Anda di halaman 1dari 105

Técnica, medicina y ética

Paidós Básica Hans Joñas


Últimos títulos publicados:

37. S. J. Taylor y R. Bogdan - Introducción a los m étodos cualitativos de investigación


38.
39.
H. M. Feinstein - La form ación de William James
II. Gardner - Arte, mente y cerebro
Técnica, medicina y ética
40.
41.
42.
W. H. Newton-Smith - La racionalidad de la ciencia
C l^vi-Strauss - Antropología estructural
L. Festinger v D. Katz - Los m étodos de investigación en las ciencias sociales
Sobre la práctica del principio de responsabilidad
la f t fl\
43. R. Arri llaga Torrens - La naturaleza del con ocer
44. M. Mead - Experiencias personales y científicas de una antropóloga
45. C. liévi-Strauss - Tristes trópicos
46. G. Deleuze - Lógica del sentido
47. R. Wuthnow - Análisis cultural
48. G. Deleuze - El pliegue. Leibniz y el barroco
49. R. Rortv, J. B. Sohneewind y Q. Skinner - La filosofia en la historia
50. J. Le Goff - Pensar la historia
51. J. Le Goff - El orden de la memoria
52. S. Toulmin y J. Goodfield - El descubrimiento del tiempo
53. F. Bourdieu - La ontologia política de Martin H eidegger
54. R. Rortv - Contingencia, ironía y solidaridad
55. M. Cruz - Filosofìa de la historia
56. IV!. Blanchot - El espacio literario
57. T. Todorov - Crítica de la crítica
58. H. White - El contenido de la form a
59. F. Relia - El silencio y las palabras
60. T. Todorov - Las morales de la historia
61. R. Koselleek - Euturo pasado
62. A. Gehlen - Antropología filosófica
63. R. Rortv - Objetividad* relativismo y verdad
64. R. Rorty - Ensayos sobre H eidegger y otros pensadores contem poráneos
65. D. Gilmore - Hacerse hombre
66. C. Geertz - Conocim iento local
67. A. Schütz - La construcción significativa del mundo social
68. G. E. Lenski - Poder y privilegio
69. M. Hammersley y P. Atkinson - Etnografia. Métodos de investigación
70. C. Solís - Razones e intereses
71. H. T. Engelhardt - Los fundam entos de la bioética
72. E. Rabossi y otros - Filosofía de la mente y ciencia cognitiva
73. J. Derrida - Liar (el) tiem po l. La moneda falsa
74. R. Noziek - La naturaleza de la racionalidad
75. B. Morris - Introducción al estudio antropológico de la religión
76. D. Dennett - La conciencia explicada. Una teoría interdisciplinar
77. J. L. Nancy - La experiencia de la libertad
78. C. Geertz - Tras los hechos
79. R. R. A ramavo, J. Muguerza y A. Valdeeantos - El individuo y la historia
80. M. Auge - El sentido de los otros
82. T. I .urkmann - Teoría de la acción social
83. H. Joñas - Técnica* medicina y ética
84. K. J. Gergen - Realidades y relaciones
86. M. Cruz (comp.) - Tiempo de subjetividad
87. C. Taylor - Fuentes del yo
91. K. R. Popper - El mito del marco común #™ PAIDÓS
92. M. Leenhardt - fío kamo Barcelona • Buenos Aires • México
Título original: Technik, Medizin und Ethik. Zur Praxis des Prinzips Verantwortung
Publicado en alemán por Insel Verlag, Francfort del Meno

Traducción de Carlos Fortea Gil

Cubierta de Mario Eskenazi

Para Gertrud e Immanuel Kroeker


amistad vieja, pero que nunca envejece

I" edición, 1997


Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del «Copyright»,
bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra
por cualquier m étodo o procedimiento, com prendidos la reprograíía y el tratamiento
informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos.

O 1985 by Insel Verlag, Francfort del Meno


© de todas las ediciones en castellano,
Ediciones Paidós Ibérica, S.A.,
Mariano Cubí, 92 - 08021 Barcelona
y Editorial Paidós, SAICF,
Defensa, 599 - Buenos Aires.

ISBN: 8 4 -4 9 3 -03 4 1 -9
Depósito legal: B -38.9 8 6 /1 9 96

Impreso en Hurope, S.L.,


Recaredo, 2 - 08005 Barcelona

Impreso en España - Printed in Spain


SUMARIO

Prefacio ........................................................................................... 11

1. Por qué la técnica moderna esobjeto de la filosofía.................. 15


La dinámica formal de la tecnología ........................... .. 16
El contenido material de la tecnología...................................... 25

2. Por qué la técnica moderna es objeto de la ética....................... 33


1. Ambivalencia de los efectos .................................... ............ 33
2. Automaticidad de la aplicación................. .. ........................ 34
3. Dimensiones globales del espacio y el tie m p o ..................... 35
4. Ruptura del antropocentrismo............................................ 35
5. El planteamiento de la cuestión metafísica......................... 37

3. En el umbral del futuro: valores de ayer y valores para mañana 41

4. Ciencia sin valores y responsabilidad: ¿autocensura


de la investigación?................................................................... 55

5. Libertad de investigación y bien público ................................. 65


¿Se solapa la ciencia con la moral? ..................... ..................... 66
La fusión de teoría y práctica en la ciencia moderna ............... 67

6. Al servicio del progreso médico: sobre los experimentos


en sujetos hum anos................................................................... 77
1. La especificidad de los experimentos hum anos................... 77
2. «Individuo y sociedad» como marco conceptual................. 79
3. El tema del sacrificio........................................................... 80
4. El tema del «contrato social» .............................................. 82
5. La salud como bien p ú b lic o ................................................. 84
6. Lo que la sociedad puede permitirse .................................... 84
7. La sociedad y la causa del progreso .................................... 86
8. Meliorismo, investigación médica y obligación individual . . 88
9. Ley moral y entrega transmoral ........................................... 89
10. El problema del «consentimiento» . .................................... 90
11. Autorreclutamiento de la comunidad científica................... 90
12. «Identificación» como principio de selección en general . . . 91
13. La regla de la «serie descendente» y su sentido antiutilitario 92
10 T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA

14. Experimentos con pacientes................................................. 93


15. El privilegio fundamental del enferm o................................ 94
16. El principio de «identificación» aplicado a los pacientes . . . 95 PREFACIO
17. El secreto como caso límite ................................................. 95
18. Los experimentos en pacientes tienen que referirse
a su propia dolencia............................................................. 96
19. Conclusión............................................................................ 98

7. Arte médico y responsabilidad h u m a n a .................................... 99


El principio de responsabilidad (1979) prometía una parte aplicada en
8. Hagamos un hombre clónico: de la eugenesia
la que se ilustrara con ejemplos seleccionados el nuevo tipo de cuestio­
a la tecnología genética............................................................. 109
nes y obligaciones éticas que la caja de Pandora de la tecnología nos re­
1. La novedad de la técnica biológica...................................... 110
gala junto con sus dones y, en lo posible, se facilitara la forma de res­
2. De las formas de control genético ......................... ............ 114
ponder correctamente a ellas. Este paso de lo general a lo particular y de
3. Eugenesia negativa o preventiva.......................................... 115
la teoría a las proximidades de la práctica es el que se intenta dar en los
4. Selección p renatal............................................................... 117
artículos reunidos aquí. Pretenden por lo tanto empezar con la «casuís­
5. Eugenesia positiva............................................................... 117
tica», cuyo inexplorado territorio de la responsabilidad tecnológica exi­
6. Clonación (Métodos futuristas I) ........................................ 119
ge aún más de lo que la moral y el derecho en general piden en el terre­
7. Hasta ahora no hay analogía estricta entre el biólogo y el
no ya conocido. ¿Desde qué extremo del amplio espectro tecnológico se
ingeniero (Métodos futuristas II. Arquitectura del ADN) . . . 130
puede plantear un comienzo así? Sin duda lo mejor será hacerlo desde el
8 . El potencial de ingeniería de la biología m olecular............. 131
más cercano a nosotros, allá donde la técnica tiene directamente por ob­
9. Observación final: creación y m o r a l.................................... 133
jeto al hombre y donde nuestro conocimiento de nosotros mismos, la
idea de nuestro bien y nuestro mal, tiene una responsabilidad directa, es
9. Microbios, gametos y cigotos: más sobre el nuevo papel
decir: en el ámbito de la biología humana y de la medicina. Aquí, entre
creador del ser h u m an o ............................................................. 135
hombres a solas consigo mismos, es donde la ética se encuentra en su te­
rreno y necesita poco conocimiento del gran mundo, del equilibrio local
10. Muerte cerebral y banco de órganos humanos:
y global de la biosfera y del efecto remoto de sus perturbaciones, para
sobre la definición pragmática de la muerte.............................. 145
hallar su camino. Lo que aquí es ya visible, incluso imaginable, se puede
Contra la corriente .................................................................... 148
tratar desde ahora mismo, a la luz de nuestra imagen del hombre, con al­
Postscriptum de diciembre de 1976 ....................................... 156
guna certeza tanto teórica como prescriptiva, y lo hallado se puede se­
Post-postscriptum de 1985 ......................................................... 157
guir sin dificultad, porque en este terreno ninguna presión externa (excep­
to en el caso del problema de la población) empuja a los conocimientos a
11. Técnicas de aplazamiento de la muerte y derecho a morir . . . . 159
la acción. En este horizonte, pues, tienen su punto de partida las siguientes
El derecho a rechazar el tratamiento........................................ 161
investigaciones.
El paciente consciente e incurableen estadio term inal.............. 164
Sin duda, dada la escala de la amenaza colectiva a la que la responsabi­
El paciente en coma irreversible .............................................. 169
lidad tiene que hacer frente hoy, puede haber cosas de mayor y más global
La tarea de la m ed icin a ............................................................. 173
urgencia que las afinadas cuestiones, en parte muy personales, de la huma­
nidad médica y genético-técnica. Pensamos ante lodo en la dura amenaza
12. De conversaciones públicas sobre el principio de responsabilidad 175
del holocausto atómico, y luego en la sutil de la destrucción medioambien­
A. Mesa redonda (1981): «Posibilidades 3' límites
tal. Pero acerca de ellas —acerca del suicidio de la humanidad— la ética no
de la cultura técnica»........................................................... 175
tiene nada que decir salvo un incondicional no en el que todo el mundo está
B. Entrevista (1981): «¿En caso de duda, a favor de la libertad?» 193
de acuerdo, incluso sin filosofía. La ética y la metafísica han hecho su apor­
tación esotérica al respecto al demostrar por qué el no tiene que ser incon­
N o ta b i b l i o g r á f i c a .......................................................................... 205
dicional, con un motivo válido en la incondicional obligación de la humani­
dad de mantener su propia existencia (hemos hecho un intento al respecto
en El principio de responsabilidad). Cómo evitar la locura —el pecado lite-
P R E FA C IO 13
12 T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA

raímente mortal— es cosa de la política, donde, como es sabido, desapare­ Estos paradigmas son también los que se infieren en el terreno de la
ce la unanimidad. La teoría ética tiene tanto menos que hacer aquí cuanto biología humana. Por más que también ésta, por el camino que pasa por
que la forma radical de eliminar el peligro, la total erradicación de las ar­ el problema de la población, penetra en la ecología y, en este sentido,
mas nucleares —a diferencia de otras erradicaciones ponderables de for­ como factor en el destino del medio ambiente y función de él, es también
mas de poder técnicamente peligrosas—, no hace daño a nadie, no impone asunto de cifras y magnitudes causales objetivas —un trozo de ciencia
sacrificio alguno del disfrute de las bendiciones y maldiciones de la tecno­ natural biosférica pues—, representa sin embargo en sí misma una di­
logía (a la que tal erradicación no afecta), cuyo consumo y productividad al mensión de la moralidad en la que cuestiones esencialmente cualitativas,
servicio del bienestar más bien aumenta al ahorrar el gasto en potencial de no cuantitativas, de tipo puramente humano, exigen nuestra respuesta
aniquilación: de forma que no surge la cuestión, sin duda ética, de qué sa­ humana y valorativa. Para ello tenemos que escuchar a nuestro interior.
crificio es exigible conforme a un justo reparto de cargas. Fuera del fragor Pero las cuestiones que requieren aquí nuestra respuesta surgen de la
de la política, para la razón y las costumbres todo está claro como la luz del nueva tecnología propia de este ámbito que se puede incluir en el con­
día, y no hay lugar para sopesar derechos o bienes en conflicto. Por eso este cepto amplio de medicina. Sin duda la medicina fue la más antigua reu­
libro no habla de ello. nión de ciencia y arte, pensada esencialmente —a diferencia de la técni­
No es tan claro el caso de la otra amenaza apocalíptica de la técnica mo­ ca saqueadora del dominio del medio ambiente— para el bien de su
derna, la lenta destrucción del medio ambiente, que puede terminar en una objeto. Con la meta inequívoca de la lucha contra la enfermedad, la cu­
no menor desolación y en sufrimientos quizá mayores que la repentina ca­ ración y el alivio, se ha mantenido hasta ahora éticamente incuestiona­
tástrofe. Sin duda el no a la ruina final claramente visible será tan unánime ble y expuesta tan sólo a la duda de su capacidad en cada momento. Pero
como en el caso de la muerte atómica. Pero el proceso que conduce a ella hoy, con medios de poder enteramente nuevos —su parte de ganancia en
avanza por cien senderos y en mil pequeños pasos, lleno por todas partes el progreso general científico-técnico—, puede plantearse objetivos que
de desconocimiento respecto a los valores críticos; es decir, hay cuestiones escapan a esa incuestionable beneficencia; incluso puede perseguir sus
abiertas en cuanto hasta dónde se puede llegar aquí o allá; es un proceso fines tradicionales con métodos que despiertan la duda ética. Las «facti­
que no depende de dramáticas decisiones, sino de la banal cotidianeidad y bilidades» que ofrecen sobre todo los más innovadores y más ambiciosos
el uso de recursos en sí mismos inocentes, que favorecen la vida, que se le de estos objetivos y caminos, y que afectan especialmente al principio y
han vuelto necesarios: toda la incansable tecnología de nuestra producción al final de nuestra existencia, a nuestro nacimiento y nuestra muerte, to­
de bienes, que alimenta el consumo mundial. Aquí ya no se puede hablar de can cuestiones últimas de nuestra existencia humana: el concepto del bo-
prevención indolora, como en el caso de los arsenales que esperan en silen­ num humanum, el sentido de la vida y de la muerte, la dignidad de la
cio, y se pierde la unanimidad del no respecto a la amenaza abstracta para persona, la integridad de la imagen del hombre (en términos religiosos:
el futuro: la de la ciencia, porque es defectuosa; la de la voluntad, porque el la imago dei). Éstas son auténticas preguntas para el filósofo, que puede
lejano quizá que exige un sacrifìcio no afecta a los apremios de actual abordar conforme a criterios del ser y libre por tanto del jeroglífico de
certeza. Incluso el sí ético a la obligación general discrepa de sí mismo, las cifras y las intrincadas causalidades mundiales que gobiernan en lí­
porque el desigual reparto del sacrificio global exigido ofende a la propia neas generales el efecto de nuestra acción. Aquí, donde el paradigma in­
moral: ¿quién va a predicar protección medioambiental a poblaciones ham­ dividual ya tiene que decir toda su verdad, el filósofo puede hacer que se
brientas? produzca experimentalmente el encuentro de la ética con la técnica en el
Para el filósofo es demasiado pronto para penetrar en esta espesura, ejemplo que elija y con sus recursos propios, y no tiene que esperar a la
para ensayar la casuística. Aún no existe la ciencia medioambiental integral ciencia elaborada de la enfermedad global y su posible curación. Aquí
que sería el presupuesto para ello. Por lo menos las ciencias competentes también, como ya hemos dicho, el seguimiento del criterio ético obteni­
(tanto de la naturaleza como de la economía) tienen que empezar por ela­ do no se vuelve a su vez un problema.
borar a partir de la red de causalidades las opciones prácticas a las que apli­ Hasta aquí nos hemos referido a la especial temática que tratamos de
car en concreto el análisis ético, y esto sólo está en sus comienzos. Aún no precisar en las aplicaciones del principio de responsabilidad a «casos»
podemos confundir el telescopio con la lupa. Entretanto, hasta que se den concretos en el campo tecnológico (capítulos 6-11). Consideraciones más
las condiciones cognitivas previas de la concreción, el respeto y la cautela generales sobre el tema «ciencia, técnica y ética», que también sitúen en
de las que se hablaba en El principio de responsabilidad y la conciencia del el cuadro sistemático a quien no haya leído la obra anterior, enmarcan las
peligro deben apartarnos en el sentido más general de la perniciosa lige­ discusiones específicas. Éstas han surgido por variados motivos a lo lar­
reza y hacer crecer en nosotros un espíritu de nueva abstención. Por ello go de muchos años: el artículo más antiguo es del año 1968. Sin duda en
—por lo contrario de la «supersencillez» del apocalipsis nuclear—, este li­ su actual publicación, en la mayoría de los casos sin modificaciones, in­
bro también guarda silencio acerca de la ética medioambiental, donde se cluyen muchas cosas que entretanto, dado el rápido crecimiento de la bi­
ensaya con paradigmas de la práctica. bliografía, han sido dichas también por otros. És un signo alentador que
14 T ÉC N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA

la discusión pública esté en marcha en muchos idiomas. En ella, las dife­


rencias de opinión son tan importantes como las concordancias. Se com­
prenderá por mi edad que tenga que fallar a la hora de hacer justicia al
estado actual de los conocimientos mediante las correspondientes indica­
C apítulo 1
ciones. Lo expuesto reproduce todavía hoy —de forma tentativa, como es
lo adecuado al caso— mi opinión acerca de las cosas.
POR QUÉ LA TÉCNICA MODERNA
H ans J oñas
ES OBJETO DE LA FILOSOFÍA
New Rochelle, Nueva York, EE.UU.,
abril de 1985
Dado que hoy en día la técnica alcanza a casi todo lo que concierne a los
hombres —vida y muerte, pensamiento y sentimiento, acción y padeci­
miento, entorno y cosas, deseos y destino, presente y futuro— , en resumen,
dado que se ha convertido en un problema tanto central como apremiante
de toda la existencia humana sobre la tierra, ya es un asunto de la filosofía,
y tiene que haber algo así como una filosofía de la tecnología. Ésta está to­
davía en sus comienzos, y hay que trabajar sobre ella. Para ello, hay que
empezar por cerciorarse del fenómeno mismo de forma descriptiva, y obte­
ner analíticamente de él los aspectos parciales de dignidad filosófica con
los que haya que seguir trabajando en la interpretación del conjunto. Lo
que viene a continuación quiere empezar a hacerlo preguntándose por la
especificidad de esta nueva tecnología que de pronto parece dotada de atri­
butos tan extremos como la promesa utópica y la amenaza apocalíptica,
con una cualidad casi escatológica en cualquier caso.
En este punto, resulta útil para nuestro objetivo la vieja distinción entre
«forma» y «contenido», que nos permite distinguir los dos temas principa­
les siguientes:

1. La dinámica formal de la tecnología como una empresa colectiva con­


tinuada que avanza conforme a «leyes de movimiento» propias.
2. El contenido sustancial de la tecnología, consistente en las cosas que
aporta para el uso humano, el patrimonio y los poderes que nos confiere,
los nuevos objetivos que nos abre o dicta, y las propias nuevas formas de
actuación y conducta humanas.

El primer tema, formal, contempla la tecnología como el conjunto abs­


tracto de un movimiento; el segundo, de contenido, su múltiple uso con­
creto y su efecto sobre nuestro mundo y nuestra vida. El acceso formal
quiere recoger las «condiciones del proceso», permanentes, con las que la
moderna tecnología «se» abre paso —mediante nuestra acción, natural­
mente— hasta la novedad siguiente y superadora en cada momento. El ac­
ceso material quiere examinar las formas de la novedad misma, intentar
clasificarlas (situarlas en cierto modo en una «taxonomía») y obtener una
imagen del aspecto del mundo equipado con ellas.
Un tercer tema, que los abarca a ambos, sería la cara ética de la tecno­
logía como exigencia a la responsabilidad humana, que debe tomar la pa­
labra posteriormente. Por consiguiente, en un orden sistemático los tres
16 T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA P O R Q U É LA TÉC NICA M O D E R N A ES O B J E T O DE LA F IL O S O F Í A 17

temas indicados que pueden servir como esquema básico de la filosofía monopolios celosamente guardados de sus sociedades inventoras. En el
de la tecnología a la que aspiramos se refieren a la «forma», el «conteni­ caso de otros, como los juegos hidráulicos y con la energía del vapor de los
do» y la «ética» de la tecnología. Mientras el tercer (y más importante) mecánicos alejandrinos o la brújula y la pólvora de los chinos, no se ad­
tema es valorativo, los dos primeros que aquí tratamos son analíticos y virtió su serio potencial tecnológico.1 En conjunto, las grandes culturas
descriptivos. clásicas habían alcanzado relativamente pronto un punto de saturación
tecnológica —el «optimum» que antes mencionábamos en el equilibrio de
medios y habilidades con necesidades reconocidas y objetivos—, y poste­
L a DINÁMICA FORMAL DE LA TECNOLOGÍA riormente hallaron pocas razones para ir más allá. Desde ese momento
reinó ante todo la convención. De la alfarería a las construcciones monu­
Empezaremos, pues, haciendo aún completa abstracción de los logros mentales, del cultivo del suelo a la construcción naval, de los textiles a las
concretos de la técnica, por algunas observaciones sobre su forma como tota­ máquinas de guerra, de la medición del tiempo a la astronomía: herra­
lidad abstracta de movimiento, que sin duda se puede llamar «tecnología». mientas, técnicas y objetivos siguieron siendo esencialmente los mismos
Dado que de lo que se trata es de las características de la técnica moderna, durante largos períodos de tiempo, las mejoras fueron esporádicas y no
la primera pregunta es en qué se distingue formalmente de todas las ante­ planificadas, y el progreso por tanto —si es que se producía—2consistía en
riores. Hay una diferencia principal, la indicada en el nombre «tecnología», añadidos insignificantes a un nivel en general alto, que aún hoy despier­
en que la técnica moderna es una empresa y un proceso, mientras la ante­ ta nuestra admiración y, según demuestra el hecho histórico, tendía más
rior era una posesión y un estado. bien a pérdidas por descenso que a innovaciones superadoras por nuevas
creaciones. Al menos lo primero (cuando ocurrió a gran escala) fue el fe­
Técnica premodema nómeno más observado y lamentado por los epígonos con nostálgico re­
cuerdo de un pasado mejor (como en el decadente mundo romano). Pero
Si el concepto «técnica», burdamente descrito, denomina el uso de he­ incluso en los tiempos de fuerte florecimiento no hubo una idea procla­
rramientas y dispositivos artificiales para el negocio de la vida, junto con mada de un futuro de progreso continuado en las artes; más importante
su invento originario, fabricación repetitiva, continua mejora y ocasional­ aún: nunca hubo un método intencionado para producirlo, como la investi­
mente también adición al arsenal existente, tan reposada descripción sir­ gación, el experimento, la prueba arriesgada de caminos no ortodoxos, el
ve para la mayoría de la técnica a lo largo de la historia de la humanidad amplio intercambio de informaciones al respecto, etc. Pero lo que menos
(de la misma edad que ella), pero no para la moderna tecnología. Porque había eran ciencias naturales entendidas como un corpus creciente de teo­
en el pasado el inventario existente de herramientas y procedimientos so­ ría que hubiera podido guiar tales actividades semiteóricas, preprácticas...
lía ser bastante constante y tender a un equilibrio recíprocamente adecua­ por no hablar de una institucionalización social de todas estas cosas.
do, estático, entre fines reconocidos y medios apropiados. Una vez esta­ En pocas palabras, tanto en métodos como en instrumental las «artes»
blecida tal relación, se mantenía durante largo tiempo como un optimum
de competencia técnica sin más exigencias. Cierto, se produjeron revolu­
ciones, pero más por casualidad que por intención. La revolución agrícola 1. En cambio, una actualidad tan grave como el arado chino «emigró» lentamente y sin lla­
(desde la vida de cazador o nómada), la metalúrgica (de la Edad de Piedra mar la atención hacia el Oeste, dejando poco rastro a lo largo de su camino, hasta que en el otro
a la de Hierro), el ascenso de las ciudades y similares desarrollos «ocurrie­ extremo del mundo, en la Europa de la Baja Edad Media, produjo una gran y altamente bene­
ron» por así decirlo y no estuvieron organizados conscientemente, y su rit­ ficiosa revolución en la agricultura... que por lo demás sus contemporáneos apenas considera­
ron digna de mención escrita. (Véase Paul Leser, Entstekung und Verbreitung des P/higes, Müns-
mo fue tan lento que sólo en la contracción temporal de la retrospección ter, Aschendorffsche Verlagsbuchhandlung, 1931; reimpresión en 1971 por el International
histórica ganan el aspecto de «revoluciones» (con el desorientador sentido Secretariate for Research on the History of Agricultural Implements, Museo Nacional, Brede-
accesorio de que los contemporáneos las sintieran como tales). Incluso Lingbv, Dinamarca. Este importante libro no ha podido ejercer, por motivos desconocidos, la
allá donde un cambio fue repentino, como en el caso de la introducción influencia que merecía; tampoco el autor encontró, en las circunstancias desfavorables del exi­
lio, la debida carrera académica.)
primero del carro de guerra, y después de la caballería armada, en la téc­ 2. De hecho también hubo progreso técnico en el punto culminante de las culturas clásicas.
nica bélica —una fuerte revolución de hecho, aunque de corta vida—, la El arco romano y la cúpula, por ej., fueron un decisivo adelanto de la ingeniería frente al ar­
innovación no surgió de dentro del arte bélico de las sociedades avanzadas quitrabe sobre columnas y el techo plano de la arquitectura griega (ya de la egipcia), y permitió
afectadas, sino que les fue impuesta desde fuera por las poblaciones (mu­ vanos y objetivos constructivos que antes no se podían ni pensar tan siquiera (puentes, acue­
cho menos civilizadas) del Asia Central. Otras «irrupciones» técnicas, ductos, los grandes baños y otros edificios públicos de la Roma imperial). Sin embargo los ma­
teriales, las herramientas y las técnicas seguían siendo las mismas, el papel de la fuerza de tra­
como la tinción púrpura en Fenicia, el «fuego griego» en Bizancio, la por­ bajo y la habilidad humanas se mantuvo inalterado... los canteros y ladrilleros seguían
celana y la seda en China, el endurecimiento del acero en el «damasquina­ haciendo su trabajo como antes. Una tecnología ya existente ampliaba sus prestaciones, pero
do» fueron —en vez de extenderse por el mundo tecnológico de su época— ninguno de sus medios e incluso objetivos convencionales se volvía anticuado por eso.
POR Q U É LA TÉC NICA M O D E R N A ES O B J E T O DE LA F IL O S O F Í A 19
18 T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA

co o circular del caso: objetivos que en principio se producen sin ser solici­
parecían adecuadas a sus fines y eran por ello tan firmes como los objeti­
tados y quizá casualmente, por hechos de la invención técnica, se convier­
vos mismos.3
ten en necesidades vitales cuando se asimilan en la dieta socioeconómica
acostumbrada, y plantean entonces a la técnica la tarea de seguir hacién­
Técnica moderna
dolos suyos y perfeccionar los medios para su realización.
4. Por eso, el «progreso» no es un adorno de la moderna tecnología ni
El exacto contrario de este cuadro lo ofrece la técnica moderna, y éste
tampoco una mera opción ofrecida por ella, que podemos ejercer si quere­
es para nosotros su primer aspecto filosófico. Empecemos con algunas
mos, sino un impulso inserto en ella misma que, más allá de nuestra vo­
constataciones obvias.
luntad (aunque la mayoría de las veces en alianza con ella), repercute en el
automatismo formal de su modus operandi y en su oposición con la socie­
1. Cada nuevo paso en cualquier dirección en cualquier terreno de la
dad que lo disfruta. «Progreso» no es en este sentido un concepto valorati-
técnica no conduce a un punto de equilibrio o «saturación» en la adecua­
vo, sino puramente descriptivo. Podemos lamentar sus hechos y aborrecer
ción de los medios a los objetivos prefijados, sino que —al contrario—, en caso
sus frutos y sin embargo tenemos que avanzar con él, porque salvo en el
de éxito, constituye el motivo para dar otros pasos en todas las direccio­
caso (sin duda posible) de que se autodestruya a través de sus obras, el mons­
nes posibles, con los que los objetivos mismos se «diluyen» (véase más
truo avanza dando a luz constantemente sus variados brotes, respondien­
adelante). El mero «motivo» se convierte en causa forzosa en cada paso
do cada vez a las exigencias y atractivos del ahora. Pero aunque no expre­
mayor o «importante», y esto puede ser precisamente un criterio de que
se un valor, «progreso» tampoco es aquí una expresión neutral, que podamos
lo era. El innovador espera eso mismo de la solución de su tarea inmedia­
sustituir simplemente por «cambio». Porque forma parte de la naturaleza
ta, aunque no pueda decir adonde le conducirá su reproducción más allá
del caso, como una ley de la serie, que cada estadio posterior es superior
de ella.
al precedente conforme a los criterios de la propia técnica.4 Aquí se da
2. Cada innovación técnica está segura de difundirse con rapidez por la
pues un caso de proceso antienlrópico (la evolución biológica es otro) en
comunidad tecnológica, como ocurre también con los descubrimientos teó­
el que el movimiento interior de un sistema, entregado a sí mismo y no
ricos en las ciencias. La difusión tecnológica se produce, con escasa dife­
perturbado desde el exterior, conduce como norma a estados siempre «su­
rencia temporal, tanto en el plano del conocimiento como en el de la apro­
periores» y no «inferiores» de sí mismo. Éstos son al menos los hechos
piación práctica: el primero (junto a su velocidad) viene garantizado por la
hasta el momento.5
intercomunicación universal, a su vez un logro del complejo tecnológico; el
segundo, forzado por la presión de la competencia.
Si Napoleón decía: «La política es el destino», hoy bien puede decirse:
3. La relación entre medios y fines en este campo no es lineal en un sólo
«La técnica es el destino».
sentido, sino circular en sentido dialéctico. Objetivos conocidos, persegui­
Estos puntos van lo suficientemente lejos como para explicar la afirma­
dos desde siempre, pueden tener mejor satisfacción mediante nuevas téc­
ción inicial de que la moderna tecnología, a diferencia de la tradicional, es
nicas cuyo surgimiento han inspirado. Pero también —y de forma cada vez
una empresa y no una posesión, un proceso y no un estado, un impulso di­
más típica—, viceversa, nuevas técnicas pueden inspirar, producir, incluso
námico y no un arsenal de herramientas y habilidades. Y apuntan ya cier­
forzar nuevos objetivos en los que nadie había pensado antes, simplemente
tas «leyes del movimiento» de este incansable fenómeno. Lo que se ha des­
por medio de la oferta de su posibilidad. ¿Quién había deseado nunca ver
crito —recordémoslo— eran rasgos formales, que aún tenían poco que decir
grandes óperas, cirugía a corazón abierto o el rescate de los cadáveres de
sobre el contenido de la «empresa». Planteamos dos preguntas a esta descrip­
una catástrofe aérea en el salón de su casa (por no hablar de los adjuntos
ción: ¿por qué es así, es decir, qué causa la infatigabilidad de la moderna
anuncios de jabón, frigoríficos y compresas)? ¿O beber café en vasos de pa­
tecnología, cuál es la naturaleza de su impulso? Y: ¿cuál es la importancia
pel de usar y tirar? ¿O la inseminación artificial, los niños probeta y los em­
filosófica de los hechos así explicados?
barazos en madres de alquiler? ¿O ver andando por ahí seres clónicos de
uno mismo o de otros?
La tecnología añade pues a los objetos de deseo y necesidad humanos
otros nuevos e insólitos, incluso géneros enteros de esos objetos... y con ello 4. Esto suena como un juicio de valor, pero no lo es, sino que es una lisa y llana constata­
ción de hechos semejante a decir que una bala de fusil tiene mayor fueiva de penetración que
multiplica también sus propias tareas. El último punto muestra lo dialécti­
Una flecha. Se puede lamentar el invento de una bomba atómica aún más destructiva y consi­
derarla inmoral, pero el lamento se produce precisamente porque es técnicamente «mejor» y en
este sentido por desgracia un progreso.
3. Un significado defendible de «clásico», es el de que aquellas culturas históricas elevadas
5. No hay que descartar que haya factores internos degenerativos —como por ejemplo la so­
se habían «definido» implícitamente de algún modo y ni favorecían ni quizá permitían ir más
brecarga de las capacidades finales de tratamiento de la información— que puedan llevar ese
allá de las normas fijadas y del canon de la práctica adecuado a ellas. Este «equilibrio» — más o
movimiento (exponencial) a detenerse o incluso quebrar el sistema. Aún no lo sabemos.
menos— alcanzado era su verdadero orgullo.
20 T ÉC N ICA , M E D I C I N A Y ÉTICA
P OR Q U É LA TÉC N IC A M O D E R N A ES O B JE T O DE LA F IL O S O F Í A 21

Explicación causal: coacciones e impulsos hacia el progreso técnico destino. No quiero entrar ahora en esto. Para mantenerse en un terreno
más empírico, merece mención un factor asimismo no económico de estí­
Como es de esperar en un fenómeno tan complejo, las fuerzas motrices mulo tecnológico: las necesidades de dominio o «control» de los grandes y
son muchas; la anterior descripción contiene ya algunos guiños causales. poblados estados de nuestro tiempo, esos gigantescos superorganismos te­
Hemos mencionado la presión de la competencia —por el beneficio, pero rritoriales que dependen para su mera cohesión de una técnica avanzada
también por el poder, la seguridad, el prestigio, etc.— como un perpetuum (por ejemplo en los campos de la información, la comunicación, el trans­
movens de la universal apropiación de las mejoras técnicas. Igual de eficaz porte) y tienen por tanto interés en su desarrollo; tanto más cuanto más
es, naturalmente, a la hora de producirlas, es decir, en el proceso mismo de centralistas son. Naturalmente, esto vale tanto para sistemas socialistas
la invención, que hoy en día depende de la constante ayuda económica e in­ como para sociedades de libre mercado. ¿Podemos inferir de ello que in­
cluso fijación de objetivos desde fuera: poderosos intereses se encargan de cluso un Estado comunista mundial, libre tanto de rivales exteriores como
ambas cosas. La guerra o su amenaza ha demostrado ser un factor espe­ de competencia interior de mercado, tendría que seguir impulsando la tec­
cialmente potente. Los factores menos dramáticos son legión. «Mantener la nología aunque sólo fuera con fines de control de tan colosales dimensio­
cabeza por encima del agua» es su principio común. (Algo paradójico en nes? Por supuesto, de todas formas el marxismo apunta a la técnica por
medio de una inundación que ya supera con mucho aquello con lo que épo­ algo más que por razones técnicas: por la liberación utópica del animal hu­
cas anteriores hubieran sido felices para siempre.) mano de toda necesidad material. Pero incluso si dejamos a un lado todos
La competencia no es la única forma de presión que hay detrás del pro­ los dinamismos de este tipo subjetivo y elegible, hasta el caso más monolí­
greso de la tecnología. El aumento de la población, por ejemplo, y la ame­ tico que podemos imaginar —un sistema mundial comunista sin otro lastre
naza de agotamiento de las reservas naturales actúan como impulsores in­ ideológico, y especialmente sin obligación ideal de buscar el progreso— se­
dependientes de ella. Dado que a estas alturas ambos son en sí mismos guiría expuesto a aquellas presiones «naturales» independientes de la com­
productos secundarios de una técnica exitosa, pueden servir como un buen petencia, como el aumento de la población y la desaparición de las reservas
ejemplo para la verdad general de que en un grado considerable la técnica naturales, con las que la industrialización como tal tiene que cargar. Bien
misma crea los problemas que después tiene que resolver mediante un nue­ podría ser pues que el elemento coactivo del progreso tecnológico no esté
vo salto hacia adelante. (La «revolución verde» y el desarrollo de sucedáneos vinculado a su suelo nutricio originario, el sistema capitalista. Quizá las ex­
sintéticos o fuentes de energía alternativas entran aquí.) Estas presiones pectativas de una estabilización definitiva (y oportuna) fueran algo mejores
hacia el progreso estarían por consiguiente activas lo mismo en el caso de bajo el socialismo... siempre que fuera mundial y por tanto totalitario. Tal
una tecnología en condiciones de libre competencia que en condiciones, como están las cosas el pluralismo, al que estamos agradecidos, asegura la
por ejemplo, socialistas. continuidad del avance tecnológico mientras haya espacio para ello.
Un impulso más autónomo y más espontáneo que estas formas casi me­
cánicas, con su imperativo de «nada o húndete», sería el tirón de la visión Las premisas ontológico-gnoseológicas
cuasiutópica de una «vida cada vez mejor», se entienda de manera vulgar o de la posibilidad del progreso continuo
refinada, para la cual la técnica ha demostrado la aparente capacidad de
crear continuamente las condiciones: el apetito despertado por la posibili­ Podríamos seguir deshilachando la soga causal y sin duda encontraría­
dad (el «sueño americano», la «revolución de las expectativas crecientes»). mos otros hilos. Pero ninguno de ellos, ni siquiera todos en su conjunto,
Este factor no tan aprehensible es más difícil de estimar, pero es innegable irían —aunque lo expliquen— al fondo del asunto. Porque todos comparten
que representa un papel. Su intencionada excitación y manipulación por una premisa sin la que no podían hacer su trabajo a la larga: la premisa de
parte de los fabricantes de sueños del complejo industrial-mercantil es un que puede haber un progreso ilimitado, porque siempre hay algo nuevo y
tema en sí mismo y reduce un poco la espontaneidad del motivo... del mis­ mejor que encontrar. Esta presencia (en modo alguno evidente) de esta
mo modo que degrada la calidad del sueño. Tendrá que quedar también condición objetiva es de hecho también la convicción de los autores del
pendiente hasta qué punto la «visión» misma es más post hoc que ante hoc, drama tecnológico, pero si no fuera cierta la convicción por sí sola serviría
es decir, sugerida por los deslumbrantes logros del proceso tecnológico ya de tan poco como el sueño de los alquimistas. Sin duda, a diferencia de és­
en marcha. Incluso en ese caso es al menos una influencia reforzadora. tos, puede apoyarse en una impresionante historia de éxitos, y para muchos
Hay también explicaciones más especulativas de esa incansable diná­ eso es sin duda un motivo suficiente para su fe. (Quizá no importe dema­
mica, como la del «alma fáustica» de nuestra cultura occidental, de Spen- siado si se tiene o no.) Lo que le convierte en algo más que una fe sanguí­
gler, que la impulsa irracionalmente a lo infinitamente nuevo y a posibili­ nea es una visión teórica subyacente y bien fundada de la naturaleza de las
dades sin sondear por su propia voluntad; o la de Heidegger, de una cosas y del conocimiento de ellas, según la cual éstas no ponen límite algu­
decisión igualmente propia del espíritu occidental de la voluntad de ilimi­ no al descubrimiento e invención, más bien abren en cualquier punto a par­
tado poder sobre el mundo de las cosas, decisión que se ha convertido en su tir de ellas un nuevo acceso a lo aún por conocer y por hacer. La convicción
22 T ÉC N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA
P OR QU É LA TÉC NICA M O D E R N A ES O B JE T O DE LA F IL O S O F Í A 23

complementaria es entonces que una tecnología adaptada a una naturaleza der a una más profunda penetración en ella. Nadie puede decir si esto con­
y una ciencia con tales horizontes abiertos disfruta de la misma apertura,
tinuará para siempre, pero se abre camino la sospecha de la interior «infi­
siempre renovada, a la hora de transformarlos en conocimiento práctico...
nitud» en el fondo de las cosas, y con ella la expectativa de una investiga­
de tal modo que cada uno de sus pasos inicia el siguiente y nunca se pro­
ción sin fin del tipo de que los pasos sucesivos no repiten cada vez la misma
duce un parón por agotamiento interno de las posibilidades.
vieja historia (la «materia en movimiento» de Descartes), sino que le aña­
Sólo la costumbre embota nuestro asombro ante esta fe enteramente
dirán giros siempre nuevos. Si el arte tecnológico sigue los pasos de la cien­
sin precedentes en la «infinitud» virtual. Lo más asombroso es que esa fe, a
cia natural, adquirirá también de esa fuente aquel potencial de infinitud
juzgar por nuestra actual comprensión de la realidad, muy probablemente
para sus progresivas innovaciones.
sea fundada... o al menos lo suficiente como para mantener largo tiempo
Pero no es propio de él que el progreso científico indefinido se limite a
abierta la vía de la tecnología innovadora en la estela del avance de la cien­
ofrecer la opción de semejante progreso técnico, como un subproducto ex­
cia. Mientras no entendamos esta premisa ontológico-epistemológica, no
terno por así decirlo, y deje en manos de quien lo recibe el ejercerlo o no,
habremos entendido el resorte más íntimo de la dinámica tecnológica, en el
tal como ocurre con otros intereses. Más bien el proceso científico mismo
que a la larga reposa la eficacia de todas las demás causas a sumar a ésta.
se desarrolla en interrelación con el tecnológico, y esto en el sentido ínti­
Hay que recordar que la «infinitud» virtual del progreso que aquí se ha
mamente más vital: para alcanzar sus propios objetivos teóricos !a ciencia
postulado y hay que explicar es esencialmente distinta de la perfectibilidad
necesita una tecnología cada vez más refinada y físicamente fuerte como
(perfectibilitas), aceptada desde siempre, de todo logro humano. Ninguna herramienta que se produce a sí misma, es decir, que encarga a la tecnolo­
excelencia del producto ha excluido nunca que se pudiera mejorar, y nin­
gía. Lo que encuentre con esta ayuda será el punto de partida de nuevos co­
guna obra maestra de la habilidad ha excluido que pudiera ser superada
mienzos en el terreno práctico, y éste en su conjunto, es decir, la tecnología
(igual que el recordman de hoy tiene que saber que su marca será mejo­
trabajando en el mundo, proporciona a su vez a la ciencia con sus expe­
rada algún día). Pero estas son mejoras dentro del mismo género, y se produ­
riencias un laboratorio a gran escala, una incubadora de nuevas preguntas
cen necesariamente en fragmentos aproximativos. A todas luces el fenóme­
para ella, y así sucesivamente en un circuito sin fin. De este modo, el apa­
no de la innovación genérica, que además, lejos de reducirse en proporción,
rato es común al reino teórico y al práctico; o la tecnología infiltra tanto la
crece de forma exponencial, es algo cualitativamente distinto. ¿Cuál es su
ciencia como la ciencia la tecnología. En resumen: hay entre ambas una
secreto?
mutua relación de feedback que las mantiene en movimiento; cada una ne­
cesita e impulsa a la otra; y tal como están las cosas hoy sólo pueden vivir
La interrelación entre técnica y ciencia
juntas o tienen que morir juntas. Para la dinámica de la tecnología que aquí
nos ocupa, esto significa que —aparte de todos los impulsos externos— su
La respuesta está en la interrelación entre ciencia y técnica, que es la ca­
vínculo funcional integrador con la ciencia es para ella un agente de infati-
racterística del progreso moderno, y por tanto en última instancia en el tipo
gabilidad. Mientras la aspiración al conocimiento siga impulsando la acti­
de naturaleza que la ciencia moderna explora progresivamente. Porque es
vidad de la ciencia, es seguro que también la técnica avanzará con ella. Pero
aquí, en el movimiento del conocimiento, donde primero y continuamente
si el impulso hacia el conocimiento, por su parte, es en sí mismo cultural­
aparece lo nuevo importante. Esto es en sí mismo algo nuevo. En la física
mente débil, está en peligro de relajarse o de convertirse en rígida ortodo­
de Newton la naturaleza simplemente se manifestaba, casi burda, y repre­
xia... ese eros teórico ya no vive sólo del delicado apetito por la verdad, sino
sentaba su obra con muy pocas formas de cosas y fuerzas elementales, y si­
que es espoleado por su vástago más robusto, la técnica, que le transfiere
guiendo unas pocas leyes universales: sin duda su aplicación a manifesta­
impulsos desde el campo de batalla, más amplio, esforzado y vigoroso, de
ciones cada vez más complejas prometía una constante ampliación del
la vida.
conocimiento de nuestro mundo, pero no más sorpresas serias.
Soy consciente del carácter de presunción de algunos de estos pensa­
Desde mediados del siglo xix, esta imagen minimalista y por así decirlo
mientos. Las revoluciones en la ciencia a lo largo de este siglo son un he­
acabada de la naturaleza se ha modificado con asombrosa aceleración. En
cho, igual que el estilo revolucionario que han comunicado a la técnica,
un dramático juego de estímulos y respuestas, con la creciente sutileza de así como la reciprocidad entre ambas corrientes. Pero no es seguro que
la investigación la naturaleza misma se muestra cada vez más sutil. La son­ esas revoluciones científicas —lo primario en el síndrome— sean típicas
da más fina hace que el objeto aparezca más rico en modos de funciona­ de la marcha de la ciencia desde ahora, una especie de ley del movimien­
miento, no más limitado, como hacía esperar la mecánica clásica. Y en vez to para su futuro, o representen tan sólo una fase singular en s.u desarro­
de reducir el margen de lo que queda por descubrir, la ciencia se sorprende llo. En tanto nuestra predicción de la innovación incesante para la técni­
hoy a sí misma con dimensión tras dimensión de nuevas profundidades. La ca se basa en una presunción sobre el futuro de la ciencia, incluso sobre
propia esencia de la materia ha pasado de ser un dato último e indisoluble la naturaleza de las cosas, es hipotética, como suelen serlo tales extrapo­
de compacto llenado del espacio a un reto abierto una y otra vez para acce­ laciones. Pero incluso si el pasado más reciente no ha saludado con cam­
POR Q U É LA TÉC NICA M O D E R N A ES O B J E T O DE LA F IL O S O F Í A 25
24 T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA

E L CONTENIDO MATERIAL DE LA TECNOLOGÍA


panas ningún estado de «revolución permanente» en la ciencia y la vida
de la teoría vuelve a vías más reposadas, el margen para la innovación téc­
nica no puede contraerse tan pronto; y lo que quizá en la ciencia ya no sea La descripción «formal» del movimiento tecnológico como tal aún no
una revolución puede revolucionar nuestra vida en su aplicación práctica nos ha dicho nada sobre las cosas con las que tiene que ver, su «materia»
a través de la técnica. De todos modos, «infinito» es una palabra dema­ por así decirlo. A ésta nos volvemos ahora, es decir, concretamente a las
siado grande. Digamos pues que los signos actuales —en cuanto a posibi­ nuevas formas de poder, cosas y objetivos que el hombre moderno recibe de
lidades e impulsos— apuntan a una duración y fertilidad indefinidas del la técnica.
impulso tecnológico. La sucesión de tecnologías refleja la de la ciencia: mecánica, química,
electrodinámica, física nuclear, biología. En general, una ciencia está ma­
Aspectos filosóficos dura para su aplicación a la tecnología cuando en ella —para emplear los
términos de Galileo— la «via resolutiva» —el análisis— está tan avanzada
Concluimos aquí nuestro informe sobre el aspecto formal de la tecnolo­ que la «via compositiva» —la síntesis— puede emplear los elementos bási­
gía moderna. Antes de que pasemos al aspecto material, dos breves obser­ cos así liberados y cuantificados. Sólo ahora la biología ha llegado hasta
vaciones sobre aspectos filosóficos de la imagen trazada. Una se refiere al este punto: con la biología molecular viene la constructibilidad de forma­
modificado estatus del saber en la jerarquía del espíritu, la otra al ascenso ciones biológicas.
de la técnica misma a la posición de una de las principales tareas de la hu­
manidad. Mecánica
En lo que concierne al saber, es obvio que la vieja y honorable separa­
ción entre «teoría» y «práctica» ha desaparecido por ambas partes. Por Echaremos pues un vistazo a algunas de las fases de la (hasta ahora per­
poco aminorada que esté todavía la sed de conocimiento puro, el entrela­ manente) revolución tecnológica. Comenzó hacia finales del siglo xvni con
zamiento entre conocimiento en las alturas y acción en la llanura de la vida la era de las máquinas de la llamada Revolución Industrial, cuya intención,
se ha vuelto insoluble, y la aristocrática autosuficiencia de la búsqueda de al principio, no era crear nuevos productos, sino sustituir la fuerza de tra­
la verdad por sí misma ha desaparecido. Se ha trocado nobleza por utili­ bajo humana (o incluso animal) en la fabricación, adquisición o manejo de
dad. En pocas palabras: el síndrome tecnológico ha producido una profunda los bienes existentes. Así pues, al principio los objetos de la técnica moder­
socialización del campo teórico y lo ha puesto al servicio de las necesidades na eran los mismos que desde siempre habían sido objeto de la habilidad y
comunes. Al mismo tiempo, con un paradójico éxito secundario, ha creado el trabajo humanos: alimentación, vestido, vivienda, herramientas, medios
el nuevo problema del ocio para las masas. Expulsado de su antigua patria, el de transporte... todas las necesidades materiales y comodidades de la vida.
mundo de la contemplación —desde que éste se ha transformado en el acti­ No cambió el producto, sino la producción, en cuanto a rapidez, facilidad y
vo trabajo de exploración de la ciencia—, el ocio vuelve a aparecer en el ex­ cantidad. Los telares mecánicos movidos por vapor de Lancashire fabrica­
tremo opuesto del espectro, entre los frutos de su esfuerzo: un bien de uso ban los viejos y familiares tejidos. Pero un nuevo y significativo producto se
indeterminado, tan regalado como impuesto, en forma de espacio vacío añadió enseguida a la lista tradicional: las propias máquinas, que para su
para el que hay que encontrar un contenido. La ciencia, en absoluto ociosa, fabricación pusieron en marcha una industria enteramente nueva, con sus
se apropia también de él en las nuevas maneras de pasar el tiempo, con las consiguientes industrias auxiliares; desde el principio, estas entidades de
que se presenta como parte de la misma cosecha tecnológica que produce nuevo cuño tuvieron su propia influencia en la simbiosis del hombre y la
su propia necesidad. Todo esto se espera hoy de la «teoría», antaño ella mis­ naturaleza, al ser consumidoras ellas mismas. Por ejemplo: las bombas de
ma la forma máxima de esfuerzo transutilitario, hoy chica de servicio para agua movidas a vapor facilitaban la extracción del carbón, pero exigían por
cualquier deseo del mundo exterior. su parte carbón extra para calentar sus calderas, más carbón para los altos
En lo que se refiere a la posición de la propia tecnología en el orden je­ hornos y fraguas que fabricaban esas calderas, más para extraer el necesa­
rárquico humano, sólo haré alusión aquí a su prestigio «prometèico», que rio mineral de hierro, más para su transporte a los altos hornos, más de am­
lleva a sus albaceas a la tentación de revestir su infinita actividad de la dig­ bas cosas —carbón y hierro— para los necesarios raíles y locomotoras que
nidad de los más altos objetivos, es decir, de elevar a fin lo que empezó sien­ se fabricaban en los mismos altos hornos, etc., más para el transporte del
do medio, y ver en él el verdadero destino de la humanidad. Al menos la su­ producto de los altos hornos a los pozos mineros y viceversa y, finalmente,
gerencia está ahí (aunque perturbada recientemente por voces en contra) y más para la distribución del más abundante carbón a los consumidores si­
ejerce su hechizo sobre el espíritu moderno. El progreso del hombre se en­ tuados fuera de este circuito, que de forma creciente eran máquinas que de­
tiende como avance de poder a poder. bían su existencia precisamente a la mayor disponibilidad de carbón y se­
guían aumentando su demanda y la de los productos de la siderurgia...
etcétera. Para que no lo olvidemos, perdido en algún punto de esta larga ca­
26 T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA
POR Q U É LA TÉC NICA M O D E R N A ES O B J E T O DE LA F IL O S O F Í A 27

dena: estamos hablando de la modesta máquina de vapor de James Watt gua idea de que el arte «imita» a la naturaleza. Pero con los materiales pe-
para bombear el agua fuera de los pozos mineros. Esta forma de desarrollo troquímicos en general, en cuyo terreno nos hemos adentrado al hablar de
—en modo alguno una serie lineal, sino una intrincada red de reciprocida­ las libras sintéticas, el arte ha avanzado en realidad desde los sucedáneos
des— se ha hecho desde entonces propia de la técnica moderna, con un cre­ hasta la creación de nuevas sustancias, con propiedades que en esa forma
cimiento exponencial. Generalizando, se puede decir que la moderna tec­ no se dan en ninguna sustancia natural (o en su elaboración tradicional) y
nología aumenta en progresión exponencial el consumo humano de reservas señalan por tanto el camino hacia formas de empleo en las que nadie había
naturales (sustancias y energía), y no sólo mediante la reproducción del pensado antes, pero cuya posibilidad saca a la palestra nuevas clases de ob­
producto final, los propios bienes de consumo, sino también —y quizá aún jetos para su utilización. En la construcción química, es decir, molecular, la
más— mediante la fabricación y manejo de los recursos mecánicos auxilia­ ingeniería humana hace más que en la mecánica, que compone sus forma­
res, es decir, como autoconsumidora. Y con estos recursos —las máquinas— ciones a partir de cuerpos naturales de nuestro tamaño: su intervención es
se ha introducido una nueva categoría de bienes en los equipamientos de más profunda, hasta las infraestructuras de la materia, cuyas nuevas sus­
nuestro mundo. Esto quiere decir que entre los objetos de la tecnología un tancias se obtienen «por especificación», es decir, con las propiedades de
género destacado es el del propio equipamiento técnico. uso previstas, mediante la reordenación arbitraria de sus moléculas. Y esto,
Pronto también los productos finales que llegaban al consumidor deja­ téngase en cuenta, se hace de manera deductivo-combinatoria desde la
ron de ser los mismos, aunque sirvieran a las mismas viejas necesidades. capa más ínfima, el último elemento totalmente analizado, en una auténti­
Tomemos el ejemplo de los viajes: el ferrocarril y el vapor transoceánico ca via compositiva una vez agotada la via resolutiva, de forma muy distinta
son cualitativamente distintos del coche de posta y el barco de vela, no sólo a las prácticas empíricas largamente empleadas, halladas mediante azar y
en su construcción y capacidad, sino también en la experiencia del viaje experimentación (como la aleación de los metales desde la Edad de Bronce,
mismo, que en ellos se «siente» de forma completamente distinta v, por
incluso la cerámica, la cocción del pan y la fermentación del vino), con las
ejemplo, puede llegar a ser un placer en vez de un esfuerzo. Los aviones de­ que desde siempre se habían modificado las sustancias naturales para uso
jan atrás cualquier parecido con anteriores medios de transporte, excepto la
humano. La artificialidad o construcción creativa conforme a un diseño abs­
finalidad de ir de aquí allá, pero sin experiencia de lo que hay en medio tracto (plan) penetra en lo más íntimo de la materia. Esto apunta, en la biolo­
(que es sustituida por comidas y proyecciones de películas). Añádase a esto gía molecular, a nuevas y terribles posibilidades, de las que luego hablaremos.
que la duración de la vida de estos grandes y costosos aparatos no viene de­
terminada en muchos casos por su desgaste real, sino por su «envejeci­ Las máquinas como bienes de uso
miento» comparativo. Similares comparaciones se pueden establecer entre
el edificio de oficinas en acero, hormigón y cristal y las construcciones en Entretanto las propias máquinas, que como género eran originaria­
madera, ladrillo y piedra de antaño. Con todos sus subsistemas mecánicos
mente puros «bienes de capital», encontraron su camino hacia la esfera del
de iluminación, calefacción, ventilación, ascensores, etc., el primero de ellos consumidor y se convirtieron en artículos de uso personal, doméstico, aun­
se parece a una máquina que trabaja de forma permanente y de múlti­
que también directamente económico.6Esta innovación sin precedentes en
ples maneras; y las sustancias naturales de las que están hechos el edificio la historia de la vida individual ha crecido hasta ser una manifestación ma­
y su equipamiento ya no son reconocibles en la extrema transformación del
siva que lo abarca todo en el mundo occidental. Naturalmente el principal
producto artificial que rodea al habitante. ejemplo es el automóvil, pero tenemos que añadirle todo el arsenal de apa­
ratos domésticos (en la mayoría de los casos eléctricos) que hoy se han
Química
vuelto más habituales para el estilo de vida de toda la población que la ca­
lefacción central y el agua corriente hace cien años. Estamos cada vez más
Este último punto —la transformación de sustancias— nos servirá «mecanizados» en nuestras actividades y entretenimientos cotidianos, y
como término clave para mencionar a un género de tecnología algo más jo­
cada vez se añaden más cosas nuevas, mientras la escasez de energía no
ven que el mecánico (fin de la construcción de máquinas), con el que co­ ponga freno al proceso.
menzó la Revolución Industrial: el género químico, el primero que es ente­ Por su género estos aparatos, grandes o pequeños, desde el coche 'hasta
ramente fruto de la ciencia. Su punto de partida industrial fueron los la maquinilla de afeitar eléctrica, son «máquinas» en el sentido exacto de
colorantes sintéticos, sustitutivos de sustancias naturales escasas o caras,
cuyas propiedades de uso había que reproducir de la forma más aproxima­
da posible. Lo mismo cabe decir de las fibras textiles sintéticas, pertene­ 6. El papel directo en la esfera del consumo personal encubre un poco el hecho de que tam­
cientes a una fase posterior de la tecnología química, que hoy sustituyen bién los aparatos mecánico-automáticos en apariencia puramente domésticos tienen funciones
tan ampliamente en todas partes a la lana y el algodón de los antes men­ económicas más allá de la comodidad privada. Las lavadoras, por ejemplo, sustituyen a los em­
pleados domésticos de antaño, que a cambio aparecen como fuerzas de trabajo en la economía
cionados telares de Lancashire. Aquí aún se puede, pues, mantener la anti­ general: permiten a la esposa una vida laboral propia, etc.
28 T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA POR QU É LA T ÉC N ICA M O D E R N A ES O B J E T O DE LA F I L O S O F I A 29

que hacen un trabajo transformando energía en movimiento mecánico, y también en su explotación, que comenzó poco después, para el fin ya con­
sus partes móviles pertenecen a la magnitud familiar de nuestro mundo vencional de impulsar las máquinas (así como para la producción térmica
sensorial. Pero hay otros aparatos técnicos, de un género radicalmente dis­ de luz), la naturaleza de la nueva energía era en sí misma revolucionaria.
tinto, que han ganado un lugar en nuestra vida privada y se expanden por Su distinción consistía en su movilidad única, la facilidad de su transmi­
ella: aparatos que no nos ahorran fuerza muscular ni nos quitan trabajo, sión, transformación y distribución: una realidad inmaterial, sin volumen
que en realidad no hacen ningún «trabajo» en sentido físico, en parte ni si­ ni peso, trasladada instantáneamente a través de cualquier distancia hasta
quiera tienen una utilidad como fin, sino que (con un mínimo gasto de el punto de consumo. Antes no había existido nada similar en el trato de los
energía), sirven a los sentidos y al espíritu: teléfono, radio, televisión, mag­ hombres con la materia, el espacio y el tiempo. Permitió, entre otras cosas,
netófono, calculadora... todos los ramales domésticos de la industria elec­ la mencionada expansión de la mecanización en cada casa. Al mismo tiem­
trónica, el último recién llegado a la escena tecnológica. Tanto por su pro­ po, la conexión a una red centralizada hizo la vida privada dependiente
ducción inmaterial, dirigida a la conciencia, como por la física invisible, no como nunca del continuo funcionamiento de un sistema público (continuo
propiamente «mecánica», de su trabajo, estos aparatos se distinguen de literalmente: la electricidad no se puede almacenar como el carbón y el pe­
toda la maquinaria macroscópica, físicamente móvil, del tipo clásico. tróleo o como el azúcar y la harina). Pero estaba por venir algo mucho me­
Antes de ocuparnos de esta transición, de grandes consecuencias, de la nos ortodoxo aún: el paso de la técnica eléctrica a la «electrónica», de la que
técnica energética de la primera Revolución Industrial a la técnica de la trans­ la telegrafía sólo era un precursor y cuya formación en nuestro siglo repre­
misión de noticias y la información, equiparable casi a una segunda revo­ senta un nuevo nivel de abstracción en medios y fines. Es la diferencia en­
lución tecnológico-industrial, tenemos que echar un vistazo a su funda­ tre la técnica de la energía y la de la transmisión de noticias. El objeto de
mento natural: la electricidad. esta última es lo más inasible de todo: la información.

Electricidad Técnica de transmisión eléctrica de noticias y de información

En el avance de la técnica hacia una artificialidad, abstracción y sutile­ De forma tanto teórica como práctica, la electrónica representa un ni­
za cada vez mayores, el descubrimiento de la electricidad representa un vel en general nuevo en la revolución científico-técnica. Comparado con la
paso decisivo. Estamos ante una fuerza universal de la naturaleza, que sin sutileza de su teoría y la finura de su equipamiento, todo lo anterior pare­
embargo no se «manifiesta» a los hombres de forma natural. Por sí misma, ce casi burdo y, por así decirlo, «natural». A manera de ilustración, pién­
sin intervención del hombre, no es un dato de la experiencia normal (ex­ sese en los satélites artificiales que circundan la tierra en este momento.
cepto en el rayo). Su mera «manifestación» como tal tuvo que esperar a la Por una parte, son una imitación de la mecánica celeste: las leyes de New-
ciencia, que procuró la experiencia mediante ingeniosos dispositivos. Aquí, ton, las más conocidas, demostradas finalmente mediante la experimenta­
pues, una posible tecnología se debía a la ciencia ya para la mera presenta­ ción cósmica. ¡La astronomía, durante milenios la más puramente con­
ción de su «objeto», de la entidad misma con la que tenía que trabajar: el templativa de las ciencias naturales, convertida en arte práctico! Es un
primer caso en el que sólo la teoría, no la experiencia habitual, precedía en­ gran logro pero, con todo lo impresionante de las energías y la finura de
teramente a toda práctica (lo que se repite más adelante en el caso de la ener­ los cálculos que aúna en sí, es el aspecto menos interesante de ese nuevo
gía nuclear). ¡Y qué entidad! Calor y vapor son objetos familiares a la ex­ cuerpo celeste. De todas formas, sigue dentro del campo conceptual y de
periencia sensorial, su energía se puede observar trabajando «físicamente» prestaciones de la mecánica clásica. Su verdadero interés está en los ins­
en el mundo que nos rodea; la materia de la química sigue siendo la mate­ trumentos que lo llevan a través del espacio, y en lo que éstos hacen: me­
ria concreta, fisica, que la humanidad conocía desde siempre. Pero la elec­ diciones, registros, análisis, cálculos; en su recibir, elaborar y transmitir
tricidad es un objeto abstracto, incorpóreo, inmaterial, invisible; en su for­ datos abstractos, incluso imágenes completas, a través de distancias cós­
ma utilizable, como «corriente», es enteramente un artefacto, producido en micas... y no hay nada en toda la naturaleza que apuntara ni de lejos al
sutil transformación desde formas más burdas de energía (la mayoría de tipo de cosas que ahora surcan las esferas. La «astronomía práctica», con
las veces a partir del calor, a través del movimiento). De hecho su teoría la que el hombre imita a la naturaleza, suministra tan sólo el vehículo para
tuvo que ser completa en lo esencial antes de que pudiera empezar en serio algo distinto, con lo que la supera soberanamente.7 Su instrumentación
su utilización práctica. deja atrás, sin comparación posible, a todos los modelos y usos de la natu-

Técnica de transmisión eléctrica de energía


7. Téngase también en cuenta que en la radiotccnología el medio de la acción no es mate­
rial. como hilos que conducen la corriente, sino el «campo» electromagnético enteramente in­
La primera utilización de la electricidad vino con la telegrafía, que ya material, es decir, el espacio mismo. La imagen simbólica de «ondas» es el único eslabón que
no formaba parte del reino de la técnica energética aplicada al trabajo. Pero resta con las formas del m undo de la percepción.
POR Q U É LA TÉC NICA M O D E R N A ES O B J E T O DE LA F IL O S O F Í A 31
30 T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA

ció. Si hay que juzgar por la retórica de sus profetas, la idea de «tomar las
raleza conocida. Así, la técnica electrónica crea de hecho un reino de ob­
riendas de nuestra propia evolución» es embriagadora incluso para los
jetos que no imitan nada, y cuya pura invención añade otro. Y no menos hombres de ciencia.
inventados son los objetivos a los que sirven. La técnica energética y la quí­
mica respondían aún en su mayor parte a las necesidades naturales del ser La metafísica desafiada
humano: alimentación, vestido, vivienda, transporte, etc. La tecnología de
la comunicación responde a necesidades de información y control creadas
En cualquier caso, la idea de reelaborar la constitución humana o «di­
únicamente por la civilización misma que hizo posible semejante tecnolo­ señar a nuestros descendientes» ya no es fantástica; todavía está vetada por
gía y para la que se ha hecho imprescindible. La novedad de los medios un tabú inviolable. Si se produjera esa revolución, si el poder tecnológico
produce continuamente fines no menos innovadores, y ambos se vuelven empezara realmente a confeccionar las teclas elementales sobre las que la
tan necesarios para el funcionamiento de la civilización que los ha produ­ vida tendrá que tocar su melodía —quizá la única melodía así en el univer­
cido como inútiles hubieran sido para cualquiera anterior a ella. Pero con so— durante generaciones: entonces, pensar en lo humanamente deseable
esta paradoja intrínseca: que precisamente esta civilización amenaza a su y en qué debe determinar la elección —en pocas palabras, pensar en la
creador con su «superioridad», es decir, por ejemplo, la creciente automa­ «imagen del hombre»— será más imperioso y más apremiante que cual­
tización (un triunfo de la electrónica) lo desplaza de los puestos de traba­ quier pensamiento que pueda exigirse a la razón de los mortales. La filoso­
jo en los que antaño demostraba su condición humana. Y con la amenaza fía, confesémoslo, está lamentablemente falta de preparación para esta ta­
de que su sobreexplotación de la naturaleza terrestre pueda alcanzar un rea, su primera tarea cósmica.
punto de catástrofe.

Biotecnología

Esta frase sería un buen y dramático punto final. Pero todavía no he­
mos llegado al final de nuestro resumen. Otro escalón, quizá el último, de
la revolución tecnológica, podría estar esperando el momento de entrar en
escena. Los anteriores escalones (recorridos aquí sólo parcialmente) se ba­
saban en la física y tenían que ver con aquello que el hombre puede poner
a su servicio de entre las existencias de la naturaleza inanimada. ¿Qué ocu­
rre con la biología? ¿Y con el usuario mismo? ¿Estamos quizá en el um­
bral de una tecnología que se basa en los conocimientos biológicos v nos
brinda una capacidad de manipulación que tiene al hombre mismo por
objeto? Con la aparición de la biología molecular y su comprensión de la
programación genética, esto se ha convertido en una posibilidad teórica...
y en una posibilidad moral, mediante la neutralización metafísica del ser
humano. Pero esta neutralización, que sin duda nos permite hacer lo que
queramos, nos niega al mismo tiempo la guía para saber qué querer. Dado
que la misma teoría de la evolución de la que la genética es una piedra fun­
damental nos ha privado de una imagen válida del ser humano (porque
todo surgió de forma indiferente, por azar y por necesidad), las técnicas
lácticas, una vez estén listas, nos encontrarán extrañamente carentes de
preparación para su uso responsable. El antiesencialismo de la teoría do­
minante, que sólo conoce resultados de facto del azar evolutivo y no esen-
cialidades válidas que les otorguen su sanción, da a nuestro ser una liber­
tad carente de norma. De este modo, la invitación tecnológica de la nueva
microbiología duplica su realizabilidad física y su admisibilidad metafísi­
ca. Suponiendo que el mecanismo genético haya sido plenamente analiza­
do y su escritura definitivamente descifrada, podemos ponernos a trans­
cribir el texto. Los biólogos difieren en sus apreciaciones de lo cercanos
que estamos a esa capacidad; pocos parecen dudar del derecho a su ejerci-
C apítulo 2

POR QUÉ LA TÉCNICA MODERNA


ES OBJETO DE LA ÉTICA

Dicho de forma muy general, que la ética tiene algo que decir en las
cuestiones relacionadas con la técnica o que la técnica está sometida a con­
sideraciones éticas se desprende del sencillo hecho de que la técnica es un
ejercicio del poder humano, es decir, una forma de actuación, y toda actua­
ción humana está expuesta a su examen moral. Es asimismo una perogru­
llada que el mismo poder puede emplearse tanto para el bien como para el
mal y que en su ejercicio se pueden observar o infringir normas éticas. La
técnica, como poder humano enormemente incrementado, entra sin duda
alguna dentro de esta verdad general. Pero, ¿constituye un caso especial
que reclama un esfuerzo al pensamiento ético, que es distinto del que se de­
dica a toda acción humana y bastaba para todas sus formas en el pasado?
Mi tesis es que de hecho la técnica moderna constituye un caso nuevo y es­
pecial, y de las razones para ello quisiera alegar cinco que me impresionan
especialmente.

1. A m b iv a l e n c ia d e los efectos

En general, toda capacidad «como tal» o «en sí» es buena, y sólo se


vuelve mala por el abuso de ella. Por ejemplo, es innegablemente bueno
poseer el poder de la palabra, pero malo emplearlo para engañar a otros o
llevarlos hacia su perdición. De ahí que sea plenamente sensato exigir: uti­
liza ese poder, auméntalo, pero no abuses de él. El presupuesto para ello es
que la ética pueda distinguir claramente entre ambos usos, entre el uso co­
rrecto y el erróneo de una y la misma capacidad. Pero, ¿qué ocurre cuan­
do nos movemos en un contexto en el que cualquier uso de la capacidad a
gran escala, por muy buena que sea la intención con que se acomete, lleva
consigo una orientación con efectos crecientes en última instancia malos,
que están inseparablemente unidos a los «buenos» efectos perseguidos y al
alcance de la mano y al final quizá los superen en mucho? Si éste fuera el
caso de la técnica moderna —como suponemos por buenas razones—, en­
tonces el tema del uso moral o inmoral de sus poderes ya no es una cues­
tión de distinciones cualitativas evidentes por sí mismas y ni siquiera de
atenciones, sino que se pierde en un laberinto de suposiciones cuantitati­
vas sobre consecuencias últimas y tiene que hacer depender su respuesta
su aproximación. La dificultad es que no sólo cuando se abusa de la téc-
nica con mala voluntad, es decir, para malos fines, sino incluso cuando se
34 TÉCNICA, MED ICINA Y ÉTICA P OR Q U É LA T É C N I C A M O D E R N A E S O B J E T O D E LA É T I C A 35

emplea de buena voluntad para sus fines propios altamente legítimos, tie­ 3. D i m e n s i o n e s g l o b a l e s d e l e s p a c io y e l t ie m p o

ne un lado amenazador que podría tener la última palabra a largo plazo. Y


el largo plazo está de algún modo inserto en la acción técnica. Mediante la Además, hav un aspecto de la pura magnitud de la acción y el efecto
dinámica interna que así la impulsa, se niega a la técnica el margen de que ha alcanzado una importancia moral. La dimensión y el ám bito de
neutralidad ética en el que sólo hay que preocuparse del rendimiento. El actuación de la moderna práctica técnica en su conjunto y en cada una
riesgo de «demasía» siempre está presente en la circunstancia de que el de sus empresas son de tal calibre que introducen toda una dimensión adi­
germen innato del «mal», es decir, lo dañino, es alimentado precisamente cional y nueva en el marco de los valores de cálculo éticos, dim ensión
por el avance de lo «bueno», es decir, lo útil, y llevado a su madurez. El desconocida a todas las formas anteriores de actuación. H ablábam os an ­
riesgo está más en el éxito que en el fracaso... y sin embargo el éxito es pre­ tes de una situación en la que «todo uso de una capacidad a gran escala»
ciso, bajo la presión de las necesidades humanas. Una apropiada ética de llevaba consigo una orientación con efectos crecientes en últim a instan­
la técnica tiene que entender esta multivalencia interior de la acción téc­ cia malos. Tenemos que añadir ahora que hoy en día toda aplicación de
nica. una capacidad técnica por parte de la sociedad (aquí el individuo ya no
cuenta) tiende a crecer hacia la «gran escala». La técnica m oderna tien­
de íntimamente al uso a gran escala y quizá se vuelva demasiado grande
2. A u t o m a t ic id a d d e la a p l ic a c ió n para el tamaño del escenario en el que se desarrolla — la tierra— , y para
el bien de los actores — los seres humanos— . Una cosa es segura: ella y
En general, la posesión de una capacidad o poder (en individuos o sus obras se extienden por el planeta; sus efectos acumulativos se exten­
grupos) no significa su uso. Puede dejarse reposar cuanto se quiera, listo derán posiblemente a lo largo de innumerables generaciones futuras.
para ser empleado, para ponerlo en acción cuando llegue el momento y Con lo que hacemos aquí y ahora, la mayoría de las veces pensando en
por deseo y a discreción del sujeto. La persona con dotes lingüísticas no nosotros mismos, influimos masivamente sobre la vida de m illones de
tiene que estar hablando sin parar y puede ser incluso totalmente silen­ personas, en otros lugares y en el futuro, que no tienen voz ni voto al res­
ciosa. También todo conocimiento, parece, puede reservarse su aplica­ pecto. Hipotecamos la vida futura a cambio de ventajas y necesidades a
ción. Sin embargo, esta relación tan clara entre poder y hacer, saber y corto plazo... la mayoría de las veces, necesidades creadas por nosotros
aplicación, posesión y ejercicio de un poder no es aplicable al patrimonio mismos. Quizá no podríamos evitar del todo actuar así o de forma pare­
técnico de una sociedad que, como la nuestra, ha fundamentado toda la cida. Pero si ése es el caso, entonces tenemos que tener exquisito cuida­
configuración de su vida en el trabajo y el esfuerzo por actualizar conti­ do de hacerlo jugando lim pio con nuestros descendientes: es decir, de tal
nuamente su potencial técnico en el interjuego de todas sus piezas. En forma que sus posibilidades de liquidar la hipoteca no estén com prom e­
esto el asunto recuerda más bien a la relación entre el poder respirar y el tidas de antemano. El punto de partida aquí es que la inserción de otras
tener que respirar que entre el poder hablar y hablar. Y en lo que respec­ dimensiones, globales y futuras, en nuestras decisiones cotidianas, mun-
ta al patrimonio existente en cada momento, se extiende también a cual­ dano-prácticas, es una innovación ética con la que la técnica nos ha car­
quier crecimiento que tenga: si ésta o aquella posibilidad nueva se abre gado; y la categoría ética que este nuevo hecho saca a la palestra se lla­
(en la mayoría de los casos gracias a la ciencia) y es desarrollada a pe­ ma responsabilidad. El hecho de que ésta ocupe como nunca antes el
queña escala mediante la acción, es propio de ella forzar su aplicación a centro del escenario inaugura un nuevo capítulo en la historia de la éti­
gran escala y a una escala cada vez mayor, y hacer de esta aplicación una ca que refleja las nuevas magnitudes del poder que la ética tiene que te­
ner en cuenta desde ahora. Las exigencias a la responsabilidad crecen
necesidad vital permanente. Así a la técnica, que es poder humano incre­
proporcionalmente a los actos del poder.
mentado en actividad permanente, no sólo se le niega (como hemos mos­
trado arriba) el asilo de la neutralidad ética, sino también la benéfica se­
paración entre posesión y ejercicio del poder. La formación de nuevas
4. R u pt u ra d e l a n t r o p o c e n t r is m o
capacidades, que se produce constantemente, pasa de forma continuada
en su expansión a la corriente sanguínea de la acción colectiva, de la que
Al superar el horizonte de la vecindad espaciotemporal, esa am pliación
ya no se puede separar (a no ser mediante una sustitución superior). De en los alcances del poder hum ano rompe el m onopolio antropocéntrico de
ahí que ya la apropiación de nuevas capacidades, toda adición al arsenal
la mayoría de los sistemas éticos anteriores, ya sean religiosos o seculares.
de recursos, ponga ante los ojos una carga ética, con esa dinámica cono­
Siempre era el bien hum ano el que había que promover, los intereses y de­
cida hasta la saciedad, que de lo contrario sólo pesaría sobre los casos rechos de los congéneres los que había que respetar, la injusticia hecha a
concretos de su aplicación.
e|los la que había que reparar, sus padecimientos los que habían de ser a li­
gados. El objeto de la obligación hum ana eran los hombres, en caso ex­
36 T ÉC N ICA , M E D I C I N A Y ÉTICA 37
POR QU É LA TÉCNICA M O D E R N A ES O B J E T O DE LA ÉTICA

tremo la humanidad, y nada más en este mundo. (Usualmente el horizon­ 5. E L PLANTEAMIENTO DE LA CUESTIÓN METAFÍSICA
te ético tenía unos límites mucho más estrechos, como por ejemplo el
«amor a tu prójimo».) Nada de esto ha perdido su fuerza vinculante. Pero Finalmente, el potencial apocalíptico de la técnica —su capacidad de
ahora la biosfera entera del planeta, con toda su abundancia de especies, poner en riesgo la pervivencia de la especie humana, echar a perder su in­
exige, en su recién revelada vulnerabilidad frente a las excesivas interven­ tegridad genética, modificarla arbitrariamente o incluso destruirlas condi­
ciones del hombre, su cuota en la atención que merece todo lo que tiene su ciones de la vida superior sobre la tierra— plantea la cuestión metafísica,
fin en sí mismo, es decir: todo lo vivo. El derecho exclusivo del hombre al con la que la ética nunca se había confrontado antes, a saber: si debe haber
respeto humano y la consideración moral se ha roto exactamente con su y por qué una humanidad, por qué ha de conservarse al ser humano tal
obtención de un poder casi monopolistico sobre todo el resto de la vida. como la evolución le ha hecho, por qué ha de respetarse su herencia gené­
Como poder planetario de primer orden, ya no puede pensar sólo en sí tica; incluso por qué debe existir la vida. La cuestión no es tan ociosa como
mismo. Sin duda el mandato de no dejar a nuestros descendientes una he­ (a falta de una negación seria de todos estos imperativos) parece, porque la
rencia desolada sigue expresando esta ampliación del campo de visión éti­ respuesta a ella es importante para saber cuánto podemos arriesgar admi­
co todavía en el sentido de una obligación humana frente a personas, como siblemente en nuestras grandes apuestas técnicas y qué riesgos son del todo
un encarecimiento de la solidaridad interhumana de la supervivencia y del inadmisibles. Si existir es un imperativo categórico para la humanidad,
beneficio, de la curiosidad, del disfrute y del asombro. Porque una vida ex- todo juego suicida con esta existencia está categóricamente prohibido, y
trahumana empobrecida, una naturaleza empobrecida, significa también habrá que excluir de antemano los desafíos técnicos en los que remota­
una vida humana empobrecida. Pero, bien entendida, la inclusión de la mente sea ésa la apuesta.
existencia de la variedad como tal en el bien humano, y por tanto la inclu­ Estas son algunas de las razones de por qué la técnica es un caso nuevo
sión de su conservación dentro de las obligaciones del hombre, va más allá y especial para las consideraciones éticas, incluso un motivo para descen­
del punto de vista orientado a la utilidad y de todo punto de vista antropo- der hasta los fundamentos de la ética. Habrá que señalar especialmente al
cèntrico. Esa visión ampliada vincula el bien humano con la causa de la interjuego de los puntos 1 y 3, de los argumentos de la «ambivalencia» y la
vida en su conjunto, en vez de contraponerlo a ella de manera hostil, y «magnitud». A primera vista, parece fácil distinguir entre técnica benéfica
otorga su propio derecho a la vida extrahumana. Su reconocimiento signi­ y nociva, echando simplemente un vistazo a los fines de las herramientas.
fica que toda extinción de especies arbitraria e innecesaria se convierte en Los arados son buenos, las espadas son malas. En la era mesiánica las es­
crimen en sí misma, totalmente al margen de los consejos en ese sentido padas se transformarán en arados. Traducido a la tecnología moderna: las
del comprensivo interés propio; y se convierte en una obligación trascen­ bombas atómicas son malas, los abonos químicos que ayudan a alimentar
dente del hombre proteger el menos reconstruible, el más insustituible de a la humanidad son buenos. Pero aquí salta a la vista el chusco dilema de la
todos los «recursos»: la increíblemente rica dotación genética depositada técnica moderna. /Sus «arados» pueden sera largo plazo tan nocivos como
por los eones de la evolución. Es el exceso de poder el que impone a los sus «espadas»! (Y los efectos que surgen «a largo plazo» están, como hemos
hombres esta obligación; y precisamente contra ese poder —es decir, con­ dicho, íntimamente ligados al empleo de la técnica moderna.) Pero en este
tra sí mismo— es necesaria su protección. Así ocurre que la técnica, esa caso son ellos, los benditos «arados» y sus iguales, el verdadero problema.
obra fríamente pragmática de la astucia humana, sitúa a los hombres en Porque podemos dejar la espada en su vaina, pero no el arado en su cobertizo.
un papel que sólo la religión le había atribuido a veces: el de administra­ Una guerra atómica total seria apocalíptica de un golpe; pero aunque pue­
dor o guardián de la Creación. En tanto la técnica engrandece su poder da producirse en cualquier momento y la pesadilla de esta posibilidad
hasta el punto en que se vuelve sensiblemente peligrosa para el conjunto pueda oscurecer todos nuestros días futuros, no tiene por qué producirse,
de las cosas, extiende la responsabilidad del hombre al futuro de la vida en porque aquí se encuentra aún la distancia salvadora entre potencialidad y
la tierra, que ahora está expuesta indefensa al abuso de ese poder. Con ello actualidad, entre la posesión de la herramienta y su uso, y esto nos da la es­
la responsabilidad humana se vuelve cósmica por primera vez (porque no peranza de que el uso será evitado (lo que de hecho es la paradójica finali­
sabemos si el universo ha producido antes una cosa igual). La ética me­ dad de su posesión). Pero hay un sinnúmero de otras cosas, totalmente ca­
dioambiental, en sus inicios, que se agita entre nosotros verdaderamente rentes de poder, que contienen su propia amenaza apocalíptica y que ahora
sin precedentes, es la expresión aún titubeante de esta expansión sin pre­ y en adelante tenemos sencillamente que hacer para mantenemos a flote.
cedentes de nuestra responsabilidad, que responde por su parte a la ex­ Mientras el mal hermano Caín —la bomba— yace encadenado en su cueva,
pansión sin precedentes del alcance de nuestros actos. Ha hecho falta una el buen hermano Abel —el pacífico reactor— sigue sin dramatismo deposi­
amenaza visible del conjunto, los comienzos de hecho de su destrucción, tando su veneno para futuros milenios. Incluso ahí podríamos quizá en­
para movernos a descubrir (o a redescubrir) nuestra solidaridad con él: un contrar a tiempo alternativas menos peligrosas para calmar la creciente sed
pensamiento que avergüenza. de energía de una civilización global que ve la desaparición de sus fuentes
convencionales... si la suerte acompaña nuestro serio esfuerzo. Podríamos
38 T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA POR O U É LA TÉC NICA M O D E R N A ES O B J E T O D E LA ÉTICA 39

incluso reducir la medida de la voracidad misma y volver a arreglárnoslas pasado, pero éste actuaba en general más en el sentido de un freno que
con menos antes de que un agotamiento o contaminación catastróficas del como una fuerza motriz: el poder del pasado era más bien el de la lentitud
planeta nos fuerce a algo peor que la abstención. Pero es (por ejemplo) éti­ («tradición») que el del impulso hacia adelante. Sin embargo, las creaciones
camente impensable que la técnica biomédica deje de reducir la mortalidad de la técnica actúan exactamente en este último sentido y dan con ello a la
infantil en los países «subdesarrollados» con elevadas tasas de natalidad, enrevesada historia de la libertad y la dependencia humanas un giro nuevo
aunque la miseria, consecuencia de la superpoblación, pueda ser aún peor. y cargado de consecuencias. Con cada nuevo paso (= «paso hacia adelan­
Se podrían aducir otros muchos desafíos, originalmente plenos de bendi­ te») de la gran técnica estamos ya obligados a dar el siguiente y legamos esa
ciones, de la gran tecnología, para ilustrar la dialéctica, el doble filo, de la misma obligación a la posteridad, que finalmente tendrá que pagar la cuen­
mayoría de estos retos. El punto principal es que precisamente las bendi­ ta. Pero incluso sin mirar tan lejos, el elemento tiránico como tal en la téc­
ciones de la técnica, cuanto más dependemos de ellas, contienen la amena­ nica actual, que hace de nuestras obras nuestros dueños y nos obliga inclu­
za de transformarse en una maldición. Su innata tendencia a la desmesura so a reproducirlas, representa un desafío ético en sí mismo... más allá de la
hace aguda la amenaza. Y está claro que la humanidad se ha vuelto dema­ cuestión de lo buenas o malas que sean esas obras en concreto. En aras de
siado numerosa —gracias a las mismas bendiciones de la técnica— como la autonomía humana, de la dignidad que exige, de que nos poseamos a no­
para mantener la libertad de volver a una fase anterior. Sólo puede caminar sotros mismos y no nos dejemos poseer por nuestra máquina, tenemos que
hacia adelante, y tiene que obtener de la técnica misma, con una dosis de poner el galope tecnológico bajo control extratecnológico.
moral moderadora, la medicina para su enfermedad. Éste es el eje de una
ética de la técnica.
Estas breves reflexiones deberían mostrar lo estrechamente ligada que
está la «ambivalencia» de la técnica con su «magnitud», es decir, con la
desmesura de sus efectos en el espacio y el tiempo. Qué es «grande» y qué
«pequeño» viene determinado por la finitud de nuestro escenario terres­
tre, un escenario dado, que nunca podemos perder de vista. No se conocen
valores límite precisos de tolerancia para ninguna de las muchas direccio­
nes en las que avanza el expansionismo humano. Pero se sabe lo bastante
como para poder afirmar que algunas de nuestras cadenas técnicas de ac­
ción —entre ellas las vitales— han alcanzado al menos la magnitud de esos
valores límite, y que otras se les unirán allí si se permite un nuevo creci­
miento al ritmo actual. Los signos advierten que nos encontramos en la
zona de peligro. Una vez se haya alcanzado la «masa crítica» en una u otra
dirección, la cosa podrá escapársenos de las manos: podría producirse un
acoplamiento de reacción positivo y desencadenar un proceso exponencial
en el que los costes engulleran el beneficio, en un crescendo quizá irrever­
sible. Precisamente esto es lo que tiene que tratar de evitar la responsabi­
lidad a largo plazo. Pero como el lado brillante de los logros técnicos des­
lumbra la vista, los beneficios próximos corrompen el juicio y las muy
reales necesidades del presente (por no hablar de sus adicciones) gritan su
prioridad, las exigencias de la posteridad confiadas a esa responsabilidad
se verán en una situación difícil.
En lo que acabamos de decir se habrá hecho visible, junto a la magni­
tud y la ambivalencia, otro rasgo de carácter del síndrome tecnológico que
tiene una importancia ética propia: el elemento cwási-forzoso de su avance,
que por así decirlo hipostatiza nuestras propias formas de poder en una es­
pecie de fuerza autónoma de la que nosotros, los que la ejercemos, nos vol­
vemos paradójicamente súbditos. Sin duda el menoscabo de la libertad hu­
mana debido a la cosificación de sus propios actos se ha dado siempre,
tanto en las vidas individuales como, sobre todo, en la historia colectiva. La
humanidad ha estado en parte determinada desde siempre por su propio
C apítulo 3

EN EL UMBRAL DEL FUTURO:


VALORES DE AYER Y VALORES PARA MAÑANA

Cuando preguntamos qué valores de ayer son utilizables y siguen sien­


do importantes para el mundo de mañana, estamos preguntando al mismo
tiempo cuáles han envejecido quizá o perdido importancia... pero también,
viceversa, qué nuevos valores sacará a la palestra un nuevo mañana. Si no
conocimiento, sí tenemos alguna idea de cómo será el mundo de mañana,
presuponiendo ante todo y sobre todo que será distinto del de hoy. Hasta
aquí estamos seguros del predominio del cambio como tal a nuestro alre­
dedor, es decir, de la esencia inconfundible del hoy. Pero para nuestro plan­
teamiento necesitamos más, y lo tenemos, si prolongamos las líneas del
cambio que vemos en marcha. Vamos a decir antes unas cuantas palabras.
Hoy nos vemos en el umbral del mañana, y tenemos más motivo para
ello que en épocas anteriores. Ya ahora, ante nuestros ojos, las energías uni­
versales por las que ascendemos mientras las alimentamos empiezan a tra­
zar el rostro del futuro. Todo tiende hacia adelante, hacia el mañana y el pa­
sado mañana. Naturalmente, éste sólo podemos investigarlo a partir de sus
inicios, de las tendencias legibles del hoy, con mayor o menor probabilidad.
Pero, en algunos rasgos, el futuro que nosotros mismos hemos preparado a
nuestros descendientes (si es que se llega a él) ya está lo bastante presente
como para hacer convincentes ciertas anticipaciones. Hasta las más con­
vincentes son hipotéticas, porque la cláusula rebus sic stantibus, que en la
predicción física se basta a sí misma dada la uniformidad asegurada de las
leyes de la naturaleza, es en la historia una reserva conscientemente ficti­
cia, revocable, a la posibilidad teórica de las proyecciones. Lo inesperado es
la regla, la sorpresa lo que hay que esperar. Aun así, tenemos que pensar el
futuro como si los hilos causales que llevan de nosotros hasta él fueran uni­
formes. Precisamente nuestro hoy, preñado de futuro como está y calcula­
ble en muchas cosas, nos obliga como en ninguna época anterior a ese pre­
decir y pensar hipotético de las posibilidades yacentes en su seno. El valor
de tales anticipaciones (y ahí tenemos ya un nuevo valor) está ligado a que no
son fatalistas, con lo que cortarían nuestra intervención actuante. El que
nosotros actuemos en respuesta a los pronósticos y con ello podamos mo­
dificarlos vuelve a hacerlas «hipotéticas» en un sentido suplementario, más
Que meramente gnoseológico: en el sentido de la condición que implican; si
Se deja que las cosas sigan así, es decir, si nosotros seguimos haciéndolas
como las hacemos ahora. Mediante su retroalimentación del sujeto teórico
al práctico, la predicción misma se vuelve un factor de su cumplimiento o
refutación. Está en nosotros —también en nosotros— hasta qué punto debe
T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA V A L O R E S DE AYER Y V A L O RES PARA MAÑANA 43
42

ser verdad o no. Esto diferencia las predicciones del ámbito humano-histó­ ciertas normas en la subjetividad individual y colectiva, y preguntamos de
rico, por su sentido lógico cardinal, de las de las ciencias naturales, por manera pragmática cuáles de ellas necesita para sí la vida en el futuro ima­
ejemplo las de la astronomía. Esta diferencia siempre la han pasado por alto, ginado. La quaestio juris propiamente dicha: si hay realmente algo así como
seguros de sí mismos, los proclamadores de la necesidad universal de la una norma válida en sí misma —entre ellas también la aquí presupuesta de
historia, llámense Spengler, Marx, Comte o Hegcl, pero todos los actores his­ que el futuro después de nosotros, es decir el mundo de mañana, nos con­
tóricos, desde siempre, la han, si no reconocido, al menos sentido. La ver­ cierne desde el punto de vista ético—, conduce a la metafísica, que sólo to­
dad de una profecía histórica sólo podría ponerla realmente a prueba, en caremos para terminar.
sentido científico, un espíritu contemplativo, no actuante, que mantuviera Diremos pues primero algo sobre valores que se mantienen válidos en
en secreto su predicción ante sus objetos, es decir, los sujetos históricos. Su cualquier futuro imaginable que siga siendo humano. Por lo demás, en lo
notificación, tomada públicamente en serio, moviliza la voluntad actuante sucesivo sólo se hablará de valores como fundamentos de determinación de
en su favor o en su contra, y modifica pues las condiciones causales de su la actuación, y no, por ejemplo, de valores estéticos, principalmente aplica­
cálculo, ya sea en su beneficio o en su perjuicio. En el primero de los casos, bles a la contemplación: de ellos cabe esperar, sumariamente (y no hay ra­
el acierto no sería prueba alguna de la corrección originaria de la predic­ zón para dudar de ello), que el arte y el sentido de la belleza no desaparez­
ción como consecuencia necesaria de sus fundamentos; en el segundo, el can nunca de la vida de nuestros descendientes. En lo que concierne a los
fallo no sería prueba de su incorrección... mientras en las ciencias natura­ valores prácticos, se expresan en la costumbre, la moralidad y el derecho, y
les acierto o fallo significan inequívocamente verificación o no verificación con este último, naturalmente, también en la política. Hay ahí un espectro
teórica. Al profeta dogmático de la necesidad histórica, la vanidad humana que va desde lo enteramente privado a lo eminentemente público, aspecto
o un inconsecuente querer «echar una mano» le impiden mantener el se­ éste que nunca está del todo ausente, porque en la sociedad todo compor­
creto, único que mantendría su experimento teóricamente puro, y así la tesis tamiento es visto y comentado, recientemente incluso el más íntimo, con la
de la necesidad no se prueba nunca (por no hablar de la falta de repetibili- desaparición del pudor. Nos encontramos pues ante la «costumbre», que
dad, que también forma parte de la puesta a prueba). En cambio, a los pre- entre los que llamamos «valores» o normas es el menos codificado y con-
dictores hipotéticos que dicen: así puede ocurrir, y están interesados en el ceptualizado, pero soporta y penetra todos los demás. De forma premoral y
resultado de manera no fatalista, su conciencia les impide proclamar su prejurídica, regula la vida en común mediante su canon, que se comunica
punto de vista como estímulo o advertencia, para fomentar o impedir lo de manera osmótica, de qué se hace y qué no se hace, qué se dice y qué no
visto, y la mayoría lo hacen hoy, de esta forma, no para tener razón, sino se dice, qué se enseña y qué se oculta. Desde lo enteramente externo de las
para equivocarse. Precisamente por eso, y porque con el aumento del poder formas de trato («modales») hasta el tacto, íntimamente fundado (que sin
humano las posibilidades se hacen tan extremas, la proyección del futuro a duda no se puede ordenar, pero en el que sí se puede educar en alguna me­
largo plazo, hipotética, científicamente fundada y en lo posible global (y dida), éste es el ceremonial acumulado de la «inmediatez», la costumbre vi­
que no es menos cierta por ser hipotética), quizá sea el primer nuevo valor gente sin discusión, la condición previa del trato civilizado, es decir, preci­
a ejercitar hoy para el mundo de mañana, al que nada se puede parangonar samente «educado». Su formalismo automáticamente vigilado por una
en el mundo de ayer. censura tanto interna como externa, a menudo arbitrario, asegura con su
Tras estas observaciones introductorias, ya deslizadas antes in medias estilización del comportamiento general el margen interpersonal neutral
res, queremos seguir ordenadamente los distintos aspectos de nuestra pre­ dentro del que son posibles las verdaderas relaciones pei'sonales electivas.
gunta por los valores permanentes, los envejecidos y los nuevos. No quiero Y no menos importante es el poder de la costumbre como cimiento huma-
agobiar al lector ni a mí mismo con el intento de definir estrictamente el nizador, también para el espacio político-público. Porque aunque la mayo­
ría de sus normas concretas tienen poco que ver con la moral propiamen­
concepto de «valor», y menos aún con la cuestión filosófica, ardientemente
te dicha, es decir, con la bondad de la persona, y también una pequeña
discutida, de si los valores tienen un motivo sólo subjetivo o también uno
parte de ella (por ejemplo las ofensas al honor) llega hasta el campo de la
objetivo que los legitima y hace vinculantes. Para entendemos, por el mo­
sanción jurídica, sin embargo esta apariencia impuesta a la cruda «verdad»,
mento basta con decir que los «valores» son ideas de lo bueno, correcto y
incluso la hipocresía ritualizada que hay en ella, actúa como el imprescin­
perseguible, que salen al encuentro de nuestros instintos y deseos, con los que
dible lubricante que suaviza los roces internos de la infraestructura del me­
bien podrían conciliarse, con una cierta autoridad, con la pretensión de
canismo social, los roces en la capa básica interpersonal, lo bastante como
que se les reconozca como vinculantes y por tanto se les «deba» acoger en
para permitir a sus miembros acceder a la esfera pública, suprapersonal, y
la voluntad, pretensión o al menos respeto propio. Dejaremos a un lado si
a sus responsabilidades colectivas. En estas superestructuras, con sus divi­
esto expresa más que la fuerza psicológica de valores histórico-culturales-
siones, solidaridades y conflictos organizados, ya no reinan el uso y la cos­
comunales que han conformado de facto nuestro pensamiento y sentimien­
tumbre, sino reglas de juego político-jurídicas de un tipo muy distinto, más
to, o si esa pretensión puede demostrar tener su fundamento en la razón. racional y conscientemente negociado, que sin embargo no podrían fun­
Suponemos sencillamente su vigencia fáctica, es decir, el reconocimiento de
44 T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA VA LORES DE AYER Y VALORES PARA MAÑANA 45

cionar sin una cierta paz —precisamente la paz de la «cortesía»— en la capa valores, por ser la menos gobernable, tenemos un valor que sin duda no es
básica individual. Así que el valor de la costumbre —aunque no necesa­ nuevo, pero sí necesitado de renovación, para el mundo del mañana, un va­
riamente el de una costumbre en particular— es tan importante para el lor que necesitamos especialmente por razones de las que hablaré más ade­
mundo del mañana como para cualquiera de los mundos de ayer, y no ha­ lante. Si se puede hacer algo en esa dirección, y cómo, es naturalmente una
ría falta que perdiéramos el tiempo hablando de eso si entre el ayer y el ma­ cuestión distinta, que asimismo dejo para después.
ñana no estuviera el hoy, con su disolución de la costumbre. Los apóstoles Con la aparición de una posible tarea para la responsabilidad y la más
vulgarizadores de un saber desenmascarador la desacreditan tildándola de amplia pregunta, implícita en ella, de hasta qué punto podemos permitir­
limitación de la libertad personal, y su ostentosa inobservancia disfruta del nos mañana la permisiva sociedad de hoy, hemos pasado de mores a mora-
prestigio de una osadía emancipatoria, que culmina la Ilustración. En este lia, de la costumbre a la moralidad y sus obligaciones, y nos acercamos al
desprecio de la convención entra la antes mencionada desaparición del pudor, mismo tiempo a las exigencias más concretas del futuro tecnológico. Tam­
que ha afectado en más o en menos a todo el mundo occidental y se ador­ bién aquí tenemos que distinguir entre lo privado y lo público, entre la es­
na con el nombre de realismo, contrapuesto al de fingimiento. Lo que se les fera individual y la colectiva. Naturalmente a nivel individual, en el trato
escapa a sus joviales abogados es la realidad de que la eliminación de la re­ directo de hombre a hombre, siguen en vigor los antiguos mandatos y vir­
serva amenaza la integridad de la esfera pública no menos que la privada, tudes. En las situaciones interhumanas nunca faltará ocasión para la justi­
que ambas sólo pueden prosperar en la separación y se echan a perder mu­ cia, la bondad y la lealtad, y su posesión como postura permanente, así
tuamente cuando se mezclan. Que la exhibición de lo privadísimo, tanto es­ como su ejercicio juicioso caso por caso, siempre representará un valor que
piritual como físico, destruye la intimidad de lo privado, está claro sin más. ninguna sociedad quiere echar de menos ni puede sustituir por la mera
Pero igualmente cierto, aunque no tan manifiesto, es que su penetración en coacción jurídica. Tampoco queremos perder su ejemplo visible en la ima­
el espacio público destruye su carácter suprapersonal, que le permite la gen del hombre, al que podamos mirar en épocas oscuras, cuando la fe en
prerrogativa de la objetividad, que es esencial a él. La amenaza es nueva, que el ser humano merece la pena sea sometida a duras pruebas. Sí, nece­
porque nunca antes ha habido un instrumento de indiscreción pública, ma­ sitamos algo más que las virtudes mínimas, sin las que no se puede funcio­
nejado con placer por ambas partes (en lugar del instrumento privado del nar ni en las épocas más normales y que se pueden exigir a cualquier per­
cotilleo), como el moderno sistema de comunicación electrónico, que lleva sona. Pero los tiempos más oscuros son aquellos en los que no se puede
el dormitorio (y el sofá del psicoanalista) a cada salón. Ambas partes, la pú­ hacer ni esto, porque la simple decencia requiere un inusual sentido del sa­
blica y la privada, han de ser protegidas de sí mismas, cada una en aras de crificio o valor, y su mantenimiento se convierte en una brillante excepción
sí y de la otra. Así pues, de manera en apariencia paradójica, es una obliga­ en la marea de la miseria general. Es espantoso que el justo sólo pueda ser­
ción pública proteger a lo privado (junto con lo privadísimo, raptado a la lo en calidad de mártir. Hemos visto que nunca faltan del todo esos testi­
autocensura del pudor) del insistente voyeurismo de los medios de comuni­ monios en los que uno expía por incontables, y les debemos el no dudar del
cación pública, es decir, reavivar contra ellos las antiguas inhibiciones. ser humano. Pero como debemos influir —y ése es el mejor sentido del «pro­
Aquí acecha uno de los riesgos más sutiles —muy distinto de los físicos— greso»— en que las épocas oscuras sean cada vez menores y no se llegue a
de la civilización tecnológica, tan sutil en sus medios y tan vulgar en sus las horribles, preferimos no contar las virtudes heroicas entre los valores
efectos. En el conglomerado cada vez más denso de masas atomizadas, del mundo del mañana.
amorfas, perdida la cohesión de las costumbres de sus grupos originarios, Con ello estamos en la esfera suprapersonal, pública, donde los «tiem­
cuyo acceso a lo general viene facilitado por estos canales, podría ocurrir pos», tanto buenos como malos, se preparan, y donde, sobre todo, el pro­
que nos convirtiéramos en salvajes tecnológico-electrónicos. El canadiense greso que acabamos de invocar se encuentra en su casa. De éste sabemos
de Rousseau, «que no conocía la superficial cortesía europea», citado en el ahora —sólo ahora— que su rostro es el de Jano. Los mismos medios con
famoso poema de Seume del siglo xvm, era «mejor persona» («nosotros los los que promete eliminar la miseria del Tercer Mundo y acrecentar el bie­
salvajes somos mejores personas»), no en tanto que «más salvaje», que no nestar material de toda la humanidad, en crecimiento gracias a él —los
lo era en absoluto, sino todo lo contrario, porque estaba más firmemente medios de la técnica agresiva—, amenazan, precisamente con sus éxitos a
enraizado en la costumbre de la tribu —su «superficial cortesía»—, que le corto plazo, con conducir a una devastación medioambiental quizá irreme­
decía cómo se trata a un extranjero y a un invitado. Todas las sociedades diable a largo plazo. Es más la eficacia demasiado grande que la demasia­
«primitivas» están altamente ritualizadas en lo referente al comportamien­ do pequeña de los recursos la que tenemos que temer, a nuestro poder más
to formal, y en esto el hurón era superior al semiasilvestrado europeo colo­ que a nuestra impotencia. Y el cumplimiento continuo espacio-temporal en
nial, que en el Nuevo Mundo había perdido demasiado del viejo barniz. Mi­ cada caso de la promesa de progreso en una sucesión de buenos tiempos
rando al mundo del mañana, nosotros los «europeos» tenemos que temer podría llevar el camino del destino a su desembocadura global y final en el
en sentido amplio convertirnos en los primeros bárbaros civilizados com­ más espantoso de todos los tiempos. A esto se añade que lo externamente
pletamente salvajes. En la costumbre pues, en la más vulnerable base de los bueno ya se puede comprar al precio de una devastación interior del ser hu­
46 t é c n ic a , m e d ic in a y é t ic a V A L O RES DE AYER Y V ALORES PARA MAÑAN A 47

mano que quizá no sería menos irreparable que la del medio ambiente, compasión y la beneficencia. Indiscutiblemente un valor de alto rango en el
pero sin duda, como ésta, sería un precio demasiado elevado por las bendi­ pasado, apenas tiene espacio en la imagen de un futuro que haya de ser du­
ciones que el progreso técnico puede reportar en su propia moneda. Antes radero. No hace falta gastar muchas palabras al respecto. Debido al desa­
de entrar en cómo esta perspectiva, con su potencial apocalíptico, repercu­ rrollo de la técnica bélica, la evitación de la guerra será en sí misma una
te en la determinación de los valores para el mañana que hay que anunciar cuestión de supervivencia de la humanidad; e incluso en aquellos conflic­
y que conciernen sobre todo a la conducta colectiva, podemos decir algo so­ tos armados que se detengan ante los recursos extremos, la bravura perso­
bre la influencia que la situación pública en curso de modificación tiene ya nal tendrá poco que hacer frente al decisivo poder de la técnica impersonal.
ahora sobre el papel de los antiguos valores de la ética individual. Aquí, pues, un valor se ha vuelto obsoleto en el doble sentido de que la hu­
Tomemos dos ejemplos bien conocidos. El primero es la «beneficen­ manidad va no puede permitirse la ocasión para su actualización y de que,
cia», el alivio de la miseria ajena, que en el judaismo era un mandato (Miz- incluso si lo hiciera, la ocasión para él resulta remota. Aun así, sigue sien­
wah) para todos y en el cristianismo, bajo el nombre de caridad, de amor do válido que el valor en general y el valor físico en particular seguirá siendo
activo, se contaba entre las virtudes cardinales, incluso estaba a su cabeza, valioso en sí mismo y seguirá encontrando oportunidades, de las que la co-
pero, sin sanción religiosa, era considerada en general como una obliga­ tidianeidad civil tampoco carece. Salvar a un niño de morir en una casa en
ción honoraria del feliz frente al desdichado cuya observancia, por lo me­ llamas no vale menos que el heroísmo militar. Pero estas ocasiones ocurren
nos en la costumbre de dar limosnas en las sociedades premodemas, debía y no están, como la guerra, organizadas voluntariamente.
si no a su conciencia, sí a su buen nombre. La misma compasión para con Éste es el momento de deslizar la observación de que nuestra conside­
el sufrimiento estaba considerada un adorno del alma en la imagen del ración acerca del «envejecimiento» de ciertos valores a lo largo del tiempo
hombre, cuya falta nadie gustaba de confesar. Ayudar a los fatigados y ago­ no tiene nada que ver con la tan traída y llevada tesis de la relatividad de los
biados, dar de comer a los hambrientos, cuidar a los enfermos y moribun­ valores. Los valores en sí mismos son intransformables: la misericordia es,
dos... eran virtudes a un tiempo personalísimas y socialmente meritorias, de una vez por todas, mejor que la dureza de corazón, la bravura mejor que
que no se pueden eliminar, como modelos de conducta, como «modelos de la cobardía. No podemos desear su desaparición ni negar su carácter de vir­
rol», del sistema de valores de las sociedades anteriores. Ahora bien, todo el tudes. Pero tienen sus épocas, y bien podemos desear que sus motivos de­
mundo sabe que en el Estado moderno la mayoría de esas actividades han saparezcan, que las circunstancias las hagan innecesarias. Incluso ellas
sido sustraídas al sentimiento y la acción personales y transferidas al siste­ mismas tienen que desearlo. Porque son (ésta es la segunda observación al
ma público de bienestar. La aportación voluntaria ha sido sustituida por un margen) virtudes de emergencia, que no podrían desear su condición, es de­
impuesto, la iniciativa privada por la institución oficial... y, por parte del re­ cir: la situación de emergencia a la que salen al paso. Eliminarla, y con ello
ceptor, la esperanza en la correspondiente caridad por el derecho a unos a sí mismas, es su verdadero destino. Como ya decía Aristóteles, hacemos
servicios permanentes públicamente garantizados. Tenemos todas las razo­ la guerra para tener la paz. Tampoco la generosidad quiere ver eternizada la
nes para saludar esa evolución, y podemos esperar que siga creciendo. He escasez para tener un objeto para ella. Incluso la justicia, en su forma más
aquí pues un caso en el que el progreso público, con su objetivización de las impresionante de la lucha contra la injusticia y en favor del derecho infrin­
funciones, supera en cierto modo el papel de la ética individual. Natural­ gido o fallido, aspira en última instancia a un orden en el que se vuelva su-
mente, la compasión y la solidaridad siguen manteniendo su valor interior perflua como especial virtud, por lo menos como virtud militante, que tie­
y nunca carecerán de ocasiones personales de ser aplicadas. Pero en tanto ne que enderezar lo torcido.
el Estado hace suyas las antiguas obras de misericordia, que con ello dejan Con esto llegamos a la idea, que nos lleva al corazón de nuestro tema,
de ser obras de misericordia, la beneficencia tendrá un valor reducido entre de que detrás de las virtudes de emergencia y de las obligaciones que cum­
los valores del mundo del mañana, comparado con el de ayer; incluso eso plen de vez en cuando se abre la obligación, mucho más amplia, de cuidar
es lo que tiene que desear, dado que jamás podría desear la oportunidad de de que haya una situación global que, si es posible, no deje que se llegue a
tener que ser ejercida, es decir: la miseria ajena. Y si algo esperamos del pro­ las situaciones de emergencia, pero sobre todo prevea esa amenaza integral
greso técnico es una mejor cobertura de las necesidades humanas básicas, a la que ninguna virtud podría va salir al paso. Esto nos conduce plena­
es decir, una disminución de la necesidad física. Añadamos que en el mun­ mente de la esfera personal a la suprapersonal, pública, y al mismo tiempo
do del mañana la solidaridad ya no sólo será ejercida de persona a persona a la cuestión de qué valores —viejos o nuevos— tendrán una especial im­
y desde el Estado a sus ciudadanos, sino también de nación a nación, por portancia positiva para el mundo del mañana como empresa global.
lo que en vez de la nobleza (que apenas se puede esperar entre colectivos) El primero de ellos ya se mencionó en la introducción: el valor de la má­
el interés bien entendido de todos los tripulantes de un sólo barco será base xima información sobre las consecuencias de nuestro actuar colectivo. El
suficiente y ojalá que también motivo eficaz. Hablaremos después de esta sentido de «máxima» incluye aquí la cientificidad de la deducción apareja­
expansión de un antiguo valor a un objeto tan amplio. da a la viveza de la imaginación, porque sólo con tal saturación de cantidad
Mi segundo ejemplo es el de la bravura bélica, exactamente opuesto a la abstracta con calidad concreta podrá lo que se sabe desde hace mucho ob­
48 T É C N IC A , M E D I C I N A y ÉTICA V A L O RES DE AYER Y V A L O RES PARA MAÑANA 49

tener la fuerza para codeterminar nuestra conducta, tan poderosamente espanto. Esto sólo podrá hacerlo la más viva fantasía si nos identificamos
dominada por los intereses del ahora... que es en lo que consiste precisa­ con esos seres humanos del futuro... y esto ya no es un acto de fantasía,
mente el valor de esa información. ¿Qué hay de nuevo en esto? Lo nuevo es sino de moral y del sentido de la responsabilidad que en ella tiene su ori­
ver lo que está lejos y contraponerlo a lo tan apremiantemente cercano, que gen. Bajo el signo de nuestro poder, se sitúa a la cabeza de todos los valo­
pronto se va a producir. Pensar las consecuencias ha sido desde siempre res; su objeto se convierte en el mayor de los imaginables, incluso jamás
parte de la acción planificadora, que tiene la elección entre alternativas, pensados como objeto práctico, salvo en la escatología religiosa: el futuro
pero el margen de la previsión era corto, en consonancia con la proximidad de la humanidad. La responsabilidad sobre él que por primera vez nos
de los objetivos al alcance de nuestro poder; por regla general, es decir en afecta es lo que convierte el verdadero temor en obligación y ejercicio dia­
los casos típicos predominantes, se podía buscar apoyo en la experiencia rio para nosotros. De ello se desprende más de una revalorización de valo­
pasada, pero por lo demás darse por satisfecho con adivinar la salida apro­ res anteriores.
ximada, ejecutar lo mejor posible lo que se tenía entre manos y asumir el Antes se decía: «El que no arriesga no gana», y se ensalzaba al arriesga­
destino incierto. Esto era lo adecuado a la modesta magnitud de las em­ do mientras se despreciaba un poco al cauteloso. Para el individuo y en su
presas humanas, que en un orden global permanente de las cosas podían esfera, esto puede seguir teniendo validez. Pero para la mayoría —que al
dejar en manos del futuro el solucionar de forma similar las tarcas de su principio del desafío tecnológico aún pudo seguir pensando de forma pare­
momento. Esto es precisamente lo que ha cambiado de forma radical. La cida y durante una buena temporada pudo preciarse del beneficio obteni­
magnitud causal de las empresas humanas ha crecido inconmensurablemen­ do—, dada la enorme dimensión de lo que entretanto está en juego y por lo
te bajo el signo de la técnica; lo carente de procedimiento se ha convertido que nuestros descendientes tendrán que pagar un día, la cautela se ha con­
en regla y la analogía con la experiencia anterior ha dejado de ser compe­ vertido en virtud superior, ante la cual retrocede el valor de la osadía, más
tente; los efectos a largo plazo son calculables, pero también contradicto­ bien se transforma incluso en el no valor de la irresponsabilidad.
rios; ya no se puede construir sobre las fuerzas regeneradoras del conjunto ¿Cómo se practica la cautela que recientemente nos impone la respon­
que nuestra acción arrastra consigo; las gentes del futuro ya no se pueden sabilidad? En última instancia, más allá de toda prueba de riesgo concreta
suponer como situadas en similar situación de partida. Con la gran técnica de esta o aquella empresa, en una nueva humildad en los objetivos, en las
nos hemos apuntado a la frase de que el mundo de mañana no será similar expectativas y en el modo de vida. En lo que concierne a las pruebas de ries­
al de ayer. Para que la diferencia no sea de tipo ominoso, el conocimiento go concretas, en El principio de responsabilidad propuse, al intentar una
previo tiene que intentar alcanzar a nuestro poder, que se le ha escapado de «heurística del temor», una regla fundamental para el tratamiento de la in-
las manos, y someter sus objetivos próximos a la crítica de las repercusio­ certidumbre: in dubio pro malo —en caso de duda, presta oídos al peor pro­
nes a largo plazo. Así pues, la nueva ciencia (o arte) de la futurología, que nóstico antes que al mejor, porque las apuestas se han vuelto demasiado
nos permite ver los efectos a largo plazo, será en esta forma y función un elevadas como para jugar. En muchas cosas estamos ya en medio de la ya
nuevo valor para el mundo del mañana. No sirve, como las ciencias natu­ nada incierta zona de peligro, donde la nueva humildad ya no es sólo cosa
rales, en las que se apoya, para aumentar nuestro poder, sino para vigilarlo de cautela previsora, sino clara urgencia. Para detener el saqueo, la depau­
y protegerlo de sí mismo... en última instancia pues, para obtener poder peración de especies y la contaminación del planeta que están desarrollán­
sobre el poder antes surgido de las ciencias naturales. Sólo podrá hacerlo si dose a toda marcha, para prevenir un agotamiento de sus reservas, incluso
lo que sabe, es decir, lo que muestra como posible o probable, se experi­ un cambio insano del clima mundial causado por el hombre, es precisa una
menta en forma de visión, de manera que produzca en nosotros el senti­ nueva austeridad en nuestros hábitos de consumo.
miento adecuado que mueve a la acción. Mediante esta vinculación con el «Austeridad»: estaríamos pues ante un valor bien antiguo, y sólo re­
sentimiento que responde a un futuro estado del hombre, esta previsión cientemente pasado de moda. Continencia (continentia) y moderación (tem-
contribuirá a humanizar los conocimientos científico-técnicos, que al ex­ perantia) fueron durante largas épocas de Occidente virtudes obligadas de
trapolar al futuro tendrá que fundir con un conocimiento del ser humano. la persona, y la «gula» está escrita con mayúsculas en el catálogo eclesiás­
El sentimiento adecuado del que hablamos es en gran medida el temor. tico de vicios. Ambos eran, bien entendidos, valores y defectos morales en
Así que también éste gana un nuevo valor. Antes de escaso prestigio entre sí mismos, es decir, para bien y para mal del alma, que por inducción de la
las emociones, considerado una debilidad de los miedosos, ahora ha de ser concupiscencia y de lo corporal pierde nobleza. La consideración de la es­
honrado y su cultivo convertirse en obligación ética. Sí: nosotros los pode­ casez y de lo que uno se puede permitir es secundaria al lado de esto. (Sin
rosos, conscientes de nuestro poder de hoy, tenemos que ponernos preme­ duda en el caso del ahorro representa un papel diferente.) Incluso allá don­
ditada y autoeducativamente en el lugar de aquel «que salió a aprender lo de la autonegación no era exactamente una condición de la curación del
que era el miedo»: pero un miedo de nuevo cuño. Y ello porque, aparte del alma (sobre lo que, en su anatomía de los «ideales ascéticos», Nietzsche
actual temor a la catástrofe de una guerra atómica para nosotros mismos, tuvo algunas cosas que decir, no precisamente halagüeñas), una cierta aus­
lo terrible después y para los aún no nacidos es lo que debe sumirnos en el teridad era de todos modos el signo de una existencia superior. La austeri­
50 T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA
V A L O R E S DE AYER Y V A L O RES PARA MAÑANA 51

dad que ahora se vuelve a reclamar no tiene nada que ver con esto ni con la pero entonces especialmente— en realidad sólo sería posible si pudiera
perfección personal, aunque como éxito secundario también habría que sa­ confiar su autorrestricción a la censura de la costumbre, diremos aún al­
ludar este aspecto. La austeridad se exige con vistas al mantenimiento de guna cosa al final.
las existencias de la tierra; es pues una faceta de la ética de la responsabili­ Antes hay que añadir algo más al tema de la moderación. Hasta ahora
dad para con el futuro. Con lo que menos tiene que ver es con la escasez la hemos entendido como moderación en el consumo, y podíamos enlazar
existente. Al contrario, ha de predicarse en una situación en la que la «gula» con la virtud premoderna, claramente tradicional, de la contención. Pero
en el más amplio sentido del consumismo no sólo se ve favorecida por una pisamos un terreno completamente nuevo si pasamos del freno en el con­
riqueza de bienes exuberante y accesible a todos, sino que como celoso y sumo al freno en las capacidades y los logros, a frenar el impulso hacia la
omnívoro consumo del producto interior bruto se ha convertido en una co­ acción. ¿Quién hubiera recomendado nunca, en nombre del interés gene­
laboradora necesaria y meritoria en la marcha de la moderna sociedad in­ ral, «moderación» en la aspiración a las máximas prestaciones humanas?
dustrial, que proporciona al mismo tiempo a sus miembros los ingresos Era una virtud hacer lo que se podía, superar lo bueno con lo mejor, acre­
para disfrutarla. Todo está orientado a este circuito de producción y consu­ centar todas las capacidades, hacer cada vez más cosas y más grandes.
mo: en la publicidad se incita, acicatea, atrae al consumo de manera ince­ Pero, ¿deberemos —podremos— en el futuro seguir avanzando hacia esos
sante. La «gula» como virtud, incluso como obligación socioeconómica, es máximos logros? ¿Hacia el máximo, por ejemplo, de prolongación de la
en verdad algo históricamente nuevo en el actual momento del mundo oc­ vida? ¿Hacia el cambio genético? ¿Hacia la conducción psicológica de la
cidental. Frente a estas coacciones y estímulos, este clima de indulgencia conducta? ¿En la producción industrial y agraria? ¿En la explotación de los
general y su posibilidad material, hay que alzar el grito aún más nuevo en tesoros naturales? ¿En el incremento de toda eficiencia técnica? Sin entrar
favor de la austeridad, de una renovada austeridad. Su sentido, como he­ en detalles, podemos expresar la sospecha general de que en muchos luga­
mos visto, no es en sí el retorno a un viejo ideal, sino la instauración de un res la contención se puede convertir en un mandato e incluso el aumento
ideal nuevo que se le parece en su manifestación. ¿Qué expectativas tiene del rendimiento no seguirá siendo un valor incuestionable, por no hablar de
este grito de abrirse paso antes de que la escasez que se avecina nos fuerce las dimensiones de su empleo. Que el freno del consumo lleva consigo el
a algo mucho peor? freno de la producción, que se adapta a la demanda, es algo evidente. Pero
Está el camino del consenso voluntario y el de la coacción legal. El pri­ nuestra pregunta y nuestra sospecha van más allá de tales obviedades. Po­
mero, preferible con mucho, pero que ya no puede contar con el poder de ner límites y saber mantenerlos incluso en aquello de lo que con razón es­
la religión, sólo será transitable si la deseada conducta de renuncia es ele­ tamos más orgullosos puede ser un valor completamente nuevo en el mun­
vada a norma social por el poder de la costumbre, a la que el individuo se do del mañana. Quizá tengamos que avanzar del comedimiento en el uso
atenga en su conjunto incluso sin examinar su sentido y de modo habitual, del poder, que siempre fue aconsejable, al comedimiento en la adquisición del
por el hecho mismo de que tendría que avergonzarse ante sus congéneres si poder. Porque en todas partes se alcanzan puntos en los que la posesión del po­
la infringiera. Volvemos a topar con la costumbre Vcon el más fuerte de sus der lleva consigo la tentación casi irresistible de emplearlo, pero las conse­
bastiones, la vergüenza... y de hecho el moderno vértigo del consumo tiene cuencias de su uso pueden ser peligrosas, miñosas, cuando menos comple­
en sí algo de desvergonzado. Confieso que no soy optimista respecto a se­ tamente imprevisibles. Por eso, sería mejor no poseer siquiera el poder
mejante reforma de las costumbres, que en cierto modo desde abajo con­ aludido. Poder decir: sí, aquí podríamos seguir avanzando, alcanzar aún
vierta una austeridad digna en un valor social involuntariamente activo an­ más, pero renunciamos a ello, lo que muy bien puede ser una virtud crítica
tes de que sea demasiado tarde para ello y sólo quede la indigna alternativa en el crítico juego de azar del futuro. Tal renuncia es dolorosa para el espí­
del despilfarrador empobrecido. El otro camino para prevenir esto sería la ritu creador, y el elogio de la virtud no le consuela. Antes puede consolarse
imposición temporal de austeridad desde arriba, mediante la ley pública y con que las heridas abiertas por la técnica pueden ser curadas por una téc­
sus sanciones. Tampoco eso tiene buenas expectativas en el procedimiento nica aún mejor, y por tanto el esfuerzo para seguir superándose, para al­
de votación democrática, que está ampliamente dominado por intereses y canzar nuevas máximas prestaciones en la adquisición de capacidades, no
circunstancias actuales y difícilmente se puede profetizar mientras no haya puede detenerse nunca, precisamente por los dobles efectos de la técnica.
una carencia que esté ahí. Así que la necesaria legislación tendría que pro­ En pocas palabras: el progreso técnico es necesario ya para la corrección de
ducirse de forma autoritaria, como parte de un orden político modificado, sus propios efectos. Esto es cierto, pero no suspende el consejo de la con­
lo que habría que lamentar en nombre de la libertad. De todas formas ésta tención; sólo lo diferencia. Porque no todas las heridas son curables, al­
no funciona bien cuando a los poderes públicos les incumbe la prescripción gunas son básicamente incurables, e incluso más allá de ellas, entre los
e inspección del comportamiento privado; y es preferible no pensar en el efectos nocivos amenazadores de la gran técnica hay aquellos que siguen
sistema de espionaje y delación, favorecimiento y rodeo, mentalidad de avanzando por sí mismos y que ninguna técnica puede va detener, y no di­
mercado negro, etc., que tan fácilmente se crearía. De esta dificultad de la gamos curar. No es admisible contar con futuros milagros de la técnica
libertad en el mundo del mañana, y de que —como por otra parte siempre, para permitirse empezar por ser audaces; y tampoco se puede construir e-
52 T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA V A L O RES DE AYER Y V ALORES PARA MAÑANA 53

masiado sobre la capacidad del ser humano para frenar a tiempo el ejerci­ ma. Para eso tendrá que poder apoyarse en algo más que el interés bien en­
cio del poder aprendido un día. Por lo demás, se entiende que la eventual tendido de los Estados, que en todo caso podría bastar para el mero mante­
política de renuncia aquí aludida es selectiva ya en la invención. Comienza nimiento de la paz, es decir, la evitación de la guerra entre ellos. El riesgo
por los objetivos que no son necesarios. Los irrenunciables siguen siendo para el futuro, lo hemos visto, tiene un amplio suelo, parte de la conducta
bastantes como para seguir ocupando creativamente al ingenio técnico tan­ cotidiana misma dentro de los Estados del mundo tecnificado, que puede
to en el perfeccionamiento como en la corrección y eliminación. muy bien avanzar sin freno hacia una paz mundial que quizá contenga el
Pero confesemos que la modestia —a diferencia de aquello a lo que hay temor inmediato por el propio presente. Esta cotidianeidad impulsada por
que renunciar— no es un valor que entusiasme, y su arte es difícil de apren­ la fuerza de la costumbre, que por sí y por ahora no está sometida a ningún
der. Incluso ejercerla en una sociedad fragmentada es casi imposible para dictado del terror, sólo puede, más allá de todo presente en apariencia ino­
las autoridades responsables, que se ven obligadas a temer que el otro haga cente, salir al paso del íntimamente reconocido y sentido deseo de un futu­
lo que uno deja de hacer. Por eso la superación de esa fragmentación, la ro humano global sobre la tierra, y aquellos que lo han reconocido y han
creación de una humanidad de algún modo unida —que al fin y al cabo es reconocido el riesgo que corre tienen que convertirse en sus portavoces in­
el único sujeto de actuación adecuado para lo que le atañe como conjun­ cansables... tan incansables como esa misma cotidianeidad amenazadora.
to— , es uno de los objetivos más apremiantes para el mundo del mañana. Por qué el género humano nos plantea esta pretensión suprema, por en­
Porque todas las renuncias de que hablamos son exigibles en aras de la cima de todos los particularismos, es una pregunta sin duda justificada, a
humanidad, arrastrada como un todo — nolens o volens— al desafío tecno­ la que hay que dar respuesta. Quisiera que aún se pudiera volver para ello
lógico y sus riesgos. «¡La humanidad entera!» Bien, éste es un objeto exce­ a la doctrina bíblica de que el hombre —no éste o aquel, sino «el» hombre
sivo, casi inaprehensible en su falta de rostro, que por eso no insufla fácil­ como tal, del que deriva todo lo demás— ha sido creado «a imagen de
mente entusiasmo. Entregarse a algo mayor y más amplio y sacrificarse por Dios». Hay que trabajar en ver con qué sustituir esta respuesta ligada a la
ello no es algo extraño al ser humano. Un buen ejemplo del pasado es el del fe. Desde el punto de vista puramente biológico, no hay la menor razón por
patriotismo. Comparativamente, sentirlo es fácil, porque la propia nación, la que una parte de la especie Homo sapiens no pueda matar o hacer matar
por numerosa y extensa que sea, es concreta en su representación, los lazos a otras partes, siempre que esa parte se mantenga. Biológicamente, incluso
con ella son de múltiple intimidad, lingüística, cultural, histórica, estatal, y no habría nada que objetar a la extinción de la especie... no sería la prime­
el enemigo que despierta en cada momento el sentimiento nacional es ex­ ra, ni sin duda la última en la historia de la vida. Sentimos que en el caso
terior y hace de pronto nítida y clara la por lo demás difusa «propiedad» de del hombre las cosas son de otra manera: sobre todo, que él y lo que ha he­
la propia nación. En cambio es difícil sentir preocupación por la humani­ cho no pueden desaparecer. Este sentimiento tendrá que demostrar que es
dad, porque es abstracta, en su mayoría ajena en más de un sentido, y el cierto para no sucumbir con demasiada facilidad a las acusaciones de la su­
enemigo que la amenaza es interior, concretamente las propias costumbres puesta irrcvocabilidad del destino. Igual que, con Schopenhauer, del «infa­
y aspiraciones, entre ellas la mía. Lo difícil que lo tiene el conjunto frente a me optimismo», tenemos que cuidamos también del infame pesimismo y
las particularidades, mucho más vivas, lo muestra la experiencia hasta el fatalismo, que disculpan dejar las manos en el regazo. Tenemos que saber
momento de las Naciones Unidas. que el ser humano debe ser. Elevar ese sentimiento ya encontrado a conoci­
Si por tanto, como afirmamos, la responsabilidad frente al conjunto es miento sólo será posible mediante un renovado saber de la esencia del
el valor principal para el mundo del mañana, el valor complementario a él hombre y de su posición en el universo, que nos diga lo que se puede admi­
es un vivo sentido de su objeto, precisamente «el conjunto», la humanidad tir en el futuro estado del hombre y lo que hay que evitar a toda costa. Cre­
como tal. Así pues, despertar, mantener, incluso fundamentar un senti­ ar bases para un saber así por encima de lo insondable y dar así a la exi­
miento de «la humanidad» es una importantísima tarca educativa e intelec­ gencia de solidaridad humana, y especialmente a la obligación para con el
tual para el mundo del mañana. Sin fundamento en la razón, este senti­ futuro lejano, una autoridad que ninguna consideración pragmático-utili­
miento por lo demás lejano y un tanto artificial no puede afirmarse frente taria puede darle por sí sola... ésa sería una tarea para la metafísica, caída
a los estímulos, más espontáneos, de solidaridades y egoísmos cercanos. en el descrédito filosófico, a la que también habría que contar entre los va­
Para decirlo directamente, hay que dudar de que el individuo pueda salir lores para el mundo del mañana.
adelante sin las solidaridades y «sentimientos de conjunto» más próximos, Tras este vuelo hacia regiones trascendentes, en el que seguro que algún
es decir, sin la nación. La causa supranacional de la humanidad sería prác­ lector no se ha sentido del todo cómodo, volvemos, para terminar, a la pro­
ticamente insostenible si tuviera como condición la negación de lo más blemática pegada al suelo de la libertad en el mundo del mañana. Entre las
próximo, y el intento de forzarla solamente podría llevar al desastre... uno renuncias que nos impondrá está inevitablemente la renuncia a la libertad
de los cuales sería comprometer precisamente la idea de la propia caúsa de que se hará necesaria en proporción al crecimiento de nuestro poder y sus
la humanidad. Su voz tiene que ser oída pues respetando la de los particu­ riesgos de autodestrucción. Los controles que tal poder requiere, en manos
lares, para obtener de ellos su consentimiento a ella como la causa supre­ tan poco fiables como las nuestras, no pueden por menos que poner estric­
54 T ÉC N ICA , M E D I C I N A Y ÉTICA

tos límites a la arbitrariedad también en lo individual; y junto con los liber­


tinajes ya no tolerables de un capitalismo desenfrenado v sus excesos de
consumo, también algunas libertades que nos son queridas, personales y
comunales, podrían caer víctimas de la agudizada condition humaine. Al­ C apítu lo 4
guno sentirá la tentación de decir que la libertad tuvo su momento. Sin
duda se convertirá en una cuestión importante cuanto de su lujo podemos
seguir permitiéndonos, v con el aumento de la crisis aparecerá el fantasma CIENCIA SIN VALORES Y RESPONSABILIDAD:
de la tiranía. Tendremos que aceptarlo como escapatoria salvadora, porque ¿AUTOCENSURA DE LA INVESTIGACIÓN?
siempre será mejor que la extinción. Pero pensemos que para la disciplina
impuesta existe la alternativa de la autodisciplina. Ha sido desde siempre el
precio de la libertad, que sólo ha podido prosperar sobre el telón de fondo La pregunta es: ¿tiene responsabilidad el investigador sobre sus investi­
de una costumbre tuerte y vinculante, mediante la renuncia a la licencia, gaciones? ¿Puede hacerse culpable de ellas? ¿Puede evitar esa culpa? Des­
mediante la autolimitación voluntaria.1Está en nosotros evitar la necesidad de hace algún tiempo, tales cuestiones han empezado a asediar la concien­
de la tiranía, tomando nuestras riendas y volviendo a ser estrictos con no­ cia, antaño tan buena, de los científicos de la naturaleza. ¿Qué podría
sotros mismos. Un sacrificio voluntario de la libertad ahora puede salvar lo satisfacer más a una buena conciencia que la búsqueda de la verdad? ¿Y
principal de ella para después. Como todos somos cómplices del sistema, qué objeto más legítimo de búsqueda de la verdad que la naturaleza? Pero
en tanto consumimos los frutos de su rapiña, todos —cada uno de noso­ Robert Oppenheimer dijo después de Hiroshima: el científico natural ha
tros— podemos hacer algo para cambiar el rumbo de su amenaza, modifi­ trabado conocimiento con el pecado. Se refería a la física nuclear y a su co­
cando en esto y aquello nuestra forma de vida... colaborando por ejemplo laboración en la bomba atómica. Desde entonces la alteración de la paz de
en la rehabilitación de la autodisciplina en sí. En última instancia, la causa la conciencia se ha extendido también a otras ramas de la investigación en
de la humanidad se impulsará desde abajo y no desde arriba. Las grandes ciencias naturales. Por lo menos la cuestión de una responsabilidad ligada
decisiones visibles, para bien o para mal, se tomarán (o se dejarán de tomar) a la propia acción ha penetrado en los protegidos campos de la investiga­
a nivel político. Pero todos podemos preparar invisiblemente el suelo para ción natural y le es planteada también desde fuera, desde una opinión pú­
ellas empezando por nosotros mismos. El principio, como en todo lo bueno blica amplia e inquieta. El filósofo también puede participar en las refle­
y correcto, es aquí y ahora. xiones al respecto. Sin duda no está mejor cualificado que cualquier otro
para responder a la cuestión más ardiente en la práctica: cómo una res­
ponsabilidad abstracta puede concretarse en una especie de «política cien­
tífica»; pero con su arsenal puede acometer cuestiones previas y básicas
como la de cuál es en última instancia la relación entre la ciencia y la esfe­
ra de los valores... si están separadas o se penetran mutuamente en el co­
nocimiento de las cosas. Una aclaración así del entorno podría no carecer
del todo de utilidad para el trato con la cuestión que nos apremia. Las si­
guientes consideraciones sólo quieren tener esa humilde posición auxiliar.
Empezaremos por decir algo para aclarar los conceptos: «responsabili­
dad» no es lo mismo que «obligación», sino un caso especial de ella. La
obligación puede subyacer a una conducta misma, la responsabilidad va
más allá de ella, tiene una referencia externa. Por ejemplo en la investiga­
ción se da la obligación interna de ser «estricto»: llevarla a cabo concien­
zudamente conforme a las vigentes reglas de hallazgo de la verdad y fuerza
probatoria, no permitirse cortocircuitos en el procedimiento, no favorecer
en la evaluación el resultado que se desea, etc. Esto queda, por así decirlo,
«en la familia», forma parte del ethos propio de la ciencia, y su fiel obser­
vancia no significa en realidad otra cosa que el ser un buen científico y no
I. Véase la sabia frase de Edmund Burke: «Una sociedad no puede existir si no se sitúa en uno malo.
algún lugar un poder que controle la voluntad y los apetitos, y cuanto menos de él haya dentro Pero precisamente el buen científico en este sentido, es decir, el que tie­
más tiene que haber fuera. Está establecido en la constitución eterna de las cosas que los hom ­ ne éxito y por tanto influencia, puede encontrarse sometido a responsabili­
bres de mente intemperada no pueden ser libres. Sus pasiones forjan sus grilletes». dades que van más allá de su trabajo interno de hallar la verdad y afectan a
T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA C IE N C IA S IN V A L O RES Y R E S P O N S A B IL ID A D 57
56

su repercusión en el mundo. Tales repercusiones están ya incluidas en su sámente esas consecuencias las que estipulan una responsabilidad. Pero ya
mayoría en la investigación científica, en forma de utilización práctica final no es tampoco el investigador individual el que persigue nuevas verdades
de sus resultados. Se averigua cómo lo «hace» la naturaleza y entonces se aislado en su cuarto de estudio o en su laboratorio, sino que el individuo es
puede hacer algo con ella. Esto es sin duda así, por ejemplo, en la química, parte de un colectivo investigador, en su propia especialidad y en el contex­
que incluye en su ejecución un «hacer», a diferencia por ejemplo de la cos­ to de las especialidades, y quizá se pudiera confiar a ese colectivo la capa­
mología y la astrofísica, que no hacen nada a su objeto, no quieren nada de cidad, por ejemplo mediante organismos electos, de hallar la proporción de
él, le dejan estar tal cual es, y se dan por satisfechas con el examen teórico bendición y maldición en las secuelas previsibles de determinados proyec­
del universo en su pasado, su presente y su —en absoluto influible— futuro. tos de investigación, y tomar después decisiones sobre su admisión o prohi­
En todo caso, la astrofísica no sería posible sin la química física, que proce­ bición. Pero como las consecuencias imaginables están en el ámbito extra-
de de forma muy actuante, y así incluso aquí el interés puramente contem­ científico y conciernen al resto de la sociedad, a veces incluso a la humanidad
plativo se sirve del trato activo con la materia. Hoy en día, casi por doquier y a su futuro, y por tanto su valoración supera la competencia específica del
en las ciencias naturales el interés teórico y el práctico se mezclan indisolu­ científico, esos organismos tendrían que contar también con profanos de
blemente (piénsese en la física nuclear o en la biología nuclear); sobre todo todos los ámbitos de la vida. Si se piensa en un corte representativo de la
en la vida cotidiana de la investigación —se podría decir de la industria de la sociedad, habrá que pensar también lo fácil, quizá lo inevitablemente que
investigación, que tan a menudo es investigación industrial— la búsqueda un organismo semejante degenera en campo de batalla de los intereses in­
de finalidades prácticas domina de antemano, en tanto que plantea las tareas dividuales en litigio, es decir, que la tan necesaria amplitud de miras, inte­
al científico. De este modo, aquel que las resuelve se convierte en apéndice gral y desinteresada, se frustraría. Así que tendría que tratarse de un verda­
de quienes utilizan su solución. ¿Se hace así corresponsable de la forma de dero «consejo de sabios», como los filósofos gobernantes del «Estado» de
esa utilización, que ya no está en sus manos? ¿Debe la previsibilidad de cier­ Platón... una concepción utópica en sí misma, e irreal incluso si, contra
tos usos y sus consecuencias ser un motivo para él para no aceptar ciertas toda probabilidad, se diera en algún sitio una cosa así. Porque dado que los
tareas, es decir, omitir ciertas investigaciones? ¿O debe mantener en secreto problemas son múltiples y globales, el Estado correspondiente tendría que
sus resultados? Esto sería casi sin duda inútil, porque el individuo no puede ser un Estado mundial: de otro modo, hasta los esclarecidos sabios en su
fiar en todos los demás que trabajan en el mismo problema en el resto del tierra de nadie, en la que disfrutan de autoridad, se encontrarían bajo la
mundo. Pero además, a este ejercicio negativo de la responsabilidad que el presión de lo que se hace en otra parte. ¿Quién quiere quedarse atrás y
investigador se asigna se contrapone la obligación positiva de la misma res­ quién, si lo quisiera, podría imponerlo a sus mandantes? Los que lo acon­
ponsabilidad: servir con la investigación a fines benéficos, promotores de la sejaran pronto serían depuestos. Pienso en cuestiones económico-indus­
vida, quizá peligrosamente necesarios. Y entonces se plantea la bien conoci­ triales, ecológicas y militares.
da e ineludible situación de que un mismo resultado científico, un mismo Hasta aquí, y de forma muy incompleta, hemos presentado la dificultad
conocimiento obtenido de él, es aplicable tanto para la utilidad como para el práctica del tema «investigación y responsabilidad», que bien podría de­
daño, tanto para el bien como para el mal... que todo poder es poder para sanimar. Carezco de respuestas; habría que buscarlas esencialmente en el
ambas cosas y a menudo provoca ambas sin la voluntad de quien lo ejerce, campo político, que no es asunto mío y además, como hemos dicho, lleva
incluso en el mismo uso. Dado ese doble rostro del poder y el excesivo ta­ fácilmente a lo utópico. Pero como no podemos permitimos un aplaza­
maño que suele adoptar en la técnica moderna... ¿habría que renunciar a él miento a lo utópico porque las cosas están ya quemándonos los dedos, ha­
y a acrecentarlo, es decir, a la obtención de nuevo poder? Pero no podemos brá que empezar por algún sitio y plantear la cuestión de una autocensura
hacer eso, porque lo necesitamos para promover los asuntos humanos. Ne­ de la ciencia bajo el signo de la responsabilidad.
cesitamos incluso su continuo progreso para superar en cada momento las Para ello sería precisa una toma de conciencia de todo el aparato insti­
consecuencias negativas de sí mismo, es decir, de su uso hasta la fecha. Es­ tucional, que de hecho ha empezado con las mencionadas cuestiones de
tamos pues sometidos a cierta presión, aunque no sea una presión absoluta, conciencia entre los investigadores. Podría venirle bien una aclaración crí­
que excluya toda libertad de elección. En todo caso, es demasiado tarde para tica de la autocomprensión de las ciencias.
plantear la pregunta que ya Prometeo hubiera podido plantear: si el poder Para dar un par de pasos en ese terreno, extraigo de la autocomprensión
de la técnica no es demasiado grande para el hombre, para la medida de su tradicional, casi oficial, de la ciencia dos convicciones que quizá estén ne­
fiabilidad y sabiduría, demasiado grande quizá también para las dimensio­ cesitadas de una revisión. Una es la de la carencia de valores de la ciencia,
nes de nuestro planeta y su vulnerable biosfera. Ningún maestro puede de­ excepción hecha naturalmente del valor de la verdad en sí y de la búsqueda
volver al armario la escoba del aprendiz de brujo. Pero el temor previsor po­ de ella; la otra, la del derecho a la libertad incondicionada de esta búsque­
dría hacer algo para refrenarlo. da, es decir, de la investigación. Ambas tienen un carácter casi de profesión
Sin duda, el investigador concreto se siente agobiado por la posible su­ de fe; dependen de algún modo la una de la otra y su discusión no es irrele­
bestimación de las consecuencias de su acción. Y sin embargo, son preci- vante para el concepto de una ciencia responsable. Primero, pues, algo so­
58 T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA C I E N C IA SIN V A L O RES Y R E S P O N S A B IL ID A D 59

bre la llamada «libertad de la ciencia respecto a los valores». A la «libertad resultante de su régimen. Como carente de finalidad, este régimen —y lo
de investigación» le dedicaremos después un análisis aparte. que produce— también carece de sentido. El «sentido» se lo damos noso­
La tesis de la carencia de valores de la ciencia puede ser entendida en tros. Sólo para nosotros existe el estímulo del futuro; para la naturaleza no
un doble sentido, y habitualmente ambos sentidos confluyen en el uso de la existe más que el impulso del pasado. Pero si la naturaleza no tiene fines,
expresión. Pero son diferentes y han de ser evaluados de forma distinta. De tampoco puede errarlos, es decir, en ella no existe! la distinción entre cum­
ahí que no carezca de importancia el distinguirlos. plimiento y fracaso, mejor y peor, de valor superior e inferior: por tanto,
El primer sentido es una obligación dirigida al científico, un imperati­ tampoco la de objetos más o menos dignos.
vo: mantén tus propios valores o inclinaciones personales al margen de la De aquí se desprenden dos importantes consecuencias. La primera es
investigación del objeto, no lo veas como querrías que fuera, sino como es; que no se puede pecar contra una naturaleza de tal modo indiferente en sí
sé un observador imparcial y neutral... en una palabra: sé objetivo. misma, se le puede hacer todo, hacer todo con ella, sin hacerse culpable
El otro sentido es una afirmación sobre el objeto de conocimiento mis­ ante ella: una bienvenida carta blanca para el poder tecnológico, que no ne­
mo: por sí, en su propio sentido, es neutral frente a los valores, está «libre cesita respetar ninguna formación natural ni ningún estado natural como
de valores» o es indiferente a ellos, y como tal tiene que verlo la ciencia. sancionado por la naturaleza. La segunda conclusión es el abismo insalva­
Más allá de la admonición a eliminar la subjetividad valorativa en aras de ble que se abre entre ser y deber. De la naturaleza, el mero «lo que es», el
la objetividad, se produce aquí un juicio sobre la naturaleza de la cosa mis­ hombre no puede tomar normas de comportamiento, excepto reglas de as­
ma, incluso un juicio general sobre la naturaleza de las cosas. tucia que no comprometen realmente. No puede anclar sus valores en un
La una es una postura metodológica, que debe permitir que la verdad ser objetivo, sino que tiene que producirlos a partir de su subjetividad y fi­
del objeto sea la única en tomar la palabra; la otra es ya una tesis ontologi­ jarlos de manera arbitraria. No se alza sobre base alguna, sino que tiene
ca precisamente sobre aquella verdad del objeto: la de que no conoce algo que tirar de su propia trenza hacia la esfera ficticia de los valores. ¿Y de
así como diferencias entre los valores. Esta tesis ontològica a su vez inclu­ dónde salen éstos? ¿Cómo llega el hombre a sus fines? Bueno, de forma no
ye una epistemológica-conceptual sobre el estatus del valor, a saber, que tie­ distinta de la de los animales, a partir de sus instintos y motores, igual que
ne su sede exclusivamente en los sujetos humanos valoradores, se proyecta la selección natural, a su vez un proceso natural neutral y carente de valo­
desde ellos sobre las cosas y no puede tener en ningún sentido su asiento en res, que sólo pregunta por su efecto externo y no por su valor interior, que
las cosas en sí: sólo nos pertenece de forma subjetiva, no al ser objetivo de las lo ha erradicado: por instinto de supervivencia y miedo a la muerte, por ins­
cosas. En este doble sentido, pues, se supone que la ciencia está libre de va­ tinto sexual y reproductorio, ansia de placer, ansia de poder, gusto por los
lores: metodológica y ontològicamente, abarcando «ontològico», aparte del adornos, por impulso social y todos los demás que pueda haber, y entre
ser de las cosas, también el ser del valor, es decir, conteniendo tanto una ellos también: por ansia de saber. Pero todos ellos sólo están sancionados
teoría natural como, en contraposición a ella, una teoría axiológica. por el éxito evolucionario de la supervivencia. También ellos son un pro­
Empecemos por la indiferencia a los valores de la naturaleza. Dice que ducto del «azar y la necesidad»: también ellos son sólo un «es», y no un
para ella no existe la diferencia entre «bueno» y «malo», sino sólo hechos «debe» en sí, aunque puedan estar guarnecidos por nosotros, con fines de
regidos por una necesidad causal. El proceso de esta necesidad no tiene mayor fuerza psicológica, con ese carácter de un deber... a su vez un pecu­
meta más allá de cada resultado de su desarrollo, que lleva al siguiente liar truco de la mecánica de la selección. Así que también el hombre, como
conforme a las mismas leyes constantes, etcétera. Ninguno de ellos está producto de la naturaleza, está inserto en la reducción científica a la cate­
señalado como algo en lo que se completa un devenir, que llega a un ser de goría de objeto neutral en materia de valores. Tanto más despreocupada­
validez propia: todos son solamente puntos de cruce de un caminar en sí mente puede tratar consigo mismo.
mismo ciego y continuo. La única dirección inmanente al proceso es la en­ Pero, ¿no surge la sospecha —para pasar ahora del intorme a la críti­
tropía, con cuya maximización todo desemboca en la indiferencia diná­ ca— de que la imagen reduccionista de una naturaleza sin finalidades, que
mica, en lo contrario de todo algo determinado, en la nada del equilibrio la ciencia se ha preparado con tan bien ponderados fines de conocimiento,
general. está hecha a la medida de un determinado modelo de conocimiento, pero
Este cuadro tuvo como resultado que en los comienzos de la moderna no es toda la verdad sobre la naturaleza, sino tan sólo una visión artificial­
ciencia natural, en el siglo xvii, se separara el concepto de causas finales de mente pergeñada? La sospecha no es infundada, porque esa naturaleza ca­
la contemplación de la naturaleza. La teleología sufrió un anatema formal rente de intereses hace brotar de sí el fenómeno del interés en seres vivos
que reza: ninguna cosa anterior se hace en aras de una posterior, en la que con sentimientos y aspiraciones, las finalidades a partir de su falta de fina­
alcanza sus fines, sino que lo posterior sigue tan sólo a la necesidad indi­ lidad, todo el lujo de la subjetividad, en el que se manifiestan interés y fi­
ferente causada por el azar desde las condiciones previas existentes. Lo de­ nalidad, aunque desde puntos de vista puramente físicos la naturaleza ex­
terminativo sólo es el de dónde, el vis a tergo, no un adonde. Las leyes na­ terna del cuerpo hubiera salido muy bien adelante sin su dimensión
turales, como leves formales de desarrollo, no tienen relación con el contenido interior: porque hasta los organismos más complicados, hasta los supre-
60 T ÉC N ICA , M E D I C I N A Y ÉTICA C I E N C IA S IN VALORES Y R E S P O N S A B IL ID A D 61

mámente cerebrales, podrían ser autómatas cibernéticos carentes de suje­ prendería que el hombre no puede tratar con descuido ni con el mundo de
to. A ellos no les importa nada en su funcionamiento, simplemente funcio­ la vida extrahumana ni consigo mismo: que aparte de la libertad de uso
nan. Pero al ser humano, y también a los animales, en su ser siempre les también está la obligación de conservai'... incluso con independencia de la
importa algo, y ante todo el ser mismo (por utilizar términos de Heidegger). consideración sobrio-utilitaria de que con un entorno depauperado el hom­
Este excedente, físicamente prescindible, ha surgido de la naturaleza: así bre está serrando la rama en la que se sienta.
que no puede serle del todo ajeno, tiene que estar predispuesta para ello. Pero en lo que concierne a la libertad axiológica metodológicamente im­
Una naturaleza que finalmente, tras interminable preparación, era capaz, de puesta de la ciencia, como simple obligación de ser objetiva, es decir, de de­
subjetividad no puede ser la mera naturaleza de la física. ¿No es más fácil jar hablar sólo al objeto y no a las preferencias subjetivas a la hora de esta­
sospechar que en ella misma actuaba un interés, que el interés se presenta­ blecer su conocimiento, este imperativo se mantiene en vigor, incluso
ba en el mundo, se hacía valer, tomaba conciencia de sí mismo? ¿No es la después de la revisión de la supuesta libertad ontològica, y está asegurado
existencia del propio físico, y lo que experimenta en sí mismo, una contri­ como tal por el propio procedimiento reductivo. Pero la «objetividad am­
bución a la imagen de la naturaleza? Estamos ante la paradoja de que las pliada» de la que hablábamos puede volver a abrirse a la aspiración axioló­
ciencias naturales no se pueden situar a sí mismas en su imagen del mun­ gica de las cosas y hacerle más justicia de lo que el método analítico-reduc-
do, no pueden explicar su propio hecho a partir de ella. Pero, al mismo tivo podía por sí solo. En todo caso, el riesgo de arbitrariedad subjetiva está
tiempo, la teoría de la evolución ha cerrado la escapatoria hacia un dualis­ presente en cuanto se abandona el terreno seguro de la cantidad mensura­
mo cartesiano (o de otro tipo), según el cual el espíritu humano sería único ble y se tiene en cuenta la calidad «dada» de una forma completamente dis­
frente a toda la naturaleza. Conforme al mero principio de la continuidad, tinta, que sólo se desprende de la visión personal. Pero este riesgo inevita­
que estatuye la idea de su procedencia, el ser humano tiene que imputar su ble no anula la idea de que hay algo que evaluar y que es posible esforzarse
propio ser, junto con la interioridad que en él se encuentra, a la naturaleza, por hacer una valoración correcta, objetiva. Nadie podrá osar salir impu­
de cuya historia surgió gradualmente y cuya potencialidad al respecto no nemente de la protección de la ascesis en relación a los juicios de valor;
puede haber sido enteramente pasiva. Este conocimiento de una más pro­ pero son las cosas, y no la autoindulgencia del sujeto, las que promueven el
funda causalidad no modificará sin duda la metodología que lleva por de­ desafío. No quiero decir más aquí sobre este tema, altamente controvertido
lante el investigador natural: es la herramienta para su fin definido. Pero desde el punto de vista filosófico.
todo lo que se sabe tiene que respaldar el método con la conciencia de lo Sin embargo, sí puedo señalar un hecho psicológico completamente al
parcial, abstraído del conjunto, y completar a su través su producto previa­ margen de la controversia ontológico-epistemológica, que merece mención
mente filtrado. Por consiguiente, aunque en toda explicación causal indivi­ porque en él se expresa, de forma involuntariamente valorativa, la subjeti­
dual el esquema natural reduccionista conserva su razón, tras ella hay que vidad del científico natural, y más allá de todos los puntos de vista da testi­
intuir para el conjunto una secreta orientación que apuntaba a algo, una monio del objeto de conocimiento, aunque conforme a uno de esos puntos
pretensión en la que importaba algo. Pero si el ser humano está facultado de vista éste deba ser mudo en sí mismo. Es el hecho de que hasta la más
para ver, en su ansia de conocimiento y en su esfuerzo por alcanzar la mo­ neutral, sobria y escueta explicación causal de las cosas se puede unir muy
ralidad, una culminación de esta tendencia immanente a la naturaleza —y bien, como demuestra la experiencia, con la admiración por la finura, la su­
ello no por vanidad, sino conforme a criterios de los propios niveles reco­ tileza, la riqueza y la belleza de formas de la naturaleza, con el asombro
nocidos de la vida, que encuentra en la naturaleza como estaciones de una ante la insospechada complejidad de su organización morfológica y fun­
evolución—, con ello se ve sometido a una obligación de ser, como manda­ cional, que se manifiesta precisamente a la penetración analítica en el caso
tario por así decirlo de una voluntad de la naturaleza. Antaño fue de hecho concreto, aparentemente sencillo. Se puede decir que válidamente esto sólo
un grito liberador: ¡El emperador está desnudo! La desnudez abrió el ca­ dice algo del hombre, y no de la naturaleza... como decía Kant: que es un
mino hacia la resuelta anatomía. Hoy es tiempo de que el analista de la me­ uso del juicio que no vincula a la razón en la teoría del objeto. Pero incluso
cánica devuelva su propio misterio al estado de las cosas; y la luz que de­ de forma no dogmática puede influir en la actitud hacia él, de manera que
vuelve su percepción de sí misma a la naturaleza, su creadora, devolverá a desde este lado cuasiestético (sin duda subjetivo) —al margen del lado es­
la que antaño fue desnudada por ella sus ropas de honor, para que pueda peculativo de que hablamos antes, en el que el investigador entrará a dis­
infundir respeto... y el respeto es lo que puede servir de apoyo a la respon­ gusto—, puede surgir el respeto ante el conjunto cuyo funcionamiento se
sabilidad en el uso del poder sobre la naturaleza debido al conocimiento. observa. Y con él el respeto por el valor propio de lo reconocido. En este
Hasta aquí, pues, el dogma de la naturaleza neutral en sus valores y el sentido, ni la más estricta y analítica cientificidad tiene por qué estar «libre
abismo que de ello se deriva entre ser y deber, un dogma al que se puede de valores».
contraponer una relación de obligación para con una naturaleza plena­ En todo lo que llevamos dicho, siempre hemos tenido en el punto de
mente apreciada. Ésta incluiría la obligación de la integridad del ser hu­ mira a las ciencias naturales, que —por lo menos desde la aparición del po­
mano en el f uturo, es decir, la responsabilidad por el mismo. De ella se des­ sitivismo lógico— se han convertido en modelo ideal de toda cientificidad.
62 T ÉC N ICA , M E D I C I N A Y ÉTICA C I E N C IA SIN! V ALORES Y R E S P O N S A B IL ID A D 63

Queremos rozar aún de manera fugaz la cuestión de la «libertad de valores» allí se plantea la cuestión de la libertad de investigación, a la que ahora nos
en las ciencias humanas. Al respecto recordaremos que desde las ciencias vamos a dedicar.
sociales, por boca de Max Weber, se reclamaba expresamente esa libertad, Este tema no deja de estar vinculado al anterior, en tanto que la indife­
que en las ciencias naturales por así decirlo se entiende por sí misma, pero que rencia ante los valores por paite del objeto permite plena libertad en el tra­
aquí había que recalcar. Porque mientras en la naturaleza se puede negar to con él y no pone la barrera del respeto a la injerencia analítico-manipu-
que haya por sí mismo un lugar para los valores, o en todo caso se puede ver lativa. Tal respeto sería en primer lugar cosa de sentimientos personales,
como si no lo hubiera, esto no es posible ni siquiera como ficción para el sobre lo que se pueden adoptar distintas posiciones. Tampoco se puede im­
objeto de las ciencias humanas. Porque los valores de todo tipo son preci­ poner por decreto. La libertad de investigación sólo se convierte en proble­
samente el elemento vital de ese objeto, y provocan la toma de partido del ma ético en la relación entre el bien interhumano y el público, con el que
investigador que les sale al encuentro en su terreno. Pero éste debe abste­ puede entrar en conflicto, y ello tanto por los procedimientos de la investi­
nerse de tomar partido, y describir como fenómenos, sin hacer valoración gación moderna como por sus posteriores resultados. Intentaremos decir
alguna, las determinaciones, creaciones, conflictos, transformaciones, etc., también algo al respecto.
de los valores, y explicarlos como consecuencia de unas condiciones. Así
pues, se mantiene la tesis ontológica de un objeto ajeno a los valores: con
tanta más contención debe realizarse, en nombre de la objetividad, la liber­
tad metodológica de valores, la represión de los valores propios.
Pero, ¿hasta qué punto es posible el trato no valorativo con los valores,
incluso con los actos axiológicos, hasta qué punto es deseable, o incluso real­
mente adecuado al objeto? Se entiende que haya que hacerle justicia, in­
cluso en contra de las propias simpatías y prejuicios. Pero precisamente la
justicia puede exigir algo más que neutralidad. ¿No debe dejarse afectar el
investigador —tanto positiva como negativamente— por el contenido en
valores de su objeto y transmitirlo en sus hallazgos? Al respecto, no pase­
mos por alto que también en el mandato metodológico se esconde una tesis
ontológica, en tanto que se trata de explicar. No en vano Max Weber incluía
en su argumentación la «desmitifícación del mundo» provocada por las
ciencias naturales. Conforme a su modelo, también la explicación históri-
co-causal (¡sin duda no en el propio Max Weber!) toma con gusto el camino
reduccionista; la esfera de los valores aparece, colectiva e individualmente,
como función de condiciones elementales, como su superestructura, subli­
mación y cosa por el estilo, y se allana con ello a la condición de mero he­
cho causalmente explicado, sin pretensiones de validez. Aquí es especial­
mente válida la imagen del emperador que estaba desnudo.
Pero, en realidad, nadie ejerce así la historiografía, las ciencias socia­
les, las ciencias políticas. Nadie traza sin echar mano de valores la distin­
ción entre gran creación y literatura trivial, nadie pone al mismo nivel La
Divina Comedia y a Rinaldo Rinaldini. ¿Y quién puede imaginar un aná­
lisis no valorativo del fenómeno nazi? La verdad histórica científica no
debería querer quitarnos ni los modelos a seguir ni .los modelos a recha­
zar, lo que habla a nuestro propio sentido de los valores. Incluso la nive­
lación es ya un acto moral, y no hace justicia ni al objeto ni al sujeto cog­
noscitivo. Es también, en última instancia, ficticia. El sujeto valorativo no
puede desaparecer seriamente de éste ámbito del conocimiento. ¿Gana o
pierde con ello la objetividad? La respuesta se la puedo dejar a los espe­
cialistas en ciencias humanas, dado que nuestra pregunta se mueve en el
ámbito de las ciencias naturales, como fundamento de la técnica. En él es
donde la «libertad de valores» se sentía originariamente en casa, y sólo
C a pítu lo 5

LIBERTAD DE INVESTIGACIÓN Y BIEN PÚBLICO

«Libertad de investigación» es una de las grandes consignas del mun­


do occidental, y ocupa un lugar especial en su apreciación de la libertad en
general. Porque el mundo occidental no sólo ha elevado el ejercicio de esta
libertad, más que el de otras, a su posición especial en la humanidad, sino
que también es la única cuyo derecho parece ser incondicionado, es decir,
no limitado por el posible conflicto con otros derechos. Pero en una ob­
servación más precisa vemos que hay una secreta contradicción entre las
dos mitades de esta afirmación. Porque la especial posición alcanzada en el
mundo gracias a la libertad de investigación es en gran medida una posi­
ción exterior de poder y de posesión, es decir, adquirida mediante transfor­
mación del saber investigado en acción, mientras la pretensión de incondi-
cionalidad de la libertad de investigación tiene que apoyarse precisamente
en que la actividad de investigar, junto a su objetivo interno, el conoci­
miento, esté puramente separada de la esfera de la acción. Porque, natu­
ralmente, a la hora de la acción toda libertad tiene sus barreras en la res­
ponsabilidad, la ley y consideraciones sociales, no es por tanto jamás
incondicional. Pero la verdad, sea útil o inútil, es un derecho supremo en
sí, incluso una obligación, y (excepto en lo referente a lo íntimo-privado)
está libre de toda barrera, porque su presencia en una cabeza no puede
hacer daño a nadie y la parte de ella que alguien tiene no reduce la parte
—real o posible— de otro. Al contrario, gracias a su comunicabilidad la
parte de verdad que alguien tiene aumenta incluso la parte potencial de to­
dos los demás. Así que tampoco el proceso de su apropiación —y esto es
«investigar»— interfiere ningún derecho de otros (excepción hecha una
vez más del derecho a los secretos personales), de manera que dentro de
este enclave la libertad puede ser total. En resumen, el presupuesto de la
total aspiración a la libertad es aquí que la investigación como tal no plan­
tea problemas morales —lo que podría ocurrir en el caso de una mera neu­
tralidad moral, si «la verdad» no fuera un bien ético, sino tan sólo una pa­
sión subjetiva. En cualquier caso, la incondicionalidad misma está
condicionada por una premisa, que extrae lo abarcado por ella —así como
todo el preguntar, idear, pensar— de los contextos en los que la moral in­
terpersonal ejerce normalmente su derecho de arbitraje. Vamos a ver más
de cerca esta decisiva premisa y a referirla especialmente a la investiga­
ción de la naturaleza, de forma que en lo sucesivo «ciencia» definirá, con­
forme al significado angloamericano de la palabra science, el complejo de
las ciencias físicas.
66 TÉ C NICA , M E D I C I N A Y ÉTICA
LIBERT AD DE I N V E S T I G A C I Ó N Y B I E N P Ú B L I C O 67

¿ S e SOLAPA LA CIENCIA CON LA MORAL? L a FUSIÓN DE TEORÍA Y PRÁCTICA EN LA CIENCIA MODERNA

A primera vista, podría parecer que no hay solapamiento alguno entre Todo el legado de la tradición clásico-contemplativa se hundió en el pa­
la ciencia y la ética, si se hace abstracción de la moralidad interna de la leal­ sado con el ascenso de las ciencias naturales a comienzos de la Edad Mo­
tad a los mandatos de la ciencia misma, es decir, de la «cientificidad». Para derna (siglo xvn). Con ellas cambió radicalmente la relación entre teoría y
la ciencia el único valor es el conocimiento, su única ocupación el alcan­ práctica, en dirección a una fusión cada vez más íntima entre ambas. Aún
zarlo. Esto lleva consigo, en todo caso, sus propias normas de conducta, lo así pervivió la ficción de la «teoría pura» y su «inocencia» esencial. Bajo la
que bien se podría llamar la ética territorial del campo científico: atenerse consigna generalizada de la libertad de pensamiento y de palabra, y apo­
a las reglas del método y de la demostración, no engañar, es decir, no enga­ yándose en la diferencia entre palabra y hecho, además de, naturalmente,
ñarse ni a sí mismo ni a otros, por ejemplo mediante conclusiones aisladas en el destacado valor de la verdad, también la investigación científica pudo
o experimentos frívolos, callar la no verificación de sus resultados... en re­ reclamar para sí una libertad ilimitada, en extraña polifonía con la nueva
sumen: rectitud y severidad intelectuales. Desde el punto de vista ético, esto promesa de un beneficio final palpable (en Francis Bacon) que contradice
no va más allá del mandato de ser un buen científico en vez de uno malo la afirmación de la insularidad teórica. La promesa de utilidad sólo sería
(«¡si vas a dedicarte a la ciencia, sé científico!»), y no establece una relación cumplida a gran escala tras la Revolución Industrial del siglo xix. Hasta en­
de obligación de la ciencia para con el mundo exterior a ella. Lo mismo tonces, la carta blanca social de la ciencia siguió alimentándose de la dig­
cabe decir de las virtudes personales de la entrega, la persistencia, la disci­ nidad heredada del «conocimiento por sí mismo» y de la nobleza de su bús­
plina y la energía para resistir los propios prejuicios: una vez más, son sim­ queda, ahora enlazada al principio de la tolerancia para todo pensamiento
ples condiciones del éxito en el trabajo mismo, aunque sean además elo­ y fe (incluyendo el derecho al error). Tan profundamente enraizado está
giables cualidades. Por último, la obligación del investigador de comunicar este doble respeto en el espíritu moderno, que incluso en la distinta situa­
sus resultados y fundamentaciones a la comunidad científica parece sin ción de hoy pocas cosas suenan tan mal a un oído occidental como la «in­
duda otorgar a la moral intracientífica algo así como una dimensión social jerencia en la libertad de la ciencia».
y pública; pero de hecho, dado el carácter crecientemente colectivo de la Por sincero que pueda ser este homenaje al «conocimiento desinteresa­
empresa científica, la intercomunicación, incluso para el científico aislado, do» para la propia persona que lo rinde, solamente faltando a la sinceridad
forma partte de las condiciones técnicas para obtener unos buenos rendi­ se podría negar que socialmente el principal acento de la argumentación en
mientos en la ciencia: también en esto la moral científica sigue siendo es­ pro de la ciencia se ha desplazado con fuerza a sus beneficios prácticos.
trictamente «territorial» y la hermandad científica continúa obligada tan Desde mediados del siglo pasado, y de forma acelerada en el nuestro, vivi­
sólo a sí misma. Visto así, la ciencia constituye una isla moral. mos un traspaso cada vez más irresistible de la teoría, por «pura» que sea,
Naturalmente, enseguida se percibe que este autorretrato de la ciencia al campo vulgar de la práctica en forma de técnica científica. Tarde y casi de
no es toda la verdad. Sin duda era cierto en parte mientras la esfera con­ repente, el temprano mandato de Francis Bacon (1561-1626) a la investiga­
templativa estaba claramente separada de la esfera activa como ocurría en ción natural de aspirar al poder sobre la naturaleza y elevar a través de él el
los tiempos premodernos, y la pura teoría no invadía los asuntos prácticos estado material del ser humano se ha convertido en una verdad activa por
del día. El saber podía ser contemplado entonces como un bien privado de encima de todas las expectativas. Aunque el «esoterismo» de las multipli­
los que lo ejercían, un bien que, «poseído interiormente», no podía hacer cadas ramas del saber ha aumentado aún y sigue aumentando — hasta la
daño alguno al bien de otros. Entender las cosas, no cambiarlas, era la obra virtual inaccesibilidad para todos, excepto los consagrados en cada espe­
del conocimiento. El mismo y su adquisición, mediante la observación y el cialidad—, la influencia de sus más remotas prestaciones teóricas es enor­
pensamiento, eran estados del espíritu, comunicables sin duda como tales me: una influencia no, como antaño en el mejor de los casos, sobre el pen­
y en tanto que tales capaces de existencia mundana-objetiva, pero no una samiento y la opinión, sino sobre las condiciones y formas de la vida. Y con
intervención en el estado de sus objetos. Sin duda su difusión fue conside­ esto empieza en serio el tema «ciencia y ética». Porque sea cual sea la in­
rada a veces por los poderes públicos (como la Iglesia, a veces también por fluencia de la acción humana sobre el mundo real, y lo que por tanto afec­
el Estado) peligrosa para el bien de la colectividad, por ejemplo por socavar te potencialmente al bienestar de otros, está sometido a la valoración mo­
su fe. Pero había una protección cuasiautomática contra este peligro en el ral y eventualmente a barreras legales. Tan pronto como estamos ante el
carácter esotérico de la erudición superior como tal, que limitaba su recep­ poder y su uso, está en juego la moralidad. Quien ensalza a la ciencia por
ción a unos pocos, y eran esos pocos los que se veían obligados a defender sus beneficios la expone también a la pregunta de si todas sus obras son be­
su derecho a pensar por sí mismos contra los intentos de tutelar su espíri­ neficiosas. Por consiguiente, ya no es una cuestión de buena o mala cien­
tu, porque su pensamiento no se mezclaba en las cosas del mundo exterior. cia, sino de buenos o malos efectos de la ciencia (y sólo la «buena ciencia»
Y finalmente las ideas, aunque se difundieran, tenían un poder como má­ es eficaz al final). ¿Es responsable de sus efectos? ¿De ambas clases de efec­
ximo convincente, no coactivo. tos o sólo de una de las dos? A todas luces, apuntarse los beneficios como
68 T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA LIBERT AD D E I N V E S T IG A C I Ó N Y B I E N P Ú B L IC O 69

mérito significa también cargar con la culpa de los daños. Sería mejor para exigentes. En este sentido, hasta la ciencia más pura tiene una participa­
la ciencia poder evitar ambas cosas, pero puede que esa opción le esté veta­ ción en los beneficios de la técnica, igual que la técnica la tiene en los de la
da. Atribuirse los elogios y los reproches puede ser a menudo un juego ocio­ ciencia. En cuarto lugar, los costes de este equipamiento físico y de su ma­
so, pero no lo es cuando está en cuestión un privilegio social, y no otra cosa nejo tienen que ser aportados desde fuera: la pura economía de la cosa exi­
es la libertad de investigación. Así pues, no es ocioso preguntar: ¿si la técni­ ge la colaboración de la caja pública u otro padrinazgo financiero, y tal fun­
ca —la hija— tiene lados oscuros, hay que acusar a la ciencia —su madre? damento del proyecto de investigación aprobado, aunque formalmente no
La respuesta simplista es que el investigador, dado que no tiene poder esté ligado a contraprestación alguna, se produce naturalmente en la ex­
alguno sobre la aplicación de sus descubrimientos, tampoco es responsable pectativa de algún beneficio posterior en el terreno práctico. Aquí reina el
de su abuso. Su producto es el conocimiento y nada más: el potencial de mutuo entendimiento: de forma abierta, el valor de uso esperado se alega
uso de este producto, visto desde él un producto secundario, es un bien sin en la solicitud de subvención como fundamento de su recomendación, o se
dueño para otros, que pueden apropiarse de él o dejarlo donde lo encuen­ especifica directamente como fin en su ofrecimiento. En resumen: se ha lle­
tren y, en el primer caso, emplearlo con fines buenos o malos, frívolos o se­ gado a que las tareas de la ciencia sean determinadas cada vez más por in­
rios. La ciencia en sí y en la persona de sus servidores es inocente, en cier­ tereses externos en vez de por la lógica de la ciencia misma o por la libre cu­
to modo más allá del bien y del mal. Plausible, pero demasiado simple. Los riosidad del investigador. Con ello no se pretende ni menospreciar esos
problemas de conciencia de los investigadores atómicos después de Hiros­ intereses externos ni el hecho de que la ciencia les sirve y se ha convertido
hima apuntan a ello. Tenemos que examinar con más exactitud la imbrica­ con eso en parte de la empresa público-social. Pero hay que decir que con
ción de teoría y práctica en el devenir de hecho de la investigación, tal como la aceptación de este papel (sin el que no habría ciencia natural avanzada,
es hoy y no puede ser de otra manera. Hallaremos entonces que no sólo los pero tampoco el tipo de sociedad que vive de sus frutos) desaparece la coar­
límites entre teoría y práctica se han vuelto imprecisos, sino que ambos es­ tada de la teoría pura y «desinteresada» y la ciencia entra de lleno al reino
tán fundidos entre sí en lo más íntimo de la investigación, de forma que la de la acción social, donde todo el mundo tiene que responder de sus actos.
antigua y honorable coartada de la «teoría pura», y con ella la inmunidad Añádase a esto la omnipresente experiencia de que los potenciales de uso
moral que permitía, ya no existe. de los descubrimientos científicos resultan irresistibles en el mercado del
La primera y muy evidente observación es que no queda ninguna rama beneficio y el poder —que lo que han mostrado como hacedero se hace, con
de las ciencias naturales cuyos hallazgos no sean capaces de algún tipo de o sin previo consentimiento al respecto— , y quedará suficientemente claro
utilización técnica. La única excepción que se me ocurre es la cosmología: que ninguna insularidad de la teoría protege ya al teórico de ser autor de
el universo en expansión, sus de dónde y adonde, el desarrollo de la Vía enormes e incalculables consecuencias. Mientras, técnicamente hablando,
Láctea, las supernovas y los agujeros negros... son objetos del pensamiento sigue siendo cierto que alguien puede ser un buen científico sin ser una
buena persona; ya no es cierto que el «ser buena persona» comience para él
en exclusiva, y de ninguna acción posible por nuestra parte. Es digno de re­
fuera de la actividad científica: la actividad misma engendra cuestiones
flexión, y seguramente no casualidad, que la primera de todas las ciencias,
morales incluso dentro de ese círculo sagrado.
la astronomía, — «contemplación» del cielo—, sea también la última cien­
Hasta qué punto «dentro» queda claro si reflexionamos sobre el tercer
cia natural que sigue siendo «pura», es decir, enteramente «contemplativa».
punto de nuestra enumeración, el uso de herramientas físicas en la investi­
Cualquier otro descifrado de la naturaleza por parte de la ciencia invita hoy
gación —es decir, sobre cómo obtiene el científico sus conocimientos—. Se
a algún tipo de traducción de sus hallazgos a una u otra posibilidad técni­
nos pone entonces de manifiesto que la ligazón entre descubrimiento cien­
ca, incluso pone en marcha bastante a menudo una nueva tecnología en la
tífico y acción es más profunda que su aplicación eventual y posterior: que
que nadie había pensado antes. Si esto fuera todo, el teórico podría seguir
la práctica de la ciencia física incluye ya una acción físicamente relevante,
reclamando su lugar a este lado del paso hacia la acción: «El umbral se su­
que el pensamiento y la acción se interpenetran en el procedimiento de la
pera (podría decir) una vez que mi trabajo está hecho, y por lo que a mí res­
investigación y con ello la separación entre «teoría y práctica» se rompe
pecta podría no haberse superado». Pero estaría equivocado, y tenemos que
dentro de la teoría misma. Esto tiene importantes consecuencias para la ce­
recordarle que la primera parte de esa serie, la «pura», sólo le fue posible
lebrada «libertad de investigación», cuando se refiere a lo real ahora y no al
gracias a masivas disposiciones externas bajo cuyo techo su papel se con­
pasado. Hubo un tiempo en que los buscadores de la verdad no tenían que
virtió en miembro de una división tolerable del trabajo. ¿Cuál es la verda­
ensuciarse las manos. De esta noble especie sólo sobreviven, en el campo de
dera relación?
las ciencias exactas (que se dedican a la investigación de la naturaleza), los
En primer lugar, hoy la ciencia vive en gran medida del feedback inte­ matemáticos. Las modernas ciencias naturales surgieron con la decisión de
lectual que le da precisamente su aplicación técnica. En segundo lugar, de arrancar la verdad a la naturaleza actuando directamente en ella, es decir,
allí recibe sus mandatos: en qué dirección buscar, qué problemas resolver. mediante intervención en el objeto del conocimiento. Esta intervención se
En tercer lugar, para solucionarlos y en general para su propio desarrollo llama «experimento», que se ha convertido en un elemento vital para la
utiliza una técnica avanzada: sus instrumentos físicos son cada vez más
T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA LIBERT AD D E I N V E S T IG A C I Ó N Y B I E N P Ú B L IC O 7í
70

ciencia moderna. La observación incluye aquí la manipulación. Pero la li­ za de lo que pretende continúa ligada a esta condición. En la medida en que
bertad otorgada al pensamiento y la palabra (de la que se deriva la de la in­ la ejecución de la ciencia se interpola con la acción en el mundo, cae bajo
vestigación), no se extiende a la acción, aunque ésta esté al servicio del pen­ el mismo predominio del derecho y la ley, la censura social y la aprobación
samiento. Desde siempre y para siempre, toda acción está sometida a o desaprobación moral, a la que está sometida toda acción exterior en un
restricciones jurídicas y morales. Sin duda al principio dos propiedades del sistema común. Y naturalmente su propia moral interna deja de ser pura­
experimento garantizaban la «inocencia» de esta actividad científico-inter­ mente territorial: los mismos medios y vías de adquisición del conocimien­
na: se dirigía a la materia inanimada y se mantenía en pequeña escala. No to pueden plantear cuestiones éticas mucho antes de que se plantee la cues­
se producían verdaderas tormentas, sino descargas de condensadores, para tión «extraterritorial» del uso del conocimiento así adquirido.
estudiar el rayo. Modelos de simulación representan a la naturaleza en el Por ambas partes, pues —tanto la de sus frutos tecnológicos finales
aislamiento del laboratorio. La disposición del experimento es una imita­ como la de sus propias técnicas en la preparación de la base teórica para
ellas—, la moderna ciencia natural, coronada por el éxito y malcriada por
ción de la naturaleza. En este sentido, pues, aún se mantiene algo el aisla­
miento de la esfera del conocimiento respecto al mundo real. el aplauso, se ve sometida de pronto a la desacostumbrada sinuosidad del
examen ético. Nuestro tema en este momento es más el aspecto intracien-
Sin embargo, ambas garantías de inofensividad —y por tanto de liber­
tífico del asunto que la problemática, la mayoría de las veces discutida, de
tad— de la experimentación han quedado derogadas por ciertos nuevos de­
las consecuencias tecnológicas. Pero ambas son las dos caras de la misma
sarrollos de la técnica científica. Hoy en día los experimentos pueden ser
moneda. Como hemos visto, en la moderna ciencia natural la tendencia hu­
menos inofensivos y de hecho incluso ser ambiguos respecto a su mero ca­
mana hacia el saber está mezclada a fondo con intención mundana y ac­
rácter experimental. En lo que a la magnitud se refiere, una explosión ató­
ción. Digámoslo una vez más: no sólo en aquello sobre lo que se busca el co­
mica —aunque se haya organizado meramente experimenti causa y en aras
nocimiento, sino ya en la forma en que se obtiene, a menudo desaparece el
de la teoría— es un verdadero acontecimiento, que afecta a toda la atmós­
límite entre pensamiento y acción. Precisamente esta desaparición es la
fera y posiblemente a muchas vidas humanas ahora y en el futuro. El mun­
que convierte la libertad de la investigación en problema.
do mismo se ha convertido en laboratorio, y se averigua, cuando se hace en
Debilitaríamos nuestro argumento si quisiéramos ilustrarlo con noto­
serio, lo que después de averiguado se desea quizá no haber hecho. Y en lo
rios horrores. Es fácil conseguir la unanimidad en tomo a ejemplos como
que se refiere a los experimentos sobre objetos animados, no sirve ninguna
éste: que no se puede probar la tortura en cobayas humanos para averiguar
imitación, ningún modelo representativo, sino que hay que emplear un ori­
cómo se comportan las personas sometidas a tortura (lo que quizá sería in­
ginal totalmente real, y la neutralidad ética termina a más tardar allí donde
teresante para una teoría del hombre); o que no se puede matar para deter­
se llega a los sujetos humanos. Lo que se les hace es un acto real, para cuya
minar el límite de la tolerancia a un veneno; y más cosas por el estilo. Na­
moralidad el interés del conocimiento no extiende ningún cheque en blan­
turalmente, estamos pensando en las monstiuosidades de los médicos
co. En ambas clases de experimento —el de magnitud desmesurada y el que (destacados entre ellos) de los campos de concentración nazis. Ése fue un
se hace sobre personas (a los que se podrían añadir otros)—, la línea limí­ caso de «libertad» de investigación más vergonzoso que su peor represión.
trofe protectora entre acción representativa y real, entre experimento y se­ Pero sabemos bien —o creemos saber— que los que practicaron tales expe­
riedad, se borra en el curso de la investigación. Con ello, también la distin­ rimentos científicos (¡sí, científicos podrían haberlo sido!) eran desprecia­
ción convencional entre ciencia «pura» y «aplicada» queda de algún modo bles y sus motivos viles, y podemos negar a sus acciones toda capacidad
anticuada. No sólo el «qué», también el «cómo» del conocimiento queda a para servir de ejemplo. Incluso podemos ir más allá y negar con buena con­
ambos lados de la divisoria: la «aplicación» tiene lugar ya en la investiga­ ciencia que el saber buscado en estos casos sea un objetivo científico legíti­
ción misma y como parte de ella. De ahí se desprende ya que la libertad de mo, y podemos decir que no estamos ante un caso de práctica científica,
investigación no puede ser incondicional. sino de degeneración humana. Pero nuestro problema no es de ciencia fal­
Somos, con razón, sensibles a las injerencias en la libertad, no sólo por­ sa o pervertida, sino de bona fide y ciencia en toda regla. Y entonces pre­
que antaño hubo que arrancarla con esfuerzo a un control anterior sobre guntamos si nos atenemos a fines indudablemente legítimos e incluso elo­
los pensamientos y por tanto representa un bien precioso y necesitado de giables, si, por ejemplo, es legítimo inyectar células cancerosas a sujetos no
protección, sino también porque tenemos presente su oprobiosa represión enfermos de cáncer, o retirar el tratamiento a un «grupo de control» de pa­
en los sistemas totalitarios de la actualidad. O, fijándonos más en el tema cientes de sífilis; ambas cosas reales, salidas finalmente a la luz pública en
que en la historia: la injerencia, si es precisa, tiene que quedar limitada a América, y ambas, por su intención y por los hechos, de mucha utilidad y
una medida mínima, tanto en aras de la ciencia, que sólo prospera en la au­ para un fin deseable. Evitaré una respuesta apresurada, porque la pregun­
tonomía, como también en aras de la humanidad, cuya causa está ligada, ta es intrincada. Pero afirmo que aquí, en el propio proceso de trabajo in­
en un sentido más que meramente utilitario, al crecimiento del saber. Aun terno de la ciencia, se plantean cuestiones morales y jurídicas que rompen
así, no podemos olvidar que el alto privilegio de la teoría tenía su propio las barreras territoriales de la ciencia y han de ser planteadas ante el tribu­
fundamento teórico en la diferencia entre pensamiento y acción, y la fuer­
72 T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA
l ib e r t a d de in v e s t ig a c ió n y b ie n p ú b l ic o 73

nal general de la moral y de la ley. Hasta la tan ensalzada libertad de inves­ ría pura, bien se podría preguntar si su verdadero objetivo, entender lo que es
tigación tiene que doblegarse ante la autoridad pública de este foro. la vida, no se podría alcanzar por el camino conservador (aunque quizá
El resto de mis consideraciones está dedicado a una determinada ilus­ más lento) del trabajo con formas de vida dadas, en vez de por la vía revo­
tración concreta de nuestro tema. Apartándonos de la pesadilla reinante, no lucionaria de la creación de otras nuevas. Pero los especialistas a los que
está tomada de la física nuclear, sino de la nada destructiva biología nuclear. pregunté me aseguraron que en el estadio actual el camino innovador es
La investigación biomédica es un campo especialmente fértil para el imprescindible para el progreso en la teoría básica, y el profano no puede
tipo de problemas que atañen a la libertad de investigación, y un inquie­ discutir con ellos al respecto. En cualquier caso, ya sea bajo bandera teóri­
tante ejemplo de nuevo cuño es el último recién llegado al escenario de la ca o práctica, la técnica recombinatoria del ADN está ya en plena marcha,
investigación básica, la «investigación recombinatoria del ADN», en la que y «recombinación» no es otra cosa que novedad provocada por el hombre,
la fusión hasta ahora descrita de teoría y práctica en el proceso científico se es decir, la síntesis de nuevos organismos. Si esto se hace en nombre de la
agrava cualitativamente una vez más. En los resultados experimentales de teoría y su curiosidad desinteresada, hay que observar que para ello se am­
la investigación sobre materia inerte, el último paso sigue estando someti­ plía extrañamente el concepto de teoría: del conocimiento de lo que es a la
do al mundo común del uso de instancias de actuación todavía humanas. prueba de lo que podría ser... sin duda un objetivo un poco menos evidente
Pero aquí el experimento mismo puede conducir a realidades definitivas y más arbitrario de la aspiración humana al conocimiento. Pero en realidad
que se emancipen de la mano de su creador para ganar literalmente vida prácticamente nadie dudará de que el verdadero atractivo está en saber
propia. Utilicemos este ejemplo extremo, con todo lo siniestro de sus pri­ qué pueden hacer estas nuevas criaturas, qué podríamos nosotros hacer
meros inicios, para concretar nuestro tema general. Hay que tener en cuen­ después con ellas... en resumen, en su promesa práctica preconcebida. Esta
ta los siguientes puntos: promesa, o sencillamente el deseo determinado, especifica de antemano
su proyecto, por ejemplo qué gen de una especie hay que escoger para
1. El objetivo de la investigación es práctico desde el principio, a saber: implantarlo en la maquinaria genética de otra: un logro de ingeniería orien­
desarrollar una capacidad para la fabricación de algo que podría ser útil tada a la consecución de efectos más que libre investigación teórica... por lo
para la medicina, la agricultura y otras cosas, surgiendo el eventual benefi­ que, de manera muy consecuente, sus resultados han sido declarados pa-
cio para la teoría como un efecto secundario del éxito práctico. tentables. Y es precisamente la deslumbradora expectativa para la mayo­
2. El método de la investigación, es decir el camino al conocimiento, es ría —de una fábrica bateriana de hormonas, de una bacteria suministradora
la producción de hecho de las entidades mismas de las que se busca el co­ de nitrógeno con su planta parasitada correspondientemente adaptada—, la
nocimiento y cuya utilidad ha de ser puesta a prueba. que se saca a la palestra contra los riesgos.
3. Las entidades así producidas dentro del contexto investigador no son
inertes y activas tan sólo por nueva mediación humana, sino vivas, es decir, 2. Esto nos lleva al segundo punto. Para descubrir de lo que son capaces
activas por sí mismas, de forma que potencialmente pueden producir por sí esos seres primero hay que crearlos, demostrar su mera posibilidad a tra­
mismas su ingreso en la esfera práctica, en el mundo exterior, y quitarnos vés del hecho consumado. Con esto el investigador teórico se convierte en
de las manos la decisión sobre su uso o no uso. creador práctico en el acto de la investigación misma. Ningún modelo de si­
4. En la eventualidad, que teóricamente no se puede excluir, de recom­ mulación puede servir aquí, sólo los seres reales en la plenitud de su capa­
binaciones genéticas de células germinales humanas (gametos o cigotos), a cidad, que pueden demostrar en su ejercicio. Aquí el «experimento», a dife­
las que se permita después llegar a término, las «quimeras» resultantes en rencia de su papel imitador en la investigación anterior, coincide con la
el fenotipo ya en el primer acto experimental «logrado» representarían, producción originaria del objeto de investigación. El proceso de conoci­
aunque no pasaran de ahí, actos últimos que dejan a sus espaldas toda teo­ miento se convierte en acción originadora. Esto es en sí mismo una inno­
ría no vinculante. Dejemos este último punto de «horror» para más adelan­ vación en la historia del conocimiento. Sin duda hemos visto que toda la
te y veamos los tres primeros, ahora ya reales, algo más de cerca. moderna ciencia natural, con su método experimental, hace mucho que ha
salido del ámbito puramente contemplativo. Pero el presente caso incluye
1. El objetivo de la investigación recombinatoria del ADN, decíamos, es un paso más, el de que la acción intracientífica produzca seriamente la reali­
predominantemente práctico. Con esto no negamos un auténtico interés teó­ dad que le viene dada al experimento normal.
rico. Con este tipo de investigación manipulativa investigadores honrados
se prometen, con razón, un nuevo acceso a la mecánica más íntima de la 3. Para ello tómese el tercer punto: que la realidad así creada —a dife­
vida. Pero en el debate sobre los riesgos se aducen una y otra vez las bendi­ rencia de otros artefactos—, este nuevo inserto en el entramado de la exis­
ciones potenciales, para justificar el seguir avanzando por esta vía e inclu­ tencia, está viva, es decir, es autónoma, autorreproductiva y espontánea­
so para condenar moralmente su retraso debido a una cautela demasiado mente interactiva con otra vida: y se ve que aquí el elemento de acción en la
grande. Pero en lo que se refiere al interés, igualmente invocado, de la teo­ investigación obtiene su propia dinámica impulsora de la situación investi­
74 t é c n ic a , m e d ic in a y é t ic a l ib e r t a d de in v e s t ig a c ió n y b ie n p ú b l ic o 75

gadora, y su comienzo en laboratorio está preñado de su indefinida prose­ Naturalmente, hace mucho que tampoco en el Occidente libre la cien­
cución en el mundo. No sólo se insufla una nueva cosa, un nuevo agens, en cia está abandonada a su suerte y sin injerencia exterior. De eso se encarga
el equilibrio de las cosas: experimentalmente primero, en el apartamiento el sistema de dotaciones, del que hoy depende casi cada investigación y a
del laboratorio, pero después, una vez liberado por accidente o intención, través del cual se pueden aprobar o rechazar proyectos. Esto puede hacer­
con total y quizá irrevocable gravedad. se a menudo bajo el signo de intereses próximos y en beneficio propio,
como ocurre con la promoción industrial e incluso con la estatal. Pero en
En este punto, la comunidad investigadora tomó conciencia de lo inu­ principio desde allí se ofrecen puntos de apoyo para una política de res­
sual y amenazador de la acción que acababa de iniciar. Y vivimos el espec­ ponsabilidad, desinteresada y de amplias miras, en el control de la ciencia,
táculo único de una moratoria voluntaria de la investigación con el fin de respetando todo lo posible su autonomía, única en la que puede prosperar
examinar los riesgos y elaborar unas normas de seguridad. En otras pala­ a la larga. Por su parte, esta autonomía tiene que abrirse a dar la palabra al
bras, la «ciencia» misma, en la persona de preocupados investigadores nor­ bien común y a la causa de la humanidad. De este modo, la responsabilidad
teamericanos precisamente de su vanguardia, actuó sobre el tema «libertad llega hasta el corazón de la investigación. La responsabilidad por los frutos
de investigación y bien público». Hasta donde sé, la moratoria por tiempo tecnológicos tiene que compartirla según el caso con instancias situadas
limitado fue observada. Pero desde entonces, la preocupación se ha evapo­ más allá de la investigación, y sólo podemos esperar que se desarrollen efi­
rado de los portavoces de la ciencia... era exagerada, se dicen a sí mismos y caces órganos sociales para ello. Pero la responsabilidad del procedimien­
al público... y además entretanto la técnica ha pasado ya a manos comer­ to científico interno descansa en primer término sobre los hombros de los
ciales e industriales, menos sensibles a los escrúpulos de los delicados cien­ investigadores, y de hecho aquí y allá, por ejemplo en el campo de los ex­
tíficos. Más exactamente: científicos menos delicados se han convertido en perimentos humanos, vemos surgir códigos de honor profesionales, ente­
empresarios para la distribución lucrativa de los productos de sus investi­ ramente autónomos, que ganan fuerza moral. Desde ellos, la idea de una
gaciones. Con ello la investigación se vuelve oficialmente asunto de merca­ autocensura voluntaria podría seguir expandiéndose y llegar, en éste o aquel
do, se entrega en toda regla a la carta blanca de la teoría, y la inspección es­ terreno, a un acuerdo interno del gremio de no proseguir la investigación
tatal para proteger el bien público, incluyendo las sanciones penales, se en dirección a ciertos resultados útiles y atractivos, tanto por lo objetable
vuelve evidente. Está claro también que la inspección será tanto menos fia­ de la meta, cuando sólo se trata de la arrogancia de alcanzarla sin la dis­
ble cuanto más se extienda del estadio inicial de la investigación a su ex­ culpa de la necesidad (como la modificación arbitraria de la especie huma­
plotación industrial. Parece posible disponer de un aseguramiento creíble na), como por los experimentos necesarios en los que habría ya que come­
de los laboratorios que trabajan con cultivos bacterianos y virales peligro­ ter el acto reprobable. La distinción entre objetivos legítimos e ilegítimos
sos, pero si se permite la utilización industrial masiva de los microbios ar­ de la investigación es tan imaginable como la que se hace entre vías legíti­
tificiales obtenidos, a la larga no habrá ninguna cautela del legislador que mas e ilegítimas de la misma. No sé cuáles serían las expectativas de un
consenso así y de que fuera eficaz.
pueda impedir un escape no previsto al mundo exterior por alguna grieta
En conjunto, hemos de confesar para terminar que el problema de
del sistema hermético. Además, algunos de los usos de los nuevos seres vi­
cómo responder a la enorme responsabilidad que el casi irresistible pro­
vos que se espera obtener prevé precisamente su siembra libre en el medio
greso científico-técnico deposita tanto sobre sus titulares como sobre la
ambiente (microbios consumidores de petróleo o que ligan el nitrógeno).
mayoría que lo disfruta o sufre sigue sin estar resuelto, y que los caminos
No es posible prever qué arbitrario camino tomarán estos recién llegados al
para su solución están en sombras. Sólo los inicios de una nueva concien­
ecosistema, mediante qué mutaciones propias podrán sustraerse al previs­
cia que, aún parpadeante, acaba de despertar de la euforia de las grandes
to control biológico. victorias a la dura luz diurna de sus riesgos, y aprende nuevamente a temer
Me interrumpo aquí. La verdadera discusión crítica de la tecnología
y a temblar, permiten la esperanza de que nos impongamos voluntaria­
biológica, especialmente la genética (incluyendo lo que acabamos de decir)
mente barreras de responsabilidad y no permitamos a nuestro tan acrecido
en sus aspectos éticos se tratará después por separado. Por ahora, sirva este poder dominamos por último a nosotros mismos (o a los que vengan detrás
ejemplo sólo como ilustración especialmente clara de la tesis general que de nosotros).
planteamos: que en la moderna investigación natural la antigua distinción
entre ciencia «pura» y «aplicada», es decir, entre teoría y práctica, desapa­
rece a ojos vistas, en tanto ambas se funden ya en el procedimiento investi­
gador; y que el conjunto así emparejado ya no posee básicamente el dere­
cho a libertad interna incondicionada sólo concedido al primer miembro,
ya que precisamente el concepto «interno» ya no sirve. El bien público al
que afecta tiene que tener voz en él... desde fuera, si es necesario; desde
dentro, desde la conciencia del propio investigador, si es posible.
C a pítu lo 6

AL SERVICIO DEL PROGRESO MÉDICO-


SOBRE LOS EXPERIMENTOS EN SUJETOS HUMANOS

1. L a e s p e c i f ic id a d d e l o s EXPERIMENTOS HUMANOS

El experimento, en el sentido metodológico del término, fue sanciona­


do originariamente por las ciencias naturales. En su forma clásica, tiene
que ver con objetos inanimados y es por tanto moralmente neutral. Pero
en cuanto seres vivos, que sienten, se convierten en objetos de experimen­
tación, como sucede en las ciencias biológicas y especialmente en la in­
vestigación médica, la búsqueda del conocimiento pierde esa inocencia y
se plantean cuestiones de conciencia. Lo profundamente que pueden re­
volver el sentimiento moral y religioso lo muestra la disputa en torno a la
vivisección desde el siglo xix. Los experimentos en personas tienen que
agravar el problema, porque afectan cuestiones últimas de sacralidad de la
persona. Una diferencia fundamental entre los experimentos humanos y
físicos, aparte de la diferencia entre naturaleza animada e inanimada, sin-
tiente y no sintiente, es ésta: el experimento físico utiliza sustitutos dis­
puestos artificialmente a escala reducida para aquello de lo que se quiere
obtener conocimiento, y el experimentador extrapola desde estos modelos
y condiciones simuladas a la naturaleza a gran escala. Algo ocupa el lugar
de la «cosa real», por ejemplo descargas de ampollas de Leyden en lugar del
verdadero rayo. En el campo biológico, la mayoría de las veces tal sustitu­
ción no es posible. Tenemos que trabajar con el original mismo, con el ser
vivo en todo su sentido, y al hacerlo afectarlo quizá irrevocablemente. Nin­
guna copia puede ocupar su lugar. Especialmente en el ámbito humano, el
experimento pierde por entero la ventaja de la más pura separación entre
modelo representativo y verdadero objeto. Después de los experimentos
con animales, el hombre tiene que aportar el conocimiento de sí mismo, y
desaparece la cómoda diferencia entre experimento no vinculante y hecho
vinculante. Un experimento en educación influye sobre la vida de sus su­
jetos, quizá una generación entera de estudiantes. Los experimentos con
personas, persigan el objetivo que persigan, son en cada caso también un
trato responsable, no experimental, tomado en serio, con el sujeto mismo.
Y ni el más noble de los fines desvincula de la responsabilidad que hay en
ellos.
Ésta es la raíz del problema al que nos enfrentamos: ¿se pueden satisfa­
cer ambas cosas, la finalidad externa al sujeto y la obligación para con él?
Y si no es posible hacerlo, ¿cuál sería un compromiso justo? ¿Qué parte
debe ceder a la otra? El conflicto se puede formular así: básicamente, así lo
78 T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA
S O B R E L O S E X P E R I M E N T O S EN S U JE T O S H U M A N O S 79

sentimos nosotros, no se debería proceder con personas como con coneji­ 2. « I n d i v id u o y s o c ie d a d » c o m o m a r c o c o n c e p t u a l


llos de Indias; por otra parte, tales procedimientos nos vienen impuestos
con creciente presión por consideraciones que apelan asimismo a los prin­ Primero: ¿cuáles son las pretensiones que se contraponen a las de la sa­
cipios y les dan energía para superar las objeciones. Tal pretensión tiene cralidad personal? Según la fórmula más general son las del bien común,
que ser examinada de forma minuciosa, especialmente si es sostenida por entendido en sentido de progreso. Hoy vemos a la sociedad confiada en esa
una poderosa corriente. Al expresar así las cosas, ya hemos hecho tácita­ promoción activa, mientras antes, menos expansiva, sólo veía la tarea del
mente una importante presunción, que tiene sus raíces en la cultura «occi­ «contrato social» en proteger la seguridad y los derechos del individuo me­
dental»: la regla que prohíbe es para esta forma de pensar la primaria y diante un ordenamiento legal. Comparada con esta tarea obligatoria del
axiomática; la contrarregla que permite, que limita la primera, es secunda­ mantenimiento, la continua mejora del estado de la humanidad es una
ria y precisa de justificación. Tenemos que justificar la infracción de una in­ meta facultativa en sí por la que «nosotros» hemos «optado» de alguna ma­
violabilidad primaria, que no necesita justificación por sí misma; y la justi­ nera. Antes de echar un vistazo a esta nueva ampliación del mandato social,
ficación tiene que basarse en valores y necesidades del mismo rango que tan importante para nuestro tema, vamos a preguntar a la pareja concep­
aquellos que hay que sacrificar. tual aquí invocada, «individuo y sociedad», qué tiene que decir en general
Queremos aclarar un poco la resistencia sentimental contra una vi­ sobre su relación mutua y en particular sobre eventuales derechos del inte­
sión meramente utilitaria del asunto. Se refiere a un rasgo esencial del rés público respecto al interior de nuestro cuerpo.
experimento humano como tal, previo a la cuestión de un eventual daño De manera evidente, concedemos al bien común una cierta preferencia
del sujeto. Lo básicamente repugnante en la utilización de una persona frente al bien individual, preferencia que hay que determinar en la prácti­
como objeto de experimentación no es tanto que la convirtamos tempo­ ca. O, dicho en el lenguaje del derecho: dejamos que algunos derechos na­
ralmente en un medio (lo que ocurre constantemente en las relaciones turales del individuo sean decididos por el derecho reconocido de la socie­
sociales de todo tipo) como que la convirtamos en una cosa, en algo me­ dad, y lo entendemos como algo moralmente correcto y razonable en el
ramente pasivo sometido a la intervención de actos que ni siquiera son curso continuo de las cosas, y no sólo como amarga necesidad en situacio­
acciones en serio, sino pruebas para actuar realmente en otra parte y en nes de excepción (por mucho que tal necesidad pueda ser invocada para ex­
el futuro. El ser de la persona sometida al experimento queda reducido a tender este derecho de la colectividad). Pero cuando concedemos esto exi­
«caso» fingido o ejemplo. Esto es diferente de las situaciones de la vida gimos una cuidadosa clarificación de aquello que son necesidades, intereses
social incluso en sus formas más explotadoras. En ellas la ocasión es y derechos de la sociedad, porque «la sociedad», al contrario que toda plu­
real, no ficticia. El sujeto, por mucho que se abuse quizá de él, sigue ralidad de individuos, es un concepto abstracto y como tal codeterminado
siendo un sujeto actuante y no se convierte en mero «objeto». El caso del por nuestra definición, mientras el individuo es lo primario y concreto que
soldado es instructivo: sometido al poder más unilateral, obligado en precede a toda definición, y su bien y mal es más o menos conocido. Según
caso de emergencia a arriesgarse a la mutilación y la muerte, convocado esto, lo desconocido en nuestro problema es el llamado bien común o bien
sin su voluntad y quizá contra su voluntad, ha sido sin embargo convo­ púbüco y sus pretensiones potencialmente superiores, a las que a veces hay
cado a actuar según su capacidad, a salir adelante o fracasar en las si­ que sacrificar el bien individual y a las que, en ciertas circunstancias, hay que
tuaciones, a salir al paso de retos verdaderos en los que se trata de cosas incluir entre lo desconocido de nuestra ecuación. Tengamos en cuenta que, si
de verdad. Aunque sólo sea un número para el alto mando, no es un mero se plantea así la pregunta —es decir, como pregunta por el derecho de la so­
ejemplo ni una cosa. (Supóngase su reacción si resultara que la guerra ciedad al sacrificio individual—, el consentimiento del sacrificado no está
había sido puesta en escena para acumular observaciones sobre su resis­ necesariamente incluido en ella.
tencia, bravura o cobardía.) Pero «consentimiento» es el otro concepto constantemente invocado en
Estas compensaciones del ser le están negadas a la persona sometida a las discusiones sobre la ética de nuestro tema. Este énfasis revela el senti­
experimentación, que sufre intervenciones para un fin que no le concierne, miento de que el punto de vista «social» no basta por sí solo. Si la sociedad
sin estar implicada en una relación real en la que pueda entrar en acción tiene un derecho, su ejercicio no está vinculado a la voluntariedad de la
como interlocutor de otro o de las circunstancias. El mero «asentimiento» parte contraria. De otro modo, si la voluntariedad es totalmente genuina,
formal a su papel en el experimento (que la mayoría de las veces no es más no haría falta construir derecho público alguno sobre el acto libremente
que un permiso) no hace éticamente correcta esta cosificación. Sólo la au­ ofrecido. Existe una diferencia entre la apelación moral o emocional de una
téntica voluntariedad, plenamente motivada y consciente, puede rectificar causa, que provoca un ofrecimiento voluntario, y un derecho, que exige
el estado de «cosidad» al que el sujeto se somete. De ello hablaremos más condescendencia con él. Así por ejemplo, haciendo especial referencia a la
adelante. esfera social, hay una diferencia entre la pretensión moral de un bien co­
munitario y el derecho de la sociedad a ese bien y a los medios para su rea-)
lización. Una pretensión moral pide nuestro consentimiento, y sin

F IL O S O F Í A
80 t é c n ic a , m e d ic in a y é t ic a S O B R E LOS E X P E R I M E N T O S EN S U JETOS H U M A N O S 81

puede responder a ella. Un derecho puede salir adelante sin él, y su cum­ zoso y representativo de la vida individual. La situación de sacrificio más
plimiento se impone con ayuda de la ley: el consentimiento es entonces antigua es la de las víctimas humanas en las antiguas comunidades. No
cuestión de obediencia, y no tiene por qué ser voluntad espontánea. Si el eran actos cometidos por sed de sangre o salvajismo desenfrenado, sino el
consentimiento se da de todos modos, la diferencia puede quedar sin obje­ cumplimiento solemne de una suprema necesidad sagrada. Alguien de la
to. Pero la conciencia de las múltiples ambigüedades adheridas al término comunidad de los hombres tenía que morir para que todos pudieran vivir,
«consentimiento», tal como se solicita y emplea de facto en la investigación la tierra fuera fértil o el ciclo de la naturaleza se renovase. A menudo la víc­
médica, nos mueve a volver a la idea de un derecho público independiente tima no era un enemigo prisionero, sino un miembro elegido del grupo: a
del consentimiento y concebido como previo a él; viceversa, la naturaleza veces el rey anual. Por más que hubiera crueldad en juego, no era la de los
problemática de tal derecho puede hacer que incluso sus promotores insis­ hombres, sino la de los dioses o más bien el orden estricto de las cosas, del
tan en la idea del consentimiento, con todas sus ambigüedades: una situa­ que se creía que promovía a este precio la benevolencia de la vida. Para ase­
ción incómoda para ambas partes desde el punto de vista teórico. gurarla y asegurarla siempre para la comunidad, había que pagar una y
Tampoco sirve de mucho cambiar el discurso de los «derechos» por el de otra vez el terrible quid pro quo.
los «intereses» y oponer el peso acumulativo del interés de los muchos al de los Debería estar lejos de nosotros, desde la altura de nuestro saber ilus­
pocos o al del individuo. Los «intereses» van desde los más secundarios y fa­ trado, desconocer la desmesura de este horror. Las determinadas concep­
cultativos hasta los más vitales e imperiosos, y sólo se podrá incluir en tal ciones causales que actuaban aquí han sido desterradas hace mucho al
cálculo a los de especial rango... con lo que volvemos simplemente a la cues­ reino de la superstición. Pero en los momentos de riesgo nacional tam­
tión del derecho y de la pretensión moral. Además, apoyarse en las cifras es bién hoy enviamos a nuestros jóvenes a dar su vida para que continúe la
peligroso. ¿El número de los afectados por una determinada enfermedad es lo vida de la comunidad, y cuando se trata de una guerra justa los vemos
suficientemente grande como para justificar la lesión de los intereses de los no marchar como consagrados y extrañamente ennoblecidos por un papel de
afectados? Dado que el número de estos últimos suele ser mucho mayor, el víctima. No hacemos depender su marcha de su voluntad y su consenti­
argumento puede volverse de hecho en la afirmación de que el peso acumula­ miento, por más que podamos desearlo y cultivarlo. Los reclutamos con­
tivo del interés está de su lado. Finalmente, también podría ser que el interés forme a la ley. Reclutamos a los mejores y nos sentimos moralmente in­
del individuo en su propia inviolabilidad sea en sí mismo un interés públi­ quietos cuando, ya sea intencionadamente o en sus resultados, el sistema
co, de tal modo que su infracción públicamente tolerada lesione, con indepen­ de leva funciona de tal modo que son principalmente los menos favoreci­
dencia de las cifras, el interés de todos. De ser así, su protección en cada caso dos, los menos útiles socialmente, de los que es más fácil prescindir, aque­
concreto sería un interés decisivo, y la comparación de cifras estaría de más. llos cuyas vidas deben comprar la nuestra. Ninguna convicción racional
Éstas son algunas de las dificultades ocultas en el esquema conceptual, de la necesidad pragmática que impera puede superar el sentimiento,
caracterizado por las expresiones «sociedad-individuo», «interés» y «dere­ mezcla de gratitud y culpabilidad, de que se toca la esfera de lo sagrado
chos». Pero hablábamos también de un reto moral, y esto apunta a otra di­ con el ofrecimiento representativo de vida por vida. Pero incluso dejan­
mensión que sin duda no está separada de la jurídico-social, pero la tras­ do al margen estas dramáticas ocasiones de aguda crisis existencial, el
ciende. Y hay una cosa más incluso más allá de eso: el verdadero sacrificio constante motivo secundario del sacrificio humano parece formar parte
por suprema entrega, para el que no hay ni leyes ni reglas, excepto la de que de la mera existencia y desenvolvimiento de la comunidad humana... sa­
tiene que ser absolutamente libre. «Nadie», se manifestaba en un simposio crificio de la vida y la felicidad, impuesto o voluntario, pocos a cambio de
americano, «tiene derecho a seleccionar mártires para la ciencia». Pero a muchos. Lo que Goethe decía en relación al ascenso del cristianismo pue­
ningún investigador se le puede impedir convertirse él mismo en mártir de de muy bien valer para la esencia de la cultura en general: «No se sacrifi­
su ciencia. En todas las épocas ha habido investigadores, pensadores y ar­ can / ni cordero ni toro / sino insólita víctima humana» (La novia de Co-
tistas que se han «sacrificado» en nombre de su profesión; el genio creador rinto). Nunca podremos descansar en la cómoda creencia de que el suelo
paga con frecuencia con la felicidad, la salud y la vida su propia culmina­ en el que crecen nuestras satisfacciones no está regado con la sangre de
ción. Pero nadie, ni siquiera la sociedad, tiene ni la sombra de un derecho los mártires. Pero una conciencia intranquila hace que nosotros, usufruc­
a esperar y exigir algo así en el curso normal de las cosas. Sus frutos se nos tuarios sin mérito, nos preguntemos: ¿quién debe ser mártir? ¿Al servicio
entregan como una grada gratis data. de qué causa? ¿Y elegido por quién?
Ni por un momento pretendo comparar los experimentos médicos en
sujetos humanos, sanos o enfermos, con los primitivos sacrificios huma­
3. E l t e m a d e l s a c r i f ic io nos. Pero algo de ese sacrificio está contenido en la revocación selectiva de
la inviolabilidad personal y la entrega ritual de individuos a riesgos innece­
Aun así, tenemos que mirar a los ojos a la oscura verdad de que la últi­ sarios para su salud y su vida en aras de un bien social mayor. Mis ejemplos
ma ratio de la vida comunitaria ha sido y es desde siempre el sacrificio for­ de la esfera del sacrificio masivo tenían la finalidad de aguzar la mirada
82 T ÉC N ICA , M E D I C I N A Y ÉTICA S O B R E LO S E X P E R I M E N T O S EN S U JE T O S H U M A N O S 83

para ver este aspecto secreto de nuestro tema y delimitarlo claramente de del individuo en su propio ser. No toleraríamos (y sin duda quemamos evi-
las obligaciones y coacciones normales que el conjunto social impone al in­ tai) que la educación escolar degenerara en adiestramiento de autómatas
útiles para la máquina social.
dividuo a cambio de las ventajas de la sociedad.
Hay que recordar que ambas limitaciones de la pretensión pública en
nombre del bien común —la que se refiere al sacrificio unilateral y la que
4. E l tem a del «contrato s o c ia l »
concierne a la esfera privada— solamente son válidas bajo el supuesto de la
primacía del individuo, en la que reposa toda la idea del «contrato social».
Lo primero que hay que decir en tal delimitación es que el concepto del Esta primacía es en sí misma un axioma propio de nuestra tradición occi­
llamado «contrato social» no incluye el sacrificio unilateral. Esta ficción de dental, por así decirlo su elección metafísica, y una abolición —admitida
la teoría política, que parte del primado del individuo, fundamenta tales li­ descuidada o indulgentemente— de su vigencia amenazaría los fundamen­
mitaciones a la libertad personal, necesarias para la existencia de la comu­ tos de esta tradición. Observemos de pasada que, naturalmente, los siste­
nidad, que existe por su parte en beneficio del individuo. El principio de es­ mas que convierten en su axioma la primacía alternativa de la sociedad es­
tas limitaciones es que su observancia general va en beneficio de todos: es tán menos vinculados a los límites que postulamos. Mientras nosotros
decir, que el individuo, al hacer su aportación a la observancia general de la rechazamos la idea de elementos socialmente «prescindibles» y contempla­
regla, se beneficia él mismo de ello. Observo el derecho de propiedad por­ mos a los que no sirven o incluso se rebelan contra el fin social como una
que su general observancia protege mi propio derecho; observo las normas carga que la sociedad tiene que llevar (dado que su derecho inmanente a
de circulación porque su general observancia garantiza mi propia seguri­ existir es tan incondicionada como la del más útil), un régimen realmente
dad; etcétera. Las obligaciones son aquí recíprocas y generales; nadie es es­ totalitario puede considerar justo que el colectivo se libre de esta carga o
cogido para un sacrificio especial. Además, como restricciones de mi liber­ constriña a los en alguna medida útiles de entre ellos al servicio en un fin
tad las leyes así derivadas de ese ficticio contrato social determinan en social (y hay eficaces combinaciones de ambas vías). Normalmente —es de­
cir, cuando no hay una situación de emergencia— no damos al Estado el
mucha mayor medida lo que no se puede hacer que lo que se debe hacer
(como hacían las leyes de la sociedad feudal). También allá donde se pres­ derecho a costreñir a trabajar aunque le demos el derecho a recaudar dine­
ro, porque el dinero es separable de la persona, pero el trabajo no. Menos
criben actos positivos (por ejemplo el pago de impuestos) la fundamenta-
aún que el trabajo forzoso toleramos el peligro o la lesión física y de la dig­
ción subyacente es que yo mismo soy un usufructuario de los servicios pú­
nidad impuesta por las autoridades.
blicos así financiados. Incluso las aportaciones recaudadas por el Estado
Sin embargo, en tiempo de guerra nuestra propia sociedad suspende el
del bienestar, que directamente sólo benefician a determinadas partes de la
fino equilibrio del contrato social y sitúa en su lugar un predominio casi in-
población (y que no estaban previstas en la versión liberal del contrato so­
condicionado de la necesidad pública sobre los derechos individuales. En
cial), se pueden interpretar como pólizas de seguro personales de éste o
casos de emergencia de este tipo, la condición sacrosanta del individuo se
aquel tipo —ya sea contra la eventualidad de mi propia indigencia, ya con­
ve en gran medida revocada y entra en vigor temporalmente un estado de
tra el riesgo de anomia en caso de escasez generalizada y no amortiguada,
cosas en la práctica casi totalitario, cuasicomunista. Se concede a la comu­
ya contra los perjuicios económicos de un mercado de consumo disminui­
nidad el derecho a plantear a sus miembros exigencias que en su condición
do— . En todo caso, tales aportaciones todavía se pueden subsumir en el
y dimensiones van mucho más allá de las normalmente permitidas. Enton­
principio del bien común ilustrado. Pero no hay en el marco conceptual del
ces se considera justo que una parte de la población soporte riesgos des­
contrato social una revocación total del interés propio, y por tanto el puro
proporcionados, y la mayoría restante acepta este sacrificio y goza después
sacrificio queda fuera de él. En las condiciones hipotéticas del contrato por
de sus frutos... por difícil que nos parezca justificar esto conforme a las es­
sí solo, no se me puede exigir morir por el bien común. (Thomas Hobbes
calas éticas normales. Lo justificamos, por así decirlo de manera transética,
dejó esto insistentemente claro). Incluso dejando a un lado este caso extre­
con el estado colectivo de extrema emergencia cuya expresión legal es, por
mo, queremos pensar que nadie es total y unilateralmente el pagano en nin­
ejemplo, la declaración del estado de guerra.
guna de las renuncias que en circunstancias normales la sociedad exige «en
Los experimentos médicos con sujetos humanos se ubican en algún lu­
interés general», es decir, a favor de los demás. «En circunstancias norma­
gar entre este caso extremo y las transacciones normales del contrato so­
les» es, como veremos, una cláusula necesaria. Además, el «contrato» sólo
cial. Por una parte, en general no está en juego ninguna supervivencia co­
legitima las pretensiones sobre nuestras acciones visibles, públicas, y no
aquellas sobre nuestro ser invisible y privado, del que luego hablaremos. lectiva extrema comparable a la opción entre la vida y la muerte. Y no se
exige un sacrificio o riesgo extremo comparable. Por otra parte, lo que se exi­
Hay un caso en el que interés y control públicos se extienden, con general
consentimiento, a la esfera privada: en la escolarización forzosa de nues­ ge va decididamente más allá de lo que el individuo puede poner de su per­
tros hijos. Pero también en este caso se asume que el aprendizaje y lo sona a disposición del «bien común» de manera legal y admisible. De he­
aprendido, aparte de todo el futuro beneficio para la sociedad, va en bien cho, nuestra sensibilidad contra el tipo de invasión y utilización del ámbito
84 técnica , m ed ic in a y ética
sobre los experim en tos en sujetos humanos 85

más íntimo del propio cuerpo, que es de lo que aquí se trata, es tal que sólo darlo, porque muestra que en la cuestión de la prolongación marginal de la
un objetivo de valor superior o imperativa urgencia podría hacérnoslo vida por medios tan extraordinarios como el trasplante de órganos no se
aceptable. debe incluir el bien de la sociedad: es demasiado robusto para eso. Si el
cáncer, las enfermedades cardíacas y otras dolencias orgánicas (no conta­
giosas), especialmente aquellas que afectan más a los viejos que a los jóve­
5. L a s a l u d c o m o b i e n p ú b l ic o nes, siguen cobrándose su mortal tributo (también en miedo y tormento
privado) con frecuencia constante, la sociedad podría no obstante prospe­
El fin en cuestión es la salud, y en su aspecto crítico la vida misma... bie­ rar en todos los sentidos.
nes evidentemente elevados, a los que el médico sirve directamente me­ Y ahora algunos ejemplos de lo que la sociedad no puede permitirse, de
diante la curación y el investigador indirectamente mediante el conoci­ hecho, con serena veracidad. No puede permitirse dejar que una epidemia
miento que obtiene de sus experimentos. No hay duda ni sobre el bien se extienda sin freno; que la tasa de mortalidad supere de forma constante
superlativo que se promueve ni sobre el mal que se combate: la enfermedad la de natalidad; pero tampoco —tenemos que añadir— una tasa de natali­
y la muerte prematura. Pero, ¿un bien para quién y un mal para quién? En dad que supere demasiado la de mortalidad; no puede permitirse una me­
la aspiración a dar a la experimentación médica la dignidad que le corres­ dia de duración de la vida demasiado baja, aunque esté demográficamente
ponde (en la creencia de que un valor es mayor cuando es colectivo en vez compensada por una elevada fertilidad; ni, por otra parte, una longevidad
de individual), la salud y la enfermedad se predican del conjunto social, demasiado generalizada, con la disminución, que le corresponde necesa­
como si fuera la sociedad la que en la persona de sus miembros se alegra de riamente, del peso de la juventud en el cuerpo social; ni un nivel debilitador
la una y sufre la otra. Para los fines de nuestro problema, se puede contra­ del estado general de salud; y otras cosas por el estilo. Éstos son casos cla­
poner interés público a interés privado, bien común a bien individual. De ros en los que el estado general de la sociedad se ve críticamente involucra­
hecho he oído llamar a la salud bien nacional... lo que sin duda también es, do, y el interés público puede presentar sus imperativas reclamaciones. La
pero no en primer término. Muerte Negra, en el siglo xiv, fue una calamidad pública aguda; las agota­
Para ilustrar un tanto la falta de claridad de estos conceptos, he pensa­ doras devastaciones de la malaria endémica en algunos países son una ca­
do en una formulación que se utilizo repetidamente en una conferencia lamidad pública de tipo crónico. Una sociedad, como conjunto «no puede
americana sobre este objeto, primero en forma de pregunta retórica: permitirse» tales situaciones, y muy bien pueden hacer necesarios recursos
«¿Puede permitirse la sociedad “desechar” los tejidos y órganos de un pa­ extraordinarios, incluyendo la invasión de los sacrosantos ámbitos privados.
ciente que ha perdido de forma irreversible la conciencia cuando podrían Esto no es enteramente cuestión de cifras y proporciones. En un senti­
ser utilizados para restablecer a un individuo enfermo sin esperanza, pero do más sutil, la sociedad no puede permitirse ni un sólo asesinato judicial,
aún rescatable?». Se responde con un no a la pregunta, mencionándose ni una sola torsión del derecho, ni una infracción de los derechos huma­
como finalidad del aprovechamiento de tejidos y órganos, además de la sal­ nos ni de la más mínima minoría, porque esto socava la base moral sobre
vación de otros pacientes, la investigación y la experimentación. Vamos a la que reposa la existencia de la sociedad. Pero, por razones similares, tam­
entrar más en detalle en algunos de estos conceptos. poco puede permitirse la ausencia de compasión en medio de ella, la desa­
parición del esfuerzo por aliviar los padecimientos, ya sean muy extendidos
o raros... una forma de lo cual es el esfuerzo por vencer a las enfermedades
6. Lo QUE LA SOCIEDAD PUEDE PERMITIRSE de todas clases, sin importar que numéricamente tengan peso social o no.
En resumen, la sociedad no puede permitirse la falta de virtud en mitad de
«¿Puede permitirse la sociedad...?» ¿Qué? ¿Dejar morir intactas a las sí misma, con su disponibilidad al sacrificio más allá de la obligación defi­
personas y privar así a otras de algo que necesitan desesperadamente y sin nida. Dado que su ausencia, es decir, la del idealismo personal, es en última
lo cual tendrían que morir también? De hecho, estos otros infelices no pue­ instancia un secreto imprevisible a pesar de toda la educación, tenemos la
den salir adelante sin el riñón, el corazón u otros órganos del paciente que paradoja de que, para existir, la sociedad depende de un orden «religioso»
está muriendo al lado, del que depende que ellos continúen vivos. Pero, ¿les imponderable que puede fomentar, que puede esperar, pero que no puede
da eso un derecho? ¿Obliga eso a la sociedad a procurarles lo que necesi­ imponer. Tanto más tiene que proteger este preciosísimo capital del abuso.
tan? ¿Está el comatoso obligado a cedérselo? ¿Es que el cuerpo, cuando ya ¿Para qué fines de la esfera biomédica habría que tocar este capital...
no se puede salvar para la propia persona, pertenece a la sociedad? Deje­ Por ejemplo, para solicitar y utilizar los servicios de sujetos humanos para
mos a un lado lo que la sociedad puede o debe hacer: «permitírselo» sin •a experimentación? Postulamos que tiene que tratarse no sólo de fines que
duda que puede. Perder miembros por muerte natural es algo integrado en cuenten con el asentimiento general, como es sin duda el caso del fomento
el equilibrio natural de la muerte y el nacimiento. Naturalmente esto es de­ de la salud de todos, sino de fines que tengan la aspiración superior a la
masiado general para nuestra pregunta, pero quizá merezca la pena recor­ sanción social. Pensamos ante todo en los casos ilustrados anteriormente,
86 T ÉC N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA
S O B R E LOS E X P E R I M E N T O S EN S UJ ETOS H U M A N O S 87
que afectan de forma crítica a todo el estado actual y futuro de la comuni­
dad. Se puede declarar un estado de emergencia pública comparable al es­ beneficios, debemos a la «sociedad», como gerente principal, nuestras
aportaciones individuales al deseado «más allá» del movimiento. Recalco el
tado de guerra, en el que se levantan temporalmente ciertas prohibiciones
«más allá». Mantener un nivel existente y en conjunto aceptable no requie­
y tabús normalmente inviolables. Observaremos aquí que la superación de
re más que los medios ortodoxos de la imposición fiscal y la supervisión del
un mal siempre tiene más peso que el fomento de un bien. Un riesgo extra­
estándar profesional. El objetivo electivo del progreso exige más. Así que te­
ordinario disculpa los recursos extraordinarios. Esto vale también para los
nemos ese síndrome: el progreso es, en nuestra voluntad, un interés reco­
experimentos físicos en personas, que habría que incluir más bien entre las
nocido de la sociedad, en cuyos beneficios los individuos participamos en
formas extraordinarias que ordinarias de servicio públicamente exigido al
distintos grados: la investigación es un instrumento necesario del progreso;
bien común. Naturalmente, dado que la previsión y la responsabilidad ante
en la medicina, la experimentación en sujetos humanos es un instrumento
el futuro forman parte de la esencia de la sociedad institucional, la defensa
necesario de la investigación: ergo la investigación humana se ha converti­
contra las catástrofes se extiende también a la prevención a largo plazo,
do en un interés social.
aunque su menor urgencia permite exigencias menos radicales.
Pero, ¿puede realmente la sociedad, en aras de cualquier interés públi­
co, exigir la aportación de mi ser físico? El llamado «contrato social» sólo
legitima exigencias sobre nuestros actos visibles y públicos, no sobre nues­
7. L a s o c ie d a d y l a c a u s a d e l p r o g r e s o
tro ser invisible, secreto, oculto incluso a nosotros mismos. Nuestras capa­
cidades, no su origen en la persona, entran dentro del ámbito de vigencia
El argumento se vuelve mucho más débil cuando no se trata de la sal­
de los derechos públicos. A nuestra conducta y a nuestra posesión munda­
vación, sino de la constante mejora de la sociedad. Gran parte del progreso
nas se les pueden plantear exigencias del bien común, que lleguen hasta el
médico entra en esta categoría. Como ya hemos dicho, hay que distinguir el
requerimiento de prestaciones y de la propiedad: ambas son separables de
riesgo para la sociedad de la tragedia personal. Mientras se mantengan
la persona, sus extensiones externas por así decirlo, abiertas a la interven­
ciertos valores estadísticos, la aparición de la enfermedad y la muerte a ella
ción de los derechos públicos que regulan lo externo, lo que llega hasta el mun­
debida no son una desgracia «social» en sentido estricto. Me apresuro a
do de todos, a través de la ley y la costumbre. Pero en el límite entre el
añadir que no por eso es menos una desgracia personal, y el grito de ayuda
mundo exterior común, compartido con otros, y el interior más propio,
que se alza con muda elocuencia de cada víctima y de todas las víctimas po­
nuestra piel, todo derecho público se detiene. Igual que nadie, ni el Estado
tenciales no posee una dignidad menor. Pero sería erróneo equiparar la res­
ni el prójimo necesitado, tiene derecho a uno de mis riñones; igual que los
puesta a ello, fundamentalmente humana, con la que se debe a la sociedad;
órganos del yacente en coma irreversible no se pueden requerir legalmente
esta respuesta es debida de persona a persona... y por eso la sociedad se la
para la salvación de otros, tampoco el interés público o bien común tiene
debe al individuo, en cuanto la adecuada provisión de estas necesidades su­
derecho a mi metabolismo, mi circulación, mis secreciones internas, mi ac­
pera el círculo de actuación de la espontaneidad privada (como es cada vez
tividad neuronal o cualquier otro de mis aconteceres internos. Esto es lo
más el caso) y se convierte en mandato público. Sólo de esta forma la so­
más privado de lo privado, la esfera propia no comunal, inalienable. Si
ciedad asume la responsabilidad de la atención médica, la investigación, el
añadimos a esto que dentro del progreso médico no estamos ante ningún
cuidado de los ancianos y un sinnúmero de cosas que originariamente no
caso de emergencia pública, no hay que evitar ninguna catástrofe general
entraban en el dominio público, y ahora se han convertido en verdaderas
(caso en el que desaparecen incluso los últimos derechos privados), que
obligaciones frente a la sociedad en vez de directamente frente al congéne­
más bien —dicho sea de forma sobria y estadística— la sociedad puede se­
re, precisamente porque ahora son administradas por la sociedad.
guir existiendo aunque el cáncer y las dolencias cardíacas sigan sin ser con­
De hecho, ya no sólo esperamos de la sociedad derecho, orden y protec­
troladas por un tiempo más, se verá que el contrato social tiene poco que
ción de nuestra seguridad, sino mejoría activa y constante en todos los
hacer en esta cuestión y la voluntariedad es inseparable de ella. Existe,
terrenos: tanto refrenando a la naturaleza como acrecentando e incremen­
como ya hemos hecho notar, una diferencia entre la aspiración moral a un
tando las posibilidades de satisfacción humana... en pocas palabras: pro­
bien común (como sin duda es toda victoria sobre una enfermedad) y un
moviendo el progreso. Éste es un objetivo expansivo, que deja muy a sus es­
derecho de la sociedad a este bien y a los medios para su realización.
paldas la norma negativa referente a las catástrofes de nuestras anteriores
La determinación de la investigación es esencialmente meliorista. No
reflexiones. Le falta la urgencia de esta última, pero tiene la nobleza del li­
sirve al mantenimiento de un bien existente, del que ya me beneficio y por
bre avance hacia adelante. Seguro que merece un sacrificio. La pregunta
el que aporto una contraprestación. Pero excepto cuando la situación ac­
ya no es qué necesita la sociedad, sino a qué está obligada por nuestro
tual es insoportable, el objetivo meliorista no es necesario: es facultativo, y
mandato, más allá de toda necesidad. El fideicomiso para estos objetivos
no sólo desde el punto de vista del presente. Nuestros descendientes tienen
crecientes se ha convertido en un mandato oficial, permanente e institu­
derecho a que les leguemos un planeta sin saquear; no tienen derecho a
cionalizado del organismo político. Como celosos usufructuarios de sus
nuevas curas milagrosas. Hemos pecado contra ellos al destrozar su heren­
88 T ÉC N ICA , M E D I C I N A Y ÉTICA S O B R E LO S E X P E R I M E N T O S EN S U JETO S H U M A N O S 89

cia... a lo que nos dedicamos con todas nuestras fuerzas; no hemos pecado contrato social. Este último, como hemos visto, está fundado en la regla del
contra ellos si en el momento de su llegada la arteriosclerosis aún no ha beneficio propio ilustrado: do ut des —doy para que me den—. La ley de la
sido erradicada (excepto si se debe a dolosa negligencia). Dicho de manera conciencia personal exige más. Conforme a la «regla de oro», por ejemplo,
muy general, igual que la humanidad no tenía derecho a la aparición de un debo hacer las cosas tal como deseo que me las hicieran en las mismas cir­
Newton, un Miguel Ángel o un Francisco de Asís, y no tenía derecho a las cunstancias, pero no para que me las hagan y esperando una recompensa.
bendiciones de sus no programados actos, tampoco el progreso, con todo La reciprocidad, esencial para la ley social, no es una condición de la ley
nuestro metódico trabajo en su favor, puede ser presupuestado y exigir sus moral. Sin duda una expectativa más sutil del «beneficio propio», pero per­
frutos como si se tratara de un interés vencido. Más bien el que tenga lugar teneciente ya al orden moral, puede representar su papel: prefiero vivir en
y sea para bien (de lo que nunca podemos estar seguros) ha de ser contem­ una sociedad moral, y puedo esperar que mi ejemplo contribuya a la mora­
plado como algo así como una «gracia». lidad general. Pero incluso si al hacerlo peco de ingenuo, la «regla de oro»
se mantiene. (Si la ley social rompe su lealtad a mí, quedo desligado de su
pretensión.)
8. M ELIO RISM O , INVESTIGACIÓN MÉDICA Y OBLIGACIÓN INDIVIDUAL

En ningún sitio el objetivo meliorista es más inherente a la esencia del 9. L e y m oral y en trega transm oral

caso que en la medicina. Para el médico, es todo lo contrario que facultati­


vo. Curar, es decir, mejorar al paciente, es su profesión, y por tanto también ¿Puedo entonces verme llamado, en nombre de la ley moral, a la prácti­
la mejora de la capacidad de curar es una parte de su obligación. ¿Hasta ca de experimentos médicos sobre mí mismo? En principio, la «regla de
qué punto obliga al otro, al no implicado? Como objetivo social, lo decía­ oro» parece ser aplicable aquí. Si yo sufriera una enfermedad mortal, desea­
mos antes, la constante mejora es facultativa. Tiene que apoyarse en su no­ ría que suficientes voluntarios en el pasado hubieran hecho posible con la
bleza interior. Ambas cosas, libertad de elección y nobleza, tienen pues que entrega de sus cuerpos el conocimiento suficiente como para que yo pudie­
determinar la forma en que se apela a y se acepta en el campo médico el ra salvarme ahora. Desearía, si necesitara a toda costa un trasplante, que el
sentido del sacrificio de terceras personas al servicio del progreso. La liber­ paciente de al lado hubiera dado su acuerdo a una definición de muerte se­
tad es sin duda la primera condición que hay que observar aquí. La cesión gún la cual sus órganos estuvieran disponibles para mí en su estado más
del propio cuerpo para experimentos médicos está totalmente fuera del fresco. Sin duda si me ahogo desearía también que alguien arriesgara, o in­
«contrato social» exigible. cluso sacrificara, su vida por mí.
¿O se puede interpretar como dentro de él... como reembolso de los be­ Pero el último ejemplo nos recuerda que sólo la forma negativa de la
neficios de anterior experimentación que yo mismo he recibido? Pero ese regla de oro («no hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti») tiene
reembolso no se lo debo a la sociedad, sino a las anteriores personas dis­ plena fuerza prescriptiva. La forma positiva («haz a los otros lo que desea­
puestas al sacrificio, con las que la propia sociedad está en deuda, y ésta no rías que te hicieran a ti»), dentro de la cual entra nuestra pregunta, apun­
tiene derecho a reclamar mi deuda personal y aumentar así la suya. Ade­ ta a un horizonte infinitamente abierto, en el que pronto cesa la fuerza
más, la gratitud no es socialmente imponible; y de todas formas no impone prescriptiva. Podemos decir de A que hubiera debido asistir a B, compartir
imitar su causa con un hecho igual. Pero sobre todo, si entonces fue injus­ su angustia con él, etc., pero no podemos decir que A hubiera debido dar
to forzar el sacrificio no será justo volverlo a forzar apelando al beneficio su vida por B. Que lo hubiera hecho sería elogiable; no haberlo hecho no
que me ha reportado. Y si entonces no fue forzado, sino enteramente libre es reprochable. No se le puede exigir. No infringe ninguna obligación si
como tenía que ser, así debe seguir siendo, y el precedente no se puede em­ no lo hace. Pero él y sólo él puede decir de sí mismo que hubiera debido
plear como presión social sobre los descendientes para hacer lo mismo dar su vida. Este «deber» es estrictamente entre él y sí mismo, o entre él y
bajo el signo de la obligación. Dios. Ninguna parte externa —prójimo o sociedad— puede atreverse a al­
De hecho, tenemos que buscar fuera de la esfera del contrato social, fue­ zar su voz.
ra de todo el ámbito de derechos y obligaciones públicos, los motivos y En otras palabras, tenemos que distinguir entre obligación moral y la
normas de los que podemos esperar que produzcan la voluntad de dar algo mucho más amplia esfera del valor moral. (Esto, dicho sea de paso, mues­
a lo que nadie tiene derecho: ni la sociedad, ni el prójimo, ni la posteridad. tra el error en la difundida opinión de la teoría de los valores de que, cuan­
Tales fuentes transsociales del comportamiento están en el ser humano, y to mayor sea el valor, más vinculante es y tanto mayor la obligación de ha­
ya he señalado la paradoja o el misterio de que sin ellas la sociedad no pue­ cerlo realidad. Los valores supremos se encuentran en una región situada
da prosperar, que tenga que alimentarse de ellas pero no pueda dirigirlas. más allá de la obligación y la exigencia.) La dimensión ética va mucho más
¿Qué ocurre con la ley de la costumbre como tal motivación trascenden­ allá de la ley moral y llega hasta la sublime soledad de la entrega y la elec­
te del comportamiento? Va considerablemente más allá de la ley pública del ción última, lejos de todo cálculo y regla... en pocas palabras: a la esfera de
90 T ÉC N ICA , M E D I C I N A Y ÉTICA
S O B R E LOS E X P E R I M E N T O S EN S UJ E T OS H U M A N O S 9]

lo sagrado. Sólo de allí puede partir la oferta del sacrificio de uno mismo, y realmente importante y el proyecto tenga en alguna medida expectativas de
esta fuente tiene que se protegida de la manera más cuidadosa. ¿Cómo? éxito. Por sí mismo, el investigador es libre de prestar oídos a su obsesión,
La primera obligación que le surge aquí a la comunidad investigadora poner a prueba su intuición, probar su suerte, seguir el atractivo de la am­
es garantizar una verdadera autenticidad y espontaneidad por parte de los bición. En tanto que se expone a sí mismo y a otros consagrados de la co­
sujetos. munidad investigadora al reto del experimento, aún no se ha pisado terre­
no problemático.
Pero naturalmente, incluso con la disponibilidad ideal de este círculo
10. E l PROBLEMA DEL «CONSENTIMIENTO» íntimo no se resuelve el problema. Este potencial no basta, ni en número ni
en dispersión cualitativa del material, para el múltiple, sistemático y cons­
Pero aquí debemos tener claro que la mera emisión del llamamiento, la tante ataque a la enfermedad de todo tipo a la altura del cual estaban los ac­
petición de voluntarios, con la presión moral y social que inevitablemente tos solitarios de los antiguos investigadores. Las necesidades estadísticas
engendra, no puede por menos que convertirse en una especie de conscrip­ plantean sus voraces exigencias. Si toda la empresa del progreso no fuera
ción incluso observando escrupulosamente las reglas del consentimiento. Y facultativa, comparada con el obligado respeto a una esfera privada invio­
necesariamente entra en juego una cierta tarea de convicción. Por eso el lable, la solución más sencilla sería inscribir a toda la población en «padro­
consentimiento —sin duda la condición mínima inalienable— aún no sig­ nes» y decidir por ejemplo por sorteo quién de cada categoría es llamado al
nifica la total solución del problema. Admitiendo que la intimación y la «servicio». No es difícil imaginar sociedades en las que esto coincidiría con
convicción y con ello algo así como el reclutamiento forman parte de la si­ sus concepciones básicas. Estamos de acuerdo en que la nuestra no es una
tuación, surge la pregunta: ¿quién puede reclutar y quién ser reclutado? O de ellas y no va a serlo. El lantasma de esta posibilidad es una de las uto­
expresado con más suavidad: ¿quién debe hacer el llamamiento a quién? pías amenazadoras en nuestro propio horizonte, y tenemos que cuidar de
El emisor naturalmente cualificado del llamamiento es el propio inves­ no acercarnos a ella mediante pasos inapreciables. ¿Cómo podríamos man­
tigador, colectivamente el titular principal del impulso y el único con com­ tenemos fieles a ese obligado respeto si al mismo tiempo queremos dar el
petencia técnica para juzgar. Pero dado que también es parte interesada en suyo a otro valor de no menor rango? Repetimos simplemente la pregunta
alto grado (e interesada no sólo en el bien público, sino también en la em­ anterior: ¿a quién ha de dirigirse el llamamiento?
presa científica como tal, en «su» proyecto, incluso en su carrera), no es un
testigo del todo libre de sospecha. La dialéctica de esta situación —un deli­
cado problema de compatibilidad— hace necesarios especiales controles 12. «IDENTIFICACIÓN» COMO PRINCIPIO DE SELECCIÓN EN GENERAL
por parte de la comunidad investigadora y de las autoridades públicas, que
no vamos a discutir aquí. Los controles pueden atenuar el problema, pero no Si ampliamos a criterios generales de selección las condiciones que cua­
superarlo. Tenemos que vivir con la ambigüedad de todo lo humano. lifican preferentemente a los miembros de la comunidad científica para el
papel en cuestión, habría que buscar otros sujetos en los que sea de esperar
un máximo de identificación, comprensión y espontaneidad... es decir, en­
11. AUTORRECLUTAMIENTO DE LA COMUNIDAD CIENTÍFICA tre las partes de la población más formadas y menos manipulables por su
situación económica. Desde esta reserva por naturaleza escasa, una escala
¿A quién debe dirigirse el llamamiento? El emisor natural del mismo es descendente de admisibilidad ideal lleva a la creciente abundancia real de
también su primer destinatario natural: el propio investigador médico y el la oferta, cuya utilización debería ser tanto más contenida cuanto más se
gremio científico en su conjunto. En tal coincidencia —de hecho la noble relajan los criterios de exclusión. Esto lleva a una inversión de la «conduc­
tradición con la que empezó el capítulo entero de los experimentos huma­ ta de mercado» normal y racional, en la que la oferta más barata es la pri­
nos— desaparecen casi todos los demás problemas legales, éticos y metafí- mera que se emplea y la más cara se emplea en todo caso al final.
sicos. Si hay una plena y autónoma identificación del sujeto con el objetivo El principio conductor de estas consideraciones es que a la «injusticia»
de la investigación que tiene que legitimar su papel en el experimento, es de la cosificación sólo se le puede hacer «justicia» con una identificación tan
ésta; si hay una comprensión plena (no sólo del objetivo, sino también del auténtica con el objetivo de la investigación que haga a éste un objetivo
procedimiento de experimentación y de sus posibilidades), es ésta; si hay tanto del sujeto del experimento como del investigador. En ese caso, el papel
una motivación fuerte, es ésta; si hay una decisión libre es ésta; si hay una experimental del sujeto no es simplemente permitido, sino positivamente
integración con todo el esfuerzo y la acción de la persona, es ésta. El auto- querido. Esta voluntad soberana suya, que hace propio el objetivo, garan­
rreclutamiento ha eludido per se el problema del consentimiento, con su in- tiza su condición de persona en esa situación de lo contrario despersona-
soluble ambigüedad. En este caso ni siquiera tiene que cumplirse la con­ lizadora. Para ser válida, esa voluntad tiene que ser autónoma e informada.
dición, vigente para el reclutamiento de terceros, de que el objetivo sea Esta última condición sólo se podrá cumplir en un cierto grado fuera de la
92 T ÉC N ICA , M E D I C I N A Y ÉTICA
S O B R E LO S E X P E R I M E N T O S EN S U JE T O S H U M A N O S 93

comunidad investigadora. Pero cuanto mayor sea el grado de comprensión experimentación son los internos de las cárceles: pueden dar su autorización,
respecto al objetivo y a la técnica, tanto más válido será el consentimiento sin la que tampoco en su caso se puede hacer nada, contra la promesa de be­
de la voluntad. Un margen de mera confianza sigue siendo inevitable. En neficios penitenciarios, en caso de gran riesgo incluso de condonación de la
última instancia, el llamamiento a los voluntarios debería buscar ese libre pena. Todas estas son zonas de penumbra que sin duda no se pueden evitar,
y alegre consentimiento, la apropiación del objetivo de investigación en el pero a las que hay que entrar con gran cuidado ético. El límite inferior es la
propio esquema de objetivos de la persona. Según esto, la apelación se di­ capacidad de comprensión y de consentimiento (es decir, también de negati­
rige en verdad a una fuente misteriosa y sagrada de generosidad de la vo­ va) como tal. Esto excluye tanto a los débiles mentales como a las relaciones
luntad, «sacrificio» que puede prender en distintos individuos por distintos de obediencia militar. No puedo entrar aquí en una casuística. Muestro sólo
motivos y objetos. Las siguientes motivaciones, por ejemplo, pueden ser re­ el principio del orden de preferencias, visto ahora desde el lado negativo:
ceptivas al «llamamiento» aquí discutido: compasión por el sufrimiento cuanto más pobre en conocimiento, motivación y libertad de decisión es el
humano, diligencia en favor de la humanidad, respeto a la regla de oro, en­ grupo de sujetos (y esto significa también, por desgracia, el grupo más am­
tusiasmo por el progreso, entrega a la causa de la ciencia, incluso, sin obje­ plio y más disponible), tanto más cautelosamente, incluso con resistencia, ha
tos, la necesidad en sí de autojustificación a través del sacrificio. Todas es­ de ser empleada esta reserva, y tanto más coactiva tiene que ser la justifica­
tas motivaciones, afirmo, puede utilizarlas el investigador si el objeto de ción compensatoria a través del objetivo.
investigación es lo bastante digno; y es una obligación prioritaria de la co­ Observemos que esto es lo contrario de un estándar de utilidad social, la
munidad investigadora (especialmente con vistas a lo que he llamado inversión del orden de «disponibilidad y empleabilidad»: los elementos más
«margen de confianza») prestar atención a que esta valiosa fuente nunca valiosos y más escasos, los más difíciles de sustituir, del organismo social,
sea objeto de abuso con fines poco serios. Ni la más libre y espontánea de deben ser los primeros candidatos al riesgo y el sacrificio. Es el estándar del
las ofertas debería ser aceptada para un objetivo menos que pleno. nobleza obliga; y a pesar de su tendencia contraria a la utilidad y a su apa­
rente derroche, sentimos que tiene su corrección e incluso una «utilidad»
superior, porque el alma de la comunidad vive de este espíritu. Es también
13. La r e g l a d e l a « s e r ie d e s c e n d e n t e » y s u s e n t i d o ANTIUTILITARIO lo contrario de lo que exigen las necesidades cotidianas de la investigación,
y su observancia exige de la comunidad científica que combata la fuerte ten­
Hemos planteado una regla que no puede resultar muy agradable a la in­ tación de atenerse rutinariamente a la fuente más fácilmente utilizable... los
dustria de la investigación, hambrienta de cifras. Dado que tengo confianza sugestionables, los ignorantes, los dependientes, los «presos» en múltiples
en el potencial trascendente de los hombres, no temo que esa «fuente» falte sentidos. No creo que una elevada resistencia contra esta tentación tenga
nunca a una sociedad que no se autodestruya... y sólo una sociedad así me­ que paralizar a la investigación, lo que no se puede permitir; en todo caso,
rece los beneficios del progreso. En todo caso, esta regla es «elitista» (como podrá ralentizarla aquí y allá debido a las cifras inferiores con las que en
la empresa del progreso mismo bien entendida), y las elites son por naturale­ consecuencia se alimenta a la experimentación. Este precio —un ritmo qui­
za pequeñas. El atributo conjugado de motivación e información, más liber­ zá más lento en el progreso— podría pagarse muy bien por el mantenimien­
tad de presión exterior, suele estar socialmente tan circunscrito que la estric­ to del preciosísimo capital de la vida superior en comunidad.
ta observancia de la regla podría matar numéricamente por inanición el
proceso de la investigación. Por eso hablamos de una serie descendente de
admisibilidad, que permite precisamente relajar la regla, pero en la que la 14. E x p e r i m e n t o s c o n p a c ie n te s
conciencia de que su legitimación disminuye no carece de consecuencias
prácticas. Apartándose de la norma purista, la zona de destino del llama­ Hasta aquí hemos partido de la tácita aceptación de que los sujetos de
miento se desplaza necesariamente del idealismo a la condescendencia, de la experimentación se toman de entre las filas de los sanos. A la pregunta
altura de miras a la conformidad, del juicio a la confianza. «Consentimiento» «¿quién es reclutable?», la respuesta espontánea podría ser: los que menos
y «voluntariedad» en sentido formal cubren todo el espectro, pero llegamos a y los últimos de todos los enfermos... precisamente los más disponibles de
zonas de penumbra en las que su contenido se vuelve cuestionable, quizá ilu­ todos, ya que de todas formas están en tratamiento y bajo observación. Que
sorio. Por ejemplo en el caso de necesitados, cuando interviene la compensa­ al ya asediado no se le deberían exigir más cargas y riesgos, que están bajo
ción económica; o en el caso de personas dependientes, que temen perder la especial protección de la sociedad y la muy especial del médico... eso nos
con un no el favor de su superior o esperan ganárselo con un sí. Pensamos lo dice nuestro elemental sentido moral. Pero precisamente el objetivo de la
aquí en la psicología de los pacientes de beneficencia, pero también en los es­ investigación médica, la victoria sobre la enfermedad, requiere en su esta­
tudiantes en su relación con el profesor que pide sujetos de prueba para su dio decisivo el experimento verificador en pacientes justo de esa enferme­
proyecto de investigación. (Por otra parte, ellos cumplen muy bien el deside­ dad, y el dejar de llevarlos a cabo echaría a perder el objetivo. Con el reco­
rátum de la comprensión.) Una población especialmente a mano con fines de nocimiento de esta necesidad ineludible entramos en la zona más sensible
T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA S O B R E LO S E X P E R I M E N T O S EN S U JE T O S H U M A N O S 95
94

de todo el complejo, porque el acontecimiento afecta aquí al núcleo de la 16. E l p r in c i p i o DE «IDENTIFICACIÓN» APLICADO a los PACIENTES
relación médico-paciente y pone a prueba sus obligaciones más solemnes.
Sobre la ética de esta relación no tengo nada nuevo que decir, pero con fi­ En conjunto parecen regir aquí los mismos principios que hemos esta­
nes de confrontación con la cuestión del experimento tenemos que recor­ blecido para los objetos normales de investigación: identificación, motiva­
dar algunas de las verdades más antiguas. ción, comprensión por parte del sujeto. Pero está claro que estas condicio­
nes son peculiarmente difíciles de cumplir en el caso de un paciente. Su
estado físico, su desvalimiento psíquico, su relación de dependencia para
15. E L PRIVILEGIO FUNDAMENTAL DEL ENFERMO
con el médico, la postura de sometimiento e incapacitación que se deriva del
tratamiento... todo lo que tiene que ver con su condición y estado hace
En el curso del tratamiento, el médico está obligado al paciente y a na­ del paciente una persona menos soberana de lo que lo es el sano. También
die más. No es el administrador de la sociedad o de la ciencia médica o de hay que pensar en el cuasiautismo de la fijación en la enfermedad y el inte­
la familia del paciente o de sus compañeros de sufrimiento o de los futuros rés por la curación. Casi hay que excluir la espontaneidad de la propia ofer­
pacientes de esa enfermedad. Sólo cuenta el paciente cuando está bajo la ta, y el consentimiento está menoscabado por la disminuida libertad. De
custodia del médico. Ya conforme a la sencilla ley del contrato bilateral hecho, todos los factores que hacen al paciente como clase tan excepcio­
(análoga, por ejemplo, a la relación del abogado con el cliente, con su con­ nalmente accesible y bienvenido para los experimentos comprometen al
cepto ético-profesional del «conflicto de intereses»), el médico está obliga­ mismo tiempo la calidad de la respuesta afirmativa, que es precisa para jus­
do a no permitir que otros intereses entren en competencia con el interés tificar moralmente su utilización. Esto, junto con la primacía de la tarea
del paciente en su curación. Pero es evidente que hay en juego normas más médica, hace que para el médico y el científico reunidos en una misma per­
sublimes que las puramente contractuales. Podemos hablar de una relación sona sea una elevada obligación emplear su enorme poder sólo para los
de lealtad sagrada. Estrictamente en su sentido, el médico está por así de­ más dignos objetivos de investigación y, naturalmente, aplicar un mínimo
cirlo sólo con el paciente y con Dios. de convencimiento de la persona.
Hay una excepción normal a la regla de que el doctor no es el adminis­ Sin embargo, todas estas limitaciones dejan espacio para observar tam­
trador de la sociedad frente al paciente, sino únicamente el fiduciario de bién entre los pacientes la «escala descendente de admisibilidad» que he­
sus intereses: el aislamiento del enfermo contagioso. Esto no se hace evi­ mos postulado con carácter general. Conforme a ella, están en primer lugar
dentemente en interés del paciente, sino en el de otros que están amenaza­ los pacientes que más podrían identificarse con la causa de la investigación
dos por él. (En la vacunación obligatoria tenemos una combinación de am­ y mejor la entienden: miembros de la profesión médica y de su entorno
bos intereses: protección del individuo y de los otros.) Pero impedir al científico-natural, que a veces también son pacientes; inmediatamente des­
paciente que dañe a otros no es lo mismo que explotarlo en beneficio de pués, entre los pacientes profanos, los motivados en alto grado y capaces de
otros. Sigue estando, naturalmente, la excepción de la catástrofe colectiva, comprender por su formación, al mismo tiempo también los menos depen­
la analogía con el estado de guerra. El médico que lucha desesperadamen­ dientes; y así sucesivamente escala abajo. Una consideración suplementa­
te contra el brote de una epidemia se encuentra bajo una dispensa única, ria es aquí la gravedad de su estado, que a su vez actúa en proporción in­
que de forma inespecífica suspende la vigencia de algunos mandatos de la versa. En este caso, la profesión tiene que resistir al seductor sofisma de
práctica normal, entre ellos quizá los referidos a las libertades experimen­ que el caso más desesperado es el más «consumible» (porque va se ha dado
tales con sus pacientes. No se pueden establecer reglas para revocar reglas por perdido de antemano) y por tanto disponible preferentemente; y en ge­
en situaciones extremas. Y, como en el famoso ejemplo del naufragio del neral la idea de que cuanto peores sean las posibilidades del paciente tanto
más justificado está su reclutamiento para experimentos que no están pen­
barco en la teoría ética: cuanto menos se diga al respecto, mejor. Pero lo
sados directamente para su propio bien. Lo cierto es lo contrario.
que se admite provisionalmente y se tapa después con un silencio exculpa-
torio no puede valer como precedente. En nuestro análisis tenemos que
vérnoslas con condiciones no extremas, no de emergencia, donde los prin­
17. E l SECRETO COMO CASO LÍMITE
cipios han de ser escuchados y las pretensiones han de ser ponderadas en­
tre sí sin coacciones. Hemos admitido que hay tales pretensiones de más
Después se da el caso en que el desconocimiento, incluso el engaño al
allá de la terapia y que, si es que debe haber progreso médico, ni siquiera el
privilegio superlativo del paciente puede quedar enteramente intacto fren­ sujeto forma parte del experimento (estadísticamente por ejemplo en los
grupos de control y aplicaciones de placebo). Tenemos que creerlo cuando
te a la intrusión de tales pretensiones. Sobre esta parte, la más precaria e
inquietante de nuestro objeto, sólo puedo ofrecer unas observaciones ten­ n°s aseguran que esto es imprescindible para ciertos fines de verificación.
tativas, no enteramente concluyentes. En sujetos sanos, que han dado previamente su asentimiento al secreto, se
Puede defender la ética del caso. Pero frente al enfermo, que cree que se le
96 T ÉC N ICA , M E D I C I N A Y ÉTICA
S O B R E LO S E X P E R I M E N T O S EN S U JE T O S H U M A N O S 97

trata (lo que incluiría también la experimentación con un nuevo medica­ tación acogiéndose a esta disculpa, tiene que ser precisamente por —y sólo
mento) y en vez de ello se le está administrando un placebo, estamos lisa y por— su enfermedad.
llanamente ante una traición médica. Ya la búsqueda del consentimiento Ésta es la consideración fundamental y plenamente suficiente. Además,
del enfermo en tal lotería, es decir, de su permiso para engañarlo si llega el es cierto que el paciente no puede obtener utilidad terapéutica alguna del
caso, va demasiado lejos, según todo lo que llevamos dicho. Pero sobre todo experimento no ligado a su enfermedad, mientras esto sería posible con un ex­
la mera práctica (que se está difundiendo) de tal engaño eventual al servi­ perimento que sí estuviera ligado. Pero esto nos lleva a la terapia, pasando
cio de un proyecto general contiene el peligro de convertir la fe en la bona por encima de la esfera del mero experimento. Sólo discutimos aquí los ex­
fides del tratamiento, en la intención incondicionalmente benefactora del perimentos no terapéuticos, de los que el paciente mismo no obtiene pro­
médico en cada caso, y de socavar así la base de toda la relación médico-pa- vecho ex hypothesi. El experimento como parte del tratamiento, es decir,
ciente. Desde cualquier punto de vista se desprende que los experimentos con la expectativa de ayudar al propio sujeto, es otro cantar y no es asunto
ocultos en pacientes bajo la máscara de su tratamiento son moralmente nuestro aquí. El médico que tras el fracaso de las terapias tradicionales
inadmisibles. En el mejor de los casos deberían ser la excepción más rara, propone al paciente intentarlo con una nueva que aún no ha sido puesta a
cuando por interés superior no pueden ser evitados del todo. Es decir, de­ prueba actúa como su médico, esperando lo mejor para él. Incluso si el ex­
berían ser un típico caso límite en el que la injusticia y el derecho se mez­ perimento fracasa, fue un experimento en pro del paciente y no meramen­
clan del modo más espinoso. te sobre él.
En cambio, no es ningún problema límite la otra variante de la necesa­ De forma muy general, casi es ocioso decirlo, incluso el tratamiento
ria ignorancia del paciente: la del sujeto inconsciente, comatoso. Emplear­ más regulado y estadísticamente probado tiene siempre algo de experi­
lo para experimentos no terapéuticos es sencillamente inaceptable, sin li­ mento cuando se aplica al caso concreto, empezando ya por el diagnóstico;
mitaciones. Haya progreso o no, el paciente inconsciente no puede ser y no sería un buen médico el que no estuviera dispuesto a aprender de cada
«utilizado» nunca, conforme al principio inflexible de que el máximo des­ caso para casos futuros y no transmitiera sus eventuales nuevos criterios a
valimiento exige máxima protección. toda la profesión. Por consiguiente, se puede servir muy bien, a la vez que
Pero el conjunto de los experimentos en pacientes es una zona de som­ al interés del paciente, al interés de la ciencia médica, cuando de su trata­
bra de la que no se puede salir sin compromisos. Los matices son infinitos, miento se aprende algo que beneficia a otras víctimas de la misma dolen­
y sólo el médico e investigador en una sola persona pueden distinguirlos cia. Pero el beneficio para la ciencia y para una futura terapia es entonces
correctamente en cada caso. En sus manos se arroja la decisión. La regla fi­ un beneficio accesorio del tratamiento de bona fide del paciente actual.
losófica, una vez que ha acogido en sí la idea de una escala móvil, no pue­ Éste tiene derecho a esperar que su médico no le hará nada en nombre del
de especificar realmente su propia aplicación. Lo que puede comunicar al tratamiento, con la mera finalidad de aprender algo para otros.
práctico es sólo una máxima general o una postura para el ejercicio de su En este caso, el médico tendría que decirle algo así: «No puedo hacer
juicio y conciencia en los asuntos concretos de su trabajo. En nuestro caso nada más por ti. Pero tú puedes hacer algo por mí, es decir, por la ciencia
esto significa, me temo, hacerle la vida difícil. médica. Podríamos aprender mucho para futuros casos como el tuyo si nos
permitieras hacer contigo éste y aquel experimento. Tú ya no, pero otros
después de ti sacarían provecho de los conocimientos que se obtuvieran».
18. Los EXPERIMENTOS EN PACIENTES Si aceptamos como dadas la condición de la elevada importancia del fin y
TIENEN QUE REFERIRSE A SU PROPIA DOLENCIA la calidad personal del sujeto para poderle plantear siquiera semejante pre­
gunta, un sí llevaría a que el médico ya no intenta curar al enfermo, sino ha­
Aunque mis consideraciones en su conjunto han proporcionado más llar cómo curar a otros en el futuro.
bien puntos de vista que normas definitivas, y más bien premisas que con­ Pero incluso en este caso —el del experimento en y no en pro del pa­
clusiones, en algunos puntos he llegado a un sí o no inequívocos. Uno de ciente— sigue siendo su propia enfermedad la que se pone al servicio de la
ellos vamos a exponerlo aquí como conclusión, a saber: la enfática regla de lucha futura precisamente contra esa enfermedad. Otra cosa es, de nuevo,
que los pacientes, si acaso, sólo pueden ser sometidos a aquellos experi­ sugerir en las mismas condiciones al enfermo incurable que se entregue a
mentos que tienen relación con su propia enfermedad. Nunca debería acre­ cualquier investigación de otra importancia para la medicina. Puede que el
centarse lo innecesario del experimento en ellos con lo innecesario del ser­ investigador-médico no vea una diferencia demasiado grande entre este
vicio a una causa ajena. Esto se desprende sencillamente de lo que hemos caso y el anterior. Yo espero que mis lectores médicos no considerarán una
hecho valer como única disculpa para la lesión del especial derecho del en­ distinción demasiado fina que yo diga que desde el punto de vista del suje­
fermo, a saber: que la guerra científica contra la enfermedad no pueda to y de su dignidad existe una diferencia cardinal, que separa lo permitido
cumplir su misión sin llevar al procedimiento de investigación a los que pa­ de lo no permitido... y ello conforme al mismo principio de «identificación»
decen la enfermedad correspondiente. Si se buscan sujetos de experimen- que hemos invocado continuamente. Como siempre que se trata de la justi-
98 T É C N I C A , M E D I C I N A Y ÉTICA

cia o injusticia de cualquier experimentación no terapéutica en cualquier


paciente: en el caso anterior se deja al paciente al menos ese residuo de
identificación que es su propia dolencia, con la que puede contribuir a su­
perarla en otros, y así sigue tratándose en cierto sentido de su propia cau­
sa. Es completamente indefendible robar al infeliz esa intimidad con el ob­
jetivo y para hacer de su desgracia un cómodo medio para alcanzar fines
que le son ajenos. Honrar esta regla, creo yo, es esencial para paliar al me­
nos la injusticia que representa en todo caso la experimentación no tera­
péutica en pacientes.

La medicina es una ciencia; la profesión médica es el ejercicio de un


19. C o n c l u s i ó n arte basado en ella. Todo arte tiene una finalidad, quiere llevar a cabo algo;
la ciencia quiere encontrar algo, muy en general la verdad sobre algo: éste
Una observación para terminar. Si ha dado la impresión de que algunas es su objetivo inmanente, en el que podría detenerse. El objetivo de una ha­
de mis consideraciones, aplicadas a la práctica, conducen a una ralentiza- bilidad, en cambio, de una téchne, está fuera de ella, en el mundo de los ob­
ción del progreso médico, la incomodidad al respecto no debería ser dema­ jetos a los que modifica y aumenta con otros nuevos, precisamente artifi­
siado grande. No olvidemos que el progreso es un objetivo facultativo, no ciales. La mayoría de las veces tampoco éstos son su objetivo propio, sino
forzosamente obligatorio, y que especialmente su ritmo, por apremiante que sirven a otros fines. La arquitectura tiene su finalidad directa en la
que se haya vuelto desde un punto de vista histórico-fáctico, no tiene nada obra, el arte del textil en el tejido; la obra por su parte sirve a la vivienda, el
de sagrado. Pensemos además que un progreso más lento en la lucha con­ textil al vestido, etcétera. Aquí el arte médico asume a todas luces una po­
tra la enfermedad no amenaza a la sociedad, por doloroso que pueda ser sición especial, que enseguida denuncia el nombre «arte curativo», porque
para aquellos que tienen que lamentar que precisamente su enfermedad no la curación no es la fabricación de una cosa, sino el restablecimiento de un ¡
haya sido superada en su momento: pero que la sociedad sí se vería ame­ estado, y el estado mismo, aunque se aplique arte a él, no es un estado arti­
nazada por la erosión de esos valores morales cuya posible pérdida por un ficial, sino precisamente el estado natural o uno tan próximo a él como sea ,
impulso demasiado desconsiderado al progreso científico dejaría sin valor posible. De hecho toda la relación del arte médico con su objeto es única
la posesión de sus más deslumbrantes éxitos. Pensemos por último que no entre las artes. Elaboremos un poco esta diferencia.
puede ser objetivo del progreso erradicar el destino de la mortalidad. Cada Primero, hay que observar que para el médico la materia en la que ejer­
uno de nosotros morirá de ésta o aquella enfermedad. Nuestra condición ce su arte, la que «elabora», es en sí misma el fin último: el organismo hu­
mortal pesa sobre nosotros con su dureza, pero también con su sabiduría, mano vivo como objetivo de sí mismo. El paciente, ese organismo, es el alfa
porque sin ella no habría la eternamente nueva promesa de la frescura, ori­ y omega en la estructura del tratamiento. Casi en todas partes donde el arte
ginalidad y celo de la juventud; ninguno de nosotros sentiría el impulso de hace su obra reina la extrañeza entre la materia indiferente y la finalidad
contar nuestros días y hacerlos contar. Con todo nuestro esfuerzo por para la que es elaborada, y usualmente también una mediatez más o menos
arrancar a la mortalidad lo que podamos, debemos saber llevar su peso con amplia entre el producto directo de la obra y el objetivo final al que sirve. A
paciencia y dignidad. la materia prima primero, y después a todos los miembros de la cadena me­
dio-fin fabricados a partir de ella, el objetivo se les impone desde fuera. El
Homo faber trata con ellos a su antojo, observando las leyes de la naturale­
za. El fabricante de las cosas era también el productor de los fines. Su ma­
terial, por su parte, carece de objetivos.
Al médico en cambio el objetivo le viene dado por el autoobjetivo de su
objeto; la «materia prima» es aquí ya la última y completa, el paciente, y el
médico tiene que identificarse con su objetivo propio. Ésta es en cada caso
la «salud», y viene definida por la naturaleza. No le queda nada que inven­
tar, excepto los métodos para alcanzar este objetivo. Pero la salud sólo se
convierte en fin por intermedio de la enfermedad. La salud misma no llama
la atención, no se observa cuando se tiene («se alegra uno de ella», pero lo
hace inconscientemente); sólo su trastorno llama la atención y obliga a te­
nerla en cuenta, primero por parte del propio sujeto que lo experimenta en
100 T ÉC N IC A , M E D I C I N A Y ÉTICA
ARTE M É D I C O Y R E S P O N S A B IL ID A D HUMANA 101

forma de dolencia, pérdida, impedimento, y acude entonces al médico en indivisible, consta de partes yuxtapuestas que son —más o menos según el
busca de ayuda. Es la enfermedad y no la salud la que originariamente ha caso— aislables del todo, enferman por separado y se las puede tratar se­
puesto en marcha la investigación del cuerpo humano y la que sigue espo­ paradamente. Esto se pone especialmente de manifiesto en la cirugía, con
leándola, precisamente como investigación de las causas de enfermedad su operar directo y localmente delimitado en distintos órganos y su forma
con fines de superarla o también de prevenirla. Esto incluye naturalmente de tapar todo lo demás. Y esta división, que precisamente admite el cuerpo
como supuesto previo el conocimiento del cuerpo sano y de las condiciones como tal, lleva consigo una cierta cosificación, que es en la que el arte mé­
de la salud. A la ciencia médica, como ciencia general tanto del cuerpo sano dico se convierte más en técnica, incluso en artesanía, hasta llegar al papel
como del enfermo, no le es de aplicación —el nombre mismo lo dice— lo de la habilidad manual, como ya se expresa en el nombre «cirugía». Tam­
que por lo demás es válido para la ciencia, que tiene su finalidad en el co­ poco el paciente quiere otra cosa: quiere que traten su apéndice o su frac­
nocimiento: desde el principio quiere ayudar al médico con este conoci­ tura ósea, no su persona, e incluso de su cuerpo solamente esa parte.
miento en su capacidad curativa. Así que no carece ni de fines ni de valores. Esto conduce a otra importante consecuencia del hecho de que el mé­
Y a su vez la distinción del arte médico entre las viejas artes de la humani­ dico tenga que vérselas preferentemente con el cuerpo. El valor de la per­
dad es que desde muy antiguo —desde Hipócrates— está en la más íntima sona no puede convertirse en escala diferenciadora de su esfuerzo por ese
relación con una ciencia investigadora como fundamento suyo. cuerpo. Su integridad funcional es su único objeto. Así como la responsa­
Sin embargo, el arte práctico no es sencillamente la aplicación de esa bilidad del capitán de barco sobre sus pasajeros sólo se extiende a su tra­
base teórica, es decir, una aplicación inequívoca de un conocimiento ine­ yecto seguro, comienza al zarpar y termina al atracar, y él no puede pre­
quívoco sobre un material inequívoco con un fin inequívoco, así como por guntar si el viaje se hace con buen o mal fin, para bien o para mal de su
ejemplo el constructor de máquinas puede aplicar la ciencia de la mecáni­ propia empresa o de la de otros, así tampoco el médico puede preguntar
ca, por así decirlo mecánicamente, a la tarea que se ha planteado. Porque qué «vale» la persona cuyo cuerpo trata, cómo utilizará sus mejoradas o
el médico tiene que vérselas con el caso concreto dado en cada momento, el restablecidas posibilidades funcionales... en resumen: si el paciente «mere­
caso individual en toda su unicidad y complejidad, que no puede agotar ce la pena» moralmente o de cualquier otro modo (por ej. respecto a su uti­
ningún catálogo analítico; y ya en el primer paso, en el diagnóstico como lidad social). Esta restricción del mandato médico a la finalidad de cura­
subsunción de lo particular en lo general, es precisa una forma de conoci­ ción, específica y separada, que viene dada con la referencia directa a la
miento totalmente distinta de la teórica. Kant llamaba a esta forma de co­ corporalidad divisible, ha de ser recalcada para no sobrecargar metafísica-
nocimiento «capacidad de juicio», que no se aprende con el saber general, mente la imagen del arte médico —a pesar de su reciente servidumbre a la
sino que lo une con la visión de lo único y de la totalidad que lo contiene y finalidad propia de la persona indivisible— y con ello también sobrecargar
sólo así permite la aplicación de lo abstracto a lo concreto. Este juicio que la responsabilidad del médico.
conduce a decisiones se ejerce por medio de la experiencia, pero siempre Antes de volver nuestra atención al tema de la responsabilidad, hay que
pondrá en juego el don de la intuición personal, que es una posesión origi­ mencionar una cara del arte médico, divergente de la descripción anterior,
naria e individualmente diferenciada. Este añadido no definible con mayor que se ha añadido recientemente a la imagen tradicional, como conse­
precisión es el que convierte la habilidad aprendible del médico en «arte» cuencia de los desarrollos técnicos y sociales, y que desvía al médico des­
propiamente dicho y lo eleva por encima de la mera técnica. Ya en lo pura­ de el papel de sanador al de artista del cuerpo con fines abiertos. Donde
mente cognitivo, el individuo se enfrenta aquí al individuo. Después vere­ decíamos que la norma para el establecimiento de objetivos del arte médi­
mos que, más allá del singular del paciente, en esta relación en principio ce­ co era la naturaleza, ahora hay que añadir que hoy hay objetivos que van
rrada también entra en juego de forma peculiar el plural de la mayoría, del más allá de esa norma, incluso contra ella, que reclaman para sí al arte
bien público, y la abre a sus pretensiones. médico y ponen de facto a los médicos a su servicio. Más allá de la norma
Una característica esencial del arte médico es pues que en él el médico natural, o por lo menos prescindiendo de ella, va por ejemplo la cirugía es­
tiene que vérselas cada vez con sus iguales, y ello típicamente en singular. tética con fines de embellecimiento o de ocultación de las huellas de la
El paciente espera, y tiene que poder confiar en ello, que el tratamiento sólo edad. Se sirve aquí a otras necesidades distintas de la salud. Bajo la pre­
le tenga en cuenta a él. Pero más específicamente, si hacemos abstracción sión de la discriminación racial, los negros americanos se hacen corregir
de la psiquiatría, el arte médico se dedica al cuerpo del otro, con el que el sus absolutamente naturales labios hinchados para acercarse a la norma
hombre pertenece al reino de los organismos animales, es una cosa natural de los blancos. Lo mismo ocurre en la periferia de la medicina y de su se­
entre cosas naturales y por consiguiente entra en el campo de las ciencias riedad. Pero la transgresión de la norma natural alcanza también a regio­
naturales. Pero es el cuerpo de una persona, y ahí culmina el antes recalca­ nes centrales. Hasta la más seria de todas las tareas médicas, la evitación
do carácter autofinalista del objeto del arte médico. Para hacer posible su de la muerte prematura, puede sustituir a la naturaleza por el arte como
vida a la persona, el cuerpo ha de ser ayudado. El cuerpo es lo objetivo, escala de qué es «prematuro» y extender la medida natural de la finitud
pero se trata del sujeto. El cuerpo sin embargo, al contrario que la persona humana con técnicas heroicas de prolongación de la vida o retraso de la
TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA ARTE M É D I C O Y R E S P O N S A B I L I D A D HUMANA 103
102

muerte. Éste será uno de nuestros temas, bajo el título de responsabilidad SO. Todas las medidas pertinentes en este caso prescinden de la finalidad

ética. En conjunto, tales intervenciones del arte tienen ya poco que ver con curativa, excepto en el caso de estricta indicación médica. Incluso la esteri­
la finalidad curativa originaria y el papel del médico como ayudante de la lización operativa, como mutilación permanente, golpea tanto en el rostro
naturaleza —medicus curat, natura sanat—. Menos aún, naturalmente, tie­ al elemental nil nocere del juramento hipocrático que debería encontrar
nen que ver aquellas que se contraponen de forma premeditada a la norma médicos dispuestos a ella como máximo en un caso límite de aguda super­
población, en modo alguno en aras de necesidades privadas.
natural. Aquí entra casi todo lo que tiene que ver con el control de los na­
Pero al margen de esto, en esta esfera hay tantos intereses vitales serios
cimientos al margen de la indicación médica, desde la contraconcepción
y justificados que levantan sus voces, a menudo desesperadas, que el médi­
—es decir, la inhibición en vez del fomento de las funciones normal-natu-
co se siente impulsado más allá del ethos puramente médico y se ve obliga­
rales— hasta la esterilización, es decir, la mutilación directa, y en realidad
do a justificar no menos que un sí ante su responsabilidad humana global.
antimédica, de órganos, pasando por la interrupción del embarazo. Esta
No anticipo su respuesta personal y de principio, pero insisto en que tiene
aplicación esencialmente negativa de la capacidad, se piense lo que se
que haberse planteado la cuestión con todos sus pros y contras. Todo lo que
piense de ella, forma parte hoy —oficial u oficiosamente— en amplias zo­
aquí hay que tener en cuenta desde un punto de vista humano, ya a nivel in­
nas del mundo de la imagen de hecho del arte médico, con fundamenta-
dividual, es demasiado bien conocido como para tener que tratarlo por ex­
ciones axiológicas enteramente extramédicas, y abre a ese arte antaño de
tenso. Mencionaré solamente la desgracia de la abundancia de niños en
objetivos tan definidos horizontes de responsabilidad completamente nue­
medio de la miseria, la tragedia de los embarazos infantiles, la futura des­
vos. Éste será el otro ejemplo principal que presentaremos en la discusión
gracia de los fetos con enfermedades heredadas y también, desde el punto
acerca de la responsabilidad médico-humana.
de vista puramente médico, el mal mayor de las intervenciones no profe­
Con esto pasamos pues de las características distintivas del arte médi­
sionales en las que se refugia la desesperación cuando se deniega la ayuda
co, que sin duda se exponen aquí de manera muy incompleta, al tema de la lege artis —aunque sea ella misma también un mal—. (Al menos indirecta­
responsabilidad vinculada a ellas. En el título se dice: «arte médico y respon­
mente podemos llamar a esto responsabilidad médica.)
sabilidad humana». Con ello se apunta que en el caso del médico la res­ ¿Qué se opone aquí desde el punto de vista ético a la voz de la compa­
ponsabilidad va más allá de lo técnico-intraprofesional. Esto mismo está sión, del querer ayudar, de la tolerancia humana? (Dejando a un lado lo que
muy claro. El médico, decíamos, tiene que ver primariamente con el pa­ se opone jurídicamente.) Puede ser, como sabemos, una convicción religio­
ciente en singular. Esta relación se puede entender como una relación con­ sa, apoyada además por un veto enfático de la Iglesia vinculante para el médi­
tractual privada, incluso exclusiva, como si sólo estuvieran en el mundo co creyente, con el que tal decisión no es compatible. Ello no exime al mé­
médico y paciente. El médico es un comisionado del paciente que quiere dico de la responsabilidad caracterizada como comúnmente humana, pero
ser curado. De ahí se deriva la inequívoca y nada problemática responsabi­ la soporta ante Dios conforme a criterios sobrenaturales del bien humano.
lidad profesional de tratarlo lo mejor posible, conforme a las reglas del arte, La ética humana intramundana tenderá de antemano a una mayor transi­
buscando lo mejor para él. Lo «mejor» para el paciente, decíamos, está de­ gencia en una situación compleja, es decir, por lo menos a tener en cuenta
finido para el médico por la naturaleza: integridad de todas las funciones las circunstancias individuales e incluirlas en el contenido de la responsa­
orgánicas. Este optimum es la norma, de la que el sacrificio de partes sólo bilidad médico-humana. Tampoco la afirmación así ampliada puede en
se lleva a cabo forzosamente, para mantener el todo. Pero los deseos del pa­ modo alguno poner las cosas fáciles unilateralmente, también para ella hay
ciente, incluso los de la colectividad, pueden entrar en conflicto con este objeciones morales a la opción permisiva autorizada en principio, que
criterio de lo «mejor». Ya hemos mencionado el ambiguo terreno del con­ hay que ponderar en la balanza de la decisión. El feticidio, por ejemplo, es
trol de los nacimientos. Fertilidad, embarazo y reproducción no son en ver­ moralmente objetable en sí; existe una responsabilidad incluso por la vida
dad enfermedades; sin embargo, pueden convertirse en una desgracia tan­ humana germinal, y para superarla en su caso la responsabilidad contra­
to privada como pública; y uno se hace de algún modo corresponsable de puesta debe tener un peso moral importante. En otras palabras: el ético
las desgracias que se podían evitar. Soy consciente de que con esto toco un percibe aquí una contradicción en la que toda decisión significa un sacrifi­
tema que para muchas personas de dentro y fuera de la profesión está cer­ cio de una u otra parte. Incluso contra la «píldora», de la que se puede de­
cado por convicciones vinculantes. Pero eso no exime a nadie (ni siquiera cir que el médico sólo tiene que velar porque no sea nociva, pero que su uso
bajo el signo de la obediencia en la fe) de la obligación de estar abierto a es un asunto privado, incluso contra ella, decimos, se puede objetar la res­
cualesquiera posibilidades en conflicto para todo el espectro. ponsabilidad humana de que su administración indistinta en una sociedad
Aceptemos, con fines de argumentación, que la ley pública dejara la Por demás hedonista impulsa el libertinaje sexual, el alejamiento de la se­
cuestión a discreción del médico. En ese caso, su conciencia tendrá que de­ xualidad de la reproducción y del amor. Pero ahí estamos ya en el interés de
cidir si y cuándo y dónde debe responder a tales deseos privados o públicos, la sociedad, no del individuo, y con ello en una dimensión hasta ahora omi-
y está claro que en ello entran en juego puntos de vista enteramente extra- tida y totalmente distinta de la responsabilidad.
médicos, responsabilidades más generales de tipo humano, social y religio-
104 TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA
ARTE M É D I C O Y R E S P O N S A B I L I D A D HUMANA 105
Porque naturalmente nuestra imagen inicial era la de la relación singu­
ce junto con contraservicios que sirvan de freno, como correctivo de su éxi­
lar entre médico y paciente, como si estuvieran solos en el mundo, una fic­ to positivo. La intervención del interés de la población eleva pues toda la
ción que sólo expresa la obligación terapéutica primaria del médico, pero cuestión de la ética individual y de la específicamente médica a otra di­
no toda su obligación. El plural siempre está implícito. Porque el médico mensión de responsabilidad que puede exigir cosas distintas de aquélla.
siempre es también comisionado de la sociedad y servidor de la salud pú­ El médico que entra en conflicto con sus otras convicciones, religiosas
blica. Esto lo pone de manifiesto ya frente al paciente individual, por ejem­ o morales, puede tener presente que los sacrificios de conciencia que se le
plo en el caso del aislamiento que le impone en caso de enfermedad conta­ exigen en el estadio de prevención son juegos de niños frente a lo que se
giosa, con el fin de proteger a la colectividad. Sobre todo la medicina convertiría en forzoso en la fase de crisis aguda que no hubiera prevenido.
preventiva, que pretende que las personas no lleguen si es posible a ser pa­ Entonces se vería enfrentado, por ejemplo, a la esterilización ordenada por
cientes, tiene una orientación en gran medida colectiva: en la prevención de el Estado, en vez de a la deseada por los particulares (piénsese en la India),
plagas, vacunación general, higiene pública, etc.; y dado que prevenir es y el médico deliberante-codecisor se convertiría en médico de obediencia
mejor que curar, en este aspecto social se puede ver incluso la responsabili­ sumaria, el servidor del sujeto en herramienta impersonal de una política
dad superior del arte y la ciencia médicas. Las preocupaciones de esta res­ colectiva de emergencia. Incluso esto sería un estado de ley y orden que
ponsabilidad pueden llegar ahora, más allá de la salud, a otras dimensiones querría prevenir algo peor. Si también fuera demasiado tarde para eso, lo
totalmente distintas del bien y el mal y alcanzar, más allá de los vivos, a las peor vendría: la aparición del caso extremo conocido por la casuística éti­
generaciones futuras, incluso afectar al destino del hombre sobre la tierra. ca, la llamada «situación del bote salvavidas», en la que se derrumba todo
Volvamos una vez más, desde este punto de vista, a la esfera de la repro­ el edificio de valores de la solidaridad humana, en la que se abre paso un es­
ducción, que por su esencia nunca es mero asunto privado de los implica­ tado premoral del «yo o tú» y el dictado brutal de la supervivencia deja sin
dos directamente: a través de ella prosigue su vida la comunidad, necesita vigencia casi todas las normas de la ética humana trabajosamente adquiri­
suficiente de ella y se ve amenazada por su exceso. Esto último a escala da. Prevenir, evitar, que todo el planeta, nuestra limitada nave espacial tie­
mundial, es decir, la superpoblación del planeta más allá de su capacidad se rra, se convierta en un bote salvavidas así de desesperado y deshumanizado
ha convertido hoy, junto a la guerra atómica —y de forma alternativa a es la apremiante responsabilidad a largo plazo que le surge a todo el sín­
ella— , en el principal peligro para la humanidad. A la catástrofe pura y drome tecnológico desde sus múltiples potenciales catastróficos del «de­
dura se opone la acumulativa. Mientras una está siempre en manos de la masiado», de su rumbo inherente hacia una acción excesiva. Aquí se en­
arbitrariedad y precisa de acciones premeditadas de determinados actores, trelazan y refuerzan mutuamente las más variadas amenazas. La progresiva
que pueden ser cometidas u omitidas, la otra avanza sobre su curva catas­ destrucción del medio ambiente, por ejemplo, a su vez un resultado de mu­
trófica, llevada por la conducta natural e impremeditada de todos, de ma­ chas causas que se nos deben a nosotros, sale por el lado de la capacidad
nera inconsciente y por su propia dinámica. Tampoco podrá evitarse salvo por así decirlo al encuentro de la sobrecarga poblacional con un descenso
por medio de unas contramedidas mantenidas durante un largo plazo, y del umbral de crisis, acortando pues el tiempo en el que aquella llegaría de
que han de ser tomadas oportunamente, es decir, ahora. todos modos a los límites de tolerancia incluso de una naturaleza sana. Por
Aquí la ciencia y el arte médicos tienen una responsabilidad especial y, su pax'te, el crecimiento del número de consumidores impulsa la degrada­
para ellos, de nuevo cuño, porque sólo pueden idear y aplicar los métodos ción de la biosfera, no sólo la potencia y acelera su ritmo, sino que la hace
humanos, éticamente defendibles, de limitación de nacimientos que se ade­ cada vez más forzosa. Una población estática podría decir «¡Basta!» en un
lanten a los inmisericordes infanticidios y genocidios de una situación de momento determinado, pero una creciente tiene que decir «¡Más!». La ex­
catástrofe en la que sólo reine el «sálvese quien pueda». El arte médico es plosión poblacional, vista como problema metabòlico planetario, le quita
incluso corresponsable del surgimiento de este peligro, porque sin sus las riendas a la aspiración al bienestar y forzará a una humanidad empo­
triunfos en la lucha contra las plagas y el descenso de la mortalidad en los brecida, en aras de la supervivencia desnuda, a lo que si fuera por azar podría
lactantes, etc., no se hubiera producido una explosión demográfica de tan hacer o dejar de hacer: al saqueo cada vez más desconsiderado del planeta,
enormes dimensiones precisamente en las zonas de miseria de la tierra, hasta que éste diga su última palabra y se niegue al abuso.
las menos preparadas para ella. Esta reciente enfermedad de la humanidad Para volver al tema del médico: incluso sin el apocalipsis que acabamos
—la dolencia paradójica en lo que en sí es lo más sano del ser biológico, la de evocar, basta la expectativa de la miseria de masas de una humanidad
capacidad de reproducción— es por tanto en cierta medida iatrogénica. hambrienta —¡sin duda también un problema de salud!— para tomar sobre
Tanto más obligada está la medicina a prevenir la amenazante maldición las espaldas esta responsabilidad a largo plazo (que quizá ya no sea tan lar­
de su propia bendición, un caso especial de la general ambivalencia del éxi­ go). En cualquier caso, la ciencia y el arte médicos forman parte nolens vo-
to del progreso técnico, con sus propios medios. Dado que moralmente no fens del síndrome tecnológico por su contribución a la situación global, y
puede hacerlo suspendiendo su propia causalidad en el problema, es decir, soportan por tanto también una responsabilidad planetaria. Esto los lleva
retirando los servicios que fomentan la vida, tiene que hacerlo con su avan­ más allá del ethos puramente médico, incluso a cierta contradicción con
TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA ARTE M É D I C O Y R E S P O N S A B I L I D A D H U MAN A 107
106

sus criterios originarios, pero no es sin embargo, como ampliación de la sas ya dichas en El principio de responsabilidad. Supuesto que a través de
medicina preventiva, ajeno al sentido básico de la profesión médica. Una ciertos progresos en la biología celular y la reproducción de tejidos llegára­
ética de emergencia, que siempre es distinta de la normal, puede volverse mos a la situación de poder contrarrestar el proceso de envejecimiento bio­
actual también para el médico. químico en su conjunto —de ralentizarlo o incluso, mediante sustitución
De la esfera de la reproducción, que eo ipso va más allá del individuo y de órganos (por ejemplo a partir de existencias propias del receptor «clo­
nadas» y congeladas con anterioridad), de compensarlo— , con el resultado
es siempre asunto del interés general y del bien común, desde el principio
de que el margen vital se extendiera mucho más allá de la norma natural y,
de la vida pues, me vuelvo ahora al final de la vida, a lo más privado de
con el aumento de la capacidad biotécnica, siguiera haciéndolo: ¿cómo
todo, donde el individuo suele estar solo y el médico parece estarle obliga­
contemplaríamos esta posibilidad (si es que lo es)? ¿Como bendición, y por
do sólo a él con todo su arte. Incluso aquí no siempre se da el caso de que
tanto como objetivo a seguir con todas nuestras fuerzas? No está lejos de
el máximo posible de prolongación de la vida y aplazamiento de la muerte
esto un anhelo eterno de la humanidad, el viejo sueño de la fuente de la ju ­
que el arte se fija como objetivo circunscriba toda la responsabilidad del
ventud. Pero primero habría que examinar, al margen de todo anhelo y del
médico, incluyendo la humana. La propia voluntad del paciente puede opo­
miedo a la muerte, lo deseable del objetivo mismo, tanto para la vida indi­
nerse a ella. No quiero entrar aquí en la cuestión, que se discutirá más ade­
vidual como para la colectividad, para lo que hasta ahora, dado lo inalcan­
lante, del «derecho a morir» que hay que conceder al paciente frente a la
zable del «objetivo», no habría motivo; y esto significa revisar todo el senti­
prolongación de un estado desesperado mediante el empleo excesivo del
do de nuestra mortalidad, que quizá no sea en absoluto la maldición como
arte médico. También el caso límite del comatoso irreversible, en el que ya
la que es percibida en general. Al respecto, incluso sin la filosofía sutil de la
no interviene la voluntad del paciente en uno u otro sentido, entra en este
importancia existencial del memento mori en la existencia individual, pue­
punto. Así, el papel del médico puede transformarse desde el de mantene­
de dar información (entre otras cosas) la importancia general del equilibrio
dor de la vida al de ayudante humano de la muerte.
entre muerte y reproducción en la población. Porque está claro que a esca­
Pero incluso en esta relación singular entre médico y paciente, en apa­
la poblacional el precio de una edad dilatada es una ralentización propor­
riencia tan cerrada, penetra el bien común, del que el médico es corres-
cional de su sustitución, es decir, un acceso reducido de vida nueva. El re­
ponsable. Los recursos médicos de la sociedad en cuanto a personal, insta­
sultado sería una proporción descendente de juventud en una población
laciones, espacio hospitalario, etc., no son ilimitados, y el médico tiene que
cada vez mayor. ¿Cómo de bueno o de malo sería esto para la situación ge­
preguntarse si el gasto desproporcionado de ciertas medidas «heroicas»,
neral del ser humano? ¿Saldría la especie ganando o perdiendo? ¿Hasta
como por ejemplo el trasplante de corazón (con un problemático beneficio
qué punto sería justo o injusto cerrar el paso a la juventud ocupando su si­
en términos de vida incluso cuando sale bien), no va demasiado a costa de
tio? La muerte está ligada al nacimiento: la mortalidad no es más que el re­
la atención médica general: un horizonte de responsabilidad enteramente
verso de la continua fuente de la «natalidad». La reproducción es la res­
nuevo, que se abre precisamente a partir del progreso de la técnica médica
puesta de la vida a la muerte... y la continua sorpresa de un mundo de
y de su equipamiento cada vez más exigente. Lo que se le concede a uno
individuos ya conocidos con otros que nunca estuvieron allí antes. Quizá
como máxima oferta de medios para un corto período de gracia puede ser­
sea ésa precisamente la sabiduría que se esconde en la áspera disposición
le retirado a muchos en servicios más modestos, pero de mayores expecta­
de nuestra mortalidad: que nos ofrece la eternamente renovada promesa de
tivas. El punto de vista de la justicia distributiva —hasta el extremo de la se­
lo incipiente, directo y diligente de la juventud, junto con el continuo su­
lección— se inserta aquí en la utilización, incluso en el seguimiento del
ministro de otredad como tal. No hay un sustituto para esto en la mayor
progreso tecnológico. Desborda la responsabilidad individual del médico
acumulación de prolongada experiencia: nunca se puede recobrar el privi­
frente al paciente con una más amplia, bastante impersonal, que sin duda legio único de ver el mundo por vez primera y con ojos nuevos, nunca vol­
sólo se puede llevar con el consenso de la comunidad profesional o de una ver a vivir el asombro que según Platón es el principio de la filosofía, nun­
autoridad arbitral supraordenada. Al emplear el término «selección» me ca la curiosidad del niño, que raramente pasa al ansia de saber del adulto,
permito recordar las decisiones sobre prioridades, humanamente angustio­ hasta paralizarse allí. Este continuo recomenzar, que sólo se puede obtener
sas, que por ejemplo, dada la escasez de máquinas de diálisis, van a parar a al precio del continuo terminar, puede muy bien ser la esperanza de la hu­
quién debe vivir y quién morir. manidad; su protección ante ello, hundirse en la rutina y el aburrimiento;
Como ha surgido aquí el término «progreso», en el que también queda su posibilidad, conservar la espontaneidad de la vida.
a la vista lo que aún no es pero podría ser si se trabaja en dirección a ello, Así, podría ser que lo que por su intención sería un regalo filantrópico
se me permitirá para terminar cargar sobre todo lo demás que la ciencia de la ciencia al hombre, la realización por aproximaciones de un deseo al­
médica soporta en el tema «fin de la vida» una responsabilidad más... a sa­ bergado desde tiempo inmemorial —si no escapar a la maldición de la mor­
ber, la cuestión, que afecta al bonum humanum en su conjunto, de si la in­ talidad, al menos arrancarle plazos cada vez más largos—, terminara yen­
vestigación debe trabajar sobre el arte de la general prolongación de la vida do en peijuicio del hombre. Pero si éste fuera el caso, conforme a una previsión
más allá de su medida natural. Aquí me permito repetir algunas de las co­
108 TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA

bien fundada, sería correcto desaconsejar la estrategia de investigar en esa


dirección.
No es cosa especialmente del médico, sino común a todos nosotros, res­
ponder, meditando sobre lo mejor para el ser humano (lo que la reflexión Capítulo 8
anterior ha intentado un poco), a la pregunta que plantea el regalo del fu­
turo progreso que hemos brindado: ¿hasta qué punto el arte médico debe
perseguir la superación, que le incumbe desde siempre, de la muerte anti­ HAGAMOS UN HOMBRE CLÓNICO:
cipada? Es ésta una parte de la pregunta planteada en general por la técni­ DE LA EUGENESIA A LA TECNOLOGÍA GENÉTICA
ca moderna: ¿hasta qué punto debemos, en beneficio del hombre, modificar
la naturaleza, incluso dónde podemos hacerlo y dónde su orden probado
desde antiguo ha de ser aceptado como el más adecuado para nosotros? Desde hace algún tiempo, con la aparición de la biología molecular, las
Así pues —a la vista de la muerte—, se nos cierra el círculo abierto con ciencias biológicas han llegado a un estadio en el que el potencial tecnoló­
la precedente contemplación del nacimiento y del parto, y no era arbitrario gico o de ingeniería de toda la moderna ciencia natural comienza a ser ac­
que echáramos mano de estos dos extremos, el principio y el fin de la vida, tual también para ella. Una nueva capacidad llama a la puerta del reino de
para alumbrar a partir de ellos la responsabilidad humana del arte médico. la vida, incluyendo la constitución física del hombre. Las posibilidades
Lo que hay entre ellos permite determinar con relativa facilidad las tareas prácticas que ofrece tal capacidad podrían revelarse tan irresistibles como
de esa responsabilidad. Pero ellas, las dos circunstancias básicas del orden lo eran en las ramas más antiguas de la técnica, pero haríamos bien en pen­
biológico, la abruman con toda la carga del destino humano general y de la sar esta vez las perspectivas desde el principio y no dejamos sorprender,
inseguridad de nuestros conocimientos sobre el sentido de la existencia hu­ como siempre hasta ahora, por nuestro propio poder. El control biológico
mana, y apelan así a nuestras fuentes últimas de fe. del ser humano, especialmente el genético, plantea cuestiones éticas ente­
ramente nuevas, para las que no nos ha preparado ni la práctica anterior ni
el pensamiento anterior. Dado que es nada menos que la naturaleza del
hombre la que entra en el ámbito de poder de la intervención humana, la
cautela será nuestro primer mandato moral y el pensamiento hipotético
nuestra primera tarea. Pensar las consecuencias antes de actuar no es más
que inteligencia común. En este caso especial, la sabiduría nos impone ir
más lejos y examinar el uso eventual de capacidades antes de que estén
completamente listas para su uso. Un resultado imaginable de tal examen
podría ser el consejo de no dejar madurar del todo ciertas formas de capa­
cidad, es decir, no seguir ciertas direcciones de investigación... teniendo en
cuenta lo extremadamente fácil de seducir por cualquier capacidad que po­
sea que es el ser humano. Y podría estar indicado más que el mero consejo
si la naturaleza del caso, una vez aprontada la capacidad, requiere en el cur­
so de la investigación las mismas acciones (por ejemplo en forma de «ex­
perimentos») de las que el examen ha establecido que no son admisibles
en el uso final de la capacidad: si, en otras palabras, la capacidad sólo pue­
de adquirirse en el ejercicio real con «material» auténtico. A esto se añade
que ese ejercicio tiene que desarrollarse necesariamente en forma de «prueba
y error», es decir: sólo mediante manipulaciones erróneas y sus enseñanzas
podremos ampliar la teoría que conduce a una manipulación biológica pre­
dominantemente libre de errores... lo que ya por sí sólo debería bastar para
vetar la adquisición de ese arte, aunque los frutos esperados estuvieran con­
firmados por los obtenidos.
La injerencia en la libertad de investigación tiene su propia objetabili-
dad ética. Pero ésta no es nada frente a la gravedad de las cuestiones éticas
ante las que nos sitúa el supuesto éxito de esta investigación. El que la po­
sibilidad misma de una detención voluntaria aparezca aquí al principio del
110 TÉC NI CA, M E D I C I N A y ÉTI CA
DE LA E U G E N E S I A A LA T E C N O L O G Í A G E N É T I C A m

cuestionamiento del tema puede servir de medida para el carácter único de ria amorfa. Así pues, aquí la planificación y fabricación son totales. La téc­
los peligros que una ingeniería biológica plenamente madurada y social­ nica biológica en cambio intenta transformar las extructuras existentes. Su
mente dotada de poderes puede traer sobre nuestras cabezas. Estemos pre­ realidad autónoma V morfología siempre completa —los organismos co­
venidos al menos. Serán necesarias las máximas fuentes de ayuda de nues­ rrespondientes— son el dato precedente; su «plan» (= forma, organización)
tra razón moral para tratar con este objeto, el más delicado de los posibles... tiene que ser hallado, no inventado, para ser después objeto de «mejora» in­
por desgracia en una época en la que la teoría ética está más insegura que ventora en cualquiera de sus encamaciones individuales.1Esto está ligado
nunca de sí misma. En esta situación, dada además la falta de precedentes al margen de juego de un sistema de funciones alternativas interiores ya al­
del caso y su estatus aún ampliamente hipotético, la siguiente considera­ tamente determinado, bajo la condición de que se mantenga la capacidad
ción de sus aspectos éticos sólo puede ser tentativa y provisional. para la vida. Así que aquí tenemos «fabricación» parcial (y muy marginal)
en vez de total, cambio de planes en vez de planificación ex novo, y el re­
sultado sólo es en una pequeña parte de su composición un artefacto, mien­
1. L a n o v e d a d d e l a t é c n ic a b i o l ó g i c a tras principalmente sigue siendo la creación original de la naturaleza.
2. De aquí se desprende una importante diferencia cualitativa en la re­
Empecemos por preguntar: ¿en qué sentido se puede hablar de técnica lación del «hacer» con su sustrato. En el caso de la materia muerta, el fa­
biológica, por analogía y diferencia con otra técnica o «ingeniería»? El caso bricante es el único que actúa frente al material pasivo. En los organismos,
comparativo modelo es la ingeniería mecánica, que construye artefactos la actividad se encuentra con actividad: la técnica biológica colabora con la
instrumentales de muchas piezas para fines humanos bien definidos. La actividad propia de un «material» activo, el sistema biológico que funciona
confección de un todo sistemático permanente y compositivo pertinente por naturaleza, al que hay que insertar un nuevo determinante. Éste se le
aquí está bien expresada con la palabra «construcción»: construcción de má­ impone, pero también se le suministra. Su integración con el conjunto del
quinas, construcción de puentes, construcción de barcos. El papel del dise­ determinante originario es ya cosa del sistema mismo, que puede aceptar o
ño incluye la modificación de los modelos existentes, es decir, el desarrollo rechazar el añadido y hará incluso lo primero a su manera. Su autonomía
o la adaptación específica a un fin del plan de obras anteriores de ese arte, se utiliza como socio activo para la obtención de la modificación deseada.
de modo que por ejemplo se puede hablar, en sentido figurado, de «genera­ El acto técnico tiene la forma de la intervención, no de la construcción.
ciones» sucesivas de ordenadores, aviones comerciales o armas atómicas 3. Esto tiene su influencia sobre la importante cuestión de la predictibili-
(en sentido de mejora u otro progreso en la sucesión). El objetivo final dad. En la construcción normal a partir de materiales estables y homogéne­
siempre es algún tipo de beneficio para un usuario, es decir, un supuesto os, el número de factores desconocidos es prácticamente cero y el ingeniero
bien humano, aunque sea la muerte de hombres a manos de otros hombres. puede predecir con exactitud las propiedades de su producto (o no confiaría­
Hasta ahora la técnica había manejado materias inanimadas (típica­ mos en su puente). Sólo así es posible, viceversa, determinar calculato­
mente metales), con las que creaba auxiliares no humanos para el uso hu­ riamente a partir de las propiedades deseadas la elección de la construcción.
mano. La división estaba clara: el hombre era el sujeto, la «naturaleza» el Para el «ingeniero» biológico, que tiene que asumir por así decirlo «a cie­
objeto del dominio técnico (lo que no excluía que el ser humano se convir­ gas» la abrumadora complejidad de los determinantes existentes y en parte
tiera en objeto directo de su aplicación). La llegada de la técnica biológica, ocultos, con su dinámica autónoma, el número de factores desconocidos
que se extiende en sus cambios a los «planes» de las especies vivas, entre en el plan global es gigantesco. En su mayor parte, pues, el «plan» no es en
ellos en principio también al plan de la especie humana, designa una des­ absoluto suyo y una cantidad indeterminada de él le es desconocida. Tiene
viación radical de esta clara separación, incluso una ruptura de potencial que confiar a esta X a su aportación porcentual a la totalidad de la causa ac­
importancia metafísica: el hombre puede ser objetivo directo de su propia tiva. La predicción de su destino en este conjunto está por ello limitada a la
arquitectura, y ello en su constitución física heredada. Pero incluso sin adivinación, y la planificación en gran medida a la apuesta. El cambio in­
aplicación precisamente a las personas y las cuestiones metatécnicas plan­ tencionado de plan, transformación o mejora de un organismo no es de he­
teadas por ella, la tecnología orgánica es, en sí, distinta de la mecánica en cho más que un experimento, y de tan largo desarrollo —por lo menos en el
importantes aspectos formales. campo genético— que su resultado final (si es que es claramente identifica-
ble) está normalmente más allá de su determinación por el experimentador.
1. Como primera diferencia, apuntamos la dimensión de la «fabrica­
ción» que está en juego por ambas partes. En la construcción mecánica con 1. La fabricación de novo de organismos (inventados o copiados) a partir de los elementos
materia muerta, la fabricación recorre todo el camino desde la materia químicos primordiales no está excluida en teoría, pero difícilmente es esperable en la práctica.
Un primer paso imaginable sería un virus sintético (que aún no es un ser vivo). Pero va la «más
prima hasta el producto acabado y lo compone enteramente a partir de pie­
sencilla» célula procariótica es demasiado compleja como para ser construida. Así pues, no se
zas independientes. Tanto la estructura del todo como cada una de sus piezas Puede hablar de seres vivos «artificiales», como se detalla en el texto, ni en las más osadas com­
está fabricada a voluntad conforme a los planes; lo único dado es la mate- binaciones. Esto debería ser tenido en cuenta en la cuestión jurídica de la patentabilidad.
1 12 TÉC NI CA, M E D I C I NA Y ÉTICA DE LA E U G E N E S I A A I.A T E C N O L O G Í A GE NÉ TI CA
113

4. Esto cambia a su vez completamente la relación convencional entre nica misma. Pero en conjunto es cierta la frase de que desde el punto de
mero experimento y acción real. En la tecnología normal los experimentos vista colectivo el poder de la humanidad ha crecido constantemente gracias
no son vinculantes, se llevan a cabo con modelos representativos que se a la técnica, de la manera más indudable en relación con la naturaleza ex-
pueden modificar o convertir en chatarra, probar y volver a probar a vo­ trahumana.2El inminente control del hombre sobre la propia naturaleza de
luntad antes de que en el proceso de producción se consiga un modelo su especie aparece como el triunfo que corona este poder. Ahora la natura­
finalmente dado por bueno: sólo entonces la cosa se vuelve vinculante. Nin­ leza incluye de pronto en la condición de dominado por la técnica al hom­
guna sustitución de este tipo «como si» fuera real es posible en la manipu­ bre, que se había enfrentado a ella como señor. Pero, ¿de quién es el poder
lación biológica, especialmente en personas. Para que el experimento sea y sobre quién y qué? A todas luces el poder de los actuales sobre los veni­
válido tiene que tener lugar en el propio original, el objeto real y auténtico deros, objetos indefensos de las precedentes decisiones de los planificado-
en el más pleno de los sentidos. Lo que hay entre el comienzo y el fin defi­ res de hoy. El reverso del actual poder será la posterior servidumbre de los
nitivo del experimento es la vida real de individuos y quizá de poblaciones vivos frente a los muertos. El poder que actúa aquí es totalmente unilateral,
enteras. Esto aniquila toda la distinción entre mero experimento y hecho sin la respuesta de una fuerza que contrapese en los sujetos expuestos a él,
definitivo. La consoladora separación entre ambos desaparece, y con ello la porque éstos son (presuntamente) sus criaturas, y hagan lo que hagan (o in­
inocencia del experimento separado. El experimento es el verdadero he­ cluso deseen) no hacen más que ejecutar la ley que les ha impuesto el poder
cho... y el verdadero hecho un experimento. que mandaba sobre su origen.3Así al menos lo querría la tesis maestra
5. Añádase a esto el atributo de irreversibilidad que distingue los proce­ del arte genético creador. En realidad, como hemos observado antes, el poder,
sos orgánicos de los mecánicos. Todo en la construcción mecánica es rever­ una vez ejercido, se escapa de la mano maestra y recorre sus propios e in­
sible. Los cambios estructurales en lo orgánico son irreversibles. En la calculables caminos'en el laberinto de la rebosante complejidad de lo vivo,
práctica resulta de ello que en la ingeniería convencional se pueden corre­ que se resiste al pleno análisis y predicción. Por consiguiente el poder, por
gir los errores en todo momento, tanto en la fase de planificación y prueba orientado y predeterminado que esté, es esencialmente ciego. Pero ciego o
como también después; incluso los productos acabados y comercializados, vidente, capaz o chapucero, plantea la cuestión (de la que está exenta la téc­
por ejemplo automóviles, pueden ser devueltos a la fábrica para la subsa- nica sobre materia muerta) de qué derecho tiene nadie a predeterminar de
nación de defectos. No así en la técnica biológica. Sus actos son irrevoca­ tal modo a futuros hombres; y aunque se supusiera en principio semejante
bles en cada uno de sus pasos. Cuando sus resultados se hacen visibles es derecho, qué sabiduría le capacita para ejercerlo. Se trata pues de dos cla­
demasiado tarde para hacer correcciones. Lo hecho, hecho está. No se pue­ ses de derechos, de los que el segundo —el del ejercicio de un derecho abs­
de devolver a personas a la fábrica o llevar al desguace a poblaciones. De tracto quizá vigente— está ligado a la posesión de sabiduría como su con­
hecho lo que se debe hacer con los inevitables fallos de la intervención dición necesaria. Precisamente esa posesión, en todo caso, podría llevar a
genética, con los deslices, abortos —si se debe introducir el concepto de desechar la suposición del primer derecho junto con los objetivos que per­
«pieza defectuosa» en la ecuación humana, a lo que nos obligarían ciertas sigue. Pero la arrogación misma de tal sabiduría es casi segura prueba de
formas en consideración de intervención genética—, son cuestiones éticas que su ausencia.
han de ser vistas y respondidas antes de poder dar tan sólo el primer paso 8. Esto nos lleva al último punto de esta comparación entre técnica con­
en esta dirección. vencional y biológica, a la cuestión de los objetivos que se persiguen. Para
6. La circunstancia de que la manipulación biológica se moverá pre­ su valoración y selección es precisa ante todo la sabiduría. En la técnica
dominantemente en el plano genético condiciona otra diferencia de la tecno­ convencional el objetivo —incluso el más cuestionable por la razón que
logía normal. En las máquinas no hay nada comparable a la reproducción sea— está definido siempre por algún tipo de utilidad. Ninguna construc­
y la herencia. Desde el punto de vista del «fabricante» esto significa la dife­ ción técnica es su propio objetivo. Esto sigue siendo así en la técnica bioló­
rencia entre relación causal directa e indirecta con el resultado final. En la gica mientras se refiere a plantas y animales: también ellos, sin perjuicio de
técnica biogenètica el camino hacia los objetivos es indirecto, a través de
la inyección del nuevo factor causal en la serie hereditaria, que sólo mani­ 2. Hay que adm itir que «el ser humano» es una dudosa abstracción, y ha de quedar abier­
to si como individuos los hombres tienen hoy un mayor control sobre su entorno (que en su
festará sus efectos en la sucesión de las generaciones. «Fabricar» significa
gran mayoría es el mundo hecho por hombres de la civilización técnica) del que hombres ante­
aquí liberar en la corriente del devenir, en la que también nada el fabricante. riores tenían sobre el suyo, más próximo a la naturaleza. Aún es más incierto si el control del
7. Con esto se plantea la cuestión del poder, tan íntimamente unida a la sujeto sobre sí mismo ha aumentado o disminuido; y totalmente incierto si y hasta qué punto
técnica. Ciencia y técnica, decía la fórmula de Bacon, aumentan el poder los hombres de hoy somos — individual o colectivamente— dueños de los impulsos, la lógica y
del hombre sobre la naturaleza. Desde luego, aumentan también —algo no la dinámica interna del coloso técnico. Aun así, la afirmación anterior sigue siendo cierta en
conjunto para las especies, en tanto que las fuerzas colectivas no discurran con nosotros y arras-
previsto en la fórmula— el poder del hombre sobre el hombre, así como el 'ren a sus propietarios a la ruina.
sometimiento de algunos hombres al poder de otros, por no hablar de su 3. La exposición más precisa de las ideas aquí sólo esbozadas se encuentra en el brillante
común sometimiento a las necesidades y dependencias creadas por la téc­ librito de C. S. Lewis, The Abotilion o/ Man, Macmillan, Nueva York. 1947, págs. 69-72.
114 TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA DE LA E U G E N E S I A A LA T E C N O L O G I A G E NÉ T I CA
115

su condición viva, son en este sentido cosas cuyo ser está subordinado a su a veces este efecto, por azar y sin planificación, en las mutaciones espontá­
utilidad, cuyo valor de uso puede ser aumentado... y debe serlo, incluso a neas, que se someten a la selección natural; el hombre empieza ahora a pro­
costa de su ser. Pero «utilidad» significa «en beneficio del hombre», y ex­ ducirlas de forma planificada, o también a poder fijar lo dado. Dado que los
cepto cuando el hombre mismo es entendido como existente para el uso factores hereditarios críticos tienen su sede en el núcleo celular se ha podi­
humano, la determinación utilitaria de toda la técnica fracasa hasta ahora do hablar recientemente de «biología nuclear», siendo necesario hacer la
en un choque tecnológico con la sustancia humano-biológica, por ejemplo observación de que así como la física nuclear ha abierto toda una nueva di­
de su reconstrucción genética. ¿Cuáles eran entonces sus objetivos? De he­ mensión de la física junto con una técnica que la aprovecha, lo mismo cabe
cho hay desde antiguo una habilidad, orientada a lo físico del hombre, que decir de la más reciente biología nuclear. Ambos territorios vírgenes tienen,
podría decírnoslo: la medicina, el modelo de una técnica que ha alcanzado junto al emocionante aspecto teórico, sus aspectos prácticos siniestros. Es
a ver el ser y no la utilidad de su objeto. Pero ésta es conservadora y resta- algo que la penetración en el núcleo de las cosas parece llevar consigo.
blecedora, no modificadora e innovadora. Su objetivo es la norma dada de La clasificación de las biotecnologías por procedimientos se solapa con
la naturaleza. ¿Cuál puede ser pues la finalidad de una arquitectura que su clasificación por objetivos. Conforme a éstos, hay que distinguir entre
se libera de esta norma para inventar sobre sustrato humano? Sin duda no arte genético conservador, mejorador y creador... una clasificación que res­
crear al hombre... él ya está ahí. ¿Quizá crear un hombre mejor.(en lo or­ ponde a la osadía de las metas y sin duda también de los métodos. Sólo el
gánico)? Pero, ¿cuál sería la medida de lo mejor? ¿Mejor adaptado, por tercer objetivo, el «creador», esta reservado a la tecnología genética futu­
ejemplo? ¿Pero mejor adaptado a qué? Tropezamos con preguntas muy rista. Así que avanzaremos desde formas más débiles a más fuertes de ma­
abiertas y enteramente metatécnicas en cuanto osamos poner una mano nipulación, respondiendo a intenciones más modestas o más ambiciosas.
«creadora» sobre la constitución física del hombre mismo. Todas ellas cul­
minan en una misma pregunta: ¿conforme a qué modelo?
3. E u g e n e s i a n e g a t iv a o p r e v e n t iv a

2. De LAS FORMAS D E CONTROL GENÉTICO Empezaremos pues por decir algo sobre el control biológico protector o
preventivo, cuya forma más conocida es la eugenesia negativa: es decir, un
Tenemos que descender ahora de lo general a lo particular y de la forma control de apareamiento que intenta evitar la transmisión de genes patóge­
al contenido, y distinguir las distintas formas de tecnología antropobioló- nos o nocivos de cualquier otro modo apartando a sus portadores de la re­
gica por sus finalidades y procedimientos. Nos limitaremos a los esfuerzos producción. El diabético congènito, por ejemplo, debe evitar tener descen­
en el campo genético, es decir, manipulaciones metódicas de la sustancia dencia. No es asunto nuestro examinar aquí los medios para evitarlo, que
humana hereditaria para obtener propiedades deseadas o eliminar propie­ pueden recorrer todo el espectro de normas de conducta hasta la esteriliza­
dades indeseadas en la descendencia. Muy bien podría ocurrir que los ob­ ción y desde la convicción a la coacción, y que plantean sus propios pro­
jetivos se introdujeran sólo mediante los nuevos caminos abiertos para ello, blemas éticos y jurídicos, incluso políticos. Nos limitaremos a la idea de fi­
es decir, la disponibilidad de recursos que se abre, de forma que el método nalidad motivadora, que es doble: humanitaria y evolucionista, según sea
sea anterior a su posible finalidad. (En no pocas ocasiones, tanto en la téc­ por sí sola o ligada. La fundamentación humanitaria tiene presente el bie­
nica como en el resto de la práctica, los objetivos aparecen sólo cuando son nestar individual del posible descendiente e impone, «en aras de él», preve­
alcanzables.) Pero incluso entonces los posibles objetivos pueden servir nir futuro sufrimiento no permitiendo siquiera que se llegue a una existencia
para clasificar los métodos. lastrada por ese sufrimiento. Es un caso especial de la ética de la compa­
Según sus procedimientos, las técnicas genéticas se pueden clasificar sión: la compasión anticipada por un sujeto que se imagina en abstracto
en tradicionales y de nuevo cuño, o también en practicadas desde hace mu­ decide ahorrarle la existencia para ahorrarle con ello las dolencias que se
cho y principalmente futuristas, lo que coincide con bastante exactitud imaginan en concreto. La decisión está en este caso libre de la carga de la
con la macrobiología y la biología molecular. La macrobiología tiene que consulta y el consentimiento del sujeto y hasta ahí es éticamente impecable
vérselas con organismos completos, por ejemplo a la hora de elegir pareja (pero no por eso éticamente impuesta). Ningún derecho de tal potencial
en los cruces o seleccionar fetos in útero, la biología molecular con cromo­ descendiente es infringido por dejar de engendrarlo, porque no hay ningún
somas en el núcleo celular y sus componentes elementales, las moléculas derecho a la existencia por parte de individuos hipotéticos que aún no han
del ADN. Su objeto específico es el «gen», el único miembro en la cadena sido concebidos. Antes se podría argumentar que su derecho sería lesiona­
cromosómica, formado por moléculas de ADN, que determina o codeter- do al engendrarlo si previsiblemente (es decir, con probabilidad apreciable)
mina una propiedad hereditaria del organismo. Su modificación, supresión esto le llevara a una existencia desgraciada. Dejaremos esto en su ambi­
o sustitución en el germen de un futuro organismo generará, pues, una mo­ güedad, en todo caso solamente aclarablepost factum. Pero aunque el des­
dificación genética, es decir, hereditaria, del mismo. La naturaleza provoca cendiente tan sólo imaginado no tenga derecho a la existencia, sí está en
116 TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA DE LA E U G E N E S I A A LA T E C N O L O G Í A GE NÉ T I CA

cuestión el derecho de aquellos a quienes se impide engendrar descenden­ nipulativa del catálogo genético colectivo, biológicamente cuestionable en
cia. A ellos se les exige la renuncia a este derecho, y ellos pueden objetar al su efecto sobre la especie y éticamente intolerable en su exigencia de renuncia
llamamiento a su responsabilidad humanitaria, es decir, a su compasión, al individuo.4La filtración y reestructuración del catálogo genético de la po­
que ellos —víctimas de la correspondiente dolencia— son quienes mejor blación es distinta de su protección contra el empeoramiento, y no tenemos
pueden juzgar si una vida así merece de todos modos ser vivida: que por tan­ ningún mandato evidente para llevarla a cabo. De hecho con esta varian­
to, en caso afirmativo, podrían estar legítimamente dispuestos a correr el te de la eugenesia preventiva, a pesar de su mecánica de exclusión, que sigue
riesgo (normalmente no es más que un riesgo) de la herencia del descen­ siendo negativa, ya hemos superado el límite del terreno, mucho más deli­
diente. El argumento tiene su razón de ser por lo menos en cierta clase de cado, de la eugenesia positiva o meliorista, que pretende mejorar la especie.
casos: sin duda, cuando sólo uno de los padres es portador del defecto he­
reditario, y es discutible incluso cuando ambos lo son y el riesgo está pró­
ximo a la certeza. Pero con independencia del riesgo individual, el llama­ 4 . S e l e c c ió n p r e n a t a l
miento humanitario se ve reforzado por el evolucionista, muy distinto, que
reclama que hay que proteger no tanto al individuo como a la especie (o po­ Un paso también insensible de la estrategia hereditaria defensiva a la
blación), concretamente del peligro de que aumente progresivamente el meliorista es posible con el naciente diagnóstico prenatal (mediante am­
porcentaje de factores nocivos en su dotación genética, crecimiento que le niocentesis y otros métodos). Con su objetivo declarado, la exclusión del
amenaza por la protección —individualmente beneficiosa— que la civiliza­ embrión dañado, entra en el terreno de la eugenesia de la compasión pre­
ción (la medicina, entre otras cosas) da a tales factores hereditarios que de ventiva. En su espíritu se aprueba básicamente el aborto y, para ciertos ha­
lo contrario serían mantenidos en jaque por la selección natural. Al dia­ llazgos, es de hecho el objetivo práctico previsto del procedimiento diag­
bético se le puede decir que debe su candidatura a la reproducción a una nóstico. No nos ocupamos aquí del polémico tema del aborto en sí. Sin
creación social, el arte médico, único que (mediante la administración de duda el hallazgo de un daño grave e incorregible, como el mongolismo, es
insulina) le ha permitido alcanzar la edad fértil: como quid pro quo se le la mejor de las disculpas para ese acto (naturalmente, el adversario del mis­
puede exigir el sacrificio de ese derecho en interés de la sociedad y de su fu­ mo siempre podrá rehusar el paso desde la indicación médica a la muerte);
tura integridad biológica. Esto es moralmente correcto en el plano indivi­ en lo que a nuestro tema se refiere, un filtro prenatal limitado a tales casos
dual: el receptor de un gran beneficio paga a la fuente del mismo el precio graves sigue claramente en el campo de la «eugenesia negativa», que sin
que le debe. A nivel poblacional, la eugenesia negativa es, desde un punto duda deja de ser incruenta. Pero el deseo paterno de tener una descenden­
de vista literal, conservadora, orientada a la conservación y no a la mejora de cia «perfecta» puede ir más allá y establecer criterios más ambiciosos para
la herencia biológica, y también eso parece correcto si el temor a una raza admitir la vida (por otra parte, también la elección del sexo). Utilizado así,
debilitada de lo contrario por efecto de la cultura es realista (lo que yo no el diagnóstico prenatal sólo podría contribuir a que la repugnancia a la
puedo juzgar). Según esto, la eugenesia negativa parece más una extensión muerte del feto siga disminuyendo y se extienda como una costumbre ideo­
de la medicina preventiva que el comienzo de la manipulación biológica lógicamente animada en la sociedad (con un facilitamiento emocional del
proyectiva. paso al infanticidio): el objetivo de la temerosa prevención de un mal ma­
Ciertas necesarias cautelas enturbian esta imagen demasiado clara. yor se habría transformado en la insolente persecución del bien mayor... y
Puede ocurrir fácilmente, por ejemplo, que el celo preventivo a la hora de nos encontraríamos en mitad de la zona, tan objetable moral como bioló­
decidir qué gen o paquete de genes han de ser excluidos extienda el con­ gicamente, de la eugenesia positiva, que además se burla de los límites de
cepto de «patógeno» a «indeSeado» en un sentido más amplio, por ejemplo nuestro saber.
social, y pierda entonces la justificación de una mera compensación por la
inhibición de la selección natural. Todo deslizamiento de conceptos distin­
tos de los estrictamente médicos, e incluso su aceptación más allá de la cla­ 5 . E u g e n e s i a p o s it iv a
se más grave, minoradora de la vida, es objetable tanto desde el punto de
vista biológico como ético. Algo parecido rige para la tentación de extender Tras la espantosa prueba del reciente pasado alemán, vamos a adoptar
los controles desde la presencia manifiesta, es decir dominante, del gen a brevemente una posición sobre la eugenesia positiva como selección gené­
rechazar, que sólo es la punta del iceberg, al número, mucho mayor, de por­ tica humana planificada con el objetivo de mejorar la especie. Su descrédi­
tadores recesivos, si se pueden determinar. Una sentencia de muerte gené­ to moral y político no necesita ser explicado en este país. Pero hay que de-
tica sobre ellos —mediante la exclusión de la reproducción— ya no puede
afirmar estar en consonancia con la autorregulación de la mecánica de se­
4. Naturalmente, se puede y se debe desaconsejar el apareamiento de portadores identifi­
lección natural, que sigue arrastrando genes recesivos y sólo somete a los cados como recesivos (una tarea legítima del asesoramiento conyugal), pero eso es diferente de
dominantes a su tribunal. Quererla superar entra ya en la modificación ma- eliminarlos del proceso de reproducción.
118 TÉC NI CA, M E D I C I N A Y ÉTICA
DE LA E U G E N E S I A A LA T E C N O L O G Í A G E N É T I C A , ,9
cir algunas cosas sobre la esencial ceguera del intento incluso en la más
bondadosa política de selección, no manchada de vanidad, maldad ni arbi­ tud esencial de su ser. Así pues, incluso si la selección positiva no fuese cier
trariedad axiológica. La elección de los ejemplares de cría de ambos sexos ga, es necesariamente corta de vista. La cortedad de vista es la característi­
tendría que apoyarse en su «cartografía» genética completa, pero en reali­ ca inapelable de toda intervención consciente en el curso inconsciente de la
dad sólo puede atenerse a las propiedades manifiestas del fenotipo indivi­ naturaleza, y ha de ser aceptada normalmente como precio en riesgo, por­
que tenemos que seguir interviniendo en innumerables aspectos. En el de­
dual: la dotación genética invisible que hay detrás y que podría ser añadida,
sarrollo, incalculablemente largo, de la genética humana, la cortedad de
como máximo mediante una investigación irrealizable y amplísima de los
vista se elevaría a la enésima potencia sin la disculpa de esta obligación.
antepasados —y ello sólo parcialmente—, al estado de la generación en
Porque el superhombre es un deseo de la insolencia, no de la necesidad,
cada momento, tendría que ser aceptada en bloque, sin examen. No se sabe como puede reclamar la eugenesia negativa. Y la deseada mejora de la es­
pues en absoluto qué saldrá a la luz en posteriores generaciones y tendrá pecie humana desconoce que ésta, tal como es, contiene ya en sí la dimen­
que ser sometido a nueva selección en los fenotipos... por no pensar en los sión en la que tienen su espacio tanto lo mejor como lo peor, tanto la as­
inevitables cambios de gusto producidos entretanto. Dado que ninguna
censión como la caída, sin estar sometidos a ninguna barrera reconocible,
«sección» genética individual en la serie de las generaciones es realmente
ni impulsora hacia arriba ni protectora por debajo. Ningún sueño zoológi­
cartografiable, el procedimiento tiene que ser subjetivamente ilusorio y ob­
co, ningún truco de cría, puede ocupar el lugar de esta opción esencial y
jetivamente ciego. Pero suponiendo que supiéramos más, incluso lo bas­
su inmenso campo de juego. El intento de hacerlo es desmesurado, necio
tante para alcanzar probabilidades a largo plazo; y que tuviéramos a mano
e irresponsable al mismo tiempo, y tiene que conducir en el mejor de los
partes suficientemente considerables de la población en cartotecas genéti­
casos a desaires, y en el peor a desgracias. Esto último ya se da, política, hu­
cas de alguna fiabilidad; y que tuviéramos —mediante cría oficial o bancos
mana y éticamente (y con independencia de que termine bien), en los mé­
de semen y óvulos— los necesarios controles sobre la selección y combina­
todos de gestación asistida, con su despersonalización de la relación sexual-
ción de los donantes eugenésicamente certificados (desaparece la elección
reproductiva, la separación del amor de la reproducción, del matrimonio
amorosa aficionada): ¿quién ha de decidir sobre la excelencia de los ejem­
de la paternidad libremente querida, la intervención desacralizadora del
plares y con qué criterios? Recordemos que es mucho más fácil establecer
poder público en la secreta dimensión de futuro de la interlocución más ín­
lo que no se desea que lo deseado, lo malum que lo bonum. Es indiscutible
tima concedida por la naturaleza a la constitución humana. Excepto en los
que no deseamos —ni los dolientes ni sus congéneres— la diabetes, la es­
objetos más inequívocos de la eugenesia negativa, donde el elevado precio
quizofrenia o la hemofilia. Pero, ¿qué es mejor?: ¿una cabeza fría o un co­
humano de tal injerencia aún está por justificar, y sin duda en el territorio de
razón caliente, una elevada sensibilidad o un cuerpo robusto, un tempera­
ensueño de la perfectibilidad genética positiva, no adquirimos mayor seguri­
mento dócil o rebelde? ¿Y en ésta o mejor en aquella distribución proporcional
dad con el cambio de lo imprevisto por lo planeado.5Ambas cosas son dile­
entre la población? ¿Quién ha de decidirlo y basándose en qué conoci­
tantes... la una en consonancia, la otra en contradicción consigo misma.
mientos? La afirmación de tal conocimiento debería ser motivo suficiente
Abandonar el diletantismo de la bendita ignorancia de la elección de amor
para descalificar a quien afirma tenerlo. Y si se pudiera llegar a un acuerdo
personal por el del conocimiento loco de un arte arrogante es una petulancia
sobre los estándares de selección que fueran, por las razones que fuera...
impertinente por la que el mundo y la posteridad tendrán que pagar.
¿es deseable la estandarización como tal? Si hacemos abstracción de los va­
lores humanistas, que siempre son discutibles y están más allá de los do­
minios del científico natural, los biólogos están de acuerdo en la clara ven­
M é t o d o s f u t u r is t a s I
taja biológica del exceso de multiplicidad en el fondo genético colectivo,
que con su amplia reserva de propiedades actualmente «inútiles» mantiene 6 . C lo n a c ió n
abierta la futura adaptación a nuevas condiciones de selección. Toda estan­
darización estrecharía esta zona de sombra de la indeterminación median­ El controLgenético por selección de la especie, ya sea desde puntos de
te las apresuradas determinaciones de efímeras preferencias. A este aspec­ vista negativos o positivos —es decir, la «eugenesia» en general— tiene des­
to técnico de la supervivencia, «exento de valores» en sí, se añadiría la de el punto de vista del planificador la falta de belleza de la reproducción
pobreza humana de una cría sobre tipos que alcanza su objetivo positivo,
como toda selección, mediante la exclusión de alternativas, es decir, de los
muchos indefinidos a favor de los pocos definidos. El punto biológica v me- 5. El lugar de la planificación con vistas a la perfectibilidad, y con ello a la cortedad de vis­
ta que pende de todos los planes, es la educación. Allí de hecho imponemos nuestra imagen ine­
tafísicamente fuerte de la evolución humana era que evitaba de algún modo vitablemente miope al futuro individuo, y cometemos nuestros pecados junto con nuestras bon­
las ventajas a corto plazo de la especialización, que por lo demás domina la dades conforme a la vigente «verdad» del momento. Pero allá donde condicionamos, en parte
evolución de las especies. £l_hecho de_que el hombre no esté especializado correcta, en parte erróneamente, transmitimos al sujeto en el mismo paquete la posibilidad de
—el «animal no determinado», como decía Nietzsche— constituye una vir­ la posterior revisión a cargo de sí mismo, por lo menos no la bloqueamos, dado que hemos de­
jado inalterada la naturaleza heredada, la sede originaria de tal posibilidad.
120 técn ica , m ed icin a y ética DE LA E U G E N E S I A A LA T E C N O L O G I A G E N É T I C A 121
heterosexual como tal: lo impredecible de sus entrecruzamientos y recom­ exacta (un «esqueje») del organismo madre o padre. El procedimiento, lo-
binaciones de cromosomas hace que sea siempre una lotería en la que nunca giado primero en algunos anfibios, requiere la introducción del núcleo de la
se puede saber lo que saldrá en cada caso concreto. Es a esa circunstan­ célula corporal correspondiente en un óvulo previamente desnucleado de
cia a la que debemos que no haya dos individuos genéticamente iguales. la misma especie, que desde ese momento se comporta como si estuviera
Esta perturbadora injerencia de la naturaleza y el azar se podría evitar me­ fertilizado. De hecho, se han engendrado ranas (también algunas mons­
diante la intervención artificial de la clonación, por su método la forma más truosidades) de esa forma. Este prometedor comienzo vino facilitado por
arbitraria de manipulación genética, y por su objetivo al mismo tiempo la un sistema sexual que de todos modos prevé la fertilización y desarrollo
más esclava: el objetivo no es la modificación arbitraria de la sustancia he­ del huevo fuera del seno materno. Con la fertilización interna y el desarrollo fe­
reditaria, sino precisamente su no menos arbitraria fijación, en contradic­ tal intrauterino de los mamíferos la cosa se hace más difícil, pero hace poco
ción con la estrategia reinante en la naturaleza. Elegimos esto ejemplo para que se ha conseguido por vez primera con un ratón. En todo caso, dado que
discutirlo en detalle porque, debido a su nítida definición del resultado per­ la fertilización in vitro y el reimplante en una matriz es un hecho clínico in­
seguido, que no pretende representar un viaje a lo desconocido, sino preci­ cluso en el caso del óvulo humano, parece que la implantación de un óvulo
samente a lo más conocido, es especialmente adecuado para hacer un ejer­ con un núcleo ajeno diploide en un útero de alojamiento o nodriza —en el
cicio de fantasía anticipatoria y de reflexión ética a ella referida. Quizá de que no se comportaría de distinta manera que uno fecundado (es decir,
él se pueda aprender algo cara a meditar acerca de los sueños más creado­ como un cigoto)— sólo es un paso más, y el camino hacia la reproducción
res de la manipulación genética. asexual en los mamíferos placentarios, incluyendo el ser humano, estaría
despejado. El único resto funcional de la bisexualidad estaría en el doble
A. ¿Qué es clonar? hecho de que el núcleo huésped (masculino o femenino) necesita para su
«alojamiento» directo un óvulo femenino de la misma especie sin núcleo
La clonación es una forma de reproducción no sexual, que se da en mu­ propio, y éste a su vez para su alojamiento durante el desarrollo embrional
chas plantas junto a la sexual y, a diferencia de ésta, produce copias genéti­ una matriz en funcionamiento de la misma especie... en otras palabras: el
camente exactas de la planta originaria. Se basa en la capacidad de germi­ embarazo de hecho de un individuo adulto femenino de la misma especie.
nación de las células diploides normales, que en condiciones adecuadas Está por ver aún si estas limitaciones son superables y hasta qué punto.
empiezan a retoñar. (Son ejemplos conocidos las patatas y las fresas.) A los Dado que los óvulos sin fertilizar se pueden obtener más fácilmente y en
animales en general les está vetada esta reproducción alternativa. Con la mayor número que las nodrizas para embarazo, los ulteriores esfuerzos de
excepción de algunos órdenes menores, están limitados a la reproducción la investigación se concentrarán seguramente en los cultivos embrionales
sexual mediante células germinales haploides especiales (gametos), cuyo extrauterinos. Los núcleos celulares diploides de ambos sexos podrían (una
núcleo cromosómico dividido en dos se tiene que unir con la mitad corres­ vez superada la inhibición de los especialistas) ser obtenidos sin esfuerzo y
pondiente del otro sexo en un conjunto (cigoto) para incoar el proceso de en el número que se quisiera de los individuos a duplicar, bien directamen­
división en un nuevo individuo. Entretanto, utilizando el hecho de que to­ te o mediante cultivos de tejidos derivados. Pero hay que tener en cuenta el
das las demás células del organismo poseen un juego doble completo de modificado papel de los sexos. Incluso en la versión «conservadora» de un
cromosomas que define la identidad genética del individuo, se ha desarro­ embarazo pleno en vientre nodriza, la «madre» es una mera incubadora y
llado un procedimiento de laboratorio mediante el cual se puede llevar a no aporta genéticamente nada de sí al fruto, excepto si aloja a un núcleo ce­
una célula del cuerpo* adecuadamente seleccionada a empezar «por sí mis­ lular a clonar tomado de su propio cuerpo, en cuyo caso lo aporta genéti­
ma» el mismo proceso que de lo contrario inicia la célula germinal fertili­ camente todo y se duplica a sí misma; el óvulo privado de núcleo puede
zada... es decir, dado que posee toda la «información» genética que ya ha­ —pero no tiene que— proceder de ella; y el producto final puede repetir a
bía regido el crecimiento del individuo originario, a producir una copia un individuo conocido o desconocido por ella. Aun así, el papel femenino
seguirá siendo instrumentalmente necesario mientras no se disponga de
6. Tiene que ser una célula no especializada, es decir, una en la que ninguna de las instruc­
ciones hereditarias codificadas en el ADN nuclear esté bloqueada. Tales bloqueos parciales per­
manentes se producen en la diferencia ontogénica de los tejidos en la evolución fetal. Las células manente por medio de un agente específico. Un contraagente adecuado podría en principio
del cuerpo, no afectadas por esto y por tanto adecuadas para la clonación, sólo pueden obtener­ neutralizar este efecto. Así que sólo se trata de liberar al núcleo cromosómico, en sí mismo
se hasta ahora de tejidos embrionales en las especies superiores. Naturalmente, esto no es lo bas­ siempre intacto, de inhibiciones secundarias: tiene que llegar el príncipe químico adecuado que
tante bueno para las ambiciones donadoras de las que queremos hablar, porque éstas exigen pre­ despierte con un beso a las partes que duermen el sueño de la bella durmiente. En lo sucesivo
cisamente donantes celulares adultos. Dado que es improbable que células indiferenciadas del aceptamos (conforme al procedimiento de los biólogos, que ahora ya discuten los pros y contras
cuerpo (con núcleos «omnipotentes» como las células germinales) se encuentren en personas de las futuras clonaciones) que la bioquímica lo logrará finalmente. Si esta expectativa fuera
adultas, primero habrá que hallar un método de «desespecialización», es decir de inhibición, de en-ónea los biólogos habrían malgastado saliva, pero los filósofos podrían de todos modos ha­
las células especializadas. Teóricamente esto es posible, ya que el bloqueo está pensado de tal ber obtenido criterios reales e incluso categóricos de la meditación sobre lo hipotético final­
manera que no modifica el gen correspondiente, sino que tan sólo inhibe su acción de forma per- mente irreal.
122 TÉC NI CA, M E D I C I NA Y ÉTICA
DE LA EUGF.NF.SIA A LA T E C N O L O G Í A G E NÉ TI CA
123
sustitutos artificiales de la placenta in vitro. (En ese momento, el ovario
sólo quedaría como proveedor de los óvulos a los que habría que quitar el 2. Razones para la clonación. L a ú l t i m a Frase proporciona la respuesta
principal a la pregunta de por qué hay que clonar: un logro vital visible es más
núcleo.) En cambio, el papel masculino se reduciría biológicamente a la
que suficiente en una u ote a cualidad para excitar el deseo de tener más de
nada: una vez rehuida la única necesidad biológica para la existencia de ello, V lo bastante raro en su (presunta) base genética como para no poder
hombres, la fecundación, la representación masculina en una población esperar la deseada frecuencia de su aparición en la población de las posibi­
que se reprodujera clónicamente se habría vuelto prescindible... aunque lidades de la reproducción habitual v a su vez selectiva. De hecho, es lo que
quizá siguiera siendo deseable para otros objetivos y placeres no biológi­ de algún modo es «único» lo que la clonación libera de su unicidad y aque­
cos. La ciencia ficción y el feminismo tienen aquí un vasto campo para di­ llo cuya repetición hay que asegurar. Esto tiene ventajas evidentes para la
vertidas especulaciones. cría de ganado. La vaca lechera premiada es reproducible de manera mu­
cho más segura por vía asexual que mediante el apareamiento más cuida­
B. Preguntas sobre la clonación dosamente escogido, además de en número incomparablemente mayor,
porque no está ligado a la propia maternidad (cualquier otra vaca puede
Las preguntas que queríamos plantear no tienen nada que ver con las servir de incubadora de otra vaca de premio). De forma similar el caballo
presuntas dimensiones de una práctica que —si es que llega a hacerse rea­ de carreras escogido, etcétera. Así, la perpetuación y multiplicación de la
lidad— sin duda nunca alcanzaría valores numéricos con peso genético-po- excelencia (= logro máximo) sería una de las principales razones para la clo­
blacional. Las cuestiones esenciales de su posible aplicación a los seres nación. Los ejemplares reproducidos, de equipamiento idéntico, aportarían
humanos se refieren al caso singular no menos que al plural, y han de ser res­ la base numéricamente ampliada para un nuevo cruce, con la expectativa
pondidas antes de poder permitir siquiera el primer caso. Han de ser plan­ de superar incluso el logro precedente, convertido ahora en punto de parti­
teadas, por tanto, al principio. da, y así sucesivamente, alternando de manera adecuada ambos métodos
Planteamos tres preguntas: ¿Qué se consigue con la clonación? ¿Porqué en una curva creciente de perfección genética. De esta forma la clonación, en
hay que conseguirlo, es decir, qué motivos hay para desearlo? ¿Debe ser sí una fijación de los resultados evolutivos, se convertiría en parte de un
conseguido, es decir, ese objetivo es aceptable o rechazable? progreso evolutivo. Otro objetivo podría ser también la ventaja de la mera
uniformidad para ciertos fines, otro precisamente el centro bien pondera­
1. El resultado físico de la clonación. ¿Qué produce la clonación? Res­ do en contraposición al extremo unilateral. Todo esto dentro del ámbito,
puesta: un doble genético del donante celular, con el mismo grado de simi­ destinado a la utilidad, de la cría de animales, donde el interés propio de la
litud en su apariencia (en el fenotipo) que el conocido por el caso de los ge­ especie misma no se pregunta y la «excelencia» viene determinada precisa­
melos idénticos. Clon y donante son de hecho gemelos idénticos con una mente por el aprovechamiento.
diferencia temporal: su no simultaneidad será un importante punto de vis­ Consideraciones totalmente distintas se plantean en el ámbito humano,
ta en nuestra posterior valoración. En el caso de gemelos idénticos se pue­ e incluso la situación de los conocimientos es distinta aquí. El criador de
de hablar de imágenes contrapuestas en el espejo; el clon es unilateralmen­ ganado sabe en cada caso qué quiere de los animales. Pero, ¿sabemos no­
te la copia de un original preexistente. La distancia temporal es a voluntad: sotros lo que queremos de los hombres? ¿Y quiénes somos «nosotros» en
Dado que los cultivos de tejidos se pueden mantener vivos y regenerativos el caso de tal «conocimiento», es decir, de tal capacidad consciente que
durante un período de tiempo indefinido, el brote clónico puede estar deri­ toma la palabra? Y quien posea esa capacidad para sí y su partido —y sin
vado de un donante que ha muerto hace mucho (¿un nuevo sentido de la in­ duda otro antes que otro e incluso que él mismo, ayer o mañana—, quien
mortalidad individual?). Asimismo se pueden derivar muchos hermanos sepa pues qué quiere y qué se quiere a su alrededor, ¿sabe también qué se
clónicos, simultáneos o sucesivos, de la misma fuente autorregenerada; es­ puede y debe querer de las personas? Y si cree saberlo, ¿cómo sabe que sabe
tas reproducciones datadas a voluntad guardarían entre sí una relación in­ realmente?
directa de gemelos idénticos, no distintos en cuanto al fondo del individuo Todo lo que se puede querer y que de hecho ha sido puesto ya a debate
padre/madre común, salvo que su caso admite cualquier dispersión de la lo muestra muy ingeniosamente una enumeración que mi amigo el profe­
relación temporal... desde la total disjunción hasta la total coincidencia en sor León Kass ha confeccionado en Chicago. Él la llama una «lista de la­
el tiempo, pasando por cualquier coincidencia parcial. Un gemelo así po­ vandería de posibles aplicaciones, que crece constantemente en espera de
dría encontrarse por la calle a su propia ancianidad, quizá acompañada de una técnica plenamente formada», y reza:
su infancia. En todo caso, dado que ex hypothesi todos los genotipos multi­
plicados poseen el mismo potencial hereditario, a lo largo de la carrera de 1. Réplica de individuos de gran genio o gran belleza, para mejorar la es­
un fenotipo ya se ha producido al menos una realización del mismo, y even­ pecie o para hacer la vida más agradable.
tualmente varias, total o parcialmente, antes que cualquier clon comience 2. Réplica de sanos para evitar el riesgo de enfermedades hereditarias con­
la suya.
tenido en la lotería de la recombinación sexual.
124 TÉCNI CA, M E D I C I NA Y ÉTICA DE LA E U G E N E S I A A LA T E C N O L O G Í A G E N É T I C A 125

3. Facilitamiento de grandes series de sujetos de la misma herencia para si algo es bueno, más de ello sería mejor. Es un descarado argumento de
estudios científicos sobre la importancia relativa de lo innato y el en­ consumidor, que no pregunta si el genio -—suponiendo que sea una bendi­
torno en diversos aspectos de la actividad humana. ción para nosotros— no es para sí mismo una maldición, con frecuencia el
4. Proporcionar un hijo a un matrimonio estéril. más desgraciado de los hombres, y si tenemos derecho a condenar premedi­
5. Proporcionar un hijo a alguien con un genotipo de elección propia: de tadamente a alguien a pagar ese horrible precio por nuestro enriquecimien­
un famoso admirado, de un fallecido querido, del cónyuge o de sí mismo. to. Por otra parte, si dejamos decidir al propio candidato modelo si en su
6. Control sexual de los futuros hijos: el sexo de un clon es el mismo que el caso merecería la pena un da capo, podríamos obtener una selección de va­
de la persona de la que procede el núcleo celular implantado. nidosos/ Además, nadie puede intuir ni remotamente qué saldrá en realidad
7. Producción de equipos de sujetos idénticos para utilizaciones especia­ de este genio esperado de segunda y tercera generación una vez pasada la
les en la guerra y la paz (espionaje no excluido). hora estelar del primero, la constelación única de sujeto y circunstancia.
8. Producción de copias embrionales de cada persona, congelación hasta Tampoco se puede prever cómo reaccionarán los contemporáneos, inclu­
que sea necesaria como reserva de órganos para transplante a su geme­ yendo el genio que aparece de novo entre ellos, a la presencia de este precer-
lo de idéntica herencia. tificado en medio de sus vidas. Podría ser que incluso el antaño venerado ar­
9. Batir a los rusos y los chinos, no dejar que se produzcan lagunas en las quetipo fuera odiado al final por su codicioso infiltrarse mediante dobles en
clonaciones.7 el negocio desconocido v abierto, aún sin decidir, del presente.
Pero todo es especulativo, y en su mayor parte externo a la cuestión éti­
En el último apartado mencionaré por mi cuenta las Olimpiadas y si­ ca que queremos plantear, a saber: qué significa ser un clon para el propio
milares competiciones internacionales. Y añado a la lista, como número 10: sujeto afectado. Y aquí el caso del donante celular famoso sólo sirve para
Curiosidad... vamos a ver qué sale. ilustrar más nítidamente lo que sería válido para todos los casos, es decir,
La lista es menos divertida de lo que parece. Ningún deseo es tan perverso para la propuesta de clonación en sí. No vamos a enredarnos aquí en
(como el de la autorréplica), o tan cínicamente utilitario (como el de los equi­ conjeturas sobre cantidad, dosificación, méritos relativos de la selección,
pos de trabajo homogéneos), o tan científico-fanático (como el de los sujetos beneficios y costes para todos nosotros —cuestiones que sólo puede res­
de investigación iguales), como para no encontrar al ser ofrecido peticio­ ponder la experiencia—, sino que podemos confiar en aquella certeza tran-
narios y defensores entre los hijos de Adán y Eva. Pero en conjunto bien po­ sempírica del criterio que a veces concede la contemplación de la esencia.
demos aceptar que el argumento de una excelencia merecedora de perpe­ El caso X único y no especificado será tan válido como pudiera serlo cual­
tuación y reproducción (el número 1 de la lista) predomina en el contexto quier número de casos de cualquier especificación.
humano y la práctica del método, si es que se llega a ella, se limitará a lo ex­
traordinario. Sin duda es el relativamente más noble de los objetivos pro­ C. Crítica existencial
puestos y por ello no sólo más seductor que todos los demás, sino también
más adecuado para forzar el examen filosófico de su más radical explica­ 1. La simultaneidad de gemelos idénticos. La cuestión esencial central es
ción. Aquí concentraremos por consiguiente nuestra crítica. la de la mismidad no prejuzgada, y podemos ilustrarla con la supuesta si­
tuación de gemelos que son «idénticos», pero no simultáneos. Situémonos
3. Réplica de la excelencia. El argumento de la excelencia, aunque inge­
nuo, no es frívolo, en tanto apela a nuestra reverencia por la grandeza y le 8. «De hecho», se pregunta León Kass, «¿no deberíamos establecer el principio de que cada
llamado "gran hombre" que dé su asentimiento a la clonación debería quedar precisamente por
rinde el tributo del deseo de que más Mozart, Einstein y Schweitzer adorna­ eso descalificado, al ser alguien que tiene una opinión demasiado elevada de sí mismo y de sus
ran la raza humana. Dicho sea de paso, nadie menciona a Nietzsche o a Kaf­ genes? ¿Podemos permitimos un aumento de la arrogancia?» Como es sabido, en Norteaméri­
ka en este contexto, y pocos a Beethoven o a Miguel Ángel... una prueba de ca (naturalmente: en California) hay va un banco de esperma de Premios Nobel. Varios de ellos,
la secreta felicidad de todo el sueño: uno quiere tener a su genio feliz o al se dice, no han hecho ascos a contribuir a él... un reflejo de lo erróneo que es deducir del en­
tendimiento científico la existencia de razón humana (por no hablar del pudor). Conforme al
menos alegre; pero sobre todo: elevador en sus «aportaciones» al bien de la criterio establecido por Kass, estarían ya descalificados. Los distribuidores de las existencias
cultura. Pero ese deseo es ingenuo cuando supone que más de uno de cada congeladas, se dice después, tendrán cuidado de que la preciosa simiente no caiga en un suelo
sería realmente bueno para la humanidad, por no hablar de si sería bueno indigno: quienes soliciten ser receptoras de semen (también hay) verán cuidadosamente exa­
para los Mozart o Einstein de este mundo... en general cuando supone que, minadas su calidad biológica y cultural, junto con su prehistoria genética. (La muchacha de
Pueblo que fue madre soltera de Leonardo hubiera tenido pocas posibilidades: tampoco el pa­
dre, del que por lo demás apenas sabemos, parece haber llamado la atención por unas cualida­
7. León R. Kass, «New Beginnings in Life», en The New Genetics and ihe Future ofM an (edi­
des de Premio Nobel.) Esto entra aún en la categoría que ya hemos tratado, tradicional por así
ción a cargo de Michael P. Hamilton), Grand Rapids, Mich., 1972, págs. 14-63. La «lista de la­
cirio, de la «eugenesia positiva», y comparte su carácter de lotería bisexual. Pero en punto a
vandería» se encuentra en las páginas 44-45. [Todas las referencias, aquí y en adelante, a los es­
vanidad, necedad humana y superstición hereditaria recuerda ya al programa de duplicación
critos de L. Kass se pueden encontrar en su brillante libro Toward a More N atural Science:
n° sexual de genios del que hemos hablado, científicamente libre del azar.
Biology and Hum an Affairs, Nueva York, The Free Press, 1985.]
126 técn ic a , m ed ic in a y ética
DE LA E U G E N E S I A A LA TE C N O L O G Í A G E NÉ TI CA 127

frente a los actuales gemelos, trillizos (etc.) monoovulares. Tienen sus pro­ todos los reyes, ha acuñado a cada hombre en la forma del primer hombre,
pios problemas, de los que por regla general no se puede hacer responsable y sin embargo ninguno es igual a su prójimo»." Dejaremos a un lado si este
a ninguna acción humana. La coartada del capricho de la naturaleza desa­ regalo de la Creación, sin duda un bien para el conjunto, es también un
parece en cambio si la formación de gemelos es inducida, como parece ser derecho para cada individuo, tanto más cuanto que no se sabe en absoluto
el caso como efecto secundario de ciertas drogas fertilizadoras. Pero inclu­ cuánto o cuán poco aporta lo genético a la unicidad del individuo. Así pues,
so este resultado semiculposo comparte con el puro azar de la naturaleza el no baso mi argumento en tal derecho oculto, como máximo intuido, y pre­
rasgo principal que lo distingue del resultado de la clonación: los gemelos existente a la diferenciación física, sino sobre un derecho a la ignorancia,
(trillizos, etc.) naturales, que tienen que tener ante sus ojos la repetición de supremamente evidente e intraexistencial, que se niega a aquel que tiene
su propio genotipo, son estrictamente simultáneos, ninguno precede al otro, que saberse copia de otro. Es un derecho de la esfera subjetiva, no de la ob­
ninguno tiene que volver a vivir una vida ya vivida, a ninguno se le ha pri­ jetiva.
vado de encontrar su yo y sus posibilidades. A este respecto es indiferente La advocación de un derecho a la ignorancia como un bien es, a mi pa­
hasta qué punto el genotipo determina en realidad la historia personal, si la recer, nueva en la teoría ética, que desde siempre ha lamentado la falta de
«identidad» biológica conduce objetivamente, con independencia del cono­ conocimiento como un defecto en el estado humano y como impedimento
cimiento del sujeto, al mismo resultado biográfico, cosa que no está proba­ en la senda de la virtud, en todo caso como algo que hemos de superar en
da. De lo que se trata es de que el genotipo producido sexualmente es un no- la medida de nuestras fuerzas. Sobre todo el conocimiento de uno mismo
vum en sí, desconocido para todos en su comienzo, y tiene que revelarse a ha sido ensalzado desde los días délficos como característico de una vida
su portador, no menos que a sus congéneres, sólo en el curso de su existen­ superior, de lo que sólo se puede tener demasiado poco y nunca demasiado,
cia. La total incertidumbre es aquí una condición previa de la libertad: La ni siquiera bastante. ¿Y nosotros hablamos de un desconocimiento por sí
nueva tirada del dado, una vez caída, tiene que descubrirse a sí misma en el mismo? En todo caso el conocimiento del futuro, especialmente del propio,
esfuerzo sin dirección de vivir su vida por primera y única vez, es decir, lle­ siempre se excluyó tácitamente, y el intento de adquirirlo por cualquier me­
gar a ser él mismo en el encuentro con un mundo que está tan poco prepa­ dio (por ejemplo la astrología) estaba perseguido como vana superstición
rado para el recién llegado como éste para sí mismo. Ninguno de los geme­ por los ilustrados, como pecado por los teólogos, en este último caso con ra­
los, aunque confrontado permanentemente con su similitud con el otro, zones incluso de rango filosófico (y que, lo cual es interesante, son inde­
sufre por la presencia de uno anterior que habría manifestado ya el poten­ pendientes de la cuestión del determinismo en sí). Pero desde esa discusión
cial de su ser y con ello habría echado a perder al siguiente su condición del derecho o permiso a saber sigue habiendo un paso hasta la afirmación de
propia, que precisa del secreto. un derecho a no saber: y ese paso es el que tenemos que dar ahora en vista
Hemos hablado ex profeso de la situación de gemelos idénticos, no de la de una situación totalmente nueva, aún hipotética, que de hecho represen­
fuerza objetiva de los genotipos idénticos, que en realidad desconocemos. ta la primera oportunidad para la activación de un derecho que hasta ahora
Así, tenemos la intención de hablar también de la situación del clon huma­ había estado latente a falta de aplicabilidad.
no, cuestión inmanente a su experiencia y a la de los que le rodean: esto
conduce a una discusión existencial, ni física ni metafísica, a una discu­ 3. Saber pernicioso. El hecho sencillo y sin precedentes es que el —hi­
sión, pues, que puede dejar enteramente al margen la delicada cuestión de potético— clon sabe (o cree saber) demasiado de sí mismo, y otros saben (o
las dimensiones de la predestinación biológica. creen saber) demasiado de él. Ambos hechos, el propio y supuesto ya-saber
y el de los otros, son paralizantes para la espontaneidad de su llegara ser «él
2. No simultaneidad y el derecho a la ignorancia. En contraposición a la mismo», y el segundo hecho también para la autenticidad del trato de otros
simultaneidad de los auténticos gemelos, la copia de un genotipo dado crea con él. El ya conocido arquetipo del donante celular, especialmente uno de
condiciones esencialmente desiguales para los fenotipos correspondien­ prominencia pública, dictará de antemano todas las expectativas, predic­
tes... desigualdad que va enteramente en perjuicio del clon. Hay que hacer ciones, esperanzas y temores, objetivos, comparaciones, medidas del éxito
aquí un inciso. Se podría, si se quiere, introducir en este punto en el dere­ y el fracaso, de la satisfacción y la decepción para todos los implicados,
cho natural el concepto de derecho trascendente de cada individuo a un para el clon y los espectadores por igual. Todo esto no se toma del conoci­
genotipo único solamente suyo, no compartido con nadie, y deducir de ahí miento de la persona en su devenir, que se va construyendo gradualmente,
que un individuo clonado vería lesionado a priori precisamente este dere­ sino del conocimiento acabado del modelo que ha sido. Y este presunto co­
cho fundamental. Al respecto no hago más que esta observación: el hecho nocimiento tiene que asfixiar en el sujeto por así decirlo cartografiado de
universal de la unicidad individual-física lo atestigua todo sistema policial antemano toda inmediatez del experimento tentativo y el hallazgo progre­
de toma de huellas dactilares. El que sea un valor se expresa muy bella­ sivo de «sí mismo» con el que normalmente una vida esforzada se sorpren-
mente en el siguiente midraS del Talmud: «Un hombre acuña muchas mo­
nedas de una forma, y todas son iguales entre sí; pero el rey que es rey sobre 9. Véase Leon R. Kass, ibíd., págs. 46-47.
128 TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTICA DE LA E U G E N E S I A A LA T E C N O L O G Í A G E N É T I C A 129

de para bien o para mal. Todo esto es más una cuestión de saber supuesto gros inusuales y certificada por la fama pública. Tiene por tanto que llegar
que real, de tener por cierto que de verdad. Téngase en cuenta que no im­ el día en que la copia (que según las premisas no es tonta) establezca la re­
porta nada si realmente el genotipo es por su propio poder el destino de la lación entre sí misma y el original altamente visible. Tanto contarlo tem­
persona: es convertido en él por las ideas que apadrinaron la clonación, y a pranamente como descubrirlo después por uno mismo son alternativas
través de su influencia en todos los implicados se convierte en un poder por enojosas por igual. Contra la segunda sólo existiría seguridad si la clona­
sí mismo. Así que no importa si la réplica del genotipo signilica realmente ción se hiciera de donantes anónimos y oscuros... aunque, ¿para qué ha­
repetición del esquema vital: el donante fue elegido con tal idea, y esa idea cerla entonces?
actúa tiránicamente sobre el sujeto. Tampoco se trata de cuál es la verdade­
ra relación entre naturaleza innata y educación en la formación de una per­ 4. Conocimiento, ignorancia y libertad. Hemos incidido tan por extenso
sona y de sus posibilidades: su interrelación está falsificada de antemano en la eventualidad, todavía completamente hipotética, de la clonación por­
porque el sujeto y el entorno han recibido sus «instrucciones» para la re­ que su posibilidad ha empezado a láscinar a los biólogos, lo que en sí es
presentación.10Así, el reto de la vida ha sido estafado en su atractiva y tam­ alarmante, porque la capacidad puede estar ahí un día y en esta ocasión,
bién atemorizadora sinceridad. Se ha permitido al pasado intervenir en el excepcionalmente, hemos de estar advertidos ante ella para que la capaci­
futuro a través de un conocimiento no auténtico de él, y ello en la más ínti­ dad no se transforme automáticamente en acción, como ha ocurrido siem­
ma de las esferas, en la esfera de la pregunta: «¿Quién soy yo?». Esta pre­ pre hasta ahora; y porque su discusión, sacando ventaja de la pureza de un
gunta tiene que venir del secreto, y sólo puede hallar su respuesta cuando caso extremo sin analogía en la experiencia de la humanidad, abre un nue­
la búsqueda de la misma sigue acompañada por el secreto. Sí, el secreto, la vo territorio ético que, más allá del ejemplo, puede venir bien a todos los
condición misma de la pregunta y de la búsqueda, es para quien busca la res­ nuevos problemas planteados por la manipulación genética del ser huma­
puesta incluso la condición de la posibilidad de llegar a ser quizá precisa­ no. Incluso quien no coincida con la especial ética de nuestro argumento,
mente aquello que entonces será la respuesta. La revelación inautèntica al con su acento en el aspecto del conocimiento, tendrá que estar de acuerdo con
comienzo, la ausencia subjetiva del secreto, destruye la condición de un el principio sencillo e indiscutible de que no se puede experimentar con no
crecimiento auténtico. Da igual que el supuesto saber sea verdadero o falso nacidos, es decir, convertirlos en medios de la propia obtención de conoci­
(y hay buenas razones para suponer que es esencialmente falso per se): es miento. Este principio por sí solo veta ya el primer intento realmente eje­
pernicioso para la obtención de la propia identidad. Porque lo existencial- cutivo de alquimia humana hereditaria, incluso los experimentos previos
mente significativo es que la persona clonada piensa —tiene que pensar— para abrir el camino hacia ello con material humano (dejo a un lado los que
que no es lo que «es» objetivamente, en el sentido sustancial del ser. En re­ se hacen con material animal). Aquellos que están deslumbrados por la vi­
sumen: al producto de la clonación se le ha robado de antemano la libertad, sión del glorioso ejemplar que saldrá de la retorta deberían tener también
que sólo puede prosperar bajo la protección de la ignorancia. Robar pre­ en cuenta los inevitables productos fallidos de una técnica aún por desa­
meditadamente esta libertad a un futuro ser humano es un crimen inexpia­ rrollar —embriones malformados que habría que liquidar, o nacimientos
ble, que no debe ser cometido ni una sola vez. defectuosos de cuya existencia habría que responsabilizarse—, aunque les
Ahora se podría objetar que el clon no tiene por qué conocer su origen. falte fantasía para imaginarse al glorioso engendro mismo (quizá esto an­
Pero una conspiración de silencio está casi con seguridad condenada al fra­ tes que todo) como su futuro acusador por abuso de poder.
caso y aún empeoraría las cosas, porque el secreto quiere salir a la luz. Por Pero donde yo veo el principal beneficio de nuestro ejemplo para la teo­
mucho tiempo que se le oculte a la persona principal, el conocimiento de ría ética es en la visualización de un derecho a la ignorancia que se viola
los iniciados que están al comente de él es una situación moralmente inso­ incluso allá donde ningún infortunio físico da motivos para quejas más ex­
portable en sí y además insegura, si se tiene en cuenta el papel de la indis­ ternas, es decir, incluso en los casos técnicamente logrados. Que el conoci­
creción y la charlatanería; por no hablar de la existencia de archivos, ban­ miento puede ser demasiado poco y la mayoría de las veces lo es lo sabíamos
cos de datos y expedientes secretos con su notoria propensión a las «lugas». desde siempre. De repente nos aparece bajo una luz cegadora que también
Pero aparte de ser de tal modo objeto de un conocimiento ilegítimo por puede ser demasiado. A todas luces hablamos aquí de dos formas muy dis­
parte de otros, que a él le está vetado, y que es tan degradante en el éxito tintas de conocimiento e ignorancia. Cuando discutimos normalmente las
como en el fracaso de su mantenimiento, es casi inevitable que el clon aca­ responsabilidades del poder tecnológico, abogamos por la modestia de una
be por averiguar la verdad por sí mismo. Porque todo el sentido de la clo­ confesada ignorancia sobre las consecuencias de nuestra acción. Ahora abo­
nación estaba en la prominencia del donante celular, demostrada en sus lo­ gamos por el respeto del derecho a la necesaria ignorancia por parte de la
posible víctima de nuestra acción. En un caso puede ser que sepamos dema­
siado poco para hacer algo que sólo un pleno conocimiento podría j u s t i f i c a r ;
10. «Por ejemplo [por volver a citar a Leon Kass], si una pareja decide clonar a un Rubins­
tein, ¿puede caber duda de que el pequeño Arthur será tempranamente puesto ante un piano y
en el otro los productos de nuestra acción pueden saber d e m a s ia d o como
"animado" a tocar?» para hacer cualquier cosa con la adivinadora espontaneidad de un acto au­
130 TÉCNI CA, ME D I C I NA Y ÉTICA
de la e u g e n e s ia a la t e c n o l o g ía g e n é t ic a 131
téntico. El mandato moral que sale aquí a la ensanchada escena del poder
moderno es: nunca se puede negar a una existencia completa el derecho a 8. E l p o t e n c i a l d e i n g e n i e r í a d e l a b i o l o g í a m o l e c u l a r
aquella ignorancia que es condición de la posibilidad del acto auténtico, es
decir de la libertad; o bien: respeta el derecho de toda vida humana a encontrar A. El concepto de cirugía genética
su propio camino y ser una sorpresa para sí misma. La cuestión de cómo ha­
cer compatible esta defensa de la ignorancia de uno mismo con el viejo man­ El surgimiento de la biología molecular, especialmente la descodifica­
dato «conócete a ti mismo» no es difícil de responder. Sólo hay que entender ción del código genético en su escritura de ADN, ha abierto precisamente
que el aulodescubrimiento que nos concede aquel mandato es uno de los ca­ esa expectativa y con ello hecho realizables nuevos y más ambiciosos obje­
minos del devenir de ese mismo yo: desde lo desconocido dado se hace uno tivos: intervenciones directas en los genotipos mediante «cirugía genética»,
con el llegar a conocerse que va ocurriendo a través de las pruebas de la vida... que tras la selección somete también al arte al otro factor causal mutativo
lo que sería bloqueado por el conocimiento previo aquí combatido. de la evolución natural. Por ahora pasaremos por alto la aplicación de este
nuevo principio a los microbios, que ya se encuentra en marcha y de la que
más adelante hablaremos por separado. De momento, aún es «futurista» su
M é t o d o s f u t u r is t a s II. A r q u it e c t u r a del ADN aplicación a personas. Ésta está pensada en primer término para la medi­
cina y seguramente será la primera en salir a la palestra (probablemente
7. H asta a h o r a n o h a y a n a l o g ía e s t r ic t a e n t r e e l b i ó l o g o y e l i n g e n i e r o pronto): la sustitución de genes patológicos por sanos en el núcleo cromo-
sómico de las células germinales (gametos o cigotos), una curación pues en
Hasta aquí las similitudes de la técnica biológica con la ingeniería clá­ el punto inicial del futuro individuo y de su descendencia. En este caso la
sica eran débiles. La estricta analogía formal incluiría la plena construc­ intención es correctiva, aún no creativa. Pero desde ahí se sigue (potencial­
ción de entidades biológicas, es decir organismos vivos, a partir de la ma­ mente) hacia la modificación del modelo dado del ADN mediante adición,
teria prima y conforme a un diseño propio, o también la reestructuración exclusión y reordenación de elementos... una reescritura por así decirlo del
planificada de los tipos ya existentes con fines de mejora. La primera y ra­ texto genético, que hace posible en principio su lectura completa (o incluso
dical modalidad —el verdadero nuevo diseño y síntesis de organismos incompleta) con las correspondientes microtécnicas: en última instancia,
avanzados mediante construcción cromosómica de los elementos molecu­ una especie de arquitectura del ADN. Conduce a nuevos tipos de seres vi­
lares— está prácticamente excluida, dado que la enorme complejidad del vos, «desviaciones» premeditadas y series enteras de ellas. En microbios,
sistema supera probablemente la capacidad de cualquier ordenador huma­ como hemos dicho, esto ya se ha practicado con éxito. Si se intentara tam­
no; además, aunque fuera posible, sería un puro despilfarro en vista de la bién con una base de partida humana, esta aventura degradaría en sus di­
superabundante oferta natural de material genético ya listo para su modi­ versos «éxitos» (fenotipos capaces de vivir, sin importar lo que valgan en
ficación prácticamente infinita mediante intervención del arte. Así que no sí) la imagen de la unicidad «del» ser humano como objeto de respeto últi­
es la nueva construcción, sino la reestructuración por intervención, el ca­ mo y rescindiría la fidelidad a su integridad. Sería una ruptura metafísica
mino realista que se abre a las habilidades similares a la ingeniería en el con la «esencia» normativa del ser humano y al mismo tiempo, dada la to­
campo biológico, en especial en el genético. Pero esto puede llevar muy le­ tal imprevisibilidad de las consecuencias, el más frívolo de los juegos de
jos y conducimos a analogías más estrechas con una verdaderas «hechu­ azar... el jugueteo de un demiurgo ciego y arrogante con el corazón más
ras» al estilo de la construcción mecánica. sensible de la Creación.
Todos los métodos que hemos mencionado hasta ahora —la clonación Aquí podemos hablar por fin del aspecto de la ingeniería convencional
no menos que la eugenesia— son conservadores en el sentido de que selec­ que hasta ahora le faltaba a la técnica biológica. Aunque siga ligada a las
cionan genotipos dados tal como aparecen por sí mismos en la población, estructuras dadas como punto de partida, puede aplicar en su m anipula­
es decir, que sin duda guían a la naturaleza, pero no introducen en ella ti­ ción la libre invención en lugar del mero filtro, y ganar con ello la arbitra­
pos de nueva creación. De este modo se puede modificar estadísticamente riedad de la planificación al servicio de unos fines arbitrarios. ¿Cuáles
la macroestructura de la especie, pero la microestructura de los individuos pueden ser éstos? En el caso de plantas y animales, naturalmente se pien­
seguirá surgiendo del acontecer biológico y sus «caprichos». De ahí que en sa en el beneficio en términos de utilidad para el hombre mediante cuali­
todos estos casos el arte sólo se haga cargo de un factor causal de la evolu­ dades nuevas o incrementadas. Pero, ¿y en el hombre mismo? Si hacemos
ción natural, la selección entre la variada oferta, pero no de la producción abstracción del juego de l'art-pour-l’art con posibilidades como tal (que
misma de las diferencias, los cambios y enriquecimientos germinales que hay que confiar a la ardiente curiosidad y pasión por el experimento de los
se producen en esa oferta mediante mutaciones. ¿Se puede arrebatar tam­ mvestigadores), también aquí el objetivo tendrá que ser en últim a instan-
bién esto al azar de la naturaleza y «hacerlo» de forma planificada? Sólo C1a utilitario, es decir, una proyectada utilidad de la modificación biológi­
esto aproximaría la biología práctica a la ingeniería. ca para ésta o aquella nueva tarea de la sociedad. No puede ser el bien de
*°s individuos modificados, porque para nuevas especies de seres no po­
132 TÉ C NI C A, M E D I C I N A Y ÉTI CA DE LA E U G E N E S I A A LA T E C N O L O G Í A G E N É T I C A 133

demos hacemos idea de su bien o su felicidad (como mucho podemos ha­ nadie seguirá siendo un fin en sí mismo. Pero si ningún miembro de la es­
cernos idea de la infelicidad de ser diferentes). Pero bien podemos contar pecie, ¿por qué la especie? La existencia de la humanidad por sí misma
con que el resultado será la atrofia de determinadas cualidades y la hiper­ pierde su razón ontológiea.
trofia de otras, la adición en tercer lugar de una elevada habilidad para de­ No ignoro que además de la consideración descarada de la utilidad, en
terminadas tareas especiales de un mundo tecnológico (viaje espacial, por esta zona de penumbra de la ciencia también se les puede ocurrir a algunos
ejemplo) para las que la evolución no ha adaptado hasta ahora al hombre. soñadores el fantasma del superhombre. Como un fin en sí. Pero a diferen­
Me ahorro la mención de los extravagantes sueños que han sido ya mani­ cia del duro pragmatismo de la primera categoría, esto ha de ser más bien
festados... no sólo, por lo demás, con la esperanza casi natural en los pio­ entendido como un absurdo infantil. Porque habría que preguntar a los au­
neros de todo progreso, sino a veces también con temor. Bastará con hacer tores por su cualificación: y si pudieran demostrar saber lo que hay por en­
algunas observaciones de principio. cima del hombre (la única cualificación válida), entonces el superhom­
bre, tal como lo podamos desear, ya estaría ahí en su persona, y la especie
B. Elementos de una crítica que lo hubiese producido en la figura de ese conocimiento se habría de­
mostrado biológicamente adecuada. Pero si sólo se trata de la pretensión
Primero, el aspecto conciliador de la clonación: el honor que se hace de un conocimiento (como no puede ser de otra manera), quienes de esa
a la especie existente con el deseo conmovedor, aunque también infantil, manera se engañan y nos engañan serían los últimos a los que habría que
de mantener sus logros más afortunados por encima de la fugacidad, más confiar el destino del ser humano.
allá del paisaje de una vida humana, está vetado a los objetivos que aho­
ra estamos ponderando. Al contrario: para ellos la especie humana, tal
como es, es un mero hecho de la naturaleza material, que no tiene ningu­ 9. O b s e r v a c ió n f i n a l : c r e a c ió n y m o r a l

na sanción superior a la de otros resultados del azar evolutivo, y por tan­


to, como todos, es tierra de nadie para el cultivo de alternativas elegibles En esta parte «futurista» de nuestras consideraciones nos hemos movi­
a voluntad. Ninguna idea de dignidad trascendente «del» ser humano, y do durante largos trechos en el límite de lo humano y de la posible conver­
en consecuencia ninguna idea de obligación moral derivada de ella, pue­ sación sobre ello. El sentimiento de irrealidad, incluso lo fantasmal de tales
de sobrevivir a esta renuncia a la inviolabilidad de una «imagen» genéri­ consideraciones acerca de posibilidades todavía presuntas, a las que se po­
ca. Aparte de esta desvalorización interior, también se rompería la unidad drían añadir otras aún más extravagantes, no puede llevar a tenerlas por
de la especie como tal (que ya ahora no siempre tiene fácil ganarse el res­ ociosas. Existe el riesgo de que nos deslicemos sin darnos cuenta a sinies­
peto), e incluso el nombre «hombre» se volvería ambiguo. ¿Qué son las tros comienzos, de manera por así decirlo inocente, bajo el estandarte de la
criaturas «derivadas», cuáles sus derechos, cuál su estatus en la comuni­ ciencia pura y la investigación libre. Reprimo el escalofrío metafisico que
dad humana? (Se podría formular la pregunta al revés si algún día ellos me asalta al pensar en el horror de los andróginos humano-animales que, de
pudieran dictar las condiciones). forma enteramente consecuente, han surgido ya entre las expectativas
Más próxima y enteramente no especulativa es la consideración de que prácticas de la biología molecular bajo el signo de la investigación recom­
la técnica aquí empleada producirá, además de las desviaciones deseadas, binatoria del ADN. Es imaginable que el modelo genético del imago dei de
inevitablemente también otras indeseadas, es decir malformaciones, de las una temeraria arquitectura molecular se convierta en objeto de un juego
que habrá que librarse rutinariamente. Incluso las nuevas formaciones ini­ creador. El objeto no facilita mantener alejada de su discusión la categoría
cialmente deseadas, es decir los éxitos del método, podrían revelarse des­ de lo sagrado. Pero la cientificidad no la tolera, y yo me someto a ella. Así
pués como indeseadas... ¿y por qué no librarse de ellas? Lo que se creó con que para terminar, y refiriéndome a todo el campo de la manipulación bio­
una finalidad puede volver a ser eliminado cuando ya no sirve a esa finali­ lógica, quiero volver al más sobrio de los argumentos morales: los actos co­
dad; o incluso si la finalidad desaparece (quizá gracias a su pleno cumpli­ metidos sobre otros por los que no hay que rendirles cuentas son injustos.
miento). Una vez adquirida la costumbre de la eliminación utilitaria —la El dilema moral de toda manipulación biológico-humana que vaya más
contrafigura de la adquisición utilitaria— , no hay que decir dónde y en vir­ allá de lo puramente negativo de la prevención de defectos hereditarios es
tud de qué principio no utilitario ha de detenerse. ¿Qué derecho superior precisamente ése: queJa-posible acusación .deja descendencia contra su
puede reclamar el producto natural sobre el artificial? Sin duda no el del creador ya no encuentra a nadie quejiuedaresponder y purgar por ella, ni
mero azar de su origen en el proceso de la evolución, carente de objetivos. ningún instrumento de indemnización. Aquí hay un campo para el crimen
Por definición, ninguno de los productos de la técnica biológica inventora con total impunidad, de la que las personas actuales —que serán pasadas—
habrá sido engendrado por sí mismo: la utilidad fue la única norma por la que están seguras frente a sus futuras víctimas. Sólo esto (nos) obliga a la más
fueron ideados. A partir de aquí, se extenderá de forma irresistible la extrema y temerosa cautela en cualquier aplicación del creciente poder del
opinión de que las personas están ahí sólo para ser útiles a las personas, y arte biológico sobre los hombres. Lo único permitido aquí es la prevención
134 TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA

de la desgracia, no la prueba de una felicidad de nuevo cuño. El objetivo es


el hombre, no el superhombre. Aunque haya más cosas, y metafísicas, en
juego, basta con la sencilla ética de la decencia de las cosas para prohibir ya C apí tulo 9
en sus comienzos las libertades artísticas con genotipos humanos... sí, por
mal que suene al oído moderno: ya en la república de la investigación ex­
perimental. MICROBIOS, GAMETOS Y CIGOTOS:
MÁS SOBRE EL NUEVO PAPEL CREADOR DEL SER HUMANO

La técnica biogenètica hoy, al comienzo de su desarrollo, esta última


ampliación del poder humano procedente de la ciencia, será de nuevo nues­
tro tema. No sólo por la novedad excita los ánimos como pocas cosas, y
como ninguna antes promueve el pensamiento filosófico... por su forma de
acción más que por la eventual magnitud de sus efectos, que aún no pode­
mos prever. En el capítulo anterior habíamos analizado el aspecto «futuris­
ta» y nos habíamos concentrado en el hombre mismo, tanto como objeto de
estrategias hereditarias más antiguas (eugenesia) como de posibles futuras
(cirugía genética). En lo sucesivo vamos a incluir lo que ya está actualmen­
te en marcha en el terreno de ese «nuevo arte»; el trabajo sobre microbios,
donde al haberse dado los primeros éxitos ya no se puede hablar de mera
música futurista. Pero no podremos evitar avanzar desde ahí una vez más
al próximo don visible de Pandora, el uso humano de ese mismo arte, en
cuyas proposiciones ya creíbles (y osadas) está su verdadero desafío a la fi­
losofía y a la ética. Pero dado que cada capítulo de este libro debe tener au­
tonomía propia, el lector de lo expuesto anteriormente volverá a encontrar­
se con algunas cosas ya dichas sobre el tema.
Enlazaremos con lo que ya dijimos (en las dos últimas páginas del ca­
pítulo 2) sobre la tendencia de las creaciones técnicas a obtener fuerza
propia y hacerse por así decirlo autónomas respecto de su creador. Esto se
dijo aún de manera gráfica y un tanto hiperbólica. Estrictamente no se re­
fería a las creaciones mismas, las cosas concretas creadas, sino al proceso
de su creación y utilización, un concepto abstracto, pues, que actúa por me­
dio de los hombres. Porque mientras las creaciones de la técnica —herra­
mientas en el más amplio de los sentidos— sean cosas inanimadas, como
ha sido el caso hasta la fecha, seguirá siendo «el hombre» el que tendrá que
ponerlas en funcionamiento, el que podrá conectarlas y desconectarlas a
voluntad, el que determinará a su voluntad su ulterior desarrollo, es decir,
el progreso técnico, por medio de nuevas invenciones... aunque las men­
cionadas coacciones del uso ya activo arrebaten de fado ampliamente sus
alternativas a esa voluntad y la empujen en una dirección de avance. Sin
duda aquí «el hombre» designa sujetos tan abstractos como «la sociedad»,
«la economía», «la política», «el Estado nacional», etc. Sin embargo el ar­
che kineseos, la primera causa motriz, sigue estando en el «hombre» y en úl­
tima instancia en los individuos concretos. Por consiguiente, por muy cier­
to que sea que el aprendiz de brujo tecnológico colectivo ya no se libra de
los espíritus que ha invocado, teóricamente el viejo maestro podría venir en
TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA M I C R O B I O S , G A ME T O S Y CI G O T O S
136
137

c u a lq u ie r momento y gritar: « A la esquina/ ¡Barred, barred!/ Habéis sido», lación genética o incluso reestructuración nuclear, todo lo cual expresa el
y a q u é l l o s volverían a quedar inmóviles. elemento del arte mecánico, la manipulación externa de lo más íntimo, de
Pero incluso el viejo maestro brujo ya no puede gritar esto cuando las lo parcial con el todo. De todos modos la cosa discurre derechamente, rehu­
creaciones de la técnica ya no son escobas, sino nuevos seres vivos. Éstos, yendo el soma, literalmente en el «núcleo», es decir, el núcleo celular, que
como decía Aristóteles, tienen en sí mismos el origen y el principio de su en su escritura alfabética molecular contiene la «información» causalmen­
movimiento, y este movimiento no sólo incluye su continuo funcionamien­ te activa para las prestaciones vitales de la célula y la constitución de su
to —su conducta viva—, sino también su multiplicación y, a través de la ca­ descendencia. La modificación de una letra, el cambio de una palabra (= gen),
dena de la reproducción, incluso su eventual evolución a nuevas formas. En la adición de una nueva modifican el texto y ponen en marcha una nueva
tales creaciones, ahora verdaderas criaturas, con las que ha superado cua­ serie hereditaria. Precisamente esta reordenación del ADN en el punto cla­
litativamente sus anteriores creaciones inanimadas, el Homo faber se en­ ve de la vida puede producirse ahora mediante técnica microscópica, pu-
trega a su causalidad única. Ya no sólo gráfica, sino literalmente, la obra de diendo tomarse la «palabra» recién introducida del texto hereditario de un
sus manos gana vida propia y fuerza autónoma. En este umbral del nuevo organismo completamente distinto. Tenemos pues que vérnoslas con biolo­
arte, el posible punto fuente de un amplio devenir, bien le conviene dete­ gía nuclear aplicada. Igual que la física nuclear aplicada, también conduce
nerse un momento a pensar a fondo. a un nuevo e inmenso territorio. Tesoros nunca soñados nos hacen señas
De lo que hablamos es de la creación planificada de seres vivos de nue­ desde allí, y al mismo tiempo riesgos que a su modo apenas serán menores
vo cuño mediante intervención directa en la estructura molecular cifrada que en aquélla.
hereditaria de las especies existentes. Esto ha de distinguirse de la cría, Veamos lo que hay ya, pero más aún lo que puede haber... hacia qué po­
practicada desde los comienzos de la agricultura, de especies animales y sibilidades apuntan estos comienzos todavía relativamente inocentes. Dado
vegetales útiles. Ésta sigue su camino a través de los fenotipos y se entrega que ya en éstos el ritmo del progreso ha superado hasta ahora las expecta­
a los caprichos propios de la sustancia germinal. La variabilidad natural de tivas y el más osado talento biológico joven se lanza a esta joven investi­
la reproducción se utiliza para obtener del genotipo originario las cualida­ gación, no es demasiado pronto para pensar en lo que nunca se había pen­
des deseadas mediante selección de los fenotipos a través de las generacio­ sado antes.
nes, es decir, para aumentarlas en la dirección correspondiente mediante la En este momento (si pasamos al trabajo sobre virus) es real la recrea­
suma de las pequeñas desviaciones «espontáneas». Esto es evolución artifi­ ción genética de bacterias: genes animales o humanos para la producción
cialmente guiada y acelerada, en la que la elección consciente ocupa el lu­ de determinadas hormonas son implantados en ellas y dan al organismo
gar de la mecánica de selección de la naturaleza, que trabaja de forma len­ huésped esa misma capacidad como posesión hereditaria. Dado que las
ta y estadística, y ayuda a existir a formas completamente distintas de las bacterias se multiplican con rapidez, pronto se tiene grandes cultivos que
que la naturaleza admitiría si sólo prosperasen en cultivo (como el maíz se regeneran a sí mismos, a partir de los cuales se puede cosechar constan­
americano, que pronto desaparecería en la naturaleza libre). Sin embargo, temente la sustancia médicamente valiosa. La necesaria insulina, la hor­
sigue siendo la naturaleza la que facilita el material de selección: lo que mona del crecimiento humano, el agente para la coagulación de la sangre,
evoluciona bajo la mano del hombre es la misma especie a través de sus el raro interferón, utilizado en inmunidad, están disponibles de este modo
propios mutantes, elegidos por el criador, y por regla general no se rompe en mayor abundancia, de forma más constante y más barata de lo que sería
la relación genética con la forma salvaje, la recruzabilidad con ésta. El posible a partir de sus fuentes orgánicas naturales o mediante síntesis. El
hombre maniobra pues con aquello que el espectro de especies existentes le inicialmente tan discutido peligro del escape de tales microbios de nuevo
brinda, con la dispersión de sus existencias de mutantes y ulteriores muta­ cuño al mundo exterior, con su imprevisible carrera ecológica, no parece
ciones. existir aquí, ya que al aire libre los organismos correspondientes perecerían
Muy distinto es el caso en la mencionada técnica recombinatoria del pronto.
ADN, que —con una antigüedad de apenas una década— ha completado No tenemos la misma tranquilidad con aquellos neomicrobios —aún
con sus primeros éxitos el paso de la investigación a la producción de mer­ por crear— que deben hacer su trabajo bioquímico precisamente en la na­
cado y promete lo mismo para los nuevos aciertos que con seguridad hay turaleza abierta, es decir, que tienen que estar preparados para sobrevivir
que esperar de ella. En Norteamérica estos logros son incluso patentables, en ella. Entre las atractivas metas de la investigación tenemos el bacilo que
cada uno de ellos representa una forma de vida nueva, que se reproduce, v hace para los cereales lo mismo que la naturaleza hace para las legumino­
no una «criada», sino «fabricada». De un golpe, en un único paso, median­ sas con un tipo de bacteria simbiótica con su raíz: proporcionarles el nitró­
te «trenzado» de un material genético ajeno a la especie en el haz cromosó- geno (a partir del aire) para el que, de no ser así, necesitan abono artificial.
mico de una célula reproductiva, se introduce en el paisaje de la vida toda O. todavía más esparcidas por el medio ambiente: bacterias que disgregan
una descendencia de organismos modificados, enriquecidos con una nueva el petróleo, con las que se pueden controlar las gigantescas mareas negras
cualidad. Se puede llamar a este procedimiento cirugía genética, manipu­ de los accidentes de petroleros. No se puede prever si estos soñados servi­
TÉCNI CA, M E D I C I NA Y ÉTI CA m icro bios , gametos y cigotos 139
138

dores de los hombres podrán emanciparse de la estrecha delimitación de su Sin embargo, hay una cuestión que se han ahorrado las formas hasta
tarea, tomar su propio rumbo medioambiental y mutante y perturbar sen­ ahora mencionadas y provisionalmente también practicadas de ese arte
siblemente el equilibrio ecológico, que no está preparado para ellos. ¿Se que trabaja en las raíces de la vida... la cuestión ética principal y funda­
mental: si se hace justicia o injusticia a sus objetos directos con su recrea­
puede practicar semejante juego de azar con el entorno? El primer y más
ción arbitraria; porque ante los microbios nos sentimos libres de tales pre­
modesto caso experimental de esta clase de neomicrobios para liberar es el
guntas. Pero lo que es posible con unicelulares es posible también con
del bacilo, adaptado a un bajo nivel de temperatura, que provoca la forma­ pluricelulares, y básicamente incluso por medio del mismo arte, porque
ción de cristales de hielo en la planta de la patata, es decir, retrasa su mo­ todo pluricelular empieza como unicelular, y la célula germinal que lo de­
dificación genética... con evidentes ventajas agrícolas. En respuesta al re­ cide todo con su núcleo cromosómico no es distinta de un microbio para la
curso de unos ecologistas, un juez americano acaba de promulgar un técnica recombinatoria del ADN. Así, teóricamente la puerta va está abier­
interdicto contra la primera prueba en campo abierto, lo que naturalmente ta para los animales superiores, hasta llegar al hombre. Ahora queremos
no significa más que un aplazamiento. En cualquier caso, va se ha pisado cruzar esta puerta, adelantándonos a la práctica —con un salto quizá pe­
un terreno en el que sólo podemos movernos con gran cautela; y no sólo en queño— con la idea, para lanzar al final de nuestro viaje una mirada ética
manos de los usuarios, sino ya de los creadores biológicos, hay aquí una sobre lo que se nos viene encima a los aprendices de brujos, pero aún de­
responsabilidad enteramente nueva. pende de nuestra decisión.
Por volver una vez más a las bacterias hormonales cautivas ecológica­ Tengo que adelantarme a hablar de los hombres, aunque ya en los ani­
mente inobjetables, que sólo hacen llegar al mundo exterior su producto males de nuestro tamaño y vecindad evolutiva la mera idea de crear «qui­
químico, es indiscutible su utilidad médica a la hora de compensar las de­ meras» a partir de combinaciones de material genético de distintas espe­
ficiencias innatas o adquiridas. No todo lo realizable aquí tiene el mismo cies nos provoca involuntarios escalofríos. Puede que al respecto aún haya
grado de importancia que la insulina, que mantiene vivos a los diabéticos; discusión, porque el respeto al orden de la naturaleza se ha vuelto algo bas­
y precisamente de lo menos necesario algunas cosas tienen también su re­ tante ajeno al espíritu occidental. Pero en el caso del ser humano el absolu­
verso en el juego de los deseos humanos, no siempre sabios. La hormona to toma la palabra y pone en juego, más allá de todo cálculo de utilidad y
del crecimiento puede prevenir el enanismo en los niños con el correspon­ daño, aspectos últimos morales, existenciales, incluso metafísicos... y con
diente defecto genético, lo que sin duda no salva vidas, pero es sin duda la categoría de lo sagrado, último resto de la religión que para Occidente
muy deseable. Pero también se pueden cometer abusos allá donde no hay había empezado un día con la frase del sexto día de la Creación: «Y Dios
ninguna deficiencia, sino, por ejemplo, simple baja estatura familiar o ét­ creó al hombre a su imagen y semejanza, a la imagen de Dios lo creó, y
nica en comparación con la mayoría dominante, o primitiva vanidad pa­ lo creó como hombre y mujer». Pero escuchemos las palabras de Goethe
terna —«¡ser alto es bonito!»— y todos los prejuicios raciales, de clase v de acerca de cómo el arte humano puede mejorar la obra del Creador, superar
estado posibles. Tales necedades apenas se pueden evitar cuando el asunto la forma de su devenir:
se convierte en una mera cuestión económica, y los eventuales daños orgá­
nicos sólo se revelan con posterioridad. Cualquiera puede imaginar lo que Fausto, II, Acto 2o, escena «Laboratorio», versos 6.834 y sigs.
pasaría en el caso de la producción bacteriana masiva de hormonas sexua­ M f. f i s t ó f e l e s : ¿Qué hay, pues?
les de ambos tipos, como por ejemplo la extensión de la capacidad sexual y W agner: Se está formando un ser humano.
reproductora a elevadas edades, para lo que habría especialmente una viva M e f i s t ó f e l e s : ¿Un ser humano? ¿Yqué amorosa pareja habéis encerrado
demanda masculina... y preguntarse si es bueno y sabio, con vistas al bie­ en el cañón de la chimenea?
nestar individual o del grupo, chapucear con hedonismo efímero en la sa­ W agner: ¡Dios me libre! La manera de procrear al estilo de antes la de­
biduría de la naturaleza, que ha marcado sus tiempos durante larga evolu­ claramos vana simpleza. El delicado punto de donde brota la
ción. Ante tales cuestiones de principio de nuevo cuño (a las que ahora no vida, la deleitosa fuerza que se lanzaba del interior y recibía
intento dar respuesta) nos coloca una capacidad en principio de nuevo cuño. y daba, destinada a darse forma a sí misma y asimilarse pri­
Se puede responder a todo esto que toda droga, incluso el más benéfico mero lo que tiene más cerca y luego lo extraño, todo eso se
de los medicamentos, con receta o sin ella, puede ser objeto de abuso y la halla ahora destituido de su dignidad. Si el bruto sigue aún
responsabilidad no es de los descubridores y fabricantes, sino de los con­ hallando placer en ello, el hombre, con sus nobles facultades,
sumidores y los mediadores entre ambos grupos, los médicos. Dejaremos a ha de tener en lo sucesivo un origen más puro, más elevado.
un lado el reparto de la responsabilidad... probablemente se extienda, con (...)
diferencias, a todos los que participan de ese síndrome social; lo que a mí
me importaba era mostrar que con el naciente arte biogenètico entramos Lo que se ponderaba como misterioso en la naturaleza, osa­
en un nuevo territorio ético para cuyas preguntas jamás planteadas carece­ mos nosotros experimentarlo de un modo racional, y lo que
mos por completo de preparación.
TÉC NI CA, MF.DIC1NA Y ÉTI CA M I C R O B I O S , G A ME T O S Y CI GO TOS 141
140

ella hasta ahora dejaba organizarse, lo hacemos nosotros del organismo padre, por así decirlo un gemelo uniovular del mismo. La cé­
cristalizar. (...) lula originaria precisa se puede tomar con facilidad de un tejido adecuado
del donante, incluso conservarla más allá de su muerte en un cultivo nu­
Un gran proyecto parece insensato al principio, pero de hoy triente o en congelador, y el resto se hace in vitro y finalmente en un útero
más nos reiremos del azar, y así, un cerebro que deba pensar de alquiler.
de un modo perfecto, en lo venidero será también obra de un ¿Y eso para qué? Bueno, se puede lamentar la rareza del genio en la po­
pensador. (...) blación total, la unicidad de cada uno de ellos, que se extingue en la muerte
y desear o desear a la humanidad más de ésta o aquella especie: poetas pen­
H om únculo: ¡Hola, querido papá! ¿Cómo va eso? De cierto, no era cosa sadores, investigadores, líderes, deportistas de alta competición, reinas de la
de risa. Ven, estréchame muy tiernamente contra tu corazón. belleza, santos y héroes. Y ese deseo se puede hacer realidad si, tras una se­
Pero cuidado con apretar mucho, para que no se quiebre el lección valorativa, se clonan series o duplicados individuales de Mozart y
vidrio. Ved ahí lo que son las cosas: para lo natural, apenas Einstein, Lenin y Hitler, Madre Teresa y Albert Schweitzer. Tampoco falta­
basta el universo, mientras que lo artificial sólo requiere un rán candidaturas hijas de la vanidad o la inmortalidad sucedánea, siempre
reducido espacio.* que vayan unidas a la necesaria potencia financiera; ni parejas estériles
amantes de la Música que prefieran un brote de rubinstein sin diluir a un
De este maravilloso texto, que tanto dice, tomo la línea que lo dice casi hijo adoptivo genéticamente anónimo. En el punto al que hoy ha llegado la
todo sobre mi tema: «Pero de hoy más nos reiremos del azar». El azar: ésta ciencia esto ya no es un chiste, sino una cuestión del progreso técnico.
es la fuente productiva de la evolución de las especies. El azar: ésa es en En el capítulo anterior he discutido la necedad de este sueño, lo infan­
toda reproducción sexual la garantía de que cada individuo nacido es único til de la idea de que aquí vale el «cuanto más mejor», que sería de desear
y no es totalmente igual a ningún otro. El azar se encarga de la sorpresa que hubiera más de un único Mozart, por no hablar de la cuestión (con la
de lo siempre nuevo, lo que nunca ha sido. Pero hay sorpresas agradables y de­ experiencia nazi a nuestras espaldas) de quién debe llevar a cabo la selec­
sagradables, y si ponemos el arte en el lugar del azar bien podríamos aho­ ción de lo deseable. El azar del acontecer sexual es tanto la insustituible
rramos las sorpresas desagradables y crear el regalo de las agradables a vo­ bendición como la inevitable carga de nuestro destino, y su impredictibili-
luntad. Sí, podríamos ser dueños de la evolución de nuestra propia especie. dad sigue siendo más digna de confianza que nuestras ponderadas opcio­
La erradicación del azar al hacer el homúnculo abre dos caminos con­ nes de un día. Sobre todo, sin embargo, he tratado de mostrar el atentado
trapuestos: técnica recombinatoria del ADN en células germinales huma­ que se comete sobre los frutos del arte, los clones mismos. Resumo con ex­
nas, y multiplicación de individuos modelo mediante «clonación» de células trema brevedad.
del cuerpo. Ambos métodos configuran al futuro ser desde la base cromo- Saberse copia de un ser que ya se ha manifestado en una vida tiene que
sómica. Uno modifica lo dado por azar mediante manipulación genética asfixiar la autenticidad de la identidad, la libertad del descubrimiento, la
mejoradora, cuando no inventora. El otro fija (en palabras de Goethe, «cris­ sorpresa para sí mismo y para los otros con aquello que uno alberga; y ese
taliza») el azar genético logrado, o lo que se tiene por tal —y lo que de lo mismo conocimiento ilegítimo ahoga la inocencia del entorno frente al
contrario, en la lotería de la reproducción sexual, volvería a ser engullido por nuevo y sin embargo no nuevo recién llegado. Se viola aquí anticipada­
la corriente del azar—, para su reproducción fiel con la frecuencia que se mente un derecho fundamental a la ignorancia, imprescindible para la li­
quiera por vía no sexual. bertad existencial. Todo el conjunto es frívolo en sus motivos y moralmen­
Empecemos por el último procedimiento, que ya se ha logrado experi­ te despreciable en sus consecuencias, y no sólo con vistas a cantidades, a
mentalmente en algunos animales que nos quedan muy lejos, pero es ex- repercusiones a escala poblacional, como por lo demás ocurre con los de­
tensible en principio a los mamíferos superiores y al hombre. Se basa en safíos biológicos: una sola prueba ya sería criminal.
que en condiciones adecuadas también el doble juego cromosómico (di- Dado que en toda esta empresa no apremia urgencia alguna, ningún
ploide) de una célula corporal puede ser movido a comportarse como el mal grita pidiendo ayuda contra él, dado que más bien se trata de una obra
compuesto de dos mitades de origen bisexual del óvulo fecundado, es decir, de la arrogancia, la curiosidad y la arbitrariedad, pero por otra parte cada
a «germinar» y producir el cuerpo completo, del que contiene la «instruc­ capacidad adquirida se ha revelado siempre irresistible y por tanto es de­
ción» genética completa. Dado que ésta es exclusiva y totalmente la del masiado tarde para el no moral... bien se puede aquí por una vez desacon­
cuerpo del donante se produce, evitando la aventura de la unión de dos cé­ sejar a la ciencia el seguir adelante por ese camino. No se sirve con ello ni a
lulas germinales haploides en la concepción sexual, un duplicado genético la verdad ni al bien.
Más serio, y consecuentemente más difícil desde el punto de vista filo­
* La traducción del pasaje del Fausto está tomada de la traducción de José Roviralta Bar­ sófico, es el camino «creador» contrapuesto: la modificación de la sustancia
celona, Océano, 1982. (N. del t.) hereditaria mediante trenzado genético. Aquí se pueden alegar situaciones
142 TÉCNI CA, M E D I C I NA Y ÉTICA
M I C R O B I O S , G A ME T O S Y C I G O TO S 143
de emergencia en las que se puede prestar ayuda; por consiguiente razones
l e g í t i m a s , en todo caso no frívolas, para la evolución del arte. Tanto ma­ tamos facultados ni equipados para ello —ni con la sabiduría, ni con el co­
yor es el peligro del error, del abuso, incluso de la osadía necia, porque aquí nocimiento axiológico, ni con la autodisciplina__, y ningún respeto reve­
el hombre se convierte en dueño de la muestra hereditaria misma, no sólo rente nos protege, como desmitificadores del mundo, de la magia de la frí­
de la forma de su transmisión. Veamos brevemente esta posibilidad que se vola temeridad. Por eso, es mejor que la caja de Pandora continúe cerrada.
aproxima.
Comienza, como tantas cosas en la técnica, con objetivos muy elogia­ No hace falta reseñar todo aquello en lo que se puede pensar y lo que se
bles. Si se pregunta al diabético al que las mencionadas bacterias abastecen ha pensado ya en juguetonas fantasías de biólogo. Tampoco quiero llevar a
de insulina si no hubiera sido mejor llevar a cabo la transferencia genética, nadie al camino de los malos pensamientos. No se retrocede ni ante la idea
del intercambio de material genético entre animal y hombre, andróginos
en vez de en las bacterias, en él mismo, que al principio de su existencia se
humano-animales pues... una idea ante la que se agitan conceptos tan olvi­
hubiera sustituido su gen dañino por uno sano, seguro que responderá que
dados como «blasfemia» y «abominación». Como en el caso de la clona­
sí. De hecho, ésta parece ser la solución ideal. Para abarcar a todo el orga­
ción, lo importante aquí no son las cifras. Ya el primer intento de formar
nismo futuro junto a sus glándulas germinales y con ellas también a la des­
quimeras con una aportación humana, y poco menos el de la pura modifi­
cendencia, tendría que llevarse a cabo inmediatamente después de la fe­
cación de modelos intrahumanos, cometería la abominación. De ahí que la
cundación, para lo que la prehistoria paterna podría dar ocasión. Quizá
más adelante sería posible hacer correcciones genéticas en el embrión, ya investigación, que para averiguar lo que es posible tiene que hacerlo, se
somáticas y más localizadas, que sirvieran al individuo concreto. Pero que­ mueva ya en territorio prohibido.
démonos en la solución radical y óptima de la modificación hereditaria li­ ¿Existe la posibilidad de mantener cerrada la caja de Pandora? ¿Es de­
cir, de evitar el paso de la cirugía genética bacteriana a la humana... el um­
teralmente ab ovo. Dado que en el ejemplo hipotético se trata de la subsa-
bral en el que aún podría asentarse el principiis obsta? No lo creo. La medi­
nación de un daño todavía no hablamos de creación, sino más bien de
cina, que quiere ayudar, no se dejará privar a corto plazo de tan legítimas
reparación; y sin duda la idea de curación genética en vez de somática, eli­
minación de las causas en vez de tratamiento sintomático, ayuda heredita­ posibilidades de «reparación», y por ahí se habrá abierto el resquicio. Sin
ria única en vez de siempre repetida, es extremadamente seductora y nada duda sería más sensato resistirse aquí incluso a la tentación caritativa, pero
embarazosa en apariencia. Pero hay graves reparos que pesan en la balan­ no es esperable bajo la presión del sufrimiento humano. Más allá de ésta ya
za de la decisión: arriesgada zona de sombra entre lo aún permitido y lo prohibido hacen gui­
ños los otros dones de Pandora, hacia los que no empuja la necesidad, sino
1. Los experimentos en no nacidos son como tales no éticos. Pero por la el instinto prometeico. Contra sus tentaciones, entre ellas la wagneriana del
naturaleza del caso toda intervención en el delicado mecanismo de control homúnculo, los hombres emancipados de hoy estamos más desarmados
de una vida futura es un experimento, y con elevado riesgo de que algo vaya que todos los anteriores, y sin embargo necesitaríamos más que todos los
mal y se produzca una malformación. anteriores el orgulloso dominio sobre los demonios de nuestro propio po­
2. Destruimos los productos fallidos de la construcción mecánica. ¿Va­ der. Nuestro mundo, tan enteramente privado de tabúes, tendrá que alzar
mos a hacer lo mismo con los de la reconstrucción biológica? Toda nuestra voluntariamente nuevos tabúes en vista de sus nuevas formas de poder.
relación con la desgracia humana y los golpeados por ella se modificaría en Tenemos que saber que hemos ido demasiado lejos, y aprender nuevamente
un sentido inhumano. que existe un demasiado lejos. Ese demasiado lejos empieza en la integri­
3. Los errores mecánicos son reversibles. Los biogenéticos son irrever­ dad de la imagen del hombre, que para nosotros debería ser inviolable.
sibles. Sólo como ignorantes podríamos poner mano sobre ella, y allí no podría­
4. Los errores mecánicos se ciñen al objeto directo, los biogenéticos se mos ser maestros. Tenemos que volver a aprender a temer y a temblar e, in­
extienden a partir de él, tal como se espera de sus beneficios. cluso sin Dios, a respetar lo sagrado. Hay tareas suficientes a este lado del
5. El órgano trasplantado en cirugía somática está como se sabe en in- límite que esto establece.
terrelación con el resto del organismo. La forma en que el gen trasplantado El estado del hombre clama constantemente por su mejora. Intentemos
mediante cirugía genética interactuará con los otros miembros del conjun­ ayudar. Intentemos prevenir, aliviar y curar. Pero no intentemos ser crea­
to cromosómico es desconocida, imprevisible, y sólo puede verse a lo largo dores en la raíz de nuestra existencia, en la sede primigenia de su secreto.
de generaciones.
6. Con este arte como tal, aplicado a los seres humanos, abriríamos la
caja de Pandora de la aventura meliorista, estocástica, inventora o simple­
mente perverso-curiosa, dejaríamos atrás el espíritu conservador de la repa­
ración genética y recorreríamos la senda de la arrogancia creadora. No es-
C a p í t u l o 10

MUERTE CEREBRAL Y BANCO DE ÓRGANOS HUMANOS


SOBRE LA DEFINICIÓN PRAGMÁTICA DE LA MUERTE

Lo que sigue es una carta de batalla, y por lo que parece (idea que se re­
fuerza cada vez más desde la primera vez que fue publicado), por una cau­
sa perdida. La expectativa de que éste sería su destino se expresaba ya en el
título originario: «Contra la comente». Dado que las circunstancias de su
origen y publicación forman parte del caso, se me permitirá excepcional­
mente incluir el relato de las mismas en la actual versión del antiguo origi­
nal. Este episodio, que sólo concierne al autor, contribuirá al tema global
del presente libro como un pequeño ejemplo de la gran cuestión de lo irre­
sistible o resistible del progreso técnico.
En agosto de 1968, una comisión de la Harvard Medical School forma­
da al efecto publicó un informe sobre la definición de la muerte cerebral.1
Al mes siguiente, aproveché la oportunidad de una conferencia sobre «As­
pectos éticos de los experimentos humanos»2para añadir a mi contribución
a este tema una primera y dura crítica a la propuesta —más que meramen­
te médica— de la comisión de Harvard, aunque su objeto no formara parte
propiamente del tema de los experimentos en sujetos humanos: pero yo veía
en él el riesgo de un abuso de tales sujetos (pacientes) con fines médicos, no
muy diferente del que había que evitar en las situaciones de experimentación.
Mi artículo, incluyendo esta disgresión, fue publicado junto con las
otras conferencias3y reeditado con frecuencia posteriormente. Su versión
alemana aparece como el sexto de los artículos reunidos en este volumen
(pág. 109), aunque sin la parte especial «On the Redefinition of Death», que
seguía en el original al actual apartado 18 (pág. 142). Se reproduce aquí

1. «A Definition of Irreversible Coma. Report of the Ad Hoc Committee of the Harvard Me­
dical School to Examine the Definition of Brain Death», Journal o f the American Medical Asso-
ciation 205, n" 6 (5 de agosto de 1968), págs. 337-340.
2. 26-28 de septiembre de 1968 en Boston, organizado en común por la American Academv
of Arts and Sciences y el National Institute of Health.
3. Publicado originalmente en Daedalus, primavera de 1969 (= vol. 98, n° 2 de Proceedings
o f the American Academy o f Arts and Sciences) bajo el título general «Ethical Aspects of Experi-
mentation with Hum an Subjects». Una edición de la compilación, ampliada con colaboraciones
adicionales, se publicó como libro con el título Ethical Aspects o f Experimentation with Hum an
Subjects (edición a cargo de Paul A. Freund), Nueva York, 1969. El título de mi artículo (bajo el
cual volvió a aparecer en volúmenes siguientes de la colección) era «Philosophical Reflections
on Experimenting with H um an Subjects». Esto sucedía en los inicios de la discusión (que des­
de entonces se ha generalizado sobremanera) de los problemas éticos de los avances médicos en
Norteamérica. La situación relativamente pionera de este artículo explica su amplia y extraor­
dinaria repercusión dentro y fuera del ámbito filosófico.
técn ica , m ed icin a y ética
s O B R E LA D E F I N I C I Ó N PRAGMÁTI CA DE LA MU E R TE 147
146

p orque pronto levantó las protestas de los médicos y después la discusión »Esto ya se haga con fines de investigación o de trasplante, me parece
ir mas allá de lo que una definición (que es nuestro trabajo) puede justifi­
directa con ellos, que halló su plasmación en «Against the Stream», la par­
car. Sin duda estamos ante dos cosas: cuándo dejar de aplazar la muerte y
te principal del presente capítulo. cuándo empezar a hacer violencia al cuerpo; cuándo dejar de alargar el
Para explicar lo que sigue, bastará con decir sobre el contenido del dicta­
proceso del morir y cuándo este proceso ha de contemplarse como agotado
men («Report») de Harvard: 1) Definía el coma irreversible como «muerte ce­ en sí mismo y por tanto ha de verse al cuerpo como cadáver, con el que se
rebral» cuando se daban los siguientes caracteres diagnósticos: ausencia de puede hacer lo que para cualquier cuerpo viviente sería tortura v muerte.
toda actividad cerebral constatable (electroencefalograma plano) y de toda Para lo primero no necesitamos saber dónde está la delimitación exacta
actividad física dependiente del cerebro, como respiración espontánea y re­ entre vida y muerte... dejamos a la naturaleza que la cruce allá donde esté,
flejos. 2) Equiparaba la muerte cerebral así delinida con la muerte de todo o que recorra todo el espectro si es que hay más de una línea. Sólo tenemos
el cuerpo, es decir, del paciente, lo que además de la declaración oticial de que saber, como un hecho, que el coma es irreversible, para decidir ética­
fallecimiento permite la interrupción de todas las ayudas luncionales artifi­ mente dejar de oponer resistencia al morir. Para lo segundo tenemos que
ciales mediante respirador y demás medidas de mantenimiento... así como, in­ conocer la línea con absoluta seguridad; y emplear una definición de muer­
dependientemente de ello (es decir, con o sin tal interrupción), la extracción te menos que máxima para cometer en un estado posiblemente penúltimo
de órganos con fines de trasplante: El estatus de cadáver del cuerpo que per­ lo que sólo el último permitiría significa arrogarse un conocimiento que
mite esto comienza con la determinación de la muerte cerebral como tal. In­ (creo yo), no podemos tener. Como no conocemos la línea exacta que separa
serto en este punto mi primer comentario al respecto de septiembre de 1968: la vida de la muerte, no nos basta con nada que sea menos que la "defini­
ción” máxima (o mejor: determinación característica) de la muerte —muerte
«La recomendación de la comisión de Harvard de que se reconozca el cerebral más muerte cardíaca más cualquier otra indicación que pueda ser
“coma irreversible como nueva definición de la muerte” reta a replicar. No de interés— antes de que pueda tener lugar una violencia definitiva.
se me malinterprete. Mientras sólo se trate de cuándo debe estar permiti­ »De ello se desprende (para mi juicio profano al menos) que el uso de la
do suspender la prolongación artificial de ciertas funciones (como el ritmo definición de Harvard tiene que ser definido por su parte, y ello en un sen­
cardíaco) tradicionalmente consideradas signos de vida —y éste es uno de tido restrictivo. Si mediante el mantenimiento artificial de la respiración,
los dos propósitos declarados a los que la comisión quería servir—, no veo etc., sólo se puede obtener el coma permanente, deténgase (protegido por
nada ominoso en el concepto de “muerte cerebral”. De hecho, no hace falta la definición, si la jurisprudencia lo quiere así) el pulmón artificial y todo
una nueva definición de la muerte para legitimar en este punto ese mismo lo demás y déjese morir al paciente: pero déjesele morir en toda su integri­
resultado práctico-, si, por ejemplo, se hace propio el punto de vista de la dad, hasta que se detenga toda función orgánica. No se lleve en vez de eso
Iglesia católica, extremadamente razonable en este aspecto: "Cuando se (bajo la protección de la misma definición) el proceso a una detención provi­
considera que la inconsciencia profunda es permanente, no son obligato­ sional, mediante la prosecución de las ayudas artificiales, con un nuevo ob­
rios los medios extraordinarios para mantener la vida. Se puede suspender jeto, que el cuerpo pueda servir como banco de órganos, mientras precisa­
su empleo y dejar morir al paciente”.4Es decir: si se da un estado cerebral mente gracias a esas ayudas quizá esté todavía a este lado del en verdad
negativo claramente definido, el médico puede permitir al paciente morir último límite. ¿Quién puede saber si cuando el bisturí de disección empie­
su propia muerte conforme a cualquier definición que cubra el espectro de za a cortar se asesta un shock, un último trauma, a una sensación no cere­
las definiciones posibles. Pero un objetivo contrapuesto e inquietante se une bral, difusamente extendida, que todavía es capaz de sufrir y que nosotros
a éste en la búsqueda de una nueva definición de la muerte, es decir, en el mismos mantenemos viva con la función orgánica? Ninguna definición por
objetivo de anticipar el momento de la declaración de defunción: el permi­ decreto puede decidir sobre esta cuestión.6Pero recalco que la cuestión del
so no sólo para detener el pulmón artificial, sino para, a elección, volverlo posible padecimiento (que puede ser fácilmente dejada a un lado por un
a conectar (junto con otras “ayudas a la vida”) y mantener así al cuerpo en consenso especializado lo suficientemente imponente) sólo es una idea se­
un estado que conforme a la antigua definición sería de “vida” (pero con­ cundaria, y en modo alguno el núcleo de nuestro argumento. Éste —digá-
forme a la nueva no es más que su apariencia), para poder acceder a sus ór­
ganos y tejidos en las condiciones ideales que antes hubieran constituido
un supuesto de “vivisección”.5 nexión de las máquinas auxiliares— y calla acerca del uso posible de la definición al servicio de
la segunda causa. Pero si «el paciente es declarado muerto en función de estos criterios» el ca­
mino hacia el otro uso se abre en teoría... y será recorrido si no se levanta oportunamente una
4. Declaración del papa Pió X II en el año 1957. especial bairera. Lo anterior es m i débil intento de colaborar en su levantamiento.
5. El informe de Harvard se limita a la discreta mención de esta finalidad con el segundo 6. Sólo una visión cartesiana de la «máquina animal», que veo revolotear aquí de alguna
de los dos motivos «por los que es necesaria una definición»: «2) Los criterios anticuados para manera, podría tranquilizamos... tal como lo hizo de hecho en su momento (siglo xvn), siendo
la definición de la muerte pueden llevar a controversias en la obtención de órganos para tras­ bienvenida en la cuestión de la vivisección animal. Pero seguramente su verdad no debe esta­
plantes». La primera razón (finalidad) es liberarse de la carga de un coma que se prolonga in­ tuirse mediante el poder de la definición.
definidamente. El informe limita sus recomendaciones a lo que entra en este campo —desco-
148 té c n ic a , m edicina y ética
SOBRE LA D E F I N I C I Ó N PRAGMÁTI CA DE LA M U E R T E 149

m o s louna vez más— es la indeterminación del límite entre vida y muerte, fin al tratamiento de un e s t a d o q u e s ó l o se puede prolongar, pero no mejo­
no entre sensación y falta de sensación, y significa tender, en una zona de rar, pero cuya prolongación no t ie n e s e n t i d o para el paciente mismo. Esta
esencial incertidumbre, más a una determinación máxima que mínima de la última circunstancia es, naturalmente, la ú n i c a fundamentación válida en úl­
muerte. tima instancia para esa terminación (¡y s ó l o p a r a e l l a ! ) , y tiene que susten­
»Además hay que pensar también esto: el paciente tiene que estar segu­ tar las otras. Lo hace también respecto a la p r i m e r a categoría, porque la
ro a toda costa de que su médico no se convertirá en su verdugo y ninguna descarga del paciente es automáticamente la d e l a F a m i lia , médicos, enfer­
definición le permitirá serlo nunca. Su derecho a esta seguridad es incondi- meros, aparatos, camas hospitalarias, etc. Pero la o t r a r a z ó n _la libertad
cionado; e igualmente incondicionado es su derecho a su propio cuerpo para la utilización de órganos— tiene posibles implicaciones que no están
con todos sus órganos. El respeto a toda costa de este derecho no viola nin­ igualmente cubiertas por la razón primaria, que es el paciente mismo. Por­
gún otro derecho. Porque nadie tiene derecho sobre el cuerpo de otro. Para que con esta razón primaria —la falta de sentido de una existencia mera­
hablar en otro espíritu, en un espíritu religioso: la defunción de un ser hu­ mente vegetativa— el informe estricto sensu no ha definido la muerte, la
mano debería estar rodeada de piedad y protegida contra la rapiña. circunstancia última misma, sino un criterio para dejar que se produzca sin
»Por eso, el entendimiento y el sentimiento me dicen que habría que obstáculos, por ejemplo mediante desconexión del respirador artificial.
aclarar desde el principio que la definición propuesta, si llega a tener fuerza Pero el informe reclama haber definido con ese criterio a la muerte misma,
legal, sólo autoriza una y no la otra de las dos consecuencias contrapues­ y por medio de ese testimonio la declara no sólo admisible en calidad de no
tas: sólo interrumpir una intervención de mantenimiento y dejar que las impedida, sino dada. Pero si «en función de ese criterio [la muerte cerebral]
cosas sigan su curso; no proseguir la intervención de mantenimiento con fi­ el paciente es declarado muerto», es decir, si el comatoso ya no es un pa­
nes de otra intervención definitiva de tipo destructivo». ciente, sino un cadáver, el camino a otros empleos de la definición, tal como
la defiende el segundo motivo, queda abierto en principio y será recorrido
Ésta fue mi reacción inmediata al dictamen de Harvard tras su apari­ in praxi si no es cerrado a tiempo. Los siguientes argumentos pretenden re­
ción en el año 1968. Dado el destacado prestigio de sus autores, unido al forzar desde el punto de vista teórico mi «débil intento» al respecto de en­
creciente interés por los trasplantes en Norteamérica, no me cabía duda de tonces (véase nota 5).
que su recomendación, que tanto salía al encuentro de ese interés, hallaría Mi objeción originaria al informe de Harvard ha encontrado el rechazo
un amplio consenso médico y finalmente también legislativo, y que mi pro­ del lado médico, y ello precisamente en relación con el «segundo motivo»,
testa tenía pocas expectativas de ser escuchada. Aun así, un grupo de mé­ el interés por el trasplante, que mis benévolos críticos veían amenazado por
dicos académicos, entre ellos cirujanos dedicados al trasplante, lo tomaron los reparos y lagunas de conocimiento de un profano. ¿Puedo considerar
lo bastante en serio como para entrar en un diálogo directo conmigo en el esto un reforzamiento de mi sospecha inicial de que precisamente ese inte­
que aprendí algunas cosas y me vi movido a hacer mi argumento tanto teó­ rés, a pesar de su amortiguada voz en el informe de la comisión, era y es un
ricamente más preciso como también más claro, haciendo un retrato de las motor principal del esfuerzo definidor? La razón para esta sospecha la dio
temidas consecuencias. El resultado por mi parte fue el siguiente escrito ya el doctor Henry K. Beecher, al asegurar en otro lugar que la sociedad mal
del año 1970. podía permitirse «desechar» (discard) los tejidos y órganos de los pacientes
incurablemente inconscientes, dado que eran necesarios para el estudio y
la experimentación, para poder salvar con ellos a otros enfermos de lo con­
C o n t r a la c o r r ie n t e 7 trario carentes de esperanza.8En todo caso, la dirección y la pasión del de­
bate que ahora se traba por parte de mis expertos retadores (que pronto se
El «Report of the Ad Hoc Committee of the Harvard Medical School to convirtieron en mis amigos personales) no dejaba duda alguna de dónde es­
Examine the Definition of Brain Death», que entretanto se ha hecho fa­ taba el interés de los cirujanos en la definición. Afirmo ahora: por puro que
moso, patrocina el reconocimiento del «coma irreversible como nueva defi­ este interés, salvar otra vida, sea en sí, su participación menoscaba el in­
nición de la muerte». El informe no deja duda alguna sobre las razones tento teórico de una definición de la muerte; y la comisión de Harvard nun­
prácticas (es decir, de finalidad) de «por qué se necesita una [nueva] defini­ ca hubiera debido permitirse contaminar la pureza de su hallazgo científi­
ción», y menciona estas dos: liberar a pacientes, allegados y recursos médi­ co con el cebo de este beneficio —aunque extremadamente respetable—
cos de las cargas de un coma prolongado indefinidamente, y evitar las con­
troversias sobre la obtención de órganos para trasplante. Al servicio de 8. Esto en respuesta a la pregunta retórica, planteada por él mismo, que he señalado antes.
ambas razones, la nueva definición debe dar al médico el derecho de poner Conocí personalmente al doctor Beecher y puedo atestiguar —en contra de la apariencia que
pueda dar la jerga utilitaria empleada por él— su elevada hum anidad y finura moral. Abrió
caminos en el descubrimiento de abusos en experimentos humanos. (Por lo demás, el doctor
7. «Against the Stream», publicado en 1974 en H. Joñas, Philosophical Essays: From Ancient Beecher fue presidente de la comisión acl hoc de Harvard y redactor de su informe sobre «muer­
Creed to Technological Man, y desde entonces reimpreso en varias antologías. te cerebral» discutido en todo este capítulo.)
TÉCNI CA, M E D I C I NA Y ÉTICA
150
S O B R E LA D E F I N I C I Ó N PRAGMÁTI CA DE LA MU ERTE 151
Pero no es la pureza de la teoría mi pretensión aquí. Lo que me
e x te rn o .

ocupa son ciertas consecuencias que bajo la presión de este interés externo A. «El organismo como un todo», así empieza la objeción, no es nece­
pueden extraerse de la definición y que disfrutarán de plena sanción una sariamente lo mismo que «todo el organismo», es decir, que el organismo
vez hayan sido reconocidas oficialmente. Los médicos no serían humanos en todas sus partes. Admitido; y si mis planteamientos anteriores sobre este
si ciertas ventajas, importantes para ellos, de tales consecuencias posibles punto fueran poco claros, aprovecho la ocasión para explicar que siempre
no influyeran su juicio sobre lo correcto de una definición que las conce­ me he referido a la «muerte del organismo como un todo» y no a «todo el
de... igual que confieso con franqueza que mi espanto ante algunas de estas organismo». Los subsistemas locales —células o tejidos aislados_ bien
consecuencias lleva mi escepticismo teórico a la máxima alerta. pueden seguir lúncionando localmente durante un tiempo (por ejemplo el
El intercambio de ideas con el grupo informal que, tras una exposición crecimiento de cabellos y uñas) sin que esto afecte a la determinación de la
escrita de sus objeciones, me invitó a ser durante una semana huésped del muerte conforme a los criterios más amplios. Pero la respiración y la cir­
Medical Center de la Universidad de California en San Francisco, me forzó culación sanguínea no entran en esta clase, porque el efecto de su activi­
a una elaboración más detallada y conceptualmente más nítida de mi posi­ dad, aunque llevado a cabo por subsistemas, se extiende por todo el siste­
ción, que hice circular entre los miembros del grupo como documento de ma y asegura tanto el mantenimiento funcional como el sustancial del resto
trabajo (titulado ya «Against the Stream»).9En él se basa lo demás. de sus partes. ¿Por qué si no mantenerlos artificialmente en marcha en el
Tenía que responder a tres reproches en relación con mi primera polé­ caso de los previstos «cadáveres donantes», salvo para mantener a todas las
mica: que mi argumento en cuanto a los «cadáveres donantes» impedía se­ demás partes, entre ellas los órganos deseados, en «buen estado» —vivos—
rios esfuerzos médicos por salvar vidas; que salía al paso de hechos cientí­ para su trasplante final? El sistema global así mantenido en forma puede
ficos precisos con vagas consideraciones filosóficas; y que desconocía la incluso, con alimentación artificial, seguir adelante con todo su metabolis­
diferencia entre muerte del «organismo como un todo» y muerte de «todo mo y con otras funciones (por ejemplo glandulares); de hecho, supongo que
el organismo», a la vez que la diferencia entre respiración espontánea e in­ con todo lo que no depende del control nervioso central, es decir, la mayo­
ducida desde fuera y resto del movimiento del cuerpo. ría de los procesos bioquímicos «vegetativos». Éste es precisamente el esta­
Naturalmente, me confieso «culpable» en el sentido de la primera acu­ do en el que los pacientes comatosos pueden seguir «vegetando» durante
sación, allá donde el estatus de donante del cadáver está en cuestión, que es meses y años con esos recursos auxiliares, y poder poner fin a esto era uno
precisamente de lo que se trataba en mi argumento. La expresión prerreso- de los objetivos del dictamen de Harvard. La metáfora de los «vegetales hu­
lutiva «cadáver donante» es aquí simplemente una petición de principio y manos» (human vegetable) aparece con frecuencia en la discusión... curio­
rehuye la cuestión que sólo se plantea en el tercer reproche. samente, a menudo a favor de una redefinición de la muerte (como si «ve­
En lo que se refiere al reproche de la «vaguedad», podría ser que él mis­ getal» no fuera también una forma de vida). En pocas palabras, lo que aquí
mo refleje de forma vaga la circunstancia de que mi argumento es un argu­ se mantiene en marcha mediante distintas intervenciones artificiales tiene
mento —y creo que uno preciso— en el que se trata de la vaguedad, con­ que ser equiparado —con la cautela debida en esta zona de sombra— al
cretamente de la vaguedad de un estado. Aristóteles dijo en una ocasión «organismo como un todo» objeto de la determinación tradicional de la
que era signo de un espíritu formado no exigir mayor exactitud (akribeia) al muerte, más en todo caso que con cualquier parte aislable del mismo.
saber de lo que el objeto permite, por ejemplo la misma en la política que B. El viejo criterio tampoco especifica en modo alguno, hasta donde yo
en las matemáticas. Ciertas formas de lo real —de las que el espectro vida- sé, que la actividad orgánica cuyo cese irreversible representa la muerte
muerte quizá sea una— pueden ser «imprecisas» en sí mismas, o puede ser­ tenga que ser espontánea y no se considere vida cuando es inducida y mante­
lo el saber alcanzable con ellas. Pero reconocer tal estado de cosas les hace nida artificialmente (las consecuencias para la terapia serían devastado­
más justicia que una definición precisa, que les hace violencia. Lo que yo ras). Para ser exactos en este punto: lo «irreversible» de la cesación puede
atacaba era precisamente la inadecuada exactitud de una definición y de su tener una doble referencia: a la función misma o sólo a su espontaneidad.
aplicación práctica en un terreno impreciso en sí. Una cesación puede ser irreversible en cuanto a su espontaneidad, pero aún
Verdadera importancia teórica tiene la tercera objeción, planteada por reversible en cuanto a la actividad misma... en cuyo caso un activador ex­
el doctor Otto Guttentag, y voy a examinarla paso a paso. terno tiene que estar de manera constante en lugar del interno, es decir, tie­
ne que producirse la pérdida de la espontaneidad. Éste es el caso en los mo­
9. Mencionaré de entre ellos al cirujano Samuel Kountz, por entonces el más destacado
vimientos respiratorios y contracciones cardíacas del paciente comatoso (y
practicante de trasplantes renales; al psiquiatra Harrison Sadler y al historiador de la medicina también, recientemente, del corazón artificial). La distinción no carece de
Otto Guttentag, portavoz filosófico del grupo. Como testimonio ilustre del esfuerzo de com­ importancia. Porque si pudiéramos hacer por el cerebro —digamos sólo por
prensión mostrado mencionaré que durante varios días se me permitió observar desde la inme­ el cerebelo— que ha dejado de funcionar lo que ahora podemos hacer por el
diata proximidad las realidades del implante de órganos — las "artificiales" en la sala de opera­
corazón y los pulmones, es decir, hacerlo trabajar mediante constante acti­
ciones, las humanas en donantes y receptores— y vivirlas como asistente a las conferencias
médicas.
vación externa (eléctrica, química o cualquier otra), sin duda lo haríamos y
no discutiríamos que la actividad resultante careciera de espontaneidad: lo
té c n ic a , m edicina y ética S O B R E LA D E F I N I C I Ó N P R A G M Á T I C A D E LA M U E R T E
152

importante sería la actividad como tal. Entonces se podrían desconectar que podrían derivarse de ellos? Lo sería si realmente sólo sancionara la
respiradores y demás simuladores, porque el centro nervioso, la contracción misma consecuencia que el simple principio ético y nada más. Pero la defi­
c a r d í a c a , etc., «rige», vuelve a hacer su trabajo y h a devuelto su esponta­ nición de muerte sanciona indeterminadamente más y distinto: abre la
n e i d a d a los subsistemas... exactamente igual que los sistemas dependien­ puerta a todo un haz de otras consecuencias, cuyas dimensiones aún son
tes de la circulación podrían actuar espontáneamente aunque la circulación imprevisibles, pero de las que algunas de ellas ya están inquietantemente
misma funcionara no espontáneamente. Ésta es una especulación puramen­ próximas. El punto decisivo es éste: si el paciente comatoso está muerto
te hipotética, y sin duda irreal para siempre; pero dudo que un médico se conforme a la definición ya no es un paciente, sino un cadáver, con el que
sintiera capaz de declarar muerto a un paciente por no espontaneidad de la se puede hacer lo que la ley, la costumbre, el testamento o los allegados per­
fuente cerebral si ésta pudiera ser puesta en marcha mediante un recurso mitan hacer con un cadáver y aquello a lo que éstos o aquellos intereses en
artificial. particular apremien. Esto incluye — ¿por qué no?— la prolongación del es­
La finalidad de este experimento intelectual era poner un tanto en duda tado intermedio (para el que tendríamos que encontrar un nuevo nombre
la aparente sencillez del criterio de la espontaneidad. Dada la superposi­ [«¿simulación de vida?»], dado que el de «vida» se ha vuelto inaplicable por
ción y entrelazamiento de funciones del organismo, le parece a mi enten­ la nueva definición de muerte) para sacar de él las ventajas que podamos.
dimiento profano, la espontaneidad orgánica se reparte por muchos niveles Hay muchas de ellas. Hasta ahora [¡esto era en 1970!] los redefinidores sólo
y lugares, posibilitando cada nivel superior al inferior a él ser natural y es­ hablan de dejar funcionar el pulm ón artificial hasta que se requiera el tras­
pontáneo, ya sea su propia actividad natural o artificial. plante de órganos (lo que depende de que aparezca un receptor tipológica­
C. En el coma irreversible, tal como lo definía el grupo de Harvard, el mente adecuado), desconectarlo entonces y empezar a cortar, con lo que todo
punto de partida es naturalmente el de que es un estado que excluye la reac­ habría terminado... lo que suena bastante inofensivo. Pero, ¿por qué tiene
tivación de cualquier parte del cerebro en todos los sentidos. El cerebro, te­ que haber terminado con eso? ¿Por qué desconectar la m áquina? Una vez
nemos que decir entonces, está muerto. Tenemos entonces a un «organis­ seguros de que tenemos que vérnoslas con un cadáver, no hay motivos lógi­
mo como un todo» menos el cerebro, mantenido en un estado de vida cos en contra, y sí fuertes motivos pragmáticos a favor, de proseguir el rie­
parcial mientras el respirador y otros auxiliares estén funcionando. Y en mi go artificial (simulación de vida) y mantener disponible el cuerpo del falle­
opinión aquí la pregunta correcta no es: ¿ha muerto el paciente?, sino: ¿qué cido... como banco de órganos frescos, posiblemente tam bién como una
va a pasar con el que sigue siendo un paciente? Ciertamente, esta pregunta fábrica de hormonas y otras sustancias bioquímicas de las que hay necesi­
no puede ser respondida mediante una definición de la muerte, sino que dad. No dudo de que un cuerpo así puede mantener tam bién la capacidad
tiene que serlo con una «definición» del ser humano y de lo que es una vida natural para la formación de cicatrices y la curación de heridas de opera­
humana. En otras palabras: no se puede rehuir sencillamente la pregunta ciones, así que soportaría más de una intervención. También es atractiva la
decretando que la muerte se ha producido ya y el cuerpo está por tanto en idea de un banco de sangre que se autorregenera. La adm inistración artifi­
el ámbito de las meras cosas; sino que la respuesta que requiere puede ser, cial de nutrientes no sería un problema. Y esto no es todo. No olvidemos la
por ejemplo, que no es humanamente correcto —por no decir obligado— investigación. ¿Por qué no iban a llevarse a cabo los más maravillosos ex­
prolongar artificialmente la vida de un cuerpo sin cerebro. Ésta sería mi perimentos de trasplante en ese servicial sujeto-no sujeto, sin poner barre­
respuesta. Si es correcta, también va en beneficio del paciente, que es la pri­ ras a la osadía? ¿Por qué no llevar a cabo investigaciones inm unológicas y
mera obligación del médico. Con este fundamento filosófico, apenas discu­ toxicológicas, infección con enfermedades viejas y nuevas, prueba de dro­
tible —la falta de sentido de la vegetación inconsciente para un ser huma­ gas? Tenemos la cooperación «activa» de un organismo que funciona, que
no—, el médico puede, incluso debe, desconectar el respirador y dejar a la ha sido declarado muerto y por tanto no puede sufrir daño: es decir, tene­
muerte que se defina por sí misma mediante aquello que sucederá irremi­ mos las ventajas del donante vivo sin los inconvenientes que im ponen sus
siblemente. (La posterior utilización del cadáver es un asunto en sí en el derechos e intereses (porque un cadáver no tiene ninguno). ¡Qué bendición
que no entraré aquí, aunque también se resiste a una postura solamente para la formación médica, para la demostración anatómica y fisiológica y
utilitaria.) Repito: la decisión a tomar es axiológica y no viene dada por el la práctica sobre un material tan superior al que ofrece la sala de disección!
hecho clínico de la muerte cerebral. Empieza cuando el diagnóstico del es­ ¡Qué oportunidad para los principiantes aprender a am putar por así decir­
tado ha hablado, pero no es diagnóstica ella misma. Según esto, como ya se lo «en vivo» sin que sus errores tengan consecuencias! (Etcétera... hacia el
ha expuesto, no se necesita una nueva definición de la muerte... sólo quizá ancho campo de las posibilidades...) Lo que se patrocina es «la plena u tili­
una revisión de la supuesta obligación del médico de prolongar la vida a zación de medios modernos para maximizar el valor de los órganos del ca­
toda costa. dáver». Bien, ahí tendríamos esa maximización.
D. Pero, se puede preguntar aquí, ¿no es una definición de muerte an­ ¡Pero no, protestarán los representantes de la profesión, nadie está pen­
clada en la ley el camino más sencillo y claro hacia el mismo objetivo prác­ sando en una cosa así! Quizá no. Pero acabo de demostrar que se puede
tico, sin la impugnabilidad de los juicios de valor y los problemas jurídicos pensar en ello, y mi argumento es que la definición propuesta de muerte eli­
154 TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTICA
S O B R E LA D E F I N I C I Ó N PRAGMÁTI CA DE LA M U E R T E 155
mina toda razón para no pensar en ello y, una vez pensado, para no hacer­
lo si es considerado deseable (y los allegados dan su consentimiento). Re_ La precedente discusión se ha mantenido por entero al nivel del «en­
c o r d e m o s que el grupo de Harvard no ha ofrecido en sus resultados una defi­ tendimiento general» y la lógica habitual. Añadiremos, de manera más es­
nición del coma irreversible como causa para interrumpir las medidas de peculativa, dos observaciones filosóficas.
mantenimiento, sino una definición de la muerte mediante el criterio del
coma irreversible como causa del desplazamiento conceptual del cuerpo 1. Detrás de la definición propuesta, con su motivación evidentemente
del paciente a la clase de cosas inanimadas, sin importar si se prosiguen o pragmática, veo un extraño retomo —la reencarnación naturalista por así
interrumpen las medidas de mantenimiento. No sería sincero negar que la decirlo— del viejo dualismo cuerpo-alma. Su nueva forma es el dualismo
redefinición viene a ser lo mismo que una predatación del hecho consuma­ de cuerpo y cerebro. En una cierta analogía con el antiguo dualismo trans­
do, comparada con criterios de signos de vida convencionales, que aún po­ natural, éste considera que la verdadera persona humana tiene su asiento
drían durar: que no está motivada por el exclusivo interés del paciente, sino en el cerebro (o está representada por él) y el resto del cuerpo sólo guarda
también por ciertos intereses externos a él (siendo la donación de órganos con ella una relación de herramienta útil. Por eso, si el cerebro muere es
el predominante entre ellos); y que precisamente el servir a esos intereses, como si el alma se escapara: lo que queda son los «restos mortales». Nadie
es decir, el uso fáctico de la libertad que la definición procura teóricamen­ negará que el aspecto cerebral es decisivo para la calidad humana de la vida
te, ya estará típicamente previsto en su uso diagnóstico. Esto último sólo ya de ese organismo llamado «ser humano». Precisamente eso es lo que reco­
oculta en sí peligrosas tentaciones para el proceso diagnóstico. Pero por noce la postura que defiendo, con la recomendación de que en caso de pér­
otra parte, sea cual sea el uso especial previsto, no previsto o incluso puni­ dida total e irrevocable de la actividad cerebral no se detenga la subsiguiente
ble actualmente por el gremio, sería ingenuo creer que se puede trazar en muerte natural del resto del organismo. Pero no es menos una exageración
alguna parte una línea entre el uso permitido y el no permitido cuando es­ del aspecto cerebral de lo que lo era la del «alma consciente» el negar al
tán en juego intereses lo suficientemente fuertes: la definición —que es ab­ cuerpo extracerebral su parte esencial en la identidad de la persona. El cuer­
soluta, no gradual— veta todo principio para el trazado de una línea seme­ po es tan únicamente el cuerpo de ese cerebro y de ningún otro como el
jante. (Dado el ingenio de la ciencia médica, e s probable que la «vida cerebro es únicamente el cerebro de ese cuerpo y de ningún otro. (Lo mismo
simulada» del cuerpo sin cerebro pueda incluir finalmente toda actividad se aplicaba también a la relación del alma incorpórea con «su» cuerpo.) Lo
extraneural del cuerpo humano, quizá incluso algunas funciones nerviosas que está bajo el control centra! del cerebro, el todo corporal, es tan indivi­
activadas artificialmente.) dual, tan «yo mismo», tan únicamente perteneciente a mi identidad (¡hue­
E. Conforme a todo esto, mi argumento es muy sencillo. Es éste: la línea llas dactilares! ¡reacciones inmunológicas!), tan poco intercambiable, como
divisoria entre la vida y la muerte no se conoce con seguridad, y una defini­ el propio cerebro controlador (y recíprocamente controlado por él). Mi
ción no puede sustituir al saber. No es infundada la sospecha de que el esta­ identidad es la identidad de todo el organismo completamente individual,
do artificialmente sostenido del paciente comatoso sigue siendo un estado aunque las funciones superiores de la personalidad tengan su sede en el ce­
residual de vida (como era generalmente considerado desde el punto de vis­ rebro. ¿De qué otro modo podría un hombre amar a una mujer, y no sólo a
ta médico hasta hace poco). Es decir, existen razones para dudar de que in­ su cerebro? ¿De qué otro modo podríamos perdemos a la vista de un ros­
cluso sin función cerebral el paciente que respira esté completamente muer­ tro? ¿Vernos conmovidos por la magia de una figura? Es el rostro, es la fi­
to. En esta situación de irrevocable ignorancia y duda razonable, la única gura de esa persona y de ninguna otra en el mundo. Por eso: mientras el
máxima correcta de actuación es inclinarse del lado de la vida presumible. cuerpo comatoso aún respire —aunque sólo sea con ayuda del «arte»—,
De ello se desprende que las intervenciones como las que he descrito sean tenga pulso y trabaje orgánicamente de algún modo, tendrá que seguir
equiparables a la vivisección y no puedan practicarse bajo ninguna circuns­ siendo contemplado como perduración restante del sujeto, que ha amado y
tancia en un cuerpo humano que se encuentre en ese estado equívoco o um­ sido amado, y como tal sigue teniendo derecho a aquella sacrosantidad que
bral. Una definición que autoriza tales intervenciones, que estampilla como corresponde a un sujeto así conforme al derecho humano y divino. Esa sa­
no equívoco lo que en el mejor de los casos es equívoco, ha de ser rechaza­ crosantidad impone que no se le utilice como mero medio.
da. Pero el mero rechazo en la disputa teórica no es suficiente. Dada la pre­ 2. Mi segunda observación se refiere a la moral de nuestro tiempo en el
sión de los —muy reales y altamente estimables— intereses médicos que punto sangrante de su relación con la muerte. La débil negación de su de­
aquí están en juego, se puede predecir con seguridad que el permiso general recho cuando llega su hora se mezcla con la robusta denegación de la piedad
que la teoría otorga será irresistible en la práctica si la definición se recono­ cuando se ha producido. La citada decisión papal no teme decir: en ciertas
ce de manera jurídico-pública. De ahí que haya que impedir con todas nues­ circunstancias, dejad morir al paciente; hablaba sólo de pacientes, y no de
tras fuerzas que se llegue a ello. Es lo único a lo que ahora se puede oponer intereses externos como los de la sociedad, la medicina u otros. La cobar­
resistencia. Una vez abierto el camino hacia las consecuencias prácticas será día de la moderna sociedad secular, que retrocede asustada ante la muerte
demasiado tarde. Es un caso claro de principiis obsta. como el mal incondicionado, necesita la garantía (o la ficción) de que ya se
ha producido cuando hay que tomar la decisión. La responsabilidad de una
156
TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA S O B R E LA D E F I N I C I Ó N P R A G M A T I C A D E LA M U E R T E 157

d e c i s i ó n cargada de valores es sustituida por la mecánica de una rutina li­ ción se aparta de la empresa, y el final de la misma no está a la vista. Todo
bre de ellos. En tanto que los redcñnidores de la muerte, al decir «ya está lo que mi intento puede hacer aún —con escasa esperanza de que él y sus
muerto» tratan de superar los escrúpulos vinculados a la desconexión del iguales lo hagan— es colaborar a que la «sociedad», el más indeterm inado
respirador, salen al paso de una cobardía contemporánea que ha olvidado de los sujetos, cruce esa puerta con los ojos abiertos, y no cerrados. Por in ­
que la muerte puede tener su propia corrección y dignidad y el hombre tie­ consecuente que (por suerte) sea el hombre, siempre podrá trazar en algu­
ne derecho a que se le deje morir. En tanto que precisamente al decir eso na parte una línea de separación sin la asistencia de una regla consecuente.
tratan de crearse buena conciencia al dejar el respirador conectado y utili­
zar sin restricciones al cuerpo así retenido en el umbral de la vida V la
muerte, sirven al pragmatismo reinante en nuestra era, que no opone el POST-POSTSCRIPTUM DE 1985
obstáculo del antiguo «temblor y temor» a una expansión cada vez mayor
del reino de la pura cosificación y la utilización ilimitada. El esplendor y la También el epílogo anterior ha quedado largamente superado por el
miseria de nuestro tiempo habitan en esta marea incesante. curso de los acontecimientos. La marcha de la medicina, incesante en este
caso en el que el celo médico (el altruista y otros) la im pulsa no menos que
el grito de angustia de tantos dolientes que piden los órganos ajenos que sal­
POSTSCRIPTUM DE DICIEMBRE DE 197610 ven sus vidas, ha dejado anticuado el intento —acometido desde el princi­
pio con escasa esperanza— de este texto. Así es por lo menos en los Estados
Las predicciones o presentimientos expresadas en 1970 en el capítulo Unidos, donde conozco en alguna medida la situación: la definición de
aquí reproducido han empezado entretanto a convertirse en realidad a la Harvard o derivados de ella han entrado entretanto en la legislación de la
chillona luz de la sala de operaciones. El 5 de diciembre de 1976, The New mayoría de los Estados de la Unión. De forma rutinaria, en todas partes se
York Times informaba, bajo el titular: «Muchacha con respiración artificial extirpan órganos para transplante de «cadáveres donantes» (cadaver do-
es declarada muerta»: rtors) que respiran y sangran. Por doquier se relajan los estrictos criterios
de Harvard para la determinación de la «muerte cerebral». El electroence­
Una estudiante de 17 años... que había sufrido un grave daño cerebral en un falograma, por ejemplo, no tiene que ser enteramente plano, dado que las
atraco callejero fue declarada muerta el jueves, mientras aún era mantenida irregularidades pueden proceder de fuentes ambientales; a veces es incluso
(susstained) con ayuda de un respirador artificial. El certificado de defunción
sustituido por el cuadro neurològico global. Se rebaja el plazo m ín im o de
fue firmado, con el consentimiento de los padres, por el médico de cabecera y el
presidente del colegio de médicos del distrito... En el plazo de una hora, los ojos observación y repetición de las pruebas de 24 a 6 horas desde el m om ento
y riñones de la muchacha fueron extirpados para ser trasplantados. A indicación de producirse el coma. Ya antes de que transcurra, en previsión del papel fi­
de los médicos, el respirador siguió en marcha para mantener la vitalidad de los nal de donante, el tratamiento (por ejemplo la hidratación) pasa del cere­
órganos, y fue después [es decir, tras producirse las extirpaciones] desconectado, bro al cuidado favorable a los órganos. En algunos lugares se levantan dos
suspendiéndose la respiración forzada. certificaciones: la médica, antes de la extracción de órganos, y la legal (vá­
lida para cuestiones de herencia), después de ella. Las listas de espera de
Obsérvese que aquí la nueva definición de la muerte se empleó de hecho órganos para trasplante, con su presión sobre los médicos en cuanto a las
para permitir la extirpación de los órganos, mientras la «donante» seguía «fuentes de suministro», son largas; la demanda supera siempre a la oferta;
encontrándose, gracias al respirador, en el «estado equívoco o umbral» el abastecimiento (organ procurement) está altamente organizado; el em pa­
(como lo llamé antes) del coma. El respirador fue desconectado después, rejamiento de tipos de donantes y receptores informatizado. Nada de todo
no antes, de la extirpación de ojos y riñones; y probablemente sólo porque esto parece ser discutible; no sé que haya habido debate público alguno.
casualmente no se había previsto otra utilización de su cuerpo para ahora Ha ocurrido pues lo que predecía mi análisis como consecuencia de la
o más adelante (o no se podía prever, dado que sin riñones no podía seguir nueva definición de muerte en caso de ser aceptada. De cualquier manera
«vivo»), Pero no se hubiera necesitado ninguna otra legitimación o nueva no ha ocurrido la fantasía horrorosa del mantenimiento del cadáver respi­
decisión de principio para mantener en marcha al cuerpo más allá de las rante para otros saqueos médicos: probablemente se nos ahorrará, no por
dos primeras operaciones. Así se ha abierto (al menos por medio de un pre­ reparos internos, sino porque dado el continuo uso (siempre exclusivo) de
cedente) la puerta al acto que yo quería ayudar teóricamente a mantener un equipamiento caro y escaso, resultaría demasiado irracional.
cerrada... y con ello está abierto el camino a una serie indeterminada de po­ Pero en principio la batalla está perdida. En la práctica mi defensa iba
sibilidades prácticas que atisbo mi horripilante fantasía y cuya elección encaminada a que primero se suspendiera la respiración artificial, después
ninguna ley, reparo o principio impide ya. El principio se ha dado: La fíe­ se dejara tiempo para establecer la definitiva ausencia de todo signo de
vida, y sólo después comenzara la extracción de órganos. Dado que el retra­
lo. Este texto está contenido en ediciones posteriores de «Against the Stream». so es corto, esto aportaría material aún utilizable, pero las condiciones ya
TÉCNI CA, M E D I C I NA Y ÉTICA
158

no serían las óptimas, y por tanto el saqueo sería menor. Naturalmente,


esto ha sido decisivo en la práctica.
Para concluir: hay facetas del progreso técnico más importantes, mayo­ C apí tulo 1 i
res, que afectan más al destino general, que este asunto de los al fin y al
cabo relativamente pocos comatosos y de quienes están a la expectativa de
sus órganos para el trasplante. La técnica produce desafíos mucho más ca­ TÉCNICAS DE APLAZAMIENTO DE LA MUERTE
pitales para la ética; y la extensión por consiguiente desproporcionada de Y DERECHO A MORIR
estas consideraciones podría dejar tras de sí la impresión de que el tema
se trata de forma diletante. De hecho, el que no está implicado directamente
no tendría por qué perder el sueño (aunque el médico implicado sí debe­ La primera reacción al título de este análisis debería ser la sorpresa. «El
ría). Pero como ejemplo de un síndrome el caso particular es instructivo. derecho a morir.» ¡Qué extraña combinación de palabras! Qué extraño que
Ejemplifica la colaboración de todos esos factores que nos inclinan a dejar hoy en día debamos hablar del derecho a morir cuando desde siempre todo
seguir su curso a los nuevos logros de la técnica debido a sus beneficios pal­ discurso referente a derechos se retrotraía al más fundamental de todos los
pables, a doblegamos al dictado tecnológico de la cosificación de nosotros derechos: el derecho a vivir. En la práctica cualquier otro derecho que se
mismos, incluso a adaptar nuestro sentimiento irracional, nuestras sensi­ pondera, exige, concede o niega puede ser contemplado como una exten­
bilidades profundas, a lo que en un momento se ha vuelto posible. Por tan­ sión de este derecho primario, ya que todo derecho especial afecta a algún
to el ejemplo ilustra —un ejercicio vano— también el grave estado, deses­ patrimonio vital, al acceso a alguna necesidad vital, a la satisfacción de al­
perado a veces, de la objeción ética independiente incluso entre los mejor guna aspiración vital.
intencionados. La vida misma no existe en función de un derecho, sino de una decisión
de la naturaleza: el que yo esté aquí vivo es un puro hecho, cuya única fa­
cultad natural es el equipamiento con las capacidades innatas de la autocon-
servación. Pero entre personas el hecho, una vez existente, requiere la san­
ción de un derecho, porque vivir significa plantear exigencias al entorno y
depende por tanto de que éste las otorgue. En tanto el entorno es el huma­
no y la concesión que otorga incluye un elemento de voluntad, semejante
concesión sumaria como aquella en la que se basa toda vida comunitaria
viene a ser el reconocimiento implícito del derecho a la vida del individuo
por parte de la colectividad y naturalmente al mismo reconocimiento en lo­
dos los demás por parte suya. Éste es el germen de todo ordenamiento ju ­
rídico. Cualquier otro derecho, ya esté igual o desigualmente repartido, en
el derecho natural o en el positivo, se desprende de este derecho originario
y de su reconocimiento mutuo por sus sujetos. Por eso en la Declaración de
Independencia norteamericana se menciona con razón en primer término
a la «vida» entre los «derechos inalienables». Y en verdad en todo momen­
to (y aún hoy) la humanidad ha tenido bastante que hacer con el descubri­
miento, definición, obtención, defensa y protección de los múltiples dere­
chos en los que se particulariza el derecho a la vida.
¡Qué extremadamente curioso es pues que nos encontremos reciente­
mente ocupándonos de la cuestión de un derecho a morir! Tanto más cu­
rioso cuanto que los derechos se buscan normalmente para el fomento de
un bien, y la muerte pasa por ser un mal o en el mejor de los casos algo a lo
que hay que someterse. Y más curioso aún si se tiene en cuenta que con la
muerte no planteamos al mundo exigencia alguna, en lo que podría caber
la cuestión de un derecho, sino que, al contrario, renunciamos a toda posi­
ble pretensión. ¿Cómo puede aplicarse a eso la idea de «derecho», en la que
siempre tienen que coincidir varios?
TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA 161
160 APLAZ AMI ENTO DE LA MUERTE Y DERECHO A MORIR

Pero, ¿qué ocurre si por especiales circunstancias mi muerte o no muer­ rídicos. En lo que se refiere a los derechos del paciente, con los desarrollos
te entra en el terreno de la elección? ¿Y si aparte de un derecho a vivir fue­ médicos indicados parece haber saltado a la palestra un nuevo «derecho a
ra estatuible para mí una obligación de vivir? En ese caso otros (en forma morir»; y debido a los nuevos tipos de tratamiento, que únicamente «man­
de «sociedad») podrían no sólo tener una obligación frente a mi derecho a tienen en marcha», este derecho subyace a todas lu c e s al derecho eeneral
vivir, sino también un derecho a reclamar contra mí mismo mi obligación de aceptar o rechazar el tratamiento. Vamos a tratar primero este otro de­
de vivir y, por ejemplo, impedirme morir antes de lo que tengo que hacerlo, recho, apenas discutido, que en caso de rechazo siempre incluye, aunque la
aunque yo quiera. En pocas palabras: ¿qué pasa si la muerte de un ser hu­ mayoría de las veces no en forma tan directa, la muerte como un resultado
mano entra bajo control humano y su propia voz (si es la del deseo de morir) posible y quizá seguro de su elección. Aquí, como en toda nuestra conside­
no es quizá la única que hay que escuchar? Entonces el «derecho a mo­ ración, tenemos que distinguir entre derechos legales y morales (y lo mis­
rir» se convierte en un asunto real, digno de examen y de discusión. De he­ mo con las obligaciones).
cho siempre lo fue para la religión y la moral en el caso del suicidio, en el
que más claramente se ve el elemento de la elección; y en algunos ordena­
mientos jurídicos también para la ley pública, que aprueba una interven­ E L DERECHO A RECHAZAR EL TRATAMIENTO
ción obstaculizadora en ése más privado de los actos, cuando no incluso la
impone (y prohíbe prestar ayuda a él), e incluso puede ir tan lejos como Legalmente, en una sociedad libre no hay duda de que todo el mundo
para convertir el suicidio en delito penal. Ésta sería la negación más clara (excepto los menores de edad y los enfermos mentales) es enteramente li­
de un derecho apelable. Pero el «derecho a morir» que hoy agita los ánimos bre de buscar o no buscar consejo médico y tratamiento para cualquier en­
no tiene que ver con el suicidio, el acto de un sujeto activo, sino con la si­ fermedad, e igualmente libre de abandonar un tratamiento en todo mo­
tuación del paciente mortalmente enfermo expuesto pasivamente a las mento (excepto en medio de una fase crítica).1La única excepción es una
técnicas de retraso de la muerte de la medicina moderna. Aunque ciertos enfermedad que represente un peligro para otros, como hacen las enferme­
aspectos de la ética del suicidio también penetran en esta cuestión, la exis­ dades contagiosas y ciertos trastornos mentales: en ese caso tratamiento y
tencia de la enfermedad mortal como causa de muerte propiamente dicha aislamiento, e incluso medidas preventivas como la vacunación, pueden
nos permite hacer una distinción entre no resistir a la muerte y matarse, hacerse obligatorias. Sin semejante implicación directa del interés público,
igual que entre dejar morir y causar la muerte. mi enfermedad o salud es enteramente asunto privado mío, y alquilo los
El nuevo problema es éste: la moderna tecnología médica, incluso si no servicios médicos en contrato libre. Ésta es, creo yo, la situación legal aquí
puede curar, aliviar o comprar un plazo adicional de vida que merezca la y en general en todo Estado no totalitario.
pena, por corto que sea, sí puede retrasar de múltiples maneras el final más Moralmente la cosa no es tan clara. Puedo tener responsabilidad por
allá del punto en el que la vida así prolongada le merece la pena al pacien­ otros cuyo bienestar depende del mío, por ejemplo como mantenedor de mi
te mismo, incluso más allá del punto en que él puede valorarla. Esto desig­ familia, como madre de niños pequeños, como titular decisivo de una tarea
na por regla general (aparte del caso de la cirugía) un estadio terapéutico pública, y tales responsabilidades limitan sin duda no legalmente, pero sí
en el que la línea divisoria entre vida y muerte coincide por entero con la moralmente, mi libertad de rechazar la ayuda médica. Son por su esencia
que hay entre prosecución e interrupción del tratamiento: en otras pala­ las mismas consideraciones que restringen también moralmente mi dere­
bras, donde el tratamiento no hace más que mantener el organismo en cho al suicidio, aunque en esto ya no cuenta para mí prohibición religiosa
marcha, sin mejorar de ningún modo el estado (por no hablar de curación). alguna. En ciertos tipos de tratamiento, como la máquina de diálisis para
Solamente se aplaza la muerte mediante prolongación del estado de pade­ los casos de fallo renal, el rechazo equivale al suicidio en sus resultados. Sin
cimiento o de mínimos existente. Este caso del paciente que sufre sin espe­ embargo, hay una importante diferencia con «alzar la mano contra uno
ranza sólo es el extremo en un espectro del arte médico que —en unión con mismo», es decir, matarse violentamente: otros, incluyendo los poderes pú­
el poder institucional del sanatorio y apoyado por la ley— crea situaciones blicos, de hecho cualquiera, tienen el derecho (ampliamente contemplado
en las que se vuelve cuestionable si los derechos propios del paciente (típi­ incluso como obligación) de impedir un intento activo de suicidio median­
camente desvalido y de algún modo «prisionero») están siendo preservados te una oportuna intervención, que ni siquiera excluye la violencia. Se ad­
o lesionados, y por debajo de ellos habría un derecho a morir. Además, mite que se trata de una injerencia en la libertad más privada del sujeto,
cuando el tratamiento se vuelve idéntico de forma permanente con el man­
tenimiento vivo, para el médico y el hospital se alza el fantasma de la muerte
1. Una «fase crítica» sería por ejemplo el intervalo entre dos operaciones planifícadamente
por interrupción del tratamiento, para el paciente el del suicidio al exigir
entrelazadas o el tratamiento posoperatorio, o situaciones similares en las que sólo tiene senti­
esa interrupción, para otros el de la culpa en una u otra cosa con la legiti­ do médico la secuencia terapéutica completa. En ese caso tiene que ser contemplada como un
mación de la compasión. Dejaremos para más adelante este aspecto del todo indivisible, contractualmente acordado. El medico y el hospital ni siquiera hubieran dado
caso, que sobrecarga su pura resolución ética con coacciones y temores ju­ el primer paso si el paciente no se hubiera vinculado también a los siguientes.
TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTICA APLAZAMI ENTO DE LA MUERTE Y D E R E C H O A M O R I R 163
162

pero sólo momentánea y a largo plazo un acto en nombre, precisamente, de muerte en las circunstancias aquí asumidas. Sean cuales sean las preten­
esa libertad. Porque no hace más que restablecer el statu quo de un sujeto siones del mundo sobre la persona, este derecho es (aparte de la religión)
libre al que se da ocasión de volver a pensarlo, de que él o ella puedan revi­ moral y jurídicamente tan inalienable como el derecho a vivir, aunque la
sar lo que quizá fue la idea de un momento de desesperación... o de persis­ percepción de uno como de otro derecho pueda ser sacrificada por propia
tir en ello. La insistencia terminará por lograrlo, y sólo se habrá impedido elección —y sólo por libre elección— a otras consideraciones. El empareja­
la eventual precipitación. La intervención vinculada al tiempo trata el acto miento de ambos derechos contrapuestos asegura a ambos que ninguno de
vinculado al tiempo como un accidente, del que se puede aceptar que ser ellos puede convertirse en obligación incondicional: ni en la de vivir ni en
salvada, incluso contra su voluntad, es el propio deseo duradero, sólo tem­ la de morir.3
poralmente puesto en duda, de la víctima (y se revela a veces como tal pre­ ¿Tiene el derecho público un lugar en todo esto? Sí, y ello en dos senti­
cisamente por guardar mal el secreto del intento, lo que hace posible la in­ dos que se apoyan: primero, como parte de su misión de proteger el dere­
tervención). El rescatado tiene en sus manos rebatir esta imputación. El cho a la vida, la ley tiene que sancionar también el derecho a recibir trata­
suicida decidido siempre tiene la última palabra. No discuto aquí la ética miento médico, en tanto que da básicamente a todos igual acceso a él; y en
del suicidio mismo, sino sólo los derechos (u obligaciones de otros de in­ segundo lugar, en vista de la limitación fáctica de los recursos médicos, tie­
tervenir en él. Y en nuestra presente discusión cuenta precisamente esto, ne que elaborar criterios equitativos de preferencia para este acceso. Esta
que la contraviolencia en el momento de la violencia suicida no obliga a la última función de control público puede, como se sabe por el ejemplo de la
persona a seguir viviendo, sino que sólo vuelve a dejar abierta la cuestión diálisis, equivaler a la decisión de quién debe vivir y quién morir; y entre las
para ella. prioridades que rigen esta decisión pueden estar las responsabilidades y
Es claramente algo distinto de obligar a un enfermo doliente y sin espe­ papeles de un individuo frente a otros que dependen de él, que ceteris pari-
ranza a seguir sometiéndose a una terapia de mantenimiento que le consi­ bus pueden darle un empujón en el orden de prelación frente al individuo
gue una vida que él no considera digna de ser vivida. Nadie tiene el derecho, solo. Lo mismo pues que antes nos encontrábamos como contrapartida
y no digamos la obligación, de imponer esto a alguien en una prolongada desde dentro al deseo y el derecho de una persona a rechazar la ayuda mé­
negación de su autodeterminación. Se impone cierta medida de aplaza­ dica, es decir, la dependencia de otros de ella, aparece ahora desde fuera como
miento para proteger a lo irrevocable del apresuramiento. Pero más allá de aumento de las exigencias al tratamiento... a costa del derecho a la vida de
ese breve retraso, sólo el tirón interno de la responsabilidad —«tengo que una tercera parte. Pero lo que la autoridad pública puede dar, puede tam­
preservarme por éstos y aquellos»— puede apartar al sujeto, por su propia bién retirarlo posteriormente a favor de una pretensión mejor, conforme al
voluntad, de hacer lo que elegiría hacer por sí solo.2 Pero esa misma clase mismo principio de equidad o «justicia distributiva». Volveremos sobre ello
de consideración, tenemos que añadir, puede conducir también a la con­ como recurso legal indirecto que sirva de ayuda al derecho a morir.
clusión opuesta: «El tratamiento (que no ayuda en nada) es económica­ El ejemplo de la diálisis es extremo. Habitualmente el derecho a re­
mente ruinoso para mi familia, y por ellos lo abandono». Si se puede afir­ chazar el tratamiento o ignorar el consejo médico involucra no el derecho
mar la existencia de una obligación —aunque no coactiva— de seguir a morir (salvo en un sentido altamente abstracto y remoto), sino el derecho a
viviendo por otros en contra del propio deseo, habrá que conceder por lo correr riesgos, a jugar un poco un juego de azar con la salud, a confiar en
menos también el derecho a morir por ellos. ¡Pero no la obligación! Ambas la naturaleza y desconfiar del arte médico, o simplemente la disponibilidad a
direcciones contrapuestas de la responsabilidad no tienen el mismo peso aceptar daños posteriores o incluso una menor expectativa de vida a cambio
moral, como podríamos aclarar si nos preguntamos por qué puede abogar de la libertad frente a un régimen de vida limitativo; o tan sólo el derecho a
decentemente alguien que tiene derechos sobre la persona: sin duda sólo no ser molestado. El ejemplo de la diálisis fue elegido porque en él el trata­
por su seguir-viva, nunca por su consentimiento a morir. La muerte tiene miento continuado equivale al mantenimiento con vida y su interrupción sig­
que ser la menos influible de las opciones; la vida puede tener sus defenso­ nifica la muerte segura, y la opción en su contra no representa pues «correr
res, incluso desde el egoísmo y sin duda desde el amor. Pero incluso la cau­ un riesgo», sino una inequívoca decisión de morir, de eficacia inmediata.
sa de la vida no puede ser defendida con demasiada dureza en un alegato Aun así, no es completamente el tipo de caso en el que el «derecho a mo­
así. Precisamente el amor tiene que reconocer, en contra de la voz del inte­ rir» se presenta como el problema agobiante en que se ha convertido re­
rés, que ninguna obligación de vivir puede superar en mí al deseo de morir cientemente. Parque aquí lo normal es que el paciente no sufra menoscabo
de forma que me prohíba, que realmente revoque mi derecho a optar por la alguno de su capacidad intelectual para decidir por sí mismo, y esté física-

2. Por razones de su fe religiosa, el paciente puede desechar «por sí solo» la opción de la


muerte, por constituir pecado de suicidio. Yo discutiría que lo constituya, porque someterse a 3. La ética temporal y la religiosa coinciden aquí. Ninguna religión, por estrictamente que
la sentencia ya dictada por la incurabilidad es tan poco suicidio como que un condenado a prohíba el suicidio como pecado por considerar la vida una obligación para con Dios, convier­
muerte deje de pedir aplazamientos e indultos. Pero aquí sólo tenemos en cuenta la ética tem­ te con ello la autoconservación en obligación incondicional, lo que de hecho llevaría a espanto­
poral de estas cuestiones, y dejamos abiertos sus posibles aspectos teológicos. sas consecuencias morales.
TÉCNI CA, ME D I C I NA Y ÉTICA aplazamiento de la m u e r t e y DERECHO A MORIR 165
164

m e n t e lo bastante capacitado para actuar como para desconectarse de la Es obvio que el paciente tiene derecho a una respuesta sincera. Pero
máquina, sin que nadie pueda obligarle a volver a conectarse. Su derecho a igual de obvio que el médico está en una situación intrincada cuando la sin­
morir no arrastra pues consigo la colaboración de otros, y puede ser ejerci­ ceridad significa espanto. ¿Quiere realmente el paciente la verdad sin ma­
do por él mismo. Lo mismo vale para otras terapias de mantenimiento de quillaje? ¿Podrá soportarla? ¿Qué le hará a su estado anímico para el valio­
la vida, como el uso de insulina para los diabéticos. En tales casos existe la so resto de sus contados días, si ahora se decide a favor o en contra de un
capacidad tanto de tomar la decisión como de ejecutarla, y el derecho a mo­ aplazamiento? ¿Desea incluso en lo más íntimo el piadoso engaño? Y aún
rir no está ni seriamente puesto en duda ni eficazmente impedido desde más torturante: ¿no podría quizá la terrible verdad autocumplir la estima­
fuera, sea cual sea su ética interna. Los casos «agobiantes» son los del pa­ ción médica, al socavar las reservas espirituales, la famosa «voluntad de vi­
vir» con la que el paciente podría venir en auxilio de las medidas terapéu­
ciente más o menos «prisionero» (por ejemplo en el hospital), en estadio
ticas, de forma que su «me rindo» empeore realmente el pronóstico? Al fin
terminal de una enfermedad mortal, cuyo desvalimiento tísico pone a otros
y al cabo la esperanza es una fuerza en sí misma, y poner más énfasis en
en el papel de ayudante en la realización de su opción por la muerte, en
ella que en su contraria no sólo sirve para convencer de la terapia, sino tam­
caso extremo incluso en el de su representante a la hora de adoptar la opción.
bién a la mejora real de las expectativas del paciente. En resumen: ¿no po­
Vamos a discutir dos ejemplos: el del paciente consciente en el estadio
terminal de una enfermedad como el cáncer y el del paciente irrecupera­ dría la verdad ser de hecho nociva para el paciente y el engaño serle útil en
blemente inconsciente en coma irreversible. El segundo ejemplo ha llegado algún sentido, subjetivo y objetivo? Así que al meditar sobre el derecho a
repetidamente a los titulares de la prensa diaria debido al dramatismo legal morir nos encontramos confrontados con la pregunta, mucho más antigua
a él vinculado, y ha dado quehacer a la imaginación pública; pero el prime­ y bien conocida: ¿debe «decírselo» el médico? La pregunta se plantea de he­
ro es, por su asunto más esencial, más frecuente y más problemático. cho ya antes de la situación, imaginada aquí, de las resoluciones prácticas.
¿Hubiera debido decir el médico al paciente desde el principio que su esta­
do es clínicamente incurable e incluso «final» en el sentido de que en el me­
E l PACIENTE CONSCIENTE E INCURABLE EN ESTADIO TERMINAL
jor de los casos sólo admite breves aplazamientos?
Las respuestas rápidas a estas cuestiones demostrarían insensiblidad
Imagínese la siguiente escena. El médico dice, quizá tras una primera o ante su complejidad y la falta de nitidez de sus zonas de sombra. Para mi
segunda operación: «Tenemos que volver a operar». El paciente dice: «No». propia persona, arriesgo esta tesis básica: en última instancia habría que
El médico: «Entonces morirás sin duda alguna». El paciente: «Que así sea». honrar la autonomía del paciente, es decir, no llevarlo mediante engaños a
Dado que una operación requiere el consentimiento del paciente, esto pa­ tomar su propia decisión informada cuando se trata de la pregunta últi­
rece poner fin al caso y no plantear problemas ni éticos ni legales. Pero la ma... a no ser que quiera ser engañado. Averiguar esto es una parte del arte
realidad no es tan sencilla. La negativa del paciente tiene que basarse, ante del verdadero médico, que' no se aprende en la formación académica. El
todo, en la misma condición capacitadora que su consentimiento: tiene que médico tiene que apreciar correctamente la persona de su paciente, lo que
estar bien informado para que sea válida. De hecho su consentimiento requiere un no pequeño esfuerzo de intuición. Una vez convencido de que el
sólo será bien informado cuando el que se decide conoce, además del «pro», paciente quiere realmente la verdad —su así-decirlo por sí solo aún no lo
también el «contra», los aspectos desfavorables y arriesgados en los que demuestra—, el médico está moral y contractualmente obligado a dársela.
podría basarse un «no». Así que el derecho a morir (cuando ha de ser ejer­ El engaño consolador, cuando se desea perceptiblemente, es limpio; igual
cido por el propio sujeto competente y no por un representante en su lugar) que el engaño para dar ánimos con interés terapéutico directo, que presu­
se vuelve inseparable de un derecho a la verdad y queda efectivamente anu­ pone de todos modos una situación en la que no se trate de la suprema elec­
lado por el engaño. Pero tal engaño es casi una parte de la práctica médica, ción. Pero por lo demás, y especialmente cuando hay que elegir, el derecho
y no sólo por motivos humanos, sino también directamente terapéuticos. de la persona madura a la plena revelación debería tener —cuando es exigi­
Pensemos en el diálogo anterior ampliado por las siguientes preguntas do seria y creíblemente— la última palabra in extremis frente a la mise­
del paciente, una vez que el doctor ha declarado que es necesaria una nue­ ricordia y toda clase de autoridad tutelar que el médico pueda tener en
va operación: «¿Qué conseguiré en caso de éxito? ¿Cuánto más viviré y qué nombre del presunto bien de su paciente.
clase de vida tendré? ¿Como paciente permanente o volviendo a una vida Este derecho a la revelación se extiende, más allá de los requisitos de la
normal? ¿Con dolores o sin ellos? ¿Cuánto tiempo transcurrirá hasta el pró­ decisión informada, a una situación en la que no hay que decidir nada. Lo
ximo ataque de la dolencia, volviendo a la actual situación de emergencia?» que está en cuestión entonces no es el «derecho a morir», una ocasión del
(Téngase en cuenta que hablamos de un estado incurable, «terminal» por campo práctico, sino el derecho contemplativo que corresponde a la digni­
su fondo y sólo variable aun en sus plazos). Todas estas preguntas pueden dad humana sobre la propia muerte, una ocasión reservada no al campo
referirse naturalmente sólo a expectativas fundadas conforme al estado del del hacer, sino al del ser. Esto requiere alguna aclaración. Incluso en au­
conocimiento médico... nada más, pero nada menos. sencia de opciones terapéuticas que puedan hacer entrar en juego un dere-
T É C N IC A , M E D IC IN A Y É T IC A
APLAZ AMI ENTO DE LA MUERTE Y D E R E C H O A M O R I R 167
166

,! morir, el derecho a la verdad del paciente consagrado a la muerte es incluye pues el deseo de que se le ahorren sufrimientos —bien mediante
un derec^ ° Por S1 mismo, Y sin duda un derecho sagrado en sí y completa­ aceleración del fin o mediante minimización de los dolores durante el tiem­
mene aParte su importancia práctica para las disposiciones extramédi- po que le quede, con lo que lo último a veces repercute sobre lo primero a
cas de 'a persona para las que la verdad daría ocasión. Algo del espíritu del consecuencia de la fuerte administración de drogas que exise Aceptar ta­
sacn'mento catóhco de la extremaunción es trasladable aquí a la ética mé­ les deseos parece estar incluido en lo que ya se concedió af paciente con el
dica el médico debería estar dispuesto a honrar el sentido esencial de la «derecho a morir» como tal y la aceptación de su decisión. La misericordia
mue!'te Para Ia vida finita (en contra de su moderna degradación a un des­ apremia a igual concesión en la medida en que el sufrimiento del paciente
tino innombrable) y no negar a un mortal como él su privilegio de entablar es agudo. Pero el cumplimiento de estos deseos requiere la colaboración,
una pación con su próximo fin... de apropiárselo a su manera, ya sea con quizá incluso la acción exclusiva de otro, y en este punto la institucionali-
entrc’Sa>reconciliación o rechazo, pero con la dignidad del saber. Al con­ zación general de la muerte mediante hospitalización en unión del estado
trari'1que el sacerdote que actúa en lugar de Dios, el médico, en su papel de desvalimiento del paciente crea problemas del tipo más grave. Descar­
puramente mundano, no está facultado para imponer este saber al pacien­ garlos en el cuidado doméstico es la mayoría de las veces inviable, y no
te pi’ro tiene que escuchar su verdadera voluntad en tanto pueda oírla tras hace falta discutir lo que se podría hacer o soportar privadamente en la in­
las palabras. La verdad, y así lo tiene que reconocer el filántropo, no es aquí timidad sin vigilancia del amor compasivo... incluso éste no está exento de
(más Que en cualquier otro caso) cosa de cualquiera. La misericordia pue­ poderosas inhibiciones externas e internas. Pero el hospital en todo caso si­
de permitir la indignidad del no saber. Pero no puede imponerla por su túa al paciente directamente en el ámbito público y sometido a sus normas
cuenía-E*1 otras palabras, aparte del «derecho a morir» está también el de­ y controles.
recha a «poseer» la propia muerte en la conciencia concreta de su inmi­ En lo que se refiere a la directa e intencionada aceleración del fin, por
nencia1(no sólo en el saber abstracto sobre la mortalidad en general): de he­ ejemplo mediante drogas mortales, no se puede exigir al médico que tome
cho >:'n esto se perfecciona el derecho a la propia rida, ya que incluye el ninguna de sus medidas positivas con este fin, ni al personal del hospital
derech° a la muerte como «propia». Este derecho es verdaderamente ina­ qué colabore «mirando para otro lado» cuando algún otro facilita los me­
lienable, aunque a menudo la debilidad humana prefiera renunciar a él... lo dios al paciente. No sólo lo prohíbe la ley (que puede ser modificada), sino
que í*su vez es un derecho que merece respeto y concesión mediante enga­ más aún el sentido más íntimo de la profesión médica, que nunca puede
ño compasivo- Pero la misericordia no puede convertirse en arrogancia. atribuir al médico el papel de dador de la muerte, aunque sea a petición del
Eng-iñar al moribundo sin respetar su voluntad manifestada de manera sujeto. La «eutanasia» como acto médico es discutible sólo en los casos de
creíble significa estafarle en la posibilidad distintiva de su ser, estar cara a un resto de vida que se prolonga de forma inconsciente y mantenida artifi­
cara con su mortalidad cuando está a punto de hacerse real para él. Mi pre­ cialmente, y en el que la persona del paciente ya se ha extinguido. Pero si
supuesto aquí es que la mortalidad es una condición integral de la vida y no por lo demás excluimos la eutanasia ejercida por mano del médico para sal­
una ()fensa externa y casual a la misma.4 vaguardar la integridad de su profesión incluso contra el derecho a morir
pero volvamos al derecho a morir. Aceptamos pues que el paciente sabe de un paciente, tenemos que añadir que poner al paciente en posesión del
y ha optado en contra de la prolongación terapéutica de su estado consa­ medicamento mortal queda muy poco por detrás de su administración di­
grado a la muerte v a favor de dejar que las cosas sigan su curso. En tanto recta a petición suya. Si no otra cosa, esto contradiría la condición previa
ge je ha puesto con sinceridad en condiciones de tomar la decisión y se le del acceso médico privilegiado a tales medios... un privilegio puesto en ries­
ha concedido, su derecho a morir ha sido respetado. Pero entonces se plan­ go por el mejor intencionado de los abusos.
tea vii1nuevo problema. La elección del enfermo contra la prolongación de Sin embargo, hay una diferencia entre matar y permitir morir (hemos
su esta^ ° era cntre otras cosas también una opción contra el padecimiento; visto que respecto a lo primero la voluntad del pacientextiene que quedar
desactivada, pero respecto a lo último tiene una pretensión que seguir), y a
4 Para la fundamcntación ontològica de este presupuesto, me permito remitir a lo que he su vez una diferencia entre permitir morir y ayudar al suicidio. En el caso
dicho í' menuc*° sobre filosofia de lo orgánico, en alemán por vez primera en Organismo y Li­ del paciente consciente que sufre, del que hablábamos, ese permiso debería
bertad (1973): «Pero téngase en cuenta que junto con la vida vino la muerte, y que la mortalidad estar exento del temor de represalias tanto legales (civiles y penales) como
es el ii'ec'° clue tuvo PaSar nueva posibilidad del ser... Es un ser esencialmente revocable profesionales en caso de ceder al firme deseo del paciente (no al ruego de
(jesjíitible, una aventura de la mortalidad, que a partir de una materia permanente y en sus
un momento de desesperación) de que, por ejemplo, se le desconecte del res­
condi>'ones — 611 condictón a corto plazo del organismo metabòlico— , consigue en préstamo
i I-veras finitas de mismidades individuales» [El principio de responsabilidad (1979), y por pirador, que le mantiene vivo sin otra expectativa que la perduración de ese
último «Evolución y libertad», en: Encrucijadas 13 (1983/1984)]: «Que la vida es mortal es sin mismo estado. Formalmente, esa exigencia es un derecho suyo y solamen­
duda V1 contradicción fundamental, pero forma parte inseparablemente de su esencia.y no se te suyo, en virtud de su posición como mandante en una relación contrac­
df>pensar separada de ello. La vida es mortal no aunque, sino porque es vida, por su consti- tual de servicios; y la problemática jurídica surge solamente de la cuasice-
tuciór más primigenia, porque ese modo irrevocable y garantizado es la relación de contenido
sión de derechos a un administrador fiduciario institucional que aparece
y forn «1 en la que se basa>>-
TÉC NI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA APLAZAMI ENTO DE LA MU ERTE Y D E R E C H O A M O R I R 169

d a d o con la hospitalización. Pero tal t r a n s m i s i ó n en un asunto de rutina te por compasión» y me parece requerir una legislación sobre la eutanasia,
médica sigue ligada a la persistente intención primaria del sujeto y no se ex­ no un refinamiento del concepto de «error médico» en la jurisprudencia
tiende a su derecho a volver a pensarlo y adoptar otra opción: no puede que extraiga de su ámbito de aplicación semejante alivio prestado a peti­
conducir a su incapacitación de facto. Pero en lo que respecta (más allá de ción. Ni moral ni conceptualmente se puede confundir con «matar» este in­
la situación legal) a la ética de la suspensión del procedimiento de mante­ tercambio entre soportabilidad y duración del proceso de la muerte lleva­
nimiento por deseo del paciente, sólo un sofista puede equiparar en este do a cabo con el consentimiento del paciente.
caso la cesación de la ulterior acción con la acción, es decir, el dejar morir
con matar. Al fin y al cabo el desvalimiento que hace depender al paciente
de la concesión del médico no hace peor su derecho que el del paciente mó­ El PACIENTE EN COMA IRREVERSIBLE
vil que puede simplemente levantarse y andar sin impedimentos. Tampoco
a éste se le reprochará el suicidio (la enfermedad es el asesino) ni se le obli­ Consideremos por último al paciente en coma irreversible, el caso, pues,
gará a vivir; y nadie condenará ese no obligar como ayuda al suicidio (ni si­ de un resto de vida prolongado mediante asistencia artificial en el que ni
quiera quien considere erróneamente la conducta del paciente abrespecto). siquiera queda la ficción de un sujeto decisor cuya presunta voluntad pu­
Sería pues tan falto de equidad como ilógico castigar al paciente «preso» diera ejecutar un representante. A falta de tal sujeto virtual dotado con la
por su impotencia física con la pérdida de derechos. Cuando dice «basta» posibilidad de elegir en su propio caso, no se puede hablar en sentido es­
ha de ser atendido; y hay que superar los obstáculos sociales que se opon­ tricto de un derecho a morir, porque de todos los derechos éste presupone
gan a esto.5 un poseedor que lo reclama eventualmente aunque él no pueda ejercerlo
Pero, ¿qué ocurre cuando en lugar de una «cesación» tenemos que juz­ por sí mismo. No se podría indicar propiamente qué derecho se preserva o
gar una «acción», como por ejemplo la administración de drogas analgési­ lesiona con cualquier decisión: el de la antigua persona o el del actual res­
cas, que representan una acción positiva del médico? Cuando se hacen pre­ to impersonal. (Dado que sólo una persona puede ser sujeto de derechos,
cisas dosis nocivas para erradicar un dolor constante y torturador, la tendría que ser la antigua persona aquella cuyos derechos por así decirlo
obligación de aliviar puede entrar en conflicto con el juramento hipocráti- «póstumos» pudieran invocarse realmente. Una declaración de voluntad
co de «no dañar». ¿Qué obligación tiene prioridad? En el paciente curable previamente redactada para un caso así apoyaría moralmente —si es que
o siquiera terapéuticamente influible de forma positiva, sin duda la última: no también, en este momento, jurídicamente— semejante apelación.) Más
el médico tiene que evitar las dosis peligrosas. Pero en un estado terminal bien está en cuestión la obligación o incluso el derecho de otros a perpe­
que ya no es accesible a un tratamiento curativo —eso me parece intuitiva­ tuar el estado dado, y alternativamente su derecho o incluso su obligación
mente claro— el grito que pide alivio supera la prohibición del daño e in­ de ponerle fin mediante retirada del apoyo artificial. Razón y humanidad,
cluso la del acortamiento de la vida y debería ser escuchado. En todo caso, se puede afirmar como consuelo, favorecen abrumadoramente la segunda
el precio del alivio ha cié ser comunicado al doliente y que él dé su consen­ alternativa, ya sea como derecho o como obligación: dejad morir a esa po­
timiento. El daño puede repercutir, como hemos dicho, sobre la expectati­ bre sombra de lo que antaño fue una persona tal como su cuerpo está dis­
va de vida, el alivio del dolor acortar pues el margen dado: pero lo haría al puesto a hacer, y poned fin a la degradación de su forzada existencia. Pero
servicio del margen mismo, que gana más calidad que la cantidad que pier­ poderosas resistencias, tanto internas como externas, se oponen a este con­
de. Acelerar de este modo el final, como efecto secundario del objetivo, en­ sejo de la razón. Está el espanto humano ante el acto de matar, que es
teramente distinto, de hacer soportable el resto de una vida insalvable y en como —sin duda erróneamente— puede ser interpretado el dejar morir en
este sentido hacerla aún «digna de ser vivida» es moralmente correcto y este caso, dado que la suspensión de su impedimento activo implica de to­
debería ser considerado igualmente irreprochable por la ley y la ética pro­ dos modos un acto por mi parte. Luego está el criterio profesional de que
fesional, aunque añada otro componente mortal a la mortal situación dada. el médico tiene que estar de parte de la vida en cualquier circunstancia. Y
A partir de un momento determinado, el médico deja de ser sanador y se luego está la ley, que prohíbe causar intencionadamente la muerte e inclu­
convierte en auxiliar a la muerte del paciente. La libertad cié actuación que so inculpa por causarla mediante cesación de su cuidado. Aunque todo
le incumbe, tan cuidadosamente circunscrita, no abre la puerta a la «muer­ esto no afecta propiamente al derecho a morir y en el mejor de los casos a
un derecho a vivir expandido de forma problemática —dado que ya no hay
5. La actual situación jurídica en los EE.UU. parece ser que semejante «basta» del pacien­ ningún sujeto que reclame siquiera implícitamente uno u otro derecho y lo
te (intelectualmente competente) no se le puede negar sin duda, pero que el médico, bajo la jus­ vea violado por una negativa—, de todos modos en el debate público el
ticia del «fallo artificial» imperante, estaría obligado a deponer el tratamiento, con lo que el pa­ caso del paciente en coma permanente se enreda con el «derecho a morir»,
ciente ya no tendría que quedarse en el hospital. Dado que esto le privaría de la asistencia y se puede oír citar este derecho en apoyo de la exigencia de no oponerse
médica y hospitalaria que sigue necesitando para morir de forma soportable, esta elección de la
interrupción del tratamiento, existente de forma abstracta, se ve bloqueada de hecho por esa
a la muerte. Por esta razón hemos incluido el problema en nuestras consi­
amenaza. deraciones.
TÉC NI CA, M E D I C I NA Y ÉTI CA APLAZAMI ENTO DE LA MUERTE Y D E R E C H O A M O R I R 171
170

Hay dos escapatorias del callejón sin salida ético-legal que hemos des­ salir al paso del reto del coma irreversible: porque cuando se suspendió la
Una es una redefinición de la «muerte» y su sintomatología, según la
c r it o . respiración artificial con permiso judicial, comenzó sorprendentemente
cual un coma de determinado grado significa muerte: la llamada «definición la respiración espontánea, de manera que según los criterios de muerte ce­
de muerte cerebral»,6que (dado que la muerte es ya un hecho consumado) rebral de la «definición de Harvard» (ampliamente aceptada en Norteamé­
saca todo el asunto del ámbito de la decisión y lo convierte en mero asunto rica) la paciente no estaba muerta, pero aun así seguía en coma profundo...
de constatación de si se cumplen los criterios de la definición. Si se cum­ y la cuestión del mantenimiento artificial de las funciones (por ejemplo, la
plen, la interrupción de las ayudas funcionales artificiales es no sólo per­ introducción de líquidos nutrientes) volvió a plantearse con su dureza ori­
mitida, sino obvia e incluso obligatoria, dado que el despilfarro de costosos ginaria, sin poderse decidir ahora recurriendo a la definición ad hoc. El
recursos médicos en un cadáver no sería justificable. ¿0 quizá sí? ¿No po­ desplazamiento del plano moral al técnico disminuye nuestra capacidad de
dría la interrupción —es decir: hacer aún más plenamente cadáver al cadá­ dar respuesta a la pregunta en su contenido existencial.
ver— significar un derroche en otra dirección? ¿No es el cuerpo del falleci­ Pero hay otra escapatoria del callejón sin salida que no es la semánti­
do, si la circulación se sigue manteniendo en marcha, un valioso recurso ca definitoria sobre vida y muerte, y es abordar directamente la cuestión
médico por sí mismo, como banco de órganos para posibles trasplantes? La de si es justo prolongar tan sólo mediante nuestra intervención artificial
continuación del riego mantiene los órganos en estado vivo y asegura al de­ lo que quizá —en el estado actual de nuestros conocimientos o de nuestra
finitivo receptor un trasplante de pleno valor, igual al de un donante vivo. ignorancia— pueda llamarse aún «vida», pero sólo es ese tipo de vida, y
En relación a ese valor de uso, la declaración de muerte conforme a crite­ ello enteramente gracias a nuestro arte. Aquí estoy de acuerdo con la ya ci­
rios cerebrales y la prosecución de la vida vegetativa del resto del organis­ tada decisión papal, que reza: «Cuando se considera que la inconsciencia
mo (mediante respirador, etc., en caso de larga duración también median­ profunda es permanente, no son obligatorios los medios extraordinarios
te alimentación artificial) no estarían en modo alguno en contradicción, para mantener la vida. Se puede suspender su empleo y dejar morir al pa­
más bien serían partes acordadas de una acción global con fines fuera del ciente». La sencilla posibilidad de morir en tales circunstancias límite no
paciente: en favor de otro paciente o incluso de la investigación médica. necesita una redefinición de la muerte y del momento de producirse.
Precisamente ese beneficio de uso externo ha sido alegado desde el princi­ Avanzo un paso más y digo: no sólo se pueden suspender tales medios ex­
pio por los patrocinadores del «coma irreversible como nueva definición traordinarios, se deben suspender, en aras del paciente, al que se debe per­
de la muerte». Sin embargo, debería resultar evidente que la intervención de mitir morir; la suspensión del mantenimiento artificial no es facultativa,
un interés, y más aún el del interés de otro paciente, no sólo roba a la defi­ sino obligatoria. Porque al fin y al cabo algo como un «derecho a morir»
nición su pureza teórica, sino que también sitúa su aplicación en una pe­ se construye en nombre y para la protección de la persona que el pacien­
ligrosa zona de sombra de tentación bienintencionada. He expuesto en el te fue un día, y cuya memoria se ve disminuida por la degradación de tal
capítulo anterior mis graves reparos contra este tipo de «solución» del pro­ «pervivencia». Este derecho «postumo» al recuerdo (por extralegal que
blema del coma, es decir, contra su difuminación en una cuestión semánti­ sea) se convierte en un mandamiento para nosotros, que por un dominio
ca decidida mediante la definición: una definición ad hoc, es decir, cortada unilateral y total sobre este bien jurídico nos hemos convertido en guar­
a la medida de la situación especial y su confusión práctica, cargada con la dianes de su integridad y mandatarios de su pretensión. Pero si esto es de­
sospecha de un motiva de uso y dando así motivo a temores referentes al uso masiado «metafísico» como para convencer a nuestra conciencia positi­
ajeno al sujeto al que la definición se presta, y de los que la obtención de vista de cuál es nuestra obligación, un sobrio principio de justicia social
material fresco para el trasplante de órganos sólo es el más evidente. No —sin duda externo al paciente, pero ilustrativo para el legislador— hace
hace falta decir que mis advertencias —muy concretas— fueron vanas que esta razón íntima venga en ayuda de la obligación de desconectar: el re­
(aunque «Against the Stream» se reedita una y otra vez en las antologías de parto limpio de los escasos recursos médicos (¡sin contar al paciente mis­
ética médica). Algunos de esos temores, precisamente los más obvios, se mo entre ellos!).
han vuelto ya práctica general en medio del progreso irresistible: «Extrac­
ción de órganos de «cadáveres donantes» bajo respiración artificial, prose­ más sin invocar la definición de la muerte y la defunción) la interrupción de la respiración arti­
guida tras la declaración de defunción con este fin. En un caso notorio, algo ficial. Se produjo respiración espontánea. Los padres insistieron entonces en que se prosiguie­
ra con la alimentación artificial, cuya interrupción hubiera requerido un nuevo fallo judicial. Es
distinto, el caso Quinlan ,7 la definición misma se reveló insuficiente para cuestionable que los padres hubieran podido conseguirlo. En cualquier caso, sin él había que
proseguir, conforme al derecho vigente, con la alimentación artificial y demás servicios auxilia­
6 . «Muerte cerebral» y las cuestiones vinculadas a ella son el tema del capítulo precedente. res mientras el organismo, que respiraba por sí mismo, mantuviera en marcha gracias a ellos su
Para el lector de este capítulo se recuerdan brevemente las consecuencias pcrtienentes de la «re­ metabolismo y demás actividad vital. Hasta la fecha, el cuerpo de la muchacha vegeta en ese es­
definición de la muerte», extensamente discutida allí. tado inconsciente. Sin embargo, están en curso modificaciones de la situación jurídica inde­
7. El famoso caso de Karen Quinlan, que se arrastra ya desde hace años: la muchacha,' en pendientes de la defunción, conforme a las cuales en casos similares, con el consentimiento de
coma profundo, fue mantenida en vida orgánico-vegetativa mediante respiración, alimentación los parientes próximos, se puede suspender el mantenimiento sin especial decisión judicial. [En
y otros servicios auxiliares artificiales. A petición de los padres, el tribunal autorizó (por lo de- junio de 1985, Karen Ann Quinlan falleció tras diez años de coma. H.J.]
TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA
172 APLAZ AMI ENTO DE LA MUERTE Y D E R E C H O A M O R I R

Hemos hablado antes de las penosas decisiones sobre la vida y la L a t a r e a d e la m e d ic in a


muerte a las que nos obliga la escasez de medios. Esto se dará con espe­
cial probabilidad en los caros aparatos (más el espacio hospitalario y el Una reflexión sobre el «derecho a morir» no debe concluir con este caso
personal sanitario) cuya aplicación mantenedora tiene que ser perma­ especial, que en el mejor de los casos pertenece de manera marginal al
nente. Nuestra anterior consideración se refería a la inicial admisión a es­ tema. El caso del paciente en coma es raro y demasiado extremo en sí mis­
tas instalaciones cuando la demanda de ellas supera la oferta (nuestro mo como para servir de paradigma, incluso si el dejar morir se puede con­
ejemplo era la máquina de diálisis). Para las decisiones que sean precisas, templar aquí como un —al menos latente— interés jurídico de la persona.
las normas de prioridad tienen que ser tan «justas» como podamos esca­ (Habíamos aceptado esto en sentido «retrospectivo».) El verdadero y actual
lonarlas. Incluso las mejor ideadas tendrán siempre que ser imperfectas, lugar de tal derecho, y el escenario de los conflictos y luchas espirituales
dada la naturaleza del caso. El primer ejemplo histórico de tal regla de se­ que da a luz, es la mucho más frecuente y escurridiza zona de penumbra
lección fue el sumario sistema de ayuda de emergencia del tríage que los del paciente terminal plenamente consciente que reclama la muerte, pero
hospitales de campaña franceses siguieron en la carnicería masiva de la no puede dársela él mismo. Es él —no el cuerpo privado de toda concien­
Primera Guerra Mundial. En condiciones no catastróficas, la gradación cia— aquel cuya necesidad plantea los agobiantes problemas éticos. Aun
de exigencias más fuertes y más débiles será una cuestión compleja y así, a ambos les es común que más allá del espacio de los «derechos» plan­
siempre discutible, que a menudo —dados los muchos imponderables— tean la cuestión de la tarea última del arte médico. Nos fuerzan a preguntar:
sólo se podrá decidir con una cierta arbitrariedad en el extremo superior ¿está la mera contención postergadora ante el umbral de la muerte entre
de la escala. Pero aunque tenga que seguir siendo discutible qué caso me­ los auténticos objetivos u obligaciones de la medicina? En lo que con­
rece más consideración en un espectro de competidores, no es discutible cierne a los objetivos servidos de hecho por el complaciente arte, hay que
cuál merece la mínima consideración en su extremo inferior y simplifica- constatar que en un extremo del espectro la antaño estricta definición de
dor: aquel que menos pueda beneficiarse de los escasos recursos existen­ los objetivos médicos se ha relajado mucho, y hoy en día incluye servicios
tes, es decir, el que tenga menos expectativas de éxito. Una vez admitido (especialmente quirúrgicos, pero también farmacéuticos) que no están «mé­
esto, queda la cuestión de si tal principio de selección se extiende, más dicamente indicados», como la contraconcepción, el aborto, la esteriliza­
allá de la admisión, al curso restante de las cosas y posteriormente se aplica ción por motivos no médicos o el cambio de sexo, por no hablar de la cirugía
también al mantenimiento del paciente en el tratamiento si aparece un plástica al servicio de la vanidad o las ventajas profesionales. Aquí el «ser­
candidato «mejor». En general hay que decir que no, reconociendo aquí vicio a la vida» se ha extendido, más allá de las viejas tareas de curar y aliviar,
un derecho de prelación al que primero lo recibió. Una vez en marcha el al papel de un «técnico de cabecera» general para variados fines de elección
tratamiento, sería una innombrable monstruosidad revocar la ayuda otor­ social o personal. Sin existir un estado patológico, hoy es suficiente para el
gada en favor de cualesquiera intereses externos, mientras el paciente médico que el cliente (= paciente) exija los servicios correspondientes y la
siga deseándola. Igual que el lugar en el mundo del individuo no es inter­ ley los permita. Nuestro juicio al respecto no viene a cuento aquí.
cambiable una vez nacido, la plaza otorgada al paciente no está disponi­ Pero en el extremo superior, patológicamente crítico, del espectro, que
ble para ser subastada al mejor postor. Pero al comatoso irreversible ya es donde tiene su lugar nuestro «derecho a morir», la tarea del médico si­
no le alcanza monstruosidad alguna, como tampoco beneficio alguno, y gue estando sometida a las augustas obligaciones tradicionales. Por eso, es
«su» provecho del tratamiento es literalmente cero si «su» se refiere a un importante definir uno mismo la «obligación para con la vida» que subya-
sujeto que pueda cosechar un beneficio. Ninguna voluntad por su parte ce a ellas y determinar desde ahí hasta qué punto puede o debe llegar el arte
desea la prosecución, como ya la admisión originaria tuvo lugar sin el médico en su entendimiento de las mismas. Ya hemos establecido la regla
concurso de su voluntad. En este caso límite único el criterio del «menor de que incluso una obligación trascendente de vivir por parte del paciente
provecho» puede ganar fuerza fáctica y disponer éticamente la interrup­ no justifica ser forzado a vivir por parte del médico. Pero actualmente el
ción de lo que se inició para no negar a otros un mantenimiento en vida médico mismo está forzado a tal coacción, en parte por la ética de la profe­
del que podrían sacar provecho. Para mí, como he dejado claro, esta consi­ sión y en parte por la ley vigente y la jurisprudencia predominante. A con­
deración es secundaria frente a los méritos internos del caso, que con­ secuencia de la hospitalización del enfermo (especialmente del enfermo de
templo como razón suficiente y obligatoria para la terminación del pro­ muerte), que se ha convertido en regla, también el médico —una vez ha
cedimiento, incluso como la auténtica razón. Pero como es notorio que conectado al paciente a los aparatos de mantenimiento de la vida del hos­
este aspecto interno no está por encima de las opiniones en disputa, la pital— está por así decirlo enjaulado con él y ya no es alguien que opera li­
justicia social distributiva —un principio más pragmático y por ello con bremente desde fuera. Es notoriamente más fácil conseguir un auto judicial
un más amplio asentimiento asegurado— puede ser invocada con el mis­ que fuerce al tratamiento (ejemplo: los hijos de «Testigos de Jehová») que
mo efecto. A mis ojos esto es lo que Platón llamaba «segunda vía» (deute- uno para interrumpir el proceso de mantenimiento (ejemplo: caso Quin-
ros plous): el segundo mejor camino. lan). Por eso, en defensa del derecho a morir hay que afirmar de nuevo la
TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA
174

verdadera vocación de la medicina para liberar tanto al médico como al pa­


c i e n t e de su actual servidumbre. El fenómeno, de nuevo cuño, de la impo­
tencia del paciente conectado al poder de técnicas que retrasan la muerte bajo
tutela pública exige semejante reafirmación. Yo creo que se puede alcanzar C a p í t u l o 12
la unanimidad en torno a que la administración fiduciaria que hace la me­
dicina tiene que ver con la totalidad de la vida o, en la mayor aproximación
posible a ella, con su condición de aún-deseable. Mantener su llama ar­ DE CONVERSACIONES PÚBLICAS
diendo, no sus brasas encendidas, es su verdadero mandato, por mucho SOBRE EL PRINCIPIO DE RESPONSABILIDAD
que tenga que proteger también las brasas. Lo que menos puede hacer es
causar dolor y humillación que sólo sirvan para el indeseado retraso de su
extinción. Se traduzca como se traduzca tal confesión de principios en la Desde la aparición de su libro El principio de responsabilidad (1979), el
práctica legal, será sin duda un difícil capítulo de por sí; y por bien que ha­ autor fue puesto a menudo, tanto en simposiums como en entrevistas en
gamos nuestra tarea, no discurrirá por su naturaleza sin zonas de sombra prensa, radio y televisión, en situación de seguir desarrollando en la con­
en las que en el caso concreto habrá que tomar apremiantes decisiones.8 versación aspectos del tema general «Técnica y ética» o aclararlos nueva­
Pero una vez afirmado el principio existirá mayor esperanza de que el mé­ mente en respuestas a preguntas directas. Algunas de estas ocasiones fue­
dico vuelva a ser un servidor humano en vez de un señor tiránico del pa­ ron publicadas con posterioridad. Junto a sus conocidas desventajas (el
ciente, tiranizado a su vez por él. azar, la suerte, la taita de sistemática y la expresión relajada), el diálogo
Así pues, es en última instancia el concepto de vida, no el de muerte, el (si hay suerte) tiene también las ventajas de la réplica retadora y el estímu­
que rige la cuestión del «derecho a morir». Hemos vuelto al comienzo, don­ lo al otro y de la ocurrencia —a menudo insospechada para la propia per­
de hallamos el derecho a vivir como fuente de todos los derechos. Correcta sona que habla— en respuesta a ellos. A veces he deseado que tal o cual idea
y plenamente entendido, incluye también el derecho a morir. se me hubiese ocurrido antes. En cualquier caso, al revisar el material me
ha parecido que parte de él merecía, para poner fin a este libro, ser someti­
do al juicio del lector, en el que siempre (de manera invisible, como inter­
locutor) se ha pensado.

A. M e s a r e d o n d a (1 9 8 1 ):
« P o s ib i li d a d e s y l í m i t e s d e l a c u l t u r a t é c n i c a » 1

R O s s le r : El principio de responsabilidad es una ética para la era técnica,


o en todo caso este libro se puede leer así. ¿Qué, y ésta es la primera pre­
gunta al autor, es lo peculiar de esta era técnica? ¿Qué es lo verdaderamen­
te especial y distintivo en ella, aquello que exige una nueva ética? ¿Por qué
la ética tradicional no basta? ¿qué impide su función o la hace pasada de
moda? O en general: ¿qué es lo nuevo en la nueva era?
La segunda pregunta no puedo esbozarla más que de manera un tanto
vaga. ¿En qué sentido es la «responsabilidad» el concepto que responde a
los retos dé la nueva era, y en qué sentido puede ser la «responsabilidad» el

1. Simposio en el Hotel Schloss Fuschl, Austria, 7-10 de mayo de 1981. Publicado como
Móglichkeiten und Grenzen der technischen K ultur (edición a cargo de D. Rossler y E. Linden-
lonb), Stuttgart, Nueva York, Schattauer, 1982 (Symposia Medica Hoechst, 17); la «Mesa re­
donda con Hans Joñas» se encuentra en las páginas 265-296. En los extractos ofrecidos aquí to­
8. La historia alemana hace que no sea superfluo decir aquí expresamente que ni el asesi­ m an la palabra los siguientes participantes: Prof. doctor W. Hennis (ciencias políticas). Prof.
nato de enfermos mentales ni cualquier otra erradicación de la «vida indigna» entra ni de lejos doctor G. Jakobs (derecho penal), R. Kaufmann (periodista), Prof. doctor H. Maier-Leibnilz (fí­
en las posibles zonas de penumbra de esa confesión de principio: son inequívocamente críme­ sica), Prof. doctor C. Razim (tecnología de materiales), Prof. doctor G. Rohrmoser (filosofía so­
nes, y si algo como la «utilidad pública» tiene algún derecho en esta esfera, sólo lo tiene en el cial), Prof. doctor D. Rossler (teología), Prof. doctor E. Samson (jurisprudencia), Prof. doctor
sentido de que estampilla su comisión como digna de la pena capital. W. Wild (física), Prof. doctor H.-L. Winnacker (bioquímica).
TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA c o n v e r s a c io n e s p ú b lic a s 177
176

f u n d a m e n t o de esa ética que el presente requiere? ¿Qué quiere decirse con tandarte de nuestra economía técnico-industrial, ahora se puede prever—no
esta r e s p o n s a b i l i d a d , s i no se trata de repetir simplemente un concepto tra­ exactamente predecir, pero sí prever en su orientación general_que in­
d i c i o n a l ? ¿Qué, se podría decir también aquí, es lo nuevo en un concepto fluirán en su efecto a cadenas enteras de generaciones y que a la conside­
c o n t e m p o r á n e o de la responsabilidad? Quizá estas indicaciones le basten ración de lo que hacemos, a los efectos próximos, que en gran parte cono­
para adoptar una posición. cemos (naturalmente, tampoco nunca por completo, pero sí lo suficiente
J o ñ a s : Muchas gracias, sí, me basta y me sobra. Es aproximadamente como para fundar decisiones acerca de qué se puede y debe hacer o no ha­
todo lo que se puede preguntar al respecto. La primera pregunta es algo cer), se añadirá ahora en muchas de las cosas que acometemos un aspec­
más fácil de responder que la segunda. La primera es: «¿Qué es lo peculiar to completamente nuevo, a saber: ¿cómo repercutirá esto acumulativa­
de nuestra era o de nuestra civilización?». Hablamos siempre de la civiliza­ mente en el futuro lejano? Éstas son algunas de las peculiaridades de la
ción occidental, que en todo caso desde hace algunos siglos, en su crecien­ era o de lo nuevo en la nueva era en la que vivimos. La nueva era misma ya
te expansión tanto en cuanto a recepción como a repercusiones, comienza no es tan enormemente joven, ha necesitado su propio tiempo para crecer.
a convertirse en global... pero naturalmente sigue sin ser total, porque sigue Pero sus períodos de crecimiento fueron bastante inofensivos y provincia­
habiendo grandes partes del mundo que no están del todo afectadas por nos e inocentes en su conocimiento de sí mismos comparados con lo que
ella. Pero hoy se puede hablar más que en épocas anteriores de que es la ci­ hoy se nos viene encima como producto de nuestra propia acción. Lo que
vilización técnica, una creación del espíritu occidental, en realidad de un se nos viene encima es el futuro. Se puede decir, muy en general, que se
pequeño rincón del mundo, la Europa occidental y central, la que repre­ trata de un fenómeno del poder, de la magnitud del poder y de las cualida­
senta hoy día el destino mundial: en su faceta activa, en lo que los hombres des del poder, es decir, de a qué se refiere, qué clase de cosas puede hacer
pueden hacer y de hecho hacen, en lo que sucede de hecho bajo el signo de y en qué medida. Ahora, para pasar a la segunda pregunta, se puede esta­
esta civilización, y en su faceta pasiva, en el volumen de aquellos que tienen blecer la sencilla frase —en todo caso yo he partido de ella como una hi­
que sufrir las repercusiones de esta acción, beneficiarse de su bendición o pótesis de trabajo en mi libro— de que la responsabilidad es una función
padecer su maldición. En otras palabras: una peculiaridad de la era técni­ del poder. Quien no tiene poder no tiene responsabilidad. Se tiene respon­
ca es el puro volumen como tal. Esto tiene ciertas consecuencias también sabilidad por lo que se hace. Quien no puede hacer nada, no tiene que res­
para las consideraciones acerca de qué se puede y debe hacer. De lo que la ponsabilizarse de nada; en cierto modo se puede decir pues que aquel que
técnica produce no sólo son característicos el equipo técnico, los aparatos, sólo tiene una muy escasa influencia en el mundo está en la feliz situación
la maquinaria, los medios de intervención en el mundo, sino también los de poder tener una buena conciencia. No tiene que estar dispuesto a res­
objetos del poder, es decir, aquello a lo que el poder se puede extender o aque­ ponder ante ninguna instancia, ni la de su propia conciencia ni la de la his­
llo que el poder puede producir: esto ha añadido a la acción humana provin­ toria universal o el Juicio Final, a la pregunta: «¿Qué has hecho?». Res­
cias enteramente nuevas, que antes ni siquiera estaban en el círculo del puesta: «Casi nada, porque, ¿quién soy yo?». Esto es válido para la mayoría
poder humano y en gran parte ni siquiera en el círculo de los deseos huma­ de nosotros aún hoy en día. Creo que cada uno de nosotros puede permitir­
nos. En otras palabras: no sólo las dimensiones del poder humano frente a se tener una conciencia buena y pura, porque lo que cada uno de nosotros
la naturaleza y también dentro del mundo humano han aumentado de for­ hace es casi igual a cero en la cuenta global de la inmensa suma de acto­
ma cuantitativamente enorme, también su contenido ha cambiado cualita­ res, de fuerzas actuantes. Se nos puede eliminar a cada uno de nosotros y
tivamente. Esto se puede ilustrar del modo más sencillo señalando ciertos —les ruego me disculpen— creo que ninguno de nosotros puede decir que
actos o pi'ocesos de actividad de la moderna civilización técnica con los que eso cambiaría sustancialmente algo en el curso de las cosas. Pero en con­
antes nadie había soñado nunca. Por ejemplo todo el sistema de comunica­ junto todos actuamos, incluso por mero desgaste, incluso sin hacer nada.
ciones, el sistema de información e informatización microelectrónica, ha Ya con participar en los frutos de este sistema somos fuerzas causales en
añadido a la acción humana una dimensión verdaderamente nueva. No bas­ la configuración del mundo y del futuro; y lo que he dicho del ampliado
ta con decir que ahora se pueden hacer ciertas cosas mejor o con menos tra­ poder de la gran técnica, es decir, que la humanidad como tal —el «ser hu­
bajo o más deprisa, sino que se pueden hacer cosas completamente distintas. mano» como especie— tiene enorme influencia en el mundo, significa
Quizá una ilustración aún más eficaz sea aquella de la que esta maña­ que todos somos sin que tenga que serlo un individuo. Para volver al sen­
na se habló por vez primera: la manipulación genética mediante operacio­ cillo principio fundamental: la responsabilidad es conmensurable al po­
nes microbiológicas. La biología molecular ha abierto realmente una nueva der: mensurable por tanto. Pero además está codeterminada por las cuali­
dimensión al control humano. Tampoco aquí el asunto es tan sencillo dades del poder, por el tipo de cosas que entran en el círculo de la acción
como que ahora se puedan hacer ciertas cosas mejor y más eficazmente o humana y le están sometidas. Y esto determina también la eventual res­
en mayor cantidad o con menos trabajo, sino que se trata en parte de co­ puesta a la pregunta: ¿necesitamos, aparte de la magnitud de nuestras ac­
sas enteramente distintas. Pero sobre todo su alcance hacia el futuro se ha ciones, una nueva ética debido a la novedad de sus objetos y de nuestra si­
prolongado enormemente. A partir de ciertos procesos iniciados bajo el es- tuación por ellos condicionada, o esto es simplemente una magnificación
TÉC NI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA C O N V E R S A C IO N E S PÚBLI CAS 179
178

de lo Que siempre ha tenido validez, sólo que por así decirlo ahora ha de la esfera pública que en la privada. En otras palabras: la mayoría de las ve­
ser observado con mayor urgencia? ces la pregunta moral que tenemos que plantearnos no es tanto: ¿cómo
Yo creo que si se plantea el argumento de que nuevas formas de poder guiar mi vida de manera sensata y decente? (esto seguirá existiendo siem­
exigen también nuevas normas éticas ello no priva de validez a nada que pre) cuanto: ¿qué podemos hacer —«nosotros», es decir, todo este gran su-
siempre haya tenido vigencia ética, por ejemplo en las categorías del amor per-sujeto que actúa como un todo, la actual humanidad técnico-civilizada—
al prójimo o de las relaciones interpersonales, en las que la lista de las vie­ qué podemos hacer para que no se comporte de tal modo que las futuras
jas virtudes ha sido válida y sigue siéndolo: que uno se comporte decente­ posibilidades de seres humanos como nosotros, o como sean en un supues­
mente, honradamente, con justicia, limpieza, sin crueldad, etc. En resu­ to mundo, sean puestas en cuestión de antemano? ¿Para que siga habiendo
men: no habría nada que cambiar ni en la lista de las cuatro «virtudes estas posibilidades de existencia, en el doble sentido de permitir la supervi­
cardinales» ni en lo expresado en los diez mandamientos. No se trata pues vencia como tal y de una existencia humanamente digna y sana? Y de esto
de que una ética haya de reemplazar a otra, sino que hay que añadir al catá­ se desprende ya que en este momento lo apremiante no es la idea de un
logo de obligaciones y a la forma de las mismas otras nuevas, que nunca gran logro, sino más bien la preocupación de qué hay que preservar y qué
han sido tomadas en consideración porque no ha habido ocasión para ello. mantener.
Porque nadie tenía que romperse la cabeza sobre si está permitido o no, si W i l d : Estoy de acuerdo con usted en que el concepto de poder tiene una
es deseable o no, por ejemplo, modificar algo en la composición genética importancia central, en que el poder ha ganado una dimensión cualitativa­
del hombre. No veo cómo podría responder a esto la ética tradicional. En mente nueva y también en que nuestra responsabilidad es una función de
todo caso, si puede hacerlo es eventualmente con ayuda de la religión, y en­ ese poder. Ahora me parece bastante importante que pensemos si hay lími­
tonces estamos con toda certeza ante otro planteamiento. De esos nuevos tes a ese poder, si se pueden prever algún tipo de limitaciones. Que hay cier­
planteamientos tenemos sin duda un gran número, y por eso es preciso re­ tas limitaciones es algo que como científico me parece evidente, por lo me­
considerar las obligaciones y llegar quizá a que a nuestro catálogo de obli­ nos desde el punto de vista de nuestras actuales teorías. Por ejemplo, no
gaciones o a las tablas de los mandamientos y prohibiciones haya que aña­ podemos enviar ninguna señal con más rapidez que la velocidad de la luz.
dir otros nuevos sin que ello derogue los antiguos. Es una respuesta muy Conforme a nuestra comprensión, la velocidad de la luz parece ser un límite
provisional, pero me gustaría decir algo más al respecto. He mencionado absoluto. Esto tiene notables consecuencias: así, por ejemplo, es muy pro­
antes que el poder de cada uno de nosotros, es decir, lo que concierne a su bable que siempre estemos solos en el Cosmos, que nunca podamos esta­
parte en la determinación de las cosas y del destino de su entorno, no ha au­ blecer una comunicación interestelar. A todas luces, en nuestro sistema so­
mentado ni siquiera relativamente. Dada la enorme masificación de la so­ lar sólo hay vida en la tierra. Además, la finitud de la velocidad de la luz
ciedad, casi se puede afirmar lo contrario: quizá el poder del individuo ha limita las posibilidades de nuestros ordenadores. Si queremos desarrollar
disminuido incluso proporcionalmente. Pero lo que ha crecido sin duda al­ un proceso en una fracción de segundo, una señal sólo puede avanzar un
guna es el poder relativo del colectivo, es decir, de los sujetos colectivos de fragmento de un milímetro. Aquí existen a todas luces límites objetivos.
actuación, como por ejemplo «la industria»: se trata de un cuerpo colectivo Otro punto es la relación de desenfoque de Heisenberg. También aquí exis­
que integra innumerables actantes individuales en su actuación global. Di­ te un límite objetivo: no podemos desconectar la observación del proceso
gamos, por ejemplo, Hoechst AG o la industria farmacéutica, la industria mismo, y por eso sólo tenemos la posibilidad de influir sistemas físicos den­
química, pero también la moderna agricultura con sus métodos, el moder­ tro de una cierta banda de oscilación. Quizá haya un tercer límite de una
no urbanismo. A donde quiero ir a parar es a esto: el tipo de obligaciones importancia casi tan fundamental, sólo que no lo sabemos con tanta certe­
que el principio de responsabilidad estimula a descubrir (y ésta es ya la pri­ za. Y es el de que en los sistemas complejos pequeñas causas pueden tener
mera obligación del principio de responsabilidad) es el de la responsabili­ grandes efectos. Esto se demuestra por ejemplo en el juego de los dados o
dad de instancias de actuación que ya no son las personas concretas, sino en la máquina extractora de las cifras de la loto; la mejor reproducción po­
nuestro edificio político-social, una oscura y vaga palabra, pero que desig­ sible que pudiéramos conseguir llevaría de todas formas a resultados com­
na algo que se puede concretar más. Esto significa, pues, que la mayoría de pletamente distintos. Manfred Eigen ha dicho que sin duda hoy creemos
los grandes problemas éticos que plantea la moderna civilización técnica entender qué condiciones previas físicas y químicas tendrían que cumplir­
se han vuelto cosa de la política colectiva. En parte son claros problemas de se para poner en marcha un proceso evolutivo, y creemos entender cómo
supervivencia, pero en parte también problemas mucho más sutiles, porque en un sistema se pueden producir reproducciones e incluso perfecciona­
la supervivencia de la humanidad no está en cuestión cuando, por ejemplo, mientos sin influencias externas, pero no entendemos en absoluto —por­
se llevan a cabo experimentos genéticos aislados en personas que numéri­ que depende de acontecimientos azarosos, imprevisibles y no manipula-
camente no representan nada para la especie. El tipo de cosas que entran bles— cómo ha sido la marcha concreta de la evolución. Bien podría ser
bajo el control de las nuevas obligaciones a formular, tareas, no sólo man­ que los resultados de la tecnología genética converjan en cero, que aquí
datos, sino también prohibiciones, es un tipo tal que la decisión está más en haya también un límite objetivo de lo factible dado por la naturaleza.
TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA co n versa cio n es públicas 181
180

Un último punto: creo que nuestro poder también tiene un cierto límite nifica poder en este contexto? La expansión de las posibilidades de influir y
fija d o por los puros costes. S i se miran los gastos en investigación y el pro­ modificar está vinculada a lo que usted llama sistema. ¿Quién es el sujeto
d u c t o interior bruto de la era Kennedy y se extrapolan linealmente sus ten­ concreto al que podría dirigirse? Ha hablado usted de magnitudes colecti­
d e n c i a s , antes del año 2000 todo el producto interior bruto se habría con­ vas, de política, y por tanto de Estado. Pero, ¿el proceso de posibilidades ex­
sumido en gastos de investigación. En la medida en que entramos en pansivas no va acompañado del ejercicio del poder precisamente de una de­
dimensiones cada vez más exóticas aumentan también los medios que te­ cadencia de la capacidad de actuación de las estructuras institucionales
nemos que aportar para poder investigar experimentalmente con éxito. que lo hacen posible? Finalmente, planteaba usted en este contexto la exi­
Esto es muy evidente en la física de partículas elementales y en la astrofísi­ gencia de una nueva ética, o más exactamente de la ética en general.
ca, donde los equipamientos resultan extremadamente caros. Por otra par­ J o ñ a s : En la discusión entre Hennis y Wild, el diálogo planteado en for­
te, es completamente seguro que l a sociedad, mucho antes de emplear todo ma de preguntas dirigidas a mí ha dado ya en el fondo una respuesta. Des­
el producto interior bruto en investigación, pondrá un punto íinal. Creo de luego que hay límites dados por la naturaleza. El poder del ser humano
pues que hay límites a nuestro poder, y que deberíamos determinar esos lí­ no sólo está limitado por toda una serie de motivos evidentes, sino también
mites con algo más de precisión. por la vigencia de las leyes de la naturaleza. En cualquier caso, tenemos
H e n n is : Me parece enormemente fascinante que el señor Wild, a todas asegurado que los árboles no crezcan en el cielo. Pero eso no es motivo para
luces intentando una cierta desdramatización de nuestra situación, remita la tranquilidad, porque hasta que se alcancen esos límites pueden haber
como físico a los límites puestos a los hombres, a las leyes de la naturaleza. sido largamente rebasados otros, que es de los que se trata realmente y al
Las leyes de la naturaleza no han impedido que en las últimas décadas el respecto de los cuales ya no merece la pena preguntar si más allá hay lí­
hombre haya exterminado innumerables especies animales y vegetales. mites que hubieran podido frenar el asunto, suponiendo que hubiera ido
¿Qué consuelo pueden ofrecernos las leyes de la naturaleza para la conser­ más lejos. Naturalmente, al hacer referencia a la muerte atómica el señor
vación de nuestra propia especie? Nuestro poder, basado en la aplicación Hennis ha invocado un caso extremo en el que la cosa, mucho antes de que
de las leyes de la naturaleza, es ya hoy tan grande que apretando un par de se alcance límite natural alguno, podría aniquilarse a sí misma. Pero inclu­
botones estamos en condiciones de aniquilar a nuestra especie. Sencilla­ so si dejamos a un lado esta perspectiva dramático-apocalíptica, digamos
mente, no entiendo cómo se pueden alegar las leyes naturales como con­ que si confiamos en que no ocurrirá, que con una mezcla de cautela, temor
suelo en una situación así. y disuasión mutua no se producirá (y todos tenemos que esperarlo así), en
W i n n a c k e r : Yo quisiera decir algo más respecto a su planteamiento, se­ la dinámica del progreso de nuestro poder y su choque con todas las con­
ñor Joñas, de qué es lo nuevo en la nueva era, y también respecto a los diciones y la sustancia de nuestro ser siguen quedando longitudes, tiempos,
ejemplos que ha puesto, y quizá también sobre la tecnología genética y la dentro de los cuales pueden ocurrir cosas que desde el punto de vista de la
cuestión de si sus posibilidades no se sobrevaloran hoy en general. El gran naturaleza sean absolutamente digeribles y supongan poca diferencia, pero
temor existente se refiere a la modificación del material genético del hom­ desde el punto de vista del destino humano signifiquen quizá catástrofes o
bre, la pretendida modificación del pool genético humano. Hay que distin­ empeoramientos decisivos. Aun así, la cuestión de los límites de la natura­
guir aquí entre una sencilla corrección de un defecto genético y la correc­ leza sigue siendo relevante para la perspectiva humana. En mis propias
ción (genética) de un defecto, y que sea de tal modo que se transfiera a la consideraciones me he encontrado, al pensar en las posibilidades de la uto­
descendencia. Porque primero es conceptualmente difícil, después se ob­ pía, con la simple consideración de qué podemos esperar de este planeta en
tiene realmente influencia, y sólo después entra en juego ese largo brazo, cuanto a abastecimiento de una humanidad muy, muy numerosa, en cons­
ese nuevo poder de las ciencias naturales del que se habló ayer. Aquí me tante crecimiento, con todos los bienes vitales que hoy consideramos parte
gustaría hacer la reflexión de que algo similar ha ocurrido siempre como de una existencia satisfactoria, y de los que el Tercer Mundo debe recibir su
efecto secundario de la medicina. Quizá lo hemos pasado por alto durante parte. Y en el que todos podríamos vivir no sólo suficientemente, sino en
mucho tiempo. Así por ejemplo se expresó ayer que hoy los diabéticos con plenitud. E incluso sin trabajar, dada la creciente exención de los seres hu­
una predisposición genética a su enfermedad alcanzan una edad en la que manos de la plaga del trabajo, aquella maldición de los expulsados del Pa­
son capaces de reproducirse. También de este modo se lleva a cabo mani­ raíso de tenerse que ganar el pan con el sudor de su frente. De ello nos li­
pulación genética, y con ello se modifica a largo plazo toda la estructura ge­ bera la máquina, primero del trabajo físico pesado, después incluso del
nética de la población. En este sentido quizá los métodos actuales, que son ligero. La plena automatización crearía pues toda una humanidad de pen­
más específicos y orientados, estén sobrevalorados. sionistas del Estado dedicados a consumir, a devorar lo que produce la eco­
R o h r m o s e r : Señor Joñas, quisiera plantearle algunas cuestiones de com­ nomía automatizada. Entonces se presentan dos límites, y dos límites muy
prensión. Las posibilidades de acción técnica de que hoy día disponen los distintos:
hombres han crecido de forma inimaginable cuantitativa y cualitativamen­ Uno se desprende de la pregunta: ¿es esto físicamente alcanzable, es de­
te. Hay a disposición del hombre un poder como nunca hubo antes. ¿Qué sig­ cir, se le puede exigir «físicamente» al planeta? Y ahora es cuando yo creo
TÉC NI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA conversa cio n es públicas 183
182

que loQu e usted ha dicho, señor Wild, entra realmente en vigor. Probable­ alguna en condiciones naturales, desaparecerían, y cuya protección y man­
m e n te hay límites puramente físicos, biológicos, atmosféricos y químicos a tenimiento tienen pues influencia en la composición genética de la pobla­
Jo que se puede exigir al agua, al aire, etc. de este planeta, que dirán alto con ción. Y eso se puede ver como un cambio a largo plazo. Pero hay una dife­
mucha antelación y condenarán de antemano a esta visión paradisíaca a rencia importante entre este tipo de influencia genética sobre el futuro
seguir siendo un sueño infantil. Ahora se podría decir: entonces podemos humano, que resulta sin planificación alguna del principio de la protección
confiar en esos límites. Pero entonces se añade otra consideración muy dis­ de los individuos, y las modificaciones planificadas del tipo humano me­
tinta: ¿cuánto sería deseable incluso de aquello que es alcanzable? ¿Es la as­ diante técnicas microbiológicas como la recombinación del ADN, demos­
piración a ese ideal —hasta donde es realizable— lo correcto, aquello en lo trables primero en ejemplos concretos experimentales y elegidas conforme
que debemos emplear nuestras fuerzas sin más reserva, confiando precisa­ a ciertos criterios de curiosidad o incluso a ciertos intereses pragmáticos de
mente en que los límites se pondrán por sí mismos? Y en este punto yo ten­ uso: por ejemplo, para el viaje espacial necesitaríamos quizá un organismo
go la convicción de que una determinada imagen —que ahora no vamos a humano dispuesto de manera algo distinta, con cualidades algo diferentes
definir— del hombre y de la dignidad del hombre y de lo que es el conteni­ de las que la evolución ha producido para la vida en la tierra. Si se empieza
do de una vida humana que merezca el nombre de «vida humana» nos pro­ con eso, se pueden por lo menos considerar intervenciones completamente
híbe mantener y fomentar este tipo de visión. Péro puede haber opiniones distintas que no son del mismo tipo que las que usted ha caracterizado.
muy diversas al respecto, y la medida del esfuerzo y el trabajo humano que Aquí se trata de algo que se hará caprichosamente. Nada ni nadie obliga a
es posible y soportable liberar puede ser evaluada de forma muy distinta. hacerlo, tampoco el mandato de mantener vivos y por tanto capaces de re­
Entonces se plantea una cuestión que ya no tiene nada que ver con los lí­ producirse a individuos con ciertos defectos hereditarios. Este imperativo,
mites de la naturaleza, a no ser que se incluya en la naturaleza humana, y que deriva de toda nuestra cultura, de que hay que compensar las desven­
es la cuestión, totalmente distinta: ¿qué es conveniente para el hombre? Ésa tajas de la naturaleza y dar a cada cual su oportunidad en la vida, es un ar­
ya no es la pregunta: ¿qué se puede hacer eventualmente?, sino: ¿qué se debe gumento que no tiene efectos cuando nos entregamos a experimentos ca­
hacer realmente dentro de lo factible? Y ahí tengo que confesar —y supon­ prichosos. En vista de la osadía de ciertos sueños de nuestros pioneros
go que muchos tienen parecida sensación— que la mera idea de un ocio ge­ biológicos, que ya están a la espera con ideas de qué se podría hacer con los
neral, que en principio tiene sus aspectos atractivos —todo el mundo se hombres y de lo grandioso que sería que pudiéramos probar, en mi opinión
puede dedicar a sus aficiones, el uno hace maquetas, el otro pinta, el terce­ se desprende para la ética una especie de derecho de veto. Esto no tiene
ro compone, el cuarto escribe libros, el de más allá los lee—, que esa visión nada que ver con el miedo a las consecuencias para la especie humana en
en su conjunto conduce a algo totalmente grotesco, a un absurdo. Pero si esto su conjunto y para su supervivencia, sino que lleva a dimensiones esencia­
es así no hace falta ir hasta el estado utópico. Hay que preguntarse: ¿hasta les en las que incluso el caso concreto sería una monstruosidad tan grande
dónde hay que impulsar entonces la automatización? En última instancia eso como un experimento masivo, y por eso recalco también la novedad de
está en nuestra mano. No podemos decir simplemente: la cosa está en mar­ nuestro poder. Esto significa que no sólo cuantitativamente tenemos una
cha, no hay nada que hacer, hay que seguir adelante porque lo que no haga­ influencia tan grande en el curso de las cosas a escala planetaria; también
mos nosotros lo harán otros, por ejemplo los rusos o los chinos; al que no lo cualitativamente adquirimos posibilidades que podemos y tenemos que mi­
haga lo devorarán los lobos, así que estamos obligados a seguir avanzando. Si rar con lupa. Y aquí viene la pregunta final del señor Rohrmoser: ¿qué es
decimos eso ya hemos capitulado. En última instancia estas cosas son obra poder y quién es su sujeto? Las posibilidades de actuación han crecido
nuestra. Es un puñado de hombres el que trabaja en estos límites, en los pues­ enormemente. Este poder hacer es transformado en hacer por... sí, ¿por
tos de cabeza de las técnicas de automatización e información. Que eso no se quién? ¿No está una parte del poder que tenemos basada precisamente, y
pueda poner bajo control sólo porque hay una dinámica en marcha, que en caracterizada por ello, en que los órganos del poder propiamente dicho ya
parte estamos viendo... de lo que primero deberíamos guardamos es de esa no se conocen? ¿Que este se ejerce en un anonimato que para el individuo
declaración determinista de renuncia. —y para aquellos que plantean consideraciones al respecto— es ya algo así
Y ahora voy a las preguntas del señor Winnacker y el señor Rohrmoser. como un destino, de forma que por así decirlo puede desarrollarse a partir
Hay entre estos nuevos tipos de poder y de factibilidad algunos tales como de él una especie de ciencia determinista si sólo vemos suficientemente cla­
la manipulación genética de la sustancia humana hereditaria, por ejemplo ra la mecánica de cómo seguirán avanzando las cosas? A esto sólo puedo
mediante recombinación del ADN: esto abre posibilidades completamente contraponer lo que tiene que replicar cada uno de nosotros: tua res agitur, y
propias, de las que el señor Winnacker decía que en el fondo llevaban pro­ no sólo tua res agitur, sino también: tu agis, tú también actúas. Este asunto
duciéndose todo el tiempo. Ya el arte médico como tal propicia una modifi­ ha de ser controlado, hay que tomar sus riendas. Es cierto que las institu­
cación del pool genético de la población al mantener, por ejemplo, geno­ ciones del poder que habría que movilizar ya contra el automatismo de éste
tipos que en la selección natural o fuera de una sociedad con estado del aún no son visibles. Pero si hay algo de visionario o utópico en el principio
bienestar, altamente desarrollada desde el punto de vista médico, y sin duda de responsabilidad es precisamente eso: hacer visibles tales instituciones,
TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTICA C O N V E R S A C I O N E S P ÚBLI CAS
184 185

quizá contemplarlas en sus contornos y colaborar en su realización, de for­ trabajo pensar que la ética, abandonada a sus propias fuerzas, esté en con­
ma que se supere esa separación entre un ejercicio del poder que se auto- diciones de trazar otros nuevos.
rreproduce automáticamente y los verdaderos titulares del poder, que en R o h r m o s e r : Se puede discutir el problema de la ética tal como usted,
última instancia hemos de ser nosotros. Y es cosa de fe o de temperamento señor Wild, lo ha hecho. Pero la exigencia de una ética de la prohibición y
personal el creer que se llegará o no a hacerlo. Si se piensa que no se con­ de la limitación de lo factible a la medida conveniente para el hombre plan­
seguirá se es un pesimista, y si se cree que podemos hacerlo se es un opti­ tea también cuestiones fundamentales, por filosóficas. ¿Cuáles son los cri­
mista. Pero con independencia de si se"es optimista o pesimista: ni siquie­ terios o medidas en función de las cuales puedo decidir lo que es favorable
ra el pesimista puede estar tan seguro de su pesimismo como para decir: o conveniente para el hombre? Esta es una pregunta que se tiene que plan­
«No hay ni que intentarlo». tear todo aquel que no haya olvidado a Platón. Si no hay consenso en los va­
W i l d : Sin duda las posibilidades de destrucción, de autodestrucción, lores básicos, no quedará más que el interés por la supervivencia. Pero, ¿es
que tenemos son inmensas, y han adoptado una dimensión cualitativa­ obvio este interés por la supervivencia? ¿Puede servir como fundamento
mente nueva: la bomba atómica es un ejemplo de esto. Y es segurísimo que para la ética o requiere a su vez un fundamento ético? Esto no suena muy
para este brazo enormemente prolongado de que hoy disponemos necesi­ pragmático a los oídos de los científicos naturales, pero tiene una enorme
tamos un nuevo tipo de ética que va más allá de lo que nos ha sido legado. importancia práctica y política si logramos hacer éticamente resistentes a
Pero, ¿cuáles podrían ser los componentes de esta nueva ética? Tengo que la decepción a los hombres. Así pues: ¿podemos desarrollar una ética que
decir que en primer término he venido aquí para aprender quizá algo sobre renuncie a la cuestión de la buena vida, movilice al mismo tiempo el inte­
tales componentes de una nueva ética. Yo mismo opino que un componen­ rés por la supervivencia y haga posible el sacrificio sin el que no podremos
te podría ser la obligación de hacer con absoluta rectitud estimaciones de sobrevivir? No me parece evidente que sea posible.
consecuencias paralelas al desarrollo de tecnologías; así por ejemplo en la K a u f m a n n : Mi pregunta, y especialmente para el señor Joñas, es ésta:
tecnología de reactores, tomar las estimaciones de consecuencias tan en se­ ¿no es cierto que todo lo que ocurre en el ámbito de las ciencias naturales
rio como las evoluciones mismas de esta tecnología. Éste es un componen­ ocurre públicamente? ¿No es la propia opinión pública una parte del con­
te que tenemos que insertar en una nueva ética. Y esto implica natural­ trol del poder? El colectivo delega una de las más difíciles tarcas de la épo­
mente la limitación de aquello que podemos hacer, de manera inequívoca; ca, la investigación científico-natural, en los eruditos concretos o en insti­
porque tenemos que poder evaluar exactamente que se van a producir éstas tutos. Lo que hace el erudito es conocido y discutido constantemente,
y aquellas consecuencias; pero que con toda probabilidad éstas y estas otras también en sus posibilidades; y yo veo en esto —por lo demás también, por
no se producirán, por lo que podemos dejarlas a un lado en un análisis pro­ ejemplo, para la fabricación industrial de recursos que se aplican en perso­
visional. Y a ese respecto pienso que de hecho debemos tener siempre en nas— el verdadero control de la época: que los eruditos saben entre sí lo
cuenta las limitaciones de nuestro poder. Si tenemos claros los límites de lo que hace el otro, y a uno de ellos se le tiene que ocurrir que algo podría ser
factible, de lo factible en el marco de las leyes de la naturaleza, podremos nocivo y que tendría que advertir frente a determinados desarrollos. Creo
tener menos escrúpulos de lo que hoy es el caso en algunos problemas, qui­ que no es un problema de prescribir «qué se puede hacer, qué no se puede
zá también en el de la tecnología genética. hacer», sino de la constante discusión tanto entre los propios eruditos
H e n n is : L o que acaba de decir el señor Wild se limita a la problemática como entre los eruditos y la opinión pública.
cognitiva, es decir, a la pregunta: «¿Qué puedo hacer realmente?». Pero en­ M a ie r - L e ib n it z : L o que acaba de decir me ha suscitado muchas pre­
tonces es cuando empieza el problema ético. Sé que puedo hacer esto y guntas. Señor Joñas, he leído su libro con gran aprobación por mi parte, y
aquello, pero no lo hago. Sólo aquí se plantea la cuestión ética. Evaluar si opino también que somos responsables de las futuras generaciones, igual
el hombre será capaz en el futuro de no hacer lo que podría hacer no me pa­ que los padres son responsables de sus hijos. Me gustaría volver sobre este
rece una cuestión de optimismo o pesimismo. Primero tendríamos que punto. De él se deriva la primera pregunta: ¿quién puede ostentar hoy esa
analizar los factores que quizá podrían ayudarnos a no hacer lo que podría­ responsabilidad, quién tiene que ostentarla? Después se plantean cuestio­
mos hacer. Toda la ética anterior presuponía esas limitaciones fácticas. ¡La nes que afectan a la responsabilidad del propio científico. Antes ha dicho
ética del «corto brazo» bastaba porque el brazo era corto, pero eso estaba usted, y lo siento, algo que viene a ser como la renuncia a la investigación.
incluido en el razonamiento! Creo que en esta situación tendríamos que Renuncia a la investigación... Creo que usted se refería, naturalmente, a
pensar en todo ello de manera apremiante, y volver a traer a nuestra con­ una investigación o aplicación de la investigación muy determinada. Usted
ciencia, lo que quizá podría impedirnos hacer lo que podríamos hacer. dijo: no debemos hacerlo, aunque digamos que entonces los rusos «lo» ha­
¿Quedan hechos que pongan límites a la autonomía del ser humano si quie­ rán. Y por ese «lo» he entendido la investigación. Y con esto hemos llegado
re seguir siendo humano? En su gran libro, el señor Joñas habla una y otra a un terreno terriblemente difícil, porque la investigación penetra en el
vez de la eventual irrenunciabilidad de la religión y el «respeto reverente». campo de lo d e s c o n o c i d o y porque hay razones para creer que necesitamos
Cuando hayan caído todos los límites externos, heterónomos, me cuesta la investigación para super arlo todo mejor y sin grandes problemas. Hasta
186 TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA C O N V E R S A C I O N E S PÚBLI CAS 187

ahí la primera pregunta. La segunda pregunta se refiere a cómo podemos la posible renuncia son tan múltiples y tan estrechos que me siento algo
conseguir algo de lo que pensamos que podría ser bueno para nuestro fu­ confuso.
turo. Podría haber por ejemplo un movimiento de un sólo hombre... y se­ J o ñ a s : Espero que nadie crea que tengo una respuesta para todas estas
guro que habría adeptos a ese hombre que dice: ahora tenemos que hacer preguntas.
algo muy concreto para no gastar las reservas que tenemos en el mundo, J a k o b s : Tengo dos observaciones que hacer a lo expuesto por el señor
por ejemplo de energía o materias primas, en las próximas dos generacio­ Joñas respecto a la responsabilidad. No sólo existe responsabilidad en tan­
nes, porque con eso estamos robando su existencia a las generaciones que to que determinadas personas tengan que garantizar que no se producirán
vengan tras ellas. Y yo me he preguntado: ¿qué puede hacer alguien así y, si determinados conflictos; la responsabilidad existe más bien cuando a pesar
simpatizo con él, qué puedo hacer yo? Puede fundar un club de gentes que de eso se produce un conflicto: entonces la persona competente se hace res­
no consuman energía, o consuman poca. Lo he llamado el club 10'9, porque ponsable de él.
cada uno de sus miembros aplaza en un 10’9 de su vida la catástrofe de la Ahora bien, el señor Joñas ha dicho que la responsabilidad está relacio­
que hablan, es decir, la desaparición de las materias primas o energías. Esto nada con el poder. Esto se puede formular, yendo más lejos, diciendo que la
representa un segundo, si no recuerdo mal. Si hablamos de países en desa­ responsabilidad está relacionada con la libertad, en el sentido de un mar­
rrollo, un 10‘10. No me parece un buen método. gen libre, un ámbito en el que el responsable decide y otras personas no in­
Lo segundo que pueden hacer es multiplicar este efecto intentando ejer­ terfieren. Referido al tema de estas jomadas, esto significa: ¿debe cargar la
cer influencia en la política. Y esto lo intentan hoy las minorías con un éxi­ propia «técnica» con la responsabilidad de que no haya determinados con­
to que no hay que subestimar. Seguro que el retraso que se consigue es su­ flictos? Si en caso necesario, cuando de todas formas se produce un conflic­
perior al 10'9, y puede pues entrar en la magnitud de porcentajes de la vida to, se le quiere cargar con la responsabilidad, hay que darle también el po­
de un movimiento así. Tampoco esto es decisivo. Y luego hay una gran difi­ der, el margen de libertad, que corresponde a la responsabilidad. Si es
cultad: ¿qué se puede exigir a un político, a un Statesmanship, para un fu­ deseable conceder este poder, este margen de libertad, y si no es preferible
turo lejano? Yo estaba presente cuando Helmut Schmidt declaró: Tenemos una técnica esencialmente determina'da desde fuera, es algo que aún habría
que tener la energía atómica porque la acumulación de CO, en la atmósfe­ que decidir.
ra puede conducir a un calentamiento del mundo. Pero si se analiza no era La segunda observación está relacionada con las dificultades que se deri­
más que una forma de decir: «Estoy a favor de la energía atómica». No sé si van del hacer-responsable tras un conflicto. La responsabilización tiene que
sabe exactamente que la cuestión aún está en debate, pero sabe muy bien producirse con una claridad adecuada a la medida del conflicto, de lo contra­
que el argumento llega en su momento a la opinión pública y que por eso rio es superflua. Un ejemplo trivial: si alguien mata a otra persona, este con­
es útil decir algo así. Luego hay otro camino: la creación de hechos consu­ flicto no se puede despachar con la observación de que el autor es un gambe­
mados por medio de líneas laterales. Así que tomamos ese movimiento, ex­ rro; el autor tiene que ser responsabilizado de manera mucho más fuerte.
traordinariamente simpático, que dice: tenemos que llevar una vida más Hoy existe el problema de que el poder, que el señor Joñas ha señalado
tranquila. Tenemos que hacer más confortable el progreso. Éstos, natural­ acertadamente como presupuesto de la responsabilidad, no está deposita­
mente, pueden fundar también un club 10'9, y lo harán. Pero por esta vía do en personas concretas, sino en instituciones. Así que no se puede res­
tratarán de crear hechos consumados, es decir, si en algún sitio se constru­ ponsabilizar adecuadamente de un conflicto a personas concretas. Pero
ye una central nuclear, intentarán impedirlo todo el tiempo que puedan o hasta ahora no hay ni siquiera modelos de cómo hacer responsables a las
conseguir que en su lugar se construya una más pequeña, por ejemplo una instituciones y especialmente cómo hacerlo con la fuerza requerida, excep­
central hidroeléctrica. O intentarán crear una ingobernabilidad en alguna ción hecha de las formas, no trasladables, del derecho internacional (gue­
parte; si no ocurre nada, eso también retrasará el progreso. Lo mismo pasa rra de represalia). La situación se vuelve aún más difícil si se incluye en ella
con ese movimiento tan encantador del small is beautiful, que tiene cierta que las instituciones posiblemente ya no tienen su forma originaria cuando
difusión. Confieso mi simpatía por ellos, y me alegraría de que una cosa así se produce el caso conflictivo. Por ejemplo, un Parlamento responsable
fuera más eficaz. Sólo que aún no veo el camino. Y vuelvo a la investiga­ sólo estará a mano con otra composición. Aunque la institución esté a
ción: la renuncia a hacer cosas que pueden tener consecuencias para el fu­ mano, una adecuada reacción se verá impedida porque la institución —al
turo es una declaración vaga, a menudo demasiado vaga. Creo que en su li­ contrario que una persona concreta responsable— es constitutiva en toda
bro —que también me ha gustado mucho— decía usted que de las cosas que regla de todo el sistema y es por tanto irrenunciable. En esta situación so­
pueden pasar en el futuro teníamos que prestar especial atención a las lamente podemos sacarnos el ojo que nos ha indignado, pero el daño cau­
que pueden tener una repercusión negativa. No podemos, por las buenas sado por un acto semejante puede ser mayor que sus beneficios.
repercusiones que esperamos, correr riesgos que puedan conducir a algo En resumen, hay pues un triple problema: no se ha puesto a prueba la
negativo. Ésta es en mi opinión una pauta de actuación de la que un nú­ responsabilidad de l a s instituciones por los conflictos; las instituciones no
mero relativamente alto de personas debería tomar nota. Pero los límites de suelen ser a c c e s ib le s tras un conflicto en la forma en que habrían de res-
TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA
188 C O N V E R S A C I O N E S PÚBLI CAS 189

o n s a b iliz a r s e de é l; finalmente, a pesar de su responsabilidad suelen ser cial punto final de la Creación... para este creyente, decía, la respuesta es fácil,
fir e n u n c ia b le s . su fe le dice que sería un grave pecado contra el orden de la Creación ser,
por ejemplo, corresponsable de que esta «imagen de Dios» (se le llame
^ J o ñ a s : Quisiera empezar por la situación jurídica que ha dibujado el se­ como se quiera) desaparezca o sea menoscabada, amputada, desgarrada, se
ñor Jakobs. Cuando se produce la responsabilización por ciertas cosas el convierta en una caricatura de sí misma. Considero posible que también
responsable que ha de responder, que debe rendir cuentas, ya no está even­ desde el punto de vista estrictamente filosófico —cuando la filosofía se
tualmente ahí. E incluso si se le pudiera nominar, no es una persona o un haya liberado del pensamiento puramente analítico-positivista— se pueda
sujeto determinado, sino una institución, y en cierto modo se encuentra desarrollar un argumento que vaya en una dirección similar. Pero, como
uno pedaleando en vacío cuando se habla aquí de responsabilidad. Ahora hemos dicho, quizá esto sea música futurista. Aún así, podemos decir algo
bien, he dedicado algún esfuerzo para distinguir entre dos conceptos com­ respecto a si existe tal sentimiento de responsabilidad con el futuro, si se
pletamente distintos de responsabilidad; el concepto puramente formal, constata un interés de este tipo como hecho de la existencia humana sobre
por asi decirlo jurídico de la responsabilidad: que cada uno es responsable el que se pudiera construir. Bien, para establecerlo quizá sea bueno hacer
de lo que hace y se le puede responsabilizar de lo que ha hecho si se le tie­ un cierto experimento intelectual. Supongamos que la reproducción hu­
ne a mano. Esto mismo no es un principio de la acción moral, sino sólo de mana trabajara como en ciertas especies de insectos en las que siempre
la responsabilización moral posterior por lo hecho. Cuando el sujeto de la existe una población de la misma edad, es decir que simultáneo = contem­
responsabilización ya no está ahí, no hay por así decirlo nada que hacer. poráneo, cada generación existe por sí misma, no se solapa con ninguna
Pero hay que distinguir de esto un concepto completamente distinto de la otra, ninguno de sus miembros tiene al próximo como contemporáneo. Na­
responsabilidad, el que acabo de ilustrar en particular en la relación padre- cen en primavera, tienen su margen de vida durante el verano, ponen sus
hijo, y es la responsabilidad por lo que hay que hacer: no pues la responsa­ huevos, y en la próxima estación todo empieza de nuevo. Supongamos que
bilidad por los actos cometidos, sino estar obligado por la responsabilidad la humanidad estuviera formada por personas de la misma edad... y enton­
a hacer algo, porque se es responsable de una cosa. Pero se es responsable ces se produce una cesura, y entonces viene la próxima generación, de la
de la cosa porque la cosa está en el ámbito del propio poder, es decir, de­ que no sabemos absolutamente nada. Sólo sabemos que habrá una. Pode­
pende de la propia acción. Si esta cosa, por ciertas razones que en todo caso mos dejarle ciertos documentos para ilustrarla sobre lo que pensábamos.
han de ser indicadas, tiene un especial derecho a mi acción o al menos a mi Pero la vinculación no está más que en que nosotros, los antepasados, la
omisión en el curso de lo que hago, me vuelvo responsable de hacer o no hemos engendrado, y no hay sólapamiento. Entonces se podría preguntar
hacer ciertas cosas en aras de ella. Ahora bien, si tal cosa fuera la supervi­ seriamente: ¿se puede contar, en el hombre pensante, si no está condicio­
vencia de la humanidad, y se ha planteado la pregunta: ¿podemos estar tan nado por el puro instinto, con que tendrá un interés abrumador en que
seguros del interés de la humanidad en su supervivencia?, habrá que dis­ haya esta próxima generación? La medida de ello sería qué sacrificio está
tinguir de antemano entre la cuestión de si tal interés existe de facto en los dispuesto a hacer a cambio. Y entonces tenemos la famosa frase cínica, no
sujetos y la de si debe existir. ¿Debemos sentirnos responsables por el futu­ sé si se conoce aquí, en inglés dice: What has the future ever done for me?
ro de la humanidad, por lo que será cuando llevemos mucho, mucho tiem­ (¿Qué ha hecho el futuro por mí?). Como todas las obligaciones de actuar
po muertos? Y en caso afirmativo: ¿se puede construir este deber sobre una son recíprocas, una especie de do ut des, no veo por qué tengo que sacrifi­
sensación dada? Dejemos a un lado la delicadísima cuestión de lo que se carme para que el año o el siglo que viene haya el mismo tipo de escara­
debe o no hacer. Yo creo en todo caso —y he hecho el intento correspon­ bajo que yo soy. Pero de hecho las cosas son muy distintas. La humanidad
diente de sentar una especie de fundamento teórico para ello con los des­ no consiste en personas de la misma edad, sino en cada momento en
validos medios que ofrece el actual filosofar, que ha abjurado de la metafí­ miembros de todas las edades, todas las edades están representadas, están
sica— que la humanidad, y por tanto cada miembro de la humanidad, cada todas al tiempo en este instante, desde el anciano balbuceante hasta el chi­
individuo concreto, tiene de hecho una obligación trascendente o metafísi­ llón recién nacido. Esto significa que en cada momento tenemos ya una
ca de que también en el futuro haya en la tierra hombres, encarnaciones de parte del futuro ahí y una parte del futuro con nosotros (¡así que ya ha he­
este género humano —y en condiciones de existir—, que aún permitan ha­ cho algo por mí!). No sé cómo se plantearía todo el concepto y el hecho de
cer realidad la idea del ser humano. Pero dejémoslo a un lado, es un terre­ la responsabilidad como experiencia de la responsabilidad si no hubiera
no en el que yo mismo no tengo de mi parte actualmente a mis colegas fi­ esta relación padre-hijo o generacional en la que de hecho se nos ha im­
lósofos y aún menos puedo esperar convencer a científicos positivos de que puesto el deber de proteger a la generación venidera y prepararla para ocu­
se puede construir un argumento semejante. El creyente, quiero decir, par nuestro lugar. Creo, pues, que la cuestión del interés por la superviven­
aquel para el que, por ejemplo, significa algo que Dios creara el cielo y la cia de la humanidad no tiene por qué empezar con la pregunta: ¿está
tierra y dijera de la Creación al sexto día: «Es buena» y con ello confirmara realmente interesado todo el mundo en que siga habiendo seres humanos
lo que había creado, lo que incluye la creación del hombre como un espe­ dentro de mil años? Cada uno de nosotros (exceptuando siempre las excep-
TÉCNI CA, M E D I C I NA Y ÉTI CA C O N V E R S A C I O N E S PÚBLI CAS 191
190

dones) tiene normalmente una vaga idea de que el futuro ya está perma­ un callejón sin salida. Ha reconocido usted que el poder es un monstruo,
n e n t e m e n t e con nosotros, ya vive con nosotros, crece lentamente, y de que pero ha hecho la propuesta de que el individuo se apoye en él.
la c o n t i n u i d a d de la existencia humana se expresa ya en la presencia de re­ Cuando miro a esta mesa redonda, parto de la base de que de hecho
p r e s e n t a n t e s de t o d a s las edades en cada p r e s e n t e humano. En eso t e n g o de aquí sólo se sientan individuos, estoy c o n v e n c i d o de ello, de que en relación
h e c h o cierta esperanza, en eso se basa en parte mi confianza de que la ape­ a la cuestión que llevamos discutiendo aquí dos días y medio sin duda al-
lación a un sentido de la responsabilidad para con el futuro no caiga en el guna no se puede hablar de un colectivo. Por eso tengo dificultades cuando
vacío, sino en algo muy concreto, que se muestra en la simple protección me pregunto: ¿cómo va a ser posible querer influir desde la reacción indi­
con que la madre toma en sus brazos al recién nacido y el padre les acom­ vidual sobre el monstruo de la masa, del colectivo?
paña. Creo que en esto se manifiesta algo en lo que por así decirlo el orden J o ñ a s : Puedo intentar responder a eso en pocas palabras. Quizá me lleve
de la Creación nos ha quitado una parte de la motivación ética y también a entrar en otros dos o tres puntos. El monstruo o, como decía Hobbes, el
de la carga especulativa, a saber: fundamentar p o r qué hay que responsabi­ Leviatán, es decir, el colectivo organizado, es una realidad innegable. Man­
lizarse del futuro. Algo de esto está continuamente activo, y s i n ello proba­ tengo enteramente lo que he dicho: que las acciones sobre cuyo control nos
blemente no tendríamos gran parte de la preocupación que tanto nos ocu­ rompemos la cabeza parten esencialmente de ese Leviatán y no de los indi­
pa y quizá quita el sueño a alguno. Porque si en la hora de la muerte viduos. Pero aún así no se debe perder de vista que ese Leviatán está com­
realmente se acabara todo con cada individuo, cada uno podría sencilla­ puesto por todos nosotros, y que cada uno de nosotros despliega de uno u
mente: a) aceptarla para sí y b) multiplicado por algunos miles de millones otro modo su propia acción en formas institucionales. Creo que es muy raro
— t a n t o s como personas hay— extenderlo a los actualmente vivos. Y esto que hoy en día alguien no sea más que persona privada. En muchas accio­
significaría el final de toda vida. Pero nadie que esté inmerso en el proceso nes, por lo menos en los momentos en que se emite el voto, pero también en
en el que ve crecer a los niños y tiene algo que hacer al respecto querrá re­ muchos otros contextos vitales mucho más continuados, se es miembro
almente que tal fantasía se haga realidad. Esto es para mí una razón para de colectivos institucionalizados, y en modo alguno existe una absoluta dico­
suponer que incluso sin la prueba de que el hombre tiene una obligación tomía. El Leviatán no es simplemente un monstruo que está ahí, mientras
trascendente de seguir en la tierra (como especie, como género), de esta vi­ nosotros estamos al otro lado y vemos cómo se comporta, sino que nosotros
vencia cardinal de la «no simultaneidad» de la contemporaneidad humana mismos somos factores suyos. Y entonces hay dos problemas. El uno es la
sobre la tierra se desprende por así decirlo por sí misma una continuidad y maximización de la posible influencia del criterio correcto, que siempre está
un impulso de continuidad en el que ya está incluida la responsabilidad presente en los individuos, sobre la reacción de este organismo colosal del
sentida. que parten los actos de poder. Y el otro problema es ver que este abrirse paso
S a m s o n : Me gustaría plantearle la pregunta de cómo decidir éticamen­ de la voluntad y de los deseos del individuo que está en los puestos clave del
te en el siguiente caso extremo: sentado el valor de que la pervivencia de la poder recaiga en el individuo correcto, y no en el equivocado.
especie sólo podrá mantenerse si esta pervivencia, la pura existencia física,
es posible a un nivel fuertemente reducido. ¿Podría estar permitida en una En otras palabras: surge la cuestión de las élites de poder y cómo han
situación así la postura que dice: yo no acepto la aniquilación, pero sí la de ser educadas para que puedan guiar correctamente este monstruo o Le­
amenaza a la pervivencia de la especie, en aras de otros determinados valo­ viatán o, dicho de manera simple y neutral, el colectivo. Es decir, hay que
res? Como tales valores se podría pensar en la cultura tecnológica, la civili­ empezar por que estén animadas por el criterio correcto y la buena volun­
zación, la libertad del pensamiento. ¿Hay que calificar de no ético que al­ tad. Así que volvemos al viejo problema de Platón respecto a quién ejerce el
guien diga que la reglamentación del pensamiento, de la investigación, del poder en el Estado. Y su solución utópica se mantiene como regulador, a pe­
libre trato con la naturaleza le resulta más objetable que el riesgo de exis­ sar del utopismo que el propio Platón admitía. El lo expresaba así: si los fi­
tencia física de la especie? ¿Es ésta una postura posible, o es no ética desde lósofos fueran reyes o los reyes filósofos, quizá se pudiera confiar en que se
su mismo origen? guiara correctamente la colectividad. Pero el hecho de que tales élites sur­
[-] jan y empiecen por ser el tipo correcto de élites, es decir, no simples polit-
R a z im : Debo decir que también yo estoy muy impresionado por lo que burós que lleguen a esas posiciones clave a través de un mecanismo de po­
acaba de exponer usted, señor Joñas. Sólo que no puedo seguir el camino der, sino seleccionadas por cualificaciones en las que la calidad del criterio
que usted' ha recorrido para llegar hasta aquí sin hacer una objeción o al represente un papel, es uno de los problemas de la política, problema que
menos plantear una pregunta. Es la siguiente: ha expuesto de forma clara y tiene que abordar muy, muy en serio e incluso sin miedo a un eventual me­
penetrante que el poder hoy en día corresponde menos, o no corresponde noscabo de los métodos democrático-parlamentarios puramente igualita­
en absoluto, al individuo, sino más bien al colectivo. Ha elegido conceptos rios. No tengo absolutamente ninguna respuesta a la pregunta de cómo se
como «comunidad», «la farmacia», y otros, y después ha dado un salto y ha podría hacer. Pero una cosa está clara: que la división entre el individuo y
dirigido su apelación al individuo. Yo veo aquí una dificultad, casi diría que las grandes organizaciones de masas en modo alguno significa que el indi­
T É C N IC A , M E D I C I N A Y ÉTI CA C O N V E R S A C I O N E S PÚBLI CAS 193
192

viduo no pueda alcanzar una influencia enorme. A veces demasiada, quizá E n lo que c o n c i e r n e a la novedad de la ética que daría r e s p u e s t a a la no­

con decisiones fatales y erróneas. En otras palabras: en última instancia el vedad de nuestros actos, el señor Schwan ha lanzado aquí, con razón, la
c a m i n o hacia la salvación, o digamos por lo menos hacia la seguridad rela­ pregunta: ¿no nos bastaría con la vieja ética, si nos la tomáramos en serio?
tiva, el aseguramiento de nuestro futuro, pasa por el individuo. Y no veo Quizá, pero no estoy del todo seguro de si bastará con apelar a las catego­
contradicción, o en todo caso enormes cuestiones y dificultades, en ver rías del juego limpio, de la justicia y de la bondad, del amor, del compro­
cómo se podría organizar eso. Pero diré una cosa más: encuentro muy miso, del respeto, etc., sino que creo que probablemente se necesite algo
atractivo el ejemplo del «diluvio». Veamos el texto un momento. Primero más, que naturalmente contenga ya en su germen todos esos conceptos, a
dice Dios, según el texto, que se arrepiente de haber creado a los hombres. saber: que además de para con los congéneres se tienen obligaciones para
Dios se arrepiente de haber creado a los hombres, porque ve las maldades con la humanidad. Y entonces podría ser que se planteen tales alternativas
que comete sobre la tierra. Y decretó el diluvio, etc., y después dice Dios, y como las suscitadas por el señor Samson: ¿qué ocurriría si la supervivencia
esto precede justo al arco iris, a la nueva alianza con Noé: «Los deseos del de la humanidad sólo fuera posible en condiciones que violen en lo más
corazón humanó, desde la adolescencia, tienden al mal». Hay que confor­ sensible los derechos o incluso la dignidad del ser humano? No tengo claro
marse con eso, y con ello tiene que persistir el mundo. Hay que hacer lo me­ si dentro de la ética que conocemos hay prescripciones que den respuesta a
jor que se pueda. Y en esta nueva alianza Dios promete: «No volveré ya más esta cuestión. No es en modo alguno un asunto artificial y lejano, un asun­
a maldecir la tierra por el hombre». Es decir, Dios mismo ha aceptado un to ideado. El ejemplo clásico en la ética tradicional es la situación del bote
objetivo más modesto que el del hombre perfecto, y creo que también no­ salvavidas. Creo que todo el que se dedique a la casuística ética, es decir a
sotros tenemos que aceptarlo. Y esto significa para la ética por la que me la filosofía moral, ha topado ya con él. ¿Qué pasa cuando en un bote salva­
esfuerzo, de la que en modo alguno digo que la poseo, sino sólo que traba­ vidas que sólo tiene capacidad para x personas no queda sitio para otras
jo en dirección a ella, un cierto rechazo de la ética de la perfectibilidad, que que aún están en el agua y que tienen el mismo derecho a salvar su vida? Si
de alguna manera tiene sus especiales riesgos en las actuales relaciones de se les acoge a bordo, el bote se hundirá. Así que no queda más remedio que
poder del hombre y puede conducirlo a lo que durante un momento antes rechazarlas. E n nuestra situación actual, la respuesta sólo puede ser: ¡No
del diluvio Dios mismo puso en vigor: Fiat justitia et pereat mundus. Una podemos permitir que la humanidad llegue a una situación de bote salvavi­
ética del temor a nuestro propio poder sería en vez de esto más bien una éti­ das! Si se llega a ella, dejarán de regir toda una serie de determinaciones
ca de la modestia, de una cierta modestia. Ésta me parece una de las ense­ morales que nos parecen obvias. Recuerdo un caso espantoso, que se co­
ñanzas que quizá se puedan sacar de este ejemplo del diluvio. Naturalmen­ noció también aquí en Europa, en el que en una cordillera de alta montaña
te, la palabra «modestia» no inspira. «El hombre perfecto» o «el hombre —creo que en Chile— un avión sufrió un accidente y un grupo de personas
nuevo» sí que inspiran, y han llevado a las personas a una entrega absolu­ quedó aislado entre los hielos durante semanas y llegó finalmente al cani­
tamente extraordinaria y al mayor sacrificio propio, mientras que es muy balismo. Creo que incluso desde el lado católico se les otorgó posterior­
difícil despertar entusiasmo por un objetivo de humildad que incluye ya la mente la absolución. No se puede crear una moral para situaciones extre­
falibilidad y los límites del ser humano. Y aun así, ésta es una posibilidad mas. Sólo se puede, en todo caso desde principios éticos muy fundamentales,
de ser adultos surgida de la cuasi utópica, peligrosa plenitud del poder de convertir en suprema obligación que la humanidad nunca llegue a una si­
la humanidad actual: que quizá renunciemos a ciertos sueños del «bien su­ tuación de bote salvavidas que, al contrario que en los casos del barco o el
premo», del supremo bien realizable sobre la tierra, nos libremos de ellos y avión, no sería consecuencia de un accidente repentino, sino de un largo
apostemos por lo alcanzable para el hombre falible. Esto presupone en proceso de acción propia. Con esto confieso en todo caso cierto desvali­
todo caso —no sé quién ha planteado el asunto, en todo caso estoy total­ miento, un desvalimiento ante las situaciones extremas que eventualmen­
mente de acuerdo— que hay que comprender en lo más íntimo que el hom­ te podrían sernos deparadas. Pase lo que pase, no se puede preguntar a na­
bre merece la pena tal como es, no como podría ser conforme a una concep­ die qué debe o puede ocurrir. No debemos llegar a ello; para eso sí se puede
ción ideal libre de escorias, sino que merece la pena continuar con el hacer algo, y ha de ser hecho hoy, mañana y una y otra vez.
constante experimento humano. Esto no es demostrable. Pero creo que ten­
dría que subyacer, como una especie de premisa, a todos los esfuerzos que
aún dejan mucho margen para la mejora del destino humano y también B. E n tr e v is ta (1981):
para la mejora del hombre, sin que nadie espere que se pueda alcanzar la « ¿ E n c a s o d e d u d a , a f a v o r d e l a l ib e r t a d ? » 2
absoluta justicia, la absoluta igualdad, la parte igual de todos los miembros
de la familia humana en la felicidad, pero no sólo en la felicidad, sino tam­ R e d a c c ió n : Desde su último libro, El principio de responsabilidad, aboga
bién en la posible perfección del hombre, la elevación de sus miras, la pro­ usted por una ética de la responsabilidad; y desde la Segunda Guerra Mun-
fundidad de su experiencia... que todo esto es alcanzable al mismo tiempo
y de forma permanente. 2 Nachrichten aus Chemie, Technik und Laboratorium , 29 (1981), n° 1. págs. 434-439.
TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTICA C O N V E R S A C I O N E S PÚBLI CAS 195
194

dial la responsabilidad se ha convertido en un término muy popular entre que parece casi una ley forzosa el que todo lo que se puede hacer se hace, que
los c i e n t í f i c o s naturales. La ética es propiamente una ciencia atemporal. los objetivos en los que antes ni siquiera se había pensado se transforman de
• H a s t a qué punto los acontecimientos específicos del siglo XX han repre­ pronto en necesidades vitales extraordinariamente fuertes en cuanto se
s e n t a d o un papel en que usted aborde este concepto precisamente ahora? da la posibilidad de llevarlos a cabo. Antes la gente podía vivir muy feliz sin
¿Se ha dejado el filósofo dictar el tema por las presiones fácticas? televisión; hoy ya no pueden hacerlo, y no porque se haya trabajado en con­
J o ñ a s : Decididamente sí. La evolución del poder humano ha planteado seguirla a partir de una fuerte necesidad. No: cuando se desarrolló la capa­
a la ética tareas enteramente nuevas y le ha proporcionado objetos comple­ cidad se desarrolló una especie de necesidad —por razones comerciales,
tamente nuevos a los que dedicarse. ¿A qué se dedica la ética? Puede decir­ pero no sólo por ellas— de llevarla a la práctica. Con ello se crearon formas
se que a regular nuestra actuación. Nuestra acción es una función de nues­ de vida y costumbres enteramente nuevas. Por tanto, cuando se sabe que el
tro poder, de aquello que podemos hacer. A partir de su enorme desarrollo conocimiento conduce a la capacidad y la capacidad a la acción y esta acción
con ayuda de la ciencia, la técnica ha llevado al hombre moderno a una am­ a un tener que hacer, y cuando se prevé que ciertas consecuencias de esta
pliación del ámbito de las capacidades humanas. El hombre puede hacer cadena son ominosas, se plantea la cuestión de dónde habría que parar. Su
muchísimo más, en sentido positivo y negativo, de lo que nunca pudo. El pregunta era si esto se debería hacer ya en la fuente, en la investigación bá­
campo de influencia de su actuación se extiende por todo el globo terrá­ sica. Naturalmente, ahí es donde la resistencia es mayor.
queo, tiene quizá importancia para futuras generaciones. Puede modificar R e d a c c ió n : Normalmente dentro de las ciencias naturales hay una ética
de forma decisiva, y eventualmente dañar, el estado de la tierra, de la vida propia, marcada por conceptos como veracidad, seriedad metodológica,
en la tierra, del hombre, de la atmósfera. Antes incluso de entrar en cues­ quizá también comunicación abierta. Ahí el científico natural pone punto
tiones concretas y decidir qué es útil, qué nocivo, qué es deseable e indesea­ final. Todo lo que sobrepasa esto es su vida privada y ya no tiene nada que
ble, queda claro que se abren dimensiones de la responsabilidad que antes ver con su profesión.
no se daban en absoluto. Antes el hombre, y también el ético, no tenía que J o ñ a s : Sí , y se dice que los científicos no son responsables de lo que
romperse la cabeza por muchas cosas porque ni siquiera estaban dentro del otros hacen con los resultados de su investigación. Si la investigación fuera
ámbito de la capacidad humana. Piense usted por ejemplo en el campo de en realidad puramente contemplativa, puramente intelectual, este punto de
la manipulación genética: como antes no la había, no había ni que pensar vista se podría defender en su caso. Incluso entonces sería problemático,
en la ética de una modificación de las cualidades hereditarias humanas me­ pero aún así se podría defender. Pero de hecho la investigación básica ya es
diante intervención artificial —en inglés se dice, y es muy bonito, genetic en gran medida una acción. Piénsese en los enormes equipamientos que se
engineering, «ingeniería genética»—, ergo quizá ni siquiera existan las cate­ aportan para ella, y en la colaboración de la sociedad en ellos. Piense usted
gorías éticas con las que valorar una cosa así. Y esto vale para muchas otras simplemente en un ciclotrón. Ningún investigador aislado puede hacer in­
cosas, por ejemplo también para un campo que sólo indirectamente tiene vestigación nuclear en su cuarto de estudio, sino que esta investigación es
que ver con el biológico: la creciente automatización aleja cada vez más al ya una empresa en la que también se crea o al menos se prepara la tecno­
hombre de los procesos de trabajo que hasta ahora habían satisfecho su ne­ logía que lleva de lo puramente teórico y gnoseológico a la acción. Es decir,
cesidad de actividad, habían estructurado su vida y le habían dado un con­ que la acción es ya en sí misma una parte de la moderna investigación. No
tenido, y que naturalmente también representaban ciertas coacciones. Aho­ es así como Aristóteles veía la naturaleza, ni tampoco Copérnico y Kepler,
ra hay que imaginarse una sociedad del ocio eventualmente traída por una que contemplaban el universo y la marcha de las estrellas, en la que no po­
automatización que vaya muy lejos. En la antigua ética de la virtud el tra­ dían interferir, y que sólo querían conocer. Hoy, todo conocimiento y pene­
bajo era naturalmente una virtud, y la pereza un vicio. Pero no se plantea­ tración en los secretos de la naturaleza es ya una manipulación de la natu­
ba la cuestión de qué se le hace al ser humano cuando se le permite o in­ raleza. Hay pues que decir al investigador básico que siempre hace algo. A
cluso obliga a estar inactivo o tener que inventarse actividades para tener esto se puede objetar que esta acción ocurre en un ámbito delimitado, en
algo que hacer. Así que a todas luces la evolución de la técnica en este siglo un laboratorio, en un equipamiento científico, y que sólo se trata del au­
ha marcado nuevas tareas a la ética. Ésta es de hecho una situación ente­ mento del saber y del conocimiento. Pero una vez que se han invertido mi­
ramente nueva para la humanidad, que plantea a la ética —y dicho sea de llones y miles de millones en estos procesos de investigación no se puede
paso también a la psicología y la antropología— cuestiones enteramente esperar que aquellos que los han hecho posibles, es decir, en última instan­
nuevas y muy serias. cia los contribuyentes, se conformen con que todo sirva tan sólo para satis­
R e d a c c ió n : ¿Vale esto solamente para la técnica y la investigación apli­ facer el ansia de saber y de conocer del científico. Siempre se preguntará:
cadas o surgen tales problemas ya en la investigación básica? ¿qué se puede hacer con esto? ¿Qué saldrá de ello? Es algo plenamente jus­
J o ñ a s : Lo que he dicho hasta ahora se refiere a la aplicación de los co­ tificado, al fin y al cabo todos lo hemos pagado de nuestro bolsillo. Aun así,
nocimientos científicos, su transformación en posibilidades de poder hu­ mi respuesta seguiría siendo que el proceso de conocimiento como tal debe
mano, en capacidad humana. La experiencia habida hasta la fecha muestra seguir adelante hasta que la obtención de conocimientos exija que la cosa
TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA C O N V E R S ACI ON ES P ÚBLI CAS 197
196

se aplique a Práctica en tQdo su alcance. Los investigadores atómicos son dos no sexuales de animales concretos es en sí mismo una intervención que
un ejemplo excelente. Lo descubierto por Olto Hahn condujo a ciertas afir­ no se justifica en el orden de la Creación o en el derecho autónomo del ani­
maciones acerca de que el átomo se podía fisionar y eso liberaba energía. mal a reproducirse a su modo. Ya que es cuestionable que los animales sean
P e ro lo que sabemos hoy, y va mucho más lejos, sólo se ha obtenido al pro­ seres personales, es difícil responder a la pregunta de si un animal resulta
bar realmente la cosa en toda su furia, ya sea en Hiroshima o en algún lu­ dañado porque haya un duplicado de otro individuo ya existente. Habría
gar del desierto. Esto también es conocimiento: saber cómo el organismo que empezar a hablar del alma de los animales, y ahí se aventura uno en te­
humano y otros organismos reaccionan de inmediato o —si sobreviven— rritorios muy oscuros. Pero en los hombres se puede decir de manera evi­
en una o dos generaciones a la influencia de la radiación. Hay que decir que dente: un hombre clonado de un individuo ya existente ha visto vulnerado
sería mucho mejor que no tuviéramos estos conocimientos si sólo se podían sus derechos existenciales fundamentales, concretamente el derecho a no
adquirir a ese precio. Es realmente difícil decidir si se deben detener hoy saber de sí mismo, sino encontrarse, abrirse su propio camino, probar sus
ciertos tipos de investigación básica. Me inclino a decir que no, si se pue­ posibilidades y sorprenderse a sí mismo, etc., en vez de saberse copia de un
den establecer medidas de seguridad que impidan que los resultados de la ser que ya ha vivido, en el que han sido ya demostradas todas las posibilida­
investigación se vean arrastrados por intereses totalmente distintos —mili­ des. Aquí se puede decir con absoluta evidencia —con independencia de si
tares, políticos, económicos— a la esfera práctica, que los convertiría en­ se hace una o cien veces, de si es socialmente relevante para la población o
tonces en destino general. Pero no se puede establecer con seguridad, me­ para el caso concreto— que ya en el caso concreto es un crimen injustifica­
diante una proposición general, dónde está el límite. ble contra un derecho existencial básico del individuo. Hay un pasaje del
R e d a c c ió n : Sin duda la cuestión de la pronosticabilidad es difícil, pero Talmud que dice: «Un hombre acuña muchas monedas de una forma, y to­
decisiva. En los casos de Otto Hahn, Strassmann y Meitner, se puede decir das son iguales entre sí; pero el rey que es rey sobre todos los reyes, ha acu­
que la evolución no llegó al pecado original. En una visita a Estocolmo a prin­ ñado a cada hombre en la forma del primer hombre, y sin embargo ningu­
cipios de los años cuarenta Otto Hahn declaró: «Nos hemos cuidado de que no es igual a su prójimo». Ahí está expresado que es un privilegio especial
los árboles no crezcan demasiado». Es una cita literal. Durante ese período, del hombre que cada uno sea su propia personalidad y no una repetida. Na­
en los Estados Unidos ya se impulsaba con mucha fuerza el desarrollo de la turalmente que hay gemelos monoovulares que son en cierto modo idénti­
bomba atómica. Pero en las prácticas de la ingeniería genética se puede pro­ cos, lo que sin duda tiene sus problemas, pero normalmente nadie es res­
nosticar ya hoy que podrían conducir a desarrollos que ninguno de nosotros ponsable de ello. Recientemente en todo caso el asunto parece haber sido
quiere. Quizá se pueda aprender de la historia que en algunos puntos decisi­ estimulado por el empleo de ciertas drogas fertilizantes, y ahí hay ya una
vos hay encarrilamientos que se pueden adivinar lo bastante a tiempo. responsabilidad que quizá habría que evitar. Pero en cualquier caso, incluso
J o ñ a s : Estoy de acuerdo con usted. También yo lo creo. Se puede espe­ en un juego así de la naturaleza que produce gemelos y trillizos, las personas
cialmente cuando la investigación no está impulsada por intereses teóricos viven simultáneamente. Ninguna precede a la otra, ninguna le ha quitado
últimos, sino que interviene un cierto afán de juego. No hay duda de que a por así decirlo de antemano a la otra lo que podría ser. El genotipo produci­
la hora de probar todas las recombinaciones posibles del ADN no sólo se do sexualmente es en cada caso un novum del que nadie sabe: ni su propie­
trata de acrecentar el saber y de entender mejor la vida, sino que también tario, el portador del genotipo, ni el entorno. Nadie sabe y todo tiene que
está en juego la pulsión o el gusto por probar las posibilidades. Las posibi­ producirse, incluso en los gemelos, incluso en los trillizos. Pero en los clones
lidades de combinación que hay son enormemente atractivas: vamos a ver sería distinto... y aquí tenemos una aplicación de la reflexión ética a una po­
qué sale de ahí. Yo ya no considero esto una auténtica empresa teórica. Veo sible tecnología, e incluso de antemano, antes de que la tecnología haya lle­
en ello una especie de sentimiento diabólico-fáustico que conjuga Fausto y gado. Quizá no llegue a hacerse realidad. La cuestión es si se logrará revocar
Mefisto: la Creación entera a nuestro alcance. Todo está permitido... o en la inactivación de los genes en las células especializadas para hacer posible
todo caso podemos probarlo todo. Sólo que algunas experiencias de este si­ algo así en personas adultas. Ya se ha conseguido en anfibios, en ranas. Con
glo han enturbiado un tanto la buena conciencia de la mera aspiración ratones se han hecho experimentos, pero en ellos se han utilizado células de
fáustica. Yo también opino que hay puntos en los que hay que decir hasta embriones y no de un ratón adulto. La cuestión es: ¿se debe seguir experi­
aquí y no más allá. No hay ningún auténtico interés científico legítimo en mentando? En mi opinión, esto ya no corresponde a la investigación básica.
seguir adelante en este punto. R e d a c c ió n : Se fundamentan los experimentos en que de este modo se
R e d a c c ió n : ¿Con cuánta exactitud se pueden indicar estos límites? pueden estudiar de forma óptima determinados procesos de diferenciación
J o ñ a s : Con ninguna exactitud. En lo que respecta a la clonación, se me celular que hasta ahora sólo se podían estudiar muy mal o no se podían es­
ha preguntado si hay reparos éticos a llevarla a cabo en animales. Yo no veo tudiar en absoluto.
especiales reparos éticos, pero puedo imaginar que los protectores de los J o ñ a s : Bueno, siempre hay una superestructura teórica.
animales sientan un escalofrío al pensarlo. Para los animales la reproduc­ R e d a c c ió n : Quizá podríamos ir ahora a algo más fundamental: lo que
ción sexual está en cierto modo prevista por la naturaleza, y crear duplica­ usted decía antes do la libertad de poder hacerlo todo, por así decirlo in du-
TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA 199
198 co n versa cio n es públicas

bio pro libertate, ha sido desde hace tres o cuatro siglos un principio de la J o ñ a s : Sí, puedo imaginar varios. Naturalmente, no se puede hablar de una
modernidad que quizá ahora esté siendo puesto en cuestión. lista de control completa. Pero al menos tengo algunos ejemplos de aquello
J o ñ a s : Me hace dudar. El miedo, un temor muy real quizá le lleve a uno que sé que sería mejor detener. La «libertad» de investigación depende mu­
a p o n e r en duda todo el principio... es una expresión muy bella esa de in du- cho de todos modos de las dotaciones de la caja pública; a$í que se puede
bio pro libertate. ejercer una fuerte influencia simplemente por la vía del reparto de recur­
R e d a c c ió n : La expresión es de Spamann.
sos. Un punto en mi lista es que ni siquiera se produzcan las pruebas de clo­
J o ñ a s : Magnífica... Uno quisiera evitarlo todo lo posible, porque pon­ nación en personas. Éste es un punto completamente claro para mí. Hay
dría en riesgo algo muy preciado: la libertad de investigación teórica. Pero otros, por ejemplo la prolongación de la vida. Supongamos que los recursos
veo que hay límites trazados; a veces —como en el último ejemplo— será biotécnicos van camino de detener el proceso de envejecimiento, que es un
una cuestión por una parte de lo amenazador de las consecuencias, pero proceso intracelular hasta donde sabemos, o de intervenir de algún modo
por otra de la importancia para lo teórico mismo. Si uno ha averiguado regenerador, de forma que se pueda prolongar indefinidamente la vida hu­
cómo encontrar en las células desarrolladas especializadas del cuerpo al mana. No quiero decir eternamente pero, por ejemplo, duplicar la vida me­
príncipe químico correcto que despierte con un beso a los genes de su sue­ dia del ser humano. No es una idea imposible. Creo que muy bien se puede
ño de bella durmiente —y así naturalmente se despeja el camino para la meditar con antelación hasta qué punto es deseable que los hombres vivan
clonación de individuos humanos adultos—, ¿sigue siendo éste un objetivo mucho más —no me refiero a vegetar, sino a vivir activamente— y si la lon­
o interés científico legítimo? Quizá habría que llegar a una redefinición de gitud natural de la vida humana no es una medida correcta. Esto lleva a
qué es lo que importa en la gran aspiración humana al conocimiento, al sa­ consideraciones muy interesantes, no sólo sobre lo que es bueno para el in­
ber. Qué forma parte de la dignidad y de la nobleza del ser humano y qué dividuo, sino también sobre lo que es bueno para la humanidad. No sé si
parte de ello es mera, realmente mera curiosidad. Si se puede hacer tal dis­ conoce usted Retomo a Matusalén, de Bernard Shaw, un drama futurista.
tinción entre aquello que uno dice que mantiene la cohesión íntima del Esta prolongación de la vida lleva, entre otras cosas, a que el acceso a la ju­
mundo, lo que es la esencia de las cosas, lo que es la vida, con qué meca­ ventud tenga que reducirse proporcionalmente. Así que lo que afluya como
nismos funciona... y todo aquello que aún se podría hacer. Si esto último es fresco y renovador será cada vez menos. Si se consigue que todos los seres
aún un legítimo interés del conocimiento, si forma parte de aquello de lo humanos que ahora viven no mueran, no podría nacer ninguno más. Esta­
que se dice que pertenece propiamente al oficio del hombre de avanzar ríamos ante una humanidad formada solamente por viejos. Es fácil imagi­
desde la ignorancia al conocimiento. Como verá, le devuelvo la pregunta. nar lo que se pierde con eso, y que no es nada deseable. Hubo otro pensa­
¿Diría usted que se pueden hacer distinciones? dor anglosajón mucho antes que Shaw, y al contrario del optimista Shaw
R e d a c c ió n : Sin duda hay que hacer distinciones, pero la dificultad es,
muy pesimista: Jonathan Swift, que en Los viajes de Gulliver habla de un
naturalmente, encontrar los criterios para ellas. Es una dificultad entera­ pueblo en el que a veces nacen personas que sufren la maldición de no po­
mente práctica del investigador de la naturaleza. Es bueno formular prin­ der morir. Esto tiene espantosas consecuencias y está considerado una gran
cipios éticos; es bueno también verificarlos con ejemplos extremos, como desgracia. Gulliver los encuentra ridículos: cualquiera de nosotros conside­
usted ha hecho con el ejemplo de la clonación humana, pero el científico raría que semejante cosa es la máxima felicidad. Y entonces se nos pinta la
normal, profesionalmente curioso, preferiría probablemente tener una es­ clase de vida que lleva esa gente, que ya lo saben todo y lo tienen todo a sus
pecie de lista de control, una lista de control ético en la que poder poner espaldas, que ya no se soportan mutuamente, que cada vez tienen que vivir
cruces en esto y aquello... es decir: puedo hacer el experimento, o no puedo más aislados y son un tormento para sí y para los demás. El ejemplo suena
hacerlo. muy fantasioso, pero quizá no lo sea en absoluto. Aquí yo también diría que
J o ñ a s : Pero también hay siempre una justificación práctica, aparte de la una investigación que persiga hacer realidad el viejo sueño del hombre de
teórica. Por ejemplo en la investigación sobre recombinación del ADN se ha no morir o no tener que morir tan pronto es una dirección de la investigación
dicho una y otra vez que podía ser útil para el conocimiento de los procesos que habría que detener. Naturalmente, habrá que orientar la investigación a
cancerosos, y eso es ya un cebo... que de ello podría salir algo magnífico. cómo se puede hacer la vida dentro de sus límites tan buen y quizá tan libre
R e d a c c ió n : Hasta ahora había consenso en la sociedad en que si los in­ de enfermedades como sea posible. Pero la investigación con el objetivo do
vestigadores tienen nuevos conocimientos es obvio que pueden aplicarlos. prolongar la vida es también un punto de la lista de control en el que habría
J o ñ a s : Era un doble consenso: a) todo conocimiento es bueno, y b) de
que decir: no. Y dado que tampoco es obligatoria, dado que no es necesario
todo conocimiento se pueden derivar buenos frutos para la práctica y para perseguir esa meta, no sucedería ninguna desgracia si no lo hiciéramos,
el bien común. ya que en última instancia es —en inglés se dice a gratuitous goal— un «ob­
R e d a c c ió n : Pero, para volver a la pregunta, ¿sería practicable formular
jetivo gratuito», así que se puede renunciar a él. Distinto es el caso, por
una lista de control así? ¿Podría usted imaginar qué puntos debería conte­ ejemplo, del aumento del rendimiento de nuestras plantas útiles. ¿Hay que
ner esa lista? seguir impulsándolo siempre? Se conocen también inconvenientes muy
C O N V E R S A C I O N E S PÚBLI CAS 201
TÉCNI CA, M E D I C I N A Y ÉTI CA
200

p e lig r o s o s , que llevan, entre otras cosas, a que los aditivos químicos que volverá a ser necesaria una especie de visión de conjunto que nos lleve fue­
c o n d u c e n a los elevados resultados obtenidos sean cada vez mayores, y ade­ ra de la intervención aisladora y analítica. Existe la expresión totalidad. Por
más las plantas criadas de este modo sean cada vez más frágiles. En todo desgracia es un concepto vago, pero quisiera decir que expresa un instinto,
c a s o aquí se podrá fijar un límite si se limita l a reproducción humana. Si al una intuición, de que con el conocimiento de las interacciones de las partes
tratar de ciertos desarrollos se dice que no se deberían proseguir, se asume y partículas o de las partículas de las partículas quizá no registramos lo
al mismo tiempo el hacer algo para que desaparezcan las presiones que real, sino que éste es más de naturaleza i esumidora, es decir integral, lo que
fuerzan a semejante progreso. Pero mientras haya tanta hambre sobre la en rigor sólo es registrable mediante otia foima de acceso al conocimiento.
tierra y tanta infraproducción de alimentos en ciertas regiones, habrá que Cuando uno se mueve en esta dirección siempre corre el riesgo de caer en
empezar por impulsar una evolución de la que ya ahora se sabe que tam­ especulaciones un tanto místicas. Pero hay que guardarse de ello, porque
bién tiene sus riesgos. No siempre se está libre de ellos. Quién va a decir a entonces se vuelve a abrir un margen para la arbitrariedad que tampoco
las gentes del Tercer Mundo: no podéis practicar este tipo de irrigación in­ queremos. No sé cómo será esto posible como ciencia, como saber real­
tensiva y cultivo del suelo, la energía no es suficiente, ciertas relaciones de mente disciplinado. Si lo supiera sería uno de los grandes de la historia de
equilibrio en el mundo vegetal van a verse tan trastornadas que a la larga el la filosofía. Pero me atrevo a decir que ha existido algo así en la antigua for­
asunto va a ser una catástrofe para la humanidad. La gente diría: ¡qué nos ma de filosofar, que en modo alguno era indisciplinada, sino que tenía su
importan los que vengan detrás de nosotros; tenemos hambre! propia severidad. Por lo menos como posibilidad no se debería perder de
R e d a c c ió n : Hasta ahora ha mencionado usted casos de los que la cien­ vista. No puedo decir más que eso.
cia debería en lo posible quitar las manos. Pero también se puede pregun­ R e d a c c ió n : ¿No sería tarea de los filósofos, de los científicos —cuya
tar a la inversa: ¿puede usted, como filósofo, dar a los científicos ciertas in­ comprensión de la propia historia de las ciencias de la naturaleza siempre
dicaciones de en qué campo habría que comprometerse más de lo que lo es tal que todo lo contemplan como prehistoria de la ciencia actual—, mos­
han hecho hasta ahora? Es decir: ¿una ética positiva? trar que la filosofía natural aristotélica no ha sido, como a menudo se pien­
J o ñ a s : Confieso que no estoy preparado para esa pregunta. Tendré que sa hoy, mera especulación, sino que se desarrolló a partir de la normalidad
pensarlo. Tiene usted razón, hasta ahora todo se dirige a rastrear dónde ha­ y no tenía esa forma idealizadora y abstracta? Puede haber imágenes del
bría eventualmente que decir no o llamar a la cautela. Pero, ¿no hay quizá, mundo igualmente correctas, de manera que por lo menos hoy siempre vi­
a partir de los mismos principios de la ética de la responsabilidad, una asig­ bra en el aire la idea de que junto a esa imagen del mundo de nuestras cien­
nación de direcciones de investigación positivas? Esto incluye sin duda cias naturales también podría haber otra. No se puede formular, como us­
todo lo que se dedica —pero no sé si esto es una ciencia— a lo referente a ted dice, pero quizá habría que reforzar la conciencia de ello.
la naturaleza moral del hombre, es decir, a averiguar en qué condiciones el J o ñ a s : Estoy de acuerdo. Pero lo curioso es que la filosofía que hoy do­
hombre prospera mejor como hombre. Se trata de un objeto de investiga­ mina el escenario representa precisamente una total capitulación ante los
ción enormemente importante, en el que estoy convencido de que nuestra criterios del conocimiento científico-natural. Puede usted ver una autocas-
actual psicología no está en el camino correcto. Tiene una idea de una exis­ tración de la filosofía, que se ha negado por completo no sólo el valor, sino
tencia sin tensiones o gratificada por el placer que tiene muy poco que ver incluso el derecho a manifestarse como antes se manifestaba la filosofía.
con la verdadera felicidad y la verdadera plenitud del ser humano. Puedo Quiere ser todo lo analítica posible. En consecuencia, en este momento hay
imaginar ciertas direcciones de la investigación que se dedican a la natura­ que esperar muy poca ayuda de la filosofía en este sentido. Las dos cultu­
leza del ser humano. No me reñero tanto en este momento a la naturaleza ras, tal como las ha entendido C. P. Snow, son hoy de un lado las ciencias na­
biológica, sino más bien a la naturaleza espiritual o psicológica del ser hu­ turales y las matemáticas más la filosofía analítica y, de otro, la literatura,
mano. Quizá habría que reanimar ciertas direcciones de la investigación las bellas artes, la música, la filología, la historia, etc. Pero naturalmente
que hoy han caído un tanto en el descrédito por culpa de la preferencia de la filosofía debería estar justo encima de ambas direcciones. Cuando digo la
las ciencias naturales analíticas. filosofía es como cuando se habla de la investigación, pero la investigación
R e d a c c ió n : ¿De dónde salen pues estas dificultades que tenemos hoy, y la hacen los investigadores y la filosofía los filósofos. Para muchos de mis
las en parte aún más espantosas que vemos ante nosotros? A todas luces colegas, lo que yo hago es pura especulación y no filosofar científico. El fi­
esto tiene algo que ver con las ciencias naturales analíticas, que eran un losofar científico analiza las estructuras del saber y el decir humanos, la
método muy eficaz para examinar segmentos simplificados de la naturale­ semántica, las manifestaciones verbales y los presupuestos lógicos de las
za y del ser humano de forma que la mente humana pudiera entenderlos, y afirmaciones con sentido o verificables. Las afirmaciones son verificables
con las que ha llegado al punto de poder intervenir en ellos. Pero posterior­ cuando son justificables mediante datos sensoriales. Los datos sensoriales se
mente nunca ha tenido claro que sólo eran segmentos. Lo otro —el todo consiguen, consisten en última instancia en lecturas de indicadores. Son
complejo— se ha quedado, como usted dice, en algún lugar del camino. proporcionados por experimentos científicos; en otras palabras: se ha alza­
J o ñ a s : Bravo, no puedo sino aplaudir a lo que dice. La cuestión es si no do una ley como máximo juez sobre la verdad o lo que es sensato: los re­
técn ic a , m ed icin a y ética 203
202 co n versa cio n es públicas

sultados y experiencias de la ciencia natural. Naturalmente, con esto la fi­ de que hay una imagen del mundo distinta a nuestra imagen científico-téc­
l o s o f í a ha renunciado a la posibilidad de plantearse por su parte la cuestión nica? ¿Hay determinadas ciencias que no se orienten a la explotación sino
de si esto agota el universo del registro intelectual de la realidad por parte del que procedan más bien fenomenológicamente? y si es así, ¿no habría que
h o m b r e . Yo creo que decididamente no. Se ha limitado por completo a una fomentarlas?
cosa. Esto es lo que yo llamo la miseria de la filosofía actual, que no sólo no J o ñ a s : Estoy de acuerdo, sólo que con una limitación. Algo así ha de ser
cumple la tarea que acaba usted de apuntar —lo que no se le podría repro­ animado, fomentado y quizá renovado. Pero nuestro mundo es plural, y to­
char, porque quizá sea enormemente difícil cumplirla, si es que es posible das las cosas avanzan juntas. Las unas no disminuyen a las otras. Siempre
hacerlo—, sino que ha apartado de sí enteramente esa tarea como tal. Pero encontrará mentes que vayan en esa dirección... pero no serán las mismas
siempre hay reaccionarios como yo que insisten en que lo que hay que personas, los científicos en el sentido actual. Hay gente suficiente para ocu­
aprender de la filosofía clásica es cómo preguntar y pensar. par todas las posiciones. Y nosotros aún no nos hemos desprendido de la
R e d a c c ió n : N o sólo aquí, en Alemania, sino igualmente en Norteaméri­ carrera de la ciencia en sus propias direcciones. Sólo hemos añadido un
ca, entre el estrato dirigente de los científicos naturales se extiende el mie­ complemento. Quizá sea así: filosofía significa amor a la sabiduría: sabidu­
do a una gran hostilidad contra la ciencia. Se podría imaginar que algunos ría no es lo mismo que saber. La sabiduría juzga, entre otras cosas, lo que
de los miedos de los que se desprende esa hostilidad van en la misma di­ se debe hacer con el saber. Ahora bien, desde Bacon tenemos la fórmula de
rección que usted, aunque quizá no se reflejen así. ¿Podría usted decir algo que saber es poder. Esto se ha convertido en realidad en una forma que su­
al respecto? pera con mucho todas las expectativas de Bacon. El conocimiento de la na­
J o ñ a s : Considero peligrosa la propia hostilidad a la ciencia. Es muy turaleza da realmente poder al hombre, y este poder se ejerce. Pero la cues­
comprensible, y a veces entre la juventud va unida a un gran énfasis moral. tión de si se debe ejercer el poder que se tiene está en otro plano que la
Es muy seria, pero sin duda la huida hacia los gurús y la astrología no es el obtención de esa posibilidad. La ciencia que se necesita es la de la eventual
camino correcto. Creo que hay que conseguir el control sobre la caja de contención, la de renunciar por tanto conscientemente y por inteligencia a
Pandora del conocimiento científico que hemos abierto sin volverse hostil ciertas posibilidades de ejercicio del poder. La cuestión sólo es si se debe
a la ciencia. llegar a obtener el poder, y entonces si se puede lograr controlar qué se ejer­
R e d a c c ió n : La cuestión nuclear es si podemos desarrollar métodos sufi­ ce de ese poder y qué no. Pero lo verdaderamente demoníaco en la tecnolo­
cientes para ello. Sin duda esta hostilidad a la ciencia es comprensible, pero gía almacenada por la ciencia es que conduce de poder a poder, y el poder
no correcta, porque es un legítimo objetivo del conocimiento humano pro­ sólo está en el ejercicio. El verdadero poder sólo se realiza cuando se apli­
ceder de una manera racional y científica. Pero si la ciencia —quizá sólo en ca realmente la posibilidad abstracta. Tenemos que volver a un concepto de
unos pocos puntos— está hoy desacreditada, ¿cómo quiere usted contrapo­ contemplación, de teoría, que esté separado de la orientación hacia el po­
nerle un ideal positivo? der y lo que se puede hacer con él. Necesitamos un restablecimiento del
J o ñ a s : Sí, a veces me pregunto qué pensaba Oppenheimer en los últi­ concepto clásico originario de teoría, de la visión que no hace nada a sus
mos años de su vida. Realmente a él le acometió el espanto ante la propia objetos de conocimiento, sino que los observa y los deja ser lo que son. El
obra de su vida y ante la propia entrega de su vida a la descodificación de fomento de la actitud reverentemente contemplativa del ser humano es una
la naturaleza hasta las esferas nucleares subatómicas. No se puede imagi­ de las tareas de la filosofía, de la ética, que podría repercutir en el trabajo de
nar que jamás haya estado a favor de suspender por completo la empresa la ciencia. Pero quizá éste sea uno de los sueños de un fantasioso.
científica. El matrimonio entre ciencia y tecnología se ha vuelto de tal R e d a c c ió n : ...especialmente tres o cuatro siglos después de que el otro
modo indisoluble que la marcha de la ciencia significa también forzosa­ modelo haya tenido tanto éxito.
mente que la tecnología siga proliferando. La pregunta me excede. Quizá J o ñ a s : Superando todas las expectativas. Ninguno de los filósofos de en­
habría que hacer una pausa y pensar realmente dónde estamos, y entonces tonces podía soñarlo, ni Bacon ni Descartes. Sin duda Descartes habló,
decidir con ayuda de la sabiduría en qué dirección se debe continuar, qué cuando por primera vez se traslució realmente la mecánica de la naturaleza
clase de ciencia hay que seguir impulsando y en qué punto se puede decir: —y él opinaba que en una generación se sabría todo sobre la naturaleza—,
ya sabemos bastante, no hace falta seguir investigando aquí. de que se podría hacer todo y sólo entonces el hombre sería señor de todas
R e d a c c ió n : ¿Cree usted que sería posible, para poder salir al paso a la las cosas. Pero ninguno de ellos podía soñar lo que vino. Hoy estamos ante la
hostilidad a la ciencia, desarrollar un método científico racional que no lle­ pregunta: ¿es compatible la ciencia con el respeto y el aprecio por lo sagra­
ve a cabo ese registro reduccionista de la naturaleza sino uno que en lo po­ do? Aparentemente la ciencia es algo que en principio tiene que dejar a un
sible vea el conjunto y al mismo tiempo no sea explotable en forma técni­ lado un cierto respeto por lo dado, porque quiere penetrar en todo. Hay un
ca? Usted mismo dice que sería una tarea para un rey. Precisamente hoy, la triunfo en este tipo de desnudamiento... se cree que el emperador está des­
filosofía es también en gran medida historia de la filosofía: ¿no se puede, en nudo, y efectivamente está desnudo, todos lo vemos. Eso se puede averi­
analogía con los modelos premodemos, fortalecer al menos la conciencia guar también, por ejemplo, con un proceso mental —estamos en ello— con
t écnica , m ed ic in a y ética
204

ciertos modelos, modelos electrónicos. Pero creo que se llega a un punto


en el que quizá se ve que hay vestidos a través de los cuales hay que ver sin
a r r a n c a r l o s . No puedo imaginar que la forma científica de ver la realidad
Jo sea todo. Porque nuestra vida se desarrolla al margen de la ciencia; de NOTA BIBLIOGRÁFICA
ella vienen las cosas importantes, los entusiasmos y las desesperaciones.
Que esto se pretenda ver como una realidad de menor rango frente a lo que
es «realmente», es decir, los quarks, los electrones y los agujeros negros, es
una injusticia contra el dominio humano y es en última instancia absurdo.
Cuando se tope con la desnudez última quedará claro que eso no puede ser
todo.
R e d a c c ió n : Un campo actual de investigación de las ciencias naturales Publicaciones originales de los artículos en inglés y en alemán.
se ocupa del oiigen de la vida. ¿Cree usted que se puede investigar sensata­
mente algo así con métodos científicos? 1. «Toward a Philosophy of Technology», The Hastings Center Report 9/1,
J o ñ a s : El último hallazgo es que las formas preliminares a las molécu­ 1979.
las orgánicas se forman ya en los espacios interestelares. Se han constata­ «Philosophisches zur modernen Technik», en Reinhard Löw y otros
do ya precursores de los aminoácidos en la materia interestelar. Se podría (edición a cargo de), Fortschritt ohne Maß? (Civitas Resultate), Munich,
decir pues que el mundo, que la materia tienden hacia la vida, que se mue­ R. Piper, 1981.
ven hacia ella. Con esto, en realidad, Aristóteles se vuelve cada vez más ac­ 2. «Technology as a Subject for Ethics», Social Research 49/4, 1982.
tual. Si es cierto que estos compuestos moleculares surgen espontánea­ «Technik, Ethik und biogenetische Kunst. Betrachtungen zur neuen
mente en ciertas condiciones, es muy difícil seguir diciendo que no hay ahí Schöpferrolle des Menschen» (I), Die Pharmazeutische Industrie 46/47,
ninguna tendencia. Pero si se admite una tendencia, se tiene lo que Aristó­ 1984.
teles tenía siempre presente, que hay principios teleológicos en la naturale­ 3. «Auf der Schewelle der Zukunft: Werte von gestern und die Welt von
za; y el hecho de que la vida es muy rara en el universo, que por ejemplo en morgen», en Hans Jonas/Dietmar Mieth, Was für morgen lebenswichtig
nuestro sistema solar sólo existe, aparentemente, aquí en la tierra, no hace ist, Friburgo, Herder, 1983.
más que mostrar que tiene que haber condiciones muy favorables para al­ 4. «Forschung und Verantwortung», Aulavorträge 21, Hochschule St. Ga­
canzar este nivel. Pero si se dan las condiciones, parece ser en cierto modo llen, 1983.
irresistible llegar a él, y en algún punto de este proceso aparece la concien­ 5. «Freedom of Scientific Inquiry and the Public Interest», The Hastings
cia o el sentimiento, el deseo, la aspiración, etc. Esto forma parte de la na­ Center Report 6/4, 1976; y «Straddling the Boundaries of Theory and
turaleza. Esto tiene que ser atribuido a la esencia de la materia igual que la Practice», en John Richards (edición a cargo de), Recombinant DNA:
fuerza de gravedad y las fuerzas eléctricas o las energías débiles y fuertes en Science, Ethics, and Politics, Nueva York, Academic Press, 1983.
el ámbito atómico. Sin embargo, volver a hacer a partir de esto una verda­ «Freiheit der Forschung und öffentliches Wohl», Scheidewege 11/12,
dera imagen del mundo, no como el «azar y la necesidad» de Jacques Mo- 1981.
nod, tiene que ser algo enteramente distinto: volver a integrarlo en nuestro 6 . «Philosophical Reflections on Experiments with Human Subjects», Da­
esquema, en nuestra idea categorial-conceptual de la realidad, es realmen­ edalus, 98/2, 1969.
te una tarea que se está abriendo paso poco a poco. La hemos suspendido «Philosophische Betrachtungen über Versuche a n menschlichen Sub­
durante algunos siglos, pero vuelve a llamar a la puerta. jekten», en W. Doerr y otros (edición a cargo de), Recht und Ethik inder
Medizin, Berlin, Springer, 1982.
7. «Ärtzliche Kunst und menschliche Verantwortung», Renovado 39/4,
1983.
8 . «Biological Engineering—-A Preview», en Hans Jonas, Philosophical Es­
says: From Ancient Creed to Technological Man, Englewood Cliffs, Pren­
tice Hall, 1974 (University of Chicago Press, 1980).
«Laßt uns einen Menschen Klonieren. Betrachtungen zur Aussicht ge­
netischer Versuche mit uns selbst», Scheidewege 12/3-4, 1982.
9. «Technik, Ethik u n d biogenetische Kunst. Betrachtungen zur neuen
Schöpfen-olle d e s M e n s c h e n » (II), Die Pharmazeutische Industrie, 46/47,
1984.
206 T ÉC N IC A , M E D IC IN A Y ÉTICA

10. «On the R e d e f i n i t i o n o f Deaht»; apartado especial del artículo c i t a d o en


' el n. 6 en Daedalus, 1969; y «Against the Stream: Comments on the De­
finition and Redefinition of Death», Jonas, Philosophical Essays, 1974 y
1980 (véase n . 8).
11 . «The Right to Die», Hastings Center Report 8/4, 1978.
«Das Recht zu sterben», Scheidewege 14, 1984/1985.
12. a. «Podiumsgerpräch mit Hans Jonas», Möglichkeiten und Grenzen der
technischen Kultur, en D. Rössler y otros (edición a cargo de), Stuttgart,
Schattauer, 1982 (Symposia Medica Hoechst 17).
b. «Im Zweifel für die Freiheit?», Nachritchten aus Chemie, Technik und
Laboratorium 29/1, 1981.

Con las referencias previas se agradece la autorización de la impresión


de los artículos citados.