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Este libro, Geografías de la guerra, el po- GEOGRAFÍAS DE LA GUERRA, GEOGRAFÍAS DE LA GUERRA,

der y la resistencia, se inscribe en el mar-


co de las investigaciones realizadas por EL PODER Y LA RESISTENCIA EL PODER Y LA RESISTENCIA
el Observatorio colombiano para el de-
Oriente y Urabá antioqueños 1990-2008 Oriente y Urabá antioqueños 1990-2008
sarrollo integral, la convivencia ciuda-

E
dana y el fortalecimiento institucional
l énfasis en la dimensión espacial de la violencia, el

GEOGRAFÍAS DE LA GUERRA, EL PODER Y LA RESISTENCIA


en regiones fuertemente afectadas por Clara Inés García de la Torre,
el conflicto armado, Odecofi, seleccio- desarrollo y la construcción del poder político es una
Coordinadora Equipo de
nado por Colciencias como Centro de de las características centrales de las investigaciones de la Investigación e investigadora del
Excelencia en Ciencias Sociales.
Odecofi está integrado por el equipo
coalición de grupos que componen a Odecofi, como apa- Iner,Universidad de Antioquia.
de Violencia Política y Formación del rece en los estudios de geografía económica del CID, de Clara Inés Aramburo Siegert,
Estado del Cinep; el CID de la Univer- la geografía de la violencia del Cerac y del Cinep y de la Coordinadora del Grupo Estudios

Oriente y Urabá antioqueños 1990-2008


sidad Nacional de Colombia; el Centro del Territorio e investigadora del
de Recursos para el Análisis de Con-
relación del conflicto con la configuración territorial del
Iner,docente de la Universidad de
flictos, Cerac; el Instituto de Estudios Estado, enfatizada por el Cinep. Dentro de esa red de in- Antioquia.
Regionales, Iner de la Universidad de vestigadores de diferentes disciplinas y regiones, el Grupo Diana Marcela Barajas, asistente de
Antioquia y el Observatorio de las Re-
laciones estado/sociedad en contextos
de Estudios del Territorio, del Iner de la Universidad de investigación, Equipo Iner- Odecofi,
locales, de la Universidad de Antio-
quia.En sus primeros años, también
Antioquia, enfatiza de manera particular las interacciones
y los condicionamientos mutuos entre los procesos eco-
GEOGRAFÍAS Universidad de Antioquia.
Daniel Valderrama, asistente de

DE LA GUERRA,
hizo parte de Odecofi el Grupo de In- investigación, Equipo Iner- Odecofi,
vestigación en Desarrollo Social, Gides,
nómicos, sociales, culturales y políticos y sus formas espa-
Universidad de Antioquia
de la Universidad de San Buenaventu- ciales. En esa línea de análisis, este libro, concentrado en Nicolás Espinosa, asistente de

EL PODER Y LA RESISTENCIA
ra de Cartagena. el Urabá y Oriente antioqueños, analiza la manera como el investigación,Equipo Iner- Odecofi,
En los primeros años de actividades
Odecofi ha venido analizando varia-
conflicto armado ha desencadenado nuevos procesos so- Universidad de Antioquia.
ciones y diferentes modalidades del ciales y reconfiguraciones socioespaciales producidos por
conflicto armado en tres grandes ma-
crorregiones del país (Suroccidente,
la interacción de las dinámicas de la guerra y las respues- Oriente y Urabá antioqueños 1990-2008
Oriente-Nororiente y Costa Caribe) y
tas de los actores regionales en esos territorios.
cinco subregiones (Urabá y Oriente an-
tioqueños, Montes de María, Córdoba Clara Inés García de la Torre
y Sucre, Bajo Putumayo) ubicadas en Clara Inés Aramburo Siegert, editoras
las zonas más conflictivas del país.

COLECCIÓN
TERRITORIO, PODER
COLECCIÓN TERRITORIO, PODER Y CONFLICTO Y CONFLICTO COLECCIÓN TERRITORIO, PODER Y CONFLICTO COLECCIÓN TERRITORIO, PODER Y CONFLICTO
© Cinep-Odecofi
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Editor General Colección Odecofi:


Fernán E. González G.
Coordinación editorial:
Helena Gardeazábal Garzón
Corrección de estilo:
Álvaro Delgado Guzmán
Diagramación:
Alberto Sosa
Diseño de carátula:
Carlos Cepeda Ríos
Impresión:
Editorial Códice Ltda.

ISBN: 978-958-644-150-6
Marzo de 2011

Impreso en Colombia – Printed in Colombia


Contenido

Introducción general
El espacio y el tiempo en los conflictos del Oriente y Urabá antioqueños 13
Fernán E. González G.

PARTE 1
El Oriente antioqueño
Introducción 35

Capítulo 1. El Oriente antioqueño. Espacio, historia y reconfiguraciones 43


La relocalización del Oriente antioqueño en el escenario económico
nacional e internacional 47
El reordenamiento territorial y el discurso público regional 49
La creación de una nueva subjetividad social en la región 51

Capítulo 2. La geografía política del conflicto armado en la región 55
El ciclo y las territorialidades del conflicto armado en el Oriente antioqueño 55
La presencia de los actores armados en el Oriente antioqueño
y sus diferencias socioespaciales 60
Condiciones y efectos socioespaciales de la guerra en el Oriente antioqueño 82

Capítulo 3. Economía regional y conflicto armado 113
Economía y conflicto: perspectiva general 113
Geografía económica y conflicto armado: otra mirada 114
Conclusiones 132

Capítulo 4. Guerra, ciudadanía y región 135
El proceso de movilización social frente a la guerra 136
Acciones colectivas y significados socioespaciales 166
Conclusiones 184

Conclusiones Generales 187


Bibliografía 193

Anexos
1. Relación dinámica entre indicadores de homicidios, combates
y desplazamiento forzado. Oriente antioqueño, 1997-2007 205
2. Cuadro de respuestas sociales al conflicto armado.
Oriente antioqueño, 1994-2008 213
8 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Indice de gráficas, mapas y tablas


Gráficas
Gráfica 1. Eventos armados, 1988-2007 56
Gráfica 2. Acciones unilaterales de grupos armados
en el Oriente antioqueño, 1997-2007 61
Gráfica 3. Número de desplazados en el Oriente antioqueño, 1999-2005 94
Gráfica 4. Eventos totales del conflicto armado en el altiplano, 1997-2007 97
Gráfica 5. Eventos totales del conflicto armado por subregiones.
Oriente antioqueño, 1997-2007 102
Gráfica 6. Acciones unilaterales de grupos paramilitares.
Oriente antioqueño, 1997-2007 104
Gráfica 7. Masacres paramilitares. Oriente antioqueño, 1997-2007 105
Gráfica 8. Eventos totales del conflicto por subregiones, 1988-2007 110
Gráfica 9. Acciones unilaterales de grupos armados en el Oriente
antioqueño, 1997-2007 111
Gráfica 10. Ingreso municipal, 1997-2007 116
Gráfica 11. Matrículas y renovaciones del registro mercantil del Oriente
antioqueño, por subregiones, 1997-2006 117
Gráfica 12. Índices de localización de eventos de conflicto y economía municipal 122
Gráfica 13. Relación eventos armados-economía regional, 1997-2007.
Oriente antioqueño (sin Rionegro) 123
Gráfica 14. Estructura económica regional, 1994-2002, 2003-2005 131
Gráfica 15. Ciclo de movilización social, 1991-2008. Oriente antioqueño 168
Gráfica 16. Provincia, ciudadanía y reconciliación.
Ejes del movimiento regional en el Oriente antioqueño 178
Gráfica 17. Tasas de homicidios y eventos armados.
Oriente antioqueño, 1997-2007 206
Gráfica 18. Tasas de homicidios y masacres paramilitares.
Oriente antioqueño, 1997-2007 207
Gráfica 19. Relación entre eventos del conflicto armado y combates.
Oriente antioqueño, 1997-2007 208
Gráfica 20. Número de desplazados y eventos armados totales.
Oriente antioqueño, 1999-2005 209
Gráfica 21. Número de desplazados y eventos armados: fuerzas estatales.
Oriente antioqueño, 1999-2005 210
Gráfica 22. Número de desplazados y eventos armados: Farc.
Oriente antioqueño, 1999-2005 211

Mapas

Mapa 1. El Oriente antioqueño y su localización en el contexto nacional 44


Mapa 2. Índice de eventos armados, 1988-1997 58
Mapa 3. Índice de eventos armados, 1997-2007 59
Mapa 4. Acciones armadas estatales, 2001 63
Mapa 5. Acciones armadas estatales, 2004 64
Mapa 6. Acciones armadas estatales, 2007 65
Mapa 7. Acciones armadas del ELN, 1998 68
Mapa 8. Acciones armadas del ELN, 2000 69
Mapa 9. Acciones armadas del ELN, 2007 70
Contenido 9

Mapa 10. Acciones armadas de las Farc, 2001 73


Mapa 11. Acciones armadas de las Farc, 2002 74
Mapa 12. Acciones armadas de las Farc, 2007 75
Mapa 13. Acciones armadas paramilitares, 1997 77
Mapa 14. Acciones armadas paramilitares, 2001 78
Mapa 15. Acciones armadas paramilitares, 2003 79
Mapa 16. Presencia paramilitar, 1998-2006 81
Mapa 17. Acciones armadas, Antioquia, 1993 84
Mapa 18. Acciones Armadas, Antioquia, 2001 85
Mapa 19. Acciones armadas del ELN, 2001 87
Mapa 20. Promedio de acciones armadas paramilitares, 2000-2002 88
Mapa 21. Índice de impacto del desplazamiento, 1997-2007.
Oriente antioqueño y destinos intrarregionales 95
Mapa 22. Índice de localización anual de desplazamiento forzado, 1999 98
Mapa 23. Índice de localización anual de desplazamiento forzado, 2001 99
Mapa 24. Índice de localización anual de desplazamiento forzado, 2004 100
Mapa 25. Índice de localización anual de desplazamiento forzado, 2007 101
Mapa 26. Acciones armadas estatales, 2003 106
Mapa 27. Acciones armadas estatales, 2007 107
Mapa 28. Cultivos de coca, 2004-2006 108
Mapa 29. Índice de competitividad. Departamento de Antioquia 115
Mapa 30. Espacialidades del crecimiento económico durante
la escalada del conflicto armado en el Oriente antioqueño, 1997-2007 121
Mapa 31. Subregionalización según promedio de ingresos municipales.
Oriente antioqueño, 1997-2007 126
Mapa 32. Extensión agrícola relativa (%). Oriente antioqueño, 1993-1996 128
Mapa 33. Extensión agrícola relativa (%). Oriente antioqueño, 1996-2002 129
Mapa 34. Extensión agrícola relativa (%). Oriente antioqueño, 2002-2007 130
Mapa 35. Desplazamiento forzado, 2003. 212

Tablas

Tabla 1. Incidencia del conflicto armado en los niveles de ingreso del


Oriente antioqueño (por municipios) 119
Tabla 2. Asambleas municipales, 2008 147
Tabla 3. Respuestas sociales al conflicto armado. Oriente antioqueño, 1994-2008. 214

PARTE 2
El Urabá antioqueño
Presentación 263
Capítulo 1. Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 269
La diferenciación socioespacial y la noción de territorialidad 271
Tipos de territorialidad 275

Capítulo 2. Establecimiento del paramilitarismo y reconfiguración


de las territorialidades bélicas, 1988-2007 311
Los eventos de conflicto en Urabá, 1988-2007 314
Los ataques a la población, 1988-2007 324
10 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Capítulo 3. Incidencia del conflicto armado en la economía regional 373


Tres incidencias económicas medulares 373

Capítulo 4. Respuesta de las territorialidades al conflicto armado 415
La internacionalización del conflicto y la nueva dimensión escalar
en la región de Urabá 415
Respuestas socioculturales al conflicto armado 429

Apuntes finales 475


Bibliografía 479
Anexo 1 485
Anexo 2 486
Anexo 3 488

Índice de gráficas, mapas y tablas


Mapas

Mapa 1. División subregional institucional. Urabá antioqueño 306


Mapa 2. Olas colonizadoras 307
Mapa 3. Territorialidades socioculturales 308
Mapa 4. Territorialidades bélicas insurgentes. Urabá antioqueño, 1960-1990 309
Mapa 5. Territorialidades socioculturales y bélicas insurgentes 310
Mapa 6. Eventos del primer ciclo del conflicto armado. Urabá, 1988-1991 354
Mapa 7. Distribución de los actores armados. Urabá, 1960-1990 355
Mapa 8. Expresión socioespacial del conflicto armado. Primer ciclo.
Urabá, 1989-1991 356
Mapa 9. Distribución de los actores armados. Urabá, 1990-1995 357
Mapa 10. Eventos del segundo ciclo del conflicto armado.
Urabá, 1992-1996. Escalada del conflicto 358
Mapa 11. Eventos del segundo ciclo del conflicto armado. Urabá, 1997-1999
Disminución del conflicto 359
Mapa 12. Distribución de los actores armados. Urabá, 1996-1998 360
Mapa 13. Expresión socioespacial del conflicto armado. Urabá, 1992-1996 361
Mapa 14. Expresión socioespacial del conflicto armado. Urabá, 1997-1999 361
Mapa 15. Eventos tercer ciclo del conflicto armado. Urabá, 2000-2003 363
Mapa 16. Presencia paramilitar. Urabá antioqueño, 1999 364
Mapa 17. Presencia paramilitar. Urabá antioqueño, 2001 365
Mapa 18. Presencia paramilitar. Urabá antioqueño, 2003 366
Mapa 19. Expresión socioespacial del conflicto. Urabá, 1997-1999 367
Mapa 20. Bloques paramilitares. Urabá, 1999-2003 368
Mapa 21. Eventos totales del conflicto. Urabá, 2007 369
Mapa 22. Expresión socioespacial del conflicto armado. Urabá, 2007 370
Mapa 23. Principales destinos de desplazamiento intrarregional.
Urabá, 1997-2007 371
Mapa 24. Principales destinos de desplazamiento del Gran Urabá, 1997-2007 372
Mapa 25. Calidad de vida del Urabá antioqueño, 2005 411
Mapa 26. Comparación de cultivos de coca. Censos 2001-2006 412
Mapa 27. Territorialidades socioculturales antes del ingreso paramilitar
Urabá, 1960-1988 413
Contenido 11

Mapa 28. Territorialidades socioculturales después del ingreso paramilitar,


1988-2007 414
Mapa 29. Veredas declaradas Comunidades de Paz. Corregimiento
de San José de Apartadó, 1997 469
Mapa 30. Panorama de la Comunidad de Paz 470
Mapa 31. Zonas humanitarias y comunidades de paz. Urabá, 2005 471
Mapa 32. Nuevas espacialidades para enfrentar el conflicto
(resistencia, acomodación, neutralidad, autonomía) 472
Mapa 33. Expresión espacial de los cambios en la configuración territorial
sociocultural. Urabá, 1960-2008 473

Gráficas

Gráfica 1. Lectura de los eventos totales del conflicto en el Urabá antioqueño,


por zonas, 1988-2007 330
Gráfica 2. Acciones unilaterales totales en la zona Centro del
Urabá antioqueño, 1988-2007 331
Gráfica 3. Acciones unilaterales en la zona Centro del Urabá antioqueño,
por municipio, 1988-2007 332
Gráfica 4. Acciones unilaterales por actores armados en la zona
Centro del Urabá antioqueño, 1988-2007 333
Gráfica 5. Acciones unilaterales totales en la zona Norte del
Urabá antioqueño, 1988-2007 334
Gráfica 6. Acciones unilaterales por municipio en la zona Norte del
Urabá antioqueño, 1988-2007 335
Gráfica 7. Acciones unilaterales por actores armados en la zona
Norte del Urabá antioqueño, 1988-2007 336
Gráfica 8. Acciones unilaterales totales en la zona Sur del
Urabá antioqueño, 1988-2007 337
Gráfica 9. Acciones unilaterales en la zona Sur del Urabá antioqueño,
por municipio, 1988-2007 338
Gráfica 10. Acciones unilaterales por actores armados en la zona
Norte del Urabá antioqueño, 1988-2007 339
Gráfica 11. Eventos totales del conflicto armado.
Urabá antioqueño, 1988-2007 340
Gráfica 12. Primer ciclo: eventos totales del conflicto armado.
Urabá, 1988-1991 341
Gráfica 13. Segundo ciclo: eventos totales del conflicto armado.
Urabá, 1992-1998 342
Gráfica 14. Combates y acciones de los grupos estatales.
Urabá antioqueño, 1988-2007 343
Gráfica 15. Migración regional del conflicto según intensidad.
Norte-Centro-Centro-Occidente y Chocó, 1988-2007 344
Gráfica 16. Tercer ciclo: eventos totales del conflicto armado.
Urabá, 2000-2003 345
Gráfica 17. Cuarto ciclo: eventos totales del conflicto armado.
Urabá, 2004-2007 346
Gráfica 18. Presencia paramilitar. Urabá antioqueño, 1998-2007 347
Gráfica 19. Combates y acciones unilaterales de la guerrilla.
Urabá antioqueño, 1988-2007 348
12 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Gráfica 20. Combates y acciones unilaterales de los paramilitares.


Urabá antioqueño, 1988-2007 349
Gráfica 21. Acciones unilaterales y número de masacres ejecutadas por
paramilitares y por actores no identificados. Urabá antioqueño, 1988-2007 350
Gráfica 22. Relación entre acciones unilaterales de ambos actores y homicidios.
Urabá antioqueño, 1988-2007 351
Gráfica 23. Lecturas subregionales del desplazamiento en el
Urabá antioqueño, 1990-2007 352
Gráfica 24. El desplazamiento y el conflicto armado.
Urabá antioqueño, 19890-2007 353
Gráfica 25. Desconcentración en la propiedad y concentración del acceso.
Curvas de Lorenz, 2002 y 2004 398
Gráfica 26. Tierra dedicada a la agricultura o la ganadería.
Urabá antioqueño, 1989-2006 399
Gráfica 27. Área de producción agrícola y ganadera.
Urabá antioqueño, 1989-2006 400
Gráfica 28. Área de producción agrícola y ganadera.
Zona Centro del Urabá antioqueño, 1989-2006 401
Gráfica 29. Área de producción agrícola y ganadera. Zona Norte del
Urabá antioqueño, 1989-2006. 402
Gráfica 30. Agricultura comercial y campesina. Urabá antioqueño, 1989-2006 403
Gráfica 31. Agricultura campesina por zonas. Urabá antioqueño, 1986-2006 404
Gráfica 32. Dinámica de los cultivos de economía campesina.
Urabá antioqueño, 1986-2006 405
Gráfica 33. Corredor platanero. Urabá antioqueño, 1986-2006 406
Gráfica 34. Número de establecimientos por macro-ramas.
Urabá antioqueño, 1986-2006 407
Gráfica 35. Crecimiento de los establecimientos por macro-ramas.
Urabá antioqueño, 1986-2006 408
Gráfica 36. Establecimientos económicos per cápita. Urabá antioqueño, 2005 409
Gráfica 37. Índice de divergencia regional en la población.
Urabá antioqueño, 1964-2005 410

Tablas

Tabla 1. Índice Gini de concentración de la propiedad de la tierra.


Urabá, 2002-2004-2005-2006 377
Tabla 2. Distribución de la propiedad según tipos de propietarios.
Urabá, 2002-2004-2005-2006 378
Tabla 3. Índice de polarización interna de la propiedad según tipos
de propietarios. Urabá, 2002-2004-2005-2006 379
Tabla 4. Cambio metodológico en el coeficiente de concentración (Gini).
Municipios del Urabá antioqueño, 2002-2004 381
Tabla 5. Composición interna de la economía campesina.
Urabá antioqueño, 1989-2006 387
Tabla 6. Participaciones demográficas de los municipios del Urabá antioqueño,
1964 -2005 393
Tabla 7. Cultivos de coca en la región del Urabá antioqueño y Córdoba 396

Introducción General

El espacio y el tiempo en los conflictos del Oriente y


Urabá antioqueños

Fernán E. González G.

El libro Geografías de la guerra, el poder y la resistencia. Oriente y Urabá


antioqueños, 1990-2008, se inscribe en la colección de libros que recogen
los acumulados investigativos del Observatorio colombiano para el desa-
rrollo integral, la convivencia ciudadana y el fortalecimiento institucional
de regiones afectadas por el conflicto armado, Odecofi. Sus autoras y auto-
res, Clara Inés García, Clara Inés Aramburo, Diana Marcela Barajas, Daniel
Valderrama y Nicolás Espinosa, hacen parte del Instituto de Estudios Re-
gionales, Iner, de la Universidad de Antioquia.
El énfasis en la dimensión espacial de la violencia, el desarrollo y la
construcción del poder político es una de las características centrales de las
investigaciones de la coalición de grupos que componen a Odecofi, como
aparece en los estudios de geografía económica del CID, de la geografía de
la violencia del Cerac y de la configuración territorial del Estado en relación
con la geografía del Cinep. En el caso del presente libro, elaborado por un
equipo del Iner, el énfasis se pone en la interacción y los condicionamientos
mutuos entre los procesos económicos, sociales y políticos y sus formas
espaciales, que dan por resultado una configuración o reconfiguración de
una región en un momento dado. La obra analiza la manera como el con-
flicto armado ha desencadenado nuevos procesos sociales, que modifican
las posiciones previas de los actores; por eso presta particular atención a las
respuestas de los actores regionales frente a los efectos de la guerra.
Otros estudios de Odecofi han privilegiado el análisis de la configura-
ción previa de la región como escenario favorable a la inserción de actores
armados en ella. Además, hay que destacar que no todos se mueven en los
mismos tiempos sino que sus análisis de refieren a diferentes ámbitos tem-
14 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

porales, según los diversos momentos en que las regiones son afectadas por
el conflicto armado.
Por ejemplo, a diferencia del escenario regional del primer libro de la
colección, Una vieja guerra en un nuevo contexto. Conflicto y territorio en
el suroccidente colombiano, las regiones antioqueñas del oriente y el Urabá
se insertan tardíamente en la dinámica del conflicto armado. En ese libro,
concentrado en el suroccidente del país, Teófilo Vásquez comparaba las su-
bregiones de colonización campesina donde se originaron las Farc con los
territorios donde se expandieron en los años ochenta y noventa y las áreas
actuales de refugio y de proyección hacia las zonas fronterizas en su actual
momento de repliegue. En contraste con ese largo periodo, tanto el oriente
como el Urabá de Antioquia solo se convierten en objetivo de la guerrilla
cuando ellas deciden pasar de las zonas originales de su momento fundacio-
nal a regiones más integradas a la vida política y económica de la nación o
a espacios cuyo rápido crecimiento los va integrando al conjunto de la eco-
nomía nacional, aunque con grandes desigualdades sociales y económicas.
Estas dos situaciones pueden ilustrarse con las regiones objeto de es-
tudio de la presente obra: por una parte, el Oriente antioqueño no es un
área de colonización reciente ni una zona de frontera a punto de cerrarse,
como ocurre con los territorios donde se instalan inicialmente el ELN
y el EPL, sino de una región con una larga historia de población y de
inserción, tanto en el conjunto de las subregiones de Antioquia como en
las del resto del país. Por otra parte, el Urabá antioqueño ilustra el caso
de la ampliación de la presencia guerrillera hacia regiones en rápida ex-
pansión económica, donde las tensiones y desigualdades internas que se
desprenden de la manera desigual como las regiones se articulan a la vida
económica y política del conjunto nacional son aprovechadas por esas
agrupaciones para su inserción. Así, tales conflictos tienen que ver con la
combinación de los problemas sociales que acompañan la expansión de
la agroindustria del banano, los problemas de la colonización campesina
producidos por la expansión y consolidación de las haciendas tradicio-
nales de Córdoba y Sucre, el trabajo político de grupos de izquierda en el
mundo sindical de la zona bananera y la implantación de grupos urbanos
radicalizados en las territorios fronterizos donde se habían alojado des-
tacamentos guerrilleros de orientación gaitanista en la Violencia de los
años cincuenta.
Este contraste muestra la importancia que tiene la comparación de di-
ferentes espacios y momentos del conflicto armado, tanto según las carac-
terísticas internas de las regiones y subregiones como de acuerdo con sus
relaciones políticas y económicas con el conjunto de la nación. Lo mismo
que la necesidad de observar de manera más dinámica, tanto la configura-
ción social del territorio como sus interacciones con el resto del país. En
El espacio y el tiempo en los conflictos del Oriente y Urabá antioqueños 15

ambos sentidos, la comparación de estas dos subregiones antioqueñas es


muy iluminadora porque muestra que los procesos de mayor inserción de
las dos subregiones a la economía nacional interactúan dinámicamente con
su previa configuración social y cultural.
Así, la primera sección del libro, destinada al Oriente antioqueño y ela-
borada por el equipo liderado por Clara Inés García, evidencia que en los
años sesenta se produce una serie de procesos económicos, sociales y polí-
ticos que modifican la vida de la subregión, al insertarla en el ámbito de la
economía regional y nacional. Esta subregión, dedicada tradicionalmente
a la agricultura campesina de autoconsumo y de abastecimiento del centro
del departamento, se va acoplando a la expansión de la industria centrada
en el Valle de Aburrá y en los proyectos nacionales de electrificación y co-
municación vial. De un lado, la expansión de la industria del Valle de Abu-
rrá profundiza la ruptura entre un altiplano industrializado y urbanizado
en torno suyo y una amplia zona periférica en sentido socioeconómico y
político. Del otro, la realización de megaproyectos de infraestructura que no
respondían a procesos endógenos de la región sino a exigencias de alcance
nacional, como el complejo hidroeléctrico, la autopista Medellín-Bogotá, el
aeropuerto y zona franca de Rionegro, redefinen la geografía del oriente. El
oriente queda así más vinculado al centro del departamento y a la economía
nacional y mundial, mientras su economía se urbaniza y terceriza. Por eso
el nuevo desarrollo de la región se concentra en unos pocos municipios del
altiplano, a pesar de que las hidroeléctricas están situadas en la vertiente
oriental y que la autopista Medellín-Bogotá atraviesa toda la región.
Por su parte, el Urabá antioqueño, analizado por el grupo liderado por
Clara Inés Aramburo, se inserta en la economía nacional y mundial al im-
pulso del desarrollo de la agroindustria bananera, que trae consigo un au-
mento de la presión sobre la tierra fértil y la concentración de la población
en las cabeceras municipales, al mismo tiempo que el desplazamiento de
colonos campesinos hacia todos los flancos de la región. El choque provoca
nuevas olas de colonización hacia la serranía de Abibe (al oriente), Barran-
quillita y Bajirá (al occidente) y Chocó (suroccidente), a la vez que aumenta
la presión de los colonos sobre las tierras de los indígenas ubicadas en el
norte y el oeste de Urabá.

Las dinámicas territoriales del conflicto en Urabá y el


Oriente antioqueños
Esas distintas configuraciones territoriales de las dos subregiones permiten
explicar la diferente instalación de los actores armados en ellas. Hay que
destacar que el oriente se introduce muy tardíamente en el proceso del con-
flicto: aunque allí se presentaron algunos asentamientos guerrilleros desde
16 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

finales de los años setenta, ellos no representaron entonces un lugar central


de la confrontación armada entre estos grupos y el Estado. El conflicto ar-
mado solo asciende en la subregión entre 1997 y 2007, cuando los grupos
guerrilleros se expanden desde los alrededores de los municipios recepto-
res de embalses y de la autopista Medellín-Bogotá hacia el conjunto de los
pertenecientes al oriente “lejano” (las subregiones de los embalses, bosques
y páramos), donde ahora se concentra el grueso de los eventos armados.
Además de esta expansión guerrillera y la respuesta del Estado, la presencia
de los grupos paramilitares marca el inicio del escalamiento del conflicto y
la crisis humanitaria regionales.
La situación en la subregión de Urabá resulta más compleja, por la con-
fluencia de la expansión del EPL –nacido en la frontera de Antioquia con
Córdoba, en las cabeceras de los ríos Sinú y San Jorge– y la aparición de las
Farc en el sur de la región, en Mutatá y la planicie del Atrato hacia Murin-
dó, que acompañaba a la colonización campesina del Partido Comunista,
en un contexto social marcado por las tensiones obrero-patronales de la
zona bananera, los consiguientes problemas de su rápida urbanización, la
consolidación de las haciendas tradicionales y la expulsión de la población
campesina. Esa combinación explosiva de tensiones favorece la decisión
de las cúpulas guerrilleras de expandirse hacia tierras más integradas a la
vida nacional y explica el surgimiento y auge de los grupos paramilitares,
apoyados por aparatos ligados al narcotráfico e interesados en la ubicación
estratégica que ofrecía la zona para el trazo de sus rutas comerciales.
Esta complejidad explica los cambios operados en la dinámica social
y territorial del conflicto, que de una lucha ligada a los movimientos de
colonos y campesinos va pasando a una lucha ligada con la confrontación
obrero-patronal y los enfrentamientos entre los sindicatos de trabajadores
cercanos al EPL y ELN y sus respectivos aliados políticos, todo ello en me-
dio de los problemas enfrentados por la agroindustria bananera y el mundo
urbano en los años ochenta.
Con su implantación en esas tensiones, los dos grupos guerrilleros esta-
blecían diferentes relaciones con la población civil, según los tipos de pobla-
miento y su diferente mentalidad política y social. El EPL dominaba el norte
(Necoclí, Arboletes, San Juan de Urabá, San Pedro de Urabá y el norte de
Turbo) y los límites con Córdoba (Los Córdobas, Canalete, Tierralta y Va-
lencia); allí alentaba invasiones en las haciendas tradicionales de ganadería
extensiva, caracterizadas por un suelo casi improductivo y cuyos propieta-
rios ausentes eran sometidos al pago de ‘vacunas’. Esta territorialidad con-
trastaba con la de las Farc, que impulsaba la campesinización de los colonos,
normalmente poseedores de hecho, sin títulos de propiedad, y dominaba
la parte limítrofe de Chocó (Acandí, Riosucio y Unguía) y el sur del Urabá
antioqueño (sur de Chigorodó, Mutatá y Vigía del Fuerte). Y en el eje bana-
El espacio y el tiempo en los conflictos del Oriente y Urabá antioqueños 17

nero confluían ambas guerrillas, cuyos ámbitos de influencia dependían de


la adscripción de los trabajadores a uno u otro sindicato (Sintrabano y Farc,
Sintagro y EPL).
Esta distribución de los territorios bélicos, configurada en los años se-
tenta, fue modificada por la llegada de los paramilitares al Atrato antioque-
ño, a finales de los años ochenta. Y luego por las negociaciones de paz y la
ulterior desmovilización del EPL a comienzos de los años noventa. El inten-
to de las Farc por copar los territorios que antes controlaba el EPL produjo
una serie de enfrentamientos entre los comandos populares del partido de
los desmovilizados del EPL (Esperanza Paz y Libertad) –grupo disidente
del EPL–, los simpatizantes de la UP, las Farc y sus milicias bolivarianas,
empeñado cada uno en mantener el control de los barrios de invasión don-
de habitaban sus respectivas bases.
Ese contexto de confrontación interna explica los diferentes ciclos del
conflicto armado: el primero (1988-1991) estuvo caracterizado por los en-
frentamientos entre las Farc y el EPL y el segundo (1992-1998) por la avan-
zada del control paramilitar desde los municipios de Arboletes, Valencia
y Tierralta, primero hacia el norte y después hacia el centro. El avance en
el norte estuvo acompañado por el aumento de extensión de las haciendas
tradicionales, que se hizo mediante la compra de pequeñas y medianas pro-
piedades y el viraje en la situación de los campesinos: algunos se quedaron
en las haciendas en calidad de arrendatarios, que aceptaban la protección
paramilitar contra las retaliaciones de las Farc; los que consentían en ser
colaboradores lograban acceder al cultivo del banano de exportación como
campesinos independientes; quienes se negaban, se vieron obligados a des-
plazarse. Lo mismo ocurrió con los nuevos pobladores campesinos ubica-
dos en los linderos de los latifundios, a los que proporcionaban mano de
obra, al tiempo que colaboraban con los paramilitares.
Este contexto explica el incremento del conflicto de la zona norteña entre
1991 y 1994, después del descenso inicial producido por la desmovilización
del EPL, lo mismo que la casi desaparición de acciones armadas entre 1997 y
2000, que puso de manifiesto que los paramilitares habían logrado ya el con-
trol de la subregión del norte. A partir de 2001, y especialmente de 2005, se
produce una reactivación de bajo nivel, ligada al narcotráfico, sobre todo en
Necoclí. En cambio, la zona del sur mantiene una tendencia muy inferior a la
del promedio regional, aunque los hechos violentos se tornan permanentes
desde 2003, especialmente en Murindó y Vigía del Fuerte, cosa que también
refleja el traslado del conflicto hacia la cuenca del Atrato.
Pero, en contraste con el control paramilitar del norte y el sur, la zona
central se mantuvo, todavía por algún tiempo, como territorio en dispu-
ta. Allí la violencia era más intensa y constante, especialmente en Turbo y
Apartadó, donde se concentró la mayoría del total de eventos violentos. Se
18 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

destaca el caso de Mutatá, donde la violencia aumenta entre 1995 y 1998,


por su ubicación cercana al occidente de Antioquia y el Chocó, hacia donde
los paramilitares, en su ofensiva hacia el eje bananero, empujaron a las Farc.
El repliegue de esta guerrilla a los confines de la subregión modificó la geo-
grafía de la guerra: las acciones violentas descienden en la zona bananera y
aumentan en el vecino departamento del Chocó (Acandí, Unguía, Riosucio
y Carmen del Darién) y en la región contigua del occidente de Antioquia
(municipios de Dabeiba, Frontino y Urrao). El desplazamiento de las accio-
nes paramilitares hacia el oeste antioqueño y el Chocó permite suponer que
el control paramilitar de las zonas del centro y el norte urabeños estaba ya
consolidado entre 1993 y 2003.
Esto se refleja en el tercer ciclo de la violencia en la región, caracteriza-
do por la desmovilización de los grupos paramilitares y la subsiguiente con-
frontación entre los poderes emergentes por hacerse al control del territorio
(2004-2007). La desmovilización de los bloques Bananero (2004), Héroes de
Tolová (2005) y Elmer Cárdenas (2006) provocó, paradójicamente, una agu-
dización del conflicto al término de una leve disminución inicial: tal incre-
mento se concentra en las fronteras de Urabá con el occidente de Antioquia y
Córdoba, especialmente en Turbo, Dabeiba y Tierralta. En este nuevo ciclo se
combinan desmovilizados reactivados, nuevos poderes emergentes y bandas
criminales, algunas de ellas vinculadas al narcotráfico, con una recuperación
de la guerrilla en el centro y el sur. Semejante combinación de tendencias, que
afectó especialmente a las minorías étnicas y a los campesinos del norte y el
occidente, originó un enorme desplazamiento de poblaciones que buscaban
alejarse de los enfrentamientos. El problema crece posteriormente a causa de
un nuevo tipo de desplazamiento, el buscado como objetivo principal de la
guerra desencadenada por los grupos paramilitares: el desplazamiento de las
supuestas bases sociales del enemigo, a fin de apropiarse de sus tierras.
En algunos aspectos, la evolución del conflicto en el Oriente antioque-
ño se diferenció de la complejidad que mostraron las violencias en Urabá,
dada su mayor homogeneidad cultural, aunque también aquí se presenta
un cambio de los protagonistas del conflicto. Al comienzo, entre 1997 y
2000, la iniciativa está en manos del ELN, que concentra sus acciones en el
eje vial, mientras la actividad de las Farc era todavía marginal. En los años
2000 y 2005 disminuyen las acciones del ELN y de los paramilitares, que
son relevados por las Farc y el Ejército Nacional: entre los años 2002 y 2003,
la ofensiva del Ejército, inscrita en los inicios de las políticas de Seguridad
Democrática, logró primero el control del eje vial, luego de la zona de los
embalses y, finalmente, de la subregión de los páramos del sur. Por su parte,
los paramilitares se concentran ahora en los cascos urbanos e inician su
desmovilización desde finales de 2003, mientras que las acciones del ELN
casi han desaparecido.
El espacio y el tiempo en los conflictos del Oriente y Urabá antioqueños 19

Estos cambios de las tendencias de los actores armados reflejan sus


diversas dinámicas territoriales: el ELN controlaba inicialmente (1998-
2002) las zonas rurales aledañas al eje vial (los bosques) y a los embalses,
mientras las Farc dominaban extensas áreas del sur y los cascos urbanos
de Nariño y Argelia (1999-2002); los paramilitares, por su lado, tomaban
las cabeceras municipales de las subregiones del altiplano y los embalses
(1999-2004). El Ejército Nacional, que inicialmente solo tenía presencia
en la protección del complejo hidroeléctrico (la zona de los embalses), fue
haciéndose al control del eje vial y la zona de los embalses (2002-2004),
para proyectarse en los años siguientes (2007-2009) a la zona de los pá-
ramos, en el sur.
Estas distintas modalidades de acción implicaban diversas maneras de
relacionarse con la sociedad civil. De acuerdo con testimonios de los po-
bladores, el ELN se alimentó de los sobrevivientes del exterminio del movi-
miento cívico regional de los años ochenta, ya que el asesinato de la mayo-
ría de sus dirigentes parecía dar razón a la guerrilla respecto al agotamiento
de las vías legales del cambio social. Es clara la coincidencia temporal de la
desaparición del movimiento cívico y la presencia de las guerrillas del ELN,
las Farc y el EPL. Es más: la continuidad entre movilización social y pre-
sencia guerrillera es incluso reivindicada por los miembros del ELN, cuyos
lazos de parentesco con los pobladores y su interés en consolidar una base
política marcan una gran diferencia con el énfasis militarista que las Farc
imprimían a su relación con la población civil.
Sin embargo, esta raigambre regional del ELN no evitó que sus frentes
sucumbieran ante la fuerte persecución de los grupos paramilitares con-
tra sus bases sociales, gracias al control de estos últimos sobre los cascos
urbanos y a la ofensiva del Ejército sobre las carreteras principales y las
cabeceras de los municipios. Tampoco logró neutralizar el avance de las
Farc, que habían hecho aparición allí desde los años setenta, cuando uno
de sus frentes, procedente de su repliegue desde Urabá, había buscado
refugio en la zona de los embalses; su avance más vigoroso se produce, sin
embargo, a finales de los años noventa, cuando otro de sus frentes, pro-
veniente del sur de la región, colindante con Caldas y asociado al cultivo
de la coca, decide iniciar el copamiento de las subregiones del “lejano”
Oriente antioqueño.
Esta invasión a las zonas tradicionales del ELN implicó un cambio
importante para la población civil. El ELN daba espacio a formas de
participación comunitaria y permitía acercamientos humanitarios con
las autoridades locales, mientras las Farc se comportaban como “un
ejército de ocupación” que desconfiaba de cualquier actividad que no
contara con su aprobación y amenazaba a los funcionarios civiles lo-
cales, a quienes consideraba “objetivo militar”. Obviamente, el enfoque
20 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

acentuadamente militarista de las Farc lesionaba más directamente a la


población civil con atentados, bombardeos y reclutamiento forzoso de
jóvenes; esta situación empeoró cuando el ELN terminó por sumarse a
esos mecanismos de guerra.
Por su parte, también las Accu, de Carlos Castaño, las autodefensas del
Magdalena Medio, los bloques Metro, Cacique Nutibara y Héroes de Gra-
nada aparecieron en el Oriente antioqueño dispuestos a contrarrestar la
presencia guerrillera en la zona de los embalses y a romper los corredores
de las Farc y el ELN que conectaban el oriente con Medellín. Inicialmente,
el dominio paramilitar del oriente estaba repartido entre el Bloque Metro,
que controlaba el altiplano y la zona de los embalses, y las Autodefensas
del Magdalena Medio, que dominaban San Luis, San Francisco y Cocorná.
Éstas últimas, lideradas por Ramón Isaza y su yerno, McGiver, mantenían
raigambres familiares en el Oriente antioqueño, lo que terminó por favo-
recer las acciones de resistencia de las comunidades frente a los efectos de
la guerra.
En los años 2002-2003, entretanto, el conflicto enfrenta a los diferen-
tes grupos de paramilitares entre sí, cuando el Bloque Metro, debido a su
postura frente al narcotráfico, se distancia del resto de agrupaciones de las
AUC. Una vez sacado del panorama el Bloque Metro, el Cacique Nutiba-
ra, que funcionaba como una federación de grupos extendidos sobre terri-
torios antes controlados por las Farc, el ELN y el Bloque Metro, inicia su
desmovilización en 2003. Sin embargo, en esas zonas reaparece el Bloque
Héroes de Granada, desmovilizado en 2005.
Esta evolución del conflicto muestra la manera diferente como los pa-
ramilitares se insertan en el espacio: su base de operaciones es el altiplano
industrial y urbanizado, de donde se proyectan a las subregiones de los em-
balses y bosques, dejando totalmente por fuera la subregión de los páramos.
Sus acciones militares son marginales, pero su engarce en las administra-
ciones locales, su control tanto de la siembra y el comercio de la coca como
de la actividad política local y el retorno de los desplazados, muestran que
su actividad sigue vigente en la región.
Como muestran Clara Inés García y sus colaboradores, estos cambios
en el protagonismo de los actores armados, las confrontaciones internas,
tanto de guerrilleros como de paramilitares, y el contraste entre sus lógicas
territoriales, evidencian una geografía del poder regional que es producto
de la manera diferente como interactúan las lógicas de los actores armados
con la dinámica de la configuración del territorio. La confrontación entre las
tendencias hacia una mayor integración a la economía del Valle de Aburrá
y de la nación –que llevan a la fragmentación del oriente– y las fuerzas que
defienden la unidad socioespacial y cultural de la subregión se ve replicada
por las lógicas regionales de la guerra.
El espacio y el tiempo en los conflictos del Oriente y Urabá antioqueños 21

Los efectos del conflicto en las economías del Oriente y


Urabá antioqueños
Esta confrontación se profundiza por el impacto diferenciado del conflicto
en la vida económica de la región, que ahonda aún más la fractura entre
el altiplano, mayormente integrado a la industria del valle de Aburrá, y el
resto de la región. En el área metropolitana de Medellín, la actividad eco-
nómica disminuye cuando se escala el conflicto (1997-2002) y se recupera
cuando disminuye la violencia (2003-2004); y los municipios del altiplano
(Rionegro, La Ceja, Marinilla y El Santuario), a los que se extiende la indus-
trialización, son los únicos donde los ingresos de los habitantes no son afec-
tados negativamente: durante la escalada del conflicto no solo mantienen
sus niveles sino que los aumentan al recuperarse la seguridad del altiplano.
Y los municipios donde los ingresos de sus pobladores se ven más afectados
son San Rafael, San Carlos y San Luis, en cuyo territorio se ubica la infraes-
tructura hidroeléctrica y vial: San Luis es, sin contar los municipios indus-
trializados, el único cuyos niveles de ingreso mejoran al final del conflicto.
El resto permanece relativamente estancado, con la excepción de Argelia,
cuya situación tradicionalmente precaria experimenta una leve mejora, tal
vez asociada a los cultivos de coca.
Estas disparidades llevaron a los investigadores a proponer una subre-
gionalización distinta de la tradicionalmente aceptada, que contrapone una
periferia económicamente muy precaria (un corredor que se extiende por
Nariño, Argelia, San Francisco, San Luis, Cocorná, Granada y Alejandría);
una subregión de economía campesina menos precaria (compuesta por mu-
nicipios del cercano y el lejano oriente, como San Carlos, San Rafael, El Peñol,
El Retiro, Abejorral, La Unión, Guarne, San Vicente y El Carmen de Viboral,
estos dos últimos con una tendencia sostenida de crecimiento); el núcleo de
campesinado intermedio de Sonsón, hoy un tanto relegado pero que mantie-
ne parcialmente la importancia que tuvo para la configuración de la región
en los siglos XIX y XX, y la zona industrializada y urbanizada de Rionegro y
otros tres municipios del altiplano: La Ceja, Marinilla y El Santuario.
Estos contrastes hacen evidente, durante el período conflictivo, una dis-
minución significativa del porcentaje relativo del área cultivada en el con-
junto del territorio y en las diferentes subregiones, ya que el altiplano con-
centra la mayoría de las hectáreas cultivadas. Sin embargo, tal descenso no
es producto del conflicto armado sino de la evolución de la actividad eco-
nómica, que tiende a la industrialización y descarga sus efectos en el impul-
so de los servicios financieros, el transporte y la construcción, mientras su
sector primario pierde importancia, aunque la minería permanece estable.
El impulso solo se extiende a unos cinco o seis municipios, estimulados por
sus vínculos con la economía del área metropolitana, pues el resto de las lo-
22 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

calidades permanece estancado durante el conflicto y desde tiempo atrás, a


pesar de los recursos de las transferencias del sector energético a San Carlos
y San Rafael y de las eventuales potencialidades económicas de la autopista
Medellín-Bogotá.
Por su parte, la región de Urabá enfrenta también cambios en su estruc-
tura agraria, ya que el desplazamiento forzado parece haber profundizado
la tendencia a la desocupación del campo y al consiguiente crecimiento
de la población de las cabeceras municipales. En correspondencia con este
despoblamiento rural, se evidencia una enorme disminución de la super-
ficie dedicada a la producción agrícola, que tiene que ver también con la
apertura económica nacional y la ineficiencia del sector a causa de los altos
costos de producción y transporte. Asimismo disminuyó inicialmente, aun-
que en menor proporción, la tierra dedicada a la ganadería.
El continuo pero leve crecimiento de la agricultura a partir de 1998 no
logra recuperar los niveles de comienzos de los noventa, lo que contrasta
con el mayor incremento de las tierras dedicadas a pastos, que supera los
niveles originales. Estas transformaciones son diferenciadas por subregio-
nes: en la región central, las caídas y recuperaciones de la agricultura y la
ganadería parecen obedecer a un incremento de la frontera, mientras en el
norte, el aumento de los pastos y el decrecimiento de la agricultura parece-
rían mostrar una absorción de las tierras agrícolas por la ganadería.
Esto significaría que el conflicto armado produjo la potrerización del
norte de la región de Urabá y una descampesinización del conjunto de la
región, ya que el descenso de la agricultura de pancoger para los mercados
locales, centrados en los productos tradicionales –plátano, maíz, yuca, arroz
y cacao– está acompañado de un crecimiento constante de las tierras desti-
nadas a la agricultura comercial del banano de exportación.
Sea como fuere, el crecimiento de los cultivos de banano no se produjo
a costa de la exclusión de la tierra destinada a otros cultivos agrícolas sino
a causa de la expansión de la frontera agrícola hacia tierras colindantes,
posiblemente de viejos potreros o algunas tierras inundables ahora dese-
cadas. Esa expansión hizo que la zona central lograra recuperar los niveles
de tierra cultivada que había en los años noventa, lo que no ocurre en
las zonas de agricultura campesina, donde la reducción de los cultivos de
maíz fue acompañada por el auge del cultivo de un plátano distinto del tra-
dicional, con un sistema de producción intermedio entre lo agroindustrial
y lo campesino, que combina la producción de pequeños predios de cam-
pesinos, conjuntamente con una distribución equitativa de la producción,
y la organización de la producción, la recolección y los canales de comer-
cialización, formas más cercanas a la industria bananera, que exporta la
producción de mejor calidad y reserva el resto para el mercado nacional,
regional y local.
El espacio y el tiempo en los conflictos del Oriente y Urabá antioqueños 23

Al lado de esta recomposición de la economía campesina, se produ-


jeron cambios más importantes en el sector terciario de la economía: el
crecimiento de los sectores del comercio y los servicios en las cabeceras
municipales responde a la creciente urbanización de la región, promo-
cionada por el desplazamiento de población rural a las cabeceras muni-
cipales. Obviamente, esta transformación no es causada exclusivamente
por los efectos del conflicto armado sino que es también resultado de los
cambios de la economía y la sociedad en la región, la nación y el mundo.
Tales cambios elevaron la centralidad de los municipios del eje banane-
ro, como Turbo y Apartadó, que garantizaban cierta oferta institucional
para la atención humanitaria y una economía urbana que soportaba más
fácilmente la fuerza de trabajo migratoria, ya fuera por el conducto de sus
sectores industrial y terciario o mediante el crecimiento de la economía
subterránea.
Otra de las razones del acelerado crecimiento del sector terciario de
Urabá es el impacto de los cultivos ilícitos: aunque ellos son escasos en Ura-
bá, en contraste con el escenario que se observa en los municipios veci-
nos de Tierralta y Valencia, del departamento de Córdoba, su localización
convierte a ese territorio antioqueño en un corredor indispensable para la
comercialización y embarque de la droga desde la frontera con Córdoba, el
interior de Antioquia y otras zonas del país, en dependencia del negocio de
las rutas entre carteles del narcotráfico, actualmente en disputa en la región.
Este engarce en la comercialización de los cultivos ilícitos explica la con-
gestión comercial de Turbo y Necoclí, zonas portuarias que, sin embargo,
concentran el total de los cultivos ilícitos existentes en la región.

Resistencia y construcción colectiva de nuevos espacios


públicos en la región
La profundización de las tendencias hacia la fragmentación económica del
oriente y la subordinación de las subregiones de Urabá en función del eje
bananero modifican la situación de las poblaciones de las nuevas y antiguas
periferias. Sin embargo, tales poblaciones distan de aceptar pasivamente
los impactos del conflicto, como muestran los dos equipos de investigación
que confluyen en este estudio. Así, Clara Inés García y su grupo afirman que
las acciones colectivas en el oriente, a pesar de su aparente fragmentación
y diversidad, lograron consolidar un movimiento regional favorable a la
construcción de la provincia, la ciudadanía y la reconciliación, factores muy
interconectados entre sí. En las luchas por el territorio y la recuperación de
los efectos de la guerra, aparece una construcción de ciudadanía que rescata
la memoria colectiva sumergida por las inequidades territoriales que han
acompañado los proyectos de desarrollo y busca superar las rupturas que
24 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

la violencia ha producido en las familias, por la adscripción voluntaria o


forzada de sus miembros a uno u otro grupo armado.
En el caso de Urabá, la resiliencia de la población a los efectos de la
guerra aparece muy ligada a la globalización de la confrontación, pro-
movida por la acción internacional humanitaria, como muestran Clara
Inés Aramburo y su grupo investigador. La crisis humanitaria desen-
cadenada por el desplazamiento forzado ocasionó la nacionalización e
internacionalización del conflicto de Urabá: la exigua soberanía estatal,
sobrepasada por los horrores de la situación bélica de la región, llamó
la atención de la prensa nacional y de varios organismos nacionales e
internacionales y organizaciones no gubernamentales. La presencia de
múltiples entidades y gobiernos internacionales facilitó la paulatina vi-
sibilización del conflicto a través de las denuncias, que fueron condu-
ciendo a la creación de una “nueva institucionalidad”, impulsada por
organismos solidarios internacionales con el apoyo de gobiernos ex-
tranjeros e instituciones de la Iglesia católica.
En cambio, en el oriente, esta capacidad de resistencia es producto de
las redes comunitarias e institucionales entre líderes y pobladores y de una
conciencia colectiva con capacidad de acción conjunta, originada en los
movimientos cívicos de los años ochenta. Ella se ve favorecida por el dis-
curso de neutralidad frente a todos los actores armados, incluido el Ejército,
y de reconciliación con los factores ilegales, considerados también miem-
bros de la comunidad regional. Además, por las posibilidades abiertas por
la Constitución de 1991 y el apoyo prestado por el obispo y el gobernador
de Antioquia, organizaciones no gubernamentales como Conciudadanía y
otras agrupaciones sociales de mujeres.
Esta coyuntura abrió la posibilidad de diálogos públicos de los alcal-
des con actores armados, sustentados en las asambleas comunitarias de
las poblaciones, y llevó al surgimiento del Laboratorio de Paz, fruto de la
colaboración entre organizaciones no gubernamentales, autoridades lo-
cales y departamentales, movimientos sociales y agencias internacionales
de cooperación, como la Unión Europea. Desde luego, los cambios de la
política nacional y departamental frente al conflicto produjeron resultados
contradictorios: por una parte, la Seguridad Democrática y la Ley de Jus-
ticia y Paz llevaron a una disminución significativa de los hechos violentos
y a la aparición de las organizaciones de víctimas como un nuevo actor
social; por otra, la ayuda de la Unión Europea en el Laboratorio de Paz
hizo desaparecer del panorama regional a los alcaldes, cuyo protagonismo
pasó a Prodepaz, como operador del Laboratorio. La Gobernación, por su
lado, suspende el apoyo a las asambleas comunitarias, que trata de sustituir
por consejos comunitarios, en el afán de reemplazar la relación directa del
presidente Uribe entre gobernante y pueblo.
El espacio y el tiempo en los conflictos del Oriente y Urabá antioqueños 25

En cuanto a la ambivalencia de la llamada sociedad civil frente a la polí-


tica –que oscila entre la intolerancia frente al adversario y el rechazo mora-
lista a la política como esencialmente corrupta–, condujo al triunfo aplas-
tante de la vieja maquinaria en las elecciones locales. Esto ha significado
una menor intensidad de las actividades de la Asamblea Provincial, cuyo
objetivo de construcción de territorio despierta la oposición de los partida-
rios de otros proyectos políticos y la resistencia de las fuerzas hegemónicas
en lo político y económico.
En cambio, el énfasis en la dimensión de género y en la identidad te-
rritorial permitió que colectivos regionales de carácter sectorial, como la
Asociación de Mujeres del Oriente Antioqueño (Amor), así como la Aso-
ciación Provincial de Víctimas a Ciudadanas (Aproviaci), tomaran el relevo
de la movilización de las asambleas municipales. Estas agrupaciones se ven
favorecidas por su ingreso a redes de carácter nacional y global –para el
caso de las mujeres– y en redes de carácter nacional con fuertes apoyos en
ONG y organismos de justicia internacional.
Para su consolidación, tales asociaciones recuperaron el debate en torno
al tema del conflicto armado, relegado por los problemas de ciudadanía y
desarrollo planteados en las asambleas comunitarias y que habían sido el
origen del proyecto político del territorio y del mismo Laboratorio de Paz.
De esa manera recuperan la memoria de los hechos violentos como única
forma de sanación de las víctimas, cuya identificación social como sobre-
vivientes de una tragedia se basa en el recuerdo de los agravios recibidos.
Aunque sin aceptar la clasificación de víctimas pasivas que les ha asignado
el gobierno, pues buscan la construcción social de las víctimas mediante la
que denominan política del dolor. El concepto de sufrimiento social per-
mite entender las consecuencias del impacto violento y de las respuestas
sociales que suscita, según las distintas situaciones personales, de género,
religiosidad y cultura política.
Esta resignificación de la categoría de víctimas, que les imprime un
papel proactivo de ciudadanas y las identifica con la provincia, implica la
recuperación de la dimensión política que el Estado se niega a reconocer
en materia de conflicto armado. Sus demandas políticas ponen al Estado
frente al dilema de distanciarse o no de su posición de violador de los dere-
chos humanos, enredado como está con los poderes vinculados al parami-
litarismo –la llamada parapolítica–. Y, a pesar de las posiciones diferentes
frente a la desmovilización, la reconciliación y la reinserción, que se reflejan
en las distancias que se asumen respecto de la Comisión Nacional de Re-
conciliación y Reparación (Cnrr), las organizaciones han logrado el trabajo
conjunto de formación política de las víctimas.
Finalmente, los autores contrastan el papel vital de las ONG, tanto en
la capacitación y animación de las actividades como en la consecución de
26 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

recursos financieros y de conexión con redes nacionales e internacionales,


actitud que resalta frente al papel ambiguo desempeñado tanto por las ins-
tituciones públicas estatales del orden departamental y nacional como por
las entidades de cooperación internacional del tipo de la Unión Europea
y el Banco Mundial. La ambigüedad reside en que ellas, por un lado, al
apoyar el Laboratorio de Paz han potenciado la acción colectiva, pero, por
otro lado, han despertado una conducta de despolitización y dispersión del
movimiento social regional.
Esta despolitización era promovida por el énfasis de la cooperación in-
ternacional en la transformación de prioridades colectivas, de carácter po-
lítico, centradas en la construcción social del territorio, hacia la elaboración
de proyectos económicos, cuyas formalidades absorbían las energías de los
pobladores y centraban los esfuerzos en la seguridad alimentaria y la provi-
sión de ingresos para los desplazados, lo mismo que en proyectos encami-
nados a la gobernabilidad y la cultura de paz. Y porque, además, la visión
asistencialista del programa de Acción Social de la Presidencia de la Re-
pública para los desplazados se concentra en microproyectos de seguridad
alimentaria y obtención de ingresos, sin plantearse proyecciones hacia el
futuro, y porque distingue entre víctimas de guerrilleros y de paramilitares
y desconoce a las víctimas de actores estatales. De ahí la distancia tomada
por algunos líderes y pobladores frente al Laboratorio de Paz de la Unión
Europea, a cuyos participantes descalifican como “euros”, para reafirmarse
como miembros del Laboratorio de Paz del oriente, que funcionaba antes
de que arribara a la región la Unión Europea.
En contraste con esos efectos ambiguos de la nacionalización e interna-
cionalización del conflicto del Oriente antioqueño, en Urabá los esfuerzos de
paz arrojaron como saldo positivo la compenetración de los pobladores de
esa región con los cánones universales de justicia, que fueron adaptándose a
las normas locales de la justicia indígena y a las tradiciones de las comunida-
des negras y campesinas. Aquí la internacionalización y la visibilización del
conflicto armado transformaron las relaciones de las poblaciones con el Es-
tado, al poner en evidencia la incapacidad de la justicia ordinaria estatal para
combatir la impunidad y hacer cumplir la normatividad vigente.
Además, la intervención de organismos veedores de justicia internacio-
nal transformó las percepciones sobre el conflicto, que se redefinió como
“guerra interna”, y señaló a Urabá como zona de preocupación internacio-
nal, puesta en una situación comparable con las de Bosnia y Ruanda. Esta
posición instaló a la región en el seno de la comunidad internacional por
la vía negativa de la violación de los derechos humanos y el Derecho Inter-
nacional Humanitario e hizo patente la vigilancia internacional tanto sobre
ella como sobre las acciones del Estado. La nueva situación condujo a la
construcción subjetiva de la categoría “víctima” como nuevo sujeto social
El espacio y el tiempo en los conflictos del Oriente y Urabá antioqueños 27

de reconocimiento y reivindicaciones, factor que permitió activar algunos


recursos culturales propios para crear un nuevo lugar desde el cual impug-
nar al Estado.
El primer caso de apropiación del discurso internacional por las comu-
nidades locales fue la proclamación de neutralidad de las comunidades de
la serranía de Abibe para evitar ser instrumentalizadas por los distintos
grupos armados. No obstante, esa declaración de neutralidad se vio sobre-
pasada por la dinámica de la guerra, lo que obligó a las comunidades indí-
genas a apelar a los instrumentos de la justicia internacional, contrariando
los reparos de algunos antropólogos que señalaban el carácter etnocéntrico
de sus referentes legales. Por ejemplo, la Organización Indígena de Antio-
quia (OIA) firmó con la Acnur un convenio que buscaba articular la forma-
ción en derechos humanos y Derecho Internacional Humanitario con las
formas ancestrales de la justicia indígena.
Otro caso fue el de las comunidades aborígenes del medio y el bajo
Atrato, que no aceptaron declararse como neutrales porque ello suponía
incluirse en una guerra ajena, y prefirieron ejercer su autonomía social y
territorial apoyándose en sus redes internas de solidaridad para ofrecer-
se mutua “ayuda humanitaria”. Basaban su conducta en sus principios de
unidad, tierra, cultura, autonomía y justicia nativas, con el respaldo de sus
organizaciones: la Organización Nacional Indígena de Colombia (Onic)
y Organización Regional Indígena Embera-Waunana (Orewa). Recurrían
asimismo, como los indígenas de Abibe, al discurso y el lenguaje de la
justicia internacional.
Formas más radicales de respuesta al conflicto fueron las organiza-
ciones de resistencia civil de los campesinos de la serranía de Abibe, que
conformaron la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, así como
los grupos afrocolombianos del Atrato, que crearon las zonas humani-
tarias de Curvaradó y Jiguamiandó. Estas agrupaciones optaron por una
resistencia no violenta, basadas en redes de solidaridad con organizacio-
nes que promovieran la defensa de los derechos humanos y del Derecho
Internacional Humanitario. Las dos modalidades de resistencia llevaban
implícita una objeción a la justicia ordinaria del Estado, suplantado local-
mente por paramilitares y narcotraficantes, junto con una apelación a los
instrumentos normativos internacionales. La total desconfianza frente al
Estado colombiano, al que consideraban cómplice de los grupos parami-
litares, hizo que las comunidades del Atrato se negaran a gestionar, ante
la justicia ordinaria, el retorno a sus tierras arrebatadas por los actores de
la guerra.
En una posición todavía más radical, en 1997 los pobladores de San José
de Apartadó se declararon “comunidad de paz”, a fin de acogerse al Derecho
Internacional Humanitario: su creación como zona humanitaria, indepen-
28 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

diente de las partes implicadas en el conflicto armado, a las cuales negaban


toda colaboración, buscaba la protección de la Corte Interamericana de De-
rechos Humanos. Su apelación a la verificación de la comunidad interna-
cional y su veda al tránsito de cualquier actor armado, incluidas las fuerzas
estatales, eran justificadas por la estigmatización sufrida previamente por
su población, que en los años setenta había sido una base de las Farc.
Esta posición representaba una resignificación del concepto de zona
neutral prevista por el Convenio de Ginebra, que fue resultado de un acuer-
do entre las partes enfrentadas para excluir de la guerra a determinado te-
rritorio. En cambio, en las zonas humanitarias son las propias comunidades
las que delimitan un territorio para dejarlo libre de la guerra, absteniéndose
incluso de acciones encaminadas a la búsqueda de la paz. En cambio, la co-
munidad de San José de Apartadó adoptó el concepto de neutralidad activa,
que incorporaba acciones a favor de la paz.
Estas propuestas tuvieron un intento de réplica en el bajo Atrato cho-
coano, cuya situación como corredor estratégico de economías ilegales
(contrabando de armas y coca), con un poblamiento originado en flujos
migratorios de antiguos esclavos, indígenas y comunidades mestizas, había
convertido a la subregión en escenario de los enfrentamientos entre las Farc
y los paramilitares. Así se crearon las comunidades de paz de San Francisco
de Asís y Natividad de María, en que tuvieron participación los desplaza-
dos del campamento de Pavarandó y de las Bocas de Curvaradó y Nuestra
Señora del Carmen, además de los desplazados de las cuencas de los ríos
Pedeguita y Salaquí.
Todos esos procesos de resistencia y reubicación terminaron por confi-
gurar nuevas territorialidades en medio del conflicto, donde fueron recons-
truyéndose las redes sociales quebrantadas y creándose grupos de apoyo,
tanto locales como nacionales e internacionales. Esto evidencia un proceso
de mundialización de lo local, que se expresa en la internacionalización
del conflicto y la incorporación de la justicia humanitaria en su resistencia,
factores que, sin embargo, no han evitado que esas comunidades de paz
hayan seguido siendo víctimas de la violencia. La reiterada ineficacia de la
justicia para investigar esas violaciones y judicializar a sus autores provocó
la radicalización de las partes, que a la vez llevó a una contradicción pro-
funda entre las comunidades y el Estado, que empeoraría por la negativa
del gobierno del presidente Uribe de reconocer la existencia de un conflicto
interno en Colombia, lo que eliminaba la posibilidad de ejercer la neutra-
lidad. Esta negativa llevaría a las comunidades a asimilar al Estado como
otro actor de esa guerra y, consecuentemente, a negarse –como lo hizo la
Comunidad de Paz de San José de Apartadó– a recurrir a la justicia del Es-
tado colombiano. Por esta proscripción de la presencia estatal y el recurso
a la justicia internacional, los funcionarios oficiales consideran a esa comu-
El espacio y el tiempo en los conflictos del Oriente y Urabá antioqueños 29

nidad como obstructora de la justicia y se niegan a aceptarla como forma


de resistencia legítima.
Otra expresión de resistencia de algunos campesinos del Bajo Atrato
fue su opción por la permanencia en su territorio y el refugio en la selva.
Algunos se organizaron en un comité de “Olvidados por la Patria”, para lla-
mar la atención nacional e internacional, concentrada en los desplazados, y
crearon la Asociación de Campesinos del Atrato (Acat) con los “resistentes”
del Jiguamiandó y Curvaradó, que terminaron relacionándose con las co-
munidades de paz del Atrato. Estos grupos reunidos aprovecharon la Ley
70 de 1993 para organizarse como Consejo Mayor, administrar su territorio
y acceder a títulos colectivos de propiedad de las tierras de las que habían
sido expulsados. Sin embargo, la titulación de tierras terminó agravando la
ofensiva de paramilitares y ejércitos para desalojar a los pobladores de la
cuenca del río Curvaradó. Parte de la población, acompañada por organis-
mos nacionales e internacionales, se ubicó entonces en la margen derecha
del río Jiguamiandó, mientras que los paramilitares ocupaban la margen
izquierda, hasta que en 2003 atacaron también en la izquierda. Y al año
siguiente el Ejército hizo presencia abierta en la zona.
Como respuesta, los campesinos desplazados, con el apoyo de la Comi-
sión de Justicia y Paz, constituyeron las zonas humanitarias de Bella Flor de
Remacho, Pueblo Nuevo y Nueva Esperanza, en la cuenca del Jiguamiandó.
En la del Curvaradó, entretanto, sus habitantes dispersos en Belén de Bajirá
y Chigorodó fundaron la de Caño Claro, mientras que pobladores del Cur-
varadó, asentados en la zona humanitaria Bella Flor de Remacho, crearon
la zona humanitaria de El Tesoro.

La acomodación pragmática de algunos desplazados


Finalmente, otros grupos de desplazados decidieron quedarse en las cabeceras
municipales y construir en ellas una nueva forma de relación con la institucio-
nalidad estatal, a pesar de haber firmado con el Estado acuerdos de retorno.
Esta acomodación pragmática significó la adopción de estrategias de supervi-
vencia por medio de experiencias organizativas que privilegiaban la búsqueda
de un acceso eficaz a los beneficios consagrados en la ley, adaptando la noción
de “víctima” a sus intereses, para ir reconstruyendo lazos comunitarios y colec-
tivos. A diferencia de los casos anteriores, estos desplazados lograron superar la
condición de “mártires” del conflicto para asumir y subjetivar políticamente el
estatus jurídico de víctimas con el fin de acceder a los servicios básicos del Es-
tado y a escenarios de participación institucional difícilmente alcanzados antes.
Tal acomodación reviste cierta ambigüedad, porque estos pobladores aceptan
participar en espacios sociales ya constituidos, generalmente de tipo asistencial,
que no son autónomos y no permiten enunciar sus posiciones como despla-
30 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

zados ni confrontar al poder dominante. Sin embargo, ellos no se han dejado


asimilar del todo por el paternalismo del Estado, ya que establecen sus propias
solidaridades y renuevan la búsqueda de raíces para satisfacer la necesidad de
pertenecer a una comunidad y lograr identificarse con la gente que comparte
sus mismas condiciones.
Para describir esta situación los autores del libro adoptan la figura de
acomodación pragmática, tomada de Boaventura de Sousa Santos y Mau-
ricio García Villegas, que la definen como una estrategia de emancipación
social que se adapta pragmáticamente a las condiciones impuestas por el
entorno social, sin rebelarse ni conformarse con el poder impuesto en en-
tornos complejos y violentos, sea de la guerrilla, los narcotraficantes, los
paramilitares o el propio Estado. Recurren asimismo a la caracterización de
“paternalismo” utilizada por los mismos autores para describir situaciones
de prácticas emancipatorias paralelas a la ciudadana, de tipo institucional
pero pasivo, donde se espera que el Estado, de acuerdo con sus deberes
constitucionales, traiga consigo la mejora de las condiciones de vida. Se
trata de algo semejante a lo que estos mismos autores han denominado
prácticas emancipatorias “bifrontes”, que combinan las prácticas reivindi-
catorias con el recurso a herramientas institucionales, en una actitud activa
y estratégica ante las instituciones y el derecho1, no solo ante el Estado sino
también ante la nueva institucionalidad existente en la región.
En ese sentido, se podría afirmar que estas organizaciones esbozan ya
las primeras líneas de un proyecto colectivo articulado a partir de referentes
comunes de identificación (más que identitarios) que trascienden lo local,
al insertar a los desplazados en lógicas institucionales, nacionales o inter-
nacionales. Aunque este acomodo es deslegitimado por algunos, puede ser
percibido como otra manera de reconstruir el tejido social en las cabeceras
municipales adonde se han desplazado, aprovechando las organizaciones
comunitarias toleradas en ellas, lo mismo que los espacios abiertos por el
Estado para entablar con la víctimas nuevas formas de relación institucio-
nal, creadas por la aprobación de la Ley de Desplazados y la promulgación
de derechos especiales para ellos.
El caso ilustrativo de esta estrategia es el Comité Regional de Despla-
zados de Urabá (Cordeu), organizado como asociación de segundo nivel
que agrupa a organizaciones de cinco municipios del eje bananero (Muta-
tá, Chigorodó, Carepa, Apartadó y Turbo), para dialogar con las entidades
del gobierno departamental y nacional. Esta organización busca reivindicar
derechos para la estabilización socioeconómica de pobladores ubicados en
sitios diferentes al de su lugar de origen. El comité se constituyó entre 2002

1 Santos, B. De S. y García Villegas, M. (2004). Emancipación social y violencia en Colombia. Bogo-


tá: Grupo Editorial Norma, pp. 65-66 y 73.
El espacio y el tiempo en los conflictos del Oriente y Urabá antioqueños 31

y 2003 para superar la dispersión organizativa que se presentaba entre di-


ferentes asociaciones de desplazados que competían entre sí por recursos.
Pero sin reivindicar la reparación, cuya normatividad nacional e interna-
cional es desconocida por la mayoría de la población, ni confrontar a los
poderes dominantes, sean estatales, contra-estatales o paraestatales, sino
insertarse en el entramado institucional para acceder a los beneficios de la
ley y a los programas nacionales e internacionales destinados a la estabili-
zación social y económica de la población desplazada. Sin embargo, ellas
replantean y cuestionan el tipo tradicional de relaciones que han tenido
con la institucionalidad estatal, basada en el clientelismo, para reivindicar
su participación autónoma en la vida ciudadana.
Los líderes de Cordeu pretendían fortalecer las organizaciones de base
para no seguir prohijando las divisiones de anteriores justas electorales y
esforzarse por ganar los gobiernos locales y regionales y garantizar así el
cumplimiento de la legislación sobre los desplazados. Esta presencia más
política de los desplazados superó el desconocimiento inicial de los “nuevos
vecinos” por parte de las comunidades, porque las elevadas olas migrato-
rias llevaron a una paulatina familiarización con el proceso de construcción
subjetiva de la identidad por parte de los desplazados a medida que se iban
incorporando a la vida cotidiana de las poblaciones urbanas. Tal incorpo-
ración ha llevado a que las organizaciones de población desplazada despier-
ten entre las comunidades más expectativas que las tradicionales juntas de
acción comunal.
Esto demuestra un aprendizaje de ciudadanía, que saca a las víctimas
de su pasividad y las lleva a asumir una posición estratégica, necesaria para
aprovechar las normas legales y los programas asistencialistas. Además, su
reconocimiento como desplazados y “víctimas” les permite implantarse
también en comunidades internacionales congregadas alrededor de la pro-
tección de los derechos humanos y el derecho humanitario. Desde luego,
este aprendizaje ciudadano encuentra límites: sus organizaciones carecen
de autonomía y autodeterminación para participar en los espacios creados
por el Estado; sus miembros no pueden beneficiarse plenamente del estatus
ciudadano, a causa del contexto excluyente de las formas asistencialistas
estatales de inclusión. Sin embargo, es un hecho que su “acomodación es-
tratégica” ha permitido a los desplazados acceder a la oferta institucional
del Estado.
En resumen, tanto el desarrollo del conflicto armado como estas expe-
riencias de autonomía, neutralidad, resistencia y acomodación expresan las
distintas maneras como la diversidad de territorialidades socioculturales
y los escenarios regionales ha interactuado con el conflicto y los actores
armados de la región estudiada. La variedad de estas respuestas responde a
las diferencias en las formas de comprenderse en el espacio, construidas en
32 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

las historias de colonización, en el tipo de interacción espacial y temporal


que establecieron las distintas culturas de la región con los poderes territo-
riales hegemónicos (económicos, militares de tipo insurgente, paramilitar
o estatal) y que se fueron transformando durante el periodo analizado. Lo
mismo que la incorporación diferencial de las regiones a la nación y a la
comunidad internacional por parte de las comunidades indígenas, negras
o campesinas.
La comparación de las configuraciones territoriales de las regiones de
Urabá y el Oriente antioqueño ha permitido a estos dos grupos de investi-
gación del Iner examinar la manera compleja como interactúan pobladores,
autoridades locales y departamentales y actores armados, tanto en medio
del conflcito como en los intentos de superar sus efectos. Y el análisis de
esta interacción proporciona a analistas, activistas y tomadores de decisio-
nes políticas un abundante material de información que alimente la cons-
trucción de la nueva Colombia que deseamos.
PRIMERA PARTE
El Oriente antioqueño
Introducción

El Observatorio colombiano para el desarrollo integral, la convivencia ciu-


dadana y el fortalecimiento institucional, Odecofi, articula su agenda de
investigación en torno de la siguiente pregunta: ¿cómo incide el conflicto
armado en la configuración de las regiones de estudio y qué obstáculos y
posibilidades ofrece esa configuración o las reconfiguraciones para el desa-
rrollo integral, el fortalecimiento institucional y la convivencia ciudadana?
En este libro aportamos los resultados de esa investigación en el Oriente an-
tioqueño, realizada por el Grupo de Estudios del Territorio del Instituto de
Estudios Regionales, Iner, de la Universidad de Antioquia.
Son varios los aspectos de interés que esta región plantea a la agenda
Odecofi:
En primer lugar, se trata de una región en la que el conflicto armado
irrumpe como un proceso “nuevo”, en términos de la fuerza y la capacidad
con que produce efectos en la región. Si bien diversos actores armados han
tenido presencia en áreas específicas de la región a lo largo de las últimas tres
décadas, solo en la última ha cobrado allí nueva forma ese tipo de presencia
y comportamiento, a la vez que una intensidad inusitada. Lo anterior plantea
significativas transformaciones en el plano político y sugestivos interrogan-
tes a propósito de la manera como las dimensiones económica, política y
socioespacial interactúan en función de las dinámicas del conflicto armado
en la región.
En segundo lugar, el Oriente antioqueño es una región que durante los
dos últimos siglos de historia se configura como parte de un proceso más
36 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

general, en el que se construyen las redes institucionales, políticas, econó-


micas y culturales mediante las cuales Antioquia se inserta en la nación co-
lombiana, en contraste con la mayoría de las regiones de la agenda actual del
Odecofi, que estudia regiones periféricas o de reciente colonización. Lo an-
terior plantea entonces interrogantes específicos: ¿cómo un proceso intenso
y generalizado de conflicto armado se implanta en una región que cuenta ya
con dos siglos de procesos estructurantes e integradores a las redes socioeco-
nómicas, políticas y culturales de la nación?, ¿sobre qué características y ele-
mentos regionales actúa y qué efectos desencadena?, ¿cómo se manifiestan
e interactúan, tanto la fuerza de los efectos desestructurantes del conflicto
armado como el comportamiento de los recursos políticos, socioeconómi-
cos y culturales de la región, en las acciones colectivas que se articulan regio-
nalmente como respuesta a la guerra?
En tercer lugar, la respuesta social a los efectos de la guerra que se orga-
niza en el Oriente antioqueño –y que se conoce hoy como “Laboratorio de
Paz”– tiene la particularidad de incluir a los más diversos actores sociales,
actores que en los conflictos regionales de épocas anteriores habían estado
enfrentados entre sí. Tal es el caso de empresarios privados y trabajadores (en
los conflictos sindicales concentrados principalmente en Rionegro –el centro
regional– y en la empresa cementera Rioclaro), o de las empresas del sector
público energético regional y nacional con motivo de movilizaciones cívicas
locales y regionales. Ahora bien, esos diversos agentes sociales se alían en
torno de un proyecto colectivo de “reconstrucción” de la región que asume
como ejes el desarrollo la gobernabilidad y la reconciliación. Esta condición
plantea necesariamente una complejidad mayor al interrogante de la recon-
figuración regional, en la medida en que ésta se ve fuertemente determinada
por las propias geografías de poder que se tejen en el seno de ese proyecto
regional. El hecho de que distintos actores se alíen en función de un objetivo
común no anula las grandes diferencias, desigualdades y relaciones de poder/
subordinación que median entre ellos y que van a configurar un campo de
conflicto adicional en la región: el de las tensiones, oposiciones y negocia-
ciones que intervienen entre las distintas fuerzas y proyectos que pujan por
imponerse en el proyecto mayor. A la vez, estas diferencias y oposiciones no
impiden la emergencia de nuevos espacios para el ejercicio del poder, nuevas
modalidades en la práctica de la política y nuevos sentidos del lugar.
El análisis de la incidencia del conflicto armado en la región debe di-
ferenciar estas dos esferas del mismo: la referida a la contienda armada
propiamente dicha –que actúa como desencadenante de nuevos procesos y
reposicionamientos de los actores, sus prácticas, relaciones, alianzas y opo-
Introducción 37

siciones, proyectos e identificaciones regionales– y la relacionada con los


conflictos que se articulan en torno de la respuesta social a los efectos de la
guerra –esfera que compromete al conjunto de actores regionales y que, en
su desarrollo, mantiene una relativa autonomía con respecto a la esfera de la
confrontación bélica–. En la manera compleja en que interactúa esa dupla
–conflicto armado/respuesta social a la guerra– se sitúan las características,
alcances y significados de los sentidos del lugar y las formas y procesos de
apropiación del territorio que hoy configuran la región y marcan sus tenden-
cias hacia el futuro.
Estos aspectos imprimen a la reflexión general sobre la incidencia del
conflicto armado en la configuración regional una novedad y una compleji-
dad importantes de explotar en nuestra agenda de investigación.

La perspectiva de análisis
En esta primera fase de la agenda nuestro particular interés fue abordar la pes-
quisa central desde una perspectiva en que lo “regional” hiciera parte del pro-
pio problema de investigación. Mientras otros equipos concentran su atención
en desentrañar las actuaciones del Estado o el proceso de desarrollo de las
regiones afectadas intensamente por el conflicto armado, así como sus mane-
ras diferenciadas de materializarse, o la manera como se comporta el conflic-
to armado según las diferenciaciones territoriales, nuestro grupo se centra en
conocer la manera como los procesos económicos, sociales y políticos, así como
las formas espaciales de los mismos, interactúan, se condicionan mutuamente
y dan por resultado una particular configuración o reconfiguración regional en
un lapso de tiempo determinado. En otras palabras, nuestros interrogantes se
forjan en torno de los asuntos que hayan problematizado el propio proceso de
construcción social del espacio; en nuestro caso, el de una región.
Este enfoque –expuesto de manera sistemática en dos capítulos1 del libro
“Universos socioespaciales. Procedencias y destinos”– acoge las conceptua-
lizaciones que desarrolló la geografía posmoderna, justamente aquella que
estima el espacio como una dimensión clave para la comprensión de la so-
ciedad, y en especial de los problemas de la desigualdad y el poder, asuntos
nucleares de nuestra agenda de investigación en el Odecofi.

1 “Nuevo enfoque para el análisis regional. Elementos para una discusión” y “Los estudios
regionales en Colombia. Una crítica desde los estudios socioespaciales”. En: Universos so-
cioespaciales. Procedencias y destinos. Clara Inés García y Clara Inés Aramburu, editoras
académicas, (2009). Bogotá: Siglo del Hombre Editores.
38 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

La clave para concebir la espacialidad es reconocer la “multiplicidad que


coexiste”, que socialmente se traduce en la diversidad, las múltiples voces,
narrativas o historias que coexisten y negocian cómo compartir un espacio
determinado2. El espacio se constituye en la interacción y, por tanto, está
en constante proceso de hacerse y rehacerse. Además, asumimos el espacio
como una dimensión básicamente política: porque lo múltiple implica la di-
versidad, las tensiones, los conflictos y, por tanto, lo político; esto es, el poder
de posicionarse, subordinar, empoderarse, clasificar y excluir, reconocer y
dar lugar a alternativas de relación y organización social.
Concebimos la región en los mismos términos de “lugar”. Adoptamos la
definición de J. Agnew, para quien son tres los asuntos que la forman: a) los
marcos físicos o escenarios donde se constituyen las interacciones cotidianas
en función de lo que allí tiene lugar; b) el marco geográfico, que comprende
los distintos escenarios de la interacción social y está definido por los proce-
sos sociales, políticos, culturales y económicos que operan a más amplia es-
cala (nacional e internacional); c) la orientación subjetiva de las identidades
constituidas en el hecho de vivir allí en particular.
El análisis regional deberá incluir, entonces, las dimensiones materiales,
instrumentales y simbólicas, tanto de lo que acontece en el lugar como de los
procesos que desde otras escalas condicionan lo que allí tiene lugar, y cuándo
y cómo tienen lugar. En otras palabras, las formas de apropiación y control
del espacio y la producción y transformación de sentidos sobre el mismo, a
partir de las cuales se da cuenta de la configuración o reconfiguración de las
regiones, siempre serán resultado de la combinación de sus particularidades
geohistóricas y sus condicionamientos estructurales.
Todo lugar o región es construido socialmente, y por tanto abierto, de
fronteras difusas y sujeto al cambio. Sea cual sea el punto de vista que se haya
adoptado para imaginarlo o proyectarlo, el lugar o la región está constituido
por una serie de factores que dan cuenta de su articulación y que lo hacen
reconocible y diferenciable de otros; pero esto no implica la existencia de
coherencia interna en la constitución de una región o lugar. Por el contrario,
en medio de los factores que lo articulan y permiten concebirlo como una
unidad, también actúan elementos que lo hacen heterogéneo internamente
y que muestran sus diferencias y fragmentaciones. Donde hay diferencias

2 Para citar palabras de Doreen Massey, “espacio/espacialidad es la esfera del encuentro de


múltiples trayectorias, la esfera donde ellas coexisten, se afectan entre sí, entran en conflicto
(Massey, 1999: 283). “Para reconocer la espacialidad se necesita conocer la multiplicidad
que coexiste”, Massey (1999: 281).
Introducción 39

y poderes (en plural), necesariamente serán imposibles las coherencias de


conjunto y un orden único.
Pensamos, por tanto, que para analizar las regiones es indispensable es-
tudiar, al mismo tiempo, las formas binarias en que se materializan espa-
cialmente los poderes clasificatorios y excluyentes (centros y periferias, por
ejemplo) y otras formas diferentes, no binarias, en las cuales la espacialidad
social también toma forma y se construyen posibilidades de futuro. De igual
manera, las “resistencias” tampoco tienen que ser siempre entendidas como
acciones sociales “contra” otro, como si se tratara de polos enfrentados; tam-
bién hay resistencias conformadas en un sentido abierto, transversalizante,
no excluyente.
De ahí que no busquemos solo una manera de considerar la región y más
bien acudamos a sus variadas geografías del poder: tanto las que construyen
los espacios binarios, las estructuras regionales dicotómicas –fundamental-
mente basadas en prácticas dominantes y legitimadas en el discurso domi-
nante–, como los “otros”3 espacios, aquellos que se pueden visibilizar por
medio de otras formas de aproximación del conocimiento académico, tanto
como de otras formas de imaginarlos, vivirlos, desearlos y proyectarlos por
parte de grupos sociales específicos.
Haremos entonces uso de otras categorías analíticas, además de las pro-
piamente espaciales. Tal será el caso de las categorías de acción colectiva y
movimiento social, que nos permiten dar cuenta del proceso que se desen-
cadena a partir de 1996 como respuestas sociales a la guerra. Ocurrirá asi-
mismo con el concepto de ciudadanía, mediante el cual podremos abordar
buena parte del proceso que se forja en la región como respuesta a la guerra,
de tal manera que las acciones colectivas y los procesos ciudadanos estarán
muy ligados entre sí. No en vano la ciudadanía es históricamente una condi-
ción ganada en las luchas sociales (Foweraker y Landman, 2004). Este tema,
combinado de acciones colectivas y procesos de construcción ciudadana,
desempeñará papel central en el análisis, por cuanto en él se materializa una
de las fuerzas centrales del proceso de reconfiguración regional y se expre-
san las dificultades y las posibilidades de construir ciudadanía en medio de
contextos altamente violentos, inclusive allí donde hay ya dos siglos de his-
toria de encuadramiento institucional y político –como es el caso del Oriente
antioqueño.

3 Hace alusión al artículo de Foucault que abrió a la ciencia social esta nueva manera de con-
cebir lo espacial: “Des espaces autres. Hétérotopies”, 1967.
40 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Las representaciones sociales serán también el otro concepto del cual nos
valdremos para dar cuenta de las “múltiples voces” que se debaten y pugnan
por orientar el proyecto regional que se propone actuar sobre el “desarrollo”,
el “territorio”, la “ciudadanía” y la “reconciliación”. Mediante este concepto
podremos analizar las maneras de ver, creer, conocer y reconocer el mundo
social por parte de los diversos actores; también podrán desbrozarse las dife-
rencias que separan las visiones dominantes de las alternativas, e identificar
el juego que tienen esas mismas visiones en el campo político –al construir
actores y fuerzas sociales, al permear otros discursos, al delimitar campos
de disputa–. Así “los sentidos del lugar”, en los que operan las identidades
políticas asociadas al territorio, como categoría espacial, estarán asociados
al trabajo de las representaciones sociales. Lo político atraviesa todo: espacio,
acciones colectivas, ciudadanía, representaciones sociales.
Entonces, necesariamente, el enfoque espacial adoptado tiene que rela-
cionar estos diferentes conceptos para dar cuenta de su objeto, toda vez que
las formas de apropiación y control que estructuran la geografía política de
la región pasan no solo por las formas que utilizan los actores de la guerra o
los factores económicos y políticos dominantes, sino también por las formas
que inventan los actores subordinados, que encuentran su recurso principal
en diversas modalidades de la actuación colectiva, la movilización social y
la construcción de ciudadanía. A su vez, el interrogante sobre los sentidos
del lugar se responde con base en la identificación de las representaciones
sociales que alimentan el discurso dominante o las que emergen como alter-
nativas y que tienen papel fundamental en la lucha política por imponer uno
u otro proyecto de región.
El concepto que, por su capacidad integradora, nos ha orientado en esa
dirección ha sido el de geografías del poder4, que permite tres cosas princi-
palísimas: la identificación de las diversas geografías que constituyen una
región, su comprensión a partir de las interacciones sociales y la doble di-
rección en que se configuran, esto es, la manera como los procesos sociales
asumen formas espaciales y configuran lugares, y la manera como las espa-
cialidades constituidas ejercen presión y condicionan las orientaciones espe-
cíficas de los procesos sociales. Con esta noción, pudimos abordar el análisis
espacial de las relaciones de poder en la región y dar cuenta, tanto de las
formas espaciales en que estas relaciones se materializan (las áreas geográ-
ficas en las que se estructuran la inequidad, la desigualdad, la dominación,

4 Para elaborar este concepto se consultaron textos de Massey, Agnew, Cairo-Cairu y García
Vargas.
Introducción 41

las jerarquías, al igual que aquéllas en que cobra forma la resistencia de los
poderes emergentes y alternativos), como de las maneras en que, a través del
espacio, se ejerce poder sobre los individuos y los grupos sociales.

El orden de la exposición
Hemos organizado de la siguiente manera la exposición de los resultados de
la investigación:

• El capítulo uno, “El Oriente antioqueño: espacio, historia y reconfi-


guraciones”, responde a la pregunta sobre cuáles fueron los factores
económicos, políticos y sociales que reconfiguraron la región en los
últimos 50 años y cuál fue su resultado. Esto, con el objeto de poder
identificar, a partir de los capítulos siguientes, de qué manera esa con-
figuración regional ha pesado sobre las geografías asumidas por la
guerra o se ha visto afectada por la forma como la guerra ha actuado
sobre el territorio.
• El capítulo dos, “La geografía política del conflicto armado”, analiza el
ciclo, las territorialidades, los actores y los efectos socioespaciales de
la guerra en la región.
• El capítulo tres, “Economía regional y conflicto armado”, refiere de
qué manera la dinámica del conflicto bélico ha interactuado con las
características y la dinámica de la estructura económica regional.
• El capítulo cuatro, “Guerra, ciudadanía y región”, plantea las formas
como han interactuado las acciones colectivas, las instituciones y las
condiciones de la guerra en el proceso colectivo encaminado a cons-
truir nuevos espacios públicos, nuevas identidades, nuevas relaciones
entre el Estado y la sociedad.En la parte final se da cuenta de la re-
lación general entre guerra, geografías del poder y reconfiguración
regional.
Capítulo 1

Oriente antioqueño: espacio, historia y


reconfiguraciones

Al Oriente antioqueño, delimitado por ordenamiento territorial, lo com-


ponen hoy el altiplano, con una red de asentamientos integrados en torno
de dos núcleos principales, Rionegro y Marinilla, y su periferia, una al sur
(Sonsón como su núcleo histórico, y Abejorral, Nariño y Argelia) y otra al
oriente (la vertiente hacia el Magdalena, con Guatapé, El Peñol, San Rafael,
San Carlos, Cocorná, San Luis y San Francisco, territorios por donde antaño
pasaban los viejos caminos del Nare y salían y entraban todas las mercancías
de y hacia Antioquia). Más allá de sus límites orientales se extiende la franja
del Magdalena Medio antioqueño.
El proceso de configuración de la región nos remite a dos siglos de his-
toria y tiene como antecedente la política borbónica territorial, que resuelve
el problema de ordenamiento que por mucho tiempo había impedido que
Rionegro y Marinilla pudieran apropiarse y desarrollar el territorio de su
directa incumbencia1. Sin embargo, es durante todo el siglo XIX cuando se
despliegan las dos principales claves de su primer proceso de configuración
como región: la primera, la pugna que la ciudad de Rionegro libra con Me-

1 A mediados del siglo XVIII en el valle de Rionegro y Marinilla confluían las jurisdicciones
de Popayán, Mariquita y Antioquia. Véase Roberto Luis Jaramillo en “Historia de Antio-
quia”. Además, “a principios del siglo XVII, las vegas situadas a lo largo del alto Río Negro
habían sido cedidas a la ciudad de Antioquia como ejidos, por su primer dueño, el gober-
nador Gaspar de Rodas, y habían sido arrebatadas a ganaderos de Arma, Anserma y el
alto valle del río Cauca, y también a los de la capital (...) Por decreto virreinal de 1756 fue
incorporada a la provincia de Antioquia (Marinilla), a la cual pertenecía geográfica y eco-
nómicamente; y en 1787 fue creada villa independiente...” (véase Parsons. “La colonización
antioqueña”, pp. 66-67).
44 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Mapa 1
El Oriente antioqueño y su localización en el contexto nacional
El Oriente antioqueño: espacio, historia y reconfiguraciones 45

dellín por constituirse en el poder hegemónico de Antioquia y la capital del


Estado (hasta los años 60 del siglo XIX); la segunda, el papel de Rionegro
como núcleo a partir del cual se orientó una de las principales corrientes de
la colonización antioqueña del sur2.
El Oriente antioqueño perdió dinamismo e importancia histórica desde
las últimas décadas del siglo XIX y hasta los años 50 del siglo XX se mantu-
vo a la manera de “una comunidad inanimada, segmentada (…) poco per-
ceptiva de su identificación territorial (…) pasiva”, tal como Sergio Boisier
se refería a aquellas regiones que, con tradiciones e historia, no desarrollan
de manera activa su construcción social y política durante largos periodos3.
Su característica principal fue la de ser una región rural especializada en la
agricultura campesina, que produce de manera simultánea bajo las lógicas
del autoconsumo y la comercialización. Tanto, que los discursos mediante
los cuales se autoidentifican todavía sus pobladores enfatizan el hecho de
ser la despensa agrícola de Antioquia. Este discurso se afianza no solo por-
que efectivamente es la región que produce la mayor parte de ciertos bie-
nes de consumo interno del departamento –cerca del 60% de la producción
departamental (hortalizas, frutas, papa, caña y fríjol)–, sino también por la
situación cuasi monopólica de algunos de estos productos (leguminosas y
hortalizas, entre ellos: tomate chonto, repollo, habichuela, zanahoria, pepino,
chócolo, guayaba, mora, remolacha, pimentón)4.
En perspectiva histórica, podemos situar en los años 60 el momento del
inicio de una serie de procesos económicos, políticos y sociales que recon-
figuran la región. Las claves de esos tres factores podrían identificarse de la
siguiente manera: a) las decisiones de la “mano invisible” de la economía,
que reubicaron este territorio en el escenario de la economía nacional e
internacional; b) el acompañamiento que el Estado dio a ese proceso y que
intervino especialmente en el reordenamiento territorial de la zona y en el
discurso que difundió a propósito de lo que era la región; c) los procesos de
movilización social que se fueron desencadenando a lo largo del tiempo en
función de los efectos que dicha transformación producía en el territorio,
tanto en el plano material e instrumental como en el afectivo y simbólico,
y que arrojaron dos resultados principales: el primero, que la población

2 Véase Roberto Luis Jaramillo, (1988). “La colonización antioqueña”. En Melo, Jorge Orlan-
do, director general, Historia de Antioquia. Bogotá: Suramericana de Seguros.
3 Sergio Boisier, (1988). “Palimsesto de las regiones como espacios socialmente construidos”.
En Revista Oikos, No. 3, julio-diciembre, 1988, Medellín.
4 De acuerdo con las estadísticas del Censo Agropecuario 2005-2007, Secretaría de Agricul-
tura, Departamento de Planeación de Antioquia.
46 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

asumiera una nueva manera de relacionarse con su territorio, con los ac-
tores del poder y con la proyección de su futuro; el segundo, que se forjara
una memoria histórica a propósito del significado de las intervenciones de
agentes externos y sus megaproyectos y de la capacidad y potencialidad
que tiene la población de base de juntarse y actuar colectivamente en fun-
ción de un proyecto. Esta memoria intervendrá de manera singular en el
presente. Tales fueron, entonces, las tres claves que reconfiguraron “lo lo-
cal”, “la localización” y “los sentidos del lugar” que, en palabras de Agnew,
definen un lugar o región.
Pero lo más interesante de todo esto estriba en la forma como esas tres
claves actuaron y dieron el resultado que hoy está a la vista, y que han teni-
do particular influencia sobre la manera como la escalada de la guerra de
los últimos doce años actuó sobre ese territorio, esto es, sobre las geografías
del poder y los sentidos del lugar. En el primer capítulo vamos a mostrar el
primer aspecto: en qué sentido intervino cada uno de los tres factores enun-
ciados, cómo ellos interactuaron y qué resultado arrojaron como proceso de
reconfiguración regional en los últimos cincuenta años de historia colom-
biana. Los capítulos siguientes se ocuparán del segundo aspecto: la manera
como esta configuración regional interactúa con la guerra, con la economía
y con las respuestas sociales a ese conflicto.
Durante los últimos sesenta años tuvo lugar un proceso de construc-
ción de región que presenta una doble faz. De una parte, la conducta de
las fuerzas del desarrollo económico –de la “mano invisible”– que inter-
vienen en un territorio con anterioridad enteramente “campesino” y que
lo parten en dos: un altiplano industrializado y urbanizado vinculado
con el Valle de Aburrá y una amplia zona periférica –en términos de
índices socioeconómicos, de posibilidades de comunicación e informa-
ción, de capacidades en el ejercicio ciudadano y de poblaciones sujetas
a los vaivenes de los grupos armados sobre su territorio. De otra parte,
la actuación del Estado, que por medio de la Corporación de Desarrollo
Regional (Cornare), creada en 1984, reordena el territorio y le “inventa”
su nueva coherencia para el discurso y para la gestión. Por su parte, con
el correr del tiempo las movilizaciones sociales fueron anudando políti-
camente el conjunto del territorio denominado Oriente antioqueño, al
asumirlo como uno y propio, al actuar al unísono y en un mismo sentido
y al formular propuestas colectivas sobre él.
En otras palabras: mientras la fuerza de la dinámica económica fracturaba
el territorio, las fuerzas de la producción discursiva y de la gestión del Estado
lo unificaban, al igual que lo hacían –con otros sentidos– los pobladores con sus
El Oriente antioqueño: espacio, historia y reconfiguraciones 47

reivindicaciones y movilizaciones. Esa es la tensión básica que constituye a la


región del Oriente antioqueño a partir de los años 60 y que va a tener inciden-
cia en los procesos político-militares y político-sociales del presente.

La relocalización del Oriente antioqueño en el escenario


económico nacional e internacional
Las transformaciones económicas que ocurrieron en la región desde los años
sesenta hasta hoy implicaron un cambio del papel de la economía regional
en el marco más amplio del escenario nacional e internacional. Ello no fue,
sin embargo, resultado de un proceso endógeno y autónomo. Se trató de
fenómenos procedentes de escalas espaciales externas a la región, en inte-
racción con la localización estratégica propia del Oriente antioqueño. Dos
fueron los procesos que marcaron dicha transformación: la reubicación de
la industria del Valle de Aburrá en la zona del Altiplano de esta región y la
construcción de una serie de “megaproyectos” nacionales. Todo ello provoca
una dinámica que vincula cada vez más al Oriente antioqueño con el desa-
rrollo del centro del departamento, al convertirlo en su punto de anudamiento
nacional e internacional.
Los tres “megaproyectos” económicos se caracterizaron así:

• El complejo hidroeléctrico construido entre los años 70 y 80 llega a


producir, en esa época, cerca del 60% de la energía eléctrica del país,
y todavía hoy participa con el 30%. Esto redefine la geografía de la
región, además de que descarga efectos abruptos sobre la economía
local donde se asienta el proyecto.
• La autopista Medellín-Bogotá convierte al Oriente antioqueño en el
anudamiento entre el mercado interno nacional y el área metropoli-
tana de Medellín. Si bien su trazado y construcción se decidieron por
fuera de la región, arroja efectos contundentes sobre ella porque ga-
rantiza la comunicación rápida con Medellín y entre un buen número
de poblaciones de la región propiamente dicha.
• El aeropuerto internacional y la zona franca definen una segunda es-
tructura de incentivos para el asentamiento industrial enfocado a la
exportación y refuerzan al Oriente antioqueño como anudamiento
entre el área metropolitana medellinense y el mercado internacional,
a través del flujo de bienes y de pasajeros.
48 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

La industrialización del Oriente antioqueño se opera como resultado de


una migración de la industria del Valle de Aburrá hacia la periferia contigua.
Ocurre lo que González y Cuervo (1997), para el caso de Bogotá-Cundina-
marca, han denominado un proceso de desconcentración concentrada, en el
cual las industrias no se desligan del centro sino que se fragmentan a su al-
rededor (hinterland). Ciertos procesos industriales se desconcentran (Ibiza,
1972), principalmente aquellos intensivos en mano de obra no calificada,
pues los procesos administrativos y de control de la producción, intensivos
en capital humano y tecnología, se mantienen anclados a la capital departa-
mental.
Es su contigüidad geográfica al área metropolitana, cuna de la industria
antioqueña, el factor inicial sobre el que se fundamenta el proceso de la in-
dustrialización de la región. Además, otros componentes dinamizan el fe-
nómeno y hacen de esta vecindad geográfica una proximidad, vista desde
la perspectiva de la geografía económica: ésta última se hace efectiva por las
distintas infraestructuras que sucesivamente fueron, no solo comunicando
la región con el área metropolitana y permitiendo un mayor flujo de bienes,
servicios y factores, sino también creando nuevas funciones propias y exclu-
sivas del Oriente antioqueño, como la zona franca y el aeropuerto, que sirven
de soporte al área metropolitana para su conexión con las rutas del comercio
internacional.
El control de la producción y la posesión del capital de las empresas que
conforman el asentamiento industrial del Oriente antioqueño están en ma-
nos de los poderes económicos del Valle de Aburrá. Lo que se teje es una
cadena productiva que enlaza el área metropolitana con el oriente cercano
y, por tanto, también la influencia de los poderosos grupos de interés que
están detrás de la migración industrial. Cuando hablamos de la industria-
lización del Oriente antioqueño, pues, estamos refiriéndonos a una expan-
sión geográfica del poder de los actores económicos residentes en la capital
departamental, quienes además, como partes integrantes de los poderes que
controlan la economía nacional, hacen también del oriente uno de los nodos
centrales de ese escenario.
Con el proceso de industrialización de la región aparecen también fases
de urbanización y tercerización de su economía. De una expresión de ca-
rácter tradicional y local, la economía regional se transforma en una econo-
mía cada vez más moderna e insertada en los mercados del mundo. Se trata
de cambios fuertes que reconfiguraron la economía del Oriente antioqueño
y la vocación productiva de ese territorio. Sin embargo, ese nuevo vínculo
con el Valle de Aburrá y la economía nacional tiene efectos socioespaciales
El Oriente antioqueño: espacio, historia y reconfiguraciones 49

adicionales sobre el conjunto del territorio, pues, a pesar de que las centra-
les hidroeléctricas se asientan en la vertiente oriental, y de que la autopista
Medellín-Bogotá atraviesa toda la región, los efectos reales del “desarrollo”
se concentran en una pequeña porción de sus municipios y ocasionan así la
fractura del Oriente en dos escenarios. En otras palabras, todo lo que suele
afirmarse acerca del “desarrollo” del Oriente antioqueño está referido al de-
sarrollo del Altiplano y, dentro de éste, especialmente de cinco municipios:
Rionegro, como su polo, y Marinilla, La Ceja, El Carmen de Viboral y El
Santuario.

El reordenamiento territorial y el discurso público regional


El Oriente antioqueño no ha sido jamás homogéneo. Sí, era campesino,
pero con diferenciaciones en la conformación socioespacial del conjunto.
El “oriente lejano”, efectivamente, era lejano –más aislado, menos poblado,
menos encuadrado en las instituciones estatales–. No obstante, el “oriente
cercano” también era campesino. Observemos solamente lo que significaba
Rionegro en los años sesenta del siglo pasado, para darnos cuenta del sentido
de esta afirmación: “en 1964, tampoco cuenta con ninguna calle asfaltada y
hasta principio de los 80 los rionegreros toman también agua contaminada.
Sin embargo, es un pueblo más grande que los otros (…) con aproximada-
mente 12.500 pobladores en el casco urbano” (García, 1994b: 19).
En esta región, el Estado está presente en distintos niveles; no solo en la
inversión pública de los megaproyectos enunciados sino también en toda
una serie de intervenciones que, de manera complementaria, provocan efec-
tos socioespaciales en materia de gestión del territorio y del discurso que
legitima su conducta y crea subjetividades. Resaltamos dos de ellas.
En primer lugar, una acción tendiente a la homogeneización de las con-
ciencias de los sujetos –funcionarios y público en general– y la puesta en
marcha de nuevas instancias de discusión y difusión de la política pública.
Así, a todo lo largo de la década de los años sesenta se observa en el Oriente
antioqueño el impulso que las autoridades públicas imprimen a las asam-
bleas municipales de alcaldes; en ellas se elabora una especie de pliego de ne-
cesidades regionales cuyo contenido es inducido desde arriba y tiene claros
efectos sobre los discursos que todo funcionario comienza a difundir en el
territorio y que las comunidades acaban por integrar al suyo. Fue así como
la región comenzó a concebirse a sí misma en función de asuntos tales como
la instalación de las centrales hidroeléctricas, la industrialización del oriente
cercano, el impulso del polo de desarrollo (Rionegro), la construcción de
50 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

la autopista y del aeropuerto internacional José María Córdova. El Estado


actúa entonces con una “política menos publicitada, más silenciosa, aparen-
temente muy burocrática, pero igualmente efectiva: la homogeneización de
las conciencias y de los discursos que integran” (García, 1994b: 24).
En segundo lugar, el Estado, siguiendo los lineamientos establecidos en
1981 por el Banco Mundial para el otorgamiento de créditos destinados a
megaproyectos, y acogiéndose a la ley colombiana que reglamentó dicha exi-
gencia para el caso del Oriente antioqueño (Ley 60 de 1983), creó la Corpo-
ración de Desarrollo Regional Rionegro-Nare como la entidad responsable
de hacer las inversiones y administrar el manejo coordinado de los recursos
(4% de las utilidades sobre las ganancias de las empresas explotadoras de
recursos hídricos) en las colectividades sobre las cuales recaía el costo social
de la ejecución de las obras. Así nace Cornare, la corporación de desarrollo
regional del Oriente antioqueño organizada en torno de la cuenca de los ríos
Rionegro y Nare. En su creación se jugaron el todo por el todo los poderes
regionales antioqueños, que desde el decenio anterior andaban tras la crea-
ción de una entidad que les permitiera integrar el desarrollo del área metro-
politana de Medellín al del Altiplano oriental, pero que no habían logrado
materializar por cuanto en su propuesta original, pretendían subordinar éste
último al Área metropolitana de Medellín. (García, 1994b: 34-35).
Con Cornare se institucionaliza la región del Oriente antioqueño. Ade-
más, alrededor de ella se elaboran estudios sobre las características socioeco-
nómicas, políticas, culturales y ambientales de la región para identificar las
diferenciaciones socioespaciales que la constituyen. Así se llega a una subdi-
visión de su territorio en “subregiones”, bajo las cuales se planearán y ejecu-
tarán en adelante todas y cada una de las políticas públicas referidas al terri-
torio. “Altiplano”, “Embalses”, “Bosques” y “Páramos” acaban convirtiéndose
así en los sellos identificadores bajo los cuales se diferencian las poblaciones
hasta hoy, no solo para efectos de la política pública sino también para la
operación de las deliberaciones adelantadas por la sociedad civil en foros y
asambleas regionales5.
Desde este ángulo de actuación sobre el territorio, el Estado produce “re-
gión”, crea una manera de pensar y de actuar en el territorio. Es el lado inte-
grador que presenta su función.

5 Para citar dos ejemplos recientes: el Foro por la Reconciliación, realizado en La Ceja en
septiembre de 2007, y la Asamblea Provincial Constituyente, en octubre de 2008.
El Oriente antioqueño: espacio, historia y reconfiguraciones 51

La creación de una nueva subjetividad social en la región


El proyecto de desarrollo económico agenciado a partir de los “megaproyectos”
y el asentamiento del parque industrial anteriormente enunciados, no solo es-
tuvo acompañado del discurso estatal sobre la región. Los pobladores afectados
directamente por las obras comenzaron a elaborar otro discurso y otra manera
de apropiarse de las transformaciones territoriales y sus consecuencias.
En un primer momento se enfrentaron dos fuerzas muy desiguales: un
Estado todopoderoso que afectaba de mil maneras a los asentamientos hu-
manos situados en las zonas de embalses y obras en general –sin mediar
política de consulta y negociación ni de manejo de los impactos-, y una co-
munidades desagregadas que solo presentan un conjunto de movimientos
locales. Sin embargo, estas comunidades hablan de una región afectada por
“proyectos externos” e “inconsultos” y de unos “megaproyectos” que, más
que factores de desarrollo, operan y se sienten como “imposiciones”, “pro-
blemas”, “conflictos”. A propósito de los mismos eventos se elaboraba un dis-
curso alternativo al dominante.
Eran dos fuerzas muy desiguales las que se enfrentaban. Pero algo impor-
tante se había producido: si durante los años 60 y 70 el Oriente antioqueño
permaneció como una sumatoria de pequeñas localidades, desagregadas en
términos de proyectos colectivos o de la resistencia a los proyectos de un
Estado nacional apoyado por los poderes de Antioquia, el enfrentamiento se
presenta en torno de lo que sucede en un extensión territorial que atraviesa los
dos orientes –cercano y lejano–. Los “distintos orientes” se involucran por igual
en el plano de la resistencia6. Se asume al Oriente en su unidad.
A principios de los años ochenta se desarrolla en el Oriente antioqueño
un movimiento cívico de carácter regional. Los “megaproyectos” ya son un
hecho: la autopista está por inaugurarse y las obras hidroeléctricas han afec-
tado ya a los municipios de El Peñol, Guatapé, San Rafael y San Carlos. Sin
embargo, los impactos físicos y ambientales de tales proyectos no estuvieron
presentes en la base de la acción colectiva que por esos años se articuló re-
gionalmente. Fueron las tarifas de la energía eléctrica la chispa y el motor del
movimiento cívico regional. Este problema convocaba más ampliamente a
la población de los diferentes municipios –estuvieran o no afectados por las

6 En cuanto a acciones colectivas, observamos especialmente las de los pueblos que sufren los
efectos que provocan las obras de las centrales hidroeléctricas y la inundación de sus tierras
(Guatapé, El Peñol, Granada, San Rafael) y las de Rionegro y Marinilla, como poblados
centrales del altiplano que se solidarizan con los primeros. Véase García, 1994b, Anexo 2,
Movilizaciones locales cívicas y gremiales, 1960-1990.
52 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

hidroeléctricas–, en una coyuntura en que, a escala nacional, se desataba una


movilización cívica en diversos puntos cardinales7.
Entonces, con base en una afectación directa del bolsillo de residentes y
comerciantes, en las posibilidades que brindaba la aplicación de la Ley 56 de
1981 enunciada y la creación de una corporación encargada de manejar e in-
vertir los dineros recaudados, y con base en la posibilidad de configurar una
fuerza con capacidad de tomar parte activa en los rumbos de la región, en el
Oriente antioqueño se configura el Movimiento Cívico Regional. Se trata de
la movilización contra la política del Estado, que recoge algunas de las claves
del discurso construido anteriormente por los movimientos cívicos locales
y la coloca como antecedente y reiteración histórica de lo que ha significado
el Estado para la región: las “decisiones tomadas desde afuera de la región”,
“impuestas sin consulta” y con “enormes perjuicios”, y ahora las tarifas que se
van a imponer son consideradas como injustas, por cuanto significan más
costos, adicionales a los ya cuantiosos que han debido soportar para producir
energía para los demás.
Es más, lo que años antes se había delimitado como cuenca hidrográfica,
objeto de la intervención pública y, por tanto, subregión en términos del orde-
namiento territorial de Antioquia, se reconvierte ahora, por obra del movimien-
to cívico, en unidad socioespacial de identificación social y política. En su pliego
de peticiones se refieren al Oriente antioqueño como “nuestro territorio, en el
que se genera el 57,82% de la energía hidráulica del departamento” y entre el
22% y el 24% de la energía nacional a la fecha (1982).
Es la primera vez que en el Oriente antioqueño se construye un sentido del
lugar desde abajo, a partir de los sectores pequeños y medios de las localidades
y a través de una actuación colectiva de buena parte de las localidades que lo
conforman. Es un sentido del lugar que se forja en cuatro años de moviliza-
ción social y deja honda huella en la memoria colectiva de sus habitantes, de
sus líderes sobrevivientes y hasta de integrantes del ELN que en la guerra
actual aducen su pertenencia a ese oriente, su participación en el movimien-
to social de entonces y su decisión de haber conformado las filas del grupo
armado ante su frustración por el aplastamiento paramilitar de cualquier
alternativa política8.

7 Por ejemplo, en octubre de 1982, a tiempo con el segundo paro cívico regional del Oriente
antioqueño, tenían lugar otros en Barranquilla, Riosucio, Tocaima, Villavicencio, Mocoa y
Leticia. Véase: Clara Inés García, op. cit., Mapa No. 6, Geografía nacional del movimiento
cívico de octubre de 1982, p. 100.
8 Véase en el capítulo II de este libro, acápite “Territorialidades y formas de inserción de los
actores armados”.
El Oriente antioqueño: espacio, historia y reconfiguraciones 53

El movimiento cívico del Oriente antioqueño de los años 80 forjó un sentido


de pertenencia territorial lleno de sentido político: como “productores” de
un importante porcentaje de la energía nacional, como una colectividad “in-
justamente” tratada por el Estado nacional en su política energética y como
una comunidad ciudadana con capacidad de ponderar el significado de su
región, de enfrentarse a los poderes públicos y de reivindicar lo suyo. Con
la reacción social a la política energética del Estado nacional en la región
no solo se desarrolla un nuevo sentido de pertenencia al lugar sino que éste
adquiere sentido en la misma medida en que los habitantes se interpretan a
sí mismos como parte de una territorialidad mayor: un país que se sirve de
la energía producida en su territorio y un Estado que los interpela y frente
al cual presentan sus reivindicaciones. En el sentido de lugar que crea el mo-
vimiento social queda entonces incluida la dimensión nacional, que también
define a la región.
La movilización social por reivindicaciones que se le plantean al Estado
nacional en los años 80 produce asimismo región: crea solidaridades y lazos
políticos y deja en la memoria colectiva la impresión de que se presentan
problemas comunes y que colectivamente pueden ser enfrentados. Es la pro-
ducción de un actor y de un discurso regional que por ese entonces integra-
ban la región subjetivamente y que pervivieron como memoria.
Así operaron estos tres factores en la reconfiguración regional. Encontra-
mos un Oriente antioqueño constituido principalmente por la fuerza de los
procesos económicos que tienden a abrir y ahondar la brecha de sus diferen-
ciaciones territoriales mayores, y por la fuerza de procesos institucionales y
sociales que –por vías distintas y hasta contrarias– propugnan la construc-
ción de vínculos materiales y simbólicos que impriman mayor fortaleza a la
región.
Capítulo 2

La geografía política del conflicto


armado en la región

En este capítulo se da cuenta de los principales aspectos de la geografía po-


lítica del conflicto armado en la región del Oriente antioqueño. Examinare-
mos las diferentes formas espaciales y político-militares que toman los pro-
cesos de inserción de los actores armados en el territorio a través del tiempo
y el significado de las transformaciones en la correlación de fuerzas entre sus
protagonistas. La parte final del capítulo analiza el significado que ha tenido
este conflicto en términos de las geografías políticas que estructuran la re-
gión y de la manera como interactúan las lógicas de la guerra con las lógicas
del territorio.

El ciclo y las territorialidades del conflicto


armado en el Oriente antioqueño
La observación de los eventos armados en el Oriente antioqueño durante los
últimos veinte años (véase gráfica 1) permite identificar las principales ca-
racterísticas socioespaciales que asumió el conflicto armado en esta región.
Interesa destacar las siguientes: a) el cambio abrupto que –en eventos y terri-
torios– significó para la región el conflicto armado antes y después de 1997;
b) las transformaciones que tuvo la intensidad del conflicto en el lapso de los
diez años de “escalada” del mismo, asociadas a los cambios en la correlación
de fuerzas entre los cuatro actores enfrentados
Si bien, desde finales de los años setentas, esta región tuvo asentamientos
guerrilleros en algunos de sus territorios, no fue históricamente lugar central
de la confrontación armada entre estos grupos y el Estado. Es a partir de
Gráfica 1
Eventos de conflicto armado en el Oriente antioqueño, 1988-2007

250

214
200

164
150 147 152 148 143
127
120
100
89
56 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

74

Eventos de Conflicto
57
50 44 47
35
24 28
17 19
9 8
0
1988 1989 1990 1991 1992 1993 1994 1995 1996 1997 1998 1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007

Serie1

Fuente: Cerac
La geografía política del conflicto armado en la región 57

1997 cuando las cosas cambian, cuando la guerra que se libra en Colombia
incluye de manera frontal y decidida al Oriente antioqueño.
Entre 1997 y 2007 el conflicto armado asciende en la región. Espacial-
mente se puede apreciar también una expansión de los territorios involu-
crados: si durante los primeros diez años del periodo estudiado los grupos
guerrilleros se asentaron en torno de los municipios de Embalses y de San
Luis –donde recientemente se había inaugurado la autopista Medellín-Bogo-
tá–, para la década siguiente, por motivo de la escalada bélica, es el conjunto
de los municipios del “oriente lejano” –compuestos por las subregiones de
Embalses, Bosques y Páramos– el que concentra el grueso de los eventos
armados en el territorio, y el municipio de San Luis resulta ser el principal
afectado (véanse mapas 2 y 3).
En la década de la escalada del conflicto armado en la región –como en-
seña la gráfica 1– es posible distinguir tres periodos:

a) Un ascenso pronunciado entre 1997 y 2000, que obedeció no solo a


la expansión y crecimiento que las guerrillas mantuvieron en todo el
país por aquellos años, y a la respuesta militar del Estado, sino tam-
bién a la aparición de los paramilitares en la región, con su estrategia
contrainsurgente. Todos ellos fueron sucesos que marcaron el inicio
del escalamiento del conflicto y de la crisis humanitaria que viviría
el Oriente antioqueño durante los siguientes años. En este periodo
el ELN intensifica notoriamente sus acciones, especialmente sobre el
eje vial de la región. La presencia de las Farc no indica un incremento
sustancial respecto de los años anteriores, ni en territorio ni en nú-
mero de eventos; tampoco lo indican las fuerzas militares del Estado,
pero ambas –en conjunto– suman en la escalada general. En este pe-
riodo el foco del conflicto sigue estando en los embalses y la autopista
en su tramo de San Luis.
b) El periodo más intenso y prolongado de la escalada ocupó cinco años,
durante los cuales se produjeron dos picos, uno en 2000, con 184
eventos armados, y otro más alto en 2004, con 214. Quizá ésta sea una
de las más complejas épocas del conflicto armado en la región, donde,
al tiempo que disminuyeron las acciones del ELN y los paramilitares,
aumentaron aquellas de las Farc y las FF.MM. (véase gráfica 2). De
alguna manera, en la batalla destinada a acabar con el control de la
guerrilla en la región se produce un relevo entre los paramilitares y
las Fuerzas Armadas estatales. Asimismo se opera un cambio impor-
58 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Mapa 2
Índice de eventos de conflicto.
Oriente antioqueño, 1988-1997
La geografía política del conflicto armado en la región 59

Mapa 3
Índice de eventos de conflicto.
Oriente antioqueño, 1998-2007
60 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

tante en el actor guerrillero dominante en la región: el ELN tiende a


desaparecer y las Farc se erigen en actor protagónico.
Los cinco años que marcan la cima de la escalada del conflicto arma-
do en la región y los “relevos” en la actividad armada que hubo entre
los diferentes grupos ilegales y el Ejército Nacional, se vieron activa-
dos por los siguientes sucesos:
• el posicionamiento de los paramilitares en los cascos urbanos.
• el inicio de la política de Defensa y Seguridad Democrática a par-
tir del lapso 2002-2003 y su intensificación a lo largo del periodo.
• el enfrentamiento violento de las Farc al ELN.
• la expansión y el incremento de la actividad armada de las Farc.
• las grandes ofensivas militares de los años 2002 y 2003, cuando la
Fuerza Pública ganó el control del eje vial, y más adelante las que
culminaron con la recuperación del control de la subregión de Pá-
ramos, en la parte sur del territorio.
• la desaparición paulatina del ELN en la región.
• el inicio de la desmovilización de los grupos paramilitares a finales
de 2003.
c) El periodo de descenso a partir de 2005 se caracterizó por una dismi-
nución pronunciada de los eventos armados durante 2005 y 2006. No
obstante, esta tendencia fue interrumpida en 2007, cuando aparecen
muestras de incrementos en los índices de confrontación. Para esta épo-
ca el ELN ya no adelantaba acciones en la zona, y a partir del proceso de
desmovilización los grupos paramilitares (vinculados con los paramilita-
res de Castaño y de Ramón Isaza) cambiaron su presencia y alcances. Las
Farc y las Fuerzas del Estado son los protagonistas de este repunte.

El comportamiento por grupo armado (medido por el número total de


eventos) en la etapa 1997-2007, que acabamos de desglosar por periodos,
puede observarse en la gráfica 2. (Quien esté interesado en analizar la diná-
mica relacional de las tasas de homicidios, masacres y desplazamiento forza-
do puede remitirse al Anexo 1).

Territorialidades y formas de inserción de los actores armados


Interesa ahora profundizar en las características más notorias que presentan
los distintos actores armados –legales e ilegales– con respecto a su presencia
Gráfica 2
Acciones unilaterales de grupos armados
en el Oriente antioqueño, 1997-2007

90

80

70

60

50 Fuerzas del estado


Paramilitares
40
Farc
30 Eln

20

10

0
1997 1998 1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007
-10

Fuente: Cerac
La geografía política del conflicto armado en la región 61
62 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

en el territorio. Cada uno de ellos ha estado asociado a territorios distintos


entre sí y a través del tiempo, así como a maneras específicas de relacionarse
con las comunidades asentadas en sus territorios de influencia.
La presencia de los diferentes actores armados, aunque constante a lo
largo de las últimas décadas1, ha sido diversa y ha ido transformándose a lo
largo tiempo. Durante periodos claramente delimitados en el tiempo, hubo
amplios territorios, inclusive algunas cabeceras urbanas, que permanecieron
por fuera del control militar del Estado nacional: el área rural aledaña al eje
vial estuvo bajo dominio del ELN (1998-2002); extensas superficies del sur y
los cascos urbanos de Nariño y Argelia (1999-2002) fueron controlados por
las Farc; varios de los cascos urbanos del Altiplano y los Embalses, aunque
con presencia militar cercana y estancia policial en las cabeceras, fueron ob-
jeto de un control persistente y ostensible de los paramilitares (1999-2004).
Solo en el año 2002, con el inicio de las operaciones militares Meteoro (2002)
y Marcial (2003-2004), se sentaron las bases para una fuerte y constante pre-
sencia del Ejército Nacional sobre el eje vial y la zona de embalses, acción
que en los años siguientes se extendió a la zona sur de la región (los pára-
mos). Hoy día el panorama es la constante presencia militar a lo largo de las
vías principales, cascos urbanos y corregimientos.
A continuación mostraremos, con mapas, los territorios de influencia de
los distintos actores de la guerra a través del tiempo, sus transformaciones y
el significado de esas espacialidades.

El Ejército Nacional
La georreferencia de sus acciones en tres cortes temporales de especial ac-
tividad armada da cuenta del cambio de actitud de la fuerza pública en la
región. Si en el año 2001 (año del mayor número de masacres paramilitares
y acciones del ELN) las Fuerzas Armadas apenas tenían operaciones margi-
nales, concentradas en el cuidado del complejo hidroeléctrico (subregión de
los Embalses), y sus enfrentamientos estaban dirigidos exclusivamente contra
las guerrillas (ninguno contra los paramilitares), para 2004 su radio de acción
se extiende a lo largo de las subregiones de Embalses (nororiente), Bosques
(centro-oriente, por la zona de la autopista Medellín-Bogotá, dominada por
las guerrillas) y Páramos (sur). Allí mismo, su presencia se hace todavía más
intensa en 2007, al finalizar el periodo (véanse los mapas 4, 5 y 6). Este cambio

1 Según consta en la información analizada de “Noche y Niebla” y en el trabajo de Pastoral


Social sobre el desplazamiento forzado en Antioquia.
La geografía política del conflicto armado en la región 63

Mapa 4
Acciones unilaterales fuerzas del estado.
Oriente antioqueño, 2001
64 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Mapa 5
Acciones unilaterales fuerzas del estado.
Oriente antioqueño, 2004
La geografía política del conflicto armado en la región 65

Mapa 6
Acciones unilaterales fuerzas del estado.
Oriente antioqueño, 2007
66 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

en la posición de las Fuerzas Armadas destacadas para el Oriente antioqueño


se corresponde con el viraje dado a escala nacional a partir de la puesta en
marcha de la política de Seguridad Democrática del presidente Uribe. Nóte-
se que la subregión del Altiplano (la que concentra la industria, un número
importante de cascos urbanos y las parcelaciones de recreo de los habitantes
de Medellín) no fue objeto de la acción armada estatal, aunque ella fuera una
zona distinguida por la presencia y la actividad del paramilitarismo, como po-
drá apreciarse más adelante.

Ejército de Liberación Nacional (ELN)


El ELN tuvo en el Oriente antioqueño uno de sus nichos de importancia
nacional. Sus frentes Carlos Alirio Buitrago y Bernardo López Arroyabe
han estado asentados en la región desde hace varias décadas. Sus zonas
de influencia histórica han sido la de “bosques”, con la interferencia per-
manente sobre la autopista Medellín-Bogotá, y la zona de los “embalses”.
Su centro de operaciones quedaba en territorio de Granada, hasta que las
Farc, al final de los años 90, les disputaron el control de la región. Sus dos
frentes tienen una raigambre regional: se reconocen como “hijos de esta
tierra”, en general de procedencia campesina, y personas que antaño ha-
bían sido líderes cívicos.
En la memoria de los habitantes se evidencia que sus huestes, de cierta
manera, aumentaron como consecuencia del exterminio a que fue sometido
el movimiento cívico regional de los años 80. Una persona entrevistada es-
tima que esa historia

“termina con el asesinato de la mayoría de los dirigentes de esos movimientos.


Eso es entonces lo que le da validez al argumento de la guerrilla, y ahí es donde
ya se empiezan a estructurar como ejército y guerrilla y a comenzar todo ese pro-
ceso” (Entrevista)

Una líder social percibe las cosas así:

“Entonces, como les digo, ante esas situaciones, el oriente, en esa mala resolu-
ción de conflictos del movimiento cívico nosotros no hemos podido encontrar el
punto de unión o de articulación que nos diga: ‘¿Vio? Esto se acabó, esto empezó’,
pero sí tenemos casi la certeza que desaparece. El movimiento cívico es acabado,
y entonces van apareciendo las guerrillas, el ELN, las Farc, el EPL, bueno, van
apareciendo justo de manera muy fuerte en las localidades más débiles. Se fueron
posicionando mucho más” (Entrevista a Patricia Aristizábal, 2007).
La geografía política del conflicto armado en la región 67

Muchos de los miembros del ELN no solo tuvieron lazos de parentesco


con los habitantes de la región; también –y a diferencia de las Farc–, se propu-
sieron construir algún tipo de ascendencia política entre las comunidades de
sus territorios de influencia. Su principal foco de interés estuvo en el corredor
formado por la zona de la autopista Medellín-Bogotá (zona centro-oriental), y
también en la zona de los embalses (nororiente de la región) y los municipios
de “frontera” entre estas subregiones periféricas y el “altiplano” cercano a Me-
dellín, tales como San Vicente, El Santuario, El Carmen de Viboral, La Unión.
En el primer periodo de escalada del conflicto armado (el ascenso), el ELN es
el principal protagonista. Pero, a pesar de su ascendiente de antaño y de haber
logrado en el año 2000 el pico más alto de acciones unilaterales (entre todos los
actores armados a lo largo de la década entera), y de haberse extendido a algu-
nos municipios de la subregión de páramos, al suroriente, zona de presencia
tradicional de las Farc, hoy día su presencia es mínima y tiende a desaparecer
prácticamente del panorama del Oriente antioqueño.
Los mapas 7, 8 y 9 permiten observar los territorios de influencia que
alcanzó a tener el ELN en el Oriente antioqueño, así como el retroceso de su
presencia territorial y su actividad armada2.
Lo anterior puede explicarse en función de la fuerte persecución que los pa-
ramilitares realizaron a las bases sociales de la guerrilla en la región y el férreo
control que impusieron en los cascos urbanos; las ofensivas militares de la fuerza
pública, lanzadas en 2002 y 2003, y su presencia consolidada en las principales
carreteras y cabeceras urbanas de municipios y corregimientos, y, finalmente, la
confrontación que las Farc entablaron contra ese grupo guerrillero
En general, las personas con quienes se habló durante el trabajo de cam-
po dan cuenta de la agresividad con que las Farc llegaron al territorio y en-
frentaron al ELN. La vocación política de ambas guerrillas y sus diferencias
se hicieron patentes para la población del Oriente antioqueño, que vivió de
forma muy cercana el proceso del ELN. Para el ELN era importante dar vía
libre a la participación comunitaria en cuanto espacio se presentara para
el efecto (asambleas comunitarias, asociaciones, cooperativas); las Farc, en
cambio, sospechaban de toda actividad que no contara con su aprobación
previa. “Las Farc son un ejército de ocupación”3, sentenció Byron, un co-
mandante del ELN que actualmente está encarcelado.

2 El mapa 7 corresponde al año 1998, cuando se inicia la escalada; el mapa 8 del año 2000,
tiempo de su mayor actividad, y el mapa 9 del año 2007, momento en que se observa la
mínima expresión a que han llegado las confrontaciones en la región.
3 Véase “Farc contra Eln”. En Revista Semana, 2 de marzo de 2007. Disponible en: http://www.
semana.com/wf_InfoArticulo.aspx?IdArt=100803 (Consultado en marzo de 2008).
68 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Mapa 7
Acciones unilaterales del ELN.
Oriente antioqueño, 1998
La geografía política del conflicto armado en la región 69

Mapa 8
Acciones unilaterales del ELN.
Oriente antioqueño, 2000
70 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Mapa 9
Acciones unilaterales del ELN.
Oriente antioqueño, 2007
La geografía política del conflicto armado en la región 71

El proceso de ruptura entre el ELN y las Farc se vivió en el momento


más crítico del conflicto, al iniciarse el decenio de los años 2000. Uno de los
entrevistados durante el trabajo de campo señaló al respecto:

“Eso se van dando copamientos de las áreas donde actuaban antes y (las Farc) co-
mienzan a imponer también sus condiciones. Ese es un copamiento casi que como
natural, (en la forma) como ellos entran ahí. En una época hubo aquí en la región,
inclusive, hasta combates entre ellos mismos, eso en el año 2000, 2001, por el tema
del territorio. Pero, sin embargo, tienen unos objetivos similares. Llegaron como a
acuerdos y se respetaban zonas e inclusive se apoyaban. En muchas ocasiones las Farc
les daban protección a los elenos, porque son más fuertes. Y una vez ya salen de ahí,
del territorio, el que es más fuerte tiene más posibilidad o más capacidad de coparlos”.

Durante los años 2001 y 2002 el ELN accedió a los acercamientos con los
alcaldes de la región; entretanto las Farc amenazaron a todos los funciona-
rios públicos, impidieron el paso de dichos contactos y se opusieron a la idea
del ELN de concertar acuerdos con las administraciones municipales. Ad-
ministraciones que las Farc desconocieron, al declararlas objetivo militar4.
No obstante, el predominio militar que las Farc adquirió en el Oriente
antioqueño a partir de ese momento hizo que el ELN finalmente también se
sumara al tipo de acciones armadas implementadas por las Farc en el perío-
do y que comenzaron a afectar directamente a la población civil: atentados,
bombardeos a pueblos y reclutamiento forzoso de jóvenes, tipo de acciones
que se generalizaron como mecanismos de guerra.
Finalmente, ante el distinto cúmulo de presiones políticas y militares,
el ELN desaparece del panorama. Según testimonios obtenidos durante el
trabajo de campo, entre la población circulan rumores que dan cuenta de
numerosas deserciones del ELN hacia el bando paramilitar y de coman-
dantes del ELN que hicieron el tránsito, no solo a posiciones cercanas a los
paramilitares (como es el caso de Byron, comandante del ELN detenido en
Itagüí), sino también a las Farc, guerrilla que a partir de 2001 incursionara
desde sus parajes históricos (la zona noreste de Embalses y la zona sureste
de Páramos) a las áreas de tradicional dominio del ELN.

Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc)


Las Farc llegaron por primera vez al Oriente antioqueño a finales de los años
setenta, cuando se repliegan desde Urabá y parte de su V Frente se refugia

4 Véase “Amenazas de Farc impiden contactos entre alcaldes y ELN”. Noviembre de 2002.
Disponible en: http://www.orientevirtual.org/?2,252,es (consultado en marzo de 2008).
72 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

e inicia actividades en la zona de los Embalses5. En los años 90 la frontera


sur de la región, colindante con Caldas (subregión de Páramos), se convirtió
en uno de los bastiones del Frente 47 y estuvo muy asociada al cultivo de
la coca. Sin embargo, fue a finales de los 90 cuando este grupo guerrillero
decidió copar el territorio del conjunto de las subregiones que conforman el
oriente lejano (Páramos, Bosques y Embalses). Y es entre 2001 y 2004, época
del mayor ascenso de su actividad en la región, cuando también se enfren-
ta al ELN, como parte de su estrategia de control y posicionamiento en la
región; se trata de años en que paralelamente se adelantan las dos grandes
ofensivas del Ejército Nacional en el Oriente antioqueño.
Los tres mapas representativos de la actividad armada de las Farc que acom-
pañan estas notas recogen su avance –territorial y por número de eventos béli-
cos– en el curso de los años 2001, 2002 y 2007. Ellos muestran que su avance par-
te de las dos zonas en que con anterioridad tenían asentadas sus bases (noreste
y sureste de la región) y culmina con la toma del corredor que tradicionalmente
había controlado el ELN: la autopista Medellín-Bogotá.

Los paramilitares
Los grupos paramilitares que han hecho presencia en el Oriente antioque-
ño han sido diversos: las Accu, de Carlos Castaño; las Autodefensas del
Magdalena Medio, de Ramón Isaza; el Bloque Metro y los bloques Cacique
Nutibara y Héroes de Granada. Las Accu señalan su primera incursión en la
región, hecha en 1998, con una masacre cometida en una vereda de La Ceja
(Altiplano) y luego con otra del corregimiento El Jordán, perteneciente al
municipio de San Carlos, subregión de Embalses. Existe además referencia
sobre una incursión en el oriente hecha por integrantes del Bloque Central
Bolívar durante la disputa interna que se presentó en las AUC entre los líde-
res paramilitares y el Bloque Metro6.

5 Clara Inés García 1994b. “El movimiento cívico del Oriente antioqueño”. Informe Colcien-
cias, 2004, tomo II de “Movimientos cívicos y regiones”.
6 1988: autodefensas de Ramón Isaza; 1995-1998: Accu (1998: primera incursión en una ve-
reda de La Ceja, donde cometieron una masacre. Luego, en el corregimiento El Jordan, de
San Carlos, otra masacre inaugura el dominio paramilitar de la zona. 1998-2003: Bloque
Metro (hasta 2002, como parte de las AUC. Desde entonces, y hasta su desarticulación por
parte del Bloque Cacique Nutibara, fue una disidencia). 2003: el Bloque Central Bolívar
disputa con el Bloque Metro el control de La Ceja y El Santuario (Vicepresidencia, 2004).
En septiembre se enfrenta con el Bloque Cacique Nutibara y desaparece del panorama del
Oriente antioqueño. 1998-2005: Frente José Luis Zuluaga de las Autodefensas del Magdale-
na Medio-Ramón Isaza. (Vicepresidencia, 2004; Garzón, 2006; Romero, 2007).
La geografía política del conflicto armado en la región 73

Mapa 10
Acciones unilaterales Farc.
Oriente antioqueño, 2001
74 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Mapa 11
Acciones unilaterales Farc.
Oriente antioqueño, 2002
La geografía política del conflicto armado en la región 75

Mapa 12
Acciones unilaterales Farc.
Oriente antioqueño, 2007
76 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Varios hitos delimitan esta presencia.

• En 1997 las Accu, a través del Bloque Metro7, llegaron al Orien-


te antioqueño (Vicepresidencia, 2004: 4) y se desplazaron de El
Carmen de Viboral hacia Marinilla y La Ceja (en el altiplano cer-
cano de Medellín), y luego a Granada y San Carlos, en la zona
de los embalses. Mauricio Romero (2007: 131) comenta que este
paulatino movimiento de paramilitares en la región desafiaba la
presencia guerrillera en la zona de los embalses y rompía los co-
rredores utilizados por las Farc y el ELN para conectar esta región
con Medellín.

• El año 2001 marcó el punto máximo de las acciones paramilitares


en el país, y en el Oriente antioqueño en particular (véase gráfica
2). En los mapas 13, 14 y 15 puede apreciarse la diferente geografía
política de los paramilitares desplegados en la región, respecto de
los demás actores armados. En primer lugar, se posicionan en el
altiplano –industrial y urbanizado–, donde ni las Farc ni el ELN
habían tenido dominio alguno; en segundo lugar, en el “oriente
lejano”, se concentran en las subregiones de Embalses y Bosques,
donde se asienta la infraestructura nacional de las hidroeléctri-
cas y la autopista Medellín-Bogotá; por último, la subregión de
Páramos, ubicada al sur, no tiene sino una presencia paramilitar
marginal y pasajera en Sonsón.

• 2002 y 2003 fueron años durante los cuales se desarrollaron impor-


tantes ofensivas del Ejército Nacional en la región: la Operación Me-
teoro y la Operación Marcial. Para entonces el territorio paramilitar
estaba repartido entre el Bloque Metro (Altiplano y subregión de Em-
balses) y las Autodefensas del Magdalena Medio (San Luis, San Fran-
cisco y Cocorná, en la subregión de Bosques).

• En esos mismos años 2002-2003 se vivió la disidencia interna en las


AUC. El Bloque Metro marcó distancias frente a los demás grupos
que las componían, al asegurar que no adheriría a las “reagrupadas
AUC” mientras no se rechazara de forma contundente el narcotrá-

7 Grupo paramilitar originario del Valle de Aburrá que tuvo injerencia en Medellín y el Nor-
deste y el Oriente antioqueños.
La geografía política del conflicto armado en la región 77

Mapa 13
Acciones unilaterales paramilitares.
Oriente antioqueño, 1998
78 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Mapa 14
Acciones unilaterales paramilitares.
Oriente antioqueño, 2001
La geografía política del conflicto armado en la región 79

Mapa 15
Acciones unilaterales paramilitares.
Oriente antioqueño, 2003
80 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

fico8. Por tal motivo, este Bloque es enfrentado y subsumido por los
bloques Central Bolívar9 y Cacique Nutibara. En el año 2003 el Blo-
que Metro desaparece del panorama.
• En ese mismo año se inicia el proceso de desmovilización parami-
litar en Colombia. El Bloque Cacique Nutibara es el primer grupo
paramilitar del país que acoge el proceso de desmovilización y acepta,
en diciembre de 2003, concentrar más de 800 de sus integrantes de
las comunas urbanas de Medellín en el municipio de La Ceja, en el
Oriente antioqueño. Es liderado por Diego Fernando Murillo Bejara-
no, ‘Don Berna’ o ‘Adolfo Paz’, quien, según aseguró la Vicepresiden-
cia de la República (2004: 5), “ha dado muestras de llevar a cabo un
proceso de paz”. Se trataba de una federación de estructuras armadas
extendida sobre territorios antes controlados por las Farc, el ELN y el
Bloque Metro. Una vez desaparece del panorama, el Bloque Héroes de
Granada entra a copar el territorio. Este último bloque se desmoviliza
en 2005.

La distribución general entre las dos grandes agrupaciones paramilitares


que han tenido presencia en la región puede apreciarse en el mapa 16.
Si la desmovilización iniciada a finales de 2003 tiene inmediata manifes-
tación en su aparente desaparición de los espacios de la guerra en la región,
la presencia paramilitar asume, en algunos desmovilizados, nuevas formas y
acciones. El control de la siembra y el comercio de la coca, así como cierto
control social (expresado en “permisos” para el retorno de desplazados o en
autorizaciones para la actividad política), son actividades con las cuales las
poblaciones identifican el hecho de que estos grupos siguen activos en la
actualidad.

8 Juan Carlos Garzón (2006), de la Fundación Seguridad y Democracia, señala que en los
cuatro primeros meses de 2003 se hicieron intentos de conciliar con el Bloque Metro. Sin
embargo, en mayo comenzó una arremetida de la organización paramilitar contra esta es-
tructura, “con choques armados en Amalfi, La Ceja y Santa Bárbara; en junio se extendieron
a Segovia y El Santuario y en agosto se registraron en Santo Domingo y Yalí, en el nordeste
antioqueño; finalmente, la fuerza de Rodrigo terminó replegada en San Roque, de donde
fueron desterrados. Todo esto antecedido por una fuerte confrontación entre el Bloque Me-
tro y el Bloque Cacique Nutibara en la ciudad de Medellín, que se fue extendiendo al Oriente
antioqueño”.
9 Bloque Central Bolívar (2003) disputa con el Bloque Metro el control de La Ceja y El San-
tuario (Vicepresidencia, 2004). En septiembre se enfrenta con el Cacique Nutibara y desapa-
rece del panorama del Oriente antioqueño.
La geografía política del conflicto armado en la región 81

Mapa 16
Presencia paramilitar.
Oriente antioqueño, 1998-2006
82 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Condiciones y efectos socioespaciales de la guerra en el


Oriente antioqueño
El proceso anteriormente expuesto tiene un significado socioespacial im-
portante de resaltar, por sus sentidos políticos y por lo que tal hecho apor-
ta en general a la comprensión de las lógicas socioespaciales de las guerras.
Fueron seis los ámbitos en los cuales pudimos apreciar ese significado, y
su desarrollo constituye el contenido principal del acápite que desarro-
llaremos a continuación. A partir de ellos se revela un asunto de carácter
más general sobre la relación entre guerra y territorio que se presenta en
esta región: en las lógicas y dinámicas socioespaciales de la guerra juegan
indefectiblemente las “maneras de ser regionales”. En otras palabras, la
confrontación armada regional, a pesar de obedecer a lógicas nacionales (es-
trategias y ciclos generales), no hace nada diferente que asumir y por tanto
reforzar las lógicas propias de las geografías políticas regionales originarias.
Nos referimos al hecho de que la guerra del Oriente antioqueño se rigió
–al tiempo que la reforzó– por la tensión permanente que se presenta en
esta región entre la acción de las fuerzas que tienden a fracturar su territo-
rio (entre el altiplano y el resto de municipios) y aquellas que la configuran
como una unidad socioespacial diferenciable de otras y significativa para
los actores que se disputan en ella y por ella (el Oriente antioqueño como
región).
Los seis ámbitos en los cuales puede apreciarse el significado po-
lítico que tuvo la guerra en la región actúan en dos sentidos aparen-
temente contrapuestos: tres de ellos confirman al Oriente antioqueño
como unidad socioespacial y los otros tres refuerzan la fractura que ha
configurado la gran diferenciación interna de la región en las últimas
décadas.
Son tres los ámbitos del escenario bélico que manifiestan los elementos
de fuerza territorial que –también, y paradójicamente, en este nivel– le im-
primen unidad al Oriente antioqueño:

a) La “unidad de significación” que adquiere el Oriente antioqueño en el


contexto más amplio de la guerra en Antioquia, desde la perspectiva
político-militar.
b) El “lugar central” que, en virtud de la guerra, pasa a ocupar la “perife-
ria regional” en la vida, la dinámica y las decisiones del Estado y de los
actores sociales del conjunto de la región: empresarios, comerciantes,
ONG y organizaciones sociales.
La geografía política del conflicto armado en la región 83

c) Las raíces territoriales de los grupos armados y sus efectos socioespa-


ciales.
Por su parte, los espacios que muestran cómo la guerra se acopla y refuer-
za la “fractura” que han ido configurando los procesos de la economía y la
política en los últimos sesenta años son:

a) La acción diferenciada de la política de seguridad democrática del


gobierno nacional sobre el territorio y sus efectos socioespaciales.
b) La acción diferenciada que tanto las fuerzas del Ejército como las pa-
ramilitares tuvieron sobre la subregión más suroriental –Páramos–
con respecto a su actuación en Bosques y Embalses.
c) El curioso resultado de una correlación: la desmovilización paramili-
tar, el copamiento del territorio por el Ejército y la extensión súbita de
la coca en el “oriente lejano”.

Examinemos lo anterior en detalle.

Los ámbitos que dan cuenta de la unidad socioespacial


La acción armada y el territorio como unidad de significación.
Si hacemos el simple ejercicio de observar el comportamiento geográfico
del conflicto armado a lo largo de una serie temporal, vemos que en Antio-
quia hay tres territorios (Urabá, Bajo Cauca y Oriente) que, por sus carac-
terísticas –geográficas, políticas, económicas y socioculturales– se mues-
tran como “objetos” de interés geopolítico para el conflicto armado. Ese
solo hecho habla de que, por encima de las diferencias internas que existen
en sus respectivos territorios, hay relaciones y características socioespacia-
les que las hacen pensar, desear e intervenir por los actores armados como
una unidad de significación, como una espacialidad simbolizada e interve-
nida como conjunto. Observemos lo dicho con base en los mapas 17 y 18.
En estos casos, el comportamiento territorial del conflicto armado mues-
tra que el territorio adquiere, para los actores armados, una significación
particular y distinguible. Ésta, junto con otras dimensiones de la vida social,
hace que tal unidad socioespacial se reconozca como “región”.
84 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Mapa 17
Acciones armadas, Antioquia, 1993
La geografía política del conflicto armado en la región 85

Mapa 18
Acciones Armadas, Antioquia, 2001
86 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

“La periferia al centro”10


Los mapas del territorio muestran que la expansión guerrillera se sitúa ori-
ginariamente en espacios del “oriente lejano”, en aquellos municipios donde
se ubican la infraestructura hidroeléctrica y un importante “corredor”, que
se corresponde geográficamente con una continuidad montañosa y boscosa
sustentable y que comunica la zona norteña de Caldas con el Magdalena Me-
dio, el Oriente, el Sureste y el Noreste de Antioquia, y, a partir de ellos, con
otros corredores nacionales. A causa de la escalada armada que se presentó
a partir de 1998, las hidroeléctricas, junto con la autopista Medellín-Bogotá,
adquieren especial interés político-militar para los grupos guerrilleros. En
torno de ellas ponen a prueba su capacidad destructora de infraestructura o
la afectación sustantiva del flujo vial de la carretera troncal nacional, y, por
tanto, en el terreno político, una “ganancia simbólica” frente al Estado: la
demostración de la incapacidad de este último de ejercer control territorial.
Estas comarcas constituyen también una fuente financiera, producto de las
actividades extorsivas que ejercen sobre individuos privados, empresas de
transporte y administraciones municipales. Pero los grupos guerrilleros no
se quedan allí e incursionan de una forma cada vez más evidente en la zona
del “altiplano” –subregión urbana, industrial y de recreo para los habitantes
de Medellín–, la cual, por ser escenario de esta expansión, se convierte en
símbolo de la cada vez más restringida capacidad de acción de las fuerzas del
Estado. Tal situación se evidencia, por ejemplo, en el mapa 19 que describe
las acciones armadas del ELN en el año 2001.
Por su parte, entre los años 1995 y 2000 las Farc incursionaron en algunos
municipios del Altiplano, donde los más afectados fueron Guarne, La Ceja,
Marinilla, La Unión y El Santuario.
Así, aquello que las elites antioqueñas, al igual que el resto de elites nacio-
nales, habían creído ajeno a su existencia –que el conflicto guerrillero no les
incumbía, por “pertenecer” a las zonas periféricas, nada neurálgicas para su
economía y sus condiciones de vida–, comenzó a mostrar su otra cara: que el
conflicto armado sí es un problema que incumbe a todos los colombianos, a
sus estructuras económicas, políticas, culturales y territoriales.
La guerra, propia de las “periferias”, pasa entonces al “centro”, en el sen-
tido material y simbólico. Material, porque los objetivos militares y de con-
trol son infraestructuras vitales de la economía nacional y porque penetrar

10 Parafraseando al profesor Alejandro Grimson; Grimson, Alejandro (comp.), (2000). Fron-


teras, naciones e identidades: la periferia como centro. Buenos Aires: Ediciones Ciccus/La
Crujía.
La geografía política del conflicto armado en la región 87

Mapa 19
Acciones unilaterales ELN.
Oriente antioqueño, 2001
88 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Mapa 20
Índice de acciones unilaterales escalada paramilitar.
Oriente antioqueño, 2000-2002
La geografía política del conflicto armado en la región 89

en el “altiplano” –las goteras de Medellín– da la posibilidad de extorsionar


y secuestrar a miembros de las clases media y alta de la región. Y simbóli-
co, porque los grupos del poder y el Estado no pueden seguir tratando la
“guerra” como problema reducido a las periferias. La intervención sobre
el rumbo de la misma se convierte en asunto central para el destino de los
focos de la vida regional y nacional y por tanto pasa a ocupar el centro de
la política pública.
Por su parte –aunque de otra manera–, la expansión de la territorialidad
paramilitar muestra lo mismo: que los asuntos tradicionalmente concebidos
como “de la periferia” devienen centrales. Los focos de la acción paramilitar
fueron la zona de embalses, la autopista y el altiplano (véase mapa 20). Este
último fue objeto de la intervención sin restricciones del paramilitarismo. A
todo lo largo y ancho de los municipios respectivos campeó esta expresión
de fuerza, con la “mano invisible” de su “guerra sucia”. Por su parte, el Ejérci-
to se concentra en el oriente lejano y sus fronteras con el cercano.
En otras palabras, desde el punto de vista de la geopolítica demostrada
por los cuatro actores envueltos en esta guerra, el Oriente antioqueño se asu-
mió como objetivo territorial a ser controlado en su unidad. Por lo demás,
la diferenciación socioespacial de las acciones militares dentro de esa uni-
dad (observada en la distinta intensidad de la confrontación armada en el
espacio y en el tipo de distribución de los actores armados en el espacio y el
tiempo) está también claramente asociada a las diferencias socioespaciales
que, en general, constituyen la región, en particular la diferencia entre el
altiplano y el resto del territorio. De esa manera las especificidades espaciales
que adquiere la guerra tienen coherencia en función de lo que significa el
Oriente antioqueño como región.
Esta es entonces la historia de cómo, a partir de la guerra, la periferia se
torna en factor central o, lo que es lo mismo, de cómo la geopolítica de la
guerra articula centro y periferia.

Grupos armados, raíces territoriales y efectos socioespaciales


Dos de los grupos armados –uno guerrillero (el ELN) y el otro paramilitar
(el bloque del Magdalena Medio de Ramón Isaza y su yerno McGiver)– tie-
nen raigambre o vínculos subjetivos territoriales que actuaron en su mo-
mento a favor de las acciones que las comunidades emprendieron frente a
estos actores como alternativa de resistencia a los efectos de esa guerra.
Por ejemplo, los grupos del ELN que actuaron en el Oriente antioque-
ño –el Carlos Alirio Buitrago y el Bernardo López Arroyave– se crean en la
90 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

misma región con integrantes nacidos allí; miembros del ELN confirman esa
identidad:

“También hay que decir que quienes habitamos el Oriente antioqueño nos hemos
expresado de múltiples formas: movilizaciones populares, paros, participación en
movimientos cívicos, cuerpos colegiados, alcaldías, ¿y cual ha sido la respuesta?
Desaparición, torturas, masacres, desplazamientos, humillación y degradación
del ser humano. Se han agotado todas las vías constitucionales y legales existen-
tes. No hubo y no hay otra forma posible al día de hoy, para los que habitamos
la región, que la de organizarnos en guerrillas. De eso son y somos conocedores
los habitantes y gobernantes. Precisamente de estas humillaciones y atropellos
surgen varios frentes guerrilleros, entre ellos el Carlos Alirio Buitrago, el Bernar-
do López Arroyave, el Noveno Frente de las Farc, donde actualmente militamos
muchos de esos líderes que intentamos agotar todas esas instancias de lucha por
la vida digna (…)”. (www.patrialibre.org, 2003).

Y así lo confirman líderes sociales conocedores de los procesos:

“Algunas entrevistas que tuve con comandantes del ELN y de las Farc decían que
sus hombres habían construido las centrales hidroeléctricas, algunos de sus hom-
bres; que ellos conocían muy bien los territorios, muy bien los caminos, los atajos,
las personas solidarias en las veredas. Entonces, hay, por un lado, una relación con
las comunidades. Yo creo que desde el principio ha sido directa, sobre todo frente
a zonas veredales de ciertos municipios, y que además ahí había en la militancia
personas propias de la región. O sea, nunca fue una guerrilla que trajo boyacen-
ses, tolimenses, para meterlos en un lugar extraño. No. Formó la gente, la atrajo
al reclutamiento, les vendió la promesa de la utopía socialista en este territorio.
Entonces uno, aunque se encuentre uno que otro costeño o algún comandante
de los de afuera, uno encontraba campesinos militantes del oriente” (Entrevista
a Pedro Chica).

Este arraigo regional influyó en las posibilidades de acción que tuvieron


las primeras reacciones colectivas frente a los efectos de la guerra puestas de
manifiesto entre los años 1996 y 2001, los llamados “acercamientos humani-
tarios”, mediante los cuales los pobladores y alcaldes lograron entrar en diálo-
go con los actores armados y obtener algunas concesiones que mitigaron, de
alguna manera y en algunos momentos, los peores efectos de la guerra sobre
la población civil campesina. El apego al terruño y los lazos familiares y de
vecindad que mantuvieron los miembros de los dos frentes del ELN con los
pobladores de la región, muy posiblemente facilitaron el éxito de esas gestio-
nes: se trataba de un diálogo de la sociedad civil con individuos armados que
La geografía política del conflicto armado en la región 91

procedían de las mismas comunidades que les estaban reclamando la paz y


que por tanto tenían razones subjetivas tendientes a facilitar decisiones que
favorecieran de alguna manera a los pobladores. Así lo afirma un líder cono-
cedor de los acercamientos humanitarios que se hicieron en la región:

“…al menos para los procesos locales de carácter humanitario que tuvimos en
San Luis y en la zona de bosques, se convirtieron en una oportunidad: muchas de
las acciones, de las tensiones fuertes que generaban ellos como grupo de guerri-
lla –bien fuera contra la autopista, contra la empresa cementos Rioclaro, contra
las administraciones municipales, dondequiera que pusieran el foco de sus ac-
ciones–, tenían alguna posibilidad de solución, de contención, de aplazamiento
(…) lo manejábamos en esos términos, por las redes de los afectos entre los res-
ponsables de esos grupos armados, los jefes, sus células armadas o patrullas, las
que despliegan la acción violenta, y las familias que terminaban afectadas con las
acciones de ellos, las redes vecinales, veredales” (Entrevista a Pedro Chica).

El otro ejemplo lo aportan paramilitares del grupo del Magdalena Medio.


Estos pertenecen a una frontera porosa y de lazos históricos con el Oriente.
Tienen a la cabeza un comandante que procede él mismo del Oriente (origi-
nario del municipio de San Francisco en la subregión de Bosques), que mi-
gró al Magdalena medio y allí organizó su grupo bajo un proyecto más “lo-
cal”, a diferencia del expansionismo que caracterizó al resto de comandantes
de las AUC)11. Así, y a pesar de que, como paramilitares, actuaron con toda
su dureza, a la hora de los “acercamientos humanitarios” que plantearon las
comunidades de la autopista fueron sensibles y también accedieron a ellos:

“Doña Berta era la secretaria y la que coordinaba todo, porque, como yo era con-
cejal… Fuera de eso, yo trabajaba, era madre de familia, tenía a mis hijas estu-
diando, pero sí, yo estaba ahí… Hicimos un trabajo en el 2000, luego se nos viene
la población de la autopista desplazada. Luego, como el conocimiento para no-
sotros era que las autodefensas eran las que los habían desplazado, entonces em-
pezamos a hacer contactos con las autodefensas del Magdalena Medio, hasta que
nos admitieron que lleváramos. Fuimos como con doscientos desplazados. Los
llevamos allá y tuvieron una reunión y ellos mismos autorizaron que volvieran a

11 “Sí, hay alguna diferencia entre McGiver, si lo vemos diferente, como una ínsula, ahí, a los
actores clásicos como Mancuso, como Castaño. ¿Qué caracterización le damos al tipo? Una
diferencia central, por ejemplo: y es que McGiver es de la zona, ha vivido en la zona y nunca
quiso crecer, se quedó en su zona. Entonces, es como un rey feudal en esa zona del Magda-
lena Medio (…) McGiver siempre estuvo ahí y se quedó ahí, yo no sé con qué tanto reflejo
y crecimiento hacia San Francisco, San Luis…” (Entrevista a Pedro Chica).
92 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

la autopista, que volvieran a organizarse en la autopista” (Entrevista a Deyanira.


San Luis, 2007).

Otro de los campos en que pueden observarse los efectos que tienen las
características socioespaciales de los grupos armados corresponde a la etapa
de desmovilización paramilitar. El Oriente antioqueño no produjo interna-
mente grupos paramilitares; sus regiones vecinas sí lo hicieron. Y es a partir
de ellas (el Magdalena Medio, el Nordeste antioqueño y el Valle de Aburrá)
como el paramilitarismo incursiona y actúa en el Oriente antioqueño. Como
indicador del asunto podemos apreciar que la desmovilización de quienes
operaron en esta región se produce masivamente en las zonas vecinas. Así lo
manifiesta también el número de desmovilizados que se quedaron viviendo
en los municipios del “lejano oriente” antioqueño y que, grosso modo, oscilan
entre 10 y 20 desmovilizados por municipio, con excepción de San Carlos,
que tuvo 4212.
Ello plantea diferencias al proceso de posconflicto en una zona donde se
asienta una significativa cantidad de desmovilizados (casos de Urabá o Mag-
dalena Medio, por ejemplo), al que se dé en una jurisdicción que, a pesar de
haber sido igualmente golpeada por estos grupos como las anteriores, no los
aloja masivamente en su seno.
Para cerrar esta parte del texto –dedicada a mostrar los tres ámbitos de la
guerra donde se manifiestan los elementos sociespaciales que tienden a re-
forzar la idea de un Oriente antioqueño como unidad territorial–, conviene
afirmar que esta fuerza actúa de dos maneras:

a) Por una parte, al construir unidad a partir de sus fraccionamientos.


Tal es el caso descrito en el acápite “De la periferia al centro”13. Es así
como “el conflicto construye región”.
b) Por otra parte, al aportar rasgos territoriales que hacen que la guerra
asuma dinámicas y características específicas diferentes de las encon-
tradas en otros territorios. Para expresarlo de manera diferente, al

12 Información de entrevistas hechas en la zona.


13 Tal es también el caso de lo analizado hace tiempos en otras regiones –caso de Urabá–,
cuando las guerrillas, situadas en las periferias, se toman el centro bananero en sus sin-
dicatos y movimientos por la tierra, y ocupan fincas y obligan a empresarios y al Estado a
reconocer sindicatos, establecer leyes laborales y asumir el destino del centro como ligado
indisolublemente al destino de toda la región. Es así como “el conflicto armado construye
región”. Véase Clara Inés García, (1996). Urabá. Región, actores y conflicto, 1960-1990. Bogo-
tá: Ed. Cerec.
La geografía política del conflicto armado en la región 93

aportar singularidades a la orientación general del conflicto armado,


singularidades que pueden constituirse en la base de hipótesis más ge-
nerales para estudios comparados.

Los ámbitos que dan cuenta de la fractura socioespacial


A continuación mostraremos de qué manera algunos rasgos de la guerra
también operan en el sentido inverso al anteriormente anotado, aunque tam-
bién inscrito muy profundamente en la configuración territorial de la región:
lo que hemos denominado su “fractura”.

La política de Seguridad Democrática: diferenciaciones territoriales


La política de Seguridad Democrática puesta en marcha por Uribe Vélez no se
aplica homogéneamente en el territorio. En primer lugar, los mapas muestran
una evidente intensificación y la expansión de la acción del Ejército en las tres
subregiones del “oriente lejano” (Embalses, Bosques y Páramos), lo mismo que
en los municipios del altiplano, en la frontera con estas zonas. En otras pala-
bras, el Ejército actúa donde están las guerrillas. En contraste, el mapa del pa-
ramilitarismo se extiende por todo el altiplano, pero eso no produce la misma
reacción en el Ejército Nacional (véanse los mapas 5, 6 y 20).
Además, allí donde actuó, la Seguridad Democrática operó mediante
controles, combates y bombardeos. El desplazamiento masivo que guerrille-
ros y paramilitares provocaron en una primera instancia (entre 1998 y 2003)
fue replicado por el Ejército y las Farc en un segundo momento (2004-2006)
(véase gráfica 3).
La magnitud de este desastre humanitario puede observarse cartográfi-
camente mediante el índice de impacto del desplazamiento, encontrado con
base en la población de 1993: el “oriente lejano” muestra índices que oscilan
entre el 33% y el 116% (véase mapa 21). Y si bien la política de Seguridad
Democrática permite –en palabras de sus empresarios– la nueva bonanza
económica del altiplano, no pasa lo mismo con la deseable recuperación
demográfica y económica de las subregiones del oriente lejano, donde tal
política está directamente asociada al desplazamiento y el abandono de la
agricultura y donde los efectos de la “seguridad” que se procurarían en el
mediano plazo, por sí solos, no producen el milagro del retorno y la reacti-
vación de la economía campesina.
Por eso es permitido admitir que la política de la Seguridad Democrática
tiene efectos diferentes en los dos grandes territorios del Oriente antioqueño.
Gráfica 3
Número de desplazados en el Oriente antioqueño, 1999-2005

14000
12000 12551 11950
10000
11059

8000 7381 7386


6000
4000
94 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

3186
2000
1310
0

Totales desplazados
1998 1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006

Años

Fuente: Codhes
La geografía política del conflicto armado en la región 95

Mapa 21
Índice de impacto del desplazamiento, 1997-2007.
Oriente antioqueño y destinos intrarregionales
96 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Es una disparidad que mantiene y refuerza la “fractura” entre los dos. Obser-
vemos un indicador adicional de lo afirmado: la curva de eventos totales del
conflicto, por subregiones. En el año 2005, y en lo que toca con eventos ar-
mados, el Altiplano recupera el estado original de seguridad que presentaba
en 1997 (el momento anterior a la escalada del conflicto armado en la región
y en el Altiplano) (véase gráfica 4). Por el contrario, las tres subregiones del
oriente lejano no solo no llegaron, en su punto más bajo, a nada parecido a
sus niveles originales de diez años antes, sino que, por el contrario, y después
de haber experimentado un descenso, el nivel del conflicto armado vuelve a
ascender a partir de 2006.

Páramos: ¿un oriente “más lejano” en términos de la guerra?


En el oriente lejano las acciones bélicas del Ejército y los paramilitares tam-
poco fueron similares. Las cifras y los mapas evidencian una diferencia en la
manera y en los tiempos que asumió la lucha antiguerrillera en el territorio.
La subregión de Páramos evidencia un menor interés estratégico para es-
tos actores: allí no tienen que ser defendidas infraestructuras económicas de
ninguna especie. De hecho, se trata de la última de las subregiones en donde
se localizan los eventos armados en el tiempo. Argelia, Nariño, Sonsón y
Abejorral vieron intensificadas las acciones militares en su territorio solo
entre 2005 y 2007. Esto se hace visible de manera más dramática en la forma
como evolucionaron los epicentros del desplazamiento forzado en la región
(véanse mapas 22 a 25).
Por otra parte, los paramilitares casi no intervinieron en esta subregión,
como sí lo hicieron en el resto del territorio (véase mapa 20). Así se constata
en las exclamaciones de los pobladores: “Aquí nosotros no somos víctimas de
los paramilitares; lo somos de las Farc y del Ejército”.
Correlativamente, la intervención de las Fuerzas Armadas del Estado
(que se intensificó en los años 2002, 2003 y 2004 a todo lo largo del oriente)
fue tardía en esta zona. Es más, en los últimos años del periodo analizado es
la única subregión del territorio que mantiene una tendencia de confronta-
ción armada que no ha dejado de ser ascendente, en contraste con lo que ha
ocurrido en las zonas de bosques y embalses, que entre 2004 y 2005 mues-
tran bajas notables (véase gráfica 5).
De esa manera, parecería que las acciones armadas mostraran también
las diferencias socioespaciales que de vieja data han caracterizado al propio
“oriente lejano”.
Gráfica 4
Eventos totales del conflicto en el Altiplano.
Oriente antioqueño, 1997-2007

90

80

70

60
50 Altiplano
Promedio Regional de Eventos
40

30 29
28
20 19 21 19
12 17 11 9
10 10
7
0
1997 1998 1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007

Fuente: CERAC

Fuente: Cerac
La geografía política del conflicto armado en la región 97
98 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Mapa 22
Índice de localización anual de desplazamiento forzado, 1999
La geografía política del conflicto armado en la región 99

Mapa 23
Índice de localización anual de desplazamiento forzado, 2001
100 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Mapa 24
Índice de localización anual de desplazamiento forzado, 2004
La geografía política del conflicto armado en la región 101

Mapa 25
Índice de localización anual de desplazamiento forzado, 2007
Gráfica 5
Eventos totales del conflicto por subregiones.
Oriente antioqueño, 1997-2007

90
85
80
76
73
70
64
60 60 Altiplano
55
50 50 52 Bosques
49
44 45 45 46 45 Embalses
40 39 41 39 39 Páramos
37
Promedio Regional de Eventos
102 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

30 28 29
24 26
21 23
20 19 19
17 17 16 15 17
10 12 12 11 10
9 7 9
6 6
0
1997 1998 1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007
Fuente: CERAC

Fuente: Cerac
La geografía política del conflicto armado en la región 103

Correlaciones entre la guerra y la coca


En la región encontramos otro factor asociado a la guerra, que actúa en el
mismo sentido de ahondar aún más las diferencias entre los dos orientes.
Se trata de una “correlación” curiosa, aunque no tan casual. Una parte de
la política de Seguridad Democrática estuvo dirigida a la guerra contra la
guerrilla y otra parte consistió en la negociación con los paramilitares. Ésta
comienza con un primer acuerdo, obtenido en 2003 en Ralito, para luego
(2005) emitir la Ley de Justicia y Paz que condujo a la desmovilización de
estos actores (2005), iniciada en Antioquia. Es justamente en 2003 cuan-
do la curva de las acciones paramilitares vuelve a su más bajo nivel, para
mantenerse relativamente sostenida en él, como lo muestran las gráficas 6
y 7. Estos años de descenso en el número de acciones bélicas corresponden
precisamente al periodo en el cual el Ejército está copando el territorio, tal
como se observa en los mapas 26 y 27.
Y paralelamente se produce un caso insólito en la historia regional: los
cultivos de coca, que solo habían estado presentes en la frontera del extremo
sur con el departamento de Caldas, se expanden a sus anchas en el territorio
que había sido dominio guerrillero y sobre el cual el Ejército colombiano ha
recuperado supuestamente el control. El oriente lejano, en su conjunto, pa-
recería haber sido reconvertido en territorio apto para la producción de coca
(véase mapa 28). El significado de la asociación de estos tres procesos no
deja de plantearse como un gran interrogante: desplazamiento masivo de la
población campesina del oriente lejano y economía campesina golpeada, re-
torno del Ejército Nacional al control del territorio del oriente lejano (mien-
tras la guerrilla está arrinconada y los paramilitares se han desmovilizado)
y expansión de los cultivos de coca a lo largo de este territorio. En la zona se
habla del asocio entre un poder paramilitar que no acaba de ser desmontado,
aunque ahora actúa bajo modalidades diferentes y menos visibles en térmi-
nos de los tradicionales indicadores, y esta nueva dimensión territorial de la
coca en la región.
Es así como en estos tres ámbitos de la guerra se manifiestan los elemen-
tos socioespaciales que tienden a reforzar la fractura entre los “dos orientes”
que ha caracterizado la configuración de la estructura regional a partir de los
últimos cincuenta años de su historia.
Lo que queda entonces claro –y es lo más importante de subrayar en este
final del capítulo– es que la orientación socioespacial que asume la confron-
tación armada en el Oriente antioqueño se rige en lo fundamental por las dos
características mayores de la geografía política que ha configurado la región
Gráfica 6
Acciones unilaterales de grupos paramilitares.
Oriente antioqueño, 1997-2007

40
35 35
30
25
20 19
15 16
12
104 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

10
7 7
5 4 4 4
0 0 0
-5
1997 1998 1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007
Fuente: CERAC
Fuente: Cerac
Gráfica 7
Masacres paramilitares.
Oriente antioqueño, 1997-2007

30
26
25

20

15
12 12
10
6
5 4
2 1 1
0 0 0 0
1997 1998 1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007
-5
Fuente: CERAC
Fuente: Cerac
La geografía política del conflicto armado en la región 105
106 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Mapa 26
Acciones unilaterales fuerza del estado.
Oriente antioqueño, 2003
La geografía política del conflicto armado en la región 107

Mapa 27
Acciones unilaterales fuerza del estado.
Oriente antioqueño, 2007
108 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Mapa 28
Expansión de cultivos de ilícitos.
Oriente antioqueño, 2004-2006
La geografía política del conflicto armado en la región 109

a lo largo de los últimos sesenta años. Pues, de una parte, evidencia las dife-
rencias geopolíticas de sus distintos territorios a través de la acción de los
actores armados y refuerza sus fracturas como el principal de sus efectos
socioespaciales, pero, por la otra, también muestra que lo que se denomina
Oriente antioqueño está conformado por factores que permiten entenderlo
como una unidad socioespacial distinta de otras, que esos factores también
inciden en la orientación de la guerra y que la guerra acaba a la vez por re-
forzarlos.
Como uno de los aspectos que hacen posible la comparación entre regio-
nes diversas, este punto es crucial. ¿En qué condiciones la guerra se amolda
a las características de la estructura regional y en qué condiciones la guerra
interfiere y reconfigura estructuras regionales?

Reconfiguraciones a partir de los factores de la guerra


Más allá de los dos impactos mayores que la guerra hace en la geografía
política de la región y que venimos de exponer (unidad y fractura), es inte-
resante remarcar también otros efectos que dan cuenta de los cambios que se
presentaron en medio de esa tendencia general mayor. Ellos son:

1. El descenso de los niveles de la confrontación armada que actualmen-


te se observa en la región no se acerca a lo que ellos eran en el primer
quinquenio de los años noventa: el territorio de Páramos-Bosques-
Embalses sigue siendo el objetivo militar de la guerrilla y del Ejército,
según lo señalan las curvas que reinician el ascenso. El Altiplano, en
cambio, quedó “asegurado”, pues volvió a recuperar los niveles de “se-
guridad” de antaño. (véase gráfica 8).
2. Las Farc son ahora el actor guerrillero de la región. El ELN desapare-
ció por cuenta de las operaciones desplegadas contra él entre los años
1999 y 2001, por las Farc y los paramilitares, y que incluyeron eventos
armados y masacres. Su desplome se produce antes de entrar en ac-
ción la política de Seguridad Democrática, como puede observarse en
la gráfica 9.
3. El paramilitarismo supuestamente desapareció. Pero las acciones de
grupos emergentes se dejan sentir, los poderes locales de algunos mu-
nicipios siguen bajo su influencia, y entre los pobladores se escucha:
“Los paramilitares controlan la comercialización de la coca”, “Grupos
de reinsertados encuentran trabajo en ella”.
Gráfica 8
Eventos totales del conflicto por subregiones, 1988-2007

90
85
80
76
73
70
64
60 60
55
50 50 52
49
44 45 45 46 45
40 41
39 37 39 39

30 28 29
25 24 26
21 23
20 19 19
17
15 17 17 16 15 17
14 14 14 12 12
10 10 11
10 9 11 9 10
8 7 8 8 8 7
110 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

4 5 6 6
4 4 6 4 6 6
2
1 2
1 3
2 2 1 1
0 0 0
1988 1989 1990 1991 1992 1993 1994 1995 1996 1997 1998 1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007
-10

Altiplano
Bosques
Embalses
Páramos
Promedio Regional de Eventos

Fuente: Cerac
Gráfica 9
Acciones unilaterales de grupos armados
en el Oriente antioqueño, 1997-2007

90
80
70
60 Fuerzas del estado
50 Paramilitares
40 Farc

30 Eln
Promedio de Acciones
20
10
0
-10
1997 1998 1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007

Fuente: Cerac
La geografía política del conflicto armado en la región 111
112 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

4. El Ejército Nacional recuperó sus posiciones en todo el territorio.


5. La coca escogió al “oriente lejano” como otro de sus nichos en el terri-
torio nacional.

La confrontación armada en el Oriente antioqueño asume y, por tanto, re-


fuerza las lógicas propias de la geografía política que ha estructurado la región.
La guerra se rigió por las diferenciaciones mayores de su territorio, y al mismo
tiempo se reforzó a causa de ellas. Lo que efectivamente se transformó fue la
composición de las fuerzas político-militares que lo controlan: el ELN fue sus-
tituido por las Farc, los paramilitares asumieron otra forma de permanencia
en la región y el Ejército Nacional está desplegado, como nunca antes, a todo
lo largo y ancho de este territorio. Al final del período analizado, la gran no-
vedad en el panorama del conflicto social es la coca.
No obstante, la evolución de los acontecimientos está por verse, pues la
“guerra” no desapareció del territorio: a los objetivos predilectos de sus infraes-
tructuras nacionales (hidroeléctricas y autopista) se suma ahora el cultivo y la
comercialización de la coca como un motivo más de la lucha armada. La gran
“fractura” entre el oriente cercano y el lejano se mantiene y refuerza.
Capítulo 3

Economía regional y conflicto armado

En el primer capítulo se analizó la estructura económica regional que se con-


figuró durante los últimos cincuenta años en el Oriente antioqueño, y en
el segundo capítulo, el carácter y la geografía del conflicto armado que se
desarrolló en la región en los últimos diez años. Interesa ahora plantearnos
la pregunta sobre cómo el conflicto armado ha interactuado con las caracte-
rísticas y dinámicas de la estructura económica regional.
Esto lo haremos por dos vías. La primera será una mirada panorámica
general sobre la forma como se comportan la economía y el conflicto ar-
mado según las diferenciaciones mayores del territorio, esto es, según las
subregiones que conforman al Oriente antioqueño. La segunda será una ins-
pección más detallada y en profundidad a las maneras como se diferenciaron
los procesos económicos y de conflicto armado, mediante la desagregación
de esas relaciones por municipios y la consiguiente reconstrucción de la es-
pacialidad regional de acuerdo con las diferencias territoriales identificadas
por esta vía.

Economía y conflicto: perspectiva general


Lo primero que salta a la vista es la alta correlación que se mantiene entre
el área metropolitana de Medellín y el Altiplano, a lo largo de la década crí-
tica de escalada y neutralización del conflicto armado (1997-2007). En ese
sentido, la estructura económica regional no se inmuta, esto es, se mantiene
la fractura entre los llamados oriente cercano y oriente lejano. Dicha estruc-
tura puede observarse a través del índice de competitividad calculado por el
114 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Grupo de Estudios Regionales (GER)1 (2006). El mismo sintetiza distintas


categorías o determinantes que la teoría económica ha identificado como
importantes para el desempeño económico y el desarrollo de las regiones:
recursos naturales, geografía económica y localización, capital humano,
infraestructura vial y calidad de vida. Georrefereciando las puntuaciones
municipales del índice de competitividad calculado para el año 20042, pue-
de observarse que después de la escalada del conflicto armado estos proce-
sos identificados son similares a la reconfiguración histórica que se plantea
en el capítulo 1.
En segundo lugar, es visible una disminución de la actividad económica
durante la época de la escalada del conflicto (1997-2002)3, así como la recu-
peración y aceleración del crecimiento a partir de los años 2003-2004, cuando
disminuyen sustantivamente los índices de violencia en la subregión del Alti-
plano mediante la política de Seguridad Democrática. Esto puede observarse
en las gráficas 10 y 11 del ingreso de la población por municipios, como en la
de matrículas y renovaciones del Registro Mercantil, por subregiones.
Vista entonces en panorámica la orientación que siguió la economía ge-
neral de la región a lo largo de esta década, se constata que no solamente
continúa la gran fractura que separa al Altiplano del resto del Oriente antio-
queño, sino que ella tiende a profundizarse.

Geografía económica y conflicto armado: otra mirada


Para observar las relaciones entre economía y conflicto armado hemos deci-
dido dejar a un lado las subdivisiones con las cuales el ordenamiento terri-
torial suele concebir la región. Nos propusimos averiguar, sin ninguna pre-
concepción acerca del territorio, las correlaciones que encontramos entre el
“desarrollo” –visto a través del ingreso de que disponen los habitantes4– y las
variaciones que éste ha experimentado, de acuerdo con la curva general que
describe el conflicto armado en 1997-2007 y con la intensidad del mismo

1 De la Facultad de Economía de la Universidad de Antioquia, dirigido por el profesor Jorge


Lotero.
2 El índice toma valores entre 0 y 100, donde 100 significa el mayor nivel de stock de las varia-
bles que lo componen, lo que se traduce en las mejores señales de competitividad regional
(GER, 2006).
3 No debe descontarse el hecho de que el periodo de conflicto ocurre de manera simultánea con
una crisis económica que se presentó en el país a finales de la década de los años noventa.
4 Esta es una de las variables que de forma sensible más se acerca a la real situación económi-
ca que enfrentan los habitantes de un territorio. Para analizarla se usa como “proxy” a las
captaciones bancarias.
Economía regional y conflicto armado 115

Mapa 29
Índice de competitividad. Departamento de Antioquia.
Gráfica 10
Ingreso municipal, 1997-2007

60
240
55
220

50
200

45
180

40
160

140 35
Millones de pesos. (Oriente lejano)
116 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Millones de Pesos. (Oriente cercano)


120 30

100 25

2000-I

1997-I
1998-I
1999-I
2007-I

2006-I

2005-I

2004-I

2003-I

2002-I

2001-I
2000-III

1997-III
1998-III
1999-III
2007-III

2006-III

2005-III

2004-III

2003-III

2002-III

2001-III
oriente cercano oriente lejano (eje secundario)
Polinómica (oriente cercano) Polinómica (oriente lejano (eje secundario))

Fuente: Superintendencia financiera. Registro de captaciones bancarias por municipio, 2007.


Economía regional y conflicto armado 117

Gráfica 11
Matrículas y renovaciones del registro mercantil del Oriente antioqueño
por subregiones 1997-2006

20000

16000
Número de matriculas y renovaciones

12000

8000

4000

0
1997 1999 2001 2003 2005 2007 2009

Matrículas y renovaciones
Subregiones Promedio Particiapcion
1997-2009 regional
ALTIPLANO 12728 89,32%
EMBALSES 707 4,96%
PARAMO 580 4,07%
BOSQUES 236 1,66%
ORIENTE 14250 100%

16000
1400
Número de matriculas y renovaciones

14000
1200
12000
1000
10000
800
8000
600
6000
400 4000

200 2000

0 0
1997 1999 2001 2003 2005 2007 2009

EMBALSES PARAMO BOSQUES ALTIPLANO (eje secundario)

Fuente: ACER (2007). CEO- Cámara de Comercio del Oriente Antioqueño.


118 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

por municipios. Obtuvimos así un cuadro muy distinto del aportado por la
panorámica anteriormente expuesta, y mucho más diciente acerca de cómo
estas dos dimensiones sociales interactúan en la región.
La variación de los ingresos municipales entre 1997 y 2007 permite apre-
ciar los resultados con respecto a la relación entre el conflicto armado y la
afectación de los niveles de ingresos, como muestra la tabla 1.

1. Los únicos municipios no afectados negativamente por el conflicto arma-


do en términos de los ingresos de sus habitantes fueron los cuatro en
los que se asienta el proceso de industrialización del Oriente antioqueño.
Rionegro, al igual que La Ceja, Marinilla y Santuario, mantuvieron sus
niveles de ingreso durante la escalada del conflicto y, antes bien, con la
instauración de los nuevos niveles de seguridad ganados para el Altiplano
a partir del año 2004, estos municipios comenzaron un ciclo de ascenso
significativo, de tal manera que, si hemos de volver a mirar la gráfica 11
del registro mercantil de la región, podemos deducir que la inflexión de
la curva se le debe exclusivamente a estos cuatro municipios. El Carmen
de Viboral, colindante con ellos, presenta también una correlación posi-
tiva: en los últimos años tiende a mejorar su nivel económico y tampoco
fue afectado en esta dimensión por el conflicto armado.
2. Los únicos municipios golpeados hasta el punto de mostrar descensos
visibles en sus niveles de ingreso son San Rafael, San Carlos y San
Luis. El primero logra la inflexión de su curva en 2003; los dos últi-
mos, en 2004. Esto nos lleva directamente a pensar en su caracterís-
tica específica, en aquello que los diferencia radicalmente del resto
de municipios de la muestra y que se asocia con el conflicto armado:
son los municipios donde se asienta la infraestructura hidroeléctrica
y vial. Fue en ellos donde el conflicto armado se encarnizó con mayor
fuerza. En un grado tal, que hasta sus respectivas economías se vieron
sensiblemente afectadas. Y decimos “hasta” porque parecería que las
dinámicas del conflicto armado y la economía no suelen guardar una
correlación. Ya lo vimos en los municipios industrializados y así lo
constataremos, a continuación, en aquellos de economía campesina
que también fueron escenarios de la confrontación.
3. El resto de municipios de la región, es decir, los municipios campesinos
–indistintamente de si son los de más o los de menos bajos o intermedios
niveles de ingresos– mantienen niveles económicos estancados durante
todo el periodo 1997-2007 (lapso que representa el antes y el pre-
CL1 CL2 CL3 CL4 CL5 CL6 CL7
Subregión Centro histórico Subregión
Periodo industrial y agroindustrial secundario Campesina Periferia campesina
El Carmen de Viboral
(se mantienen el cluster,
1997-2007 Rionegro La Ceja El Santuario Sonsón aunque en ascenso) El Peñol Concepción-Alejandría
Marinilla Guarne San Rafael Granada-Guatapé
La Unión El Retiro San Francisco-San Luis
Abejorral San Carlos Cocorná
San Vicente (sube de cluster) Argelia-Nariño

1997-2001 Rionegro La Ceja El Santuario Sonsón Abejorral El Peñol Concepción-Alejandría


Marinilla El Carmen de Viboral El Retiro Granada-Guatapé
Guarne San Carlos San Francisco-SAN LUIS
La Unión San Rafael Cocorná
San Vicente Argelia-Nariño

El Carmen de Viboral
2002-2004 Rionegro La Ceja El Santuario (sube de cluster) Abejorral El Peñol Concepción-Alejandría
Tabla 1

Marinilla Sonsón Guarne El Retiro Granada-Guatapé


La Unión San Carlos San Francisco-SAN LUIS
San Vicente (sube de cluster) SAN RAFAEL Cocorná
Argelia-Nariño

2005-2007 Rionegro El Santuario Marinilla El Carmen de Viboral Guarne El Peñol Concepción-Alejandría


La Ceja Sonsón La Unión San Rafael Granada-Guatapé
Abejorral El Retiro San Francisco-San Luis
por municipio, durante elconflicto armado.

San Vicente Cocorná-SAN CARLOS (baja de cluster)


Argelia-Nariño
Niveles de ingreso de los habitantes del Oriente antioqueño,

Fuente: Superintendencia Financiera. Registro de captaciones bancarias por municipio, 2007. Captaciones bancarias. Nota: Análisis de cluster por el método
de conglomerados jerárquicos. (Los municipios que experimentaron cambios dentro de la década se resaltan en negrillas e itálicas)
Convenciones: Itálicas: asciende en el mismo cluster. Itálicas: asciende de cluster. MAYÚSCULAS: desciende en el mismo cluster. MAYÚSCULAS: des-
Economía regional y conflicto armado 119

ciende de cluster
120 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

sente de la Seguridad Democrática). Estos municipios no sufrieron


bajas ni ascensos en sus ingresos. Vale la pena mencionar el cambio
experimentado por el municipio de Argelia, que, aunque es míni-
mo, resulta sensible por la precariedad de su economía: allí, a partir
de 2002, el ingreso sube un punto (de 0,7 a 1,7). La única novedad
en su territorio es la expansión de la coca.
4. Aparte de los cuatro municipios “industrializados”, el único de la región
que en los años recientes logró superar su nivel de ingresos inicial fue
San Luis. Esto es remarcable, por cuanto este municipio vio sustan-
tivamente afectado el nivel de ingresos de sus habitantes durante la
escalada del conflicto.
Podemos visualizar lo anterior espacialmente, en el mapa 30.

Si ahora relacionamos los niveles de ingresos económicos de los habitantes


por municipio con la intensidad del conflicto en cada uno de ellos, obtendre-
mos el resultado que muestra la gráfica 12.
En el respectivo municipio no hay relación alguna entre el nivel económi-
co municipal y la intensidad del conflicto vivido. El único municipio (entre
los 23 totales estudiados) que muestra alguna relación entre nivel económico
y la intensidad del conflicto es Sonsón, en donde esa correlación se explica
en función, más de la contigüidad que este territorio tiene con la zona ge-
neral en que se concentra el conflicto armado, que por su nivel económico.
Si ahora hacemos el ejercicio de relacionar estas mismas dos variables
con respecto a los niveles por encima o por debajo de sus promedios regionales,
obtendremos otros detalles, basados en la gráfica 13.

1. La baja intensidad del conflicto armado se distribuye por igual entre


municipios de altos y de bajos niveles de ingreso. Así, el bajo nivel de
ingresos no tiene nada que ver con la localización de la intensidad del
conflicto armado.
2. La alta intensidad del conflicto armado se concentra en ocho de los 23
municipios, cinco de los cuales se sitúan en los niveles más bajos de
la economía regional, considerada en términos de ingresos, y dos en
niveles menos precarios pero que apenas alcanzan a formar parte del
siguiente rango de municipios. Es en este cuadrante donde se sitúan
los únicos tres municipios que efectivamente bajaron sensiblemente
su nivel de ingresos en la década (San Carlos, San Rafael y San Luis).
Economía regional y conflicto armado 121

Mapa 30
Crecimiento económico durante la escalada
del conflicto armado en el Oriente antioqueño, 1997-2007
Gráfica 12
Índice de localización de eventos de conflicto armado
y economía municipal.

2,5

1,5

0,5

0
122 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Argelia
Guarné
La Ceja

Cocorná
Granada
Guatapé

Abejorral
Alejandría
Concepción
El Santuario

Carmen de viboral
Índice de localización de eventos de conflicto Índice de localización de economia regional

Fuente: Cerac y Superintendencia Financiera.


Gráfica 13
Relación eventos armados-economía regional, 1997-2007.
Oriente antioqueño (sin Rionegro)

3,5
San Luis

3
Concepción
San Carlos
2,5

San Francisco
2
Granada
Sonsón
1,5
Argelia

Índice de localización eventos armados.


San Rafael
1
La Unión
0 Nariño 0,5 1 1,5 2 2,5 3
Abejorral
Guatapé Peñol
Cocorná 0,5 El Santuario
El Carmen de Viboral
Guarne Marinilla
Alejandría La Ceja
Retiro San Vicente
0
Índice de localización actividad económica

Fuente: Cerac y Superintendencia Financiera


Economía regional y conflicto armado 123
124 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

3. La única correlación encontrada es la que existe entre la baja intensi-


dad del conflicto armado y la localización geográfica de los munici-
pios: la gran mayoría de ellos pertenecen al Altiplano, independiente-
mente de que sean industrializados o campesinos.

La localización de la intensidad del conflicto armado se asocia directa-


mente con la espacialidad de los territorios controlados tradicionalmente
por las guerrillas. En esa geografía –como se vio en el capítulo II– opera la
característica general de la estructura regional en lo que hemos denominado
la “fractura”, que está configurada por la interacción de las dimensiones eco-
nómica, social y política.
El anterior análisis nos lleva a plantear un aspecto más: hemos obtenido
otra imagen de la región del Oriente antioqueño, muy diferente de la que se
ha manejado tradicionalmente a partir de la subregionalización institucio-
nal del ordenamiento territorial. Si bien estas subregiones están construidas
con sentidos específicos (ecológicos, de conectividad, de cantidad de centros
poblados, de asentamiento de infraestructuras) y han sido introyectadas de
hecho a través del tiempo por los habitantes y funcionarios que viven y labo-
ran en la región (las comunidades se reconocen como habitantes de Bosques,
Embalses etc.), no pueden asumirse como espacialidades dadas, que por
principio muestran todas las diferenciaciones básicas que constituyen la re-
gión. El manejo de ciertas variables claves de manera autónoma con respecto
de las subdivisiones preconcebidas, permite encontrar formas espaciales que
muestran otras geografías de poder, veladas por las geografías oficiales.
Por ejemplo, al aislar la variable ingresos pudimos notar las enormes se-
mejanzas que hay entre municipios que han sido clasificados como diferen-
tes en los discursos de instituciones, organizaciones sociales y pobladores.
Entre esas semejanzas encontradas, dos llamaron nuestra atención. En pri-
mer lugar, que buena parte del Altiplano se acerca más –en términos de nivel
de ingresos– a los municipios de Embalses que a los municipios líderes de su
propia zona5. En segundo lugar, pudimos observar cómo Argelia y Nariño,
en la precariedad de las condiciones de vida de sus habitantes, no son dos

5 Si bien el conjunto de los municipios del “altiplano” se han beneficiado de múltiples formas
del polo de desarrollo que se formó en los cuatro municipios enunciados, y gozan por tanto
de niveles de calidad de vida (vías, comunicaciones, salud, educación, infraestructura social,
etc.) significativamente mayores a los del resto de los municipios del oriente lejano, a la hora
de jerarquizar las dinámicas económicas y de conflicto armado observamos que, a pesar de
todo, dichas dotaciones no han desencadenado verdaderos procesos de cambio estructural
y desarrollo de sus economías.
Economía regional y conflicto armado 125

casos aislados y únicos, pues ellos comparten estas mismas condiciones con
otro conjunto de municipios asentados a todo lo largo –de sur a norte– del
llamado oriente lejano.
Desde este punto de vista podemos, para algunos efectos, concebir la re-
gión del Oriente antioqueño como diferenciada internamente de la siguiente
manera:

1. Una periferia de economía muy precaria, conformada por un corredor


que se extiende por Nariño, Argelia, San Francisco, San Luis, Cocor-
ná, Granada y Alejandría. Para estar sujetos a una misma condición
económica de precariedad extrema no se requiere estar situados en el
extremo suroriental.
2. Una subregión de economías campesinas, conformada por un con-
junto de municipios –tanto del denominado cercano como del leja-
no oriente– que se encuentran en una situación menos precaria que
los anteriores. Ellos son: San Carlos, San Rafael, El Peñol y El Retiro,
acompañados por Abejorral, La Unión, Guarne, San Vicente y El Car-
men de Viboral. Estos dos últimos muestran una tendencia sostenida
al crecimiento: San Vicente, al pasar de una posición inferior a una
superior en el grupo, y El Carmen de Viboral al acercarse bastante al
nivel de Sonsón.
3. Sonsón, como un núcleo de campesinado intermedio situado en la zona
sur de la región, sostiene un nivel sobresaliente entre las subregiones
campesinas. Esta condición le viene dada por la posición histórica
que cumplió en la configuración y desarrollo de la región durante el
siglo XIX y principios del XX y que hoy, a pesar de su relegación, lo-
gra mantener dentro del conjunto.
4. La zona industrializada y urbanizada. Rionegro y otros tres munici-
pios del Altiplano –La Ceja, Marinilla y El Santuario– concentran las
inversiones de la relocalización del asentamiento industrial y el desa-
rrollo de la agroindustria que se produjeron en la región. Rionegro es
evidentemente su polo y cuenta con niveles de ingresos, inversiones y
actividad económica significativamente por encima de los otros tres;
éstos últimos tienen economías que experimentan la dinámica del
efecto Rionegro, que se derrama sobre ellos.

El mapa 31 ilustra dicha diferenciación socioespacial.


126 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Mapa 31
Subregionalización según promedio de ingresos municipales.
Oriente antioqueño, 1997-2007
Economía regional y conflicto armado 127

Para terminar, mostraremos el comportamiento espacial de la agricultura


campesina6 durante el periodo analizado. En este lapso se observa una dismi-
nución generalizada del porcentaje relativo del área cultivada en el conjunto
del territorio7.
Históricamente ha sido clara la diferencia que en términos agrícolas se
presenta entre la zona del altiplano y el resto de la región. El primero ha con-
centrado los mayores porcentajes relativos de hectáreas cultivadas, mientras
que el resto de los municipios mantiene los niveles más bajos durante las dos
últimas décadas. Los únicos municipios por fuera del Altiplano que se desta-
can por haber sido históricamente parte de la “despensa agrícola” del Oriente
antioqueño son Cocorná y Granada.
Sin embargo, durante el periodo del conflicto armado suscitado en la re-
gión, todos los municipios ven disminuida su área relativa de cultivos, salvo
San Vicente, Marinilla, Cocorná y Abejorral.
El mapa 32 ilustra la diferencia de los dos orientes en materia de pro-
ducción agrícola con anterioridad a la escalada del conflicto armado en la
región. Los mapas 33 y 34 muestran el grado y la espacialidad de la disminu-
ción de la extensión agrícola relativa durante el periodo estudiado.
El hecho de que la disminución de la extensión agrícola relativa sea ge-
neralizada sin distinciones espaciales particulares nos habla del comporta-
miento de la estructura económica general de la región. Con base en la infor-
mación de los periodos 1994-2002 y 2003-2005 (véase gráfica 14), podemos
constatar la tendencia a la industrialización, al desarrollo del sector de ser-
vicios productivos, como los de transporte, comunicaciones y financiero y
el impulso del sector de la construcción, en contraste con un descenso de la
participación de los sectores extractivos, como el agropecuario, el energético
y el turístico, mientras el de la minería permanece estable.
En otras palabras, la economía del Oriente antioqueño logra ciertos nive-
les de desarrollo sustentados en la industria y los efectos multiplicadores que
ella tiene, explicados por la organización de la producción del Valle de Abu-
rrá, mientras que su sector primario pierde importancia relativa en términos
de valor agregado. Esta es una tendencia estructural que sigue su marcha en
medio del conflicto armado.

6 Se analizaron los siguientes cultivos: café, fríjol, caña para panela, papa, maíz, tomate chon-
to, yuca, plátano, cacao y mora.
7 En la recolección, sistematización y análisis de la información correspondiente a este acápite
colaboró la economista Claudia Medina Palacio.
128 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Mapa 32
Extensión agrícola relativa (%).
Oriente antioqueño, 1993-1996
Economía regional y conflicto armado 129

Mapa 33
Extensión agrícola relativa (%).
Oriente antioqueño, 1996-2002
130 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Mapa 34
Extensión agrícola relativa (%).
Oriente antioqueño, 2002-2007
Gráfica 14
Estructura económica regional, 1994-2002 y 2003-2005

Agropecuario, silvicultura y pesca

Minería

Electricidad, gas, agua, y alcantarillado

Industria

Construcción

Comercio, hoteles y restaurantes

Transporte, almacenamiento y comunicaciones

Establecimientos financieros, seguros …

Servicios sociales, comunales y personales

0 5 10 15 20 25 30

Estructura economica. 1994-2002 Estructura economica 2003-2005

Fuente: Anuario Estadístico de Antioquia.


Economía regional y conflicto armado 131
132 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Conclusiones
Podemos concluir entonces:

1. El análisis de la guerra y su incidencia en la economía requirió afinar


nuevas miradas sobre la región, pues al puntualizar las diferencias
basadas en la variable ingresos y hacer el ejercicio por municipios,
emergió una región conformada por espacialidades socioeconómi-
cas muy diferentes de las definidas por el ordenamiento territorial.
Ello no solo nos permitió mostrar realidades socioespaciales vela-
das por las clasificaciones territoriales oficiales, sino también apre-
ciar las maneras concretas como el conflicto armado afecta o no
afecta la economía.
2. A juzgar por los efectos económicos, la guerra parecería ensañarse
especialmente en tres municipios (de los 23 totales), en los cuales
se asienta la infraestructura vial e hidroeléctrica y donde los grupos
guerrilleros tenían puesto su principal interés; por tanto, también
quienes los combatieron por vías legales o ilegales. La intensidad
que alcanzó la guerra en esos territorios afectó apreciablemente sus
economías.
3. De todas maneras, la guerra se expande en todo el territorio, espe-
cialmente en el llamado “oriente lejano”. Pero si bien ella tiene efectos
dramáticos sobre los niveles de desplazamiento a todo lo largo de esa
franja territorial (véase capítulo II, mapas 21 y 24), paradójicamente
no los tiene sobre los resultados de la economía.
4. La guerra no afecta negativamente la economía del sector industria-
lizado y urbano, medida en volumen de los ingresos municipales.
Al fin y al cabo, al hecho de su localización en áreas urbanas o se-
miurbanas donde no son tan comunes los enfrentamientos armados,
se añade su mayor capacidad de resistencia y adaptación, dadas las
economías de escala con que trabajan. De otra parte, este sector eco-
nómico tiene una fuerte relación con el dinamismo económico del
Valle de Aburrá y los poderes económicos de la capital departamen-
tal, lo cual hace que los fenómenos locales no sean los únicos que
explican el comportamiento local de la industria, sino igualmente los
comportamientos de la economía del área metropolitana y de la eco-
nomía nacional e internacional, a la cual está orientado el desarrollo
de la industria en la región.
Economía regional y conflicto armado 133

5. Si bien la guerra está positivamente correlacionada con afectaciones


negativas de las economías locales de los municipios en los que se
asientan las infraestructuras hidroeléctrica y vial, no pasa igual con
la correlación entre esas mismas infraestructuras y las economías de
las localidades de su asiento. A lo largo de décadas éstas se han man-
tenido en niveles demasiado bajos –observados como aquellos que
competen a los intereses de la población que habita tales territorios–,
a pesar del interés estratégico nacional que tienen tales territorios y a
pesar de las ingentes sumas de dinero que ingresan anualmente a las
arcas de sus municipios por cuenta de las transferencias que, por ley,
les hace el sector energético (a San Carlos y San Rafael, y especial-
mente al primero), y a pesar de la potencialidad que podría significar
una “autopista nacional”. Dinero y conectividad son recursos claves y
endógenos de la región. ¿Cómo revertir los términos del modelo de
desarrollo desigual que prevalece?
6. Se puede afirmar que la guerra y la economía se asocian a la mayoría
de los municipios de la región como lo que pudiéramos denominar
“una década perdida”, manifiesta en el estancamiento generalizado al
que éstos se vieron sometidos. Por contraste, solo cinco o seis mu-
nicipios, impulsados por la dinámica virtuosa de su vínculo con la
economía del Área Metropolitana, pueden mostrar en su haber cómo
el segundo ciclo de la guerra los benefició, en el sentido de que, por su
situación territorial ligada a su estructura económica y por los niveles
de confianza y seguridad de la política de Seguridad Democrática,
actuaron como incentivos de la actividad económica. Esa misma Se-
guridad Democrática no tiene los mismos efectos en las economías
campesinas.
Capítulo 4

Guerra, ciudadanía y región

Los capítulos anteriores evidenciaron, entre otras cosas, la manera como la


dinámica del conflicto armado, de un lado, y la forma como ésta interactúa
con la economía de la región, del otro, han contribuido a reforzar y ahondar
la brecha que diferencia lo que en el lenguaje común suele denominarse el
oriente cercano y el oriente lejano. En este capítulo nos concentraremos en el
análisis de la movilización regional que, a partir de los actores de la sociedad
civil, se articula frente a la guerra. Ello aportará otra faceta muy diferente
acerca de cómo el conflicto incide en la reconfiguración de la región, al des-
encadenar la formación de un campo político en el cual diversos actores se
resisten a la guerra y estructuran una serie de espacios públicos donde se
debaten otras maneras de pensar y proyectar la región.
La pregunta general que nos guiará se refiere a la manera como han inte-
ractuado las acciones colectivas, las instituciones y las condiciones de la gue-
rra en el proceso colectivo encaminado a construir nuevos espacios públicos,
nuevas identidades, nuevas relaciones entre el Estado y la sociedad. Y cómo
en ese proceso se sustentan geografías políticas de muy diferente condición
a las anteriormente vistas y qué significado tienen en el proceso general de
reconfiguración regional.
Lo que vamos a analizar es un proceso que muestra resultados parciales a
lo largo del tiempo, resultados que son contingentes: producto de la inciden-
cia recíproca entre los condicionantes de las estructuras que históricamente
se han forjado y las acciones que transforman y reconfiguran sentidos, iden-
tidades y sujetos. En la producción de sentidos que constituye los sujetos
colectivos juega la interacción con otros, y por tanto la dinámica y la resigni-
136 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

ficación de los sentidos de la propia acción. En nuestro caso, como estamos


tratando de sujetos que tienen el espacio mismo como objeto de su acción
–actores y movilizaciones regionales que se proponen la “construcción de te-
rritorio y de sujeto político”–, nos enfrentamos con procesos socioespaciales
que por principio implican la interacción entre lo múltiple y lo diverso1. Por
eso también nuestro foco de observación se orienta hacia lo que configura
y desconfigura la dialéctica de esa compleja red de relaciones entre actores
heterogéneos.
El capítulo se desarrollará a partir de dos grandes apartes: a) el proceso de
movilización social frente a la guerra, con la “resistencia” que abre el proceso
de producción de sujetos alternativos en la región, el evento que produce
el viraje del proceso hacia la construcción del proyecto colectivo regional
“laboratorio de paz”, la fuerza de las diferencias y los límites y posibilidades
de la construcción de la ciudadanía en la región; y b) las acciones colectivas
y los efectos socioespaciales, analizados a partir de interpretaciones sobre
el ciclo de la movilización social, el papel del territorio en la producción de
sujetos políticos, la construcción del “tercer espacio” como política del lugar
y las dos caras que tiene la intervención institucional.

El proceso de movilización social frente a la guerra


La resistencia a la guerra
El enfrentamiento entre guerrillas y paramilitares en Colombia ha tenido a
la población civil como el blanco predilecto de sus acciones, al convertirla
en “método” que demuestra, la toma y el control del territorio y el golpe a
las “bases sociales” del contendiente. Dentro del conjunto de estragos físi-
cos, económicos, sociales, políticos, culturales y psicológicos que tiene esta
forma de confrontación militar, hay uno que nos remite a nuestro tema de
interés: el terror y la parálisis de la población cuando el perpetrador hace del
poblador un instrumento de su crueldad y logra así su des-subjetivación; en
este caso, su identificación negativa como poblaciones humilladas, destrui-
das y despojadas del poder de articular exigencias para el futuro. Tal es el
caso de las víctimas que permanecen paralizadas y sujetas a la experiencia
de la violencia vivida en muchas experiencias de guerra (Wieviorka, 2001 y
Vélez L., 2006).

1 Para el análisis socioespacial que se realiza en este documento nos basamos en autores como
Agnew et al., 2005; Massey, 1999; Gupta y Fergusson, 1992; Soja, 1996, y Derek, 2005.
Guerra, ciudadanía y región 137

Sin embargo, en el Oriente antioqueño encontramos un panorama algo


diferente. Ante la intensidad de la guerra y sus estragos, la población reaccio-
na mediante acciones colectivas que –entre los años 1995 y 2001– podemos
calificar como “resistencia”2. En ese primer periodo los actores de la región
se enfocaron en lo fundamental a neutralizar o disminuir los efectos más
dolorosos que la guerra estaba produciendo en la población civil, sin pre-
tender intervenir ni discutir el rumbo ni las razones que los actores armados
esgrimían para adelantar esa contienda.
En su momento inicial (1994-1997) es el obispo de la Diócesis quien
lidera convocatorias a todos los sectores sociales, llamados de conciencia,
encuentros, marchas regionales. Pero es en 1998 cuando la movilización ad-
quiere un carácter masivo de base social. Se trata de movilizaciones locales
(marchas, caravanas, concentraciones, jornadas del silencio, cierres del co-
mercio, izadas de bandera blanca); son también asambleas comunitarias lo-
cales que se realizan y respaldan a sus alcaldes en los intentos de acercamien-
to a los actores armados para lograr persuadirlos de neutralizar los efectos
más dramáticos de la violencia bélica sobre las poblaciones3; es asimismo la
conformación de la Asamblea Provincial y el Consejo Provincial de Paz, fi-
guras regionales que aglutinan a delegados de los 23 municipios de la región
y que convocan a distintos actores regionales a analizar las situaciones de
conflicto y crisis humanitaria y elaborar propuestas colectivas4.
¿Qué hace que de la parálisis que produce la violencia en los sujetos se
pase a la acción por parte de estas comunidades? En primer lugar, la “situa-
ción límite” de destrucción de pueblos, secuestro de alcaldes, desplazamien-

2 Entendemos por resistencia la acción colectiva que articula prácticas no violentas que van
dirigidas a socavar, o al menos ponerle algún tipo de talanquera, al poder del que domina
y ejerce la violencia; a obtener un sentido de control propio que desafía al miedo, a reparar
y recrear los elementos de cultura e identidad golpeados o destruidos por la violencia que
se emplea como método para aplastar la voluntad, y a buscar soluciones a las derivaciones
de la guerra y al conflicto social (véase Carolyn Nordstrom, “A different kind of war story”,
University of Pensilvania Press, 1997. Michael Randle “Resistencia civil, “La ciudadanía
ante las arbitrariedades de los gobiernos”, Paidos, España, 1994. Paul Routledge, “Terrains of
resistence. Non violent social movements and the contestation of place in India”, Forword by
John Agnew, USA, 1993.
3 Esta información proviene del trabajo de campo. San Luis fue el primer municipio que rea-
lizó este tipo de acción de manera abierta (1996), y su ejemplo fue seguido en los años
siguientes por San Francisco, Cocorná, Sonsón, Marinilla y El Carmen de Viboral.
4 Asociación de Mujeres del Oriente, Red de Jóvenes, Red de Asociaciones de Juntas de Ac-
ción Comunal, Sistema Regional de Planeación. Parcialmente convoca el Consejo Subre-
gional de Alcaldes, la Asociación de Personeros y la Asociación de Concejales (tomado de
“Buenas prácticas para superar el conflicto”. Disponible en: www.saliendodelcallejon.pnud.
org.co/buenas_practicas.shtml
138 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

to masivo. Ello proporciona los elementos que configuran las identificacio-


nes iniciales del actor colectivo. En la teoría de los movimientos sociales se
enfatiza que la capacidad de conformar actores a partir de sujetos colectivos
requiere la interacción entre: a) el proceso identitario de la construcción de
un “nosotros” (indisociable de un “ellos” adversario o enemigo); b) la elabo-
ración de proyectos conjuntos que conciten la atención y la acción del colec-
tivo; y c) la emergencia de una voluntad colectiva con disponibilidad para la
acción. En el caso de actores subalternos esta última se configura mediante
la identificación de una situación que se percibe y experimenta como lesiva
e injusta y que, al ser revestida de significado, impulsa una acción colectiva.
Tal es el origen de una demanda colectiva, clave para el paso a la acción (Re-
tamozo, 2005 y 2007; De la Garza, s. f.).
Sin embargo, la misma “situación límite” no hace necesariamente pasar a
la acción a comunidades de otras regiones5. Se requiere que confluyan otros
elementos de la vida social que expliquen el paso a la acción. En el caso del
Oriente antioqueño, a esa construcción subjetiva estuvieron ligados también
elementos proporcionados por el factor propiamente territorial: a) en primer
lugar, las redes comunitarias e institucionales que mantienen en contacto a sus
líderes y alcaldes y una conciencia colectiva de capacidad de acción conjunta
originada en los movimientos cívicos de la década de los ochenta, aportaron el
capital social básico para la construcción de identidades y de acción colectiva;
b) en segundo término, estaba el discurso que hacía posible el diálogo y la
interlocución con los actores armados. Éste tuvo dos significantes centrales: la
“neutralidad” en relación con todas las partes en disputa, incluido el Ejército
de la República, y la “reconciliación” con los actores ilegales, que se consideran
también miembros de la región y por tanto dignos de ser incluidos:

“Estamos contra la guerra y queremos protegernos de ella y ese contra la guerra era
no contra su proyecto político-militar sino que su proyecto político-militar no tiene
que estar contra nosotros y agredirnos a nosotros como sector social” (Pedro Chica,
entrevista, 2007).
“Lo que pasa aquí… yo te hablo desde lo que uno escuchaba de esos responsables o
jefes guerrilleros: cualquier iniciativa de paz que no sea capaz de asumirse, que no sea

5 No son muchos los casos colombianos que se han destacado por plantear acciones de re-
sistencia regional a los actores armados en los propios territorios del conflicto y en directa
relación con el mismo. En este sentido, los mayores y más contundentes ejemplos de re-
sistencia a los actores armados los han dado las comunidades indígenas, las comunidades
negras de la región Pacífico y la población del Magdalena Medio, además de la población del
Oriente antioqueño.
Guerra, ciudadanía y región 139

capaz de hacerse entender en un punto de equilibrio frente a la ilegalidad, los grupos


armados ilegales, con un lenguaje que no los señala sino que los convoca, de la misma
manera que es capaz de moverse frente al gobierno o al Estado, es poco afortunada, no
tiene fortuna” (Pedro Chica, entrevista, 2007).

La orientación de sentido que se le da a ese “otro” con el que se habla es


la de un actor ilegal, pero que hace parte de la región:

“… todos los actores armados son de la región, los grupos paramilitares llegan de afuera
(en su mayoría), pero reclutan jóvenes hombres y mujeres de la región, y la fuerza
pública también cuenta con efectivos oriundos del Oriente, lo que hace pensar a las
mujeres que es necesario trabajar por el horizonte de la reconciliación, ya en el mo-
mento de un desarme o desmovilización de combatientes no se puede expulsar a nin-
guno de ellos; éstos regresarán a sus hogares (en el Oriente), sin importar a qué bando
pertenecen. Las mujeres son madres y como tales están a la espera de sus hijos e hijas”
(Londoño, Marín y Alzate, 2005: 49).

De hecho, la primera experiencia local que se conoció de manera pública


en esos diálogos se materializó en lo que se denominó “Consejo de Concilia-
ción de San Luis”, sentido que se ha sostenido hasta hoy por la movilización
regional. Eso se esgrime en referencia a cualquiera de los actores armados
–como se observa en la cita anterior–. Y eso hace también que los mismos
paramilitares, pertenecientes al grupo de ‘Ramón Isaza’, vecinos de la región
y con vínculos familiares allí, también accedan a este tipo de acercamientos,
cuando son ellos los directamente involucrados como actores que están afec-
tando masivamente a la población6.
Sin embargo, tampoco basta con ello. Para que la demanda pase al acto
efectivo y sostenido en el tiempo se requieren factores que impriman a la
acción un horizonte de posibilidades. Nos referimos a lo que se ha denomi-
nado “oportunidades políticas”7, que en el caso del Oriente antioqueño tiene
que ver con recursos políticos que confluyeron y dieron fuerza a alcaldes y
comunidades. Ellas fueron:

6 En una ocasión la Comisión se presentó ante las Autodefensas con un grupo de 200 despla-
zados de la zona de la autopista (información del trabajo de campo).
7 El concepto de “estructura de oportunidad política” identifica “cómo los cambios en el sis-
tema político más amplio pueden precipitar la movilización. Éstas son una especie de se-
ñales percibidas por los agentes sociales o políticos que los animan o desaniman a utilizar
recursos con los que cuentan para construir o reconstruirse”. Rodrigo J. Vélez. “¿Deben los
estudios de los movimientos sociales empezar por el por qué y por el cómo los actores socia-
les se movilizan? Una cuestión de principio”. En Albeldrío Org. Disponible en: http://www.
albedrio.org/htm/documentos/RodrigoVelez-015.pdf
140 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

• El apoyo del obispo de la Diócesis, figura principalísima en todo el


trabajo humanitario que se desarrolló en la región entre 1994 y 2003.
• El apoyo del gobernador de Antioquia y su asesor de paz –un ex
ministro de Defensa–, quienes avalaron los diálogos que alcaldes y
asambleas comunitarias adelantaron con los grupos armados.
• El acompañamiento de Conciudadanía, una ONG regional inspira-
da en la Constitución de 1991 que venía desarrollando programas
de capacitación y promoción de la ciudadanía entre las mujeres y los
jóvenes y que, ante la posibilidad mostrada en 1996 de reunir una
asamblea municipal de la localidad de San Luis y su Consejo de Con-
ciliación8, y la experiencia posterior de la asamblea constituyente de
Mogotes, en Santander, dirige toda su atención al acompañamiento
de estas asambleas en la región.

En otras palabras, alcaldes y líderes comunitarios no se lanzaron a la ac-


ción sin tener previamente la seguridad de contar, en la esfera institucional,
con dos apoyos regionales sumamente fuertes, lo cual les permitiría realizar
su propósito sin tanto riesgo respecto del Estado central, que tenía termi-
nantemente prohibidos tales “diálogos”. La diferencia que este acto planteaba
en relación con todos los diálogos clandestinos que, de hecho, muchísimos
de los alcaldes del país realizaban con los actores armados, consistió en que
los alcaldes del Oriente antioqueño los hicieron públicos y sustentados en
asambleas comunitarias que los convertían en expresión democrática de la
voluntad soberana de las poblaciones. De ahí la importancia política de con-
tar con estos apoyos institucionales. Era un caso de “oportunidad política”
que se fabricaron los propios interesados en la acción, buscando en el entor-
no aquellas instituciones que podían fortalecerla.
En síntesis: además de una “situación límite”, que sirve de desencadenante
de la acción en la identificación de agravios y la articulación de demandas
frente a los actores armados, encontramos que, en esta primera etapa de
resistencia regional a la guerra en el Oriente antioqueño, intervienen otros
tres tipos de factores muy ligados a la configuración del propio territorio.
El primero es la existencia previa de un capital social que facilita la comu-
nicación y la conformación del actor colectivo. El segundo son las bases
para la construcción de un discurso frente al adversario con el sentido de
la “reconciliación” y con la “neutralidad” respecto de su guerra, guerra que

8 Véase nota 4.
Guerra, ciudadanía y región 141

incluía a tres: ellos no están de parte ni de guerrillas ni de paramilitares,


pero tampoco hablan a nombre de ninguna institución ni partido político:
se identifican a sí mismos como “nosotros, sector social”, organizado en
“asambleas autónomas” y “soberanas”. En la construcción del sujeto cuentan
entonces articulaciones de sentido en las que el autorreconocimiento y el
reconocimiento del otro no solo están en los “agravios” y las “demandas”
sino también en esa construcción del “campo común de interlocución”, que
es nada más ni nada menos que la situación global: “pertenecemos todos
a la misma sociedad”. El tercero es el juego interescalar entre los poderes
institucionales –regional, departamental y nacional–, que aportan las opor-
tunidades políticas que saben construir quienes adelantan la acción colec-
tiva –las comunidades locales y sus alcaldes–, al jugar con las diferencias
internas de los actores de poder y ganar para sí el apoyo de la Iglesia y la
Gobernación –frente a un Estado nacional que iba a sancionar negativa-
mente la acción.

La construcción del proyecto colectivo: “Laboratorio de Paz”


Cuando la violencia de la confrontación armada entre guerrillas y paramili-
tares adquiere su máximo nivel (2001) y los efectos más dramáticos se pro-
ducen en virtud de los bombardeos a los pueblos, el desplazamiento forzado
y el secuestro sistemático de alcaldes, estos últimos se declaran en “sesiones
permanentes por la humanización del conflicto” y deciden –con el apoyo de
sus asambleas y el obispo y el aval del gobernador de Antioquia y su asesor
de paz– hablar con el ELN, ahora a nombre de la región en su conjunto. Esa
guerrilla declara entonces una tregua unilateral de seis meses en la región,
a cambio de que los alcaldes gestionen ante las autoridades competentes la
reubicación de las inspecciones de policía instaladas en las poblaciones (so-
bre la base de sacarlas de los centros poblados).
El “evento” planteado por los alcaldes marca el fin de un primer ciclo de
la movilización social en la región. En adelante la reacción del Estado ten-
drá claros efectos sobre el conjunto del proceso. De otra parte, la sociedad
regional, representada por los alcaldes, las asambleas locales y la Asamblea
Provincial de Paz, se fortalece en virtud del reconocimiento que adquiere su
acción y de los nuevos espacios de poder que ello le abre. Igual ocurre con
Prodepaz, la corporación que desde 1999 aglutinó a las empresas del sector
eléctrico nacional9 en un programa de desarrollo y paz en alianza con la

9 ISA e Isagen.
142 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Diócesis y una ONG de los jesuitas. Este viraje se materializa en una coyuntu-
ra de dos años (finales de 2001 hasta 2003) que transforma el significado y las
potencialidades de la movilización social en el Oriente antioqueño. La acción
del colectivo se concentra en la construcción de un proyecto regional en el cual
todas las partes civiles e institucionales que estaban involucradas en la región se
comprometan y pacten con la cooperación internacional de la Unión Europea
un trabajo conjunto encaminado a la creación de un “laboratorio de paz”. Y si el
Estado nacional había estado inicialmente tentando de declarar al Oriente an-
tioqueño como “zona de rehabilitación y consolidación” y por tanto objeto de
su política militar10, ante la posibilidad de la cooperación internacional con el
laboratorio de paz el gobierno cede y apoya la iniciativa.
En esta coyuntura es el propio proyecto de “laboratorio de paz” el que
se convierte en “la oportunidad política” que produce claros efectos en la
construcción de un sujeto político regional, pero también la “oportunidad
política” que el Estado nacional aprovecha para institucionalizar el proceso
social del Oriente antioqueño e imprimirle su impronta. Esta se va a evi-
denciar en el siguiente periodo, cuando el laboratorio se ponga en marcha.
Se reconfiguran los actores y los objetivos de su acción. El propio colec-
tivo que venía adelantando acciones de resistencia a la guerra en la etapa
anterior, pasa a ser ahora “el interlocutor social” del Estado para acordar las
bases del acuerdo con la Unión Europea. Esto lleva a dos de sus actores a
consolidar mejor su posición: los alcaldes se conforman en “Consejo regio-
nal de alcaldes”, mientras la Asamblea Provincial de Paz, que venía sesionan-
do desde 1998, se declara como “Asamblea Provincial Constituyente”. Ella
cumplirá papel central en la discusión y afinamiento de los ejes en torno de
los cuales se articularía la propuesta colombiana a ser presentada a la Unión
Europea11. Además, a la mesa de las discusiones fueron invitados también
empresarios, comerciantes y ONG.

10 Lo cual es entendido como dar al oriente el tratamiento de un escenario de guerra, acorde


con la política de seguridad que tiene el actual gobierno (El Colombiano, 25 de noviembre
de 2002.) Esta contraposición sigue en la memoria de sus líderes (tomado de trabajo de
campo).
11 En el contexto de los acuerdos para estructurar la propuesta del Laboratorio de Paz se con-
forma la “Asamblea Provincial Constituyente”, la cual enfatiza “su vocería como expresión
de la soberanía del pueblo para respaldar a los Alcaldes elegidos por voto popular” (tomado
de: Callejón con salida. Buenas prácticas.-Benjamín Cardona, y de: eltiempo.com). En su
segunda sesión explicita como Resolución: “1. Esta Asamblea promoverá la participación
ciudadana y comunitaria en las tareas del ‘Laboratorio’ y se convertirá, en compañía de otros
actores, en su Consejo Rector. 2. Respaldar las gestiones del Consejo de Alcaldes, el Comité
Técnico y la Gobernación de Antioquia para concretar los componentes político y de desarro-
llo del ‘Laboratorio de Paz’”.
Guerra, ciudadanía y región 143

Prodepaz se convierte, por preferencia de la Unión Europea, en el “opera-


dor” del Laboratorio –por ser el actor regional no involucrado en la política
partidista en que sí están los alcaldes y por tener la vena empresarial que
garantiza capacidad de gestión.
La gobernación de Antioquia resuelve adoptar el proceso asambleario
como instrumento esencial para la formulación del plan de desarrollo de
Antioquia y para la elaboración y gestión de los planes municipales. Así,
las asambleas comunitarias quedan institucionalizadas y se promueven
como “Asambleas Constituyentes Municipales”. Lo anterior, al tiempo que
es un espaldarazo al movimiento asambleario, y a las posibilidades de tra-
bajar por procesos de fortalecimiento de ciudadanía, las coloca en un lu-
gar en el cual los planes de desarrollo de las administraciones municipales
pasan a ser su centro, mientras los apoyos institucionales son parte de su
fuerza.
El Estado nacional mantiene latentes sus diferencias con los sectores
sociales y gubernamentales regionales con respecto al conflicto armado
y su tratamiento. Sin embargo, esto acaba pasando a un segundo plano y
lo que se convierte en el aglutinador de voluntades es el logro del acuerdo
y la consecución de la cooperación internacional para un proyecto que
permita trabajar por la paz y el desarrollo regionales, en un contexto en el
que Álvaro Uribe Vélez llega a la Presidencia de la República con un pro-
yecto militarista a ultranza, en el que le conviene dejar algunos resquicios
de política social y experimentos de no-violencia que lo legitimen ante las
naciones europeas.
Con el apoyo del Estado nacional al Laboratorio de Paz viene aparejada
la aglutinación de más actores e intereses: sectores de la industria privada
y comerciantes, al igual que diversas ONG e instituciones públicas de los
niveles departamental y local participarán en adelante de las convocatorias
a proyectos del Laboratorio y por tanto en la manera como éste podrá o no
poner en práctica sus objetivos.
Lo cierto es que con el Laboratorio de Paz se reconfigura completamente
la composición de los actores que en adelante intervendrán en él. También
cambia el tipo de acción colectiva en la región, pues se trata de que actores
sociales, económicos, políticos e institucionales aúnen esfuerzos y volunta-
des para lograr la “construcción de territorio y de sujeto político”, lema cen-
tral con el cual han de identificarse las distintas actividades públicas que se
desarrollarán en la región. Así, la capacidad que tuvo la acción de resistencia
de construir una fuerza social regional eficaz en la actividad que se propu-
144 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

so tuvo también efectos no buscados, que emergieron de la dinámica de la


interacción: la intervención entre nosotros de la Unión Europea como orga-
nismo de cooperación internacional y el cambio de la orientación del Estado
frente a la región. El viraje colocó el proceso social de la región en un lugar
muy diferente, en cuanto acción colectiva.
En este segundo periodo, en el que se proyecta y pacta, el Laboratorio
de Paz del Oriente antioqueño puede seguir siendo concebido como una
“acción colectiva” de actores regionales que se identifican en torno del
proceso de construcción de un proyecto regional en donde supuestamente
quepan todos. Han cambiado dos cosas: el papel de la acción institucional
–tanto departamental como nacional–, que se ha imbricado como apoyo
oficial al proceso, y el hecho de no ser ya una acción frente a un “adver-
sario”: los actores armados ya no son los directos receptores de la acción
colectiva; es “la guerra” en abstracto la que se ha convertido en el objeto
a neutralizar, mediante un trabajo por “el desarrollo”, “la equidad”, “la de-
mocracia”, que sitúan también en un lugar abstracto la razón de ser de esa
guerra. Los derechos humanos y el Derecho Internacional Humanitario
son las únicas demandas que siguen ligando el proceso a sus orígenes y a
actores concretos de la guerra: al Estado, a los paramilitares y a los gue-
rrilleros.
Estos dos cambios aportan la base de lo que transformará el proceso
social del Oriente antioqueño durante el siguiente periodo: la multiplici-
dad de actores, que, si bien han acordado unas bases generales de acción
conjunta, llevan implícitas muchas diferencias y relaciones de fuerza des-
iguales entre sí. Esas diferencias y relaciones de fuerza marcarán la pauta
en adelante. En el primer periodo (1996-2001) la fuerza de lo múltiple y lo
heterogéneo había obrado a favor de los actores sociales de la región que
entablaron la resistencia a los efectos de la guerra, al permitirles apoyarse
en las diferencias que se producían entre los poderes institucionales del
nivel departamental con el nacional y construir alianzas con los primeros.
En el segundo periodo (2001-2003) la fuerza de lo múltiple y heterogéneo
operó como el factor en el que se apoyó el Estado para acrecentar las di-
ferencias internas del proyecto colectivo, al convertir en socios del mismo
a más actores empresariales e institucionales y de convertirse él mismo
en arte y parte de los poderes que deciden la distribución de los recursos.
La manera como actúa la fuerza de esa multiplicación de actores en torno
de un mismo proyecto la veremos desarrollarse en el siguiente periodo:
2004-2008.
Guerra, ciudadanía y región 145

La fuerza de las diferencias


La puesta en marcha del Laboratorio de Paz coincide con la nueva coyuntura
creada por la política pública nacional con relación a la guerra, la cual tendrá
claros efectos en el Oriente antioqueño. Esta situación tiene dos componen-
tes centrales: la política de Seguridad Democrática puesta en marcha por el
presidente Uribe y la Ley de Justicia y Paz con los paramilitares. El primero
de los efectos es la disminución significativa de los índices de violencia (ho-
micidios, masacres, secuestros, destrucción de pueblos) y con ello una razón
para que las percepciones y los intereses colectivos tiendan a abandonar el
conflicto armado y sus efectos cotidianos como el centro de su acción. El
segundo efecto, concomitante con el anterior, es la desmovilización parami-
litar (que empieza en Antioquia) y la aparición en escena de un nuevo actor
social: las “víctimas”. Por su parte, el Laboratorio de Paz también tiene una
derivación inmediata: el “efecto euros” –como la denominan los habitantes
de la región12–. La expectativa general sobre estos dineros, que van a ser in-
vertidos en la región con base en los proyectos propuestos directamente por
las comunidades y los actores sociales organizados, públicos y privados, hará
girar también hacia ese foco los intereses y las prioridades colectivas.
En desarrollo del proceso de construcción del territorio y del sujeto polí-
tico en que vienen empeñados los actores sociales regionales que promovie-
ron el Laboratorio de Paz, se producen tres cambios de significación:

a) Desaparecen del panorama los alcaldes como actor regional, mientras


que se mantienen las asambleas municipales y la Asamblea Provincial
Constituyente. Sin embargo, éstas dejan de ejercer el papel protagóni-
co de los periodos anteriores.
b) Prodepaz, como operador del Laboratorio de Paz y de las sucesivas
convocatorias a proyectos, ocupa la primera plana del proceso social
regional, así sea, en un principio, con las meras expectativas de los
dineros que no llegan y luego con la socialización y capacitación para
la presentación de proyectos.
c) Y lentamente, aunque de manera contundente, van emergiendo, de la
mano de la Asociación de Mujeres del Oriente (Amor), las víctimas
como un nuevo actor regional: como movimiento y como organiza-
ción: la Asociación Provincial de Víctimas a Ciudadanas (Aproviaci).

12 “Y la otra cosa es que dio origen al ‘Laboratorio de Paz-Euros’, porque ya el Oriente era un
laboratorio de paz” (entrevista Amor, Marinilla)”.
146 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Ellas acaban tomando el protagonismo en las acciones colectivas que se


suceden en el territorio, así como en su expresión y crecimiento como
ciudadanas presentes en los diferentes espacios públicos de la región.

No es gratuito que los actores que venían de la resistencia a la guerra


hayan acogido en los siguientes periodos la “construcción del territorio” y la
constitución de su “Provincia” como uno de los sentidos principales en torno
de los cuales articular su identidad como actores. Así marcan su diferencia
con quienes han detentado tradicionalmente el poder –institucional y arma-
do– en la región, pues con ello denotan un concepto de territorio construido
políticamente con criterio democrático e incluyente, en oposición a las pro-
puestas que hasta el presente habían orientado las prácticas regionales.
Son tres los actores colectivos con profundas raíces en la base social del
Oriente antioqueño que impulsan este proceso: las asambleas (municipales
y Provincial), las mujeres de Amor y las víctimas agrupadas en Aproviaci.

Las asambleas municipales


El sentido “político” de su acción originaria permanece en la conciencia, tan-
to de quienes encabezaron las primeras asambleas comunitarias y los acer-
camientos humanitarios con los actores armados ilegales como de quienes
lideran y apoyan ahora la Asamblea Provincial Constituyente. Lo “político”
era concebido por sus protagonistas por la manera de constituirse autóno-
mamente como actores sociales, por la orientación de su acción con relación
al conflicto armado –humanizándolo y pensando en su solución como en un
acto incluyente– y por actuar como figura regional dueña de una legitimidad
emanada del “poder soberano” puesto de manifiesto en las asambleas. Con
el giro que da la acción de las asambleas en este último periodo, parecería
perderse el sentido “político” inicial.
Primero, porque el conflicto deja de ejercer el papel aglutinador que ar-
ticula los sentidos de la acción. En segundo lugar porque, con el apoyo que
ahora se recibe del Estado y la cooperación internacional, las asambleas se
concentran en la participación ciudadana y, con ello, en las actividades sur-
gidas en torno de los planes de desarrollo municipal. En ello confluyeron
los intereses de la Gobernación, que las institucionalizó para promover la
elaboración de los planes de desarrollo mediante una propuesta participa-
tiva menos formal que la que solía aplicarse por ley. Y quienes orientaban
el proceso de formación política ciudadana en la región –dirigentes socia-
les y ONG– también vieron pertinente la participación ciudadana como vía
Guerra, ciudadanía y región 147

para transformar la cultura política que imperaba, tanto en las mayorías de


los pobladores como en los propios ciudadanos que aspiraban o pasaban a
ejercer cargos públicos. Sin embargo, la realidad del proceso dista mucho de
lo pensado. Si efectivamente las asambleas lograron un lento aprendizaje, el
tenor de su conducta es otra cosa. Así se percibe en las palabras de quienes
han participado en ellas:

“… el alcalde de pronto da informes de gestión, cosas por el estilo (…) hicieron un


taller donde la tesorera fue y explicó cuál era el presupuesto del municipio”; “al menos
están enterados de mucha cosa que se maneja en la administración municipal, del pre-
supuesto, ya reclaman”; “nos están diciendo qué es un presupuesto participativo, nos
están enseñando”: “desde la asamblea se da la oportunidad de ir conociendo ciertas co-
sas”; “esas asambleas están dadas a eso, se fortalecen más en algunos temas, aprendan
más en algunos temas”; “por lo menos la gente ya opina y aporta a los programas de
gobierno, a los presupuestos”; “pero le volvimos a crear esa confianza de la gente hacia
la administración”; “ya las administraciones van viendo que hay comunidad inquieta
que quiere saber qué están haciendo ellos allá” (Entrevistas varias, 2007).

Además, a la hora de evaluar los procesos asamblearios, y a pesar de ha-


berse desplegado la acción institucional y de las ONG en todos los munici-
pios de la región, solo una minoría de localidades puede mostrar una histo-
ria asamblearia de algún significado. Podemos decir que el cuadro histórico
de los 23 municipios es el siguiente:

Tabla 2
Asambleas municipales, 2008

Característica Municipios
1ª generación: se mantienen fuertes. Marinilla El Carmen de El Peñol
Viboral

Se crean con fortaleza en la 2ª La Unión Nariño


generación.
Se debilitan pero mantienen dina- Cocorná San Francisco
mismo.
“En funcionamiento”, pero con Santuario Guarne San
debilidades. (2000) Rafael
1ª generación: desaparecen. Sonsón San Luis
148 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

En el debilitamiento paulatino de las asambleas municipales interviene,


por tanto, el cambio de coyuntura y de prioridades en el sentimiento colecti-
vo, así como la forma en que se articularon el apoyo institucional y el trabajo
ciudadano de base. Si bien cualquier proceso exitoso de participación ciuda-
dana es resultado de la dialéctica virtuosa entre la acción de la sociedad y la
institucionalidad, tal como lo demuestran de hecho las experiencias latinoa-
mericanas y se desprende de la teoría de la democracia (Dagnino, 2002), en
el caso del Oriente antioqueño esta aparente dialéctica virtuosa no intervino
en el sentido esperado.
Aunque el apoyo institucional de la Gobernación encuadró a las asam-
bleas en el proceso de elaboración de planes de desarrollo y en las “Jornadas
de Acuerdo” (2002-2007), la fuerza efectiva que pudieron construir los pro-
cesos locales en sus asambleas dependió, en este ámbito de lo institucional,
netamente de la voluntad individual de los alcaldes de turno. Al fin y al cabo,
con la participación ciudadana la Gobernación no pretendía sino apoyar sus
propios programas, y no construir efectivamente actores políticos alternati-
vos. De ahí que, a la hora de la verdad, los propios pobladores perciban que
el principal factor que da fortaleza o debilidad a las asambleas municipales
es el apoyo o la falta de apoyo de la más inmediata autoridad local: el alcalde;
todo ello debido a la “credibilidad” que la autoridad municipal le imprime a
la asamblea en su convocatoria y al “apoyo financiero” que ésta requiere para
sus actividades y su funcionamiento. Y la cosa acaba por empeorar cuando
un nuevo gobernador (2008) termina fulminantemente con el apoyo ins-
titucional a las asambleas municipales y prefiere sustituirlas por “consejos
comunitarios”, sometidos a la vieja modalidad de la relación directa del go-
bernante mayor y sus concesiones graciosas al pueblo.
Sin embargo, hay otra razón adicional, esta vez del lado de quienes aban-
deran el proyecto político del territorio y la formación de un nuevo sujeto
político, y es lo que podría denominarse como las ambivalencias frente a la
“política”. Tales ambivalencias se refieren a las parálisis y omisiones que se
presentan en la acción frente a la participación política en el ámbito de las
asambleas, dado el “riesgo” que se siente correr, a pesar de la clara conciencia
de su necesidad.

“… es un asunto en que el proceso social siempre ha tenido limitantes, no se arriesga en


ese escenario de participación política, que genera dos asuntos graves: primero, no par-
ticipar del poder local; y segundo, se aplaza mucho más en invertir en cultura política,
que es de las grandes demandas de un proceso social para la paz. Yo la llamaba en la
conversación pasada “la paz política a la que aspiramos en esta región”, que tiene que
Guerra, ciudadanía y región 149

ver con una muy fuerte inversión en los nuevos gobernantes. Que piensen una región
diferente y unas formas de participación en política diferentes” (Entrevista a Pedro
Chica, 2007).

Por ese motivo,

“adolece o carece el proceso social de la formación de cuadros políticos para pelear,


competir en la gobernabilidad pública” (Entrevista a Rubén Darío Jaramillo, 2007).

En tales ambigüedades intervienen dos tipos de vivencias, temores y re-


presentaciones colectivos. En primer lugar, la estrechez política característi-
ca del país, que da muestras permanentes de violencia e intolerancia políti-
ca13. Y en segundo término la idea expandida entre el común de la población
y la juventud acerca de lo que significa “la política”:

“Nos han dejado como una idea errónea de lo que es la política. Entonces, si usted le
habla a un joven de política, inmediatamente se previene y dice que eso solo lo hacen
los ladrones, los bandidos de cuello blanco. Esa es la idea inmediata que se hace un
joven cuando usted le habla de política” (Entrevista a Yorman y Jennifer, 2007).

El saldo de esta ausencia y de la debilidad que tiene todavía el proceso


de participación política en la formación de ciudadanos está a la vista en los
resultados electorales para alcaldías y concejos de finales de 2007. En ellos
gana de manera aplastante la vieja maquinaria política. El proceso asamblea-
rio no ha podido remover nada en el campo de la democracia representativa
y la cultura política que la domina, a pesar de haber actuado sistemática-
mente en la elaboración de agendas ciudadanas, en el voto programático y
en los diplomados para candidatos a alcaldías y concejos desarrollados en la
región.

13 Para solo referirnos a la historia nacional de los últimos sesenta años: a mitad de siglo mu-
rieron violentamente 200.000 ciudadanos en un enfrentamiento político-partidista entre los
partidos tradicionales en el poder. Cinco candidatos a la Presidencia han sido asesinados
(2 del partido tradicional liberal y 3 de grupos alternativos de izquierda). Se exterminó a
la totalidad de un partido alternativo (la Unión Patriótica), con más de 6.000 militantes
asesinados. En cada contienda electoral sube significativamente la tasa de los homicidios
políticos. La criminalización de la protesta social es la regla. En los años 80, en el Oriente
antioqueño se exterminó al grupo de líderes cívicos que lideró el movimiento cívico re-
gional. En un país así, muchos dirigentes alternativos han optado por no identificarse con
agrupaciones políticas de ninguna especie y denominar su trabajo como “cívico”. De alguna
manera el trabajo por la “ciudadanía” se sitúa también en esta frontera.
150 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

La Asamblea Provincial continúa actuando, pero ahora con una inten-


sidad menor, aunque con el mismo enorme reto: ser el alma política de “la
construcción del territorio y del sujeto político”, aunque sin los recursos fi-
nancieros que tal desafío presenta para poder responder de manera efecti-
va. Es un hecho que al liderazgo regional de la Asamblea Provincial, como
aglutinador de actores locales, sectoriales y regionales, se le suma ahora el de
Prodepaz como operador oficial del Laboratorio de Paz, que representa los
fondos del Laboratorio y el conjunto de los proyectos a los cuales pretenden
acceder diversos actores de la región. Si bien estos dos organismos van a
trabajar en un mismo sentido y muchas veces mancomunadamente, tienen
esferas de acción y asuntos específicos que los diferencian, los cuales nece-
sariamente van a verse directamente afectados por la fortaleza o debilidad
financiera de quien los conduce.

Asociación de Mujeres del Oriente Antioqueño (Amor)


Esta organización, aparecida en 199414, es el actor de la región “mejor logra-
do” como sujeto político, pues el empoderamiento que logra para el grupo de
mujeres que se asocian en ella o giran de alguna manera en torno de sus acti-
vidades se hace visible en distintos ámbitos de importancia política y regional:

a) En primer lugar, entre 1994 y 2001 la asociación se fortalece en vir-


tud de dos proyectos15: “De la casa a la plaza”, iniciado en 1996, y “La
escuela de gestión pública con perspectiva de género”, realizado entre
1999 y 2001, en preparación de la campaña electoral de 2000. De esa
gestión obtienen inmediatos resultados, pues estas mujeres comien-
zan a participar en la contienda electoral de 1997 para concejos mu-
nicipales y en espacios públicos de participación, como los Consejos
Territoriales de Planeación Municipal y los Consejos Municipales de
Desarrollo Rural. Para ellas “lo político” se ha convertido en parte de
sí mismas, como sujetos y como ciudadanas activas:

“Entonces todo esto se juntó y eso permitió que el nacimiento de Amor fuera un na-
cimiento político netamente. Entonces aquí las mujeres venían era a aprender polí-

14 Se crea en 1994 como resultado de la dinámica desatada por el proyecto “La mujer al poder
local”, que propició la Consejería para la Mujer de la Gobernación de Antioquia, así como
del trabajo de Conciudadanía, una ONG con la cual la Gobernación concertó el proyecto.
15 Esta vez gestionados por Conciudadanía como ONG, con dineros de agencias internaciona-
les.
Guerra, ciudadanía y región 151

tica, no era a aprender ni bordado ni nada. Entonces se da el proceso de ‘mujeres al


poder’ de la Secretaría de Equidad de Género (Entrevista Amor, Marinilla, 2007).

Y lo vienen a ratificar años después, cuando, sorprendidas por la diferen-


cia, salen al ámbito internacional:

“… nada que envidiarle a Amor. Al contrario, Amor tiene mucho más trabajo po-
lítico que las mismas Mujeres del Mundo, la organización de mujeres del mundo.
Uno no se valora tanto sino cuando sale, cuando nosotras las escuchamos a ellas.
Nos decían que nos hacían una invitación. Cuando fuimos a la invitación, cada
país mostraba una comida, la comida típica del país; nosotras pensábamos que
ese era el primer momento: el recibimiento. Cuando después se dio como la parte
de la presentación de lo que era la organización, era trabajo con los inmigrantes
y trabajo muy locativo de los derechos de las mujeres, entonces yo (pensé): “¡No
puedo creer! Y Amor, entonces, ¿qué significa en el mundo? Si nosotros llevára-
mos Amor al mundo, pues, ¡superaba mucho rato todo ese trabajo!” (Entrevista
Amor-Marinilla, 2007).

b) En segundo lugar, en 1998 crean la “mesa provincial de gestión pú-


blica con perspectiva de género”, con el objetivo de intercambiar y
formar criterio coherente de género en el nivel provincial (Londoño,
Marín y Alzate, 2005), con lo cual se suman al proceso ciudadano de
trabajo por la paz en la región y se vinculan al Consejo Provincial
de Paz y a la Asamblea Provincial Constituyente, y además acogen la
“provincia” como símbolo de identificación colectiva.
c) En tercer lugar, impulsan sistemáticamente movilizaciones de muje-
res en solidaridad con todo tipo de víctimas que deja la guerra: des-
plazamientos, pueblos destruidos, masacres, secuestros. Y lo hacen
mediante el despliegue de marchas, concentraciones, acompaña-
mientos, actos simbólicos; igualmente se unen a otras voces regiona-
les y nacionales a la hora de movilizaciones por la paz y contra de la
violencia, etc.
d) En cuarto lugar, a partir de 2003 comienzan a dirigir el trabajo con
víctimas, trabajo que muy pronto asumirá ritmo propio y se converti-
rá en el primer Movimiento Regional de Víctimas existente en el país.
En la “escuela de gestión pública con perspectiva de género” (1999-
2001), al terminar el día, en el momento de las “tertulias nocturnas”,
es donde salen las ideas de los círculos de convivencia (derechos hu-
manos) y el trabajo con mujeres víctimas de la guerra (Londoño, Ma-
rín y Alzate, 2005).
152 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

“En la noche hacíamos unos conversatorios como parte de pasar ahí la noche, el rato.
Esto nos permitió pensar en el proceso de reconciliación, porque las mujeres, como ya
no teníamos (para hacer) nada oficial de las reuniones y de las asambleas, hablábamos
de todo. Entonces las mujeres empezaban a contar todas sus tragedias personales: que
le habían matado al hijo, que le habían matado al esposo, que le habían matado al
hermano. Y eso no lo sabíamos en la organización, porque nunca había tiempo para
eso. Entonces, cuando ellas contaban eso, lloraban mucho y todas las mujeres nos soli-
darizábamos mucho con ese dolor. En vista de eso, empezamos a pensar –sobre todo la
directora de Conciudadanía y una de las compañeras de El Peñol– en que por qué no
hacíamos un proyecto donde las mujeres pudieran decir todas esas cosas y sanarse de
todos esos dolores y todos los rencores y todas esas cosas que sentían. Ahí nace el eje
de la reconciliación, que no lo había contemplado Amor sino hasta ese entonces, por-
que surgió de la necesidad de la región. Entonces se hizo el proceso de reconciliación
y se empezó con las promotoras de vida y salud mental, con el proyecto de Provisames
(Entrevista Amor, Marinilla, 2007).

Asociación Provincial de Víctimas a Ciudadanas (Aproviaci)


En el periodo que se extiende entre 2004 y 2008, el movimiento de vícti-
mas se articula y se convierte en el protagonista de la mayor cantidad de
las acciones colectivas realizadas en la región (véase Anexo 2. Respuestas
sociales al conflicto armado. Oriente antioqueño, 1994-2008). ¿De quién
se trataba? No es necesario preguntarse: los sobrevivientes de asesinados,
desaparecidos, secuestrados, desplazados, que conforman un grupo muy
numeroso de la población del Oriente antioqueño. ¿Cómo se configuran
como actor social?
En 2003 –por las épocas en que se está adelantando el primer proceso de
desmovilización paramilitar–, Amor, Conciudadanía16 y el Programa por la
Paz-Cinep17 hacen una alianza para desarrollar un programa de acompaña-
miento a las víctimas del conflicto en la región antioqueña, a través de una
metodología que, al tiempo que capacita, es una terapia que trabaja con la
solidaridad, el afecto, la expresión, el hecho de compartir las experiencias de
dolor. Así consolidan el programa de Promotoras de Vida y Salud Mental
(Provisames), que opera bajo la lógica de multiplicadoras (1 x 15). La acción
del creciente grupo de mujeres que accede a él tiene efectos contundentes:
estas mujeres no solo recuperan el habla y el deseo de vivir sino que, de amas
de casa, pasan a convertirse en lideresas que comienzan a promover acciones
colectivas, procesos asamblearios, organización de víctimas y procesos co-

16 ONG regional.
17 ONG de los jesuitas.
Guerra, ciudadanía y región 153

munales en sus localidades o en la región entera. No en vano la organización


asume la denominación “de víctimas a ciudadanas”.
Desde el 2003 se adelantan también talleres de capacitación en no violen-
cia y reconciliación, lo mismo que movilizaciones de diversa especie, para
confluir en un esfuerzo de varios años y lograr la organización de las vícti-
mas existentes en la región. Primero, con un encuentro regional realizado en
2005 (en la época en que se expide la Ley de Justicia y Paz), con la organiza-
ción de comités municipales de reconciliación y, en 2006, con los encuentros
municipales, para finalizar, a principios de 2007, con la organización regio-
nal de las víctimas (Aproviaci), que tiene una característica particular: en su
mayoría son mujeres.
Desde el año 2004 Amor, Programa por la Paz y Conciudadanía promo-
vieron una serie de movilizaciones que a partir de entonces, y con el apoyo
de la Diócesis Sonsón-Rionegro y otras ONG (IPC, Ictj), se han realizado
de manera periódica: la iniciativa “Abriendo trochas por la reconciliación”
(destinada a recuperar caminos veredales perdidos durante el conflicto), la
Campaña de la Luz (realizada desde 2006 y consistente en que, en un día
de cada mes, en todos los municipios del Oriente antioqueño se encienden
velas bajo el lema “No más, ni una víctima más, nunca más. Otro oriente en
paz es posible”) y la Semana Nacional por la Paz (que desde 2004 congrega
anualmente actividades ciudadanas –movilizaciones, conciertos, eucaris-
tías– destinadas a reflexionar sobre el conflicto armado).
Esta serie de actos cimentaron la legitimidad de las asociaciones de vícti-
mas y fortalecieron los lazos entre distintas asociaciones, pues la regularidad
y el carácter regional y simultáneo de algunos actos simbólicos consolidaron
una expresión colectiva de acompañamiento, solidaridad y pertenencia. Esto
incentivó la participación de un mayor número de víctimas en las organiza-
ciones municipales y el sentimiento de hacer parte de un propósito común.
El valor agregado de las organizaciones y de los actos simbólicos se traduce
en objetivos comunes que imprimen un carácter regional al naciente movi-
miento y se traduce en una ganancia de elementos de reconocimiento, tan
necesarios para consolidar iniciativas locales. Tal carácter puede encontrarse
estampado en el siguiente testimonio de una líder que transmite las razones
que la impulsaron a vincularse al movimiento regional:

“El acto simbólico de la luz, ‘apaga el miedo y enciende una luz’, es a nivel regional,
y cuando yo participaba de lleno sabía que todos los municipios recogíamos la vela.
Luego hacíamos un encuentro a nivel regional. En una oportunidad se hizo en Nariño,
y en otra oportunidad, si no estaría mal [si mal no recuerdo], en Sonsón. Una vez
154 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

también vinieron aquí cuando estuvimos tan golpeados de la guerra. Nos vinieron a
visitar. Entonces, cuando nosotros vimos que nos estaban apoyando, vimos que valía
la pena pertenecer a la asociación y que luchar por un mismo ideal era lo mejor para
nosotros”, (entrevista-2008).

La novedad que aportó este espacio en la región marcó una clara diferen-
cia con el carácter asistencialista de otras iniciativas de atención a población
vulnerable, en particular con aquellos escenarios de atención a la población
desplazada que promueve el Estado. Hoy día, cuando ya se han consolida-
do los comités municipales, el esfuerzo para convocar se concreta mediante
el sostenido trabajo realizado en ellos (talleres, capacitaciones, jornadas de
asesoría, encuentros, acciones simbólicas), que conserva a las personas ya
participantes y atrae a nuevas. Los comités se han configurado de tal forma,
que se presentan como una instancia de participación social y, de alguna
manera, como un espacio de formación política.
Sin embargo, la materialización de este último objetivo ha sido lenta.
En primer lugar, porque dichos comités están abiertos a todo tipo de vícti-
mas, tengan o no conciencia de los valores cívicos y de autorreconocimiento
como sujetos que se han cultivado en torno al proceso. De hecho, allí llegan
muchas personas a la espera de alguna “ayuda” (“Llegaron con un costal,
pero se fueron con el costal vacío”, es una interpretación de la gente). Pero
si los gestores de los comités pensaron que no iban a volver, se equivocaron:
estas personas “volvieron, y son cada vez más”18.

“Ellas se ven en un espacio donde se pueden acercar y conversar y pensarse como per-
sonas que tienen en común la afectación por el conflicto. Pero no han llegado al nivel
político de pensarse como sujetos capaces de generar transformación, de sentarse con
otras instituciones y poner sus puntos de vista y pelearlos en forma horizontal” (Entre-
vista con un facilitador del Programa por la Paz).

Como estrategia para incidir en la formación de las víctimas como suje-


tos políticos, la discusión de la Ley de Justicia y Paz ofrece una buena opor-
tunidad, por cuanto amplía el contexto para que las personas se consideren,
ellas mismas, como ciudadanos de derechos. Como lo define un facilitador
del Programa por la Paz que trabaja la política pública de víctimas en la
región,

18 Entrevista de Asovida.
Guerra, ciudadanía y región 155

“La gente va entendiendo que (el propósito de los comités) no es solamente establecer
los derechos de la verdad, la justicia y la reparación y garantía de no repetición, sino
todos los derechos a los que como ciudadanos podemos acceder. Y cómo desde esa
posición de víctimas podemos ayudar a que la sociedad entera entienda, comprenda
y se vuelva sujeto; un sujeto capaz de buscar que le respondan a la víctima, no solo de
las víctimas sino todos los derechos que tenemos como ciudadanos”, (entrevista-2008)

La consolidación de los comités ha derivado en organizaciones locales


de víctimas que, como en el caso de la Asociación de Víctimas de Granada
(Amovida), se precian con orgullo de tener personería jurídica (pues eso les
garantiza un mayor reconocimiento de parte del Estado y la posibilidad de
participar en proyectos ofrecidos por ONG) y de ser la instancia que permite
que las víctimas no solo tengan voz, sino que sean también escuchadas. Según
un facilitador que les asesora, a partir de sus comités las víctimas han ganado.

“El conocimiento frente a sus derechos, empoderamiento en la medida en que han logrado
ser interlocutores, por ejemplo, para la elaboración de agendas que les han presentado los
candidatos, para la elaboración del plan de desarrollo y para estar en algunas instancias, en
algunos municipios que tienen que ver con la participación ciudadana: el consejo territo-
rial de planeación, concejos municipales, asociaciones comunales. Hay víctimas que tienen
concejales en los municipios (Entrevista con facilitador del Programa por la Paz).

De esa manera la organización de víctimas va recaudando reconoci-


miento por parte de las administraciones municipales:

“Como víctimas, hemos venido trabajando en las Asambleas Constituyentes de los


municipios y ese es un espacio que nos ganamos. Fruto de ese trabajo logramos que
por lo menos un 70% de los alcaldes del Oriente recién elegidos se apropien del tema
de víctimas y muchos de ellos ya aseguraron que nuestras propuestas estarán en los
planes de desarrollo que ellos formulen para sus municipios”19.

Al respecto, una directiva de Provísames, la asociación de víctimas de


Sonsón, afirma:

“Nosotros, como organizaciones de víctimas, somos los que nos estamos metiendo
dentro de los ojos de las entidades gubernamentales. Nosotras presentamos una agen-

19 Véase: “Movimiento de víctimas en oriente se consolida: Aproviaci”. Agencia de Prensa, IPC.


Noviembre 30 de 2007. Disponible en: http://www.ipc.org.co/page/index.php?option=com_
content&task=view&id=1131&Itemid=368
156 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

da pública de víctimas a las administraciones para que nos tuvieran en cuenta en los
planes de desarrollo. Somos nosotros los que tenemos que meternos para que ellos
entiendan que tienen que manejar un presupuesto para organizaciones de víctimas,
que tienen que tener un rubro cuando hay unos desplazamientos masivos, cuando
hay unas masacres; para que ellos sepan que eso se tiene que hacer”, (entrevista-2008).

¿Por qué en este periodo las víctimas se convierten en el actor que parece
tomar el relevo del movimiento asambleario, en torno del cual habían con-
fluido con anterioridad, tanto la capacitación en ciudadanía como la acción
colectiva tendiente a la construcción del territorio y del sujeto político en la
región? Son varias las razones:
Por un lado, porque el movimiento de víctimas se apersona del conflicto
armado como problema que le da sentido a su existencia y a su acción. A
partir del año 2002 ese asunto había sido relegado a una posición marginal,
en contraste con el de la participación ciudadana en los asuntos de las agen-
das municipales de desarrollo. El movimiento lo recupera porque necesaria-
mente tiene que habérselas con el conflicto armado como materia prima de
su trabajo. En primer lugar, porque la única manera de sanar los corazones
y las mentes de las víctimas es a través de la recuperación de su memoria
–memoria de los muertos, de los desaparecidos, de los hechos violentos, de
los lugares abandonados, de los caminos dejados de transitar… En segundo
lugar, porque los agravios que configuran la materia prima de su identifi-
cación inicial aluden directamente a actos de violencia perpetrados por los
actores legales e ilegales que han alimentado el conflicto armado colombiano
por décadas, y, por tanto, a las “víctimas”, como “sobrevivientes” de un cata-
clismo social que aún pervive. Y en tercer lugar, porque la “reconciliación”,
que es su horizonte de acción, pone el dedo en la llaga de lo que el Estado no
quiere reconocer en términos del conflicto armado. Las víctimas reivindican
la no violencia, el reconocimiento del otro, el diálogo y la solución política
a ultranza; además, en la particular coyuntura de la Ley de Justicia y Paz,
ponen en tela de juicio la posibilidad real de hablar de prácticas concretas
de “reconciliación” con actores que aparentemente se desmovilizaron, pero
que realmente siguen a órdenes de sus jefes armados e inclusive continúan
perpetrando acciones violentas en el territorio, cosa que el Estado nacional
no ha querido admitir.
El segundo factor que contempla el movimiento de víctimas es el políti-
co, porque sus demandas involucran tanto a los actores armados como a la
institución que debe garantizar la verdad, la justicia y la reparación, esto es,
el Estado, el mismo que de manera tan lenta, débil y contradictoria responde
Guerra, ciudadanía y región 157

a la reclamación de esos derechos. En otras palabras, porque el problema


planteado es un asunto que se dirime en el campo político, campo que no
puede diluirse en “proyectos económicos”. Independientemente de las deci-
siones que adopte o deje de adoptar con respecto de los actores armados y
los derechos de las víctimas, el Estado se juega dos opciones: o mantener el
statu quo de un Estado violador de derechos humanos y enredado con los
poderes del paramilitarismo –la llamada parapolítica–, o acoger el camino
de la construcción y fortalecimiento efectivos de un Estado de derecho.
Así, el movimiento regional de víctimas, con la mediación de Aproviaci,
vuelve a situar el problema del conflicto (que dio lugar a la construcción del
proyecto regional y al Laboratorio de Paz) en el campo de lo político donde
se juegan las redefiniciones de las relaciones entre la sociedad y el Estado.
El movimiento de víctimas de la región aporta un tercer factor. Sus acti-
vidades convergen en la formación, en 2007, de la “Asociación Provincial de
Víctimas a Ciudadanas” (Aproviaci), organización que en su propia denomi-
nación hace alusión al proyecto de territorio con el cual se relaciona. De una
parte, porque esas personas resignifican la clasificación de “víctimas” que
les ha dado el gobierno y le imprimen un papel activo y en transformación:
“de víctimas a ciudadanas”. Con ello no solamente afirman su condición de
sujetos no sometidos a los significados con que el Estado los identificó (víc-
tima: persona desvalida, pasiva, sufriente…), sino que además enarbolan la
bandera bajo la cual diversos espacios de la región se han venido fortalecien-
do en el ejercicio de la ciudadanía. De otra parte, su organización se identi-
fica con la “provincia”, como la manera de comprender, querer y proyectar al
Oriente antioqueño y como manera de identificarse con todos aquellos acto-
res que en los últimos años han construido esa nueva manera de identificarse
territorialmente. La ciudadanía en el Oriente antioqueño es inseparable de la
identificación con el territorio.

Género, ciudadanía y región: factores que hacen confluir las


subjetividades de “mujeres” y “víctimas”
Por obvias razones, las mujeres han sido la parte consustancial de Amor,
pero igualmente lo son del movimiento regional de víctimas del Oriente an-
tioqueño y de su organización, Aproviaci. ¿Por qué?
Como madres, esposas, huérfanas o hermanas de los hombres que han
caído en la guerra como civiles o que se han enrolado –voluntariamente o
por coacción– en alguno de los tres bandos armados en disputa (fuerza pú-
blica, guerrillas o paramilitares), las mujeres han quedado como dos tipos de
158 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

sujetos: como las cabezas de hogar que deben sacar a sus familias adelante –y por
tanto con la urgencia de reconvertirse en sujetos de su propia historia– y como
víctimas sobrevivientes y miembros de familia que esperan la reincorporación de
los combatientes a sus hogares y la verdad, justicia y reparación por sus muertos.
En las mujeres se interceptan, pues, de manera más orgánica y visceral, al tiem-
po que consciente y política, los tres lemas con los que se construye el proyecto
regional: “provincia”, “ciudadanía” y “reconciliación”. Y no se puede desconocer
que Conciudadanía –como ONG regional y desde principios de los noventa– y
el Programa por la Paz de los jesuitas, a partir del año 2003, han posibilitado la
concreción, fortalecimiento y orientación de esta fuerza social regional, primero
en Amor y más recientemente en Aproviaci.
El aspecto que interviene en la confluencia de “mujeres” y la gran mayo-
ría de quienes protagonizan el movimiento de “víctimas” es la misma condi-
ción de género. Con la pedagogía ciudadana que han recibido, las mujeres se
encontraron como sujetos sociales con derechos y capacidades para ser algo
diferente de madres y esposas encerradas en sus casas:

“Que las mujeres saliéramos de los encierros en que vivíamos en nuestras casas y que
pensáramos en nosotras, porque siempre hemos estado como muy sumisas al hogar,
al cuidado de los hombres. Entonces, de eso se trataba: de que nosotras dedicáramos
parte del tiempo para nosotras mismas, que nosotras saliéramos de la casa, pero no a
la plaza de mercado sino a la plaza pública; que, al igual que los hombres, podíamos
ser empleadas públicas, podíamos llegar a ser altas funcionarias y no solamente pensar
como la cultura: ‘Ustedes son de la casa, están es para cuidar a los hijos; cuando se ca-
san, para cuidar al esposo’. No. Que pensáramos en otras cosas, que así como podíamos
cuidar a nuestros hijos y a nuestros esposos también podíamos pensar en nosotras mis-
mas, en estar al cuidado de otros, pero en otras circunstancias, donde nosotras también
nos pudiéramos beneficiar económicamente. Porque el hecho de ser mujeres no es que
no nos guste la plata, y es que estar uno en la casa esperando a que el papá le dé para lo
que necesita no es tan bueno. Siempre es bueno tener sus propios recursos, porque así,
si uno tiene una necesidad, si el otro no tiene, pues yo tengo para cubrir esa necesidad.
De eso se trataba en los talleres: de la casa a la plaza [plaza pública].

“Después seguimos en la escuela de formación ciudadana de Sonsón. Quedamos cuatro


mujeres. Esa también fue en el oriente. Después de esa formación (eso fue en el 2001-
2004), cada mes, pero en el transcurso de ese mes nosotros teníamos muchas investiga-
ciones que hacer para después ir a compartir allá, porque esa escuela era a través de los 23
municipios de oriente. Esa escuela fue con Conciudadanía y la dictaba la doctora Beatriz
Montoya, Gloria Amparo Alzate y otras compañeras, y nosotras nos sentíamos muy bien
porque eran personas que nos han hecho sentir realmente mujeres que valemos, y en esas
escuelas aprendimos mucho, nos enseñan a valorarnos mucho como mujeres y a salir
Guerra, ciudadanía y región 159

adelante. Después de la escuela de formación y que nos dieron la certificación, nos die-
ron la oportunidad de replicar esos talleres que allí veíamos en otros municipios. A mí,
por ejemplo, me tocó replicarlos en Argelia, en Nariño y en Abejorral, y de pronto aquí
también me tocó una partecita. También nos sirvió mucho, porque lo que aprendimos
aquí y lo replicamos allá” (Entrevista a Belén. Víctimas, 2007).

De alguna manera, las mujeres del oriente reproducen para ellas –aunque
en un sentido articulado en torno del papel de convertirse en ciudadanas–
la fuerza que el movimiento feminista ha demostrado tener en el mundo,
al despertar en este género –por siglos sumergido en virtud de la cultura
dominante– sus potencialidades de sujeto. Ese despertar de género se une a
otra característica de las mujeres, que les imprime su particular fuerza: el en-
tusiasmo, las emociones, el sentimiento de verse transformadas. Esa particular
condición femenina aporta buena parte del mantenimiento de esa fuerza a
través del tiempo.

“… sin lugar a dudas, uno de los motores para que la gente participe, definitivamente es
el entusiasmo. El entusiasmo no se da por sí solo, sino que tiene una fuerza motivadora
que hace que ellas participen. Por ejemplo, el interés, pero no solo en lo económico, en
lo material, que uno sabe que es la mayor fuerza motivadora, sino también los demás
valores agregados que ellas van adquiriendo.

“Se han tenido que generar herramientas para que las mujeres no lleguen y únicamente
entren a beneficiarse de un proyecto productivo. Se han generado mecanismos y criterios
para que las mujeres puedan llegar a ser socias. Después de que son socias de la organiza-
ción, en cuánto tiempo pueden comenzar a beneficiarse de un proyecto productivo.

“De esa manera muchas mujeres han reconocido que inicialmente lo que las motiva es
el poder beneficiarse de un proyecto productivo, pero en una segunda instancia dicen que
han ganado enormemente. Mujeres que cuando entran a un comité veredal, ni te hablan,
ni te miran a los ojos, tienen temor y se les nota su inseguridad, y mujeres que después de
ocho meses o un año tienen la capacidad de discutir decisiones y plantear puntos de vista
interesantes” (Entrevista con Patricia Zuluaga, 2007).

Las víctimas y la política del dolor


Como hemos intentado mostrar, el movimiento regional de víctimas del
Oriente antioqueño encauza propósitos más amplios que la superación de los
impactos de la guerra y la reparación económica: el movimiento regional ha
supuesto un escenario para que las víctimas se perfilen como actores sociales.
A este objetivo han contribuido distintas ONG, principalmente el Programa
por la Paz y Conciudadanía, el programa Vida Justicia y Paz, de la Iglesia cató-
160 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

lica, la Asociación Regional de Mujeres y las Asambleas Comunitarias locales.


A través de estas ONG, de la asociación de mujeres y de los escenarios locales
de las asambleas, al movimiento de las víctimas se han sumado dirigentes so-
ciales con una trayectoria de trabajo en la región, bien sea por medio de las
Asambleas y su posterior participación en los Comités Municipales de Recon-
ciliación, o bien porque –como se mencionó antes– las ONG apoyan en buena
medida su trabajo entre muchas personas de la región. Uno de los facilitadores
del Programa por la Paz rescata esta condición como uno de los factores que
imprimen al movimiento regional de víctimas un carácter especial:

“Hay una cosa interesante, y es que la mayoría de las personas que están asesoran-
do a las organizaciones de víctimas son de la región, no son agentes externos, son
agentes internos que también obedecen a esos procesos sociales. Podríamos decir
que hay como una especie de nexo, es decir, la gente que trabaja en el Programa por
la Paz es gente de la región que ha sido cooptada por el mismo proceso social, es
decir, son líderes sociales que trabajan ahora con organizaciones”, (entrevista 2008).

El Estado aparece en el escenario de víctimas por intermedio de la Co-


misión Nacional de Reparación, entidad creada a partir de la Ley de Justicia
y Paz y cuyo papel en el Oriente antioqueño ha estado ligado a la discusión
sobre la Ley de Víctimas, la socialización del mecanismo de la reparación
administrativa y el acompañamiento al trabajo de las mesas de reinserción20.

20 Para tener una idea de las Mesas de Reinserción, véase la presentación ejecutiva de los resul-
tados de la investigación financiada por la OIM, “La reconciliación entre víctimas, comuni-
dades y población desmovilizada”. Disponible en:
http://www.geocities.com/conciudadania1/EstudioCasosReconciliacionCbia_OIM_US-
AID.pdf.
El informe recoge que “el modelo de las mesas de reinserción busca propiciar espacios de
reconciliación a través del fortalecimiento de la democracia local en municipios del depar-
tamento de Antioquia”. Las principales características de este modelo son las siguientes:
“modelo en las regiones, centrado en cascos municipales; ONG con pocos recursos econó-
micos, institucionales y políticos; concepto de reconciliación asociado a la promoción de la
democracia local y participativa; trabajo basado en voluntades; promoción de encuentros
directos entre víctimas, desmovilizados/as y comunidad. Intervienen en procesos relaciona-
dos con la promoción de la democracia local.
Las fortalezas que la investigación destaca contemplan: “confianza de la gente por trabajo
previo y presencia prolongada de la ONG en el territorio (De la casa a la plaza, Provisame,
asambleas ciudadanas, Módulo Cero); promueve derechos ciudadanos y busca la institucio-
nalidad democrática local; al trabajar en grupos pequeños permite la construcción gradual
de espacios de confianza entre los actores; los acercamientos periódicos permiten niveles de
interacción más profundos; (la) participación no está condicionada a la entrega de benefi-
cios; se ha logrado influir positivamente en las agendas políticas y sociales locales (víctimas,
reparaciones).
Las debilidades del modelo contemplan: “Parte de un supuesto (falso) de que los actores son
iguales y/o que las asimetrías entre ellos se corrigen en los espacios participativos locales;
Guerra, ciudadanía y región 161

Acogiendo sus lineamientos de orden municipal, Conciudadanía adelanta


en la región un proyecto de acercamiento y reconciliación entre los desmo-
vilizados del paramilitarismo, las víctimas y la sociedad civil.
Esta amalgama de actores y propuestas configura un campo político en el
cual se exponen distintas versiones y prácticas, agendas y discursos, a partir
de los cuales se produce la construcción social de las víctimas. A esto lo he-
mos denominado Política del Dolor. Uno de los soportes conceptuales que
nos han sido útiles para precisarla ha sido la definición de sufrimiento social,
por el cual se entienden las consecuencias del impacto violento que tienen
algunas fuerzas sociales en la experiencia humana (Das, 1997: IX). Las res-
puestas que surgen a partir de ese sufrimiento se enmarcan en los procesos
subjetivos y sociales que depara el hecho de vivir el dolor. Es decir, esos pro-
cesos tienen que ver con situaciones personales y distintas “variables” que,
como el género, la religiosidad o la cultura política, moldean la forma como
la persona asume el sufrimiento.
Cuando los efectos de la violencia afectan a personas específicas de
una comunidad –los líderes son amenazados, algunas familias son obli-
gadas a desplazarse–, las consecuencias se extienden a la comunidad en
general porque la solidaridad y la pluralidad de personas que la sostiene
se resiente ante el dolor de uno de sus miembros. Esa vivencia del sufri-
miento se encuentra sujeta a condiciones sociales que, de alguna manera,
fijan las pautas para experimentar y tramitar el duelo. Son condiciones
que asimismo establecen las posibilidades y alcances indispensables para
movilizar, con fines sociales y políticos, ese dolor. Entre las distintas con-
diciones con las que tienen que verse algunas comunidades del Oriente
antioqueño para vivir de forma social el duelo, aparece la posibilidad
o imposibilidad de recuperar a sus seres desaparecidos, enterrar a sus
muertos, honrar la memoria de las víctimas, recordar y no callar hechos
violentos del pasado.
Ahora bien, si ese sufrimiento social “resulta de aquello que la política,
la economía y el poder institucional hacen a la gente”, de manera recíproca
se concibe que “estas formas de poder en sí mismas influencian la respuesta

carece de un análisis realista del poder y de los actores locales; al no reconocer la asimetría
entre víctima y victimario se corre el riesgo de generar procesos de re-victimización; el
modelo opera en el contexto de una institucionalidad democrática débil; no ha logrado
convertir las mesas en un espacio real de participación; la ONG carece de alianzas políticas
y sociales, así como de recursos humanos, materiales e institucionales, todo lo cual le reduce
sus posibilidades de intervención; no aplica intervención diferenciada según contexto mu-
nicipal”.
162 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

social a los problemas” (Das, 1997: IX). Siendo así, proponemos entonces
que la política del dolor es aquel campo político de relaciones conflictivas
donde se oponen, aprueban o desaprueban las respuestas sociales al sufri-
miento, mediante estrategias, prácticas y negociaciones que disputan las for-
mas “correctas” (legítimas, dominantes, posibles) que han de asumir estas
respuestas.
Esta política del dolor tiene que ver con la transición de las víctimas
como sujetos a actores, puesto que los objetivos de las ONG y organizaciones
regionales trascienden la atención al dolor individual con un componente
social y político de empoderamiento y participación, demanda de derechos
y exigencia de reparación. A partir de sus peticiones, este componente aso-
ciativo encuentra, en su interior, tensiones que lo configuran. Ellas son in-
ternas cuando se trata de discusiones, por ejemplo, frente a aceptar o no
la reparación administrativa, si la organización buscará su reconocimiento
jurídico o si vale la pena trabajar con una ONG que plantea cierta propuesta.
Y son externas, cuando en el panorama regional de víctimas, que aglutina
organizaciones sociales, agencias del Estado y ONG, se debaten posiciones
que comprometen las apuestas del movimiento de víctimas, como pueden
serlo las distintas posturas frente a la desmovilización paramilitar o la Ley
de Víctimas.
Un ejemplo, que no el único, útil para ilustrar esta compleja es-
trategia que relaciona discursos y prácticas en la configuración del
movimiento de víctimas, lo supone la tensión antes mencionada: las
posiciones que se tejen en torno al proceso de desmovilización para-
militar. Cabe resaltar que el trabajo de la primera cohorte de Proví-
sames coincidió con el proceso nacional de desmovilización. Dicho
proceso demandó una nueva agenda para las ONG y organizaciones
regionales que participaron en la formación de las promotoras y el
acompañamiento de los Comités de Reconciliación: la cuestión prin-
cipal consistió en qué posición tomar frente a la desmovilización y la
“Ley de Justicia y Paz”. Por razón de sus distintas posiciones ante la
desmovilización, Conciudadanía y el Programa por la Paz terminaron
la alianza que había dado nacimiento a las Provísames: si por un lado
Conciudadanía le apuesta a un trabajo de acercamiento y reconcilia-
ción con los desmovilizados y las víctimas de nivel municipal, por el
otro el Programa por la Paz manifiesta sus reservas ante esa desmo-
vilización y prefiere apoyar la consolidación de los comités de recon-
ciliación. Por consiguiente, la nueva cohorte de Provísames se realizó
sin el acompañamiento de Conciudadanía.
Guerra, ciudadanía y región 163

Aunque esta distancia no significó rupturas dentro del movimiento de


víctimas, supuso divisiones fraternas en cuanto a la hora de asumir el trabajo
dentro de los grupos de víctimas. Algunos comités de víctimas, como en
el caso de los grupos de San Carlos y La Unión, trabajaron en las mesas de
reinserción propuestas por Conciudadanía. En otros casos se prefirió conti-
nuar la labor de empoderamiento sin hacerle el juego a la reinserción, como
lo hace el Programa por la Paz. Ambas ONG comparten espacios de trabajo
conjunto en cuanto a la formación de las víctimas en el marco de la política
pública. Facilitadores de estas organizaciones coordinan trabajos conjuntos
a pesar de la distancia antes señalada. Al respecto, un representante del Pro-
grama por la Paz comentó:

“Conciudadanía le apuesta a una política pública de víctimas en algunas par-


tes. En este caso yo la vengo realizando con ellos. Ellos trabajan con víctimas
y también nos interesa que las víctimas, desde el punto de vista de esa política,
se formen y puedan pensarse también como ese colectivo capaz de pensar o de
apostarles a propuestas por las víctimas”, (entrevistas, 2008).

La discusión ha calado de forma suficiente como para que todavía


esté en debate la legitimidad o ilegitimidad de la desmovilización y el
papel que las víctimas han de asumir frente a procesos de reparación
y verdad. Frente al asunto hay falta de confianza y enormes reservas
en la región: en los municipios se sospecha de la presencia y las inten-
ciones de los desmovilizados y en los liderazgos regionales se pone en
entredicho un proceso como ese, que desmovilizó hombres armados
pero no dio por terminadas las estructuras que los alojaban. Una de las
cuestiones que se debate en el entorno de las víctimas es: ¿cómo confiar
en la voluntad de reintegración de los desmovilizados si aún responden
a órdenes superiores?
En este escenario, tras la adopción definitiva de la Ley de Justicia y Paz,
desde 2006 la Comisión Nacional de Reconciliación y Reparación (Cnrr)
hizo presencia más activa en la situación de las víctimas regionales. En sep-
tiembre de 2006 hubo un primer encuentro en Cocorná entre víctimas de la
región y miembros de la Comisión. Y aunque los Comités de Reconciliación
han desempeñado un papel muy importante en la asesoría y acompañamien-
to de la población para acceder a la reparación por vía administrativa (como
se verá más adelante), esto no ha impedido que desde algunos campos de
defensores de víctimas se marquen dos distancias importantes frente al dis-
curso y práctica de la Cnrr: el modelo de reconciliación víctimas-victimarios
164 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

que propone la Comisión21 y la discriminación que establece la ley en rela-


ción con las víctimas de organismos estatales.
En primer lugar, la discusión referente a la reconciliación entre víctimas
y victimarios no cuenta con plena acogida en el conjunto del movimiento de
víctimas. Por ejemplo, mientras en San Carlos el Comité de Reconciliación,
con el acompañamiento de Conciudadanía, adelanta un trabajo de más de
dos años acercando a víctimas y victimarios, Doña Pastora, que lidera el tra-
bajo de las víctimas en ese municipio, afirma lo siguiente respecto al acerca-
miento con los desmovilizados:

“Lo del trabajo con desmovilizados es una cuestión de aquí, de nosotros, de San
Carlos. Lo que estamos es buscando qué hacer para mejorar la convivencia con
ellos. A nosotros, a los que nos toca vivir con ellos. Desde el año 2005, que se da
la desmovilización, se hizo el análisis de cómo carajos queremos seguir viviendo
aquí. Se inicia entonces a gestarse esa sana convivencia [con los desmovilizados] y
no puede ser apuntándonos desde orillas, tirándonos piedras; tampoco dándonos
besos ni abrazándonos, ni mucho menos que se parezca. Es al menos restable-
ciendo la oportunidad de escucharnos”, (entrevista, 2008).

Este tipo de trabajo, que relaciona víctimas y desmovilizados, no se rea-


liza en otros municipios debido a la desconfianza reinante. En el caso de
Granada, una representante del comité de víctimas Asovida, al marcar una
diferencia con la Cnrr, señala en relación con la comisión:

“Algunas organizaciones se acercaron al Cnrr. Eso ya es del Estado. Y se puede


identificar que definitivamente iban totalmente distantes a lo que propone Asovi-
da. De ahí se marcaron diferencias entre el comité y organizaciones como éstas.
En ese entonces la Asociación Provincial de Víctimas a Ciudadanos marcaron di-
ferencias con este señor de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación,

21 Un ejemplo de la valoración que realiza la Cnrr frente al trabajo de reconciliación entre


víctimas y victimarios puede verse en el artículo “Asamblea de víctimas y reinsertados en
San Carlos. 19 de mayo de 2008”. Para esa nota periodística un funcionario de la Comisión
que adelanta un proyecto de desminado humanitario señaló que “se trata de la primera vez,
en la historia del país, que un proceso de este tipo (el desminado) arranca con la mayor
información posible proveniente de todos los habitantes de la población y de los grupos que
implantaron las minas, los mismos desmovilizados de las autodefensas. Es una constante
búsqueda de formas de reparación y de acciones concretas que contribuyan a una verdadera
reconciliación entre víctimas y victimarios”. El marco en el que ocurre esta colaboración lo
ofrece el trabajo que realiza el Centro de Acercamiento, Reconciliación y Reparación del
Municipio de San Carlos. “Care” es una de las organizaciones de víctimas que le han apos-
tado a una fórmula de reconciliación que integra a los desmovilizados del municipio. Véase:
http://inforiente.info/index2.php?option=com_content&do_pdf=1&id=7020
Guerra, ciudadanía y región 165

Panesso, porque él trataba la reconciliación para darle un aspecto legitimizador al


proceso de reinserción de las autodefensas. Involucrar a estas personas, los victi-
marios, con las víctimas es un proceso que definitivamente estas personas (Apro-
viaci, Asovida) no comparten, porque sienten desconfianza”, (entrevista 2008).

La segunda distancia la marca el hecho de que la reparación adminis-


trativa, impulsada por la Cnrr y puesta en funcionamiento en abril de 2008,
excluye las violaciones atribuibles a miembros del Estado22. Esto, a pesar que
en el encuentro del año 2006 una de las conclusiones recogidas en el diálogo
entre comisionados y víctimas fue la de “proponer ante el Gobierno Nacio-
nal que se puedan adelantar procesos de reparación con las víctimas de otros
grupos armados”23. En los niveles regionales (Aproviaci) y municipales (co-
mités de reconciliación) se discute el papel de la Comisión ante una ley que,
por el momento, reconoce que unas personas pueden ser consideradas vícti-
mas (y por lo tanto susceptibles de obtener una reparación), mientras otras
no. La posición que asume el movimiento regional de víctimas apunta a un
reconocimiento general de todas las víctimas y a una reparación integral que
garantice la no repetición del crimen. Es decir, se trata de una posición po-
lítica frente al Estado que se plantea aspectos claves para la reconciliación.
En otras palabras, en el terreno de la “reconciliación” hay una clara dife-
renciación dentro del movimiento de víctimas: los que la entienden como re-
conciliación que incluye una relación activa con los desmovilizados, y quie-
nes la entienden –dado el momento ambiguo por el que pasa ese proceso de
desmovilización– como un horizonte a construir, en la actualidad entre las
víctimas mismas y la sociedad y, en el futuro de un verdadero posconflicto,
entre las víctimas, la sociedad y los victimarios. Los primeros mantienen una
posición crítica frente al Estado en lo que toca con la aplicación de la Ley de
Justicia y Paz en los niveles nacional y departamental; sin embargo, arguyen
la necesidad y utilidad del trabajo con desmovilizados en el nivel local, al
menos en una región como el Oriente antioqueño, donde no se trata de ma-
sas sino de pequeños grupos. Los segundos mantienen una posición crítica
completa, en todo nivel, de la concepción y aplicación de la Ley de Justicia y
Paz. Frente al segundo problema, acerca de quiénes se incluyen como “víc-
timas”, el campo de la disputa es claramente binario: entre el conjunto de
víctimas organizadas y el Estado que quiere excluir de ciertos derechos a las
que han sido resultado de sus propias acciones ilegales. El primer tipo de

22 Véase: http://www.cnrr.org.co/new/newnoticias/08/julio/jul25-formulario-08.html
23 Véase: http://www.cnrr.org.co/noticias/notimedios/mun_sep11-06.htm
166 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

disputa se dirime en el nivel regional y de manera fraterna, sin rupturas ni


enfrentamientos en el seno del movimiento de víctimas. El segundo tipo de
disputa se dirime en el nivel nacional e implica posiciones contrapuestas y
sin lugar a negociación por parte de las víctimas.

Acciones colectivas y significados socioespaciales


Las acciones colectivas desencadenadas por la población del Oriente antio-
queño para lograr neutralizar los estragos de la guerra tuvieron desarrollos
no imaginados por sus actores originales, en virtud de la interacción de
fuerzas e intereses públicos, privados y armados que se fueron articulando
y acabaron resignificando el campo y el sentido de la acción colectiva en
la región.
El conjunto de esas acciones colectivas en el tiempo se erigen como la
voz y la fuerza de actores regionales que defienden y construyen un proyecto
regional por “un Oriente” que logre una integración territorial con equidad,
democracia y convivencia –sus grandes falencias históricas–, orientada por
sujetos políticos autónomos que tienen como uno de sus lemas identifica-
dores “Otro Oriente es posible”. Este proceso, aunque ha convocado a diver-
sidad de sectores públicos y privados, se enfrenta a otro proyecto regional,
el representado por la fuerza de la inercia de las estructuras económicas y
políticas, por los efectos de la guerra y por la orientación política de líderes
que propugnan otro tipo de ordenamiento y desarrollo territorial.
Sin embargo, como todo proyecto, el propiciado por las acciones colecti-
vas se configura también con base en fuerzas heterogéneas y en tensiones. Es
este el escenario que queremos analizar en este capítulo, y lo que esperamos
poner de relieve en la parte final son sus resultados.
Cuatro grandes líneas de análisis nos permiten dar cuenta sintética del
significado de este proceso y del devenir de su heterogeneidad interna y sus
tensiones. Ellas son: 1) ¿el ciclo de la acción colectiva fue un “movimiento re-
gional”?; 2) el papel del territorio en la construcción de los sujetos políticos;
3) el tercer espacio, como política del lugar asumida por un núcleo de actores
regionales; y 4) las dos caras de la intervención institucional.

1. El ciclo de las acciones colectivas: ¿un movimiento regional?


Al mostrar en una gráfica de temporalidades el conjunto diverso de acciones
colectivas que se han articulado en el Oriente antioqueño en torno de “la
Guerra, ciudadanía y región 167

construcción de territorio y de sujeto político, la convivencia, la ciudadanía,


la reconciliación y la equidad”, obtenemos a primera vista un resultado sui
generis (véase gráfica 15).
Son líneas paralelas, de tiempos discontinuos entre sí y cada una dina-
mizada por actores diversos. Se trata de una combinación desigual de ex-
presiones de acción colectiva procedentes de diverso tipo de actores, con
identificaciones específicas y que promueven diversos objetivos. Además, las
acciones colectivas expuestas no son exclusivamente expresiones de protesta
o de demandas colectivas frente a otro actor; también están compuestas por
acciones encaminadas a la construcción de propósitos comunes y en ellas se
asocian actores diversos, no necesariamente en confrontación con otros24, en
la construcción de una organización social25, o inclusive acciones colectivas
dirigidas a dialogar y llegar a acuerdos con los actores armados26. Así conce-
bidas las cosas, más que un “conjunto”, esto parecería ser una yuxtaposición
de asuntos diversos. Sin embargo, el análisis nos ha permitido establecer que,
a pesar de lo anterior, se ha logrado tejer un hilo común que ata esa diver-
sidad por la vía de un objetivo compartido que permea todas las demandas
sectoriales y las formas de lograrlas: ese hilo lo constituye el propósito de
construcción de “un oriente” mediante la “ciudadanía”, la “reconciliación” y
la “provincia”.

¿Cómo interpretar entonces la gráfica 15 por el conjunto de las acciones


colectivas escenificadas en el Oriente antioqueño durante los últimos doce
años?

En primer lugar, pensando que un movimiento social no está configura-


do solo por las acciones “disruptivas” de protesta por agravios recibidos o
por la manifestación de demandas y reivindicaciones. También tiene como
componentes otro cúmulo de acciones colectivas ciudadanas, pues al fin y al
cabo los derechos no solo se plantean como “demandas frente a”: también se
practican en los hechos, y se construyen espacios y formas de hacer política,
unas veces en interacción con las instituciones, otras de manera autónoma.
Compartimos la afirmación de Manuel Garretón cuando analiza el giro dado
por la movilización social en la América Latina de nuestro tiempo, a la cual

24 En el caso de las asambleas provinciales, se elaboraban los puntos a incluir en el “Laborato-


rio de Paz” para acordar con el gobierno central y ser presentados a la Unión Europea.
25 Algunas de las acciones colectivas de las víctimas.
26 Es el caso de los “acercamientos humanitarios” adelantados por los alcaldes.
Gráfica 15
Ciclo de la movilización social, 1991-2008
Oriente antioqueño
168 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia
Guerra, ciudadanía y región 169

la entiende definida como “un principio muy difuso de oposición (que) se


basa no solo en la confrontación sino también en la cooperación. Por consi-
guiente, no se dirige a un oponente o antagonista claro, como solía suceder
con las clásicas luchas sociales”27.
Ese conjunto acciones colectivas que observamos a través de los últimos
doce años en el Oriente antioqueño lo interpretamos como procedente de
actores diversos –unos sectoriales, otros territoriales– y en líneas de tiempo
discontinuas unas de otras. Podríamos comprenderlo como un “movimiento
regional” en virtud del proyecto común al que apunta cada quien desde su
propia esquina: la construcción de la convivencia, la ciudadanía y la pro-
vincia forman un núcleo duro por todos compartido; estos temas recorren
transversalmente la producción de los sujetos políticos que conforman el
movimiento regional.
A esos tres asuntos –articulados– se han dedicado los actores sociales
analizados a partir del diverso tipo de acciones colectivas desplegadas en
el tiempo. El territorio –“el Oriente” y “la Provincia”– es en buena parte la
clave de dicha articulación, por la fuerza que aporta como identificador del
conjunto. Además, la nueva conciencia de lo que significa la construcción
de ciudadanía como forjadora de sujetos políticos permite encarar, tanto las
situaciones de opresión y acallamiento que produce el conflicto armado –“de
víctimas a ciudadanas”–, como las viejas jerarquías y exclusiones políticas a
las que han estado sometidas las mujeres –“de la casa a la plaza”–; también
permite a la población subalterna en general, rural y urbana, clientelizada
por centurias, encontrar en la “participación ciudadana” motivos para aglu-
tinarse y luchar. Y así se cumple lo que Foweraker señala para los regímenes
autoritarios, pero que en nuestro caso cabe también aplicarse a nuestras so-
ciedades jerarquizadas, clientelizadas y de altos niveles de exclusión y vio-
lencias: aquí también las demandas de los movimientos sociales se han ido
“corriendo progresivamente a la demanda por derechos” y la “ciudadanía”
se ha convertido en el paraguas que abarca y le da sentido al conjunto de
las demandas sectoriales. Así, “las luchas específicas y los derechos univer-
sales se ligan a través del proceso de ciudadanía: las primeras catalizan las
segundas”28.
En este movimiento regional encontramos asimismo dos características
adicionales que es indispensable subrayar. En primer lugar, se trata de un
movimiento cuya lógica de acción combina constantemente, por parte de

27 Garretón, 1996.
28 Foweraker, J. y Landman, T. , 2004, pp. 30, 40.
170 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

sus diferentes componentes, la acción colectiva local con la regional. La


experiencia presente es bien diferente del movimiento cívico regional del
Oriente antioqueño de los años 80 cuyo carácter “regional” fue la culmi-
nación de un proceso entablado primero en el nivel local. En el caso pre-
sente el factor local y el regional se han retroalimentado constantemente:
si bien el desencadenante surgió en las localidades (con los acercamientos
humanitarios a los grupos armados), rápidamente se formó la Asamblea
Provincial, que no solo aglutinó a las asambleas locales ya existentes sino
promovió también la formación de otras más. Cosa similar sucede con el
movimiento de mujeres, que, si bien se apoya inicialmente en las expe-
riencias locales que habían mostrado fortaleza, rápidamente se organi-
za como asociación regional y adelanta acciones colectivas locales tanto
como regionales, según los vaivenes que la guerra iba imponiendo sobre
el territorio.
Igual cosa sucede con el movimiento y la organización de víctimas Apro-
viaci. Así lo confirman su identificación con la región, enarbolada desde su
nombre (asociación provincial), sus encuentros regionales para construir
agendas y debatir políticas, y asimismo su labor de filigrana local con la for-
mación de las “promotoras de vida y salud mental” y su promoción a ciuda-
danas con habla y capacidad de liderazgo de las víctimas y los desplazados.
En este movimiento, la producción de sujetos es tan importante en el nivel
local como en el regional, y la acción sobre ambos espacios se retroalimenta
mutuamente a través del tiempo.
En segundo lugar, el proceso de producción de sujetos colectivos, que
acoge la construcción de ciudadanía y de territorio como eje fundamental
para la desactivación de los factores de la guerra, está sujeto, en mayor medi-
da que otro tipo de movimientos, a cambios de coyunturas y reconfiguración
de escenarios, y por tanto al surgimiento de nuevos actores, a cambios en
las correlaciones de fuerza y a consecuentes transformaciones operadas en
la composición interna del propio movimiento y en los problemas claves de
la movilización a lo largo del tiempo. Ese factor también explica el tipo de
movimiento regional que se conforma en este caso.
Hemos observado cómo los alcaldes fueron figura protagónica para el
despegue del movimiento en el momento más crítico de la situación huma-
nitaria de la región y en el lapso en que se gesta el Laboratorio de Paz. Pero
tales mandatarios desaparecen del escenario tan pronto cambia la coyuntu-
ra, en especial la definida por la renovación de los alcaldes a partir de enero
de 2004 y por la relativa neutralización de la crisis de “seguridad” que insufla
justamente la política de Seguridad Democrática.
Guerra, ciudadanía y región 171

Vimos también cómo la coyuntura formada por el cambio de gobierno


central (con la llegada de Álvaro Uribe Vélez) y su intervención en el proceso
del Oriente antioqueño como “socio” del nuevo proyecto que se gesta con la
cooperación internacional, fortalece a los actores regionales que personifica-
ban las posiciones más contestatarias frente al Estado (alcaldes de ese enton-
ces y Asamblea Provincial), pues ellos fueron los interlocutores regionales
más visibles y legítimos de la región en ese momento, cuando la prioridad
era claramente “política”. Pero también anotamos cómo, una vez puesto en
marcha el Laboratorio de Paz, y por tanto la intervención de “los euros” y
la necesidad de elaborar proyectos, Prodepaz (en calidad de operador del
Laboratorio) toma el relevo como actor protagónico en la región, acto que
simboliza y promueve el giro en las prioridades más visibles de las comuni-
dades: el “desarrollo”. Ello no obsta para que la Asamblea Provincial siga en
sus actividades, ejerciendo su papel en el plano de la construcción política
del territorio”, labor que recibe un golpe sustantivo cuando finalizan los dos
periodos de una gobernación que apoyó política y financieramente las acti-
vidades en pro de la participación ciudadana y las asambleas locales, y cuan-
do el ejecutivo departamental es asumido por su opositor más acérrimo.
Las mujeres de Amor precedieron el inicio de este movimiento, pero lo
alimentaron con fuerza en sus diferentes niveles, desde que comenzó hasta
hoy. Siguen una línea continua que, además, promueve la formación de teji-
do social y crea articulaciones entre actores y espacios públicos de expresión
ciudadana.
Por último, la Ley de Justicia y Paz (2005) ofrece otra coyuntura proclive
a la organización de las víctimas. La desmovilización de los paramilitares y
la ley que ordena la verdad, la justicia y la reparación, promovieron la movi-
lización y organización de este sector social que, aunque restringido por la
ley a las víctimas de los paramilitares, catalizó un movimiento regional que
incluyó a la totalidad de las víctimas: de los paramilitares, de las guerrillas
y de los cuerpos estatales que cometieron crímenes, y además desclasificó
a los “desplazados”, que el Estado pretendía segregar como actor diferente,
y los incluyó en la lista de las víctimas del conflicto armado. A medida que
este asunto se convertía paulatinamente en el problema político nacional por
excelencia en el marco del conflicto armado, no es gratuito que en el Oriente
antioqueño ese tipo de movilización hubiese asumido también mayor pro-
tagonismo.
Tales fueron las coyunturas que coadyuvaron a las transformaciones y
los relevos de actores y acciones colectivas en la región. El hecho de ser un
movimiento que adquiere su sentido en torno de la expresión, los efectos y
172 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

los condicionantes de la guerra en el territorio, lo torna muy sensible a los


cambios de coyuntura. Eso le confiere a este tipo de procesos unos retos muy
complejos para su sostenibilidad y crecimiento. No obstante, también le ha
enseñado flexibilidad y capacidad de adaptación.

2. El papel del territorio en la producción de los sujetos políticos


En las páginas anteriores se delinea claramente el papel central que asume el
territorio en la configuración e identificación de este movimiento regional.
No obstante, en este acápite queremos mostrar los distintos ángulos en que
se juega esa relación entre territorio y acción colectiva.
En primer lugar, enfaticemos el papel del territorio como aguja que teje
e inscribe en los corazones un sentido muy especial entre las asambleas lo-
cales, la asamblea provincial y las organizaciones de mujeres y de víctimas.
Pues hay una memoria colectiva producida por agravios de décadas ante-
riores29, memoria en la que se formó una conciencia acerca del valor cultu-
ral, político y económico del territorio y de cómo éste puede ser objeto de
proyectos económicos y políticos contrapuestos. Esa memoria se reactiva
y adquiere otra significación en el presente, con los desastres que la guerra
ocasiona entre esas mismas comunidades.
El territorio se convierte en aglutinador en un doble sentido: a) porque de-
viene objeto a defender de condiciones adversas –de la destrucción que causa
la guerra y de las “deudas históricas” que no se han saldado por parte de los po-
deres nacionales y departamentales–; b) porque es savia que fluye por diversos
canales y posibilita la acción conjunta: son las redes sociales entre localidades,
forjadas por décadas de actividades de organizaciones comunitarias y de institu-
ciones, las que posibilitan la comunicación y la convocación a la hora de actuar;
además, existe una ONG de raíz regional (Conciudadanía), que desde comien-
zos de los 90 ha trabajado en filigrana en el tema de la ciudadanía entre sectores
de mujeres, jóvenes y líderes, y que sirve de impulsor de articulaciones cuando
las acciones colectivas se ponen en el orden del día.
En segundo lugar, si la reacción inicial fue una resistencia a los efectos de
la guerra, ésta se apoyó en la formación y el papel de asambleas comunitarias
que enarbolaron su legitimidad con valores de la ciudadanía y la democra-
cia universales. Así el territorio y la ciudadanía quedaron ligados desde el

29 Con la construcción de las hidroeléctricas nacionales, sus impactos socioculturales y eco-


nómicos y el manejo político desconocedor de las comunidades afectadas que tuvieron las
empresas y el Estado.
Guerra, ciudadanía y región 173

principio del proceso. Cuando el horizonte de la acción colectiva se amplió


más allá de los “acercamientos humanitarios” con los actores armados, a
la elaboración y ejecución de un proyecto regional que integraba acciones
en la cultura, la política y la economía regional, los diversos componentes
de la educación en derechos, la construcción de subjetividades políticas y
de nuevas relaciones entre la sociedad y los poderes públicos, acabaron de
posicionar la “ciudadanía” como objetivo central buscado por las diversas
acciones colectivas. La construcción del territorio no se logra sin la cons-
trucción de sujetos políticos y ciudadanía. Y la construcción de ciudadanía y
de sujetos políticos se hace en torno del logro de la construcción de un tipo
de territorio –el equitativo, el democrático, el de la convivencia–. Territorio
y ciudadanía se retroalimentan y refuerzan en la acción colectiva desplegada
en el Oriente antioqueño.
En tercer lugar, el territorio también se involucra en la manera particular
como actúan las fortalezas y debilidades en los actores sociales que parti-
cipan del movimiento regional. Eso lo observamos en el hecho de que los
actores regionales de carácter sectorial –como Amor y Aproviaci– parecen
tener mayores posibilidades de fortalecerse a través del tiempo que los ac-
tores regionales de carácter territorial y que engloban la diversidad social
sectorial, como la Asamblea Provincial, por ejemplo.
En el análisis del proceso social del Oriente antioqueño, Amor –a lo
largo del tiempo– y Aproviaci –en la coyuntura presente– han demostrado
tener una capacidad de movilización sostenida y masiva y una efectiva y
visible transformación de un grupo de mujeres en lideresas que ahora ocu-
pan posiciones en diferentes espacios públicos de las localidades y la región.
Mediante sus movilizaciones, las dos organizaciones han podido sostener
la identificación “provincial” que la Asamblea y el Consejo provinciales po-
sicionaron como uno de los ejes del proceso regional. Hay que decir que la
Asamblea provincial, después de un significativo protagonismo entre 1998
y 2003, tiende a ser relevada en dicha posición por otros actores (por razo-
nes ya analizadas anteriormente) y hoy la actividad que promueve entre las
asambleas locales muestra sus limitaciones en logros y extensión territorial.
La diferencia entre Amor y Aproviaci y la Asamblea Provincial la esta-
blece el tipo de reivindicación que las constituye. La fortaleza de los movi-
mientos que hemos denominado “sectoriales” ha radicado básicamente en
cuatro cosas: a) la condición de género que portan30; b) el tipo de demanda

30 Repásese la caracterización de cada uno de estos actores, en páginas anteriores.


174 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

“sectorial” (que, además de ser más específica, se corresponde con dos asun-
tos que mueven sentimientos profundos y permanentes en el tiempo); c) su
inserción en redes de carácter nacional y global –para el caso de las mujeres–
y redes de carácter nacional con fuertes apoyos en ONG y de justicia interna-
cional –para el caso de las víctimas–; y d) su identidad territorial.
Por el contrario, la Asamblea Provincial es un actor cuyo movilizador
central es el propio territorio: “construir territorio y sujeto político” como
Oriente antioqueño (“otro Oriente es posible”). Es un actor que, por tanto,
cuenta exclusivamente con su propia y única fuerza –una fuerza circunscrita
territorialmente31–. Su objeto no tiene parangones en las redes nacionales ni
internacionales. Ese tipo de actor encuentra menos fácilmente redes nacio-
nales o internacionales eficaces, como aquellas de que disponen las mujeres
y las víctimas. En el mundo global de nuestros días, solo la fuerza política
que emana de la inserción en redes de diferente nivel socioespacial permite
a los movimientos sociales hacer frente a la fuerza de los poderes dominan-
tes, locales o regionales. Ellas son una base importante para hacer frente con
mayor eficacia a las fuerzas dominantes, locales o regionales, que, además de
ser las imperantes, cuentan con la fuerza de estructuras nacionales y globales
por largo tiempo consolidadas32. Por eso, para el actor que tiene circunscrito
su objetivo al propio “territorio” es más difícil acceder a redes de este tipo y
sostener la intensidad de la acción y su protagonismo a mediano y largo plazo.
Además, el “territorio”, como objeto, implica para la Asamblea Provincial
trabajar con la pluralidad de actores y sectores sociales del mismo y, por tan-
to, estar sujeta a la contrafuerza de los poderes que plantean explícitamente
otros proyectos o que operan simplemente con la fuerza de la “mano invisi-
ble” que emerge del poder económico y político de las estructuras dominan-
tes. No sucede lo mismo con los movimientos “sectoriales”, que tienen sus
“adversarios” puntuales, sus demandas específicas –y en teoría “externas” a
sus propios movimientos; en esos casos las diferencias internas se presentan
en torno a cómo orientar la acción sobre la demanda específica. En cam-
bio, en su propósito de “construir territorio y sujeto político”, a la Asam-
blea Provincial Constituyente no la acompañan los actores y las fuerzas que
agencian las prácticas y los discursos y proyectos de territorio contrarios: el
empresarial, el de los poderes políticos tradicionales y el de los sectores de
base que ellos arrastran o subordinan por las vías electorales y culturales.

31 Aunque se apoya en el movimiento nacional por la paz.


32 Para encontrar diferentes ejemplos de la relación actual entre movimientos sociales y redes
transnacionales, véase Daniel Mato.
Guerra, ciudadanía y región 175

Obviamente, tales factores también le restan fuerza y capacidad para ejercer


efectivamente un poder “constituyente”.

3. La construcción de un “tercer espacio” como política del lugar


Un espacio público como el de la Asamblea Provincial es remarcable, muy
especialmente por las siguientes razones:

a) Fue el primer actor que, en este proceso, se formó con visión regional.

b) Es el actor que, en primera instancia, mostró un rasgo muy novedoso:


haberse construido en función de un “tercer espacio”. Nos explica-
mos: al utilizar la “provincia” como una representación que alude a
un deseado reordenamiento del territorio nacional (que el Estado no
ha querido acordar) mediante una redistribución de poderes en favor
de las poblaciones y sus autonomías, y al autonombrarse (en 1998) en
un acto político como “asamblea provincial” y “consejo provincial”,
encaminada a convertir la “provincia” en un proyecto político, ejerció
de hecho el poder de convertir una “representación del espacio” do-
minante (subregión) en un “espacio de representación”, esto es, en un
lugar que, utilizando las clasificaciones del poder dominante, va más
allá de ellas y les da un nuevo significado, con un contenido político
nuevo, alternativo, no binario ni excluyente. Los “terceros espacios” se
desempeñan como una política del lugar ejercida mediante actos de
reconstrucción y reposición de los actores subalternos (Soja, 1996)33.
Al lado de la resignificación de los términos que el ordenamiento
territorial vigente le había conferido al Oriente antioqueño, y de la
proclamación del proyecto territorial como un proyecto provincial,
la Asamblea Provincial utiliza una segunda vía para constituirse, que
también pertenece claramente a la que denominamos políticamen-
te como la construcción de “terceros espacios”. En ese año de 1998,
cuando el Estado central había estatuido por ley34 el Consejo Nacio-
nal de Paz y los consejos departamentales y municipales de paz35, un

33 Los conceptos de “representaciones del espacio” y “espacios de representación” forman par-


te de su teoría sobre el tercer espacio.
34 Ley 434 de febrero de 1998.
35 Como órganos institucionales orientados a coordinar la acción del conjunto de las entida-
des públicas en sus acciones por la paz y de los representantes de la sociedad civil de sectores
orientados en el mismo sentido.
176 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

grupo de líderes sociales de la región, acompañados por una ONG


regional centrada en el trabajo por la ciudadanía, deciden formar su
propio “consejo provincial de paz”, como figura de hecho –no de de-
recho, pues la provincia no es reconocida como entidad territorial de
la Nación– y como espacio que se distingue del resto de consejos de
paz por su autonomía respecto del conjunto de las instituciones pú-
blicas: aglutina a delegados de las comunidades locales organizados
en asambleas comunitarias municipales. Es otro acto político de con-
figuración de un tercer espacio: sin confrontar al Estado, se va “más
allá” de lo legalmente establecido; sin confrontar al Estado, se acoge
a una figura que él mismo creó; su contenido y su papel políticos ad-
quieren otra significación al atribuirse, en la práctica, características
y posibilidades propias, acordes con la orientación que sus gestores
quieren darle a la construcción de la ciudadanía y de los sujetos polí-
ticos en el territorio.

c) A pesar de las restricciones que como actor ha soportado la Asam-


blea Provincial (véase atrás) al no poder convertirse ella misma en
el espacio público aglutinador de la discusión regional a partir de
la deseada pero no lograda representatividad del conjunto de la
sociedad civil que portan las asambleas locales que la conforman,
ese organismo fue capaz de generalizar un discurso ciudadano de
autonomía, de construcción de sujeto político y de autorrecono-
cimiento como provincia, que el resto de actores claves del mo-
vimiento regional adoptó como propio. Lo vimos en las páginas
precedentes:

• La Reconciliación para la Convivencia, entendida como un no a la


guerra, no al borramiento de los actores armados, sí al diálogo y a
la inclusión de todos, sí a la reconciliación (concebida, no obstan-
te, de distintas maneras).
• La ciudadanía, entendida como la posibilidad de desarrollar es-
pacios de participación ciudadana y de empoderar sujetos indi-
viduales y grupales que accedan a los espacios de representación
política; lograr nuevas formas de hacer política –no excluyente,
no clientelista–, o, lo que es lo mismo, que garantice la expresión
de las múltiples voces, que se ejerza por la fuerza de la conciencia
acerca de las opciones políticas, que permita la construcción de es-
Guerra, ciudadanía y región 177

pacios públicos plurales de discusión y construcción de propues-


tas y políticas colectivas locales y regionales.
• La Región, entendida como “Provincia”, esto es, como un territo-
rio diverso y heterogéneo que busca poder construir condiciones
económicas y políticas que lo orienten por el camino del logro de
la equidad social y territorial; que busca también construir suje-
tos políticos autónomos capaces de discutir y encontrar consensos
sobre la equidad, la democracia y la convivencia a ser logradas en
la región. En pocas palabras, poner en práctica “Otro Oriente es
posible” y conseguirlo, al final de cuentas, como “Provincia”, esto
es, bajo relaciones más autonómicas de la sociedad regional con
respecto del Estado, al obtener capacidades para regir algunas de
las competencias que el ordenamiento territorial actual no permite.

La gráfica 16 es una representación de lo dicho. Se trata de un “espacio de


representación” configurado con base en las nuevas representaciones que las
gentes, aglutinadas en torno de los actores sociales enunciados, se han hecho
de sí mismas y del territorio que quieren construir; representaciones que se
nutren de los valores universales de la democracia, pero proponiéndolos en
un contexto y con unas consecuencias que implican llevar bastante más allá
el estado de cosas dado, cambiar las relaciones vigentes entre la sociedad y el
Estado y entre los poderes económicos y las expresiones del desarrollo regio-
nal. Este “espacio de representación” o “tercer espacio” está ocupado también
por un cúmulo de prácticas sociales: de las mujeres en sus casas y en los
lugares públicos de sus localidades; de las víctimas en los pequeños círculos
donde recobran el habla y las ganas de vivir y en los espacios públicos donde
reclaman sus derechos, construyen una fuerza organizativa y se solidarizan
y apoyan a otras víctimas; de los pobladores, que por primera vez conocen el
informe de gestión de un alcalde o que comprenden qué es un presupuesto
municipal y plantean posibles prioridades de inversión; de los líderes que
se abstienen de proclamar sus preferencias partidistas en los sitios donde lo
que se desea es precisamente aprender a construir consensos con criterios de
interés común.
Este “tercer espacio” es el ámbito de las múltiples voces, donde las dife-
rencias sectoriales y partidistas –acostumbradas a permanecer atrapadas en
propuestas solo sectoriales o sectarias– construyen en común asuntos com-
partidos, al mismo tiempo que cada quien lo hace con intereses más especí-
ficos. Este tercer espacio no requiere una “organización” formal, ni actores
Gráfica 16
Provincia, ciudadanía y reconciliación.
Ejes del movimiento regional en el Oriente antioqueño

Asamblea Provincial AMOR


Consejo Provincial

A 3er ESPACIO
S
A “construcción de territorio
M
y de
178 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

L sujeto político”
O APROVIACI
C
A
L
E
S
PRODEPAZ

CONCIUDADANÍA IPC CINEP


Guerra, ciudadanía y región 179

siempre iguales a sí mismos y siempre los mismos entre sí. Es un campo


donde se despliegan transversalmente las diferencias, en la medida en que
la singularidad que identifica a cada actor no solo no niega, sino más bien
afirma y tiene por condición también el logro de los objetivos comunes:
ciudadanía, reconciliación y provincia, construcción de territorio y de su-
jeto político.
En este “tercer espacio” cabe, además, otro tipo de diferencias: no solo las
que podemos denominar como “sectoriales (mujeres, víctimas), sino asimis-
mo aquellas definidas en función de orientaciones políticas específicas con
relación al propio objetivo común o sectorial. Por ejemplo:

• En el movimiento de víctimas hay divergencias sobre cómo asu-


mir el trabajo de “reconciliación”: de un lado, el que acoge los ins-
trumentos que proporciona la política pública de Justicia y Paz,
que supone la desmovilización paramilitar y su voluntad de rein-
corporación a la vida civil y política y por tanto plantea construir
espacios de encuentro entre víctimas y victimarios en las localida-
des; de otro lado, el que asume el trabajo de reconciliación como
posible (en la presente etapa) solo en el nivel de las subjetividades
de las víctimas consigo mismas y con la sociedad y el Estado, que
debe garantizarles sus derechos, dejando para un verdadero pos-
conflicto la otra parte de la reconciliación (entre víctimas y victi-
marios). Si bien estas diferencias, están planteadas, ello no obsta
para que cada quien haga su trabajo de reconciliación como le pa-
rezca. Marcar las diferencias no implica abogar por la exclusión de
los que no piensan como uno.
• En la Asamblea Provincial también se expresan diferencias sobre
el futuro del propio ámbito asambleario.

En otras palabras, el tercer espacio no solo se configura como resultado


de transversalizar las diferencias a partir de objetivos comunes, sino también
de asumir y no excluir las diferencias más sustantivas (de orientación políti-
ca) de quienes participan de él.

4. Las dos caras de la intervención institucional


En los acápites anteriores se han resaltado las interacciones mediante las cua-
les se configuró un movimiento regional articulado como un “tercer espacio”
180 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

y que se planteó como alternativa a las geografías de poder dominantes: las


de la guerra y las de los poderes políticos y económicos tradicionales. En
ello han estado comprometidos principalmente los actores subalternos de la
región (asambleas comunitarias y provincial, mujeres y víctimas), además de
las ONG y entidades como Prodepaz. Bajo los lemas de la reconciliación, la
ciudadanía y la provincia, estos actores han impulsado un proyecto regional
de desarrollo y democracia enderezado a ganarle el pulso a la fuerza de la
inercia de tres procesos sociales que operan en contravía: a) el de la econo-
mía y su “mano invisible”, que no hace sino ahondar las desigualdades socio-
espaciales entre un altiplano cada vez más rico, industrializado y urbaniza-
do, y un espacio (el mayor, en términos territoriales) más pobre y marginado
de los beneficios del desarrollo; b) el de los procesos políticos institucionales
nacionales, que han promovido y reforzado durante dos centurias el asis-
tencialismo y el clientelismo y que obstaculizan o limitan la construcción
de ciudadanos; c) el de los procesos de violencia política y de guerra que, en
etapas históricas diversas, han segado la vida de quienes promueven movi-
mientos sociales y actores políticos alternativos36 y restringen de esa manera
la aparición y consolidación de procesos de formación de sujetos políticos
colectivos alternativos.
En la interpretación de ese proceso hemos subrayado no solo los efectos
políticos y socioespaciales que brotan de la acción colectiva regional, sino
también la manera como inciden las coyunturas creadas por la intervención
de actores de carácter departamental, nacional o global. Ese proyecto colecti-
vo en defensa de la “provincia”, la “ciudadanía”, la “reconciliación”, conforma
el núcleo duro de la fuerza que efectivamente construye sentidos de lugar,
redes y proyectos que contribuyen a fortalecer al conjunto del Oriente antio-
queño como región y a señalar y combatir las tendencias que lo fracturan y
obstaculizan la construcción de ciudadanía y actores colectivos alternativos.
La incidencia que tienen los procesos más estructurales de política pública e
intervención de los poderes que se forjan en escalas socioespaciales mayores,
sobre la construcción de sujetos políticos locales o regionales y de territorio,
es también múltiple y heterogénea, pues, si por una parte contribuyeron a
fortalecer y financiar un proyecto regional que aglutinara diversidad de ac-
tores y a impulsar las iniciativas por la participación ciudadana, por la otra
introdujeron prácticas y discursos con claros efectos a favor de la geopolítica

36 Hace 20 años la región vivió dos de estas situaciones: el exterminio de la Unión Patriótica y
del movimiento cívico regional contra la política pública de servicios de energía eléctrica.
En la historia reciente, la guerra entre guerrillas, paramilitares y Estado ha dejado cientos y
miles de civiles y líderes muertos.
Guerra, ciudadanía y región 181

dominante. Cuatro son los ámbitos en que principalmente se manifiestan di-


chos efectos:

a) El acuerdo y la puesta en marcha del Laboratorio de Paz coincide con


la nueva coyuntura creada por la política pública en relación con la
guerra: el proyecto de Seguridad Democrática, que le restó gradual-
mente espacio de acción a los grupos guerrilleros al tiempo que im-
pulsó la desmovilización de los paramilitares. El logro que se adjudica
es el de la disminución de los principales índices de violencia (ho-
micidios, masacres, secuestros, destrucción de pueblos). Lo anterior
alivió evidentemente los peores efectos de la guerra sobre los habi-
tantes de la región, aunque persistieran los hechos ya consumados de
desplazamiento forzado, abandono de veredas, destrucción de tejido
social, ahondamiento de las desigualdades sociales y territoriales. Sin
embargo, ese efecto positivo en los índices de violencia tuvo un resul-
tado paradójico sobre el proceso social que se adelantaba en la región.
De acuerdo con la percepción de quienes encabezaban el proceso de
construcción de ciudadanía y de nuevas maneras de hacer y concebir
la política (frente a la política clientelista, faccional y asistencial), la
reducción drástica de los índices de violencia acabó “despolitizando” el
proceso asambleario. Para enfrentar los efectos de la guerra, los po-
bladores habían tomado conciencia de la necesidad de actuar conjun-
tamente, hacer oír su voz, hacerse reconocer como actores y luchar
por derechos (los humanos y los humanitarios, en primera instancia);
además, habían tomado conciencia de sus distancias con respecto al
Estado y sus instituciones sobre cómo enfrentar el conflicto armado
(por la vía política o por la militarista). Pero cuando perdieron peso
en la vida cotidiana los efectos más dramáticos de la guerra (mani-
fiestos en los índices de violencia aludidos), el compromiso masivo
que sostenía la acción colectiva decreció significativamente y otros
objetivos más acordes con el devenir cotidiano de la vida y la admi-
nistración local tendieron a sustituirlos: la participación ciudadana
en los planes oficiales de desarrollo municipal. Al desaparecer esa si-
tuación límite el actor colectivo se debilita (convoca menos núcleos
ciudadanos) y sustituye objetivos de la acción.

b) En la reorientación de la actividad de las asambleas comunitarias


confluyen, además del punto anterior, el apoyo que ellas comienzan
182 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

a recibir de la Gobernación de Antioquia, que vio en el proceso del


Oriente antioqueño y sus asambleas un “modelo” digno de replicarse
en el resto de municipios del departamento, pero ahora a favor de la
elaboración de los planes de desarrollo municipales y departamental.
Si bien este apoyo institucional aporta al proceso asambleario algunos
recursos políticos y financieros que le permiten cierta sostenibilidad,
de hecho le resta el interés y la participación masiva de la etapa an-
terior. Con la “participación ciudadana” en la elaboración de planes
municipales por parte de las asambleas comunitarias ya no se discu-
ten asuntos de posiciones políticas frente a los actores armados y el
Estado; ahora están sobre la mesa de negociación los asuntos que co-
tidianamente las colectividades habían tramitado mediante las redes
del clientelismo tradicional.
El apoyo institucional a los procesos de participación ciudadana fue
aprovechado por los líderes regionales y las ONG que los acompa-
ñaban como una oportunidad política para promover el aprendizaje
colectivo de una nueva manera de hacer política, para lo cual desple-
garon estrategias de capacitación a candidatos a alcaldes y a corpo-
raciones públicas, tanto como de construcción colectiva de agendas
concertadas entre candidatos políticos y comunidades con respecto
de los planes municipales en marcha. No obstante, el resultado del
proceso difiere de lo proyectado. No solo son una minoría las loca-
lidades que pueden mostrar procesos asamblearios sostenidos en el
tiempo, sino que sus aprendizajes son lentos y de reducido alcance,
(véase tabla 2 Asambleas municipales 2008).
Sin un efectivo apoyo institucional el proceso ciudadano participativo
decayó. Es la situación inversa a la que mostraban las asambleas de
la primera etapa, para las cuales la fuerza residía –y así lo percibían
los mismos protagonistas– en el poder de convocación que tenían los
objetivos a lograr, en lo masivo de esta convocatoria, que garantizaba
su legitimidad y fuerza, y en su autonomía respecto de cualquier actor
institucional.
La construcción de ciudadanía implica un proceso de transformacio-
nes en una doble dirección: transformar las subjetividades políticas
en la sociedad, al tiempo que cambiar, en instituciones y en funciona-
rios públicos, las formas de ejercicio del poder y la producción de po-
líticas públicas. Uno es el resultado cuando se crea el círculo virtuoso
–como ha ocurrido en las localidades brasileñas, donde se cuenta con
el apoyo del Partido de los Trabajadores–, y otro el resultado cuando
Guerra, ciudadanía y región 183

esta asociación política no existe. Es el caso del Oriente antioqueño,


donde el apoyo de la Gobernación no va más allá del logro de sus
propios intereses y su gesto está muy lejos de plantearse el fortaleci-
miento efectivo de actores alternativos y autónomos.
Fue así, entonces, como se consumó el cambio en la orientación de las
asambleas municipales y su tendencia hacia la despolitización.

c) La cooperación europea, con su bolsa de euros, y los dólares del prés-


tamo que el Banco Mundial otorgó al Estado colombiano como con-
trapartida para que éste se asociara al Laboratorio de Paz, reforzaron
la reorientación de las prioridades colectivas hacia la elaboración de
“proyectos”. En primer lugar, el cúmulo de las formalidades incrusta-
das en formatos y requisitos jurídicos y organizativos que todo actor
debe llenar para competir por los recursos, absorbió las energías co-
lectivas en la elaboración de propuestas, que la mayoría de las veces
no pasaron de ahí. En segundo lugar, los euros también fueron per-
cibidos por los líderes del proceso social como el factor que cambió
las prioridades del proyecto regional: ellas pasaron de políticas a eco-
nómicas. Lo que ahora prima en el panorama del “proyecto regional”
son los programas de seguridad alimentaria y de producción de in-
gresos para los desplazados por parte del Estado nacional, así como
los proyectos puestos en marcha en los ámbitos del “desarrollo”, de la
“gobernabilidad” y de la “cultura de paz”, que muchas veces se perci-
ben como oportunidades para la irrigación de actividades e ingresos
de los municipios. De hecho, hay un núcleo de líderes y pobladores
que trazan fronteras en su identificación como “Laboratorio de Paz”,
para afirmar su identidad como “Laboratorio de Paz Oriente antio-
queño”: “nosotros éramos Laboratorio de Paz desde antes que llegara
la Unión Europea”. Así se “des-identifican” del programa Laboratorio
de Paz, mal que denominan “euros” y frente al cual esperan sobrevivir
cuando este programa termine.
De esa manera, la tensión se presenta entre un programa institucional
que se percibe como despolitizador, en la medida en que su efecto
fundamental ha sido el de concentrar la atención de los actores loca-
les y regionales en el acceso a los recursos económicos y en la factura
de proyectos y el llenado de formalidades, y un proyecto político de
construcción de territorio y sujeto político que ve en la ciudadanía, la
reconciliación y la provincia sus principales objetivos.
184 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

d) La participación del Estado nacional en el Laboratorio de Paz


se concentra en el programa de Acción Social de la Presidencia
para los desplazados y la población más vulnerable, programa
que tiende a fragmentar las posibilidades de acción del colectivo,
a orientar sus expectativas por visiones meramente asistencialis-
tas y a reducir las posibilidades de sus proyectos a multitud de
microatenciones de “seguridad alimentaria” o de “producción de
ingresos”, sin ninguna posibilidad de proyección al futuro. Ade-
más, con sus “clasificaciones” pretende fragmentar al gran actor
social, las víctimas, sectorizándolo en compartimentos estancos,
cada uno de los cuales queda delimitado y restringido al acceso
de sus derechos y beneficios por caminos jurídicos, organizacio-
nes e instituciones especificas y diferentes unas de otras: unos
son los desplazados, otros las víctimas de los paramilitares, más
allá están las víctimas de las guerrillas y, para rematar, las vícti-
mas del Estado no han sido aún reconocidas.

En otras palabras, la intervención de las instituciones públicas nacionales


y departamentales y los organismos internacionales en el “desarrollo”, la “go-
bernabilidad” y el drama “humanitario” tiende a despolitizar la orientación
del proyecto regional general y a fragmentar las acciones, de tal manera que,
como acción de conjunto, tal intervención no puede concentrarse en el nú-
cleo propuesto por los actores subalternos de la región. El resultado es que
los efectos socioespaciales son dispersadores y despolitizadores.

Conclusiones
1. Las acciones colectivas extendidas a lo largo de los doce últimos años
están conformadas por conjuntos de actividades de distintos ritmos y
duraciones en el tiempo, abanderadas por actores diversos. Pese a su
apariencia fragmentada y diversa, tales acciones colectivas configuran
un “movimiento regional por la construcción de la provincia, la ciu-
dadanía y la reconciliación”.

2. La modalidad bajo la cual se ha forjado ese movimiento regional ha


sido la conformación de un “tercer espacio”. Es allí donde los proble-
mas particulares de cada actor logran obrar transversalmente y cons-
tituirse como fuerza que busca un objetivo común.
Guerra, ciudadanía y región 185

3. En ese “tercer espacio”, la acción colectiva por la construcción de la


ciudadanía está íntimamente ligada a las luchas por el territorio (la
Provincia) y al cierre de las heridas y fracturas subjetivas que ha de-
jado la guerra (la reconciliación). La pugna por cada uno de estos
componentes fortalece a los otros dos. La batalla por la ciudadanía
no sería igual sin la presencia de las movilizaciones sociales por la
“Provincia” y la “reconciliación”, y viceversa.

4. En la fuerza y el contenido que el “territorio” inspira pesan muy signi-


ficativamente la memoria colectiva, la conciencia de lo que han signi-
ficado los proyectos de desarrollo adelantados en la región y las frac-
turas e inequidades territoriales que han provocado y pueden seguir
provocando. En la fuerza y el contenido convocatorios de la “reconci-
liación” incide muy significativamente el hecho de que la guerra haya
desgarrado a las familias, no solo por los golpes de la violencia sino
también por la múltiple adscripción a los diversos grupos armados
que voluntaria o forzadamente han tenido algunos de sus miembros,
y la conciencia de que armados y civiles pertenecen a la misma socie-
dad. De la fuerza y contenido que inspira la “ciudadanía” hacen parte
muy significativamente las posibilidades abiertas por la Constitución
de 1991, que las mujeres fueron las primeras en desarrollar. Lo mismo
ocurre con el papel que desempeñaron las asambleas comunitarias en
la resistencia a la guerra y en la conciencia sobre el poder de la acción
conjunta que tienen la deliberación y la legitimidad que confiere esta
figura, así como en el reto de construir un movimiento de víctimas, el
cual tiene que partir de que se devuelva la palabra y la capacidad de
acción a quienes han sido des-subjetivados por la violencia.

5. La tarea cumplida por las ONG ha sido sustantiva en la configu-


ración y sostenibilidad del movimiento regional, en tres niveles:
en las labores de capacitación –en el ejercicio ciudadano y en el
conocimiento de los derechos civiles, políticos y humanos–, en la
animación sostenida de actividades y la consecución de recursos fi-
nancieros para las mismas, y en la interconexión a redes del espacio
nacional e internacional.

6. La intervención de las instituciones públicas estatales –departamen-


tales y nacionales–, tanto como de las de carácter global (Unión Eu-
186 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

ropea y Banco Mundial), ha tenido un carácter contradictorio. Si, por


un lado, ha potenciado la acción colectiva originada de manera autó-
noma en la resistencia a los efectos de la guerra, al haberle dado su
espaldarazo y apoyado política y financieramente a través del Labora-
torio de Paz II, por otro lado ha auspiciado un proceso despolitizador
y dispersador del movimiento regional.
Conclusiones generales

Las lógicas y dinámicas de la configuración y reconfiguración de una re-


gión solo son posibles de comprender si son objeto de un examen com-
plejo que permita poner en interacción las diferentes geografías del poder
que operan en la región (diversas, por el tipo de procesos y actores que
allí se debaten y por el tipo de relaciones entre las distintas escalas socio-
espaciales que las definen), y si se interpretan los efectos principales que
tales diferencias provocan en la configuración socioespacial general. Por
eso en esta investigación hemos acudido a las geografías que hablan de los
dos orientes y de las cuatro subregiones, ambas producto de la fuerza de
procesos económicos e institucionales de mediana duración propios del
discurso hegemónico vertido sobre la región. El examen hecho permite
también develar una geografía económica oculta en los discursos domi-
nantes, cosa que nos dio la oportunidad de observar y comprender cómo
el suceso del conflicto armado se relaciona con la economía regional y así
mismo la geografía política propia de los actores comprometidos en un
proyecto alternativo de región, que hemos identificado a partir de lo que
vimos emerger como “tercer espacio”.
A partir de la anterior inspección pudimos establecer de qué manera el
conflicto armado incide en la configuración regional y ésta hace igual cosa
sobre el devenir del conflicto armado. En el análisis de esa interacción entre
territorio y conflicto pudimos encontrar dos fenómenos de carácter general.
En primer lugar, las “maneras de ser regionales” tuvieron una intervención
indefectible en las lógicas y dinámicas socioespaciales de la guerra, al hacer
que éstas se acoplaran a las viejas tendencias y tensiones del desarrollo terri-
188 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

torial. En segundo lugar, la confrontación armada acentuó dichas tendencias


y tensiones.
Esta certeza se destaca en particular en tres dimensiones de la vida re-
gional:

1. Desde un punto de vista político-militar, la confrontación armada en


el Oriente antioqueño, a pesar de obedecer a lógicas nacionales (es-
trategias y ciclos generales), no hace nada diferente de asumir, y por
tanto reforzar, las lógicas propias de las geografías del poder que se
habían configurado en la región a lo largo de los últimos sesenta años.
Por un lado, la guerra no solamente se acopló a las diferenciaciones
regionales (en las maneras e intensidades que tuvo la acción en unas
y otras subregiones), sino que, con sus efectos, contribuyó a ahon-
dar la gran brecha que separa los “dos orientes”, especialmente como
efecto del desplazamiento forzado y de las oportunidades que ofreció
a la extensión de la coca en el “oriente lejano”. Pero la guerra no solo
fractura el territorio; desde otro punto de vista contribuye a idearlo
e intervenir sobre él como una unidad. Eso ocurre a partir, tanto de
las estrategias de los diversos actores armados enderezadas a apro-
piárselo y controlarlo, como de la importancia que para los poderes
centrales –regionales y nacionales– adquirió la intervención sobre la
periferia regional.
Lo que se transformó efectivamente fue la composición de las fuerzas
político-militares que controlaban el territorio: el ELN fue sustituido
por las Farc, los paramilitares asumieron otra forma de permanecer
en la región y el Ejército Nacional está desplegado, como nunca antes,
a todo lo largo y ancho de ese territorio. La gran novedad hoy, en el
panorama del conflicto, es la coca.
De otra parte, la guerra asume particularidades relacionadas con
características propias del territorio en cuestión; en este caso, con el
carácter de la población y de sus relaciones con los grupos armados
ilegales. Se encontraron dos rasgos dignos de mención: las implicacio-
nes que tuvo la raigambre regional de los frentes del ELN para ciertos
resultados que la población obtuvo en su resistencia a las acciones de
guerra contra la población civil, y las implicaciones que tendrá el ma-
nejo del posconflicto, que no habrá de tratar con una población que
“produce” grupos paramilitares, a diferencia de lo que sucede en otras
regiones del país.
Conclusiones generales 189

2. Las interacciones entre el conflicto armado y la estructura económica


regional se evidenciaron de tres maneras:

a) El conflicto afecta de manera diferenciada los distintos espacios


socioeconómicos del Oriente antioqueño, según estén ellos defi-
nidos por el asiento industrial, la infraestructura de los megapro-
yectos (centrales hidroeléctricas y autopista Medellín-Bogotá) o la
población y la actividad campesinas. Al respecto se encontró que:
- En los cinco municipios donde se asienta la industria o sobre
los cuales ésta tiene mayor poder de irradiación no se encuentra
ninguna afectación del nivel de ingresos de sus habitantes.
- Los tres municipios campesinos, que albergan el núcleo duro
de los intereses estratégicos de control sobre las hidroeléctri-
cas y la autopista, vieron afectado negativamente el nivel de
ingresos de sus habitantes y concentraron con mayor virulen-
cia las acciones que ocasionaron los desplazamientos forzados
de población.
- El resto de municipios (15), todos campesinos, situados in-
distintamente en el altiplano o en las vertientes montañosas,
manifiestan un estancamiento en el nivel de ingresos de sus
habitantes.
En otras palabras, para efectos de la interacción entre conflicto
armado y economía, lo que hace la diferencia es el carácter de su
territorio: ser industrializado, ser asentamiento de infraestructu-
ras estratégicas o ser simplemente campesino y nada más.

b) Si bien los territorios donde se asientan las infraestructuras es-


tratégicas de la economía nacional y antioqueña en general se
convierten en los grandes perdedores, paradójicamente no suce-
de lo mismo con los efectos virtuosos que esta enorme inversión
debería haber causado en tiempos de paz: sus pobladores siguie-
ron siendo tan campesinos y tan pobres como siempre. Vemos así
cómo, infraestructuras y efectos del conflicto armado en la econo-
mía guardan evidente relación directa, mientras infraestructuras y
desarrollo, ¡sorprendentemente, no! Y esa es parte de las reflexio-
nes que en el futuro deberán tenerse en cuenta con respecto a las
posibilidades y limitaciones del desarrollo regional.
190 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

c) La manera como se relacionan conflicto armado y economía per-


mitió identificar otra vía para comprender las diferenciaciones so-
cioespaciales regionales:
- un núcleo muy pequeño y concentrado de municipios cuyo ca-
rácter lo marca la actividad industrial, y que no abarca todo el
altiplano oriental antioqueño;
- una región predominantemente campesina que incluye, no solo el
“oriente lejano” sino también parte de los municipios del altiplano;
- una periferia que recorre a todo lo largo la región, de sur a nor-
te, y que no necesariamente corresponde a los municipios más
lejanos.

La percepción anterior muestra que la manera como el conflicto ar-


mado incide sobre la economía no hace sino reforzar lo que hemos
denominado la “fractura” que durante los últimos cincuenta años di-
ferenció cada vez más los “dos orientes” regionales. Mientras en los
municipios del oriente que albergan la industria el impacto sobre los
ingresos de los habitantes fue sustancialmente diferente al del resto
de la región, durante la puesta en vigor de la Seguridad Democrática,
además, los actores industriales vieron acentuadas sus posibilidades de
crecimiento como nunca antes. Suerte inversa corrió el resto de muni-
cipios de la región y con mayor énfasis los del oriente lejano, tanto los
que alojan infraestructuras de orden nacional como los que forman la
importante franja que hemos denominado periferia regional.

3. Si en los planos político-militar y económico la guerra ha contribui-


do a ahondar la fractura que divide a los “dos orientes”, esa misma
tragedia ha descargado otro tipo de efectos en la realidad socioespa-
cial, contrarios a los anteriormente enunciados: los que impulsan el
mantenimiento de la unidad y la integración de la región. Tal rasgo
emerge en el campo de las acciones colectivas que la población regio-
nal plantea ante los efectos de la contienda armada.
En un principio, la reacción contra la guerra tomó su fuerza de la ca-
pacidad que las comunidades tuvieron de aglutinarse regionalmente.
Es una capacidad que tiene raíces en el tipo de capital social propio de
esta región, un capital alimentado por una memoria y una concien-
cia de la capacidad de lucha regional en respuesta a agravios sufridos
Conclusiones generales 191

sobre el territorio. En un segundo momento, esa reacción contra la


guerra toma su fuerza de un hecho inédito: fuerzas sociales que his-
tóricamente habían estado enfrentadas aúnan sus esfuerzos. Cuando
se crea Prodepaz, poblaciones y empresas hidroeléctricas, conjunta-
mente con alcaldes y comunidades, se dirigen a la Unión Europea en
busca de cooperación internacional para establecer un Laboratorio
de Paz en la región. En un tercer momento, esa reacción contra la
guerra toma su fuerza de la transformación de ese emprendimiento
en un proyecto regional articulado y del apoyo que recibe de las ins-
tituciones públicas departamentales y nacionales y de la comunidad
internacional.

Por último, queremos destacar el carácter y las tensiones que exhibe el


proceso que sigue este proyecto regional y, por tanto, sus reales posibilidades
y limitaciones futuras.
En primer lugar aparecen los efectos socioespaciales que emergen de la
acción colectiva de los diversos actores y la construcción de ese “tercer espa-
cio” en el que, desde diferentes flancos, se propugnan objetivos comunes en
torno de la “provincia”, la “ciudadanía”, la “reconciliación”. Este es el núcleo
duro de la fuerza que construye sentidos del lugar, redes y proyectos que
contribuyan a fortalecer al conjunto del oriente como región y a señalar y
combatir las tendencias que lo fracturan.
En segundo lugar está la acción de las instituciones públicas e interna-
cionales, las cuales, si bien contribuyeron a financiar un proyecto regional
que aglutinara diversidad de actores, también impusieron condiciones que
tienen como efecto la despolitización del proceso. Tres son los ámbitos don-
de se manifiestan dichos efectos: a) la reorientación de las prioridades colec-
tivas hacia la formulación de proyectos, la mayor parte económicos, y que
va encaminada a opacar ese “tercer espacio” en el que se debate el proyecto
político regional; b) la fragmentación y reducción –en el caso del Estado
nacional– de las posibilidades de sus proyectos a multitud de microatencio-
nes de “seguridad alimentaria” o de “producción de ingresos” sin ninguna
posibilidad de proyección al futuro; c) La reorientación de las prioridades
colectivas de las asambleas municipales a la participación social en la for-
mulación de los planes de desarrollo municipal, cuyo sostenimiento quedó
atado al apoyo de las administraciones de turno.
En otras palabras, el “desarrollo” y la “gobernabilidad”, en los cuales in-
tervienen sobre todo las instituciones, tienden a despolitizar la orientación
192 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

del proyecto regional general y a fragmentar las acciones de tal manera que,
como acción de conjunto, pierden su norte. Sus efectos socioespaciales son
dispersadores.
En tercer lugar, los actores empresariales privados, formalmente compro-
metidos en el proyecto regional mediante su participación en Prodepaz, así
como, de ser convocados, a estar presentes en los foros regionales en que se
debaten los grandes asuntos y orientaciones generales del proceso, hasta hoy
han sido los grandes ausentes. Los efectos socioespaciales de tal situación
son evidentes: con su posición, los empresarios mantienen la fuerza de la
inercia de “la mano invisible de la economía”, y en vez de aportar con hechos
a la fuerza que propugna la construcción de un oriente como región integra-
da y equitativa, dejan hacer y dejan pasar los efectos de esa mano invisible
que fractura.
En definitiva, la fuerza de las diferencias dentro del proyecto regional que
persigue la construcción del oriente tiene dos caras: la que juega por él a tra-
vés de ese “tercer espacio” que recorre transversalmente las diferencias y que
une en torno de un proyecto político de “provincia” en la integridad de sus
dimensiones materiales, políticas y simbólicas, y la que le apuesta a la iner-
cia de los poderes políticos y económicos tradicionales, que, si bien en un
momento clave posibilitaron el fortalecimiento de un proyecto regional, en
los hechos posteriores lo minaron desde adentro mediante lo que pudiéra-
mos denominar resistencia a los objetivos políticos y de transformación que
identifican públicamente al proyecto regional. Por su parte, la cooperación
internacional fortalece procesos sociales y ciudadanos en espacios delimita-
dos, pero, al operar dentro del repertorio total de fuerzas regionales, acaba
también haciéndole el juego a la manía despolitizadora y fragmentadora de
las instituciones públicas nacionales.
De esa manera, la guerra en el Oriente antioqueño se rigió y reforzó al mis-
mo tiempo la tensión permanente que allí se desarrolla entre la acción de las
fuerzas que tienden a fracturar su territorio (el altiplano, de un lado, y del otro
el resto de municipios) y aquellas que configuran la región como una unidad
socioespacial diferenciable de otras y significativa para los actores que se dis-
putan en ella y por ella (esto es, el Oriente antioqueño como región).
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Consulta a las siguientes publicaciones periódicas:

- Boletín Observatorio de Paz. Oriente antioqueño.


- Comunicación Ciudadana (varias ediciones).
- El Colombiano (2000-2005).
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- El Tiempo, Archivo Virtual (2000-2005).


- Inforiente (septiembre, 2008).
- La Posada (enero-junio, 2008). Oriente antioqueño.
- Oriente Virtual, periódico virtual regional (2008-2008).
- Periódicos que figuran en el archivo de prensa del Cinep (1994-1998): Vanguardia
Liberal, El Heraldo, El Tiempo, El Mundo, El Espectador, El País, El Universal, El
Colombiano, La República, El Nuevo Siglo, Voz.
- Prensa Rural (noviembre, 2007).

Consulta a las siguientes bases de datos y estadísticas:

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nivel municipal, según renovación de número de cancelaciones.
Cámara de Comercio del Oriente Antioqueño. Análisis comercial y empresarial. (Acer).
Oriente antioqueño, 2007. Disponible en: http://www.ccoa.org.co/sitio/analisis_es-
tadistico.php
Cerac: acciones armadas, homicidios.
Codhes: número de personas desplazadas forzosamente, según lugar de origen y lugar
de destino.
Dane. Censo de Población del DANE. Población 1938-2005. Mercado laboral, por sec-
tores.
DNP- Sisd- Dane: indicadores de NBI: 1993-1999-2005, ICV: 1993, 1999.
DNP: base de datos que contiene ingresos corrientes, gastos corrientes, ingresos de ca-
pital, gastos de capital y financiamiento de la deuda.
Gini: indicadores de concentración de la tierra.
Kilómetros y estado de las vías, discriminadas por la red secundaria-terciaria y la vía
principal (2003).
Ley de desplazamiento forzado.
Ley de Justicia y Paz.
Observatorio de Derechos Humanos de la Vicepresidencia de la República: indicadores
del conflicto armado interno en Colombia.
ONU-Simci: estadísticas anuales de presencia de cultivos de coca.
Prodepaz, Sirpaz, 2001-2004-2007: información en el nivel veredal de un índice de cali-
dad de vida descompuesto en: infraestructura, población, conexión con el merca-
do, educación, participación política en la región.
Prodepaz. Balance social, 2006. Prodepaz, Rionegro, 2006, en: http://www.prodepaz.
org/publicaciones.shtml?apc=e1a1--&x=404
Prodepaz. Informe regional, territorio del oriente antioqueño. Prodepaz, Rionegro,
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me_Regional_enero_marzo_07.pdf
Secretaría de Agricultura, Anuario Agropecuario: Cultivos transitorios y permanentes
en términos de área sembrada, área cosechada, producción y rendimiento.
Superintendencia Financiera. Asobancaria: dinero del sistema bancario movilizado por
medio de captaciones y cartera de las entidades financieras.
Vicepresidencia de la República: tasas de homicidios.
Anexo 1
Relación dinámica entre indicadores de homicidios,
combates y desplazamiento forzado.
Oriente antioqueño, 1997 – 2007

Entre tasas de homicidio y la del total de acciones armadas se observa un com-


portamiento similar durante el tiempo del escalamiento del conflicto, 1997-2000,
tal como lo muestra la gráfica 17, en la que paulatinamente aumentan una y otra.
Pero luego, durante los años 2001 y 2002, cuando se observan picos elevados en las
tasas de homicidios, éstos no coinciden con la tendencia en los eventos armados
que muestran una tendencia al estancamiento.
Ahora bien, el desfase que encontramos en la dinámica de estas dos variables
en los períodos señalados puede obedecer, a manera de hipótesis, a la especial
ferocidad que las acciones paramilitares sostuvieron entre los años 2001 y 2002,
asunto manifiesto en las masacres efectuadas por ellos en el 2001, con un total de
26 (la guerrilla es responsable de dos y grupos no identificados de seis). En total
son 38 masacres registradas para ese año. (Véase gráfica 18)
Los años 2003 y 2004 representaron para el Oriente antioqueño una época
de avance militar de las Fuerzas Militares y de las Farc; los combates se incre-
mentaron y ello incidió en el alto número de eventos registrados para ese año.
Las tasas de homicidio en estos dos años, a pesar del alto número de eventos ar-
mados, disminuyeron; la explicación quizá se encuentre en que del total de esos
eventos la mitad corresponden, precisamente, a combates. Es decir: las acciones
armadas, de incidencia mayoritaria en la población civil, disminuyeron en esos
años (véase gráfica 19).
Por su parte, el desplazamiento forzado sufrió un incremento importante entre
los años 1999 y 2000. Para los años 2001 y 2002 tendió a disminuir en correspon-
dencia con una relativa débil baja en las acciones armadas. En términos generales la
curva de los eventos armados (como sumatoria total de las acciones unilaterales de
los cuatro grupos) guarda relación con el aumento o disminución en el número de
desplazamientos. Es así que, para los años 2003 y 2004, momentos en que las ofensivas
militares en la región se incrementan, también lo hace el número de desplazados; ante
el descenso posterior de la actividad armada, el desplazamiento forzado también cede.
Las gráficas 20, 21 y 22 relacionan el número de eventos armados con el número total
Gráfica 17
Tasas de homicidios y eventos armados.
Oriente antioqueño, 1997-2007

250 250

204
200 183 200

150 135 130 150

100 84 91 100
79
206 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

61 64
46
50 29 50

0 0
1997 1998 1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007

Tasas de homicidio Eventos Armados

Fuente: Cerac
Gráfica 18
Tasas de homicidios y masacres paramilitares.
Oriente antioqueño, 1997-2007

250 30

26 25
200
20

150
15

12 12
10
100
6 5
4
50 2
1 1 0
0 0 0

0 -5
1997 1998 1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007

Masacres Paramilitares
Tasas de homicidio

Fuente: Cerac
Anexo 1 207
Gráfica 19
Relación entre eventos del conflicto armado y combates.
Oriente antioqueño, 1997-2007

250
214

200
164
147 152 148 143
150
127
120

100 89
101
74
208 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

74
47
50 51
43
26 26 26 30
19 16 21
0
1997 1998 1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005 2006 2007

Eventos armados Combates

Fuente: Cerac
Gráfica 20
Número de desplazados y eventos armados totales.
Oriente antioqueño, 1999-2005

14000 250

12000
200
10000

8000 150

6000
100

4000
50
2000

0 0
1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005

Número de desplazados Eventos armados

Fuente: Codhes (Desplazamiento) Cerac (Acciones)


Anexo 1 209
Gráfica 21
Número de desplazados y eventos armados: fuerzas estatales.
Oriente antioqueño, 1999-2005

14000 50

45
12000
40
10000
35

8000 30

25
6000
20
210 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

4000 15

10
2000
5
0 0
1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005

Número de desplazados Eventos fuerzas estatales

Fuente: Codhes (Desplazamiento) Cerac (Acciones)


Gráfica 22
Número de desplazados y eventos armados: Farc.
Oriente antioqueño, 1999-2005

14000 45

40
12000
35
10000
30

8000 25

6000 20

15
4000
10
2000
5

0 0
1999 2000 2001 2002 2003 2004 2005

Número de desplazados Eventos Farc

Fuente: Codhes (Desplazamiento) Cerac (Acciones)


Anexo 1 211
212 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

de desplazados y la relación entre número de desplazados y acciones de las fuerzas


estatales, tanto como las acciones de las Farc.
Para el año 2003, momento en que en el Oriente antioqueño se presenta el
más alto número de personas desplazadas, este fenómeno afectó principalmente
a los municipios de la zona de embalses, bosques y páramos, epicentros de las
operaciones militares. El mapa 35 permite dar cuenta de la expresión territorial
de dichos efectos.

Mapa 35
Desplazamiento forzado, 2003
Anexo 2
Respuestas sociales al conflicto armado.
Oriente antioqueño, 1994-2008*

* Fuentes: Inforiente www.inforiente.org; Oriente virtual www.orientevirtual.org; Periódico


El Tiempo www.eltiempo.com; Periódico El Colombiano; Pnud www.pnud.org; Revista Se-
mana; Conciudadanía. Archivos facilitados; Laboratorio de Paz. Documentos facilitados;
Archivo de prensa del Cinep.
214 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


07/06/1994 La Diócesis Sonsón-Rionegro promueve Oriente antioqueño.
encuentros sectoriales para comprometer
en un proyecto de paz.

00/00/94 Monseñor Flavio Calle promueve crea- Oriente antioqueño.


ción de la Comisión Vida Justicia y Paz.

00/10/96 Primera asamblea en San Luis. San Luis.

00/01/1996 Se crea consejo de conciliación de San San Luis.


Luis; adelanta encuentros con distintos
actores armados.

1996-2001 Acercamientos humanitarios. Oriente antioqueño


27/08/1997 Marcha silenciosa por la paz en Rionegro. Rionegro.

07/10/1997 Por la vida, la justicia y la paz: ¡a mar- Rionegro.


char!
Anexo 2 215

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


Para detener la violencia, la Diócesis Sonsón-Rionegro programó una serie de encuentros con
representantes del Oriente antioqueño para comprometerlos en un proyecto de paz. Ya se realizó
el primero con el sector empresarial; los demás serán con el sector de la educación, alcaldes y
concejales, asociaciones de economía solidaria, organismos no gubernamentales y la comunidad
en general. El trabajo, por ser pastoral, está dirigido a las conciencias, a convencer a las gentes
de los efectos desastrosos de la violencia e invitar a todos a cooperar en la tarea de la paz. Está
previsto para arrancar a mitad del presente año (1996), con un costo cercano a 700 millones de
pesos. Consta de tres grandes campos. En el primero, el de la concientización hacia la paz, em-
plearán el mensaje por medio de cartillas y publicaciones con contenidos que formen en valores
y despierten actitudes y comportamientos favorables a la convivencia pacífica. El segundo tiene
que ver con la formación de líderes, labor en que el oriente ha sido destacado. Serán personas que
fomenten la solidaridad y el compromiso con la comunidad. El tercer campo comprende una serie
de proyectos encaminados al fortalecimiento de las relaciones familiares. Junto a esta labor estará
la presencia de las Fuerzas Armadas con el nuevo Batallón de Policía Militar, el reforzamiento
del número de agentes de policía y la adquisición de nuevos equipos, como vehículos y radios. El
Batallón Pedro Nel Ospina trasladará su sede a una zona intermedia entre Guarne y Rionegro y se
construirá un centro para el menor infractor.
Monseñor Calle fue el primero en advertir lo que se avizoraba en el Oriente del departamento con
el envalentonamiento del frente Carlos Alirio Buitrago, del ELN, el frente 9 de las Farc y la salida
al paso de las Autodefensas.
Llegó al departamento en 1993 y en 1994 ya había convocado a los dirigentes, empresarios, sin-
dicatos, floricultores y todos los sectores sociales para conformar la Comisión de Vida, Justicia y
Paz, que ha mediado en momentos críticos del conflicto armado.
Se reúnen más de 50 líderes, entre quienes se cuentan dirigentes institucionales (Alcaldía, Perso-
nería y otras instituciones de orden local), representantes del comercio, trabajadores de la empresa
Cementos Ríoclaro, líderes y representantes de organizaciones comunitarias urbanas y rurales,
todos los cuales actúan como voceros de la población, en igualdad de condiciones.
Cuando el ELN dinamitó las torres de energía que surtían a Cementos Ríoclaro, la empresa se vio
obligada a cerrar: se afectaron 350 empleos directos en el municipio.
“Con lo que hacemos salvamos la vida de mucha gente. No mataron a 23 muchachos que tenían
en una lista (...) Las Farc dejaron de pedir préstamos a 33 comerciantes, quienes por ese moti-
vo iban a abandonar el pueblo. Los paramilitares permitieron que los habitantes de Aquitania
volvieran a hacer mercados grandes, que estaban prohibidos con la idea de ‘matar de hambre’
a la guerrilla” (declaración de Berta Martínez y Agustín Tobón en 2001). El párroco afirma que
actualmente (octubre de 2001) San Luis es el municipio de la región que tiene menos muertos por
motivo de la violencia.

“Una marcha silenciosa, denominada ‘Oración por la paz’, se realizará mañana en Rionegro en
rechazo a la situación de violencia que atraviesa el país y en especial el Oriente antioqueño (…)
La Cámara Junior de Colombia, capítulo Oriente antioqueño, convocó a todos los estamentos
gubernamentales, municipales, eclesiásticos, entidades privadas, fuerzas militares, instituciones
educativas, corporaciones y a la comunidad en general para que se unan a la marcha, que partirá
del parque principal de Rionegro a las once de la mañana”.
“Mañana se realizará una marcha que integra los esfuerzos de la Iglesia católica del Oriente antio-
queño y de los organizadores del Mandato Ciudadano por la Paz. Una oportunidad para que los
habitantes de esta región expresen su rechazo al conflicto armado y su deseo de que se solucione
mediante el diálogo”.
216 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


09/10/1997 Caravana. Mensaje de convivencia sonó Oriente, 26 munici-
en Antioquia. Ayer las chivas agitaron pios. Concentración
la paz. en Rionegro.

22/08/1998 Concentración en el parque y cierre del Granada.


comercio. Se iza la bandera con una cinta
blanca. Granada se reúne por su
alcalde.

07/03/1998 Jornada de silencio en La Ceja. Marcha. La Ceja.

15/03/1998 Mañana en Argelia marcharán por el Argelia.


pronto regreso del alcalde.
01/11/1998 La comunidad expresa indignación y San Carlos.
rechazo por la incursión de los ‘paras’.
Protesta general en San Carlos.

00/00/1998 Primer Consejo Provincial de Paz. Oriente antioqueño.

20/05/1999 El Porvenir, primero del país en decla- Rionegro: barrio El


rarse neutral en el conflicto armado. Un Porvenir.
barrio quiere ser Comunidad de Paz.

29/01/2000 Marcha por la paz. Oriente antioqueño,


Rionegro y resto de
Antioquia.

11/03/2000 Nutrida marcha por la paz y la libertad. Guatapé.


Anexo 2 217

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


“Cerca de quince mil personas, entre delegaciones de los 26 municipios del Oriente antioqueño,
grupos juveniles, combos desarmados de Medellín, estudiantes, líderes comunales, organizacio-
nes no gubernamentales, colmaron ayer la plaza principal de Rionegro, al cabo de una entusiasta
caravana. La numerosa manifestación, que selló con broche de oro esta primera toma de las re-
giones afectadas por la violencia, significó un sí contundente a la ratificación del compromiso de
los colombianos para construir un país en paz”. “Más de 5.000 personas del Oriente antioqueño se
reunieron ayer en la plaza de Rionegro para pedir una vez más por la paz y la justicia social. Para
pedir que se silencien los fusiles y que vibren las palabras. Para pedir que no mueran más inocen-
tes ni culpables. Para que en este país no sea asesinado nadie” (otra fuente de prensa).
Con una concentración en el parque principal de la población, los habitantes del munici-
pio de Granada, Oriente antioqueño, manifestarán su inconformidad por el secuestro de su
alcalde, Carlos Mario Zuluaga, y demás burgomaestres que están en poder de la guerrilla.
Con motivo del acto, que se celebrará a las tres de la tarde de hoy, los comerciantes cerrarán las
puertas de sus establecimientos e izarán la bandera de Granada con una cinta blanca en señal de
protesta.
Sin pronunciar palabras y sin consignas, pero agitando pañuelos blancos, los cejeños marcharon
desde los cuatro puntos cardinales del municipio para rechazar la violencia que padecen en las
zonas rural y urbana desde que el conflicto entre guerrilleros y paramilitares se extendió a esta
región del departamento.
Movilización por el pronto regreso del alcalde secuestrado por la guerrilla.

17 organizaciones comunitarias del municipio de San Carlos, así como la administración mu-
nicipal y el Colectivo Derechos Humanos Semillas de Libertad, cuestionaron la negligencia de
las autoridades nacionales y departamentales en la superación de los efectos provocados por la
masacre perpetrada por paramilitares hace ocho días en este municipio del Oriente antioqueño.
Primera Asamblea Provincial de Paz, preparatoria de la primera sesión nacional de la Asamblea
Permanente de la Sociedad Civil por la Paz. Desde entonces se realizaron periódicamente sesiones
de la Asamblea Provincial de Paz.
El susto que pasaron los 17.000 habitantes del barrio El Porvenir hace mes y medio, cuando se des-
activó una carga de 200 kilos de nitroglicerina pura cerca del comando de la policía de Rionegro,
en el Oriente antioqueño, dejó tan inquietos a sus líderes comunales, que decidieron movilizarse
para que la guerra no pueda pasar por las calles de la población.
Las calles se llenaron de gente que pedía a guerrilleros y paramilitares dejar de masacrar, secues-
trar, derribar torres de energía y atemorizar a los antioqueños. Por la gran cantidad de caminantes,
Envigado, Itagüí, Bello y los 11 municipios de Urabá sobresalieron en la respuesta que dieron a la
propuesta del gobernador, Alberto Builes Ortega, de marchar en toda Antioquia como respuesta
a las 18 torres de energía derribadas por la guerrilla, el racionamiento del servicio y las muertes
de 22 campesinos en la última semana. En Rionegro, 5.000 niños recorrieron seis cuadras de la
marcha.
“Una caravana compuesta por más de cinco mil personas recorrió ayer las vías del Oriente antioque-
ño y se congregó en el municipio de Guatapé para reclamar la libertad de un ingeniero, un vende-
dor y 27 operarios en poder del frente Carlos Alirio Buitrago, del ELN, desde el pasado 3 de marzo”.
“Con el ánimo de reclamar la entrega de sus compañeros de trabajo, cuatro mil empleados de ISA,
Isagen y Empresas Públicas de Medellín, y por lo menos mil habitantes más de la región, ondearon
banderas y pañuelos blancos en una manifestación que clamó a los actores del conflicto armado
respeto por la población civil indefensa”.
218 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


11/04/2000 Alcaldes proponen mesa de concertación Oriente antioqueño.
con la guerrilla, las autodefensas, las
autoridades civiles y la comunidad.

02/06/2001 Hoy y mañana se reúne en Guatapé el Guatapé.


Consejo Provincial de Paz. El Oriente
antioqueño busca la paz.

1996-2001 Diálogos y negociaciones de comunida- Oriente antioqueño,


des y alcaldes con grupos armados. municipios.

30/08/2001 Corporación Vida Justicia y Paz. Oriente antioqueño.

28/09/2001 Alcaldes del oriente se declaran en sesión Oriente antioqueño.


permanente por la humanización del
conflicto armado.

10/2001 Los alcaldes están en diálogo con distin- Oriente antioqueño.


tos actores armados.
Anexo 2 219

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


La propuesta surgió como la única alternativa que les queda, en vista de la desaten-
ción del gobierno nacional. Llamados e iniciativas ciudadanas hechas a través de la
Corporación Vida, Justicia y Paz, el Consejo Provincial de Paz y cinco asambleas rea-
lizadas no han tenido respuesta alguna, dicen en comunicado a la opinión pública.
“Me parece que el Gobierno Nacional se centró en el Caguán y se olvidó de que la paz hay que
hacerla también en Antioquia, donde hemos sido más golpeados y azotados por el terrorismo in-
discriminado del ELN, igualmente con la intimidación de las autodefensas a nuestros campesinos
de la autopista Medellín-Bogotá”, dijo el gobernador encargado de Antioquia, Fernando Argiro
Aristizábal, quien presidió el encuentro. Javier Ignacio Molina, director ejecutivo de la Cámara de
Comercio del Oriente, explicó que los sectores empresariales y comerciales están comprometidos
con la paz y acogerán la propuesta de una mesa de concertación.
El recrudecimiento de la violencia en el Oriente antioqueño será analizado este fin de semana en
Guatapé por organizaciones de derechos humanos y autoridades de los municipios afectados. Las
sesiones se desarrollarán en el auditorio de la Casa de la Cultura de esa población, desde las 9 de la
mañana de hoy. “Durante estos días estará sesionando en el auditorio de la Casa de la Cultura de
esta población el Consejo provincial de paz, en representación de los 26 municipios del Oriente
antioqueño. De igual manera, estarán presentes las cuatro administraciones municipales que ha-
cen parte del proyecto ‘100 municipios de paz’, es decir, San Luis, San Vicente, Guatapé y Sonsón
y los personeros de los municipios de Granada, Marinilla, Guarne, Nariño, Argelia, Carmen de
Viboral, La Unión y Sonsón”. Se espera a miembros de la Iglesia, las ONG del oriente y delegados
de la empresa privada.
Pronunciamiento de Fedemunicipios “para bajarle la intensidad al conflicto armado”: “Mientras
el Estado sea impotente para garantizar la gobernabilidad local (neutralizar los atropellos contra
la población civil), vamos a tener alcaldes desesperados recurriendo a ideas como las del Oriente
antioqueño”. Fedemunicipios acepta dialogar y acordar con respecto de asuntos humanitarios,
no con asuntos de gobierno, como disponer la localización de la fuerza pública. Fabio Villa, pre-
sidente de la Federación de Concejales, afirma: “son acuerdos humanitarios a pequeña escala. Se
trata de sobrevivir”.
Carta enviada al Presidente sobre nuevas fórmulas de negociación con los grupos armados ilega-
les: “La Corporación Vida, Justicia y Paz, el Obispo Diocesano (Flavio Calle Zapata), los sacer-
dotes, los alcaldes y todas las fuerzas vivas hacemos un llamado suplicante al ELN, las Farc, las
Autodefensas y los demás grupos al margen de la ley para que cesen de golpear a la sociedad civil
y para que sus acciones violentas cedan el paso al diálogo responsable y serio por la paz”.
Los alcaldes del Oriente antioqueño se declaran en sesión permanente. En declaración pública
afirman que reconocen la centralidad del gobierno nacional en las negociaciones de paz pero
exigen acciones para restablecer la gobernabilidad. Como ciudadanos, no aceptan tomar una
posición pasiva. Expresan la decisión de establecer conversaciones con los actores del conflicto
armado en el Oriente antioqueño, dirigidas a asuntos puntuales de carácter humanitario.
La presión sobre los alcaldes y los efectos de la guerra en el Oriente antioqueño: en 2001 van ya
12 tomas de pueblos en tres años y 1.350 víctimas mortales; secuestro del alcalde de Sonsón y de
un funcionario de Cocorná; 23 masacres de paramilitares, entre ellas la del pasado junio en San
Carlos y de Cocorná en noviembre, y los 482 desplazados de San Luis en el último año; presión a
cientos de moradores de las 14 veredas de la autopista Bogotá-Medellín, en el trayecto Santuario-
Puerto Triunfo (Ríoclaro-Altobonito); desplazamiento por orden de las AUC (deshabitar una
franja de 200 metros a lado y lado de la carretera); orden del ELN de desocupar un área de 100
metros alrededor de las estaciones de policía construidas en las plazas de los pueblos…
220 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


25/10/2001 Alcaldes y ELN suscriben acuerdo. Montañas de Antio-
quia.

31/10/2001 Gobierno nacional responde.

10/11/2001 Párrocos del Oriente antioqueño apoyan Oriente antioqueño.


a alcaldes por acercamiento humanitario.

10/11/2001 Marcha “Sí a la vida”. Rionegro.


Anexo 2 221

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


Encuentro de los alcaldes con Timoleón, comandante del frente Carlos Alirio Buitrago, del ELN.
Los alcaldes del Oriente antioqueño, en su mayoría conservadores del grupo de Fabio Valencia
Cossio y Luis Alfredo Ramos, conforman la comisión de diálogo. Propuesta al ELN: suspender los
ataques a las torres de energía; respetar a una policía cívica (no armada); cesar el fuego si el gobier-
no hace inversión social y adelanta la construcción de la hidroeléctrica de Rioverde. Resultado del
encuentro: acuerdo de suspender transitoriamente (seis meses) las hostilidades, no bombardear a
las poblaciones mientras se gestiona la reubicación de los cuarteles de policía y volver a la policía
comunitaria (la “Ley Timoleón”).
Respuesta del gobierno nacional: solo el gobierno puede negociar, los comandos de la policía no
van a retirarse, la misión del gobierno no es apaciguar regiones sino procurar que haya paz en la
totalidad del país. Firman el documento el ministro del Interior, Estrada Villa, y el director de
Fedemunicipios, Gilberto Toro. Es un acto desesperado impulsado por la impotencia del Estado.
Los párrocos de los 23 municipios del Oriente antioqueño se sumaron ayer a las voces de apoyo
que han recibido los alcaldes de la región en sus acercamientos humanitarios con los grupos ar-
mados.
“Conscientes de la gravedad del conflicto armado, que golpea duramente a nues-
tras gentes y poblaciones, apoyamos las gestiones de nuestros alcaldes, pues ellas per-
miten vislumbrar algunas soluciones”, dicen los sacerdotes en el comunicado.
Antes se habían mostrado a favor de la gestión Ana Teresa Bernal, directora nacional de Redepaz,
y el Comisionado de Paz de Antioquia, Gilberto Echeverri. En contra lo han hecho el ministro del
Interior, Armando Estrada Villa, altos oficiales del Ejército y la Policía y el Bloque Metro de las
Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (Accu).
El pronunciamiento de la Iglesia católica (que tiene 280 sacerdotes en toda la re-
gión) se conoció justo cuando en Rionegro centenares de habitantes participaban en
la marcha “Sí a la vida”, organizada por la Alcaldía y la Diócesis de Sonsón-Rionegro.
“Tenemos que hacer un gran movimiento porque el oriente no puede quedarse solo, mien-
tras el Gobierno Nacional es incapaz de hacer algo”, aseguró el padre Gilberto Muñoz, párro-
co de Marinilla. Según el sacerdote, todos los párrocos seguirán acompañando a los fun-
cionarios en los actos que se organicen para difundir la propuesta. Antes de la marcha de
Rionegro de ayer, el pasado 5 de noviembre se hizo una concentración en el cementerio de Ma-
rinilla para protestar por los más de mil muertos que ha dejado este año el conflicto armado.
Reunión de alcaldes: pasada la marcha, se reunieron en Rionegro 9 de los 23 alcaldes, para co-
menzar a preparar su encuentro de la próxima semana con el Alto Comisionado de Paz, Camilo
Gómez.
En esa ocasión clarificarán el encuentro realizado con el ELN el 25 de octubre y lo que planean
hacer con las Farc y las Autodefensas para disminuir el conflicto en la región. En la gestión con
el frente Carlos Alirio Buitrago, el grupo guerrillero se comprometió a cesar por seis meses los
ataques a los comandos policiales, y los alcaldes a ventilar el tema del traslado de las estaciones de
policía y la creación de una policía comunitaria.
“Antes del martes, nos definen el día y el sitio de reunión. Ya le enviamos al Alto Comisionado
un listado de ocho municipios candidatos para la sede del encuentro”, dijo Humberto Restrepo,
alcalde de El Carmen de Viboral. En esa lista están Sonsón, La Unión, El Carmen de Viboral, La
Ceja, El Retiro, Rionegro, Marinilla y El Santuario.
Centenares de habitantes de Rionegro participaban en la marcha Sí a la Vida, organizada por la
Alcaldía y la Diócesis Sonsón-Rionegro.
222 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


00/11/2001 Alcaldes del Oriente antioqueño confor- Oriente antioqueño.
man Consejo de Alcaldes.

10/01/2002 Alcaldes del oriente invitados por Suiza Oriente antioqueño


y España.
02/08/2002 Alcaldes del Oriente antioqueño, go- Bogotá.
bernadores del “Bloque de la Surcolom-
bianidad” y el Gobernador de Bolívar
plantean necesidad de mantener alguna
interlocución con actores armados con
fines humanitarios.

00/08/2002 Alcaldes presentan propuesta de diálogo. Oriente antioqueño.

14/09/2002 Aprobada Asamblea Provincial Consti- Marinilla.


tuyente.

14/09/2002 Resoluciones de la I Asamblea Provincial Marinilla.


Constituyente.
Anexo 2 223

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


Los alcaldes del Oriente antioqueño continuaron con sus objetivos, dejando de focalizarlos so-
bre los acercamientos humanitarios (que desdibujaban las obligaciones normativas y éticas de la
administración pública: labor para las víctimas de la guerra, desplazados y pueblos destruidos).
“La acción humanitaria es más importante que el acercamiento humanitario (...) es convertirla en
actos de construcción de Estado y de reforzamiento de las condiciones de ciudadanos”.
Se trata del empoderamiento de su propio destino por parte de la población del Oriente antioque-
ño: cerca de 600.000 personas de 26 municipios...
Exponen el documento “Construcción del territorio”.

El 2 de agosto, durante la “Cumbre nacional de autoridades locales” realizada en Bogotá, los al-
caldes del Oriente antioqueño, los gobernadores del llamado “Bloque de la surcolombianidad” y
el gobernador de Bolívar plantearon la necesidad de mantener o establecer alguna interlocución
con los actores del conflicto armado, con fines humanitarios y para permitir el desarrollo local.
Apoyo a diálogos.
Coyuntura de amenaza generalizada de las Farc a todos los alcaldes para que renuncien a sus
cargos.
Ayer, 15 de los 23 alcaldes presentaron su propuesta de diálogo en una reunión que se llevó a cabo en Me-
dellín con el Alto Comisionado de Paz, Luis Carlos Restrepo, el gobernador encargado de Antioquia,
Eugenio Prieto Soto, y el comandante departamental de la Policía, coronel Pedro Antonio Molano.
Los 23 mandatarios, que desde octubre pasado han desarrollado gestiones con el ELN y las Autode-
fensas Campesinas del Magdalena Medio, están por fuera de sus municipios hace casi dos meses, des-
pués de que las Farc les enviaran una carta que exigía su renuncia, que la Gobernación no ha aceptado.
“Hay un gran esfuerzo por parte de los alcaldes para encontrar salidas humanitarias. Este tipo
de acercamientos los valoramos y en ningún caso pueden entenderse como políticas de diálogo
regional”, afirmó Restrepo. El Comisionado aseguró que el Presidente está interesado en encontrar
salidas regionales y territoriales al conflicto, siempre y cuando sean monitoreadas por el gobierno.
El 14 de septiembre de 2002, en la IX sesión de la Asamblea Provincial de Paz y ante la inti-
midación de las Farc a los alcaldes populares, la Asamblea se proclamó Constituyen-
te y enfatizó su vocería como expresión de la soberanía del pueblo para respaldar a los alcal-
des elegidos por voto popular. Aunque la propuesta era ventilada hace varios meses por
líderes de la zona y organizaciones como Redepaz y Conciudanía, el proceso se aceleró
por la crisis de gobernabilidad desencadenada por las amenazas de las Farc a los alcaldes.
También ayudó la unión de los 23 mandatarios, que desde octubre del año pasado han gestionado
acercamientos humanitarios con los grupos armados. Entre sus logros está el hecho de que el ELN
y las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio hayan procedido simultáneamente a no
efectuar bloqueos de víveres y del transporte de las poblaciones. “No sabemos movernos en este
nuevo escenario de la Asamblea Constituyente. El reto es aprender y priorizar los temas que se
trabajarán, porque el panorama es muy amplio”, comentó el padre Miguel Ángel Salazar, delegado
de la Diócesis Sonsón-Rionegro.
Además de comenzar a escoger los 400 mandatarios que la conformarán, los temas que siguen
en la agenda de la asamblea son los de continuar con los acercamientos humanitarios, articular
los planes municipales de desarrollo y los planes para la reactivación agrícola y la generación de
empleo.
Resolución N° 1, sobre el diseño de la Asamblea Provincial.
Resolución N° 2, sobre gobernabilidad.
Resolución N° 3, sobre derechos humanos y Derecho Internacional Humanitario.
Resolución N° 4, sobre desarrollo económico y social.
224 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


28/10/2002 Se firma Carta de compromiso para crear El Carmen de Viboral.
Laboratorio de Paz.

12/10/2002 Reunión de la comunidad por el respeto Argelia.


a la vida de los civiles. Conformada
Asamblea Comunitaria por la Paz Muni-
cipal de la Bondad (Acpm).

06/11/2002 Alcaldes esperan que el ELN no desista. Rionegro.

16/11/2002 Seminario sobre experiencias de paz: Rionegro.


Tejiendo la paz en medio de la guerra.

01/11/2002 Gobierno nacional protocoliza Laborato- Bogotá.


rio de Paz para el Oriente antioqueño.
Anexo 2 225

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


Laboratorio de Paz: plataforma política sobre una alternativa de cooperación interinstitucional,
comunitaria y gubernamental para avanzar en un proceso de paz y desarrollo de la región.
En razón de esto, los suscritos vicepresidente de la República de Colombia, gobernador de An-
tioquia y alcaldes del Oriente antioqueño declaran iniciado el proceso de Laboratorio de Paz del
Oriente Antioqueño, fundamentado en dos grandes ejes:
1. Convivencia y seguridad ciudadana integral, a través de la articulación de políticas de paz del
gobierno nacional, departamental y provincial.
2. Modelo de desarrollo social y económico pertinente y apropiado a la región, en una alianza
solidaria-empresarial del sector público, el sector privado, el sector comunitario y la cooperación
internacional.
• La comunidad se integró en asamblea y no abandonará la población, pese a amenazas.
• El alcalde afirma que intentará seguir con sus funciones en su despacho.
• En otros municipios del Oriente antioqueño piden que cesen los asesinatos.
• Animados por la Iglesia y otras organizaciones comunitarias, los habitantes de Argelia confor-
maron la Asamblea Comunitaria por la Paz Municipal de la Bondad (Acpm). Declaran que no
quieren que se señale a su municipio como un pueblo fantasma y que por eso se manifestaron con
banderas blancas en la plaza del pueblo. El 24 y 25 de octubre se realizará en Argelia la fiesta por
la vida y la gran asamblea comunitaria por la paz municipal, con el propósito de fortalecer la idea
de un municipio al margen de las armas.
“Pese a la decisión del Ejército de Liberación Nacional de apartarse de los acercamientos huma-
nitarios y de la propuesta del Laboratorio de Paz del Oriente antioqueño, las autoridades locales y
regionales confiaron ayer en que no se pierdan los avances logrados con el grupo guerrillero (…)
para el ELN, los alcaldes interrumpieron el contacto desde hace seis meses, en el proyecto regional
no fueron integrados todos los sectores sociales y políticos –incluida la guerrilla– y los grupos de
autodefensa mantienen bloqueos en algunas zonas rurales del oriente”.
Ayer comenzó en Quirama el seminario internacional “Experiencias de promoción de la convi-
vencia pacífica en zonas afectadas por el conflicto”. En el evento, que tuvo ayer su primera jornada,
se expuso la factibilidad de los laboratorios de paz y la experiencia de la red de escuelas y bandas
de música de Medellín. “El evento, organizado por Conciudadanía, pretende mostrar a los asis-
tentes diferentes experiencias que se desarrollan en materia de construcción de tejido social y
convivencia en el ámbito regional, local e internacional”.
El gobierno destina sumas de dinero para invertirlas en proyectos de desarrollo sectoriales y cons-
trucción de vivienda, prioritarios para 23 municipios. Los costos iniciales se han calculado en
$120.000 millones. Los municipios y el departamento deberán hacer sus aportes. Hacia la seguri-
dad alimentaria y la generación de empleo.
226 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


00/00/2002 Consejo de alcaldes se reúne por segunda Oriente antioqueño.
vez con el gobierno nacional para discutir
propuesta de Laboratorio de Paz.

21/11/2002 Marcha y acto simbólico con motivo del Granada.


Día de la no Violencia contra la Mujer.
21/11/2002 Alcaldes presentes en la Asamblea De- Medellín.
partamental piden respaldo a Laboratorio
de Paz del oriente.

27/11/2002 Alcaldes piden autorización al gobierno Oriente antioqueño.


para más “acercamientos humanitarios”.
Anexo 2 227

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


El Consejo de Alcaldes del Oriente, con respaldo de la gobernación de Antioquia, presentó
al gobierno nacional una propuesta de “laboratorio de paz”, alternativa a la de “zona de re-
habilitación y consolidación”, ésta última más orientada a dar al oriente el tratamiento de
un escenario de guerra, acorde con la política de seguridad que promueve el actual gobierno.
Rionegro: precisar más los proyectos de desarrollo económico propuestos por los 26 mu-
nicipios del Oriente antioqueño y proveer las herramientas para que una experiencia como
la del Laboratorio de Paz, que se inició allí hace un mes, se multiplique en otras zonas del
departamento, son dos de los principales compromisos que adquirieron ayer los gobier-
nos nacional y departamental. Así lo ratificaron en reunión con los 22 alcaldes que ha-
cen parte del proyecto y que se reunieron por segunda vez para evaluar este proceso.
Entre las 8 a. m. y las 12:30 p. m. los mandatarios locales trabajaron en Rionegro con el vi-
cepresidente, Francisco Santos; el gobernador de Antioquia, José Eugenio Prieto, y va-
rios líderes empresariales y cívicos de la región en el perfeccionamiento de los proyectos
cooperativos y empresariales con los que pretenden dinamizar el comercio de esa zona del de-
partamento y promover el retorno de todas las familias que se han desplazado por los múltiples
hechos violentos protagonizados por el ELN, las Farc y las AUC, que hacen presencia en la zona.
Precisamente, a pesar de la reciente masacre ocurrida el pasado fin de semana en inmediacio-
nes de San Luis, San Carlos y Granada, todos pueblos participantes del Laboratorio, poco se
tocó el tema del conflicto armado, que sigue golpeando a los habitantes del Oriente antioqueño.
No obstante, el director de la Corporación Vida Justicia y Paz, monseñor Flavio Calle, quien tam-
bién participó en la reunión, pidió al gobierno mayor atención frente a la crisis de orden público
registrada recientemente y llamó la atención del Vicepresidente sobre lo delicado de la situación.
A su voz se unió la del alcalde de El Carmen de Viboral, Humberto Restrepo García,
quien agregó que “no solo son las masacres sino los bloqueos de abastecimiento impues-
tos a algunos municipios los que afectan la tranquilidad de la región. Fuimos muy reitera-
tivos en pedirle al Vicepresidente que hiciera algo para que a la gente le pueda entrar co-
mida. Uno no ve la diferencia entre eso y que a alguien le pongan un arma en la cabeza”.
Al terminar la discusión, Francisco Santos viajó a San Luis y programó una nueva reunión con los
alcaldes para el próximo 20 de enero [EJG].
“A las 9 a. m. comenzará una marcha desde la estación de gasolina de la población hasta la Escuela
Central, donde delegados de los 23 municipios del oriente realizarán un acto simbólico”.
“Los alcaldes del Oriente antioqueño expusieron ante la Asamblea de Antioquia los alcances de
la iniciativa del Gobierno nacional de declarar a la región como Laboratorio de Paz e invitaron
a la II Asamblea Provincial, que se realizará el sábado y domingo en el municipio de Sonsón”.
De otro lado, la ONG Conciudadanía invitó al programa especial que se adelantará el sábado en el
municipio de Granada con motivo del Día de la No Violencia contra la Mujer.
El ELN propone reanudar diálogos y contactos con los alcaldes.
Les interesa explícitamente que las AUC levanten el bloqueo económico-alimentario a veredas de
San Luis, Granada, Cocorná y San Francisco.
Ahora los alcaldes esperan la autorización del gobierno para proceder a esos acercamientos, “a fin
de mejorar las condiciones en la región”: desplazamientos, muertes selectivas... Se van a reunir con
Francisco Santos para gestionar esa posibilidad.
En las reuniones posteriores el alcalde de Granada asume la vocería contra los bloqueos.
228 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


24/11/2002 II Asamblea Provincial Constituyente. Sonsón.

04/12/2002 3er. Encuentro del Oriente con vicepresi- Oriente antioqueño.


dente Santos plantea Laboratorio de Paz.
Anexo 2 229

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


Resolución N° 5: se asume la propuesta de Laboratorio de Paz.
Resolución N° 6, sobre el conflicto armado y las negociaciones.
Se propone incluir tres asuntos neurálgicos más al programa del Laboratorio de Paz: relegitima-
ción del Estado, gobernabilidad democrática local y cultura de paz. La Asamblea Constituyente,
representada en su presidencia colegiada, fue invitada al tercer encuentro y en él propuso la incor-
poración de tres componentes nuevos, que pueden expresarse en pactos, así:
• “pacto de legalidad para la relegitimación del Estado, que incluye un claro deslinde entre fuerza
pública y contrainsurgencia ilegal;
• pacto gobernabilidad democrática local, fundado en la transparencia, el énfasis en la inversión
social, la participación y el control ciudadanos de la gestión pública mediante asambleas comu-
nitarias constituyentes;
• pacto de convivencia, fundado en el respeto a la dignidad y los derechos de cada persona y en la
transformación no violenta de los conflictos”.
Reunión en la Hostería Llanogrande: el oriente destapa sus cartas. Por primera vez, la Asamblea
Provincial fue invitada a este tercer encuentro.
Aunque Francisco Santos no se atrevió a suministrar una cifra concreta de los aportes que el
gobierno nacional dará para al Laboratorio de Paz del Oriente Antioqueño, los alcaldes que se re-
unieron el lunes con el Vicepresidente salieron satisfechos del encuentro. En la reunión, realizada
en la Hostería Llanogrande, los funcionarios presentaron 19 proyectos por $115.000 millones des-
tinados a beneficiar la seguridad alimentaria y el sostenimiento socioeconómico de la población.
“Tenemos una crisis fiscal. El gobierno colombiano va a trabajar con la comunidad interna-
cional para conseguir recursos de cooperación, va a coordinar mucho mejor la labor de sus
entidades y va a buscar dineros de cofinanciación con Finagro”, comentó el Vicepresidente.
En la reunión, a la que asistieron el gobernador (e) Eugenio Prieto Soto y funcionarios de la Red
de Solidaridad, el Comité de Cafeteros, Finagro y otras instituciones, Santos planteó la posibilidad
de que parte de los recursos se obtengan mediante créditos.
Sin embargo, el alcalde de Granada, Iván Darío Castaño, afirmó que habría que analizar
qué proyectos podrían desarrollarse con créditos y cuáles con recursos no reembolsables.
Según las cuentas de los alcaldes, las administraciones municipales pondrían el 10% de los
$115.000 millones, la comunidad el 5% y otro 5% las instituciones que hacen presencia en la zona.
“Pretendemos que el Gobierno Nacional aporte el 70 o el 80 por ciento de los recursos”, comentó
Humberto Restrepo, alcalde de El Carmen de Viboral.
“No podemos poner a depender el Laboratorio de Paz de los créditos. Los campesinos están gol-
peados por la guerra”, aseguró Castaño, mandatario de Granada.
230 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


03/12/2002 Encuentro de consejo de alcaldes del Marinilla.
oriente y gobierno nacional sobre el
problema energético.

03/12/2002 Posiciones críticas frente al Laboratorio


de Paz.
Anexo 2 231

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


Según un análisis, la región paga las tarifas de servicios públicos más altas del departamento. El
asunto energético es esencial para desescalar el conflicto armado.
Ayer, en Marinilla, se abordó el tema en un amplio debate.
En materia energética, el Oriente antioqueño constituye una de las situaciones más paradójicas del
departamento: produce el 35% de la energía que consume el país y sus habitantes pagan las tarifas
más altas de ese servicio en Antioquia. El tema, que se viene debatiendo desde hace más de veinte
años y es un componente importante del conflicto político y armado que vive la región, fue expuesto
ayer en Marinilla por los alcaldes de la zona, líderes comunales y representantes del departamento.
Al encuentro asistieron funcionarios del gobierno nacional, entre ellos la ministra de Desarrollo
y encargada del Medio Ambiente, Cecilia Rodríguez, quien tomó atenta nota de las explicaciones.
Para los alcaldes del oriente el tema energético es un componente importante del Laboratorio de
Paz que lideran para encontrar salidas políticas a la guerra.
Resultados concretos:
Iván Darío Castaño, alcalde de Granada, resaltó la creación del Observatorio de Servicios Públicos
y Tarifas del Oriente Antioqueño. “Allí se hará un seguimiento a las tarifas con el fin de presentarle
a la Comisión de Regulación de Energía y Gas (Creg) una propuesta para cambiar la estructura de
la fórmula de cobro y aliviar el costo a los consumidores”, explicó.
La tarea es hacer una revisión a fondo en los 23 municipios de la región, habitados por más de
600.000 personas y donde se produce el 35% de la energía que consume la nación.
Humberto Restrepo, mandatario de El Carmen de Viboral, rescató la importancia de la reunión,
pues dejó sembrada la inquietud del costo de las tarifas de energía. “Hay que revisarlas desde las
esferas altas: ministerios, comisiones de regulación, Planeación Nacional, empresas prestadoras
de servicio”, insistió. A su juicio, las cifras son evidentes: “Aquí se demostró que la empresa que
nos presta el servicio nos cobra un 67% más que lo que se paga en el resto del departamento y el
país”, manifestó.
Los alcaldes plantearon la posibilidad de poner en funcionamiento la central hidroeléctrica de Cal-
deras, fuera de servicio desde 1998, tras un ataque de las Farc. La idea es que los municipios, a través de
una empresa prestadora de servicios, asuman el control, para lo cual se requieren 8 millones de dólares.
La ministra Cecilia Rodríguez escuchó con atención los planteamientos y la región espera que en
las próximas semanas la discusión tenga resultados concretos.
Para el próximo 3 de febrero está programado, en Granada, el cuarto encuentro del Laboratorio de
Paz del Oriente, donde deberán tomarse decisiones concretas, tanto en materia energética como
en seguridad alimentaria e infraestructura.
www.elcolombiano.com
Crítica de Jaime Jaramillo Panesso al Laboratorio de Paz:
“Puras inversiones del gobierno no son construcción de paz, porque cuando se hacen pactos con
las guerrillas o las autodefensas para canalizar inversiones, no se está beneficiando a las víctimas,
sino que se les está dando ventaja política a los victimarios”.
“Este proyecto, denominado Laboratorio de Paz en el Oriente antioqueño, no tiene política y
tiende a ser un plan de inversiones para que los alcaldes se unan alrededor de unos programas
empresariales”.
“Nadie habló de la guerra ayer (día de la asamblea), teniendo en cuenta lo ocurrido el fin de sema-
na en la zona” (masacre en San Luis, San Carlos y Granada).
“Más que de recuperación económica, el retorno de los desplazados a sus poblaciones depende de
la seguridad democrática que les provea el Gobierno”.
“La guerrilla está repoblando el oriente y eso no quiere decir que traigan gente de otra parte, sino
que están haciendo una sustitución”.
“La guerra no se acaba con empresa, se acaba con política”.
232 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


04/02/2003 Encuentro sobre Laboratorio de Paz del Granada.
oriente y contradicciones con el gobierno
nacional.
Anexo 2 233

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


Las contradicciones en materia social, económica y política que causan el conflicto en el Oriente
antioqueño también se presentan en el proyecto de Laboratorio de Paz, herramienta con la que se
buscan salidas concertadas a la confrontación armada.
Así quedó en evidencia ayer en esta localidad, durante el cuarto encuentro del Laboratorio de Paz,
que lideran las comunidades y los alcaldes de los 23 municipios de la región, con el apoyo de las
autoridades regionales.
En la reunión estuvieron el vicepresidente de la República, Francisco Santos, representantes de
Planeación Nacional, Finagro y la Red de Solidaridad Social, acompañados por el gobernador (e)
de Antioquia, Eugenio Prieto Soto, y parte de su gabinete departamental, así como por la Iglesia y
voceros de las Naciones Unidas y la Comunidad Económica Europea.
Desencuentros:
Si bien hubo avances en el proceso, como la creación, por parte de Planeación Nacional, de una
Secretaría Técnica que acompañe a los alcaldes y sus comunidades, así como el aporte, sin retorno,
de $1.500 millones por parte de la Red de Solidaridad para proyectos productivos, parece que se
retrocedió en aspectos económicos y políticos.
El trabajo se convocó para conocer los aportes que haría el gobierno nacional a los trece proyectos
regionales de seguridad alimentaria y sostenibilidad económica, presentados con anterioridad y
valorados en $115.000 millones.
De ellos, el gobierno departamental aportará el 10%, que equivale a $11.500 millones, y los alcal-
des el 5%. En este aspecto, había gran expectativa entre los asistentes por conocer la propuesta
económica del gobierno nacional.
La nación, por conducto de Finagro, destinó del Fondo de Desplazados $6.000 millones, a través
de líneas de crédito.
“El fondo tiene un cupo de $100.000 millones para financiar todo tipo de proyectos productivos
agropecuarios, con los intereses más bajos del mercado, y Finagro puede dar garantías hasta del
100%”, explicó César Pardo, presidente de la entidad.
Respecto de la diferencia de montos solicitados y ofrecidos, el Vicepresidente precisó que varios
de los proyectos no tenían ninguna viabilidad.
“Para eso será importante el soporte de la Secretaría Técnica de Planeación Nacional, para precisarlos”.
Frente a los créditos por $6.000 millones, que se esperaba fueran un aporte directo, indicó: “Aquí
hay que pasar de darle pescado a la gente a enseñarle a pescar”.
El alcalde de Granada, Iván Darío Castaño, piensa lo contrario: “Nosotros hemos sido claros en
manifestar que el tema del crédito no resuelve las dificultades que tienen los campesinos en la
región, quienes si no tienen para comer, mucho menos para pagar un crédito”.
En el aspecto político, las contradicciones parecen obstaculizar el trabajo. Para el go-
bernador (e) de Antioquia, más que dinero, se necesita un reconocimiento del conflic-
to político. “Si no nos ponemos de acuerdo sobre una definición política y unas estrategias
claras sobre el problema grave de crisis humanitaria que vive el oriente, va a hacer muy difí-
cil que cualquier inversión cristalice en la recuperación económica y social de la zona”.
Para Prieto Soto está claro que el Laboratorio de Paz es el ejercicio de paz más importante que
se está desarrollando en el país y, por lo tanto, “es un proyecto sin exclusiones, abierto, para que
los diferentes actores legales e ilegales se expresen; además, este proceso requiere la presencia del
Comisionado de Paz del gobierno, Luis Carlos Restrepo”.
Su queja se suscitó por la intervención del vicepresidente Santos, quien invitó a los asistentes a
cerrarles el paso a los violentos. “Vamos a generar seguridad, tenemos el proyecto de soldados
campesinos y nuevos contingentes militares para la región. Los actores armados son un pedazo
del conflicto, pero no el epicentro”, manifestó Santos.
Las contradicciones están ahí, pero, como dice el alcalde de Granada, “el Laboratorio de Paz debe
continuar, pese a todo”.
234 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


26/02/2003 Solicitan entregar a los alcaldes la central Oriente.
hidroeléctrica de Calderas.

11/02/2003 Realizarán marcha del silencio por geron- El Carmen de Viboral.


tóloga secuestrada.

23/03/2003 III Asamblea Provincial Constituyente San Luis.


(a pesar de que la entrada a San Luis está
bloqueada por la guerrilla). Amenazas y
asesinato de 5 transportadores.

01/05/2003 En reunión con el Secretario de Edu- Cocorná.


cación Departamental maestros de
Cocorná piden que se les respete la vida:
“Somos ajenos al conflicto”.

30/06/2003 Alcaldes del Oriente antioqueño se Oriente antioqueño.


reúnen con el Presidente y hablan de la
iniciativa. Uribe respalda el Laboratorio
de Paz.
Anexo 2 235

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


Los alcaldes del Oriente antioqueño solicitaron al gobierno nacional potestad para explotar la cen-
tral hidroeléctrica de Calderas, que dejó de funcionar desde septiembre de 1998 por un atentado
guerrillero. Entregar esa central es un acto de compensación con la región del Oriente antioqueño,
generadora del 35 por ciento de la energía hidráulica del país. Otra parte de la propuesta incluye la
revisión de la Resolución Creg 047 de 2002, que incluye un incremento de la tarifa de energía del
35% en un periodo de dos años, lo mismo que la demanda de que el gobierno derogue la medida
que permite el cobro a los usuarios por pérdidas técnicas y no técnicas (fraude) de energía, así
como otros rubros de impuestos.
“El próximo jueves se realizará una movilización por la vida y la libertad en el casco urbano de
El Carmen de Viboral. Se trata de una marcha en silencio por el secuestro de la gerontóloga Ana
Rebeca Giraldo Tobón, directora del Centro de Bienestar del Anciano. La marcha saldrá a las 2 de
la tarde de dos puntos del municipio”.
Antes del 10 de enero, cuando el ELN amenazó a los transportadores de San Luis, los miembros
de la Asamblea Provincial Constituyente del Oriente Antioqueño habían definido que ese muni-
cipio sería la sede de la tercera plenaria. Y ayer, al cierre de esta edición, cerca de 200 miembros
de este organismo de participación comunitaria, creado en septiembre del año pasado, se dirigían
hacia allí, a pesar de que hace trece días no sale ni entra un solo vehículo de servicio público. “La
intención no es desafiar a los grupos armados, pero sí seguir con nuestra vida cotidiana”, comentó
el alcalde Hernando Martínez. Por eso los asambleístas, en representación de los 23 municipios de
la región, decidieron llegar en bus hasta un punto y luego caminar los ocho kilómetros finales de
la vía que lleva al pueblo. En su tercera sesión el tema principal será el pacto de gobernabilidad que
el alcalde y la población de San Luis presentarán a la plenaria y que consta de siete puntos, entre
ellos el reconocimiento y la promoción de la participación comunitaria más directa para sacar
adelante al municipio, comentó Benjamín Cardona, de la presidencia colegiada de la Asamblea.
También se hablará del desplazamiento forzado de que han sido víctimas en la última semana
cerca de 900 campesinos de la zona rural de San Francisco, igualmente en el Oriente antioqueño.
El gobernador de Antioquia, los alcaldes del Oriente antioqueño y organizaciones civiles y co-
munitarias se reunirán mañana en San Luis para participar en la tercera plenaria de la Asam-
blea Constituyente de la región. “El evento va a ser el escenario propicio para plantear algunas
propuestas, al lado de los acuerdos humanitarios que han servido para bajarle la intensidad a la
guerra, como la realización de un diálogo regional. Podríamos ir más lejos y buscar un diálogo
provincial en el que estén presentes todas las fuerzas insurgentes y de autodefensas que existen en
la zona”, afirma Carlos Iván Lopera, directivo de Redepaz en Antioquia.
Los maestros del municipio de Cocorná dijeron ayer que los educadores son ajenos al conflicto
y por ello solicitaron a los grupos armados respetar la vida de los docentes que laboran en las
distintas zonas urbanas y rurales del departamento de Antioquia y excluir a los establecimientos
educativos del conflicto bélico.
La petición fue hecha en Medellín al término de una reunión que 130 docentes de esa población
del Oriente antioqueño sostuvieron con el secretario de Educación para la cultura de Antioquia.
El gobierno nacional da su pleno respaldo al Laboratorio de Paz del Oriente Antioqueño, al Plan
Congruente de Paz del gobierno departamental y a la Asamblea Constituyente de Antioquia. El
vicepresidente de la República, Francisco Santos, considera el Laboratorio de Paz del Oriente de
Antioquia como un experimento político social y económico de paz, donde la comunidad está
decidiendo su propia suerte. Según los alcaldes de la subregión y el gobierno departamental, lo
que se busca con este Laboratorio de Paz es apoyar las diferentes iniciativas de la sociedad civil
que tiendan a abordar aspectos institucionales, sociales y de desarrollo socioeconómico y que
respalden la paz y la convivencia ciudadanas, con el fin de mejorar las condiciones y la calidad de
vida de la población.
236 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


03/08/2003 III Asamblea Provincial Constituyente. El Carmen de Viboral.

01/08/2003 Aprobado por la UE financiamiento de


Laboratorio de Paz.

10/12/2003 IV Asamblea Provincial Constituyente. Quirama (El Carmen


de Viboral).
Anexo 2 237

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


Resolución N° 9, sobre cultura de paz.
Resolución N° 10, sobre el conflicto armado.
Resolución N° 12, sobre tarifas de servicios públicos.
Resolución N° 13, sobre proclamación de la Provincia por la Asamblea Constituyente del Oriente
Antioqueño.
Hace varias semanas la Unión Europea aprobó la ayuda destinada a los diferentes laboratorios de paz
que funcionan en Colombia. “La Unión Europea ya ha decidido apoyar económicamente este es-
fuerzo. Entre septiembre y octubre en la ciudad de Bruselas se acordará el monto exacto para finan-
ciar este proceso, aunque ya están definidos 42 millones de euros para repartir entre este laboratorio
y los del Alto Patía y el Catatumbo” (Eugenio Prieto Soto, gobernador encargado de Antioquia).
Se ratifica el Pacto Social por la Convivencia y el Desarrollo para una paz incluyente y participati-
va. // Nosotras y nosotros, ciudadanas y ciudadanos integrantes de la presidencia colegiada de la
Asamblea Constituyente de Antioquia, con base en:
Los valores, principios y derechos del Estado social de derecho que la Constitución Política Co-
lombiana de 1991 recogió como fundamentos de la Nación Colombiana y las orientaciones ético-
políticas y estratégicas acordadas en los procesos antecedentes de Visión Antioquia Siglo 21, Plan
Estratégico de Antioquia (Planea), planes de desarrollo territoriales y Plan Congruente de Paz,
en el día de hoy, miércoles trece de noviembre de 2003, desde la ciudad de Medellín y en nombre
de todo el pueblo antioqueño, proclamamos públicamente ante el país y el mundo el siguiente
GRAN PACTO SOCIAL POR LA CONVIVENCIA Y EL DESARROLLO PARA UNA PAZ IN-
CLUYENTE Y PARTICIPATIVA:
FORTALECEREMOS LA GOBERNABILIDAD CON PARTICIPACIÓN DEMOCRÁTICA, pro-
piciando el empoderamiento del constituyente primario, la autonomía territorial y el buen gobier-
no en todo el departamento dentro de la normatividad existente en el país.
CONTRIBUIREMOS A LA BÚSQUEDA DE UN CAMINO DE solución política DEL CON-
FLICTO ARMADO, CON PARTICIPACIÓN DE LA SOCIEDAD CIVIL, HACIENDO DE
ANTIOQUIA UN LABORATORIO DE PAZ, con un horizonte de reconciliación sin renunciar
al derecho legítimo de seguridad y protección de ciudadanas y ciudadanos, responsabilidad in-
delegable del Estado, como actor regulado, legal y constitucional, quien debe tener el monopolio
legítimo de la fuerza.
PROMOVEREMOS UNA EDUCACIÓN Y UNA CULTURA DE PAZ EN ANTIOQUIA, fun-
dada en la no violencia, el respeto y cumplimiento de los derechos humanos, el reconocimiento y
fortalecimiento de las diferentes tipologías familiares, la formación integral del ser, la implemen-
tación de políticas sostenibles de paz, el fortalecimiento de las iniciativas civiles de paz y la confor-
mación de sistemas de educación, la institucionalización de la cultura y las diversas manifestacio-
nes artísticas y culturales, el deporte y la recreación y la interlocución y monitoreo de los medios
de comunicación, en la perspectiva de un horizonte de reconciliación que desde la diversidad
fomente una transformación social para el desarrollo humano y sostenible en paz.
EMPRENDEREMOS LA CONSTRUCCIÓN E IMPLEMENTACIÓN DE UN MODELO DE
DESARROLLO A ESCALA HUMANA integral, sostenible, sustentable y diverso, con un hori-
zonte de equidad, inclusión, justicia social y de género para la totalidad de la población y sus
organizaciones sociales en todo el departamento, que haga posible que las actuales y nuevas gene-
raciones tengan un ambiente de convivencia y paz.
Para la puesta en marcha de este gran Pacto Social, acordamos aplicar la siguiente agenda pro-
gramática, que se enmarca dentro de los lineamientos estratégicos de: integrar y articular terri-
torialmente a Antioquia, promover el desarrollo humano equitativo y sostenible, revitalizar la
economía antioqueña y reconstruir el tejido social.
PARA FORTALECER LA GOBERNABILIDAD CON PARTICIPACIÓN DEMOCRÁTICA:
1. Promover el funcionamiento de asambleas ciudadanas.
2. Realizar pactos de transparencia y legalidad entre la sociedad civil y las autoridades.
3. Convertir la política de seguridad ciudadana, la búsqueda de la paz y la convivencia y la actua-
ción de los organismos de seguridad del Estado, en asunto de competencia pública.
continúa...
238 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


10/12/2003 IV Asamblea Provincial Constituyente. Quirama (El Carmen
de Viboral).
Anexo 2 239

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


4. Establecer un sistema de planeación y presupuesto participativo.
5. Realizar acciones de discriminación positiva que busquen la participación paritaria (50/50) de
mujeres y hombres en los estamentos públicos y sociales.
6. Construir las provincias como entes intermedios entre el departamento y los municipios o
territorios indígenas, sin que éstos pierdan su autonomía local.
7. Promover un gran movimiento constituyente nacional con otras expresiones regionales y locales
del poder constituyente primario, que lleve a apropiarnos de Constitución Política de Colombia.
8. Fortalecer las Juntas Administradoras Locales.
PARA CONTRIBUIR A LA BÚSQUEDA DE UN CAMINO de solución política del CONFLIC-
TO ARMADO:
1. Desarrollar diálogos regionales y facilitar la salida negociada al conflicto y el retorno de los ex
combatientes al Estado social de derecho.
2. Promover ACUERDOS HUMANITARIOS para el acatamiento del Derecho Internacional
Humanitario.
3. Gestionar un ACUERDO HUMANITARIO ESPECIAL para la liberación de las personas se-
cuestradas y policías y militares retenidos a causa del CONFLICTO ARMADO.
Priorizar acciones de reparación integral y oportuna por los daños causados a las víctimas de la
violencia política y a la población desplazada.
5. Apoyar la organización de los familiares de las víctimas de la violencia política y de la guerra.
PARA PROMOVER UNA EDUCACIÓN Y UNA CULTURA DE PAZ EN ANTIOQUIA:
1. Asumir la educación como un derecho fundamental para todas y todos y como soporte estraté-
gico para la transformación social y cultural.
2. Implementar políticas sostenibles que desarrollen la cultura de convivencia, paz y no violencia.
3. Fortalecer la política de institucionalización de la cultura.
4. Fomentar las diversas manifestaciones artísticas y culturales, la recreación, el deporte.
5. Concertar con los medios masivos y alternativos de comunicación, anunciantes y agencias de
publicidad un plan de comunicación para la paz.
PARA EMPRENDER LA CONSTRUCCIÓN E IMPLEMENTACIÓN DE UN MODELO DE
DESARROLLO A ESCALA HUMANA:
· Diseñar e implementar políticas sociales y económicas conducentes a mejorar el ingreso y la calidad de
vida de la población campesina, aumentar su capacidad productiva y disminuir la inequidad y la pobreza.
· Promover la aplicación de políticas de infraestructura para la producción y todos los modos de
transporte en las nueve subregiones, para mejorar la competitividad.
· Promover el desarrollo empresarial productivo, especialmente del sector campesino, fomentando la
equidad y la integración en el desarrollo entre los sectores urbano y rural, con participación del Estado
y el sector privado, y propiciar la integración de la economía informal al sistema de la economía formal.
· Crear agencias de cooperación para el desarrollo en cada una de las subregiones del Departa-
mento, articuladas como una red departamental.
· Promover el Fondo de Desarrollo departamental de economía mixta para la inversión social.
· Establecer políticas sostenibles y sustentables de generación de empleo y trabajo digno, aprove-
chando los diferentes recursos del Departamento.
· Reconocer, avalar y adoptar las políticas de niñez y juventud.
· Avalar, adoptar y ejecutar el plan de acción positiva de las políticas públicas de las mujeres.
· Implementar una política pública que garantice los derechos fundamentales de la población vul-
nerable, especialmente la afectada por la violencia y el conflicto.
· Construir una política pública de salud y vejez que garantice condiciones apropiadas de existen-
cia y calidad de vida para un envejecimiento digno.
· Humanizar el sistema de prestación del servicio de salud, revisando el marco normativo existente
con participación de la comunidad.
· Implementar políticas públicas ambientales para un adecuado uso y manejo de los recursos natu-
rales y la seguridad alimentaria basada en la protección de la producción doméstica.
· Crear políticas públicas en materia de discapacidad.
· Definir como ejes estratégicos del desarrollo la reserva ambiental departamental de los recursos
naturales como base para la prestación de los servicios públicos.
· Creación de una política pública de vivienda digna. continúa...
240 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


10/12/2003 IV Asamblea Provincial Constituyente. Quirama (El Carmen
de Viboral).

16/12/2003 Firma convenio Laboratorio de Paz II

13/09/2004 Termina Granada.


Semana por la Paz.

06/10/2004 Movilizaciones varias. Oriente antioqueño.


Anexo 2 241

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


· Construir un pacto entre EPM y aquellos municipios que prestan sus recursos naturales y que
demandan el servicio, de tal manera que su inversión social llegue a todos ellos, priorizando la in-
versión social en los demás municipios del Departamento; y revisar las políticas públicas estatales
inherentes al sistema de servicios públicos.
· Priorizar y aumentar la inversión social en educación, cultura, educación física, recreación y
deporte como política de Estado que garantice el desarrollo de un ser humano integral y la cons-
trucción del tejido social.
PARA MANTENER EL PROCESO CONSTITUYENTE EN EL DEPARTAMENTO:
Créase la Comisión Constituyente de Gestión y Seguimiento del Pacto, integrada por el goberna-
dor del departamento, 36 constituyentes elegidos por cada uno de los ejes temáticos, con criterio
de equidad de género, para un total de 37 personas. La Comisión se dará su propia estructura,
reglamento y plan de trabajo.
Para el desarrollo de estas tareas se establecerán comisiones o mesas de trabajo por acuerdo o
grupos de acuerdos con participación de constituyentes y otros ciudadanos y ciudadanas, que
contarán con el soporte del equipo de trabajo del Plan Congruente de Paz.
PROCLAMA:
Con el poder de la gente, en nombre de las y los constituyentes de Antioquia y del pueblo antioqueño,
reconociendo su historia, sus realidades, y visionando su futuro, ponemos en marcha este gran Pac-
to Social por la convivencia y el desarrollo para una paz incluyente y participativa y demandamos:
De las ciudadanas y ciudadanos que habitan nuestro territorio antioqueño, hacer suyo este mandato.
Del Gobernador, de los alcaldes, de los parlamentarios, los diputados y concejales, tramitar la
elevación a la categoría de normas los resultados del proceso de la ACA.
Esto nos permitirá propiciar una transformación cultural, configurar un proyecto colectivo de
región, construir un nuevo orden institucional, fortalecer la unidad de la nación como colom-
bianos e impulsar la integración con la comunidad internacional, donde, reconociéndonos en la
diversidad, la inclusión, la participación y la equidad, seamos constructores de la mejor esquina
de América, una Antioquia para todas y todos, justa, pacífica, educada, pujante y en armonía con
la naturaleza.
La Comisión Europea CE y el Gobierno de Colombia, han decidido formalizar el apoyo con la
firma el 16 de Diciembre del 2003, del Convenio Específico de Financiación que da vida al Pro-
grama “II Laboratorio de Paz”.

La iniciativa, organizada por el Comité Interinstitucional de esta población del Oriente de An-
tioquia, agrupó a las diferentes organizaciones cívicas, deportivas y culturales del municipio.
“Durante el certamen hubo proyección de películas, conferencias y oraciones por la paz en los dos
templos de Granada”, informó Alonso Gildardo Hoyos.
En este segundo semestre se ha incrementado también la resistencia civil no violenta en la provin-
cia: importantes movilizaciones se han realizado en San Carlos, San Luis, San Francisco, Sonsón y
otras poblaciones, especialmente durante la Semana por la Paz. En el resto del semestre también
hay movilizaciones programadas:
• Octubre 22-24: “Abriendo trochas a la reconciliación. Otro Oriente es posible”. Animadas por los jó-
venes, habrá caminatas desde distintos municipios hasta llegar a Marinilla el domingo 24 de octubre.
• Octubre 25-30: Festival de la Convivencia. Durante una semana se realizarán tertulias vecinales y
escolares para encontrar formas de convivencia donde no violemos la dignidad y los derechos funda-
mentales de otras personas. Se espera que en esta actividad participe un mínimo de 5.000 personas.
• Noviembre 11-13: Encuentro nacional de procesos constituyentes, en Sonsón, para culminar en
la Casa de la Convención, de Rionegro. Caravana Medellín-Sonsón- Rionegro.
• Noviembre 27-28: jornadas de no violencia contra la mujer. Caravana Medellín-Oriente-Alejan-
dría. Organiza la Asociación de Mujeres del Oriente (Amor).
• Diciembre 10: movilización de sobrevivientes de la confrontación armada. Movilización de des-
plazados y familiares de víctimas en Medellín. Foro sobre la sentencia de la Corte Constitucional
relativa a los derechos de los desplazados.
242 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


09/10/2004 Caravana de buses desde 21 de los 23 Oriente antioqueño,
municipios del Oriente antioqueño Rionegro.
(Argelia y Nariño no participan, por
inseguridad).

23/10/2004 El oriente está abriendo trochas a la Oriente antioqueño,


reconciliación. Marinilla.

15/11/2004 Conformarán comisión departamental Marinilla.


con víctimas del conflicto armado, en
busca de acuerdos humanitarios.

24/11/2004 Guarne tendrá Corporación para la Paz. Guarne.

06/12/2004 V Asamblea Provincial Constituyente del El Carmen de Viboral.


Oriente Antioqueño.

13/05/2005 VI Asamblea Constituyente del Oriente Marinilla.


Antioqueño.
Anexo 2 243

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


Cansados de ser blanco de los grupos armados, de sufrir desplazamientos masivos y masacres
(cinco este año) y de tener el mayor número de víctimas de minas antipersonal en Antioquia, 21
de los 23 municipios del oriente de este departamento realizarán hoy una gran movilización. Por
problemas de seguridad no participarán Argelia y Nariño.
Pese a que las Farc quemaron ayer seis camiones en Cocorná, una de las localidades involucradas,
la caravana se desplazará en buses hasta la entrada de Rionegro, a unos 50 kilómetros, donde se
concentrarán todos los asistentes. Desde este punto, los manifestantes caminarán dos kilómetros
hasta La Libertad, el parque local.
La marcha de resistencia contará con la presencia del gobernador Aníbal Gaviria, su gabinete y las
autoridades de los municipios del oriente. La movilización fue realizada el 10 de octubre (noticia
fechada el 11 de octubre).
“Marchar por vías perdidas a causa de la guerra y recuperarlas para la sociedad civil, la conviven-
cia y el desarrollo es uno de los propósitos de la jornada ‘Abramos trocha para la reconciliación’,
que se inició ayer en los 23 municipios del Oriente”. Abriendo Trochas por la Reconciliación: mar-
cha que en 2004 congregó a 3.000 jóvenes y mujeres de los 23 municipios, quienes caminaron por
las trochas cerradas por la guerra, se manifestaron contra la vinculación de jóvenes a los grupos
armados y expresaron la consigna “No más, Ni una (víctima) más. Nunca más. Otro oriente es
posible”. En 2006 contó con la participación de 4.500 personas de los diferentes municipios, que
se movilizaron hacia las veredas más lejanas y golpeadas por el conflicto armado en la región, en
solidaridad con las víctimas.
300 representantes de los desplazados, los desaparecidos, los jóvenes, las mujeres y los homo-
sexuales, entre otros, colmaron un aula del colegio Román Gómez.
“Impulsar la conformación de una comisión que impulse los acuerdos humanitarios en el departamen-
to de Antioquia, como una alternativa para disminuir las agresiones de los grupos armados contra la
población civil, decidió el sábado la Asamblea permanente de la Sociedad Civil por la Paz (Asapaz)”.
Con la asistencia de unos 200 líderes cívicos, deportivos, políticos y culturales del Oriente antio-
queño, bajo el lema “La paz y la democracia son la antesala del desarrollo integral humanizado”, se
presentará mañana la Corporación Guarne por la Paz y la Democracia.
“Cerca de 200 personas de 18 municipios asistieron el fin de semana a la Asamblea Provincial
Constituyente del Oriente antioqueño, en El Carmen de Viboral.
Los delegados adoptaron una resolución en la que piden una participación activa de las comu-
nidades en el Laboratorio de Paz, patrocinado en su mayoría con recursos de la Unión europea.
Oriente pide que los destacamentos armados respondan”.
Tema central: crisis humanitaria. Proponen:
1. “En el tema de minas antipersonal: exigir a la guerrilla que al menos haga planos de cada campo
minado y los entregue a una institución internacional, y si se van de un territorio que se haga pública
la información. A la fuerza pública, que se demarquen los territorios donde se han detectado estos
artefactos; que se comparta la información obtenida con cada Administración Municipal con el fin
de que se les advierta a los campesinos. Exigir también que se provean recursos para el desminado.
2. Desaparición forzosa: exigir a los desertores y desmovilizados información sobre dónde están
los campos minados, o dónde están las fosas donde la gente está enterrada desde hace tantos años,
para salud emocional de sus familiares. Hacerle a la guerrilla una exigencia contundente: que
entreguen el cadáver de las personas asesinadas o que la familia sepa dónde fueron enterradas.
Al Estado, que se comprometa con una campaña seria de identificación de los NN enterrados
en todos los cementerios del oriente. Es alarmante la cifra. Muchos de ellos van a coincidir con
personas desaparecidas de sus propias casas por la Fuerza Pública. Que la autoridad respectiva no
permita que se saquen cadáveres de una zona sin previo trámite de identificación en el municipio
donde ocurre la muerte.
continúa...
244 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


13/05/2005 VI Asamblea Constituyente del Oriente Marinilla.
Antioqueño.

06/06/2005 Los argelinos están agradecidos con Argelia.


quienes se vincularon a la caravana
humanitaria.

24/11/2005 Primer encuentro regional de víctimas. Marinilla.


Anexo 2 245

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


3. Cambiar de lógica: en los acercamientos humanitarios se busca a los actores ilegales para ver si
hacen concesiones. Se propone acudir ahora a la movilización. Todos quieren que la población esté
de acuerdo con ellos. ¿Por qué no al contrario: cuál es su postura política y el comportamiento de
ellos ante la población? No es la legalidad lo que define la legitimidad de un ejército, es su comporta-
miento, sus medios, su relación con la población, el tratamiento que se le dé a la comunidad. Se pro-
pone hacer de las políticas de seguridad un asunto público que se trate en las asambleas ciudadanas.
4. Solicitar la solidaridad de la Iglesia católica, de la Comisión Humanitaria de Antioquia. Escribir
al Presidente de la República para que ordene una inspección al comportamiento de la fuerza
pública, como ocurrió en el Chocó ante la denuncia de los obispos”.
Parte caravana con asistencia humanitaria para Argelia (noticia del 03/06/2005). Salió de Mede-
llín con unas 50 toneladas de alimentos, a las que se sumaron ayudas de la Red de Solidaridad y
el Dapard, de algunos municipios del oriente y lo que llevaban los particulares en sus vehículos.
“El primer municipio en lista para próximas caravanas es Nariño, que vive la misma problemática
de bloqueo que Argelia, excepto porque tiene una vía de acceso por el departamento de Caldas”.
* Por primera vez se reúnen TODAS las víctimas de una región colombiana. * Se hará la pre-
sentación oficial del Movimiento Regional de Víctimas. * Delegaciones de los 23 munici-
pios del Oriente antioqueño llevarán sus propuestas para construir una agenda pública por
sus derechos. * Se prevé encuentro con la Comisión Nacional de Reparación y Reconcilia-
ción. * La caravana sale mañana, viernes, a las 5:30 de la mañana, de la Estación Exposiciones.
El primer encuentro regional de “De víctimas a ciudadanas” ha sido organizado por la Aso-
ciación de Mujeres del Oriente Antioqueño (Amor). Cuenta con el respaldo de la Cor-
poración para la Participación Ciudadana (Conciudadanía) y el Programa por la Paz de
la Compañía de Jesús, y tendrá el acompañamiento de otras entidades, como las aso-
ciaciones de Mujeres del Occidente y Suroeste de Antioquia, las Madres de la Can-
delaria, la organización comunitaria del barrio La Sierra (Medellín) y Pastoral Social.
Este encuentro hace parte de las acciones organizadas que vienen promoviendo las víc-
timas en el Oriente antioqueño, entre las que se destacan: la capacitación y traba-
jo de 70 promotoras de vida y salud mental (Provisames), la creación de Comités Loca-
les de Reconciliación, las movilizaciones de solidaridad, la participación en el proceso
constituyente, la “Campaña de la luz” (que se efectúa todos los primeros viernes de cada mes) y
la gran marcha “Abriendo trochas”, cuya segunda versión se hará en el primer trimestre de 2006.
A las 5:30 de la mañana, una gran caravana de víctimas y defensores de sus derechos saldrá ma-
ñana de la Estación Exposiciones y a lo largo de su recorrido irá recogiendo a las delegaciones
que se han ido congregando en los municipios de La Ceja, La Unión y Sonsón, en donde se han
preparado las propuestas municipales para construir conjuntamente la agenda pública por las
víctimas de la violencia.
(Se darán cita desde el mediodía de mañana, y hasta el sábado, para dar a conocer su organización,
manifestarse contra la violencia y construir conjuntamente una agenda pública que garantice sus
derechos, especialmente los referidos a verdad, justicia y reparación. // Elaboraron un documento
que será entregado la próxima semana a la Comisión Nacional de Reparación en el que proponen
participar en los acercamientos humanitarios con grupos armados y que exista mayor equilibrio
entre los beneficios que reciben los reinsertados y las ayudas para las víctimas. “El objetivo era
demostrar que las víctimas pasan a ser sujeto de derechos”. Entre otras propuestas también solici-
taron que se fortalezca el Programa de Promotoras de Vida y Salud Mental, en el que 50 mujeres
de los municipios del Oriente antioqueño hacen acompañamiento a 1.150 mujeres víctimas de la
violencia. Y postularon a cuatro líderes del oriente para la Comisión Nacional de Reparación, que
aún tiene dos cupos para víctimas.
246 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


23/06/2005 Propuesta a las Farc para un desminado. Argelia.

01/07/2006 La VIII Asamblea Provincial Constitu- Marinilla.


yente del Oriente Antioqueño. Asam-
blea en oriente.

05/07/2006 Constituyentes se reúnen en oriente. La Ceja.

13/08/2006 Con esperanza, claman por sus desapa- Cocorná.


recidos.

11/09/2006 Unas 300 víctimas se dieron cita en Cocorná.


Cocorná durante la primera audiencia de
reparación.

15/09/2006 El clamor de las víctimas: primer gran Cocorná.


encuentro entre las víctimas de la violen-
cia y la Comisión Nacional de Repara-
ción y Reconciliación creada por la Ley
975 de 2005.

07/02/2007 En la fecha, afectados por la violencia en Marinilla.


el oriente presentan su asociación. Nace
Organización de Víctimas.
Anexo 2 247

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


• Incluir a Argelia en el plan piloto para tal fin, propuso Comisión humanitaria.
• 1.100 labriegos regresaron a sus veredas, según la gobernación.
• Antioquia, Caquetá, Norte de Santander, Bolívar, Meta y Cundinamarca son los departamentos
con mayor número de víctimas por minas antipersonal.
“El 6 y 7 de julio se realizará en Marinilla la VIII Asamblea Provincial Constituyente del Oriente Antio-
queño.EnellaseharálaeleccióndelConsejoProvincialdePaz,enelcualtendráundelegadocadaunalas
asambleas municipales, las constituyentes sectoriales y las instituciones de participación ciudadana.
La actividad tiene el objetivo de reforzar los procesos de participación ciudadana y la firma de
un convenio que permita fortalecer, desarrollar y ajustar los presupuestos participativos en los 23
municipios del Oriente antioqueño”.
El municipio de La Unión hace parte del Oriente antioqueño.
“Mañana jueves y el viernes se realizará en La Ceja la VIII sesión de la Asamblea Provincial Cons-
tituyente del Oriente antioqueño. En el encuentro se elegirán los nuevos miembros del Consejo
Provincial de Paz, en el que Asambleas Municipales, Constituyentes Sectoriales e instituciones
de participación ciudadana estarán representadas por un delegado. En la jornada los municipios
podrán participar en algunas de las actividades que desarrolla el Laboratorio de Paz, que en esta
subregión del departamento está financiado por la Unión Europea”.
El acto, que culminó con una eucaristía en el plan del río Cocorná, hace parte de un proceso
impulsado por las promotoras de vida y salud mental que trabajan en los municipios del Oriente
antioqueño con víctimas de la violencia.
Víctimas y comisionados valoraron positivamente la primera audiencia pública, aunque recono-
cieron que aún faltan muchos aspectos por ajustar. Las víctimas de masacres, minas antipersona,
asesinatos colectivos, y principalmente de desapariciones forzadas, expresaron a los miembros de
la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación qué esperaban por reparación. Para la ma-
yoría de las víctimas de estos crímenes, más que justicia y reconciliación, lo que verdaderamente
importa en estos casos es la verdad.
“… para algunos, las reparaciones simbólicas, que apunten más a intervenciones psicosociales,
son igual de necesarias, pues permiten sanar el dolor reprimido durante años”. (Las conclusiones
del evento están en la transcripción).
“El grueso de la asamblea lo conformaban las víctimas que habitan el Oriente antioqueño, aunque
también hubo delegaciones de la subregión de Urabá y de los municipios de Peque y Puerto Be-
rrío. Se esperaban 300 víctimas y llegaron más de 600”.
“Fueron muchos los casos testimoniados por los asistentes: se presentaron víctimas de las minas
antipersona, del desplazamiento forzado, con familiares desaparecidos o que fueron objeto de
ejecuciones extrajudiciales cometidas por las AUC, las Farc y el ELN, y también como resultado
de atropellos de algunos miembros de la fuerza pública”.
“Las víctimas del conflicto armado del Oriente antioqueño continúan dando ejemplo de orga-
nización y movilización. Prueba de ello es la Asociación Provincial de Víctimas a Ciudadanas y
Ciudadanos (Aproviaci), primera organización regional que agrupa a las personas afectadas por
las distintas manifestaciones violentas de la subregión. Aproviaci será presentada en sociedad el
próximo sábado, durante la realización del Encuentro Subregional de Víctimas del Oriente, que
comienza el próximo viernes 9 de febrero en Marinilla”.
248 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


10/02/2007 “En el marco del tercer encuentro subre- Marinilla.
gional del Oriente antioqueño se hace la
presentación de la Asociación Provincial
De Víctimas a Ciudadanas y Ciudadanos
(Aproviaci).

10/02/2007 En el marco del Encuentro de Víctimas, Marinilla.


marcha para recordar a sus muertos.
Nace grupo de dolientes de la guerra en
el oriente.

20/06/2007 Marcha “Abriendo trochas por la vida y la San Vicente.


reconciliación”.

25/06/2007 Marcha. San Carlos.

06/07/2007 Marcha “Por la vida y la libertad rechaza- La Ceja.


mos la violencia”.
Anexo 2 249

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


“Demostrando que la subregión es la que cuenta con más grupos y asociaciones de participa-
ción ciudadana en Antioquia, las Víctimas del Oriente Antioqueño presentan oficialmente, el día
de hoy, la Asociación Provincial de Víctimas a Ciudadanas y Ciudadanos (Aproviaci), actuan-
do siempre bajo el lema de “No más. Ni una más. Nunca más. Porque otro oriente es posible”.
La propuesta de crear esta agenda parte desde noviembre de 2005, en el primer encuentro. “Allí
se recogieron las primeras propuestas de una agenda de víctimas municipal”, recuerda Beatriz
Montoya, coordinadora de proyectos de Conciudadanía, ONG que acompaña este proceso.
Este trabajo ayudó a consolidar cuatro grandes propuestas, las mismas que se trabajaron durante
las jornadas que culminan hoy en la casa de encuentros María Oliva, del municipio de Marinilla.
Tales propuestas se basan en las solicitudes que las víctimas hacen al Estado, los desmovilizados
–otrora victimarios– y la comunidad, y también lanzan propuestas de víctimas para víctimas.
La propuesta dirigida al Estado busca que no solo se tenga en cuenta a una persona con calidad
de desplazado como aquella que pueda acceder a un auxilio humanitario. En la agenda para el
Estado, entre otros puntos, se contempla la solicitud de identificación de los campos minados,
veeduría a desmovilizados y reconocimiento al trabajo de los promotores de salud que ayudan a
otras víctimas.
• Repudio al asesinato de la víctima Carmen Santana, en Apartadó.
• Víctimas de la violencia en 23 municipios del Oriente antioqueño marcharon ayer para recordar
a sus muertos y pedir que haya una atención integral.
“Decenas de familias de víctimas del Oriente antioqueño marcharon ayer en Marinilla para recor-
dar que merecen protección y que su atención debe ser parte de una política pública.
De acuerdo con las víctimas, en el momento actual no existen las condiciones satisfactorias para
que el actual proceso de paz se adelante con garantías suficientes para la defensa de los derechos
de verdad, justicia y reparación.
Mientras el grupo de víctimas marchaba en Marinilla, el movimiento fue sacudido con la noticia
del crimen cometido en Apartadó, Urabá, en la persona de Carmen Cecilia Santana Romaña, de
28 años de edad.
En el oriente presentarán hoy la Asociación Provincial de Víctimas a Ciudadanas y Ciudadanos”.
Hoy, “Día del desplazamiento interno”, se lleva a cabo una marcha simbólica en el centro zonal
de La Esperanza, donde se encontrarán en un mismo escenario víctimas, funcionarios públicos,
dirigentes, ciudadanía y habitantes de veredas vecinas, como La Enea, El Coral, Las Cruces y Ove-
jas. La movilización busca la solidaridad con las víctimas y la recuperación de los caminos que
quedaron en el abandono a causa del conflicto armado. Culminará con celebración eucarística.

El domingo 24 de junio las víctimas sobrevivientes de San Carlos realizaron una marcha pacífica
alrededor del parque principal y culminaron la actividad con una misa para clamar por la soli-
daridad de la comunidad en la identificación de fosas donde puedan reposar los cuerpos de sus
familiares desaparecidos.
La marcha es silenciosa, pero las pancartas hablan por los habitantes cejeños que se unieron al
llamado nacional. “La libertad no puede ser fecunda para los pueblos que tienen la frente man-
chada de sangre”. “Por la vida y la libertad nos unimos a la marcha. Rechazamos la violencia”.
“Los cejeños no somos indiferentes ante las personas que sienten el dolor de tener un ser querido
secuestrado o muerto. Por eso los acompañamos para brindar una voz de aliento. Hoy son ellos,
mañana podemos ser nosotros”, expresa Teresa Castaño, quien hace parte de la Escuela Itinerante
de Comunicaciones y se solidariza con la marcha.
“Soy víctima de la violencia, estoy marchando para pedir a los secuestradores que devuelvan a
nuestros hijos, que nos digan dónde están. Me mataron un hijo, pero tengo la esperanza de que mi
otro hijo, que está secuestrado, regrese a casa con vida”.
250 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


06/07/2007 2.000 personas marchan por la libertad Marinilla.
de los secuestrados.

05/07/2007 Marcha. Los guarceños claman por una El Retiro.


provincia y un país en paz.

17/07/2007 Movimiento político construye programa El Retiro.


de gobierno mediante consulta popular.

27/07/2007 Víctimas y victimarios se encuentran en San Carlos.


la Mesa de Reinserción.

28/07/2007 Julio 28-29/07: se reúne la Asamblea Oriente antioqueño.


Provincial Constituyente para concertar
agenda ciudadana regional con candida-
tos a la Gobernación.
Anexo 2 251

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


“Yo me levanté con muy buenos ánimos y dije: Me voy para la marcha por los secuestrados del
país”. Con esa frase, Ligia Ramírez, una mujer de 59 años, inició su recorrido por las calles de Ma-
rinilla. Con blusa blanca, falda azul que le llegaba a la rodilla y una bandera de papel, Ligia asistió
a la marcha por la libertad que se desarrolló en Marinilla, Oriente antioqueño. Marcha que se une
a la convocatoria nacional.
“Los guarceños no debemos quedarnos sumidos en el letargo y manícruzados porque nuestro
municipio está en paz. Debemos solidarizarnos con los campesinos asesinados y las víctimas del
conflicto sin sentido que vive nuestro país”, dice Maribel, reconociendo que es necesario que las
movilizaciones de la comunidad civil en contra de la violencia se hagan más frecuentemente, “sin
necesidad de que once diputados sean asesinados”. “Que ésta no sea la primera vez que los colom-
bianos nos manifestemos públicamente y con tal fuerza en contra de la violencia. Es necesario que
lo hagamos más frecuentemente, como lo hace el pueblo europeo… Eso sí, pacíficamente”, afirmó
el alcalde del municipio, Andrés Sanmartín Alzate, quien cree que urge una salida negociada del
conflicto, poniendo claramente sobre la mesa el tema del intercambio humanitario para acabar de
una vez por todas con el flagelo del secuestro.
“Una masiva participación, con algo más de 1.750 personas, se registró el domingo 15 de julio en
el parque principal de El Retiro, cuando un grupo de ciudadanos integrados en el movimiento
cívico-comunitario ‘Amigos de El Retiro’ decidió con ‘urnas en mano’ recoger las necesidades de
la comunidad guarceña para incluirlas en el programa de gobierno del precandidato a la alcaldía
Manuel Jair Castaño Serna”.
“El proceso es largo. Por eso requerimos actitud por parte de los que nos encontramos aquí para
enterarle a la comunidad que este es un espacio vital para el futuro de San Carlos”, fue el saludo de
Isabela, representante de Conciudadanía, en el primero de los talleres de la Mesa de Reinserción,
espacio que reunió a desmovilizados y víctimas.
Este fin de semana las organizaciones sociales del oriente presentan propuestas para movilizar
procesos de desarrollo y paz que potencien la convivencia en la región.
La comunidad espera hacer visibles sus iniciativas para que sean incluidas en los planes de gobierno.
Rionegro, 26 de julio de 2007. Este sábado 28 y el domingo 29 de julio se reunirán todas las organiza-
ciones que adelantan procesos políticos y sociales en el Oriente antioqueño con el objeto de concertar
una agenda ciudadana regional para analizar los procesos que se desarrollan en las áreas de educa-
ción, salud, participación ciudadana, vivienda, servicios y los componentes ambiental y económico.
Con la acción de los sectores organizados y los progresos obtenidos durante el desarrollo de los
diferentes procesos de intervención, la Asamblea Regional espera consolidar sus iniciativas y po-
tenciar el crecimiento social, económico y político en la zona.
En el encuentro, que se realizará a partir de las 9 de la mañana en la Institución Educativa Simona
Duque del municipio de Marinilla, participarán Everardo Murillo, coordinador del programa Paz
y Desarrollo de la Agencia Presidencial para la Acción Social y la Cooperación Internacional (Ac-
ción Social), Javier Ignacio Molina, de Prodepaz, la Asociación de Mujeres del Oriente, el Sistema
Nacional de Planeación, Asocomunal, la Asociación de Víctimas, la Asamblea Provincial Cons-
tituyente y los candidatos a la Gobernación de Antioquia: Eugenio Prieto, Luís Alfredo Ramos y
Rodrigo Saldarriaga.
Se pretende, además, que los candidatos conozcan el proceso que viene realizando la comunidad para
quelaGobernaciónpotencie,fortalezcayvisibilicealorienteantelasdemásregionesdeldepartamento.
Durante este evento se entregará el Sistema de Información Regional para la Paz (Sirpaz) y la
Corporación Programa Desarrollo para la Paz (Prodepaz). Presentará el balance social con los
resultados obtenidos durante su presencia en la región.
252 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


31/07/2007 Sesión plenaria de la Asamblea Provincial Marinilla.
del Oriente (28 y 29 de julio de 2007).

08/08/2007 Foro femenino para crear la “Agenda de El Santuario.


las mujeres santuarianas se construye con
Amor”.

13/08/2007 Foro ciudadano sobre los candidatos a la Concepción.


alcaldía.

19/08/2007 Jóvenes hacen Manual de convivencia Alejandría.

04/09/2007 Celebran la Semana de la Juventud y la Argelia.


Paz.
Anexo 2 253

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


La Asamblea se pronunció a favor de una solución negociada al conflicto y la liberación de los
secuestrados e instó a los comités de reconciliación de víctimas para que se sumen de manera
simbólica a la marcha del profesor Gustavo Moncayo. (Texto escrito por Ricardo Bedoya).
“Estos foros se están realizando en cada uno de los municipios que integran la red Amor, y en El
Santuario sabemos que somos uno de los grupos más fuertes, más bien representados y donde
más se ha tratado de ayudar a las mujeres en capacitaciones; a crecer como personas y a orientarlas
sobre sus derechos y deberes”, afirma Gloria Estella. En busca de liderar un proceso desde lo local
para la región, las mujeres del oriente articulan propuestas para que en los municipios sus grupos
sean influyentes y hagan parte activa de la gobernabilidad y del desarrollo de la región. “Retoma-
mos las necesidades más apremiantes de las mujeres en cada nivel local y estas necesidades las
organizamos en una sola propuesta, llamada Agenda Subregional. Dicha Agenda se crea con el
proceso que han tenido las mujeres del oriente con Conciudadanía, con el Laboratorio de Paz y
ahora con el gobierno canadiense, donde se han dado a conocer una serie de elementos políticos
y de derechos, y por eso esto se hizo posible, y podremos presentarla en los foros municipales a
los candidatos que estén inscritos para los comicios electorales de octubre”, agrega Teresita Marín.  
“Este foro me ha servido para convivir y compartir. Además, para pedirle apoyo a los que van a
ser alcaldes y apoyo para las madres comunitarias cabezas de hogar, así tengan el esposo, pues
son ellas las que trabajan y sostienen a los hijos. Además, nos ayudan a reconocer las víctimas y
nos puedan ayudar más para lo que necesitamos”, añadió. Así como esta mujer, fueron muchos
los que respondieron al llamado que hizo Conciudadanía a participar, opinar y escuchar lo que se
avecina en relación con los programas de gobierno en las próximas elecciones. “El foro consiste en 
poder mostrar una agenda ciudadana a los candidatos, partiendo de los objetivos del milenio, que
son como metas básicas para que una comunidad pueda vivir en condiciones dignas, entre ellas
erradicar la pobreza y la mísera, educación gratuita universal, mejorar la salud sexual y reproduc-
tiva, aminorar las muertes de menores de cinco años, erradicar el sida, sostenibilidad ambiental,
participación ciudadana para la paz y la convivencia”, comentó por su lado Alba Lucía Espinosa,
asesora municipal de Conciudadania. Las organizaciones y los líderes conformaron siete mesas
de trabajo, en donde construyeron conjuntamente las propuestas para presentar a los candidatos.
Trabajaron en eso en el Centro Comunitario de Concepción, bajo la orientación del proyecto
Reconciliación.
Hace dos años, 25 jóvenes del Oriente antioqueño se propusieron crear un manual de convivencia
para su municipio y hoy son un ejemplo mundial.
“La semana de la juventud y la paz es un espacio de sano esparcimiento para compartir en so-
ciedad y concientizar a los jóvenes del papel importante que ocupan en la sociedad como cons-
tructores de la paz. Entre las diferentes actividades que se tienen programadas para esta semana
se encuentran: programas radiales dirigidos por las diferentes instituciones del municipio y que
hacen alusión a la paz y la vida, juegos callejeros, concursos culturales, eventos deportivos, segun-
da prueba clásica ciclística por la integración y la paz, además de una  charla dirigida al  alcalde,
candidatos a la alcaldía y concejales, donde se debatirán las principales necesidades del municipio,
entre ellas el tema de las vías.”
254 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


10/09/2007 Cada primer viernes de mes, Granada Granada.
marcha por la vida.

00/09/2007 Foro “Reconciliación del Oriente Antio- La Ceja.


queño”.
24/09/2007 Foro Energético, por el derecho a los El Santuario.
servicios públicos.

04/10/2007 Durante 4 horas las personas afectadas La Unión.


por el conflicto armado en este municipio
marchan desde el sector El Edén hasta el
corregimiento de Mesopotamia.
04/10/2007 Acto especial recuerda a las 128 personas Granada.
desaparecidas en el lugar.
20/11/2007 Movimiento de víctimas: organización. Argelia.

23/11/2007 Foro “Otro oriente es posible” Rionegro.

29/11/2007 Marcha por la paz y la reconciliación. San Vicente.


Anexo 2 255

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


Van apareciendo las pancartas que expresan los sentimientos de las víctimas: “No más guerra”,
“Queremos la paz”, “Colombia quiere la paz”, “Los niños quieren la paz”, “No más, ni una víctima
más. Nunca más. Otro oriente es posible”. El desfile va tomando forma, las velas se encienden unas
en otras, la calle principal es el escenario de una marcha silenciosa que desemboca en el Parque
de la Vida. La marcha llega al Parque de la Vida, un rito que se repite cada primer viernes de mes
y allí las víctimas con sus velas forman la palabra VIDA. “Si uno de los presentes quiere dar algún
testimonio, pase al frente”. Un momento, silencio, y de pronto una mujer surge tímidamente de
la multitud: “Bueno, primero que todo, gracias a todas la personas que están aquí con nosotros,
porque esto demuestra que no estamos solos, que no estamos de acuerdo con la violencia, que
queremos la paz y ojala cada día seamos más personas para que la violencia nunca nos vuelva
a tocar, porque estamos cansados de la guerra”. Y grita: “¿Verdad que sí? Y en coro los presentes
responden: Síííí”.

El evento se realiza con la consigna “De nuestras aguas surge la energía que nos niegan día a
día”. Busca comprometer a las empresas prestadoras del servicio de energía en la región, con un
análisis del concepto de la Provincia del Oriente Antioqueño y su importancia para el país en la
generación de energía.
“Con esta campaña queremos solidarizarnos con las víctimas y sus familias, en reconocimiento a
su derecho a la libertad”, puntualiza Luz Dary Valencia.

Este viernes 5 de octubre le toca el turno a la comunidad granadina: las 128 personas que tiene esta
localidad en sus registros de desapariciones forzadas.
“La Organización de Víctimas Caminos de la Esperanza del municipio de Argelia, Antioquia,
cuenta aproximadamente con 400 socios, quienes se reúnen mensualmente en diferentes centros
de capacitación de este municipio. Su finalidad es encontrar una solución a problemas de despla-
zamientos, minas antipersona, homicidios, desapariciones y violación de los derechos humanos.
“Esta organización comenzó de poquito a poquito, por ahí con veinte personas, y ya contamos con
400 personas aproximadamente. La gente ha estado muy animada porque ya tenemos personería
jurídica y contamos con el apoyo de asesores de Conciudadanía y el Programa por la Paz para
empezar a gestionar proyectos, además del apoyo personal que nos brindan”, explica don Reinaldo
Suaza, presidente de la organización.
El foro intenta comprometer los tres brazos (económico, empresarial, social), las organizaciones y
los políticos en la reconstrucción del territorio.
Con la participación de unas 200 personas, entre víctimas del conflicto armado, funcionarios de
la administración municipal, autoridades eclesiásticas y miembros de la fuerza pública, se realizó
ayer en el municipio de San Vicente, Oriente antioqueño, la tercera aparición pública de “Abrien-
do trochas por la paz y la reconciliación”, acto simbólico que tuvo como objetivo la movilización
ciudadana y la solidaridad frente al dolor de las víctimas del conflicto.
256 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar


05/12/2007 Marcha “Petición a los violentos”. San Carlos.

19/12/2007 Inauguración del “Lugar de los re- San Carlos.


cuerdos”. Un recuento a la historia, un
resurgimiento a la vida.

06/02/2008 Marcha popular en rechazo de la deten- Abejorral.


ción de tres personas.

22/02/2008 Grupo de víctimas presenta petición al Medellín.


Gobierno nacional

08/04/2008 Segundas olimpiadas intermunicipales San Luis.


de juegos tradicionales. “Nuestra opción:
¡la vida!”.

18/04/2008 Foro regional para la prevención del Rionegro.


reclutamiento de menores.
Anexo 2 257

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


Aunque las prendas blancas cubrieron el parque Simón Bolívar de San Carlos, el luto que se lleva
en el corazón fue aún más visible. “En San Carlos hemos vivido un tiempo de paz y armonía. Los
sancarlitanos pedimos que no se atente contra la población civil. El llamado es para que los vio-
lentos nos dejen vivir tranquilos, que no volvamos a caer en el terror”, comentó James Aristizábal,
presidente del centro zonal urbano. Dos víctimas a causa de la violencia dieron pie a una nueva
marcha en la que el pueblo sancarlitano dijo ‘’No al conflicto, San Carlos quiere la paz y rechaza
los actos violentos”. San Carlos no quiere repetir su historia.
“Somos lluvia de luz para la paz”. Con esta frase se inició la inauguración del lugar de los recuerdos
de San Carlos, un sitio en donde se plasma la memoria de las personas que fueron víctimas de la
violencia. Después de un acompañamiento brindado a las familias de aquellos que un día fueron
víctimas de la violencia, el día 14 de diciembre de 2007 la reconciliación se tomó la comunidad
sancarlitana y al clausurar el proyecto “‘Lenguaje de la memoria” treinta mujeres fueron reco-
nocidas por hacer parte de un proceso de formación realizado durante 18 meses, en el que ellas
mismas han elaborado un duelo, han enfrentado crisis y ahora, en este lugar visible del municipio,
quieren dejar plasmado, más que unos nombres, un sentimiento que pretende no permitir que la
historia se repita. San Carlos desentierra a sus víctimas.
Por lo que consideran “una injusticia y un atropello”, cientos de habitantes de Abejorral, Oriente
antioqueño, sentaron su voz de rechazo a la detención de tres reconocidos habitantes de la vereda
El Chagualal, quienes actualmente permanecen recluidos en la Cárcel Municipal de Santa Bárba-
ra, acusados de “rebelión”.
“500 víctimas de la violencia le dijeron hoy en Medellín al Gobierno cómo quieren ser reparadas
por la acción de los grupos ilegales. A pesar de que el dinero es importante, la verdad sobre los
hechos se constituyó en la principal petición”. “Las inquietudes de las víctimas serán escuchadas
hasta finales del mes de febrero en todo el país. Se espera que el decreto de reparación de víctimas
entre en vigor antes de mitad de año”.
Los días 11, 12 y 13 de abril próximos se realizarán en el municipio de San Luis, Oriente antioque-
ño, las segundas olimpiadas intermunicipales de juegos tradicionales “Nuestra opción: ¡la vida!”,
programa con el que se busca recuperar las actividades y juegos propios de la región, fomentar
entre los jóvenes el trabajo en equipo y la sana convivencia, impulsar la integración de los once
municipios que participan en el proyecto “Nuestra opción: ¡la vida!” y generar espacios de en-
cuentro que promuevan y amplíen sus oportunidades de expresión creativa, la cultura, el folclor,
la recreación y el deporte.
“La sombra de 39 niños que supuestamente fueron reclutados a la fuerza por grupos ilegales en
el municipio de Argelia, rondó el primer foro regional para la prevención del reclutamiento de
menores realizado ayer en Rionegro”.
“Luis Fernando Calle, de la Corporación Vida, Justicia y Paz, dijo que uno de los problemas más
graves del reclutamiento forzado de niños es la falta de cifras, de datos precisos y comprobados”.
“El tema es muy complicado, sobre todo en esos lugares tan alejados donde la única presencia del
Estado es a través de la Fuerza Pública”, indicó.
En el marco del foro, Eduardo Gallardo, delegado de Unicef, advirtió que “no hay una conciencia
de la gravedad del problema del reclutamiento de menores, de lo grave que es que un niño esté en
la selva cargando un fusil, custodiando a un secuestrado, armando una mina, arriesgando su vida”.
El sacerdote Pedro Pablo Ospina, de la Pastoral Social, aclaró que, en cuanto al Oriente de Antio-
quia, el problema se agrava según la región.
“En las zonas de bosque o páramo el problema es más complejo. Por eso hay situaciones de este
tipo en Argelia, Nariño y su corregimiento Puerto Venus, y algo en Abejorral”, indicó el presbítero.
258 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Fecha Acción Lugar

13/04/2008 Asociación de Mujeres Organizadas El Peñol.


Conquistadores (Amoc).

18/04/2008 Marcha pacífica por construcción de Nariño, Argelia,


vida. Sonsón.

28/04/2008 Cabildo abierto subregional, El Carmen de Viboral.

16/05/2008 Se reúne la Asamblea de Víctimas del San Carlos.


municipio de San Carlos.

19/05/2008 Asamblea de víctimas y reinsertados. San Carlos.

16/08/2008 Consejo Provincial de Paz. Rionegro.

Octubre 17-18/08: Asamblea Provincial


17/10/2008 Constituyente. Marinilla.
Anexo 2 259

Observaciones, antecedentes, desencadenantes, objetivos, efectos…


“Para otros asistentes, la problemática se agrava por la falta de compromiso en políticas de pre-
vención por parte de los gobiernos municipales y el departamental. De hecho, a este foro, al que
estaban invitados el Gobernador de Antioquia y un grupo de alcaldes, ninguno asistió”.
“La Asociación la conformamos hace seis años, con el objetivo de buscar una manera de emplear
el tiempo y sacar algo de dinero. Cada una sabía coser y manejaba diferentes métodos, así que era
viable unirnos y vender los productos”, asegura una participante.
“Una marcha pacífica en la que participarán alrededor de 2.000 personas de los municipios de
Nariño, Argelia y Sonsón se realizará el próximo 25 de abril en esas comunidades del suroriente
antioqueño, con el objetivo de protestar por lo que ellos han llamado ‘un incumplimiento del Mi-
nisterio del Transporte’, luego de que el 9 de febrero se comprometiera públicamente a “reiniciar la
pavimentación entre Sonsón y La Quiebra, en un máximo de 70 días”.
Evento que buscaba crear un espacio de identificación y validación de líneas estratégicas regiona-
les contenidas en los planes de desarrollo municipales.
En la asamblea se abordarán diferentes temáticas relacionadas con las víctimas de la guerra que
se vive en el país y que también afecta a la localidad, el apoyo y acompañamiento que han recibi-
do, su organización y participación, el reconocimiento de sus derechos civiles, el proceso de des-
minado humanitario. Se podrá escuchar la voz de estas personas sobre los asuntos en mención,
que son trascendentales en su existencia, y los resultados de los procesos emprendidos para re-
hacer sus proyectos de vida.
Por lo menos un millar de personas, entre reinsertados, desplazados, víctimas y ciudadanos en ge-
neral se dieron cita este fin de semana en el Coliseo de la institución educativa Joaquín Cárdenas
Gómez, de San Carlos, Antioquia, para sostener un amplio y abierto diálogo en el cual se abordaron
diferentes temáticas relacionadas con los conflictos armados que actualmente vive el país y que afec-
tan en diferentes formas a dicha población: su organización y participación, el reconocimiento de
sus derechos civiles, el proceso de desminado humanitario, así como el apoyo y acompañamiento
que han recibido y esperan obtener por parte de las instituciones gubernamentales comprometidas
y los resultados de los procesos emprendidos hasta el momento para rehacer sus formas de vida y re-
integrarse totalmente a la sociedad civil. Luberney Marín Cardona, coordinador de la Corporación
de Desplazados del Municipio de San Carlos (Cordesan), dijo públicamente que “en vista de la gran
disponibilidad del Estado, de la sociedad civil y de las propias víctimas, nosotros los reinsertados de
San Carlos, desde la óptica de una prospectiva de paz, no podemos ser inferiores a este reto que se
nos presenta y por eso clamamos hoy por el derecho de las víctimas a la verdad, a la justicia y a la
reparación, pero, igualmente, pedimos con mayor énfasis el derecho al perdón”.
Los siguientes son los objetivos de este encuentro:
- Avanzar en el asunto de la participación del Oriente en el Plan Nacional de Acción en Derechos Huma-
nos. Entrega de contextos municipales para su convalidación local. Responsable: Patricia Aristizábal.
- Evaluar el estado del arte de las Asambleas Locales y discutir la importancia de su articulación
con la Asamblea Provincial. Responsable: Milena Castañeda.
- Definir las tareas que debemos asumir colectivamente en las asambleas locales y en la provincial,
como garantía para nuestra permanencia. Responsable: Benjamín Cardona.
- Definir la participación de la Asamblea Provincial de Oriente en el encuentro departamental de
asambleas. Responsable: Benjamín Cardona.
- Definir colectivamente los grandes temas que deben tratarse en el plenario de la Asamblea Pro-
vincial Constituyente a realizarse el día 6 de septiembre. Responsable: Patricia Aristizábal.
SEGUNDA PARTE
El Urabá antioqueño

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Presentación

Configuraciones socioespaciales
y conflicto armado Urabá, 1990-2006

Este estudio hace parte del conjunto de trabajos que ha desarrollado el Ob-
servatorio para el desarrollo integral, el fortalecimiento institucional y la
convivencia ciudadana en zonas fuertemente afectadas por el conflicto ar-
mado, Odecofi. El Observatorio se pregunta por las limitaciones que expe-
rimentan regiones afectadas por la violencia y las posibilidades que ellas
ofrecen para superar su inserción desigual en el desarrollo nacional, cons-
truir relaciones de convivencia ciudadana y fortalecer instituciones estatales
de carácter democrático. En particular, Odecofi indaga por los procesos de
configuración social de las territorialidades de Urabá como parte de otro
asunto: las diferencias en la conformación territorial de las distintas regio-
nes colombianas y su interacción con el conflicto armado interno1.
En este documento analizamos de qué manera la heterogeneidad que
caracteriza a Urabá se concreta en sus variados procesos de colonización,
en la interacción desigual de éstos con las insurgencias y el paramilitarismo,
en el impacto diferencial de la instalación del proyecto agroindustrial bana-
nero en una zona de colonización y en las diferentes respuestas sociales que
promovieron sus pobladores para afrontar el conflicto armado. La región
fue elegida para el análisis no solo por la heterogeneidad mencionada sino
también porque en ella se engendró el proyecto paramilitar y desde allí se
extendió al resto del país, situación nodal para la comparación de la acción
paramilitar en distintas regiones de Colombia. El conjunto de los elementos
mencionados produjo diferentes territorialidades socioculturales y bélicas,
como se verá a lo largo del estudio.

1 Consultar página web www.odecofi.org.co

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264 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Partimos de la siguiente pregunta general: ¿de qué manera las prácticas


y representaciones de las diversas territorialidades socioculturales de la re-
gión inciden en el desarrollo del conflicto armado? Y, a la inversa: ¿de qué
manera el conflicto armado, con sus territorialidades bélicas, incide en las
relaciones y formas organizativas de las territorialidades socioculturales?
Este interrogante se particulariza en los siguientes:

• ¿De qué están “hechas” teórica y empíricamente las territorialidades


socioculturales, bélicas y administrativas2 que interactúan en el con-
flicto armado de Urabá?
• ¿Cuáles son, cómo funcionan y de qué manera afectan a las territo-
rialidades socioculturales las estrategias de control territorial de los
grupos armados y cómo los proyectos de las territorialidades han in-
teractuado con ese conflicto?
• ¿Cómo la dinámica de la guerra vinculó a la región con otras escalas
espaciales de orden subnacional y supranacional y qué efectos tuvo
en la creación de nuevas espacialidades, tanto de carácter global-lo-
cal como de reconfiguración de las territorialidades bélicas y socio-
culturales locales?
• ¿Qué efectos descargó la dinámica de la guerra en la estructura y el
curso del desarrollo económico regional?
• Finalmente, ¿cómo las nuevas territorialidades socioculturales3, bajo
la forma de respuestas sociales a la guerra (resistencia, adaptación,
colaboración, otras), actuaron sobre el desenvolvimiento de la misma
y hasta dónde tales réplicas han logrado impactos favorables para la
paz de la región?

Para comenzar, hay que aclarar que la región del Urabá antioqueño es
parte del Gran Urabá, un amplio territorio histórico-cultural que compren-
de porciones de los departamentos de Córdoba (Valencia, Tierralta), Chocó
(Riosucio, Acandí, Bojayá) y Antioquia. No nos ocuparemos de los avatares
históricos que fueron conformando esta macrorregión en tres jurisdiccio-

2 Es decir, la división de la región en las zonas norte, centro y sur, tal como se definen en
términos de la planeación y el ordenamiento territorial.
3 Esto significa que hay una mixtura entre territorio y acción de la sociedad, que desarrolló
este producto único que es la territorialidad. Véase Torres, Ana Clara (2008). En González
G., Fernán E. (Ed.) 2008. “Hacia la reconstrucción del país: desarrollo, política y territorio
en regiones afectadas por el conflicto armado”. Bogotá: Odecofi, Colciencias, Cinep.

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Presentación 265

nes administrativas diferentes, aunque mencionaremos esta fragmentación


cuando sea necesario, porque a sus pobladores, que transitan entre sus “seg-
mentos” como si no existieran, tal particularidad los somete a decisiones
políticas y administrativas no siempre coincidentes, a expresiones partidis-
tas dependientes de distintos caciques políticos radicados en tres ciudades
capitales departamentales bien diferenciadas entre sí, a las que se añaden
las diversas políticas nacionales impartidas para cada departamento, entre
otras divergencias de manejo administrativo que existen en ellos.
El Urabá antioqueño, en particular, es una de las nueve subregiones de
la división político-administrativa de Antioquia y la única costera: ubica-
da sobre la franja del Caribe, ofrece a las montañas antioqueñas una salida
al mar. Aloja a 508.802 habitantes, 293.235 en el área urbana y 215.567 en
la rural (censo del Dane, 2005), distribuidos en once municipios con ten-
dencia a la urbanización y divididos en tres zonas: 1) Norte (municipios de
Arboletes, Necoclí, San Juan de Urabá y San Pedro de Urabá), de ganade-
ría extensiva y con algunas parcelas de arrendatarios y, en menor número,
de pescadores; 2) Centro, o eje bananero (municipios de Apartadó, Carepa,
Chigorodó, Mutatá y Turbo), donde se concentran los servicios y la mayor
riqueza y desarrollo económico de la subregión; y 3) Sur, o Atrato Medio
(municipios de Murindó y Vigía del Fuerte), con un 43% del territorio ocu-
pado por pantanos y zonas anegadizas y un 50% por bosques, aislado del
comercio y con los peores indicadores de calidad de vida4.
La ubicación estratégica es una de las mayores riquezas que Urabá ofrece
al país y al departamento, por las condiciones excepcionales de conexión
marítima y fluvial que presenta el golfo con el exterior y por la navegabilidad
de su caudalosa red hídrica5. Forma parte además del Chocó Biogeográfico,
“uno de los pocos reductos de biodiversidad que quedan en el mundo como
producto de una combinatoria entre la precipitación, el clima, el relieve y
procesos geológicos específicos (…) una muestra de su riqueza está repre-
sentada en (…) los parques naturales de Paramillo, Utría y Los Katíos” (Iner,
2000, p. 74). Tales riquezas están presentes en los ecosistemas estratégicos
de la serranía de Abibe, donde se asienta el mayor complejo orográfico de la
zona; el piedemonte, o estribaciones de la serranía, donde se ubica el mayor

4 Consultoría de la Gobernación de Antioquia. Contrato No. 2006-CC 35-342. Sector


Agroindustrial, Región Urabá Antioqueño. Grupo de Estudios Empresariales y Desarrollo
Económico (Gede) y Centro de Investigaciones Económicas (CIE) de la Universidad de
Antioquia. Medellín, 2007, p. 32. Disponible en: http://www.antioquia.gov.co/organismos/
scompetividad/doc_estudios/urabaadelante/informefinalconsultoriauraba.pdf
5 Op. cit., pp. 21-22.

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266 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

porcentaje de cultivos transitorios y de economía campesina (hoy merma-


dos por los desplazamientos); el abanico aluvial, donde están los mayores
depósitos de sedimentos provenientes de la serranía y que fertilizan la zona
de la agroindustria bananera, razón para que, en la década de los años 70,
se presentaran allí los mayores conflictos por la posesión de las tierras más
apetecibles.
Los ecosistemas restantes –una llanura de inundación extendida a lo
largo de la cuenca del río León y de la planicie aluvial del río Atrato, que
conforma un sistema de ciénagas– son primordiales para la reproducción de
muchas de las especies de flora y fauna pero están peligrosamente sometidos
a extinción a costa de los intereses privados que estimularon procesos de de-
secación para obtención de nuevas tierras; éstas, además de ser puente con
la zona del Darién, han pertenecido a territorios ancestrales de poblaciones
afrocolombianas, desplazadas de manera forzada al eje bananero y fuera de
la región. Finalmente, el complejo costero, que incluye el golfo de Urabá, los
estuarios y los bosques de manglar que bordean las costas de los municipios
de Turbo, los demás del norte de Urabá (Iner: 2000, pp. 74-76) y los del Ura-
bá chocoano, son objeto de control por parte de grupos armados de distinta
índole, ya que por ellos circulan drogas, armas y ejércitos.
Esta conjunción entre riquezas naturales, variedad de ecosistemas para
el establecimiento de diversas actividades, ubicación geoestratégica para la
comunicación entre el interior de Antioquia y el país con el río Atrato y el
mar, zona aislada y selvática buscada como refugio por desterrados, perse-
guidos y combatientes, además de emigrantes pobres y ricos que llegaron
a hacer uso de sus riquezas y a crear fortunas, propició la aparición de un
cúmulo de intereses que entraron en disputa. Dichos intereses no solo pug-
naron por las ventajas, riquezas y características de la región (el uso que
hicieron los grupos armados de sus condiciones geográficas para el tráfico
ilegal de armas, el ingreso de insumos químicos para el procesamiento de la
coca, el embarque de narcóticos, así como la preservación de la zona selvá-
tica como lugar de refugio y descanso), sino que además, con ayuda de estas
ventajas y desde la región, los grupos armados libraron una disputa por la
soberanía del Estado.
Fuera de que el conflicto armado se alimenta de la confrontación entre
insurgencia y Estado, también lo motiva la apropiación privada de las carac-
terísticas de la región, incluidos los contextos problemáticos construidos en
la configuración de la región, es decir, sus conflictos locales. En las páginas
siguientes veremos que la situación variable del conflicto armado durante
los últimos veinte años trastornó la configuración de las territorialidades

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Presentación 267

y la manera como los pobladores habitan el territorio, correlación que no


solo cambió la distribución espacial de indígenas, negros, mestizos, cam-
pesinos, empresarios, insurgentes y paramilitares, sino que propició igual-
mente nuevas construcciones sociales, culturales y políticas con las cuales
los pobladores se reconstruyeron en su ser cultural y en su formación como
ciudadanos.
Para el análisis de la reconfiguración del conflicto y de la región se en-
trecruzaron las dimensiones espacial y temporal con algunas hipótesis de
trabajo. Es decir, se analizó la heterogeneidad regional desde la perspectiva
de las territorialidades socioculturales, bélicas y administrativas que co-
existen en la región, concebidas como construcciones espacio-temporales y
moldeadas por pobladores, guerreros y también decisiones administrativas
y de planeamiento del Estado. La dimensión temporal se incorporó para lo-
calizar los cambios socioespaciales ocurridos a lo largo de los últimos veinte
años, sin prescindir de las alusiones históricas necesarias para entenderlos.
Finalmente se formularon hipótesis sencillas para trabajar la incidencia di-
ferenciada entre el conflicto y las territorialidades socioculturales, hipótesis
que resaltan la transformación de la experiencia humana en el conflicto, las
maneras diferenciadas como la población lo ha sobrellevado y respondido
culturalmente mediante la creación y adaptación de formas de justicia des-
tinadas a sobrevivir en medio de la guerra.
El orden de exposición del documento es el siguiente: Comienza con una
aproximación a la región de Urabá a partir de la manera como los procesos
de poblamiento, superpuestos con los procesos de ingreso y expansión de
los grupos insurgentes, provocaron las principales diferenciaciones socio-
espaciales en la región. En el curso del periodo 1960-1988 ambos procesos
dieron origen, respectivamente, a territorialidades socioculturales y territo-
rialidades bélicas.
Una vez caracterizadas las territorialidades socioculturales y bélicas in-
surgentes y el tipo de conflictos desatados entre ellas, el segundo capítulo
centra la atención en mostrar de qué manera el arribo de los ejércitos para-
militares transformó el conflicto y el mapa de las territorialidades existentes
a través de una lucha a muerte entre actores armados que involucró a los
pobladores de las distintas territorialidades. Enseguida nos detenemos en
los serios efectos que produjo este conflicto armado en todas las territoria-
lidades de la región, es decir, en cómo cambió la economía regional y cuál
fue la incidencia sobre los actores formales e informales que componen la
estructura económica misma.

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268 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

El último capítulo está referido al establecimiento de relaciones de tipo


interescalar entre la región, los mundos locales y el mundo global, surgidas
ante la urgencia de contener los atropellos contra la población regional con
apoyo en una nueva institucionalidad, y termina con las respuestas sociales
y culturales al conflicto armado engendradas por esa interacción escalar,
que dio lugar a nuevas prácticas, nuevos instrumentos normativos y simbó-
licos y nuevas concepciones subjetivas construidas en la región.

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Capítulo 1

Las territorialidades y el conflicto


armado insurgente, 1960-1988

Este capítulo procura hacer una aproximación a la región de Urabá a partir


de la manera como los procesos de poblamiento, superpuestos con los de
ingreso y expansión de los grupos insurgentes, provocaron las principales
diferenciaciones socioespaciales en la región. Ambas evoluciones dieron ori-
gen, respectivamente, a territorialidades socioculturales y territorialidades
bélicas durante el periodo 1960-1988. En ese lapso se presentaron transfor-
maciones fundamentales, que tienen explicaciones básicas en la configura-
ción de ambas territorialidades, porque: 1) se incrementó el proceso de colo-
nización de la región y cambiaron las características propias de una zona de
frontera; 2) se configuró Urabá como zona agroindustrial ligada al mercado
internacional, al tiempo que se fortalecía la economía campesina; 3) empezó
un proceso de urbanización que todavía continúa; y 4) cambió el énfasis del
proyecto revolucionario de la guerrilla, que comenzó siendo agrarista y fina-
lizó el periodo imprimiéndole un giro urbano.
La configuración de las territorialidades que veremos en este capítulo es
una suerte de introducción a los demás, dado que éste ofrece las claves para
entender, en el Capítulo 2, las diferencias de intensidad del conflicto con re-
lación a las territorialidades históricamente configuradas una vez instalado
el paramilitarismo en la región; en el Capítulo 3 permite entender la dispa-
ridad espacial en los efectos económicos de la guerra, y en el 4 las distintas
formas de interacción de los pobladores con la nueva institucionalidad y las
desiguales respuestas sociales al conflicto armado, producto de su pertenen-
cia a territorialidades distintas.

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270 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

La importancia de interpretar una región en conflicto armado desde la


perspectiva de las territorialidades reside en que éstas no son un elemento
menor en las relaciones de poder sino “un componente necesario de toda re-
lación de poder, que, en definitiva, participa en la creación y mantenimiento
del orden social, así como en la producción del contexto espacial a través del
cual experimentamos el mundo, legal y simbólicamente”1. En síntesis, son
las relaciones de poder las que están en el trasfondo de la mirada a la región
desde la perspectiva de la territorialidad, es decir, las interacciones a las que
alude este texto son relaciones de poder sin que se intente sopesarlas.
Escoger a la región de Urabá para desarrollar distintos proyectos de vida
de tipo cultural y militar dio lugar a contactos voluntarios entre guerrilla y
pobladores, pero también a relaciones conflictivas. En la década de 1960 las
guerrillas llegaron a Urabá con un proyecto ideológico sustentado en la lucha
revolucionaria concebida inicialmente para áreas rurales, alimentada por pro-
blemas de tierra entre campesinos, latifundistas, concesionarios de explotacio-
nes y agroexportadores, y apuntalado en organizaciones y movimientos agra-
rios en actitud de protesta contra el Estado. En la década de 1980 sumaron a su
proyecto insurgente rural los problemas de las organizaciones y movimientos
sindicales y urbanos, al hacerlos parte de una estrategia nacional guerrillera de
expansión territorial con impacto en importantes zonas económicas del país
como, lo era Urabá (Pécaut, 1997; González, Vásquez y Bolívar, 2002).
En ese desarrollo de expansión militar la insurgencia tradujo a conceptos
revolucionarios las problemáticas de los procesos de colonización campe-
sina, es decir, interpretó las limitaciones de los colonos para acceder a la
tierra, a la economía y a la política como una imposibilidad para el “acceso
a los factores de producción”, una desfavorable “posición en la estructura de
clase” o desventajosas “formas productivas”, entre otras maneras de nombrar,
según su discurso, el estado y las características de la configuración territo-
rial. La traducción de tales características en el cuerpo de su discurso sirvió
a la guerrilla para argumentar su disputa por el poder en la región y para
reforzar, desde la región, la construcción de un proyecto de nación en clave
revolucionaria.
Simultáneamente con las guerrillas, a lo largo y ancho del territorio fue-
ron estableciéndose oleadas de pobladores de distintas corrientes culturales,
oleadas que se diferenciaron en su manera de asentarse, itinerar y concebir

1 Cairo Carou, H. (2001). “Territorialidad y fronteras del estado-nación: Las condiciones de


la política en un mundo fragmentado”. En Política y Sociedad, No. 36 (2001), Madrid, pp.
31-32.

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Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 271

sus procesos sociales. Las diferencias en los móviles de llegada a la región


eran claras, se distinguían los múltiples patrones culturales, eran diversas
las formas de adaptación de sus prácticas tradicionales al entorno y la pro-
ducción de nuevos hábitos, sus trayectorias en la instalación y las luchas por
el territorio tenían orígenes diferentes, como eran también desiguales las
herencias políticas que vinculaban a los migrantes con los caciques de sus
territorios de origen (Medellín, Cartagena, Montería, Quibdó) y desiguales
las agendas organizativas y los intereses. Todo lo anterior fue configurando
distintas territorialidades socioculturales, como analizaremos adelante.
Los pobladores y los insurgentes interactuaron de maneras desiguales,
según se relacionaran sus “agendas”, es decir, cada territorialidad sociocultu-
ral fijó términos distintos de relación para interactuar con la insurgencia del
EPL y de las Farc, mientras que la insurgencia puso sus intereses al “servicio”
de la colonización procurando que los colonos se sumaran a su causa revo-
lucionaria en medio de su proceso de campesinización. Debe destacarse la
peculiar relación de las guerrillas con los grupos étnicos indígenas y negros,
según la hipótesis de que ellos poco representaban para la causa revoluciona-
ria. La aparición del actor paramilitar a finales de la década de 1980 cambió
la percepción de la guerrilla sobre las territorialidades indígenas y negras, al
tiempo que tal presencia transformó los parámetros de la guerra en la región
e involucró a estas poblaciones en el conflicto.
Este capítulo pretende, entonces, responder a dos interrogantes: ¿qué son
las territorialidades? y ¿qué tipos de territorialidades se configuraron en la
región y cuáles son las diferencias entre las socioculturales y las bélicas?

La diferenciación socioespacial y la noción de territorialidad


La región de Urabá es reconocida por su heterogeneidad étnica, cultural y
social –característica ajustada a una zona de reciente colonización– y tam-
bién reconocida por la beligerancia y violencia de los complejos procesos
y relaciones entre actores militares y políticos. ¿En qué consiste esa hete-
rogeneidad? ¿Cómo coexisten las diferencias? ¿Cuál fue el origen de tales
contrastes espaciales en la región? Algunos rasgos generales pueden explicar
en parte las notables disimilitudes socioespaciales:

• La multidimensionalidad y simultaneidad de concepciones de orden


simbólico y material sobre el espacio que distinguen a los grupos in-
dígenas y negros, a los campesinos de diversas partes del país, a los

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272 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

empresarios y a los actores armados, diferencias que coexisten en el


territorio.
• La interacción entre un conjunto de intereses que se dirimen en pro-
cesos complejos y en disputas entre actores por la materialización de
un interés determinado. Sirven como ejemplo el conflicto entre el em-
presariado y los campesinos por quedarse con los suelos más fértiles
de la región o la tensión existente en los territorios colectivos de las
minorías negras por las diferencias entre hacer primar el interés sim-
bólico y la reproducción social de sus grupos o el interés material y la
explotación de los recursos del territorio, tirantez que los ha llevado a
serios conflictos2 entre sí y con los grupos armados. En contraste, cabe
mencionar el relativo equilibrio entre el interés simbólico y el material
sobre el espacio que han logrado preservar los grupos indígenas.
• Otro rasgo diferencial es el tipo de relaciones sociales y prácticas parti-
culares con las que interactúan empresarios, ganaderos, campesinos,
grupos étnicos y grupos armados. Cada tipo de relación crea determi-
nados vínculos con el espacio, destinados a asegurar la reproducción
de sus respectivos grupos.
• Finalmente, están los discursos con los que se autorreconocen los po-
bladores de las distintas territorialidades y con los cuales éstas, a su
vez, son reconocidas afuera. No es suficiente que las territoriales exis-
tan sino que sean reconocidas socialmente3, se las diferencie e incor-
pore en un sistema mayor y más complejo de relaciones regionales de
poder. (Barth, 1976; Allen, Massey y Cochrane, 1998, p.2).

2 Esta última disputa está en la base de los conflictos de las comunidades negras por ne-
gociaciones de tierra individuales con paramilitares y narcotraficantes, disputas que han
ocasionado desplazamientos y muertes de pobladores negros por los efectos sobre el posi-
cionamiento regional de la guerrilla y las prácticas de retaliación en las que ésta incurre en
las nuevas fases de la guerra por el territorio, lo que ha exacerbado el control militar sobre
el uso simbólico y material en las denominadas territorialidades bélicas. Véase Haesbaert,
R. da (2007). O mito da desterritorializção: do “fim dos territórios” á multiterritorialidade. 3°
ed. Rio de Janeiro: Bertrand Brasil, pp. 1-37.
3 El reconocimiento es diferente, en dependencia del ámbito de las relaciones, es decir, si se
trata del contexto internacional, nacional, regional, subregional y local. Esto es fundamental
para entender cómo dialogan, por ejemplo, las territorialidades indígenas con las instancias
nacionales e internacionales en cuanto a sus autonomías territoriales reconocidas constitu-
cionalmente; cómo los negros de los territorios colectivos del Atrato sustentaron sus retor-
nos en la Ley 70 de 1993; cómo las comunidades de paz interactúan de forma parcial con
el Estado nacional utilizando mecanismos de interlocución presentes en la Constitución,
al mismo tiempo que muestran posturas antiestatales y se protegen con disposiciones de
protección internacionales, entre otros ejemplos.

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Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 273

La interacción entre concepciones, intereses, relaciones y discursos sobre


las formas de entender, practicar y construir el espacio, establecen la diferencia
en la configuración socioespacial de las territorialidades urabeñas. Para dife-
renciar dichos espacios agruparemos estas características en tres claves teóri-
cas, que nos proveen Soja (1971) y Sack (1986)4 y que nos permiten interpretar
la diferenciación espacial de la región de Urabá proporcionada por fuentes
primarias y secundarias, así como por las propias referencias empíricas.
En primer lugar, Soja nos propone la siguiente noción de territorialidad,
al afirmar que ella es

“específicamente humana [y] tiene tres elementos: el sentido de la identidad es-


pacial, el sentido de la exclusividad y la compartimentación de la interacción hu-
mana en el espacio. Proporciona, entonces, no sólo un sentimiento de pertenencia
a una porción particular de tierra sobre el que se tienen derechos exclusivos, sino
que implica un modo de comportamiento en el interior de esa entidad” (resaltados
propios).

Por su parte, Sack interpreta la territorialidad como

“una conducta humana que intenta influir, afectar o controlar acciones mediante
el establecimiento de un control sobre un área geográfica específica: el territorio”.

Las claves de sentimiento de pertenencia, modo de comportamiento y con-


trol de un área geográfica específica nos permiten argumentar la existencia de
una territorialidad particular y diferenciar los contenidos de todas las exis-
tentes. Asimismo, mostrar cómo las territorialidades no son objetos natura-
les sino realidades históricas configuradas por grupos sociales y culturales
que han materializado sus formas de representación y sus prácticas sociales y
políticas en procesos determinados de relación con el espacio. En sus respec-
tivos procesos, cada territorialidad marcó fronteras y estableció diferencias
con otras territorialidades, sin que esto quiera decir que interiormente sean
homogéneas, toda vez que ellas comportan divergencias y disensos intrínse-
cos (entre generaciones, clases, géneros y entre interpretaciones sobre lo que
originan estos conflictos), que son los factores que impulsan la reinvención
de las territorialidades5.

4 Citados por Cairo Carou, H. op. cit. (2001), p.32.


5 Para los temas de fronteras, zonas fronterizas, límites, véanse Cairo Carou, H. op. cit. y
Grimson, A. 2008.

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274 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Interpretar la territorialidad de esta manera da la posibilidad de relacio-


nar lo simbólico, lo material y lo político del espacio, y unir los fragmentos
dejados por viejos paradigmas del siglo XIX aún persistentes en política,
antropología y geografía que trabajaban el espacio separada y fragmentaria-
mente. Es decir, nos permite:

i) Prescindir de la noción decimonónica occidental tradicional de un


Estado soberano que gobierna sobre un territorio determinado, de-
limitado y culturalmente homogéneo en sus patrones de lengua, re-
ligión y raza, visión que negó por mucho tiempo el reconocimiento
político de la multiculturalidad, los distintos lugares que ocupan las
territorialidades dentro de un sistema de relaciones de poder y la dis-
puta de la soberanía al Estado por parte de los grupos armados.
ii) Esa noción de territorialidad también desvirtúa la concepción de la
antropología tradicional, que interpretaba las culturas como si fueran
“naturales” y silvestres en espacios homogéneos, nichos inflexibles
con referentes cerrados e identidades monolíticas6. La nueva concep-
ción, dota de historia a la cultura y al espacio, liga la diversidad de la
cultura con las particulares circunstancias de lugar, modo y tiempo
desde donde hablan, piensan e interactúan los grupos negros, indíge-
nas, chilapos, paisas, campesinos, o los pobladores urbanos de Urabá,
y permite entender el mundo como “un conjunto de relaciones que
producen diferencias”, para explorar la construcción de tales diferen-
cias en el proceso histórico7.
iii) Finalmente, nos permite interrogar a la estrecha idea del espacio que
tiene la vieja geografía, al concebirlo como contenedor de poblacio-
nes y de culturas, y también rechazar el determinismo geográfico que
le arrebata a la cultura la posibilidad de producir sus propias adap-

6 A pesar de ser paradigmas muy viejos, en el transcurso del desarrollo de la disciplina perma-
necen en el “inconsciente colectivo antropológico”, como lo discuten Gupta, A. y Ferguson,
J. (1997) en su artículo “Discipline and Practice: ‘The Field’ as Site, Method, and Location
in Anthropology”. Disponible en; http://books.google.com/books?hl=es&lr=&id=C4fUm
MDEbUIC&oi=fnd&pg=PA1&dq=Discipline+and+Practice:+%E2%80%98The+Field%E2
%80%99+as+Site,+Method,+and+Location+in+Anthropology&ots=edGNOhlTC_&sig=B
u6AomjHBxrLP8vFhGHlqccfh14#v=onepage&q=Discipline%20and%20Practice%3A%20
%E2%80%98The%20Field%E2%80%99%20as%20Site%2C%20Method%2C%20and%20
Location%20in%20Anthropology&f=false
7 Gupta, A. y Ferguson, J. (1992). “Más allá de la cultura”. Disponible en: http://www.ram-
wan.net/restrepo/teorias-antrop-contem/mas%20alla%20de%20la%20cultura-ferguson-
gupta.pdf

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Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 275

taciones, relaciones, patrones o discursos en la construcción de las


nuevas espacialidades.

Con las tres claves que nos proporcionan Soja y Sack, abordaremos el
segundo interrogante de este capítulo, sobre los tipos de territorialidades que
se configuraron en la región y las diferencias entre las socioculturales y las
bélicas.

Tipos de territorialidad
En Urabá se superponen tres tipos de territorialidades: 1) la sociocultu-
ral, que agrupa los procesos poblacionales más importantes8; 2) la béli-
ca, relacionada con los procesos de expansión y desarrollo del proyecto
insurgente en la región de Urabá9; y 3) la institucional, que muestra la
diferenciación espacial para atender asuntos de gestión y ordenamiento
departamental, y sobre la cual se ejerce un control administrativo y mi-
litar explícito. Tales territorialidades están motivadas, concebidas y habi-
tadas con objetivos diferentes, que hacen de tal diversidad un terreno de
contradicción y conflicto.
A pesar de no ser objeto de nuestra preocupación, requerimos, en pri-
mer lugar, un simple esbozo de la territorialidad institucional, por ser éste el
ordenamiento que se utiliza para acopiar la información y asentar los regis-
tros gubernamentales. Los datos así recolectados son los que utilizamos para
nuestro análisis. Enseguida veremos cómo se configuraron las territoriali-
dades socioculturales y, finalmente, las bélicas. Proponemos un mapa que
superpone de manera gráfica ambas territorialidades, aunque para su lectura
es necesario un trabajo de campo explícito que indague en profundidad por
los órdenes creados en esa “superposición”.

8 Hay que hacer la diferencia entre las territorialidades socioculturales y otras diferenciacio-
nes espaciales que se utilizan, por ejemplo, en los análisis de tipo económico y político que
acostumbran espacializar sus datos. En este estudio tales diferencias hacen parte, constituyen,
están entre los rasgos de configuración de las distintas territorialidades: en lo económico, por
ejemplo, la actividad agroindustrial es constitutiva de la territorialidad empresarial junto con
otras características sociales que complementan las prácticas económicas, como el tipo de
relaciones empresariales o los discursos hegemónicos sobre el desarrollo que ha producido la
actividad agroindustrial, entre otros rasgos a los que nos referiremos en el texto. Igual sucede
con la economía de subsistencia, vista como una práctica que acompaña procesos históricos,
relaciones sociales y parentales y otros rasgos de la territorialidad campesina.
9 A la territorialidad bélica ingresarán los paramilitares en el capítulo siguiente.

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276 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

La ordenación institucional del territorio


Para establecer el ordenamiento territorial, la administración departamental
ha dividido la región en zonas: Norte (municipios de Arboletes, Necoclí, San
Juan de Urabá y San Pedro de Urabá), Centro o eje bananero (Apartadó,
Carepa, Chigorodó, Mutatá y Turbo) y Sur o Atrato Medio (Murindó y Vigía
del Fuerte). Este ordenamiento constituye la guía para el diseño y ejecución
de las políticas gubernamentales.
La división de la región en tres zonas está directamente asociada con el
desarrollo de la zona Centro y la actividad económica del banano. A media-
dos de 1960 esa labor comenzó su instalación y proceso de desarrollo en la
zona Centro, la más fértil de la región (el abanico aluvial), razón para que es-
tos suelos fueran los más apetecidos por todos los pobladores. Allí prosperó
una economía de enclave de carácter privado y sin regulaciones del Estado,
cuyo éxito hizo que la zona alcanzara un auge mayor al del resto de la región
y marcara la pauta para la futura diferenciación y ordenamiento administra-
tivo del territorio. William Ramírez argumenta que la Compañía Frutera de
Sevilla tuvo un papel rector en el establecimiento del mapa bananero y ayudó
a crear un desarrollo capitalista de gran impacto en términos del crecimiento
y de notables consecuencias sociales, al modificar los patrones tradicionales
de migración, propiedad territorial, colonización campesina y empleo. De
ahí derivó en Urabá un crecimiento económico, una concentración territo-
rial10 y una descomposición de formas de colonización campesina (Ramírez
Tobón, 1993: 30-31)11.
El crecimiento económico de la zona bananera (eje o zona Centro) no
se derramó al resto de la región: no hubo mayores reinversiones por fuera
de las que se hicieron en las fincas bananeras, no se instalaron servicios por
fuera de sus cabeceras ni las demás tuvieron los demás beneficios colatera-
les; las pocas oficinas del Estado se abrieron en el Centro, además de otras
decisiones funcionales a los intereses del desarrollo empresarial, que fueron
ocasionando graves desequilibrios intrarregionales y configurando una re-
gión desagregada y fragmentada.
Un buen número de estudios sobre la región (Uribe, 1992; Botero, 1990;
García, 1996; Bejarano, 1988; Ramírez, 1993 y 1997; Ortiz, 2001) se refieren

10 William Ramírez Tobón, “Estado y crisis regional. El caso de Urabá”. En Análisis Político, No.
20, Bogotá, septiembre-diciembre de 1993 pp. 23-38. En el periodo 1977-1986 el proceso de
concentración de la propiedad podía inferirse de la desaparición de las fincas menores de 10
hectáreas y de la reducción, en un 50%, de aquellas situadas entre 10 y 30 hectáreas, p. 31.
11 William Ramírez Tobón (1993), op. cit.

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Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 277

de una u otra manera a que el Estado estuvo ausente durante el proceso de


instalación de la agroindustria, a la pálida presencia para afrontar los efectos
de una implantación económica tan agresiva y a la incapacidad para dirimir
los conflictos creados en esa confrontación. En opinión de todos, el Estado
se acogió a los resultados de la disputa por el territorio entre empresarios
y una variedad de grupos emigrantes y ancestrales12, aceptó igualmente la
distribución inequitativa de la infraestructura construida por el capital y la
presencia institucional en la zona Centro, así como la primacía de las redes
de relaciones capitalistas creadas por los empresarios, que consolidaron un
modelo sustentado en una concepción material del desarrollo.
El resto de la región (zonas Norte y Sur) se desarrolló a su aire, es decir, re-
pitiendo la historia de configuración sin presencia de un Estado que regulara la
intervención privada del capital y diera espacio a todos sus pobladores. Así que el
desarrollo desigual de la región no fue producto de niveles incomparables en la
distribución regional del ingreso, sino de la naturaleza de las relaciones sociales
y del tipo de nociones de desarrollo prevalecientes en el Centro, con los cuales
el Estado fundamentó sus decisiones para ordenar y gestionar las zonas Norte y
Sur mediante una noción discursiva de tipo material y productivo.
En estas dos últimas zonas, carentes del desarrollo económico del Cen-
tro, se vislumbra hoy un proceso de producción del territorio semejante al del
eje bananero, a juzgar por la magnitud del conflicto que revelan las cifras de
muertes, desalojos y despojos surgidos de la concentración de la propiedad al
Norte y de las prácticas fraudulentas al Sur, en las que el Estado se muestra ino-
perante o anuente (véanse capítulos siguientes). En conclusión, las decisiones
del Estado en Urabá han acompañado los intereses del capital más que los in-
tereses de los demás grupos sociales campesinos y de minorías étnicas, persis-
tentemente desalojados por los empresarios del Centro, por los ganaderos del
Norte y por los extractores de recursos agroindustriales de la palma, en el Sur.
La división institucional y de ordenamiento tiene implicaciones para
nuestro análisis porque el Estado recoge y organiza la información oficial
–fiscal, demográfica, de calidad de vida, del conflicto– de manera zonal y
municipal y a partir de ella ejerce el control sobre el territorio. Nosotros nos
apoyamos en el orden administrativo territorial y en la información cons-
truida municipalmente por el Estado, para superponerlos sobre las territo-
rialidades socioculturales y bélicas que no están compuestas por municipios
y cuyos bordes difusos y porosos se desvanecen en los límites municipa-

12 Campesinos y mestizos sabaneros e interioranos, indígenas y negros, entre una variada


gama de buscadores de fortuna que debieron plegarse a tales reglas o abandonar la zona.

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278 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

les. Esta advertencia es necesaria porque más adelante espacializaremos la


estricta delimitación de los datos oficiales por municipios, en lo difuso y
borroso de las territorialidades “no municipalizadas”. De todas maneras, ese
ejercicio permite diferenciar, con el apoyo de las cifras, el impacto, magnitud
y formas de interacción del conflicto armado a lo largo y ancho de la región
a pesar de que los datos no compaginen estrictamente con la delimitación de
las distintas territorialidades13.
La cita siguiente resume el sentido de la territorialidad institucional que
queremos expresar:

“En el Estado-nación, que evidentemente es la forma de organización política


que se ha generalizado en la economía-mundo capitalista, el uso novedoso de la
territorialidad se ha concretado especialmente en tres aspectos: la creación de un
concepto de «espacio vaciable» –es decir, un espacio físico separado conceptual-
mente de los constructos sociales o económicos o de las cosas–, la creación de las
burocracias modernas –cuyas actividades tienen límites explícitamente territo-
riales– y el oscurecimiento de las fuentes del poder social.
“La última función es, notablemente, la más peligrosa, ya que al oscurecer el ca-
rácter de clase del Estado, la territorialidad moderna logra que todos los habitan-
tes de un territorio se conviertan en «nacionales» de un Estado-nación y se iden-
tifiquen con él. De este modo se produce una fuerte legitimación de las guerras,
que se convierten en «guerras populares» so pretexto de defensa del territorio
nacional” (Cairo, 2001, p. 32).

Las territorialidades socioculturales y bélicas que veremos a continua-


ción precisamente desvirtúan esa idea territorial estatal y muestran que los
espacios no son vacíos: son sociales, producto de relaciones de poder dife-
rencialmente tratadas por el Estado.

Las territorialidades socioculturales


De todas las territorialidades socioculturales de la región de Urabá, la de
mayor ancestro es la de los grupos indígenas, por ser ellos habitantes ante-
riores a cualquier proceso conquistador español y colonizador de cualquier
otro grupo. A éstos les sucedieron las colectividades negras, que inicialmente
llegaron a guarecerse de sus antiguos amos y luego a establecerse, una vez
liberados de la esclavitud en el siglo XIX. Muy recientemente –segunda mitad

13 Mientras la recolección de la información no se haga por veredas será imposible agregar los
datos de manera más pertinente con la configuración de las territorialidades propuestas.

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Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 279

del siglo XX– se unieron otros emigrantes, provenientes de las sabanas de Bo-
lívar y Córdoba y del interior del país, en un complejo proceso colonizador.
Las migraciones incorporaron a la región antioqueña las problemáticas de
sus regiones vecinas14; así lo han demostrado muchos de los estudios sobre
Urabá, que interpretan ese territorio como zona de refugio político, económi-
co y social (Uribe, 1992; Botero, 1990; García, 1996; Bejarano, 1988; Ramírez,
1993; Steiner, 2000) y como zona de desfogue de otras regiones acosadas por la
ampliación del latifundio en el Sinú, la exclusión de potenciales masas trabaja-
doras de las industrias del interior del país y la intolerancia para la convivencia
entre partidos políticos oficiales en áreas consolidadas del país, fanatismo que
provocó el destierro de los lugares de origen de muchos habitantes. Sin embar-
go, la llegada a Urabá no significó para los colonos la liberación de sus proble-
mas, pues con su instalación se atizaron disputas por la tierra con pobladores
indígenas ancestrales y con otros pobladores, cuyos intereses económicos no
coincidían con los promovidos por los colonos, como ocurrió con los conce-
sionarios de madera, constructores de carreteras, inversionistas en tierras y
agroindustriales del banano, entre los más poderosos intereses.
Habitar una nueva región implicó para los colonos resignificar sus luga-
res de origen en la construcción de sus nuevos espacios. Ese proceso paula-
tino de asentamiento, apropiación, identificación y producción del espacio,
construyó sentimientos de identidad, mostró diferentes formas de instala-
ción de los pobladores de cada oleada colonizadora, forzó la definición de
comportamientos para el entendimiento entre grupos diferentes y formas
de control sobre áreas geográficas específicas. Todos estos elementos fueron
diseñando distintas territorialidades.
Es preciso declarar y anticipar que, del conjunto de las territorialidades
socioculturales (campesinas, de acaparamiento, empresariales, urbanas y
étnicas –indígenas y negras–), fueron las étnicas las que mostraron mayor
decisión para enfrentar el conflicto armado, al permanecer en sus territorios
mediante una variada utilización de recursos, con los cuales trataron de en-
torpecer de alguna manera las formas de actuación de los actores armados,

14 El Urabá antioqueño hace parte del Gran Urabá, macrorregión compuesta por el Urabá
chocoano, el cordobés y el antioqueño. En este texto nos referimos al antioqueño, elegido
como unidad de análisis por aglutinar en su territorio masas de emigrantes provenientes del
Caribe, el Chocó, las sabanas de Córdoba y Bolívar, y también el interior de Antioquia. Tal
concentración obedeció principalmente, de un lado, a que fue considerada zona de refugio
por habitantes expulsados de sus lugares de origen, y, del otro, a que la implantación de la
agroindustria bananera atrajo mano de obra e imprimió un fuerte dinamismo económico
en la zona Centro del Urabá antioqueño.

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280 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

se transformaron como sujetos y renovaron sus culturas, asunto que desa-


rrollamos en el Capítulo 4.

La trayectoria colonizadora15
Por los registros arqueológicos y los estudios etnohistóricos se sabe que Ura-
bá ha sido de vieja data tierra tule y embera, a la que arribaron procesos co-
lonizadores que la tornaron pluriétnica y más tarde multicultural. En el siglo
XVIII bajaron por el río Atrato grupos de cimarrones o manumitidos pro-
cedentes del sur y del interior de Antioquia; en el siglo XIX se reportó una
actividad comercial ejercida por negros caribeños que entraban por el mar
y remontaban el Atrato hasta Quibdó; a finales de ese mismo siglo llegaron
los primeros sinuanos por el norte de Urabá, en una colonización extractiva
de madera y tagua dirigida por una compañía norteamericana que “barría”
de manera ordenada, en dirección oriente-occidente, las cuencas de los ríos
San Jorge, Sinú (Urabá cordobés), Mulatos y San Juan (Urabá antioqueño).
Todos estos procesos de poblamiento se acentuaron en las primeras déca-
das del siglo XX, cuando colonos sinuanos se internaron en el norte de la re-
gión, una vez fueron desalojados por el latifundio ganadero del actual depar-
tamento de Córdoba, mientras, de manera simultánea, llegaban por el sur los
primeros paisas, algunos fugados de la colonia penal de Antadó, en Ituango
(región occidental de Antioquia). Otros fueron empleados en la apertura de
la carretera al mar, que comenzó al finalizar el decenio de 1920 y terminó en
1957, cuando llegó a Turbo; y un tercer grupo ingresó como trabajadores del
proyecto de caucho de Mutatá o como paisas liberales que buscaron refugio
para escapar de la violencia de los años cincuenta (véase mapa 2).
Las distintas oleadas colonizadoras, dotadas de móviles propios, se fue-
ron estableciendo a lo largo de las rutas de arribo y dejaron a su paso territo-
rios culturales muy marcados: el norte de Urabá se reconocía como sinuano;
las costas, por su sabor caribeño; el Atrato, por interétnico, habitado por
una población negra de temperamento distinto del portado por la caribeña
y los indígenas emberas de río; el sur, mayoritariamente paisa; la serranía de
Abibe, poblada por emberas de montaña y, más al norte, por indígenas tule
ubicados entre Turbo y Necoclí. Durante la Violencia, y como lo hicieron
algunos paisas en el sur, los indígenas zenúes de las sabanas de Córdoba
buscaron también refugio en el norte de Urabá, en sitios que bautizaron con
los nombres de Canime, El Volao y Varasanta.

15 Para mayor detalle, véanse Uribe, 1991, Steiner, 2000 y Ortiz, 2001.

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Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 281

Mientras sucedían estos procesos de colonización, a mediados del de-


cenio de 1960 la agroindustria bananera llegó para instalarse e irrumpir
en esa dinámica (Uribe, 1992; Botero, 1990; García, 1996; Bejarano, 1988;
Ramírez, 1993; Steiner, 2000). Su localización tuvo efectos en el notable
crecimiento de las oleadas migratorias (entre 1964 y 1973 se cuadruplicó
la población, según registran ambos censos), en el desplazamiento de cam-
pesinos como resultado de la presión ejercida por la agroindustria sobre
la tierra cultivable y fértil de la zona Centro, en la diáspora de campesinos
desalojados hacia todos los flancos de la región y en la activación de nuevos
frentes de colonización orientados hacia la serranía del Abibe (al oriente) y
hacia Barranquillita y Bajirá (al occidente y al suroccidente, en dirección al
Chocó). Esto derivó también en la presión de los colonos sobre las tierras
de los indígenas que moraban en el norte y el occidente urabeños.
En la distribución socioespacial de los emigrantes prevaleció inicialmente el
elemento cultural, pero éste rápidamente entró a jugársela con otras concepcio-
nes, intereses, relaciones y discursos. La identidad pasó entonces a un segundo
lugar, al tomar forma otro tipo de identificaciones de carácter social construidas
en los procesos de configuración del espacio, concretamente en la constitución
de las estructuras de poder, que fueron también definiendo la ubicación espacial
de los diversos grupos socioculturales. La implantación del capital y sus instru-
mentos de dominación, así como el establecimiento de la insurgencia, tuvieron
influencia en la ubicación espacial de los distintos pobladores. La localización de
la agroindustria del banano en las tierras más fértiles de la región ocasionó la ex-
pulsión, hacia otros puntos cardinales, de campesinos sinuanos, antioqueños y
chocoanos ya asentados. De estos desalojos surgió la red urbana del eje bananero
(Turbo, Apartadó, Carepa y Chigorodó) y la configuración del poblado fronteri-
zo de Bajirá16. La insurgencia, por su parte, comenzó un trabajo proselitista con
los campesinos para hacerle contrapeso al capital, del que derivaron invasiones a
tierras rurales y urbanas, como veremos adelante.
Además de estas influencias en la espacialización de los grupos, que son
solo un insumo para la configuración de las territorialidades, veamos cómo
se combinan los elementos de pertenencia, comportamiento y control pro-
puestos por Soja y Sack.

16 Bajirá es un poblado semiurbano, intercultural y fronterizo, de enorme complejidad social y


cultural, ubicado en los linderos de los departamentos de Chocó y Antioquia y formado en
los años setenta por colonos sinuanos, paisas y negros atrateños. Su principal características
fue la formación de un asentamiento de frontera, imprescindible para el contrabando y el
comercio ilegal de armas y, recientemente, de drogas. Es la ruta tradicional de las Farc entre
la serranía de Abibe y las planicies del río Atrato.

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282 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Claves analíticas para la diferenciación de las territorialidades


socioculturales
La pregunta por la diferencia socioespacial en Urabá no tiene como úni-
ca respuesta la diversidad cultural, pues sabemos que la identidad no está
asociada a un soporte espacial sino a las identificaciones producidas en los
procesos colonizadores para el entendimiento entre los emigrantes de las
variadas olas colonizadoras, quienes tenían diferencias de representaciones
y prácticas sociales y culturales. Al referirse a la cultura, Gupta y Fergusson
afirman que “debemos preguntarnos cómo abordar la diferencia cultural al
mismo tiempo que nos vamos despojando de las ‘ideas recibidas’ sobre la
cultura como algo localizado” (1992: 236). Así que la distribución de la po-
blación no fue una asignación de la naturaleza sino resultado de procesos so-
ciales y de luchas de poder libradas entre habitantes portadores de intereses
diversos que arrojaron una diversidad de territorialidades: étnica, campesi-
na, empresarial, urbana y de acaparamiento, ilustradas en el mapa 3.

1. De acuerdo con las tres claves elegidas de Soja y Sack (véase atrás “Las
diferenciación socioespacial y la noción de territorialidad”), enten-
demos por territorialidades socioculturales aquellos espacios donde
se puede identificar: 1) un “sentimiento de pertenencia a una porción
particular de tierra sobre la que se tienen derechos exclusivos”;
2. un “modo de comportamiento en el interior de esa entidad”; y
3. “una conducta humana que intenta influir, afectar o controlar acciones
mediante el establecimiento de un control sobre un área geográfica espe-
cífica: el territorio”17.

Veamos las cualidades desplegadas por estos tres rasgos en la diferenciación de


las territorialidades socioculturales.

i) En primer lugar, la territorialidad étnica comprende las zonas indígenas y


negras, donde predominan las formas colectivas de tenencia de la tierra y un
aporte muy fuerte de su capital cultural18 en la construcción del territorio. La

17 Soja y Sack, citados por Cairo Carou, H. (2001). “Territorialidad y fronteras del estado-
nación: las condiciones de la política en un mundo fragmentado”. En Política y Sociedad, No.
36, Madrid, pp. 29-38.
18 Esto se diferencia de plano de otras territorialidades socioculturales, como, por ejemplo, la
empresarial, en la cual el rasgo primordial es el económico, que modela las prácticas pro-
ductivas y las formas de relación laboral.

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Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 283

territorialidad indígena está respaldada por la elaboración de planes de vida19


que consignan los principios básicos de reivindicación territorial y autono-
mía cultural, principios que definen su adscripción al territorio, hasta el punto
de que pobladores no “étnicos” diferencian perfectamente tal territorialidad y
pueden ubicarla con claridad en la red regional de relaciones de poder.
Los planes de vida son la ruta y la materialización del desarrollo propio e
incluyen acciones y programas específicos que deben contar “con la dotación
presupuestal necesaria por parte del Estado”20. Además de que consignan
pautas de pertenencia a un territorio determinado, señalan formas de com-
portamiento, por ser “una herramienta útil para promover los procesos de
reflexión de los mismos indígenas acerca de sus dinámicas sociales, cultu-
rales y económicas y [por ser] documentos que recogen acuerdos sobre las
formas más adecuadas de comportamiento en las relaciones sociales y con la
naturaleza”21. Mientras que los planes de vida refuerzan la pertenencia y las
normas de comportamiento –dos de las claves más importantes de la terri-
torialidad sociocultural–, la legislación indígena22 reconoce a las autoridades

19 “Tradicionalmente los planes de vida han sido diseñados y transmitidos de forma oral por
los pueblos indígenas, sin embargo en la actualidad se formulan por escrito como una ma-
nera de garantizar mayor perdurabilidad de su cosmovisión, y como una forma de inser-
tarlos y darlos a conocer en otros contextos. Estos planes reflejan profundos procesos de
reflexión y participación que se producen en las comunidades, favorecen la reafirmación
cultural y permiten asumir diferentes posiciones respecto a fenómenos sociales, económi-
cos, políticos y culturales que afectan la vida de los pueblos indígenas. Las distintas propues-
tas y preocupaciones plasmadas, a largo plazo, en los planes de vida, se articulan en torno a
los principios básicos de reivindicación territorial y autonomía cultural, ejes que determi-
nan en gran medida la supervivencia de estos pueblos”. Disponible en: www.mincultura.
gov.co/index.php?idcategoria=8875. Consulta: 16 de junio de 2010.
20 Sistema de monitoreo de la protección de los derechos y la promoción del buen vivir de
los pueblos indígenas de América latina y el Caribe. Disponible en: www.fondoindigena.
org/.../5_1_Planes%20de%20vida_def.pdf. Consulta: 16 de junio de 2010.
21 Ibíd.
22 Las Autoridades Indígenas de Colombia (Aico) definen así sus territorios: “Los territorios
indígenas bajo las diferentes formas jurídicas de tenencia, ya sean de origen colonial, republi-
canos, creados por el Incora o Incoder, o simplemente aquellas áreas territoriales  poseídas en
forma regular y permanente por los diferentes pueblos indígenas, son legales y pertenecen a
sus comunidades, porque allí realizan sus labores sociales, económicas y culturales, lo cual les
da el carácter de territorio indígena, figura que el estado reconoce mediante el decreto 2164,
que reglamenta la Ley 160 de 1994,  y antes que las normas nacionales está el derecho mayor,
la ley natural y ley de origen, que nos dan mayor legitimidad y autonomía de posesión y pro-
piedad, por estar antes que la Corona española y antes de las repúblicas de este continente.
Por esto y más razones, Autoridades Indígenas de Colombia (Aico) rechazamos de manera
enérgica las pretensiones de algunas instituciones del estado que se han propuesto desconocer
la existencia y vigencia de los resguardos de origen colonial. Ante esta actuación inconstitucio-
nal, como primera instancia emprenderemos las respectivas acciones legales para demostrar
la legalidad, vigencia y propiedad de nuestros territorios, tal como lo plasmó el Constituyente
en 1991”. Disponible en: http://www.aicocolombia.org/. Consulta: 16 de junio de 2010.

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284 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

tradicionales y la jurisdicción territorial, es decir, el control indígena sobre


un área específica, tercer rasgo esencial de la territorialidad sociocultural.
Debe señalarse que hasta hace menos de treinta años a estas territoriali-
dades indígenas las caracterizó cierta endogamia cultural y un encerramien-
to en sus territorios ancestrales, tanto por decisiones étnicas para autoex-
cluirse de las formas de vida del capital como por decisiones del entorno
hegemónico (empresarios y subversivos), que excluyeron de sus planes a los
grupos indígenas. Sin embargo, desde mediados de los años ochenta estas
poblaciones cambiaron su manera de habitar el territorio y crearon formas
de representación indígena en la arena de lo público, en forma de organi-
zaciones sociales y de partidos políticos indígenas, que han fortalecido su
organización étnica.
De otra parte, la territorialidad étnica negra destaca también el sentido
de pertenencia a las zonas inundables del Atrato, pertenencia fraguada en un
largo proceso de casi tres siglos y reforzada por la Ley 70 de 1993, junto con
los decretos que reglamentaron los territorios colectivos en el andén del Pa-
cífico. Esta legislación estimuló la organización de las autoridades negras en
los consejos comunitarios de los distintos asentamientos ribereños, estruc-
tura que define la toma de decisiones acerca de la administración y control
de los territorios colectivos. La intromisión de los paramilitares en el Atrato
antioqueño a principios de la década de los noventa, cuando apenas las co-
munidades negras estaban en su fase organizativa, truncó parte del proceso
colectivo con el cual se definirían las formas de comportamiento con re-
lación al territorio. De ahí los inconvenientes para afrontar colectivamente
la guerra sucia en el Atrato y para tener un mayor control sobre los ahora
territorios colectivos, en los que antaño existieron posesiones individuales
que luego fueron incluidas en la titulación colectiva. Este asunto entre lo
colectivo y lo individual de sus tierras, que no ha logrado zanjar el proceso
de reinvención étnica y de organización comunitaria, ha ocasionado discre-
pancias internas que son aprovechadas por los paramilitares para polarizar a
los grupos afrocolombianos bajo el lema de “divide y reinarás”, e impedir así
la solución de las diferencias al margen de la manipulación individual. Esta
estrategia ha truncado el control efectivo afrocolombiano sobre el territorio,
mientras que se lo disputan paramilitares y guerrilla.
Las jurisdicciones de las comunidades negras e indígenas están en la mira
de los grupos armados y de otros intereses del capital, pues persiste la idea
de introducir en ellos el modelo hegemónico centrado en el desarrollo de la
agroindustria, de considerar la tierra únicamente como valor de cambio y de
imponer los patrones del modelo cultural antioqueño con el cual, en el siglo

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Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 285

XIX, se excluyeron los territorios bajos de Antioquia, entre los que aparecían
Urabá, las zonas ribereñas del Magdalena Medio y el Bajo Cauca, habitados
por mestizos, negros e indígenas23. Con excepción de Claudia Steiner (2000),
pocos estudiosos han abordado el tema de la interculturalidad en la región,
pero hay que decir que las territorialidades ancestrales indígena y negra –la
más reciente– no estuvieron en los planes de inclusión institucional para la
construcción de la región; tampoco entre los intereses iniciales de los grupos
armados, que actuaron más en el terreno público que en el doméstico –que
caracterizaba la vida en estas territorialidades–, ni tampoco en los planes de
los grupos étnicos dirigidos a integrarse, toda vez que ellos contaban con una
larga historia de maltrato y discriminación en sus experiencias de relación con
los pobladores procedentes del interior y con los nuevos colonos del siglo XX24.
Las territorialidades étnicas de carácter indígena y negro han cobrado im-
portancia para la disputa por el territorio a medida que el desarrollo se ha des-
plazado hacia los bordes de la región, en busca de la ampliación de la agroin-
dustria, labor en la cual el narcotráfico ha conquistado rutas y espacios para
los cultivos de coca; la globalización ha hecho de estos territorios zonas estra-
tégicas para el mercado (megaproyectos) y los ejércitos irregulares los conside-
ran como puntos claves de conexión entre la serranía de Abibe y el andén del
Pacífico para el tráfico de armas y narcóticos y para apuntalar sus estrategias
de guerra25. Esto obligó a los grupos étnicos a cambiar su forma doméstica de
actuar y a convertirse en defensores políticos y culturales de sus territorialida-
des (véase Capítulo 4), además de que los llevó a acentuar los rasgos claves de
pertenencia, comportamiento y control, definidos para interpretar las territo-
rialidades pese a que la guerra continúe campeando por sus territorios.

ii) La territorialidad campesina aparece diseminada por toda la región, como


se ilustra en el mapa 3. Además del atributo de interculturalidad de esta terri-
torialidad, existen otros dos elementos esenciales para su definición: una re-
lación primordial entre el campesino y la tierra y una economía básicamente

23 Véase María Teresa Uribe (1990). “La territorialidad de los conflictos y de la violencia en
Antioquia”. En Gobernación de Antioquia (1990). Realidad social. Medellín: Edinalco.
24 Peter Wade ha mostrado la discriminación histórica con la que los paisas se han relacionado
con los chocoanos. Para un ejemplo, consultar Wade, Peter (1983). “Raza y etnicidad en el
Urabá chocoano”. Manuscrito en la biblioteca central de la Universidad de Antioquia. Co-
lección Antioquia. 156 h.
25 Las territorialidades indígenas (embera catío y embera chamí) están ubicadas en la serranía
de Abibe y en las llanuras del Atrato, en Caimán Nuevo (tule) y en Las Changas, El Volao y
Varasanta (zenú), todas con proyectos territoriales. La de los negros, por su parte, abarca las
planicies aluviales del río Atrato.

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286 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

de subsistencia26. Esta territorialidad sociocultural inició su configuración


con movimientos de pobladores sinuanos, con negros que itineraban entre
sus territorios ancestrales del Atrato y otros espacios de la región donde ejer-
cían, combinadamente, oficios como aserradores, agricultores, pescadores
y obreros agropecuarios, así como con habitantes del interior de Antioquia
que llegaron buscando parcela para establecerse.
Ya se señaló cómo estos pobladores fueron distribuyéndose por la región,
así como la talla de sus rivales en la obtención de tierra, ejemplarizada en las
compañías explotadoras de recursos, los inversionistas en tierras, los cons-
tructores de la carretera, los miembros de las colonias agrícolas estatales y
hasta los propios partidos políticos, que utilizaban de manera clientelista la
distribución de baldíos (Uribe de H., 1992) entre otros avivatos cuyo interés
no era cultivar la tierra ni asentarse. A estos competidores se sumaron los
bananeros, que en los años 60 establecieron el proyecto agroindustrial que
multiplicó por cuatro la población entre 1964 y 1973 y agravó la contienda
por los suelos. Esta disputa se dirimió a favor de los empresarios mediante el
uso de herramientas políticas y jurídicas, así como de estrategias timadoras y
actos violentos, con los cuales bananeros e inversionistas lograron desalojar
a los campesinos del eje del desarrollo y tornaron más difícil el arraigo en el
territorio y la construcción de su pertenencia.
En esas difíciles condiciones para el asentamiento, en el mismo decenio
de 1960 se establecieron en la región los primeros grupos guerrilleros (Farc
al sur, EPL al norte), que acompañaron los intereses campesinos como si se
tratara de sus propios intereses. Muchos de sus insurgentes provenían de las
viejas guerrillas liberales nacidas en Urabá, o eran sus descendientes. Por tal
razón, pretendían el apoyo de los campesinos a su “causa revolucionaria”, un
apoyo que con el tiempo, y debido a los cambios operados en la dinámica
del conflicto con la aparición de un nuevo actor armado, transformaron en
obligación de respaldo mediante apoyo logístico y facilidades para la circu-
lación y el descanso, así como espacio de refugio y aprovisionamiento (véase
adelante “Las territorialidades bélicas”).
La territorialidad campesina es la que mejor expresa aquella discusión
teórica que se centra en que existe una relación directa entre el arraigo y la
pertenencia territorial y el hecho de compartir una misma cultura. Cultura
e identidad significan dos cosas diferentes en el análisis espacial, porque la

26 Recientemente se fortaleció una economía campesina de exportación de plátano, al amparo


inicial de los grupos paramilitares, tema que se abordará en el Capítulo 3.

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Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 287

identidad es algo construido, inventado, manipulable, cambiante27, que fue


lo que se construyó en el proceso colonizador cuando los colonos se recono-
cían por su afán de perseguir la posesión de la tierra para radicarse, proceso
en el que todos buscaban hacerse campesinos una vez les fueran adjudicadas
las tierras baldías.
En ese proceso los colonos construyeron el sentido de pertenencia a la
región definiendo entre ellos los mejores vínculos para reproducirse en el te-
rritorio. Así lo acordaron entre antioqueños, sinuanos y negros en su ingreso
a Bajirá28, al distribuirse la tierra, ajustar las formas de cultivo y el manejo
de las aguas, denominar la flora y la fauna; también definieron cómo es-
tructurar su relación poniendo a disposición formas organizativas conocidas
en sus territorios de origen (juntas de Acción Comunal, para los paisas, o
comités agrarios para los sinuanos). Se trataba de fundar, entre diferentes,
la mejor forma de vida, a pesar de que el encuentro entre diversos signifi-
cara contradicción y conflicto (sabaneros, interioranos, negros e indígenas).
Este encuentro puso en juego las tradicionales formas de relación parental
de cada grupo emigrante con las nuevas relaciones vecinales establecidas en
sus nuevos lugares de encuentro, siendo ellas una de las expresiones de la
producción de las nuevas territorialidades.
Además de las relaciones domésticas, vecinales y recíprocas, los campe-
sinos construyeron una fuerza social con expresión en lo público, apoyada
en organizaciones con las que llevaron a cabo invasiones a predios rurales y
urbanos, como ocurrió en la década de 1970 (Uribe de H., 1992, 163 y ss.).
Muchos de ellos obtuvieron el respaldo del movimiento nacional liderado
por la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (Anuc), cuya fortaleza
en las sabanas de Córdoba contagió a los emigrantes de Urabá mediante la
red de solidaridades e identidades culturales, regionales y políticas. Tales in-
vasiones fueron sofocadas por la fuerza pública, por considerarlas alentadas
por guerrilleros camuflados en una propuesta campesina, cuando en reali-
dad eran una réplica al abandono del Estado en su función de adjudicar a los
colonos, de manera prescrita, las tierras baldías. Donde las guerrillas tuvie-
ron más participación fue en las posteriores invasiones de tierra ocurridas en
el eje bananero en los años ochenta, época en la cual los grupos armados se
habían asentado en la zona agroindustrial. Los ejemplos más importantes de

27 Grimson, A. (2010). “Cultura, identidad: dos nociones distintas”. Universidad Nacional de


San Martín y Conicet. Mimeo.
28 En ese libro de M.T. Uribe (1992) hay narraciones sobre los asentamientos de colonos pai-
sas, sinuanos y negros. El de Bajirá se refiere a un asentamiento múltiple pero no por ello
más importante que los anteriores. Véase página 99 y ss.

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288 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

ello son, respectivamente, las recuperaciones de tierra apoyadas por el EPL y


las invasiones de terrenos urbanos promovidas por esta misma agrupación y
por las Farc (barrios La Chinita y Policarpa, de Apartadó).
Un obstáculo adicional para acceder a la tierra fue el ingreso de los nar-
cotraficantes, a finales de los años setenta. Comenzaron un proceso de con-
centración de tierras, sobre todo en el norte de la región, haciendo de esta
parte una zona poco poblada, con fincas escasas pero de grandes extensio-
nes, que más tarde, en la guerra de los años 90, fueron utilizadas para orga-
nizar la logística paramilitar. Estos señores se convirtieron en los mayores
contendores de los campesinos, como años antes lo habían sido los empre-
sarios en el eje bananero. La gama de competidores por la tierra provocó
disputas por todos los flancos de la región, sin que el Estado respondiera de
manera eficaz, a pesar de que su presencia databa de una fecha relativamente
temprana, la década de 1970, cuando estaba en pleno desarrollo el entonces
llamado Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (Incora). Ahí comenzó
a gestarse el peor de los problemas de la región, pues la carencia de títulos de
la tierra –hoy todavía vigente– constituyó una de las mayores causas de que,
en la década de 1990, los paramilitares se aprovecharan de la oportunidad
para desalojar más fácilmente a los campesinos, engañarlos y desplazarlos
con la mayor maña a todos los flancos de la región.
A pesar de los inconvenientes para vincularse efectivamente con la tierra,
en esta territorialidad todos sus pobladores se reconocen como campesinos
por adscripción, así pertenezcan, de origen, a culturas diferentes. Asimis-
mo, son reconocidos por los demás como campesinos, pues es muy claro su
lugar dentro del sistema regional de clasificación social determinado29. Ese
reconocimiento de doble vía sustenta con claridad un rasgo de pertenencia,
aunque solo algunos hayan podido refrendarlo con títulos de propiedad en
una zona donde el 70% de los predios está en calidad de posesión y un escaso
30% es legal. Además de la diferencia entre los campesinos propietarios de
tierra y los poseedores, hay otra, asociada con la marca que dejó el conflicto
armado, es decir, con la adscripción de simpatías por el EPL o por las Farc.
En 1991, cuando el EPL optó por desmovilizarse, las Farc decidieron de-
clararlos objetivo militar, tanto a ellos como a sus bases sociales, es decir, a
los campesinos del norte de la región. El hecho de sentirse atemorizados por

29 El sistema clasificatorio cotidiano de Urabá distingue campesinos, negros, indios, paisas,


chilapos, empresarios y ganaderos. Pero cuando los pobladores se refieren a los campesinos,
incorporan en esa categoría a los parceleros paisas, chilapos y negros, es decir, excluyen a
los indígenas y a algunos negros que no tienen tan clara su relación con la tierra, entre ellos
a los obreros negros y a los pescadores consuetudinarios.

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Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 289

las retaliaciones de las Farc los volvió tolerantes con los paramilitares, que
ingresaban por el norte a disputar el territorio a las Farc. Los que decidieron
no respaldar a la nueva fuerza se desplazaron o fueron forzados a hacerlo, y
los que optaron por permanecer en su lugar se convirtieron en campesinos a
órdenes del paramilitarismo; éstos gozaron de su protección, hasta el punto
de que algunos obtuvieron garantías para acceder a la producción de plátano
de exportación30 y cambiaron su tradicional calidad de campesinos rasos.
Los demás siguieron como campesinos autosubsistentes en condiciones di-
fíciles de estabilidad, según fuera la marcha del conflicto, cómo avanzaran
los eventos armados por todo el espacio regional y cómo desarrollaran su
estrategia de desplazamiento los actores armados, de acuerdo con sus planes
de dominio territorial.
A diferencia de los indígenas y los negros, que tienen protección legal
para sus tierras y reconocimiento de sus autoridades, los campesinos ni si-
quiera poseen títulos de propiedad que los acrediten como autoridad, en tér-
minos de la propiedad de sus parcelas31. Los títulos son el mínimo requisito
para ejercer algún dominio sobre sus predios, así sea de carácter legal, y para
aspirar a acceder a los programas de la institucionalidad social, financiera y
de sustento que ofrece el Estado, con lo cual ejercerían un control más ro-
tundo sobre sus territorios. Tampoco sus formas organizativas han gozado
de la autonomía para mantener algún tipo de control o para ser un órgano de
deliberación y decisión efectivo que equilibre fuerzas con los demás actores y
con el Estado. Algunas de sus organizaciones fueron permeadas por los gru-
pos guerrilleros, razón para que fueran estigmatizadas como subversivas por
los contrincantes políticos de turno, así como sus reivindicaciones sociales
fueron calificadas como expresiones de la tendencia política de izquierda.
Tal vilipendio las hizo vulnerables ante los paramilitares cuando, años más
tarde, ingresaron a sus predios y decidieron desintegrarlas por la vía del ase-
sinato o el desplazamiento forzado de sus líderes32.
Para concluir, esta territorialidad campesina tiene rasgos esenciales de
arraigo a la tierra a causa de la condición del mismo campesino, que, in-
dependientemente de su cultura, busca reproducirse en lugares donde crea
disponer de tales condiciones. Además, a esta territorialidad la alimenta un
proceso permanente de construcción de pertenencia al territorio, traducido

30 En el capítulo de economía haremos una referencia directa a este asunto.


31 El Incoder presume que aproximadamente un 70% de las parcelas de Urabá carece de títulos
de propiedad. Entrevista a funcionarios del Incoder, junio de 2008.
32 Para mayor detalle de esta situación, consultar García, C.I. (1996).

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290 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

en la lucha por el acceso a la parcela y la obtención de títulos de propiedad.


En su proceso de instalación y arraigo, definieron sus pautas de comporta-
miento intercultural entre emigrantes y otras pautas sociales de reivindica-
ción por la tierra, construidas en procesos agrarios que señalaremos en el
numeral siguiente, dedicado a las territorialidades bélicas, donde mostrare-
mos cómo los intereses de los campesinos fueron por lo general intervenidos
por los intereses del proyecto revolucionario de las guerrillas.
A pesar de la producción colectiva y conflictiva de la pertenencia, y de
la definición y práctica de comportamientos interculturales y sociales en sus
territorios, el talón de Aquiles en esta territorialidad (de aquellos tres rasgos
claves para analizarlas) ha sido el escaso control sobre sus parcelas. La no
propiedad legal de sus tierras y la fragilidad de sus organizaciones sociales
hicieron de esta territorialidad la más vulnerable en la expansión del proyec-
to paramilitar. Por eso el problema de la propiedad de la tierra es uno de los
mayores ejes del conflicto regional, cuando supuestamente se han desmovi-
lizado los grupos paramilitares, problema que por ahora no augura buenos
pronósticos33.

iii) Por territorialidad empresarial nos referimos tanto a las 30.000 hectáreas
que ocupa la producción del banano en la zona Centro de Urabá como a la
estructuración de una institucionalidad que se fundamentó en normas pri-
vadas de interacción, propias de una economía agroindustrial sin regulación
inicial del Estado. Esta economía produjo transformaciones rotundas en la
tradicional estructura agraria regional, pues no solo cambió las tendencias de
crecimiento demográfico34 y concentró a los pobladores en centros urbanos,
sino que también provocó cambios en la estructura de la producción al redu-
cir los cultivos transitorios a favor de los permanentes (véase Capítulo 3) y al
provocar mejoras en la infraestructura productiva y de servicios concentrada
en las fincas bananeras al servicio de la integración vertical de la agroindus-
tria, entre muchas otras transformaciones que no son ahora nuestro objeto.
En el acápite sobre la ordenación institucional del territorio se enunció
cómo la instalación de la agroindustria del banano y el respaldo estatal a una
distribución desequilibrada de las inversiones en la región, fue una de las

33 Los procesos de restitución de tierras en Urabá durante los escasos dos últimos años han
conllevado el asesinato de varios de los líderes que estaban a la cabeza de tales procesos.
Sobre esto no se tiene un registro sistemático pero se conoce la información de prensa, los
boletines virtuales del Instituto de Estudios Humanitarios y otros informes públicos pro-
porcionados por la Comisión de Reparación y Reconciliación de Antioquia.
34 Se ha dicho que entre los censos de 1964 y 1973 la población se cuadruplicó.

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Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 291

causas de la desigualdad en el bienestar existente entre las zonas Norte y Sur


con relación al Centro, situación a la que el Estado no puso coto, al permitir
el libre ejercicio de las reglas privadas de una economía de enclave (véase
atrás “La ordenación institucional del territorio”), lo que a largo plazo propi-
ció la configuración de una región fragmentada. También se mostró que, por
efectos de la agroindustria, se habían consolidado y robustecido los asenta-
mientos poblacionales, que hoy congregan al 70% de la población regional
en los municipios de Turbo, Apartadó, Carepa y Chigorodó, condición que
podría sugerir que la dinámica urbana fuera parte de la territorialidad em-
presarial.
Pese a lo anterior, las características y la complejidad de las áreas urbanas
no dependen de la territorialidad empresarial, aunque ella haya impulsado
su configuración. Muchos otros factores y actores contribuyeron a la parti-
cularización de la territorialidad urbana, entre ellos la participación de la in-
surgencia en las reivindicaciones por el derecho a la ciudad y la construcción
de ciudad, producto de las movilizaciones sociales, el desplazamiento pobla-
cional rural-urbano como consecuencia del conflicto armado y la instala-
ción y presencia paulatina del Estado con el montaje de sus instituciones en
zonas de frontera, entre otros muchos factores. Sin duda, ambas territoria-
lidades (la empresarial y la urbana) se desarrollaron simultáneamente, pero
crecieron y se configuraron de manera independiente, razón que dificulta su
explicación, pero no por ello obliga a su agrupación.
Entonces, ¿cómo se caracterizan las tres claves definidas para entender la
territorialidad sociocultural empresarial? ¿Cómo entender las diferencias en
los sentidos de pertenencia, en las formas particulares de comportamiento y
en el tipo de control territorial de esta territorialidad con relación a las ante-
riores territorialidades, étnica y campesina?
La primera de las claves, la pertenencia, hay que entenderla desde dos
perspectivas: la del empresario y la del obrero de la agroindustria. Los prime-
ros son, en su mayoría, paisas que después de muchos intentos históricos por
ingresar y asentarse en la región,35 finalmente lograron hacerse a estas tierras
con un tipo de modelo hegemónico diseñado desde el siglo XIX para las par-
tes altas y que pretendió calcarse para las cálidas.36 Solo con la apertura de la
carretera al mar en la década de 1950 y con la instalación de la agroindustria

35 Véanse Uribe, 1992 y Steiner, 2000.


36 Para la interpretación de la exclusión de las tierras bajas, como Urabá, en el modelo paisa
del siglo XIX, consultar Uribe de H., M.T. (1990). “La territorialidad de los conflictos y de
la violencia en Antioquia”. En Gobernación de Antioquia (1990). Realidad social. Medellín:
Edinalco.

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292 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

del banano en la de 1960 los antioqueños pudieron realizar su cometido.


Así que la historia de la conquista de Antioquia sobre Urabá es el telón de
fondo para sustentar los sentidos de identidad y pertenencia con una vieja
idea colonizadora realizable en Urabá, de la que hacen gala los empresarios,
semejante a la colonización del sur de Antioquia, “gesta” que hace parte del
orgullo paisa.
El éxito de su empresa creó mayor apropiación, sentimiento de arraigo y
orgullo, porque,

“a pesar de la poca extensión que ocupa el banano, es la actividad que más ha


aportado, tanto al producto interno bruto (PIB) agrícola como al PIB total de la
región: por ejemplo, en 1994 contribuía con el 72,9% del PIB sectorial37 (…) La
importancia del banano radica, principalmente, en los ingresos que genera por
motivo de las exportaciones y en el nivel de empleo38 que produce en la zona. Es
por la vía de los salarios que (sic) se irrigan flujos hacia otros sectores económi-
cos, principalmente el terciario”39.

¿De qué manera los trabajadores agropecuarios desarrollaron un sentido


de pertenencia a la territorialidad empresarial? Con respecto a ellos es válida
aquella diferencia teórica entre la identidad, ligada al arraigo cultural por
el territorio, y la identificación, construida socialmente en los procesos de
configuración de sus organizaciones sindicales y de sus disputas por acce-
der a los beneficios del capital. Cuando los empresarios y las multinaciona-
les implantaron las nuevas condiciones laborales y sociales, se produjeron
intensas luchas políticas que fueron libradas de manera sangrienta, porque
en ellas se interpusieron los intereses políticos y de los insurgentes. En ese

37 Instituto de Estudios Regionales (Iner), Centro de Investigaciones Ambientales (Cia) y Cor-


pourabá. Plan de desarrollo para Urabá con énfasis en lo ambiental. Medellín, 1994, p. 295.
Según la OIT, en el año 2004 los trabajadores vinculados al negocio eran más de 17.000
directos, 4.500 indirectos y unos 344 empresarios. Citado en: Jaramillo Ceballos, L.F. 2007.
p. 65.
38 Para 1997 la actividad bananera generaba 13.718 empleos directos y 41.154 indirectos. Cruz
Sánchez, M. (1996). Estudio de la Competitividad del Banano. Santafé de Bogotá: Presiden-
cia de la República, Corporación Andina de Fomento y Consejería Económica y de Compe-
titividad, Augura y Proexport. 1996, p. 9.
39 Aramburo Siegert, C. I., et. al. (2003). Urabá, desarrollo regional: una tarea común univer-
sidad-región. Medellín: Universidad de Antioquia, Instituto de Estudios Regionales y Di-
rección de Regionalización, 106 p. Falta adelantar un estudio sobre cómo se perciben las
relaciones entre los distintos grupos culturales y, concretamente, cómo perciben al antio-
queño, pues las tensiones culturales son reconocidas en los sindicatos, en el comercio, en la
política y en otras actividades. Peter Wade se ha centrado en la relación entre chocoanos y
antioqueños, pero es necesario profundizar sobre cómo han evolucionado y en qué estado
están hoy esas tensiones interculturales.

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Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 293

nudo de intrigas, los trabajadores buscaban hacerse a su propio espacio en la


agroindustria después de haber sido excluidos o haber renunciado a buscar-
lo en las actividades del campo. En ese forcejeo entre el tipo de vínculos que
imaginaban los empresarios para los trabajadores y las formas como éstos
pretendían ligarse a la nueva forma de producción del espacio, se produjo
un desequilibrio que Bejarano (1993, p. 61)40 hace explícito con respecto a lo
que pretendían los empresarios:

“El salario por jornal o a destajo, la inexistencia de la jornada laboral legal, la au-
sencia total de prestaciones sociales, la utilización de contratistas independientes
para evadir obligaciones laborales, la no remuneración de horas extras, domi-
nicales y festivos, y en general, el desconocimiento de las normas laborales por
parte de los empresarios, con la complicidad del Ministerio de Trabajo en muchas
ocasiones, marcaron el periodo inicial de las nuevas relaciones de producción
capitalista, signadas por la sobreexplotación del trabajo” (Bejarano, 1993, p. 61).

La reacción de los trabajadores ante las dificultades para construir víncu-


los sociales con esta territorialidad introduce la segunda de nuestras claves,
es decir, las formas de comportamiento que diferencian esta territorialidad
empresarial de las demás. Tal comportamiento tiene dos tipos de pautas:
las privadas, construidas por los productores para entenderse con los tra-
bajadores, y las del comercio internacional, con las cuales los productores
se entendían con las empresas multinacionales. Ambas desataron procesos
organizativos del empresariado y de los trabajadores para ejercer control (la
tercera de nuestras claves) sobre esta territorialidad.
En primer lugar, los empresarios crearon un gremio con el que lograron
sobreexplotar a los trabajadores. Bejarano afirma que ese objetivo se alcanzó

“gracias al poder y la autonomía acumulados por el núcleo de empresarios que,


organizados desde 1963 en un poderoso gremio de productores (Augura), logra-
ron inhibir cualquier forma defensiva del salario frente a una masa trabajadora
débil en su organización para la defensa de sus intereses. El Estado permitió el
control del capital sobre sus propias márgenes de distribución social e intervino
únicamente en coyunturas conflictivas, en las que puso su fuerza a disposición de
los propietarios y empresarios (Bejarano, 1993, p. 61).

40 Bejarano, A.M. (1988). “La violencia regional y sus protagonistas: el caso de Urabá”. En
Análisis Político, No. 4, mayo-agosto de 1988, pp. 54-68.

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294 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Estas condiciones desataron una sangrienta lucha obrero-patronal que


propició la aparición de una fuerte organización sindical, a la que ingresa-
ron nuevos actores. La tensión entre intereses incluía al empresariado, que
impedía la configuración de la fuerza laboral en sindicatos; las guerrillas,
que se disputaban la fuerza laboral para su causa, hasta dividirla en dos
grandes sindicatos; los partidos políticos, de influencia EPL y Farc (Frente
Democrático y UP), que en la década de 1980 competían por el voto de
la fuerza laboral, y el movimiento sindical, que se irradiaba a otros mo-
vimientos sociales, como los recuperadores de tierra (Uribe de H., 1992,
p. 190 y ss.). Así que en la constitución de la territorialidad empresarial
jugaron a favor y en contra otras fuerzas sociales y políticas, tema bien
documentado en otros estudios41.
Las guerrillas Farc y EPL le imprimieron tanta fuerza a la lucha sindical
porque buscaban su propio beneficio: tener a su favor a la fuerza laboral
organizada, mientras la organización sindical beneficiaba a los trabajado-
res al consolidar la institucionalidad laboral legal, que cambió los términos
de relación obrero-patronal y debilitó los intereses de los empresarios en
función de los de sus empleados.
El otro comportamiento que define esta territorialidad empresarial ha esta-
do regido por pautas del comercio internacional, con el que se relacionan pro-
ductores y comercializadores, es decir, las reglas privadas se enfrentan con las
normas internacionales de las compañías transnacionales42. El negocio de la
comercialización internacional del banano “se inscribe en un esquema de libre
mercado, donde cada empresa trata de obtener más y mejores porciones del
negocio. Es así como el 73% de la comercialización está en manos de empresas
norteamericanas: Chiquita Brand, Castle and Cook y Del Monte Corporation;
esta última domina el 100% de la comercialización de Centroamérica”43. Una
de las primeras reacciones de los productores para manejar las reglas inter-
nacionales de manera directa fue la creación de Uniban, la comercializadora
nacional, que le ofrecía mayor margen de autonomía para entenderse con los
mercados externos, tema que dejamos de lado.

41 Uribe, 1992; Ramírez, 1997; García, 1996; Botero, 1990.


42 En Urabá funcionan siete comercializadoras: Uniban, Proban, Banacol, Banadex, Sunisa,
Bagatela y Conserva. De ellas, Banadex, propiedad de la multinacional Chiquita, maneja
un 5,4% de las exportaciones de la región. Para comienzos de 1999 la empresa Dole adquirió
más del 50% de las acciones de Proban, con lo cual las comercializadoras norteamericanas
obtuvieron cerca del 23% de las exportaciones de Urabá. Aramburo Siegert, C. I., et. al.
(2003). Urabá, desarrollo regional: una tarea común universidad-región. Medellín: Universi-
dad de Antioquia, Instituto de Estudios Regionales y Dirección de Regionalización, 106 p.
43 Ibíd.

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Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 295

Las relaciones entre sindicatos, productores y comercializadores, guia-


dos por pautas diferentes, ha propiciado la tensión entre intereses diversos
y la puja por el control de las fuentes de poder local. Manejar los partidos
políticos y las administraciones locales es la forma de equilibrar las fuerzas
de control con las que funciona esta territorialidad empresarial44. El control
de las fuentes de poder es lo que liga la territorialidad empresarial con la
territorialidad urbana y las disputas de una se resuelven en otra. En el nu-
meral siguiente se verá de qué manera los sindicatos, entonces apoyados por
los grupos insurgentes, buscaron participación en la política local, y cómo
posteriormente los paramilitares protegieron el statu quo del Estado y del
empresariado y atacaron aquellos escenarios donde habían participado sus
contendores políticos. En ese contexto se entienden los vericuetos de la para-
política en la región y el apoyo del paramilitarismo a Chiquita Brands, como
caso de injerencia en el control de esta territorialidad empresarial.
La construcción entre las diferentes formas de pertenencia e identidad,
las maneras de comportamiento sindical y empresarial y la tensión entre los
tipos de control que definen la territorialidad empresarial se mezcla con las
condiciones cambiantes del mercado internacional y del conflicto armado y
evidencia la flexibilidad de los contenidos de esta territorialidad.

iv) La territorialidad urbana, por su parte, se configuró al amparo de la mis-


ma avidez que desató el desarrollo de la agroindustria, al concentrar en el
eje bananero a emigrantes y trabajadores que demandaban vivienda, espa-
cio público, bienes y servicios. Esta territorialidad, que tiene como nombre
propio eje bananero, ocupa un lugar particular en la región: es el espacio de
mayor desarrollo, donde se asientan la oferta de trabajo y la mayor presencia
institucional, donde fluye el dinero y se concentra el 70% de la población
regional: cuatro municipios (Turbo, Apartadó, Carepa y Chigorodó) que
aglutinan a unos 360.640 habitantes, según el censo de 2005.
Estas cuatro cabeceras no dispusieron de ninguna planificación urbana
ni de atención del Estado para asumir las urgentes demandas de una po-
blación que se había cuadruplicado y se ubicaba en improvisados asenta-
mientos, urgencias éstas que se incrementaron con la relocalización de los
trabajadores bananeros en los años ochenta, cuando, luego de vivir en las

44 Consultar Uribe de H., M. T. (1992). Urabá: ¿Región o territorio? Primera edición. Medellín:
Iner, Corpouraba, 273 p. y García, C.I. (1996). Urabá. Región, actores y conflictos 1960-1990.
Bogotá: Cerec e Iner, 288 p. quienes ilustran las adhesiones políticas y el influjo de las fuer-
zas sociales y económicas sobre los poderes locales.

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296 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

fincas en campamentos para hombres solos, pasaron a habitar los incipientes


poblados urbanos. Este traslado se produjo tanto por elección propia como
porque los propietarios de las fincas decidieron cerrar los campamentos para
no tener a sus contradictores viviendo con ellos, y porque sospechaban que
hacían parte de alguna coalición entre la fuerza laboral y la guerrilla y en
contra de los empresarios.
¿Cómo entender las diferencias en los sentidos de pertenencia, en las for-
mas particulares de comportamiento y en el tipo de control territorial de esta
territorialidad, con relación a las demás territorialidades, étnica, campesina y
empresarial? La territorialidad urbana constituye un complejo multiterritorial
donde se ponen de manifiesto dos formas de arraigo: una relacionada con la
identidad cultural de cada territorialidad, que se expresa en lo urbano, y otra
relacionada con la identificación social construida en lo urbano. La primera
se refiere a las formas y vínculos que las demás territorialidades construyen
en y con la territorialidad urbana, como las organizaciones comunales neta-
mente campesinas, las propias de los afrocolombianos, los cabildos indígenas
existentes en las cuatro cabeceras del eje bananero y otras de tipo gremial que
funcionan en el ámbito público. Igualmente, las formas privadas elegidas por
los distintos grupos para habitar la ciudad a su manera, mediante la activación
de redes domésticas, informales y privadas. Es lo que Doreen Massey y Allan
Cochrane denominan territorios-red, cuando expresan que la discontinuidad
espacial de la territorialidad no significa que ésta sea fragmentada sino que
una territorialidad sigue existiendo en otra a través de formas propias de vin-
culación que construye con las demás, en este caso, con la urbana45.
La otra forma de arraigo no es cultural sino que proviene de la identifi-
cación de un conjunto de pobladores que construyeron sentimientos de per-
tenencia y arraigo al eje bananero en un proceso reivindicativo enderezado
a erigir la ciudad que desean y que, en el caso de los emigrantes, consistía en
mejorar la calidad de vida y las condiciones de habitabilidad46. En este pro-
ceso se crearon y consolidaron unas organizaciones cívicas y ciudadanas que
promovieron la invasión de tierras urbanas (Currulao, Apartadó, Turbo y
Carepa) y animaron movilizaciones, paros y manifestaciones para presionar
al Estado y a los empresarios y obtener la satisfacción de sus demandas. En
este transcurso, las necesidades individuales de los emigrantes recién llega-
dos se convirtieron en intereses públicos y en la construcción de un sujeto ur-

45 Esta interdependencia y multiterritorialidad se puede profundizar con Allen, J., Massey, D. y


Cochrane, A. (1998). Rethinking the Region. London and New York: Routledge, pp. 67 y ss.
46 García, C.I. (1996). Urabá. Región, actores y conflictos 1960-1990. Bogotá: Cerec e Iner.

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Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 297

bano que tramitó sus demandas por la vía de los partidos políticos (el barrio El
Consejo, de Apartadó, fue promovido por el Partido Liberal) o mediante otro
tipo de acciones políticas impulsadas por las guerrillas para buscar adhesión
social a sus propios intereses revolucionarios.
Aunque es incuestionable el influjo de la instalación de la agroindustria y
la intervención de la insurgencia en la creación de la territorialidad urbana,
no por eso ésta es un mero apéndice de sus procesos o una simple recep-
tora de las problemáticas que caracterizan a las restantes territorialidades.
Esta territorialidad ha engendrado sus propios procesos, ha creado vínculos
de relación diversos, ha canalizado procesos sociales para la demanda de
bienes, derechos y servicios. La territorialidad urbana tiene sus maneras de
comportamiento propias de la complejidad organizativa estatal, institucio-
nal, partidista, administrativa. Por ahora solo interesa acentuar que dichos
comportamientos, y las respectivas formas de control establecidos para go-
bernarlos, configuran un tipo de territorialidad que concentra el interés y el
poder de muchos para controlar todo lo que funciona en ella: instituciones,
administración local, partidos políticos, finanzas públicas, seguridad social
y justicia. Por eso los centros urbanos han sido eje de control de todas las
fuerzas en disputa que actúan en el conflicto armado de la región de Urabá.

v) Por territorialidad de acaparamiento proponemos entender las considera-


bles extensiones de tierra del norte de la región, que históricamente han sido
suelos de uso pecuario, aunque con una ganadería escasa y más bien reacia
a modernizarse. Podría decirse que estos suelos son casi improductivos (no
infértiles), a causa de las características de esta ganadería, que más bien ha
servido de coartada para disimular dos verdaderos intereses: uno, el de in-
versionistas ausentes que adquirieron tales predios desde los años setenta,
de manos de los campesinos sabaneros provenientes del Sinú, en su proce-
so de colonización, pero que dichos inversionistas retuvieron en espera de
proyectos económicos de oportunidad, como ocurrió con algunos políticos
tradicionales, según relatan las historias locales; el otro interés corresponde
a los narcotraficantes, que a finales del decenio de 1970 se ubicaron estraté-
gicamente y utilizaron los predios como protección de sus rutas de tráfico de
droga, que desde entonces salía al exterior por el golfo de Urabá. En vez de
identidad –el primero de los rasgos de la territorialidad–, podría hablarse de
interés, más que de vínculos culturales e identificaciones sociales. En lugar
de éstos, los lazos han sido económicos y militares.
¿Cómo se ha comportado esta territorialidad del acaparamiento? En pri-
mer lugar, los pobladores de la región saben que se trata de tierras de grandes

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298 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

propietarios ausentes, infranqueables físicamente y custodiadas por emplea-


dos bajo sus órdenes. Estas características fueron la razón para que durante
los años setenta y ochenta sus propietarios fueran sometidos a las ‘vacunas’
impuestas por la guerrilla, o que parte de las tierras fuera invadida por cam-
pesinos sin tierra, incitados por el EPL, que dominaba el norte de la región.
Con la llegada del paramilitarismo en los años noventa, la zona del Norte
se convirtió en una de las más protegidas y controladas militarmente por los
ejércitos paramilitares, de manera semejante a la protección que les dieron
a los predios empresariales. Las enormes extensiones de tierra, que con la
irrupción paramilitar aumentaron de tamaño, fueron resultado de la suma
de las grandes fincas preexistentes y de las pequeñas y medianas propiedades
de antiguos campesinos que vendieron. Algunos campesinos se quedaron en
calidad de arrendatarios y aceptaron la presencia paramilitar para protegerse
de las retaliaciones de las Farc, que declararon enemigos a los amigos de sus
enemigos del EPL (véase adelante “Las territorialidades bélicas”). Lo mismo
ocurrió con los nuevos campesinos ubicados en los linderos de los latifun-
dios, quienes, además de cultivar la tierra, han hecho las veces de colabora-
dores de los ejércitos paramilitares.
Sobre la territorialidad del “acaparamiento” prima un sentido utilitarista de
la tierra, más ligado con las estrategias del conflicto que con la producción eco-
nómica. Está fuertemente controlada por narcotraficantes y paramilitares y sus
organizaciones de apoyo han sido de carácter privado y militar. Es una territoria-
lidad apartada de las demás, reconocida por su manera de estar en el territorio y
cuyos propietarios imponen una ley privada e inquebrantable que, incluso, por
la vía del miedo, imparten y exportan al resto de las territorialidades de la región.
En resumen, cada una de las anteriores territorialidades ha producido sus
propias formas de identidad e identificación, sus pautas de comportamiento
y relación, así como las formas de control de su “gobernabilidad”, con ma-
yor o menor éxito. En el numeral siguiente veremos el complejo panorama
de configuración territorial creado con el ingreso de la guerrilla, el estable-
cimiento de sus propias territorialidades bélicas y el tipo de relación que
los insurgentes entablaron con el resto de territorialidades precedentes o de
creación paralela en la región.

Las territorialidades bélicas


Por territorialidades bélicas entendemos el gran espacio donde los grupos
armados (primero insurgentes y luego paramilitares) construyeron una re-

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Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 299

lación de identidad e identificación con el territorio, establecieron formas


específicas de comportamiento y ejercieron o tienen sobre éste algún tipo
de dominio y control, rasgos que se caracterizan de modo diferente en las
territorialidades socioculturales. Las tres claves propuestas por Soja y Sack
se materializaron en la territorialidad bélica, espacio donde los insurgentes
buscaron darle forma al proyecto revolucionario entre las décadas de 1960
y 1990. Cuando la guerrilla sacrificó el lado “insurgente” de su propuesta en
beneficio de los intereses económicos particulares47, esta territorialidad se
transformó en un territorio en disputa del que surgió otra territorialidad de
signo paramilitar, como veremos en el capítulo siguiente.
Para la ubicación, el mapa 4 perfila las territorialidades bélicas Farc y
EPL, detalla la territorialidad compartida y dibuja los dos polos nacientes
del paramilitarismo concentrados en Unguía (departamento del Chocó) y
Valencia (departamento de Córdoba). Estas territorialidades comenzaron
su configuración desde 1960 y sufrieron un proceso de reconfiguración en
la década de 1990, con la llegada del paramilitarismo, que imprimió, como
veremos, otras características a la configuración del espacio.
¿Cómo entender los sentidos de pertenencia, las formas particulares de
comportamiento y el tipo de control territorial que ejercen los actores de la
guerrilla con relación a estos mismos rasgos en las territorialidades sociocul-
turales (indígena, negra, campesina, empresarial, urbana y de acaparamien-
to)? Hay que anotar que ambas territorialidades (bélicas y socioculturales)
interactuaron en su configuración, razón para que en la observación de los
rasgos de las territorialidades de la insurgencia haya referencias a las territo-
rialidades socioculturales, o al revés.
La primera clave de la territorialidad bélica insurgente se refiere a la iden-
tidad territorial que construyeron los insurgentes con el territorio, que está
documentada en algunos eventos históricos que muestran de conformidad
con qué mojones se montó su discurso de identidad. En los años 50 se habían
formado en Urabá las antiguas guerrillas liberales de Camparrusia y Juan
José, lideradas por Julio Guerra, además de las de Mariano Sandón y Tibur-
cio León (Víctor Negrete, citado por Uribe, 1992, pp. 236-246), todas ellas

47 Para sobrevivir a la guerra con los actores paramilitares durante los últimos 20 años, y con el
Estado en los últimos años de la Seguridad Democrática, la guerrilla apeló a las actividades
del narcotráfico, a fin de reforzar su capacidad defensiva con los ingresos generados por la
posesión de las rutas de transporte de droga, parte de la cadena del negocio que tiene Urabá.
A pesar de estar engolosinada con el negocio, la guerrilla no ha sacrificado del todo su tra-
dicional proselitismo político, comportamiento requerido para congraciarse y legitimarse
ante los pobladores regionales.

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300 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

organizaciones armadas creadas para defenderse de la policía conservadora.


Las guerrillas liberales estaban compuestas por arrendatarios y aparceros
que habitaban en Urabá después de haber sido expulsados por la expansión
del latifundio en Córdoba. Su fuerte perfil agrario los identificaba con los
campesinos emigrantes lo que facilitaba una relación entre iguales más aún
cuando algunos de aquellos campesinos habían hecho parte de movimientos
agrarios. Entre ellos entablaron

“una estrecha relación, pues distribuyeron tierras y herramientas, administraron


justicia, intervinieron en la solución de conflictos sociales, estimularon la colo-
nización y defendieron a los habitantes de las zonas por ellos controladas de las
incursiones del ejército y de la policía, enviados desde Montería, así como de
los grupos armados de contrainsurgencia o contrachusma organizados por los
conservadores y los terratenientes de la zona” (Negrete, citado por Uribe de H.,
1992, p. 241 y ss.).

En los años 60 estas guerrillas liberales fueron buscadas por los movi-
mientos comunistas y de izquierda, que estaban en auge y querían incremen-
tar sus bases de apoyo. Esa interacción desembocó en la configuración de las
guerrillas EPL y Farc y éstas rápidamente establecieron alianzas con el Parti-
do Comunista, con sus disidencias y con partidos alternativos formados por
fuera de los cauces y clientelas de los partidos tradicionales. Los guerrilleros
del EPL se ubicaron en dirección hacia Córdoba –ríos Sinú y San Jorge– y
hacia el Abibe, y las Farc lo hicieron hacia el sur de la región, en Mutatá y la
planicie del Atrato en dirección a Murindó48.
La fuerza ideológica que acompañó a las guerrillas, sobre todo a la del
EPL, que era seguidora del pensamiento de Mao, fue la convicción de que la
lucha revolucionaria se realizaba en las zonas rurales y con el campesinado.
Así que los nuevos actores armados acompañaron la colonización e incluso
promovieron una colonización armada dirigida, como lo hicieron las Farc
en la zona de Mutatá, en dirección al Atrato, de la misma manera que lo
habían hecho en el piedemonte llanero y en Caquetá (Uribe, 1992, p. 250).

48 En Urabá han hecho presencia principalmente tres movimientos guerrilleros: el EPL, el


ELN y las Farc. El Ejército Popular de Liberación surgió a mediados de la década de los se-
senta en las filas del Partido Comunista Marxista-Leninista, y las Farc en esa misma década,
adoctrinando y acompañando la colonización de tierras con el Partido Comunista. En 1972
se registraron las primeras acciones formales de las Farc y en 1973 emergió el V Frente. El
ELN no logró el afianzamiento territorial y social de los otros grupos guerrilleros, pero,
igual que los demás, fundamentó su trabajo político en el apoyo a las luchas campesinas por
la tierra y a las bases sindicales en sus conflictos obrero-patronales.

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Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 301

Los móviles de actuación de la guerrilla agrarista de los años 1960 y 1970


eran la identificación con las problemáticas de los colonos y las acciones
encaminadas a dotarse de tierra y asentarse, y ese fue el sentido de su acción
encaminada a crear fuertes lazos de identidad en una zona de colonización
como era Urabá.
En correspondencia con estas identificaciones, la guerrilla fue configu-
rando formas de comportamiento específico en la interacción con los po-
bladores, tanto con los que simpatizaba como con quienes no se entendía.
Estas modalidades de comportamiento –que serán objeto de un próximo
proyecto nuestro– se traen a colación con motivo de la distinción que sobre
ellas sugiere Eduardo Pizarro (1991)49 para interpretar la interacción entre
guerrilla y pobladores: la societal50, la partisana51 y la militar. Pizarro plantea
asimismo que ellas, en conjunto, constituirían la guerrilla ideal. Por falta de
referentes empíricos sistemáticos no abordaremos ahora las diferencias en
las formas de actuación de las guerrillas en una a otra territorialidad socio-
cultural, aunque sí debemos mencionar las grandes disparidades encontra-
das en el comportamiento de la guerrilla con los campesinos, los sindicalis-
tas, los empresarios y los grupos étnicos.
Estas formas específicas de comportamiento –el segundo rasgo que re-
fuerza teóricamente la existencia de las territorialidades bélicas insurgentes–
están plenamente identificadas por los pobladores, quienes saben proceder
ante las circunstancias de modo, tiempo y lugar con las que conviven en esa
territorialidad. Es decir, saben cómo y cuándo hablar o callar, actuar, proce-
der e incluso gesticular de una u otra manera si quieren seguir en la región.
A su turno, la guerrilla construyó su propia forma de comportamiento para
entenderse con los pobladores.
En la década de 1980 el EPL y las Farc decidieron expandirse a las zonas
de alta productividad económica y de desarrollo empresarial, como era el eje
bananero, que había adquirido un cariz urbano por efecto de la agroindus-
tria y por el atractivo económico que presentaba como zona de colonización.
En este traslado, la guerrilla tuvo que cambiar el tradicional entendimiento

49 Pizarro Leongómez, E. (1991). “Elementos para una sociología de la guerrilla en Colombia”.


En Análisis Político, No. 12, enero-abril, 1991, p. 8.
50 “…una guerrilla telúrica que busca expresar a un sector social determinado, es decir, una
especie de movimiento social armado, dado que busca constituirse en un actor social orga-
nizado” (Pizarro, 1991, p. 8).
51 En la guerrilla partisana se busca una adhesión basada en una identidad ideológica, valora-
tiva, y en la guerrilla societal se busca una adhesión identificada en una identidad de inte-
reses. “Es decir, en estas dos últimas, al menos a nivel hipotético, se buscaría una adhesión,
sea por la vía ideológica, sea por la vía de los intereses concretos” (Pizarro, 1991, pp. 9,15).

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302 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

con los campesinos por un nuevo tipo de entendimiento con los obreros de
la agroindustria. Aunque tal disposición no hubiera sido asunto de los fren-
tes regionales sino de sus jerarquías nacionales, se trataba de incidir, a través
de una labor política e ideológica, en los centros urbanos y en áreas de mayor
desarrollo, donde había que capturar nuevas bases sociales y fortalecer sus
anclajes para la expansión del proyecto revolucionario.
Para entenderse con los obreros tuvieron que vigorizar su fuerza polí-
tica y participar en el movimiento sindical (el EPL con Sintagro y las Farc
con Sintrabanano)52, aprovechando el descontento de la fuerza laboral con
los propietarios y empresarios que por todos los medios querían impedir
la organización sindical53. El tránsito del ámbito rural al urbano no sig-
nificó abandonar las causas agraristas sino consolidar nuevas identifica-
ciones “revolucionarias” con la fuerza laboral, en lucha contra el capital
y los empresarios bananeros, sobre quienes también ejercieron prácticas
extorsivas.
Carlos Miguel Ortiz distingue cuatro formas de relación entre habitantes
de las zonas rurales y guerrillas, algunas referidas a la región de Urabá.
La primera de ellas es el

“adherente político por razones más o menos programáticas, ligadas con inte-
reses colectivos y con las identidades, por ejemplo, de campesinos pobres o de
jornaleros: es la que se ha dado en las veredas, corregimientos y, aunque menos,
en las cabeceras municipales, en donde antes o con la guerrilla ha existido un
trabajo político de un partido o movimiento proclive a la organización guerrille-
ra: del Partido Comunista o de la Unión Patriótica, para el caso de las Farc. Son
bastiones, incluso electorales, que datan de los años 60 y 70. Por citar algunos: el
corregimiento de San José de Apartadó, en Urabá, que durante los años 80 incli-
nó acentuadamente la balanza a favor de la Unión Patriótica en el municipio de
Apartadó e hizo pensar inexactamente que la totalidad del municipio votaba por
el movimiento” (Ortiz, 2001, pp. 69-70).

52 Luchaban contra la desprotección laboral del trabajador, las respuestas militares del gobier-
no a las protestas obreras y las desvinculaciones laborales sin causa justa, entre muchas otras
reivindicaciones ampliamente documentadas por García, 1996.
53 “La persecución sindical en todas sus formas (despidos, detenciones, amenazas, asesinatos),
la militarización de las fincas bananeras, la introducción de contratistas para sabotear la
lucha sindicalizada, la firma de pactos colectivos sin intermediación de los sindicatos, el
incumplimiento de convenciones colectivas e incluso la compra de pliegos de peticiones,
fueron algunas de las modalidades utilizadas por los propietarios para debilitar el movi-
miento sindical” (Bejarano, 1998, p. 62).

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Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 303

La segunda modalidad se refiere a un punto intermedio entre

“la adhesión programática y la de conveniencia (…) en los casos en que las guerri-
llas han apoyado acciones colectivas como las sindicales, no sin reclamar contra-
partidas, incluso de imposiciones económicas. Por ejemplo, en Urabá, tanto Farc
como EPL fueron funcionales para las acciones sindicales de Sintrabanano y de
Sintagro; digamos que han sido de los pocos casos en los que las guerrillas han te-
nido una expresión clasista. Los salarios reales mejoraron en el tiempo en el cual
esos sindicatos, en su radicalismo, hicieron huelgas y las ganaron, pero a costa de
ser instrumentalizados por las guerrillas, tributándoles de sus fondos sindicales
y, peor aún, poniendo víctimas en la pelea sangrienta entre las dos guerrillas que
pretendían el dominio de los dos sindicatos” (Ortiz, 2001, p. 70).

La tercera forma de interacción es aquella que,

“aparte del adherente por las razones anteriores, programáticas o de convenien-


cia, (un) habitante puede relacionarse con un grupo armado ilegal, guerrilla o
paramilitares, a través predominantemente del miedo. Y alguien también puede
invocar ese miedo para, en virtud simplemente del halo de temor que crea la
presencia del actor armado, obtener la imposición de su capricho o de un interés
particular, así no sea efectivamente alguien de influencia ante la organización.
Una vez instalado un grupo armado de la identidad política que fuere, especial-
mente en el radio inmediato de acción que es la vereda, la mayoría de los habi-
tantes de esa área, de distintas clases o estratos sociales, tienden a aceptar como
un hecho su autoridad, fundada únicamente en el uso y la intimidación del arma,
y empieza el proceso inverso de des-autorización de los poderes institucionales a
nivel local, poderes que ahora más que antes van siendo reducidos al formalismo
(Ortiz, 2001, p. 71).

“La cuarta modalidad se refiere al adherente político por razones no programá-


ticas sino de conveniencia o utilidad, ligadas más con las estrategias individuales
que colectivas, como es el caso de la relación entre los cultivadores de coca y las
Farc”54 (Ortiz, 2001, pp. 70-72).

Finalmente, la tercera clave para la argumentación de la territorialidad


bélica insurgente reside en el control sobre el territorio. Pizarro sostiene que
las guerrillas

54 Hasta ahora esta modalidad no ha sido preponderante en Urabá.

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304 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

“terminan por constituir tres aparatos: un aparato militar que proteja los acce-
sos de un enemigo a su zona de influencia; un aparato de justicia o de policía
que mantenga el orden interno, dirima los conflictos y castigue a los culpables de
quebrar la normatividad que rige en el área. Se trata, claramente, de una legalidad
alternativa que no coincide con las normas del Estado. Y en tercer término, un
aparato impositivo que define la contribución de cada uno de los miembros de
la zona bajo control al sostenimiento del aparato de poder existente. En otras
palabras, la guerrilla, como cualquier Estado, pero en una menor dimensión y en
ocasiones en forma muy porosa, configura en el ‘adentro’ de su zona de influencia
una función policial e impositiva, y en el ‘afuera’ una función militar” (Pizarro,
1991, pp. 16-17).

Uribe de H. también muestra que

“en las áreas por ellos controladas (son) un verdadero poder; dirimen los conflic-
tos, manejan el orden público, aplican un modelo primario de justicia y reciben
un apoyo real de los pobladores, quienes los reconocen como Estado, es decir,
como principio de orden y organización” (Uribe de H., 1991, p. 250).

Para finalizar este capítulo sugerimos un mapa donde se superponen las


territorialidades socioculturales con las bélicas insurgentes. El propósito es
dejar planteado un próximo estudio que detalle los órdenes locales que pro-
dujo el conflicto armado en la región, teniendo como fundamento la coexis-
tencia de territorialidades socioculturales, de distinto tipo, con territoriali-
dades bélicas insurgentes y paramilitares. Con el mapa ulterior podemos,
por ahora, hacernos las siguientes preguntas:

1. ¿Qué tipo de diferencias de comportamiento, identidad y control se


expresan o producen en la territorialidad campesina cuando ésta co-
existe con la territorialidad EPL y cuando coexiste con la territoriali-
dad Farc?
2. ¿Qué diferencias de comportamiento, identidad y control establecie-
ron con la territorialidad indígena las guerrillas EPL (al norte con
tules y zenúes) y Farc (emberas chamí y katío de la serranía y del
Atrato), y viceversa?
3. ¿Qué tipo de diferencias existen en la configuración de la territoria-
lidad insurgente del EPL cuando su principal interacción fue con la
territorialidad de acaparamiento, mientras la de las Farc era en su ma-
yoría con campesinos?

Conflicto Armado.indd 304 15/03/2011 09:33:50 p.m.


Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 305

4. ¿Cómo se reconfigura la territorialidad EPL y Farc cuando comparten


presencia en la territorialidad empresarial?

Con el arribo del paramilitarismo a finales de los años 80 cambiaron las


condiciones de existencia de la guerrilla en cuanto a las formas de actuación
y control territorial, y sus territorialidades insurgentes se desdibujaron. La
presencia del paramilitarismo es interpretada por Uribe de H. como: a) una
reacción autodefensiva de los propietarios grandes y pequeños para librarse
de la presión guerrillera; b) grupos ligados al narcotráfico con vocación an-
ticomunista que desataron el terror para atacar a las guerrillas, garantizar el
sometimiento de los habitantes y facilitar la transformación y exportación de
la coca; y c) ejércitos al servicio del Estado destinados a lograr el control de
la región (1992, p. 253). Es decir, cambiaron los intereses, identificaciones,
comportamientos y formas vigentes de control y se instauraron unas nuevas
territorialidades bélicas de signo paramilitar.
En el capítulo siguiente observaremos cómo los ejércitos paramilitares
transformaron el mapa de las territorialidades socioculturales y bélicas me-
diante una lucha a muerte entre actores armados que involucró también a la
población civil. Veremos los cambios en el cariz del conflicto y el destape de
la dinámica del narcotráfico, que estaba subsumida en un conflicto político
armado, dinámica protagonizada por narcotraficantes camuflados de para-
militares, por grupos rearmados o por nuevos grupos que configuran esta
fase actual de posdesmovilización en la región de Urabá.

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306 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Mapa 1
División subregional institucional Urabá antioqueño

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Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 307

Mapa 2
Olas colonizadoras

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308 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Mapa 3
Territorialidades socioculturales
Urabá antioqueño, 1960-1990

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Las territorialidades y el conflicto armado insurgente, 1960-1988 309

Mapa 4
Conflicto y actores armados.
Urabá antioqueño, 1960-1990

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310 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Mapa 5
Territorialidades Urabá antioqueño.
Anterior al conflicto paramilitar 1990

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Capítulo 2

Establecimiento del paramilitarismo


y reconfiguración de las territorialidades bélicas,
1988-2007

En el capítulo anterior caracterizamos las territorialidades socioculturales y


bélicas insurgentes y mencionamos el tipo de conflictos vividos con la insur-
gencia en las territorialidades empresariales y urbanas. En este capítulo nos
focalizaremos en analizar de qué manera la llegada de los ejércitos paramili-
tares transformó el conflicto y el mapa de las territorialidades mediante una
lucha a muerte entre actores armados que involucró a los pobladores de las
distintas territorialidades.
La intensidad de la guerra fue variable en el tiempo y en el espacio, si
nos atenemos a los datos del conflicto, que evidencian cómo, con los nue-
vos actores armados, se fortaleció la faceta militar de la guerrilla. Los datos
también muestran la persistencia del conflicto una vez pasada la desmovi-
lización y el cambio en el cariz del conflicto armado con el destape de la di-
námica del narcotráfico subsumida en el mismo. El problema de los nuevos
actores armados, o de otra faceta de paramilitares bajo la denominación de
nuevos grupos y de grupos rearmados que consolidan la fase de posdesmo-
vilización paramilitar en la región de Urabá, es un tema que no se abordará
en este documento pero que traza la tendencia en la prospectiva del conflicto
en la región.
En esta nueva fase del conflicto la apreciación paramilitar sobre las te-
rritorialidades socioculturales también dependía de qué tan funcionales
eran ellas para sus proyectos contrainsurgente y económico. Para realizar
el primero procedieron al revés de como lo había hecho la guerrilla, es de-
cir, arremetiendo contra los territorios donde la guerrilla había desarrollado
lazos societales o partisanos (como los define Pizarro, E., 1991), mientras

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312 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

que protegían los territorios donde la guerrilla había concentrado sus ata-
ques; en otras palabras, atacar a los amigos de la guerrilla y defender a los
enemigos. Para su proyecto económico, los paramilitares controlaron las te-
rritorialidades de los grupos étnicos (resguardos y territorios colectivos), a
fin de facilitar su actividad de narcotráfico o para incorporar esos territorios
a la estructura productiva nacional, o bien para alcanzar ambos objetivos,
además de otras motivaciones contrainsurgentes.
Entre los años 1988 y 1998 Urabá vivió una de las más sangrientas dé-
cadas de su historia, cuando se pretendió decidir la disputa entre guerrilla y
paramilitares por el control de la región. Entre 1988 y 1995 hubo una avan-
zada paramilitar no identificada con claridad por los pobladores, quienes no
entendían a qué venían aquellas formas de violencia poco “usuales” dentro
de los procederes violentos de un intenso conflicto político-laboral-armado
entre sindicalistas, partidos políticos, empresarios bananeros y guerrillas
(EPL y Farc), conflicto que también implicaba a campesinos, minorías étni-
cas y demás pobladores. La nueva lógica de penetración se reveló realmente
cuando, a mediados de los años noventa, el paramilitarismo ingresó al eje
bananero anunciándose con nombre propio y proclamando el objeto de su
presencia. Fue entonces cuando, comenzando por el norte (estaban asenta-
dos en Valencia y Arboletes desde 1992 y 1993)1, los paramilitares hicieron
un barrido macabro hacia el centro, ocupado por dicho eje. En su lucha por
el dominio territorial la nueva fuerza llegó hasta los más remotos rincones,
exterminando a cuantos consideraba guerrilleros2 o simpatizantes de ellos,
acabando con las milicias bolivarianas en todos los municipios donde tenían
presencia (el eje, principalmente) y consiguiendo el repliegue de las Farc ha-
cia los confines de la región.
Escudados en los objetivos manifiestos de lucha contrainsurgente, de-
fensa del Estado y protección de la producción agroindustrial, iban tras el
dominio de una tierra rica en recursos, con una excelente ubicación geoes-
tratégica y múltiples conexiones con distintos puntos del interior del país,
merecedora de ser disputada a muerte con la guerrilla. Con la presencia de
los paramilitares cesaron las extorsiones, ‘vacunas’ y secuestros a empresa-
rios, políticos y ganaderos, mientras aquéllos echaban mano de las rutas del
contrabando de armas y narcóticos y ejercían coacción sobre los grupos po-
líticos regionales, hasta entonces prerrogativas de la guerrilla. Se dice que los
paramilitares copiaron los métodos insurgentes de coacción y dominio y que

1 El Tiempo, 11 de enero de 1996, p. 8A.


2 Solo guerrilleros de las Farc, porque el EPL se había desmovilizado en 1991.

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Establecimiento del paramilitarismo, 1988-2007 313

incluso enrolaron guerrilleros desertores para el señalamiento de antiguos


compañeros o colaboradores.
Este arrasamiento de norte a sur, acompañado de métodos destinados
a provocar el miedo, el silencio y la lealtad de la población, además de sus
estrategias militares, cambió la distribución de los actores armados en la
geografía de la guerra (las Farc fueron arrinconadas) y agredió de manera
violenta los distintos modos culturales de concebir, vivir y reproducir la vida
de cinco etnias indígenas, (zenú, tule, embera-chamí, embera-katío y wau-
nana), de afrocolombianos de los territorios del andén del Pacífico, de mesti-
zos sabaneros y de numerosas gentes del interior, es decir, cambió las pautas
de comportamiento y control de las territorialidades bélicas insurgentes y
socioculturales. La magnitud de la confrontación se evidencia en la intensi-
dad de las acciones armadas y en una tasa regional de homicidios superior a
las correspondientes tasas departamental y nacional de ese periodo.
En este capítulo, mediante datos estadísticos, ilustraremos y estimaremos
la magnitud de esta confrontación armada, en la que, además, mostraremos
la intensidad de la faceta militar de la guerrilla esbozada en el capítulo an-
terior. Asimismo evidenciaremos la puesta en marcha de una serie de es-
trategias desatadas por los nuevos actores armados para obtener el control
de todo el espacio geográfico de la región. Veremos cómo con las acciones
armadas los paramilitares buscaron arrinconar a la guerrilla; ajusticiar a los
considerados simpatizantes de aquélla para escarmentar al resto de los po-
bladores; desplazar a los campesinos para controlar los territorios, adueñarse
de sus tierras y concentrar la propiedad, así como controlar los poderes loca-
les mediante la manipulación de candidatos y de elecciones, tema éste último
por fuera de este estudio.
Para el despliegue de las anteriores estrategias detallaremos: 1) la mag-
nitud y la expresión por zonas (Norte, Centro y Sur) de los eventos del con-
flicto en la región de Urabá; 2) los ciclos del conflicto según la tendencia de
los eventos armados; 3) la dimensión de los homicidios y la lógica existente
detrás de ellos; 4) los desplazamientos y las rutas de migración. Las fases que
estableceremos para observar el conflicto regional no son simplemente ma-
nifestación de cambios en el número de eventos sino, también, en el tipo de
guerra que se libra desde la perspectiva de la guerrilla, y de otra bien distinta,
desde la perspectiva de los paramilitares.
Este capítulo consta de dos partes. La primera hace una lectura del con-
flicto bélico desarrollado entre 1988 y 2007, que incluye el ingreso y la “sa-
lida” paramilitar, así como la aparición de nuevos actores armados. Esta

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314 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

estimación se apoya en datos estadísticos totales, agrupados por zonas y


municipios y por tipo de actor. Con tales datos se definieron cuatro ciclos
en el conflicto, según la intensidad de las acciones armadas en el territorio,
y se espaciaron con el propósito de ilustrar la manera como los distintos
actores armados intervienen en el espacio y en las territorialidades, y cómo
la influencia insurgente en la región cambia a favor del dominio paramilitar.
La segunda parte analiza las cifras en función de los efectos que tuvieron
las acciones armadas sobre la población civil, es decir, datos de homicidios,
masacres y desplazamientos.

Los eventos del conflicto en Urabá, 1988-2007


Este capítulo hará una observación del conflicto armado entre 1988 y 2007,
apoyada en datos estadísticos que muestran los eventos de tres maneras: to-
tales, agrupados por zonas y municipios, y agrupados por tipo de actor. El
periodo incluye el ingreso y la “salida” paramilitar de la región. Las bases de
datos sobre el conflicto están organizadas por municipios, división territorial
institucional ajena a las territorialidades que presentamos en el capítulo ante-
rior pero que utilizamos en esta primera parte para describir el conflicto de
manera general en la región, basados en esta división por zonas. En el acápite
“Ciclos del conflicto armado en el Urabá antioqueño 1988-2007” (véase ade-
lante), se utilizará un método que permite que esos mismos datos, que vienen
agrupados por municipios, sean mostrados de forma continua en el territorio
y traspasen las barreras municipales para poder acercarnos, aunque sea ten-
dencialmente, a la realidad de nuestras territorialidades socioculturales.

Comportamiento zonal de los eventos y de los actores armados,


1988-2007
Por eventos del conflicto armado se entiende todo tipo de actos violentos
propiciados por los grupos armados3. Estos eventos no son más que una
medida de la intensidad que adquiere la violencia en el conflicto de la región
de Urabá y demuestran la complejidad de una geografía bélica heterogénea.
Durante los veinte años analizados cada zona adoptó su propia conducta
dentro de la tendencia regional, como se aprecia en la gráfica 1. Ella muestra
la distancia entre la zona Centro con respecto a las demás, ya que concentra

3 De acuerdo con la definición de conflicto armado planteada por Cerac en su Sistema de


Información (Sarac) (archivo de uso interno).

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Establecimiento del paramilitarismo, 1988-2007 315

la mayoría de los eventos (cerca del 80%) y define en gran parte la tenden-
cia histórica de Urabá. Esto hace que el dato regional oculte las dinámicas
particulares de las otras zonas, que son las que queremos explicitar a conti-
nuación para analizar las variantes y principales características zonales del
conflicto en Urabá.

Zona Centro. No solo presenta el mayor número de eventos de la región sino


que su comportamiento se impone sobre las expresiones regionales del con-
flicto, es decir, se define como polo del conflicto armado al exhibir caracterís-
ticas atípicas respecto de las dinámicas de las demás zonas: en el Centro, por
ejemplo, jamás ha habido un cese total de eventos armados y, por el contrario,
crecen de forma paulatina desde 1988 (9 eventos) hasta 1992 (23 eventos),
sufren un notable incremento en el año 1993 (43 eventos), cuando práctica-
mente se duplican, y a partir de ahí, si bien se reducen un poco en 1994, la
zona se mantiene en niveles altos (41 eventos) hasta 1995, cuando comienza
un descenso que culmina en 1999 para luego mantener cierta inercia, aunque
en niveles bajos. Meses después del proceso de desmovilización, el año 2005
marca el quiebre de este comportamiento cuando la curva de ascenso de los
eventos se dispara a 34, el valor más alto en la última década (véase gráfica 2).
Al tiempo que el Centro “jala” los indicadores del conflicto en el nivel re-
gional, el mayor número de eventos armados se concentra en los municipios
de Turbo y Apartadó. Cabe destacar el comportamiento del municipio de
Mutatá, donde sobresalen unos picos distintos de la tendencia zonal (véase
gráfica 3), que descienden a partir de 1995 pero que desde ese año aumentan
en Mutatá, para descender a partir de 1998. Esto lo explica su condición de
municipio intermedio entre la zona Centro de Urabá y la región Occidente
de Antioquia, flanco hacia donde los paramilitares arrinconaron a la guerri-
lla en su toma de la región.
En cuanto a la presencia de actores armados en la zona Centro (gráfica 4), la
mayor cantidad de acciones corresponde a las guerrillas, sobre todo en el lapso
1992-1997, seguidas de las acciones de las fuerzas estatales (mayor actividad en
2005) y, por último, de la presencia de los paramilitares. Esta época incluye el
enfrentamiento de las Farc a tres fuerzas: el EPL una vez desmovilizado en 1991,
los ejércitos paramilitares que buscaban sacarlos de la región y el Ejército Nacio-
nal, que muchas veces operó con los paramilitares. Estos últimos desaparecieron
del panorama tras el proceso de desmovilización iniciado en 2003, pero poste-
riormente (bajo otra modalidad armada) registran su pico de acciones en 2007,
como se muestra en la gráfica 4, de acciones por grupo armado.

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316 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Zona Norte. La gráfica 5 muestra la dinámica del Norte, donde los primeros
años de la tendencia (1988-1992) son estables, con 6 acciones unilaterales.
En 1993 comienza un ascenso importante, hasta alcanzar en 1994 un pico
histórico de 14 acciones (aun cuando en la zona Centro dichos eventos des-
cienden), momento en el que oficialmente entran los paramilitares desde
Córdoba, hacia Urabá. Los años 1997, 1998 y 2000 no registraron acciones
armadas (los paramilitares ya habían conquistado el Norte), aunque ellas
se reactivan, en muy bajo nivel, desde 2001 y luego a partir de 2005, bajo el
incentivo del narcotráfico.
Una característica del Norte es que las acciones unilaterales desplegadas
en Urabá ocurren de manera más fuerte en Necoclí y San Pedro de Urabá,
municipios que tienen más cercanía estadística con la dinámica del Cen-
tro. Esto tiene explicación en la acción paralela que estaban ejerciendo los
paramilitares en ambas zonas, es decir, mientras libraban una lucha contra
la guerrilla en el Centro, atacando prioritariamente a sindicalistas y simpati-
zantes de las Farc, en el Norte estaban disputando el control territorial a las
Farc, asesinando simpatizantes de la guerrilla y desplazando a campesinos.
Para el caso de Necoclí, a pesar de que las acciones unilaterales eran esca-
sas, el conflicto parece reactivarse después de la desmovilización paramilitar,
particularidad que se atribuye a la nueva dinámica delictiva adoptada por el
narcotráfico (gráfica 6).
Observadas por grupos armados, las acciones en la zona dejan ver cómo
cambia, hasta desaparecer, la activa presencia guerrillera a causa de la pre-
sión paramilitar desplegada a comienzos de la década, y cómo el fenómeno
del incremento del conflicto responde más a las acciones del Ejército y de los
paramilitares, las cuales podrían estar vinculadas al incremento del narco-
tráfico en la región (gráfica 7).

Zona Sur. Durante los veinte años, la tendencia del Sur está muy por debajo
del promedio regional. Una serie de eventos registrados en 1991, y otros en
los periodos 1997-2001 y 2003-2007, marcan los momentos destacados en el
registro de eventos.
Ese comportamiento, aunque marginal, define una nueva pauta para la
última década: aunque se presentan pocos eventos, ellos son permanentes
desde el año 2003, en principio más intensos en Murindó (cuatro acciones
registradas en 2004) y luego en Vigía del Fuerte (cinco acciones registradas
en 2006 (gráfica 9), como manifestación del traslado de la disputa entre gue-
rrilla y paramilitares hacia los territorios del Atrato.

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Establecimiento del paramilitarismo, 1988-2007 317

En cuanto al comportamiento de los grupos armados en la zona sur,


la gráfica 10 muestra las siguientes características: a excepción de los años
1994, 1995 y 1996, cuando se registra una sola acción de responsabilidad
guerrillera, en los demás hechos armados se involucran tanto la guerrilla
como las fuerzas estatales. Los paramilitares solo realizaron una sola acción
a lo largo de toda la tendencia (año 1999), y ella no corresponde al enfren-
tamiento entre la guerrilla y los paramilitares en Bojayá, que no aparece re-
gistrado. Cabe destacar el periodo 2002-2007 como el más activo, aunque
se ubica muy por debajo del promedio regional, y particularmente el año
2006, cuando ocurrió el mayor número de acciones: tres de fuerzas estatales
y cuatro de las guerrillas. Por lo demás, los datos para Antioquia no logran
mostrar la intensidad de la disputa en el Bajo Atrato, porque la operación
Génesis (1997), cometida en esa zona (Darién chocoano, Riosucio y Carmen
del Darién) y en la cual quedó implicada la Brigada XVII en cabeza del gene-
ral Rito Alejo del Río, debió quedar registrada en las estadísticas del Chocó,
jurisdicción a la que pertenecen tales territorios.

Ciclos del conflicto armado en el Urabá antioqueño, 1988-2007


Este apartado muestra las acciones armadas habidas en la región de acuerdo
con la intensidad registrada en este territorio, a fin de visualizar qué terri-
torialidades socioculturales fueron las más afectadas y cómo a lo largo del
periodo las territorialidades bélicas insurgentes se reconfiguraron a favor de
los paramilitares. Para eso proponemos una interpretación de la violencia
en los cuatro ciclos que se definen por claros quiebres de la tendencia, como
enseña la gráfica 11 que reúne el total de los eventos cumplidos en la región
entera. Una vez definidos los cortes temporales, se toma cada uno de estos
ciclos y se analiza el comportamiento que en determinado ciclo tuvieron
todas y cada una de las zonas.
Dado que, como ya advertimos, los datos son suministrados por cada
jurisdicción municipal, sistematizaremos la información en gráficas y la es-
pacializaremos en la cartografía haciendo uso del método de interpolación
IDW (Inverse Distance Weighet). Con él podemos mapear los indicadores
de intensidad (número de veces del evento por encima de la media regional)
mediante la representación en tonos negros, grises y blancos que indican en
qué medida el valor se aleja de su punto céntrico (para cada municipio fue
su cabecera), intensidad expresada en las convenciones que acompañan cada
mapa. Los parámetros de la interpolación fueron escogidos tratando de que
siempre pudieran representar la realidad de los mapas coropléticos, a fin de

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318 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

disponer así de dos perspectivas en un mismo mapa: el dato exacto y el peso


de la vecindad con respecto a la cabecera expresado con los diversos tonos.
Este cambio de tonalidades nos permite espacializar las diferencias de inten-
sidad de los eventos en toda la región, romper las barreras del municipio y
acercar los datos del conflicto a las territorialidades socioculturales y bélicas
ya presentadas.
Los cuatro ciclos encontrados en el comportamiento del conflicto arma-
do de Urabá se definen así: 1) pugna entre insurgencias (1988-1991); 2) in-
serción paramilitar y disputa por el territorio desde el Norte hacia el Centro
y desde el Centro hacia la región de Occidente y hacia el Atrato chocoano
(1992-1998); 3) control paramilitar (1999-2003); 4) desmovilización para-
militar y confrontación entre poderes emergentes por el control territorial
(2004-2007). Los ciclos propuestos se muestran en la gráfica 11.

Primer ciclo, o pugna entre insurgencias, 1988-1991


En este periodo los eventos del conflicto muestran un decrecimiento en la re-
gión, para luego aumentar a partir de 1990, como lo enseña la gráfica 12 y se
espacializa en el mapa 6. Dicha caída implica preguntarse por las características
que sostenían dichos niveles de violencia en ese periodo y, consecuentemente,
por el cambio sustancial que explica la disminución de los mismos en la región.
En el lapso 1988-1991 Urabá tenía dibujada una clara división territorial
bélica, configurada entre 1960 y 1990 bajo una lógica político-militar guerri-
llera (mapa 7). En él se distinguen, de una parte, los territorios de influencia
EPL al norte de Urabá (Necoclí, Arboletes, San Juan de Urabá, San Pedro de
Urabá y norte de Turbo) y en los límites con Córdoba (Los Córdobas, Cana-
lete, Tierralta y Valencia), y de otra parte los territorios de dominio Farc en la
parte limítrofe del Chocó (Acandí, Riosucio y Unguía) y el sur del Urabá an-
tioqueño (sur de Chigorodó, Mutatá y Vigía del Fuerte). El Centro de Urabá,
correspondiente al eje bananero, hacía las veces de territorio de confluencia
de ambas guerrillas, donde los límites político-militares entre ambas opera-
ban desde un espacio local que distinguía fincas Farc o EPL según la adscrip-
ción de los trabajadores a uno u otro sindicato de su influencia (Sintrabanano
y Sintagro, respectivamente). Hacia los costados (Valencia y Darién) ya co-
menzaban a instalarse los paramilitares, como indica el mapa 7.
A comienzos de los años 90 se concretaron las negociaciones entre el
gobierno central y los distintos grupos insurgentes, que en el año siguiente
se tradujeron en la desmovilización del EPL y en el copamiento por las Farc

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Establecimiento del paramilitarismo, 1988-2007 319

de los territorios dejados por aquellos en toda la región del gran Urabá4.
Tras la desmovilización del EPL, una suma de factores5 originó una guerra
sucia que involucró a las Farc en alianza con la disidencia del EPL, a los
paramilitares y a sectores del EPL reinsertados6; en otras palabras, signifi-
có la guerra entre Esperanza Paz y Libertad y la Unión Patriótica. Así que
la sucesión de eventos (negociaciones de paz, desmovilización del EPL,
arremetida de las Farc e ingreso del paramilitarismo) explica la caída de las
acciones armadas y enseguida el incremento de ellas, como lo representa la
gráfica 12 y su expresión espacial en el mapa 6, que dibuja, en forma de U,
la intensidad del conflicto entre los años 1988 y 1991.
La expresión socioespacial del conflicto durante este primer ciclo se apre-
cia en el mapa 8, que muestra la forma como se afectaron las territorialidades
urbana y empresarial en el Centro, así como las territorialidades de acapara-
miento y campesinas del Norte, cuando las Farc se enfrentaron con los ex EPL
y comenzó la guerra sucia con la avanzada del paramilitarismo que ingresó a
ese territorio por los municipios de Valencia y Tierralta, al norte de la región.

Segundo ciclo, o ingreso paramilitar para disputar el control


territorial, 1992-1998
Este ciclo muestra una primera escalada del conflicto (1992-1996) y luego
una disminución de los eventos (1996-1998). En esa primera escalada cul-
minó el copamiento que ejecutaron las Farc de los antiguos territorios ocu-
pados por el EPL en el norte de la región, como muestra el mapa 9.
Si se considera la totalidad del periodo que cubre nuestro análisis (1988-
2008), en este ciclo el número de eventos llegó a los mayores niveles regio-
nales –y también zonales, para el caso del Norte y del Centro– (véanse las
gráficas 1 y 13). Sin embargo, esta escalada y esta disminución no se mani-
festaron de forma homogénea en toda la región: las dos tendencias dispares
expresan las particularidades zonales, identifican el movimiento espacial de

4 Cordobés, chocoano y antioqueño.


5 La desmovilización del EPL provocó las antipatías de su disidencia (Bernardo Franco) y de
los simpatizantes de la UP, las Farc y las Milicias Bolivarianas asentadas en las áreas urbanas
de los barrios de invasión bajo control de las Farc. El partido Esperanza Paz y Libertad,
apoyado por los Comandos Populares creados en barrios de invasión, donde tenían sus
bases sociales, se disputó a muerte con la UP los poderes locales. Cada uno contaba con sus
respectivas adherentes sociales, campesinos y sindicales, y con distintas simpatías político-
partidistas esparcidas por toda la región. En ese contexto, en 1992 se registró un total de 60
asesinatos selectivos de militantes de Esperanza Paz y Libertad (Ramírez Tobón, 1977, p.
100), y entre 1991 y 1994 hubo otros 160 muertos.
6 Para ampliar esto, véase Uribe, 1992; García, 1996; Ramírez, 1977.

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320 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

los actores del conflicto armado y evidencian la reconfiguración de los res-


pectivos dominios territoriales de guerrillas y paramilitares.
En los inicios de la escalada del conflicto (1992), las zonas Norte y Centro
muestran, en términos de eventos armados (gráfica 13), una tendencia cre-
ciente. Sin embargo, tal crecimiento acelerado es más fulminante en la prime-
ra zona que en el Norte, donde, en solo dos años (1991-1993) pasó de 7 a 27
eventos, equivalentes a un incremento de 280%, mientras en el Centro, en el
transcurso de cinco años (1991-1996), la violencia varió de 23 a 76 eventos,
es decir, tuvo un aumento de 230%. Por tanto, la tendencia en el crecimiento
de la conflictividad que experimenta el Centro es relativamente menor que la
del Norte, a pesar de que los eventos del Centro sean más numerosos, dado
que, desde el ciclo anterior, el Centro experimentaba altos niveles de conflicto
político, mientras en el Norte el conflicto arreciaba con el ingreso de los para-
militares, que comenzaron su disputa con las Farc, las cuales, a su vez, habían
copado el espacio del desmovilizado EPL (mapas 10 y 11).
El periodo de escalada de los eventos y de recrudecimiento sostenido del
conflicto se caracteriza por el posicionamiento definitivo7 de los paramilitares
en el escenario regional y el incremento de la participación militar del Esta-
do destinada a recuperar los territorios desocupados por la desmovilización
del EPL, ya bajo control de la Farc. Se trata de una participación estatal que
muchas veces se hizo en compañía de los ejércitos paramilitares, según testi-
monian distintas fuentes8 y según se puede desprender de la inexistencia de
combates entre las FF. MM. y los paramilitares, como lo registra la gráfica 14.
En la expansión hacia el norte de la región para ocupar los antiguos te-
rritorios EPL, las Farc se encontraron con los paramilitares, ese nuevo ac-
tor armado, que se internaba en Urabá por ese flanco para luchar contra la
guerrilla y sus simpatizantes y contra los campesinos, a quienes acusaba de
guerrilleros para poder desplazarlos, apoderarse de sus parcelas y obtener
sus propósitos adicionales de concentración de la propiedad. Al unísono, los
paramilitares y las Farc se disputaban el control de la zona Norte, pero la ra-
dical ofensiva paramilitar rápidamente puso bajo su dominio las localidades

7 Se la denomina como definitiva porque no era la primera vez que hacían presencia en la
región (ya en 1985 habían sido denunciados, y se tienen registros de masacres perpetradas
por ellos en 1989, según reportes de Ramírez 1997), pero solo a partir de 1992 llegaron para
quedarse.
8 Basta con mencionar los testimonios dados en las versiones libres de los paramilitares des-
movilizados, de las cuales la de la Brigada XVII, con Rito Alejo del Río al mando, fue una de
las denuncias más sonadas, entre muchas otras hechas por los pobladores contra el Ejército
Nacional.

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Establecimiento del paramilitarismo, 1988-2007 321

de Arboletes, San Pedro, San Juan de Urabá y Necoclí (esta última con cierto
rezago respecto de las anteriores, como muestran las gráficas 6 y 7).
Para el Centro de Urabá el proyecto paramilitar fue igualmente efec-
tivo, pero a mediano plazo. Aunque la escalada del conflicto comenzó a
partir de 1992, su recrudecimiento esperó hasta 1996, año a partir del cual
inició su descenso, mientras que la dinámica regional había tenido su pico
mayor en 1993 y a partir de ahí había iniciado su declive. Como lo muestra
la gráfica 1, cuando la actividad armada alcanzó el momento más alto en
el Centro de Urabá, la dinámica de esta zona comenzó a ser totalmente
equivalente a la dinámica observada en el conjunto de la región del Urabá
antioqueño. Esto nos lleva a concluir que se presentó un dominio de los
paras en el Norte y de las Farc en el Sur, mientras el Centro continuaba
como territorio en disputa. Por tanto, en este ciclo se vislumbra la primera
retirada guerrillera de la zona Norte de Urabá, operada entre 1995 y 1996 y,
consecuentemente, la agudización del conflicto armado en el Centro, que
alcanza su cima en 1996 para finalmente terminar expulsando a los frentes
guerrilleros hacia el occidente antioqueño y hacia el Chocó a comienzos
de 1998.
Entre 1996 y 1998 la zona del Centro disminuye rápidamente sus índices
de conflicto en relación con el número de eventos (véanse gráficas 2 y 13),
como señal del comienzo del dominio paramilitar en su disputa territorial
con las Farc, y, como puede apreciarse en el mapa 12, las territorialidades
político-militares se modifican, pues el conflicto emigra mientras las zonas
Centro y Norte de Urabá terminan por quedar bajo control paramilitar.
Entre 1996 y 1998 ocurrió un cambio en la intensidad del conflicto, pues,
como enseña la gráfica 15, las jerarquías zonales se transforman: mientras
en el Norte y en el Centro decaen los índices del conflicto, éstos ascienden
de modo equivalente en el departamento del Chocó (municipios de Acandí,
Unguía, Riosucio y Carmen del Darién) y en la región vecina del occiden-
te antioqueño (municipios de Dabeiba, Frontino y Urrao). Esto se explica
por la contigüidad espacial entre las regiones y por las características de un
proceso de expansión de la frontera político-militar, que se comporta como
en un juego de suma cero9. La expulsión de la guerrilla del eje bananero por

9 Este movimiento espacial se evidencia en las cifras del conflicto en Mutatá, como municipio
de frontera entre Urabá y la región del occidente, donde en 1998 se presentaron 15 eventos
armados, casi el doble de los reportados en el periodo de mayor sevicia del conflicto en la
zona Centro de Urabá (1992-1996), cuando la cifra fue de 7,6 (véase la gráfica 3). Esto im-
plica un rezago de Mutatá en aproximadamente dos años con respecto a la dinámica general
de la zona Centro.

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322 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

parte de los militares, y el consiguiente control urbano de estos mismos, se


reflejan en el descenso del número de acciones unilaterales y combates de esa
guerrilla a partir de 1995, año cuando comienza un aumento del conflicto en
el occidente antioqueño, región limítrofe con Urabá.
La expresión socioespacial del conflicto armado se muestra en los mapas 13
y 14, tanto en la primera escalada del conflicto (1992-1996) como en la disminu-
ción de los eventos (1996-1998). En las tonalidades puede apreciarse la intensi-
dad y la movilidad de la disputa en las territorialidades socioculturales, tanto en
el auge como en la disminución del conflicto en este segundo ciclo.

Tercer ciclo o consolidación paramilitar, 1999-2003


Estos años representan el afianzamiento del proyecto paramilitar en el Urabá
Central y el arrinconamiento de la guerrilla hacia el occidente antioqueño y ha-
cia el departamento del Chocó. A diferencia de lo que sucedió en el Norte ura-
beño, donde después de la expulsión de la guerrilla cesaron los eventos armados,
en el Centro la violencia prosiguió, a pesar de la misma expulsión, según indica
la inercia de la gráfica 16 y su expresión espacial en el mapa 15, que da cuenta de
que, para este periodo, el número de sucesos armados oscila entre 9 y 13.
En cuanto al espacio en que tuvieron lugar los eventos armados de este
periodo, se puede suponer que en la zona Centro hay una violencia sedi-
mentada correspondiente con lógicas locales más que regionales. Esto nos
lleva a pensar que las dinámicas del conflicto en el Urabá Central son más
complejas que la ya de por sí complicada dinámica de la confrontación pa-
ramilitares-Farc10. De todas maneras, el dominio paramilitar se evidencia en
la actividad que desarrolla en términos de acciones unilaterales o combates,
dado que controlan la región y que su presencia allí no es puesta en duda.
Como podemos observar en los mapas 16, 17 y 18, en el lapso 1999-2003
los paramilitares despliegan sus acciones preferentemente en las regiones del
Occidente antioqueño y del departamento del Chocó, más que en el interior
de Urabá, lo cual permite sostener que dan por sentada su conquista de las
zonas Norte y Centro de Urabá.

10 Algunas características específicas del Urabá Central que pueden servir de determinantes
para explicar la inercia de la violencia en la región son: i) las relaciones depredatorias y sim-
bióticas que establecen los actores armados con la agroindustria bananera como fuente de
financiación; ii) la inoperancia de las instituciones formales, que son sustituidas por órdenes
de control armado que, a pesar de la hegemonía por parte de uno de los grupos armados, no
anulan la persistente defensa de ley y la lucha por la soberanía del Estado; iii) la inserción de
los actores armados en la vida política institucional para lograr el control social.

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Establecimiento del paramilitarismo, 1988-2007 323

La expresión de la disputa en las territorialidades socioculturales desple-


gada durante este periodo puede apreciarse en el mapa 19.

Cuarto ciclo, o ciclo de la desmovilización paramilitar, 2004-2007


En el Gran Urabá –antioqueño, cordobés y chocoano– operaban los bloques
paramilitares Bananero, Héroes de Tolová y Elmer Cárdenas, asentados en
el territorio tal como muestra el mapa 20. Esas fuerzas se desmovilizaron,
respectivamente, en los años 2004, 2005 y 2006.
Paradójicamente, la desmovilización paramilitar se tradujo en una agu-
dización del conflicto bélico en el territorio. A lo largo del primer año de
la desmovilización hubo una leve reducción de los eventos armados en la
región, que pasaron de 19 a 14 (véase gráfica 17 y su expresión espacial en el
mapa 21); sin embargo, esa tendencia inercial rápidamente se rompió y en
2007 el número de eventos ascendió vertiginosamente, de 14 a 54.
Al analizar la presencia paramilitar en relación con el número de eventos
de guerra ocurridos durante los veinte años, observamos que los atribui-
dos a esta fuerza se incrementan en gran escala entre los años 2005 y 2007,
cuando aumentan de manera vertiginosa: de 0 a 12 (gráfica 18). Esta últi-
ma cifra es histórica en términos de la presencia paramilitar en el territorio,
pues durante el peor recrudecimiento del conflicto armado regional, que se
presentó en 1995 en la zona Centro, únicamente se registraron diez acciones
paramilitares.
Tal incremento del conflicto es una tendencia mesorregional en las fron-
teras de Urabá con el occidente de Antioquia y con Córdoba, cuyos focos
son Turbo, Dabeiba y Tierralta, donde confluyen actores armados nuevos o
alistados bajo otras identidades: desmovilizados reactivados, nuevos pode-
res emergentes, bandas criminales (algunas vinculadas con el narcotráfico)
y un creciente avance de la guerrilla en el Centro y el Sur de la región. Esta
nueva dinámica ha afectado a todos los territorios, pero principalmente a los
habitados por las minorías étnicas, a las zonas campesinas del Norte y a las
situadas hacia la región occidental del departamento.
En conclusión, la guerra entre las agrupaciones armadas se ha dirimido,
hasta el momento, a favor de los paramilitares, con la ayuda de bandas de-
lictivas del narcotráfico o de paramilitares rearmados. Hemos visto cómo el
conflicto armado ha transitado por todos los rincones de la región, como
una confrontación que se ha desenvuelto bajo la primacía de diversos actores
armados y dejado a su paso muchos muertos, casi todos de la población civil,
como veremos en el numeral siguiente.

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324 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Los ataques a la población, 1988-2007


Nos enfocamos en otra expresión del conflicto armado, cuya naturaleza no
la definen solamente los combates entre los grupos alzados en armas sino
que también incluye ataques sistemáticos a la población dirigidos a exter-
minar o controlar las supuestas bases sociales enemigas y ejercer un control
general sobre los habitantes de determinado territorio en el cual establecen
su dominio. Las cifras de los eventos del conflicto proveen datos sobre los
combates, que son los que se libran entre ejércitos, pero también suminis-
tran información relacionada con acciones unilaterales. Estas últimas son
las que repercuten de manera directa en la población civil y con las cuales
pretendemos ilustrar de manera general la magnitud de los asesinatos selec-
tivos, masacres, extorsiones, secuestros, desplazamientos y emplazamientos,
agresiones, reclutamientos y otras violaciones del DIH.

Los homicidios
Los ejércitos alzados en armas operan con dos lógicas diferentes y opuestas: una
identifica a las Farc y la otra a los paramilitares. En la gráfica 19 observamos cómo la
actividad guerrillera se concentra en combates con las fuerzas estatales, que en 1993
alcanzaron un máximo de 61, frente a 32 acciones unilaterales.
Para el caso de los paramilitares, por el contrario (gráfica 20), su actua-
ción se enfoca casi exclusivamente en los hechos unilaterales, que en 1995,
cuando el conflicto alcanzaba los más altos niveles, llegaron a ser diez, en
comparación con solo dos combates de guerra.
Las acciones unilaterales de las guerrillas y los paramilitares causaron
fuertes daños a la población civil, particularmente en materia de homicidios.
Al analizar la lista de masacres que sucedieron en Urabá se observa que sus
principales responsables fueron los paramilitares, lo que se colige de la co-
incidencia que se manifiesta al superponer la representación de las acciones
unilaterales sobre la correspondiente a las masacres, tal como se muestra en
la gráfica 21. A partir de 2002 las acciones unilaterales paramilitares desple-
gadas dentro del ciclo de la desmovilización parecen reenfocarse hacia otra
dinámica, muy posiblemente relacionada con la actividad del narcotráfico.
Hay que insistir en que el recrudecimiento del conflicto en la región de
estudio por efecto del arribo del paramilitarismo, en lugar de significar es-
trictamente un combate entre grupos al margen de la ley, implicó también
ataques a la población civil bajo la idea paramilitar de destruir la base social
de la guerrilla y desarticular a las Farc en el territorio. Esta forma de actuar

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Establecimiento del paramilitarismo, 1988-2007 325

provocó una alarmante crisis humanitaria, pues, además de los altos niveles
de homicidio, puso en marcha la revancha de la guerrilla contra las supuestas
bases sociales de los paramilitares, en una represalia que utilizó la misma
estrategia con la que operaban sus odiados enemigos y provocó un efecto
multiplicador en el número de homicidios11 (véase gráfica 22).

Los desplazamientos, 1988-2007


Más allá de las cifras y del ritmo de ascenso/descenso en el número de pobla-
dores desplazados, el análisis del desplazamiento incorpora las causas y con-
secuencias de este drama humanitario. En esta guerra encontramos dos tipo-
logías de desplazamiento, que encierran distintas lógicas. La primera define el
desplazamiento como efecto colateral de la guerra cuando el objetivo de ella es
el control territorial por parte de los actores armados que despliegan acciones
bélicas bajo la forma de combates, bombardeos, reclutamiento forzado, agre-
siones, hurto, secuestro, homicidios selectivos, entre otros actos que siembran
terror e incertidumbre entre la población; entonces, para alejarse del campo
de batalla y proteger su vida, sus bienes y su futuro, la población abandona sus
asentamientos y huye en busca de refugio. El segundo tipo define el despla-
zamiento forzado como objetivo propio de la guerra, encaminada a derrotar,
tanto a las supuestas bases sociales del enemigo, como a apropiarse de la tierra
mediante amenazas colectivas de desalojo, venta forzada o expropiaciones de
tierras, además de la amplia gama de acciones descritas en la primera tipología.

Comportamiento subregional del desplazamiento


El desplazamiento cumplido en Urabá se centró en el eje bananero, donde se
aglutinó el 69,3% de los desplazados del periodo 1990-2007. Este predomi-
nio permanece invariable en el tiempo, con excepción de los periodos 1992-
1994, cuando la zona Norte explicaba un 45% del fenómeno regional, debido
a la estrategia paramilitar de tierra arrasada puesta en marcha en su barrido
de norte a sur, y del año 2002, cuando se produjo el desplazamiento masivo
desde Vigía del Fuerte, provocado por la masacre ocurrida en mayo de ese
año, cuando los paramilitares y las Farc se enfrentaron en Bojayá.

11 Cabe resaltar que las tasas de homicidios perpetrados en Urabá durante el conflicto armado
en el lapso 1992-1996 fueron superiores a los correspondientes valores nacionales y depar-
tamentales, lo que implica un fenómeno alto de localización del homicidio en el momento
en que se produce un recrudecimiento de la violencia en la región, por lo cual es permisible
plantearse la hipótesis de que los muertos directamente atribuibles al conflicto armado pue-
den ser más numerosos que aquellos que las bases de datos pueden comprobar.

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326 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Las cifras del desplazamiento12 muestran que en Urabá hay un escalona-


miento sostenido desde 1995, año a partir del cual las cifras nunca disminu-
yen, para llegar a su punto más alto en 2001, cuando fueron desterradas 15.413
personas13 (véase gráfica 23). En las curvas del desplazamiento observamos
que los incrementos encontrados en el Norte y en el Centro parecen tener cier-
to tipo de armonía entre sí, con tres picos en 1996-1997, 2001 y 200514.
El primer momento (1996-1997) es el único que presenta una correlativa
entre los altos niveles del conflicto y el desplazamiento, es decir, como efecto
colateral de la guerra y del control de la base social por parte de los paramilita-
res. Sin embargo, este primer momento presentaría también el desplazamiento
de población como objetivo mismo del conflicto, ya que en el Norte, que tam-
bién muestra incremento de la población expulsada, no presentaba violencia
por estar bajo absoluto control paramilitar. Luego, si tomamos el segundo pico
del desplazamiento (1999-2001) y el tercero (2003-2005), observamos una
ausencia de correspondencia entre violencia y desplazamiento, pues mientras
el número de eventos presentados en la región es mínimo, sobre todo en el
segundo momento, el desplazamiento crece a cifras históricas, razón por la
cual puede hablarse de un desplazamiento silencioso, donde no retumban las
acciones bélicas para explicarlo y que poco a poco va consolidando la nueva
posesión de los actores armados sobre la tierra (véase gráfica 24).

12 Elaboradas con base en la información de Cerac, 2007. Anexo 4.


13 En 1995 el Cinep, la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, la Comisión Andina de Juristas,
las Brigadas Internacionales de Paz, la Sección de Movilidad Humana del Episcopado y la Con-
sejería de Proyectos para Refugiados latinoamericanos, presentan el informe “Urabá: el mayor
éxodo de los últimos años”, texto en el cual las cifras sobre el desplazamiento fueron contunden-
tes y alarmantes; entre noviembre de 1994 y mayo de 1995 se totalizaron más de 20.000 despla-
zados, y solo en el primer semestre de 1995 se contabilizaron 500 asesinatos de personas en el
eje bananero ( “Violencia desplazó a 20 mil personas”. En Vanguardia Liberal, junio 3 de 1995, p.
8-A). “Pero el origen del conflicto se encuentra en la tenencia de la tierra, que está quedando en
poder de un reducido grupo de hacendados, como ocurre en el municipio de Arboletes, donde
de sus 71.200 hectáreas de superficie, más de 69.000 pertenecen únicamente a cinco personas
naturales. La situación se agrava al considerar que los desplazamientos forzados se dan cuando
los grupos paramilitares ‘dan’ quince días de plazo a los campesinos para evacuar sus tierras
(…) la gente llega por camionados”, dicen los propios campesinos al contemplar cómo después
de algunos años de relativa calma en la región, en los inicios de los años noventas la situación
cada vez es más tensa. En el resguardo indígena de El Volao, al norte, desde 1988 hasta 1994 se
conocía sólo la confrontación guerrilla-Estado, pero no había desplazamientos campesinos. Fue
entonces, aseguran, cuando comenzó la compra-venta barata de la tierra y se inició la guerra con
las facciones disidentes del Ejército Popular de Liberación (EPL)” (véase “Arboletes solo tiene 5
dueños”. En El Nuevo Siglo, junio 4 de 1995, p. 6).
14 Conviene resaltar que en la escalada del desplazamiento hay un efecto causado por la con-
solidación de la Ley 387 de 1997, de desplazamiento, y el Decreto 250 de 2005, que tienen
carácter de política pública. Ellos consolidan el sistema de monitoreo de la población des-
plazada y con ellos aumenta el registro de desplazados y no necesariamente el desplaza-
miento. Es decir, se registra lo que en un pasado fue desconocido.

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Establecimiento del paramilitarismo, 1988-2007 327

La desocupación del campo


Los censos de población de 1993 y 2005 ilustran el crecimiento y decreci-
miento de los municipios, sin que necesariamente eso tenga que ver directa-
mente con el conflicto armado. Sin embargo, la álgida situación del conflicto
permite hacer tal especulación, o bien dejarla como dato para posteriores
análisis. En el periodo delimitado por los dos últimos censos de población,
Riosucio, municipio chocoano del Atrato –cuya dinámica es análoga a la de
Vigía del Fuerte, Murindó y parte de Mutatá (planicies aluviales)–, muestra
un descenso demográfico fuerte: 28.635 habitantes en 1993 y 19.434 en 2005.
En términos absolutos, pierde 9.201 habitantes; es la zona rural más afecta-
da, pues, en términos relativos, decrece en 12.742 habitantes15.
Siguiendo con los ejemplos, otros municipios muestran claramente la
desocupación que sufrió el campo. La población rural de Carepa rebaja en
5.165 habitantes, la de San Pedro pierde 2.980, en Chigorodó desaparecen
1.972 pobladores rurales y 512 en Acandí. En términos generales, el prome-
dio total de crecimiento demográfico rural que tuvo la región entre 1993 y
2005 fue tan solo de 2.875 habitantes, y los municipios con menores aumen-
tos fueron Unguía, Arboletes, Mutatá, San Juan de Urabá y Apartadó. En el
lento crecimiento rural, y en contraste con el incremento urbano observado
en la región en su conjunto, la cuota de excepción la ponen –no de manera
gratuita– los municipios de Valencia y Tierralta (Córdoba) y Necoclí (Antio-
quia), donde se ubicaron las bases paramilitares.

Las rutas de la migración forzada


El desplazamiento impacta tanto en la expulsión como en la recepción de
habitantes, es decir, mientras el campo se deshabita, las cabeceras experi-
mentan un fuerte engrosamiento. Al analizar el desplazamiento en una re-
gión se consideran las tasas y la cantidad, tanto de la población expulsada
como de la población receptora. Para la comprensión del conflicto urabeño
se requiere distinguir la población receptora –que es víctima del conflicto
regional interno y que permanece en la misma región en procesos políticos
de retorno–, de aquella población que es desterrada por el conflicto armado
de otras regiones del país, que obedecen a lógicas específicas diferentes. Sin
pretender desligar el fenómeno de los vínculos nacionales de la confron-
tación armada, hacemos énfasis en los componentes regionales del mismo.

15 Para el año 2005 estos datos integran a Riosucio y Carmen del Darién, ya que en 1993 éste
último no se había constituido como municipio y hacía parte del primero.

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328 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

A fin de analizar los efectos causados por el conflicto regional en las tasas de
recepción, en los mapas 23 y 24 se trazan las rutas de migración que siguió el
desplazamiento en el Gran Urabá. Al observar los mapas se puede notar que una
parte de la población expulsada de la región siguió una serie de rutas de origen/
destino que, según el índice de centralidad16, se concentraron en los municipios
de Apartadó y Turbo, que acogieron, en calidad de destino del desplazamiento,
entre el 19,68% y el 24,06% de la población desplazada. Este valor es ampliamente
significativo, si se considera que el municipio que ocupa el tercer lugar en térmi-
nos de gravitación del desplazamiento regional es Carepa, con un valor de solo el
4,86% de los desplazados, es decir, menos de una cuarta parte de la centralidad de
los dos primeros municipios. La ruta del desplazamiento ha recorrido los cami-
nos que otrora trazaran los procesos de colonización y la mano de obra excedente
de las economías de diversas regiones del país, atraída (entre otras razones) por
la agroindustria del banano. En su momento, estas migraciones representaron
importantes niveles de crecimiento demográfico en Apartado y Turbo17.
Por otra parte, dada la migración del conflicto armado descrita en el ca-
pítulo anterior (véase gráfica 15), deben considerarse los desplazamientos
que la ruta bélica (Centro-Occidente y Centro-Chocó) descarga sobre las
regiones de frontera y la consecuente migración de desplazados hacia la re-
gión del Urabá antioqueño.
Un análisis de las rutas del desplazamiento del Gran Urabá permite ob-
servar que la gravitación del Centro sobrepasa los límites antioqueños. El
mapa 24 muestra el primero y el segundo destinos que los desplazados de los
municipios de frontera definen como lugares de refugio dentro de la región
de Urabá18. Como lo ilustra la figura, los desplazados de la región del Chocó-
Quibdó, Riosucio, Acandí y Unguía –y así mismo de Córdoba-Valencia y
Tierralta– privilegiaron las cabeceras de Turbo, Apartadó y Carepa.

16 Entendido como el porcentaje del total de la población desplazada que, tras permanecer
en la región, toma como lugar de destino un municipio determinado. Así, un 50% para
Apartadó significaría que de la población desplazada que se queda en la región de Urabá, es
decir, excluyendo aquella que migra a Medellín, Bogotá, etc., el 50% escoge como destino a
Apartadó, dando así idea de la capacidad gravitatoria de cada municipio.
17 Entre los censos de 1964 y 1973 la población de ambos municipios pasó de 34.432 a 60.245
habitantes, variación equivalente a un crecimiento de 74%.
18 Vale destacar que un análisis de las jerarquías del desplazamiento extrarregional debe, como
mínimo, poner en tela de juicio la atracción de los centros de Urabá (Apartadó y Turbo)
frente a otras centralidades de Córdoba (Montería) y Chocó (Quibdó). Sin embargo, no
se pudo acceder a la información disponible de origen destino sobre municipios por fuera
del departamento de Antioquia, por lo cual simplemente se puede ratificar la centralidad
del Apartadó y Turbo frente a la región del Urabá antioqueño, y no frente al Gran Urabá
(antioqueño, cordobés y chocoano).

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Establecimiento del paramilitarismo, 1988-2007 329

Por tanto, en el análisis de las consecuencias deberá considerarse, no solo


la expulsión de población del territorio por parte de unos agentes, sino asi-
mismo la ocupación de los mismos territorios por nuevos pobladores que
no son de la región, asunto que implica cambios en el orden urbano y trans-
formaciones en la manera de habitar las cabeceras, así como su tamaño en la
espacialidad regional, particularmente en el eje bananero.

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Gráfica 1
Lectura de los eventos totales de conflicto por zonas

Conflicto Armado.indd 330


en el Urabá antioqueño. 1988-2007

100

90

80

70

60

50

40

30
330 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Eventos totales de conflicto


20

10

0
1988 1990 1992 1994 1996 1998 2000 2002 2004 2006

Centro Norte Sur Urabá Antioqueño

Fuente: Cerac, trabajada por Iner, 2008.

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Conflicto Armado.indd 331
Gráfica 2
Acciones unilaterales totales en la zona Centro
del Urabá antioqueño. 1988-2007

50
43 41
40

30 30
28
23
20 20
18 16
13 13 14
10 9 9 9 9
7

Acciones unilaterales
5 5 5
0
1988 1990 1992 1994 1996 1998 2000 2002 2004

Centro

Fuente: Cerac, trabajada por Iner, 2008.


Establecimiento del paramilitarismo, 1988-2007 331

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Gráfica 3
Acciones unilaterales por municipios en la zona Centro

Conflicto Armado.indd 332


del Urabá antioqueño. 1988-2007

30

25

20

15

10

5
332 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Acciones unilaterales
0
1988 1990 1992 1994 1996 1998 2000 2002 2004 2006
Centro - Apartadó Centro - Carepa
Centro - Chigorodó Centro - Mutatá
Centro - Turbo

Fuente: Cerac, trabajada por Iner, 2008.

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Conflicto Armado.indd 333
Gráfica 4
Acciones unilaterales por actores armados en la zona Centro
del Urabá antioqueño. 1988-2007

30
25
20
15
10
5

Acciones unilaterales
0
1988 1990 1992 1994 1996 1998 2000 2002 2004 2006

Centro - Acciones unilaterales de guerrilla


Centro - Acciones unilaterales de paramilitares
Centro - Acciones Unilaterales Grupos Estatales

Fuente: Cerac, trabajada por Iner, 2008.


Establecimiento del paramilitarismo, 1988-2007 333

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Gráfica 5
Acciones unilaterales totales en la zona Norte

Conflicto Armado.indd 334


del Urabá antioqueño. 1988-2007

16
14 14
12
10
8 8
7
6 6 6 6
5
334 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

4 4
3
2 2 2 2 2
1 1
0 0 0 0 0 0
1988 1990 1992 1994 1996 1998 2000 2002 2004 2006
Norte

Fuente: Cerac, trabajada por Iner, 2008.

15/03/2011 09:34:02 p.m.


Conflicto Armado.indd 335
Gráfica 6
Acciones unilaterales por municipio en la zona Norte
del Urabá antioqueño. 1988-2007

10

0
1988 1990 1992 1994 1996 1998 2000 2002 2004 2006

Norte - Arboletes Norte - Necoclí

Norte - San Juan De Urabá Norte - San Pedro De Uraba

Fuente: Cerac, trabajada por Iner, 2008.


Establecimiento del paramilitarismo, 1988-2007 335

15/03/2011 09:34:02 p.m.


Gráfica 7
Acciones unilaterales de los actores armados en la zona Norte

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del Urabá antioqueño. 1988-2007

1
336 Geografías de la guerra, el poder y la resistencia

Acciones unilaterales
0
1988 1990 1992 1994 1996 1998 2000 2002 2004 2006

Norte - Acciones unilaterales de guerrilla


Norte - Acciones unilaterales de paramilitares
Norte - Acciones Unilaterales Grupos Estatales

Fuente: Cerac, trabajada por Iner, 2008.

15/03/2011 09:34:03 p.m.


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Gráfica 8
Acciones unilaterales totales en la zona Sur
del Urabá antioqueño. 1988-2007

8
7 7
6
5
4 4
3 3 3 3 3
2 2