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RESUMEN: LOS NIÑOS TONTOS (ANA MARIA MATUTE)

LA NIÑA FEA
En este primer cuento presenta de forma sintética un caso de acoso escolar, ya que sus compañeros
la rechazaban por tener la cara oscura. Comiendo su manzana reluciente, permanece sola y callada
en una parte del jardín donde no jugaba nadie. Pero la acompañaban las flores y la tierra caliente. Por
los signos de indicio —flores de papel, cintas en las manos— sabemos que ha muerto.

EL NIÑO QUE ERA AMIGO DEL DEMONIO


Este cuento tan breve, es un magnífico ejemplo de compasión por el ser más despreciable y temible
según la tradición cristiana. El niño, con lógica implacable de cariño, sabe que su amistad con el diablo
se verá recompensada dejándole ir al cielo.

POLVO DE CARBÓN
La niña de este tercer cuento, tiene la cara más oscura que la niña del primer cuento, la niña fea.
Destaca la metáfora «capillita ahumada», pues, de forma irracional, el polvo de carbón no solo tiñe su
cuerpo, sino que parece afectarle al alma. Por eso la niña busca el agua y el sol, para purificarse de
esa asfixia que todo lo invade. Al final, la luna se apiada de la niña, que muere abrazada a ella.

El anhelo imposible de la niña se refleja en los paralelismos: Si yo pudiera... Si yo pudiera...

EL NEGRITO DE LOS OJOS AZULES


Este es el tercer cuento en que el color negro es motivo de desprecio. Lo dejan en un cesto y se
olvidan de él. Hasta el gato llega a odiarlo y le arranca sus ojos azules. La presencia de «un viento
muy dulce» es la llamada de la eternidad.

Y tan intensamente descubre la belleza de la naturaleza que echa en falta el sentido de la vista para
poder gozar plenamente de ella.

La autora elige la sinestesia (fusión de dos sentidos) como: «bebiendo música»; «Azules, como chocar
de jarros, el silbido del tren, el frío», para introducirnos en la añoranza del niño ciego, que se sentó en
el suelo a esperar.

Pero ¿cómo describe el color alguien que no lo percibe? La única posibilidad es soñarlo. Para ello, el
personaje se vale de su experiencia sensorial diaria y, a base de audición y tacto, construye un sentido
nuevo, más complejo y difuso.

La segunda parte se inicia con unas frases cuyas aliteraciones, incluso palabras onomatopéyicas —
cascabeles, fru-fru, rastreo— están en función del sentido del oído, tan importante para el negrito.

Llegó el otoño y el niño se contagia del oro de la naturaleza; a partir de ahora, un perro sin dueño,
color canela, intenta con sus ladridos que el sol salve al niño. Al amanecer, el negrito ha muerto y el
perro lo «esconde» en la tierra. No solo porque en Los niños tontos la muerte nunca aparezca con su
nombre y tampoco la palabra enterrar, sino porque quiere apartarlo de cualquier tipo de daño.

Así, al llegar la primavera, se produce una metamorfosis parcial: los ojos azules se han convertido en
dos flores silvestres de color azul.

EL AÑO QUE NO LLEGÓ


El primer cumpleaños del niño escapó por un agujero abierto en una luz distinta a todo, símbolo de la
muerte feliz. El niño, maravillado, extiende los brazos para recibirla, repitiendo: «Voy a cumplir un año,
esta noche, a las diez». Destaca la metáfora «saquitos de arena dorada» en la que la luz señala al
niño como predestinado para la eternidad.
EL INCENDIO
El niño sabe manejar con tanta pericia sus lápices de colores, que al aplicar su fiebre cromática a la
casa que pinta, esta deberá arder, literalmente, incapaz de atesorar tanto destello ni de resistir la
magia pintora. El final, una hermosa lluvia de ceniza lo abrasó, es un final feliz, ya que el niño se
consume en su propia pasión: la pintura.

EL HIJO DE LA LAVANDERA
Desde el principio se destaca la crueldad de los niños del administrador frente a un niño raquítico, que
siempre ayudaba a su madre llevándole el balde lleno de ropa recién lavada. La voz narradora, que
ahora adopta el lenguaje de los niños enemigos, usa aumentativos despectivos; por ejemplo: cabeza-
cabezón-cabezota, monda lironda cabezorra; palabras compuestas: melón-cepillo, cabeza-sandia; el
adjetivo idiota referido a cabeza, todas con aspecto despreciativo.

El adjetivo gorda se sustantiviza para denominar a la madre y ridiculizarla.

El único caso de compasión es cuando se utiliza la comparación «parecían dos estaquitas secas»,
reforzada por el diminutivo cariñoso, referido a las piernas.

El odio almacenado por los chicos se descarga contra este niño indefenso al que apedrean (puede
ser que hasta la muerte) «allí donde el beso», giro coloquial: en el lugar de la cabeza donde su madre
lo besó cuando lo lavaba.

EL ÁRBOL
En la niñez los sueños se entrecruzan constantemente con la realidad, borrándola, anulándola y
trascendiéndola. En el árbol encontramos una plasmación aérea y a la vez telúrica de los afanes
infantiles.

Todos los días, al regresar el niño de la escuela, miraba por las ventanas de un palacio y se quedaba
absorto largo rato en la contemplación de un árbol fantásticamente plantado en la sala, hasta
convertirse esta visión en una obsesión creciente, que desembocó en fiebre, y la fiebre condujo a la
muerte, representada simbólicamente por la noche. Noche que, como en los místicos, apunta a dos
campos opuestos: oscuridad sensible y claridad espiritual.

Vemos finalmente al niño perdiéndose en las ramas del prodigio, sin escuchar ya las palabras «no
importa, niño, no importa» que su madre pronunciaba siempre para intentar disuadirle de su
alucinación.

EL NIÑO QUE ENCONTRÓ UN VIOLÍN EN EL GRANERO


Este cuento trata de nuevo el tema de la voz perdida. Sorprende que el cabello del protagonista se
curve como virutas de madera; pero esta metáfora hará comprender el argumento.

Zum-Zum se alejaba de todo y de todos, parece dominado por la pereza, pero lo que realmente le
interesa es el violín, que tiene las cuerdas rotas. El cuervo es su enemigo y le desprecia, pues lo
considera un inútil. El perro y el caballo conocen el final de Zum-Zum; cuando su hermano toca el
violín suena una música terrible, las muchachas reconocen en ella la voz de Zum-Zum, el pobre niño
tonto. Sus labios cerrados, como una pequeña concha, cerrada y dura, anticipan la muerte del niño,
quien prefiere morir para que el violín recobre su voz.

El niño levanta los brazos y se transfigura, como un pequeño dios, cuando todos sus dedos brillan
con el sol.

Bajo la risa perversa del cuervo, los chicos, que no entendían nada, creen que el niño muerto es un
muñeco. El perro lo recogió y se aleja del absurdo y tonto baile de la granja. Solo el perro y el caballo
saben la naturaleza de Zum-Zum: es la voz del violín.
EL ESCAPARATE DE LA PASTELERÍA
Este cuento, cuyo protagonista es un niño pobre que sueña todas las noches con comer pasteles,
hace una crítica clara a la falsa caridad.

El niño tonto iba siempre acompañado de un perro hambriento, tan delgado, que es un «perro de
perfil» dice humorísticamente la autora.

Una noche, el niño, sonámbulo, llega hasta el escaparate, pero, naturalmente, está cerrado y tiene
que volver a su choza.

Al día siguiente, una mujer le lleva unos garbanzos que le habían sobrado, pero el niño los rechaza
diciendo que no tiene hambre. La mujer, escandalizada y ofendida, cuenta a todo el mundo lo «desa-
gradecido» que, según ella, es el niño.

Solo el perro flaco se compadece del niño y le lleva un trozo de escarcha, que a modo de caramelo
chupará durante toda la mañana, sin hacerle olvidar las verdaderas golosinas.

EL OTRO NIÑO
Este niño es completamente distinto a todos, un niño que no se metía en el río, ni buscaba nidos, etc.

Hay un signo de indicio —los dos dedos de la mano derecha unidos, en actitud de bendecir— hace
comprender a la señorita Leocadia que es el niño del altar. Ni siquiera su juboncillo de terciopelo,
bordado en plata, le había llamado la atención.

LA NIÑA QUE NO ESTABA EN NINGUNA PARTE


Este cuento, tan enigmático, nos va dando pistas desde el principio para acertar en esta especie de
puzle.

En un pequeño espacio, un armario, que contiene objetos infantiles de los que se desprende un olor
a alcanfor y una sensación de frío, se desarrolla la mayor parte del cuento. Se insiste por dos veces
en este espacio mínimo «dentro del armario» y en la segunda línea, la imagen de la ceniza aplicada
a las flores aplastadas nos hace pensar directamente en la muerte. El color rojo de los zapatitos anima
la tristeza del ambiente pero, a continuación, se repite la desagradable sensación de la naftalina
añadida a la fea visión de la muñeca, que ya no sirve para jugar.

La tapa de la caja es un signo de indicio de que la muñeca está muerta, nos presenta simbólicamente
la muerte de la infancia.

La niña no está porque no ha conservado la niñez, se ha convertido en una mujer horrible, de cara
amarilla y arrugada, que se mira la lengua como haciendo burla, mientras se ponía rulos en el pelo.

EL TIOVIVO
En el escenario colorido y animado de la feria, la autora nos presenta a un niño pobre que no puede
participar en las diversiones de los otros.

El niño mantiene su mirada gacha, como barriendo el suelo en busca de una moneda perdida que le
permita subir al tiovivo:

Un día, sin embargo, encuentra una hermosa chapa de cerveza, y como en la infancia todo lo que
brilla es oro, acude presuroso a comprar todas las vueltas del tiovivo. Aunque el tiovivo estaba inmóvil
y una lona lo protegía de la lluvia, él monta en un resplandeciente caballo de oro (color que simboliza
la muerte feliz).

La elipsis de la muerte se materializa en una vuelta inacabable. El grito del niño «Qué hermoso es no
ir a ninguna parte» patentiza la perduración de una conciencia lúcida tras la muerte, al tiempo que el
logro de todos los anhelos lúdicos.
EL NIÑO QUE NO SABÍA JUGAR
Este relato tiene un título que asusta un poco, ya que el juego es natural en el niño

Las manos quietas y el desdén por los juguetes, aunque los miraba y los tocaba, inquietaban a la
madre, que siente un frío premonitorio de un mal próximo. El padre, que no conoce en absoluto la
psicología infantil, se enorgullece de su hijo, que cree que es muy inteligente.

Los signos de indicio nos preparan para el desenlace, de apenas poco más de una línea. El leve
ruidito —¡crac!— nos deja sin palabras a los lectores: la onomatopeya es suficiente para encerrar toda
la crueldad en un cuerpo tan pequeño.

EL CORDERITO PASCUAL
Otro niño diferente, por su gordura, recibe el mejor regalo de su vida: un corderito, que lo mira con el
cariño que nadie le había tenido nunca. Llegó la primavera y el niño gordo disfrutaba con su corderillo
pascual, su único amigo, que no se burlaba de él como los otros niños.

Llegó el día de Pascua y al sentarse a la mesa vio la avaricia y la falta de escrúpulos de su padre
presentadas de forma expresionista en sus dientes voraces. El niño gordo temía una gran desgracia:
sobre la mesa de la cocina encontró la cabeza de su amigo, que todavía mantenía su mirada de
cariño.

EL NIÑO DEL CAZADOR


El niño del cazador, que asistía siempre con curiosidad y envidia a las cacerías que organizaba su
padre, soñaba constantemente con protagonizar, él también, la conocida aventura de la caza. Una
noche consigue apoderarse de la escopeta de su padre y se encamina al monte, dispuesto a conseguir
su propósito. Apuntando a la cima de los árboles hace su descarga; pero su inexperiencia en el manejo
del arma, le convierte en víctima de su propio disparo.

Poco antes de morir desfilan ante sus ojos atónitos, en ronda delirante, todos los colores que crea la
noche, el dolor, el ansia y el espanto. En la confusión de la premuerte, el niño cree haber dado caza
a las aves que con tanta ansiedad perseguía. La enumeración caótica pone de manifiesto el estupor
del niño y la conmoción que sacude la naturaleza entera.

LA SED Y EL NIÑO
La sed es el indispensable puente emocional que hace posible la transformación del niño en fuente.
El cuento presenta tres momentos típicos, bien delimitados: en el primero, tiene lugar la identificación
sentimental entre sujeto y objeto. El niño acudía todas las tardes a la fuente, para paladear su frescor
jubiloso.

En el segundo momento se produce la ruptura: los hombres desvían un día el caudal de las aguas, y
el caño del surtidor, como un ojo apagado, es un islote de silencio y pesar que hace estallar la
indignación infantil. A partir de este instante el niño se comporta como el enamorado al que han
separado del objeto de su amor: se niega a beber, y su ser se convierte en un montoncito de ceniza
y sed, que el viento esparce por la tierra.

En el tercer momento el alma del niño se encarna en la fuente ilimitada, tenazmente melodiosa, que
lleva su mensaje de frescura hasta el océano.
EL NIÑO AL QUE SE LE MURIÓ EL AMIGO
El tema de este relato es el descubrimiento de la muerte como destrucción de la vida.

Como todas las mañanas, el niño sale a jugar en busca de su amigo, pero no lo encuentra. La madre,
con gran frialdad, le dice que ha muerto. El pequeño, todavía no sabe lo que significa esa palabra y
está seguro de que el amigo volverá a recoger sus juguetes. Por la noche, la madre le llamó para
cenar, pero él se fue para buscarlo y ponerse a jugar. La búsqueda duró toda la noche, y cuando
despertó se dio cuenta de que ni siquiera los juguetes pueden devolverle la vida a su amigo, y los
echa al pozo. El niño, que no había comido durante el día, siente hambre y vuelve a casa. La madre,
que sabe lo que ha crecido, le compra un traje de adulto.

Los signos de indicio, unidos al simbolismo del texto, facilitan su comprensión: el niño protagonista no
encuentra a su amigo donde solían jugar «al otro lado de la valla» es decir, en el lugar de la felicidad
infantil. Y de forma subconsciente, el lugar del paraíso donde van los niños muertos.

Tras la noticia de la muerte, el niño se sienta a la puerta de su casa con la seguridad de quien tiene
un gran tesoro: un reloj que no andaba, una pistola de hojalata (los objetos estropeados son
magníficos juguetes, pero también funcionan como indicios simbólicos de la muerte).

Tanto la estrella muy grande —que anuncia un sufrimiento, una decepción— como la noche casi
blanca, es decir la noche «iluminada» son símbolos de aprendizaje: el niño, al amanecer, ha compren-
dido que todos somos mortales y acepta su condición. Cuando tira los juguetes al pozo, el niño se ha
hecho mayor; ahora siente hambre, vuelve a casa y su madre se alegra porque ha dejado de ser niño,
un indicio claro es que ya no le sirven los pantalones cortos.

Hay que tener en cuenta que la acción se desarrolla fuera de la casa. Toda la búsqueda es un proceso
de interiorización del niño para saber por qué su amigo no vuelve. La madre es una mujer fría y
práctica que no consuela al niño, ni lo comprende. Se preocupa solo de las cosas materiales, de que
no pase frío, de comprarle un traje de hombre. Le aconseja que busque otros niños para jugar, pero
ignora la conmoción que ha experimentado su hijo y que ha sufrido en soledad.

EL JOROBADO
El niño que también era distinto (era jorobado) estaba muy triste porque su padre no le dejaba actuar
en su guiñol. El padre se avergonzaba de él, lo escondía para que no lo viesen y, para acallar su mala
conciencia, le compraba buena comida y juguetes caros.

El jorobado sueña con llevar una capa roja con cascabeles, que luciría mucho sobre su joroba, y dar
con una estaca a los títeres.

En estas pocas líneas pugnan la amargura del padre y la insatisfacción del niño, y no se da cuenta de
que no puede realizar su sueño, porque él no es un muñeco de guiñol.

EL NIÑO DE LOS HORNOS


Observemos los signos de indicio: el recién nacido parece un conejillo despellejado, y además, llora.
Su hermanito ve la espalda de todos inclinados sobre el niño, y sobre todo, la del padre, que se
convierte en símbolo de desamor cuando este le pega por querer tocar al recién nacido.

Al sentirse rechazado, el niño realiza un acto de locura: cuando todos dormían coge al niño y lo mete
dentro del horno encendido: debemos fijarnos cómo al final la narradora habla de hermano convertido
en conejo despellejado, mientras que al principio el hermano era «como» un conejillo despellejado.
Es decir, al principio no se pone en duda la condición humana del niño, mientras que al final, se nos
presenta solo como animal, quizá para atenuar el horror.
MAR
El protagonista del cuento es un niño enfermizo y sensible, al que el médico le receta una cura de
mar. Los familiares hacen rápidos preparativos de viaje y el niño, que nunca ha visto el mar, se dedica
a inventarlo. Cuando el niño descubre el mar, experimenta una profunda decepción que le lleva a
avergonzarse de sus ensueños y de su ingenuidad: el mar real no se corresponde en absoluto con el
imaginado.

Venciendo su timidez se dirige a la orilla, para comprobar hasta dónde le llega el agua. Guiado por su
curiosidad, va adentrándose en el mar, que inesperadamente, va creciendo hasta ahogarlo Los
familiares, que no pueden entrever siquiera algo del prodigio realizado ante sus ojos, lloran
desconsoladamente por la muerte del niño.

El niño es el personaje activo que busca y encuentra el misterioso paraíso. El mar es el personaje
pasivo que atrae imaginativamente la atención infantil y premia la inocencia del niño con la
inmortalidad eterna.

Los familiares actúan en el cuento como un coro de incomprensión que, al carecer de toda fantasía,
no se dan cuenta de que algo maravilloso ha tenido lugar cerca de ellos. Finalmente, el médico es un
personaje fugaz, cuya misión es poner en contacto, mediante el diagnóstico profesional, al niño con
su salvación. También la enfermedad es un pretexto temático que tiene como función poner en marcha
la fantasía infantil.

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