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LA MUJER EN LA EDAD MEDIA ITALIANA.

DANTE. PETRARCA. BOCCACCIO


(Adriana Crolla - Charla realizada en el Liceo municipal para el Instituto de
Idiomas el 28/8/84)

Amada o aborrecida, enaltecida o vilipendiada, la mujer fue siempre objeto de


comentario por parte de los hombres a lo largo de los siglos y en el plano literario no
dejó de ser nunca un elemento básicamente constitutivo.
Pero cuando se aborda el tema es necesario hacer una diferenciación entre su
tratamiento en el mundo de lo poético y su real participación en los avatares históricos.
Las remotas sociedades tribales fueron matriarcales pues al ser privativa de la
fémina la perpetuación de la especie, dicha primacía se extendió a las decisiones sobre
las demás cuestiones sociales.
Con el aumento de las luchas tribales por el poder, valores netamente masculinos
fueron suplantando lo matriarcal, conformándose progresivamente sociedades
patriarcales y se le negó cada vez más a la mujer la participación en las grandes y
pequeñas decisiones de la tribu relegándosele a las cuestiones nimias de la vida familiar.
Pervivió, es cierto, como recuerdo de aquella situación originaria la actitud
reverente del hombre frente al misterio de la fecundación al que se le otorgó un carácter
sagrado y la valorización del sexo femenino como intermediario entre el mundo y los
secretos de la naturaleza.
Con el advenimiento del Cristianismo, Cristo le otorga dignidad humana con los
derechos que le pertenecen como ser de la creación, tomando como ejemplo la liviandad
de vuestra madre Eva, propugna dos ideas igualmente desvalorizadoras del sexo
femenino: la mujer es incapaz e inferior al hombre y por añadidura también es tonta
(cualidades que distinguen a toda esposa que se precie) o liviana, corrupta, pecaminosa,
Infierno terrenal del hombre como será la visión característica de toda la literatura de
origen popular hasta más allá del Renacimiento, no sabiendo olvidar que del papel
preponderante de María en el plan de salvación, la Iglesia rescata para sí las dignísimas
funciones de Madre y Maestra.
Con respecto a la literatura de origen culto, en Francia, a lo largo del siglo XII,
con el florecimiento de la lírica de origen provenzal, vemos consolidarse una nueva
visión de la mujer. Varios son los acontecimientos políticos, sociales e ideológicos que
posibilitan dicho surgimiento.
Las Cruzadas ponen en contacto a los caballeros con el lujo y el refinamiento de
las cortes orientales y las costumbres comienzan a dulcificarse dejándose de lado las
aspiraciones guerreras.
La vida social comienza a ser más fluida, dentro del castillo, desaparecen los
prejuicios, se estrecha el contacto entre los dos sexos y aparece un intento de sociedad
basada en algo terrenal: el amor cortés. La aventura es tímida y los trovadores lo
reconocen, se trata de fingir, es una mentira cortés, si se lo prefiere, un juego de corte
propio de una aristocracia exenta de preocupaciones materiales. Surge la idea de un
amor que vive en la lejanía, incompatible con toda inclinación sexual.
Por otro lado, los largos períodos de soledad soportados por las damas a causa de
la lejanía de los esposos habían ido acentuando la frustración de la mujer ante un
vínculo matrimonial generalmente impuesto y sin amor.
Si sumamos a esto, la adoración creciente que despierta la figura de la Virgen
María podremos explicarnos el nuevo vínculo que nace entre la dama y el poeta. Ella le
brinda protección y él la divierte y exalta. Aparece entonces la visión de la mujer como
un ser superior, inalcanzable, epítome de la belleza y la gentileza, su mirada es el
máximo bien al que puede aspirar el amado quien debe probarse ante un sin números de
peligros para cumplir con los deseos de la amada.
Entrando ya en la Italia Medieval, esta sublimación de la mujer encuentra eco en
una sociedad propicia a los juegos de amor. Se sabe que allí los sexos tenían más
contacto entre sí y que el paso del amor puramente espiritual al placer era mucho más
fácil o menos escrupuloso que en el resto de Europa.
La temática del amor cortés invade entonces la Península y reflorece en los poetas
de Sicilia y Toscana. En la última, Dante conformará en su juventud, junto a poetas
amigos, un movimiento al que dará el nombre de Dolce Stil Nuovo en su Divina
Comedia. Dulce justamente por esa inclinación dominante hacia el tema amoroso. Pero
parece necesario reclamar el sentido profundamente religioso que alcanza el amor en
este movimiento a diferencia de la literatura anterior. El amor es un medio de
perfeccionamiento para el hombre quien accede a la Gracia a través de una criatura
divinizada, la mujer ángel que actuará como intermediaria entre Dios y el amado.
La visión de la mujer despierta la potencia de amor latente en el corazón del
amante gentil y le inspira sentimientos de humildad. Gentileza, honestidad, humildad,
beatitud son las virtudes primarias que se ensalzan y que producen los efectos de una
gradual purificación en el amante.
Frente a la amada, el hombre sólo puede reconocerla y contemplarla, no
describirla cómo es en sí. Para nombrar sus atributos deberá aludir a las estrellas, al
cielo, las nubes, los rayos de la aurora y sólo le quedará observar dentro de sí para
descubrir los efectos que el amor opera en su corazón.
Analizaremos a continuación un soneto de Dante donde podremos reconocer los
aspectos mencionados:

Tanto gentile e tanto onesta pare Tan gentil y honesta parece


La donna mia, quand’ella altrui saluta Mi amada cuando alguien saluda
Ch’ogni lingua divien tremando nuta? Que todas las lenguas tiemblan y enmudecen
E gli occhi non ardiscono il guardare. Y los ojos no osan ni mirarla.

Ella si va, sentendosi guardare Ella se va, sintiéndose alabada


Benignamente d’umilta vetusta; Benignamente de humildad vestida
E par che sia una cosa venuta Y parece una cosa que bajó del cielo
Da cielo in terra a miracol mostrare. A la tierra un milagro mostrar.

Mostrasi si piacenti a chi la mira Se muestra tan amable a quien la mira


Che dá per li occhi una dolcezza al core Y da al mirar al corazón una dulzura
Che intender non la puo chi non la prova. Que entender no puede quien no la prueba.

E par che della sua labbia si mova Y parece que de sus labios se mueve
Un spirito soave pien d’amore, Un suave espíritu lleno de amor
Che va dicendo a l’anima: sospira. Que va diciendo al alma: suspira.

 La gentileza y la humildad es algo que la dama deja trasuntar


involuntariamente porque es parte de ella.
 Es una imagen divinizada de la mujer en donde se atiende no a la
visualización de lo corporal sino a la actitud moral: honesta y gentil.
 De allí la comparación con un efecto celestial: es como un milagro. La historia
de amor no aparece descripta en su inmediatez sino que casi en un plano filosófico
se convierte en una descripción del drama amoroso en sí, la visión femenina es el
medios para adentrarse en el análisis interior, subjetivo de los efectos que ese
sentimiento produce en el alma del amante y la sociedad y de la transformación
moral que en él opera.
 Beatriz: sin imagen física, absolutamente idealizada, connotable por un
sentido mesiánico.
Esta composición pertenece a su juventud, cuando conoce y ama a Beatriz y la
ensalza en su Vita Nuova. Pero ya en la Divina Comedia va mucho más lejos, no tan
sólo introduce a Beatriz como guía angélica del poeta en el Paraíso sino que la
incorpora a la obra de salvación y su función redentora no se limita exclusivamente a
Dante sino que afecta a toda la humanidad.
Beatriz es el grado más alto de divinización alcanzado por una mujer en la historia
de la literatura. Es el símbolo glorioso de lo eterno femenino y su potencia salvadora
que se enlaza a la figura mística de la Virgen como intercesora entre Dios y la
humanidad doliente.
De aquella concepción popular de la mujer en el ámbito del pecado, rescataremos
en el Infierno de la magna obra de la medievalidad, a la insuperable Francesca de
Rimini quien perpetuamente abrazada a su amante Paolo Malatesta llora su pecado de
amor arrastrados en el vendaval que azota a los lujuriosos y mientras aborrece al
contrahecho marido que los asesinó, ante la mirada condescendiente del poeta, se alza
en la más bella imagen de la fragilidad en la pasión amorosa.
Petrarca es un artista de transición, recibe la figura angelical dantesca y la
transfiere a su Laura, pero sin poder olvidar la belleza corporal de la mujer. Laura es
mitad Francesca, mitad Beatriz, es la bella que apoyando los pies en la tierra extiende
sus alas a las alturas. Real pero a la vez idealizada.

Erano i capei d’oro a l’aura sparsi Al aura el pelo de oro vi esparcido


Che n’mille dolci nodi gli avolgea Que en mil sedosos nudos lo volvía;
E’l vago lume oltra misura ardea La dulce luz sobremanera ardía
Di quei beglo occhi, ch’or en son si scarsi. De aquellos ojos que tanta hoy han perdido.

E’l viso di pietosi color farsi Y el rostro de piadoso color tornarse


Non so se vero o falso, mi parea: No sé si es cierto o falso, ver creía
I’che l’esca amorosa al petto avea Yo que la llama de amor en el pecho tenía
Qual meraviglia se di subito arsi? Por qué maravillarse si de pronto ardí?

Non era l’andar suo cosa mortale No era su andar cosa mortal
Ma d’angelica forma, e le parole sino de forma angélica y sonaban
Sonavan altro che puer voce umana. sus palabras como no suena voz humana.

Uno spirito celeste, un vivo sole A un celestial espíritu, a un vivo sol miraba;
Fu quel ch’i’vivi; e se non fosse or tale y si ya no fuese igual la herida,
Piaga per allentar d’arco non sana. porque distienda el arco no me sana.
Se parte del regodeo en la visión física, los detalles estéticamente bellos de la
amada: pelo ondulado al viento, destellos luminosos de los ojos comparándolos con la
ausencia de esplendor en la actualidad, la pérdida de la juventud. Conoció a Laura el
Viernes Santo de 1327 y ésta murió en la peste de 1348 que asoló Florencia y toda
Europa.
 El término parece: mi parea, que en Dante asumía la connotación de
afirmación, aquí denota duda: no sabe si es verdadero o falso el sentimiento de
piedad, hay una distancia entre la amada y el poeta, es exterior y por ende no
puede captar la realidad mental de la misma.
 Dante la tenía internalizada, era su visión ideal por lo que no se generaba
conflicto.
 Concepción más humana de la mujer, ya no la transposición a un ente ideal,
sino la mujer sujeto, misteriosa, problemática al hombre.
 Tópico stilnovista de la potencia de amor latente en el corazón del hombre que
es despertada por la presencia femenina.
 Idealización, connotación angélica de la mujer: todavía es mitad Beatriz.
 Análisis de la permanencia de la pasión amorosa aunque la belleza primigenia
se haya perdido.
En Petrarca encontramos manifiesta la tensión lacerante entre el deseo amoroso, la
necesidad humana de vivir la pasión sin reparos y la conciencia de culpa, la necesidad
de explicarse, excusarse por la misma. Ello lo encontramos manifiesto en la pregunta
retórica que se hace el poeta por medio de la cual intenta legitimar su deseo amoroso.
Dichos reparos, dudas, tensiones, no existen en Dante pues su amor por Beatriz fue más
ideal que humano.
Con Boccaccio nos abrimos al pleno Renacimiento sin olvidar lo medieval. En los
cuentos de su Decamerón, la mujer se encuentra a menudo en el centro de los grandes
actos de la comedia del hombre y aparece representada en sus varios aspectos físicos y
morales y a través de las diversas reacciones que suscita en los individuos y la sociedad.
Es interesante estudiar las diversas configuraciones, los juegos de opuestos en la
exaltación de la eterna feminidad y que proviene de la diversidad de tipos sociales que
Boccaccio pinta en su obra: mujeres castas, bellas, ridículas o feas pero por sobre todo
humanas, representaciones poéticas de seres que conoció, amó o despreció.
El cura de Varlungo, “persona de apostura al servicio de las mujeres”, anhela una
“agradable y lozana rústica, morenaza y bien recia y más dotada para la molienda que
ninguna otra” que se llama Belcolore. Con temblores y expresiones animales demuestra
su afición: 2, VIII: 381.
Si los hombres doctos se expresan así, el lenguaje de los aldeanos y artesanos será
pueril y culinario. Los rústicos sienten y exaltan de forma sensual a la mujer como una
mórbida estatua de carne, fruto sabroso y apetitoso presto a ser comido con avidez: 2,
IX: 446.
Calandrino se enamora de una mujer de la vida y Bruno compone un escrito en
virtud del cual sólo con tocarla con el mismo, la muchacha irá con Calandrino.
Descubre la esposa del mismo la broma y se produce una enojosa situación:
“La joven era bella y en comparación a las de su clase, poseía trato educado.
Cierto día, salió de su alcoba ligera de ropas a lavarse en un pozo cercano.
Casualmente fue Calandrino a buscar agua y ella empezó a mirarle por parecerle un
personaje curioso. Calandrino también la miraba aunque no sabía qué decirle. Ella
quiso sacra partido y empezó a conquistarle con miradas y suspiros, cosa que
consiguió en el acto. Calandrino se enamoró en seguridad de ella... y cuando volvió a
trabajar no hacía más que resoplar... Debes entender rectamente (dijo a Bruno) que yo
no soy tan viejo como te parezco: ella se ha dado cuenta de ello y se lo haré ver mejor
si le pongo la mano encima, por el santo cuerpo de Cristo, que le haré tales cosas que
luego vendrá ella detrás de mí como va la loca tras su hijo. ‘Oh – dijo Bruno – tú te la
devorarás: me parece incluso verte cómo le muerdes con estos dientes tuyos que
parecen dos rosas, y cómo después te la comes toda entera’. Calandrino al oír tales
palabras le parecía que ya lo estuviera haciendo y cantaba y saltaba que no cabía en su
pellejo de tanto gozo”.
La misma contemplación y exaltación de la mujer, deben su entonación a un
registro estilístico distinto cuando los detalles físicos del cuerpo femenino despiertan no
la lascivia ni la ávida concupiscencia, sino la admiración, la adoración, el embeleso
producido en el paso de esa imagen desde los sentidos al espíritu, es así que Ifigenia,
dormida en el bosque con un vestido sugerente, despierta en el grosero, brutal y noble
Cimone, la gentileza dormida en su corazón. Cómo fundamentaba el Dolce Stil Nuovo:
la potencia de amor no es privativa de una clase social, ni es hereditaria, es un don
otorgado por Dios a los que tienen corazón gentil;
“sintió cómo se le ocurriría un pensamiento que, a pesar de su grosera y material
mente, consistía en que consideraba a esa mujer la cosa más bella que ningún ser
humano hubiese visto. Y de este modo empezó a distinguir las diversas partes de la
durmiente elogiando sus cabellos que le parecían de oro, la frente, la nariz, la boca, la
garganta y los brazos y sobre todo, el pecho, en el que no se había fijado mucho
todavía; y transformado enseguida de trabajador en juez de belleza, deseaba en sumo
grado ver sus ojos que, bajo el peso de un profundo sueño, ella tenía cerrados, y para
verlos estuvo tentado varias veces de despertarla. Pero, pareciéndole sin ninguna duda
mucho más hermosa que las demás mujeres que había visto en su vida, le entró la duda
de si no fuese una diosa; y le inspiraba tal sentimiento que juzgaba que las cosas
divinas merecían más reverencia que las mundanas y por eso, se retenía, esperando que
se despertara ella misma; y como le pareció demasiada la espera y aunque no hubiese
obtenido ningún placer empezó a considerar el marcharse... pero al ver de pronto sus
ojos abiertos él también la miró fijamente, pareciéndole que una gran dulzura emanara
de sus ojos y le llenara de un placer que nunca había experimentado”.
Y en el cuento final, encontramos la exaltación conclusiva de Griselda, donde, a
través de una lenguaje que alude a las representaciones características de la Virgen
María, se nos muestra la capacidad de vencer, humana cristianamente toda dificultad,
no a través de la astucia y la maldad, sino sobre la amorosa y heroica humildad. El arte
de la paciencia y la prudencia, de la generosidad, el amor verdadero y la afectuosa
inteligencia que vence a los desconfiados súbditos y al bestial marido, y las pruebas
sobrehumanas a que debe someterse y que hace que se la proclame mujer sapientísima y
llovida del cielo por los divinos espíritus:
“la habían gustado, ya hacía tiempo a Gualtieri, los vestidos de una pobre
jovencita que era de un pueblo cercano a su casa... Ella era... bella de cara y de
persona, y tan bella parecía, era tan agraciada, agradable y tan recatada que no
parecía haber sido pastora de ovejas e hija de Ginnucole, sino de algún noble señor:
por lo que hacía maravillar a todo hombre que la veía por primera vez. Y además de
esto era tan obediente y servicial con su marido que él se consideraba el hombre más
contento y satisfecho del mundo y del mismo modo, se comportaba tan graciosa y
benignamente con los súbditos de su marido que no había nadie que no la amara más
que a sí mismo y que no la honrase como merecía y todos rezaban por su bien, por su
estado y por su prosperidad. Y pronto, en muy poco tiempo, supo ella obrar de tal
modo, no sólo en su marquesado sino por doquier que supo hacer que se apreciara en
su valor y su forma de hacer el bien...”.
Concluyendo, si para Dante, Beatriz fue el ideal femenino creado para mostrar a
los sufrientes contemporáneos y al mismo poeta el camino a la Gracia y posibilitar el
acceso a la Salvación, en Petrarca, la pasión que su Laura le despierta lo hace debatirse
entre la posibilidad de un amor más terreno y la culpa del pecado, pues la visión
eclesiástica pervive poderosa en su alma y la desgarra. Y ya en Boccaccio, en el
Quatroccento italiano, confluyen dos tradiciones: la aristocratizante y la burguesa y se
alcanza la síntesis de las distintas imágenes femeninas que el hombre se forjó a lo largo
de la historia. ¿Mujer tonta o astuta? ¿Pecadora o sublime? ¿Maléfica o redentora?.
Boccaccio no se definió, se limitó a mostrarlas con toda su concreta humanidad,
mediatizadas tras su sonrisa burlona y festiva y las entregó para solaz de las refinadas y
aburridas damas a quienes dedicó su obra y a los millones de lectores a quienes les toca
en suerte la ingrata, ¿ingrata?, tarea de asumir una posición.