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LA MALDICIÓN I

Esta semana vamos a empezar a hablar acerca de la maldición, y la


voy a abordar desde dos ángulos diferentes. En algunas ocasiones,
cuando enseño, me gusta hacer un contraste entre la manera en que
solía ver las cosas y cómo las veo ahora en la Luz.
Mi única intención al hacerlo, es trazar una línea de contraste
entre las imaginaciones de los hombres y la perspectiva en la
Luz.
Cuando pensamos en la maldición, naturalmente hablando,
pensamos en algo que Dios hace. Pensamos en algo que Dios le
hace a la gente, o en algo que se pueden hacer las personas
entre sí; por ejemplo, que yo lo maldiga a usted atacándolo
activa o verbalmente. A esto yo lo llamo la perspectiva
equivocada.
Bíblicamente hablando, la maldición es más un hecho que una
acción de Dios.
La maldición es una consecuencia, la consecuencia de que nos
movamos hacia equis lugar, con respecto a Dios. Yo no creo que
la maldición sea algo que Dios le da o coloca en usted porque se
haya portado mal; más bien creo que es algo que ponemos
sobre nosotros mismos, cuando nos movemos en un pacto
contrario al pacto eterno, presente que nos gobierna.

Cuando Dios declara una maldición, declara un hecho. Cuando


un hombre o una mujer son maldecidos, es porque se separaron
de Dios, se colocaron en cierta relación con Dios; en una
relación que podría describirse como una relación de maldición
con Dios. Así ocurrió en el jardín. Dios no cambió de opinión, no
decidió de repente hacer algo diferente; lo que sucedió fue que
el hombre se pasó de la bendición a la maldición, y Dios
simplemente declaró el cambio.

Dios nos creó en la bendición, ahí es donde siempre nos ha


querido, y cuando nos desviamos hacia otro tipo de relación,
sólo declara la diferencia, sólo declara las consecuencias; es en
ese sentido que Dios declara maldición Cuando hablamos de
cosas espirituales, casi siempre hay dos palabras que se
contrastan entre sí. Por ejemplo, justicia y pecado. Usualmente
no entendemos ninguna de las dos, pero conforme empezamos
a ver la perspectiva de Dios, vemos que la justicia es algo que
no hacemos, sino frutos de justicia que obran en nosotros; no
obstante, la justicia es una Persona: Cristo nos ha sido hecho
justicia. Luego empezamos a percatarnos de que el pecado es la
palabra que contrasta con la justicia. Ambas son vida, ambas
hablan de una naturaleza viva que trabaja en nuestra alma de
acuerdo a una ley. Una trabaja en nosotros en conformidad a la
ley del pecado y de la muerte, y la otra de acuerdo a la ley del
Espíritu de vida en Cristo. Mi punto es que hay palabras que se
contrastan entre sí.

Podríamos sencillamente llamar a la justicia: Cristo; porque la


justicia es Cristo y Cristo es la justicia, pero estas palabras
existen, justicia, cielo... para dibujar un contraste entre un
aspecto de Cristo y el aspecto de algo que es totalmente
contrario a Cristo. Otro ejemplo es cielo y tierra.

Podríamos decir que el cielo es Cristo; porque Cristo es el cielo.


Nosotros no vamos con Cristo a un lugar llamado cielo; cuando
se nos dio vida y fuimos levantados juntamente con Cristo,
fuimos también sentados juntamente con Él en lugares
celestiales.

Tierra, es la palabra que contrasta con cielo. Tierra es otro


ámbito, otro hombre, otra naturaleza; es el contraste.

La maldición y la bendición es otro contraste. Hay muchos


lugares en la Biblia que hablan de maldiciones dichas por Dios;
aunque en realidad lo que Dios declara es la división. Dios
declara que todo aquello que está fuera de las fronteras de la
bendición, se ha colocado dentro de las fronteras de la
maldición. Recordemos que al final del libro de Deuteronomio
Dios dice: “Hoy pongo delante de ustedes vida y muerte;
bendición y maldición...” La maldición y la bendición no es más
que la división; siempre es la división.

Dentro del pacto hay bendición, y todas y cada una de esas


bendiciones, hablaban de Cristo: victoria sobre los enemigos,
grandes cosechas de alimento, salud, prosperidad; cosas
naturales que representaban una relación espiritual.
Pablo habla de esto en Efesios 1: “Hemos sido bendecidos con
toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo”. La
maldición o bendición es una relación que nosotros escogemos;
nosotros decidimos vivir en bendición o cedemos la relación, y
vivimos en maldición.

Al final del libro de Deuteronomio, Dios enumera las bendiciones


que están dentro de la relación, lo cual es una figura de Cristo; y
luego menciona las consecuencias o experiencias que hay fuera
de dicha relación.

Por eso no debería sorprendernos lo que le sucedió a Israel


cuando rechazó la bendición, la bendición que había sido
ordenada por Dios.

Fuera de esas fronteras había sequías, enfermedades, eran


derrotados por el enemigo... Y si vamos a los profetas, al primer
capítulo de Isaías, por ejemplo, vemos a Dios diciendo: “Israel,
¿qué estás haciendo? Yo te di todo esto, te llamé mi hijo. Los
bueyes conocen a su señor y los asnos el pesebre de su amo,
pero ustedes me han dejado.

Las naciones paganas son fieles a sus dioses, dioses falsos, y


ustedes ha escogido la maldición. ¡Cuánto he deseado
bendecirlos, pero como han escogido dejarme, son malditos y
los voy a exterminar!”.

Luego en el capítulo 5 vemos la parábola de la viña donde Dios


dice: “¿Qué más podría haberle hecho a mi viña, que no le haya
hecho ya? La había cercado y despedregado, la había plantado
de vides escogidas, había edificado en medio de ella una torre y
hecho también en ella un lagar; esperaba que dieran uvas y
falló”. E inmediatamente después empieza a describir la
maldición.

Bien, todo lo que quiero decir es, que la maldición no es algo que
Dios desea hacerle a la gente, la maldición es algo donde el
hombre pone un pie cada vez que rechaza a Dios.
Ahora volvamos a la maldición en el jardín. Para mí la maldición
en el jardín tiene 3 aspectos diferentes. El primero tiene que ver
con la serpiente y la relación de la serpiente con la simiente de la
mujer. El segundo tiene que ver con la mujer, su experiencia de
dar a luz y su relación con el hombre. El tercero tiene que ver
con el hombre y su relación con la tierra. Cada uno de estos
aspectos tiene algún tipo de expresión natural en la tierra, y
apunta a algún tipo de realidad espiritual mayor.

Estamos hablando entonces, del hombre, la mujer y la


serpiente. Sabemos por otros lugares en la Biblia, que Dios está
viendo más allá del hombre, la mujer y la serpiente, está viendo
un cuadro de Cristo, la iglesia y Satanás.

LA SIMIENTE DE LA SERPIENTE Y LA SIMIENTE DE LA


MUJER
Aquí tenemos un fenómeno natural; en general, hombres y mujeres
odian a las serpientes.
Es muy común que la gente trate de aplastar a las serpientes y
que las serpientes traten de morder los talones. Este es la
expresión natural de este aspecto, y en realidad es muy simple.
Hablando espiritualmente, aquí tenemos dos simientes.
Estamos hablando de la simiente de Satanás, y estamos
hablando de la simiente de la novia, de la simiente de la esposa,
la cual es Cristo.
Si regresamos al capítulo 2 de Génesis por un momento, vemos
que el hombre y la mujer se unieron para traer un incremento de
la semilla de él. Ella se convirtió en la provisión o manera, por
medio de la cual la semilla de él podría incrementarse en la
tierra.
De la misma manera sucede con la iglesia. Ésta, al ser unida al
Señor, se convierte en la manera por medio de la cual es
posible un incremento de Su semilla. No nos convertimos en un
montón de “jesuses”, sino en la cosecha de una ÚNICA semilla;
ramas que llevan la vida de esa ÚNICA vid.
En este sentido es como yo veo a Israel y a la iglesia; como ese
compañero, o novia, por medio de la cual Él tendría Su
incremento.
En Jeremías vemos la perspectiva de Dios: “Santo era Israel a
Jehová, primicias de sus nuevos frutos” (Jeremías 2:3). Mi
versión dice: “Israel era santo para Dios, los primeros frutos de
Su incremento”.
A esto me refiero, a que la simiente de la mujer es Cristo, es
Cristo incrementado en un cuerpo; el verdadero incremento de
Dios en Cristo.
Así que cuando aquí se habla de la simiente de Satanás y de la
simiente de la mujer, no creo que se esté hablando,
primordialmente, de demonios versus humanos; creo que se
está hablando de humanos versus humanos, de humanos
nacidos de dos simientes diferentes.
Creo que se está hablando de una enemistad u hostilidad, entre
aquellos que llevan dentro de sí mismos la simiente de una
naturaleza, y los que llevan la simiente de otra. Jesús les dijo a
los judíos: “Ustedes son hijos del diablo; ustedes desean hacer
su voluntad.
Él ha sido mentiroso desde el principio, y cuando habla, habla
mentira; habla desde su propia naturaleza. Ustedes son sus
hijos, ustedes desean hacer la voluntad de su padre el diablo”.
¡Qué palabras más fuertes! (Juan 8: 44).
Hay una naturaleza, hay una simiente trabajando en esos
humanos.
Pablo dice cosas muy similares: “Hay un espíritu que opera en
los hijos de desobediencia” (Efesios 2: 2); “fuera de Cristo, el
mundo ha sido capturado para hacer la voluntad del diablo”.
Juan dice: “Todo el mundo yace bajo el poder del maligno”.
No obstante, Jesús, como la nueva simiente, como la
verdadera simiente, da un paso dentro de este mundo y dice:
“Ustedes me aborrecen porque yo no soy de este mundo, yo
soy una simiente diferente” (Juan 1: 25).
Luego le dijo a sus discípulos: “Si ellos me aborrecieron a mí,
también los aborrecerán a ustedes” (Juan 17: 14). ¡Hay
enemistad entre las dos simientes! Se podría decir que la batalla
entre ambas simientes sería una sola en la cruz, donde la
simiente de la mujer heriría la cabeza de la serpiente, y la
serpiente mordería el talón de la simiente de la mujer.
Es aquí donde Él obtiene la victoria sobre el diablo; Él se hizo
maldición, Él se hizo la serpiente que fue levantada en un asta.
Allí Él recibió todo el juicio de Dios, separó todo de Dios, se
convirtió en la resurrección, Satanás fue sacado, “el príncipe
de este mundo fue echado fuera” (Juan 12), y ahora hay una
nueva creación donde hay justicia. ¡Esta es la obra consumada
de la cruz!
Aun así la simiente de la serpiente y la simiente de la mujer,
continúan teniendo una relación de hostilidad; la primera
persigue a la segunda.
Esto trabaja dentro de nosotros también; cuando no tenemos la
luz del Señor brillando en nuestro corazón para llevarnos a la
experiencia plena de la bendición, la simiente de la serpiente
persigue a la simiente de la mujer en nosotros; existe enemistad
entre ambas dentro de nosotros. Pablo dice, que el deseo de la
carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y
que ellos se oponen entre sí, (Gálatas 5: 17).
Este aspecto de la maldición, más que una figura del hombre
odiando a la serpiente y la serpiente mordiendo al hombre, es la
declaración de una batalla.
Esto es parte de lo que cambió en la tierra como respuesta a la
caída de Adán; una batalla se inició, una guerra entre dos tipos
diferentes de simientes comenzó.
En la iglesia de hoy, nosotros constantemente hablamos y
actuamos como guerreros de Satanás unos contra otros,
cuando la lucha siempre es contra la simiente.
Por ejemplo, nosotros creemos que Satanás está tratando de
arruinarnos el día, está tratando que llueva el día de la boda, o
que no encontremos un lugar para parquear el carro; pero la
guerra no es contra nuestra vida natural, podría afectarla, pero
sólo porque la batalla es contra la simiente. La verdadera batalla
es entre la simiente de Satanás y la simiente de la mujer.
Para terminar; el primer resultado de la maldición es, que ahora
hay dos vidas totalmente contrarias; dos semillas contrarias, dos
lados contrarios que están en completa enemistad uno contra el
otro.
De la misma manera sucede en Deuteronomio, donde Dios le
dice a Israel: “Hoy pongo delante de ustedes vida y muerte,
bendición y maldición”. Por qué lo dijo?
Tenemos que recordar aquí cómo ve Dios a Israel. Recuerdan,
todo en Egipto estaba maldito; Dios lo demostró con las plagas:
ranas, insectos, sangre, tinieblas... Luego, por medio de la
muerte del Cordero, Él abrió una puerta a través de la cual salió
Israel de la maldición para entrar en Cristo.
Todo en la relación de Israel era un cuadro de Cristo, y sólo
dentro de los límites de ese pacto había bendición. Así que,
todo aquello que estaba fuera de esa bendición, era parte de la
maldición, porque sólo en un lugar había vida, sólo en un lugar
había bendición.
Por esta razón Dios les dijo a los israelitas: “Si se salen del
pacto, Yo los visitaré con las mismas maldiciones que visité a
Egipto”; porque eso es lo que había fuera de Cristo y es lo que
hay fuera de Cristo hoy. En Cristo hay bendición, fuera de Cristo
hay ausencia de bendición; hay todo tipo de maldad, muerte,
destrucción...
Pablo les escribe a los gálatas que sólo hay un evangelio, pero
“...hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio
de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os
anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado,
sea anatema” (Gálatas 1:7-8), sea maldición; y Pablo no estaba
jugando con una muñeca vudú, sólo estaba declarando un
hecho.
Lo mismo le sucedió al rey Saúl. Mientras se mantuvo dentro del
pacto era bendecido: había victoria en la tierra, había sabiduría
provista por Dios, etc.; pero cuando se salió del pacto, espíritus
demoníacos lo empezaron atormentar. ¿Por qué? Porque fuera
de la bendición hay maldición.
He dicho todo esto, porque en el jardín Adán y Eva creyeron
una mentira, comieron del árbol del conocimiento del bien y del
mal, y se pasaron de la bendición a la maldición. Entonces,
cuando Dios declara la maldición, en realidad les describe la
tierra a la que acaban de entrar. Muchos cambios se producen
como resultado de haberse pasado de lado.
La maldición que Dios declara tiene 3 aspectos diferentes: El
primero tiene que ver con la serpiente, y la relación de la
simiente de la serpiente y la simiente de la mujer. El segundo
tiene que ver con la mujer, con su experiencia de parto y con su
relación con el hombre. El tercero tiene que ver con el hombre y
su relación con la tierra. Cada uno de estos aspectos tiene una
expresión natural en la tierra, y a la vez, una mayor realidad
espiritual sucediendo.
LA SIMIENTE DE LA SERPIENTE Y LA SIMIENTE DE LA
MUJER
Tal como mencioné la semana pasada, Dios le dijo a la serpiente al
principio de la maldición, “...pondré enemistad entre ti y la mujer, y
entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le
herirás en el calcañar”
(Génesis 3:15).
Vemos en la tierra una expresión de esto, al ver la enemistad
natural entre serpientes y seres humanos. Las serpientes tratan
de morder y los hombres tratan de aplastarles la cabeza.
Obviamente, esta no es la comprensión completa de este
aspecto de la maldición. Aquí estamos hablando de dos semillas,
de dos simientes: la simiente de Satanás y la simiente de la
mujer.
Hace unas semanas vimos que Pablo en Efesios 5, explica que
en el principio Adán y Eva son una sombra de Cristo y la Iglesia,
o de manera más general, una sombra de la relación de Dios
con la humanidad. Se podría decir que en el jardín, la mujer
representa la novia de Cristo, y que su simiente habla del
incremento de Cristo. Pablo en Gálatas 3 explica, que la simiente
de la que habla la escritura, la simiente de Abraham que llenaría
la tierra, por ejemplo, siempre ha sido Cristo, y puesto que
nosotros hemos sido unidos a Él, esa simiente está teniendo su
incremento en nosotros.
Entonces, habría enemistad entre la simiente de la serpiente y la
simiente de la mujer. Yo no creo que esto se refiera,
primeramente, a demonios versus cristianos, o demonios versus
creyentes. Creo que se refiere a humanos versus humanos; que
se refiere a humanos que expresan la naturaleza de una de las
dos simientes.
Como cristianos, nos gusta hablar de que la simiente de Cristo
está en nosotros, de cómo Cristo está siendo formado en
nosotros y de cómo nos estamos convirtiendo en una expresión
de dicha simiente.
Pero no nos gusta pensar en el otro lado de la historia; de cómo
los seres humanos son una expresión de Satanás.
Jesús les dijo a los judíos: “Vosotros sois de vuestro padre el
diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido
homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad,
porque no hay verdad en él.
Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y
padre de mentira” (Juan 8:44). ¡¡Palabras fuertes!! Pablo escribe
de aquellos que caminan “...conforme al príncipe de la potestad
del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de
desobediencia” (Efesios 2:2).
En otro lugar habla de los que “están cautivos por la voluntad del
diablo” (2 Timoteo 2:26), y de aquellos “...en los cuales el dios
de este siglo cegó el entendimiento” (2 Corintios 4:4). 1 Juan
dice que “...el mundo entero está bajo el maligno” (1 Juan 5:19);
y el evangelio de Juan habla del “príncipe de este mundo” (Juan
12:31). En síntesis, uno de los resultados de esta maldición es
guerra. Se estableció una guerra entre dos simientes, entre dos
simientes completamente contrarias;

LA MUJER, SU EXPERIENCIA DE PARTO Y SU


RELACIÓN CON EL HOMBRE
Aquí vemos el cambio que tiene que ver con la experiencia de
alumbramiento de la mujer, y su relación con el hombre. De
nuevo, hay una expresión natural y una mayor realidad espiritual
de la que se habla.
Empezando con la experiencia de alumbramiento, muchas de
ustedes han experimentado esta parte de la maldición; yo la he
visto cuatro veces, pero nunca la he experimentado. A partir de
aquí, las mujeres empezaron a experimentar dolor físico durante
el alumbramiento, o dicho de otra manera, empezaron a
experimentar el dolor de la muerte para traer vida.
Con respecto a la relación de la mujer con el hombre, antes de la
caída había una perfecta unión y armonía en la relación, y los roles
entre Adán y Eva era una imagen de Cristo y la iglesia. Pero como
resultado de la maldición, ahora la mujer necesita al hombre de una
manera diferente; ahora el hombre gobierna sobre la mujer de manera
diferente. En otras palabras, la relación cambió, y ya no expresa la
imagen que tenía Dios de la relación de matrimonio desde el principio.