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LAS SOCIEDADES GUERRERAS BASE DEL

ESTADO POLÍTICO EN GRECIA

«La guerra (Pólemos) es el padre y el rey de todas las cosas»


(Heráclito. Diels, FVS, 2213, fr. 53)

En principio debemos situarnos en un mundo dominado por


las fratrías o hermandades de guerreros (personas que han optado por la
guerra como medio de vida), formadas al margen de las estructuras
familiares para fines muy concretos. Como señala Detienne, en el plano
de las estructuras sociales como en el de las estructuras mentales, el
grupo de guerreros ocupa un lugar central y excepcional. Por una
parte, no cubre al grupo familiar sino al grupo territorial: los guerreros
están repartidos en clases por edad y agrupados en hermandades, con
independencia de la familia a la que pertenezcan (normalmente, en
sociedades poco numerosas, el número de jóvenes de cada clan que
quieran ser guerreros es limitado, por lo que se suelen reunir de varios
clanes e incluso de varias tribus).

Es la relación con un territorio y no la dependencia de un vientre lo


fundamental; como entre nosotros, que votamos por distritos y no por
familias. Quedan vinculados entre sí mediante relaciones contractuales
(contrato social), no por vínculos de sangre o parentela. Por tanto el

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principio de equidad, de igualdad, domina sobre el de jerarquía u orden
sagrado propio de las estructuras familiares. Por otra parte, el grupo de
los guerreros se singulariza por sus comportamientos y técnicas de
educación. Los guerreros sufren unas pruebas iniciáticas que aseguran su
cualificación profesional, consagran su promoción social y definen su
vocación a la muerte (entre tales ritos iniciáticos hallamos la pederastia
griega: los muchachos aprendían las virtudes que deberían hacer de ellos
adultos durante el período iniciático de segregación, viviendo en
compañía de un hombre, al mismo tiempo educador y amante: el espíritu
del valiente se insufla analmente en el joven iniciado (NOTA [1]). Este
estatuto particular del grupo de los guerreros se define por igual en
determinadas prácticas institucionales: juegos funerarios, reparto del
botín, asambleas deliberativas que, en su totalidad, dibujan una especie
de campo ideológico, específico en este grupo social. La opinión (doxa) de
todos los guerreros es válida en principio [democracia] y sólo se
impondrá la de aquel o aquellos que dominen el arte de la palabra
persuasiva (oratoria) y sepan arrastrar tras de sí a los demás con su
generosidad en el banquete y el ejemplo de su valor.

Predomina, pues, en este tipo de sociedad una ética


competitiva: la valía (areté en griego, virtus en latín) de un hombre se
mide por el honor (timé, honos) que otros le rinden por su sabiduría y
valor y que se materializa en la parte especial del botín que aquél recibe
(apreciándose sobre todo la mujer capturada). La pérdida del honor se
siente como vergüenza que se refleja en pérdida de la tierra asignada
por honor (témenos). No existe sentimiento de culpa -lo cual supondría
interiorización del concepto- ya que en el pensamiento mítico se depende
de la voluntad divina para cualquier acción. A causa de esto, los
banquetes (symposia) y los entrenamientos entre amigos varones
(hetairoi) eran una actividad esencial para el hombre de influencia; para
esta función de adquirir rango se destinaban los sobrantes de la
producción del oikos u hogar doméstico. De esta manera el basileus o jefe
se aseguraba el apoyo de sus compañeros o hetairoi, a los que ganaba
con su generosidad, porque las actividades bélicas y de piratería
terrestre o marítima (de carácter honroso) requerían la habilidad de
obtener el apoyo de personas que no pertenecieran al mismo genos o
clan. El hecho de tener una especial inclinación hacia el combate podía
convertir a un hombre normal del pueblo (denominado por el término
genérico de los agathoi, "los buenos", los miembros de pleno derecho de
la comunidad, frente a los kakoi, "los malos", o grupos subordinados)en

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parte del grupo de los aristoi, "los mejores"(o sea, los que tienen más
areté, los que son más importantes) [NOTA 2], integrado en principio
teórico sólo por los ancianos dirigentes de las tribus.

Por sus acciones el guerrero puede ir adquiriendo honor (timé)


hasta convertirse en héros (jefe u héroe), alcanzando así una especial
comunicación con los dioses, que son los portadores del verdadero "ser",
compartido de algún modo por estos hombres elegidos, a los que los
poemas denominan diogenés ("hijos de Dios"). Es por ello por lo que se
estima que estos elegidos son los depositarios del conocimiento de la
voluntad divina (themis griega, fas latina), y poseen el don de la palabra,
lo que les permite actuar como árbitros en los conflictos y lo que les
faculta de forma especial para celebrar los sacrificios a los dioses en
nombre de la colectividad. Son ellos los que aportan las víctimas
sacrificiales (la generosidad es la tercera virtud de un héroe, junto con el
valor y la oratoria), que consumen todos durante la fiesta en auténticas
barbacoas, y que obtienen gracias al botín o bien gracias a la parcela
especial (témenos) que se concede al jefe de un grupo para sostener
éstas y otras actividades de interés general.

Es así como gracias a los objetos que los aristoi [mejores] obtienen
de la piratería, y del comercio de intercambio (prexis) más tarde, o bien
gracias a los agálmata o bienes de prestigio, irán diferenciándose del
resto de la comunidad, con lo que la sociedad se irá jerarquizando cada
vez de forma más evidente a medida que los hijos de los jefes vayan
heredando funcionalmente la posición de sus padres, lo que es una
tendencia normal si el guerrero logra sobrevivir algún tiempo a su
azarosa vida de hazañas. De este modo esta aristocracia irá consolidando
en la mente de sus contemporáneos su posición de privilegio hasta llegar
a hacerla hereditaria, convirtiéndose en una nobleza propiamente
dicha: de una situación de hecho se pasa a una de derecho, y se termina
considerando que los jefes lo son no por sus cualidades personales, sino
por ser hijos de otros jefes.

El aumento de la riqueza, que exige una mayor función distribuidora


del jefe, y la propaganda realizada por los aedos o cantores inspirados a
su servicio [origen de los futuros historiadores], que exaltan las hazañas
de sus familias, consolidarán ideológicamente la posición de privilegio de
los nobles. Pero será el control continuado generacionalmente de la tierra
(témenos), que fija socialmente mediante la propiedad inmueble, el que

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tienda a convertir la aristocracia en nobleza cerrada, instaurando en la
práctica una auténtica propiedad privada de la tierra que antes era
simplemente cedida por la comunidad para sufragar los gastos
comunitarios. La desigualdad social se traslada así del campo del ser al
del tener. De hecho, los basileis [jefes] de la primitiva Grecia homérica son
ya un grupo de nobles de estirpe, que heredan su título, y de quienes los
aedos son los encargados de transmitir su moral y sus hazañas como
dignas de recuerdo genealógico (en una sociedad donde se entiende
como "verdad" sólo lo que tiene mucho ser, lo que es importante para
todos, "lo que no se olvida" (alétheia en griego). No es difícil adivinar
cómo los jefes guerreros (héroes) fueron tomando cada vez más
importancia en los Consejos de Ancianos -constituidos así en Consejos de
Notables- y cómo los clanes a los que pertenecían se fueron convirtiendo
en preponderantes: la fusión de la nobleza gentilicia y la nobleza
guerrera es un hecho en Homero.

De hecho, los poemas homérico nos hablan de una sociedad


gentilicia -dividida en familias, agrupadas en clanes y éstos en tribus- en la
que naturalmente predominan las relaciones de parentesco [de base
femenina], que irán siendo sustituidas lentamente por las de
territorialidad conforme veamos afirmarse el concepto de polis, o sea de
organización de guerra (pólemos), controlada por las fratrías
["hermandades"] o asociaciones de guerreros (de ahí el carácter
masculino dominante de la organización política). Cada uno de esos
nobles homéricos se encuentra a la cabeza de un grupo: el oikos (casa o
patrimonio familiar) que se encuentra inserto en el marco de un genos o
clan, marco fundamental de su sistema de relaciones económicas y
familiares.

La familia homérica es un grupo no demasiado extenso. En


esencia, comprende al jefe de la casa, a su mujer e hijos adultos con sus
mujeres y niños, junto con otros miembros de la familia inmediata. A la
muerte del jefe, la propiedad se divide en partes iguales entre sus hijos,
que entonces establecen sus casas por separado. La naturaleza patriarcal
de la familia está demostrada no sólo por las normas de la herencia. Los
matrimonios son concertados (las muchachas suelen ser muy jóvenes)
por los cabezas de los gene [clanes], normalmente como un medio de
establecer alianzas que dan consistencia al grupo, pues éste en todo
momento predomina sobre los intereses individuales. Ello es lo que
explica en buena medida que se tratara de una sociedad exogámica,

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característica de una estructura tribal (hay necesidad de forjar alianzas
con otros grupos de parentesco) en la que eran muy importantes las
relaciones de hospitalidad (xenía), que comportaban el intercambio de
regalos entre los jefes.

G. CHIC GARCÍA, El Mediterráneo arcaico. Apuntes para la comprensión de


una época, Sevilla, 2003, pp. 46-51.

NOTAS

[1] Existía la creencia, todavía mantenida por Aristóteles, de que el esperma


contenía en pequeñas burbujas el "aire vital", que prendería en el cuerpo de
las mujeres como en una maceta, con lo cual se intentaba sustentar
ideológicamente la idea de que era el hombre el elemento fundamental en la
reproducción y por tanto de la estructuración de las sociedades humanas, en
las que la pertenencia a determinado vientre había sido tradicionalmente el
elemento inconfundible de afinidad. En este sentido los latinos considerarían
al hombre como el único poseedor de Genius o elemento genésico.

[2] Este modo de hablar está bastante generalizado entre las


sociedades humanas, como señala C. Lévi-Strauss, Raza y cultura, Madrid,
1993, p. 49: "La humanidad cesa en la frontera de la tribu, del grupo
lingüístico, a veces hasta del pueblo, y hasta tal punto, que se designan
con nombres que significan los «hombres» a un gran número de
poblaciones dichas primitivas (o a veces -nosotros diríamos con más
discreción- los «buenos», los «excelentes», los «completos»), implicando
así que las otras tribus, grupos o pueblos no participan de las virtudes -o
hasta de la naturaleza- humanas, sino que están a lo sumo compuestas
de «maldad», de «mezquindad», que son «monos de tierra» o «huevos
de piojo». A menudo se llega a privar al extranjero de ese último grado
de realidad, convirtiéndolo en un «fantasma» o en una «aparición»".
Esto es propio de cualquier mentalidad sustantivista, que valora más lo
cualitativo que lo cuantitativo, como fundamentalmente son las que
aquí estudiamos.

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