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Aproximación al Boom

Biblored

1.
América Latina es un continente con expresión propia. Este nuevo mundo que empieza a
comprender la realidad de un futuro mejor, porque está luchando por él y la lucha es una actividad
que confiere la comprensión, ha construido, en la novela, en la pintura, en la poesía, en el teatro
unos principios de belleza ofrecidos por el terror, ese terror compuesto por hambre e ignorancia y
persecución que a la larga, al constituirse en cosa de todos los días, han hecho que no tomemos
conciencia de él.

Andrés Caicedo.

2.

“Acerca de América y su cultura original…tenemos cierta información según la cual esta cultura
estaba completamente inmersa en la naturaleza y debía profundizar en sus raíces para alcanzar su
espíritu. América siempre ha mostrado ser impotente física y espiritualmente”.
Georg Wilhelm Friedrich Hegel

3.

SURREALISMO: s.m. Automatismo psíquico puro por cuyo medio se intenta expresar tanto
verbalmente como por escrito o de cualquier otro modo el funcionamiento real del pensamiento.
Dictado del pensamiento, con exclusión de todo control ejercido por la razón y al de cualquier
preocupación estética o moral. ENCICLOPEDIA: Filos. El surrealismo se basa en la creencia en la
realidad superior de ciertas formas de asociación que habían sido desestimadas, en la omnipotencia
del sueño, en la actividad desinteresada del pensamiento.
Tiende a provocar la ruina definitiva de todos los otros mecanismos psíquicos, y a suplantarlos en la
solución de los principales problemas de la vida. Han hecho profesión de fe de SURREALISMO
ABSOLUTO: Aragon, Baron, Boiffard, Breton, Carrive, Crevel, Delteil, Desnos, Eluard, Gérard,
Limbour, Malkine, Morise, Naville, Noll, Péret, Picon, Soupault, Vitrac.
*

Bello como la ley que detiene el desarrollo del pecho enlos adultos, cuya propensión al crecimiento
no es proporcional a la cantidad de moléculas que su organismo
asimila. (Lautréamont)
Una iglesia se erguía resonante como una campana.
(Philippe Soupault)
En el sueño de Rrose Sélavy hay un enano que sale de un pozo y va a comer su pan por la noche.
(Robert Desnos)
Sobre el puente, el rocío con cabeza de gata se balanceaba.
(André Breton)
Algo a la izquierda, en mi firmamento adivinado, percibo —pero sin duda sólo se trata de un vapor
de sangre y de crimen— el diamante en bruto de las perturbaciones de la libertad. (Louis Aragon)
En la selva incendiada
Los leones eran frescos. (Roger Vitrac)
El color de las medias de una mujer no es forzosamente igual al de sus ojos, lo que ha hecho decir
a un filósofo, nombre no vale la pena mencionar: "Los cefalópodos
tienen más motivos que los cuadrúpedos para odiar el progreso". (Max Morise)
4.

Lo real maravilloso consiste en una “inesperada alteración de la realidad (el milagro), de una
revelación privilegiada de realidad, de una ampliación, de una iluminación inhabitual o
singularmente favorecedora de las inadvertidas riquezas de la realidad, de una ampliación de las
escalas y categorías en la realidad, percibidas con particular intensidad en virtud de una exaltación
del espíritu que lo conduce a un modo de ‘estado límite’.
Alejo Carpentier
5.

Deslumbrada por tantas y tan maravillosas invenciones, la gente de Macondo no sabía por
dónde empezar a asombrarse, Se trasnochaban contemplando las pálidas bombillas eléctricas
alimentadas por la planta que llevó Aureliano Triste en el segundo viaje del tren, y a cuyo
obsesionante tumtum costó tiempo y trabajo acostumbrarse. Se indignaron con las imágenes vivas
que el próspero comerciante don Bruno Crespi proyectaba en el teatro con taquillas de bocas de
león, porque un personaje muerto y sepultado en una película, y por cuya desgracia se derramaron
lágrimas de aflicción, reapareció vivo y convertido en árabe en la película siguiente. El público que
pagaba dos centavos para compartir las vicisitudes de los personajes, no piado soportar aquella
burla inaudita y rompió la silletería. El alcalde, a instancias de don Bruno Crespi, explicó mediante
un bando que el cine era una máquina de ilusión que no merecía los desbordamientos pasionales del
público. Ante la desalentadora explicación, muchos estimaron que habían sido víctimas de un nuevo
y aparatoso asunto de gitanos, de modo que optaron por no volver al cine, considerando que ya
tenían bastante con sus propias penas para llorar por fingidas desventuras de seres imaginarios.
Algo semejante ocurrió con los gramófonos de cilindros que llevaron las alegres matronas de
Francia en sustitución de los anticuados organillos, que tan hondamente afectaron por un tiempo los
intereses de la banda de músicos. Al principio, la curiosidad multiplicó la clientela de la calle
prohibida, y hasta se supo de señoras respetables que se disfrazaron de villanos para observar de
cerca la novedad del gramófono, pero tanto y de tan cerca lo observaron, que muy pronto llegaron a
la conclusión de que no era un molino de sortilegio, como todos pensaban y como las matronas
decían, sino un truco mecánico que no podía compararse con algo tan conmovedor tan humano y
tan lleno de verdad cotidiana como una banda de músicos. Fue una desilusión tan grave, que cuando
los gramófonos se popularizaron hasta el punto de que hubo uno en cada casa, todavía no se les
tuvo como objetos para entretenimiento de adultos sino como una cosa buena para que la
destriparan los niños. En cambio cuando alguien del pueblo tuvo oportunidad de comprobar la
cruda realidad del teléfono instalado en la estación del ferrocarril, que a causa de la manivela se
consideraba como una versión rudimentaria del gramófono, hasta los más incrédulos se
desconcertaron. Era como si Dios hubiera resuelto poner a prueba toda capacidad de asombro, y
mantuviera a los habitantes de Macondo en un permanente vaivén entre el alborozo y el desencanto,
la duda y la revelación, hasta el extremo de que ya nadie podía saber a ciencia cierta dónde estaban
los límites de la realidad. 100 años de Soledad. Gabriel García Márquez.

6.

Yo también soy hijo de Pedro Páramo-me dijo.


Una bandada de cuervos pasó cruzando el cielo vacío, haciendo cuar, cuar, cuar.
Después de trastumbar los cerros, bajamos cada vez más. Habíamos dejado el aire
caliente allá arriba y nos íbamos hundiendo en el puro calor sin aire. Todo parecía estar
como en espera de algo.
-Hace calor aquí -dije.
-Sí, y esto no es nada -me contestó el otro-. Cálmese. Ya lo sentirá más fuerte cuando
lleguemos a Comala. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con
decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan
por su cobija.
*
Recuerdo días en que Comala se llenó de «adioses» y hasta nos parecía cosa alegre ir a despedir a
los que se iban. Y es que se iban con intenciones de volver. Nos dejaban encargadas sus cosas y su
familia. Luego algunos mandaban por la familia aunque no por sus cosas, y después parecieron
olvidarse del pueblo y de nosotros, y hasta de sus cosas. Yo me quedé porque no tenía adónde ir.
Otros se quedaron esperando que Pedro Páramo muriera, pues según decían les había prometido
heredarles sus bienes, y con esa esperanza vivieron todavía algunos. Pero pasaron años y años y él
seguía vivo, siempre allí, como un espantapájaros frente a las tierras de la Media Luna.
Pedro Paramo. Juan Rulfo
7.
A medida que avanzaba por 28 de Julio, la avenida se poblaba. Después de cruzar los rieles del
tranvía Lima-Chorrillos, se halló en medio de una muchedumbre de obreros y sirvientas, mestizos
de pelos lacios, zambos que cimbreaban al andar como bailando, indios cobrizos, cholos risueños.
Pero él sabía que estaba en el distrito de la Victoria por el olor a comida y bebida criollas que
impregnaba el aire, un olor casi visible a chicharrones y a pisco, a butifarras y a transpiración, a
cerveza y pies. […] La aglomeración lo obligaba a andar despacio; se asfixiaba. Las luces de la
avenida parecían deliberadamente tenues y dispersas para acentuar los perfiles siniestros de los
hombres que caminaban metiendo las narices en las ventanas de las casitas idénticas, alineadas a lo
largo de las aceras.
Mario Vargas Llosa. La ciudad y los perros.

8.
Firmé el plano y lo rompí lentamente, hasta que mis dedos no pudieron manejar los pedacitos de
papel, pensando en la ciudad de Díaz Grey, en el río y la colonia, pensando que la ciudad y el
infinito número de personas, muertes, atardeceres, consumaciones y semanas que podía contener
eran tan míos como mi esqueleto, inseparables, ajenos a la adversidad y a las circunstancias (...)
Santa María y su carga, el río que me era dado secar, la existencia determinada y estólida de los
colores suizos que yo podía transformar en confusión por el solo placer de la injusticia. “La vida
breve”. Juan Carlos Onetti.
*
Está escrito, nada más. Pruebas no hay. Así que le repito: haga lo mismo. Tírese en la cama, invente
usted también. Fabríquese la Santa María que más le guste, mienta, sueñe personas y cosas, sucesos.
“Dejemos hablar al viento. Juan Carlos Onetti”.

9.

"Pretender que uno es el centro", pensó Oliveira, apoyándose más cómodamente en el tablón. "Pero
es incalculablemente idiota. Un centro tan ilusorio como lo sería pretender la ubicuidad. No hay
centro, hay una especie de confluencia continua, de ondulación de la materia. A lo largo de la noche
yo soy un cuerpo inmóvil, y del otro lado de la ciudad un rollo de papel se está convirtiendo en el
diario de la mañana, y a las ocho y cuarenta yo saldré de casa y a las ocho y veinte el diario habrá
llegado al kiosko de la esquina, y a las ocho y cuarenta y cinco mi mano y el diario se unirán y
empezarán a moverse juntos en el aire, a un metro del suelo, camino del tranvía..."

*
-Qué ancha es esta calle -dijo Talita, mirando hacia abajo-. Es mucho más ancha que cuando la
mirás por la ventana.
-Las ventanas son los ojos de la ciudad -dijo Traveler- y naturalmente deforman todo lo que miran.
Ahora estás en un punto de gran pureza, y quizá ves las cosas como una paloma o un caballo que no
saben que tienen ojos.
Rayuela. Julio Cortázar.

10.
Entonces vi el Aleph.

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi
intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una
ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de
dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa
(la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los
puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi
una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi
interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del
planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace
treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal,
vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness
a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi
un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un
ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra
de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se
mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un
poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin
nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin,
vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de
una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de
Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un
invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la
tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas
obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado
monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo,
vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el
Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph
la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto
ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha
mirado: el inconcebible universo.
El aleph. Jorge Luis Borges.