Anda di halaman 1dari 11

Tratamiento psicoanalítico del trauma y la personalidad del analista http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000863&a=Tratamiento-p...

archivo índice genral índice por autores índice temático número actual

Tratamiento psicoanalítico del trauma y la personalidad del analista


Publicado en la revista nº047

Autor: Akhtar, Salman

"Psychoanalytic treatment and the analyst's personality" fue publicado originalmente en Psychoanalytic Inquiry,
34: 204-213, 2014.

Traducción: Marta González Baz

Revisión: Concepció Garriga i Setó

Al trazar las directrices para dirigir el tratamiento psicoanalítico, Sigmund Freud (1912) declaró
explícitamente que lo que él recomendaba encajaba con su carácter y que otros podían
encontrar su propio modo de actuar con estos principios. Antes de que el lector ponga mala
cara y comience a poner en duda la veracidad de mi afirmación, permítanme citar al propio
maestro:

Las reglas técnicas que estoy planteando aquí provienen de mi propia experiencia en el transcurso de
muchos años… Sin embargo, debo dejar claro que lo que afirmo es que esta técnica es la única que
encajaba con mi individualidad: no me atrevo a negar que un médico constituido de forma diferente
pueda verse abocado a adoptar una actitud diferente con sus pacientes y la tarea que tiene ante él. (p.
111)

A pesar del reconocimiento de Freud de que distintos psicoanalistas pudieran estar


constituidos de forma diferente y a pesar de su claro permiso para que otros innovaran y
ajustaran la técnica terapéutica a sus estilos personales, la mayoría de los profesionales del
psicoanálisis tomó el camino opuesto. Se aferraron a sus directrices e intentaron con tesón
confeccionar una técnica adecuada, o estándar, o de corriente principal, o clásica.

La búsqueda fallida de una técnica estándar

El concepto de parámetros de Kurt Eissler (1953), es decir, las desviaciones temporales y por
necesidad clínica de una técnica estándar, fortaleció la creencia –generalizada por aquel
entonces- de que existía un modo correcto de dirigir el psicoanálisis. La afirmación de Heinz
Hartmann (1960) de que “la terapia analítica es una especie de tecnología” (p. 21) añadió otro
sello de dignidad a la eliminación de la subjetividad, la variación y el matiz de nuestra
empresa clínica. El hecho de que las variaciones en los estilos de carácter de cada analista
como individuo (por ej. taciturno, alegre, metódico, bromista) puedan repercutir en su manera
de practicar fue desterrado de la conciencia de la profesión.

En privado, sin embargo, nadie creía que todos los analistas trabajaban igual. Ciertamente, la
cauta Anna Freud, la incisiva Melanie Klein y el bromista Donald Winnicott no eran iguales en
sus intervenciones clínicas. Con seguridad, los tres suscribirían el “trío de indicadores” (Pine,
1997, p. 13) de anonimato, abstinencia y neutralidad pero, al final, trabajaban de formas muy
diferentes. Respecto a la asociación libre, por ejemplo, los freudianos mostraban interés en lo
que provoca un giro en la cadena de pensamientos, y los kleinianos se centran en lo que ese
giro en la cadena de pensamientos provoca. Veamos otro ejemplo. La esperanza excesiva era
considerada por los kleinianos como una forma desmán, mientras que a los winnicottianos el

1 de 11 30/12/2014 20:20
Tratamiento psicoanalítico del trauma y la personalidad del analista http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000863&a=Tratamiento-p...

desmán les parecía una forma de esperanza. Todo esto dio lugar a diferencias en el modo
que los analistas de Inglaterra escuchaban e intervenían. En los Estados Unidos, dichas
controversias no surgieron –hasta hace poco- y sin embargo no podían evitarse las
diferencias en los estilos clínicos que emanaban de las distintas organizaciones de carácter
de los psicoanalistas. Sólo los ingenuos mezclaban la rimbombancia de las intervenciones de
Harold Searles, el enfoque paso a paso de Paul Gray, y la intuición abierta al ello de Jacob
Arlow.

Otra fuente de variaciones técnicas surge de las diferencias teóricas. La mayoría de los
analistas norteamericanos eran fieramente leales al eje Anna Freud-Heinz Hartmann y
practicaban de un modo altamente metódico, priorizando el análisis de la defensa y la
resistencia. La escena fue alterada por la importación que Otto Kernberg (1967, 1975, 1984)
dio a la tradición kleiniana de Chile y su insistente síntesis de la misma con la psicología del
yo; las olas que esto creó fueron desagradables y hasta turbulentas (Calef y Weinshel, 1979;
Klein y Tribich, 1981). El redescubrimiento por parte de Heinz Kohut (1971, 1977) de la
tradición independiente británica en la psicología del self vernácula complicó aún más el
cuadro. Robert Wallerstein (1988, p. 5) comenzó a preguntarse si había “¿un psicoanálisis o
muchos?”. Leo Rangell (2006) y Fred Pine (1988) intentaron poner orden en el revoltijo
heurístico bajo las rúbricas de una teoría unitaria y cuatro psicologías del psicoanálisis,
respectivamente. Sin embargo, el campo siguió lleno de todo tipo de cuestiones. ¿Eran
simplemente los pacientes borderline más neuróticos que los neuróticos? ¿Es la línea
narcisista del desarrollo independiente de la línea objetal libidinal? ¿Es la empatía un
prerrequisito para, o un sustituto de, la interpretación? Y, por si el misterio resultante no fuera
suficiente, la disciplina emergente de la observación neonatal e infantil de orientación
psicoanalítica dio lugar a datos que también tuvieron que ser asimilados en nuestro trabajo
clínico.

Finalmente, la diferencia en el tipo de pacientes que los analistas veían necesitó innovaciones
técnicas. Aquellos que trabajaban con pacientes psicóticos o casi psicóticos (por ej. en
Chestnut Lodge, Boyer Foundation y Austen Riggs), con supervivientes del Holocausto y sus
generaciones posteriores, y con individuos inmigrantes y exiliados plantearon serias
cuestiones sobre la aplicación ubicua de la técnica psicoanalítica habitual. Añadamos a esto
la experiencia de los psicoanalistas que tratan a víctimas de incesto y a pacientes con
trastornos disociativos. Todo junto, el trabajo de todos estos investigadores (por ej. Akhtar,
2011; Boyer, 1961, 1971; Brenner, 2001, 2004; Burnham y col., 1969; Charles, 2011; Kluft,
1984, 1993; Kogan, 1995; Margolis, 1991; Searles, 1965, 1986; Shengold, 1989; Volkan,
1976) refinó nuestra caja de herramientas terapéuticas y delineó intervenciones clínicas
nuevas. Es en este punto que el tratamiento psicoanalítico del trauma entra en nuestro
discurso.

Directrices para tratar el trauma psíquico

Aunque el psicoanálisis había encontrado sus anclajes originales en el estudio del trauma
sexual infantil, muy pronto relegó esa etiología a un segundo plano y puso en el centro la
fantasía infantil. Requirió una implicación estrecha con los supervivientes del Holocausto (y
sus descendientes) el volver a conceder (una vez más) el respeto debido al poderoso papel
del trauma en la vida mental humana. El interés posterior en el incesto, los trastornos
disociativos, y, más adelante aún, en el impacto psicosocial de la inmigración, y el vivir bajo la
amenaza del terrorismo arrojó más información en cuanto a qué puede pasarle a la mente
humana en esas circunstancias y qué otras incorporaciones a nuestra técnica podrían estar
indicadas. Una revisión minuciosa de esta literatura no es posible aquí, pero podemos decir
con seguridad que los especialistas en este campo han recomendado las siguientes
directrices:

Actitud acogedora

El paciente debe poder captar una actitud cálida genuina en el analista. Debe llegar a sentir
que el analista se alegra de estar haciendo su trabajo y que acoge al paciente a su consulta y,

2 de 11 30/12/2014 20:20
Tratamiento psicoanalítico del trauma y la personalidad del analista http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000863&a=Tratamiento-p...

también, a su mundo interno.

Mediante esta indulgencia se permite al paciente, hablando con propiedad por primera vez, disfrutar de
la irresponsabilidad de la infancia, lo cual es equivalente a la introducción de impulsos vitales y
motivaciones positivos para su existencia posterior. Sólo más adelante se puede proceder
conscientemente a aquellas demandas de privación que generalmente caracterizan a nuestros análisis
(Ferenczi, 1929, p. 106)

En una línea similar, Leo Stone (1981) afirmó que “el ‘amor’ implícito en la empatía, escuchar,
e intentar entender con una dedicación no seductora a la tarea, el sentido de plena
aceptación, respeto y a veces el sencillo fenómeno de la pura paciencia confiable, puede
tener un lugar igual o casi igual en importancia a las puras habilidades interpretativas” (p.
114). Esto es más cierto que nunca cuando hablamos de tratar individuos con una historia de
trauma psíquico severo.

“Sostén” prolongado

En estos casos es necesario un periodo de espera más largo de lo normal hasta que el
paciente se vuelve analizable. El paciente debe estar psicológicamente sostenido (Winnicott,
1960) y no se le debe apresurar. Debe permitírsele un periodo de tiempo lo suficientemente
prolongado (a menudo, muy largo) para experimentar, a distintos niveles, la solidez del
entendimiento terapéutico (Amati-Mehler y Argentieri, 1989; Balint, 1968). La ruptura
prematura de las defensas del paciente y/o su retirada puede traumatizarlo de nuevo. Las
interpretaciones ofrecidas mientras el paciente tiene necesidad de afirmación y sostén pueden
herirlo aun cuando sean correctas en cuanto al contenido. Winnicott (1963) describió este
estado de la cuestión elocuentemente cuando dijo lo siguiente:

Si esperamos, nos volvemos objetivamente percibidos en el propio tiempo del paciente, pero si no
conseguimos comportarnos de un modo que facilite el proceso analítico del paciente (que es el
equivalente del proceso madurativo del infante y el niño), ciertamente nos convertimos en “no yo” para el
paciente, y entonces sabemos demasiado, somos peligrosos (p. 189).

Marco flexible

El analista debe poder y querer acomodarse juiciosamente al marco de las idiosincrasias


postraumáticas del paciente. Por ejemplo, si el paciente aparece en la oficina con un bebé o
un perro, el analista debe permitirlo, sin ser obtrusivo (Balint, 1968) y dejar que el proceso se
despliegue. De forma parecida, puede tener que tolerarse y comprenderse en silencio (es
decir, sin interpretación) durante mucho tiempo (Gerrard, 2011) la asistencia irregular de los
pacientes a las sesiones. Esto no permite concesiones molestas a la realidad ni evita el
pensamiento escéptico acerca de estas acciones. Sin embargo, la paciencia, afirmación y
acomodación deberían primar sobre el desenmascarar y descifrar durante un periodo de
tiempo razonablemente prolongado después de empezar el tratamiento.

Validación del trauma

El concepto de Nanette Auerhan y Dori Laub (1987) de aceptación conjunta de la realidad del
Holocausto, que requiere que el analista demuestre su reconocimiento de la naturaleza factual
de esta gran tragedia, se aplica a todos los traumas severos. El analista que trata con tales
situaciones debe validar que el suceso o sucesos (por ej. abuso sexual por parte de una figura
parental, la muerte de una figura parental en la primera infancia, el maltrato físico) han sido en
realidad cosas horribles que el paciente ha tenido que soportar. Por supuesto, si el paciente
se queda enganchado en esperar una y otra vez oír esto del analista, el tema debe tratarse de
manera interpretativa. Pero la validación del impacto psíquico del trauma siempre debe ser el
primer paso.

Creencia en el Principio de Función Múltiple

3 de 11 30/12/2014 20:20
Tratamiento psicoanalítico del trauma y la personalidad del analista http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000863&a=Tratamiento-p...

El analista debe suscribir el principio de función múltiple (Waelder, 1936) y darse cuenta de
que cualquier fenómeno que el paciente presente tiene múltiples capas y que no es más que
una parte de la gestalt global de su psique. De otro modo, la monotonía desesperante y/o la
simplicidad violenta del material manifiesto del paciente (y sus implicaciones transferenciales)
pueden tentar al analista a hacer intervenciones basadas en el síntoma y directamente
encaminadas a la mejoría. La convicción de que cada tema psicológico tiene muchos
determinantes y muchos propósitos permite la gran libertad necesaria para el yo-de-trabajo
del analista. Armado de esta manera, el analista puede barajar varias perspectivas en la
psicopatología del paciente, incluyendo lo edípico versus lo preedípico (Greenspan, 1977), la
defensa versus la descarga (Arlow y Brenner, 1964), lo romántico versus lo clásico (Strenger,
1989), el conflicto versus el déficit (Killingmo, 1989), etc. Las oscilaciones entre estas
perspectivas contradictorias evitarían que el analista se sintiera tentado a creer el “mito
personal” (Kris, 1956, p. 54) así como a sucumbir a explicaciones simplistas y unifactoriales
de la psicopatología del paciente.

Sensibilidad a las comunicaciones no verbales

Al tratar a individuos severamente traumatizados el terapeuta debe estar finamente


sintonizado con sus comunicaciones no verbales. Este tipo de pacientes a menudo actúan en
lugar de recordar y contar. La elaboración de la fantasía es escasa y los “datos brutos que
apuntan a que las interrupciones del desarrollo temprano del yo tienden a ser afectivas más
que verbales o intelectuales” (Burland, 1975, p. 317). Los residuos de trauma “inrecordables e
inolvidables” (Frank, 1969, p. 48), sin embargo, siguen sin disminuir bajo la persona adulta y a
menudo sólo se pueden discernir mediante la postura del paciente y sus movimientos en el
diván, sus gestos, tono de voz y su estilo de entrar y salir del consultorio. Prestar atención a la
propia contratransferencia, donde estas “danza conductual y música somática” (McLaughlin,
1992, p. 151) reverberan al máximo, abre nuevas vistas para la reconstrucción y la
comprensión.

Mejora de la verbalización

El trauma psíquico interfiere no sólo con la consolidación de la constancia de self y objeto


(Mahler, y col. 1975), sino también con la capacidad del yo para reconocer y regular los
estados afectivos internos. El analista, por tanto, tiene que convertirse en un yo auxiliar para
el paciente en este aspecto, dándole a conocer los estados de sentimiento que se hallan
activos en un momento dado. Amy Katan (1961) lo señaló cuando dijo que “la verbalización
conduce a un aumento de la función controladora del yo sobre los afectos y las pulsiones” (p.
185). Comentarios como “ahora mismo está muy enfadado”, “lo que está experimentando es
extremadamente doloroso” y “parece muy, muy triste”, aunque parezcan convencionales,
ayudan en gran medida a que el yo del paciente logre influir sobre el caos interno (Vokan,
1976) y (a) organizar el material de modo que más adelante esté dispuesto para un manejo
interpretativo más convencional.

Creación de espacio transicional

Un tema relacionado es el de crear un espacio psíquico en el que pueda germinar la semilla


del proceso analítico profundo. Los individuos traumatizados a menudo se polarizan (bifurcan)
y no pueden soportar la ambivalencia. A tu modo o al mío, Ahora o nunca, Todo o nada, Amor
u odio constituyen el mobiliario de de sus salones psíquicos (Lewin y Schulz, 1992). Para
reparar esas brechas, el analista tiene que hacer intervenciones que tiendan puentes
(Kernberg, 1975), es decir, comentarios que muestren, mediante recordatorios verbales
delicados o un cambio sutil en el tono de voz, que no ha olvidado la configuración
transferencial que es opuesta a la que está actualmente activa. Y, lo que es más importante,
el analista tiene que forzar la apertura del espacio transicional cerrado (o crearlo si hasta el
momento es inexistente) para el paciente (Winnicott, 1953) y fomentar la capacidad de
mentalización (Fonagy y Target, 1997). Por ejemplo, si el paciente habitualmente concluye sus
pensamientos diciendo “No tengo más que decir sobre esto”, el analista puede sugerir que el

4 de 11 30/12/2014 20:20
Tratamiento psicoanalítico del trauma y la personalidad del analista http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000863&a=Tratamiento-p...

paciente intente decirlo de un modo ligeramente diferente, es decir “no tengo más que decir,
que yo sepa, sobre esto”. Esto, como queda claro, abrirá nuevas posibilidades para que
emerja el material en capas topográficas. O, si el paciente dice (por ejemplo, en respuesta con
un deseo de tener sexo con el analista) que “mire, sé que dirá que no”, el analista puede decir.
“¿Y qué pasa si no digo que no?” Entonces, ante la respuesta de pánico del paciente “Ahora
me asusta. ¿Está diciendo que sí?”, el analista puede responder de nuevo con un no,
señalando al paciente “hablemos de ello” como una posible respuesta que evita una
contestación si-no. Etc. La cuestión es obligar al paciente a pensar de nuevo mostrando uno
mismo un pensamiento original.

Entonamiento con la organización psicoestructural fluctuante de los pacientes

Una vez que el análisis realmente se pone en marcha, el analista debe ser capaz de fluctuar
entre los dos polos de la escucha crédula que da lugar a intervenciones afirmativas y la
escucha escéptica que da lugar a intervenciones interpretativas. Dejando de lado el temor del
superyó a no interpretar y la avidez del yo de interpretar siempre, el analista debe operar
desde su yo y su profundo contacto con la organización psíquica fluctuante del paciente.
Cuando el paciente cambia de transferencias normales basadas en el conflicto y se mueve
hacia el sector traumatizado del self y las representaciones objetales,

La actitud investigadora ya no encaja con el nivel estructural del paciente y el analista tiene que cambiar
su estrategia. De no hacerlo, es probable que su intervención actúe como un asalto contra la
representación del self del paciente… También debería recordarse que la calidad de la transferencia
puede estar cerrada al punto de inflexión estructural de modo que puede cambiar rápidamente.
Consecuentemente, el analista debería estar en un estado de constante receptividad a la oscilación entre
las dos posiciones estratégicas (Killingmo, 1989, p. 74).

Utilización de intervenciones evolutivas

El analista que trabaja con individuos traumatizados también debe tener en mente la relación
dialéctica entre la resolución interpretativa de la psicopatología y la reanudación del desarrollo
interrumpido (Settlage, 1993). Con cada resolución de la patología postraumática, se da la
oportunidad de reanudar el desarrollo en esa área y con cada avance evolutivo se produce un
aumento en la tolerancia del paciente a la exposición de los recuerdos, deseos y fantasías
aislados que producen angustia. La intervención evolutiva de Samuel Abram (1978) se
convierte en una herramienta específica a este respecto. Cuando una tendencia saludable no
expresada hasta el momento emerge como resultado del trabajo clínico continuado, el
analista no debe deconstruirla interpretativamente; en cambio, debería subrayar la tendencia
progresiva inherente en ella y “facilitar la emergencia de bloques experienciales” (p. 397). La
recomendación de Calvin Settlage (1993) de que el analista reconozca y favorezca las
iniciativas y los logros evolutivos del paciente pertenece al mismo campo.

Facilitación del duelo

El analista tiene que reconocer que los elementos similares al duelo, fundamentales para los
análisis, son de la mayor importancia en el tratamiento de pacientes traumatizados. Estos
individuos no han atravesado los pasos sucesivos de pérdida (de soporte externo y de
omnipotencia) y ganancia (de estructura interna y de principio de realidad) típicos de la
maduración gradual de la personalidad. Carecen de este prototipo de duelo. Las separaciones
del analista, el reconocimiento culpable de su agresión hacia él, la gratitud incipiente y la
angustia renovada de la pérdida durante la terminación, todo ello reaviva y consolida el
proceso de duelo. Lo mismo se aplica a la pérdida de su omnipotencia infantil y su tendencia
frecuente a vivir en un mundo de ilusiones. Esta última tendencia es especialmente evidente
en la adicción a la búsqueda de venganza (en la realidad o la fantasía), o, a la inversa, en la
esperanza casi maniaca de que un día se curen todas las heridas, todas las quejas sean
escuchadas, y todas las crueldades cometidas por los otros sean lamentadas por ellos y
perdonadas. Llegar a darse cuenta de que esto puede no ser así y la tristeza que acompaña a
ese darse cuenta es una parte fundamental del tratamiento de los individuos traumatizados.

5 de 11 30/12/2014 20:20
Tratamiento psicoanalítico del trauma y la personalidad del analista http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000863&a=Tratamiento-p...

Manejo de la contratransferencia

Los pacientes traumatizados nos traen historias terribles de abuso, llantos de desesperación
que encogen el corazón, la carga de la futilidad y los puñales de la búsqueda de venganza
con las cicatrices que éstos dejan. Todo esto puede crear un caos contratransferencial. Hay
que resistir a esto, sobrevivirlo (Winnicott, 1962) y utilizarlo diligentemente como fuente de
información incluso durante (o poco después de) los momentos en que su
role-responsiveness (receptividad del analista a actuar el rol que el paciente trata de
imponerle) (Sandler, 1976) lo fuerce a una puesta en acto mutua con el paciente. Debería
recordarse que “la respuesta emocional del analista a su paciente dentro de la situación
analítica representa una de las herramientas más importantes de su trabajo; es un
instrumento de investigación del inconsciente del paciente” (Heimann, 1950, p. 81). En otro
sitio he descrito (Akhtar, en prensa) cómo el modo de ser del analista ante sus propias
asociaciones, impulsos, afectos y acciones –sean deliberados o inadvertidos- lo orienta en
cuanto a las corrientes subterráneas más profundas del proceso que se despliega dentro de la
diada clínica. Aunque esto es cierto para todo el trabajo clínico, esa vigilancia es de mayor
importancia al trabajar con individuos traumatizados. Un punto adicional a tener en cuenta
aquí es si “el análisis también puede evocar elementos pertenecientes a la psique del analista
que puedan beneficiar al análisis” (Parsons, 2007, p. 1452). Una actitud vigilante hacia los
fenómenos contratransferenciales, por tanto, no debería equipararse con una contención
autocrítica.

El papel de la personalidad del analista

Al afirmar que “ningún psicoanalista va más allá de lo que sus propios complejos y
resistencias le permiten”, Freud (1910, p. 145) claramente dio voz a la conexión potencial
entre la técnica, la profundidad y los resultados del tratamiento analítico por una parte y la
personalidad del analista por la otra. Analistas posteriores (p. ej. Guntrip, 1969; Klauber, 1968)
también apuntaron ese vínculo, pero la mayoría de pasada. Y es cierto que ningún analista
puede ayudar al paciente simplemente con su calidez, paciencia y ternura. La importancia de
estas cualidades reside en sus complejas interacciones con sus habilidades técnicas. Aquí
hay muchos factores implicados.

En primer lugar, deberíamos recordar que trabajar con pacientes traumatizados severos es
difícil y, con frecuencia, descorazonador. La mejoría es lenta. El paciente a menudo tiene
pocas razones para la esperanza y, durante largos periodos de tiempo, la función de
mantener el optimismo descansa únicamente en el terapeuta. El terapeuta, por tanto, debe
tener “una gran paciencia ante la ausencia de cambio” (Kernbgerg, 1984, p. 252), así como la
firme convicción de que la mayoría del tiempo “la pérdida, la enfermedad severa, y el fracaso
pueden ser tolerados y elaborados” (p. 249). Los clínicos experimentados basan esa
convicción en su conocimiento y experiencias previas. Los novatos, sin embargo, deben
sobrevivir a base de fe prestada, es decir, de la convicción basada en la experiencia
beneficiosa de su propio análisis, el consejo útil de sus supervisores, y su respeto, incluso
idealización, a autores prominentes dentro del campo. Estas tres fuentes funcionan como
antídotos al pesimismo hasta que se desarrolle la auténtica confianza en el trabajo de uno
mismo.

En segundo lugar, el analista debe superar en gran medida sus tendencias narcisistas. Esto lo
ayudaría a buscar supervisión de forma continuada o, al menos, en los momentos de duda y
dificultad al tratar a un paciente gravemente enfermo y demandante (o introvertido). También
evitaría que el analista tuviera unas expectativas demasiado elevadas respecto al resultado
del tratamiento. Lo que es más importante, resolver los temas narcisistas profundizaría la
aceptación del analista de sí mismo tal como verdaderamente es, lo que “puede permitirle
expresar en su conducta la convicción de que el paciente también podrá aceptar verdades
sobre sí mismo y sobre su vida” (Kernberg, 1989, p. 250).

En tercer lugar, el analista debe ser capaz de dar al paciente una respuesta emocional

6 de 11 30/12/2014 20:20
Tratamiento psicoanalítico del trauma y la personalidad del analista http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000863&a=Tratamiento-p...

genuina y específica (Little, 1951; Winnicott, 1947). Su gama interna de emociones necesita
ser amplia. Debe ser capaz de expresar curiosidad, enfado, simpatía, tristeza, interés y
excitación eróticos, celos, pena, asco, horror, amor, amistad, etc. Esa libertad emocional no
sólo prestará autenticidad a su trabajo sino que también aumentará su capacidad para usar
sus reacciones contratransferenciales productivamente.

Los tres puntos planteados hasta el momento tienen amplia aceptación en la comunidad
analítica. La cuestión escabrosa pertenece a la existencia del trauma en el propio trasfondo
del analista. ¿Ayuda o entorpece el tratamiento? Antes de responder a esta pregunta y traer a
colación esta indagación incómoda, sugiero que consideremos las siguientes cuestiones:

· ¿Puede alguien que no ha tenido una pérdida en la infancia empatizar verdaderamente con
analizandos adultos que han perdido a su madre cuando tenían 3 o 4 años? ¿Entendería un
analista de una familia intacta y con una infancia pacífica lo que en otra parte (Akhtar, 2011)
llamé la “vergüenza del niño sin madre”?

· ¿Es posible que un analista que nació, creció, se educó y ahora vive y practica en un radio
fácilmente accesible de 500 o 600 km captar las “angustias de desorientación” (Grinberg y
Grinberg, 1989) de alguien que se ha mudado, de adulto, de un país a otro culturalmente
diferentes?

· ¿Cómo comprende un analista criado por padres amorosos la humillación y la agonía de


alguien violentamente golpeado por sus padres y abusado sexualmente por un hermano
mayor o un abuelo?

Puedo continuar pero el tema, creo, queda planteado. Puede haber límites a nuestra empatía
como analistas si el trauma padecido por nuestros pacientes queda demasiado lejos de la
corteza exterior de nuestra órbita experimental. Pero, entonces, ¿cuál es la solución? ¿Vamos
a suponer que sólo los analistas huérfanos pueden sintonizar con la pérdida parental en la
infancia, sólo los analistas que han sufrido abusos pueden resonar con las violaciones
tempranas de la piel física o psíquica? ¿Y qué hay del trauma por presión continuada (Kris,
1956) de ser negro en este país? ¿Puede un analista blanco “captarlo” realmente? Y así
sucesivamente. Estos son temas complicados y la base conceptual es turbia, cuando menos.

Mi propia experiencia clínica me dice lo siguiente. Si el analista ha experimentado un trauma


similar al de su paciente y ha obtenido un dominio del yo razonable sobre él, el hecho de su
trasfondo traumático puede ser útil. La existencia de relaciones amorosas en casa y de
canales sublimadores diferentes del psicoanálisis (por ej. arte, poesía) hace esto más
probable puesto que impide que el trabajo clínico sea el único terreno de reactivación y
elaboración del trauma personal del analista. Las cosas pueden ser aún mejor si el analista
permanece autovigilante, se resiste a la revelación indebida, busca consulta con sus pares de
vez en cuando, y escribe sus pensamientos (independientemente de que el material
resultante sea publicado o no). Más aún, el analista puede permanecer abierto al hecho de
que el encuentro con su trauma –esta vez localizado en el analizando- pueda suscitar nuevas
comprensiones sobre sí mismo y, por qué no, un crecimiento psíquico real en él.
Desagraciadamente, debido a la confidencialidad del paciente (y, por supuesto, la mía propia)
no puedo entrar en detalles, pero todo esto ha sido ciertamente mi experiencia subjetiva y
está implícita en algunos de mis escritos recientes (Akhtar, 2009, 2011). Si, por otra parte, el
analista sigue luchando con algunos aspectos de su trauma infantil, y no ha logrado el
dominio de su yo sobre ellos, entonces puede darse el riesgo de una revelación
autoindulgente, la colusión homotraumática, y el pasar por alto interpretar los usos actuales
que el paciente hace de sector traumático de su personalidad. Las cosas no son, sin
embargo, este caso tan claro. Incluso en las mejores circunstancias, los residuos controlados
y no controlados permanecen en todos los individuos traumatizados y los psicoanalistas no
son una excepción. La cuestión es acerca de su proporción relativa y de su intensidad afectiva

No es sorprendente, entonces, que lo más importante sea la honestidad del analista consigo

7 de 11 30/12/2014 20:20
Tratamiento psicoanalítico del trauma y la personalidad del analista http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000863&a=Tratamiento-p...

mismo, con su paciente y con el proceso analítico puesto que eso lo incita a permanecer
vigilante, a buscar consulta, a evitar la “hiperconfidencialidad” (Celenza, 2007) y a evitar fallos
técnicos mayores. Una confianza duradera en el potencial omnipresente del desarrollo
humano también ayuda. Puede animar al paciente a renunciar, con el tiempo, a su tendencia
a ir de la esperanza patológica a la desesperanza en cambio avanzar de la esperanza
patológica a la esperanza realista (Akhtar, 1996). Este movimiento se facilita si el analista
tiene fe en la capacidad de crecimiento del paciente, una propuesta que refleja la descripción
que hace Loewald (1960) de la necesidad infantil de identificarse con el potencial madurativo
de uno mismo tal como se ve en los ojos de los padres. Los ojos del analista que trata a
individuos traumatizados deben estar, por tanto, abiertos y brillantes la mayoría de las veces.

Bibliografía

Abrams, S. (1978), The teaching and learning of psychoanalytic developmental psychology. J. Amer.
Psychoanal. Assn., 26:387-406.

Akhtar, S. (1996), "Someday…" and "if only…" fantasies: pathological optimism and inordinate nostalgia as
related forms of idealization. J Amer Psychoanal. Assn., 44: 723-753.

___ (2009), The Damaged Core: Origins, Dynamics, Manifestations, and Treatment. Lanham, MD: Jason
Aronson.

___ (2011), Matters of Life and Death: Psychoanalytic Perspectives. London, UK: Karnac Books.

Amati-Mehler, J., & S. Argentieri. (1989), Hope and hopelessness: A technical problem? Internat, J.
Psychoanal., 70: 295-304.

Arlow, J., & C. Brenner. (1964), Psychoanalytic Concepts and The Structural Theory. New York:
International Universities Press.

Auerhan, N., & D. Laub. (1987), Play and playfulness in Holocaust survivors. Psychoanal. Study of the
Child, 42: 45-58.

Balint, M. (1968), The Basic Fault. London, UK: Hogarth.

Boyer, B. L. (1961), Provisional evaluation of psychoanalysis with few parameters employed in the
treatment of schizophrenia. Internat. J. Psychoanal., 42: 3891403.

___ (1971), Psychoanalytic technique in the treatment of certain characterological and schizophrenia
disorders. Internat. J. Psychoanal., 52: 67-85.

Brenner, 1. (2001), Dissociation of Trauma: Theory, Phenomenology, and Technique. Madison, CT:
International Universities Press.

___ (2004), Psychic Trauma: Dynamics, Symptoms, and Treatment. Northvale, NJ: Jason Aronson.

Burland, A. (1975), Separation-individuation and reconstruction in psychoanalysis. Internat. J.


Psychoanal. and Psycho., 4:303-335.

Burnham, D., A. Gladstone, & R. Gibson. (1969), Schizophrenia and the Need-Fear Dilemma. New York:
International Universities Press.

8 de 11 30/12/2014 20:20
Tratamiento psicoanalítico del trauma y la personalidad del analista http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000863&a=Tratamiento-p...

Calef, V., & E. Weinshel. (1979), The new psychoanalysis and psychoanalytic revisionism. Psychoanal.
Quart., 48: 470-491.

Celenza, A. (2007), Sexual Boundary Violations: Therapeutic, Supervisory, and Academic Contacta.
Lanham, MD: Jason Aronson.

Charles, M. (2011), Working with Trauma: Lessons from Bion and Lacan. Lanham, MD: Jason Aronson.

Eissler, K. (1953), The effect of the structure of the ego on psychoanalytic technique. J. Amer
Psychoanal. Assn., 1: 104-143.

Ferenzci, S. (1929), The principle of relaxation and neocatharsis. In: Final Contributions to the
Problema and Methods of Psychoanalysis. London, UK: Karnac, 1980, pp. 108-125.

Fonagy, P., & M. Target. (1997), Attachment and reflective function: their role in self-organization.
Development and Psychopathology, 9: 679-700.

Frank, A. (1969), Unrememberable and unforgettable: passive primal repression. Psychoanal. Study of
the Child, 24: 48-77.

Freud, S. (1910), The future prospects of psychoanalytic therapy. Standard Edition 11: 139-152.

___ (1912), Recommendations to physicians practising psycho-analysis. Standard Edition 12: 109-120.
Gerrard, J. (2011), The Impossibility of'Knowing: Dilemmas of a Psychotherapist. London, UK: Karnac.

Greenspan, S. (1977), The oedipal dilemma: a reformulation in the light of object relations theory.
International Review of Psychoanalysis, 6: 612-627.

Grinberg, L., & R. Grinberg. (1989), Psychoanalytic Perspective on Migration and Exile. New Haven,
CT: Yale University Press.

Guntrip, H. (1969), Schizoid Phenomena, Object Relations, and the Self. New York: International
Universities Press.

Hartmann, H. (1960), Psychoanalysis and Moral Values. New York: International Universities Press.

Heimann, P. (1950), On countertransference. Internat. J. Psychoanal., 31: 81-84.

Katan, A. (1961), Some thoughts about the role of verbalization in early childhood. Psychoanal. Study of
the Child, 16: 184-188.

Kernberg, O. (1967), Borderline personality organization. J. Amer. Psychoanal. Assn., 14: 641-685.

___ (1975), Borderline Conditions and Pathological Narcissism. New York: Jason Aronson.

___ (1984), Severe Personality Disorders: Psychotherapeutic Strategies. New Haven, CT: Yale
University Press. . (1989), The narcissistic personality disorder the differential diagnosis of antisocial
behavior. Psych. Clinics of N. Amer, 12: 533-570.

Killingmo, B. (1989), Conflict and deficit: implications for technique. Internat. J. Psychoanal., 70: 65-79.

9 de 11 30/12/2014 20:20
Tratamiento psicoanalítico del trauma y la personalidad del analista http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000863&a=Tratamiento-p...

Klauber, J. (1968), Difftculties in the Analytic Encounter. New York: Jason Aronson.

Klein, M., & D. Tribich. (1981), Kernberg's object-relations theory: A critical evaluation. Internat. J.
Psychoanal., 62: 27-43.

Kluft, R. (1984). Treatment of multiple personality: a study of thirty-three cases. Psych. Clinics of N
Amer., 7: 9-29.

___ (1993), Clinical approaches to the integration of personalities. In: Clinical Perspectives on Multiple
Personality Disorder, eds. R. Kluft and C. Fine. Washington, DC: American Psychiatric Press, pp.
101-134.

Kogan, I. (1995), The Cry of Mute Children: A Psychoanalytic Perspective qf the Second Generation of
the Holocaust. London, UK: Free Association.

Kohut, H. (1971), Analysis of the Self. New York: International Universities Press.

___ (1977), Restoration of the Self. New York: International Universities Press.

Kris, E. (1956), The recovery of childhood memories in psychoanalysis. Psychoanal. Study of the Child, 11:
54-88.

Lewin, R. & C. Schulz. (1992), Losing and Fusing: Borderline Transitional Object and Self Relations.
Northvale, NJ: Jason Aronson.

Little, M. (1951), Countertransference and the patient's response to it. Internat. J. Psychoanal., 32: 32-40.

Loewald, H. (1960), On the therapeutic action of psychoanalysis. J. Amer. Psychoanal. Assn., 41: 16-33.

Mahler, M. S., F. Pine, & A. Bergman. (1975), The Psychological Birth of the Human Infant. New York: Basic
Books.

Margolis, M. (1991), Parent-Child incest: analytic treatment experiences with follow-up data. In: The Trauma qf
Transgression, eds. S. Kramer and S. Akhtar. Northvale, NI: Jason Aronson, pp. 55-91.

McLaughlin, J. (1992), Non-verbal behaviors in che analytic situation: the search for meaning in non-verbal cues.
In: When the Body Speaks: Psychological Meanings in Kinetic Clues. eds. S. Kramer and S. Akhtar.
Northvale, NJ: Jason Aronson, pp. 131-161.

Parsons, M. (2007), Raiding the inarticulate: The internal analytic setting and listening beyond
countertransference. Internat. J. Psychoanal., 88: 1441-1456.

Pine, F. (1988), The four psychologies of psychoanalysis and their place in clinical work. J. Amen. Psychoanal.
Assn., 36: 571-596.

___ (1997), Diversity and Direction in Psychoanalytic Technique. New Haven, CT: Yale University Press.
Rangell, L. (2006), The Road to Unity in Psychoanalytic Theory. Lanham, MD: Jason Aronson.

Sandler, J. (1976), Countertransference and role-responsiveness. Internat. J. Psychoanal, 3: 43-47.

10 de 11 30/12/2014 20:20
Tratamiento psicoanalítico del trauma y la personalidad del analista http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000863&a=Tratamiento-p...

Searles, H. (1965), Collected Papers on Schizophrenia and Related Subjects. New York, NY: International
Universities Press.

___ (1986), My Work with Borderline Patients. Northvale, NJ: Jason Aronson.

Settlage, C. (1993), Therapeutic process and developmental process in che restructuring of object and self
constancy. J. Amer Psychoanal. Assn., 41: 473-492.

Shengold, L (1989), Soul Murder: The Effects of Childhood Abuse and Deprivation. New Haven, CT: Yale
University Press.

Stone, L. (1981), Notes en the noninterpretive elements in the psychoanalytic situation and process. J. Amen
Psychoanal. Assn., 29: 89-11.

Strenger, C. (1989), The classic and the romantic visions in psychoanalysis. Internat. J. Psychoanal., 70:
595-610.

Volkan, V. (1976), Primitive Internalized Object Relations: A Clinical Study of Schizophrenic, Borderline,
and Narcissistic Patients. New York: International Universities Press.

Waelder, R. (1936), The principle of multiple function; observations en multiple determination. Psychoanal.
Quart., 5: 45-62.

Wallerstein, R.S. (1988), One psychoanalysis or many? Internat. J. Psychoanal., 69: 5-21.

Winnicott, D.W. (1947), Hate in the countertransference. In: Collected Papers: Through Paediatrics to
Psychoanalysis. New York, NY: Basic Books, 1958, pp. 306-316.

___ (1953), Transitional objects and transitional phenomena. Internat. J. Psychoanal., 34: 89-97.

___ (1960), Ego distortion in terms of true and false self. In: The Maturational Processes and The
Facilitating Environment. New York, NY: International Universities Press, 1965, pp. 14t1-152.

___ (1962), Ego distortion in child development. In: The Maturational Processes and The Facilitating
Environment. New York, NY: International Universities Press, pp. 56-32.

___ (1963), Communicating and not communicating leading to a study of certain opposites. In: The
Maturational Processes and the Facilitating Environment. New York, NY: International Universities Press,
1965, pp. 166-170.

833 Chestnut East, Suite 210-C

Philadelphia, PA 19107

salman.akhtar@jeferson.edu

11 de 11 30/12/2014 20:20