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Acróstico de "Pedro Pablo Atusparia"

Pervive en el Perú como una entelequia,


el Ayllu es su célula viviente.
del abuso de los patrones y mandones se cansó,
remarco su estatura rebelde.
organizó la rebelión indígena en Ancash.

Pronto los cerros se cubrieron de enfervorizadas masas indígenas.


acudieron delegaciones anunciando su adhesión,
barrios de la Soledad y San francisco fueron tomados.
los rebeldes tomaron también el Castillo de Pumacayán
organizaron la resistencia en Huaraz.

Atusparia impuso su autoridad sin admitir objeciones ni distinciones.


todo el callejón de Huaylas fue dominado,
un combate encarnizado se desató en el barrio de Huarupampa.
sostuvo las reivindicaciones que había motivado el levantamiento,
poblaciones de la costa temblaron ante la invasión indígena.
al regresar a Huaraz fue envenenado durante un banquete.
recordado serás como el líder de una rebelión indígena.
igual que una tormenta o un cataclismo,
apareció en la escena como estela visionaria de una pincelada roja.
Pedro Pablo Atusparia

Rebelión en el Perú

Libro de Julio Olivera Oré

La cultura indígena peruana ha dejado huellas indelebles que superviven.


Huellas de un sabor tan antiguo que su influencia da aún contenido y vida a la
fábula o la leyenda, a la tradición y a la historia. Una sutil y persistente raigambre
de antigüedad y nobleza brota como de fuentes míticas y legendarias dándole un
sortilegio de magia y pátina. Influjo y brote que

tienen su ambiente más propicio en la serranía de Ancash.

La raigambre indígena es lo único nacional que nos


emociona. En todo el país está extendido este sentimiento. Nuestra modalidad
social, artística y filosófica, se inspira y parte de lo indio. La cultua de occidente
nos ha traído su barniz elocubrante, pero el alma nacional con toda la fuerza de un
sino
arranca de lo indio. La Comunidad Indígena y el Paisaje Andino son únicos.
Su acción ha creado en el país una realidad y un sentido histórico cuyo contenido
ideológico informa nuestra personalidad y nos salva del anonimato.

Lo indio viene de muy atrás y va más allá. El Ayllu es


su célula viviente. Pervive en el Perú como una entelequia y se alza hasta un
plano metafísico. Lo indio nos rodea y nos acicatea, está en el agro, en la vida
social, en el arte y hasta en la religión. Lo indio nos informa un carácter y pone su
nota emotiva en el alma. La técnica de otras culturas no alcanzarán sino variar los
modos de objetivación pero jamás podrán modificar el espíritu indio. Sin lo indio el
Perú no tendría su raíz o savia. Los pueblos de América tienen en lo indio su
razón de ser. Pueblo que ya no la tiene o no la tuvo es un pueblo que no tiene
conciencia clara de su destino.

Por muy evolucionado que este lo indio quedará su


huella inconfundible, El cholo, el roto, el mulato, el gaucho, el Cariaco y el cawboy
tienen la energía india que los identifica a simple vista a pesar de su aparente
transfiguración.

La inquietud social del Perú se nutre de lo indio: el panorama de las masas


trabajadoras deja su sabor indio en la sierra, en la montaña y en la costa. La
literatura y la música, la pintura y la escultura tienen su inspiración más fuerte en
el tema de la vida india. Es ya innegable en el arte la influencia de lo indio. Nada
hay de original en nosotros sin él.

En todo instante lo indio ha exaltado el espíritu.


Miranda en 1790 presentó al Ministro Pitt su plan de emancipación coronando a un
Inca bajo el protectorado británico. El 2 de agosto de 1816 el General belgrano
proclama a sus tropas la vuelta del Inca. El propio José de San Martín miraba con
simpatía este retorno. En Ancash la Revolución de Atusparia, fué el brote y una
nostalgia de lo indio.

El indígena es una estampa del paisaje andino. Su


fisonomía se ha conformado con los elementos de la naturaleza; ora tiene la
apacible ternura de su cielo arrobador y la sonrisa exquisita de sus prados, ora el
hieratismo de sus cumbres pétreas y la ira despiadada de las tormentas. Cuando
el indio ha sido tocado por el amor es capaz de los más sublimes sacrificios. Nada
iguala a su constancia y valor. Las pagras o rima-rimas inaccesibles o los
pichones de paloma o de vultúridos raros son sus ofrendas más inestimables. El
cariño se hace sensible y noble. Pero también es terrible y fatal. La inclemencia de
la puna y la aspereza de sus moles o el vericueto de sus quebradas lo han hecho
astuto y borrascoso, soporta la opresión y el abuso sin inmutarse: una secreta
rebelión alienta su destino y está pronto a estallar.

Después de la guerra con Chile, el Perú atravesaba


por graves problemas económicos y una de sus consecuencias fue acentuar la
explotación indígena. Los patrones y mandones querían rehacer su fortuna a costa
del abuso. Se recargaron las faenas y repúblicas y se hizo el servicio extensivo en
favor de las autoridades y principales; los diezmos y primicias, las pitanzas y
regalías fueron exigidos por la fuerza. Y finalmente pesaba sobre el indio la
contribución personal de dos soles, excesiva si se tiene en cuenta el costo de sus
gastos y su mísera remuneración de cinco a diez centavos diarios.

El indio no tenia ningún derecho, pero si todas las


obligaciones, su condición se había rebajado mucho más que en la Colonia, era
algo así como un semoviente del latifundio. En la venta de la propiedad el indígena
era incluido como un elemento anexo. Las clases dirigentes para nada
consideraban a la familia indígena como que no fuera para arrancar a sus hijos
para el ejército o el obraje o a sus hijas para la servidumbre y la deshonra. En
resumen el indígena era un despojo humano, víctima de la altanería y de la
vejación del mestizo. Esta extorsión y explotación logró despertar al indígena de
su habitual apatía. Entonces la iniquidad, la opresión y el vilipendio lo exasperaron
y lo hicieron estallar.

Bajo la iniciativa de un indígena de Marián, Pedro


Pablo Atusparia, todos los alcaldes de las estancias de Huaraz presentaron su
memorial al Prefecto Sr. Francisco F. Noriega, solicitando la supresión de la
servidumbre y la abolición del tributo. Era un pliego completo de sus amarguras y
la declaración de sus derechos y reivindicaciones. El sistema oligárquico
representado por la persona del Sr. Prefecto no pudo menos que condenar la
osadía indígena. El delito de reclamo fue condenado al látigo. Un sargento de la
policía, el "Zambo Vergara", flageló a Atusparia. El estoicismo del indígena
exacerbó al sicario hasta el ensañamiento. Los demás alcaldes que se
presentaron ante el prefecto demandando la libertad de Atusparia no pudieron
conseguir sino que la vejaran. Pues se ordenó que se les cortara las trenzas,
símbolo de su autoridad y nobleza.

Libre Atusparia unió su indignación al de sus


compañeros y mientras el Prefecto se ausentaba a Aija, se dedicó a organizar la
revolución. Pronto los cerros se cubrieron de enfervorizadas masas indígenas.
Reunidos en Marian, designaron a Pedro Pablo Atusparia como delegado. La
aversión al abuso y la humillación del último resago de su dignidad empujó a los
indios a correr el albur de una aventura, tentada ya en la Colonia con la
insurrección contra el Visitador General de la Real Hacienda, don José Antonio de
Areche, cuando era Corregidor de Huarás el Márquez de la Casa Hermosa.

Los rebeldes tomaron el Castillo de Pumacayán, el


1ero de marzo de 1885, encargando su defensa al indígena Pedro Granados. El
Gobernador José Collazos en ausencia del Prefecto y t la inacción del Sub-
prefecto preparó un batallón de artesanos y puso a disposición del Coronel
Vidaurre 100 hombres armados y, que unidos a los 125 de línea y 70 de caballería
sirvieron para hacer frente a la sublevación. Los indígenas apenas tenían una que
otra arma de fuego, los demás esgrimían sus bastones e instrumentos de trabajo;
entre ellos había licenciados que se encargaban de dirigirlos. El 2 de marzo
Collazos rompió el fuego y atacó las fortificaciones del Castillo. Hubo una
sangrienta carnicería en las filas indígenas; las armas de fuego abrían boquerones
.Las escenas de valor enardecían los ánimos. El indígena Ángel Bailón, cuñado de
Atusparia, organizó la artillería pétrea del castillo e infirió enormes bajas. Pedro
Granados con su honda descalabraba a los asaltantes y las piedras del morro se
cernían como una lluvia sobre los invasores. La caballería a ordenes del Coronel
Vidaurre no lograba operar y horrorizada por las pedradas y galgas se retiró. El
ejército indio se precipitó tras los fugitivos. En las fuerzas de Collazos cundió el
terror y pronto sobrevino la retirada. Los indígenas los persiguieron y tomaron los
barrios de La Soledad y San Francisco, que en vano Collazos trató de recuperar.
El día 4 la invasión se extendió a toda la ciudad. No hubo cuartel para los
vencidos. La ferocidad del indio no tuvo límites. El Zambo Vergara fue decapitado.
También fueron victimados los Capitanes Delario y Protasio Gonzáles, los oficiales
de la Roix, Smit y Lazarte y todos los valientes que pretendieron detener la
invasión..La ciudad fue puesta a saco. Muchos de los expoliadores de indígenas
fueron fusilados. Los desmanes y depredaciones de la multitud enfurecida
alarmaba a la población. Solo el sacerdocio católico encabezados por los
Presbíteros Fidel Olivas Escudero y Amadeo Figueroa lograron calmar la furia
indígena.

El Coronel Vidaurre y el Gobernador


Collazos huyeron a Recuay. El Prefecto que se encontraba en Aija al saber del
levantamiento, en un rasgo de orgullo e insensatez pretendió regresar a Huaraz,
pero en Recuay los indígenas casi lo linchan y no tuvo más camino que el de la
fuga, ruta ineludible que el destino señala a todos los déspotas y tiranos. En
compañía de Collazos se embarcó por Huarmey rumbo al Calláo, dejando atrás
los alaridos de la rebelión que su perfidia y temeridad desencadenaran.

Apaciguados los ánimos y satisfecha su venganza


los indígenas asumieron el gobierno de la población. Atusparia supo colocarse a la
altura de las circunstancias críticas del momento y para conjurar la anarquía y
establecer su gobierno nombró como Comandante General al Dr. Manuel
Mosquera y como secretario al periodista e intelectual Luis Felipe Montestruque,
célebre redactor de "El Sol de los Andes", que muriera más tarde en la refriega
revolucionaria.

Atusparia impuso su autoridad sin admitir objeciones


ni distinciones. El jueves 12 de marzo se instaló el nuevo Concejo Municipal
Revolucionario de Huaraz bajo la presidencia del Dr. Federico Olivera. Entre tanto
la revolución avanzaba. El 16 de marzo Pedro Cochachin, llamado "Uchcu Pedro",
caudillo carhuasino y lugarteniente de Atusparia en compañía de Mariano Valentín
invadía Carhuaz y lo sometía al nuevo régimen, estableciendo enseguida su
cuartel general en Mancos. Una avanzada al mando del indio José Orobio, fue
rechazado por la guardia Urbana de Yungay. Este triunfo estimuló y decidió el
envío de un destacamento de observación al campamento indígena, pero en
Ranrahirca fue destruido. La indignación de La Guardia Urbana fue tal que
fusilaron al mestizo Simón Bambarén, hecho prisionero en el ataque de Orobio y
sindicado de facilitar la invasión indígena. Mosquera y Atusparia reforzaron las
huestes revolucionarias; y, no habiendo la Guardia Urbana aceptado la rendición
de la plaza fue tomada la ciudad a sangre y fuego ( la ciudad de Yungay), pese al
heroico gesto de la resistencia organizada por don Rosas Villón. La defensa de la
población costó las vidas ilustres de don Fernando Arias, Rosas Villón, Félix Díaz,
Claudio Navarro y de centenares de ciudadanos más.

Sometido Yungay las fuerzas de Atusparia invadieron


Caraz, quedando con ello consolidado la dominación de todo el Callejón de
Huaylas. Las demás provincias de Ancash se plegaron al nuevo régimen y hasta
los indígenas de Ayacucho, Junin,Húanuco y Cajamarca enviaron delegaciones
anunciando su adhesión.

Atusparia volvía victorioso a Huaraz y el homenaje de


los pueblos despertaba su ambición de poderío y dominio. En la mente del caudillo
se gestaba la idea de restauración del gobierno incaico y los áulicos del nuevo
monarca explotaban el ensueño del indígena y medraban al amparo de su buena
fe.

La actitud de Atusparia conmovió la República; en todas


las Comunidades de Indígenas del país se organizaban conciliábulos secretos
para apoyar la insurrección. El ambiente se poblaba de rebeldía y de evocación.
La memoria ilustre de los Incas sustentaba la esperanza y el recuerdo del
heroísmo de Manco y Cahuide exahtaban las fantasías. El gobierno del General
Iglesias enterado de la sublevación por don Agustín Antunes, nombró al Sr. Don
José Iraóla como Prefecto de Ancash y envió una expedición a ordenes del
Coronel Callirgos. El ejército se componía del Batallón Canta de 400 plazas
regulares, de 300 celadores de Lima y a ordenes de un Coronel y de una pieza de
cañón a cargo del teniente Regal. El 13 de abril desembarcaron en Casma. Un
destacamento comandado por el Coronel Gonzáles fue rechazado por Uchcu
Pedro en Chacchán y perseguido hasta cerca de Casma. Las poblaciones de la
costa temblaron ante la amenaza de una invasión indígena. El mismo Prefecto se
veía en la necesidad de resguardarse en Chimbote. Mientras que Uchcu Pedro
organizaba trincheras en la Cordillera Negra los mestizos de Huaraz, temerosos
de la dominación indígena, se ponían al contacto con el ejército invasor y
delataban las maniobras de los rebeldes. Es así como el Coronel Callirgos ingresó
por Quillco a Yungay, pese a la resistencia ofrecida por Uchcu Pedro y la victoria
de los indígenas en Matacoto. Sin embargo Uchcu Pedro se mantenía en las
cercanías de Yungay en espera de los refuerzos de Mosquera, que acantonado en
Carhuaz se había dedicado a la orgía. Pero Atusparia decidió personalmente
entrar en campaña y avanzó hasta Yungay, no sin antes haber destituido a
Mosquera del cargo militar que se le hubiera confiado. En la noche del 21 de abril
el ejército indígena ingresaba a yungay bajo el mando de Granados,
Montestruque, Bailón y José Orobio. Al amanecer se extendió la lucha por toda la
población. Bailón caía al pasar el puente y Montestruque era atravesado por una
bala en su puesto de comando. Heridos Atusparia y Granados decidieron retirarse
a organizar la resistencia en Huaraz. Uchcu Pedro y Orobio que se habían
replegado en las alturas volvieron a atacar el DIA 22, continuándolo hasta el 29 en
que emprendieron la retirada a Huaraz. En estas refriegas fue hecho prisionero
José Orobio y fusilado de inmediato. Mosquera poseído de pánico pretendió
capitular y huir. Pero descubierta su felonía fue depuesto por Uchcu Pedro. La
tropa se mofó y lo ridiculizó y degradado y menospreciado se asiló en la
impedimenta del ejército indígena, sumiéndose en la embriaguez alcohólica para
soportar las humillaciones y vejaciones de que era víctima. Así terminó la historia
de este triste personaje, que medró al amparo de la sublevación indígena,
pretendiendo en todo momento convertirlo en una montonera en favor de Cáceres,
en la rebelión contra el gobierno del General Iglesias.

En Yungay el Coronel Callirgos normalizó la vida de


los pueblos del callejón de Huaylas y emprendió su marcha a Huaraz donde
ingresó el 3 de mayo aprovechando la ocasión de que los indios estuvieran
distraídos en la procesión del Señor de la Soledad. Aquél día se libró una de las
más sangrientas batallas de la revolución. Los indios se cobijaban tras el anda
mientras el fuego los barría. La masacre fue espantosa. Atusparia caía herido
nuevamente. Uchcu Pedro logró escapar pero el 7 de mayo volvía a asaltar al
enemigo en su cuartel del Colegio de la Libertad infringiéndole apreciables bajas.
En seguida pensó atacar la ciudad por sus dos extremos, para lo que puso al
frente del ejército de la Cordillera Blanca al Teniente Coronel Justo Solís quien
traicionando a Uchcu Pedro, capituló ante Iraola. El mismo Parlamento presidido
por el presbítero Olivas Escudero intimó la rendición a Uchcu, pero ni éste ni su
estado mayor aceptaron y, vencida la tregua un tiro de fusil anunciaba el comienzo
de la batalla. Uchcu Pedro el 11 de mayo con el grueso de su ejército ingresó a la
ciudad y tomaba el barrio de Huarupampa. Un combate encarnizado que terminó
en la noche con la retirada de los indios puso fin a la lucha. La eficacia de las
armas de fuego superó a las macanas de los indios. Miles de estos fueron
masacrados y el horror de aquella noche cayó sobre los indios como una fatalidad.
Sobrevino la dispersión de los demás. Pero Uchcu Pedro volvía a aparecer en la
cordillera Negra. Sus perseguidores encabezados por el Sub-prefecto Duffo se
apostaros en la casa de don Francisco Arteaga, compadre de Uchucu Pedro, y
consiguieron que este invitara al caudillo y tras embriagarlo lo entregó a sus
enemigos. Los destacamentos enviados en su persecución fueron diezmados. En
las alturas de Huaylas se unía con las montoneras caceristas de Trujillo y alcanzó
con éstos capturar la población. Pero el 24 de agosto perdían la Batalla de Mato y
Uchucu se vio precisado a remontarse a la puna. Con el deseo de pertrechar a su
tropa se encaminó a Quillco . Trasladado a Casma fue fusilado el 30 de
Septiembre a inmediaciones del Templo. Indio altivo y enérgico rechazó la
conmiseración y tuvo antes de morir el arranque de Cambrone en Waterloo. Un
día antes hizo su testamento, ante el escribano de Casma, don Francisco Hurtado
en el que dejaba para sus 8 hijos sus tierras de "Ataquero" y dos bocas de mina
que rendían 30 marcos por cajón.

Los mestizos victoriosos no fueron menos feroces


que los indios. Los vencidos fueron masacrados y, para ahorrar los proyectiles se
apilaron indios a los muros del cementerio o se les ponía en fila para atravesarlos
a balazos.

Debelada la revolución el Mariscal Cáceres tuvo


interés en conocer al caudillo que había sido capaz de tan grande gesta épica. Y
ante el Presidente de la República, Atusparia sostuvo el pliego de reivindicaciones
que había motivado el levantamiento, Cáceres conmovido por la nobleza del
patricio indígena no solo lo perdonó sino que anheló que su descendencia gozara
de la protección del Estado, para lo que se encargó de la educación de su hijo
Manuel Ceferino Atusparia Itauri.

La sublevación indígena acuñó para la inmortalidad


las efigies de Atusparia, Uchcu Pedro, Felipe Montestruque y Fidel Olivas
escudero.

Atusparia fue el genio de la política y lamponderación; su austeridad y


mesura salvaron a los pueblos de la exacción y de la masacre indígena. Mientras
Uchcu Pedro era el genio de la guerra, Atusparia era el del gobierno; mientras
aquél se imponía por la fuerza, éste usaba la bondad; el uno acusab a terror y el
otro simpatía; feroz y sanguinario Uchcu Pedro, apacible y prudente Atusparia. Por
distintos caminos ambos iban al sacrificio: el uno por el de la temeridad y el otro
por el de la cordura. Mientras Uchcu Pedro expiraba fusilado, Atusparia moría
envenenado (Marian 25 de agosto de 1887 y sus restos reposan en el Cementerio
de Belén de Huaraz). El uno fue escarnecido y el otro incomprendido.

Felipe Montestruque fue como el númen de un


ensueño. Dio a la Revolución un contenido poético. En "El Sol de los Andes"
exaltó los valores de la raza y delinéo los alcances de la Revolución. Y mientras
sus manos sostenían en la guerra una arma de combate, su alma declamaba odas
homéricas. Un tiro de fusil en el pecho inmortalizó al vate y su gesto de héroe fue
su último verso de poeta.

El presbítero Fidel Olivas Escudero fue la


providencia de los pueblos. Interpuso su bondad y caridad ante la ferocidad
indígena.

El levantamiento de 1885 no fue obra estéril. Ha quedado como una lección


de heroísmo y genialidad y cada vez que el abuso se entroniza y saca a relucir su
torva ambición, el recuerdo de los indios y su amenaza latente hace temblar a los
déspotas.

La reseña de éste levantamiento en las cumbres


andinas es como un brochazo de rebeldía en el paisaje. Igual que una tormenta o
un cataclismo la sublevación dejó en el escenario la estela visionaria de una
pincelada roja.

Julio Olivera Oré