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Hannah

Arendt
La trai cion
oculta
Título original: Die verborgene Tradition
Publicado en alemán, en 2000, por Jüdischer Verlag, Francfort del Main

Traducción de R.S. Carbó (“Dedicatoria a Karl Jaspers”; “Sobre el imperialismo”; “Culpa


organizada”; y “La tradición oculta) y Vicente Gómez Ibáñez,
(“Los judíos en el mundo de ayer”; “Franz Kafka”; “La Ilustración y la cuestión judia ; y El
sionismo. Una retrospectiva”).

Cubierta de Mario Eskenazi SUMARIO

844 Arendt, Hanna


CDD La tradición oculta.- I a ed. 2- reimp.- Buenos Aires :
Paidós, 2005. D edicatoria a Karl J a s p e r s ................ ....................................... 9
176 p. ; 22x16 cm.- (Paidós Básica)
Traducción de R. S. Carbó y Vicente Gómez Ibáñez
ISBN 950-12-6800-4 Sobre el im p e r ia lis m o ............................................................... 15
1. Ensayo Francés - I. Título Culpa o rg a n iz a d a ......................... 35
La trad ició n oculta ................................................................... 49
O bservación inicial ............................................................... 49
I a edición en España, 2004
I a edición en Argentina, 2004
I. H einrich Heine: Schlem ihl y el Señor del m undo de
I a reimpresión, 2004 los sueños ........................................................................ 51
2“ reimpresión, 2005 II. B ernard Lazare: el p a ria c o n s c ie n te ................ 58
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright,
III. Charlie Chaplin: el s o s p e c h o s o ................................... 61
bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o IV. F ranz Kafka: el hom bre de b u en a v o lu n ta d ........... 64
procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.
O bservación final ................................................................. 73
© Harcourt Brace New York Los judíos en el m undo de a y e r .............................................. 75
© 1976 de la presente compilación Suhrkamp Verlag, Francfort del Main
F ranz K a f k a ................................................................................. 89
© 2004 de la traducción, R.S. Carbó y Vicente Gómez Ibáñez
© 2004 de todas las ediciones en castellano La Ilustración y la cuestión ju d ía .......................................... 109
Ediciones Paidós Ibérica SA El sionism o. Una r e tr o s p e c tiv a .............................................. 129
Mariano Cubí 92, Barcelona
© 2004 de esta edición para Argentina y Uruguay
N o ta ed ito ria l 171
Editorial Paidós SAICF
Defensa 599, 1° piso, Buenos Aires
e-mail: literaria@editorialpaidos.com.ar
www.paidosargentina.com.ar

Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723


Impreso en Argentina - Printed in Argentina

Impreso en Primera Clase,


California 1231, Ciudad de Buenos Aires, en septiembre de 2005
Tirada: 1000 ejemplares

ISBN 950-12-6800-4

Edición para comercializar exclusivamente en


Argentina y Uruguay
DEDICATORIA A KARL JASPERS

Q uerido y resp etad o señor:

G racias p o r p e rm itir que le d ed icara este libro y le d ijera lo


que tengo que decir con m otivo de la a p arició n del m ism o en
Alemania.
A un ju d ío no le resu lta fácil p u b licar hoy en Alem ania, p o r
m ucho que sea u n ju d ío de h ab la alem ana. La v erdad es que,
viendo lo que ha pasado, la ten tació n de p o d er escribir o tra vez
en la lengua p ro p ia no com pensa, au n q u e éste sea el único re ­
greso del exilio que uno n u n c a consigue d e ste rra r del todo de
sus sueños. Pero nosotros, judíos, no som os —o ya no— exilia­
dos y difícilm ente tenem os derecho a tales sueños. Si bien nues­
tra expulsión se en cu ad ra y entiende en el m arco de la h isto ria
alem ana o europea, el hecho m ism o de la expulsión no hace si­
no rem itirn o s a n u estra p ro p ia historia, en la que no rep resen ­
ta u n hecho único o singular, sino algo bien conocido y re ite ­
rado.
Sin em bargo, resulta que al final esto tam bién es una ilusión,
pues los últim os años nos h a n traíd o cosas cuya repetición no
podríam os d o cu m en tar en n u estra historia. N unca antes nos
h abíam os en frentado a u n in ten to decidido de exterm inio ni,
por supuesto, contado seriam ente con u na posibilidad tal. Com­
paradas con la aniquilación de una tercera parte del pueblo ju ­
dío existente en el m u n d o y de casi tres c u a rta s p a rte s de los
judíos europeos, las catástrofes p rofetizadas p o r los sionistas
anteriores a H itler parecen to rm en tas en u n vaso de agua.
H acer que una publicación com o la de este libro se entienda
m ejor o con m ás facilidad no es conveniente en absoluto. Para
m í está claro que será difícil que la m ayoría, ta n to del pueblo
alem án com o del judío, co n sid ere o tra cosa que u n canalla o
LA TRADICIÓN OCULTA DEDICATORIA A KARL JASPERS 11
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un in se n sa to a u n ju d ío que, en A lem ania, q u ie ra h a b la r de es­ das intenciones, ni que vendría u n tiem po en el que p recisa­
ta m a n e ra a los a le m a n e s o, co m o es m i caso, a los eu ro p e o s. m ente lo que tan evidentem ente d ictab an la razó n y u n a co n si­
Lo que digo a ú n no tie n e n a d a q u e v er con la cu estió n de la cu l­ deración lúcida e ilu m in ad o ra p arecería expresión de u n o p ti­
p a o la re sp o n s a b ilid a d . H ab lo sim p le m e n te de los h e c h o s ta l m ism o tem erario y perverso. Pues de los hechos, del m undo en
com o se m e p resen tan , p o rq u e u n o n u n c a p u ed e alejarse de ellos que vivimos hoy, form a p arte esa desconfianza básica entre los
sin sa b e r qué h ace y p o r q u é lo hace. pueblos y los individuos que no h a desaparecido ni podía d esa­
N in g u n o de los a rtíc u lo s sig u ie n te s e stá escrito — e s p e ro — p arecer con la desaparición de los nazis porque puede apoyarse
sin se r c o n scie n te de los h ech o s de n u e s tro tie m p o y del d e s ti­ y escudarse en el a b ru m ad o r m aterial su m in istrad o p o r la ex­
no de los ju d ío s en n u e stro siglo, p ero en n in g u n o —creo y esp e­ periencia. Así pues, p ara nosotros, judíos, es casi im posible que
ro — m e he quedad o aquí, en n in g u n o he acep tad o que el m u n d o cuando se nos acerca u n alem án no le esperem os con esta p re ­
c re a d o p o r esto s h e c h o s fu e ra algo n e c e sa rio e in d e stru c tib le . gunta: ¿qué hiciste en esos doce años que van de 1933 a 1945?
A hora b ie n , no h u b ie ra p o d id o p e rm itirm e ju z g a r co n ta l im ­ Y detrás de esta p reg u n ta hay dos cosas: un m alestar to rtu ran te
p a rc ia lid a d ni d is ta n c ia rm e ta n c o n s c ie n te m e n te de to d o s los p o r exigir a u n ser h u m an o algo tan in h u m an o com o la ju stifi­
fa n a tis m o s —p o r te n ta d o r q u e p u d ie ra serlo y p o r e s p a n to s a cación de su existencia y la recelosa sospecha de estar frente a
q ue p u d ie ra re s u lta r la so led ad c o n sig u ien te en to d o s los s e n ti­ alguien que o bien p restab a sus servicios en u n a fábrica de la
d o s— sin su filoso fía y sin su ex isten cia , que, en los la rg o s m uerte o bien, cuando se en terab a de alguna m o n stru o sid ad
añ o s en q ue las vio len tas c irc u n sta n c ia s n o s h a n m a n te n id o to ­ del régimen, decía: no se hacen tortillas sin rom per huevos. Que,
ta lm e n te alejad o s, m e h a n re s u lta d o m u c h o m á s n ítid a s que en el p rim er caso, no hiciera falta ser ningún asesino nato y, en
an tes. el segundo, n ingún cóm plice conchabado o ni siquiera un nazi
Lo que aprendí de usted —y me ha ayudado a lo largo de los convencido es p recisam ente lo in q u ietan te y provocador que
años a orientarm e en la realidad sin entregarm e a ella com o a n ­ con tan ta facilidad induce a generalizaciones.
tes vendía uno su alm a al diablo— es que sólo im p o rta la ver­ É ste es aproxim adam ente el aspecto que tienen los hechos a
dad, y no las form as de ver el m undo; que hay que vivir y pen­ que se en fren tan am bos pueblos. P o r u n lado, la com plicidad
sar en libertad, y no en u n a «cápsula» (por bien acondicionada del con ju n to del pueblo alem án, que los nazis tra m a ro n e im ­
que esté); que la necesidad en cualquiera de sus figuras sólo es pulsaron conscientem ente; p o r el otro, el odio ciego, en g en d ra­
u n fantasm a que quiere inducirnos a rep resen tar un papel en do en las cám aras de gas, de la to talid ad del pueblo judío. Un
lugar de in te n ta r ser, de una m an era u otra, seres hum anos. ju d ío será ta n incapaz de su straerse a este odio fanático com o
Personalm ente, nu n ca he olvidado la actitu d que ad o p tab a al un alem án de re h u ir la com plicidad que le im p u siero n los n a ­
escuchar, tan difícil de describir, ni su tolerancia, c o n stan te­ zis; al m enos m ientras am bos no se decidan a alejarse de la b a ­
m ente presta a la crítica y alejada tan to del escepticism o como se que form an tales hechos.
del fanatism o (una tolerancia que no es en definitiva sino la La decisión de hacerlo co m p letam en te y no preo cu p arse de
con statación de que todos los seres hum an o s tienen u n a tazó n las leyes que quieren dictarles cóm o a c tu a r es una decisión d i­
y de que no hay ser hum ano cuya razón sea infalible). fícil, fruto de c o m p ren d er que en el pasado sucedió algo que
H u b o veces en que in te n té im ita rle in clu so en su a d e m á n al no es que fuera sim plem ente m alo o injusto o brutal, sino algo
h ab lar, p u es p a ra m í s im b o liz a b a al h o m b re de tr a to d ire c to , que no h u b iera tenido que p a sa r bajo n in g u n a circu n stan cia.
al h o m b re sin seg u n d as in ten cio n es. P o r aquel en to n ces no p o ­ La cosa fue diferente m ien tras el dom inio nazi se atuvo a c ier­
día sa b e r lo difícil que sería e n c o n tra r seres h u m a n o s sin seg u n ­ tos lím ites y se pudo adoptar, com o judío, u n com portam iento
12 LA TRADICIÓN OCULTA DEDICATORIA A KARL JASPERS 13
acorde con las reglas vigentes en unas condiciones de h o stili­ do in te n ta n d o m a n te n er sus respectivas arcas lo m ás cercanas
dad entre pueblos habitual y conocida. Entonces aún podía uno posible en tre sí.
aten erse a los hechos sin ser p o r ello inhu m an o . Un ju d ío p o ­ «Vivimos —com o usted dijo en G inebra— com o si estuviéra­
día defenderse com o ju d ío porque se le atacab a com o tal. Los m os llam an d o a p u e rta s aú n cerrad as. Q uizás h a sta hoy sólo
conceptos y las filiaciones nacionales aú n ten ían u n sentido, suceda en to tal in tim id ad algo que a ú n no fu n d a m u n d o algu­
aú n eran elem entos prim ordiales de una realidad en la que era no y sólo se da al individuo p a rtic u la r pero que quizá fu n d ará
posible moverse. En un m undo así, intacto a pesar de la h ostili­ u n m u ndo cuando deje de estar disperso.»
dad, la com unicación posible entre los pueblos y los individuos Son esta esperanza y esta voluntad las que m e parecen ju s ti­
no se in terru m p e sin m ás y no surge ese odio eterno y m udo ficar to ta lm e n te la p u b licació n en A lem ania de este libro. En
que nos posee irresistiblem ente cuando nos en fren tam o s a las cu alq u ier caso, en usted (en su existencia y en su filosofía) se
consecuencias de la realidad creada p o r los nazis. p erfila el m odelo de u n co m p o rtam ien to que p e rm ite que los
Ahora bien, la fabricación de cadáveres ya no tiene nada que seres h u m an o s hab len en tre sí au n q u e el D iluvio se ab ata so­
ver con la hostilidad y no puede com prend erse m ed ian te cate­ bre ellos.
gorías políticas. E n A uschw itz, la solidez de los hechos se ha
convertido en u n abism o que a rra stra rá a su in terio r a quienes
H annah Arendt
in ten ten p o n er el pie en él. En este pu n to la realidad de los p o ­
Nueva York, mayo de 1947
líticos realistas, p o r los que la m ayoría de los pueblos se deja
fascin ar siem pre y n atu ralm en te, es u n a m o n stru o sid ad que
sólo podría em pujarnos a seguir aniquiland o (com o se fab rica­
ban cadáveres en Auschwitz).
C uando la solidez de los hechos se ha convertido en un abis­
mo, el espacio al que uno accede al alejarse de él es, p or así de­
cir, un espacio vacío en el que no hay naciones y pueblos, sino
sólo hom bres y m ujeres aislados p ara los que no es relevante lo
que p ien sa la m ayoría de los seres h u m an o s o siq u iera la m a ­
yoría de su propia gente. Puesto que es necesario que estos in ­
dividuos —que hay hoy en todos los pueblos y naciones de la
T ierra— se en tien d an entre ellos, es im p o rtan te que a p re n d an
a no aferrarse obstin ad am en te a sus respectivos pasados n a ­
cionales (pasados que no explican absolutam ente nada, pues ni
la h isto ria alem ana ni la ju d ía explican A uschwitz); que no ol­
viden que sólo son supervivientes casuales de u n diluvio que de
u n a form a u o tra puede volver a caer sobre nosotros cualquier
día (y que p o r eso po d rían co m p ararse a Noé y su arca); que,
finalm ente, no cedan a la ten tació n de la desesperación o del
desprecio a la h u m an id ad sino que agradezcan que aú n haya
relativam ente m uchos Noé que navegan por los m ares del m u n ­
SOBRE EL IMPERIALISMO

Si se c o n tem p lan las cau sas y los m otivos in m ed iato s que a


finales del siglo p re ced en te co n d u jero n al « scram ble fo r A fri­
ca»* y con ello a la época im p erialista en que aú n vivim os, fá ­
cilm en te se llega a la co n clu sió n de que, p a ra b u rla de los
p u eb lo s y e scarn io del ser h u m an o , se p a ría n to p eras y nació
u n elefante.** E n efecto, co m p arad a con el re su lta d o final de
la d ev astació n de to d o s los países eu ro p eo s, del d e rru m b a ­
m iento de to d as las trad icio n es occidentales, de la am en azad a
existencia de to d o s los pueblos eu ro p eo s y de la d eso lació n
m o ral de u n a g ran p a rte de la h u m a n id a d o ccid en tal, la exis­
te n cia de u n a p e q u eñ a clase de c ap ita lista s cuya riq u e z a y
cap acid ad p ro d u ctiv a d in am itaro n la e stru c tu ra social y el sis­
tem a económ ico de sus respectivos p aíses y cuyos ojos b u sc a ­
ro n ávidam ente p o r todo el globo te rre stre in v ersio n es p ro v e­
chosas p a ra sus excedentes de capital, es v e rd a d era m e n te u n a
b agatela.
E sta fatal discrepancia entre causa y efecto es la base histó ri­
ca y m aterial de la ab su rd id ad in h u m an a de nu estro tiem po y
estam p a el sello del espectáculo sangriento y de la desfigura­
ción caricatu resca sobre m uchos acontecim ientos im portantes
de n u estra historia. C uanto m ás sangriento sea el final del es­
pectáculo —que em pezó en Francia con el caso Dreyfus casi co­
mo u n a com edia—, m ás hiriente será p ara la conciencia de la

* «Pelea por África.» (N . del t.)


** Arendt alude, invirtiendo su significado, al dicho alem án «parirán montañas
pero sólo nacerán ridículos ratones» (utilizado cuando las grandes palabras o fatigas
sólo obtienen resultados pobres), cita a su vez de la Ars poética de Horacio (parturient
m ontes, nascetur ridiculus m us). (N. del t.)
16 LA TRADICIÓN OCULTA SOBRE EL IMPERIALISMO 17

dignidad del ser hum ano. Es u n a vergüenza que hiciera falta En los añ o s seten ta y o ch en ta, cuando se d e sc u b rie ro n los
u n a guerra m undial p ara acab ar con Hitler, sobre todo porque filones de d iam an tes y oro en Sudáfrica, esta nueva v o lu n tad
tam bién es cóm ico. Los historiadores de nuestro tiem po siem ­ de beneficio a cu alq u ier p recio y aquel viejo ir a la caza de la
pre han intentado esconder, b o rra r este elem ento de insensatez felicidad se u n iero n p o r p rim era vez. Codo con codo con el c a ­
sangrienta (cosa bastante com prensible) y d ar a los sucesos una pital, los buscadores de oro, los aventureros y la chusm a salieron
cierta grandeza o dignidad que no tenían, pero que los hacía h u ­ de las grandes ciudades de los países in d u stria lm e n te d e sa rro ­
m anam ente m ás llevaderos. No hay duda de que es u n a gran llados p a ra ir al co n tin en te negro. A p a rtir de ese m om ento, la
ten tación no hab lar de la fase actual del im perialism o y el deli­ chusm a, en g en d rad a p o r la in m en sa acu m u lació n de cap ital
rio racial y sí, en cam bio, hacerlo de im perios en general, de Ale­ que se p ro d u jo d u ra n te el siglo xix, aco m p añ ó a aquellos que
ja n d ro M agno, del Im perio R om ano o de lo favorable que ha la h a b ían cread o a av en tu rero s viajes de d e sc u b rim ien to (en
sido el im perialism o británico p a ra m uchos países de la Tierra los que lo único que se d escu b ría era la p o sib ilid ad de in v er­
(precisam ente po r no poder adm inistrarlos de m anera exclusi­ siones rentables). E n algunos países, sobre todo en In g laterra,
vam ente im perialista y tener que co m p artir su control con el esta alianza inédita entre los m uy ricos y los m uy pobres se c ir­
Parlam ento y la opinión pública de Inglaterra). Más difícil es en­ cunscribió a las posesiones u ltram arin as. E n otros, sobre todo
ten d er a aquellos que siguen creyendo en el «factor económico» en aquellos que h a b ían hecho p eo r negocio en el re p a rto del
y en su necesaria «progresividad», conceptos a los que se rem i­ p lan eta (com o A lem ania y F ran cia) o en aquellos a los que no
tían los im perialistas cada vez que se veían obligados a suprim ir les h ab ía tocado n ad a de n a d a (com o A ustria), la alianza se es­
uno de los diez m andam ientos. Algunas veces se consolaban con tableció enseguida den tro del m ism o territo rio nacional, con el
Marx, quien a su vez se había consolado con Goethe: fin de in ic ia r así lo que se den o m in ó u n a p o lítica colonial. El
París de los an tid rey fu sian o s, el B erlín del m ovim iento de
¿Por qué lam entar este desmán S tócker y A hlw ardt, la Viena de S ch ó n erer y Lueger, los pana-
si aum enta nuestros placeres? lem anes en Prusia, los p an g erm an istas en A ustria, los p a n esla ­
¿No aplastó miles de seres vistas en R usia, todos tra sla d a ro n d irectam en te las nuevas p o ­
en su reinado Tamerlán?* sibilidades políticas g en erad as p o r esta alian za a la p o lítica
in te rio r de sus respectivos países. Lo que entre los p a rtid a rio s
Sólo que podría excusarse a M arx diciendo que él solam ente de los «pan»-m ovim ientos se consideraba p rim acía de la p o líti­
conocía im perios, pueblos conquistadores y pueblos conquista­ ca ex terio r era en re a lid ad el p rim er in ten to (au n q u e tím id o )
dos, pero no el im perialism o, es decir, razas superiores y razas de im p erializar la nación, de reo rg an izarla y convertirla en u n
inferiores. Desde Cartago, la h um anidad occidental sólo ha co­ in stru m e n to p a ra la c o n q u ista a rra sa d o ra de te rrito rio s ex­
nocido una doctrina que exija y practique sacrificios de sangre tran jero s y el exterm inio represivo de otros pueblos.
y sacrificio, intellectus hum illantes: el im perialism o, cosa difícil Toda política im p erialista consecuente se basa en la alian za
d r im aginar cuando éste —todavía con piel de cordero— predi- entre capital y chusm a. Las dos grandes fuerzas que al co m ien ­
( .i Im rl nuevo ídolo de los muy ricos —el beneficio— o apelaba zo p arecían o b stacu lizarla —la trad ició n del E stado nacional y
mu 1 1 vi ej o í do l o de los dem asiado pobres —la felicidad. el m ovim iento o b rero — al final se revelaron to talm en te in o ­
fensivas. Es verdad que h u b o E stados nacionales cuyos e sta ­
|i> I i» i........I. ...... lio •Aii Sulcik.i que forma parte del libro West-óstlicher Di- distas m an tu v iero n d u ra n te m u cho tiem po u n a d esconfianza
i iin I N i lt>l t | instintiva hacia la política colonial, desconfianza a la que sólo
18 LA TRADICIÓN OCULTA SOBRE EL IMPERIALISMO 19

R obespierre dio expresión política consciente con su «Péris- dolas al m ism o tiem po de la su p erio rid a d técn ica de pueblos
sen t les colonies: elles nous en co ü ten t l'honneur, la liberté».* a ltam en te civilizados), m ás que explicarla, las ag u d as investi­
B ism arck rechazó la oferta francesa de acep tar com o in d em n i­ gaciones de sus causas económ icas la ocultaron.
zación p o r A lsacia-Lorena las posesiones de F rancia en África Sin em bargo, de lo que se tra ta aú n hoy es de la e stru c tu ra
y, veinte años m ás tard e, cam bió H elgoland p o r U ganda, Z an­ política de los im perialism os, así com o de d e stru ir las d o c tri­
zíb ar y W itu («Una b a ñ e ra p o r dos reinos», com o d ijeron des­ nas im p erialistas capaces de m o v ilizar a la gente p a ra defen­
pectivam ente los im perialistas alem anes); en Francia, Clemen- derlos o co n stru irlo s. H ace m u ch o que la p o lítica im p erialista
ceau se quejó en los años och en ta del dom inio del «partido de h a a b an d o n ad o las vías de la legalidad económ ica. H ace m u ­
los pudientes», que sólo pensaban en la seguridad de su capital cho que el facto r económ ico se h a sacrificado al im perial. Sólo
y exigían u n a expedición m ilitar c o n tra In g laterra en E gipto e algunos viejos señores de los altos círculos financieros de todo
in v o lucrar a la R epública en av en tu ras u ltram a rin a s (m ás de el m undo creen todavía en los derechos inalienables de las cuo­
tre in ta años después cedió sin el m en o r p esar los yacim ientos tas de beneficios, y si la ch u sm a —que sólo cree en la ra z a —
petrolíferos de M osul a Inglaterra). Pero esta sabia lim itació n a ú n los tolera es porque ha visto que en caso de necesidad p u e ­
de la política n acional parece a n tic u ad a an te los nuevos p ro ­ de c o n ta r con la ayuda m aterial y fin an ciera de estos creyentes
blem as de alcance m un d ial que el im perialism o puede —o al del beneficio, incluso en el caso de que sea evidente que ya no
m enos eso p retende— solucionar. queda n ad a de lo que beneficiarse exceptuando, quizá, salvar los
La lucha de los m ovim ientos obreros europeos, por su parte, restos de antiguas fortunas. E stá claro, pues, que en la alianza
interesados exclusivam ente en la política interior, tam bién que­ en tre ch u sm a y capital la iniciativa h a p asad o a la chusm a: su
dó a tra p ad a en la nación, a p esar de todas las « In tern acio n a­ creencia en la raza h a vencido a la te m e raria esperanza de b e ­
les». P adecían de desprecio crónico p o r los p artid o s im p e ria ­ neficios u ltraterren ales, su cínica resisten cia a cu alq u ier valor
listas. Algunos avisos ocasionales sobre el lumpenproletariat y racio n al y m oral h a sacudido, y en p arte ha destruido, la h ip o ­
la posibilidad de que se sobornase a sectores del p ro letariad o cresía, el fundam ento del sistem a capitalista.
p ro m etiéndoles p a rtic ip a r de los beneficios del im perialism o, A hora bien, com o la h ip o cresía aú n hace agasajo de la v ir­
no consiguieron h acer ver que esta alianza —a n tin a tu ra l en el tu d , es en el m om ento en que no fu n cio n a cu an d o aparece el
sentido del m arxism o y el dogm a de la luch a de clases— entre peligro real. En el lenguaje de la política esto significa que será
ch u sm a y capital co n stitu ía u n a nueva fuerza política. Sin d u ­ difícil m a n te n er el acred itad o sistem a inglés, que separa ab so ­
da hay que agradecer que teóricos socialistas com o H obson en lu ta y rad icalm en te la p o lítica colonial de la p olítica exterior e
In g laterra, H ilferding en A lem ania y Lenin en R usia nos des­ in te rio r norm al; que el ú n ico sistem a que h ab ía aten u ad o el
cu b rieran y explicaran pronto que las fuerzas m otrices del im ­ efecto b u m erán del im perialism o sobre la n ación y, p o r lo ta n ­
perialism o eran puram ente económ icas, pero la estru ctu ra polí­ to, m antenido sana la esencia del pueblo y en cierta m anera in ­
tica del m ism o, el intento de dividir a la hu m an id ad en señores tacto s los cim ientos del E stad o nacional está an ticu ad o . En
y esclavos, in higher and lower breeds,** en negros y blancos, en efecto, m uy p ro n to será evidente que la org an izació n racial,
citoyens y u n a forcé noire que los p ro teja, y de o rg a n iz ar las verd ad ero núcleo del fascism o, es la consecuencia ineluctable
naciones según el m odelo de las trib u s salvajes (aunque d o tá n ­ de la p o lítica im p erialista. La chusm a, reacia a som eterse a
n in g u n a organización p ro p ia del E stado nacional, se organiza
* «Mueran las colonias: nos cuestan el honor, la libertad.» (N . del t.) de hecho y se pone en m ovim iento de u n a fo rm a nueva: com o
** «Casias superiores e inferiores.» (N . del t.) raza, com o hom bre blanco (o negro o am arillo o de tez o scu ­
LA TRADICIÓN OCULTA SOBRE EL IMPERIALISMO 21
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ra). Después de que tantos alem anes se trasform aran en «arios», píos que les servía la h isto ria, la p o sib ilid ad de que la dem o ­
lo que antes era u n inglés puede a ca b a r siendo definitivam ente cracia se co n v irtiera re p e n tin am en te en u n d esp o tism o cuyos
u n «hom bre blanco». Que el in ten to alem án saliera m al no sig­ m a n d atario s p ro ced erían de la ch u sm a y se ap o y arían en ella.
nifica de n ingún m odo que estem os seguros de que no h ab rá Pero no com prendieron que la chusm a no sólo era las sobras, si­
o tro s pueblos y naciones que se conviertan en razas o su cu m ­ no ta m b ién pro d u cto de la sociedad, que fue ésta quien la creó
b an a ellas. Inglaterra conoce perfectam ente el peligro con que d irectam en te y p o r eso n u n ca po d ría desh acerse to talm en te de
los «hom bres blancos» que regresan de servir al im perio am e­ ella. O m itieron to m a r n o ta de la crecien te a d m ira ció n de la
n azan su condición fu n d am en talm en te d em o crática, y h a sta b u en a sociedad p o r el su b m u n d o (v erd ad ero hilo c o n d u cto r
sus teóricos e historiadores im perialistas h an lanzado n u m e ro ­ que reco rre todo el siglo xix), de su p a u latin a dejadez en todas
sas advertencias al respecto. El hecho de que hoy se sacu d an las cuestiones m orales, de su creciente predilección p o r el a n á r­
los pilares de los im perios m ás antiguos, de que las d o ctrin as quico cinism o de su cria tu ra (hasta que en la F rancia de finales
racistas tam bién em piecen a envenenar a los pueblos de color, del siglo xix, con el caso Dreyfus, el su b m u n d o y la b u en a so­
indignados con el «hom bre blanco», in sin ú a form as de d o m i­ ciedad se u n ie ro n p o r u n m om en to ta n estrech am en te que fue
nio que, al igualar resu eltam en te la política in te rio r y la exte­ difícil definir con precisión a los «héroes» del caso: eran buena
rior, co n tro la rá n toda oposición y serán capaces de alcan zar sociedad y su b m u n d o a la vez).
sin co n tratiem p o s unos niveles de produ ctiv id ad a d m in istra ­ E ste sentim iento de pertenencia que u n e al cread o r con su
d o ra desconocidos h a sta la fecha. c ria tu ra —sentim iento que ya había en co n trad o u n a expresión
clásica en las novelas de Balzac— es a n terio r a todas las consi­
deraciones de conveniencia económ ica, p olítica y social que al
II final han m ovido a la bu en a sociedad alem an a de n uestro tiem ­
po a q u ita rse la m áscara de la h ip o cresía, a reco n o cer clara ­
Que el sistem a social y p ro ductivo del cap italism o g e n era ­ m ente la existencia de la ch u sm a y a d eclararla explícitam ente
b a ch u sm a es un fenóm eno que ya se observó te m p ra n a m e n ­ adalid de sus intereses económ icos. No es desde luego ninguna
te y to d o s los h isto ria d o re s serios del siglo xix to m a ro n c u i­ casu alid ad que esto su ced iera p recisam en te en Alem ania.
d adosa y p reocu pada n ota de él. El pesim ism o histórico desde M ientras en In g laterra y H o lan d a el d esarro llo de la sociedad
B u rc k h ard t h a sta Spengler se b asa esencialm en te en tales o b ­ b u rg u esa tra n sc u rrió con relativa tra n q u ilid a d y la b u rg u esía
servaciones. Pero lo que los h isto riad o res, en tristecid o s y a b ­ de estos países vivió segura y sin te m o r d u ra n te siglos, la h is ­
sorbidos por el puro fenómeno, no vieron fue esto: que la chusm a to ria de su n acim ien to en F ran cia fue a co m p a ñ a d a de u n a
no podía identificarse con el creciente p ro letariad o in d u strial gran revolución p o p u lar que n u n ca la h a dejado d isfru ta r tra n ­
ni, de ningún m odo, con el pueblo, pues la fo rm ab an sobras de q u ilam en te de su su p rem acía. En A lem ania, donde la b u rg u e ­
todas las clases sociales. De ahí p recisam en te que p u d ie ra p a ­ sía no se d esarrolló p len am en te h a sta m ediados y finales del
recer que en ella se habían suprim ido las diferencias de clase y siglo xix, su dom inio fue aco m p añ ad o desde el com ienzo p o r
que —m ás allá de la nación, dividida en clases era el pueblo el crecim iento de u n m ovim iento o b rero revolucionario de tr a ­
(la «com unidad del pueblo» en el lenguaje de los nazis), c u an ­ dició n ta n larg a com o la m ism a burguesía. La sim p atía de la
do en verdad era su negativo y su caricatura. Los pesim istas h is­ b u e n a sociedad p o r la ch u sm a se m anifestó an tes en F rancia
tóricos com prendieron la irresponsabilid ad de esta nueva capa que en A lem ania, pero al final fue igualm ente fuerte en am bos
s o c i a l y previeron acertad am en te, aleccionados p o r los ejem- países, sólo que Francia, debido a la trad ició n de la Revolución
22 LA TRADICIÓN OCULTA SOBRE EL IMPERIALISMO 23

francesa y a la deficiente industrialización del país, generó m uy 2. El p o d e r es el d o m in io acu m u lad o so b re la o p in ió n p ú ­


poca chusm a. C uanto m ás insegura se siente una sociedad m e­ blica, que p erm ite que los precios se fijen y la oferta y la
nos puede resistirse a la tentación de desem barazarse del pesa­ d em an d a se regulen de tal m an era que re d u n d e n en b e ­
do fardo de la hipocresía. neficio del individuo que detenta el poder. La relación e n ­
Sea cual sea la explicación que se dé a cada u no de estos tre individuo y sociedad se entiende de m odo que el in d i­
procesos p u ra m e n te condicionados p o r la h isto ria (y que son viduo, en la m in o ría absoluta de su aislam iento, puede
en el fondo m ucho m ás evidentes de lo que parece hoy, cuando darse cu en ta de qtié le conviene pero sólo puede p erse­
los h istoriadores se h an convertido, en pleno frag o r bélico, en guirlo y hacerlo realidad con la ayuda de la m ayoría. Por
acu sadores o defensores de las naciones), p o líticam en te h a ­ eso la voluntad de p o d er es la pasión fundam ental del ser
b lando la visión del m undo que tiene la chusm a, tal com o se hum ano. Es ella la que regula la relación entre individuo
refleja en ta n ta s ideologías im perialistas co n tem p o rán eas, es y sociedad, es a ella a la que se reducen las dem ás a m b i­
asom brosam ente afín a la visión del m undo que tiene la sociedad ciones (de riqueza, saber, honor).
burguesa. D epurada de toda hipocresía, libre aún de la obliga­ 3. Todos los seres h u m an o s son iguales en su aspiración y
ción de h acer concesiones tem porales a la trad ició n cristian a en su capacidad inicial de poder, pues su igualdad se b a ­
(algo que te n d rá que hacer po sterio rm en te), dicha visión ya sa en que cada uno de ellos tiene p or n atu raleza suficien­
fue esbozada y form ulada hace casi trescien to s años p or Hob- te p o d er com o p a ra m a ta r al otro. La debilidad puede
bes, el re p re se n ta n te m ás grande que haya tenido n u n ca la com pensarse con la astucia. La igualdad de los asesinos
burguesía. La filosofía hobbesiana desarrolla con u n a fran q u e­ potenciales los sitúa a todos en la m ism a inseguridad. De
za sin par, con u n a consecuencia a b so lu tam en te ap ab u llan te, ahí surge la necesidad de fu ndar Estados. La base del Es­
los principios que d u ra n te m ucho tiem po la nueva clase no tu ­ tado es la necesidad de seguridad del ser hum ano, que se
vo la valentía de h a ce r valer cuando se veía obligada de form a siente am enazado principalm ente p o r su igual.
suficientem ente explícita a las acciones co rresp o n d ien tes. Lo 4. El E stado surge de la delegación de p o d er (¡no de d ere­
que en épocas m ás recientes ha hecho tan sugestiva —tam b ién chos!). D etenta el m onopolio de la capacidad de m a ta r y
en el plano intelectual— a esta nueva clase la visión del m undo com o com pensación ofrece u n a g a ran tía co n d icio n ad a
de la chusm a es u n a afinidad básica con ésta m ucho m ás a n ti­ co n tra el riesgo de ser víctim a m ortal. La seguridad es
gua incluso que el nacim iento de la m ism a. producto de la ley, que em ana directam ente del m onopo­
Si consideram os la visión del m undo de la chusm a (o sea, la lio de p o d e r del E sta d o (y no de seres h u m a n o s g u ia ­
de la burguesía d ep u rad a de hipocresías) en los únicos concep­ dos p o r los criterios hum an o s de lo ju sto y lo injusto). Y
tos p u ram en te filosóficos que ha e n co n trad o h a sta ahora, sus p uesto que la ley es em anación del p o d er absoluto, re ­
axiom as esenciales son los siguientes: presenta, p ara quien vive bajo ella, u n a necesidad abso­
luta. F rente a la ley del E stado, esto es, frente al p o d er
1. El valor del ser hu m an o es su precio, d eterm in ad o p o r de la sociedad acu m u lad o y m onopolizado p o r el E sta ­
el com prador, no por el vendedor. El valor es lo que a n ­ do, la cuestión de lo ju sto e injusto no existe; sólo queda
teriorm ente se h ab ía llam ado virtud; lo fija la «aprecia­ la obediencia, el ciego conform ism o del m undo burgués.
ción de los otros», esto es, la m ayoría de los que, consti- 5. El individuo d esprovisto de derechos políticos, an te el
Iu¡dos com o sociedad, deciden los precios en la opinión que la vida estatal-p ú b lica adopta el aspecto de la nece­
publica según la ley de la oferta y la dem anda. sidad, cobra u n interés nuevo y m ás intenso p o r su vida
24 LA TRADICIÓN OCULTA SOBRE EL IMPERIALISMO 25

y su destin o privados. Con la p érd id a de su fu n ció n en y crim in ales se b o rra: am bos están al m a rg e n de la so­
la ad m in istració n de los asuntos públicos com unes a to ­ ciedad. El fracasad o es despojado de la v irtu d de los a n ­
dos los ciudadanos, el individuo pierde el p u esto que le tiguos y el desgraciado ya no puede a p e la r a la co n cien ­
correspondía en la sociedad y el fundam ento objetivo de cia de los cristianos.
su relació n con sus congéneres. P ara ju z g a r su ex isten ­ 7. Los individuos segregados de la so cied ad —fracasados,
cia individual privada le queda co m p arar su destino con infelices, can allas— q u ed an asim ism o lib res de todos
el de otros individuos, y el referente de relació n con el sus deberes p a ra con ella y con el E stad o , pues el E sta ­
pró jim o d e n tro de la sociedad es la co m p eten cia. Una do ya no se ocupa de ellos. Se ven arro jad o s de nuevo al
vez que el E stado ad o p ta el aspecto de la n ecesid ad p a ­ estad o de n a tu ra le z a y n a d a les im pide o b ed ecer el im ­
ra reg u lar el curso de los asuntos públicos, la vida social pulso básico de poder, ap ro v ech arse de su cap acid ad
de los que com piten —cuya vida privada depende en gran fu n d am en tal de m atar, y de esta m an era, d esp reo cu p án ­
m edida de esos poderes extrahum anos llam ados suerte y dose de los m an d am ien to s m orales, re stab le c er aquella
desgracia— adopta el aspecto de la casualidad. E n una ig u ald ad p rim o rd ial de los seres h u m a n o s que la socie­
sociedad de individuos donde todos están dotados por dad h a ocu ltad o sólo p o r conveniencia. Y pu esto que el
n a tu ra lez a de la m ism a capacidad de p o d er y donde el estad o de n a tu ra lez a del ser h u m an o se h a definido co­
E stado asegura a todos la m ism a seguridad frente a to ­ m o g u erra de todos c o n tra todos, se in sin ú a —p o r así
dos, sólo la casualidad puede escoger a los triu n fad o res d ecir a priori — la posible so cialización de los desclasa-
y e n cu m b rar a los a fo rtu n a d o s/ dos en u n a b an d a de asesinos.
6. De la co m p eten cia (que es en lo que consiste la vida de 8. La lib ertad , el d erecho, el sum m um bonum , que se h a ­
la sociedad) quedan segregados de fo rm a au to m á tica b ían revelado fu n d am en tales en las diversas etap as de
los to talm ente desgraciados y los to talm en te fracasados. form ación del E stado occidental —la polis griega, la re ­
S u erte y honor, p o r un lado, y desg racia y vergüenza, pú blica ro m an a, la m o n arq u ía c ristia n a —, se tildan ex­
p o r otro, devienen idénticos. Al ceder sus derechos polí­ p lícitam en te de a b su rd o s y se desd eñ an . Los teóricos
ticos el individuo tam bién delega al E stad o sus deberes m ás im p o rtan tes de la nueva sociedad p ro p o n en de fo r­
sociales, le exige que lo libre de la p reo cu p ació n p o r los m a explícita que ésta ro m p a con la trad ició n occidental.
pobres exactam ente en el m ism o sentido que exige que El nuevo E stado debe d escan sar sim plem ente sobre los
lo p ro te ja de los crim inales. La d iferen cia en tre pobres cim ientos del p o d er acu m u lad o de to d o s los súbditos,
que, ab so lu tam en te im p o ten tes y relativ am en te segu­
1. Con la elevación de la casualidad a criterio máximo del sentido o sinsentido de ros, se doblegan an te el m onopolio de p o d er del E stado.
la propia vida, surge el concepto burgués de destino, que adquiere pleno desarrollo en 9. D ado que el p o d er es en esencia sólo u n m edio y no u n
el siglo xix. A él se debe el surgim iento de un nuevo género, la novela (apta para ex­
presar la diversidad de destinos), y la decadencia del drama (que ya no tiene nada que fin, la q u ietu d de la estab ilid ad no pu ed e sino provocar
contar en un mundo sin acción donde sólo actúan los que están som etidos a la necesi­ la d esin teg ració n de to d a co m u n id ad b a sa d a en el p o ­
dad o los que se benefician de la casualidad). La novela, en cambio, en la que hasta las
m ismas pasiones (exentas de virtud y de vicio) se presentan desde Balzac com o un des­
der. Es p recisam en te la seguridad p o r com pleto o rd en a­
lino venido del exterior, podía transmitir ese amor sentim ental por el propio destino da lo que delata que está co n stru id a sobre la arena. Si el
que, sobre todo desde Nietzsche, ha desempeñado un papel tan importante en la inte­ E stado quiere m a n te n er su poder, tiene que p u g n ar p o r
lectualidad y que era un intento de escapar a la inhum anidad del veredicto de la ea-
'.n.ilutad para recuperar la capacidad de sufrimiento y comprensión del ser humano (el ad q u irir m ás poder, pues sólo aum entándolo, acu m u lán ­
i nal, va que no podía ser otra cosa, debía al menos ser una víctima consciente). dolo, puede m a n te n erse estable. Un edificio titu b e a n te
26 LA TRADICIÓN OCULTA SOBRE EL IMPERIALISMO 27

siem pre tiene necesidad de recibir apoyos del exterior, a E sta p ro g resió n ab su rd a, in fin ita, fo rzo sam en te expansiva,
no ser que q uiera d erru m b arse de la noche a la m añ an a que la filosofía de Hobbes previo con tan fría consecuencia y que
en la nada carente de fines y de principios de la que p ro ­ carac te riz a la filosofía del siglo xix, g enera de form a e sp o n tá ­
cede. P olíticam ente, esta necesidad se refleja en la teo ­ nea la m egalom anía del ho m b re de negocios im p erialista, que
ría del estado de n atu raleza, en el que los E stados e sta­ se enfada con las estrellas porque no puede anexionárselas. Po­
ría n enfrentados en u n a g u erra de todos co n tra todos y líticam ente, la consecuencia de la a cu m u lació n n ecesaria de
el increm ento p erm an en te de poder sólo sería posible a p o d er es que «la expansión lo es todo»; eco n ó m icam en te, que
costa de otros Estados. no se puede p o n e r lím ite a la acu m u lació n p u ra de capital; so­
10. La m ism a necesidad de in estab ilid ad de to d a co m u n i­ cialm ente: la c arrera in fin ita del parvenú.
dad fundada sobre el p o d er se expresa filosóficam ente De hecho, todo el siglo xix se caracterizó p o r u n optim ism o
en el concepto de progresión infinita. De form a análoga b asad o en esta ideología del progreso infinito, optim ism o que
al p o d er que crece necesaria y perm an en tem en te, esta se m antuvo incluso en las p rim era s fases del im p erialism o y
progresión tien e que co m p o rtarse com o u n proceso en d u ró h a sta el estallido de la P rim era G u erra M undial. A hora
el que los individuos, los pueblos y en últim o térm ino la bien, p a ra n o so tro s es m ás esencial la g ran m elan co lía que se
h u m an id ad (h asta la creación del E stado m u n d ial, hoy m an ifestó de fo rm a re ite ra d a d u ra n te el siglo xix, esa tristeza
tan en boga) estén irrevocablem ente atrap ad o s, sea p a ­ que lo oscureció y a la que, desde la m uerte de Goethe, casi todos
ra su salvación o p ara su desastre. los poetas europeos dedicaron cantos verdaderam ente in m o rta­
les. Por boca de ellos, de Baudelaire, de Sw inburne, de Nietzsche
—y no p o r boca de los ideólogos entusiastas del progreso, de los
III h o m b res de negocios ávidos de expansión o de los a rrib ista s
re c alc itra n te s—, hab la el tem ple fu n d am en tal de la época, esa
De la absolutización del poder surge consecuentem ente esa d esesp eració n b ásica que vislum bró, m ucho an tes de K ipling,
acum ulación progresiva e incalculable del m ism o que c aracte­ que «el g ran juego sólo a c a b a rá cu an d o to d o s estem os m u e r­
riza la ideología del progreso del extinto siglo xix, esa ideolo­ tos». M edia g eneración an tes de K ipling, to d a u n a g eneración
gía del m ás y m ás grande, del m ás y m ás lejos, del m ás y m ás antes de las teorías de Spengler sobre el llegar y p a sa r n ecesa­
poderoso que tam bién acom paña el n acim ien to del im p erialis­ rios p o r n a tu ra le z a de las cu ltu ras, S w in b u rn e can tó la d eca­
mo. El concepto de progreso del siglo x v i i i , tal com o se conci­ dencia del género h u m an o . R efractario a las teo rías, el poeta
bió en la F rancia prerrevolucionaria, q uería c ritic a r el pasado que aboga p o r los «niños del m undo» tiene que co m p ro m eter­
p ara adueñarse del presente y p o d er d ecid ir el futuro; el p ro ­ se con el tra n sc u rso real del m ism o. Si el m u n d o se en treg a a
greso se consideraba unido a la m ayoría de edad del ser h u m a ­ la o b lig ato ried ad de sus p ro p ias leyes m ateriales, no recibe la
no. E ste concepto está relacionado con el de la progresión infi­ influencia de la fu erza legisladora del ser h u m an o y sólo resta
nita de la sociedad burguesa, ya que se confunde con él, se esa m elancolía general que desde los salm os de Salom ón cons­
disuelve en él. En efecto, si es esencial a la pro g resió n in fin ita tituye la sab id u ría de este m undo. Si el ser hu m an o acepta esta
la necesidad de progresar, lo son al concep to de progreso del m arch a forzosa com o ley su p rem a y se pone a su disposición,
siglo x v i i i la libertad y la autonom ía del ser h um ano, al que d i­ no está sino p rep aran d o la decadencia del género hum ano. Una
i lio concepto quiere lib erar de toda necesidad (aparente) p ara vez que se produzca ésta, la m arch a forzosa del m undo se con­
que se rija por leyes creadas por él m ism o. v e rtirá —sin m ás im p ed im en to s y sin que lo am enace la líber-
28 LA TRADICIÓN OCULTA SOBRE EL IMPERIALISMO 29

ta d h u m a n a — en un «eterno retorno», en la ley de u n a n a tu ra ­ sos de los positivistas, de los científicos y de los políticos co n ­
leza que el ser h u m an o no m anipulará, pero en la que tam poco tem poráneos.
e n c o n tra rá u n hogar, pues no puede vivir en la n a tu ra le z a sin Es v erd ad que la filosofía de H obbes aú n no sab ía n a d a de
tra n sfo rm a rla . La canción de la «decadencia germ ana» sólo es las doctrinas raciales m odernas, que adem ás de en tu siasm ar a la
la vulgarización del anhelo de m uerte en que caen todos aq u e­ chusm a d iseñ an form as m uy concretas de organización con las
llos que h ab ían confiado en la progresión forzosa del m undo. que la h u m an id ad p o d ría aniquilarse a sí m ism a. Sin em bargo,
El m undo que H obbes analizó anticipad am en te fue el del si­ su teo ría del E stad o no sólo a b an d o n a la p o lític a ex terio r a la
glo xix (y no el del suyo propio o el del siglo xvm). La filosofía a rb itra rie d a d y el vacío de derecho —ya que al exigir que los
de H obbes, a ctiya cru d a b ru talid ad no ha osado re c u rrir la éli­ pueblos p ersistan necesariam ente en el estado de n atu raleza de
te de la b u rg u esía h a sta nu estro tiem po, no hace sino p lasm ar la guerra de todos contra todos excluye de principio la idea de la
lo que ya se in sin u a b a claram ente desde el principio. No llegó h u m a n id a d (único p rin cip io regulativo de u n posible derech o
a ser válida p orque la p re p a rac ió n y advenim iento de la Revo­ in tern acio n al)—, sino que ofrece los m ejores fu n d am en to s te ó ­
lución fran cesa —que form uló e idealizó al ser h u m a n o com o ricos posibles a todos aquellos teorem as n a tu ra listas en los que
legislador, com o citoyen — casi h ab ía m in ad o el te rre n o a la los pueblos a p arecen com o trib u s, sep arad o s p o r n a tu ra lez a
p ro g resión «forzosa». Sólo después de las ú ltim as revoluciones los u n o s de los otros, sin que los u n a nada, ni siq u iera u n o ri­
eu ro p eas in sp ira d as p o r la francesa, después de la m asacre de gen com ún, que n a d a sab en de la so lid arid ad del género h u ­
los com m unards (1871), la burg u esía se sin tió lo b a sta n te se­ m an o y que sólo tien en en com ún ese im p u lso de au to co n ser-
g u ra com o p a ra p e n sa r en a d o p ta r las p ro p u e stas de la filoso­ vación que co m p arten con el m u ndo an im al. Si la idea de la
fía h o b b esian a y fu n d a r el E stado proyectado p o r H obbes. hum anidad, cuyo símbolo clave es el origen único del género h u ­
E n la era im perialista, la filosofía del p o d er de H obbes se m ano, ya no es válida, los pueblos —que en realid ad agradecen
convierte en la filosofía de la élite, que ya h a visto y adm itido su existencia a la cap acid ad de org an izació n p o lítica del ser
que la form a m ás radical de dom inio y posesión es la an iq u ila­ h u m an o en convivencia— se convierten en razas, en u n id ad es
ción. Este es el fundam ento vivo del nihilism o de n u estro tiem ­ n atu ral-o rg án icas (con lo que, de hecho, no se ve p o r qué no
po, en el que la su p erstició n del progreso es su stitu id a p o r la p o d ría n p ro v en ir los pu eb lo s de tez o scu ra o am arillo s o n e ­
superstición —igualm ente sim plista— de la decadencia, y los fa­ gros de u n p rim er sim io d istin to al de los blancos y e sta r todos
náticos del progreso autom ático se transform an, p o r así decir de ellos d estin ad o s p o r n a tu ra lez a a lu ch ar etern am en te en tre sí).
la no che a la m añ an a, en fanáticos de la an iq u ilació n a u to m á ­ En todo caso, no hay n ad a que im p id a al im p erialism o —que
tica. Hoy sabem os que si los m aterialistas estab an ta n alegres en su form a m ás benigna sustituye el derecho p o r la a rb itra rie ­
sólo era p o r estupidez. Que el m aterialism o científico —que dad de los b u ró cratas, el gobierno p o r la a d m in istra ció n y la
«prueba» el origen del ser hum ano de la nada, o sea, de la m a­ ley p o r el decreto— llevar sus principios en m ateria de p olítica
teria (que p a ra el esp íritu es la n a d a)— sólo pu ed e llevar al ex terio r a su m áxim a co n secu en cia y decidirse al exterm inio
nihilism o, a u n a ideología que presagia la an iq u ilació n del ser sistem ático de pueblos enteros, a « ad m in istrar el asesin ato en
h u m an o , es algo que h u b ie ra tenido que sab e r cu alq u iera que m asa» de los m ism os.
se h u b ie ra atenido a la filosofía europea (que desde los griegos
id en tificab a el origen con la esencia), algo que h u b ie ra tenido
que p re sen tir cu alq u iera que h u b ie ra leído a te n ta m e n te a los
p o d a s de la época, en vez de ocuparse de los ab u rrid o s d iscu r­
30 LA TRADICIÓN OCULTA SOBRE EL IMPERIALISMO 31

IV que su c ria tu ra , la chusm a, puso fin. A esta h ip o cresía, a esta


b en éfica falta de co n secu en cia —así com o a la fo rtaleza de la
Los nuevos tiem pos nos h an enseñado a co n tar con tres va­ tra d ic ió n o ccid en tal, que se im puso con la R evolución fran c e ­
ried ades de nihilistas: prim ero, los que creen, científicam ente sa d u ra n te u n siglo entero—, hay que agradecerle que los aco n ­
o no, en la nada. É stos son locos inofensivos, pues no saben de tecim ien to s no sig u ieran el cu rso de que hoy som os testigos
qué hablan. E n tre ellos se e n cu e n tra n la m ayoría de n u estro s h a sta tre s siglos después de las in tu icio n es fu n d a m e n tales de
eruditos, que son los m ás inofensivos de todos p o rq u e ni si­ H obbes so b re la e stru c tu ra fu n d am en tal del en to n ces nuevo
q u iera saben que creen en la nada. A continuación están los o rd en social.
que dicen haber experim entado la n ad a alguna vez. Éstos ta m ­ La d isp arid ad de cau sa y efecto que distingue el n acim ien to
bién son inofensivos, pero no están locos, ya que al m enos saben del im p erialism o no es, pues, n in g u n a casu alid ad . Su m otivo
de qué hablan. Poetas y charlatanes de la sociedad burguesa (ra­ fue el cap ital excedente nacido de la oversaving* que n ecesita­
ram ente algún filósofo), nadie les tom a en serio, ni siquiera ba a la c h u sm a p a ra invertirse con seg u rid ad y re n ta b ilid a d y
cuando hablan de u n a m anera ta n franca y unívoca com o Law- que puso en m ovim iento u n a p alan ca que, co b ijad a y d isim u ­
rence de A rabia (hasta hoy el m ás grande de todos ellos). Des­ lada p o r las m ejores tradiciones, siem pre h a sido in herente a la
pués, viene la tercera variedad: la gente que se h a p ro p u esto e stru c tu ra fu n d a m e n tal de la sociedad b u rg u esa. La p o lítica
p ro d u c ir la nada. No hay duda de que éstos, al igual que los del poder, d e p u ra d a de todos los prin cip io s, sólo p o d ía im p o ­
creyentes de la nada, tam b ién están locos —pues nadie puede nerse, ad em ás, si c o n tab a con u n a m asa de gente caren te de
p ro d u c ir la n ad a—, pero se e n cu e n tra n m uy lejos de ser in o ­ principios y cuyo núm ero hu b iera crecido tan to que reb asara la
fensivos. En su esfuerzo vano p o r p ro d u c ir la nada, m ás bien actividad y cap acid ad asistencial del E stado. Que esta chusm a
a cu m u lan aniquilación sobre aniquilación . Lo h acen jaleados no haya p odido ser o rg an izad a h asta a h o ra sino p o r políticos
p o r los gritos adm irativos y el aplauso de colegas m enos d o ta ­ im p e ria lista s y que hay a sen tid o e n tu siasm o sólo p o r d o c tri­
dos o m enos escrupulosos que ya ven hechos realidad sus sue­ nas raciales suscita la fatal im presión de que el im perialism o
ños secretos o sus experiencias m ás privadas. puede so lu cio n ar los graves problem as de política interior, so­
La aniquilación es, pues, la form a m ás rad ical tanto del do­ ciales y económ icos de n uestro tiem po.
m inio com o de la posesión, cosa que, después de H obbes, n in ­ E n la alian za entre ch u sm a y capital, cu an to m ás recaía la
gún a d o ra d o r del p o d er que fu n d a ra filosóficam ente la ig u al­ iniciativa en la chusm a, m ás cristalizaba la ideología im p eria­
dad de los seres h um anos en la cap acid ad de m a ta r h a osado lista en to rn o al antisem itism o. Cierto que la cu estió n ju d ía ya
volver a expresar con la m ism a a p ab u llan te despreocupación. h a b ía te n id o alg u n a im p o rta n c ia en la evolución de los p u e ­
Un sistem a social basado fund am en talm en te en la posesión no blos com o E stados nacionales, pero para la gran política seguía
po d ía evolucionar sino hacia la an iq u ilació n final de to d a p o ­ siendo de u n interés absolutam ente secundario. La chusm a, ex­
sesión; pues sólo tengo definitivam ente, y poseo realm ente p a ­ cluida p o r definición tan to del sistem a de clases sociales de la
ra siem pre, lo que aniquilo. Y sólo lo que poseo de esta m anera sociedad com o de la constitución nacional de los Estados, cen­
an iq uiladora puedo en realidad d o m in ar definitivam ente. Para tró desde u n principio su atención llena de odio sobre aquellos
su fo rtu n a y la de todos nosotros, la burguesía no reconoció es­ que estab an tam bién fuera de la sociedad y sólo de m anera m uy
te últim o secreto del poder ni lo asum ió realm ente, al m enos tal incom pleta dentro del E stado nacional: los judíos.
com o lo presentó H obbes. Éste es el sentid o de su hipocresía,
esa hipocresía tan extraordinariam ente racional y benéfica a la * «Ahorros sobrantes.» (N. del t.)
32 LA TRADICIÓN OCULTA SOBRE EL IMPERIALISMO 33

La ch u sm a m irab a con envidia a los judíos, los veía com o ligro. No sólo p o rq u e la in estab ilid ad de esta fig u ra fu n d ad a
com petidores m ás afo rtu n ad o s y exitosos. Con u n a consecuen­ ú n ic am en te en el p o d e r se h a evidenciado con m u c h a m ás r a ­
cia d o c trin a ria sin par, ind iferen tes a la cu estió n de si los ju ­ pidez de lo que n ad ie h u b ie ra podido prever, sino sobre todo
díos eran lo bastan te im p o rtan tes com o p a ra h acer de ellos el porqtie ta m b ié n se h a co n statad o que no es posible tra n sfo r­
centro de u n a ideología política, los líderes de la chusm a descu­ m a r a to d o s los pueblos en chusm a. P ara ello sería necesario
b riero n m uy pro n to que se tra ta b a de un grupo de gente que, a que el im p erialism o , cuyo núcleo es la d o c trin a racial y el p ro ­
pesar de haberse integrado aparen tem en te en el E stado n acio ­ ceso de ex p an sió n in fin ita, calara en los p u eb lo s en la m ism a
nal, se o rganizaba en realidad in tern acio n alm en te y se m a n te ­ m ed id a y los m o vilizara en el m ism o grado, com o a n tañ o el
nía u n id a sobre todo p o r lazos de sangre, com o era obvio. De p a trio tism o y, m ás tarde, la form a p ervertida del m ism o: el n a ­
ah í que esa falsedad ch ap u cera, los «Protocolos de los sabios cionalism o. De m om ento esto sólo le ha sucedido a u n a peque­
de Sión» (que e n se ñ a ría a a ca b a r con organism os estatales y ñ a ra m a de u n pueblo europeo, los afrikaner, que, llevados p or
sistem as sociales), tuviera m ás influencia en la táctica política u n d estin o n efasto a vivir en m edio de trib u s african as, tien en
del fascism o que todos los predicadores del p o d er e incluso las especialm ente a m ano la salida de evadirse de todas las dificul­
ideologías raciales claram ente im perialistas. tades con u n a org an izació n racial blanca. A parte de este caso,
El balu arte hasta ah o ra m ás fuerte co n tra el dom inio ilim i­ se c o n sta ta en to d as p artes que los im p erialism o s, los ya exis­
tad o de la sociedad burguesa, co n tra la to m a del p o d er p o r tentes y los que están gestándose, son construcciones artificiales
p arte de la chusm a y la intro d u cció n de la política im p erialista y vacías, caren tes del m o to r in te rio r que tan to tiem po h a m an ­
en la e stru c tu ra de los E stados occidentales ha sido el E stado ten id o vivo al E stad o nacional: la m ovilización del pueblo. El
nacional. Su soberanía, que antaño debía expresar la soberanía E stado nacional, sin em bargo, ya no puede re stau rarse , al m e­
del pueblo m ism o, está hoy am en azad a desde todos los flan ­ nos en E u ro p a, ni el p a trio tism o en su an tig u a fo rm a volver a
cos. A la hostilidad genuina que la ch u sm a siente c o n tra él se ser el co razó n de u n a organización política. De m odo que se ha
une la desconfianza no m enos genuina que in sp ira en el p u e ­ cread o u n vacío que no puede elim inarse ni colm arse con la
blo m ism o, que ya no siente que el E stado le represen te ni ase­ m era v icto ria sobre la m ayor am en aza del m u n d o occidental:
gure su existencia. E ste sentim iento básico de in seg u rid ad fue el fascism o hitlerian o . Los in ten to s de re stau rac ió n sólo h arán
el aliado m ás fuerte que H itler encontró al em p ezar la g u erra este vacío m ás llam ativo e inducirán a experim entos form alm en­
en E u ro p a y no d e sap arecerá sin m ás con la v icto ria sobre la te sim ilares que ap en as se d iferen ciarán del n acio n also cialis­
A lem ania hitleriana. mo, ya que todos acab arán in ten tan d o p o r igual o rg an izar a la
Tan explicable es que la decadencia del E stado nacional, en ch u sm a y a te rro riz a r al pueblo.
asociación con el im perialism o, haya engendrado como quien di­ Si a p e sa r de las perspectivas, de las ju stificad as esperanzas
ce a u to m á tic a m e n te ese L eviatán cuya e stru c tu ra fu n d a m e n ­ en la v italid ad de los pueblos europeos y de las p ru eb as de la
tal trazó tan m agistralm ente H obbes, com o grande sigue sien­ im p o sib ilid ad de tra n sfo rm a rlo s a todos en ch u sm a se co n fir­
do el peligro de que la chusm a tran sfo rm e la d ecad en cia de m ara algún día que estam os realm ente al com ienzo de esa p ro ­
esta form a de organización política de los pueblos occidentales gresión in fin ita de la que h ab la H obbes y que n ecesariam en te
en u n a decadencia de O ccidente, y com o gran d es p arecen ser sólo p uede llevarnos a la decadencia, está claro que esta deca­
de nuevo hoy las o p o rtu n id ad es de que los m ism os pueblos dencia real de O ccidente ten d ría lugar m ediante la tran sfo rm a­
que d u ra n te ta n to tiem po m iraro n con m ay o r o m en o r ap atía ción de los pueblos en razas: h a sta que del pueblo alem án sólo
la descom posición de su cuerpo político acab en con dicho pe­ q u ed asen «eslavos», del inglés sólo «hom bres blancos» y del
34 LA TRADICIÓN OCULTA

francés sólo «m estizos bastardos». Ésta, y no otra, sería la d e­


cadencia de Occidente.
En efecto, políticam ente hablando, la raza es —digan lo que CULPA ORGANIZADA1
digan los eruditos de las facultades científicas e históricas— no
el comienzo, sino el final de la hum anidad; no el origen del pue­
blo, sino su decadencia; no el nacim iento n atu ral del ser h u m a ­
no, sino su m uerte antinatural. I

Cuanto m ayores son las derrotas m ilitares del ejército alem án


en el cam po de batalla, con m ás fuerza se hace sen tir la victoria
de la estrategia política de los nazis, que a m enudo se ha identifi­
cado equivocadam ente con la m era propaganda. La tesis central
de dicha estrategia, dirigida igual al «frente interior» —el propio
pueblo alem án— que a sus enem igos, es que no hay ninguna di­
ferencia entre nazis y alem anes, que el pueblo cierra filas detrás
de su gobierno, que todas las esperanzas aliadas en u n a parte del
pueblo ideológicam ente no infectada, todas las apelaciones a una
Alemania dem ocrática del futuro, son ilusorias. La consecuencia
de esta tesis es, naturalm ente, que no h ab rá u n reparto de la res­
ponsabilidad, que la derrota afectará p or igual a los antifascistas
alem anes y a los fascistas alem anes y que las distinciones que h i­
cieron los aliados cuando em pezó la guerra sólo obedecían a fi­
nes propagandísticos. O tra consecuencia es que las disposiciones
aliadas sobre el castigo de los crim inales de guerra se revelarán
am enazas vacías porque no se p o d rá e n co n trar a nadie que no
responda a la definición de crim inal de guerra.
E n los últim os años, todos hem os visto con h o rro r que estas
afirm aciones no eran m era propaganda sino que ten ían una base
m uy concreta, que se rem itían a u n a terrible realidad. Las for­
m aciones que sem braban el te rro r —que en origen estaban es­
trictam ente separadas de la m asa del pueblo y sólo aceptaban a
gente que podía acreditar ser crim inal o estar dispuesta a serlo—1

1. Este artículo se escribió en Estados Unidos en noviembre de 1944 y se publicó


traducido al inglés en enero de 1945 en la revista Jewish Frontier. La que aquí presen­
tamos es la traducción de la versión original.
36 LA TRADICIÓN OCULTA CULPA ORGANIZADA 37

h an ido engrosándose perm anentem ente. La prohibición de filia­ reclu tab an sobre todo entre gente p u e sta a p ru eb a, fuera cual
ción política im puesta a los m iem bros del ejército se sustituyó fuera su nacionalidad. Si el nuevo orden de E uropa, tristem ente
p o r una orden general que som etía a todos los soldados al p a rti­ célebre, h u b iera salido bien, habríam os vivido el dom inio de
do. M ientras que antes los crím enes, que eran parte de la ru tin a u n a organización internacional del te rro r dirigida por alem anes
diaria de los cam pos de concentración desde el com ienzo del ré­ en la que h a b ría n colaborado —si bien clasificados je rá rq u ic a ­
gimen, eran un m onopolio de las SS y de la Gestapo celosam ente m ente según la raza de los distintos países— m iem bros de todas
protegido, hoy los asesinatos masivos se encom iendan a m iem ­ las nacionalidades europeas (excepto judíos). El pueblo alem án
bros cualesquiera de la W ehrmacht. Los informes de estos crím e­ tam poco se hubiera librado, por supuesto. H im m ler siem pre fue
nes, que al principio se m antenían en el m áxim o secreto posible de la opinión que el dom inio de E u ro p a le corresp o n d ía a u n a
y cuya publicidad se p enalizaba com o «propaganda d ifa m a to ­ élite racial e n ca m a d a en las tro p as de las SS y sin vínculos n a ­
ria», se h an ido difundiendo a través de una propaganda de ru ­ cionales.
m ores instrum entada por los propios nazis, que hoy los adm iten Sólo las d e rro ta s h a n obligado a los n a zis a a b a n d o n a r es­
abiertam ente como m edidas de liquidación destinadas a que los te proyecto p a ra reg resar ap aren tem en te a viejos eslóganes n a ­
«com patriotas» no incorporados a la «com unidad del pueblo» cionalistas. De ahí la identificación activa del pueblo entero con
del crim en por motivos organizativos se vieran al m enos im peli­ los nazis. La posibilidad de u n a fu tu ra clan d estin id ad depende
dos a hacer el papel de consentidores y cómplices. La m oviliza­ de que nadie sea capaz de sab er quién es u n nazi y quién no, de
ción total ha com portado la com plicidad total del pueblo alem án. que no haya distintivos visibles exteriorm ente, sobre todo de que
Para evaluar de una form a adecuada cuál es la tran sfo rm a­ los vencedores estén convencidos de que no hay d iferen cias
ción política de las condiciones que provoca la propaganda nazi en tre alem anes. A tal efecto es necesario, n a tu ra lm e n te, in te n ­
desde la pérdida de la batalla de Inglaterra y que al final ha p ro ­ sificar el te rro r en A lem ania, u n te rro r que, a ser posible, no
vocado la renuncia de los aliados a distinguir entre alem anes y deje con vida a nadie cuyo p asado o p o p u la rid a d p u ed an acre­
nazis, hay que tener presente que hasta el estallido de la guerra d ita r su antifascism o. M ien tras que en los p rim ero s años de
(o incluso h asta el inicio de las derrotas m ilitares) sólo había g u erra la «generosidad» del régim en resp ecto a los adversarios
grupos relativam ente pequeños de nazis activos —a los que no de aquellos m om entos y del p asado fue no tab le —siem pre que
pertenecían el gran núm ero de sim patizantes— y u n a cifra ta m ­ se estu v ieran q u ieto s—, re c ien tem en te se h a ejecutado a m u ­
bién pequeña de antifascistas activos que estuvieran realm ente ch a g en te que, p riv a d a de lib e rta d d esd e h a c ía añ o s, no p o ­
al corriente de lo que ocurría. Todos los dem ás —alem anes o d ía re p re se n ta r n in g ú n peligro in m ed iato p a ra el régim en. Por
no— tenían la com prensible tendencia a creer antes a u n gobier­ o tra parte, previendo sab iam en te que, a p e sa r de todas las m e­
no oficial, reconocido por todas las potencias, que a los refugia­ didas de prevención c o n tra las d eclaracio n es de antiguos p ri­
dos (que p o r el hecho de ser judíos o socialistas ya eran sospe­ sioneros de g u erra o trab ajad o res extranjeros y de las penas de
chosos). A su vez, sólo un porcentaje relativam ente pequeño de p risió n o reclu sió n en cam pos de co n cen tració n , aú n p u d ie ra
estos últim os conocía toda la verdad y, como es n atu ral, todavía en co n trarse a algunos cen ten ares de p erso n as en cada ciu d ad
era más pequeña la fracción de los dispuestos a carg ar con el con u n pasado an tifascista intachable, los nazis facilitaron a su
odio de la im popularidad de decirla. M ientras los nazis creyeron gente de confianza to d o s los papeles n ecesario s, certificados
en la vil loría, las form aciones que sem braban el te rro r perm a- de m o ralid ad , etc., p a ra ev itar que se d iera crédito a d eclara­
iii . i> i<ni apartadas del pueblo (y esto, en guerra, significa del ciones sem ejantes. A los reclusos de los cam pos de c o n ce n tra ­
.■¡i H iin) Al r¡ói rito no le atraía el terro r y las tropas de las SS se ción, cuyo n ú m ero n ad ie conoce ex actam en te pero que puede
38 LA TRADICION OCULTA CULPA ORGANIZADA 39

estim arse en varios m illones, se les puede «liquidar» o so ltar es del to d o secu n d ario . Es esen cialm en te p ro p a g a n d a de g u e­
(en el caso im probable de que sobrevivan tam poco se les reco ­ rra, p o r lo que ni siq u ie ra se ap ro x im a al fen ó m en o p o lítico
nocerá con precisión). v e rd a d era y esp ecíficam en te m o d ern o . Los e sc rito s en que se
Q uién es un nazi o un antinazi en A lem ania sólo p o d rá ave­ basa, ju n to con su d em o stració n p seu d o h istó rica, p o d ría n ser
riguarlo quien sea capaz de ver el corazón h u m an o (en el que, plagios in o cen tes de la lite ra tu ra fran cesa de la g u e rra p re c e ­
com o es sabido, no hay ojo h u m an o que p enetre). La c arrera dente. E n este sentido, es irrelev an te que algunos de los a u to ­
de un o rg an izad o r de un m ovim iento clan d estin o —y de eso res que h ace v einticinco añ o s p u sie ro n en m a rc h a las r o ta ti­
tam bién hay en A lem ania, p o r su p u esto — se aca b a ría rá p id a ­ vas con la «pérfida Albión» se h ay an visto obligados esta vez a
m ente si no actu ara de palabra y hecho com o u n nazi. Cosa n a ­ p o n er su experiencia al servicio de los aliados.
da fácil en u n país en el que llam a la aten ció n cu alq u iera que A sim ism o, las discusiones m ás serias e n tre los ab ogados de
no m ate siguiendo órdenes o m anifieste u n a satisfecha com pli­ los alem an es «buenos» y los fiscales de los alem an es «malos»
cidad con los asesinos. Así, incluso el eslogan m ás extrem o que no sólo p a sa n p o r alto el fondo de la cuestión, sino que es evi­
esta guerra ha inspirado a nuestro b ando (que sólo es bueno el dente que ap en as dan u n a idea de las d im en sio n es del d esas­
«alem án m uerto») se b asa en c ircu n stan cias reales: sólo si los tre. O b ien se las co m p rim e en u n a d eclaració n g eneral sobre
nazis cuelgan a alguien, podem os sab er que estab a realm en te b u en as y m alas p erso n as y en u n a so b rev alo ració n fan tasio sa
co n tra ellos. O tra prueba no hay.I de la «educación» o bien p a rte n sin m ás reflexión de las teorías
raciales de los nazis y les d an la vuelta. Sólo que en esta ú ltim a
o p eració n co rren u n cierto peligro, ya que los aliados, al n e ­
II garse desde la célebre d eclaració n de C hurchill a h a ce r u n a
g u e rra «ideológica», h a n d ad o sin saberlo v en taja a los nazis
É stas son las circunstancias políticas objetivas en las que se —que o rg an izan ideológicam ente la d erro ta d espreocupándose
basa la afirm ación de u n a culpa colectiva del pueblo alem án. de C hurchill— y u n a o p o rtu n id ad de supervivencia a todos los
Son resultado de u n a política sin patria, a- y antinacional, ple­ teorem as raciales.
nam ente consecuente en su obstinación de que el único pueblo De hecho, de lo que se tra ta no es ni de p ro b ar lo ev id en te—a
alem án posible es el que está en poder de los que ah o ra gobier­ saber, que los alem anes no son nazis latentes desde los tiem pos
nan, unos gobernantes cuya gran victoria, que celebrarían con de T ácito— ni de d e m o stra r lo im posible —que to d o s los ale­
m aliciosa com placencia, sería que la caída de los nazis conlleva­ m anes tien en u n a m e n talid ad n azi—, sino de p e n sa r qué a c ti­
ra la aniquilación física del pueblo. La política total, que ha des­ tu d adoptar, cóm o e n fre n ta rse a un pueblo en el que la línea
truido totalm ente la atm ósfera de n eutralid ad en que tran scu rre que sep ara a los crim inales de la gente norm al, a los culpables
la vida cotidiana de la gente, ha conseguido que la existencia de los inocentes, se ha b o rrad o con ta n ta eficacia que m añ an a
privada de cada individuo sobre suelo alem án dependa de si co­ nadie sab rá en A lem ania si tiene delante a u n héroe secreto o a
m ete crím enes o es cómplice de los m ism os. En com paración, el u n antiguo asesino de m asas. De u n a situ ació n así no nos saca­
éxito de la propaganda nazi en los países aliados, tal como se ex­ rá ni d efin ir quiénes son los responsables ni d eten er a los «cri­
presa en lo que se ha calificado com únm ente de vansitarism o,* m inales de guerra». D ejem os a p arte a los culpables p rin cip a-

l)<- Rnhert Gilbert Vansittart, miembro del gobierno británico durante la Segun- to» (citada por Arendt más arriba]. Defendió una política muy dura respecto a Alema­
ln i iim'i i Mundial al que se debe la frase «El único alemán bueno es el alemán muer­ nia, tanto en la guerra com o después del armisticio. (N. del t.)
40 LA TRADICIÓN OCULTA
CltLPA ORGANIZADA 41
les, que adem ás de asu m ir la responsabilidad h an escenificado
no de A lem ania sólo p o d rá co n sistir en las d e sd ich ad as co n se­
todo este infierno: los responsables en un sentido am plio no es­
cu en cias de u n a g u e rra p erd id a. Y c o n secu en cias así son, p o r
tá n entre ellos. Pues los responsables en u n sentido am plio son
n a tu ia le z a , tem p o rales. E n to d o caso, no hay re sp u esta p o líti­
todos aquellos que sim p atizaro n —en A lem ania y en el ex tran ­
ca a estos crím en es, ya que e x term in a r a 70 u 80 m illo n es de
jero — con H itler m ien tras p u d ieron, im p u lsaro n su su b id a al
alem an es o d ejarlo s m o rir de h a m b re —algo en lo que, n a tu ­
p o d er y afianzaron su renom bre d entro y fuera de A lem ania. Y
ra lm e n te , no p ie n sa n sino unos pocos fa n á tic o s p sicó tico s__
¿quién se atrevería a tild a r públicam ente de crim inales de gue­
sólo sig n ificaría que la ideología de los n a zis h a b ía vencido
rra a todos los señores de la buena sociedad? En realid ad no lo
a u n q u e fu e ra n o tro s p u eb lo s los que d e te n ta ra n el p o d e r y el
son. Sin duda han dem ostrado su in cap acid ad p a ra ju z g a r las «derecho del m ás fuerte» a ejercerlo.
ag rupaciones políticas m odernas: los unos p o r c o n sid e ra r que
Así com o el entendim iento político de la gente se queda p a ra ­
los principios en política son un m ero absurdo m oralizante, los
lizado ante la «adm inistración del asesinato en m asa», la movili­
otros p o r sen tir u n a rom ántica predilección p o r unos gángsters
zación total es p ara él la frustración de la necesidad h u m an a de
que h a b ían confundido con «piratas». La m ayoría de los re s­
justicia. Cuando todos son culpables, nadie puede ju zg ar de ver­
ponsables en sentido am plio no se hicieron culpables en sen ti­
dad, ya que a esta culpa tam b ién se la h a despojado de la m era
do estricto. F ueron los p rim eros cóm plices de los n azis y sus
ap aiien cia, de la m era hipocresía de la resp o n sab ilid ad .2 E n la
m ejores acólitos, pero verdaderam ente no sabían lo que hacían
m edida en que el castigo es el derecho del crim in al —y en este
ni con quién tratab an .
axiom a se basa el sentim iento de la ju sticia y del derecho de la
La gran irrita c ió n que acom ete a la gente de b u e n a v o lu n ­
hum anidad occidental desde hace más de dos mil años—, la con­
ta d cu an d o se h ab la de A lem ania no es fru to ni de la ex isten ­
ciencia de ser culpable es parte de la culpa y la convicción de la
cia de responsables irresponsables, a los que seguram ente sólo
capacidad h u m an a de responsabilizarse, p arte del castigo. Cuál
ju z g ará la h isto ria, ni de los propios crím enes de los nazis. Su
es el prom edio de esta conciencia lo describe u n corresponsal
cau sa es m ás bien esa m o n stru o sa m áquin a, esa « a d m in istra ­
n o rteam erican o en u n a h isto ria cuyo juego de preg u n tas y re s­
ción del asesin ato en m asa», a cuyo servicio se p u d o p o n e r y
puestas no desm erecería la im aginación y la inventiva de un
se puso no a m iles, no a decenas de m iles de asesinos seleccio­ gran poeta:
n ad os, sino a todo u n pueblo. E n el dispositivo que H im m ler
ha o rg an izad o p a ra la d e rro ta sigue h a b ien d o ejecutores, víc­ Q. Did you kill people in the camp? A. Yes.
tim as y m a rio n e ta s que c o n tin ú a n desfilando sobre los c a d á ­ Q. Did you poison them with gas? A. Yes.
veres de sus c am a ra d a s (que a n tes p o d ían salir de c u alq u ier Q. Did you bury them alive? A. It sometimes happened.
co lu m n a de las SS y hoy de c u a lq u ie r u n id a d m ilita r u o tra Q. Were the victims picked from all over Europe? A. I suppose so.
form ación). Lo espantoso es que en esta m áq u in a de la m u e r­ Q. Did you personally help kill people? A. Absolutely not. I was
te to dos están obligados a o c u p ar u n puesto , au n q u e no sean only paym aster in the camp.
d irectam en te activos en los cam pos de exterm inio. El ase sin a ­
to m asivo sistem ático, concreción en n u e stro tiem po de las
teo rías raciales y las ideologías del «derecho del m ás fuerte», 2. Naturalmente, no es mérito de los que —teniendo la suerte de ser judíos o haber
sido oportunamente perseguidos por la Gestapo— huyeron de Alemania que queden li­
no sólo hace e stallar la capacidad de com p ren sió n de la gente bres de culpa. Como lo saben y com o aún les atenaza el horror ante lo que pueda pa­
sino ta m b ié n el m arco y las categ o rías del p e n sam ien to y la sar, sacan en todas las discusiones posibles ese insoportable elem ento de autojustifica-
ción que, al final, sobre todo en el caso de los judíos, sólo puede acabar —y ya lo ha
acción políticos. Se presente com o se presen te, el fu tu ro desti- hecho en la reversión de las doctrinas nazis sobre sí mismos.
42 LA TRADICIÓN OCULTA CULPA ORGANIZADA 43

Q. W hat did you think of w hat was going on? A. It was bad at A lem ania no te n ía n la m e n o r idea hace q u in ce años). M ucho
first, but we got used to it. m ás rev elad o ra es la figura p e cu liar de qu ien se v an ag lo ria de
Q. Do you know the Russians will hang you? A. (Bursting into ser el genio o rg an izad o r del asesinato: H einrich H im m ler no es
tears) Why should they? What have I done? de aquellos in telectuales procedentes de la o scu ra Tierra de n a ­
die que se extiende en tre la existencia del b o h em io y la del so­
(Pm, Sunday, Nov. 12, 1944.)* plón y cuya im p o rtan cia en la form ación de la élite nazi se des­
ta ca ú ltim am en te. No es ni u n bohem io com o G oebbels n i Ltn
Efectivam ente, no h ab ía hecho nada, sólo cu m p lir órdenes. crim inal sexual com o S treich er ni un fanático pervertido com o
¿Y desde cuándo es un crim en cum plir órdenes? ¿Desde c u án ­ H itler ni u n a v en tu rero com o G oring; es u n p eq u eñ o b u rg u és
do es u n a virtud rebelarse? ¿Desde cuánd o sólo se pu ed e ser con toda la ap arien cia de respetabilidad, con todas las co stu m ­
h o n rado yendo a u n a m uerte segura? ¿Qué h ab ía hecho él? bres del buen padre de fam ilia que no engaña a su m ujer y quie­
E n su obra de teatro Los últimos días de la humanidad, en la re aseg u rar un fu tu ro decente p ara sus hijos. H a o rg an izad o y
que recreab a los sucesos de la a n te rio r guerra, K arl K raus h a ­ difundido co n scien tem en te el te rro r p o r todo el país convenci­
cía caer el telón después de que G uillerm o II exclam ara: «Esto do de que la m ayoría de la gente no es b o h em ia ni fa n á tica ni
no es lo que yo quería». Y lo cóm ico-espantoso es que, de h e ­ av en tu rera ni sádica sino en p rim er lu g ar jobholders* y buenos
cho, era verdad. E sta vez, cuando caiga el telón, tendrem os que padres de fam ilia.
o ír a un coro entero de p equeñoburgueses exclam ando: «No Creo que fue Péguy quien llam ó al padre de fam ilia el «grand
hem os sido nosotros». Y aunque m ien tras tan to se nos hayan a v en tu rier du 20iém e siécle». M urió d em asiad o p ro n to p a ra
pasado las ganas de reír, lo espantoso volverá a ser que, de h e­ verlo com o el g ran crim in al del siglo. E stáb am o s ta n a co stu m ­
cho, será verdad. b rad o s a a d m ira r o rid icu liz a r la b o n d ad o sa p reo cu p ació n del
p ad re de fam ilia, su seria co n cen tració n en el b ie n e sta r de la
fam ilia, su solem ne decisión de co n sag rar su vida a su m u jer y
III a sus hijos, que apenas p ercibim os cóm o el fiel p ad re de fam i­
lia, que no se p reo cu p ab a sino de la seguridad, se tra n sfo rm a ­
Para saber qué resortes del corazón hu m an o hubo que acti­ b a c o n tra su v o lu n tad y bajo la presió n de las caóticas co n d i­
var p a ra que la gente se in co rp o rara a la m áq u in a del asesin a­ ciones económ icas de n u e stro tiem po en u n a v en tu rero que
to masivo, de poco nos servirán las especulaciones sobre la his­ n unca p o d ía sentirse seguro ante las preocupaciones del día si­
to ria alem ana y lo que se ha denom inado el c arác te r n acio n al guiente. Su do cilid ad ya qtiedó d em o strad a en la u n a n im id a d
alem án (de cuyas potencialidades los m ejores conocedores de rein an te a com ienzos del régim en, cuando este p ad re de fam i­
lia d em o stró que estab a co m p letam en te d isp u esto a d ejarse
* P.: ¿Mataban ustedes a gente en el campo? R.: Sí. a rre b a ta r sus ideas, su h o n o r y su dig n id ad h u m a n a p o r u n a
P.: ¿La envenenaban con gas? R.: Sí.
P.: ¿La enterraban viva? R.: Pasaba a veces. pensión, u n a vida segura y la existencia aseg u rad a de su m u jer
P: ¿La traían de toda Europa? R.: Supongo que sí. y sus hijos. Sólo hizo fa lta la d iab ó lica g e n ialid ad de H im m ­
P.: ¿Ayudó usted personalmente a matar gente? R.: Jamás. Sólo era el tesorero del
campo.
ler p a ra d escu b rir que, después de esta degradación, dicho p a ­
P.: ¿Qué pensaba usted de lo que estaba pasando? R.: Al principio nos parecía mal, dre de fam ilia estab a literalm en te dispuesto a todo si se ju g ab a
pero nos acostumbramos.
P.: ¿Sabe usted que los rusos van a colgarlo? R. (echándose a llorar): ¿Por qué ten­
dí mu que hacerlo? ¿Qué he hecho yo? Empleados.» (N. del t.)
44 LA TRADICIÓN OCULTA CULPA ORGANIZADA 45

fuerte y la existencia básica de la fam ilia sufría alguna a m en a ­ guo co m p añ ero de colegio al que no in crep ó , au n q u e sí se le
za. La única condición que puso fue que se le absolviera ra d i­ quedó m iran d o . El observado dijo m uy esp o n tán eam en te: tie ­
calm ente de la responsabilidad de sus actos. Aquel alem án m e­ nes que entenderlo, a rra stra b a cinco años de p aro a m is esp al­
dio que los nazis con toda su propaganda delirante no pudieron das. Podían h acer conm igo lo que q uisieran.
conseguir d u ran te años que m a ta ra p o r pro p ia iniciativa a n in ­ Es v erd ad que este tipo m o d ern o de ser h u m an o que a falta
g ún ju d ío (a pesar de que estuviera bien claro que dicho asesi­ de u n n o m b re m ejo r hem os carac te riz ad o con u n a p a lab ra ya
n ato quedaría im pune) es el m ism o que hoy sirve sin p ro te star existente —p eq u eñoburgués [Spiesser ]— ten ía en suelo alem án
a la m aquinaria de la aniquilación. A diferencia de los prim eros u n a o p o rtu n id a d esp ecialm en te b u e n a p a ra florecer y d esarro ­
efectivos de las SS y la G estapo, la organización h im m lerian a llarse. Sería difícil e n co n trar u n país occidental sobre cuya cul­
no cuenta ni con fanáticos ni con asesinos sexuales ni con sádi­ tu ra hayan influido m enos las virtudes clásicas de la vida p ú b li­
cos; cuenta ú n ica y exclusivam ente con la n o rm alid ad de la ca y no hay n inguno en el que la vida y la existencia p riv ad as
gente de la índole del señor H einrich Himmler. hayan d esem peñado u n p ap el m ás im p o rtan te . É ste es u n h e­
Que no se req u iere n in g ú n c a rá c te r n acio n al especial p ara cho que, en tiem pos de p en u ria nacional, los alem anes siem pre
que la nueva clase de funcionarios se ponga en fu n cio n am ien ­ h a n ocultado m uy eficazm ente, pero no cam biado. D etrás de la
to es algo que no necesita ni m encionarse después de las tristes fachada de las «virtudes nacionales» reafirm ad as y propagadas
noticias que nos llegan de la presencia de letones, lituanos, p o ­ —com o el «am or a la p atria» , el «arrojo alem án», la «lealtad
lacos e incluso ju díos en la m o rtífe ra org an izació n de H im m ­ alem ana», etc.— se o c u lta n los vicios n acio n ales correlativos,
ler. N inguno de ellos es p o r n a tu ra lez a un asesino o u n d elator éstos sí reales. Sería difícil e n c o n tra r otro lu g a r donde la m e­
perverso. Ni siq u iera es seguro que h u b ie ra n fu n cio n ad o si lo dia de p atrio tism o sea in ferio r a la de p recisam en te A lem ania,
único que h u b iera estado en juego h u b iera sido su p ro p ia vida donde d etrás de la p re te n sió n ch o v in ista de «lealtad» y « arro ­
y su p ropia existencia. Como ya no tem ían a Dios, com o el ca­ jo» se esconde u n a ten d en c ia n efasta a la deslealtad y a la d e­
rá c te r funcional de sus acciones les h ab ía a rre b atad o su co n ­ n u n cia op o rtu n ista.
ciencia, sólo se sen tían responsables de su familia. La tran sfo r­ Pero el del peq u eñ o b u rg u és es u n fenóm eno in tern acio n al y
m ación del padre de fam ilia (de m iem bro responsable de la h aríam o s bien en no caer en la ten tació n de confiar ciegam en­
sociedad interesado en los asuntos públicos a pequeñoburgués te en que sólo el pequeñoburgués alem án es capaz de sem ejantes
pendiente únicam ente de su existencia privada e ignorante de la actos horribles. El p eq u eñ o b u rg u és es el h o m b re-m asa m o d e r­
virtud pública) es un fenóm eno internacional m oderno. Las cala­ no visto no en sus exaltados m om entos m asa, sino en el seguro
m idades de nuestro tiem po —«pensad en el ham bre y en el frío refugio (hoy m ás bien inseguro) de sus cu atro paredes. H a lle­
riguroso de este valle donde atru en an los lam entos» (B recht)— vado ta n lejos la escisión de lo privado y lo público, de la p ro ­
pueden convertirlo en cualquier m om ento en juguete de la lo ­ fesión y la fam ilia, que no pu ed e e n co n trar u n a conexión en tre
c u ra y la crueldad. C ada vez que la sociedad deja sin m edios am bos ni siquiera en su p ro p ia id en tid ad personal. Si su p ro fe­
de subsistencia al hom bre pequeño, m a ta el fu n cio n am ien to sión lo fuerza a m atar, no se tiene p o r u n asesino porque no lo
n o rm al y el a u to rre sp eto norm al del m ism o y lo p re p a ra p ara hace p o r gusto sino p o r p rofesionalidad. Llevado p o r la pasión,
aquella ú ltim a etap a en la que e sta rá dispuesto a a su m ir cu al­ no sería capaz de h a ce r daño ni a u n a m osca.
q u ier función, incluido el job de verdugo. Al ser lib erad o de Un individuo de este novísim o género profesional hijo de
B uchenw ald, un ju d ío reconoció en tre los m iem bros de las SS n u estro tiem po seg u ram en te se sen tirá estafado si m añ an a a l­
que le e n treg ab an sus docum entos de h o m b re libre a u n a n ti­ guien le pide responsabilidades. Pero si en el shock de la c atá s­
46 LA TRADICIÓN OCULTA CULPA ORGANIZADA 47

trofe llegara a a d q u irir conciencia de que en re a lid ad no era p o r los pueblos. La vergüenza de ser u n ser h u m an o es la expre­
sólo u n funcionario cualquiera sino un asesino, tam p o co elegi­ sión, aún to talm ente individual y apolítica, de haberlo c o m p re n ­
ría el cam ino de la rebelión sino el del suicidio (com o m uchos dido.
en A lem ania, donde se suceden las olas de suicidios). Y eso P olíticam ente h ab lan d o , la idea de h u m a n id a d —de la que
tam poco nos ayudaría m ucho. no puede excluirse a n ingún pueblo y den tro de la cual no p u e ­
de concederse el m onopolio del vicio a n ad ie— es la ú n ica g a ­
ra n tía de que no se sucedan las «razas superiores» que se crean
IV obligadas a seguir la ley n a tu ra l del «derecho del m ás fuerte» y
a ex term in ar a las «razas inferiores, inútiles p a ra la vida» (h a s­
Desde hace m uchos años hablo con alem anes que m e dicen ta que al final de la «época im perialista» nos m ovam os en u n a
que se avergüenzan de serlo. Siem pre m e he sen tid o te n ta d a d irecció n en la que los n azis ap arec erán com o d iletan tes p re ­
de c o n testa rle s que yo m e avergüenzo de ser u n ser h u m an o . cu rso res de la p o lítica fu tu ra). H acer u n a p o lític a no im p e ria ­
La vergüenza fu n d am en tal que hoy co m p arte m u ch a gente de lista, ten er u n a m en talid ad no racista será día a día m ás difícil,
las nacio n alid ad es m ás diversas, y que es lo ú n ico que nos ha pues cad a día e sta rá m ás claro que la h u m a n id a d es u n peso
quedado del sentim iento de solidaridad de las internacionales, p a ra el ser hum ano.
no h a sido p o r ah o ra, desde el p u n to de vista político, p ro d u c ­ Q uizás aq u ello s ju d ío s, a cuyos p a d re s h ay que a g ra d e c e r
tiva en absoluto. La exaltación de la h u m a n id a d de n u e stro s la idea de h u m a n id a d , sab ía n algo de este peso cu an d o con el
p ad res no sólo p asab a alegrem ente p o r alto la llam ad a «cues­ «Owinu M alkenu chotonti lefonecho» («Padre nuestro, rey n u e s­
tió n nacional», sino que adem ás —cosa in c o m p a rab lem e n te tro, hem os pecado ante ti») carg ab an cada año no sólo con los
m ás grave— ni siquiera p re sen tía la seried ad y el h o rro r de la pecados habidos en la com unidad, sino con to d as las faltas h u ­
idea de h u m a n id a d y de la creencia ju d e o -c ristia n a en u n o ri­ m anas. Aquellos que hoy están dispuestos a seg u ir p o r ese c a ­
gen único del género hum ano. Ya no fue m uy ag rad ab le e n te ­ m ino de u n a form a m o d e rn a se h o rro riz an —seg u ram en te sin
r r a r la engañosa esp e ra n za en los «nobles salvajes» al d escu ­ so ltar el h o n d o su sp iro farisaico del «G racias-a-D ios-yo-no-
b rir que los h u m a n o s ta m b ién p o d ían ser caníbales. Pero es soy-así»— de las insospechadas posibilidades del «carácter n a ­
que desde entonces los pueblos h a n ido conociéndose m ejor y cional alem án». A cam bio, h an acabado p o r com prender, con
d án d o se c u en ta de las posib ilid ad es que tiene el ser h u m an o tem o r y tem blor, de qué es capaz el ser h u m an o (y c o m p ren d er­
de h a ce r el m al. E n consecuencia, cada vez re n u n c ia n m ás lo es requisito del pen sam ien to político m oderno) y es de su p o ­
asu stad o s a la idea de h u m a n id a d y son m ás p ro p en so s a doc­ n er que no se p re starán dem asiado a ser funcionarios de la ven­
trin a s raciales que niegan p o r p rin c ip io la p o sib ilid ad de la ganza. Al m enos u n a cosa es segura: cuando se tra te de lu c h a r
m ism a. Sienten instintivam ente que la idea de h u m an id ad , ad ­ sin tem or, sin tran sig en cias y en todas p artes c o n tra el m al in ­
quiera form a religiosa o hu m an ista, im plica u n a obligación de m enso que el ser h u m an o es capaz de provocai', es en ellos y só­
resp onsabilidad colectiva que no desean asum ir, pues la idea lo en ellos —que tien en u n m iedo genuino de la n ecesaria res-
de h u m an id ad , d e p u rad a de cu alq u ier sen tim en talism o , tiene ponsabilización del género h u m an o — en quien se confiará.
una consecuencia política de m ucho peso: que cada uno de no-
•,ot ros le luirá que carg ar de u n a m a n era u o tra con la re sp o n ­
dí >>lid,ul de lodos los crím enes p e rp etrad o s p o r seres hum a-
mi i 11 .. pueblos, con la de todas las a tro c id ad e s co m etid as
LA TRADICIÓN OCULTA

O b s e r v a c ió n in ic ia l

P o r lo que resp ecta a sus p o etas en len g u a no ju d ía , el p u e ­


blo ju d ío h a sido tan generoso com o irreflexivo. Se los h a deja­
do q u ita r sin p ro te sta r y los h a d o n ad o a la apología de otros
pueblos, sin h ab er podido ev itar con ello que se carg ara escru ­
pulosam ente en su cuenta ser el origen de falsificadores de che­
ques y com erciantes. Sin duda, los últim os in ten to s de re u n ir y
catalo g ar a todas las celeb rid ad es de origen ju d ío im aginables
h an sido útiles p ara los filosem itas o an tisem itas profesionales,
pero en la historia del pueblo figuran m ás com o fosas com unes
en las que e n te rra r a los olvidados que com o m o n u m en to s e ri­
gidos a aquellos a los que se re c u erd a y quiere.
Del efecto nivelador de tales catálogos jactanciosos, la h isto ­
ria de la lite ra tu ra ju d ía no h a salvado a n ad ie que no escrib ie­
ra en yiddish o hebreo. H a dedicado el m ínim o espacio posible
a h o m b res que hicieron m u ch o p o r la dignidad espiritual de la
nación, hom b res cuyas realizacio n es, reb asan d o am p liam en te
el m arco de su n acio n alid ad , re p re se n ta ro n a las fuerzas espe­
cíficam ente judías en el g ran juego de fuerzas de Europa. Desde
que la h isto rio g rafía ju d ía , siguiendo e strictam en te la política
de notables, pulverizó la h isto ria del pueblo judío en crónicas de
países y m onografías de ciudades, los grandes nom bres han ido
cayendo en m anos de ciertos «asimilados» que sólo los han u tili­
zado en beneficio p ro p io o de qu ién sabe qué dudosos a rg u ­
m entos ideológicos.
De la d esm em b ració n del p ueblo ju d ío (en re a lid ad un ú n i­
co cu erp o ) los p eo r p a ra d o s fu ero n los que, viviendo en los
países de la em an cip ació n , en vez de ced er a la te n ta c ió n del
m im etism o estúpido o de la c a rre ra de parvenú, in te n ta ro n to-
LA TRADICIÓN OCULTA 51
50 LA TRADICIÓN OCULTA

m arse el gozoso m ensaje de la em ancipació n m ás en serio de em pieza con Salom ón M aim ón y term in a con F ranz Kafka, só­
lo que nadie h ab ía p reten d id o n u n c a y ser —en su co n d ició n lo cu atro conceptos esenciales del p a ria com o figura p o p u la r
judía. Nos parece que entre el «Schlemihl» y el «Señor del m u n ­
de ju díos— seres hum anos. Este «m alentendido» puso en m a r­
cha un proceso grandioso: que los judíos, a los que se les n e ­ do de los sueños» de H eine, el «paria consciente» de B ern ard
gaba la libertad política y el contacto directo con la población, se Lazare, la rep resen tació n grotesca del sospechoso de C harlie
C haplin y la recreación poética del destino de u n ser h u m an o
lib eraran a sí m ism os com o seres hum anos y com o individuos
p articu lares y así, oponiéndose apasionadam ente a su entorno que no es sino alguien de b u en a voluntad de Kafka existe u n a
ta n to judío com o no judío, se acercaran p or p ro p ia iniciativa, relación plena de sentido que caracteriza a todos los conceptos
con la im aginación de la cabeza y el corazón, al pueblo. La genuinos y todas las ideas esenciales, u n a vez que los alu m b ra
la histo ria.
exaltación de la p asió n y la im aginación que exigía esta m eta
co nstituyó el au tén tico caldo de cultivo de la genialidad judía,
que en la cum bre de su productividad corroboró el antiguo de­
I. H einrich H eine : S chlemihl y el S eñor del mundo
recho del pueblo judío a ser u n a nación entre los pueblos occi­
DE LOS SUEÑOS
dentales.
Cualquiera que experim entara la am bigua libertad de la em an­
cipación y la aún m ás am bigua igualdad de la asim ilación tenía E n «Prinzessin Sabbat», la p rim era de las Hebrdischen Me-
clara conciencia de que el destino del pueblo ju d ío en E u ro p a lodien, H eine nos revela el trasfo n d o p o p u lar del que sale y del
no sólo era el de u n pueblo oprim ido, sino tam b ién el de un que proceden sus canciones. A im itació n de los viejos cuentos,
pueblo paria (Max W eber). La existencia política com o pueblo H eine ve en su pueblo al p rín cip e convertido en un p erro p o r
se reflejaba en la condición socialm ente paria, fuera de la so­ culpa del m aleficio de u na bruja. Los viernes p o r la noche que­
ciedad, de sus individuos. Por eso los poetas, escritores y a rtis­ da exonerado de su existencia de p erro d u ra n te un día y, libre
tas ju díos crearon la figura del paria, u n a nueva idea del ser de «pensam ientos perrunos», el p ríncipe, h asta el día a n terio r
h u m an o m uy im p o rtan te p ara la h u m an id ad m oderna. La in ­ h a zm e rreír de la calle, can ta el g ran carm en n upcial (Lecho
fluencia de esta figura en el m undo no jud ío c o n tra sta g ro tes­ D audi Likras Kalle). Este can to solem ne lo h a com puesto ex­
cam ente con el silenciam iento esp iritu al y político al que su p resam en te p ara él y p a ra este fin su poeta, que —su ertu d o
p ropio pueblo h a condenado a estos grandes judíos. Sin em ­ él— escapa a la h o rrib le tra n sfo rm a c ió n sem anal en u n perro
bargo, p ara el h isto riad o r que m ire i'etrospectivam ente form an con p ensam ientos de perro y lleva siem pre la existencia del Sa-
u n a tradición, aunque sea oculta, basada no ta n to en el cultivo bat, p a ra H eine la v erd ad era existencia positivam ente judía.
consciente de la continuidad como en la p ersisten cia y profun- De los poetas nos enteram os de m ás cosas en la cu arta parte
dización d u ran te m ás de un siglo de unas d eterm in ad as condi­ del canto a Jehuda ben Halevi. Su antepasado se llam a: «Señor
Schlem ihl ben Zuri Schadday», que, una vez, en tiem pos in m e­
ciones, básicam ente las m ism as, a las que se h a resp o n d id o
con un concepto, fundam entalm ente el m ism o, pero cada vez m oriales —bíblicos en cu alq u ier caso— fue víctim a de u n a
m ás extenso. Puede que la base sobre la que la figura del paria confusión desdichada. A unque inocente, fue asesinado porque
se creó y se fue renovando con cada generación fuera reducida, estab a al lado de Sim ri, al que P inchas debía m a ta r p o r culpa
pero precisam ente entre los judíos asim ilados era m ás grande de u n am orío inoportuno con u n a cananea. Pero no sólo el in o ­
de lo que podría suponerse p o r la h isto ria ju d ía oficial. En las cente-desgraciado Schlem ihl se ha convertido en un an tep asa­
do sino tam bién Pinchas. E n todo caso:
paginas que siguen querem os destacar, de u n a evolución que
52 LA TRADICIÓN OCULTA LA TRADICIÓN OCULTA 53

Pues su venablo sigue su vuelo, Tan seguro es que las canciones de H eine sobre el pueblo de
y lo oímos constantem ente los ju d ío s y sobre él m ism o com o rey de sus p o etas n a d a tiene
silbar sobre nuestras cabezas. que ver con la im agen que los judíos excepcionales —los ricos
Y hiere los mejores corazones... y cultos— suelen p ro y ectar de sí m ism os com o que dichas c a n ­
ciones, con todo su descaro alegre y d espreocupado, son p o p u ­
Desde hace m iles de años la h isto ria no tiene «grandes ges­ lares. El p aria, que queda fuera de las je ra rq u ía s sociales y no
tas heroicas» que co m u n icar cuando nos tran sm ite los n o m ­ tiene la m e n o r gana de in teg rarse en ellas, se vuelve con el co­
bres de sus «mejores corazones». Nos b asta con saber que cada razó n confiado a lo que el pueblo y la sociedad ig n o ran , q u ie­
uno de ellos «fue un Schlem ihl». ren y d isfru tan , aquello que les p reo cu p a y divierte; se aleja de
La inocencia es el distintivo del árbol genealógico de los las dádivas del m u n d o y se solaza con los fru to s de la Tierra.
Schlem ihl y debido a ella al pueblo los poetas le nacen de esta Si la p u ra alegría de la existencia terren al, to n ta m e n te m al in ­
estirpe: los «señores absolutos del m undo de los sueños». Sin te rp re ta d a com o m aterialism o o ateísm o, tiene algo de pagano
ser héroes, d isfru tan de la pro tecció n de uno de los grandes es sólo p o rq u e parece incom patible con la d o ctrin a del pecado
dioses olímpicos: Apolo. El dios de los poetas y los artistas cui­ original o la conciencia cristia n a de culpa. E sa alegría «paga­
da a los Schlem ihl desde que u n a vez persiguió a la bella Daph- na» im p reg n a to talm en te el goce infantil y p o p u la r de la fá b u ­
ne y en vez de a tra p arla a ella atrap ó u n a corona de laurel. la y da a la poesía h ein ean a esa in com parable m ezcla de cu en ­
to de h ad as y avatares h u m an o s y co tid ian o s que si bien es en
Sí, el excelso délfico es la b alad a donde alcanza su form a a rtístic a p erfecta, p resta a
un Schlemihl, y el laurel las p eq u eñ as canciones de am o r sen tim en tal su a rro lla d o r c a ­
que corona tan orgullosamente las frentes rá c ter popular. Ni la crítica artística ni el odio a los judíos han
es la señal del Schlemihl. podido con esta p o p u larid ad em an ad a de la cercan ía p rim o r­
dial del p a ria al pueblo. Los nazis no p u d iero n su p rim ir «Lore-
Desde aquel acontecim iento divino, desde que el excelso délfi­ ley» de los cancioneros alem anes, aunque afirm asen que era de
co tuvo que ponerse en la cabeza la corona Schlemihl de la glo­ a u to r «desconocido».
ria, los tiempos han cam biado para peor. Heine nos cuenta lo que El p a ria es tan inocente y tan puro, es ta n poco lo que quie­
h a sido del dios griego de los poetas en su poema: «Der Apollo- re lo g rar en este m undo, que incluso la gloria —que el m undo
gott». Trata de la historia de una m onja que, enam orada del gran regala de vez en cu ando incluso a sus c ria tu ra s m ás extravia­
dios, sale a buscar a aquel que tan bellam ente sabe tañer la lira y das— no es p ara él sino señal de su condición de Schlem ihl. El
conmover los corazones. Después de un azaroso peregrinaje des­ p a ria tra e las ganas de b ro m a y la risa a u n a h u m a n id a d que
cubre que su Apolo se llama en realidad Rabbi Faibusch (la adap­ quiere co m p etir con u n p atrim o n io divino-natural que ningún
tación judía de Febo) y es recitador de la sinagoga de Amsterdam. ser h u m an o puede d iscu tir a n in g ú n otro (a no ser que lo m a­
Pero con esto no basta. En el pueblo m ás despreciado, Rabbi te). El sol que a todos ilum ina es en la existencia de paria el ga­
Faibusch ocupa la posición más despreciada. Su padre «hace cir­ ra n te de la igualdad de todos aquellos que tien en u n a a p arien ­
cuncisiones» y su m adre com ercia con pepinillos en vinagre y cia h u m an a. C om paradas con «el sol, la m úsica, los árboles,
pantalones usados. El hijo es un pillo que ronda por las ferias, di­ los niños» (todo lo que R ahel d en o m in ab a «la re a lid ad v erd a­
ce bufonadas, canta al pueblo las m elodías del rey David y tiene dera» p recisam en te p o rq u e no tiene cab id a en la realid ad del
por m usas a las prostitutas de la casa de citas de Amsterdam. m undo político y social), las instituciones h u m an as resu ltan ri-
54 LA TRADICIÓN OCULTA LA TRADICIÓN OCULTA 55

dículas. La inm ensa incongruencia entre la n atu raleza creada, de fuerte que la tra d ic io n a l p asión ju d ía p o r la ju sticia. P ara
el cielo y la tierra, el ser h u m an o (todo igual de b u en o en su H eine, la lib ertad no tiene n ad a que ver con d esh acerse de u n
sublim idad) y las diferencias fabricadas socialm ente con las que yugo m ás o m enos m erecido. El ser h u m an o h a nacido libre y
el ser hum ano discute, p o r así decir, el poder de la natu raleza y con su servidum bre no hace sino venderse co n stan tem en te a sí
pretende copiar con sus chapuzas al creador tiene algo directa­ m ism o. Por eso, tan to en sus poem as políticos com o en sus es­
m ente cóm ico que salta a la vista. De repente todo se invierte y crito s en prosa, su ira no sólo se dirige al tira n o sino tam b ién
el p aria ya no es el Schlem ihl, el despreciado p o r la sociedad, al pueblo que lo soporta. E sta lib e rta d h e in ea n a b ro ta de u n
sino aquellos que viven en un orden jerárquico inam ovible p o r­ m ás allá del dom inio y la serv id u m b re en el que el siervo y el
que h a n cam biado lo que la n a tu ra lez a les h ab ía dado gene­ o p reso r son igual de a n tin a tu ra le s y, p o r lo ta n to , igual de có ­
ro sam en te por el ídolo de las ventajas sociales. Eso es lo que m icos. P o r eso sus can cio n es están ta n lib res de am arg u ra. Al
o cu rre sobre todo con el parvenú, que ya per definitionem no ciudadano asfixiado p o r u n a realid ad de la que al m ism o tiem ­
nace encajado en un orden jerárq u ico fijo y en cierto m odo po es responsable, difícilm ente puede exigírsele esta m ism a h i­
ineluctable, sino que tiene lib ertad de elección. Por eso tiene laridad, n acida de la desp reo cu p ació n del p aria. Incluso H eine
que h acer un gran esfuerzo p a ra in sertarse en u n a e stru ctu ra la pierde p o r com pleto cu an d o tiene que tra ta r con esa socie­
je rá rq u ic a to rtu ra n te (con lo que paga con dolorosa exactitud dad de la que su existencia de p a ria no le h a p erm itid o d esli­
el precio im placable que los dem ás trib u ta n sin saberlo). Aho­ garse del todo: los ju d ío s ricos personificados en su p ro p ia fa­
ra bien, los poderosos del m undo hum ano tam bién son Schle­ milia.
m ihl p a ra el poeta que com para el poderío de los m ism os con No cabe duda de que, en relación con la realidad política, las
la sublim idad del sol que ilum ina a todos, tan to al rey com o al despreocupadas ganas de b ro m a de H eine tienen algo de ensue­
m endigo que se sienta a su portal. Toda esta sab id u ría nos es ño e irrealidad. No hay vida verdadera o siq u iera posible que
bien conocida por las antiquísim as canciones de los pueblos corresponda a su m ás allá del dom inio y la servidum bre. E n es­
despreciados u oprim idos, cuya alegría es con frecuencia m oti­ te sentido el paria, sea u n Schlem ihl o el Señor del m undo de
vo de asom bro. M ientras no seam os capaces de d etener el c u r­ los sueños, siem pre está fuera de la vida real y sólo la ataca des­
so del Sol, seguirán refugiándose en la n atu raleza im ponente, de fuera. La afinidad ju d ía con el utopism o —que donde m ás se
ante la cual todo arte hum ano fracasa. m anifestó fue precisam ente en los países de la em ancipación—
Las ganas de brom a de H eine b ro ta n de este d esplazam ien­ da testim onio de la falta de base social en la que lo m ejor del ju ­
to de los acentos, de esta vehem ente p ro te sta n atu ral del paria daism o asim ilado se veía en la obligación de vivir. Sólo la p ro ­
que no puede reconocer la realid ad que la sociedad h a cons­ ductividad poética, que transform aba la insustancialidad e irrea­
tru id o y le opone o tra a su parecer m ás poderosa. De ah í ta m ­ lidad de la existencia del paria en principio realm ente activo de
bién la m agnífica p u n te ría de su befa. H eine n u n ca ab an d o n a un m undo artístico, salvó a Heine de dicho utopism o. Heine salió
este cim iento com probable de realidad n atu ral y p o r eso siem ­ adelante sin doctrinas y sin p erd er su gran entusiasm o p or la li­
pre logra d escubrir el punto débil del rival, el taló n de Aquiles b ertad porque quiso ser el espejo en el que se m irara el m undo
de la estupidez calculadora. político. Y si aún hoy p asa por ser de los críticos m ás perspica­
E n la distan cia n a tu ra l del p a ria con respecto a to d a obra ces de los acontecim ientos políticos de su tiem po es porque no
h u m an a aprende H eine la esencia de la libertad. Fue el p rim er los m iraba a través de las gafas de ninguna ideología (aunque lo
judío para el que la lib ertad significaba algo m ás que la «libe­ viera todo desde m ás lejos y con m ás precisión, com o a través
ración de la servidum bre» y p ara el que esta pasión era igual de las lentes de u n telescopio). La «doctrina» de este «hijo ex­
56 LA TRADICIÓN OCULTA LA TRADICIÓN OCULTA 57

traviado», que después de «haberse codeado d u ran te m ucho h u y ero n so b rem an era al c a rá c te r p o p u la r y sencillo, h u m a n a ­
tiem po con los hegelianos» incluso se declaró in trép id am en te a m ente p u ro , del arte de Heine.
favor de un dios personal, fue siem pre: «Dale al ta m b o r y no Como escritor, H eine quizá fue el único de los m aestro s ale­
sientas temor, y besa a la cantinera...». m an es de la p ro sa que recibió realm en te la h eren cia de Les-
Libre de tem o r y con u n descaro divino, pues, H eine co n si­ sing, m aterializándose así, de la m an era m ás so rp ren d en te, esa
guió al final aquello que sus correligionarios —llenos de tem o r expectativa ta n sin g u lar y c arac te rístic a del te m p ra n o m ovi­
y tem blor, con disim ulos y con osten tació n arro g an te, con li­ m iento de em ancipación p ru sian o , a saber, que los judíos, u n a
sonjas y con fan farro n ad as— se esforzaron en vano p o r conse­ vez em an cip ad o s, serían no sólo seres hum anos, sino seres h u ­
guir. H eine es el único judío alem án que hu b iera realm ente p o ­ m anos m ás libres, m ás exentos de prejuicios y m ás hum anos. La
dido decir de sí m ism o que era alem án y judío, am b as cosas a ab su rd a exageración de esta preten sió n salta a la vista y su in ­
la vez. Es el único ejem plo im p o rtan te de asim ilación exitosa sensatez política sólo es equiparable a la de los judíos que aún
que puede exhibir la h isto ria entera de la asim ilación. E n cual­ hoy siguen im aginándose que, p o r m uchos que sean los pueblos
qu ier caso, sea porque descubrió a Febo Apolo en R abbi Fai- que haya, todavía quedan seres hum anos sin m ás, es decir, ju ­
busch, sea porque con su poetización del derecho nacional ver­ díos. H eine nu n ca se dejó en g atu sar p or esta clase de «cosm o­
tió a la lengua alem ana innum erables palabras judeo-hebraicas politas», aunque sólo fuera p o r el m ero hecho de que sin p u e­
(a las que situó en u n plano de igualdad), H eine puso en p rá c ­ blos no hay poetas y él no podía p erm itirse el lujo de ser u n
tica, m edio en serio m edio en brom a, aquello sobre lo que los poetastro. Se aferró a su p ertenencia a un pueblo de parias y a
otros sólo parloteaban: u n a v erd ad era am algam a. B asta te n er Schlem ihl y p or eso se cuenta entre los que lu ch aro n en E uropa
presente el m iedo con el que los judíos asim ilados evitaban las p o r la lib e rta d sin clau d icar (de los que p recisam en te en Ale­
p alab ras judías, la vehem encia con que in sistían en no e n ten ­ m an ia h a h abido pocos que lo h icieran ta n d esesp erad am en te
derlas, p ara c alib rar qué quería decir H eine al p a ro d ia r alegre­ com o él). E n tre sus contem poráneos, H eine fue el poeta de m a ­
m ente: «Schalet,* bello destello de los dioses, hija del Elisio...». y or carácter. C uanto m enos c a rá c te r te n ía la sociedad judeo-
Con lo que no infligía n in g u n a grave ofensa a Schiller y asig­ alem an a m ás tem o r sentía ante la fuerza explosiva de sus poe­
nab a a la com ida celestial de la princesa S abbat su lu g ar a p ro ­ m as. Fue este tem or la causa de que q u isieran destru irlo con la
piado ju n to al n éctar y la am brosía. calum nia de que le «faltaba carácter». E n tre los calum niadores
M ientras los portavoces de los judíos de excepción apelaban tam b ién hab ía ab u n d an tes literatos judíos que no deseaban se­
a Jesaja y Jerem ías p ara atribuirse un utópico árbol genealógi­ g u ir el «cam ino com o alem án y judío» ab ierto p o r H eine, u n
co de sublim idad extraordinaria (como, p o r ejem plo, H erm ann cam ino que con toda seguridad los h u b iera llevado fuera de la
Cohén en Alem ania) o se envanecían de un poder especialm en­ sociedad judeo-alem ana, pues H eine se com portó, aunque sólo
te m isterioso entre los poderosos de la tie rra (com o B enjam in fuera en ta n to que poeta, com o si con la em ancipación el p u e ­
D israeli en Inglaterra), H eine echó m ano de lo que le quedaba blo ju d ío se liberara de verdad, com o si no existiera en ab so lu ­
m ás cerca, aquello que el pueblo ten ía en el corazón y en la to aquella condición que regía la em an cip ació n en toda E u ro ­
lengua tal cual, y le dio el brillo de la p alab ra poética, con lo pa, a saber, que los ju d ío s sólo p o d ían ser seres h u m an o s si
que le devolvió, haciendo un rodeo p o r la lengua alem ana, su dejaban de ser judíos. P o r eso pudo lo que en su siglo m uy p o ­
dignidad europea. Precisam ente las alusiones a lo ju d ío contri- cos seres hum anos pudieron: h a b lar la lengua de un hom bre li­
bre y c a n ta r las canciones de u n ser h u m an o n atu ral.
* «Schalet» es el nombre de una comida judía del Sabbat. (N . del t.)
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58

II. B e r n a r d L a z a r e : e l p a r ia c o n s c i e n t e
com m e p o u rritu re qui n o u s em poisone.»)* H ab ía c o m p re n d i­
do que el p a ria no sólo sufría bajo el dom inio de sus parvenus,
Al c o n creta r en la figura del Schlem ihl la afin id ad p rim o r­ sino qu<| ta rd e o tem p ran o se vería obligado a p a g a r la cu en ta
dial del p a ria con la poesía —que tam bién se m an tien e fuera entera: «Je ne veux plus avoir contre m oi n o n seu lem en t m es
de la sociedad y de hecho siem pre le es extraña—, H eine ra tifi­ p ropres riches qui m 'exploitent et me vendent, m ais encore les
có en su época el derecho nacional del pueblo judío, al m enos riches et les pauvres des au tres peuples qui au nom de m es r i­
en el m undo de la cu ltu ra europea. B ernard Lazare, a quien la ches me p ersécu ten t et me traquent».** Así descubrió la «doble
F rancia de la época del caso Dreyfus descubrió que la cualidad servidum bre» de la que ya hab ía hablado Jost: d ep en d er de los
de paria era específica de la existencia del pueblo judío, in te n ­ poderes hostiles del en to rn o y dep en d er de los p ro p io s «her­
tó hacer realidad dicho derecho en el m u ndo de la p olítica m anos acaudalados» (am bos incom prensiblem ente aliados). Si
europea. Con el concepto del «paria consciente» —que definía Lazare fue el p rim er judío que com prendió la conexión entre es­
la situ ació n de los ju d ío s em ancipados c o n trap o n ién d o la a la tos dos poderes igualm ente hostiles al paria, es porque, form ado
existencia inconsciente de p aria de las m asas ju d ías no em an ­ en la gran tradición política francesa, sabía que todo dom inio ex­
cipadas del E ste—, el judío com o tal debía convertirse en u n tranjero se atrae de entre el pueblo oprim ido a u n a casta de se­
rebelde, en rep resen tan te de un pueblo oprim ido que asocia su cuaces a los que recom pensa con privilegios. Por eso ta m b ién
lucha por la libertad con la lucha p o r la lib ertad nacional y so­ entendió cuán im p o rtan te era p ara los judíos ricos apoyarse en
cial de todos los pueblos oprim idos de E uropa. los judíos pobres o, en caso de necesidad, d istan ciarse de ellos.
En el intento heroico de dilucidar políticam ente la cuestión El p a ria se convierte en rebelde en el m o m ento en que e n tra
judía, Lazare descubrió circu n stan cias específicam ente ju d ías en la escena de la política. Por eso Lazare q u ería que el ju d ío
que a H eine le h a b ían pasado inadvertid as (sin m en o scab ar se «defendiese com o p a ria ..., pues cada c ria tu ra tiene el deber
por ello la grandeza de su obra). Si Heine exclamaba: «¡Qué des­ de re sistir a la opresión». Exigía nad a m ás ni n a d a m enos que
protegida está Israel! Falsos amigos custodian sus puertas, desde el p aria ab an d o n ara los privilegios del Schlem ihl, se deshiciera
den tro y desde fuera la custodian la insensatez y el tem or» {El del m undo de los cuentos de hadas y de los poetas, ren u n ciase
rabino de Bacharach), Lazare investigó la conexión política en ­ a la p ro tecció n de la n a tu ra lez a e in terv in iera en el m u n d o de
tre insensatez ju d ía y falsedad no ju día. D escubiió que la base los seres hum anos. En otras palabras, que se sintiese resp o n sa­
de la in sen sa tez era la ideología de la asim ilació n esa doc­ ble de lo que la sociedad h ab ía hecho de él y d ejara de re fu ­
trine bátarde —, que acaba p o r «recom m an d er aux juifs d’a- giarse en las carcajad as divinas y la sublim e su p erio rid ad de la
b a n d o n n er toutes leurs caractéristiq u es individuelles et m o ra ­ p u reza h u m an a. E ntonces, aunque h istó ricam en te h ab lan d o el
les et de ne se d istin g u er que p a r un signe physique destiné á p a ria ju d ío fuera p ro d u cto de u n dom inio in ju sto sobre la tie ­
les désigner á la haine des autres confessions».* Q uería llevar rra — «Voyez le peuple com m e vous l’avez fait, C hrétiens, et
al ju d ío p a ria a u n a lu ch a política c o n tra el ju d ío parvenú, vous, Princes des Juifs» {Le Fumier de Job )—,*** políticam ente
au n que sólo fuera p a ra protegerlo de c o m p a rtir el destino de
éste, que sólo podía llevarlo a la ruina. («II nous faut les lejetei * «Es necesario que los rechacemos como porquería que nos envenena.» (N. del t.)
** «No quiero tener en mi contra además de mis propios ricos, que me explotan
y me venden, a los ricos y los pobres de otros pueblos, que en nombre de mis ricos me
* «Recomendar a los judíos que abandonen todas sus características individuales persiguen y acosan.» (N . del t.)
\ un n ules y no se distingan más que por una señal física que los destina al odio de las *** «Ved al pueblo tal com o lo habéis hecho, cristianos, y vosotros, príncipes de
1 1>i m e ' i ni lesiones.» (Ai. del t.)
los judíos.» (N . del t.)
60 LA TRADICIÓN OCULTA LA TRADICIÓN OCULTA 61

hablando todo paria que no fuera un rebelde se co rresp o n sab i­ querien d o lib e ra r al p aria de su existencia de Schlem ihl y h a ­
liz a ría de su p ro p ia o p re sió n y d e sh o n ra ría lo que de h u m a ­ cerlo e n tra r en la escena de la política, tro p ezó con el parásito.
no hay en él. P ara esta deshonra no hay salvación posible ni en Ahora bien, si com o p a rá sito el p a ria pierde su dignidad no es
el a rte ni en la natu raleza, pues el ser h u m an o no es sólo u n a porque el p arásito sea pobre o ni siquiera p o rq u e m endigue si­
c ria tu ra de la n a tu ra lez a o de Dios: es resp o n sab le esté donde no porque m endiga a aquellos c o n tra los que debería lu c h ar y
esté de lo que hagan los seres h u m an o s en el m u n d o creado porque m ide su pobreza con el b arem o de los que son sus cu l­
p o r ellos. pables. Com o p arásito , el p a ria se convierte en u n o de los so ­
Visto superficialm ente p o d ría p arecer com o si L azare h u ­ p o rtes de la sociedad sin que lo a d m ita n en ella. Igual que no
biera sucum bido a la resistencia orgánica de los ju d ío s excep­ puede vivir sin b enefactores, éstos no p u ed en vivir sin él. M e­
cionales, los judíos ricos, notables y filántropos cuyas a sp ira ­ d ian te la carid ad o rg an izad a los parvenus del pueblo ju d ío no
ciones de dom inio h ab ía ofendido y cuya am bición económ ica sólo consiguen el p o d er sino tam b ién estab lecer los valores de
había osado denunciar. De ser así, su fracaso h ab ría significado todo el pueblo. El parvenú, que tem e secretam ente volver a con­
el com ienzo de una trad ició n que, a p esar de su tem p ran a vertirse en paria, y el paria, que esp era p o d er aún llegar a par­
m uerte (1902) y trascendiéndola, h a b ría determ inado, si no el venú, están de acuerdo y tien en razó n de sen tirse unidos. De
destino, sí al m enos la voluntad del pueblo. Que éste no sería B ern ard L azare, el único que in ten tó h a ce r u n a nueva catego­
el caso, lo sabía el m ism o Lazare perfectam ente, que adem ás ría política del hecho elem ental de la existencia p o lítica del
—cosa m ás grave para él— detectó cuáles eran los m otivos de la pueblo, ni siquiera ha quedado el recuerdo.
inutilidad de su intento. Lo decisivo no era el com portam iento
de los parvenus, no era la existencia de u n a casta de señores
que p o r m ucho que q uisieran p arecer o tra cosa eran ex acta­ III. Charlie Chaplin: el sospechoso
m ente iguales a las castas de los otros pueblos. In co m p arab le­
m ente peor, y decisivo para el fracaso del intento de Lazare, fue Lo m ism o que ha llevado al pueblo judío al resultado desas­
el com portam iento del p aria que se resistía ab iertam en te a ser troso de la com pleta insensatez política y de u n a u nidad y u n a
u n rebelde y encim a prefería o bien el papel del «Révolution- solidaridad como pueblo que son u n a burla de todas las circuns­
naire dans la société des autres et non dans la sienne» (Le Fu- tancias m odernas, h a producido en la m odernidad algo asom ­
mier de Job)* o bien volverse un parásito que, desm oralizado, se brosam ente bello y singular: las películas de Charlie Chaplin. En
deja llevar p o r los parvenus convertidos en benefactores (como ellas, el pueblo m ás im p o p u la r del m u n d o h a creado la figura
en la im agen que usaba Lazare de la plebe ro m an a, que dejó m ás p o p u lar de la época, cuyo c arác te r p o p u lar no consiste en
que los patricios le com praran sus derechos y deberes a cam bio la tran sp o sició n a n u estro tiem po de an tiq u ísim as y alegres
de m eras propinas). E n am bas form as, com o revolucionario en b u fo n ad as sino m ás b ien en la re stau rac ió n de u n a cu alid ad
la sociedad de los otros o como parásito en la p ro p ia (viviendo que ya casi se creía m u e rta después de u n siglo de lu ch as de
de las m igajas e ideales de sus benefactores), el p aria seguía de­ clase y de intereses: el en can to irresistible del pequeño hom bre
pendiendo del parvenú, protegiéndolo y bajo su protección. del pueblo. Ya en sus p rim eras películas, Chaplin nos p resen ta
Lazare no sucum bió a la hostilidad de los «princes des Juifs», a este pequeño hom bre chocando siem pre inevitablem ente con
por encarnizadam ente que lo persiguieran, sino al hecho de que, los defensores de la ley y el ord en , los rep resen tan tes de la so ­
ciedad. Sin duda tam bién es u n Schlemihl, pero ya no es u n p rín ­
* «Revolucionario en la sociedad de los otros y no en la suya.» (N . del t.) cipe encantado en un país de fábula, y de la p rotección olím pi­
62 LA TRADICIÓN OCULTA LA TRADICIÓN OCULTA 63

ca de Apolo apenas le queda nada. C haplin se m ueve en un tam ente independientes el uno del otro: pertenecen, como quien
m undo exagerado grotescam ente pero real, de cuya hostilidad dice, a m undos diferentes que nu n ca van al u n íso n o . Al sospe­
no lo protegen ni la n a tu ra lez a ni el arte, sino sólo las a rtim a ­ choso lo p illan siem pre p o r cosas que no h a hecho pero ta m ­
ñas que ingenia y, a veces, la in esperada bondad y h u m an id ad bién, com o la sociedad lo ha desacostum brado a ver la relación
de alguien que pasa casualm ente. entre el delito y el castigo, puede perm itirse m u ch as m ás cosas,
A ojos de la sociedad, Chaplin es siem pre y fundam entalm en­ puede deslizarse en tre las redes de leyes que con su espesor-
te sospechoso, tan sospechoso que la extraordinaria variedad de a tra p a ría n a cu alq u ier m o rtal norm al. La in o cen cia del sospe­
sus conflictos se caracteriza p o r ten er un elem ento com ún: n a ­ choso, que Chaplin siem pre plasm a en la pantalla, no es un ra s­
die, ni siquiera el im plicado, se p regunta po r lo justo y lo injus­ go de carácter, com o o cu rría en H eine, sino expresión de la pe­
to. M ucho antes de que el sospechoso se convirtiera en el verda­ ligrosa tensión que siem pre supone aplicar las leyes generales a
dero sím bolo del paria en la figura del «apátrida», m ucho antes las fechorías individuales, una tensión que bien po d ría ser tem a
de que seres hum anos reales necesitaran miles de artim añas p ro ­ de u na tragedia. Si, en cam bio, esta tensión en sí m ism a trágica
pias y la bondad ocasional de alguien para sim plem ente m an te­ puede resu ltar cóm ica en la figura del sospechoso es porque sus
nerse con vida, Chaplin ya presentaba, aleccionado p o r las expe­ hechos y fechorías no tienen ninguna relación con el castigo
riencias de su infancia, el secular m iedo judío ante los policías que le sobreviene. Tiene que su frir p o r m ucho m ás de lo que ha
—personificación de un entorno hostil— y la secular sab id u ría hecho p o rq u e es sospechoso, pero com o está fuera de la socie­
judía, que en d eterm in ad as c ircu n stan cias p erm itió a la a stu ­ dad y acostum brado a llevar u na vida que la sociedad no contro­
cia h u m a n a de David aca b a r con la fuerza bestial de Goliat. la, m uchos de sus pecados tam bién pueden p asar desapercibidos.
Resultó que el paria, que está fuera de la sociedad y es un sos­ De esta situación, en que el sospechoso siem pre se encuentra,
pechoso p a ra todo el m undo, se ganó la sim p atía del pueblo, nacen a la vez el m iedo y el descaro: m iedo de la ley, porque és­
que evidentem ente re e n co n trab a en él ese elem ento de h u m a ­ ta es com o u n a violencia de la n atu raleza, in d ep en d ien te de lo
nidad al que la sociedad no hace ju sticia. Cuando el pueblo se que uno hace o deja de hacer; descaro disim ulado-irónico ante
ríe de la a rro llad o ra rapidez con que C haplin confirm a lo del los rep resen tan tes de dicha ley, porque uno h a aprendido a p ro ­
am o r a prim era vista, da discretam en te a e n ten d er que en su tegerse de ella com o se protege uno de los ch ap arro n es (en agu­
sen tir este ideal del am o r sigue siendo am o r (aunque difícil­ jeros, resquicios, grietas, que se e n cu en tran con ta n ta m ás fa­
m ente se le perm ite ya revalidarlo). cilidad cu an to m ás pequeño se hace uno). Es el m ism o descaro
Lo que une las figuras del sospechoso y el Schlem ihl de Hei- que tam b ién nos cautiva de H eine, pero ya no despreocupado
ne es la inocencia. Aquello que resultaría insoportable y falto de sino in q u ieto y preocupado, ya no el descaro divino del poeta
credibilidad en argum entaciones sutiles, alard ear de sufrir p e r­ que se sabe fuera de la sociedad y su p erio r a ella p o rque tiene
secuciones inm erecidas, se convierte en la figura de Chaplin en u n pacto secreto con las fuerzas divinas del m undo, sino el des­
algo entrañ ab le y convincente, pues no se expresa en un com ­ caro asustado que tan bien conocem os p or innum erables h isto ­
p o rtam ien to virtuoso, sino, al contrario, en m iles de pequeños rias poptilares judías, el descaro del judío pobre y pequeño que
fallos e innum erables conflictos con la ley. En estos conflictos no reconoce las reglas del m undo porque no es capaz de divisar
se evidencia no solam ente que el delito y el castigo son in co n ­ en ellas p o r sí m ism o ni orden ni justicia.
m ensurables, que desde la perspectiva h u m an a el castigo m ás En este ju d ío pequeño, inventivo y a b an d o n ad o del que to ­
duro puede seguir al delito m ás insignificante, sino sobre todo dos sospechan se vio reflejado el hom bre pequeño de todos los
que castigo y delito son, al m enos p ara el sospechoso, com ple­ países. Al fin y al cabo tam b ién éste hab ía estado siem pre obli­
64 LA TRADICIÓN OCULTA LA TRADICIÓN OCULTA 65

gado a esquivar u n a ley que en su sublim e llaneza «prohíbe a novelas kafkianas son ab stracto s, característica que en sus
p obres y a ricos d o rm ir bajo los pu en tes y ro b a r pan» (A nato­ obras de ju v en tu d queda subrayada p o r el hecho de que estas
le France). En el pequeño Schlem ihl judío veía a su igual, veía personas sin atrib u to s se dedican p erm an en tem en te a algo a lo
grotescam ente exagerada la figura que él m ism o era u n poco que, aparte de ellos, no se dedica nadie: a reflexionar. En la n a ­
(com o bien sabía). Y así pudo reírse inofensivam ente de él m is­ rrativa de Kafka siem pre se reconoce al héroe porque éste quie­
m o, de sus desventuras y sus rem edios cóm ico-astutos; hasta re saber «qué es p ro p iam en te lo que p asa con las cosas que se
que tuvo que enfrentarse a la extrem a desesperación del desem ­ d erriten a m i alred ed o r com o la nieve m ien tras p ara los dem ás
pleo, a un «destino» frente al que todos los ingeniosos tru co s u n vasito de aguardiente ya es firm e com o u n m onum ento».
individuales fracasaban. A p a rtir de ese m om ento la p o p u la ri­ Descripción de una lucha tra ta de u n a m a n e ra m uy general
dad de C haplin se h undió ráp id am en te, ya no p o r el a n tisem i­ de cóm o se agrupa la gente en sociedad y co n stata que en el in ­
tism o creciente sino porque su h u m an id ad elem ental ya no te ­ te rio r de u n m arco ú n icam en te social el efecto de las b u en as
n ía vigencia, po rque la elem ental liberació n h u m a n a ya no relaciones, o incluso am istosas, es m uy perturbador. La sociedad
ayudaba a vivir. El hom bre pequeño h ab ía decidido tra n sfo r­ se co m p o n e de «ab so lu to s nadies»: «No he h ech o n a d a m alo
m arse en un «gran hom bre». a nadie, n ad ie m e h a hecho n ad a m alo, n ad ie q u iere a y u d ar­
El preferido del pueblo ya no era C haplin, sino S uperm an. me, n ad ie en absoluto». Pero a p e sa r de ello, aquel a qu ien la
C uando C haplin in tentó en El gran dictador h acer el papel del sociedad envía a paseo, com o es el caso del p aria, no puede de­
S u perm an m onstruoso-bestial, cuando contrapuso en un doble cir que haya tenido suerte, pues la sociedad p reten d e «ser real»
papel al pequeño y al gran hom bre, cuando al final se arran có y quiere «hacerle creer que él es irreal», que es nadie.
la m áscara e hizo em erger del pequeño hom bre al C haplin ser E n el conflicto entre sociedad y paria no se tra ta sólo de p re ­
h u m ano real p a ra m o stra r al m undo con u n a seried ad deses­ g u n ta r si la u n a se h a com p o rtad o ju sta o in ju stam en te con el
p erada la sencilla sabiduría del hom bre pequeño y hacerla otra otro, sino de si al excluido de la sociedad o al que se opone a
vez deseable, apenas le entendió nadie (a él, que h ab ía sido el ella aún le corresponde alguna clase de realidad. Pues la m ayor
preferido de todo el m undo habitado). IV . h erid a que la sociedad h a causado desde siem pre al p a ria que
p ara ella es el ju d ío h a sido dejar que éste dudase y d esesp era­
se de su p ro p ia realid ad , hacerlo ap arecer a sus propios ojos
IV. F ranz Kafka: el hombre de buena voluntad con el sello de ese «nadie» que era p ara la b u en a sociedad.
E n este conflicto que se extiende a lo largo de m ás de u n si­
El Schlem ihl de H eine y el p a ria consciente de Lazare son glo, Kafka es el p rim ero que ya al com ienzo de su producción
de concepción judía, e incluso al sospechoso de C haplin se le da u n giro al asunto y hace co n star que la sociedad se com pone
n o ta clarísim am ente su origen judío. La cosa cam bia cuando de «absolutos nadies [...] en frac». En cierto sentido tuvo la suer­
nos encontram os la figura del p aria en su versión m ás reciente te de h ab er nacido en un tiem po en el que ya era obvio que los
y de m om ento últim a: en la obra de Kafka, donde aparece dos fracs vestían a «nadies». Q uince años después, M arcel P ro u st
veces (una, en su p rim er relato, Descripción de una lucha, y h ab lab a en El tiempo recobrado de la sociedad francesa com o
otra, en su últim a novela, El castillo). E n El castillo K. no viene un baile de m áscaras en el que tras cada m áscara reía sarcásti­
de ninguna parte y nunca se habla de su vida anterior. No puede cam ente la m uerte.
ser «judío» porque, al igual que todos los héroes kafkianos, no P ara escapar a la am en aza fu n d am en tal de su conciencia de
posee atributos caracterológicos propios. Los personajes de las realidad, los p arias del siglo xix d escu b riero n dos salidas sal­
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LA TRADICIÓN OCULTA 67
vadoras que a Kafka ya no le sirvieron. La p rim era conducía a no les hace bien que «se reflexione sobre ellas: [pierden] ánim o
u n a sociedad de parias que estaban al m ism o nivel y que p e n ­ y salud», esto es, significado real y vivo.
sab an lo m ism o de su oposición a la sociedad. En este suelo lo Lo que distingue específicam ente a K afka en n u e stra serie
único que germ inó fue u n a bohem ia ajena a la realidad. La se­ de p a ria s es u n a nueva y agresiva fo rm a de reflexión. Sin n in ­
gu nda salida salvadora —que eligieron m uchos de los judíos guna clase de arrogancia, sin la su p erio rid ad m ajestuoso-iróni-
aislados y solitarios de la asim ilación— conducía a la realidad ca del «Señor del m u ndo de los sueños» (H eine), sin la astucia
im p onente de la natu raleza, del Sol que a todos ilum ina, y al­ inocente del hom brecillo siem pre apurado (Chaplin), los héroes
gunas veces al te rrito rio del arte en form a de u n a c u ltu ra y de de Kafka se en fren tan a la sociedad con u n a agresión conscien­
u n gusto artísticos m uy elevados. N aturaleza y arte son ám b i­ te y deliberada. Por o tra p arte, a los p erso n ajes de K afka les
tos que se su strajeron d u ran te m ucho tiem po a las in tro m isio ­ faltan las trad icio n ales cualidades del p a ria ju d ío , a saber, la
nes sociales o políticas y se consideraron intocables: en ellos el conm ovedora inocencia y el carácter cóm ico del Schlem ihl. En
p a ria pudo considerarse d u ra n te m ucho tiem po invulnerable. El castillo, en la novela que uno casi d iría d ed icad a al p ro b le ­
Las ciudades, bellam ente construidas y santificadas p o r la tra ­ m a judío, cada vez q ueda m ás claro que el a g rim en so r K., ve­
dición, ofrecían al fin sus edificios y plazas a todo el m undo, nido de fuera, es u n ju d ío , no p orque d eten te n in g u n a de las
pues pervivían en el presente provenientes de u n tiem po p a sa ­ características típicam ente judías, sino p o rque cae en d eterm i­
do y precisam ente p o r eso m a n te n ían u n ám bito público del
nadas situaciones y am bigüedades típicas. K. es un extraño que
que nadie quedaba excluido. Al fin los palacios construidos por nadie puede clasificar p o rq u e no p erten ece ni al pueblo ni al
los reyes para la alta sociedad abrían sus puertas a todo el m u n ­ gobierno. («No es usted del castillo, no es usted del lugar, no es
do; al fin las catedrales construidas para los cristianos dejaban usted nada.») Su llegada tiene algo que ver con el gobierno, n a ­
en tra r tam bién a los no creyentes. Como parte de ese «todo el tu ralm en te, pero u n derecho legítim o a quedarse no lo tiene. A
m undo» que la sociedad dom inante llam aba «nadie», el paria, ojos de las au to rid ad es b u ro cráticas m enores su existencia só ­
el judío, tenían acceso a todas las pasadas m agnificencias de lo es u n a casu alid ad b u ro c rá tic a y su en tera existencia c iu d a ­
E uropa (a cuya belleza dem ostraban m uchas veces te n er los dan a corre el peligro de tra n s c u rrir entre «colum nas de actas»
ojos m ás abiertos que sus conciudadanos, escru p u lo sam en te que, a su vez, «se levantan y se derrum ban».* C on tin u am en te
protegidos por la sociedad y el presente). se le echa en cara ser superfluo, «sobrante y e sta r de paso en
Kafka en este relato fue el prim ero en a ta c a r tan to la n a tu ­ todas partes», que al ser u n extraño tiene que conform arse con
raleza como el arte, calificándolos de refugio de los expulsados dádivas y que sólo se le tolera p o r m isericordia.
de la sociedad. A su conciencia m oderna de la realidad ya no le El m ism o K. opina que lo m ás im portante p ara él es llegar a
bastaban el cielo y la tierra, cuya superioridad sólo d u rará m ien­ ser «indistinguible» y que «todo depende de que eso ocurra m uy
tra s «os deje en paz», y tam bién discutió que el m undo en el deprisa». Pero enseguida dice que el gobierno no deja de poner-
que todos nos m ovem os cotidianam ente fuera u n legado de los
m u ertos santificado p o r la belleza. («Ya hace m ucho que tú,
cielo, eras real; y tú, plaza, nunca has existido realm ente.») A sus 1. Cuando apareció la novela, las descripciones kafkianas de la burocracia austro-
ojos, la belleza del arte y de la n a tu ra lez a tam b ién era u n p ro ­ húngara se consideraron una exageración «surreal». Sin embargo, puede darse crédito
a los conocim ientos de Kafka sobre el tema, ya que profesionalmente se ocupaba sobre
ducto social, ya que la sociedad, desde tiem po inm em orial, p o ­ todo de la lucha de los trabajadores por sus garantías y, extraprofesionalmente, de los
nía dichos refugios com o consuelo convencional a disposición permisos de residencia de sus am igos judíos del Este. En cualquier caso, al lector de
hoy tales descripciones le resultan, antes que demasiado fantásticas, demasiado natu­
de aquellos cuya igualdad no reconocía. Por eso a tales cosas ralistas.
r

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68 LA TRADICIÓN OCULTA

un ser h u m an o cuyo c o m p o rtam ien to re su lta nuevo y extensi-


le obstáculos para im pedírselo. El gobierno ni siquiera conside­
ble m ás allá del h o rizonte de la pro b lem ática p u ra m e n te judía.
ra que lo que K. quiere (la com pleta asim ilación, podríam os de­
K., que quiere ser indistinguible, sólo está interesado p o r lo m ás
cir) sea u n verdadero propósito. E n u n a carta del «castillo» se
universal, p o r aquello que es com ún a todos los seres hum anos.
le dice a K. que tiene que decidir si «quiere ser u n trab ajad o r
Su voluntad se aplica sólo a aquello a lo que todos los seres h u ­
vinculado al castillo (un vínculo que aunque lo distinga solo se­
m anos tienen derecho de m an era n atu ral. Si se le quisiera des­
rá aparente) o bien un aparente lugareño cuya situación laboral
cribir, difícilm ente po d ría decirse n ad a excepto que es u n h o m ­
decidan en realidad los com unicados de B arnabas [el m ensaje­
bre de b u e n a voluntad, pues n u n ca exige m ás derecho que el
ro del castillo]». . que corresponde a todo ser hu m an o y tiende a no conform arse
En ninguna im agen se hubiera podido expresar m ejor la p ro ­
nu n ca con m enos. Toda su am bición se dirige a ten er «un hogar,
b lem ática entera del judaism o asim ilad o r que en esta a lte rn a ­
u n a posición, u n verdadero trabajo», a casarse y «ser m iem bro
tiva: o pertenecer al pueblo sólo en ap arien cia y p erten ecer en
de la com unidad». Como es u n extraño y no dispone de estas ob­
realidad al gobierno o ren u n ciar totalm ente a la protección gu­
viedades de la vida, no puede p erm itirse el lujo de la am bición.
b ern am ental e in ten tarlo con el pueblo. El judaism o oficial h a ­
Tiene que lu c h a r él solo, al m enos eso dice al com ienzo de la
bía tom ado partido p o r el gobierno y sus representantes habían
novela, p o r lo m ínim o, sus derechos h u m an o s, com o si ence­
sido siem pre «lugareños sólo aparentes». Kafka nos cuenta en
rra ra n u n a exigencia excesivam ente atrevida. Y puesto que no
esta novela cómo les fueron las cosas a los judíos que optaxon
quiere sino los derechos hum anos m ínim os, no puede dejar —lo
por el segundo cam ino, el de la buena voluntad, a aquellos que
que hubiera sido m ucho m ás oportuno— que se le concedan sus
se tom aron realm ente en serio lo de la asim ilación (cuyo dram a
exigencias como «una lim osna del castillo», sino insistir en ellas
real —que no desfiguración— nos describe). Por él h ab la el ju ­
com o «su derecho».
dío que no quiere sino sus derechos com o ser hum ano: hogar,
Tan p ro n to los h ab itan tes de la población se en teran de que
trabajo, fam ilia, ciudadanía. K afka lo describe com o si sólo
el extraño llegado casualm ente goza de la p ro tecció n del casti­
h u b iera uno en el m undo, com o si fuera el único judío, com o
llo, su despectiva indiferencia inicial se tran sfo rm a en u n a hos­
si estuviera realm ente sólo. Y en eso ta m b ién atin a con toda
tilid ad resp etu o sa y en el deseo de que se vaya al castillo lo
exactitud en la realidad h u m a n a concreta, en la p ro b lem ática
m ás ráp id am en te posible: con señores de ta n ta categoría, m e­
h u m an a concreta, pues si un judío se to m ab a en se n o lo de
jo r no te n er nad a que ver. Pero cuando K. rech aza esta posibi­
«ser indistinguible», tenía que com portarse com o si sólo e stu ­
lidad arg u m en tan d o que quiere ser libre y d eclara que prefiere
viera él, tenía que aislarse rad icalm en te de todos sus iguales.
ser u n sencillo tra b a ja d o r del lu g ar a u n pro teg id o del castillo
El K. de la novela de Kafka sólo hace lo que al parecer todo el
(un «habitante sólo ap aren te del lugar»), el com portam iento de
m u ndo exigía de los judíos. Su aislam ien to no hace sino co­
los lugareños se convierte en u n a m ezcla de desprecio y m iedo
rresp o n d er a la afirm ación reiterad a de que la asim ilación p o ­
que a p a rtir de ese m o m ento a co m p añ ará to d o s los esfuerzos
dría lograrse sin m ás si los judíos estuvieran aislados, si no se
de K. Así pues, lo que les d esp ierta in q u ietu d no es tan to el h e­
reu niesen en cam arillas. Kafka pone a sus héroes en situ acio ­
cho de que el extraño lo sea com o su p ro p ó sito ta n especial de
nes tan hipo téticam en te ideales com o las descritas p a ra p la n ­
n eg arse a a c e p ta r «lim osnas». Los in te n to s de los lu g areñ o s
tear el experim ento en estado puro.
de hacerle ver su «ignorancia», su desconocim iento de la situ a­
Para la pureza del experim ento de la asim ilación h ab ía sido
ción, son incansables. In te n ta n tra n sm itirle la experiencia del
lam bién necesario ren u n ciar a todos los llam ados atrib u to s ju-
m undo y de la vida —del que es m uy evidente que él carece—
diu-, Pero al ren u n ciar a ellos K afka nos m u estra la im agen de
LA TRADICIÓN OCULTA
LA TRADICIÓN OCULTA 71
70
contándole todos los sucesos acaecidos entre los lugareños y los ten er trabajo, ser útil, fu n d ar un hogar, ser m iem b ro de u n a co­
h abitan tes del castillo. Y así se da cuenta K„ p ara su creciente m u n id ad , no depende de ser «indistinguible». Es evidente que
espanto, de que lo sim plem ente hum an o , los derechos h u m a ­ lo que él quiere, la norm alidad, se h a convertido en algo excep­
n as, la norm alidad, todo lo que consideraba tan obvio p a ra lo cional que los seres h u m an o s ni siq u iera p u ed en conseguir de
u n a m a n era sencilla y n atu ral. Todo lo que de u n a m an era n a ­
d em ás n o existe en absoluto.
En su esfuerzo p o r ser indistinguible, K. se en tera de que la tu ral y norm al está encom endado al ser h u m an o , en el sistem a
vida de los lugareños es u n a única cadena de historias horribles del lu g ar le es a rreb atad o a traició n y p resen tad o com o venido
que destruyen toda n atu ralid ad hum ana. Ahí esta la h isto ria d de fuera (o, en el sentido de Kafka, de «arriba»), com o destino,
l m esonera, que en su ju v entud h a b ía tenido e breve h o n o r regalo o m aldición: en cu alq u ier caso com o u n suceso im pene­
de ser la am ante de unos de los empleados del castillo y nunca trab le que puede contarse pero no entenderse, ya que en sí m is­
podido olvidar esa elevada posición (con lo que su m atrim onio, m o nadie h a hecho nada. El propósito de K., lejos de ser banal
p o r lo tanto, es u n a p u ra p atrañ a). Ahí está la p ro p ia novia de y obvio es, dada la relación entre pueblo y castillo, v erd ad era­
K a la que habiéndole sucedido lo m ism o pero estando a pesar m ente extraordinario y escandaloso. M ientras el lugar esté bajo
de ello realm ente enam orada de K„ no soporta u n a vida senci­ el dom inio de los h ab itan tes del castillo, lo que suceda en él se­
lla a largo plazo, sin «relaciones elevadas», y con a ayuda de rá cosa sólo del destino y no h a b rá sitio en él p a ra u n ser h u ­
m ano que, lleno de buena voluntad, quiera decidir su pro p ia vi­
dos em pleados de poca m onta del castillo rechaza a * .
todo, ahí está la m agnífica e in quietan te h isto ria de la fam ilia da. A los lugareños, la sim ple p reg u n ta p o r lo ju sto y lo injusto
B arnabas, sobre cuyos m iem bros pesa u n a «maldición» y p or les parece u n argum ento respondón que no valora debidam ente
eso tienen que vivir como outlaws* en su propio pueblo (donde la «m agnitud» de los acontecim ientos ni la m ag n itu d del poder
los tra ta n como leprosos y ellos m ism os se sienten com o lepro­ del castillo. Y cuando K., indignado, dice despreciativam ente
sos) La terrible desgracia de la fam ilia es culpa de u n a hija «¡Así son, pues, los funcionarios!» p a ra ex p resar su desilusión,
guapa que osó rechazar las solicitudes obscenas y desvergonza­ el pueblo entero se agita, com o si se le desp o jara de un secreto
das de u n poderoso em pleado del castillo: «Asi cayo la m ald i­ sublim e, el contenido m ás auténtico de su vida.
ción sobre nuestra familia». Los lugareños, dom inados h asta en K., u n a vez p erd id a la inocencia del p a ria , no a b an d o n a la
los detalles m ás íntim os por el gobierno y sus em pleados escla­ lucha. No es que se ponga a im p u lsar u n nuevo orden revolu­
vizados h a sta el últim o de sus pensam ientos p o r aquellos que cionario del m undo, com o el héroe de la ú ltim a novela de K af­
tienen poder, h an com prendido desde hace m ucho tiem po cua ka, América, ni a so ñ ar con u n «teatro de la n aturaleza» en el
es iusta o injustam ente, su «destino», u n destino que n ad a pue­ que cad a uno tuviera sitio según sus cap acid ad es y su vo lu n ­
de cambiar. No es el responsable de u n a carta obscena el que se tad. Al parecer, K. es de la opinión de que ya se ganaría m ucho
pone en evidencia sino su destinataria la que queda deshonrada con que u n ser h um ano, au n q u e sólo fu era uno, p u d iera vivir
a pesar de su total inocencia. E sto es, pues, lo que los lugaienos com o u n ser hum ano. Él se queda en el pueblo e intenta, a p e­
denom inan su «destino». A K., «eso le parece injusto y m o n s­ sa r de todo, ap añ árselas en las circ u n sta n c ias con que se e n ­
cu en tra. Por u n breve m om ento vuelve a b rillar ante él la vieja
truoso, opinión com pletam ente única en el lugar».
E sta historia fulm ina la ignorancia de K. A p a rtir de ese m o ­ y m ajestu o sa lib ertad del p aria, del Schlem ihl, del Señor del
m ento ve claro que su propósito de h acer realidad lo h um ano, m u n d o de los sueños, pero en co m p aració n con su propósito
enseguida le parece que no hay «nada m ás absurdo, nada m ás
desesp erad o que esta lib ertad , esta espera, esta inv u ln erab ili­
r. 1'i 11*,i lints » (N. del t.)
72 LA TRADICIÓN OCULTA LA TRADICIÓN OCULTA 73

dad». La libertad del p a ria es absurda porque no tiene p ro p ó si­ n a n u n ca puede e sta r en la excepción, ni siq u iera en la excep­
to, p o iq u e no tiene en cu en ta la voluntad del ser h u m an o de ción del perseguido, sino sólo en lo que es o d eb ería ser la re ­
fu n d a r algo en este m undo, aunque sólo sea la p ro p ia existen­ gla. De esta conclusión surge la in clinación de K afka al sio n is­
cia. Por eso se som ete al pro feso r tiránico, acep ta el «puesto mo. Se hizo seg u id o r del m ovim iento que q u ería liq u id a r la
m iserable» de bedel de la escuela, se esfuerza ard u am en te p or posición excepcional del pueblo ju d ío p a ra convertirlo en un
u n a conversación con K lam m , se hace vulnerable y p articip a «pueblo como los demás». Él, seguram ente el últim o de los g ra n ­
de la gran «necesidad» y las fatigas de los lugareños. des poetas europeos, no podía desear de verdad ser u n n acio n a­
M irándolo desde fuera, todo estos esfuerzos son en vano, ya lista. Su genialidad, su m odernidad, fue específicam ente su p ro ­
que hay algo de lo que K. no puede desistir, a saber, llam ar ju s ­ pósito de ser u n ser h u m an o entre seres hum anos, u n m iem bro
to a lo justo e injusto a lo injusto, y algo de lo que no quiere de- n o rm al de u n a sociedad h u m an a. No era culpa suya que esta
sistii, a saber, re h u sar obtener com o regalo de «arriba» el dere­ sociedad no fuera h u m a n a y co n sid erara al d eso rien tad o ser
cho que le corresponde com o ser hum ano. Por eso todas las h u m an o de b u en a voluntad u n a excepción (un «santo» o u n lo­
h istorias de los lugareños no pueden enseñarle a sen tir ese te- co). Si los judíos de la E u ro p a O ccidental del siglo xix se h u ­
moi que todo lo falsea y con el que suelen envolverlas dándoles b ie ra n to m ad o en serio el reto de la asim ilación, si h u b ie ra n
esa p rofundidad in q u ietan te y poética que tan a m enudo ca­ in ten tad o realm en te sa ld a r la an o m alía del pueblo ju d ío y el
racteriza las historias de los pueblos esclavos. K. no puede ser problem a del individuo judío haciéndose «indistinguibles», con­
uno de los suyos porque no es capaz de a p ren d er a temer. Que virtiendo la igualdad con todos los dem ás en su pro p ó sito ú lti­
este tem o r no tiene un objeto real, p o r m ucho que les haya mo, no sólo la desigualdad, sino tam b ién la progresiva caída
atrap ad o a todos en su círculo m ágico, queda claro cuando los de esta sociedad en u n sistem a de relaciones in h u m an o les h u ­
grandes recelos de los lugareños p o r lo que respecta a K. nunca biera resu ltad o algo ta n obvio com o al agrim en so r de la novela
se convierten en realidad. A K. no le pasa absolutam ente nada, de K afka el h o rro r de la situ ació n del lugar adonde llega.
excepto que el castillo se resiste con miles de excusas a darle el
perm iso de residencia reglam entario que exige. La lucha queda
sin decidir y K. m uere de m uerte totalm ente n atu ral, de agota­ O b s e r v a c ió n f in a l
m iento. Lo que él había querido so b rep asa las fuerzas de un
hom bre solo. M ientrac los judíos europeos sólo fueron parias sociales, gran
Sin em bargo, de algo ha servido K. al pueblo antes de m o rir parte.rúe tilos pudo salvarse gracias a la «servidum bre in te rio r
o, al m enos, a algunos de sus hab itan tes. «N osotros [los h ab i­ rúe la libertad exterior» (Achad H aam ), a u n a existencia de par­
tan tes del pueblo] [...] con n u estras tristes experiencias y te­ venú constablem ente am en azad a. Pero la p a rte re stan te , los
m ores nos asustam os hasta del c ru jir de la m ad era [...] Así no que creyeron iue éste era u n precio dem asiado alto a pagar, p u ­
puede llegarse a ningún juicio certero [...] Qué suerte p ara n o ­ dieron gozar cin relativa tran q u ilid ad de la lib ertad e invulne­
sotros que hayas venido.» rabilidad de u ra existencia de paria; u n p aria que, si bien no
En su epílogo a El castillo, cuenta Max B rod con qué em o­ pintaba nada en la realidad política efectiva, al m enos conserva­
ción llam ó Kafka su atención sobre u n a an écd o ta referid a a ba —aunque fuera en u n a pequeña esquina perd id a del m u n ­
Flaubert, según la cual éste, volviendo a casa después de visitar do— la conciencia de la libertad y la hum anidad. En este sentido,
a una fam ilia sencilla, feliz y num erosa, h ab ría dicho: «lis sont la existencia de paria, a p e sa r de su inesencialidad política, no
dans le vrai» [«E stán en lo cierto»]. Lo cierto, la verdad h u m a ­ era absurda.
74 LA TRADICIÓN OCULTA

No lo fue h a sta que en el tran scu rso del siglo xx el suelo se


ab rió bajo los pies de los ju d ío s y los cim ientos de la p o lítica
se h u n d ie ro n en el vacío, convirtiendo al p a ria social y al par­
venú social en outlaws políticos en todas partes. E n la lengua LOS JUDÍOS EN EL MUNDO DE AYER
de nuestra tradición oculta esto significa que la protección del A pro p ó sito de The World o f Yesterday,
cielo y la tierra no protege del asesinato y que a uno se le puede an Autobiography , de Stefan Zw eig5
ah u y en tar de calles y plazas an tañ o abiertas a todo el m undo.
Sólo ahora resulta claram ente com prensible p ara todos que la
«libertad absurda», la tem eraria «invulnerabilidad» del indivi­
duo sólo h abían sido el com ienzo del absurdo su frim ien to de H ace ciento tre in ta y cinco años, Rahel V arnhagen describía
todo un pueblo. en su diario un sueño que había tenido: había m uerto y estaba en
E n este m undo del siglo xx nadie puede arreg lárselas fuera el cielo con sus am igas B ettina von Arnim y C aroline von Hum-
de la sociedad, ni como Schlem ihl ni como Señor del m undo de boldt. Para p o d er librarse de los pesares de la vida, las tres m u ­
los sueños. Ya no hay «salidas individuales»: ni p ara el parvenú jeres deb ían in terro g arse m u tu am en te sobre sus peores expe­
que firm a p o r su cu en ta la paz con u n m undo en el que no se rien cias vitales. Así, R ahel preguntó: ¿Conocéis la fru strac ió n
puede ser hum ano siendo judío, ni p ara el paria que cree poder am orosa? Y las o tras dos m ujeres p ro rru m p ie ro n en u n fu erte
re n u n c ia r individualm ente a este m undo. El realism o del uno llanto, de m odo que las tres lo g raro n a rra n c a r esta pena de su
no es m enos utópico que el idealism o del otro. corazón. Y Rahel siguió p reguntando: ¿Conocéis la in fid eli­
El tercer cam ino, el señalado p o r Kafka, el cam ino p o r el dad? ¿La enferm edad? ¿La aflicción? ¿El dolor? Y las dos m u ­
que uno in ten ta con la m ayor m odestia y ren u n cian d o a la li­ jeres a sin tiero n con llan to a cada u n a de estas p reg u n tas, de
b e rta d y a la invulnerabilidad a lcan zar su pequeño propósito, m odo que todas ellas a p a rta ro n estas penas de su corazón. F i­
no es utópico pero como m ucho—cosa que el m ism o Kafka de­ nalm ente, Rahel preguntó: ¿Conocéis el deshonor? Apenas h u ­
ja bien clara— conduce a aleccionar al m undo, no a cam biarlo bo p ro n u n ciad o esta p alab ra, se im puso el silencio, y las dos
(y adem ás sobrepasa las fuerzas del ser hum ano). E n efecto, am igas se a p a rta ro n de ella perplejas y asu stad as. En ese in s ­
este propósito m ínim o, hacer realidad los derechos del ser h u ­ tan te R ahel supo que estab a com pletam ente sola y que no p o ­
m ano, es, p recisam ente p o r su sencilla elem entalidad, el m ás dría a rra n c a r esta p en a de su corazón. Y entonces despertó.
grande y difícil que puede hacerse el ser hum ano. .lól° •'-dentro H o n o r y d esh o n o r son conceptos políticos, categorías p ro ­
de un pueblo puede un ser hum ano vivir com o ser lum ano en pias de la vida p ública. E stos conceptos no tien en d em asiad a
tre hum anos (si no quiere m orir de «agotamiento») Y sólo en co­ u tilid ad en el m u ndo de la cu ltu ra, ni en el ám bito de lo p u ra ­
m unidad con otros pueblos puede un pueblo ayucár a constituir m ente privado, com o tam p o co en el m undo de los negocios. El
en esta tie rra h a b ita d a p o r todos nosotros un ru n d o h u m an o hom bre de negocios sólo conoce el éxito o el fracaso, y su ú n i­
creado y controlado por todos nosotros en conún. ca d esh o n ra es la pobreza. El escritor, p o r su p arte, solam ente
conoce la fam a o el an o n im ato , y su ú n ica d esh o n ra es el a n o ­
nim ato. En su últim o libro, el escritor Stefan Zweig nos descri-

I. Nueva York, Viking Press, 1943 (trad. al.: Die Welt von gestern. Erinnerungen
eines Europaers, Estocolm o, 1944).
76 LA TRADICIÓN OCULTA t o s JUDÍOS EN EL MUNDO DE AYER 77

be el m undo de los literatos en el que se había form ado y alcan­ las lib rerías alem anas ju n to con los de au to re s ta n conocidos
zado la fama; la bu en a suerte lo había librado de la pobreza, y com o él, siem pre le p reo cu p ó que los nazis co n v irtieran su
su buena estrella, del anonim ato. Preocupado p o r su dignidad n om bre en el de u n «crim inal», que h icieran del fam oso Stefan
personal, había preferido m antenerse alejado de la política h as­ Zweig el ju d ío Zweig. Al igual que sus colegas m enos sensibles,
ta tal punto que, retrospectivam ente, seguía viendo la c atá stro ­ m enos talentosos y p or lo tan to m enos expuestos que él, jam ás
fe de los últim os diez años com o un rayo en el cielo sereno, co­ pensó que ese digno d istan ciam ien to de la política, que h a sta
mo u n a m on stru o sa e incom prensible catástrofe n atu ral. En entonces la sociedad h ab ía elevado al rango de verdadera cu ltu ­
m edio de esta catástrofe, él se esforzó p o r m antenerse firm e en ra, en la vida pública pudiese llam arse sim plem ente cobardía,
sus posiciones y salvar su dignidad. Pues que ricos e ilustres ni que la distinción, que d u ra n te ta n to tiem po h ab ía protegido
ciu dadanos vieneses, desesperados, m endigasen visados p ara tan efectivam ente co n tra cu alq u ier aco n tecim ien to d esag rad a­
h u ir a países que pocas sem anas antes apenas hab rían sido ca­ ble y penoso, de repente desencadenase u n a im predecible suce­
paces de localizar en el m apa le parecía algo profundam ente la­ sión de hum illaciones que co n v ertían la vida en u n verdadero
m entable. Y la idea de que él, que hasta ayer m ism o era un infierno.
hom bre afam ado y recibido con honores en otros países, pudie­ Antes de que Stefan Zweig preparase el fin de su vida, descri­
se alguna vez llegar a form ar parte de ese m ontón de ap átrid as bió con esa despiadada exactitud que b ro ta de la frialdad de la
y sospechosos, esta sola idea le aterro rizab a m ás que el m ism o m ás absoluta desesperación, lo que el m undo le había regalado y
infierno. Pese a que el año 1933 cam bió su vida personal, esta lo que finalm ente le había infligido. Describió la dicha de la fam a
fecha no fue capaz de cam biar absolutam ente nada de sus valo­ y la ignom inia de la hum illación. Describió su expulsión del Pa­
res, de su posición ante el m undo y ante la vida. Él siguió ja c ­ raíso; del gozoso paraíso que proporciona la cultura, del paraíso
tándose de su apoliticism o; ni siquiera se le pasó p o r la cabeza del trato no tanto con sim patizantes cuanto con personalidades
que, desde un punto de vista político, pudiese ser honorable es­ tan afam adas como él, del paraíso del interés infinito por los ge­
ta r fuera de la ley, sobre todo cuando ya no todos los hom bres nios que ha dado la h u m anidad, pues p o d er p e n etrar en sus vi­
son iguales ante ella. Que tam bién fuera de la A lem ania nazi, das, coleccionar cual reliquias sus legados m ás personales había
d u ra n te la década de 1930 «los m ejores» cedían a los valores constituido la m ayor dicha de u n a vida bendecida con el ocio.
de los nazis y discrim in ab an a los despreciados y perseguidos D escribió cómo se encontró rep en tin am en te con una realidad
p o r éstos, fue algo que sí supo ver y que n u n ca se ocultó a sí en la que ya no había n ad a de que gozar, en la que sus fam osos
m ism o. colegas lo evitaban o lo com padecían, y en la que la docta curio­
Ni u n a sola de sus reacciones de esa época procede de con­ sidad p o r el pasado se veía constante e insoportablem ente obs­
vicción política alguna, todas ellas son fruto de su hipersensibi- taculizada p or el ruido de las m alas noticias, el espantoso es­
lidad a las hum illaciones sociales. E n lugar de odiar a los nazis, tru en d o de los bom bardeos y las infinitas hum illaciones de las
su deseo era hacerlos rabiar. E n lu g ar de d espreciar a aquellos autoridades.
de sus am igos que se ad ap taro n inm ediatam en te a la nueva si­ Ese m undo en el que él se h ab ía in stalad o «prem atura, tie r­
tuación, agradeció a R ichard S trau ss que siguiese acep tan d o n a y tristem ente» com o en su pro p io hogar, ese p arq u e de los
sus libretos; com o quien agradece a u n am igo que no lo a b a n ­ vivos y de los m uertos en el que sólo los esp íritu s m ás re fin a ­
done en los m alos m om entos. En lugar de luchar, calló; afo rtu ­ dos ren d ían trib u to al arte y cuyas verjas im pedían el acceso al
nad am ente, sus libros no fueron p rohibid o s in m ed iatam en te. vulgo de form a m ás efectiva que h ab ría podido hacerlo la M u­
Y aunque le consolaba p ensar que sus libros eran retirad o s de ralla china, ese m undo estab a acab ad o y h a b ía sido d estru id o
78 LA TRADICIÓN OCULTA LOS JUDÍOS EN EL MUNDO DE AYER 79

p ara siem pre. Con él se perdía tam bién esa im agen de la socie­ fectam ente cuán locos fueron todos ellos; au n q u e cuesta creer
dad de celebridades en la que so rp ren d en tem en te se esp erab a que realm en te com prendió alguna vez la relació n existente en ­
d escu b rir la «vida real»: la bohem ia. Para el joven hijo de b u r­ tre su desdicha y su locura.
gueses que p ensaba a b an d o n a r la protecció n del h o g ar fam i­ Pocos m eses antes de caer en la P rim era G u erra M undial, su
liar, el bohem io —del que no o b stan te se d istin g u ía p o r cosas co n tem p o rán eo C harles Péguy h ab ía d escrito los tiem pos que
tan esenciales com o p o r el hecho de que éste frecu en tab a con­ Zweig d en o m in a «la época d o rad a de la seguridad» com o la
tadas veces, y de m ala gana, los lugares de reu n ió n y n u n ca p o ­ época en la que todas las form as políticas existentes, pese a no
día p ag ar su café— pasó a p erso n ificar el hom bre ex p erim en ­ se r ya rec o n o cid a s com o form as le g ítim a s p o r los p ueblos,
tado en las adversidades de la vida real. Para el recién llegado, el sobrevivían incom prensiblem ente: en R usia u n despotism o a n a ­
bohem io, que sólo soñaba con enorm es tirad as de ejem plares, crónico; en A ustria la co rru p ta b u ro c ra cia de los H absburgo;
personificaba el genio desconocido, y de este m odo la p rueba del en Alem ania el estúpido régim en m arcial de los junkers, odiado
fatal destino que la «vida real» podía p re p a ra r a u n joven lleno tan to p o r la burguesía liberal com o p o r la clase trabajadora; en
de esperanza. Francia, pese a todas las crisis, la Tercera R epública, que in clu ­
N aturalm ente, el m undo que describe Zweig no p erten ece so gozaría de u n plazo de gracia de o tro s v einte años. La so lu ­
en absoluto al ayer; n atu ralm en te, el a u to r de este libro no vi­ ción de este enigm a es que E u ro p a estab a d em asiado ocupada
vía p ro p iam en te en el m undo, sino sólo en sus m árgenes. Los en am p lia r su rad io de influencia eco n ó m ica com o p a ra que
b arro tes de la verja dorada de ese p a rtic u la r p arque n a tu ra l es­ cualquier capa de la sociedad o cualquier nación se tom ase real­
ta b an dem asiado ju n to s p ara que sus m oradores p u d iesen ver m en te en serio las cuestiones políticas. A ntes de que la lu ch a
a través de ella, una visión que sólo h ab ría podido estro p ear su de intereses económ icos desencadenase conflictos nacionales y
gozosa presencia en el recinto; tan to es así que Zweig no m en ­ acab ase p en etran d o to d as las form as de o rg an izació n política
ciona ni una sola vez el hecho m ás terrible y funesto de la pos­ in stitu id a s p o r los europeos, la rep re se n ta ció n p olítica se con­
guerra, el paro, una situación que A ustria, su patria, sufrió m ás virtió d u ran te cin cu en ta años en u n a especie de teatro, p o r no
que cualquier otro país europeo. El que a nosotros, hoy, los b a ­ decir de opereta. Sim ultáneam ente, en A ustria y en R usia este
rrotes tras los que estos hom bres pasaron su vida y a los que de­ te a tro se situó en el cen tro de la vida n acio n al de la crem a de
bieron su insólito sentim iento de seguridad, nos p arezcan b as­ la sociedad.
tan te sim ilares a los de u n a cárcel o a los de un gueto, no resta E n la «época d o rad a de la seguridad» se h ab ía p ro d u cid o
ni u n a pizca de valor a este extraordinario document hum ain. u n a tran sfo rm ació n de las relaciones de p o d er m uy particular.
Es sorprendente, y hasta extraño, que entre nosotros haya exis­ El inm enso desarrollo de to d as las fuerzas in d u striales y eco­
tido un hom bre con u n a ignorancia lo suficientem ente grande, nóm icas h ab ía reducido progresivam ente la im p o rtan cia de los
y con u n a conciencia lo suficientem ente p u ra, com o p a ra m i­ factores p u ram en te políticos en el cam po de fuerzas in te rn a ­
ra r el m undo de p reg u erra con los ojos de la p reg u erra, p a ra cional y los poderes p u ram en te económ icos ad q u irían cada vez
ver la Prim era G uerra M undial con los ojos del im potente y va­ m ayor protagonism o. Poder se hizo sinónim o de potencia eco­
cío pacifism o de G inebra y p ara co n sid erar la engañosa calm a nóm ica, a la que los gobiernos te n ía n que doblegarse. De este
del período 1924-1933 como la vuelta a la n orm alidad. Pero m odo, los gobiernos ya no cu m p lían m ás que u n a función de
tam bién es digno de alabar y de agradecer que al m enos alguien representación vacía de contenido y esta representación se ap ro ­
haya tenido el valor de reflejar exactam ente todo lo que suce­ xim aba cada vez m ás al teatro , a la o p ereta. Pero la burguesía
día, sin ocultarlo ni m aquillarlo, au n cuando Zweig sab ía per- ju d ía, a diferencia de la alem an a o de la au stríaca, no m ostra-
80 LA TRADICIÓN OCULTA LOS JUDÍOS EN EL MUNDO DE AYER 81

ba ningún interés p o r alcanzar posiciones de poder, ni siquiera la sociedad, tenía que ser nada m ás y nada m enos que u n a cele­
en el ám bito económ ico, conform ándose con la riq u eza a cu ­ bridad.
m ulada y alegrándose de la seguridad que ésta parecía p ro m e­ N ada d o cu m en ta m ejor la situ ació n de los ju d ío s de aquella
te r y garantizar. Los hijos de ju d ío s acom odados se alejaban época que los p rim ero s capítulos del libro de Zweig. E stos c a ­
progresivam ente del m undo de los negocios, pues enriquecerse pítulos d em u estran fehacientem ente que la fam a era el p rin c i­
p o r enriquecerse ya no ten ía p a ra ellos sentido alguno; cada pal objetivo de todos los jóvenes de aquella generación. Su ideal
vez eran m ás los que elegían profesiones relacio n ad as ú n ica y era el genio, que ellos veían en carn ad o en la figura de G oethe.
exclusivam ente con el m undo de la cultura. La consecuencia Todo joven ju d ío capaz de h a ce r u n a rim a in te n ta b a im ita r al
de esto fue que, en u n as cu an tas décadas, tan to en A lem ania joven G oethe, todo aquel que m o strab a alg u n a a p titu d p a ra el
com o en A ustria gran p arte del m undo cu ltural, periodístico, dibujo ju g ab a a ser el R em brandt del futuro, cualquier niño con
editorial y teatral pasó a m anos judías. dotes m usicales p re te n d ía seguir los pasos del genial Beetho-
Si los judíos de E u ro p a O ccidental y C entral hubiesen p res­ ven. Y c u an to m ás culto era el h o g ar fa m ilia r de ese niño p ro ­
tado alguna atención a las realidades políticas de sus países, digio, ta n to m ás se in cen tiv ab a en él la im itació n , que no se
hab rían tenido todas las razones para no sentirse nada seguros. lim itaba exclusivam ente al arte. E sta im itación afectaba al con­
Pues, efectivam ente, en Alem ania los prim eros partidos antise­ ju n to de la vida personal de este individuo, que se sentía ta n su ­
m itas surgieron en la década de 1880; por esa fecha, Treitschke blim e com o G oethe, im itaba su «olímpica» ren u n cia a la p o líti­
logró que el antisem itism o fuese «socialm ente aceptable», p ara ca, coleccionaba cu alq u ier cosita que, h ab ien d o p erten ecid o a
em plear su pro p ia expresión. Con el cam bio de siglo, en Aus­ una celebridad, pudiese caer en sus m anos y se afan ab a p o r co­
tria com enzó la agitación Lueger-Schonerer, que concluyó con nocer p erso n alm en te a cu alq u ier h o m b re ilustre; com o si de
el elección del prim ero com o alcalde de Viena. Y en Francia, el ese m odo pudiese o b ten er p a ra sí m ism o u n p o q u ito del a u ra
caso Dreyfus determ inó d u ran te años la política in te rio r y ex­ que confiere la fam a o com o si estuviese p rep arán d o se p ara el
terio r del país. Zweig, que m enciona a Lueger, lo describe co­ fu tu ro e ingresase en la escuela de la fam a.
m o un hom bre cordial que siem pre fue leal a sus am igos ju ­ Pero, evidentem ente, esta idolatría del genio no fue sólo cosa
díos. E videntem ente, entre los judíos vieneses nadie —excepto de los judíos. Como es sabido, G erhart H au p tm an n , que no era
ese «loco» red acto r del folletín de la Nene Freie Presse, Theodor judío, la llevó h a sta tal extrem o que hizo todo lo posible p a ra
H erzl— tom ó nunca en serio el antisem itism o, y m enos todavía parecerse a G oethe, o m ás bien a uno de los num erosos retratos
esa form a m oderada de antisem itism o representada p o r Lueger. y bustos clasicistas del gran m aestro. Y si el entusiasm o que p or
O al m enos, eso parecía a prim era vista. Una m irad a m ás a te n ­ entonces m o stra b a la pequeña burguesía alem an a p o r la g ra n ­
ta, sin em bargo, nos ofrece o tra im agen de la realidad. Desde deza de N apoleón no condujo directam ente a Hitler, es innega­
que Treitschke h ab ía hecho «socialm ente aceptable» el an tise ­ ble que contribuyó a la exaltación histérica de este «gran h o m ­
m itism o, en A lem ania y en A ustria el b au tism o ya no g a ra n ti­ bre» p o r p a rte de los intelectuales alem anes y austríacos.
zaba directam ente la p ertenencia a la sociedad no judía. C uán A unque el en d io sam ien to del «gran hom bre» en sí m ism o,
an tisem itas eran «los m ejores» era algo que los com erciantes sin referen cia a lo que ese g ran h o m b re p u d ie ra h a b er hecho
ju d ío s difícilm en te hu b iesen p o d id o descubrir, pues ellos só ­ en realid ad , era la v erd ad era enferm edad de la época, eviden­
lo p erseguían intereses económ icos y no b u scab an la a ce p ta ­ tem ente entre los judíos esta enferm edad adquirió form as espe­
ción de la sociedad no judía. Sus hijos, en cambio, descubrieron cíficas y, en el caso de los grandes genios de la cu ltu ra, se im ­
con r apidez que un judío, si quería ser plenam ente aceptado en puso de m a n era especialm ente poderosa. Pero la escuela de la
82 LA TRADICIÓN OCULTA LOS JUDÍOS EN EL MUNDO DE AYER 83

fam a en Sa que ingresó la juventud ju d ía vienesa fue el teatro, y afirm a orgulloso: «That n in eten th of w hat the w orld celebrated
el m odelo de celebridad que siguió fue el actor. as V iennese culture in the n in eteen th century was prom oted,
Aquí se im pone de nuevo u n a restricció n . E n n in g u n a otra nourished, o r even created by Viennese Jewry».*
ciudad europea desem peñó el teatro un papel ta n relevante co­ Una c u ltu ra que gira en to rn o a la figura del acto r o del v ir­
m o en la Viena de los años de la descom posición política. Zweig tuoso in tro d u ce criterio s m uy nuevos y a lta m en te dudosos.
describe de form a m uy bella cóm o la m u erte de u n a conocida «La p o sterid ad no lau rea al actor», y éste n ecesita, u sa y ab u sa
can ta n te de la corte hizo que a la cocinera de los Zweig, que de la fam a y del aplauso en inm ensas cantidades. Su tan co n o ­
n u n c a h ab ía escuchado a la c an tan te ni la h ab ía visto nunca, cida v a n id ad es, p o r decirlo así, u n a e n ferm ed ad profesional.
se le saltaran las lágrimas. Dado que la representación política se Pues dado que todo a rtista h a de tra ta r de tra n sm itir y d a r tes­
h ab ía convertido en teatro, el teatro se convirtió en u n a suerte tim onio de su m undo a la posteridad, los im pulsos propiam ente
de in stitu ció n nacional y el acto r en u n a especie de héroe n a ­ a rtístic o s de los virtu o so s y de los actores se ven p e rm a n e n ­
cional. Como ahora el m undo tenía algo de teatral, el teatro p o ­ tem en te fru strad o s y se p ro c u ra n histéricas válvulas de escape.
día presentarse como m undo y com o realidad. Hoy resulta difí­ Como el a cto r no puede co n tar con la posterid ad , su criterio es
cil en ten d er que incluso H ugo von H ofm annsthal se plegase a la g ran d eza m ás allá del éxito inm ediato. Pero, al m ism o tiem ­
este histerism o que provocaba el teatro y que d u ran te décadas po, el éxito inm ediato era el único criterio de «genialidad» que
creyese que tras el entusiasm o que éste suscitaba entre los vie- quedaba después de sep arar los adm irados «grandes hom bres»
neses había una especie de civism o ateniense. H ofm annsthal de todos sus logros concretos y de considerarlos exclusivam ente
pasaba p o r alto que lo que a rra stra b a a los atenienses al teatro desde el p u n to de vista de su «grandeza en sí m ism a». Así suce­
eran las piezas que en él se representaban, la form a de tra ta r el dió, en la literatu ra, con la biografía, que se centró exclusiva­
m ito y la sublim idad de la palabra poética, m edios con los que m ente en la vida, la personalidad, los sentim ientos y el co m p o r­
co n fiaban en d o m in ar las pasiones de sus vidas y su destino ta m ie n to de los grandes hom bres. Y no lo hizo, p ro p iam en te
com o nación. En cam bio, lo que a rra stra b a a los vieneses al hablando, p a ra satisfacer la vulgar cu rio sid ad p o r los secretos
teatro era el a cto r que en él actuaba; los escritores escribían de alcoba, sino p o rq u e en cierto m odo co n fiab a en c a p ta r la
p ara este o aquel actor, el juicio de los críticos se refería exclu­ esencia de la grandeza m ism a a través de esta ab su rd a ab strac ­
sivam ente a los actores y a sus papeles; los directores aceptaban ción. Pei'o en este punto, en el culto de la «grandeza en sí», ju­
o rechazaban las obras dependiendo únicam ente de si tal o cual díos y no ju d ío s estab an com pletam ente de acuerdo. É sta es la
actor favorito del público recibía o no papeles lo suficientem en­ razón p o r la que el m undo cu ltu ral judío y la c u ltu ra te atral ju ­
te atractivos. E n u n a palabra, Viena anticipó el starsystem que día vienesa lo g raro n im ponerse sin dificultad, convirtiéndose
después difundiría el cine. Lo que aquí se an u n ciab a no era un en la q u in taesen cia de la cu ltu ra europea.
ren acer de los clásicos, sino Hollywood. G racias a su profundo conocim iento de la h istoria, Stefan
Si la situación política hizo posible la confusión y la inversión Zweig pudo evitar hacer uso de este criterio de form a dem asiado
de las relaciones entre ser y apariencia, fueron precisam ente los ingenua. Fue este conocim iento el que —pese a todo connais-
judíos quienes pusieron en realidad en funcionam iento este m un­ seurship — le libró de la tentación de ignorar lisa y llanam ente a
do de la apariencia, quienes lo entregaron al público y quienes
prepararon su fama. Y como, no sin razón, E uropa consideró la
* «Que nueve de cada diez partes de lo que el mundo celebra com o la cultura vie­
cultura teatral austríaca como un fenóm eno m uy representativo nesa del siglo xix fueron promovidas, alimentadas o incluso creadas por los judíos vie­
de la época, en cierto sentido Zweig tam bién tiene razón cuando neses.» (A/, del t.)
84 LA TRADICIÓN OCULTA LOS JUDÍOS EN EL MUNDO DE AYER 85

Franz Kafka y a B ertolt B recht, los escritores m ás im p o rtan tes te deseo explica tam bién que la organización de los ám bitos a r­
de posguerra en lengua alem ana que jam ás lograron el éxito, así tístico, literario, m usical y teatral quedase en sus m anos. Ellos
com o de confundir la relevancia de los escritores con la tirad a fueron los únicos que se interesaron m ás p o r alcan zar este obje­
de sus obras: «H ofm annsthal, A rthur Schnitzler, Beer-H ofm ann tivo que p o r sus propias obras y su propia fam a.
and Peter Altenberg gave Viennese literature E uropean standing Pues, si b ien la generación ju d ía de finales del siglo xix go­
such as it had no t possessed under G rillparzer and Stifter».* zaba de u n a seguridad económ ica, si estab a p len am en te co n ­
Debido precisam ente a la auténtica m odestia p erso n al de vencida de la igualdad de derechos g aran tizad a p o r la sociedad
Zweig y al hecho de que su autobiografía prescinde d iscreta­ b u rg u esa, su situ ació n social era h a rto p ro b lem ática, su p o si­
m ente de todo lo que es dem asiado personal p o r considerarlo ción social insegura y am bivalente. Desde u n pu n to de vista so­
falto de interés, llam an especialm ente la atención los continuos cial, estos judíos eran unos parias, y sólo d ejab an de serlo si se
detalles sobre las personalidades que conoció du ran te su vida o p ro c u ra b an su aceptación con m edios extraordinarios. Sin em ­
que frecuentaron su casa, constituyendo una p rueba fehaciente bargo, en el caso de u n ilu stre ju d ío la so cied ad olvidó sus le­
de que ni siquiera los judíos m ás brillantes de entonces consi­ yes no escritas. «El p o d er irrad ia d o p o r la fam a» de Zweig fue
guieron sustraerse a la maldición de su época, la adoración de ese u n a verd ad era fuerza social, su a u ra le p erm itió m overse lib re­
ídolo que todo lo nivela: el éxito. Ni la capacidad de diferencia­ m ente e incluso te n e r am istad con a n tisem itas com o R ichard
ción, ni la sensibilidad m ás extrema, pudieron hacer nada contra S trau ss o H aushofer. E n tre los excluidos de la sociedad, entre
esa extraña vanidad que igualaba burda e in discrim inadam ente, los ap átrid as, la fam a, el éxito, fue u n in stru m en to p ara p ro c u ­
sin p re star atención alguna a las diferencias de nivel, todos los rarse u n entorno, u n a p atria. Como, cuando es grande, el éxito
nom bres conocidos. E n su álbum de visitantes de Salzburgo, tra sp asa las fro n teras nacionales, las celeb rid ad es a d q u irían
Zweig coleccionó a sus «contem poráneos ilustres» con la m is­ con facilidad el estatu s de re p re se n ta n te s de u n a confusa so­
m a pasión con la que acum uló m anuscritos de poetas, m úsicos ciedad internacional en la que los prejuicios nacionales carecían
y científicos del pasado. Ni su propio éxito, ni la fam a alcanza­ ya de validez. En cualquier caso, era m ás fácil que un judío aus­
da p or sus obras, bastaron para saciar u n a vanidad que, aunque tríaco fuese aceptado com o au stríaco p or la sociedad de F ran ­
escasam ente relacionada con su carácter, y h asta posiblem ente cia que p o r la de su propio país. El cosm opolitism o de esta ge­
co n traria a él, estaba profundam ente enraizad a en u n a visión n eración, esta curiosa n acio n alid ad que sus m iem bros aducían
del m undo que, im pulsada p o r la bú sq u ed a del «genio n a tu ­ en cu an to se les reco rd ab a su origen judío, m o strab a ya u n a
ral», del «poeta hecho carne», consideraba que la vida sólo va­ fatal sim ilitud con esos pasap o rtes que p erm iten a sus titulares
lía la pena si se desarrollaba en m edio de u na atm ósfera de fa­ p e rm a n ec e r en todos los países excepto en el país que los ha
m a, en el seno de la élite de elegidos. expedido.
La insuficiencia del propio éxito, el deseo de convertir la fa­ E sta sociedad in tern acio n al de celebridades se desm em bró
m a en un am biente social, de crear u n a especie de casta de hom ­ p o r p rim era vez en el año 1914, antes de descom ponerse defi­
bres ilustres, u n a sociedad de celebridades, esto es justam ente lo n itiv am en te en 1933. A Zweig le h o n ra no hab erse contagiado
que define a los judíos de aquella generación y lo que los distin­ n u n ca de la h isteria de la g u erra, h a b er sido siem pre fiel a su
gue esencialm ente de la m anía del genio propia de la época. Es­ m áxim a de m antenerse alejado de la política y no h ab er sucum ­
bido, com o fue el caso de o tro s m uchos escritores, a la te n ta ­
* «Hofmannsthal, Arthur Schnitzler, Beer-Hofmann y Peter Altenberg dieron a la
ción de u tilizar la g u erra p a ra in stalarse socialm ente fuera del
literatura vienesa un nivel europeo que jamás tuvo con Grillparzer y Stifter.» (N. del t.) círculo de la in telectu alid ad in tern acio n al. A ello contribuyó,
LOS JUDÍOS EN EL MUNDO DE AYER 87
86 LA TRADICIÓN OCULTA

sin duda, el hecho de que d u ran te la guerra p e rd u ra ro n restos pletam ente extraño y hostil, el que rep resen ta la sociedad p ara
de esta sociedad de preguerra. Como es sabido, en la década de todos los d iscrim in ad o s, p a ra todos aquellos que no p e rte n e ­
1920, es decir, justam ente en los años en los que Zweig alcanza cen p o r n acim ien to a ella.
sus m ayores éxitos, esta In tern acio n al de las celeb iid ad es to ­ Pero el destino, en su fo rm a de catástro fe política, quiso fi­
davía funcionaba en E uropa. Pero en 1938 Zweig co m p ro b ará n alm en te que Zweig recayera en el an o n im ato . Le a rre b a tó la
con am arg u ra que esta In tern acio n al, y el derecho de foi m ar fam a, pues él sab ía m ucho m ejor que sus colegas que la fam a
p a rte de ella, depende de la posesión de determ inado p a sa p o r­ de u n e scrito r no puede m enos de desvanecerse si ya no puede
te nacional y que no existe una In ternacion al p ara apátridas. escrib ir y p u b lic a r en su p ro p ia lengua. Le ro b ó sus coleccio­
La sociedad internacional de celebridades era la ú n ica en la nes, y con ellas su relació n ín tim a con las m ayores celeb rid a­
que los judíos gozaban de igualdad de derechos. Siendo así, no des del pasad o . Su casa de S alzburgo, y con ella su relació n
es de extrañar que pusiesen todo su m im o en desarro llar h asta con las celeb rid ad es de su tiem po. Y fin alm en te, su p reciad o
el m en o r de sus talentos, que p a ra ellos «el m ás exquisito a ro ­ pasaporte, que posibilitaba la rep resen tació n del ap átrid a en el
m a del m undo, m ás delicado incluso que el de la ro sa de Jeri- ex tranjero y que ay u d ab a a su p erar las d ificu ltad es de la exis­
có», fuese «el olor de la tin ta de im prim ir» y que en su vida no tencia b u rg u esa en su país.
hubiese m ayor alegría y m ayor preocupación que la im presión Y de nuevo, al igual que d u ra n te la P rim e ra G u erra M un­
de un libro, su publicación, las críticas o las traducciones a len ­ dial, h o n ra a Zweig no haberse dejado co n tag iar p o r la h isteria
guas extranjeras. P ara ellos, eso equivalía a u n renovado po- rein an te y h a b e r vencido la ten tació n de a d q u irir la n a cio n a li­
nerse-en-contacto con un m undo en el que, p ara poder obtener dad inglesa. Él no hubiese podido re p re se n ta r a In g la te rra en
el reconocim iento de los dem ás, uno ten ía que p re se n ta r su el extranjero. E n la Segunda G uerra M undial, cuando la socie­
dad in tern acio n al de celebridades se disolvió d efinitivam ente,
nom bre im preso.
Pero la fam a, por la que el paria obtenía u n a especie de c a r­ el a p á trid a perd ió el único m u n d o en el que gozó de derecho
ta de ciudadanía en la élite in tern acio n al de las celebridades, de ciudadanía.
tam bién concedía otro privilegio que, a ju zg ar p o r la d escrip ­ E n su últim o artículo, «The G reat Silence» (ONA, 9 de m a r­
ción de Zweig, era al m enos igual de im portante: la superación zo de 1942), escrito poco antes de su m uerte, Zweig in ten tó to ­
del carácter anónim o de la vida privada, la posibilidad de ser m ar posición en política, la p rim era vez en to d a su vida. E n es­
conocido y adm irado por desconocidos y extraños. A unque a te escrito no aparece la p alab ra «judío»; p or ú ltim a vez, Zweig
veces se pudiese recaer en el ano n im ato , la fam a co n stitu ía in ten tab a re p re se n ta r a E u ro p a, a E u ro p a C entral, que se asfi­
u n a especie de coraza siem pre p rep arad a, u n a coraza que uno xiaba en silencio. De h aberse pronunciado sobre el terrible des­
po d ía volver a ponerse en todo m om ento p a ra protegerse con­ tino de su propio pueblo, sin d u d a se h a b ría aproxim ado a los
tra las adversidades de la vida. Sin duda alguna, a Zweig nad a países europeos cuya lu ch a co n tra el o presor fue tam b ién u n a
le repugnaba m ás que la enem istad y n ad a le h o rro riz ab a ta n ­ lucha co n tra la persecución de los judíos. É stos sab ían m ejor
to com o la posibilidad de recaer en el anonim ato. Pues en sus que él, que jam ás se preo cu p ó p o r su destino político, que el
brazos, desposeído de la fam a, h a b ría vuelto a ser lo que fue al hora no está com pletam ente desvinculado del hoy, «como si u n
com ienzo de su carrera profesional, solam ente que en co n d i­ em pujóúcayese de lo alto de u n a cum bre a cau sa de u n fuerte
ciones d istintas y m ucho m ás tem ibles, a saber, u no de esos cuyo p r o g r e s e s p ara ellos el ayer no era en absoluto ese «siglo
desgraciados que se ven enfrentados a la tarea casi im posible orgullo y nuesL ciencia>arte Y grandes inventos fueron n uestro
de encantar, conquistar, to m a r p o r la fuerza u n m undo com ­
LA TRADICIÓN OCULTA
88

Sin la coraza p ro te c to ra de la fam a, desnudo y desposeído,


Stefan Zweig topó con la realidad del pueblo judio. H a ia a 1 -
do m uchas form as de evitar convertirse en u n p a n a , entre d ía FRANZ KAFKA
la to rre de m arfil que era la fam a. Pero la única form a de evitar
estar-fuera-de-la-ley fue la huida y la peregrinación p or el globo
terráqueo. E sta difam ación fue u n a desho n ra p ara todo el que
pretendió vivir en paz con los valores políticos y sociales de su E n el verano de 1924, cu an d o F ran z K afka, u n ju d ío de h a ­
época. No existe duda alguna de que fue p recisam ente p a ra es­ b la alem an a de Praga, m oría a consecuencia de la tuberculosis
to p ara lo que Stefan Zweig se entrenó durante toda su vida, pa a la edad de 41 años, su o b ra sólo era conocida p o r un pequeño
ra estar en paz con el m undo, con el entorno, p ara m antenerse círculo de escritores y p o r u n círculo de lectores todavía m ás
d eg an tem en te alejado de toda lucha, de toda política. Para es reducido. Desde entonces, su fam a h a crecido lenta e incesante­
m undo, con el que Zweig hizo las paces, ser judio fue y es u n m ente; en los años 1920, Kafka era ya uno de los principales es­
deshonra, u n a deshonra que la sociedad actual, aunque no cas­ crito res de la v an g u ard ia alem an a y au stríaca; en las décadas
tiga con la m uerte, castiga con la difam ación, u n a deshonra p a ­ de 1930 y 1940, su obra llegó exactam ente al m ism o círculo de
ra la que ya no hay escapatoria individual alguna en la fam a lectores y de escritores en F ran cia, In g la te rra y E stados U ni­
ternacional, sino ú n ica y exclusivam ente en la p olítica y en dos. La cu alid ad específica de su celebridad no cam bió en n in ­
lucha por el honor de todo el pueblo. gún país ni en ninguna década: la tirada de sus obras siguió care­
ciendo de toda proporción con la creciente literatu ra publicada
sobre él o con la influencia que su obra ejercía en los escritores
de la época, u n a influencia cada vez m ás h o n d a y m ás am plia.
Lo m ás característico de la influencia de la prosa kafkiana es el
hecho de que las m ás d istin tas «escuelas» h a n tratad o co n stan ­
tem ente de presentarse como sus herederas; al parecer, nadie que
se considere «m oderno» puede p a sa r p o r alto su obra, pues és­
ta pone de m anifiesto algo particu larm en te novedoso, u n a cu a­
lid ad que h a sta el m om ento no h a ap arecid o en n in g u n a o tra
p a rte con la m ism a in te n sid ad y con la m ism a b ru ta l sim p li­
cidad.
E sto es m uy sorprendente, pues Kafka, a diferencia de otros
au to res m odernos, se m an tu v o co m p letam en te al m argen de
todo experim ento y de to d o m an ierism o literario . Su lenguaje
es claro y sim ple com o el lenguaje coloquial, sólo que d e p u ra ­
fácil
do de los descuidos y de las jerg as propias de éste. La relación
„ondi-
del alem án de K afka con la in fin ita m u ltip licid ad de posibles
u de esos
estilos lingüísticos es la m ism a que la que g u ard a el agua con
jSi im posible
la infinita m ultiplicidad de posibles bebidas. Su prosa no pare-
. u n m u ndo com-
FRANZ KAFKA 91
LA TRADICIÓN OCULTA
90
chos, K. se da c u en ta de que d etrás de su d eten ció n .h a y u n a
ce caracterizarse por n ad a especial, en sí m ism a no tiene nad a eran o rg anizació n . U na org an izació n que no solo se com pone
de atractivo o de seductor; es m ás bien p u ra y ab so lu ta co m u ­ de c o rru p to s guardianes, de necios in sp ecto res y jueces de in s­
nicación, y su ú n ica n o ta característica es, cuando se la co n si­ tru cció n , que en el m ejor de los casos son p erso n as h o n estas,
d era con m ás detenim iento, el hecho de que lo que ella co m u ­ sino que ad em ás co n sta de un co n ju n to de altos y su p rem o s
n ica no hubiese podido com unicarse de form a m as sim ple, m agistrados, con su num eroso e inevitable séquito de ayu a n ­
clara y breve. Aquí, la ausencia de am an eram ien to es tal que tes escrib an o s, gendarm es y dem ás p erso n al auxiliar, ta l vez
ro za la falta de estilo, la falta de predilección p o r las p alab ras incluso verdugos... ¿Y cuál es el objetivo de esta gran o rg an iza­
como tales roza la frialdad. Efectivam ente, Kafka carece de p a ­ ción...? D etener a p erso n as inocentes y a b rir c o n tra el os u n
lab ras y de construcciones sintácticas favoritas. El resu ltad o proceso sin sentido y la m ayoría de las veces, com o en m i caso,
de esta falta de predilección es u n a nueva form a de perfección infructuoso». t
que tam bién parece e sta r m uy alejada de todos los estilos de C uando K. se da cuenta de que tales procesos, pese a su a b ­
surdidad, no n ecesariam en te h an de ser in fru ctu o so s co n tacta
P En la histo ria de la lite ra tu ra difícilm ente puede e n c o n tra r­ con u n abogado, que en largas conversaciones le explica com o
se u n ejem plo m ás claro de la falsedad de la teo ría del «genio puede ad ap tarse a las circunstancias y cu án poco razonable re ­
desconocido» que el hecho de la fam a de Kafka. E n esta obra sulta reb elarse co n tra ellas. K„ que se niega a som eterse y des­
no hay ni u n a sola línea ni una sola tra m a que satisfaga la bus- pide a su abogado, se e n cu en tra con el sacerd o te de la cárcel,
queda de «entretenim iento y consejo» (Broch) del lector, en la que le ensalza la o culta grandeza del sistem a y le aconseja ó e-
form a que éste adquirió a lo largo del siglo pasado. Lo único jar de p re g u n ta r p o r la verdad, pues «no hay que considera! as
que atrae y atrap a al lector de K afka es la verdad m ism a, y con cosas desde el p u n to de vista de la verdad, sino ú n icam en te de
su perfecta falta de estilo - t o d o «estilo», en v irtu d de su p ro ­ su necesidad». E n o tras p alab ras, si el abogado se esfo rzab a
pia fascinación, a p artaría de la v e r d a d - K afka logra a tra e r de p o r d em o strar: así es el m undo, el sacerd o te que sirve a este
form a ta n increíble que sus h isto rias cautivan siem pre al lec­ m undo tiene com o m isión dem ostrar: éste es el orden del m u n ­
tor, aun cuando éste sea incapaz de c ap ta r su au ten tico co n te­ do Y com o K. cree que éste es u n «pobre p u n to de vista» y re­
nido de verdad. Kafka es un verdadero m aestro en h a ce r que el plica- «La m e n tira se convierte en el o rd en del m undo», es evi­
lector conserve y lleve consigo de m an era p erm an en te u n a in ­ dente que p e rd e rá su juicio; p o r o tra p arte, com o no es «su
d eterm in ad a y vaga fascinación, asociad a al recu erd o a b so lu ­ ú ltim o juicio» y rech aza las «extrañas argum entaciones» com o
tam ente claro de ciertas im ágenes y acontecim ientos que en un «falsedades» que en el fondo no le co n ciern en en absoluto, no
principio parecen carecer de sentido, hasta que en algún m o­ sólo p ierd e el juicio, sino que lo p ierde de fo rm a vergonzosa,
m ento, en virtud de cualquier experiencia, el verdadero signifi­ de m odo que finalm ente lo único que puede o poner a la ejecu­
cado de la h isto ria acaba revelándose re p e n tin am en te con la ción es su vergüenza.
lum inosa fuerza de la evidencia. El p o d e r de la m áq u in a que engulle y da m u erte a K. no es
El proceso, que generó una peq u eñ a b iblioteca de in te rp re ­ otro que la apariencia de necesidad que puede hacerse realidad
taciones en las dos décadas que siguieron a su publicación, es en virtud de la fascinación de los h o m b res p o r la necesidad La
la h isto ria del señor K., que es acusado sin sab er exactam ente m aq u in aria se pone en funcionam iento p o rque la necesidad es
qué ha hecho, procesado sin saber a qué leyes obedecen el p ro ­ co n sid erad a com o algo sublim e y p orque su au to m atism o , al
ceso y el juicio, y finalm ente ejecutado sin h ab er com prendido que sólo puede d eten er la arb itraried ad , es tom ado poi el sim-
jam ás nada del asunto. B uscando la verdadera razó n de los he-
92 LA TRADICIÓN OCULTA FRANZ KAFKA 93

bolo de la necesidad m ism a. La m a q u in a ria se m an tien e en m ente al final de la novela es ésta: «Fue com o si la v ergüenza
m ovim iento m ediante la m en tira en nom bre de la necesidad, hubiese de sobrevivirle». Esto es, la vergüenza de que éste sea el
por lo que se considera que todo aquel que se niega a som eterse orden del m u n d o y de que él, Jo sef K., pese a ser su víctim a,
a ese «orden del m undo», a esa m aquinaria, es un crim inal que sea u n siervo m ás de dicho orden.
aten ta contra u n a especie de orden divino. Tal som etim iento se Que El proceso es u n a crítica im plícita de la form a b u ro c rá ­
logra cuando la pregunta por la culpabilidad o la inocencia que­ tica de gobierno de la vieja A ustria, cuyas n u m ero sas y a n tag ó ­
da totalm ente silenciada y es sustituida po r la resolución de en ­ nicas nacio n alid ad es eran regidas p o r u n a je ra rq u ía b u ro c rá ti­
tra r en el juego de la necesidad a d o p tan d o el papel im puesto ca uniform e, es algo que se reconoció en cu an to se publicó la
p o r la arbitrariedad. novela. K afka, em pleado de u n a sociedad de seguros y am igo
En el caso de El proceso, el som etim iento no se logra a través de ju d ío s del E ste de E u ro p a, a los que te n ía que p ro c u ra r u n
de la violencia, sino sim plem ente a través del creciente sen ti­ perm iso de resid en cia en A ustria, conocía m uy b ien la s itu a ­
m iento de culpabilidad que d espierta en el acusado K. u n a in ­ ción política de su país. S abía p erfectam en te que, cu an d o al­
culpación vacía e infundada. O bviam ente, este sentim iento se guien caía en las redes de la burocracia, estab a acabado. El p o ­
b asa en ú ltim a in sta n c ia en el hecho de que n in g ú n ho m b re der de la b u ro cracia convertía la in te rp re ta ció n de la ley en u n
está libre de culpa. E n el caso de K., un ataread o em pleado de in stru m e n to de la a n arq u ía, p o r lo que la p e rm a n en te in c a p a ­
banca que nunca ha tenido tiem po para rom perse la cabeza con cidad de acción de los intérp retes de la ley se com pensó con u n
abstracciones como éstas, este sentim iento de culpa se convier­ ab su rd o a u to m a tism o en el escalafó n m ás bajo de la je r a r ­
te en su propia fatalidad: hace que tom e erróneam ente la m al­ q u ía b u ro c rá tic a, dejando en sus m anos to d a decisión. Pero
dad organizada de su entorno por el sentim iento general de cul­ com o en los años 1920, fecha en la que se publica la novela, los
pa de los hom bres, que es verdaderam ente cándido e inocente europeos todavía no co n o cían su ficien tem en te la v erd ad era
com parado con esa m ala voluntad que convierte «la m en tira en cara de la b u ro cracia, o sólo la sufría u n pequeñísim o n ú m ero
el orden del m undo» y que es capaz de u sar y ab u sar incluso de de ellos, el espanto y el h o rro r que expresa la novela se antojó
la sana hum ildad de los hom bres en beneficio de ese orden. inexplicable, poco acorde con su verdadero contenido. La n o ­
Así pues, el funcionam iento del m aligno a p arato b u ro c rá ti­ vela causaba m ás h o rro r que lo que ella describía. Así se em pezó
co en el que el p ro tag o n ista ha quedado a trap ad o in o cen te­ a b u sca r otras in terp retacio n es, que se en co n traro n , siguiendo
m ente, corre parejas con una evolución in terio r desencadenada la m oda de la época, en u n a descripción cabalística de re a lid a ­
p o r el sentim iento de culpa. E sta evolución «educa» al protago­ des religiosas, en u n a especie de teología satánica.
nista, lo form a y lo transform a hasta hacerlo apto p ara desem ­ N aturalm ente, la o b ra de K afka se p restab a a tal confusión,
peñar la función que se espera de él, para ser capaz de participar que, au n q u e m enos vulgar, no es m e n o r que la co n fu sió n de
mal que bien en el m undo de la necesidad, de la injusticia y de la que son víctim as las in terp retacio n es psicoanalíticas del es­
la m entira. Ésta es su m anera de adaptarse a las circunstancias. critor. Lo que Kafka describe es u n a sociedad que se cree re p re ­
La evolución interior del protagonista y el funcionam iento de la sen tan te de Dios en la T ierra, y unos h o m b res que to m a n las
m aquinaria se encuentran finalm ente en la últim a escena, la es­ leyes de esa sociedad p or m andam ientos divinos que la voluntad
cena de la ejecución, en la que K. se deja c o n d u cir al p atíb u lo h u m an a no puede cambiar. La m aldad del m undo, de la que son
sin oponer resistencia alguna, sin rechistar. K. es asesinado en víctim as los p ro tag o n istas de las novelas de Kafka, es p re c isa ­
nom bre de la necesidad; confundido por su conciencia de culpa, m ente su p ro p ia deificación, su arro g an te preten sió n de ser
acab a som etiéndose. Y la única esp eran za que asom a breve­ u n a necesidad divina. Kafka se propone d estru ir ese m undo re ­
94 LA TRADICIÓN OCULTA FRANZ KAFKA 95

flejando con b ru ta l clarid ad su h o rrib le e stru ctu ra, c o n fro n ­ favores o com o privilegios. Y com o K. q u iere d erech o s y no
tan do a la realidad con sus propias pretensiones. Pero el lector privilegios, com o quiere ser u n c iu d ad an o m ás y «m antenerse
de la década de 1920, hechizado p o r las paradojas, confundido lo m ás alejado posible de los señores del castillo», rech aza a m ­
p o r las contradicciones, no quiso atenerse a razones. Sus in te r­ bas cosas a la vez, los favores y las relaciones privilegiadas con
p retaciones de K afka decían m ás de sí m ism o que del pro p io el castillo: así, ésta es su esperanza, «sin d u d a se le a b rirá n de
Kafka; su ingenua adm iración de un m undo del que el escrito r golpe to d as las p u ertas, p u e rta s que, de d e p en d e r exclusiva­
hab ía m ostrado con b ru ta l claridad su insoportable m o n stru o ­ m ente de los señores del castillo y de su gracia, no sólo p e rm a ­
sidad revelaba su idoneidad para el «orden del m undo», así co­ n ecerían p o r siem pre cerrad as p a ra él, sino que jam ás p o d ría
mo la estrecha relación existente entre lo que se llam aba élite y encontrar». *
vanguardia y ese orden del m undo. La am arga iro n ía de Kafka E n este p u n to e n tra n en acción los aldeanos. Les asusta que
sobre la falsa necesidad y la necesaria falsedad, que ju n ta s K. sólo q u ie ra ser u no m ás de ellos, u n sim ple « trab ajad o r de
constituyen la « n aturaleza divina» de este orden del m undo, la aldea», no en tien d en que rechace fo rm a r p a rte de la clase
iro nía que es la v erd ad era clave de la tra m a de la novela, fue dom inante. U na y o tra vez in te n ta n convencerle de que le falta
sencillam ente pasada p o r alto. experiencia del m undo, de que no sabe n ad a de la vida, que de­
pende co n stan tem en te de la gracia de sus señores y que puede
El castillo, la segunda gran novela de Kafka, nos conduce al ser ta n to u n a b en d ició n com o u n a m aldición, y de que en el
m ism o m undo. Pero ah o ra este m undo no es visto con los ojos m u n d o no hay nad a m ás com prensible o m enos azaroso que la
de un hom bre que jam ás se ha preocupado p o r su gobierno y dicha y la desdicha. K. no quiere c o m p ren d er que, p ara los al­
p o r las cuestiones de carácter general, y que p o r ello sucum be deanos, la ju sticia y la injusticia, gozar de unos derechos o v er­
im potente a la apariencia de la necesidad, sino con los ojos de se in ju stam en te privado de ellos, ta m b ié n es cosa del destino,
otro K., de alguien que se acerca a ese m undo p or su p ro p ia vo­ de u n d estino que hay que a ce p ta r o cum plir, pero que no es
luntad, en calidad de forastero, y con la intención de hacer re a ­ posible cam biar.
lidad un proyecto m uy concreto: establecerse en él, ser u n ciu ­ A p a rtir de aquí se revela el v erd ad ero significado de la ex­
dadano m ás, construirse un futuro, casarse, en co n trar trabajo, tra n je ría del ag rim en so r K., u n fo rastero que no es ni aldeano
en u n a palabra, ser u n hom bre de provecho p ara la sociedad. ni fu n cio n ario del castillo, p o r lo que está situ ad o fuera de las
Lo específico de la acción de El castillo es que al p ro tag o n is­ relaciones de poder del m u ndo que le rodea. Con su insistencia
ta sólo le in teresan las cuestiones m ás generales y sólo lu ch a en los derechos hu m an o s, el fo rastero d e m u estra ser el único
p o r cosas que los seres hum anos parecen ten er garantizadas de que conserva u n a idea de lo que es llevar u n a vida h u m a n a en
nacim iento. Pero aunque él sólo pide el m ínim o de la existen­ el m undo. A los aldeanos, su p ro p ia experiencia del m undo les
cia hum ana, desde el com ienzo deja claro que exige ese m ín i­ h a en señado a verlo todo, el am or, el tra b a jo y la am istad, co­
m o com o un derecho y que sólo lo acep tará como tal. E stá dis­ m o u n a gracia que p u ed en re c ib ir «de arrib a» , de las regiones
puesto a h acer todas las solicitudes que sean necesarias p ara del castillo, pero com o u n a g racia sobre la que ellos ya nada
o b tener el perm iso de residencia, pero no quiere obtenerlo co­ pueden. Así, las relaciones m ás sim ples se h a n convertido en
m o un favor; está dispuesto a c am b iar de profesión, pero no las m ás m isteriosas; lo que en El proceso era el orden del m u n ­
pien sa re n u n ciar al «trabajo regularizado». Todo esto depende do aparece aquí como destino, com o b endición o m aldición, al
de la decisión del castillo, y los problem as de K. em piezan cu an ­ que u n o se som ete con te m o r y respeto. Así pu es, el propósito
do se da cuenta de que el castillo sólo oto rg a derechos com o de K. de p ro cu rarse sobre la base del derecho ese m ínim o que
96 LA TRADICIÓN OCULTA FRANZ KAFKA 97

todo ser hum ano necesita para vivir, no resulta algo obvio, sino El m u n d o de K afka es sin d u d a u n m u n d o tem ible. Que es
que en este m undo es u n a absoluta excepción, y com o tal un m ucho m ás que u n a sim ple pesadilla, que p o r desg racia se
escándalo. De este m odo, K. se ve obligado a lu c h a r p o r ese ajusta estru ctu ralm en te a la realidad que nos tocó vivir, es algo
m ínim o vital con tal denuedo que se diría que sus pretensiones que p ro b ab lem en te hoy sabem os m ejor que veinte años atrás.
son el colm o de la arrogancia h u m an a, y si los aldeanos se Lo m agnífico de esta o b ra es que sigue conm oviéndonos tan to
a p a rta n de él es porque en su lu ch a sólo ven u n a hybris que com o ayer, que el h o rro r de La colonia penitenciaria no h a p e r­
constituye u n a am enaza p a ra todo y p a ra todos. P ara ellos, K. dido ni u n ápice de su fuerza después de las cám aras de gas.
no es un extraño porque, en tanto que extranjero, carece de de­ Si la o b ra de K afka se lim itase a p ro fetizar u n fu tu ro h o rri­
rechos, sino porque llega y exige su cum plim iento. ble, sería igual de h u e ra que todas las p ro fecías ap o calíp ticas
Pese al m iedo de los aldeanos, que en todo m om ento tem en que nos h a n invadido desde principios del siglo xx, o m ás exac­
p o r K., a éste no le ocurre absolutam ente nada malo. Pero tam ­ tam en te desde el últim o tercio del siglo xix. C harles Péguy, que
poco logra nada, y al final K afka se lim ita a au g u rarle una tam b ién tuvo el dudoso h o n o r de ser co n sid erad o u n profeta,
m u erte p o r extenuación, es decir, u n a m u erte com pletam ente señaló en u n a ocasión: «El determ inism o, en la m edida en que
n atu ral. No obstante, lo que K. consigue, lo consigue ú n ic a ­ podem os d ecir algo de él, no es p ro b ab lem en te m ás que la ley
m ente sin proponérselo; p o r sí m ism os, su actitu d y sus juicios de lo que h a quedado atrás». E sta sentencia contiene u n a gran
sobre las cosas que suceden a su alred ed o r lo g ran a b rir los verdad. E n la m edida en que la vida concluye inevitable y n a ­
ojos a u nos cu an to s aldeanos: «Tienes u n a so rp re n d en te vi­ tu ralm en te con la m uerte, siem pre es posible predecir su final.
sión de las cosas... a veces tus palab ras me son de ayuda, p ro ­ La vida m archa de form a n atu ral hacia su ocaso, y u n a sociedad
bablem ente porque vienes de fuera. A nosotros, en cam bio, con que se libra ciegam ente a la necesidad de sus leyes inm anentes
n u estra escasa experiencia y n u estros constantes tem ores, nos no puede sino sucum bir. Los profetas son siem pre e inevitable­
estrem ece incluso el cru jir de la m ad era sin que podam os h a ­ m ente profetas de la calam idad, pues la catástrofe siem pre pue­
cer nada para evitarlo, y cuando alguien se asusta, contagia in ­ de predecirse. Lo m ilagroso es siem pre la salvación y no la ru i­
m ediatam ente su m iedo a los dem ás, que se estrem ecen sin ni na; pues sólo la salvación, y no la ruina, depende de la libertad
siq uiera saber p o r qué. De esta form a difícilm ente podem os de los hom bres y de su capacidad de tran sfo rm ar el m undo y su
fo rm ular un solo juicio correcto... ¡Qué suerte que hayas veni­ curso n atu ral. La ab su rd a idea, tan generalizada en la época de
do». K. se niega a desem peñar este papel; él no h a llegado p ara K afka com o en la n u estra, de que la m isión del h o m b re es so­
« traer suerte» a los aldeanos, no le so b ra n ni tiem p o ni fu e r­ m eterse a u n proceso p red eterm in ad o p o r u n a s fuerzas, c u a ­
zas p a ra ayudar a los dem ás; el que espera esto de él «se equi­ lesq u iera que éstas sean, no puede m ás que a ce le ra r la deca­
voca».1Él sólo quiere poner orden en su vida y m an ten erla o r­ d encia n a tu ra l, pues con esta idea el ho m b re pone su lib e rta d
denada. Como en la persecución de este objetivo, a diferencia al servicio de la n a tu ra lez a y de su te n d en cia a la decadencia.
de K. en El proceso, no se som ete a la a p aren te necesidad, lo Las p alab ras que K afka pone en boca del sacerd o te de la p ri­
que le sobreviva no será la vergüenza, sino el recuerdo de los al­ sión en El proceso revelan la teología o culta y la fe m ás p ro fu n ­
deanos. da de este fu n cio n ario com o u n a fe en la p u ra necesidad, y en
ú ltim a in stan cia los funcionarios son funcionarios de la necesi­
dad, com o si ésta necesitase de ellos p ara p o n e r en fu n cio n a­
m iento el ocaso y la ruina. E n tan to que funcionario de la nece­
I. Así se dice en el apéndice de la tercera edición de El castillo, Nueva York, 1946
(Francfort, 1951). sidad, el hom bre se convierte en el fu n cio n ario m ás superfluo
98 LA TRADICIÓN OCULTA
FRANZ KAFKA 99
de la ley n a tu ra l de la decadencia, y com o él es m ás que m era
n atu raleza, degenera en in stru m e n to de la d estru cció n activa. suelen te n e r no m b re y sólo conocem os sus iniciales. A unque
Pues así com o no hay duda de que u n a casa co n stru id a p o r los este sed u cto r an o n im ato sólo se debiese a la casualidad, al h e ­
hom bres conform e a leyes h u m an as acab ará d erru m b án d o se cho de que sus novelas quedasen incom pletas, estos personajes
en cuanto la a b an d o n en y la libren a su destino n a tu ra l, ta m ­ no son en m odo alguno personas reales, gente que podam os en ­
poco cabe duda de que el m undo edificado p o r los h o m b res y co n trar en el m undo real; pese a las detalladas descripciones, les
regulado p o r leyes h u m an as se convertirá en m era n a tu ra lez a faltan precisam ente esas p ro p ied ad es ún icas e in tran sferib les,
y se en cam inará hacia su destrucción final si el h om bre decide esos pequeños y a m en u d o superfluos rasgos de p erso n alid ad
convertirse a sí m ism o en m era natu raleza, en u n ciego pero que ju n to s constituyen la realid ad de u n a persona. Se m tieven
preciso instru m en to de las leyes naturales. en el seno de u n a sociedad en la que cada uno tiene u n papel
Así las cosas, resulta b astan te indiferente que el h om bre o b ­ que cumplir, en la que cada cual está definido en cierto m odo
sesionado p o r la necesidad crea en la destrucción final o en el p o r su profesión; y si se distinguen de esta sociedad y adquieren
progreso. Si el progreso fuese verdaderam en te «necesario», si protagonism o en la tra m a de la novela es solam ente porque ca­
fuese realm ente u n a ley so b re h u m an a inevitable que afectase recen de un lugar determ inado en el m undo de aquellos que ejer­
p o r igual a todas las épocas de n u e stra h isto ria y cuyas redes cen su profesión, porque sus roles son sencillam ente im posibles
atrap asen fatalm ente a la h u m an id ad , en ese caso no p o d ría ­ de determ inar. Pero esto significa que tam poco los p ersonajes
m os describir m ejor y de form a m ás exacta la m arch a del p ro ­ secundarios son p erso n as reales. Los relatos de K afka no tie ­
greso que con estas líneas de las Tesis de filosofía de la historia nen n ad a que ver con la re a lid ad en el sentido de las novelas
de W alter B enjam ín: realistas.
Si el m undo kafkiano prescin d e p o r com pleto de la realid ad
El ángel de ¡a historia [...] ha vuelto el rostro hacia el pasado. exterior de la que se hace eco la novela realista, p ro b ab lem en ­
Donde a n o s o tr o s se nos m anifiesta una cadena de datos, él ve te tam b ién prescinde de fo rm a m ucho m ás rad ical de la re a li­
una catástrofe única que am ontona incansablem ente ruina so­ dad in te rio r de la que se hace eco la novela psicológica. Los
bre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, hom bres entre los que se m ueven los personajes de Kafka c are­
despertar a los muertos y recom poner lo despedazado. Pero des­ cen de rasgos psicológicos, pues fuera de los papeles que cu m ­
de el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y plen, fuera de sus puestos y de sus profesiones, no son a b so lu ­
que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este h u ra­ tam en te nada; sus p ro ta g o n ista s tam b ién carecen de rasgos
cán le empuja irreteniblem ente hacia el futuro, al cual da la es­ psicológicos susceptibles de d eterm in ació n , pues en su alm a
palda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta no hay lu g ar p a ra o tra cosa que no sea la m isión que en cada
el cielo. E se huracán es lo que nosotros llamamos progreso.*
caso se proponen cum plir: g a n ar u n juicio, ob ten er u n perm iso
de trab ajo y de residencia, etc.
P robablem ente la m ejor p ru eb a de que Kafka no es u n p ro ­
E sta abstracción, esta falta de cualidades de los hom bres de
feta m ás es el hecho de que cuando leem os sus h isto rias m ás
Kafka, puede ten tar a tenerlos p o r sim ples exponentes de ideas,
crueles y horripilantes, y que sin em bargo la realid ad h a cu m ­
p o r rep resen tan tes de d e term in ad as opiniones, y de hecho to ­
plido, si no superado, nos invade constantem ente el sen tim ien ­
dos los intentos contem poráneos de ver en la obra de Kafka u n a
to de inverosim ilitud. Así, los p ro tag o n istas de sus novelas no
teología dependen de este e rro r de interpretación. Pero si a b o r­
* En Discursos ininterrumpidos, I, Madrid, Taurus, pág. 183. (N. del e.) dam os el m undo de K afka sin prejuicios y sin opiniones p re ­
concebidas, cap tam o s in m e d ia tam en te que sus p ersonajes no
LA TRADICIÓN OCULTA FRANZ KAFKA 101
100

tienen ni el tiem po ni la posibilidad de adquirir rasgos individua­ la m ism a: p o n er de m anifiesto la a n o rm alid ad de la sociedad y
les. Así, por ejemplo, cuando en América se plantea la cuestión de del m u n d o de la n o rm alid ad , el delirio que en cie rran las o p i­
si el conserje del hotel ha podido confundir al protagonista de la niones ten id as co m ú n m en te p o r resp etab les y las calam ito sas
novela con otra persona, el portero rechaza esta posibilidad ad u ­ co n secu encias p a ra todos de los actos realizad o s conform e a
ciendo que si confundiese a la gente, no p o d ría seguir siendo estas reglas de juego. Lo que m ueve a los p erso n ajes de K afka
portero; su profesión consiste precisam ente en no co n fu n d ir a no son d eterm in ad as convicciones revolucionarias, sino ú n ica
unos con otros. La alternativa es to talm en te clara: o es u n a y exclusivam ente la b u en a voluntad, que, sin apenas saberlo o
persona y está afectado de la falibilidad de la percepción y del quererlo, d esen m ascara las estru ctu ras ocultas de este m undo.
conocim iento hum anos, o es u n portero y p o r tan to h a de p re ­ El efecto de irrealid ad y lo novedoso de la técnica n a rra tiv a
ten d er estar dotado de u n a especie de perfección so b reh u m an a kafkiana resultan precisam ente de su interés p o r estas e stru ctu ­
en su función. Los em pleados a los que la sociedad obliga a tra ­ ras ocultas y de su radical falta de preocupación p or lo superfi­
b ajar con infalible precisión no se convierten p o r ello en infali­ cial, p o r los aspectos y lo p u ram en te fenom énico del m undo.
bles. Los empleados, los trabajadores y los funcionarios de Kafka Por esto es to talm ente erróneo in clu ir a Kafka entre los su rre a ­
están m uy lejos de ser infalibles, pero todos ellos a ctú a n sobre listas. M ientras que el su rrealista tra ta de m o strarn o s el m ayor
el supuesto de u n a sobrehum ana eficiencia universal. n ú m ero posible de aspectos y p u n to s de vista c o n trad icto rio s
Lo que diferencia el proceder kafkiano de la técnica novelís­ de la realidad, Kafka crea lib rem en te tales aspectos y n u n c a se
tica habitual es que Kafka ya no describe el conflicto de u n fun­ co n fo rm a con la realidad, pues lo que a él le in teresa no es la
cionario entre su esfera privada y su función en la sociedad; él realidad, sino la verdad. Si el fotom ontaje es la técnica p re fe ri­
ya no pierde el tiem po en contarnos cóm o esta ú ltim a devora la da de los surrealistas, la técn ica de Kafka p o d ría definirse m ás
vida privada de la víctim a en cuestión, o cóm o su esfera priva­ bien com o la construcción de m odelos. Así com o el que quiere
da, su fam ilia, por ejem plo, le obliga a convertirse en u n ser in ­ c o n stru ir u n a casa o asegurarse de su solidez ha de p ro p o rcio ­
hum ano y a identificarse tanto con su papel com o sólo lo hace n arse unos planos del edificio, del m ism o m odo p odríam os d e­
un actor d u ran te el breve espacio de tiem po que d u ra la rep re­ cir que K afka elab o ra los p lanos del m u n d o existente. O bvia­
sentación. Kafka nos pone inm ediatam ente frente al hecho co­ m ente, co m p arad o s con u n a casa real, sus planos tien en algo
mo tal, pues para él lo único relevante es ese hecho. La supuesta de «irreal», pero sin ellos la casa no h ab ría podido construirse;
com petencia universal, la apariencia de una eficiencia sobrehu­ sin ellos no p o d ríam o s reco n o cer los pilares y los m u ro s de
m ana es el m otor oculto que pone en m arch a la ab su rd a m a­ carga, los únicos que co nfieren a la casa u n a existencia en el
quinaria del aniquilam iento que engulle a los personajes de Kaf­ m u n d o real. B asán d o se en esto s p lan o s e lab o rad o s a p a rtir
ka y la responsable de su perfecto funcionam iento. del m u n d o real y que obviam ente son an tes u n p ro d u cto del
El tem a principal de las novelas kafkianas es el conflicto en­ p ensam iento que de u n a experiencia sensible, Kafka construye
tre u n m undo que el escrito r p resen ta com o u n a m a q u in a ria sus m odelos. P ara com prenderlos, el lector necesita h a ce r uso
que funciona sin dificultad alguna y un h o m b re que tra ta de de la m ism a im aginación que se req u irió p a ra su elaboración,
d estru irla. Pero los protag o n istas de sus novelas no son h o m ­ y si puede com prenderlos de esta form a es p orque tales m ode­
bres com o los que encontram os a diario en n u estro m undo, si­ los no son fru to de la libre fa n ta sía del autor, sino resu ltad o s
no distin to s m odelos del ser h u m an o en general, cuyo único del p en sam ien to m ism o, de los que Kafka se sirve p a ra sus
rasgo distintivo es su m ás absoluta concentración en lo esencial­ construcciones. Por p rim era vez en la h isto ria de la literatu ra,
m ente hum ano. Su función en la tra m a de la novela es siem pre un e scrito r exige a sus lectores la m ism a actividad que m ués-
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tra n él y su obra. Y tal actividad no es sino esa im ag in ació n tem prano. Aunque las circunstancias (al m enos en opinión de A)
que, según K ant, «[es] capaz de c re ar o tra n a tu ra lez a a p a rtir son precisam ente las de la víspera, tarda diez horas esta vez en
de los m ateriales que le su m in istra la existente». Así pues, los llegar a H. Lo hace al atardecer, rendido. Le com unicaron que
planos sólo los co m p ren d erá aquel que pueda y q u iera im ag i­ B, inquieto por su demora, ha partido hace poco para el pueblo
de A y que deben haberse cruzado por el cam ino. Le aconsejan
n arse las verdaderas intenciones del arq u itecto y los fu tu ro s
que aguarde. A, sin embargo, im paciente por la concreción del
aspectos del edificio. negocio, se va inm ediatam ente y retorna a su casa.
Este esfuerzo de im aginación es lo que Kafka exige en todo Esta vez, sin prestar m ayor atención, hace el viaje en un ra ­
m om ento a su lector. É sta es la razó n p o r la que el lecto r p u ra ­ to. En su casa le dicen que B llegó muy tem prano, inm ediata­
m ente pasivo, tal com o lo educó y form ó la trad ició n novelísti­ m ente después de la salida de A, y que hasta se cruzó con A en
ca, cuya ú n ica actividad consiste en identificarse con uno de el umbral y quiso recordarle el negocio, pero que A le respondió
los personajes de la novela, apenas sabe qué h acer con Kafka. que no tenía tiempo y que debía salir enseguida.
Lo m ism o puede decirse del lecto r curioso que, decepcionado Pese a esa incomprensible conducta, B entró en la casa a es­
con su propia vida, busca en la ficción literaria u n m undo en el p erar su vuelta. Ya había preguntado m uchas veces si no había
que sucedan cosas que a él n u n ca le ocurren, o que, m ovido regresado todavía, pero continuaba aguardando aún en el cuar­
p o r un verdadero deseo de saber, espera que la lite ra tu ra le en ­ to de A. Contento de poder encontrarse con B y explicarle lo su­
cedido, A corre escaleras arriba. Casi al llegar, tropieza, se tu er­
señe alguna cosa. A este lector, los relatos de K afka lo d ecep ­
ce un tobillo y a punto de perdir el conocim iento, incapaz de
cionarán aún más que su propia vida, pues estos relatos no tienen gritar, gimiendo en la oscuridad, oye a B —tal vez ya muy lejos,
nada que ver con las ensoñaciones, y no p ro c u ra n ni o rie n ta ­ tal vez a su lado— que baja la escalera furioso y desaparece p a­
ción, ni enseñanza, ni consuelo alguno. Sólo el lecto r que, por ra siempre.*
las razones que sea, p o r m ás in d eterm in ad as que éstas sean,
busque la verdad, sabrá qué hacer con Kafka, y se m o strará in ­ E n este relato, la técnica co n stru ctiv a de K afka se m u estra
finitam ente agradecido cuando, de repente, en u n a sola página casi al desnudo. En él se reú n en todos los factores m ás im p o r­
o incluso en u n a sola frase se le revele la esencia de hechos a b ­ ta n te s que suelen c o n c u rrir en los casos de u n a cita fallida: el
solutam ente triviales. exceso de celo (A sale de casa m uy tem prano, pero tan p recipi­
Ejem plo de este arte de la abstracción en el que sólo hay lu ­ tadam ente que no reconoce a B cuando se encuentra con él en la
g ar para lo esencial, es el breve relato que sigue a c o n tin u a ­ escalera); la im paciencia (a A el cam ino a H se le hace infinita­
ción, que adem ás sólo tra ta de un hecho especialm ente sim ple m ente largo, lo que hace que se preocupe m ás p o r el cam ino que
y cotidiano: p o r alcan zar su objetivo, esto es, e n co n trar a B); el m iedo y el
nerviosism o (éstos hacen que A no piense bien las cosas y se
U na c o n f u s ió n c o t id ia n a ap resu re a volver a casa, cuando hubiese podido esperar tra n ­
quilam ente el regreso de B). Todo esto p rep ara la acción del ca­
Un problem a cotidiano, del que resulta una confusión coti­ pricho del destino, que siem pre acom paña al fracaso y que
diana. A tiene que concretar un negocio im portante con B en H, an u n cia y sella la ru in a final del que está enfadado con el m u n ­
se traslada a H para una entrevista preliminar, pone diez m inu­ do. Es basándose en estos factores generales, y no a p a rtir de
tos en ir y diez en volver, y en su hogar se enorgullece de esa ve­
locidad. Al día siguiente vuelve a H, esa vez para cerrar el nego­
cio. Ya que probablemente eso le insum irá muchas horas, A sale * En Obras Completas, Barcelona, Teorema, 1983. (N. dele.)
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una experiencia concreta, como Kafka construye su relato. Pues­ h ab itu alm en te era capaz de ofrecerle el estrecho y seguro m a r­
to que ninguna realidad obstaculiza esta construcción, sus dis­ co de su existencia. Todos estos novelistas, ta n to los que refle­
tintos elem entos pueden adquirir la cóm ica y gigantesca m agni­ ja b an el m undo de form a realista como los que inventaban m u n ­
tu d que les es propia, de m odo que a prim era vista la historia se dos fantásticos, com pitieron co n stantem ente con la realidad.
p resen ta como u n a de esas fantásticas historias de M ünchhau- Esta novela clásica h a evolucionado h asta la novela entendida
sen que las gentes de m ar gustan de contarse las unas a las otras. como reportaje, una concepción que se ha desarrollado especial­
La sensación de exageración sólo desaparece si dejam os de en ­ m ente en Estados Unidos, lo que es totalm ente lógico, pues p ro ­
ten d er la historia com o la constatación de u n suceso real, esto bablem ente ya no hay fantasía capaz de com petir con la realidad
es, como un informe sobre unos hechos que son producto de una de los acontecim ientos y de los destinos de hoy.
confusión, y pasam os a entenderla como el modelo de la confu­ La co n trap artid a de la seguridad que p ro p o rcio n ab a el m u n ­
sión m ism a, cuya perfecta lógica intenta vanam ente im itar nues­ do burgués, en el que el individuo reclam ab a a la vida la p a rte
tra lim itada experiencia en situaciones de confusión. Esta audaz de experiencias y de sensaciones que creía que le correspondía,
inversión de las relaciones entre modelo y copia, en la que, desa­ aunque n u n ca la consideraba suficiente, eran los grandes h o m ­
fiando u n a tradición m ilenaria, el relato se convierte de repente bres, los genios y los seres excepcionales, que el p ropio in d i­
en m odelo y la realidad en la copia que ha de ren d ir cuentas, viduo burgués co n sid erab a com o la m aravillosa y m isterio sa
constituye una de las principales fuentes del h u m o r kafkiano y en carn ació n de algo so b reh u m an o , a lo que se p o d ría llam ar
hace que esta historia tan divertida pueda consolarnos sobre las «Destino», com o en el caso de N apoleón, o «Historia», com o en
citas que todos hem os perdido o que podem os llegar a perder en el caso de Hegel, o «Voluntad divina», com o en el caso de Kier-
nuestra vida. Pues el h um or de Kafka es expresión inm ediata de kegaard, quien afirm ab a que Dios h ab ía q uerido p resen tarlo
esa libertad y despreocupación hum anas que com prende que el como u n ejemplo, o «Necesidad», como en el caso de Nietzsche,
hom bre es m ucho m ás que sus fracasos, sim plem ente p or el he­ quien decía de sí m ism o que era «una necesidad». P ara estos
cho de ser capaz de inventarse u n a confusión todavía m ás con­ individuos sedientos de nuevas experiencias, la m áxim a sen sa­
ción era la experiencia del destino m ism o, p o r lo que p ara ellos
fusa que cualquier confusión real.
el m odelo suprem o de hom bre era el h o m b re que ten ía u n a vo­
De lo dicho se desprende que el n a rra d o r Kafka no es u n n o ­ cación, u n destino, u n a m isión que realizar, o cuya realización
velista en el sentido que dam os a este térm in o cuando h a b la ­ era él m ism o. De este m odo, «grandes» no eran ya p ro p iam en ­
m os de la novela clásica del siglo xix. La base de la novela clá­ te ni u n a o b ra ni unos actos; «grande» era a h o ra el ho m b re
sica era u n a actitud ante la vida que, en lo esencial, aceptaba el m ism o, en tan to que en carn ació n de algo sobrehum ano. La ge­
m u ndo y la sociedad, que acataba la vida tal com o ésta se ofre­ n ialid ad dejó de ser u n don concedido p o r los dioses al h o m ­
cía y p a ra la que la grandeza del destino residía en que éste es­ bre, que no p o r ello dejaba de ser hum ano; la p erso n a en su to ­
talid ad se convirtió en la en carn ació n m ism a del genio, p o r lo
tab a m ás allá del bien y del mal. La evolución de la novela clási­
que éste ya no podía ser u n m ortal m ás. La definición k an tian a
ca fue paralela al lento declive del citoyen, que en la Revolución
del genio m u estra claram en te que esta co m p ren sió n del genio
francesa y en la filosofía de K ant hizo el p rim er intento de go­
com o u n a especie de m o n stru o so b reh u m an o es exclusiva del
b e rn a r el m undo con las leyes instituidas p or los hom bres. Su
siglo xix y que jam ás h a existido antes. P ara K ant, el genio es
florecim iento coincidió con el pleno desarrollo del individuo
el don con el que la « n aturaleza prescribe su regla al arte»; hoy
burgués, que veía el m undo y la vida com o u n g ran teatro y
podrem os d iscu tir esta concepción, e incluso afirm ar que en el
que deseaba «vivir» m ás experiencias y sensaciones de las que
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genio es la h u m an id ad m ism a la que «prescribe su regla al a r­ fallidas y los restos de to d as sus ru in as, p o rq u e a este h o m b re
te»; pero aquí lo im p o rtan te es que en esta definición del siglo los dioses, p o r el solo hecho de te n e r b u e n a voluntad, le h a n
xviii todavía no se aprecia n ad a de esa vacía concepción de la dado u n corazón indestructible. Y com o los p ersonajes de K af­
g randeza que h a rá de las suyas en el R om anticism o, in m ed ia­ ka no son personas reales con las que podam os identificarnos,
tam ente después de Kant. com o sólo son m odelos y, pese a te n er u n nom bre, p erm an ecen
Lo que en Kafka resu lta ta n m oderno y al m ism o tiem po es en el anonim ato, todos podem os sen tirn o s aludidos y h asta lla­
tan inusual entre sus contem poráneos y en su círculo de escri­ m ados personalm ente. Pues ese h om bre de b u en a voluntad p o ­
to res de Praga y de Viena es p recisam en te el hecho de que él dem os serlo todos y cada uno de nosotros, quizás h asta tú y yo.
jam ás se presentó a sí m ism o com o un genio ni com o la e n car­
nación de n in guna grandeza objetiva, y que p o r o tra p a rte se
negó radicalm ente a som eterse a todo tipo de destino. Él no es­
ta b a enam orado del m undo tal com o es, y de la n atu raleza d e­
cía que su su p erio rid ad sobre el hom bre sólo d u ra ría «m ien­
tra s yo os deje en paz». Lo que de verdad le im p o rtab a era la
posibilidad de un m undo construido por los hom bres, u n m u n ­
do en el que la acción del hom bre no dependiese de o tra cosa
m ás que de él m ism o, de su p ropia espon tan eid ad , y en el que
la sociedad h u m an a se rigiese p o r las leyes in stitu id as p o r los
hom bres, y no por fuerzas ocultas, fuesen éstas buenas o m alas.
Y en este m undo, que no era u n sim ple sueño, sino u n m undo
que h ab ía que e m p ezar a c o n stru ir in m e d ia tam en te , K afka
no quería en m odo alguno ser alguien excepcional, sino u n ciu­
dadano más, un «m iem bro de la com unidad».
N aturalm ente, esto no significa que él, com o a veces se p ien ­
sa, fuese un hom bre m odesto. En u n a o p o rtu n id ad escribió en
su diario que él m ism o se adm iraba del hecho de que cada frase
que escribía al azar era ya una frase perfecta, lo que es verdad.
Kafka no era un hom bre m odesto, sino u n h om bre hum ilde.
Para asegurarse al m enos la posibilid ad de llegar a ser un
ciu dadano m ás de un m undo liberado del fan tasm a de la san ­
gre y del hechizo del h o rro r —tal com o in ten tó d escribirlo en
América, concretam ente en su happy-end —, no pudo m enos de
an ticip ar la destrucción del m undo existente. Sus novelas son
una anticipación de esta destrucción, con cuyas ruinas co n stru ­
ye la im agen sublim e del hom bre com o un m odelo de la bu en a
voluntad, que puede m over m o n tañ as y edificar nuevos m u n ­
dos, que puede so p o rta r la d estrucción de las construcciones
LA ILUSTRACIÓN Y LA CUESTIÓN JUDÍA

La versión m o d ern a de la cu estió n ju d ía d ata de la Ilu s tra ­


ción; fue la Ilustración, es decir, el m undo no judío, la que p la n ­
teó la cuestión. Sus in terro g an tes y sus re sp u esta s h a n d e te r­
m in ad o el c o m p o rtam ien to de los ju d ío s, h a n d eterm in ad o su
asim ilación. Desde la asim ilación de M endelssohn y desde la
obra de Dohm Über die bürgerliche Verbesserung der Juden (1781),
la d iscu sió n sobre la em an cip ació n p re sen ta siem pre los m is­
m os arg u m en to s, que cu lm in an en la o b ra de Lessing. A él le
debem os tan to la propagación de las ideas de h u m an id ad y de
to leran cia com o la d istinción entre verdades de la razó n y v er­
dades h istó ricas. Si esta d istin ció n es ta n su m am en te im p o r­
ta n te es p o rq u e puede conferir legitim idad al c arác te r fortuito
de la asim ilación que se h a producido en el curso de la historia;
tras esta distinción, ésta sólo necesita p resen tarse com o progre­
siva aproxim ación a la verdad, y no com o ad ap tació n y re c ep ­
ción de u n a d eterm in ad a c u ltu ra en d eterm in ad o , y p o r ende
fo rtu ito , estadio histórico.
P a ra Lessing, el fu n d a m e n to de la h u m a n id a d es la ra z ó n
c o m ú n a to d o s los seres h u m a n o s. E n ta n to que lo m ás p ro ­
p iam en te h um ano, es ella la que vincula a Saladino con N atán
y con el te m p la rio . Sólo ella co n stitu y e el v e rd a d ero vínculo
en tre los hom bres. A p a rtir de este énfasis en lo h u m an o , que
se fu n d a m e n ta en lo ra c io n al, crece el ideal y la exigencia de
tolerancia. La idea de que en todos los hom bres, aunque se h a ­
lle o c u lto tra s la v a rie d ad de dogm as, c o stu m b res y usos, es­
tá siem p re el h o m b re, este resp eto a to d o lo que tien e ro stro
h u m a n o , no se d eriv a ú n ic a m e n te de la v alid ez u n iv ersal de
la ra z ó n en ta n to que m e ra c u alid ad fo rm al; la id ea de to le ­
ra n c ia está m ás b ien e stre c h a m e n te u n id a al co n cep to de
v erd ad de Lessing, que a su vez sólo p u ed e en ten d e rse a par-
110 LA TRADICIÓN OCULTA
LA ILUSTRACIÓN Y LA CUESTIÓN JUDÍA 1 11

tir de su co n cep ció n de la h is to ria y de sus c o n sid e ra c io n e s tórica. Las verdades h istó ricas sólo son «verdaderas», es decir,
teológicas. universalm ente convincentes y vinculantes, si son co n firm ad as
Con la Ilustración la verdad se ha extraviado, o m ás aún: ya p o r la v erdad de la razó n . De este m odo, es la ra z ó n la que h a
nadie la quiere. Más im portante que la verdad es el h om bre que de decidir sobre la necesidad de una revelación y p o r ende sobre
la busca. «No es la verdad, en cuya posesión puede e sta r c u al­ la h isto ria .2 La contingencia de la h isto ria puede ser su b sa n a d a
qu ier hom bre, [...] sino el verdadero esfuerzo p or alcanzarla, lo u lterio rm en te p o r la razón; es ella la que decide u lte rio rm en te
que hace valioso al h o m b re .» ! El hom bre p asa a ser m ás im ­ si la H isto ria revelada es o no id én tica a la razó n . La H isto ria
p o rta n te que la verdad, que es relegada a u n segundo p lan o en revelada es la en carg ad a de la ed u cació n del género h u m a n o .
beneficio del «valor de lo hum ano». La toleran cia d escu b re es­ Al final de esta educación, que noso tro s ex p erim entam os com o
te nuevo valor. La om nipotencia de la razón es la om nipotencia h isto ria, está la época «de u n nuevo E vangelio eterno», que
del hom bre, de lo hum ano. Como el hom b re es m ás im p o rtan ­ vuelve superflua to d a educación. El fin de la h isto ria es su p ro ­
te que cualquier «posesión de la verdad», en la fábula de los tres p ia disolución; al final de este proceso, lo relativ am en te co n ­
anillos el padre da un anillo a cada uno de sus hijos, sin decirles tingente se tra n sfo rm a en lo ab so lu tam e n te necesario. «La
cuál de ellos es el au tén tico , de m odo que éste a cab a p e rd ié n ­ ed ucación no p ro p o rcio n a n a d a al h o m b re que éste no p u ed a
dose. E n tan to que revelación religiosa, la verdad no está extra­ te n e r p o r sí m ism o»; se lim ita a co n d u cirlo a esa p erfección
viada en la Ilustración alem ana, tal com o la represen ta Lessing, que es c o n n atu ral a él. La h isto ria dirige a la ra z ó n h a cia su
sino que su pérdida queda com pensada con el d escu b rim ien to au to n o m ía, pues la R evelación incluye desde el p rin cip io a la
de lo p u ram en te h u m an o . E n su esfuerzo p o r a lca n z ar la v er­ razón. La m ayoría de edad del ho m b re es la m eta de la R evela­
dad, el hom bre y su h isto ria, que es u n a historia de búsqueda, ción divina y de la h isto ria hu m an a.
adquieren un sentido propio. El hom bre ya no está sim plem ente En tanto que responsable de la educación del género hum ano,
en posesión de un bien y su sentido ya no depende de esta pose­ la historia tiene u na significación que ni siquiera la razón puede
sión; buscando puede afianzar este bien, que en sí m ism o no es llegar a cap tar totalm ente. La razón sólo puede confirm ar su
u na garantía objetiva de salvación. Como en esta «am pliación de «qué», pero después h a de ren u n ciar a su «cómo» reconociendo
fuerzas» que es la búsqueda de la verdad se capta lo único sus­ que no le compete. «Pero si h a de poder y ha de h ab er u n a Reve­
tancial, p ara los tolerantes, esto es, p ara lo verdaderam ente h u ­ lación [...], el hecho de que la razón encuentre en ella cosas que
m ano, las diferentes confesiones religiosas no son m ás que dis­ la superan h a de ser antes u n a p rueba de su verdad que u n arg u ­
tin tas denom inaciones del m ism o hom bre. m ento en su contra.» E stas p alab ras no son u n nuevo elogio de
P ara la razón, la h isto ria no tiene n in g ú n p o d er de d em o s­ la autoridad divina. Más bien hay que considerarlas en relación
tración. Las verdades históricas son contingentes, las verdades con la principal tesis teológica de Lessing, según la cual la reli­
de la razó n necesarias, la contingencia está sep arad a de la n e ­ gión es a n terio r a la S agrada E scritu ra e in dependiente de ella.
cesidad p o r «un repugnante abism o», y saltar sobre él significa Lo esencial no es la verdad como tesis, com o dogm a o como ga­
in c u rrir en u n a «peTaPaau; e’u ; aXXo yevog»: las verdades h istó ­ ran tía objetiva de salvación, sino como religiosidad.
ricas no son verdades en sentido propio, y p o r m ás p ro b ad as A p rim era vista, esto no p arece sino u n a asunción ilu strad a
que estén, tanto su facticidad como su dem ostración son siem pre del pietism o. Los Fragmente eines Ungenannten sólo pueden con-
contingentes: la d em o stració n sigue siendo de n a tu ra lez a his- 1
2. Véase Zur Geschichte der Literatur. Ans dem 4. Beitrage. E in Mehreres aus den Pa-
1. Theologische Streitschriften. Eine Duplik. pieren des Ungenannten, die Offenbarimg betreffend.
1 12 LA TRADICIÓN OCULTA LA ILUSTRACIÓN Y LA CUESTIÓN JUDÍA 113

fu n d ir al teólogo, no al cristiano; su fe en Cristo es in q u e b ra n ­ tiem po: aunque de form a cada vez m ás perfecta, esta historia só­
table, ya que esta fe se b asa en la p u ra interioridad. «¿Qué p u e­ lo logra aproxim arse a la verdad. Esta teoría de la historia m ues­
den im p o rtarle al cristiano las explicaciones, las hipótesis y las tra u n a e stru c tu ra ra d icalm en te d istin ta de la ex p u esta en la
d em ostraciones de este hom bre? P ara él, el cristian ism o es al­ o b ra La educación del género hum ano. No es en m odo alguno
go indiscutible, u n a verdad que hace que se sienta dichoso.» Pe­ u n a secularización del cristian ism o —en p rim er lugar, y fu n d a­
ro el énfasis en esta in q u eb ran tab le in terio rid ad contiene ya la m en talm en te, p o rq u e la v erdad está reserv ad a a Dios—,3 sino
desconfianza de la Ilustración hacia la Biblia; si se enfatiza la p u ­ que desde el p rin cip io se cen tra ú n ica y exclusivam ente en el
ra in terio rid ad , es p o rq u e en la S ag rad a E sc ritu ra la objetivi­ hom bre; si presenta la verdad como u n fin tan rem oto en el tie m ­
dad de la R evelación ya no está asegurad a. La sep aració n de po, es p o rq u e al ho m b re te rre n a l la v erdad no le co n ciern e en
religión y B iblia es el últim o in ten to vano de salvar la religión; absoluto. Su posesión no hace sino o b stac u liz a r el despliegue
vano, pues esta separación destruye la a u to rid ad de la B iblia y de las p o ten cialid ad es del h om bre, ro b arle la calm a que éste
con ella la visible e inteligible a u to rid a d de Dios sobre la Tie­ n ecesita p a ra hacerlo efectivo, a p a rta r la m irad a de lo h u m a ­
rra. «La religión no es v erd ad era porque los evangelistas y los no: la verdad sólo concierne a Dios, p ara los hom bres no es im ­
apóstoles nos la hayan tran sm itid o , sino que nos la h a n tra n s ­ p o rtan te. E sta ro tu n d a afirm ació n del c a rá c te r etern am e n te
m itido porque es verdadera.» Si la verdad de la religión es an te­ in acab ad o y frag m en tario de todo lo h u m an o en aras de lo h u ­
rio r a la verdad de la Biblia, ya no es objetivam ente segura, sino m ano m ism o es eludida en la La educación del género humano.
que ha de buscarse. La asunción ilustrada de la religiosidad pie- La recepción de la Ilu stració n p o r p a rte de M endelssohn, su
tista destruye al m ism o tiem po el pietism o. Lo novedoso no es «form ación» (Bildung ), todavía tiene lu g ar en el m arco de la
el énfasis en la in terioridad, sino el hecho de que ésta sea a d u ­ religión judía. Su objetivo es defender este m arco, p o r ejem plo
cida co n tra la objetividad. co n tra los ataques de Lavater. P ara ello se sirve de la d istinción
Así pues, en Lessing la historia presenta dos dim ensiones dis­ de Lessing entre verdades de la razón y verdades históricas. Pe­
tin tas. En primer lugar, la h isto ria es la etern a b ú sq u ed a de la ro ad em ás de h acer u n a apología del ju d aism o , M endelssohn
verdad: com ienza con la m ayoría de edad del hom bre, pero le es­ ha de d efen d er la p o sib ilid ad de su p ro p ia «form ación»: p a ra
p era un cam ino infinito. En segundo lugar, la h isto ria es la res­ ello se sirve de la ab so lu ta a u to n o m ía de la razó n p ro clam ad a
ponsable de la educación del género hum ano, que se vuelve su- p o r la Ilu stració n . «Los lib rep en sad o res —dice Lessing— tie ­
perflua y te rm in a cuando el h o m b re alcan za su m ay o ría de nen hoy u n a visión p an o rám ica de todos los cam pos de la e ru ­
edad. La p rim era dim ensión de la h isto ria perm ite que el h o m ­ dición, y p u ed en a d en trarse en c u alq u iera de sus cam inos ta n
bre, u n a vez que ha tom ado co nciencia de su razó n , vuelva a p ro n to com o co n sid eren que valga la pen a h acerlo.»4 E sta c a ­
em p ezar y funde u n a h isto ria. É sta es la ú n ica idea de la que pacidad de p en sar p o r sí m ism o constituye la base del ideal de
M endelssohn se h a rá eco. E n Lessing, sin em bargo, esta nueva form ación de M endelssohn; la au tén tica form ación no se n u tre
h isto ria que hay que fu n d a r está com pletam en te an clad a en el de la h isto ria y de sus hechos, sino que vuelve a ésta superflua.
pasado. Es el pasado dom inado p o r la au to rid a d el que es ed u ­ La ú n ica a u to rid a d es la de la razó n , a la que todo h o m b re es
cador. La m ayoría de edad del h o m b re es el re su ltad o de un capaz de acceder en so litario y p o r sí m ism o. El ho m b re que
proceso, el producto de u n a educación que Dios concedió a los pien sa vive en un aislam iento absoluto: separado del resto, en-
hom bres. A lcanzada esta m ayoría de edad, com ienza la segun­
da h isto ria del hom bre, que, a diferencia de la p rim era, no ca­ 3. Véase Theolog. Streitschriften. Eine Duplik.
rece de un fin, pero éste queda aplazado in d efin id am en te en el 4. Lessing, Theolog. Streitschriften. Anti-Goeze, IX.
LA ILUSTRACIÓN Y LA CUESTIÓN JUDÍA 115
LA TRADICIÓN OCULTA
114
tes. Como en el Antiguo Testam ento no hay n ad a que «se o p o n ­
cuentea la verdad, que propiam ente debería ser com ún a o . ga a la ra z ó n » /’ es decir, n ad a que sea c o n tra rio a ella, el ju d ío
«En su vida, cada cual sigue su pro p io cam ino [...] Pero a m tam b ién está co m prom etido con u n as leyes situ ad as m ás allá
me parece que la Providencia n u n ca quiso que tam b ién el con- de la razón que, sin em bargo, el no ju d ío no tien e p o r qué a ca ­
iu n to de la h u m a n id a d avanzase y se perfeccionase en este tar; pues son ellas las que constituyen el elem ento diferenciador
m u n do a lo largo de los siglos.» E n M endelssohn, la razó n se entre los hom bres. Las verdades etern as son la base de la to le­
vuelve todavía m ás in d ep en d ien te de la h isto ria, ya no tiene rancia: «¡Cuán feliz sería n u estro m u ndo si todos los ho m b res
ningún pu n to de anclaje en ella; M endelssohn critica explícita­ cap tasen y actu asen conform e a la verdad, que c o m p arten los
m en te la filosofía de la h isto ria de Lessing, la «educación del m ejores cristianos y los m ejores judíos!».7 Según M endelssohn,
género h u m an o , que m i eterno am igo Lessing p erm itió que e entre las verdades de la razó n y las verdades histó ricas sólo hay
m etiese en la cabeza algún h isto ria d o r de la hu m an id ad » una diferencia de form a; no pueden atrib u irse a diferentes esta ­
conocim iento de la h isto ria todavía no es necesario p a ra la ior- dios evolutivos de la h u m an id ad . La razó n siem pre h a sido
m ación de M endelssohn; ésta no es m ás que libertad de p en sa­ igual de accesible a todos los hom bres en todos los tiem pos. Lo
m iento. Por su propio origen, M endelssohn carece de to d a vin­ único diferente es la vía de acceso a ella; la de los ju d ío s no só­
cu lació n con el m undo cu ltu ral no judío; pero el no necesita lo com prende el acatam iento de la religión judía, sino tam b ién
d escubrir este no-basarse-en-nada, esta independencia del p en ­ la exacta observancia de la Ley en sí m ism a.
sam iento, en el clim a intelectual dom inante. E n Lessing, la d istinción de h isto ria y razó n ten ía com o o b ­
Así com o M endelssohn reduce la auto n o m ía de la razó n a la jetivo su p erar la dim ensión dogm ática de la religión; M endels­
capacidad-de-pensar-por-sí-m ism o y a su independencia _ e o­ sohn, en cam bio, se sirve de ella p a ra in te n ta r salvar la religión
do hecho (m ientras que en Lessing esta m ism a razó n solo era ju d ía en razó n de su «contenido eterno», in d ep en d ien tem en te
u n a h e rra m ie n ta p a ra el descubrim iento de lo hu m an o ) de su base h istórica. El in terés teológico, resp o n sab le de la se­
m ism o m odo im prim e u n giro a la tesis de la separación de ve - paración de historia y razón, introduce al m ism o tiem po la sepa­
dades de la razón y verdades históricas: M endelssohn convier ración entre el hom bre que busca la verdad y la historia. Todo lo
esta tesis en dogm a y se sirve de ella p a ra hacer su apología del real, ya sea el entorno, los congéneres o la h istoria, carece de la
judaism o. P ara él, la religión judía y sólo ella es idéntica a la ra legitim ación de la razón. E sta elim inación de la realid ad está
cional y en concreto en virtud de sus «verdades eternas», que ín tim am en te relacio n ad a con la situ ació n real del ju d ío en el
son las únicas vinculantes desde u n p u n to de vista religioso. m undo. Su indiferencia h acia el m undo era ta n grande, que és­
Pues las verdades históricas del judaism o , explica M endels­ te se convirtió en algo to talm en te im posible de transform ar. La
sohn, sólo tu v ie ro n validez m ie n tra s la relig ió n m o saica fue nueva lib ertad g a ra n tiza d a p o r la form ación, la lib e rta d de
la religión de u n a nación, lo que ya no es el caso después de a p ensam iento y la lib ertad de la razó n no cam b ian las cosas. El
destrucción del Templo. Solam ente las «verdades etern ^s>^ a laS m undo histórico es igual de insignificante p ara el judío «culto»
que siem pre h a habido acceso, son independientes de la Sagr que p a ra el judío oprim ido del gueto.
da E scritura; constituyen el fun d am en to de la religión ju d ia y E sta in d iferen cia del ju d ío h acia la h isto ria, b asad a en la
„» ellas las que hoy siguen com prom etiendo a los judíos con la a h isto ricid ad de su destino y alim en tad a p o r u n a Ilu stració n
,, | «le sus padres. Si no estuviesen presentes en el Antiguo
, ,....... .. ni I;i l ey ni la tra d ic ió n h istó ric a serían vm culan- 6. Correspondencia con el príncipe heredero de Braunschweig-Wolfenbüttel, 1776.
7. Mendelssohn a Bonnet, 1770. Véase Moses Mendelssolms Ges. Schriften, vol. Vil,
págs. LXXXII y sigs.
LA ILUSTRACIÓN Y LA CUESTIÓN JUDÍA 117
116 LA TRADICIÓN OCULTA

base ta n id ó n ea p a ra sus asp iracio n es, esta generación, que, a


en ten d id a a m edias y no del todo asum ida, queda su p erad a en
diferen cia de M endelssohn, h a ro to sus vínculos con la re li­
u n pasaje de la teo ría de la em ancipación de Dohm, cuya a rg u ­
gión, tra ta p o r todos los m edios de hacerse u n hueco en la so­
m en tació n será decisiva d u ra n te las décadas siguientes. P ara
ciedad. Se id en tifica h a sta tal p u n to con la obcecación de la
D ohm (el prim er escrito r que se ocupa sistem áticam ente de los
Ilustración, p ara la que los judíos no son m ás que gente o p rim i­
ju d ío s en A lem ania), el pueblo ju d ío no es el «Pueblo de Dios»,
da, que re n u n c ia a su p ro p ia h isto ria y co n sid era que todo lo
ni siquiera el pueblo del Antiguo Testamento. Los judíos son h o m ­
suyo es tan sólo u n obstáculo p a ra su in teg ració n real en la so­
bres com o los dem ás. Pero la h isto ria los h a co rro m p id o .0 E sta
ciedad, p a ra su au to rrealizació n com o seres h u m a n o s.8*10 In te r­
es la única concepción de la histo ria que los judíos de entonces
p re ta la d istinción de M endelssohn y de Lessing en tre razó n e
h icieron suya. A simism o, esta concepción explicaba suficiente­
historia en beneficio de la razón; y esta in terp retació n es ta n ex­
m ente su atraso cultural, su falta de form ación, su nocividad y
trem a que llega a p ro ferir blasfem ias que M endelssohn jam ás
su im productividad sociales. P ara ellos, la h isto ria se convierte
se h ab ría atrevido a decir: «¿Se p reten d e p o n er en tre la espada
fun dam entalm en te en u n a histo ria de lo ajeno; es la h isto ria de
y la p ared al h onesto investigador objetándole, p o r ejem plo,
los prejuicios en los que estab an a tra p ad o s los h o m b res an tes
que la razó n h u m a n a jam ás puede rivalizar con la divina? E n
de la época de la Ilustración: la h isto ria es la h isto ria de u n p a ­
verdad, esta objeción no logrará inquietarle en n ingún m o m en ­
sado m alo o de u n p resen te que todavía está bajo el p o d er de
to, pues incluso el conocim iento de la n atu raleza divina de esta
los prejuicios. El objetivo de la in teg ració n social y de la lib e­
fe y de este deber de obediencia h a de som eterse al trib u n al de
ra c ió n de los ju d ío s es precisam en te lib ra r al p resen te de las
la razó n hum ana». F ried lán d er ya no se sirve de la sep aració n
cargas y de las consecuencias de esta histo iia.
de razón e historia p ara salvar la religión judía, sino que hace de
Así de sencilla y de relativ am en te sim ple es la situ ació n de
ella u n in stru m en to p ara ab an d o n ar lo antes posible la religión.
la p rim era generación de asim ilados. M endelssohn no sólo es­
P ara M endelssohn, lib e rta d significaba lib e rta d de fo rm ació n
tá p rácticam en te de acuerdo en to d as las cuestiones teó ricas
y g a ra n tiz a b a la p o sib ilid ad de «hacer co n sid eracio n es so b re
con los p ro m o to res de la asim ilación, con D ohm y M irabeau.
sí m ism o y sobre su religión». Ahora, en cam bio, la co n sid era­
p a ra éstos, igual que p a ra los judíos, él h a sido y es la p ru e b a
ción de la religión ju d ía es expresam ente u n in stru m e n to p a ra
de que los judíos pueden y deben m ejorar, de que b a sta ría con
tra n sfo rm a r «la situ ació n política» de los judíos. Y el discípulo
tra n sfo rm a r su posición social p a ra convertirlos en m iem bros
de M endelssohn contradice ab iertam en te a su m aestro, que h a ­
social y culturalm ente productivos de la sociedad burguesa. La
bía dado este consejo: «Adaptaos a las costum bres y a las c ir­
segunda generación de asim ilados (rep re sen ta d a p o r David
cunstancias del país al que os hayáis trasladado; pero p erm an e­
F riedlánder, el discípulo de M endelssohn) sigue aferrán d o se a
ced siem pre fieles a la religión de vuestros padres. ¡Llevad
la tesis ilu stra d a de la corru p ció n histórica." P artien d o de esta
am bas cargas como podáis!». Friedlánder co n trad ice claram en-

8 Dohm, op. c it, I, pág. 45; II, pág. 8; «Oue los judíos son hombres com o todos los 10. Ibid.,pág. 39: «Probablemente, lo mejor que ha podido pasarles a los judíos es
demás; que por lo tanto han de ser tratados com o los demás; que su degeneración y su haber superado paulatinamente su nostalgia del Mesías y de Jerusalén, esperanza que
corrupción se debe únicam ente a la bárbara opresión que han sufrido por prejuicios
la razón abandona por considerarla una quimera. Ciertamente, es posible que quienes
religiosos- que sólo el proceder contrario, un proceder acorde con la sana razón y la se encierran en sus celdas o quienes se han alejado de los asuntos de este mundo toda­
humanidad, puede hacer de ellos personas y ciudadanos mejores; [...] todo esto son
vía alberguen en su alma deseos com o éstos; pero la mayoría de los judíos, al m enos
verdades tan sim ples y evidentes que com prenderlas correctamente es prácticamente
en Alemania, Holanda y Francia, ya no alimentan esta idea, que sin duda acabará de­
lo mismo que estar de acuerdo con ellas». sapareciendo totalmente».
9. Véase Friedlánder, Sendschreiben einiger jüdischer Hausvater, págs. 30 y sigs.
118 LA TRADICIÓN OCULTA LA ILUSTRACIÓN Y LA CUESTIÓN JUDÍA 119

te a su m aestro cuando, apelando a la Ilustración, a la razó n y hab ía em pezado haciendo u n a crítica de su época, la época de
al sentim iento m oral —que es idéntico en todos los hom bres—, la Ilu stració n . Su o b ra Otra Filosofía de ¡a Historia para la edu­
se ofrece p a ra lid e ra r «la in co rp o ració n de los ju d ío s a la so­ cación de la humanidad se publica en 1774, en pleno auge de la
ciedad». Ilu stració n , y no tiene n in g u n a influencia en la g eneración a n ­
E n 1799, sin em bargo, este ofrecim iento llega ya dem asiado terior. Pero su influencia en el R om anticism o será grande y d e­
tarde. El preboste Teller, al que va dirigido, lo acoge con frial­ cisiva. La obra de H erder arrem ete co n tra la om nipotencia de la
dad. Y S chleierm acher se defiende enérgicam ente co n tra estos razón y co n tra su pobre utilitarism o. A rrem ete, adem ás, co n tra
incóm odos intrusos. Atribuye significativam ente la «carta» a «la el h o m b re que «detesta lo m aravilloso y lo oculto». A rrem ete,
vieja escuela de n u e stra lite ra tu ra » ,11 y c o n tra la ap ela c ió n a finalm ente, co n tra u n a h isto rio g rafía que, siguiendo a V oltaire
la razón y al sentim iento m oral esgrim e lo m ás propio del cris­ y a H um e, olvida la realid ad en beneficio de las traíd as y lleva­
tianism o, que estos intrusos no pueden sino adulterar. La razón das poten cialid ad es h u m an as.
no tiene nada que ver con el cristianism o. Schleierm acher quie­ Como hem os podido ver, en su recepción de las ideas de Les-
re proteger lo característico de su propia religión co n tra lo que sing, M endelssohn subrayaba fundam entalm ente el aislam iento
define a la religión ajena. La razó n sólo perm ite alcan zar un del h o m b re que p ien sa p o r sí m ism o. H erder, com o h a rá d es­
acuerdo parcial, es válida en el plano político, pero no en el re ­ pués el R o m an ticism o (es decir, la tra d ic ió n alem an a que m e ­
ligioso. Schleierm acher es p artidario de u n a ráp id a integración. rece la m ayor consideración en relación con la cuestión ju d ía),
Pero, p a ra él, esta integración no será el prin cip io de esa com ­ se a p a rta de esta concepción y pro lo n g a el d escu b rim ien to de
p leta asim ilación que proponen los judíos. «El estilo de la Ilus­ la h isto ria iniciado p o r Lessing.
tración», que declara que todos los hom bres h an sido creados H erder critica la tesis de Lessing de que la educación no a ñ a ­
iguales y que desea volver a hacerlos iguales, se ha convertido en de al ho m b re nad a d istin to de lo que éste ya es p o r n atu raleza:
algo «odioso». S chleierm acher exige la sub o rd in ació n del cere­ «Si el h o m b re fuese siem p re lo que es y se lim itase a d e sa rro ­
m onial a la ley del E stado y el abandono de la esperanza mesiá- lla r su esen cia in d ep en d ien te m e n te de to d a re a lid ad exterior,
nica. F riedlánder propone am bas cosas, sin darse cu en ta de la c iertam en te p o d ría h a b er u n a h isto ria del h o m b re, pero no de
pérd ida que esto podría suponer. Su preten sió n es a p a rta r todo los h o m b res, no del género hum ano». Pero el h o m b re vive en
aquello que pueda con stitu ir un obstáculo p ara la razón, que es el seno de u n a «cadena de individuos», «la tra d ic ió n sale a su
igual p ara los cristianos que p a ra los judíos; y espera que los en cu en tro , da form a a su cabeza y e stru c tu ra sus m iem b ro s» .112
cristianos hagan exactam ente lo m ism o. Veinte o tre in ta años E n este m undo, la razó n p u ra y el bien p u ro están «disem ina­
antes, cuando Lavater exigía a M endelssohn que exam inase to ­ dos». N ingún individuo p uede ya ap reh en d erlo s. Así com o en
dos los argum entos a favor o en c o n tra del cristian ism o y que Lessing no hay u n anillo a u tén tico , el indiv id u o tam p o co es
sólo después se decidiese, com o «habría hecho u n Sócrates», el n u n c a él m ism o; el individuo cam bia, se tra n sfo rm a , «adopta
ofrecim iento de F riedlánder no hubiese sido tan absurdo com o m ú ltip les form as [...], es u n etern o Proteo». E ste ser siem pre
ah o ra lo consideran S chleierm acher y toda la Alem ania culta. cam b ian te depende de realid ad es que e stá n fu era del alcance
En la conciencia h istó rica de A lem ania h a ten id o lu g a r u n de los hom bres, depende del «tiem po, del clim a, de las n ecesi­
cam bio del que H erder es la figura m ás represen tativ a. H erd er dades, del m undo, del destino». Lo decisivo ya no es, com o pa-

11. Schleiermacher, Briefe, bei Gelegenheit... des Sendschreibens, 1779. Werke, I, 12. Ideen zur Geschichte der M enschheit, I, 9a parte, Libro 1.2 (trad. cast.: Ideas pa­
vol. 5, págs. 6 y sigs. ra una Filosofía de la Historia de la H um anidad, Buenos Aires, Losada, 1959).
1 20 LA TRADICIÓN OCULTA LA ILUSTRACIÓN Y LA CUESTIÓN JUDÍA 121

ra la Ilustración, la p u ra posibilidad, sino la realidad de la exis­ se to rn a opaca: «Ningún filósofo puede decir cuál es la finalidad
ten cia hu m an a concreta. La verdadera diferencia entre los h o m ­ ú ltim a [de los pueblos], o cuál ha podido ser». E n su opacidad,
bres es m ás im p o rtan te que su igualdad «esencial». «Sin duda, la h isto ria se convierte en algo sobreh u m an o , im personal, pero
el m ás co b ard e de los b rib o n es puede co n v ertirse en el m ás jam ás en Dios. De este m odo se pierde definitivam ente la tra s ­
valeroso de los héroes, pero en tre esta rem o ta p o sib ilid ad y la cendencia de lo divino, «la religión no puede ser sino la conse­
realid ad de su existencia, de su ser, m edia u n ab ism o .» 13 cución de fines a través de los hom bres y p ara los hom bres».
Así pues, aquí la razó n no se erige en juez de la realid ad h is­ La afirm ació n de la p rim acía de la h isto ria sobre la razó n es
tó rica del hom bre, sino que es el «producto de to d a la expe­ p aralela al cu estio n am ien to de la ig u ald ad de to d o s los h o m ­
rien cia a cu m u lad a p o r el género h u m an o » .14 E ste p ro d u c to es bres. C uanto m ás p ro fu n d am en te p en etra la h isto ria en la vida,
esencialm ente in c o n clu so .15 H e rd er se hace eco de la «eterna tan to m ás diferenciada es ésta. E sta d iferenciación se d e sa rro ­
búsqueda» que es p ro p ia del concepto de v erdad de Lessing, lla a p a rtir de u n a igualdad orig in aria. C uanto m ás an tig u o es
pero transform ándola; pues aunque Lessing aplaza in d efin id a­ u n pueblo, tan to m ás se d istingue de todos los d em ás.16 Sólo la
m ente en el tiem po la consecución de la verdad, en él la razón, h isto ria es la resp o n sab le de la d iferen ciació n de individuos y
en tan to que facu ltad co n su stan cial al h o m bre, no se ve afec­ pueblos. La diferencia no estriba ni en la disposición n atu ral, ni
ta d a p o r esta d in am ización. Pero cu an d o la m ism a razó n , en en las capacidades, ni en el carácter, sino m ás bien en la irrevo-
tan to que «producto de la experiencia», es dinam izada, el lugar cab ilid ad de todo aco n tecer h u m an o , en el hecho de que éste
del hom bre en la evolución del género h u m an o ya no está de­ tiene u n p asado que no es posible obviar.
term inado de form a unívoca: «No hay histo ria en el m undo que Con el descu b rim ien to de la irrevocabilidad de todo a co n te ­
se base en p rin c ip io s a b stra c to s a priori». Del m ism o m odo cer hum ano, H erder se convierte en uno de los grandes in té rp re ­
que Lessing se niega a co n ceb ir la verdad com o u n a posesión tes de la h isto ria. A sim ism o, con él la h isto ria de los ju d ío s se
definitiva de la que se p u ed a gozar tra n q u ila m e n te, pues co n ­ p resen ta p o r p rim era vez en A lem ania com o u n a h isto ria m a r­
sidera que tal posesión es inapropiada p ara el ser hum ano, H er­ cada esencialm ente p o r la p o sesió n del A ntiguo T estam ento.
d er se niega a reco n o cer la razó n p u ra com o la ú n ic a p o sib i­ E sto in tro d u ce u n cam bio en la co n sid eració n de la cu estió n
lidad de la única verdad. C ontra la razón única, así com o contra ju d ía, ta n to p o r p a rte de los no ju d ío s com o p o r p a rte de los
la verdad única, H erd er arguye la in fin itu d de la h isto ria , y propios judíos. E ste cam bio, adem ás, es el resu ltad o de la n u e ­
«¿por qué h a b ría de convertirm e en u n ser puramente racional, va significación que H erd er d a a los conceptos de fo rm ació n y
si yo sólo puedo ser un hombre, y si m i existencia, lo m ism o tolerancia, conceptos decisivos en esta discusión.
que mi conocim iento y mi fe, no es m ás que u n a ola en el m ar H erd er entiende la h isto ria de los judíos com o ellos m ism os
de la historia?». De acuerdo con esto, H erder invierte la relación in te rp re ta n esta h isto ria, esto es, com o la h isto ria del pueblo
entre razón e historia: la razón queda som etida a la historia, elegido p o r D ios.17 Para él, su dispersión es el com ienzo y la con­
«pues la abstracción no puede im poner sus leyes a la historia». dición de su influencia en el género h u m a n o .iá H erd er sigue la
La prim acía de la razón, de la m ayoría de edad y de la au to ­
nom ía hum anas toca a su fin: la historia, el destino del hom bre, 16. Ideen..., I, 7a parte, Zusatze zu der atiesten Urkunde des Menschengeschlechts. 5.
17. Ideen..., III, 12a parte, Libro III, Ebraer. «Así pues, no me avergüenzo de basar­
13. A u d i eine Pliitosophie... (trad. cast.: Otra Filosofía de la Historia para la educa­ me en la historia de los hebreos tal com o ellos m ism os la cuentan...»
ción de la hum anidad, en Obra Selecta, Madrid, Alfaguara, 1982). 18. Ibid., «Los judíos se dispersan por todas las naciones del mundo romano y con
14. Erlauterungen z w n Neuen Testament, I, Libro III. esta dispersión com ienza su influencia en la humanidad, una influencia que difícil­
15. Briefe das S tu d iu m der Theologie betreffend, 2a parte, carta n° 26. mente habría sido tan grande de haber permanecido en su propio país...»
122 LA TRADICIÓN OCULTA LA ILUSTRACIÓN Y LA CUESTIÓN JUDÍA 123

h isto ria de los ju díos h a sta el p resen te y p resta especial a te n ­ do, sino que, aunque sea de form a p a ra sita ria , hayan in ten tad o
ción a su p ecu liar a c titu d ante la vida, que se c aracteriza p o r a d ap ta rse a u n m undo que les es extraño, es algo que H e rd er
atenerse al pasado y p o r su esfuerzo p o r conservarlo en el p re ­ tam b ién entiende desde el p u n to de vista de la h isto ria del p u e ­
sente. Su lam ento de la inm em orial d estru cció n de Jeru salén , blo ju d ío .29 De lo que a h o ra se tra ta es de h a ce r p ro d u ctiv o el
su esp eran za en el M esías in d ic a ría n que «en cierto m odo, las c a rá c te r p a ra sita rio de la n ació n ju d ía. E n qué m edida es p o si­
ru in as de Jerusalén están depositadas en el m ism o corazón del ble ta l asim ilació n m an ten ien d o al m ism o tiem p o la Ley ju d ía
tiem p o » .19201Su religión no es ni u n a fuente de prejuicios, ni la es u n a cuestión de E stado, y en qué m edida es posible algo así,
religión de la razó n de M endelssohn, sino la «inalienable h e ­ u n a cu estió n de educación y de form ación, lo que p a ra H erd er
ren cia de su pueblo». Al m ism o tiem po, H erd er ve que su h is­ significa de hum anización.
toria, que se re m o n ta a la Ley de M oisés, es in sep arab le de és­ El térm in o «hum anidad» qu ed a definido m ed ian te dos con­
ta ,90 y que p o r lo ta n to coincide plenam ente con la observancia ceptos: fo rm ación y to leran cia. H erd er arrem ete v io len tam en ­
de la Ley. Pero, adem ás, esta religión es u n a religión de P ales­ te c o n tra el concepto ilu stra d o de fo rm ació n en ten d id o com o
tina, y acatarla significa seguir siendo el pueblo de Palestina y, au to n o m ía del pensam iento, al que le rep ro ch a su absoluta fal­
p o r ende, «un pueblo asiático extraño en el seno de E uropa». ta de realidad. E sta clase de form ación no se n u tre de experien­
Así, H erd er no reconoce su igualdad con el resto de pueblos cia alguna, y no se traduce en «hechos», no tiene «aplicación en
—p ara la Ilustración, la única form a de reconocerles su h u m a ­ n in g u n a esfera de la vida». Es incapaz de fo rm ar a ho m b re al­
n id a d —, sino que subraya su diferencia. E sto no equivale en guno, pues olvida la realidad de la que éste procede y en la que
m odo alguno a re c h az ar la asim ilación, que se exige incluso de se halla. La «retirada de la form ación», de la verd ad era fo rm a­
form a m ás radical, pero sobre o tra base. M ientras que en Les- ción, de aquella que realm en te «preform a, form a y sigue fo r­
sing y en Dohm la discusión de la cuestión ju d ía todavía estaba m ando», está do m in ad a p o r la fuerza del pasado, p o r la «fuer­
guiada fu n d am en talm en te p o r la cu estió n religiosa y su to le­ za etern a y silenciosa de u na form a previa, de u n m odelo, o de
ran cia, en H erder la asim ilación se convierte en u n a cu estió n u n a sucesión de m odelos». La Ilu stració n es in cap az de c o n ­
de em ancipación y de este m odo en u n a cu estió n de E stado. servar este pasado.
P recisam ente p o rq u e H erd er se to m a com p letam en te en serio La educación a través de la form ación, tal com o la entiende
la fidelidad de los judíos a la «religión de sus padres», es capaz Herder, no puede equivaler a u n a simple im itación de estos «m o­
de ver en ella u n a asp iració n nacional; la religión ju d ía p asa a delos», pues él m ismo ha afirm ado la absoluta unicidad de la h is­
ser la religión de o tra nación. A hora ya no se tra ta ni de to lerar to ria, incluso de lo m ás g ran d e y genial en ella. La fo rm ació n
o tra religión, de la m ism a form a que hem os de to le ra r tan to s b u sca el elem ento form ativo en la co m p ren sió n de las form as
prejuicios, ni de m ejo rar u n a situación social penosa, sino de previas o m odelos. E sta comprensión (Verstehen), que c o n stitu ­
que Alem ania incorpore en su seno o tra nació n .’1Así pues, H er­ ye u n acceso co m p letam en te nuevo a la realid ad y que n ad a
d er considera el presen te sub specie del pasado. El hecho de tiene que ver con la in te rp re ta c ió n de la Sagrada E scritu ra, ni
que, pese a la co ntinua opresión, los judíos no hayan su cu m b i­ con la polém ica, ni con la sim ple cred u lid ad , im plica la sa tis­
facción de u n a exigencia fo rm u lad a p o r la realidad, a saber: to ­
19. Die D enkmale der Vorwelt, Ia parte. m ar la realidad tal com o realm ente fue, sin atribuirle fines o se-
20. Briefe das S tu d iu m der Theologie betreffend, carta n° 4.
21. Adrastea: «Pero en qué medida esta Ley, así com o las formas de vida y de pensa­
miento que se derivan de ella, es apropiada en nuestro Estado, esto ya no es una simple 22. Véase Ideen..., III, 12a parte, Libro VI, Weitere Ideen zur Philosophie der Mens-
cuestión religiosa, un asunto de opinión y de fe, sino una auténtica cuestión de Estado». chengeschichte.
124 LA TRADICIÓN OCULTA LA ILUSTRACIÓN Y LA CUESTIÓN JUDÍA 125

gundas intenciones; y m antener u n a distancia en relación con el v ertía conscientem ente en o tra cosa. E sta co m p ren sió n de la
pasado: evitar confundirse con él, to m ar com pletam ente en serio historia, en cam bio, elim ina definitivam ente el c arác te r v in cu ­
el espacio de tiem po que m edia entre él y el sujeto de la com ­ lante de todo contenido en beneficio del aco n tecer m ism o. P ara
p ren sión, in c o rp o ra r esa d ista n cia en el acto de com p ren sió n . los judíos, esta d estrucción del contenido de la h isto ria signifi­
De este m odo, desde el p u n to de vista de su con ten id o , la h is­ ca la d estru cció n de todo vínculo histórico; p u es lo que define
to ria no es vinculante p a ra el que la com prende, que se acerca su h isto ria es precisam ente el hecho de que, después de la des­
a ella com o una h isto ria ú n ica y efím era. Su función form ativa trucción del Templo, en cierto sentido h a sido la m ism a h isto ria
rad ica en la com prensión com o tal. E sto constituye la base de la que h a d estru id o ese «continuum de las cosas» que H erd er
u n a nueva idea de to leran cia. Todo hom bre, al igual que to d a salva del abism o. Por eso la defensa de la religión ju d ía p o r p a r­
época, tiene su p ropio destino, cuya u n icid ad ya n ad ie puede te de M endelssohn y su in ten to de salvar el «contenido eterno»,
juzgar; es la m ism a h isto ria la que, en su inexorable c o n tin u i­ p o r m ás ingenuo que hoy p u ed a p arecem o s, no carecía to ta l­
dad, adopta el papel de juez. La tolerancia, «excelencia de unas m ente de sentido. Este in ten to todavía era posible sobre la base
pocas alm as privilegiadas p o r el Cielo», ya no d escu b re lo h u ­ de la Ilustración; au n q u e de fo rm a resid u al, el ju d ío todavía
m ano com o tal, sino que lo com prende. Y lo co m p ren d e ju s ta ­ conservaba algún vínculo con su historia, que ah o ra desaparece
m en te en todas sus form as y tran sfo rm acio n es; co m p ren d e su totalm ente. El propio H erd er considera esta desvinculación co­
n a tu ra le z a ú n ica y efím era. La to le ra n cia es el co rrelato de la m o algo positivo y afirm a: «En Natán el Sabio, Lessing h a des­
d istan cia que m an tien e el hom bre b ien fo rm ad o en el acto de crito perfectam ente esta falta de prejuicios de los judíos cultos,
com prensión. su fo rm a m ás n a tu ra l de ver las cosas; ¿y qu ién p o d ría c o n tra ­
De este m odo, H erder devuelve a los judíos su p ro p ia h isto ­ decirle, si ciertam en te el ju d ío está libre de m uchos prejuicios
ria de u n a form a in directa m uy peculiar; la h isto ria se convier­ políticos de los que a noso tro s nos cu esta deshacernos o de los
te en h isto ria comprendida. E n ta n to que acontecer, la h isto ria que no podem os deshacernos en absoluto?». H erd er pone de re ­
es to m ad a com pletam ente en serio, pero sin creer ya in m ed ia­ lieve la falta de prejuicios de los judíos cultos, es decir, de aq u e­
tam ente en quien guió originariam ente esta historia. El proceso llos que carecen de todo vínculo con cu alq u ier contenido, con
de secularización es irrem ediable, ya no es posible d a r m arch a el que, pese a toda la «cultura», el m u ndo no judío sigue ligado
atrás. E sta restitu ció n indirecta de la histo ria destruye to ta l­ en v irtu d del continuum tem poral. Al m ism o tiem po, H erd er
m ente el pasado tal com o lo en tien d en los judíos. Pues, efecti­ pretende hacer de la necesidad u n a virtu d y p resen tar com o p o ­
vam ente, si para H erder este pasado, al igual que cualquier otro, sitivas las cualidades de los judíos que u n presente m alo —en la
está ligado a un tiem po que ya no ha de volver, p ara los judíos es­ form a de indigencia social o de diásp o ra— les obligó a d esarro ­
te p asado es precisam ente aquello que hay que a rra n c a r cons­ llar, el m ism o que hizo n ecesaria u n a doble vigilancia: en lo
ta n tem en te al tiem po y al d eclinar que éste com porta. C ierta­ económ ico y en la exégesis bíblica.23 Si sólo los ju d ío s son p e r­
m ente, H erder devuelve al judío asim ilado la h isto ria tal com o sonas «cultas» en el sentido de Herder, la h u m an id ad h a lo g ra­
éste la entiende, pero se tra ta ya de u n a histo ria sin Dios; de es­ do recuperarlos; pero, conform e a su p ro p ia form a de ver las
te m odo aniquila la libertad que aquél adquirió en su recepción
de la Ilustración, que ya se hallaba vis á vis de ríen, y lo som ete 23. «Bajo los tormentos sufridos por este pueblo durante siglos, ¿qué otro pueblo
a la fuerza del destino, pero no al p o d er de Dios. La Ilustración hubiese sido capaz de mantenerse en el grado de cultura en el que lo ha situado su
trascendental Libro de los Libros, la recopilación de sus Santas Escrituras, así com o
m an ten ía al m enos u n a relación directa con el contenido de la su aritmética y su literatura? La necesidad y su laboriosidad le han proporcionado una
h isto ria cuando lo criticaba, lo rechazaba, lo defendía o lo con­ agudeza que sólo a un ciego puede pasarle desapercibida.»
126 LA TRADICIÓN OCULTA LA ILUSTRACIÓN Y LA CUESTIÓN JUDÍA 127

cosas, esto significa que han dejado de ser el pueblo elegido p o r pasado. Vuelven a estar vis á vis de rien. En el seno de u n a re a ­
Dios. «Vencidos los viejos prejuicios nacionales; ab an d o n ad as lidad h istó rica, en el seno de un m u n d o eu ro p eo secularizado,
las costum bres que no encajan con n u e stra época ni con n u e s­ se ven obligados a ad ap tarse de alguna m a n era a este m undo, a
tra s c irc u n sta n c ias, ni siq u ie ra con n u e stro clim a, los ju d ío s form arse. Sin em bargo, p a ra ellos la c u ltu ra es n e ce sariam e n ­
ya no son esclavos [...] sino gente integrad a en los pueblos cul­ te todo aquello que está fuera del m u n d o judío. Como se les ha
tos [...] que trabaja en la construcción de la ciencia, de la cultura privado de su propio pasado, el p resen te em pieza a m o stra r su
del género hu m an o [...] P ara h acer de ellos personas honestas, poder. La c u ltu ra es la ú n ica po sib ilid ad de s o p o rta r esta reali­
no es necesario concederles ventajas en el ám bito com ercial, dad. Si aquélla es fu n d am en talm en te c o m p ren sió n del pasado,
son ellos m ism os los que avanzan en esta dirección en virtud de el ju d ío «culto» n ecesita co n sta n te m e n te de u n p asad o que le
sus m éritos com o seres hum anos, com o científicos y com o ciu ­ es ajeno. Llega a este p asado a través de u n p resen te que h a de
dadanos. Allí donde viven y tra b a jan de form a ho n rad a, allí es­ com prender, pues fue im plicado en él. P a ra p o d e r e n ten d e r el
tá su Palestina.» p resen te, hay que co m p ren d er el p asad o de fo rm a clara y ex­
Esto vuelve a colocar a los judíos en u n estado de excepción plícita. La explicitación del p asad o es la fo rm u lació n positiva
que en la Ilustración, que no tenía un sentido histórico m uy de­ de la d istan cia que H erd er reclam a del h o m b re culto, u n a d is­
sarrollado, todavía pudo q uedar oculto. La plena igualdad de tan cia que los ju d ío s m a n tie n en desde el principio. Así, del ca­
Lessing sólo exigía de los judíos hum anidad, algo que finalm en­ rá c te r ajeno de la h isto ria surge la h isto ria com o tem a especí­
te, sobre todo en la in terp retació n de M endelssohn, tam b ién fico y legítim o de los ju d ío s.25
podían lograr. Aquí, en cam bio, se les pide que sean especiales,
y en tan to que tales se les incluye indiferen ciad am en te en la
«cultura del género hum ano», después de que la «form ación»,
la d istancia característica del acto de com prensión, haya des­
tru id o todos los contenidos en los que los judíos p o d ían basar
su especificidad. Si S chleierm acher rechaza el ofrecim iento de
Friedlánder, es porque desea salvar ta n to lo que define al cris­
tianism o como la especificidad del judaism o. De los judíos se es­
pera una com prensión de su propia situación histórica, u n a ex­
pectativa que difícilm ente pueden satisfacer, pues su existencia
en el m undo no judío está íntim am ente relacionada con la arg u ­
m entación esencialm ente ahistórica de la Ilustración. Los judíos
se ven obligados a d a r constantes «salti m ortali», a ad ap tarse a
la realidad a saltos; no pueden confiar en u n a evolución «natu­
ral», «continuada»,24 pues el m undo no ju d ío no les p ro cu ra lu ­
gar alguno desde el que poder iniciar tal evolución.
Así, los judíos se convierten en los sin h isto ria de la historia.
La com prensión h erd erian a de la h isto ria les h a arre b atad o su
25. Algo que sólo ha com prendido la «Sociedad cultural y científica judía» bajo la
égida de Leopold Zunz.
24. W. y C. v. Humboldt, Briefwechsel, vol. 4, n° 236, pág. 462.
EL SIONISMO. UNA RETROSPECTIVA

La ú ltim a resolución del ala m ay o ritaria y m ás influyente de


la Organización Sionista M undial significó la culm inación de c in ­
cu en ta años de política sionista. E n su ú ltim a asam b lea anual,
que tuvo lu g a r en o ctu b re de 1944 en A tlantic City, todos los
sio n istas estad o u n id en es, desde la d erech a h a sta la izquierda,
reclam aro n de form a un án im e la co n stitu ció n de u n a «com uni­
dad ju d ía libre y dem ocrática» que «abarcase de form a indivisa
e íntegra la to talid ad de Palestina». E sta reso lu ció n rep resen ta
u n verdadero p u n to de inflexión en la h isto ria del sionism o,
pues pone de m anifiesto que el program a sionista, tan d u ram en ­
te com batido d u ran te ta n to tiem po, h a acab ad o im poniéndose.
La reso lu ció n de A tlantic City va incluso m ás allá del P ro g ra­
m a B iltm ore (1942), en el que la m in o ría ju d ía reco n o cía a la
m ayoría árab e com o u n a m in o ría y le concedía unos derechos.
La reso lu ció n de A tlantic City ni siq u iera m en cio n a a los á ra ­
bes, de m odo que éstos sólo p u eden elegir en tre la em igración
v o lu n taria o su tran sfo rm ació n en ciu d ad an o s de segunda cla­
se. Con esta resolución p arece ad m itirse que, si el m ovim iento
sio n ista no h a p uesto al d escu b ierto sus v erd ad ero s objetivos,
h a sido únicam ente p o r u n a cuestión de oportunism o. Todo p a ­
rece indicar que estos objetivos relativos a la fu tu ra constitución
p olítica de Palestina, coinciden to talm en te con los objetivos de
los sio n istas ex trem istas.1
La resolución de Atlantic City asesta u n golpe m ortal a los p a r­
tidos judíos de Palestina que han predicado incansablem ente la

1. Este programa fue ratificado por la Conferencia Mundial Sionista que se cele­
bró en Londres en agosto de 1945.
130 LA TRADICIÓN OCULTA EL SIO NISM O. UNA RETROSPECTIVA 131
necesidad de u n enten d im ien to entre árabes y judíos. E n cam ­ d u cir a u n a solución definitiva. O m ás exactam ente: m a ñ a n a
bio, esta reso lu ció n refu erza considerab lem en te a la m ayoría m ism o, el gobierno b ritán ico p o d ría d ecidir dividir el país, p le­
liderada p o r Ben G urion, a la que las num erosas injusticias co­ nam en te convencido de h a b er dado con la fo rm a m ás id ó n ea
m etidas en P alestina y las terrib les catástro fes que h a n tenido de conciliar las exigencias de árab es y judíos. E n tre los b ritá n i­
lu g ar en E uropa h a n conducido a u n nacionalism o h a sta ah o ra cos, esta m an era de ver las cosas sería m uy com prensible, pues
desconocido. de hecho esta división podría representar u n a form a aceptable de
La pro lo n g ació n de las discu sio n es oficiales e n tre «sionis­ co n ciliar u n a ad m in istra ció n colonial a n tiju d ía y favorable a
tas universales» (allgemeinen Zionisten) y revisionistas sólo re ­ los árab es y la o pinión pública inglesa, que es m ás bien fav o ra­
su lta co m p ren sib le si se tiene en c u en ta que los p rim ero s no ble a los ju d ío s, u n a conciliación que su p u estam en te c o n d u ci­
e stá n co m p letam en te convencidos de que sus exigencias h a ­ ría a u n cam bio de o p in ió n de los ingleses en relació n con la
y an de cum plirse, p o r lo que co n sid eran conveniente p la n te a r cuestión de Palestina. Sin em bargo, es totalm ente absurdo creer
exigencias m áxim as com o p u n to s de p a rtid a p a ra a lc a n z a r fu ­ que u n a nueva división de u n te rrito rio ta n pequeño, cuyas
tu ro s com prom isos, m ie n tra s que los segundos son n a c io n a ­ fro n teras actuales son el resu ltad o de dos sep aracio n es previas
listas convencidos e inflexibles. P o r o tra p a rte , los sio n istas —p rim ero de Siria y después de T ran sjo rd an ia—, puede reso l­
universales h a n p u esto sus esperanzas en la ayuda de las g ra n ­ ver el conflicto en tre dos pueblos, especialm ente cuando en re ­
des potencias, m ie n tra s que los revisionistas se m u e stra n b a s­ giones m ucho m ás vastas la solución te rrito ria l no consigue
ta n te decididos a e n carg arse ellos m ism os del asu n to . A p ri­ zan jar conflictos sim ilares.
m era vista, esto p uede p a re ce r to rp e e ingenuo, p ero a c a b a rá De p o r sí, u n nacionalism o basado exclusivam ente en la fu e r­
re c lu tan d o n u m ero so s ad ep to s e n tre los d efen so res m ás fir­ za b ru ta de u n a n ación es ya b astan te m alo. Pero todavía p eo r
m es e idealistas del judaism o. es un nacionalism o que depende to talm en te de la fuerza de un
Sin em bargo, el cam bio v erd ad eram en te im p o rtan te es que país extranjero. É ste am en aza ser el d estino del n acio n alism o
a h o ra todos los grupos sionistas están de acu erd o en lo que se judío y del fu turo E stado judío, que inevitablem ente te n d rá co­
refiere al fin últim o, que en la décad a de 1930 a p en as p o d ía m o vecinos a países y pueblos árabes. Ni u n a m ayoría ju d ía en
m en cio n arse, pues todavía era tab ú . E xp resan d o ta n a b ie rta ­ P alestina, ni el d esp lazam ien to de la p oblación árab e que los
m ente este fin en u n m om ento que ellos co n sid eran decisivo y revisionistas exigen a b iertam en te, lo g rarían cam b iar esen cial­
oportuno', los sio n istas h a n a rru in a d o la p o sib ilid ad de e n ta ­ m ente la situ ació n , pues los ju d ío s seg u irían viéndose o b lig a­
b la r conversaciones con los árabes, pues in d ep en d ien tem en te dos a b u sca r p rotección en u n a p o ten cia ex tran jera o a llegar a
de lo que les ofrezcan, p a sa rá m u ch o tiem po h a sta que éstos u n en ten d im ien to con sus vecinos.
vuelvan a confiar en ellos. A su vez, esto facilita las cosas p ara De no alcan zarse tal en ten d im ien to , existe el riesgo de que
que u n a p o ten cia e x tra n jera se en carg u e del a su n to sin p re ­ se p ro d u zca in m e d ia tam en te u n a colisión en tre los in tereses
g u n ta r su o p in ió n a las p a rte s v e rd a d era m e n te afectad as. Así de los ju d ío s, que están d isp u esto s y obligados a a ce p ta r en el
pu es, los propios sionistas h a n c o n trib u id o a c re ar ese «trági­ M editerráneo a cu alq u ier p o ten cia que garantice su existencia,
co conflicto» que sólo puede resolverse c o rta n d o el n u d o g or­ y los in tereses de todos los d em ás pueblos m ed iterrán eo s, de
diano. m odo que m añ an a m ism o, en vez de estar ante u n «trágico con­
Sin duda, sería en o rm em en te ingenuo p e n sa r que este re ­ flicto», podem os h allarn o s an te tan to s conflictos irresolubles
curso expeditivo ha de re d u n d a r n e cesariam en te en beneficio com o países m ed iterrán eo s existen. Pues, efectivam ente, éstos
de los judíos, y tam poco hay razones p a ra creer que ha de con­ pueden reclam ar un ruare nostrum exclusivo p ara los países cu-
132 LA TRADICIÓN OCULTA EL SIONISMO. UNA RETROSPECTIVA 133

ya zona de asen tam ien to lim ite con el M editerráneo, y a largo II


plazo p u ed en a rre m e te r c o n tra to d a aquella p o ten cia e x tra n ­
jera, y p o r lo ta n to in tru sa , que cree o tenga unos in tereses en El d esen cad en an te de este d esp lazam ien to h acia el revisio­
la región. E stas p o ten cias ex tran jeras, p o r m ás p o d ero sas que nism o en el seno de la O rg an izació n S io n ista fue la a g u d iza ­
sean, no pueden p erm itirse que los árabes, uno de los pueblos ción de los conflictos políticos d u ra n te los ú ltim o s diez años.
m ed iterrán eo s m ás n u m erosos, se vuelvan c o n tra ellos. E n la Pero nin g un o de estos conflictos era nuevo; lo v erd ad eram en te
actual situación, si estas potencias h a n de ay u d ar a la creación novedoso era u n a situ ació n que obligaba al sionism o a d a r re s­
de u n E stado ju d ío , sólo p o d rá n hacerlo sobre la base de un p u esta a preguntas que rehuía desde hacía al m enos veinte años.
am plio consenso que tenga en cuenta el conjunto de la región y Con W eizm ann en el cargo de portavoz de política exterior y en
las necesidades de todos los pueblos que la h ab itan . Pero si los v irtu d de los grandes éxitos de los judíos p alestin o s, la O rgani­
sio nistas siguen igno ran d o a los pueblos m ed iterrán eo s y sólo zación Sionista había desarrollado u n a extraordinaria capacidad
tienen ojos p a ra las grandes p o tencias extranjeras, ap arecerán p a ra ev itar o p a ra d a r u n a re sp u esta am b ig u a a las cuestiones
ante los dem ás com o m eros in stru m en to s de éstas, com o agen­ políticas im portantes. Por sionism o podía en ten d erse cualquier
tes de intereses extranjeros y enem igos. Los ju d ío s, conocedo­ cosa; el acento, sobre todo en los p aíses europeos, se p o n ía en
res de la h isto ria de su p ropio pueblo, deben sab er que esa si­ su elem ento p u ram en te «ideológico».
tu a ció n solam ente puede d e se n c ad e n ar u n nueva ola de odio E n v ista de las decisiones actuales, u n o b serv ad o r n e u tra l y
h acia ellos; el antisem itism o de m a ñ an a d irá que los judíos no no d em asiad o in fo rm ad o p u ed e p e n sa r que esta ideología era
sólo se h an aprovechado de la p resen cia de las p o ten cias ex­ u n d iscu rso d elib erad am en te am biguo cuyo p ro p ó sito era p re ­
tran jeras en la región, sino que h a n sido ellos quienes v erd ad e­ cisam ente o cu ltar unos objetivos políticos. E sta in terp retació n ,
ra m en te la h a n u rd id o y que p o r lo ta n to h a n de re sp o n sab ili­ sin em bargo, no h a ría ju stic ia a la m ayoría de los sionistas. Lo
zarse de las consecuencias. cierto es que la ideología sio n ista, al m enos en la versión de
A los grandes países que p u ed en p e rm itirse el lujo de p a rti­ H erzl, m o stra b a u n a clara te n d en c ia a las posiciones que p o s­
cip ar en el juego del im perialism o no les resu lta difícil cam b iar te rio rm e n te se d e n o m in a ría n rev isio n istas, y sólo p o d ía des­
la Tabla R edonda del rey A rturo p o r la m esa de póquer; pero m arcarse de ellas ap artan d o la vista de los pro b lem as políticos
los pequeños países que e n tra n en este juego arriesg an d o sus reales.
propios intereses e in ten tan im ita r a los grandes, suelen acab ar F ueron m uy pocos los problem as políticos concretos que de­
p ag an d o los platos rotos. E n su in te n to de p a rtic ip a r «de fo r­ te rm in a ro n el destino del m ovim iento en su conjunto. La cues­
m a realista» en ese com ercio de caballos que es la lu ch a p o r el tió n fu n d am en tal era la re fe rid a a qué tip o de cu erp o político
p etróleo en O riente Próxim o, d esg raciad am en te los ju d ío s se d eb ían fo rm ar los ju d ío s p alestin o s. Los rev isio n istas, que no
com portan com o esa gente que, sintiéndose a traíd a p or este n e ­ q u erían darse p o r satisfechos con u n a m era «patria nacional»,
gocio, pero faltándole el dinero y los caballos, decide com pen­ lo g ra ro n im p o n er su p re te n sió n de u n E stad o nacional. E sto
sar esta doble carencia im itando los gritos que suelen aco m p a­ desem bocó casi au to m á tica m e n te en la sig u ien te cuestión, a
ñ a r a estas ru idosas transacciones. saber, qué relación debía ex istir en tre este cuerpo político y los
ju d ío s en la diáspora.
E n este p u n to surge el conflicto de la doble lealtad, al que
n u n c a se le dio u n a re sp u esta clara y que es u n a cu estió n in ­
soslayable p ara el m ovim iento nacional de u n pueblo asentado
134 LA TRADICIÓN OCULTA EL SIONISMO. UNA RETROSPECTIVA 135

en m últiples E stados n acionales y que no está d isp u esto a re ­ tiju d ía de finales del siglo pasado. D esde la época de H erzl, el
n u n c ia r a sus derechos políticos y civiles en tales E stad o s. El antisem itism o ha venido siendo aceptado con ab so lu ta resig n a­
p resid en te de la O rganización S ionista M undial y de la Jew ish ción com o u n «hecho», p o r lo que se h a p re te n d id o a fro n tarlo
Agency for Palestine es, desde hace veinte años, u n súbdito b ri­ «de form a realista», es decir, no sólo se h a estad o dispuesto a
tán ico cuyo p a trio tism o y lealtad a G ran B retañ a e stá n fuera hacer negocios con los enem igos del pueblo ju d ío , sino incluso
de to d a duda. El problem a es que el m ero hecho de te n e r p a sa ­ a re n ta b iliz a r desde u n p u n to de vista p ro p ag a n d ístico la h o s­
p o rte b ritánico lo lleva d irectam ente a m a n te n er u n a teo ría de tilid ad c o n tra los judíos. E n relació n con este p u n to , tam p o co
la a rm o n ía preestab lecid a en tre los intereses ju d ío s y b ritá n i­ resu lta d em asiad o fácil estab lecer u n a d iferen cia en tre los re ­
cos en Palestina. E sta a rm o n ía pu ed e ex istir o no; sea com o visionistas y los sio n istas universales. E n efecto, si los revisio­
fuere, esta situ ació n re c u erd a m uchísim o a tesis sim ilares d e­ n istas h a n recib id o d u ras críticas de los d em ás sio n istas p o r
fendidas p o r los asim ilacio n istas europeos. E n este p u n to , la h a b er negociado con la Polonia an tisem ita de p re g u e rra la eva­
re sp u esta de los revisionistas —o al m enos de su ala ex trem is­ cuación de u n m illón de ju d ío s polacos, con el fin de o b ten er el
ta en E stados U nidos, el H ebrew C om m ittee for N ational Libe­ apoyo de P olonia a las exigencias sio n istas ex trem as fo rm u la ­
ra tio n — ta m b ién tiene m uchas p o sibilidad es de ser acep tad a das an te la S ociedad de N aciones y de este m o d o p re sio n a r al
p o r el sionism o, pues encaja p erfectam en te con la ideología de gobierno b ritán ico , p o r su p a rte los sio n istas universales h an
la m ayoría de los sionistas y satisface plen am en te sus actuales estado co n sta n te m e n te en co n tacto con el g o b iern o de H itler
necesidades. en relació n con el tem a de los d esplazam ientos de población.
Según esta resp u esta, en P alestin a nos hallam o s a n te u n a El ú ltim o de los problem as actuales, y sin d u d a el m ás im ­
n ació n hebrea y en la d iáspora an te u n pueblo judío. E sta re s­ po rtan te, es el conflicto árabe-judío en Palestina. La actitu d in ­
p u esta con cu erd a con la an tig u a teo ría de que sólo reg resarán flexible de los revisionistas es p o r todos conocida. Siem pre h an
unos pocos, y que éstos son la élite del pueblo judío, de la que reclam ado la to talid ad de Palestina y de T ransjordania y fueron
depende co m pletam ente su supervivencia. Adem ás, esto tiene los p rim ero s que p ro p u siero n el d esp lazam ien to a Irak de los
la e x tra o rd in a ria ventaja de que c u ad ra p erfectam en te con la árab es palestinos, u n a p ro p u esta que unos años antes tam b ién
necesidad de reform ular el program a sionista p ara Estados U ni­ h ab ía sido considerada seriam ente en los círculos de los sionis­
dos. Aquí ni siq u iera se m an tien e ya la a p arien cia de u n a vo­ tas universales. Dado que la ú ltim a resolución de la O rganiza­
lu n tad de regresar a Palestina, por lo que el sionism o h a perdido ción sio n ista estad o u n id en se, de la que ni la Jew ish Agency ni
de vista el objetivo que lo acom pañó desde el principio: tra n s ­ la Palestine Vaad Leum i se diferencian dem asiado, apenas deja
fo rm ar la vida de los judíos en la diáspora. E n efecto, la d istin ­ o tra opción a los árab es que la aceptación del estatu s de m ino­
ción en tre el «pueblo judío» en E stad o s U nidos y la «nación ría en P alestina o la em igración voluntaria, hem os de decir que
hebrea» en P alestina p o d ría resolver, al m enos desde u n p u n to en este p u n to los revisionistas, au n q u e todavía no h an logrado
de v ista teórico, el problem a del conflicto de lealtad es de los im p o n er sus m étodos, sí h an im puesto sus principios.
judíos estadounidenses. La ú n ica diferencia clara en tre los rev isio n istas y los sionis­
Igual de im p o rtan te es la cuestión, p a ra la que todavía no se tas universales estrib a actu alm en te en su po sició n frente a In ­
h a e n co n trad o u n a respuesta, de qué deb erían h acer los judíos g laterra, p ero esta d iferencia no im plica u n a divergencia p o lí­
c o n tra el an tisem itism o , qué tipo de defen sa o de explicación tica fundam ental. El sentim iento p ro fu n d am en te a n tib ritán ico
puede p ro p o rcio n a r o p ro p o rcio n ará el nuevo m ovim iento n a ­ de los rev isio n istas lo c o m p arten en P alestin a m uchos de los
cional, que a fin de cuentas se form ó a raíz de la agitación a n ­ ju d ío s que h a n ten id o alg u n a ex periencia con la a d m in istra ­
136 LA TRADICIÓN OCULTA EL SIONISMO. UNA RETROSPECTIVA 137

ción colonial b ritánica. Además, en este sentido los revisionis­ h ab ía excluido a las m asas judías. E sto les p ro c u ra ría una «ba­
tas se alegran del apoyo brindado p o r num erosos sionistas esta­ se estratégica» p a ra su u lte rio r p a rtic ip a ció n en la revolución
dounidenses, que o h an hecho suya la desconfianza esta d o u n i­ m undial y en la sociedad del futuro, u n a so cied ad sin clases ni
dense h acia el im perialism o británico o desean que sea E stados naciones (Borochov). Aquellos que ad o p taro n la variante o rie n ­
Unidos, y no G ran B retaña, la fu tu ra gran potencia en O riente tal del sueño m esiánico p artiero n hacia Palestina, con el p ro p ó ­
Próxim o. El últim o obstáculo p a ra su triu n fo en esta zona es sito de en co n trar u n a especie de redención personal a través del
W eizm ann, que cuenta con el apoyo de la O rganización Sionis­ trabajo en el seno de u n a colectividad (A. D. G ordon). Libres de
ta Inglesa y de u n a peq u eñ a m in o ría en Palestina. la ig nom inia de la explotación capitalista, allí p o d ría n realizar
in m ed iatam en te los ideales p redicados p o r ellos m ism os y
co n stru ir el nuevo orden social que en las teo rías sociales revo­
III lucionarias de O ccidente sólo era u n sueño lejano.
Los sio n istas socialistas a lcan zaro n su objetivo cu an d o se
E n térm inos generales, p o dríam os decir que el m ovim iento ase n ta ro n en Palestina; con esto c o n sid e ra ro n colm adas todas
sionista se fundó a p a rtir de dos ideologías políticas típ icas de sus asp iracio n es nacionales. P o r a b su rd o que hoy p u ed a p a re ­
la E u ro p a del siglo xix, el socialism o y el nacionalism o. M ucho cem o s, no te m ían en ab so lu to que p u d iese su rg ir algún co n ­
tiem po antes de la ap arició n del sionism o, existió c ierta re la ­ flicto con quienes h a b ita b an la Tierra P rom etida; la existencia
ción entre estas dos doctrinas aparentem en te opuestas, concre­ de los árab es no les preocupó en n ingún m om ento. N ada puede
tam ente en el seno de m ovim ientos nacionales revolucionarios c ara c te riz a r m ejo r la n a tu ra lez a to ta lm e n te ap o lítica del n u e ­
de pequeños pueblos europeos que estaban oprim idos tan to so­ vo m ovim iento que esta candidez. Sin d u d a, estos ju d ío s eran
cial com o nacionalm ente. Sin em bargo, esta vinculación jam ás unos rebeldes, pero no se reb elaro n tan to c o n tra la opresión de
existió en el seno del m ovim iento sionista. Al co n trario , desde su pueblo com o c o n tra el am biente p a ralizan te y asfixiante del
u n p rin cip io este m ovim iento estuvo dividido en tre los m ovi­ gueto y c o n tra la in ju sticia que d o m in ab a la to talid ad de la vi­
m ientos sociales revolucionarios que tuviero n su origen en las da social. Tenían la esp eran za de que esto ya no les afectaría
m asas del Este de E uropa y el deseo de u n a em ancipación nacio­ cu ando se asen tasen en Palestina, n o m b re que a ellos, pese a
nal, al que Herzl y sus seguidores dieron expresión en E u ro p a h ab erse em an cip ad o de la orto d o x ia ju d ía , seguía so n án d o les
Central. Lo paradójico de esta división era que los m ovim ientos a gloria. H uyeron a P alestina com o quien desea h u ir a la L una
sociales revolucionarios rep resen tab an un m ovim iento p o p u lar p a ra lib rarse de este m u n d o y de su m aldad. Fieles a sus id ea­
cuyo origen real era la opresión nacional, m ie n tra s que el d e­ les, se dirigieron a la Luna, y la extraordinaria fuerza de su fe les
seo de em ancipación nacional originado p o r la d iscrim in ació n p erm itió c re ar pequeñas islas de perfección.
social se convirtió en el credo político de los intelectuales. El m ovim iento chaluz y kibbutz. surgió a p a rtir de estos
E n el E ste de E u ropa, el sionism o m o stró d u ra n te m ucho ideales sociales. Sus seguidores, que en sus respectivos países
tiem po ta n ta afinidad con el socialism o de Tolstoi que p a ra sus de origen eran u n a p eq u eñ a m in o ría, ap en as constituyen hoy
seguidores éste se convirtió p rá c tica m e n te en la ú n ica ideolo­ u n a m in o ría m ás am plia en tre los ju d ío s palestin o s. No obs­
gía. Los sionistas m arxistas creían que el lugar ideal p a ra «nor­ tante, lo g raro n crear u n nuevo tipo de judío, u n a nueva especie
m alizar» socialm ente la vida de los ju díos era Palestina, donde de aristo cracia con sus propios valores: u n au tén tico desprecio
c re arían las condiciones necesarias p a ra que los ju d ío s p u d ie ­ p o r la riq u eza m aterial, la explotación y la vida burguesa; u n a
sen p a rtic ip a r en la universal lucha de clases de la que el gueto vin cu lació n sin p a r de c u ltu ra y trab ajo ; u n a realizació n de la
138 LA TRADICIÓN OCULTA EL SIONISMO. UNA RETROSPECTIVA 139

ju stic ia social en el seno de su p eq u eñ a co m u n id ad y u n sano piedades de los ju d ío s alem anes a cam bio de v en d er m e rc a n ­
orgullo p o r su p rosperidad, fruto de su propio trab ajo , aso cia­ cías alem an as, de in u n d a r con ellas el m ercad o p alestin o y de
do a u n a so rp ren d en te ausencia de cu alq u ier deseo de p ro p ie ­ este m odo b u rla r el boicot de los p ro d u cto s alem anes, esta d e­
dad privada. cisión provocó escaso m a le sta r en la p a tria de los ju d ío s, o al
Sin em bargo, estos grandes logros no tuvieron n in g ú n efec­ menos entre su aristocracia, entre los llam ados kibbuzniks. C u an ­
to político claro. Los pioneros se dieron totalm ente p o r satisfe­ do se les re p ro c h a b a que e sta b a n n eg o cian d o con el enem igo
chos con realizar sus ideales en el seno de su peq u eñ a co m u n i­ de los ju d ío s y de la clase tra b a jad o ra, estos p alestin o s solían
dad; indiferentes al destino de su pueblo, apenas se in teresaro n re p lic ar que la U nión Soviética tam p o co h a b ía in te rru m p id o
p o r la política ju d ía o palestina, y h a sta llegaron a sen tirse im ­ sus relaciones com erciales con A lem ania. De este m odo volvían
p o rtu n ad o s p o r ella. Como todos los sectarios, in te n ta ro n con­ a p o n er de m anifiesto que a ellos sólo les im p o rtab a el p re sen ­
vencer a los dem ás de las excelencias de su form a de vida, re ­ te y el fu tu ro del jischuv, esto es, el asen tam ien to de los judíos,
c lu ta r el m áxim o n ú m ero posible de adep to s e incluso h acer y que no les in te re sa b a co n v ertirse en los p ro ta g o n ista s de un
que la ju v en tu d ju d ía en la d iásp o ra siguiese su ejem plo. Pero m ovim iento nacional a escala m undial.
u n a vez in stalad o s en P alestina, e incluso an tes de o b te n er la E sta a p ro b ació n de las relaciones co m erciales en tre nazis y
p ro tecció n de los d istin to s m ovim ientos juveniles, estos id ea­ sio n istas, au n q u e esp ecialm en te relevante, es ta n sólo u n o de
listas se convirtieron en gente satisfecha de sí m ism a y sólo se los ejem plos que po n en de m an ifiesto la re n u n c ia a la p o lítica
p re o c u p aro n p o r la realizació n p erso n al de elevados ideales, p o r p a rte de la a risto crac ia de los ju d ío s p alestin o s. Pese a su
igual de ind iferen tes que sus m aestro s al m undo, que p o r su in ferio rid ad num érica, esta aristo cracia m arcó p ro fu n d am en te
p arte no quería saber n ad a de los beneficios de vivir en u n a p e­ los valores sociales en P alestin a, pero ja m á s logró ejercer u n a
q ueña com unidad agrícola. E n cierto sentido, eran dem asiado influencia en la política sionista. E stos ho m b res se som etieron
h o n rad o s p a ra p a rtic ip a r en la vida política, y los m ejores de co n stan tem en te a la O rganización (sionista), a la que sin em ­
ellos tem ían ensuciarse las m anos con la política; p o r o tra p a r­ bargo despreciaban, al igual que despreciaban a todo aquel que
te, jam ás se in teresaro n p o r las circu n stan cias que ro d e a b an la no se ganase la vida con sus propias m anos.
vida de los judíos fuera de Palestina, a m enos que tales circu n s­ Así, esta nueva clase de judíos, pese a h a b er acu m u lad o ta n ­
tancias condujesen a la llegada de m iles de em igrantes a la Tie­ tas y ta n nuevas experiencias en el ám bito de las relaciones so­
rra Prom etida; a ellos, todo aquel ju d ío que no fuese u n fu tu ro ciales, no ten ía n ad a nuevo que decir en el ám b ito de la p o líti­
em igrante sólo les p roducía fastidio. Así pues, los pio n ero s d e­ ca ju d ía. Al an tisem itism o político no su p iero n h acerle fren te
ja ro n tra n q u ila m e n te la política en m anos de los políticos, de o tra form a que rep itien d o las viejas trivialidades socialistas
siem pre que éstos los apoyasen económ icam ente, no se e n tro ­ o las nuevas trivialidades n acio n alistas, com o si este tem a no
m etiesen en su organización social y les garan tizasen cierta ca­ les im p o rtase ab so lu tam en te nad a. De su p a rte no salió n in g u ­
pacidad de influencia en la educación de la juventud. n a p ro p u e sta nueva p a ra so lu cio n ar el conflicto árab e-ju d ío
Ni siquiera los acontecim ientos de 1933 lo g raro n h a ce r que (en verdad, el «Estado binacional» de Hashomer Hazair no era
se in te re sa ra n p o r la política; e ra n ta n ingenuos que creyeron solución alguna, pues sólo p o d ía hacerse realid ad tra s la so lu ­
ver en ellos la v o luntad divina de d e se n c ad e n ar u n a o leada de ción del conflicto); se lim ita ro n a to m a r p a rtid o en favor o en
em igración a P alestina com o jam ás h a b ían soñado. C uando la c o n tra de los lem as de la clase tra b a jad o ra ju d ía. P o r m ás re ­
O rganización Sionista, en contra del sentir m ayoritario del p u e­ volucionarios que fu eran su pasado y su ideología, no hicieron
blo judío, decidió pactar con H itler el m antenim iento de las p ro ­ la m enor crítica a la b urguesía ju d ía fuera de Palestina, ni cues-
140 LA TRADICIÓN OCULTA EL SIONISMO. UNA RETROSPECTIVA 141

d o n a ro n el papel del cap ital fin an ciero ju d ío en la vida p o líti­ hicieron posible y de vagar p o r las ru in as de n u estro tiem po co­
ca de los judíos. L legaron incluso a re c a u d a r fondos a través m o u n a som bra de sí m ism o.
de asociaciones benéficas, un m étodo que ap re n d iero n de la El socialism o, que, pese a su su p erstició n m a te ria lista y a su
O rganización S ionista cuando estuvieron en el ex tran jero en ateísm o ingenuo y dogm ático, em pezó an im an d o al m ovim ien­
m isió n especial. E n m edio de los violentos conflictos que hoy to o b re ro revolucionario, a to rm e n tó d u ra n te ta n to tiem p o la
se d esen cad en an en P alestina, la m ay o ría de ellos se h a n co n ­ m ente y el co razó n de sus seguidores con la opresiva «necesi­
vertido en fieles seguidores de B en G urion, que a d iferencia de dad dialéctica» que éstos a ca b a ro n a ce p ta n d o p rá c tica m e n te
W eizm ann ha salido de sus p ro p ia s filas; con todo, m u ch o s to d as las situ acio n es in h u m an as existentes. Y esto fue así p o r­
de ellos, siguiendo u n a vieja tradición, se han negado a p a rtic i­ que, p o r u n a p arte, su g en u in a exigencia p o lítica de ju stic ia y
p a r en la votación; sólo unos pocos h an protestado co n tra el h e­ lib ertad se hizo cada vez m ás débil y, p o r otra, p orque su fe cie­
cho de que la O rganización Sionista dirigida p o r Ben G urion, ga en u n p ro g reso c o n stan te y so b re h u m an o se hizo cada vez
cuyas inclinaciones revisionistas fueron severam ente criticadas m ás fuerte. P or su p arte, el n acio n alism o se co n v irtió en u n a
en 1935 p o r los sindicatos palestinos, se haya hecho eco de la a u té n tic a calam id ad y en u n a fu en te de fan atism o en el m o ­
reiv in dicación de u n E stado ju d ío fo rm u lad a p o r los revisio­ m ento en que se hizo evidente que el p rin cip io de la o rg an iza­
nistas. ción n acio n al de los pueblos, a n tañ o g ran d io so y rev o lu cio n a­
De este m odo, el m ovim iento n acio n al ju d ío sociai-revolu- rio, ya no era capaz de g a ra n tiz a r la v e rd a d era so b eran ía del
cionario, que cin cu en ta años atrás em pezó p ro clam an d o id ea­ pueblo en el seno de las fro n teras nacionales, ni aú n m enos de
les tan elevados que pasó por alto la realidad concreta de O rien­ e stab lecer u n a relació n ju s ta e n tre los p u eb lo s m ás allá de es­
te Próxim o y la ru in d a d del m undo, acabó com o la m ayoría de tas fro n teras.
los m ovim ientos de este tipo: dando su m ás firm e apoyo no ya Los ju d ío s e x p erim en taro n la p resió n que p ro ced ía de esta
a reivindicaciones nacionales, sino a reivindicaciones p a trio te ­ situ ació n com ún a to d a E u ro p a en fo rm a de u n a nueva filoso­
ras que en realidad no eran u n a provocación p ara los enem igos fía hostil, cuyo único objeto de reflexión era el papel de los ju ­
del p ueblo judío, sino p a ra sus am igos p oten ciales y p a ra sus díos en la vida política y social. E n cierto sentido, fue el an tise­
vecinos reales. IV m itism o el que produjo el asim ilacionism o y el sionism o; tan to
es así que resu lta m uy difícil c o m p ren d er las grandes d iscu sio ­
nes en que se en zarzaro n estas dos co rrien tes, y que se p ro lo n ­
IV g aro n d u ra n te décadas, sin te n e r en cu en ta las tesis m ás u su a ­
les del an tisem itism o.
E sta trágica renuncia de la vanguardia del pueblo judío a la El an tisem itism o em pezó reflejando u n conflicto típico, co­
acción política dejó vía libre a aquellos m iem bros del m ovim ien­ m o el que se produce inevitablem ente en el seno de u n E stado
to que podem os calificar perfectam ente de sionistas políticos. Su n acio n al en el que la id e n tid a d fu n d a m e n tal de población, te ­
sionism o es uno de esos m ovim ientos políticos del siglo xix que rrito rio y E stado no p uede sino sen tirse im p o rtu n a d a p o r la
se rodearon de ideologías, cosmovisiones y teorías de la historia. p resen cia de u n a segunda n a cio n a lid a d que, sea de la form a
El sionism o, al igual que los m ovim ientos contem poráneos m ás que sea, tam b ién quiere co n serv ar su p ro p ia id en tid ad . En el
conocidos, como el socialism o y el nacionalism o, nació de un m arco del E stado nacional, el conflicto de nacio n alid ad es sólo
verdadero entusiasm o por la política, y com parte con ellos el tris­ tiene dos soluciones: la com pleta asim ilación, lo que equivale a
te destino de haber sobrevivido a las condiciones políticas que lo la d esap arició n , o la em igración. Así pues, si los asim ilacionis-
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tas se h u biesen lim itad o a p re d ic a r el suicidio n acio n al de los blem a en el que a los sionistas, p o r razones obvias, no les in te ­
ju d ío s y si los sio n istas h u b iesen co n tra ata c ad o defendiendo resab a entrar.
m eram en te la supervivencia nacional, h ab ríam o s estad o an te
u n verdadero e n fre n ta m ien to en tre dos p artes del p u eblo ju ­
dío. Pero, en vez de lid e ra r esa lucha, am bas p artes p refiriero n V
elu d ir el p ro b lem a y d e sa rro llar sus respectivas ideologías. La
m ayoría de los llam ados asim ilacionistas jam ás q u isiero n la P or m ás triste que p u ed a resu ltarle a q u ien cree en el p rin ­
com pleta asim ilación y el suicidio nacional; creían h a b er h alla­ cipio del gobierno del pueblo y p a ra el pueblo, lo cierto es que
do un excelente m étodo de supervivencia, que consistía en h u ir de u n a h isto ria política del sionism o no tiene n in g u n a n ecesid ad
la historia real y b uscar refugio en u n a historia im aginaria de la de ap ela r a un m ovim iento g en u in am en te n acio n al y rev o lu ­
hum anidad. Tam bién los sionistas rehuyeron los conflictos re a ­ cionario surgido en el seno del pueblo judío. La h isto ria p o líti­
les y se refugiaron en la doctrin a de un eterno an tisem itism o ca del sionism o h a de o cu p arse fu n d a m e n talm en te de fu erzas
que, según ellos, determ inaría constantem ente las relaciones en ­ que no tienen su origen en el pueblo judío: debería ocuparse de
tre ju díos y no ju díos y al que el pueblo ju d ío d eb ería fu n d a ­ hom bres que, en tan to que seguidores de T heodor Herzl, creían
m en talm en te su p ro p ia supervivencia com o pueblo. De este tan poco com o él en el gobierno del pueblo, au n q u e tam b ién es
m odo am bos frentes eludieron la a rd u a la b o r de c o m b atir el cierto que todos ellos d eseab an de todo co razó n h a ce r algo p o r
an tisem itism o con sus propias arm as, es decir, con arm as polí­ el pueblo. Su v en taja era que, adem ás de u n a c u ltu ra g eneral
ticas, investigando sus verdaderas causas. Los asim ilacionistas europea, ten ía n cierta experiencia en el tra to con gobiernos. Se
se en tregaron a su vana tarea de llen ar gigantescas bibliotecas d en o m in aro n a sí m ism os sionistas políticos, térm in o en el que
con refu tacio n es que n ad ie leyó jam ás, excepto quizá los sio­ se expresaba claram en te su especial y exclusivo in terés p o r las
nistas. O bviam ente, si éstos se m o stra ro n dispuestos a hacerse cuestiones de política exterior. A diferencia de ellos, los sio n is­
eco de esta argum entación ta n sum am ente sim ple, de esta p ro ­ tas de E u ro p a O rien tal se in te re sa b a n ú n ica y exclusivam ente
paganda, fue ú nicam ente p a ra ex traer la conclusión de que to ­ p o r las cuestiones de política interior.
da argum entación era totalm ente vana (lo que, dado el nivel de Tras la m u erte de H erzl en 1904 y tra s el fracaso de to d as
los «argum entos», era u n a so rp ren d en te conclusión). A hora ya sus in iciativas políticas, se co n v irtiero n en seguidores del sio­
n ad a im pedía h a b lar inútilm ente de generalidades y desarrollar nism o «práctico» de W eizm ann, que defendía la n ecesid ad de
los respectivos «ismos». E n la discusión sólo se to caro n p ro b le­ h acer p rogresos p ráctico s en P alestin a p a ra p o d e r a lc a n z a r el
m as políticos cuando los sionistas a firm a ro n que la solución éxito político. Sin em bargo, en aquel m o m en to esta iniciativa
de la cuestión ju d ía a través de la asim ilació n equivalía al su i­ no tuvo d em asiad o éxito. A ntes de la d eclaració n B alfour de
cidio del pueblo judío. La m ayoría de los asim ilacio n istas no 1917, d ad a la h o stilid a d de la a d m in istra c ió n tu rc a y la falta
quisieron o no osaron re fu ta r este argum ento. Tem ían ser c riti­ de u n a g aran tía política (la fam osa C arta de H erzl), fueron m uy
cados p o r los no ju díos que aú n no se h a b ían dado c u en ta de pocos los ju d ío s que d ecid iero n tra slad a rse a P alestina. E sta
que tam b ién ellos, los asim ilacionistas, d eseab an la su p erv i­ d eclaración no se hizo a raíz de los éxitos p ráctico s en P alesti­
vencia del pueblo ju d ío y se in te re sa b a n p o r la política ju d ía. na, algo que tam p o co se afirm ó nunca. De este m odo los sio­
Por o tra parte, cuando los asim ilacionistas h ab lab an del riesgo n istas p ráctico s se co n v irtiero n en «sionistas universales», un
de la doble lealtad y de la im posibilidad de ser al m ism o tiem ­ térm ino que expresa la oposición de su credo ideológico a la fi­
po un p a trio ta alem án o francés y un sionista, to cab an u n p ro ­ losofía de la asim ilación.
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D ebido al especial in terés que les m erecía la relació n entre dúo de u n a vida llena de falsas aspiraciones; p a ra ellos esto era
su m ovim iento y las grandes potencias y a su p reocupación p or m ás im p o rtan te que la co n stitu ció n de P alestin a (donde estos
el éxito de su propaganda entre ciertas personalidades relevan­ judíos europeos no fueron m uy n u m ero so s h a sta después de la
tes, los sionistas universales, a p e sa r de su origen burgués, es­ catástro fe de 1933), y en esto se p arecían m ás de lo que creían
ta b an lo suficientem ente desprovistos de prejuicios com o p ara a sus h erm an o s del Este. P ara ellos, el sionism o era lo que el
no entrom eterse en absoluto en los experim entos sociales y eco­ socialism o h ab ía sido p a ra estos últim os; P alestin a era p a ra
nóm icos de sus herm anos del Este, de aquellos que se tra sla d a ­ am bos u n lu g ar ideal su straíd o al desconsuelo de este m undo,
ro n a Palestina, insistiendo ú nicam ente en la igualdad de opor­ el lu g a r en el que p o d ían c u m p lir sus ideales y e n c o n tra r u n a
tu n id ad es p a ra las em presas y las inversiones de capital. Fue solución p erso n al p a ra los conflictos po lítico s y sociales. De
p recisam en te la gran diferencia existente en tre los p u n to s de hecho, fue p recisam ente esta p erso n alizació n de los problem as
vista de estos dos grupos lo que les perm itió colaborar sin dem a­ políticos lo que hizo que el sionism o o ccid en tal ab razase con
siadas dificultades. No obstante, en la constitución de Palestina entusiasm o el ideal de la chaluziuth del Este. Con la diferencia,
esta colaboración condujo a u n a m ixtura sum am ente p arad ó ji­ ciertam ente, de que este ideal sólo em pezó a ju g a r u n papel im ­
ca de iniciativas radicales y refo rm as sociales rev o lu cio n arias p o rtan te en Occidente cuando H itler se hizo con el poder. Si bien
en m ateria de política in te rio r y de concepciones políticas a n a ­ es v erd ad que fue p red icad o a las ju v en tu d es sionistas, éstas
crónicas, y hasta claram ente reaccionarias, en m a te ria de polí­ com partieron el destino del resto de las juventudes alem anas a n ­
tica exterior, es decir, en la relación de los judíos con o tras n a ­ tes de H itler: en tre los adultos, sus ideales se convirtieron m e­
ciones y pueblos. ram en te en fuente de recu erd o s nostálgicos.
Los hom bres que a h o ra to m a ro n la direcció n del sionism o Por o tra parte, los sionistas occidentales eran u n a pequeña
eran, al igual que los fundadores del m ovim iento chaluz y kib- m inoría procedente de fam ilias ju d ías burguesas, cuya holgura
b u tz en el Este, la a risto crac ia m oral del ju d aism o occidental. económ ica les perm itía m a n d ar a sus hijos a la universidad. Por
E ran los m ejores de esa nueva in telectu alid ad ju d ía de E u ro p a esta simple razón y sin ser dem asiado conscientes de ello, los ju ­
C entra], cuyos peores re p re se n ta n te s u n o p o d ía e n c o n tra r en díos ricos dieron lugar a la aparición de u n tipo de judío com ple­
las oficinas de U llstein u n d M osse en B erlín o en la Nene Freie tam ente nuevo, sobre todo en Alem ania y en A ustria-H ungría:
Presse en Viena. No era culpa suya no proceder del pueblo, pues m odernos intelectuales dedicados a profesiones liberales, al arte
en esos países de E uropa Occidental y Central no había nada p a ­ y a la ciencia, carentes de todo vínculo espiritual o ideológico
recido a u n «pueblo judío». Tam poco puede reprochárseles que con la religión judía. Ellos, «los m odernos judíos cultos, ajenos
no creyesen en el gobierno del pueblo, pues los países centro- del gueto y de la usura» (Herzl), debían ganarse su pan de cada
eu ro peos en los que h a b ían nacido y crecido carecían de u n a día y su honor fuera de la sociedad judía, b u scar «su p an y su
trad ición política en este sentido. Los judíos de estos países h a ­ poquito de honor alejados de la u su ra judía» (Herzl); de este m o ­
b ían vivido, si no en u n aislam iento económ ico, sí en u n aisla­ do, eran los únicos que quedaban totalm ente expuestos al nuevo
m iento social, p o r lo que no sólo sabían m uy poco de los no ju ­ an tisem itism o que trajo consigo el cam bio de siglo. Si no q u e­
díos que les ro deaban, sino ta m b ié n de los ju d ío s que vivían ría n fo rm ar p arte de la p an d illa U llstein-M osse ni p a sa r p o r
m ás allá de las fro n teras de su país. Lo que m ás co n trib u y ó a «intelectuales desarraigados» (Karl M annheim ), debían volver a
d ifu n d ir en tre ellos la nueva solución de la cu estió n ju d ía fue sus orígenes y b u scar su lu g ar en el seno de su propio pueblo.
su valor m oral, su sentido de la d ignidad h u m a n a y de u n a vi­ Sin em bargo, se co m probó in m ed iatam en te que esto era ca­
da recta. Lo que realm ente les in te re sa b a era salvar al indivi­ si tan im posible com o u n a asim ilación com pleta sin m en o sca­
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bo del honor. Efectivam ente, en la «casa de sus padres» (Herzl) pueblo judío. E stos in telectu ales no te n ía n c ab id a en n in g u n a
no h abía lu g ar alguno p a ra ellos. Al igual que las clases p o p u ­ p arte, ni desde u n p u n to de vista social ni desde u n p u n to de
lares, las clases acom odadas ju d ías e sta b a n d o tad as de u n a vista político; en la casa de sus p ad res no h a b ía lu g a r p a ra
fuerte cohesión social, fruto de u n a infinita cadena de lazos fa­ ellos. Si q u e ría n seguir siendo judíos, h a b ía n de c o n stru irse su
miliares y comerciales. Estos lazos se hicieron aún m ás estrechos p ro p ia casa. E n E u ro p a O ccidental y C entral, pues, el sionism o
gracias a las instituciones benéficas, a las que todo m iem bro de te n ía que o frecer u n a solución esp ecialm en te p a ra aquellos
la com unidad, aunque jam ás hubiese pisado u n a sinagoga, d e­ que se h a b ía n asim ilado m ás que c u a lq u ie r o tro gru p o de ju ­
bía co n trib u ir en la m edida de sus posibilidades. D urante dos­ díos y que sin d u d a estab an m ás m arcad o s que los otros p o r la
cientos años, la beneficencia, auténtico reducto de las co m u n i­ cu ltu ra y los valores cu ltu rales europeos. P recisam en te p o rq u e
dades ju d ía s o tro ra in d ependientes, se h ab ía m o strad o capaz se h a b ía n asim ilad o lo suficiente com o p a ra e n te n d e r la es­
de evitar la destrucción de la cohesión del pueblo ju d ío d isp er­ tru c tu ra del m o d ern o E stado nacional, reco n o ciero n la signifi­
so p o r todo el orbe. M ientras que, en los d istin to s países, los cación política del antisem itism o, aunque olvidaron analizarla,
ju d íos sólo consiguieron p e rd u ra r com o u n a co m u n id ad social y se p ro p u sie ro n d a r la m ism a significación p o lítica al pueblo
b ien cohesionada en v irtu d de lazos fam iliares y sociales, las judío. Las ab su rd as discusiones entre sionistas y asim ilacionis-
in stitu cio n es benéficas ju d ía s h a b ía n logrado p rá c tica m e n te tas no hicieron sino o cu ltar la evidencia de que, en cierto sen ti­
o rg a n iz ar al disperso pueblo ju d ío y h a ce r de él u n a sin g u lar do, los sio n istas fueron los únicos que q u isiero n seriam en te la
especie de com unidad política. asim ilación, esto es, la «norm alización» del p ueblo ju d ío («ser
E sta organización acéfala pero absolutam ente eficaz, sin em ­ u n pueblo com o cu alq u ier otro»), m ien tras que el deseo de los
bargo, no h ab ía previsto la ap arició n de los nuevos in te le ctu a ­ asim ilacio n istas fue que el pueblo ju d ío p reservase su especifi­
les judíos. C iertam ente, si éstos eran abogados o m édicos, y éste cidad.
era siem pre el deseo de toda fam ilia judía, seguían n ecesitando A diferen cia de sus h erm an o s del Este, estos sio n istas occi­
relacionarse con ju díos p a ra p o d er ganarse la vida. Por el con­ d en tales no fu ero n en ab so lu to unos rev o lu cio n ario s; n u n c a
tra rio , los que elegían ser escrito res o p erio d istas, a rtista s o c ritic a ro n ni se re b e laro n c o n tra la situ a ció n social y p o lítica
científicos, m aestro s o funcionarios, lo que era m uy h a b itu al, de su tiem po; m uy al co n trario , su ú n ica v o lu n ta d era que su
ya no necesitab an relacio n arse con ju díos p a ra p o d er sobrevi­ p ro p io p ueblo estuviese en las m ism as condiciones. El sueño
vir, pero éstos tam poco los n e ce sitab a n a ellos. E stos in telec­ de H erzl era, p o r decirlo así, u n form idable tra slad o de p o b la­
tu ales carecían de vínculos sociales. Si no lo g rab an in teg rarse ción capaz de tra s p la n ta r el «pueblo sin territo rio » al « territo ­
en las com unidades locales de judíos em ancipados, todavía les rio sin pueblo»; pero, p a ra él, este pueblo no era m ás que u n a
re su ltab a m ás difícil hacerlo en esa c o m u n id ad p o lítica m u n ­ m asa inform e, pobre, in cu lta e irresponsable (un «niño tonto»,
dial que la beneficencia g aran tizab a a los judíos. Pues p a ra ser com o le rep ro ch ó B ern ard Lazare), que h a b ía que d irig ir y en ­
co n siderado ju d ío h a b ía que p e rte n ec e r a esta gran o rg a n iz a ­ c au z a r desde arrib a. H erzl solam ente h ab ló de u n au tén tico
ción in tern acio n al, ya fuese com o b e n efac to r o com o b en efi­ m ovim iento p o p u la r en u n a ocasión, cu an d o quiso d isu ad ir a
ciario. Pero com o estos intelectuales eran d em asiad o pobres los R othschild y a o tro s filán tro p o s de b rin d a rle su apoyo.
p a ra ser unos filántropos y d em asiado ricos p a ra co n v ertirse
en p ordioseros, la beneficencia los ignoró ta n to com o ellos a
ella. De este m odo quedaron excluidos de la ún ica p ráctica con
la que los ju díos occidentales m o stra b an su so lid arid ad con el
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VI m enfeld). Pero incluso u n a in te rp re ta c ió n ta n av an zad a com o


ésta, que al m enos atrib u y e co rrectam en te u no de los aspectos
E n la década tra n scu rrid a entre la m uerte de Herzl y el esta ­ del an tisem itism o a las relacio n es en tre los pueblos, sigue p a r­
llido de la Prim era G uerra M undial, el sionism o no obtuvo n in ­ tiendo de la in m u tab ilid ad del an tisem itism o en u n m u n d o in ­
gún éxito político im p o rtan te . D urante estos años, este m ovi­ m utable de naciones, con lo que niega la p a rte de resp o n sab ili­
m iento se convirtió en u n a expresión, si se m e p erm ite decirlo dad de los judíos en este estado de cosas. De esta form a no sólo
así, de la autoafirm ación personal, en u n a especie de fe religio­ sep ara la h isto ria ju d ía de la h isto ria eu ro p ea y del resto de la
sa que ayudaba a c a m in a r erguido y con la cabeza b ien alta; h u m an id ad , sino que tam b ién ig n o ra el papel que d esem p eñ a­
perdió progresivam ente el escaso ím petu político que conservó ro n los ju d ío s eu ropeos en la c o n stru cció n y en el fu n c io n a ­
h a sta la m uerte de H erzl. M ovido fu n d a m e n talm en te p o r la m iento del Estado nacional, con lo que esta interpretación acaba
crítica totalm ente académ ica y teó rica de la oposición in traju - red u cién d o se a la g ra tu ita y a b su rd a afirm ació n de que todo
día, el sionism o, en vez de re c o b rar su antiguo ím petu político, no ju d ío que viva ro d ead o de ju d ío s a ca b a rá convirtiéndose en
se dedicó a d e sa rro llar todos los elem entos «ideológicos» que u n an tisem ita, sea consciente de ello o no.
co n tenía la ob ra de H erzl. D urante los largos años de esta n c a ­ E sta in te rp re ta ció n sio n ista del an tisem itism o , que fue co n ­
m ien to del sionism o, estos contenidos sólo tu v iero n u n a rele­ sid erad a razo n ab le p re c isa m e n te p o rq u e e ra irracio n al, es d e­
v ancia p rá c tica m uy lim itad a e h iciero n im posible cu alq u ier cir, p o rq u e explicaba lo inexplicable y o m itía ex p licar ju sto
d iscusión seria. Si esta posición fu n d am en talm en te apolítica aquello que h ab ía que explicar, condujo a u n a v aloración e rró ­
tuvo alguna consecuencia política, fue p recisam en te ésta. nea y m uy peligrosa de la situ ació n política en todos los países.
La cu estió n m ás in m e d ia ta y m ás im p o rtan te p a ra los in te ­ P artid o s y m ovim ientos an tisem itas fu ero n to m ad o s sin m ás
lectuales ju díos fue el an tisem itism o. C iertam ente, este fenó­ p o r aquello que ellos m ism o s p re te n d ían ser; se pensó que re ­
m eno fue descrito d etallad am en te, sobre todo en sus aspectos p resen tab an realm ente a todo u n país y que p o r ende no m ere­
sociales m ás superficiales, pero jam ás se investigaron sus cau ­ cía la pena com batirlos. Y puesto que el pueblo judío, conform e
sas políticas ni se buscó su relación con la situ ació n política de a u n a an tig u a trad ició n c o m p artid a con los pueblos an tig u o s,
la época. Fue explicado en térm inos de reacció n n a tu ra l de u n seguía dividiendo la h u m a n id a d en ju d ío s y ex tran jero s (go-
pueblo co n tra otro, com o si se tra ta se de dos seres n a tu ra les jim ), al igual que los griegos d ividieron el m u n d o en griegos y
co n d enados a co m b atirse el uno al o tro en v irtu d de u n a ley barbaroi, se tendió a d a r p o r b u en a la explicación ap o lítica y
desconocida. ah istó ric a del odio h a cia los judíos. E n su in te rp re ta c ió n del
E sta explicación del antisem itism o com o u n fenóm eno e te r­ an tisem itism o , los sio n istas n o te n ía n m ás que ap ela r a esta
no que acom paña fatalm ente todas y cada u n a de las etap as de an tig u a trad ició n ju d ía; se expresasen en térm in o s m edio m ís­
la h isto ria ju d ía en todos los países de la d iáspora, ad q u irió al­ ticos o, de acuerdo con la m o d a del m om ento, en térm in o s m e­
gunas veces form as m ás racionales, com o p o r ejem plo cuando dio científicos, com o a p e la b a n a u n a tra d ic ió n ta n an cestral,
fue in te rp re ta d o en térm in o s de E stad o nacional. E sta in te r­ su in te rp re ta ció n ap en as e n co n tró resisten cia. De este m odo
p re ta ció n presen tó el an tisem itism o com o «una sen sació n de no h iciero n sino re fo rz a r la peligrosa, a n tiq u ísim a y p ro fu n d a
tensión periférica», com parable a la «tensión entre naciones [...] desconfianza de los ju d ío s h a cia los no judíos.
que existe en las fronteras nacionales, allí donde los constantes Igual de peligrosa y to ta lm e n te acorde con esta ten d en cia
co n tacto s h u m an o s de distin tas n acio n alid ad es tien d en a re ­ general fue la nueva co n cep ció n de la h isto ria que a p o rta ro n
an im ar perm anentem ente el conflicto internacional» (K urt Blu- los sio n istas a p a rtir de sus nuevas experiencias: «Una nación
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es u n grupo h u m ano [...] cohesionado p o r u n enem igo com ún» sos m ás elevados (esp eran za que no se cu m p liría). Ese añ o se
(H erzl). D octrina a b su rd a que sólo co n ten ía u n a p izca de ver­ ren u n ció p a ra siem pre a las posibilidades v erd ad eram en te re ­
dad en la m edida en que, efectivam ente, h a b ían sido los ene­ volucionarias que el sionism o re p re se n ta b a p a ra la vida de los
m igos del pueblo ju d ío quienes h a b ían convencido a m uchos judíos.
sio n istas de que eran judíos. De lo que concluyeron que, sin el En segundo lugar, la nueva d o ctrin a del nacionalism o in flu ­
an tisem itism o , el pueblo ju d ío no h ab ría podido sobrevivir en yó considerablem ente en la actitu d de los sionistas hacia el in ­
los países en los que se había dispersado, p o r lo que se opusie­ ten to soviético de liq u id a r el an tisem itism o sin liq u id a r a los
ro n a c u alq u ier in ten to de elim in ar p a ra siem pre el a n tisem i­ judíos. Los sionistas re c h az aro n esta iniciativa. A largo o in ­
tism o. Y h a sta llegaron a afirm ar: nu estro s enem igos, los an ti­ cluso a corto plazo, dijeron, esto sólo podía significar el fin de
sem itas, «serán nuestros mejores amigos, y los países antisem itas los ju d ío s rusos. A unque este rechazo sigue ju g an d o algún p a ­
nuestros aliados» (Herzl). N aturalm ente, esto sólo podía desem ­ pel en las m entes de esa m in o ría que c ierra filas en to rn o a
b o car en u n a situación de absoluta confusión en la que resultaba W eizm ann y que en consecuencia se opone a la influencia b ri­
im posible distinguir al amigo del enemigo, en la que el enemigo tán ica y de cu alq u ier o tra n acio n alid ad en O riente Próxim o, lo
se convertía en am igo y éste en enemigo velado, y p o r ende tanto cierto es que hoy apenas es ya apreciable. Lo que actu alm en te
m ás peligroso. observam os en tre los sionistas de todo el m undo es u n a nueva
Antes de que la O rganización S ionista, p a ra su vergüenza, sim p atía p o r la R usia soviética. H asta el m om ento, esta sim p a­
decidiese h a ce r cau sa com ún con aquellos sectores del pueblo tía es fu n d am en talm en te de n atu raleza sentim ental y se tra d u ­
ju d ío que esta b a n dispuestos a neg o ciar con el enem igo, esta ce en la adm iración de todo lo que es ruso; pero ju n to a ella, y a
d o c trin a tuvo ya consecuencias b a stan te im p o rtan tes. consecuencia de la decepción causada p o r el incum plim iento de
Su p rim e ra co nsecuencia fue h a ce r su p erflu a to d a explica­ las prom esas de Gran B retaña, está extendiéndose la esperanza,
ción política del papel jugado p o r la p lu to cracia ju d ía en el se­ todavía no articulada políticam ente, de que en el futuro la URSS
no de los E stados nacionales, y de sus efectos en la vida de los desem peñe u n papel activo en O riente Próxim o. N aturalm ente,
judíos. La nueva definición sionista de la nació n com o u n g ru ­ la confianza en u n a in q u eb ran tab le am istad de R usia con los
po h u m an o cohesionado por un enem igo com ún reforzó el sen­ judíos sería ta n ingenua com o la d ep o sitad a an terio rm en te en
tim ien to , am pliam ente extendido entre los judíos, de que «to­ G ran B retaña. Lo que to d o m ovim iento político y n acio n al de
dos estam os en el m ism o barco», lo que no se co rresp o n d ía en n u e stro tiem po esp era v erd a d era m e n te de R usia —u n a so lu ­
ab so luto con la realidad. De este m odo, los co n tad o s ataques ción novedosa y efectiva p a ra los en frentam ientos entre n acio ­
sio n istas al p o d er judío resu ltaro n inofensivos y se lim itaro n a n alidades y u n a nueva o rg an izació n de los distin to s pueblos
u n as cu an tas observaciones m aliciosas sobre la beneficencia, sobre la base de la igualdad nacional— h a sido descuidado ta n ­
que H erzl ya h ab ía identificado com o u n a «m aquinación», u n a to p o r los am igos com o p o r los enem igos.
tra m a u rd id a p a ra «ahogar los gritos de indignación». Pero in ­ La tercera consecuencia de u n a posición fundam entalm ente
cluso u n a crític a ta n tím id a com o ésta fue red ticid a al silencio ap o lítica fue el lu g ar reserv ad o a Palestina en la filosofía del
a p a rtir de 1929, año en que se fundó la Jew ish Agency, c u a n ­ sionism o. Su m ás clara expresión fue la afirm ació n de W eiz­
do la O rganización Sionista cam bió la independencia de la ú n i­ m an n en la década de 1930: «La co n stitu ció n de P alestina es
ca g ra n o rg a n iz ac ió n ju d ía que ja m á s se h a b ía so m etid o a la nuestra respuesta al antisem itism o». Lo absurdo de esta afirm a­
p lu to c ra cia ju d ía y que incluso h ab ía osado c ritic a r a las g ran ­ ción se puso de m anifiesto pocos años después, cuando el ejér­
des p erso n alid ad es judías, p o r la e sp eran za de o b te n er in g re ­ cito de Rommel am enazó a los judíos de Palestina con el m ism o
152 LA TRADICIÓN OCULTA EL SIONISMO. UNA RETROSPECTIVA 153

destino con que am enazó a los judíos de los países europeos. Co­ de colonos en Palestina, desarrolló sin d em asiad o s re m o rd i­
m o se consideraba que el antisem itism o era u n sim ple epifenó­ m ientos de conciencia u n a a ctitu d de rech azo h a cia el m undo
m eno del nacionalism o, se supuso que no podría afectar a aque­ exterior. E n lu g ar de ser la av anzadilla p o lítica del pueblo ju ­
llos judíos que ya h ab ían construido un Estado nacional. En dío, los judíos palestinos p refirieron enfrascarse en sus propios
o tras palabras, Palestina era el lugar, el único lugar del m undo, asuntos, au n cuando tra ta ro n de d isfrazar su ensim ism am iento
en el que los judíos podrían librarse del odio co n tra los judíos. con su predisposición a acoger refugiados, que debían a y u d ar­
Allí estarían protegidos contra sus enem igos, que m ilagrosa­ les a ad q u irir u n peso m ayor en Palestina. Si los judíos asim ila­
m ente acabarían convirtiéndose en sus amigos. dos occidentales a ctu aro n com o si ig n o rasen com pletam ente
E sta esperanza, que ya te n d ría que h ab erse hecho añicos las d u ras condiciones que u n iero n desde siem pre a Leningrado
(pero p a ra m uchos las ideologías siguen siendo m ás fuertes con Varsovia, a Varsovia con Berlín, a am b as ciudades con Pa­
que la realidad), resp o n d e a u n a vieja m en talid ad de los p u e ­ rís y L ondres y a todas ellas con N ueva York, y su p u siero n que
blos esclavizados, a su creencia de que no m erece la pena lu ch ar las circu n stan cias de cada país eran d istin ta s y n a d a se po d ía
y de que si se quiere sobrevivir, lo m ejor es re h u ir el com bate y h a ce r c o n tra ellas, ah o ra el sionism o les p ag ab a con la m ism a
e m p re n d er la re tira d a . Los p rim ero s años de g u erra p u siero n m oneda y decía que la situ ació n de P alestina era especial, que
de m an ifiesto el fu erte arraig o de esta creen cia, p u es fue n e ­ no ten ía n a d a que ver con la su erte de los ju d ío s que vivían
cesaria la presió n de los ju d ío s del m u n d o en tero p a ra que la fuera, pero al m ism o tiem po afirm ab a que las c ircu n stan cias
O rganización S ionista llam ase a la fo rm ació n de u n ejército en el resto del m undo eran adversas.
ju d ío , y en u n a g u e rra c o n tra H itler éste era el ú n ico p u n to E sta valoración pesim ista de la vida de los ju d ío s bajo cu al­
im p o rtante. Sin em bargo, W eizm ann se negó co n stan tem en te q u ier o tra form a política y en cu alq u ier o tra p a rte del m u ndo
a convertirlo en u n a cu estió n política m ayor, habló con des­ que a h o ra form ulaban los sionistas no q u ed ab a restrin g id a p o r
preció de «ese ejército judío» y, sólo después de cinco años de las dim ensiones de Palestina, u n p eq u eñ o te rrito rio que sólo
guerra, acabó aceptando la form ación de u n a «brigada judía», puede ofrecer u n a p a tria a varios m illones de judíos, pero no a
siendo otro portavoz de la Jew ish Agency el que se a p resu raría todos los que viven dispersos p o r el orbe. Siendo así, sólo son
a re starle im p o rtan cia. P ara ellos era evidente que lo único posibles dos soluciones políticas. Los sio n istas solían a firm a r
que estab a en juego en todo este a su n to era el prestigio de los que «sólo reg resarán u n o s pocos», los m ejores, aquellos que
ju d ío s de P alestina. Al parecer, ja m á s se les o cu rrió p e n sa r m erecen ser salvados; convirtám onos, pues, en la élite del p u e­
que si los judíos, en tanto que judíos, h u biesen p articip ad o en blo ju d ío y serem os los únicos ju d ío s que sobrevivan; lo único
esta g u erra con m ayor p ro n titu d y decisión, h a b ría sido p o si­ que im p o rta es n u estra supervivencia; si la b eneficencia ha de
ble aca lla r la c h ác h a ra an tisem ita, que ya an tes de la victoria ocuparse de rem ed iar la calam itosa situación de las m asas, que
señ alaba a los ju díos com o sus p arásito s, com o sus in m ereci­ lo haga; a nosotros sólo nos preocupa el fu tu ro de u n a nación,
dos beneficiarios. no el destino de los individuos.
Todavía m ás relevante desde un p u n to de vista ideológico Pero ante la horrible catástro fe en la que se halla sum ida
fue el hecho de que, concediendo a Palestina el lugar que le con­ E uropa, son m uy pocos los sionistas que siguen afirm an d o la
cedieron en la fu tu ra existencia del pueblo judío, los sionistas inevitable desaparición del pueblo judío en la diáspora. Así, ha
se a p a rta ro n del destino de los ju díos dispersos p o r todo el acabado im poniéndose el p u n to de vista que an tes defendían
m undo. G racias a su teo ría del inevitable final de la vida ju d ía únicam ente los revisionistas. Ahora todos hablan el lenguaje del
en la galuth, esto es, en la diáspora, el jischuv, o la com unidad nacionalism o radical. A la difícil p reg u n ta de qué puede a p o r­
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ta r el sionism o a los judíos que viven dispersos por todo el m u n ­ había asesinado a centenares de m iles de arm enios. Pero cu an ­
do y sufren el antisem itism o, co n testan alegrem ente: «La m e­ do leyó estos telegram as, H erzl se lim itó a exclam ar: «Esto me
jo r resp u esta al antisem itism o es el pansem itism o». será de ayuda ante el sultán».
C onform e a esta m e n talid ad y a u n a a ctitu d co n v ertid a ya
en trad ició n , en 1913 los líderes sio n istas ro m p iero n las re la ­
VII ciones con los árabes con la esperanza de p o n er al sultán de su
lado. Uno de los dirigentes árabes hizo esta aguda observación:
La actitu d del sionism o hacia las grandes potencias se puso «G ardez-vous bien, M essieurs les Sionistes, u n g o uvernem ent
de m anifiesto claram ente durante y después de la P rim era G ue­ passe, m ais u n peuple reste» .1*
rra M undial. No o bstante, poco después de que el secto r occi­ Q uien se quede perplejo ante u n m ovim iento n acio n al que,
dental tom ase la dirección política del m ovim iento en la década tra s u n com ienzo ta n id ealista, se entreg a in m e d ia tam en te a
de 1890, ya se p ro dujeron algunos acontecim ientos que p erm i­ los poderosos; que no conoce solidaridad alguna con otros p u e ­
tía n prever claram ente el cam ino que elegiría el nuevo m ovi­ blos o p rim id o s que, au n q u e p o r razones h istó ricas d istin tas,
m iento nacional p a ra a lca n z ar sus fines. Es sabido que H erzl en el fondo p ersiguen el m ism o objetivo; que cu an d o todavía
trató personalm ente con los gobiernos de distintos países, a los no ha despertado de su sueño de libertad y ju sticia ya está que­
que in ten tó convencer de que la em igración de los judíos les rien d o h a ce r causa com ún con los peores poderes de n u estro
p e rm itiría deshacerse del problem a judío. Tam bién es sabido tiem po, in te n ta n d o sa c a r provecho de sus in tereses im p e ria ­
que sólo conoció el fracaso, y en concreto p o r u n a razó n m uy listas; quien se quede perplejo ante todo esto, debería te n e r en
simple: fue el único que se tom ó com pletam ente en serio el a n ­ cu en ta lo e x tra o rd in ariam en te difícil que era la situ ació n de
tisem itism o. Los gobiernos m ás antisem itas fueron precisam en­ los judíos, que, a diferencia de otros pueblos, ni siquiera poseían
te los que m enos se interesaron por su propuesta; no m o straron u n te rrito rio desde el que p o d er in iciar la co n q u ista de su li­
dem asiada com prensión hacia alguien que creía tan firm em en­ bertad. La alternativa a la vía que abrió H erzl y que W eizm ann
te en el carácter espontáneo de unos odios que ellos m ism os se recorrió h asta su am argo final, h ab ría sido organizar al pueblo
h ab ían encargado de atizar. judío y negociar contando con el respaldo de un gran m ovim ien­
Más decisivas p a ra el futuro fueron, sin lu g ar a dudas, las to revolucionario. Esto h a b ría significado aliarse con todas las
negociaciones de H erzl con el gobierno turco. El Im perio Tur­ fuerzas progresistas de E uropa, lo que sin duda h abría com por­
co era uno de esos Estados plurinacionales au to ritario s que es­ tado grandes riesgos. Por lo que sabem os, el único m iem bro de
ta b an condenados a desaparecer y que de hecho d esap arecie­ la O rganización Sionista que consideró alguna vez esta p o sib i­
ron durante la Prim era G uerra M undial. Pero al Im perio Turco lidad fue el sionista francés B ernard Lazare, am igo de Charles
debía interesarle el asentam iento de los judíos en Palestina p or Péguy, y en 1899 ya tuvo que a b an d o n a r la O rganización. Des­
esta razón: su asentam iento le p ro p o rcio n aría u n nuevo ele­ de entonces no ha h abido n ingún líder sionista que haya reco ­
m ento de lealtad en O riente Próximo, un elem ento que sin duda nocido al pueblo judío la suficiente cap acid ad p o lítica p a ra
p o d ría c o n trib u ir a evitar el peligro que am en azab a al go b ier­
no im perial por todas partes: el peligro de u n a rebelión árabe.
1. Sobre éste y otros aspectos de estas negociaciones, véase M. Perlmann, «Chap-
D urante estas negociaciones, Herzl recibió varios telegram as en
ters of Arab-Jewish Diplomacy, 1918-1922», enJew ish Social Studies, abril de 1944.
los que estudiantes de distintos pueblos oprim idos p ro testab an * «Tengan ustedes cuidado, señores sionistas, un gobierno pasa, pero un pueblo
co n tra la posibilidad de llegar a acuerdos con un gobierno que queda.» (N. del t.)
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co n q u istar p o r sí m ism o la libertad, en lugar de ser guiado h a ­ m iento; las pocas veces que ha estado en condiciones de h a ce r­
cia ella. C onsecuentem ente, tam poco ha habido n in g ú n líd er lo, siem pre se ha m ostrado vacilante en las negociaciones y p o ­
oficial del sionism o que haya osado h acer causa com ún con las co hábil en los argum entos, com o si no estuviese segura de lo
fuerzas revolucionarias europeas. que p ien sa y de lo que quiere. Así, grupos izq u ierd istas com o
E n vez de esto, los sionistas siguieron esforzándose p o r o b ­ Hashomer Hazair, que tien en u n p ro g ram a rad ical en m ateria
te n e r la protección de las grandes potencias y se m o stra ro n de política internacional, tan radical que al inicio de esta guerra
dispuestos a com placerlas en todo con tal de lo g rar dicha p ro ­ se o p u siero n a ella aduciendo que era u n a «guerra im p erialis­
tección. Sabían perfectam ente que debían ofrecerles algo que ta», p ractican el abstencionism o en cuestiones de política exte­
realm ente fuese del interés de estos gobiernos. La sum isión de rio r de vital im p o rtan cia p a ra Palestina. Dicho de otro modo:
W eizm ann a la política británica, consecuencia lógica de su ab ­ pese a la indudable integridad personal de la m ayoría de sus
soluta lealtad a la causa del Im perio B ritánico en O riente Próxi­ m iem bros, a veces estos grupos tran sm iten la m ism a im presión
mo, fue aceptada sin dem asiada dificultad p o r los sionistas, que que los grupos izquierdistas de otros países, que, ocultos tras
no tenían la m enor idea de las nuevas potencias im perialistas. las p ro testas oficiales, en el fondo se sienten aliviados de que
C iertam ente, estas potencias existían ya desde finales del siglo los partidos m ayoritarios hagan el trabajo sucio p o r ellos.
pasado, concretam ente desde la década de 1880, pero hasta p rin ­ Este m alestar, igual de extendido entre otros grupos izquier­
cipios del siglo xx no se m ostraron en toda su com plejidad. Evi­ distas y atrib u ib le a la situ ació n general de b a n c a rro ta del so­
dentem ente, com o los sionistas rep resen tab an u n m ovim iento cialism o, se dio ya entre los sionistas antes de que se produjese
nacional y sólo po dían p e n sa r en térm inos de nación, no caye­ esta situación y se debe a razones m ás concretas. Desde los tiem ­
ro n en la cuenta de que el im perialism o es u n p o d er letal p ara pos de Borochov, que todavía cu en ta con algunos seguidores
las naciones, p o r lo que todo pueblo pequeño que se convierta en el pequeño grupo sectario Poale-Zion, los sionistas de izquier­
en su aliado o en su agente está firm ando su p ro p ia sentencia da n u n c a h a n dado u n a resp u esta p ro p ia a la cuestión n acio ­
de m uerte. Por lo dem ás, hasta hoy m ism o todavía no han com ­ nal, sino que se h a n lim itad o a a ñ a d ir el sionism o oficial a su
prendido del todo que, p a ra un pueblo, u n a protección o b ten i­ socialism o. De esta adición no ha resu ltad o u n a posición cohe­
da a cam bio de la defensa de intereses im perialistas es u n a p ro ­ rente, pues p ara los asu n to s in tern o s echan m ano del socialis­
tección tan segura como la soga para el ahorcado. Cuando se les m o y p a ra los asu n to s externos re c u rre n al sionism o n a cio n a ­
objeta esto, los sionistas suelen resp o n d er diciendo que, afo r­ lista. El resultado es la relación existente en tre judíos y árabes.
tu n ad am en te, los intereses nacionales judíos y b ritán ico s son De hecho, la m ala conciencia se rem o n ta a la época en la que
idénticos, por lo que no debe hablarse de protección, sino de se descubrió con so rp resa que en el ám bito de la política in te ­
alianza. E n verdad, resulta m uy difícil sab er qué intereses n a ­ rior, en la constitución de Palestina, influían factores de p o líti­
cionales, y no im periales, puede tener Inglaterra en O riente Pró­ ca exterior, a causa de la existencia de un «pueblo extranjero».
ximo; por el contrario, no es nada difícil pred ecir que, h asta Desde esa época, los sindicatos judíos, bajo el pretexto de la lu ­
que no se produzca el advenim iento del Mesías, cualquier alian­ cha de clases co n tra los p ro p ie ta rio s judíos, que sin duda em ­
za entre un lobo y un cordero sólo puede ten er consecuencias pleaban en sus plan tacio n es a los árabes p o r razones cap italis­
devastadoras para este últim o. tas, h a n luchado c o n tra los trab ajad o res árabes. D urante esta
Por o tra parte, la oposición salida de las m ism as filas del sio­ lucha, que envenenó com o n in g u n a o tra cosa el am b ien te de
nism o n unca ha sido lo suficientem ente fuerte com o p a ra m o ­ Palestina h asta 1936, no se p restó ninguna atención a la situ a ­
dificar sustancialm ente las líneas políticas oficiales del m ovi­ ción económ ica de los árab es, a los que la in tro d u cció n de c a ­
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pital y de tra b a jad o res ju díos y la in d u strializació n del país blo ju d ío fuera de los pueblos europeos y del destino del co n ti­
convirtió de la noche a la m a ñ an a en potenciales pro letario s, nente europeo.
pero sin dem asiadas expectativas de o b ten er puestos de tra b a ­ De en tre todos los errores com etidos p o r el m ovim iento sio­
jo. En lugar de preocuparse por esta situación, los sindicatos n ista a consecuencia de la fuerte influencia que el an tisem itis­
sionistas se lim itaron a rep etir los argum entos, correctos pero m o h a ejercido sobre él, sin d u d a el m ás fu n esto h a sido a fir­
inadecuados en ese m om ento, sobre el carácter feudal de la so­ m ar el c arác te r no europeo de los judíos. Los sionistas no sólo
ciedad árabe, el carácter progresista del capitalism o y el au m en ­ h a n aten tad o co n tra la n ecesaria so lid arid ad de los pueblos
to del nivel de vida en Palestina, del que los árabes tam bién se europeos, n ecesaria tan to p a ra los débiles com o p a ra los fu e r­
beneficiaban. El lem a del que se sirvieron m uestra h asta qué tes; m ás allá de esto, y p o r m ás increíble que p u ed a resultar,
punto los hom bres pueden volverse ciegos cuando están en ju e ­ h an p retendido incluso c o rta r las únicas raíces h istóricas y cul­
go sus intereses reales o figurados; ciertam en te los tra b a ja d o ­ tu rales que los ju d ío s h a n podido tener. Pues, en efecto, desde
res judíos lu ch aro n tan to p o r m ejorar su propia situ ació n eco­ los p u n to s de vista geográfico, h istó rico y cu ltu ra l (au n q u e no
nóm ica com o p o r alcan zar su objetivo nacional, pero su grito siem pre desde el pu n to de vista político), P alestina y el co n ju n ­
de guerra fue siem pre Avodah ivrith (trabajo judío); no o b stan ­ to de la cuenca del M ed iterrán eo siem pre h a n p erten ecid o al
te, u n a m irada m ás atenta descubría que para ellos la principal co n tin en te europeo. N egar las raíces del pueblo ju d ío equival­
am enaza no era el trabajo árabe sin m ás, sino el Avodah solah d ría a negarle su p a rtic ip a ció n en el n acim ien to y en el d esa­
(trabajo b arato), consecuencia de la falta de o rg anización de rro llo de todo aquello que d en o m in am o s c u ltu ra occidental.
los trabajadores árabes. E n este sentido, tam poco h an faltado los in ten to s de in te rp re ­
E n tre los piquetes de huelga que los judíos desplegaron con­ ta r la h isto ria ju d ía com o la h isto ria de u n pueblo asiático al
tra los trabajadores árabes no hubo m iem bros de grupos izquier­ que sólo u n d esafortunado accidente arrojó a unos territo rio s y
distas. Pero lo cierto es que estos grupos, en tre los que d e sta ­ a u n a cu ltu ra extraños, lugares en los que él, el eterno m arg in a­
caba Hashomer Hazair, tam poco h icieron p rácticam en te nada do, jam ás logró sentirse en casa. (B asta con ad u cir el ejem plo
en otros ám bitos: u n a vez m ás, o p ta ro n p o r abstenerse. Los del pueblo húngaro p ara d em o strar el carácter absurdo de esta
conflictos locales desencadenados, la laten te situación de gue­ argum entación: los húngaros procedían de Asia, pero desde que
rra civil reinante en P alestina desde principios de la década de ad o p taro n el cristianism o fueron aceptados com o m iem bros de
1920, que desem bocó m uy a m enudo en u n a guerra abierta, re ­ la fam ilia europea.) Sin em bargo, lo que n u n ca h a habido es u n
forzaron la posición del sionism o oficial. Como a los judíos p a ­ in ten to serio de in teg rar al pueblo judío en el m arco de la polí­
lestinos les resultaba cada vez m ás difícil en co n trar aliados en ­ tica asiática, pues esto equivaldría a vincularlo con los naciona­
tre sus vecinos, los sionistas consideraron cada vez m ás a G ran lism os revolucionarios de los pueblos asiáticos y con su lucha
B retaña com o la gran potencia protectora. co n tra el im perialism o. La versión oficial del sionism o separa al
Si los sindicatos y los grupos izq u ierd istas diero n su a p ro ­ pueblo judío de su pasado europeo y lo presenta, por decirlo así,
bación a esta política, fue fu n d am en talm en te p o rq u e h a b ían com o flotando en el aire, m ientras que Palestina aparece com o
aceptado la versión oficial del sionism o. H aciendo hincapié u n i­ u n lugar en la Luna, el único lugar en el que este pueblo desa­
lateralm en te en la «unicidad» de la h isto ria de los ju d ío s y en rraigado podría d esarro llar su singularidad.
su incom parable situación política, que supuestam ente no g u ar­ Sólo esta versión del sionism o ha llevado al extrem o este ob­
daba relación alguna con la historia y la política de E uropa, la cecado aislacionism o y h a vuelto com pletam ente la espalda a
ideología sionista h ab ía situado el cen tro existencial del p u e ­ E uropa. Pero su nacionalism o es u n fenóm eno m uy extendido,
160 LA TRADICIÓN OCULTA EL SIONISMO. UNA RETROSPECTIVA 161

de hecho fue la ideología de la m ayor parte de los m ovim ientos árabes y judíos, el em bajador b ritán ico en R om a fue inform ado
nacionales centroeuropeos. Este nacionalism o no es m ás que la d etallad am en te al respecto, lo que hizo que los b ritán ico s exi­
asu n ción a crítica de la versión alem ana del nacionalism o. Se­ giesen el aplazam iento de las negociaciones h asta que «Inglate­
gún esta versión, la nación es un organism o eterno, el p ro d u c­ rra reciba el m an d ato sobre Palestina»; A sher Saphir, el re p re ­
to de un inevitable desarrollo n a tu ra l de cualidades innatas; sen tan te judío, «no tenía ninguna duda de que los m iem bros de
los pueblos no son entendidos com o organizaciones políticas, cierto m ovim iento político com prenderían que no sería benefi­
sino com o personalidades sobrehum anas. E ste p u n to de vista cioso p a ra la adm inistración pacífica del O riente Próxim o y del
descom pone la h isto ria de E u ro p a en las h isto rias de o rg an is­ O riente M edio que estos dos pueblos sem itas [...] reanudasen su
m os inconexos entre sí, y pervierte la gran idea francesa de la colaboración en base al reconocim iento de los derechos de los
soberanía del pueblo, que degenera en las reivindicaciones n a ­ judíos en Palestina» (Perlm ann). Desde entonces, la hostilidad
cionalistas de u n a existencia autárquica. E strecham ente em pa­ de los árabes ha ido en ru m e n to año tras año, y hoy los judíos
ren tad o con esta ideología n acionalista, al sionism o jam ás le dependen tan absolutam ente de la protección de los británicos
preocupó dem asiado la soberanía del pueblo, condición in d is­ que nos encontram os claram ente ante un caso de capitulación
pensable p a ra c o n stru ir u n a nación, y siem pre persiguió esa incondicional.
independencia nacionalista utópica.
El pueblo judío, se decía, p o d ría a lca n z ar esta in d ep en d en ­
cia con la ayuda de u n a gran potencia, de u n a potencia lo sufi­ VIII
cientem ente poderosa com o p a ra favorecer el n acim ien to de
esta nación. Por m ás paradójico que pueda sonar, fue p recisa­ E sta es, pues, la tra d ic ió n con la que co n tam o s en tiem pos
m ente esta falsa concepción de la indepen d en cia nacional lo de crisis com o los nuestros; éstas, las arm as políticas p a ra h a ­
que acabó haciendo que los sionistas asociasen la em an cip a­ cer fren te a la nueva situ ació n política de m añ an a; éstas, las
ción nacional de los ju díos a la defensa de los intereses m a te ­ «categorías ideológicas» p a ra ap ren d er de las nuevas experien­
riales de o tra nación. cias del pueblo judío. De m o m ento no se b a rru n ta otro p u n to
E sta idea equivocada hizo que, en la práctica, el nuevo m o ­ de vista, o tra concepción, o tra fo rm u lació n del sionism o o de
vim iento volviese a h acer uso de los m étodos trad icio n ales del las asp iracio n es del pueblo judío. Así, lo ú n ico que podem os
Schtadlonus, que los propios sionistas habían despreciado y c ri­ h a ce r es p o n d e ra r n u e stras expectativas de fu tu ro a la luz de
ticado tan duram ente en el pasado. Desde ese m om ento, los sio­ este p asad o y ten ien d o en cu en ta n u estro presen te. Pero hay
nistas ya no conocieron m ejor lugar de trabajo que las antesalas otro facto r que, au n q u e h a sta el m om ento no h a in tro d u cid o
de los poderosos, ni base m ás racional p a ra alcan zar acuerdos n in g ú n cam bio decisivo, m erece consideración: la enorm e im ­
políticos que servir a intereses ajenos. Si el llam ado «pacto Weiz- p o rta n c ia a d q u irid a p o r el ju d aism o y el sionism o de E stados
m ann-Feisal» «fue relegado al olvido h a sta 1936, fue p recisa­ U nidos en el seno de la O rganización S io n ista M undial. N in­
m ente p o r la voluntad de servir a intereses ajenos. Por lo de­ gún otro país ha ap o rtad o n u n ca tantos m iem bros a esta orga­
m ás, es obvio que esta tácita suspensión del pacto tuvo lugar n ización, y m ucho m enos u n n ú m ero tan elevado de sim p a ti­
con el beneplácito y la connivencia de los británicos...».2 En zantes. En efecto, ta n to las cam p añ as electorales del P artido
1922, año en el que se reem prendieron las negociaciones entre d em ó crata y del P artid o rep u b lican o del ú ltim o año com o las
d eclaraciones realizad as p o r el presid en te Roosevelt y el go­
2. Perlmann, op. cit. b e rn a d o r Dewey parecen in d icar que la g ran m ayoría de los
162 LA TRADICIÓN OCULTA EL SIONISMO. UNA RETROSPECTIVA 163

votantes judíos es considerada pro Palestina y que, en la m edi­ ver a em p ezar y de la autorrealización), y llam ar a los sionistas
da en que pueda hablarse de un «electorado judío», éste está in ­ a la alijah (vuelta a Sión). De hecho, recien tem en te W eizm ann
fluido p o r el program a norteam ericano p ara Palestina, al igual ha ex h o rtad o a los ju d ío s estad o u n id en ses a a sen tarse en P a ­
que el electorado polaco lo está por la política exterior n o rte a ­ lestina. De este m odo volvería a p la n te arse el viejo p ro b lem a
m ericana p ara Polonia y el electorado italiano p o r lo que suce­ de la doble lealtad, pei~o de u n a form a m ás aguda que en c u a l­
de en Italia. quier otro país, pues la p o blación estad o u n id en se se com pone
E n tre el sionism o de los judíos estadounidenses y el sio n is­ de m u ch as n acionalidades. P recisam ente p o rque E stados U ni­
m o de los judíos de los países del Viejo C ontinente, sin e m b ar­ dos pu ede p erm itirse u n a to leran cia m ucho m ayor h a cia la
go, existe u n a notable diferencia. Los hom bres y las m ujeres convivencia de u n a m u ltip licid ad de nacionalidades, cuya su ­
que aquí pertenecen a la O rganización Sionista, en E u ro p a los m a constituye y determ ina la vida de la nación n orteam ericana,
habríam os encontrado en los llam ados Comités p ara Palestina. este país jam ás po d ría co n sen tir que alguno de estos «pequeños
E stos com ités ag lu tin ab an a aquellos que, aunque creían que grupos nacionales» llam ase a sus ciudadanos a a b a n d o n a r el
Palestina era u n a bu en a solución p a ra los judíos o prim idos y continente. El arg u m en to de que, a fin de cu en tas, los países
pobres y la m ejor iniciativa filantrópica posible, n u n ca p en sa­ europeos p o d rían arreg lárselas m uy bien sin sus judíos, m ien ­
ro n que p o d ría ser u n a solución p a ra sus p ro p io s pro b lem as, tras que el pueblo ju d ío d eb ería reclam ar a sus m ejores hijos,
pues n o rm alm en te decían no te n e r ninguno. Al m ism o tie m ­ este viejo arg u m en to de los sio n istas europeos no es válido en
po, la m ayoría de los ju díos estadounidenses que no se co n si­ este país. E quivaldría a se n ta r u n peligroso precedente; p o d ría
d e ra b an sionistas m o stra b an u n a clara a ctitu d p ro Palestina; u tilizarse fácilm ente p a ra ro m p e r la convivencia a rm ó n ic a de
en cu alquier caso, a diferencia de los asim ilados europeos, te ­ pueblos que han de llevarse bien dentro de los lím ites que m a r­
n ían u n a actitud m ucho m ás positiva y con stru ctiv a en re la ­ ca la C onstitución y d en tro del territo rio estadounidense. E sta
ción con Palestina y con los derechos del pueblo judío en tan to grave am en aza que cu alq u ier m ovim iento nacional organizado
que pueblo. re p re se n ta p a ra la vida de u n E stado com puesto de m últiples
La explicación está en la e stru ctu ra política de E stados U ni­ nacionalidades explica que en la R usia soviética el m ovim iento
dos, que no es un E stado nacional en el sentido que este té rm i­ sionista haya sido ta n d u ram en te com batido.
no tiene en E uropa. E n un país en el que hay tan to s pequeños Si los sionistas n o rteam erican o s no se han p ropuesto influir
grupos nacionales leales a su patria, interesarse vivam ente p o r en la o rien tació n ideológica general de la O rganización S ionis­
P alestina com o la p a tria del pueblo judío re su lta algo com ple­ ta M undial, probablem ente h a sido por la posición especial que
tam en te n a tu ra l y no requiere disculpa alguna. Una p a tria ju ­ ocupan den tro de ella, u n a posición de la que quizá no son to ­
día p o d ría incluso «norm alizar» la situ ació n de los ju d ío s en talm ente conscientes, pero que sin duda intuyen. Según ellos,
Estados Unidos y ser un buen argum ento co n tra el an tisem itis­ dicha orientación es válida p a ra los judíos europeos, que en de­
mo político. finitiva son los principales afectados. En relación con la cu es­
Pero esta norm alización ligada a la reivindicación de Pales­ tión de Palestina, han preferido ad o p tar sencillam ente el p u n ­
tin a com o la p atria del pueblo judío po d ría convertirse inm e­ to de vista pragm ático de los m axim alistas y al igual que éstos,
diatam ente en lo contrario si el sionism o oficial llegase a influir au n q u e p o r m uchas o tra s razones, esp eran que el in terés y la
en los judíos estadounidenses. En ese caso, éstos no p o d rían influencia de E stados U nidos en O riente Próxim o lleguen a ser
m enos de iniciar un verdadero m ovim iento nacional, predicar, al m enos tan grandes com o los de Inglaterra. O bviam ente, esto
cuando no p o n er en práctica, el ideal de la chaluziuth (del vol­ sería la m ejor solución p a ra todos sus problem as. Si hubiese
164 LA TRADICIÓN OCULTA EL SIONISMO. UNA RETROSPECTIVA 165

alguna form a de confiar a los judíos palestinos la salvaguardia p o r el sionism o, tan acordes con su desconfianza general hacia
de los intereses n orteam ericanos en aquella región del m undo, los pueblos y con su excesiva co n fian za en los gobiernos, no
se confirm aría el conocido dicho del juez B randéis de que, p a ­ h an tenido lugar; en vez de esto, lo que se h a p roducido es una
ra ser u n buen p a trio ta n o rteam erican o , p rim ero hay que ser serie de acciones dirigidas estatalm en te que h a n sido m ucho
u n sionista. ¿Y p o r qué no h ab ría de producirse esta feliz coin­ m ás catastró ficas que cu alq u ier estallido de odio popular.
cidencia? ¿Acaso la m áxim a del sionism o b ritán ico no fue d u ­ Pero el p u n to esencial es que hoy se h a d escubierto, al m e­
ra n te m ás de veinticinco años que h ab ía que ser u n b u en sio­ nos en E u ro p a, que el an tisem itism o es la m ejor arm a política,
nista p ara ser un buen patrio ta británico, que quien apoyaba la y no solo dem agógica, del im perialism o. Allí donde la política
declaración B alfour apoyaba tam bién a su gobierno com o un gire en to rn o al concepto de raza, los ju d ío s se convertirán ine­
fiel súbdito? Si la R usia soviética reivindicase su antiguo papel vitablem ente en el blanco de las hostilidades. Aquí no podem os
en la política de O riente Próxim o, no sería de e x tra ñ ar que en ­ explicar d etallad am en te las razo n es de este fenóm eno ta n n o ­
tre los judíos rusos surgiese un sionism o sim ilar, au n q u e de vedoso. Sin em bargo, de u n a cosa no hay duda. Puesto que el
in sp iración estatal. Si esto llegase a ocurrir, se co m p ren d ería im perialism o, a d iferencia del n acio n alism o , no pien sa en te ­
in m ed iatam en te h a sta qué p u n to esta política asim ilacio n ista rrito rio s lim itados, sino, com o suele decirse, «en continentes»,
es u n a ta ra hered itaria del sionism o. frente a este nuevo tipo de an tisem itism o los judíos no estarán
No obstante, hem os de ad m itir que hoy las cuestiones refe­ seguros en ninguna parte del m undo, y todavía m enos en Pales­
ridas al presente y al futuro de la política im perialista en O rien­ tina, que constituye uno de los centros de interés im perialista.
te Próxim o han tom ado todo el protagonism o, m ientras que las Así pues, la p reg u n ta que hoy hem os de p la n te ar a los sionistas
realidades y las experiencias políticas del pueblo ju d ío h a n si­ es qué posición política piensan a d o p ta r an te u n a hostilidad
do relegadas a un segundo plano y apenas g u a rd a n relació n que no se dirige tan to contra individuos concretos cuanto con­
con los grandes cam bios que están ten ien d o lu g a r en el m u n ­ tra el pueblo judío en su conjunto, in d ependientem ente de d ó n ­
do. Si las nuevas experiencias del pueblo ju d ío son m u ch as y de viva.
variadas, los cam bios del m undo son enorm es, p o r lo que la O tra de las preg u n tas que hem os de h acer a los sionistas se
p rin cip al p re g u n ta que hay que h a c e r al sionism o es si está refiere a la organización nacional. N uestra época ha p resen cia­
d isp uesto a te n e r p resen te am bas cosas y a a c tu a r en co n se­ do el catastró fico h u n d im ien to del E stad o nacional. Desde la
cuencia. P rim era G uerra M undial, en los países europeos se ha extendi­
do la idea de que el nacionalism o no es capaz de g aran tizar ni
la so b eran ía te rrito ria l de u n a n ació n ni la so b eran ía del p u e ­
IX blo. E n tre tan to , las fro n teras nacionales, que u n a vez fueron
el sím bolo de la seguridad nacional ante u n a posible invasión o
La nueva experiencia m ás im p o rtan te del pueblo ju d ío vuel­ ante u n a indeseada oleada de extranjeros, han dem ostrado ser
ve a estar relacionada con el antisem itism o. Como sabem os, el inútiles. M ientras que los viejos países occidentales se han vis­
sionism o siem pre ha visto m uy negro el fu tu ro de los judíos to am enazados p or el atraso in d u strial, consecuencia de la fal­
em ancipados, y en ocasiones hasta se ha jactad o de sus p red ic­ ta de m ano de obra, o p o r las sucesivas oleadas de extranjeros,
ciones. Pero, com parado con el gran terrem oto que ha sacudido los p aíses del E ste h an d em o strad o de form a concluyente que
el m undo, este tipo de pronósticos son u n a com pleta exagera­ el E stado nacional no pu ed e existir sin u n a población relativa­
ción. Los frenéticos estallidos de odio p o p u la r p ro n o sticad o s m ente hom ogénea.
166 LA TRADICIÓN OCULTA EL SIONISMO. UNA RETROSPECTIVA 167

Sin em bargo, los ju díos no tienen ningún m otivo p ara ale­ existentes en tre los pueblos. Puede que algunos sionistas p ien ­
grarse del desm oronam iento del Estado nacional y del n acio n a­ sen que la creación de u n Estado judío dentro de u n a esfera de
lismo. A unque no podem os predecir cuáles serán las próxim as intereses im periales sea la solución perfecta, y que otros la con­
etapas de la historia de la hum anidad, la alternativa parece es­ sideren com o un paso desesperado pero inevitable. Sea com o
ta r clara. La solución al problem a recurrente de la organización fuere, cu esta im ag in ar u n cam ino m ás peligroso a largo plazo.
política sólo puede estar en los im perios o en las federaciones. C iertam ente, p ara u n pueblo pequeño es m uy delicado hallarse
E sta segunda solución ofrecería al pueblo ju d ío y a otros p u e­ situado involuntariam ente dentro de una «esfera de intereses»,
blos pequeños ciertas posibilidades de supervivencia. La p rim e­ aunque es difícil sab er cuál p o d ría ser su lu g ar en u n m undo
ra solución solam ente sería posible si las pasiones nacionalistas como el nuestro, que se h a vuelto tan pequeño desde los puntos
que antaño m ovieron a los hom bres son su stitu id as p o r p asio ­ de vista económ ico y político. Pero una política que se b asa en
nes im perialistas. Que Dios nos proteja si ocurre algo así. la p rotección de u n a g ran potencia lejana y que se gan a la ene­
m istad de sus vecinos, u n a p o lítica así sólo puede ser fru to de
la insensatez. En este p u n to , es necesario p re g u n ta r qué p o líti­
X ca seg u irán en el fu tu ro los sionistas frente a las grandes po
tencias y de qué form a p ien san so lu cio n ar el conflicto árab e
E ste es el m arco general de realidades y de posibilidades judío.
den tro del cual los sionistas proponen zan jar la cuestión ju d ía En relación con esto surge otra pregunta. De acuerdo con las
m ediante la creación de un E stado nacional. Pero la condición previsiones m ás optim istas, se espera que después de la guerra
de posibilidad de un E stado nacional, la soberanía, no se dará. em igren an u alm en te a P alestin a unos 100.000 judíos, un p ro ­
Supongam os que, veinticinco años atrás, los sio n istas h u b ie­ ceso que se prolongaría d u ra n te al m enos diez años. S u ponien­
sen logrado crear en Palestina u n a C om m onw ealth judía; ¿qué do que estas previsiones se cum plan, ¿qué sucederá con los ju ­
h a b ría pasado entonces? Lo que h a b ría pasado es que los á ra ­ díos que no estén entre los prim eros grupos de em igrantes? ¿Qué
bes se h a b ría n rebelado contra los judíos, com o lo h a n hecho estatus te n d rá n en E uropa? ¿Cómo será su vida desde los pun­
en Checoslovaquia los eslovacos co n tra los checos y en Yugos­ tos de vista social, económ ico y político? O bviam ente, los sio­
lavia los croatas co n tra los serbios. Y au n q u e en Palestina no nistas confían en el restablecim iento del statu quo ante. Pero si
hubiese quedado ni u n solo árabe, esta falta de so b eran ía real los ju d ío s reg resan a sus respectivos países, ¿seguirán estando
en m edio de unos E stados o de unos pueblos árab es que se dispuestos a desplazarse a Palestina después de cierto tiem po,
oponen a la creación del E stado judío, h ab ría tenido el m ism o p or ejemplo después de u n período de cinco años, que incluso en
resultado. el peor de los casos sólo puede ser u n p eríodo de n o rm a liz a ­
La consigna de u n a C om m onw ealth ju d ía o de u n E stado ju ­ ción? Y si no se reclam a in m ed iatam en te a los ju d ío s europeos
dío indica que desde el principio los judíos, figurándose ser como futuros ciudadanos de la nueva C om m onw ealth ju d ía (de­
una nación, han pretendido im ponerse com o u n a «esfera de in ­ jan d o ap arte el p ro b lem a de su acogida), será todavía m ás d i­
tereses». Probablem ente, un entendim iento real con los árabes fícil que los judíos obtengan los derechos propios de una m ayo­
y con el resto de los pueblos m ed iterrán eo s h a b ría podido lle­ ría en u n país en el que son claram ente u n a m inoría. Por oirá
var a la creación de u n E stado palestino b in acio n al o de u n a parte, obviamente la obtención de estos derechos excluiría el res
C om m onw ealth judía. Pero es ingenuo creer que to m an d o el tablecim iento del statu quo en Europa, con lo que p o d ría sen
ráb an o p o r las hojas se pueden solucionar los conflictos reales tarse u n peligroso precedente. Y u n restablecim iento del s lain
168 LA TRADICIÓN OCULTA EL SIONISMO. UNA RETROSPECTIVA 169

quo en Europa, aunque fuese m eram ente superficial, haría p rác­ y es m uy dudoso que esta ta re a pu ed a realizarse u tilizan d o las
ticam ente im posible o c u lta r el problem a de la doble lealtad categorías y los m étodos del siglo xix. Si los sionistas siguen
con las m ism as trivialidades que en los buenos tiem pos. aferrados a su ideología sectaria y perseveran en su m iope «rea­
La últim a pregunta, que hasta ah o ra el sionism o ha logrado lismo», ech arán a p erd er las pocas posibilidades que un m undo
eludir pretextando que responderla sería «incom patible con su tan poco p ro m eted o r com o el n u estro ofrece a los pueblos p e­
dignidad», se refiere al problem a de la relación en tre el a n sia ­ queños.
do nuevo E stado y la diáspora. Y este problem a no afecta sola­
m ente a los judíos europeos.
A p esar de todas las ideologías, lo cierto es que h a sta ah o ra
el jischuv no sólo ha sido un refugio p ara los ju d ío s p erseg u i­
dos de algunos países. H a sido tam bién u n a com unidad que ha
reclam ado la so lid arid ad de los ju díos esparcidos p o r todo el
m undo. Sin la influencia y los m edios aportados fu n d am en tal­
m ente p o r los judíos estadounidenses, la catástrofe en E uropa
hubiese asestado u n golpe m ortal a los judíos palestinos tan to
desde un punto de vista político com o económ ico. Si en u n fu­
tu ro próxim o, con o sin la división de Palestina, se crea una
C om m onw ealth ju día, h ab rá que agradecérselo a la influencia
política de los ju díos de E stados U nidos. Si su «patria» o su
«m adre patria» fuese u n a u n id ad política en el sentido h a b i­
tual del térm ino o si su ayuda sólo fuese n ecesaria d u ran te u n
tiem po lim itado, su estatus de ciudadanos estadounidenses no
ten d ría p o r qué verse afectado. Pero si la C om m onw ealth ju d ía
fuese proclam ada co n tra la voluntad de los árabes y sin co n tar
con el apoyo de los pueblos m editerráneos, entonces no sólo se
n ecesitará ayuda financiera, sino ta m b ién un apoyo político
m ás prolongado. E sto p o n d ría en u n a situ ació n m uy difícil a
los ju díos estadounidenses, que en fin de cu en tas no tien en la
posibilidad de en cau zar la h isto ria política de O riente Próxi­
mo. E incluso podría acab ar m ostrándose com o una ta re a m u ­
cho m as ard u a de lo que hoy se im aginan y de lo que m a ñ an a
sean capaces de hacer.
É stas son algunas de las cuestiones que el sionism o te n d rá
que a fro n ta r en un futuro no m uy lejano. Si quiere afro n tarlas
abiertam ente, con sensatez política y con sentido de la re sp o n ­
sabilidad, te n d rá que revisar a fondo sus obsoletas d o ctrin as.
Salvar Palestina y a los judíos no será ta re a fácil en el siglo xx,
NOTA EDITORIAL

E sta colección de ensayos, que fueron com pilados p o r Han-


nah Arendt, se publicó p o r prim era vez en S u hrkam p Verlag en
1976. La m ayoría de ellos se rem o n tan a la p rim era o b ra p u b li­
cada p o r la au to ra en la A lem ania de p o sguerra: Sechs Essays,
Heidelberg, 1948 (Schriften der Wandlung 3, con la colaboración
de Karl Jaspers, W erner K rauss y Alfred Weber, edición de Dolf
Sternberger). Los ensayos fueron escritos en alem án d u ran te la
década de 1940, cuando H annah A rendt estab a en Estados U ni­
dos. Uno de los ensayos del libro de 1948, «Was ist E xistenz-
Philosophie?», fue excluido del volum en de 1976, los otros cin ­
co ensayos, al igual que la «Zueignung an Kal Jaspers»
[«D edicatoria a Karl Jaspers»], fueron incluidos en el volum en,
a los que se añ ad ió otros dos «A ufklárung u n d Judenfrage»
[«La Ilu stració n y la cuestión judía», p u b licad o p o r p rim era
vez en 1932 en la Zeitschrift für die Geschichte der Juden in
Deutschland (Año 4, n° 2-3), y «Der Z ionism us aus h eu tig er
Sicht» [«El sionism o. U na retrospectiva»], escrito en inglés y
titu lad o «Zionism R econsidered», p u blicado p o r p rim e ra vez
en 1945 en The Menorah Journal (Año 33, n° 2); F ried rich Grie-
se trad u jo el texto al alem án.
Sobre la h isto ria editorial de cada uno de los ensayos, véase
la bibliografía d etallad a de Ursula Ludz en: H a n n ah A rendt,
Ich will verstehen. Selbstauskünfte z,u Leben und Werk. Mit einer
vollstündigen Bibliographie, U rsula Ludz (com p.), M únich/Zú-
rich, 1996.