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Giraudi, Pablo E.

y otros
Tribunal Oral en lo Criminal Federal Nro. 1
19/03/2003
Voces: ACCION PENAL ~ ACUSACION ~ ASOCIACION ILICITA ~ CONSTITUCION NACIONAL ~
CONSTITUCIONALIDAD ~ DEBIDO PROCESO ~ DEFENSA EN JUICIO ~ INTERVENCION DE LINEAS
TELEFONICAS ~ JUICIO ORAL ~ MINISTERIO PUBLICO FISCAL ~ NOTITIA CRIMINIS ~ PRINCIPIO DE
LEGALIDAD ~ PROCESO PENAL

Tribunal: Tribunal Oral en lo Criminal Federal Nro. 1 (TOralCrimFed)(Nro1)

Fecha: 19/03/2003

Partes: Giraudi, Pablo E. y otros

Publicado en: LA LEY 2003-D, 27

HECHOS:
Un grupo de personas fue llevado a juicio oral acusado de conformar una asociación ilícita dedicada a la
adulteración y falsificación de documentos. La defensa solicitó la nulidad de la denuncia anónima -por medio de la
cual se dio inicio a las actuaciones- y de las intervenciones telefónicas. El tribunal absolvió a los imputados.

SUMARIOS:
El fiscal se encuentra habilitado para desistir fundadamente, en el alegato, de la acusación incompleta deducida al
formularse el requerimiento de elevación a juicio, resultando vinculante esa postura para la homologación de su
propuesta.

La denuncia telefónica anónima configura un punto de inicio válido para la pesquisa, tratándose de una "notitia
criminis" de alcance restringido que sirve de plataforma de lanzamiento para la investigación de un posible delito,
sin que se la pueda equiparar a la denuncia en sentido propio que el Código Procesal Penal considera en su art. 174 y
siguientes.

El auto que ordena una injerencia en la privacidad -en el caso, escuchas telefónicas- puede conjugarse con las
constancias precedentes que el magistrado tuvo a la vista cuando lo dispuso.

A los fines de la configuración del delito de asociación ilícita no sólo debe existir el "pactum sceleris" sino que éste
debe dar vida a una asociación estable y persistente en el tiempo de tres o más personas; se requiere que exista una
cierta asignación de funciones, una división de las tareas como manifestación de una estructura interna.

Corresponde declarar la inconstitucionalidad del art. 210 del Cód. Penal, pues la indeterminación de tipo y la escasa
o nula determinación del bien jurídico protegido que surge de su texto contraría gravemente el principio de legalidad
consagrado por el art. 18 de la Constitución Nacional (del voto del doctor Federico).

TEXTO COMPLETO:

Buenos Aires, marzo 19 de 2003.

Vistos: Para dictar sentencia en la presente causa N° 566 del registro de este Tribunal Oral en lo Criminal Federal N°
1, seguida contra Pablo Enrique Giraudi, argentino, titular del DNI ..., nacido el 12 de enero de 1945 en la ciudad de
Córdoba, provincia homónima, hijo de ... y de ..., de ocupación comisionista, casado, con domicilio en la calle A.
con legajo de antecedentes de la Policía Federal Argentina serie 101 N° ... y prontuario del Registro Nacional de
Reincidencia N° 405.251, asistido por los doctores A. J. M. y A. F. M., contra Pablo Hernán Grau, argentino, titular
del DNI ..., nacido el 24 de agosto de 1972 en esta ciudad, hijo de ... y ..., con domicilio en O., soltero, profesor de
tae-kwon-do y de gimnasia, con legajo de antecedentes de la Policía Federal Argentina serie 102 N° ... y prontuario
del Registro Nacional de Reincidencia N° 771.605, asistido por el doctor J. L. G. A., contra Juan Carlos Videla,
argentino, titular del DNI ..., nacido el 23 de octubre de 1947 en esta ciudad, hijo de Santos Marcelo y María
Angélica Brotier, con domicilio en P., de estado civil casado, de ocupación vendedor, con legajo de antecedentes de
la Policía Federal Argentina serie 101 N° ... y prontuario del Registro Nacional de Reincidencia N° 771.610, asistido
por los doctores J. L. P. y M. G. C., y contra Adrián Carlos Amodio, argentino, titular del DNI ..., nacido el 29 de
marzo de 1949 en Lanús, Provincia de Buenos Aires, hijo de ... y ..., con domicilio en doctor G..., Lanús, Provincia
de Buenos Aires, de estado civil soltero, de ocupación empleado y remisero, con legajo de antecedentes de la Policía
Federal Argentina CI ... y prontuario del Registro Nacional de Reincidencia N° 771.606, asistido por el doctor R. P.
V.; y actúa como representante del Ministerio Público Fiscal el fiscal general, doctor Raúl Pedro Perotti.

Resultando: I. A fs. 1539/69 los representantes del Ministerio Público Fiscal intervinientes, doctores Carlos Alberto
Rivolo y Claudio Navas Rial, a cargo de la Fiscalía Nacional en lo Criminal y Correccional Federal N° 2, solicitaron
la elevación a juicio de los actuados, oportunidad en la que imputaron a los procesados los siguientes hechos: a
Pablo Enrique Giraudi se le atribuyó haber tenido en su poder, durante el allanamiento en la finca de Lucero, una
carpeta color naranja de cartulina en cuyo interior había un sobre tamaño oficio conteniendo una carátula de
pasaporte argentino falsa y siete hojas que poseían escudos de emblemas similares a los que conformaban las
cartillas de pasaportes expedidos por la PFA y haber formado parte de la organización destinada a cometer delitos,
hechos que se encuadraron en los delitos de falsificación y adulteración de documentos en calidad de partícipe e
integración de una asociación ilícita (arts. 45, 292, 210 -primera parte- del C.P.); a Juan Carlos Videla, Pablo Grau y
Adrián Carlos Amodio se les imputó haber integrado una organización destinada a cometer delitos consistentes en
adulterar y/o falsificar documentos (art. 210 -primera parte- del C.P.), aclarándose respecto del último de los
nombrados que dicha circunstancia se consideró verificada no sólo por haber tenido en su poder un folleto de la
máquina NCR 7740 -la que se presumió fue comprada por aquél y cuyas facturas se hallaron en el domicilio de
Lucero-, sino también por el resultado de las intervenciones telefónicas en las que participó (art. 210 -primera parte-
del C.P.).

"Omissis"

Considerando:

El doctor Costa dijo:

I. La situación de Pablo Enrique Giraudi:

En caso similar, al resolver la causa N° 729 "Quinteros Méndez", rta. el 10/X/02, reg. N° 1777 sostuve que con
anterioridad, a partir de lo dicho en las causas N° 379 -"Aranda Burgues" rta.el 20/XII/99, en esa oportunidad
integrando el T.O.F. N° 5, N° 427 -"Rojas Siles" reg. N° 1053, rta. el 16/02/2000- y N° 426 -"Morgana Zerdaz", reg.
N° 1055, rta. el 25/02/2000-, estas últimas de este Tribunal y a las cuales me remito en homenaje a la brevedad, he
sostenido que el Fiscal se encuentra habilitado para desistir fundadamente, en el alegato, de la acusación incompleta
deducida al formularse el requerimiento de elevación a juicio, resultando vinculante esa postura para la
homologación de su propuesta.

Que corresponde tener en cuenta el reciente pronunciamiento de la Corte Suprema de Justicia de la Nación in re
"Marcilese, Pedro J. y otro" (rta. 15/8/02) (La Ley, 2002-E, 719), según el cual la mayoría del Alto Tribunal se
inclinó por modificar la doctrina sentada en "Tarifeño" (rto. 22/12/89, verlo en LA LEY, 1995-B, 32; DJ, 1995-1-
703), "García, J." (Fallos 317:2043) y "Cattonar" (Idem 318:1234 -La Ley, 1996-A, 67; DJ, 1996-1-285-), criterio
que en lo sustancial se había mantenido en "Caseres" (320:1891) y "Fiscal c. Fernández" (324:425). Conforme la
nueva tesitura: "El pedido de absolución del fiscal al momento de alegar no impide la incriminación del imputado,
pues tal petición no está prevista como causal de cese de la acción penal, siendo inadmisible que el criterio de dicho
funcionario, sin contralor alguno, resuelva la suerte del proceso luego de haber formulado una verdadera acusación
con pedido de remisión a juicio, lo que lo convertiría en juez y parte" (según sumario N° 1 del texto publicado en
LA LEY, Sup. Penal, 23/09/02, p. 31 y siguientes.).

Que no obstante el sentido de esa decisión y el carácter de intérprete final de la C.N. y las leyes dictadas en su
consecuencia que cabe a la CS, lo que impone a los jueces de los tribunales inferiores la obligación de conformar sus
resoluciones a las de aquella en casos similares, subsiste la posibilidad de apartarse de los criterios fijados en el
supuesto de fundarse tal discrepancia en motivos novedosos y variados que la respalden (conf. Fallos 324:2379,
entre muchos otros, v.gr. las disidencias del citado asunto "Fiscal c. Fernández").
Que dicha situación se plantea en este caso, habida cuenta de que por un lado la composición de la mencionada
mayoría exhibe la resultante de votos convergentes pero no unívocos en los que se advierten matices que, a mi
juicio, debilitan su contundencia. En ese marco, parecería no existir suficiente concordancia en cuanto a que,
definido como acusación el acto requirente previsto por el art. 347 del C.P.P. -punto con el que coincido
parcialmente y respecto al que remito a mis votos anteriores-, no queda en claro si todos los ministros que lo
sostienen acuerdan en torno a que dicho acto se completa con la concreta petición de pena, que tiene lugar en la
etapa de alegatos.

Que en tal hipótesis, a la que he venido acudiendo desde los precedentes referidos, queda por responder por qué
razón el titular de la acción pública que con fundamento suficiente decide no concluir la acusación iniciada carecería
de legitimación para ello. Si se acepta que el acto jurídico deducido durante la instrucción es imperfecto, cabe
objetar que para completarlo se pueda desapoderar al Ministerio Público Fiscal de la capacidad respectiva en el caso
de haberla resignado por motivos bastantes; menos aún que, so color del carácter común de órganos estatales
revestido por los jueces de la causa, sean éstos quienes sustituyan al funcionario que actúa independientemente
según lo dispuesto por el art. 120 de la C.N.

Que, en otras palabras, debe insistirse que si el sistema procesal vigente admite una deducción fraccionada de la
acusación, ello no implica que la legitimación para efectuarla se desdoble en órganos de distinta naturaleza, máxime
cuando uno de ellos será a la postre quien sentenciará la causa. Ello aparece en franca contradicción con el sentido
de la regla constitucional citada.

Que, al respecto, hago mías en términos generales las observaciones vertidas por Gonzalo Segundo Rúa ("Acusación
y sistema acusatorio ¿Sigue siendo el Fiscal quien ejerce la acción penal? A propósito del fallo 'Marcilese', en el
mismo suplemento donde se publicó aquella sentencia, loc. cit.). Con agudeza distingue el comentarista que antes
que de disponibilidad de la acción penal de lo que se trata es "del ejercicio negativo de tal facultad, que no es lo
mismo....Una cosa es quién tiene la facultad para requerir la intervención del juez y habilitarlo para juzgar, y otra
distinta es la vigencia del principio de legalidad, el cual es imperativo para los jueces, pero una vez que se les
habilitó la jurisdicción". En otros párrafos añade críticas que inciden respecto de la garantía de imparcialidad y lo
que denomina "el paulatino desapoderamiento del Ministerio Público Fiscal sobre el ejercicio de la acción penal",
cuya lectura creo apropiada para resolver la cuestión.

Que, por otra parte, debe subrayarse que en el caso "Marcilese" se observan aspectos que lo distinguen del que nos
toca juzgar. Primordialmente, tales diferencias radican en que el Fiscal postuló la absolución de modo arbitrario,
infundado, y ello se insinúa como dirimente en el voto del juez Fayt que decidió el viraje jurisprudencial anotado.

Que, además, tampoco es congruente con el resto de las argumentaciones volcadas a esta controversia una
afirmación contenida en la misma ponencia (vid C.12 "in fine"), según la cual se descarta que la discusión final
tenga alguna incidencia para garantizar el derecho de defensa. En la modalidad de procedimiento penal que rige en
el orden nacional, el debate está regido por los principios de unidad, concentración y continuidad (vid art. 365
C.P.P.), por lo que la oportunidad del imputado y su asistencia técnica de contradecir la pretensión punitiva concreta
integra aquél derecho. El alegato (la mentada discusión final), resulta el eje sobre el que gira dicha oportunidad y su
conexión con la garantía constitucional fluye nítida.

Que, en la misma dirección, también aparece como relevante la necesaria posibilidad de contradicción respecto de la
dicha petición de pena, que no aparece suficientemente cubierta -en mi opinión- por la referencia genérica a las
escalas aplicables según el tipo penal seleccionado en la acusación. Las reglas enumeradas por los arts. 40 y 41 del
C.P. remiten a circunstancias que de ser consideradas ajenas al debate introducen el germen de la arbitrariedad;
adviértase que ello implica tanto como sostener que la discusión acerca de atenuantes y/o agravantes estaría
marginada del contradictorio y por ende se facilitaría una aplicación de pena librada al mero criterio del juez,
hipótesis que ha sido con frecuencia descalificada por la C.S.J.N. (vid, v.gr., Fallos 310:495).

De allí que no comparta la convicción del maestro D'Albora cuando tilda a dicho argumento de especioso, porque en
su enfoque es sólo el Defensor quien debe "embicar al tribunal para que amerite en la forma más favorable a su
pupilo hacia los carriles a que deberá sujetarse la sanción" ("¿Dónde ubicar la acusación penal?", en el mismo
suplemento citado, p. 37 y sigtes.). La obligación del Ministerio Público Fiscal de velar por la legalidad incluye, me
parece obvio, la de fundamentar sus peticiones y entre ellas destaca por su gravedad la referida a la imposición de
una pena, que consecuentemente no puede prescindir de las ponderaciones respectivas. Y, siguiendo tal
razonamiento, debe concluirse que la necesaria contradicción sobre tal punto atañe a la defensa en juicio. La llamada
"cesura", cuya eventual inclusión en nuestros rituales merece a D'Albora el calificativo de "flor exótica", tiende por
cierto a evitar se soslaye la pertinente discusión respecto de una de las consecuencias más relevantes del proceso
penal.

Que sin pretender dar por agotado el tema, entiendo necesario señalar que tampoco se ha profundizado
suficientemente lo relacionado con la facultad conferida a los Fiscales Generales por el art. 37 -inc. "a"- de la ley del
Ministerio Público 24.946 en punto a desistir, mediante decisión fundada, de la intervención llevada adelante por sus
colegas de las instancias anteriores. Apunto que tal autorización está vinculada de modo directo con el ejercicio de la
acción pública, atento que a ello se refiere el inciso citado, por lo que se impone una mayor discusión en torno a la
vigencia irrestricta del principio de legalidad que sostiene la mayoría de nuestra doctrina y jurisprudencia. Cuando
menos, esa norma parece abonar que tal principio sufriría cierta morigeración.

Que en razón de lo hasta aquí expresado, he de mantener mi punto de vista respecto al carácter vinculante del pedido
remisorio emanado del alegato rendido por el señor Fiscal General, que en el caso se halla cabalmente fundado.

A las consideraciones reproducidas agrego mi coincidencia con los fundamentos vertidos por el colega Héctor M.
Magariños integrando el T.O.C. N° 23, al votar en la causa "Martínez, Juan M.", el 27/VIII/02 (La Ley, Sup. Penal,
marzo/2003, p. 32, fallo núm. 105.143), ocasión en la que se pronunció respecto de una situación análoga a la que
aquí consideramos. Envío a la ilustrativa lectura de esos razonamientos, así como al comentario que bajo el título
"Obligatoriedad de los fallos de la Corte. Acerca del alcance de la doctrina ´Marcilese´" también efectuara G. S. Rua
(todo publicado en La ley, Sup. Penal, 03/03/2003, p. 31 y sigtes.).

Entiendo que no modifica en nada lo expresado el carril por el que la representación de la acción pública arribó a su
tesitura favorable a la absolución (atribución de un delito respecto del cual se operó la prescripción de dicha acción
penal), bastando con que su pedimento esté suficientemente fundado, que como dije es el caso.

II. Los planteamientos de nulidad:

Las Defensas de los encausados Videla, Amodio y Grau, contra quienes el fiscal general mantuvo la acusación al
expresar su alegato, dedujeron varias pretensiones de invalidar diversos actos procesales, que consideraré por
separado.

A. De lo actuado a partir del llamado anónimo reseñado a fs.1/2: Según reclaman los diligentes letrados Defensores,
existen irregularidades que acarrean la nulidad insalvable de todas las actuaciones labradas a partir del acta en la
cual el entonces Jefe de la División Delitos Fiscales de la Policía Federal, Crio. Laino, dejó constancia de haber
recibido el día 24/I/95 un llamado telefónico anónimo a través del cual una mujer le habría puesto en conocimiento
de supuestas actividades delictivas en las que se hallarían involucrados el aquí encartado Videla y otro sujeto de
apellido Bianchi. La informante se negó a descubrir su identidad invocando riesgo para su vida y cortó la
comunicación (vid fs.1/2)

a.1 Un primer argumento, insinuado en las citadas alegaciones, procura descalificar la formación de una causa
criminal a partir de referencias obtenidas de fuente anónima. La abundancia de fallos en contrario, que se conectan
con la potestad otorgada a los funcionarios policiales (y también a los del ministerio público fiscal) de proceder de
oficio (arg. arts. 183, 186 y 188 del ritual), parece haber determinado la tibieza con la que esta cuestión fue
introducida en el debate. Más bien pareció una sugerencia que un reclamo explícito.

En la materia el Tribunal ha venido sosteniendo que los datos recibidos por esas vías tipo configuran un punto de
inicio válido para la pesquisa. Se trata de una "notitia criminis" de alcance restringido, que sirve de plataforma de
lanzamiento para la investigación de un posible delito. No se la equipara a la denuncia en sentido propio que el
C.P.P. considera en sus arts. 174 y sigtes. y no se advierten razones sólidas para retacear la posibilidad de
averiguaciones sobre tales bases, siempre y cuando en la actuación posterior se resguarden las reglas del debido
proceso legal. En otros términos, no parece realista obturar un carril a través del cual aquellos organismos suelen
recibir valiosa información para el cumplimiento de sus funciones, fenómeno que desde ya no es exclusivo de
nuestro país ni mucho menos. Y añado que la solución contraria ha demostrado su inconveniencia por variados
motivos, que entiendo exceden el objeto de esta sentencia.

Remito entonces a los precedentes invocados, que corresponden a la anterior composición del Tribunal (ver, entre
otros, causa N° 257, "Monti, J. L. s/inf. ley 23.737", reg. N° 615, rta. el 12/III/98; c. N° 273, "Ramos, J. A. y otro
s/inf. ley 23.737", reg. N° 661, rta. el 7/V/98, c. N° 521 "Vigo Escobar s/inf. ley 23.737", reg. N° 1.335, rta. el
14/III/01; c. N° 523, "Rivero, María I. s/inf. ley 23.737", reg. N° 1.363, rta. el 10/IV/01 y c. N° 542, "Britez, Héctor
O. y otros s/inf. ley 23.737", reg. N° 1.531, rta. el 29/XI/01).

Cabe responder al doctor P., que introdujo el punto de modo nítido, que la autorización para reservar la identidad de
los denunciantes en los supuestos especiales contemplados por el art. 24 bis de la ley 23.737 no se contrapone con lo
aquí sostenido, toda vez que se refiere claramente a quien reúne la condición ya anotada y no obsta a que -en
especial en materia de hechos ilícitos con estupefacientes- se reciban informes de fuente anónima. Los fallos que
indiqué "ut supra" y sus citas se refieren, predominantemente, a esa materia.

Desde otro ángulo, al no tratarse de un denunciante en sentido estricto, la ponderación de esos datos no tendrá
similar eficacia probatoria y a la luz de las reglas de la sana crítica no redundará en la lesión a la garantía de la
Defensa en juicio puntualizada por el señor Defensor.

a.2 El mayor énfasis lo pusieron las asistencias técnicas en la omisión, por parte del responsable inicial de la
prevención, de haber intentado diligencias que condujesen a la identificación de la persona que telefoneara para
proporcionar los mentados datos. Quedó en claro para mí que las pruebas rendidas en el debate demostraron tal
inactividad; más allá de las causas, lo concreto fue que no se intentó individualizar a quien las partes insistieron en
denominar "la denunciante" (aunque no lo era, según ya señalé).

Ahora bien, ¿de esa inactividad se sigue la nulificación absoluta reclamada? Entiendo que no, atento que no estamos
ante ninguna de las causales previstas por los arts. 167 y 168 -párr. 2°- del C.P.P., cuestión sobre la que volveré. De
lo dicho se sigue, también, que el planteamiento resultó extemporáneo en virtud de tratarse de un eventual caso de
invalidez relativa que debió ser opuesto en el término que fija el art. 170 -inc.1°- del mismo plexo.

Por ello, no atenderé más que superficialmente a los argumentos que atribuyeron desidia -y hasta incumplimiento de
sus deberes- a los funcionarios preventores, so color de haber dejado librada a su suerte a una mujer cuya vida corría
peligro. El sentido común que se aduna a la reiterada experiencia en estas situaciones indica dos cosas: la una, que
ese tipo de manifestación forma parte habitual de las razones con las que los informantes anónimos -con frecuencia
miembros periféricos o antagonistas de la actividad delictiva de que se trate- justifican su actitud (se diría que figura
en una suerte de "libreto tipo"); la otra, que si los policías se inmiscuyesen del modo declamado por las Defensas,
individualizando a quien oficia de "buchón", es fácil pronosticar que el peligro creado para éste sería mucho mayor.
Cabe reparar en que con identificar el número telefónico del que provenía la llamada no se avanzaría demasiado y
que las posteriores diligencias imprescindibles para la individualización conllevarían el riesgo de hacer realidad el
proverbial "peor el remedio que la enfermedad".

Lo expresado en el párrafo anterior va sin perjuicio de señalar que las testificales recibidas en la audiencia no
lograron precisar si la dependencia contaba o no con un sistema de identificación de llamadas y, asimismo, que la
experiencia común demuestra que de adverso a lo declarado por el Crio. Galdame lo habitual es que no se intente
ese camino (fuere por los motivos apuntados u otros). Incluso en dependencias donde la tarea diaria no implica una
carga excesiva no he advertido que se proceda en tal sentido.

a.3 La otra vertiente de esta impugnación discurre por la demora incurrida en asentar el llamado referido, dando
inicio a las actuaciones. Que esa dilación existió es incontrastable, atento que resulta de la propia constancia en
danza. Pero de tal premisa no pueden extraerse las conclusiones impetradas. En primer término, porque denota una
especial transparencia en el obrar policial que descarta cualquier maniobra de esas que son lamentablemente
frecuentes; si se hubiese pretendido engañar al juez o cosa semejante habría bastado con hacer figurar la llamada
como producida el mismo día del acta. Además, durante las 48 hs. que transcurrieron sólo se produjeron actividades,
las actividades mínimas tendientes a corroborar los datos primarios recibidos, pero ninguna que implicase la puesta
en crisis de la supervisión judicial o del ministerio fiscal, con lo que una vez más queda de lado la posible aplicación
de lo dispuesto en el citado art. 167 -inc. 2°- del C.P.P.
Señalo, por último, que no se incurrió en la pretendida irregularidad, porque la situación era bien diferente del caso
en que se anoticia a la policía de un delito inminente con precisiones que no admiten dilación. En la llamada
anónima se hacía mención a una serie de actividades ilícitas que, ciertamente, exigían actividades de investigación
muy diferentes a otros casos (v.gr. la comisión de un robo a mano armada o una entrega de drogas prohibidas).

B. Las autorizaciones para interceptar llamadas telefónicas:

Planteado por las Defensas de Amodio y Grau, este reclamo en puridad se funda en el supuesto incumplimiento de
lo previsto por el art. 236 del ordenamiento de forma, lo advierto centrado en el segundo de los autos respectivos
(fs.22), atento que los propios impugnantes reconocen que su antecedente (fs. 6) no adolecía del defecto predicado
contra el primero. Consistiría, conforme lo dicho en los alegatos, en que ante el resultado negativo de la primera
etapa de interceptación de llamadas el juez instructor debería haber expresado fundamentos mucho más
contundentes antes de renovar la orden, que incluyó la intervención de otra línea telefónica (instalada en el domicilio
del prófugo Lucero).

No comparto tal objeción. Sobre todo porque desde mucho antes de integrar esta sede vengo adhiriendo a la doctrina
de la fundamentación implícita, según la cual el sustento del auto que ordena una injerencia en la privacidad (caso
de las escuchas telefónicas) puede conjugarse con las constancias precedentes que el magistrado tuvo a la vista
cuando lo dispuso. Remito, entre muchos otros, a lo votado en las causas N° 181, "Allevato, J. y otros s/inf. ley
23.737", reg. N° 499, rta. el 15/VII/97, c. N° 302, "Mila, Osvaldo R. y otros s/inf. ley 23.737", reg. N° 798, rta. el
23/XII/98 y c. N° 246, "Centurión, Juan Carlos y otros s/inf. ley 23.737", reg. N° 910, rta. el 22/VI/99, donde consta
el punto de vista referido.

En el caso, la providencia de fs.22 no sólo está precedida de actuaciones policiales, sino que hace expresa referencia
a ellas al rezar "y atento a lo que surge de las mismas...". No hay dudas respecto a que el señor Juez Federal tuvo en
cuenta lo que constaba a fs. 15/21 y que a su juicio ameritaba disponer las diligencias de investigación cuestionadas.

Con atingencia al punto, he sostenido en más de una ocasión que los límites para ordenar estas intromisiones en el
ámbito privado de las personas deben apreciarse en el caso concreto, que debe regir el principio de proporcionalidad
y que si el magistrado fundó su decisión su revisión en esta etapa sólo procede en situaciones excepcionales
equiparables a la tacha de arbitrariedad. Envío, en tal sentido y entre otros antecedentes, a lo dicho en la causa N°
542, "Britez, Héctor O. y otros" (tanto en su incidente de nulidad -rta. el 12/VII/01, reg. N° 1449- cuanto en la
sentencia, ya citada).

Y si se analiza el contenido de las dichas actuaciones que se tomaron como base para ordenar las nuevas injerencias,
se advertirá que los datos aportados por los funcionarios que realizaban las tareas de seguimiento e inteligencia
previamente dispuestas habían, por un lado, corroborado los continuos y llamativos desplazamientos de los
sospechados (sobre todo al domicilio de la Avda. Santa Fe, al que se dirigían varias veces por día, permaneciendo
por breves momentos para regresar a su lugar de origen) en consonancia con lo que ya se había precisado a fs.1/2 y,
de otro, referencias muy concretas sobre una maniobra delictiva concordante con la "notitia criminis" en la que
habría incurrido el imputado Bianchi.

Con tal basamento, me parece inatacable el auto de fs.22, habida cuenta de que a la referencia inicial se habían
adunado elementos mucho más precisos para encauzar la pesquisa. Destaco que las intervenciones dispuestas lo
fueron por términos más que prudentes (diez días), lo que cuadra con el mentado criterio de proporcionalidad. Que
lo referente al hecho por el que se sospechó a Bianchi haya ido a una "vía muerta" (vid fs.30 vta.) no quita que a la
hora de suscribir aquél auto el juez contaba con razones suficientes, que además hizo constar con la remisión a la
que aludí.

Por lo expresado, entiendo que lo actuado se ajustó rigurosamente a las previsiones del mentado art. 236 y no se
vulneró ninguna garantía constitucional.

III. La acusación y sus límites; las consecuencias:


A partir de las descripciones someras efectuadas en la requisitoria de elevación a juicio (fs. 1539/69), el fiscal
general sostuvo las acusaciones contenidas en esa pieza procesal respecto de los imputados Videla, Amodio y Grau,
completándolas con las peticiones de pena que en cada caso explicitó.

Son las descripciones fácticas de los hechos atribuidos a los encausados, valoradas a la luz de la calificación legal
escogida, las que demandan -en mi opinión- un análisis detenido a fin de verificar si se satisfacen las exigencias
derivadas de la defensa en juicio. Y adelanto que si bien estimo que las imputaciones contenidas en aquél alegato
resultan suficientes para cumplir con los requisitos mínimos del caso, adolecen de imprecisiones que por un lado
comprometen el cabal ejercicio de aquella garantía y, del otro, implican limitaciones insuperables en cuanto a la
valoración de la prueba.

Dicho de otro modo, la acusación orilló la nulidad. Coincidieron los representantes del ministerio público fiscal -en
ambas etapas del proceso- que los tres encausados, junto con al menos uno más hoy rebelde, tomaron parte en una
asociación ilícita cuyo objeto principal serían las falsificaciones documentales. Pero la configuración de los hechos
achacados a cada uno de ellos, sobre todo en cuanto a Videla y Grau se refiere, carece de referencias esenciales para
conocer cuál fue su intervención en el consorcio delictivo que justificaría su punición. Tampoco se expresó con el
necesario detalle lo relacionado con la estructura de tal asociación, las pautas demostrativas de su permanencia y la
indeterminación de las conductas delictivas que en conjunto se habrían pactado. En suma, la imputación fue
genérica, incluso ambivalente, respecto de elementos del tipo penal seleccionado.

Lo expresado precedentemente exige un paso previo a la precisión de los defectos anunciados. Creo necesario hacer
una sintética referencia a mi postura respecto del delito acuñado de el art. 210 del Código de fondo, habida cuenta de
que los cuestionamientos formulados por las Defensas no sólo calan en aquellas insuficiencias, sino que requieren
implícitamente un pronunciamiento sobre los alcances de dicha figura típica.

Dentro de ese marco, señalo que comparto la opinión según la cual no sólo debe existir el "pactum sceleris" sino que
éste debe dar vida a una asociación estable y persistente en el tiempo de tres o más personas; se requiere que exista
una cierta asignación de funciones, una división de las tareas como manifestación de una estructura interna. Y este
último aspecto debe tener su correlato a la hora de reprocharle a una persona su participación en tal tipo de concierto
criminal.

Con lo dicho basta y sobra para realizar el cotejo que anticipé. En la acusación -imbricada del modo que se apuntó-
se afirmó la existencia de una asociación ilícita sobre la base de las abundantes incautaciones demostrativas de una
profusión de hechos conectados con variados tipos de falsedades documentales y/o de moneda (efectuadas
predominantemente en el departamento de la Avda. S., según acta de fs.85/87 y piezas concordantes), así como de
los seguimientos y escuchas telefónicas que acreditaron los vínculos entre los distintos imputados.

Al alegar, el fiscal general sostuvo que la organización funcionaba en torno al rebelde Lucero y que los aquí
acusados tomaban parte activa en las falsificaciones que se perpetraban; respecto de Amodio añadió que había
efectuado el aporte de la máquina magnetizadora de documentos "NCR 7740" y que ese comportamiento
demostraba su condición de miembro de la asociación delictiva. Destacó que los tres habían incurrido en graves
contradicciones que tomó como indicios de su responsabilidad penal.

Vuelvo sobre lo dicho y repito que el alegato acusatorio cumplió ajustadamente con su función, atento que realizó
una reseña mínima de los hechos que consideró probados y cuyo encuadre típico fijó, enunciando de seguido los
elementos probatorios que consideró aplicables a la especie. Pero ciertamente no probó con la suficiente
contundencia que se hubiese configurado la asociación ilícita.

Aun aceptando, a título de hipótesis, que en el citado inmueble -donde vivían los hoy prófugos Lucero y Bentancor
García- se realizasen las actividades delictuosas que se deducirían del abundante material secuestrado y que los tres
encartados que juzgamos estuviesen vinculados a esos sujetos, incluso en la comisión de algún delito, no se sigue de
ello necesariamente que tomasen parte en el tan especial acuñado por el art. 210 del C.P.

He de compartir plenamente la descalificación que el señor Fiscal General hiciera de los dichos rendidos por Videla,
Grau y Amodio en procura de su exculpación. No tengo la menor duda en cuanto a que expresaron en general una
sarta de mentiras insostenible, que se contradijeron de un modo grotesco tanto respecto de sus propias
manifestaciones cuanto de las vertidas por sus consortes de proceso. Si alguna vez Grau prestó dinero no lo hizo del
modo habitual que en el debate predicó, ni fue por esa causa que mantenía un trato tan frecuente con Lucero y sus
allegados. Las explicaciones (introducidas por lectura) de Videla -otro supuesto intermediario en préstamos y afines-
resultaron tan febles como aquellas y ni siquiera concordantes con las del prófugo (también incorporadas).

Párrafo aparte merece Amodio, quien hizo gala de un desparpajo difícil de superar. Del principio al fin califico su
declaración como una patraña, que además de resultar patente durante el careo con Grau, renovó espontáneamente
cuando pidió ampliarla poco después y volvió a explicar...lo inexplicable. El argumento con el cual pretendió tomar
distancia de la famosa máquina, imputando una connivencia criminal a terceros para desbaratar la eficacia de un
impecable reconocimiento en rueda de personas (vid fs.576) fue de una vileza suprema. El farsante no pudo, ante
nuestras preguntas, explicar cuál era la ventaja que obtendría el abogado M. con la maniobra imputada, mucho
menos qué interés tendría el testigo Sacco en falsear la verdad y, por sobre todo, por qué guardó silencio durante casi
ocho años sobre un tema de semejante trascendencia, máxime si la supuesta trama la conocía desde el mismo día en
que habría tenido lugar y estaba asistido entonces por un distinguido profesional. No hace falta que subraye mi
respeto irrestricto al derecho de defensa, pero creo necesario apuntar que el señor Amodio abusó groseramente de
éste, incluso al considerar estúpidos a quienes lo escuchábamos.

Respecto a la referida máquina, sobre cuya utilidad para posibles maniobras ilícitas nos ilustró Sacco, está
claramente acreditado que Amodio fue quien la compró a nombre de la supuesta firma "Rioja S.A." luego de hacerse
pasar por el ignoto Franco, existiendo indicios graves de su entrega a Lucero para ser utilizada. Así lo prueban la
documentación incautada en el departamento de la Avda. Santa Fe (reconocida por los vendedores en la audiencia y
mencionada por Lucero en su indagatoria con alusión a Amodio), el secuestro del folleto en el domicilio del acusado
en Lanús (vid fs.158), los dichos del testigo Escher y de su entonces socio Sacco, incluido el reconocimiento que
mencioné.

Ahora bien, también tengo por demostrado que el producto de las intervenciones telefónicas exhibe un trato
frecuente de los tres acusados con Lucero y entre algunos de ellos, vínculo que a través de la escucha de las
grabaciones indica que versaba mayoritariamente sobre actividades al margen de la ley, de adverso a las inocentes
invocaciones planteadas. Atento la directriz que precisé al comienzo de este capítulo, no haré consideraciones
puntuales sobre estos aspectos que no modificarán la conclusión anunciada.

De tal modo y pese a ese plexo cargoso, encuentro que subsisten las falencias anotadas. No hubo ningún esfuerzo de
la acusación por explicar la estructura de la asociación ilícita ni mucho menos lo referente a su estabilidad. Y las
alusiones genéricamente asperjadas acerca del papel cumplido por cada uno de los aquí encartados distan de tener la
nitidez que demanda una sentencia de condena.

Como se vio, el tipo penal considerado contiene exigencias que lo diferencian de la mera comisión reiterada de
delitos por parte de un grupo de personas. Sobre el punto existe coincidencia doctrinaria, al igual que respecto al
distingo con la figura de "banda" (por todos, V. Donna, "Derecho Penal -Parte Especial-" II-C-293 y sigtes.).

Insisto en que el esquema planteado por la acusación se limitó a señalar que el vínculo entre los imputados que nos
ocupan y el rebelde Lucero pasaba por la comisión de delitos, sin las necesarias precisiones acerca de la
consolidación asociativa o la división del trabajo observada por sus integrantes. En lo que toca a este último aspecto
cabe señalar dos aristas convergentes.

La primera se refiere a la mencionada ambigüedad en la atribución fáctica. Dejaré al margen lo que atañe a la
situación de Amodio al aceptar en principio que sus tratos con Lucero indicarían una relación muy estrecha, de
ostensible permanencia, y que su intervención para la compra de la máquina magnetizadora redundó en un aporte
significativo para la tarea ilícita que se desarrollaba; en este marco vale invocar los registros de las escuchas
telefónicas de los que se desprende que dicha máquina (las referencias son de una coincidencia contundente) era
empleada casi a destajo. Lo esencial de esos comportamientos fue endilgado a Amodio, pero las imputaciones contra
Videla y Grau se caracterizan por su vaguedad.

La enunciación completa de los medios cargosos contra el primero es oportuna para corroborar lo afirmado. El
reproche fue formulado por: a) estar mencionado en la "denuncia" anónima y haberse constatado su existencia, su
domicilio, la utilización del rodado indicado en la llamada y los llamativos movimientos que referí, verificados por
los seguimientos; b) por el material secuestrado en los allanamientos, punto que tropieza con la dificultad de
atribuirle a Videla algún elemento concreto ya que nada fue habido en su poder y ni siquiera se requisó su vivienda
pese al dato inicial (ver "a"); c) que habría sido la "punta del ovillo" para la pesquisa, circunstancia que parece
superponerse con la primera referencia y poco aporta para la calificación escogida; d) que llevaría y traería sobres
con documentos falsos hacia y desde el domicilio de Lucero, aserto que no pasa del nivel de conjetura si se advierte
que no se conoce el contenido concreto de ninguno de esos sobres; e) las apuntadas conversaciones registradas
mediante la interceptación de llamadas, muy sospechosas por las razones que ya precisé; f) que estaba en el manido
departamento al realizarse el procedimiento policial -desde donde a veces llamaba por teléfono-, sumado a que se
conocía con el resto de los sujetos involucrados y g) las anotadas explicaciones sin sentido.

Al ponderar ese conjunto probatorio conforme las reglas de la sana crítica, se impone la dificultad para superar la
duda sobre el verdadero alcance de las conductas que desplegara Videla. Ninguna hesitación tengo acerca de que se
hallaba vinculado a hechos de naturaleza delictiva pero, tal y como lo he señalado varias veces en esta ponencia, de
allí a catalogarlo del modo impetrado por la acusación hay una distancia muy grande. Agrego el último tramo de los
hechos que se ponen a su cargo: tendría activa participación en las falsificaciones, lo que estaría probado...por los
mismos elementos, pero muy en especial por las escuchas telefónicas. El repaso de los registros respectivos lleva a
una conclusión diferente, porque en general las conversaciones sospechosas en las que aparece Videla lo muestran
como alguien que podría intermediar en las maniobras delictivas, pero no en el rol reseñado.

Por su lado, en la acusación a Grau se le achacó que su integración en la asociación ilícita la denotaban: a) una
suerte de disponibilidad para las diversas maniobras delictivas en mérito a una probatura similar a la anterior pero
aún más restringida (tener en cuenta que Grau recién es identificado en el allanamiento, que no fue visto durante
ninguna tarea de inteligencia y que su probada intervención en las llamadas utilizando lenguaje críptico es mucho
menos intensa que en el otro caso, así como que tampoco se le secuestró ningún elemento comprometedor); y b)
también la supuesta activa participación en las falsificaciones documentales. En este último sentido, la única
probanza que invocó el señor Fiscal General provino del hallazgo de una fotografía tipo carné de Grau entre la
variada documentación ocupada en el referido departamento; se trata, por cierto, de un indicio notoriamente
equívoco que carece de la entidad pretendida.

En suma, extremando el rigor al máximo nos encontraríamos con que sólo existiría prueba contundente para imputar
a dos personas (el rebelde y Amodio, puesto que Bentancor García está requerido por otra figura) el concierto para
delinquir indeterminadamente, pero el tipo del art. 210 requiere un mínimo de tres. El "favor rei" (art. 3 del C.P.P.)
juega su parte.

Analizado este ángulo de la cuestión, resulta necesario reflexionar sobre el otro, la faceta que lo complementa. La
cuestión pasa por los límites de la controversia suscitada en el juicio, por la pregunta respecto a la posibilidad del
tribunal de suplir eventuales omisiones incurridas por quien acusa. Creo necesario efectuar una distinción, atento
que mientras que al momento de fallar el juez tiene amplias facultades para valorar la prueba en su conjunto (arg.
art. 398 del C.P.P. y normas concordantes), carece de la más mínima posibilidad de modificar la plataforma fáctica
desde la que se formuló el requerimiento de pena. Valen aquí las consideraciones elaboradas en el Cap. I respecto a
la función del Ministerio Público Fiscal, pero todavía más la afirmación del principio de congruencia.

El punto es tan obvio que me limitaré a la obligada cita del maestro Vélez Mariconde: "Entre la acusación intimada
(originaria o ampliada), y la sentencia debe mediar una correlación esencial sobre el hecho, la que impide condenar
al acusado por uno diverso del que fuera objeto de la imputación formulada ("ne est iudex ultra petita partium").
Esta regla es, naturalmente, un complemento lógico de la primera, pues de nada valdría afirmar -para hacer posible
la defensa- que no hay juicio sin acusación y que ésta debe ser correctamente intimada, si luego no agregáramos que
el juez sólo puede condenar al acusado como culpable del hecho con respecto al cual -por ser objeto de la acusación
intimada- versó o pudo versar oportunamente la actividad defensiva" ("Derecho Procesal Penal", Lerner, Córdoba
1969, II:233).

Dicho principio, ratificado por el precepto del art. 401 C.P.P., es el que emerge al momento de esta decisión. Si la
acusación pretendió se condenase a los procesados como partícipes de una asociación ilícita debió describir los
hechos concretos por ellos desplegados que sustentaban esa tipicidad, materia ciertamente diferente de los medios de
prueba que acreditarían esas conductas. El matiz no es sutil ni menor, como vengo insistiendo en este voto.
Sobre estos aspectos, también he machacado en relación a las características de la figura endilgada, que demandan
particulares precisiones. En un intento por arrojar mayor claridad tomaré como ejemplos casos vinculados a un tipo
menos complejo, el de robo. Si la Fiscalía atribuyese a Juan haber robado una cosa a Pedro y omitiese referirse al
medio típico (v.gr. el uso de un arma), el marco fáctico del debate estaría dado por esa traza y aun cuando las
pruebas fuesen suficientes para demostrar que Juan utilizó un elemento ofensivo encuadrable en la agravante del art.
166 -inc. 2°- del C. Penal, el tribunal se hallaría restringido por aquella delimitación. Y si se atribuyese a Juan que
sustrajo algo ingresando sin autorización a la casa de Pedro, pero se soslayase precisar que lo hizo con efracción o
escalamiento, la omisión de referirse a esas calificantes o incluso a la fuerza en las cosas tendría similares
consecuencias al margen de la evidencia reunida.

Como reza la cita precedente, a la que acompaña la unanimidad de la doctrina con adecuada resonancia
jurisprudencial, el cimiento del principio de congruencia se encuentra en la garantía de la defensa en juicio. En el
asunto que nos toca sentenciar, mal pudieron las defensas contestar imputaciones que no fueron suficientemente
delineadas; así lo sostuvieron de consuno, con invocación concreta de los aspectos que no advertían precisados por
el acusador y de las reglas aquí merituadas.

Ese puntual planteo de las asistencias técnicas me lleva a cavilar respecto a la posibilidad de la Fiscalía de contestar
aquellos argumentos, sea confutándolos o acogiéndolos para completar los aspectos omitidos. Por cierto que de
dichas alternativas la que se presta a la polémica es la segunda, pero lo actuado en el debate me permite huir por una
tangente y evitar pronunciarme sobre tema tan espinoso. Ello así porque el titular de la acción pública no hizo ni lo
uno ni lo otro, al no replicar. Siguió una práctica que viene generalizándose y que cumplo en lamentar, atento que
termina por empobrecer la discusión final con el riesgo consecuente de inducir una decisión con algún grado de
error. No se me escapa que existe una tendencia a sostener que la réplica está limitada a ciertos aspectos del debate y
que incluso hay tribunales que no la otorgan en la mayoría de los supuestos, práctica que no vacilo en calificar de
viciosa a la luz de lo que la propia ley establece (conf., entre opiniones concordantes, Núñez, "Código Procesal
Penal de la Provincia de Córdoba -anotado-", Lerner, Córdoba 1992, p.366 -nota 8-).

Aunque si prospera el punto de vista que he intentado fundamentar la cuestión perderá en buena medida su
incidencia, debo aludir a la desmesurada duración de este proceso. Difícil resultaría mejorar los razonamientos que
aportó al debate el doctor P. V. al producir un alegato tan bien respaldado por el derecho cuanto sobriamente
elocuente. Por ello, me limitaré a señalar que los imputados fueron legitimados en esta causa hace casi ocho años,
que no hay explicación sensata para tan dilatada tramitación y que a no ser por la solución que propugno como
principal deberíamos, subsidiariamente, considerar la aplicación de la garantía a obtener un pronunciamiento judicial
razonablemente rápido que nuestro máximo Tribunal afirmó a partir del sonado caso "Mattei" ("Fallos" 272:188, en
igual sentido ver 298:50, 300:1102, 305:913, 306:1705).

La reciente aparición de la tesis doctoral de Daniel R. Pastor, apabullante trabajo sobre este trato, me permite
expresar un corolario con la cita de su párrafo final: "El juzgamiento tempestivo de la sospecha de que se ha
cometido un delito, dentro de un plazo razonable pero sin restricción de los demás derechos fundamentales del
imputado, permitirá evitar la pérdida de medios probatorios, ahorrar recursos estatales hoy dilapidados en procesos
interminables, aumentar la capacidad funcional de la administración de justicia y colmar las expectativas sociales, en
gran medida simbólicas, que reclaman, si se ha cometido un delito, que la rápida declaración de culpabilidad
restablezca mejor la paz jurídica" ("El plazo razonable en el proceso del estado de derecho", Ad Hoc, Buenos Aires,
2002, p. 679).

Cuando menos, estimo conveniente tener en cuenta este ejemplo lamentable y redoblar empeños para que no se
reproduzca.

Por último, creo necesario señalar un aspecto al que no le encuentro explicación, incluso porque podría haber
incidido en la suerte de esta causa a tenor de lo que se sostuvo más arriba. A fs. 1359 y 1691/94, el juez instructor
declinó su competencia respecto de una cantidad de hechos en los que correspondía la intervención de la justicia
ordinaria; se trataba, fundamentalmente, de investigar numerosas posibles falsificaciones documentales que estarían
relacionadas con la actividad de la manida asociación ilícita. Fue sorteado el Juzgado de Instrucción N°26 y, estando
a las certificaciones efectuadas en los legajos de personalidad de los aquí imputados, recayeron sendas decisiones de
archivo y ninguno de ellos habría sido escuchado siquiera en indagatoria. Si a ello sumo que no consta que la
documentación respectiva haya sido solicitada por el magistrado respectivo (el total de lo incautado originalmente
permanece en esta sede), estamos ante una situación en apariencia irregular que supera lo que podríamos
eufemísticamente denominar "llamativa". No me compete inmiscuirme más en este tópico, pero lo advertido
justifica dar cuenta a los órganos competentes para que, de considerarlo pertinente, promuevan las actuaciones del
caso.

IV. Otras cuestiones:

La causa seguida contra Amodio por ante el Juzgado Federal N° 11 y recibida "ad efectum videndi" corresponderá
devolverla a su origen, mientras que al no haber cumplido, según el caso, con la obligación de aportar el bono
profesional o denunciar su inscripción tributaria, deberá diferirse la regulación de los emolumentos derivados de la
tarea cumplida por los letrados actuantes.

V. Moción:

En mérito de lo hasta aquí fundamentado, propongo:

1) La absolución de Pablo Enrique Giraudi, según lo expresado en el C.I de esta ponencia; sin costas (conf. art. 530,
C.P.P.)

2) El rechazo de las nulidades articuladas por las Defensas (C.II);

3) La absolución de los acusados Juan Carlos Videla, Paulo Hernán Grau y Adrián Carlos Amodio de acuerdo a lo
sostenido en el C:III y conforme lo previsto por el art. 3 del C.P.P., declarándose las costas en el orden causado (art.
531 ídem);

4) Librar oficios al señor Presidente del Consejo de la Magistratura y al señor Procurador General de la Nación,
adjuntando testimonio de esta sentencia y de las partes pertinentes de la causa, según lo precisado en la parte final
del C.III;

5) Obrar de conformidad con lo propiciado en el C.IV.

El doctor Gettas dijo:

Que por coincidir con los claros fundamentos en que se apoya el voto precedente adhería a lo propuesto en los
puntos I, II, III y V.

En lo atinente al punto IV, toda vez que las constancias en las que se funda el cuestionamiento realizado, no fueron
ofrecidas por las partes ni incorporadas al debate -obstaculizándose así la posibilidad de emitir alguna valoración al
respecto-, no adhería a lo propuesto.

El doctor Federico dijo:

I. Inconstitucionalidad del art. 210 del C.P. por indeterminación del tipo:

Que coincidiendo plenamente con las conclusiones absolutorias y muchos de los considerandos expresados por mis
colegas pre opinantes, no puedo dejar de realizar una reflexión sobre la indeterminación del tipo penal en la norma
aplicable, el artículo 210 del C.P. con el consiguiente impacto que de ello se induce en la afectación grave y
persistente del principio de legalidad. En efecto, resulta ya escandaloso lo que podemos denominar el uso abusivo de
la "Asociación Ilícita" de lo que se hace eco la crónica cotidiana y que es permanentemente verificada por todas las
instancias superiores del ordenamiento judicial. Sin embargo es hora de adentrarnos en los contenidos normativos
que hacen posible este abuso y a poco de incursionar en ello advertimos que desde el Título VIII y el titular que le
acompaña "Delitos contra el orden público" en más, todos y cada uno de los párrafos con los que se pretende
describir el tipo penal contenido en el art. 210 del C.P. presentan tantas y tan variadas formas de interpretación
posibles que las respuestas doctrinarias y jurisprudenciales se multiplican en un sinfín de significados
contradictorios y en muchos casos excluyentes.
I.a. El bien jurídico y el contenido de la norma:

En cuanto al bien jurídicamente protegido, el orden público, como certeramente lo señalara el insigne jurista
cordobés Ricardo Cayetano Núñez, es una expresión equívoca señalando a continuación las distintas acepciones de
la que es susceptible y coincidiendo en este aserto con autores de la talla de Carrara, Soler, o Fontán Balestra,
quienes coinciden en su preferencia por la denominación de tranquilidad pública dada la ambigüedad de la actual
denominación y la equivocidad de las distintas significaciones jurídicas que pueden serle atribuidas. (Ver Nuñez, t.
V, p. 173, Ed. Lerner, Buenos Aires, 1971) Estamos ante una ley mal nacida que tuvo su origen en un atentado
anarquista que tuviera como blanco el teatro Colón en 1910 y que pese a la prudencia con que fue aplicada por los
tribunales nada pudo disimular la pretensión aviesa de incluir como delitos comunes las violaciones a la ley que
presentaban una innegable raíz política, posteriormente se fue generalizando la utilización de esta figura como
instrumento de persecución política. Como veremos más adelante esta situación se ha agravado significativamente
en los últimos tiempos. Un amplio panorama de estas distintas acepciones e interpretaciones de lo que debiera
entenderse por orden público, lo encontramos en la obra de Abel Cornejo, "Asociación ilícita y delitos contra el
orden público" (Ed. Rubinzal-Culzoni, ps. 13 a 23) en que enuncia no menos de nueve autores con sus distintos
puntos de vista. Otro tanto nos aporta el doctor Edgardo Donna ("Derecho Penal", t. II C) quien señala no menos de
seis versiones distintas de lo que debiera entenderse por "orden público".

Ahora bien, señalada la escasa o nula determinación del bien jurídicamente tutelado advertimos que no menos
alarmante resulta la forma equívoca que encontramos en cada párrafo que integra la descripción de lo que en el
artículo 210 se pretende definir como asociación ilícita. Debemos reconocer que el delito en sí, ofrece grandes
dificultades para que contenga una descripción típica de la conducta que se pretende incriminar. En Francia llevó
casi dos siglos llegar a la redacción actual a partir de una figura similar a la de nuestro Código, hasta la reforma de
1996 actualmente vigente. Carrara, nos habla de "delitos sui-generis y autónomos y en la nota respectiva realiza una
interesante distinción entre "el pacto" y el "hecho" expresando que el primero se da cuando ninguno de los asociados
nada hizo (programa..., t. I, p. 299) y más específicamente sobre este delito nos dirá que "quietud pública" y
"tranquilidad pública" no son sinónimos, como no lo son "descansar" y "estar tranquilo" (Programa, t. VIII, ps. 116
y sigtes.) Allí va a tratar de distintas figuras penales que atentan contra la tranquilidad pública, pero no
encontraremos ninguna que tenga como elemento determinante la cantidad de sus miembros. En todo momento se
hace referencia al impacto que en la sociedad tiene el accionar delictivo de varios sujetos "generalmente numerosos"
y como ese accionar altera la tranquilidad de la comunidad. Irá así descartando las pretensiones de poner mordazas a
la prensa como el delito de propagar noticias falsas cuando expresa "...si en el fin no hay delito, no se le puede
convertir en delito... y agrega sentenciosamente "la utilidad de la creación de este título consiste únicamente en que
se facilita la persecución de los periodistas opuestos al gobierno..." y más adelante en p. 127 nos dirá proféticamente
"El derecho penal ha sido, alternativamente, esclavo e instrumento de todas las pasiones: del espíritu de partido y del
fanatismo, del miedo a los tiranos y de la avaricia de los gobiernos, y ni aun ahora se halla libre de ese vicio
inveterado...".Por su parte en la citada obra, del doctor Donna (p. 292) comienza a abordar la asociación ilícita
diciendo que "... es en sí mismo un delito problemático, más aún cuando se lo ha confundido, y no una vez, con la
participación criminal y ha terminado siendo una especie de saco roto en donde han ido a parar casos que no superan
la mera complicidad en uno o varios hechos..." y más abajo citando a Juan P. Ramos se hace clara alusión a la
instrumentación grave de que puede ser objeto: "...es un delito peligroso para ser manejado por intereses más o
menos turbios por parte de la justicia...". A partir de lo dicho, podemos afirmar con absoluta certeza, que lo único
que el art. 210 define de manera indubitable es el monto de la pena; prisión o reclusión de tres a diez años, de allí en
más todo lo que encontramos en los distintos autores son interpretaciones del texto legal pero lamentablemente nada,
absolutamente nada, de lo que se pretende que la ley dice está dicho por la ley. En efecto y seguimos con el texto "el
que tomare parte", ¿Qué es tomar parte? ¿una forma de participación? ¿haber suscripto un documento asociativo?,
¿con carácter temporario o permanente?, "en una asociación o banda": veamos, si se trata de una estructura objetiva
o de una simple reunión de personas, si es objetiva ¿cuáles son los elementos que la exteriorizan? ¿las personas
deben conocerse entre sí?. Esa existencia objetiva como peligro para la tranquilidad pública, indudablemente ha de
tener un sentido intimidante en consecuencia cabe preguntarnos ¿cómo puede intimidar una asociación delictiva si
no es conocida por los ciudadanos y solo es reconocida por tres o más que se asocian para delinquir?, "asociación o
banda" ¿están equiparados? Si no hay delitos que pongan de manifiesto la existencia de la asociación y la voluntad
de todos y cada uno de delinquir ¿cómo se realiza la diferencia entre los actos privados de los hombres exentos de la
autoridad de los magistrados, los actos preparatorios, la complicidad y la tentativa? Esa asociación ¿requiere roles
específicos de cada uno de sus integrantes?, ¿tienen que ser los mismos en el tiempo?, ¿tienen que ser imputables?
Como vemos, son muchísimos los interrogantes que nos plantea el art. 210 del C.P., y esto no sería tan grave, lo
grave es que ninguna de las respuestas se pueden extraer de su texto sino de la imaginación de los distintos autores
de lo que supuestamente el texto quiere decir. Así las cosas estamos ante una ley penal en blanco, que pareciera no
ser más que el comodín normativo disponible para cuando no se encuentra ninguna tipificación posible de una
conducta delictiva. Nada más contrario al principio de legalidad que consagra nuestro art. 18 de la Constitución
Nacional y refrenda el art. 1 del CPP.

Como lo expresara oportunamente en mi voto en causa Britez (C. N° 542, reg. N° 1531, rta. El 29/11/01). "El Estado
de derecho no puede continuar con textos legislativos como el del mentado ar- tículo 210 que en su vaguedad y
ligereza tornan posible los mayores abusos en contra de las garantías y derechos individuales..." y a continuación me
permitía traer a colación las precisiones que realiza el Código Penal Francés en su art. 450-1 en que se precisa,
quiénes pueden conformar una asociación ilícita, cómo debe formalizarse su existencia mediante acuerdos que se
manifiestan por su permanencia y el requerimiento de la existencia de hechos materiales que den cuenta de la
voluntad común del accionar delictivo y para culminar estableciendo el tipo de delitos propios de la figura penal,
que deben ser aquellos para los que la ley fija más de diez años de pena. Finalizaba entonces mi voto diciendo "...
Por lo demás, ha de establecerse un agravante genérico para todos aquellos delitos que se realizaran con la
participación organizada de tres o más personas sin perjuicio de las formas autónomas de tipificación incluidas en
leyes especiales. En todos los casos se impide la utilización de una figura vacía de contenido que pudiera ser llenada
al arbitrio del juzgador."

Pero si hay una contribución insoslayable en abono de la posición que sustentó el fallo de la Exma. CS en causa
("Stancanelli y otro", 20/11/2001). No se puede menos que celebrar las precisiones que en dicho fallo realiza el más
alto Tribunal, pues van en el sentido de acotar las posibilidades de dejar la interpretación de la norma librada al
arbitrio del que juzga, de allí que califique de "aparente" la fundamentación que se brindara oportunamente en la
instancia inferior toda vez que "la resolución recurrida omite examinar la existencia de pluralidad de planes
delictivos en los miembros de la supuesta asociación ilícita ...", fija la distinción entre esta figura y la simple
participación y reprocha al a quo, establecer como decisivo para la configuración de este delito, el número de
personas participantes y en párrafo que se adapta totalmente a la causa que analizamos, dirá que aún en el supuesto
en que se tuviera algo por probado lo que se "demostraría es la participación de varias personas en diferentes hechos,
pero no acredita por sí mismo los elementos que configuran el tipo previsto en el art. 210 del C.P.". Define al dolo
específico que el tipo en cuestión requiere, como "la voluntad de asociarse para cometer delitos" "de lo contrario el
tipo penal perdería su autonomía". Sin embargo y pese a coincidir con fundamentos que apuntan en el sentido de la
correcta doctrina y jurisprudencia, lo cierto es que la formulación legislativa sigue siendo incierta y nada impide
sucesivas interpretaciones abusivas del artículo 210, abuso que se profundiza cuando advertimos que estamos ante
una figura básica que admite en su último párrafo el agravante que eleva a cinco años el mínimo de la pena tornando
así improcedente la excarcelación del imputado con lo cual se completa la arbitrariedad total de esta verdadera arma
de la discrecionalidad que permite al juzgador disponer de la privación de libertad del acusado sin más condición
que la de considerar jefe u organizador al desgraciado destinatario de la imputación respecto de una asociación
delictiva que basta con ser invocada y no probada, atento la vaguedad y equivocidad del texto que la legisla. Así,
vemos cómo se formulan cargos en una misma acusación de asociación ilícita a tantas personas en carácter de jefes
u organizadores como el juzgador considere necesario a fin de que no puedan recuperar su libertad.

I.b. El principio de legalidad:

El requisito de la ley previa, "anterior al hecho del proceso" que consagra el art. 18 de la C.N., tiene un impacto
múltiple del que se deduce que no hay delito sin ley previa, que no hay pena sin ley previa, que sólo deben entender
los jueces designados por una ley previa, que nadie puede ser castigado sino en virtud de juicio legal y que no hay
delito sin tipicidad. A su vez para que estos efectos se encuentren legitimados debe la ley reunir los requisitos de ser
escrita, cierta, previa y tutelar bienes jurídicos constitucionalmente receptados en apretada síntesis, es lo que expresa
en un muy fundado trabajo el doctor Adolfo P. Laborde en la "Revista de Derecho Penal 2001-1, p. 359 y sigtes.". A
su vez la jurisprudencia ha consagrado como elementos constitutivos de la cumplimentación de la norma penal con
el principio de legalidad la descripción de la conducta punible y la determinación de la pena. (Ver fallo CS, 20-12-
88, "Gerstein, Myriam Noemí s/infr. ley 20.771" -La Ley, 1989-C, 146; DJ, 1989-2-754-). Tal como lo hemos
analizado previamente, la norma contenida en el art. 210 no reúne ni tan siquiera en modo mínimo los contenidos
esenciales para cumplimentar con lo que exige una recta cumplimentación con el principio de legalidad. Es de
esperar que por la vía legislativa se ponga fin a esta tan grave irregularidad, ya que la pretensión de subsanar el
defecto de la ley por vía del fallo plenario no haría más que sumar una nueva vulneración a la división de poderes.
No podemos detener aquí el análisis de la gravedad de esta indeterminación de tipo si no lo inscribimos en el
contexto de la proliferación de una dogmática jurídico penal que está pulverizando la división de poderes y
transformando en letra muerta el principio de legalidad. Como lo he expresado en mi voto en causa N° 621,
"Mansilla, Nicolasa A. y otros", reg. N° 1.719, rta. el 19/07/2002. Autores como Günther Jakobs instalan la
ambivalencia normativa entre otros elementos, por medio de la doctrina de la imputación objetiva, según la cual,
"...el fin que orienta la determinación de la culpabilidad es siempre la estabilización de la confianza en el orden
público perturbado por la conducta delictiva..." (Estudios de Derecho Penal, Ed. Civitas 1997). Resulta evidente que
una abstracción tan distanciada de valores como los que surgen del ius-naturalismo o el ius-humanismo positivo
conducen a que como lo expresara en dicho voto, "...el principio de legalidad queda subordinado a la definición del
pretendido orden público respecto del cual se trata de establecer la confianza. Otro tanto ocurre cuando Claus Roxin
pretende que los objetivos de la política criminal se integren en el concepto de delito ("Política Criminal y Sistema
de Derecho Penal - Ed Hammurabi") libro en cuyo prólogo Francisco Muñoz Conde así también como el doctor
Donna que en su intervención en "Nada Personal ensayos sobre crimen organizado y sistema de justicia", Ed.
Depalma, p. 63 y sigtes, coinciden en criticar la ambivalencia que se introduce cuando el derecho positivo queda
subordinado a la ambivalencia de lo que se entiende por "confianza estable en el orden público perturbado" o lo que
se interpreta por "función político criminal", con lo que se vulnera gravemente el principio de legalidad. Continúo
con el voto por cuanto resulta de una pertinencia totalmente adecuada al objeto de la presente reflexión. Así y en
relación a esta negación del principio de legalidad me manifestaba diciendo que... " De este modo se van
construyendo los pilares de un totalitarismo jurídico penal inquisidor, a través del cual conceptos como la
responsabilidad objetiva; imputar la calidad de autor mediato sin que sea inimputable el autor inmediato, la ruptura
de las fronteras entre la acción y la omisión, van abriendo el camino a la interpretación analógica y extensiva de la
ley penal en contra del acusado, dicho proceso culmina con la indeterminación del tipo en la figura de la asociación
ilícita, para cerrar la fórmula más acabada de la instrumentación política del derecho penal."

I.c. Todo el poder de los jueces:

Continuaba en aquel voto manifestando... "Es cierto que quienes han instrumentado el derecho penal con fines
políticos no han precisado de las elaboraciones doctrinarias de Jakobs para justificar sus excesos, en general los
regímenes despóticos o totalitarios, en razón de su auto-identificación con el interés nacional o el bien común tenían
la franqueza de definir al enemigo político y penalizar su resistencia, con lo cual la dignidad de la víctima reconocía,
al menos, salvado su honor de perseguido político. En cambio de lo que aquí se trata es del uso del derecho penal
como herramienta de persecución con el objetivo infamante de la descalificación ética y jurídica del oponente, de
este modo los inquisidores de cada período han impregnado a la vida pública de delincuencia y antijuridicidad. Es
que el bien jurídico y el sujeto son componentes que no se pueden modificar al antojo del juzgador, si dejamos de
lado el concepto del bien jurídico y el concepto de autor es reemplazado por el de "rol", ¿Qué queda del principio de
legalidad? ...

¿Cómo es que puede cimentarse la función social del derecho penal aislándolo del objeto de garantizar el uso y goce
de la mayor cantidad de bienes materiales y culturales para la mayor cantidad de seres humanos? Una dogmática
basada en la prevención general no va más allá de un rol instrumental que transforma en "un molesto hiato", la
diferencia entre la filosofía del derecho y una técnica de política policial, como puede ser la denominada "tolerancia
cero".

Contrariamente a lo que se expresa, ésta y no otra es la consecuencia de aislar al derecho penal de los
despectivamente llamados ontologismos. Para explicitar los términos del debate, adviértase, que si trasladamos las
categorías enunciadas a la relación entre un poder autoritario y los ciudadanos se sería penalmente responsable, por
lo que se es (amigo-enemigo) y no por lo que se hace, se sería responsable por lo que no se hace (vb. omisión de
delatar), se sería responsable como autor mediato (ideólogo, propagandista, etc.). Nada más contradictorio con el
Derecho Penal que un relativismo teleológico que nos coloca a merced del poder político, nos dice Carrara a este
sujeto haciendo referencia a la carencia del principio abstracto rector en la evaluación de la conducta delictiva. "Sin
embargo los que hoy obtienen la adhesión de la mayoría, se dicen y son realmente gobernantes legítimos de ese
pueblo y señores de ese Estado. Pero, a la vuelta de pocos años, los ciudadanos de ese mismo país forman una nueva
mayoría, contraria a la que existía antes, y entonces desaparece la legitimidad anterior y a los señores de ayer se les
arrebata, destierra o encarcela como malhechores. Estas vicisitudes, hoy demasiados frecuentes, serían una
alternación de injusticias si no se apoyaran en aquel principio abstracto, que como abstracto es absoluto, pero como
concreto no lo es ni lo será nunca." Programa de Derecho Criminal, Parte Especial, Vol. VII, Ed. Temis, p. 517/518.

"Cuando comprobamos que se abre no un sendero, tampoco una avenida sino una verdadera autopista a la
arbitrariedad pareciera que el penalista que adhiere a esos postulados se imagina a sí mismo en la cúspide del poder
político para 'hacer justicia' utilizando una dogmática del delito que solo adquiere univocidad cuando se inserta en la
ideología de quien la adopta y detenta la facultad de crear, usar y abusar del derecho penal como instrumento de la
lucha 'contra el orden social injusto' o a favor de los 'desposeídos' y contra los 'poderosos'. Pero para calibrar la
peligrosidad del instrumento que se presenta, basta situarse un instante en las posibilidades que se dejan en manos de
quien tuviera una ideología opuesta y blandiera el derecho penal contra los que tienen la responsabilidad objetiva de
haber convocado a una manifestación y se los culpa por los delitos que pudieren haber cometido los manifestantes, o
a quien por su rol debía haberlo sabido y previsto y omitió adoptar la conducta que le era exigible ... y así
sucesivamente. Como bien concluye Donna en su trabajo arriba citado, "... no puede dejarse de lado conceptos
claves que se ha venido manejando hasta el momento, como los de bien jurídico, de autoría y participación, la
diferenciación entre lesión, peligro, riesgo de acción y el requisito de dolo y culpa, entre otros ... Si se renuncia a
ello, se habrá perdido un arma formidable de un derecho penal que asegure la lucha en contra de la represión
arbitraria del Estado".

Es evidente que hay una estrecha vinculación entre estas concepciones y la utilización abusiva de la asociación
ilícita. Si se agrega a estos contenidos el desarrollo de la responsabilidad objetiva en el seno de las organizaciones de
poder y la acción de regreso sin límites sobrepasando la acción dolosa hacia la culpa de quien está más arriba en la
estructura jerárquica, y en esa búsqueda sin fin del "hombre de atrás" dejando de lado la división de poderes el Juez
se pone por detrás del hombre en esa regresión incesante hacia el derecho penal de autor. Todos los señalados huecos
de la figura básica contenida en el art. 210 del C.P. pasan a ser llenados por el estatuto de la organización de que se
trate, o las normas de derecho administrativo y así tendremos un "Nuremberg" para cada estructura de poder, una
nueva inquisición se presenta a nuestros ojos y de allí en más se ira judicializando la política, la economía y la
cultura, pues todo el poder a los jueces será la divisa que más claramente se nos presenta cuando el Juez deja de ser
el que aplica lo que la ley dice, para pasar a decir lo que la ley dice según lo que él dice que dice, la doctrina jurídico
penal a la que dice adscribirse. Así a la obsolescencia de la Asociación ilícita tal cual está legislada en el art. 210 del
C.P. se suma que resulta funcional a para consumar la distorsión total del orden jurídico. Ese uso y abuso de la
asociación ilícita del cual se hacen eco los diarios y demás medios de comunicación masiva (V.gr. "La Nación" en su
editorial 20-6-2001) es una consecuencia necesaria y no sólo una utilización antojadiza.

Por las consideraciones expuestas y en razón de lo dispuesto por el art. 18 de la Constitución Nacional declaro la
inconstitucionalidad del art. 210 del C.P. por considerar que la indeterminación de tipo que surge de su texto
contraría gravemente el principio de legalidad.

En consecuencia propicio la absolución de todos los imputados por el delito de asociación ilícita que se les atribuía
en razón de no basarse el proceso en una ley previa en que se describa la conducta punible que se les reprocha.

II. El examen de la presente causa:

A partir de lo dicho en el punto anterior, si bien la circunstancias de votar en último término releva a mis colegas de
pronunciarse sobre la inconstitucionalidad que propicio, ello no obsta a que aun coincidiendo con las conclusiones
absolutorias, realice mis propias consideraciones.

II.a. Indeterminación de tipo en la acusación fiscal:

A partir del carácter ambiguo, equívoco y carente de descripción de la conducta punible obrante en el texto legal, es
muy difícil que de cualquier pieza acusatoria que tenga como horizonte imputar a los acusados el ser miembro de
una Asociación Ilícita, no padezca de una indeterminación de tipo. Si bien las defensas no plantearon formalmente la
nulidad del alegato acusatorio, es evidente que gran parte del contenido de los alegatos defensistas se dedicaron a
reprochar las carencias de definición de roles, de descripción de los delitos que conformaban esa asociación
delictiva, la falta de pruebas del dolo específico exigido para la figura, cual es la intención de asociarse para cometer
delitos, entre otras falencias de la acusación formulada por el Fiscal General, falencias a partir de las cuales, se viola
el principio del debido proceso toda vez que se impide a la defensa articular los descargos pertinentes. Estimo al
respecto que el Fiscal hizo lo que pudo con lo que tenía y aún así las defensas no se privaron de refutar los hechos
que el fiscal atribuía a los acusados como las calificaciones legales que estimaba corresponder. Muchos de estos
agravios habían sido ya mencionados por las defensas, y muy especialmente por el doctor J. L. G. A. en su oposición
a la requisitoria de elevación a juicio y debieron ser reiteradas en ocasión del debate en razón de que no fueron
subsanadas las causales invocadas por los defensores. De allí que no crea justificado reprochar a la actividad
acusatoria nada más allá de lo que es reprochable al tipo penal aplicable y a los caminos que se seleccionaron para
llevar adelante la investigación.

II.b La ausencia de pruebas:

Coincidiendo plenamente con mis colegas en el rechazo de las nulidades planteadas, he de situarme en este punto,
en el supuesto de la formulación interpretativa más amplia de la norma contenida en el art. 210 del C.P. Para ello he
de servirme de los aspectos más contrarios a los principios de legalidad que se hayan hecho de esta figura, no pocos
de los cuales están condensados en un fallo de la Cámara 9 Crim. de Córdoba 14-9-98 causa "Agüero, Nicolás y
otros", LA LEY, 1999-B, 796. Dicho fallo en su considerando 3 nos dice "El delito de asociación ilícita es de pura
conducta, esto es un delito formal o de peligro abstracto, que se tipifica por la actividad preparatoria de conductas de
reproche" y en su considerando 7, agrega que "la prueba...depende del propio reconocimiento de los delincuentes, o
bien, de presunciones graves que se deriven de la índole y del número de los delitos que, en cumplimiento del
acuerdo criminal, lleven a cabo" es decir que a partir de un razonamiento deductivo se parte del delito cometido
hacia atrás para determinar la existencia del acuerdo de voluntades y no a la inversa. Ahora bien, ¿cuál es el delito
probado que con certeza se puede atribuir a todos y cada uno de los acusados? Es evidente que la instrucción ante
una denuncia de falsificación de dinero, prefirió dejar de lado detenciones y procedimientos periféricos a fin de
matar la fiera en su madriguera llegando al centro emisor. Lo que no es admisible es que se elija un camino así y a la
vez se pretendan resultados incriminantes para todos los que mantenían comunicaciones telefónicas o
circunstancialmente se encontraban en el allanamiento del departamento de Lucero. Sin embargo, a falta de otra
posibilidad de encuadre típico se recurrió a la asociación ilícita total, allí todo es posible. Las escuchas telefónicas
resultan inconducentes, si a partir de ellas no se llegó a descubrir ninguna actividad ilícita. Sí nos consta que el
departamento de Avda. S., funcionaba como una especie de supermercado de la falsificación en donde era posible
proveerse desde un Pasaporte a un certificado de estudios, allí se llegó y se produjo el secuestro de material
correspondiente. A partir de esto, si los que se encontraban en el domicilio allanado eran parte de una organización
que el contenido críptico de las escuchas telefónicas hace suponer que cometían ilícitos ¿cuales fueron esos ilícitos?
¿cuál era el "modus operandi" de todos y cada uno de los acusados? ¿adonde están las víctimas de este accionar
delictivo? Las escuchas son indicios y los indicios son indicios de... ¿de qué? De que ¿en algo andarían? No quiero
pensar las semejanzas que surgen de conversaciones telefónicas celebradas entre los miembros de un grupo de
ahorristas defraudados que se combinan para protestar ante los Bancos y un grupo de extorsionadores que selecciona
a los Bancos y banqueros como víctimas de sus exacciones. Sin duda entre ambas escuchas encontraríamos muchas
conversaciones casi de idéntico tenor y sin embargo, ¡cuán diferentes propósitos! Determinar lo que realmente
sucede, es parte de tareas de inteligencia que pueden detectar los domicilios, de qué viven, cual es su actividad
habitual, si las personas con que se los ve forman parte de su amistad, de una asociación deportiva o de una
asociación delictiva y si se sospecha de una actividad ilícita disponer la simultaneidad de los allanamientos. A Juan
Carlos Videla se le sigue hasta llegar a la conclusión que en un día fue y volvió varias veces del domicilio de Lucero
y ¿además de esto? ¿cuántas veces en 5 meses? ¿Cuándo fue que vieron a Grau, a Amodio y a Giraudi por primera
vez?, el día del allanamiento, previamente solo había escuchas telefónicas. En las declaraciones indagatorias que
fueron prestadas por los imputados ante la instrucción, se produjeron numerosas contradicciones y se inventaron
muchísimas situaciones inverosímiles que dan cuenta de las mendacidad que les acompaña a lo largo de todo el
proceso. Todo esto ha sido medulosamente analizado en el primer voto del doctor Costa, pero respecto de Adrián
Carlos Amodio, puedo decir que resultó ser el que en más alto grado mintió mostrándose contumaz en esa actitud
cuantas veces declaró en el debate elevando sus dichos a nivel de la temeridad, y sin embargo, la prueba acumulada
contra él es tan débil que los principios de inocencia y la carga probatoria de la acusación no se conmovieron ni
mínimamente pese a ser de los presentes en el debate sobre quien pesaban más numerosos indicios. Su defensor
realizó una tarea remarcable y sin duda fue muy adecuada la diversidad de argumentos con que sacó a su pupilo de
una situación comprometida. Es como decía un gran defensor cordobés, "la naturaleza es sabia pero presenta
excepciones... los que padecen de incontinencia oral debieron haber nacido mudos". La garantía constitucional de no
declarar contra sí mismo, al no agotarse en la posibilidad de abstenerse de declarar, sino en posibilitar hacer
manifestaciones que el acusado estime útiles a su defensa ha en cierto modo consagrado el "derecho a mentir" y
cuando uno piensa que tantos creen que es una garantía y sabe los denodados esfuerzos que demanda el silencio y
los beneficios que proporciona, la garantía queda excluida en favor de la duda. Por último y en cuanto a Pablo
Enrique Giraudi, he de manifestarme en contra una vez más de la aplicación del principio de que el pedido
absolutorio del fiscal es vinculante para el Tribunal. A la carencia total de bases biológicas de sostener que dos ojos,
los del Fiscal, ven más que seis, los del Tribunal, el exceso en la quimera del acusatorio puro, agrega el no correr
traslado a la defensa de la petición absolutoria y esto es contrario a los intereses del acusado. Baste para comprobar
que estamos ante una discusión más ideológica que práctica la circunstancia cierta de que en el 99,99 % de los casos
en que el Fiscal ha pedido absolución el Tribunal ha absuelto y si realizamos una acción de regreso desde el
resultado absolutorio hacia atrás, advertimos que en la mayoría de los casos el Juzgador ha mejorado los
fundamentos de la acusación y mucho más los defensores, pues todos sabemos que no es lo mismo ser absuelto por
prescripción de la acción, por nulidad, o porque el acusado no cometió el delito o por qué aquello que hizo no es
delito. Como lo he dicho reiteradamente quien ha sufrido las consecuencias de un proceso, merece que un Tribunal
le brinde a él y a la sociedad, los fundamentos de por qué lo absolvió. (Ver mi voto en causa N° 518 "Diaz, Ignacio
C.", reg. N° 1.576, rta. el 20/2/02). En este caso, la mayoría me ha privado de escuchar a la defensa de Giraudi que
no pudo alegar la falta de idoneidad de los papeles y documentos que llevaba consigo para ser considerados
elementos de un delito, también pudo alegarse el carácter equívoco de ese material y arribar a una absolución por
duda y bueno, gracias al autodenominado acusatorio puro, el acusado se va con una absolución por prescripción,
emanada de una mera petición fiscal.

Realizadas estas precisiones, y coincidiendo con la salvedad realizada por el doctor Gettas, he de adherir al veredicto
propuesto; tal es mi voto.

Por todo lo expuesto y de conformidad con lo prescripto por los arts. 398 y sigtes. del Cód. Procesal Penal de la
Nación, el Tribunal resuelve: I. No hacer lugar a los planteos de nulidad deducidos por las Defensas (art. 166 y
concs. del C.P.P.) II. Absolver a Pablo Enrique Giraudi, de la filiación consignada, respecto de quien no se formuló
acusación en el alegato del fiscal general. Sin costas (art. 530 del C.P.P.) III. Absolver a Paulo Hernán Grau, Juan
Carlos Videla y Adrián Carlos Amodio, cuyos datos filiatorios obran en el encabezamiento, respecto de los delitos
por los que fueran acusados (art. 3 del C.P.P.). Costas por su orden (art. 531 del C.P.P.). IV. Devolver a su Juzgado de
origen la causa N° 33.548 caratulada "Amodio, Adrián y otros s/falsificación de documentos públicos en concurso
ideal con defraudación contra la Administración Pública", mediante oficio de estilo. V. Diferir el discernimiento de
los honorarios correspondientes a los letrados defensores actuantes, doctores A. J. M., A. F. M., J. L. G. A., J. L. P.,
M. J. C. y R. P. V., hasta tanto den cumplimiento, según el caso, a lo dispuesto por los arts. 2° -inc. "b"- de la ley
17.250 y 51 -inc. "d"- de la ley 23.187.

Regístrese, hágase saber, comuníquese, y previa lectura integral de esta sentencia en la audiencia convocada para el
día 26 de marzo del corriente año, a las 13.30 hs, oportunamente archívese. - Mario G. Costa. - Jorge H. Gettas. -
Martín M. Federico.