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David: Así habla el Señor de los ejércitos: Yo te saqué del

campo de pastoreo, de detrás del rebaño, para que fueras el


jefe de mi pueblo Israel. Estuve contigo dondequiera que
fuiste y exterminé a todos tus enemigos delante de ti. Yo
haré que tu nombre sea tan grande como el de los grandes
de la tierra. Fijaré un lugar para mi pueblo Israel y lo plantaré
para que tenga allí su morada. Ya no será perturbado, ni los
malhechores seguirán oprimiéndolo como lo hacían antes,
desde el día en que establecí Jueces sobre mi pueblo Israel.
Yo te he dado paz, librándote de todos tus enemigos. Y el
Señor te ha anunciado que él mismo te hará una casa. Sí,
cuando hayas llegado al término de tus días y vayas a
descansar con tus padres, yo elevaré después de ti a uno de
tus descendientes, a uno que saldrá de tus entrañas, y
afianzaré su realeza. El edificará una casa para mi Nombre,
y yo afianzaré para siempre su trono real. Seré un padre
para él, y él será para mí un hijo. Si comete una falta, lo
corregiré con varas y golpes, como lo hacen los hombres.
Pero mi fidelidad no se retirará de él, como se la retiré a
Saúl, al que aparté de tu presencia. Tu casa y tu reino
durarán eternamente delante de mí, y su trono será estable
para siempre". Natán comunicó a David toda esta visión y
todas estas palabras.

Salmo 89,4-5.27-30.

Yo sellé una alianza con mi elegido, hice este juramento a


David, mi servidor:
"Estableceré tu descendencia para siempre, mantendré tu
trono por todas las generaciones".
El me dirá: "Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora".
Yo lo constituiré mi primogénito, el más alto de los reyes de
la tierra.
Le aseguraré mi amor eternamente, y mi alianza será
estable para él;
le daré una descendencia eterna y un trono duradero como
el cielo.

Evangelio según San Marcos 4,1-20.

Jesús comenzó a enseñar de nuevo a orillas del mar. Una


gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir
a una barca dentro del mar, y sentarse en ella. Mientras
tanto, la multitud estaba en la orilla. El les enseñaba muchas
cosas por medio de parábolas, y esto era lo que les
enseñaba: "¡Escuchen! El sembrador salió a sembrar.
Mientras sembraba, parte de la semilla cayó al borde del
camino, y vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte
cayó en terreno rocoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó
en seguida porque la tierra era poco profunda; pero cuando
salió el sol, se quemó y, por falta de raíz, se secó. Otra cayó
entre las espinas; estas crecieron, la sofocaron, y no dio
fruto. Otros granos cayeron en buena tierra y dieron fruto:
fueron creciendo y desarrollándose, y rindieron ya el treinta,
ya el sesenta, ya el ciento por uno". Y decía: "¡El que tenga
oídos para oír, que oiga!". Cuando se quedó solo, los que
estaban alrededor de él junto con los Doce, le preguntaban
por el sentido de las parábolas. Y Jesús les decía: "A
ustedes se les ha confiado el misterio del Reino de Dios; en
cambio, para los de afuera, todo es parábola, a fin de que
miren y no vean, oigan y no entiendan, no sea que se
conviertan y alcancen el perdón". Jesús les dijo: "¿No
entienden esta parábola? ¿Cómo comprenderán entonces
todas las demás? El sembrador siembra la Palabra. Los que
están al borde del camino, son aquellos en quienes se
siembra la Palabra; pero, apenas la escuchan, viene
Satanás y se lleva la semilla sembrada en ellos. Igualmente,
los que reciben la semilla en terreno rocoso son los que, al
escuchar la Palabra, la acogen en seguida con alegría; pero
no tienen raíces, sino que son inconstantes y, en cuanto
sobreviene la tribulación o la persecución a causa de la
Palabra, inmediatamente sucumben. Hay otros que reciben
la semilla entre espinas: son los que han escuchado la
Palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción
de las riquezas y los demás deseos penetran en ellos y
ahogan la Palabra, y esta resulta infructuosa. Y los que
reciben la semilla en tierra buena, son los que escuchan la
Palabra, la aceptan y dan fruto al treinta, al sesenta y al
ciento por uno".

Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.

1.- Hb 10, 11-18

1-1.VER DOMINGO 33B LECTURA 2


1-2.

-En la antigua alianza los sacerdotes estaban "de


pie" en el Templo... Jesucristo empero se "sentó"
para siempre a la diestra del Padre.

Argumento rabínico: se escudriña la Escritura hasta


sus mínimos detalles para hallar un argumento. Ese
procedimiento puede parecernos extraño. Sin
embargo hay aquí una hermosa imagen, con la
ventaja de ser extremadamente concreta.

Para mostrarnos toda la diferencia entre el antiguo


sacerdocio judío y el sacerdocio de Jesús, el autor
nos presenta al sumo sacerdote de pie muy
atareado, como si temiera tener algún descuido y no
hacerlo bien. A Jesús en cambio lo presenta tranquilo
sentado junto al Padre, seguro de que su sacrificio es
perfecto.

-Los sacerdotes estaban de pie día tras día


celebrando la liturgia y ofreciendo reiteradamente los
mismos sacrificios que nunca pueden borrar los
pecados. ESFUERZO/GRATUIDAD: SV/GRATUIDAD:
Esta es también, por desgracia, la actitud de ciertos
cristianos, que parecen preocupados de multiplicar
los ritos como si se tratara de querer doblegar a un
Dios justiciero e inflexible. La imagen del verdadero
Dios es totalmente diferente: no es el hombre quien
busca a Dios y obtiene su perdón a fuerza de
expiaciones... es Dios quien busca al hombre, es El
quien reconduce la oveja perdida llevándola sobre
sus hombros, es El quien ofrece incansablemente su
perdón, es El quien ha hecho todo el camino de la
reconciliación, es El quien ha cargado con el peso de
la sangre derramada, en Jesucristo.

-Jesucristo, habiendo ofrecido por los pecados un


solo sacrificio, se sentó a la diestra de Dios para
siempre. Desde entonces espera que sus «enemigos
sean puestos por escabel de sus pies».
Nueva prueba de la impregnación de la Biblia en los
primeros cristianos: espontáneamente vienen los
salmos a sus labios. Aquí el autor cita el salmo 110-
1; y es la tercera vez que usa ese mismo salmo.
Hebreos 1,13;8-1; 10-12.

Señor, quiero yo también contemplarte, sentado


junto a Dios, en esa hermosa actitud majestuosa
esculpida en la piedra de muchos tímpanos de las
catedrales: el «hermoso Dios» de Amiens, el Cristo
en gloria de Vézelay, de Chartres, d'Angers y de
tantas otras portadas.

En nuestra época turbulenta, sacudida por tantos


golpes y tumbos de toda clase... en nuestras vidas
inquietas y en continuo movimiento... nos resulta
beneficioso llenarnos de la visión de paz de un Cristo
hierático, sólido, tranquilo, seguro de su victoria, que
«espera apaciblemente que sus enemigos sean
puestos por escabel de sus pies.» Concédeme,
Señor, trabajar en tu obra en paz y sin prisa.

-Por su único sacrificio, Cristo condujo siempre a su


perfección a aquellos que de El reciben la santidad.

¡Es un hecho y adquirido para siempre!... Gracias,


Señor.

¿Qué conclusión debo sacar concretamente para mi


vida de HOY?

-El Señor declara: «Pondré mis leyes en sus


corazones, las inscribiré en su mente y no me
acordaré ya más de sus pecados y faltas.»

He ahí, una vez más la «verdadera» imagen de Dios.


Esta admirable fórmula de Jeremías (31, 33-34)
debe ser saboreada palabra por palabra: La nueva
Alianza que Jesús ha adquirido y ha dado, actúa en
lo más íntimo de nuestro ser para transformarnos...
y suprime aun en el recuerdo de Dios -¡El lo ha
dicho!- cualquier huella de nuestros pecados.
-Ahora bien, donde hay remisión de estas cosas, ya
no hay oblación por el pecado.

Fórmula radical. La misma misa no es un nuevo


sacrificio.

Nos hace presente el único sacrificio de la cruz.


NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 5
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑO IMPARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 36 s.

2.- 2S 7, 4-17

2-1. PEREGRINO/TIENDA

La célebre profecía de Natán, que leemos hoy, se nos


propone también en otras dos festividades:

--el día de la fiesta de san José -19 de marzo-, por


medio del cual entra Jesús en la familia de David...

--el 24 de diciembre, víspera de Navidad, donde el


Mesías es anunciado a los pastores de Belén, ciudad
de David...

Conquistada la ciudad fuerte de Jerusalén, e


introducida el Arca en la ciudad, David quiere
completar su obra construyendo un «templo», una
«Casa para Dios». Ahora bien, ¡Dios rehúsa! Y envía
a un profeta con este mensaje al rey. Esto nos
sorprende quizá, pero ¡Dios rehúsa!

Y da sus razones. Hay que escuchar atentamente los


motivos que expone Dios para rehusar tener un
santuario estable y grandioso. Esto enlaza con la
enigmática provocación de Jesús: «destruid este
Templo... y en tres días lo levantaré, pero no por
mano de hombre...» (Juan 2, 19-21)
-¿Me vas a edificar una casa para que yo habite? No
he habitado jamás en una casa desde el día en que
hice subir de Egipto a los israelitas, pero Yo
«acampaba» en una tienda o en un refugio...

Primer motivo del rechazo: «no soy un Dios para


gente 'instalada', sino un Dios para 'nómadas', para
gente 'en marcha', los acompaño en su caminar, y
habito en la tienda como ellos...»

La "tienda" es el símbolo de la casa frágil, del refugio


fortuito, no definitivo. Nuestra verdadera patria no es
la tierra: nuestra verdadera casa está "allá arriba". Y
Dios no tiene ningún interés en que nos instalemos
aquí abajo.

Y, con ello, Dios nos plantea la cuestión. ¿Estoy "en


marcha"? ¿Hacia dónde?

-Yo te he sacado del pastizal, de detrás del rebaño.


Yo te edificaré una "casa".

Segundo motivo: la total independencia de Dios. No


es David quien se eligió rey a sí mismo. Incluso su
descendencia será un perpetuo regalo de Dios. De sí
mismo no era más que un pobre pastorcillo que Dios
fue a buscar de detrás del rebaño para darle el
poder.

El profeta juega con las palabras: «No serás tú quien


construirá una casa-templo para Dios, es El quien te
construirá una "casa-dinastía".

-Cuando tus días se hayan cumplido, te daré un


sucesor en tu descendencia, que será nacido de ti...
y consolidaré su realeza. Yo seré para él padre, y él
será para mí, hijo...

Tercer motivo: el futuro de una dinastía, el futuro del


hombre no descansan primordialmente sobre
principios materiales -simbolizados por la solidez y la
belleza de un edificio cultual como el Templo-... sino
sobre una Alianza personal concertada entre Dios y
los hombres: la fidelidad mutua de Dios y del rey -un
padre con su hijo- es más decisiva que ¡todos los
sacrificios del Templo!

Un día, Jesucristo, hijo de David, llevará a una


perfección insospechada las relaciones de amor filial
entre el Mesías y su Padre. Entonces el Templo no
será ya necesario: el velo del Templo se rasgará.

Jamás ni Nathán, ni David, hubieran podido prever el


cumplimiento en la persona de Jesús, en el Cuerpo
de Jesús de la verdadera «casa de Dios» -lugar de la
presencia inefable-... garantía de la estabilidad del
pueblo por su adhesión filial al Padre. ¿Y yo? ¿Dónde
sitúo mi religión?

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 4
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑOS PARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 36

3.- Mc 4, 1-20

3-1. PARA/SEMBRADOR

VER DOMINGO 15A

3-2. /Mc/04/02 ALEGORIA/PARABOLA:

"El que tenga oídos para oír que oiga" La parábola no


es una alegoría, sino algo mucho más sencillo. La
alegoría es una comparación más elaborada, en la
que cada uno de los rasgos remite a un significado
escondido. La parábola, por el contrario, tiene un
solo centro hacia el que converge todo lo demás; por
eso no es necesario buscar un significado concreto
para cada uno de los detalles de la narración. Basta
con captar el meollo. Las parábolas evangélicas no
nacen simplemente de una exigencia didáctica,
preocupada por la claridad y la vivacidad.
Nacen de una exigencia teológica, o sea, del hecho
de que no podemos hablar directamente del Reino de
Dios, que está más allá de nuestras experiencias,
sino solamente "en parábolas", indirectamente,
mediante comparaciones sacadas de nuestra vida.
Las parábolas se arraigan en nuestra vida cotidiana.
De este origen tan humilde es de donde se derivan
las tres propiedades que caracterizan al lenguaje
parabólico. Es un lenguaje "inadecuado", por estar
sacado de la vida de cada día, aunque su finalidad es
expresar algo que está más allá, algo más profundo.
Pero al mismo tiempo es un lenguaje "abierto" a lo
trascendente, capaz no ciertamente de expresarlo,
pero sí de aludir a él, porque si es verdad que el
Reino de Dios no se identifica con la realidad de
nuestra historia, también es verdad que guarda una
gran relación con ella. Finalmente es un lenguaje que
"obliga a pensar": no desarrolla todo el discurso, no
es una perspectiva tranquilizante (como la del
discurso que pretende definir una realidad,
permitiéndonos dominarla), sino que la parábola es
simplemente un primer paso que nos invita a seguir
adelante, es un discurso global, que deja intacto el
misterio del Reino, pero señalando su impacto en
nuestra existencia, el vínculo existente entre el Reino
y la vida. De este modo la parábola hace pensar,
inquieta y compromete.

De aquí la ambigüedad de las parábolas (pero más


concretamente la de la historia como revelación de
Dios, incluso la de la historia de Jesús): son a la vez
luminosas y oscuras, revelan y esconden. Exigen un
esfuerzo de interpretación y de decisión. Dejan
vislumbrar el misterio de Dios a quienes tienen unos
ojos penetrantes y un corazón generoso, pero
resultan oscuras y "carnales" para los distraídos y los
que tienen el corazón pesado. El término "parábola"
-lo mismo que el hebreo "mashal"- se presta
precisamente a dos significados: comparación que
aclara y enigma que deja perplejo.
Y es éste el sentido que Marcos desarrolla y
convierte en cierto modo en la tesis central del
discurso. Toma ocasión de las parábolas para
introducir dos motivos que le agradan: la incapacidad
del hombre para comprender los misterios del Reino
de Dios y, por consiguiente, la necesidad de una
ayuda que venga de arriba; la distinción entre lo que
están "dentro" (y comprenden) y los que
permanecen "fuera" (sin comprender).

En este punto se nos ocurren dos observaciones (que


nos ofrecen las mismas parábolas): ¿en qué consiste
el "misterio" que hay que comprender? ¿Cuáles son
las condiciones para comprenderlo? Sobre el primer
punto digamos enseguida que el secreto del Reino de
4, 11 no se identifica exactamente con el secreto
mesiánico, o sea, con la pregunta: "¿quién es
Jesús?".

SGTO/CONOCIMIENTO: En efecto, los discípulos


seguirán hasta el capítulo 8 sin comprender quién es
Jesús. En cuanto al segundo punto deseamos llamar
la atención sobre el vínculo que une al "seguir" con el
"comprender". Marcos nos ha dicho en el capítulo
anterior que el discípulo es aquel a quién se le ha
dado comprender.

Pero ¿por qué comprende? Precisamente porque está


dentro y no se ha quedado "fuera", porque se ha
decidido y está en comunión con Cristo.

Concretemos: no se trata de una comunión genérica


con el recuerdo de Jesús (la comunidad no es
simplemente un hecho de memoria), sino una
comunión con el Cristo viviente que hoy habla en la
comunidad. Sólo puede comprender el que está
inserto en la comunidad. El secreto del Reino de Dios
se capta desde dentro.

Para quien vive en la comunidad la palabra de Jesús


(que ahora se anuncia en la Iglesia) es una parábola
que ilumina, mientras que para el que está fuera es
un enigma que lo deja perplejo.
BRUNO MAGGIONI
EL RELATO DE MARCOS
EDIC. PAULINAS/MADRID 1981.Pág. 70s

3-3. Mc/04/03-20.

La parábola del sembrador insiste ampliamente en la


desgracia del labrador; solo al final una breve
indicación sobre la semilla que da fruto.

¿Qué significa esto en concreto? Algunos (como los


apocalípticos judíos contemporáneos de Jesús) la
leen de este modo: ahora hay oposiciones, ahora
triunfa el mal, pero con la llegada última de Dios el
mal quedará destruido, los malos serán castigados y
el bien triunfará. Otros (como los fariseos) prefieren
leer la parábola en la perspectiva de los méritos y del
premio: hoy el creyente parece trabajar inútilmente,
su fiel observancia no recibe ninguna paga, pero en
realidad está acumulando méritos para el premio
eterno.

Creo que el pensamiento de Jesús -aunque se


acerque en parte a las dos lecturas precedentes- es
distinto y mucho más rico. No se contenta con decir
que los fracasos de hoy se convertirán en triunfos
mañana.

Pretende más bien afirmar que el Reino está ya


presente (aunque a nivel de semilla y aunque
aparentemente aplastado): el Reino está aquí, en
medio de las oposiciones, en medio de los fracasos
(y no simplemente que los fracasos se transformarán
en éxitos). De todas formas sigue siendo verdad que
los fracasos cambiarán de signo. Por eso la parábola
-además de ser una afirmación de la presencia del
Reino- se convierte en un estímulo para quienes lo
anuncian. La parábola llama la atención sobre el
trabajo del sembrador -un trabajo abundante, sin
medida, sin miedo a desperdiciar-, que parece de
momento inútil, infructuoso, baldío; sin embargo -
dice Jesús-, lo cierto es que alguna parte dará fruto,
y un fruto abundante. Porque el fracaso es sólo
aparente: en el Reino de Dios no hay trabajo inútil,
no se desperdicia nada. De todas formas -y entonces
la parábola se convierte en advertencia-, haya o no
haya éxito, haya o no haya desperdicio, el trabajo de
la siembra no debe ser calculado, medido, precavido;
sobre todo no hay que escoger terrenos ni echar la
semilla en algunos sí y en otros no. El sembrador
echa el grano sin distinciones y sin regateos; así es
como actúa Cristo en su amor a los hombres y así es
como ha de actuar la Iglesia en el mundo. ¿Cómo
saber -a la hora de sembrar- qué terrenos darán
fruto y qué terrenos se negarán? Nadie tiene que
adelantarse al juicio de Dios. Así pues, la parábola
llama la atención sobre la presencia del Reino en el
seno de las contradicciones de la historia, presencia
que es imposible discernir con los "criterios" del éxito
o del fracaso, en los que se apoya el cálculo de los
hombres. Es éste el primer aspecto que hay que
comprender, importante sobre todo para la Iglesia
predicante y para los misioneros: no tienen que
desanimarse en su trabajo de mensajeros ni tienen
que dejarse llevar por los cálculos humanos.

La explicación (4, 14-20) de la parábola (que a


nosotros nos parece, como hemos dicho, un
comentario hecho por la comunidad a fin de
actualizar la parábola para una situación distinta)
desplaza la atención del sembrador a los terrenos.
No se dirige ya al predicador, sino al discípulo que
tiene que escuchar para atesorar la palabra que
escucha; le revela las diversas causas que pueden
llevarlo a la pérdida de ese tesoro. De esas causas
algunas pueden parecer excepcionales, como la
tribulación escatológica y la persecución, pero hay
otras ciertamente cotidianas, como las
preocupaciones del mundo (hoy hablaríamos de los
negocios), la obsesión por las riquezas y las
ambiciones.

La advertencia de Marcos no proviene de una


concepción dualista (rechazar las cosas materiales
por ser indignas, los compromisos de la historia por
ser terrenos, las riquezas por ser vanidad), sino que
se mueve dentro de la perspectiva de la libertad por
el Reino. En esta perspectiva la advertencia se hace
todavía más radical. No es simplemente cuestión de
pecado y de no pecado, de lícito o de ilícito. No es
suficiente valorar la opción en sí misma, ya que
incluso algunas opciones lícitas pueden convertirse
en una esclavitud para el Reino. Es lo que enseña
otra parábola: me he casado, he comprado un
campo, he comprado una pareja de bueyes, no
puedo ir.

FE/PERSEVERANCIA: Para que la palabra dé fruto se


necesita un corazón bueno, leal y perseverante. La
Biblia recuerda siempre a la perseverancia cuando
habla de la fe. La fe se ve continuamente probada,
tiene que resistir con valentía; se necesita coraje y
paciencia. No es posible ser discípulo sin la
perseverancia.
BRUNO MAGGIONI
EL RELATO DE MARCOS
EDIC. PAULINAS/MADRID 1981.Pág. 72s

3-4. MAR/MONTE

¿Qué salta a la vista, al leer los primeros dos


versículos? Que algunas palabras aparecen tres
veces. Ante todo, la palabra "enseñanza": "comenzó
a enseñar"; "enseñaba en parábolas"' "Les decía en
su enseñanza". Sabemos que cuando en la Escritura
se repite una palabra tres veces quiere decir que es
importante.

Otra palabra repetida es el mar ("thálassa").


"Comenzó a enseñar en la ribera del lago"; "subió a
una barca en el lago"; "la gente estaba en tierra en
la ribera del lago".

Enseñanza significa que Jesús obra como rabí, como


maestro, porque se propone comunicar algo, quiere
que se lleve un camino de conocimiento. Las
parábolas forman, pues, parte de su magisterio vivo,
de su didáctica. Al escuchar la palabra maestro, la
entendemos nosotros en sentido escolástico: pero
aquí Jesús es maestro de vida, maestro con la fuerza
profética de la admonición, del reproche, de la ira. La
parábola nace de su ser maestro, preocupado de que
la gente pueda realizar un cierto itinerario aun
mental. "Concédeme también a mí Señor, recorrer el
camino que tú quisiste que se recorriera con tus
parábolas. Comunícame lo que deseabas comunicar".

El mar. ¿Por qué tanta insistencia sobre el mar? ¿Por


qué Marcos, escritor muy lacónico, quiso hacer
hincapié en esta palabra? Notamos que "De nuevo
comenzó a enseñar" indica una referencia a
situaciones anteriores. La situación inmediatamente
anterior es la de la montaña: "Subió al monte, llamó
a los que él quiso... y designó a doce" (Mc 3, 14).
Antes de la montaña estaba de nuevo el mar" "Jesús
se retiró con sus discípulos hacia el mar; y mucha
gente de Galilea lo siguió. Otra gran multitud de
Judea, de Jerusalén, de Idumea, de Transjordania y
de los alrededores de Tiro y de Sidón, al oír las cosas
que hacía, vinieron a él" (3, 7-8). La expresión: "De
nuevo comenzó a enseñar" con que Marcos comienza
nuestra parábola se refiere, pues, a aquella primera
vez: Jesús ha enseñado en la sinagoga, después "se
retiró" cerca del mar, como para estar solo; la gente
lo alcanza; de allí pasa al monte y del monte regresa
al mar.

Se insiste en la imagen visiva por un motivo


simbólico que a nosotros tal vez se nos escapa. Hay
que entrar en la mentalidad de los hebreos para
comprender qué valor tienen los símbolos para ellos,
cómo los símbolos son alusivos a la historia de
salvación, cuando vienen de un rabí experto, que
conoce el lenguaje de la Escritura. Aquí ciertamente
la enseñanza de Jesús cerca del mar, incluso su
sentarse "en" el mar, tiene una grandísima fuerza
simbólica. Mientras el monte es el lugar de la
presencia de Dios -y sobre el monte Jesús elige a los
suyos-, el mar es el Mar Rojo, es el lugar de los
borrascosos acontecimientos humanos, el lugar del
peligro, del riesgo, de la confusión, de la
inestabilidad. Jesús viene cerca de la inestabilidad
humana, cerca de la fragilidad humana, en donde se
encuentra toda la multitud de enfermos, de
miserables, de gente que ni siquiera sabe lo que
quiere; viene hacia los pobres, hacia los más
desesperados. Jesús, incluso, entra en el mar: los
israelitas no pueden menos de recordar el poder de
Dios que dividió el Mar Rojo, que puso orden en las
aguas y en el caos primitivo, que dividió las aguas de
la tierra. Quien narra así, lee la potencia de Jesús
sobre las vicisitudes y sobre los desórdenes de la
existencia cotidiana.

"Quien así lee, ya te contempla, Señor, como amo de


los mares, amo de todas las múltiples vicisitudes de
la humanidad. Tú te sientas, Señor, en medio de los
caminos tortuosos de la historia y nosotros nos
abandonamos a ti, nos acercamos a ti para escuchar
esas palabras que nos pueden iluminar en los
caminos oscuros y a menudo impenetrables de la
jungla del acontecimiento humano". (...)

vv. 3-9:Esta es la parábola en su forma enigmática,


misteriosa. Pero me impacta el que la parábola la
encuadre una doble invitación a escuchar: comienza
diciendo "escuchen" y termina diciendo "el que tenga
oídos para oír, que oiga". Jesús Maestro dice: "¡Estén
atentos!" No es una expresión, como a veces se dice,
solamente pleonástica. Jesús quiere avisar: "Voy a
decir algo que les concierne de cerca, pero para la
cual tienen que poner a funcionar la inteligencia".
Estamos invitados al ejercicio de la inteligencia, no
solamente la escucha material; en efecto, se
lamentará: "Escuchan y no oyen, miran y no ven".
Jesús pide una escucha inteligente, una escucha que
llegue a preguntarse: "¿Qué hay detrás de esto, qué
quiere decir, qué relación tiene conmigo, en qué me
atañe?". La palabra tiene, pues, como característica
el compromiso: son palabras relevantes para mí, que
se refieren a mí, que me conciernen.

De nuevo hay una palabra que aparece tres veces:


sembrar. "Salió el sembrador a sembrar y, al
sembrar, parte cayó...". Se subraya el tema de la
siembra y de la semilla. Se trata de imágenes de la
vida vegetal, que no se toman por casualidad,
porque por medio de ellas se expresan los misterios
del reino. Vuelve a la mente el Salmo 126: "Van
llorando al llevar la semilla". Sembrar significa
confiar una vida a su camino vital, iniciar un proceso
vital con confianza: la metáfora le gusta mucho a
Jesús y a toda la Escritura, porque se la aplica a la
Palabra, a la fe en su camino personal.

Veamos brevemente las cuatro situaciones


progresivamente.

La primera se dice rápidamente: algo cae en el


camino, vienen los pájaros y se la comen.

La segunda se expresa con tres líneas y está más


desarrollada respecto de la primera.

Está el terreno pedregoso y se repite el concepto tres


veces: no había mucha tierra, ésta no tenía
profundidad, la semilla no echó raíces. Se presenta la
situación en su fragilidad. Tierra, raíz, profundidad,
son términos muy alusivos al lenguaje bíblico. En
todo caso, aun en esta segunda situación, aun
habiendo un mínimo de crecimiento, termina en
nada, se quema.

La tercera: "Otra cayó entre espinos, y al crecer los


espinos, la sofocaron y no dio fruto".

No se dice que no haya crecido: en la segunda


situación se quemó después de la germinación,
mientras que aquí creció, pero no dio fruto. Germinó,
pero no dio fruto, que es la finalidad última del
crecimiento. Podemos recordar imágenes análogas:
la higuera de grandes hojas, que no da fruto; la viña
de Israel que dio uvas amargas.

La cuarta situación está expresada de manera


solemne, con una sinfonía más amplia de palabras,
en la imagen de la tierra buena. La plenitud se
describe cuidadosamente: "Otra parte, en fin, cayó
en buena tierra y dio fruto lozano y crecido (más
aún, aquí, más que el fruto es la semilla),
produciendo unos granos treinta, otros sesenta y
otros ciento". Es interesante que, en el texto griego,
mientras las primeras tres categorías están en
singular: parte cayó junto al camino, otra parte cayó
en el pedregal, otra cayó entre espinos, ahora se
dice otras (en plural). Es la pluralidad de las semillas
que caen en tierra buena, y luego se vuelve
extrañamente al singular hablando del crecimiento
de todas estas semillas: "produciendo unos granos
treinta, otros sesenta y otros ciento". (...)

¿En dónde cae el acento de la parábola? Es muy


importante lograr captarlo. En efecto, si la narración
se detuviera en la primera, o en la segunda, o en la
tercera imagen, el acento caería sobre la suerte
dolorosa de la semilla. Por parte de Jesús, hubiera
sido una advertencia para no malgastar la palabra de
Dios, para no maltratarla.

En cambio, la palabra va hacia el cuarto nivel.


Ciertamente la intención de Jesús es la de poner en
guardia (de lo contrario habría narrado solamente la
última parte), pero es más rica de elementos, más
compleja. El acento cae sobre el último resultado y
con una particularidad. Aunque no soy experto en
agronomía, me parece que ordinariamente una
semilla no produce el ciento ni siquiera en el mejor
de los casos. Hay una exageración en la parábola, y
en donde hay exageración está el punto principal, la
palanca en la que se quiere hacer fuerza.

Dejando que en su meditación profundicen muchos


otros motivos, trato de expresar lo que la parábola
quiere decir. La semilla es sembrada, confiada a su
curso vital de la libertad humana; con confianza,
porque quien siembra la deja a su destino; y con
liberalidad, sin fijarse en dónde siembra, tan es así
que una parte de la semilla cae fuera del campo; la
semilla está escondida, sólo se la percibe al
comienzo; es contrariada y contrastada; y, sin
embargo, es victoriosa al céntuplo, de modo
extraordinario. (...)

En la interpretación moderna de las parábolas, a


partir de Jülicher a Jeremías y hasta los modernos
comentaristas, se insiste en considerar que la fuerza
de la parábola no está en la alegoría, es decir, en
tomar cada una de las palabras y en hacer una
transposición de las mismas, sino en una idea única,
central, que por lo general la expresa el vértice de la
parábola. Si, por una parte, es cierta la importancia
de la idea central, por otra no debemos considerar
que la parábola no tenga ninguna fuerza metafórica,
¡ninguna capacidad de desarrollar un lenguaje
metafórico en la comunidad¡ Porque, en efecto, lo
tiene. Fuerza de la parábola es también el estimular
el gusto de la metáfora, que tiene una raíz profunda
-como lo vamos a ver- porque existe un paralelo
entre el camino de fe y el camino de la vida del
mundo; existe una cierta misteriosa armonía, que
Jesús enseña a descubrir y que, por lo demás, el
hombre descubre instintivamente. La fe tiene un
desarrollo y el hombre puede encontrar en el camino
de la vida, con en el de la semilla, analogías para
intuir el misterio de la fe. Jesús vivió todo esto
intensamente; lo vivió la comunidad primitiva, lo
vivieron los Padres de la Iglesia que aplicaron las
parábolas -a veces exageradamente- a las diversas
situaciones históricas. Es un modo no ajeno al
pensamiento de Jesús ni a su lenguaje metafórico,
con tal que quede salvo, naturalmente, el punto
fundamental de la parábola.

Y sería muy bueno poder prolongar la reflexión


pensando en cuán verdadera es la comparación de la
semilla relacionado con los comienzos de la vida de
la Palabra en el corazón. La semilla viene de lo alto,
no nace de la tierra, y la palabra de Dios viene de
afuera, no es el producto espontáneo de la
inmanencia religiosa. Pero, cuando entra en este
terreno, la Palabra se convierte también,
análogamente a la semilla, en una sola cosa con la
tierra, no es un cuerpo extraño. A partir de la tierra,
por tanto de su inserción en el corazón de la vida,
brota lentamente con comienzos apenas visibles. A
veces quisiéramos ver inmediatamente en las
conversiones quién sabe cuáles resultados: en
cambio, hay que contentarse con mirar con la lente
el comienzo, después, con el ojo de la fe, y aunque
apenas se vea, se debe percibir que se está
desarrollando, y que hay que defender este botón
muy tierno de las piedras, de los espinos, de todas
las fuerzas contrarias. La acción pastoral no crea la
semilla: ella viene de Dios y la respuesta viene del
hombre, de la tierra.

El pastor o el agricultor es el que con atención elige


la semilla, quita pacientemente lo que la obstaculiza,
pro- mueve lo que la favorece. El agricultor no es el
dueño de esta semilla, como tampoco es el que la
hace crecer (porque es sólo Dios quien hace crecer);
él no puede forzar la libertad, sino solamente facilitar
la acción de Dios. No nos corresponde suscitar la
respuesta favorable que viene de la libertad, puesto
que Dios mismo se confía a la libertad humana, esto
es, al terreno del corazón, aceptando incluso la
respuesta negativa, el fracaso. (...)

CZ/RD: La gente ve algo clamoroso y pregunta: ¿En


dónde está este Reino de Dios? Aún hoy la gente
corre fácilmente al lugar en donde se habla de una
aparición, de una revelación; probablemente tiene
necesidad de cosas visibles, algo sensacionales; le
cuesta dificultad aceptar que el Reino esté en las
cosas sencillas, pequeñas, cotidianas, insignificantes.
Jesús viene como para esconderse en la profundidad
de la tierra y la gente pregunta: ¿En dónde está esta
semilla? ¿en dónde está este reino?
Es, pues, urgente abrir los ojos y entender que el
reino está aquí, aunque no tenga la apariencia y la
prepotencia que creemos tenga que tener el misterio
de Dios.

Vislumbramos ya el escándalo de la cruz: ¡la gente


que encuentra dificultad para comprender la pequeña
semilla, tendrá más dificultad para aceptar que el
reino venga por medio de la cruz! Dios se encarna en
la humildad del Hijo y en la sencillez de la vida
cotidiana, y no es reconocido.
CARLO M. MARTINI
¿POR QUE JESÚS HABLABA EN PARÁBOLAS?
EDIC. PAULINAS/BOGOTA 1986.Pág. 51ss

3-5.

Llegados a ese punto del evangelio de san Marcos,


cuando todos los actores están en su lugar,
tendremos cinco pequeños sermones de Jesús y
cuatro milagros, que pondrán en evidencia el vínculo
muy particular de Jesús con sus doce discípulos.
Marcos repetirá dos veces que Jesús practica un
doble nivel de enseñanza. Dirige sus parábolas a
toda la muchedumbre en general; luego, en
particular las explica a sus discípulos. Del mismo
modo, los milagros relatados después no se hicieron
en presencia de la muchedumbre, sino solamente
ante el pequeño grupo.

-De nuevo Jesús se puso a enseñar junto al lago.


Había en torno a El una numerosísima
muchedumbre, de manera que tuvo que subir a una
barca en el lago y sentarse, mientras que la
muchedumbre estaba a lo largo del lago, en la
ribera. Les enseñaba muchas cosas en parábolas...
"Salió a sembrar un sembrador..." Cuando se quedó
solo le preguntaron los que estaban en torno suyo
con los doce acerca de las parábolas. Y El les dijo: "A
vosotros os ha sido dado a conocer el misterio del
Reino de Dios; pero a los otros de fuera todo se les
dice en parábolas...

¿Por qué esta diferencia? ¿Es esto lo que estaríamos


tentados de decir, con nuestras mentes modernas,
tan preocupadas por la igualdad? ¿Qué significa esta
discriminación?

Una vez más, Marcos no busca engalanar su relato.


Cuando ciertas actitudes nos chocan de momento, no
busca atenuar este choque.

Evidentemente, algo está en juego detrás de esto.


¡El papel de los doce debe de ser muy importante en
la mente de Jesús para las estructuras de la Iglesia
que El proyecta! ¿Cuál es mi actitud actual frente al
problema de la "autoridad" en la Iglesia; frente al
papel de Ios "celadores de la Fe" de los obispos y del
Papa? ¿Reduzco esta autoridad a la de todas las
otras sociedades humanas? o bien, ¿veo en ello una
autoridad muy particular, que es una misteriosa
participación del poder espiritual del mismo Jesús?

-Los de fuera... Mirando, miran y no ven... oyendo,


oyen y no entienden, puesto que podrían convertirse
y obtener el perdón..." ¡Estas palabras si se toman
tal cual son absolutamente escandalosas para
nuestros oídos modernos! Sin embargo podemos
decir a priori, que Jesús no ha despreciado nunca a
nadie, que hablaba para que le entendieran, y ¡que
amaba a todos los hombres! De ello ha dado muchas
pruebas. Entonces ¿cuál es el sentido escondido de
estas palabras? ¿Qué choque quieren provocar en
nosotros, más allá del primer choque superficial?
Estas palabras son una cita de Isaías (6, 9-10)
anunciando el fracaso de su predicación a causa del
endurecimiento de corazón de sus oyentes.

La mentalidad semítica, que es la de toda la Biblia,


afirma con fuerza el papel de Dios en el hombre. En
un acto humano, el pensamiento bíblico no intenta
precisar la parte que corresponde a la gracia de Dios,
y la que corresponde a la libertad del hombre. Tan
pronto dice: "Faraón endureció su corazón", como
"Dios endureció el corazón del Faraón" (Ex 11, 10
comparado a Ex 9, 35).

Nosotros, somos ahora muy "humanistas" pensamos


obrar solos hasta el momento en que ya no podemos
seguir avanzando... es entonces cuando apelamos a
la ayuda de Dios, ¡una especie de Dios
"tapaagujeros" de nuestras insuficiencias! Quizá los
hebreos, con su manera ruda de expresarse, estaban
más cerca de la verdad: nada de lo que pasa es
extraño a Dios. Pero esto no quiere decir que el
hombre no sea libre; ahora bien, ¡esto nos lleva a
una inmensa humildad y a una integral
responsabilidad!
NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 1
EVANG. DE ADVIENTO A PENTECOSTÉS
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 290 s.

3-6.

1. (año I) Hebreos 10,11-18

a) Ante una humanidad que está en situación de


pecado, o sea, de alejamiento de Dios y de muerte,
una vez más dice la carta que los sacrificios
religiosos humanos -tanto de Israel como de los
otros pueblos y religiones- no sirven para resolver
este desfase del pecado. Pero Cristo sí ha
conseguido, «para siempre jamás», con un solo
sacrificio, el suyo de la Cruz, la reconciliación
perfecta de la humanidad con Dios.

El pecado es negación de Dios, negación del


hermano, negación de sí mismo y de la propia
dignidad. Lo que hizo Jesús fue entregar su propia
vida, por solidaridad total con los hombres, y ahora
sí que se puede decir que se ha cumplido la promesa
hecha por Jeremías: «no me acordaré ya de sus
pecados ni de sus culpas». Dios ha decidido resolver
el conflicto del pecado con su propio dolor, con la
propia entrega. La muerte salvadora de Cristo es el
gran acto de amor que Dios ha hecho para con la
humanidad pecadora.

b) Cuando somos invitados a la eucaristía


escuchamos que el vino es «la sangre de la nueva
Alianza para perdón de los pecados» y somos
invitados a comulgar con «el Cordero de Dios que
quita el pecado del mundo».

Aunque hay un sacramento especifico de este


perdón, el de la Reconciliación, también la Eucaristía
nos hace participes de la victoria de Cristo contra el
pecado, de la reconciliación que nos consiguió
entregándose a sí mismo, pagando él la factura que
nosotros debíamos.

La Eucaristía nos debe llenar de confianza, pero


también de estímulo. Porque a pesar de la victoria de
Jesús sobre el pecado, nosotros seguimos luchando
en nuestra vida contra el mal que nos acecha dentro
y fuera de nosotros mismos. La Palabra que
escuchamos ilumina nuestro camino. La Eucaristía
nos da la fuerza para seguirlo. Luego, en la vida de
cada día, somos nosotros los que hemos de
corresponder a la iniciativa de Dios y vivir según sus
caminos y conforme a su proyecto y su mentalidad.

1. (año II) 2 Samuel 7,4-17

a) David no se conformaba con haber traído el Arca a


Jerusalén. Llevado de su espíritu religioso y también
seguramente buscando la unidad política de las
diversas tribus en torno a Jerusalén, quería construir
a Dios un Templo, y así se lo hizo saber al profeta
Natán. Este, le da hoy la respuesta.

La respuesta es que no, que Dios no quiere que


David le construya ese Templo. Sí lo hará su hijo
Salomón. Pero Natán aprovecha para entonar un
canto magnifico sobre cuáles son los planes de Dios
para con David y sobre el futuro del pueblo de Israel.
Es un canto en que se valora, no lo que David ha
hecho para con Dios, sino lo que Dios ha hecho para
con David. La «casa-edificio» que el rey quería
levantar es sustituida por la «casa-dinastía» que Dios
tiene programada, la «casa de David».

Por si acaso había dudas sobre la legitimidad de


David, las palabras de Natán aseguran que ha sido
voluntad de Dios su acceso al trono después de Saúl.
El Salmo 88 recoge estas promesas de Dios: «sellé
una alianza con mi elegido, David, mi siervo... le
mantendré eternamente mi favor, le daré una
posteridad perpetua».

b) Para nosotros los cristianos, leer esta profecía de


Natán nos recuerda la línea mesiánica que luego se
manifestará en plenitud: el hijo y sucesor de David
será Salomón, pero en «la casa de David» brotará
más tarde el auténtico salvador del pueblo, el
Mesías, Jesús. Por eso se le llamará «hijo de David».
Si Salomón construirá el Templo material. luego
Cristo se nos manifestará él mismo como el
verdadero Templo del encuentro con Dios.

Deberíamos escuchar con interés las palabras que


Dios dirige a David. También en nuestro caso la
iniciativa la tiene siempre Dios. Ya dijo Jesús a los
suyos que no habían sido ellos los que le elegían a él,
sino él a ellos. Creemos que somos nosotros los que
le hacemos favores a Dios cumpliendo con sus
mandatos u ofreciéndole nuestras oraciones o
levantándole templos.

Es Dios quien nos ama primero, el que nos está


cerca.

2. Marcos 4,1-20

a) En el evangelio de Marcos empieza otra sección, el


capitulo 4, con cinco parábolas que describen
algunas de las características del Reino que Jesús
predica.
La primera es la del sembrador, que el mismo Jesús
luego explica a los discípulos: por tanto, él mismo
hace la homilía aplicándola a la situación de sus
oyentes.

Se podría mirar esta página desde el punto de vista


de los que ponen dificultades a la Palabra: el pueblo
superficial, los adversarios ciegos, los demasiado
preocupados de las cosas materiales. Pero también
se puede mirar desde el lado positivo: a pesar de
todas las dificultades, la Palabra de Dios, su Reino,
logra dar fruto, y a veces abundante. Al final de los
tiempos y también ahora; en nuestra historia.

b) Podemos aplicarnos la parábola en ambos


sentidos.

Ante todo, preguntémonos qué tanto por ciento de


fruto produce en nosotros la gracia que Dios nos
comunica, la semilla de su Reino, sus sacramentos y
en concreto la Palabra que escuchamos en la
Eucaristía: ¿un 30%, un 60%, un 100%?

¿Qué es lo que impide a la Palabra de Dios producir


todo su fruto en nosotros: las preocupaciones, la
superficialidad, las tentaciones del ambiente? ¿qué
clase de campo somos para esa semilla que, por
parte de Dios, es siempre eficaz y llena de fuerza? A
veces la culpa puede ser de fuera, con piedras y
espinas. A veces, de nosotros mismos, porque somos
mala tierra y no abrimos del todo nuestro corazón a
la Palabra que Dios nos dirige, a la semilla que él
siembra lleno de ilusión en nuestro campo.

También haremos bien en darnos por enterados de la


otra lección: Jesús nos asegura que la semilla sí dará
fruto. Que a pesar de que este mundo nos parece
terreno estéril -la juventud de hoy, la sociedad
distraída, la falta de vocaciones, los defectos que
descubrimos en la Iglesia-, Dios ha dado fuerza a su
Palabra y germinará, contra toda apariencia. No
tenemos que perder la esperanza y la confianza en
Dios. Es él quien, en definitiva, hace fructificar el
Reino. No nosotros. Nosotros somos invitados a
colaborar con él. Pero el que da el incremento y el
que salva es Dios.

«No me acordaré ya de sus pecados ni de sus culpas,


dice el Señor» (1ª lectura, I)

«Al hombre, náufrago a causa del pecado, le abres el


puerto de la misericordia y de la paz» (prefacio de la
Misa de la Penitencia)

«Yo estaré contigo en todas tus empresas» (1ª


lectura, II)

«El me invocará: tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca


salvadora» (salmo, II)

«Escuchan la Palabra, la aceptan y dan una cosecha


del treinta o del ciento por uno» (evangelio)

J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 4.
Tiempo Ordinario. Semanas 1-9
Barcelona 1997. Págs. 80-83

3-7.

Primera lectura: 2 de Samuel 7, 4-17


Estableceré después de ti a un descendiente tuyo y
consolidaré su reino.

Salmo responsorial: 88, 4-5.27-28.29-30


Le mantendré eternamente mi favor.

Evangelio: San Marcos 4, 1-20


Salió el sembrador a sembrar.

Jesús había comenzado en Galilea a anunciar su


revolucionario proyecto del Reino. Como toda
propuesta nueva positiva, tuvo al comienzo una gran
acogida. El pueblo estaba demasiado oprimido y
buscaba salida a su situación.
Pero el Reino exigía conversión: cambio interior de
las personas y cambio exterior de las estructuras. Y
toda exigencia de cambio trae crítica y persecución.
Es entonces cuando Jesús comprueba que su
propuesta de cambio personal y social no sólo no es
bien comprendida, sino que es atacada. Sobre su
misma persona comienzan ya las amenazas de
muerte. Y ahí le sobreviene a Jesús un momento
natural de crisis que parece ser el fondo histórico de
la parábola del sembrador.

La parábola es prácticamente una confesión


estremecedora de las dificultades que enfrentaba
Jesús, al mismo tiempo que de su voluntad decidida
de continuar en la propuesta de su causa. Jesús
asemeja su trabajo al de un sembrador que derrocha
semillas y energía. Siembra aquí y allá, con la
esperanza de que la semilla arraigue, crezca y
produzca fruto. Y se da cuenta, desde el principio,
que no todos acogen su propuesta, que la idea del
Reino cae en gente superficial, o interesada, o
aferrada a las viejas estructuras, o atemorizada...
Jesús es honesto y valiente y confiesa su fracaso:
gran parte de su esfuerzo se está perdiendo.

El Reino no tiene medidas humanas de eficacia. Hay


que sembrarlo en todos los terrenos. Es una gracia
universal y Dios Padre no quiere excluir de ella a
nadie. Por eso no hay examen de campo, para
establecer dónde debe sembrarse. Jesús es fiel a
esta lógica y siembra los contenidos del Reino por
donde camina. Su conexión con el Padre Celestial le
enseña que el cambio verdadero comienza poco a
poco, desde el fondo, aunque sea sólo con un
puñado de personas, o aunque sean éstas las más
débiles ante los ojos del poder humano.

La lógica de Dios, de Jesús y del Reino sigue


parámetros distintos y hasta en muchos casos
contrarios a la lógica del poder.
SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO
3-8.

Hebreos 10,11-18: Cristo ofreció un sacrificio único

Salmo responsorial: Sal 109, 1-4

Marcos 4,1-20: Parábola del sembrador

Podemos centrar el tema de este pasaje de la carta a


los Hebreos en el sacrificio. Los sacerdotes de la
antigua alianza, como ya hemos dicho tantas veces,
celebraban varios sacrificios cada día: de ovejas,
cabras, palomas y otros animales, especialmente
señalados.

Según la fe de los antiguos israelitas -y en general


de las religiones antiguas- la sangre derramada de
estas víctimas alcanzaba de Dios el perdón de los
pecados: a más sangre más perdón, a más pecados
más sacrificios. El texto quiere insistir en el carácter
único y definitivo del sacrificio de Jesucristo: su vida
entregada en obediencia absoluta a la voluntad de
Dios, su compromiso con los pecadores, los pobres,
los débiles, los excluidos y marginados, su
enfrentamiento con las autoridades judías que lo
entregaron a los romanos, acusándolo de subvertir el
orden social con su predicación, su pasión dolorosa y
su degradante muerte en la cruz, traicionado,
negado y abandonado por los suyos. Es éste el
sacrificio de la nueva alianza por el cual nos son
perdonados todos los pecados, haciendo inútiles los
sacrificios antiguos. La última frase de la lectura es
taxativa: "donde hay perdón no hay ofrenda por los
pecados"; nosotros, los cristianos, lo que hacemos al
celebrar la Eucaristía es conmemorar, gozosos, la
muerte salvadora y la resurrección gloriosa del
Señor. Es cierto que debemos denunciar el pecado,
pero también debemos anunciar el perdón de Dios, y
ofrecerlo a los pecadores como lo anunció Cristo,
llamándolos a la conversión.
En el Evangelio estamos ante un texto muy
conocido: la parábola del sembrador. Un texto al que
tal vez nos hemos acostumbrado y que ya nos dice
poco o nada. Pero es fundamental l para entender la
universalidad de la predicación evangélica: la Palabra
de Dios ha de caer sobre veredas y caminos, entre
piedras y abrojos, sobre la tierra buena y la mala. A
nadie debe ser negado el don de la semilla, el
pequeño granito que puede llegar a ser una espiga
bien llena. La semilla crecerá en la tierra mejor
dispuesta y dará una copiosa cosecha. ¿Anunciamos
a los cuatro vientos la Palabra como el sembrador
dispersa la semilla? ¿O la tenemos encasillada,
secuestrada en nuestra indiferencia y cobardía,
nuestra falta de entusiasmo y de fe?
SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO

3-9.

Estamos en invierno. Pero el campo sigue dando sus


frutos. Nadie ve la acción lenta, pero segura, del
germinar de las semillas sembradas. Eso no es
ningún pretexto para decir que no se recogerá nada
durante la cosecha. Los frutos se ven a su tiempo y
hay que saber esperarlos.

La semilla sembrada en este pasaje es la Palabra de


Cristo. El mismo nos explica el significado de la
parábola. No tenemos que quedarnos sólo con el
significado, tenemos que bajarlo a la propia vida.
Hay que ver cuántas veces recibimos la semilla y ha
dado su fruto. Para esto es esta parábola. Cristo nos
da la oportunidad de ver cómo estamos
correspondiendo a su llamado, cómo lo hacemos
parte de nuestra propia vida.

Si queremos que la semilla dé el fruto más


abundante hay que poner en práctica todos los
consejos que Cristo mismo nos ha dado. Y lo primero
es acogerla todos los días, irla cuidando hasta que dé
su fruto. Hay que dar el 100% así estaremos más
cercanos a la felicidad.

P. José Rodrigo Escorza

3-10. CLARETIANOS 2002

Siento no haberle dedicado a David un poco de


atención en los días pasados. Su historia siempre me
ha parecido una de las historias
veterotestamentarias que mejor refleja el poder del
amor de Dios en las contradicciones de la vida
humana. En David podemos reconocernos todos,
porque en él se dan cita la búsqueda y el cansancio,
la fidelidad y el pecado, los buenos sentimientos y
las bajas pasiones, la vida cotidiana y la fiesta. Hace
casi 16 años, cuando se puso en marcha un
multifestival que reúne a muchos artistas cristianos
de España y de otros países, se escogió como
nombre el del rey israelita: David. Se aludía
explícitamente a su condición de artista y de
creyente, pero quizá se pensaba también en su
personalidad polifacética, contradictoria y
apasionante. Este David quiere "hacerle un favor" a
Yavé construyéndole una casa estable. No sé si en
ese deseo de edificar un templo hay también una
secreta intención de tener atado a Dios, de fijarle un
lugar. Yavé agradece el detalle, pero prefiere seguir
itinerante. Le reserva a Salomón la tarea de
acometer la obra. David no puede colgarse esa
medalla. Y quizá honra más a Yavé sometiéndose a
su designio que obsequiándole con una obra que,
naturalmente, llevaría su firma: "Este templo se hizo
siendo David rey de Israel, etcétera". La moraleja
parece clara.

De la parábola del sembrador lo que más me gusta


es caer en la cuenta de la crisis que está detrás y a
la que la parábola quiere responder. Agradezco al
cardenal Martín, arzobispo de Milán y experto
biblista, una reflexión sobre este capítulo 4 de
Marcos, que él denomina el "capítulo de la crisis".
Parece que detrás de las parábolas que se narran en
este capítulo, el autor del evangelio de Marcos está
teniendo en cuenta algunas crisis por la que debieron
de pasar los primeros discípulos de Jesús. En
realidad, se trata de crisis por las que pasamos los
discípulos de cualquier época y lugar. La de hoy es
una crisis de libro: Si la palabra de Dios es eficaz,
¿cómo es posible que cambiemos tan poco y que
sean tan difícil cambiar las cosas que van mal?
Detrás de esta pregunta, descubro muchas versiones
modernas. Si el evangelio es una buena noticia que
transforma el mundo, ¿por qué es incapaz de
erradicar la pobreza, por qué no puede contra la
corrupción política (a menudo bestial en países de
tradición cristiana), por qué no asegura una paz
estable? La respuesta de Jesús es una llamada a la
responsabilidad. La palabra de Dios es eficaz, sí,
pero no con la eficacia de un remedio mágico. Es una
palabra que apela a la libertad y a la responsabilidad.
Su eficacia depende, en buena medida,, de la
aceptación que hagamos de ella. Desconectar la
Palabra proclamada de los oyentes que la escuchan
es hacer de ella un oráculo mágico, no la palabra de
un Dios que dialoga con nosotros, seres
amorosamente libres. Esta respuesta es parcial. De
hecho, las parábolas siguientes, que leeremos el
viernes, la completan. Pero, ¿no os parece que es un
aspecto que nos hace pensar? Aquí, habría que decir,
como en las viejas telenovelas: continuará. Es
importante leer el capítulo 4 completo.

Gonzalo (gonzalo@claret.org)

3-11. CLARETIANOS 2003

La parábola del sembrador no tiene desperdicio. Os


invito a asomaros a una curiosa representación
gráfica o, si tenéis más tiempo, a hacer un ejercicio
de "lectio divina" siguiendo las pautas que se nos
ofrecen en el enlace anterior. La parábola nos
recuerda a un tiempo la sobreabundancia de los
dones de Dios (que regala su semilla con
generosidad) y nuestra responsabilidad para hacerlos
fructificar. Detengamos en cada uno de estos dos
aspectos.

¿No os parece que las semillas de Dios están


esparcidas por todas partes? A menudo recuerdo
estas palabras del poeta norteamericano Walt
Whitman:

Oigo y contemplo a Dios en cada objeto,


aunque no comprenda a Dios lo más mínimo,
ni comprenda quién pueda haber
más maravilloso que yo mismo.
Veo algo de Dios cada hora de las veinticuatro,
y cada momento también,
en los rostros de los hombre y mujeres veo a Dios,
y en mi propio rostro en el espejo;
encuentro cartas de Dios tiradas en la calle,
y todas están firmadas por el nombre de Dios,
y las dejo donde están, porque sé que por donde
vaya,
otras llegarán puntualmente
por todos los siempre de los siempres.

Necesitamos aprender a mirar las cosas desde otra


perspectiva. Hace unos días, en Segovia, un joven
carmelita llamado Miguel Márquez, me regaló un
librito que recoge sus intervenciones semanales en la
COPE de Salamanca. Se titula “¿Hacia dónde mirar?
Espiritualidad de la vida cotidiana”. Es un precioso de
ejemplo de cómo se pueden ver estas semillas de
Dios en todo lo que tenemos alrededor: en la quema
de rastrojos que hacen los labradores en otoño, en
las cigüeñas, en los pájaros que cantan en la noche,
en la canción “Let it Be”, en la ceniza, en el fin de
curso, en una mujer encorvada, en las vacaciones ...

Pero, claro, no hay paisaje hermoso para el que no


puede/no quiere ver. No hay semilla que fructifique
si el terreno no tiene unas mínimas condiciones. Sin
profundidad y sin apertura, las mejores semillas no
echan raíces. En fin, que hay que ponerse a tiro.

Gonzalo (gonzalo@claret.org)

3-12. 2001

COMENTARIO 1

vv. 4,1-2 De nuevo empezó a enseñar junto al mar,


pero se congregó alrededor de él una multitud
grandísima; él entonces se subió a una barca y se
quedó sentado, dentro del mar. Toda la multitud se
quedó en la tierra, de cara al mar, y se puso a
enseñarles muchas cosas con parábolas. En su
enseñanza, les dijo.

Jesús no se acobarda ante la condena oficial y


reanuda su enseñanza pública. El mar es el lugar de
paso a los pueblos paganos (cf. 1,16; 2,13; 3,7a).
Mientras enseña a un grupo, una gran multitud judía
se acerca para escucharlo; el descrédito de la
institución religiosa ha llegado a tal punto, que la
gente acude a Jesús a pesar de la condena que pesa
sobre él.

Jesús interrumpe su enseñanza, sube a una barca


(no suya) y comienza de nuevo a enseñar. Quiere
ayudar a la multitud, pero evitando un choque
frontal que bloquearía toda posible liberación
ulterior; por eso les enseña de otro modo, utilizando
parábolas para exponer su mensaje. Tiene así en
cuenta la ideología de la gente, animada por el
espíritu reformista y los ideales de gloria nacional: la
multitud no comprende lo radical de la iniciativa de
Jesús, ve en él un caudillo para su lucha contra la
institución injusta y capaz de liberar a Israel de la
opresión: quiere reforma interior y triunfo exterior.
Comenzar por una exposición abierta del mensaje,
basado en la entrega personal y en la solidaridad con
todos los hombres, para constituir una sociedad
nueva y universal, la alejaría para siempre. La
asimilación, si se produce, ha de ser lenta.

vv. 3-9 «¡Escuchad! Una vez salió el sembrador a


sembrar. Sucedió que, al sembrar, algo cayó junto al
camino; llegaron los pájaros y se lo comieron. Otra
parte cayó en el terreno rocoso, donde apenas tenía
tierra; como la tierra no era profunda, brotó en
seguida, pero cuando salió el sol se abrasó y, por
falta de raíz, se secó. Otra cayó entre las zarzas:
brotaron las zarzas, la ahogaron, y no llegó a dar
fruto. Otros granos cayeron en la tierra buena y, a
medida que brotaban y crecían fueron dando fruto,
produciendo treinta por uno y sesenta por uno y
ciento por uno. Y añadió: «¡Quien tenga oídos para
oír, que escuche!»

La exhortación inicial: Escuchad, recuerda la llamada


a Israel de Dt 6,4. El sembrador representa a Jesús.

En primer lugar les expone Jesús la necesidad de una


adecuada disposición interior para captar el mensaje
(la tierra buena). No propone el mensaje fácil de la
rebelión contra las instituciones, sino el de la renova-
ción profunda del hombre, única base y garantía de
una sociedad verdaderamente humana.

v. 10 Cuando se quedó a solas, los que estaban en


torno a él le preguntaron con los Doce la razón de
usar parábolas.

Aparecen los dos grupos de seguidores: los Doce (el


nuevo Israel, cf. 3,13-19) y los que estaban en torno
a él (los seguidores no israelitas, cf. 3,32.34). Los
Doce, por su parte, comparten las convicciones
reformistas de la multitud y creen en la superioridad
de Israel. El otro grupo de seguidores se deja llevar
por los Doce y acepta este planteamiento: es
necesario que Israel se renueve y triunfe; por ahí
llegará la salvación a todos los pueblos, en conexión
con el nuevo Israel y subordinados a él. Unos y otros
esperan, pues, un levantamiento liderado por Jesús
para cambiar el orden social. No se explican que
Jesús hable a la multitud en parábolas, cuando
exponiendo claramente el proyecto reformista y
nacionalista toda esa gente se iría detrás de él. Esta
mentalidad ha impedido a los dos grupos
comprender la parábola anterior, destinada a la
multitud, que trataba de las disposiciones interiores
del hombre. Piensan que el mensaje es accesible sin
más a la multitud que escucha; no ven diferencia
entre ellos mismos y la gente.

v. 11 El les dijo: «A vosotros se os ha comunicado el


secreto del reino de Dios; ellos, en cambio, los de
fuera, todo eso lo van teniendo en parábolas»...

La actitud de los Doce es inexplicable, pues han


presenciado la actividad de Jesús y escuchado su
mensaje, con los que ha expuesto el secreto del
reino de Dios, es decir, el fundamento último del
cambio radical que implica su obra: el amor universal
de Dios, que quiere comunicar vida a la humanidad
entera, para formar una nueva sociedad universal,
solidaria y fraterna, digna del hombre (2,1-3,12). El
mensaje de la universalidad del amor de Dios, que
suprime la frontera entre el pueblo judío y los demás
pueblos, lleva consigo la desaparición de las
instituciones de Israel y la superación de la Ley.

Aunque se les ha hecho patente este secreto, los


seguidores de Jesús, en primer lugar los Doce, no lo
han asimilado y siguen aferrados al pasado; el nuevo
Israel no sale de las categorías del antiguo, no
comprende la profundidad del cambio y, como la
multitud, sigue en la idea reformista. De ahí que ni
los Doce ni, bajo el influjo de éstos, los otros
seguidores alcancen a comprender la parábola, que
estaban destinada exclusivamente a «los de fuera».

v. 12 ... para que por más que vean no perciban y


por más que escuchen no entiendan, a menos que se
conviertan y se les perdone.

Los seguidores de Jesús habrían debido comprender


el mensaje de la parábola; los de fuera (únicos
destinatarios de las parábolas) no pueden
comprenderlo a menos que se conviertan (= den su
adhesión a Jesús) y sean liberados del lastre de su
pasado, de la ideología que conlleva actitudes de
discriminación e injusticia.

vv. 13-20 Les dijo además: « ¿ No habéis entendido


esa parábola? Entonces, ¿cómo vais a entender
ninguna de las demás? El sembrador siembra el
mensaje. Estos son «los de junto al camino»:
aquellos donde se siembra el mensaje, pero, en
cuanto lo escuchan, llega Satanás y les quita el
mensaje sembrado en ellos. Estos son «los que se
siembran en terreno rocoso»: los que, cuando
escuchan el mensaje, en seguida lo aceptan con
alegría, pero no echa raíces en ellos, son
inconstantes; por eso, en cuanto surge una dificultad
o persecución por el mensaje, fallan. Otros son «los
que se siembran entre las zarzas»: éstos son los que
escuchan el mensaje, pero las preocupaciones de
este mundo, la seducción de la riqueza y los deseos
de todo lo demás van penetrando, ahogan el
mensaje y se queda estéril. Y ésos son «los que se
han sembrado en la tierra buena»: los que siguen
escuchando el mensaje, lo van haciendo suyo y van
produciendo fruto: treinta por uno y sesenta por uno
y ciento por uno».

Los seguidores no han entendido la parábola, porque


no se esperaban que Jesús hablase de disposiciones
interiores, sino de acción exterior. Jesús explica
abiertamente a los dos grupos que lo primero es el
cambio interior, que sin hombre nuevo no hay
sociedad nueva y que esto es lo que deberán
proclamar. Si hay cambio personal, el reino de Dios
es posible; de lo contrario, no se realizará.

Los cuatro terrenos son cuatro disposiciones del


hombre ante el mensaje: a) no lo deja penetrar (cf.
10,46ss) (Satanás, la ideología / ambición de poder
lo neutraliza y no deja huella); b) lo acepta
superficialmente, sin compromiso serio (cf. 14,27-
31); c) no renuncia a la ambición de dinero (cf.
10,26), y d) lo hace propio y da fruto.

COMENTARIO 2

La parábola del sembrador, debe ser entendida en la


dinámica en que viene el evangelista Marcos
presentando el ministerio de Jesús. Su ministerio
estuvo lleno de problemas y de dificultades. Primero
fue la prisión de Juan, luego la acusación de
blasfemia, luego el complot de los herodianos para
matarle, posteriormente la estigmatización
demoníaca que de él hicieron los escribas espías de
Jerusalén; finalmente, la incomprensión de su madre
y de sus hermanos. Jesús se encontraba amenazado
por todos lados. Todos, de una o de otra forma,
tenían que ver con Jesús y con su obra. El pueblo
sencillo quería recibir de él algún tipo de favor, los
gobernantes querían apresarlo, su familia quería
amarrarlo.

La parábola del sembrador es una impresionante


confesión del interior dolorido de Jesús. El instalar el
Reinado de Dios en el propio interior y en la sociedad
era un camino doloroso, lleno de fracasos. Había que
sembrar mucho y fracasar mucho, para poder
recoger algo.
Era difícil perseverar y mantenerse en pie en un
trabajo donde la condición normal era tener que
perder, una y otra vez, a fin de lograr algo. El
labrador que describía Jesús en la parábola tenía su
mirada puesta en el rinconcito de la buena cosecha,
por el cual medía su trabajo. La mirada puesta en la
calidad de este rincón, le permitía sobrevivir
moralmente ante el ruidoso fracaso del resto. Aquí se
enfrentaban dos mentalidades: la que se apoyaba y
buscaba lo cuantitativo, señal de poder, y la que se
apoyaba y valoraba lo cualitativo, que
ordinariamente carece de poder. Este será siempre el
desafío del anuncio de la Buena Noticia, desafío por
el que pasó Jesús y es el desafío por donde tiene que
pasar la Iglesia ¿Será que estamos buscando con
nuestro trabajo apostólico meros resultados
cuantitativos o más bien estamos trabajando para
que el pueblo que acompañamos logre dar pasos
cualitativos y procesos coherentes en la vida del
Reino?

1. Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones


Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987 (Adaptado por
Jesús Peláez)

2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional


Claretiana de Latinoamérica)

3-13. 2002

Jesús sube a una barca y comienza a enseñar. La


gente no va ya a Jerusalén ni a las letrados; está
descontenta del sistema que es incapaz de sanar y,
además, oprime al pueblo. Y Jesús les propone una
parábola, que es el reflejo de su experiencia
cotidiana de misión. El sembrador es Jesús y los
oyentes están representados por cuatro terrenos
diferentes.

Los primeros no dejan que el mensaje penetre en


ellos; otros, los que se siembran en terreno rocoso
son los que la aceptan superficialmente; otros, los
que se siembran entre zarzas son los que no
renuncian a la ambición del dinero; por último, «las
que se han sembrado en la tierra buena» hacen suyo
el mensaje y éste va produciendo fruto. De cuatro
terrenos, sólo uno da fruto. Experiencia dura la del
misionero que, a pesar de ello, debe esperar un fruto
razonable de su predicación: el treinta, el sesenta o
el ciento por uno... No una cosecha exagerada, como
se ha dicho, sino una buena cosecha después de
tanto esfuerzo. La semilla dará fruto, pero ni la
acogida por parte de los terrenos (personas) ni los
resultados de la cosecha serán espectaculares...
Plinio, el historiador, consideraba una cosecha
espectacular si producía el 400 por uno. En todo
caso, la siembra producirá fruto según la calidad del
terreno en que caiga, aunque en principio dé la
impresión de que la mayoría se pierde. No hay que
desanimarse, por tanto.

Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional


Claretiana de Latinoamérica)

3-14. DOMINICOS 2003

Luz creadora que ilumina


Génesis 2, 4-9.15-17:
“Cuando el señor Dios hizo la tierra y el cielo, no
había aún matorrales en la tierra, ni brotaba hierba
en el campo, porque Dios no había enviado la lluvia
sobre la tierra, ni había hombre que cultivase el
campo. Sólo un manantial salía del suelo y regaba la
superficie del campo.
Entonces el Señor modeló al hombre de la arcilla del
suelo, sopló en su nariz un aliento de vida, y el
hombre se convirtió en ser vivo.
El señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia el
Oriente, y colocó en él al hombre que había
modelado, e hizo brotar del suelo toda clase de
árboles hermosos..., y, además, el árbol de la vida
en mitad del jardín... Y dijo al hombre: Puedes
comer de todos los frutos del jardín, pero del árbol
del conocimiento del bien y del mal no comas...”
Este texto bíblico se ha tomado de la tradicion
yavista que, con primor de palabras, se acerca a la
tierra y sus delicias y coloca al hombre en un vergel
en el que le surgirán las pasiones, como luego
comentaremos.
Evangelio según san Marcos 7, 14-23:
“Jesús dijo a las gentes: Escuchad y entended todos:
nada que entre de fuera puede hacer al hombre
impuro. Lo que sale de dentro es lo que hace impuro
al hombre. El que tenga oídos para oír que oiga...
Le pidieron los discípulos que les explicara la
comparación, y él les dijo: Nada que entre de fuera
puede hacer impuro al hombre, porque no entra en
el corazón sino en el vientre... En cambio, lo que sale
de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de
dentro, del corazón, salen los malos propósitos,
fornicaciones...”
El hombre y su grandeza no se miden por los
elementos externos que utiliza y por los alimentos
que consume. Se miden por la interioridad
responsable, por sus sentimientos y actitudes, por la
dimensión espiritual que lo hace imagen de Dios

Momento de reflexión
¿Qué es el hombre?
Los autores religiosos que redactaron el texto del
Génesis en sus capítulos iniciales se sentían en
manos de Yhavé, y se preguntaban: ¿cuál es nuestra
condición humana? Y se respondían con esas
expresiones poemáticas, simbólicas y fascinantes:
somos unos seres inmersos en la naturaleza, pero
abiertos y obedientes al pensamiento, a la voluntad,
al amor creador de Dios.
Los hombres somos cuerpo-arcilla en manos de Dios
Alfarero, somos cuerpo-espíritu pendiente del Aliento
Divino que nos dio vida y nos mantiene en ella.
En nuestra pequeñez, somos criaturas privilegiadas
que piensan, sienten y aman al modo de Dios
creador, y es deber nuestro corresponder al creador
con gestos de alabanza, fidelidad, confianza.
Si no vivimos de esa forma y traicionamos a la
verdad, eso será porque hacemos mal uso del don de
la libertad.
Hombre interior, hombre rico.
El comentario de Jesús hablando a letrados y
fariseos que miran más al cuerpo exterior y a su
limpieza ritual que a la intimidad santa o pecadora
del ser humano, se armoniza perfectamente con el
texto del Génesis. El hombre interior es imagen de
Dios y goza del don del Espíritu.
¿Para qué, en ese caso, dar tanta importancia a
ceremoniales externos, ritos y costumbres que van y
vienen, si por dentro estamos corrompidos?
¡Hombre!, no olvides que tu ser profundo empieza
por dentro, por el alma.
Recordemos, pues, con Paul Claudel, poeta del
espíritu, esta gran verdad, puesta en labios de Dios
creador: “La fuerza con que te amo, hombre, no es
distinta de la fuerza por la que existes” . Y el vergel
primero de la vida no es distinto del vergel en que
sigo mostrándome a los corazones nobles y sinceros.

3-15. ACI DIGITAL 2003

5. Brotó enseguida: Es de admirar la elocuencia de


esta imagen: la semilla en el estéril pedregal brota
más rápidamente que en la tierra buena. Jesús nos
enseña a ver en esto una prueba de falta de
profundidad. Debemos, pues, desconfiar de los
primeros entusiasmos, tanto en nosotros como en
los demás. De ahí el consejo que San Pablo da a
Timoteo sobre los neófitos (I Tim. 3, 6).

8. La buena tierra es el corazón sin doblez. Para


creer y "crecer en la ciencia de Dios" (Col. 1, 10) no
se requiere gran talento (Mat. 11, 25), sino rectitud
de intención; hacerse pequeño para recibir las
lecciones de Jesús.

12. Cf. Is. 6, 9 s.; Juan 12, 40; Hech. 28, 26; Rom.
11, 8. Dios no es causa de la ceguedad espiritual,
pero la permite en los que no corresponden a la
gracia. Véase II Tes. 2, 10 ss.

13. Estas palabras, exclusivas de San Marcos,


muestran la enorme importancia que tiene la
parábola del sembrador en la predicación de Jesús,
como verdaderamente básica en el plan divino de la
salvación, ya que ésta procede de la fe, y la fe viene
del modo cómo se escucha la palabra de Dios (Rom.
10, 17).

3-16. 2004 SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO

Ante la lectura de la parábola del sembrador nos


podemos preguntar: ¿qué son propiamente las
parábolas? Si tuviéramos una idea clara de su
naturaleza nos resultaría más fácil recordarlas,
entenderlas y vivirlas. Las parábolas son un género
literario, un modo de decir, de contar, de enseñar
algo. En el Antiguo Testamento tenemos muchos
pasajes que pueden ser considerados verdaderas
parábolas. Jesús no se inventó esta manera de
enseñar, también la utilizaron los profetas, los sabios
y los rabinos judíos, pero las de Jesús son las
parábolas más hermosas y más conocidas de la
Biblia.

Una parábola es un relato normalmente breve, que


contiene en forma gráfica y muy enigmática una
enseñanza, un mensaje que hay que saber captar
porque está como oculto entre los elementos que lo
componen. La parábola produce cierta extrañeza,
nos deja pensativos, tratando de averiguar su
significado. Ese mensaje de la parábola nunca es
abstracto, ni doctrinal, siempre toca nuestra vida,
porque la parábola se expresa con elementos de la
vida cotidiana, en situaciones en las que nosotros
mismos, o personas que conocemos, podemos
encontrarnos. De modo que las parábolas se
entienden cada vez mejor, a medida que las
repasamos y las volvemos a escuchar, cada vez las
vamos entendiendo mejor, y de tanto pensarlas y
recordarlas, terminamos aprendiéndolas de
memoria, hasta que somos capaces de contarlas
nosotros mismos y de aplicarlas a las diversas
situaciones de nuestra vida cristiana. Las parábolas
son como la semilla que al caer en tierra buena da
mucho fruto, pero si caen entre malezas, o entre
piedras, o la orilla del camino, se marchitan, se
atrofian o los pájaros se las llevan.

3-17.

Comentario: Rev. D. Antoni Carol i Hostench (Sant


Cugat del Vallès-Barcelona, España)

«El sembrador siembra la Palabra»

Hoy escuchamos de labios del Señor la “Parábola del


sembrador”. La escena es totalmente actual. El
Señor no deja de “sembrar”. También en nuestros
días es una multitud la que escucha a Jesús por boca
de su Vicario —el Papa—, de sus ministros y... de sus
fieles laicos: a todos los bautizados Cristo nos ha
otorgado una participación en su misión sacerdotal.
Hay “hambre” de Jesús. Nunca como ahora la Iglesia
había sido tan católica, ya que bajo sus “alas” cobija
hombres y mujeres de los cinco continentes y de
todas las razas. Él nos envió al mundo entero (cf. Mc
16,15) y, a pesar de las sombras del panorama, se
ha hecho realidad el mandato apostólico de
Jesucristo.

El mar, la barca y las playas son substituidos por


estadios, pantallas y modernos medios de
comunicación y de transporte. Pero Jesús es hoy el
mismo de ayer. Tampoco ha cambiado el hombre y
su necesidad de enseñanza para poder amar.
También hoy hay quien —por gracia y gratuita
elección divina: ¡es un misterio!— recibe y entiende
más directamente la Palabra. Como también hay
muchas almas que necesitan una explicación más
descriptiva y más pausada de la Revelación.

En todo caso, a unos y otros, Dios nos pide frutos de


santidad. El Espíritu Santo nos ayuda a ello, pero no
prescinde de nuestra colaboración. En primer lugar,
es necesaria la diligencia. Si uno responde a medias,
es decir, si se mantiene en la “frontera” del camino
sin entrar plenamente en él, será víctima fácil de
Satanás.

Segundo, la constancia en la oración —el diálogo—,


para profundizar en el conocimiento y amor a
Jesucristo: «¿Santo sin oración...? —No creo en esa
santidad» (San Josemaría).

Finalmente, el espíritu de pobreza y desprendimiento


evitará que nos “ahoguemos” por el camino. Las
cosas claras: «Nadie puede servir a dos señores...»
(Mt 6,24).

En Santa María encontramos el mejor modelo de


correspondencia a la llamada de Dios.

3-18. Orígenes (hacia 185-253) presbítero teólogo

“El hombre vive de toda palabra que sale de la boca


de Dios (Mt,4,4; Dt 8,3)

En cuanto al maná está escrito que si se recogía en


las condiciones prescritas por Dios, alimentaba; pero
si se quería recoger más de la cuenta,
contrariamente a lo que había mandado Dios, no era
capaz de alimentar la vida de los hombres. .. El
Verbo de Dios es nuestro maná, y la Palabra de Dios
que viene a nosotros trae la salud a unos y el castigo
a otros. Por eso, me parece, el Señor y Salvador, el
que es “la palabra viva de Dios” (1P 1,23) declaró:
“Yo he venido a este mundo para un juicio: para dar
la vista a los ciegos y para privar de ella a los que
creen ver.” (Jn 9,39) ¡Mejor hubiera sido para
muchos no oír nunca la Palabra de Dios que oírla con
mala disposición o con hipocresía!...

El mejor oyente en el camino recto de la perfección


es aquel que escucha la palabra de Dios con corazón
buen y simple, recto y bien preparado, para que la
palabra fructifique y crezca como en terreno
abonado... Lo que digo me sirve tanto para mi propia
conversión personal como para la de mis oyentes,
porque yo también soy uno de aquellos que
escuchan la palabra de Dios.

3-19.

LECTURAS: 2SAM 7, 4-17; SAL 88; MC 4, 1-20

2Sam. 7, 4-17. De la descendencia de David, Dios,


según su promesa, sacó para Israel un Salvador,
Jesús. Nos encontramos en uno de los textos más
importantes de la Antigua Alianza, pues Dios
promete a David que un descendiente suyo ocupará
su trono eternamente. David quería construirle una
casa a Dios; pero Dios le dice que más bien Él le
construirá una casa, una dinastía a David. Y Dios
cumplirá su promesa en Jesús, Hijo de Dios, e Hijo
de David. Nosotros hemos sido hechos del Linaje de
Dios. Por medio de nuestra unión a Cristo el Reino de
Dios va tomando cuerpo entre nosotros día a día. Ese
Reino de Dios jamás tendrá fin, y ni las fuerzas del
infierno prevalecerán sobre Él. David contempla
cómo Dios es fiel a sus promesas. Nosotros,
sabiendo que el Señor jamás se volverá para
nosotros en un espejismo engañoso, sino que nos
manifestará su amor de Padre siempre fiel, hemos de
vivir con la dignidad de quienes han sido llamados,
como piedras vivas, a formar parte del templo Santo
de Dios, construido no por manos humanas, sino por
el mismo Dios. Así, integrados al Reino y Familia de
Dios, permaneceremos ante Él eternamente.

Sal. 88. Dios es siempre fiel a su Palabra y a sus


promesas. Dios nos ha llamado para que seamos sus
hijos y jamás se arrepiente de habernos aceptado
como tales. Él bien nos conocía de antemano; y a
pesar de todo nos amó, pues Él a nadie ha llamado
para la perdición, sino para que, hechos hijos suyos,
vivamos con Él eternamente. Dios jamás nos retira
su favor; siempre está junto a nosotros; pero Él
espera de nosotros una respuesta favorable a su
amor y una fidelidad incondicional a su Palabra que
nos salva. Por eso no sólo hemos de invocar a Dios
por Padre; si en verdad somos sus hijos
manifestémoslo, más que con los labios con las
obras; que ellas den testimonio de nuestro ser de
hijos de Dios.

Mc. 4, 1-20. Dios no nos quiere ciegos ni duros de


corazón. Él espera que sepamos contemplar su amor
y que estemos bien dispuesto a escuchar su Palabra
en nuestros corazones, convertidos en un terreno
bueno, fértil y dispuesto a dejar que esa Palabra
produzca abundantes frutos de salvación, no sólo
para provecho personal, sino para provecho de toda
la humanidad de todos los tiempos y lugares. Es
cierto que ante la Palabra de Dios necesitamos una
fe puesta a toda prueba, pues muchas veces
encontraremos oposición, persecución o la tentación
de querernos dejar deslumbrar y embotar por lo
pasajero. Pero Dios, que nos hace partícipes de su
mismo Espíritu, llevará adelante su obra de salvación
en nosotros y hará que su Iglesia se convierta en
portadora de la paz, del perdón, del amor, de la
misericordia, de la alegría y de tantos otros frutos
que proceden del Espíritu que hace que la Palabra de
Dios tome cuerpo en nosotros. Tratemos de estar
amorosamente atentos Dios y a la inspiración del
Espíritu Santo para que, a pesar de las persecuciones
y de las pruebas, permanezcamos siempre fieles al
Señor escuchando su Palabra y poniéndola en
práctica.

La Iglesia de Cristo se construye en torno a la


Eucaristía. En ella la Iglesia se convierte en discípula
de su Señor en cuanto a la escucha de su Palabra
para ponerla en práctica, y en cuanto a la
contemplación de la forma de vida que ha de seguir
a ejemplo de su Señor, tomando la cruz de cada día
y yendo tras sus huellas. Si el apostolado de la
Iglesia no conduce a la Eucaristía es un apostolado
inútil, pues la Iglesia vive de la comunión de vida con
su Señor. Es en la Eucaristía que el Señor siembra en
nosotros su vida y nos fortalece con su Muerte y
Resurrección y con la presencia del Espíritu Santo
para que, a pesar de los vientos contrarios, podamos
dar abundantes frutos de buenas obras que, llegados
a su madurez, puedan servir de alimento en el
camino de quienes al escucharnos y contemplarnos,
quieren escuchar y contemplar al mismo Cristo.

Por eso quienes participamos de la Eucaristía


debemos continuar la obra del Señor en el mundo
siendo instrumentos suyos para que su Palabra, su
Salvación, su Amor, su Vida, su Paz, su Justicia, su
Solidaridad y muchas otras cosas que nos vienen de
Él, sean sembradas en el corazón de todas las
personas. Como dice Pablo: Yo sembré; Apolo regó;
pero es Dios quien da el crecimiento. No podemos
ser apóstoles desesperados queriendo que ante
nuestros trabajos apostólicos surjan de inmediato los
frutos esperados. Eso no depende de nosotros sino
de Dios. A nosotros sólo nos corresponde estar
atentos a la Palabra de Dios, y ser fieles en la
transmisión de su Evangelio; ya Dios se encargará
de que su obra de salvación se haga realidad en
aquellos a quienes Él nos ha enviado. Nosotros
somos testigos de cómo muchas veces la
propaganda consumista y los salarios injustos han
embotado la mente de los hombres y le han puesto
su mirada puesta sólo en lo pasajero, de tal forma
que apenas tiene tiempo de pensar en solucionar sus
necesidades básicas. A nosotros, por voluntad de
Dios, corresponde trabajar por un mundo más justo,
con menos hambre, más fraterno y más capaz de
recibir y vivir conforme al mensaje de salvación para
que los frutos del amor y de la justicia nos ayuden a
vivir con la alegría no sólo de poseer los bienes
terrenos, sino de poseer ya desde ahora, los frutos
que nos vienen de creer en Dios y de aceptarlo como
Señor de nuestra propia vida.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima


Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la
gracia de manifestar, con nuestras buenas obras,
que somos del Linaje y familia de Dios. Que esto no
se nos hiele en los labios, sino que se manifieste a
través de una vida fecunda de buenas obras, fruto de
la presencia de la Vida y del Espíritu de Dios en
nosotros. Amén.

www.homiliacatolica.com

3-20. ARCHIMADRID 2004.

EL MONITOR

El monitor de mi ordenador ha decidido tener vida


propia y es él quien decide cuando se apaga, cuando
está harto de trabajar y cuál es la hora de dedicarse
a otras labores. En estas condiciones es difícil
trabajar y, a los que no sabemos mecanografía,
escribir sin ver la pantalla es una tarea de chinos
(que deben hacer siempre cosas muy laboriosas o
complicadas). He estado tentado de copiar y pegar
directamente el Evangelio de hoy, ¿para qué hacer
un comentario cuando es el mismo Señor quien lo
hace?: “¿No entendéis esta parábola? ¿Pues cómo
vais a entender las demás? El sembrador siembra
…”. Con un par de “clicks” me hubiera ahorrado el
estar pendiente del estado de ánimo de mi monitor.

“Escuchad”, así comienza la parábola. ¿Qué


complicado nos resulta escuchar hoy en día?, hay
tantas cosas, tanto ruido, tantas prisas. Cuando
alguna noticia no nos gusta cambiamos de cadena,
movemos el dial o ponemos un “CD” de Alejandro
Sanz que en el fondo “no es lo mismo”.
“El que tenga oídos para oír, que oiga”, así termina
la parábola. “Escuchad” ,“oír”, es necesario para el
cristiano tener momentos a lo largo del día para
escuchar al Señor. Es cierto que se puede hacer
oración en cualquier sitio, en el metro, en el coche,
en la cola de la pescadería pero… entonces nos pasa
como a mi monitor, la cabeza, la imaginación, los
pensamientos se suelen descentrar de la Palabra de
Dios y, aunque tengamos intención de rezar se
apaga nuestro interés y terminamos pensando en el
precio de la merluza, en cuántas estaciones tiene la
línea 9 o por qué no irá más rápido el automóvil que
nos precede. Tenemos que buscar momentos
concretos a lo largo del día para escuchar al Señor y,
si puede ser delante del sagrario, mejor que mejor.
Hay muchas parroquias que muchas horas del día
están cerradas, tal vez tengas que dar tú el paso de
comentarle al párroco la posibilidad de abrir unas
horas más para facilitar la oración, no debemos dejar
que el miedo a los robos haga que le robemos al
Señor la adoración y el cariño que merece al
quedarse con nosotros en la Eucaristía. Una vez que
hemos conseguido el momento y el lugar, a
escuchar. Descubrirás que Dios te habla muchas
veces al día, que te explica los acontecimientos de tu
vida tan claramente como la parábola y que vas
dejando que la Palabra de Dios caiga en tierra buena
y, sin saber cómo, empieza a dar fruto que jamás
imaginaste. Es necesaria la constancia, limpiar el
campo de nuestra vida, arrancar las zarzas, retirar
las piedras, roturar el campo, tarea que parece
inacabable pero… no hay que agobiarse, como es el
Señor el que trabaja en nuestra alma es realizable y
cuando te quieras dar cuenta empezarás a dar fruto
(aunque tú no lo recojas).

Aprovecho que el monitor ha decidido dejarme


escribir un rato pero, antes de que se acabe esta
racha de buena suerte, déjame aconsejarte que
tengas siempre a mano los Evangelios, léelos
frecuente y diariamente, para escuchar así la Palabra
de Dios, conocerla y entonces- como María- darás
fruto.

3-21. Fray Nelson Miércoles 26 de Enero de 2005


Temas de las lecturas: Recuerdo tu fe sincera * La
cosecha es mucha y los trabajadores, pocos.

Más información.

1. Un Milagro que No Acaba


1.1 Estamos acostumbrados a pensar en los milagros
como puntos casi aislados dentro de una larga línea
que es la vida. Esta fiesta de hoy nos invita a
reflexionar en un milagro que no acaba: la
transmisión misma de la fe. Si recordamos a Timoteo
y a Tito es fundamentalmente por el papel notable
que tuvieron como colaboradores y en cierto modo
sucesores del apóstol Pablo en la presidencia y la
obra de predicación de las nacientes comunidades
cristianas.

1.2 En la primera lectura Pablo recuerda cómo la fe


cubre ya tres generaciones: a la abuela, la mamá y a
Timoteo mismo. Es maravilloso que así se extienda el
don de Dios. Pero le recuerda también que él mismo
debe cuidar el don recibido, particularmente ese don
especial que le fue conferido por imposición de
manos. Esta alusión, en su sencillez, nos permite
asomarnos a otro milagro que atraviesa los siglos: la
sucesión apostólica.

1.3 En nuestra Iglesia nadie se elige a sí mismo para


presidir la comunidad. Tampoco es la comunidad la
que elige a sus pastores, como una provincia
eligiendo su gobernador. La Iglesia nace de la
predicación de los apóstoles y es a través de ellos
como recibe su alimento que es la Palabra. Esta
Palabra conlleva autoridad y tiene poder para edificar
a la misma comunidad: de ella brota todo,
incluyendo la decisión de quién y cómo ha de
prolongar el ministerio de edificar a la comunidad.
Por eso nuestros pastores no son --o no deben ser--
el resultado de un esfuerzo de autopromoción ni
tampoco el fruto de una campaña electoral. Son una
expresión, entre tantas, del amor de Dios que cuida
y defiende su obra.

2. Faltan Operarios
2.1 Con estas consideraciones entendemos mejor el
texto del evangelio de hoy. Cristo constata que
"faltan operarios" para la mies y propone como
estrategia pedir al dueño de la mies que mande
operarios. En buena lógica esto sólo puede significar
que los operarios son un regalo, un don que el Padre,
dueño de la mies, otorga a su mies.

2.2 Notemos también el vínculo que hay entre la


necesidad sentida y la oración realizada. Quien no
tiene hambre no pide pan. Hay que sentir la falta de
operarios, sentirla en las entrañas, padecerla en lo
hondo del corazón, para rogar, como es debido a
Dios para que mande obreros a su mies.

2.3 Uno siente que faltan operarios cuando ve que la


evangelización no alcanza. Esta es una sensación
cuantitativa. Pero más importante es sentir lo
cualitativo: más que un número determinado, cosa
que pensaría un simple administrador, necesitamos
un número apropiado: un número de operarios que
se apropie con amor de la causa del Evangelio y la
sienta como propia. Así lo hicieron Timoteo y Tito,
que hoy rueguen por nosotros.

3-22.

Comentario: Rev. D. Antoni Carol i Hostench (Sant


Cugat del Vallès-Barcelona, España)

«El sembrador siembra la Palabra»

Hoy escuchamos de labios del Señor la “Parábola del


sembrador”. La escena es totalmente actual. El
Señor no deja de “sembrar”. También en nuestros
días es una multitud la que escucha a Jesús por boca
de su Vicario —el Papa—, de sus ministros y... de sus
fieles laicos: a todos los bautizados Cristo nos ha
otorgado una participación en su misión sacerdotal.
Hay “hambre” de Jesús. Nunca como ahora la Iglesia
había sido tan católica, ya que bajo sus “alas” cobija
hombres y mujeres de los cinco continentes y de
todas las razas. Él nos envió al mundo entero (cf. Mc
16,15) y, a pesar de las sombras del panorama, se
ha hecho realidad el mandato apostólico de
Jesucristo.

El mar, la barca y las playas son substituidos por


estadios, pantallas y modernos medios de
comunicación y de transporte. Pero Jesús es hoy el
mismo de ayer. Tampoco ha cambiado el hombre y
su necesidad de enseñanza para poder amar.
También hoy hay quien —por gracia y gratuita
elección divina: ¡es un misterio!— recibe y entiende
más directamente la Palabra. Como también hay
muchas almas que necesitan una explicación más
descriptiva y más pausada de la Revelación.

En todo caso, a unos y otros, Dios nos pide frutos de


santidad. El Espíritu Santo nos ayuda a ello, pero no
prescinde de nuestra colaboración. En primer lugar,
es necesaria la diligencia. Si uno responde a medias,
es decir, si se mantiene en la “frontera” del camino
sin entrar plenamente en él, será víctima fácil de
Satanás.

Segundo, la constancia en la oración —el diálogo—,


para profundizar en el conocimiento y amor a
Jesucristo: «¿Santo sin oración...? —No creo en esa
santidad» (San Josemaría).

Finalmente, el espíritu de pobreza y desprendimiento


evitará que nos “ahoguemos” por el camino. Las
cosas claras: «Nadie puede servir a dos señores...»
(Mt 6,24).
En Santa María encontramos el mejor modelo de
correspondencia a la llamada de Dios.

3-23.

Reflexión

Es curioso que a pesar de que Jesús ha sido muy,


pero muy claro en la explicación de esta parábola,
todavía después de tantos años muchos de nosotros
sigamos con la actitud de sus oyentes, que oyendo
no entendemos. Si nosotros, somos esa tierra
fecunda, dispongámosla a la recepción de la Palabra.
No cerremos nuestro corazón, ni dejemos que ya una
vez sembrada sea ahogada por el mundo y sus
seducciones. Meditemos diariamente el mensaje que
la Palabra en sí misma quiere darnos para nuestra
vida cristiana. Vivir de acuerdo a la Palabra de Dios
es nuestra única posibilidad de ser perfecta y
santamente felices. Por ello es una excelente
costumbre cristiana, el traer siempre consigo la
Biblia… ¿Tú que piensas?

Pbro. Ernesto María Caro

3-24. Parábola del sembrador

Fuente: Catholic.net
Autor: P Juan Pablo Menéndez

Reflexión

Estamos en invierno. Pero el campo sigue dando sus


frutos. Nadie ve la acción lenta, pero segura, del
germinar de las semillas sembradas. Eso no es
ningún pretexto para decir que no se recogerá nada
durante la cosecha. Los frutos se ven a su tiempo y
hay que saber esperarlos.
La semilla sembrada en este pasaje es la Palabra de
Cristo. El mismo nos explica el significado de la
parábola. No tenemos que quedarnos sólo con el
significado, tenemos que bajarlo a la propia vida.
Hay que ver cuántas veces recibimos la semilla y ha
dado su fruto. Para esto es esta parábola. Cristo nos
da la oportunidad de ver cómo estamos
correspondiendo a su llamado, cómo lo hacemos
parte de nuestra propia vida.

Si queremos que la semilla dé el fruto más


abundante hay que poner en práctica todos los
consejos que Cristo mismo nos ha dado. Y lo primero
es acogerla todos los días, preservarla contra las
manos del maligno, e irla cuidando todos los días,
hasta que dé su fruto. Hay que dar el 100% de los
frutos que Dios quiere de nosotros, así estaremos
más cercanos a la felicidad.

3-25.

Reflexión:

2Tim. 1, 1-8. El Señor no sólo nos ha hecho hijos,


sino también testigos suyos. No podemos vivir
nuestra fe sólo al amparo de los demás. En algún
momento debemos dar nuestro testimonio personal,
unidos a la Comunidad de fe en Cristo, pero sabiendo
que cada uno ha de ser responsable del Don de la
Gracia que recibimos el día de nuestro Bautismo, el
día de nuestra Confirmación, o el día en que
recibimos el Sacramento del Orden en cualquiera de
sus grados. La Palabra de Dios que anunciamos a los
demás debe ser vivida en primer lugar por nosotros
mismos, pues no podemos pretender conducir a los
demás al encuentro y unión con Dios si no somos los
primeros en vivir ante Él y servirlo con una
conciencia pura. Esto nos ha de llevar a reavivar
continuamente el Don de Dios en nosotros. Esto, a la
par que consecuencia de la Gracia de Dios en
nosotros, será también consecuencia de una
continua formación, no sólo en cuanto a aprender
aquello que nos mantenga al día en todo, sino
también y de un modo especial en cuanto a caminar
constantemente hacia nuestra configuración con
Cristo, hasta alcanzar en Él la madurez del hombre
perfecto. Vivamos nuestra fe y nuestro compromiso
con el Evangelio con un corazón totalmente decidido
a hacer la voluntad de Dios sobre cada uno de
nosotros, aceptando con docilidad y con amor al
Señor todas las consecuencias que nos vengan por
dar testimonio de la Buena Nueva ante el mundo
entero.

Sal 96 (95). Entonemos al Señor un canto nuevo.


Que todo lo antiguo quede atrás y todo sea nuevo.
Dios ha cancelado la deuda que pesaba sobre
nosotros. Por eso no podemos continuar como
esclavos del pecado. Nuestra vida debe convertirse
en un testimonio de la Buena Nueva para todos los
pueblos. Ese ha de ser el mejor de nuestros cantos;
pues al Señor lo alabamos no sólo con nuestras
voces, sino con una conciencia pura. Desde una vida
que se ha renovado en Cristo podemos contribuir
para que el Señor sea conocido por todos como el
Dios lleno de amor, de misericordia y de ternura para
con todas sus criaturas. Abramos nuestro corazón a
la justificación que Dios nos ofrece; dejémonos guiar
por su Espíritu para que, proclamando ante todas las
naciones el amor que Él nos tiene, puedan tributarle
honor todos los pueblos y le reconozcan como su
Dios y Señor.

Mc. 4, 1-20. Dios no nos quiere ciegos ni duros de


corazón. Él espera que sepamos contemplar su amor
y que estemos bien dispuesto a escuchar su Palabra
en nuestros corazones, convertidos en un terreno
bueno, fértil y dispuesto a dejar que esa Palabra
produzca abundantes frutos de salvación, no sólo
para provecho personal, sino para provecho de toda
la humanidad de todos los tiempos y lugares. Es
cierto que ante la Palabra de Dios necesitamos una
fe puesta a toda prueba, pues muchas veces
encontraremos oposición, persecución o la tentación
de querernos dejar deslumbrar y embotar por lo
pasajero. Pero Dios, que nos hace partícipes de su
mismo Espíritu, llevará adelante su obra de salvación
en nosotros y hará que su Iglesia se convierta en
portadora de la paz, del perdón, del amor, de la
misericordia, de la alegría y de tantos otros frutos
que proceden del Espíritu, el cual hace que la Palabra
de Dios tome cuerpo en nosotros. Tratemos de estar
amorosamente atentos Dios y a las inspiraciones del
Espíritu Santo para que, a pesar de las persecuciones
y de las pruebas, permanezcamos siempre fieles al
Señor escuchando su Palabra y poniéndola en
práctica.

La Iglesia de Cristo se construye en torno a la


Eucaristía. En ella la Iglesia se convierte en discípula
de su Señor en cuanto escucha su Palabra para
ponerla en práctica, y en cuanto a que contempla la
forma de vida de su Señor para seguir tras sus
huella cargando la propia cruz de cada día. Si el
apostolado de la Iglesia no conduce a la Eucaristía es
un apostolado inútil, pues la Iglesia vive de la
comunión de vida con su Señor. Es en la Eucaristía
que el Señor siembra en nosotros su vida y nos
fortalece con su Muerte y Resurrección y con la
presencia del Espíritu Santo para que, a pesar de los
vientos contrarios, podamos dar abundantes frutos
de buenas obras que, llegados a su madurez, puedan
servir de alimento en el camino de quienes al
escucharnos y contemplarnos, quieran escuchar y
contemplar al mismo Cristo.

Por eso los que participamos de la Eucaristía


debemos continuar la obra del Señor en el mundo
siendo instrumentos suyos para que su Palabra, su
Salvación, su Amor, su Vida, su Paz, su Justicia, su
Solidaridad y muchas otras cosas que nos vienen de
Él, sean sembradas en el corazón de todas las
personas. Como dice el Apóstol san Pablo: Yo
sembré; Apolo regó; pero es Dios quien da el
crecimiento. No podemos ser apóstoles desesperados
queriendo que ante nuestros trabajos apostólicos
surjan de inmediato los frutos esperados. Eso no
depende de nosotros sino de Dios. A nosotros sólo
nos corresponde estar atentos a la Palabra del Señor,
y ser fieles en la transmisión de su Evangelio; ya
Dios se encargará de que su obra de salvación se
haga realidad en aquellos a quienes Él nos ha
enviado. Nosotros somos testigos de cómo muchas
veces la propaganda consumista y los salarios
injustos han embotado la mente de los hombres
haciendo que su mirada sólo quede puesta en lo
pasajero, de tal forma que muchos apenas tiene
tiempo de pensar en solucionar sus necesidades
básicas. A nosotros, por voluntad de Dios,
corresponde trabajar por un mundo más justo, con
menos hambre, más fraterno y más capaz de recibir
y vivir conforme al mensaje de salvación para que
los frutos del amor y de la justicia nos ayuden a vivir
con la alegría no sólo de poseer los bienes terrenos,
sino de poseer ya desde ahora, los frutos que nos
vienen de creer en Dios y de aceptarlo como Señor
de nuestra propia vida. Y en este trabajo no
podemos ser temerosos, pues hemos recibido un
Espíritu de valentía para dar constantemente
testimonio del Señor en todo ambiente y
circunstancia en que se desarrolle nuestra vida.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por


intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra
Madre, la gracia de manifestar, con nuestras buenas
obras, que nuestra fe en Cristo ha producido en
abundancia el fruto deseado gracias a la presencia
de la Vida y del Espíritu de Dios en nosotros. Amén.

Homiliacatolica.com

3-26. 26 de Enero

261. La siembra y la cosecha


I. Salió el sembrador a sembrar su semilla, nos dice
el Señor en el Evangelio (Marcos 4, 1-20). Dios
siembra la buena semilla en todos los hombres; da a
cada uno las ayudas necesarias para su salvación.
Nosotros somos colaboradores suyos en su campo.
Nos toca preparar la tierra y sembrar en nombre del
Señor de la tierra. Todas nuestras circunstancias
pueden ser ocasión para sembrar en alguien la
semilla que más tarde dará su fruto. El Señor nos
envía a sembrar con largueza. No nos corresponde a
nosotros hacer crecer la semilla; eso es propio del
Señor (1 Corintios 3, 7), y nunca niega Su gracia.
Nosotros somos simples instrumentos del Señor;
gran responsabilidad la del que se sabe instrumento:
Estar en buen estado. No hay terrenos demasiado
duros para Dios. Nuestra mortificación y oración, con
humildad y paciencia, pueden conseguir del Señor,
las gracias necesarias para acercar las almas a Él.

II. Siempre es eficaz la labor en las almas. Mis


elegidos no trabajarán en vano (Isaías 65, 23), nos
ha prometido el Señor. La misión apostólica unas
veces es siembra, sin frutos visibles, y otras de
recolección de lo que otros sembraron con su
palabra, o con su dolor desde la cama de un hospital,
o con un trabajo escondido. Pero siempre es tarea
alegre y sacrificada, paciente y constante. Trabajar
cuando no se ven los frutos es un buen síntoma de fe
y de rectitud de intención, señal de que
verdaderamente estamos realizando una tarea sólo
para la gloria de Dios. Lo que importa es que
sembremos y poner los medios más oportunos para
las diferentes situaciones: más luz de la doctrina,
más oración y alegría, o profundizar más en la
amistad.

III. El apostolado siempre da un fruto


desproporcionado a los medios empleados: nada se
pierde. El Señor, si somos fieles, nos concederá ver,
en la otra vida, todo el bien que produjo nuestra
oración, las horas de trabajo ofrecidas, las
conversaciones sostenidas con nuestros amigos, la
enfermedad que ofrecimos por otros. Sin embargo,
en el apostolado, debemos tener siempre en cuenta
que Dios ha querido crearnos libres para que, por
amor, queramos reconocer nuestra dependencia de
Él y sepamos decir libremente, como la Virgen: He
aquí la esclava del Señor (Lucas 1, 38). Nosotros
vivamos la alegría de la siembra, “cada uno según su
posibilidad, carisma y ministerio” (CONCILIO
VATICANO II, Ad

Cuando informaron a David: "El Señor ha bendecido a la


familia de Obededóm y todos sus bienes a causa del Arca
de Dios", David partió e hizo subir el Arca de Dios desde la
casa de Obededóm a la Ciudad de David, con gran alegría.
Los que transportaban el Arca del Señor avanzaron seis
pasos, y él sacrificó un buey y un ternero cebado. David,
que sólo llevaba ceñido un efod de lino, iba danzando con
todas sus fuerzas delante del Señor. Así, David y toda la
casa de Israel subieron el Arca del Señor en medio de
aclamaciones y al sonido de trompetas. Luego introdujeron
el Arca del Señor y la instalaron en su sitio, en medio de la
carpa que David había levantado para ella, y David ofreció
holocaustos y sacrificios de comunión delante del Señor.
Cuando David terminó de ofrecer el holocausto y los
sacrificios de comunión, bendijo al pueblo en nombre del
Señor de los ejércitos. Después repartió a todo el pueblo, a
toda la multitud de Israel, hombres y mujeres, una hogaza
de pan, un pastel de dátiles y uno de pasas de uva por
persona. Luego todo el pueblo se fue, cada uno a su casa.

Salmo 24,7-10.

¡Puertas, levanten sus dinteles, levántense, puertas eternas,


para que entre el Rey de la gloria!
¿Y quién es ese Rey de la gloria? Es el Señor, el fuerte, el
poderoso, el Señor poderoso los combates.
¡Puertas, levanten sus dinteles, levántense, puertas eternas,
para que entre el Rey de la gloria!
¿Y quién es ese Rey de la gloria? El Rey de la gloria es el
Señor de los ejércitos.

Evangelio según San Marcos 3,31-35.


Entonces llegaron su madre y sus hermanos y, quedándose
afuera, lo mandaron llamar. La multitud estaba sentada
alrededor de Jesús, y le dijeron: "Tu madre y tus hermanos
te buscan ahí afuera". El les respondió: "¿Quién es mi
madre y quiénes son mis hermanos?". Y dirigiendo su
mirada sobre los que estaban sentados alrededor de él, dijo:
"Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que hace la
voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi
madre".

Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.

1.- Hb 10, 1-10

1-1.VER ADVIENTO 04C LECTURA 2

1-2.

-La antigua alianza poseyendo sólo una sombra de


los bienes definitivos... absolutamente incapaz de
conducir a su perfección a los que se acercan para
ofrecer sus sacrificios.

La historia de las religiones, como la historia del


pueblo hebreo es una emocionante aventura de los
hombres que buscan a Dios, la «felicidad» y la
«perfección». Logran solamente sombras o
«esbozos». No son de despreciar todas esas
tentativas, pero no hay que quedarse ahora en ellas,
dice el autor de la Epístola pues Cristo ha venido y es
el único capaz de «conducirnos a la felicidad
perfecta».

-Es imposible en efecto, que sangre de animales


borre el pecado.
Todas las religiones antiguas, sin que se hubiesen
concertado, han practicado, y algunas lo hacen
todavía hoy, «sacrificios» de animales: el hombre
quiere expresar, por medio de un símbolo su
sumisión a Dios... La sangre es portadora de
«vida»... se ofrece sangre y ello significa la ofrenda
de la propia vida; pero hay el riesgo constante de
tender a lo mágico: no tiene la primacía la
significación espiritual del rito sino el gesto mismo
cumplido guardando plenamente las formas, como si
con ello se pudiera forzar la mano de Dios en una
especie de regateo

Los profetas de Israel habían denunciado a menudo


la inutilidad e ineficacia de los sacrificios de
animales, faltos de sinceridad interior (Isaías 1,11;
Oseas 6,6; Amós 5,21; Jeremías 6,20) El salmo 40,
7 hace el mismo descubrimiento esencial: A Dios no
le interesan los sacrificios por sí mismos, sino la
actitud profunda del hombre que, en su vida, trata
de serle fiel y obedecerle. El verdadero culto es la
vida misma.

-Por esto al entrar en este mundo Cristo dice:


"Sacrificio y oblación no quisiste, pero me has dado
un cuerpo..." Comencemos por notar lo que aquí se
nos revela: los salmos son la oración de Jesús.
¿Cómo es ello?

Primero porque es absolutamente cierto que Jesús


pronunció esas palabras algún día. Y, sin riesgo a
equivocarnos, podemos imaginar que ciertos
pasajes, -éste en particular- debieron de encontrar
en su oración una resonancia personal perfecta y
frecuente. Repitiendo esas palabras de los salmos, es
tu plegaria la que adopto, Señor.

Además, como Verbo eterno de Dios antes mismo de


encarnarse y de tener labios humanos para
pronunciarlas, esas palabras de los salmos habían
sido inspiradas por El. De tal modo que el autor pudo
decir que en el mismo momento de su Encarnación
«entrando en el mundo» el Hijo de Dios para esto
vino... para cumplir lo que él mismo había inspirado
al salmista anónimo del salmo 40.

-Entonces dije: "He aquí que vengo para hacer, oh


Dios, tu voluntad".

Una de las más bellas plegarias que se pueden


repetir incansablemente...

Pero ante todo una «divisa» de vida, ¡la misma que


Jesús! Heme aquí HOY, Señor, quisiera hacer tu
voluntad.

-Porque ciertamente de Mí habla la Escritura.

La presencia de Jesús llena ya todo el Antiguo


Testamento. Por esto lo leemos con amor y
descubrimos esa Presencia.

-Así abroga el antiguo culto para establecer el


nuevo... Y en virtud de esta voluntad de Dios somos
santificados, merced a la oblación, de una vez para
siempre, del cuerpo de Jesucristo.

Revelación capital: al entrar en el mundo, desde su


concepción, Cristo dio a su vida humana entera un
alcance sacrificial de cumplimiento de la voluntad del
Padre, ¡que la cruz vino finalmente a cumplir!
¿Ofrezco también mi cuerpo y mi vida?

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 5
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑO IMPARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 34 s.

2.- 2S 6, 12b-15.17-19

2-1.

-David hace introducir "el Arca de la Alianza" en


Jerusalén.
Al mandar transferir el Arca a Jerusalén, David actúa
una vez más con fines políticos: la antigua ciudad
neutra jebusea, admirablemente situada entre los
dos reinos, pasa a ser su capital política... pero David
quiere que sea también su capital religiosa, a fin de
conferir al poder real y a la unidad que simboliza,
unos cimientos más profundos, más sagrados.

¡Jerusalén! ¡Ciudad santa! No puede decirse que Dios


esté más presente en ella que en otra parte... ¿Y sin
embargo?...

¡Jerusalén! La ciudad de Dios: el símbolo mismo de


la voluntad de Dios de estar «presente» en la
humanidad, de implantarse, de encarnarse, de
«plantar su tienda entre nosotros».

¡Jerusalén! Es allá -en esa ciudad que David escogió-


que Tú, Señor, instituirás la comida de la Cena para
simbolizar tu presencia entre nosotros... Es allí, la
ciudad, en que

Tú elegirás para morir y para resucitar.

A través de la elección histórica de David, no


podemos dejar de pensar que la humanidad entera
tiene, en lo sucesivo, una capital, un símbolo de su
unidad: ese lugar, esa colina donde una cruz fue
plantada... esa roca, esa tumba donde reposó el
cuerpo de Jesús... ese punto de gravedad de la
humanidad, ese momento en el que cambió de
sentido la historia cuando la muerte fue vencida, ahí
mismo por primera vez.

¡Jerusalén! cuyo nombre significa "Ciudad de paz".

Jerusalén, ciudad constantemente desgarrada, y que


permanece como signo de la búsqueda de la
humanidad: vivir juntos... vivir con Dios...

-Durante la procesión del Arca, David «danzaba» y


daba vueltas con todas sus fuerzas «ante el Señor».
David, rey y jefe político, es también el jefe religioso:
organiza la liturgia, se entrega con todo su ser,
cuerpo y alma. Canta y danza: sabemos que él
compuso muchos de los salmos.

Es una religión la suya exuberante y entusiasta.

-Toda la casa de Israel acompañaba el Arca con


«aclamaciones» y resonar de cuernos...

Se ofrecieron holocaustos y sacrificios de comunión...


Luego se hizo una distribución a todo el pueblo: para
cada uno, una torta de pan, un pastel de dátiles y un
pan de pasas...

¡Qué religión tan alegre y comunitaria tenían


nuestros antepasados!

¡Qué fiesta! divina y humana a la vez: la danza, el


arte, los gritos, el banquete.

Tenemos mucho que redescubrir en ese sentido.


Nuestras liturgias han llegado a ser demasiado
silenciosas, demasiado pasivas, demasiado «cada
uno para sí». Basta comparar la escena tan viva que
se nos describe el día del traslado del Arca a
Jerusalén, con nuestras misas del domingo, tan a
menudo apagadas y tristes. Quizá la juventud actual,
sacudiendo un poco nuestras costumbres, nos
ayudará a reencontrar una «fiesta», una religión
«alegre».

Mi religión, ¿es una fiesta para mí?, ¿una dicha?,


¿una alegría?

Mi fe, ¿es una buena noticia? y el evangelio ¿un


maravilloso mensaje?

¿Soy de los que no abren la boca en la iglesia, de los


que se aíslan? o bien ¿me esfuerzo en cantar, en
aclamar, en participar en la liturgia?

-Delante del Señor... en presencia del Señor...


Es uno de los temas de esos pasajes de la Escritura.
Vivir «delante» de Dios. David "danza" delante de
Dios. Es toda mi vida la que se juega «delante de Ti,
Señor».
NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 4
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑOS PARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 34 s.

2-2. /2S/06/01-23 ARCA-ALIANZA

La lectura de ayer contaba dos hechos muy


importantes: la unción de David como rey de todo
Israel y la conquista de Jerusalén. La de hoy describe
el traslado a Jerusalén del arca de la alianza. Si al
elegir Jerusalén como residencia suya había hecho de
ella la capital política, al instalar allí el arca la
convierte en capital religiosa. La capital política, en
una antigua ciudad jebusea situada en la frontera
entre el territorio de las tribus del norte y las del sur,
quiere quedarse por encima de la animadversión
entre los dos grupos rivales; la capital religiosa, a
más de heredar antiquísimas tradiciones sagradas
(cf. Gn 14), será enriquecida con la posesión del arca
y superará en importancia a todos los santuarios
israelitas, sobre todo con la edificación del templo de
Salomón y más todavía con la reforma religiosa de
Josías, que hizo de ella el único lugar donde se
podrían ofrecer legítimos sacrificios. A partir de
David, el tema de la ciudad santa se une, como un
nuevo artículo de fe, como objeto de promesas y
fuente de esperanzas (y una vez destruida, como
tema de oración), al conjunto de tradiciones
religiosas de Israel. A Jerusalén subirá Jesús a morir
y resucitar, en Jerusalén nacerá la Iglesia, desde
Jerusalén se esparcirá el evangelio a todas las
naciones, y con la visión de la nueva Jerusalén que
baja del cielo se cierra la Biblia (Ap 21).
Este capítulo procede de la historia del arca de la
alianza, que habíamos comenzado a leer en 1 Sm 4-
6 (sábado de la semana XII y domingo XIII), aunque
la redacción es de otro estilo. Hallamos en la
narración del traslado aquella conjunción de los
valores humanos de David con una sensibilidad
religiosa profunda y sincera y, al mismo tiempo, un
gran talento político. Raramente se encuentran, así
en la historia sagrada como en la profana, estas tres
dimensiones en tan alto grado.

El arca había sido el signo de la presencia de Yahvé


en medio de su pueblo cuando hacía camino por el
desierto. Es el recuerdo de la alianza lo que ha de
dar unidad política y religiosa al pueblo escogido. El
templo será construido fundamentalmente como
santuario del arca, ante la cual se ofrecerán los
sacrificios prescritos y será invocado y santificado el
nombre de Dios. La santidad de Dios se manifiesta,
como en las religiones más primitivas, en forma de
terror sagrado. No es imposible que Ozá, habiendo
tocado el arca, muriese, cuando todavía en nuestros
días, en África, hay quien muere literalmente de
terror por el conjuro de un brujo. David mismo tiene
miedo y renuncia a instalar el arca en su casa (9).

La sensibilidad religiosa de David se revela en el


entusiasmo con que danza ante el arca, bien distinto
de Mical, que le desprecia por haberse quitado las
prendas reales para danzar. El hecho de que David
tenga muchos hijos, pero ninguno de Mical, será
interpretado como un premio para David, un castigo
para ella y rechazo para la casa de su padre, Saúl,
condenada a la extinción.
H. RAGUER
LA BIBLIA DIA A DIA
Comentario exegético a las lecturas
de la Liturgia de las Horas
Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 680 ss.

3.- Mc 3, 31-35
3-1.

Ver paralelo Lc 8. 19-21: MARTES DE LA SEMANA 26

3-2.

Marcos va a relatar más adelante (Mc 4. 1-9) la


parábola de la semilla que cae en diferentes
terrenos. Pero ya de antemano la ilustra diciéndonos
que la familia de Jesús no fue necesariamente el
terreno ideal. La fe no se confunde con el contexto
sociológico; no se reduce a sentimientos humanos,
aun cuando estos sean fraternos o familiares.
MAERTENS-FRISQUE
NUEVA GUÍA DE LA ASAMBLEA CRISTIANA VIII
MAROVA MADRID 1969.Pág. 107

3-3.

¡Otra vez la tribu! "Te buscan", le dicen a Jesús. Este


grupo de parientes trae a la memoria el recuerdo de
esas camarillas siempre dispuestas a incautarse de
Dios en provecho propio. "Te buscan". Pues bien,
¡perderán el tiempo! "¿Quiénes son mi madre y mis
hermanos?". La respuesta más obvia no tendría en
cuenta al Reino, que hace saltar todas las realidades.
"Estos son mi madre y mis hermanos", dice Jesús
mirando a los que están a su alrededor
escuchándole. Así, en el Reino, la fraternidad
cristiana no se funda en los vínculos de carne y
sangre, sino en un espíritu común: hacer la voluntad
del Padre. (...) "El que cumple la voluntad de Dios,
ése es mi hermano y mi hermana y mi madre".
Llevarán el nombre de Jesús los que vivan en su
corazón lo que fue para él la razón de ser de su vida:
"En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si
os tenéis amor los unos a los otros". No sólo se trata
de ser partidarios de un hombre admirable, ni de
hacer nuestra una norma de vida de gran elevación:
se trata de ser "los de Jesús". Los discípulos no lo
serán de verdad hasta que, el día de Pentecostés,
reciban plenamente el Espíritu del Hijo. "Aquí estoy
para hacer tu voluntad!": ésta es la norma de vida
del cristiano y, más aún, la oración del Espíritu que
se nos dio el día del bautismo.
DIOS CADA DIA
SIGUIENDO EL LECCIONARIO FERIAL
SEMANAS I-IX T.O. EVANG.DE MARCOS
SAL TERRAE/SANTANDER 1990.Pág. 50 s.

3-4.

Marcos, después del altercado con los escribas


"venidos de Jerusalén", reemprende el relato
comenzado en el versículo 21 y que leímos el sábado
último: "su familia vino para llevárselo, pues
afirmaban: "Está fuera de sí."

-Jesús entra en una casa, y la muchedumbre acude.

La "muchedumbre" está siempre ahí.

-Vinieron su madre y sus hermanos, y desde fuera le


mandaron llamar.

Su madre es María. La conocemos bien. Por Lucas y


Mateo sabemos qué actitud ejemplar de Fe, de
búsqueda espiritual ha tenido siempre a lo largo de
todos los acontecimientos y circunstancias de la
infancia de Jesús.

Pero tratemos de ponernos, momentáneamente, en


la actitud de los primeros lectores de Marcos, que no
tenían aún los evangelios de Lucas ni de Mateo.
Procuremos olvidar lo que sabemos por los otros
evangelios. Es la primera vez que oímos hablar de
¡"su madre"! Es el primer pasaje de Marcos que
evoca a María. ¡Y es para decirnos "esto" de ella!

Verdaderamente ¡el evangelista no busca adornar su


narración! Si su relato saliera de su imaginación, de
su admiración, no hubiera escrito esto. Autenticidad
algo áspera del evangelio según San Marcos. Son
cosas difíciles de decir y que no se inventan. ¡La
familia de Jesús no comprende! Y quiere recuperarlo.

-"Ahí fuera están tu madre y tus hermanos que te


buscan." Jesús les respondió: "¿Quién es mi madre?
y ¿quién son mis hermanos?" El verdadero
parentesco de Jesús no es lo que se piensa ni lo que
aparenta. Para Jesús los lazos de la sangre, los lazos
familiares, los lazos sociales no son lo primero, son
indispensables y reales, pero no es lícito encerrarse
en ellos.

¡Su familia no lo comprende! Pero su pueblo,


¡tampoco! Su medio social más natural, Nazaret,
será el que más lo rechazará (Mc 6, 1-6).

-Y echando una mirada sobre los que estaban


sentados en derredor suyo...

Marcos utiliza a menudo esta fórmula: la mirada de


Jesús.

Trataré de imaginar esa mirada... y de rezar a partir


de ella.

-Dijo: "He aquí mi madre y mis hermanos. Quien


hiciere la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi
hermana y mi madre." He aquí un "sumergirse"
absolutamente sorprendente en el corazón de Jesús.

Tiene un corazón universal... grande como el mundo:


abierto a toda la humanidad. Se siente hermano de
todo aquel que "hace la voluntad de Dios". Esta
familia es amplia y grande. ¡No! No se le encerrará
en su familia humana inmediata.

¡El replegarse en sí mismo es contrario, al modo de


ser de Jesús! Las únicas fronteras de su familia son
el horizonte del mundo entero.
¿Todo hombre es mi hermano, mi hermana, mi
madre, también para mí? La fidelidad a la "voluntad
del Padre" ¿es lo primero para mí? Por esta razón,
¡María es doblemente su madre! La verdadera
grandeza de su madre, no es haberle dado su
sangre, sino el hecho de ser "la humilde esclava de
Dios", como nos lo enseñará Lucas cuando escribirá
su evangelio, algunos años después. Pero esto nos lo
ha dicho ya Marcos, aquí de un modo enigmático.

Señor, ayúdanos a vivir nuestros lazos familiares


como un primer aprendizaje y un primer lazo de
amor... sin encerrarnos en círculo alguno.
NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 1
EVANG. DE ADVIENTO A PENTECOSTÉS
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 288 s.

3-5.

1. (año I) Hebreos 10,1-10

a) Una vez más, la carta a los Hebreos afirma que


las instituciones del AT eran una sombra y una
promesa, que en Cristo Jesús han tenido su
cumplimiento y su verdad total.

Los sacrificios de antes no eran eficaces, porque «es


imposible que la sangre de los animales quite los
pecados». Por eso tenían que irse repitiendo año tras
año y día tras día. Esto pasaba en Israel y también
en todas las religiones, porque en todas el hombre
intenta acercarse y tener propicio a su Dios.

Mientras que Cristo Jesús se ofreció en sacrificio a sí


mismo. El Salmo 39 le sirve al autor para describir la
actitud de Jesús ya desde el momento de su
encarnación: «Tú no quieres sacrificios ni
holocaustos, pero me has dado un cuerpo: aquí
estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad». Es una de
los salmos que mejor retratan a Cristo y su actitud a
lo largo de su vida y de su muerte.

Por esta entrega de Cristo, de una vez para siempre,


«todos quedamos santificados».

No es que Dios quisiera la muerte de su Hijo. Pero sí


entraba en sus planes salvarnos por el camino de la
solidaridad radical de su Hijo con la humanidad, y
esta solidaridad le condujo hasta la muerte.

b) También nosotros deberíamos distinguir entre


estas dos clases de sacrificios: ofrecer a Dios «algo»
-como puede ser un poco de dinero o unas velas o
unos exvotos o unas oraciones-, o bien ofrecernos
nosotros mismos, nuestra persona, nuestra
obediencia, nuestra vida.

En nuestra celebración de la Eucaristía es bueno que


nos acostumbremos a aportar explícitamente, al
sacrificio único y definitivo de Cristo, también
nuestra pequeña ofrenda existencial: nuestros
esfuerzos, nuestros éxitos y fracasos, el dolor que a
veces nos toca experimentar.

Es interesante que en las tres plegarias eucarísticas


de las misas con niños, junto a la ofrenda del único
sacrificio de Cristo, se expresa también nuestra
ofrenda personal: «acéptanos a nosotros juntamente
con él», «para que te lo ofrezcamos como sacrificio
nuestro y junto con él nos ofrezcamos a ti», «te
pedimos que nos recibas a nosotros con tu Hijo
querido». Para que ya desde niños aprendamos a
ofrecernos por la salvación del mundo, como Jesús.

Esta entrega personal es la que Cristo nos ha


enseñado. El sacrificio externo y ritual sólo tiene
sentido si va unido al personal y existencial. El
sacrificio ritual es más fácil. Aunque cueste, es
puntual. Mientras que el personal nos compromete
en profundidad y en todos los instantes de nuestra
vida.
1. (año II) 2 Samuel 6,12-15.17-19

a) David es hábil político, además de persona


creyente. Ayer vimos que conquistó Jerusalén y
estableció allí la capital de su reino. Ahora da un
paso adelante: la hace también capital religiosa.

Hasta entonces Jerusalén, ciudad pagana, no tenía


ninguna tradición religiosa para los israelitas, como
podía tenerla por ejemplo Silo. David traslada
solemnemente el Arca de la Alianza a su ciudad.
Todavía no hay Templo -lo construirá su hijo
Salomón- pero la presencia del Arca va a ser punto
de referencia para la consolidación política y religiosa
del pueblo.

La fiesta que organiza con tal ocasión -danzando él


mismo ante el Arca- es muy simpática y de alguna
manera significa el fin de la época nómada del
pueblo. El Arca, en la Tienda del encuentro, había
sido el símbolo de la cercanía de Dios para con su
pueblo en el periodo de su larga travesía por el
desierto. Ahora se estabiliza tanto el pueblo como la
presencia de Dios con ellos.

b) A pesar de que Dios está presente en todas partes


y podemos rezarle también fuera de nuestras
iglesias, necesitamos lugares de oración. que nos
ayuden también psicológicamente en nuestros
momentos de culto y de reunión ante Dios.

Aunque en todo momento de nuestra vida podamos


establecer contacto con Dios, la iglesia o la capilla,
como lugar de reunión y de celebración, nos favorece
en nuestro encuentro con Dios. El altar, en el que
somos invitados a celebrar el memorial de Cristo y
participar en su Cuerpo y Sangre; el lugar de la
Palabra, desde el que se nos proclama la lectura
bíblica; y luego el sagrario, donde se reserva el Pan
eucarístico sobre todo para los enfermos: son para
nosotros, con mucha más razón que el Arca para los
israelitas, gozosos puntos de referencia que nos
recuerdan la continua presencia de Cristo Jesús en
nuestra vida. Todos los signos de aprecio y
veneración serán pocos para agradecerle este don.
David nos recuerda también con su actuación que
necesitamos la fiesta, la expresión total -espiritual y
corpórea- de nuestra pertenencia a la comunidad de
fe y de nuestra relación con Dios. Por eso nos resulta
aleccionadora la fiesta que él organizó, con
elementos que continúan siendo válidos en la
expresión de la fe: procesiones, oraciones,
sacrificios, cantos, música, danza cúltica, comida
festiva.

Necesitamos expresar exteriormente el aprecio que


sentimos en el interior. A veces con formas litúrgicas
y oficiales. Otras, con manifestaciones de religiosidad
popular, también legítimas, y a veces más eficaces y
comunicativas. Lo importante es rendir a Dios
nuestro mejor culto y dar a nuestra vida una
conciencia mayor de pertenencia a la comunidad
cristiana y un tono más alegre de fiesta y comunión.

2. Marcos 3,31-35

a) Acaba el capítulo tercero de Marcos con este breve


episodio que tiene como protagonistas, esta vez en
un contexto diferente del anterior, a sus familiares.
Los «hermanos» en el lenguaje hebreo son también
los primos y tíos y demás familiares. Esta vez sí se
dice que estaba su madre.

Las palabras de Jesús, que parecen como una


respuesta a las dificultades de sus familiares que
leíamos anteayer, nos suenan algo duras. Pero
ciertamente no desautorizan a su madre ni a sus
parientes. Lo que hace es aprovechar la ocasión para
decir cuál es su visión de la nueva comunidad que se
está reuniendo en torno a él. La nueva familia no va
a tener como valores determinantes ni los lazos de
sangre ni los de la raza. No serán tanto los
descendientes raciales de Abraham, sino los que
imitan su fe: «El que cumple la voluntad de Dios, ése
es mi hermano y mi hermana y mi madre».
b) Nosotros, como personas que creemos y seguimos
a Cristo, pertenecemos a su familia. Esto nos llena
de alegría. Por eso podemos decir con confianza la
oración que Jesús nos enseñó: «Padre nuestro».
Somos hijos y somos hermanos. Hemos entrado en
la comunidad nueva del Reino.

En ella nos alegramos también de que esté la Virgen


María, la Madre de Jesús. Si de alguien se puede
decir que «ha cumplido la voluntad de Dios» es de
ella, la que respondió al ángel enviado de Dios:
«Hágase en mi según tu Palabra». Ella es la mujer
creyente, la totalmente disponible ante Dios.

Incluso antes que su maternidad física, tuvo María de


Nazaret este otro parentesco que aquí anuncia
Cristo, el de la fe. Como decían los Santos Padres,
ella acogió antes al Hijo de Dios en su mente por
medio de la fe que en su seno por su maternidad.

Por eso es María para nosotros buena maestra,


porque fue la mejor discípula en la escuela de Jesús.
Y nos señala el camino de la vida cristiana: escuchar
la Palabra, meditarla en el corazón y llevarla a la
práctica.

«Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad» (1ª


lectura, I)

«Yo esperaba con ansia al Señor, él se inclinó y


escuchó mi grito» (salmo, I)

«Iba danzando ante el Señor con todo entusiasmo»


(1ª lectura, II)

«Llevando al altar los gozos y las fatigas de cada día,


nos disponemos a ofrecer el sacrificio agradable a
Dios» (ofertorio de la Misa)

«El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi


hermano y mi hermana y mi madre» (evangelio)
J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 4.
Tiempo Ordinario. Semanas 1-9
Barcelona 1997. Págs. 76-80

3-6.

Primera lectura: 2 de Samuel 12b-15. 17-19

Iban llevando David y los israelitas el arca del Señor


entre vítores.

Salmo responsorial: 23, 7.8.9.10

¿Quién es ese Rey de la gloria? Es el Señor en


persona.

Evangelio: San Marcos 3, 31-35

El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi


hermano y mi hermana y mi madre.

El punto de partida de esta perícopa viene de los


versículos 20-21 en los cuales se insinúa que Jesús
se había enloquecido. Entonces llegan a buscarlo sus
familiares, entre ellos su madre. Cuando le anuncian
quiénes han venido por él a llevárselo, responde que
sus verdaderos familiares son quienes están con él
comprometidos, desde ese momento y siempre, en
la creación del Reino. Su nueva relación de familia va
más allá de la carne y de la sangre. Esto no es un
rechazo de Jesús a sus parientes, en especial a su
madre, sino una clarificación sobre el punto en que
hay que colocar las relaciones familiares a la luz de
lo que pide el Reino.

La estrategia de sus perseguidores era acusar a


Jesús de loco. Convertido así en un endemoniado,
sería, fácil presa de cualquier sanción, incluso de la
condena a muerte. Tenían que tergiversar sus
acciones a toda costa, asimilarlo con el demonio,
ponerlo de acuerdo con ideas satánicas. Entonces la
familia aparece, no para evaluar lo que hace Jesús y
brindarle su apoyo, sino para llevárselo sacándolo del
camino en el que está, actitudes que Jesús no
comparte.

Aprendemos que el Reino es... un reagruparse, como


hermanos y compañeros, unidos ahora por una
fuerza "familiar" que es distinta de "la carne y la
sangre": la opción convencida por la Causa de Jesús
como la Causa absoluta de la propia vida. Si esa
Causa se convierte en verdad en mi ideal máximo, a
todos los que luchan por ella los siento ahora como
"mi madre y mis hermanos". Estas novedades
rompen muchos esquemas y prácticas tradicionales
de familia.

La limitación de María para entender a Jesús debe


verse no como una falla, sino como parte de su
proceso interno que la llevará luego a convertirse en
paradigma de mujer discípula para la posteridad.
María como madre y compañera debía sufrir los
dolorosos pasos del discipulado: oscuridad y dudas,
hasta que la cruz y la resurrección le abran el camino
definitivo del reconocimiento pleno de Jesús: Hombre
y Dios al servicio de la humanidad.
SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO

3-7.

Hb 10, 1-10: El antiguo testamento contiene las


figuras del nuevo.

Sal 39, 2.4.7-8.10-11

Mc 3, 31-35: El verdadero parentesco con Jesús.

Se trata de uno de los textos que en la edad media


fue tenido por los teólogos como «antimariológicos»,
textos que parecían ir contra la comprensión del
misterio de María común en aquellos tiempos. Esta
mariología medieval era «cristotípica», es decir,
construida sobre el modelo de Cristo: María sería el
correlato femenino de la divinidad. Su gloria estaría
en su cercanía cuasifísica con Cristo y con Dios. El
texto de Marcos que hoy meditamos y sus paralelos
eran sentidos por estos mariólogos como un i
ncomprensible «jarro de agua fría» que Jesús habría
echado sobre María, restando importancia a su
altísima posición en el parentesco con Jesús.

Para el evangelio el criterio es muy distinto, y el


texto en cuestión nos lo evidencia: no es más
glorioso ser pariente físico de Jesús que ser de los
que «hacen la voluntad de Dios», dice Jesús.

Es claro que aquellos mariólogos que llamaban a este


texto «antimariológico» no lo entendieron, porque
Jesús no estaba diciendo que María no fuera
bienaventurada, sino que era aún más
bienaventurada por hacer la voluntad de Dios, que
por haber llevado en su seno a Jesús.
SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO

3-8.

Hebreos 10,1-10: Aquí estoy yo

Salmo responsorial: 39

Marcos 3,31-35: Hacer la voluntad del Padre

Hoy se nos habla de rompimientos en las lecturas.


En la carta a los Hebreos, que venimos leyendo ya
hace días, se nos habla del rompimiento con el culto
del Antiguo Testamento y, en general, con el culto de
las demás religiones. Antiguamente se creía que para
alcanzar el favor de Dios, su perdón y su ayuda, era
necesario ofrecerle sacrificios, principalmente la
sangre y la carne de animales determinados. En el
templo judío de Jerusalén, hasta su destrucción por
los romanos en el año 70 de nuestra era, se ofrecían
diariamente numerosos sacrificios, corría la sangre
de las víctimas, subía al cielo el humo del altar donde
se consumían las carnes. A eso se refiere nuestro
autor cuando habla de que "es imposible que la
sangre de los toros y de los machos cabríos quite los
pecados".

Rompiendo con esa tradición no poco bárbara,


Cristo, en cambio, se ofrece a sí mismo: ofrece su
vida, su actividad, su muerte, para que la voluntad
salvífica de Dios resplandezca ante el mundo,
alcance a todos los hombres. Esa voluntad de Dios,
que Cristo quiere realizar a la perfección, no es otra
que nuestra plena realización como seres humanos,
capaces de vivir en libertad, dignamente, en
solidaridad con los demás, en paz y en alegría.

Eso es lo que Dios quiere, no que pensemos que le


hace falta algo a Él y que nosotros podamos
procurárselo, sino que estemos seguros de que el
nos lo da todo si nos abrimos a su gracia y acogemos
el Evangelio, la buena noticia de Jesús.

Otro rompimiento en las lecturas de hoy es mucho


más difícil de aceptar. Se trata de la familia de Jesús,
su madre y sus hermanos que van a buscarlo, tal vez
preocupados por su salud mental, como leíamos la
semana pasada. A los que le avisan de la presencia
de sus familiares, Jesús les responde con palabras
desconcertantes: "¿quiénes son mi madre y mis
hermanos?", señalando luego al corro de hombres y
mujeres que escucha sus predicación: "éstos son mi
madre y mis hermanas y mis hermanos, los que
cumplen la voluntad de Dios". Es cierto que la familia
es la célula básica de la sociedad, aunque se
encuentre actualmente en crisis. Es cierto que en la
familia recibimos normalmente amor, cuidados,
educación y apoyo. Pero no es menos cierto que
hemos de abrirnos a una familia más extensa si
queremos madurar y asumir nuestra propia
existencia, y que la familia natural no puede
pretender mantenernos en un estado permanente de
dependencia. Y esto es más cierto para el cristiano
que comprende, a la luz de las palabras de Jesús,
que la familia definitiva es la de los hijos de Dios, los
hombres y mujeres del mundo que lo quieren
construir justo y pacífico y solidario según el querer
divino.
SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO

3-9.

La Virgen María antes de ser Madre físicamente lo


fue espiritualmente. Antes que el ángel Gabriel le
anunciara el gran mensaje, Ella vivía abierta a Dios.
Un alma verdaderamente libre, que reaccionaba ante
las inspiraciones del Espíritu Santo y colaboró
activamente durante toda su vida en el plan de
salvación. “Mi madre y mis hermanos son los que
escuchan y cumplen la Palabra de Dios”.

Jorge Molino

3-10. CLARETIANOS 2002

¿No os habéis preguntado alguna vez por qué en los


escritos más antiguos del Nuevo Testamento nunca
se habla de la madre de Jesús? Ni en el texto más
antiguo (la primera carta a los tesalonicenses) ni en
todos los escritos de Pablo aparece ninguna alusión a
María. Ciertamente, él, en la carta a los gálatas,
habla de Jesús como alguien "nacido de mujer". Esta
sobria referencia, dentro del contexto en el que se
halla, es de una enorme densidad teológica, pero se
nos antoja demasiado poco. Da la impresión de que
en los cuarenta años que siguieron a la muerte y
resurrección de Jesús hay como un "silencio
mariano". Tenemos que esperar al evangelio de
Marcos (fechado ordinariamente después del año 70)
para encontrar una referencia a la madre de Jesús.
Este texto desconcierta mucho. Da la impresión de
que Jesús, buen judío, no valora a su familia. Leído
en América latina, en donde me encuentro, o en
África, suena todavía más extraño. ¿Cómo es posible
que Jesús, judío, conocedor del cuarto mandamiento
de la ley, tenga una actitud tan despegada respecto
de su madre y de su familia en general? ¿Se trata de
un texto retocado por el redactor del evangelio en
tiempos en que en la iglesia de Jerusalén los
parientes de Jesús querían reivindicar un puesto
preeminente en virtud de su relación familiar con el
Maestro? ¿O es una manera profética de acentuar la
novedad de las relaciones que se establecen entre
todos los que se adhieren a Jesús, novedad que no
anula pero sí trasciende los lazos de la carne y de la
sangre? Resulta llamativo que mientras los discípulos
de Jesús están dentro escuchándolo, sus familiares
(incluida su madre) están fuera, como si no quisieran
participar de las excentricidades de un "loco"? La
evolución neotestamentaria nos ayudará a conocer
con más profundidad la fe de la iglesia primitiva en la
madre del Señor, pero tan negativo sería desvincular
este texto de la evolución posterior como borrar por
completo su fuerza profética. No se trata de un texto
anti-mariano cuanto de un dicho de Jesús que quiere
poner de relieve que dentro de la comunidad de los
suyos las relaciones de fraternidad y de "sororidad"
arrancan de la común escucha de la palabra de Dios.
¿No sigue siendo este mensaje igualmente
alternativo en nuestro momento?

Gonzalo (gonzalo@claret.org)

3-11. CLARETIANOS 2003

Toda la liturgia de hoy está centrada en el


cumplimiento de la voluntad de Dios. Ahora bien,
cumplir la voluntad de Dios no significa sin más
cumplir la ley, porque la ley no puede nunca hacer
perfectos a los que se acercan a ofrecer los
sacrificios. La voluntad de Dios tiene que ver con la
escucha de la Palabra y con su puesta en práctica,
con una actitud profunda que va más allá de las
conductas cumplidoras y que se puede decir con una
sola expresión: “Aquí estoy”.
En cierta ocasión un joven novicio preguntó al Abad
si había posibilidad de conocer a Jesucristo por
dentro. El Abad se limitó a abrir la Biblia delante de
él

- ¿No es demasiado? -preguntó tímidamente el joven


al ver un libro tan voluminoso.

El Abad bajó los ojos e invitó al joven a leer en el


libro precisamente lo que estaba señalando con el
dedo.

El novicio leyó el pasaje latino de Hebreos 10, 5: "Al


entrar en el mundo dijo: 'Ecce' [Aquí estoy], Padre,
para cumplir tu voluntad".

-No, no -sonrió el Abad-; basta con la primera


palabra: "Ecce". Recuérdala bien: es breve, se lee lo
mismo hacia delante y hacia atrás, pero, sobre todo,
es un pozo cuya hondura no se puede medir.

Gonzalo (gonzalo@claret.org)

3-12. 2001

COMENTARIO 1

vv. 31-32 Llegó su madre con sus hermanos y,


quedándose fuera, lo mandaron llamar. Una multitud
estaba sentada en torno a él. Le dijeron: «Mira, tu
madre y tus hermanos te buscan ahí fuera».

En paralelo con el grupo de los Doce, que estaba con


Jesús «en la casa» (3,20) y representa a los
seguidores de Jesús procedentes del judaísmo en
cuanto constituyen el nuevo Israel, aparece por
primera vez con personalidad propia el segundo
grupo de seguidores de Jesús, el que no procede del
judaísmo, caracterizado como una multitud sentada
en torno a él. Mientras los allegados de Jesús,
afectos a la institución judía, han reaccionado
violentamente en contra de la iniciativa que ha
tomado, este otro grupo sigue íntimamente unido a
él.

La existencia en torno a Jesús de este grupo


numeroso constituye un muro que impide el acceso
de los que desean reducirlo al silencio. Mc subraya el
contraste entre la familia que se queda fuera y los
que están sentados en torno a Jesús (= «estar con
Jesús», cf. 3,14, la adhesión incondicional y
permanente). La madre, sin nombre, representa el
origen de Jesús, es decir, la comunidad humana
donde se ha criado; sus hermanos, los miembros de
esa comunidad. No se trata tanto de las personas
como de mostrar la hostilidad hacia Jesús del
ambiente donde había vivido.

vv. 33-35 El les replicó: «¿Quiénes son mi madre y


mis hermanos?» Y, paseando la mirada por los que
estaban sentados en corro en torno a él, añadió: «He
aquí mi madre y mis hermanos. Quienquiera que
lleve a efecto el designio de Dios, ése es hermano
mío y hermana y madre».

Ante esta ofensiva de su gente (madre, hermanos),


incondicionalmente adicta a la institución religiosa y
que lo rechaza a él y a su mensaje, Jesús se
desvincula de ella. Declara que los lazos familiares y
los vínculos de raza o nación no son decisivos;
cualquier hombre que le dé su adhesión y comparta
sus ideales queda unido a él por vínculos de familia,
que establecen una fraternidad universal. La única
condición para pertenecer a la nueva familia es
cumplir el designio de Dios, dando la adhesión a
Jesús (cf. 2,5: la fe).

COMENTARIO 2
El texto evangélico de este día no puede ser
entendido si no tenemos presente el texto evangélico
que la liturgia nos proponía ayer. Ayer leímos el
relato de demonización que los escribas hacían del
ministerio de Jesús. El relato de hoy nos narra que la
familia de Jesús, su madre y sus hermanos, los
buscaba con insistencia. Pero no lo buscaba por
acrecentar los lazos de familiaridad, sino que frente a
las acusaciones de los líderes afirmando que Jesús
actuaba por el poder del príncipe de los demonios,
llega a creer que Jesús se había vuelto loco. Frente a
ese temor, la madre de Jesús y sus hermanos se
sienten con la autoridad necesaria para ir a detenerlo
y llevarlo de nuevo a la casa y hacerlo desistir de esa
idea del Reinado de Dios.

Por dura que parezca la respuesta dada por Jesús al


anuncio de que su madre y sus hermanos lo
buscaban, se trata de una respuesta en la que Jesús
se define: el Reino hace que toda otra relación pase
a segundo plano. Jesús no estaba dispuesto a que
nadie malinterpretara la vivencia del Reinado de Dios
en su vida y mucho menos su instauración en esta
historia humana, tan llena de signos que
contradecían la obra creadora de Dios. Por eso, ni los
jefes religiosos de su tiempo, ni mucho menos su
familia de sangre, pueden intentar encerrarlo en los
estrechos marcos de la tradición o de la casa. El
Reino de Dios no tiene espera. El Reino de Dios es
exigente. Las palabras de Jesús son claras "¿Quién
es mi madre y quiénes son mis hermanos? Mi madre
y mis hermanos son aquellos que viven de acuerdo a
la voluntad de Dios. Ese es mi hermana, mi hermano
y mi madre". Jesús desconoce totalmente la tradición
familiar de su tiempo. Rompe con el estilo de la
familia atrapadora, acaparadora, rompe con el estilo
de familia que superprotege y que imposibilita las
grandes revoluciones sociales e históricas, e invita de
esta forma a los que le oyen, entre ellos a su familia
por consanguinidad, a que den un salto cualitativo en
el campo de las relaciones familiares y afectivas para
poder de esa forma encaminarse en la vida del
Reino, donde todos los marcos estrechos de la
sociedad quedan rotos, por la universalidad y por la
hermandad que el mismo Reino en su dinámica trae.

1. Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones


Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987 (Adaptado por
Jesús Peláez)

2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional


Claretiana de Latinoamérica)

3-13. 2002

Los familiares vuelven al ataque. Ahora son su


madre y sus hermanos. Estos no pertenecen al
círculo de sus seguidores, no son sus discípulos, ni se
sientan a sus pies, ni están en torno a Él, formas
distintas que el evangelio de Marcos utiliza para
referirse a quien es discípulo. A pesar de haber
convivido con El, no están de su parte. Por eso no
entran a donde está Jesús para escuchar su
enseñanza, sino que desde fuera lo quieren hacer
salir: «le mandaron recado para llamarle». A solas,
tal vez, lo convenzan mejor de su «errado» camino...

Pero Jesús no hace caso. No reconoce como familia a


quien no le reconoce como enviado de Dios y
liberador del hombre, a quien considera que la
liberación del hombre es asunto de locos. Su
verdadera familia son aquellos que comparten con El
su programa. Quienes le dan su adhesión, ésos son
«hermano mío, hermana y madre». Igualdad de
sexos (hermano y hermana), igualdad de origen
(madre); en esta «familia» no hay lugar para el
padre, por cuanto en la cultura judía representa la
autoridad y supone dependencia y sumisión. En el
círculo de Jesús sólo hay sitio para la fraternidad, la
nota característica de los miembros de esta sociedad
alternativa que Jesús viene a implantar con la ayuda
de sus nuevos «hermanos, hermanas y madre».
De la «sociedad alternativa» o comunidad de se-
guidores de Jesús solamente pueden formar parte
quienes cumplen el designio de Dios, su Proyecto, su
Utopía, que no es otra que hacer del mundo una
familia, una fraternidad universal. ¡Cuánto queda
para esto!

Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional


Claretiana de Latinoamérica)

3-14. 2004 SERVICIO BÍBLICO LATINOAMERICANO

Jesús tuvo una familia que seguramente sintió


preocupación por Él, por su extraño modo de
comportarse, por los peligros que pudieran
sobrevenirle a causa de su actividad de predicador y
realizador de prodigios y milagros. Hoy san Marcos
nos presenta esta escena inquietante: la madre y los
hermanos de Jesús que van a buscarle, que no
quieren o no se atreven a irrumpir en el grupo que lo
rodea mientras enseña. Por eso lo mandan llamar
desde fuera. A la noticia de que sus familiares lo
buscan Jesús responde con esas palabras
desconcertantes que implican un nuevo orden de
vínculos, afectos y obligaciones. No ya los de la
carne y la sangre sino los que se fundan en la
obediencia a la voluntad salvífica de Dios. Hermanos,
hermanas y madre de Jesús no son ya los de su
propia familia sino sus discípulos y discípulas que
reconocen a Dios como Padre amoroso de todos los
seres humanos y rigen sus vidas conforme a su
voluntad, tal y como se la da a conocer Jesús.
No quiere decir para nada que Jesús haya
abandonado y despreciado a los suyos. Otros pasajes
del Nuevo Testamento nos informan del lugar
importante que ocuparon en la primitiva comunidad
cristiana los miembros de su familia, su madre, sus
hermanas y sus hermanos, precisamente. Solo que
para llegar a ocupar ese lugar seguramente tuvieron
que hacerse sus discípulos y discípulas, asumieron su
palabra, creyeron en Él.
Nos preocupa mucho a los cristianos la crisis de la
familia que se vive, a tantos niveles, en nuestra
sociedad, en nuestros pueblos. Jesús nos ha
enseñado que a tantas familias en crisis debemos
anunciar el evangelio del amor, el respeto, la libertad
personal, no imponerles los solos vínculos de la
consanguinidad.

3-15.Comentario: Rev. D. Josep Gassó i Lécera


(Corró d'Avall-Barcelona, España)

«Éstos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla


la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana
y mi madre»

Hoy contemplamos a Jesús —en una escena muy


concreta y, a la vez, comprometedora— rodeado por
una multitud de gente del pueblo. Los familiares más
próximos de Jesús han llegado desde Nazareth a
Cafarnaum. Pero en vista de la cantidad de gente,
permanecen fuera y lo mandan llamar. Le dicen:
«¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas
están fuera y te buscan» (Mc 3,31).

En la respuesta de Jesús, como veremos, no hay


ningún motivo de rechazo hacia sus familiares. Jesús
se había alejado de ellos para seguir la llamada
divina y muestra ahora que también internamente ha
renunciado a ellos: no por frialdad de sentimientos o
por menosprecio de los vínculos familiares, sino
porque pertenece completamente a Dios Padre.
Jesucristo ha realizado personalmente en Él mismo
aquello que justamente pide a sus discípulos.

En lugar de su familia de la tierra, Jesús ha escogido


una familia espiritual. Echa una mirada sobre los
hombres sentados a su alrededor y les dice: «Éstos
son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la
voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y
mi madre» (Mc 3,34-35). San Marcos, en otros
lugares de su Evangelio, refiere otras de esas
miradas de Jesús a su alrededor.

¿Es que Jesús nos quiere decir que sólo son sus
parientes los que escuchan con atención su palabra?
¡No! No son sus parientes aquellos que escuchan su
palabra, sino aquellos que escuchan y cumplen la
voluntad de Dios: éstos son su hermano, su
hermana, su madre.

Lo que Jesús hace es una exhortación a aquellos que


se encuentran allí sentados —y a todos— a entrar en
comunión con Él mediante el cumplimiento de la
voluntad divina. Pero, a la vez, vemos en sus
palabras una alabanza a su madre, Maria, la siempre
bienaventurada por haber creído.

3-16. DOMINICOS 2004

El Señor es el Rey de la Gloria

Adoremos al Señor, Rey de la gloria. A él sea la


alabanza.
Adoremos los designios del Señor que se acordó de
nosotros.
Adoremos al Padre, al Hijo, al Espíritu, único Dios. A
los Tres sea la gloria.

Hoy se nos recuerda en la liturgia de la palabra una


fiesta de Israel: la que hizo el pueblo de Dios, bajo la
presidencia del rey David, al trasladar a la ciudad de
Jerusalén el Arca de la alianza. David iba danzando,
dice el texto, al frente de los creyentes.

¡Felices nosotros si, en la oración, en la vida, en el


trabajo, en la caridad, vivimos la fiesta del amor!

El Evangelio, con menos aparato folclórico y fiesta,


nos insiste una vez más en que tratemos de
entender bien el gesto de Jesús, nuestro Maestro,
elevando sus brazos y clamando ante la multitud:
¡Todos cuantos cumplís la voluntad de Dios sois para
mí, madre, hermanos, amigos!

Coloquémonos, pues, entre esa multitud, y


apreciemos la vocación, gracia, bondad de nuestro
Dios para con nosotros.

La luz de la Palabra de Dios


Segundo libro de Samuel 6,12-15.17-19:
“En aquellos días, decidió David trasladar el arca de
Dios desde la casa de Obedón a la ciudad de David,
haciendo fiesta.

Cuando los portadores del arca avanzaron seis


pasos, sacrificó un toro y un ternero cebado; e iba
danzando ante el Señor con todo entusiasmo,
vestido sólo con un roquete de lino.

Así David y los israelitas iban llevando el arca del


Señor, hasta que la instalaron en su sitio, en el
centro de la tienda que David le había preparado.
David ofreció holocaustos y sacrificios al Señor; y
cuando terminó de ofrecerlos, bendijo al pueblo en el
nombre del Señor...”

Evangelio según san Marcos 3, 31-35:


“En aquel tiempo, llegaron la madre y los hermanos
de Jesús, y desde fuera lo mandaron llamar.

La gente que tenía sentada a su alrededor, dijo a


Jesús: Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y
te buscan.

Él les contestó: ¿Quiénes son mi madre y mis


hermanos?

Y paseando la mirada por el corro, dijo: Estos son mi


madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de
Dios, es mi hermano y mi hermana y mi madre”
Reflexión para este día
Dios cerca de nosotros.
A todo creyente le afecta muy mucho sentirse cerca
de Dios en quien cree. Su ausencia, aunque sólo sea
aparente, provoca estados de ánimo tan fuertes y
dolorosos que, si no fuera por la gracia, serían
difíciles de soportar.

En el verdadero camino de santificación, las noches


del sentido y del espíritu, y las amarguras inherentes
a nuestra condición de vida en convivencia, cuentan
mucho; pero no pueden ser ellas la meta a alcanzar
sino el obstáculo a superar. Por eso es comprensible
la alegría de David y su pueblo cuando trasladan a
mejor tienda en la ciudad de David (Jerusalén) el
símbolo de esa presencia en Israel.

A todos debería gustarnos preparar cada día el


corazón para nuestro Dios, mejorando sentimientos,
decisiones, actitudes. Ello supondría que queremos
ser en verdad madres, hermanos, amigos, conforme
a la expresión sorprendente de Jesús: quien cree en
mí, hace que todo cambie en su vida, pues entra a
formar parte de mi familia.

3-17.Jesús nos llama hijos de Dios. No hay


diferencias entre Él y nosotros en tanto cumplamos
la voluntad de Dios. Muchas veces este evangelio se
utiliza para demostrar que nuestra Madre María tuvo
más hijos queriendo manchar la imagen y veneración
(respeto profundo) que para los católicos tiene la
madre. Se hace el enfoque desde este punto de
vista, olvidando la verdadera enseñanza que quiere
dejar Jesús. Sus palabras no son para su madre; sus
palabras son para cada una de las personas que
están sentadas ahí y que hoy en día leemos y
seguimos sus mandatos. No nos perdamos en lo
claro y empecemos a cumplir con lo que
verdaderamente nos hace hijos de Dios: cumplir su
voluntad.

Señor te pido que día a día pueda presentarte mis


planes y, como María, aceptar y cumplir con tu
voluntad.

Dios nos bendice,

Miosotis

3-18. Reflexión

Una incorrecta interpretación de este pasaje ha


llevado a algunos a pensar que con estas palabras y
esta actitud que nos presenta el evangelista, Jesús
está menospreciando a su Madre, apoyando su
actitud de indiferencia (cuando no de rechazo) hacia
María Santísima. Nada más contrario en la intención
de Jesús. Primeramente en ningún momento se dice
que Jesús no salió inmediatamente después a
atender a su mamá. Sin embargo, como siempre,
Jesús usa de un evento o situación particular para
instruir a la comunidad. La familia de Jesús, no es
simplemente la familia física unida por los lazos de
sangre, sino aquellos que cumplen la voluntad de
Dios. Con ello destaca el hecho de que María, como
lo reconocerá siempre la comunidad cristiana, es el
modelo perfecto de aquellos que hacen la voluntad
de Dios, por lo que no solo es su madre en sentido
físico, sino también lo es de manera espiritual y
trascendente. Por ello pertenecerán realmente a la
familia de Jesús y María aquellos que hacen la
voluntad de Dios. ¿Podríamos decir que nosotros
formamos parte de esta familia?

Que pases un día lleno del amor de Dios.

Como María, todo por Jesús y para Jesús

Pbro. Ernesto María Caro


3-19.

¿Quienes son mi madre y mis hermanos?

Fuente: Catholic.net
Autor: P. Juan Gralla

Reflexión:

Días después de su nacimiento, la “Llena de Gracia”,


la “Inmaculada Concepción”, la Criatura más excelsa
que ha podido existir, fue presentada en el Templo.
Una hermosa tradición que hoy la liturgia recoge, si
bien el Evangelio no dice nada de este hecho de la
vida de María.

Pero el Evangelio es palabra de Dios, es vida de


Cristo que tiene sabor a vida eterna y que habla al
hombre de todos los tiempos. Por lo tanto los
misterios nos son, por así decirlo, misteriosamente
entregados en sus palabras. Y este hecho tan
puntual de los sucesos que acaecieron al Señor
hablan de esta hermosa Señora que fue su Madre y
nos reflejan su misterio que es para nosotros
enseñanza de vida eterna.

Ahí tenemos a Cristo que está predicando a sus


“ovejuelas”. Pero he aquí que de pronto alguien
viene con la noticia de que su Madre y su parentela
quieren verlo. ¿Por qué Cristo no se ha levantado
presuroso a recibir a la que más amó en la tierra, su
mamá? ¿Por qué en cambio ha respondido de una
manera casi indiferente? Pero nada de eso estaba en
el Corazón del mejor de los hijos. Si su Madre lo
buscaba iría a recibirlo. Y si respondió así la ensalzó
sobre todos y como que nos remontó a aquel suceso
de años, cuando a la niña María la presentaron en el
Templo. “¿Quién es mi Madre y mis hermanos?...
Quien cumpla la voluntad de Dios” enseñaba el
Maestro.
¿Y quién cumplió mejor en esta tierra esa Voluntad
de Dios sino María? Su Madre, Ella, la Siempre Fiel.
Por eso la puso de modelo. Todo aquel que llegue a
cumplir los deseos de su Padre podrá asemejarse a
aquella Dulce Madre, Fidelísima a quien se le
confiaron tesoros tan grandes. Y así como una vez
fue presentada en el Templo para consagrarla
totalmente al Señor ahora Ella, de labios de su Hijo,
fue confirmada en su ofrenda total ante el Padre
celestial, porque sólo Ella ha logrado vivir
consagrada plenamente a los deseos del Señor.

3-20.

LECTURAS: 2 SAM 6, 12-15. 17-19; SAL 23; MC 3,


31-35

2Sam. 6, 12-15. 17-19. Jerusalén es elevada a


ciudad sagrada porque el Señor ha llegado a morar
en ella. En medio de cantos, holocaustos y danzar
rituales llega el Señor de los ejércitos para habitar en
medio de su pueblo santo. Cuando llegue la plenitud
de los tiempos el Verbo se hará carne y plantará su
tienda de campaña en medio de las nuestras. Más
aún: Él hará su morada en nuestros corazones, y
hará que toda nuestra vida se convierta en una
continua ofrenda de alabanza a nuestro Dios y Padre.
Dios nos ha consagrado por medio del Bautismo.
Tratemos de ser una digna morada del Señor, de tal
forma que manifestemos con nuestras buenas obras
que realmente el Señor está con nosotros. No nos
conformemos con disfrutar de la presencia del Señor
en nuestro interior. Procuremos ser un signo de su
amor para cuantos nos traten sabiendo compartir
con ellos los dones que Dios nos ha dado; y no sólo
los bienes materiales, sino el Don de la Vida y del
Espíritu, que Dios quiere que llegue a todos para que
todos seamos hijos suyos y nos convirtamos en una
digna morada de su Espíritu.
Sal. 23. No sólo abramos las puertas del Templo al
Señor; abrámosle, especialmente, las puertas de
nuestro corazón. Abramos las puertas de nuestra
vida al Redentor que se acerca a nosotros para hacer
su morada en nuestros corazones. Pero no sólo
hemos de abrirle al Señor nuestro corazón; sabiendo
que Él está con nosotros, sepamos escuchar su
Palabra y vivir conforme a sus enseñanzas. Así,
llevando una vida intachable en su presencia, cuando
Él vuelva glorioso al final de los tiempos, Él mismo
nos abrirá las puertas de las moradas eternas para
que disfrutemos eternamente del Gozo de nuestro
Dios y Padre. A Él sea dado todo honor y toda gloria
ahora y siempre y por infinitos siglos de los siglos.

Mc. 3, 31-35. Jesús es el Hijo amado del Padre por


su fidelidad total a su Voluntad. Jesús mismo diría:
mi alimento es hacer la voluntad de Aquel que me
envió. Todo aquel que, unido a Cristo, haga la
voluntad del Padre Dios, será considerado de la
familia de Dios. Por eso, junto con María, debemos
aprender a decir: Hágase en mi según tu Palabra. No
basta escuchar la Palabra de Dios, sino hay que
ponerla en práctica. Dios quiere hacer su obra de
salvación en nosotros; si tenemos la apertura
suficiente al Espíritu de Dios en nosotros, Dios hará
de nosotros sus hijos amados, pues su amor llegará
en nosotros a su plenitud. No nos quedemos como
discípulos sentados a los pies de Jesús, vayamos y
demos testimonio de Él en nuestra vida diaria; con
eso estaremos dando a conocer que en verdad Dios
ha hecho su morada en nosotros y que nosotros lo
tenemos por Padre.

Mediante la Eucaristía nosotros entramos en una


Alianza de comunión con Cristo. Así participamos de
la misma Vida que el Hijo recibe del Padre y somos
hechos hijos de Dios. Mediante esta obra de
salvación que celebramos como un Memorial de la
Pascua de Cristo, Él nos hace entender cuánto nos
ama. Nosotros no sólo le ofrecemos un sacrificio
agradable, pues al permanecer en comunión de vida
con Cristo, cuando lo ofrecemos al Padre nosotros
mismos nos ofrecemos junto con Él. Por eso al
celebrar la Eucaristía estamos adquiriendo un
compromiso: consagrarle todo a Dios, de tal forma
que nuestra vida, nuestra historia, nuestro mundo,
lleguen, por medio nuestro, a la presencia de Dios
libres de todo lo que oscurece en ellos la presencia
del Señor. Así, no sólo somos santificados, sino que
Dios nos convierte en instrumentos de su salvación
para todos los pueblos. Venimos ante Él trayendo el
fruto del trabajo que nos confió, y volvemos al
mundo, impulsados por el Espíritu Santo, para seguir
trabajando por un mundo más justo, más fraterno,
más capaz de manifestar que el Reino de Dios se va
haciendo realidad entre nosotros.

Por eso no basta con participar de la Eucaristía para


decir que somos de la familia divina. Es necesario
que cumplamos la voluntad de Dios. Y la voluntad de
Dios consiste en que creamos en Aquel que Él nos
envió. Y creer en Jesús no es sólo profesar con los
labios que es nuestro Dios y nuestro Señor. Hay que
creerle a Jesús, de tal forma que hagamos vida en
nosotros su obra de salvación. Su Palabra ha de ser
sembrada en nosotros y no puede caer en un terreno
malo e infecundo, sino que, por la obra de
santificación que realice el Espíritu Santo en
nosotros, ha de producir abundantes frutos de
buenas obras. Entonces nosotros, a imagen de
Jesucristo, pasaremos haciendo el bien a todos.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima


Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la
gracia de vivir con la apertura suficiente para
dejarnos conducir por el Espíritu Santo, para que
haciendo en todo la voluntad de Dios, unidos a
Cristo, en Él nos convirtamos en los hijos amados del
Padre. Amén.

www.homiliacatolica.com
3-21. CLARETIANOS 2004

Queridos amigos y amigas:

La Palabra de hoy nos coloca ante esta cuestión:


¿cuál es la verdadera familia de Jesús? Los teólogos
han repetido hasta la saciedad una cosa: que Dios
tiene un rostro de Padre, incluso de Madre. Jesús nos
ha revelado su parentesco, nos habla de su Padre y
nuestro Padre... Jesús se encarnó en el seno de una
madre, María, y creció en el contexto de una familia
de su tiempo y del entorno palestino. Las categorías
humanas, en concreto las de la familia, han sido
asumidas en el lenguaje del Evangelio y han
circulado entre los creyentes con naturalidad a lo
largo de toda la historia.

Pero hoy - en el Evangelio de Marcos - apreciamos


una mueca de desaire por parte de Jesús hacia su
propia familia, que nos deja perplejos. Parece una
reacción destemplada la de Jesús ante el
requerimiento de su madre y de sus hermanos,
llegados a la puerta de la casa en donde él se
encuentra.

¿Los “lazos familiares” le merecen poco interés? ¿O,


acaso, nos quiere transmitir algún mensaje de
ascético desapego...? No hay tal. Jesús quiere a los
suyos. Quiere, sobre todo, a su madre. Tampoco la
ascesis figura entre sus predilecciones (son los
fariseos y los discípulos de Juan los que ayunan...).
Pero aprovecha esta oportunidad para subrayar la
importancia que revisten “otros lazos familiares” que
le unen a sus discípulos. María, la primera discípula,
es familiar de Jesús por un parentesco mucho más
fundamental que por el meramente biológico: ella es
dichosa más por ser creyente que por ser madre,
más por haber creído en su Hijo que por haberle
dado a luz.

Los cristianos somos los familiares de Jesús: no por


estar registrados en el libro de bautismos de nuestra
parroquia, ni por la tradición o cultura de nuestro
pueblo, ni por nuestra ciencia, ni por nuestro dinero
o poder acumulado, ni siquiera por los méritos
contraídos... Lo somos por la fe y por el
cumplimiento de la voluntad de Dios. En eso,
exactamente igual que María (guardadas siempre las
debidas distancias entre ella y nosotros en el modo
de acoger la Palabra y en la manera de cumplirla).

Vuestro hermano en la fe:


José San Román (sanromancmf@claret.org)

3-22. ARCHIMADRID 2004

LAS TELENOVELAS

“Romualdo-Félix tengo que decirte una cosa… tu


padre es en realidad, … ¡tu hermana pequeña!.” Creo
que me falta el gen específico para engancharme a
las telenovelas, pero por lo que oigo a mis feligresas
tele-adictas cualquier día dirán esta frase en alguna
de ellas. Antes se ponían las horas de reunión con
mujeres a la hora del fútbol para que tuviesen a los
maridos ocupados; ahora que hay fútbol a todas
horas hay que estudiar la guía de televisión para que
no coincida con ninguna teleserie o programa del
corazón (que es casi una misión imposible), ya que
perderse unos cuantos capítulos supone rehacer una
intrincada trama de relaciones familiares y ponerse
al día todo un reto, porque el que era padre no lo es,
la madre es la abuela, el primo golfo se ha
transformado en heredero de una tía perdida en
Brasil y la niña pequeña contrae matrimonio por
cuarta vez; o sea que siempre acabas
preguntándote, con cara de bobo, quién es quien.

“¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?.” No es


que nuestro Señor estuviese enganchado a
“Esmeralda y Rosalinda” y hubiera perdido el norte,
la respuesta la da a continuación para que nosotros
no seamos los desorientados: “El que cumple la
voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana
y mi madre.” Esta gran noticia sería suficiente para
que saliésemos a la calle danzando felices como
David ante el Arca “con todo entusiasmo”. Cumplir la
voluntad de Dios no nos convierte simplemente en
“buenos”, nos hace familia de Dios, hijos suyos,
hermanos de Cristo. Nuestro Dios no es el señor
feudal que trata con cierta benevolencia a sus
súbditos, es un padre que nos trata como hijos, algo
que nunca hubiéramos podido imaginar en nuestras
fantasías más delirantes, ni aún en los sueños de
grandeza más sublimes, “ése es mi hermano y mi
hermana y mi madre” ¡y lo dice el Hijo de Dios!.

Sin embargo, hay quien se quiere perder los


capítulos de esta maravillosa novela de la vida de los
hijos de Dios. El pecado nos hace perder esta
relación con Dios y sentirnos excluidos de esta
maravillosa aventura de seguir a Cristo. Como quien
retoma una telenovela tras perderse varios capítulos
ya no sabe quién es quién y, sobre todo, no sabe
quién es él mismo. Cambia el reparto y el que era
hermano de Cristo pasa a ser hermano del diablo,
primo de sus pasiones, madre de su orgullo y
enemigo acérrimo de su mejor amigo: Dios. El
pecado hace que no sea el Espíritu Santo el guionista
de nuestra vida porque dejamos que la dirección la
lleve un escritor pesimista y frustrado que siempre
pergeñará un final trágico para la existencia del
protagonista de esa vida que eres tú mismo.

Cristo no es un realizador celoso, en el momento en


que te dejes, que se lo pidas con humildad y realices
una buena confesión, en cuanto te decidas a cumplir
la voluntad de Dios, volverá a tomar las riendas de
tu vida, volverás a ser hermano de Cristo, retomarás
tu sitio en la historia de tu existir y, después de
muchos capítulos, llegará el fin gozoso del abrazo del
Padre y el Hijo.

María nunca dejó que otro dirigiese su vida, sólo Dios


Padre, Hijo y Espíritu Santo marcó su papel en la
vida
Primer Libro de Samuel 17,32-33.37.40-51.

David dijo a Saúl: "No hay que desanimarse a causa de ese;


tu servidor irá a luchar contra el filisteo". Pero Saúl
respondió a David: "Tú no puedes batirte con ese filisteo,
porque no eres más que un muchacho, y él es un hombre de
guerra desde su juventud". Y David añadió: "El Señor, que
me ha librado de las garras del león y del oso, también me
librará de la mano de ese filisteo". Entonces Saúl dijo a
David: "Ve, y que el Señor esté contigo". Luego tomó en la
mano su bastón, eligió en el torrente cinco piedras bien
lisas, las puso en su bolsa de pastor, en la mochila, y con la
honda en la mano avanzó hacia el filisteo. El filisteo se fue
acercando poco a poco a David, precedido de su escudero.
Y al fijar sus ojos en David, el filisteo lo despreció, porque
vio que era apenas un muchacho, de tez clara y de buena
presencia. Entonces dijo a David: "¿Soy yo un perro para
que vengas a mí armado de palos?". Y maldijo a David
invocando a sus dioses. Luego le dijo: "Ven aquí, y daré tu
carne a los pájaros del cielo y a los animales del campo".
David replicó al filisteo: "Tú avanzas contra mí armado de
espada, lanza y jabalina, pero yo voy hacia ti en el nombre
del Señor de los ejércitos, el Dios de las huestes de Israel, a
quien tú has desafiado. Hoy mismo el Señor te entregará en
mis manos; yo te derrotaré, te cortaré la cabeza, y daré tu
cadáver y los cadáveres del ejército filisteo a los pájaros del
cielo y a los animales del campo. Así toda la tierra sabrá que
hay un Dios para Israel. Y toda esta asamblea reconocerá
que el Señor da la victoria sin espada ni lanza. Porque esta
es una guerra del Señor, y él los entregará en nuestras
manos". Cuando el filisteo se puso en movimiento y se
acercó cada vez más para enfrentar a David, este enfiló
velozmente en dirección al filisteo. En seguida metió la
mano en su bolsa, sacó de ella una piedra y la arrojó con la
honda, hiriendo al filisteo en la frente. La piedra se le clavó
en la frente, y él cayó de bruces contra el suelo. Así venció
David al filisteo con la honda y una piedra; le asestó un
golpe mortal, sin tener una espada en su mano. David fue
corriendo y se paró junto al filisteo; le agarró la espada, se la
sacó de la vaina y lo mató, cortándole la cabeza. Al ver que
su héroe estaba muerto, los filisteos huyeron.

Salmo 144,1-2.9-10.

De David. Bendito sea el Señor, mi Roca, el que adiestra


mis brazos para el combate y mis manos para la lucha.
El es mi bienhechor y mi fortaleza, mi baluarte y mi
libertador; él es el escudo con que me resguardo, y el que
somete los pueblos a mis pies.
Dios mío, yo quiero cantarte un canto nuevo y tocar para ti
con el arpa de diez cuerdas,
porque tú das la victoria a los reyes y libras a David, tu
servidor. Líbrame de la espada maligna,

Evangelio según San Marcos 3,1-6.

Jesús entró nuevamente en una sinagoga, y había allí un


hombre que tenía una mano paralizada. Los fariseos
observaban atentamente a Jesús para ver si lo curaba en
sábado, con el fin de acusarlo. Jesús dijo al hombre de la
mano paralizada: "Ven y colócate aquí delante". Y les dijo:
"¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar
una vida o perderla?". Pero ellos callaron. Entonces,
dirigiendo sobre ellos una mirada llena de indignación y
apenado por la dureza de sus corazones, dijo al hombre:
"Extiende tu mano". El la extendió y su mano quedó curada.
Los fariseos salieron y se confabularon con los herodianos
para buscar la forma de acabar con él.

Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.

1.- Hb 7, 1-3.15-17

1-1.

Hemos visto que, según una tradición antigua, puede


interpretarse el salmo 109 como referido a Cristo:
"Sacerdote eterno según el rito de Melquisedec".
Para explicar el sentido de esta atribución, el autor
de la epístola a los Hebreos ha recurrido al célebre
pasaje de Gn 14, donde aparece Melquisedec como
"el hombre de ninguna parte". Tras una fugaz
aparición en el escenario de la historia, este
personaje retorna al silencio de Dios. El terreno era
propicio a la exégesis rabínica, hábil para sacar
partido de las lagunas bíblicas.
Así pues, a Melquisedec no se le conocía "ni padre, ni
madre, ni genealogía". Dado lo riguroso de la Ley en
materia de genealogías, especialmente de
genealogías sacerdotales, tal circunstancia no podía
por menos de resultar extraña. Adviértase, por otra
parte, que el relato de Gn 14 no menciona ni el
nacimiento ni la muerte de Melquisedec. El sumo
sacerdote parece participar de la eternidad divina: se
asemeja al "Hijo de Dios", como se hace notar en la
epístola. En efecto, para el autor de Hebreos, la
ausencia de ascendencia levítica y la perpetuidad del
sacerdocio parecen ser los rasgos más característicos
del sacerdocio "nuevo estilo".

Ahora bien, tampoco Jesús era sacerdote y, por José,


descendía legalmente de David y de la tribu de Judá
(Mt 1, 16). Por eso, cuando al resucitarle de entre los
muertos le consagra Dios sacerdote para la
eternidad, esa consagración se efectuará "en virtud
del poder de una vida indestructible", y no "en virtud
de una filiación humana".
DIOS CADA DIA
SIGUIENDO EL LECCIONARIO FERIAL
SEMANAS I-IX T.O. EVANG.DE MARCOS
SAL TERRAE/SANTANDER 1990.Pág. 38

1-2.

-Tú eres sacerdote para siempre en la línea de


Melquisedec.

Jesús no pertenece a la tribu de Leví, no es pues


sacerdote según la ley judía, es un simple laico. Esto
será subrayado más adelante (Hebreos 7,14). Desde
entonces su sacerdocio es de otro orden. Y el autor
busca el esbozo de Cristo y lo halla mucho antes de
la ley de Moisés: se trata de Melquisedec, en tiempos
de Abraham. (Génesis 14, 17-20; Salmo 110) Es
interesante subrayar lo que sugiere esa
aproximación:
- Melquisedec es «rey y sacerdote»... como Jesús
que instaura el Reino de Dios. - Melquisedec es un
sacerdote pagano... lo que significa que antes de
cualquier Alianza particular con el pueblo judío en
Abraham y anterior a la instauración del sacerdocio
levítico, había -y los hay siempre- unos hombres
religiosos que honran de veras a Dios... y Jesús
encontrará de nuevo ese sacerdocio universal.

- Melquisedec significa «rey de justicia» y su villa es


«Salem» que significa «paz». - Melquisedec, en fin,
carece de genealogía, es como un ser caído del cielo
que anuncia así la divinidad de Cristo.

Esos argumentos, de tipo rabínico, pueden


parecernos algo complicados. Van dirigidos, no lo
olvidemos, a judíos habituados a esa argumentación
bíblica, y expresan en imágenes concretas lo que
nosotros diríamos en forma de ideas abstractas.

-Melquisedec, rey de Salem, sacerdote de Dios


Altísimo, sale al encuentro de Abraham. El proyecto
de Dios es pues anterior a la formación del pueblo de
Israel. Y pensamos en esos miles de hombres y de
mujeres que, antes y después de Jesucristo, no han
tenido nunca la ocasión de encontrarle... y que le
sirven, a su manera, siguiendo sus propias
costumbres religiosas.

El autor de este texto nos afirma que Cristo es «de


este orden» «según el orden de Melquisedec».

Por varios toques de ese género, la Escritura


contínuamente nos recuerda que la salvación de
Cristo es universal y alcanza a todos los hombres de
toda raza y de toda situación religiosa. La vocación
misionera de la Iglesia es procurar que el mayor
número posible de esos hombres, «reconozca»
explícitamente a su Salvador y sean más conscientes
de ello viviéndolo y siendo a su vez «salvadores» de
sus hermanos.
-El nombre Melquisedec significa «rey de justicia» y
además rey de Salem, es decir, «rey de Paz».

Medito esos dos títulos de Jesús: rey de justicia...


rey de paz...

-Sin padre, ni madre, ni genealogía, sin comienzo de


existencia ni fin de vida; todo ello le asemeja al Hijo
de Dios.

Efectivamente, Melquisedec es una figura


enigmática, misteriosa, como un meteoro del que no
se sabe de donde viene ni adonde va. Y el autor ve
en ello el origen divino de Jesús. Sí, el Hijo de Dios
no tiene principio ni fin, es eterno como Dios... su
nacimiento se pierde en la noche de los tiempos y
más allá del tiempo, su vida se prolonga en el
infinito.

-Permanece sacerdote para siempre

No siendo hereditario y no teniendo origen humano,


su sacerdocio es durable, eterno. El solo llena todos
los siglos. Todos los otros sacerdotes, desde
entonces, no lo serán más que en dependencia de él
y participación con El.

-Es sacerdote no en virtud de una ley humana, sino


por una fuerza de vida indestructible.

En su misma personalidad reside su misión de


mediador.

NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 5
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑO IMPARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1983.Pág. 24 s.

1-3. /Hb/07/01-10

Hoy empezamos la profunda exposición cristológica


de la carta a los Hebreos (7,1-10,18); el tema
central es el sacerdocio y sacrificio de Jesucristo. En
este punto, el escrito es absolutamente original; es
el único del NT que atribuye a Jesucristo el título de
sacerdote. El punto de partida del pensamiento de
Heb es el gozoso mensaje de la comunión del
hombre con Dios por Jesucristo, superando así el
pecado y llegando a la salvación. El autor expone
esta fe en clave cultual: la gran meta del hombre es
"acercarse" al Dios vivo para "darle culto" y, así, ser
«purificado» del pecado y conseguir la «perfección»
por medio del «sacerdote», el Hijo de Dios y hombre
perfecto.

Al lado de este objetivo último de su reflexión


teológica, aparece otro elemento que el autor
considera con la misma sinceridad. Es evidente que
la organización cultual del Antiguo Testamento
intentaba ya purificar el pecado y acercar el hombre
a Dios; dicho sin clave cultual: es claro que, al
margen de Jesucristo, el hombre pretende hallar a
Dios y conseguir su realización. Por eso, junto a la
reflexión sobre Jesucristo, resuena en toda la carta el
problema del culto antiguo. El autor intenta, por
contraste, una más auténtica comprensión del
misterio de Jesucristo frente al fracasado intento de
salvación del hombre, del cual venía a ser símbolo el
culto del templo antiguo.

El capítulo 7 está dedicado al tema del sacerdocio. El


autor encuentra en el AT un texto que le permite
hablar tanto del sacerdocio de Cristo como del
antiguo: «Yahvé lo ha jurado y no se arrepiente: 'Tú
eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec'»
(Sal 110,4). La alusión a Melquisedec lo conduce a
Gn 14,18-20 (único texto histórico donde aparece
este personaje), pasaje del que hace una lectura
curiosa y profunda. Por un lado aparece la grandeza
casi infinita de Melquisedec (7,1-3); por otro, su
superioridad sobre Leví y su sacerdocio (7,4-10). En
el horizonte de estas lucubraciones aparece la figura
de Jesucristo con los dos títulos que lo definen: él es
el Hijo de Dios y el sacerdote supremo «según el
orden de Melquisedec»; es decir, el sacerdote del NT
se da de una manera totalmente gratuita, no
depende de la carne ni la sangre, carece de
genealogía (7,3) como Melquisedec.
G. MORA
LA BIBLIA DIA A DIA
Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas
Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 558 s.

2.- 1S 17, 32-33.37.40-51

2-1.

Los relatos de la infancia de David son bastante


elaborados pues vienen de tradiciones diferentes mal
yuxtapuestas. Después de haber sido «ungido» como
rey en secreto en la granja de su padre Jesé, parece
que David fue puesto al servicio de Saúl, «rechazado
por Dios», pero no totalmente destronado. En un
estilo muy popular del tipo de Tarzán, asistiremos a
algunas hazañas de David como jefe de banda en el
combate contra los filisteos. Todo el relato está
compuesto para poner en evidencia las cualidades
excepcionales de David y a la vez el sostén
excepcional que Dios le concede.

-El muchachito David, frente al gigante Goliat.

Ciertamente es todo el símbolo de la debilidad,


frente a la fuerza.

La Iglesia tiene, a menudo, la apariencia del


muchachito David.

La verdad tiene también, a menudo, esa apariencia.

Las fuerzas del mal son gigantescas. La Fe es una


llamita frágil, expuesta a los fuertes vientos de la
historia.

En nuestros combates interiores o exteriores, con


frecuencia tenemos esta impresión de encontrarnos
delante «de cosas que nos rebasan», de estar
enfrentados a dificultades insuperables.

El muchachito David, ante el gigante más fuerte que


él.

Evoco algunas situaciones de HOY.

-El rechazo a «la armadura de Saúl».

El relato cuenta primero como se trató de proteger a


David con la armadura de Saúl; pero no podía
caminar: le estaba demasiado grande. Cuando se le
dieron «los medios humanos» de poder para que
venciera al gigante en su terreno, David no pudo
avanzar. Constantemente nosotros quisiéramos
poseer una «armadura de Saúl», una seguridad
humana, unas fuerzas humanas.

Es necesario mucha valentía y mucha Fe para pedir a


Dios que «El sea nuestra sola fuerza»... y para
desprendernos de nuestras «armaduras».

-Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina,


pero yo voy contra ti en nombre del Señor del
universo.

Esta frase es la clave del relato.

Esta historia se contrapone a todas las nociones


humanas recibidas y mantenidas de generación en
generación respecto a la relación de fuerzas, al
sentido del poder, del prestigio, de la fuerza, de la
lucha.

Es preciso evocar de nuevo el pasaje de san Pablo a


los corintios: Dios ha escogido lo necio, lo débil, lo
despreciable según el mundo para confundir y
derribar lo fuerte. La sabiduría de Dios es locura para
la sabiduría de los hombres... Esto es tan
sorprendente que no queremos creerlo. La debilidad
del muchacho David no era más que una pálida
imagen de la debilidad de Jesús en la cruz, «sin
espada, ni lanza, ni jabalina», ¡sin ningún poder
humano!

Para su gran combate, Jesús se presentó totalmente


desarmado, desprovisto, desnudo, sin otra arma que
su amor.

¡Ah! Señor, cuanto me espanta esa revelación; y sin


embargo es la única solución.

Danos, Señor, la Fe en tu victoria. «No temáis, yo he


vencido al mundo, y el Príncipe de las tinieblas no
puede nada contra mí» (Juan 16, 11 33).

Mediante la oración, aplico esa Palabra de Dios a


todas mis situaciones de debilidad: mis pecados, mis
límites... mis dificultades... Ias debilidades de la
Iglesia, y avanzo «en nombre del Señor del
universo».

Y para mi último combate, el de la muerte, quédate


conmigo, Señor. Y desde ahora permanece siempre
conmigo.
NOEL QUESSON
PALABRA DE DIOS PARA CADA DIA 4
PRIMERAS LECTURAS PARA EL TIEMPO ORDINARIO
DE LOS AÑOS PARES
EDIT. CLARET/BARCELONA 1984.Pág. 24 s.

2-2. /1S/17/01-10 /1S/17/23b-26 /1S/17/40-


51 BI/LECTURA:

Los que hemos asistido de pequeños a las


explicaciones tradicionales de historia sagrada
sabíamos de David, sobre todo su victoria sobre
Goliat. Con una metodología más pintoresca que
teológica, aquel combate singular tomaba más
importancia que las promesas mesiánicas hechas por
Dios a David, que son en realidad lo que más hay
que retener del antepasado de Jesús de Nazaret.
Aquella catequesis bíblica pintoresquista vacila
cuando la crítica moderna advierte que, según 2 Sm
21,19, no fue David, sino uno de sus soldados,
Eljanán, betlemita como él, quien mató a Goliat.
Parece, en efecto, que el nombre de Goliat fue
añadido posteriormente a los vv 4 y 23, y que la
narración primitiva hablaba tan sólo de un filisteo
anónimo. Es una lección que hay que recordar, tanto
en nuestra lectura personal de las Escrituras como
en el momento de transmitirlas a otros: no dejarnos
deslumbrar por los detalles concretos y, sin caer
tampoco en interpretaciones abusivas y subjetivas,
buscar sobre todo la intención teológica de los
autores sagrados.

D/DEBILIDAD: En este episodio la intención del autor


no es la de narrarnos una victoria de David, sino una
victoria de Yahvé. Es el tema tantas veces
reencontrado a lo largo de todos los libros históricos,
al igual que en las exhortaciones de los profetas y en
muchas plegarias de los salmos, de la fuerza divina
manifestada en la debilidad de los instrumentos que
él elige. Si Dios lo quiere, un muchacho como David,
una mujer como Judit o un pequeño ejército como el
de los Macabeos pueden vencer a fuerzas mucho
más numerosas. Es Dios quien da la victoria. En la
nueva alianza, la victoria de Dios se obtendrá no sólo
por la debilidad, sino incluso mediante la derrota: la
victoria de la cruz es la del rey que vence y libera a
todo su pueblo no matando, sino muriendo. Esto no
obstante, la tentación de los antiguos reyes de Israel
de poner su confianza no tanto en Yahvé como en las
murallas, los ejércitos y las alianzas, reaparece en el
pueblo de la nueva alianza cuando para la
implantación del reino de Dios nos fiamos más de las
riquezas y del poder temporal y de quienes lo
detentan que de la fuerza de la palabra y del
Espíritu. David, al rechazar la pesada armadura de
Saúl, que le agobiaba hasta inmovilizarle, y al salir al
encuentro del filisteo con el cayado, la honda y un
puñado de lisos quijarros del torrente, se nos
aparece como símbolo de la Iglesia, que en nuestros
días trata de agilizar sus instituciones y de simplificar
los medios usados, a fin de hallar de nuevo el
mordiente y la fuerza de penetración en la masa.

H. RAGUER
LA BIBLIA DIA A DIA
Comentario exegético a las lecturas de la Liturgia de las Horas
Ediciones CRISTIANDAD.MADRID-1981.Pág. 669 s.

3.- Mc 3, 1-6

3-1.

VER DOMINGO 09B

3-2.

1. Hebreos 7,1-3.15-17

a) Para que los cristianos procedentes del judaísmo


no añoren, entre otras cosas, la institución
sacerdotal del Templo, el autor de la carta
demuestra la superioridad total del sacerdocio de
Jesús.

Le presenta como «sacerdote según el rito de


Melquisedec». Este misterioso personaje, que salió al
encuentro de Abrahán cuando volvía de una de sus
salidas de castigo contra los enemigos (Génesis 14),
presenta varias características que hacen su
sacerdocio muy distinto del que luego sería el
sacerdocio hereditario de la tribu de Leví:

- no tiene genealogía, no constan quiénes son sus


padres,

- tampoco se indica el tiempo, su inicio o su final:


apunta a un sacerdocio duradero,

- es rey de Salem, que significa «paz»,

- el nombre de Melquisedec significa «justicia»,


- es sacerdote en la era patriarcal, antes de la
constitución del sacerdocio de la tribu de Leví.

Todo esto se aplica aquí a Cristo para indicar su


superioridad. No es como los sacerdotes de la tribu
de Leví No ha heredado su sacerdocio de una familia.
Jesús es laico, no sacerdote según las categorías de
los judíos. Tiene genealogía humana, pero sobre
todo es Hijo de Dios. No tiene principio y fin, porque
es eterno. Y es el que nos trae la verdadera paz y
justicia.

Cuando decimos, con el Salmo 109, «tú eres


sacerdote eterno según el rito de Melquisedec»,
queremos expresar esta singularidad de Jesús en su
misión de Mediador entre Dios y la humanidad: es
sacerdote no según unas leyes humanas, sino de un
modo muy especial. Melquisedec aparece así como
figura y profecía de Cristo, el verdadero sacerdote
que Dios nos ha enviado en la plenitud de los
tiempos.

b) Hace dos mil años que nació Cristo Jesús. Por eso
la Iglesia ha sido convocada a celebrar el Jubileo del
año 2000 con la mirada puesta en él. La carta a los
Hebreos nos ayuda a centrar nuestra atención en
este Sumo Sacerdote, el que era, el que es, el que
será.

Estamos gozosamente convencidos de que Jesús ha


sido constituido Sacerdote y Mediador en ambas
direcciones. Porque es el Hijo de Dios y es el
Hermano de los hombres, nos trae de parte de Dios
la salvación, el perdón, la Palabra, y le lleva a Dios
nuestra alabanza, nuestras peticiones, nuestras
ofrendas. Así tenemos acceso a la comunión de vida
con Dios.

Nos conviene recordar esta relación entrañable que


tenemos con Cristo Jesús. Toda bendición, toda
palabra, todo perdón, lo recibimos de Dios por él,
con él, en él. Así como toda nuestra alabanza sube al
Padre por él, con él y en él, y todas nuestras
oraciones las dirigimos a Dios «por Jesucristo,
nuestro Señor».

1. (año II) 1 Samuel 17,32-33.37.40-51

a) La victoria del joven David contra el gigante Goliat


es uno de los episodios bíblicos más populares y se
ha convertido en el símbolo de cómo el débil puede
humillar a veces al más fuerte.

No sabemos bien -porque hay varias versiones en la


Biblia- cómo entró David al servicio del rey Saúl, si
como un pastor que se da a conocer por este
episodio, o ya antes como especialista en aplacar con
la música de su arpa los malos humores del rey. Pero
lo que el relato subraya es la intervención de Dios en
su victoria.

La tesis que el autor del libro quiere establecer,


como lección para todas las generaciones, la pone en
labios de David: «Tú vienes hacia mí armado de
espada, lanza y jabalina; yo voy hacia ti en nombre
del Señor: hoy te entregará el Señor en mis manos y
todo el mundo reconocerá que hay un Dios en Israel
y que el Señor da la victoria sin necesidad de
espadas ni lanzas».

El salmo, como siempre, hace eco a esta primera


lectura: «Te cantaré a ti que das la victoria a los
reyes y salvas a David tu siervo: bendito el Señor,
mi Roca».

b) Dios tiene caminos llenos de sorpresas. Un


muchacho con unas piedras y una honda, que abate
al guerrero más fiero de los enemigos.

Podemos interpretar en esta clave tantos momentos


de la historia, del AT y del NT y de nuestra vida
actual. Dios se sirve a veces explícitamente de lo
más débil para conseguir sus planes: y así se ve que
no son nuestras fuerzas las que salvan al mundo,
sino la misericordia gratuita de Dios.
Tendemos a confiar en la técnica, en nuestras
habilidades y en los medios materiales, cuanto más
modernos mejor. Pero la eficacia en todas nuestras
empresas nos la da Dios. Ya nos avisó Jesús: «Sin mí
no podéis hacer nada». ¡Cuántas veces los más
débiles y humildes, confiados en Dios, han
conseguido lo que los fuertes no han podido!

También en nuestra lucha contra el mal, que puede


parecernos desigual por nuestras escasas fuerzas,
Dios es nuestra Roca. Por eso nos enseñó Jesús a
rezar: «Líbranos del mal, no nos dejes caer en la
tentación».

2. Marcos 3,1-6

a) De nuevo Jesús quiere manifestar su idea de que


la ley del sábado está al servicio del hombre y no al
revés.

Delante de sus enemigos que espían todas sus


actuaciones, cura al hombre del brazo paralítico. Lo
hace provocativamente en la sinagoga y en sábado.

Pero antes pone a prueba a los presentes: ¿se puede


curar a un hombre en sábado? Y ante el silencio de
todos, dice Marcos que Jesús les dirigió «una mirada
de ira», «dolido de su obstinación».

Algunos, al encontrarse con frases de este tipo en el


evangelio, tienden a hablar de la «santa ira» de
Jesús. Pero aquí no aparece lo de «santa».
Sencillamente, Jesús se enfada, se indigna y se pone
triste. Porque estas personas, encerradas en su
interpretación estricta y exagerada de una ley, son
capaces de quedarse mano sobre mano y no ayudar
al que lo necesita, con la excusa de que es sábado.
¿Cómo puede querer eso Dios?

Al verse puestos en evidencia, los fariseos «se


pusieran a planear el modo de acabar con él».
b) ¿Es la ley el valor supremo? ¿o lo es el bien del
hombre y la gloria de Dios? En su lucha contra la
mentalidad legalista de los fariseos, ayer nos decía
Jesús que «el sábado es para el hombre» y no al
revés. Hoy aplica el principio a un caso concreto,
contra la interpretación que hacían algunos, más
preocupados por una ley minuciosa que del bien de
las personas, sobre todo de las que sufren. Cuando
Marcos escribe este evangelio, tal vez está en plena
discusión en la comunidad primitiva la cuestión de
los judaizantes, con su empeño en conservar unas
leyes meticulosas de la ley de Moisés.

La ley, sí El legalismo, no. La ley es un valor y una


necesidad. Pero detrás de cada ley hay una intención
que debe respirar amor y respeto al hombre
concreto. Es interesante que el Código de Derecho
Canónico, el libro que señala las normas para la vida
de la comunidad cristiana, en su último número
(1752), hablando del «procedimiento en los recursos
administrativos y en la remoción o el traslado de los
párrocos», que parece un tema árido, a resolver más
bien con leyes canónicas exactas afirme que se haga
todo «teniendo en cuenta la salvación de las almas,
que debe ser siempre la ley suprema en la Iglesia».
Estas son las últimas palabras de nuestro Código.
Detrás de la letra está el espíritu, y el espíritu debe
prevalecer sobre la letra. La ley suprema de la
Iglesia de Cristo son las personas, la salvación de las
personas.

«Tú eres sacerdote para siempre según el rito de


Melquisedec» (1ª lectura, I )

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento»


(salmo, I)

«Tú vienes hacia mí armado de espada, lanza y


jabalina, yo voy hacia ti en nombre del Señor» (1ª
lectura, II)
«Bendito el Señor, mi Roca, mi bienhechor, mi
alcázar, baluarte donde me pongo a salvo» (salmo,
II)

«Le dijo: extiende el brazo. Lo extendió y quedó


restablecido» (evangelio)
J. ALDAZABAL
ENSÉÑAME TUS CAMINOS 4.
Tiempo Ordinario. Semanas 1-9
Barcelona 1997. Págs. 53-57

3-3.

Primera lectura: 1 de Samuel 17, 32-33.37.40-51


Venció David al filisteo con la honda y una piedra.

Salmo responsorial: 143, 1.2.9-10


Bendito el Señor, mi roca.

Evangelio: San Marcos 3, 1-6


¿Está permitido en sábado salvarle la vida a una
persona o dejarla morir?.

Otra vez, frente a los acuciosos judíos, vuelve Jesús


a cuestionar lo que ellos consideraban como "centro"
de su fe judía: la Ley. Un sábado hay en la sinagoga
un hombre con la mano paralizada. Y aunque sabe
que por esto lo acusarán, Jesús hace caso omiso y
procede a curarlo.

Al anunciar el Reino Jesús se da cuenta de que el


primer enemigo de este Reino es la ley, es tenida
como valor supremo, incuestionable, absoluto, que
como oprime tanto al hombre termina por destruirlo.
Mientras que el Reino propone la reconstrucción del
ser humano, desde dentro y desde fuera. En los
evangelios se ve simbólicamente que esta
reconstrucción va sucediendo gradualmente: una vez
en la vista, otra en sus manos o en sus acciones, y
del todo cuando resucita a alguien, etc. Para Jesús
"dejar de hacer el bien" el sábado, negando una
curación a un pobre que la necesita, es pecar. Así, la
dinámica del Reino también es exigente: si no
reconstruimos, estamos colaborando a la
destrucción.

Los que seguimos la dinámica de este Reino que


Jesús anuncia, no podemos entrar en la misma
dinámica de la ley, la cual considera que con "no
hacer el mal" y guardar determinadas normas es
suficiente. El Reino exige que se trabaje por la
reconstrucción del ser humano, individual y social. Y
con su testimonio Jesús nos hace entender que la
despreocupación por las personas, como ocurre
siempre en todo legalismo, es pecado. Ese pecado,
que es el egoísmo, que engendra todas las otras
acciones pecaminosas, es lo que Jesús viene a
destruir.

Hoy también hay en nuestra sociedad actual, en la


que nosotros queremos ser seguidores de Jesús y
constructores de su Reino, principios o "valores" que
se constituyen en nueva Ley -como la Ley Judía que
encontró Jesús-, y se los considera también como
algo supremo, absoluto, aunque sacrifique el bien de
las personas, tanto de individuos como de grandes
mayorías. Son una nueva "Ley" que, como en el caso
de la sociedad de Jesús, es presentada como el
fundamento incuestionable de la sociedad, ocultando
los intereses particulares y de grupo a los que sirve,
en desfavor de la gran mayoría de los seres humanos
de este final del siglo XX. Los problemas que
descubrió Jesús en su sociedad no se acabaron,
también hoy están entre nosotros...

Al final, con el anuncio del Reino Jesús pone al


descubierto la maldad interior de las autoridades,
que se preocupaban más por la ley que por los seres
humanos. Esto les derrumba su aparente santidad,
porque su pecado queda descubierto. A los dirigentes
les quedan dos alternativas: eliminar a Jesús o
convertirse. Terminan escogiendo el más fácil para el
poder: el crimen.
SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO
3-4.

2 Sam 5, 1-7.10: David es nombrado rey de Israel

Sal 88, 20-22.25-26

Mc 3, 22-30: El pecado contra el Espíritu Santo

El concepto de «pecado contra el Espíritu Santo», del


que se dice que no se perdonará ni en esta vida ni en
la otra, ha atormentado con frecuencia a muchos
cristianos sencillos, especialmente a muchos
cristianos protestantes. A veces lo confunden con lo
que pudiera sugerir el sentido directo de su nombre:
una especie de blasfemia o «mal pensamiento»
contra el Espíritu Santo, lo cual es especialmente
espinoso para los escrupulosos.

En el evangelio está claro el concepto. El «pecado


contra el Espíritu Santo» consiste en atribuir al diablo
lo que es precisamente acción del Espíritu. Jesús
libera al ser humano del poder del demonio, y para
él eso es el signo privilegiado de la acción de Dios,
por el que Dios nos revela su presencia. Atribuir esta
acción de Dios al diablo es convertir lo más sagrado
en algo demoníaco: una auténtica blasfemia contra
lo más sagrado, una calumnia contra el Espíritu de
Dios.

Decir que «no se perdonará ni en esta vida ni en la


otra» no es sino una forma hiperbólica de expresar
su suprema gravedad, expresión que no puede
entrar en contradicción con la misericordia infinita de
Dios.
SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO

3-5.
Hebreos 7, 1-3.15-17: La Escritura da testimonio de
El

Salmo responsorial: 109, 1-6

Marcos 3, 1-6: ¿Está permitido hacer el bien o el


mal?

Tal vez no nos es muy familiar la figura de


Melquisedec; de él nos habla el libro del Génesis
(14,17-20) presentándolo como rey-sacerdote de
una misteriosa ciudad llamada Salem. Sale al
encuentro de Abrahán victorioso, lo bendice
ofreciendo a su dios pan y vino y recibe del patriarca
el diezmo del botín. Las tradiciones judías y
cristianas han visto en este misterioso personaje una
prefiguración del sacerdocio querido por Dios; lo han
identificado con David, por una parte, y con Jesús
Mesías, por otra. Los padres de la Iglesia vieron en el
pan y el vino de su ofrenda una prefiguración de la
eucaristía. Hoy, el autor de la carta a los Hebreos,
nos lo presenta como prefiguración del sacerdocio de
Jesucristo que, como ya hemos dicho repetidas
veces, constituye el tema central de su escrito.
Jesucristo es sacerdote, no porque pertenezca a una
casta o a una jerarquía, porque alguien le haya dado
el encargo sacerdotal, o le haya impuesto los
deberes propios de ese oficio, o le haya cedido los
derechos respectivos. Jesucristo es sacerdote como
el misterioso Melquisedec: por voluntad del mismo
Dios, y lo es con su propia vida, con el sacrificio de
su existencia, con el ofrecimiento de su propia
persona. Esta reflexión nos debería sanar de todo
clericalismo, de pensar en los sacerdotes como seres
excepcionales y privilegiados que deben serlo todo
en la Iglesia. El clero católico debe ser consciente de
ejercer, en diversos grados, el único sacerdocio de
Jesucristo al servicio de sus hermanos; sin que ello
les suponga privilegios o poderes de dominio, sino, al
contrario, grandes responsabilidades.

El enfrentamiento de Jesús con los fariseos llega a


una especie de climax en el pasaje de Marcos que
acabamos de leer: se trata de un hombre disminuido
por la parálisis de un brazo, probablemente no puede
trabajar, aunque tiene una familia que alimentar. En
aquellos tiempos no había seguridad ni asistencia
social, ni se adelantaban programas de rehabilitación
para los discapacitados. Era un hombre religioso,
pues acudía a la sinagoga, seguramente confiaba en
Dios, en su Palabra que iba a escuchar con atención
y esperanza. El encuentro con Jesús le va a cambiar
la vida: recibe la orden de ponerse en medio y asiste
al duro enfrentamiento que tiene lugar: por una
parte los guardianes del sábado sagrado, que
consideran que sanar a alguien ese día, así sea con
una simple palabra de mandato, es practicar la
medicina, prohibida en día santo. Por otra parte,
Jesús, resuelto a romper ese círculo de legalismo
ciego que hace que el sábado pese sobre los pobres
y los humildes. Hemos escuchado que el hombre del
brazo paralizado quedó sano, que Jesús juzgó
severamente la dureza de sus contrincantes, incluso,
dice el evangelista, que los miró con ira. Y que éstos
resolvieron matarlo, y para ello hablaron con los
herodianos, tal vez espías o partidarios de la dinastía
fundada por el famoso Herodes. Y nosotros ¿qué?
¿Qué partido tomaremos? ¿El del servicio
incondicional de los hermanos, o el de la
salvaguardia de las leyes, por inútiles e inhumanas
que sean?
SERVICIO BIBLICO LATINOAMERICANO

3-6.

Hace pocos días tuve una tertulia muy interesante.


Mi amigo Óscar, oftalmólogo de profesión, comenzó
a describirnos apasionadamente el mecanismo del
ojo humano: la pupila, el iris, la retina... Agustín -mi
otro amigo que completaba el grupo- no disimulaba
su desinterés mirando distraídamente fuera de la
ventana. -¿En qué estás pensado, Agustín? ¿Te
parece aburrida la conversación?-inquirió Óscar. -No,
no. Para nada. Más aún, me distraje pensando ¿de
qué serviría ese maravilloso mecanismo que es el ojo
si no existiera la luz? Pienso que la pregunta del
bueno de Agustín nos venga muy bien para el
evangelio de este día. Ningún otro personaje en los
evangelios ha recibido semejante requisitoria por
parte de Jesús como los fariseos. Pero, ¿cuál es el
motivo por el cual Jesús los «miró con ira»? ¿es que
acaso hay algo malo en cumplir las leyes? Para nada.
El mismo Jesús recordará que las leyes van
cumplidas y respetados los que las enseñan, y
recuerda a sus oyentes: «haced lo que os digan,
pero no imitéis su conducta (a los fariseos, claro
está)» (Mt. 23) Es aquí donde nos ayuda la pregunta
de Agustín: no basta la gran perfección y ejercitación
del ojo humano, no que existan tantas cosas por ver
si no está de por medio la luz; de manera análoga,
no basta la Ley de Moisés sin la Luz que es Cristo
que le da su plenitud y sentido. Seamos hijos de la
luz y obremos siempre en la luz de Cristo.

Gaspar Guevara

3-7. CLARETIANOS 2002

El repertorio de realidades de las cuales hablamos


ordinariamente los hombres o es una serie inmensa
de banalidades o un conjunto notable de nuestras
divinidades. Sí, todos tenemos nuestras divinidades
particulares a las cuales adoramos y en ellas
ponemos nuestro corazón. Las llamamos patria,
pueblo, dinero, sexo, afición, etc. A los judíos,
incluso a los judíos piadosos del tiempo de Jesús, les
acontecía lo mismo. Tenían sus divinidades. Eran su
templo, su ley, los sacrificios, el ayuno, el sábado.

Jesús relativiza todas estas cosas y además cambia


de perspectiva a la religión. La auténtica religión no
va a ser un movimiento ascendente del hombre hacia
Dios consistente en sacralizar mediaciones de lugar y
tiempo como el templo y las observancias rituales
realizadas en los debidos momentos, sino una
iniciativa descendente de Dios al hombre que por
Jesucristo entró en la historia humana para salvarla
y elevarla a la condición de historia de hijos de Dios.
El hombre religioso tendrá que oir una Palabra,
acoger un mensaje, entrar en comunión con Jesús,
dejarse llevar por el viento del Espíritu, y así,
sencillamente, caminar por ese mundo en espera de
la patria bienaventurada.

Se ha dicho que si hay eternidad, la puerta de


entrada es un solo instante, pero no un instante
realizado legalmente, sino un instante acontecido
amorosamente.

Patricio García Barriuso cmf.


(cmfcscolmenar@ctv.es)

3-8. CLARETIANOS 2003

Parálisis de la pasividad

Acabar con Él. Nuevamente Jesús se opone a la


observancia religiosa inhumana que hacía el sábado
superior al hombre. Las opciones que tomó en su
vida le llevaron a vivir en permanente conflicto.
Mientras él da “vida en abundancia” los cínicos y
observantes fariseos no mueven un dedo por nadie.
Jesús ha comenzado a curar dolencias,
enfermedades y a hacer presente el Reino de Dios. El
mal es vencido. El bien despunta como bella aurora.
El paralítico es curado pero no la dureza de corazón
de quienes quieren acabar con él

El hombre curado de su parálisis llevó la buena


noticia a todos pero la parálisis continuó en quienes
se quedaron callados y obstinados ante el
acontecimiento que volvía a “poner patas arriba” la
mentalidad legalista y agobiada que ponía pesadas
cargas a otros haciendo la vida difícil y angustiosa.
Miremos nuestra vida. También nosotros podemos
ser curados de nuestras parálisis: miedos,
depresiones, vacíos, desamores...Los hombres de la
ley no quisieron reconocer sus errores, mejor no
abrir la boca, demasiado desafío con alguien que
aparece como superior a la ley. ¿Reconocemos
nuestros errores? ¿ No será realidad que hablamos
poco de Dios y eludimos el encuentro con los
empobrecidos de bienes, de cultura, de valores...o
los excluidos por cualquier motivo?

Salvador León (ciudadredonda@ciudadredonda.org)

3-9. 2001

COMENTARIO 1

v. 3,1 Entró de nuevo en una sinagoga y había allí un


hombre con el brazo atrofiado.

Este episodio escenifica la labor liberadora de Jesús


con el pueblo de Galilea, privado de libertad por la
opresión religiosa que ejercen los fariseos; éstos,
mediante su minuciosa interpretación de la Ley,
erigida en valor absoluto, dominan a los fieles de la
sinagoga. Someten la vida del hombre a una
escrupulosa casuística sobre lo lícito e ilícito; regulan
así cada uno de sus actos, impidiéndole toda libertad
e iniciativa; el hombre queda anulado, sin actividad
(brazo atrofiado; cf. Gn 1,28; 2,5: «dominar la
tierra», «trabajar»). El inválido, único presente en la
sinagoga aparte de Jesús y los fariseos, es figura del
pueblo sometido a la institución y de su condición
lastimosa.

v. 2 Estaban al acecho para ver si lo curaba en


sábado y presentar una acusación contra él.

Jesús realiza su labor de emancipación del pueblo en


medio de la hostilidad de los fariseos. El pretende
curar; sus enemigos, denunciarlo. La reincidencia en
la violación del precepto sabático, después de una
primera advertencia (2,24), estaba penada con la
muerte.

vv. 3-4 Le dijo al hombre del brazo atrofiado:


«Levántate y ponte en medio». Y a ellos les
preguntó: «¿Qué está permitido en sábado, hacer
bien o hacer daño, salvar una vida o matar?» Ellos
guardaron silencio.

Poniéndoles delante la situación del pueblo (en


medio), Jesús intenta hacer comprender a los
fariseos que su postura legalista es contraria al
designio de Dios, pues la Ley ha de interpretarse en
función del bien del hombre, único valor absoluto.

La pregunta de Jesús es recibida con un silencio


hostil por parte de los fariseos. La reacción de Jesús
es doble; siente ira por el daño que hacen al pueblo
y, al mismo tiempo, pena por el que se hacen a sí
mismos con su ceguera voluntaria; son dos
expresiones de su amor al hombre.

v. 5 Echándoles en torno una mirada de ira y


apenado por la obcecación de su mente, le dijo al
hombre: «Extiende el brazo». Lo extendió y su brazo
volvió a quedar normal.

Aun consciente del peligro que corre, Jesús no


desiste de su labor; arriesga su vida al devolver la
capacidad de acción al inválido / pueblo; demuestra
así que el bien del hombre es el valor supremo.

v. 6 Al salir, los fariseos, junto con los herodianos, se


pusieron en seguida a maquinar en contra suya, para
acabar con él;

Los fariseos previenen contra Jesús a círculos


influyentes en la corte de Herodes (los herodianos,
cf. 6,21), representante del poder político; tampoco
ellos toleran la emancipación del pueblo y, de
acuerdo con los fariseos, se proponen eliminar al que
la fomenta. La institución sinagogal de Galilea,
dominada por los fariseos, rompe así definitivamente
con Jesús. Este, a su vez, se aleja de ella. El mar,
como en el éxodo, es paso hacia la tierra prometida,
ahora constituida por el mundo entero (pueblos
paganos). Horizonte universal del Reino.

COMENTARIO 2

Conocemos a veces personas en quienes la religión


impide el encuentro fraterno y el servicio solidario.
En ellas, la práctica religiosa crea una conciencia
muy sensible a lo permitido o a lo prohibido que lleva
a la ruptura de la comunión.

La verdadera presencia de Dios en los seres


humanos, por el contrario, se realiza haciéndolos
plenamente libres para la actuación del bien.

Sin embargo, el egoísmo presente en la práctica


religiosa de las personas mencionadas en primer
lugar se rebela contra esa libertad concedida por
Dios a sus elegidos y les lleva a una profunda
agresividad que puede llegar a decisiones
semejantes a las que llegan fariseos y herodianos
frente a Jesús.

En este ámbito de egoísmo y enmascaramiento de la


auténtica relación con Dios, la curación del hombre
de la mano paralizada realizada por Jesús en día del
sábado nos conduce al lugar donde se realiza la
historia de la Pasión, historia de servicio que
potencia la realización del bien en favor de los
demás.

La mano, símbolo humano de la actuación, debe


abandonar su estado de parálisis en que se
encuentra a causa de su presencia en el ámbito legal
de la sinagoga. La acción de Jesús conduce
directamente a la restitución de la capacidad
operativa de todos los paralizados por motivos de
una falsa religiosidad.

Esta tarea se convierte en una urgencia y prioridad


en que los seguidores de Jesús deben empeñarse. Y
este empeño no debe retroceder ante ninguna
oposición, ni siquiera ante la oposición de los jefes
de la institución religiosa.

1. Juan Mateos, Nuevo Testamento, Ediciones


Cristiandad 2ª Ed., Madrid, 1987 (Adaptado por
Jesús Peláez)

2. Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional


Claretiana de Latinoamérica)

3-10. 2002

En este milagro, como se habla solamente de un


hombre (pues, a excepción de los fariseos, no hay
más público presente), podemos suponer que
representa el estado deplorable en que se encuentra
el pueblo frente a sus dirigentes: sometido a la
institución judía, incapacitado para actuar por sí
mismo... Jesús quiere que esto se sepa y, por eso,
dice al hombre: «levántate y ponte ahí en medio».
De este modo intenta hacer comprender a los
fariseos que su interpretación de la ley, con una
casuística sobre lo lícito e ilícito, es contraria al
designio de Dios, pues la ley debe estar en función
del bien del ser humano, único valor absoluto.

Y como es sábado, pregunta: ¿Qué está permitido en


sábado: hacer bien o hacer daño; salvar una vida o
matar? Los fariseos le dan la callada por respuesta.
Ellos están por la ley y no por el bien del ser
humano.

A partir de este momento, la acción sanadora de


Jesús se convierte en un desafío contra el sistema
establecido, los círculos teológicos y políticos de
Israel que firman su sentencia de muerte. La
ejecución de la misma será sólo cuestión de tiempo.
El viejo sistema religioso no puede tolerar que la ley,
que sirve para dominar y mantener al ser humano en
un estado de dependencia y falta de libertad, sea
sustituida por el bien de la persona, que lo relativiza
todo, incluso la ley misma.

Ni los teólogos juristas ni el poder político estaban


por la liberación y emancipación del pueblo. Jesús
tendrá que pagar con la vida el precio de su
provocación. Y nosotros, ¿qué precio pagamos?

Diario Bíblico. Cicla (Confederación Internacional


Claretiana de Latinoamérica)

3-11.

6. Los herodianos o partidarios del rey Herodes eran


amigos de los romanos y, por consiguiente,
enemigos de los fariseos, eminentemente
nacionalistas. Si los dos partidos, tan opuestos, se
juntaron, sólo fue por odio, para librarse de Jesús.

3-12. DOMINICOS 2004

En cuanto a las lecturas del día, vemos a Saúl


gobernando en Israel, a pesar de no ser ya sujeto
del agrado de Yhavé. Pero su vida resulta un tanto
sorprendente, con ribetes de locura u obsesión. En
cambio, David va emergiendo del anonimato como
persona de grandes cualidades, tanto para hacer el
bien como para maquinar el mal. Hoy vemos una
escena en que lucha a favor de Saúl, enfrentándose
prodigiosamente a los terribles filisteos en la figura
de Goliat. La narración es un canto al poder de Dios
que actúa con sus fieles.

La luz de la Palabra de Dios


Primer libro de Samuel 17, 32-33.37. 40-51:
” Saúl mandó llamar a David. David le dijo:
Majestad, no os desaniméis. Este servidor irá a
luchar contra ese filisteo....

Pero tú eres un muchacho y él es guerrero desde


mozo... No importa. El Señor que me ha librado de
las garras del león me librará de las manos de ese
filisteo...

Pues anda con Dios.

David agarró la cayada, escogió cinco cantos del


arroyo, se los echó al zurrón, empuñó la honda y se
acercó al filisteo... David venció al filisteo con una
honda y una piedra...”

Evangelio según san Marcos 3, 1-6:


”Entró Jesús otra vez en la sinagoga. Había allí un
hombre con parálisis en un brazo. Y algunos estaban
al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo.

Jesús dijo al paralítico: levántate y ponte ahí en


medio. Y preguntó a quienes le espiaban: ¿qué está
permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?,
¿salvarle la vida a un hombre o dejarle morir?

Se quedaron mudos... Y dijo al hombre: extiende el


brazo. Lo extendió y quedó curado... Y los fariseos se
pusieron a planear con los herodianos el modo de
acabar con él”.
Reflexión para este día
El pequeño David y el gigante Goliat.
Pocas escenas de la historia de Israel han servido tan
bien a su causa como esta de la lucha de un
muchacho contra un gigante.

Pocas veces un pequeño David, anteriormente pastor


y ahora aguerrido y ambicioso luchador, se enfrenta
a un gigante filisteo que representa a los continuos
enemigos de Israel.

Y pocas veces también unos instrumentos


simbólicos, como la honda pastoril, han tenido tanta
eficacia disuasoria o belicosa contra las armas de
guerra que destruyen a la humanidad.

¿Cuál era la raíz o fuente de energía que alimentaba


el brazo del pastor hecho guerrero?

En su insignificancia blandía la espada del brazo del


bien, del brazo de Yhavé, de la defensa del pueblo
elegido.

¡Lástima que en muchas ocasiones, demasiadas, sea


el acero cruel el que rompe la honda y la vida de los
hombres!

¡Así acontece muchas veces en la historia de unos


grupos que escasamente merecen nombre de
“humanos”!

Oración ecuménica:
Danos, señor, tu Luz y tu Verdad. Haz que en
nuestras relaciones interreligiosas nunca nos
defendamos a nosotros mismos sino que busquemos
siempre el cumplimiento de tu voluntad. Amén

3-13. Reflexión

La verdad, a los fariseos no les importaba transgredir


la ley, sin embrago la sabían usar muy bien para su
propio beneficio, habían olvidado que la ley nunca
puede ser más importante que la caridad. Siguiendo
este principio, el último código del Derecho Canónico
que rige a la Iglesia reza así: “la salvación de las
almas es la ley suprema de la Iglesia” (C. 1752). No
podemos vivir sin leyes que nos ayuden a normar y a
dirigir nuestras vidas. Desde nuestra propia casa
hasta las últimas instituciones necesitan de leyes, sin
embargo quienes están encargados de la aplicación
de éstas, deben tener siempre en cuenta el “espíritu”
que las ha inspirado y que en última instancia es el
bien de los individuos y de la comunidad. Aquellos a
los que Dios nos ha puesto al cuidado de la
observancia de la ley (padres, administradores,
gobernantes, etc.) debemos tener siempre cuidado
de no usarla para beneficio particular sino para el
bien de los hermanos.

Que pases un día lleno del amor de Dios.

Como María, todo por Jesús y para Jesús

Pbro. Ernesto María Caro

3-14. San Hilario (hacia 315-367)


Tratado sobre le salmo 91,3; PL 9,495

“Cada día todo es creado por el Hijo, porque el Padre


hace todo en el Hijo.”

El día del sábado nos obligaba a todos, sin


excepción, a no realizar ningún trabajo y quedarnos
en absoluta inactividad. ¿Cómo es que el Señor ha
podido prescindir del sábado?...En verdad, grandes
son las obras de Dios: gobierna cielos y tierra,
provee de luz al sol y a los astros, hace crecer las
plantas de la tierra, mantiene al hombre viviente...
Sí, todo existe y permanece en el cielo y en la tierra
gracias a la voluntad de Dios Padre. Todo viene de
Dios y todo existe en el Hijo. El es el primogénito de
todos y de todo. Por él todo ha sido creado. Y de su
plenitud, según la iniciativa de su eterno poder, ha
creado todas las cosas.

De manera que si Cristo actúa en todo,


necesariamente es porque en él actúa el poder del
Padre. Por esto, Cristo dice: “Mi Padre no cesa nunca
de trabajar; por eso yo trabajo también en todo
tiempo.” (Jn. 5,17) Porque todo lo que hace Cristo,
Hijo de Dios habitado por el Padre, es obra del
Padre. Así cada día todo es creado por el Hijo,
porque el Padre todo lo hace a través del Hijo. Así
pues, la acción de Cristo se realiza cada día, y según
mi parecer, los principios de la vida, las formas de
los cuerpos, el desarrollo y el crecimiento de todo ser
viviente manifiestan esta actividad creadora.

3-15. Curación del hombre de la mano seca

Fuente: Catholic.net
Autor: Ignacio Sarre

Reflexión:

Cristo no ha venido para abolir la antigua ley, sino a


darle plenitud. Este pasaje lo deja en evidencia. Los
fariseos se molestan porque Cristo hace algo
prohibido por la ley. Y Cristo pone de relieve que lo
más importante es hacer el bien; en este caso,
salvar una vida.

¿Cuál es esta ley para nosotros? Los Mandamientos,


nuestros deberes como padres, esposos, hijos,
ciudadanos... Nada del otro mundo. No se nos
imponen dolorosos sacrificios, ni numerosas
prohibiciones o rezos... Se nos pide ser coherentes
con la fe que profesamos. Y sobre todo, vivir con
amor.

Esta es la plenitud de la ley: el amor. El amor vale


mucho más que el frío cumplimiento de una norma o
regla de vida. Por eso, aunque lo que hagamos sean
pequeñas cosas, éstas se ven engrandecidas,
agigantadas por el amor.

El Evangelio comenta que Cristo estaba entristecido


por la dureza del corazón de los fariseos. Podemos
concluir que conocemos la mejor manera de agradar
a Dios y de provocarle la más gozosa alegría: cumplir
la ley con amor. No se contraponen. No se trata de
elegir una de las dos: o cumplo o amo. Mejor cumplir
y amar

3-16. 2004- Servicio Bíblico Latinoamericano

La vida de un ser humano, por humilde que sea, está


por encima de las leyes o normas más sagradas de
cualquier religión. Por eso el evangelista Marcos nos
presenta otra escena en la que Jesús cura a un
lisiado, en la sinagoga, en pleno día sábado.

La pregunta que Jesús hace a las autoridades de la


sinagoga nos la podemos hacer a nosotros mismos:
"¿qué está permitido en sábado? ¿hacer lo bueno o
lo malo? ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo
morir?" Gracias a la enseñanza de Jesús y a su
ejemplo, nosotros sabemos la respuesta.

Solo que debemos estar prontos a enfrentar la


incomprensión , la oposición, incluso la persecución y
la muerte, por defender nuestra actitud. Así le tocó a
Jesús de quien, nos dice hoy el evangelio, decidieron
deshacerse los fariseos y los herodianos, al sentirse
provocados por su actitud.

¿Cuánto vale una vida humana? ¿Qué se puede dar a


cambio de ella? Toda vida humana es un tesoro, un
regalo, una promesa. Toda vida humana tiene a Dios
por garante y contra ella no se pueden alegar ni las
más perfectas leyes, ni los más elaborados principios
jurídicos. Jesús nos enseña que incluso la vida
humana amenazada, disminuida, aparentemente
inútil, goza de esa sacralidad que la pone por encima
de toda norma.

En nuestros tiempos de violencia y de guerra, de


exclusión, de terrorismo y de hambre, de pena de
muerte y de explotación de los países más pobres
por parte de dos o tres potencias económicas, la
palabra de Jesús viene a recordarnos que Dios Padre
ama la vida que el mismo creó y que no quiere que
ninguno de sus hijos e hijas perezca de ninguna
manera, ni siquiera alegando causas presuntamente
justas, leyes presuntamente santas.

3-17.

LECTURAS: 1SAM 17, 32-33. 37. 40-51; SAL 143;


MC 3, 1-6

1Sam. 17, 32-33. 37. 40-51. En verdad que Dios no


se deja impresionar por el aspecto ni por la gran
estatura de las personas. Él nos salva sin usar armas
hechas por nuestras manos. Él sólo quiere que
confiemos en Él y, en ese momento, su Victoria será
nuestra Victoria, pues ¿Quién como Dios? No es la
técnica, ni son las armas complicadas las que nos
hacen fuertes, sino Dios que, a pesar de nuestras
flaquezas, estará siempre con nosotros. Y aunque
aparentemente seamos vencidos por nuestros
enemigos, Él nos levantará del polvo y hará que
volvamos a contemplarlo y a gozar de Él
eternamente. En medio de nuestras luchas en contra
del pecado, sepamos poner nuestra confianza en
Dios, pues, unidos a Cristo, Él no permitirá que
seamos vencidos por el mal; más aún, Él nos dice: te
basta mi gracia, pues cuando nosotros somos
débiles, el Señor es fuerte en nosotros. Confiemos
siempre en Él. ¿Acaso tenemos nosotros el poder
para vencer a la serpiente antigua o Satanás? Si en
nosotros estuviese ese poder, entonces habría sido
inútil la Encarnación del Hijo de Dios. El Señor ha
venido como Salvador nuestro. Él, mediante su
muerte en la cruz ha aplastado la cabeza de nuestro
enemigo. A nosotros corresponde confiarnos
totalmente en el Señor y vivir, en adelante, como
personas que han dejado atrás sus esclavitudes al
pecado. Si tenemos la apertura suficiente al Espíritu
de Dios en nosotros, entonces, aún cuando nuestra
carne sea débil seremos fuertes en el Señor, pues en
la fragilidad es cuando se muestra la fuerza que nos
viene de Dios.

Sal. 143. No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a


tu Nombre sea dado todo honor y toda gloria. El
Señor es quien fortalece nuestras manos y quien las
adiestra para que salgamos victoriosos sobre el
pecado y la muerte. Dios siempre estará a nuestro
lado como Padre y como amigo, como fortaleza y
como refugio; por eso ¿quién podrá sobre nosotros?
Sabiendo que la victoria no es nuestra sino de Dios,
vivámosle agradecidos y entonémosle himnos de
alabanza; hagámoslo no sólo con los labios, sino con
una vida intachable que se convierta en una continua
alabanza a su Santo Nombre.

Mc. 3, 1-6. En algún momento Jesús dirá a la gente


de su tiempo ¿Quién de ustedes puede echarme en
cara un pecado? Él fue perseguido y condenado por
hacer el bien, aun cuando, como dueño del sábado,
también en ese día hizo el bien a quienes lo
necesitaban. Pero los Judíos, más aferrados a la
interpretación de la Ley y a la serie de preceptos que
le habían añadido, condenan a Jesús por no cumplir
con esas interpretaciones que llegaban a esclerosar
al mismo espíritu. Dios no quiere que estemos
paralizados; Él nos quiere movidos por el Espíritu
para servir constantemente a los demás. Por eso
debemos tener la debida apertura al Espíritu Santo
en nosotros, de tal forma que no nos conformemos
con escuchar la Palabra de Dios y con buscar la
santidad de un modo personalista, sino que,
convertidos en testigos de Cristo, vayamos por todas
partes a proclamar la Buena Nueva para que la
humanidad entera, libre de sus parálisis internas, se
ponga en camino hacia su perfección en Cristo y se
convierta en un signo del amor salvador de Dios en
el mundo.

Dios nos quiere apóstoles en camino. Él, el Enviado


del Padre, no vino a sentarse entre nosotros; no se
quedó en una oficina, detrás de un escritorio,
esperando para tratar de mala gana a quienes
llegaran a buscarlo. Él, como Buen Pastor, salió a
buscar a la oveja perdida hasta los lugares más
recónditos e inhóspitos hasta encontrarla y,
cargándola sobre sus hombros, llevarla de vuelta al
redil. Sólo la muerte lo puso clavado en una cruz;
pero esa su muerte no es una muerte inútil; es el
motivo del perdón de nuestros pecados y la fuerza
que nos pone en movimiento como testigos de su
amor en el mundo. Y esta Eucaristía, que estamos
celebrando nos hace participar de toda esa fuerza de
amor que el Señor quiere comunicarnos. Por eso no
podemos acudir a celebrar la Eucaristía sólo como
espectadores, sino como personas que se
comprometen con Cristo para hacer que todas las
personas y todas las cosas encuentren en Cristo su
renovación y puedan, así, ser un signo cada vez más
claro del amor que Dios nos ha tenido.

Por eso, quienes participamos de la Eucaristía


debemos volver a nuestras actividades diarias como
testigos del amor de Dios. No podemos volver como
paralíticos incapaces de hablar del Dios de la vida.
Quien quiera proclamar el Nombre del Señor a los
demás y continúe anclado en una vida de pecado, en
lugar de conducir a los demás hacia Cristo estará
propiciando que quienes le escuchen hagan de
nuestra fe sólo una burla, pues a falta del testimonio
del predicador podrán decirnos: De eso te oiremos
hablar en otra ocasión, cuando no sólo prediques,
sino cuando vivas lo que dices que nos va a salvar y
que nos va a unir como hermanos. Cierto que
cuando demos testimonio de nuestra fe nos
encontraremos con muchas oposiciones y burlas; no
queramos salir victoriosos con nuestros propios
recursos queriendo construir una torre de sabiduría
para hacernos famosos; más bien pongámonos en
manos de Dios y dejemos que su Espíritu hable por
medio nuestro. Sólo entonces será posible que el
mismo Espíritu, y no nosotros, engendre la salvación
en los demás y acabe con el poder del maligno que
se ha querido apoderar del corazón de los hijos de
Dios.

Roguémosle al Señor, por intercesión de la Santísima


Virgen María, nuestra Madre, que nos conceda la
gracia de tener la suficiente apertura al Espíritu
Santo en nosotros, de tal forma que todo lo que
hagamos, y todo lo que digamos, y todo lo que
trabajemos a favor del Reino sea la obra de salvación
y las grandes obras que Dios lleve a término y
perfección por medio nuestro. Amén.

www.homiliacatolica.com

3-18. CLARETIANOS 2004

Queridos amigos:

Vuelve de nuevo la controversia sobre el sábado.


Sabéis que era un día sagrado para los judíos. En la
Ley de Moisés tenía una enorme importancia el
descanso sabático: estaba prohibido encender fuego,
recoger leña, preparar los alimentos... Para los judíos
ortodoxos actuales hay un total de 39 trabajos que
no se pueden realizar. He leído recientemente un
texto de H. Küng en su libro sobre el judaísmo
(Madrid, Trotta, 1993) que ilustra bien la sensibilidad
que tienen algunos judíos actuales. Escribe Küng: A
Eugene Borowitz cita un caso especialmente
significativo, apasionadamente discutido en el Estado
de Israel, y que, una vez más, tiene sobre todo que
ver con el precepto sabático: a un judío que
intentaba ayudar a un no judío gravemente herido en
un accidente de tráfico, le fue negado el uso del
teléfono en casa de un judío ortodoxo. ¿Por qué?
¡Porque era sábado! Ciertamente, puede
quebrantarse el precepto del sábado cuando va en
ello la vida o la muerte, pero con una condición: "que
se trate de un judío, y no de un infiel" (p. 456).

Esta historia conecta con la de Marcos. Parece que,


en el caso referido por Borowitz, al menos se puede
atender al compatriota judío en una situación que no
cabe aplazar para el día siguiente. En el episodio de
Marcos, claro que se podía diferir para otro día la
curación, como tuvo la oportunidad de recordarlo, en
otro relato, un jefe de sinagoga. Y tampoco
postergaban para el primer día de la semana la labor
de sacar una bestia de carga que hubiera caído en un
pozo. En cambio, una especie de entumecimiento
mental y, según Marcos, una verdadera dureza de
corazón, incapacitaba a aquellos hombres para ver el
sentido del sábado. ¿En qué consiste la santidad del
sábado? ¿No es el día que Dios bendijo y llenó con su
presencia?

Ante la disyuntiva que Jesús propone, sus


adversarios pueden responder: "no hay que hacer el
mal, no hay que destruir la vida: eso es pecar contra
la santidad de Dios. En cuanto a hacer el bien, ¿a
qué tantas prisas? En cierto modo, podemos decir
que el sábado es el día de la interrupción del obrar".
Pero cabe alegar: "Entonces, ¿en qué consiste la
santidad del sábado? ¿No acabamos convirtiéndolo
en un día moralmente neutro, salvíficamente vacío,
teologalmente desustanciado?".

Jesús tiene un concepto de la santidad totalmente


distinto. Así, declaró la superioridad de la pureza
ética sobre la pureza ritual (Mc 7,15) y supeditó los
preceptos rituales a la práctica de la “pureza activa”
y la “santidad inclusiva” (K. Berger) que no se retrae
ante el contacto con lo impuro: en el pensamiento de
Jesús, no es la impureza lo que se pega, sino la
pureza, y por eso en su práctica encarnó una pureza
de influencia carismática. Recordemos la curación del
leproso: extiende la mano sobre él, lo toca y lo cura
con su contacto y su palabra (cf Mc 1,41-42).
Análogamente, la santidad de Dios y la santidad del
sábado se destacan irradiando el don de la vida y la
salud, y no inhibiéndose de toda acción y
suspendiendo el gesto benéfico por el que se salva
una vida. La interrupción sabática no puede consistir
en la interrupción de la actividad carismática. De lo
contrario, el sábado vendría a equivaler a un día de
luto oficial.

Vuestro amigo
Pablo Largo
(pldomizgil@hotmail.com)

3-19.

Todos los seres humanos, en una mayor o menor


medida estamos enfermos. Tenemos heridas,
carencias, situaciones pasadas, presentes, que
marcan nuestras vidas de una forma o de otra. De
cada una de ellas Jesús quiere sanarnos, quiere
liberarnos. En el Evangelio de Hoy Jesús nos dice que
hará, hasta lo que no está bien visto a los ojos del
mundo para salvarnos.

El vino a este mundo por cada uno de nosotros y no


quiere que ninguno perezcamos y quedemos fuera
de la dicha que disfrutaremos en la vida eterna. Él
sana a esta persona en sábado, día prohibido según
la Ley para realizar cualquier acción, fuera buena o
mala. Jesús pone de manifiesto que él tiene poder
para salvar vidas en cualquier circunstancia. En
muchas ocasiones vemos que alguien está pasando
por algo, pasó por algo o que tiene una situación de
vida que a nuestros ojos resulta escandalosa e igual
que los fariseos andamos al acecho para juzgar y
condenar. No comprendemos que es parte de la
travesía espiritual que cada persona tiene que pasar.
Sin embargo, hoy Jesús me dice que él tiene poder
para hacer cualquier cosa, por muy absurda que
parezca para salvarnos.
Señor te pido que me llenes de tu misericordia para
ver tu mano sanadora y liberadora en tantas
situaciones que desde mi pequeño mundo no
apruebo. Toma mi limitación humana para así acoger
a mis hermanas y hermanos que pasan por
diferentes situaciones en los que tu simplemente le
estás purificando, sanando, liberando.

Dios nos bendice,

Miosotis

3-20. ARCHIMADRID 2004

LOS EXTREMOS SE TOCAN

Un extremo:“Anda con Dios”, le dice Saúl a David


antes de enviarle para lo que creía una “muerte
cierta”. “Anda con Dios” le dice el que había
“rechazado al Señor” y había sido por Dios
“rechazado como rey”. Parece mentira cuantas veces
usamos el nombre de Dios a lo largo del día (cada
vez que decimos “adiós”) pero sin concederle crédito.

Otro extremo: “Se quedaron callados”, los vigilantes


de la letra son incapaces de escuchar a la Palabra y
les da tanta rabia que también quieren mandarle a
una “muerte cierta”: “se pusieron a planear con los
herodianos el modo de acabar con él”.

Seguimos pidiendo por la unidad de los cristianos.


Hay dos extremos que impiden el acercamiento entre
los que reconocemos a Cristo como Salvador y Señor
porque lo que hacen es enviar los intentos de unión a
una “muerte cierta”.

Por un lado están los que usan el nombre de Dios sin


confianza, en el mundo todo les parece repleto de
filisteos enormes y sanguinarios, infranqueables para
sus fuerzas y, como no confían en Dios –pues no le
tratan- ven la batalla perdida. Son los que
habitualmente no van a Misa mas que de vez en
cuando pero aprovechan para criticar al sacerdote
pues ellos hubieran predicado mejor y celebrado con
más unción; no rezan diariamente pero critican a las
viejecillas de las iglesias como “beatorras” y la
piedad popular como supercherías; son incapaces de
declarar su fe en público o con sus actos pero se
declaran entendidos en “materia religiosa” pues
fueron monaguillos de pequeños, son los que les
gustaría que los “filisteos” fueran pequeñitos,
cabezones y gafotas para derrotarlos ellos solos pues
en Dios no se puede confiar.

Por otro lado están los que son “mas papistas que el
Papa”, todo les parece mal y sólo ellos tienen razón.
No examinan su vida sino la de los demás; no piden
perdón de sus pecados sino de los del vecino; la
Iglesia va muy por detrás de ellos en cuanto a virtud
y sólo ellos son el paradigma de la ortodoxia; rezan
pero sólo para ellos y sus asuntos, una oración que
acaba siendo en vez de un diálogo con Dios una
auto-justificación de sus actos: cuando alguien les
corrige le hieren o le hacen el vacío, cuando
descubren una virtud en otro que ellos no tienen la
convierten en defecto.

En el fondo son iguales unos a otros. “Echando en


torno una mirada de ira, y dolido de su obstinación,
…”, pocas veces vemos a Jesús con ira, pero sale
airoso para dar la vida por ti y por mí. Tú intenta ser
como David, muy pequeño comparado con los
problemas que nos rodean pero ve hacia ellos “en
nombre del Señor” y con las pequeñas piedras de tu
fidelidad diaria vencerás los obstáculos más
insalvables. Tú intenta ser como el hombre con
parálisis en el brazo, aunque el ambiente “se pueda
cortar” si Cristo quiere que extiendas el brazo,
extiéndelo y él hará el resto. Cuando seamos
humildes seremos ecuménicos pues no habrá
barrera, dificultad, ambiente adverso, criterio
personal o social que Cristo no pueda superar por
nuestro medio. María, madre mía, ayúdame a confiar
más.

3-21.

Reflexión

Si algo en este mundo y en nuestra vida es


destructivo, es la envidia. Ya desde el Génesis hemos
visto que por envidia Caín mató a Abel. En este
relato, la envidia de los fariseos será en gran parte la
causa de la muerte de Jesús. Y es que la envidia es
capaz de cegar totalmente el corazón del hombre
llevándolo a cometer las más nefastas acciones. Era
tanta la dureza del corazón de los fariseos que el
mismo Jesús se entristeció. No permitamos que la
envidia se adueñe de nuestro corazón. Dios nos ha
dado a cada uno de nosotros diferentes dones y
carismas. Nuestro deber como cristianos es no sólo
respetarlos sino buscar la manera de que esos se
desarrollen plenamente. La envidia destruye, la
generosidad y la humildad construyen. Si vemos a
alguno de nuestros hermanos triunfar, alegrémonos
con él y ayudémosle a seguir adelante.

Pbro. Ernesto María Caro

3-22.

254. Vivir la fe en lo ordinario

I. El Evangelio nos habla del hombre que tenía una


mano seca (Marcos 3, 1-6), a quien Jesús cura;
solamente le dijo: extiende tu mano. La extendió, y
su mano quedó curada. Todo es posible con Jesús.
La fe nos permite lograr metas que siempre
habíamos creído inalcanzables, resolver viejos
problemas personales o de una tarea apostólica que
parecían insolubles, echar fuera defectos que
estaban arraigados. La fe es para vivirla, y debe
informar las grandes y pequeñas decisiones; y, a la
vez, se manifiesta de ordinario en la manera de
enfrentarse con los deberes de cada día. No basta
con asentir a las grandes verdades del Credo, tener
una buena formación quizá; es necesario vivirla,
practicarla, ejercerla, debe generar una “vida de fe”
que sea, a la vez, fruto y manifestación de lo que se
cree. Dios nos pide servirle con la vida, con las
obras, con todas las fuerzas del cuerpo y del alma.

II. El ejercicio de la virtud de la fe en la vida


cotidiana se traduce en lo que comúnmente se
conoce como “visión sobrenatural”, que consiste en
ver las cosas, incluso las más corrientes, lo que
parece intrascendente, en relación con el plan de
Dios sobre cada criatura en orden a su salvación y a
la de otros muchos. La vida cristiana, la santidad, no
es un revestimiento externo que recubre al cristiano,
ignorando lo propiamente humano. De ahí que las
virtudes sobrenaturales influyan en las humanas y
hagan del cristiano un hombre honrado, ejemplar en
su trabajo y en su familia, lleno de sentido del honor
y de la justicia. La fe está continuamente en
ejercicio, y la esperanza, y la caridad... Ante
problemas y obstáculos, el Señor nos dice: extiende
tu mano. Examinemos hoy cómo vamos de “visión
sobrenatural” ante los acontecimientos diarios.

III. La fe nos llevará a imitar a Jesucristo, que fue


“perfecto Dios y perfecto hombre” (Symbolo
Quicumque), a ser hombres y mujeres de temple, sin
complejos, sin respetos humanos, veraces,
honrados, justos en los juicios, en los negocios, en la
conversación... La vida cristiana se expresa a través
del actuar humano, al que dignifica y eleva al plano
sobrenatural. Por otra parte, lo humano sustenta y
hace posibles las virtudes sobrenaturales. En San
José encontramos un modelo espléndido de varón
justo, vir iustus (Mateo 1, 19), que vivió de fe en
todas las circunstancias de su vida. Pidámosle que
sepamos ser lo que Cristo espera de cada uno en el
propio ambiente y circunstancias.

Fuente: Colección "Hablar con Dios" por Francisco


Fernández Carvajal, Ediciones Palabra. Resumido por
Tere Correa de Valdés Chabre

3-23.

Comentario: Rev. D. Joaquim Meseguer i García


(Sant Quirze del Vallès-Barcelona, España)

«¿Es lícito en sábado hacer el bien en vez del mal,


salvar una vida en vez de destruirla?»

Hoy, Jesús nos enseña que hay que obrar el bien en


todo tiempo: no hay un tiempo para hacer el bien y
otro para descuidar el amor a los demás. El amor
que nos viene de Dios nos conduce a la Ley
suprema, que nos dejó Jesús en el mandamiento
nuevo: «Amaos unos a otros como yo mismo os he
amado» (Jn 13,34). Jesús no deroga ni critica la Ley
de Moisés, ya que Él mismo cumple sus preceptos y
acude a la sinagoga el sábado; lo que Jesús critica es
la interpretación estrecha de la Ley que han hecho
los maestros y los fariseos, una interpretación que
deja poco lugar a la misericordia.

Jesucristo ha venido a proclamar el Evangelio de la


salvación, pero sus adversarios, lejos de dejarse
convencer, buscan pretextos contra Él: «Había allí un
hombre que tenía la mano paralizada. Estaban al
acecho a ver si le curaba en sábado para poder
acusarle» (Mc 3,1-2). Al mismo tiempo que podemos
ver la acción de la gracia, constatamos la dureza del
corazón de unos hombres orgullosos que creen tener
la verdad de su parte. ¿Experimentaron alegría los
fariseos al ver aquel pobre hombre con la salud
restablecida? No, todo lo contrario, se obcecaron
todavía más, hasta el punto de ir a hacer tratos con
los herodianos —sus enemigos naturales— para
mirar de perder a Jesús, ¡curiosa alianza!
Con su acción, Jesús libera también el sábado de las
cadenas con las cuales lo habían atado los maestros
de la Ley y los fariseos, y le restituye su sentido
verdadero: día de comunión entre Dios y el hombre,
día de liberación de la esclavitud, día de la salvación
de las fuerzas del mal. Nos dice san Agustín: «Quien
tiene la conciencia en paz, está tranquilo, y esta
misma tranquilidad es el sábado del corazón». En
Jesucristo, el sábado se abre ya al don del domingo.

3-24.

Reflexión:

Heb. 7, 1-3. 15-17. El Hijo de Dios, eterno como el


Padre; Aquel de quien no se conocen antepasados, ni
el comienzo ni el fin; que es Rey de justicia y de paz,
ha sido fuertemente simbolizado por Melquisedec. En
Cristo Jesús, Sacerdote eterno, tenemos la salvación
y la fuente de vida eterna. En Él ha quedado borrada
nuestra culpa; en Él también nosotros participamos
de la Vida divina, y somos presentados ante el Padre
Dios como hijos suyos. No se debe a la Ley el que
seamos un pueblo sacerdotal, o el que algunos sean
sacerdotes ordenados, pues la Ley es sólo una
puerta que se abre para que nos encontremos con
Cristo y nos unamos a Él plenamente, llegando así a
la plenitud de la esperanza que hemos depositado en
Él. Por eso procuremos vivir conforme a la vida y a la
vocación que hemos recibido, y que nos debe llevar a
ser constructores de un mundo que, renovado en
Cristo, se levante sobre los sólidos cimientos de la
justicia y de la paz.

Sal. 110 (109). Sacerdote, Víctima y Altar. El Señor


se ofrece al Padre por nosotros, para que en Él
tengamos vida, y Vida eterna. Por su filial obediencia
al Padre Dios, Él dio testimonio de que Jesús es
realmente su Enviado y nuestro único Camino de
salvación; por eso lo resucitó de entre los muertos y
ahora vive eternamente sentado a su derecha. Los
que creemos en Él y hemos unido a Él nuestra vida,
junto con Él participamos de su Victoria y,
consagrados a Dios, si le permanecemos fieles, algún
día participaremos de su Gloria, a la diestra del
Padre Dios, para siempre. Si somos de Cristo; si el
autor del pecado ha sido vencido por la muerte y la
resurrección del Señor, no vayamos nuevamente tras
las obras del pecado, pues nosotros mismos
estaríamos inutilizando la obra de salvación que Dios
nos ha ofrecido en su propio Hijo. Participemos del
Sacerdocio de Cristo ofreciéndole a nuestro Dios y
Padre nuestra propia vida, como una ofrenda
agradable en su presencia.

Mc. 3, 1-6. En algún momento Jesús dirá a la gente


de su tiempo ¿Quién de ustedes puede echarme en
cara un pecado? Él fue perseguido y condenado por
hacer el bien, aun cuando, como dueño del Sábado,
también en ese día hizo el bien a quienes lo
necesitaban. Pero los Judíos, más aferrados a la
interpretación de la Ley y a la serie de preceptos que
le habían añadido, condenan a Jesús por no cumplir
con esas interpretaciones, que llegaban a esclerosar
al mismo espíritu. Dios no quiere que estemos
paralizados; Él nos quiere movidos por el Espíritu
para servir constantemente a los demás. Por eso
debemos tener la debida apertura al Espíritu Santo
en nosotros, de tal forma que no nos conformemos
con escuchar la Palabra de Dios, y con buscar la
santidad de un modo personalista, sino que,
convertidos en testigos de Cristo, vayamos por todas
partes a proclamar la Buena Nueva para que la
humanidad entera, libre de sus parálisis internas, se
ponga en camino hacia su perfección en Cristo y se
convierta en un signo del amor salvador de Dios en
el mundo.

Dios nos quiere apóstoles en camino. Él, el Enviado


del Padre, no vino a sentarse entre nosotros; no se
quedó en una oficina, detrás de un escritorio,
esperando para tratar de mala gana a quienes
llegaran a buscarlo. Él, como Buen Pastor, salió a
buscar a la oveja perdida hasta los lugares más
recónditos e inhóspitos hasta encontrarla para
cargarla sobre sus hombros y llevarla de vuelta al
redil. Sólo la muerte lo puso clavado en una cruz;
pero esa su muerte no es una muerte inútil ni
paralizante, pues por medio de ella hemos sido
justificados y hemos recibido la paz; mediante ella
hemos recibido el perdón de nuestros pecados y la
fuerza que nos pone en movimiento como testigos de
su amor en el mundo. Y esta Eucaristía, que estamos
celebrando nos hace participar de toda esa fuerza de
amor que el Señor quiere comunicarnos. Por eso no
podemos acudir a celebrar la Eucaristía sólo como
espectadores, sino como personas que se
comprometen con Cristo para hacer que todas las
personas y todas las cosas encuentren en Cristo su
renovación y puedan, así, ser un signo cada vez más
claro del amor que Dios nos ha tenido.

Por eso los que participamos de la Eucaristía


debemos volver a nuestras actividades diarias como
testigos del amor de Dios. No podemos volver como
paralíticos incapaces de hablar del Dios de la vida.
Quien quiera proclamar el Nombre del Señor a los
demás y continúe anquilosado en una vida de
pecado, en lugar de conducir a los demás hacia
Cristo estará propiciando que quienes le escuchen
hagan de nuestra fe sólo una burla, pues a falta del
testimonio del predicador podrán decirnos: De eso te
oiremos hablar en otra ocasión, cuando no sólo
prediques, sino cuando vivas lo que dices que nos va
a salvar y que nos va a unir como hermanos. Cierto
que cuando demos testimonio de nuestra fe nos
encontraremos con muchas oposiciones y burlas; no
queramos salir victoriosos con nuestros propios
recursos queriendo construir una torre de sabiduría
para hacernos famosos; más bien pongámonos en
manos de Dios y dejemos que su Espíritu hable por
medio nuestro. Sólo entonces será posible que el
mismo Espíritu, y no nosotros, engendre la salvación
en los demás y acabe con el poder del maligno que
se ha querido apoderar del corazón de los hijos de
Dios.

Roguémosle al Señor que nos conceda, por


intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra
Madre, la gracia de tener la suficiente apertura al
Espíritu Santo en nosotros, de tal forma que todo lo
que hagamos, y todo lo que digamos, y todo lo que
trabajemos a favor del Reino no sea nuestra obra,
sino la obra de salvación de Dios en nosotros. Amén.

Homiliacatolica.com

3-25. Fran Nelson Miércoles 19 de Enero de 2005


Temas de las lecturas: Tú eres sacerdote para
siempre a la manera de Melquisedec * ¿Está
permitido en sábado salvarle la vida a un hombre o
dejarlo morir?.

1. Cristo, sacerdote para siempre


1.1 Un argumento central en la Carta a los Hebreos
es que el antiguo sacerdocio era imperfecto, y que
ello se demuestra por la repetición de los sacrificios y
por la sucesión interminable de sacerdotes. "Muchas
ofrendas" significa que ninguna alcanzaba la
verdadera purificación; "muchos sacerdotes" significa
que ninguno ofrece el verdadero sacrificio. Por
contraste, Cristo es único. Su ofrenda es única. Su
sacerdocio es único. Su sacrificio no se repite, y ello
mismo muestra que es perfecto.

1.2 Estas palabras tenían que resonar con especial


dureza en los destinatarios de la Carta, entre los
cuales, según los estudiosos de la Biblia, debió de
haber muchos convertidos del sacerdocio según la
ley de Moisés. A ellos sobre todo interesa explicarles
cuánto supera el nuevo sacerdocio al antiguo, porque
quizá por un poco de nostalgia o quizá porque la vida
de los antiguos sacerdotes dependía mayormente del
culto, era más difícil su conversión y más difícil su
perseverancia.
1.3 Si el sacerdocio de Cristo es único, no puede
transmitirlo al modo hereditario de los antiguos
sacerdotes, sino en un "orden" nuevo, un "rito"
nuevo, que aquí se describe como propio de
Melquisedec. En efecto, salvo los sacerdotes paganos
y los cultos idolátricos, sólo hay dos imágenes de
sacerdocio en el Antiguo Testamento: el modo
levítico, hereditario, basado en los sacrificios de
animales, y el modo de Melquisedec, sin rastro
terreno ni descendencia terrena, cuyo origen y
dignidad se hunden en el misterio. Es claro que sólo
este sacerdocio podía prefigurar al de Cristo.

2. La Eucaristía y el Sacrificio de Jesucristo


2.1 En este punto hay que anotar algo. Cristianos no
católicos ven en lo que hemos planteado del
sacerdocio único de Cristo y de la ofrenda única de
Cristo argumentos para esgrimir en contra del
sacerdocio en la Iglesia Católica. Según ellos, la Misa
sería un sacrificio repetido que nos devuelve al
régimen del Antiguo Testamento. Con el mismo
pensamiento afirman que la multiplicación de
sacerdotes en nuestra Iglesia es tan reprobable
como el sacerdocio levítico, ya superado por el
sacrificio del Señor en la Cruz.

2.2 No se puede negar que hay lógica en esta crítica,


y que es necesario responder con algo más que
reprobaciones generales. Pero a poco que se piense
se ve que no hay lugar a las objeciones de estos
cristianos. Cada uno de los sacrificios de la alianza de
Moisés tenía una víctima distinta, un corderito o un
cabrito distinto, digamos por caso. En la Misa
siempre la Víctima es una y la misma.

2.3 En el régimen antiguo cada sacerdote era


distinto, ahora en cambio, cada sacerdote celebra, y
especialmente, consagra la Santísima Eucaristía "en
persona de Cristo", pues está clarísimo que ningún
ser humano por sí mismo, ni aunque fuera inmensa
su virtud, tiene potestad como para hacer posible la
presencia real de Cristo y de su ofrenda sobre el
altar eucarístico. Es decir, también en este aspecto
hay que afirmar que el sacerdocio de Cristo no se
"divide" en sus sacerdotes, y por lo mismo tampoco
"cesa" en unos para alcanzar luego a otros, cual
sucedía en el régimen anterior.

2.4 Por eso, lejos de atemorizarnos por las


objeciones de evangélicos u otros cristianos no
católicos, hemos de agradecer que sus mismos
reparos nos ayudan a comprender un poco mejor
cuánta ha sido la misericordia divina al participar, sin
menguar, si divino ministerio a hombres frágiles
como nosotros.