que, en
general, la diferencia entre ambos géneros no ha cambiado y por ello, como nos decía en la
conferencia, es necesario trabajar las desigualdades sociales, la diferencias de clases que se
generan en el capitalismo para poder bregar por la igualdad de género ya que, como bien lo
venimos diciendo, “Los diversos modos históricos de subjetivación han sido y son elementos
estratégicos en el disciplinamiento de cada sociedad. Dicho disciplinamiento no se logra
solamente a través de cómo los integrantes de una sociedad piensan, actúan y sienten sino
también marcando su cuerpo” Fernandez, A. M. (1997)¨.
En este sentido pudimos entender a la Familia como una producción sociohistórica de
lazos o vínculos asimétricos que intervienen en la constitución primaria del sujeto, que
implican cuidados, relaciones de poder, transmisión y construcción de identidad y
pertenencia.Y, “dentro del fondo de su desamparo, la familia parece en condiciones de
convertirse en un lugar de resistencia a la tribalización orgánica de la sociedad mundializada.
Y sin duda logrará serlo, con la condición de que sepa mantener como un principio
fundamental el equilibrio entre lo uno y lo múltiple que todo sujeto necesita para construir su
identidad.
La familia venidera debe reinventarse una vez más” Roudinesco (2006). En esa
reinvención, la posibilidad de elegir formar un familia o de tener hijos, o no, no es requisito
indispensable, por lo tanto aquí debemos refutar a Roudinesco quien afirma que “los
hombres, las mujeres y los niños de todas las edades, todas las orientaciones sexuales y todas
las condiciones, las sueñan y las desean (a la familia); después de atravesar todo el proceso de
trabajo dió cuenta de que no es así, la familia no es un deseo universal, sino una elección.

21
Renovando nuestra Caja de Herramientas
Como lo anticipamos, en este tercer momento, gracias a la comprensión de lo múltiple y
complejo, de entender que una problemática puede y debe ser abordada desde la
multidisciplinariedad ya que la realidad y la forma en que nos desenvolvemos a través de ella
está determinada por los distintos modos de entenderla y construirla. Por ello, es necesario
abarcar conceptos desarrollados en otras cátedras dadas a lo largo de nuestro camino hecho
dentro de la universidad, determinada por distintos puntos de vistas.
Al pensar la problemática electa, la posibilidad que emerge en la actualidad de tener hijos,
de que sea entendida como un deseo por parte del sujeto, también comprendimos que aún no
es una concepción naturalizada sino una pregunta, una abertura a una nueva realidad, pero
que aún no esta dada, y entonces, surge la angustia ante una imposición de las expectativas
que la familia, los grupos de pertenencia e, incluso, la sociedad depositan sobre el sujeto. Nos
encontramos con esta idea de que está sujetado a ellas, y pueden ser vivenciadas como una
carga, generando angustia ante la imposibilidad de actuar conforme a su deseo como de
llevarlo a cabo con las consecuencias que ello genera en el entorno. Pero, no podemos
considerar que estas cuestiones depositadas sobre el sujeto no son necesarias para su
constitución subjetiva, sino que realmente son necesarias para la emergencia del sujeto.
Esto lo podemos entender, por un lado, desde el concepto psicoanalítico de Contrato
Narcisista otorgado por Marcelo Cao, autor estudiado desde la cátedra de Psicología
Evolutiva Adolescencia. El contrato narcisista hace referencia al lugar que le es asignado a
cada sujeto y que deberá ocupar dentro del grupo familia que ya lo espera con un nombre, un
deseo. Al llegar un nuevo bebé a una familia, ya se encuentra con un lugar asignado y carga
con el deseo familiar que deberá cumplir, el niño tendrá que actuar como un portador de la
misión que le es otorgada previamente a su existencia material. En este sentido entendemos al
sujeto, como sujetado, atravesado por un discurso compuesto por ideales y valores
transmitidos por la cultura y la palabra de certeza del conjunto social.
Una de estas misiones es asegurar la continuidad familiar (genética y nombre) y del
conjunto social. Así el lugar dado a la mujer, por ejemplo, no solo en el ámbito familiar, sino
también en la sociedad, es el de ser madre y por lo tanto se espera de ella que exprese el
deseo de serlo y en un momento de su vida busque concretarlo. Así mismo sucede con los
hombres, de quienes se espera que “transmitan” el apellido continuando con la familia. Si
resulta lo opuesto, es decir, si una mujer o un hombre manifiesta no querer tener hijos o vive
su vida sin optar por ello, es condenado no solo por la misma familia sino también por la

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sociedad, quienes ven amenazados estos ideales y deseos. Aunque encontramos una
diferencia en cuanto al peso de estos roles asignados a la mujer y al hombre, a las misiones
con la que carga cada uno: ella, en tanto portadora de un vientre, tiene la función tajante de
ser madre, en cambio, el hombre puede decidir tener una familia pero, su misión es la de ser
el sustento de esta familia, por lo que, se espera de él que sea exitoso.
Esto, nos remite a las teorizaciones de Françoise Doltó al hablar del pasaje de la niñez
a la adolescencia; va a decir que el hecho trascendental que marca la ruptura con el estado de
infancia es la posibilidad de disociar la vida imaginaria de la realidad, el sueño, las relaciones
reales. Esto se debe a que, la primera vida imaginaria, que se inicia a los tres-cuatro años,
pone la mira en las personas del grupo próximo al niño, y el entorno familiar íntimo. Para lo
demás, está en relación con el mundo exterior mediante las opiniones de los padres; pero,
directamente, no le interesa. En una sociedad relativamente estable, la visión que el niño tiene
del exterior queda absolutamente obstruida por su interés por la familia y por el modo en que
la familia reacciona ante la sociedad, por los eslóganes del padre. Los niños son enteramente
de la misma opinión que el padre. Podemos encontrar aquí la gran influencia ejercida por el
contrato narcisista en el que viene a insertarse el niño, donde se transmiten los roles
asignados a cada sexo, las expectativas depositadas en este sujeto. Y por lo tanto,
dependiendo de la constitución familiar de la que provenga, llegará a afirmar estas hipótesis,
el deber tener hijos o ser exitoso laboralmente, por ejemplo.
Pero, en su segunda vida imaginaria, cuando llega a la adolescencia es cuando este
mundo imaginario exterior le provocará, le hará decir que quiere salir. Quiere ir a medir esta
discriminación que ha hecho entre lo imaginario y la realidad, penetrando en esos grupos
sobre los que ha imaginado muchas irrealidades (decidir no tener hijos) pero que, al mismo
tiempo, existen, puesto que se habla de ello “fulana no quiere tener hijos, se le va a pasar el
tren” o “se va a arrepentir”. Entonces, el adolescente sale a medir esta realidad, a
cuestionarla; pero no puede abandonar completamente los modelos del medio familiar sin
antes disponer de modelos de relevo para su toma de autonomía de adolescente confirmada.
Esto se hará merced a las heridas en el amor propio y en las alegrías, a las dificultades y a los
éxitos que serán los acontecimientos de su vida entre los once y los catorce años.
De este modo, ella afirma que un individuo joven sale de la adolescencia cuando la
angustia de sus padres no le produce ningún efecto inhibidor. Serían considerados adultos
cuando son capaces de liberarse de la influencia paterna tras alcanzar este nivel de juicio:
<<Mis padres son como son: no los cambiaría y no trataría de cambiarlos. No me toman
como soy; peor para ellos: los abandono>>.

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A la familia se le es infiel. Se es infiel a los padres; ésa es la ley.Y está bien, y uno se
siente sostenido por la fuerza, en el fondo, del honor que se hace a los padres haciendo por
uno mismo lo que tiene que hacer. Permitiéndonos refutar nuestra primer hipótesis, “Todos
los adultos deben ser padres” e, incluso, llegar a entender que esta crítica de lo preestablecido
es necesaria para formular el proyecto de vida propio, individual, dando la emergencia de
estas nuevas hipótesis “Tener hijos es una elección” o “Formar una familia es una elección”.
Es esto lo que hay que comprender en una sociedad en la que un joven no puede
ganarse el derecho de decir no a sus padres y decir sí a su futuro, <<si a mi y a mi futuro>>.
Este decir <<si a mi y a mi futuro>> tiene su determinación en cuanto constitución del
Proyecto vital, brindado también en Psicología Evolutiva Adolescencia desde un material
realizado por la Universidad de Hernandarias. Los proyectos de vida son la encarnación de
posibilidades y limitaciones. Al asumir un proyecto lo encarno y me responsabilizo de tal
elección, doy respuesta en mis actitudes frente a ese mundo que se abre ante mi en un “poder
ser". La construcción de proyectos de vida no se resuelve en un momento, sino que es un ir
haciéndose, modificándose y recreando toda la vida y está en relación con el Proyecto
identificatorio, el cual consiste en la autoconstrucción continua del yo por el yo, necesaria
para que esta instancia pueda proyectarse en un movimiento temporal, proyección de la que
depende la propia existencia del yo. Acceso a la temporalidad y acceso a una historización de
lo experimentado van de la mano: la entrada en escena del yo es, al mismo tiempo, entrada en
escena, de un tiempo historizado.
Con lo que damos cuenta de que las personas, gracias a su interacción con otros
grupos, externos a los familiares, con la formación académica, es decir con el contacto con
otra realidad pueden identificarse con otros modos de ser, desear algo distinto a lo que se da
por sentado que sea así. Quienes no incluyen formar una familia en su proyecto de vida,
deben tomar y asumir esa elección, haciéndose cargo y responsables de tal elección.
Afrontando los prejuicios y opiniones que puede tener la sociedad hacia esta persona, debido
a su decisión, y también pensando el sujeto que su proyecto de vida, es decir esa elección que
tomó en un momento, no es definitiva, ya que este puede la puede modificar.
Por otro lado, desde un punto de vista sociológico y filosófico, hablamos de un
mandato social o contrato, el cual implica la imposición de normas sociales y modelos
culturales. Los cuales se transmiten gracias a los procesos de mediación, hasta el punto tal de
que se internalizan de manera subjetiva los modelos de comportamiento. De este modo,
tomando a Kant podemos considerar a nuestras tres primeras hipótesis son un mandato que
debe cumplirse siempre y sin condiciones. Para este autor, el deber es “la necesidad de una

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acción por respeto a la ley”, obrar por deber es reconocer que se debe hacer algo, o no,
porque la ley moral lo exige y debe ser respetada aún en contra de mis intereses e
inclinaciones. Cumplir con el propio deber es un imperativo categórico, absoluto, universal y
necesario, es algo que no depende de las circunstancias o de si me hace o no feliz, sino que
manda incondicionalmente. En este sentido, también podemos considerar a Heidegger que
hace referencia a la pérdida de lo personal del sujeto producto de una sociedad que impone
los determinados “SE”, donde el sujeto queda atrapado en este “SE dice”, “SE hace”
perdiendo el “YO” (“YO hago”, “YO digo”, etc), perdiendo así su esencia. De esta manera,
tanto mujeres como hombres se encuentran bajo el velo de los “SE”, se quedan sólo en estos,
por ejemplo, “ser madre porque soy mujer”, “Ser exitoso laboral, económica virilmente
porque soy hombre”, como un mandato obligatorio que cumplir. Así es que, el sujeto
muchas veces se ve influido por estas significaciones que representa la sociedad hacia
ellos, y este termina actuando bajo presión, proveniente tanto de las familias como del
entorno social, debido a tal mandato que establece la sociedad y la cultura a la que
pertenece. Resultando en que los individuos pierden su propio deseo personal, y como
resultado éste termina siendo impersonal “SE”.
Esto, si bien continúa vigente en la actualidad, también observamos, como lo venimos
haciendo desde el inicio, que se fue modificando y nos encontramos con una
(Post)Modernidad, definida por Bauman como “líquida”, refiriéndose no sólo a la época
actual, sino también a todo lo que la caracteriza. La metáfora de lo “líquido”, lo flexible se
remite a los constantes cambios que sufren todos y cada uno de los aspectos de nuestra
vida; las instituciones, las relaciones, las familias, las costumbres, los ideales, etc; todo pasa
a ser relativo y maleable. Y, en esta fluidez de las instituciones y/o mandatos, emergen las
nuevas configuraciones, de familia, de pareja, incluso, de proyectos de vida donde tener
hijos es una opción, formar una pareja también lo es e, incluso, la continuidad de esta no
está predeterminada.
Por su parte, Puget y Berenstein, desarrollado por la cátedra de Psicología Evolutiva
Adulto-Vejez, plantean que una pareja matrimonial es una estructura vincular entre dos
personas de diferentes sexo que, desde un momento dado, tiene elementos definitorios que
permiten referirse a ella como una unidad o una estructura con un alto grado de especificidad.
Reconociendolos como parámetros definitorios a aquello con los que en la pareja
matrimonial determinan la cotidianeidad, definiendo una relación diaria en un tiempo-espacio
compartido; las relaciones sexuales, por medio de las cuales se interrelaciona la pareja a
través de los órganos genitales; y, por otro lado, se encuentra la tendencia monogámica, que

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es ligamen matrimonial con un solo cónyuge, y por último se encuentra el proyecto vital
compartido, que es el modelo paradigmático de proyecto futuro, considerando que el de una
pareja pasa por la creación de hijos, reales o simbólicos.
En este caso, debemos refutar a Puget y Berenstein en varias cuestiones, en primer
lugar, pudimos constatar que no todas las parejas desean tener hijos y sus proyectos pasan por
otro lugar, otro deseo que va más allá de la procreación. En segundo lugar, la definición que
dan de la pareja matrimonial al plantear a ésta como el vínculo entre dos personas de distinto
sexo, dejando de lado a las parejas conformadas por hombres y mujeres homosexuales,
proponiendo a estas como posibles en el encuadre de amantes. Constatamos que la propuesta
de estos autores no es absoluta, dado que hoy en día existen personas homosexuales que
forman parejas, se casan y constituyen su propia familia, es decir que este tipo de estructura
vincular no es exclusiva de parejas heterosexuales; también encontramos otras formas de
vinculación como la multiparentalidad o, incluso la monoparentalidad. Otra cuestión que es
importante destacar, es que muchas personas deciden no tener hijos pero también, algunas,
deciden no formar parejas, ya que no todos quieren tener familia.
Finalmente, el último concepto que tomamos como importante, desde una postura
filosófica necesaria para un cierre y una apertura para seguir reflexionando, es el Mito de las
Cavernas de Platón. Dentro de una caverna se encuentran, desde su nacimiento, unos
prisioneros encadenados de cuello y piernas, sólo pueden mirar hacia el muro del fondo;
detrás de ellos hay una hoguera encendida y, entre ésta y ellos, un camino escarpado. A lo
largo de éste, hay un muro de cierta altura por donde pasan unos hombres con toda clase de
objetos que asoman por encima de él. En el muro del fondo se proyectan las sombras de estos
objetos y de los hombres que los portan, siendo estas sombras lo único que pueden ver y que
han visto los prisioneros durante toda su vida. Un día, uno de los prisioneros logra liberarse y
sale de la caverna, conociendo por primera vez las cosas reales. Deslumbrado por la luz del
sol, no logra distinguir entre lo verdadero y lo que creía verdadero; pero, mediante el
razonamiento, logra distinguir entre la idea que tiene de las cosas y lo que realmente son las
cosas.
En este diálogo con Glaucón, Platón hace una "analogía metafórica: Los prisioneros
atados representan a los seres humanos en estado de ignorancia; las sombras proyectadas, son
las apariencias, lo que creemos que son, el mundo sensible; lo que está afuera de la caverna,
la luz (el sol) es el conocimiento verdadero. El prisionero liberado representa al filósofo, el
sabio, el que deberá guiar a los hombres ignorantes hacia el conocimiento verdadero a través
de la razón. En este caso, el prisionero, como aquel sujeto, sujetado por los mandatos, por

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estos contratos preestablecidos, pudo salir de esta caverna y comprender, hacerse cargo de su
deseo, afrontando las consecuencias que conllevan los movimientos instituyentes, pero que
tienen el beneficio de un cambio y una posible institucionalización de aquello que, por el
momento, no está permitido. Cumpliendo el rol, de aquellos sabios, maestros que guíen la
emergencia de estos nuevos roles anhelados en otros sujetos.

¿Qué nos queda por Aprehender?


Pensamos qué otras herramientas que nos resultaría necesaria aprenderlas para continuar
abordando nuestra problemática podrían ser:
Desde la cátedra de Teoría y Técnica de Grupos, la adquisición de las distintas herramientas
para comprender cómo un sujeto y un grupo está determinado y determina el actuar de cada
uno, en su medio. Poder evidenciar las dinámicas en cada familia o grupo de pares y cómo un
cambio en los ideales, valores de cada partícipe puede ser vivenciado en el grupo. En
correlación con las cátedras de Psicología Institucional y Comunitaria que nos permite
entender cómo influyen las distintas instituciones en la conformación de una sociedad, en
tanto ordenadora de comportamientos e ideales que se deben promulgar. Pero que, estos van a
variar dentro del estrato social que tomemos, y las circunstancias económicas, contextos en
los que se encuentra cada comunidad. Así lo que define a un sujeto puede variar, para algunos
tener un hijo para otros el ambiente laboral.
De este modo, con las herramientas que nos brinda Psicólogia en Educación y el Aprendizaje
podríamos ver a la escuela como una de estas instituciones pero, que mediante nuestro
accionar, como de los otros actores involucrados en ella, son formadores de subjetividad, en
tanto grupos de referencia que permiten construir los proyectos de vida, como puerta de
entrada para comparar lo establecido y comenzar a reflexionar sobre el propio deseo,
proyecto de vida.
Por su parte, desde las clínicas, podemos abordar las posiciones en que se ubica cada sujeto
frente a su deseo, los modos de vivenciarlos y accionar frente a ellos. En su estructuración
subjetiva y posterior desarrollo como sujeto con un determinado lenguaje y proyecto de vida.
Por otro lado, también es necesario ver cómo nuestro rol, posturas éticas, en tanto futuros
psicólogos, en tanto sujetos, nos permitirán evidenciar estos mandatos, como nos atraviesan
en estas decisiones y, además, sujetos por las legalidades, lo jurídico determinan éstas
acciones y, por ello, también es importante lo que nos brinda conocerlas a través de las
cátedras de Ética y Deontología Profesional y Psicología Jurídica y Criminología.

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La práctica profesional supervisada por orientación, la cual nos permitirá hacer visible las
consecuencias y/o efectos producto de la temática abordada, en otros ámbitos como el
laboral,jurídico, educacional o comunitario, posibilitando, si es necesario, un elaborar una
estrategia de intervención acorde al problema.

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CONCLUSIÓN
Como modo de concluir con el proceso que hemos realizado a lo largo del cuatrimestre,
nos resultó interesante haber elegido la problemática sobre la obligación, o no de tener hijos,
la cual nos ha permitido reflexionar sobre situaciones y aspectos cristalizados en nuestra vida
y sociedad con respecto a los lugares otorgados al hombre y a la mujer. Pudiendo
genealogizar y problematizarlas gracias a la intervención de los medios conceptuales que nos
proporcionaron las diversas prácticas realizadas a lo largo de nuestro pasaje por la
universidad.
En este recorrido que transitamos a lo largo del desarrollo del trabajo podemos
pensarnos como esos prisioneros que Platón ubica, en un primer momento, dentro de la
caverna, prisioneros sujetos a la realidad que se proyectaba en el muro del fondo pero que, al
preguntarnos sobre ello, nos fuimos liberando de estas cadenas, de estos mandatos
cristalizados y pudimos “salir a la luz”, la cual todavía nos encandila pero que, con la ayuda
de los cristales que nos brinda la reflexión, el preguntarnos y entendiendo que lo múltiple y
complejo de nuestra realidad, podremos seguir construyendo conocimiento, podemos seguir
cuestionandonos.

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