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Ernest Hemingway (1899-1961)

Una reliquia exótica y salvaje

Hemingway era un escritor tremendame nte competitivo y enemigo de los círculos intelectuales.
La caza de animales salvajes y otros no tanto -le encantaban las codornices- condensa su
"filosofía2 de vida.

La publicación de "Cuentos" (Lumen) comprueba que tras la imagen del escritor, boxeador,
soldado y torero se escondía un autor más preocupado de la fragilidad humana que del
heroísmo. Por ello, son sus relatos -y no las novelas- los que han marcado a generaciones de
escritores que no comparten en lo más mínimo la caricatura que el autor hizo de sí mismo.

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ÁLVARO MATUS

Cada año se realiza en Cayo Hueso, Florida, un festival en honor a Hemingway. Los fieles
acuden en procesión a su casa-museo, participan en diversas competencias de pesca y son
perseguidos por un toro de madera, versión civilizada de las corridas de Pamplona. La última
noche, entre cientos de hombres con barba blanca y traje de safari que beben litros y litros de
whisky, se elige al "igualito" a Hemingway. Parece ficción, pero es realidad: la caricatura del
escritor que boxea, va a la guerra y se interna en la sabana africana en busca de leopardos se
está devorando el legado literario.

Es posible que el principal causante de este fenómeno sea el propio autor de Adiós a las
armas, modelo del escritor vitalista, que desprecia los círculos intelectuales y escribe sólo de lo
que ha experimentado en carne propia. Pavese se refirió a él como "el Stendhal de nuestro
tiempo", mientras que el irónico Nabokov inventó el verbo "hemingwaiar".

Es evidente que al ruso, eximio cazador de mariposas, lo horrorizaban los safaris. Pero la
verdad es que Hemingway no pasó toda su vida con un rifle en la mano y una caña de pescar
en la otra. Después de ejercer el periodismo en el Kansas City Star y de participar en la
Primera Guerra Mundial como voluntario de la Cruz Roja, se instaló en el glamoroso París de
los años veinte. Allí conoció y recibió los consejos de Ezra Pound, Gertrude Stein, Scott
Fitzgerald, Henry Miller y James Joyce, si bien más tarde renegaría de casi todos ellos.

Fundamentalmente autobiográficas, hoy sus novelas parecen documentos históricos,


recreaciones -notables, si se quiere- de una época marcada por la violencia y el idealismo. En
Fiesta (1926), su primer éxito editorial, Hemingway narra las andanzas de los miembros de la
Generación Perdida en el París de entreguerras. Luego vendría Adiós a las armas (1929),
sobre un soldado norteamericano que se enamora de una enfermera italiana. Y en Por quién
doblan las campanas, publicada once años más tarde, el escenario sería la convulsionada
España de la Guerra Civil. El carácter épico de estas historias lleva a pensar en Hemingway
como en el último gran escritor del siglo XIX: aventurero, valiente, romántico. Un prosista en la
estela de Kipling, Stevenson y Jack London.

Todo terminaría aquí si no fuera porque el soldado y boxeador y torero que adornaba las
portadas de la revista Life es, sobre todo, uno de los grandes renovadores del relato
contemporáneo. La reciente edición de Cuentos lo demuestra con creces.

Sus historias breves, de una simplicidad aparente, arrancan de golpe, poseen un final abierto y
responden a una premisa básica: la narración es apenas un atisbo de una historia mucho más
grande y compleja; lo más importante sólo se deja entrever. A esto Hemingway llamó la teoría
del iceberg: "Hay nueve décimos bajo el agua por cada parte que se ve de él".

En una estación de tren, por ejemplo, un hombre le asegura a su amante que después de la
operación volverán a ser felices. Insiste en una frase que suena tan inconsistente como
repetida: "Yo por ti haría cualquier cosa". Ella baja la mirada. Toma una cerveza bien fría y
luego un Anís del Toro. Estamos en España; el relato es "Colinas como elefantes blancos". La
conversación devela que ella tiene miedo, que está ofuscada y a punto de perder la paciencia:
"Por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, ¿podrías callarte?".
Esos siete "por favor", lejos de cualquier redundancia, permiten vislumbrar la profunda
decepción hacia su pareja, si bien el lector intuye que todo ha sido más o menos inútil: dentro
de unos días se someterá a esa operación que él califica "de lo más simple". A Hemingway, por
lo demás, más que el desenlace le importa el contraste entre los dos caracteres. O algo más
general todavía: la vida.

Otro cuento magistral es "Los asesinos". Dos hombres muy bien vestidos llegan a la cafetería
de Henry, donde el único cliente es Nick Adams, alter ego de Hemingway. Falta una hora para
que sirvan la cena, pero los tipos alegan porque todavía no se pueden comer croquetas, puré
de manzanas, papas asadas. Y se enojan porque la cafetería no vende alcohol. El nivel de la
discusión va en aumento, hasta que los forasteros cuentan qué están ahí porque van a matar a
Ole Andreson, un ex boxeador que cena allí todas las noches. Contra todo lo previsto,
Andreson no va ese día y los asesinos le perdonan la vida al garzón y a Nick. Éste último corre
hasta la pensión donde aloja Andreson, quien parece aceptar tranquilamente su destino.
Considera innecesario llamar a la policía o que el joven le describa cómo andaban vestidos los
tipos. "Me metí donde no debía", agrega Andreson "con una voz sin inflexiones", nos informa el
narrador. A esas alturas, poco importa si Andreson traicionó a alguien o si tiene deudas de
juego o si se arrancó después de una pelea con el dinero de las apuestas. El cuento, como
quería Henry James, continúa en la mente del lector.

INFLUENCIA PERMANENTE

Según Harold Bloom, Hemingway es el heredero natural de Chejov. El trazo despojado con que
describe el paisaje y los personajes, el uso frecuente de diálogos cotidianos y la ausencia de
juicios morales forman parte esencial de estos relatos que, de acuerdo con el crítico
norteamericano, "nos satisfacen el apetito de realidad".

Contra sus inclinaciones heroicas, en los relatos breves Hemingway se concentra en


personajes frágiles y sensibles, como el camarero insomne de "Un lugar limpio y bien
iluminado", la mujer ilusa de "Allá en Michigan" y el joven que sufre su primera desilusión
amorosa en "Diez indios". Incluso en ambientes exóticos, el acento está puesto en la
interioridad de los personajes o en los secretos que esa interioridad esconde. En "La breve vida
feliz de Francis Macomber", asistimos al quiebre definitivo de una pareja de ingleses. Margot ha
engañado a Francis en repetidas ocasiones, y el temor que Francis siente cuando se enfrenta a
un león la motiva a vivir una nueva aventura, esta vez con el jefe de la expedición. Al día
siguiente, sin embargo, su esposo "por primera vez en su vida sintió que no tenía miedo". Mata
a dos búfalos y deja a un tercero herido. Incluso pasa por su cabeza la idea de que ella ya no le
será más infiel. Pero al intentar darle el tiro de gracia al último animal, sobreviene la tragedia.

Es un cuento magnífico sobre el valor y el engaño, un relato que cristaliza las contradicciones
de Hemingway. Por un lado está la imagen de postal: el escritor antifascista cuya poética se
funda en el coraje, la competencia y el turismo. Por otro, está el autor de textos que hablan de
corazones rotos, vidas solitarias, situaciones brutales. Ese clima de desesperación, al igual que
su alabada técnica, ha influido en la mayor parte de los cuentistas norteamericanos de la
segunda mitad del siglo XX. Desde Richard Yates, Flannery O'Connor y Eudora Welty hasta
Michael Chabon, A.M. Homes y la sorprendente Lorrie Moore, pasando por Carver, Ford y otros
autores del llamado realismo sucio.

El héroe de los mejores cuentos de Hemingway también está abocado a las pequeñas batallas
cotidianas, esas que se libran en un cuarto de hotel o en un bar, al lado de una persona que se
amó y que ahora se mira con extrañeza. Conviene leer este libro de punta a punta y tener
presente el sabio consejo de D.H. Lawrence: "Confía en el cuento, no en quien lo cuenta".

¿CUÁL ES SU CUENTISTA NORTEAMERICANO FAVORITO?

JAIME COLLYER
Hemingway, porque lo que hoy es moneda corriente entre ciertos cuentistas tanto o más
valorados que él, como Salinger o Carver, fue invento suyo. Él innovó en los procedimientos del
cuento, valiéndose de un narrador desapegado, una suerte de cronista sin emociones, que se
limitaba a transcribir los gestos y diálogos de sus protagonistas. La famosa "teoría del iceberg"
pasaba por ahí.

Un familiar me obsequió en la adolescencia sus cuentos completos en una edición hoy


inencontrable, que me dejó maravillado. "Cincuenta de a mil", la historia de un boxeador en
decadencia que apuesta contra sí mismo, o "El anciano del puente", sobre un viejo republicano
que al concluir la Guerra Civil española evoca su granja abandonada, son hasta hoy, en mi
propio recuerdo, un modelo de lo que suele ser un cuento logrado: ese en que no sucede nada
muy visible, nada muy estridente, salvo el desmoronamiento sutil de quienes los protagonizan.

POLI DÉLANO

A los 18 años comencé a nutrirme de escritores como Jack London, Stephen Crane y O'Henry,
pero cuando leí a Hemingway el mundo del cuento se me dividió en "antes" y "después". Las
historias del personaje Nick Adams son una clase maestra de narrativa que enseña tanto lo que
es preciso decir como lo que es preciso NO decir. Y leyendo sus novelas aprendí que se trata
de un escritor absolutamente autobiográfico, ya que no resulta difícil deducir que Jake Barnes
(Fiesta), el teniente Henry (Adiós a las armas) o Robert Jordan (Por quién doblan las
campanas) son la versión adulta del niño o adolescente de los primeros cuentos, personajes
lastimados física y síquicamente por los sucesivos encuentros con las formas de violencia que
caracterizaron al siglo.

Mirando hacia atrás y pasando por muchos cuentistas excelentes que no he nombrado, mi
elección final marca tres preferencias: Hemingway, Faulkner y Bukowski. Termino recordando
que conozco las casas de Hemingway y que hace bastantes años hasta me pegué un safari por
las zonas del Kilimanjaro donde el maestro cazaba leones y búfalos.

ALEJANDRA COSTAMAGNA

No me gusta demasiado el personaje Hemingway y tampoco me gustan mucho sus novelas,


pero resulta que a él se le ocurrió la insuperable metáfora del iceberg para definir un buen
cuento. Ni el knock out de Cortázar pudo golpear más fuerte. Un cuento siempre cuenta una
historia visible y otra secreta, apuntó después Piglia. Pero el crédito viene, en buena parte, de
Hemingway.

¿Mi escritor norteamericano preferido? No sé si "el" preferido, pero al menos uno de ellos: John
Cheever. Por el iceberg, justamente. Cheever cuenta siempre dos historias. La que nos
muestra con todo esplendor y la que va tejiendo sigilosamente. En Cheever la realidad es una
presencia escurridiza, enigmática, que se conjetura bajo la superficie. Cada página de sus
relatos destapa una capa y otra capa y otra capa de la posible revelación de las cosas. Pero las
cosas -la verdad de las cosas- nunca llegan a ser reveladas por completo. Porque el iceberg
está debajo. Y siempre queda, al menos, un filo del hielo.

IGNACIO FRITZ

Mis escritores favoritos son muchos y todos ellos me han dado una enseñanza. Pero con
Hemingway cambió la cosa. Con él comencé a escribir. Con él aprendí que un vacío escritural
es más importante que un torrente de palabras. Su obra, cuya temática es la guerra, la caza y
la pesca, el boxeo, da pie para plantear que la única vida posible para un escritor sincero es
someterse libremente a los shocks imaginativos producidos por un ambiente nuevo y salvaje, lo
que me lleva a pensar que Hemingway debía "ser" un personaje para poder "inventar".

También me hizo creer que yo debía publicar mi primer libro antes de los 25 años, como él, que
lo hizo a los veintitrés con Tres cuentos y diez poemas. Hemingway execraba los círculos
literarios y era un tipo con un envidiable individualismo, cosa que también me llegó a calar
profundo. Para el que aspira a comenzar a escribir, no hay nada mejor que leer sus cuentos. Le
ganó a Faulkner por knock out.