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MUSAS

Me desperté con un ruido y al instante surgió la duda de si lo había escuchado o soñado.

Uno nunca sabe y mucho menos en mi caso.

Suelo tener una imaginación audaz y delirante que me sorprende en lugares y momentos muchas veces
inadecuados. Contuve la respiración tratando de oír, entre la agitación y el corazón que me golpeaba los tímpanos,
no podía percibir los pequeños sonidos.

Silencio.

¿Lo había soñado, imaginado? ¿Lo había escuchado en realidad?

Silencio. Más silencio

¿Que había sido eso? Una respiración. ¿Era un pulmón que se llenaba de aire y contenía el aliento?

No, no era nada. ¿O sí?

Silencio.

Silencio.

Tal vez era mi mente.

Recordé los acontecimientos de hacía unos horas. Durante esa semana una idea me había rondado por la mente
y esa noche para poder contactarme con la inspiración había realizado unos rituales de aproximación.

Cuando la idea es nostálgica pongo música lenta y en la oscuridad intento comunicarme con mis hadas
apesadumbradas, enamoradas, engañadas, para que guíen la tinta que se derrama en el papel en garabatos que
luego me cuesta descifrar.

Pero la idea que últimamente me atormentaba era oscura, no podía traducirla, eran imágenes sueltas que se
concatenaban con frases, pero nada más, poco definido. Anoche decidí que era el momento de llamar a mis
demonios. Con las luces apagadas y unos cuantos sonidos de Marilyn Manson me escondí bajo la mesa para dejar
que volaran tranquilos por la habitación. Para poder verlos sin que ellos me vieran. Necesitaba admirar sus danzas
y que dejaran las puertas abiertas de la mente para poder escuchar los murmullos convertidos en gritos y lograr
escribir la historia que dictaban.

Un relato sangriento y espeluznante había sido uno de los resultados, el otro era evidentemente este miedo que
me tenía paralizada.

Sin dudas había tenido alguna pesadilla y mi despertar sobresaltado era toda una manifestación de un
inconsciente que seguía danzando con los demonios de esa noche.

No hay ruidos…sé que no hay ruidos, ojalá y no escuche más ruidos.

Silencio.

Y allí está de nuevo. Es alguien que se acerca con sigilo, cuidando cada paso, cada acento que el pulso le marca
en las venas.
Al poco tiempo de mi separación, se me cruzo la idea de que tal vez alguien podría aprovechar la soledad de
una mujer para invadir su morada… de pronto creo que no fui la única en pensarlo.

Es irónico encontrarme en esta situación, habiéndome vanagloriado siempre de ser mujer fuerte y
autosuficiente, estar ahora bajo la sabana tratando en lo posible de no temblar, levantando la manta lo suficiente
como para poder ver alguna sombra o intuir al menos si se aproxima o no. Miro el reloj y son las tres y media.
Hace escasas 2 horas que me había acostado. Estoy transpirando.

Silencio.

Silencio.

Un ruido. Es la banqueta que está cerca de la heladera. Quien sea que camina por el comedor, entre las sombras,
la ha chocado.

Silencio.

Silencio.

Cuando tengo que escribir y las palabras no salen y me veo en la obligación de llamar a mis demonios, el ritual
me deja exhausta, luego duermo 8 a 9 horas que imagino son para que cada ente se incorpore nuevamente en las
profundidades del alma. Ahora el miedo que ciento y esta sensación de angustia se me ocurre que podría ser
porque aun no estoy completa. Algunos demonios todavía deben estar recuperando el aliento o gritando
enloquecidos para luego entrar en calma. Me levanto en puntitas de pie. Cuando intento acercarme a la puerta
aspiro una bocanada de aire caliente. Me detengo. Nunca antes estuve despierta cuando mis demonios deciden
entrar, no sé qué pensar. Los veo por el rabillo del ojo, hay dos que juegan a arrancarse las uñas, creo que se dieron
cuenta de que los observo. Ya no se a quien temer. Cuando danzan, siempre me escondo bajo la mesa y una vez
que termino de escribir me acuesto donde estoy y duermo. Ahora me encuentro al descubierto. Ya no me importa
el intruso y su respiración cercana. Los demonios me ven. Ni siquiera cuando son las hadas me atrevo a mirarlas,
y ahora estoy aquí cara a cara con estas bestias.

¿Debo creer que nunca estuve cuerda, y esto es solo parte de mi caótica imaginación?

Enloquecen y sé que me atacaran, grito y corro. En el comedor puedo ver la luz de una linterna y cuando llego
agitada me espanta la idea del intruso y me paro en seco, ya no escucho a mis demonios pero los siento. El tipo
me alumbra y la luz es tan fuerte que puedo ver su mirada, está asustado, esta aterrado.

Sus pupilas dilatadas saltan de mi persona hacia algo que está detrás de mí, nos mira y tiembla. Lo atacan.

El hombre nunca más interrumpirá a las musas de un escritor.

Estas no siempre son bellas y amables.

EL MUERTO

Llevan 15 años juntos y él se le escapa, la vida misma se anula entre ambos. Se está muriendo.
Se sienta junto a él, le toma las manos, lo acaricia.
-Llevame -llora angustiada.
La mira, la ama, la envidia... ella con su vida, él con su muerte.
-No me dejes sola, no podría seguir viviendo sin vos.
-Te amo- logra articular antes de dar un suspiro largo y frío.
La mujer advierte la huida y llama a gritos a la enfermera que espera afuera de la pieza. Se hacen los
controles de rutina y se certifica la hora de defunción.
La mujer ha quedado sola en la casa, en la vida, en el alma. Quiere vestirlo con sus mejores ropas, dejarlo
como fue: un hombre atractivo y fuerte. Lo viste, lo peina, lo abraza y llora en su pecho.
El horror se despierta cuando se siente aprisionada, cuando siente que la sostienen con fuerza y la aprietan
contra el pecho inerte.
Grita. Intenta soltarse, avivado su esfuerzo ante la certeza de que el que la aprisiona es él, tan frío y pálido
como sólo la muerte puede dejar a alguien. Ya no existe su hombre en ese cuerpo doblegado por la inexistencia.
¿Qué intenta? ¿Matarla? ¿Quién lo intenta? El que la amó ya no está más. El que redujo su existencia a ser una
enfermera las veinticuatro horas y vivir sólo para verlo sufrir, ya se fue, ya no está. Por fin podrá seguir su camino
como se le plazca: hedonista, recatado, solitario o en compañía pero libre de él.
El esfuerzo que el cuerpo sin vida del hombre hace para sostenerla se le nota en el rostro casi azulado y
pétreo, en los ojos abiertos de manera desmedida, opacos y brutales.
-Me amabas, querías que te llevara, me dijiste que no querías seguir sin mí... vine a buscarte.
Se despliega una lucha titánica por liberarse, por atraparla, por seguir con vida, por llevarla a la muerte.
-Juan, ¡no! ¡Por favor, no! -grita desesperada-. ¡No me mates, Juan!
El hombre no la suelta, el avance del rigor mortis en las extremidades le impide abrazarla como él quisiera
pero no la soltará. No es justo que esa mujer, con toda su belleza, con todo ese cariño y pasión, quede sola en el
mundo. Esa mujer que tanto amó es de él. Esa mujer que lo cuidó hasta el último suspiro no debería seguir tan
rozagante y fresca, tan llena de vida y jovial. Si no puede llevársela consigo, al menos debería dejar una huella en
ella para que todo aquel que se le acerque sepa que nunca podrá tenerla en cuerpo y alma.
Cuando la gente del servicio fúnebre llega, encuentran al muerto perfectamente vestido, con una sonrisa
placentera en el rostro y a ella escondida en un rincón de la habitación, presa de un ataque de pánico con el pelo
encanecido, 10 años más en el rostro y las manos crispadas en torno a sus hombros repitiendo un mantra: ¡No me
lleves Juan, no me lleves!

LOBOS

Somos víctimas viviendo en una sociedad hombruna, en donde deambulan machos cabríos que se creen
dueños de las incertidumbres, glorias y flaquezas de una mujer.
Nos enseñan a vivir con ojos hasta en la nuca, cuidándonos de ellos: de sus miradas, sus gestos, de las
mínimas muestras de agresividad que nos puedan hace sucumbir en una vida de maltratos.

Crecemos con miedo al lobo con piel de cordero. Al hombre que pueda llegar a enamorarnos con una
mirada tierna y que con la complicidad de un hogar cerrado bajo llave y candado, nos someta a sus puños de hierro.

Somos víctimas desde que nos enseñan a temer hasta que nos logran hacer entender sobre la fragilidad que
nos convierte en tibias flores silvestres.

No soy la excepción.

Soy una víctima.

Les temo tanto, que evito mirarlos a los ojos.

Cuando alguno se acerca a conversar me tiembla la voz, no puedo evitar encontrar indicios de su verdadero
pelaje bajo el manto acolchado de su blanca piel.

Y cuando me enamoro es peor, dejo de ser yo, me desbarato. Aun sabiendo que seguramente algo
esconden, que no son sinceros y que pronto caeré bajo alguna trampa que me hará sucumbir ante peligros
monstruosos, me dejo llevar por ellos, me obsesiono, los persigo, los admiro y trato de controlarme, me pellizco,
me tiro del cabello, me castigo obligándome a mantenerme parada con la cara a la pared durante horas para que
los pies vuelvan a estar sobre la tierra. Para que no pierda de vista que somos potenciales víctimas ante lobos con
piel de cordero.

Por eso cuando J se acercó y me invitó a tomar un café, para cerciorarme de estar en mi territorio cuando
se produzca el ataque, lo invité a mi departamento y antes de que pudiera abrir algún cierre de su disfraz para saltar
hambriento, lo degollé y me lo devoré yo.

Somos víctimas. A no olvidar, estemos atentas.

Fue por este motivo que cuando N me propuso ser su novia, le dije que sí para no enojarlo, pero ante el
primer descuido lo drogué, y tiré su cuerpo endurecido y marchito en un camino de tierra, de esos que conducen a
la nada y que sólo sirven para que las mujeres temerosas tiren a sus tiranos durmientes.

Busco en potenciales amantes siempre alguna mirada o un indicio de furia contenida.


¡Les temo tanto! Yo tan niña frágil y ellos tan feroces.

Por tal motivo cuando R se acercó con una rosa, le cercené la mano y se la tiré a los perros. La rosa, por
supuesto la guardé en un libro, porque en el fondo, muy en el fondo, allá donde termina el territorio de la cordura,
soy una romántica empedernida.

Tengo tanto cuidado en la vida que siento que divago en un derrotero de paranoia. Hasta ahora tuve suerte,
ninguno tuvo tiempo de mostrar un indicio de colmillo o garra afilada. He sido más rápida, astuta y cuidadosa,
casi, casi, ¡como una loba!

SER HEMBRA

El médico les explicó que cuando Juana tropezó, se golpeó la cabeza ocasionando un trauma menor en el
lóbulo temporal que podría traer aparejado dolor en la zona comprometida y otros efectos adversos que eran
realmente nimios, dado que el golpe no revestía gravedad.
Cuando la niña despertó, encontró el rostro de su madre, le dedicó una sonrisa y pronto la mirada comenzó
a perderse. La pupila se desplazó de un lado al otro de la habitación, pareciendo encontrar miles de rostros. Juana
comenzó a agitarse y tuvo su primera crisis nerviosa, que se repetiría durante ese mes, cada vez que despertaba.
La mantuvieron bajo potentes sedantes y la medicina fue reducida recién al quinto mes, cuando sus
funciones neuronales comenzaron a restablecerse.
Un 19 de agosto, a las tres de la tarde, luego de un suspiro largo y casi doloroso… despertó. La trataron
como a una muñequita de porcelana, con todos los cuidados que una niña herida pueda necesitar. Juana dejó de
ser alegre. Se convirtió en un ser gris, depresivo, aletargado casi, casi, envejecido.
Aquella tarde, la madre, cansada de mirar en silencio, decidió hablar con la niña y tratar de sanar su alma.
Intuía, o tal vez, tenía la esperanza que luego de una charla íntima los demonios podrían desaparecer.
-¿Dónde estuviste? –le susurró abrazándola y la pequeña comprendió que había llegado el momento de
expulsar sus nuevos conocimientos, dejarlos libres y liberarse ella también.
-He recordado cosas que no tendría que haber recordado -comenzó y ante la mirada de incertidumbre de
la mujer mayor, Juana continuó -he vivido 376 vidas, tuve 400 hijos, maté a 100 de ellos, 30 niños murieron en
mi vientre y me morí con ellos después. ¡Amé a tantos, odié a tantos otros! ¡Fui violada, asesinada, asesina!
¡Hembra en todas las vidas! ¡Mierda! ¡Hembra siempre! -la niña lloraba a lágrima viva y la voz iba creciendo en
volumen e histeria -Me duele el pecho, madre, el vacío que tenía lo he llenado con tantas vidas que estoy
desbordada. Ojala pudiera cerrar los ojos y dejar de observar los rostros. Olvidarlos. ¿Ser hembra es un solo
derrotero? ¿Ser hembra me hace partícipe necesaria de la tragicomedia de la creación? Recuerdo a todos… ¿ellos
me recordarán? Me duelen mis hijos, me duelen en las entrañas.
La mujer se levantó confundida y retrocedió un paso, Juana lo percibió y se aferró a ella, fuerte primero,
luego con saña, arañándola, golpeándola.
-Amé a mis hijos, odié a mis hijos. Aborté a tantos. Destrocé a otros castigándoles con brutalidad. Permití
que mis hombres los amaran y que abusaran de ellos también. No quiero ser mujer, ya no más. He intentado
ocuparme del arte, de la medicina. Fui bruja, científica, filósofa… pero siempre caí en la tentación de la creación
o me obligaron a ser parte –Se serenó un momento, dándole tiempo a su madre para que se arrastrara a esconderse
bajo la mesa. La mujer grande nunca emitió algún llamado de auxilio, sabía que el desquicio de su hija necesitaba
de una víctima para descargar su furia… y ella estaba para eso.
-Fui una madre sobre protectora de un loco que se auto proclamó “el salvador” y después de correr por
detrás de él, cuidando su espalda, lo mataron y me devolvieron sus restos con cruz incluida. Sabía que su
megalomanía era mi culpa por criarlo diciéndole que era único y tan perfecto como sólo podía serlo un
descendiente de algún Dios, la histeria colectiva habló de resurrección, pero yo sé que todo terminó ese día. -
Respiró profundo, lo meditó un momento y continuó -Quedan residuos en el inconsciente que nos obligan a actuar
de diferente manera en las siguientes vidas. Por tal motivo cuando el ciclo comenzó de nuevo me dedique a mi
misma, hice de mi cuerpo un templo de placer, caí rendida a los pies de cuanto alucinógeno me permitió evadir la
realidad y abandoné al niño que mamó de mi intolerancia. Creció, creó su secta y con esa voz dulce y la mirada
penetrante los doblegó a tal punto que cometieron horrores en su nombre sin que él se ensuciara las manos. Los
mantuvo junto a él como ovejas sólo para que le dieran el amor que le negué. ¡Pobre mi Charles, tan chiquito y
tan sanguinario! He creado monstruos, pervertidos, sociópatas, genocidas y los he amado como al más puro de los
profetas, pero también desestimé a tantos otros, tratándolos como a la más inmunda de las parias –Corrió
desesperada tras el cuerpo de su madre y siguió golpeándolo sin percibir que estaba tirada, laxa, perdiendo tibieza
y color.
-Mamita- gimió y se recostó a su lado, más tranquila tras la catarsis, dedicándose a besarle los labios
morados – ¡Hembra, ya no!
Y tomando las tijeras con las que la muerta le había fabricado los vestidos más hermosos, se produjo
heridas lo suficientemente profundas como para inutilizar no sólo su útero, sino también coartar su vida… luego
de un leve suspiro dejó de respirar y comenzó a latir en un embrión, que la naturaleza impiadosa, brutal, sarcástica,
dotaría en el par 23 con el cromosoma ¡XX!... hembra, ¡otra vez!

EL ACUMULADOR

Ella limpiaba, reponía mercadería y ayudaba en la caja del supermercado.


Esa tarde estaba tomando mate con el de seguridad cuando apareció el viejo, conocido en todos lados
como acumulador compulsivo.
Le daba tanta curiosidad que se esmeró en ser amable y caerle simpática.
-Lo ayudo con las bolsas- gritó mientras se apresuraba a tomarlas.
El hombre de aspecto desalineado la miró un tanto sorprendido, se lo notaba tímido y solitario.
-No, muchas gracias, puedo solo- contestó intentando quitarle de las manos las bolsas.
Pero ella le hizo su mejor sonrisa, con ojitos achinados y hoyuelo en la mejilla incluido, y le respondió en
voz baja: Estoy a quince minutos de mi horario de salida, llevo sus compras y ya puedo irme a casa.
El hombre aceptó un tanto dubitativo y caminó a su lado, despacio, mirando siempre hacia el suelo.
La muchachita sabía perfectamente donde vivía y lo esperó paciente fingiendo mirar algo en el celular
cuando él se detenía ante algún canasto de basura y miraba curioso. En un par de ocasiones levantó cosas que
guardó en el bolsillo con disimulo.
Dobló en la esquina, abrió el portón y entraron a un patiecito lleno de latas, oscuro y húmedo.
El olor penetrante la desorientó un poco pero no amedrentó su deseo de conocer la casa por dentro.
El viejo sacó otra llave y entraron.
La casa estaba oscura y el hedor a suciedad le quemó las fosas nasales.
Estaba tan fascinada con el interior de la casa: lleno de libros, discos, muñecos, bolsas y diarios que no percibió
cuando el hombre cerró con llave.
No se podía ver ni un centímetro de pared.
Lo primero que le vino a la mente fue que parecía ser un lugar aislado del mundo entero.
-Si gritara, nadie escucharía- razonó asombrada.
-¿Podrías dejar las bolsas en el cuarto que está al final del pasillo? es la tercera puerta a la izquierda.
La muchachita aceptó gustosa.
Tardó un par de minutos en pasar por el estrecho corredor y encontrar la puerta.
Cuando la abrió lo primero que hizo fue buscar en la pared el interruptor. La luz se hizo y la locura también
abrió de una patada la puerta.
Había 7 mujeres momificadas, sentadas alrededor de una mesa, tan pulcras y rectas que parecían señoras
esperando que les sirviesen la cena.
Él entró y ella volteó a verlo.
La mirada de la niña, toda sorpresa y felicidad fue tan perturbadora que él dio un paso atrás.
-¿Seré parte de su colección?- gritó ilusionada - Siempre quise ser parte de algo asombroso. ¿Estaré en la
cabecera de la mesa? Quiero ser la más joven y bella- sentenció frunciendo el ceño.
El viejo seguía retrocediendo, parecía que con cada paso se achicaba dentro de la ropa, cuando estuvo con
la espalda contra la pared, ella pareció desilusionarse y agregó un tanto triste.
-Pensé que me encontraría con alguien que me superase. Siempre busco un maestro, el día que lo encuentre
sé que el sabrá terminar con mi obra. La clave es el factor sorpresa- y sacando de entre sus prendas una navaja
brillosa, lo atacó.
Durante la noche el viejo fue trasladado por partes a su casa y cada una de las extremidades acomodadas
en los cuartos que deparaba para tal fin, lo demás lo tiró en el patio.
Su problema de acumulación compulsiva estaba superándola, pero nunca perdía las esperanzas de
encontrar a alguien que estuviera un paso más allá y la tomase como parte de alguna colección. Las ocho cabezas
de psiquiatras que se desdibujaban en la bañera le aseguraron que podrían con su problema... y la habían
desilusionado. Ahora esperaba la salvación de una aberración similar a ella.

CUENTO PARA NIÑOS QUE NO QUIEREN DORMIR

No apagues la luz! –rogó el niño, y la madre regresó para arrodillarse junto a él.
-¿Qué pasa? ¿Le tienes miedo a la oscuridad?
-Hay monstruos en la casa, mamá, a veces los escucho. Siento como entran a mi pieza arrastrándose.
-¿Y eso te da miedo? Ellos no pueden hacerte nada, sólo quieren saber que estás en la cama para que
puedan salir a comer bichos sin que nadie los descubra. Por eso los escuchas entrar.
Dejar la luz prendida no es la solución. Despreocupate, ellos no desean hacerte daño, ni siquiera podrás
verlos porque se arrastran hasta el borde de tu cama, cierran los ojos para que no logres ver en la oscuridad el brillo
plateado de los globos oculares que sobresalen de sus cuencas, y se quedan estáticos un par de minutos para
escuchar tu respiración y asegurarse que duermes profundamente.
Si estás despierto, se dan cuenta, entonces permanecen en la oscuridad, con sus caras casi rozando la tuya
hasta que se convencen de que no los molestarán mientras cenan.
Dejar la luz prendida sería un error, no sé qué sucedería si después de varias noches sin poder salir de sus
escondites, ellos comienzan a sentir hambre.
Dejar la luz prendida podría ser fatal.
Mi propia madre me contó sobre esa actividad nocturna y es por eso que cuando no puedo dormir siempre
me ayudo con alguna pastillita. Cuando seas mayor y tengas insomnio también deberás hacerlo. Pero ahora eres
un niño, un dulce y tierno niño, sin mayores preocupaciones que cerrar los ojitos para que los monstruos repten
tranquilos en torno tuyo.
La madre le dio un beso en la frente y lo tapó hasta la nariz. Lo miró antes de apagar la luz y el niño
cerraba con fuerza los ojos. Ya crecería y si era un buen hijo pasaría la historia a sus propios niños y los salvaría
de los peligros nocturnos que reptan hambrientos en la oscuridad.

LA BALA

Anaid se sentó a la mesa, sacó el arma, la apoyó en el lado derecho de la cabeza y apretó el gatillo.
Ni siquiera contuvo el aire, no lo pensó, no se acobardó pero tampoco se sintió valiente.
El estallido impulsó la bala que penetró el cráneo a través del parietal derecho destrozando el hueso y
llevando consigo astillas hasta el cerebro.
La bala tocó la parte blanda y perdió la noción del tiempo perturbada por la oscuridad, sintió frio y tras
encontrarse con los primeros monstruos, los más tímidos y sanos, intentó seguir destruyendo pero pasó al siguiente
círculo donde los demonios habían evolucionado hasta ser aberraciones que se desgajaban en "la petite mort" cada
vez que abrían las piernas y se veían violadas por la inmundicia humana. Los pequeños se arrastraban con las
panzas abiertas, haciendo de las tripas un medio de transporte y los más grandes se movían enloquecidos, con las
columnas distorsionadas y las caderas abiertas en várices sangrantes.
La bala retrocedió en un intento de huida silenciosa cuando el cerebro, parcialmente destruido, hizo un
ruido como de succión y todos los entes fijaron sus miradas en ella, estallando en gritos que la obligaron a escapar
por donde había entrado, cerrando las puertas abiertas con la ilusión de que no fueran más ligera que ella.
Fue prácticamente expulsada por la parte blanda, se lavó la cara en el líquido cefalorraquídeo intentando
sobreponerse a la taquicardia, de un salto cruzó el hueso y se introdujo nuevamente en el arma que ya caía al suelo.
La cabeza no llegó a caer sobre la mesa, una mínima gota de sangre manchó el mantel.
Anaid miró la pistola en el suelo, sacó la bala traumatizada, la tiró a la basura donde había cuatro más y
tomó una sexta que esperaba su turno sobre la mesa.

SPIDERWOMAN

Jessica, bájate de ahí y acércate, creo que va siendo el momento adecuado para que comiences a conocer
el linaje que te antecede, tienes que saber sobre la sangre que te corre por las venas para poder apreciarla, o
repudiarla.
Todo comenzó hace unos treinta y tantos años en un mundo de radiante testosterona, con ojos y almas
agobiadas de tanto admirar las proezas de un Superhéroe.
El tipo se aparecía de la nada, volando a través de las sombras ayudado por unos hilos casi transparentes,
que a los pocos meses dejaron la ciudad bajo una cortina gris, pero que nadie criticó porque se trataba del medio
de movilidad del “Hombre Araña”. No me mires así, no tengo nada en contra del hombrecillo éste, que por un
accidente, su ADN fue modificado quedando convertido en una especie de híbrido de apariencia humana pero con
una serie de modificaciones internas que lograron que tuviera extraordinarios dones arácnidos.
Todo el mundo estaba rendido a los pies de este ser que luego de contraer los poderes, (así como se contrae
varicela, sarampión o herpes genital) se dedicó de lleno a luchar contra los malos, bajando los índices de violencia
y delincuencia en un cuarenta por ciento en tres meses, casi un cien por ciento en dos años.
Entonces vieron en él un indicio de apatía ¿Qué harían ellos, meros mortales, si el tipo-araña, súper-
hombre, atrapa-malos, se les cansaba y tiraba la toalla dejándolos a todos librados a su propia suerte? El intendente,
gobernador, presidente y demás comidilla politiquera se reunió en una sesión extraordinaria que duró
aproximadamente ocho horas y en la que aparte de comer grandes raciones de cheesecake de frutilla con litros de
café, se tomó la decisión de crear un prototipo capaz de ser la compañía perfecta y también entretenimiento del
hombre araña, ¡porque él lo merecía! Porque el hombre debía llegar al hogar luego de un día de grandes luchas y
poder descargar su hombría en las caderas de una súper-mujer. El 18 de febrero de 1977 la decisión fue firmada,
sellada, autorizada y enviada a los grandes científicos, que comenzaron con las investigaciones y posteriores
pruebas en mujeres hermosas, arreadas con la promesa de un trabajo bien remunerado. Brillantes mujeres que
triunfarían si accedían a ser inyectadas con diversas drogas que las mantendría jóvenes y hermosas por mucho más
tiempo. Todo era mentira, por supuesto. Después se creó la historia de la niña picada por una araña y que el padre
en su afán por salvarla le puso un suero experimental que produjo los cambios en la muchachita, ¡puras patrañas!
De las veinte mujeres que fueron usadas como conejillos de india, sobrevivieron tres, dos quedaron vivas
pero modificadas no solo internamente sino externamente también, con patas peludas brotando de sus cabezas o
gruesos colmillos atravesando la mandíbula inferior. La tercera tenía los poderes y era hermosa. La mujer ideal
para el hombre perfecto. Cuando estuvieron seguros de que no generaría un ojo de más o tal vez una pierna extra,
se le informó que era la elegida, (mujer bendita entre todas las mujeres) para ser compañera del “hombre araña”.
Compañera en la vida, en la cama, en su ausencia y presencia.
No entendía porque estaban todos tan emocionados, no le encontraba mucha gracia al asunto. No sabía
cocinar, ni planchar, nunca había pensado en casarse y mucho menos en tener que hacer de sicóloga del superhéroe
de moda.
Ella quería ser alguien, no sólo “la mujer de”. Así que los primeros meses se escapaba cuando él salía
después de una alarma arácnida, y atendía sus propias alarmas.
Aunque sus proezas fueron censuradas porque más que ayudar, la mujer, delinquía.
Le robaba grandes canastos de pan al panadero (que desde que había descendido el índice de robo,
duplicaba su producción) y se lo llevaba a los niños que pedían limosna en la calle Alvear en la esquina de la
Intendencia. Hizo lo mismo con el lechero, el almacenero y hasta se animó con el banquero.
El hombre araña sospechó de su mujer al segundo día, pero no podía hacer nada, se había enamorado
perdidamente de ella.
La paciencia se agotó cuando la encontró con el cartero en la cama, él pobre estaba en estado de shock,
inmovilizado en un capullo de tela de araña que dejaba un hueco por donde se podía apreciar su pene afuera,
erecto, por la acción de una pastillita azul que la mujer araña le había obligado a consumir (aparentemente la
criminalidad no le dejaba tiempo suficiente para que el superhéroe atendiera los deberes conyugales como ella
esperaba).
La echó no sin antes recriminarle que él le había dado nombre, y que gracias a él ella existía y que bla,
bla, bla.
La mujer araña se retiró del hogar y vivió oculta un tiempo hasta que la agencia S.H.I.E.L.D. logró hallarla
y la obligó a trabajar para ellos como agente secreto, por un miserable sueldo. Cuando logró escapar se mudó al
exterior y estuvo con un cantante de rock un tiempo, al que abandonó, por un sereno hombre de contabilidad que
nunca le disparó la alarma arácnida cuando salía de copas con los amigos.
No supo que su ADN modificado era hereditario hasta que nací yo, que aparte de mis pequeñísimos dos
pares de brazos debajo de los normales, no tengo nada más. Puedo contar también una manía que tuve en cierta
época por comerme a los hombres con los que copulaba, pero nada que no haya podido solucionar con unas
sesiones de sicoterapia. Pensé que contigo el gen ya no estaría mutado, ¡mi niña hermosa!
Ya veo que no me estás escuchando, cuando tengas más edad volveré a repetirte la historia, ve a jugar.
Me gustaría encontrarme con los que jugaron genéticamente con mi madre y preguntarles: ¿Qué hago
ahora con una niña de tres años que se trepa a las paredes? Con la crisis económica que nos asola… ¿Cómo me
las arreglo cada vez que le duele la panza de tanto comer insectos? El pediatra no me la quiere atender, me dice
que tengo que ir a otra clase de médico. ¿A qué clase? ¿Mi modesta obra social cubrirá los gastos? ¡Jessica, no
más telas de araña, hija!
¡Ojala y viviera tu abuela! Ella sabría cómo ayudarme y encarar la situación con justicia, un par de telas
arácnidas, y los ovarios bien puestos.

LA CARTA

Voy a ser horrorosamente cursi, asquerosamente común y tediosamente sentimental: ¡Te extraño!
Me hace falta la sobriedad de tus labios y me enfurece aceptar que todavía extraño tu inteligente diatriba.
Esta esquela tendrá que ser leída y olvidada.
No estoy segura aun de enviártela pero bien valía la pena exteriorizar lo que me mortificaba, y dejarlo
como evidencia de mi sentimiento común y trillado, de mi poca originalidad a la hora de amar y extrañar.
El punto cumbre ha sido despertar, y asombrada reconocer que te había soñado gran parte de la noche.
Me senté a recorrer mentalmente las imágenes que me transportaban a otra época.
Me soñé abrazada a vos, oliendo disimuladamente tu cuello, embelesada y abrumada por tu presencia.
Te besaba.
Me acariciabas.
Te mordía.
Me invadías con tu peso, dejándome diminuta y escueta bajo tu pecho.
Me desperté cuando tu lengua, caliente y suave, jugaba a buscar la mía en la boca.
Juro que cuando desperté aun sentía tu sabor.
No logré reconciliarme con Morfeo y la vergüenza de haber caído en la cursilería de soñarte me revolvió
el estomago.
Fue cuando me dejé llevar por la tentación de mezclarme en la abulia de otra situación común: escribirte
una carta. ¡Esta!
Hace dos meses que me revuelco en tu ausencia y aun no me acostumbro.
¿Qué habrás visto que te llevó a cometer la hazaña de dejarme?
Juraste que me escribirías y que entre estudio y examen, seguro, encontrarías el tiempo necesario para una
visita.
Hoy, no te diré que aun te espero porque no es así, cada vez que golpean a mi puerta la sensación de
felicidad me noquea un rato.
Todavía estoy en la incertidumbre.
Cuando meta el papel en el sobre que tengo al lado seguramente ya estaré convencida de completar el
ritual ridículo de todo enamorado.
Odio caer en lugares comunes, odio pecar de predecible, pero los acontecimientos a veces lo ameritan y
el amor siempre es uno de ellos.
Hasta pronto o adiós, amor. Tú lo decidirás.

Escarcha.

Nunca envié la estúpida carta, me senté a hojearla y era tan usual, ordinaria, común que me sacaba
ampollas en los dedos de sólo tocarla y me brotaban gotas rabiosas de pus de los ojos, al verla.
Abrí grande la boca, segregue jugos enzimáticos para triturarla y me senté a verla destruirse.
¿Que habrá visto él, en mi, que lo obligo a alejarse presuroso aquella tarde?
Una vez disuelta la carta desate el ombligo, introduje lo que quedaba del papel en la segunda cavidad
estomacal, y volví a hacer el nudito.
¡No entiendo que pudo ver!

OVILLITOS DE RISA Y PIÑA COLADA

Una mujer de un metro setenta y cinco, delgada, morena y de rasgos faciales fuertes casi masculinos, está
sentada a la mesa, de frente a un ventanal abierto por donde entra el sol, tiñendo de amarillo anaranjado el lugar y
llenando de energía y calidez los cuerpos casi helados después de una noche gélida.
-¿Café?
-No, gracias. Alcanzame mi mochila, por favor.
Se refregaba la mano derecha, tenía los nudillos hinchados y levemente rojos, abría y cerraba el puño.
Tomó el bolso que le acercaban y sacó una petaquita de piña colada.
-¿Y eso? ¿Por qué de nuevo?
-Me gusta- contestó tímidamente queriendo agarrar el vaso que le habían puesto sobre la mesa y
decidiéndose luego a tomar directamente de la botella.
-¿Cómo te fue?
-Todo bien, supe manejar la situación con inteligencia, en todo momento fui racional y nunca hubo ningún
forcejeo o agresión física- sorbo de piña colada.
-Estás repitiendo lo que te dije cuando me enteré que ibas a confrontarlo. No me evadas. Empecemos de
nuevo. ¿Cómo te fue?
La mujer sentada frente al gran ventanal seguía masajeándose la mano, abriendo y cerrando el puño. Pensó
un momento y tomando la petaca se echó un poco en los nudillos y los lamió.
-Todo bien. Estoy aprendiendo a no usar la violencia y a priorizar el dialogo calmo sobre toda diatriba.
-Bueno, entonces quiero que me cuentes todo lo que hiciste desde que saliste de aquí anoche.
-Caminé para calmar mis nervios. Me dirigí a su domicilio. Golpeé la puerta, no la pateé, la golpeé y esperé
a que me atendieran.
-Bien ¿qué más?
-Me atendió el sujeto que me vendió el abrigo marrón, ese ten caro, y le expliqué que al llegar a casa me percaté
que tenía un agujero en el bolsillo y que por ahí perdería los ovillitos de risa que recolecto a la mañana y en las
noches no tendría nada para desovillar y podría terminar volviendo a aquel lugar. Le expliqué pacientemente que
cuando ellos me dejaron ir yo juré que no volvería porque no me gustan las rejas, las agujas, ni las compotas de
manzana.
-Muy bien expuesto. ¿Él que contestó?
-Nada, me miró raro y me cambió el abrigo.
-¡Bien! ahora mostrame el nuevo.
-No lo tengo
-¿Por qué?
Desvió la mirada y tomo otro trago largo de piña colada pasándose la lengua por los labios cada vez que
lo hacía. Extendió los brazos en la mesa y dejó que el sol los calentara.
-¿Por qué no tienes el nuevo abrigo?
-Porque era negro. Los ovillitos de risas se me hacen jugo de lágrimas con el negro. Le expliqué y juro
que prioricé el lenguaje inteligente y calmo antes que la diatriba.
La mujer se miraba los brazos, se los refregaba, observaba las manos. Extendiendo el suspenso, el silencio,
las ansias de continuidad.
-¿Y?
-Me empujó e intentó cerrar la puerta- siguió con calma- entonces entré pateándola, le pegué unas cuantas
trompadas, le quebré un par de sillas sobre él... imagino que destrocé algunas otras cosas más porque no recuerdo
bien lo sucedido. Pero primero intenté el dialogo y no hice ningún intento de agresión física, me mantuve calma y
razonable hasta que la gresca la comenzó él.
-Muy bien, muy bien- la aplaudieron -estás aprendiendo.
-Pero no conseguí mi abrigo- otro sorbo de piña colada y terminó la botellita.
-¿Le enseñaste que la violencia no lleva a ningún lado?
-Sí, tengo su falta de paciencia y su poca tolerancia en mi bolso, pero no conseguí mi abriguito, tuve que
traer los ovillitos en mi bolsillo del pantalón.
-¿Y se te hicieron jugo de llanto?
-No, se pusieron de color marrón y huelen mal, creo que se transformaron en popó de perro.
-Qué mal, ya no sirven, enterralas en el fondo junto con el mal comportamiento del vendedor.
Y la mujer se levantó de la mesa obediente como buena niña, sacó de su pantalón unos pedazos de mierda
de perro y de la mochila unos ojos, unos cuantos dedos y dientes y otra petaquita de piña colada que bebía mientras
enterraba los malos tratos, los sentimientos pérfidos y la intolerancia de la gente. El sabor dulce de su bebida le
ayudaría a olvidar que esa noche no tendría nada para desovillar.

BARBI

Cuando llegaba a su departamento, los sábado a la noche, encontraba a su vecina parada en el corredor, a poyada
en la pared con algún espécimen humano masculino babeándola y manoseando su magnífica estructura.
No podía dejar de mirar la escena y sentir cierto odio, aunque debía aceptar que era excitante espiarla. Ella, toda
perfecta, parada con las piernas largas levemente abiertas, lo suficiente como para que la mano del hombre entrara
por debajo de la pequeña faldita.
Lo cierto es que si hubiese tenido la oportunidad de estar sobre su vecina también estaría metiendo mano en aquel
cuerpo fabuloso. Barbie era toda culo, toda teta, toda pestaña gruesa y melodramática, toda rubia y perfecta.
Imaginaba que por dentro también sería toda húmeda y de buen sabor.
Cuando al quinto sábado llegó y la encontró con el mismo tipo encima, supuso que estaba de novia. Al entrar al
departamento se podía escuchar la transición de dos sonidos distintos: del lado de la puerta que daba al corredor
se oían los chupeteos. Una vez dentro del departamento: el llanto del hijo de Barbi. Sabía que había un bebé pero
ignoraba su edad, nunca la había visto con el niño en brazos aunque en cierta oportunidad se cruzaron en el super
de los chinos y ella intentaba ocultar unas bolsas de pañales debajo de productos diet.
Tenía una voz finita Barbie.
-Hola vecina -la saludaba, y a ella le daban ganas de pellizcarle la cara para saber cuántos centímetros de maquillaje
llevaba.
Soñaba con atarla a una silla y lamerle la cara hasta dejarla al natural y darse cuenta de que era tan poco atractiva
y normal como ella.
La vecina llegó un martes y se sorprendió de encontrar a Barbi en las escaleras conversando con el novio.
-Permisoooo- pidió ella intentado meter el pie en algún rincón del peldaño sin pisar las manos de él que se movían
inquietas debajo de la grandiosa humanidad de la diosa.
-Ay, perdón! -gimió Barbi entre risitas chillonas.
La vecina entró a su departamento, tiró el bolso sobre la mesa y mientras se sacaba las zapatillas se recostó sobre
el sofá para abalanzarse sobre el control remoto del televisor, el llanto del niño no le resultaba molesto, era uno de
esos sonidos que de tan constantes uno se acostumbra.
Cerca de la una de la mañana se despertó con las voces de los enamorados discutiendo en el corredor.
Se había quedado dormida mirando tele, le dolía el cuello.
Se levantó con prudencia haciendo reventar más de un hueso en la hazaña. La voz finita de Barbi se escuchaba
apenas, la de él sonaba grave y violenta. La vecina se acercó a la mirilla de la puerta pero sólo podía ver el
departamento del frente. Puso la oreja sobre la madera fría y como no entendía lo que decían se aburrió a los pocos
minutos y se fue al baño, se cepillaba los dientes cuando escuchó el primer golpe. Asustada paró el cepillado. El
segundo golpe la sobresalto aún más. El hijo de barbi también había dejado de llorar.
Corrió hasta la entrada dando vueltas sin saber si asomarse al corredor y ver qué había pasado o llamar a la policía.
Después del segundo golpe no se oyó nada más, ni la voz de él ni los susurros agudos de ella. La ausencia del
llanto del niño tardó en hacer eco en su cabeza, pero una vez que se dio cuenta del detalle entró en pánico, el tipo
seguramente había entrado a la casa de Barbi y les había hecho daño.
Estuvo un rato apretándose una mano sobre la otra hasta que se decidió y sacó llave con delicadeza y de manera
aún más silenciosa abrió la puerta.
Barbi estaba sentada en el piso, con sus largas piernas cruzadas y la espalda derecha contra la pared, destacando
el par de inmensas tetas que subían y bajaban al compás de una respiración un tanto agitada.
La rubia preciosa se dio media vuelta y la miró.
-Hola vecina -la saludó con su vocecita de niña estúpida, de los grandes ojos caían lágrimas diminutas, ninguna
hacía meya en el maquillaje.
-¿Estás bien?- le preguntó la mujer acercándose.
-Sí – Barbi sonrió ampliamente con sus labios pintados de rosa brillante, mostrando los dientes perfectos. - A veces
los hombres no nos entienden.
-Sí, pasa seguido – le contestó ella examinándola con disimulo. La blusa estaba un tanto desacomodada y dejaba
al descubierto la sospecha de un pezón casi rosado. Una de las medias que llegaba hasta arriba de la rodilla estaba
rota.
-¿Te ha hecho daño?
-No, estoy bien. Nada que un poquito de color no pueda solucionar.
-Tu bebé no está llorando.
-A veces se cansa de llorar -respondió Barbi y levantó las manos que tenía ocultas debajo de las piernas, para
mirarse las uñas -Me he roto varias -observó.
La vecina tragó saliva sonoramente, los dedos estaban rojos. Recién ahí realizó una inspección más profunda:
Barbi tenía el cuello y los brazos manchados con finas gotas de un líquido rojizo.
-Vamos, te invito una gaseosa -chilló la rubia levantándose de un salto y entrando al departamento.
La mujer ingresó por detrás del culo majestuoso.
El hogar de la rubia era blanco y rosa.
La vecina se quedó parada en medio del comedor sin saber si preguntar por lo que creía que era sangre o fingir
que no había visto nada.
-Antes de darle de mamar tengo que ir al baño -dijo Barbi apareciendo por una de las piezas con una niña pequeña
en los brazos -¿puedes cargarla un momento? He comido demasiado, ya sabes cómo son estas cosas- agregó, y sin
esperar respuesta le puso al bebe en los brazos y desapareció por otra puerta.
Ella no sabía cómo eran las “cosas” a la que se refería la rubia de dedos asesinos.
Deseó salir e ingresar a su mundo de normalidad, pero allí estaba, con una rubia extraña en un departamento rosa,
cargando a su bebé llorón.
Se quedó observando a la pequeña, tenía las mejillas rosadas y las pestañas ridículamente largas. Podía ver como
movía las manitos y emitía ruiditos con la boca pero no lograba evitar sentirse aterrada por la extraña contextura
de la criatura: parecía un bebe de plástico.
Sintió cuando Barbi hacía arcadas y vomitaba profusamente.
Seguía en la misma posición en que la dejaron cuando la rubia ingresó al habitáculo nuevamente, tomó a la niña y
se sentó en la silla para darle de mamar.
-¿Cuánto tiempo tiene?- preguntó la vecina incómoda.
-Tiene un par de años -contestó ella haciendo un pequeño gesto con la boca
-¿Años?
-Sí, no crece mucho- acotó la rubia extraña y mientras miraba hacia la cocina siguió hablando- servite lo que
quieras y traeme algo a mí también.
La vecina se dirigió hasta allí, tratando de asimilar todo. Abrió la heladera. Había un par de gaseosas light y unas
botellas de agua. Eligió lo último, se llenó un vaso y lo tomó antes de llevarle otro a la rubia bulímica.
-Desde que ella mama tanto tengo que cambiar las prótesis cada dos meses -le comentó Barbi con toda naturalidad.
La pequeña dejó el pezón y giró la cabecita para mirarla, de la comisura derecha del labio le brotaba un líquido
incoloro, del pecho de la rubia tetona también.
La vecina no pudo evitar sentirse descompuesta, intentó mantener la calma pero veía dos criaturitas de plástico y
dos rubias siliconadas.
-¿Qué te pasa, vecina?- fue lo último que escuchó y el piso rosa de la rubia monstruosa, recibió todo el peso de su
cuerpo.
Se despertó en el sillón de su departamento, un enfermero le tomaba la presión y un médico la observaba. Podía
sentir la voz de la rubia de las prótesis mamarias tamaño triple x contarle a alguien sobre el desmayo de su vecina
y cerró los ojos con la intención de no verla más.
Después de aquel episodio intentó evitarla, pero era imposible, cada sábado se la cruzaba en la escalera, apoyada
en la pared, dejándose adorar por algún hombre. Ella intentaba pasar sin mirarla, pero Barbi la saludaba fuerte y
cuando ella se daba vuelta para hacer algún ademán de saludo la rubia libidinosa le cerraba un ojo.
Sintió cierto tipo de alivio cuando se enteró que la tetona se había ido dejando a la niña abandonada. La pequeña
necesitaba algún otro tipo de alimentación muy distinta a la que le daban. Una vecina se hizo cargo de la muñeca
bebe, creció bastante desde que comenzó a nutrirse normalmente.
Se la cruzó una tarde, estaba sentada en el corredor, con sus largas piernas cruzadas y sus manitas apoyadas en el
piso, mirando la pared sin parpadear. Tenía los ojos grandes, azules, la boca carnosa, roja y la remerita ajustada
sobre su pecho plano.
-Hola vecina -la saludó con su voz chillona de niña estúpida.