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La crisis política del Estado como quiebra de la legitimidad democrática en

América Latina: la descentralización educativa entre la eficacia


democrática, la retórica, la imitación y la legitimación. Algunas categorías y
tipologías para la comparación y la discusión.

La crisis de lo político es caracterizada por débiles implicaciones políticas subjetivas,


escasos sentimientos de competencia, relevancia de las actitudes desconfiadas y cínicas
hacia los políticos, así como una muy baja identificación partidista. Todo ello se observa
claramente en la ausencia de auténticas propuestas de programas de gobierno de los
partidos políticos, y cuando medio existen, se ocultan a la ciudadanía.

Otra de las manifestaciones evidentes está representada por las actuaciones ocurrentes de
funcionarios políticos, como son los diputados, realizando declaraciones absurdas y
ridículas, aprobando leyes en contra que los ciudadanos y favor de los grandes capitales e
intereses espurios, y una bajísima capacidad intelectual, que al fin y al cabo es lo que los
lleva a ello.

La crisis del Estado es sumamente compleja y difícil de definir en su totalidad, pero tiene
una característica bastante evidente: la ausencia de gobernabilidad.

Resulta evidente, dentro de ese mismo análisis, que la ausencia de políticas sociales (que
fue la característica de los gobiernos neoliberales posteriores a la década del 70) inició la
destrucción del tejido social impulsado por el neoliberalismo al que se adhirieron los
políticos de los partidos tradicionales. Precisamente, el diseño de adecuadas políticas
sociales como mecanismos de protección y prevención en situaciones de emergencias y
crisis sociales, constituye una actividad (con una orientación económica) que es prioritaria
del Estado. Más bien, por lo señalado se incrementó la pobreza, se inició la desaparición de
la clase media, se potenció la concentración de la riqueza en pocas manos, se empezó a
aceptar la injerencia de los poderes económicos en las decisiones gubernamentales y el
olvido del clamor del pueblo.

El elemento común de la crisis de gobernabilidad que se crea como consecuencia es la falta


de funcionalidad de las instituciones para dar solución a los problemas, y por otro lado, la
crisis de la gobernabilidad democrática se manifiesta debido a la debilidad de las
instituciones democráticas, resultado de otra crisis, la democrática. Investigaciones sobre la
cultura política de nuestro país concluyen que la crisis política expresada como
ingobernabilidad tiene poca relación con la crisis de confianza en las instituciones
democráticas cuyo nivel de aceptación sigue siendo elevado.

La globalización económica y la revolución tecnológica de la información comenzaron a


erosionar las funciones y capacidades de los gobiernos de los Estado-nación para intervenir
políticamente en las estructuras de las instituciones económicas y en la modificación de las
condiciones del mercado, desde la década de los setenta. Durante la segunda mitad de la
década de los setenta se inicia la transferencia del poder y del mando del Estado al mercado
mediante programas de desregulación, que en realidad son la regulación por el mercado.

Muchos de los cambios actuales fueron iniciados por los mismos gobiernos de turno, no
importando el partido político al que respondieran, un tanto presionados por los procesos de
globalización, las cuales transforman las comunidades políticas y modifican las funciones
del Estado-nación. Es en este sentido que Wallerstein (1999, 1994,1983) sugiere que la
unidad de análisis no debe ser el Estado-nación o la sociedad nacional, sino el sistema-
mundo en su conjunto. La sociedad nacional contenida en el espacio territorial nacional es
más homogénea y cohesiva que la sociedad global contenida en la unidad de espacio
global.

Tomando en consideración lo anterior, cualquier partido político que prevea participar en


las próximas elecciones generales debería contar ya con un plan de gobierno que defina las
estrategias a implementar para enfrentar los problemas de gobernabilidad, así como los más
concretos como la corrupción, impunidad, inseguridad, el desempleo y las deficiencias de
la educación y la salud pública. Sin embargo, la realidad es otra, ya que la mayoría de
agrupaciones solo se preocupan por ganar simpatizantes que los lleven al poder, en donde
improvisan su gestión.

Los partidos son algo más que un requisito funcional de las democracias representativas
derivado del método de nombramiento de funcionarios públicos. Los partidos políticos son
el vehículo institucional más apto para sostener la estabilidad y la legitimidad de los
regímenes democráticos

Para que las democracias puedan sostenerse en las complejas condiciones sociales
modernas, las múltiples fuentes de conflicto político deben reducirse a un conjunto discreto
de desacuerdos básicos, posibles de ser resueltos a través de un mecanismo que otorgue a
todos los intereses sociales clave la oportunidad de participar del proceso competitivo de
formación de decisiones de gobierno.

Los partidos políticos producen la agregación de intereses y preferencias indispensable para


operar esa reducción y contribuyen de este modo a la institucionalización del conflicto
político.

Deben tener presente que la desigualdad se ha convertido en el gran problema generado por
esas política neoliberales y que es la consecuencia de haber permitido que se desarrolle un
modelo económico basado en la desregulación, tanto la financiera como la que se ha
propiciado en los mercados de trabajo, degradando las condiciones laborales de millones de
personas en el mundo; una economía que venera el secreto bancario y que en virtud de la
globalización ha permitido que el dinero viaje sin controles, haciendo de la economía
financiera el caudal que nutre el entramado mundial de paraísos fiscales y la floreciente
industria de la evasión y la elusión fiscal, que permite a los poderosos eludir sus
compromisos fiscales y acumular ingentes cantidades de beneficios.

Con lo que está sucediendo en el mundo: el triunfo de la ultraderecha en los EEUU, el


Brexit en el Reino Unido, el fortalecimiento de los partidos de extrema derecha en algunos
países europeos, el debilitamiento de los gobiernos contestatarios latinoamericano y el
regreso el más puro neoliberalismo a países clave, como Brasil y Argentina, los políticos
criollos deberían tomar en cuenta estas modificaciones internacionales, pues todo ello de
una u otra forma afectarán el ejercicio del poder político localmente. Y conste que no estoy
emitiendo criterio alguno sobre cada una de estas realidades, sino solamente señalando que
ello modificará el panorama internacional.

En conclusión, a todo aquel que de una u otra forma aspira a un cargo de elección popular,
se le debería exigir muchísimo más de lo que hasta ahora los ciudadanos hemos exigido de
ellos (que es casi nada, porque para ser diputado el único requisito es saber leer y escribir).
En medio de una crisis política y una crisis del Estado como tal, y unos parámetros
internacionales tan cambiantes y explosivos, la estatura intelectual y la inteligencia política
que se necesitará en los futuros gobernantes y legisladores son de excepción.

Además, las consecuencias políticas, como todos sabemos, han ido más allá. Se han
producido importantes transformaciones en el panorama político español, especialmente
como consecuencia de la destrucción de las clases medias, las clases que actúan como
correa de transmisión entre la macro y la microeconomía. De hecho, el fenómeno Podemos
se explica sociológicamente por este episodio. La crisis ha producido importantes
transformaciones sociales que necesariamente tienen que trasladarse a la expresión y a las
formas de manifestación política. A esto, obviamente, se ha añadido una alarmante
situación de corrupción que está teniendo como consecuencias un importante descrédito
institucional y una gran desmoralización de los ciudadanos. Pero no hay que olvidar que la
mayoría de los episodios de corrupción, que están aflorando en nuestros días, procede de
aquel perverso sistema económico-político (conexiones entre el ámbito empresarial y la
política) que ideamos para, con la ayuda de los fondos europeos, converger con la media de
los países europeos. En el camino, los fondos europeos permitieron nuestro supuesto
desarrollo, pero a su vez nos hicieron deudores, especialmente de los alemanes. Y a partir
de ahí, la agenda política nos la ha estado marcando Alemania, para que seamos diligentes
y devolvamos el dinero.

Se criticó mucho al Partido Socialista por retrasar el reconocimiento de la crisis. Y en la


actualidad, el PP, en pleno año electoral, está intentando convencernos de que la
recuperación ya se ha producido. Por lo que si tenemos presente conjuntamente el retraso
inicial en reconocerla, y el esfuerzo actual por anticipar la salida de ella, parece como que
esta crisis nunca ha tenido lugar.

Se nos abre un año especialmente electoral, por lo que se hace necesario que los distintos
partidos políticos debatan sobre las posibles soluciones programáticas a los grandes
problemas estructurales de nuestra economía, que todavía están intactos: un sistema
energético insostenible y dependiente; un sistema bancario que no ha afrontado los grandes
problemas que generó la crisis y que es incapaz de generar crédito productivo; un sistema
fiscal injusto e ineficiente que sobregrava las rentas del trabajo; un sistema educativo
desastroso; la precarización del mercado de trabajo; la reducida productividad y la escasa
inversión en I+D; la falta de mecanismos de inclusión financiera y de segunda oportunidad
(fresh start) que permitan recuperar a las personas y a las familias desde el punto de vista
financiero; la elevada fiduciarización de nuestra economía; etc.
Crisis económica

después de siete años de profundo retroceso económico y social en nuestro país, así como
después de una profunda devaluación interna que ha supuesto importantes recortes de
derechos económicos y sociales, todavía no vemos elementos que nos permitan aventurar
una salida creíble a esta crisis. Como venimos diciendo desde hace tiempo, se aplicaron
medidas de estimulo, es decir, de raigambre keynesiana, cuando se debían haber adoptado
medidas de ajuste, y posteriormente, ante un fraude electoral sin precedentes en nuestra
democracia, se adoptaron medidas de ajuste, en su sentido más superficial y dañino, cuando
se debieron adoptar oportunamente medidas de estímulo.

El fuerte endeudamiento público de los últimos años solo ha trasladado el problema al


futuro

Y todo este esfuerzo que han soportado fundamentalmente las familias de rentas medias y
bajas, así como los trabajadores, visto en perspectiva, se ha producido casi de forma
gratuita: disparando el endeudamiento público para apuntalar al sistema bancario, pasando
de un 70% de deuda pública sobre el PIB, al final de la legislatura de Zapatero, a
aproximadamente un 100% en la actualidad. La liquidez crediticia, cuando más la
necesitaban las empresas, no llegaba, y muchas de ellas tuvieron que cerrar, no por
problemas de solvencia, sino por problemas de liquidez. Y ahora que se está inundando el
mercado de liquidez, esta va a parar paradójicamente a los mercados de capitales y no a las
empresas, alimentando un nuevo problema asociado a la gestión del riesgo, que se traslada
desde la banca convencional al BCE. Además, el fuerte endeudamiento público de los
últimos años ha trasladado el problema al futuro, es decir, lo ha convertido en un problema
transgeneracional. En estos momentos dicho endeudamiento es soportable a los actuales
tipos de interés, pero nada nos garantiza que los tipos de interés no suban en el futuro,
haciendo la carga financiera insoportable.

El resultado económico y social es el que todos conocemos: una reducción drástica de


salarios, una gran precariedad laboral, y, subsecuentemente, un consumo que no encuentra
resortes más o menos definitivos como para contribuir a la recuperación económica en un
entorno peligrosamente deflacionista. No hay que olvidar que el consumo interno fue el que
explicó fundamentalmente nuestra etapa de crecimiento, una de las más ubérrimas de
nuestra historia contemporánea, y la que está explicando, en sentido inverso, los serios
problemas que presenta nuestra economía para retomar el pulso y volver a la senda del
crecimiento con unos mínimos de garantías y de robustez. Pero además de explicarse la
falta de tono del consumo por la caída de los salarios reales, no contamos con algo
fundamental que se produjo en la etapa expansiva: el efecto renta derivado de la subida
sistemática y desproporcionada de los activos inmobiliarios. Las rentas salariales no
explicaron ni de lejos la explosión del consumo en la etapa expansiva. Todo lo contario, fue
el fácil acceso al crédito, así como el efecto renta que decimos, los verdaderos resortes y
detonantes del crecimiento económico que desembocó en la actual crisis.
En este sentido, hemos de decir, que la importante devaluación interna que hemos vivido, y
que estamos viviendo, está impidiendo que se recupere el consumo a un ritmo adecuado,
hecho que se agrava aún más por la incertidumbre sobreañadida de los desempleados por
un lado, y de los trabajadores por el otro. En este sentido, hemos de decir que la reforma
laboral ha sido a todas luces un auténtico fiasco. Ha generado más desempleo, y, en
paralelo, ha aumentado la incertidumbre de los trabajadores, generándoles, en
consecuencia, menos propensión al consumo. De hecho, con la elevada tasa de desempleo
que presenta nuestra economía, unida a la gran bolsa de economía sumergida, con toda
probabilidad los salarios reales aumenten en los próximos años mucho menos que la
productividad, por lo que el consumo seguirá siendo débil, acompañado por un entorno
deflacionista y caracterizado por los acuciantes problemas de las principales economías
europeas.

Crisis social

La crisis del modelo estático de bienestar, no por supuesto de su versión dinámica, es clara,
está fuera de dudas. No solo desde el punto de vista económico, sino también, y ello es más
importante, como modelo de Estado en sentido amplio. En este epígrafe, además de
analizar algunas de las causas de la crisis, es conveniente subrayar que se está recuperando
una nueva forma de entender lo público, no como un espacio propio y exclusivo del Estado,
sino como ámbito en el que se espera la participación del ciudadano, de la sociedad
articulada.

En efecto, se está rompiendo el monopolio, el dominio absoluto que hasta ahora se pensaba
que tenía el Estado frente a los intereses generales. Y, además, está reapareciendo la idea de
que el Estado existe y se justifica en la medida en que fomente, promueva y facilite que
cada ser humano pueda desarrollarse como tal a través del pleno, libre y solidario ejercicio
de todos y cada uno de los derechos humanos.

Por tanto, el ser humano, la persona, es el centro del sistema. El Estado está a su servicio y
las políticas públicas, por tanto, también. En este contexto nos encontramos con el principio
de subsidiariedad y se comprende cabalmente que el Estado actúe cuando así lo aconseje el
bien común, el interés general. Es más, el Estado debe propiciar, sin convertirse en actor
principal, menos todavía actor único, una sociedad más fuerte, más libre, más capaz de
generar iniciativas y más responsable. Es verdad sin em-

bargo, que tal afirmación debe ser modulada en función de las coordenadas de tiempo y
espacio y debe entenderse como un punto de llegada, como el puerto final de la travesía.

El Estado debe facilitar que cada ciudadano se desarrolle libre y solidariamente y que pueda
integrarse en condiciones dignas en la sociedad. La muerte del Welfare State, de su versión
estática, no es la muerte de una manera más social de ver la vida, sino el fin de un sistema
de intervención creciente y estático que ha terminado asfixiando y narcotizando al
ciudadano, y que ha vaciado de contenido y función a la misma Sociedad. Por lo demás,
para que se entienda bien, las propuestas que aquí se esbozarán participan de la necesidad
de seguir trabajando en un modelo de Estado de bienestar dinámico.
El Estado de bienestar, tal y como se ha manifestado en Europa en los últimos años ha
asumido in integrum los gastos de la sanidad, las pensiones de jubilación, el sistema
educativo, los subsidios de desempleo así como la financiación sin límites de todo un
conjunto de organizaciones y organismos, algunos al margen del interés general. Sin
embargo, tal operación de intervención y presencia en la vida social ha sido, en muchos
casos, una tarea propia y exclusiva del Estado, sin abrirse a la Sociedad, con lo que el
Estado ha tenido que correr con todos los gastos hasta que se acabó la financiación. Es lo
que ha pasó su día, no hace mucho, en Suecia, la cuna del Estado de bienestar, y es lo que
está pasando en otros muchos países, España entre ellos. Parece mentira pero era un
sistema, más tarde o más temprano, abocado al fracaso porque la crisis económica que ha
producido semejante gasto público acabaría apareciendo y provocando otras formas de
atender objetivamente los intereses generales más humanas y más adecuadas a la finalidad
del mismo Estado, que terminó por entretenerse en funciones y actividades más de control
que de verdadera solidaridad social.

Entre los argumentos que se pueden encontrar para explicar el descalabro de un sistema que
parecía imbatible, encontramos razones para todos los gustos. En efecto, se ha dicho que si
el colapso del sistema de tipos de cambios, que si el crecimiento de

la inflación, o que si el aumento del precio del petróleo, ahora a la baja, o que si la
disminución de la demanda productiva eran causas de la crisis86. Probablemente, como
también lo ha sido el crecimiento irracional del sector público, o la corrupción, en algunos
casos galopante, inherente a todo sistema de intervención administrativa.

Es cierto, pero lo más interesante es poner de manifiesto que el sistema ha fracasado en su


propia dinámica: a pesar de aumentar la presión fiscal y de, lógicamente, el crecimiento del
gasto público, resulta que los servicios públicos no eran proporcionados al gasto. ¿Por qué?
Sencillamente, porque hemos vivido en un contexto en que para la Administración el
ciudadano era, sigue siendo todavía en alguna medida, la justificación para crecer y crecer y
porque no ha calado en los políticos la Ética propia de un Estado que aspira a instaurar un
ambiente de mejora continua y permanente de las condiciones de vida de los ciudadanos.

No se puede olvidar que ni siquiera en los momentos de pros-peridad se ha incentivado el


ahorro. Es más, se propagó, también desde el Estado, porque era «conveniente», una
manera de vivir en la que cada vez era necesario consumir más y más, hasta el punto de que
ha sido el Estado de bienestar, con sus dirigentes a la cabeza, uno de los principales
responsables del consumismo imperante hasta no hace mucho. Pero es que, además,
tampoco se ha incentivado, en las épocas de bonanza, la inversión a pesar del crecimiento
incesante de los salarios. El colmo ha sido que, en el caso español, se ha disparado el paro
de una manera alarmante. Hay más: esta mentalidad asistencial ha ido calando poco a poco
hasta conseguir la improductividad económica. En este contexto, la natalidad desciende
preocupantemente; se alarga la esperanza de vida. Aumenta, de esta manera, el número de
personas que deben cobrar pensión de jubilación o de desempleo y desciende el número de
personas que cotizan.

¿Qué pasó, entonces? Pues que el ciudadano se acostumbró


a esperarlo todo del Estado y hasta los empresarios se acostumbraron a no hacer nada que
no tuviera la pertinente subvención. En efecto, se generalizó una peligrosa cultura de la
subvención que ha enganchado a los ciudadanos y a sus agrupaciones en la todopoderosa
maquinaria del Estado. El que paga manda, dice el refrán: y es así; de forma que la
tentación de la extensión del poder ha sido ampliamente colmada hasta llegar a la más
pequeña de las asociaciones de vecinos, porque no se quiere dejar nada a la improvisación.
Eso sí, mientras tanto, los ciudadanos hemos ido perdiendo sensibilidad social y capacidad
de reacción.

El Estado social, el Estado de bienestar en perspectiva estática especialmente, alimentó la


idea de que el Estado podría subvenir a todas las necesidades sociales, a las básicas e
incluso a las sofisticadas. Las demandas que se le presentaron fueron ilimitadas y como el
presupuesto público es limitado, empezaron los problemas. La cuestión radica, a mi juicio,
en que una cosa son los derechos fundamentales sociales, de obligada realización, el
derecho a un mínimo vital, de imperativa prestación para un Estado que se tenga por social,
y otra cosa son el conjunto infinito de peticiones y solicitudes de base social que podamos
dirigir al Estado, alguno de los cuales hasta pueden encasillarse como caprichos a
aspiraciones, cuando no sueños o quimeras de los ciudadanos.

Cuando la situación económica no permite, como es lógico, el aumento cuantitativo del


producto social, el Estado no puede seguir manteniendo el mismo nivel de prestaciones87,
lo que no quiere decir, ni mucho menos, que se desentienda de la preservación de la
dignidad de los seres humanos porque este el fin y principio de su existencia.

En alguna medida es imposible que el Estado directamente provea todo y a todos. Es


menester que se forjen alianzas estratégicas con la Sociedad para prestar ciertos servicios
de responsabilidad pública por aquellas instituciones que estén en mejores condiciones de
hacerlo, que no siempre, ni mucho menos, son las instituciones públicas.