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MARON

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B I B L I O T E C A C L Á S I C A
TOMO IX

ENEIDA
POR

PUBLIO VIRGILIO MARON


T R A D U C C I O N E N VERSOS C A S T E L L A N O S

ESTABLBCIMIESTO TIP06RÌriCO «SOCESOMS DK RIVÀDEKETO A»,


Paseo de San Vicenle, 20.
M I G U E L A N T O N I O C A R O

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TOMO I

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L I B R E R Í A \ D E LA VIUDA D E HERNANDO
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Á LA

ACADEMIA ESPAÑOLA,

E N P R E N D A D E A G R A D E C I M I E N T O

Y T E S T I M O N I O D E A D H E S I Ó N ,

MIGUEL ANTONIO CARO.

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VIRGILIO EN AMÉRICA.

E N E I D A DE VIRGILIO—(Libros i y iv), traducción en


octavas, por D. Fermín de la Puente y Apezechea,
de la Academia Española.—Madrid, 1874.
O B R A S D E V I R G I L I O , traducidas en versos castellanos
Con una introducción y notas, por Miguel Antonio
Caro. Tomos 1 y n.—Bogotá, 1873.

I.

Podría formarse un precioso volumen, titulado


Virgilio en América, reuniendo las traducciones é
imitaciones en lengua castellana que del gran poeta
latino han ensayado varios humanistas hijos del
Nuevo Mundo. Estamos ciertos de la superioridad
que este trabajo alcanzaría si se llegara á realizar y
se pusiera en cotejo con la recopilación, erudita pero
escasa de buena crítica, formada en el último tercio
del siglo x v m por el laborioso D. Gregorio Mayáns
y Ciscar.
Los trabajos reunidos por este humanista europeo,
comenzando por las Geórgicas del maestro Juan de
VIII IX

Guzmán, discípulo del Brócense, y acabando por la aparecen en este momento, debidas á la erudición y
Eneida de Hernando de Velasco, poco tienen de al estro de un neogranadino y de un. mejicano: Ar-
amenos y de virgilianos, si exceptuamos algunas imi- cades ambo
taciones felicísimas del dulce Luis de León. Llámase este último .D. Fermín de la Puente y
La reciente y meritoria traducción del Sr. Ochoa Apezechea, miembro de la Academia Española. Para
está, como todos saben, escrita en prosa; y antes del estimar el mérito de la traducción de los libros i y iv
de éste no ha llegado á nuestros oídos, incluyendo á de la Eneida, que hasta ahora son los únicos que ha
Iriarte, el nombre de traductor alguno peninsular, dado á luz este señor, tenemos que referirnos al
reconocido como intérprete notable del épico latino. análisis que de ellos hace, en un artículo crítico,
Miéntras tanto, en esta misma Revista hemos te- otro americano bien conceptuado en España como
nido la agradable oportunidad de consignar los en- hombre de letras y de buen gusto, el Sr. D. José
sayos maestros de D. Juan C. Varela y de D. Ventura Antonio Calcaño, venezolano avecindado á la sazón
de la Vega, en los cuales se trasunta el más exquisito en las cercanías de Liverpool.
sentimiento de las bellezas del original, que trasla-
El crítico ha sometido la obra del mejicano á una
daron á versos castellanos en forma y lenguaje inta-
prueba dura, pero eficaz y decisiva. «Cuando se nos
chables.
viene á las manos, dice el Sr. Calcaño, la traducción
Vamos ahora á comunicar á nuestros lectores nue- de un autor clásico no podemos prescindir de ir á
vas pruebas de la aptitud de los literatos sudameri- ver, antes que todo, cómo han sido vertidos aquellos
canos para aclimatar en el terreno de las lenguas pasajes que, si hemos hecho particular estudio del
vivas, desafiando las trabas de las combinaciones texto, tenemos en la memoria.» Trayendo á la suya
métricas más ajustadas, el espíritu, las ideas, los sen- el mismo crítico los pasajes más célebres de los men-
timientos de los poetas de la afttigüedad clásica. Y, cionados libros de la Eneida, ya por sentenciosos,
como vivimos los americanos en completo divorcio ya por patéticos, ya por la belleza rítmica, ó por la
intelectual unos de otros, ignorando comunmente propiedad de las onomatopeyas, parangona el origi-
aquello que cada sección del continente conquista y nal con la versión, resultando que en la mayor parte
cosecha á favor de la civilización y de la honra de la de los casos sale airoso el traductor y sin ofensa el
patria común, creemos hacernos gratos á los argen- poeta original. No es esto corto elogio para el señor
tinos, revelándoles el secreto de dos bellas y serias Apezechea. En cuanto al mérito de la versifica-
traducciones de la obra virgiliana completa, que ción, el crítico le es favorable hasta el entusiasmo,
exclamando al cerrar la lectura de los cantos tradu- ¡Por cierto! á eso los dioses atendiendo
cidos: «¡Qué octavas, qué octavas hay en ellos! Están ¿ ese cuidado los agita ?
¡Cómo honra su autor á nuestra América!» Yo no sé lo que has dicho ni te entiendo,
Mas respuesta ninguna necesita.
El Sr. Calcaño justifica su ponderativo elogio co- ¡Vé, marcha á Italia! Por el mar horrendo
piando algunos trozos de la traducción mejicana. Ese tu nuevo reino solicita.
Despechada la tiernísima y orgullosa Dido al verse Yo espero (si piedad hay en el cielo)
abandonada por Eneas, dirígele el enérgico apostrofe Oue los escollos vengarán mi duelo.
~ A Dido entonces llamarás turbado;
que anda en la memoria de todos: Yo en negros fuegos seguiréte ausente;
Nec tibi diva parens, generis nec Dardanus duc- Y cuando el alma deje el cuerpo helado,
Sombra doquier, te aterraré presente:
tor , perfide Tu pena entonces sufrirás, malvado,
Y hasta en el centro del Averno ardiente
¡No! No es tu madre, pérfido, una diosa; Yo lo oiré, y á mis manes la noticia
Ni tus,padres de Dárdano manaron: La misma fama llevará propicia.
Del Cáucaso en la entraña cavernosa
Entre sus duros riscos te engendraron, Veamos ahora de qué manera ha trasladado tam-
Las tigres de la Hircania pavorosa
A sus pechos, cruel, te amamantaron; bién á octavas castellanas este mismo apostrofe el
Ya, ¿por qué disimulo ? ¿por qué tardo? poeta neogranadino (i):
¿A qué mayores males ya me aguardo?
¿Por ventura gimió por mi gemido?
¿Tornó á verme la vista vacilante?
¿ Le vi llorar con lágrimas vencido ? Indudablemente que la ventaja la lleva Caro so-
¿Sintió piedad de su infeliz amante? bre Puente y Apeze^iea, como traductor de este
¿ Qué más he de decir ? ¡ Y han consentido
Juno así y Jove á la maldad triunfante! desahogo magistral del amor burlado de una mujer.
¿ Dónde hallaré piedad, dónde consuelo? El granadino se mueve con mayor desenvoltura, y
¡Ya no hay fe ni en la tierra ni en el cielo! sabe envolver y amoldar mejor que el mejicano, en
Desnudo te lanzó la mar, é inerte la masa dócil de sus tersos endecasílabos, los porme-
Sobre mis playas te acogí rendida:
Partí loca contigo'reino y suerte; nores de la ironía, del dolor, de la rabia de la carta-
Tu flota reparé rota y perdida:
Yo liberté á los tuyos de la muerte;
Y ¡ay de mí! (¡que ardo en furias encendida!)
( i ) Aquí transcribe el critico, de la traducción de la Eneida
Hoy Apolo el oráculo te guía:
por el Sr. C a r o , cinco octavas (LXXU á LXXVII), que el lector
Un mensajero Júpiter te envía.
puede ver en este tomo á la p i g . 172.
xni
ginense. Para entender el primero es necesario hacer expresan en castellano bajo la inspiración, de
algún esfuerzo, mientras qué el segundo es transpa- lio. A veces las imitaciones son más
rente y armonioso, y disimula la fatiga de la tarea, píritu de los originales que las tradíi
complaciendo al lector. La libertad en la versifica- la letra, especialmente cuando se tral
ción de Caro va á par con la que emplea para inter- clásicos. Pocas odas castellanas se halla
pretar las imágenes del poeta latino: vuela con el nadas del color horaciano que la de
pensamiento de éste; no se arrastra calcando sus ex- León, titulada La Profecía del Ta/o. Várela, dete-
presiones. Así, por ejemplo, el «Sequar atris ignibus niendo especialmente su atención en er TiDftP a e ta N. L.
absens», del hemistiquio de Virgilio, nos parece más Eneida, que puede llamarse el libro del amor en este
poética y exactamente interpretado en este verso: magnífico poema, mostró sinceramente el tempera-
mento de la musa que le inspiraba, la sensibilidad
de su alma y la analogía de su genio con el del
«—Dido abandonada
Con tea hermosa aterrará tu mente», maestro predilecto de sus estudios. Pero escuchemos
sus versos en la boca de Dido:
que no en éste del mejicano, aunque tenga el mérito
de ser más literal: Pero yo ¿dónde voy? ¿Cómo pretendo
Con llanto débil ablandar la peña
De que es formado el corazón de un monstruo?
«Yo en negros fuegos seguiréte ausente.» Mis lágrimas ¿qué valen? nada aumentan
El triunfo del malvado, y engreído,
Contempla mi dolor y lo desprecia.
El título del presente a r t i l l o nos autoriza para ¿Se le oye algún suspiro? ¿Algún sollozo
poner al lado de estas dos traducciones una imitación Interrumpe su hablar? Quiere que crea
Que lo violenta un dios; como si fuesen
del mismo pasaje, del libro iv de la Eneida, tomada Los dioses como Dido, que no piensan
de la tragedia Dido de nuestro compatriota D. Juan En nada más que en él; como si un hombre,
C. Varela. Este poeta ha dramatizado el episodio Un hombre solo interesar pudiera
A los que en lo alto de su gloria miran
virgiliano, poniendo á los dos amantes uno frente al Como nada los cielos y la tierra.
otro en la escena. Ha aceptado los caracteres tales ¡Un dios! ¡Blasfemo! Parte, parte, inicuo;
como fueron concebidos por el gran épico, y su mé- La ambición es tu dios: te llama, vuela
Donde ella te arrebata, mientras Dido
rito se reduce á la exactitud con que el futuro fun- Morirá de dolor: sí, pero tiembla,
dador de Roma y la reina de Cartago sienten y se Tiembla cuando en el mar el rayo, el viento,
Y los escollos que mi costa cercan, ble que hasta por razón del idioma debe existir entre
Y amotinadas las bramantes olas,
En venganza de Dido se conmuevan. las letras latinas y las contemporáneas.^ Y de aquí,
Me llamarás entonces, pero entonces probablemente, nace también el esmero* con que en
Morirás desoído Nueva Granada se defiende contra las ihvasiones
extranjeras y los malos usos locales la integridad de
la lengua heredada. «Mirar por la lengua, dice un
II.
bogotano, vale para nosotros tanto como cuidar los
recuerdos de nuestros mayores, las tradiciones de
Volvamos al traductor neogranadino. nuestro pueblo y las glorias de nuestros héroes; y
Sólo conocíamos del Sr. D. Miguel Antonio Caro cuando varios pueblos gozan del beneficio de un
el título con que publicó sus poesías líricas en un idioma común, propender á su uniformidad es avi-
volumen en 8.° el año 1866 en Bogotá, y la fama de
gorar sus simpatías y relaciones, hacer de ellos un
su apellido en las letras de su país natal. Los Caros
solo pueblo» (1).
descienden de un gaditano nacido á la mitad justa
Nuestro traductor de Virgilio piensa á este res-
del siglo X V H I , conocido en Bogotá como magistrado
y como literato, y especialmente por su afición á la pecto como su compatriota, á punto que al leer sus
literatura clásica, de que dió muestras anotando el excelentes versos, nos sentimos transportados al afa-
Arte poética de Horacio. Su descendencia conserva, mado siglo de oro de la literatura castellana. Campea
según parece, como religión del hogar, la inclinación en ellos un respeto llevado h a s t a el arcaísmo por las
del ilustre abuelo, atestiguándolo la traducción de formas sintáxicas y los vocablos predilectos de He-
que tratamos. Es de advertir que en aquella repú- rrera y de León—achaque perdonable y aun meri-
blica de vida agitada, tanto ó más que la nuestra, y torio al trasladar al castellano la obra de un antiguo,
en donde los ensayos de las formas más peregrinas porque así parece la imitación más cercana al origi-
de gobierno democrático vertieron torrentes de san- nal. Pero si las producciones de D. José Eusebio
gre generosa, y en donde la novedad á este respecto Caro y de otros vates granadinos no nos convencie-
llegó á rayar en el delirio, jamás declinó el amor á
la bella literatura, ni se rompió el nudo que une á
la antigua con la moderna. Allí hubo siempre quien ( I ) Apuntaciones criticas sobre el lenguaje bogotano, por Rufino
José Cuervo. Bogotá, 1867-1872. Un v. in 8.*, de 527 páginas.—
recordara con hechos repetidos el consorcio indisolu- ( D e esta obra ha salido á luz en este año. en Bogotá, una 3® edi-
ción, considerablemente aumentada.)—El Editor.
XVI xvn
ran que esta excesiva devoción á la gramática de creto de la decadencia ó vitalidad de las lenguas.
nuestros abuelos en nada perjudica á los arranques Ellas progresan, se estacionan ó retrogradan, según
audaces del p'atriotismo republicano ni á la libertad la actividad de la nación que las habla.
de las ideas, estaríamos distantes de recomendar
como modelo á los sudamericanos el proceder segui- Horacio decia á sus discípulos: Sólo escribirá con
do por los Sres. D. Miguel Antonio Caro y D. Ru-
propiedad quien apele á la razón como fuente y raíz
fino José Cuervo (i)
de todo conocimiento. El estudio de los filósofos os
La gramática va hoy por el mismo camino por dará á conocer el fundamento de las ciencias y de las
donde huye avergonzada la retórica. Las cuestiones cosas naturales, y una vez conocidas, las palabras os
de propiedad del lenguaje no deben resolverse, no. fluirán espontáneamente á vuestros labios para ex-
según Salvá y Martínez López, sino según la refle- presaros con claridad.
xión propia y el instinto de lo bello y exacto adqui-
rido con el cultivo libre de las facultades del espíritu.
Scribendi recte sapere est etprincipium et fo?is.
A la formación de las lenguas ha precedido una
lógica severa, una ley de armonía que sólo sabrán
Se equivocaría quien hiciera torcidas y desfavora-
hallar y respetar los que discurran bien y tengan el
bles aplicaciones de lo que dejamos dicho sin detener
sentimiento de lo bello. Mientras un pueblo eduque
la pluma, al estilo y lenguaje del distinguido traduc-
su sazón, goce con la armonía de los sonidos, exija
tor neogranadino. Es el Sr. Caro un excelente hu-
de las formas las condiciones de la belleza, y lo com-
manista, un literato entendido, y al emprender su
prenda tanto en la Naturaleza como en el Arte, no
ardua tarea sabía bien el peso que echaba sobre sus
haya miedo de que ese pueblo desfigure, abastardee
hombros, robustos á fe.
ni afee la expresión escrita de la cultura intelectual
No es completo el ejemplar que poseemos de su
que ha alcanzado por medio de una educación gene-
obra; pero leyendo el suplemento al primer volumen
ral literaria y científica. Aquí está encerrado el se-
de ella, advertimos que ha tratado en la introduc-
ción , desconocida para nosotros, de la filosofía y del
estilo del clásico que vierte á nuestra lengua, mos-
( i ) Aquí sigue discurriendo el crítico sobre las transformacio- trando así la seriedad de sus estudios y la altura del
nes que en su concepto debe experimentar el castellano en Amé-
rica. Suprimimos esta parte como no pertinente al asuntó.—El punto de vista desde donde se encara al mayor teó-
Editor. logo, al mayor erudito, al mayor sabedor de las co<-
b
zón alguna vez se ha creído que la Eneida del gran
romanas, entre cuantos talentos ilustraron el siglo
poeta no debía verterse á los idiomas vivos, respe-
de Augusto. Virgilio fué el pontífice y el heraldo de
tándola como á las armas de Rolando por falta de
su época, el luminoso arco iris agorero de la paz por
bríos para esgrimirlas. Y tal vez sea acertada esta
que anhelaba el mundo romano, atónito con el fra-
opinión, porque si, trasladada del viejo suelo latino
gor de la caída del Egipto y del poderío oriental. En
aquella sublime epopeya tá las lenguas de formación
su famosa égloga iv- parece que hubiera vislumbrado
reciente, hubiera de conservar tan sólo su estructura
más allá del Imperio, el comienzo de la era de la
material y relatarnos descoloridas las proezas de los
idea, d é l a redención del esclavo, d é l a igualdad ó
héroes que en ella hacen papel, poco ó nada gana-
confraternidad de los hombres, ante un Dios pater-
rían los profanos que buscan en el maestro afamado
nal y único, en nada parecido á los dioses materiales
ejemplos de la verdadera y perpetua belleza lite-
adorados antes de él. Amigo de las labores del cam-
raria.
po, resumía en sí, por su observación propia, el cono-
cimiento de todos los fenómenos de la Naturaleza que Esta belleza de la obra de Virgilio se manifiesta
hasta entonces había podido adivinar la ciencia. Era como un perfume, como vislumbre apacible, como
un coloso intelectual con quien sólo puede compa- rumor armonioso que acompaña al lector, no sólo en
rarse en los tiempos modernos su discípulo Dante el palacio de Dido, en las fiestas y en las alegrías de
Alighieri. Inteligencias de esta naturaleza no puede Eneas y de sus compañeros, sino también cuando
mirarlas hito á hito sino el verdadero talento ama- presencia la catástrofe final del porfiado asedio d e
mantado con predilección al seno de las musas. Troya, las iras de Neptuno, los desastres de las ba-
tallas y las intrigas del Olimpo. Cerradas las pági-
A más del sabio y del inspirado hay que conside^ nas, el corazón se encuentra satisfecho y mejorado
rar en el cisne de Mantua al hombre de propósitos si padecía, la mente ennoblecida, el instinto literario
elevados, de corazón bondadoso, de hondísimos sen- menos expuesto á caer en trivialidades y en bajezas.
timientos , brotados á raudales en ondas sonoras y
Tales son. expresadas con generalidades, las im-
benéficas, en las cuales se espejea la luz de una ima-
presiones que causa en el ánimo del lector esa realidad
ginación casta como la de los astros. Así, pues, Vir-
indefinible que se llama «estilo virgiliano». De esta
gilio requiere ser sentido y comprendido á la vez por
impresión moral que supo grabar el mantuano es de
sus intérpretes, porque su oro se compone de la liga
la que convendría hacer partícipe al mayor número
de la razón con la sensibilidad, de la invención poé-
posible de lectores por medio de las vulgarizaciones
tica con el saber lentamente adquirido. Por esta ra-
de la Eneida, trasuntando en ellas, antes que todo, económico á la juventud americana, tentándola á
su estilo, porque éste es el alma misma de Virgilio, admirar y aprovechar los pingües tesoros de los va-
la más bella y humana del mundo pagano. riados climas en que habita, al mismo tiempo que
Guiados por este criterio, hemos leído las Eglogas, con mano maestra le mostraba cómo el espíritu de
las Geórgicas y cuatro de los libros de la Eneida tra- las letras clásicas puede animar, embelleciéndolas,
ducidos hasta ahora por el Sr. Caro. Delante de un las producciones de la moderna literatura. La obra
trabajo que requiere aliento y fuerzas poco comunes incompleta de Bello pudo convertirse en las Geórgi-
para emprenderle, la crítica debe mostrarse circuns- cas sudamericanas si hubiera tenido imitadores, ins-
pecta y fundada, so pena de cometer, más que una pirados, como el iniciador, en un pensamiento de
ligereza, una mala acción. Nos guardaremos de in- patriotismo y de civilización á un tiempo.
currir en ella, limitándonos á señalar, según nues- La agricultura es la generosa nodriza del hombre,
tro entender, algunas de las brillantes cualidades de y nadie mejor que Virgilio la ha idealizado en versos
que á cada momento da pruebas el literato neogra- que jamás perecerán por mucho que los aleje el
nadino: cere perennius será, sin duda, el monumento tiempo: oigámosle en la traducción neogranadina:
que erigirá en nombre de las letras americanas si
lleva á cabo su empresa, ya tan adelantada. Al hombre urgiendo, la escasez le educa,
Y el trabajo tenaz todo lo allana.
El Sr. Caro es felicísimo en muchos pasos de las Ceres, sabia maestra, á los mortales
Geórgicas, en las cuales se encierra la ciencia y la El seno de la tierra á abrir indujo
Cuando faltaron en las sacras selvas
experiencia agrícola de los romanos, embellecidas Bellotas y madroños, y Dodona
con los encantos del sentimiento y de la imagina- El sustento habitual negó cansada.
ción. En nuestro concepto, es ésta la obra de Virgilio Creció en esmeros el cultivo, en cuanto
Funesta á las espigas la impía nubla
más ardua para los traductores, y al mismo tiempo Y hórrido á los sembrados sobrevino
la que de preferencia debiera ponerse desde temprano El torpe cardo. Y ya la mies fallece:
en manos de los discípulos de Humanidades en las Que la áspera maleza en torno crece,
escuelas americanas. Un arado fué el cetro de Cinci- Y el abrojo la invade y el espino;
Oprimen ya el espléndido sembrado
nato, y debe ser el instrumento con que los hijos de Triste zizaña, estériles avenas.
las repúblicas prefieran labrar su fortuna. El autor Tú, pues, como afanado
de la Agricultura de la zona tórrida hizo con sus Las gramas no persigas
Con incansable rastro; si no alejas
admirables versos un valioso presente intelectual y Con ruidos las aves enemigas;
cultura. Si nuestro menguado código rural hubiera
Si hiriendo ociosas ramas, tenido presente el gran código rural de Virgilio, de
El asombrado campo no despejas,
Ni con voto eficaz la pluvia llamas, cierto que las laboriosas abejas, dulcemente cantadas #
¡Triste! con sesgos ojos de vecina y acariciadas en las Geórgicas, no habrían sido des-
Heredad mirarás la parva enhiesta, terradas á muchas leguas de los escasos plantíos y
Y tu hambre en la floresta
Aliviará la sacudida encina. sembrados de nuestros incultos campos. Los anima-
les útiles atraen de preferencia la atención de Virgilio,
Ni uno solo de los prolijos detalles con que pinta haciéndonos amar al buey paciente, á su hembra de
Virgilio la lucha del labrador con la Naturaleza ha ubres generosas, á la oveja que se despoja de su ve-
escapado á la sagacidad del traductor: no crecerán llón para vestirnos, al caballo que se asocia á nues-
las mieses si no se extirpan á tiempo el cardo y las tros viriles placeres, á nuestras hazañas de valor y
importunas cañas, si no se espantan las aves atraí- arrastra la carroza elegante del rico como la reja del
das por el apetito del grano. La pereza condenaría arado del humilde labriego.
al labrador á contemplar con tristeza la cosecha
Las llanuras colombianas como las argentinas son
abundante del vecino y á alimentarse con el insípido propicias á la noble raza del caballo. E n ellas, ha
y grosero fruto de las encinas. dicho Buffón, es donde debe estudiarse al potro en
toda su belleza y libertad, al caballo que, según el
mismo naturalista, es la más gloriosa conquista del
ffeu! magnum alterius frusira spectabis acervum, poder inteligente del hombre. El americano nace
Concitssaque famern in silvis solabere quercu! contemplando el caballo, y ensaya sus primeras fuer-
zas manejándole por la brida; en él atraviesa el de-
La agricultura fué considerada por los antiguos sierto, vadea los ríos, y sobre sus lomos y ancas con-
como el arte que enseña al hombre á apropiarse por duce á su querida y á sus hijos al poblado ó al nuevo
el trabajo y la industria, no sólo los dones de Ceres, techo que ha construido de totora á la margen de la
sino cuantos distribuye Cibeles, uno de cuyos atri- laguna lejana. El caballo es para el llanero y el gau-
butos es la llave con que abre y cierra, según las es- cho el personaje principal de sus idilios en acción ó
taciones, los tesoros de la Naturaleza, y gobernando de sus yaravís y cielitos, acompañados de la guitarra.
los leones que conducen su carro, dice simbólica- A esta intimidad entre el nobilísimo bruto y el hom-
mente que nada hay tan feroz é indómito que no se bre americano atribuímos el acierto con que el tra-
someta á la amorosa paciencia de la maternal agri-
ductor bogotano ha interpretado el siguiente pasaje La copia de trotones
del libro III de las Geórgicas. Que Marte unció, tal era; tales fueron.
Ya de griegos poetas celebrados,
Los del carro veloz del grande Aquiles;
Y Saturno agilísimo la hermosa
No menos diligencia Crin derramando sobre el cuello equino,
A la elección de los caballos debes. Así también, al asomar su esposa,
Tú , desde tierna edad á los que fíes Hirió, rápido huyendo,
El incremento de la raza, aplica El alto Pelion con relincho agudo.
Laboriosa atención. El potro nuevo Al que así contemplaste
De estirpe generosa, Animoso corcel, cuando agobiado
Gallardo ya campea, Por las enfermedades, ó vencido
Y en noble porte y numerosos pasos Le vieres de la edad, ponle á cubierto,
Las blandas coyunturas ejercita: Y da á su honrada senectud descanso.
Toma la delantera en el camino, Para enlaces de Venus
A la crespa corriente vado tienta. Frío el ^aballo viejo, afán estéril
A puente ignoto avánzase el primero, Apura en ellos, y tal vez se llega
Ni de estrépitos vanos se intimida. A la amorosa lid, se enciende en vano,
La cerviz tiene erguida, Cual sin fuerza en la paja un alto fuego.
Aguda la cabeza, el vientre breve, Observa de antemano
Grupa redonda, el pecho Los bríos y la edad de cada potro,
Con músculos soberbios que le abultan. Su raza y vocación discierne luego;
Noble es el rucio azul, noble el castaño , Mira si causa en él y en qué manera,
De blancos y melados desconfío. La ignominia dolor, celo la gloria.
¡Con qué ingénito brío ¿No has visto cuando en rápida carrera
El pisador lozano Parten de la barrera
Sale del"puesto y sosegar no sabe A cubrir el palenque émulos carros?
Si armas de lejos resonar ha oído! Mancebos que en la faz muestran bizarros
Las orejas aguza, se estremece, El ansia de vencer, mientras el pecho
El encendido aliento La duda palpitante les devora,
Por la abierta nariz bramando arroja; Con retorcido látigo aguijando,
El cabello sacude aborrascado, Tendido el cuerpo van, suelta la brida;
Le esparce al diestro lado; En férvido volar arden las ruedas;
Y doble mueve la dorsal espina, Y ora se inclinan, y ora
Y recios cascos sobre el suelo asienta Parecen remontarse arrebatados
Que batido á compás hueco retumba. En vuelo aéreo á superior esfera.
Sofrenado de Pólux Amícleo No hay descanso, no hay paz. La arena roja
Tal Cilarosoberbio braveaba, En nubes se levanta:
Fogoso al delantero el de atrás moja bir en verso, del mismo modo que es en el pintor la
Con la espuma que arroja; distribución de los tonos del colorido, y las gradacio-
¡Tanto es el pundonor, la ambición tanta! nes de la modulación en el músico. Hay idiomas en
Estos versos, fuerza es confesarlo, no se parecen en que la frase en el verso sigue la misma línea recta
nada á los que generalmente nos regala la musa sud- que en la prosa, y toda la poesía consiste en ellos en
americana, libertina, indómita, sin más consejero el fondo ó en la sustancia de la idea. Pero el caste-
que el oído, á. veces mal educado y excesivamente llano no es de este número. En la prosa misma es
democrático en el estilo, en la elocución y en las garboso, lujoso, erguido, y exige de quienes lo usen
formas sintáxicas, casi siempre cortadas al talle de la en verso y con int^ciones de poetas, que levanten y
prosa. Si muchos han de saborearlos y deleitarse con acentúen esas cualidades, defectos ó virtudes de su
ellos, no faltarán quienes los hallen desabridos al índole, según quiera juzgarlos el juicio humano, ge-
paladar, obscuros á la inteligencia yv aun ásperos neralmente vario y voluminoso.
para leídos corrientemente. Pero nosotros, que nos En el caso presente existe una razón más para que
declaramos pertenecer á los primeros, es decir, á los los versos que quedan copiados merezcan la aproba-
admiradores de la noble versificación del Sr. Caro, ción de las personas instruidas y de buen gusto. por
entendemos que el verso debe tener también poesía cuanto traducen al más encumbrado y más delicada-
en su estructura, y participar, hasta en la ordenación mente noble y pulcro de los poetas latinos, en quien
de las palabras , del juego de la imaginación , que es brilla la tersura de la palabra y el pudor de la ima-
la primera de las facultades distintivas del poeta. El
gen. Sienta bien á su intérprete el dejo clásico, la
verso debe pasar por delante de la vista como el dia-
solemnidad antigua, de que tan discretamente hace
mante bruñido, destellando luz por cada una de sus
uso, logrando acercarse, cuanto es posible á un moi
facetas; ondear como airosa culebra ó como la co-
derno, á semejante original.
rriente de las aguas, y sorprender por la novedosa
variedad de sus movimientos, para que, como la
música ála letra, acompañe armoniosamente los giros
JUAN MARÍA GUTIÉRREZ.
originales é inspirados del pensamiento. Desdéñase
sin razón esta parte material de la versificación, y ni
se reflexiona sobre ella . ni se estudian sus condicio- (Revista del Rio de la Plata, número correspondiente al i . ° <lc Febrero 1875.)
nes, como si no constituyera parte del arte de escri-
( Yo aquel que ya con flauta campesina
Libre de afanes modulé canciones,
Y dejando la selva peregrina,
Causa fui que con ricas producciones
Satisficiese la región vecina
De exigente cultor las ambiciones
— Obra grata á la gente labradora—
Los horrores de Marte canto ahora.) j

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ENEIDA
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LIBRO PRIMERO.

i.

Canto asunto marcial; al héroe canto


Que, de Troya lanzado, á Italia vino;
Que ora en mar, ora en tierra, sufrió tanto
De Junó rencorosa y del destino;
Que en guerras luego padeció quebranto,
Conquistador en el país latino,
Hasta fundar, en fin, con alto ejemplo.
Muro á sus armas, y á sus dioses templo.

II.

De allá trajo su ser el trono albano, *

Su nombre el pueblo á quien el orbe admira,


Roma de allá su cetro soberano
i Mas tú á mi osado verso, Musa, inspira!
Abre de estos sucesos el arcano;
¿Qué ofensa suscitó la excelsa ira
Que á la errante virtud sigue y quebranta?
<Cupo en celestes pechos furia tanta? f
TOMO i . >•- --* ' » -

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III. VI.

En frente, aunque á distancia, de la riba Por eso avienta á términos distantes


Donde el Tibre en el mar su onda derrama Del ítalo confin, á los que á vida
Tiria de origen, opulenta, altiva, Dejó incendio voraz, salvados ántes
Alzóse la ciudad que Juno ama. Del acero de Aquíles homicida.
Más que á Sámos la Diosa vengativa Por largos años sobre el ponto errantes,
La amó: Cartago la ciudad se llama: Cerrando el paso á su virtud sufrida
En ella la armadura pavorosa, El hado vengador ¿dónde no asoma?
El carro en ella estuvo de la Diosa. ¡Fué empresa colosal fundar á Roma!

IV.' VII.

Y ya anhelaba Juno y pretendía Haciendo nueva tentativa ahora,


Hacer del orbe á esta ciudad señora De la orilla zarpando siciliana,
Si consintiese el hado. Oído habia Ya á la vela se daban; ya la prora
Que, corriendo los tiempos, en mal hora Cortando iba veloz la espuma cana.
Para alcázares tirios, se alzaría Mas la llaga cruel que la devora
De troya na raíz, dominadora Guardaba fresca la deidad tirana
Nación potente, en los combates fiera; En el fondo del alma; y sin testigo
Que así lo urdido por las Parcas era. Así comienza á razonar consigo:

V. VIII.

Eso la Diosa recelaba; v luégo «¿Y será que vencida retroceda


De irritantes recuerdos ocupada, E n la intentada empresa? ¿y que al troyano
Ella no olvida que á vengar al Griego Aborrecido príncipe no pueda
Fué la primera en desnudar la espada: Léjos tener del límite italiano?
Del troyano pastor el fallo ciego; ¿Conque adverso el destino me lo veda?
Su ofendida beldad, la raza odiada, Pálas un día, del insulto insano
El alto honor á Ganimédes hecho, Tan sólo de Áyax ofendida, airada,
Memorias son para afligir su pecho. ¿No hundió á los Griegos y abrasó su armada?

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IX. XII.

»Ella misma del cerco nebuloso Ellos dentro la hueca pesadumbre


Vibró de Jove la veloz centella, Ruedan bramando, amenazando estrago;
Y alteró de los mares el reposo Él, cetro en mano, sobre la alta cumbre,
Y dispersó los navegantes; ella Resuelve en aire el comprimido amago.
En torbellino súbito, furioso, Que si aquella legión de servidumbre
Arrebatando al infeliz, lo estrella, Salir lograse, por el éter vago
Cuando áun abierto el pecho llameaba, La tierra, el mar, el ámbito profundo
Contra un agrio peñón, y allí le clava. Rauda barriera aniquilando el mundo.

X. XIII.

»Y yo, que entre los Númenes campeo El alto Jove recelando eso,
De los Númenes todos soberana; Al ejército aéreo abrió esta sima,
Yo, que los altos títulos poseo
Y ahí en tinieblas le envolvió, y el peso
De consorte de Júpiter y hermana,
De altísimos collados le echó encima;
Ya tantos años há que en lid me empleo
Y un rey impuso al elemento opreso
Con solo un pueblo, y mi insistencia es vana!
Que con tacto severo, ya reprima,
¿Y habrá de hoy más quien me venere? ¿alguno
Ya dé medida libertad. Ahora
Que humilde ofrende en el altar de Juno?»
Juno ante él llega, y su favor implora:
XI. XIV. -

Tal medita la Diosa, y sus sollozos •Éolo, á quien el Rey de cielo y tierra
Ahogando en su furor, á Eolia vuela, Calmar concede y sublevar los mares,
Región nublada en lóbregos embozos, Oye: aquel pueblo á quien juré la guerra,
Región que aborta la hórrida procela: Surca el Tirreno, y sus vencidos lares
^ Eolo-allí en inmensos calabozos Lleva, y su imperio, á Italia. Desencierra,
Las roncas tempestades encarcela Éolo, tus alados auxiliares,
Y los batalladores aquilones,
Y envíalos con ímpetus violentos
Y hace pesar su imperio en sus prisiones.
A romper naves y á esparcir fragmentos.

*
VIRGILIO. S87J ENRIDV

XV. XVIÜ.

»Catorce Ninfas'sírvenme doncellas, Y remueven el ponto, el ponto gime;


De hermosura dotadas milagrosa;
Y silban cuerdas y la gente clama;
La que en encantos sobresale entre ellas,
Roba las formas y la luz suprime
Deyopeya gentil, será tu esposa:
La oscuridad que en torno se derrama;
Eternas gozarás sus gracias bellas;
Noche tremenda el horizonte oprime;
Yo te la doy, porque de prole hermosa
El éter cruza intermitente llama;
Afortunado fundador te haga;
Truena el polo, y suspenso el navegante
Y así el favor mi gratitud te paga.» La pompa del terror tiene delante.

XVI. XIX.

Éolo reverente la responde: En este instante de la muerte el hielo


«Reina, escudriña cuanto ansiar pudieres, Siente Eneas que embarga sus sentidos,
Di cuanto oculta voluntad esconde,
Y entrambas manos extendiendo al cielo,
Pues son tus voluntades mis deberes.
Clam^ con voz ahogada entre gemidos:
De ti no fuesen dádivas, ¿de dónde
«¡Dichosos, ay, los que en el patrio suelo,
Mi cetro, mi privanza, mis poderes?
Al pié del alto muro, en liza heridos,
Tú en las mesas olímpicas me sientas;
i ley por ti soy de rayos y tormentas!») A vista de sus padres espiraron,
Y allí cual buenos su misión finaron!
XVII. XX.

Dice; y la hueca mole con el cuento »¡Oh tú entre aquivos héroes el primero,
Hiere del cetro, y la voltea á un lado; Diomédel esforzado! ¿qué ímpia suerte
Y al ver el ancha puerta, cada viento Me negó bajo el filo de tu acero
Quiere salir primero alborotado; En los campos de Troya hallar la muerte?
Y Notó á un tiempo, y Euro, y turbulento Do al ímpetu de Aquíles Héctor fiero
Abrego con borrascas, monte y prado Cayó; do el grande Sarpedofí; do inerte
Corren, barren el suelo, al mar se entregan Tanto noble adalid, rota armadura,
Y ondas abultan que la playa anegan. El Símois vuelca en su corriente oscura!»
- ^ J
XXI.
XXIV.

Cállale aquí borrasca bramadora Vense dispersos que en lo inmenso nadan;


Que hosca en las velas da, la onda agiganta; Maderos y reliquias de combates,
Quiébranse remos, tuércese la prora, Y troyanas riquezas sobrenadan.
La onda el costado del bajel quebranta: De Ilioneo, aunque fuerte, á los embate«
Alzase el agua en cimas, y á deshora La nave ya, y las de Abas se anonadan,
Rómpese: quién en vago se levanta; Del viejo Alétes y el valiente Acátes;
Quién la ola henderse ve que lo encadena, Que, hondas las grietas, desligado el brío,
Y ve el fondo mostrarse, hervir la arena. Abren su seno al elemento impío.

XXII.
XXV.

Noto tres buques á su cargo toma


En tanto los rumores, los bramidos,
Y en adustos escollos los estrella
La inmensa agitación Neptuno siente;
(Cuya espalda á flor de agua inmensa asoma,
Siente los hondos sótanos movidos,
Y ara el nauta la nombra, y huye de ella).
Y alza alarmado la serena frente
Sobre otros tres rugiente se desploma
Por cima de las ondas. Esparcidos
Euro (¡escena de horror!), los atropella,
Los buques ve de la troyana gente,
Y dales, entre puntas destrozados,
Por todas partes maltratada y rota,
Tumba de arena en los hirvientes vados.
Que el cielo la acribilla, el mar la azota.
XXIII.
XXVI.

Al bajel que á los Licios aportaba,


El mismo en que el leal Oróntes iba, Ni ya de Juno se ocultó al hermago,
Súbito hiere en popa una ola brava Industrioso el rencor que horrores trama;
Descargada con ímpetu de arriba. Y al punto con acento soberano
Enéas el embate viendo estaba Al Céfiro y al Euro* á cuentas llama;
Que de un vuelco el piloto al mar derriba; «¿Y así,» les dice, «os ciega orgullo vano?
Tres vueltas da el bajel, la angustia crece, Ya hundís los cielos sin mi vénia, y brama
Y el vórtice lo traga, y desparece. El agua en cerros que encrespáis gigantes;
iGuay!... Mas el mar apacigüemos^ntes.
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XXVII. XXX.

»¡Huid, vientos! ¡huid avergonzados; Neptuno así de una mirada enfrena


Ni espereis de piedad segunda muestra; Del piélago insolente losfurores,
Y á vuestro Rey decidle que los hados Y gira por la atmósfera serena
No el tridente pusieron en su diestra: Dóciles sus caballos voladores.
Los reinos de la mar son mis estados! Entre tanto, de la áspera faena
Riscos él tiene allá, guarida vuestra; Cansados los troyanos viadores,
Que,respetoso á ajenos elementos, A las vecinas, líbicas orillas
Reine guardian de encadenados vientos!» "Vuelven prudentes las cascadas quillas.
XXVIII. XXXI.

Dice; nubes disuelve, el sol desnuda, Vese allí en una cómoda ensenada
Y pone en paz las olas que batallan: Formando puerto, una isla: á sus costados
Cimotoe y Tritón de roca aguda Del piélago se rompe la oleada.
Los míseros navios desencallan; Y rota¿ entra á morir por ambos lados.
Con su tridente él mismo les ayuda, Guardando opuestos émulos la entrada,
Las sirtes abre, y cielos yaguas callan; Dos peñones, remate de collados,
Y por cima del mar, que apénas riza, Torvos se empinan: plácidas, á solas,
E n levísimo carro se desliza. Tiéndense al pié las sombreadas olas.
XXIX. XXXII.

¿Quién vió tal vez con la rabiosa ira Luégo, al entrar, divísase eminente,
Q u e la plebe en motin ruge y revienta? Del sol quebrando el trémulo destello,
Teas, guijarros por el aire tira; Hórrido bosque, y negro, y grande; en frente
La fuerza del enojo armas inventa: Cóncava peña cierra un antro bello.
Mas si á un prócer piadoso alzarse mira,
Y allí hay bancos de piedra; allí una fuente
Se contiene, se acalla, escucha atenta;
De agua dulce; es de Ninfas gruta aquello!
Sola esa voz los ánimos ablanda,
No aquí el cansado esquife ata la amarra;
Lleva la paz, y la obediencia manda.
No del áncora el garfio el fondo agarra.
ENEIDA.
13 VJSSUJO. C470
XXXVI.
XXXIII.

Saca Enéas, en suma, á salvamento El arco y leves flechas, al instante,


Siete naves. La gente, que desea Armas del fiel Acátes, arrebata
De la tierra el materno acogimiento, Enéas; y á los tres que van delante
Salta al césped que el céfiro recrea, Con orgullosa cornamenta, mata;
Y allí á los miembros húmidos da asiento. A tiros luégo el escuadrón restante a
Acáteá hiere el pedernal; chispea; Entre el frondoso bosque desbarata; /
Hoja menuda allega, adusta rama, Ni desiste hasta ver de los venados /,
Y, el fómes atizando, arde la llama. Siete grandes oor tierra derribados;

XXXIV. \ xxxvy: /

Mojados sacan las cansadas manos Así el numero) igualy al de pajeles;


El dón de Céresf y su tren; y aprestan Al puerto vuelve, dc#el botiñ divida
Piedras allí para moler los granos Eritre sus tristes compañeros fieles;
Que en seco extienden y que al fuego tuestan» Y con Vino, dé aquél que á su partida
Sube Enéas á un pico, y los lejanos De las riberaslsículas, toneles
Horizontes registra, por si enhiestan Bondoso Acésíés les hinchió, convida;
Las popas de Caico allá su arreo, Y cura/onscáar los corazones
Ó bien sus velas'el bajel de Anteo; El obsequio apoyando con razones:

XXXV. T) XXXVIII.

vf
Ó yaá remo avanzando los navícs «¡Antiguos compañeros! sabedores
Frigios parecen, ó el de Cápis. Nada Ántesf de ahora de aventuras tales:
Por los ecuóreos límites vacíos Ya visteis acabar otros mayores,
Descubre á su esperanza su mirada. Dios dará fin á los presentes males.
Mas tres ciervos divisa que baldíos
Recorren la ribera: la manada,
J\ De Scila atroz escollos ladradores:
De impios Ciclopes playas funerales:
Al sabroso pacer vagando atenta, ¿Qué no habéis arrostrado? Alzad la frente,
Por acá y por allá los sigue lenta. Y ahogue su pena el corazon valiente!
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Bífi ' /¿-t-*-r '* C-tf-v ? c- • . ( / w
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XXXIX. XLII.

»Desgracias de hoy, mañana son memorias Tarde era Va, cuando del alt o cielo
Que despiertan secretas simpatías: Oteando el olímpico monarca,
Senda de rudas pruebas transitorias Tierras y costas, el tendido suelo,
Nos lleva al Lacio y sus riberas pias: Y el mar de velas erizado, abarca
Renacerán nuestras antiguas glorias; De una mirada, que con vivo anhelo
Sufrid, guardáos para mejores dias!» Fijó, en fin, en la líbica comarca;
Dice; rie esperanzas, y hondamente Y, los ojos brillando humedecidos,
Sella el fiero dolor que el alma siente. Venus así le hablaba con gemidos:

XL. XLIII.

Presta la gente á aderezar la caza «;Padre y señor de dioses y mortales;


Pieles arranca, entrañas desaloja; Rey, cuyo brazo con el rayo aterra!
Quién la carne, que á miembros apedaza, jOh! mira al hado, tras acerbos males,
Fija en el asador, tremente y roja; Cuál á mi Enéas y á los Teucros cierra,
Quién da en la orilla á las calderas plaza, No del país que guarda, los umbrales,
Y fuego allega; y ya en el musgo y hoja Mas los ángulos todos de la tierra!
Cobran tendidos el vigor postrado Para sufrir contrariedad tan fuerte,
Con vino añejo y nutridor bocado. ¿Con qué crimen pudieron ofenderte?

XI.I. XLIV

Calla el hambre; y locuaz la fantasía »Tú prometiste que de aquí, algún dia-
Recuerda á los ausentes: teme; alienta; ¿Lo recuerdas?—de aquí, de la troyana
Y ya salvos, ya en la última agonía, Estirpe restaurada, se alzaría
Ya sordos al clamor los representa. Reina del mundo la nación romana.
Consigo Eneas, de la suerte impía ¿Qué nuevo plan la ejecución desvía?
Del animoso Oróntes se lamenta, Yo usaba con las dichas del mañana,
Y de- Amico, y de Licio, y de héroe tanto; Del ayer y sus ruinas consolarme;
Del grande Gias y del gran Cloanto. Mas ¿vemos hoy que el hado se desarme?
XLV. XLVIIL

«No; que se ensaña cada vez más crudo! Y con lá faz la besa con que el cielo
¿Término á tanto mal darás al cabo, Serenar suele en tempestad oscura;
Grande y buen rey? Con invisible escudo, Y «Calma,» dice, «Citerea, el duelo;
Del Adria entrando por el golfo bravo, De los tuyos el hado eterno dura.
Al riñon mismo de Liburnia pudo Verás alzarse á coronar tu anhelo
Anténor penetrar, y del Timavo
La ciudad de Lavinio: á etérea altura
Las cabezas venció; de argiva hueste
T u heroico Enéas subirás un dia;—
Salvado en ántes por favor celeste.
Ni nuevo plan la ejecución desvía.
XLVI. XLIX.

»Y en aquella región donde desata, »Él (pues voy á tu pecho, áun mal seguro,'
Los cerros atronando, mar rugiente A revelar recónditos arcanos)
Por siete bocas su raudal de plata, Él hará guerra larga; el cuello duro
Y los campos inunda en su corriente, Domará de los pueblos italianos;
Allí á Padua fundó: morada grata Dará á los suyos circundante muro,
E n ella, y patrio nombre dió á su gente, Y fundará costumbres. Tres verano«
Y de Troya las armas; y tranquilo Contará de los Rútulos triunfante;
Bajó á dormir en sepulcral asilo. Y tres inviernos le verán leinante.

XLVH. L.

»¿Y á nosotros, tus hijos, á quien silla »Y su hijo Ascanio, que festivo y tierno
Previenes celestial, se nos traiciona? Con renombre de Yulo se engalana,
¿Y anegadas las naves, ¡oh mancilla! (lio nombróse en el solar paterno
Porque de álguien el odio lo ambiciona, Cuando alzaba Ilion la frente ufana),
Tocar nos vedas la latina orilla? Treinta años llenará con su gobierno
¿Así nos vuelves la imperial corona? Mes á mes; y la sede soberana
¿O premio es éste de virtudes digno?» Mudando de Lavinio, hará á Alba Longa
Oyóla el Padre, y sonrió benigno; Robusta en fuerzas que al asalto oponga.
TOMO I . "2
18 YI8G1UO. [ÍT4' ENEIDA.

L!. LIV.

»De manos de la hectórea dinastía * »Y tú, segura de contrario insulto,


No habrá en tres siglos quien el cetro aparte: Cargado con despojos de Oriente
Ilia, real sacerdotisa, un día Le cogerás en el Olimpo; y culto
Hijos gemelos parirá de Marte: Le dará el hombre en votos afluente.
Con la piel de la loba que los cria Y, sosegado el militar tumulto,
Ya al mayor miro ufano; baluarte La férrea edad se tornará clemente:
Alzará eterno, y porque al mundo asombre, Fe anciana reinará y amor divino,
Rómulo á su nación dará su nombre. Y en unión fraternal Remo y Quirino.

14!. LV.

»Y término, ni linde, ni parada »Y por fin con estrechas cerraduras


Fijo ai poder de Roma: eterno sea! Y de hierro cargadas, de la Guerra
Juno misma, que alarma exasperada Cegadas quedarán las puertas duras:
Cuanto baña la mar y el sol rodea; El malvado Furor, que allí se encierra,
Con nuevo acuerdo, á la nación togada Sentado sobre rotas armaduras,
Que al mundo, acerca el hado, señorea, Con las manos atras, que el bronce aferra
Vendrá por fin en proteger conmigo; De cien cadenas, lanzará bramidos,
Y así se cumplirá'cual yo lo digo. Los dientes rechinando enrojecidos.»

un. LVI.

»Y siglo traerá el tiempo en que cadenas Dice, y al punto del Olimpo envía
Dé la casa de Asáraco á la argiva; Al alígero dios hijo de Maya,
A Ptia vencerá; verá á Micenas, Que á allanar á los náufragos la via
Si ántes gloriosaj ya á sus piés cautiva. Y el muro de Cartago á abrirles vaya;
Tan noble sangre llevará en las venas Pues de Dido recela, que podria
Julio—por nombre que de atras deriva; Alejarlos tal vez de aquella playa
César—con gloria que hasta el cielo alcanza; Si los altos designios ignorase.
El, cuyo imperio sobre el mar se avanza. Oyele el nuncio, y por el éter vase.
20 VIRGILIO. 3151 EI.EIOA. 24

LVÜ. LX.

Y la pluma batiendo fugitiva Por su aire y armas lo parece; ó nueva


En la región inmensa, por do hiende, Harpálice gentil, que de vencida
Presto á las costas líbicas arriba, A sus caballos en su esfuerzo lleva
Y á cumplir el mandato sólo atiende: Y al Euro 3lado en su veloz corrida:
Y ya los Peños su rudez nativa, Cual puesto al hombro á cazadores prueba,
Por él, remiten; y ante todo enciende Cuelga el arco; el cabello al aura olvida;
En Dido un vago y tierno sentimiento, "V deja la rodilla ver desnuda
Prenda de hospitalario acogimiento. Do undosos pliegues lazo breve anuda.
LVIII. LXI.

Enéas, que la noche pasó entera «.Hola! mancebos,» díceles la Diosa:


Cavilando, áun no bien la luz celeste «¿A una de mis hermanas por ventura
Mira nacer al mundo placentera, Visto habéis por ahí, que vagarosa
Ya ansioso sale á ver qué clima es éste Lleva aljaba, y pintada vestidura
Do el viento le ha arrojado: si hombre ó fiera De piel de lince? ó que tal vez acosa
Habita en él, según le ve de agreste: A un jabalí soberbio en la espesura
Todo saberlo, averiguarlo intenta, Con agudo clamor?» Tal Vénus dijo;
Y á los suyos tornar á darles cuenta. Y de Vénus así respondió el hijo:

LlX. LXII.

La flota deja so el peñón antiguo «En verdad no hemos visto aquella hermana
Que las aguas socavan sin estruendo, Tuya, á quien buscas, ni sabemos de ella.
"V" de las corvas sel . as al abrigo Mas ¿cuál te nombraré ? nos es cosa humana
Con sombra en torno de negror horrendo: Lo que suena tu voz, tu faz destella.
Sólo á Acátes llevándose consigo, ¿Eres alguna Ninfa? ¿eres Diana?
Cada cual ancha pica entra blandiendo: Yo diosa te presumo, y fausta estrella,
Ya en medio el bosque, Vénus de sorpresa Quienquier fueres, mi labio te saluda:
Vestida de espartana se atraviesa. ¡Oh! da propicia á náufragos tu ayuda!
Lxin. LXV1.

»Y por piedad, qué clima es éste, díno», »Su hermano en Tiro entóneos dominaba,
Ó qué zona del mundo, qué campaña; Pigmalion, el más feroz malvado:
Que sin saber ni gentes ni caminos, Enemistad entre los dos se traba,
Vamos perdidos en región extraña Y él á Siqueo, ante el altar sagrado,
A donde, infortunados peregrinos, Sacrilego y traidor á hierro acaba,
De olas y vientos nos lanzó la saña; Y también de codicia estimulado;
Y, grata á recibidos beneficios, Y á la sencilla enamorada h.rmana
Mi mano hará en tus aras sacrificios.» Oculta el crimen de su diestra insana.

LXIV LXVII.

«No merezco ese honor,» Vénus contesta: »Y con ficciones la entretiene en duda,
«Siempre de Tirias fué, si os maravilla, Y su amor de esperanzas alimenta;
De aljaba ornadas vaguear, cual ésta, Cuando en sueños por fin á la viuda
Con borceguí purpúreo á la rodilla. De Siqueo insepulto se presenta
Púnico imperio aquí se os manifiesta. La sombra misma, alzando la faz muda
Pueblos fenicios, de Agenor la villa; Con tétrico misterio macilenta;
Empero, esta región parte fronteras Y el ara le señala enrojecida,
Con las tribus del Africa altaneras.
E l pecho abierto y la profunda herida.
LXV. LXVUI.

»De Tiro vino huyendo del hermano, »Y el arcano espantoso que contrista
La que reina hoy aquí, por nombre Dido.— Y un rincón recataba, muestra entero;
El largo drama á desflorar me allano:— Y la excita á buscar con planta lista
Esta tuvo á Siqueo por marido, Más humano país, clima extranjero:
Rico en tierras cual no otro comarcano; Para ayuda de viaje, abre á su vista
Con vivo amor de la infeliz querido; En sótano ignorado, de dinero
A quien, bella con gracias virginales, Antiguo y vasto acopio. Conmovida
L a unió el padre en primeros esponsales. Dido despierta á apercibir la huida.
LXIX. Lxxn.
»Busca auxiliares; llegan á porfía
»De Troya procedentes (si ya sal es
Quiénes que temen del cruel tirano,
Lo que fué un tiempo la ciudad que digo),
Quiénes que odian la infame tiranía;
Tras largas vueltas y fatigss graves
Apañan, cargan de oro las que á mano
Golpe de airados vientos enemigo
Naves dispuestas por ventura habia;
Lanzó sobre estas costas nuestras naves.
Y ya cruza los campos de Océano Yo soy el pió Enéas, que conmigo
De Pigmalion avaro la riqueza; Voy llevando doquier, del mar por medio,
Y una débil mujer va á la cabeza. Dioses salvados de voraz asedio.
LXX. LXXIII.

»Y aquí al sitio pararon do ahora veso -


»Eneas, en las célicas esferas
Mura'la colosal; do se levanta
Famoso ya; que por el mundo ando
La fortaleza de Cartago: en ese
De la Italia por patria, las riberas,
Sitio compraron tanta tierra cuanta
Y el linaje de Júpiter buscando:
La piel de un buey en derredor cogiese; —
Confié al frigio mar veinte galeras,
De Brisa el nombre la aventura canta.—
E l camino mi madre señalando,
Mas ¿quiénes sois? ¿de dónde vuestra flota,.
Yo su enseñanza celestial siguiendo;
Ó á dónde encaminaba la derrota?»
¿Qué hallámos? bravo mar y Euro tremendo.
LXXI.
LXX1V.

Enéas respondiéndola, doliente


»Y hé aquí con siete buques mal librados*
La voz arranca, y con suspiro dice:
«¡Diosa! si de su origen al presente Llego al cabo, ignorado, desvalido,
La serie de mis lances infelice Del África á correr los despoblados,
Narro á tu corazon condescendiente, Ya del Asia y Europa repelido!»...
Primero que mi labio finalice, Mas aquí, con afectos reavivados,
Su luz robando al mundo y su alegría Vénus interrumpióle en su gemido:
Habrá su giro completado el dia. «Tú, quienquier seas, que á Cartago vienes
Las simpatías de los Dioses tienes.
LXXV.
LXXVIII.

«Ellos dan que los hálitos vitales


Respires para bien: feliz sendero Tal Vénus dice; y vuélvese, y el cuello
De la reina te lleya á los umbrales: Con el matiz le brilla de la rosa;
Vendrán á puerto nave y marinero, Y partiéndose en ondas, el cabello
Vueltos en su favor los vendavales; Mana esencia de cielo deliciosa:
Y si no falta el arte del agüero Cae la veste á los piés, sublime sello;
En que hubieron mis padres de instruirme. Y, andando, ser mostró de véras diosa.
No dudes tú lo que mi labio afirme. El héroe, al descubrir su madre en ella,
Clamando sigue la fugace huella:
LXXVI.
LXXIX.

»Vé esos cisnes, en número de doce,


Del éter, donde Júpiter la asila, «¿Y así burlado-una vez más me dejas,
A darles caza el águila veloce ¡Oh madre mía! con falaz semblanza,
Se lanzó por la atmósfera tranquila: T ú también, tú cruel? ¿Y así te alejas
De alegre libertad vueltos al goce, Sin que hablemos con dulce confianza
Míralos descender en larga fila; TMi estrechemos las manos?» Tal sus quejas
Ya del campo se adueñan los primeros, Al aire da, y á la ciudad se avanza;
a á flor de tierra asoman los postreros. Y ella, esparciendo opaca niebla en tanto,
Los ciñe en torno de nubloso manto.
L X X V II.
L.XXX.

»Cual el cielo cubrieron en bandada,


Y baten ora las festivas aves Y así los cubre porque nadie pueda
La ala ruidosa, y cantan su llegada; "Ni verlos ni ofenderlos en mal hora,
Tal la flor de los tuyos, tal tus naves Ni curioso se cruce en la vereda
O entran al puerto, ó llegan ya á la er,irada Con sus preguntas á tejer demora;
•Con vela abierta y céfiros süaves. Y por los aires se remonta, y leda
T ú sigue en tanto; y por do aquesta via Vuela al templo de Páfos, donde mora,
•Conduciéndote va, los pasos guia.» Do aras ciento en su honor mezclan olores
De arabio incienso ardiente y tiernas flores.
LXXXIV.
LXXXI:

Ellos con planta intríncanse ligera Tales la miel fabrican rica; y llena
Por do adviértela senda, y la colina Las celdillas al cabo el néctar blando;
Coronan ya, que á la ciudad frontera, Y ya salen de paz, la carga ajena
De lleno allá sus cúpulas domina. A recibir ufanas; ya cerrando
Eneas con asombro considera En trabado escuadrón, de la colmena
La fábrica estupenda y peregrina Los zánganos alejan, torpe bando:
Do un tiempo fueron chozas; y suspenso, Con afan vario la labor se enciende,
Puertas ve, y calles, y el bullicio inmenso. Y á tomillo vivaz la miel trasciende.

Lxxxn. LXXXV.

No descansan los Tirios: ó se empleen «¡Qué gran dicha á unos hombres se depara
En alzar el alcázar y dirijan •Que alzarse ven el suspirado muro!»
El giro á la muralla, y acarreen Dice Enéas á tiempo que repara
Gruesos cantos á empuje; ó puesto elijan En las altas techumbres; y seguro,
Para casa, y con zanja le rodeen: Gracias, ¡oh maravilla! á que la ampara
Sobre traza soberbia sitio fijan Contino en derredor celaje oscuro,
Propio al legislador, al magistrado, Entra por la ciudad con paso listo;
Y al augusto recinto del Senado. Anda entre todos, y de nadie es visto.

Lxxxin. LXXXVI.

Quiénes, formando un muelle, cavan fosasj Antiguo bosque de frescor ameno


Quiénes, para un teatro, anchos solados Habia en medio á la imperial Cartago:
Extienden, y columnas prodigiosas Lanzados ya los Tirios á su seno
Cortan, adorno á escénicos tablados. De ondas y vientos por furioso amago.
Tales, en suma, suelen oficiosas Hallaron en las capas del terreno
Ir las abejas por floridos prados De un corcel la cabeza, don presago
Cuando sacan al sol adultas crias Que allí Juno les puso de victoria,
De estación bella en los primeros dias; Prenda de salvación, señal de gloria.
• i i l r J ^
80 VIRGILIO. [415

LXXXVII. XC.
/ X /
Grata la Reina á auxilios singulares, «¡Acátesi ¿qué región, de nuestra famas'
Alzaba allí á la Diosa un templo Extenso, No hay ya en él mundo, ó nuestros hechos, llena?
Que á la vez ilustraba sus altares Mira á Príamo: aquí la gloria llama . . ,
Con favor sacro y con devoto incienso: Al que allá injusta adversidad condena:
Escalonado el atrio entre pilares El sentimiento aquí llantos ¿derrama,
Y trabes bronceadas, daba ascenso Y aquí se siente en la desgracia ajena!
A la alta puerta de metal bruñido Animo, pues; nuestro renombré'.claro
Que el quicio oprime, y gira con rüido. Presta esperanzas de feliz reparo.»
LXXXVIU. Cl

En este bosque el héroe al pecho laso Dice, y con mil recuerdos embebece
Halló aliento, á sus penas lenitivo, En la inerte pintura los sentido^;
Y alta lección de que en adverso caso Y mudo llanto el rostro le humedece;
Hay siempre de esperanza algún motivo; Que en ella, murós^fuera, en lid tejidos,
Pues, ya en el templo suntuoso, al paso Ya la troyana juventud parece,
Que todo lo registra pensativo, Que á los Griegos accfea* espavoridos;
Y aguardando á la Reina, allá en su mente Ya á los Frigios, Aquíles, que bizarro
Mide el poder de la ciudad naciente; Con plumaje gentU Vliela en su carro.

LXXX1X. . XCII.

Mientras nota á un plan mismo convertidas Reconoce con lágrimas, tras eso,
Manos de artistas y el primor del arte, Las tiendas, con sus lonas cual de nieve.
Por orden halla en cuadros repartidas Que Diomédes t á $ , vendido Reso
Leyendas de Ilion, lances de Marte, Del primer sueñp' en el regazo aleve:
Que al orbe ocupan ya. Ve á los Atridas, Allí el cruel en Sanguinario exceso
Ve á Príamo, é igual á cada parte Huelga;, y medroso de que alguno pruebe
Aquíles en los rayos de su ira; Pastos de Troya ó en el Janto beba,
Párase aquí, y con 1 (grimas suspira; Los caballos'indómitos se lleva.
VIRGILIO. ENEIDA.

XCHL XCVI.

Tróilo en pos viene: juvenil locura Él mismo en noble puesto allá campea
Ha hecho que fuerzas inferiores mida Par del negro Meranon, que con su banda
Con Aquíles: perdida la armadura, De Oriente, cierra. Al fin Pentesilea
Derribado de espaldas, de la bri.ía Las huestes amazónicas comanda
Traba, que al vacuo carro le asegura: De corvo escudo: el cíngulo rodea
Tiran los potros en veloz corrida; Aureo so el pecho descubierto; y anda
Arrastra el cuello y cabellera suelta, Furiosa entre los gruesos escuadrones,
Y el polvo fácil marca el asta vuelta. Y hembra y todo, armas hace con varones.

XCIV. XCVII.

Más allá al templo de Minerva, en tanto, Miéntras con viva admiración encuentra
Teucras matronas á ofrecerle llegan, Tales cuadros el héroe, y cada asunto
Por vencer su rigor, un regio manto: Le detiene, y la vista reconcentra
El tendido cabello al aire entregan; Luégo y la admiración toda en un punto;
Hieren el seno en muestra de quebranto Dido, la hermosa Dido al templo entra,
Las palmas; los humildes ojos ruegan: La cual doquiera penetrando, junto
Sorda la Diosa á la oracion prolija, Con damas de copiosa comitiva,
Torvas miradas en el suelo fija. La labor colosal risueña activa.

XCV. XCV1II.

Ene'as adelante á Aquíles halla Tal del Eurótas por la vega umbría
Volviendo, á trueco de oro, el insepulto ó ya del Cinto por el halda amena,
Cadáver que en redor de la muralla Gentil Diana leves coros guia
Tres veces arrastró con fiero insulto: Y la aljaba pendiente al hombro suena:
Hondo gemido de su pecho estalla Ninfas en torno agrúpanse á porfía,
El muerto amigo viendo allí de bulto, Y á todas ella en majestad serena
Y el carro vencedor y los despojos, Se aventaja al andar: delicia vaga
E inerme suplicando el Rey de hinojos. El seno de Latona oculta halaga.
TOMO I. 3
XC1X. CIL

Ya á las puertas la Reina se presenta Como entraron,-y el real asentimiento


D e d o la Diosa estableció m o ada, Logrado hubieron de que alguno hable,
Y en el trono magnífico se asienta «¡Salve, oh Reina!» empezó con grave acento
Que el ámbito promedia de la arcada: Ilioneo, entre todos venerable:
Rodéanla sus guardias: ella, atenta, «Tú, á quien fundar concede ilustre asiento
E n dar la ley y hacer la paz se agrada; Jove, y justa regir gente intratable,
Y ya á cada uno igual la carga mide, Hijos de Troya ves, ya há largos años
Ya, echando suertes, la labor divide. Agitados en piélagos extraños.

C. CIII.

Mas entre inmensa multitud, que en esto »Hoy de incendio amenaza gente osada
Ansiosa al paso acude, al templo santo Nuestros bajeles: tu poder lo impida!
Ha columbrado Eneas que Sergesto De un pueblo religioso te apiada
Y Anteo viene, con el gran Cloanto, Que con su historia tu amistad convida!
Y otros que oscuro el Ábrego interpuesto No á hacer riza venimos por la espada
Lanzó á playas distintas. Con espanto En comarca á tu imperio sometida,
Entremezclado de alborozo vivo, No á la costa á volver con rica presa;
Ni es de vencidos tan soberbia empresa.
Ven los dos del embozo el fausto arribo.
a. C1V.

Y aunque las manos estrechar anhelan, »Hay de antiguo un país, con apellido
Mas lo raro del caso los detiene, De Hesperia por los Griegos señalado,
Y en la cóncava nube se cautelan, Pueblo en trances de guerra asaz temido,
Do á los que llegan atender conviene, Tierra asaz grata á la labor de arado:
Que dó surgieron digan, ó qué apelan, Fué primero de Enotrios poseído;
Pues embajada forman en que viene Y hora Italia se nombra, por dictado
Da famoso caudillo procedente,
De cada nave un noble personaje,
Si ya constante tradición no miente.
Y audiencia al paso claman y hospedaje.
CVHI.
CV.

»Mas oye: en la poblada, en la guerrera


»Bogaban para allá nuestros navios
Comarca siciliana poseemos
Cuando Orion, que cóleras desata,
De Acéstes el favor, que en ella impera.
Surge infausto del mar, y entre bajíos
Con subitáneo golpe nos maltrata; Y troyana es su sangre. Que arrimemos
Nuestros restos, consiente, á la ribera,
Y servido á plac.r de austros impíos,
Y en tus bosques cortar tablaje y remos,
Entre espuma y fragor nos arrebata
Y á Italia iremos, nuestro Rey al frente,
Por t o i o el mar. Muy pocos, cuasi á nado
Si salva el hado vuelve nuestra gente.
Habernos á tus costas arribado.
CIX.
CVI.

»Mas si ya feneció nuestra ventura;


»Mas ¿qué raza cruel, señora, es ésta?
Si ya, ¡oh amado Rey de los Trovanos!
¿No rige ley que su barbarie elida?
T e dan líbicas cías sepultura.
Que áun no bien nos divisa, á lid dispuesta,
Ni á Ascanic logran nuestros votos vanos
Conjúrase á estorbarnos la acogida
Buscaremos siquier mansión segura
Que á náufrago infeliz la arena presta.
Navegando á los términos sicanos,
Oh! si á hombre no temeis que cuenta os pida,
De do ya nuestra flota el vuelo alzara,
Que hay Dioses recordad que nunca mueren,
Que allí Acéstes bondoso nos ampara.»
Y premian la virtud y al crimen h'.eren!
CX.
CVII.

Dice, y todos barbotan de consuno


»Rey nuestro fué, de príncipes modelo,
Oscura frase que el asenso explica;
Enéas, que otro igual no vió la tierra,
Y con modestia y dignidad en uno
Quier en la paz por su piadoso celo,
La culta Reina al orador replica:
Quier por su brazo poderoso en guerra.
«¡Troyanos! desterrad el que importuno
Que si áun aura vital le otorga el Cielo, Vago recelo el alma os mortifica:
Si hado adusto en tinieblas no le encierra,
Mis fronteras guardar por fuerza debo;
Acabóse el temor, y á ti en agrado
Dura es mi situación, y el reino es nuevo.
Vendrá, fio, el favor anticipado.
CXI. CXIV.

»»Mas ¿quién no sabe á Troya y sus varones? De la arenga tocados, rato habia
No de tantas virtudes ei tesoro. Los de la nube ansiaban salir fuera;
Los nombres de tan nobles campeones, Y, á Enéas vuelto, Acátes le decia:
Ni ya esa guerra gigantesca ignoro: «Falta el que hundirse viste en la onda fiera;
No solemos los Peños corazones Cúmplese en lo demás la profecía,
Tan incultos llevar; ni al carro de oro Hijo de Vénus, que tu madre hiciera:
Sus caballos el Sol tan léjos ata ¿Qué aguardas?» Suelta en esto se evapora
De una ciudad que vuestra gloria acata. La opaca nube en la aura brilladora.

CXII. CXV.

»Quier vuestro anhelo la región prefiera Y el héroe apareció, de luz cercado,


De Hesperia, y campos que Saturno escuda; A un Dios en aire y en miembros semejante;
Quier la de Érice os llame lisonjera, Pues le habia su madre aderezado
A do el favor de Acéstes os acuda; La copia de cabellos arrogante;
Doquiera ir presumáis, iréis doquiera Bañó sus ojos de inefable agrado,
Seguros con mi amparo y con mi ayuda. Y dió luz rósea al juvenil semblante,
¿O hacer mansión conmigo os acomoda? Bien cual bruñe el marfil, ó mármol parió
Esta ciudad que fundo, es vuestra toda. •ó argento engasta en oro el lapidario.

CXIII. CXVI.

»Meted la flota: un mismo tratamiento «Ved salvo al que buscáis; yo soy Enéas!»
Tendrá el Teucro en Cartago y el de Tiro; Dice; y á Dido se convierte luégo:
Y ¡oh si arribase con el propio viento «Tú, sensible mujer, dichosa seas,
El héroe que nombró vuestro suspiro! Sensible á nuestra historia, á nuestro ruego;
Pues yo daré á emisarios mandamiento Que reino y casa á náufragos franqueas,
Que exploren la comarca en largo giro, De la espada reliquias y del fuego,
Por si, náufrago Enéss, mueve acaso, Juguetes de la mar, de la fortuna,
ó en selva ó en poblado, incierto el paso.» Ya sin arrimo ni esperanza alguna!
CXVII. cxx.
»Señora, á tu largueza, á tu hidalguía Recobrada, exoresó razones tales:
Corresponder nosotros mal podremos, «¡Oh! ¿qué impía mano perseguirte osa
Ni cuantos restos de la patria mia Al través de contrarios temporales?
Errantes van del orbe en los extremos. ¿Quién, ilustre mortal, hijo de Diosa,
Mas si hay Dioses que ven con simpatía Á estas playas te impele inhospitales?
La virtud; si áun justicia conocemos; ¿No eres tií á quien de Anquíses Cipria h e mosa v
Si el tribunal de la conciencia es algo, | Del frigio Símois en el valle ameno,
El Cielo premiará tu porte hidalgo! Concibió grata en su amoroso seno?

CXVIII. CXXI.

»¡Oh feliz hora en que la luz primera »Recuerdo á Teucro, que en Sidon venido,.
Viste del cielo! ¡oh ilustres genitores! Trocaba con destierro el patrio clima,
Miéntras amen del monte la ladera Ya de mi padre Eelo protegido,
Las sombras; miéntras corran bramadores Que iinperaba triunfante en Chipre opima.
Los -ios á la mar; miéntras la esfera Troya y Grecia de entonces en mi oido
Alimente sus trémulos fulsores. Sonaron con tu nombre. En alta estima
Durará tu alabanza y tu memoria: El tenía á los tuyos, si contrario,
Doquier yo aliente, vivirá tu gloria.» Y áun de Troya alabóse originario.

CXIX. CXXIL

Dice; y adelantándose del puesto »¡Mas venid luégo á mi real morada,


Las manos da regocijado: en tanto Mancebos! Cual vosotros combatida
Que una ofrece á Ilioneo, otra á Seresto, De ruda suerte y vária, al fin cansada,
Y al gran Gias de ahí, y al gran Cloanto, Donde agora os la doy, logré acogida:
Y á todos á la vez. Dido de presto De mis propias desgracias enseñada,
Enmudeció de admiración y encanto: Miro por los que sufren condolida.»
Al presentarse el héroe, con su brillo; Dice; y honrando á la Piedad divina,
Luégo, al abrir los labios, con oíllo. Con el héroe á palacio se encamina.
CXXHI. CXXVL

Y próvido tendiendo el pensamiento Acuérdale la veste de oro llena,


A los que quedan en la playa, envía Con sólidas figuras y labores,
Veinte, toros allá, por bastimento, Y el rico velo de la argiva Elena
Cien gruesos cuerpos de cerdosa cria, Que de amarillo acanto esmaltan flores;
Y cien ovejas y corderos ciento; El mesmo que ella, de rubor ajena,
Y el dón de alegre Dios, por granjeria; Volando en pos de ilícitos amores,
En tanto que el palacio se adereza Dón de Leda su madre peregrino,
Con vario alarde de imperial riqueza. T r u j o de Grecia cuando á Troya vino.

CXXIV. CXXVII.

Ya en el seno interior del edificio Reliquias con que á par venir dispone
Previénese el opíparo convite: El noble cetro que regir solia,
Lucen vestes, do el clásico artificio Hija mayor de Príamo, Ilione,
Con la soberbia púrpura compite; Y el collar de menuda pedrería,
Brilla de plata sólido servicio, Y el diadema do el oro se compone
Y copas de oro, do el buril repite Con finas perlas en igual porfía.
Desde era inmemorial las patrias glorias, Acátes, que cumplir el cargo anhela,
Y los Reyes en.serie, y sus historias. Camino de las naves corre, vuela.

CXXV. CXXVIII.

En este medio Eneas (no tolera Nuevas trazas en tanto Citerea,


Amor, pecho de padre sosegado) Nueva industria medita: que Cupido
A Acates manda que en veloz carrera Tome de Ascanio la figura, idea,
Lleve á Ascanio el obsequio, y á su lado Y que, atenta al obsequio, obsequie á Dido
Venga Ascanio;— que Ascanio cobra entera Con que tocada de un incendio sea
La ternura del padre y su cuidado,— Que el corazon le invada inadvertido;
Y traiga cuanta rica prenda y joya Ca ese mixto hospedaje bajo un techo
A. los escombros se arrancó de Troya. Teme, y dos amistades en un pecho.
cxxix. CXXXli.

Y, á su idea presente sin desvío «El infante real la voz de Eneas


Juno cruel que la robara el sueno, Ya á seguir, y de Acátes las pisadas,
«Tú á quien debo mi fuerza y señorío,» A Cartago llevando las preseas
Dice, humilde apelaádo á Amor risueño: De Troya, al fuego y á la mar ganadas.
«Tú, e! único que ves, dulce hijo mió, Porque él nada presuma, y de él no seas
Libre y seguro de mi Padre el ceño T u r b a d o de la Reina en las moradas,
Que de 1 itanes quebrantó el arrojo! A Citera ó á Idalia llevaréle,
Merced vengo á pedir, y á tí me acojo. Do sacra oscuridad su sueño cele.

cxxx. CXXXIII.

»Eneas sabes tú cuánto ha sufrido; »Toma esta noche su figura, y lazo,


Cuál Juno en oprimirle atroz persiste, Niño en disfraz de niño, á armar vé á Dido;
De todo viento en todo mar barrido; Que ella habrá de acogerte en su regazo
Que áun de él conmigo hermano te doliste:: Gozosa entre los brindis y el rüido;
Huésped agora la sidonia Dido Y tú á vueltas podrás del blando abrazo,
Con regio halago liberal le asiste; En la miel de sus ósculos, Cupido,
Mas temo que á inclinarse en contra empiece Depositar la punta que á su seno
Hospedaje que á Juno á par se ofrece. Oculto del amor lleve el veneno.»

CXXXI. cxxxrv.

»Que no su odiosidad temá arrendada Manso á la tierna madre Amor da oidos,


En tan ardua ocasion. Y así primero Y marcha, á Ascanio igual, depuesta el ala;
Poner de Dido al corazon celada Miéntras de Ascanio Vénus los sentidos
Y de mi llama rodealle quiero; Con plácido sopor vence y regala;
Porque otra inspiración no la disuada» Y abrigado en su seno, á los erguidos
Y, con afecto al cabo verdadero Idalios bosques llévale, do exhala
Asida á Eneas, de mi lado quede: Su aroma, y con sus sombras le guarece
Ove cuál fir.jo que lograrse puede. E l blando almoraduj que allí florece.
C XXXVIII.
cxxxv.

En Tanto de Cartago en seguimiento, Admiran de los dones la hermosura;


Obediente de Venus al mandado, Admiran al garzón, su faz que brilla,
Cupido va con dones opulento, Y de su falsa labia la dulzura;
Con el favor de Acátes bien hallado. Ven la áurea veste, el oro que amarilla
Cuando llegado hubieron, fué el momento La flor de acanto con primor figura:
En que en el centro de grandioso estrado Mas Dido en especial se maravilla,
Dido en cojines recamados de oro Y de gozar no acaba;—ella, ¡ay! no sueña
Se reclinaba con gentil decoro. Que á un abismo, gozando, se despeña!
CXXXIX.
CXXXVI.

Enéas, que tras ella se avecina, Y en el niño y los dones se recrea,


Entra, y con él la juventud troyana, Los mira, y cuanto mira, eso se inflama.
Que en órden se desparte, y se reclina ¿Qué hace el rapaz? Al cuello se rodea
En muelles lechos de soberbia grana. Del héroe, que en su error hijo le llama;
Agua da para manos cristalina Mas luego que feliz le lisonjea.
La servidumbre, y de suave lana Déjale en paz, y con su activa llama
Toallas brinda, y de la rubia Dea Va á Dido, que en su error, niño inocente
El dón e^canastillos acarrea. Jovial le invita con risueña frente.

CXXXVIL CXL.

Cincuenta esclavas dentro, los manjares, lAy! ya al seno le estrecha dulce y blanda,
Puestas en fila, en sazonar se emplean, ¡Y es un gran Dios lo que en su seno anida!
Y con incienso en propiciar los Lares; De la Reina en el seno, lo que manda
Copas ministran, viandas acarrean La gran Diosa, su madre, Amor no olvida:
Otras cien, y en la edad cien mozos pares. De Siqueo la imágen veneranda
Entran, llamados, Tirios que pasean Sin sentir borra, y sin sentir convida
Densos en los alegres corredores, Con nuevo halago á nueva lid á un alma
Y los lechos ocupan de colores. Que retirada há tiempo vive en calma.
4$ VIRGILIO.
•3363 ÉNEIDA.

CXLL
CXLIV.

Hubo el primer banquete terminado, Dice; y sobre la mesa el néctar liba


Y la mesa se sirve de licores, Que generoso desbordaba, y luégo
Y festejan el vino regalado La taza al labio toca fugitiva:
Los hondos vasos adornando en flores. La alarga á Bícias con señal de ruego;
Cien arañas del áureo artesonado Toma, empínala él con ánsia viva,
Penden: crecen sonando los clamores; Y el espumoso vino agota ciego:
Y las hachas con luces triunfadoras Alzan todos los próceres sus copas,
Quitan el campo á las nocturnas horas. Y el canto empieza del crinado Yópas.
CXLII. CXLV.

En este instante la sidonia Dido El cual describe con laúd divino


La copa demandó que usar solia Lo que Atlas le enseñó por gran fortuna:
Belo, y que en órden desde allá traido Cómo el sol desfallece en su camino;
Cada progenitor usado habia: Por qué altera su faz la móvil luna;
Copa del oro sustentada, unido Deónde la bestia de los campos vino;
Con finas piedras en igual porfía; Cuál fué del hombre la primera cuna;
Y de vino la llena, y al momento Qué fuente al mundo suministra el agua;
Calla el concurso á su palabra atento: Dó está de los relámpagos la fragua.

CXLIU. CXLVL

«¡Júpiter! si ya diste á los humanos Canta eso mismo á Arturo, las dos Osas,
De la hospitalidad el sacro fuero, Y las Híadas tristes; el arcano
Haz este dia á Tirios y á Troyanos Que las noches alarga perezosas;
Grato por siempre y de felice agüero" Por qué los soles del invierno cano
Lo aplaudan nuestros nietos más lejanos Con ruedas se despeñan presurosas
Benigna Juno y Baco placentero A bañarse en el líquido Océano.
Lo honren presentes; y en gozoso grito, Cesa; y acogen su cantar sonoro
Tirios, á saludarlo ahora os invito.» Tirios y Teucros aplaudiendo en coro.
TOUO I. 4
VIR0U.1».

cavo.
Y vuela el tiempo en pláticas sabrosas,
Y Dido, platicando, amor apura;
Mil cosas sobre Príamo, y mil cosas
> A preguntar sobre Héctor se apresura: LIBRO SEGUNDO.
Ya qué huestes trujera pavorosas
El hijo de la Aurora, oir procura;
Ya la historia saber de los gentiles
Potros de Reso, ó el poder de Aquíles.

CXLVIII.

«¡Que en fin,» exclama, «por ventura mia Todos callan; y Enéas, que cautiva
Desde el principio en relatar vinieses De todos la atención, desde alto lecho
Los pasos de la griega alevosía, Comienza: «¡Oh Reina! mandas que reviva
Huésped, y vuestras glorias y reveses! Inefable dolor mi herido pecho;
También tus viajes entender querría, Que cómo á manos de la hueste aquí va
Ya que contemplas los estivos meses El troyano poder cayó deshecho
Tornar séptima vez desde que yerras Recuerde: horrores que podré pintarte,
Mares cruzando y extranjeras tierras.» De ello testigo y no pequeña parte.

IL

«Mas ¿quién, ya que secuaz de Ulíses fuera,


Si á tan largo dolor velos levanto,
Qué Mirmidón, qué Dólope lo oyera
Sin dar, á.su pesar, tributo en llanto?
Acercándose al fin de su carrera
Hé aquí la húmeda Noche rueda en tanto,
Y extinguiendo en la mar sus luces bella«
A descanso convidan las estrellas.
VIR0U.1».

cavo.
Y vuela el tiempo en pláticas sabrosas,
Y Dido, platicando, amor apura;
Mil cosas sobre Príamo, y mil cosas
> A preguntar sobre Héctor se apresura: LIBRO SEGUNDO.
Va qué huestes trujera pavorosas
El hijo de la Aurora, oir procura;
Ya la historia saber de los gentiles
Potros de Raso, ó el poder de Aquíles.

CXLVIII.

«¡Que en fin,» exclama, «por ventura mia Todos callan; y Enéas, que cautiva
Desde el principio en relatar vinieses De todos la atención, desde alto lecho
Los pasos de la griega alevosía, Comienza: «¡Oh Reina! mandas que reviva
Huésped, y vuestras glorias y reveses! Inefable dolor mi herido pecho;
También tus viajes entender querría, Que cómo á manos de la hueste aquí va
Ya que contemplas los estivos meses El troyano poder cayó deshecho
Tornar séptima vez desde que yerras Recuerde: horrores que podré pintarte,
Mares cruzando y extranjeras tierras.» De ello testigo y no pequeña parte.

IL

«Mas ¿quién, ya que secuaz de Ulíses fuera,


Si á tan largo dolor velos levanto,
Qué Mirmidón, qué Dólope lo oyera
Sin dar, á.su pesar, tributo en llanto?
Acercándose al fin de su carrera
Hé aquí la húmeda Noche rueda en tanto,
Y extinguiendo en la mar sus luces bellas
A descanso convidan las estrellas.
III. VI.

• »Mas pues tu noble corazon consiente »Frontera á Troya Ténedos se Ostenta,


En ser de este dolor particionero; Que otro tiempo gozó de nombradía:
Pues mandas que de Pérgamo te cuente Isla famosa, fértil, opulenta
El afan congojoso postrimero Durante la troyana monarquía:
En breve narración; aunque se siente En su abandono y soledad presenta
Horrorizado el ánimo, y del fiero Hora á las naves pérfida bahía;
A sombra de sus costas sin testigo
Espectáculo aparta la memoria,
Los bajeles ensena el enemigo.
Principiaré la miseranda historia.

IV. Vil.

»Yacian con el cerco prolongado »Pensamos que, la vela dada al viento,


Rotos los jefes de la hueste aquea, Bogando irian por la mar serena
Maltrechos siempre del adverso hado; Para la patria: el largo abatimiento
Guando Minerva en su favor emplea La ciudad de sus hijos enajena:
Artificio sagaz. Por su mandado Las puertas abre; al griego acampamento
Rápida corre de alborozo llena
Hueca mole fabrican gigantea
La multitud, y visitar le agrada
Que gran caballo al parecer figura,
Yermo el campo, la playa abandonada.
De recia tablazón y contextura.

V. VIII.

»Simulan y propalan que se eleva »Aquí los batallones del furioso,


Por voto á Pálas hecho, de tranquilo Del fuerte Aquíles; acullá su tienda:
Viaje en demanda: por doquier la nueva Allí tomaban plácido reposo,
Mentirosa se esparce; y en sigilo, Acá trabámos áspera contienda.
Echadas suertes entre gente á prueba, Así van discurriendo; y el coloso
A ocupar suben el oscuro asilo Infausto, reputado por ofrenda
Del vasto seno y cóncavos costados, A la casta Minetva, hace que, muda
Provistos de sus armas los llamados. De asombro, turba inmensa en ruedo acuda,
XII.
IX.

»Ello, hay engaño. ¡Oh Tepcros, confianza


»Fuese traición, ó que la adversa suerte
•»Negad á ese caballo! Gomo quiera,
Para entónces el golpe reservase,
»Yo temo de los Griegos la asechanza
Timétes clama que la mole al fuerte
»A vuelta de sus dones traicionera.»
Se lleve al punto, y las murallas pase.
Dijo; y desembrazó fornida lanza
Cápis, empero, que el peligro advierte,
Hácia un lado del cóncavo; certera
Aconseja con otros que la abrase
Vuela, clávase, vibra: conmovido
Fuego voraz, y la vecina onda,
Dió el seno cavernoso hondo bramido.
£1 sospechoso dón trague y esconda;
XIII.
X.

» ó que el oscu-o seno se barrene »¡ Ay! á no ser por la fortuna impía


Para indagar lo que en el fondo encela. •Que nos robaba libertad y acierto,
Laoconte en su furor logrado habría
Indecisa la turba se mantiene.
Que pusiésemos luégo en descubierto,
E n esto de la excelsa ciudadela
Hendiendo la armazón, la alevosía.
Con numerosa muchedumbre viene
Aun hoy tu alcázar descollara yerto,
Laoconte, al campo arrebatado vuela,
¡Oh Patria! ¡al filo de traidora espada
Y, «¡Oh desgraciados!» desde lejos grita: No cayera tu pompa derribada!
«¿Qué demencia á la muerte os precipita?
XIV.
XI.

»Frigios pastores con tumulto y grita,


»¿Pensáis que el enemigo nuestra tierra
Atrás ambas las manos, prisionero
»Dejó? ¿Fiáis en sus mentidos dones?
Traen ante el Rey un mozo. Audaz medita
»¿Cuán poco á Ulíses conocéis? Ó encierra
Abrir el muro con ardid artero
»Esta fábrica aquivos campeones,
A los suyos; ni el ánimo le quita
»O artificiosa máquina de guerra El peligro de infame paradero;
»Es: nuestra situación y habitaciones Resuelto á todo, el pérfido se hizo
»Por cima intentan registrar del muro, Con aquellos pastores topadizo.
»Para luégo caer sobre seguro.
XV. XVIII.

»La multitud agólpase, y denuesta »Quizá en conversación por accidente,


Al prisionero que curiosa mira. »De Palamédes, generosa rama
(Reina, las artes de los Griegos de esta »Del linaje de Belo floreciente,
Traición colige; su maldad admira.) »Llegó á tu oido el claro nombre y fama.
Inerme se detiene, manifiesta »Porque la guerra no aprobó, demente
Medrosa turbación: los ojos gira »Llamóle el pueblo, y con indigna trama
La turba rodeando que le oprime, »Trájóle al hierro de la muerte: ahora
Abre los labios, y temblando gime: »Inmaculado le confiesa y llora.

XVI.
XIX.

«¡Cielos! ¿á dónde me arrojais? ¿qué puerto »Mi padre, escasa el arca de dinero,
»Queda ya á mi infortunio? La cadena »Guerrero aventuróme, y al cuidado
»Del Griego á quebrantar áun bien no acierto, »De aquel varón fióme, compañero
»Y ya el Troyano á muerte me condena.» »Antiguo nuestro y próximo allegado.
Compone á su gemido el desconcierto »Tomámos de esta playa el derrotero
La multitud, el ímpetu serena, »Muy al principio. Prosperó el Estado
Y con instancia á declarar le mueve »Mientras honrarle y atenderle supo,
Patria, linaje, y la intención que lleve. »Y parte á mí de su esplendor me cupo.

XVII.
XX.

»Títulos aguardamos con que abone »Mas el término vi de mi contento


Palabras de cautivo. Reparado »Cuando de sus manejos el astuto
De la sorpresa, el impostor repone: »Itacense, el infame acabamiento
«¡Rey! la verdad confesaré de grado: »De Palamédes recogió por fruto.
»No á mi labio veraz candado pone, »Notorio el caso fué. Yo en aislamiento
»Aunque adverso me fuere, el resultado: »Dime á vivir y en miserable luto:
»Yo Griego soy, no ocultaré mi cuna; »Pensaba siempre en mi inocente amigo,
»Me hizo infeliz, no falso, la fortuna. »Y eterna indignación iba conmigo.
S8 VfiGItiO. £94 •10S] ENX1DA. 59

XXI. XXIV.

«Ni pudiendo tener contino á raya, «Los Griegos,» sigue, «no una vez la prora
»Demente ya, mi^cólera sombría, »Volver pensaron, y soltar la clava,
»Clamé, juré que si á la amada playa »Del asedio cansados. En mal hora
»Tornase vencedor, me vengaria. »Tornábalos á puerto la onda brava
»Odios que Ulíses en silencio ensaya »Y el ala de los vientos bramadora.
»Hubo de acarrearme la osadía »Mas esa estatua al ver, que en pié se alzaba,
»De mis palabras: sin enmienda aquello »Con ira nueva y general tronido
»Vino á poner á mi desgracia el sello. »Resonó el cielo en llamas encendido.
XXII. XXV.

«De entónces más, calumnias el aleve »Eurípilo, que hicimos acudiera


»Ideó nuevas: comenzó rumores »Al apolíneo oráculo, tornando
»Vagos á propalar entre la plebe; »Trajo esta, en solucion, voz lastimera:
»Ni pudo sosegar en los terrores »Griegos: los vientos aplacasteis,guando
»Con que el crimen persigue, hasta que en breve »Marchabais á Ilion la ve$ primera,
»Con Cálcas, el augur, á sus rencores... »jEn el ara una virgen inmolando:
»Mas ¿á qué, derramando el pensamiento, »Si en la vuelta anhelais propicia calma,
»Así os fatigo, y mi dolor aumento? x Sangre verted, sacrificad un alma.

XXHL XXVI.

»Ya os dije, Griego soy: ¿qué más indicio, »La voz á oidos de*las gentes vino
»Si á todos nos nivela vuestra saña? »Moviendo al corazon mortal recelo;
»Ea, pues: ¡consumad el sacrificio! »Todos el rigor tiemblan del destino;
»Bien los de Atreo os pagarán la hazaña; »Cuaja á todos la sangre torpe hielo.
»Su triunfo, el Itacense.» El artificio »En tal crisis á Cálcas adivino
No vemos con que á fuer de Griego engaña; »Saca Ulíses con ímpetu y anhelo,
Antes le instamos á explicarlo todo. »Y de la hueste aquéjale en presencia
Con fina astucia y misterioso modo, »A interpretar la funeral sentencia.
XXVI!. XXX.

»Ya de aquel pecho de piedad desnudó »Ellos, blanco al furor de mis tiranos,
»Sondando muchos el ardid secreto; «Por mí habrán de lastar en roja piral
«Me auguraban mal fin. Diez dias mudo »Por los dioses del cielo soberanos
»Difirió Cálcas el fatal decreto. »Que apartan la verdad de la mentira,
»Cediendo al cabo al clamoreo agudo, »Por la noble lealtad, si ya en humanos
»Y á la mente ajustando del inquieto »Pechos cupo lealtad, la suerte mira
»Instigador el fallo, lo pronuncia: »No merecida, ¡oh Rey! que en mi se ceba;
»Yo la víctima soy; mi nombre anuncia. »Tanto infortunio á compasion te mueva!»

XXVIII. XXXI.

»Place á todos; y el golpe que temia »La piedad que con lágrimas demanda,
»Cada uno enántes en su mal, en cuanto C o n lágrimas le dan los corazones.
»Sobre un triste desciende, en alegría Abogamos por él. Al punto manda
»Pública trueca el general quebranto. Q u e los lazos le suelten y prisiones
»Ya se acercaba el tenebroso dia El Rey, y así le dice con voz blanda:
»De la degollación: con gozo, en tanto, -«Olvida ya las bárbaras legiones,
?>La salsamola alistan, y disponen »Mancebo, y sus malvados procederes:
»Fúnebres vendas que mi sien coronen. »De hoy más, quienquier tú seas, nuestro eres.

XXIX. XXXII.

»Líbertéme, es verdad, de la atadura; »Mas la verdad declara sin rebozo:


»Y de un pantano entre la juncia y cieno »¿Quién inventó esta mole? ¿Con qué intento?
»Logré ocultarme con la noche oscura, »¿Máquina amenazante de destrozo
»Aguardando partiesen, si sereno »Es? ¿ó bien religioso monumento?»
»Lo comportaba el mar por mi ventura. Dice el buen Rey; y el atrevido mozo
»Mas la esperanza huyó de ver el seno Mostrado, á usanza griega, al fingimiento,
»Antiguo de la patria, y á mi lado Exclama así, las manos desatadas
»El hijo dulce, el padre deseado. Volviendo al cielo, y húmidas miradas:
62 vmetuo. ENBL&A.

xxxm. XXXVI.

»¡Astros eternos! ¡Dioses que castigos »Incontinente Cálcas determina


»Al dolo reserváis! ¡Cuchilla! ¡veto! »Que el sitio los guerreros abandonen;
»lAras del sacrificio! sed testigos »Diz que en vano de Troya la rüina,
»Del derecho cabal con que cancelo »Por bien que la expugnaren, presupone
»Antiguos pactos: odio á los que amigos »Si, tornando á cruzar la onda marina,
»Pude llamar; ¡sus crímenes revelo! »En Argos los auspicios no reponen,
»Mas ¡oh! ¡si eft mí tu salvación se apoya, »Á la Diosa aplacando en sus desvíos
»Guárdate fiel á tus promesas, Ttoya! »Que cuidaron llevar en los navios.

xxxiv. XXXVII.

»Los Griegos de Minerva en el robusto »Á Micénas ahora encaminados


»Auxilio descansaron confiados »(De Cálcas los auspicios tal declaran),
»Hasta que el hijo de Tideo injusto »Prevenidos mejor y apertrechados,
»Y fraguador UlíseS de atentados, »La vuelta á dar de asalto se preparan.
»Su estatua milagrosa al templo augusto »Mas ántes que partiesen, avisados,
»Se aunaron á robar, y, degollados »En igual de la que ímpios enojaran
»Los guardias del castillo, con sangrienta »Robada estatua, edificaron ésta
»Mano asieron de la alba vestimenta. »Para purgar la violacion funesta.

XXXV. XXXVIII.

»Cayó miedo en los ánimos: su ayuda »Plúgole á Cálcas, además, que fuese
»Camb'ió la Diosa en no dudoso amago; »De trabes poderosas guarnecida
»Que, al campo apénas se llevó, ceñuda »"V que las nubes con la frente hiriese,
»Los ojos clava con fulgor aciago; »Porque su peso y altitud impida
»¡Raro prodigio! humor amargo suda, »Que por las puertas quepa, y atraviese
»Y del suelo tres veces se alza en vago, »Las murallas, no avenga que nresitfa
»El escudo flamígero delante, »A la ciudad, del Paladión viuda,
-»Y el asta blandeando retemblante'. »Y con la antigua protección la acuda.
VIRGILIO.
tfi¿»A. gì
XXXIX.
XUI.
«Que si este don violáis—el agorero
"Pronostica (primero se convierta »El pecho entrambas enhestandò iguale«,
»En quiebra suya el malhadado agüero!)— Con encarnada cresta gallardean,
»Troya vencida quedará y desierta: Y en ruedas,, al andar, descomunales
»¿Qué es Troya? ¡el Asia! ¡Triunfareis, empero, El largo cuerpo sobreel pontoar quean:
»Si le internareis, la muralla abierta, Rotos gimen los líquidos cristales
»Y á las aguas de Grecia vuestras proras Por do hienden: abordan ya y campean,
»Irán, andando el tiempo, vencedoras!» La vista en sangre y rayos encendida:
Todos huimos, la color perdida.
XL.
XLIII.
»Así en un punto entre sus lloros viles,
Caza Sinon con pérfidos amaños »Lamiéndose las bocas sibilantes
En red de muerte á los que el grande Aquíles, Con la vibrante lengua, van derecho
INi el hijo de Tideo, ni diez años Para Laoconte: mas sus hijos ántes,
De terca opugnación, ni naves miles Tiernos gemelos, en abrazo estrecho
Pudieron domeñar. Tras sus engaños, Aferran, y sus miembros palpitantes
Con espanto de todos repentino, Apedazan, devoran. Pecho á pecho
Oye el paso cruel que sobrevino. Y meneando la aguzada hoja,
Encima el genitor se le¿ arroja.
/
XLI.
XLIV.
»Sacerdote por suerte designado
»¡Vano auxilio! ¡arduo afan! Ellas le abrazan
A honrar al Dios del húmedo elemento,
Con doble, firme vuelta la cintura;
Era Laoconte: ante el altar sagrado
Los escamados lomos le relazan
Degollábale un toro corpulento.
A la garganta, y á mayor altura
Súbito á la sazón venir á nado Sobrealzando las crestas, amenazan.
Vemos (de horror estremecerme siento), Con ambas manos él entre la impura
De la ínsula vecina procedentes, Ponzoña que las ínfulas le afea,
Por sobre el mar tranquilo dos serpientes.
Por sacudir los ñudos forcejea. - ; - ;.. .
TOMO I . |
68^-, VIROÍWI». ' tütte™ c1
XLV. XLVFH.

»D,«§c<%y untado al; fin, y cual pudiera. »"A entré BárffljbWean'tfo, á tú ñtrñézá
El toro que del ara huyendo herido, Cierta amenaza, ¡óh Troya! ¡oh"1 patria« ¡estáncift
De hacha insegura libertado hubiera Ant-igiia de altos Dioses! ¡fortaleza
Su manchada cerviz, en alarido Do vió un pueblo estrellarse su arrogancia!"
Rompe horrible., Las sierpes de carrera Sigue, y tfes-veces al'umbral trópieza
Con ronco són que retumbó á distancia;
Parten al templo de Minerva, y nido
Mas insta el vu¡%o en-su porfía loca,
A los pies de la Diosa encrudecida
Y al fin en el alcázar le coloca.
Hallan seguro bajo el.ancha egida.

XLVJL : XLlX. '

»Nuevo motivo de terror ásalía »Vanameilfe Cásartdfa entüSiaSrfiáda


Los ánimos,, que e l miedo señorea; Esforzando la- voz—su voz divina,
Supone el vulgo que Laoconte, al alta. Por castigo de un- Dios-menospreciada-
Estatua encaminando el asta rea, Grandes calamidades vaticina'.
Mereció el golpe que siguió á su falta: ¡Ay! sus anuncios estimando en riada,
Que el caballo se interne, clamorea, Al borde ya de la común ruina,
Y que á la Diosa con devotas preces Nosotros sólo en decorar pensamos
Se persuada á poner sus altiveces. Templos y altares con festivos ramos.

XLWI. L.

»Presto aportillan el adarve: toma »Gira rtliéritras la esfera, y vase alzando


Movimiento ejí coloso: iguales giran La noche de las ondas, el desvelo
Ruedas que al pié le ajustan: con maroma "V fraudes enemigos-ocultando
Atando el cuello, á competencia tiran. En espantoso horror, la tierra, el Cielo.
Yacen mudos-los Teucros: sueño blando
Ya grave de. armas sobre el muro asoma:
Acá y allá los encadena. A vuelo
Todos con ánsia á la labor conspiran:
T o m a entre tanto la pelasga flota '
Garzones y doncellas entre tanto
A las sabidas playas la derrota: — •• •
Alzan en torno religioso canto.
> ,1 IKÍVf
VJBGIUO.

U. . LIV.

»A sordas con la luna y el sosiego • »En medio' del' sitentió, á la íhiprév!stav"


De la noche, que muda las arropa, r Reputándolo'yo por caso cterto," • '<*
Marchan las naves ya, que ha dado el fuego Héctor en sueños rtiuéstrasé a mi viéta', ' ' "
Concertada señal, la régia popa. De polvo vil y amarillez cubierto: I : ' • "
Sinon, á quien, en daño nuestro ciegoj • Mustia la faz, que el ánimo coritríáta,' "
El hado .guia, la escondida tropa Mustia y llorosa; y, cual despues de muerto "
Acude á libertar, y la honda cava Y arrastrado por rápidos bridones,
;
Abre que tenebrosa los guardaba. Taladrados-los piés de cor-reones. '

UL -LV.i

»Y por cables que lanzan de ligero,' »¡Cuán trocado de aquél que í nüéstfciá'ojos
Desguíndanse de la hórrida guarida Resplandeció tras recias embestidas,
c
Esténelo, Tisandro, Ulíses fiero, Ó de Aquíles trújese los despojos
Tornando á respirar aura de vida: O incendiase las naves combatidas! - •'•'•'• •
Menelao; Macaón, que fué el primero, Yerta barban cuajados los rtiánójbs '•• 1 • •
Y Acamante y Toante de seguida, Del pelo en sangre; vivas las heridas ' • • '
Y R x p t ó l e m o audaz el de Peleo, Que en tomo recibió de la muralla;— '
Y el trazador del artit^cio, Eppq. . Y aquí en sueños mi voz en llanto estalla:

LIIL LVL

i»Á entrar la muchedumbre se acelera «Gran Héctor, qü'e de gloria l y de cofisüelo


En la ciudad, que yace en sueño y vino, »Astro por siempre á los Troyanos fuiste!- L -
Y matando las guardias, carnicera, »¿De cuál remoto y olvidado suelo ••
Y las puertas abriendo, da camino »Tornasál fin á nuestra playa triste? • :-tt
Y se uneÁ los que. abordan. Tiempo era »¿Y tras:fatiga tanta, estrago, duelo, •:
En que el sueño primero, ¿lón divino, »Hoy de nuevo, tu brazo nos asiste?
Los cuerpos sosegando fatigados »¿Mas por qué herido así? T u faz serena
Envuelve en mansotoW$° los„ cuidadas. »¿Por qué. se cubre de sangrienta arena?»
LVfl. LX-.

»Nada contesta: con mortal gemido »Tal cttóhSofcH ritieses sobitÜffWi flattra,
«¡Vuela! ¡huye!» exclama: Griego se apodera Soplando ¡el Austro, enfurecida pfreftdfe,
»De la cwdad: incendio ó bien si desbordado se dert^fhi
»Estalla: ¡Troya $e 4*§&l&m snterfl! Y valles, sureofc y sembrados hteftdt
»Mucho á la patria y ai monarca fea s>jdo Brava raudal, y en remolinos bratna
»Sacrificado: si algo la w^lierg, Arboles arrastrando que desprende^
»Salvárala este brazo: eo su agonía, Sfcbre un peñón, de la tormenta aquella
»Su culto, hijo de Venus, te cofjfía. Testigo inmóvil el pastor descue ía.

Wifl. IM.

«Mansión buse§ i m s Dipstó t u t e l a s »Bien á ífcis djóis lo que én tornp pasa.


»Que fundarás, y grande, finalmente, Bien la aviesa traición se patentiza.
»Audaz cruzad® procelosos mares.P Con estampido el gran palacio arrasá
De Dfeífóbo, el fuego, y sé encarniza
Y miéntras había entrégame impaciente
Sin detenerse, en la contigua casa
La alma Vesta que arranca á los altares,
De Ucalegonte, y de su luz rojiza
Y los veles y el fuego indeficiente.
Parece arder abierto el mar Sígeó:
Por la ciudad en tanto §e extendí»
Suenan trompetas, cunde el clamoreo.
El estruendo confuso y vocería.
tóll.
W

»Y aunque distante de la puerta Sseea »Echo mano á las armas alterado,


Yacia de mi padre la morada, Y á discurrir no acierto á mi albedrío:
Opaca de un jardín que la rodea, Al alcázar volar con un puñado
De la invasora muchedumbre armada De compañeros, tú confuso ansio;
Llega sordo el rumor; mi sien golpea; Mal ciego de furor, desatentado
En mariós de la muerte la honra fio;^
Salto velo?, el ánima azorada,
Cuando al Otrida, del altát febeo
Y á la s a otea trepo, y al rüido
Ministro eú el alcázar, llegar veo. -
Que ere«* más y más, liendo «í oUa#
V1RG1U0.
KHEIDA.
Lxtn.
LXVI
»Él los Dioses vencidos, casi á vuelo»:' * »Ardo á su voz: el corázoñ me inflama' «
Trae, y sacros adjuntos que á la saña No sé cuál Dios ó aliento sobrehumano:
Hurtó enemiga su piadoso celo; Do la ira impele, do el rumor me llama
Y un nieto pequeñuelo le acompaña. <
. 7 Corro el hierro á arrostrar y el fuego insanos
«¡Panto!» al verle clamé con vivo anhelo: A Ija luz vaporosa que derrama
«¡Habla! ¿qué pide adversidad tamaña?
La blanca luna, de íiito el anciano,
»¿En dónde haremos la defensa? ¿en dónde?»'
De Hípanis, de Dímas y Rifeo,
Dando un hondo gemido me responde:
Que se me allegan, los semblantes veo.
LXIV.
LXVII.
«¡La hora que los hados previnieron ~ »Corebo, el hijo de Migdon, partido ¡
»Llegó de asolacion! ¡Jove inclemente Tomó también, y se nos puso al lado:
»Trastorna la balanza! Fueron, fueron Estaba en Ilion recien venido,
»Troya, su gloria, su esplendor potente!' Con pasión de Casandra enamorado;
»Todo los enemigos lo invadieron: Y de Príamo yerno prometido,
»Del caballo intramuros eminente Su espada nos brindó como aliado.
»Griegos brotan armados: triunfante ¡Ay! ¡cuán diverso su destino fuera
»Sinon propaga el fuego devorante. Si á la inspirada profetisa oyera!
LXV.
LXVtn.
»Por las ya francas puertas á oleadas ' <
»Yo así á todos les dije en el momento' •
»Cuantos vinieron de la gran Micénas • ;
Que en órden los vi puestos de pelea:
»Tantos que entran parpce: están tomadas
«¡Mancebos de alma grande, que de aliento
»Las avenidas: de reposo ajenas
»Heroico, pero estéril, se rodea!
»Amenazan fulgentes sus espadas:
»Si seguir pretendeis mi osado intento,
»La primer guarnición ensaya apénas
»Igualad el peligro con la idea:
»Al tropel oponerse que la embiste,
»Los Dioses que este reino custodiaran
»Y en ciega riña desigual resiste.»
»Hoy altares y templos desamparan.
LX1X. JLKICTF.

nÁ.iraá' ciudad, oh pechos denodados, »Mas no toda la sangre que se vierte


«Acorréis que en pavesas se convierte: Sangre es troyaoa. Amenazante aviv«
»La muerte, pues, busquemos, y arrojados T a l vez el ántes abatido; inerte
»Entre enemigos, generosa muert:; El vcocedor en tanto se derriba.
»¡Quien con el cielo lucha y con los hados Igual á entrambas partes la ímpia suerte
»Sólo desdado de esperanza es fuerte!» Terror, desolación sembrando iba
Así exaltado les hablé, y mi acento Por acá y por allá: la muerte toma
Su denuedo redobla y su ardimiento. Miles semblantes, y doquier se asoma.

LXX. LXXIH.

«Cual del hambre al furor lobos rapaces, »Al paso Andrógeo nos salió el primero
Miéntras que los cachorros por su vuelta Con gente mucha entre la sombra espesa,
Anhelan, seca la garganta, audaces Y creyéndonos suyos, delantero,
•Corren en sombras la campaña envuelta; «Amigos,» di£e, «¿qué indolencia es ésa?
Por medio de los hierros y las haces »¡Apresurad! Cuando Ilion entero
Enemigas así la planta suelta, »Es ya ceniza y dividida presa
De la muerte lanzados al encuentro »Al ímpetu feliz de nuestras tropas,
Tocamos ya de la ciudad al centro. »¿Vos apénas dejais las altas popas?»

. LXXI. LXXIY.

»La noche miéntras con su negro manto »Haber caido entre enemiga gente
Nos cobijaba. ;Oh noche de tormentos! Nuestra respuesta adviértele indecisa,
¿Quién podrá darte el merecido llanto Y cortando el discurso de repente,
<3 el número decir de tus lamentos? Arredra el pié con azorada prisa;
jLa al^a, antigua ciudad, de lauro tanto Bien cual trémulo salta el que serpiente
Coronada, flaquea en sus cimientos! Inesperada entre malezas pisa¿
Por calles, plazas, templos invadidos, Que se le vuelve enfurecida de ello
Cadáveres se ven yacer tendidos. Y enhiesta ensancha el azuüno cuello,
-V'lhGlUO. 0384 •393] BNEID.V, 77

-LXXV. LXXVHI.

»An^rógféé -aéí''de'spatfóritlbüróa? n ¡ • »Cuáles, en tanto, de peligro ajenos,


Y á su-tropa nosotros tíon denuedo Merced de presta fuga, en la ribera
Cargámos, que éí lugar desconocía,. ; Se acogen á las naves: cuáles líenos
Y á más temblaba fen vergonzoso miedo: De vil temor, del monstruo de madera
Cargárnosla, y en ellos á porfía < En los profundos conocidos senos
Matar pudimos. Animoso y ledo Trepan á guarecerse. Mas ¿qué espera
Al aura de-fortuna lisonjera, El mortal infeliz, ó en qué confía,
Corebo razonó de-esta manera: S i al brazo de los Dioses desafía?

LXXVI. LXXIX.

«®ien la fortuna apunta; srmigbs; ¡ea!' • »Hé aquí entre ásperas puntas, falleciente,
»EL Camino sigamos que señala: • O Casandra, hi a de Príamo, iba envuelta:
»Con los Griegos cambiemos-de librea; Del sagrario de Pálas por furente
»En kml del enemigo, ¿quién « o iguala ./ • Ciego invasor arrebatada: suelta
»Fuerza y astucia? ¡El mismo a'ihas provea"» La cabellera; al cielo vanamente
Dice, y ciñe el estoque argivo, y cala Con vivísimo ardor los ojos vuelta...
El almetede Andró geo penachudo, ¡Los ojos, ay, que las hermosas manos
Y ornado de blasón prcn.le el escudo, Con cadena oprimieron los villanos!

LXXVII. LXXX.

Rifeo le imitó; ni hacerlo dudan ' • •< »No tal sufrió Corebo arrebatado,
Dímas al punto y l j s de « a s p t s s n t ? S 5 Y entre el tumulto, de morir sediento,
Todos en armaduras pro- ias rrudan Precipitóse: en escuadrón cerrado
Los trofecs magnífixs re ientes. Seguimos los demás su movimiento.
Así ajefto's.áuspi.i s ncs escud n Mas, ¡ay dolor! los nuestros del terrado
Y oscuro el aire: á su favor frecuentes ¿ Del templo, observan en fatal momento
Choques de paso aventurando á tiento. Nuestro arreo y crestones, y en su engaño
Despertemos al Orco almas sin cuento. . Presto nos hacen lastimoso daño.
/• — ( .
VIRGILIO. 428] ENCIOR, 75* •

UfXXl. L XXXIV. i

»Como vientos alígeros que en roto »Ni tu piedad, ni el apolíneo velo


Torbellino se encuentrán frente á frente, Te hurtaron, Panto, á la enemiga hueste*
Y Zéfiro combate, y Euro, y Noto, Y el justo, el santo del troyano suelo,
—Euro, que en sus bridones del Oriente Riíeo, cae, sin que amparo preste
Va ufano;—y gime estremecido el soto, A su virtud (¡misterio grande!) el Cielo.
Y, de espumas cubierto el gran tridente, Conmigo Ifito y Pélias quedan: éste • .

Nereo en su fnror no da reposo, Mal herido de Ulíses, tardo el paso;


Y mueve desde el fondo el mar undoso: Esotro por la edad de. fuerza escaso.

LXXXLL. LXXXV. : i:
•Si '
»•Así brama, con fiera arremetida »Con ellos en-forzosa retirada '•"•-"..
Correspondiendo á nuestro audaz embate Abandoné la desigual porfía.
Caterva que á vengar salta ofendida ¡Oh pira extrema de mi Patria amada,
De la doncella el súbito rescate: Sacras cenizas de la gente mia!
Ayax violento, y uno y otro Atrida, Testigos sed que en la infeliz jornada-
Y los Dólopes todos. En combate Tanto arrostré cuanto arrostrar debia,
Entran también los que esparcido había' Y, á consentirlo el fallo de la suerte,
Por la oscura ciudad nuestra artería. Ganara por mi mano honrosa muerte.
'i í
LXXXHI. LXXXVFC

»Tornan éstos á hallarnos cara á c-ara> »Torcemos al estruendosin tardanza;


•Y el habla que nos oyen diferente Al palacio del Rey„do tan horrenda <
El disfraz de las armas les declara. ' 1
Refriega hallamos, cual si a quella estanza
Al número sucumbe, en fin, mi gente.
Peneleo á Corfebo al pié del ara
Fuese el único campo á la contienda; 1
¡Tal era el brío y la marcial pujanza!
Inmoló de lá DioSa armipotente; jAsí en masa á ¡os Griegos estupenda
¡Ay! dé los suyos recibiendo heridas- Precipitarse vemos, y la entrada
Rinden Dímas é Hípanis-las vidas. Asediar bajo densa empavesada!
LXXXVII. xc.

»De un lado y otro el edificio ascienden. »Por allí sola Andrómaca en su duelo,
Por pilares y escalas; con los brazos, Cuando áun cetro empuñaba el Rey anciano»
El escudo al izquierdo, se defienden Ir solia á sus suegros, y al abuelo
De pedradas sin cuento y saetazos; Llevaba el hijo tierno de la mano.
Suelto el derecho, en el remate prenden A entrar por allí mismo ahora yo vuelo;
Del edificio altísimo. En pedazos Calo el postigo, y la eminencia gano,
En tanto lostroyanos campeones Do abajo (¡vano ardor!) los Teucros echan
Las techumbres derruecan y bastiones. Cuanto á la mano ven, cuanto destechan»

LX XXVIII. XCI.

# »De tales armas su defensa fian.' »Á plomo allí con la pared se erguía
Aureas trabes lanzando en su despecho Excelsa torre en la región del viento-,
•Que de antiguos monarcas dado habian Que toda la ciudad mandaba un día
Noble decoro al admirado techo. Y la enemiga armada y campamento*
Otros abajaá resguardar se alian Por do fácil de herir aparecía
Las puertas, y tras ellas en estrecho Batírnosla en redor: del alto asiento
Grupo, puñal en mano, se aglomeran, Al combinado impulso desprendida^
Y apercibidos la avenida esperan. Cede, y precipitamos su caída*

LXXXIX. XCII.

»Al palacio escalado se convierte »Ella rodando con fragoso estruendo


Mi atención toda: diligente acudo En fragmentos veloz se despedaza,
A esforzar á quienquier se desconcierte Y abajo ámplioEscuadrón tapa cavendo,
Y alientos dar contra el asalto crudo. Que otro, cuat<ola< súbita ^ reemplaza.
Un portillo hubo atras, que á buena suerte Sigue sin tregua-el- combatir tremendo;
Al ciego sitiador hurtarse pudo; Ya ante el mismo vestíbulo amenaza
Tras él los tramos del palacio unia Pirro animoso, en el umbral primero,
Tránsito oscuro, oculta galería. Con metálica luz-radiante y fiero;
TOMO I . 6
XCI1I. XCVI.

»Cual dragón que aterido, soterrado, »;Oh cuánta turbación adentro! ¡oh cuánto
De venenosas hierbas se sustenta, Terror! Los huecos artesones llena
Mas de nuevo arreándose, en el prado Femenil alarido, ronco planto.
Sale á campar cuando el calor le alienta: Grita confusa y vária al cielo suena.
Voluble el lomo en roscas arrollado Cruzan matronas con afan y espanto
Miles colores con la luz ostenta; Las anchas salas que el rumor atruena,
Al sol mirando, el cuello al aire libra, Y las colunas á abrazar se arrojan,
Y la trisulca lengua hórrido vibra. Las besan, y en sus lágrimas las mojan.

XCIV. XCVII.

»Automedonte, que de Aquíles fuera »Mas Pirro igual al padre se adelanta.


Auriga, ora escudero, y Perifante ¿Qué arma, qué brazo atajará el pujante
Corpulento acomete, y la guerrera Hierro esgrimido con braveza tanta?
Esciria juventud, y á un mismo instante Postes ni cerraduras son bastante;
Llama arrojan que al aire va ligera: Ferrada maza á golpes los quebranta.
Pirro, hacha en mano, abócase adelante. Plaza abre á fuerza: á quien le va delante
Quiciales estremece, vigas raja, Atierra, y su cohorte furibunda
Y las ferradas puertas desencaja. A la redonda el edificio inunda.

XCV. XCVIII.

»Las trabes á su empuje crujen, ruedan »Así de altiva cumbre se desata


Enorme boqueron dan los tablones, De pronto hinchado un espumoso rio,
Ni cosa abrigan que ocultarle puedan Y oleadas horrísonas dilata
Dentro los vastos atrios y salones: Hundiendo el malecón, creciendo en brío;
De los antiguos soberanos quedan Y establos y ganados arrebata
Francas y descubiertas las mansiones, Impettioso. Yo, yo vi al impío
Y afuera comparecen los soldados Cebarse airado en el estrago horrendo;
Que las puertas guardaban atropados. Vi á los Atridas el umbral cubriendo.
XC*. CII.
»Vi á Hécuba y sus hijas, sus amores; »Como á recursos el Monarca apele
Vi á Príamo, del ara en el sagrado, Ya ajenos á su edad, «¿Qué desvarío,»
El fuego que adoraron sus mayores Hécuba clama, «á perdición te impele?
Matar en sangre suya mal su grado; »Hoy de mi Héctor la fuerza y poderío
Vi los cincuenta lechos, que de llores »Fuera en vano; pues ¿qué ese brazo imbele
Había la esperanza engalanado »Hará en el caso extremo? Esposo mió,
En pro del trono, y las soberbias puertas, »Vén: este altar refugio á todos sea,
De oro y rico botin rodar cubiertas. »O á todos juntos sucumbir nos vea.»

C. ClII.
»Griegos el campo ocupan que áun da el fuego, »Dice; á su lado le reduce, y puesto
—Mas ya ansiosa querrás, augusta Dido, Sobre las losas á ocupar le obliga.
De Príamo saber. Príamo, luego Desacordado y jadeante, en ésto,
Que de las puertas oye el estallido, Polítes, de ellos hijo, á quien hostiga
Y encima siente al desbordado Griego, Pirro desaforado, el pié, tan presto
Ciñe al endeble cuerpo envejecido Como lo sufre su mortal fatiga,
Inútil hierro y olvidada malla, Por los vacíos atrios acelera,
Y aguija á perecer en la batalla. Y señala con sangre su carrera.
CI. CIV.
»Al raso en medio del palacio había »Ya con la pica por detras le toca,
Ancho altar, y por cima un lauro anciano Ya entre las manos el cruel le mira,
Asombrando á los Lares, descogía Cuando en faz de sus padres desemboca,
Denso follaje de verdor lozano. Y dando en tierra ensangrentado espira.
Hécuba en la marmórea gradería El venerable viejo, á quien provoca
Con sus hijas los Digsesciñq en.vano, El duro lance á generosa ira,
Bien cual palomas que .ep.bandada ayienta No en lo sume del riesgo el labio sella,
El repentino són de la tormeata. Mas respetos y amagos atropella:
cv.
CVIIL
«Si justo el cielo de los hombres cura,
»Y diciendo y haciendo, el inhumano
»Darános,» dice, «por tamaña ofensa,
Al mismo altar impávido arrastraba
»A mí venganza á colmo; larga y dura
Al noble Rey, que, trémulo de anciano,
»A tí la merecida recompensa!
»Poner te place al padre en angostura En la sangre del hijo resbalaba:
»De ver caido al hijo sin defensa, Le ase del pelo con la izquierda mano,
»Y no acatando encanecidas sienes Y con la diestra á su placer le clava
»A darle en rostro con su sangre vienes. Hasta el pomo la daga en el costado,
Fúlgida en alto habiéndola vibrado.
CVI.
CIX.

»Calla de hi;o de Aquíles el dictado,


»Tal rodó su corona refulgente;
»Que le desmiente tu cobarde encono:
T a l vino á ver su antigua fortaleza
ȃl supo dar la mano al que postrado Humo y polvo tornarse de repente,
»Miró á sus piés en mísero abandono; Aquél que al esplendor de su grandeza
»Tornóme el hijo muerto, que enterrado Miró á cien pueblos inclinar la frente!
»Fuese en fúnebre pompa, y á mi trono Su cuerpo, tronco informe, la cabeza
»Me concedió volver.» Dijo, y con tardo Cercenada por bárbara cuchilla,
»Aliento el Rey de allí soltóle un dardo. Yace sin nombre en solitaria orilla.
CVII.
CX.

»Que rebotado al punto con sonido


»Horror profundo allí por vez primera
Ronco, al tocar el defendido acero,
Sobrecogióme, viendo.la agonía
Quedó en el centro del broquel prendido.
Penosa de mi Rey, y la manera
. Pirro repuso con sarcasmo fiero: Gamo el postrero anhélito rendía.
«¡Sí, vé á mi padre, y que su ejemplo olvido Mi padre, que cuanto él anciano era,
»Díle; que de su sangre degenero; Delante me fingió la fantasía:
»Que oprobio eterno de mi porte espere; La dulce esposa, el hijo tierno, á rudo
»Eso y más dile; y por ahora muere!» Ultraje abandonados sin escudo.
88 VIRGILIO. 5823 ENEIDA. 89-

CXI. CXIV.

»Por ver con quiénes cuento, en .torno paso »¿Y para esto tornada ardiente lago
Las miradas; á nadie ya diviso: »Tantas veces la playa en sangre nuestra?
Dieron unos al fuego el cuerpo laso, »¡Oh! ¡no! que si en matar una hembra, no h a g o [j
Arrojáronse otros de alto piso. »De varonil valor gloriosa muestra,
Así todo oteándolo de paso, »Dar á tal monstruo el merecido pago
Al claror de las llamas, de improviso »Hazaña es justa y digna de mi diestra:
Observo un bulto en el umbral de Vesta;—» »No ya sedienta al envainar mi espada,
Erase Elena en lo escondido puesta. »Más de una sombra dejaré vengada!»

CXII. CXV.

»Esa ahora á las aras acogida, »Rugia yo con voz tempestüosa


Furia que al mundo le nació ominosa,. Cuando espléndida toda de hermosura,
De Troyanos y Griegos maldecida, Me apareció mi madre bondadosa
De Griegos y Troyanos temerosa, Radiante entre la sombra de luz pura,
Salvar tentaba la infelice vida Con el encanto y majestad de Diosa
Huéspeda ingrata, amancillada esposa; Con que se muestra en la celeste altura;
Matar pensé la infame advenediza Súbito el vengador brazo me toca,
Por vengar de la Patria la ceniza: Y abre entre aromas la purpúrea boca:

cxm. CXVL
i
»¿Cómo? ¿habrá de salvarse la menguada «¡Cálmate, hijo! ¡tus palabras mide;
»Rastrándose en oscuros escondrijos? » T u pecho hirviente su ímpetu reporte!
»¿Y en Micénas y Esparta hará su entrada »Di, ¿será justo que el rencor te olvide
»Reina ella entre marciales regocijos, »De la familia nuestra, y no te importe
»De troyanos esclavos acatada »Saber si el genitor, á quien impide
»Tornando á ver esposo, padres, hijos? »Vejez cansada, el hijo, la consorte
»¿Y Troya en bravas llamas consumida? »Vivos están? ¿No ves que los circunda
»¿Y triunfante el acero regicida? »La multitud que la ciudad inunda?
90 VIRGILIO. [599 «15] ENEIDA. w

CXVII. CXX.

»Por mí, el hierro su sangre no devora; »Torna, torna á mirar: Pálas cruenta
»Por mí, el fuego sus huesos no calcina. »Ya los altos alcázares domina.
»¿Y á qué la faz baldonas seductora »Y envuelta en nimbo centelloso, ostenta
»De esa Lacedemonia que abomina »La terrible cabeza serpentina.
»Tu corazon? Y á Páris á deshora »A los Dáñaos el Padre mismo alienta,
»¿Por qué oprobias? No tiene la ruina »El Padre universal, y en la divina
»De Troya la opulenta humano origen: »Legión contra tu Patria iras enciende.
»Airados Dioses son quienes la afligen. » T ú el hierro envaina, pues; la fuga emprende.

C X VIII. CXXI.

»Es fuerza superior la que derriba »Nada temas: tu planta irá segura
«Sus altos techos. Si cejar te duele, »De la paterna casa á los umbrales;
»Yo esa que lenta en derredor te priva »¡Contigo soy!» Y bajo sombra oscura
»De luz, haré que de tus ojos vuele, Encubrióse, al decir palabras tales.
»Húmida, opaca niebla, y la cautiva Entónces la terrífica figura
»Vista dilates. Quién, verás, demuele Vi de adversas deidades colosales;
»Aquestos muros, y al materno aviso La hoguera vi donde Ilion se abrasa;
»La frente inclinarás grato y sumiso. Y Troya conmovida por su basa,

CXIX.' CXXII.
f
»Allá, do envuelto en polvo el humo ondea, »Cual viejo fresno que la ufana frente
»Y en pié no hoy mole ya ni canto alguno, Señorease sobre el monte enántes,
»La ciudad en su a'siento bambalea Y hora en redor la campesina gente
»A golpes del tridente que Neptuno Le diese al tronco hachazos incesantes;
»Sacude. Acá sobre la puerta Escea Que la alta copa temerosamente
»Ante todos sañuda avanza Juno, Estremece á los golpes resonantes,
»Y audaz, cubierta de acerada escama, Y amenaza, y restalla, y de la cumbre
»La amiga tropa de ".as naves llama. Desploma con fragor su pesadumbre.
viftctt.ro. «50] SM»*

cxxvi.
OXXfll.

»Desciendo, en 'fin; mis piés tai madre guia; »Mi padre así tendido en tierra dijo;
Campo las armas dan, reCfeja el fuego. Y vanamente en lágrimas, bañados
Mas no bien de la ántigtia cSsa mia Yo, mi Creusa, mi inocente hijo,
Á los umbrales anhelante llego, Todos le suplicamos apiñados
Mi padre, ¡ay! el primero á quien qíieria No así mal tanto consumase, fijo
Fuera llevartae, niégase á mi rüego E n afrontar los inminentes hados;
Pues sobre tantas ruinas apellida Mas él, sordo al solícito lamento,
Vil el destierro y mísera la vida: Mantiénese.en su puesto y firme intento.
CXXVII.
CXXIV.

«¡Huid los que én lozana primavera »Tor.no á las armas, y el arnés, requiero,
»Corazon abrigais esperanzado: Y á morir batallando me preparo;
»No así él Cielo mi nido destruyera Ni más alivio á mi dolor espero, \
»Si fuese mi existencia de su agrado! Ni otra salida, ni mejor reparo.
»¿Qué aguarda el que la Patria ya á extranjera «¡Oh padre mió!» en mi dolor profiero;
»Cadena vió doblarse? demasiado «¿Y pudiste idear que en desamparo
«Sobrevivo al estrago de los míos; »Te. abandonase por salvarme? ¿Agravios
»¡Oh! ¡dadme él adiós último, y partios! »Vierten cual éste paternales labios?

CXXVÍIL.
CXXV. I

»Avára del botín, condolecida »Si .es que completa asolacion previene,
»De mi miseria, él fin dará que aguardo »A Troya el Cielo en su insaciable enojo,
»Alguna mano á mi cansada vida; »Si la medida quieres que se llene
»Ni por falta de tumba me acobardo. »Con nuestros restos,, cumplirás,tu antojo
»A mi inútil véjez, aborrecida »Ya vendrá Pirro; franco el paso tiene;
»De los Dioses, el término retardo »Pirro con sangre del Monarca rojo,
»Desde que plugo al brazo omnipotente »De cuyo brazo matador n,o ampara.
»Lanzarmfe ún raye y aturdir tai mente.» »Ni al h^jpelpadre,. ni al anciapo el ara.
CXXXII.
CXXIX.
y. «
»¿Y á ésto sólo me sacas, alma Dea, »Súbita maravilla sorprendente
»Salvo por medio del adverso bando? De todos luégo las miradas llama:
»¿A que testigo en mis hogares sea, En medio del abrazo y el doliente
»No ya en la lid, de su rencor infando? Coloquio paternal, brota una llama
»¿A que, uno entre la sangre de otro, vea De Ascanio en la corona, y por su frente
»Hijo, padre y esposa agonizando? E ilesos rizos mansa se derrama:
»¡Al arma! ¡al arma! ¡La postrera hora Quién, al verle, el cabello le sacude;
»Llama al vencido, amigos, vengadora! Quién ya con agua, en su temor, le acude.

CXXXIII.
CXXX.

»¡Tornar dejadme á la ardua lid! Mi diestra »Mas mi padre con plácida alegría
»Renovará el conflicto: al fin, vengada El rostro augusto eleva; ambas las manos
»Coria, si ha de correr, la sangre nuestra.» Tiende, y al cielo esta plegaria envía:
Dije, á la cinta acomodé la espada, «¡Omnipotente Júpiter, si humanos
Y el escudo embrazando á la siniestra, »Ruegos te mueven á clemencia pia,
Ya iba á salir, cuando mi esposa amada »Una mirada compasiva dános!
Se echa á mis pies en el umbral de hinojos, »Si merecemos protección, propicio
Y nuestro dulce hijo alza á mis ojos. »Sénos, y sella el venturoso auspicio.»

CXXXIV.
CXXXL

«Si es morir lo que atentas,» me decia, »Á estas voces en súbita estampida


«Todos iremos á morir contigo; Tronó á la izquierda; y por el vago cielo
»Mas si áun tu brazo de las armas fia, Rápida estrella de esplendor vestida
»Primero es que defiendas este abrigo. Hendió á la noche el nebuloso velo:
»¡Cómo! tu hijo, tu padre, la que un dia Llegaba hácia nosotros, cuando al Ida,
»Buena esposa llamaste, ¿al enemigo Alumbrando el camino, tuerce el vuelo;
»Así vas á entregar?» Tal su desgracia Su luengo sulco blanda luz señala,
Gime; el eco en los ámbitos se espacia» Y humo sulfúreo al esconderse exhala.
viacnjo.
KHE1DA. GÍ^Í
cxxxv.
cxxxvm.
»Convéncese mi padre, se levanta,
Da gracias á los Númenes, y adora »Ciprés que nuestros padres reverentes
La luz divina. «Gobernad mi planta,» »Honraron siempre en sus felices dias;—
Dice: «no más suscitaré demora.— »Allí nos juntaremos, diligentes
»Y ¡oh patrios Dioses! vuestra mano santa. »Sendereando por diversas vias.—
»Reconozco que á Troya cubre ahora: »Toma, ¡oh padre! los Dioses: yo de ardiente«
»¡Mi familia guardad, guardad mi nietoí »Refriegas salgo; si las manos mias
»Partamos* hijo; la Deidad respeto.» »Pusiese en ellos, en corriente clara
»No lustradas aún, los profanara.»
CXXXVI.
CXXXIX.
»Mas ya el calor sofoca; ya se escucha
Más y más cerca el fuego turbulento »Callo; y encima del común vestido,
•Que con los muros y edificios lucha Con una piel bermeja leonina
Su furor avivando y movimiento. Los anchos hombros encubrirme cuido,
«Sube en mis hombros, padre: á fe que. mucha Y al grato peso mi cerviz se inclina.
»No ha de serles la carga: en todo evento, El tierno Ascanio, de mi mano asido,
»Uno sea el peligro á.entrambos; una, Conmigo á paso desigual camina:
«O piadosa ó adversa, la fortuna. Quedóse atras mi esposa: opaca niebla
E n tomo nuestro los espacios puebla.
cxxxvn.
CXL.
»Ascanio venga de su padre al lado;
»Tú, Creusa, seguir mis.huellas cuida; »Mas yo que en la ciudad momentos ántes
»Y todos en los ánimos grabado No temí de la lid el alto estruendo,
»Tened lo que os encargo en esta hnida: No las armas, no griegos batallantes
»Bien sabéis, servidores, de un collado Remolinados en tropel horrendo,
»Que está de lá ciudad á la salida, Ahora al sonar las auras oscilantes,
»Do de Céres ruinoso un templo antiguo Al más leve rüido me suspendo,
*>A un vetusto ciprés yace contiguo: No temeroso por la vida mia,
Sí por" mi dulce carga y compañía;
TOMO I . 7
viwauó.. SXEIO.U

CXLL CXLIV.

»Parecíame ya llegar seguro »Hijo, y padre, y penates encomiendo,


Al deseado fin, cuando repente Puestos y ocultos en profundo valle,
Cual de veloces pies que el suelo duro A mis amigos: despechado emprendo
Batiesen, sordo estrépito se siente; La ciudad recorrer hasta que halle
Y mi padre mirando de lo oscuro, La infelice consorte; y no temiendo
«Hijo,» dice, «huye, hijo; asoma gente: Volver á abrirme entre enemigos calle,
Desvía; el temeroso centelleo Me ciño de la fúlgida armadura,
De las rodelas y corazas veo.» Y entrégome al dolor y á la ventura.

CXLII. CXLV.

»¡Ah! en tanto que mi pié medroso excusa »Llego primero al murallon oscuro,
Por ignoradas vueltas el camino, Puerta.y.umbral por do pasado habia;
No sé qué ínvido Dios mi ya confusa Esfuérzome á mirar, y mal seguro
Razón de lleno á desquiciarme vino: Sigo por rastros una y otra via.
No supe más qué fué de mi Creusa; Horror, silencio en el desierto muro
Si la detuvo mi cruel destino, Sólo hallar pude. Á la morada mia
Si erró la via, ó se sentó cansada;— Acudo; por si allá mi compañera
De entónces más, á mi clamor negada. Tal vez, tal vez la planta dirigiera.

CXLLLI.
CXLVI.

»Ni la eché menos hasta haber llegado »Mas de los enemigos mi morada
Todos los mios, con turbada huella, Presa era ya: la llama devorante
Al templo antiguo y salvador collado: Por el Ábrego rápido aventada,
Reunímonos; ¡ faltaba sola ella! Crece, sube, revuélvese ondeante.
Faltaba á su lujo, en lágrimas bañado; Enderezo al alcázar, y en la entrada
Faltaba á mí, que en áspera querella, Del sagrario de Juno (en lo restante
¡Oh entre males tamaños mal supremo! Abandonada ya la ciudadela),
De hombres y. Dioses con furor blasfemo. Hacen Fénix y Ulises centinela:
CXLVTI. CL.

»De los templos tornados en pavesas »Vencer no pienses mi eternal reposo,


Custodian el espléndido tesoro, »No contigo llevarme á otra ribera:
Vestes sacerdotales y sacras mesas, »Védalo aquél que todopoderoso
Macizos vasos de luciente oro. »En las sedes olímpicas impera.
Víanse en torno de las ricas presas - »Vasto mar que surcar, amado esposo,
Niños symidos en confuso lloro, »Largo destierro que cumplir te espera;
Mustias las madres que el dolor embarga, »Mucho errarás; empero, finalmente,
Cautiva muchedumbre en rueda larga. »Llegarás á las playas de Occidente:

CXLVIU: CL!.

»Allí sin fruto y por doquier demando »A Hesperia, patria de ínclitos varones,
El bien perdido: una vez y otra al viento »A donde ameno y dilatado ondea
Su nombre doy, los ámbitos llenando »El lidio Tibre, que en besar los dones
Con la cascada voz de mi lamento. »De sus fértiles ribas se recrea.
Así por las sombrías calles ando »Ancho imperio, magníficos blasones,
En su busca con ciego desatiento, »Régia consorte encontrarás; ni sea
Cuando al paso atraviésase y me nombra, »Mi memoria á tu pecho dolorosa:
Pálido, alto fantasma;—era su sombra. »Harto has llorado á tu apartada esposa.

CXLIX. CLH.

»Tiémblame el corazon, se me eneriza »Que no á la nuera de la cipria Diva,


El cabello, la sangre se me hiela: »La hija del frigio Rey, reduce el hado
Mas ella hablando así me tranquiliza »A sierva humilde de matrona aquiva:
Y futuros destinos me revela: »¡No irá á ver, no, del vencedor airado
«¿Por qué tu corazon se martiriza, »Soberbios techos mísera cautiva!
»Ó á dó tu loca fantasía vuela? »La madre de los Dioses á su lado
»Templa el furor; no temerario oses »Me acoge. ¡Adiós! por nuestro Ascanio vela;
»Al imperio oponerte de los Dioses. »¡Amale siempre, y tu dolor consuela!»
ctra.

»Yo que la oía en lágrimas deshecho,


Mil cosas fui á decir, cuando en sombríos
Celajes se encubrió. Tres veces le echo
Al cuello los amantes brazos mios, LIBRO TERCERO,
Y tres veces, ¡oh pena! los estrecho
Contra el burlado corazon vacíos,
Desvanecida á mi anheloso empeño
Cual humo vano ó fábrica de un sueño.

CLIV. l.
»La noche terminó con mi porfía* «Despues que el Cie'o la inculpada gente
Y torné. Con portátiles haberes De Príamo y troyana monarquía
Notable multitud llegado habia, Derribó en tierra, y la ciudad potente
Ausente yo, cabe el altar de Céres. En círculos de humo perecía;
Apellídanme todos jefe y guia: También por alta inspiración presente,
«Contigo,» dicen, «á doquier esperes Mas sin saber por dónde el hado guia
»¡Ay! alejarnos del confín troyano, O dó hemos de parar, labramos pinos
»Rostro haremos al lóbrego Océano.» •Que á otras playas nos lleven peregrinos.

CLV. II.

»Allí varones y hembras, niños, viejos »Éramos cabe Antandro congregados


Y larga y miserable muchedumbre. Al pié de Ida, y no bien pintó el estío,
Y ya anunciaban pálidos reflejos Manda mi padre en brazos de los hados
Al sol, del Ida sobre la ardua cumbre. Soltar velas del viento al albedrío.
Ocupadas las puertas á lo léjos, Con llanto el puerto dejo, y los amados
Huye de auxilio la postrer vislumbre: Campos do Troya fué; y á la onda fio
Cedo á la suerte: á recibir me inclino Mi pueblo, y prole, y Dioses tutelares,
Mi padre, y á los montes me encamino. Y émpiézome á engolfar en altos mares.
ctra.

»Yo que la oía en lágrimas deshecho,


Mil cosas fui á decir, cuando en sombríos
Celajes se encubrió. Tres veces le echo
Al cuello los amantes brazos mios, LIBRO TERCERO,
Y tres veces, ¡oh pena! los estrecho
Contra el burlado corazon vacíos,
Desvanecida á mi anheloso empeño
Cual humo vano ó fábrica de un sueño.

CLIV. l.
»La noche terminó con mi porfía* «Despues que el Cie'o la inculpada gente
Y torné. Con portátiles haberes De Príamo y troyana monarquía
Notable multitud llegado habia, Derribó en tierra, y la ciudad potente
Ausente yo, cabe el altar de Céres. En círculos de humo perecía;
Apellídanme todos jefe y guia: También por alta inspiración presente,
«Contigo,» dicen, «á doquier esperes Mas sin saber por dónde el hado guia
»¡Ay! alejarnos del confín troyano, O dó hemos de parar, labramos pinos
»Rostro haremos al lóbrego Océano.» •Que á otras playas nos lleven peregrinos.

CLV. ri.
»Allí varones y hembras, niños, viejos »Éramos cabe Antandro congregados
Y larga y miserable muchedumbre. Al pié de Ida, y no bien pintó el estío,
Y ya anunciaban pálidos reflejos Manda mi padre en brazos de los hados
Al sol, del Ida sobre la ardua cumbre. Soltar velas del viento al albedrío.
Ocupadas las puertas á lo lejos, Con llanto el puerto dejo, y los amados
Huye de auxilio la postrer vislumbre: Campos do Troya fué; y á la onda fio
Cedo á la suerte: á recibir me inclino Mi pueblo, y prole, y Dioses tutelares,
Mi padre, y á los montes me encamino. Y empiézome á engolfar en altos mares.
404 vraGiuo.

III.
VI.

»Cae por allá un país que Marte ampara


»De espanto helado el corazon flaqúeá;
Y el austero Licurgo rigió un dia;
Mas recobrado tiro de otra rama
Extensas tierras son que el Trace ara,
Por descubrir lo que el prodigio sea,
A quien ley de hospedaje nos-unia>
Y otra vez sangre el vástago derrama.
Yviéronse sus Dioses en u ñ a r a
Confuso, dando de una en otra idea,
Con los Dioses de Troya' en compañía Ya á Marte invoco que á los Getas ama,
Cuando imperio feliz fuimos: ahora Ya á las huéspedas Ninfas de la selva
Allí arribamos con humilde prora. Porque el signo de horror fausto se vuelva. .
IV.
«j VII.

»Fundg. en su corva orilla la primera -.


»Coirésta mira y con esfuerzo nuevo
Ciudad, y á sus colonos apellido,
Tercera rama desraigar decido;
En mi mepioria, Enéadas; mas era
Mas'cuando, hincada la rodilla, pruebo
Infausto el punto. Mal correspondido,
Su rigor á vencer, siento un sonido
A mi madre la Diosa de Citera,
(No sé si ose decir, ó callar debo):
Y á los electos Númenes convido;
Una voz funeral hiere mi oido:
Y en balde un toro albo, como á solo
«¡Ay! ¿pór qué, Enéas, las entrañas mias
Rey de los Dioses, al Saturnio inmolo.
»Rompes? ¡No manches más tus manos pías!
V.
VIII.

»Era allí un cerro, y en su cima había


»Hijo yo fui de la n ación troyan,
De puntas erizado un mirto: atento
»¿Y al que ya conociste ofendes muerto?
La ara á vestir de verde lozanía,
»¡Esa sangre no es de árboles do mana!
Acudo, y ramas arrancar intento.
»¡Ah! ¡que de esta región huyas te advierto,
Miéntras raíces desvolver porfía »Aurívora región, playa inhumana!
Mi mano (¡oh singular, oh atroz portento!) »Yo Polidoro soy: yace cubierto
Brotar contemplo de las ramas Votas »Mi cuerpo aquí de flechas homicidas,
Sangre que el suelo empapa en negras gotas. »Ahora en ásperas ramas convertidas.»
?06 vwGttro.

IX.
XIL

»Adolorido, absorto.me suspendo,


»Túmulo, pues, alzárnosle de arena,
Sin voz, yerto el cabello. ¡Polidoro!
Y á los manes dos aras que guarnecen
El mismo ¡ay! á quien Príamo, sintiendo
Ciprés y tristes fajas; la melena
Vacilar en su mano el cetro de oro
Sueltan matronas que en reaof parecen:
Al amago de ejército tremendo,
Fió en secreto espléndido tesoro, Altos vasos que ó leche tibia llena,
ó sangre consagrada, allí se ofrecen:
Y á que ajeno creciese á la desgracia,
La tumba al alma errante da acogida,
A cargo le envió del Rey de Tracia.
Y clamamos la eterna despedida.
X. XIII.

»Mas el perverso príncipe, copiando


»Así las sacras ceremonias, graves
E n su porte mudanzas de la suerte,
Cumplido habiendo, á la señal primera
Triunfante al ver de Agamemnon el bando
Que el Austro da con hálitos suaves
En contra del caido se convierte;
De que onda masa nuestra flota espera,
Y todo fuero con furor nefando , Corremos á la mar: sacan las naves
Atropella, y al mísero da muerte, Mis compañeros, cubren la ribera;
Y le asalta el caudal. ¿Qué de maldades, Cruzamos ya los líquidos desiertos,
Sacrilega sed de oro, no persuades?
Y atras irse miramos playas, puertos.
XL
XIV.

»Vuelto en mí del espanto que me hieJ


»Allá en mitad de los Egeos mares
Hablo á mi padre, y á los jefes junto,
Hay una isla entre todas la más grata,
Lo que voz misteriosa me revela
Que, Númenes por siempre tutelares,
Narro, y el parecer común pregunto.
A Dóris bella y á Neptuno acata:
Todos proponen darnos á la vela
Ella un tiempo rondaba los lugares
Y aquel sitio de horror dejar al punto; Convecinos; ya errante el mar no trata;
No sin que al desdichado compatricio Apolo entre las Cíclades fijóla,
Pagado hayamos el postrer oficio.
Y allí inmóvil contrasta viento vola.
xvra.
»Allí abordamos,- y el dichoso abrigo «¡Fuertes Troyanos! ved que la fortuna
Gozamos con que et puerto nos convida; »Hinchado el seno de la patria os muestra
Mientras de Apolo la-ciudad bendigo, , »Que á vuestra raza fomentó en la cuna;
A darnos sale el Rey franca acogida. »¡Buscad, buscad la antigua madre vuestra!
Anio en mi padre abraza á un.viejo amigo; »Id; allí Enéas, sin mudanza alguna,
Anio, á quien, porque al par que le apellida > »Cimentará su casa, y de su diestra
Ministro un Dios, un pueblo Rey le nombra,. »El cetro heredarán sobre las gentes
Con la ínfula el laurel ía sien le . asombra. »Hijos, nietos, lejanos descendientes.»
12
XVI. XIX.
' JX OI
S
»Yo al templo secular .devoto llego: , * »Habló Apolo; y llenó los corazones,
«¡Buen Dios!» exclamó, «¡término seguro ' Amargada por dudas, la alegría,
»Dá á nuestro error, á nuestro afan sosiego* Pues «¿Dó aquellas están patrias regiones?»
»Dá fundar feliz prole y propio muro! Preguntábamos todos á porfía.
»Nueva Troya lo llames, ó del fuego Mi padre ya de viejas tradiciones
»Hurtados restos y de Aquíles duro, Recuerdos en su mente revolvía:
»Salva el tesoro, tú, 'que va conmigo; «¡Oid, nobles!» prorumpe; «yo el secreto,
»Di, ¿cuál norte, cuál voz, cuál rumbo sigo? »Á vuestras esperanzas interpreto.

XVIL XX.

»Señal dá, en fin, y á nuestra mente envía »Hay una isla en el mar, Creta nombrada*
»Tu inspiración.» Callé, y en tal momento «Cuna ya nuestra, con su monte Ida,
Ya el pórtico, ya el lauro se movia, »Cuna también de Júpiter sagrada,
Y el monte en torno retembló en su asiento» »De cien ricas ciudades guarnecida.
El velo que la trípoJe cubría »Trocó el gran Teucro esa feliz morada
Gimió, abrióse el sagrario: al pavimento »Con la retea costa: á su venida
Inclinamos las frentes confundidos, »Ni allí á Pérgamo halló, ni halló poblados,
Y sacra voz hirió nuestros oidos: »Sino hombres por ios valles derramados.
XXI. XXIV.

»Él, si éstas que aprendí no son infieles »Entrambos por las Cíclades ligeros
»Memorias, los cimientos sociales Y el mar corremos de islas esparcido,
»De Troya echó, y el culto de Cibéles Y emólanse, al pasar, mis compañeros
»Trajo, con sus misterios y atabales, Con clamores y náutico ruido;
»Los carros con leones por corceles, «¡A Creta! ,á Creta!» gritan vocingleros;
»Los bosques sacros, y áun en nombre iguales. «¡A nuestra patria, á nuestro antiguo nido!»
»¡Partamos! el oráculo dichoso E hiriéndonos en popa aura serena,
»Allá nos llama, á la región de Gnoso. Al fin tocamos la anhelada, arena.

XXII. XXV.

»Ni estamos lejos de su orilla grata; »Fundé una villa, mi dorado sueño,
»Tres luces gastaremos. Falta sólo Que Pérgamo llamé: del nombre uíano3
»Que aplaquen dones al que el mar maltrata, A los colonos miro, y los empeño
»Que amparo preste el que serena el polo.» A alzar el muro y á arraigarse hermanos.
Dice, y en la ara sendos toros mata Yace en la enjuta orilla el hueco leño:
A Neptuno y á tí, divino Apolo; Yo dicto común ley, reparto llanos;
Sendas ovejas al Invierno negra, Y á cultivar se entregan los mancebos
Blanca á Favonio que la mar alegra. Nuevos lazos de amor y campos nuevos.

XXIII. XXVI.

»La voz se esparce que del patrio suelo »Hé aquí, el aire infestando de repente,
Proscrito Idomeneo huido habia, El contagio cmel sacude el ala;
Que á huéspedes librando de recelo, Infausto nuncio de estación doliente,
Creta sus puertas solitaria abria. Los arboredos y sembrados tala:
Y así á Ortigia dejando, hendiendo á vuelo La vida va arrastrando falleciente
El mar, á Náxos báquica y sombría Quien ya el aliento último no exhala;
Costeando vencemos, á Oleáros, El Can ardiente estrago sordo hace:
Verde Donisa y albicant'e Páros. Marchito el lustre de los campos yace.
XXVff.' XXX.

»Y, sustento negando yermo el suelo, »En grato premio á tu favor, mañana
.Mi padre del oráculo divino »Al cielo hemos de alzar tus descendientes;
Manda cúe vamos á implorar consuelo »Mas hoy, á esa ciudad que soberana
Tornando á abrirnos por el mar camino: »Herencia haremos de invencibles gentes
Que cuál término, diga, al mustio duelo »(Que esto es tuyo, no nuestro), el paso allana
D e este pueblo reserva peregrino; »Lo harás, si en largo viaje no consientes
A quién habernos de acudir; á dónde »Reposo: asiento muda: el Dios profeta
Enderezar el T u m b o corresponde. «No te brindó con descansar en Greta.

XXVIII.
XXXI.

»Era alta noche y muda: en mi retiro


»Hay de antiguo un país, con apellido
Yacia yo, la mente aletargada,
»De Hesperia por los Griegos señalado,
Cuando delante á los Penates miro
»Pueblo en trances de guerra asaz temido,
Que hurté al incendio en la fatal jornada.
»Tierra asaz grata á la labor de arado.
Por mis ventanas, en su errante giro
»Fué primero de Enotrios poseído,
Lograba á la sazón la luna entrada,
»Y hoy Italia se nombra,.por dictado
Y del brillo bañados macilento
»De famoso caudillo procedente,
Ellos me hablaban con benigno acento:
»Si ya constante tradición no miente.

XXIX. XXXII.

«No temas,» me decian; «pues de parte »¡Ésta, ésta es nuestra patria verdaderal
»De Apolo, que oficioso nos envía, »Que allí Dárdano y Yasio nacimiento
, »Los destinos venimos á anunciarte »Tuvieron; aquel Dárdano, primera
»Que él, volviendo tü allá, te anunciaría. »Cepa de nuestra raza. Tú contento
»Tu brazo nos salvó de adverso Marte, »Vé, y de ello al viejo genitor entera
»Librónos tu piedad de llama impía; »Por cierto. Y de Corito en seguimiento
»Hemos seguido tu fortuna, y fieles »A los ausonios términos navega.
»Navegamos contigo en tus bajeles. »Mansión en Dicte Júpiter te niega.»
miiu i. 8
VffeGlLÍÓ. 1923 ENEJBA.

XXXIII.
XXXVI.

»Como esto vi y oí (no en sneños vanos »Cuando ya nos hubimos engolfado,


Eran; que bien las sienes discernia Y entre agua y cielo, al fin, no vemos cosa
Veladas, y los rostros soberanos, Sino el cielo y el agua, azul nublado
Y áun bañaba en sudor mi frente fria), Sobre mi nave sólido se posa
Salto del lecho atónito: las manos De lobreguez y tempestad cargado:
Extiendo suplicante; ofrezco pia Con tristes amenazas espantosa
Libación en mi hogar: de ahí contento La ecuórea inmensidad se entenebrece,
Corro á mi padre, y la vision le cuento. Esfuérzanse huracanes, la onda crece.

xxxiv. XXXVII.

»Del doble origen la .alacia siente »¡Tristes! que arrebatándonos el viento


Él, n la vasta extensión, á golpe duro,
y confiesa que sufrido habia Relámpagos cruzando el firmamento,
Con la antigua señal error reciente: Ciegos erramos sobre el ponto oscuro.
«¡Hijo,» así hablaba, «á quien la suerte impía Todo es horror el húmedo elemento:
»Burla cruel! Casandra solamente ¿Es día? ¿es noche? el mismo Palinuro
»Hizo de estos sucesqs profecía; Nada distingue; en negro torbellino
»Y á menudo se oyó, recuerdo ahora, Sacudido del rumbo, perdió el tino.
»»;Hesperia! ¡Italia! de su voz sonora.
XXXV.
XXXVIII.

»¿Mas quién iba á pensar que á Hesperia iria »Ya tres dias llevábamos enteros
»Nuestra gente jamás? ¿Ni quién pudiera
Y tres noches á oscuras, desmandados,
»A Casandra creer? ¡Hoy, hoy nos guia
Cuando léjos notamos placenteros
»Voz infalible que partir impera!»
Visos de tierra, y asomar collados,
Tal dijo, y aplaudimos á porfía.
Y humo al cielo subir. Los marineros
Quedan algunos en la infiel ribera;
Las antenas calando arrebatados,
Y el áncora levando y la esperanza Asen del remo, y al batir continó
El hueco leño al piélago se lanza. Cubren de espuma el líquido camino.
XXXIX
XLII.

»AI suyo las Estrófades, del seno


»Ya el manjar suculento en sillas blandas
Librados de las ondas, nos invitan:
De céspedes gustábamos. En ésto
ínsulas son que con renombre heleno
Dejan sus montes las aéreas bandas
En el vasto mar Jonio se acreditan.
Con ala resonante y salto presto;
Allí, allí la terrífica Celeno
Nos rapan de revuelo las viandas;
Y las arpías de su casta habitan,
Todo lo manchan con su aliento infesto;
Del tiempo en que de Fíneo y sus moradas
Las alejó el temor, nunca saciadas. Y fuera de ofender vista y olfato,
E l viento hieren con aul-ido ingrato.
XL.
XLIII.

»¡Arpías, horda atroz, monstruos fu ríales!


»De ahí en el hueco de un peñón antigo
Generación igual jamás vió el mundo,
Otra vez el banquete cauto extiendo,
Ni peste más cruel á los mortales
De corvas selvas al repuesto abrigo
Envió el cielo ni abortó el profundo:
Con sombra en torno de negror horrendo.
Alado el cuerpo, rostros virginales;
Ya ponia en el ara el fuego amigo,
Arroja el seno vil vestigio inmundo;
Corvas manos y pies, garfios rapantes; Y otra vez de cien partes con estruendo
Pálidos siempre de hambre los semblantes. Baja improviso el escuadrón nefando,
Y royendo revuela y escarbando.
XIX
XLIV.

»Aun no bien nuestra flota anclado había,


»Al arma llamo; en la soez canalla
Cuando notamos por allí ganados
Hacer estrago, en cuanto vuelva, ordeno:
Vacunos y lanares ir sin guia
Y ocultamos á intento de batalla
Ledos paciendo en abundosos prados.'
Entre las hojas y el verdor ameno
Hicimos en la grey carnicería;
Cuchillas y broqueles. Todo calla...
Brindamos con los fáciles bocados
Mas ya que por la orilla vió Miseno
A los Dioses, á Júpiter; y á priesa
Que acuden en tropel, de una alta roca
Aderezamos la campestre mesa.
Do atalayaba, su bocina toca.
viaci.io. KBE1D A .

XLV. XLVUI.

»Corremos á la seña, en lid no usada »Dijo, y al bosque aleteando vuelá.


La ímpia raza á extirpar del mar salida; A influjo de su voz mis compañeros,
Mas ¡vano esfuerzo! que lesión la espada A quien la sangre de terror se hiela,
No hace en las plumas, ni en el cuerpo herida. •Con el brío deponen los aceros.
Infectan cuanto muerden de pasada, Ya con votos, con súplicas se apela
Y hedor esparcen en su impune huida; A pedir paz y á deshacer agüeros,
Y una de ellas, Celeno, en yerta altura O r a malvadas y aves ominosas
Infausta así con voz siniestra augura: Sean aquellas, ó terribles Diosas.

XLVI. XLIX.

«Vinisteis á matar nuestros rebaños, »Y vuelto Anquíses hácia el mar, las manos
»¡Hijos de Laomedon! ¡manos impías! Extiende, y con solemnes sacrificios
»Y en guerra, de sus patrios aledaños Los Númenes invoca soberanos:
»Quereis lanzar, sin culpa, á las ArpíasI «¡Dioses!» clama, «¡torced tales auspicios!
»¡Pues oid y temblad horribles daños! »¡Dioses! ¡tales anuncios haced vanos!
»Catad lo que os anuncio en profecías »¡A un pueblo justo defended propicios!»
»La mayor de las Furias: trasmitiólo Dice, y cables soltar en el momento
»A Febo Jove, y á Celeno Apolo. Manda, y las lonas descoger al viento.

L.
XLVII.

»Buscáis á Italia con errante quilla, »Cumplióse lo mandado; y ya hincha el Noto


»Y cierto que con vientos aplacados Las velas que á sus soplos confiamos;
Merced suya, y en manos del piloto,
»Iréis á Italia, y cobrareis la orilla
Entre espumosas ondas navegamos:
»Que os diputan benévolos los hados;
Zacinto se aparece, ameno soto,
»Mas no podréis la deseada villa
E n medio de la mar: Duliquio, Sámos;
»Ceñir, sin que á expiar desaguisados
Ardua y fragosa Néritos se ostenta,
»Con fuerza ántes os mueva el hambre aciaga ítaca con escollos fraudulenta.
»Tal, que áun las mesas devorar os haga.»
u. LIV.

»Huimos de ellos, y del patrio clima . »Llamé al remo; y dejamos, con suspiro
De Ulíses maldecimos. Adelante Del batido oleaje, las arenas;
Léucates yergue su nublosa cima, Pronto las cumbres de Feacia miro,
Apolo hace temblar al navegante.
Y tórnanse á esconder, vistas apénas.
Allá torcemos: fatigada arrima
Llegamos al Caonio puerto, á Epiro
A la humilde ciudad la flota errante;
Costeando, y pedimos las almenas
Ya á proa el marinero anclas arroja;
Excelsas de Butroto. Aquí una nueva
Ociosos cascos la ribera aloja.
Dichosa hallamos que increíble eleva.
LI!. LV.

«En no soñado asilo aras enciendo


»Oigo que en griego territorio impera
Do mis votos á Júpiter desato;
Heleno, hijo de Príamo, debido
Y en tierra de Accio, celebrar emprendo
A ser de la viuda y heredera
Juegos de Frigia. El patrio pugilato
De Pirro, nieto de Éaco, marido;
Todos, desnudo el cuerpo, el cuerpo ungiendo* Que así el antiguo rango recupera
Renuevan con ardor. Recuerdo es grato Andrómaca. Turbado, conmovido,
Haber vencido riesgos y fatigas De amor llevado, de ansiedades lleno,
Entre tantas ciudades enemigas. La playa dejo y flota, y voy á Heleno.
Lili.
LVL

»El sol á la sazón su añal carrera »Hé aquí con sacros funerales dones.
Concluía, y con hálitos glaciales Antes de la ciudad, en selva umbría,
El cierzo aborregaba la onda fiera. Cabe un fingido Símois, libaciones
Fijé á un poste, del templo á los umbrales, Al caro polvo Andrómaca ofrecía;
Combo escudo que el grande Abas trajera,
Y los manes con tristes oraciones
Y del caso en memoria, letras tales:
A la tumba llamaba, que vacía
MONUMENTO GANADO1 Á LAS AQOEAS
De verde césped, á Héctor dedicara,
T R I U N F A N T E S HUESTES : CONSAGRÓLO E N É A S .
Y una, motivo al llanto, doble ara.
VIRGILIO. [3» ENEIDA. m

LVIL LX.

»Tal Andrómaca estaba en el instante »Ella el rostro inclinando, recobrada,


E n que, subiendo yo por el camino, Con voz sumisa su dolor expresa:
A mí propio y las armas delirante «¡Oh entre todas nosotras fortunada
Vió de Troya; y del caso peregrino »Tú, inocente beldad, jóven princesa,
Pasmada al punto queda: v a l l a n t e , »Que al pié del patrio m u r o , por la espada
Perdió el rostro el color, la planta el tino; »Fuiste á morir sobre enemiga huesa!
Y solo á obra de tiempo el labio mudo »Que ni suertes sacaste á tu despecho,
Articular sueltas palabras pudo: »Ni de amo vencedor serviste al lecho!

Lvni. LXI.

«¿Que. en fin'te miro en corporal figura? »¡No así la que incendiados sus hogares,
»¡Hijo de Vénus! ¿mensajero cierto »Sufrió á un duro jayan, de raza altiva
»Me apareces? ¿áun gozas la aura pura?... »Sufrió el rigor, y por remotos mares
»¡Ah! ¿y Héctor dónde está, si ya eres muerto?» »Anduvo errante, y concibió cautiva!
Esto dijo llorando, y la espesura
»Y despues que probé tantos azares,
Llenaba su clamor. Su desconcierto
»El tirano raptor en llama viva
Febril, dejóme sin respuesta; al cabo
»Por Hermíone ardió, nieta de Leda,
Mal breves frases anheloso-trabo:
»Y á Esparta corre do en su amor se enreda.
LIX.
LXII.

«No dudes; palpas realidades. Vivo, »Entónces á un esclavo dió su esclava;


»Y á cien peligros arrojé mi vida; »Cedióme á Heleno. Oréstes que veia
»Mas véme: salvo á tu presencia arribo. »Quitársele su esposa, se abrasaba
» A h ! ¡y de tan gran varón destituida, »De amor, de ardor furial, de rabia impía;
»Pobre mujer! ¿te vuelve el hado esquivo »Y ante el paterno altar á hierro acaba
»Algo de tu ventura merecida? »Desprevenido á su rival un dia;
»Tú, la Andrómaca de Héctor venturosa, »Con que Heleno, de siervo que ántes era,
»¿Yaces aún avasallada esposa?» »Cobró aquestas regiones en que impera.
VTRGTUO. £331, EHEIDi. m

LXIII, LXVI.

»Él de entonce á sus campos y poblado» »Cual propia, en la ciudad mis companeros
»Apropió de Caonia el apellido, Entran: pórticos que amplios los reciban
»En honor de Caon; y en los collados L e s abre Heleno, y de ellos los primeros
»Que ves, segundo Pérgamo se ha erguido E n fuentes, tazas de oro, comen, liban;
»Y ese nuevo Ilion. Mas di, ¿qué hados Llenas copas empinan placenteros,
»Favorables de guia te han servido? Y resuena el salón. Así se iban
»¿Qué aura feliz, cuál misteriosa fuerza Corriendo un dia y otro. El soplo austrino
»Causa es que acá tu na e el rumbo tuerza> Ya hinchaba, voceando, el vago lino.

LXIV. LXVII.

»¿Qué se hizo Ascanio? ¿vive aún? Y aquella »Antes, empero, de soltar las naves,
»Que en la noche fatal...? ¡Destino impío! Yo á Heleno interpelé con tales voces:
»Pobre niño, ¿recuerdos guarda de ella? «Tú que de Febo los misterios sabes,
»¿Le anima á la virtud, al patrio brío, »Y sus lauros y trípodes conoces;
»Ver cuál dejan de sí brillante huella »Tú que entiendes los astros, y las aves
»Enéas, su buen padre, Héctor su tio?» »Con su canto augural y alas veloces;
Así hablaba llorando, y vanamente »Troyano vate, intérprete del Cielo,
Corria de sus lágrimas la fuente. »Con alta inspiración calma mi anhelo!

Lxym.

»Heleno, que hácia allí bajando vino »Profecías, oráculos, deidades


Con gran cortejo, nos conoce en tanto, »Trázanme rumbo de asechanza ajeno,
Y á la ciudad nos guia, y de camino »Señalando repuestas heredades,
Nos habla con palabras y con llanto. »Nombrando á Italia. Sola ya Celeno
Yo, andando, reconozco ó adivino »Cruda hambre anuncia, acerbas novedades;
Nueva Troya, otro Pérgamo, otro Janto, »¡Arpía atroz! ¡aviso de horror lleno!
Bien que aquél breve y pobre aquéste sea* »Tú, ¿cuál riesgo evitar me importa, y cómo,
Y abrazo en mi ilusión la puerta Escea. »Di, amagos frustro y contratiempos domo?»
LXÍX. LXXil.

»Él toros ántés, como el rito manda »Y á fe que el remo blandear se vea
Inmola; desciñó la venda pia; »Del mar Trinacrio y Tusco en los cristales,
El favor de los Númenes demanda, »Y la ínsula de Circe, hija de Ea
Y por la mano hácia el altar me guia. »Visites, y los lagos infernales,
¡Oh Febo! en tu presencia veneranda »Tiempo ántes que de tí fundado sea
Temor yo entónces y temblor sentía, »Estable muro. Agora las señales
Cuando comienza, sacerdote sabio, »Escucha de la tierra prometida,
Heleno á hablar con inspirado labio: »Y en la memoria conservarlas cuida.

LXX. LXXIII.

«¡Hijo de Vénus! no del prez receles »Cuando oculto raudal con planta lenta
»Que te anuncian auspicios celestiales- »Rondando fueres caviloso un día,
»Tal es la voluntad de Jove, y fieles »Si allí una hembFa de eerdo corpulenta
oTal la necesidad, tus hados tales. »Al márgen ves entre robleda umbría,
»Empero, porque rueden tus bajeles »Con treinta lechoncillos que alimenta,
»En tu navegación ahorrando males, »Alba, en torno á sus ubres la alba cria,
»Y firme gozo al aferrar te quepa »Esa es la seña: allí podrás, te auguro,
«Tus destinos, de hoy más, tu mente sepa. j>De afanes tantos descansar seguro.

LXXI. LXXIV.

»Cosas hay que decillas Juno, es cierto »Ni el pronóstico tiembles de comeros
»O sabellas tal vez las Parcas védan- »Hasta las mesas: os oirá benmo
o s yo entre mucho lo esencial te'advierto »Apolo, y á cumplirse los agüeros
»Y anuncios doy que aprovecharte puedan »Vendrán sin daño por mejor camino.
»Ante todo, á esa Italia, vega y puerto »Mas de la ítala costa á do con fieros
»Que á tu corto entender cercanos quedan »Tumbos va á desbravarse el mar vecino,
»Aun de tí la separan, á fe mia, »Huye, que todas por ahí moradas
»Largo espacio interpuesto y larga via. »Son, de pérfidos Griegos habitadas.
LXXV.
Lxxvin.
»Fundada por los Locros aparece »Eran en uno entrambos continentes;
»Naricio allá: con militar arreo »Mas vino el mar con ímpetu y ruina
»Los campos Salentinos, que enaltece »Y con sus olas separó rugientes
»Procedente de Licto Idomeneo: »De la sícula costa la vecina.
«Allá humilde Petilia, á quien guarnece »Opónense de entónces diferentes,
»Filoctétes, caudillo melibeo: »Y opresa en el canal la onda marina,
»Huye en suma y traspuestos esos mares, »Tal vez muros, tal vez fértil campaña,
»Grato, saltando en tierra, eleva altares. »Acá y allá con sus espumas baña.
LXXVI.
LXXIX.

»El voto entonces cumplirás, la frente


»El paso asedian, por el diestro lado
»Cubriendo en torno de purpúreo velo,
»Scila, Caríbdis en la parte opuesta:
»No sea que ante el fuego sacro, ardiente
»Tres veces en su abismo exacerbado
»En honor de los Númenes del Cielo,
»Las aguas con hervor se sorbe ésta,
»Hostil presencia, súbito accidente
»Y escúpelas al Cielo de contado;
»Al rito dañe. Con piadoso celo
»Miéntras de oscura cavidad repuesta
»Guardad esta costumbre los Troyanos;
»Saca por tiempos la ancha boca aciaga
»La guarden vuestros nietos más lejanos!
»Scila entre escollos y los buques traga.
Lxxvn. LXXX.

»Ya que al confín te impela siciliano »Es humano su aspecto, y peregrino


»El viento, y de Peloro el paso estrecho
»Le lava un seno de mujer la ola;
»Más ancho mires cuanto más cercano,
»Monstruo en el resto osténtase marino,
»Entónces rodeando largo trecho
»Vientre de lobo y de delfín la cola.
»El rumbo sigue hácia la izquierda mano;
»Doblar prefiere el cabo de Paquino
»Trata el siniestro lado, huye el derecho;
»Y vé en ese pasaje tú y pondera »En tarda vuelta, á ver una vez sola
»Cuál la avanzada edad todo lo altera. »Al encorvado semipez horrendo,
»Con sus canes cerúleos y alto estruendo.
TOMO ! . 9
LXXXI. Lxxxrv.

»Tú, si fias de Heleno, ¡hijo de Diosa! »Guarte no allí te asuste útil demora:
»Si de Apolo el oráculo obedeces »Ten calma, aunque los tuyos te den prisa,
»Que Heleno anuncia, áun óyeme: una cosa »Aunque el rumbo marcando bullidora
»Te intimo y te encarezco una y mil veces: »Haga fuerza álos mástiles la brisa;
»Que hábil de Juno triunfes poderosa »Ten calma, y los oráculos implora,
»Con votos y con dones y con preces: »Acude á consultar la profetisa,
»Triunfante has de ir, porque seguro yayas »Que persuadida de tus ruegos ella
>>Las sículas dejando, á ítalas playas. »Cantará los semblantes de tu eStreHa.

LXXXII. LXXXV.

»Verás, llegando á Cúmas, los sagrados »Y los pueblos, y gentes venideras


»Lagos, y Averno que entre bosques suena; »De Italia te dirá, guerras futuras;
»Y cantando una maga ocultos hados »Y de llevar te enseñará maneras,
»En hueca roca, de entusiasmo llena: »O tal vez de eludir fatigas duras;
»Nombres ésta y carácteres grabados »Caminos te abrirá, si la veneras,
»En hojas tiene; lo que grava ordena; »Y prósperas hará tus aventuras...
»Y el antro aquel las misteriosas notas »No me es lícito más. Vé ahora, y constante
»Guarda, cada una en su lugar, inmotas. »A Troya al Cielo tu virtud levante.»
LXXXIIl. LXXXVI.

»El órden luce en la mansión tranquila; »Tonos usando de amistad ¡óiaves,


»Mas si gira la puerta, y cala el viento Así consejos dábame prudentes
»Y entre las hojas frágiles oscila, El vate; y que llevasen á las navss
»Que caducas esparce con su aliento, Mandó luégo magníficos presentes:
»Ni sus versos recuerda la Sibila, Aureos adornos los hicieran graves
»Ni á adornar torna el cóncavo aposento
Y de elefante elaborados dientes:
»Con las reliquias; y si ansioso vino,
Y de plata riquezas amontona,
»Maldiciente se aleja el peregrino.
Y vasos nos regala de Dodona.
132 VIRGILIO. £467 4 8 2 ] k í t e t d a . 1 3 3

Lxxxvn. XC.
»Y de triples metales fabricada »Andróm'aca á su vez, bañada en lloro,
Y de anillos de oro guarnecida, Una ausencia eternal viendo cercana,
Una cota me da, y una celada Ropas presenta recamadas de oro
Con espléndido airón enriquecida, Y una clámide á Ascanio da troyana;
De Pirro enántes armadura usada: De ornadas telas de sutil tesoro
Ni dones él para mi padre olvida. Empieza á desvolver la pompa ufana,
De caballos, de guias, de remeros Y, «Guarda estas labores de mis manos,»
Nos abastece V suministra aceros. Dice, excusando cumplimientos vanos:

LXXXVIII. XCI.

»Manda mi padre que á zarpar se a'iste »¡Acuérdete la veste que te ciño


La escuadra al espirar del fresco viento; »De Andrómaca el amor, de Héctor esposa!
Cuando el profeta á quien Apolo asiste »¡Postrer dón de los tuyos lleva, oh niño,
Háblale así con obsequioso acento: »Tú, única imágen de mi prenda hermosa!
«¡Anquíses! ¡tú que digno hallado fuiste »En ti me representa mi cariño
»Del tálamo de Vénus opulento! »Sus ojos, su ademan, su habla amorosa:
»¡Tú, objeto caro á la bondad divina, »Hoy podría vivir; hoy si viviera,
»Salvo dos veces de común rüina! »A par contigo florecer le viera!»

LXXXIX. XCII.

»,Hé ahí del mar Italia se levanta! »¡Yo gimiendo les daba adíoses tales:
»¡Vé arrebatarla de t u flota al vuelo!... «¡Oh' ¡dichosos quedad, pues la fortuna
»Ten; que allende, al olor de gloria tanta, »Fijasteis! ¡Arrostramos temporales
»Ha de rondar paciente vuestro anhelo; »Nosotros: vos no hendeis ola importuna
»De Ausonia la región que Apolo canta, »Ni á playas vais que os huyan desleales!
»Aun léjos cae. ¡Te defienda el Cielo, »La paz se os concedió. De un Janto y una
»Padre feliz por la filial ternura! »Troya gozáis que hicieron vuestras manos:
»Basta: ¡el Austro os convida, y ya murmura.» »¡Así auspicios la quepan más humanos!
m ENEIDA. 135
VIRGILIO. [499

XCIH. XCVÍ.

»¡Así los Griegos la atalayen menos! »Visto en el cielo plácidas señales,,


»Si al Tibre arribo y campos comarcanos Nos dió la suya de hácia el mar sonora;
»Que hace del Tibre la corriente amenos, A cuya voz movemos los reales,
»V alzo el muro que espero á mis Troyanos, Y velas descogemos á la hora.
»Lacio y Epiro, de recuerdos llenos, Hendíamos los líquidos cristales;
»Sólo una Troya compondrán hermanos: Rósea los astros ahuyentó la Aurora,
»Tales el Cielo cumpla nuestros votos; Y al teñir de su luz los horizontes,
»Tal gocen nuestros nietos más remotos!» H é aquí avistamos nebulosos montes.

XC1V. XCVII.

»De allí hácia los Ceraunios, desde donde »Italia léjos honda aparecía;
Puede á Italia pasarse sin fatiga, «¡Italia!» Acátes exclamó el primero,
Navegámos. En tanto, el sol se esconde, Y todos repitieron á porfía
Y la sombra los montes cubre amiga. El saludo de «¡Italia!» placentero.
Ya en tierra, á qué remeros corresponde Golma Anquíses de vino, en su alegría,
Velar, hacemos que la suerte diga; Un alto vaso que adornó primero
Solaz cobramos en orilla grata, De hojas festivas, y en la popa erguido
Y manso el sueño nuestros miembros ata. Con preces tales dominó el rüido:
XCVIII.
xcv.

»La noche áun no mediaba su carrera «¡Oh grandes Dioses de la mar y el suelo!
De las horas llevada, y Palinuro »¡Arbitros de los vientos! Dad que aprisa
Ya se alza, y á la brisa más ligera »Avancen nuestras naves en su vuelo;
Oidos tiende entre el silencio oscuro: »¡Merced hacednos de oportuna brisa!»
De una ojeada al rodear la esfera, Y el aura, anticipándose á su anhelo,
Ve en paz los astros declinar; ve á Arturo, Arreciaba amorosa. Se divisa
Y las Híadas tristes y las Osas, Cercano arrimo; y de Minerva un templo
Y áureo con armas Orion lumbrosas. En yerta cumbre descollar contemplo.
XCIX. en.
»El velámen cogiendo incontinente »Todo en órden cumplido, el mar convidí
Damos fondo á las proras. Arqueado Torcemos la asta á la vestida entena,
El puerto á impulsos de oriental corriente, Y la costa dejamos, por guarida
Le oculta y ciñe natural vallado. De aleves Griegos, de asechanzas llena.
Yertos escollos guárdanle de frente El golfo de Tarento vi en seguida;
Que azota encanecido el mar salado; Fundo de Hércules ya, si no condena
Y como á entrar el leño se aproxima, La verdad á la fama. Preeminente,
Semeja huir la consagrada cima. Sacra Lacinia se aparece en frente.

C. cm.
»Cuatro potros vi allí, primer agüero, »Y ya asoma Caulonia, y Scilaceo
Niveos rozando la menuda grama; Que náufraga infamó reliquia tanta;
A cuya vista, «¡Oh suelo forastero! Y ya el sículo Etna léjos veo
»Tu hospedaje es de guerra,» Anquíses clama: Que, al parecer, de la onda se levanta;
«¡Guerras ama el corcel; nuncio es guerrero! Y oigo roto en la playa el clamoreo
»Mas también el corcel los juegos ama;
Del mar que en peñas su furor quebranta;
»Tiempo há que, dócil copia, carros tira;
Enríscase la espuma, y el arena
»El presagio, á esta cuenta, paz respira.»
Arrebatada en remolino suena.
CI. CIV.

»Pálas, la diosa de armas resonantes, »Y mi padre gritaba: «Ésta es, sin duda,
Fué, á quien gracias rendimos, la primera »Caríbdis abísmosa, y éstos, éstos
Que allí Troyanos hospedó triunfantes: »Los arrecifes, ¡amenaza aguda!
Con la púrpura frigia, en su ribera, »Que Heleno ya nos anunció funestos."
Cubrimos ante el ara los semblantes; »¡Ea! cada uno con el remo acuda
Y, lo que Heleno tanto encareciera, »Tanto riesgo á evitar!» Acuden prestos;
Con pompa ritual á Juno argiva Palinuro, el primero, á izquierda vira,
Hicimos sacrificio y rogativa. Y gimiendo la proa en la onda gira.


cv. CVIIL

»Y todos, á poder de brazo y viento, »Del rayo á médias calcinado, es fama


A izquierda tuercen. Súbita oleada Que Encélado padece en la honda sima:
Acércanos, erguida, al firmamento, Deja á veces por grietas ver la llama
Y luégo á los abismos, aplanada. Etna descomunal sentado encima;
Se oye tres veces el hervor violento Y cuando, preso en la insufrible cama,
De la riscosa cóncava morada, A ladearse el réprobo se anima,
Y tres veces la espuma se alborota, Trinacria toda retemblar parece,
Y una pluma del agua el aire azota. Y envuelto en humo el Cielo se oscurece.
CVI.
Cix.
»El sol ya declinaba hácia su ocaso, »Sobrecogidos de pavor pasámos
El aura tenue falleciendo iba, La noche bajo amago tan tremendo,
É incierto el rumbo y el aliento escaso, E n hueca selva de tejidos ramos,
Dimos de los Ciclopes en la riba. Ignorantes la causa del estruendo;
Sereno el puerto se dilata, y paso Que ni brillar un astro divisamos,
Niega á asaltos del mar la rada esquiva; Ni el éter nos bañó, su luz cerniendo,
Mas no léjos de allí con torva saña Mas la noche con sombras importuna
Etna ruge atronando la campaña. En triste nimbo arrebozó la luna.
CVII.
ex.
»Ya pez negra y cenizas albicantes
»Ya se alzaba á anunciar un nuevo dia
Etna, en turbión de nubes, fuera bota,
El matinal lucero en oriente,
Y en globos que carcomen vacilantes
El brillo sideral, incendios brota; Y ahuyentando tras él la niebla fria
Ya peñascos alanza fulminantes, Risueña el alba coloró el ambiente;
Toscos fragmentos de su entráña rota, Cuando uíi bulto que humano parecía,
Cadavérico aspecto, aire doliente,
Y lava arracimada, á són de trueno,
Saliendo de los bosques más cercanos,
Y sordo hierve el cavernoso seno.
Tiende á la playa las inermes manos.
<6073 ESEIDA. 141
140 VIRGILIO. [595
CXIV.
CXI.

»Faz de dolor y gesto de gemido, »Habla, y nuestras rodillas adherido


Ostentaba su rostro extenüado: Abraza, de rodillas derribado:
Grifos su barba; andrajos su vestido, Movérnosle á que diga su apellido,
Con espinas sujeto de pescado. Su linaje, y mudanzas de su estado.
Vuelta, el caso cruel mi gente vido, Calló breves momentos, y dolido
Y quedó absorta. En lo demás, soldado Mi padre Anquíses, con benigno agrado
Haber sido de aquellos parecia La diestra ilustre tiende al magro jóven,
Que envió Grecia contra Troya un dia. Y añade muestras que el temor le roben.

cxv.
CXII.

»Él, como arreos columbró troyanos, «Yo Aqueménides soy,» dijo sincero
Paróse, dando de terror señales; E l afan serenando que le aterra:
Vuela luégo á la orilla, y en insanos «Fui del mísero Ulíses compañero,
Lloros prorumpe y en palabras tales: »A Itaca tuve por nativa tierra.
«¡Por los Dioses del Cielo soberanos, »Mi padre, escasa el arca de dinero,
»Por esta santa luz y auras vitales, »Me aventuró á los lances de la guerra:
»Oid, hijos de Troya, mi gemido: »Llamábase Adamasto. ¡Ah, siempre el hado
»Arrancadme á esta playa; es cuanto pido! »Me mantuviese de mi padre al lado!

CXVl.
CXIII.

»Yo la verdad confesaré de grado: »Miéntras huir de esta ímpia costa emprende
»Griego hice ya contra Ilion campaña: »Hé aquí mi gente me dejó en olvido,
»Si perdón no os merece mi pecado, »En un antro que lóbrego se extiende
»Fin poner presto á adversidad tamaña. »De manjares sangrientos esparcido:
»¡Ea! ¡heridme, matadme; destrozado »El antro de un Ciclope. El monstruo hiende
»Al mar lanzadme á sosegar su saña! »(Oh, qué monstruo cien veces maldecido!)
»Pues del hado el rigor quiere que muera, »Las nubes, si la frente alza espantosa;
»A manos de hombres moriré siquiera.» »Y nadie hablarle ni áun mirarle osa.
142 VIRGILIO.
639] ENEIDA. 14S

CXVIL CXX.

»Crudos devora á cuantos tristes caza. »¡Huid, tristes, huid! todo os conjura!
»Tendido en medio al antro donde espía, »Cortad lo¿ cables sin perder momento;
»Con la mano feroz con que atenaza »Pues como ese, que agora por ventura
»Asir dos de los nuestros vile un dia: »Ordeña, consolando su tormento,
»A golpe en un peñón los despedaza; »Su grey lanosa en su caverna oscura,
»El umbral de la sangre se mecia; »Como ese horrendo Polifemo, hay ciento,
»Vi humor los miembros destilar, y ardiente »Y en magna procesión la prole infanda
»Tremer la carne al dar diente con diente. »Ronda esta costa, y por los montes anda.

CXVIII. CXXI.

»No tal Ulíses soportó; ni en ese »Ya por tercera vez brillar he visto
»Trance á su fama desmintió su pecho; »Las fases de la luna renovadas,
»Mas aguardó á que el monstruo se rindiese »Desde que en esta soledad existo
»De manjares y vino satisfecho: »Y á las fieras disputo sus moradas.
»Rindióse al fin, doblando el cuello, y fuése »Cauto los monstruos de una peña avisto.
»Adurmiendo en la cueva, su amplio lecho; »Y su voz tiemblo y tiemblo sus pisadas;
»Y su boca brotaba entre^rumores, »Y zonzas nutren mi existencia acerba
»Trozos de vianda, y de licor vapores.; »Silvestres bayas y arrancada hierba.

CXIX. "CXXII.

»A los Dioses llamando en nuestra ayuda, »Vi llegar vuestra flota á esta ribera, i
»Sorteado el peligro, á un mismo instante »Mientras miradas de ansiedad dirijo
»Corremos en redor, y una asta aguda »Cuan léjos logro; y fuese lo que fuera,
»Clavamos en el cjo del gigante: »Palpitando volé de regocijo.
»Ojo, al metal que á Argivos combo escuda, i»Ya, ya estoy libre de esta raza fiera:
»O al gran disco de Febo semejante; »¡Ahora matadme si quereis!» Tal dijo;
»Ojo único, bajo hosca ruga oculto;— Y ya un bulto, áun no bien de hablar acaba.
»Y así vengámos su brutal insulto. En los vecinos montes descollaba.
CXXIIL CXXV!.

»Obeso Polifemo se movía »Gimió entónces: el ponto se estremece


En medio del lanígero ganado, Al inmenso clamor, el viento zumba;
Y á la usada ribera el paso guia«: Italia toda retemblar parece;
¡Gran monstruo, informe, atroz, de luz privado! Etna en sus hornos cóncavos retumba.
Hácenle sus ovejas compañía, Y de montes y selvas se aparece,
Consuelo solo de su adverso estado, Al són de alarma, la feroz balumba
Sírvele de bastón desnudo un pino, De los otros Ciclopes, que se ordenan
Y con resuelto pié cata el camino. En largas filas, y las playas llenan.

CXX1V. cxxvn.
»Llega á la playa de su ruta al cabo; »Yo los vi, yo, los étneos hermanos,
Y al mar entrando, con sus ondas lava En pié, con sendos ojos imponentes,
Del ojo, herido del ardiente clavo, ¡Junta horrenda! mirándonos insanos,
La sangre que grumosa chorreaba. Al cíelo alzadas las soberbias frentes.
Crujir los dientes le hace el dolor bravo Tales inmoble ostentan los ancianos
•Que el mal renueva y el enojo agrava; Cipreses y los robles eminentes
Y más y más se interna en la agua, y ésta Cima piramidal ó copa vana,
L e moja apénas la cintura enhiesta. En los bosques de Jove ó de Diana.

CXXV. CXXVHI.

»Temblando, y á par nuestro recibido »Con el vivo temor que nos aguija,
El que, eso visto, la verdad decia, Al sacudir el cable, al dar la vela,
Las amarras soltamos sin rüido, Torcemos á do el viento nos dirija,
Y el mar los remos barren á porfía. Y á do el viento sopló, la nave vuela.
Sintió el gigante, y se volvió al sonido; Mas porque no el azote nos aflija
Mas víó que con el brazo no podia Entre Scila y Caríbdis, que revela
Tocarnos ya, ni competir tampoco La voz de Heleno, que á evitarlo exhorta,
Con las jónicas ondas, de ira loco. Volver y el rumbo enderezar importa.
TOMO i. 10
VIRGILIO. [68T 703J ENEIDA.

CXXIX CXXXII.

»Bóreas en tanto de la estrecha boca »Tierra de nobles potros afamada,


De Peloro enviado, nos ampara. Acragas en seguida se presenta,
El Pantágias pasamos, que entre roca Y de léjos fijó nuestra mirada
Viva desagua; el seno de Megara,
E l ancho muro de que está opulenta.
Y Tapso humilde. Nuestra quilla toca Selínos, la de palmas coronada,
E n sitios que Aqueménides declara; Ya atras te quedas: la onda fraudulenta
Que en rumbo inverso los corrió primero, Del rocalloso Lilibeo corto,
Ya del mísero Ulíses compañero.
Y á Drépano ¡ay; llorosa playa! aporto.
CXXX.
CXXXIII.

»Hay en el golfo siciliano, en frente »Tras tanto afan, en extranjero suelo,


Del undoso Plemirio, una isla bella, El hado á Anquíses me robó tirano;
Y quiso ya la primitiva gente Era en mis penas mi único consuelo,
C o n el nombre de Ortigia noble hacella. Él daba aliento á mi cansada mano.
Fama es q u e Alfeo de Elide, latente ¡Oh padre bondadoso! ;oh acerbo duelo!
Vino y errante bajo el mar á ella; ¡De cuántos riesgos escapaste en vano!
Y ya unido, Aretusa! á tus raudales No me anunció, entre tanto mal, Heleno
Vuela ufano á los sículos cristales. Desgracia tal, ni la cruel Celeno!

CXXXI.
CXXXIV.

»Habiendo allí los Númenes honrado, »Meta de viajes, causa de gemidos


Y el campo atras dejado peregrino E n Drépano encontré. De ahí del viento
Que el Heloro fecunda remansado, Vinimos por el piélago impelidos,
Los salientes peñascos de Paquino Merced de un Dios, á vuestro ilustre asiento.
Raemos. Léjos aparece el vado Tal sucesos del Cielo dirigidos
Que u n Dios vedó moviesen Camarino; Narraba el héroe al auditorio atento,
Y el gran pueblo de Gela, y su campaña, Contratiempos, errores y peleas:
A quien dió nombre el rio que lo baña. Galló, en fin, y descanso tomó Eneas.
ni.

»¿Qué brío á su alma y brazo no acompaña?


¡Cuál se pinta en su frente su destino!
Yo, si mis ojos la ilusión no engaña,
LIBRO CUARTO. Que desciende de Dioses adivino;
Pues torpe miedo que el semblante empaña,
Siempre delata al corazon mezquino;
Y él, tras tanto conflicto y prueba tanta,
¡Qué de combates concluidos canta!
i. IV.

Herida en breve de dolencia aciaga, »Eterno, irrevocable es mi desvío


* Pábulo da la Reina en cada hora De un nuevo enlace al criminal deseo;
Al placer mismo de enconar la llaga, Que mi esperanza en flor y el amor mió
Y de fuego secreto se devora: Yacen con las cenizas de Siqueo.
Del héroe, su valor, su alcurnia, halaga Mas si á mis ojos sin fulgor sombrío
El pensamiento, y de su voz sonora Pudiese arder la antorcha de Himeneo,
El eco, y de su faz guarda el trasunto; Sólo de este héroe la gentil presencia
Y tregua el vivo afan no sufre un punto. Capaz fuera á vencer mi resistencia.

n. • V.

Húmida el alba sonrió, y el dia »Confesártelo quiero: desde el dia


Con luz roja entre nieblas despuntaba, Que el doméstico altar fué enrojecido
Cuando á su amante hermana el paso guia Por la venganza del hermano impía
Dido, y con ella así coloquio traba: Con la inocente sangre del marido, \
«¿Qué sueño tentador, querida mia,
Sólo aqueste extranjero á simpatía
El sueño fué que de agitarme acaba?
Ha logrado moverme, y su latido
Mas este huésped que tenemos, díme,
Volver al corazon, que ya se inflama;
<Cuál corazon habrá que no le estime?
El calor siento de la extinta llama.
VI. IX.

«Mas hiéndase y sepúlteme en su seno »Las gétulas ciudades aguerridas


La tierra; el padre del Olimpo santo De una parte amenazan al Estado;
Me precipite al retumbar del trueno Ves allá los indómitos Numid&s,
En la mansión de noche eterna y llanto, L a Sirte inhospital: por otro lado
Si es ¡oh pudor! que mi deber no lleno, Los Barceos errantes y homicidas,
Si tu sagrado código quebranto. E l árido desierto y abrasado;
Pues de todo mi amor hice á él promesa, lo que ha de venir de Tiro sabes?
Amar debo su sombra, honrar su huesa!» -¿Qué, si el airado hermano apresta naves?

Vil. X.

Dice; y baña en sus lágrimas, vencida, »Fué de los Dioses voluntad, no dudo,
El seno amigo. Respondióle Ana: Favor de Juno, que en tu bien se esmera,
«Tú, á quien más amo que mi propia vida, Que frigios buques tras embate rudo
Qué, ¿pasarás la juventud lozana Saludasen al fin nuestra ribera.
Sin coger flores con que amor convida, ¿Qué no promete tan dichoso nudo?
Sin lograr frutos de que amor se ufana? Con la troyana juventud guerrera
¿Piensas que de los vivos los cuidados ¡Cuánto en gloria y poder la patria gana!
Van el sueño á inquietar de los finados? ¿Qué gran nación la que verás mañana!

VIIL XI.

»Fuese así, ¿qué les debes? No hubo amante, »En tanto á la Deidad en los altares
Ni hoy en esta nación, ni ántes en Tiro, Inclina en tu favor con sacrificios,
Que tu pecho ablandase de diamante: Miéntras al extranjero en tus hogares
Á Yárbas desdeñaste, y el suspiro Obligas con benévolos oficios.
De tantos de que al África arrogante, Causas proponle de aguardar: los mares
Claros guerreros, alabarse miro. Agitados de vientos impropicios,
¿Mas á tu amor v utilidad te opones? La flota inhábil para alzar el vuelo,
Oye á ese amor y mira á estas regiones. E l pluvioso Orion y ambiguo el cielo.»
XIL XV.

Ana habló así; y el reprimido fuego


Tal la Reina abrasada incierta gira:
Torna de Didoen llamas encendidas, Así también en la selvosa Creta
Y en esperanzas del amor más ciego Algún vago pastor de léjos tira
Las timideces de pudor nacidas. A cierva incauta rápida saeta;
Juntas, altares visitando, el ruego El, que clavó el arpón tal vez no mira;
Cantan de paz, y ovejas escogidas Ella en bosques y valles huye inquieta,
Ofrecen, según rito, á Febo, á Ce'res Y en vano huyendo de librarse trata,
Que leyes da, y al Dios de los placeres Que va ccfti ella el dardo que la mata.
XIII.
XVI.

Más que á todos á Juno, la que enlaza Y ya á Eneas á ver los muros guia
Cuellos de amantes con feliz cadena, Y primores le enseña por do viene;
La Reina acude, y si ofrecerle traza Empezados proyectos le confía,
Blanca novilla, que inmolar ordena, Va á hablar tal vez, y al pronto se detiene;
Entre uno y otro cuerno ella la taza O ya en festines, en cayendo el dia,
De sagrado licor derrama llena; Con preguntas, cual ántes, le entretiene;
Y si, ornado el altar, favores pide, Que lances torne á referir le agrada,
La sacra ceremonia ella preside.
Y torna á oirle, de su voz colgada.
XIV.
XVII.

Torna á iniciar con cada nueva aurora


También á veces la infeliz, hallando
Nueva fiesta. Con labios anhelantes
El semblante del héroe en su semblante,
Su destino en las víctimas explora
Estrecha á Ascanio contra el seno blando.
Consultando las fibras palpitantes.
Por si engañado Amor duerme un instante.
La ciencia del augur ¡oh cuánto ignoral
Ni ¿cuál rito sanó pechos amantes? Y cuando todos se retiran, cuando
Consume fuego halagador la vida, Su móvil faz, á trechos radiante,
Fresca recata el corazon su herida. Con velo funeral cubre la luna
Y se hunden las estrellas una á una;
XVIII. XXI.

Cuando todo á los vivos aconseja »Mal pudiera ignorar que sospechosas
Tomar descanso, en la desierta sala T ú de Cartago las mansiones hallas;
Pasea sus congojas, y honda queja, Yo sé que en tus recelos no reposas
Consigo á solas, de su pecho exhala; Cuando ves de Cartago las murallas.
Ó en el lecho tal vez caer se deja Mas ¿no habrá fin á tan acerbas cosas?
Que ocupó en el festin, y se regala ¿Siempre hemos de reñir duras batallas?
Con el amado, que al amado ausente Justo es ya que finquemos, si te place,
Presente le ve allí; le oye, le siente." Eterna paz en venturoso enlace.

XIX. XXII.

Suspensa en tanto la común tarea, »Cuanto pudo halagar tu fantasía,


Ni en ejercicios de armas se solaza T o d o lo tienes á sabor cumplido:
La juventud, ni en concluir se emplea Dido muere de amor: la llama impía
Nadie ya el puerto, ni en murar la plaza: Cala y consume el corazon de Dido.
No se alza más la torre gigantea; Que esta nación rijamos tuya y mia
Inconcluso, rüinas amenaza Con igual potestad, es lo que pido:
Todo el muro, y la máquina que osa Dido al Troyano obedecer se vea;
Hasta el cielo empinarse, asombra ociosa. Dote fiada á ti Cartago sea.»

XX. XXIII.

La hija de Saturno, la que al lado Vénus, cual si no hubiese en sus razones


Reina de Jove, ha visto á la infelice; La mira penetrado traicionera
"Ve que al amor inmola ya el cuidado De llevar á las líbicas regiones
De su fama, y á Vénus llega, y dice: El reinado feliz que á Italia espera,
«Rica presa hijo y madre habéis logrado- «Acojo,» respondió «lo que propones;
Qhe una mujer la planta en red deslice Que en vez de ello altercar, demencia fueras
Que dos Dioses le armaron de concierto. Falta sólo que el vínculo que dices
¡Es gran conquista y memorable, cierto/ Efectos logre, cual prevés, felices.
4
VIRGILIO. -124] ENEIDA.

XXIV. XXVII.

»Yo, yo temo del Hado los arcanos; »Dido y el Rey de la troyana gente
Ni decir sé si Júpiter se paga E n una gruta entónces á deseo
De que, uniéndose Tirios y Troyanos, Reparo buscarán: seré presente,
Solo un pueblo la unión de entrambos b a g a . Y haré, si t u favor cordial poáeo,
Mas tú los pensamientos soberanos Q u e á consorcio se obliguen permanente,
Del mismo Jove suplicante indaga; Y el juramento sellará Himeneo.»
Que es derecho de esposa; y de consuno T a l su ardid Juno expone á Vénus; y ésta
Obraremos despues.» Respondió Juno: Sonrisa de adhesión dió por respuesta.

XXV. X^VIIL

«Fíalo á mi prudencia, que lo aplaza Aurora en tanto de la mar salia


Para su tiempo. A lo que está primero Hermosa: y redes ya de claros hilos
Por el pronto atendamos: con qué traza La alegre multitud trae á porfía,
Lograremos el fin, decirte quiero. Y lonas, y venablos de anchos filos:
Salir han concertado al monte á caza A la vez llegan con sagaz jauría
Dido y Enéas: que saldrán espero A caballo los ágiles Masilos;
Cuando el sol tienda desde la alta cumbre Y á Dido, que en la régia alcoba áun tarda,
Los primeros destellos de su lumbre. Región florida en el umbral aguarda.

XXVI. XXIX.

»Yo, en viendo las garzotas de colore» Soberbio de oro y grana, el campo huella,
Agitarse, y que empiezan la espesura Y espumoso u n bridón tasca el bocado:
Con cuerdas á ceñir los cazadores, Ya ella sale á montarle, y va con ella
Recia borrasca moveré en la altura. E l juvenil cortejo alborozado.
El cielo en torno asordaré á rumores, Su clámide purpúrea franja bella
Granizo lanzaré de nube oscura; Pinta; es áureo el carcaj que lleva al lado;
Dispersos correrán, y á todos lados La veste ciñe en áureo broche; en oro
Con ciega sombra toparán cerrados.
Coge de sus cabellos el tesoro.
E.NEíD V.
VIRGILIO. W .

XXX. XXXIII.

Asoma ya la juventud troyana; Ascanio revolviendo va á doquiera


Gozoso llega Ascanio, Eneas llega Su brioso caballo por el llano,
Radiante de hermosura soberana, Y ya á los unos en veloz carrera,
Y las bandas, cual príncipe, congrega. Ora á los otros se adelanta ufano.
No en gentileza ó majestad le gana Entre inermes rebaños, aplaudiera
Apolo, cuando hurtándose á la vega Un jabalí espumoso haber á mano,
Del Janto, ó á la Licia envuelta en hielos^ Y ruega que del áspero boscaje
Fiestas instaura en la materna Délos: Algún rojo león al campo baje.

XXXI. XXXIV.

Honran al Dios, su altar ciñendo santo, Hé aquí el cielo amenaza, óyense truenos,
Y Cretenses y Dríopes en coro, Sigue granizo y tempestad oscura;
Y abigarrados Agatirsos, canto Y, Tirios y Troyanos de atan llenos,
Mezclando y danzas en tropel sonoro; Cada cual por su lado huir procura:
El de Cinto en las cumbres vaga en tanto; Ni de Vénus al nieto acosa ménos
Orna el suelto cabello, á par del oro, El cielo: albergues van por la llanura
Con tiernas hojas de gentil guirnalda, Buscando: de las sierras eminentes
Y los dardos retiemblan á la espalda. Se despeñan las aguas á torrentes.

XXXII. XXXV.

Cuando al monte llegaron y al sagrado Iba el troyano capitan con Dido,


De hojosos laberintos, á deshora Y á una gruta se acogen á deseo:
Del risco descolgándose empinado Presagia la alma Tierra con ruido,
Ven la silvestre cabra trepadora. Y Juno, al rito atenta, el himeneo:
Mueve á los ciervos súbito cuidado, El cielo en los misterios instruido,
Y la manada al campo voladora Alumbró con siniestro centelleo;
Cruza; nube de polvo en torno crece, Las Ninfas á que el monte da moradas,
Y los montes dejando, desparece. Gimieron en las cumbres elevadas.
XXXVI.
XXXIX.

¡Oh raíz de infortunio, hora funesta!


Estridente en la sombra mueve el ala
No alimenta en su amor furtiva llama
De noche, y entre tierra y cielo vuela;
La Reina ya, ni miramiento presta
Nunca el sueño sus párpados regala!
A lo que honor ó la opinion reclama:
De día, misterioso centinela,
Por velo da á su culpa manifiesta
En techo ó torre altísima se instala,
Nombre de matrimonio. Y ya la Fama
Por cuantas villas Africa numera Y asombro dando á las ciudades, vela,
Canta con voz los hechos pregonera. Y con ardor igual, doquier que gira,
Divulga la verdad y la mentira.
XXXVII.
XL.

Fama aquella malvada se apellida Lo mismo ahora, ufana, diligente,


Que es veloz como igual no ha visto el cíelo Mezcla verdades y ficciones vanas,
En su movilidad está su vida, Y esparciéndolas vuela entre la gente
Y le crecen las fuerzas con el vuelo: Corriendo las provincias comarcanas:
En los primeros pasos va encogida; Que ha arribado, de Troya procedente,
Luego se alza ambiciosa: por el suelo Eneas á las playas africanas;
Humildemente rateando empieza;
Que le acoge, y consiente en ser su esposa,
Luégo esconde en las nubes la cabeza.
La soberana de Cartago hermosa;
XXXVIII.
XLI.

Llena de ardor contra los Dioses, creo, Más: que olvidando públicos cuidados,
La Tierra hubo á la Fama hija postrera, E n la red del placer entretenidos,
Póstuma hermana á Encelado y á Ceo, Gozan los dias del invierno helados,
Agil de miembros y de piés ligera. Por amor, lo que duren, encendidos:
Cuantas plumas, enorme monstruo y feo, La ímpia Diosa por campos y poblados
Ciñendo al cuerpo va, ¿quién tal creyera? Va esto poniendo en bocas y en oidos,
Tantos debajo oculta ojos despiertos,
Y al rey Yárbas torciendo, llega en breve,
Tantas bocas y oidos siempre abiertos.
Le inflama el alma, y á furor le mueve.
TOMO I . II
XLII.
7. L V .

Robó á la ninfa Garamanta un dia »Y ella.ayer desechóme por marido;


Jove AmOn; de éstos hijo Yárbas era; ¡Ah! ¡y ella un huésped hoy sienta á su ledo!
El cual cien templos dedicado habia, Y éste que unge el cabello y va servido
En los vastos dominios en que impera, De eunucos, nuevo Páris, y el tocado
A su padre, y cien aras, donde ardia Meonio ciñe, en vergonzoso olvido,
Velador fuego que morir no espera: Gozando libre está de un bien robado;
El suelo en sangre víctimas coloran; ¡Y yo, que en darte culto no reposo,
Tiernas guirnaldas el dintel decoran. Llevo infeliz renombre de dichoso!»

XLIII. ' XLVI.

El rumor revolviendo que le aque : a Tal, asido al altar, Yárbas gemia;


Yárbas allí, entre estatuas tutelares, Y oyendo el Padre su clamor prolijo
Gime alzando las palmas; ni se aleja Vió la copia de amantes que yacia
Sin fatigar con ruegos los altares* En torpes lazos, y á Mercurio dijo:
«¡Oh Jove omnipotente, á quien festeja «Óyeme, y cruza la región vacía;
Con obsequios del Dios de los lagares Los céfiros te ayuden, .vuela, hijo;
La gente maura en recamados lechos! Vé al Rey troyano que en Cartago olvida
¿Ves, di, la iniquidad de humanos pechos? Mansiones do Fortuna le convida.
XLIV.
XLVll.

»¿Ves? ¿Ó cuando á las nubes rompe el seno »¡Que no así, le dirás, su madre hermosa
El fuego, y tiembla el hombre, asombro es vano? Me le ofreció; ni para fin tan triste,
¿No es voz de tu furor el ronco trueno? Cuando la muerte entre la lid le acosa,
¿Ciegos salen los rayos de tu mano? Una vez y otra á remediarle asiste;
Vino aquí errante una mujer: terreno Mas para que su raza glor iosa
Compró para ciudad pequeña: un llano Restaure, y éntre á Italia, y la conquiste
La di que cultivado la abastase; Henchida de poder, hirviertte en guerra,
A su dominación yo eché la base. Y leyes dicte al orbe de la tierra!
• mi e n e i d a .

XLVIII.
LL

»Que si no le da impulsos la memoria


El cual con pinos hórrida levanta,
De sus altos destinos, ni se afana
Y de hoscas nubes guarnecida ostenta
Por ceñirse el laurel de la victoria,
Su anciana frente, estriba en firme planta,
Débele á Ascanio la ciudad romana.
Y el alto cielo sobre sí sustenta:
¿Y querrá á un hijo defraudar su gloria?
Nieve arropa sus hombros; se quebranta
¿Ó qué entre gente á su misión profana
En sus flancos rugiendo la tormenta,
Proyecta? ¿Por lo suyo no suspira?
<Ni allá los campos de Lavinio mira? Y á trechos en arroyos se desliza
El bronco hielo que su barba eriza.
XLIX.
OL
»¡Tú vé; intímale, pues, mi mandamiento;
Allí el cilenio Dios descanso toma;
Yo mando, en conclusion, se haga á la vela!»
Paz da á las alas que al igual batia,
Dijo; á su voz el mensajero atento,
Y luego al mar con fuerza se desploma;
Cumplir el cargo presuroso anhela;
Y cual ave que al pez la gruta espía
Y la sandalia calza en el momento,
Y en las playas, rasando el alga, asoma,
La áurea sandália con que alado vuela
Tal á las costas líbicas venía,
Cual soplo de los céfiros, lo mismo
Distante en breve del materno abuelo.
Sobre la tierra y sobre undoso abismo.
Entre agua y tierra el Dios á salto y v^elo.
L.
UH.
Cobra en seguida el Dios su caduceo:
No bien chozas tocó su planta alada,
Con él las sombras pálidas evoca
Muros trazando y casas al caudillo
Que yacen en el Orco, y al Leteo
Troyano ve, cuya ceñida espada
Lleva también las ánimas: provoca
Puntas de jaspe esmaltan de amarillo,
Y disipa los sueños á deseo;
Y á quien clámide en púrpura bañada
Los mustios ojos abre si los toca:
Los hombros cubre con ardiente brillo:
Con él nublados trata, auras domina;
Obsequios de la rica soberana
Y ya volando á Atlante se avecina.
Que con oro sutil bordó la grana.
LiV. LVII.

Fué uno verle y ponérsele delante: Propínese mil cosas, y cuan presto
«¿Tú á echar las bases de Cartago atento? Se fija en una, á esotra -vuelve en tanto;
¿Tú ornando esta ciudad, postrado amante? Vacila: al fin resuelve, y á Sergesto
¿Tú de tus hados sordo al llamamiento: Y á Mnestco convoca, y á Cloanto:
Pues díme—que de Olimpo radiante Que hagan, les manda, sin rumor apresto
Me envía á ti por sobre el raudo "iento De embarcaciones; que su gente á canto
El que el mundo gobierna y l a j esferas— Reúnan de zarpar; armas prevengan,
¿Qué es lo que en Libia descuidado esperas? Y sus intentos bajo sello tengan.
LV, Lvni.
»Que si no te da impulsos la memoria Que él entre tanto con mesura y tiento—
De tus altos destinos, ni te afanas Pues la espléndida Dido nada sabe,
Por ceñirte el laurel de la victoria, Ni espera que en eterno alejamiento
Mira á Ascanio crecer: las italianas Aquel tan grande amor tan presto acabe—
Comarcas son su herencia; allí su gloria. Para hablarle, buscando irá momento
¿De un hijo harás las esperanzas vanas?....» El más propicio, y modo el más süave:
Calió, y la vista deslumbrada deja, Esta es su voluntad. Todos aprueban,
Y cual sombra en el aire huye y se aleja. Y alegres el mandato á cabo llevan.
LVi. LIX.

Quedó Enéas absorto, híspido el pelo, ¿Cómo engañar á un corazon que ama?
Hecha un nudo la voz en la garganta. Ella todo lo sabe, lo adivina;
Ya en dejar piensa aquel amado suelo, Fué quien primero descubrió la trama,
Que la divina inspiración le espanta. Y, áun en horas serenas, de rüina
Mas ¡duro trance! ¡amargo desconsuelo! Amagos presintió. ¿Qué más? La Fama
i Ir á anunciar que el áncora levanta Sus ocultos recelos amotina,
A aquella que por él de amor fallece!... Maligna susurrando que aparejan
Cómo, no sabe, ni por dónde empiece. Naves los Teucros; que á Cartago dejan.
LX.
LXffl.

Fuera de tino la soberbia amante


»¡Huyes de mí! Mas nuestra unión te pido
Corre por la ciudad, como se agita
En las órgias solemnes la bacante Que recuerdes; y este único tesoro
Cuando oye en torno la vinosa grita, Que reservé, mi corazon herido,
Y los tirsos descubre, y resonante Mírale aquí, y las lágrimas que lloro!
A sus misterios Citeron la invita: Si algo te merecí, si hallaste en Dido
Tal va la Reina, y tal sin más recato Algo de amable, tu clemencia imploro!
Vuela á afrentar al amador ingrato. ¿Mi trono hundirse ves sin sentimiento?
¡Ah! ¡si aun vale rogar, muda de intento!
LXI.
LXLV.

«¿Disimular ¡oh pérfido! esperaste


»Nómades reyes, gentes confinantes
Tu malvada intención, tu felonía?
Me odian por ti; mi pueblo me desama;
¿Y tu nave en mi puerto imaginaste
Por ti inmolé el pudor, y la que ántes
Que en silencio las velas soltaría?
Me alzaba á las estrellas, limpia fama.
¿Cosa no habrá que á disuadirte baste?
¡Oh huésped! en mis últimos instantes
¿Ni mi amo r , ni la fe jurada un dia?
Me abandonas; y ¿á quién? Mi voz te llama
¿Ni reparar en Dido sin ventura,
Huésped; fuiste mi esposo. Mas ¿qué tardo?
Que por ti morirá de muerte dura?
¿Al extranjero ó al hermano aguardo?
LXII.
LXV.

»¡Y que en lo crudo de hibernales mes


Quieras de presto aderezar tu flota! »¿Yárbas feroz, que mi persona aprese?
¡Que tanto en levar ferro te intereses ¿Pigmalión, que mi nación arrase?
Cuando más Aquilón la espuma azota! ¡Oh! ¡si ántes de esa fuga al ménos de ese
Díme, cruel, si en lejanía vieses Amor alguna prenda me quedase:
No extraños campos, no ciudad ignota, Un tierno Enéas que en mi hogar corriese.
Mas renaciente á Troya, ¿á tus hog ires Que en su rostro infantil tu faz copiase!
Cruzando irías procelosos mares? No tan desamparada me vería;
No fuera tan cruel tu acción impía!»
170 VIRGILIO. £331
ENEIDA.

LXIX.
LXVI.

Él, que de Jove, mientras ella hablaba, »Mas jay! la voz de oráculo divino
Guarda en su mente el mand miento impreso, Fuerza mi voluntad, Febo me guia;
Fijos los ojos en el suelo clava, Navegar para Italia es mi destino.
Mudo resiste del dolor al peso. Ya éste es mi amor, y esta es la patria mia!
«Mi gratitud tu esplendidez alaba,» Cual hov Troyano á Ausonia me encamino,
Esto al fin dijo apénas; «y confieso Tiria á Cartago tú viniste un dia;
Que si arguye? ¡oh Reina! con mercedes, Ya en paz la riges: en igual manera
Muchas y grandes recordarme puedes. Buscamos, do reinar, zona extranjera.

LXX.
LXVII.

»Yo llevaré al recuerdo de esos dones »Mi padre Anquises, cuando en alto vuelo
La imágen tuya dulcemente unida, La noche entolda el orbe de la tierra
Mientras guarde mis propias tradiciones. Y brillan las estrellas por el cielo,
Mientras mi pecho aliente aura de vida. En sueños me habla, y su actitud me aterra:
Lias oye, en la cuestión, breves razones: Mi Hijo Ascanio me es causa de desvelo,
No pensaba ocultarte mi partida, Y en él mirando, el corazon se cierra;
Ni de unión conyugal te hice promesa; Que aquí, distante del confin hesperio,
No así te engañes: mi misión no es ésa. Yo le defraudo el prometido imperio.
LXXI.
LXVIII.

»¿No ves que si el destino me otorgara »No há mucho el nuncio de los Dioses vino;
Guiar las cosas, reparando males, Por vida de ambos que le vi te juro,
Ya hubiera visto por mi patria cara? Enviado por Júpiter, camino
¡Podría de sus héroes los mortales Por los aires abrir, y entrar el muro:
Restos honrar; al golpe de mi vara Estoy mirando su esplendor divino;
Se alzaran sus alcázares reales, Oyendo estoy su mandamiento duro!
Y poderosa, como en ántes era, No me des más, no más te des tormento;
Troya de sus cenizas renaciera! Llévanme á Italia, y con dolor me ausento!»
LXXV.
LXXJL

Mientras hablaba, fiera y desdeñosa »¡Y ahora la voz de oráculo divino


Con ardiente inquietud ella le mira; Fuerza su voluntad! Febo le guia!
Mirándole en silencio, ira rebosa, Ni há mucho el nuncio de los Dioses vino,
Y luego á voces se desata en ira: ¡Y es heraldo que Júpiter le envía!
«No fué.tu madre, ¡pérfido! una Diosa, ¡Y en los aires abriéndose camino
Que desciendes de Dárdano es mentira; Le trae la órden fatal! ¡Quién pensaría
C'ucaso te engendró entre hórridos lechos, Q u e hubiesen de alterar cuidados tales
Hircana tigre te crió á sus pechos! L a alta paz de los Dioses inmortales!

LXXVl.
LXXIII.

»Ya ¿qué .hay que disfrazar? ¿qué más espero?" »Nada te objeto, ni partir te impido:
Ve llorando á su amante, ¿y se contrista? Vé, y por medio del mar, en seguimiento
¿Le merecí una lágrima, un ligero Camina de ese imperio prometido;
Signo de compasion? ¿volvió la vista? ¡Busca esa Italia con favor del vientol
.Cielos! ¿Qué agravio acusaré primero? Mas sí justas deidades, fementido,
¿Cuál Dios habrá que á vindicarme asista? Algo pueden, te juro que el tormento
Ni Juno ya, ni Jove, ¡oh desengaño! Hallarás, entre escollos, que mereces,
Con justa indignación miran mi daño. Y á Dido por su nombre allí mil veces

LXXIV.
LXXvn.

»;Oh justicia! ;oh'lealtad! ¡nombres vacíos? »Invocarás; y Dido abandipnada,


¡Yo náufrago, desnudo, falleciente Con tea humosa aterrará tu mente;
Le recogí, le abrí los reinos mios, Y cuando á manos de la muerte helada
El imperio con él partí demente! Salga del cuerpo esta ánima doliente,
Yo los restos salvé de sus navios, Yo, vengadora sombra, á tu mirada
Yo libré de morir su triste gente!.. En todas partes estaré presente!^
¿A dónde me despeña el pensamiento? T u crimen pagarás; sabráse, oirélo:
¡Llevada de furor, arder me siento! ¿Eso en el Orco irá á acallar mi duelo!»
Lxxyiu. LXXXL.

Ella súbito aquí la voz detiene, Tal las hormigas próvidas saquean
Y huye la luz odiosa con gemido; Riquezas que en sus antros acumulan;
El, que á oponer razones se .previene, Y, en la hierba cruzándose, negrean,
Queda atónito, absorto, atontecido. Y en senda angosta, por do van, pululan:
Y hé aquí un grupo de esclavas la sostiene Unas á empuje granos acarrean,
En brazos; y la llevan sin sentido Otras, á la que tarda ora estimulan,
Al tálamo, de mármoles labrado, Corrigen ora á la que pierde el tino;
Y la reclinan sobre el regio estrado. Con tanta agitación hierve el camino.

LXXIX. LXXXII.

Cierto que con palabras de dulzura ¡Tu pobre corazon qué sentiria!
El religioso príncipe, quisiera ¡Cuán grande hubo de ser, Dido, tu pena,
Mitigar de la triste la amargura Cuando hirviente la playa en lejanía
Y el dolor suavizar que la exaspera. Atalayabas desde la alta almena!
Gime él de corazon su desventura, ¡Qué, al sentir la confusa vocería
Que amor le oprime con angustia fiera; Con que al mar asordaba la faena!...
Todo, empero, lo vence, y determina Tú ¿á qué un alma no obligas, amor ciego?
Recto cumplir la voluntad divina. Por ti ella al lloro vuelve, y vuelve al ruego.

LXXX. LXXXII!.

Ya á revistar su armada acude al puerto, Con interpuestas súplicas ensaya


Y ya las altas popas de la orilla Ir á amansar rebeldes sentimientos;
Los Troyanos alanzan de concierto; Que morir no es prudente sin que haya
Flota liviana la embreada quilla. Esforzado los últimos intentos:
Remos y tablas da, de hoja cubierto «¡Av, Ana! ¿ves bullir toda la playa?
Tronco informe, áun no bien la hacha le hjjinilla; Míralos: <&rren, vuelan; ya contentos
Y en este atan por coronar la empresa, Las popas adornaron de coronas;
Salen de la ciudad todos de priesa. Y'a convidan al céfiro sus lonas.
LXXXIV. LXXXVH.

»Yo que pude esperar dolor tan fiero Tal la triste con lágrimas deeia;
Lo sabré soportar, hermana mia. T a l á Enéas con lágrimas la hermana
Este único favor te pido, empero: Habla, y vuelve, y retorna, y su porfía
Pues te preciaba en tanto, y ser solia {No hay con él argüir) fatiga es vana;
El pérfido contigo verdadero, Que ni por llantos su intención varía,
Y tú hallabas sazón de entrarle y via, Ni á ruegos ya su voluntad se allana;
Anda, y doblar con súplicas procura Rigor del hado: al penetrar su oido
Esa cerviz cual de enemigo dura. Embota un Dios la fuerza del gemido.

LXXXV. Lxxxvni.

»Que no con Griegos, le dirás, la guerra Cual recio, antiguo roble á quien trabada
Juré en Aulide, naves á hacer riza Legión de vientos en el Alpe embiste;
No envié á Troya, no moví la tierra Braman; cruje la rama atormentada
Que cubre de su padre la ceniza. Y de hoja el suelo en derredor se viste;
.¿Pues por qué oidos á mi llanto cierra? Mas él, asido de peñascos, nada
<Qué h u y e azorado así? ¿Quién le hostiliza? T e m e , y á opuestos ímpetus resiste,
Buen viento espere y que la mar se ablande: Y el cielo con su copa hiriendo altiva,
Es gracia, y la postrera que demande. C o n raíz honda en el Averno estriba;

LXXXVI. LXXX1X.

»Nó ya que vuelva por la fe de esposo Él a í de querellas golpeado,


Ni á ese Lacio renuncie tan querido, Cuando su angustia divertir no pueda
Que le costara asaz, pedirle oso, Tenaz resiste de constancia armado;
T i e m p o (nada le cuesta) es cuanto pido! Inútil llanto de los ojos rueda.
¡Tregua al dolor, momentos de reposo Mas Dido, á quien temblar hace su hado,
Dé, en que el pecho á sufrir se avece herido! Morir quiere que el cielo la conceda;
Esto ruego; sé, hermana, compasiva; Ni la bóveda espléndida celeste
Haz esto, y soy tu esclava miéntras viva.» T o r n a á mirar sin que pesar le cueste.
TOMO 1. 12
178 VIRGILIO.
469] SNEin*. i
XC.
xcm.
Fortuna, que en su daño se encruelece,
Tal las huestes de Eume'nides Penteo
Porque su infausto fin seguro sea
Y dos soles, dos Tébas mira insano;
Hace que á tiempo que devota ofrece
Tal Oréstes con ciego devane o
Dones en la ara do el incienso humea,
Comparece en la escena huyendo en vano:
Note el agua lustral que se ennegrece
Con fuego y sierpes tras el hijo reo
Y en sangre el vino corromperse vea. Arma una sombra la terrible mano,
¡Oh vista horrible! Atónita, confusa,
Y vengadoras Furias las entradas
Aun á su hermana declararlo excusa.
Sitian del templo, en el umbral sentadas.
XCI.
XCIV.

Dedicado á Siqueo un templo habia,
Todo de mármol, al palacio adjunto: El dolor la ha vencido; la despeña
Ella le ama, ella le honra, y le atavía El furor: el partido extremo abraza;
Con velos blancos como nieve, junto Y en su mente los trámites diseña.
Con tiernas ramas. En la noche umbría Acuerda el modo, y el momento aplaza.
Parecióle que el cónyuge difunto Su intento oculta, y con la faz risueña
La llama, del oscuro monumento Dice á la triste hermana: «Hallé la traza
Con misteriosa voz, con hondo acento. Como al ingrato á reducir acierte,
Ó de él mi atado corazón liberte.
xtín.
XCV.

Oyó á un buho también que se lamenta


Solitario en los altos torreones »Me des la enhorabuena, hermana, espero;
Mas oye el caso. En el país lejano
Con lloroso clamor; su duelo aumenta
Que ve del sol el resplandor postrero
El recuerdo de aciagas predicciones.
Y el límite final del Océano,
Eneas mismo en sueños la atormenta;
Allí demora el último lindero
Y por largo camino, por regiones
Que posee atezado el Africano;
Aridas, siempre sola, peregrina,
Allí ei cielo con fuego rutilante
Ir buscando á los SUYOS se imagina.
Rueda en lo hombros del eterno Atlante.

«
xcvi. XCIX.

»Hija de esos incógnitos confines, En sus labios aquí se heló la risa,


Con fuerte encanto vindicarme fia Y ocupa el rostro palidez funesta;
Negra maga que el templó y los jardines Mas ¡ay! en balde en su silencio avisa
Guardó de las Hespérides un dia: Que un nuevo estilo funerario apresta;
Ella daba sustento á los mastines, Ana ciega áun no en Dido aquel divisa
Y el árbol milagroso defendía, Mental furor; ni la imagina expuesta
Y de amapola soporosa, y blanda Á golpe más cruel, dolor más crudo
Miel, esparcía la eficaz vianda. Que en muerte del marido estarlo pudo.

XCVII. C.
«
»Que ardores hiela con sus cantos jura, Y así ignorante la infeliz jornada
Y da al helado fuego en que se queme; Va á preparar. La Reina, en cuanto mira
Ataja los torrentes, y en la altura Al cielo descubierto levantada
Suspenso el astro sus hechizos teme; En el patio interior la triste pira,
Sombras evoca entre la noche oscura, Con leños resinosos solidada
Y oirás bajo sus piés cuál muje y treme Y con rajas de roble, en torno gira
La tierra; y cuál, verás, los fresnos bajan, Tendiendo hojosa amenidad, y al muro
Que al conjuro, del monte se descuajan. Guirnaldas cuelga de verdor oscuro.

XCVIII. CI.

»Tú, en lo interior, si mi salud deseas, Y sobre el lecho, con fingido intento


Alza al raso una hoguera sin testigo La efigie y armas del traidor coloca:
(Séalo el Cielo, y tú, mi bien, lo seas, En torno hay aras: con horrible acento
Que á usar de esta arte á mi pesar me obligo). La hechicera, en cabello, al Cielo toca;
La espada que dejó pendiente Eneas, Y deidades allí tres veces ciento,
El lecho que en mi mal nos fuera amigo, Y al negro Caos y al Erebo invoca,
Ponlo allá todo; la adivina aguarda Y, virgen en tres fases conocida,
Que no quede reliquia sin que arda.» E n tres formas á Hécate apellida.
V18SIU0. 4529] ÉHEIDA. 183

CV.
CIL

Con aguas ya que del Averno el cieno Sólo Dido sus penas' no adormece;
Mustias figuran, libación se hizo; No se hizo el sueño para angustia tanta
Y alléganse, cargados de veneno, Ni sus ojos ni su alma favorece
La hierba pubescente, el tallo rizo Muda la noche con su sombra santa:
Que de la luna al esplendor sereno Amor entre su pecho se embravece
Cortó segur de cobre; y el hechizo Y nuevas olas sin cesar levanta;
Que, hurtado á la cerviz de potro tierno, Y de ellas combatida, de esta suerte
Falto dejóle del amor materno. T o r n a consigo á disputar su muerte:

CVI.
CHI.

Dido misma la sal ofrenda y trigo, «¿Qué he de hacer? ¡Oh tormentos inhumanos!
Un pié descalzo, desceñido el manto, ¿Buscaré mis antiguos amadores?
E invoca á las estrellas, por testigo ¿Iré humilde á los reyes comarcanos?
Tomando de su fin al Cielo santo: ¡Yo pisé su esperanza y sus amores!
Ellas su historia saben, y si amigo ¿Seguiré, triste sierva, á los Troyanos?
Hubo algún Dios á quien moviese el llanto ¡Harto gratos han sido á mis favores!
De amantes mal pagados, ése pide ¿Ni á bordo su altivez me sufriría?
Vea en su causa y de vengarla cuide. Qué, ¿áun no he probado bien la alevosía

CIV.
eviL

Era la noche: al medio del camino »De esa de Laomedonte infame raza?
Iban los astros por el alto Cielo; ¿Sola iré tras su pompa? ¿Ó con los mios
Calla el bosque y el piélago marino; Volaré armada en pos á darles caza?
Yacen los brutos que sustenta el suelo: Mas si á éstos de sus términos natío.
Ni en breñas ni por lago cristalino Arranqué á viva fuerza, ¿con qué traz..
Se ve de ave esmaltada salto ó vuelo: Los moveré á tornar á los navios?
Todo está en calma, y todo mal se olvida; No, no; mi salvación la muerte sea;
Naturaleza yace adormecida. • ¡Calle á hierro el dolor de una alma rea!
il: i
184 VIRGILIO. [548
56SJ ENEIDA.
*
CVIII.
CXI.

»¡Tú, hermana, tú á mis llantos indulgente,


Márgen diste á tan grande pesadumbre, »¿Y no será que por el ponto vueles
Tú doblaste al amor mi dócil frente!... Ganando estos momentos? ¡Guay si esperas
¡Yo que pude, ejerciendo la costumbre Á la luz de la aurora! ¡Hachas crueles
De la bestia del campo independiente, Arder verás, y levantarse hogueras,
Libre vagar de acerba servidumbre!... Y en la mar encontrarse los bajeles,
Muere, infiel de tu esposo á la ceniza!...» Y ocupar el incendio las riberas!
Querellándose así, Dido agoniza. ¡Acude, iza la vela, corta el cable!
Sér vario es la mujer siempre y mudable.»
CIX.
CXII.

En tanto Eneas, todo ya dispuesto,


Ajeno él mismo de temor, dormido Dijo; y si ántes radioso, se incorpora
Quedóse en la alta popa: al Dios en esto En las lóbregas sombras. El durmiente
Torna á mirar, que en las murallas vido: Con la total oscuridad se azora,
Con la propia actitud, la voz, el gesto Abre los ojos y álzase impaciente.
Viene, en todo á Mercurio parecido; «¡Sús,» clama, «compañeros! ¡A la hora
Aureo cabello y juvenil belleza acorred á los bancos! ¡No consiente
IBI
Ornan sus blandas formas, y así empieza: Tardanzas la ocasion: las velas pronto
Dad á los vientos, y la flota al ponto!
I t
CX.
exui.
«En mal punto en sus brazos te entretiene
El sueño, hijo de Vénus! ¡Alza y mira, »¡Otra vez de los reinos celestiales
Torna el daño á mirar que sobreviene, Esto nos manda santo mensajero:
Y oye á Favonio que oportuno espira! Quienquier seas ¡oh Númen! con triunfales
¿Los lazos sabes tú que ella previene? Aplausos otra vez el fausto agüero
Fragua es su pecho de furente ira; Seguimos de tu voz. ¡Así señales
El deseado rumbo al marinero!
Y ya, de perecer determinada,
¡Así hagas por el Cielo que nos rian
Nada respeta, ni le espanta nada.
Las lumbres bellas que al errante guian!»
CXIV. CXVTI.

Dice; y vuela, y la amarra del navio »¿Qué digo? ¿Dónde estoy? ¿Qué desvarío
Corta de un tajo de fulmínea espada; Trastorna mi razón? ¡Dido infelice!
A su ejemplo, á su impulso, el mismo brío Ya el peso sientes de tu sino impío!
A los pechos de todos se traslada. Cuando partija de mi cetro hice,
Ya arrancan, ya se llevan; ya vacío Convino este furor; ya, ya es tardío!
Quedó el playón: debajo de la armada ¡Traidor! ¡Y luégo de él que va se dice
La mar se oculta, y al batir contino Con los patrios Penates; que de escombros
Cubren de espuma el líquido camino. Salvo al anciano padre sacó en hombros!

CXV. CXVIII.

El áureo lecho de Titon la aurora »¡Ah! ¡sus cuerpos hacer trozos sin cuento
Tímida deja, entre celajes raya, Pude, y de ellos sembrar la onda bravia!
Y ya su lumbre, que horizontes dora, Matar al hijo, y el manjar sangriento
Ve la Reina infeliz de la atalaya; Pude al padre servir; ¿quién lo impedía?
Ve la armada alejarse voladora Peligro, ¿cuál? ¡Morir era mi intento!
Con las velas parejas; ve la playa ¡Yo á sus tiendas llevara llama impía;
Desamparada, y el desnudo puerto, Y'o al padre, al hijo, á todos, muerte fiera!
i Yo los matara allí; luégo, muriera!
Y todo siente estar mudo y desierto.

CXVI. CXIX.

Y el tierno pecho ofende y los cabellos: »¡Sol, cuya luz los ámbitos visita,
«¿Y esos advenedizos mi esperanza T ú que todo descubres, nada ignoras!
Burlarán,» dice, «con erguidos cuellos? Juno, que viste mi amorosa cuita
¿Impune al ponto el pérfido se lanza? Nacer, y hoy mides mis finales horas!
¿No corre en armas mi ciudad á ellos? ¡Hécate, á quien en calle tripartita
¿Naves no parten á tomar venganza? Claman de noche! ¡Furias vengadoras!
¡Id, hachas menead, asid los remos! jOh Dioses, cuantos veis mi atan postrero!
,Soltad las velas! ,por el mar volemos! jYo imploro compasion, justicia espero!
CXX. CXXIII.

»Mi ruego oíd: si firme persevera »Álzate, vengador amenazante,


El hado que á ese infame lleva á puerto; Acelera los tiempos; y ahora, y luégo,
Si en esto Jove su querer no altera, T u sombra por do vayan los espante;
Que el fijado confín le aguarde cierto; Arróllalos feroz á sangre y fuego.
Mas tribu audaz contrástele siquiera, Y muro contra muro se levante;
Y en peligro se mire y desconcierto, Y un mar contra otro mar se ensañe ciego;
Y parta, el corazon vuelto pedazos, Y pueblo contra pueblo alce la frente;
Del dulce nido y los filiales brazos. Y guerra eterna mi rencor sustente!»
*

CXXI. CXXIV.

»Y vague, auxilios mendigando; y vea Dice; y buscando al ánima salida,


Cómo á los suyos la fortuna humilla; Á todas partes la atención convierte;
Ni el reino goce y calma que desea Y de Siqueo á la nutriz convida
Paz ajustando, á su valor mancilla.
Al misterio, que encubre, de su muerte:
¡Herido sin sazón de muerte sea:
{De Siqueo; la suya, reducida
¡Yazga insepulto en solitaria orilla!
Yace há tiempo en la patria á polvo inerte).
Esto, ¡oh Númenes! pido; ved en ello:
«Barce, mi fiel nodriza, vuela'» exclama:
Yo mi demanda con mi sangre sello.
«Vé, y al sacro festin mi hermana llama.
CXXII. CXXV.

»Vosotros, cual leales corazones, »Con agua rodándose primero,


Tirios, haced de vuestros odios prueba
Que traiga, di, las víctimas, y ofrenda
Sobre esa raza en cien generaciones,
Cual pide la expiación: así la espero;
Y honra tan grande mi ceniza os deba.
Y tú ciñe á la sien piadosa venda.
Nunca amistad entre las dos naciones;
Ya celebrar la ceremonia quiero
No haya quien pactos de concordia mueva;
Que á Pluton ofrecí: mi pena horrenda
Mas nacerá sobre mi tumba, fio,
Hoy debe de acabar; que de ese injusto
Quien aplaque la sed del furor mió.
Hoy tiro al fuego el ominoso busto.»
193 v i b g 1 u 0 . FHEIDA. 19t

CXXVI. CXXIX.

Dice; 7 mover esotra el paso intenta «Fundé yo una ciudad, ciudad preclara,
Con senil priesa. Mas la audaz amante, Murallas propias coronó mi mano;
Terrible' con la idea que apacienta, Vengué la sombra del esposo cara;
Temblorosa la faz, la vista errante, Yo tomé enmienda del malvado hermano.
Torva en el ceño, en el mirar sangrienta. ¡Feliz, harto feliz si no tocara
Jaspeado de visos el semblante, Mis costas, nada más, bajel troyano!»
Pálida de la muerte ya cercana Y aquí, á par que en el lecho el rostro imprime,
Vuela al recinto funeral insana. «¿Moriré inulta? ¡mas muramos!» gime.

CXXVH. CXXX.

La alta hoguera con fiero desenfado «¡Así á la eternidad partir me agrada!


Monta; la espada desnudó con ira El Dárdano este fuego á ver acierte
(Dón no á tal ministerio destinado); Volviendo de la mar una mirada,
Mas cuando el lecho y los vestidos mira, Y el triste agüero lleve de mi muerte!»
Memorias, ¡ay! de tiempo fortunado, Dijo; y, herida en esto, derribada,
Repórtase y con lágrimas suspira; La mano en sangre tinta, el hierro fuerte
Y arranca así, postrándose en el lecho, Manando sang e las doncellas notan,
Los últimos sollozos de su pecho: Y el palacio á gemidos alborotan.

cxxvm. CXXXI.

«¡Oh dulces prendas con mejor fortuna! Ya la Fama fatídicos rumores


¡Dulces por siempre cuando Dios quería! Va furiosa esparciendo en giro vago;
Mi espíritu os entrego, y mi importuna Todo es lamento y llantos y clamores;
Memoria cese con la vida mia! Todo es alarma de espantoso estrago.
La senda anduve que emprendí en la cuna. Parece cual si entrasen vencedores
Viví las horas que vivir debía: La antigua Tiro ó la imperial Cartago,
Hoy, fin logrando á míseros afanes, O que incendio voraz llamas crueles
Van á otro mundo mis augustos manes. Tendiese por los altos capiteles.
VIRGILIO*. £672 688.1 EKBIDA.

CXXXII. CXXXV.

Oye el caso la hermana, y rostro y pecho Los mustios ojos con fatiga vana
Desesperada hiere en modo rudo; T r a t a de alzar la moribunda Dido:
Al lúgubre lugar vuela derecho, Fáltanle ya las fuerzas; sangre mana
Y á Dido llama con lamento agudo: Del pecho abierto con cruel sonido.
«¡Y esto significaba.el ara, el lecho! E l codo apoya, y por alzar se afana
¡Esto intentabas! ¡Y ofenderte pudo T r e s veces, y tres veces sin sentido
Que te hiciese en la muerte compañíal Cae sobre el lecho. Con errante vista
j T ú me engañabas, ah! ¡yo te creia! Busca la luz, y al verla se contrista.

CXXXIII. CXXXVI.

»¿Por que no me invitaste, á ley de hermanos? La excelsa Juno de mirar se duele


¡Contigo á un tiempo con placer muriera! El largo padecer, la ardua agonía,
No que hora abandonada... ¡Y por mis manos Y porque á desatar vínculos vuele
Yo propia, ¡ay infeliz! alcé esta hoguera! Que áun detienen el alma, á íris envía.
¡Yo invocaba á los Dioses soberanos ¡Ah! loco amor á perecer te impele,
Porque, espirando tú, yo léjos fuera! No el hado; éste, infeliz, no era tu dia!
¡Te perdí; me perdí: Pueblo, Senado, Proserpina tu rubia cabellera
Patria, todo lo hundí! ¡Nada ha quedado! Aun no ha cortado, ni Pluton te espera.

cxxxiv. CXXXVIK

»Agua traed y lavaré la herida; Vuela Iris vaporosa, y en su vuelo


Yo sus heridas lavaré... ¡Si errante Brillan las plumas con el sol enfrente;
Vaga en su labio un hálito de vida, Y posándose encima: «Manda el Cielo
Yo le recoja con mi labio amante!» Que esta ofrenda á Pluton quite á tu frente
Ya en el estrado fúnebre subida ¡Alma, sál fuera!» dice; el rizo pelo
T a l dice; y á la hermana agonizante Co-ta aquí con la diestra, y juntamente
Ella al seno fomenta entre gemidos, E l calor cesa que en el seno mora
Ella aolica á la sangre sus vestidos. J Y la vida en los aires se evapora.
TOMO i. 13
10.

Y en alta popa el pálido piloto,


«¡Qué oscuridad,» exclama, «el polo llena!
¡Cuánto mal nos previenes no remoto,
LIBRO QUINTO. Oh gran padre Neptuno!» Y luégo ordena
Los aparejos recoger; al Noto
Torcida vuelve la crujiente antena,
Y haciendo al remador nuevo conjuro,
Prosigue así gimiendo Palinuro:

L IV.

Ya salvo Eneas con sus naves hiende, «¡Oh magnánimo Enéas! ¡oh rey m:o?
Merced del Aquilón, la mar oscura, No, si me enviase celestial consuelo
Y tornando á mirar, su vista ofende El mismo Jove, saludar confío
La dejada ciudad, que arde y fulgura: A Italia nunca con aqueste cielo.
La causa no se ve; mas ¿quién no entiende ¿No ves cómo del véspero sombrío
Cuánto puede en mujer venganza dura Los vientos se alzan, y en contrario vuelo
Y obstinada pasión? Y así el viajero Vienen furiosos á estrellarse, y cómo
Terror concibe de funesto agüero. Condensa el aire cerrazón de plomo?

II.
V.

Despues que ya se hubieron engolfado, »No es dado resistir ni ir adelante:


Y entre agua, al fin, y cielo no ven cosa Lidiemos no con fuerza, mas con maña,
Sino el cielo y el agua, azul nublado Cediendo á la Fortuna, que constante
Sobre las naves sólido se posa Ruta nos marca á nuestro rumbo extraña:
De lobreguez y tempestad cargado: Erice fraternal no está distante,
Con tristes amenazas espantosa Si ya el catado cielo no me engaña;
La ecuórea inmensidad se entenebrece; Y así pronto, al torcer,
Esfuérzanse huracanes, la onda crece. será que veas
El sículo confín.» Respondió Enéas:
Í96 VIRGILIO. [58
IX.
VL
Enéas, convocando el pueblo entero,
«Ya he visto al temporal que nos maltrata, En un collado hablóles eminente
Eso pedir, y resistir tú en vano: Del nuevo dia al esplendor primero:
Rodeos tienta, á la Fortuna acata, «¡Oh dardania nación! ¡oh diva gente!
Y miremos al término sicano. Desde que al padre á quien deidad venero
¿Y habria tierra para mí más grata Sepultamos aquí, y ara doliente
Que la en que reina Acéstes, nuestro hermano, Pusimos en su honor, si no me engaño
Y el caro genitor llorando yace? Cabal su curso ha concluido un año.
Allá mi escuadra guarecer me place.»
X.
VII.
» »Éste es el dia, y éstos los lugares:
Viró el piloto: céfiros que implora Triste, quísolo Dios, y sacro dia
Hinchen los lienzos, y la ilota vuela: Que yo solemne, levantando altares,
Ya rauda hendiendo por el mar la prora Do quier me hallase, allí celebraría;
Al puerto arriba por que el nauta anhela. Que ó ya me vies. en los argivos mares,
Y á abordar acertaron á la hora ' Ya en las gétulas sirtes, ya en la impía
E n que amiga vió Acéstes ser la vela Micenas, ó cautivo ó expulsado,
Que desde alto peñón léjos divisa, Siempre honraría al genitor llorado»
Y al puerto, alborozado, baja aprisa.
XI.
* % VIIL
»Hénos hoy las cenizas paternales
Á él, á quien Ninfa concibió troyana A honrar dispuestos en amigo suelo,
Que el dios Crimiso requestó de amores, Traídos á rendir obsequios tales
Tornar á ver los huéspedes le ufana No sin visible ordenación del Cielo.
Que ama fiel en amor de sus mayores. Honradlas, pues; pedid vientos iguales,
Hórrido anda con piel de osa africana, Y que él, fundada la ciudad que anhelo,
Pertrechado de dardos voladores; E n templo que en su honor alzado sea
Y en pompa agreste y rústico atavío
Votos añales renovar nos vea.
Hospedaje les brinda franco y pió.
VIRGILIO. •793 ENEIDA. 199

XV.
XIL

»Acéstes, que de Teucro se gloría, Y luégo el ara de purpúreas rosas


Por cada nao dos bueyes os da ahora: Esparce en torno con su propia mano;
Vengan á este festin en compañía Y «¡Salve, oh padre!» clama, «y vos, preciosas
Nuestros Penates con los que él adora; Cenizas á mi amor vueltas en vanoi
Que despues, si con rayos de alegría ¡Salve, oh ánima y sombra milagrosas!
Ciñere al orbe la novena aurora, jNo te dió, oh padre, el Cielo soberano
Por mí á vosotros cual primeras fiestas Llegar á Italia y cabe el Tibre amigo
Regatas en la mar serán propuestas. L a anunciada heredad gozar conmigo!»

XIII. XV¡.

»El que en la lucha, en la veloz carrera Tersa, en esta sazón, salir se mira
Ó al duro cesto á competir se atreve, Del fondo sepulcral sierpe que ondea
El que con mano á disparar certera Y en siete roscas de alongada espira
El dardo agudo y la saeta leve, Con manso halago el túmulo rodea:
Concurran á la lid que los espera, Cerúleas manchas, al compás que gira,
Y quien ganare el premio, ése le lleve. Desvuelve, con que el lomo se hermosea,
Orad en tanto, compañeros mios, Y semejan las puntas de la escama
Y de hoja en derredor la sien cubrios.» Aureos destellos y matiz de llama.

XIV. XVII.

Calla; el materno mirto orna su frente: Tal, mirándola el sol, íris destella
Lo imita Helimo, y en su edad florida Y de luz entre nublos se matiza.
Ascanio, y en la suya decadente Visto el héroe la sierpe, el labio sella
Acéstes, y otros y otros en seguida. Absorto; mas recelos tranquiliza,
Va él al sepulcro entre infinita gente, Que inocente entre pulcras tazas ella,
Y por sacra costumbre establecida, Gustando los manjares, se desliza,
Sanguínea libación en taza doble Y en doméstico giro placentero
Ofrece, y fresca leche, y néctar noble. T o r n a á ocultarse do salió primero.
VIRGILIO.
109] ENEIDA. 201-

XVIIL
XXI.

Ó genio tutelar de Anquíses fuere


La sierpe, ó numen que el lugar ampara, En medio el circo iluminó la aurora
Enéas fausto augurio de ello infiere Copia de premios á los ojos grata;
El verde ramo y palma triunfadora,
Y con nuevo fervor dones repara:
Preciado honor del que mejor combata:
Dos ovejas, según usanza, hiere,
Dos cerdos, dos novillos ante el ara, Y armas, trípodes, vestes que decora
Novillos de negral cerviz; al paso Purpúreo ardor, talentos de oro y plata;
Que néctar liba en espumante vaso. Y de alto sitio súbito la trompa
Manda sonando que la lid se rompa.
XIX.
XX'¡.

Con esto de las lóbregas regiones


Y á par la rompen con igual arreo
Salvos los manes de su padre evoca;
Cuatro naves selectas en la armada:
Y, todos imitando sus acciones,
Con remeros briosos, por Mnesteo
Hace cada uno lo que hacer le toca:
Va la rápida Priste gobernada
Quién acude al altar con oblaciones,
(Mnesteo, á quien despues ítalo veo,
ó en órden á la lumbre ollas coloca;
Del cual, ¡oh Memio! descender te agrada):
Quién en la hierba víctimas destriza,
Guias toma á su cargo la Quimera,
Quién tuesta entrañas ó la llama atiza.
Que ciudad, más que nave, se creyera:
XX.
XXIII.

Ya los caballos de Faetón lozanos


En triple órden de remos á ésta mueve
Traen sereno el deseado dia:
Con gran vigor la juventud troyana:
Con el nombre de Acéstes, montes, llanos
Sergesto generoso (á quien le debe
El anuncio feliz corrido habia;
La gente Sergia su renombre ufana)
Y así acuden los pueblos comarcanos
El gran Centauro á dirigir se atreve:
E n tropel rebosante de alegría,
Cloanto (á quien por tronco la romana
Ya á verlos espectáculos propuestos, Familia de Cluento reconoce)
Ya el prez también á disputar dispuesto«. La Scila azul turquí monta veloce.
XXVIL
XXIV.

Hay distante en el mar un risco, enfrente El clarín resonó; y en un momento


De las riberas que la espuma baña: Todos del puesto arrancan á porfía:
Cuando el Cielo se entolda, el mar furente Retiembla el mar, retumba el firmamento
Concentra allí su bramadora saña: C o n el náutico estruendo y gritería:
Mas á erguirse el peñón torna imponente Abren los brazos al batir violento
Cuando duerme la liquida campaña, Surcos iguales y espumosa via,
Y da en flanco espacioso al ágil mergo Y á un tiempo remos y tridentes proras
Para enjugarse al sol plácido albergo. Las aguas por doquier rompen sonoras.

XXVIII.
XXV.

Allí una meta de frondosa encina No en el estadio así se precipita


Enéas pone, á donde el nauta vaya Carro de dos corceles que se arroja
A doblar la carrera, y si lo atina, La palma á arrebatar, ni tal se agita
En bajel vencedor torne á la playa. E l conductor que la tardanza enoja;
La suerte á los caudillos determina El cual el volador tiro concita
Puesto; cada uno en alta popa raya Sacudiendo sobre él la brida floja;
Por la vestida púrpura y el oro, Blande el azote, y á blandirlo atento,
Parece, de encorvado, ir por el viento.
Y á lo léjos esplende su tesoro.
XXIX.
XXVI.

Bañados con aceite reluciente Clamores suenan por el bosque umbrío


Las desnudas espaldas, y ceñidos De grupos en el triunfo interesados;
Con ramaje de álamo la frente, Vuelve herida la playa el vocerío,
Al banco acuden los demás, fornidos; Y le vuelven en ecos los collados.
Y, la mano en los remos impaciente, Entre gente y rumor Gias con brío
Hendió el primero los salobres vados;
Y atentos al anuncio los oidos,
Cloanto á par, mejor en remos, viene,
Codicia de loor, sed de combate
Bien que el peso la nave le detiene.
Les hinche el corazon, que duda y late.
XXX. XXXIII.

Priste y Centauro en pos á una se lanzan, Al mancebo en la faz saltóle el lloro,


Y cada cual adelantarse espera: Y hasta los huesos le mordió la ira:
Alternativamente ora se alcanzan Ni oye la voz del personal decoro
Cuando alguna tomó la delantera; Ni de los suyos la salud ya mira;
Ora las proas ateniendo, avanzan Mas de alta popa al piélago sonoro
Con larga quilla en rápida carrera; Brusco á Menétes de cabeza tira;
Ya al escollo llegando iban, en suma, Y activo en su lugar, exhorta, empeña,
Resuelto el ponto en albicante espuma. Y, rigiendo el timón, va hácia la peña.

X X X í. XXXIV.

Hé aquí entre todos victorioso Gias Menétes, de los años abatido,


A su piloto reprendiendo, exclama: Salir apénas del abismo pudo;
«¿Por qué á derecha desviar porfías? Y sacudiendo el húmedo vestido
Torna, Menétes, do el honor nos llama: Trepa á secarse en el peñón desnudo.
Las otras por el mar rueden baldías; Rió la juventud cuando le vido
Nuestra nave el peñón deja que lama!» Hundirse de cabeza al golpe rudo;
Tal dice; mas temiendo ímpio bajío Bregar luégo, y despues que brega y náda
Tuerce hácia el mar Menétes el navio, Revesar la onda que tragó salada.

XXXII. XXXV.

Y otra vez Gias con furor le intima: Viendo á Gias, Mnesteo la esperanza
«Torna, Menétes, á la izquierda!» En esto Cobra de rebasarle. Al par rebosa
Siente á Cloanto que le viene encima Sergesto en ella, y, el primero, alanza
Y á ganarle de mano acude presto: S u nave hácia el peñasco presurosa:
Ya á las rocas sonantes se aproxima Esta, mitad á su rival se avanza,
Entre ellas y él lanzándose interpuesto, Mitad la Priste su costado acosa;
Y á ambos atras dejándolos de pronto, Y en fuerza del peligro y del deseo,
En bajel triunfador boga en el ponto» Recorriendo el bajel habló Mnesteo:
XXXVI. XXX1S. •

«Soldados de Héctor, que la patria mia Los marinos con alto clamoreo
Miró á mi lado en la final pelea! Hacen, si al pronto yertos, de ferrados
Como en las sirtes gétulas fué un día, Chuzos y picas oportuno empleo
En este lance vuestro aliento sea; Por desclavar los remos quebrantados.
Cual ya en el jonio mar, vuestra osadía," Gozoso en tanto, á buen remar, Mnesteo,
O en las rápidas ondas de Malea. Propicios ya los vientos y los hados,
Ni aspiro á ser primero. ¡Oh, si pudiese... Tiende el rumbo á do el piélago declina,
No; á quien lo dió Neptuno, el triunfo es de ése! Y raudo y libre por el mar camina.
XXXVII. LX.

»Mas no el pudor postreros ir consiente; Cual vuela por el campo, alborotada


Lo que honor manda, compañeros, pido.» Con el pavor de súbito estallido,
Calla; saca, á su voz, vigor su gente; La paloma que tiene en la albarrada
Cruje la popa al golpe repetido; Su dulce imperio y su amoroso nido;
Huye la mar; anhélito frecuente Bate sobre su rústica morada
Brotan las secas fauces con sonido; Las plumas, al salir, con recio ruido,
Los cuerpos dobla agitación extraña, Y despues remontándose en el cielo
Y abundante sudor sus miembros baña. Las alas tiende en silencioso vuelo:

XXXVIII. XLI.

Hé aquí vencer les dió súbito caso; Así la Priste, que fatiga tanta
Y fué así que forzando espacio estrecho. Tomaba forcejando la postrera,
Metió Sergesto el imprudente vaso Con ímpetu espontáneo se levanta
Entre las peñas á encallar derecho: Y huyendo por las ondas va ligera.
La roca retembló con el fracaso; Lo primero, á Sergesto se adelanta
Se oyó el remo crujir cuasi deshecho Con su nave entre escollos prisionera,
En puntas de coral, do sin defensa
Y allí haciendo le deja vanos votos
Entró la proa y se aferró suspensa.
E ideando volar con remos rotos-
• XLII. XLV.

Tras Gias sigue, y á su nao pujante, Dijo; y á par oyó de Forco anciano
Falta ya de piloto, desafía: La virgen Panopea sus acentos;
Vence; sólo Gloanto va delante; Y el coro de Nereidas soberano
Y vuela en pos, creciendo su osadía: Condolióse en sus huecos aposentos:
Redóblase la grita estimulante Movió la nao Portumno con su mano,
De los espectadores, que á porfía Y fugaz como soplo de los vientos,
Roncos aplauden su feliz carrera, Y no ménos veloz que alada flecha,
Y los ecos en torno hinchen la esfera. E l hondo puerto penetró derecha.

XLin. XLVI.

Los unos, que triunfantes se creyeran, Los combatientes por sus'nombres llama
Ya en riesgo el triunfo, coronarlo ansian: Enéas, y,sus triunfos galardona;
Incompleto, la palma no quisieran; A voz de heraldo resonante aclama
Completo, por la palma morirían: Vencedor á Cloanto, y le corona:
Los otros eso mismo osan y esperan; Ciñe, en suma, á su sien la verde rama;
Porque triunfando van, triunfar confían, Y á cada nave tres becerros dona,
Y pudieran juntándose ambas proras Y que lleven les da vino abundante,
Partir el premio á un tiempo vencedoras. O una pieza de plata á su talante.

XLIV. XLVIi.

Mas á orar atinó de esta manera Y á cada jefe añade su presea:


Cloanto, ambas las manos extendiendo: Clámide áurea al principal ofrece,
«¡Oh Númenes que el piélago venera, De púrpura ceñida melibea
Cuyos dominios con mi nave hiendo! Que en doble orla gira y la guarnece:
Sí el triunfo me cumplís, en la ribera Retejido en el fondo la hermosea
Un blanco toro en vuestro honor ofrendo D e Ida el régio garzón, que allí aparece
Tiraré sus entrañas á estos mares, La espesura cruzando nemorosa,
Y leves ciervos con el dardo acosa. í|Bj
Y néctar bañará vuestros altares.»
TOMO i. 14


i'fM
XL.VIÍI. LL

Figúrase allí mismo en el momento Ya iban todos premiados, con diadema


En que robado, al parecer anhela: De púrpura ceñidos, placenteros;
La armígera de Jove al firmamento Cuando Sergesto, que su industria extrema,
Le arrebata feroz, y encima vuela: Salir logró de los escollos fieros:
Muestra uñas corvas la ave por el viento; Con una banda escueta afana y rema,
Viejos que hacen al niño centinela, Quebrantados costado y marineros;
Tienden palmas al aire; el aire mudo "V en medio de la befa que le humilla,
Hieren los canes con furor agudo. Pide el tardo bajel la ingrata orilla.

XLIX. LH.

Loriga de oro y - triple y fina malla Tal sesga sierpe, en el camino hollada
Relucía en los dones del trofeo: De veloz rueda, ó por viador, que herida
Usóla ya en los campos de batalla, La deja, y medio muerta, de pedrada,
Campos que riega el Símois, Demoleo: E l cuerpo tuerce por lograr salida;
Mal consiguen en hombros sustentalla Con lengua ardiente, con feroz mirada
Dos esclavos, Sagíris y Fegeo; Yérguese, en parte, rebosando vida,
Y así y todo, el jayan con ella un dia Y, en parte, de dolor se arrastra llena,
Fugitivos Troyanos perseguía. Y en sus propios anillos se encadena.

L. LIU.
Y en campos la ganó que el Símcis riega Mas la nave que en remos Saqueaba,
Enéas ya, cabe Ilion divino; Las velas descogiendo á puerto viene.
Y ahora la otorga al que segundo llega, Enéas de Sergesto el arte alaba
Arma al par y ornamento peregrino. Con que gente y bajel salvar obtiene,
Dos calderas, despues, de bronce entrega, Y le da el galardón: era una esclava
Tercer presente á quien tercero vino; De Creta oriunda, que por nombre tiene
Y dos vasos de argento, muestra rara, Foloe; en artes de Minerva, diestra;
Que el cincel de figuras abultara. Al seno puestos dos infantes muestra.
LIV.
LVIL
Así*acabada la naval porfía,
«Al campo* adolescentes, os convido,»
A un sitio ameno de hierbosos prados
E l Rey dijo á la gente congregada;
Enéas se adelanta: en torno habia
«Y á promesa gustosa dad oido:
Corvas selvas, umbríferos collados:
Nadie sin dón saldrá de la estacada.
Del va'le.el fondo en círculo se amplía;
Hé aquí dos dardos de metal buido,
Teatro natural forman sus lados; Cretenses, y de argento nielada
Y allá la multitud vuela contenta, Una hacha de dos filos: ved en esto
Y en medio el Rey con majestad se asienta El común premio á cada cual propuesto.
LV.
Lvni.

Y con premios invita lisonjeros


»Al más aventajado combatiente
A competir en rápida corrida:
Daráse encima, amén de la corona,
Teucros, Sicanos, á su voz ligeros
Un noble potro con jaez luciente:
Saltan á par á do el honor convida.
Al segundo, una aljaba de amazona,
Van Euríalo y Niso los primeros:
Provista, y de áureo tahalí pendiente
Radiante el uno en juventud florida,
Que gruesa perla cual boton tachona:
Insigne otro por su casta llama;
Al tercero, este hermoso yelmo argivc;
Bello Euríalo es; Niso le am .
Y los tres ceñirán ramas de olivo.»
0
L l.
L1X.

Vino, sangre de Príamo, Diores;


Dijo, y puestos eligen; y al instante
Y Patrón luégo y Salió juntamente
Que señal de partir dió la trompeta,
Aqueste de tegeos genitores,
Cual ráfagas de viento resonante
Esotro de Acarnania procedente.
De la raya mirando"huyen la meta..
Compañeros de Acéstes, cazadores,
Niso, fuerte y veloz, sale adelante
Mancebos de gallardo continente,
Como alado relámpago ó saeta;
Van Helimo y Panópes en seguida;
Corre Salió despues, distante empero;
Y otros de nombre que la fama olvida. Euríalo. lo mismo, va tercero.
214 VtRGIl.tO. [323 339] £ > s : d a .

LX1II.
LX.

Sigue á Euríalo Helimo en su carrera; Llega Helimo despues, y en fin Diores.


A Helimo pié con pié signe Diores; "Salió á engaño se llama, visto aquello;
Ya, ya al hombro le hostiga, y si se abriera Pide el prez, y á la flor de espectadores
Más campo á sus intrépidos furores, -Con su aplauso da en cara á voz en cuello.
Del que último volaba el lauro fuera A Euríalo protegen, sin clamores,
Ó en balanza quedaran los honores. Virtud llena de gracia en rostro bello,
Ya el término llegando iban en suma, Virtud que encanta y pundonor que llora,
Y el esfuerzo los músculos abruma. Y el sufragio de un pueblo que le adora.

LXIV.
LXI.
.R

Hé aquí casi triunfante (¡infausto caso!) Favorécenle á par altas razones


En verde grama que la suerte quiso Q u e hace Diores, que su palma espera:
Hubiese matizado humor escaso Palma, si Salió de los grandes dones
De inmolados becerros, pisó Niso: Ninguno ha de llevar, suya y postrera.
Tratara en vano de afianzar el paso Y dijo Eneas: «No temáis, garzones:
Titubeante en suelo húmedo y liso; El órden de los premios nadie altera;
Llega veloz, veloz resbala, y todo Ni vuestros fueros mi amistad lesiona
Tinto en sangre quedó, y envuelto en lodo. Si al valor desgraciado galardona.»

LXV.
LXIl.

No allí Niso olvidó su amistad bella; Y una piel de león da á Salió, armada
Mas álzase en el pérfido terreno; C o n áureas garras y hórridas guedejas.
Salió sigúele incauto, se atropella, Niso entónces habló con voz turbada:
Y yéndose de pies rueda en el cieno. «Si ese honor á vencidos aparejas
Euríalo veloz como centella Y tanto un contratiempo te apiada,
Adelante de todos, de ardor lleno, Para Niso, señor, ¿qué premio dejas?
Entre aplausos sin número se lanza, Mió es el triunfo, si la suerte esquiva
Y, merced de amistad, el lauro alcanza. Q u e á Salió hirió despues, no me derriba.»
216 VIBGÍLIO. 375J e n e i d a . 217

LXVI; LX!X.

Habla, y del golpe el afeante signo T a n t o como en la fúnebre palestra


Muestra, hablando, en el cuerpo y triste cara Soberbio entónces levantarse pudo
Oyóle el Rey y sonrió benigno, Cuando dejó al jayan sola su diestra
Y un rico escudo le ordenó llevara: Tendido en la sangrienta arena y mudo,
F u e éste del mozo egregio premio digno: Soberbio ahora se levanta, y muestra
Lo hizo Didameon con arte rara, Los hombros fornidísimos desnudo;
• Y al templo de Neptuno do pendia, Y un brazo y otro vigoroso extiende,
Argivo brazo lo arrancara un dia. Y los aires azota por do hiende.
LXVIK LXX.

Cesó la competencia de esta suerte; En medio del innúmero gentío


Y Enéas señalando férreo guante: Otro igual campeón se busca en vano:
«Ahora,» dijo, «el que se sienta fuerte, Nadie á aceptar se atreve el desafío,
Ceñido el puño indómito levante. Nadie del cesto á rodear la mano.
Lucio novillo al que á vencer acierte, El, sin par, á su juicio, en poderío,
Con cintas y oro el asta rutilante, Saluda á Enéas y prosigue ufano
Daré por galardón: gentil celada, Sin que en mudo homenaje instantes pierd-i.
Por consuelo, al vencido, y una espada.» De una asta asiendo al toro con la izquierd-:

LXVUI. LXXI.

Con murmullo del vulgo circunstante. «¿Qué más quieres que aguarde, hi;o de Diosa?
Lleno Dáres alzóse de ufanía: El dón se me adjudique, pues ninguno
Él solo, en Troya, á Páris arrogante Su fuerza con mis fuerzas medir osa.»
A contrastar lidiando se atrevía; Los Teucros barbotaban de consuno
Y él solo á Bútes, triunfador gigante, Apoyando la súplica orgullosa.
Que, de origen bebricio, pretendía Con ruego en tanto Acéstes importuno
Llevar sangre de Amico, invicto en guerra. Reprende, incita'á Entelo, que á su lado
Cabe el túmulo de Héctor echó á tierra. Yace en el verde césped reclinado:
VI' GILIO. [3S9 406] ENEIDA.

LXX¡'. LXXV

«Tu nombre de valiente entre valiente» Más que de paso el mismo Dáres cía;
¿Qué sirve, Entelo, sin tan buenos dones Y mudo con la mano el grande Enéas
Con tanta calma en paz llevar consientes? E l enorme volúmen revolvía
Hoy de Erice divino y sus lecciones De los gruesos anillos y correas,
¿No es deber patrio que el honor sustentes? Y di jóle el anciano: «¿Qué sería
La fama que asombraba estas regiones Si de Hércules las armas giganteas
¿A dónde se oscurece? ¿Qué se han hecho Hubieses visto, y la espantosa hazaña
Los despojos pendientes de tu techo?» Q u e hizo estas playas funeral campaña?
LXXIII. LXXVI.

Entelo respondió: «No son extraños »Fué hijo Érrce, cual tú, de Vénus, y esos
Valor y amor de gloria al pecho mió; Los correones son que usaba en lides:
Mas siento ya de la vejez los daños, ¿Esparcidos los ves de sangre y sesos?
Mis miembros ciñe ya rígido frió. Los mismos son con que paró ante Alcídes;
Yo si hoy tuviese el que en mis verdes años, Y yo también con vigorosos huesos
Cual le goza ese audaz, ardiente brío, Los blandí contra fuertes adalides
No el premio disputara, sí la palma; Cuando áun léjos la edad miraba ingrata
Que ocupe el premio vil, lo llevo en calma.-» Que ambas mis sienes esmaltó de plata.»
LXXIV. LXXVII.

Habló Entelo; y volviendo por sus fueros, Y á Dáres retorciendo la mirada:


Se alza, y dos cestos en el campo lanza «Mas si rehuyes, campeón troyano,»
Con que Érice ostentara en golpes fieros Prosigue; «si á tu Rey piadoso agrada,
Con los ligados brazos su pujanza. Y al mió, que combate por mi mano,
Ven los siete boyunos recios cueros Fuerzas equiparar en la estacada,
Graves de plomo y hierro á hercúlea usanza, Gustoso á justos términos me allano:
Y todos se imaginan con asombro ¡Ea! las armas de Érice te cedo;
Del buey la talla, y del atleta el hombro. Las troyanas depon, y pon el miedo.»
LXXXi.
LXXVHI.
Firme está Entelo; mas con pronta vista
Aun bien no lo hubo dicho, se adelanta, Y e por do heridas, ladeando, ahorre;
Y del doble ropaje se desnuda, El otro el campo mide, y por do embista
Y en pecho, brazos, músculos, espanta Entradas busca, á embestir acorre:
Ver su nerviosa robustez membruda: Tal tropa audaz, de máquinas p ovista,
Ya, en medio el campo, colosal se planta; Soberbio muro ó enriscada torre
Y dando Eneas término á la duda, Que medite arruinar, asalta, embiste;
Trae de iguales cestos sendos pares, Torna á atacar, y el torreon resiste.
Y á Entelo de ellos arma y arma á Dáres.
LXXXIL
LXXIX.
El brazo Entelo, amenazando estrago.
Y en simultáneo arranque de osadía
Alza descomunal; mas ve de arriba
Ya éste en puntas de piés y aquél se adreza;
Venir, Dáres, con tiempo, el fiero amago,
Los brazos uno y otro al aire envía,
Y hurta el cuerpo veloz y el golpe esquiva:
Cautelosa hácia atras la alta cabeza:
Hirió el furioso combatiente en vago,
Tirábanse por las manos; á porfía
Crecen amagos, y la lucha empieza Y enorme por su peso se derriba,
Entre el púgil que mueve ágil la planta C u a l rueda hueco pino, dando espanto,
En bosques de Ida ó cumbres de ErimantO:
Y el jayan que disforme se levanta.
Lxxxiq,
LXXX.
Levántanse ambos campos con ruido,
Va el joven en su edad esperanzado;
Y ün grito al cielo lanzan simultáneo:
Fia el viejo en su mole, aunque flaquean
Las rodillas y el cuerpo treme helado; Acude Acéstes, viéndole caido,
A ayudar al amigo y coetáneo:
Y ambos con vano afan tiran, golpean:
H¡érense aprisa al cóncavo costado: Surge él sin quiebra de ánimo ó sentido;
Ronco el pecho resuella: menudean Antes fuego de cólera espontáneo
Por orejas y sienes las puñadas: Arde en su pecho, el pundonor le pica,
Las mandíbulas crujen martilladas. Y el probado valor fuerzas duplica.
2 v i r g i l i o . [-iaS- e n e i d a . 223

LXXXIV. LXXXVII.

Y ya en rápida tuga, impetüoso, El cual del lauro y con su toro ufano,


Tirando golpes de una y otra mano, «Ved, pues, ahora, y ponderad,» decia,
Sin parada, sin vado, sin reposo, «¡Oh hijo de Diosa! ¡oh ejército troya no!
Persigue á Dáres por el ancho llano; Cuál en mi juventud la fuerza mia
Cual turbión que los techos fragoroso Hubo de ser, y Dáres de mi mano
Azota con granizo, el héroe insano Cuál muerte, á no salvarle, probaria.»
Hiere á ciegas con furia borrascosa, Dijo, y plantóse del novillo enfrente,
Y á Dáres acomete, envuelve, acosa. En alto puesto el brazo prepotente;

LXXXV. LXXXVIII.

No sufre En jas que adelante siga Y á plomo entre ambos cuernos, guarnecida
La encarnizada obstinación de Entelo, La mano descargó cual duro hierro:
Y del campo, ya muerto de fatiga Húndese el cráneo, y trémulo, sin vida,
Saca á Dáres con voces de consuelo: En tierra con su mole da el becerro.
«¿Demente estabas? ¡Ah, infeliz! te hostiga «¡Salve, Erice inmortal!» clamó en seguida:
No humana fuerza, pero el mismo Cielo; «Puestas las armas, con que triunfos cierro.
Cedes á un Dios; rendirte no te pese.» Más bien que la de Dáres, en memoria,
Dijo; y manda su voz que la lid cese. Yo dó y consagro esta ánima á tu gloria.»

LXXXVI. LXXXIX.

En torno del vencido en ese instante Luégo al juego del arco el Rey troyano
Llega fiel uno y otro camarada, Invita, y premios pone. De la nave
Y, flacas sus rodillas, vacilante Que Seresto gobierna, con su mano
La cabeza, la boca ensangrentada Va él mismo y fuerte arbola el mástil grave;
Y el ornato dental roto y nadante, Y alígera paloma al aire vano
Llévanle al puerto. Morrion y espada En el tope suspende (atada el ave
Reciben advertidos, y se alejan, A una cuerda, la cuerda al mástil fija)
Y el toro al vencedor y el lauro dejan. A donde el tiro el flechador dirija.
xc. xcm.
Llegan de ellos; y un casco que reciba Tendió el arco avanzándose forzudo
Las suertes, traen en medio. La primera, Mnesteo, vuelto á lo alto ojos y flecha;
La de Hipocon, el de Hírtaco, con viva Mas no tanto que al ave hiriese, pudo
Aclamación del vulgo, saltó fuera. La férrea punta encaminar derecha:
Coronado la sien de verde oliva, Rompió empero la cuerda y lineo nudo;
Reciente prez de la naval carrera, Y libre el pié de la atadura estrecha,
Oyó, en segundo término, Mnesteo La paloma veloz sacude el vue'o
Grato sonar su nombre á su deseo. Entre nubes plomizas por el Cielo.

XC1. XCIV.

Tocóle á Eurition salir tercero: Eurition, ya el arco apercibido,


Hermano tuyo, oh Pándaro divino, Tiró, invocando á Pándaro en su ayuda,
{¡Tú que al campo de Aquivos, el primero, Al ave que de nublo opaco vido
Lanzaste, compelido del destino, Salir aleteando, flecha aguda:
El dardo de discordia mensajero!) Alcanzóla en su vuelo envanecido;
Del fondo del almete al aire vino, Ella el hincado astil trayendo muda,
Postrer nombre, el de Acéstes, que ahora ufano Dejando por allá la dulce vida,
En lid de mozos á terciar va anciano. Al suelo vino en mísera caida.

xcn. XCV.

Todos con brazo enarco arman pujante, Solo Acéstes quedaba, ya baldío,
Y sacan primas flechas del aljaba: Y la pal ma perdida y la esperanza;
Ante todas, del nervio rechinante Mas del brazo ostentando el arte y brío
Arrancó la que el de Hírtaco ajustaba: Y del arco sonante la pujanza,
Hiere el viento, y al mástil que delante Vuelta la faz al ámbito vacío,
Mira, parte veloz, y en el se clava: Apunta en vago, la saeta lanza,
Al golpe tembló el palo; alas agita Y ocasiona, no entonces entendido,
Medrosa el ave, y el concurso grita. Milagro aéreo de infeliz sentido.
TOMO i . 45
XCVI.
XCIX."

Confirmaron despues con voz tardía Dice; y ciñe á su sien envejecida


Adustos vates el infausto agüero: Verde rama, y triunfante le pregona.
Y fué así que inflamado discurría A Eúritfon, que disputar no cuida, •
Entre celajes el volante acero; Cual pudo, muerta el ave, la corona,
Con fuego señaló su etérea via Premió inferior á Acéstes. En seguida
Y apagóse en los aires; cual lucero Al que nudos deshizo galardona;
Que vaga desquiciado por la estera
Y á aquel con recompensa honra postrera
Arrastrando su ardiente cabellera.
Que la flecha en el palo hincó primera.
XCVII.
C.

Al Cielo los medrosos corazones Enéas, no el cértamen concluido,


Ambos pueblos levantan juntamente; Llamado habia al de Epito á su lado,
Mas no igualó con fúnebres visiones Tutor del tierno Yulo, y á su oido, '
El gran Enéas la visión presente;
Fiel á secretos, confió un recado:
Antes sonríe cumulando dones,
«Vé, corre; á Ascanio di que si instruido
Y á Ace'stes abrazando, al par ri'ente, Tiene y á la carrera adeliñado
Aunque grave el semblante, de alegría, Su escuadrón de muchachos, más no tarde,
«Lleva, ilustre monarca,» le decia:
Y honre al abuelo con vistoso alarde.»
xcvnL
CI.
«Lleva esta copa, de labores rica
Él mismo á la esparcida concurrencia
(Que del Olimpo el reinador, no en vano
Manda dejar los campos escombrados:
Con esa aparición me significa
Llegan ya, y con gallarda continencia,
El honor que te debo soberano):
En caballos del freno bien guiados,
Mi anciano genitor te la dedica;
Avanzan de sus padres en presencia
Recíbela, dón suyo, de mi mano:
Niños de hoja menuda coronados;
A él el tracio Ciseo ántes la diera
Insigne prenda de amistad sincera.» Y al verlos desfilar, rumor que halaga
A un tiempo en ambos pueblos sordo vaga.
' CII.

Dos de agreste cerezo jabalinas


Con punta herrada llevan todos ellos: Los demás en sicanos pisadores
Aljaba al hombro, algunos: de oro finas Vienen, del viejo Acéstes, cabalgantes.
Cadenas caen de los ceñidos cuellos. Agólpanse en tropel espectadores
Despártense en tres bandas peregrinas, Troyanos, desfilando los infantes;
Doce en cada una, los garzones bellos; Y al ver á éstos de antiguos genitores
Y, en competencia igual de su edad tierna, Los semblantes copiando en sus semblantes
Agil cada una un capitan gobierna. Que la esperanza y el temor demudan,
Con estruendo de aplausos los saludan.
CIU.
CVI.

¿Veislo? mandando va su compañía,


Luégo que el circo hubieron recorrido
Hijo, Polítes, tuyo, el pequeñuelo
Tal que viese cada uno al que aguardara,
Príamo, que del nombre se gloría
El de Epito de lejos un silbido
(Cual de él ítalos nietos) de su abuelo:
Dió de repente, y sacudió su vara:
Monta un corcel de los que Tracia cria,
A galope lanzándose, al chasquido,
Gallardo, bicolor, que el duro suelo
Cada banda, del centro se separa; -
Con alba mano denodado huella,
Mas, no bien la segunda seña oida,
Y lleva en la alta frente alba una estrella.
Vuelven, blandiendo el dardo, fácil brida.
CIV.
CVE.

Por segundo caudillo Átis figura,


Y á hacer tornando lo que hicieron ántes
Claro abolengo vuestro, Acios romanos:
Las cuadrillas se apartan, se avecinan;
Iguales en la edad y la ternura
Vueltas dan y revueltas elegantes;
Andan Atis y Ascanio cual hermanos.
Giros, tornos, enredan y combinan:
Llega éste al fin, primero en la hermosura,
Y en juegos á combates semejantes,
En un potro de climas africanos:
Ya dan la espalda; ya á volver atinan,
A él la cándida Dido ántes lo diera
Y amagando, venablos abalanzan;
Insigne prenda de afición sincera.
Ya, hechas las paces, de concierto avanzan.
230 VIRGILIO. 231
«053 ENEIDA.

cvm. CXI.

Como hienden delfines la onda fria; Fué así que en ese medio, rencorosa,
Nadando, al mar Carpacio, en varios modos Mal sanada lá llaga que encubría,
Cual marañada, inextricable via Juno del Cielo á Iris vaporosa
En la alta Creta con sus mil recodos A las naves ilíacas envía:
El laberinto pérfido tejía A la húmida ninfa la gran Diosa
Porque, en calando, se perdiesen todos; Impetu añade en la región vacía
Así los pequeñuelos se cruzaban Y del arco la adorna de colores,
Y tal madeja, entrando, huyendo, traban. .Miéntras vuelve en secreto sus dolores.
CIX. CXII.

Estas fiestas á imágen de batallas Ella parte invisible, vuela aprisa,


Fué Ascanio el que en los campos italianos "Ve el inmenso concurso, tuerce al puerto;
Primero instituyó, cuando en murallas Las anchas playas vacilante pisa
Ciñó á Alba Longa y protegió sus llanos: Y todo siente estar mudo y desierto:
Enseñados pudieron practicallas Al fin las damas de Ilion divisa
Los Latinos, y luégo los Albanos: Que en cóncavo remoto, al mar abierto,
Hoy de Troya apellido el juego toma Honrando á Anquíses lágrimas le daban,
Y el escuadrón que lo ejercita en Roma. Y en el lóbrego mar la vista clavan.
CX. CXIII.

Niño entónces Ascanio todavía, Y así, con mustia faz y ojos inmotos,
Con esotros mozuelos sus iguales Con una voz, la que el dolor les presta,
Al glorioso abuelo estos hacía «Mares cruzamos ya,» dicen, «ignotos;
Honores, si festivos, funerales: ¡Oh, y cuánto de agua por salvar nos resta!»
Celebraba la alegre compañía Por lograr firme asiento elevan votos;
En los sículos campos juegos tales; Hablar de un más alli, pesar les cuesta;
Mas trocó la Fortuna en un instante
Y hé aquí, miéntras derraman sus querellas,
Con torvo ceño el plácido semblante.
íris astuta se desliza entre ellas.
V i r g i l i o .
636] ENEIDA. 233
CXIV. CXV1I.

Veste aérea y gentil fisonomía »Yo en sueños vi que antorchas esgrimía


Poniendo la Deidad, la frente anciana La sombra ilustre de Casandra fiera,
De Beroe usurpó, que, esposa un dia Y, «A Troya aquí reedificad!» decia:
Del ismario Doriclo, andaba ufana «Ésta, ésta es nuestra patria verdadera.»
Con su nombre, su prole y su hidalguía; No consiente demoras, á fe mia.
Y, entre ancianas ilustres falsa anciana, Tan gran visión, ni la ocasion da espera.
«¿Qué aguardamos, ah míseras!» les d i o : Hé aquí ofrezco á Neptuno cuatro altares:
«.Pobre generación! .suerte infelice! ¡Hachas dános y ardor, Dios de los mares!»

cxv. CXVIH.

»Fortuna impía del acero griego Dice, y de fuego resplandece armada;


Nos reservó para mayores males: Alza la mano, y de piedad desnudo
Cumplidos van, desde que á Troya el fuego- Flamígero tizón lanza á la armada;
Devoró, siete círculos añales: Pásmanse todas con asombro mudo.
La tierra hemos corrido, el ponto ciego, Pirgo, entre ellas en años avanzada,
Y medido los cercos siderales; Que á la prole de Príamo fué escudo,
Y áun vamos por el mar, nao combatida, Nodriza á tantos hijos oficiosa,
A Italia que burlando nos convida. «No es de Doriclo,» dice, «no, la esposa;

C X VI.
CXIX.

»Erice fraternal está presente;


»Ni es ser mortal, matronas, lo que veo;
Aquí Acéstes bondoso nos ampara;
Notad de insigne majestad señales,
Y podemos en base permanente
El porte, de la vista el centelleo,
La Patria restaurar. ¡Oh Patria cara!
Voz divina y fragancias celestiales.
¡Oh Dioses rescatados vanamente!
La retea Beroe su deseo
¡Qué! ¿y nunca el patrio muro, nunca un ara De hacer á Anquíses honras funerales
Troyana hemos de ver, ni un Janto amigo? Con nosotras aquí, distante ahora
¡Venid ¡Las naves incendiad conmigo! (Yo enferma la dejé) frustrado llora,»
- - ••

23Í VIRGILIO.

cxx.
Ellas perplejas á la flota en tanto
Y él, «¡Desgraciadas! ¿qué f u r o r extraño,
Revuelven maliciosas las miradas:
Q u é error,» les dice, «os precipita ciego?
El interpuesto mar les causa espanto,
¿Pensáis que á argivos campos hacéis daño?
Mas l is llaman regiones anunciadas.
¡Oh, á vuestras esperanzas pegáis fuego!
Oscilan entre amor y deber santo, fs~
Yo vuestro Ascanio soy: ved si os engaño.»
Cuando íris de repente á sus miradas
Dice, y el morrion, disfraz del juego,
Toma vuelo, y una ala y otra ala,
Deposita á sus plantas, y les muestra
Trazando un arco inmenso, abre é iguala.
La faz amiga y la inocente diestra.
CXXI.
CXXIV.

En frenesí convierten sus arrojos ,


E n pos de Ascanio presurosos tiran
Con la visión espléndida las damas:
Su padre mismo y los demás Troyanos.
Teas clamando lanzan, y, despojos
Mas ya las tristes en lo que hacen miran,
Del consagrado altar, hojas y ramas:
Y á ocultar su vergüenza, por los llanos
Van ministros de estrago los manojos;
Que extiende la ribera, mustias giran
Y dando rienda á las voraces llamas
Huecas peñas buscando: á sus hermanos,
Remos trepa y escálamos Vulcano,
Vueltas en sí conocen, y les pesa,
Cruje y las gayas popas lame ufano.
Libres de Juno, de la aleve empresa.
CXXÍL.
cxxv.
Llevó al anfiteatro y sepultura
San^a de Anquíses, la noticia Eumelo; Pero el voraz incendio, áun no contento.
Vuelven luégo á mirar, y en nube oscura Sus indómitos ímpetus no afloja:
Ven trémulas pavesas ir al Cielo. De las húmedas tablas el asiento
Tuerce al campo de horror y desventura Arde estoposo, y grueso humo arroja:
De su alegre carrera Ascanio el vuelo; Consume las carenas fuego lento:
Con vano afan por detenerle, al paso Vana es la onda esparcida que las moja,
„Salen sus ayos con aliento escaso. Ni hay ya luchar con la arraigada llama,
C u a n d o hé aquí suplicante el Rey exclama:
236 <699} ENEIDA.
VIRGILIO.

CXXIX.
CXXVI.

«¡Oh Júpiter supremo! Si de humanos Cuatro habia el incendio devorado;


Males, cual usas, áun piedad hoy tienes; Con cuyo acerbo caso que intimida,
Si no en uno maldices los Troyanos, Eneas vacilante, acobardado,
Esta última porcion de nuestros bienes No sabe por cuál rumbo se decida:
Salva de azar cruel, fuegos insanos: Si en Sicilia su nido asiente, al hado
Mas si á muerte merezco me condenes, Mal sumiso, que léjos le convida,
Destruye de una vez nuestra esperanza, O si á Italia persiga, al hado atento;
Y húndame el rayo aquí de tu venganza!» Y la duda tenaz le da tormento-

CXXX.
CXXVII.
*

Rasgado de sus hombros el vestido Náutes entónces, venerable anciano


Y ambas las manos extendiendo al Cielo, P o r la tritonia P_',las adivino,
Así Eneas con férvido alarido, A quien ella dotó con larga mano
O muerte ó salvación pide en su duelo; De ingenio insigne y de infalible tino,
Y áun bien no hablara, cuando nublos vido Interrogado respondió, no en vano,
Con que el aire oprimir amaga al suelo; Ya sobre muestras del furor divino,
La esfera en un momento se ennegrece, Ya lo que el hado inevitable ordena,
Ronco trueno las cumbres estremece. Y al héroe hablando, su inquietud serena:

CXXVIII. CXXXI.

Y ya sin más tardar, de los collados, «¡Hijo de Diosa! al fin llegar porfía
Acompañados del fragor del viento Q u e una vez y otra vez marcó tu sino:
R Í O S descienden á inundar los prados Tenaz luchando un dia y otro dia,
Furiosos con hinchado movimiento: Vencerás los rigores del destino.
Ciego á los buques va medio abrasados, Ahí Acéstes está que se gloría
Las popas cubre el rápido elemento, De su origen superno: en tu camino
Y oprimiendo el vapor, que al fin apaga. T e dé su luz,.y á su favor sincero .
Libra las naves de la peste aciaga. Los restos fia del estrago fiero.
VIRGILIO. [715 e n e i d a . 239

CXXXII. CXXXV.

»Quienquier de tu alta empresa lleve enfado, »Vé, y cumple sin temblar las prevenciones
Las matronas, cansadas de los mares, Que anciano consultor te hace sinceras:
Los ancianos; en fin, cuanto á tu lado Flor de mancebos, recios corazones
Mezquino, flojo, inválido notares, Llevar debes de Italia á las riberas:
Quede todo de Acéstes al cuidado: Allí con tus valientes campeones
Funden ellos aquí muros y altares, Gentes has de postrar duras, guerreras-
Y de Acéstes merced, de Acesta el nombre Mas ántes avendrá que te regales
Al nido que afiancen, grato asombre.» Bajando á las moradas infernales.

c x x x n r. CXXXVI.

Alentó el sabio al Rey; mas le destroza »Harás, en pos de mí yendo, hijo mió,
Con nuevas dudas que á su mente inspira. Cruzando el hondo Averno, oficio grato
Y ya la húmida Noche en su carroza Que yo no habito el Tártaro sombrío,
Que negra copia de caballos tira, Mas los campos Elíseos moro y trato,
Ocupa el firmamento. En esto goza Deliciosa comarca, gremio pió:
Ensueño seductor el héroe, y mira Una maga de púdico recato,
La apariencia bajar del padre amado Si hartas víctimas negras inmolares,
Que á hablarle empieza con benigno agrado: Te llevará á los místicos lugares.

CXXX1V. CXXXVII.

«Hijo, más caro que mi propia vida »Y la prole y ciudad que te destina
Miéntras las auras respiré vitales; Fortuna, entonces mirarás presente.
Tú, á quien prueba Fortuna encrudecida, Mas ahora, adiós: la Noche ya declina.
A partir de Ilion, con tantos males! Y con soplos me acosa el Oriente
Jove en tu auxilio de enviarme cuida; De sus potros fogosos, que avecina.»
Jove, que de las sedes celestiales Así hablaba la sombra, y de repente
Del afan se conduele que te aqueja, Húrtase al hijo y á su amante empeño
Y el voraz fuego de la flota aleja. Cual humo vano ó fábrica de un sueño.
C XXXVIII. CXLI.

Y él, «¿Por qué de mis brazos se desliza Marca el troyano Rey con el arado
T u imágen? ¿no te curas de mi ruego? De la ciudad el ámbito; sortea
¿Huyes? ¿me dejas?» clama; y la ceniza Los solares del campo rodeado
Resucitando incontinente, el fuego Para edificios, y esto manda sea
Q u e aletargado dormitaba, atiza: Troya, y eso Ilibn. Alborozado,
Sacra masa y colmado incienso luégo Cordial troyano, Acéstes, á la idea
Al Dios ofrece que á su pueblo ampara, Del nuevo reino, tribunal y plaza
Y humilde á la alma Vesta honra en el ara. Designa, y al Senado fueros traza.

CXXXIX. CXLII.

Consumó el sacrificio, y convocados Luégo á Vénus Idalia, venerada


Sus amigos, Acéstes el primero, De su pueblo, en el vértice Ericino
Repite los oráculos sagrados Dedica, por pacífica morada,
De su padre, de Jove mensajero; Un templo de los astros convecino-
La voluntad pronuncia de los hados De Anquíses al sepulcro hace se añada
Y su propia intención franco y sincero: Culto, y ministro, y bosque peregrino;
No hay á sus planes quien demoras teja; Y banquetes ordena, y alegrías,
Acástes coronarlos aconseja. Y piadosos oficios nueve dias.

CXL. CXLIII.

Madres se alistan que en los nuevos techos Ya llegaba el momento: el Austro insiste
Fundar asientos de familias deban: Convidando á la mar blanda y serena:
Quédanse á par cuantos vulgares pechos Alzase lloro femenil, y triste
De grandes cosas ambición no llevan. La corva playa con lamentos suena:
Tostados bancos, mástiles deshechos, En el abrazo último resiste
Vuelan los otros á mudar; renuevan Amor á desatar dulce cadena:
Remos, jarcias, con mano diligente; Las madres mismas que la mar ternian,
Número escaso, mas resuelta gente. Ni áun la osaban nombrar, partir querrían.
t o m o i. j(j
242 VIRGILIO.
785] ENEIDA. 243
CXLIV.
CXLVI1.

Cuantos han de quedarse, en sus fatigas »Eterno es el furor que su alma siente;
Parte al troyano Rey piden ahora: Que no bastó á su cólera sombría
El con palabras los consuela amigas, Haber talado la ciudad potente
Hijos á Acéstes los entrega, y llora. Que en la ancha Frigia dominaba un dia,
Manda á las Tempestades enémigas Ni arrastrar las reliquias de su gente
Matar una cordera; á Erice adora; Por senda de martirio. Todavía
Tres becerros también manda le maten, Al pueblo hundido en perseguir no cesa
Y que en órden los cables se desaten. En sus huesos nadantes y pavesa!
CXLV.
CXLVIII,

Yérguese él en la prora, coronado »La causa ella sabrá de tanta saña:


De hojas menudas de sagrada o.iva: Yo sé, y las ondas líbicas tú mismo
Un vaso empuña, al piélago salado Viste cómo á manera de montaña
Intestinos arroja, y néctar liba. Encrespó amenazando cataclismo;
En popa aura terral hiere de grado De Eolo en el favor fió; se engaña;
Alejando las naves de la riba; Mas era su intención cielo y abismo
Bogan el remo, y al batir contino E n uno confundir; y así la impía
Cubren de espuma el líquido camino. Insolente tus reinos invadía.
CXLVI.
CXLIX.

No halla en tanto á su afan Vénus sosiego; »Hoy, ¡qué horror! á las hembras roba el tino,
Vuela á Neptuno, y «El que Juno abriga Y las naves ardiendo á los Troyanos,
Odio irreconciliable,» gime, «al ruego, Fuerza á Enéas, cerrándole el camino,
Neptuno ilustre, á descender me obliga; A dejar en destierro á sus hermanos.
Que no su ira cruel, su rencor ciego Haz siquiera que al Tibre laurentino
Amansan años ni piedad mitiga, Estos últimos restos lleguen sanos,
Ni lo que ordena el hado ó Jove manda Si ya al muro las Parcas prometido -r
Su indómita ambición quiebra ni ablanda. No han de negarles; si lo justo pido.»
CL. CLIII.

Respondió el Dios que el ponto señorea: »¿Qué dudas, pues? ¿qué temes por Enéas?
«Pon confianza en el imperio mió, Yo lo mismo que entónces, ahora siento:
Que en mis reinos naciste, Citerea, El al puerto de Averno que deseas
Y ya á Eneas mostré mi afecto pió: Llegará con su gente á salvamento:
Yo mil veces, por él, si el mar ondea Habrá sólo uno que anegarse veas,
Las nubes conjurando á estrago impío, Escogido holacausto.» Así el aliento
Serené la amenaza; y no hice ménos Neptuno á Vénus vuelve; y ya bizarro
En tierra que del piélago en los senos. Con arreos de oro orna su carro.

CLI. CUV.

»Janto y Símois me saquen verdadero: Pone á los brutos el bañado freno,


Cuando Aquíles con furia impetüosa Dales con fácil mano suelta brida,
Por la espada inmoló tanto guerrero Y por el mar, magnífico y sereno,
Que contra el muro de Ilion acosa; En su carroza va de azul teñida:
Cuando^ enfrenando su ímpetu ligero Tiéndese igual sobre el materno seno
El álveo, que en cadáveres rebosa, Bajo el eje tonante la onda erguida,
El Janto por las márgenes gemia Y cuanto nublo encapotó la esfera
Ni hallar lograba hácia mis reinos via; Su fuga por los aires acelera.

CLII. CLV.

»Yo á tu hijo entonces arranqué á la muerte Acompañan en torno al Dios marino


En nube con que entorno le rodeo, Grandes cetos y rápidos tritones;
Viéndole ménos bienhadado y fuerte Glauco y su coro, y Palemop de Ino,
Combatir con el hijo de Peleo; Y Forco y sus revueltos escuadrones:
Ni vacilé en librarle de esa suerte Hienden á izquierda el reino cristalino
A pesar del furor de mi deseo, Las hijas de sus húmidas mansiones:
Que hundir yo ansiaba la ciudad perjura, Talía allí, Cimódoce campea,
Ya (¡mal pecado!) de mi mano hechura. Tétis, Melite, y blanda Panopea.
i
CLVI. CLIX.

En la mente de Enéas indecisa «¡Hijo de Yasio, Palinuro mió!


Bullen en tanto imágenes amenas: Mira cómo resbala blandamente
Manda arbolar los mástiles aprisa Llevado de las ondas el navio;
Y las velas tender por la entenas: ¡Qué propicio que espira el manso ambiente!
No hay, lonas al izar, mano remisa; Un rato al soporífero rocío
Ya á este lado, ya á aquél las sueltan llenas Inclina ya la fatigada frente;
Tuercen cabos, retuércenlos á una; Hora es de descansar:'duerme sin miedo,
Mueve miéntras la escuadra aura oportuna Q u e yo en tanto por tí velando quedo.»

CLVII. CLX.

Palinuro adelante firme guia Alzó el otro los párpados apénas


La flota, que á su espalda se aglomera: Y dijo: «¿Lo que vale la semblanza,
Marchan, y á la órden obediente, fia Quieres que olvide yo, de olas serenas?
Cada nave en la nave delantera. .¿Que ponga en monstruo aleve confianza
Casi la vaporosa Noche habia Pretendes por ventura? ¿Me encadenas
Tocado á la mitad de su carrera; Porque entregue mi Rey á la mudanza
Y al pié del remo, de temor seguros, De mar y viento, de quien tantas veces
Duermen los nautas en los bancos duros. Probé las veleidades y dobleces?»

CLVIII. CLXI.

Dejó en esto las célicas regiones Dice, é inmóvil se afianza, y traba


Ligero un Sueño que las sombras hiende; Del gobernalle con ahincado empeño;
Mudo vuela, y fatídicas visiones Mira á los astros, y en los astros clava
Trayendo, .oh Palinuro! á tí desciende: Los mustios ojos resistiendo al sueño.
Sentado en la alta popa, las facciones Mas ya una y otra sien le golpeaba
De Fórbas toma, y seducirte emprende: E l Dios con su balsámico beleño
¡Mísero! que con voces de dulzura E n las aguas del Lete humedecido,
Ya el falso diosecillo te conjura; Y los ojos le anega en alto olvido.
ti
CLXII.

No bien los miembros el sopor le afloja


Cuando el sueño sobre él se precipita;
Mas no del gobernalle le despoja
Ni de su asida posicion le quita,
Antes al mar con el timón le arroja LIBRO SEXTO.
Y áun parte de la popa: llama, grita
Cayendo el triste; nadie oyó su acento;
Y el Dios aleteando huye en el viento.

CLXIII.
r.
Segura, empero, prosiguió la flota
Del favor de Neptuno protegida. Así hablaba y lloraba juntamente.
Mas hé aquí ya se acerca en su derrota Ya, riendas dando, por el mar navegan,
A la roca, otro tiempo tan temida, Y á las costas de Climas (cuya gente
De las Sirenas, que la mar azota, De Eubea vino) sin tardanza llegan.
De albos huesos de náufragos guarida; Tornan proas al mar: con tenaz diente
Y léjos con monótonos bramidos La ancla fija el bajel, y á tierra apegan
Resuenan los escolios combatidos. Las corvas popas, que en la orilla alzadas
La bordan de colores variadas.
CLXIV.
IL
Notó Enéas entónces que á la armada
Falta el piloto y perecer podría; Ledos embisten en hesperia tierra:
Y con mano acudiendo acelerada Quién hiere el pedernal, que en sus entrañas
La noche toda él mismo el timón guia; De la llama los gérmenes encierra;
Y entónces exclamó con voz ahogada: Quién penetra las ásperas montañas
«¡Pobre amigo! ¡fiaste en demasía Y leños corta, ó por su seno yerra,
De cielo bonancible y mar serena; Intrincada guarida de alimañas,
Yacerás insepulto en triste arena!» Y vuelve, y dando de placer señales
Enseña los hallados manantiales.
ti
CLXII.

No bien los miembros el sopor le afloja


Cuando el sueño sobre él se precipita;
Mas no del gobernalle le despoja
Ni de su asida posicion le quita,
Antes al mar con el timón le arroja LIBRO SEXTO.
Y áun parte de la popa: llama, grita
Cayendo el triste; nadie oyó su acento;
Y el Dios aleteando huye en el viento.

CLXIII.
r.
Segura, empero, prosiguió la flota
Del favor de Neptuno protegida. Asi hablaba y lloraba juntamente.
Mas hé aquí ya se acerca en su derrota Ya, riendas dando, por el mar navegan,
A la roca, otro tiempo tan temida, Y á las costas de Climas (cuya gente
De las Sirenas, que la mar azota, De Eubea vino) sin tardanza llegan.
De albos huesos de náufragos guarida; Tornan proas al mar: con tenaz diente
Y léjos con monótonos bramidos La ancla fija el bajel, y á tierra apegan
Resuenan los escollos combatidos. Las corvas popas, que en la orilla alzadas
La bordan de colores variadas.
CLXIV.
IL
Notó Enéas entónces que á la armada
Falta el piloto y perecer podría; Ledos embisten en hesperia tierra:
Y con mano acudiendo acelerada Quién hiere el pedernal, que en sus entrañas
La noche toda él mismo el timón guia; De la llama los gérmenes encierra;
Y entónces exclamó con voz ahogada: Quién penetra las ásperas montañas
«¡Pobre amigo! ¡fiaste en demasía Y leños corta, ó por su seno yerra,
De cielo bonancible y mar serena; Intrincada guarida de alimañas,
Yacerás insepulto en triste arena!» Y vuelve, y dando de placer señales
Enseña los hallados manantiales.
ÜL VI.

Mas Eneas piadoso á las alturas En frente, en medio al mar, se representa


En que Apolo descuella, se encamina, Greta: allí lo cruel de sus amores,
Y las cuevas recónditas, escuras, Del toro esclava, Pasifae ostenta;
Busca de la terrífica adivina Monumento de estúpidos furores
Que, inflamada del Dios, cosas futuras Allí el biforme Minotauro asienta
En estro rebosando vaticina: La planta; con sus vueltas, sus errores,
¿Veisle? entrando con otros va derecho Incierto entorno el laberinto gira,
Ora el bosque avernal, ya el áureo techo, Y á la amante princesa horror inspira.

IV. VIL

Dédalo de comarcas sanguinosas Cediendo de la triste á la porfía,


Huyendo, es fama, y del furor de Minos, Allí Dédalo mismo de Teseo
Fiarse osó con alas vagarosas El paso indocto con el hilo guia:
A los reinos del aura cristalinos: ícaro, y tú también lograras, creo,
A la región helada de las Osas Insigne asiento en la áurea galería;
Su vuelo por insólitos caminos Mas de padre el dolor ganó al deseo
Tendió, y moviendo las nadantes plumas, Del artífice audaz, que, el brazo alzando.
Fué en el alcázar á parar de Cúmas. Caer dos veces le dejó, llorando.

V, VIII.

Por vez primera allí devuelto al suelo, Enéas con su gente asaz tuviera
Grato, Apolo, al favor, logró ofrecerte En cada cuadro la mirada fija,
Sanas las alas que bogó en su vuelo Si, enviado adelante, no volviera
Y un templo dedicarte hermoso y fuerte. Turbando Acátes su atención prolija:
En las puertas, de Andrógeo el fin, el duelo Con Acates, graciosa compañera,
Grabó de los Cecrópidas, que á muerte Deífobe llegó, de Glauco hija,
Siete hijos tributaban cada un año; Intérprete de Apolo y de Diana;
La urna ciega allí está do sale el daño^ Que vuelta al Rey de la nación troyana,
IX XII.

«No es sazón de admirar primores tales,» «¡Eneas! ¿no será que al Numen santo
Le dice: «importa que inmolar decidas Con tus votos y súplicas regales?
De grey vacuna siete recentales No han de abrirse á tus pasos entretanto
Y á par siete ovejuelas escogidas.» Del pavoroso templo los umbrales.»
Esto dijo: Troyanos principales Calló: los Teucros con glacial espanto
Van á cumplir las órdenes oidas; Oyeron resonar palabras tales,
Y mostrándoles sigue ella el camino Y postrándose el Rey, con hondo acento
Al elevado templo Sibilino. Oró así en religioso arrobamiento:

X. XIII.

Hay en la roca eubea un lado hendido, «Febo, que de infortunios y pesares


Antro de cien entradas y cien puertas De los hijos de Troya te apiadas;
Que cien voces arrojan con ruido, T ú que al cuerpo del de Éaco, de Páris
De la oculta Deidad respuestas ciertas. Las flechas dirigiste enherboladas:
Cuando llegaban al umbral temido, Salvo, merced es tuya, hendí anchos mares
cqTiempo es que el ruego á consultar convierta» Que á ceñir van regiones apartadas;
Tus hados, huésped!» la doncella exclama; Yo he cruzado las costas africanas;
HéaquíelDios, héaquíelDios! mimente inflama.»- Yo las hórridas sirtes Vi cercanas.

XI. . XIV.

Esto la virgen pronunció en la entrada »Hoy piso en fin el límite italiano,


De la inmensa caverna: en ese instante Tierra de promisión que ántes huía;
Tartamudea, la color mudada, ¡Así ei signo maléfico troyano
Crespo el cabello, atónito el semblante: Haya hasta aquí llegado en su porfía!
Enfurecida, aérea, agigantada, Y ¡oh cuantos con furor visteis insano
Hínchale el Dios el seno jadeante, Crecer la gloria de mi patria un dia!
Y ya llena del numen soberano, ¡Dioses todos y diosas! sin enojos
Vibró puro su acento áun más que humano: Volved ya en fin á Troya vuestros ojos!
XV. xvm.

»Y ¡oh tú que en siglos ves áun no llegados, Diciendo: «¡Oh tú hasta ahora libertado
Santa sacerdotisa! (yo no pido De los riesgos del > iélago marino,
Imperio i o ofrecido por mis hados) Hoy de riesgos de tierra amenazado!
Da á mis Teucros gozar reposo y nido Vendrá tu gente al reino de Lavino
Con los Dioses de Troya fatigados; (No temas, no, que lo revoque el hado);
Y á He'cate y á Apolo, agradecido, ' Mas tiempo habrá que llore porque vino;
De mármol fundaré templo y altares Guerras, ásperas guerras estoy viendo;
Y fiestas en su honor apolinares. Miro al Tibre ondear, de sangre horrendo.

XVI. XIX.

»Tú en mi reino también ilustre asiento »Otro Janto, otro Símois, y otra hogaño
Tendrás, y tus sagradas predicciones Campaña cual la griega rigurosa
Guardando con solemne acatamiento, Verás, que el Lacio cria ya en tu daño
Tu culto servirán dignos varones. Otro Aquíles feroz hijo de Diosa;
Mas oye: á la merced irán del viento Ni faltará á tu gente en suelo extraño
Tus palabras si en hojas las dispones; De Juno el odio que jamas reposa;
Canta tú misma lo que cierto veas.» Y en tanto, ¿qué ciudades, ni qué playas
Aquí dió fin á su oracion Enéas. Habrá, infeliz, donde á rogar no vayas?
XVII. XX.

En tanto la Sibila áun se subleva »Y otra vez bodas en foráneo suelo


Por sacudir el númen que la oprime, Llorarán los Troyanos; y esa esposa
Y feroz se revuelve en la ancha cueva: ¡Cuánto traerá de afan! ¡cuánto de duelo!
Fogoso corazon, labio que gime ¡A ti y á tus vasallos cuán costosa!
El Dios le doma, que sobre ellos lleva T ú , hasta do el hado sufra, insta en tu anhelo
Hasta grabarla, inspiración sublime; Y lograrás, mudanza milagrosa,
Y dan su voz en ecos las cien puertas Que ántes que no otra, á próspero destino
Todas á un tiempo sin esfuerzo abiertas,, Una griega ciudad te abra camino.»
Í15] k b e i d a .

XXIV.

Tal desde su antro la Sibila fiera, »Y él, él me persuadió que reverente


C o n voz que infunde admiración y espanto, Llegase, y suplicante, á tus umbrales:
Hechos-desvuelve, edades acelera, ¡Oh! del padre y del hijo juntamente
Y en sombras la verdad brilla en su canto; T e apiádenlos trabajos inmortales;
Tal de su labio el ímpetu modera Q u e tú eres, virgen santa, omnipotente,
El Dios que el corazon le aguija en tanto; Y de los negros bosques infernales
Mas serenada al fin su ira espumante, La pavorosa Hécate no en vano
A hablarle torna el héroe suplicante: E l cetro aterrador puso en tu mano.

XXII. XXV.

«Áun no me has anunciado ¡oh virgen! nada «La prenda de su amor el tracio Orfeo,
ó nuevo ó imprevisto de mi vida. Luégo que hondo el Erebo la devora,
Mas oye: si hay aquí al Averno entrada, A salvar acertó, felice empleo
Si aquí está la laguna tan temida, Haciendo de su cítara sonora:
Con sobras de Aqueronte sustentada, Pólux, merced de enérgico deseo,
Concede que un favor solo te pida: Librar logró al hermano á quien adora,
Mi padre anhelo ver; guia mi planta, Y partiendo con él su sér divino
Y dígnate de abrir la puerta santa. Pasa y repasa el lóbrego camino.

XXIII. XXVI.

J>¡MI padre! Yo de en medio al enemigo »Callaré de Teseo; del tremendo


Entre llamas y dardos libertélo; Alcídes callo y su potente maza:
Yo le puse en mis hombros, y él conmigo ¡Yo, yo también de Júpiter desciendo!»
Fué dándome doquier fuerza y consuelo: Pronuncia el héroe, y al altar se abraza.
E l fué en mis viajes mi mejor amigo; Otra vez la adivina respondiendo,
E l los rigores de la mar y el cielo «Troyano hijo de Anquíses, de la raza
Con generosas muestras de osadía, De los supernos Dioses procedente,
Milagrosa en su edad, llevar solia. Oyeme,» dice, «y grábalo en tu mente:
TOMO i. 17
258 VIRGILIO. [126- 1403 E Ñ E ! DA.

XXVII.
XXX.

»Fácil es del Averno la bajada; »Y nadie ya la subterránea ruta


De dia y noche á la región oscura Pudo emprender á do el amor te llama,
Patente está la pavorosa entrada; Si ántes no desgajó la rica fruta:
Mas volver y elevarse al aura pura, La hermosa Proserpina esa áurea rama
" J Esa es la parte trabajosa, osada: Apropiada á su gloria la reputa,
Muy pocos á quien Jove con ternura Y es el obsequio que entre todos ama:
Vió, ó que ardiente virtud al Cielo eleva, Segado el tallo, el gérmen no perece;
Vencieron, raza de héroes, la ardua prueba. Retoña, y la áurea yema amarillece.
}
XXVIII. XXXI.

»Cubren selvas espesas y sombrías . »Vé, y de alto en torno el árbol investiga


El centro del Averno; á la redonda Con atenta mirada, y avistado,
Carcomiendo el Cocito ciegas vias Allá tiende la mano; que si amiga
Con su torpe caudal callado ronda. La suerte ríe, con sensible agrado
Mas si forzar el Tártaro porfías A! punto hará que el vástago te siga;
Y dos veces cruzar la estigia onda, Pero si adusto te rechaza el hado,
Si en esto gozas que á otros acobarda, No habrá fuerte segur ni ahincado empeño
Cómo has de comenzar escucha y guarda. Que el ramo aparte del materno leño.

XXIX.
XXXII.

»En medio de estas selvas donde moro, »Mas ¡ah! miéntras al sacro umbral se inclina
Oculto un ramo está que el tallo tierno T u oido, atento al deseado indulto,
Tiene, y las hojas trémulas, de oro, Un cadáver tus tropas contamina;
Consagrado á la Juno del Infierno: F u é tu amigo y le ignoras insepulto:
Cierra en su seno el fúlgido tesoro A honrarle ovejas negras vé y destina;
Hojoso un árbol entre el bosque eterno, Su cuerpo vé á librar de odioso insulto;
Y de valles en torno guarnecido, Y así, en fin, á estas lóbregas moradas
La amiga lobreguez le hurta al sentido. Bajarás, no 'á vivientes franqueadas.»
2G0 VIRGILIO. ENEIDA.

XXXII!. XXXVI.

Cesó, y quedóse la adivina muda. Mas ahora que insensato en la ribera


La medrosa caverna el héroe deja; Retaba al són de cóncava bocina
Mirando al suelo va, y acerba duda Al númen que á emularle se atreviera,
Le roe el corazon. Con él se aleja Envidiando Titon su arte divina
Acátes, fiel amigo: igual la aguda (Si no miente la fama vocinglera)
Pena que á Enéas, al andar le aqueja: Ahogóle en la espumosa onda marina.
.¿Quién será, cada cual finge y cavila, Cercándole los suyos danle en tanto,
El que muerto nos canta la Sibila? Enéas sobre todo, amargo llanto.

XXXIV. XXXVII.

Hablando, pues, del mal que les espera. Y llorando, el sagrado mandamiento
De doler y ansiedad el pecho lleno, A cumplir van, y fúnebres altares
Allá tirado en la árida ribera Con árboles á alzar al firmamento:
Cadáver infeliz ven á Miseno: Van á una antigua selva, hondos hogares
Miseno, hijo de Eolo, á quien diera De fieras: al herir de hachas violento,
Natura el arte de excitar al bueno Los fresnos y los pinos seculares
A los combates, y el guerrero bando Vacilan, los hendibles robles gimen,
Llenar de fuego, su clarin tocando. Y los olmos rodando el bosque oprimen.

XXXV. XXXVIII.

Él, cuando Troya, acompañado había A los suyos el héroe, apercibido


A Héctor: los campos él, de Héctor al lado, De iguales armas, guia en la faena
Con su trompa y su lanza recorría Con la voz y el ejemplo, y con gemido
En la lanza y la trompa ejercitado; Dice, el gran bosque al ver que en torno suena
Despues, cuando de la alma luz del dia «Ya el presagio cruel está cumplido
Héctor fué por Aquíles despojado, En tí, amigo infeliz, ¡oh cruda peni!
De Enéas al mandar el fiel guerrero lAsí á mis ojos se mostrase ahora
(Partido no inferior) puso su acero. E l árbol que áureos frutos atesara!»
-205] ENEIDA. 263
26-2 VIRGILIO.

XLII.
XX.vIX.
#
Como en bosques que invierno heló, enverdece
Así exhala plegarias y querellas,
El visco, y con la prole de que abunda,
Cuando á su vista, sobre el manso viento,
No hija del árbol á que asido crece,
Llegan iguales dos palomas bellas El tronco protector blondo circunda;
Abatiendo el suave movimiento T a l la ráfaga de oro resplandece;
A posarse en el césped verde. En ellas Tal, herida del aura vagabunda,
Mira Enéas atónito y atento T r e m e y cruje la lámina divina
Las mensajeras de su madre, y clama E n medio allá de la copuda encina.
Con el acento del que espera y ama:
XLIII.
XL.

Del ramo inerte el Rey ase impaciente


«,Oh aves misteriosas! si camino
Y vuela á la mansión de la adivina.
Abre el hado, mareadle con el vuelo;
Sigue entretanto la llorosa gente
Id al ramo que en torno peregrino
Tristes honras haciendo en la marina
Con rica sombra ampara el fértil suelo!
A la insensible víctima presente:
Y tú en esta sazón, felice tino De maderas copiosas en resina,
Concede, ¡oh madre! y el favor que anhelo.»
Y duros troncos de que rajas llevan,
Calla; y qué auguren al picar la hierba,
Ingente pira desde luégo elevan.
O á dó tiendan las aves, fijo observa.
XLIV.
XLI.

Y de mustias guirnaldas guarnecida


Hasta do el ojo va, la copia alada
Y de rectos cipreses custodiada,
Sigue el volar, sigue el volar rastrero;
De adorno sobrepónenle en seguida
Mas asomando á la hedionda entrada
E l limpio arnés y la desnuda espada.
De Averno, se alza en ímpetu ligero:
E n calderas de bronce recogida
Buscan las dos la copa deseada,
Llegan agua á la lumbre aderezada,
Y á un tiempo ocupan el feliz madero, Y ántes de que las llamas lo consuman,
Do entre pardos verdores amarillo El cuerpo helado lavan y perfuman.
E l ramo desigual muestra su brillo.
XLV. XLVIII.

Unos, en medio del común gemido, Hay en aquel confín una honda sima,
Le extienden sobre el fúnebre tablado, Vasta caverna de escabrosa roca:
De su lujosa púrpura ceñido; Negro bosque, que en torno se arracima,
Otros (¡penoso ministerio!) á im lado Guarda, y medroso lago, la gran boca.
Vuelto el rostro, por rito establecido, No impune el ave que revuele encima
Pegan la antorcha al féretro enlutado: El torpe aire con sus a as toca
Viandas, incienso, aceite rebosante, Que en columna de fétidos vapores
Todo el fuego lo envuelve en un instante. Sale á infestar los cercos superiores.

XLVI. XLIX.

Cuando en pavesas descansó la llama, Trajo allí el Rey de la troyana gente


Corineo balsámica ambrosía Cuatro negros novillos, á quien riega
En las reliquias cálidas derrama, Con vino la Sibila la alta frente;
Y á una urna de metal los huesos fia: Entre las astas elegido siega
De noble olivo consagrada rama Vellón cerdoso, que á la llama ardiente,
Blandiendo leve, á los demás rocía Dón primerizo y breve pasto, entrega;
Con lustral aspersión que hace tres veces; Y á Hécate á grandes voces llama, Diosa
Llora, y pronuncia las finales preces. En Cielo y en Averno poderosa.

XLVIÍ.
L.

El Rey, de gratitud y piedad lleno, Quién apresta al degüello la cuchilla;


Manda erigir soberbia sepultura; Quién vasos llena en sangre que chorrea
Y, «Al túmulo fijar,» les dice, «ordeno Enéas mismo con su espada humilla
Su clarín y su remo y su armadura.» Lúcia cordera cuya piel negrea,
Se hizo al pié de un peñón, que de Miseno Porque la Noche, de furiafcuadrilla
Recibió el nombre que inmortal le dura. Madre, y su hermana al par, fácil le sea;
Enéas á cumplir vuela, tras eso, Inmolando despues estéril vaca,
El sagrado mandato en su alma impreso. T u numen, Proserpma, honra y aplaca.
266 VIRGILIO. 2683 ENEIDA. 261

LI. LIV.

Nocturnas aras en seguida eleva Opacos bajo noche alta y desierta.


Al Rey estigio: enteras á la llama Cruzando iban, los dos, reinos vacíos
De los novillos las entrañas lleva, Que allende yacen de la odiosa puerta:
Y encima óleo abundante les derrama. T a l en bosques callados y sombríos
Y hé aquí, ántes de rayar aurora nueva, Al viajero señala senda incierta
Treme la tierra, su hondo seno brama, Maligna luna con sus rayos frios,
Oscilan selvas y vecinos cerros, Cuando atristan el Cielo alas nublosas
Y en la sombra ulular se oyen los perros. Y hosca el color la noche hurta á las cosas.
LII. LV.

Ya llega la Deidad. Con voz sonora Ante el mismo vestíbulo, manida


Grita la profetisa: « Huid, profanos! Hicieron las Congojas vengadoras,
Desamparad la selva; y solo ahora Las Dolencias de faz descolorida,
Vén tú conmigo, .oh Rey de los Troyanos! Y tú, arada Vejez con ellas moras:
¡Vén, desnuda la espada vencedora, Dolor, Terror, Necesidad raida,
Rodeado de alientos sobrehumanos!» Hambre, que induce á criminales horas:
Dijo y hundióse: ásu furente guia Todos ellos, terríficas figuras,
Enéas con pié intrépido seguía. Guardan las fauces del Averno oscuras.

LUI. LVI.

¡Oh los que de las almas inmortales Y el Trabajo, y la Muerte, y compañero


Teneis, Dioses, el cetro y monarquía! El Sueño de la Muerte, su impía hermana,
¡Cáos! ¡Flegeton! ¡Tinieblas sepulcrales! Vense, avanzando hácia el umbral frontero,
¡Lugares de silencio y noche umbría! Y malos Goces de la mente humana:
¡Concededme salvar vuestros umbrales, De las Furias los tálamos de acero
Y que al orbe revele la voz mía Allá están, Guerra atroz, Discordia insana:
Lo que vi, lo que oí, cuanto misterio Esta (¡qué horror!) con sanguinosas hebras
Guarda vuestro hondo, funeral imperio! Crina en torno su frente de culebras.
295] ENEIDA.
268 VIRGILIO.

LX.
Lvn.
Parte de allí para Aqueron camino:
Lleno de años, con sombras halagüeño.
Vasto abismo que en lecho hondo de cieno
Convida un olmo en la mitad; y es fama
Hierve, y en el Cocito de contino
Que acude en derredor del firme leño
El arena descarga de su seno.
Aerio enjambre que el silencio ama:
Guardian del territorio convecino,
Subsiste asido un mentiroso ensueño
El mustio rio y márgen inameno
En cada hoja fugaz de cada rama;
El barquero Carón adusto cuida
Y en torno hórridas fieras, monstruos viles
Con ceño horrible y faz descolorida.
Tienen cabe las puertas sus cubiles.
LXI.
LVIII.

Centauros hay allí; silbante y fiera El cual sucia caer al pecho deja -
Hidra; Sciías biformes que el mar cria; La blanca barba; es fuego su mirada;
Briareo, el de cien brazos; la Quimera Cuélgale de los hombros rota y vieja
Que de llamas armada desafía; Con un nudo su túnica enlazada;
Con sus hermanas Górgona guerrera, Con tardas velas y un varal maneja
Con sus iguales pestilente Arpía, El ferrugíneo barco en que traslada
Con tres cabezas Gerion gigante: ' os muertos: es su edad, si bien anciana,
¿Quién habrá que los mire y no se espante? Vejez propia de un Dios, recia y lozana.

LIX.
LX1I.

Sintió Enéas pavor: el fuerte acero Allí, nube de imágenes ligera,


Esgrime osado, y con su punta amaga Cuantos dejan del suelo las mansiones
Al escuadrón de monstruos, que severo Vuelan sobre la fúnebre ribera:
Llega delante ó revolando vaga: Austeras madres; nobles campeones;
Que sombras son sin cuerpo verdadero Vírgenes que en su dulce primavera
Prudente á tiempo le advirtió la maga; Segadas fueron; Cándidos garzones
Él, á no detener la voz su brío A quienes ya cabe la alzada pira
Hiriera ciego el ámbito vacío. Lloró el padre infeliz que arder les mira.
270 VIRGILIO. 322] ENEIDA.

LXIII. LXVI.

Tantos van los espíritus y tales «Hijo de Anquíses, semidiós trovano!


Como las hojas que en la selva, al hielo El lago Estigio y lóbrego Cocito
De los últimos dias otoñales Mirando estás, por quien jurar en vano
Ruedan precipitadas por el suelo; Temen los Dioses como gran delito
O cual, climas buscando más geniales, A éstos no honró, al morir, piadosa mano,
A través de la mar en largo vuelo, Turba doliente en número infinito:
Del tiránico invierno desterradas, Ese es Carón; trasporta á opuestos lados
Huir vemos las aves en bandadas. Los que fueron en muerte sepultados.

LXIV. LXVII.

Y hé aquí la turba que llegó primera »Ni el linde ingrato y aguas murmurantes
Pasar quiere, ántes que otros, lago allende; Logran salvar las ánimas que vagan
Con vivo amor de la ulterior ribera * Desprovistas de honores, sin que ántes
Esfuerza ruegos y las palmas tiende. Enterrados en paz sus huesos yagan;
Carón, de tanta multitud que espera, O cien años arreo andando errantes
Ya á éste toma, ya á aquél; á nadie atiende; Sobre esta zona, su esperanza halagan;
Mas á muchos también, ¡desventurados! Y al cabo de ellos admitidas, vuelan
Léjos rechaza de los tristes vados. A ver, en fin, los sitios por que anhelan.»

LXV. I.XVIII.

Viendo el tropel, «¡Oh virgen veneranda!» Paróse con doliente fantasía


Dice asombrado Eneas; «¿á qué llegan Enéas, y en la gente desechada
A este rio las almas? ¿Qué demanda Ve á Leucáspis, ve á Oronte, antiguo guia
Esa gran multitud? ¿Por qué navegan Del bajel licio en la troyana armada:
Ledos los unos hácia la otra banda, Con él salieron de Ilion un dia,
Y éstos, exclusos, en dolor se anegan? Y bogando á par de él, á su mirada
¿Qué los distingue? di.» Y así de prisa L o s h u n d i ó en crespas o n d a s A u s t r o i m p í o
Respondió la senil sacerdotisa- Que al nauta sacudió, volcó el navio.
[337
VIRGILIO.
e n e i d a . 2'
LXIX. LXXIL
Hé aquí de entre éstos viene Palinuro, »Y juro por la negra mar, Rey mió,
Aquel que en la reciente travesía •Que, perdido el asiento, el timón roto,
Por el líbico golfo, al mar oscuro Más que por mí cuidé que tu navio,
Cayó, cuando en mirar se embebecía Privado de defensa y de piloto,
Los altos astros de temor seguro. Mal pudiese del piélago bravio
Así que Enéas en la niebla umbría Los golpes contrastar. Violento Noto
Reconoció al llorado compañero, Tres noches borrascosas de ardua brega
Tornóse á condoler, y habló él primero. Me arrastró léjos sobre la onda ciega.

LXX. LXXIII.

«¿Cuál Dios,» le dice, «Palinuro amado, »Vi las costas de Italia al cuarto dia,
Ahogándote con mano traicionera Encumbrado por hórrida oleada:
T e vino á arrebatar de nuestro lado? Poco á poco nadaba, y salvo habría
Faltóme en cuanto á ti, por vez primera, Hollado, en fin, la playa deseada;
Fiel ántes siempre Apolo á lo anunciado, Mas, ¡triste! como á presa de valía
Prometiendo que salvo á la ribera Me embiste horda feroz blandiendo espada
Deseada de Italia tocarías: No bien de húmedas ropas agobiado
jMal coronó las esperanzas mias!» Trepaba, uñas hincando, agrio collado.
S
LXX1. LXXIV.

La sombra respondió: «Ni fraudule íto »Hoy, desecho del mar, en sus riberas
F u é contigo el oráculo divino, Vientos me azotan. Por la luz del cielo
¡Oh hijo de Anquíses! ni en el mar sediento Y las auras que áun gozas placenteras,
"Númen odioso á sepultarme vino. Por tu hijo amado, y por su ilustre abuelo,
Yendo yo, en vela, á mi deber atento. Si á éste das honras que de aquél esperas,
Casual golpe en la popa sobrevino, Tu invicta mano de tan grande duelo
Y en medio de las ondas, sin soltalle, En el puerto de Velia me redima
Caí con el fiado gobernalle. Piadosa arena derramando encima-
t o m o 1. 4 8
382] ENEIDA. 275
274 VIRGILIO.

LXXVIII.
LXXV.

Al són de estas palabras, un momento


»Ó ya, supuesto que, de Olimpo santo
Mitigó Palinuro su agonía,
Por favor especial, bajado hayas
Y fuese, revolviendo el pensamiento
A visitar los reinos del espanto
Que un país de su nombre se gloría.
Y de tu madre encaminado vayas, Ellos siguen en tanto á paso lento.
La diestra alarga, si merezco tanto, Carón su barca á la sazón movia,
Y arrástrame contigo á opuestas playas, Y de en medio del lago divisólos
Porque al cabo, rendido de fatiga, La muda selva atravesando solos.
En muerte al ménos reposar consiga.»
LXXIX.
LXXVI.

Y en recia voz prorumpe: «Tú, quienquiera


Y dijo la adivina: «¿Estás demente, Que armado invades mis dominios, tente,
Oh sombra temeraria? ¿Por ventura Y qué quieres, di luégo, en mi ribera.
Querrás el lago Estigio, la corriente Aquí en horror profundo eternamente
Pasar de las Euménides oscura, Moran los Sueños y la Noche impera:
T ú que no ostentas divinal presente No admite el bote estigio alma viviente;
Ni gozas en la tierra sepultura? Ni de atinado, si exenté, me loo,
¡Triste! no esperes á poder de ruegos Ya á Alcídes, ya á Teseo y Piritoo.
Los hados ablandar sordos y ciegos.
LXXX.
LXXVII.

»En su abono, su origen sobrehumano


»Mas escucha mi voz, y tus dolores Mostraban, cierto, y generoso brío:
Consuela recordando anuncios tales: ¡Ah, y aquél ante el trono del tirano
Habrá de ancha región habitadores F u é el guarda á encadenar del reino umbrío,
Que, en fuerza de prodigios celestiales,
Y temblando arrastróle con su mano;
T u sombra aplacarán, daránte honores,
Y estotros en furioso desvarío
T e alzarán monumentos sepulcrales;
Y el sitio, Palinuro, que te guarde Por robar nuestra Reina, ¿quién tal osa?
Hará por siglos de tu nombre alarde.» El tálamo invadieron de la Diosa!»
276 VIRGILIO. £398 KfíEIDA. 2

LXXXIV.
LXXXI.

Recibe, en fin, la cavidad vacía


En breves frases respondió prudente
Al fuerte huésped. Rechinando opreso,
La inspirada de Anfriso: «Insidias viles
Ya anchas grietas al agua negra abria
No temas, no, que anide nuestra mente,
Flaco el esquife para human» peso.
Ni armas contemplas á tu imperio hostiles:
Mas el barquero con tenaz porfía
E l encovado can salvo amedrente
A par que á la Sibila, al héroe ileso
Con eternos baladros sombras miles:
Trasporta, y abordando, le enajena
Hécate, sin temor de agravio impío,
Sobre ovas verdes y movible arena.
Casta guarde el umbral del regio tio.
LXXXV.
LXXXII.

Enfrente á do saltaron, guarecido


»Y es que Enéas de Troya, á quien la fama
E n la ancha gruta en que á placer se extiende,
E n piedad, en valor, no dió segundo,
E l can trifauce con feroz ladrido
T a n sólo el padre á ver que tanto ama i .
Los ámbitos atruena que defiende:
Viene al riñon del Érebo profundo:
Viéndole que de víboras ceñido
Si eres sordo á tan bello amor, la rama
Sacude el cuello y ya en furor se enciende,
Mira en que justas esperanzas fundo.»
Narcótico manjar con miel dorado
Y diciendo y haciendo, el tallo santo
Echa la maga al monstruo espeluznado.
Sacaba de los pliegues de su manto.
LXXXVI.
LXXXIII.

El cual tragó la torta engañadora


Al ver, tras largos años, que áureo brilla
Con triple boca y con voraz garganta,
E l dón que misterioso el labio nombra,
Y, largo cuanto el antro donde mora,
Manso el barquero su altivez humilla,
Le abate el sueño. Con ligera planta*
Cesa el debate, y con placer se asombra:
Aprovechando la oportuna hora,
Tuerce el batel cerúleo, y á la orilla
A las puertas Enéas se adelanta,
Vuelto ya, do saliera el fondo escombra,
Y traspone volando la ribera
Las tenues almas arrojando fuera
Deaguas que nadie repasar espera.
Que sentadas bogaban en hilera.
440] ENEIDA.
218 VIRGILIO.

LXXXVII.
xc.

Tendidos campos se abren luégo, aquellos


En esto empiezan el común vagido Que la fama llorosos apellida:
De almas de niños á sentir; las cuales, Los que doblaron al amor los cuellos,
Lejos, muy léjos del süave nido, Los que murieron de amorosa herida
Sollozan de ese rrftindo en los umbrales: Vienen allí; y entre sus mirtos bellos
De tierna infancia en el verdor florido E l bosque cruzan que les da guarida,
Negra un hora á los brazos maternales Por veredas ocultas. ¡Ay! los hieren
Arrebatólos, y á la luz del Cielo, Penas de amor que ni en la muerte mueren.
¡Ay! para hundirlos en acerbo duelo.
XCL
LXXXV11I.

Muéstranse al héroe entre la selva umbría


Están despues los que. torciendo el fuero, Fedra, Prócrís; Erífile doliente,
Testimonio falaz llevó á la muerte; Cuyo seno áun la llaga descubría
Mas no á sus puestos van sin que primero Que el hijo vengador abrió inclemente;
Tornen sentencia á dar Justicia y Suerte: Evadne, Pasifae, Laodamía;
Minos preside el tribunal severo; Cénis, mancebo un tiempo floreciente,
La urna aleatoria agita; indaga, advierte, Y ahora, por decreto del destino,
Convoca al vulgo que delante calla; Vuelto al sexo primero femenino.
Pesa los cargos, y las causas falla.
xcn.
LXXXIX.

En medio de ellas la fenicia Dido,


Arrepentidos yacen, en seguida,
Su herida áun fresca, andaba en la espesura
Los que movidos de tedioso enfado
Cuando la hubo al pasar reconocido
Quitarse osaron sin razón la vida.
Mal cierto Enéas en la sombra oscura,
Hoy, por volver al mundo, ¡con qué agrado
Trabajos y pobreza aborrecida Como el que alzarse entre nublados vido
Subieran á sufrir! Lo veda el hado; La luna nueva, ó verlo se figura,
Cierra el Estigio el paso á sus suspiros Así á hablarle empezó con tierno acento
Con nueve vallas en oblicuos giros. Y lágrimas que brota el sentimiento:
XCIII. XGV1,


«¡Infeliz Dido! ¿Conque no mentía
Y de pronto indignada huye y se esconde
En nuevas que me trajo funerales
En la parte del bosque más espesa,
La fama? ¿Tú empuñaste daga impía?
Entre acopados árboles, en donde
¿Yo causa hube de ser de tantos males?
Al renovado amor que le profesa,
Mas por todos los astros, Reina mia,
Siqueo como de ántes corresponde.
T e juro, y por los Dioses celestiales,
Eneas, de piedad el alma opresa,
Y por estas mansiones justicieras, . A la sombra siguió por trecho largo
Que partí á mi pesar de tus riberas. Llorando para sí su lloro amargo.
XCIV. XCVII.

»La férrea voluntad del Cielo santo Mas andando el camino, á los postreros
Que á esta abismosa eternidad me envía, Campos llegaban cuya igual alfombra
Lo mismo allá, con invencible encanto Van á solas hollando los guerreros
Me arrancó de tu lado y compañía. A quien la fama por sus hechos nombra.
Ni pensé nunca que á delirio tanto Entre los capitanes que primeros
Te pudiese arrastrar la ausencia mia. Al paso Eneas encontró, la sombra
¡Mas ten! ¡vuelve! ¿á quién huyes? ¡Ley severa Vió del pálido Adrastro, vió á Tideo,
Permite vernos por la vez postrera!» Vió al ínclito en la lid Partenopeo.

XCV. xcvin.
Tal dice el héroe á la infelice amante, Vió también los Troyanos que segados
Por si en su ánimo airado tierno cava En duras lizas los soberbios cuellos,
Ó amansa su mirada centellante; Fueron con llanto de la patria honrados:
Las razones el llanto entrecortaba. Glauco, Medon, Tersíloco; y con ellos
Mas ella, vuelto el tétrico semblante, Los tres hijos de Anténor afamados;
Torvos los ojos en el suelo clava, Y Polifétes, que tus dones belios
Y tanto muestra que la voz la toca Honró, Céres; é Ideo, que áun regía
Cual si ya mármol fuese ó firme roca. El carro y armas que rigiera un dia.
VIRGULO. e n e i d a . 283

XCIX. en.
Tantas sombras al ver en larga hilera «¡Valeroso Deífobo, esperanza
Eneas, conociéndolas, suspira; De Troya, hijo de reyes! ¿Quién fué osado
Mas á izquierda y derecha se aglomera En tí á ejercer insólita venganza?
La multitud, que con pasión le mira; ¿Quién consumó tan bárbaro atentado?
Ni á su curiosidad satisficiera Oí que de combate y de matanza
Mirarle sólo, á detenerle aspira, Aquella horrenda noche tú cansado,
Y mil ánimas llegan voladoras Sobre enemigos que humilló tu acero
Con sus preguntas á tejer demoras. Caido habías á morir postrero.
G. CUI.
Entanto viendo al héroe, y la armadura »¡Mísero amigo! yo en la playa nuestra
Del héroe, que cruzando centellea T e alcé entónces funéreo monumento
El vacuo espacio de su estancia oscura, Que áun hoy tus armas y tu nombre muestra
Tiemblan los cabos de la gente aquea:
Tres veces te llamé con alto acento.
Tratan unos de huir, cual con pav.ura
Mas ¡ay! ni verte pude, ni mi diestra
Ya al mar lo hicieron en campal pelea;
En suelo de la patria acogimiento
Gritan otros, y á médias sólo acierta
Mullir á tu ceniza.» Eneas dijo;
Clamor tenue á exhalar la boca abierta.
Y de Príamo así respondió el hijo:
CI. CIV.

Sigue; y hé aquí, las manos mutiladas, «Tú hiciste tu deber; yo estoy pagado
Llagado el cuerpo y con la fazHiendida,
Y agradecido estoy. Suerte inhumana
Ambas sienes de orejas despojadas,
Es la que me hunde en tan horrible estado
Y rota la. nariz con torpe herida,
Y el crimen de la pérfida Espartana:
Deífobo se ofrece á sus miradas; ¡Éste, éste es de la pérfida el legado!
Y al ver que triste, avergonzado cuida Recordarás en la alegría insana
De ocultar de su afrenta las señales, Que pasámos la noche postrimera;
Hablóle en tono amigo y voces tales: ¿Quién no ha de recordarlo aunque no quiera
$31] ENEIDA. 285
VIRGILIO.

CVIII.
CV.
»Entónces, cuando el monstruo de madera »Mas ¿á qué me detengo en mis pesares?
De armas grave los muros dividía, T ú aquí, es posible? y con vital aliento?
Hembras ella ordenaba la primera ¿Juguete de los vientos de los mares
En libre danza y bulliciosa orgía; Vienes, ó por divino mandamiento?
Y una antorcha blandiendo traicionera ¿Qué toques de fortuna singulares
Con que iba en torno al coro, falsa guia, T e traen, el profundo apartamiento
De la alta torre en nuestro daño ¡ay ciegos? A visitar de la región sombría
Señas hacía á los atentos Griegos. Q u e nunca vió la claridad del dia?»

CVl. CIX.
• " • y/- \

»Yo en mi tálamo infausto, sin cuidado En medio de estas pláticas, ligera


Ya al cansancio buscando dulce olvido, En su rósea cuadriga y gentil vuelo
Caí en brazos de un sueño regalado La Aurora la mitad de su carrera
A una plácida muerte parecido. Traspuesto habia por el alto cielo;
Mi noble esposa al punto de mi lado Y acaso el héroe consumido hubiera
Las armas de mi estancia sin rüido En estéril hablar y acerbo duelo
Aleja: de mi lecho á la testera El plazo volador, si no le echara
Ella mi espada hurtó, fiel compañera; La virgen con afan su olvido en cara:

cvn. CX.

»Las puertas abre, y obsequiosa llama


#
«Nosotros ¡ay! miéntras la noche avanza, f
A Menelao, por si de mal la eximen Gastamos mudo el tiempo en lloro vano!
Crímenes nuevos, y la negra fama La senda aquí se parte, y en balanza
A absolver bastan del antiguo crimen: Está la suerte; de Pluton tirano
El Eólida á par, que ardides trama, Lleva la diestra á la valiente estanza,
Acude: salvan de mi alcoba el limen... Y al encantado Elíseo: á izquierda mano
¡Dioses, si justas súplicas os mueven, Caen los muros do la gente impía
Lo que entónces probé los Griegos pruebent E n eterno sus crímenes expía.»

*
f
286 VIRGILIO«
559] ENEIDA.

CXI. CXIVÍ

«Perdón,» dice Deífobo, «si muevo «¿Qué gritos de dolor hieren mi oido?»
T u enojo, profetisa soberana! Dice Enéas parándose asombrado:
El número fatal que llenar debo «¿Quiénes llevan allí su merecido?
Torno á llenar doliente sombra y vana. »¿Cuál es ¡ay! su suplicio y su pecado?»
T ú vé en paz, gloriosísimo renuevo, Y la Sibila respondió: «No ha sido
iOh luz, oh prez de la nación troyana! Nunca á justos varones otorgado,
Goza suerte mejor que fué la mia.»
Magnánimo caudillo, entrar las puertas
Y así diciendo á su ángulo volvía. Sólo al delito por la pena abiertas.
CXIl. CXV.

Tornó Eneas á ver, y á izquierda mira »Mas yo, cuando los bosques infernales
Cerrada una ciudad de triple muro Por Hécate guardaba, del espanto
Al pié de una alta roca: en torno gira Vi el reino y sus tormentos eternales:
Con lenguas Flegeton de fuego puro, Tiene el cetro el cretense Radamanto,
Y revuelca peñascos en su ira: Que interroga á las almas criminales,
Frente, gran puerta, de diamante duro Castiga sus delitos, y de cuanto
Las jambas, cual ni de hombres quebrantada Ocultó hasta la muerte astucia fría,
Ni áun de Dioses lo fuera por la espada. A hacer les fuerza confesion tardía.
CXI1L CXVI

Férrea una torre despreciando el viento »Y, nunca de venganzas satisfecha,


Avánzase orgullosa: allí sentada, Con la izquierda azuzando sus serpientes
Ceñida un manto de color sangriento Y del látigo armada la derecha,
Guarda insomne Tisífone la entrada. Corre los sentenciados delincuentes
Ruido de barras, en aquel momento, Tisífone á azotar, y los estrecha,
Y música de azotes despiadada Llamando sus hermanas inclementes;
A oírse empieza, y voces de horror llenas, Y ábrense á devorarlos, y crujiendo
Y el pesado arrastrar de las cadenas. Giran las sacras puertas con estruendo.
CXVH. cxx.
»Contempla á la cruel, que allí se asienta »Fingir quiso el demente (¡mal pecado!)
Y el vestíbulo guarda de ese mundo: Al sentar de sus potros con rüido
¿Qué, si vieses, abiertas las cincuenta Los cascos, con el bronce golpeado,
Negras fauces, el monstruo sin segundo, Inimitable luz, sacro estampido:
La Hidra feroz que adentro guarda atenta? Envuelto Jove en lóbrego nublado
Luego el Tártaro se abre, tan profundo Venablo duro le lanzó ofendido,
Al medio de su abismo, cuanto dista No humosa tea ni exhalada llama,
El alto Olimpo de la humana vista. Y á la sima arrojóle donde brama.

CXVIII. CXXI.

»Allí, humilladas las soberbias vidas, »Yugadas nueve allí cubriendo yace,
Los antiguos engendros de la Tierra Alumno de la Tierra creadora,
Revuélvense en recónditas guaridas Ticio: el hígado eterno le renace,
A donde el rayo su ambición encierra: Pasto ai buitre cruel que le devora,
Vi á par los dos enormes Alóidas No le consume, y sus entrañas pace
Que el Cielo con sus manos, ¡loca guerral Y fiero en lo hondo de su pecho mora:
Descargar intentaron, y en su encono Ni el corvo pico en el roer se amansa,
A Jove mismo derrocar del trono. Ni de brotar la viscera se cansa.

CXIX. CXXII.

^ »Vi allí también yacer, de angustias lleno, »¿Qué, si á Ixion y Piritoo á cuento
A Salmoneo, por su error insano, Trajese? ¿ó los que roca ven colgante
Que de Jove el relámpago, y el trueno Pronta siempre á caer? Áureo aposento
Quiso imitar de Olimpo soberano: Regalado festín miran delante;
De cuatro brutos gobernando el freno Mas la Furia mayor vela de asiento
Y antorchas sacudiendo con su mano, Al lado, y como alguno se levante
A Elis cruzó, y en su triunfal camino Las mesas á tocar, corre", y vocea,
Culto pedia como á sér divino. Y airada amaga con su horrible tea.
TOMO I . 19
£90 VIRGILIO.
623] ENEIDA. 291
cxxm. cxxv:.
»Allí gimiendo están los que al hermano »Y áun hubo ya con ciego desatiento
Profesaron, en vida, odio demente; Quien de su hija el tálamo invadiera.
Los que hicieron ultraje al padre anciano. Todos formaron criminal intento
Los que en fraude envolvieron al cliente; Y corona ciñeron en su esfera.
Allí los solitarios que, la mano No si cien bocas yo, si lenguas ciento
Cerrada siempre al mísero pariente, Tuviese y férrea voz, contar pudiera
Sobre el oro enterrado hicieron nido: Las especies sin fin de los delitos,
Infame grey en número crecido. Los nombres de las penas infinitos.»
CXXIV.
CXXVII.

»Y allí aguardan castigo los que amores Así la anciana profetisa habia
Adúlteros pagaron con la vida; Hablado, y «¡Sús!» añade: «hora es preciso
Los que hicieron traición á sus señores; Que el paso abrevies, y por esta via
Los que en guerra se alzaron fratricida; A cumplir tu deber vayas sumiso:
No cures de su pena los horrores Los muros que los Cíclopes un día
Ni las causas saber de su caida. Sacaron de su fragua, allá diviso;
Quién vuelca enorme risco; atado esotro Ya, bajo el arco que se eleva enfrente,
Gira en rueda veloz, su eterno potro. Las puertas veo de Pluton potente.

CXXV.
CXXVIII.

»Está sentado y en perpétuo duelo »Vé; obsequios debes al dintel frontero.»


Teseo lo estará.—¡Mirad si presta T a l dijo, y con el héroe se adelanta,
La justicia ultrajar, reir del Cielo! Y el intermedio espacio, y el sendero
Flégias clamando á todos amonesta Sin luz, dejan atras con ágil planta.
Entre las sombras. El nativo suelo Acércanse á las puertas: él primero
Este por oro enajenó, funesta E n t r a el zaguan; con gotas de agua santa
Tiranía elevando: esotro puso Casto los miembros á rociar atiende,
A precio de la ley uso y desuso. Y el áurea rama en el portal suspende.
CXXXII,
CXXIX.

Puesto el don á la Diosa, y alongados Hincados por el campo ve lanzones,


Del sitio, ya pisaban los amenos Y que arrogantes la verdura pacen
Jardines y los bosques fortunados Por acá y por allá sueltos bridones.
Donde con grande paz moran los buenos: ¡Oh! los que en mundo subterráneo yacen
Abrense allí sobre inocentes prados No renuncian sus viejas aficiones:
Tintos en rósea luz cielos serenos; Armas y carros sus delicias hacen
Regiones siempre iguales, siempre bellas, Si armas, carros amaron: cuidan fieles,
Tienen su sol y tienen sus estrellas. Si los criaron ya, régios corceles.

CXXXlIl.
CXXX.

Aquéllos juegan en verjel florido; Luégo, á izquierda y derecha, ve adelante


Éstos combaten en la roja arena; Los que á dulces festines se abandonan
Otros saltan en coros, y el sonido Tendidos en la hierba verdeante;
De sus cantos el ánimo enajena: Los que en honor de Apolo himnos entonan
El tracio vate, con talar vestido, Intrincando los pasos en fragante
Los siete tonos de su lira suena, Bosque, á quien cimas de laurel coronan,
Moviendo acordes con su voz canora Donde brota y por selva ámplia y risueña
Ya el plectro de marfil, los dedos ora. Erídano soberbio se despeña.

CXXXIV.
CXXXI.

Brilla de Teucro allí la estirpe clara Están allí los que á la patria amaron,
Robustez ostentando y lozanía: Y heridas por la patria recibieron;
Egregios héroes á quien ver tocara Allí los sacerdotes que guardaron
En siglo más feliz la luz del dia. Austera castidad miéntras vivieron;
A lio, á Asáraco, á Dárdano repara Vates dignos que á Febo interpretaron;
Autor de la troyana monarquía, Maestros que el vivir embellecieron
Enéas, y armas léjos ve, y baldíos Con artes nuevas; los que haciendo bienes
Carros que honraron ya marciales bríos. Vencieron del olvido los desdenes.
cxxxv. CXXXVIII.

Todos éstos con ínfulas nevadas En un valle cubierto de verdura,


Ceñidos van las sienes y cabellos. Anquíses, en el fondo, atento via
Con los cuales confunde sus pisadas Guardadas almas que del aura pura
La profetisa por sus campos bellos; Subirán á gozar llegado el dia;
Y volviendo la voz y las miradas Allí en sombra numera su futura
A Museo ante todos, que alza entre ellos C a r a prole, y mirando se extasía
Con majestad serena la cabeza La fortuna y valor hereditarios,
De muchos rodeado, á hablar empieza: Glorias, triunfos, virtudes, lances vaiios.

CXXXVI. CXXXIX.

«Oid, almas felices, ruegos pios; Y viendo que hácia allá se dirigía
Y tú, máximo vate, ¿dó se esconde Hollando Enéas el gramoso prado,
Anquíses, por quien ya los grandes ríos Abre Anquíses los brazos, de alegría
Cruzamos del Erebo; dínos, dónde? Lágrimas vierte y clama enajenado:
¡Ah! ¿qué sitios repuestos y sombríos «¿Conque venciste intransitable via,
Nos le ocultan?» Museo la responde: Hijo, á fuerza de amor? ¿Conque á mi lado
«Aquí moramos bajo hojosos techos, Hoy tornas? ¿Es posible que consigo
Y son márgenes blandas nuestros lechos; "Verte, oirte, tocarte, hablar contigo?

cxxxvm CXL.

»Frescos prados tratamos por recreo, »Yo, tiempos computando, aqueste día
Y á nadie se fijó mansión segura; Fausto acercarse vi: cumplióse el voto.
Mas pues tanto Ínteres traer os veo, ¡Mas cuánta extraña tierra en tu porfía
Venid conmigo á la vecina altura Habrás medido, y cuánto mar ignoto,
Y camino hallará vuestro deseo.» Y qué de riesgos arrostrado, en via
Dice; ante ellos los pasos apresura, De confín tan profundo y tan remoto!
Y horizontes de luz les manifiesta: De los líbicos pueblos, hijo amado,
De ahí, descienden de la erguida cresta. ¡Cuánto temblé por tí funesto hado!»
VIRGILIO.
ENEIDA.

CXL1. CXLIV.

Eneas contestóle en tal manera: Maravillado de la extraña escena,


«Tu imágen veneranda, padre mió, Medroso Enéas á entender aspira
Siguiéndome doliente por doquiera, Qué es aquella corriente tan serena;
Forzóme á visitar el reino umbrío. Quién la infinita multitud que gira
Ocupan mis bajeles la ribera Á par del rio y sus florestas llena.
Tirrena. Mas tú ahora, con desvío El padre Anquíses respondióle: «Mira:
No á mi mano, señor, robes la tuya; Antiguas almas á quien guarda el hado
No á mi abrazo filial tu cuello huya.» Nuevos veles corpóreos, nuevo estado,

CXLII. CXLV.

Dice, y llorando, con amante empeño »Esas son las que afluyen al Leteo
Tres veces va á abrazar al padre anciano; Y en raudal bienhechor beben olvido.
Cual humo huye la sombra ó como sueño Tiempos hace, hijo amado, que deseo
Y él tres veces aprieta el aire vano. Mostrarte mi linaje esclarecido
Tornó á mirar, y un bosque vió risueño En estas sombras que delante veo,
En un valle repuesto comarcano:-
Porque, absorto en destino tan subido,
Gárrulo bosque, plácido retiro
De haber llegado á la que áun mal conoces.
Que manso baña el Lete en blanco giro. Itálica región, conmigo goces.»
ex LUÍ. CXLVI.

En torno vagan del durmiente rio «Mas ¿es creíble que al sabido cielo,»
Gentes, pueblos, enjambres voladores, Enéas contristado así murmura,
Y cual abejas que en sereno estío «Alguna alma de aquí remonte el vuelo
Rondan fugaces peregrinas flores, Y á informar torne la materia oscura?
Y á los lirios de cándido atavío ¡Mísera humanidad! ¡Qué inmenso anhelo
Asedian, confundiendo sus rumores, De vida y goces! ¡qué cruel locura!»
Tal llenando de estruendo la campiñg Anquíses acudiendo á su sorpresa,
La aérea multitud vuela y se apiña. Ordenadas razones así expresa:
CLXvn. CL.

«Porque en luz de verdad tu mente aclares, »Por eso corren 'del dolor los grados,
Hijo, escucha: En los cielos y en la tierra, Y vicios propios cada cual expía:
Y en las líquidas capas de los mares, Hay unas que, purgando sus pecados,
En la alba luna que inconstante yerra, Expuestas penden en región vacía;
Y en el sol y en los grandes luminares, Otras al fuego ó en profundos vados
Espíritu eternal dentro se encierra: Residuos sueltan que la culpa cria:
Todo hínchelo él, vago y profundo; Y así los Manes, por diversos modos,
Alma y centro común, él mueve el mundo. Merecida pasión sufrimos todos.

CXLVffl. OLI.

»Y en él tiene su origen el humano, »Al Elíseo de ahí se nos envía,


Y el bruto, el ave, y cuanto monstruo cria Y pocos alcanzamos los amenos
En sus senos marmóreos Océano. Campos de llena paz y alma alegría;
Centella celestial, ígnea energía Que no se ganan por ventura, á ménos
Vida á esos seres da, gérmen temprano, Q u e (cediendo á la edad, llegado el dia,
En cuanto no los rinden á porfía, El postrer resto de hábitos terrenos)
El fardo de la carne, los mortales El alma, redimida á la materia,
Órganos y ataduras mundanales. Torne á ser mente pura y lumbre aeria.

CLXIX. CLIL

»De ahí es que ansian y temen, y ó padecen »Consumados mil años, al Leteo
Ó envueltos gozan en su cárcel dura: Almas acuden en tropel nutrido:
No ven la luz; ni quedan, si fallecen, Arrástralas un Dios, porque el deseo
Limpios del todo de la mancha impura Nazca en ellas, envuelto en alto olvido.
De las miserias que al mortal empecen. De volver á vestir corpóreo arreo,
¡Pobres almas! la sombra en ellas dura De subir á habitar terreno nido.»
De usos viles en años adquiridos T a l dice, y lleva al héroe y la Sibila
En su lucha y su unión con los sentidos. Entre el ruidoso pueblo que desfila.
[754 SAI
300. VIRGILIO.

> U 1
7 7 2 ] ENEIDA- "

CLIII.
GLVI.
Y porque logre, al avanzar la hilera, »Contempla aquésos cuya sien serena
Ver de frente lo digno de memoria, Asombra en derredor cívica encina:
Le conduce á un collado, y, «Considera, Cuáles de ellos á Gabia y á Fidena
Hijo,» le dice, «la sublime gloria
T e alzarán, y la villa Nomentina;
Que á la raza de Dárdano le espera;
Y de ellos cuáles una y otra almena
Oye los claros nombres que en la historia-
Fundarán sobre montes Colatina,
Nos guarda Italia; entre futuras gentes
Y á Pomecio y á Inuo, á Bole y Cora;
Mira pasar tus dignos descendientes. Nombre á campos darán sin nombre ahora.

CLIV. CLVII.

»Ese, de asta de paz y augusto porte, «Vé á Rómulo, hijo de Ilia, descendiente
Que á la luz va por suerte el más cercano. De Troya, hijo de Marte, que al abuelo
Será el primero que á la vida aporte, Sigue; y mira ondear sobre su frente
Con sangre mixta y con renombre albano: Crestones dobles con gallardo vuelo:
Mira, es Silvio: Lavinia tu consorte Marca el padre en su noble continente
A luz darále, de tu amor, ya anciano, Su propia,-alta misión. Por él al cielo
Póstumo dón: le criará su madre Levantará la frente pensadora
Rey en las selvas, y de reyes padre. Roma, del orbe militar señora.

CLV. CLVUI.

»De ahí en Italia empezará el reinado »La cual de siete alcázares murada,
De Troya. Honor de la Troyana gente, Con viriles renuevos en que abunda
Prócas luégo aparece, y á su lado Rie, como en su carro alborozada
A Cápis ves y á Numitor presente; De Berecinto la Deidad fecunda
Y al otro Silvio, á quien tu nombre añado. Por las frigias ciudades torreada
Eneas, ya en virtudes eminente, Va, y su prole celeste la circunda:
Ya en armas, si reinare en Alba un dia: Cien nietos que amamanta v que la adoran;
¡Qué mancebos! ¡ qué heroica bizarría! T o d o s son Dioses y entre Dioses moran.
302 VIRGILIO. [78* 80t] ENEIDA. 305

CLIX. CLXII.

»Los ojos torna: á tu nación atento «No corrió Alcídes mismo espacio tanto,
Contempla en Roma; á César mira; advierte Auñque prendió con rápida saeta
Los racimos de Yulo tu sarmiento, La cierva piés-de-bronce, y de Erimanto
Que á luz cabal predestinó la suerte. Impuso paces en la selva inquieta,
Este es, éste es el que una vez y ciento Y el lerneo confín cubrió de espanto.
Oiste á altos anuncios prometerte, ¿Y dudamos vencer adversa meta
César Augusto, hijo de un Dios, que al mundo- Nuestra gloria ensanchando? ¿Harán temores
El áureo siglo volverá fecundo. Que no hollemos la Ausonfa triunfadores?

• CLX. CLXIil.
»

»Él á Italia honrará con tales dones »¿Quién es aquél que coronado asoma
Cual ya Saturno; y llevará su imperio De insigne oliva, y que con propia mano
Del Indo y Garamanta á las naciones, Ya sobre sí sacras ofrendas toma?
Su valor fatigapdo al hemisferio; Su barba anuncia y su cabello cano
Y abriránse á su paso las regiones Al primer rey-legislador de Roma,
Que
/ allende el Sol se embozan en misterio,/ Que de su humilde Cúres, aldeano,
A do el cielo con astros rutilante Y de su hogar, desnudo, imperio grande
Rueda en los hombros del eterno Atlante. Saldrá á regir cuando el deber lo mande.

CLXI. CLXIV.

»Ya ven los Caspios reinos su venida, »Tulo va en pos, que moverá á pelea,
Por anuncios, con ánimo intranquilo; La paz quebrando, á ejércitos vecinos
Ya la tierra Meótica trepida, Ya al prez no usados que el valor granjea;
Sus siete brazos estremece el Nilo. Y Anco despues, que áun hoy en sus caminos
Tigres guiando con pampínea brida El aura popular vano desea.
Y de Nisa impeliendo, excelso asilo, ¿O quieres ver los príncipes Tarquinos,
Su carro victorioso, Baco empero De Bruto vengador el alma fiera
Llegar no pudo á ese último lindero. Y los fasces que al pueblo recupera?
836] ENEIDA. 30S
CLXV.
C L X V I I I.
»Bruto duras segures el primero
Cobrará, y el honor del consulado; »Aquél, cuando á Corinto á su talante
Y al ver que nuevo plan traman guerrero, Haya tratado y al orgullo aquivo,
El, de la bella libertad prendado, Al Capitolio correrá triunfante;
Muerte á sus hijos mandará severo. Este, el país de Agamemnon nativo
En él vencieron (¡padre infortunado!), Subyugará, y en Pérses arrogante
•Cualquier fallo que espere á su memoria, Verá á un nieto de Aquíles fugitivo:
Amor de patria y ambición de gloria. Tales desquites á Ilion reserva
Y al profanado templo de Minerva.
CLXVI.
CLXIX.
»Brillar Decios y Drusos vé lejanos;
Torcuato, que levanta el hacha impía; »No al gran Catón olvidaré, no á Coso;
Camilo, que del triunfo, con romanos Ni ya á los Gracos, ni á los dos Scipiones, •
Rescatados pendones, se gloría. Relámpagos de guerra, pavoroso
Esas dos almas que cual dos hermanos Apellido á las líbicas regiones.
En sombra armadas ves, rayando el di a Fabricio, en tu pobreza poderoso,
.¿Qué guerra no se harán? ¡Cuánto de estragos! ¡Salve! y tú, el oro en rústicos terrones
¡Qué grandes huestes y sangrientos lagos! Esparciendo, oh Serrano! ¡Salve, oh Fabios!
No, aunque cansado, os callarán mis labios.
CLXVII.
CLXX.
»De los Alpes el suegro se abalanza;
-Convoca sus legiones de Oriente »Máximo, con tardanzas tú prudentes
El enojado yerno á la venganza. Salvarás la Nación. Y esto adivino:
¡Hijo§! ¡no hiráis el seno á la inocente Otros con más primor vultos vivientes
Patria! no eterniceis bárbara usanza! Harán de bronce duro ó mármol fino;
¡Tú, el primero, de Olimpo procedente, Oradores habrá más elocuentes;
Oh sangre mia, de rencores libre, Sabios podrán con más seguro tino
No ya esa arma cruel tu mano vibre! El cielo escudriñar y las estrellas,
Y los cercos medir y el poder de ellas;—
TOMO 1. 20
306 VlRGILiÓ. BNBIDA.

CLXXI. CLXXIV.

»Tú, Romano, regir debes el mundo; Con lágrimas Anquíses respondía:


Esto, y paces dictar, te asigna el hado, «¿Quieres anticipar de los Romanos
Humillando al soberbio, al iracundo, El eterno dolor? Fortuna un dia
Levantando al rendido, al desgraciado.» Ese jóven mostrando á los humanos
Habla Anquíses, y atiéndenle en profundo Tornarále á ocultar en sombra impía.
Silencio. «Ved,» añade, «señalado Tal vez, tal vez, oh Dioses soberanos,
Con opimos despojos á Marcelo, Si este dón inmortal nos fr«nqueara,
Que alza entre todos vencedor su vuelo. El trance vuestra diestra recelara!
CLXX1L CLXXV.

»En mar revuelta armado caballero »Del Campo Marcio á la romana plaza
Librará al pueblo de infeliz destino, ¡Cuántos gemidos herirán los cielos!
Venciendo al Galo, al Peno, y el tercero Y si ya tu onda su sepulcro abraza,
Será que ofrenda igual cuelgue á Quirino.» ¿Qué, oh Tibre, no verás de acerbos duelos?
Viendo Eneas que aquél por compañero Ningún mancebo de troyana raza
Trae á un jóven de aspecto peregrino Tanto alzará, como él, de los abuelos
Y brillante armadura, mas la frente Latinos la esperanza; hijo más bueno
Mustia casi, ojos bajos, faz doliente; Nunca otro criarás, Roma, á t u seno.
CLXXlIi.
CLXXVI.

«¿Y quién es el doncel, ¡oh padre!» exclama, »¡Oh tipo de fe antigua y piedad rara!
«Que le sigue en amiga competencia? ¡Oh, qué brazo invencible en lid guerrera?
¿Hijo suyo será, ó acaso rama Ninguno, si viviese, le retara
Remota de su ilustre descendencia? Impune, ó ya á pié firme combatiera
¿Qué són de córte en torno se derrama? Ó caballo brioso espoleara.
¡Cuán parecido en la marcial presencia!
Mas ¿qué suerte llorosa no le espera?
¡Mas ay! que en torno de su frente vaga
¡Ah! lograses trocar males por bienes!
Odiosa noche con su sombra aciaga!»
Tú un Marcelo serás, sombra que vienes!
ENEIDA.
S0&
897]
308 VIRGILIO.

CLXXX.
CLXXVII.
Yendo hablando los tres, hé aquí despide
«Azucenas me dad con mano larga; Anquíses á los dos por el abierto
Que, á ilustre nieto fáciles honores, < Pórtico de marfil. Enéas mide
Cortos alivios de esparanza amarga, Arrancando de allí, camino cierto
Quiero esparcir sobre su frente flores.» Hácia amigos y naves, y decide
Dice, y la voz en lágrimas se embarga. Ir tierra á tierra de Cayeta al puerto.
Tal los campos hollando encantadores Ya, por fin, proa afuera áncoras tiran;
En que benigna luz mágica oscila, Las popas en la costa alzar se miran.
Míranlo todo el héroe y la Sibila.

CLXXVII!.

Y luégo que hubo el padre al hijo atento


Aventuras y sitios explicado,
Avivando en su pecho el patrio aliento
Y ambición santa de futuro estado,
Nuevas guerras le anuncia, de Laurento
I » D E L TOMO PRIMERO.
Pueblos y muros do le cita el hado:
Y maneras le enseña como eluda
Ya caso extraño, ya fatiga ruda.
•. \
CLXXIX. V

Allá en confines de misterio eterno


El Sueño volador tiene dos puertas,
Una de^albo marfil, otra de cuerno,
A ensueños varios á la vez abiertas.
Transitan la primera, del Averno
Fábricas de ilusión, sombras inciertas;
Las visiones é imágenes reales
Cruzan de la segunda los umbrales.