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EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS

Una historia del mundo desde 1945

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JEREMIAH P. OSTRIKER
Y SIMON MITTON

EL CORAZÓN
DE LAS TINIEBLAS
Materia y energía oscuras:
los misterios del universo invisible

Traducción castellana de
FRANCESC PEDROSA

BARCELONA

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AGRADECIMIENTOS

La historia, aún en marcha, de la cosmología moderna tal como aparece


en la prensa popular, no suele ir más allá de un simple desfile de héroes
cuyos logros se presentan como consecuencias inevitables: Copérnico, Ga-
lileo, los Herschel, Einstein, Eddington, Hubble, Sandage y el Paradig-
ma Moderno. En realidad, la historia es más retorcida, y esos líderes,
aparte de sus grandes aportaciones, han cometido errores graves, mientras
que otros participantes han hecho aportaciones esenciales. Los dos auto-
res, que han tomado parte en el desarrollo de esta iniciativa durante el úl-
timo medio siglo más o menos, y que conocen con bastante profundidad a
una gran parte del reparto, han querido destacar especialmente el papel de
algunos físicos y astrofísicos, cuyas contribuciones clave han pasado, con
frecuencia, desapercibidas en la historia más convencional. Ejemplos de
ello son el abad Georges Lemaître, George Gamow, Fritz Zwicky y Bea-
trice Tinsley. Se ha hecho mención de otros muchos científicos vivos, pero
seguro que hemos sido injustos con las aportaciones de numerosos, y emi-
nentes, científicos cuyo trabajo ni siquiera se ha mencionado, aunque su
contribución a la cosmología haya sido significativa, y a veces incluso crí-
tica. Nuestra intención no ha sido escribir una historia académica y ex-
haustiva de la cosmología moderna. Esta débil disculpa tiene que ver más
bien con la necesidad de hacer una selección, dadas las limitaciones de es-
pacio en un libro que solo intenta presentar los aspectos destacados de la
historia, y algunos temas elegidos de entre un gran número de posibles hi-
los argumentales, igualmente valiosos, a los que podríamos haber dado
relieve. De modo que vayan por delante nuestras disculpas a los muchos
colegas cuyas aportaciones han sido descuidadas u omitidas; las conoce-
mos y las valoramos, pero hemos optado —de forma un tanto arbitraria—
por elegir a un número reducido de compañeros exploradores que ya no es-
tán entre nosotros cuya obra se ha pasado por alto con demasiada ligereza
en los relatos estándar.

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8 el corazón de las tinieblas

Ambos estamos en deuda, inmensa y esencial, con nuestros numerosos co-


legas de Princeton, de Cambridge y de todo el mundo. La ciencia es una em-
presa cooperativa y global y, de todas las ciencias modernas, puede que la as-
trofísica sea la que posee las ramificaciones y conexiones internacionales más
ricas y densas. Así, cualquier listado de personas que nos han ayudado e infor-
mado será siempre, por desgracia, incompleto. Sin embargo, por parciales e
inadecuados que puedan ser nuestros comentarios, ciertas personas han contri-
buido a nuestro trabajo de una forma tan fundamental que deben ser reconoci-
das individualmente. En Princeton, Paul Steinhardt, Jim Peebles y Jim
Gunn nos han ayudado de un modo extraordinario, tanto desde el punto de
vista histórico como desde el científico. Ellos mismos han sido personajes clave
en esta gran empresa, y tenemos una inmensa deuda de gratitud con ellos por
su asistencia para corregir errores, indicar lagunas y, en general, ofrecernos su
sabiduría. En Cambridge, Martin Rees y Donald Lynden-Bell han sido, a lo
largo de nuestras carreras, fuentes constantes de inspiración y guía.
En la escritura de esta obra, Ostriker reconoce y agradece la asistencia
editorial de su esposa, la poeta y ensayista Alicia Ostriker, y su viejo ami-
go, el editor Robert Strassler, así como su editora de Princeton University
Press, Ingrid Gnerlich. Los tres leyeron un borrador tras otro del manuscri-
to y ofrecieron innumerables sugerencias, tanto en lo referido a la organiza-
ción como al acierto verbal. Tanto si el producto final ha resultado sólido
como si no, su generosa y considerada ayuda ha sido esencial en la transfor-
mación del escrito inicial, excesivamente técnico y literariamente incohe-
rente, en su forma definitiva.
Simon Mitton desea expresar su profundo aprecio por su colega de Cam-
bridge Michael Hoskin, distinguido historiador de la astronomía y biógrafo
de la familia Herschel, con quien ha disfrutado de una estrecha amistad du-
rante cuarenta y cinco años. Día tras día, Michael ofrece a Simon consejos
amistosos sobre cómo ser un profesor convincente y sugestivo. Simon agrade-
ce también a Owen Gingerich, historiador de la astronomía en el otro Cam-
bridge, por su aliento y orientación desinteresados que le ha ofrecido durante
décadas. La esposa de Simon, Jacqueline Mitton, también autora de Prince-
ton, ha aportado numerosas y valiosas sugerencias al desarrollo del manus-
crito. Simon agradece de todo corazón el acceso a las instalaciones de investi-
gación que le han proporcionado el decano y los Fellows de St. Edmund’s
College, Cambridge, donde ha podido disfrutar del competente asesora-
miento de Michael Robson, Lee Macdonald, Bruce Elsmore y Rodney Hol-
der. Supone también para él un gran placer y un privilegio dar las gracias a
su agente Sara Menguc y sus compañeros por el apoyo y la ayuda recibidos.

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PREFACIO

La cosmología se convierte
en una ciencia guiada por los datos

La cosmología, el estudio de la naturaleza, formación y evolución del


universo, ha sufrido una extraordinaria transformación desde que los
autores de este libro eran estudiantes, en la década de 1960. Cuando
éramos alumnos de doctorado en Chicago (JPO) y Cambridge (SM)
había en el aire dos modelos del universo potentes, pero contrapues-
tos: el del big bang y el del estado estacionario. Cada uno de ellos tenía
apasionados defensores, y el punto de vista de un científico sobre el
asunto se consideraba una cuestión de creencias personales. Práctica-
mente a diario recibíamos apasionadas opiniones y argumentos de las
grandes mentes que luchaban por la comprensión del universo. En
cualquier encuentro de astrónomos profesionales podía surgir la pre-
gunta «¿Tú crees en la teoría del estado estacionario?» o «¿Qué opinas
de ese universo del big bang?». Entonces e incluso ahora, las obras de
divulgación sobre cosmología reflejan esa temprana atmósfera intelec-
tual, prácticamente teológica. La cosmología descansaba de una forma
precaria sobre una serie de creencias, porque los datos y los hechos
eran realmente escasos.
En el último medio siglo, la cosmología ha cambiado por completo:
ahora es una ciencia precisa, basada en datos, gracias al avance especta-
cular de la tecnología de la instrumentación y de la información. Desde
luego, sigue habiendo grandes ideas, pero la forma y las restricciones de
estas ideas dependen del aluvión de datos recibidos de telescopios, tan-
to los que están sobre la Tierra como los que se hallan en órbita. Las
observaciones han confirmado de un modo amplio y riguroso que el
modelo del big bang es esencialmente correcto. El Telescopio Espacial
Hubble y otros muchos instrumentos nos han proporcionado un inven-

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tario y un mapa geográfico detallado de nuestro rincón local de uni-


verso y nos han ofrecido espectaculares observaciones directas cada
vez más lejanas en el espacio y en el tiempo, tanto así que podemos
considerar los telescopios con los que observamos el cosmos como
verdaderas máquinas del tiempo. Cuando, mediante el Telescopio Es-
pacial Hubble, podemos estudiar un fragmento del cielo a siete mil mi-
llones de años luz de distancia, estamos viendo cómo era el mundo
hace siete mil millones de años, la mitad de la edad actual del universo.
De esta forma podemos ver y medir directamente las diferencias entre
aquel tiempo y el presente, y así trazar la evolución del cosmos, sin
necesidad de especular. O más bien, para ser precisos, las especulacio-
nes sobre la evolución cósmica pueden comprobarse mediante obser-
vaciones directas. A pesar de que no podemos retroceder hasta el pro-
pio big bang, hace 13.700 millones de años, sí podemos seguir la
evolución de las galaxias más normales prácticamente hasta el momen-
to de los dolores del parto. Es más, los radiotelescopios en órbita nos
permiten retroceder hasta el momento en el que los fotones emergie-
ron finalmente de la sopa primigenia que los tuvo atrapados durante
los primeros 300.000 años después del big bang, lo que nos da una vi-
sión de la radiación residual de aquel período. Así, podemos ver y me-
dir directamente las minúsculas fluctuaciones primordiales, que se in-
crementaron por acción de la gravedad para convertirse en la riqueza
de galaxias, estrellas y planetas que conocemos.
En los debates cosmológicos de hoy en día, cada teoría debe ser
consistente con el despliegue de información en las frecuencias de rayos
X, ultravioleta, óptica, infrarrojo y ondas de radio que se acumula en
nuestras bases de datos, las observaciones que nos muestran concreta-
mente cómo es el universo en nuestra época, cómo llegó a su estado ac-
tual y cómo se inició. Las investigaciones cosmológicas aún no son tan
estables y verificables como las de otras disciplinas, como la ingeniería,
pero han perdido en gran medida ese tufillo embriagador de la teología
natural. Del mismo modo que los actuales conocimientos sobre los he-
chos biológicos y geológicos de nuestra madre Tierra han desterrado al
dominio de la ciencia-ficción las especulaciones sobre «monstruos de
las profundidades», también nuestras anteriormente ilimitadas fantasías
cósmicas deben ceñirse ahora a las limitaciones de las colosales, y cada
vez mayores, bibliotecas de información cosmológica.
Como complemento a esta acomodación a los hechos, hemos desa-
rrollado teorías cuantitativas y comprobables basadas en las leyes co-

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nocidas de la química, la física y la matemática, que nos proporcionan


el marco de referencia en el que acomodar estas nuevas observaciones.
En principio, la determinación del crecimiento de las fluctuaciones a
causa de la gravedad en la materia primordial —a partir de las cuales
se desarrollaron las estrellas y las galaxias— partiendo de las suficien-
temente probadas leyes de Newton es tan sencillo como calcular la tra-
yectoria de una pelota de béisbol golpeada hacia la tribuna o el movi-
miento de un barco en el agua. Puede que los cálculos sean más
complejos, pero no exigen el uso de matemática o de ciencia sobre la
que tengamos incertidumbre alguna. En un desarrollo paralelo, en
nuestros días disponemos de los equipos necesarios para dar solución a
estas ecuaciones.
Los ordenadores, que siguen la famosa ley de Gordon Moore rela-
tiva al incremento de la velocidad de los circuitos electrónicos, han au-
mentado en un factor de más de un millón su potencia para efectuar
cálculos aritméticos desde la década de 1960. Actualmente podemos
codificar una teoría cualquiera en simulaciones por ordenador a gran
escala, empezar con el estado inicial observado por los radiotelesco-
pios, poner en marcha las máquinas y, a partir de la física de Isaac
Newton, Albert Einstein y Niels Bohr, ver si llegamos realmente a re-
producir, en el ordenador y en las visualizaciones creadas a partir de
sus resultados, las imágenes del universo que observamos localmente,
con todo lujo de detalles. Este proceso puede funcionar correctamente
o puede fallar, pero lo que no es posible es falsearlo. A medida que las
observaciones y los cálculos se hacen cada vez más precisos, va que-
dando también menos espacio para los argumentos cuasimágicos so-
bre cómo «deberían salir» las cosas a fin de mantener las apariencias.
Hemos descubierto que podemos seguir este proceso, tanto desde
el punto de vista de la observación (utilizando los telescopios como
máquinas del tiempo) como de la computación, y trazar así la evolu-
ción del universo con una cierta precisión. Las animaciones obtenidas
a partir de simulaciones por ordenador son muy similares al desarrollo
del universo observado mediante las máquinas de tiempo cósmicas.
Sin embargo, estos éxitos son dependientes. Nuestro modelo de cómo
creció el universo hasta lo que podemos ver hoy solo funciona si recu-
rrimos a la existencia de dos componentes fantásticos a los que llama-
mos, a falta de nombres mejores, materia oscura y energía oscura. Los
descubrimientos de estas dos entidades fueron por sorpresa y, al prin-
cipio, muchos científicos se resistían a su introducción (y es compren-

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sible). Sostenían que estábamos añadiendo engranajes adicionales a un


mecanismo complejo e inherentemente precario para que las cosas
funcionasen. Y lo que es peor: las propuestas iniciales parecían infrin-
gir el método científico moderno, porque no había pruebas indepen-
dientes de la presencia de materia oscura y energía oscura. En nuestros
laboratorios terrestres aún no hemos hallado pruebas directas de la
presencia de estas sustancias; son demasiado sutiles como para detec-
tarlas fácilmente en la Tierra (a pesar de que se está trabajando en di-
versos frentes en este sentido) y su presencia solo supone una diferen-
cia observacional real en inmensos volúmenes de espacio.
Sin embargo, las evidencias de que la materia oscura y la energía
oscura dominan el universo se fueron acumulando. Al cabo de no mu-
cho tiempo se habían desarrollado diversas líneas argumentales que
forzaron a los astrónomos a tomárselas seriamente. Para acabar de
zanjar la cuestión, estos diversos métodos independientes convergie-
ron en esencialmente los mismos valores sobre la cantidad de materia
oscura y de energía oscura. En ciencia, en general, si la solución de un
misterio exige la existencia de una nueva sustancia con propiedades
especiales, esto justifica un profundo escepticismo. Pero la evidencia
ha avanzado en el sentido contrario; cada observación de un nuevo fe-
nómeno ha confirmado las estimaciones anteriores acerca de las canti-
dades de materia y energía oscuras.
Baste un ejemplo para confirmarlo. Como veremos en el capítulo 6,
la materia oscura se halló por primera vez durante la década de 1930,
en cúmulos gigantes de galaxias, las mayores entidades autogravitan-
tes del universo. Se creía que esta materia residía en el espacio entre las
galaxias. Luego, en la década de 1970, se halló acechando en las cerca-
nías de galaxias normales cercanas, rodeándolas como oscuros halos.
Tras efectuar cálculos detallados, la misma abundancia de materia os-
cura en el cosmos podía explicar ambos fenómenos observados, y algo
más fundamental, la formación y evolución de galaxias y cúmulos. En
los capítulos 5 y 8 examinaremos cómo toda la estructura cósmica sur-
gió de minúsculas fluctuaciones iniciales bajo la influencia de la gra-
vedad, hasta llegar a lo que ahora hallamos en el universo local. La
gravedad, como demostró Newton en el siglo xvii, se origina en las con-
centraciones de materia. En la década de 1990 descubrimos que la can-
tidad de materia, y la gravedad provocada por esta, necesaria para cau-
sar el crecimiento de la estructura cósmica era, de nuevo, «la justa». Se
requiere la misma cantidad de materia para explicar el origen de la es-

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tructura que para los otros dos fenómenos, las propiedades de cúmulos
y galaxias y los halos oscuros. Finalmente, en el capítulo 8 descubrire-
mos cómo nuestros gigantescos telescopios ópticos han hallado re-
cientemente imágenes brillantes y distorsionadas de objetos extrema-
damente lejanos, imágenes que solo se han podido comprender si se
asume que las han causado masas de materia interpuestas que han ac-
tuado como lentes gravitatorias, amplificando la imagen de los obje-
tos; un efecto que predijo Einstein. De nuevo, la cantidad de materia
intermedia necesaria para producir las imágenes era justo la cantidad
necesaria para causar los otros fenómenos mencionados. Visto, visto,
visto.
Nuestro moderno edificio cosmológico parece haberse construido
de una forma bastante sólida; pero, desde luego, será el tiempo el que
lo dirá. Pensamos que tenemos una imagen esencialmente correcta,
pero sería una ingenuidad (y una imprudencia) que un científico afir-
mase que nos aproximamos al fin del descubrimiento y que, por fin,
«ahora sí que lo tenemos». Actualmente carecemos de claves consis-
tentes acerca de la naturaleza física, tanto de la materia oscura como de
la energía oscura, así que, obviamente, aún nos queda mucho por
aprender. Sn embargo, ¿debemos esperar a que haya descubrimientos
revolucionarios que contradigan lo que hasta ahora parece ser un
guión coherente? La historia de la ciencia ¿avanza a saltos, con cam-
bios de paradigma en los que todo lo que sabemos se vuelve del revés?
Hay una escuela de pensamiento que cuestiona la validez del método
científico normal y el concepto de progreso científico. A sus defenso-
res les atrae la idea de describir los cambios de punto de vista acerca del
mundo como contingentes, y basados más en la interacción social en-
tre los investigadores que en una verdadera comprensión de la natura-
leza.
Pensamos que una lectura cuidadosa de la historia demuestra que
esta actitud es incorrecta. A lo largo de la extensa historia de la cosmo-
logía, los principales pensadores han creído que su modelo era el co-
rrecto, incluso mientras dicho modelo cambiaba. El hecho es que, des-
de la aparición de la ciencia moderna durante el Renacimiento, solían
tener razón; pero sus visiones eran incompletas. Sus observaciones y
teorías se basaban en el mundo «local» del que disponían, y solo una
ampliación de los horizontes permitía alcanzar una visión más global.
El viaje que vamos a emprender es una jornada de crecimiento conti-
nuo de nuestros horizontes, tanto mental como observacional, partien-

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do de nuestro planeta, siguiendo por el sistema solar y la galaxia, hasta


el universo en expansión. Y nuestro horizonte temporal ha crecido al
ritmo correspondiente, desde el tiempo de la historia humana, unos
miles de años, a la historia de la Tierra, varios miles de millones de
años, hasta las escalas temporales cósmicas, quizá ilimitadas. Lo que
hemos descubierto una y otra vez es que nuestra imagen del universo
local, aunque esencialmente correcta, estaba incluida en un cosmos
mucho mayor, y que, en este nuevo mundo que emergía, los compo-
nentes dominantes eran fuerzas nuevas y extrañas, y que los constitu-
yentes con los que estábamos familiarizados en el modelo anterior se
consideraban ahora partes locales relativamente menores.
Desde luego, no sería real exagerar esta evolución como un pro-
greso constante. En la antigüedad y en el período medieval, los que
intentaban comprender el mecanismo de los cielos recurrían con fre-
cuencia a correcciones ad hoc de sus modelos. La tendencia a encontrar
un remiendo a cualquier agujero de una teoría forma parte de noso-
tros. Incluso Einstein lo hizo al introducir una constante arbitraria en
sus ecuaciones que hiciese posible un universo estático, en armonía
con sus ideas preconcebidas. Actualmente, no obstante, el aluvión
de datos procedentes de nuestros cada vez más numerosos observato-
rios, que examinan el cosmos desde más allá de la atmósfera de la Tie-
rra, que oculta información, con un detalle cada vez mayor, en una
gama cada vez más amplia de longitudes de onda, no deja mucho lugar
a error. Los científicos de la actualidad, ayudados por los datos que
van averiguando, están bastante seguros de que han llegado a una vi-
sión consensuada verosímil del origen, la historia y el estado actual del
universo, y que el paradigma moderno, apoyado por abundantes, y
dispares, líneas de indicios, parece ser realmente sólido. Pero, por su-
puesto, aún nos esperan nuevos descubrimientos y nuevas sorpresas.

Esquema del viaje que vamos a emprender

Este libro muestra cómo ha alcanzado la humanidad el estado actual


de comprensión del universo en el que vive. Aunque ya no es intelec-
tualmente moderno ver el avance de nuestra comprensión como parte
de un progreso inevitable, generalmente no se ha demostrado que las
antiguas visiones del mundo fuesen erróneas, sino más bien, como he-

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mos señalado antes, se ha visto que eran incompletas, y se han incor-


porado en esquemas más amplios y precisos. En el prólogo resumire-
mos los conocimientos acumulados desde la antigüedad hasta el
Renacimiento y el período inicial de la ciencia cuantitativa y observa-
cional. Hace dos mil años, los griegos tenían un modelo geométrico
bastante exacto del sistema Tierra-Luna-Sol, habían descubierto la
precesión de los equinoccios y habían recopilado los primeros catálo-
gos de estrellas. La revolución copernicana, mejorada y enriquecida
por la física matemática de Johannes Kepler, por los telescopios de
Galileo y por la ley de la gravitación universal de Newton, incorporó
esa imagen en un modelo preciso del sistema solar. Durante los si-
glos xviii y xix se supo que nuestro sistema solar formaba parte de un
disco de estrellas mucho mayor, visible en el firmamento nocturno,
llamado Vía Láctea. Alrededor de esta galaxia se hallaban las enigmá-
ticas nebulosas, y se especulaba si se trataba de fenómenos gaseosos
en la parte exterior de nuestra propia galaxia o de otros universos-isla.
El capítulo 1, «El kit de herramientas de Einstein: manual de uso»,
empieza por las revoluciones de la relatividad y la mecánica cuántica
en el siglo xx, de las que son producto las leyes físicas que se utilizan
para comprender el mundo que nos rodea. En el capítulo 2, «El reino
de las nebulosas», se inicia nuestra exploración cósmica, cuando los
telescopios en los cielos oscuros del nuevo mundo se hicieron lo bas-
tante potentes para mostrar a Vesto Slipher, Edwin Hubble y otros que
las misteriosas nebulosas espirales formaban parte de un sistema de ga-
laxias en expansión, muchas de ellas similares a nuestra propia Vía
Láctea. El capítulo 3, «¡Vamos a hacer cosmología!», y su apéndice
matemático (apéndice 1), muestra cómo podemos entender algunas
ideas centrales de la cosmología, los misterios de un universo en ex-
pansión, sin necesidad de más matemáticas y física que los que se pue-
den obtener en una buena educación de nivel de secundaria. En el capí-
tulo 4, «Descubrir el big bang», ponemos este mundo en el contexto de
las ecuaciones de Einstein y exponemos a grandes rasgos la síntesis
moderna, a la que llamamos big bang, de un universo que se expande,
evoluciona y que empezó estando muy caliente. Los descubrimientos,
efectuados durante la segunda mitad del siglo xx, de que el cielo está
invadido por una radiación de fondo de microondas (ondas de radio) y
que los elementos químicos más ligeros se habían originado en un hor-
no cosmológico confirmaron esta imagen, y lo que se ha convertido en
el modelo estándar en cosmología de un big bang caliente fue aceptado

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como un hecho verificado por cualquiera que se tomase la molestia de


estudiar el asunto.
Hasta ese momento, las investigaciones teóricas se habían centra-
do en la evolución del universo en su conjunto y en la cuestión de si se
iba a expandir eternamente o si acabaría por detenerse y colapsar. Los
propios objetos componentes del universo, como las galaxias y los cú-
mulos en los que estas se disponían, se daban, en cierto modo, por des-
contados. En cosmología, los trataban como si simplemente estuviesen
«ahí», y su origen no se especificaba. Nadie preguntaba cuándo y cómo
esos elementos, los componentes básicos observables del universo, se
habían formado. Pero entonces, como mostramos en el capítulo 5, «El
origen de la estructura del universo», por fin, en el último cuarto del
siglo xx, se desarrolló la síntesis moderna del origen de la estructura
cósmica y, con ella, ideas acerca de la formación de las galaxias y de
otras estructuras cosmológicas a gran escala. Fue un proceso paralelo a
la comprensión de que existían dos componentes fundamentales adi-
cionales y bastante extraños —la materia oscura y la energía oscura—,
cuya naturaleza era desconocida pero cuya presencia era esencial para
el funcionamiento de toda la maquinaria.
Los emocionantes descubrimientos de estos dos componentes vi-
tales que se hallan en el corazón del universo, se llevaron a cabo en las
últimas décadas del siglo xx, y los tratamos en detalle en el capítulo 6,
«Materia oscura, o el invento más notable de Fritz Zwicky», y en el
capítulo 7, «Energía oscura, o la mayor metedura de pata de Einstein».
Las fuerzas gravitatorias que surgen de la materia oscura impulsan la
concentración de la materia ordinaria para formar galaxias. Sin embar-
go, los elementos químicos ordinarios que constituyen los planetas y
las estrellas, el material que emite y absorbe luz, es solo, según sabe-
mos ahora, alrededor del 4 por ciento del total; la guinda del pastel. El
pastel en sí está hecho de materia oscura, energía oscura y radiación
electromagnética. Al parecer, la energía oscura es como la levadura
que, de forma misteriosa, hincha el pastel.
Este es el itinerario del viaje cósmico hacia el que llevaremos
al lector durante los próximos capítulos. Resumimos el viaje, su con-
clusión y las cuestiones que siguen abiertas en los capítulos 8, «El pa-
radigma moderno y los límites de nuestro conocimiento», y 9, «La
frontera: grandes misterios aún no resueltos». Es emocionante, es nue-
vo y, nos atreveríamos a decir, lo más probable es que sea esencial-
mente correcto. Pero no está en absoluto completo, ya que, como se ha

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dicho, seguimos sin tener idea de qué constituye la materia oscura y la


energía oscura. Emprendemos nuestro viaje en el período de la histo-
ria occidental denominado antigüedad clásica, pero llegamos en segui-
da al Renacimiento, cuando los conocimientos de los antiguos, conser-
vados, refinados y transmitidos por sabios islámicos, empezaron a
filtrarse en una Europa occidental intelectualmente atrasada, pero en
proceso de resurgimiento. Una confianza cada vez mayor en tres as-
pectos del pensamiento racional iban a transformar, no solo la astrono-
mía, sino también la investigación de la naturaleza por parte del ser
humano. Estos tres conceptos clave eran: la aplicación de la medición
y la observación directas, la introducción de los modelos matemáticos
y la exigencia de que las hipótesis fuesen comprobables y verificables.
Así, el método científico, como lo llamamos ahora, nació durante
estos ataques renacentistas al modelo de la filosofía escolástica. Este
nuevo método científico, cuyo banco de pruebas fue el mundo astro-
nómico circundante, se convirtió en los cimientos sobre los que se iba a
basar todo el progreso tecnológico futuro, desde la electrónica a las
revoluciones en biología. Nos ha llevado a nuestra visión actual del
universo, según se detalla en los últimos capítulos, y sin duda nos lle-
vará aún más allá en el futuro.

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