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Festividad del Sagrado Corazón de Jesús

En aquel tiempo, Jesús dijo: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber
ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.
Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie
conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a
quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre
ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así
encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.”

Mateo 11, 25 - 30

Estamos preparándonos a la festividad del Sagrado Corazón de Jesús junto a toda la


Iglesia, una fiesta que, de manera particular, la liturgia nos propone en el tercer viernes
después de Pentecostés: la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.

La Iglesia comienza a celebrar esta fiesta en el marco de su liturgia en el año 1856 -


aunque lo hacía ya con anterioridad desde el corazón-, cuando el Papa Pío IX la instituye
para contemplar este gran misterio del amor de Dios, de Jesús que muere por nosotros.

Junio, mes del Sagrado Corazón de Jesús, en que toda la Iglesia quiere ponerse a los
pies de este Corazón del cual manó Sangre y Agua.

Podemos preguntarnos, en este tiempo moderno que nos toca vivir, qué sentido tiene
celebrar hoy esta fiesta, si en realidad ya lo hemos hecho el Viernes Santo; día en que
la Iglesia se pone de frente al misterio de la cruz y llenos de dolor y de sufrimiento
contemplamos al centurión que se acerca para verificar la muerte de Jesús y con una
lanza traspasa su Corazón, del cual brota agua y sangre (cfr. Juan 19, 33-34).

Podemos puntualizar algunos aspectos de lo que significa esta festividad, tan actual y
viva en nuestras comunidades.

En primer lugar: no creer que el centro de esta fiesta es el órgano del corazón de Jesús.
Sino que, según un concepto propio del Occidente, el corazón significa la totalidad.
Entonces celebramos a Cristo total y, de manera particular, el amor de Jesús.

También debemos cuidarnos, al contemplar al Sagrado Corazón de Jesús, de quedarnos


simplemente en el sentimiento. Este sentimentalismo del cual alguna vez la devoción
no estuvo exenta, porque a veces, aún cuando le pongamos una mirada piadosa,
corremos el riesgo de desviar la atención, de manosear el concepto del amor de Dios por
nosotros.

Esta mañana queremos compartir esta mirada, la del Corazón de Jesús, esta imagen que
nos acompaña a todos de alguna manera: en nuestro Colegio Marie Paul, en nuestras
iglesias parroquiales o en nuestras casas, en esta costumbre que todavía está muy
presente de entronizar una imagen del Sagrado Corazón de Jesús.

Lo que realmente debe preocuparnos es que tantas veces el mal que nace del corazón
del hombre hace torcer la historia del amor de Dios. Cuando las mujeres, camino al
Calvario, lloran por el dolor de Jesús, Jesús de manera muy discreta hace a un lado este
gesto, haciéndoles descubrir que tenemos otras cosas muy nuestras y de todos los días
por las cuales llorar: “Lloren más bien por sus hijos.” Así lo expresa el Evangelio,
hablando de llorar, más que por aquél que va a morir, por aquellos que por el pecado lo
están asesinando. Llorar nuestros pecados, que tanto daño hacen al Corazón de Jesús. O
dicho de otra forma, lo que realmente debe preocuparnos es el mal que, naciendo del
corazón, entreteje la negra historia de la humanidad. En una perspectiva de fe, el
verdadero muerto es siempre el pecador y a él sí le caben las lágrimas del
arrepentimiento. Baste recordar el caso de Simón Pedro, que después de su negación
llora amargamente su pecado.

¿Por qué, entonces, nos preparamos hoy con anticipación a esta festividad del Sagrado
Corazón?

Para que comprendamos, si aún fuese necesario, que en esto se manifestó el amor que
Dios nos tiene: en que mandó al mundo su Hijo único para que vivamos por medio de
Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él
nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Si Dios nos amó
de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.

Desde la perspectiva evangélica, la muerte de Jesús no fue una muerte más ni un hecho
puramente biológico. No fue un momento más en la historia de alguien, sino que fue la
manifestación del Amor Divino, que se abría como una nueva perspectiva de vida para
todos los hombres. No se trata por lo tanto de hacer simplemente un análisis del amor
de Cristo, sino de que comprendamos el alcance que este acontecimiento tiene para
nuestra salvación. Y que es tan importante, que la Iglesia quiere que en un día particular
lo podamos contemplar. Así como en la noche del Jueves Santo la Iglesia celebra estos
momentos trascendentes de su vida como son la Institución de la Eucaristía, del
Sacerdocio, del mandamiento nuevo del amor. Y después, a medida que va
transcurriendo el año litúrgico nos lo va proponiendo. Y recordamos esa Institución de
la Eucaristía en la fiesta del Corpus Christi (celebrada el fin de semana pasado). Y
recordamos la Institución del Sacerdocio cuando la Iglesia celebra a Jesucristo Sumo
Sacerdote.

. Pensaba en tantos hermanos y hermanas nuestras que, desde niños pequeños, viven
este amor al Sagrado Corazón de Jesús. Este amor que, a lo largo de este tiempo, también
me ayudó a descubrir que es una devoción que está en todas las edades, en todas las
familias. Especialmente y con mucha más profundidad en las comunidades del interior,
podemos descubrir cómo la presencia de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús sigue
siendo actual, presente como promesa de bendición.

Te invito a que volvamos la mirada al Viernes Santo, cuando contemplamos a Jesús


crucificado, al centurión que traspasa el corazón de Jesús, al agua y sangre que brotan
de allí. Lo último y lo máximo que podía dar. Toda su vida. Y aquella Sangre y aquella
Agua, imágenes de dos sacramentos tan importantes en la vida del cristiano: el Bautismo
y la Eucaristía.

Te invito a cerrar los ojos del corazón y a contemplar una imagen del Sagrado Corazón
de Jesús, o de Jesús crucificado, pensando de qué manera vivís esta devoción tan
particular, esta fiesta tan especial del Sagrado Corazón, en este día y a lo largo de todo
el año litúrgico.

¿Cómo vivís este amor a Jesús, que no se guarda nada para sí y que todo lo entrega
desde la cruz?

Nos dice el Evangelio: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber
ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños.
Sí, Padre, porque así lo has querido.”

Entre aquellos que vieron y que contemplaron y que les fue revelado por tener un
corazón pequeño y humilde; entre aquellos que pudieron ver lo que tantos esperaban, lo
que tantos no pudieron ver porque tenían su corazón lleno de rencor, soberbia y maldad,
está el apóstol San Juan que al pie de la cruz, junto a María y al resto de las mujeres,
nos relata este gesto, esta actitud, este último momento de la vida de Jesús (Juan 19, 33-
34).

Nos podemos hacer una pregunta:

¿qué vio de raro Juan al pie de la cruz?

Lo que ve Juan, y lo transmite en su Evangelio, no es otra cosa que a Cristo muerto.


Esta imagen de Jesús en la cruz, muriendo por nosotros. Y luego el centurión, que le
traspasa ese Corazón amantísimo del que brota sangre y agua. Esta palabra nos ayuda a
sondear en el misterio del amor de Cristo, escondido a los sabios y a los entendidos y
revelado a la gente sencilla, tal como dice Mateo en el Evangelio de hoy.

Juan relata con cierta minuciosidad algo que él vio y por eso dice al terminar:

“El que vio esto lo atestigua: su testimonio es verdadero y él sabe que dice la verdad,
para que también ustedes crean” (Juan, 19, 35). Llama la atención esta insistencia en
la veracidad de su testimonio, como si detrás de éste se ocultara algo fundamental para
el cristiano.

¿Qué es lo que vio Juan y que hoy debemos ver nosotros?

En primer lugar, que cuando los soldados se acercaron a Jesús para quebrar sus rodillas,
vieron que estaba muerto. Jesús en ese momento no sólo había concluido su vida, como
ocurre cuando muere el hombre, sino que hay algo más que este sencillo y doloroso
hecho de constatar que una persona está muerta. No es una mirada de aspecto solamente
humano. Juan vio algo distinto. Era el fin para Jesús de un modo de existencia. El fin de
su vida afectiva, de sus sentimientos, de su voluntad. Por eso murió desnudo, porque
allí se despojó totalmente de todo su ser. Lo entregó todo.

Contemplá esta imagen de Jesús muriendo en la cruz y entregándolo todo, hasta lo


último. .

Sin duda que, con esta mirada, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús adquiere un
sentido que va mucho más allá de la imagen que podamos tener en nuestra casa: sentir
que Jesús entrega su vida por amor a nosotros, experimentar la cercanía del amor de
Dios.
Anímate a renovar tu amor y tu agradecimiento a tanto amor que nos tiene Jesús. Que
cada día le podamos regalar a Jesús nuestro propio corazón y recibamos de Él toda su
gracia, toda su bendición, todo su amor.

Juntas decimos la siguiente jaculatoria:

JESUS MANSO Y HUMILDE DE CORAZON

DASNOS UN CORAZON SEMEJANTE AL TUYO