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A mi madre y a mi hija,

mis dos grandes maestras en esta vida.


N’importe quel amour, si on se fie à lui, tend à s’organiser à la
manière d’un tube digestif. Il ne néglige aucune occasion de perdre
sa forme exceptionnelle, son aristocratie de bourreau.
Colette, La naissance du jour

Cualquier amor, si nos fiamos de él, tiende a organizarse a la


manera de un tubo digestivo. No desprecia ninguna ocasión para
perder su forma excepcional, su aristocracia de verdugo.
Colette, El nacimiento del día
N’importe quel amour, si on se fie à lui, tend à s’organiser à la
manière d’un tube digestif. Il ne néglige aucune occasion de perdre
sa forme exceptionnelle, son aristocratie de bourreau.
Colette, La naissance du jour

Cualquier amor, si nos fiamos de él, tiende a organizarse a la


manera de un tubo digestivo. No desprecia ninguna ocasión para
perder su forma excepcional, su aristocracia de verdugo.
Colette, El nacimiento del día
PARTE I
El diario de Gisela
C’est presque toujours elle-même qu’une femme mire
dans une douleur féminine.
Colette, L’entrave.

Una mujer se refleja casi siempre a ella misma


en un dolor femenino.
Colette, El obstáculo.
¿Una copa de vino y un cigarrillo, solo uno, cuidar de las caléndulas
fragilizadas por el invierno, o buscar el diario de Gisela escondido
debajo de la cama? Andrea terminó de rodillas, deseosa de asomarse
a algunas líneas aclaratorias. Desde las primeras palabras le hirió la
angustia de su hija y su llamada de socorro. Se sentó en el borde de la
cama, olvidada toda prudencia.

¿Qué puedo hacer? ¿A quién acudo? La única persona posible


es ella y no me atrevo a contárselo. No puedo. ¿Me entenderá? ¿Me
perdonará? No lo he hecho adrede, no sabía adónde me llevaría. Lo
vi como un juego. No sé adónde me ha llevado ni si me va a arrastrar
más lejos. Me siento mal. Quiero gritar. Desaparecer. Borrarlo todo.
Necesito ayuda. Solo soy una cría asustada. Lo siento. Si ella lo supiera,
si pudiera decírselo... Pero no puedo, no me creerá. ¿Qué pasará
entonces? ¿Y si piensa que miento? Me iré. No. Que él desaparezca.
Ha sido por mi culpa. Yo lo empecé todo…

Andrea no se movió; el diario en el regazo, el cuerpo apagado,


paralizada por la revelación. Su hija sufría y ella no había notado
hasta qué punto. La atenazó la más amarga de las congojas. En un
acto reflejo, acercó la mano a su garganta y acarició los contornos de
la piedra semipreciosa de colores tan indefinibles como sus ojos que le
adornaba el cuello: el último regalo de su madre.
El quejido de Gisela latía entre sus dedos y aclaró incongruencias,
cambios de humor, ausencias prolongadas, escapadas a casa de
su amiga Ruth. Había fallado a su hija, absorbida por sus propias
tragedias cotidianas, diminutas en comparación. No había captado las
señales. Cuando retomó el diario de Gisela y leyó las frases siguientes,
un intenso calor revolvió sus entrañas. Era hora de actuar. ¿Por dónde
empezar? Alargó el brazo para coger el teléfono y marcó el número de
Paula. Ella la ayudaría.

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Un par de meses antes. Viernes, 14 de octubre

«Joder, Ruth. No me dejes así, cuenta», tecleó Gisela. La joven se


desperezó y echó una ojeada a su mochila tirada en el suelo, en la que
asomaba la entrada del concierto de los raperos Rayden y Sharif, se
agachó y la guardó en su escritorio. Extendió la mano hacia Uma, la
perra, y la acarició. La respuesta de Ruth apareció al fin.
«Según la bocas, los profes han encontrado hoy sobres raros en sus
taquillas».
«Dentro, ¿qué había? ¿Amenazas?». Gisela tocó con la lengua el
piercing discreto debajo del labio inferior.
«Ni idea».
«¿Ha dicho: “los” profes?, ¿seguro?».
«He oído un rollo de sobres con cosas dentro. ¿Te imaginas? Podría
ser el cuerpo de un friki al que han suspendido y se ha suicidado».
«Sí, claro. Luego se ha cortado en trozos y ha enviado sus restos
por correo. Vamos, no tienes ni idea. ¿No será más bien un sobre en el
casillero de un solo profe?».
«No me agobies, no sé nada. Ah, vale, lo preguntas por si ha sido en
el casillero de tu padrastro».
«Déjalo, mañana buscaremos a Nati. Ella nos lo contará, se entera de
todo. Me voy, ha llegado mi madre». Gisela apagó el ordenador y siguió
a Uma hacia la entrada.
—¿Gisela? ¿Estás ahí, cielo? —Andrea palmeó con cariño a Uma,
que venía a saludarla.
—Sí. ¿Por qué llegas tarde?
—Bueno, recuerda que me he apuntado con Paula a un curso sobre
el bienestar. Resulta cada vez más interesante…
—¿No habrás olvidado tu cena de cumpleaños? Toma. —Gisela
tendió a su madre un folleto—. Como supongo que Pedro no ha hecho
ninguna reserva, podemos ir aquí.
—¿De verdad te apetece venir? ¿No prefieres llamar a una amiga y
organizáis una velada pizza-peli?
—Ttttt… No os divertiríais sin mí. Además, he elegido el restaurante.
Mira el folleto; buena pinta, ¿eh? Hoy probaremos delicias orientales.
—Bueno… Pedro no saltará de alegría, siempre acabamos comiendo
lo mismo.
—Es tu cumple, tú mandas. —Gisela apretó su bien dibujada
mandíbula, se restregó la nariz y se refugió con un portazo en su cuarto.

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Sonó el teléfono. Se trataba de Carla, la amiga y socia de Andrea,
que le anunció que no acudiría al día siguiente —ni en toda la semana—
al Café literario, el local que ambas habían puesto en marcha, cinco
años antes, después de una arriesgada apuesta e innumerables visitas a
la asesoría. Andrea colgó despacio; estaba preocupada por Carla, cuyo
marido, Evaristo, se encontraba muy enfermo y empeoraba día a día.
La puerta trasera de la cocina se abrió y Pedro entró.
—Hola, preciosa, ya estoy aquí. ¿Dónde celebramos tu cumple?
—La besó.
—Un sitio estupendo, ¡te va a encantar! —gritó desde su cuarto
Gisela.
Pedro hizo una mueca y preguntó mediante señas a su mujer si la
joven los acompañaba y había elegido ella el lugar, como temía. Andrea
asintió. Pedro encogió los hombros y se dirigió al cuarto de baño. Con
pasos atléticos, Gisela se adelantó, lo empujó y le cerró en las narices.
—Si vas a tardar, olvídate de imponer tú el sitio. —Pedro jugueteó
con los dedos en el marco de la puerta.
—Tranqui, enseguida salgo. Ve al baño de tu dormitorio si te urge.
No me agobies.
Acostumbrada a las quejas de Pedro y a los estallidos de malhumor
de su hija, que últimamente se mostraba más enojada con su padrastro,
Andrea suspiró. En el tendedero colgaban prendas de Gisela. Las
recogió y se dirigió a su habitación. Debajo de un cojín asomaba un
cuaderno recubierto de rayazos. Lo entendió de inmediato: un diario.
Su hija escribía un diario, al igual que muchos adolescentes; nunca lo
hubiera sospechado… Cedió a la tentación. Ojeó las notas febriles que
alfombraban los márgenes y los bordes de las páginas, como si Gisela
quisiera devorar el papel y cegarlo bajo sus rotuladores de colores.
Durante la cena se relajó, el cuaderno olvidado. Pedro, muy guapo
con su flamante suéter juvenil, contaba anécdotas del instituto de
Gisela, donde ejercía de psicólogo. Mecida por la voz pausada de su
marido y sus dulces modales, manoseó la lágrima de reflejos dormidos
que reposaba en su cuello. Una amorosa gratitud rodó en el pecho.
Pedro. Romántico, amable con la niña, aunque esta lo ahuyentase
desde la lejanía de sus doce años cuando se conocieron, cinco años
atrás. Paciente incluso en el momento de los conflictos que atravesaba
haciendo gala de la tenacidad del salmón, a no ser que fuera resistencia
pasiva y egoísmo impermeable.
Crisis. La primera estuvo a punto de separarlos poco después de

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la boda. La crisis del silencio, según Andrea, una falta antinatural de
discusiones que la desorientaba y le transmitía el sabor amargo de
las cosas no dichas. A pesar de todo, lo había conocido en un periodo
difícil, mientras montaba el Café literario con Carla y los números se
empeñaban en martirizarla. Allí permaneció él, callado pero atento,
presente. Gratitud. Sí. Amorosa gratitud. Ella, que había confundido
el amor con el deseo a lo largo de su primer matrimonio, alcanzaba
una nueva verdad: en ciertas ocasiones, el cariño flota en un apacible
estanque, alejado de los gritos y del dolor. Tal vez se requieran años
de turbulencias y sufrimiento previos para necesitar —sobre todo
comprender y apreciar— las aguas quietas. Sin zozobra, aunque sí con
una impalpable desidia, Andrea se dejaba arrastrar, a salvo de la pasión.
A veces echaba de menos ese remolino imprevisto que suspendía el
corazón antes de la caída vertiginosa y gozosa. Hoy no, hoy se sentía
feliz. Andrea regresó a la conversación y a su plato adornado con tallos
de un verde reluciente. Hundió el tenedor. Nutrirse. Amar. Aguardar el
regreso de la noche y el abrazo furtivo, discreto; Gisela descansa cerca.
Por la noche, en la oscuridad de la cama, tras las caricias que
celebraron la joven madurez de sus cuarenta años, recordó el diario.
Reclinada sobre Pedro, le confesó, dibujando espirales en su torso con
el dedo, la tentación, la urgencia por desentrañar su contenido.
—No puedes. Un diario es íntimo. Inviolable. Si lo lees, me chivaré.
Un escozor. Andrea enrojeció. No insistió; nunca más mencionaría
el diario, tampoco pensaría en ello. Prometido.

***

Carla colgó el teléfono y se relajó; Andrea había prometido


encargarse del negocio durante su ausencia. Se asomó a la ventana de la
cocina, sin reparar en las manchas marrones, pardas y rojizas del otoño
en su jardín. Aguardaba la ambulancia de Evaristo, quien, sentado en
la entrada, la respiración entrecortada y una bolsa a sus pies con una
muda, la cartera y el periódico del día, huía del olor a enfermedad
que empapelaba las paredes de su dormitorio. Poco antes, Carla, al
ver a su marido arrastrarse fuera del cuarto, la cara macilenta y las
mejillas colgantes, había querido mandarlo de regreso a la cama, pero
—costumbre adquirida a lo largo de casi tres interminables décadas de
matrimonio— había optado por callarse.
Inmóvil frente a la ventana, Carla cerró los ojos, deslavados por los

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sollozos y el desgaste de los días, se abrazó a sí misma para proteger del
frío su cuerpo delgado hasta la transparencia y frotó sus brazos. Pensó
en su relación con Evaristo, distinta a medida que crecía la enfermedad.
Ahora, él suavizaba las palabras que, en el pasado, precedían silencios
despectivos y ausencias castigadoras. Ahora, él hablaba más, bajaba
el tono, buscaba su opinión durante los informativos de la televisión,
alargaba la mano en señal de agradecimiento y apretaba la de ella.
Carla esbozó una sonrisa triste. ¿Quién le iba a decir que la enfermedad
le devolvería la compañía de su marido?
Salió de la cocina y se sentó a su lado, un libro cerrado en el
bolso y el dedo crispado, empeñado en eliminar un hilo sobresaliente
de la falda de lana gris. Proseguiría la guardia en el hospital donde
se repetía, invariable, el enganche de Evaristo a una máquina cuyo
runrún lo hipnotizaba y alejaba cada vez más de ella. Carla, mientras,
se aferraba a una novela, un ensayo o un poemario, única salvación
que la resguardaba de su amor sin retorno. Palabras impresas que le
procuraban tanta paz en esos momentos como le habían negado la
oportunidad de ser feliz en la juventud. Por culpa de los libros había
aprendido de joven a reconocer el gran amor, las señales de la pasión
anuladora o el inicio de episodios en los que reinaba lo fantástico.
Poco a poco se había resignado: ella nunca experimentaría esas
fabulosas aventuras. Quizá también debía a sus lecturas el haberse
rendido tan fácilmente a Evaristo y a su petición de matrimonio, después
de seis meses de educados cortejos y citas para recogerla, de riguroso
traje chaqueta, en la puerta de la facultad, el porte varonil y maduro en
comparación con aquellos estudiantes de vaqueros rotos e incipientes
barbas. Sin embargo, tras concederle meses de relativa felicidad
después de la boda, Evaristo retornaba desganado al hogar, olores de
vidas ajenas pegados a sus camisas que, no sin cierta repugnancia, ella
mezclaba en la lavadora junto a sus aromas más íntimos. Al principio,
temerosa de su abandono, lloraba las noches en las que él salía al jardín
a fumarse el último cigarro y ella recogía la cocina. Pronto se impuso la
evidencia: Evaristo siempre regresaba. Pasado el ímpetu de la primera
entrega, él mismo entreveía carencias, aspiraciones contradictorias,
y reaparecía, cada vez más amargado, como si le reprochara a ella
debilidades y sueños incumplidos.
A los veinte años recién estrenados, Carla tomó la decisión de casarse,
no lo meditó. Desde entonces, procuraba no ceder a la impaciencia y
jamás decidía, dejando que Evaristo o el azar resolvieran las cuestiones

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y dudas del día a día. Quien no elige no se equivoca, y quien no desea
tampoco siente dolor. Desde la juventud, Carla soportaba a un hombre
que, a pesar de resultarle atractivo hasta el inicio de la enfermedad, le
doblaba la edad, y a quien nada unía, salvo la preocupación que ambos
compartían por el bienestar del propio Evaristo, así como la adoración
hacia Víctor, su hijo.
Esperaba. Solo esperaba. Durante el primer año de matrimonio su
espera se mantuvo indecisa hasta el nacimiento de Víctor, que colmó
cualquier resquicio. Después, con el transcurso de los años, los deseos
callados, las fragilidades de una existencia apocada, la pátina mediocre
de las costumbres y la oposición aprobada como profesor de Educación
Física de su hijo en la Seu d’Urgell, así como las garras cada vez más
afiladas de la señora soledad, la espera se solidificó y adquirió el
nombre de París, Italia… Sobre todo, Nápoles y sus promesas de mar
derretidas en el paladar. Viajar. En cuanto muriera Evaristo, pediría a
Andrea que se encargara del Café literario y ella recorrería esos lugares
de ensueño. Y, en cada uno de ellos, brindaría por su marido, por el
amor que le tuvo y el desamparo que ello le deparó.
Apretó la mano sudorosa de Evaristo, se levantó y volvió a la cocina,
en cuyos aromas reconfortantes no se arremolinaba la lenta fetidez de
la muerte. Paseó un dedo distraído por la jaula frente a la ventana y los
enrejados de su jardín hormigueante de vida. El pino abrigaba en sus
ramas ardillas que trepaban hacia la copa. Huían de la tierra, camino
al sol, hacia la estela espumosa de un avión que surcaba los gaseosos
jirones del cielo. El timbre la sobresaltó. Un último vistazo a las ardillas
de alma viajera, un mimo apresurado al canario. La ambulancia. Carla
apagó el canal de música clásica de la radio. Estaba preparada.

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Octubre. Siguiente viernes en el Centro de bienestar

En la gran sala blanca surcada por la débil luz otoñal, Andrea y Paula
cuchicheaban sin reparar en que el hombre sentado a su izquierda, el
gerente del centro, estaba atento a la conversación.
—Paula —susurró Andrea—, ¿de verdad crees que Elda tiene un
amante?
—Si lo dice Carla, me lo creo. Cuando fue a su apartamento oyó
ruido, como pasos que se alejaban rápido, pero Elda no le abrió la
puerta. Para mí, claro como el agua.
—Bueno… Pues no lo entiendo —insistió Andrea—. ¿Por qué iba
a mantener en secreto la existencia de un amante? Es nuestra amiga,
nos lo hubiera dicho.
—Estoy de acuerdo, vuestra amiga oculta algo —intervino el
gerente, aprovechando el movimiento de sillas y mesas de todos los
que se instalaban para la siguiente clase—. Tendrá miedo de que le
robéis al novio. ¿Os apetece que lo estudiemos juntos delante de un
café? Yo invito. Por cierto, me llamo Álvaro.
Andrea se dio la vuelta, un poco irritada por la intromisión, pero la
sonrisa de Álvaro, amplia y amistosa, la desarmó. Recuperó la posición
y se inclinó sobre Paula, pero no pudo hablarle; un chispeo de luz había
convergido hacia la nueva profesora que acababa de entrar, y, en el
silencio de la clase, incluso Paula parecía haberse quedado petrificada.
La palidez mineral de la mujer, que se presentó como Mara, provocó
calambres en los dedos de Paula. De inmediato, Paula experimentó la
necesidad de acariciar sus pinceles y captar aquel blanco nacarado.
Distribuyó mentalmente el material guardado en su taller de pintura
y se preguntó cuál sería la técnica más adecuada para recrear la
turbadora energía que irradiaba la mujer menuda y delgada. Absorta
en su contemplación y dominada por una pasión convertida en oficio
—aunque pasión dormida desde hacía varios meses—, improvisó el
montaje, los materiales duros encargados de rodear a la pequeña silueta
y crear, de este modo, la sensación de que la arrinconaban. Quizá una
pizca de asfalto negro y pegajoso, de significado árido, destacaría su
contorno grácil y lo haría resplandecer. El gesto de la joven profesora,
que alzaba los brazos como hacen los magos para demostrar la ausencia
de objetos en las mangas, la devolvió al presente. Mara habló, y la
fuerza de su voz diáfana conmovió a Paula, que nunca había estado tan
consciente de cuanto la rodeaba. Por primera vez percibía con nitidez

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en aquella aula el juego de luces que iluminaba las plantas aromáticas
y sus maceteros, el biombo de madera colocado a espaldas de la mujer.
La serenidad de Mara se transformó en un umbral intangible que las
inquietudes de la calle no se atrevían a cruzar, interceptadas por la
vibración sutil de sus manos. Su mirada recorrió la sala, y cuando se
detuvo en ella, Paula sintió el golpe del silencio a su alrededor.
La hora pasó veloz. Cuando terminó la clase, Andrea ató al cuello
el vaporoso pañuelo de seda rosa y lanzó un beso a Paula y un saludo
al gerente, Álvaro, que se lo devolvió con una gran sonrisa. A Andrea
la esperaba su familia. A Paula, el ordenador y la nueva página de
contactos.

***

Cuando Carla regresó al Café literario a finales de octubre, ojerosa
y el paso lento, Andrea la abrazó.
—¿Todo bien? —le preguntó Andrea sin atreverse a pedir detalles
sobre el estado de salud de Evaristo, sabedora de la poca predisposición
de su amiga a compartir experiencias íntimas.
—No te preocupes, querida, ningún cambio… Ni bueno ni malo
—contestó Carla incapaz de contar mucho de sí misma, convencida de
que su vida, banal, no ofrecía ningún interés a los demás, ni siquiera a
sus mejores amigas. Salvo, claro estaba, aquel inconfesable episodio
mensual que la mantenía en vilo el resto de los días—. ¿Querida, no
te apetece una pausa cremosa? —añadió sin atreverse a devolver el
abrazo a Andrea.
—¿Otra?... —Andrea la soltó—. Prefiero aguantar hasta el almuerzo,
hoy es jueves y vienen las chicas, ¿recuerdas? Quiero contaros algo
y…, bueno… Mejor esperarme a que lleguen Paula y Elda.
Carla la miró sorprendida y reanudó el trabajo. El tiempo se
arrastraba, Andrea espiaba la puerta. Su alivio, una hora más tarde,
anunció a Paula.
—Medio litro de café y esa madalena. Añade la de las pepitas
grandes de chocolate. —Paula tropezó y casi derribó la bandeja de
Amalia—. Carla, ¿no hay mejoras?
Ante el gesto negativo, Paula se adueñó de una mesa e invitó a Carla
a sentarse. Andrea, mientras tanto, preparó los pedidos y se preguntó
si, al final, expulsaría el lastre que paseaba por su lengua. Difícil; Carla
necesitaba hoy de una generosa ración de amistad y, a fin de cuentas,

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su secreto no urgía. Andrea atravesó el amplio local de colores suaves,
depositó los cafés en la mesa de madera maciza y se sentó, la mano en
el colgante, mientras Carla echaba canela a su café y Paula atacaba su
dulce.
—Nada como un café entre amigas. —Carla rompió el silencio—.
No os preocupéis, queridas. En serio, me encuentro bien. —Enderezó
la espalda.
La ruidosa entrada de Elda las arrojó al presente. Paula recuperó el
apetito, Andrea sintió el hormigueo de la confesión palpitar en la punta
de la lengua y Carla se fue corriendo a la barra a atender a la recién
llegada. Elda, demasiado absorbida por su día a día, espantó de un
manotazo las alas del ángel que acababa de pasar y se acomodó.
—Menudo día llevo. Además, pensar en el asqueroso fin de semana
que me espera no me entusiasma. Va, soltadme alguna cosa divertida.
Hoy estoy desesperada de aburrimiento.
—Toma, querida, a ver si este elixir negro, cargado como a ti te
gusta, te levanta la moral.
—Gracias, Carla, eres un cielo. —La joven se quitó la chaqueta
abrochada. El vestido corto reveló esbeltas piernas, cuya esponjosa
y firme piel sin huellas granuladas bajo las medias transparentes
suscitaron la envidia de Andrea—. Insisto, ¿contáis algo que me
anime? —Arrugó la nariz y señaló a Paula la mancha de pintura que le
ensuciaba la piel bajo el grueso suéter negro.
—Si te apasionan las recetas del Centro de bienestar…, conozco
unas cuantas. —Paula estiró la manga sin esconder la mancha y mordió
la madalena—. Te toca. ¿Nos regalas una novedad? ¿Algún contrato
reciente, un viaje o, vete a saber, un nuevo amante?
—Bueno… Yo sí tengo una novedad —se apresuró Andrea antes
de que Elda, la cara avinagrada, replicase—. He encontrado, de forma
casual, el diario de Gisela.
—¿En serio nos quieres hacer creer que ha sido «casual»? ¿O más
bien buscabas entre sus cosas? —Elda acercó su silla a la mesa para
escuchar mejor.
—Elda, ¡no la interrumpas cuando la cosa se va a poner interesante!
—la reprendió Paula.
—Bueno, entré en su cuarto y lo vi encima de la cama. Él, tan
indefenso y goloso, y yo…, tan intrigada.
—¿No lo habrás leído? ¡Qué manía de meterse en la vida de
los demás! —interrumpió de nuevo Elda—. ¿A Pedro también le

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inspeccionas el móvil o los emails? La niña tiene derecho a sus secretos.
—¡Pues espero que sí lo hayas leído! —la cortó Paula—. Cuenta,
Andrea, ¿qué ha escrito Gisela?
Carla aspiró el aroma de su taza, satisfecha al hallarse en medio de
los oleajes que provoca la amistad entre mujeres. Todo relucía igual
bajo el sol perezoso que presidía el almuerzo de los jueves. Elda rizaba
sin descanso mechones alrededor de su dedo, Paula sonreía ante una
travesura, el índice alzado como si fuera a inmortalizar el momento
mediante pinceles imaginarios, y Andrea, distante o perdida en un
mundo incomprensible, quizá peligroso, tapaba su garganta con la
mano.
—Cuando descubrí el diario, sentí ganas de leerlo, pero no lo hice.
—Menuda decepción, ya nos hemos quedado sin historia —se rio
Paula, olvidada la madalena en el plato.
—Bueno, no lo leí en ese momento. Solo lo ojeé.
—Eso se llama violar la intimidad y, de paso, traicionar la confianza
—desafió Elda a Paula, que había sonreído al imaginar a Andrea
colándose en el cuarto de Gisela para robarle el diario.
—Vale, no lo niego, Elda. Aunque… no te imaginas los interrogantes
que surgen delante del diario de una hija. En ese instante te preguntas
si de verdad la conoces y qué te oculta. Menudo shock me llevé. El
botellón, la borrachera de un impresentable vomitando en su camiseta
favorita... Solo fueron líneas, pero…
—¡Suficientes para darte cuenta de que necesitabas urgentemente
leer el resto! —Paula soltó una de sus atronadoras risas.
—No me imaginaba a Gisela de botellón, pero no me choca, es
propio de su edad, ¿no crees? —Elda alzó los hombros y retomó un
mechón de su largo y hermoso pelo negro.
—Sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con Elda —dijo
Paula con voz más seria—. No te sulfures, se le pasará. Si Gisela
practica deporte y ensaya obras de teatro, bien puede permitirse el lujo
de desvariar un sábado noche.
—Ojalá no os equivoquéis… —prosiguió Andrea al ver que Carla
también asentía con dulzura—. De todas formas, sé dónde lo esconde:
en una caja debajo de su cama, no lo perderé de vista. Durante la
cena me esforcé en llevar la conversación hacia el botellón, me costó
horrores. Sospecho que me pasé de lista. Me pregunto si ella se ha
percatado de que lo he leído.
—Si a partir de ahora ya no encuentras el dichoso diario… —Paula

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levantó el dedo—, es que lo sabe.
—No creo que lo sepa. Todavía está debajo de la cama. Bueno, no
es la misma libreta, acaba de estrenar otra, y lo he vuelto a leer, claro…
Ha dejado de mencionar borracheras y fiestas salvajes. Ahora escribe
acerca de un amor platónico. Por lo visto él tiene novia, aunque no los
ve enamorados; según Gisela, disimulan y él la engaña. Me dan ganas
de decirle que pase de él.
—En estos momentos, cremallera —exclamó Paula con una risa—.
Hazme caso, recupera la calma y plantéate la duda única: ¿cuál es el
mejor acompañante de esta bebida caliente? ¿Cruasanes, palmeras o
bizcochos rellenos de chocolate?
—Paula, en serio… Contigo es imposible hablar, te lo tomas todo
a broma —se quejó Elda, levantándose de golpe—. Además, no estoy
de acuerdo. Si no funcionan, ¿por qué esperar? —Acalló de un gesto
seco la respuesta de la pintora—. Hasta les haría un favor si los fuerza
a romper antes. Andrea…, dijiste que tu separación con Paco, el padre
de Gisela, fue una liberación.
—Bueno… No compares, Elda, éramos adultos y padres. No
fingíamos, te lo aseguro. Mi ex gritaba, siempre. Cualquier excusa
valía: placer, rabia y, sobre todo, celos. Sin olvidar mencionar cuánto
le encantaba provocar los míos. —Incomodada por la confidencia,
Andrea desplazó en la mesa el diminuto centro de violetas—. Bueno,
lo de Paco terminó. Ahora respiro paz y confianza en casa gracias a
Pedro.
—Los celos. Cuánto tiempo… Casi los había olvidado —susurró
Carla abrazándose—. Al principio de casarnos, eran insoportables.
Evaristo se esfumaba días y noches sin avisar ni dar señales de vida.
Poco a poco me acostumbré a que hubiera otras. Todavía me cuesta
comprender por qué me habitué a eso… Pero siempre rezaba para ser
la única, la más amada.
Elda, de pie frente a la estantería, inmóvil y alerta, se dio la vuelta
al oír el último comentario. Se enfrentó a los ojos color caramelo de
Carla, que la observaban sin parpadear. Su intensidad la sacudió.

Esa misma noche, Andrea recitaba despacio y en voz alta el poema


de la canadiense Anne Hébert. Las palabras se deslizaban, evocadoras:
Il y a certainement quelqu’un
Qui m’a tuée
Puis s’en est allé

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Sur la pointe des pieds
Sans rompre sa danse parfaite1

Resonaban con un eco familiar: el de la soledad, más dolorosa


cuando se enfrentaba a la ausencia de Pedro y a la taciturna cena junto
a su hija, pegada a sus auriculares. Releyó el poema, absorta. ¿Alguien
se había ido de puntillas? Quizá el padre de Gisela. No. Paco pisoteaba.
La expulsó después de un portazo devastador. Pasó la página, los
versos daban vueltas. ¿Pedro? Se irritó consigo misma. Él tardaría, una
vez más, pero regresaría y le traería paz, momentos dulces, serenidad.
Andrea imaginó a la mujer del poema, tal vez fallecida sin saberlo.
¿Acaso es posible dudar de la propia existencia? ¿Y ella? ¿Podía
no existir e ignorarlo? La muerte adopta la figura de las rutinas, nos
envuelve y agita en su manto invisible, y representamos frente a ella
la comedia de una falsa vida. No. Qué tontería; respiraba, no fingía.
Vivía.
La mano lisa, y aún sin manchas, acarició la colcha crema, regalo
de Pedro en un romántico viaje a Lisboa. Irrumpió la autocompasión.
Ningún verso poseía entonces fuerza suficiente para zarandear la capa
de la muerte. ¿Tal vez al acabar el trabajo él había quedado? ¿Qué le
impedía tomarse una copa en el pub de Charo? Una mujer atractiva,
recién separada, a la que él dedicaba miradas aprobatorias, incluso
estando ella presente. ¿Era descabellado temer un lío entre ambos?
Recordó a Paco y las incansables escenas de celos seguidas de
apasionadas reconciliaciones. Sin embargo, él la engañaba. Siempre.
¿En cuántas ocasiones la había sorprendido, cuando descolgaba el
teléfono en su domicilio —que sonaba noche y día—, el silencio de la
línea? Ellas colgaban en cuanto escuchaban su voz, una voz de mujer.
La voz que rompía las promesas de amor que Paco les susurraba en
horas escondidas.
Al principio no entendía cómo tantas personas se equivocaban
al marcar su número, hasta que, después de la inocente observación
a Paco, este enrojeció, farfulló cuatro incoherencias, desvió la
conversación y salió de la estancia a la que regresó a los pocos minutos
con otro enfado. Llevada de la nueva pelea en la que entró —años más
tarde diría que alegremente—, no estableció la conexión. Al cabo de
interminables reflexiones, había creído comprender que Paco, infiel,
1 Seguramente alguien / Me ha matado / Y se ha ido / Sobre la punta de los pies / Sin romper
su baile perfecto. (Le tombeau des rois, Anne Hébert)

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interminables reflexiones, había creído comprender que Paco, infiel,
gritaba de celos con cualquier excusa e incluso sin ninguna, porque
proyectaba en ella sus excesos.
«Bueno», se reprochó a sí misma, «¿a qué viene este empeño en
pensar en el padre de Gisela?». Él la engañaba y le costó superarlo.
Vale, todo apuntaba a la infidelidad: además de las mudas llamadas
intempestivas, Paco recorría las habitaciones de madrugada,
guardaba trastos, limpiaba incansablemente, debilitado a causa de
la incertidumbre, y se escapaba en cuanto pitaba el móvil. Nunca
sospechó de él. ¿Por qué continuaba reprochándoselo?
En cambio, con Pedro nada de telefonazos inesperados ni reacciones
extrañas. Ninguna culpa lo atormentaba. Se acostaba y dormía. Dormía.
Ella, si alargaba la mano, lo alcanzaba. Él dormía, piernas y brazos
ligados. A veces lo rozaba. Él dormía. Profundamente.
Se removió. Uma, enroscada a su lado, la empujó con el hocico y
Andrea le rascó la cabeza. El mundo se resituaba a cada aliento del
animal, redibujaba los contornos imprecisos y se desprendía de temores.
Uma enderezó las orejas. Una llave en la cerradura. Su marido. Lo oyó
trajinar en la cocina y, luego, la escalera crujió, el pomo giró. Él entró.
—¿Estás aquí, pirata? Un beso de buenas noches —gritó Gisela
desde su cuarto.
Los dos se miraron. Andrea abrió los ojos, la joven no solía dar
muestras de afecto y menos a él.
—Un beso. Hasta mañana, preciosa —Pedro se lo lanzó con una
sonrisa.
Andrea, apaciguada por la presencia de su marido, dio un beso a
Uma, que se fue a su cama, y se acurrucó bajo las mantas. Él recogió el
fular rosáceo que yacía encima del lecho, a punto de caerse al suelo, lo
depositó en la banqueta y se desvistió. Ella sintió la llegada del sueño,
arropada por su perfume de hombre cariñoso y paciente.

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