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Arquetipo de la Madre

Al igual que todo arquetipo, el de la madre «tiene una serie casi inabarcable de
aspectos», siendo expresión típica «la madre y abuela personales; la madrastra y
la suegra; cualquier mujer con la que se tiene relación, incluida el ama de cría o
la niñera; la matriarca de la familia y la Mujer Blanca».
A un nivel más elevado estaría «la Diosa, sobre todo la Madre de Dios, la Virgen, Sofía;
la meta del anhelo de salvación».
De un modo más amplio «la iglesia, la universidad, la ciudad, el país, el cielo, la tierra,
el monte, el mar y las aguas estancadas; la materia, el inframundo y la luna».
Estrictamente, «como lugar de nacimiento y de procreación, los sembrados; el jardín,
la roca, la cueva, el árbol, el manantial, el pozo, la pila bautismal, la flor como
recipiente; como círculo mágico o como tipo de la cornucopia».
Más estricto aún, «el útero o cualquier concavidad, el ioni (‘vulva-vagina-útero’,
en sánscrito); el horno, la olla».
En forma animal, «la vaca, la liebre, y en general el animal útil».2
Como acontece en todo arquetipo, existe implícita una expresión favorable o nefasta,
dándose cabida a su vez a lo ambivalente.
 Propiedades
Sus propiedades son
Lo «maternal»: por antonomasia, la mágica autoridad de lo femenino; la sabiduría y la
altura espiritual más allá del intelecto; lo bondadoso, protector, sustentador, lo que da
crecimiento, fertilidad y alimento; el lugar de la transformación mágica, del renacer; el
instinto o impulso que ayuda; lo secreto, escondido, lo tenebroso, el abismo, el mundo
de los muertos, lo que devora, seduce y envenena, lo angustioso e inevitable.
C. G. Jung. Los arquetipos y lo inconsciente colectivo (página 79)3

La contradicción y ambivalencia resultantes pueden expresarse como Madre amante y


Madre terrible:

 En el cristianismo medieval lo hallamos en María como Cruz de Cristo.


 En India estaría presente en la diosa Kali.
 En la doctrina sankjia aparece como las tres gunas de la prakriti (materia): bondad,
pasión y oscuridad.
En la psicología masculina, el arquetipo de la madre y el ánima (o arquetipo de lo
femenino) se hallan inicialmente entremezclados.
 Experiencia individual
La figura de la madre cambia y contiene una extraordinaria importancia al pasar de la
psicología de los pueblos a la experiencia individual.
Será el psicoanálisis quien centre sus esfuerzos en un intento de abarcar
exclusivamente a la madre personal. Mas, desde la psicología analítica, ésta pasará a
tener solo una importancia relativa. Y es que nó solo habría que tener en cuenta la
interacción de una madre real sobre la psique infantil en desarrollo, sino también el
arquetipo proyectado en la madre.
Los efectos de la madre remitirían por lo tanto a dos fuentes:

1. Rasgos de carácter u opiniones pertenecientes a la madre personal.


2. Proyecciones arquetípicas del hijo.
Todo ello se correspondería con el cambio de postulado efectuado por Freud respecto
de la etiología de las Neurosis, al pasar del Trauma a «una evolución especial de la
imaginación infantil».
Debería buscarse así la base sustentadora de toda neurosis infantil en la perturbación
nacida de los padres, en especial de la madre, sobre el desarrollo natural del niño,
reconociéndose en los contenidos anómalos de la fantasía no ya una responsabilidad
en exclusiva nacida de la madre personal, sino también afirmaciones arquetípicas que
la trascienden, apuntando inclusive hacia la mitología.
Dichas fantasías deberían someterse por tanto a un examen cuidadoso.
Como fin último, debe dirigirse la atención hacia una correspondiente disolución de
toda proyección, a efectos de permitir el retorno de los contenidos a su origen; al fin y
al cabo, todo arquetipo conforma ese «tesoro en el campo de oscuras
representaciones» del que hablaba Kant.
 El complejo materno
En la esfera de lo inconsciente colectivo, el arquetipo materno representa la base
del complejo correspondiente a nivel de lo inconsciente personal.
En toda neurosis se presentaría por tanto una constelación arquetípica que
posibilitaría una fisura en la psique infantil, y por ende, una escisión en la vinculación
materna.
1) El complejo materno del hijo
En el hijo, y a diferencia de la hija, se presentarían como efectos típicos
la homosexualidad y el donjuanismo.
En la homosexualidad el elemento heterosexual queda adherido de manera
inconsciente a la madre, en el donjuanismo se busca inconscientemente a la madre
«en cada hembra».4

Debido a la preexistencia, como punto de partida, de una desigualdad de sexos entre


el hijo y la madre, el complejo materno nunca es puro en éste.
Y es que junto al «arquetipo materno» resulta ser de vital importancia el arquetipo del
ánima, o de la pareja sexual.
Así se asistiría a una inicial interposición de factores de atracción o repulsión erótica a
los ya consabidos procesos de identificación o resistencia.
Mientras que en el hijo el complejo materno «lesiona el instinto masculino mediante
una sexualización no natural», en la hija, tratándose de un caso puro por identidad de
sexos, genera dos posibilidades:

1. Intensificación de los instintos femeninos, manteniéndose inconsciente su


propia personalidad.
2. Debilitación y extinción de los mismos por proyección en la madre.
Finalmente, a las vicisitudes propias de la psicopatología deben añadirse los efectos
positivos que todo complejo comprende.5
2) El complejo materno de la hija
La hipertrofia de lo maternal
El sobredimensionamiento de lo femenino genera un aumento proporcional de los
instintos femeninos, sobre todo del maternal. La faceta negativa del mismo viene
representado por «la mujer cuyo único objetivo es parir». El hombre es percibido
como instrumento de procreación, pasando a tener consecuentemente un carácter
secundario. De igual modo a la propia personalidad, la cual es sacrificada en virtud de
los demás.
Mientras el eros se manifiesta conscientemente como relación maternal, permanece
inconsciente en su faceta de relación personal.
Dado que «en ausencia de amor, prevalece la voluntad de poder», la inconsciencia de
la expresión personal de eros derivará en falta de autosacrificio, más allá de lo
maternal,
antes bien, con una en ocasiones despiadada voluntad de poder, hace prevalecer su
instinto maternal hasta destruir la personalidad y la vida personal de los hijos.6

La inconsciencia de la propia personalidad resulta directamente proporcional a la


inconsciencia de la voluntad de poder.
El intelecto no es desarrollado per se; continúa siendo en cambio
primigenio y natural, sin objeto y sin escrúpulos, pero también verdadero y a veces
incluso profundo como la naturaleza.6

La hipertrofia del Eros


Como alternativa a la «hipertrofia de lo materno», el complejo también puede generar
su extinción y correspondiente sustitución por una hipertrofia del eros,
estableciéndose con elevada probabilidad una inconsciente relación incestuosa con el
padre a iniciativa de la hija. Lo opuesto a dicho posicionamiento, es decir, el incesto
con la hija a iniciativa del padre, partiría de
la proyección del arquetipo del ánima tomando como punto de referencia la psique de
este último.
Los efectos de un eros exacerbado conllevan una elevada idealización de la
personalidad del otro, así como la presencia de celos hacia la madre, en íntima unión al
afán de superarla.
El predominio de ésta tipología incluye una elevada inconsciencia. La ceguera del
significado conductual en estas mujeres conlleva un gran perjuicio tanto en quien es
desplegado el eros como en ellas mismas, a diferencia, por ejemplo, del complejo
paterno femenino, donde el padre es protegido y cuidado maternalmente.
Finalmente, en aquellos hombres de un eros poco activo, ceñidos a
un logos unidireccional, la presente tipología femenina les hace más proclives
a proyectar su ánima.
La identificación con la madre
Ante la inexistencia del énfasis en lo instintivo, ya sea de carácter erótico o maternal,
nos situaríamos ante una «identificación con la madre», en detrimento de la
personalidad propia, que quedaría por lo tanto proyectada sobre la misma.
Sin embargo, y a pesar de la concesión hecha a una existencia en la sombra, la
presencia de una vacuidad predominante será proclive a suscitar complementación
por mediación de toda proyección masculina tendente a imaginar el todo en la nada.
Porque una ambigüedad tan grande en la mujer es el anhelado contraste con una
firmeza masculina clara y sin rodeos, que sólo puede darse en el hombre con éxito
relativamente satisfactorio si consigue deshacerse de todo lo dudoso, ambiguo,
impreciso, obscuro, mediante su proyección sobre un ser femenino tan encantador y
candoroso.7

La defensa contra la madre


Como último posicionamiento hallaríamos un tipo intermedio a los tres tipos extremos
ya presentados: «la defensa contra la madre» sería un complejo materno negativo
cuyo lema es «Lo que sea, pero nunca como mi madre».8
Prima el saber lo que no se quiere a costa de la duda sobre su propio destino. No
acontece una identificación correspondiente y el área instintiva (eros y maternidad) se
concentra en la madre, esta vez de modo defensivo.
Todo ello deriva en una incapacidad en labrarse la propia vida, así como en una
limitación a todo proceso instintivo.
Y es que el leitmotiv vital queda simplificado en una constante defensa contra la
madre.
Sería dicho rechazo el que conlleve a veces «un desarrollo espontáneo de la capacidad
intelectiva», de un modo paralelo a «cierto aflorar de rasgos típicamente
masculinos».9