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LAS REBELIONES INDÍGENAS – Ana María LORANDI

DIVERSIDAD ÉTNICA, LIDERAZGOS SUPRAÉTNICOS Y EL SISTEMA COLONIAL


En la mayor parte del territorio argentino la penetración española estuvo cargada de
dificultades y miserias, debido a la voluntad de los pueblos originarios de preservar su
autonomía política, económica y social. Es el caso de los valles Calchaquíes (en el corazón
demográfico y económico del noroeste), y también del Chaco y la Patagonia (que no
fueron ocupados hasta el s. XIX), cuyas resistencias –también la Pampa– fueron más
prolongadas. La colonización costó muchas vidas, agotó los recursos y llenó los ánimos de
desazón y rencor.
Desde las primeras “entradas” o expediciones descubridoras los indígenas conspiraron
para impedir y hostigar a los nuevos invasores, con prácticas ya experimentadas durante la
conquista incaica.
El norte argentino (NO) estuvo poblado por grupos de distintos rasgos de complejidad
política y por ende, diferentes niveles de estratificación social. Posiblemente también
tenían patrones de conducta y experiencias culturales diferentes o parcialmente
diferentes. Las poblaciones vecinas al actual sur boliviano participaban más intensamente
de las prácticas corrientes del mundo andino central, y se adaptaron con mayor facilidad a
situaciones de dominio estatal. A medida que se avanzaba hacia el sur, aumentaba el
rechazo a las imposiciones extracomunitarias, y se acrecentaba la voluntad de conservar la
autonomía política y cultural, acompañada por un aumento de la fragmentación política.
Normalmente los grandes valles y pampas interserranas alojaban cacicatos con base
territorial y demográfica que comprendían solamente sectores de esos valles o de las
quebradas que desembocaban en esas pampas. En ningún caso se ha comprobado la
existencia de jefaturas que controlaran directamente la totalidad de un valle. Posiblemente
se trataba de unidades entre 2500 y 250 individuos.
Habitaban pueblos conglomerados, salpicados en los territorios que controlaban
directamente y que muchas veces comprendían varios PISOS ECOLÓGICOS. Es el caso de
los valles Calchaquíes, donde los pueblos se escalonaban entre la Puna y el fondo del valle,
o entre los pisos altos y las yungas. Los pisos ecológicos son el primer factor sustancial en
la comprensión de las rebeliones, ya que habla de la capacidad del medio ambiente para
asegurar autosuficiencia mediante la explotación de estos pisos relativamente próximos.
Estas condiciones habrían favorecido en el NO la autonomía de núcleos políticos de
reducido rango demográfico y territorial (lo opuesto a lo que habría ocurrido en el
altiplano y valles bolivianos, favoreciendo las alianzas y así la ampliación demográfica y
territorial). A mayor fragmentación del poder, mayores dificultades tiene el invasor para
dominarlos. A falta de un gobierno centralizado o unificado era necesario conquistar
jefatura tras jefatura, se redoblan los esfuerzos y se multiplican los fracasos.
Los cacicazgos/jefaturas más fuertes del NOA eran los de la quebrada de Humahuaca, los
valles Calchaquíes (incluían el actual valle de Santa María), el valle de Hualfín (formaba
una unidad política con la cuenca de Londres y Belén) y tal vez el norte y oeste de La Rioja.
En el resto la fragmentación era mayor y solían reducirse a caciques de linajes. Si bien
tenían un sentido de la pertenecía y adscripción étnica bien definido en términos
generales, los españoles tardaron bastante en reconocerlos y en comprender que frente a
esa fragmentación política no podían aplicar los mismo recursos de dominación y
colonización de los Andes centrales.
La fragmentación política dio por resultado una notable multietnicidad a lo largo y ancho
del territorio del noroeste. Además la multietnicidad se vio favorecido por los mitimaes o
colones del Cuzco (que les controlaban y muchas veces los reemplazaban en actividades
para las rentas estatales), ya que muchos con la caída del imperio nunca volvieron. Esto
multiplicó sus conflictos en tiempos coloniales, porque los originarios trataban de
recuperar los territorios mutilados, provocando constantes guerras interétnicas.
Ni la fragmentación política ni la multiplicidad étnica con sus consecuentes conflictos
impidieron el surgimiento de liderazgos que convocaron a grupos diferentes e incluso
colonos para participar mancomunadamente en una resistencia orgánica (su convocatoria
era mayor que los límites de su dominio tradicional). Estos LIDERZGOS SUPRAÉTNICOS son
el segundo factor en la comprensión del proceso. Los españoles se darían cuenta de que la
aceptación de estas convocatorias no implicaba una comandancia unificada, y que cada
jefe aliado tomaría sus propias decisiones. En el Tucumán colonial de los siglos XVI al XVIII,
durante más de un siglo se dio una crítica inestabilidad en la región que comprendía una
frontera (territorio imperfectamente colonizado).
Entre 1550 y 1593 se instalaron varias ciudades desde San Salvador de Jujuy hasta La Rioja.
En el centro quedaba sin conquistar la región de los valles Calchaquíes, foco de las
preocupaciones de los invasores hasta mediados del s. XVII. Desde esas ciudades comenzó
a organizarse la tributación de los indígenas entregados en ENCOMIENDAS (tercer factor),
para lo cual era necesario “pacificar” la totalidad del territorio, someter a todos los
indígenas al nuevo vasallaje. Los indígenas de los valles Calchaquíes impidieron
sistemáticamente todo asiento español.
Así, la provincia “Tucumán, Juríes y Diaguitas” quedó dividida en dos sectores. En el
primero, con muchas dificultades la colonización empezaba a consolidarse; los valles
Calchaquíes conservaron su autonomía hasta mediados del s. XVIII. Esta área autónoma
por más de un siglo resistió todos los intentos de conquista y puso en crisis el poder de las
autoridades de la provincia y del virreinato.
El último factor son las PARTICULARIDADES DEL SISTEMA REGIONAL DE ENCOMIENDA. El
rey cedía el cobro de su tributo indígena a los beneméritos de la conquista en pago a los
servicios prestados. El tributo era en bienes y/o dinero según las épocas, pero en el
Tucumán se impuso mayoritariamente el servicio personal, como respuesta adaptativa a
las condiciones imperantes en la región.
Si bien las comunidades de los sectores centrales no producían el excedente suficiente
para cumplir con la tributación en bienes, esto no fue determinante para la adopción del
tributo personal. La falta de excedentes no puede aplicarse a todas las comunidades, por
sobre todo las del extremo norte (Puna y Quebrada de Humahuaca) donde se dio el
tributo mixto (especia, trabajo, dinero). Sí parece generalizable el hecho de que la mayoría
de los caciques carecían de autoridad suficiente para asegurar la organización que
produzca bienes para el tributo colonial porque no tenían tradición previa de tributación
en beneficio de un Estado hegemónico supraétnico.
La encomienda de servicio personal produjo notables alteraciones en las comunidades
indígenas, a diferencia de los Andes centrales, donde la encomienda ayudaba a consolidar
la unidad del grupo y reforzaba la autoridad del cacique. El proceso de de
desestructuración de la comunidad fue irreversible porque no se pudo evitar que los
indios abandonaran sus pueblos o escaparan cuando eran convocados a sus turnos, que
los hombres pasaran demasiado tiempo alejados de sus familias o que fuesen desplazados
con cada venta de las propiedades encomendadas. Las Ordenanzas de Abreu (1576)
reglamentaron la tributación femenina –prohibida por la legislación general de Indias–,
debiendo ocupar cuatro días a la semana en jornadas completas. Así se afectó el normal
proceso de reproducción social de los indígenas encomendados.
Esta situación predominaba en las actuales pcias de Salta, Catamarca, La Rioja, Santiago
del Estero y Córdoba, parcialmente exentas la Puna y quebrada de Humahuaca. Las
diferencias en la solidez de los cacicazgos y en las prácticas culturales prehispánicas
reflejaban también las diferencias en los comportamientos coloniales.

El panorama étnico-social del Tucumán presentaba contrastes muy marcados. Los


indígenas encomendados, sometidos en su mayor parte al servicio personal, sufrieron
una progresiva erosión demográfica acompañada por un creciente proceso de
desestructuración que produjo, al principio del s. XVII, el Gran Alzamiento Diaguita.
Resistencia: capacidad para organizar el rechazo de las fuerzas invasoras durante lapsos
muy prolongados en el que intervienen varias generaciones. De ese modo se logra evitar
que se cercenen la independencia política y la autonomía en el control de las normas
vigentes de una determinada sociedad. El rasgo esencial es que se la organización de la
resistencia calchaquí se prolonga durante varias generaciones.
Rebelión: la diferencia con la resistencia es que se gesta en una sociedad previamente
dominada, va en contra de una forma de opresión. Es una reafirmación retrasada de la
conciencia colectiva de autonomía, al punto de incitar a organizarse con objeto de lograr
determinados objetivos. Estos objetivos pueden ser el de revertir totalmente las
condiciones de dominación y recuperar el poder, o pueden ser parciales, tratando de
atenuar las condiciones de sometimiento y lograr un cierto margen de autonomía en la
toma de decisiones.

TIEMPOS DE RESISTENCIA. LAS INVASIONES DE LOS ESTADOS HEGEMÓNICOS.


Los incas les habían invadido desde comienzos del s. XIV, aunque se asegura que no habían
podido ser incorporados plenamente al modelo de explotación incaico. Habrían
enfrentado la conquista con diferentes respuestas según la situación específica de cada
grupo.
Los juríes ofrecieron su vasallaje a fin de quedar protegidos de los lules y chiriguanos. En
retribución les prestaron servicios especiales controlando la frontera oriental y a los
indómitos pobladores de la sierra; y no dejaron de cumplir con sus tributos en las
actividades que destacaban (cerámica, tejido, agricultura).
Las poblaciones de los valles Calchaquíes afrontaron tres campañas incaicas para ser
dominados (lo que se logró en la última con una gran matanza). Probablemente sus
cacicazgos fueron desarticulados o fragmentados y quedaron bajo el control de los
mitimaes.
En el extremo norte es probable que las poblaciones de Puna y quebrada de Humahuaca
hayan ofrecido escasa resistencia. Los juríes tucumano-santiagueños fueron instalados en
una franja sur de los valles Calchaquíes (Yocavil/Santa María) y en el resto de la actual
Catamarca. El segmento norte fue ocupado por mitimaes.
La región fue profundamente alterada, tanto en el aspecto demográfico como político. A
los más rebeldes estas guerras les permitieron acumular experiencia sobre dos aspectos
fundamentales: 1. una hábil resistencia podría dar sus frutos, demorando por decenios el
resultado final; 2. comprendieron la esencia de los mecanismos de tributación para un
Estado hegemónico y supraétnico, al tiempo que sufrían las consecuencias negativas de
estas políticas de extracción de energía y excedentes en las economías locales.
Estas experiencias estaban frescas en su memoria para reproducirlas cuando tuvieron que
enfrentar a un nuevo invasor. Por otro lado, los desacuerdos entre españoles (constantes
en buena parte del s. XVI) debilitaron la capacidad de resistir la presión indígena.
Colgadito: los indígenas van a usar mucho las estrategias de esconderse en las sierras y
manipular el agua (cortándola o inundando).
Un jefe carismático que destacó en una primera etapa de levantamientos fue Juan
Calchaquí, cacique de Tolombón. Los alzamientos (en contra de la invasión de sus
territorios y el sometimiento a la coacción tributaria) fueron expandiéndose y el liderazgo
de Juan Calchaquí alcanzó una dimensión regional (los vivía cagando a los españoles en las
negociaciones). En 1563 (creo que toda esta acción se desarrolló en este año) Felipe II
organizó la pcia de Tucumán, Diaguitas y Juríes, incorporándola al distrito de la Audiencia
de Charcas. Al año siguiente Francisco de Aguirre fue nombrado primer gobernador de la
nueva pcia.
A partir de 1564 se inició un interregno de inestable equilibrio político, pero de relativa
paz. Se fundó el resto de las ciudades y se estableció un cordón de ocupaciones que
rodeaba a los valles Calchaquíes (que continuaban resistiendo). Pero los caminos seguían
inseguros y esto impedía llevar adelante el proyecto de unir el Alto Perú con Buenos Aires
para facilitar la salida comercial por el Atlántico. Como típica región de frontera, el
control de las instituciones centrales alcanzaba sus objetivos con gran dificultad. Y es
posible que éstas tampoco se interesaran demasiado en la suerte de una región en la que
no había minas. Al mismo tiempo la colonización se estabilizaba un tanto y los indígenas
eran incorporados al régimen de encomiendas de servicio personal. La escasez de otros
recursos más rentables impulsaba a los encomenderos a forzar el trabajo de los indios, y
los alzamientos no siempre estaban asociados con la seguridad de las ciudades sino con la
resistencia de los naturales a ser explotados con trabajos personales (por lo cual se
desarrollaban expediciones punitivas o “malocas”). La coyuntura local empujó a los
españoles a imponer la ley por mano propia, en contradicción con expensas disposiciones
reales, creando una típica frontera de colonización.
Mientras… Gobernador: Gonzalo de Abreu. Virrey: Toledo. Gobernador 1582: Hernando de
Lerma. 1588: Juan Ramírez de Velasco (pa este entonces Juan Calchaquí la había palmado).
Un hijo del cacique aceptó el vasallaje, pero fue al pepe. Velasco repartió encomiendas y
salió del valle convencido de haber pacificado definitivamente. Pobre iluso.
El cacique Viltipoco tenía en la región de Humahuaca el mismo poder de convocatoria que
Juan Calchaquí tuvo en el sur. Organizó 10000 indios de diversas “naciones”, cortando el
camino al Perú. Pero la rebelión fue desbaratada, junto con él cayeron otros caciques y
finalmente moriría en prisión. Mientras, los calchaquíes seguían en su objetivo; el nuevo
gobernador Pedro de Mercado y Peñaloza envió expediciones punitivas que no dieron
resultados.
A su vez, en la región colonizada los abusos en la aplicación del servicio personal y
femenino (tjo, no abrir las piernas eh) comenzaron a provocar levantamientos en La Rioja.
En 1612 el oidor de la Audiencia de Charcas (que hizo una visita en el nuevo siglo)
promulgó unas Ordenanzas que intentaban reorganizar la encomienda y suprimir el
servicio personal. Pero el modelo tributario tradicional era impracticable en el Tucumán y
los encomenderos las ignoraron en su mayor parte y no cejaron en los abusos, traslados,
apropiación de territorios y explotación indiscriminada de mujeres, niños y ancianos. La
Iglesia se quejaba por la evangelización incompleta. Los capataces o “pobleros” de los
encomenderos, encargados de hacer cumplir las obligaciones tributarias, continuaron
ejerciendo justicia por mano propia. Hacia 1630 se enciende la mecha de una gran
rebelión.

TIEMPOS DE REBELIÓN. EL GRAN ALZAMIENTO: 1630-1643


Hacia fines 1631 los indios del segmento sur o valle de Yocavil (liderados por el linaje
Utimpa), confederados con los del centro de Catamarca (de Andalgalá y Aconquija,
liderados por cacique Chalemín) dieron la señal de alzamiento general. Así comenzó el
primer período de esta guerra que duró hasta 1633 y tuvo por escenario el sur de la pcia.
del Tucumán. Ya no se trataba de un valle que resistía la ocupación, sino que todos los
indígenas serranos de la mitad sur de la pcia. se confederaban para expulsar a los
españoles. La rebelión se extendió hasta La Rioja, donde los indios de esta región a veces
se aliaban a los restantes, a veces se hacían “indios amigos” de los españoles.
La pcia pasaba por su período de mayor peligro general. Los de valle Calchaquí ahora
pretendían limpiar sus fronteras. Los pulares, viejos aliados de los incas, oscilarían entre la
fidelidad a los españoles, la defensa de sus tierras y los ancestrales conflictos con los de
Tolombón. Mientras los focos de rebelión se multiplicaban, una tercera campaña de
Cabrera logró poner algunas zonas bajo control (como el sur de Catamarca y La Rioja).
En 1634 se inicia el segundo período de la guerra. En esta época la crisis afecta también a
las instituciones de la provincia (renuncias de gobernadores). En 1635 Albornoz hizo otra
entrada en el valle Calchaquí afirmando que lo había pacificado, con excepción del cacique
Utimpa de Yocavil. La pacificación no fue tal ya que no se logró que los indios den servicios
a sus encomenderos, el objetivo principal.
Albornoz atacó nuevamente el valle de Calchaquí, secuestrando numerosos objetos y
bienes europeos que los indios se apropiaban en sus correrías y usaban en la medida de
sus posibilidades técnicas y ambientales.
En 1637 Contreras (reemplazante de Cabrera) apresó al cacique Chalemín el cual fue
asesinado. Esta derrota tuvo frutos inmediatos para los españoles. Atacaron a todas las
poblaciones vecinas y produjeron el primer gran extrañamiento o desnaturalización de
indígenas (andalgalaes a La Rioja). El resto se refugió y se inició una tregua. En este año
termina el segundo período.
Se hicieron frecuentes las negativas a participar en nuevas expediciones punitivas. Los de
Córdoba también habían agotado sus fuerzas. Tampoco era fácil reunir indios amigos,
porque los mayordomos y pobleros impedían que abandonasen el trabajo. Los efectos de
la guerra se reflejaron en un descenso general de la producción. Varias pestes asolaron a
las poblaciones que además carecían de alimentos por las incursiones contra sus cultivos.
La alianza entre los yocaviles con los de Hualfín y otros grupos de Catamarca se hizo más
firme. El capitán Francisco de Nieva y Castilla desbarató la conjura por efecto de una
traición unida a cuestiones de sucesión de un cacicazgo. En 1647 malfines y abaucanes
fueron trasladados a Córdoba y luego una parte a La Rioja.
La guerra costó muy caro a los españoles, ya que habrían muerto 150 personas,
demasiado para la escasa densidad de europeos en las ciudades de la región por esa
época. Los indígenas sufrieron gravísimas pérdidas (tanto los “amigos” como los rebeldes).
Un gran número consiguió huir al valle Calchaquí. Los nuevos estudios sobre esta rebelión
han probado que la solidez de las alianzas corría paralelo con el grado de parentesco de los
grupos involucrados. Los yocaviles, malfines y andalgalaes (considerados “parientes y
amigos”) sostuvieron una resistencia más coordinada y permanente. En cambio las
alianzas que hacían con los abaucanes y famatinas (con quienes no habrían tenido lazos de
parentesco) fluctuaban según los acontecimientos, siendo estos atacantes o “amigos” de
los españoles.

TIEMPOS DE UTOPÍA. EL ÚLTIMO LÍDER: EL INCA DON PEDRO BOHORQUES Y GIRÓN


La continuación de la resistencia calchaquí había instalado un profundo temor en los
hispano-criollos y la fantasía de que si el valle era tan fieramente defendido era porque
ocultaba oro. En 1657 llegó a la pcia. un andaluz, Pedro Bohorques, diciendo que había
descubierto el Paytiti, país de maravillas ocultas en América del Sur. Se presentó con un
doble discurso: a los indios diciendo que era descendiente de Paulo, el último Inca
coronado por los españoles, y a estos que si le permitían usar el título de rey de los incas
obtendría los secretos de los indios sobre sus minas y tesoros; a cada uno los que esperaba
escuchar. Así Bohorques se apropió de una doble utopía, los conocimientos sobre la
ubicación del Paytiti y el título de Inca para cumplir las profecías del mito de inkarrí1. Este
mito formará la urdimbre sobre la cual Bohorques tejerá distintas estrategias.
A mediados del s. XVII la resistencia de los de los Calchaquíes se prolongaba más de cien
años, y los españoles de la pcia. y las autoridades virreinales estaban dispuestos a darle
término definitivo. Pero la llegada de Bohorques fue providencial para los indios, ya que
eran conscientes de la necesidad de un líder capaz de oponerse a la conquista.
Bohorques logró un acuerdo entre el gobernador Mercado y caciques locales, logrando ser
reconocido como rey de los indios y funcionario de la corona de España. Prometió inducir
a los indios a sus encomenderos, descubrir sus minas y ponerlos en policía. Obtuvo el
reconocimiento de los indios, pero al estar honrándose a un nuevo rey las autoridades del
virreinato lo juzgaron inadmisible.
Enseguida comenzó a arengar a muchas poblaciones de La Rioja y v. Calchaquíes para que
se libren del dominio español. Algunas comarcas no aceptaron debido a que tenían muy
1
El mito recupera el pasado incaico, borrando las aristas más irritativas del imperio y creando una memoria idealizada.
Habla de la reunión de las cabezas decapitadas de los Incas, entonces será momento de sacudirse el yugo español.
fresco el recuerdo de la represión por el Gran Alzamiento. 15 años después de su
desnaturalizamiento, en 1658 ya no tenían fuerzas para intentar otra rebelión.
A comienzos de 1659 las relaciones entre Bohorques y el gobernador habían llegado al
máximo punto de tensión. Luego de unos encuentros, el primero fue conducido a Lima. El
resto de las poblaciones de los valles continuó en rebeldía. En 1659 el gobernador invadió
Calchaquí. Fue necesario conquistar pueblo por pueblo y concertar las paces con cada uno
de ellos. La campaña duró seis meses y las fuerzas de la hueste estaban agotadas y en
estado de sedición. Sólo se dominaron la mitad de las poblaciones, no las del sur, así que la
guerra prosiguió.
Una vez terminada, el gobernador vació el valle de la totalidad de su población,
dispersándola en toda la jurisdicción de la provincia bajo la custodia de sus encomenderos.
Los que colaboraron fueron menos fragmentados (e instalados en Salta y Jujuy). Los
quilmes y acalianes fueron trasladados al puerto de Buenos Aires (cuyo cabildo había
financiado buena parte de la campaña para obtener mano de obra para trabajar la región).
Los yocaviles, por haber resistido más tiempo, fueron dispersados en grupos de 5 o 6
familias y entregados a encomenderos y hacendados de La Rioja y Catamarca que también
reclamaban mano de obra. La cantidad de indios recibidos estuvo en relación con la
cuantía de sus contribuciones. Esto es la llamada “composición de indios”, cercana al
remate moderno. Todas las provincias fueron premiadas con este tributo humano, y el
valle quedó totalmente despoblado.
Mientras, en Lima Bohorques y ocho curacas fueron ejecutados.
Hacia fines del s. XVII el valle Calchaquí era lentamente repoblado. Se instalaron haciendas
y algunos encomenderos trajeron a algunos de sus antiguos pobladores, pero no se
recompusieron las comunidades originales. Grupos de pocas familias se instalaron en las
haciendas. El repoblamiento se realizaba en condiciones de dependencia de los nuevos
propietarios, sin autoridades indígenas y ni control sobre la vida política y la reproducción
cultural y social. Además, la escasez de mano de obra atrajo a atacameños y a otros
habitantes del altiplano. Una vez más el valle se va a caracterizar por su multietnicidad,
pero esta vez formando grupos que carecían de vínculos étnicos y que por el contrario
estaban en dependencia de los grandes propietarios (ya sea como arrendatarios,
medieros o jornaleros). Comenzó a gestarse una nueva sociedad, criolla, mestiza,
deculturada, en buena parte aislada y carente de derechos sobre las tierras que
trabajaban.

TIEMPOS DE INCERTIDUMBRE. LA EXPANSIÓN DEL FRENTE CHAQUEÑO Y LOS ECOS DE LA


REBELIÓN DE TÚPAC AMARU.
Desde comienzos del s. XVIII el perfil social y demográfico del Tucumán mostraba claros
síntomas de cambios sustanciales. Cada región fue adquiriendo un perfil mucho más
diferenciado. El extremo norte conservaba una estructura social y cultural más afín con sus
vecinos septentrionales. Las ciudades en general recibieron mayor aporte de indígenas
desarraigados y crecía notablemente el mestizaje entre distintos grupos étnicos
(españoles, indios, criollos y negros). Se forjaron las castas. El comercio se activaba
mientras la ganadería adquiría mucha más importancia y en algunas zonas reemplazó a
otras actividades productivas. Llegaron nuevos migrantes europeos que aportaron capital
comercial e impusieron nuevas pautas de conducta. Se acrecentó la distancia social entre
los de origen europeo, las castas y los indios. La relativa “comensalidad” de siglos
anteriores se deterioraba en beneficio de una mayor diferenciación.
Las encomiendas, muy reducidas, tenían cada vez menos importancia económica. Era más
fácil contratar mano de obra asalariada que mantener una encomienda. Además había
aumentado el número de indios desarraigados que, sumados a los individuos de casta,
proveían la mano de obra en los períodos en que se necesitaba para luego ser licenciados.
El proceso de desarticulación de las comunidades indígenas aumentó la individualización
y la dificultad o imposibilidad de adoptar decisiones consensuadas. Cada persona debía
responsabilizarse de su destino y en muchos casos sólo tenía a la unidad familiar o la
vecindad como único marco de referencia. Mientras más se diluía el perfil indígena de
Tucumán, menores opciones existían en los grupos subalternos para enfrentar la
coacción colonial. Si bien las reformas borbónicas llegaron muy tardíamente, todo el s.
XVIII muestran algunos síntomas de “modernidad” en estos perfiles diferenciales de la
población de origen europeo que apartaba social y culturalmente al resto de los
habitantes del territorio. Cada vez se fue haciendo más difícil compartir códigos de
comunicación cultural y jurídica.
También el cambio se da al interior de la sociedad hispano-criolla. El ascenso social podía
obtenerse por medio de la riqueza, y el heroísmo fue perdiendo centralidad. La nueva
guerra que debieron afrontar contra las poblaciones chaqueñas que asolaban sus fronteras
orientales los encontró ahogados y desalentados, y no habría premios esta vez. Muchas
veces se resistieron a integrar las huestes. Normalmente sólo se tomaron medidas
defensivas para que los malones no asolaran los establecimientos agrícolas, las ciudades y
los caminos entorpeciendo el comercio (sobre todo con Buenos Aires y Santa Fe),
impidiendo la ampliación de la frontera agropecuaria hacia el oriente.
Poco antes de la creación de las Intendencias, pero cuando ya se notaban los efectos de las
reformas borbónicas, se produjeron las rebeliones del Alto Perú, siendo la más extendida la
de Gabriel Condorcaqui/Túpac Amaru. Los ecos fueron débiles pero preocupantes. Los
movimientos del altiplano central y sur se extendían peligrosamente hacia la frontera de la
pcia. de Tucumán. Las tropas de Buenos Aires lograron desalentar los ataques. Pero toda la
pcia. estaba conmocionada y el resto de los indígenas del Tucumán temía verse envuelto
en una nueva rebelión. Se ordenó que todas las milicias provinciales (incluido Paraguay) se
movilizaran, causando gran conmoción en las ciudades. Sólo se dieron focos en Jujuy y
Salta, controlados en 1781.
Los efectos ideológicos de las rebeliones altoperuanas se prolongaron mucho más que las
acciones armadas. En general se había tomado conciencia de que se estaban
produciendo grandes cambios. La noción de que los americanos habían formado una
nueva sociedad, distinta de la metrópoli, iba adquiriendo perfiles más evidentes. Los
intereses de cada sector raramente coincidían y esto quedó al desnudo en el largo proceso
de la independencia. El liberalismo del s. XIX introdujo cambios sustanciales que
rompieron los actos de convivencia entre indígenas y españoles. Así se aceleraron los
procesos de ruptura cultural en buena parte del actual norte argentino, donde los que
mejor resistieron fueron los grupos de la Puna y quebrada de Humahuaca, más ligados a
los patrones comunitarios del altiplano. En los valles y las tierras bajas de la antigua pcia.
del Tucumán colonial se definía un nuevo proceso de etnogénesis, en el que emergía una
sociedad biológica y culturalmente mestiza.