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Manuel Ignacio Moreno

BIOGRAFÍA DEL
CARDENAL
MORENO,
ARZOBISPO DE
TOLEDO
BIOGRAFÍA
im

SEÑOR CARDENAL MORENO.

ARZOBISPO DE TOLEDO.
BIOGRAFÍA
DEL. EWMO. SIt.

CARDENAL MORENO, ARZOBISPO DE TOLEDO,

E S C R IT A K >R SV HERM ANO

EL ILMO, SR. D. MANUEL IGNACIO MORENO,

CA B A LLE R O PROFESO B E L H AB ITO I>E 1IO Y T E S A ,

H IM S T R O D EL TR IB U N A L M E TRO PO LITA N O PF. L A S OBD EN ES M IL IT A R E S ,

É INDIVIDUO DEL REAL CONSEJO DE LAS MISMAS.

MADRID— 1879.
IMPUESTA DE LA VIUDA ¿ LIJO DE DON F.ISEBIO AGUADO.
Ik lP K T S O flE S DB CAM ARA DE S. U . V DB í t í A fiA L C A S A .

Catie de Pcntejoi% nAm, B.


I.

N o se me tildo do apasionado y de poco imparcial cu lo que voy á


decir en esta Biografía occrcu. de mi hermano el Cardenal Moreno,
Arzobispo do Toledo. La escribo con enternecimiento, ai, pero sin a l­
terar en lo mn.a mínimo la exactitud y verdad de los hechos, muchos
de los que, casi todos, los he presenciado yo mismo, y los que no
pasaron & mi. vista, los he averiguado, examinando detenidamente
documentos auténticos, ó los Le oído de I09 labios de mi buen padre,
quo nunca faltaba á la verdad.
Debo también manifestar que la escribo por mi cuenta, y Bin el
menor conocimiento dé mi hermano, cuya modestia y humildad lio
consentirían Be hiciesen públicos ciertos actos de su vida, que él qui­
siera permaneciesen desconocidos, al menos pora la generalidad. Me
ha parecido, sin embargo, y así lo creen mi familia y otras personas
respetables, que no debía omitirlos, porque hasta cierto punto no lo
pertenecen fi él 6olo, B in o muy principalmente & la Iglesia, la que
debe estar interesada en que so publiquen, puesto que redundan en
lustre suyo, ya que lo elevó á uno de sus Principados, como es el
Cardenalato, dignidad de las mas. sublimes de la tierra.
Otra consideración me ha movido además 6 escribir esta B i o g r a ­
f í a . Por mus que conozca podia escribirla con mayor brillantez otra

pluma mejor cortada que la mia, no se ine oculta que nadie como yo
puede hacer un trabajo de esta clase con mas fidelidad y exactitud,
porque 110 me lie separado do mi hermano desde la niñez, excepto el
tiempo quo estuvo en Burgos; lo he seguido á Oviedo, á Vallado!id, á
Roma, y hoy mismo vivo en su compañía en Madrid. He sido su
confidente, bu consejero intimo, su apoyo en todas sus enérgicas de­
terminaciones; he participado de sus alegrías, y he procurado ser
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también bu consuelo en sus penalidades y disgustos. Mi salud r por
otra parte, se balín bastante quebrantada por efecto do una enferme­
dad grave que ncftbo de pnsar, y no quisiera que me sorprendiese la
miierte sin haber complacido á mi familia, y también á ira venerable
Prelado que me honra con su amistad, dejando por timidez ó negli­
gencia (le hacer este trabajo que acaso sea de alguna utilidad.
Nada mas fácil que incurrir en error, ó cometer alguna indiscre­
ción 6 inconveniencia al ocuparme de buco s o s ton varios, algunos de
los que se prestan á diversos y encontradfia apreciaciones. Lo ssntiria
por m í, no por mi hermano; porque, repito, está ignorante de que
escribo su historia, aunque abrigo e l convencimiento do que si algún
día llega ¿ verla, celebrará mucho que la haya enlazado con la de bu
padre, y con las de otras personas que le son muy queridas, y cuyas
virtudes es e l primero en admirar.
Descargada mi conciencia en esta porto de todo genera de escrú­
pulos con lo que acabo de decir, empezaré mi agradable tarca, refi­
riendo su nacimiento, y me ocuparé despues de las particularidades
mas interesantes de su vida.

II.

Vino al mundo el Cardenal Moreno en Guatemala, el 24 de No­


viembre de 1817; se le puso el nombre de Juan de la Cruz Ignacio,
habiendo sido sus padres D. Miguel Moreno, de quien muy luego mo
ocupará, y doña María de los Dolores Maisonave, soñara que por sus
prendas singulares. por su ánimo esforzado en medio de los mayores
peligros, por la paciencia con que supo hacerse superior á los muchas
vicisitudes y adversidades de su azarosa vida, y por sus virtudes cris­
tianas, puede seguramente comparársela con la mujer fuerte, de que
hablan los Libros Santos.
Yivió y murió ejemplarmente, y el Cardenal Barilli, Nuncio Apos­
tólico entonces de España, que la conocía muy bien, y fué testigo de
b u s virtuosas acciones, decía á mi familia quo abrigaba fundadas es­

peranzas do que se hallaba en el seno de Dios.


Era natural de Cádiz, y de familia muy ilustro, lo mismo que su
esposo, como lo demuestra el que dos de sus hijos vistieron el hábito
de una de laa Ordenes militares; y sabido es que para vestirlo, exigen
los establecimientos y definiciones do estas Ordenes pruebas acabadas
de hidalguía y de nobleza notorias por los dos líneas de los ascen­
dientes. Pero lo que vale mas, incomparablemente mas que esta hi­
dalguía y nobleza, es que hayan esclarecido ese linaje con una vida
ejemplar, y con virtudes cristianas, verdaderamente heroicas, muebas
de los personas que á «1 pertenecieron, contándose entro ellas un
Santo de primera magnitud, y un Mártir, y Mártir muy insigne. Esa
Santo fue Santo Toribio Alfonso do Mogrobejo, Arzobispo de Lima, á
quien la Iglesia católica tributa los magníficos elogios que ln, Sagrada
Escritura al Gran Sacerdote, Lijo de Ornas, diciendo: «Que en su vida
•reparó la casa y fortificó el templo; que brilló como el lucero de la
•mañana en medio de la niebla, como la luna llena en sus dina, y como
»un sol en ol templo de Dios; quo fué como el arco que reluce entre
■las nubes de gloria; «orno rosa en dias do primavera; como luios que
» ostan á ]n corriente del agua; como incienso que da fragancia en
«medio del estío; como llama luciente é incienso que arde al fuego;
•como vaso do oro macizo adornado de toda piedra preciosa; como
•oliva que brota; como ciprés que se levanta en alto; y quo cuando le
•cercaba el «oro de los hermanos, era como planta de cedro en el
»monte Líbano, y como ramos de palma estaban al rededor de él
•todos los hijos de Aaron en su gloria.*
La madre de este gran Santo, doíH Ana de Robles Moran, era
parienta de doña Antonia Moran del Castillo, abuela materna de mi
hermano el Cardenal. El Mártir es nuestro primo camal D. Gabriel
García Moreno, Presidente de la República del Ecuador, cuyos he­
chos extraordinarios, conocidos del mundo entero, y quo cual aureola
refulgente circunda á esft gran figura del siglo XIX, nos hocen espe­
rar confiadamente quo llegará el día en que la Iglesia le conceda el
honor de los altares, por haber sido, como en ocasion solemne dijo ol
Santo Pontífice Pió IX, Mártir de la religión y de la patria.
Los hijos de D. Miguel Moreuo, que vistieron el hábito da una de
las Ordenes militares, fueron D. Teodoro y el que esto escribe, ha­
biendo tenido ambos el honor do representar á la orden de Montosa
en el Tribunal metropolitano da las mismas Ordenes. Mas tarde fué
nombrado D. Teodoro Ministro del Tribunal Supremo do Justicia,
cargo importantísimo, que servi.i con general aceptación por su gran
saber y acrisolada integridad, y que se vió prceiaado á renunciar,
porque repugnaba ¿ su conciencia, y así se lo dijo oficialmente á
¡iquel Gobierno, jurar la Constitución revolucionaria da 1869; ha­
biéndome cabido á mí la suerte de imitar tan noble ejemplo, renun­
ciando por igual motivo el cargo de Presidente de Sala de la Audien­
cia do Yallodolid, que entonces desempeñaba.
Eso digno funcionario, ese cumplido caballoro, honra 3r pr¿z dala
magistratura española, no existo ya. Una enfermedad desconocida
para los facultativos, cortó súbitamente en lamsjoredad. el hilo de su
vida, dejando sumidos en el mas amargo desconsuelo á bus hermanos
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y á b u s infelices hijos. Pero antes (le bajar ni sepulcro recibió los plií-
eomeB de todos loa hombres honrados, las demostraciones mas expre­
sivas de respeto de cuantos conservaban algún sentimiento de digni­
dad y do virtud, y sin iguales elogios de Su Santidad Pió IX , de
cuyos labios no salieron jamás palabras de inmerecida alabanza;
quien en premio de este acto de heroísmo, verdaderamente cristiano,
y cuyo mérito solo puede apreciar bien el que conozca las circuns­
tancias en que se ejecutó, tuvo la dignación de conferirle el titulo de
Conde para si y para sus descendientes legítimos,
¡Y con qué términos tan honoríficos le otorgó tan señalado, mer­
ced! «Amado hijo, le dice en su Breve de 28 de Enero de 1870,
•cuánto pueden la fe y el valor en un varón respetable y constante,
»la piedad y adhesión á esta Silla Apostólica en un varón católico, lo
‘ demostraste con el brillante y glorioso hecho de habjr preferido re­
nunciar la suprema magistratura, antes que faltar á los deberes de
«buen ciudadano y de verdadero católico para el liomano Pontifico.
«Hemos juzgado este ejempkrísimo comportamiento digno do ser re-
«comendado á la posteridad, ú fin de que teniéndole tí la vista tus
«descendientes, defiendan con celo la gloria de la casa paterna. Sien-
ido esto asi, hemos decretado honrarte ú ti, amado hijo, de manera
«que aun despues de tu vida, el esplendor se extienda ú tu desccn-
itdencia.» Y concluye concediéndole dicho título en la forma indicada.
Esa rectitud; esa entereza de carácter; esa abnegación para des­
preciar lo que mas halaga; ese valor cristiano en momentos criticoa y
en circunstancias difíciles y de verdadero peligro, que tanto pondera y
elogia Su Santidad, linn sido como el distintivo do la familia Moreno,
según se verá á medida que vayan conociéndose los rasgos principa­
les de la vida de algunos de sus individuos.
Entre estos merece ocupar un lugar preferente D. Miguel Moreno,
de que antes hice mención: varón justo, modelo do hijos, de padre» y
de esposos, y tipo perfecto del caballero y del magistrado, por su in­
dependencia de carácter, por su saber y por su integridad. No recuer­
do si fué Napoleon ú otro personaje, quien dijo que no había hombro
grande para su doméstico encargado de su inmediato svrvicio; sen­
tencia cicrta generalmente, porque la Anqueza y debilidad humanas
raro vez pasan desapercibidas en la comunicación íntima y fami­
liar de una persona; pero que admite excepción en algunos casos, y
también en el presente, como lo acredita el que cuantos trataron á
este benemérito magistrado con mas intimidad, sus amigos, su digna
esposa, sus hijos, que nunca se separaron de él hasta su muerto, y
su mismo confesor, fueron precisamente los que tnas le admiraron.
A sus ojos pareció siempre grande, lo propio en la adversidad que en
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loa tiempos bonancibles; y al morir rodeado de todos ellos, Ies endul­
zó su pena la creencia, que ol tiempo La confirmado, de que iban á
tener un protector en el cielo, donde nunca olvidaría á seres tan que­
ridos como eran los que dejaba en la tierra.
Ko se extrañe, pues, que me detenga en escribir algo acerca de
D. Miguel Moreno, porque además de que su vida suministra subli­
mes enseñanzas, que condeno publicar siempre, y principalmente en
estos tiempos en que escasean hombres de bu temple, es una bellísima
introducción para la B i o g r a f í a del Cardenal Moreno, la edificante his­
toria de bu podre; de ese padre quí le llevó de la mano para que diese
los primeros posos de la vida por la senda del honor y de la virtud;
que formó su alma y su corazon, disponiéndole para que en b u día
fuese un ejemplar de buenas acciones para todos los demás, un Obis­
po insigne de la Iglesia de España, y un defensor esforzado de la fe
de Jesucristo y de los sacrosantos derechos de la Iglesia católica.

m .

Nacido en Guayaquil estovaron ilustre el 29 de Setiembre 1782,


y después de la primera educación, durante la que dio muestras de
agudo inganio, y de tener docilidad extraordinaria, una dulzura de
carácter que á todos encantaba, y un candor angelical, su padre Don
Manuel Ignacio Moreno, propietario respetabilísimo, del que lioy con­
servan todavía los mas gratos recuerdos cuantos le conocieron en
aquellos países, y de quien podía hacerse una interesante biografía, lo
envió á Lima á estudiar humanidades, filosofía y derecho on el Real
Colegio de San Carlos do esta ciudad, al lado de su tio, 1). José Ig­
nacio Moreno, Yice-líector entonces de este Colegio, y mas tarde Ar­
cediano de aquella Santa Iglesia; eclesiástico benemérito, y que es
Una celebridad en América y en la república de las letras, por las
obras clásicas en los diferentes ramos del saber humano que publicó,
según tendré ocasion de hacer ver mas adelante. Allí el jóven Moreno
estudió con tal aprovechamiento, que muy pronto obtuvo una cítcdra
en el mismo Colegio, otra, do Matemáticos, y una tercera de Digisto
Romano en aquella Universidad, despues de haberse graduado de Li­
cenciado y Doctor en Derecho; y conquistó tal opinion por bu virtud
y por su saber, que ú pesar do ser ssglar y muy jó v jn , el Obispo de
Cuenca del Perú, Sr. D. Andrés Quintian, le nombró Rector del Sa­
ín inario eclesiástico que acababa de fundar en la cipital de b u dióce­
sis. y catedrático de ciencias filosóficas. Qué tal sería su comporta­
miento en dicha ciudad, cuando ese mismo Prelado el año siguiente
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le nombró b u abogado de cámara, dieiéndole o n el título que le expi­
dió en 15 de Enero de 1810: «Que merecía toda su confianza por bu
«juicio, virtud y letras, y que esperaba de bu calo y amor á ambas
«Majestades, que en los negocios que corriesen á au cargo, manifes-
•taria la. pureza, desinterés y rectitud de corazon que le eran carac-
•terísticas.* Tales son las palabras textuales de tan honorífico docu­
mento.
Poco mas de un año había trascurrido despues que obturo oste
nombramiento, cuando el Presidente de Quito y Capitán General, Don
Joaquin do Molina, quiso utilizar sus talentos y sus raros prendasen
beneficio de la buena administración de justicia, y la ocasíon se lo
vino á la mono, porque los insurgentes Asesinaron villanamente al
Oidor de aquella Audiencia, D. Felipe Fuertes, en unión del adminis­
trador de Correos, D. José Vergaro, y acababa de vacar además la
fiscalía del mismo superior tribunal, cargos que era preciso provesr;
y mientras el Bey hacia esta provisión, nombró fiscal interino á D, Mi­
guel Moreno; debiendo consignar aquí los términos en que daba
cuenta á S. M. de este nombramiento. «He nombrado, Señor, le Ac­
ucia en comunicación de 28 de Agosto de 1811, escrita toda de su
«puño y letra, al abogado Dr. D. Miguel Moreno pnra que actúe en
«el ministerio fiscal, por ser letrado en quien se raunen la? circuns-
•tandas mas aventajadas que pudieran desearse para el desempaño
■de imas funciones tan importantes......Los méritos particularizados
•de este sugeto los pasaré en debida forma al conocimiento de S. M.,
«luego que existan en mi poder los testimonios comprobantes de ellos;
•contentándome por ahora con decir á V. M. quo por nacimiento, re­
ligiosidad, conducta, brillante literatura y solidísima ciencia en to-
•dos los ramos del derecho, es el Dr. Moreno una persona que, por el
•propio honor de la toga y utilidad de la justicia, importa quo sea
•rennida ú b u s Tribunales, y que 1c reputo Y. M. tanto mas digno
•de ser colocado en ellos, cuanto mas raros son los méritos y prendas
•que lo adornan para servirlos. Protesto á Y. M. quo el honor y el
•celo por su real servicio es lo que me arranca esta expresiva reco-
•mendacion, sin mezcla nlgiuw de pasión ó afecto que pudiera hacer
•responsable á mi conciencia en la forma quo la llevo producida.»
Poco despues, el 28 de Setiembre siguiente, el misino Capitán
General y Presidente de Quito elevó al Rey los documentos relativos
A D. Miguel Moreno, con una exposición en que lo repite que le nom­
bró fiscal interino por haber encontrado en él felizmente cuanto podía
desearse para aquel cargo, con especialidad en las criticas circuns­
tancias de entonces. Y despues de referir detalladamente bu s méritos
y servicios en Iob términos mas honoríficos, 1c dice: «Que era tan ca-
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■bal Bugcto «1 fiscal interino, que nunca dudó de sos relevantes cua-
»li(ladea, aun ante3 de conocerle, arista de la pública voz que los
■pregonaba, y del concepto y explosionas con que lo distinguían los
•hombrea sensatos y caracterizados; quedaado mas convencido de la
■verdad de los informes que e3tos lo dieron, al ver cómo venia des-
»empeñando la fiscalía. Su despacho pronto; la madurez con que lo
»expide; el acierto de sus consejos; la afabilidad, y desinterés con quo
*se presta á cuanto ceda en beneficio del público y de la causa común
ȇ que es tan adherido; todo, todo confirma, la general y bien mere-
•cida idea que se ha formado de el, y lo hace acreedor á un distin-
•guido premio.» Concluyendo dicha exposición con las siguientes no­
tabilísimos palabra3: «Esta conocimiento me obliga á elevar lo dicho
»á la soberana consideración de V. M., tan propensa á la distribu­
ció n de gracias para los vasallos que 83 hacau, como este, merecedo­
r e s de ellas. No dude V. M. que con dispensarlas al Dr. Moreno,
•tendria en lo sucesivo muchos motivos de complacencia, pues ada-
»múa de serlo premiar el mérito, lealtad y sorvicios da los bueno3 va-
»salios, y á mas de servirles de estímulo á los que aspiran á iguales
•gracias, prepararla S. M. al Estado un individuo que, con su mane­
j o , ejemplo, luces é influjo, pudiese hacer progresos en honor de la
•nación. Considero, por tanto, al predieho Doctor Moreno merecedor
*á que V. M., en uso de su real beneficencia, le confiera la propiedad
•de la referida plaza, ó la de Oidor, que se baila vacante en la misma
•Audiencia por muerte do D. Felipe Huertas, y en su defecto cual-
•quiera otra, en esta ó distinta América, en que podrá ser útil á sus
»semejantes y á la Corona. *
El tiempo vino á demostrar que no era exagerado lo que oon tanta
sinceridad representaba al Bey el Cnpitan General y Presidente do
Quito, eino todo muy cierto, siendo testigos aquellos infortunados
países de los servicios extraordinarios que prestó á la nación D. Mi­
guel Moreno, así como do los sacrificios y esfuerzos heroicos que hizo
para evitar que labrasen su propia desgracia, emancipándoas de la
madre patria. Es» era b u idea dominnnto, y con el objeto de trabajar
con prestigio y buen éxito en este sentido, admitió la diputación á
Cortes con que le honró la mencionada ciudad de Cuenca con júbilo
y general aclamación en 1811; habiendo sido también elegido por
Guayaquil, con otros dos sugetos, según entonces se hacia la elección,
á fin do que uno de ellos, por suerte, representase en las Cortes á di­
cha ciudad. Cuenca, sin embargo, lo eligió á él solo puraque ningún
otro fuese su representante.
El nuevo y joven diputado emprendió su viaje para Cádiz lleno
del mas puro y fervoroso entusiasmo, por estar persuadido de que I03
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moles que aquejaban á la América eran pinamente locales; que loa
ideas separatistas solo las acariciaban algunos aventureros ó personas
de escasa importancia y de ninguna significación social en los provin­
cias americanas. Parecíale también quo en la Península estaban en
boga doctrinos y principios diametralmente opuestos á esas ideas, ó
que al menos en las Cortes se adoptarían medidas eficaces partí con-
trarestarlas y tener muy á raya ti los que los profesaban. Creia, en
una palabra, el nuevo diputado, que los decretos de tan ilustre Asamblea
iban á regenerar el país, que tendrían la eficacia necesaria para resta­
ñar sus heridas, qu3 aún vertían copiosa sangre por efecto de la guerra
con el francés, y quede esos grande3 bienes seria también participan­
te la América española, donde quedaría restablecida pnra mucho
tiempo la paz y la concordia deseada por la mayoría de sus habi­
tantes.
Con tan halagüeñas esperanzas, y haciéndose las mas placenteras
ilusiones, llegó á Cádiz, pero no pudo desembarcar inmediatamente,
porque fue preciso quedase algunos dias sujeto á observación su
buque , lo mismo quo todos los que tocaban en algún punto infestado
de la fiebre amarilla. Durante esos dios se entretuvo en Icsr los pe­
riódicos que se publicaban en Cádiz, y especialmente las sesiones de
las Cortes. No fue menester mas para que desapareciesen como por
encanto tan gratas ilusiones, yesos dulces y consoladoras esperanzas.
Todo lo comprendió durante la corta cuarentena; los tendencias de
aquellas Cortes, lo absurdo de muchos de los principios allí proclama­
dos, adonde se encaminaban ciertas novedades y reformas sancionadas
por dicha Asamblea, y que la consecuencia do todo esto sería, el que
mas tarde ó mas temprano Be desencadenase la revolución en ambos
continentes, y que surgiesen de sus resultas discordias y guerras civi­
les, con otros mil malos y desastres que necesariamente debían de oca­
sionar la postración, ó mejor dicho, la ruina mas completa de esta
infortunada piítria y la pérdida de las Américas.
Con tan triste presonti miento, pisó las playas de Cádiz; y no que­
riendo tomar la mas mininm parte en la obra que cu las Cortes so
elaboraba, pensó en renunciar el cargo de diputado. No lo hizo por
consideración á sus comitentes, que con tan bueua voluntad, y guiados
por el mejor deseo y participando de las mismas ilusiones que él, le
confirieron sus poderes; pero procuró que no se aprobase su acta, ó
ni menos que so dilatase su aprobación. Mucho lo sintieron algunos
diputados amigos y paisanos suyos, y temerosos do que iba á hacer
un papel muy desairado, le comprometieron á que aceptase el nom­
bramiento de vocal de la Junta suprema de censura, en calidad do
secular, decretado por las Cortes en 22 de Junio de 1818, y aceptó
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este nombramiento en la creencia de que oigan bien podría hacer en
lo tocante á la impresión de periódicos y de libros.
Cuando mas engolfado se bailaba en las ocupaciones propios de
esta delicada comision, cambió casi de repente aquella escena, que­
dando disueltas las Cortes por efecto de los sucesos ocurridos el año
siguiente. Nada tenia ya que hacer en Cádiz, y determinó, como era
natural, regresar ú su casa y enterar á sus poderdantes de todo lo ocur­
rido y darles cuenta de su conducta; mas laa cosas sucedieron ds otro
modo, porque el Rey, que conocía ya su mérito, quino utilizar sus
servicios, y le di ó á escoger una de las diversas plazas de majístrado
vacantes en América. Hubiera podido elejir cualquiera de las de Li­
ma ó de Quito, pero no lo hizo, porque decía que allí residían bub
parientes y amigo3, y que pnra administrar bien justicia y ejercer
este sublime sacerdocio, era preciso ser basta donde fuere posible como
Melquissdec, al quo según la Escritura, no ss lo conocía ni padre, ni
madre, ni genealogía, y optó por ir de Magistrado á la Audiencia de
Guatemala, donde todo le era desconocido. Este cargo se le confirió
por Real Decreto de 2G de Noviembre de 1814, y para desempeñarlo,
salió de Cádiz el año siguiente, despues de haber contraido matrimo­
nio con la Sra. Doña María de los Dolores Maisonnve y López, mi
inolvidable madre.
Cómo se condujo en Guatemala, lo dicen los vecinos de esta ciu­
dad, que no pueden olvidarlo. Yo mismo he oido á varios de ellos,
muy respetables, queD. Miguel Moreno fue dechado de virtudes, que
administró justicia con rigurosa imparcialidad, que hizo todo el bien
que pudo, y que por su dulzura, por su saber y por su caridad con el
desvalido, era el encanto de aquella ciudad. Asi se explica que no hu­
biese comision importante que no se le confiase por los Capitanes
Goneiules, quienes en los negocios mas lírduos y en las circunstan­
cias mas difíciles, le pedian bu consejo, y lo eeguian casi siempre,
porque la experiencia les liabia demostrado que les aconsejaba lo
mejor, y porque sabían que con su talento y con bu prudencia, había
contribuido eficazmente á devolver ú aquel pais la calma y la tran­
quilidad , que se ochaban de menos en otras Provincias de América,
Todos sus esfuerzos sobro este particular se frustraron desde que
allí so supo el alzamiento de lns tropas en las Cabezas de San Juan.
Hasta esa época no se volvió á hablar de independencia; pero la no­
ticia do este suceso enardeció de nuevo los ánimos y alentó á los re­
voltosos. No hubo desde entonces mas que ansiedad y zozobra. Inú­
tiles fueron todas las gestiones que esto buen ospañol practicó para
sosegar á los unos y á los otros. Con su prestigio y con su autoridad
lograba únicamente que se ls oyese con respeto. En ocasiones creyó
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haberlos convencido, porque se siguieron algunos cortos periodos de
colma; pero rata terminaba á la llegada del correo de la Metrópoli.
Se leían cartas de personas que, apellidándose españoles, eran, tal
vez sin saberlo, instrumentos de los sectas y de los enemigos de Es­
paña. Se devoraban los periódicos, cuyos artículos y noticias eran
como teas encendidas que desde la Península se arrojaban á aquellos
países, para que se produjese en ellos iui gran incendio, y ol incendio
no se hizo esperar.
En Guatemala y en Méjico se proclamó, por último, la indepen­
dencia, y desde ese momento D. Miguel Moreno no pensó en otra, cosa
que on alejarse de allí; resolución que, conocida por muchos do los
separatistas, hicieron los mayores esfuerzos para qué no la realizase.
Hay que advertir que bastantes de ellos obraban hasta cierto punto
con la mojor buena fe. Estaban engañados, y no veían lo quo muy
pronto les iba á suceder. Creían que iban ú ser muy felices con la
emancipación; mas para establecer un orden de cosas regular, les era
preciso contar con el apoyo de las porsonas de valer, y tanto por esta
razón, cuanto por lo mucho que apreciaban ii D. Miguel Moreno, le
pidieron y le rogaron infinitas vece3 con el mayor encarecimiento, que
no bc fuese, sino que se quedase con ellos, haciéndole ademas todo
género de ofrecimientos. La respuesta que les dio fue la que debia
darlos. «¡Ah! no: dejadme marchar, porque yo 110 puedo tomar parte
en esta insensata revolución que va á acarrear para siempre la ruina
de la América; y aunque así no fuese, soy un magistrado español,
y debo ser muy fiel &mi Roy y ¡í mi patria.»
No por eso desistió aquella buena gente do detenerlo ea Guate­
mala, y para conseguirlo, casi todo su vecindario firmó una exposición
dirigida al nuevo Emperador Iturbide, pidiéndole que á este bene­
mérito magistrado lo nombrase Regente de aquella Audiencia; mas
el Emperador creyó que eso era poco, y que le sería muy conveniente
tener en la Capital del nuevo Imperio á una persona do tanto presti­
gio; y con este fin expidió en 1.® de Enero de 1828 un decreto, nom­
brándolo, i propuesta del Consejo de Estado, Ministro del Supremo
Tribunal do Justicia de Méjico.
Este decreto, que tengo á la vista, fue el medio que le deparó la
Providencia para poder salir de Guatemala y volvorao á la madre
patria. El sentimiento que hubo en la ciudad cuando esto se supo, fue
indescriptible; pero creyendo que iba á desempeñar aquel nuevo cargo,
nadie so opuso ya ñ su salida, antes bien se le expidió el 24 de Abril de
aquel mismo año pasaporte,- en el cual se dice textualmente, que se le
concedía para que pasase ó Méjico &ocupar la plaza de Majistrndo del
Tribunal Supremo de Justicia, á la que había sido promovido.
ja
El que conozca los secretos del corazon humano y loa resortes que
de ordinario le mueven, comprenderá el sacrificio de D. Miguel
Moreno en abandonar aquel pais, donde tanto le amaban, y loa es­
fuerzos que tuvo que hacer pora no doblegarse, con las súplicas y lá­
grimas de personas muy queridas, ni con los halagos de aquellos habi­
tantes. Huir de un pais donde á uno le va mal ó donde le persiguen,
eso es muy natural, y cualquiera, lo hace; pero escapar de ese pais,
como Lot do Sodoma, (i pesar de que estaba allí muy contanto, y que
todos le querían, y no hacer ctuso ni de ruegos, ni de lágrimas, y des­
preciar grandes posiciones, y exponerse de sus resultas á pasar mil
trabajos, y aun á sufrir los horrores de la indigencia, y envolver en
6U desgracia ¿ una familia numerosa é inocente, por cumplir un de­
ber, ¡ah! eso lo hacen muy pocos. No hay otro ejemplar de esta clase,
al menos yo lo ignoro, en la Historia déla independencia Americana,
y por eso he querido consignarlo aquí con todos sus interesantes por­
menores.
Por fin llegó el día de partir. Cuánto sufriría D. Miguel Mo­
reno, lo revela bien el documento que voy i copiar dirigido al Ayun­
tamiento de Guatemala. «Excmo. Señor, le decía en 11 de Mayo
»de 1828, las honras señaladas que á Y. E. y á todo el vecindario
»ke merecido, están profundamente grabados en mi corazon, y ana
♦amargura inexplicable me agita y conturba, desde que yó pensé ve-
orificar mi salida de Guatemala. Desde entonces también meencucn-
>tro en una especie de delirio, algo parecido al que asaltó á un tirano.
•Calígula deseaba que el pueblo Romano tuviera un solo cuello para
«cortárselo, y yo hubiera querido que el Guatemalteco tuviera tam­
b ié n uno solo para poder estrecharlo entre mis brazos. Permita el
«Cielo que la felicidad sea compañera de b u s destinos, y mis senti­
mientos nunca serán otros que loa de amor y consideración á Gna-
»témala, y de amistad y gratitud ol Guatemalteco.»
Ahogando en su pecho esos dulces sentimientos, y sin mas am­
paro que el de Dios, por quien hacia el sacrificio de cuanto tenia,
emprendió con su familia nquel viaje tan penoso. Mas en vez de to­
mar la dirección de Méjico, se dirigió á una de las costas de aquel
continente, atravesando caminos intransitables, donde habia que ir á
hombro de indios; y despues de andar muchas leguas por parajes
muy insanos y pasar mil penalidades, llegó á Balis, puerto de Hon­
duras donde estaba próximo ¿hacerse &la vela un bergantín mercante
inglés, con dirección á Grcenock en Escocia. No habia otro buque para
trasladarse á Europa, y fue preciso buscar pasaje en dicho bergantín
extranjero.
Allí Be acomodó oomo pudo con su esposa que se hallaba en cinta
14
y b u s cuatro hijos pequeños, uno de pecho, y no vaciló en ir á Ingla­
terra sin saber el idioma, sin conocer á nadie, y Bin llevar siquiera
una carta de recomendación. Con las lágrimas en los ojos, de pie so­
bre la cubierta del buque que ya iba navegando, dió el último adiós
á aquellos paises en que Labia nacido, en que ao habia educado, y
donde dejaba á b u padre, á su madre, á sus hermanos, su fortuna y
b u s amigos m o B queridos, y se lanzó ív los mares con bu pobre familia,

abandonándolo todo, para en su dia poder decir íí la madre patria:


¡He cumplido el juramento de fidelidad que ni vestir la toga hice en
tus aras!......
Despues de un viaje penosísimo de algunos meses, en que hubo
quo sufrir privaciones sin cuento, pues empezó tí cscaBear en el buque
hasta el agua, llegó al puerto de Grecnoek; y no sabiendo á dónde di­
rigirse, fue en busca del cura católico. Este saesrdote benemérito lla­
mado Mister Catanacb, hizo con él y con su familia los buenos ofi­
cios que el Angel con Tobías. Hubo la feliz casualidad do quo sabia
perfectamente el español, por haber estudiado Teología en España en
el Colegio de Escoceses de Yalladolid, particularidad que á mi liar-
mano el Cardenal, siendo Arzobispo de esta Diócesis, lo hizo recordar
con gratitud el caritativo comportamiento da esc buen Sacerdote; y
tuvo ocasion de ponerlo en conocimiento del Gobierno al tomar la de­
fensa de los propiedades de este Colegio, amenazadas hace pocos aüos
de una incautación.
Durante su permanencia en esta poblacion ingle&a, no pensó
D. Miguel Moreno sino en educar á sus hijos, con los cualcB él mismo
iba á la escuela, y permanecía en ella todo el tiempo que duraba la
clase. Le dolía verlos tan pequeños entre extranjeros, y temia que no
los tratasen con aquel cariño que una edad tan tierna reclamaba. Por
eso no se separaba de ellos, y de paso también aprendió el inglés, á
cuyo idioma profesaba particular aQcion, y lo poseía admirablemente,
como lo demuestran las traducciones que hizo de algunas obras de
Robertson.
No habia mas escuelas católicas que esta en el pueblo, y alli por
primera vez au hijo el Cardenal, y bu s hermanos, aprendieron el Ca­
tecismo en un librito inglés que aún conservo, y que ha servido en
Vallodolid para catequizar á algún protestante de aquel país. La es­
cuela estaba puerta por medio de la única capilla católica que había
en Greenock, y que era muy pequeña, porque entonces el Catolicismo
se hallaba reducido en Escocia á la maa mínima expresión. Mi padre
se asombraba de que el protestantismo hubiese causado tantos estra­
gos; y al ver con dolor que eran muy pocos los católicos, y muy po­
cos también, por consiguiente, los que tributasen culto ú Dios en la
15
forma que quiere y manda que se le tribute, se esforzaba en promo­
verlo, valiéndose para esto algunas veces de sus tiernos Lijos, con quie­
nes desahogaba su corazon, entonando en unión de ellos himnos de
alabanza en honor de Dios y de su Santísima Madre, al pasear por los
campos solitarios que rodean la poblacion, donde decia resonaba aún
el eco de los blasfemias proferidas contra la divinidad y contra la pu­
reza virginal y la Concepción inmaculada de la Sacratísima Virgen
María, procurando así desagraviarla de tanto ultraje como había reci­
bido en el trascurso de tres siglos.
Tales eran sus ocupaciones durante los cabree meses que residió
en Greenock, donde pensaba permanecer algún tiempo con la idea de
que sus hijos se perfeccionasen en el inglés; y asi lo hubiese realiza­
do, s¡ un suceso imprevisto no le hubiera puesto en precisión de em­
barcarse para la Península. Ese suceso fue el que mi madre en­
fermó, y los facultativos juzgaron que el frío húmedo del pais era la
causa de su dolencia, y que el mejor remedio seria trasladarla á su
pais natal. El precepto de los facultativos fué obedecido inmediata­
mente , y muy pronto nos embarcamos, llegando en pocos dks i Cá­
diz, no siu haber sufrido una borrasca espantosa en el Estrecho de
Gibraltar, donde estuvimos á pique de perecer, porque el buque, que
ora de la marina mercante de Inglaterra, fue abandonado á merced
de las olas por el piloto y marineros, todos eu catado completo de em­
briaguez, y de milagro no zozobró ú vista del castillo do Santa Cata­
lina de Cádiz, cuyo faro divisábamos.
Ya en tierra, cualquiera creería que D. Miguel Moreno iba á re­
cibir el premio de su lealtad y do sus eminentes servicios. Nada de
esto. Cinco años estuvo oscurecido en dicha ciudad y en el Puerto de
Santa María, y hubiera continuado quiza lo mismo mucho tiempo
mas, si un Sr. 13elaustegui, propietario acaudalado do esta última
poblacion, que había hecho casi toda su fortuna en América, y ó
quien Femando VII miraba con particular predilección por los rele­
vantes servicios quo lo 1labia prestado, no hubiera hecho.presente al
Rey lo que estaba sucediendo con mi padre. Hay que advertir que
üelaustegui no lo trataba ni lo había hablado nunca; pero al saber
que era un magistrado americano de tan extraordinario mérito, y
qne acababa de hacer tan inmensos sacrificios por ser fiel á la patria,
refirió toda bu brillante historia á S. M., quien no pudo menos de
exclamar: «¡Postergado, como me dices, un hombre de ese mérito!
Mucho lo siento. Por do pronto que vaya de Oidor & Valencia, en una
vacante que acaba de ocurrir en aquella Audiencia, que despues cor­
re de mi cuenta adelantarlo en su carrera.» Recogió Belaustegui la
credencial expedida en 20 de Noviembre de 1828, y trasladándoee
1G
muy luego al Puerto de Santa María, fue él mismo en persona £ en­
tregársela á mi padre. Su sorpresa fuó grande, y su agradecimiento
mayor, como así se lo manifestó á tan benéfico y respetable caballo-
ro. Aunque este no vivo ya, creo tiene parientes muy allegados, y
quiero que sepan que los hijos de D. Miguel Moreno no olvidan ese
insigne beneficio que le dispensó el Si\ Bclaustegui en circunstancias
muy críticas, con la mayor finura y delicadeza; y que en la imposi­
bilidad de otra cosa, desean que se haga pública esta expresión <lc su
etema gratitud.
Trasladado el nuevo Oidor á Valencia, observó el mismo género
de tí tía que en Guatemala, consagrándose al buen desempeño do su
cargo y rt la educación de sus hijos, á quienes hizo ingresar para quo
estudiasen latin y humanidades on d Colegio de las Escuelas Pina de
dicha ciudad, donde estuvieron en calidad de medio-seminaristaa du­
rante cinco años, hasta que terminados estos estudios, los mandó á
que cursasen la Filosofía en el Colegio Iieituido, que acaban de esta­
blecer en Valencia los Padres de las referidas Escuelas Pias.
En aquella época había muchos negocios y de mucha gravedad
en la Audiencia; y aunque el buen despacho de estos exigía constante
dedicación y estudio, D. Miguel Moreno, con b u laboriosidad habi­
tual y larga práctica, los dominaba sin gran dificultad. Mas lo que
le hizo trabajar mucho y le ocasionó gravísimos disgustos, fué el ha­
ber sido nombrado, contra su voluntad, asesor de la Comision mi­
litar do aquella provincia, cuyo cargo, como es sabido, lo servia
entonces un magistrado. Inútiles fueron los muchos pasos que dió
para eximirse de él. So le hacia muy cu oata arriba el desempeñarlo
en aquellas circunstancias, en que abundaban las causas políticas, y
el tener que lucliar constantemente para lograr que triunfoson las
prescripciones de la ley y los otemos principios de justicia. Prepon­
deraba entonces el realismo, y algunos de los quo vociferaban ser sus
acérrimos defensores, se hallaban dentro de la Comision militar, y
¡cosa singulor! esos mismos que pretendían se impusiese una grave
pena, ó se condonase, si mal no recuerdo, íí muerte ú uua pobre mu­
jer, que ni leer sabia, por habérselo encontrado un abanico de la an­
terior época constitucional, con el consabido lema do ¡Viva la Coiiif-
titucion! y que se salvó, gracias á los esfuerzos del asesor; osos
mismos, cuando acabó el régimen antiguo, quisieron alardear de fu­
ribundos liberales, y aparentando un entusiasmo por ol nuevo órdeu
de cosas, quo estaban muy lejos do sentir, no encontraron medio
mejor para demostrar su improvisado patriotismo, que tratar á los
reos políticos de esta última época, es decir, A los realistas, como á
la infeliz mujer del abanico.
17
Puede calcularse lo que trabajaría D. Miguel Moreno para tener­
los á raya, y hacer quo prevaleciesen Jos sentimiento» de humanidad
y no se vulnerasen los fueros de la justicia. Tuvo que redoblar sua
esfuerzos en este sentido con motivo de una causa famosa, que Be ini­
ció entonces, la primera que se formaba por delito de infidencia, con­
tra/ Armengol y otros jóvenes de Valencia, que reunidos en partida,
salieron á los campos inmediatos para proclamar á D. Carlos. Suce­
dió lo que era de esperar: que muy pronto fueron cogidos todos por
la tropa, y llevados á dicha ciudad para ser juzgados por la Comision
militar. Ese hecho, el primero en b u clase, exacerbó las pasiones
hasta tal grado, que muchos no se contentaban con que se castigase
como correspondía, según las leyes, sino que exigían que á todos los
reos aprehendidos, ó á la mayor parte de ellos, se les impusiese la
pena capital. La efervescencia era grande, y aa iba aumentando á
medida que se acercaba el m o m e n t o de fallarse la causa, Vióse c o n
toda la solemnidad debida ante un concurso inmenso, habiendo du­
rado la vista varios dias, y no se falló d esp u e3 d e terminar esta, por­
que tanto los vocales como el asesor, quisieron examinarla dete­
nidamente, según lo requería su gravedad.
Con el estudio del proceso adquirió D. Miguel Moreno la convic­
ción de que no procedía la imposición da la pena capital para ningu­
no de loa reos; y por si prevalecía su dictamen, quiso llevar redactada
una minuta de sentencia. Recuerdo muy bien que este trabajo lo hizo
en una noche, sirviéndole de amanuense su hijo D. Teodoro. Y cuan­
do ya lo dió r terminado, y ambos se recogieron en hora muy
avanzada, volvió ú levantarse de la cama, y despues de despertar á
su citado hijo y encargarle que hiciese lo mismo, reformó en parte el
proyecto de sentencia, rebajando á casi todos los reos uno ó dos años
de presidio.
Reunida al día siguiente la Comision militar para fallar la causa,
los vocaloB, con el deseo del acierto, quisieron oír antes al asesor, el
cual les habló de la manera que habla un magistrado recto, un va-
ron justo, á quien no imponen ni los amenazas de las muchedum­
bres, ni el rostro airado do los tiranos. Y como jurisconsulto que do­
minaba la difícil ciencia del Derecho, les hizo un análisis del proceso,
les manifestó loe cargos que resultaban contra cada uno de los proce­
sados , el móvil que les impulsó &cometer el delito, las circunstan­
cias atenuantes del mismo, y las disposiciones legales que debían
aplicarse. Todo esto, dicho con aquella persuasiva elocuencia que le
era peculiar, y con un acento que revelaba la tranquilidad y grandeza
de su espíritu, bastó para que los vocales aceptasen por unanimidad
la minuta de la sentencia, que les leyó también, y para que votase
2
JH
en igual sentido el Presidente, que en los dios anteriores había parti­
cipado al Gobierno que tenia preparada la Capilla en el refectorio del
convento de Sonto Domingo, local espacioso donde cabían los reos,
suponiendo quo iban á ser condenados á pena capital!
Antes de firmarse la sentencia, el asesor creyó que debia llamar
la atención de aquellos jueces acerca de la índole y calidad de la cau­
sa. «Todos los señores vocales, les dijo, son padres de familia, y á
mi lealtad cumple el advertirles que vean bien lo que hacen eq este
negocio, el cual puede dar margen á un procesamiento, ó á otra cosa
peor. * Al oír esto, todos insistieron en lo votado, y uno de ellos, bri­
gadier muy respetable, cuyo nombre quisiera recordar para consig­
narlo aquí, añudió: «Iremos gustosos con nuestro asesor, aunque sea
ú presidio.» Y sin decir otra cosa, todos firmaron la sentencia.
Puede calcularse el efecto que esta produjo en el público, no bien
tuvo conocimiento de ella. En obsequio de la verdad hay que decir
que la parte sensata y principal de la poblacion supo con júbilo inde­
cible, con alegría extraordinaria, este fallo, quo evitó B3 levantase el
patíbulo en la ciudad, y que muriesen en él veinte ó treinta jóvenes,
muchos de ellos de familias distinguidos, y todos muy apreciados en
Valencia.
Dia feliz fue para D. Miguel Moreno aquel en que logró que se ob­
servase la ley, que no se derramase sangre española injustamente, y
en que enjugó tontos y tantas lágrimas. «Todo lo quo mo suceda
ahora, decia, lo doy por bien empicado. Esa dicha que he conseguido
nadie me la puede quitar ya.» Mas cuando aparaba la destitución, ó
por lo menos la traslación ií otra Audiencia, puede suponerse cuál
sería su sorpresa al recibir la credencial de magistrado de la Audien­
cia de Madrid, expedida en 20 de Marzo de 1834.
Este nombramiento lo debió n, D. Nicolás María Gnrelly, indivi­
duo entonces del Consjjo de Regencia, y Ministro de Gracia y Justi­
cia, el cual lo hizo por un motivo para él muy honroso, y así es muy
justo que se sepa, ya que sus biógrafos lo omitieron en la historia
que publicaron de este hombre público , seguramente por ignorarlo.
Hallábase el Sr. Garelly, despues de la anterior época constitucio­
nal, retirado en Valencia, sin pensar en otra cosa quo en vivir con su
-trabajo. Despachaba en su bufete muchos pleitos, cuya dirección la
encomendaban los interesados, ú otros letrados de nombradla de la
ciudad, sabiendo unos y otros que era un eminente jurisconsulto. Lo
quo no hacia es ir á estrados, porque en aquella época parecía mal,
y en mi entender con razón, que el que había sido Ministro de la
Corona, fuera despues á sentarse en el escaño del abogado. Uno de
esos pleitos que él dirigía, iba ú verse en la Rala de mi padre. El se­
lí)
ñor Garelly fué á visitarlo dias antes de celebrarse la vista, y le ma­
nifestó el gran interés que tenia, en aquel negocio, que en b u concepto
era justo, como lo demostraba el haberlo ganado en primera instan­
cia. Mi padre lo Tecibió con toda, la consideración debida, tasto por­
que aquel Señor era una persona que había ocupado loa primeros
puestos do la nación, cuanto porque lo veia en desgracia. Le ofre­
ció examinar el pleito con el mayor detenimiento, y le significó su
deseo de que do su parte estuviese la justicia, para poder complacer­
le. Dió la casualidad de que el dia de la vista amaneció lloviendo, y
que mi padre no se Mintiese bien; pero &pesar de todo, quiso ir al
tribunal para poder complacer á dicho señor, creyendo que seria justa
su pretensión. *Nunca m e ha pedido nada, dijo á mi madre; es la
primera vez que ha venido á mi casa, y puesto que lo que pretende
es que le administre justicia, voy ó dnxle gusto.» Empezó la vista del
pleito, y con gran admiración suya, conoció que este negocio dista­
ba mucho do Ber lo que había creido. No era justo, y no tuvo mas
remedio que votar en contra, lo mismo que los demás Magistrados, y
no solo se revocó la sentencia del inferior, sino que se impusieron las
costas al juez que la diotó.
Cualquiera hubiera pensado que el Sr. Garelly había quedado
resentido: nada do esto, y la prueba es que al darle las gracias mi
padre por el nombramiento de Magistrado de la Audiencia de Madrid,
le contestó: «No me dé V. gracias; toda la recomendación que he he­
cho de Y. á la Reina Gobernadora ha sido decirle que el único pleito
(le que le hablé con gran interés, lo perdí con costas.» Tan noble pro­
ceder, engrandece macho ú este respetable hombre público, y por eso
he querido referirlo.
Muy ajeno cBtaba D. Miguel Moreno, de lo que le esperaba en la
Corte. A los tres meaes escasos de llegar á ella, que fué el 28 de
Abril del mismo aüo de 1884, ocurrió el asesinato de los Religiosos,
crimen inaudito que le consternó sobre manera, porque fue testigo de
parte de ese horrible episodio, y por una casualidad providencial no
fueron víctimas también sus hijos, que estaban de Seminaristas en el
Colegio que los Padres Jesuítas tenian establecido en la calle del
Duque de Alba.
El que se hallaba entonces en Madrid, Babe hasta qué grado ss
habían exacerbado las pasiones políticas, y lo mas doloroso era el
que Be procuraba que bu funesto influjo se hiciese sentir en los Tri­
bunales. Así se explica que se formasen ciertas causas crimínales, y
que bc complicado en ellas tí personas que de todo entendían menos de
conspirar. Uno de esos fue el Sr. Estéfani, Director que acababa de
ser de Loterías, al cual, Ein saber por qué, se le tenia una ojeriza ex­
20
traordinaria, y se trató de perderlo, formándole un ruidoso proceso
en cuya sustnnciacion Lubo mil peripecias, bastante tristes algunas,
y que sería prolijo enumerar. De ese proceso tuvo quo entender mi
padre en última instancia, y habiendo sido condenado Estéfani en
las anteriores á pena capital, habia gran empeño en que esta fuese la
pena que Be le impusiese ejecutoriamente, no obstante que repuesta la
causa á sumario, se desvaneció por completo ol cargo mas gravó que
1g resultaba, que ora el suponerse que Labia enviado dos hombres al
ejército carlista,
Don Miguel Moreno sabia lo que le esperaba si esa terrible pena
no se imponía al antiguo Director de Loterías. El quedar cesante, era
lo menos que lo podía suceder; y como las consecuencias del paso quú
iba á dar, porque asi lo exijia el deber, tenian que ser trascendentales &
su esposa y á bu s hijos, la víspera de fallarse la causa, nos reunió
á todos. Y en aquel consejo de familia, nos expuso lo que era la causa
de Estéfani, I hb intrigas que se habían puesto enjuego para perderle,
el empeño de quo bg le impusiese ln pena capital, y lo que le podía
pasar á él, si no accedía ú tan injusta exigencia. De todo nos enteró
para oir nuestra opinion y para darnos un gran ejemplo de virtud,
quo deseaba imitásemos en el curso de nuestra vida. Lo que sucedió
despues que acabó de hablar, lo escribo con lágrimas en los ojos. A
una voz mi buena madre y todos nosotros le alentamos á que liicieñj
lo que era justo: le dijimos que no queríamos pan amasado con san­
gre, y quo si por administrar justicia nos habíamos de ver envueltos
en una persecución, lo sufriríamos gustosos con todas sus conse­
cuencias.
Un gozo indecible experimentó mi padre al oimos, y muy satis­
fecho de su familia, fue el dia siguiente al Tribunal, y absolvió ií
Estéfani de la pena de muerte, imponiéndole Bolo la inmediata. Él
era el Presidente de la Sala, y le tocaba por consecuencia votar el
último. Dos de los Magistrados votaron por la pena capital, y otros
dos por la de dioz años de presidio con retención, y el Presidente (lió el
voto do Minerva, que tanto respetaron los antiguos líomanos, y con
ese voto salvó la vida á Estéfani. Por cierto quo este Señor, despues
de cumplida su condena, vino á Madrid con el objeto do besar los
pies, como él decia, 6 su salvador; pero dios antes habia muerto. Y
¡cosa singular! aquel hombre contra el cual había habido tanto en­
cono volvio á figurar como antes, y sus relaciones de amistad con la
Beina Cristina se reanudaron, yendo á bu palacio con la misma fre­
cuencia que antes.
Muy poco despues sucedió lo que era de esperar, aunque no todo
lo que temíamos. En 2 de Noviembre de 1885, mi padre recibió una
21
Keol Orden en que se decía que por convenir al mejor servicio, y en
consideración á su «dad (solo tenía entonces unos cincuenta años),
méritoB y circunstancias, S. M. la Reina Gobernadora se había ser­
vido jubilarle. Otra Real Órden igual recibieron los dos Magistrados
que no creyeron justo condenar á muerte &EBtéfani. Estos dos Ma­
gistrados dignísimos, gloria de la Magistratura española, se llamaban
D. Jaime Parera y Ríus, célebre Fiscal de la Chancillería de Va-
lhtdolid, y D. José Vftldéa y Posada, antiguo Majistrado en América,
quien por ser fiel á la causa de Esjraña, los insurgentes lo tuvieron
preso en insanos calabozos, y en su cuerpo conservaba impresas los
soñftles de las pesadas cadenas y grillos que arrostró por mucho
tiempo. ¡Abí bo recompensó á estos dos beneméritos. Magistrados!
Don Miguel Moreno, con la tranquilidad quo proporciona el cum­
plimiento de penosos deberes, no quiso pensar en otra cosa, sino en
atender á la educación de sus hijos. Terminado que hubieron el es­
tudio de la Filosofía, el mayor de todos, mi hermano el Cardenal, le
manifestó b u s deseos de empezar el de la Teología, por entender
que Dios le llamaba al estado eclesiástico, vocacion que descubrió
desde niño, y desde entonces también puede decirse que empezó á
prepararse con una vida angelical para recibir las Ordenes sxgTfulas.
Mi padre, que conocía como nadie las prendas de este hijo sin igual, n
quien no solo amaba con ternura, sino que lo respetaba, abrigando la
convicción de quo lo había de sacar del purgatorio, y también á su
madre, como él decia algunas vecas, le aplaudió su resolución, y le
aconsejó que estudiase Derecho con sus hermanos, porque estando
versado en esta ciencia, le añadió, podia ser mas útil en la Iglesia que
siendo simple teólogo; consejo que siguió al pie de la letn, y que fue
muy acertado, como el tiempo ha venido á demostrar.
Mientras estudiábamos la jurisprudencia, él nos repasaba las le o
ciones, y aprovechaba la ocasion para inculcamos las máximas su­
blimes déla moral cristiana. Unas veces nos dccia, que cuando se trata
del cumplimiento del deber, hay que cerrar los ojos y cumplirlo,
cueste lo que cueste. Otras nos mandaba que no solo perdonásemos
ofenBos que él habia recibido de ciertas personas, sino que les hicié­
semos todo el bien q u e nos fuese posible, lo mismo que á b u s hijos; y
aüíulia: «desde el sepulcro os reprenderé si noobedeceiseste mandato
mió, que también es de Dios.»
Por eso tiempo empezó á agravarse su inveterada dolencia de
estómago que sobrellevaba, asi como otros muchas penalidades, con
una paciencia inalterable; y presintiendo que no estaba lejana su úl­
tima hora, procuró prepararse para morir bien. Su oracion era mas
continua y fervorosa, principalmente cuando recibía á su Divina Ma-
22
jeBtod, ó le visitaba , lo que bacía diariamente, pues entonces se le veíu
muchas veces como fuera de sí y en una especie do éxtasis. Sti trato
dulce y entrañable siempre, lo era ahora mucho mas, especialmente
con su esposa y sus hijos, á quienes procuraba consolar, diciéndoles
que su presencia no les sería necesaria, porque Dios derramaría, sobre
ellos copiosas bendiciones; predicción que se ha cumplido con una
exactitud admirable, como igualmente se cumplieron, viviendo él y de
un modo maravilloso, otras dos suyas también, relativas á aconteci­
mientos cuya realización era imposible humanamente adivinar. Entre
tanto la enfermedad avanzaba, y fue preciso conducirlo al leclio, y á
los dos dias, despues de recibir con gran edificación los últimos Sa­
cramentos de la Iglesia, y con el Crucifijo en la mano, murió tranqui­
lamente en el Señor el 23 de mayo de 1842, ¿ la edad de cincuenta y
nueve años.
Muy sentida fue su muerte de todos los que le conocían. Entre
otras cartas que recibimos de los amigos ausentes, en que nos daban
el mas sentido pésame, hay una que bien merece copiaran aquí, del
Venerable Sr. D. Severo Andriani, dignísimo Obispo de Pamplona.
En ella le dicc ¿m i hermano el Cardenal lo siguiente. «Mucho Bsntí
»la muerte del Señor tío de V. el Arcediano de Lima, cuando la leí en
«los periódicos. Faltó una columna do la Iglesia, pero no faltará en
Helia &u memoria honorífica ni su doctrina salvíñca. También me
«persuadí sería un trastorno para, esa mi aprecíable familia. Mas en-
«tonees quedaba el consuelo de que vivia el respetabilísimo, sabio y
•justificado Señor padre de toda ella, cuando ayer ha recibido la es­
tim ada de V. del 27 último, con la infausta noticia de la muerte de
«este Señor. Me ha afligido, porque á VV. falta el todo, á los amigos
«uno que lo era con todo el lleno do la palabra, y tí España un de-
•chado de virtudes en el que podíamos miramos todos. Bien ha co-
»nocido la Señora Madre de V. cuánto le apreciaba yo, cuando le ha
«encargado me lo noticiase. Sieuto quo haya sucedido, pero me alegro
«saberlo, porque ruego por su alma, aunque confio mucho goza de
«Dios, y si él no, ¡pobres de nosotros! Mi sentimiento cu mayor al
«considerar que no siempre hemos do estar en pugna; que vendrán
«dias de calma, y que en ellos una de lns personas mas dignas por
«todos títulos de la aceptación general, es el que lloramos y que
«tanta falta lia de hacer. Un consuelo me queda, y es que si murió
«el Sr. D. Miguel, vivo V., y sus Señores hermanos en él. Así sea,
«como lo creo, y deseo sigan VV. sus grandes ejemplos y sana doc-
»trina, y nos darán días de gloria; debiendo estar persuadidos
«que en mí no lia muerto, ni quiero muera la memoria del que ya
«no vive.»
23
Esta carta, eu que rebosan los sentimientos mas noble», y que tan­
to honra la memoria de mi padre y de mitio el Arcediano de Lima,
está fechada en Pau á 2 de Julio de 1642, en cuya ciudad se hallaba
entonces desterrado ó emigrado dicho celosísimo Obispo, gloria de la
Iglesia de España.
Otro documento igualmente honorífico, aunque de distinta índole,
hizo publicar en la Gaceta Oficial de Madrid del 31 de Mayo del
mismo afio, la Junta llevisora de Leyes ríe Indias, de que era Vocal
mi padre; y por ser una producción bellísima, debida á la pluma de
Don Femando O-Reiliy, individuo también de la misma Junta, en
que se encuentran datos biográficos muy interesantes, me ha parecido
que debía insertarla en este lugar, persuadido también d3 que es
desconocida para muchos. Dice asi ese documento necrológico.
*El daido es la losa sepulcral de los malvado»: los corazones de los
•buenos, el panteón de los justos. (Chateaubriand.) El dia 28 del cor­
riente, tí los nueve de la mañana, ha fallecido en esta Corte el Sr. Don
•Miguel Moreno, quien ha sucumbido después de una larga y penosa
•enfermedad,
«Don Miguel Moreno nació en Guayaquil en el año 1782, y desde
•sub mas tiernos años S3 consagró al estudio de las ciencias, dedicán­
dose con particularidad á la jurisprudencia, carrera análoga á su ca-
iraeter dulce y templado, al par que firme y enérgico para adminis­
tr a r la justicia con severa imparcialidad. Su dsjpejodo talento y su
«constante aplicación le procuraron en breve una aventajada opinion,
•por lo que apenas concluida su carrera literaria en la Universidad
•de San Marcos de Lima, y graduado de Doctor en ambos Derechos,
•obtuvo por oposicion varias cátedras, que regentó por espacio de al-
»giraos años.
«En 1811 fue nombrado Fiscal interino de la Audiencia do Quito,
•y mereció de la de Cuenca en el Perú la honrosa misión do que la
•representase en las Cortes generales del Reino, si bien no pudo des -
•empeñar su cometido por circunstancias particulares, que b impi-
»dieron tomar asiento en el Congreso. En 1814 fue nombrado Oidor
•de la Audiencia de Guatemala, cuyo destino desempeñó hasta la
•publicación do la independencia: verificada la de Méjico, y procla­
m ado el Emperador Iturbide, fue nombrado Ministra del Tribunal
•Supremo de Justicia del nuevo Imperio, cuyo destino renunció, por-
•que las banderas españolas debían restituirse á la metrópoli; les
•habia jurado fidelidad, y Moreno no sabia ser traidor. Este gran
•acontecimiento revela de una manera inequívoca las altas virtudes
•de este honrado é íntegro magistrado, digno ciertamente de mejor
«suerte quo la que le cupo en la carrera de su vida.
24
«Su patria, una esposa á quien idolatraba, cuatro lujos, sus bie-
*iies de fortuna, único patrimonio con que contaba pora proveer á la
•subsistencia de su familia, estos, pues, eran los grandes eslabones
«que le unión al suelo americano; por otra parte, Ift. emigración
«con b u s espantosas consecuencias servia de contraste á estos incen-
otivos; mas Moreno, siempre fiel y siempre noble, dió el último odios
•á b u pátria, prefiriendo b u s banderas derrotadas á los halagos del
•vencedor. ¡Cuánta grandeza!
«La estrella del infortunio que so habia levantado contra Moreno
■ni declararse la insurrección americana, debia aún preceder á su
•destino, y así fue que la nueva tierra que adoptaba por patria debia
•presentarle nuevos trastornos y convulsiones que habian de contristar
•un corason como el suyo, siempre dispuesto á compartir las desgra­
cia s de sus semejantes. Cinco años permaneció sin destino en la Pc-
•nínsula hasta el de 1628, que fue nombrado Oidor de la Audiencia
•de Valencia, en donde permaneció hasta que fue ascendido á la de
■esta Corte, origen de la desgracia que aceleró la muerte de este be-
•nemérito americano, dechado de virtud, de honradez y de lealtad.
■Como este es un rasgo muy marcado de la vida pública del Señor
■Moreno, y como simboliza completamente la belleza de su alma,
•debemos referirlo.
• Debiáse fallar la causa que por motivos políticos se formó al Se-
•ñor Estéfani, y cúpole &Moreno sor uno de los individuos que debían
•decidir tan espinosa cuestión. Esaltadas las pasiones y avivados los
•enconos por la espantosa guerra civil que por siete años ha llenado
•de luto y de sangre la tierra, española, mostrábanse á vece3 los exi-
•genciaa públicas, si no en completo desacuerdo con la justicia, al
•menos mas rigurosas que lo que á la humanidad y á la civilización
•conviene. Varios amigos del Señor Moreno se avistaron con él para
■manifestorle que do no condenar á muerte al Señor Estéfani, podia
•perder bu destino y quedarse en la indigencia, &lo que contestó: «He
•visto la causa; no hay mérito on justicia para imponer la pena ca-
•pitalj además que, testigo yo de las discordias civiles que han trns-
•tomado mi pais natal, no seré ciertamente quien por delitos políticos
•venga á derramar la sangre de mis hermanos peninsulares, que on
■mi desgracia me han abierto los brazos de la hospitalidad.» Esta
•respuesta es el mojor elogio del digno Magistrado que hemos perdido:
•debería grabarse en su sepulcro, pues cuantos la leyeron, pagaron
•con sus lágrimas un tributo i su virtud.
*A poco de publicada la sentencia, fue separado de su destino y
•condenado á la miseria con su numerosa familia éste noble ameri-
•cano, quo tan grandes sacrificios habia prestado como oblaciones
25
•do b u lealtad ea el sagrado altar do la patria. Ni sus servicios emi-
«nontos, ni b u larga carrera, ni su ciencia, ni sus virtudes, pudieron
«salvarle de ana cruel porsecucion: mas echemos un velo sobre las
«miserias humanas, y olvidemos á los que así le persiguieron, como
Ȏl los supo perdonar.
«Posteriormente el Señor Mata Vigil, atendiendo á los anteceden*
«tes del Señor Moreno que obraban en la Secretaria de su cargo, lo
•nombró otra vez individuo do esta Audiencia en clase de interino y
«supernumerario, euyo nombramiento 110 admitió, porque ofendía su
«dignidad y decoro ocupar el último asiento de un Tribunal en que
•Labia sido Sub-Decano. Grandes eran las escoceses y aun miserias
■quo suíria el Señor Moreno; esto mejoraba su suerte, pero ofendia
•su pundonor, y para él Ja elección no era dudosa: renunció la
■plaza.
«Separado de la vida pública, llevó al hogar doméstico la pureza
•de b u conciencia y los consuelos que le ofreeia una Religión que con­
tiene en la grandeza, que anima en la adversidad.
■De su retiro le sacó últimamente D. Andrés García Camba, M i­
nistro de la Gobernación de Ultramar, quien, conocedor de las rele­
gantes prendas del Sr. Moreno, le nombró individuo de la Junta de
•Ultramar, encargada de la revisión de las leyes do Indias, en donde
•ha prestado considerables servicios, y dejado un vacio con la muerte,
•difícil de llenar. Es bueno advertir que esta comision es gratuita,
•sin retribución de ninguna especie; y aunque Moreno se ocupaba
•con su trabajo personal en procurar la subsistencia de su familia,
•hizo este nuevo sacrificio por su patria.
■Buen amigo, esposo fiel, excelente ciudadano, padre solicito,
•modelo de Magistrados, ba concluido la carrera de su vida mere­
ciendo la admiración de cuantoB tuvieron la dicha de tratarlo. Si
•esta pérdida es irreparable para bu numerosa familia, que deja
•abandonada y sin mas patrimonio que uu nombre sin mancha, no
»lo es menos para la Magistratura española, que pierde uno de sus
•mas bollos ornamentos.
•Desde la morada excelsa á donde te habrán elevado tus altos
«merecimientos, al par de las numerosas pleg irías que hoy suben al
•trono del Señor pidiéndolo que premie tus virtudes, escucha mi voz
•amiga, que consagra este débil recuerdo n tu memoria; y si en el
•mundo boa tenido persecuciones y calamidades, ahora en el cielo
•gozarás de la bienaventuranza que Dios reserva á los justos. Des-
»cansa en paz..... »
2G

IV.
No Labia aún enjugado b u s lágrimas la familia de esto benemé­
rito Magistrado, cuando vio que empez^b.i n cumplirse b u profecía,
de que despues de bu muerte todo le saldría bien. Así sucedió, en
efecto, porque muy luego b u s tres hijos mayores pudieron graduaras
de Licenciados y de Doctores en Jurisprudencia en la Universidad li­
teraria de esta Corte, tomando los tres la borla en un mismo acto, el
cual se verificó con gran solemnidad, y ante una escogida concurren­
cia, el 7 de Agosto de aquel año.
Graduado ya mi hermano el Cardenal, empezó á ejercer en Ma­
drid con aceptación y suerte la noble profesión de abogado, consi­
guiendo dos años deBpues, el 19 de Mayo de 1844, que á propuesta
de la Junta de gobierno de la Audiencia so le nombrase catedrático
del Notariado, nombramiento que debió principalmente al Sr. Ma­
yan fl, Ministro entonces de Gracia y Justicia, quien eligió á mi her­
mano entre los muchos propuestos por la indicada Junta de gobierno,
alguno de mucha influencia, en consideración á la memoria de mi
padre, á quien conoció en Valencia, y cuyos méritos quiso premiar en
su hijo, agraciándole con dicha cátedra.
En el desempeño de ella adquirió gran celebridad el nuevo cate­
drático. Era muy joven, y los alumnos, casi todos mayores en edad
que él, muy numerosos. Fueron estos el primer año unos trescientos,
y como seiscientos el segundo. Para conservarlos en orden, y lograr
que aprovechasen en el estudio, era indispensable adquirir desde el
primer dia sobre ellos gran influencia, y no le fue difícil obtenerla
por su saber y por su virtud; cualidades de quo muy luego se pren­
daron bus discípulos, porque vieron quo con sus lecciones, nutridas
de doctrina, é, la par que sencillas y claras, les era muy fácil adqui­
rir la ciencia del Derecho, tan necesaria para los que aspiraban al
ejercicio de la importante profesión de notario; y porque comprendie­
ron también que su catedrático tenia la noble aspiración, no solo do
hacerlos entendidos en dicha ciencia, sino también virtuosos y rectos,
para que algún dia fuesan dignos depositarios de la fe pública. Al
efecto, les inculcaba máximas de la mas alta moralidad, quo oian
siempre con respeto, sabiendo que ol quo se las enseñaba era el pri­
mero en practicarlas, lo mismo en su vida pública que en su vida
privada, la cual .era dechado de virtudes cristianas. ¡Cuántos veces
no Je vieron emplear tardes enteras en enseñar la doctrina cristia­
na, y servir Ií los pobres enfermos en el hospital de San Juan de
27
Dios y en el General de esta córte! Así se explica que lo quisiesen con
delirio, que lo mirasen como uu podre, y que aun hoy lo recuerden
con ternura, á pesar de haber trascurrido tantos años; y no es ex­
traño tampoco que eaei todos hayan sido despues excelentes ciuda­
danos, y modelo de notarios entendidos y probos.
Con el objeto de facilitarles el estudio, y pudieran después des­
empeñar bien sus notarías, escribió un tratado sobre el otorgamiento
di¡ instrumentos píMicoa, obra la primera en su clase, y que fué B3-
üalada de texto para esta asignatura, habiendo merecido el aplauso
de jurisconsultos de 1» talla de los Sres. D. Juan Bravo Murillo y
D. Manuel Ortiz de Zúñiga. Este señor hace un gran elogio de ella
en otra que él escribió mas tardo sobrj la misma materia, donde co­
pia párrafos enteros, diciendo con la modestia propia del sabio, quo
los copiaba porque no era po3Íble escribir nada mejor acerca de las
escrituras públicas. El Sr. Bravo Murillo hizo mas, si cabe, todavía.
Fué tanto lo que le encantó al leer ol manuscrito, que él mismo bo
prestó á darle la última mano que le faltaba para empezar á impri­
mirle, tarea quo no quiso suspender, sino que terminó Biendo Mi­
nistro.
Qué notable seria el aprovechamiento de los alumnos en «1 pri­
mer curso, cuando la Sala de gobierno, ante la cual se celebraron los
exámenes con la mayor solemnidad, acordó en decreto de 23 de Julio
do 1845 se manifestase de oficio al catedrático la particular satisfac­
ción con que dicha Junta había presenciado los brillantes exámenes
de sus discípulos, y lo complacida que quedaba al ver que estos, en
número de doscientos setenta y tres que fueron aprobados, dieron
pruebas inequívocas de suficiencia, y entre ellos, los que obtuvieron
la nota de notablemente aprovechados, liasta el número de ciento quin­
ce, y mas aún los treinta y siete que ganaron la de sobresalientes, po­
dían competir en instrucción y conocimientos jurídicos con los legis­
tas de tercero y cuarto año de las Universidades; lo cual, además de
probar gran puntualidad y asistencia á la cátedra, añadía el decreto,
y mucha aplicación de parte de loa alumnos, revelaba también el celo,
la ilustración, el amor a la juventud y á la ciencia y el buen método
de la enseñanza del catedrático, quien ciertamente habifi sabido cor­
responder a la distinguida confianza con que se sirvió honrarle el Go­
bierno de S. M., no menos que á lo que la Junta se prometía de su
probidad, talento é ilustración, todo lo que ponía en el suj>eriar cono­
cimiento del Gobierno. Iguales resultados, ó tal vez mayores, obtuvo
el joven catedrático en los cursos siguientes, habiéndose visto el caso
en los exámenes de uno de esos cursos, de quedar sorprendido el sa­
bio jurisconsulto D. Vicente Valor, Regente de la Audiencia, que con
28
la Junta de gobierno los presidia, llegando á decir públicamente, quo
de estar en bu majio hubiera dado el título de abogndo á muchos de
los alumnos que él mismo acababa de examinar. ¡Tal admiración lo
causó el ver lo instruidos que estaban en el Derecho, y la manera bri­
llante con que respondieron álns preguntas que lea hizo sobre los pun­
tos mas difíciles de la jurisprudencia!
Mas esta ocupacion, aunque tan honrosa, lo mismo que el ejer­
cicio de la abogacía, con todas bus ventajas, se adaptaban poco al ca­
rácter de mi hermano, quien nunca pensó seguir la carrera do cate­
drático, ni la de la magistratura. Sus inclinaciones eran otras desdo
la niñez, como antos tuve ocasion de indicar. Dios le llamaba al es­
tado del sacerdocio, y para responder á esta vococion y consagrarse
del todo á Él, abandonó la abogacía y renunció la cátedra, que luó
dada á mi hermano D. Teodoro, gracias á los buenos oficios del céle­
bre jurisconsulto D. José Fernandez de la Hoz, al cual le debí yo
también mi primera colocacion de Abogado Fiscal de esta Audiencia
en el año de 1849, y mi calida ií Magistrado de la de Oviedo en 1858.
El Señor lo premie lo mucho que entonces hizo por mí, y quo yo ja ­
más olvidaré.
Véase cómo reñere un biógrafo de mi hermano el Cardenal estos
actos de su vida. «No bastaba á la insaciable sed que por el bien sen-
»tia su alma, la práctica de aquellas virtudes que eran como el aro-
•ma que se exhalaba de su noble corazon. Enamorado con pasión
•poderosa del Evangelio, cuya luz habia sido norte inmutable do
•todos b u s actos y pensamientos, quiso renunciar a l mundo y al por-
•venir, que ataviado de galas le sonreía, ofrecerse en perpetuo holo-
•causto al Dios que adoraba, y recorrer la senda de la oracion y de la
•caridad, tí cuyo fin, trocando la toga del jurisconsulto por la estola
•del Apóstol, el foro por el pulpito, realizó el bello ideal de toda su
•vida, recibiendo la sagrada órdon del Presbiterado el dia 1.’ de Ju-
»lio de 1849.» (1)

V.
Por este tiempo vino á Madrid el Sr. Brunelli, Nuncio de Su
Santidad en España, y muy luego procuró averiguar dónde estaban
los sobrinos del Arcediano do Lima, D. Jobó Ignacio Moreno. Lo pre­
guntó á varias personas, y entre ellas al conocido y santo Sacerdote
D. José Ramirez y Cotes, que fué por quien lo supimos, no sin gran

(I) Caloría biográfico rolográllca del E|>iseo|>ailo espolio!,


29
sorpresa. Ese interés que el Sr. Brunelli manifestaba por nosotros,
era debido á la grata memoria que conservaba de nuestro tío; y por
lo mismo me parece llegada la oportunidad de decir algo acerca de
esto sabio americano, sobre el cual versó la conversación en la afec­
tuosa entrevista que tuvimos con el expresado señor Nuncio, y cuyo
cariño hácia mi hermano el Cardenal lo demostró en varias ocasiones,
como se verá despues.
Don José Ignacio Moreno noció en Guayaquil, y se educó en Li­
ma, á donde lo envió con este objeto su hermano mayor D. Manuel
Ignacio, abuelo nuestro, y que con él biza las veces de padre. Pronto
conquistó el Sr. Moreno un lugar muy distinguido en la república
de las letras, y no tardó mucho en adquirir entre los sabios una gran
reputación como filósofo, como teólogo, como jurisconsulto y como
humanista. Estaba además muy versado en otros romos del saber
humano, habiendo estudiado por sí el griego, los matemáticas y la as­
tronomía, á cuya ciencia tenia particular inclinación, como lo de­
muestran sus escritos publicados entonces sobro cometas, y los al­
manaques de Lima de aquella época, libros curiosísimos y muy apre­
ciólos por su parte astronómica, que los editores le encomendaban casi
ftiempre. Publicó también otras muchas obras: un catecismo, que es
un tratado teológico, escrito con tal claridad, que está al alcance do
la mas ruda inteligencia; una retórica en latin ciceroniano; un libro
sobre los diezmos, en que agota esto materia; y varios folletos y
escritos sobre la tolerancia religiosa, sobre el celibato de los eclesiás­
ticos y otros diferentes asuntos. Pero sus obras maestras, las que in­
dudablemente inmortalizarán su nombre, Bon Tai9 carias permitas y
el Ensayo sobre la supremacía del Papa, es2 )ecialmeníe con respecto á
í» institución de los Obispas.
La primera es un rico tesoro de erudición sagrada y profana, y
la escribió poro librar ¿ la América de los perniciosos efectos de la
mala lectura. La segunda es una defensa solidísima del Pontificado,
y lo impugnación mas contundente de los escritos insidiosos de cier­
tos hombres contra ese Anciano desarmado y pacifico que se llama
Papa, n quien, como dice el sábio autor áel prólogo que precede ¿ la
edición de esta obra hecha en Madrid, detestan solo porque lo es, y
ya que no pueden destruir el poder que ha recibido de Jesucristo,
tratan al menos de ponerle límites acerca de la confirmación de los
Obispos, y otros puntos de la mayor influencia en el orden moral y
político. Con eBte objeto lian promovido acalorados debates, no paro
buscar la verdad, sino para tener ocasion de deprimir en público al
Sucesor de San Pedro, disputarle su poder supremo en el órden es­
piritual, negarlo sus prerogativns, presentarle como un usurpador
30
odioso de Jos derechos del Episcopado, acusarle como un enemigo ir­
reconciliable del poder civil y de la felicidad de las naciones, y citar­
le, por último, como un reo ante ol tribunal de la opinion pública,
pora concillarle el ódio y un general desprecio.
A fin de combatir mejor esos escritos, presenta el Sr. Moreno en
la primera parte de su obra el sistema de gobierno quo estableció Je­
sucristo en bu Iglesia, la constitución en que se apoya, la supremacía
que confiiió á su Cabeza visible, con sus prerogativas y derechos; y
haciéndose cargo de algunos hechos históricos que se aducen con la
maligna intención de desmentir su potestad legislativa, los recoge,
los aclara, los compara y los clasifica, con una fuerza de raciocinio
que no da lugot á duda. En la segunda parte, el autor llama á los
siglos; cita los grandes personajes que figuraron en ellos y que per­
manecían envueltos entre las ruinas de la historia; refiere con clari­
dad b u s grandes acontecimientos; describe el teatro d e los tiempos
pasados con toda la originalidad de su vida, de sus pasiones, de su
marcha y de bu aspecto exterior; y llevando en la mano la antorcha
de la tradición, entrega á sus lectores un sistema dogmático sobre la
confirmación de los Obispos.
No hay para qué decir que su doctrina es la purísima de la
Iglesia. Cualquiera que lea esta obra admirable sin conocer su fecha,
creería que muchos de sus pasajes eTan una magnifica glosa de la
inmortal Constitución dogmática Pastor aUrnus, por medio de la que
Su Santidad Pió IX, de gloriosa memoria, confirma las decisiones
del Sacrosanto Concilio del Vaticano acerca del Bomano Pontífice y
del dogma de la infalibilidad pontificia. ¡Tanta es la conformidad
que hay enlre la doctrina que esta Constitución enseña, y aun en el
modo de exponerla, y la que ss sustenta y expone en la obra men­
cionada!
Y era natural quo existiese esta conformidad, porque su autor,
como dice el sabio antes citado, sigue las sondas que le traza el Evan­
gelio y le manifiesta la tradición; penetra por los escombros de la
historia, como en el dia se penetra á los sepulcros del Egipto y ó las
excavaciones del Herculano, y saca de la región del olvido las gene -
raciones que yacían por tantos siglos, para que aseguren á los hom­
bres del nuestro que el Papa es el Supremo Pastor del rebaño de Je­
sucristo; que la confirmación de los Obispos es una prerogativa exclu­
sivamente suya, y que la Iglesia, abatida ó respetada, con corona de
hierro ó de oro, será siempre reina, y sus triunfos nunca dudosos,
porque Dios tiene empeñada su palabra que las puertas del infierno
no prevalecerán contra ella.
AJgo quisiera yo decir también acerca do laB CurUi» peruanas,
31
obra maestra y de primer órden, escrita en un estilo que encanta, y
á la que daba su autor preferencia sobre las demás que escribió, in­
cluso el Ensayo acerca- de la supremacía del Rotwno Pontífice; pero
tengo que desistir de mi propósito con la idea de reanudar cuanto
fuites el hilo de la narración principal. Lo que sí haré es insertar á
continuación un artículo necrológico publicado en Guayaquil, en el
que se trata de dicha obra, y que aparte de algunas exageraciones eu
que el articulista incurre al hablar del estudio de la filosofía, y de
alguna ligereza en lo quo dice respecto de ciertas opiniones y doctri­
nas canónicas, que para gloria su)’a y de su familia sustentó el ilus­
tre Arcediano de Lima, está en lo demás perfectamente escrito, y Be
halla muy nutrido de noticias biográficas sobre manera interesantes.
Hé aquí, pues, el artículo tal como se publicó en 23 de Mayo de 1841,
y que desde hoce mucho tiempo conservaba guardado entre mis pa­
peles, muy ajeno de que llegaría un dia eu que sería conveniente
hacerlo conocer en España.
«El dia de ayer se han celebrado con la mayor solemnidad en
•esta Santa Iglesia Catedral las exequias del Sr. D. José Ignacio Mo-
»reno, Doctor en ambos Derechos y Teología en la Universidad de Li-
*ma, Catadrático de Cánones, del ilustre Colegio de Abogados, Proto-
*Notario Apostólico y Arcediano de la Iglesia metropolitana del Perú.
dNació en Guayaquil; falleció en Lima, el dia 7 de Mayo de 1841,
■á los setenta y cuatro años do edad.
«En su primera juventud fué llevado a esta capital para conti­
n u ar su carrera literaria. El amor al estudio nació con su razón,
•creció con bu edad, y se convirtió en una sed insaciable de saber,
»que solo la muerte lia podido apaciguar. Este es el carácter distin­
tiv o de los hombre;* atibios; los que se crean tales sin serlo, jamás
«estudian, desdeñan los libros, nada desean saber, porque están per­
suadidos de que lo saben todo.
aFelizmente por aquel tiempo dirigía el Convictorio de San Cár-
■los el doctísimo Sacerdote D. Toribio Rodríguez, honor del Clero
■peruano, y cuyo espíritu se lanzaba ma3 allá de la esfera que le ro-
■deaba. Apañas vió al joven Moreno, conoció que ese era el hombrj
■que necesitaba para la grande obra de la restauración de los buenos
■estudios. Es, en verdad, una cosa muy rara ver a un hombre como
■Rodríguez, que admiraba á Aristóteles, y que le habia estudiado
•con pasión, desertar gloriosamente de la milicia del Peripato, que
■aún subyugaba mucha parte de Europa, y rompiendo, con una au-
■dacia digna de Bacon y Descartes, la espesa niebla del esoolasticis-
■mo, hacer brillar la hermosa luz de la Filosofía ecléctica, que estaba
■entonces ó proscrita ó desconocida.
3-2
•Mas es preciso confesar que, á pesar de la superioridad del es-
•píritu de R o d r í g u e z , poeo habría adelantado en su empresa sin Mo­
reno, pues con el tiempo, la lectura continua de las Santas Escritu-
■ras, la profunda meditación en las ciencias sagradas, habían dado
»á Rodríguez un carácter dulce y apacible, un amor al retiro, y una
•cierta desconfianza de sus fuerzas para superar Iob dificultades que
■se presentan siempre a l que emprende extirpar errores y preocupa­
ciones de siglos. Era, pues, necesaria toda la firmeza de alma de
■Moreno, todo su ardiente amor á la verdad, toda su infatigable
•constancia, para poder instaurar en Lima el imperio de la Baña Fi­
losofía, s i n la cual todas las ciencias n o B on bíiio edificios fundados
»sobre (trena. Ambos s o n los autores d e esta santa revolución, y el
■nombre de ambos unidos en la historia literaria del Perú, será un
«título de gloria para todo americano.
■Formado el nuevo plan de enseñanza, Moreno, como Yice-Rec-
»tor del Colegio y Regente de Estudios, se encargó de su ejecución, y
Ȏl solo pudo tenerse firmo contra las resisteucias de un tiempo en
■que toda la doctrina contra la Escuela era tenida por un cisma, y la
■filosofía natural por una secta irreligiosa. Sus discípulos han propa-
■gado esta preciosa semilla con exceso, porque la buena filosofía es
■una planta de todo3 los tiempos y do todos loa climas, y ya entre
¿¿nosotros, gracias al Cielo, es un árbol frondoso, eterno como los ce-
•dros del Líbano, que no sera desarraigado, aunque de cuando en
•cuando se vea sacudido y atormentado por tempestades furiosas.
•Moreno ha vivido bastante para ver los progresos de bu obra, con
•igual satisfacción á la que siente un padre de familia viendo al re-
■dedor de sí dos ó tres generaciones suyas, repitiendo su nombre con
•tierna gratitud.
■Estos mismos discípulos, cuyo aprovechamiento se manifestó al
•público en actos literarios, que como una revelación inesperada sor-
aprendieron ¡i muchos ancianos Doctores, continuaron bajo la dircc-
•cion de su digno maestro los estudios de la Jurisprudencia natural,
•civil y canónica, y posteriormente se distinguieron sobre manera en
•el foro y la academia, en la tribuna y en la cátedra del Espíritu
•Santo, y han ocupado las primeras magistraturas de la República.
•Beneficio inestimable, que no se pagará sino repitiendo eternamente
•con una especie de culto el nombre do Moreno.
■Su sólida piedad, jamás desmentida, ni en la juventud; una se-
•veridad de costumbres, ajena de estos tiempos; un hábito de me-
•ditacion en todo género de verdad, le llamaron naturalmente al es-
•tado eclesiástico. Para llenar su santo ministerio fue preciso sepa-
irarse de Lima, que él amaba con predilección, y servir como párroco
33
•y jaez eclesiástico en tres vastas parroquias de aquel Arzobis­
p ad o.
•Los vicios, los abusos desaparecen, y la sana moral y el orden
•se observan en todos partes por sus consejos, por su ejemplo, por bu
•autoridad. Los templos se decomn, el culto &3 restablece con decen­
c ia , y el amor al trabajo, no solo destierra los vicios de la ociosidad
•y los delitos de la miseria, sino también produce el arreglo da cos­
tumbres, la comodidad de la vida, la paz doméstica, la tranquilidad
•pública y el amor á la virtud. ¡Olí si no hubiesen disipado tan ha­
lagüeña perspectiva los furores de la discordia civil!
• Solamente los que visitan los pueblos interioras pueden conocer
•todo el mérito de un Sacerdote, que en estos lugares opartado3 cum­
p le su ministerio con tanto celo como el Sr. Moreno, amparando la
•inocencia, defendiendo á los débiles con ñrmeza, ensañando á los
»ignorantes con paciencia, socorriendo á I03 menesterosos con cari-
»dad, reformando ciertas prácticas envejecidas de los naturales, y es-
11tirpando con arte los restos de torpas supersticiones, que tanto afean
•y profanan la virginal belleza de la Eeligion.
•Allí, despues de llenar cumplidamente sus deberes, s¿ consagró
*con mayor eficacia al estudio de los Libros Santos y de los Padres,
•de cuyos vivas y sagrados fuentes sacó esa copiosa doctrina, esa
•fuerza vigorosa quo se siente en todos sus escritos. Sin embargo,
»como las pasiones de su juventud habían sido la Filosofía y la Lite-
•rntura, dedicaba A ellas todos los lijeros ocios de su vida, contínua-
»mente ocupada; se entretenía con los libros que contienen los nuevos
•adelantamientos en la Física, los nuevos métodos en los Matemáti-
•cas y los descubrimientos en la Historia Natural; se perfeccionaba
•en el conocimiento de las lenguas sabias, especialmente de la grie-
*ga, á quo era sumamente aficionado, de manera que no podia disi—
•mular en todos sus discursos y escrifcoH cierta complacencia en ma­
nifestar que no le era extraña la lengua de Demóstenes y Homero,
•de Basilio y de Atanasio; lo que seguramente no hacia por vanidad,
•pues el sabio es superior ó las plebeyas debilidades, sino por estimu­
l a r ú la juventud á un estudio casi abandonado entre nosotros, que
•es de suma utilidad ñ todo literato, y de necesidad á los teólogos y á
•los poetas, para contemplar y admirar en los venerables originales la
•verdad y la belleza. El Sr. Moreno conocía y amaba &todos los poe-
•tas clásicos de la antigüedad; pero jamás se dedicó 6 este género de
•composiciones, porque la facultad intelectual que en él predominaba
•era el juicio, el cual rom vez está acompañado de la imaginación, á
•lo menos en aquel grado de calor y de inquietud que es necesario
•para crear nuevos mundos y producir los portentos de la poesía.
3
34
«Despues de veinte años de párroco fué promovido al coro de
«Lima, y accediendo a esta promocion, acreditó que estaba muy lejos
«de esa triste y odiosa pasión, que regularmente contraen los liom-
*bies cuando, avanzando en renta, y en edad, no les resta mas placer
«que el de atesorar, pues se desprendió gustoso de un rico beneficio
«que le valia una renta diez veces mayor que la de la prebenda.
•Establecido en Lima en un destino poco laborioso, parecía que
«por su edad, por su molestísima afección al pecho, contraída quizás
•por &u imponderable aplicación al estudio, habia llegado para el se-
»ñor Moreno el tiempo de reposo. Pero no íuó así, pues por entonces
•aparecieron varios folletos irreligiosos é impíos, que algunos emi-
«gmdos en Francia, ociosos, y por consiguiente pobres, se afanaban
«en introducir, creyendo que esas obras perniciosas tendrían acepta-
ación en la América, que se hallaba en el fermento de la revolución,
•época oportuna para toda clase de abusos y extrañas novedades,
«pues todo entra cu confusion, la moral, las leyes y los magistrados.
«No era posible que el Sr. Moreno queda»» frió espectador de
■unos desórdenes que venían á agravar los moles de lo. patria. Aco-
»metió, pues, con animosidad la empresa de combatir esos libros de-
«testableB, defender la castidad de la Religión y vindicar la santidad
»de la moral evangélica. Su triunfo ha Bido completo; pero también
«es cierto que esos miserables escritos no eran dignos de tanto esfuer-
«20, y que la misma impugnación les dió una especie de celebridad.
•Mas puesto que ya se sumieron en el olvido, felicitémonos de quo
•hayan sido ocasion para tener una obra excelente, en queseencuen-
«tran en toda su luz las verdades católicos, se combate victoriosa-
«mente la herejía, y en que las inspiraciones de la razón están corro-
«boradas por la autoridad de la tradición, de los Padres, de los
«Concilios y de las Santas Escrituras; una obra, en fin, como los
>Cartas peruanas, que han sido aplaudidas y admiradas en todas
«partes, y que han merecido á su autor el renombre de docto, piado-
«so y esforzado defensor de la fe.
«Con igual vigor están escritos otros varios tratados sobre la dis­
ciplin a eclesiástica, robre la tolerancia, sobre la doctrina de diezmos
«y sobre la autoridad del Papo. Es verdad que estas doctrinos pue-
«den sufrir algunas limitaciones, fundados en la autoridad de hom-
•bres eminentemente sabios y religiosos, qua el Sr. Moreno no dos-
«conocía; pero ú primera vista se advierto que si en estas obras hoy
•algún error, el autor prefería en estas materias error con los mas
•piadosos.
«Loe raciocinios, las pruebas de estos escritos, especialmente en
«las C'artae peruanas, no solo Bon convincentes: el autor, estudioso-
35
»mente, los lia revestido también de un estilo ameno, elegante, y
«sostenido de una variiwla y selecta erudición. Temió que sin este or­
n a to, la pereza y la negligencia desdeñaban su lectura. El celo pa-
«rece darle imaginación, y en muchos trozos cree uno est.vr leyendo
»á Bergier ó Abadía, al menor de los Rocino? ó á Olavide.
•El carácter del Sr. Moreno era franco, firme, enemigo de la
“afectación y de la mentira. La conciencia de su mérito no podía de­
sjar de hacerle celoso de su reputación; pero siempre dió pruebas de
»su moderación en bu conducta. Dimitid, como se dijo antes, un be-
unefkio muy rico por una prebenda mal dotada; subió por grados, y
"fio por favor, liasta la dignidad de Arcediano; nombrado Proto-No-
«tario Apostólico, jamás usó las insignias de esto título; B3 resistió á
“la propuesta de dos Obispados, y vió con sumo gozo á uno de bu s
bdiscípulos, como Prelado suyo, sentado en la Silla metropolitana
“del Perú.
•Este es el Sacerdote docto y piadoso; e3te es el Ministro fiel que
•ha perdido la Iglesia peruana; esto el defensor esforzado que ha
"perdido la Religión; este el hombre eminente qu3 ha perdido la
oAmérica, Pero consolémonos todos: los hombres de la talla de Mo-
■reno no mueren jamás. Y aun en esta separación momentánea, con­
tinuará haciendo cuanto habría hecho, si viviera. Sus obras B e g u i-
°rán instruyéndonos y edificándonos siempre: la memoria perpetua
»de b u s virtudes, ya recompensadas, nos debe ser mas grata que su
•presencia, y su nombre seguirá Biendo siempre el honor d e su fami-
»lia y de su patria.»

V I.

Fácil es compronder ya por qué el Sr. Brunelli conservaba tan


grata memoria del Arcediano de Lima. En la visita que le hicimos,
además de dispensamos todo género de distinciones, nos habló larga­
mente de él; nos dijo que el Ensayo se lo dedicó á Gregorio XVI por
medio de una magnifica y elegantísima carta latina; que Su Santi­
dad, despues do enterado de la obra, quedó altamente complacido, y
que mandó contestarle en los términos mas honoríficos, diciéndole
que aceptaba con el mayor gusto la obra, cuyo elogio mandó que se
hiciera también. De esta contestación se encargó el Sr. Brunelli, Se­
cretario entonces do la Congregación de Propaganda Fide ¡ y para
escribirla en la forma acordada por el Papa, tuvo que estudiar dicha
obra, la cual le enamoró de tal manera, que siempre la llevaba con­
sigo; añadiendo que era uno de los pocos libros que forman parte de
36
la pequeña biblioteca de los Nuncios; porque nada se habia escrito
mejor sobre la materia. Hay que advertir que igual juicio formó
acerca del mérito de dicha obra el célebre teólogo jesuíta Perrone,
como él mismo lo manifiesta en uno de sus admirables tratados teo­
lógicos.
Despues de esta conversación, tan grata para nosotros, ss enteró
el Señor Brunelli de que mi hermano iba á seguir ol estado eclesiástico,
resolución que aplaudió en estremo; y para que pudiera realizarla
con mas facilidad, le dispensó los intersticios en aso de sus facultades
apostólicas. Gracias á este favor pudo recibir las sagradas órdenes en
tres dias festivos, habiéndose dignado conferírselas el Venerable Ar­
zobispo de Toledo, Señor Bonel y Orba, de buena memoria. El Pres­
biterado lo recibió, como se ha dicho ya, el 1.” de Julio de 1849.
Pocos dios antes de su ordenación, ocurrió un hecho al parecer
insignificante, pero que ejerció marcado influjo en el porvenir de
mi hermano. Esc hecho fue el haberse hospedado el M. R. D. Fray
Cirilo Alameda y Brea, Arzobispo nombrado de Burgos, eu la habi­
tación de su prima, cuya Señora vivía en un cuarto de la casa, en la
que habitaba también nuestra familia en compañía de nuestra ma­
dre. Aunque ni ella, ni nosotros le conocíamos ni aun de vista, nos
pareció muy justo hacerlo la visita de cumplido, para significarle
nuestra consideración y respeto.
Era este insigne Prelado modelo de virtud y de caballerosidad:
tenia rasgos de príncipe, y no podia ocultar que liabia desempeñado
papeles muy principales en la gran escena del mundo. Cautivaba con
su trato, y era tan entrañable y tan cabal en todo, que aun sus menos
apasionados reconocieron en él un mérito superior, y no le escasearon
sus elogios. Sus amigos lo amaban con delirio y lo recuerdan con ter­
nura: no es extraño, porque el cielo Be habia complacido en derramar
sobre él las prendas mas raras, las dotes mas extraordinarias, todas
las riquezas (leí coraaon; y mercad i\ ese bollo conjunto d® relevantes
cualidades, realzadas por su aspecto venerable y par lo distinguido
de sus modales, ejercía no sé qué influencia secreta con que se capta­
ba muy pronto el cariño, la admiración y el respeto de cuantos tenían
la dicha de tratarlo.
Nuestra entrevista con él fue afectuosísima, habiendo tenido la
bondad de devolvemos muy pronto la visita, y entonces fue cuando
por la vez primera conoció á mi hermano, porque con s u b ejercicios
espirituales y preparativos de órdenes, no habia podido visitarlo. Des­
de que lo vió, concibió el proyecto de llevárselo consigo á Burgos y
nombrarlo su Provisor y Vicario General de este Arzobispado; mas
no quiso revelarle ese proyecto, hasta que ordenado cantase la pri­
37
mera Misa, en cuyo dia, que fue el 8 de Julio de aquel año, se lo liizo
conocer por medio de su sobrino el Señor Fernandez de la Hoz. En­
terada mi madre de lo que pasaba, prorumpió en amargo llanto, ol
ver que se iba á separar de un hijo a quien idolatraba, ocaso para
siempre; pero su talento y su virtud le hicieron conocer luego que esa
nueva é inesperada colocacion entraba en los designios de Dios, y no
se opuso ya ¿ que la aceptase, como por último aceptó, no sin gran
desconfianza en sus fuerzas para poder desempeñar bien tan delicado
cargo.
Disfrutaba ya entonces el joven Moreno de una gran reputación
en la Corte, como lo demuestra el oficio que roy á copiar, del Regenta
de la Audiencia Señor Morejon, al evacuar el informe que le pidió el
Gobierno, y que entonces se exigia, antes de aprobar el nombramiento
de Provisor y de expedirle la llcal Auxiliaioria. Dice nsí dicho oñcio:
«El Presbítero D. Juan. Ignacio Moreno se halla felizmente dotado
•de cuantas cualidades desea el Derecho canónico y exige el civil en
»la ley 1 4 , título 1 .*, libro 2 .° de las novísimamente recopiladas en los
‘ que han de ejercer la jurisdicción eclesiástica contenciosa. Ea Doctor
*en Derecho, Abogado con práctica en este Foro, Catedrático de un
•ramo análogo ¿estacarrera, y expositor de la misma ciencia en obras
»elementales que sirven de texto en la enseñanza. Un epítome que todo
»lo diga en breves y claros razones, que ni falten á la comprensión de la
"rudeza, ni Bobrenála del ingenio cultivado, es empresa cuya dificul­
ta d solo conoce quien alguna vez se ha probado en este género de tra­
bajos. Sobre todo, es y ha sido Moreno de una vida inmaculada y sin
♦censura; así consta poco mas ó menos do los informes, y á mí mo
•constaba antes que los informes me lo digeran; y entiendo por tanto
*que es acertadísimo el nombramiento que de él hace el M. R. Arzo­
bispo de Burgos para Provisor y Vicario general de su Diócesis, laque
•indudablemente administrará on justicia y edificará con ejemplos.
•Joven es. todavía y nuevo en el sacerdocio, pero le ha cabido en suertj
•una alma buena, y puede sin peligro ni temeridad escribirse la bis­
utería do toda su vida sesenta años antes de su término. Al evacuar
»el informe que V. E. ae sirve pedirme por Real Orden de 9 del cor-
oriente, refiero la verdad pura y sencilla, y solo puede parecer enca­
necida al que no ha visto retratada 1» virtud con sus propios colores.»
Llegado á Burgos el nuevo Provisor, muy pronto adquirió allí
gran prestigio por su rectitud, por sil laboriosidad en el ejercicio del
ministerio sagrado, por su dulzura y por su talento. Así no es de
extrañar que al año de estar desempeñando este importante cargo,
le propusiese el digno Prelado de la Diócesis para la Dignidad de
Arcediano de aquella Santa Iglesia. ¡Y de qué manera tan honorífica
38
para mi hermano hizo esa propuesta.! «Aunque afortunadamente, de­
soía al Señor Ministro de Gracia, y Justicia, las elecciones eclesiás­
ticas hechas por S. M. han recaído en sujetos beneméritos, me
•permitirá V. E. en desempeño de mi ministerio, que le indique uno,
•cuyo saber, distinguida cuna y virtudes, le hocen digno de ocupar
>el Arcedianato de Burgos, si la Reina Nuestra Señora se digna proveer
•esta Prebenda. Ese Sacerdote benemérito es el Doctor Don Juan
•Ignacio Moreno, Secretario de S. M-, de b u Consejo como Ministro
•honorario del Tribunal del Eacusado, Provisor, Vicario general y
«Gobernador de mi Arzobispado. V. E. que le conoce, no se admirará
•que yo le llame benemérito, ni tendrá por excesiva mi calificación,
•sabiendo, como sabe, que entre los sacerdotes ejemplares es ejem-
•plarísimo, y que por su laboriosidad, su continua asistencia al con-
•fe3onario, sin omitir la predicación de la divina palabra, se ha gran­
jeado la veneración y aprecio, no solo de la ciudad de Burgos, sino
•de toda la Diócesis. Si V. E. le propone í S .M . para Arcediano
•titular da mi Iglesia, esta adquirirá un Prebendado como merece
«tenerlo, y toda la Diócesis celebrará elección tan justa y acertada.»
No fue menester mas para que S. M. le confiriese el expresado
Arcedianato, en decreto de 4 de Enero de 1851, cuya dignidad le im­
ponía nuevos deberes, que cumplió con la mayor exactitud, sin des­
cuidar por eso el buen desempeño del Provisorato; antes bien dedicaba
lioras extraordinarias para el despacho de los negocios contenciosos,
habiendo tenido la Buerte que siendo estos muchos, y por consiguiente
muchas también las sentencias que dictó en ellos, ni una sola fuese
revocada por la Rota.
Entregado ¿ todas estos ocupaciones, y cuando menos lo pensaba,
el Nuncio de Su Santidad Señor Brunelli, qui&o llevarlo á dicho su­
perior Tribunal, y al efecto le preguntó con reserva por medio do un
funcionario de la Nunciatura, si aceptarla una vacante que acababa do
ocurrir en él por fallecimiento ds uno do sus Ministros. Grande fue la
sorpresa de mi hermano, y aun cuando semejante pregunta no pudo
menos do halagarle, principalmente por volver á estar en compañía
de su madre, adoptó una resolución que le honra mucho. Guardó se­
creto; nada dijo ni ni Señor Arzobispo ni á su familia, y contestó ol
Señor Nuncio que le quedaba altamente reconocido por la inmerecida
distinción que le dispensaba, queriendo encumbrarle hasta la primera
magistratura de la Iglesia de España, aunque con harto sentimiento
suyo uo podia aceptarla, porque no le parecía justo separarse de su
Prelado que tanto le amaba, y quo acababa de colmarlo de extraor­
dinarios favores. No obstante esta respuesta, el Señor Brunelli siguió
adelante en su propósito; y aunque entonces tuvo que desistir de él,
39
müy pronto pudo realizarlo por haber ocurrido una segunda vacante
en la Bota. En esta ocasion no mandó hacer á mi hermano ninguna
pregunta como en la anterior, sino que despues de proponerlo al Go­
bierno para dicho cargo, se dirigió al Señor Arzobispo por medio de
una carta en que le contaba el paso que había dado, y que urgía pro­
curase, como en bien de la Iglesia se lo rogaba, que su Provisor acap-
tara la plaza de Ministro de dicho supremo Tribunal para que iba á
ser nombrado, y que evitase hiciera lo que poco antea había hecho,
negándose á admitir igual cargo cuando ocurrióla anterior vacante,
El Señor Arzobispo, que ignoraba todo esto, no pudo contener sus
lágrimas al enterarse de que por amor á él y por gratitud, había he­
cho su Provisor el sacrificio de no aceptar un puesto tan honorífico, y
<lue le reportaba tantas ventajas. Y llamándole á su presencia, le re­
convino amorosamente por semejante proceder, y despues de decirle,
todo conmovido, que esa prueba de cariño que acababa de darle
jamás la olvidaría, le mondó complacer al Señor Nuncio, aceptando
la plaza de la Ilota. En vano fué que le rogase gg sirviera retirar se­
mejante mandato, porque él se contemplaba dichoso de parmanecer
á su lado. Aquel Prelado dignísimo, comprendiendo con bu claro en­
tendimiento que la Providencia reservaba ú mi hermano para mas
altos destinos, y euya intervención se veia claramente en todo lo que
acababa de hacer el Señor Brunelli, mucho mas estando como estiba
relacionado con otros suce&os que antes indiqué, volvió á mandarle
que aceptase dicho cargo, el cual, en justa y debida obediencia á se­
mejante precepto, tuvo al fin que aceptar, habiéndosele conferido ofi­
cialmente por Eeal Decreto de 80 de Abril de 1853.
Grande fue el sentimiento que la separación de su Provisor pro­
dujo á aquel anciano venerable, como bien claramente lo manifestó
en el siguiente oficio escrito de su puño y letra, y cuya lectura no ha
podido menos de enternecerme. Dice asi este notabilísimo documento.
«La bien merecida colocacion en el Tribunal Supremo de la Bota,
•que Y. I. ha debido á la bondad de S. M., si le obliga con pena á
"renunciar el cargo de nuestro Provisor y Vicario general que fiamos
*á su saber, á su celo y á sus virtudes, acerba es también la pena
■que nos causa el haber de admitir una renuncia que deja en nuestra
•Diócesis un vacío casi imposible de llenar: tan justo elogio merecen
•el tino y justificación con quo V. I. ha desempeñado el Provisorato
•desde que tuvimos el acierto de nombrarle para tan delicado destino.
•Damos, pues, á V. I. gracias por los eminentes servieios que ha pres-
•tado á la Diócesis, y á Nos mismo; y al admitirle la renuncia del
•Provisorato, no solo renovamos á V. I. nuestro amor paternal, sino
•que al contestarle de nuestro propio puüo, no» complacemos en ase-
40
■guiarle que le contaremos siempre como miembro de nuestra íami-
■lia, porque nunca deja de ser de ella quien, como Y. I. vive unido á
•nuestro corazon.» Este documento, escrito con una gallarda letra,
y en el hermoso estilo peculiar de ese inolvidable Prelado, está fechado
en Burgos ¿ 12 de Diciembre de 1653.
Pocos dios despues volvió á Madrid, donde estuvo muy contento
al lado de su madre, empleando las horas quo le quedaban libres, des­
pues do terminar las tareas de b u cargo y de despachar los asuntos
de la Junta general do Beneficencia de que era Vocal, en el confeso­
nario, en la asistencia de los enfermos pobres on los hospitales, y en
la predicación de la divina palabra.

V II.

E bu época fue ocaso la mas feliz de su vida, pero duró poco, pues
cuando mas tranquilo estaba, llegó ú saber que pensaban nombrarlo
Obispo de Oviedo, y que con este objeto, el Sr. D. Alejando Mon,
guiado del laudable deseo de que fuese un buen Obispo á su Provincia,
habia escrito al Señor Arzobispo de Burgos. En el acto él le escribió
también, rogándole le socase de aquel apuro. La contestación de este
Prelado, que era su paño de lágrimas, le hizo perder su última es­
peranza. Véase lo que le contestó en 28 de Noviembre de 1856. «Sin
»abrir la carta de V. del 26 comprendí lo que diria en ella, porque
•supuse que le habrían revelado el encargo del Señor Mon. Cuanto
»me dice V. de sí mismo es lo que le parece ser; mas todo lo que yo
»he dicho es lo que debo decir en verdad; justo es que así piense
•V. de sí mismo, obligatorio, sin embargo, ha sido en mí no ocultar
»lo muchísimo q u e d e b e V. á Dios.......Dújesa V. en s u s m an oB y no
■contrarié b u s designios. Esa solicitud del Señor Mon, ¿de dónde
•viene? Lejos V. y lojos todos de la consulta que me ha hecho, sin
■tampoco tener él interés personal alguno, ¿qué debemos pensar?
■Que busca Dios ú V. por el hecho de que los tiempos no son comunes.
■Las demas observaciones quo me hace V. son de facilísima solucion,
»y de ellas nos ocuparemos si llega el caso de lmbcr (b ocuparse de
•todo lo que es meramente accesorio; lo que hoy importa es no hacer
•oposicion a lo que el Señor en su inefable Providencia disponga de
•V, y en rogarle se haga lo que fuere su santísima voluntad: así es-
■tará Y. tranquilo, así no alterará su salud.»
En vísta de eBta carta, tan sábia como discreta, temió mi hermano
dar ningún otro paso. Trascurrieron algunos meses, y cuando creyó
olvidado el asunto, recibió el Real Decreto nombrándolo para la
41
Iglesia y Obispado de Oviedo. Su fecha es de 18 de Julio 'de 1857. Y
ni saber, porque aaí se lo dijo el Señor SeijaB, Ministro de Gracia y
Justicia, que estaba acordado no admitirle la renuncia, caso de ha­
cerla, se puso en monos de Dios y aceptó ese elevado cargo.
• Querido y respetado de cuantos le conocían, dice el biógrafo de
•bu vida (1), admirado por cuantos habían tenido ocasion de seguir
•el vuelo de su poderosa inteligencia, probada en los difíciles desti-
•nos fiados á su cargo, el ilustre sacerdote que nunca habia buscado
•en el aplauso sino en la satisfacción de su conciencia el galardón de
usus obras, reunía las dotes constitutivas de un verdadero Prelado,
Hquo debe ser inquebrantable apoyo del dogma cristiano, celador
«prudente de los costumbres, y atleta denodado de los derechos de la
«Iglesia. Por eso todo el mundo aplaudió la elevación del Señor Mo­
ren o ti la Silla episcopal de Oviedo, para cuya dignidad fue presen­
ciado por S. M. en 18 de Julio do 1857, preconizado por Su Santidad
0el 25 de Setiembre del mismo año, y consagrado en Madrid el 8 del
1siguiente mes de Diciembre.»
Poco después se puso en camino para Asturias, haciendo su en­
trada solemne en la Capital de su Diócesis el 28 de Enero de 1858,
en medio de los aplausos y entusiastas aclamaciones de aquellos no­
bles Asturianos. Y es que vieron en él al Apóstol que Dios les enviaba
para avivar en sus almas, naturalmente buenas, la luz de la fe y la
llama de la caridad. «Yo, hermanos, les decia en bu primera carta Pas­
toral, con el amor y sinceridad de San Pablo, cuando vine á vosotros,
no vine con la sublimidad de palabra» y sabiduría ú anunciaros el tes­
timonio de Cristo, porque yo no lie creído saber algo entre vosotros sino
(í Jesucristo, y éste crucificado.» Para promover su honra y gloria, y
conseguir que sus diocesanos le amasen y adorasen, no hubo sacrificio
que no hiciese ni trabajo que no pasase. Díganlo si no la Capital y tan­
tos pueblos de bu diócesis, visitados por él, sufriendo mil penalidades,
exponiéndose á muchos peligros. Atravesó montes, vadeó ríos, transitó
por sendas y veredas situadas al borde del abismo, hasta llegar ¿ luga­
res casi inaccesibles para ejercer en ellos su sagrado ministerio. ¡Cuán­
tos veces no le vieron exánime, agobiado por los calores del estío, en­
vuelto en sudor y en polvo sin poder continuar la jomada comenzada!
Mas no por eso se desanimaba; apenas repuesto con un corto inter­
valo de reposo, emprendía de nuevo la marcha, bien á caballo ó bien
ápie, por exigirlo así lo escabroso del terreno; y no bien llegaba al
pueblo, dirigia á los fieles la palabra, predicando unas veces en las

(1) Galería BiogTdflco-FolográQca del Episcopado Español.


42
plazas, otras en los campos debajo de un árbol, en pulpitos impro­
visados por no caber en las iglesias loa muchos fieles que acudían á
oírle; ascendiendo en ocasiones estos á cinco ó seia mil, cuyo número
ee aumentaba con los que iban llegando de otros Concejos ó Arcipres-
tnzgos. Estas muchedumbres á manera de los turbas de que habla el
Evangelio, seguían á bu Prelado á los pueblos inmediatos para oírle
predicar otra vez, y pendientes de bus labios, no eo cuidaban de su
subsistencia ni dónde podrían albergarse. ¡Tan hambrientos estaban
del pan de la divina palabra!
Esa predicación no se interrumpía durante los cuatro ó cinco
meses que duraba cada año la visita. La mayor parte de los días
predicaba el Obispo en los va r¡03 pueblos designados de antemano para
administrar el sacramonto de la Confirmación; tarea ímproba, y en la
que habia que invertir muchas horas, habiendo excedido de cien mil
el número de peraonfis qua confirmó en la diócesis de Oviedo! Y
euando era preciso, él mismo preparaba á muchos que iban á confir­
marse, enseñándoles líi doctrina y confesándoles, sin perjuicio de de­
dicar horas extraordinarias para oir confesiones generales de sujetos
que iban á buBcarle, deseosos de descargar sus conciencias, y para
visitarlos libros de los parroquias, habiendo noche que no lo quedaba
sino un corto tiempo para descansar, y lo propio sucedía á los incan­
sables y virtuosos sacerdotes familiares B uyos, que le auxiliaban en
todos estos trabajos.
A pesar de tantas fatigas y penalidades, no se le oyó ni una B ola
queja, ni se le advirtió la menor impaciencia; antes bien, lleno de
dulzura y de caridad, oia á los irnos, corregía á los otros, consolaba
á los desgraciados que se acercaban a él, y los socorría largamente
con Bus limosnas. Y á las iglesias, ya que no podía darles lo que él
deseaba, las facilitó no pocos recursos, disponiendo que quedasen en
beneficio de sus fábricas ciertos derechos que de tiempo inmemorial
se recaudaban en las parroquias, para entregarlas al Prelado cuando
hacia la visita. No habiéndose hecho esta en cuarenta años, esos
derechos importaban una respetable suma; desprendimiento que pro­
dujo un gran efecto entre aquellos habitantes, pues al observar que
no era el interés, sino el celo por la salvación de sus almas, el que
movía al Obispo á ií á visitarlos, esponiendo hasta su vida, se some­
tían á él con docilidad, y ya le fué muy fácil convertirlos á Dios y
alejarles del pecado y de los vicios,
A eBte rasgo de generosidad se debe principalmente el que fructi­
ficase la divina palabra; bien inmenso, que en el órden moral y reli­
gioso dió grandes resultados, como fueron el que muchos, nada ejem­
plares, viviesen despues cristianamente; que cesasen mil escándalos;
43
que se uniesen esposos desavenidos; que se reconciliaran enemigos
inveterados; que hubiese no pocas restituciones; y que se reformasen,
en fin, los costumbres de todas aquellas comarcas, testigos del celo y
de la caridad de su Obispo.
Una de las cosas en que ocupó preferentemente su atención al
llegar á Oviedo, fué el formar un plantel de sacerdotes virtuosos y
sabios, con que poder atender en lo sucesivo á las necesidades espiri -
tuales de la diócesis; y para esto arregló el Seminario, nombrando ex­
celentes catedráticos, y estableciendo el plan de estudios que le padeció
más adecuado, y que puesto en ejecución por su digno Rector, que es
un sacerdote ejemplar, dio excelentes resultados, produciendo en todos
la mns agradable sorpresa, el ver que ¿ los pocos aüos había nuevos
sacerdotes, émulos en piedad y en saber de los antiguos, que desem­
peñaban con gran aplauso curatos importantes, y que se presentaron
poco deapuea en diferentes catedrales, para hacer brillantes oposicio­
nes á las prebendas de oficio. Formó además en el célebre Monasterio
*le Valdedios un Seminario menor, donde pudieran educarse de la
manera más cristiana, y á costa de cortos dispendios, niños y adul­
tos, á quienes se enseñaba las primeras letras, latín y humanidades,
estableciendo también la carrera abreviada, que seguían aquellos jó­
venes, á quienes no les era posible seguir toda la de Teología y Cano*
nes, y sin que la terminasen, no ordenaba á nadie.
En todo lo que se referió, d la ordenación, era muy escrupuloso
el Obispo de Oviedo. No admitía á los órdenes sagrados sino á aque­
llos sujetos de sólida piedad y de instrucción suficiente, enterándose
con el mayor detenimiento de si reunian ó no estas cualidades, y
para cerciorarse de ellas, pedia informes secretos á penonas de con­
ciencia y que no podian engañarle. En los dicu anteriores á la orde­
nación, él por sí daba los ejercicios espirituales á los ordenandos, pre­
dicándoles con el mayor fervor por espacio de nueve diaa consecuti­
vos, y preparándoles para que dignamente recibiesen el sacramento
del Orden.
Al mismo tiempo que cuidaba de que hubiese buenos eclesiásticos,
no desatendía á los seglares, fomentando en ellos la práctica de las vir­
tudes cristianas; y como el mejor modo de adquirirlas y conservarlas,
por no decir el único, os la frecuencia de los Sacramentos, la promo­
vía con gran ahinco, procurando que no prevaleciesen ni &e enseñasen
las doctrinas rígidas sobre esta importante materia, tan en boga en
algunos puntos del Obispado, y que tanto daño han hecho en todas
partes, para lo que no omitió medio alguno, amenazando hasta con
la excomunión á aquellos que enseñasen ó aconsejasen una doctrina
contraria á la que él enseñaba, que cb la purísima de la Iglesia. En
41
esta sania empresa le auxiliaron eficazmente beneméritos y sabios
sacerdotes de los machos que allí abundan, 7 muy principalmente su
docto Secretario, el Sr. D. Cesáreo Rodrigo, hoy dignísimo Obispo de
Orense, así como en todo lo relativo al gobierno del Obispado le sir­
vió de macho el virtuoso, recto é ilustrado Doctoral de aquella Santa
Iglesia, el Sr, D. Inocencio Penzol Lavandera, su Provisor y Vicario
general. Estableció además las Cuarenta Horas en los domingos y
dios festivos, y logró en diferentes ocasiones que los Padres Jesuítas
fuesen í compartir coa él las fatigas del apostolado, dando misiones
on la capital, Gijon y otros pueblos principales; á todo lo cual so
debió que el sentimiento religioso se avivase, que en la. diócesis el dia
festivo no se profanase, que no se oyese ni una sola blasfemia, y quo
con esta reforma de costumbres, viviesen felices y tranquilos b u s ha­
bitantes.
No menos celoso fuó este Prelado en promover el culto, y en que
oste se celebrase con decencia. Regaló a las iglesias los ornamentos
y vasos sagrados que pudo, y un riquísimo terne de raso blanco bor­
dado de oro á la catedral, socorriendo también con mucha largueza ií
los pobres. Hubo más de una ocosion en que libró por medio de sus
limosnas á familias muy decentes de gravísimos disgustos, bien dan­
do secretamente dotes á hijos desgraciadas para que pudieran casarse
y q o se descubriese b u deshonra, ó bien facilitando recursos con quo
pudiesen salir algunos de sus individuos de lances muy apurados,
como sucedió con un capitán del ejército, que habiendo ido á Oviedo
á desempeñar una comision del servicio, perdió en el juego tres ó
cuatro mil reales que había recibido de sus jefes para que los desti­
nóse á dicho objeto, y sabedor el Obispo do que iba á ser procesado
el dicho oficial, y quo la condena de presidio era inevitable, le facilitó
osa suma, con la cual cumplió su compromiso y quedó exento de toda
responsabilidad, conservando su empleo, que on otro caso hubiese
perdido ignominiosamente, y además de librarse de una condena bo­
chornosa, pudo volver á su casa BÍn que su joven esposa, quo era de
clase muy distinguida, ni sus hijos, se enterasen de lo que le habia
sucedido.
No obstante las muchas y graves ocupaciones que de continuo
rodeaban á este Prelado, asistía con frecuencia ú la catedral en los
dios festivos, predicando en ella muchos domingos, principalmente
en el Adviento y Cuaresma. Sus sermones eran homilías del Evange­
lio, ricas en doctrina, en erudición y en ciencia sagrada. Yo he sido
testigo del efecto que producian en su auditorio. ¡Cuántas veces no
podian contener sus lágrimas muchos de sus oyonteBl Recuerdo quo
un domingo de Cuaresma, predicando en lo. catedral de Vallodolid
45
sobre el Evangelio de la multiplicación de los panes y pecas, estuvo
llorando un magistrado desde el principio hasta el fin del sermón, y
me dijo despues que no sabia lo que le habia pasado. ¡Tal era la
unción con que predicaba! £1 amor de hermano no creo me ciega, y
por eso, sin faltar & la verdad, ó sin esajerarla, puedo decir que he
oído pocas homilías ton hermosas y elocuente» como las Buyas, y lo
propio han dicho eelesiáatico3 y seglares muy competentes. No: no las
olvidan los que las oyeron, lo mismo en Oviedo que en Valladolid y
Madrid. Una de ellos, despues de predicada, que publicó en forma de
Pastoral, fué objeto de los mayores elogios. Véase si no como se ex­
presa un entendido literato y publicista, el Sr. D. Lorenzo Nicolás
Quintana, en un artículo que vió la luz pública entonces, y del cual
voy á entresacar los siguientes párrafos.
«Con júbilo en el corazon y provecho de nuestro espíritu, hemos
»leido la magnífica homilía, que en forma de instrucción pastoral ha
•dirigido á sus diocesanos el muy digno y celoso Obispo de Oviedo,
•D. Juan Ignacio Moreno.
«Quería ablandar el únimo de los fieles para que con ternura es­
cuchasen, y fácilmente en el grabasen los grandes misterios de
•nuestra redención, que en estos disu de salud recuerda al mundo
•entero la Iglesia, y al efecto escoje el Evangelio de la Dominica de
•Quincuagésima, verdadero preámbulo de todo el tiempo cuadrage-
»simal. No podía ser la elección más acertada.....
«Habla este esclarecido Prelado, como hablar deben los Obispos.
•Su lenguaje es sencillo, pero de una naturalidad difícil. Su senci-
•Hez en la forma oculta riqueza en los pensamientos. Sus palabras
■son tiernas y persuasivas. Una dulce blandura rocía sus paternales
•consejos. No es posible leer su bella homilía, sin conocsr que la fe es
•su espíritu, y la caridad su aliento. Habla el amor, y dicta el deseo
•de hacer feliz la tierra con la benéfica lluvia de los cielos.
• Como los antiguos Padres de la Iglesia, habla primero desie la
>atalaya santa, y mas tarde con la imprenta, da vida permanente á
«su discurro. Todoa bub hijos no podian oírlo, y él, como Padre cris-
«tiano, quería predicar para todos. El bien no es bien si no es cris-
■tiano, si al menos en la intención no es universal.
«Muy veraado eató el Sr. Moreno en la lectura de loa libros sa­
ngrados y de I03 antiguos Padrjs de la Iglesia. Asombra en este
«punto su inmensa, aunque no afectada erudición. Como San Ber-
«nardo, tiene la habilidad de expresar sus dulces ideas con palabras
■todavía mas dulces de lft Escritura Santa. Su homilía es nn bellísi-
■mo y razonado tejido de frases, escogidas con facilidad y tino en los
«libros canónicos..... Lo repetimos: por sus ideas, por su forma, y
46
ihasta por bu oportunidad, digna es do gran alabanza la instrucción
«pastoral del celoso Señor Obispo de Oviedo.»
Otra homilía predicada en la Catedral el primer domingo de Cua­
resma de 1863, y publicada en la propia forma que la anterior, me­
reció tales aplausos, y me parece tan bella, que no he podido rebatir
al deseo de hacerla conoc3i aquí, ya que no toda, porque extendería
demasiado mi trabajo, sus párrafos principales al menos. Así conse­
guiré amenizarlo de algún modo, y que el lector, cansado de la ari­
dez y monotonía de mi estilo, disfrute un rato de placer, parecido al
del viajero del desierto, que gozoso so detiene á contemplar el bello
panorama que de impío viso se presenta á su vista. También he que­
rido insertar los mencionados párrafos para que se vea he sido exacto
en lo que he dicho respecto á la doctrina del Obispo de Oviedo acerca
de la Comunion frecuente.
Despues de un interesante exordio, en que puso por tema las pala­
bras del versículo 4, capitulo también IV de Son Mateo: No de »olo el
pan vive el hombre, fi no (le twlajMlabra que míe de la loca de Dio», y de
demostrar que la vida del espíritu no eo mantiene con el pan mate­
rial, como la del cuerpo; que ese espíritu necesita otro alimento su­
perior, divino, como divino es bu origen, y acomodado á la delicade­
za de su sér, y que el Verbo divino, que le comunica esta vida, es al
propio tiempo su sabroso y nutritivo mantenimiento; despues de
manifestar que el siglo presente, con toda su animación y ruido,
oon todos eus adelantos é innegables progresos, con todo el orgullo
de sus hombres, que á manera do loa temerarios fabricadores de
aquella torre cuyo término había de tocar en el cielo, nada proyec­
tan sin gritar: Celebrenius numen nostrnm, hagamos célebre nuestro
nombre, es un siglo que bien puede llaman» el siglo del hambre y
del fallecimiento de espíritu, añade: aEste alimento celestial se nos
«suministra, amados hijos, en la Sagrada Comunion. ¡Qué deseos,
•pues, tan vivos, tan eficaces y ardientes debemos tener de comulgar
•dignamente! ¡Qué gracias tan especiales, qué vida tan viva propor-
•ciona la Sagrada Comunion á las almas que con ansiedad y las dis-
»posiciones convenientes la reciben con frecuencia!..... «La comida
•de este Pan vivo que bajó del Cielo, fué la que dió constancia á los
•Mártires, la que conservó é hizo invencible la castidad de las Vír-
•genes, la quo hizo soportar con gozo y alegría á los ilustres Confo-
»sores la abnegación y penitencia mas heroicas.
»Ella es también la que hace que el cristiano, el verdadero cris-
•tiano, aunque vive en el mundo cumpliendo loe deberes de su res-
•pectiva posicion social, no sea de esto mundo. La fe respetuosa y
•prudente, generosa y ardiente con que se acerca á la Sagrada Mesa,
47
■le demuestra todo lo bello y sublime, todo lo suave y amable de
■aquella Filosofía divina, que enseñaba el Apóstol San Juan á los
■fíeles cuando les decía: «No queráis amar al mundo, ni á las cosas
■que hay en el mundo. ■ Y esta misma fe, vivificada con la gracia
■del Sacramento, hace lucir en su alma, al través do los tinieblas de
■nuestra degradada y corrompida naturaleza, la luz verdadera que
•alumbrará todo hombre que tricru á este mundo, la luz soberana del
■Verbo i quien recibe, con quien se une y por quien vive......Esa luz
■divina que brilló en los cielos en el esplendor de los Santos, sobre
■las montañas, sobre los espíritus mas elevados, sobre los Angeles,
■alumbrando á su entendimiento, le inspira prevención, hastio y
■aborrecimiento al mundo, en el que no encuentra sino las tres de-
■testables concupiscencias de que, según nos refiere el Evangelio de
■hoy, se valió Satanás para tentar al Salvador.
•La concupiscencia de la carne, que se insinúa sutilmente: Si Fi~
•lius Dei es, dic ut lapides isti panes Jiant. «Si eres Hijo de Dioa, di
tque estas piedras se vuelvan pan;» pero que con alevosía nos encien­
d e en el amor de los placeres de los sentidos, que ciega el corazon,
■lo debilita, lo corrompe y lo pierde. La concupiscencia de los ojos,
■magníficamente formulada con las palabras de la segunda tentación:
»Mitte te deorsum. «Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo, por-
»que escrito está: mondó el Señor sus Angeles cerca de ti, y te tan t­
arán en sus palmas para que no tropiece la piedra contra tu pié,» y
■que consiste en la temible seducción del entendimiento ó extravio de
■la razón por las ilusiones y engaños de la vanidad, del orgullo, de
■la temeraria curiosidad, de la vana y presuntuosa ciencia. Final-
emente, la soberbia de la vida, ó sea la funesta y fatal ambición de
■los empleos, de los cargos públicos, grandes mandos, de las digni-
» dad es, honores, de lograr á toda costa y por cualquier medio un
■glorioso é imperecedero nombre, que á tantos infelices ha hecho es­
clavos envilecidos de In envidia, siervos degradados de su loca pre-
■suncion, ridículos admiradores de sus propios méritos y extravasan -
■tes idólatras de si mismos. Fué el último recurso de que en el De-
■sierto se valió el maligno para tentar á Jesús, cuando osadamente le
■dijo: Iíac omnia tibí dabo, si catlens adoraveris me. «Todo esto te
■daré bí cayendo me adorares.»
■ ¡Ah! el alma unida á Jesucristo por la buena y provechosa Co-
■munion, puede decir con Salomon: E t invocan, et implevit me tpi-
»ritas sapientia. Le invoqué cuando tuve dentro de mi pecho al ver-
■dadero Melchisedech, cuando vi sentado en el rico y gracioso trono
■del amor sobre mi corazon al divino Bey de Salem, y con este Sa-
■cerdote eterno del Altísimo, le ofrecí el misterioso pan y vino de su
48
•Cuerpo y de bu Sangre; invoqué á mi Dios, pidiendo bu auxilio, su
«protección y ayuda, solicitando la. gracia, la luz y la vida, y me vi
«colmado del espiiitu de sabiduría......
« Igualmente glorioso es el éxito que en aus combatea con la pre­
sunción obtiene el que con frecuencia recibe la Sagrada Eucaristía.
■El exquisito cuidado coa que para recibirla dignamente procura
«cumplir el precepto del Apóstol: Probet autcm te ipgian homo; prué-
■bese, examínese, conózcase á sí mismo el que haya de comulgar, y
«la esmerada delicadeza de conciencia con que de dia y noclie inves­
tiga , si comulgando adelanta en la piedad y hace progresos en el
«amor de Dios, para que con arreglo á la sabia y prudente, suave y
«consoladora doctrina del angélico Doctor se le pueda permitir la Co-
«munion frecuente, y aun la cotidiana, lo habitúa al constante y con*
■cienzudo estudio de sí mismo, que le proporciona un claro conoci-
»miento del estado de su alma, y el difícil y no menos provechoso de
«su corazon; le enseña á despreciar sus propias fuerzas, á temer á
•Dios, 6 estar muy vigilante sobre sus pasiones; y ¡í fin de que el hu-
«racan de la vanidad no las desate ni las desencadene, tiene muy
•presente la gran máxima con que el Salvador triunfó de la segunda
«tentación: Rxirsm scriptuvi est: non tenlabis Dominum Deum tuum.
■No tentarás al Señor tu Dios.
«El temor de que apartándose de tan útil y provechos! enseñan-
■2 a se extravie su razón, y se entregue ií locos y funesto» desvarios,
«le aviva los deseos de nutrirse y fortificarse con el divino manjar
«que mantiene la verdadera vida del espíritu, y de estrechar por este
«medio su unión con el Unigénito del Padre, que bu fe le h ftcc ver
«lleno de gracia y de verdad. Y para excitarse A recibirlo con la fre-
«cuencia que apetece, se dice á sí mismo: Ven, oh almamin, no h
«los 6antos y venturosos lugares de la Palestina, donde este divino
■Señor realizó los místenos de la Redención, y cuya vista, como ose-
«gura San Juan Crisóstomo, te haría exclamar; «¡Felices los que lo
«vieron y tocaron siquiera la orla de su vestido,» no ¿ estos sagrados
«y dichosos lugares, Bino al altor, donde está real y verdaderamente
«presente con b u cuerpo, su alma y su divinidad; donde se halla con
«toda la hermosura y magnificencia del Tabor, con todo el amor y ma­
jestad de la Cruz, con toda la Bantidad y alegría con que, vencedor do
■lo muerte, salió del sepulcro; con toda la gloria, honor y poderío con
»que inmortal ascendió 6 lo» cielos; al altar, sí, donde todos, cual-
«quiera que sea su clase, estado y condicion, el casado, el comerciante,
«el guerrero, el hombre político, el de letras, el de negocios, la mujer,
«el joven, el levita, el opulento, el andrajoso, pauper, sereus et humi-
»lis, como canta la Iglesia, el imperfecto y el santo, todos pueden
49
••acercársele con la frecuencia que su amor les inspire. Aquí está
«aquel Padre que coa tanta ternura ha reconciliado al Hijo pródigo,
»y lo hizo sentar ú su mesa; el Dios de bondad que ha perdonado á
•la insigne y afamada pecadora de la ciudad, y la enriqueció con los
tesoros de su divino amor; aquí se encuentra el médico celestial que
•ha curado á la enferma de una hemorragia que todos los remedios
•de la ciencia humana, y todos los recursos del mundo no pudieron
«corar; aquí es donde se halla aquel Señor misericordioso, que hase-
■parado al publican o de sus injusticias, é introducido la paz en b u
«casa; ese Señor omnipotente, que todos los días sacia á una muche­
dumbre inmensa de hambrientos de este Pan prodigioso, para que
»no desfallezca en el penoso camino de la vida. Ven, y sabrás no
» tentar á Dios, porque aprendería á no emprender cosas grandes sin
»su divina ordenación, á respetar la autoridad, á obedecer ciegamen­
t e á t na superiores, á amar á la Iglesia, á seguir y practicar su doc-
»trina, á huir y detestar la que corrompiendo la fe católica, como Sa­
tanás en la segunda tentación corrompió la letra y espíritu do las
» Sagradas Escrituras, enseñan y difunden por mil medios, y cada
»dia con mayor impudencia, los discípulos y sectarios del demonio,
upara pervertir á la juventud, insurreccionar á los pueblos y disolver
nía sociedad; y si acaso ií impulso de un impetuoso é inesperado so-
••pío de la presunción te llevase este maligno espíritu al alero mismo ó
«pináculo del fastuoso templo de la vanidad, y queriéndote cegar con
«la triste celebridad que ofrece á los inventores y sestarios da nuevas
»y peligrosas doctrinas, te dijesa: Mitte te deoraum, arrójate temera-
oriamente al abismo insondable del error, sagura, sosegada y tran-
oquila le responderás: Human Beriptum est; non Urntahii Dominum
vDaun tmm. «También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios;*
oó lo que es lo mismo, no, no me expongo á perder la verdad, á la
»que amo tanto cuando alumbra é ilustra, como dice San Agustín,
•como cuando acusa y reprende; tanto cuando me manifiesta su on-
»cantadora hermosura, como cuando descubre la horrible fealdad de
••mis defectos; porque no queriendo engañar ni ser engañada, solo
«deseo con Anaias verme cuanto antes sumida en el gozo cumplido de
»mi Dios, que es la suprema verdad......
»E1 amor do Jesucristo lleva al alma que con fervor le recibe en
nía Sagrada Eucaristía, como enloquecida y desalada, en eeguimicn-
Dto del miare olor do sus perfumes, como la sed hace correr al ciervo
•al hermoso manantial de las aguas. Ella considera embelesada
•cómo el Hijo de Dios, á pesar de que es el Rey de los reyes y el Se-
•ñor de los señores; á pesar de ser aquel Señor ante quien todo lo
•criado dobla humildemente la rodilla, en cuyo rostro desean mirar-
i
50
«se los Angeles, de cuyos ojos reciben alegría los cieloa, que ha colo-
Dcado en el miamo sol su trono, y que en las alturas viste un manto
«arrebolado de estrellas, caminó por el mundo, p3sar030, abatido y
»desnudo......*

V IIL

Pena me causa interrumpir esta homilía, porque en su lectura


encuentra reposo el alma y el corazon consuelo; pero debo hacerlo
pora ocuparme do otros documentos, también muy importantes, que
publicó mi hermano siendo Obispo de Oviedo.
«Corría el año 1860, dice el biógrafo antes citado. La impiedad
tponia su hacha destructora sobr¿ la sagrada tierra pontificia. Los
»caballos de los modernos Atilas galopaban, hollando con sangriento
«cosco el suelo do los Papas; y mas crueles que el bárbaro de los
nbunnos, los nuevos invasores no volvían la grupa de sus caballos
■para repasar las fronteras despues de saladar reverentes al inmortal
«Pontífice, que llorando amargamente pedia en fervorosas preces, á
•los hombres comp&sion y al cielo ayuda. La mecha de la guerra
•humeaba sobre los cañones asestados contra el Vaticano. Pío IX se
»veia encerrado en el círculo de hierro de enemigas bayonetas. A la
■faz del mundo se consumaba sacrilega usurpación. La diplomacia
uhabia heclio resonar un canto engañador; y Europa, atónita y co­
barde, veia, sin estallar de indignación, hecha pedazos la túnica de
•Cristo por las espadas de irreverentes soldados. Ante tan doloroso
«espectáculo, el Episcopado español, encendido on santo celo, levan -
■tose á defender al Pontífice despojado, avergonzando con su noble
«entusiasmo á los Gobiernos de Europa que, apellidándose católicos,
■no tuvieron fuerza ni valor bastante para resistir aquel horrendo sá­
nenle" ¡o. El Obispo de Oviedo fué uno de loa Prelados que mas se
■señalaron por su decisión y fervor en la condenación del desmem-
•branaiento de los Estados Pontificios, publicando varios escritos, en
■los que es de aplaudir tanto la elocuencia y el calor del estilo que eu
•ellos centellea, como el profundo conocimiento del Derecho, y el cau-
•dal de pura doctrina católica quo en consorcio admirable los avalo-
ara. Deber ca muy grande de mi-eítro sagrado ministerio cltmiar ante
•Zos cielos y la tierra contra- semejante iniquidad-, decía el ilustre sc-
■ñor Moreno en su carta Pastoral, dada en 8 de Abril de aquel año.
»Y añadia: No yodemos guardar silencio sin faltar á Dio» y á » « es­
tira propia conciencia...... Esta desmembración es el preludio <r priii-
ocipio por donde se piensa comenzar la ruina de la soberanía temporal
51
»del Papa. Empezada la obra, fácil sería llevarla ú su término. Y
»mas adelante decitb: Pió IX ha, manifestado estar decidido y Jirme-
»mente resuelto á sufrir, en defensa de su soberanía temporal, si fuera
« necesario hasta el martirio, y el Episcopado español, d una voz, le fui
•respondido: «¿Hasta el martirio!*
> ¡Oh, y qué martirio tan, glorioso! continúa diciendo en esa mis-
»ma Pastoral de 8 de Abril. Se sufriría en defensa de tina causa, que
oes la cauB& de Dios, de la Iglesia y de la justicia. Se padecería por
«evitar los frecuentes cismas y graves y continuas perturbaciones que
»la destrucción del dominio temporal de la Santa Sede, en el estado
«actual del mundo, habia de ocasionar inevitablemente á la Iglesia;
«y el martirio en este caao sería moa glorioso que el sufrido por no
•adorar los ídolos, porque os mucho mas noble y meritorio, como
«decía un antiguo Padre, sacrificar la vida por 1a salud de toda la
•Iglesia, que por la suya propia.»
Pinta además con vivos colores La persecución de los Papas, la
conservación de su soberanía temporal al través de los siglos, cómo
posaron aquellos gobiernos, aquellos imperios, aquellas repúblicas,
aquellos tiranos que la combatieron; y con la esperanza que le infun­
día su fe, escribió los siguientes párrafos.
«La historia, despues de describir el estado actual de Europa* las
•antecedentes y cualidades personales de algunos de sus príncipes,
•referirá á las generaciones venideras con el rígido y severo lenguaje
•de la virtud y de la verdad, del honor y de la lealtad, los amaños y
•las intrigas, los conciertos y las alianza» que prepararon, dieron
•principio, sostuvieron y consumaron la sublevación de algunas pro­
vincias de los Estados Pontificios, no descuidándose en derramar
«sobre las otros la semilla de la revolución, pata que más adelante
•dieran, sus frutos ó naturales resultados en todo el territorio de la
•Iglesia: referirá también et juicio que acercado esos acontecimientos
«formaron las naciones; cuáles de estas los miraban con buenos ojos,
«y por qué; quiénes otras y por qué causa estaban disgustadas; las
«que contemplaban con indiferencia ó so preparaban á resistir, ya
«moralmente con su silencio, ó con su imponente neutralidad, por
«no poder de otro modo, ya con la influencia de su política, ó con ln.
«fuerza de las armas, ese ataque &la justicia, eso acometida al dere-
«cho, burla do la razón, mofa de la fe, ofensa á la Majestad, pertur-
«bacion del orden piíblieo, amenazo formidable á la soberanía de los
«Estados, y terrible conflagración contra la sociedad y sus más can»
•y vitales intereses. En seguida escribirá que e9a revolución, con sus
«tribunos, protectores y hechuras, con sus desastres y horrores, con
•todos sus engaños, injusticia» y perfidias, á pesar de haberse reali-
52
•zado para ver modo de legitimar despues sus inicuas usurpaciones
*con lo que llamaban autoridad de los hechos consumados; esa revo­
lución se deshizo como el humo, posó como la sombra; pasaron
•también y desaparecieron los que la admiraban y aplaudían, los
■que ufanos de b u s triunfos decían: A la tiara no le queda más qué la
» Cruz. Y tomando acta de estas palabras, terminará la página em-
■pezada, escribiendo con letras que no borrarán los siglos: y esos
■hombres, con sus ojcm centelleantes, no veian brillar en la tiara más
■que la Cruz, y el Pontífice no ae desalienta ni desmaya, sino que
■armándose de sus rayos formidables, la estrecha contra su pecho, la
■adora y la besa, y ol pueblo cristiano, conmovido ante la vista de
«tan sublime espectáculo, exckmrtb.i: ¡La Cruz!...... ¿Solo la Cruz
»es la que veis brillar sobre la tiara? Pues entonces segura es su
»victoria. Y con efecto, todo pasó, y la soberanía temporal de la San-
*ta Sede dura todavía!......»
Con igual inspiración y energía eatan escritas otras varias Pasto­
rales que publicó en defensa del principado temporal de la Santa
Sede, y una de ellas, su fechad de Noviembre de 1859, fué conside­
rada en Boma como de mérito tan sobresaliente, que se mandó inser­
tar en la gran obra publicada en 1860 de órden de Sil Santidad, y
que se intitula La Soberanía temporal del Humano Pontífice, defendi­
da en toda su integridad por el sufragio del Orbe católico. Por no dar
demasiada extensión á eate escrito, me abstengo de copiar algunos de
sus párrafos. Lo que sí debo decir es, que el Papa apreció sobre ma­
nera los servicios que con esos escritos prestó el Obispo de Oviedo al
Pontificado y á la Iglesia; no debiendo extrañarse por lo mismo que
le colmara de distinciones y 1j diese pruebas de b u entrañable cari­
ño. ¡Con qué ternura y de qué manera tan expresiva lo recibió la T ez
primera que estuvo en Boma! «Todavía dura en nuestra alma, docia
■este Prelado á sus diocesanos de Oviedo en otra Pastoral publicada
■en 8 de Setiembre de 1862, la admiración que nos causó cuando le
■vimos por la vez primera, que fué el dia que nos recibió en unión
■con nuestros venerables hermanos los Obispos espaíloles. ¡Cómo ex-
»presaros los emociones do aquel solemne recibimiento, al oirle lia-
■blar de su querida España, de S. M. la Reina, y de todo el pueblo
oespañol, y las que sentimos también en la audiencia que se dignó
«concedernos despues particularmente, al ver el interés con que nos
■preguntaba por nuestros amados diocesanos, y procuraba infor-
«morse de su carácter, religiosidad y costumbres! ¡Cómo describiros
«tampoco b u alegria, al oir do nuestros labios que en la diócesis de
■Oviedo hay fe, que en ella se cultiva la piedad, que su virtuoso
«clero corresponde á bu divina vocación, y que la Religión Católica
53
»B3 encuentra en un estado brillante y floreciente! ¡Cómo, por últi­
m o , expresar I03 delicados sentimientos de gratitud que manifestó
oal recibir la ofrenda de nuestro venerable Cabildo, unida á la que
Den nombre del clero y fieles de la diócesis, y como residuo de ante-
•riorefl donativos, Nos mismo tuvimos el honor de poner ú sus
®3>ié&!........
Muy ajeno estaba este Prelado entonces de que pronto tendría que
dejar la diócesis de Oviedo, para él tan querida. Con lft velocidad del
rayo circuló por toda ella quo habia sido propuesto por S. M. para la
Silla y Arzobispado de Yalladolid. El sentimiento fué general. Todos
lamentaban separarse de su Obispo, y de los pueblos de la diócesis
por donde pasaba al partir, Balia aquella buena gente á despedirle
con loa lágrimas en loa ojos. No hubo demostración que no hicieran
para manifestarle lo mucho que le amaban, y la pena que les cau­
saba perderle tan pronto. El Cabildo catedral le dió también una
prueba de singular cariño, regalándole un dedo de la insigne Mártir
Santa Eulalia de Mérida, Patrona del Obispado, colocado en un gran
relicario de plata, obrada mérito, ejecutada por un artista de Madrid.
Bastantes años han trascurrido desde entone as, y todavía recuerdan
con ternura á su Obispo aquellos nobles Asturianos.
Conmovido él ¿ su vez, les dió el último adiós, por medio de una
sentida corta Pastoral, en la que, despues de decirles que todos ellos
habían sido su gloria y su consuelo durante su Pontificado, y de
darles las gracias por las repetidos pruebas de veneración y amor que
siempre le habían dispensado, sus últimos palabras fueron las mis­
taos que usó el Apóstol para despedirse de los Romanos: Xunc igitnr
projicigear in Jerusulem ministrare Sanclit, Ahora nos partimos á
Yalladolid en servicio de aquellos fieles. «O3 rogamos, hermanos, por
nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu Santo, que nos
ayudéis con vuestras oraciones pira que sea grata á aquellos fióles la
ofrenda de nuestros servicios.» Pocos dias despues, el 1.° do Octubre
de 1868, fué preconizado, y recibido el Sacro Palio en Madrid
el 1.“ de Enero del auo siguiente, de mano3 de su antiguo Prelado,
el Señor Alameda, Arzobispo entonces de Toledo, que so lo impuso
con el placer que se puede imaginar, hizo su entrada solemne en
Yalladolid el 10 del mismo mes.

IX .
«Grandemente 93 congratularon los Vollisole tonos, dice el bió­
g rafo que antes cité, con la promocion del ilustre Prelado, de quien,
"conociendo cuán alto rayaban el saber y las virtudes, con funda-
54
>mentó esperaban la realización de notabilísimos actos. Y el Señor
•Moreno llenó cumplidamente aquellos esperanzas. Como habia sido
•en Oviedo, fué en Vnlladolid guia y amontísimo padre de sus dioce-
»sanos. Y aquí como allí fué también acérrimo defensor de los dere­
ch os y prerogativas de la Santa Silla Apostólica. Porque, cuando
»en España, que ba sido Biempre el porta-estandarte del lábaro cris­
tiano, emulando naciones tibias en la fe, sintió en sus regiones ofi-
•cíales cobardes desmayos ante la voz de la Iglesia, q ue clamaba desde
•las páginas de la memorable Encíclica de 8 do Diciembre de 1864,
•contra las herejías, que taladraban con nuevos espinas la frente de
•Cristo, el Arzobispo de Yalladolid, fuerte en su conciencia, y sin
•aguardará que el Gobierno le diese, por medio del regium exequátur,
•vergonzosa autorización para llenar un deber cuyo cumplimiento le
•era moralmente forzoso, fué el primer Prelado español que publicó
•aquel célebre documento, acompañado de una enérgica Pastoral. *
Así sucedió en efecto; mas entre las cosas lamentables que enton­
ces ocurrieron, una de ellas fue el haberse hecho entender al Arzobis­
po desde esas regiones oficiales, que su procesamiento era inevitable
en el caso de que realizase su propósito de publicar la Encíclica
Qaanta cara sin dicho requisito. Tengo á la vista un documento au­
téntico que acredita la certeza de esta aserción. Pretendíase por lo
visto que los Obispos fuesen de peor condicion que el último de los
periodistas, quienes, como es sabido, habían publicado dicha Encí­
clica, y algunos con comentarios nada edificantes. Mas el Cardenal
Moreno, que nunca se ha doblegado ante el poder cuando se ha opuesto
con injustas exigencias al cumplimiento de los deberes de su minis­
terio, b» cuidó poeo de lo que podia sueederle; y reivindicando los sa­
grados derechos del Episcopado, no menos que los de la Santa Sede,
mandó publicar la Encíclica en las Iglesias de su diócesis, y la Pas­
toral que con dicho objeto tenia preparada.
Ocurría esto en la mañana del 15 de Enero do 1865; y momentos
antes de expedir este mandato, recibió ana «arta de Madrid, en que
se le indicaba que podia sueederle algo desagradable, y que viese bien
si convenía aplazar la publicación do la mencionada Encíclica; y
vuelto hácla mí, apfenas acabó de leerlaj me dijo: «Nuestro padre no»
repitió muchas veces y nos enseñó con su ejomplo que, cuando se tra­
ta del cumplimiento de un deber, hay quo cerrar los ojos y cum­
plirlo. He aquí una bella ocasion para poner en práctica tan sublime
enseñanza;» y sin decir mas, ordenó al Señor Dean que se publicasen
ambos documentos en la Catedral despues del Evangelio de la Misa
mayor que ya estaba celebrándose, y así Be hizo, lo propio que en t o d a s
Ins parroquias de la ciudad.
Faltaba todavía una cosa, y era enterar al Gobierno de lo que
acababa de ejecutar, y con este objeto remitió al Señor Ministro de
Gracia y Justicia en. el mismo dia dos ejemplares de la Pastoral, y
además la siguiente carta oficial, que inserto íntegra, por ser un docu­
mento de la mayor importancia y de muy pocos conocido. Copiado á la
letra, dice así.
aSiempre que he publicado alguna carta Pastoral sobre asunto de
«especial interés, he tenido la costumbre de remitir un ejemplar al
»Gobierno de S. M. Así lo efectuó con la que en esta dia he dado á la
*luz pública, y que V. E. recibirá por separado con oportuno oficio.
*Las circunstancias extraordinarias del caso, me obligan á hacsr
•algunas observaciones sobre ella. Con solo leer la portada, verá
•V. E, que tiene por objeto principal dar á conocer á mis diocesanos
»la Encíclica de Su Santidad del 8 de Diciembre. Lo mueho que sobre
•este documento se ha escrito en los periódicos, el modo altamente
»irrespetuoso con quo en algunos de elloB se ha tratado al Papa en
•el acto mas importante del supremo Pontificado, cual es el ejercicio
•del magisterio universal, y el daño que con esto se está causando á
•los pueblos, me han impelido á no retrasar su publicación. Esta. En­
cíclica, meramente doctrinal y do pura enseñanza, excluye por su
•naturaleza el remedio de retención ó de suplica,, pues el error es
«siempre y en todas partea dañoso, y la verdad no puede ser retenida
■ni suplicada.
• Conociendo la intención con que los periódicos aludidos han pro­
curado complicar el asunto, rebuscando datos históricos é invocando
•disposiciones legales de cierta época, me expreso en la Pastoral con
■la energía propia de mi ministerio á fin de evitar la seducción de mis
•diocesanos, convencido como estoy de que laa leyes del reino no im-
•piden, ni ponen el menor obstáculo en lo relativo á la enseñanza de
•la doctrina católica, ni á la comunicación del Papa con los Obispos,
»y de estos con sus diocesanos.
•Si alguno ó tal vez todos loa eminentes jurisconsultos que acon-
•sajaron al Sr. D. Carlos III la odopcion de alguna de las medidas
•establecidas en la Recopilación salieran del sepulcro, conocerían con
•bu claro ingenio el estado actual de la sociedad y las tendencias de
" los que hoy invocan su autoridad contra la Iglesia, y de seguro, en vez
»de lo que entonces creyeron oportuno proponer al Monarca, le acon­
gojarían lo que aconsejaron 4 S. M. la Reina los fieles y sabios mi-
•nistros que intervinieron en la celebración, ratificación y promulga-
•Clon del Concordato, en que se consignan principios los mas í h t o -
"rabies á la religión del Estado.
•A estos principios debemos atenemos. Según ellos no es dudoso
5G
■el derecho queme asiste para publicar la Encíclica indicada. De otro
■modo tendrían en España mas libertad los que enseñan lo malo, que
■loa Obispos para instruir á los fieles en la doctrina de la Iglesia.
■Pero si, lo que no es de esperar, el Gobierno creyese otra cosft y
•considerase ilegal mi modo de obrar, no rehuyo la responsabilidad.
•He procedido con plena deliberación. Tráteseme, si se quiere, con
■el rigor que no se usa con los que inflingen las leyes con el mayor
■descaro, publicando todos los dias herejías y blasfemias. Esto no
■me privará de la dulce satisfacción que mi alma esperimenta, al
■considerar que he cumplido con un alto deber, como lo exigían mi
■ciencia y el honor miBino del Episcopado.»
Grande impresión produjo este acto del Arzobispo de Valladolid.
Ciertos sujetos no pudieron disimular su enojo, y lo hicieron público
en sueltos intencionados y malignos que insertaron en los periódicos.
Entonces se aseguró, que algunos liabian propuesto el encantamiento
de esto Prelado y que la Reina se opuso resueltamente á ello, dando
nsí una prueba mas de su rectitud y acendrado catolicismo; que des­
pues fueron convocados bastante? hombres políticos y eminentes ju ­
risconsultos para, oírlos sobre este asunto, y que hubo gran diversidad
de pareceres; quemas tarde se sometió este á la resolución del Consejo
de Estado, donde sucedió lo mismo, si bien prevaleció al'fin el mas
sano consejo. Sea lo quo fuese, el hecho es que despues de mucho
ruido, no pocos disgustos y de algún escándalo, se expidió en 7 de
Marzo de aquel mismo año un Real Decreto, concediendo el pane ii la
Encíclica del 8 de Diciembre y al St/Uabus que la acompaña, y sobre
ol que ©1 Arzobispo de Valladolid creyó debía hacer al Gobierno
algunas observaciones. Asi lo efectuó en 22 de dicho mes por medio
de una carta oficial, en la que despues de rogar al Soñor Ministro do
Gracia y Justicia procurase conseguir cuanto antes el acuerdo con
la Santa Sede de que se hablaba en el artículo 4.° del citado Real De­
creto, y de manifestar que esto acuerdo era ol único medio eficaz de
evitar conflictos religiosos que desgraciadamente podían ocurrir con
frecuencia, desde que, á pesar de lo estipulado en el Concordato, el
Gobierno había declarado vigentes, aunque de un modo provisional y
transitorio, las leyes relativas ú la publicación y cumplimiento do
las Balas, Breves y Rescriptos apostólicos, y señaladamente la Prag­
mática de 1768, y aancionndo que sus disposiciones alcanzasen aun á
los documentos que, como la Encíclica (¿nauta cura y St/Haims, son
meramente doctrinales y de pura enseñanza pastoral y teológica, lo
cual habia producido en bu animo inesplicable dolor, añndia lo
que voy á copiar.
«Nadie mas interesados que los Obispos en que, con la adopcion
57
*dc aquella medida tan acertada se bagan imposibles del todo, ó por
•lo menos se dificulten esos conflictos que los colocan en muy especial
»y angustiosa situación. Por vehementes que, llegado el caso, sean
•sus deseos de salvarla, no podrían conseguirlo, pues al mismo tiem-
»po que quieran ser los primeros en la observancia de las leyes del
•reino, y acreditar con su obediencia que son los súbditos mas fieles
»y sumisos de la nación, no pueden olvidar que en el orden espiritual y
•cuando se trata de asuntos religiosos, y con especialidad de la doc­
trina de la Iglesia, tienen otio carácter superior del que no les es
"lícito prescindir, y que por razón de este elevado carácter, reencuen­
tra n con una misión divina que cumplir, con obligaciones muy sa-
•gradas que llenar, y con una autoridad recibida del mismo Dios que
■►ejercer en bien y para la edificación del pueblo cristiano.
•Este sublime carácter, el de Obispo católico, con las atribucio­
n e s y deberes que le son inherentes por adorable disposición del di-
•vino Fundador de la Iglesia, facultaba á San Ambrosio para que,
•en ocasion análoga á la presente, pudiera, sin menoscabar los dere­
ch os de la Majestad, ni faltarle á los respetos que le son debidos,
•decir, poseido de un grande y noble sentimiento, en una de sus car­
t a s al Emperador Valentiniano: tEccc, Impcrator, legem ttiam ex
uparte rescindís; sed utinam non w parte, sed in nnivenum! Legem
tenivi tuam nollem este supra Dei legem. Dei lex nos docuit quid ítf-
•quamur, humana leges hoc docere non pouunt. Extorquere golea' ti-
*midt8 commutationem, fidem inspirare non possttnt.»
■En medio de la perturbación de ideas que padece nuestro si-
•glo, séame permitido valerme de esta autoridad tan respetable para
•acabar do inclinar el ánimo ¡ ya bien dispuesto, del Gobierno de
•S. M ., á favor de una provechosa, justa y radical reforma de las
•leyes que tratan del placiUwi rer/ium en los actos y disposiciones de
•la Santa Sede sobre materias de fe y asuntos religiosos. En el ar­
ticulo 3.° del Real Decreto de 7 del corriente, se anuncíala variación
•parcial que es preciso introducir en esta parle de nuestra legislación,
•pora armonizarla con el nuevo orden político de la nación. Mas
•como no es menos sagrada que la libertad política de los españoles,
•la que, según la ley de Dios, debe gozar la Iglesia en el ejercicio de
•sus venerandos derechos, nnsioso ya de que cuanto antes se lleve á
•puntual cumplimiento lo prevenido en el artículo 4.” del Real Decreto
•citado, no puedo menos de dirigirme á S. M ., con la esperanza que
•me inspira eu piedad, con la gran confianza que tengo en el saber y
•justificación de su Gobierno, para decirle con profunda veneración
•y respeto: t;Ecce, ckmentissima Regina, legem tuam ex parte rescindís,
*sed utinam non ex parte sed in uní versuta? Tjtgem, emm tuam nol/em

tm e supra Dei kynm:» Hemos llegado a conocer, oh Reina augusta,
»la reforma ó derogación parcial de la ley que os proponéis dictar para
•poner en. armonía la Pragmática de 1768 con la libertad de impren-
>ta; ¡cuánto mejor seria que la reforma fuera completa! ¡que alean-
»zara á todos la ley, y que la viéramos pronto sustituida por otra de
•índole verdaderamente española, tan espafiola, sabia y justa como
■las que rigieron en el Reino durante los siglos, y siglos alguno do
■ello» de explendor y de gloria para la legislación española, que pre-
•cedieron á la época infausta para la libertad de la Iglesia en que se
«publicó esa Pragmática; por otra, en fin, que basada en un acuer-
»do con la Santa Sede, no se sobreponga ú la ley de Dios!.......
Entre tanto ocurría todo esto, fué muy celebrado en España el
proceder del Arzobispo de Valladolid. Leíase por todos con gran avi­
dez la Pastoral con que había publicado la Encíclica y el SyUabus;
mas como haya trascurrido ya tanto tiempo, y hoy sea desconocida de
muchos, me parjee oportuno copiar algunos de sus párrafos, porque
así completaré la narración de todo lo acontecido con motivo do la
publicación de los mencionados documentos pontificios.
«El 8 de Diciembre del año que acaba de trascurrir, decía este
■Prelado en su citada carta Pastoral, será memorable en los brillan-
«tea anales de la Iglesia. En asi día, aniversario glorioso de la De-
aclaración dogmática del Misterio de la Inmaculada Concepción de la
«siempre Virgen María, el Sumo Pontífice Pió IX, ejerciendo su au­
steridad apostólica, á que están sometidos los reyes, los pueblos, los
•pastores y los rebaños, ha condenado varios graves y trascendenta­
l e s errores por medio de una notabilísima Carta-Encíclica, que hc-
•moe recibido, y nos apresuramos á publicar en nuestra amada dió-
«cesis, insertándola á continuación de esta exhortación pastoral.
«No es posible desconocer la importancia de este acto pontificio.
«Obsérvese si no el efecto, la fuerte impresión, el ruido universal
»que, apenas conocido, ha causado en todu Europa. No ha vuelto
»esta todavía de la sorpresa que le produjo la noticia de que aquel
•augusto Anciano, desprovisto de todo humano socorro, rodeado de
•enemigos, aborrecido por los herejes, odiado de los impíos y perse­
guido sin tregua por los rebeldes, que con la destrucción de la sobe-
■ranít temporal, se proponen en su insensatez aniquilar el poder es­
piritual de que está revestido, habia levantado su sagrada y vigorosa
»voz para declarar valerosamente errores muy perjudiciales á la Re­
ligión y á la sociedad, doctrinas y opiniones que, á manera de im-
•petuoso torrente de iniquidad, devastan todo lo bueno en los anti-
»guos y modernos imperios. Acción admirable, obra maravillosa, muy
•propia ciertamente de Aquel que, por razón de su eminente digni-
59
“dad, es en la tierra, como asegura. San Bernardo, lo mas grande de
»uno y otro Testamento. TJn Abraliam, un Melchisedecli, un Aaron,
"■un Pedro, un Jesucristo.
•No todos, sin embargo, doloroso es decirlo, han pensado de este
•modo. La condenación pontificia, como era de esperar, ha mortifi-
•codo á loa sectarios y propagadores de las falsas doctrinas reproba-
•das por el Papa. Basta fijar la consideración sobre lo que entre nos-
•otros mismos está pasando, pora conocer que no todos disciernen y
•obran con arreglo u los principios fundamentales de nuestra sacro-
•anata Religión. Unos, al ocuparse de tan precioso é interesante do-
»Cumento, por el vergonzoso temor que manifiestan tener en adhe­
rirse clara y públicamente á su doctrina, parece que solo se han
•propuesto ostentar una prudencia que, siendo de la carne, revela la
“languidez y frialdad de su fe, la pusilanimidad de su espíritu, y el
•vano empeño de engañarse á sí mismos, creyendo que puede Bervir-
»se á dos señores, entre quienes existe el mas irreconciliable antago­
nism o. Otros, con la cólera con que se producen, descubren la &atá-
•nica soberbia que los domina, el extravío de la razón qua padecen,
•y la impiedad á que lastimosamente viven entregados. No faltan,
•por último, quienes, desentendiéndose de las leyes del Reino y de las
•prácticas legítimas que garantizan la libertad é independencia de la
•Iglesia, acuden, ó se manifiestan partidarios de una afectada lega­
lidad para impugnar la Encíclica é impedir su publicación, aunque
» sea a costa de la unión y mutua concordia entre el Sacerdocio y el
•Imperio.
•En circunstancias tan críticas, ¿cuál debe ser el deber de un
1Obispo católico? ¿Podia, por ventura, permanecer silencioso, cuando
’ teme fundadamente que con las opiniones que se acaban de indicar,
»ú otro» parecidas, expuestos en formas las mas atrevidas é inconve-
*nientes, puede extraviarse á sus diocesanos en puntos que se rozan
•tan do cerca con la fe y la moral?
«Por lo que á Nos toca, faltaríamos con semejante proceder á lo
» que debemos al Espíritu Santo que, sin merecimiento propio, nos
»ba elegido para apacentar una porcion preciosa del rebaño de Jesu­
cristo. Por eso, prescindiendo de toda clase de consideraciones hu-
•manas, .exclamamos con San Jerónimo: Non nori Vitalem, Meie-
“ liiiut reapuo, ignoro Paulinnm......Ego interim clamito ; st qais Car
•Hiedra Petri jungitur, vteits est. «No conozco ¿ los que lo someten
«todo, hasta la Religión y su conciencia, á las apreciaciones y cálcu­
l o s de la política, cualquiera que sea su nombre: miro con noble
•desden ¿ la revolución, por formidable y terrible que sea la actitud
•en que la veo colocarse; me tienen sin cuidado esos hombres que Be
co
■dicen de ley, y que 6ok> la invocan contra la lieligiou y ol libre ejer-
■cicio de sus sagrados derechos, teniéndola como letra muerta cuan-
■do se trata de reprimir á loe que la insultan y escarnecen. Entro
•tanto ¡oh nobles y religiosos vallisoletanos! levanto mi voz pora gri-
•tar A todos vosotros, enseñándoos la Corta-Encíclica de 8 de Di­
ciem bre: Yo no Boy sino de aquel que está unido á la Cátedra do
•Pedro. ¿Disgusta á alguno este modo de obrar? Pues no permite
■otro el Catolicismo......
»E1 Gobierno de S. M .( en su sabiduría, conoce cuáles son en el
■orden social, político y religioso, las grandes necesidades do la
•época actual, y está penetrado do que los Obispos españoles, suceso­
r e s y émulos, en cuanto podemos, de los Osios, de los Leandros y
•loe Isidoros, de los Udeíonsos y Cisneros, de los Villanuevas y de
•los Toribios, no cedemos a nadie en amor al trono y respeto á los
•leyes fundamentales del Estado, así como tampoco en sumisión y
•obediencia á la Santa Iglesia Bomana, Madre y Maestra de todas
•las Iglesias.
•La vida perderíamos con gusto antea que reparamos de bu c o -
■muníon, dejando de ejecutar los mandatos del Sumo Pontífice y do
■obedecer sus Encíclicas, porque con el Padre Sin Agustín sostene­
m os, «que todo el que no comunica con este centro de unidad, no
»e8tá en la Iglesia, uo tiene ya parte con Jesucristo, no puede vivir
■de su vida, es un objeto de aversión para Dios, por virtuoso que so
■crea ser.»
• Por tanto, adhiriéndonos firmemente al juicio y decisión del Vi-
»cario de Jesucristo, consignados en la mencionada Encíclica, repro-
■bnmos, proscribimos y condenamos todas y cada una de las malas
■doctrinas y opiniones señaladas por menor en el citado documento
■pontificio, que por medio de esta Corta Pastoral ponemos en yues-
■tro conocimiento, venerables hermanos y amados hijos, á fin deque
■vosotros igualmente las tengáis por reprobadas, proscritas y con-
» denadas, como S9 os manda en virtud de la Autoridad Apostó-

■lica.. •.. •
Muy ealebrada fué también en Boma esta Pastoral, asi como el
noble proceder del Prelado que la escribió. Hubo de producir allí tal
efecto dicho documento, que íntegro y traducido al italiano, se inser­
tó en el Osservatore Romano del 27 del mismo mes de Enero, perió­
dico oficioso del Papa. «Ahora, decía este excelente diario católico, el
•Episcopado español ha tomado ocasion de la Encíclica de 8 de Di*
«ciembre, para atestiguar luminosamente su ilimitada devocion á la
•Santa Sede con un valor verdaderamente apostólico. Y ya que no
»podemos insertar en nuestro periódico Ion Pastorales c°n tal objeto
61
■publicadas, noa limitaremos á publicar solo la del Arzobispo de Va-
-Uadolid, dirigida al Clero y fieles de b u diócesis.»
Mucho gusto he tenido en leerla, traducida al italiano, en un pe­
riódico en que nada doctrinal se inserta bíu consentimiento ó autori­
zación del Papa.

X.

Tales son los hechos que ocurrieron con motivo de la ruidosa pu­
blicación de la Encíclica Quanta cura. Se ha visto el empeño que hubo
de parte de ciertas personas en que el Arzobispo de Valladolid no la
publicase sin el exequátur; pero lo que sorprenderá es qne una de esas
mismas personas, ó por lo menos, de las que manifestaron mayor dis­
gusto cuando supo dicha publicación, según me aseguraron, lo coal
de ser cierto debe atribuirse á un alucinamiento momentáneo, de que
estaría pesarosa despues, porque era muy íntegra y muy honrada, le
escribiese á los cuatro meses, ó sea en 22 de Mayo de aquel año, la
siguiente carta.
•Escribo á V. no solo en mi nombre, sino en el del S.¡ñor N . . . . ,
«para decirle que deseamos ardientemente que pase V. al Arzobispado
■de Granada. La Silla del Padre Taluvora y de D. Pedro Guerrero,
•que tan brillante papel representó en Trento, siempre de grande im-
■portancia, la queríamos ver ocupada por V. cuyas cualidades cono-
•cemos, y en ello quedaría también contenta S. M. Si nuestro ruego
•influyese en su ánimo, nuestro agradecimiento sería eterno. Estoy
•seguro también de que V. no viviría disgustado allí donde el Prelado
•es mas acatado que en parte alguna, siendo ademas un pais que le
•sería grato. Dispénseme V. este poso que solo puede V. atribuir á
•lo que vale y por lo que tanto le aprecia su afectísimo....... •
Esta carta tan honorífica fue el principio de otras gestiones para
trasladar & la Silla de Granada al Prelado de Valladolid; gestiones de
tal índole, que muy luego dieron por resultado el que se le presentase
para el Arzobispado de dicha Iglesia, y allí hubiera ido, si el pueblo
de Valladolid, dándole una prueba relevante de su amor, no hubiera
conseguido ¿ fuerza de trabajo, que se dejase sin efecto el Decreto de
nominación, firmado ya por S. M. según se dijo. No perdió en esto
nada la Diócesis de Granada, porque le cupo en suerte un Prelado
dignísimo, que por su virtud y por su saber hace honor al Episcopa­
do de la Iglesia de España.
En esa época trabajaban con ardor algunos Gabinetes de Europa
para que el Reino de Italia fuese reconocido por todas las Potencias.
G2
En España ee dejó sentir la influencia de ciertos gobernantes extran­
jeros; y con no poca alarma y grande disgusto en la generalidad, so
supo quo estaban muy adelantados esos trabajos y que pronto se pu­
blicaría oficialmente el reconocimiento de ese Reino por el de España.
Con tal motivo se elevaron á S. M. exposiciones y se escribieron mu­
chos artículos en loa periódicos en diferentes sentidos. El Arzobispo
de Yalladolid, deseoso de evitar se diese un poso que no creía digno ni
honroso para el pais, y mucho menos cristiano, siguió distinto rum­
bo que los demos Prelados, los cuales escribieron y publicaron lumi­
nosas exposiciones, Creyó que para. conseguir el fin apetecido, era
mas acertado entenderse en otra forma con el Gobierno; y al efecto
dirigió en 16 de Julio de dicho año de 18G5, al Señor Ministro de
Gracia y Justicia, esta carta oficial, de la que pocos tienen conoci­
miento.
«A pesar, le decía en ella, de que he participado del acerbo dolor
•que han experimentado todos los Obispos de España desde que se
•supo oficialmente que el Gobierno de S. M. se disponía á reconocer
•oficialmente el llamado Reino de Italia, he permanecido silencioso,
•pidiendo muy de reras al Señor se dignase derramar sus luces sobre
•la Reina y su Gobierno en un asunto de tan grande interés para el
•catolicismo, por lo que afecta á la soberanía temporal del Romano
•Pontífice.
■Mas viendo que, á lo que parece, las negociaciones preliminares
«siguen bu curso, en Tez de dirigirme directamente á S. M. con res-
•petuosa exposición, en uso del indisputnble derecho que me asiste,
»he creido preferible hacerlo por el respetable conducto de Y. E. para
«manifestar la confianza que me inspiran la justificación y patriotis-
»mo del Gobierno, que de seguro harú justicia 4 la lealtad y rectitud
»de mis intenciones.
«Bien sabe Y. E. la historia del Eeino que se piensa reconocer.
•Para su formación, sin mas título que el de la fuerza y el de la vio­
lación del derecho de gentes, ha sido despojado el Sumo Pontífice de
•Ja mayor parte de Iub provincias que componen su reducido Estado;
«quedando de sus resultas casi completamente destruida la soberanía
•temporal del Jefe supremo de la Iglesia, con los perjuicios que en el
-orden espiritual han de seguirse de que el mismo, para el sosteni-
omiento de su decoro, dependa de la caridad de los fieles, y que aun
«para su permanencia en Roma, necesite la fuerza y protección de los
•poderosos.
•En vano ha reclamado la Iglesia contra semejante despojo, le­
vantando su autorizada t o z para execrarlo el Papa y todos los Obis-
•pos del orbe católico. La justísima demanda de socorro, el ¡ntare-
(j)
»sanie grito de auxilio dado por el augusto Anciano que ocupa la Silla
•de San Pedro, no ban sido atendidos ni aun por las mismas Poten-
•cías católicas. Las mas nobles é hidalgas, sin duda por no poder
»hacer otra cosa, se han limitado á manifestar el vivo interés que les
«inspiraba la situación del Padre común délo b reyes y de los pueblos,
•y á negarse á reconocer al Rey de Cerdeña como Señor y Soberano
»de las provincias violentamente desmembradas de los Estados Pon­
tificios.
«Entre estoja Potencias se contaha la católica España. En esta
•nación generosa, digan lo que quieran los propios y extraños que
•afectan desconocerla, se conservan todavía muy vivos y vigorosos
■los sentimientos que la sostuvieron en la guerra de ocho siglos, y á
•los que debió también el brio y el denuedo para pelear con admira-
velón del mundo al principio del presente en defensa de su libertad, é
•independencia. ¿Cómo, pues, abandona el sitio de honor en que se
«encuentra colocada para pasar al opuesto, estrechar la mano y fra-
•temizor con los que contristan á la Iglesia, privándola del señorío
•temporal, que para resguardo, mayor lustre y libertad en el ejercicio
«del poder divino y espiritual, la Providencia le diera en el trascurso
■*de los siglos? ¿Será posible que así prescinda de sus ma3 gratos y
•embelesantes recuerdos, manche su brillante historia, y rompa en
•un momento todas sus antiguas y gloriosas tradiciones, que son las
«que en Europa la hacen grande, poderosa y temible?
• Por apremiantes que sean en la actualidad las exigencias de la
•política, no puedo persuadirme se acceda en nuestro suelo al recono-
•cimiento de un Reino formado Bobre la ruina de la soberanía temporal
» de los Papas. Y me lo persuado menos, al ver que el Gobierno de
»S. M. se compone de nobles y leales caballeros españoles, y está
»presidido por un General ilustre, que tantas nueva» glorias adquirió
-paia su Reina y para su patria en la última y reciente guerra de
‘ Africa; esa guerra que por el valor y la fe de los que combatían bajo
•el esclarecido pendón de Castilla, la bravura y fidelidad de sus caq-
» dillos, y por el ardoroso entusiasmo de todo el pueblo, fue brillante
■testimonio de que la España de la segunda Isabel, es la misma en
•sentimientos de hidalguía, de generosidad, de virtud y acendrado
»catolicismo que la de Femando el Santo y de Isabel primera.
»Por eso en la aflicción que padece la Iglesia, acudo confiadamente
»á V. E. para rogar por su medio al Gobierno, proponga á S. M. la
»suspensión de los negociaciones que hayan podido iniciarse para el
•reconocimiento del Reino de Italia, hasta que el Rey de Cerdeña se
•haya puesto de acuerdo y celebrado un arreglo con el Santo Padre,
•único Señor y legítimo Soberano de las provincias que, para con&ti-
64
«tuir aquel, han sido usurpadas al territorio de los Estados do la
«Iglesia.
.Así lo reclama la justicia, lo exija el derecho, lo pide el eatolieis-
>mo, lo demandan el honor y el decoro de la nación. Así también lo
•súplica á nna voz el Episcopado Español.»
Nada consiguió el Arzobispo de Valladolid con esta elocuente
comunicación. No se le hizo caso, y sucedió lo que era de temer, y
lo que todo el mundo sabe: el reino de Italia quedó reconocido ofi­
cialmente por España. Bien le pésó después á alguno de loa que con­
tribuyeron, sin duda por engaño, á este reconocimiento. Su pena fué
grande, y mayor la amargura de su llanto; siendo en vano que t e ­
tasen de consolarlo sus amigos. No es extraño: hay dentro de nos­
otros mismos un tribunal, donde solo el amor propio ó las pasiones
pueden hacemos prevaricar por algunos momentos; mas al cabo
triunfa, ti pesar nuestro, el juicio incorruptible de la virtud. El reo
de un delito puede ser absuelto por el juez, jamás por bu con­
ciencia......

...... Prima hac est ultio, qtiod, se


Judice, nemo nocen* absolviUir: improba qiMineix
Gratia fallad PratorUi linecrit urna (1).

Hondo pesar causó también al Cardenal Moreno este reconoci­


miento, que lo supo, porque yo, con dolor también, le enssñé la Ga­
ceta oficial el dia de Santiago de ¡iqucl año, en el momento de ií' él ú
celebrar de pontifical en la catedral: paro le quedó el dulce consuelo
de haber llenado un alto deber; y el que lo cumple sin otra mira
que el bien de la Iglesia y la defensa de sus sagrados derechos, ó lo
que es igual, solo por Dios, aun en esta vida suele recibir su recom­
pensa. Asi sucedió á dicho Prelado cuando menos lo esperaba. Oigase
lo que Bobre esto dice el biógrafo antes citado.

X I.
•Los incesantes desvelos con que procuraba el bien do sus dio­
cesanos, el esplendor de la religión y el decoro de su patria, la odlie-
•aion fidelísima qne profesaba á la Silla de San Pedro, su luminosa
«inteligencia y piedad acendrada, méritos bastantes fueron para que el

(1) J u ven a l, tu l. 13, v . 2 el seq .


65
■Sumo Pontífice, que por experiencia los conoció cuando el Arzobispo
“de Valladolid estuvo en Boma en 1862, para asistir á la solemne ca-
»non iz ación de loa Mártires del Japón, y en 18G7 cuando se celebró
»cl décimo octavo centenario dol Príncipe de los Apóstoles, donde
•firmó con los demos Prelados el mensaje aplaudiendo el designio
•del Papa de celebrar el Concilio Ecuménico, le creara Cardenal de
“la Santa Romana Iglesia en el Consistorio secreto celebrado en 18 de
•Marzo de 1868. Jamás en su modestia pensara el insigne Prelado
•ser merecedor de tan alta distinción, y hondamente conmovido por
•el esclarecido honor que la benevolencia del Papa le dispensaba, re-
•cibió en 4 de Abril, de manos de S. M. la Reina Doña Isabel II, la
“birreta cardenalicia de que habia sido portador al Ablegado Monse­
ñ o r Edmundo Stonor, Camarero secreto de Su Santidad.*
Esta augusta ceremonia se celebró en el Real Palacio con gran
solemnidad, habiendo recibido también en el mismo acto dicha in­
signia cardenalicia el Escmo. Sr. D. Lorenzo Barilli, Nuncio de Su
Santidad en España, y la describe la Gaceta, oficial del 5 de Abril de
aquel año, con la mayor exactitud y en I03 términos que voy ¿ referir,
añadiendo lo que de mi cuenta digo acerca del Cardenal Alameda, y
lo que indico despues del discurso del Ablegado, respecto de las dis­
tinciones que S. M. la Reina dispensó á mi hermano. Hallábanse en
la Real Capilla á las doce del referido dia, hora señalada al efecto,
S. M. la Reina, el Rey su augusto esposo, el Príncipe de Asturias, el
Infante D. Sebastian Gabriel, con todos los funcionarios de Palacio y
la Real servidumbre, y ocupaban tribunas especiales como convida­
dos, el Consejo de Ministros y el Cuerpo diplomático extranjero. Ade­
más de las personas notables qne concurren en semejantes ocasiones,
ocupaban también sus localidades correspondientes el Emmo. Sr. Car­
denal Alameda, Prelado que fué del nuevo purpurado, y que lleno de
gozo asistió á esta solemne ceremonia, viendo á b u antiguo Provisor,
ti aquel joven que conoció seglar, y ¿ quien vió por la vez primera en
uno de los dias inmediatos á su ordenación, riéndolo, repito, encum­
brado hasta el Cardenalato. A la derecha del aliar encontrábanse tam­
bién el M. R. Arzobispo de Cuba, y el Qmo. Obispo auxiliar de
Madrid, ocupando b u respectivo puesto el M. R. Patriarca de las
Indias.
Presentado á S. M. la Reina por Monseñor Stonor el Breve de
Su Santidad, y leido por el Notario de la Real Capilla, le dirigió di­
cho Ablegado este discarao: *En nombre del Sumo Pontífice Pió IX,
* traigo para poner en las Reales manos de V . M. la birreta purpú­
re a , testimonio el mas espléndido del cariñoso afecto de Su Santi­
d a d y de su aprecio & esta preclara nación católica, que en vuestro
es
«reinado se ve coda dia más y más floreciente por la prosperidad de
«los pueblos, y juntamente por la Religión.
>Y ciertamente, la nación española, instruida en la fe desde el
•principio, por el Bienaventurado Apóstol Santiago, siempre ha bri-
•liado entre las nociones católicas, y on e3toa últimos y trabajosí-
« simas tiempos, se ha presantado como un baluarte Tortísimo contra
-los esfuerzos (le los impíos y las conspiraciones de los perversos.
•Por lo cual, Boma, en k>3 peligros que recientemente han
«ocurrido, y que con el favor <le Dios han redundado en tanta gloria
»y bien suyo, ha experimentado que tiene un fuerte apoyo en el
•Reino Católico de las Españas, y on la sabiduría y auxilios de vues-
•tro Gobierno.
•Y considerando en su ánimo todo esto nuestro Santísimo Padre
■el Papa Pió IX, para manifestar los moa vivos sentimientos de la
«gratitud de su corazon á un varón, que os del mayor agrado
«de Y. M. y de toda la nación, ha determinado agregar al Sacro
«Colegio de Padres Purpurados, al muy Reverendo Arzobispo de Va-
»liado lid.
«Así ha confirmado el juicio que ya hace tiempo manifestó V. M.,
■y juntamente ha remunerado los eminentes servicios que ha preetn-
«do el Arzobispo i la Iglesia Católica, y b u particular devocion ó la
«Santa Sede y al Principe de los Apóstoles.
«Aumentado con este nuevo nombramiento ol número da los Pa-
•dres Purpurados, que son la gloria y el ornamento de vuestro muy
«floreciente Reino y de la Iglesia toda de España, se añade como
»un nuevo eslabón á aquellas cadenas de oro> que estrechan mas y
«mas á esta nación católica con la cátedra de San Pudro, y los au­
gustos nombres de Pío IX y de Isabel II resplandecerán unidos con
«nuevo y mútuo explendor.
•Dígnese, pues, V. M. condecorar con estas insignias del Sagra­
ndo Cardenalato, al Arzobispo Juan Ignacio Moreno, que según su
•distinguida piedad y virtud las recibirá, no como una señal de un
•simple honor cualquiera, sino antes bien, como una nueva prueba
«mas fuerte de la obligación con que debe estar pronto á defenderlos
•derechos de la Religión y de la Silla del Bienaventurado San Pedro,
«hasta derramar b u sangro, si fuere nacesario, y ser ma3 adicto al
•Romano Pontífice y 6 V. M.
•Entre tanto, Señora, ruego humildemente á V. M. que reciba
« con agrado las expresiones de mis felicitaciones. El Rey de Reyes y
«Señor de los que dominan, de quien proceden todo poder y todos los
«bienes, sea siempre propicio á V. M., á vuestro augusto Consorte,
«al Principe Real y á toda la Real familia, y os conceda disfrutar do
G7
“aquella paz y prosperidad, mediante la cual, despreciando tantos y
■tan grandes trabajos, podáis en adelante y tengáis fuerza para
“atender cuidadosamente tí la felicidad, no solo temporal, Bino tam­
b ié n espiritual, que es la que mas apreciáis en vuestros súbditos.»
S. M. la Reina, que tanto influyó para que al Arzobispo de Va­
lladolid le confiriesen esta altísima dignidad, y que se complació
siempre en darle las mayores pruebas de su Real aprecio, distin­
guiéndole en cuantas ocasiones se le presentaron, oyó con la mayor
satisfacción y benevolencia el discurso de Monseñor Stonor; y des­
pues de abrazar, según costumbre, é imponer la birreta al nuevo
Cardenal, este se descubrió, y para tributar á S, M. el homenaje do
su profundo respeto y gratitud, se expresó en estos términos:
«Señora: Con profundo respeto y gratitud indecible me he aeer-
»cado al Trono de V. M. pora recibir de b u s augustos manos las in-
■signias de la sublime dignidad de Cardenal de la Santa Iglesia Ro­
m ana, que por la bondadosa mediación de Y. M. se ha dignado
«conferirme el Sumo Pontífice.
•Al verme constituido, sin merecimientos propios, en este elevu.-
»do cargo, no puedo menos de recordar con emocion los ilustres nom •
•bres de Mendoza, de Jimenez de Cisneros y de otroa varones insíg­
anos, que con sus grandes acciones le dieron brillo y esplendor, y l l ­
agaron á ser gloria imperecedera de la Iglesia y de la España.
»La interesante historia de esta noble y generosa nación tiene
«Consignados en sus mas bellas, páginas los hechos memorables de su
•vida, que el mundo escucha todavía con asombro. Y Alcalá, Tole-
•do, Valladolid, capital distinguida de mi amada diócesis, entre
•otras poblaciones importantes del Reino y del extranjero, conservan
•magníficos monumentos de la piedad, de lo sabiduría, del amor A
>•las letras, de la protección á las ortos, de la lealtad y patriotismo
•de esos célebres Cardenales españoles.
•La honrosa investidura que acabo de recibir en unión del sabio,
•egregio y Emmo. Prelado, que por largos años y con aplauso de
'todos, ha desempeñado cerca de V. M. el importante cargo de Nun-
•cio Apostólico, me impone la imprescindible obligación de procurar
■imitar en lo posible las raras virtudes y heroicas acciones de aque-
“llos hombres extraordinarios, sirviendo yo con fidelidad inquebran-
«table á V. I I ., con abnegación y constancia á la patria, con fe y
■‘Valeroso celo á la Iglesia. Así, con el favor de Dios, me resuelvo á
«hacerlo, y públicamente lo declaro en este acto solemne, que me
■proporciona además ocasion de cumplir otro grato deber.
»E1 de tributar, Señora, por mi promocion, humildes acciones de
■gracias al venerando Vicario de -Jesucristo, sobre la tierra, al ínmor-
68
» tal Pió I X , ú ese esforzado defensor del derecho y de la justicia, á
«quien V. M., con el amar filial quo le profüBa, se complace en reco­
n ocer que, como Pontífice y como Soberano, es la verdadera gran-
■deza de nuestra edad, la admiración de nuestro siglo. Debjr santo,
«que se halla inseparablemente unido al no m3no3 sagrado ptvr.t
•mí, de dar al propio tiempo, por igual motivo, reverentes gracias
•tí V. M., que con su ardiente fe, con la equidad y justicia de su»
•leyes, el amor A sus pueblos, constante afición á todo lo bueno y
•á todo lo grande, con los actos esclarecidos de su glorioso reinado,
•ha sabido enaltecer mas y mas el secular, biea cimentado y c&plen-
■doroso Trono de Recaredo y de San Femando, y acreditar ante la
■nación y ante la Europa, quo os dignísim'a sucesora do Isabel I de
>Castilla.
■Seria incompleto este insignificante testimonio de gratitud para
•con mis dos insignes y excelsos bienhechores, si no ofreciera el ho-
•menaje de mi alta consideración y profundo reconocimiento íí S. M.
•ol Rey, ni Sermo. Sr. Principo do Asturias, quo en la famosa cueva.
■do Coyadonga, junto & I03 sepulcros de Pidayo y de Alfonso el Ca-
■tólico, recibió en mis brazos el Sacramento de la Confirmación,
-por haberse dignado Y. M. dispensarme el grande honor de que
■fuese su padrino. A llí, Señora, en aquel sagrado lugar Pcuna do la
■Monarquía, entre entusiastas aclamaciones de I03 nobles asturianos,
•interpretes, como en otras muchas ocasiones, de los leales sentí-
•míentos de todos los españoles, con la Unción santa se le comunicó
«la gracia que le ha de fortalecer, para que algun dia soa, como sus
■augustos Progenitores, defensor valeroso de la fo de Jesucristo y de
•la Unidad católica, que simboliza las glorias y la,3 grandezas de Es-
■paüa. Ofrezco, por último, el mismo homenaje de veneración y res­
úpolo í los Sermos. Señores Infantes y ii toda la Real familia.
» ¡Quiera el cielo protegerla decididamente, y concederme á mí la
•dicha incomparable de que se cumplan mis deseos, de procurar siem-
»pre y ¿ todo trance el honor y lustre de esta sagrada Púrpura, que
•si, como ingenuamente confieso, no he merecido, os aseguro, Ssño-
»ra, que no deshonraré jamás!»
S. M. escuchó con viva atención y singular agrado este discurso.
Los nuevos Cardenales pasaron entonces á la sacristía, donde fueron
revestidos de la Púrpura, y volvieron á la Capilla & ocupar el sitial,
que, como á Príncipes de la Iglesia, les estaba destinado frente al de
SS. MM., celebrándose, por último, una Misa con la mayor solemni­
dad y en la forma correspondiente al dia» en la quo loa nuevos Car­
denales dieron su bendición.
Así terminó esta augusta ceremonia, á la que asistí yo en eompa-
G9
ñía de mis hermanos. Mas como no hay gozo cumplido en «sts mun­
do, el nuestro se acibaró también con el recuerdo de nuestros padres,
difuntos ambos, pues mi madre había muerto también dos agos an­
tea. Desde el cielo contemplarían á sus hijos y loa colmarían de ben­
diciones, ya que el Señor, en sus adorables designios, no permitió que
en la tierra presenciasen ese acto tan solemne, que les hubiera hecho
olvidar todas las amarguras de su vida.

X II.

Investido el Arzobispo de Valladolid de esta alta dignidad, tanto


mas honrosa para él, por ser el primer Americano á quien se había con­
ferido, se consagró con nuevo ardor á promover el bien espiritual de sus
diocesanos y é defend er los sacrosantos derechos de la Iglesia. «Invaria-
•ble en b u s principios, dice el biógrafo anteriormente citado, firme en
•sus creencias, observador escrupuloso de sus deberes, al cumpli-
»miento de los cuales, todas las conveniencias y respetos humanos
»sacrifica, el Cardenal Moreno ha procurado siempre y a todo trance,
»como prometió en el acto de recibir sus insignias cardenalicias, el
•honor y el lustre de la sagrada Púrpura quo viste. Épocas azarosas
•han conturbado la nación española, y en ellas es cuando se han
•puesto mas de relieve las egregias cualidades del Emnio. Cardenal.
»Cuando la revolución da Setiembre, removiendo la patria hasta lo
•mas hondo de sus bases, puso sobre la Religión sq profana mano,
•el Cardenal Moreno salió en defensa de la justicia vulnerada, de la
•verdad escarnecida, elevando al Gobierno valientes exposiciones, lle-
•ñas de elocuencia y nutridas de doctrina, ya pidiendo en nombre de
" la Religión y de la patria que no se rompiese la Unidad católica.
»vínculo de amor para todos los españoles, distintivo glorioso y es-
•malte purísimo de nuestra historia; ya protestando contra los gro­
seras calumnias con que se intentaba manchar la honra, del Episco­
pad o, y reivindicando noblemente los sagrados derechos eclesiás­
tic o s , desconocidos y atropellados.»
Conocidas Bon de todos las medidas de persecución con que se afli­
gió h la Iglesia durante el período revolucionario. Contra toda* protestó
y reclamó el Cardenal Moreno con la mayor energía,como sa irá vien­
do, á medida que se conozcan b u s actos, tí la vez que sus escritos en
esa época tan funesta para nuestra patria.
El primero de estos fué una exposición que dirigió al Gobierno,
en unión de sus Sufragáneos, el 28 de Noviembre de aquel mismo
a ilo. Acabábanse de proclamar los principios mas disolventes en el
70
órden moral, religioso y politico, y de dictarse varios decretos disol­
viendo las comunidades religiosas de varones, reduciendo á la mitad los
conventos de loa infelices monjas, extinguiendo las Conferencias de
San Vicente de Paul, y privando & los Seminarios Conciliares de sus
mezquinas asignaciones; y por medio de la expresada exposición com­
batió esos principios y reclamó contra esas medidas, que mas que un
acto del poder público, parecían un toque de arrebato contra el Catoli­
cismo. ¡Tan grande era el perjuicio que causaban ó sus sagrados in­
tereses! Es tal, A mi juicio, la importancia de este documento, así
como la de otros do que me voy á ocupar muy pronto, que no lie
querido extractarlos, porque aunque el extracto se hiciese con fideli­
dad, sería insuficiente para que se forme ideal cabal de su mérito, pre­
firiendo por esta rnzon insertarlos íntegros, al menos en su parte mas
sustancial, y también por estar persuadido de quo lian de leerse con
gusto. Además do que asi logro dar mayor interés á esta B iografía,
y pueden ser también muy útiles para escribir la historia dala perse­
cución de la Iglesia de España en este infortunado período.
Véase ahora lo que el Cardenal Moreno, en unión de esos vene­
rables Prelados, decia en la mencionada Exposición.
«Silenciosos han presenciado los gravo» acontecimientos políticos
»ocurridos en el país, y en los que es innecesario asegurar no tuvie­
r o n participación alguna. Tampoco la tendrán en los que puedan
«sobrevenir en adelante. Han colocado toda su confianza en Dios, de
•cuya infinita misericordia esperan sean faustos y venturosos. Así se
»lo piden en sus oraciones, procurando al mismo tiempo llenar dig­
namente la misión que les está confiada, y pelear con valor en la
•ludia &que les provocan los enemigos de la Iglesia y defender la doc-
»trina de salvación que ella predica. No emplearán para esta lid sa­
ngrada otras armas que las que Dios ha puesto en sus manos; y al
‘ asegurarlo así, cumple á su honra lastimada desmentir unánimes la
•aserción calumniosa, que al decir de los periódicos, se ha vertido
»por alguno ante un público numeroso, de que los Obispos cmjjlüa-
•ban en fusiles bus rentas, y convertían en clubs de conspiraciones
» s d s moradas. Los Obispos quo suscriben rechazan tan grave como

«infundada calumnia con todo ol sentimiento de su dignidad, inme­


recidamente ofendida. No: no se valdrán nunca de esos medios.
«Cuentan con otros mas legítimos y eficaces para triunfar en esa
•lucha.
• Uno de ellos, y el principal de todos, es tener una regla segura
•y principios invariables para resolver en el órden moral y religioso
«toda clase de cuestiones, y por consiguiente también las graves que
ose agitan en España. Esta regla y estos principio» son los que la
71
■Iglesia Católica tiene establecidos en el precioso cuerpo de su. celes-
» tial doctrina. Alumbrados con su luz, al través de la asombrosa di-
» versidod de las opiniones humanas, que agravan sobre manera la
•situación de los pueblos en loe momentos críticos de sus grandes con-
•vulsiones políticas, y cuando todo es duda, oscuridad, confusion y
«desorden, podrán, sin perplejidad de ninguna clase, reconocer el
•derccJw, mostrar al hombre la verdad, enseñarle íiw deberes, defen-
•der la justicia, de la que ni la sociedad ni el individuo pueden nun-
»ca prescindir, y recomendar la libertad, que concretada á las mate-
» rías y circunscrita ¿ loa límites que la omnipotente mano del Excel-
«so le tiene señalados, es tan fuerte como el derecho, tan hermosa
•como la verdai, tan necesaria como la justicia, tan santa como el
» deber, y finalmente, tan conveniente y provechosa como lo es el ór-
»den para labrar el bien y la felicidad de las naciones. Tal es la idea
■que tienen formada de la verdadera y bien entendida libertad. La
■»ilimitada, dice Cicerón, filósofo republicano y gentil, se convierte
» para la sociedad y el individuo en insoportable servidumbre. Nimia
» libertas, etpopulis ct im calis in nimúim sereitutem cadit.
•Lamentable os, por lo tanto, el uso que se hace entre norotros
■de la Hberlad de imprenta. Desgraciadamente en todas partes se ha
«convertido por muchos en licencia, y á veces esta llega hasta el sa-
•crilegio y la blasfemia. Por medio do la prensa periódica y la que no
■lo es, se ataca con osadía al objeto mismo de nuestra odoracion, se
«escandaliza al que cree, se hace mofa del Catolicismo, se escarnece
» la moral, se injuria á la Iglesia, se ofende al Papa, se menosprecia
•al sacerdocio, se excita en contra suya el encono del pueblo, se hace
•uno y otro dia mofa de los mas bellos y santos institutos cristianos,
'y se cometen otros desafueros semejantes contra la sociedad, los
■particulares, la decencia y el publico decoro. Este funesto y perju-
«dicialísimo abuso deploran y reprueban los exponentes. Y si el pedir
■al Gobierno bu remedio es un derecho que á ningún español puede
•negarse, para el Episcopado e3 además un deber, al que los que sus­
criben ni pueden ni quieren faltar.
•La libertad de asociación exijo por su misma naturaleza, sea 1¡-
» cito y honesto el fin que se proponen los asociados. Carece de ho­
nestidad y licitud el que estuviere prohibido por la Religión, la mo-
-r»l y las leyes. Da otro modo, el ejercicio de esta libertad Bería un
«peligro inminente para la nación, la que, por el contrario, no puede
•on manera alguna consentir se considere como objeto reprobado para
•el uso de ese derecho, el bueno, justo, santo y sublime de las aso­
ciaciones católicas. Infiérese de aquí, que establecer por una parte,
•en virtud de un decreto del Gobierno Provisional, la facultad de
T¿
•asociarse libremente), y extinguir por otra, en virtud de otro decreto
»del mismo Gobierno» aunque dictado por di vareo Ministerio, respe­
tables asociaciones religiosas, legal y canónicamente erigidas, ex-
•pulsando de bub cosas á los inofensivos individuos de uno y otro
«sexo que las componían, apoderarse de los edificios que ocupaban y
»por legítimos títulos les pertenecían, de sus bienes, dinero, alhajas,
«existencias de todos clases, y hasta de los semovientes, como se
«previene en el nuevo y reciente decreto del Ministerio de Hacienda,
«es contrarío á los mismos principios que constituyen la esencia de
«la libertad de asociación, envuelve una notable contradicción de
•doctrinas, y se perjudican derechos que son muy sagrados para la
«sociedad civil y religiosa.
•Así realmente sucede. Los decretos expedidos por V . E. dispo-
«niendo la extinción de la Compañía de Jesús, y comunidades crea­
b a s con posterioridad ni aQo de 1837, la reducción á la mitad en
•cada provincia de los conventos de Monjas, y la supresión de las
•por todos conceptos apreciables Conferencias ti3 San Vicente do
«Paul, no menos que el que para ejecución do los mismos se acaba
»de dictar por el Ministerio de Hacienda, lastiman de un modo quo
■no podia esperarse la libertad de elegir ostado segan la vococion do
■coda uno, la de consagrarse ú la práctica de lo» consejos evangelí­
ceos, se (alta ni respeto debido á la propiedad, y ni que por el mismo
■derecho do gentes merece un convenio solemno cjlobrado con la
■Santa Sede.
■De sus resultas se han visto desaparecer en un momento los acre­
ditados colegios en que doctos profesores enseñaban la virtud y la
■ciencia a la juventud, al propio tiempo quo proporcionaban trabajo
■y recursos ¿ los moradores de los lugares en que estaban legítima-
amento establecidos; se lian destruido ricos planteles de virtuosos y
■entendidos Misioneros, que no solo se ocupaban con infatigable la­
boriosidad y el mayor desprendimiento en doctrinar y moralizar á
■los pueblos de la Península, sino que llenos de caridad, abnegación
■y patriotismo, BÍn oir mas voz que la de la obediencia prometida por
«medio de un voto solemne, volaban á sacrificarse por la Religión y
■la pátria á las remotas é insalubres regiones de Li Isla de Cuba,
■Puerto-Rico, de Filipinas y de Fernando Póo; se ha presenciado en
■muchos puntos el desgarrador espectáculo de que las Vírgenes con-
osngradas á Dios, y que habían hecho su profesión religiosa bajo ol
■amparo de las leyes, hayan sido extraídas contra su voluntad de los
■claustros en qne liabian resuelto morir, pora ser trasladadas ain re­
cursos á otros conventos, que en su mayor parte necesitan grandes
»y costosas reparaciones; y finalmente, con la prohibición de recibir
73
«novicias y hacei1la profesión solemne, aun en los conventos que kan
« quedado, ee ha puesto á los señoras españolas que desean consa-
-grarse al Señor en la precisión de salir de su pétria para buscar en
«tierras extrañas esos augustos asilos de laoracion, de la inocencia
» y de la santidad. La Religión, la justicia y hasta la humanidad
«claman contra esas disposiciones.
«Nada creen oportuno decir los que exponen, sobre el sufragio
« universal. Ctula uno hará del mismo el ueo que su conciencia le
«dicte. El Gobierno lo ha establecido para formar el Municipio, de-
» signar quiénes hayan de representar la provincia, y elegir los Dipu­
tados que han de componer el futuro Congreso, que según parece
«será llamado con el objeto de constituir el país. ¡Quiera el cielo darle
«la sabiduría necesaria para que lo haga con acierto en cuanto pue-
« da ser de nuevo constituido un pueblo que, como el Español, tiene
» seculares y queridas tradiciones, justas y famosas leyes, Códigos in-
»mortales, y en el que además afortunado mente existen todavía dere-
■chos legítimos y muy sagrados, que todos deben respetar! A esta
» clase pertenecen los de la Religión y d j la Iglesia, y el deber en que
•&e hallan de defenderlos, les precisa ú ocuparse, aunque sea lijera-
»mente, do la libertad religiosa.
«En España es de absoluta necesidad la conservación de la uni-
»dad católica, que hace sigloB tiene la dicha incomparable de poseer.
«No sería ni justo, ni prudente, ni político, ni patriótico, privarla de
«ose precioso bien, que tanto le envidian los demás naciones. La
«misma filosofía, cuando no es del todo ciega, ha visto la necesidad
«de que sea una la Religión del Estado. Montesquieu ha dicho sa­
biamente en el Espíritu de las leya , que «cuando el Estado está so-
«tisfecho de una Religión, sería una ley civil muy acertada la que no
«sufra el establecimiento de otra.» Mas antes que Montesquieu lo
«habia enseñado Platón. «En toda república bien ordenada, dice este
«eminente filósofo, el primer cuidado ha de ser establecer en su ter­
ritorio la verdadera Religión, no una falsa, ni fabulosa, y escojer
«por cabeza al que haya sido criado en ella desde su infancia, no ¿
•otro. El verdadero culto es el apoyo de la república.» De la autori-
«dad de estos dos filósofos, que no pueden b.t sospechosos para los
«mas ardorosos defensores de la Libertad religiosa, se desprende natu-
•ralmento que, aun consultando solo á la recta razón y á los reglas
»de la politica humana, esta libertad no puede tener lugar en Espa-
»ña, donde hay una Religión muy venerada, que al propio tiempo
«es la única verdadera. Esta Religión es la de Jesucristo, tal cual la
«recibió la Iglesia de los Apóstoles, fieles intérpretes de su doctrina,
•entendida luego por todo el mundo, y trasmitida de siglo en siglo
74
» hasta nosotros, por la enseñanza siempre uniforme de los Pastorea,
•que sin interrupción lee han sucedido, bajo la inspección y vigilan­
c i a del primero de todos que ocupa la Silla de Boma, y sirve de
«centro á la unidad, inrariabilidad y perpetuidad de su doctrina, do
•su culto y de eu régimen.
•Esta religión santa y sublime, conocida en el mundo con el nom-
•bre de católica, ajmtólica romana , obra perfectísima consumada por
•Jesucristo y que contiene todas los verdades, preceptos, consejos, mc-
■dios, promesas y gracias espirituales que el hombre necesita para el
•logro de bu salud eterna, grandioso fin. de la religión, es la del pueblo
•español. Ella no tiene cempetidora, porque ni tiene ni puede tener
» igual, ni la luz puede unirse con las tinieblas. Ha Bidoy necesaria-
emente continuará siendo la religión del Jefe Supremo del Estado, la
■de los que á su alrededor ejercen cargos oficiales ó tienen parte en la
•administración pública, la de todos los ciudadanos, bus hijos y bus
•nietos.
» Sería injusta una ley que otra cosa estableciera, porque la nación
■profesa esa misma religión, creyendo firmemente que es la única ve r-
•¿adera . El legislador no puede contrariar esta creencia. Porn recono-
■oerla y respetarla en sus leyes, bástale saber quo el pueblo tiene por
■verdadera la religión que profesa, y quiere que sea la única que se
•conserve y se ejerza públicamente en bu territorio. Este es juicio de
•puro hecho, que por punto general no puede desatender el legislador
•prudente, que desea procader con acierto en materia de tan grande
•importancia.
»Si además este mismo legislador juzga, como es natural que su-
•ceda, que esa religión que el pueblo exclusivamente aprueba, es la
•mas conveniente para conservarlo en reposo y tranquilidad, y que la
•permisión de otros cultos, vendría á turbársela; que con esta tole­
rancia, que ee llama en el dia libcrt<id religiosa, se introducirían en
•él disgustos, divisiones, discordias, guerras civiles, la indiferencia
•religiosa ó el ateísmo, que son las funestas consecuencias que por
»necesidad produce la pluralidad de cultos, especialmente en los pue­
b lo s no habituados á tenerla, obrará con justicia no consintiendo ol
«ejercicio público de ningún otro distinto del que tiene admitido el
«pueblo, en conformidad á ese juicio, que es puramente político.
•La doctrina que acaba de exponerse puede con tanta mas segu-
»ridod invocarse pora defender la unidad católica en España, cuanto
•que la única excepción que esa doctrina admite en lo relativo al rea-
■'peto debido á la religión dominante en un pais, y á la conveniencia
•de la intolerancia de otra en sus dominios, ha sido establecida por
•la misma equidad natural en favor del catolicismo, porque no siendo,
75
» libre paja el hombre dejar de seguir la verdad cuando le es conocida,
»no es elección sino deber para él, los pueblos y legisladores, cuales-
•quiera que sean sus condiciones y circunstancias, reconocer y some -
■terse á la religión católica, desde el feliz momento en que la conocen,
apues que reúne en si los evidentes caracteres de la verdad.
Sin faltar á estos principios de justicia, no puede dejar de ser la
«religión católica la única cuyo público ejercicio se permita en el Es­
cod o. Loe españoles la veneran y la quieren. Pruebas irrefragables
» de su inmóvil adhesión á la misma, son sus mártires, sus sontos,
•sus sabios, sus reyes, sus capitanes, sus concilios, sus cortes, sus
•catedrales insignes, sus renombrados escuelas, sus famosos monas-
«terios, sus leyes, sus códigos, sus libros, «us guerras, sus conquistas,
» toda su gloriosa historia; y en la actualidad atestiguan esa misma
» adhesión y amor entrañable á la f é de sua padres, bub costumbres
» populares, piadosas asociaciones, su desprendimiento para sostener
»el explendor del culto, sus oraciones y ofrendas en favor del Papa,
•el espíritu fervoroso de caridad cristiana que le anima para socorrer
» al pobre y al desvalido, el dolor que les causa la destrucción do sus
» templos, que siquiera en consideración al arte debían conservarse;
» el terror religioso que experimentan al tener noticia de la profanación
»de las cosas y objetos sagrados, el interés que han mostrado inspi-
» rarles la suerte desgraciada de las inofensivas y ejemplares monjas,
«el amargo desconsuelo con que a muchas de ellas las han visto sacar
»de sus claustros, el empeño, en fin, con que unos procuran no de­
jarse seducir por la mala doctrina, y otros en querer conservar, n
«pesar de sus obras, el honroso dictado de católicos. ¡Ah! Estos he­
ch o s mas elocuentemente que las palabras demostrarán al Gobierno
'■provisional, al futuro Congreso y al mundo todo, que la mayoría
■inmensa de la nación quiere la religión católica apostólica romana,
•¡Sola.'.... ¡Sola!...,
«Consecuencia natural de la conservación déla unidad católica en
oEspaña es la necesidad de introducir en la libertad de eiueiíatua una
«justa ú importante limitación. La notoriamente indispensable de
«que la enseñanza de los diversos ramos del saber humano que en las
"Universidades, Institutos y demás Establecimientos públicos se da
»á los alumnos que concurren á los mismos, Bea conforme á la doctri­
n a de la única religión que se profesa en el Estado. El profesor, su
«programa y su libro deben ser on el dia tan pura y verdaderamente
ocatólicos como en los tiempos antiguos lo fueron aquellos sábioe ca—
"tedrúticos, que con su palabra y con su pluma, esto es, con bus aóli-
«doe y brillantes lecciones, no menos que con sus grandes y volumi-
»noeoB escritos sobre todas las ciencias, dieron brillo y esplendor &
76
•las letras y elevaron á una, altara extraordinaria la fama de las ce-
» libérrimas escuelas en que explicaban, y que durante siglos fueron
•madres fecundas de varones insignes en la filosofía, en la literatura,
■en las ciencias exactas, en la medicina, en la política, legislación,
•jurisprudencia y otras interesantes materias. No creen los Exponen-
■tes perjudicar ninguna clase de los derechos políticos de la nación
•ni de los particulares, pidiendo al Gobierno Provisional el pronto
«restablecimiento de la enseñanza exclusivamente católica, la que
■siendo favorable ol desarrollo del B&ber y contribuyendo eficazmente
»al progreso y adelanto de las ciencias, solo se opone por medio de
■sus sérios y bien dirigidos estudios, no menos que con la legítima
■intervención que en ella corresponde á la Iglesia, á que en vez do
■adquirir la juventud la luz de la verdadera sabiduría, se la inicie
■por algunos en los oscuros misterios de la impiedad, llamados por un
■Apostol altitudincH Salante, profundidades de Satanás.
• Ya que los Exponentes se ocupan de la enseñanza, séales licito
"decir dos palabras en defensa de los intereses de sus Seminarios.
■Esfuerzos indecibles ha costado á la Iglesia el establecimiento de
-estas escuelas destinadas para la formación desús Ministros. En E b-
•paña se sostenían con las asignaciones, cuyo pago Y. E. ha man-
■dado suspender hasta la aprobación por las Cortes de los nuevos
■Presupuestos. ¿Es esto justo? En el decreto en que Y. E. ordena
"COL suspensión, se expresa con el mayor cuidado la cantidad á que
■nsciende el importe total de dichas asignaciones. Muy digno de la
■justificación de Y. E. hubiera sido colocar al lado de esa cantidad
«que satisface el Tesoro, la mas considerable á que asciende el valor
■que ha percibido en virtud de las ventas de los bienes que poseían
•legítimamente los Seminarios y de los que en diferentes épocas se ha
«incautado el Estado. De esta suerte la nación hubiera podido formar
■•juicio exacto de la legalidad y justicia del decreto, y conocer con en-
•tero claridad lo irracional ó infundado de las declamaciones de quo
■antes de ahora se ha hecho uso pora combatir esa y demás asigna­
ciones eclesiásticas.
■Es sabido sin género alguno de duda que el clcro se diferencia
■de los otros acreedores del Estado, en que los créditos de estos re-
■presentan un valor mayor que el capital efectivo de que se despren­
dieron, mientras que con los de aquel sucede todo lo contrario. En
■vez de habérsele reconocido acreedor por el valor real y verdadero
•de los bienes de que se le ha privado, so lo ha obligado á vender ó
•precisado á pernlutar, solo lo ha sido por una cantidad considerablc-
•mente inferior á la que en justa compensación le correspondía. Com-
•párese si no el producto de los bienes eclesiásticos enajenados por el
77
•Estado con el de las tasaciones de los míame* hechas por las ofici-
-ims de Hacienda para indemnizar al clero, y fie conocerá la verdad
■de lo que se deja expuesto. Y siendo esto así, los Seminarios que en
»el día carecen de bu s bienes, y que en sustitución á los mismos se les
•lia señalado una módica cantidad anual, tienen un derecho rndis-
>putable al percibo de sus asignaciones, de las que por lo tanto sin
•faltar á la justicia, no pueden ser privados, ni aun como medida pro-
■visional y transitoria. El obrar de otra suerte, es pretender destruir
•esos benéficos y necesarios establecimientos, lo que no puede supo­
nerse en el recto é ilustrado ánimo de V. E., de cuya bondad los Ex-
» ponentes esperan con la revocación de los decretos que motivan este
•escrito, el remedio de los graves malee que ocasionan á la Iglesia y
•al Estado.»

X III.
No hay para qué decir que ninguna contestación oficial se dió á
la anterior Exposición. Era natural, y así lo esperaba el Arzobispo
de Vallodolid, al ver que arreciaba la persecución contra la Iglesia, y
que se permitía todo lo que podía afligirla ú ofenderla. Era la oca-
sion que esperaban de mucho tiempo antes I09 hombres del caduco
Protestantismo, y los que formaban fila en las sectas de la impiedad,
para lanzarse como el águila sobre la presa, y trastornar este desgra­
ciado país, inoculando en s u b honrados habitantes el veneno de la
mas perniciosa doctrina. Guiados de esta idea, enviaron emisarios i
las poblaciones mas importantes, y Valladolid tuvo el hondo pesar
de ver en su seno alguno de esos desdichados que, sin otro móvil que
el interés y el lucro, habían dado principio en esta noble ciudad á su
criminal empresa.
Pasma el maligno empeño de esos hombres, que maquinando en­
gaños ñ todas horas, según la expresión del Profeta (1), no procura­
ban otra cosa que abrir todos las fuentes del m al, para derramarlo
sobre aquella ciudad y otros pueblos de España, y hacerlo gustar
bajo la apariencia del bien. Y ningún medio les pareció mejor que
regalar los mas perversos impresos, donde empleaban un lengua­
je tan vano é insidioso, como era profunda y permanente su mira de
alucinar. Bastaba leer cualquiera de ellos, que los repartían en for­
ma de hojas sueltas, para advertir y detestar en sus autores la vileza

'1 ) Et qhí ingHÍrtlinnl nata n i M , loeutí timl faultatu, et dvioi tota di» mtütaian'ur.
(Pb. ¡ fi , v. 1 ’ .)
:s
de su alma doble y falaz, que se valia de las artes mas reprobadas,
hasta según las leyes del honor, con ol ñn de hacer desaparecer la
verdad entre b u s manos, y burlarse de la ciega confianza de b u b lec­
tores. Para seducirlos y engañarlos con mas facilidad, se engalana­
ban también algunas veces con el especioso dictado de reformadores
y amantes de los derechas del hombre, cuando en realidad no eran mas
que unos viles juglares 6 miserables embaucadores, que hacían osten­
tación de manejar con cierta destreza el orto infame de aprovecharse
del descuido, ignorancia ó simplicidad de $us lectores, para hacerles
creer b u s absurdos y ofuscar su entendimiento con engañosas ilusio­
nes, como lo hacia á los ojos de los espectadores, rujuel célebre héroe
do la fábula, que so dejó admirar antiguamente por la destreza de
manos, con que sabia hurtar lo mas bien guardado, y volver lo blan­
co negro y lo negro blanco......

..... furtum ingenlosus ad omne.


Qui fa cen assucrat, patria non degener artis,
Candida de nigris, el de carutentibus otra (1).

Yo mismo vi á aquellos emisarios distribuir con el mayor cinismo


esos impresos, hasta en las puertas de las iglesias, y vender una in­
finidad de libros, que coa este objeto les habian enviado b u s comiten­
tes, por cuya órden se publicaban también periódicos. ¡Y qué libros,
y qué periódicos! Tan detestables eran, ó si cabe mis que las liojas,
porque en ellos se barajaban todas las ideas, y ú favor de su desor­
den, sus autores procuraban hacer triunfar el absurdo sistema de la
impiedad; y los mas malignos, para no descubrir demasiado tan sa­
tánico propósito, apelaban al sofisma, confundían lo cierto con lo du­
doso, lo verdadero con lo falso, la superstición con la Religión; no
deteniéndose tampoco en mezclar el bien con ol mal, la luz con las
tinieblas, la virtud con el vicio; y como dice un antiguo poeta, con
tal de seducir y engañar, les era indiferente presentar en nefando
consorcio lo sagrado con lo profano. Sit spes fallendi, misceliis sacra
profante (2). Y lo mas doloroso era que no faltaban personas que,
pensando bien, leian osos libros y periódicos inmorales, contribuyen­
do además con sus suscriciones á sostener á estos últimos, con no
poco daño de sí propios, de b u s esposas y de sus hijos, y perjuicio
grande de la sociedad; achaque que, por desgracia, padecen actual-

( 1) Ovid., Mctomorph., lib. II, v. 313.


Horal., <*|>- X V I, v, M .
79
mente algunos, lo cual no bq explica Bino solo sabiendo, que la pasión
ea ingeniosa, para ocultarse á sí misma loa dolores y peligros en que
está envuelto el objeto de bu vana curiosidad ó de un fugaz placer
que la deleita y enciende,

Utqiie illi» multa corrupta, dolo re voluptua,


Atque luec rara, codal dura ínter sape pericia! (1)

Pero no era solo eso; además de expender semejantes impresos,


libros y periódicos, hacían los mayores esfuerzos para pervertir al
pueblo «on bus enseñanzas é impías predicaciones, las que procu­
raban revestir de aparato y solemnidad, dirigiéndolas en Yalladolid,
¡pena nos cauBa el escribirlo! desde el pulpito de una iglesia que
mi hermano encomendó á infatigables y celosos Padrea Jesuítas, y
que los revolucionarios profanaron sacrilegamente, convirtiéndola en
antro de inmoralidad y depravación, y en cuya puerta principal co­
locaron un rótulo que decia: ¡ Templo de ¡a libertad! Uno de aquellos
emisarios, el que capitaneaba ú loa demás, y el que trató de impug­
nar una Pastoral de mi hermano, tuvo un fin trágico, pues según leí
en los periódicos, se ahogó en el mar viniendo de los Estados Unidos.
El Prelado no pudo, en conciencia, permanecer indiferente. Hizo
los mayores esfuerzos para neutralizar el mal que causaban aquellos
aventureros. Mandó imprimir hojas sueltas, haciendo ver qué objeto
se proponían, y la aversión y el desprecio que á todos debían inspirar
unoB hombres sin Dios, sin patria y sin religión, que por un vil sa­
lario que recibían de la Sociedad bíblica de Londres, ó de otros sec­
tarios, venían a pervertir las costumbres, corromper el corazon de al­
gunos infelices, envenenar au espíritu y apagar en él la refulgente
antorcha de la le. Y con el deseo de extirpar este gran mal en su ori­
gen, publicó en 10 de Enero de 1869 una Carta Pastoral, que por el
interés que despierta su lectura, y porque en ella se da una idea
exacta de lo que entonces pasaba en Vallodolid, lo mismo que en mu­
chas poblaciones de España, me ha parecido que debia insertarla en
esta Biografía, ¿ fin también de dar á conocer cómo sj conducía en
aquellas aflictivas circunstancias el Cardenal Moreno, y el celo con
que defendió la fe católica, tan rudamente combatida.
Dice asi esta Carta Pastoral:
■Esfuerzos extraordinarios haca entre nosotros, venerables her­
írnosos y amados hijos, la impiedad, para arrancar con violencia

(1) Horal, lib. r, Sulyr. 2, vv. 40 y 41.


80
•la fe, que tan arraigada encuentra en el pueblo español. Quisiera
■hacer odiosa en un momento este gran pueblo la Religión Cató-
■tólica, que fué la que inspiró n sus valerosos hijos los hechos ho-
•róicos, loa admirables hazañas y portentosos acciones que, para íuI-
•miración del mundo, consigna en sus páginas inmortales su gloriosa
•historia.
■Esa cruel impiedad, falta de patriotismo, como lo está de toda
•clase de virtudes, se rale en el dia de armas á cual mas funestas
•pora herir traidora y cobardemente á esa Religión augusta en el pe­
c h o mismo de los españoles, dirigiendo con especialidad el golpe ú
-los que componen las clases que considera menos instruidas é ilus-
»iradas de la sociedad, ó á los quo por sus cortos años y completa in­
experiencia, conceptúa dispuestos á dejarse impresionar con vanas y
•peligrosas novedades.
»Una de esas armas es la prensa periódica. Son, por desgracia,
•muchos los diarios y los revistas en que se blasfema de Dios, se ataca
■al Catolicismo y & cuanto le pertenece, con un desenfreno, una au-
■dacia y un encono dignos del frenesí de los incrédulos mas famosos
•del pasado siglo, justamente censurados en luminosos escritos de
■sabios y reflexivos pensadores del presente, quo 110 lian cesado de
■manifestar lo extraño, monstruoso y absurdo (le aquella tan decan-
•toda filosofía. Los periodistas que de semejante manera abusan d3
■la libertad de imprenta son, creednos, no solo enemigos de Dios,
■sino también de la humanidad.
• Arma de no mejor ley es la otra de que al propio tiempo se va­
llen para lograr su criminal intento. Esta es la llamada libertad re­
ligiosa, cuya legítima y natural manifestación consiste en querer
■traer á España todas cuantas religiones falsas existen en el mundo,
•y que son enemigas de la única quo tiene, ama y venera esta mag­
nánima nación. Y como esa diversidad de religiones falsas, afortu­
nadamente no tienen seguidores entre nosotros, ha sido preciso to-
■mar la resolución tan extravagante como impía de formarlos. Reso-
■lucion indigna, que ha empezado á llevarse lí efecto en esta noble
•y religiosa ciudad, donde se han establecido unos herejes que se de-
■dican ¿ distribuir hojas sueltas y folletos, & expender libros, y ¿ ven-
•der biblias mutiladas y corrompidas, para propagar los errores do
•Lutero y Calvino, adicionados con otros nuevos, y hacer prosélitos
■entre los honrados obreros, á quienes además propinan, el veneno de
■bu detestable doctrina por medio de discursos y lecciones, que en
udi as determinados les dirigen y les dan públicamente, con asombro
•y universal disgusto.
»Ko hay en la nació;i ley alguna que autorice este hecho escan-
81
«doloso. Existe tan solo un programa oficial, del que desgraciada-
■mente forma parte la libertad religiosa, que como era natural suce­
diera, los partidarios de esta libertad desean darle mayor extensión;
»y convertirla en la mas ámplia, que se llama libertad (le cultos.
■Mas no creemos baya nadie que á ese programa pueda atribuirle la
■autoridad ó valor necesario para derogar la3 sábias leyes del reino,
■que se conforman con la ley de la Iglesia, que desde los primeros
»siglos ha condenado la herejía y todo error bajo la pena del anate-
•ma, y con la ley eterna de Dios, que nos monda- respetar, no solo la
■vida, el honor, la libertad y la propiedad de los bienes temporales
•de nuestros conciudadanos, sino también la que les 63 mas querida
•y preciosa, la de su Religión, siendo, como entre nosotros sucede,
•la única verdadera. Llamamos sobre el particular la atención de
•todos á ñn de que se persuadan de la malignidad del medio empleado
■para descatolizar tí los laboriosos obreros y demás clases pobres de
•la diócea¡B, que forman una preciosa porcion del querido rebaño, del
•que somos legítimo y amante Pastor.
•Muy lamentable sería, venerables hermanos y amados hijos,
•que de resultas de esa notoria infracción de las leyes, algún incauto
•se dejara seducir por los asalariados discípulos de los mencionados
•heresiarens y otros innovadores, que tuvieron la osadia da sobrepa-
•ner sus ensueños á la palabra de Dios, y de trazar el camino que de-
•tochamente conduce á la impiedad y al ateismo. Pena grande sentí*
•riamos igualmente, si hic:era estrago en la fe y las costumbres de
•nuestros diocesanos la lectura de esa increíble muchedumbre de pa-
•riódicos en los que, como antes hemos indicado, se reproducen dia-
•riamente los absurdos de los audaces filósofos modernos, herederos
•de la terca ceguera de los judíos y del insensato orgullo de los iiló-
•sofos paganos, para quienes el misterio de la Cruz de Jesucristo fué
•ó un escóndalo ó una locura, siendo on realidad tí los ojos de la fe
»cl secreto de la sabiduría y de la fortaleza de Dios, el sello de la
•maravillosa alianza de su justicia y de su misericordia, que dió por
•resultado la reparación del hombre, la reconciliación del ciclo con la
■tierra, y el triunfo sobre la muerte y las potestades de! infierno.
>(Salín. 8 i, c. 11; S. Pab. J.‘ á los Corint., cap. 2, r. 7,- A los
*Colm., cap. 2 .)
■Deseoso de evitar el grave mal de la seducción entre vosotros,
■que en expresión de San Pablo, sois labranza de Dios y edificio del
•mismo, asi como Nos somos coadjutor suyo, no podemos menos
1de tener presente á todas horas, que uno de los ma£ sagrados deberes
■de nuestro ministerio, es el que el citado Apóstol recordaba á Timo-
*teo cuando lo decia: Depositum custodi, guarda con fidelidad el pre-
r.
82
»cioso depósito que se te ha confiado de la fe, de la doctrina y de las
•almos (Cari. 1 .■ <i los Corint., cap. 3 , v. 9 ; y á Timot., cap. G,
*r. SOJ; y nunca mas necesario el cumplimiento do tan fiantil obli-
»gocion como al presente, en que intrusos doctorea y atrevidos ex-
•tranjeros intentan arrebatamos ese inestimable) depósito. Aleemos,
•pues, enérgicamente nuestra voz, y á los que crean que es mas
«oportuno callar en las circunstancias actuales, les diremos con San
•Jerónimo: «Los perros ladran por bu amo, ¿y no quieres que hable
»por Jesucristo?* Sí, venerables hermanos y amados hijos, forzoso nos
*es hablar en defensa de los grandes intereses que nos están confin­
ados, y al verlos violentamente atacados, lo hacemos con la mayor
•confianza, «porque las am as de nuestra milicia no son. camales,
•sino poderosísimas en el Siñor para destruir fortalezas, derribando
«consejos y toda altura que se levante contra la ciencia de Dios.»
fS . Pab. 2 * á los Corint., cap. 10, vv. 4 y 5.J
■ No es, á la verdad, preciso una muy reñida batalla para triun-
«far de los advenedizos herejes que, con desdoro del nombre espa-
»ñol, lian dado principio á la atrevida empresa de propagar el p r ­
otestantismo entre los moradores de esta capital y su provincia. Los
“vulgarísimos argumentos de que en su fanatismo, mas político que
••religioso, se valen para difundir sus groseros errores, han sido
» mil y mil veces refutados por los síibios controversistas católicos.
•Ábranse los numerosos volúmenes que estos han escrito, y cuya
«amena é instructiva lectura cautiva il las mas ilustradas inteli-
«gencias; medítese con detención cada uno de sus preciosos tratados,
»y no podrá menos de causar asombro el juicio tan desventajoso que
«esos herejes han formado de la instrucción y cultura de nuestra
«pueblo, cuando se han atrevido n poner cátedra de una doctrina
•que solo puede hacer prosélitos entre ignorantes ó malvados.
«En el estado á que en el dia ha llegado en la Iglesia católica la
•controversia con los protestantes, sin necesidad do discurrir, con
•solo saber leer, se pone cualquiera en disposición de controrestar y
•rebatir esa desprestigiada secta. Así que, estamos seguros de que el
•menos aventajado de los alumnos de Teología de nuestro Seminario,
•puede fácilmente demostrar la falsedad y mentira de su doctrina,
«poner de manifiesto sus engaños, hacer patente á todos lo poco,
«muy poco que para la ciencia valen esos herejes asalariados, que
«intentan propagar el error en la ciudad, y aun convencerlos y con-
»vertirlos, si de esto fuesen capaces los que, con afectado celo reli­
gioso, solo tratan de hacer negocio con la venta de biblias alteradas,
•y de corromper y desmoralizar á los pueblos. Aléjense, pues, de Va-
«lladolid, donde son ya conocidas sus intenciones; huyan avergonza-
83
»dos de Castilla, que on esta tierra do verdad, de honradez y de hi -
«dalguía, sa escarmienta con el duro golpe de la indignación y del
«desprecio al ignorante y malévolo propagandista, mientras sa com-
»padece al extraviado do buena fe, y se le guardan por todos las con­
sideraciones que en los relaciones sociales prescribe ó aconseja la
•caridad cristiana.
»Ma3 aunque en el terreno de la ciencia no sean temibles esos
•adversarios de la Iglesia, conviene que los fieles se preserven da los
•peligros de la seducción, se abtengau de la lectura, de I03 impresos,
•que ya no solo distribuyen en silencio, sino por medio de expen-
•dedores que por las calles los anuncian á graneles voces con el título
“de libros protestantes, y se alejen del lugar que han elegido para
•hacer la propaganda, y que por cierto indica con claridad el verda­
d ero objeto de la misma. La falta de precaución en asunto de tan
“grande interés para el hombre, como es el de sus creencias religio-
“sas, puede ser de funestas consecuencias. Oigamos á Lactancio: «En
■esto, dice con su acostumbrada elocuencia, no puede darse lugar á
•la temeridad. Eternaments se ha de sufrir la pena de la insensatez
•de haberse dejado engañar por un mentecato ó por una fulsa opi-
•nion.» Ntdlus hic temcriUili lociis; in <cternum stidlilice subcun-
*cla esl, si a ut persona inanis atU opinio falsa deceperit. ( Lib , X I I I ,
•cap. 1 3 .)
• No olviden esta regla de cristiana prudencia los fieles de nuestra
•diócesis. Impórtales mucho conservar en su corazon el don inesti­
m able de la fe, tal cual se la enseña la Santa Iglesia católica, que
•es la única que para dar esta enseñanza, y dictar, exenta de todo
•engaño y error, sns juicios sobre esta materia, tiene umion divina,
•Un símbolo revelado por Dios y una autoridad que Él mismo le ha
•dado. Los quo nos gloriamos en reconooar á esta Iglesia por Maes-
“tra, y, sometidos á sus infaliblas dscisiones, seguimos y predicamos
•su celestial doctrina, decimos con Tertuliano: «A nosotros no nos es
•permitido enseñar nada de nuestra propia elección, ni recibir lo que
•otros hayan forjado de su propio discurso. Tenemos por autores á
•los Apóstoles del Señor, y aun ellos mismos nada imaginaron
•de su propio fondo, sino que fielmente han trasmitido á las na­
ciones la doctrina que recibieron de Jesucristo.» (Lib. de prascript.,
•cap. I V .)
■ Así hablan los doctores católicos, mientras que los propagadores
•del error, que se han introducido entre nosotros para comunicarlo á
•la gente sencilla por medio de esos impresos y lecciones, que toda
■persona instruida desecha con el mayor desdén, no enseñan sino lo
•que ellos mismos han inventado, ó lo que aprendieron de su desacre-
81
»dita<lo maestro el fraile impuro y apóütata Lutero; ú otros personajes
■de igual celebridad por sus herejías y blasfemias.
• No deben por lo tanto ser escuchados. En vez <Ie buscar la ver-
edad, solo tratan de extraviar y perder á los iiicauto3. No pueden tam-
»poco leerse ni conservarse las hojas, folletos ó libros que distribuyen
•y exonden, pues lo prohíbe la Iglesia con severísimas p3nas. Por
■•eso tributamos nuestros cumplidos elogios á las muchas personas
■que nos han presentado, ó entregado á los respetables sacerdotes de
■la diócesis, los ejemplares que llegaron 6 b u s manos- El Señor re-
■numerará con largueza este digno modo de obrar, y esperamos con-
>fiadamente que tendrán imitadores entre las clases menos ilustradas,
» que son á las que se desea principalmente pervertir y hacerlas irre­
ligiosas y ateas. No tardarán nuestros honrados obreros en conipren-
»der el interesado objeto de los quo con tanto afan procuran privarles
»de la fe y corromper sus costumbres, las de sus mujeres é hijos. Sí:
■lo esperamos de la nobleza de su carácter y de la religiosidad de sus
■sentimientos. Entonces conocerán también lo mucho que los amamos,
■cuando para impedir su seducción les dirigimos nuestra palabra,
•dieiéndoles con San Pablo: «Hay algunos que os perturban y quie­
bren trastornar el Evangelio de Jesucristo. Mas aun cuando un An-
■gel del cielo os evangelice fuera de lo que nosotros os hemos evange-
■lizado, sea maldito de Dios.* (Cari. á los O alai. v. 7 y 8.J Con tan
•expresivos términos nos enseña el Apóstol á descebar toda novedad
•en la fe, por elevada que parezca la dignidad, grande la ciencia y
■admirable la santidad del que pretende introducirla.
■Ninguna de estas cualidades adornan á esos predicadores de la
•herejía que se encuentran en esta ciudad. Ellos no pasan grandes
•privaciones en el desempeño do su oficio, porque ademas de los de-
•reehos eventuales que les proporciona la venta de sus libros, la So­
ciedad á quien sirven les tiene señalada decente dotacion, y para
•acreditarse entre los incautos, emplean todos los esfuerzos de su po­
li bre ingenio en desprestigiar al Clero Católico, presentándolo como
•menos desprendido que el protestante. ¿Insensatos! Todo lo que
»pueden alegar en demostración de su excesiva generosidad, es que
■distribuyen gratis hojas sueltas y pequeños folletos, pues loa mftyo-
•res, los libros y las Biblias, no los don, sino los venden. Mas ni aun
■en esto aventajan al sacerdote católico, que cuando es necesario dis­
tribuye gratuitamente, no solo hojas y folletos, sino también libros y
■Biblias, comprándolos con b u dinero, porque no tienen Sociedad bí-
•blica que les surta de ellos. Nos mismo lo hemos hecho y lo hace-
•mos en la actualidad, y nos consta que ejecutan lo propio dignos
■Sacerdotes, tanto de la clase de capitulares como de la de párrocos.
85
“ Otras obras hay mas costosos á las que nunca ee lian dedicado los
Jseguidores de In h&rejía. En el protestantismo no La habido ni ha-
»brú jamás mártires do la fe ni de la caridad. Los herejes no pueden,
■presantar entre b u s ministros y sectarios esas hermosas y bellísimas
"figuras, honra de la humanidad, que el Catolicismo presenta ya en
»un religioso Mercenario ó Trinitario rescatando cautivos cristianos
“del poder de los Sarracenos, muchas veces á costa de su propia li-
"bertad; ya en un fervoroso misionero que vuela á las últimas extre-
nmidades de la tierra, dispuesto á dar la vida por hacer cristiano al
4hombre salvaje; ahora en el animoso Jesuíta, blanco continuamente
“de las iras de la impiedad, porque procura con su predicación y ense­
ñanza católica librar de loa horrores de aquella al individuo y á la
•sociedad; ó en el Escolapio, que consagra toda su vida á instruir en
»las letras y en las ciencias y á moralizar á la pobre y desvalida juven-
•tud; en la Hermana de la Caridad, asistiendo á los infelices enfermos,
•niños abandonados, sin temor a la muerte, que en estos mismos dios
»está diezmando álas de Vallodolid, y por último, en el Sacerdote Cató­
dico que espira tranquilamente á consecuencia de la enfermedad con-
»tigiosa que contrajo al auxiliar espiritualmente á enfermos que la
•padecían, como asimismo acaba de suceder en el Hospital provin­
cia l, llamado de la Resurrección, y no ha mucho tiempo se verificó
6en Albano, donde asistiendo á los coléricos falleció gloriosamente el
»insigne Cardenal Altieri. Esto sí que es desprendimiento, y algo mas
•heroico que repartir papeles impresos y desafiar á los Teólogos en
•sitios en que ni pueden asistir, ni se les permitiría hablar, al paso
•que huyen de ellos sus provocadores cuando en otros lugares los en­
cuentran, dispuestos á vindicar la fe de los ultrajes que alevosamente
■la dirigen.
»Mal no menos grave que el que acabamos de lamentar es, venera-
•bles hermanos y amados hijos, el quo está produciéndola irreligio­
s a licencia de una gran parto de la pren&a periódica- No cabe uno
’ libertad mas absoluta en la manifestación del ódio que la impiedad
«tiene á la religión divina que profesa la nación española. Es verda-
•deramente triste para la fé y la razón lo que sobre el particular su-
»cede en la actualidad. Todo lo que el catolicismo tiene de mas santo,
•augusto y venerando, sirve de constante objeto á las violentas decla-
■macíones de cierta clase de periódicos. Parece que Be han propuesto
•flumir á su atribulada pátria en el caos espantoso del materialismo,
■de la inmoralidad y del socialismo. Y con dolor observamos que estos
■periódicos é impresos se publican casi sin causar alarma, circulan
•con pasmosa rapidez por todas partes, se introducen en las ciudades,
■villas y aldeas, vuelan de casa en casa, pasan de familia á familia,
8(i
•los lee el inesperto joven, la inocente doncella, el sencillo labrador,
>el honrado artesano, y muchas otras personas que por su poca ó nin-
•guna instrucción, ó por la mala disposición de su espíritu, no pue-
>den menos de caer en el lazo que astutamente los ha tendido la
•impiedad.
*¿Y ea por ventura este el noble y elevado objeto que el ilustrado
•escritor público debe proponerse en los artículos de su periódico? No
•espero la España que con producciones científicas y literarias de esa
•índole llegue nunca su cultura al alto grado que llegó en Grecia en
•la bella época de Periclcs, Demóstenes, Eurípides, Platón y Aristó-
»teles; ni que vuelvan & brillar los letras con el esplendor que en ella
•tuvieron en el siglo de Teresa de .Jesús, Juan de la Cruz, Miguel da
«Cervantes y los tres famosos Luises; ni, por último, que se ilustren
•las ciencias, como anteriormente lo hicieron los Arabes españoles,
•cuando los Griegos, olvidados de sus sabios y bibliotecas, solo pensa­
b a n en ser Nestorianos, Eutiquianos, esto es, en inveutar herejías,
•producir escíndalos y contristar á la Iglesia, que por desgracia es la
«tarea ordinaria y preferente de no pocos periódicos.
■ Semejante ocupocion da por resultado, ¡1 mas de efectos desas­
trosos para la religión y la moral, la decadencia en los letras y el
°atraso en las eieneias. No hay que estraüarlo. Esos periódicos, lo
>>mismo que el libro impío, vician el espíritu de los que los leen y los
«escriben, porque dedicados ¿í combatir la verdad que el mismo Dios
»se ha dignado revelar al hombre, se habitúan mas á declamar quo
»á discurrir; se acostumbran ií racionar de una manera apasionada y
■•distinta de la que para adelantar en sus investigaciones y persuadir
■>á su alma de la exactitud de sus juicios, hace uso el imparcial y
■•profundo pensador; se aficionan á discurrir de un modo avieso, entre-
«tegido de innumerables sofismas y falsos raciocinios, que no puede
«menos de pervertir la razón, y de darle el fatal hábito de extra*
»YÍarse, y de preferir á la luz de la verdad, los engañosos brillos
»de la ardiente imaginación. El escritor enemigo de Dios y do la
» Iglesia, con el deseo de aparecer siempre y en todo irreligioso, 110
•estudia ni medita, atreviéndose á ofrecer con frecuencia á sus lec-
»torea, en lugar do serios y concienzudos trabajos, los delirios de una
•noche.
•El daño que estos superficiales y malignos impresos ocasionan n
•los particulares y ú los pueblos, son imponderables. Su lectura per-
- vierte á los incautos é ignorantes, quo tragan el veneno casi sin ad­
vertirlo; induce á romper el freno que podría contener las pasiones;
«acostumbra á la licencia de pensar, de hablar y de obrar como dicta
»la pasión ó el interés, sin respeto ú Dios ni á los hombres; abre el
87
»camino para la pérdida de la fé, la disolución de costumbres, para
«la ruina de la familia, la rebelión contra toda clase de autoridad, el
■ataque á la propiedad, á todos los derechos del hombre, y pora la
•destrucción de la sociedad.
• Todos, venerables hermanos y amados hijos, tenemos el deber
»de evitar ese gran mal. Y «cuando se trata de la salud común, dice
«San León, la vigilancia contra los enemigos comunes, debe ser tam-
•bien común.» fSerm. 5 de jejun. dccimi mcns.J En defensa de la
■causa de la religión y de la sociedad que tan en peligro se encuentra
«entre nosotros, todo hombre debe convertirse en valeroso soldado.
*E1 Sacerdote con la doctrina y predicación, el sabio con su pluma y
«persuasión, y cada uno de los fieles con sus oraciones, con el ani-
»modo clamor contra la irreligión, con el sonto horror á los libros,
■folletos y periódicos que directa ó indirectamente, de una manera
«manifiesta ó encubierta, la promueven y difunden; con el salvador é
■inquebrantable propósito de no contribuir con la suscricion al sos-
»tenimiento de esos periódicos y de procurar que otros tampoco los
•sostengan; promoviendo por cuantos medios estén á su alcance la
■lectura de los buenos libros y periódicos, para que se generalice en­
t r e todos el horror á los malos, ese horror que es la salvaguardia del
>precioso tesoro de la fe, y un fiador muy abonado de la salvación
«eterna.
■Bien lo conocen los enemigos de la Religión, y [jara entibiar ó
»apagar del todo en el pueblo cristiano el santo celo por la verdad,
»le hablan á toda hora de la tolerancia religiosa, le ponderan b u s
•axcelencias, hacen esfuerzos para persuadirle de lo ventajoso que el
•ponerla en práctica es para el adelanto y progreso de su civilización.
■Mas no se deje nndie Beducir. Esa palabra tolerancia ó libertad reli-
» i/iona, significa lo mismo que la de libertad en los labios do los se-
•diciosos que aspiran á la tiranía, libertad vana y engañosa, que
•Tácito llama nombre especioso con el que jamás luí dejado de hon-
«rarec iodo el que ha jiretciidido dominar y ote’atizar á sus semejan-
•tes. ( LÁb. 4 Ilistor., núm. 73.)
■Conociéndolo asi muchoB de nuestros amados diocesanos de uno
»y otro seio, no se han dejado alucinar con esa seductora palabra, y
» antes por el contrario, dando una muestro positiva de su amor á la
■verdadera libertad, se han apresurado á formular y suscribir respe­
tuosas exposiciones ú favor de la unidad católica, en uso del derecho
»de petición. De este modo, como buenos y fervorosos católicos, han
»sabido dar un brillante testimonio de su fe. Han confesado delante
i*de los hombres á Jesucristo, y no so han avergonzado de eu Evan-
»gelio.
88
»Lo propio debe ejecutarse en adelante. Mientras la unidad cató-
»lica se vea amenazada, como lo está actualmente, ¿ pesar de ser
•corto el número de los españole» que se han declarado contrarios á
•ella, contribuyendo, ocaso sin conocerlo, á la desgracia mayor que
•en el orden religioso, moral, político y social puede sobrevenir á
■nuestra patria, imistase por todos los ciudadanos en pedir su con-
»servación- Ejercites3 en obsequio de la fe católica el derecho de
•asociación. Hágase uso con fe y patriotismo, de cuantos medios le-
•gales sa pueda disponer y se consideren eficice3 pira conseguir quo
•se reconozca en el futuro Congreso la necesidad de quo la lleligion
■Católica, Apostólica, Eoiuana, única verdadera, siga siendo la Bola
•del pueblo español.
«Aleccionados todos por la experiencia, y comprendiendo que esta
•unidad religiosa es un bien sin igual, de mucho mas valor que todos
•los demás bienes do la tierra, practiquen toda cías j do gestiones para
«no dejárselo arrebatar, y á fin de animarse á hacer nuevos y genero-
•sos esfuerzos, repitan con el Profeta: «Bienaventurado llaman al
•pueblo que tiene bus arcas llenas de oro, que el fastuoso lujo de sus
•hijas corresponde & sus grandes riquezas, que abunda de ganados,
■que rebosa de alegría en la plenitud de todos los bienes de la tierra;
•moa yo digo mejor: Bienaventurado el pueblo que tiene al Señor
■por su Dios.» Beatum dixerunt populwm cui luec saut: leatus popu-
■tus, cujus Domina» Deusejtit. fSubn. 143, vers. 11 ni 15, >
•Así piénsala España culta é ilustrada, y con ol objeto de que
•nuestros diocesanos conserven en su corazon tan nobles y elevados
•sentimientos, les exhortamos con la mas tierna solicitud que bc
■aparten de los seductores; que no concurran á oir sus pérfidos con-
«flejos; que no escuchen sus perniciosas lecciones; que no se entre-
»guen ú la lectura de los periódicos irreligiosos; que vigilen con el
mayor cuidado á sus hijos, no consintiendo que con el pretexto do
■enseñarles las letras, las ciencias y las artes, se les pervierta y cor-
trompa en lo relativo á la moral y n la ltoligion. No hay mayor ni
•mas espantosa desgracia para un padre, ni aflicción mas amarga
•para una madre, que la de tener hijos descrcidos ó inmorales. Son
-la deshonra de su nombre, la perturbación y la ruina de toda la fa-
•milia. Con el tiempo lo során también de sus semejantes y de su
' pátria. No es otro el fin que la propaganda irreligiosa se propone
•con bub libros, bus periódicos, sus escuelas y bu» asociaciones.
•Huid, volvemos & decir, amados hijos, de los que procuran
«vuestra perdición. La Iglesia, cual amorosa madre, os lo ordena,
•teniendo fulminado el rayo de la cxcomuuion contra los herejes, sus
»fautores, receptores y defensores, contra los quo los creen, retienen
t>9
>ó leen bus libros en que tratan de Religión, los imprimen y defien-
» den. Si conserváis todavía fe, temblad incurrir en tan terrible ana-
*tema; y si alguno de vosotros hubiere tenido la desgracia de haber
*incurrido en él, no quiera imitar á los impíos, que solo temen los
*dolores del cuerpo y loa privaciones do los sentidos. Siga mas bien
•el ejemplo verdaderamente cristiano del poderoso y esclarecido Em-
"perador Teodosio el Grande, quien, como sabéis, al considerarse reo
«de la cruel carnicería de Tesalónica, y Beparado de la Comunión de
*los fieles y de la entrada en el templo por el Obispo San Ambrosio,
«habla á su amigo Rufino de esta suerte: «Tú no sientes, oh Rufino,
«mis males: yo solo me lamento y gimo Bobre mi calamidad: los
«puertas del templo, considéralo bien, están abiertas á los siervos y
•á los mendigos, y entran en la cosa del Señor á bendecir y adorar
•su santo nombre: esta es una dicha que se me niega, esta es una
«felicidad de que me veo privado, y para colmo de mis desventuras,
•hasta las puartae del cielo se me cierran.» (llis t. Tripart., lib. 0,
•cap. 3 0 .) Con estas palabras, el afligido Emperador, entre amar-
«guísimos boIIozoe, expresaba la pena que atormentaba bu espíritu,
-hasta que logró ser absuelto de la excomunión.
oEl Señor, que hace firmes ú los justos y conoce los días de los
'que son sin mancilla, os conceda, venerables hermanos y amados
•hijos, la herencia de ellos, que Berá eterna ( Salín. 36, ver;. 17 y 1 8 ;
*y de la que deseamos sea prenda segura nuestra bendición.......

X IV .

Esta Corta Pastoral fué leída con gran aridez, y produjo los me­
jores efectos. Vista en Boma, con otros documentos enviados por el
Cardenal Arzobispo, tranquilizó á Su Santidad, que no dejaba de
estar alarmado con las noticias que leia en los periódicos, acerca de
los trabajos y manejos de los protestantes y sectarios en la capital de
Castilla la Vieja.
Por entonces se habia de tratar en las Cortes Constituyentes de la
cuestión, en mala hora promovida, eobre bí convenía ó no dejai sub­
sistente la Unidad católica. Para resolverla en el sentido que deseaba
la inmensa mayoría del país, y conservarla en toda su integridad,
bastaba recordar los horrores de la revolución durante los primeros
meses de su triunfo.
No se quiso conocer que una innovación de tanta trascendencia,
como era destruir la Unidad religiosa, no podia llevarse ¿ cabo sin
herir en lo mas vivo los sentimientos del país, y sin remover los prin­
90
cipios inmutables de la le y de la razón, y sj olvidó también quo Es­
paña debe una gran porte de sus males ¿ ese prurito que ha habido,
principalmente en lo que va de siglo, de cambiar bus leyes y sus cos­
tumbres. Bueno que se introduzcan las reformas que erijan la utili­
dad ó conveniencia pública y las necesidades de lo» tiempos; pero
esas reformas producen loe consecuencias mae fatales, cuando no Be
ciñen á bus justos limites, ó con ellas se lastiman los mas sagrados in­
tereses:

Eal modm in rebitf, sunt certi deuiqne fines,


Quo» ultra, citraque nequil coasistere rectum (1).

Se trataba, por lo visto, de dar un nuevo golpe al Catolicismo;


de otro modo no se explica que Be pensase en realizar ese propósito
que le era tan hostil, cuando todo el mundo acababa de presenciar
que al grito de /Libertad de cultos! vinieron ol suelo innumerables
templos, algunos de los cuales, no solo eran monumentos de la Reli­
gión, sino también joyas inapreciables del arte. Otros fueron profa­
nados por los Bectarios, ejerciendo en ellos b u s falsos cultos. A ese
grito se abrieron escuelas, con el exclusivo objeto de corromper ¿i la
juventud; se difundieron multitud de libros para propagar las perni­
ciosas doctrinas del error; corrió por todas partes el torrente de la
inmoralidad, y se declaró, á nombre de esa libertad, una cruda guer­
ra á la Iglesia Católica. Desde que se dió ese grito, empezó á intro­
ducirse la división en las fnmiliaB, la desunión en los pueblos, y en
iblgunos hasta se sintió amenazada nuestra nacionalidad, que tiene
bu mas robusto fundamento en la Unidad religiosa.
Así no es extraño que se elevasen á loa Córten millares y millares
de exposiciones redamando su consarvoeion. Se hicieron lofi últimos
esfuerzos para evitar que ee destruyese, presintiendo los grandes ma­
les que con la llamada libertad de cultos habían de venir sobre nues­
tra patria. El Episcopado español fué el primero en salir á la defensa
de la Unidad religiosa, y el Cardenal Moreno escribió, do acuerdo
con sus venerables sufragáneos, la exposición que Yoy á copiar, en
consideración ¿ b u importancia.
Después de decir en ella que nada mas distante de los Prelados
que la suscriben que el mezclarse en ninguna de las cuestiones polí­
ticas, que por efecto de los graves acontecimientos ocurridos en la na­
ción, iban á tratarse en las Cortes, y que Bolo el fiel dcBcmpeño do su

1) H om t., S a tjT . 1, vv . IMi y I n i.


91
sagrado ministerio los ponía en la precisión de ocuparse de la graví­
sima y trascendental cuestión religiosa, que en España ha debido es­
tar fuera de toda controversia, añadían:
•Desgraciadamente no ha sido asi. Mas en medio del dolor quo
«los Exponentes sienten al observarlo, les sirve de consuelo ver si lo-
“ gran que los Córte» en su sabiduría resuelvan esa importante cues-
•tion, siguiendo el noble y glorioso ejemplo de las famosas de Cádiz,
»y de las demás que les han sucedido en las delicadas é importantes
» funciones legislativas. Su profundo discernimiento les hará conocer
•»el poco aprecio que para la buena gobemacion del Estado merecen
« ciertas teorías, fascinadoras en bu fórmula y en su aplicación iiTea-
» lizables; y teniendo presente que los hombres no se hacen libres por
•un vértigo de la razón, como los esclavos en la antigua Boma por
«una vuelta ante el Pretor, sabrán resistir la oculta seducción que en-
»vuelve en si la palabra libertad, de la que sobretodo en las materias
» religiosas, abusan con frecuencia los que intentan colocar el error á
•la par de la verdad, ú fin de que creciendo y fortificándose aquel con
•el goce de loa derechos que á esta solo corresponden, se le sobreponga
»despues y le declare cruel guerra, ó pérfidamente la esclavice, pres-
•cindiendo entonces, ó mas bien proscribiendo la misma libertad que
»al principio con ardor proclamaba.
■Las Cortes españolas, no separándose de la senda que les tiene
•trazada su historia, impedirán se haga uso de esa arma de mala ley
•para herir arteramente con ella el catolicismo. Los Señores Diputa-
•dos conocen que la libertad reí igiosa ni siquiera puede concebirse en el
»estado actual de España, como no sea para lograr asemejarla, solo
•por un empeño pueril, impropio de hombres pensadores, á otros pai-
•aes de condiciones y circunstancias muy diversas, ó conseguir ver en
•ella igualada y confundida la religión verdadera con las falsas para
»injuriarla y perseguirla, Este al menos sería el resultado que nece-
»sanamente había de producir en una nación donde todos sus natu-
»rales b o u católicos, con muy cortas excepciones, y aun estas debidas
ȇ pasajeros alucmainientos, y en que todos quieren que sus hijos
oconserven la fe, tal como ellos la recibieron de sus padrea.
»En pueblos donde esto sucede, la libertad religiosa no se esta­
b le ce en beneficio de los mismos, ni para garantirles ninguna clase
■de derechos. Por el contrario, con ella se les causa el inmenso mal
» moral de que Be prevalgan de 6B& libertad fanáticos asalariados, como
•lia sucedido ya en la misma capital de esta provincia, para intro-
“tlucirleB religiones falsas, hacerlcB prosélitos alucinando á ignorantes
»ó incautos, provocar la lucha entre estos nuevos sectarios y los an­
tiguos adoradores de la verdad, á quienes no pudiendo vencer en el
92
"terreno (r.uiquilo de la díacutiion. y de la controversia, 63 los intimida
•con todo género de coaceion y de violencia, para, ver ai logran des-
•embarazarse de adversarios temibles y poder atacar á mansalva la
«religión verdadera. No es de extrañar que así suceda. Con el esta­
blecimiento de esa libertad, queda abandonada la sociedad á las se-
•ducciones de un impostor ó á los sueños de un visionario, porque so
«la priva del derecho que para impedirlo hasta por medio del castigo
•tiene, según la autoridad de Diderot en bus Peim m kntof JíIo$<>Jícm,
«nada sospechosa de parcialidad para los impugnadores de la unidad
•católica.
«Otro mal de no menos consideración se ocasiona á los pueblos, en
■los quo sin necesidad se consiente el ejercicio de las fabos religiones;
«el imponderable mal político de arrojar en el seno de la sociedad y
«de las familias latea incendiaria de la división y del encono, que las
“ expondrían á los desgracias inevitables de las persecuciones y guer-
» ras religiosas, que tan desastrosas fueron en Francia, Alemania y
•otras naciones.
«Loa Cortea que en esta grave cuestión, como en todas las otras
«sometidas á su alta deliberación, se han de mostrar pura y verda­
deramente españolas, no serán las que con el establecimiento de la
«libertad religiosa en esta nación católica por excelencia, atraigan so-
obre ella el genio terrible de la discordia religiosa, pam que donde
-hace siglos brilla la luz de la fe divina, aparezca, en espresion de
«un sábio y elocuente escritor, el imponente nublado de las opiniones
«humanas, que no solo oculta el hermoso brillo do aquella, sino que
-también forma sobre la cabeza de los ciudadanos tempestades, acom-
«pañsidas del estallido del trueno, y no pocas veces del espantoso es-
•trago del rayo. No: loa Cortes no lian de querer que por efecto de
«las disensiones que irremediablemente lia do suscitar la libertad re-
«ligiosa, se encuentren las poblaciones de España en la violenta si­
tuación en que se hallaban aquellos dos pueblos déla antigüedad de
•que habla Juveual en una de sus Sátiras, entre los que desde tiem-
° pos muy remotos, todo era odio, indignación y furor, quo como fuego
•inextinguible los devoraba y consumía, habiéndolo encendido y sir-
»viéndole de pábulo, según él mismo asegura, el aborrecimiento que
«coda uno de ellos profesaba á la divinidad del otro, queriendo cada
«cual que solo fuese adorada la suya en ambas localidades,

•Qiuod numiiia vicinorum


• Odit uterque locus, cum solos crcdat luibeudos
•J'jgse Deo», qttos ipse colit.
93
» Así sucederá necesariamente, si los seguidores de los religiones
«que ee establezcan en España, tienen una firme creencia en su res-
° pectiva fe. Cada uno querrá que prevalezca la suya, mirando con
“horror la de los otros. Es ademas una ilusión pensar que todos eBtos,
«despues de orar ante sus propios altares, penetrados de puro y ge*
■neroso Afecto, habían de cumplir los deberes morales, políticos y so-
•cíales con abstracción absoluta de la adhesión á sus creencia.-) reli-
•giosas. Recuérdese si no lo que ensena la historia. El judío se pre-
»senta en el templo á llenar de maldiciones á los profanos que no for­
j a n el pueblo de Dios ni observan los ceremonias del Levítico. El
•mahometano solo tiene un paraíso para los verdaderos musulmanes
•y cree digno de execración ó de desprecio al resto de los hombres,
»E1 luterano insulta al anabaptista, y el zuinglin.no implora con L u -
»tero la maldición de Dios por toda la eternidad para el que le pro-
»ponga una reconciliación con los calvinistas. Calvino declara por los
»mas profanos é idólatras á los que siguen la doctrina de Lutero, y
•éste y Enrique VIII se cargan de mutuas execraciones. Todos ellos
•miran con implacable saña á los católicos, mientras estos á su Tez
•compadecen y oran por esos infelices sectarios, creyendo que el úni-
•co y esclusivo medio de salvarse es la fe católica y la práctica de su
•catecismo. Con tales elementos reunidos en el pais, no habría sino
•altercados entre los particulares, disgustos en las familias, distur­
b io s en los pueblos, y graves y peligrosos conflictos, que comprome-
•teri&n ú cada paso la paz y la tranquilidad del Estado y dificultarían
•la gobemacion del mismo. Hoy, que una opinion política y aun fílo-
•sóíica basta para formar partidos y promover desórdenes, ¿qué su-
» cederá el dia en que los españoles se hallen separados por los sen*
•timiento3 mas interesantes que pueden afectar el corazon?
•Deseosos los que suscriben de librará su patria de este gran mal,
«se dirigieron en 23 de Noviembre del aSo último al Gobierno pro-
•viBional, exponiendo respecto & la cuestión religiosa lo que el Con-
«greso se dignará escuchar.»
Despues de copiar lo que autes dijeron, añaden:
«Así se expresaban los que suscriben en sil citada exposición.
•Hechos posteriores han venido á confirmar de un modo evidente la
«exactitud de sus assrtos. Conocidos son de los señores Diputados
«los sentimientos de la inmensa mayoría de sus respectivas provin-
-cios; los encargos é instrucciones que en lo concerniente í la cues­
tió n religiosa recibieron algunos de muchos de sus comitentes antes
«y despues de las elecciones; las nobles y francas explicaciones que
»no pocos de ellos dieron gustosos al presentarse candidatos; loa lu­
minosos escritos que en folletos y periódicos se han publicado; y,
9i
•por último, la sorprendente y explícita manifestación de la verdn-
i>dera y deliberada voluntad del pueblo español, significada por me-
•dio de esas asociaciones católicas, compuestos de honrados y distin-
nguídos ciudadanos, y erigidas en todoB los lugares do alguna impor-
•tancia, y por ese número considerable de exposiciones que se han
«dirigido al Congreso, firmados por millones do personas de todo
■sexo, condicion y estado, pidiendo la conservación de la Unidad ca-
«tólica. Hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, letrados, comerciantes,
■labradores, industriales, artistas, propietarios, empleados, militares,
•eclesiásticos, seglares, ricos y pobres de las distintas opiniones polí­
ticas, Be han apresurado á suscribirlas en todas partes, menos en
■aquellas donde las circunstancias especiales do localidad, y el ha-
■berse confundido maliciosamente por uno3 pocos la cuestión religio-
•sa con la política, impidieron liacarlo á muchas personas y aun á
■pueblos enteros.
■En vista de estos hechos notorios, evidentes, innegables, las
•Cortes se persuadirán de que la nación española quiere la Religión
•Católica Apostólica Romana sola ......sola........Al quererlo así, lejos
•de mostrarse atrasada en la carrera de las luces, como pretenden los
•enemigos de su prosperidad y ventura, acredita obrar sabiamente
•en un asunto de tan grande y vital interés. Quiere la Religión que
•profesa sola...... sola......, porque apoyada on la autoridad y ense­
ñ anza de la Iglesia Católica, é ilustrada con el sólido y laminoso es­
tu d io de sus dogmas, do su moral, de su filosofía y de su historia,
•creo firmemente quo es la única verdadera, y la sola con que el
•Sér Supremo exige ser honrado. La quiere sola ..... s o la .,,,. , porque
•teniendo esta creencia, tan racional como fundada, desea evitar en
•su territorio á los padrea do familia el profundo dolor que necesaria-
ámente han de sentir los que participan de osa misma creencia, al
■ver á su esposa é hijas ir á una congregación de Luteranos evangé­
licos, ú otra por el estilo, mientras él marcha con sus hijos al
•templo católico para cantar con San AtanaBio: «El que no guarda
•en su corazon íntegra é inviolablemente la fe católica, es indudable
■que perecerá por toda la eternidad.» La quiere «ola...... sola......,
■porque admitiendo como divinos loa libios historiales y proféticos
•del Antiguo Testamento, saba las terribles calamidades con que el
•Señor castigaba á su pueblo cuando admitia templos y cultos erigi-
»doa 6 otro Dios que al de Israel, y que no está autorizada para vio-
•lai estas leyes, que reconoce como divinas, ni se le ha presentado
•un nuevo Código en que aparezcan derogadas por el mismo Dios.
•La quiere, finalmente, sola...... gola......, porque conoce que si en
■otras naeiones ha podido permitirse el ejercicio de distintos cultos,
05
«La sido eu virtud de una verdadera é inevitable necesidad, y que no
«existiendo afortunadamente en sus dominios, no seria en ellos ni
•licita ni conveniente la permisión, tolerancia ó libertad religiosa,
«como en el dia se la llama.
•A estos razones incontestables se agregan otras que el legislador
«tampoco puede desatender. La nación española sostiene con tanto
•tesón la Unidad, católica, porque su interesante historia y la de otros
•paises la enseñan que la multitud de religiones en un Estado lo con-
>(lucen ¿ la irreligión, que es la tendencia del siglo; que doa religio­
n e s en el mismo Estado promueven una lucha, que no suele termi-
•nar sino con la destrucción del Estado ó con la de uno de los parti­
d o s religiosos; así como igualmente que esa misma Unidad ea el
»medio mas eficaz de consolidar la paz y la tranquilidad de los pue­
b los, de hacerlos libres, de excitar en ellos toda clase de generosos
•sentimientos, de hacerles amables las virtudes cívicas y morales, y
•conducirlos suave y rápidamente al mayor grado de perfección posi­
b le , tanto en el orden religioso como en el político y social. En esta
•convicción se fortifica mas y mas cuando observa los medios duros
» y violentos con que para lograr estos resultados en defecto de la Re-
»ligion, tienen que emplear con los particulares y los pueblos los Es-
•todos que no profesan ninguna. Son ateos, y el ateismo político ó
«del Estado es tan incompatible con los deberes de la sociedad,
«como el individual lo es con los deberes del hombre.
•Los Cortes no pueden prescindir, en lo concerniente á la cues­
tió n religiosa, de lo que quiere y desea el pueblo á quien represen-
«tan, y en cuyo nombre forman las leyes. Su propio honor y hasta
«su conciencia, están interesados en no contrariar esoa nobles deseos
«y elevados sentimientos. Respetándolos, lograrán también que el
■importante acto legislativo sobre un asunto de tanta trascendencia,
•ademas de la sanción legal que lo hace obligatorio, lleve la todavía
■mayor que á las leyes sábias y justas dan el acatamiento, el aplauso
■y la aceptación general.
»No se tema que de resultas de conservarse en los nuevos códigos
«españoles la Unidad católica, nuestra patria, que en los dios de su
«mayor fervor religioso supo adquirir un nombre inmortal por el va-
«lor, saber é hidalguía de sus hijos, se vea aislada en el mundo, sin
•comercio, sin relaciones, sin amigos ni aliados en la tierra. Jamás
«el Catolicismo ha traido ese desastroso mal á los pueblos que, con
•sinceridad y con exclusión de otro culto, lo han profesado. Otras
■muy diversas son las causas que producen la decadencia de las nft-
« clones. La Religión Católica no es, ni ha sido nunca incompatible
•con nada de lo que hace grandes y felices á los pueblos. Díganlo
96
•si no la multitud, de extranjeros que en todita épocas han residido
■en España, y adquirieron e n ella b u fortuna bajo el amparo do las
•leyes y de la protección que loa particulares, flia distinción de clft-
•pes, les dispensaron en el ejercicio de su arte, profesión ú oficio. A
■ejemplo de estos, que con sus caudales llevaron á su país gratos re­
cuerdos del afecto y consideración que merecieron de los españoles,
•rengan otros, cualquiera que sea la parte del mundo de que proce-
«dan. Arriben con toda prosperidad sus nares á nuestros puertos.
■Condúzcalos la reloz locomotora hasta el centro mismo de la na­
ció n , y distribuyanse entre todas las provincias, eiudadeB y aldeas.
■Lleven consigo b u s familias, sus capitales, sus mercancías y sus in-
-duBtriOB, Edifiquen fábricas, abran almacenos, construyan lujosos y
■bien surtidos bazares, animen el comercio, mejoren la agricultura,
•exploten las ríeos y abundantes minas del pais. Véanse, en fin, cum-
»piídos los exagerados deseos de los que, dejándose llevar en algunas
■«ocasiones, mas bien de la apariencia que de la realidad de las co-
•sas, hacen consistir la riqueza y felicidad de la nación en que resida
■en ella un número considerable de extranjeros, porque sean cuales
■fueren las creencias de estos, la Beligion Católica no impedirá,
•como hasta ahora no lo ha impedido, recibirlos en nuestros brazos.
■Ella ganará algunos para el cielo por el camino de la dulzura, de la
■convicción y del ejemplo. Hará ver en todos la imágen de Dios, la
•calidad de hombres, los derechos de hermanos, pura que con esmero
■se les prodiguen los delicados oficios de la hospitalidad y de la be­
neficencia. Esto es suficiente para que el Estado se aproveche de los
•beneficios de la permanencia de los mismos en su territorio, sin que
■se crea precisado á permitir que en el recinto donde se adora al Dios
•de la paz y de la verdad, se levante altar contra altar, ni el ejerci-
ocio de culto distinto del que practica y aprueba la Iglesia Católica,
•ó sea establecer la libertad religiosa, que ordinariamente no son
■los extranjeros formales, laboriosos y activos los que la echan do
■menos, sino los aventureros, que abandonan su propio país, dondo
■son desfavorablemente conocidos, y Be introducen en el extraño para
•ejercer en él traidoramente, bajo la obediencia del que les paga, el
•oficio de propagandistas del error y de corruptores de los pueblos.
•Ninguna razón liay, por lo tanto, para que se introduzca nove*
■dad alguna en las leyes que garantizan la Unidad católica; conser­
vándolas en toda b u fuerza y vigor, las Cortes españolas cumplirán
•con un deber de justicia, y ¡irestarán un gran servicio á la patria.»
»7

XV.

El resultado que tuvieron estas y otras Exposiciones de la mis­


ma índole, es sabido de todos: la unidad católica íué destruida, y en
su lugar se estableció la mas omnímoda libertad de cultos. La Listo­
na en una de bus páginas juzgará con la severidad que merecen, á
los que, desentendiéndose de los deseos del país, y faltando á graví­
simos deberes, consumaron una obra que solo satisfizo ¿ algunos re­
volucionarios, al Protestantismo y á loa sectarios, lo mismo de Espa­
ña que del extranjero.
Entre tonto, á los que así se condujeron, puedan acaso aplicarse
estos hermosos versos de 'Virgilio:

......Ocidie ermntibiu alto,


Qiuesivit cafo hicein, ingemnitqiie repertn ( 1 ) .

Sus ojos se fijaron vacilantes á lo alto. Buscaron en el cielo 1&


luz, y gimieron ni encontrarla. Porque todo pasa como la sombra en
este mundo, y los que no vieron, ó no quisieron ver con claridad en­
tonces, atorrados, cuando menos lo imaginen, ante la proximidad de
algún peligro, ó ya en la hora de la muerte, á cuya presencia tiem­
blan mas que nadie los espíritu* fuertes, recobrando la razón sus de­
rechos, y con la vista Jija en el cielo, reconocerán, bien ú pesar Buyo,
y con amargura tal vez, la luz de la verdad.
En aquellas Cortes hacíase gala por algunos Diputados, de herir
los sentimientos religiosos de la nación. Pronunciáronse discursos que
no quiero recordar, y hasta se profirieron en ellos las impiedades mas
estúpidas y las blasfemias mas execrables. Un grito de horror se lan­
zó de todas partes, y el Cardenal Moreno lo dió también desde su
cátedra; grito que todavía resuena on los oídos de las innumerable^
personas que lo oyeron. Véase cómo describe un Diario de Yalladolid
la escena que pasó en la catedral en la mañana del dia 6 de Mayo
de 1869.
«El jueves, dia consagrado por la Iglesia á solemnizar la As-
■cension de Nuestro Señor Jesucristo, se celebraron en la Santa
•Iglesia Metro poli tana los Oficios divinos con toda la pompa ocos-

(1) .Uncid. 1, vv, (¡DI y G82.


08
«tumbrada, asistiendo un numerosísimo concurso de fieles á la hora
»de Nona. Terminada esta, el Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo de
■la diócesis ocupó la cátedra del Espíritu Santo, y despues de hacer
«una explicación de la festividad del dia, de la importancia que para
oel cristiano tiene la Ascensión del Redentor, que si con su muerte
«le enseñó el desprecio da la muerte, con su subida á los cielos le
«abrió las puertas de la eterna gloria, manifestó Su Emma. la pro-
ofunda tribulación que agoviaba su espíritu, al ver que en esta cató-
«líca nación se hubiera intentado lastimar el acendrado catolicismo
-de b u s hijos, injuriando el puro nombre de la Inmaculada Virgen,
»y blasfemando do los augustos misterios de la Religión que profesa-
«moa. Con la energía propia del sucesor do los Apóstoles, protestó
■nuestro Prelado desde su Silla, contra las injurias c impías blasfe-
«mias que se han prodigado á los altísimos objetos, que constituyen
>el mas venerando y cato patrimonio de los españoles, que en asun-
k tos religiosos, decia Su Emma., preferían siempre á la vacilante luz
»de la razón, la oscuridad de la fe. Dijo también, que aun cuando á
«la Iglesia española le faltara la ley civil, no por eso dejaría de fiar
»tan grande como haBta aquí lia sido, ni por esa falta se entibiaría
•el fervor religioso de sus hijos. Envió ol testimonio de b u reeonoci-
•miento y profunda gratitud á los Diputados de esta provincia, quo
•votaron lo unidad religiosa, floran inestimable de nuestros glorias,
•y excitó al católico pueblo Vallisoletano, ú que con b u s oraciones des-
•agraviase á la Majestad divina, do los ultrajes de que ha sido ob­
je to ; y para avivar la fe de b u grey, recitó la protestación de la fe,
«que fué contestada por el numerosísimo concurso que llenaba la es-
«paciosa capilla mayor, y las 110 menos espaciosas naves laterales,
•terminando el acto con la bendición al pueblo. A la salida de la cfi-
•tedral, multitud de personas llegaron á besar el anillo del Prelado.»

X V I.

No eran solo estos deplorables discursos los que afligían á la Igle­


sia, sino también ciertos actos del Poder Ejecutivo, encaminados a
deprimirla y á desprestigiarla. Y entre ellos, uno fué el encargar &los
Obispos predicasen y escribiesen Pastorales en que condenasen las sub­
levaciones y levantamientos, tan frecuentes en aquella época. El Car­
denal Moreno vió en esto un lazo que se tendia á los Prelados,
porque b í se resistían á cumplir dicho mnndato, podia servir su re­
sistencia de pretexto para agravar mas la situación de la Iglesia,
porque era fácil supusiese el Gobierno que no miraban de mal ojo, y
99
aun que fomentaban esos alzamientos. Se exponían además &ser pro­
cesados, on cuyo caso s& imposibilitaban para poder asistir al próxi­
mo Concilio, el cual, por semejante motivo, tal vez hubiera tenido que
suspenderse. Digo esto, porque el Sr. Arzobispo de Quito, villanamen­
te asesinado por los sectas poco despues que lo fué nuestro primo, «1
Presidente de la República del Ecuador, me manifestó, con referen­
cia n otro dignísimo Arzobispo americano, que el Papa, lamentán­
dose con este Prelado de la situación de España, le añadió, que sus­
pendería el Concilio si la revolución impedia asistir á él á los Obispos
españolea. ¡Tanto se prometía de au celo y sabiduría, y tan grande
era lo confianza que le inspiraban! Tal suspensión hubiera ocasiona­
do un daño inmenso al Catolicismo; y aunque no de igual magnitud,
poro siempre grande, era el que le resultaba de que no asistiesen á
esa venerable Asamblea dichos Prelados; mas prestándose por otra
parte estos á cumplir con el referido mandato, era muy fácil que se
persuadieran los hombres del poder revolucionario, que entraba en
sus atribuciones el regular el ejercicio del ministerio sagrado, en pun­
to tan importante como el de la predicación, y este era otro mal
gravísimo pora la Iglesia. El Arzobispo de Valladolid salvó ambos
escollos: publicó la Pastoral, poro en ella, al propio tiempo que ex­
plicaba la doctrina católica sobre la obediencia á los Poderes consti­
tuido», expresaba lo3 principios á que estos deben ajustarse, y así le
fnó muy lacil predicar á todos, no solo á los fieles sino también al
Gobierno, recordando al uno y á loa otros sus deberes y obligaciones.
Esta Pastoral da una idea exacta del estado de opresion en que
30 hallaba la Iglesia; y esta circunstancia, unida á que de ella se
ocuparon en el extranjero, me ha movido á insertarla también, antes
de pasar á ocuparme de otros ofleritos no menos importantes. Dice
«ai la Pastoral.
•Es una obligación de nuestro sagrado ministerio, veuerables
- hermanos y amados hijos, inculcar á los fieles confiados a nuestra
«solicitud pastoral, la obediencia cristiana ú las autoridades consti­
tuidas. Cuidadosamente hemos procurado siempre cumplir con este
«deber, aprovechando cuantas ocasiones so nos han presentado para,
“hacerlo, ya por escrito, ya de palabra, ya también por medio de
•nuestros venerables y entendidos cooperadores, á quienes poco tiem-
®po ha, y no obstante lo satisfecho que nos hallábamos de su celo, di-
"rigimos nuestra voz para encargarles expresamente que ese impor-
* tante asunto fuese en la actualidad una de las materias preferentes
•de sus conferencias, discursos y sermones, fExhortación Pastoral de
«Noviembre de 1863 J Afortunadamente hasta ahora el éxito ha cor­
respondido á nuestros deseos, y el fruto á la notoria laboriosidad de
100
«nuestro virtuoso clero, pues ú pesor de la aflictiva, situación en que
»por largo tiempo se ha encontrado nuestra diócesis á consecuencia
•de la miseria pública y de otros causas igualmente calamitosas, los
«fieles de la misma, sin distinción de clases ni de fortunas, han dado
■constantes testimonios de sumisión y obediencia.
• Mas hoy, por la vez primera desde que sin merecimiento nuestro
«fuimos elevado á la alta dignidad del Episcopado, al hablaros sobra
»cl mismo asunto, lo hacemos como sabéis, en virtud de excitación
•pública y oficial del Gobierno. Consignamos de propósito esta espe­
c ia l y notabilísima circunstancia, porque ella nos suministra una,
■nueva y brillante prueba á irrecusable testimonio de lo mucho que
•interesa ú In sociedad, cualquiera que sea su forma política, la es-
■tricta observancia de la doctrina católica, asi como la influencia que
•ejerce en la paz y prosperidad del Estado. El olvido de sus saluda­
b le s máximos, no hay quo dudarlo, es lo. causa principal de las
•grandes convulsiones y terribles sacudimientos, que con pasmosa
•rapidez van sucedióndose en el mundo, y que en nuestros dios colocan
»al borde del abismo aun ií los mas poderosos imperios. Gustosos por
»lo tanto nos prestamos á volver á la agradable tarea de recomendar
•con encarecimiento el deber de la obediencia & la autoridad, que im-
»pone á todos nuestra sacrosanta religión.
»En el .Evangelio, venerables hermanos y amados hijos, en este
»divino libro, al que la misma impiedad considera como el único ne­
cesario al cristiano y el mas útil al que no lo sea fEm il. J. J. Rous-
»m tu), se encuentra lo que el hombre está obligado á saber y procti-
»car para cumplir de una manera digna y perfecta con ese importante
«deber. Toda la doctrina relativa al mismo, se llalla admirablemente
•resumido en este prccopto del Salvador: lleddUc crtjo qt«c mnt Casa-
■>rh, Ctesari;et qua sunt Dei, Deo (&. Matth. cap. 22, verg. 2 1 .) En
♦términos tan claros y sencillos lo dejó formulado en lo sublime res-
»puesta con que desconcertó por completo, hizo enmudecer y dejó con-
•fundidos á los malignos que, por medio de la insidiosa pregunta de
»si era ó no lícito pagar el tributo al César, deseaban para perderle,
•oir de sus propios labios la opinion que tenia, ó el juicio que habia
*formado acerca de lo autoridad de los emperadores romanos, ó sea,
»del poder constituido que ú la sazón regia los destinos de la Judea y
«mandaba en la misma Jerusalén.
» ¡Qué admirable y de cuánta instrucción para los pueblos es la
«conducta observada por el divino Maestro en este pasaje de su pre­
ciosa vida! Sus enemigos le proporcionaron una bella ocasion de dar-
■nos con su ejemplo importantes reglas de prudencia, quo los fieles
«deben seguir en sus relaciones con los quo gobiernan la sociedad en
101
vque viren, ú fin de evitar funestas perturbaciones y conducirse, aun
«en medio de ellas, como buenos y pacíficos ciudadanos. Observad
“con profundo respeto la sabiduría con que procede. Pora dar su m -
•puesta y declarar en ella la obligación que tenian los judíos de sa­
tisfacer el tributo, en justa obediencia al poder público que lo Labia
•impuesto, se desentiende discretamente de loe gravea cuestiones de
■órden político que los tenían preocupados, inquietos y divididos, y con
“la presentación de una moneda, solo les Lace fijar su atención en el
«hecho de que el mandamiento de pagar el tributo dimanaba de la
«autoridad constituida. Con e&ta mismo objeto, en bu réplica á los que
•le hicieron la capciosa pregunta, despues de reprender con severidad
•su perversa intención, les dice señalando lleno de majestad á la
•moneda: Cujm esl mago h «e, et superscriptioJ ¿De quién es esa imá-
•gen é inscripción? Y al oir que sin vacilar le contestan: del César, Ira
•añade: pagad, pues, al César lo que es del César, y á Dios lo qus es de
»D iot. fS . Mattíi. cap. ¡¿2, ver». 18, 19, 20, 2 1 .)
«Este precepto de la ley evangélica pone de manifiesto al hombre
•el origen y la extensión de la obediencia que, en cumplimiento del
■mismo, ha de prestar & las potestades de la tierra. Con maravillosa
•precisión determina los deberes de los pueblos y también los de los
■Césares. Reflexionad, renerables hermanos y amados hijos, las su­
blim es palabras del adorable Salvador. Dad á Dio» lo que es de Dios,
•nos dice, para hacemos conocer qua el someterse al poder público,
■es someterse al poder de Dios, que establece los imperios y de quien
•se deriva como de su propia fuente toda autoridad, y que igualments
•ésta, en el ejercicio de sus facultades y atributos, es preciso que se
•contenga dentro de sus justos y legítimos limites. Con esa sentencia,
•lúe forma la segunda parte de su sublime respuesta, aclara y pre-
•cisa la inteligencia del gran pensamiento que hakia consignado en
“ la primera cuando dijo: dad, pues, al César lo qtit es dd César. Así,
■al propio tiempo que nos hace entender que Dios es el que ordena
•dicha obediencia en bien del hombre y de la sociedad, nos instruye
■de que el poder civil está subordinado á su santa c inmaculada ley,
•y no se extiende ii las cosas que el mismo Dios Be lia reservado para
"SÍ ó cometido esclusivamente A b u Iglesia. Todo lo demás roncer­
amente al bien temporal ó político de los pueblo», lo lia sometido á
“ la autoridad del poder público.
»Hé ahí explicada en pocas palabras, venerables hermanos y ama­
d o s hijos, la obediencia que debeis prestar á las autoridades constitui-
'das en conformidad á la doctrina católica. Observadla, pues, con es-
»pontaneidad y exactitud. Ella es tan provechosa á I03 súbditos como
*» los gobernantes, y su enseñanza ha sido y continúa siendo ano de
102
«los grandes beneficios que la Iglesia dispensa á las potestades y á los
»pueblos. Predicándola constantemente, ha logrado colocar el asiento
-do los quo ejercen el poder en un sitio muy sagrado y venerable, en
»la conciencia de sus subordinados; y para evitar, en provecho de loa
»irnos y de loa otros, todo pretexto á la insubordinación y á los alza­
mientos, á la vez que con santa libertad dice & los qne gobiernan:
•amad la justicia los que juzgáis á la tierra fSab. cap. 1, t e n . 1 ), per-
«suade con su palabra y con su ejemplo ív los pueblos, como observa,
» Bossuet ('Sermón sobre los deberes de loa lict/esj, que es preciso bu-
»frir basta la misma injusticia, por cuyo medio se ejerce invisible­
m ente la justicia de Dios..... *

X V II.

El Gobierno, on su aían de vejar y afligir ú la Iglesia, quiso to­


mar pretexto de la anterior Pastoral y de loa quo publicaron casi to­
dos los Obispos, para ver el modo de establecer antagonismo entre
estos y los que dejaron de publicarlas; y el medio que escogitó fué
elogiar mucho á los primeros, y darles las gracias oíbial y pública­
mente, y mandar procesar á los segundos, con el fin sin duda de des­
prestigiarlos ií todos. Poca perspicacia tuvo, porque no contaba con lo
que le iba tí suceder; y asi rió con sorpresa que los Obispos por él elo­
giados, rechazaron cortesmente sus elogios, y también las gracias
que les daba. No solo hizo esto el Cardenal Moreno, sino que defen­
dió valerosamente ií los Obispos mandados procesar, demostrando BU
inocencia, y haciendo ver que los unos y los otros partían de los mis­
mos principios y profesaban idéntica doctrina. Con el comedimiento
debido, á la vez que con santa libertad, cumplió ese deber, por medio
de la siguiente exposición.
«Al acusar con la debida consideración el recibo de la circular de
»6 del actual, por cuyo medio se ha servido V. E. darme las gracias
»en cumplimiento de lo prevenido por S. A. el Regente del Reino cu
«su Decreto de la misma fecha, dictado en vista de la conducta ob-
>>servada por ol Episcopado español, con ocasion do lo dispuesto on
»el de 5 da Agosto último, forzoso me es llenar un sagrado ó impe­
rioso deber.
»La simple lectura de las comunicaciones de los venerables Pre-
-ladoB, publicadas de órden de V. E. en la Gaceta, basta para cono-
»cer la admirable uniformidad con que, sin acuerdo alguno previo,
"todos han apreciado las disposiciones del citado Decreto de 5 do
«Agosto, y los hechos que le sirven de fundamento. Examínense con
103
»detenimiento é imparcialidad esas comunicaciones, y se verá que,
•aunque redactadas con diferentes palabras, diversa forma y variado
11estilo, vienen á ser todas ellos la expresión del mismo juicio, lo. ma-
•nifestacion de idéntico pensamiento, la protestación de los mismos
«principios y la eipoaicion de una sola doctrina.
■Los Prelados á quienes se tributan gracias, así como los otros,
»cuyos escritos se han sometido á la calificación del Consejo de Esta-
•do y á la acción fiscal del Tribunal Supremo de Justicia, han estado
»acordes, como no podia menos de suceder, en rechazar las inexactas
•é infundada» inculpaciones que motivaron el Decreto, y con las que
•se ofendía la virtud acrisolada y el buen nombre del Clero español;
» en no reconocer como regla, en lo relativo á las licencias para el
*ejercicio de las funciones sacerdotales, sino los Sagrados Cánones; y
■>en manifestar no ser de las atribuciones del poder temporal el orde­
n a r la predicación de Iob Obispos en la forma que se hoce en el ci-
•todo Decreto.
•En ninguna de esas comunicaciones se advierte la menor discor-
«dancia sobre los puntos indicados, que era lo esencial, y de lo que
•principalmente debían los Prelados ocuparse en sus escritos. Las
•necesidades diferentes de b u s respectivas diócesis, y el observar que
•en diversos sentidos y por distintas causas podia peligrar, en al­
agunas mas que en otras, el orden social, decidieron á unos, en uso
«de la libertad que para la predicación ha concedido á la Iglesia su
«Divino Fundador, ó abstenerse de dirigir 6 sus diocm nosla Exhor-
»tacion Pastoral que deseaba el Gobierno, mientras que los otros,
»despues de salvar la independencia de su autoridad, en usa también
"de esa misma libertad, han estimado provechoso al bien espiritual
«de los fieles, acceder á aquellos deseos, publicando la mencionada
«Exhortación, é inculcar por su midió una vez mas en el ánimo de
•sus diocesanos, las saludables y sublimes máximas de la moral cris-
•tiana en lo concerniente á la obediencia debida á las autoridades
»constituidos.
■ Ruego n V. E. que, pasando de nuevo la vista sobre la comuni-
“cacion que le dirigí el 14 de Agosto último y la Instrucción Pasto­
r a l del dia anterior, de que acompañé un ejemplar, se sirva cotejar
«ambos documentos con los de los bjUjíos Prelados, ú que so refieren
•los artículos 2.° y 8.° del Dacreto de 6 del actual, y encontrará en
•ellos una completa y absoluta uniformidad de doctrina, según antes
•he manifestado. Sin embargo, algunos enemigos de la Religión y
•de la Iglesia, fijándose solamente en la diversidad do la forma, han
•pretendido encontrar diferencia en el fondo; y á fin de hacer desapa­
recer por mi parte todo pretexto de que puedan valerse para incurrir
101
•de nuevo en semejante equivocación, no tengo el menor inconve-
■niente, sino, por el contrario, una especial complacencia, en decla-
•rar, como lo declaro del modo más explícito y terminante, que me
■adhiero sin reserva alguna, lingo mió, y en coso necesario repro-
■duzco cuanto esoB luminosos escritos contienen en defensa del Clero
■y vindicación de la libertad c independencia de la Iglesia.
i Natural era que existiese esa identidad de principios. La índole
•del Decreto en cuestión nsí lo requería, pues es notorio lo mucho
•quo ofende por b u razonamiento y por su forma al Clero, y menos-
•caba el prestigio y la inmunidad de la Iglesia. En vano, para justifi-
»cor sus prescripciones, se buscarán cobos ó ejemplares análogos en la
•larga historia de la legislación de Castilla, ni aun en la de Indias,,
>á pesar del privilegiado y amplísimo Patronato, quo en las iglesias
•de esos remotos países ejercen los Reyes de España. Bien cono-
»ce V. E. lo mucho que difieren del caso actual, por su objeto, b u s
•motivos y circunstancias, los que se citan en el mencionado Decreto;
»y aun así, convendría conocer de qué manera se condujeron enton­
c e s todos los Prelados con quienes hubo necesidad do tratar.
•Los que en el dia estamos puestos por el Espíritu Santo para
•regir la Iglesia de Dios, nos hemos apresurado a consignar en esos
•documentos, con mas ó menos extensión, los principios quo garan­
tizan los derechos de la misma, que veíamos lastimados. Nos pre­
cisaba hacerlo asi el deber que tenemos de perder antes la vida, que
•consentir que por medio de una ilegítima ingerencia de la potestad
■temporal en las augustas funciones del ministerio sagrado, se tra­
base de formar una Iglesia humana , según la expresión do San Ci-
•priano; Ilumanam. conantur faccre Ecdesiam. Un protestante es el
•que, comentando estas palabras, las da el sentido ó inteligencia teo­
lógica en que neabo do usarlas. Su testimonio 110 puede, por lo
•mismo, ser sospechoso á nadie. «Quien do su propia autoridad, dice,
•establece Obispos, ó atenta á b u s sagrados oficios, trata de formar
•una Iglesia humana, en la que no ministra al pueblo Sacramen-
•tos, Bino sacrilegios..... Este es el crimen en que incurren los polí­
nicos del presente siglo, que lo llevan todo al magistrado civil y p o -
•nen en sus manos el formar y reformar el régimen do la Iglesia. ■
•¿Tiene, pues, algo de extraño que causase alarma á los Obispos
•españoles el Decreto de 5 de Agosto, atendido su literal contexto?
«¿Cómo considerar culpables ú los que acudieron de sus resultas al
»Gobierno, exponiendo sus quejas con enérgicas y sentidas expresio-
»nes? Sucesores todos y émulos todos también do un Obío de Córdo­
b a , de un Isidoro de Sevilla, de un Tomás de Villanueva de Valen­
c i a y de un Toribio Alfonso de Mogrovejo de Lima, no pueden
105
» menos de procurar imitar su celo y fortaleza en defender Iob fueros
•de la verdad y las prerogativas de la Iglesia. Así es como los Freía-
•dos merecen bien de la patria, porque solo asi prestan á la mis-
■mft, cualquiera que sea su situación política y la forma de su Go-
»bienio, el importante servicio de auxiliarle con el benéfico y eficaz
•influjo de la Beligion verdadera, cuya divina moral es la que úmca-
»mente perfecciona al hombre público y privado, hace morigerada,
«laboriosa y feliz á la familia, afirma y alianza la libertad, el órden
•y la paz de los pueblos.
• Con el libro de la historia abierto, en vez de entregar al olvido
“loa glorias posadas, por irrealizables que parezcan en los tiempos
•actuales, las recuerdan sin cesar para inspirarse e:i el espíritu del
•Cristianismo que las produjo, y que lo mismo en la» edades posadas,
•que en las presentes y en las que están por venir, vivifica al hom-
•bre y (i la sociedad, y e3 en todos tiempos fecunda y rica fuente de
•lo bueno, de lo grande y de lo bello.
•No: no es posible olvidar esas glorias, á pesar de lo que se nos
•aconseja en la circular á quo contesto. Su recuerdo es el lazo que
•nos une n nuestros esclarecidos progenitoras, y el conducto por cuyo
•medio se nos comunican su» grandezas. ¿Y quiere por ventura V. E .,
•me permitiré preguntarle con el profundo Balmes, separar por un
■=abismo nuestras creencias de sus creencias, nuestras costumbres de
•sus costumbres, rompiendo así con todas nuestras tradiciones, olvi­
dando los mas embelesantes y gloriosos recuerdos, y haciendo que
•los grandiosos y augustos monumentos que nos legó la religiosidad
•de nuestros antepagados, solo permanecieran entre nosotros como
•reprensión la mas elocuente y severo? ¿Consentiría Y. E . que se ce-
•gasen los ricos manantiales A donde podemos acudir para resucitar
•la literatura, vigorizar la ciencia, reorganizar la legislación, esta-
•blecer el espíritu de nacionalidad, restaurar nuestra gloria y colocar
«de nuevo á esta nación desventurada en el alto rango que sus virtu­
d e s merecen, dándole la prosperidad y la dicha que tan afanosa
■busca y que en su corazon augura? No puede ser esa ciertamente la
“intención de Y. E., pero tales serian los efectos del olvido de nues­
tr a s pasadas glorias. El Episcopado español no puede menos de te­
je r la s siempre presentes, porque al grande interés que le inspira la
»suerte de su patria, se añade que forma parte de la Iglesia Católica,
•y esta vive de la Tradición.
»E1 Episcopado que asi piensa y de esa manera se conduce, no
•debe ser tenido como antagonista de la civilización moderna, en la
-recta inteligencia y germina acepción de esta palAbra. Séatue permi­
tid o , para demostrarlo, seguir enlazando con algunos pobres concep-
106
«toa míos, pensamientos del mismo ilustre escritor, que tan magia-
*tralmente trató esta importantísima materia. No existe, vuelvo á
•repetir, el antagonismo de que se hace mérito en la circular de V. E.
»entre la Iglesia y esa civilización, porque derramado como está el
■espirita del Cristianismo por las venas de las sociedades modernas,
«impreso bu sello en todas las partes de la legislación, esparcidas sus
■luces sobre toda clase de conocimientos, mezclado su lenguaje con
■todos loa idiomas, reguladas por sus preceptos las costumbres, mar­
ceada su fisonomía hasta en los hábitos y modales, rebosando de sus
“inspiraciones todos los monumentos del génio, comunicado su gusto
»á todas las bellas artes; en una palabra, filtrado, por decirlo así,
oel Cristianismo en todas las partes de esa civilización tan grande,
•tan variada y fecunda de que se gloría la sociedad moderna, no
•puede entenderse con este nombre sino la civilización cristiana.
«Ella es hija muy querida de la Iglesia; en ella se reflsja la luz
•de sus dogmas y la santidad de su moral. Le comunica de continuo
«aliento y vida con la palabra de sus Apóstoles, con la sangre de sub
■Mártires, con la sabiduría de aus Doctores, con la pureza angelical
■de sus Vírgenes, con la paciencia y humildad de sus Confesores,
•con la austeridad y contemplación de b u s Solitarios, con la oracion,
•los ejemplos y loa victorias de sus Santos. Solo ella atraviesa las
•profundas revoluciones sin perecer; solo ella se extiende á todas los
•razas, se acomoda á todos los climas, se aviene con las mas variadas
»formas políticas; solo ella se enlaza amigablemente con todo linaje
•de instituciones, mientras puede circular por su corazon, cual fecun-
•dante savia, produciendo gratos y saludables frutos para bien de la
«humanidad. De esta civilización es, pues, el primero, principal y
«mas fecundo elemento el Catolicismo.
«Este no puede celebrar vergonzosas transacciones y sacrilegas
•alianzas con siatemas, que contienen doctrinos que le son contra-
«rias, que llevan en sí el gérmen de la corrupción y de la muerte, y
■■que con horror hubiera rechazado la misma gentilidad, como que
•tienden ú destruir todo principio de autoridad, todo freno de icli-
«gion y toda regla de derecho y de justicia. Entre la Iglesia y esos
«sistemas, aunque para ocultar su deformidad y pervertir mas fácil-
•mente á los pueblos, se les dé ese fastuoso nombre de civilización
«moderna, habrá un eterno é irreconciliable antagonismo; y si se
•propusiese cualquier medio de conciliación y de avenencia para ha*
«cerle desaparecer, los Obispos de España, guiados por el inmortal
«Pió IX, repetirán como él en su memorable Alocucion de 18 de
•Marzo de 1861, las sublimes palabras del Apóstol: ¡Que ccmunica-
*cion tiene hi justicia con la injusticia? ¡O qué compañía la luz con las
107
otinieblua■ <¿0 qué concordia Cristo con BeliaU El antagonismo con
«esta clase de civilización, lejos de ser fatal, es altamente benéfico y
"provechoso para la sociedad y paro, el individuo, y ojalá s j conserve
«siempre en nuestra España, porque sería un seguro indicio de que
»se conservaban también en toda su pureza los principios de la Iglesia
•Católica, Apostólica, Romana, la que, fomentando todas las virtu-
•des, anatematizando todos los vic¡03, salvando las almas y condu-
•eiéndoloa á la verdadera felicidad, ha marchado siempre al frente
«del verdadero progreso y de la civilización de los pueblos.
«Cuanto llevo expuesto en contestación á la circular de V. E., es
•conforme á esos principios. Por consiguiente, nuda mas lejos de mi
■ánimo, que el ingerirme en la acción de la política temporal, que
- como V . E . dice, corresponde á la sociedad civil, la cual no podrá
•menos de apreciar en todo su valor el importante servicio que en las
“ difíciles circunstancias por que atraviesa en España, le viene prea-
•tando el Episcopado y todo el Clero, con su prudente y ejemplar
-conducta.
«Por esta razón, es en extremo sensible que haya sido diversa hi
«clasificación que so ha hecho de los Prelados que, conformes en la
•doctrina, han obrado en lo concerniente á lo dispuesto por el referí-
»do decreto do 5 de Agosto, con la independencia propia de su divi­
día autoridad. Los que se han limitado á manifestar al Gobierno los
'inconvenientes que, en su juicio, resultaban de la ejecución de ese
‘ decreto, hicieron uso de un derecho, y por lo mismo no le han in-
»ferido ninguna injuria, ni en nada han menoscabado las facultades
«y atributos de la potestad temporal. Obrando, como han obrado,
»dentro de loa límites de la espiritual, no puede en manera alguna
- considerárseles como súbditos que resisten la ordenación de su supe-
-rior, sino como Autoridades, que boa creído de su deber oponerse 6
•que otra, altamente merecedora de respeto, pero de diverso órden, y
»do la que en esa esfera son completamente independientes, se entro-
»metiera en las atribuciones que les son propias y privativas.
»Las disposiciones del decreto de 5 de Agosto, no se dirigian á
«los Obispos como simples ciudadanos españoles, sino en su sagrada
»cualidad de Obiqx»; y si en este concepto se cree que han delinqui-
»do, juzgúeseles por su propio juez y no por el que, según la legisla­
c ió n civil, solo puede juzgarlos cuando se trata de un delito común.
-Poco temor debe inspirarles ese juicio, porque la justificación legal
»de su conducta se encuentra en el preámbulo del decreto de 6 del
-actual, en donde implícitamente Be reconoce que en el de 5 de
-Agosto no se observó todo el rigorismo acostumbrado, y del que no
«puede prescindirse en documentos de esta claBe, si se desea evitar
108
•equivocados interpretaciones y conflictos siempre lamentables. La,
•forma en ellos no es una mera solemnidad externa de pura cortesía
►ó atención, sino el medio establecido por la loy ó por la costumbre,
•para salvar el principio de la libertad é independencia de la Iglesia,
*que, en España, en ningún tiempo el poder supremo ha dejado de
»reconocer y respetar.
«Nunca, ni aun en la época de los Reyes mas absolutos y celosos
•de 'sus reales prerogativae, se ha procadido criminalmente contra
•los Prelados, por excesiva que haya parecido la energía con que de-
•fendieron los derechos de la Iglesia. Es verdad que en algún caso
•so valieron nuestros Monarcas de medidas gubernativas, que en
•buenos principios de justicia no pueden aprobarse, pero que por ar­
bitrarias é injustas que sean, lo son menos que las acordadas en los
•artículos 2.® y 3.° del citado decreto; porque nada mas arbitrario é
•injusto que intentar por medio de un juicio ilegal y nulo, deprimir
■la dignidad sagrada que en lo relativo al e'ereicio de sus funciones,
•el mismo Dios, ha instituido con absoluta independencia de los ma-
«gistrados y tribunales civiles, por grande que sea la fama de su
'justificación y elevada bu gemrquía. Estos, ó consecuencia de la
«expresada inmunidad, son, con arreglo á las leyes divinos y huma­
dnos, notoriamente incompetentes para juzgar los actos que dimanan
•de la potestad espiritual de aquellos que, en expresión del Apóstol,
■juzgarán á los mismos ángeles.
»Y no siempre los antiguos Reyes emplearon á consulta del Con-
vsejo esas medidas estrepitosas é ilegales contra los Obispos, que en
•su concepto habian ofendido los derechos de la majestad. Hubo al­
aguno que creyó hacer lo bastante on desagravio de su augusta per-
»sona y de sus regalías, con solo manifestar reservadamente y por
•medio de carta autógrafa, su enojo y real desagrado ni Prelado, que
«era objeto de esta demostración. Así lo hizo Felipe IV con D. Juan
»do Palafóx, aquel célebre Obispo de Osma, cuya santidad tanto
•aplaudieron, y á quien tan grande veneración mostraron los políti-
■cofl del pasado siglo, y que, atendidos los antecedentes de su vida en
•cuestiones de esta clase, se puede asegurar que si hubiera tenido
•que intervenir en la presente, su suerte hubiera sido igual h la que
-en estos tiempos en que se proclama toda clase de libertades, ha
•cabido á su respetable sucesor, al actual Prelado de aquella diócesis.
»Es tanto mas de extrañar la medida tomada con este y demás
•Prelados comprendidos en los artículos 2." y 8.” del expresado de­
creto, cuanto que ni aun con arreglo al derecho común, puede de-
«clarárseles criminalmente responsables de los delitos de desacato ó
«desobediencia, que son los que parece quiere imputárseles. No del
JO'J
»primero, porque ei de alga sirven los precedentes jurídicos que por
••analogía pudieran ser aplicables al caso actual, recuérdese que es
••jurisprudencia repetidamente establecida., asi por el Consejo de Es-
■tado como por el Tribunal Supremo de Justicia, que cualquiera que
■sea la calificación que merezcan las expresiones que median entre
»dos autoridades independientes entre sí con ocasion de sus fnncio»
■nes, no puede atribuírseles carácter legal de desacato. Tampoco del
■segundo, porque prescindiendo de que en lo relativo á lo espiritual,
■el poder temporal es incompetaute y no tiene Bobre ellos autoridad
•alguna, V. E. ha consignado en el preámbulo de ese decreto, que
■el Gobierno ee limitó en el de 5 de Agosto á animarle», exhortarlas y
■encargarles, lo cual de ningún modo constituye mandato ó precepto,
«sin el que no Be concibo la idea de desobediencia, ni el cargo que en
■la misma se funda.
«Moa si, lo que no puede ni por un momento suponerse, los
«Prelados á que se refieren dichos artículos, hubiesen cometido por
■medio de b u s escritos, alguna falta verdaderamente justiciable,
■como ella se habría cometido en el ejercicio de b u ministerio, su
•corrección ó castigo correspondería a los tribunales de la Iglesia, en
•virtud de la jurisdicción concedida á la misma por su divino Fun-
•dador, como de una manera terminante se reconoce aun en el de­
creto de 6 de Diciembre del año último sobre unidad de fueros, en
■donde expresamente se reserva á dichoB tribunales el conocimiento
•do las falta? cometidas por los eclesiásticos en el desempeño de su
»ministerio, limitando su desafuero á los negocios comunes, así civi-
»les como criminales. El tribunal competente sería en este caso el
»del Papa, á quien pertenece por derecho propio el conocimiento de
»las causas que se formen á los Obispos. La historia de la Iglesia nos
■suministra ejemplos de estos juicios desde la mas remota antigüe-
■dad. Entre ellos puede citarse el qu3 tuvo lugar en el siglo IV con
•respecto á los Obispos españoles Basi lides de Aetorga y Marcial de
•Mérida, que en última instancia fueron juzgados por el Papa San
•Comelio, como consta de la carta que San Cipriano escribió con este
•motivo á los Obispos de España.
■Por manera que, ora se atienda & la legislación canónica, ora á
•la civil, ea notoriA la improcedencia de las medidas adoptadas en el
■expresado decreto. Me lisonjeo de que estas ligeras indicaciones se-
*rán suficientes para .llevar al ánimo de V. E. el convencimiento de
■esta verdad, á fin de que, no estableciendo distinción alguna entre
■los Prelados españoles, se sirva proponer á £>. A- el Regente del
•Reino, deje sin efecto lo prescrito en los artículos 2.” y 8.° de ese
■decreto. Y puesto que las disposiciones que emanan del Supremo
110
•Gobierno nunca deben ser ocios do poder, bliio actos de justicia y
»de razón, espero que V. E, ee servirá aconsejarlo así, conociendo,
«como no podrá menos de conocer» que los Prelados no deben aban-
»donar la defensa de la libertad é independencia de la Iglesia, cuales-
»quiera que sean las contingencias ó eventualidades que por el
»cumplimiento de tan sagrada obligación puedan sobrevenirles......»

X V III.
Esta Esposicion no dejó de producir buenos resultados, p o T q u c du­
rante algún tiempo no se volvió á molestar á los Obispos, ni se les
p u s o obstáculo que les impidiese asistir al Concilio, de lo cual reportó

no pequeñas ventajas el Catolicismo. En cuanto á la Pastoral, supe


con gusto que en el extranjero habia merecido la aprobación do per­
sonas muy caracterizadas. Véase lo que dice la C'ñiiá Católica , p e ­
riódico excelente y conocido en todas portea, en un artículo que tengo
á la vista, y que publicó con el epígrafe: E l Arzobispo de Vallodolid y
leí obediencia á la ley. *Su Emma. Juan Ignacio Cardenal Moreno,
»Arzobispo do Vallodolid, lio dirigido, pora conformarse con la ravi •
»tacion de Ruiz Zorrilla, una carta á su clero y á &u pueblo, reeo-
•mondándoles la obediencia á lo autoridad constituido. Mas el docto
»Purpurado ha sabido dejar á salvo su propia dignidad; y al secundar
i los deseos del Gobierno, no ha reconocido su indigna usurpación, ni
•ha hecho la menor ofensa al derecho incontrastable de la Iglesia.
•Él escribe que es una obligación del ministerio eclesiástico, con la
«cual asegura haber cumplido siempre, inculcar ú los fíeles la obe­
diencia cristiana á la autoridad constituida; que hasta ahora el éxito
»ha correspondido á sus deseos; y que es la vez primera desde quo fué
»elevado it la dignidad episcopal, que ha recibido invitación tan origi-
»nal, como la pública y oficial del Gobierno; pero consignamos, aüa-
•de, de propósito esta especial y notabilísima circunstancia, porque
*ella nos suministra una nueva y brillante prueba é irrecusable testi-
»monio de lo mucho que interesa á la sociedad, cualquiera quo soa
»bu forma política, la estricta observancia d e la doctrina católica, así
■•como la influencia que ejerce en la paz y prosperidad del Estado. El
«olvido de sus saludables máximas, no hay que dudarlo, es la causa
•principal d e las grandes convulsiones y terribles sacudimientos, que
«con pasmosa rapidez van Bucediéndose en el mundo, y que colocan
«al borde del abismo los mas poderosos imperios.»
Este artículo lo insertó la Cívifá Católica con la idea, &in duda,
de vindicar á mi hermano, al ver que por haberse prestado á publi­
i 11
car la expresada Pastoral, lo censuró malignamente un periódico de
París, que, aunque muy religioso, bu celo le ofusca alguna vez, como
á otros diarios igualmente apreciablen, lmsta el punto de erigirse en
maestros de la doctrina y en jueces de los Obispos; olvidando que el
verdadero distintivo del católico, es el respeto profundo y sumisión
constante A aquellos que ha puesto el Espíritu Sonto para regir la
Iglesia de Dios. Estos, y no los periodistas, por ilustrados y sabios
que sean ó pretendan ser, son únicamente ú quienes confió Jesucris­
to la misión de enseñar; y el que con docilidad é incondicionalmente
no se somete á su magisterio, el que discute sus actos, ejecutados en
el ejercicio de bub altas funciones y loa condena, y lo que es más
censurable, el que los trata de un modo irreverente, y procura des­
prestigiarlos en cuanto está de su parte, como el indicado periódico
francés, dista mucho de ser buen católico, falta á gravísimos deberes,
y en ocasiones hace, acaso sin saberlo, mayor daño á la Iglesia y ií
la Religión que sus mas declarados enemigos.
Esta es la prensa pariódica: aun la mus moral, la mejor inten­
cionada, la que defiende con gloria la causa del Catolicismo y de la
sociedad, y que por esta razón es digna de grandes elogios, y debe ser
protegida y auxiliada á todo trance, y por cuantos medios sean posi­
bles; esa prensa, repito, padece, cuando meuos se piensa, desmayos
lamentables: y no hay que achacarlo solo á los escritores públicos que
le sirven de sosten y apoyo, no; porque ese mal tiene sus raíces, y
raíces muy hondas, en la institución misma, en esa creación del es­
píritu moderno, por demás peligrosa, y que se presta á mil abusos y
deslices, de que es raro se libre ni el mas escrupuloso y timorato pe­
riodista; y quiera Dios que aun eBte mismo no Be vea alguna y ó z pre­
cisado á gritar á bus lectores:

FugiU hinc, lateb anguit in herba f l ) ,

para darles la voz de alerta, al ver el daño ó el perjuicio que liabia


causado á sns hermanos por medio de algún artículo, escrito con el
mejor deseo y con la mas sana intención, pero de peligrosa lectura y
poco meditado por razón de la urgencia ó necesidad del periódico, ó
por otro motivo parecido, ó por sostener quizá alguna polémica que
nunca debió haberse provocado. El que conozca las interioridades de
una Redacción, oficina donde alguna vez se ocultan no pocas mise­
rias, bo persuadirá de que hay exactitud en cuanto acabo de indicar.

il] Virg., Eclog. 3, v. Í3.


112
Y ya que lis tañido que ocuparme de la prensa periódica religiosa,
aprovecho la ocasion para decir siquiera dos palabras acerca de otros
periodistas, los mas temibles indudablemente, que con la capa de
religión, y aparentando un celo como ol que devoraba á Elias, atacan
á la misma Religión, unas veces de frente, de soslayo otras, y esto es
lo mas general, cuando conviene á las miras del periódico. Usan un
estilo atildado é insinuante y las mas galanas formas, bajo las cua­
les ocultan máximos y principios tan absurdos como peligrosos, los
pensamientos moa atrevidos y vanos, con los que se suelen identificar
b u s cándidos suscritores de tal manera, que en ocasiones no vuelven

en sí, por mas que se les diga en voz alta para despertarlos:

Non est quod multa loqnanmr;


Nil intra est oieam, nil extra e$t m nuce duri ( 1 ) .

Son á las veces esos periodistas muy buenos, pero de conveniencia,


y por exigirlo así b u propio interés; escriben cuando les parece homi­
lías como Padres de la Iglesia; declaman contra la impiedad con la
mayor elocuencia, y predican la austeridad en las costumbres, como
pudiera hacerlo el mismo Catón; mas siendo la utilidad el móvil que
los guia, y puede aplicárseles por lo mismo lo que dice Horacio,

Non natura potest justo seccrnere iniqnnm,


Sola est Militas justi prope mater et cequi (¡i),

esos intervalos lúcidos de su inteligencia, suelen terminar muy pron­


to; concluyen cuando cesan su utilidad y conveniencia, y entonces se
ve lo que en realidad son: hombres á quienes domina el interés, ciega
la ambición y ofusca el orgullo, por el cual no entiendo yo esa alti­
vez grosera que el mundo desprecia couict un vicio de educación, sino
aquel orgullo mas espiritual, que se desliza como un rejitil lrnsta lo
mas bondo del corazon; que pretende llevarlo todo ú la decisión de
un tribunal secreto que tiene establecido dentro de sí mismo; aquella
falsa sabiduría que sostiene opiniones singulares, que se avergüenza
de profesar las admitidas por todos, como dito un Btíbio antiguo,

Conccssa pudet iré tía, cmmnqiw i'ideri f ü ),

(1) Horat. epjgt. |, ]jb. 2, vv. 4í> j :ki.


( 2) Carm. lib. 3, vv. #3 y 113.
(3) L o ca n , lib . 11.
113
que llama error ó preocupación, atraso, retroceso, á todo sentimiento
heredado de la antigüedad y recibido por el mayor número con
grandes y conocidas ventajas, lo mismo para el individuo, que para
la familia y la sociedad, y que repite la sentencia de un célebre
poeta;
Odi profanam vulgos, et arceo ( 1) ,

aquel gusto de independencia, que aplauden, como si hubiesen nacido


solos en el mundo y librea para seguir su capricho (2); aquella razón
engaííosa que se cree mas infalible á medida que se extravía mas; aquel
amor propio que rinde homenaje á lo falso y daííoso, y de que hacen
gala en los artículos que escríban para su periódico, que se opone ¿ la
antigua verdad, cuando conviene & sus propósitos: desorden del espí­
ritu, en que el hombre vano, el ingenio superficial, el escritor frívolo,
el periodista do que voy hablando, encuentra los mayores encantos;
pasión sutil, y tanto mas peligrosa, cuanto maa secreta y fácil de
avenirse alguna Tez, muy rara por cierto, con costumbres puras y
decentes.
No se estraiiará ya, en vista de lo que acabo de decir acerca de la
prensa periódica mejor intencionada, que sucediese lo que antes indi­
qué con motivo do la publicación do esa Pastoral de mi hermano,
quien sin temor á las censuras de loa buenos, y sin hacer caso de las
provocaciones y amenazas de los malos, no so separaba de la lucha
que 6ostenia con la revolución, y que como se ve, era constante y sin
tregua; pero esa lucha debía durar mucho mas. La revolución solo
habia empezado su obra, y so proponía terminarla. Entre tanto este
Prelado tuvo que ausentarse de España porque iba á verificarse un
acto del mayor interés para la Iglesia. Estaba próximo el dia en que
debia inaugurarse y darse principio en la Basílica Vaticana al Conci­
lio Ecuménico convocado por el inmortal Pió IX para el 8 de Diciem­
bre de 1869, aniversario glorioso de la declaración dogmática de la
Concepción Inmaculada do la siempre Virgen María. »De grande im-
•portancia y trascendencia para el catolicismo, decia el Cardenal
«Moreno en la Pastoral que en 19 de Mayo escribía á sus diocesanos,
"han de ser las sagradas decisiones de este Concilio. El dará nuevo
•brillo y esplendor á la Iglesia de Jesucristo, y consumará gloriosa-
•mente la obra del de Trento, en el que la vérdad revelada por Dios,
■puesta de manifiesto con toda su celestial pureza por los sapientísi-

(1) Horal. lib. 3 Carm ., Ocl. 1.


(2) 1'ir mn-Ki in tnptrMam trigitvr, rt lauquam pnlhtt oaagri se mtfirm pntat.
\Job. cap. ]], \. 12.;
A
114
»mos Padres que lo compusieron, hirió de muerte al Protestantismo,
«abominable y hediendo fuente de los monstruosos errare? y absur-
»dos impiedades de ntiestr.i época, errores ó impiedades quo lo Iglesia
»ha combatido sin cesar en todas las diversas formas con que han
«aparecido, y á los que el valeroso Pió IX con invicta fortaleza dió el
•último golpe, por medio de 6U famosa Encíclica Qiumía, cura y el
«celebérrimo Syllabus que la acompaña; de esos importantes actos
«pontificios que tonto consuelo han causado ti los buenos y admira­
c ió n & los sabios........
Pocos meses despues de haber publicado esta Pastoral, marchó ó
Boma, donde trabajó incesantemente tanto por razón del Concilio,
cuanto por tener que despachar otros muchos asuntos de importancia.
«En aquellos dios, dice el biógrafo repetidas veces citado, adquirió
•nuevos timbres de gloria el ilustre Cardenal, asistiendo al inmortal
•Concilio del Vaticano, en donde fué infatigable defensor de la infa­
libilidad pontificia, y uno de los individuos da l.i Congregación de
» Postulaciones. En Roma tuvo ocasion de conocer el Señor Moreno la
•intensidad del cariño que Su Santidad le profesaba. Allí recibió el
•22 de Noviembre de 1869 el Capelo de Cardenal, adjudicándosele el
•título de Santa María de la Paz.
•Conocidos son de todo el mundo Iob sucosos que impidieron la
«continuación de aquella santa asamblea de Prelados, forzándoles h
•dejar la obra con tanto valor como piedad comenzada, pora regresar,
•herido el corazon de mortal tristeza, á sus queridas diócesis.
«En efecto: la ciudad, regada con la sangre de los mártires cuyas
>almas han dejado inextinguibles resplandores en bu cielo; la sociedad
•de las Catacumbas, que fueron como el surco donde la semilla cris­
tian a germinó para desarrollarse árbol jigante, á cuya sombra bien­
hechora todas las razas piden calma y conBuelo en el desierto de la
«vida; de los Catacumbas, que todavía hoy gotean lágrimas de bus
«carcomidos nichos, y oyen resonar por sus largas encrucijadas el eco
•del himno de los peregrinos; la ciudad coronada con los destellos de
•Miguel Angelo, matizada con los arreboles del divino Rafael, arru­
f a d a por las plegarias de todas las generaciones; la ciudad donde
•han ido á depositar su inspiración y su fe los artistas y los santos;
«la ciudad sublime, la ciudad eterna, la ciudad escepcional, conciencia
«de la humanidad, archivo de la fe, trono del Cristianismo, sintió
■silbar por sus calles los balas de los soldados invasores, que saltando
■por las murallas que parecían defendidas por el espíritu de todas las
■generaciones, apagaron con el estrépito de sus trompetos el rezoque
■se exhalaba de los libios de los fieles, abrevaron sus corceles en el
•Coliseo, donde vertieran los mártires su sangre, clavaron donde se
115
“alzaba la cruz sacrilega bandera, acorralaron al Vicario de Cristo al
•fondo del Vaticano; y en nombre de una libertad que no practican,
■y en nombre de un derecho que no existe, consagraron la inicua
•usurpación como virtud heroica, y erigieron la ciudad del espíritu
*en vasta oficina de concupiscentes ambiciones. Atentado tan esecra-
«ble hizo lienir de indignación los pechos de loa católicos. Mas la
•mayor parte de las potencias Europeas sonrieron y aplaudieron.
• El Cardenal Moreno nnió suspreceB á lan que elevaban todos los
•Prelados del Cristianismo, y exbal6 toda la amargura de su alma en
•unasentida Carta Pastoral, en la que renovando los sublimes aeeu-
»tofl del Arzobispo de Cambray, decia: ¡Oh hombres, que no sois mas
•que hombres! Aunque la adulación os tiente á olvidaros que lo sois y á
¿■elevaros sobre la humanidad, acordaos que Dios lo pM'fo todo sobre
» vosotros, y que vosotros nada podéis contra El. Turbar A la Iglesia en
» 8 ii9 f unciones, ee atacar al Altísimo en aquello qite le es mas caro, que
“<!« m esposa........ ¡Reyes de la tierra.1 En vano os coaligareis contra
•el Señor y contra m Cristo. En vano renovareis las persecuciones. Re-
onovándolas, nokareis sino purificar la Iglesia, y granjearle la belleza
•desús antiguos diai. En vano diréis: Rompamos su vínculo y qazbran-
•temos un ytigo. Aquel que habita en hs cielos se reirá ele vuestro3 pro-
•yectos. . . . . Si no os humilláis bajo supoderosa mano, E l os quibran-
»tará como vasos de barro.»
Todo esto es la pura verdad. El Cardenal Moreno, con lágrimas
en los ojos, presenció la Bocrílega invasión, y al dia siguiente de ha­
berse verificado, fué al Vaticano, siendo el primer Cardenal, si se ex­
ceptúa el señor Secretario de Estado, el inolvidable Cardenal Antone-
Hi que vivía en este Palacio, quo visitó al Papa, encontrándolo muy
tranquilo, aSantísimo Padre, le dijo, vengo, á felicitarle con toda la
efusión de mi alma.» «¡Cómo, mi querido Cardenal, le contestó el
Pontífice, me decís eso!» «Porque Vuestra Santidad ha cumplido, re*
puso el Cardenal Moreno, de la manera mas brillante con todos sus
sagrados deberes, como Papa y como Soberano. Como Papa, porque
V uestra Santidad no ha transigido en nada de lo que le exigian los
poderosos, en perjuicio do la Iglesia y de bus sagrados derechos. Como
Soberano, porque hasta lo último ha defendido su Ciudad, t3niendo
el consuelo de que su pequeño ejército le haya guardado la mas in­
quebrantable fidelidad, y de que el pueblo de Boma le haya dado in­
equívocas pruebas de su amor, permaneciendo fiel también, á pesar de
los esfuerzos y manejos tenebrosos de la revolución á fin de sublevar­
lo. Todo, Santísimo Padre, todo se perdió, pero se ha salvado el ho­
nor.» «Es verdad, contestó Pió IX con una sonrisa angelical en los
labios.»
116
El Cardenal Moreno quíao acompañarlo en esos dios de tribula­
ción y amargara. Era ea él un deber, porque, aun prescindiendo de
altísimas consideraciones, fueron tantas las pruebas de cariño que le
(lió, y tan singulares los distinciones de que le hizo objeto, que hasta
por gratitud creyó que debia permanecer ú su lado. Ni un padre hoce
por un bijo mas que lo que Pió IX bizo por mi hermano. El mandó
preparar un magnífico palacio, para que estuviese con comodidad y
decencia duranta su estancia, en Boma, el palacio Gabrielli, dispo­
niendo que los salones principales so deeorasan con muebles y ador­
nos de los palacios apostólicos, de donde salieron también los ponti­
ficales de que tuvo necesidad para consagrar ádos Obispos americanos.
Él quiso costearle su manutención en Roma; y ya que esto no lo
pudo consentir mi hermano, se encontró alguna vez pagadas, de
órden de Su Santidad, cuentas que él deseaba satisfacer. Todo lo pa­
recía poco al Sonto Poutifice para demostrarlo su cariño, y así no ea
extraño que le diese las mayorjs muestras de confianza, viendo con
gusto que en el palacio Gabriclli 6e reunían todos los Obispos espa­
ñoles, los portugueses y los de la América, en. otro tiempo española,
para deliberar acerca de los asuntos conciliares, y que fuese el Car­
denal Moreno como cabeza de todos ellos.
En es3 palacio, según acabo de doeir, t inian sus sesiones los Obis­
pos indicados; y no os inoportuno indicar que, aun cuando se trata­
ran en ellas de muchos puntos y cuestiones que se debatían ó debian
debatirse en el Concilio, jamás so ocuparon formalmenta de la gran
cuestión, de la infalibilidad pontificia, y era quo no lo necesita­
ban, porque todos profesaban la misma creencia, la misma doctrina,
la que sobre esc punto tan capital se ha enseñado siempre en España,
la que constantemente sostuvieron sus grandes teólogos, sus emi­
nentes canonistas, sus doctores mas insignes, y la que hasta los ni­
ños aprendían en la escuela cuando estudiaban el catecismo, cosa que
admiró á Monseñor Dupanloup y á los Vicarios generales de Monse­
ñor Darboy, Arzobispo de París, asesinado muy poco despues por los
comunistas, al oiría de los labios de mi hermano en una de las veces
que fueron á conferenciar con él sobre este asunto. Asi se vió esa
uniformidad admirable en todos los Prelados españoles respecto de
dicha cuestión, cabiéndoles la honra de haberla defendido victoriosa­
mente, y quo al razonamiento de uno de ellos se debiese el que, cuan­
do menos se esperaba, se terminase la discusión, renunciando la pa­
labra multitud de Prelados que la tenían pedida, y que á no ser por
esto, el debate se hubiese prolongado indefinidamente; y sin que esta
cuestión, tan vital para el Catolicismo, se resolviese, hubiera habido
necesidad de suspender el Concilio, como efectivamente se suspendió;
117
l>ues con motivo de los ruidosos acontecimientos que ocurrieron días
despues, no era posible continuarlo por entonces.
También le cupo la gloria al Cardenal Moreno de haber sido el
primero de loa Prelados españoles que defendió la infalibilidad ponti­
ficia en este gran Concilio, habiendo merecido los plácemes y enhora­
buenas de los Padres cuando acabó su discurso. Siento mucho no po­
derlo insertar aquí. Lo baria de buen grado si no estuviese prohibido
por la Santa Sede publicar los discursos que se pronunciaron «n el
seno de aquella venerable Asamblea, que, dicho sea de paso, pressn-
taba un aspecto imponente, como que se componía de Prelados in­
signes por su ciencia y por su virtud, que llegaron á Roma para asis­
tir á ella de todas partes del mundo.
Durante esa época del Concilio, fué también á Roma en alas de su
piedad, y por disposición de su augusta Madre, que e3 piaüosa y cris­
tiana cual ninguno, S. M. el Rey D. Alfonso XIü, entonces Príncipe do
Asturias, con el objeto de recibir la primera Comunion de manos de
Su Santidad, Mi hermano, que m im ó este Príncipe con un cariño sin
igual, y que tenia grandes motivos de gratitud pira con acuella mag­
nánima Señora, n quien además había jurado lealtad inquebrantable,
procuró demostrarle su amor y su respeto, sin importarle inda, el sa­
ber que se expiaba cuanto hacia en aquella ocasion, pira pansrlo in-
mediataments en conocimiento del Gobierno de Madrid. el cual, de
bus resultas, podría impedirle su regreso ií España, ó adoptar contra
él otra medida igualmente vejatoria y grave. Pero madiaban el honor
y el deber, y no faltó al primero y cumplió el segundo á la vista de
todos, haciendo gala y ostentando en público su alto raspato y pro­
funda veneración hivcift el excelso Príncipe, ahijado suyo, y su augus­
ta hermana la Serma. Señora Princesa de Asturias, á quien ama con
ternura; y que en Roma, lo propio que en París, Madrid y en todas
partes, se lia hecho admirar por b u s virtudes y relevantes prendas, y
es el encanto de cuantas personas tienen el honor y la dicha de tra­
tarla. Esta es la verdad, sin linaje alguno ds lisonja.
Fué preciso, por último, á mi hermano partir de Roma, y la des­
pedida del Papa no pudo ser mas tierna ni nns afectuosa. Sí despi­
dieron para no volverse á ver mas, como le predijo este Santo en el
momento mismo de darle su bendición. Cuando volvió á Roma baca
un año para asistir al Cónclave, on que fue elegido Sumo Pontifica
el incomparable Cardenal Pecci, que tomó el nombre de León XIII,
y cuyo Pontificado será memorabb y glorioso en lo.i anales de la
Iglesia, todavía alcanzó los últimos funerales del difunto Papa, cele­
brados con gran solemnidad en la Capilla Sixtina por el Sacro Cole­
gio, y encomendó mucho &Dios á su insigne bienhechor.
118

X IX .

En Eepaüa le esperaban nuevas luchas y nuevos disgustos. Tuvo


en esta época momentos de verdadera angustia, que procuró endul­
zar con el cariño de un buen hermano, el cumplido caballero Señor
Marqués de Vallejo, cuyos virtudes cristianas y rasgos caballerosos
que tanto lo enaltecen, lo propio que las caritativas acciones d e bu
santa señora, referiría yo aqui con el mayor gusto, si no fuese porol
temor de ofender la modestia de tan excelentes amigos. Sóame, sin
embargo, permitido hacer siquiera osta lijera indicación, descoso do
darlos un testimonio, el mas público posible, do mi respeto y eterna
gratitud.
A poco de regresar a Vallodolid se vió mi hermano en un compro­
miso serio, y gracias que pudo librarse de él sin.ulteriores consecuen­
cias. Esperabas3 de un momento á otro á la Esposa de D. Amadeo do
Saboya, el que, como es sabido, ocupaba entonces el Trono de los Bo­
yes de España, y se deseaba que al pasar por dicha ciudad, se pre­
sentase el Cardenal Moreno á recibirla en la estación del ferro-carril.
Al efesto le escribió una carta, que tengo á la vista, un personaje muy
allegado á aquella situación, en nombre de uno de los Ministros do
entonces, manifestándole los deseos de éste señor, como él miBmo
pensaba significárselos muy pronto por medio de una carta que habia
resuelto escribirle; y para prevenir toda disculpa, apelaba á sus sen­
timientos de caballero, le recordaba que Labio hecho anteriormente
igual cumplido al General Prim, y le decia, por último, que aquella
ilustre señora no era menos digna de consideración que el expresado
General.
Mi hermano dio la contestación que debió dar. Estaba esta redu­
cida ó decir en los términos mas corteses, que sentiría en el alma que
ese señor Ministro lo escribiese con dicho objeto, porque so vería pre­
ciado iv contestarle, que ni el deber ni el decoro lo permitían com­
placerlo; que lo que hizo con el General Prim no podia invocarse en
el eoso presento, porque ni fin era un General español, y quo adomóti
ocupaba un alto puesto; que ú pesor de eso se arrepintió de haber
dado el paso que dió, solo con el deseo de ver modo de calmar on fa­
vor do la Iglesia el encono de los hombres de la revolución, por ha-
bor ocurrido en el anden del ferro-carril un gran escándalo, qjie no
supieron ó no quisieron reprimir las Autoridades que so hollaban
presentes; y quo desde entonces formó la resolución irrevocablo,
mientras durase la revolución, de no hacer semejantes cumplidos (í
119
ningún personaje que pasara por Valladolid, cualquiera que fuese su
rango y categoría, concluyendo la. carta con estos notabilísimos pár­
rafos: (Además de lo diebo existen otras poderosas razones que mo
»impedirían la presentación á dicha ilustre señora, á que se me piensa
» invitar, aunque no hubiese ocurrido el desagradable suceso que
«acabo de mencionar. No creo haya inconveniente en indicarlas.
■Como caballero, como Prelado, y mfti aún, como Cardenal, tengo
■que ser muy mirado y circunspecto en todos mis actos, siendo una
•obligación para nú el abstenerme con especialidad de aquellos que
•pudieran ser interpretados como opuestos ó no conformes n mis de­
sead os deberes para con el Papa, inicuamente despojado, y hoy
* cautivo del Bey Víctor Manuel, ó á las justas consideraciones de
«gratitud que debo á augustas psrsonas que están hoy en la desgra­
c ia , y con las que tengo la honra de hallarme unido con el sagrado
•vínculo de parentesco espiritual; ó finalmente, á otros altos respetos,
«cuyo olvido rae desprestigiaría por completo, no solo en mi diócesis
i*eino en toda la nación.» A pesar de que esta respuesta, aunque tan
digna, envolvía una manifiesta repulsa, quiso Dios que el asunto
quedase en tal estado, y no se le volviese á escribir sobre el particular.
Mas poco despues de este incidente, recibió una atenta carta del
Señor Ministro de Gracia y Justicia de aquella época. Su fecha era
de 5 de Febrero de 1871, y si la cito para ocuparme ds ella, e j por­
que al escribirla este señor, que ya no existe, le guiaba sin duda un
laudable deseo, aunque de imposible realización, cual era el bussar
un medio para eludir todas las asperezas que existían entre la Iglesia
y el Estado, inquirir la actitud del Clero Bobre aquel órden de co3as,
y pedir consejo para salir con decoro y dignidad de todos, de la in­
sostenible situación en que unos y otros se hallaban colocados. Todo
esto le decía en su carta, despues de hac;r en ella un gran elogio do
mi hermano, que lo terminaba con el siguiente párrafo.
«No hay quo hacerse ilusiones, Señor Cardenal; atravesamos un
■■periodo de los mas criticoB que registra la historia moderna, y si los
•hombres de buena voluntad no se entienden para salvar todo lo que
«Constituye el sostenimiento y legitimo interés de la sociedad, au­
pando voluntades que deben apoyare© mutuamente, yo no s¿ á
•dónde irá á parar aquella, lanzada por las ideas extremas de los
•partidos políticos. Si volvemos la vista atrás, que sea solo para sacar
“de lo pasado provechosa enseñanza, y no para inspirarnos en el
»ódio y en el despecho, malos consajeros siempre, y que aquí no lian
•producido en lo que va de siglo mas que guerras y calamidades......*
Esta atenta carta, en que se revelan los mejores sentimientos,
obligaba al Cardenal Moreno tí contestarla con toda la lealtad debida,
120
usando el lenguaje de la verdad, que era el mejor modo de correspon­
der á la confianza que le dispensaba tan. caracterizado personaje.
Esa contestación está fechada, en Yalladolid á 12 de Febrero del
mismo año, y a la letra dice asi.
«He recibido la apreciable carta confidencial de V. E. de 5 del
'Corriente, é impuesto detenidamente acerca de su contenido, paso á
«contestarla con la concision y brevedad que me sea posible, despues
•de dar á V. E. las debidas gracias por la confianza que me dispensa,
•y a la que procuraré corresponder, exponiéndolo con ingenuidad mi
■opiníon sobre los dos puntos capitales que comprende.
«Mucho me alegraría hacerlo de manera que llenara los dessoa do
■V. E ., á fin de que si otra vez se resolviera A honrarme con una
•nueva caita confidencial, pueda verificarlo fundado en el título de
■la amistad, moa bien que en los muy honoríficos para mí que indica
¿en su citada carta, y en los que no veo de positivo sino la suma be­
nevolencia de V. E. para conmigo, quo estimo en todo lo quo bo
omerece.
»Con tan noble intención empiezo á ocuparme del primer par­
ticular, que se reduce á saber cuál sea la actitud del Clero respecto
■del nuevo orden de cosas, inaugurado el 2 do Enero último; y no
■vacilo en afirmar que considerado esc órden de cosos bajo el aspec-
»to político, la actitud del Clero es digna, exenta de responsabilidad,
■franca y desembarazada. Esa actitud era la que le correspondía,
■porque abstraído por completo de la política, y dedicado exclusiva-
■mente al ejercicio de su sagrado ministerio, así como no tomó parte
•alguna en la revolución de Setiembre, se abstuvo también do to-
»marla en los demás acontecimientos que sobrevinieron despues, sin
«contribuir en ningún sentido á que se realizara ol mas trascendental
»de todos, el que puso término al período constituyente.
»Lo que sí liizo durante este período, movido por un deber de
■conciencia, fué elevar reverentes y razonadas exposiciones al Go­
bierno provisional y á lns Cortes, con el fin de evitar que en la
-Constitución, en las leyes y en otros actos oficiales se imprimiese el
•espíritu anti-católico, que desde el primer momento descubrió siii
•rebozo la revolución, y ha venido caracterizando á sus principales y
■mas influyentes promovedores, quienes en sus discursos, en sus es-
•critoB y en sus acciones lian procurado hacer alarde y pública osten­
tación de su hostilidad ála Iglesia. Desgraciad ámente fueron siempre
■desatendidas tan justas y patrióticas reclamaciones. De sus resultas
»el Clero, conservando su misma actitud, se ha limitado a devoraren
■silencio su hondo pesar, al ver contrariados en los nuevos códigos y
»leyes recientes la doctrina católica y el sentimiento nacional, siendo
121
«inexplicable bu dolor desde que supo que había sido destruida de un
■solo golpe la unidad católica, y con ella el sólido cimiento de la eo-
«ciedad y de la Monarquía española.
«Este dolor que experimentaban los eclesiásticos, no solo como
•individuos de tan respetable clase, sino también como particulares
■y como ciudadanos, les ha hecho aparecer, según ha sucedido siem-
»pre, y lo acredita la brillante historia del Clero español, completa-
»mente identificados con el pueblo, con ese pueblo inteligente, sensa-
•to, laborioso, morigerado, decente, amigo del órden, que tiene que
•perder, y está interesado en el bien, la paz, la prosperidad y engran-
•decimiento de la nación. Y se bailan identificados de tal suerte con
*él, que para expresar en este sentido la actitud del Clero respecto
•del órden de cosas inaugurado en 2 de Enero, politicamente consi'
■>dorado, puedo valerme con toda propiedad de estas cortas, pero sig­
nificativas palabras bíblicas: Skut poptdiu íic sacerdoi.
«No seré menos explícito en manifestar cuál es su actitud con re­
la ción al mismo órden de cosas, considerado desde el punto de vista
•religioso. Dicha actitud se define diciendo, que es de alarma y gran-
»de desconfianza, por mtiB que para él Bea una garantía la rectitud
•do miras y elevación del esjMritu de V. E. y de otras personas dis­
tinguidas, que en ose órden de cosas intervienen, y forman, por de­
c irlo así, el alma de la actual situación. Pero eso no basta para
•que cesen la alarma y desconfianza que le tienen intranquilo. Este
•angustioso estado durará, mientras crea ver muy significada en el
•actual órden de cosas relativamente ol Catolicismo, la idea revo­
lucionaria, quo ha presidido en toda la obra del período conetitu-
•yente. Teme, con mucho fundamento, quo en lo interior continúe
•la indisculpable prevención, por no valerme de las palabras odio y
•ensañamiento, contra la Iglesia, las cosas y personas eclesiásticas;
«y que en lo exterior, por consideraciones de familia, por respetos al
•Rey Víctor Manuel, y deferencia íi la Italia, no haga la España
» todo lo que cumplc tí su dignidad y á su deber como Potencia cató­
dica, cuando en un Congreso europeo, ó en otra forma diplomática,
»se trate de resolver la importantísima cuestión de la soberanía tem-
•poral de los Papas, que es de interés universal, por ser eminente-
■mente católica. Y no es solo el Clero ol que abriga eets temor: de él
•se hallan dominados también, y de una manera extraordinaria, los
•fieles de España, y aun los católicos de todos los paises.
•De aquí nacen principalmente la alarma y desconfianza de esa
•respetable clase, la que sin necesidad de volver su vista hacia atrás,
•ni aon para sacar de lo pasado útil y provechosa enseñanza para
•el porvenir, con solo fijarla atenta y desapasionadamente en lo
122
«presente, se persuado de lo muy justas que (>on bus ansiedades y
«m uy racionales bus temores. Y ciertamente, no puede menos de an-
«gustiaree cuando observa, por una parte, que en vez de sobreseerse,
■como procedía, en las causas en mala hora formadas contra respe-
atables y dignísimos Prelados, por hechos quo hemos practicado
•igualmente todos los demás, so elevan á plenorio, y con general
«asombro se pide conten los procesados, según de público se asegura,
«las graves penas con que el Código castiga delitos enormes; y cuan-
■do, por otra, de la simple lectura de dos importantes documentos
«oficiales, como son la respuesta del nuevo Bey al Ministro de I t ilia
«en el acto de la presentación de sus credenciales, y la carta que el
■mismo B ey dirige á su augusto padre pura notificarle su elevación
«a l trono español, se colige lo difícil y comprometido que lia de ser
• para el Gobierno, llegado el caso de tener que intervenir en los
«asuntos de Boma, tomar la actitud resuelta que reclaman los in te­
grases religiosos de la nación, y que esta tñne derecho á exigir de bus
«gobernantes, para que se restituya al Papa el pequeño Estado que
«venia garantizando, con el beneplácito del mundo y decidida volun-
«tad de los felices pueblos que locomponian, la libertad é indepen-
«ciencia del Supremo Pontificado en el ejercicio del poder espiritual,
•y sirviendo con gran contentamiento, aun de loa Potencias no eafó-
• licas, de poderoso é irreemplazable elemento conservador del orden
« y de la paz de Europa.
«■Así piensa el Clero acerca del estado de cosob inaugurado el 2 de
«Enero, sin que abrigue por eso prevención alguna personal contra
«los hombres que en el mismo figuran, ni trate de aumentar por su
«parte las muchas y muy graves dificultades que rodean á la nueva
«situación. Habituado á prestar obediencia á las Autoridades consti-
• tuidas, cualquiera que sea su origen ó su nombre, continúa prestín-
»dola al Gobierno actual, en todo lo que no afecte á su conciencia ni
•perjudique á bu decoro. Hoce cuantos esfuerzos son necesarios para
«vigorizar el principio de autoridad, que tan debilitado está en todas
«partes, y con su doctrina y con su ejemplo procura evitar á todo
«trance los horrores de la anarquía, de que desgraciadamente es-
• tamos amenazados.
■El Clero no se hace ilusiones. Poseído de inquietud y sobresalto
«comprende que en España la sociedad está en peligro inminente de
•perecer, por haberse hecho todos los esfuerzos imaginables desde
«Setiembre de 1868 acá, hasta en las mismas leyes, para descatolizar
«a l pueblo. No se le oculta tampoco lo que puede prometerse de la
«revolución, cuyas tendencias, por lo que concierne n la Iglesia, le
«son bien conocidas. Mas ó pesar de todo, empobrecido hasta el es-
123
«tremo de verse algunos Obispos en la precisión de empeñar sus al­
h a ja s , de cerrar sus palacios y trasladarse por la pensión de an oo-
«legial al seminario, ó refugiarse á la casa de sus padrea, y haber
«canónigos que dejan las suyas para vivir en pobres y modestísimas
•posadas, y existir un número muy considerable de Párrocos bene-
» méritos sumidos en la mas espantosa miseria, algunos de los que
«carecerían en mi diócesis hasta de un jwdazo de pan, si no me hu-
•biera apresurado íí auxiliarlos por medio de las limosnas de I03 fíeles
«y otros recursos con la corta asignación mensual de veinte pesetas,
*el Clero, repito, no abandona bu comprometido puesto de honor, ni
• desampara á los pueblos, ni deja de ejercer en bien de los mismos
»su divino ministerio de paz, conciliación y amor. Antes por el oon-
• trono cumple su santa misión del modo mas edificante, conservando
•con su ejemplar comportamiento el prestigio que goza en todas par-
•teB, y logrando que en lugar de disminuir, Be aumente, lo mismo en
•las ciudades que en las aldeas, el respeto y veneración que les son
•debidos por su sagrado carácter y augustas funciones. Es hasta de
•justicia reconocerlo así, y solo faltando á ella, puede dejar de apre-
•ciarse por parte de los Autoridades y particulares, como se merece,
«ese noble y patriótico proceder, nunca tan digno de elogio como en
•las difíciles circunstancias por que atraviesa la Iglesia de España.
«N o será ciertamente V. E . quien le niegue su estimación, y por-
• que de ello estoy muy persuadido, paso á ocuparme con brevedad de 1
•segundo extremo de su apreciable carta.
•Muy sencillas son los medidos con que V . £ . puede hacer cesar
• la grave y fundada inquietud del Clero. So reducen á introducir en
•la legislación las reformas necesarias, por cuyo medio se modifiquen
• ó se deroguen aquellas leyes que mas se oponen al dogma católico y
•ú la moral cristiana. A esta clase pertenecen la que sanciona la li-
•bertad de cultos, tan exageradamente interpretada en la práctica, y
• que tantos desastres está ya produciendo en el orden religioso y aun
«político de la nación; la que establece el llamado matrimonio civil,
•que desmoralizando la familia, producirá mas tarde ó mas temprano
•la ruina de la sociedad; la que suprime las asociaciones religiosas, y
»otms de la misma índole. Es indispensable asimismo quo se dispon­
g a la observancia del Concordato en tocias sus partes, y que se des­
van ezcan, por medio de un re conocimiento ó declaración de la Santa
• Sede, las dudas quo han comenzado á surgir sobre el legítimo ejer­
c ic io del Patronato Real, que como V. E . sabe, no es un derecho
«inherente al Jefe del Estado, sino un privilegio especialisimo conce­
b id o á los Beyes de España en justa remuneración de la fe, de ln
•piedad y generosa protección á la Iglesia, que les hieo adquirir el
124
» dictado de católicos, con el que eran conocidos en todo «1 mundo y
» se distinguían de los demás Soberanos de la tierra. Dictado glorioso,
■del que en virtud de la nueva forma dada á la monarquía por la
» Constitución vigente, ha habido empeño en privar á los Príncipes
■que con arreglo á esa misma Constitución, ocupan el Trono Espa­
ñ o l , por católicos que personal y privadamente sean. Mas prescin-
«diendo del origen y de las causas de las dudas de que hablo, es lo
i-cierto que existen, y á fin de evitar conflictos desagradables para
«todos, me permito hacer esta indicación confidencial, que V. E. se
•servirá apreciar en loque valga, considerándola como una prueba de
»que deseo corresponder sinceramente á la confianza con que me ha
■honrado.
■Estos y otras medidas análogas son las que en mi concepto de­
b iera n adoptarse. Tranquilizando por su medio al clero, se conse-
■guiria n la vez reanimar en el pueblo el sentimiento religioso, como
•debe hacerlo todo Gobierno Bábio, qne desee de veras consolidarse y
• librar al pais de los daños incalculables que produce el desborda­
m ie n to de la9 malas pasiones. A l efecto considero ademas muy con­
te n ie n te y hasta necesario, que se aproveche ln primera oportunidad
■para hacer ver la buena disposición en que se halla el nuevo Go­
b iern o para con el Santo Padre, cuyo incontrovertible derecho á ln,
“ soberanía temporal, de que ha sido injustamente despojado, sabrá
■en su dia defender y reclamar del modo resuelto y digao que con-
« viene A la notoria religiosidad del católico pueblo español.
■ No estrañe V. E . que insisto sobre este particular, porque abri­
g o la convicción de que así presto un importante servicio, no solo á
• la Iglesia, sino también al Gobierno; y creo prestarle igualmente
•asegurando que el Clero, sin necesidad deque se le trate de compro-
» meter con actos políticamente inútiles, y que la misma revolución,
• para evitar complicaciones, en alguna parte ha suprimido con el ma-
»yor acierto, coadyuvan», de buena voluntad á los nobles deseos que
•animan á V. E . en todo lo que se refiera á la conservación del
•orden, á aumentar el prestigio de la Autoridad y promover la pros-
■peridad pública.
• H e contestado ¿ V. £ . con la franqueza, que exigía la índole do
■su atenta carta, la que ya me tenia anunciada el Sr. Fernandez do
•la H oz, con quien estoy unido por íntimas relaciones de amistad y
•de familia. Y rogándole me dispense bí no lo he ejecutado con el
• acierto que V . E. esperaba, aprovecho gustoso esta ocasion que mo
• ha proporcionado su bondad para tener el honor de ofrecerme como
■su afectísimo..... •
12->

XX.
Con esta carta terminó U correspondencia con diclio Señor M i­
nistro, el cual no le volvió á escribir mas, cosa que no debe extrañar­
se, porque no le era fácil, con toda su habilidad, replicará los razona­
mientos empleados para contestarle.
Otra comunicación, aunque de índole muy diversa, recibió mi her­
mano de una de las Autoridades de Yalladolid, la cual revela el estado
en que se hallaba aquella localidad. Es un oficio en que se le de­
nunciaba que algunospredÍeftdore3 abasaban de su sagrado ministerio,
tratando en el pulpito de cuestiones ajenas á su ministerio. Con que
energía defendió á estos eclesiásticos, se verá en la siguiente contes­
tación.
■He recibido la atenta comunicación de V . S. del 23 del actual,
•por cuyo medio se sirve poner en m i conocimiento haber llegado á
>noticia de su autoridad, que algunos oradores se han permitido en
• ciertos iglesias, y señaladamente en la de San Pablo y San Andrés,
• pronunciar sermones en los que han tocado cuestiones ajenas al
» Evangelio, prescindiendo así de la misión que se les ha confiado.
»M e complazco en poder decirle, que de los informes que he toma-
“ do á diferentes personas respetables, que por su posicion, sus luces
•y demas cualidades no pueden ser sospechosas á ninguna autoridad,
«resulta que ha sido lastimosamente sorprendido V . S., porque en
» ninguna Iglesia de la Capital, y mucho menos en las citadas, donde
•acude ó oír á los oradores una concurrencia tan numerosa como es-
» cogida, ninguno de los virtuosos é ilustrados Sacerdotes encargados
“ de los sermonea, ha tocado n i por incidencia cuestiones ajenas a l
■Evangelio, ni por un momento ha prescindido de la sublime misión
■do predicarle que les tengo confiada. Puedo afirmarlo con tanta mas
■seguridad, cuanto que algunas de esas personas, de quienes me he
■querido informar, están resueltos á declarar ante los Tribunales como
■testigos presenciales, la verdad de lo que me han informado.
■Esto me ha servido de consuelo, porque es la vez primera quo
•una Autoridad me ha dirigido quejas contra el respetable Clero de
■eBta ciudad, que aunque interesado como el que mas por el bien de
•su pátria, vive completamente abstraído de la política, y me era
«tonto mas sensible la de V . S., cuanto que procede de la Autoridad
«popular, cuya estimación siempre ha merecido y con cuyo apoyo ha
•contado en todos tiempos para el desempeño de su elevado ministe-
»rio. Si en algún discurso el orador sagrado se ha ocupado de la
126
«controversia con los protestantes, que por desgracia bq ha lieclio ne-
«cesaría para la instrucción de los fieles, desdo que sin estar estable-
»cida en la Nación la libertad de cultos, ni sancionada la tolerancia
«religiosa, públicamente Be han enseñado en esta ciudad los errores
»de Lnfcero, esparcido folletos que los contienen y distribuido con pro-
» fusión hojas en que el propagandista hace ostentación de serlo y
«pretende impugnaríais instrucciones pastorales, esto, como Y . S. co-
«noce, no puede considerarse ajeno al Evangelio, ni extraño al minis-
»terio sacerdotal, n i causar la menor alarma á las Autoridades, que
■si no pueden impedir I09 ataques á la Beligion del Estado, tienen el
■imprescindible deber de asegurar á los Ministros de esa Beligion la
■libertad para defenderla, por medio do la predicación, dentro del
■templo y desde la cátedra de la verdad.
«E s lo menos que en un paia católico Be puede conceder al Soccr-
■docio. No se le niega en Inglaterra ni en los demas naciones en que
*el catolicismo está solo tolerado. Unicamente se le priva de esa li­
b erta d en Polonia por la despótica Rusia, cuyo ejemplo supongo no
• querrán seguir en España, sopeña de incurrir en monstruosa contro-
•dicción, los que, condenando todas las tiranías, se tienen por amantes
• y acérrimos defensores de las libertades proclamadas en sus mas
• amplias manifestaciones.
■Me parece que lo expuesto es suficiente pora tranquilizar el áni-
»m o do V. S. En otro caso puede tomar las medidas que le parezcan
• mas conformes con el código penal vigente, que aplicado por Juez de
• inteligencia y justificación, solo servirá para que se castigue á los
• que con sus falsas denuncias se atreven á ofender á dignos y ojem-
» piares Sacerdotes, por mas que estos no lo quieran ni lo pidan.»
Esta contestación tan contundente bastó para quo no le volvieran
á dar queja contra ninguno de los eclesiásticos de la ciudad, que en­
tonces como siempre han sido modelo de virtudes sacerdotales.

X X I.

Por este tiempo se promovió una cuestión de que mi hermano so


ocupó en la carta del 12 de Febrero anteriormente copiada, cuestión
que metió mucho miedo y fué causa de no pocos disgustos. Me refie­
ro d la del Patronato Real, el que se pretendió fuese ejercido por Don
Amadeo de Saboya, en la misma forma que lo ejercieron los Reyes de
España.
Desconocióse en toncos, ó por lo menos »e olvidó el origen del Real
Patronato. Se dijo que no era un privilegio familiar, sino que estaba
127
anejo ú la suprema potestad que ejercían loa príncipes sobre sos R ei­
nos; dando á entender con esto, aunque no lo manifestaron claramente,
que era uno de los derechos majesUíticos, y que en tal concepto podía
y debia ejercer el Rey nombrado por las Cortes. Mas al sostener
semejantes principios, no se tuvo en cuenta que de ser esto cierto,
hubieran ejercido siempre el Beal Patronato todos los Eeyes de Es­
paña desde el primero hasta el último, y la historia demuestra lo
contrario. E l mas sábio de estos Beyes nunca aspiró á ejercerlo, sien­
do como era tan celoso de su autoridad, y conociendo como nadie los
derechos inherentes á la soberanía; antes al contrario respetó el de­
recho de la Iglesia en todo lo concerniente á su régimen, aun en
aquello mas codiciado por los Soberanos, como os la elección de los
Obispos. Las leyes del título 5 de la Partida 1.* confirman esta verdad.
L a historia demuestra ademas, que los Beyes de España c&recún del
Patronato hasta que se lo concedió la Santa Sede, como un privilegio
especial!simo que debia trasmitirse á sus sucesores legítimos, y ejer­
cerse en la forma marcada en las Bulas Pontificios,
Destronada la Beina Isabel, y nombrado en su lugar D. Amadeo
de Saboya, quedó interrumpida la sucesión de loa Beyes de España,
á quienes exclusivamente los Papas concedieron tan insigne privilegio;
y de aquí la dificultad con que tropezaron los Obispos para reconocer
en este Principe el legítimo ejercicio del Real Patronato.
Vacante nuevamente el trono por la ausencia de D. Amadeo de
Saboya, los Gobernantes de entonces pretendieron también ejercerlo,
pero invocando otro principio. Dijeron que el Patronato no era un
privilegio exclusivo de los Beyes, sino que pertenecía ¿ la nación, y
que por consecuencia los que estaban á su frente debían ejercerlo.
Mas para haber hecho prevalecer este principio, hubiera sido preciso
que explicasen cómo un derecho espiritual, cual es el Patronato,
emana de la soberanía temporal; cómo una soberanía meramente en­
cargada por la naturaleza y fin de la asociación civil, de procurar á
sus miembros la seguridad y felicidad de la vida presente, as extiende
y abraza también el cuidado de la Ealud eterna de las almas, qae es
el objeto á que directamente se refiere el Patronato, puesto que en­
traña hasta la nominación ó elección de los Obispos y demas Pastores
de la Iglesia. Hubiera sido necesario, en fin, demostrar que el derecho
de mera protección de la Iglesia, que tiene todo Príncipe ó Gobierno ca­
tólico, ó por mejor decir, el deber de protejerla, estoes, de sostener con
bu poder y autoridad lo que ella quiere y dispone, las elecciones de
sus ministros, de sus pastores, los providencias de su gobierno, sus le­
yes, etc., pueden identificarse con el patronato eclesiástico, mediante el
cual el Jefe Supremo de la nación nombra párrocos, confiere canongías
128
dispone por sí quiénes deban ser Obispos, y pretende obligar á ln>
misma Iglesia á quo se conforme con bus nombramientos y obedezca
á los pastores que él la da.
Mientras no so hubiese aclarado todo esto, era inadmisible eso
pretendido derecho de la nación al Patronato de la Iglesia, ó al nom­
bramiento de dignidades eclesiásticas, nominación ó presentación de
loa Obispos, independiente de toda concesion ó permisión de la Iglesia
y de su Jefe, por repugnar al buen sentido que fuese inberente á la
Soberanía una atribución que tiende á confundir los derechos del
imperio con los del sacerdocio, y que convierte la protección que Dios
manda al Jefe del Estado prestar á su Iglesia, en instrumento ó me­
dio de usurpar bus derechos, y de apropiarse actos de su exclusiva
competencia.
No: á la nación no corresponde semejante derecho, y sí solo A
aquellos que por gracia ó por privilegio lo concedieron los Pontífices
Romanos, como fueron los Reyes de Castilla y León y sus sucesores
legítimos; y fundado en esto, el Cardenal Moreno se opuso resuelta­
mente á que los Poderes de entonces ejerciesen el patronato, al m e­
nos mientras no llegasen á un acuerdo con la Santa Sede. Véase lo
que dijo en una comunicación que dirigió al señor Ministro de Gracia
y Justicia en 18 de Diciembre de 1871, pidiendo se dejase sin efecto
el Decreto en que so mandaba proveer los Deanatos Tacantes en las
Iglesias metropolitanas, por no serle posible dar la institución canó­
nica ftl que nombrasen para desempeñar el que había vacado en la
suya. Dicha comunicación es como sigue.
«Excmo. Sr.: Enterado del Real Decreto de 11 del actual sobre
• previsión de los Deanatos vacantes en las Iglesias motropolitanns y
• sufragáneas del reino, me veo precisado á acudir A V. E . para mani-
«featfti'le que es, no solo conveniente sino necesario, se deje b lu efecto,
• y que no se provea el Deanato de mi iglesia, en la actualidad va-
» cante, por no permitirme mi conciencia dar al quo fuese agraciado
>con ¿1 la institución canónica, cualesquiera que sean sus cualidades
• pereonales.
•Varias y m uy poderosas razones me obligan, bien í pesar mió, á
• contrariar el pensamiento de V . E . Una de ellas es que por medio de
• esa Real resolución se intenta variar la naturaleza de esta dignidad
• y alterar su índole, revistiendo tí los que la obtienen con el carácter
»de representantes de la potestad civil, novedad que puede ser perju-
» dicialísima & la Iglesia de España. Los Deanes nunca han tenido,
•ni pueden tener esa representación laical, que los colocaría en la si­
tu ación de funcionarios civiles, encargados de desempeñar una mi-
»sion poco agradable, y muy impropia de su dignidad.
129
» Con arreglo á la disciplina general do la Iglesia, y á la particu­
l a r qne en todos tiempos ha estado vigente en el reino, solo tienen
>una consideración puramente eclesiástica, con las únicas atribuciones
• económicas, administrativas y disciplinarias, que para el régimen y
•gobierno interior de la Catedral dan á lo s presidentes del Cabildo,
«con especialidad cuando este no está reunido ni se halla pre3ente el
■Prelado, los Sagrados Cánones y los Estatutos de loa iglesias, sin que
• en Sede vacante varíe en lo mas mínimo la expresada consideración
«que como á Deanes les correspondo. En el Decreto expresado es sienta
«otra doctrina, que en. manera alguna me es lícito aceptar, ni aun
• siquiera en lo que se refiere a la representación moa directa ó espe-
«cial del Patronato, porque lo representan lo mismo que los Deane3,
«todos los Prebendados que deben A la provisión do la Carón! sus
• dignidades ó beneficios eclesiásticos.
•En el mismo Eeal Decreto se invoca el Concordato como funda-
«mentó de su porte dispositiva; y V . E. me permitirá que pregunte:
»¿Está por ventura vigente? Desgraciadamente hay que contestar que
• no. L a revolución prim ero, y después loa poderes que de ella lian
«emanado, han infringido todas sus importantes disposiciones en
» perjuicio de los sagrados derechos de la Iglesia y del Catolicismo,
«no estando en observancia actualmente, ni aun aquellas que se refie-
« ren al pago de las insignificantes dotaciones del personal y del cul-
»to, estipulados como una pequeña indemnización de los cuantiosos
«bienes eclesiásticos de que bg apoderó el Estado.
«E n vano so consignó en el Concordato que esas dotaciones no
« deberían sujetarse ií gravámenes y descuentos de ninguna especie,
«pues no solo bo han. disminuido con las deducciones impuestas á los
» empleados y funcionarios públicos, sino que además se ha privado
• por completo de sus módicas asignaciones á los Seminarios, se ha
•rebajado considerablemente en el presupuesto del presente año eco-
gnómico la dotacion del culto, y so ha negado el pago de las suyas á
• todos los eclesiásticos que no han creído conveniente prestar un ju -
■ramento, que no se exige a todo el Clero, ni al Clero como clase,
'•sino solo, según el Gobierno ha declarado varias veces, al que per-
•cibe dotacion del Tesoro; dato importantísimo, que puede afectar al
■fondo de la cuestión de juramento, y que no se adujo cuando, por
•motivo del mismo, acudió á la Santa Sede, haciéndolos de peorcon-
«dicion que á los demás acreedores del Estado, con la notable par-
• ticularidod de que el Erario percibe el producto de los bienes eclo-
» siásticos vendidos, no satisface la renta de los inscripciones entre­
g a d a s en equivalencia de aquellos, y cobra además de los pueblo» 1*
• contribución que estos pagan gustosos p ira que se atienda á las ne-
130
♦cesidades del culto y de bus Ministros. Como si esto fuera poco toda-
*vía, Be presenta á las Cortes un funesto proyecto, en el que, con la ma-
»yor injusticia, y de uua manera irrisoria, fló deja indotada á la Ig le ­
s ia , ao dan por suprimidas muchas diócesis, sa reducen los Cabildos
»á la nulidad, y se impona á esos miamos infelices pueblos, que, á eos-
uta de grandes sacrificios, pagaron su contribución de culto y Clero,
»la carga do pagarlos segunda vez, sosteniéndolos á bus expensas.
•¿Puede darse infracción mas notoria del Concordato? E b este, en
• cierto modo, un contrato bilateral, y la parte que falta á lo pactado
-en él, no puede exigir de hi otra que le cumpla lo que le es beuofi-
«cioso. Haciendo aplicación de un principio tau inconcuso de dere-
» cho, el Gobierno que prescinde de todas las sagradas obligaciones
• que lo impone aquel solemne tratado, 110 puede exigir se considere
• vigente solo en la porte que interesa al patronato lteal, qua es el
•objeto con que se lo invoca en ol Real Decreto quo motiva la p ic-
» sente comunicación.
• Supongo que de este patronato Real es el de quo se habla en el
• mencionado Real Decreto con la denominación poco conocida de pa­
tro n a to general, y on esta hipótesi debo añadir alguna otra observa-
«eion, que no puede menos de tenerso proscnbc en apoyo de la respe -
•tuosa reclamación que voy formulando.
•E l patronato Real, como V , E . sabe, no es mi derecho inheron -
-•te al jefe del Estado. Por eso no le tienen el Sultán, ni la Reina de
•Inglaterra, ni los poderosos. Empjradores de loa lluaiag y de A le ­
m a n ia , ni hoy tampoco el R ey Víctor Manuel. E b, como demuestran
«los Concordatos citados por V. E ., los Bulas pontificias y antiguas
•leyes del Reino, un privilegio especialísimo, concedido por los Papas
»á los Beyes de EBjMiia, en justa remuneración de la fe, de la pie-
»dad y generosa protección á la Iglesia, que les hizo adquirir el dic-
otado de Católicos, con el que eran conocidos en el mundo y se dis­
tin g u ía n de los demás Soberanos de la tierra. Dictado glorioso del
•que, en virtud de la nueva forma dada á la Monarquía por la Cons­
titu c ió n vigente, ha habido empeño en privar a los Príncipes, que
•con arreglo á esa misma Constitución ocupen el Trono español, por
•católicos que en la actualidad personal y privadamente sean. No
•tienen, sin embargo, precisión do serlo en lo sucesivo. L a ley no les
• impone esta necesidad. Y Príncipes que se hallan en semejantes
•condiciones, y que, aun en lo político, están reducidos sus atributos
*,i lo meramente esencial para que exista la dignidad real, ¿pueden,
• sin un arreglo con la Iglesia, considerarse canónicamente herederos
•en el Patronato de Femando el Católico', Carlos V y Felipe I I , lia-
amado con razón el brazo derecho do la cristiandad?
J31
«Este privilegio, además, so trasmitía por medio de la Bucesion
•hereditaria, que era el orden legítimo de suceder en la Corona; y
■jhabiéndose variado este orden por la ley fundamental que hoy rige,
»es muy aventurado hacer esten Bira semejante variación al Patrona-
*to, sin expreso consentimiento de la Iglesia ó formal declaración de
»la Santa Sede. Creo que esto no bg haya solicitado, ni mucho menos
» conseguido. Así me lo persuaden el deplorable estado en que bc lía-
olían las relaciones del Gobierno con el Santo Padre; la felicitación
•que dirigió ol R ey Víctor Manuel por la ocupacion de Roma y com­
p le t o despojo de la soberanía temporal, como aparece del libra verde
•presentado en la anterior legislatura ni Parlamento italiano; y, por
* último, la conducta observada recientemente en Roma por el Repre-
« sentante de España cerca del citado Rey, muy diferente, en verdad,
•según de público se aseguro,, de la seguida en la misma capital por
®los de otras naciones, que con respecto al Padre común de los fíeles,
•no tenían tantos y tan sagrados deberes que cumplir, como Espa-
»ña, que es la nación católica por excelencia.
•Mucho podía añadir sobre el particular; moa me parece que lo
«expuesto es suficiente para que V . E . conozca la justicia con que le
■pido que, á fin do evitar desagradables conflictos, se sirva suspender
• la previsión del Deanato vacante en esta iglesia, mientras Bubsis-
«tan las causas indicadas, dejando por consecuencia sin efecto el D e ­
c r e t o de 11 del actual.»

X X II.
Esta comunicación fué objeto de los mas entusiastas elogios. Es
verdad que en esa, como en otras ocasiones, turo la gloria el Carde­
nal Moreno de haber sido el defensor valeroso de los derechos de la
Corona de España, sosteniendo quo á ella sola, y no & otro, Húmese
Rey, Dictador, 6 Presidente de la República, correspondía el ejercicio
de Patronato de la Iglesia, y también el Maestrazgo, el que, á no ser
por sus esfuerzos, acaso se hubiera ejercido por cualquier revolucio -
bario afortunado, con la aquiescencia, ó con el beneplácito, tal vez,
de algunos que, blasonando do ser muy amantes de las Ordenes m i­
litares, su conducta los hacia aparecer á los ojos del hombre sensato
y reflexivo, como los mayores enemigos de esta gloriosa institución.
Todo lo encontraban bien, con tal que no tuviese cumplimiento la
Bula Quo graviun, que iba ó cortar de raíz graves ó inveterados abu­
sos, ó los cuales debian estar muy apegados, cuando tan ruda guer­
ra hicieron ¿ la ejecución de estas Letras Apostólicas, como se verá
despues. No bc extrañe, por tonto, que muchas personas de todas
132
clases escribieran al Cardenal Moreno, felicitándole por su enérgica y
razonada comunicación.
Tengo n la vista muchas feli citaciones que con tal motivo le di­
rigieron, y que se leerían con interés; mas en la imposibilidad de
insertarlas todas, merece al menos ser conocida la de un dignísima
Prelado, que ya no existe, el cual desdo M adrid, con fecha 20 do
Diciembre de aquel aüo, le decia: »H o leído, cnsi dando saltos de
“ alegría, la comunicación que ha dirigido V . Emma. al señor M inis­
t r o de Gracia y Justicia sobre el Patronato, y no solo me complazco
»con Y . Emma. por lo bello, lo exacto, lo oportuno y lo muy vnlionto
« do esa comunicación, sino que á todo el Episcopado do España ha
» abierto V. Em ma. una sonda do honor, de gloria y de fortaleza para
• que todos hagan lo mismo, sin discrepar on nada de tan sapientísi-
»m a doctrina. ¡A h , si todos nos levantáramos á la v e z , ndhiriéndo-
«nos ú lo que ha dicho V. Emma., qué victoria tan ruidoaa con se-
»gu iríamos!..... »
A la Academia do la Juventud Católica de M adrid, quo también
le felicitó, quisó darle en 1.” de Enero do 1872 la siguiente contesta­
ción, en testimonio de agradecimiento, y con el iin de amplificar las
razones en que se apoyó para oponerse al ojcracio del Real Patrona­
to; circunstancia que me obliga ú insertarla también, por ser del ma­
yor interés todo lo que se refiere á esta importante materia. Dice así
esa contestación.
«H a sido sumamente lisonjero para mí recibir la felicitación que
»se ha servido dirigirme la acreditada Academia de la Juventud Ca­
t ó lic a de Madrid por el digno conducto do su ilustrada Junta Direc­
t i v a , con motivo do la comunicación que he remitido al Gobierno,
«en vista del Decreto de 11 del pasado sobro provisión de los Deana-
» tos vacantes en los iglesias catedrales del Iíeino.
«M uy propio es, por cierto, de esa corporacion científica dedicar-
•&s con asiduidad al estudio de las graves cuestiones eclesiásticas
>que, Ú consecuencia de la revolución, so han suscitado entre nos-
• otros, y que todos conocen tienen grande influencia en la suerte de
«nuestro agitado pais. Estudio tanto mas provechoso, cuanto quo
■para baccrlo. con la profundidad y lucimiento quo requiere su im-
-portancia, cuenta on su seno con profesores distinguidos, jóvenes
«brillantes y personas do innegable competencia en la materia, ani-
• modos todos por el sentimiento católico.
• Asi, no he extrañado la coincidencia do que la Academia, al pro-
■>pio tiempo que yo escribía m i citada comunicación en cumplimien-
«to de altos y sagrados deberes, se ocupase en dilucidar el importan -
• te asunto que á esta servia de objeto, ni me ha sorprendido tampoco
133
•saber que en sus instructivas discusiones, liabia estado en todo con-
» forme con m i doctrina. Débese esta conformidad á que la Academia,
■para formar sus juicios acerca de los expresados asuntos, Be atiene
■tan solo á la doctrina pura, y verdaderamente católica. L o es á todas
■luces la que yo he expuesto en braves y respetuosas palabras en el
■referido documento, como me lo persuade la creencia que tango de
■hallarse conforme con lo que piensa sobre el particular el sábio y
“ venerable Episcopado español.
■E l lenguaje que he empleado en él es el franco y severo de la
■ciencia canónica. Ella nos enseña que se opone á los principios mas
-triviales del derecho público eclesiástico, reconocer como subsistenta
«e l Patronato Real, despues quo la revolución, impulsada por el ódio
■que profesa al Catolicismo, lo ha cambiado todo, la monarquía, la
■legislación, la enseñanza, las relaciones con la Iglesia, á la que ha
■colocado al nivel do las sectas, sin otra diferencia legal que el ofre-
•cimiento da una asignación, que en lo general no se satisface, y
■conseguido extinguir el espíritu cristiano en todas sus hechuras,
•hasta en el matrimonio, procurando con impío atrevimiento oxpul-
■sar á Dios de la sociedad y de la familia.
«N o: cuando tan rudos golpes se han dado al Catolicismo en Es-
•paña, no es posible que solo hubiosc quedado incólume el Patronato
■Real, y que en virtud del mismo so pueda canónicamcnto hacer la
•presentación do los Obispados y demis dignidades eclesiásticas, con
■la misma pluma con que se liraau las dispensas matrimoniales
«para efectuar matrimonios entre católicos, por verso estos en la dura
•necesidad de contraer el legal, si han de libertarse ellos y sus ino-
■centes hijos do una pena tan gravo, como os perder sus derechos
•civiles, de les que ha sido despojado el matrimonio cristiano.
■ No se necesita estar muy versado en el derecho canónico para
■conocer que esos dos actos se contradicen y excluyen rjcíprocamen-
»te. E l primero supono la f 3, la piedad, el interés por la Iglesia y
■demás títulos necesarios para la adquisición y legítimo ejercicio del
■Patronato R eal, y el segundo demuestra indiferencia religiosa, por
>no decir desprecio, ó mas bien abierta oposicion al dogma católico
» y doctrina d i la Iglesia relativa al matrimonio. ¿Cómo, pues, re-
■conocer derecho para ejecutar actos tan opuestos?
» L a Academia, como conocedora de la ciencia, ha comprendido
■toda la fuerza de mis incontestables argumentos, y de aquí la feli­
cita ción que ha tenido la bondad de dirigirm e, y que he agradecido
•sobre manera. Sírvase la Tunta hacérselo presente, así como el alto
>>aprecio en que la tengo, y las merecidas alabanzas que le tributo
«por el celo que desplega en el sostenimiento de la buena doctrina,
131
• por In constancia con que combate los grosoros crroros de nuestra
• cpoca, ó igualmente por la hidalga valentía con que ante las letras
• prostituidas y las ciencias degradadas, hace pública proíesion de bu
• fe y do bu amor A la Santa Iglesia Católica Apontóliea Romana.
• Bien merece esa amor la Iglesia de Jesucristo, aunque no sea
»mas que por los grandes bienes que en todos tiempos ha dispensado
*á los pueblos.
«Estos nunca olvidarán que cuando era desconocida la imprenta,
» y cuando no existía la tribuna parlamentaria, ó era servil eco del
«poder, ya en la cátedra del Evangelio resonaban las consoladoras
•verdades de que todos los hombres somos hijos de Dios, todos her-
» manos, todos iguales por naturaleza y origen, y que todos estamos
«defendidos de las demasías del poder por temor al juicio inexorable
•del Supremo Juez, que mas tarde ó mas temprano vendrá á juzgar
«á las justicias, de la tierra.
«Esto santo temor atraerá sobre los distinguidos jóvenes que la
«componen las bendiciones del ciclo, el respeto de los sabios y la ad-
» miración de los buenos.»

XXIII.
L a expresada comunicación contra la provisión de loa Djanatos
vacantes en los Iglesias Metropolitanas, mereció lñ aprobación mas
completa del súbio y virtuoso Episcopado español. Unánime se adhi­
rió ú ella, y lo propio hizo con la comunicación del mismo Cardenal,
reclamando contra la órden en que se mandaba inscribir en el Regis­
tro civil, bajo la denominación do hijos naturales, ú Job nacidos do
solo matrimonio canónico.
Acabábase da decretar ol nainralismo on nuestra desgraciada pa­
tria. Las Cortes Constituyentes autorizaron el llamado matrimonio
civil, derogando la antigua, sábia y veneranda legislación de España.
E n vano la voz unánime de los Prelados clamó con santo y apostóli­
co celo contra tan funesta innovación. Sus razonadas y respetuosas
exposiciones, en las que, al mismo tiempo que sostenían la doctrina
católica, as constituían en fieles intérpretes de los nobles y religiosos
sentimientos del pueblo español, fueron ineficaces para evitar un
mal que consideraban, y lo era en efecto, de muy deplorables conse­
cuencias. Partían del principio, y así hay que reconocerlo, de que en
ningún acto de la vida humana es mas indispensable la sanción reli­
giosa como en el matrimonio, quo constituye la base do la fam ilia y
del bienestar de los pueblos. Sostuvieron , con sobrada razón , que la
13¿
santidad y excelencia de tan importante acto desaparecían del todo
desde el momento eu que, desconociéndose su esencia y variándose
la forma que le es natural y propia, Be le rebajaba hasta el extremo
de no atribuírsele otro carácter que el de un mero contrato ó una
simple convención, y de no exigirse para que se entienda legítim a­
mente celebrado, sino igual ó parecida solemnidad que pam la cele­
bración de cualquier acto civil, sobre coma materiales, ó sobre el d e­
recho mas insignificante del hombre. Su misma dignidad, añadían,
se halla interesada en que, lejos de desnaturalizarse de esta suerte el
matrimonio, y de equipararse su celebración ¿ la de los contratos de
índole puramente civil, se le reconociese siempre el origen divino y
el sagrado carácter con que la Religión católica lo enaltece, y no se
prescindiese jamás de la augusta ritualidad con que la Iglesia lo ce­
lebra, lo bendice y santifica.
No podia por consiguiente concillarse con la doctrina católica, la
innovación introducida; y si sobre ello quedase alguna duda, se desva­
necería por completo con la lectura de ln carta de Su Santidad
León X I II, dirigida en l , ” del presente Junio ú los Arzobispos y
Obispos do las provincias eclesiásticas de Turin, Vercelli y Genova;
carta quo acabo de leer con admiración, y que do buen grado inser­
taría íntegra, si no fuese por el temor de que tome demasiadas
proporciones mi trabajo. L o que bí haré es trascribir las notables pa­
labras que con este mismo motivo consigna el inmortal Pío IX en su
corta de 9 de Setiembre de 1852. «No hay otro medio de conciliación,
» decía en este magnífico documento, que, reteniendo el César lo que es
•suyo, deje á la Iglesia lo quo le pertenece. Disponga el Poder civil lo
• que crea mas conveniente acerca do los efectos civiles que se derivan
• del matrimonio, pero deje ti la Iglesia regular entre los cristianos lo
• perteneciente á su validez. Acepte la ley civil la validez ó nulidad del
‘ matrimonio de la manera que por la Iglesia bg determine, y par­
tie n d o aquella de este hecho, que es ajeno de bu competencia, dicte
•despues sus disposiciones en eunnto & los efectos civiles.» H e aquí
dealindadna en muy precisos términos las atribuciones de ambas Po­
testades, y ñjndos con toda exactitud los límites de su respectiva com­
petencia on tan trascendental asunto.
E l Cardenal Moreno, sabiendo todo esto, no pudo permanecer
inactivo. Primero escribió desdo Roma una carta Pastoral en 22 de
Agosto de 1870, instruyendo ó sus diocesanos acerca del modo como
debían conducirse despues de sancionada la ley estableciendo el lla ­
mado matrimonio civil, y haciéndoles ver lo quo este era y lo que sig­
nificaba; y posteriormente en 17 de Enero de 1672 dirigió al Señor
Ministro de Gracia y Justicia la siguiente Esposicion.
136
«E s inexplicable la dolor osa impresión que me ha causado la lectu­
r a do la Real Orden de 11 del actual, inserta en \o.Gcwcta del 13, man-
>dando que se inscriba en el registro civil, con la denominación de
» hijos naturales, á los. que sean nacidos de solo el matrimonio canónico.
• Sabia que á pesor de las justas, razonadas y patrióticas reclama­
cion es del Episcopado español, se sancionó la ley del llamado m a-
• trimonio civil. No ignoraba que, contrariándose los sentimientos de
• la nación y desestimándose los luminosos dictámenes de sub mas
■insignes é ilustres jurisconsultos, se había privado en virtud de d i-
•cha ley, al matrimonio religioso de los efectos civiles. Mas nunca
opude pensar que el espíritu de hostilidad al Catolicismo llegase en
«España hasta el extremo de que por medio de una declaración ofi-
■cial, se le infiriera, el grande agravio de dar á los hijos nacidos del
••matrimonio instituido por Dios, el odioso é infamante dictado quo
»las sabias leyes de Partida dan á los hijos que non ñateen de ctua-
•miento teguwl ley; assi como los que facen en las barraganas.
• L a mujer casada por medio del matrimonio Sacramento, la vir­
tu o s a y honesta esposa cristiana, no es ya, con arreglo á la Real
• Orden eitaila, sino una barragana. A esto equivale declarar natitra-
• fcsálos hijos nacidos de solo el matrimonio canónico. ¡N i los miemos
aempsr.idorea romanos, en los tiempos do la mas sangrienta persecu-
» cion contra la Iglesia, deshonraron de esta suerte ú las mujereB y á
• los hijos do los cristianos!
• E l agravio que por medio de esa declaración se causa á la Iglesia
• católica, es tanto mns injustificable, cuanto quo establecida por la
• Constitución la libertad de cultos en España, parecía natural que el
■>Gobierno respetara las creencias católicas relativas al matrimonio,
-siquiera para el efecto de no reputar jurídicamente como concubi­
n a t o ó barraganería el casamiento celebrado entre los fieles según
■*su ley religiosa, digna de consideración, aun políticamente hablando,
•por la sola circunstancia do sor la que profesa el pueblo español, con
•muy cortas c insignificantes eacepciones.
«E sa ley le enseña que es dogma de íe que Jesucristo elevó el ma-
>trimonio á la dignidad de Sacramento; que ol Sacramento no es una
•cualidad accidental unida al contrato, sino do esencia para el ma-
>trimonio mismo; y que por esta razo:i no hay entre los cristianos
•unión conyugal legítima, sino por medio del matrimonio Sacra­
m e n to . Doctrina celestial que no ha podido, sin infracción de la ley
• fundamental del Estado, ssr atacada por nadie, ni mucho menoe
•por el Gobierno, como lo ha hecho, expidiendo la real órden citada,
•que revela, salvando las intenciones, el mas absoluto desprecio do
®Dios, de Jesucristo y de su. Iglesia.
137
»Y o lamento que el Estado con disposiciones de esta clase dé mo-
• tivo á quí S2 crea que va caminando rápidamente al ateísmo, ó al
• grosero materialismo, y que, con daño de todos, aparte cada día
■mas de sí á la Iglesia, complicando y haciendo muy difícil la solu-
•cion de las graves cuestiones que, por desgracia, tiene con ella pen-
■dientes, entre otras la del Real Patronato, de que me ocupé en mi
• comunicación del 19 del pasado, aunque en términos diferentes de
• los que hoy tal vez usaría, por la nuera luz que derrama sobre esa
• importantísima cuestión la Real Orden do que voy tratando. Está
■redactada con tal dureza de estilo, con tan grando sequedad en la
■forma, y se advierta en ella tan notoria indiferencia religiosa, que
•sólo puede dictarse por el Gobierno de un Estado ateo, y no cahs
■suponer, como la ciencia y la historia nos enseñan, en Estados de
•esta clase, la existencia del Patronato, de las regalías, derechos y
■prerogativas que la Iglesia solo concede ó, los Reyes y Gobiernos,
■quo dándole respetuosas muestras de amor, la protejen con su poder
■y la defienden con sus leyes.
■Naturalmente, y en cumplimiento de los deberes de m i sagrado m i-
• nisterio, me encuentro precisado ií rogar á V. E . bj sirva disponer quD
■la referida Real Orden se reforme en un sentido favorable al Cntoli-
■cismo. L a religión, ln moral, la conciencia pública, el decoro de la na-
• cion, la dignidad del Gobiorno, y hasta el buen sentido lo reclaman.
■Si, contra mis esperanzas, el Gobierno no lo hace, si deniega mi
• petición, me apresuro desde ahora á formular la mas enérgica y res-
■petuosn protesta.
■Protesto, pues, on nombre del dogma católico y de la doctrino
■de la Iglesia, tan injustamente ultrajados y desatendidos. Protesto
• en nombre de la moral ofendida, en nombre de la sociedad minada
• por bu base y amenazada de perder sus más caros y vitales intereses;
• en nombre de la familia profanada por consecuencia de una dispo-
• sicion que vulnera bu» sagrados y legítimos derechos; en nombra
■de la conciencia pública sublevada. Protesto contra esa medida
■en nombre de los padres de familia cristianos; en nombre de todos
■ los hombres de bien lastimados en lo que quieran mas, en lo que
■defenderán aun á costa de sus vidas, la reputación y el buen con-
■cepto de sus esposas. Protesto en nombre de la mujer honrada, de
• la virtuosa madre de fam ilia católica, confundida con la despreciable
• ú infame concubina. Protesto, finalmente, en nombre de la inocencia,
« en nombre de esos tiernos niños, hijos de bendición y fruto del mas
■puro y santo amor, en cuyas frentes se va 6 estampar con desapia­
d a d a mano, y fallándose deliberadamente á la verdad, una marca de
• ignominia, el sello de la infamia.
138
■De nuevo ruego á V. E . se sirva acceder á mi petición, cuya
•justicia é importancia &on evidentes, como lo demuestran las razo-
y e s q u e con la mayor brevedad posible he tenido el honor do exponer.»

X X IV .
Grande fué el efecto que produjo en España y en todas partes
esta Exposición, coa la que recibía un golpe de muerte el matrimonio
civil, como asi lo comprendieron aun aquello» que abrigaban opues­
tas convicciones sobre tan interesante asunto. Fueron muchas los
caitis y comunicaciones de felicitación que recibió entonces el Carde­
nal Moreno, y que tengo en este momento A la vista. No siendo posi­
ble insertarlas todas, copiaré únicamonte un párrafo de un escrito
oficia), fechado en 18 de Enero de 1872, del venerable Obispo de
Jaén, hoy dignísimo Arzobispo de Valencia, el docto Señor Monesei-
11o. Despues de decir este Prelado en su escrito al Señor Ministro d3
Gracia y Justicia, que acudia á él en demanda de que ae dignase de­
ja r sin efecto la Real orden de 11 del mismo mes, relativa á que se
inscribiesen en el Registro civil con título de hijos naturales á los na­
cidos de solo el matrimonio canónico, añadía: «A l mÍBmo tiempo de
• realizar m i propósito, leia en los periódicos 1a> muy digna Exposi-
»cion que sobre la indicada Real orden ha elevado al superior cono-
acimiento de V. E. el Emmo. Cardonal Moreno, Arzobispo de Vftlla-
• dolid. Conforme en el espíritu, en la letra, y hasta en loa formas,
•con lo expresado en dicho documento, á él me adhiero sin reserva,
•y quiero compartir con el Prelado expolíente ln responsabilidad del
• escrito, haciendo mins las protestas que contiene, ya que no me
• cabe la gloria de haberlas redactado.»
Algunos de los que vieron el efecto que habia producido la men­
cionada Exposición, trataron de neutralizarlo, y al efecto insertaron
en una Revista que en aquella época se publicaba en Madrid con el
nombro do Ileform a lerjis’atira, un articulo plagado de errores, poro
escrito con la intención de combatir las doctrinas y apreciaciones del
Cardenal Moreno. Pronto recibieron los autores de ose artículo la
contestación debida, con la que lea selló los labios y acabó do desacre­
ditar, valiéndose de nuevos razonamientos, el malhadado matrimo­
nio civil. Esa contestación, su fecha 5 do Febrero do 1872, copiada
á la letra dice así.
•Con sumo aprecio y la mayor gratitud, lie recibido la afectuosa
• felicitación que las Asociaciones Provincial y Parroquiales de Cató­
dicos de esta ciudad se han servido dirigirme, con motivo do la co-
139
» munieacion que remití el 17 de Enero anterior al Excmo. Señor Mi-
» nistro de Gracia y Justicia, reclamando y protestando contra la
* Real órden de 11 del mismo mes, en que se dispone se anoten en el
* Registro civil con la denominación de hijos naturales, los nacidos de
■solo el matrimonio canónico.
• Muy satisfactorio me ha sido observar, que en el bien redactado
* escrito do las Asociaciones, se reconoce la justicia de mi reclamación
■y protesta, así como la gravedad de la ofensa que infiere al dogma
« católico y íí la doctrina de la Iglesia, una órden que, desentendién-
«dosc por completo de la existencia y validez del matrimonio Sacra-
* mentó, y ampliando, en vez de restringir, la interpretación de la
■irreligiosa ó impopular ley del llamado matrimonio civil, deshonra á
■la madre é infama al hijo, por no reconocer, como debiera, la legi­
tim id a d proveniente del matrimonio instituido por Dios, y que Je-
■ sucristo elevó á la dignidad de sacramento, que es la sólida y sagra-
» da base de la fam ilia cristiana.
» Grande ha sido el asombro que on todas partea ha causado esa
«malhadada órden. Los hombres de bien de las diversas opiniones
* políticas que se profesan en España, la han leido con pena, y deplo-
«rado que haya sido dictada sin oír, ya que no al legislador, por lo
■menos al alto Cuerpo consultivo do la nación. Solo ha habido una
«Ile ru ta que se publica en Madrid con el nombre de Reforma iegis-
* ¡atita, redactada por algunos abogados y auxiliares de la Dirección
-del Registro civil, que con ol pretexto de impugnarme, ha tomado
«sobre sí la difícil empresa de disculpar, mas bien quo de defender,
°á ese centro administrativo que, oficial, y tal vez oficiosamente, in-
«tervino en la resolución de tan grave y trascendental asunto.
■ Con este objeto ha publicado ou el número correspondiente
»a l 28 de Enero último, un artículo en que se sienta como doctrina
«com ente, que la ley que regula el matrimonio, es variable como
«cualquiera otra, y que si ayer esa misma ley reconocía la legitimidad
«de los hijos nacidos de solo el matrimonio católico, el legislador de
•lioy tiene un perfecto derecho para negarles esta cualidad, y para
* disponer lo que ha dispuesto al importar a España lo moderna ins-
•titucion conocida con el nombre de m atrim onio civ il.
¡Cómo! ¿Será verdad que la ley humana tiene poder para dictar
«á su arbitrio, y siguiendo las caprichosas exigencias de los tiempos,
«disposiciones que afectan á la fam ilia hasta en su propia base, y
«para descomponer y formar de nuevo á su antojo esa institución
«creada de mano maestra, porque es obra de Dios mismo, y que
«con razón llaman los róbios fundamental, en el sentido mas verda­
d e r o de esta palabra? Pues eso, y no otra cosa, es lo que significa
140
■la libertad y absoluto derecho que el articulista, como quien adun­
óte, al menos en principio, las disolventes teorías de la Internaciotuil,
•atribuye á la ley civil, para arreglar del modo que le parezca mas
«conveniente, la santa y perdurable institución del matrimonio, que
■es el apoyo principal y lo que forma el nudo sustancial de la fu-
-m ilia.
« Partiendo de este error, no ea extraño que incurra en el igual-
» mente grave de suponer que en el hombre hay facultad para legis­
l a r libremente también sobre la legitimidad de los hijos, como la
•tiene para hacerlo respecto de otros efectos civiles del matrimonio,
•doctrina que en manera alguna puede admitirse.
» Según los principios de eterna justicia, en que la difícil ciencia
•del derecho apoya sus importantes conclusiones, es evidente que no
■>todos los efectos civiles que produce ol matrimonio, deben su origen
ȇ la ley, y que hay algunos, como la paternidad, la maternidad, y
•la legitimidad de los hijos, que procediendo ó derivándose d éla cons-
•titucion esencial ó inmutable de la familia, que según se acaba de
•afirmar, es de institución divina, y por lo mismo preexistente y
•superior ¿ la ley humana, esta no puede hacer, con relación n ellos,
•otra cosa que reconocerlos, respetarlos, definirlos y proclamarlos en
•ol órden civil, sin alterarlos ni modificarlos, como no sea en lo ac-
•cidental y secundario, y menos desconocerlos, destruirlos ó ne­
sgarlos.
• En este sentido, y con las indicadas limitaciones, es licito úni-
ucamente legislar sobre ellos, y en esto sentido tan solo se les dn
•también la denominación de efectos ciñles, permaneciendo sin con-
• fundirse con los que son de pura creación <lo la ley, como por
•ejemplo, la dote, los gananciales, las legítimas y otro9 de igual ín-
■•dole, sobre los que, siendo paramente civiles, puede ol legislador vá­
lidam ente dictar las decisiones que estimo oportunas, y aun privar
•de los mismos, en virtud de justas causas y de verdadero interés
•público, A los que no se encuentren con las condiciones que al
•crearlos en sus leyes y al establecerlos en sus códigos hubiera seña-
•lado.
• L a ley que lo contrario hiciera, sería injusta, violenta y depre­
s iv a de la Religión; y como en la actualidad desgraciadamente
•acontece, ocasionaría dados y perjuicios incalculables, autorizando
•al que los sufre, que entre nosotros es todo un gran pueblo, para
«que califique de una grave ofensa al catolicismo no reconocer el Sacra-
omentó del matrimonio como verdadero matrimonio en el órden civil;
»de insigne arbitrariedad negar la legitimidad á los hijos nacidos de
■>solo el matrimonio canónico; de una notoria injusticia darles la
J li
“ deshonrosa denominación de hijúe naturales, y de un monstruosa ab-
» sardo aplicarles para este efecto la ley 11 de Toro, tratándose de
■►hijos nocidos de matrimonio que, si con arreglo á la ley vigente en
• la materia no es nido en absoluto, como afirma repetidas veces el
• articulista, debe afirmarse que es por derecho válido en absoluto con
•todos sus naturales y necesarias consecuencias, porque uo hay tér-
• mino medio entre la nulidad y la validez del matrimonio.
•Razón tuve, pues, pora protestar lleno de asombro, del cual es-
*toy poseído todavía, en nombre del dogma, de la moral, de la socie-
•dad, de la familia, y hasta de la inocencia. ¿Y qué es lo que Be ha
•dicho con el objeto do inutilizar esta protesta y presentar al público
• mi justa alarma como infundada? ¿Qué os lo que Be ha contestado á
•m i razonada comunicación oficial? ¿Cuál os el gran argumento que
“ 80 ha aducido en esa Ilevista, y con el que se ha pensado sellar mis
• labios é imponermo perpetuo silencio? Uno muy peregrino. Se me
•recuerda lo que pasa en Francia. So me cita el Concordato de esa
• nación, para inferir de él que no es contraria al dogma católico la
• institución dol matrimonio civil, sosteniendo que bí lo fuese, 1% San-
»ta Sede no hubiera sancionado algunas disposiciones relativas al
•mismo, quo envuelven un explícito reconocimiento. ¿Pero es esto
•cierto? ¿Ha meditado bien el articulista lo que afirma con pasmosa
• seguridad? ¿Ignora, por ventura, que ese pobre argumento ha sido
•contestado muchas veces por los hombres de ciencia, por los que
• conocen la historia, pulverizándolo y haciendo ver además que para
•demostrar la bondad, de tan funesta institución, es insuficiente el
• recuerdo do lo que acerca de la misma se ha practicado en otras na­
ciones?
• Oigase cómo discurre sobre este particular el distinguido juris-
•consulto, quo hoy ocupa el primero y mas alto puesto de la M agis­
tra tu ra española, y cuya autoridad no puede en manera alguna ser
' «recusada por los redactores do la citada Revista, y que en este escri­
bió tendré quo invocar mas de una vez, para no exponerme é que bo
«vuelva á calificar mi celo de exagerado.
» Necesitamos, dice el digno Presidente d¿l Tribunal Supremo de
•Justicia, en un brillante articulo que publicó hace cerca de un año
•en la Revista de España, dar una explicación á estos hechos Instó*
•ricos, para contestar victoriosamente á cate linaje de observaciones,
•que tienen todas las apariencias de un poderoso argumento.
• L a impugnación, sin embargo, es muy fácil con solo un mo-
• mentó de reflexión. E l primer Imperio no restableció el culto en
• Francia, Bino deBpuee de muchos años do revolución y de trastorno,
•y ya para entonces el matrimonio civil se había generalizado en la
143
• sociedad franwaft. Unos Je habían contraído dejándose arrostrar por
» la impiedad de su tiempo, y oíros, cediendo á una tem bló necesi­
dad, en la desaparición de todas los eultos, puesto que el matrimo­
nio religioso no podia celebrarse ante la Iglesia, en un país que ha­
bia deificado la raxon humana, y quo le faltó poca p ira deificar la
guiUotina.
•Merced á esto concurso de causas y de circunstancias, cuando
Bonaparte i establecí ó el culto católico, millares y millares de fam i­
lias francesas tenían su origen en el matrimonio civil, y no era jus­
to ni político romper estos vínculos. No podia negarse ú Jos jefes de
estas familias su autoridad, á las mujeres sus derechos, á los hijos
su legitimidad, porque esto hubiera tenido mucho de inicuo y de
impío, y hubiera producido el caos y la confusion en la familia
francesa.
• L a Iglesia Católica, en sus sentimientos de piedad y en su ten­
dencia constante á perdonar todas las flaqueaos de la vida, tampoco
podia exigir del poder temporal estas medidas violentas, que habrían
sublevado los sentimientos mas nobles do la humanidad. De suerte,
que ol Imperio y la Iglesia, que le ayudaba en esta obra de repara­
ción y desagravio, cedieron en este punto á una necesidad imperiosa
que les habia impuesta una revolución sin ejemplo en los fastos de
la Francia, á no ser que se pretenda que Bonaparto, al restablecer el
culto católico y los poderes que le reemplazaron, hubiera expulsado
del territorio un medio millón de familias francesas, repitiendo los
terribles ejemplos de nuestra historia en la expulsión de judíos y
moriscos.
•En cuanto á que Bélgica, Italia y otros países, han escrito des­
pues en sus leyes el matrimonio civil, no diremos mas quo una
cosa, porque es pobre el argumento. También le hemos escrito nos­
otros, y es que las ideas de la revolución francesa, vulgarizadas y
extendidas en los pueblos de Europa, nos han contagiado á todos, y
han creado ese escepticismo fatal, que en materias religiosas so ha
apoderado del espíritu de nuestro tiempo.
■Así se expresa la ciencia, quo voluntariamente y con una in ge­
nuidad que le honra, ha. venido ú rendir homenaje á la verdad, y á
prestar eu apoyo á la Religión. Continuemos ahora oyendo los su­
blimes enseñanzas de esta, que son las que á mí principalmente me
correspondo exponer,
■Una institución que nació al calor del ateísmo francés en el
vértigo de su primera revolución, y que ha sido introducida en E s ­
paña por la fatal influencia de tan perversos principios, es á todas
luces, contraria al dogma católica y opuesta A la doctrina de la Iglc-
143
•fiia. Por eso la Santa Sede no la La reconocido y aprobado jamás;
■siendo una lamentable equivocación en la que incurre el articulista,
■afirmar, que de acuerdo y con anuencia del Papa, se prohíbe en
• Francia la celebración del matrimonio religioso cuando el civil no le
•precede. De seguro que no presentará documento alguno Pontificio,
■quo justifique su aventurada aserción.
■¿Es acaso el Concordato? N o : el Concordato de 1801 no contie­
n e en ninguno de sus diez y BÍctc artículos semejante prohibición,
» ni disposición alguna relativa á dicho matrimonio; ni siquiera indi­
rectam ente so habla de él en la Bula Ect-lcaía ChrUti, de 15 de
■Agosto del mismo año, confirmatoria del referido Tratado; y como
■no sea para desecharla, tampoco se menciona en la magnífica A lo ­
cu ción de 24 do M a}’o del año siguícnta, on que el Santo Pontífice
•Pío V II hizo saber al Sacro Colegio loa motivo3 que habia tenido
■para celebrarlo.
■¿Dónde, pues, so halla establecida semejante prohibición? En
■las leyes civiles y en los artículos llamados orgánico?, que contenían
•disposiciones tiránicas que esclavizaban á la Iglesia, y se publicaron
■de una manera insidiosa al mismo tiempo que el Concordato, con la
•idea de haccrloa posar como si fuesen parto integrante de dicho do­
cu m ento, y engañar así á los fieles. Solo por la ofuscación, hija de
• este engaño, ha podido confundirse el Concordato con Iob artículos
‘ orgánicos, ó con las leyes civiles, ó con el Código penal francés, que
• es donde se establece eaa medida prohibitoria con penas gravísimas,
• como puede verse en los artículos 199 y 200, algunas de las cuales
• posteriormente han sido mitigadas; y no habiendo intervenido la
■ Santa Sede on nada de cuanto se relacionaba con estas disposiciones
■de la potestad civil, es, por consiguiente, inexacto que con su anuen­
c i a y acuerdo, se estableciese semejante prohibición.
• A l contrario, fué inexplicable la sorpresa de Pió V II cuando
■supo la publicación de tales artículos, como él mismo lo expresó,
■llenó de amargura, en su citada Alocución de 24 de M a jo , en la
• que, hablando sobre el particular, d ijo : «Echamos de ver que con
• el susodicho Concordato se han publicado otros artículos de que no
•"teníamos conocimiento, y que siguiendo las huellas de nuestros Pre-
■decesores, no podemos menos de desear que reciban modificaciones
■y mudanzas oportunas y necesarias. Acudiremos ansiosamente al
■primer Cónsul para conseguirlo de su religión.»
» L o hizo, en efecto,, asi, y por medio de la sábia y enérgica nota,
•dirigida en 18 de Agosto de 1803 á Mr. de Talleyrand por el Car­
d e n a l Caprara, formuló las mas sentidas y razonadas reclamaciones
■sobre puntos del mayor interés para el Catolicismo. Uno de ellos fué
144
■la mencionada prohibición, consignada on el articulo 54, que calificó
■de nueva en la Iglesia, de restrictiva y enojosa; y valiéndose de log
•mas Bólidos é incontestables argumentos, expuso con la mayor clari-
■dad b u s graves inconvenientes, tanto por lo quo afecta ti lo s cónyu­
g e s , como por lo que lastima la autoridad do la Iglesia y deprime ií
•loa Párrocos, para inferir que el restablecimiento do loa leyes con­
iformes en este punto con la doctrina católica, era un acto de justi-
»cia que aguardaba con la mayoría de los franceses do la sabiduría
■del Gobierno.
.H izo mas todavia, y conviene tenerlo muy presente. Según apa­
r e c e de la nota mencionada, no consintió siquiera el establecimiento
■del Registro civil, por considerar, y con mucha verdad, que con él
«solo se trataba de baccr a los hombres extraños á la Religión en los
• tres instantes mas solemnes de la vida, á saber: el del nacimiento,
■el del matrimonio y el de la muerte, y pidió so devolviera al Rer/i»-
■ tro ulesiMtico la consistencia legal de que gozaba precedentemente,
■porque el bien del Estado, dijo, lo exigía casi tan imperiosamente
•como el do la Religión.
■Mas á pesar de estos esfuerzos, y de los grandes disgustos y
■aflicciones que atormentaron ú eso e^clarjcido Pontífice, no logró
•nada. Y si por haber conservado los rolacionos con Francia, en con­
sideración á lo critico de las circunstancias, y haber mantenido en
■su vigor el Concordato de 1801, y celebrado el de 1803 relativo á
•los asuntos eclesiásticos do Ita lia , sin embargo de no haber const­
itu id o desaparecieran de los Códigos franceses Ins leyes opuestas al
■Catolicismo, se pudiera inferir en buena lógica quo la Santa Sedo
■prestaba á estos bu consentimiento y aprobación, podría también
■sostenerse que ha reconocido y aprobado el protestantismo en Ingla-
■térra, el cisma en Ru&ia, y aun el Alcorán en Constantinopla,
■puesto que cuando el bien de las almas y los intereses de la Iglesia
•lo exigen, el Papa, & pesar del deplorablo estado religioso do esos
■ paises, entra en relaciones, recibe Embajadas, envía Nuncios, cele-
• bra Convenios y firma Tratados con Jos Sobornaos do los mismos.
■L a doctrina que en lo concerniente al matrimonio ha enseñado
■constantemente en todas partes, como Doctor universal y Maestro
•infalible de la verdad, y que con exclusión de otros nuevas y pere-
• grinns deben profesar kra que, como el articulista, de veras se pre-
» cian de ser católicos apostólicos romanos, es la q u e se encuentra
■consignada en todos los admirables documentos pontificios relativos
■al asunto, y particularmente en la Aloeucion A ccrbm im un, de 27 de
• Setiembre de 1852.
•En ella, despues de lamentarse el inmortal Pío IX de los gran-
145
■Jes malea quo ha sufrido la Iglesia on la Ropúbliea de Nueva-Gra-
•noda, y de reclamar enérgicamente contra las leyes que se habían
•dictado sobre el matrimonio coa desprecio de la doctrina católica,
«dice, entre otras cosas: «Que ningún católico ignora, ni puede ig­
n o r a r , que el matrimonio es verdadera y propiamente uno de los
■siete Sacramentos de la ley evangélica, instituido por Nuestra Señor
■Jesucristo; que además uo puede haber matrimonio entre los fieles,
• sin que á la vez sea Sacramento, y que, por lo tanto, cualquiera
• unión de varón y de mujer fuera del Sacramento, aunque sa haya
-verificado en virtud de cualquiera ley civil, no es sino un torpe y
■detestable concubinato, que la Iglesia no puede menos de condenar. •
®Así lo dice en España, lo predica en Francia, lo enseña en Bél-
■gica, en Italia, en toda Europa, en América y en el mundo entaro,
■y de una manera tan resuelta, como que en el S y lM »is , que contie­
n e los principales errores de nuestra época, se encuentra condenada
•esta proposicion: «E n virtud del contrato meramente civil, pueds
•existir matrimonio, verdaderamente tal, entre cristianos, y es falso,
*ó que el contrato del matrimonio entre cristianos ssa siempre S.icra-
• mentó, ó que el contrato es nulo si sa excluye el Sacramento.»
•En vano, pues, sj buscará acto alguno oficial de la Srnta Seda
• en el que, ni aun indirectamente, haya reconocido y sancionado otra
•doctrina. Fundado en ella hice m i reclamación y formulé mis pro-
atestas, reclamación y protestas á los qua los individuos de esas Aso­
ciaciones Católicas de Valladolid, como personas entendidos, ciuda-
• danos honrados y buenos hijos do la Iglesia, so han adherido con la
• mejor voluntad y el mayor convencimiento, habiendo llenado de
•gozo m i corazon, tan noblo y justo proceder.
»A1 manifestarlo así á todos por el digno conducto de los que han
• firmado el mensaje á quo contesto, les exhorto con toda mi alma ú
•que continúen coda dia con mas decisión adheridos & la doctrina de
• la Iglesia Católica; á quo invocando la igualdad ante la ley , de que
• hoce mérito el articulista, pidan con instancia á los Poderes públi-
» eos no se postergue A los católicos, cuyo número es tan grande, que
• componen casi la totalidad do los esputóles, por complacer á las
-sectas ó agradar á unas cuantas docenas de racionalistas, que habrá
• á lo sumo en todo el Boino, en favor de los cuales se dio la ley del
•matrimonio civil, que siendo provisional, y habiéndose puesto en
• práctica solo por una autorización de las Cortes, concedida en una
•sesión á que asistió un número tan reducido de Diputados, que aun
• llegó á dudarBe por alguno que hubiese el suficiente para votarla,
• puede fácilmente obtenerse su dorogacion.
•Les exhorto asimismo & que, haciendo igualmente uso del refe-
10
11G
mido derecho de petición, reclamen en tiempo oportuno la revocación
*de la Real Orden de 11 del pasado, inai&tisndo en que se reconozca
»y se declare expresamente la legitimidad de los Lijos nacidos do solo
• el matrimonio cristiano, y que, por consecuencia, se les inscriba en
•el Registro civil con la denominación do legítimos, como realmente
• lo son, y de la cual no puede privárseles sin una grande ó insigne
• injusticia, que introducirla profunda perturbación en todo el órden
•social.
• E l éxito do estos gestiones no puede ser dudoso. Su reclama quo
"desaparezca el matrimonio civil, condenado ya por la Iglesia, do
•acuerdo con la ciencia. Ycas'j otra vez cómo se explica esta, valién-
» doso de los elocuentes expresiones del respetable Presidente del T ri­
b u n a l Supremo de Justicia cu el escrito antes citado. «Eso matri-
«m onio, dice, principiando por humillar la dignidad de la mujer,
napenas si se distingue de la vergonzosa mancebía, (leí concubinato,
»y rebajando la institución á las condiciones do un contrato común,
» ó tal vez de un negocio, despoja á la familia de bu carácter patrior-
»cal y debilita la autoridad paterna; y la familia moderna, harto
• dispersa ya en los pueblos do Europa por un conjunto de causas la­
m entables, acabará, merced al matrimonio civil, por la relajación
• de todos los vínculos, tal vez por la degradación universal.»
•Penetrados do estas ideas, so debo decir en voz muy alta con el
•mismo distinguido jurisconsulto, y de manera qua todo el mundo lo
• oiga, ya bc hablo en el seno de la familia ó en la calle, así en las
«reuniones públicas ó privadas, en la cátedra, on la academia, en el
• periódico, en el foro, en la tribuna, en todas partes, que el matri-
»monio civil, «lejos de ser un progreso de quo la civilización nioder-
»na puede envanecerse, es un retroceso moral; que no respondo entre
«nosotros á ninguna necesidad Buproma, á ningún fin social y políti-
»co; que por desdicha es todo lo contrario; quo el matrimonio civil, y
«tantas otros instituciones que se le parezcan, y que dan á la civiliza­
c ió n de nuestro tiempo un tipo, una fisonomía especial, revelan una
•tendencia tem bló á debilitar las creencias religiosas, y con ollas ol
• sentimiento del deber en las muchedumbres, que no tienen otro fre-
• no moral ni otra noeion de derecho.»
• Tenga también muy pres ente el Gobierno, y mediten con serie-
• dad los pueblos, la importante verdad contenida on las siguientes
• palabras con que eso elevado funcionario termina bu escrito. «N o ss
• engañen, pues, los poderes de la tierra. Si seguimos así, no hay
• mas que decidirse y elegir entre esta cruel alternativa, ó la idea de
■Dios y la virtud del sentimiento religioso, influyendo poderosamente
• en todas las clases sociales, é inspirando á coda cual un espíritu de
J47
» conformidad con eu suerte, ó de otro modo la indisciplina sosial, la
» rebelión permanente en las masas y la inmoralidad en todas los es-
• fjrag. No se puedo salir de este dilema: O Dios ó el palo. O la idea
*de Dios vigorizando el poder temporal y sancionando la moral y el
«derecho, Ó la demagogia triunfante, ó la dictadura brutal de la
‘fuerza. »
«Difundiendo estas ideas los individuos que componen los Asocia-
• eiones Católicos de Valladolid, y continuando unidos á b u Prelado,
•que, gracias á Dios, lo está intimamente y de todo corazon á la
•Santa Sede, cuya doctrina es y será siempre mi enseñanza, como lo
» es también la del sábio y venerable Episcopado español, según lo
» demuestra en todos sus actos, y recientemente en las brillantísimas
• reclamaciones que ha dirigido al Gobierno, pidiendo con admirable
• uniformidad la revocación de la Real Orden de 11 del pasado, obra­
r á n como buenos católicos, prestarán un importante servicio ó la
•Religión y á la patria, darán al César lo quo es del César, y evita-
• rán que se dé al César lo que es de Dios, y se harán merecedores de
»las bendiciones del cielo, de las quo es prenda la que yo con la ma-
■'jo r ternura les doy desde lo mas íntimo de mi corazon.»

XXV.
No se volvió á hacer ninguna defensa séria del matrimonio civil,
ni nadie impugnó los incontestables razonamientos del Cardenal M o ­
reno. Mas cuando parecía que en las regiones oficiales no volverian á
ocuparse de semejante asunto, se espidió por el Ministerio de Gracia
y Justicia una Real cédula verdaderamente original, porque en ella
se encargaba á los R R . Prelados de España la observancia de las leyes
recopiladas relativas al pase Iiégio y á la Agencia de P re ca . L a cali­
fico así, porque despues de establecida la mas omnímoda libertad, de
cultos, era un contrasentido resucitar las leyes de Carlos III, dictadas
en una época en que lo legislación española defendía con celo y con
el mayor empeño la unidad católica de España y todos los dogmas
sacrosantos de la Iglesia. Y era todavía mas original el pretender
que los Prelados acudiesen, no por sí directamente, sino por medio
de la Agencia indicada á Roma, con d objeto de obtener gracias
apostólicas, y principalmente las dispensas matrimoniales. E l que
inspiró esa Real Cédula no tuvo en cuenta el triste papel que iba á
hacer el Gobierno, porque habiendo declarado este que el matrimo-
1110 católico sin el civil era un concubinato en el hecho de no tener por
legítimos, sino por naturales, á los hijos habidoB en él, venia á cons-
118
tituirae en agento y promovedor de esta inmoralidad, que por tal la re­
putaba, puesto que para facilitarla disponía que por su conducto se pi­
diesen todas las dispensas matrimoniales. No cabe mayor contradic­
ción ni inconsecuencia mas manifiesta en ese nuevo acto del poder, que
tanto lo deprimía, y con el que la Iglesia tampoco podia conformaras.
L e era perjudicial en sumo grado, porque esas gracias, que pedidas di­
rectamente por los respectivos Ordinarios se concedían con un corto
dispendio y en breve plazo, solicitadas por la Agenda, costaban mucho
mas, y no se expedían ni llegaban á manos de los interesados sino
despues de largo tiempo. Esto, unido al agrario que & ln Iglesia se le
iníeria, al declarar subsistente el -pase Regio, movió á los Prelados á
reclamar contra I03 dos puntos que comprendía la Real Cédula, y el
Cardenal Moreno, primero que todos, dirigió al Gobierno, con fecha
31 de Marzo de aquel mismo año de 1872, la siguiente comunicación.
«Exorno. Sr.: Las disposiciones contenidas cu la Real cédula de
• 25 del comente, que recibí el Jueves Santo en el acto de ir á cele­
b r a r los divinos Oficios, irrogan un nuevo y grande agravio al cato­
licism o, y sin faltar á los deberes de m i sagrado ministerio no moes
«posible cumplirlas.
«Se me ruega y encarga en ellas que excito n mis dioessanos á la
«obediencia de los leyes nueve y doce del titulo tercero, libro segundo
«de la Novísima Recopilación, quo abolidas hoco tiempo por la Cons-
» titueion del Estado y otras leyes posteriores, así como por recientes
«ó ineludibles declaraciones dogmáticas de la Iglesia, no está facul­
t a d o el Gobierno para restablecerlas y exigir su observancia.
» L a segunda de estas dos leyes recopilados, en que se prescribía
«el método que debia guardarse para impetrar do Su Santidad las
«dispensas matrimoniales, estií terminantemente derogada por la ley
«del llamado matrimonio civil, que con profundo dolor de la jn m eim
«mayoría de los españoles, ha venido á reemplazar en lo principal y
»en lo accesorio á las recopiladas, quo no reconocían mas unión con-
» yugal legítima que la procedente del Sacramento del matrimonio.
«Después de esta tan lamentable novedad, el matrimonio cristia-
»no, despojado de todos los efectos civiles, pertenece ya al órden re-
«ligíoso, y se arregla únicamente por lo establecido en los sagrados
«cánones, con exclusión de loa leyes del reino, que no contengan al-
oguna disposición del dérecho natural ó do notoria conveniencia para
»la sociedad y para la familia, á juicio de los Obispos y de sus tribu -
» nales. En cualquier otro caso no deben sor invocadas siquiera, porqua
«sjgun ellas, ni hay necesidad do contraorlo, ni su celebración pro-
» duce mas resultados que los canónicos, y los que solo afectan á la
«conciencia de los contrayentes.
119
•¿Cómo, pues, pretende V. E. que se considere vigente la ley 12
» de que voy tratando? ¿H a meditado bien la significación y trascen-
» deneia de semejante medida? Declarar vigente esa ley, y encargar á
■losObispos que inculquen su observancia i los fieles, equivale á decir
»á estos el Gobierno: Yo, que considero derogada la ley 13 del título
•y libro primeros de la Novísima Recopilación en lo que se refiere al
«matrimonio católico con las demaa favorables al mismo; yo, que no
• reconozco n i puedo reconocer otro matrimonio que el civil, y que de
• resultas de la interpretación que lie creído conveniente dar á la ley
• que lo establece, be deshonrado por medio de una reciente Real or­
d e n í vuestras esposas, reputándolos barraganas, lio infamado á
•vuestros hijos, calificándolos de naturales , y ordenando que con esto
•odiosa denominación sean inscritos en el registro civil; yo, que por
•consideración á esa misma ley he despreciado vuestra fe y ultrajado
■el dogma católico, no teniendo por verdadero matrimonio el institui­
d o por Dios y elevado á sacramento por Jesucristo; yo, que así me lio
• conducido con Tosotros, al propio tiempo que, respetando la Constitu­
c ió n , dejo en completa libertad á los disidentes y sectarios para que,
• sin trabas ni obstáculos de ninguna clase, puedan celebrar sus matri-
• monios religiosos con arreglo á sus creencias y á sus leyes; yo soy el
• único conducto por donde debeis acudir á la Santa Sede para obte­
n e r dispensas matrimoniales, y os impongo penas si no acudís á mí
•con este objeto, aunque no tengo el menor interés en facilitar la
•consecución de aquellas, y miro con completa indiferencia la cele­
b ra ción de vuestros matrimonios.
»¿En qué principio de justicia se funda tan extraña exigencia?En
•ninguno; pudiéndose afirmar con toda seguridad, salvo el respeto
•que Y . E . merece, que atendida la legislación actual y las circuns-
» toncias del país, esa exigencia no es digna, ni justa, ni política, ni
•patriótica, debiéndome oponer á ella, como tengo el sentimiento de
• hacerlo, aunque en mi diócesis no por obligación, sino como medi­
ada provisional, y sin perjuicio del derecho de mis diocesanos, se pi-
■den á Roma los dispensas matrimoniales por conducto de la Agencia
•de Preces.
• Mayor dificultad todavía, y dificultad insuperable, encuentro en
•cumplimentar dicha Raal cédula en lo relativo á la observancia de
•la ley nueve, título tercero, libro segundo de la citada Recopilación,
•ó Bea la pragmática del Sr. D. Carlos I I I , de 16 de Junio de 1768.
• Ya antes de ahora, en el año de 1865, con motivo de haber pu-
• blicado yo y otros muchos prelados sin el pase la Encíclica Quanta
•cura y el Syttabus que la acompaña, se suscitó la cuestión de si, á
• consecuencia de las variaciones introducidas en el régimen político
150
■y legislación del Estado, estaba ó no vigente la referida pragmática.
•Con poderosas é incontestables razones sostuvs on mié cartas con-
•fidenciales de 15 de Enero y 22 de Marzo del mismo año, que se
«encontraba derogada, con especialidad despues de celebrado el últi-
•mo Concordato; y aunque desgraciadamente no fui atendido del todo,
•se expidió, é pesar del dictamen de la mayoría del Consejo de Esta-
■do, que hoy no quiero calificar, el Real decreto de 6 de Marzo do
■aquel año, en cuyos artículos tercero y cuarto se da A entender con
«bastante claridad que no era muy corriente ni fundada la opinion de
■los que sostenían que dicha ley se encontraba en todo su vigor, re-
» conociéndose además los graves conflictos que de seguir aquella po­
ndrían con frecuencia ocurrir en la práctica, y declarándose de un
«modo muy formal y expreso la necesidad y urgencia de dictar, en
«BUBtitucion de la pragmática, otra ley mas acomodada á las circuns-
■tancias políticas y religiosas de la nación.
»S i esto sucedía entonces, ¿qué juicio debemos formar boy, que se
• halla establecida en España la mas omnímoda libertad do cultos, y
■que se ha variado radicalmente su legislación, con especialidad la
•que regulaba las relaciones del Estado con la Iglesia? Es muy fácil
■la respuesta. Que so encuentra abolida la mencionada pragmática
■en todos sus extremos. H oy sería basta ridículo que el Gobierno so
•llamase protector del Concilio de Trento y defensor do los sagrados
■cánones, de la disciplina eclesiástica y de los Concordatos, que eran
■los títulos de mejor efecto para la gente sencilla, y los principales
•en que se apoyaba el Sr. D. Carlos I I I , al menos en la apariencia,
■para sostener el pase regio en concepto de Eey Católico. Y como no
•cabe, ni auu dentro del regalismo mas exagerado, conceder el pláci-
• tum rcgittm á los Príncipes y Gobiernos quo no se encuentran en ta-
»les condiciones, no sé qué nombre merece el invocar esa pragmática,
■de dudoso vigor ú lo sumo en el anterior reinado, y que aplicada á
•las sectas se calificaría por todos de un atentado contra la Constitu­
c ió n , dirigido á privarles de la libertad que este código fundamental
■los garantiza en lo concerniente á bu régimen, gobierno y ejercicio
■do sus cultos.
■¿Qué razón, pues, ha tenido V. E ., qué fin se ha propuesto al
• declarar subsistentes leyes derogadas que son contrarias á la Iglesia,
■y considerar como letra muerta las que le favorecen? ¿No hubiera
■sido mejor el procurar que se observe el artículo veintiuno de la
■Constitución en bu primera parte, é influir con todo el peso de Bit
■autoridad para que se satisfagan al Clero sus asignaciones, y se i r -
•viertan en tan sagrado objeto, como lo reclama la justicia, las can­
tid a d es que con este fin pagan los pueblos, evitando que so le po3-
151
“ tergue á los demas acreedores del Estado, hasta el punto de adeu-
■»dárseles muy cerca de dos anualidades? ¿Por qué no se le da lo que
•es suyo? ¿Es acaso la Iglesia en España una desdichada esclava, á
«la cual despues de privársele de cuanto tenia, de darle duros golpes,
• de negarle el indispensable alimento, haciéndole sentir los horrores
•del hambre y de la miseria, se quiere también atarla fuertemente
•depiés y manos con una cadena, poniéndole además mordaza para
•reducirla á la inacción y al silencio?
«N o será este el pensamiento del Gobierno. L o creo así: pero sus
•actos vienen á colocarla en ese estado. Como si valiese menos que
•las sectas, se la pono por debajo de ellas. Los sectarios, Húmense
•judíos, mahometanos, protestantes ó con cualquiera otro nombre,
•pueden ejercer libremente su culto y ejecutar los preceptos y m an-
• datos de sus superiores ó jefes religiosos. Hasta los masones están
•en libre comunicación con su Gran Oriente y dan cumplimiento ásus
•órdenes, sin que se les estorbe exigiéndoles el P la e itim re jiu m .
■Solo á los católicos, que son los que proíesau la única religión
«verdadera, se intenta impedir por medio do 03a Real Cédula, que Be
«comuniquen libremente con ol Vicario do Jesucristo. Solo á los cató­
dicos se trata de prohibir que ejecuten las decisiones religiosas de su
•■Jefe Supremo, como no obtengan ántes el beneplácito del Gobierno,
«quien,con profundo pesar lo digo, no 86 ha mostrado muy escrupu­
lo s o para respetar el dogma y la doctrina de la Iglesia en las inter­
pretaciones que ha dado á la ley sobre el matrimonia cit iL Solo para
» los católicos parecen estai- reservadas las trabas, las restricciones y
«las cortapisas.
«Pero no: esos leyes que se quieren declarar subsistentes, perte­
n ecen ya & la historia. L a época de Carlos III, sus ideas y las a r b ­
itrariedades de entóneos, pasaron para no volver mas. L a doctrina
• regalista produjo ya para los reyes, para la sociedad y para la Igle-
• sia todo el fruto, y acaso mas abundante y de psor calidad que el
•que se prometieron sus autores. Sería un anacronismo suponer que
■despues de la revolución de Setiembre y del Código fundamental por
■*ella establecido, en que ss proclamaron como deducción última ó
» muy próxima al final de aquella doctrina toda clase de libertades,
■se halla en vigor esa ley recopilada, que priva á la Iglesia de la su-
»ya , deprimiendo lo que ella mas ama, lo que no puede renunciar, lo
•que defenderá, aun por medio del martirio, como gloriosamente lo
•ha ejecutado en los tiempos de los tiranos; ese don inestimable que
•ha recibido do su divino Fundador, el de su independencia de las po-
•teBtades de la tierra.
» Y no ha podido escogerse una ocasion ménos oportuna que la
152
«presente para encargar ¡i los Obispos que inculquen á bus diocesanos
®la observancia de la referida pragmática, porque ademas de impe-
«dirlo el régimen político del reino y la novísima legislación del mis-
amo, según dejo probado, lo resisten también importantísimas dia-
• posiciones canónicas, que la Iglesia se ha visto recientemente en
■la imprescindible necesidad de adoptar; tlisposiciones- que obligan
» dentro y fuera del reino á todos los fieles, especialmente á los Obispos
• como encargados de su cumplimiento. Tampoco pueden prescindir
•de ellas los Gobiernos quo sean católicos por el deber que tienen de
» hacerlas guardar; ni los que, sin serlo, se encuentran precisados n
• respetar y proteger al catolicismo, en virtud de la libertad do cultos
• establecida por la ley en sus Estados.
«Sería dar demasiada cstension ií esto escrito, si me detuviera á
• exponer una por una estas disposiciones canónieas. Basta para mi
• objeto que V. E . se sirva pasar la vista por el SyUabw, y fijar un
i momento sil atención sobre las proposiciones veinte, veintiocho,
• veintinueve, cuarenta y una y cuarenta y nueve, seguro como estoy
■de qus encontrará en ella? condenada como errónea toda la doctrina
• relativa al pase regio en qua se apoyan las prescripciones de la ley
•recopilada, cuya observancia en España se quiere restablecer por
» madio de la R ja l Cédula n que estoy contestando.
■El sacrosanto Concilio Vaticano la condena asimismo de un rao-
• do claro, expreso y terminante en la primera Constitución dogmática
»D c Eccleaia Christi, que empieza con las palabras Pastor teterntut,
» Sírvase V. E . oir traducidos fielmente al castellano los términoB litc-
» rales de esta Constitución conciliar. E n el párrafo ó cláusula cuarta
■del capítulo tercero dice así: «De aquella suprema potestad que el
•romano Pontífice tiene de gobernar á la Iglesia nnivsrsal, síguese
»el derecho del mismo para comunicar libremente, en el ejercicio de
•esto encargo, con los Pastores y los rebaños de toda la Iglesia, á fin
• de que pueda enseñarles y dirigirlos en la vía de la salud. Por tanto,
■condenamos y reprobamos las opiniones de los que dicen que so pue­
b le lícitamente impedir esa comunicación de la Cabeza Suprema con
■los Pastores y los rebaños, ó que la subordinan á la potestad secular,
-hasta el punto de sostener que sin el beneplácito de ella no tiene
■fuerza ni valor alguno nada de cuanto por la Sede Apostólica, ó
•por autoridad de la misma, se estableciese para el gobierno de la
-■Iglesia.»
■Esta ley religiosa, que no es disciplinar sino dogmática, se halla,
«como Y . E. ve, en abierta oposición con la cédula de 25 del actual.
• Si la ley nueve del título tercero, libro segundo de la Novísima R e ­
copilación, cuya observancia la misma previene, estuviese vigente,
153
«en lo que nunca convendré, preciso sería, tratándose de una cuestión
«esencialmonte religiosa, optar ó escoger una de estos dos cosas; ú
•obedecer la Real Cédula faltando a l deber cristiano, ó cumplir la
«constitución conciliar, incurriendo en las penas con que aquella
«amenaza. La elección no puede ser dudosa para los católicos, y con
«especialidad para los Obispos. Todos, sin temor á esos penas ó á
«otras mas graves, contestarán á una voz con los Apóstoles: Se debe
•obedecer á Dios antes que á loa hombre».
«H e abí también mi última palabra en este asunto, palabra que
«tí la faz del muudo, y del modo mas solemne, ofrezco ratificar, cua­
lesqu iera que sean sus consecuencias, en el caso de que el Gobierno
«no se persuada de la improcedencia de la Real Cédula á que con-
» testo, y de su ineficacia legal para dar de nusvo vigor ú una ley
» abolida. *

X X V I.
Esta comunicación fué impresa y publicada por encargo del Ca­
bildo Metropolitano de Valladolid, en testimonio de su más completa
adhesión á la doctrina expuesta en tan notable documento. Tales son
sus palabras. Entusiasmado también con su lectura un docto sacer­
dote, Obi&po dignísimo hoy de la Iglesia de España, deeia al Carde­
nal Moreno en una carta que tengo á la vista, de fecha 9 de Abril de
aquel mismo año, lo que sigue: «E l temor de distraer á V. Emma. de
«sus graves y múltiples atenciones, me ha retraído de escribirle, feli­
citándole por sus bellos y valerosos escritos con motivo de la provi-
«sion de Deanatos, y de la incalificable medida del Señor Ministro de
«G racia y Justicia, mandando inscribir como naturales á los hijos de
‘ matrimonio cristiano. Pero leida y saboreada despacio la tercera co-
“ inunicacion de V. Emma., relativa á la cédula do ruego y encargo eo-
«bre el Ileginm exequátur y a la Agencia de Preces, no puedo menos de
«tom ar la pluma, aun con temor de parecer atrevido, porque creo un
-deber de conciencia en todo católico, y mucho más en un sacerdote,
«manifestar en tales ocasiones su respeto, su amor y bu adhesión & los
-Prelados que proclaman tan alto y tan dignamente la verdad cató­
dica, y defienden de la manera mas magnifica la santa libertad de
*la Iglesia.
«N ada quiero decir de los tres escritos, considerados en su fondo
»y en sus formas, porque aunque todo sería verdadero, justo, y lo
uque se repite de boca en boca, temo ofenderla modestia con que Dios
-Nuestro Señor ha querido adornar á V . Em ma. Unicamente diré
«que me cautivan la libertad apostólica ylofl nobleB y elevados sentí-
154
«mientos que se revelan en cada palabra, haciendo creer al lector que
* tiene entre las manos las inmortales y valientes páginas de los Ba-
» silios y Criaostomos.»

X X V II.
Muy grato á Ja por que doloroso fue paro el Santo Padre, el con­
templar el rudo combate que el Cardenal Moreno sostenía denodada­
mente con la revolución, á la que devolvía golpe por golpe, en la bre­
cha siempre, interponiéndose, sin cuidar do bu persona, ni importarle
nada lo que pudiera sucede rio, entre aquella y el catolicismo, pora
defenderlo mejor y socar ilesos los fueros de la justicia y los sagrados
derechos de la Iglesia. Y n la manera que un general alienta con su
voz y con bu ejemplo á un capitan subordinado suyo, cuando lo vo en
peligro despues de haber atacado y arrollado á la vanguardia del ene­
migo, así también el inmortal Pió IX , que tantas batallas liabia pe­
leado con esa misma revolución, quiso infundir nuevo aliento al va­
leroso Arzobispo de Yalladolid, dirigiéndole algunas de esas palabras
que él solo sabia decir, y que revelan la grandeza do b u espíritu. Esas
admirables palabras, que he leido muchas veces con cmocion y res­
peto profundo, se hallan consignadas en una carta con que Su San ■
tidad, en 20 de Enero de 1878, se dignó contostar ñ la quo le escribió
m i hermano con motivo de los Pascuas. Honra de tal manera, esto
documento al Cardenal Moreno, y es por otra parte tan precioso,
que no me contento con insertarlo traducido, sino que quiero se co­
nozca el texto latino, porque además de ostar impregnado de una un­
ción verdaderamente evangélica, descubre mejor que el español una
elegancia en el estilo de que es modelo la carta, y todos sus rtmgos do
severa y encantadora elocuencia. H é aquí el texto latino.
Dilecto F ilio Nottro Joanni Ig m tio T itu li S . M a ñ a de Pacc
Presbytero S. I í . E . Cardinali Moreno, Archiepiscopa Vallisoletano.
PIU S P A P A IX . Dikcte F i l i Noster, Salutcm et Apottolieam Bencdie-
tioncm. M érito, Dilede F ili Noster, inprcesaUi rerttm eonditioiie sola-
til", quod nolis afferre capis, causas e sola petis ope ceelesti, el ex una
spe in Omnipotentis virtiite cons'ituta. Quoniamvero hujusmodi fulncia
confundere nequ.it, Nos animo <jrrntissimo et alacñ excipimns omina;
et dum specUrmus anceps et atperum certamen tuum, ¡fidenter ea tibi
remittimus, viinime dubitantes, quin auxilium de sánelo tibi sít
suppeditandu.m , qu? confirmeris in pugna, recreen* in labore, et ad
victoriam adducaris. L argan avÁ-em ccelestium mtineram copiam tibi
adprecantes, eorum auspicem et pracipue nostree henevolentiee testem
Apottolieam Bem lictionem tibi, D ikcte F i l i Noster, universoque Clero
155
et populo tiio jHsramantcr impertimos. Dxtiun Rom a apud S. Petrum
die 20 Januarii anuo 1873. Pontificat-m Nostri Anno Vic&imotep-
lim o .= P I U S P A P A IX .
Traducida literalmente al español esta carta, dice asi: « A l amado
•lujo nuestro -Juan Ignacio, del título de Santa María de la Paz de
•la Santa Romana Iglesia Presbítero Cardenal Moreno, Arzobispo de
» Valladolid. = P I O P A P A IX .= A m a d o hijo nuestro, salud y bendi­
c ió n apostólica. Con rnzon, amado H ijo nuestro, en el presente es-
dado de coana, los motivos del consuelo que Nos deseas los tomas so­
flámente del celestial Bocorro y do la esperanza colocada en el poder
»d el Omnipotente. Y porque esta confianza jamás puede confundir,
■ Nos, con sumo gozo y gratitud recibimos tus favorables presenti-
•mientos; y estos asimismo confiadamente te anunciamos á ti, &1
* contemplar tu peligroso y rudo combate, no dudando en manera al-
•guna que recibirás del cielo el auxilio que te aliente en la pelea,
• conforte en el trabajo y conduzca á la victoria. Deseándote, pues,
■copiosa abundancia do celestiales dones, como prenda de ellos y en
•testimonio de nuestra especial benevolencia, damos muy afectuosa­
m e n te á ti, amado H ijo nuestro, n todo el Clero y á tu pueblo la
«Apostólica Bendición. Dado en Roma, al lado de San Pedro, á 20 de
«Enero de 1873. Año vigesimoséptimo de nuestro Pontificado.= PIO
• P A P A IX .»

X X V III.
Ese rudo combate debia durar todavía. Un nuevo atentado se pro
yectaba contra la Iglesia; y á fin de evitarlo, el Cardenal Moreno, en
1 de Agosto del mismo año de 1878, presentó á las CorteB una E x ­
posición, oponiéndose ¿ quo se llevase & efecto el proyecto de separar
la Iglesia del Estado; Exposición que redactó por encargo de varios
Metropolitanos, los cuales, lo mismo que todos los demás, la repro­
dujeron firmándola con los Prelados de coda provincia eclesiástica,
con escepcion de uno, que por circunstancias especiales creyó que de­
bia escribir separadamente la suya, aunque adhiriéndose á la de sus
Venerables Hermanos. E l asunto era gTavíBimo. No bastaba haber
destruido la unidad católica, suprimido las comunidades religiosas de
varones, cerrado sus colegios, reducido á la mitad los conventos do
monjas, extinguido una sociedad tan benéfica como la de San Vicente
de Paul, privado de sus asignaciones á la Iglesia, de sus dotaciones
S los Seminarios Conciliares, establecido el matrimonio civil, y eje­
cutado otros actos igualmente vejatorios con gran peijuicio de la re­
ligión y de la patria. Se aspiraba todavía i mas. Era preciso, para
156
coronar la obra de la revolución separar la Iglesia del Estado. Se
quena entronizar el ateísmo y expulsar n Jesucristo de todas portes,
de la cátedra, da la familia y de la sociedad, y entregar á esta des­
dichada nación, atada de pies y manos, áloe horrores del salvajismo,
que esto era y no otra cosa la separación de la Iglesia del Estado.
Las consecuencias de esta medida iban á ser también que se bor­
rase en nuestro suelo toda nocion de virtud, toda idea de justicia,
todo sentimiento de humanidad, y que no hubiese mas ley que el ca­
pricho de los malvados, mas imperio que el del puñal, mas símbolo
del poder y de la autoridad que el hacha y la tea del incendiario,
para concluir con todo lo bueno, con todo lo santo, con todo lo ho­
nesto, y que la religión y la moral fuesen sustituidas por la licencia
mas repugnante y el desenfreno mas espantoso. Aquellos hombres en
su locura no percibían en medio de la luz de nueBtro siglo, lo que
veia claramente Hesiódo entre las tinieblas de la antigüedad mas re­
mota. «Júpiter, decía, ha dado la ley á solo el hombre. L ob fieros,
•loa peces y las ave» se devoran entre sí, porque carecen de ella. L a
«justicia es un don no menos precioso que peculiar de los hombres.»

Humano generi nam lex datur a Jote sunimo,


(¿uippt fe ra , pisca, avitim genus altivolantum
Mutua se vertunt in palíala, juriaque agentes:
Justitia at nobis, qua res est óptima, ceesit ( 1 ) .

Ante un mal de esa magnitud, cuya última consecuencia nadie


era capaz de adivinar, el Episcopado español salió i la deíenBa do la
religión y de la sociedad, igualmente amenazadas de muerte, dirigien­
do á las Cortes la expresada Exposición, que por su importancia y
hasta por su forma, acaso se ocupará de ella algún día la historia.
Entre tanto, bueno es insertarla en esta biografía, ya que al Carde­
nal Moreno le cupo el honor de redactarla. E l contexto literal de esto
documento es como sigue.
• Muy justo es, Señores Diputados, se oiga en el Congreso Cons­
titu y en te la voz de los Obispos de España, cuando, entre otras tras-
■cendentales reformas, se piensa establecer la gravísima de separar
• la Iglesia del Estado.
• Con profundo dolor han visto que ella forma parte del programa
>oficial del Poder Ejecutivo, que ligara en el proyecto de la nueva
• Constitución, y que con respecto á la misma reforma, se hallan en

(I] H eslortus o p er. li b . 1. tv. 9 7 í¡ et seq.


157
«completo acuerdo, tanto la mayoría como la minoría de las Cortes.
• Na por eso los que suscriben pueden considerarse dispensados de
«impugnar un proyecto que, según el dicho de uno de los hombres
• mas célebres del protestantismo moderno, no es otra cosa que un
«grosero expediente en que, so pretexto de emancipar & la Iglesia y al
■Estado, se les abata mutuamente, y se debilita de consuno á loados.
• Eate mal, ya muy grave, es sin duda el menor que ha de pro-
■ducir tan funesta separación. Con esa medida no se trata de procla-
»m ar la independencia absolutamente necesaria de las dos Potesta­
d e s , como í veces se finge, ni de evitar la confusion ó mezcla de sus
«respectivos derechos y atribuciones, y ni aun siquiera de garantizar
»los efectos nat orales de la libertad de cultos; á 110 ser que por esta
«se entienda la libertad de irreligión, ó mas bien la libertad de ata*
«que contra la Beligion, en la que con frecuencia, y quizá sin que-
•rerlo el legislador, degenera la de cultos, sobre todo, cuando se im-
«pone á países que tienen la dicha incomparable de poseer la unidad
«católica. El objeto verdadero de esa separación es el de que se pres-
«cinda, ó se contraríen en todo lo relativo al régimen y gobernación
•del Estado, los eternos principios del órden religioso, político y so-
■>cial, que enseña la Iglesia Católica, y de cuya aplicación, hoy mas
■que nunca, depende la salvación do las sociedades humanas.
«Vosotros, Señores Diputados, participareis de esta convicción, si
■os detenéis á reflexionar seriamente lo que en la teoría y en la prác­
t i c a significa separar la Iglesia del Estado. Permitid que en pocas
■palabras os lo digan los Exponentes. Significa el empeño de exjiulsar
■á D íob del Estado, ó de constituir un Estado sin Dios; de arrojarde
•la sociedad moderna á Jesucristo, q u e la ha formado, perfeccionado
■y enaltecido, llenándola con su vida, y siendo É l mismo la vida que
•la anima y la luz que la alumbra, para que no caiga en los errores
•que pudieran ocasionarle la muerte. Significa tener á la institución
«en que resido su autoridad, como extranjera ó advenediza, sin dere-
» clios de ninguna clase, en medio de una nación cristiana en bu ge­
n eralidad. Significa relegar á una esfera puramente privada la Reli-
•gion Católica, esta Religión divina, sublime por la antigüedad de
■sus recuerdos, que suben hasta el origen del mundo, inefable en sus
•misterios, adorable en sus sacramentos, interesante en su historia,
•celestial en su moral, majestuosa y encantadora en bu culto. Signifi-
»ca colocarla con desdén al nivel de una creación humana de escasí­
s im a importancia, olvidando que el mundo moderno le es deudor de
•todo, desde la mayor parte de sus mejores leyes, hasta laemoncipa-
•cion de la mujer y abolicion de la esclavitud; desde la agricultura,
■hasta las ciencias abstractas; desde los asilos para el dolor, la hor*
158
«•fundad y el infortunio, hasta nuestras asombrosas catedrales; y
«afectando desconocer que entre todas las Religiones que han e iis tí-
»do es la única verdadera,, la única pura, bella y santa; qae es toda
«ternura, compasion y amor, como que la caridad constituye el ma-
«yor de bus preceptos; la mas favorable, por no decir la úniea favo*
«rabie á la libertad legítima, al progreso del espíritu humano, & los
«artes y á las letras, y la que por medio de sus elevadas inspíiacio-
«nes, de bu admirable doctrina y de sus heroicos ejemplos, favorece
«a l génio, depura el gusto, desarrolla los sentimientos generosos, im-
» prime vigor al pensamiento, ofrece nobles formas de estilo al escri-
«tor, y acabados modelos ol artista. Significa borrar de los institu-
ociones y de laB leyes toda idea cristiana, secularizando hasta lo mas
«divino, y el propósito, tal vez indeliberado, de perturbar honda-
emente la. sociedad; porque, como enseña ol inmortal Pío IX en Su
■magnifica Encíclica Quanti cura, luego que se ha separado la Reli-
•gion do la sociedad civil y desechado la doctrina y autoridad de la
• divina revelación, hasta la misma idea legítima de la justicia y del
• derecho humano, se envuelve en tinieblas y se pierde; y en lu gaj de
’ Ia verdadera justicia y derecho legítimo, se sustituye la fuerza matc-
» n al en la gobernación del Estado. Significa estorbar y quitar en lo
• concerniente á la moral y á las costumbres, ú la legislación y ú la
’ política, en lo que se refiere al individuo, ú la fam ilia y ú la socie-
» dad, la influencia benéfica y salvadora que la Iglesia Católica, en
• expresión de la citada Encíclica, debe ejercer libremente por insti­
tu ció n y mandato de su divino Autor hasta la consumación de los
«siglos, no menos respecto de cada hombre en particular, quo de las
«naciones, de loa pueblos, y de flus príncipes Soberanos; y destruir la
• mutua alianza y concordia entre el Sacerdocio y el Im perio,'qu e
«siempre ha Bido feliz y saludable, tanto á la república religiosa,
«como á la civil. Significa, on fin, la solomno proclamación del atáis-
»m o que hacen los poderes públicos, repitiendo bajo esta nueva fór-
» muía oficial, con el objeto do poner fuera de la loy á Dios, ¿ Jesu­
c ris to y á bu Iglesia, aquel nohmus hunc regm rc super nos, de que
• se valieron los súbditos de que habla el Evangelio, para desconocer
«los derechos, pronunciarse en rebelión, y rechazar la autoridad de su
>padre, Beñor y legítimo soberano.
«¿ Y habéis meditado bien, Señores Diputados, sobre los daños
•que causa el ateísmo al individuo, á la familia y al Estado? En la
• esfera individual son incalculables. Degrada al hombre hasta some*
i terle maquinalmente á las leyes generales de la materia; trastorna
«lo mas asombroso de la creación, haciendo que el cuerpo domine al
«alm a, y que la parte animal impere sobre el espíritu. Para nadie es
159
«bueno el ateísmo, ha dicho un elocuente escritor, ni p a r a , el desgra­
cia d o , á quien roba, la esperanza; ni paxa el venturoso, cuya felicidad
«agota; ni p a x a el soldado, á quien vuelve tímido; ni para la mujer,
-cuya ternura y bal]eza mancilla; ni para la madre, que puede per­
d e r á su hijo; ni para los gobernantes, quó no tienen mejor garan­
t í a de la fidelidad de los pueblos, que la Religión.
«S i del individuo se pasa á la familia, no bc puede, sin verter
• amargas ligrim as, contemplar los estragos que causa el ateísmo en
»la Bociedad doméstica, que es y Berú siempre apoyo y firme sostén
-de la sociedad pública. ¡Qué cuadro tan desgarrador y repugnante
• el que ofrece la familia sin Dios! ¡Un padre ateo, una madre atea,
• un hijo ateo, un criado ateo! ¡A.h! L a razón tiene que hacerse gran
» violencia para concebir ese monstruoso engendro del espíritu huma-
»no extraviado, que no llama fam ilia atea. Es una reproducción en
"los pueblos civilizados, do la fam ilia salvaje, con todos sus feroces
■instintos, pero ú la quo aventaja en los medios mas insidiosos y efi-
» caces de quo dispone para realizar sus perversas y bárbaras aspira-
» ciones.
“ No oitrañoiB, Señores Diputados, que suceda así, porque desde
» el momento que el ateismo invade el hogar doméstico, y apaga en él
• con su pestilente y venenoso aliento la sagrada antorcha de la R eli­
g ió n , convierte aquella mansión, la mas deliciosa y feliz para el
"hombre, en un oscuro y tenebroso lugar, del que huyen la alegría,
■la virtud y la paz, pora dejar que ocupen su sitio, la tristeza, la
•desgracia y el crimen. En ese lugar no hay idea del deber ni de la
» conciencia, y sí solo de la utilidad y del placer. Los únicos nombras
'qu e a-llí no se invocan, como no sea para blasfemar y maldecir, son
• el de Dios, el de Jesucristo y el do la Virgen. E l casto amor conyu-
• gal, se encuentra sustituido por la brutal impureza. L a rebelión
•contra Dios y contra toda autoridad en que se halla el jefe da esta
•infeliz familia, no puede menos de trascender á su esposa, que no
• teniendo frono que sujete ó dirija sus pasiones, se rebela á su vez
•contra la autoridad do su marido; se comunica muy pronto al hijo,
• que educado como ateo, es la personificación del egoísmo y de la in-
• gratitud, y cuando lo tiene á bien sacude, con espanto de sus mis­
amos padres, el yugo de la patria potestad, que le impedia correr
•desbocado el camino del vicio y de la iniquidad. Pasa, por último,
■al criado ó al doméstico, que pervertido con las continuas lecciones
■y perniciosos ejemplos de sus amos, de cuyos Libios oye uno y otro
*<lia que no hay Dios, ni alma, n i cielo, n i infierno, ni eternidad,
■pierde insensiblemente todoB los sentimientos de honradez, defideli-
•dud, de subordinación y obediencia. En la casa del ateo solo hay
1C.0
• engaño, desconfianza, indisciplina, confusion y desorden, como que
»en ella reina el mal con todas sus miserias morales.
• L a productiva laboriosidad del marido, quo con el constante im-
» pulso de la administración económica de la mujer, multiplicaba
umaravillosamente los intereses familiares, B3 to de repente reempla-
»zada por el ocio mas degradante, por la aversión al trabajo, amor
«a l lujo y afición á los goces materiales, que produciendo gustos exor­
bitantes, priva á la familia de sos recursos, la empobrecs y la reduce á
-la mas espantosa miseria; y para colmo de su desventura, ni siquie­
r a le queda el consuelo de la oracion, ni el remedio de la conformi-
» dad y de la paciencia, muy eficaces para el cristiano en los momen­
t o s de conflicto, tan frecuentes en la vida.
«Mas desastrosos aún son I03 efectos dal ateísmo en el Estado.
•L a pluma se resisto ú describirlos. Para formar una idea, aunque
•imperfecta, de los mismos, es suficiente recordar lo que sucedió en
•Francia á fines del pasado siglo. Fueron tan espantosos los aconte-
•cimientos que siguieron al destronamiento de Dios en esa gran na­
c ió n ; tan horribles las catástrofes que produjo el pasajero reinado
•del ateísmo público; tan enormes los crímenes que se cometieron; tan
•repugnantes y vergonzosos las escenas de inmoralidad, disolución é
» infamia que se prosGnciaron; tanta la sangre que corrió; tan inhuma-
•nos y crueles las matanzas que so fueron sucediendo sin interrupción,
•y tan inauditas las maldades de todo género que se ejecutaron, que
•aterrados los mismos que con mas empaüo habían contribuido ¡í crear
•esa situación sin precedente en la historia, aa estremecieron n la
•vista de su propia obra, y se vieron precisados ú retroceder (\ toda
•prisa ante la sima que se había abierto tí sus pies; y poniéndose en
• contradicción, k la faz del mundo, con lo que habian poco antes
•solemnemente proclamado, invocaron ol santo nombre de D íob, que
• acababan de proscribir, diciendo ú grandes voces por boca de uno
•de sus mas inicuos y sanguinarios corifeos: la Nación Francesa rc -
• conoce un Ser Supremo.
■Esa gran tragedia, quo con temblor ha do recordarse en los s i-
• glos venideros, bo repetirá, y tal vez con nuevas y mas pavorosas
■escenas, donde quiera quo el ateísmo Buba á la cumbre del Poder
• para regir á un pueblo que uo creo cu Dios. Y si el nuestro no ha
• sido ya víctima de iguales ó parocidus desdichas, so debo íi que con-
• serva muy arraigadas sus creencias religiosas. Gracias á esto, en la
•mayor parto de loa provincias de España, & pesar de infernales es­
cu erzos, no ha habido los horrores de que lian sido teatro algunas
• de sus mas ricas poblaciones, y aun en estas hubieran sido todavía
• mftyorcs, fii eus habitantes participaran del ateismo, de que tanto
161
•>alarde lian procurado hacer esos fanáticos que, con el puñal en una
•mano y la tea incendiaria en la otra, han llevado á dichas ciudades,
• con el auxilio ó dirección de criminales aventureros de otros países,
» el espanto, la ruina, la desolación y la muerte.
» Y cuando todavía humean en algunos puntos de España los es­
com bros de los edificios incendiados, y resuenan losayes y lamentos
■de los infelices que lloran inmensas desventuras, ¿será justo, pru­
d e n te y político agravar la situación aflictiva de la patria, pensando
»en separar la Iglesia del Estado?
>Tened presente, señores Diputados, que tan difícil es que con-
» serve la España su existencia social separada de la Iglesia Católi-
»ca, como la vida un hombre á quien se arranque el corazon- En el
■momento de la separación, perdería la vida que la sostiene, esa vida
■pura, vigorosa, que comunica Jesucristo á las sociedades cristianas;
• vida que le ha dado ánimo en loe trances mas críticos y angustiosos
■para los pueblos, y que elevándola en los tiempos pasados al mas
■alto grado de esplendor y de grandeza, la hizo ocupar el primer lu-
» gar entre las naciones mas poderosas de la tierra.
• No, España no puede vivir separada de la Iglesia. Formada por
■el Catolicismo, le debe cuanto es en la carrera de la civilización.
■Atestíguanlo de una manera brillante sus antiquísimos templos, sus
“ magníficos catedrales, sus Concilios, sus innumerables oetableci-
«mientos de beneficencia, sus Órdenes Militares é institutos religio­
s o s , sus grandes hombres, sus leyes, sus códigos, sub libros, sus fa­
rinosas escuelas, su filosofía, su literatura, sus ciencias, sus artes,
■sus guerras, sus conquistas, toda su grandiosa historia. De ahí es
■que los sublimes pensamientos que esa divina Beligion inspira al
■hombre, están en nuestra inteligencia, su moral en nuestras cos­
tum bres, su caridad en nuestras instituciones, su justicia en nues­
t r a legislación, su nombre ha venido á unirse y formar uno solo con
•el nuestro, su acción se ve reflejada en el heroísmo de nuestro pue-
■blo, su bandera ha sido la enseña gloriosa que dió ó nuestros padres
■valor en los combates, que los condujo á la victoria, que los guió
•por derroteros desconocidos en el descubrimiento del Nuevo Mundo,
• y la que sirvo en este, lo mismo quo en el Antiguo, de divisa escla­
re c id a de nuestra nacionalidad y de símbolo de nuestras glorias.
• No es posible, sin incurrir en un funestísimo absurdo, ssparar
• de la Iglesia n un Estado que se halla en semejantes condiciones.
•Por eso los Prelados que suscriben, participando y haciéndose intér­
p re te s de los sentimientos del pueblo español, acuden & las Cortes,
•en cumplimiento de los deberes de su sagrado ministerio, para ro-
• g a i á los señores Diputados nieguen su aprobación al indicado pro-
11
162
•yecto, ó en otro caso, que se sirvan admitirles la mas enérgica y
• respetuosa protesta, que desde ahora formulan (le común acuerdo,
'suscribiendo por Arzobispados ó por provincias eclesiásticas este ú
«otro parecido escrito, toda vez que la circunstancia de no hallarse
• congregados en un mismo lugar, les impide firmar juntos el mismo
•documento.
«Solo el puro y acendrado amor á su patria, unido al deseo de no
•omitir nada que pueda contribuir á la defensa del Catolicismo, les
" muevo ií presentar esta reclamación y protesta; pues por lo dermis
•abrigan fundada confianza aceren de la suerte que en lo sucesivo
• esta reservada en nuestro país á la Iglesia, la cual nunca invoca el
• apoyo de ln ley, como una cosa absolutamente necesaria para con­
s e rv a r la influencia, que ixir disposición divina tiene sobro los a l­
omas, ni busca tampoco en las constituciones humanas el maravillo -
•so secreto de su existencia. Les consuela también la esperanza de
• que cada dia s í irá conociendo mas claramente, y confesándose
• con mayor convencimiento por todoB, quo las leyes y constituciones
• de los hombres han menester de Jesucristo; verdad importantísima
• quo, como conclusión de este escrito, los que suscriben se complacen
•en recordar á la Asamblea Constituyente, diciendo con un stíbio y
• profundo escritor español: No es la política la que ha de salvar á
• la Religión, la Rsligion es la que ha de salvar á la política; el por­
v e n ir de la Religión uo depende del Gobierno, el porvenir del Go-
• bierno dej>ende de la Religión; la sociedad no ha do regenerar ú ln
•R eligión , ln Religión es la que debe regenerar ií ln sociedad. *

X X IX .

Honda impresión produjo la lectura del anterior documento, y


debido tal vez á esto, ó por temer aquella situación las consecuencias
de un ¡>.130 tan grave como ein el que proyectaban dar, se vió con ge­
neral sorpresa que los hombres que disponían á su capricho de los
destinos del país, no se atrevieron á realizar esc proyecto separando
ln Iglesia del Estado. Pero como era poco menos que imposible pa­
sase algún tiempo sin cometer algún desmán contra la Iglesia, en 9
de Marzo de aquel mismo año, expidieron un Decreto disolviendo y
extinguiendo lns cuatro Ordenes Militares de Santiago, Calatrara,
Alcántara y Montosa, juntamente con la de San Juan de Jerusalen.
Con tan trascendental medida, la jurisdicción espiritual que ejer­
cían todas ellas, debia ser objeto de una medida por parte de la San­
ta Sede, principalmente respecto n la do las cuatro mencionndiw pri­
163
meramente, porque reformado su Tribunal anticanónicamente, ¿ i m ­
posibilitados despues, en virtud de dicho Decreto, los dos Caballeros
que quedaron para componerlo, formando además parte del Tribunal
Supremo de Justicia, no había ya quien pudiese ejercer válidamente
esa jurisdicción, ni administrar sus vastos territorios.
Esa medida no bj biza esperar; Su Santidad, en 14 de Julio del
mismo año de 1878, expidió sus Bulas Qtto gravita y Qikc diversa.
las cuales satisficieron por completo al Episcopado Español, el que,
lleno do complacencia, veia que el Sonto Padre, en medio de los gra­
ves disgustos que por todas partes le rodeaban, Labia fijado su augus­
ta atención Bobre las necesidades de la Iglesia de España, y procura­
ba con un celo verdaderamente apostólico, con la sabiduría y la pru­
dencia que brillan en todos los actos de la Santa Sed^, proveerla del
oportuno remedio.
En esas Bulas, y con los términos mas honoríficos, nombró Su
Santidad ejecutor de Ida mismas al Cardenal Moreno, quien luchan­
do con inmensas dificultades y removiendo obstáculos de todas clases,
dió por terminada su difícil y delicada comision en poco mas de un
año. Este es uno de I ob actos de su vida que mas b emltecsn, y tiene
que reconocerlo así todo el que sepa que en medio de una revolución
espantosa, en que todo B3 veia amenazado, y en que nadie contaba
con ninguna ssguridad, ni con la menor garantía que sirviera de sal­
vaguardia á su persona ni á su fortuna, na habiendo tampoco á quien
volver los ojos en los momentos de verdadero paíigro, tan frecuentes
entonce», f»m acobardarse nunca, y sin temor á los medidas de rigor
que podrían adoptarse contra él, desconcertando planes y desbaratan­
do miserables intrigas, ejecutó ambas Bulas, á despecho del Gobierno
revolucionario y de no pocos descontentos. Hacía muchos años, acaso
siglos, que no se habían ejecutado en España Letras Apostólicas sin
obtener el pase, y contra I03 mandatos del Poder temporal; mucho
menos en las circunstancias parecidas á las azarosas y aflictivas en
que ejecutó dicho» Bulas el Cardenal Moreno.
A fin de proceder con el debido acierto en bu trabajo, dió primero
conocimiento al Gobierno de estas Letras de Su Santidad, participán­
dole al propio tiempo que le cabia la honra de haber sido nombrado
ejecutor de ellas, para que no se creyese que obraba sigilosamente, y
después dió igual conocimiento ú todos los Prelados, comunicándoles
las correspondientes instrucciones, como se verá en la carta que les
dirijió en 1,” de Setiembre de aquel año, y que ó la letra dice así-
«M ttff Señor mío y venerable hermanó: E l Decreto de 9 de Marzo úl-
"timo, por el que se suprimen las cuatro Órdenes Militares de Santin-
.«go, Alcántara, Calatmva y Montosa, y queda de sus resultas abo-
164
■lido el Tribunal de dichas Ordenes, que por privilegio Apostólico
• ejercía la canónica administración de los territorio» pertenecientes ií
■ellas, ha obligado al Sonto Padre á proveer á la jurisdicción de di-
uclios territorios, llevando deade luego ¿efecto lo que sobra el particu-
• la.r estaba ya convenido y pactado en el último Concordato del año
»1851. Y no siendo posible que, decretada la supresión de los territo-
• rios de los Ordenes Militares y su respectiva agregación á las Dió
»cesis inmediatas, se conservasen interinamente los demás territorios
■exentos, que Begun el artículo 11 del mismo Concordato debían su­
prim irse y agregarse á las Diócesis limítrofes, Su Santidad en laa
• dos Bulas separadas, de las que remito á V. S. I. un ejemplar, ha
'-tomado providencia respecto al uno y al otro caso, suprimiendo la
«jurisdicción especial en los territorios pertenecientes ú loa expresa-
■das Ordenes por medio de la Bula que empieza Qico graríux, y las de-
•más jurisdicciones exentos y privilegiadas por la que principia Qua
'•rlhcrsa.
»E n ellos verá V. S. I. que Su Santidad se ha dignado honrarme
■con el nombramiento do ejecutor de laa mismas; y habiendo aceptado
• respetuosamente tan grave y delicado encargo, al propio tiempo que
«cumplo el deber de participarlo ií V . S. I., le ruego se sirva ordenar
»que, por medio de su Boletín Eclesiástico ó en la forma que se acos­
tu m b ra en esa diócesis, se publiquen oficialmente las citados Letras
*•Apostólicas, y disponga que por su Provisorato se instruya, con in-
utervencion del Fiscal y demás formalidades prescritas por derecho, un
'•expediente canónico para la ejecución de la Bula Quo gravim ai en
«esa diócesis existieran territorios, lugares ó Monasterios pertenccicn-
-tes á la jurisdicción que por la misma se suprimí. En este expedion-
»tc, despues de la inserción de un ejemplar en lutin ó castellano do
•ln indicada Bula, de la presente circular, y de una diligencia en que
«aparezca el dia y forma en que aquella disposición pontificia se pu­
b lic ó en la diócesis, so hará constar en él con toda claridad y espo-
«cificacion el territorio ó territorios, lugares y Monasterios, etc., que
«en cumplimiento de la citada Bula, y con extricta sujeción ú las re­
agina que establece, dclien ser agregados á esa Diócesis, pudiendo el
«discreto Provisor de ella pedir cuantas noticias y datos creyere con­
ten ien tes para la recta formación del expediente, á los encargados
» de la jurisdicción suprimida, & los Párrocos de los lugares ó ó los
«Preladas de los Monasterios que dependían de la mencionada juris'-
• dicción, pues en uso de los facultades Apostólicas de que estoy reves-
«tido, y al tenor de la referida Bula, le doy, por medio de la presen-
• te, comision en forma con cuantas atribuciones sean necesarias pa-
• ra la mejor y mas pronta instrucción del expediente, así como para
165
• resolver cualquiera incidencia relativa ú su tramitación que pueda
•ocurrir durante bu curso. Una voz terminado, y unida á él cual­
q u iera reclamación que se presente, j a Bea acerca de la inteligencia
»do la Bula, ó ya acería del modo de proceder á su ejecución, el dis­
c re to Provisor la enviará á V. S. L , á fin de que tenga la bondad de
» remitírmelo á la mayor brevedad posible, y pueda yo dictar la reso­
lu ció n que proceda y formalizar cuanto antes el acta de cumplimien-
»to en esa Diócesis, de la que debo enviar copia en forma auténtica á
■la Congregación encargada de los asuntos consistoriales dontro de
» cuatro meses, si ea posible.
• Por último, ruego á V . S. I. que si durante la sustaneiacion del
•expediente, ó al enviármele terminado, le ocurriera hacerme alguna
• observación para el mejor desempeño de mi encargo, 8© sirva hacerla
•con toda franqueza á este su afectísimo servidor......*

XXX.

E l Cardenal Moreno dió además sus instrucciones á los Prelados


para que practicasen los oportunas diligencias, á fin de ejecutar la
Bula Qiue diversa. Pero muy luego sucedió lo que era de esperar»
Esos mol contentos de que antes hablé, que hubieran reconocido sin di­
ficultad y sin «1 menor escrúpulo como Gran Maestre ó cualquier revo­
lucionario afortunado, aunque hubiese sido d é la más baja extracción;
que su mentido amor á las Órdenes no era mas que un pretexto para
cohonestar su conducta, nada edificante, é impedir se extirpasen gra­
ves é inveterados abusos; esos mismos que no tuvieron una palabra
que decir en contra del Decreto de 9 de M arzo, por virtud del que se
suprimieran y extinguieron las Ordenes Militares, empezaron á oponer
dificultades á la ejecución de la Bula Quo gravim , varios de ellos desca­
radamente, y algunos de una manera hipócrita, aparentando en pú­
blico que se sometían gustosos al mandato Apostólico, como hijos su­
misos de la Iglesia, a l mismo tiempo que ponían en juego sus influen­
cias para imposibilitar el cumplimiento de lo ordenado por Su Santi­
dad. Fueron muchos los medios de que se echó mano para lograr este
objeto. En vez de marchar unos y otros por la senda del honor y del
deber, bíü separarse del camino que les marcaban la moral y la Re­
ligión en lo relativo á la ciega obediencia que en lo espiritual debe
todo católico, y mas el sacerdote, prestar al Vicario de Jesucristo,
rompieron ¿ la diestra y á siniestra todas las cercas y todos loe valla­
dos de esa senda y de ese camino, y sin otra guia que su orgullo y su
despecho, bc extraviaron por m il encrucijadas y veredas á cual más
166
torcidas, resbaladizas y rodeadas de precipicios y cayeron en la honda,
bíulíi del error.....

Velut eylvti, ubi passivi


Palante» error ccrto de tramite pellit,
Iü e sinistrórsum, hic dexiromm abit; nnus utriquc
E rro r, ted variis illu ditpartibu f f l j .

Unas veces suponían quj con la medida adoptada por Su Santi


dad concluían las Órdenes Militares; otras que la Bula Quo gratiuz
no estaba clara y que era preciso pedir explicaciones á Su Santidad.
También daban ií entender que carecía del exequátur y que sin tal re­
quisito no debia ejecutaras. Invocaban además otras Bulas para de­
mostrar que según ellas no Be podía excomulgar á ninguna persona
de Órden, sino en cierta forma. Creyéronse autorizados, en una pala­
bra, para oponerse al cumplimiento de lo mandado por el Papa; e r­
rores todos deplorables, que no pueden justificar en manera alguna
los manejos de que se valieron, y sin los que acaso el Gobierno no se
hubiera mezclado en nada, como lo hace presumir el que las dificul­
tades suscitadas para poner en ejecución la Bula Qute diversa, eran
nacidas principalmente de la oposicion liecka ú la de la Bula Quo
ffravius.
Mas el Cardenal Moreno conocía bien el terreno que pisaba y no
sa arredraba por nada. Impávido siguió adelante en su camino y lo
anduvo hasta el fin, desembarazándose denodadamente de los obstácu­
los que le saliesen al encuentro. Uno de esos obstáculos se lo suscitó
el Gobierno por medio de una órden de 80 de Agosto de aquel año,
en quo se le prevenía se abstuviese de seguir gestionando acerca del
cumplimiento de lo contenido en las dos mencionados Bulas, ínterin
no se les concediese el puse. E l que publicó sin este requisito la E n ­
cíclica Quanta cura y ol Syllabua, como Be vió antea; el que hizo ver
al Ministro de Gracia y Justicia en 31 de Marzo de 1872 que las leyes
que la exigían no bc hallaban en vigor ni debian aplicarse á la Ig le ­
sia, era natural que no se sometiese a lo preceptuado por el Gobierno
de la República, como así fue, pues sin suspender la ejecución de las
Bulas, le dió la siguiente contestación en 6 de Setiembre del mis­
mo año.
*H e recibido la órden del Gobierno de la República que Y . E. Be
»h a servido comunicarme con fecha 30 del pasado Agosto, en la que

( i; M oral, lib . <í., S u l. ¿i, v. i;i y sigu ien tes


167
■se me previene lúe abstenga de seguir gestionando acerca del cum-
» plimiento de lo contenido on las dos Bulas expedidas por Su Santi-
»dad, de que di conocimiento ú V . E . el 2G de dicho mes, ínterin no
»36 les conceda el pase.
yAl acordar esta órden el Gobierno de la República, no La tenida
“ 8¡n duda presente que hace años Be encuentra abolido en España
■•-■I piue, ó sea el retjium exequátur. L o liice ver con muy buenas
«razones al Gobierno de la Reina Doña Isabel en comunicaciones
«de 15 de Enero y 22 de Marzo de 1865, que deben obrar en eso
«Ministerio, y lo demostré, aduciendo nuevos é incontestables argu-
« mantos canónicos y políticos, al de D . Amadeo de Saboya, en mi
» -’scrito de 81 de Marzo del año anterior; escrito que reproduzco en
«todas bus partea, rogando á Y. E. fijo en él bu atención, asi como
• sobre los que en la misma época dirigieron también á ese Ministe-
»rio los demás venerables Prelados.
■ L a doctrina que en ellos se expuBO estaba sancionada por lc-
*yss muy recientes, entre otras el Código Penal, reformado el aüo
»de 1870, del cual, con arreglo á los principios proclamados por la
• revolución, han desaparecido con suma justicia las disposiciones del
“ anterior, que señalaban penas ií los que, sin el requisito del jxrsc,
•ejecutaron, dieron curso ó publicaran documentos pontificios.
«H ubo por necesidad que hacer esa reforma, porque nada mas
•contrario que el odioso regium exequátur ñ la libertad absoluta de
•cultos, i la ilimitada libertad de conciencia, y á la idea de separar
•!a Iglesia del Estado, principios que, aunque muy injustos y opues-
• tos á la doctrina católica, Bon los cardinales del actual órden polí­
t ic o de la nación, y á los que vienen conformando sus actos oficiales
• todos los Poderos del Estado.
»E n virtud de estos principios, la Iglesia La sido privada en Es­
p a ñ a de bub derechos, prcrogativaa y preeminencias; Be le niegan las
•asignaciones que, por vía de indemnización, se le habían señalado
“ 3ii un tratado solemne; y hasta se ha puesto en tela de juicio, L a ­
miendo depender de leyes ulteriores, la propiedad que tiene sobre sus
•templos, sobre los edificios destinados á la enseñanza y habitación
“ de Bus Ministros, y sobre los cementerios y demás lugares consagra -
•dos á la Religión.
• Solo faltaba ya que, para acabar de oprim irla, se pretendiera
•ahora restablecer, en perjuicio do su libertad é independencia, el
• regium exequátur, ese gran abuso del Poder Real, que el de la Ra-
■pública no se atrevería á hacerlo extensivo al judaismo, ol protes-
• tantismo y demás falsas religiones, porque sabe que no puede legal-
•mente impedir bu libre ejercicio ií los que las profesan, ni, por con-
1<Í8
•siguiente, oponerles el menor obstáculo que estorbe el cumplimiento
«•de los mandatos de sus superiores gerárquicos. L a Iglesia Católica
Den España tiene, por lo menos, el derecho de que en el particular
»de que se trata se la iguale á las sectas, y ol Gobierno el deber de
»no hacerla de peor condicion que á estas. Yo le tango también de no
■contribuir á que tal suceda, y contribuirla indudablemente si, lo
«que no es posible, me prestara á suspender la ejecución do las
■mencionadas Bulas ínterin no se les conceda el pase, según se nio
«previene en la órden que motiva la presente reclamación.
«Como el ejecutarlas sin este requisito es un acto licito con arre-
•glo á la ley, que no lo considera ni delito ni fa lta , y además estoy
■obligado á obedecer al Vicario de Jesucristo, me apresuré, no bien
■recibí las Bulas, á empezar á cumplimentarlas, dando conocimiento
»de ellas á Y . E ., como muestra de consideración al Gobierno, ha­
biéndolas publicar en los periódicos de Madrid y de otras partes, y
■comunicándolas tí los Prelados para que me auxiliasen con su coo-
■peracion en el desempeño de mi encargo. De sus resultas, todos Bi­
aben ya las justas disposiciones quo por medio do dichas Bulas se La
■visto precisado í dictar Su Santidad, como consecuencia necesaria
■del Decreto del Poder ejecutivo de 9 de Marzo próximo pasado, en
«el que se disuelven y extinguen las cuatro Órdenes Militares de San-
• tingo, Calatrava, Alcántara y Mantesa, juntamente con la de San
■Juan de Jerusalen.
■Disueltoe y extinguidas dichas Ordenes en los términos mas ab-
solutos, han quedado también diBueltoa y extinguidos la dignidad
» del Gran M aestre, el Tribunal especial de las mismas, sus Asam­
b lea s, ó sean toda» bus altos instituciones , á las quo, por indultos,
• privilegios y concesiones de la Santa Sede, estaba aneja la jurisdic­
c ió n eclesiástica, que supongo nadie enumerará entre los derechos
» que pueden competir n la nación y al Estado, acerca de cuya salva­
gu a rd ia se reserva á eso Ministerio disponer lo conveniente on el
«artículo 2." del exjíresado Decreto. Seria preciso, para incurrir en
«semejante equivocación, no haber siquiera leido el título 8.” del
■libro 2.” de la Novísima Eccopilacion, que trata del Consejo de las
■Órdenes y de su jurisdicción Real y Eclesiástica, llegular y Macs-
»tral; ignorar la historia de las Ordenes Militares; no saber la forma
■canónica con que los Maestrazgos se incorporaron á la Corona; y
■desconocer la índole ó naturaleza de la jurisdicción eclesiástica, y el
«origen de donde procedo la que han venido ejerciendo las dignidades
■de lns citadas Órdenes.
■ Según las Bulas Pontificias en que se concedió esta jurisdicción
■eclesiástica ú los Beyes Católicos de España en su cualidad de Gran-
109
«des Maestros, se les impone el deber de elegir personas religiosas 6
•regulares de dichas Órdenes para el ejercicio de esa misma jurisdie-
«cion, y de aquí el establecimiento del Tribunal de este nombre, que
«la revolución, despues de liaber expulsado al Gran Maestre, supri-
«m ió ¿ su arbitrio, refundiéndolo en el Tribuual Supremo de Justi-
«cifl, que n i política ni canónicamente podia ejercerla; y, por último,
«el Decreto de 9 de Marzo de este año ha venido é quitar toda espe-
» ranza á los que creian posible su restablecimiento, puesto que desde
«cea fecha, como se dice en el preámbulo, oficialmente las Órdenes
uMilitares desaparecieron de nuestra patria.
»E n semejante situación, sin Gran Maestre, sin Tribunal canó-
«nico, sin caballeros reconocidos oficialmente por el Estado, no te­
jie n d o los actuales otra consideración que la de simples particulares,
»con la facultad que la ley común concede á todos los españoles, de
«poder asociarse libremente para un fin honesto, ó como se dice en el
«citado preámbulo, para conservar los recuerdos históricos que les
«plazca; disueltas y extinguidas, en una palabra, las Ordenes M ili,
•tares con todos sus fueros, distinciones y privilegios, ¿qué había de
«bacer la Santa, Sede? ¿Podia consentir que ilimitadamente, y con
«notorio daño espiritual de los fieles, subsistiera la jurisdicción ecle­
siástica que les era aneja, despues de abolidas las instituciones á
«quienes la concedió, y por cuyo medio debia ejercerse? ¿Habia de
•tolerar por mas tiempo que, sin su consentimiento y espresa autori-
■zacion,'viniese á parar ú un Tribunal, respetable en verdad, pero
«meramente laical, inhábil para todo lo que no sea concerniente á la
«administración de justicia, según bu propia institución, y compues-
«to de magistrados que, aunque muy dignos, carecen de las cualida­
d e s canónicas de que debían estar adornados los Ministros que ha-
«bian de formar y formaban el Tribunal suprimido? Además, ¿qué
«objeto podia tener ya esa jurisdicción? ¿Podría conservarse, aunque
«fuera con el carácter de provisional que tiene desde que se celebró
«el Concordato de 1851, despues que políticamente perdieron su exis­
te n c ia legal laa cosas y personas á cuyo favor habia sido concedida?
•¿No implicaría esto una especie de contradicción entre disposiciones
•del órden religioso y dol órden civil? ¿No Bería también muy extraño
•que abolido lo principal, ó sea las Órdenes Militares, quedase sub­
sisten te lo accesorio, anejo ó agregado á los mismas?
■Con sumo, sabiduría la Santa Sede, en vista de la situación ano­
dínala ó irregular á que por el Decreto citado han quedado reducidos
■los territorios sujetos en lo espiritual á la jurisdicción eclesiástica de
•dichas órdenes, y con el plausible fin de evitar loa gravea conflictos
«que diariamente podrian surgir en lo relativo al válido y legitimo
170
•jjercicio de la mencionada jurisdicción, y do remediar otros males
•no menos gruyes, ha creido prudente adoptar en el órden religioso
• una resolución parecida á la tomada por el Gobierno en el órden po­
lít ic o y civil, respecto á los individuos de las suprimidas Ordenes M i­
litares, ó sea la de igualar los caballeros y demás fieles de los terri-
» torios dependientes de liis mismas á los otros católicos españoles,
» cometiéndolos á la jurisdicción de los Prelados ordinarios mas inme­
diatos, ó á la de aquellos en que dichos territorio.! so hallan encin­
ta d o s . Para esto ha expedido la Bula Qtio graviiw, en la que decla-
»ra abolida de un modo absoluto y terminante la jurisdicción esps-
»cial, qii9 en otra época, y por causas que j a no existen, les habia
•concedido; resolución que debe ser acatada y fielmente obedecida
• por todos los que se precian de buenos hijos de la Iglesia, oro se
• considere que es justa, conveniente y aun necesaria en las actuales
•circunstancias, ora se atienda á quo ha sido dictado por el Romano
•Pontífice, que ejerciendo la misma potestad apostólica con que en
■otros tiempos otorgó los mencionados privilegios á las Órdenes M i­
lita res, hoy ha tenido á bien derogarlos, casarlos y anularlos, aun-
«que con la reserva de formar, cuando sea posible, el coto redondo ú
•que se refiere el Concordato, y que ha de servir de recuerdo impere­
cedero de los glorias de tan célebre é ilustre institución.
•L o propio debe decirse de la Bula Qiue diversa. Su Santidad su
■ha visto obligado también á expedirla para atender á otra grave y
«urgente necesidad de l:i Igbtiia de España, Las medidas que en
•esta disposición pontificia se establecen las reclamaban imperiosa'
• mente, por una parte, el haber sido comprendida en el Decreto de
«extinción de los Ordenes Militares la de San Juan de Jorusalen,
■cuya jurisdicción eclesiástica suprime el Concordato; y por otra, el
«no poderse conservar tampoco interinamente las demás jurisdiceio-
«nes eclesiásticas privilegiadas que se encuentran en este coso, lia-
» Riéndose decretado la supresión de los territorios de las Ordenes M i­
lita re s y bu agregación á las diócesis inmediatas, pues 110 seria jus-
«to ni conforme á la razón, suprimir en unos lugares y mantener en
-otros lo que ha venido á ser en todos igualmente inoportuno y peli-
«groso.
•Tales son, en resumen, Lis disposiciones de las dos Bulas, cuya
«ejecución so me previene suspenda ínterin se les conceda el pase. Y
•:i esta prevención, ¿qué me corresponde contestar? L o que he dicho
«ya en casos análogos al presente, aunque en circunstancias menos
■favorables para el asunto que las actuales. Cualquiera conoce que
«hoy es una verdad incontrovertible que no puede legalmente Bolici-
«tarse ni exigirse, así como tampoco concederse ni negarse, el rcfiinm
171
• exequátur. U a desaparecido de nuestra legislación, y pretender po­
d e r lo en práctica, seria una arbitrariedad, no solo contraria é la li­
b e r ta d é independencia, de la Iglesia, que yo debo ¿ todo trance de­
fen d er, sino á la dignidad y decoro del Gobierno, que sin faltar á lo
•que ae debe á sí mismo, no puede invocar las leyes derogadas del
»S r. D. Carlos I I I , con el fin de impedir ó entorpecer la ejecución de
» unas Bulas sumamente beneficiosas para los católicos de nuestra
«patria, al propio tiempo que para eludir el cuinplimionfco de sagra­
d a s obligaciones eclesiásticas, se apoya en el proyecto que tiene pre-
“ sentado á las Cortes, con el objeto de separar la Iglesia del Estado.
■Y si á pesar de no estar todavía sancionado como ley dicko proyecto,
•solo por liaba: solemnemente proclamado las Cortes y el Gobierno
• el principio revolucionario que en el mismo se desenvuelve, ya V . E .
■■se considera libre de loa obligaciones que el Estado t;nif» contraídas
• con la Iglesia, según ha sucedido en un caso muy reciente, la lógi-
• ca, de acuerdo con la justicia, exigen que considere también abo­
li d o de nuevo el peme en unión del Patronato R eal, de los derechos
*y regalías legitimas que disfrutaban los Reyes Católicos de España;
•pues aun cuando todos estos privilegios y prerogativas de la Coro-
ana dejaron de existir por consecuencia de disposiciones anterio-
» res á la proclamación de dicho principio, y por efecto de la revolu-
»cion que los hizo desaparecer con el Trono secular que derrumbó, el
• Gobierno, á mayor abundamiento, los ha renunciado expresamente
•on el referido proyecto.
• ¿Cómo, despues de todo esío, sa intenta entorpee 3r por la fal-
• ta del j w í la ejecución de las mencionadas Bulas? l Ja r » continuar
• ejecutando sus disposiciones hasta conseguir su ñel y exacto cum­
p lim ie n to , tengo un derecho indisputable quo me garantizan las
• leyes, y que no me es lícito renunciar; y me hallo ligado con
» una obligación muy estrecha de conciencia, de la que no puedo eu
» manera alguna prescindir. Abrigo la esperanza de que, reconocién-
• dolo así el Gobierno, desistirá de su propósito de que se cumpla por
» mí Jo prevenido en la órden que me ha comunicado ese Ministerio,
• y que no me suscitará nuevos obstáculos en el desempeño de mi co-
• misión, que siendo de naturaleza puramente eclesiástica, se halla
«libre de su intervención oficial, entre otras razones, por ser esta
‘ incompatible con el lamentable y funestísimo error que sostiene y
■de que hace alarde en sus discursos, actos y disposiciones, cual es,
"que el Estado y sus dependencias no tienen el deber de profesar
-ninguna religión, y que este solo alcanza al particular y al indivi­
d u o , con la libertad de escoger la que mejor les acomode ó de que­
d a rs e sin ninguna.
172
» A un Gobierno que tiene adoptado ese absurdo ó irreligioso prin-
» eipio como regla de bu conducta, ¿qué le importa el encargo con
• que me ha honrado 1a Santa Sede? Su fiel y exacto cumplimiento,
• ¿puede acaso, con arreglo á dicho principio, afectar á los intereses.
• públicos y generales del Estado? N o: considérese desde el punto de
• vista que se quiera este asunto, habrú que convenir en que solo in -
• teresa á los católicos, por sor ellos los únicos que han de exparimen-
<tar los provechosos efectos que, en lo concerniente al bien espiritual
ude sus almas y al mejor régimen de la Iglesia, producirá el cumpli-
» miento do los citados documentos pontificios.
■Es tan generalmente reconocida la necesidad do quo se expidie-
«ran, que creo poder afirmar que no habrá en la nación católico al­
aguno que se oponga directa ó indirectamente, de un modo manifies-
• to ú oculto, á la ejecución de lo que en los mismos se ordena. Todos,
'•eclesiásticos y seglares, de las jurisdicciones privilegiadas suprimi-
■das, acatarán gustosos y sumisos las disposiciones que contienen, y
» con especialidad los nobles caballeros de las Órdenes Militares. R e­
cibieron la fe de Jesucristo antes que ol hábito religioso, que con
• tanto honor visten, y que les impone obligaciones muy sagradas do
^defender esa misma fe y de profesarla públicamente. Así lo han hc-
* eho en todos tiempos, y en el nuestro dieron un brillante testi-
■monio de su puro y acendrado catolicismo, cuando de un modo ejem­
p la r , antes que se concediera á la Bula dogmática IneJfalÁlu D e im
• el famoso pa»e, que despues fué preciso anular, se congregaron los
«de las cuatro Ordenes Militares con su augusto Gran Maestre á la
•cabeza en la suntuosa iglesia de San Isidro de Madrid, para tribu­
t a r al Señor solemnes acciones de gracias por haberse definido en
»esa Bula como dogma de fe, la piadosa creencia que, respecto á la
» Inmaculada Concepción de la Virgen, habia defendido siempre con
•santo entusiasmo la nación española.
■No serán, por consiguiente, esos ilustres caballeros, n i el ins-
>traído y respetable Clero de las mencionadas Órdenes, así como
•tampoco los beneméritos Sacerdotes y demás súbditos de las otras
«jurisdicciones suprimidas, los que echarán de menos el jxue para el
• cumplimiento de las Bulos , cuya ejecución me está cometida, sa-
» hiendo, como saben, que es un error condenado por el Sacrosanto
«Concilio Vaticano, en la Constitución dogmática Pastor <clcrnm, aos-
» tener que se puede lícitamente impedir la libre comunicación de la
«Cabeza suprema con los pastores y los fieles, 6 que sin el benepláci-
»to de lo potestad secular, no tiene fuerza ni valor alguno nada do
• cuanto por la Sede Apostólica ó por autoridad de la misma se esta­
bleciese para el gobierno de la Iglesia,
173
«Esté seguro V. E . de que si llegara el coso, quo espero no ha de
»]legor, de que el Gobierno insistiera, en bu propósito de sujetar al
•l>ase las indicada» Bulas, todos Be adherirán espontáneamente á
>esta reclamación, y antea de exponerse á faltar á sus deberes de
» cristianos é incurrir en los anatemas de la Iglesia, sj unirán conmi-
»go para decirle con mucho respeto, al mismo tiempo que con la fir-
* meza de valerosos católicos: Se dtbt obedecer á Diog ante« que A ¡o»
* hombres..... ■

X X X I.
T a l efecto debió producir esta contestación en las regiones oficia­
les, que ya no so consideró suficiente razón la falta del pase, para
mandar suspender la ejecución de las Bulas. Se varió de sistema
reemplazándolo con otro verdaderamente singular. Quiso intimidarse
ni ejecutor, y el medio excogitado para esto fué hacerle responsable
de los desórdenes que ocurriesen en cualquiera localidad con motivo
de ln espresada ejecución. Es de advertir que en ninguna parte hubo
el menor disturbio por parte del pueblo; antes bien vió con guato la
medida de Su Santidad, porque comprendió que por su medio iban á
desaparecer abusos sin cuento quo redundaban en daño de los intereses
espirituales; y así se vió que no hizo causa común con los pocos que
desobedecieron el precepto del Papa, antes bien miró con indignación
la conducta observada entonces por ciertos desgraciados Sacerdotes
que, olvidando sus deberes, no temieron pronunciarse en rebelión
abierta contra lft, Cabeza Visible de la Iglesia y promover en algunas
poblaciones un verdadero cisma.
fu eron tantos los desmanes qu.s cometieron, alentados sin duda
por una orden del Gobierno en que se mandaba á los Autoridades les
prestasen su apoyo, cuya órden no quiero calificar, aunque sí diré
quo era una patente de rebelión contra el Papa, que hubo momento
en que se temió que las Órdenes Militares concluyesen como la de
los Templarios, quedando en lo espiritual suprimidas para siempre.
Y no hubiera sido extraño, porque ademas de ese cisma escandaloso,
varios dignatarios de las Órdenes, alguno cruzado, para desdoro de
estas gloriosas milicias, cuyos invictas banderas jamás se desplegaron
en contra del catolicismo ni del Jefe augusto de la Cristiandad, en
vez de levantar ln voz, lo mas alto posible, siguiendo el noble ejem­
plo de otros altos funcionarios de las mismas Órdenes, para execrar
ese cisma y someterse obedientes al mandato Apostólico, vinieron á
fomentarlo. Acaso no tuviesen tal intención, no lo dudo; pero eso y no
otra cosa significa el haber acudido al Papa en aquellos críticos y an­
174
gustiosos momentos, en que su divina y suprema autoridad era com­
batida por Iíi revolución aunada y en amigable consorcio para esto con
los disidentes, con una larga Exposición á manera de indigesto alegato,
pidiéndole, no que los tuviese por hijos sumisos y obedientes suyos, ni
que contase con ellos para sofocar el cism a, que era lo que cualquier
católico le hubiese pedido, sino que, ¡imposible parece! se dignaaoorde­
nar envista de laa razones por ellos aducidas, á cual mas improceden­
tes, la suspensión ó anulación de la Bula Quo graüus. Y no contentos
con dar este ejemplo nada edificanta, é infundir con él nuevos brios y
aliento á los cismáticos, pidieron al ejecutor, por cuyo conducto ele­
varon dicha Exposición á la SanUi Sede, que mientras se resolviese en
Boma, suspendiese sus gestiones, encaminadas ií ejecutar estas Letras
Apostólicos, por suponerlas suplicada*, lo cual, en concepto de los E x­
ponentes, era un obstáculo canónico para seguir adelante en la eje­
cución de laa mismas.
Un paso de tanta trascendencia, dado en la forma que se dió, re­
vela olvido completo de los principios del Derecho eclesiástico, pues
no de otra manera se explica que sentasen una doctrina tan contraria á
lo preceptuado en los sagrados cánones y Constituciones de la Iglesia,
pora formular una petición tan original, como fué la que dirigieron a)
ejecutor, y que este no pudo menos de denegar, como así se lo hizo sa­
ber, diciéndoles que la Exposición habia sido enviada á sil destino.
Pero no fué esto solo: llegó el caso de que un Vicario creyó no
estar obligado á obedecer un acto de ejecución de dicha Bula, hasta
que so le hiciese saber que el Papa habia desestimado la susodicha
exposición, sentando la extraña teoría do que suplicada una Bula,
no obliga ya on conciencia, ínterin Su Santidad no la confirme;
doctrina que el Cardenal ejecutor combatió, como no podia meno»,
dieiúndole que no era posible sostenerse con seriedad por ningún cató­
lico, sobre todo, después de la Constitución Pastor cekmns del Con­
cilio Vaticano, en quo se ha expuesto con toda claridad el dogma re­
lativo á la autoridad del Ilomano Pontífice, y condenado los errores
de los herejes jansenistas y regalistas, antiguos y modernos.
Sería muy prolijo y en estremo doloroso enumerar todo lo que se
hizo en aquella ocasion por algunos desgraciados eclesiásticos para
eludir el cumplimiento del mandato Pontificio. A la vista tengo do­
cumentos suyos en que no sé qué admirar mas, si el desconocimiento
mas absoluto de las disposiciones de la Iglesia, ó la pertinacia en
desobedecerla, descubriéndose en ellos un espíritu muy contrario en
verdad al quo debe animar al Sacerdote, y sin el que es la piedra de
escándalo y causa de la perdición do las almas. ¡Qué cuenta tan es­
trecha tienen quo dar á Dios los que así se condujeron!
175
Volviendo á ocuparme de esa malhadada Exposición, cúmpleme
decir que en Boma produjo un efecto deplorable, como lo demuestra
el siguiente párrafo del despacho que Monseñor Monisi, Sub-Secreta-
rio de Estado de Su Santidad y Arzobispo de Palm ira, dirigió á m i
hermano en 8 de Marzo de 1874. «H e elevado también, le decia, al
» conocimiento de Su Santidad la Exposición de algunos Gobernadores
» eclesiásticos do los principales territorios de las Ordenes Militares,
»que V. Emma. remitió al Sr. Cardenal Franchi. E l Santo Padre, al
» oir su contenido, se ha convencido u na vez mas de la necesidad que luí -
»bia de suprimir esas jaritiieeioues, que se han hecho tan perniciosas <t
» la disciplina eclesiástica. »
Así ee pausaba en Roma, donde se deploraba también la conducta
de aquel Gobierno, que despues de estinguir dichas Ordenes en lo
civil, se opusiese con bus decretos á que 63 ejecutase un mandato que
tenia por objeto recojer la jurisdicción espiritual abandonada, j ha­
cerla revertir á los Obispos. Y a se lia visto la órden que dictó en
6 de Setiembre, pues no fue menos extraña la expedida en 2$ del
mismo mes, de que también he hablado, haciendo responsable al eje­
cutor de los desórdenes que ocurriesen en cualquiera poblacion por
sus gestiones para la ejecución de las esprosadns letras Apostólicas.
Semejante órden no podin quedar sin contestación, y el Cardenal
Moreno la dió ton cumplida, como puede verse en la comunicación
que en 26 del mismo mes de Setiembre dirigió al Señor Ministro de
Gracia y Justicia, la cual literalmente dice así.
■Con bastante retraso y no poca sorpresa he recibido la órden del
«Gobierno de la República del 1G del corriente, en la que Be me dice
‘ que, para evitar complicaciones y conflictos que no es bu ánimo pro-
•ducir, se me reitera el cumplimiento de lo prevenido en la órden
• de 30 de Agosto último, manifestándoseme al propio tiempo, que si
•por m i tenacidad en desconocer los derechos do la Nación y por mis
•gestiones para la ejecución de las dos Bulas de que di conocimiento
•á V . E ., sa llegase tí alterar el órden público en alguna localidad,
* se me considerará causante y responsable personalmente en primer
•término de semejante acontecimiento.
»E n su vista nada tengo que añadir ú lo que sobre el pase y eje­
cu ció n de los Bulos expuse en m i comunicación del 6 del actual,
* como no sea que me ratifico en bu contenido, por estar en un todo
•conforme con las prescripciones civiles y eclesiásticos, y porque ad
•lo exige m i deber.
• En cuanto á la conminación que Be me hace, poco es preciso
-decir á fin de patentizar su ilegalidad é improcedencia. Basta re-
•eordar los elementos mas vulgares del derecho criminal, para com -
176
«prender desde luego que á nadie puede considerarse a p rio r i perso-
» mímente responsable de un hecho, que aun cuando no fuese futuro
» é incierto, cual es el de que se hace mérito, carecería siempre de la
» circunstancia indispensable <le ser consecuencia precisa é inmediata
■de actos propios, que son los únicos que pueden dar lugar ú respon-
» Habilidad criminal. Y en el caso de que se trata ni aun hay necesidad
«d e recurrir á está doctrina, porque mo he limitado ú usar legítimn-
» mente de un derecho que las leyes me conceden; y al que en este
«terreno legal se encuentra, no puede jamás on buenos principios
• imputársele ninguna clase de responsabilidad criminal, puesto que
«no hay términos hábiles para suponer que contribuya directa n i in-
« directamente á la realización de ningún acto justiciable, y mucho mc-
»nos cuando consta de la manera mas notoria y evidente que no hay
-interés, ni intención, ni voluntad do que se verifique.
«Castigar al que hac2 uso de un derecho legítimo por actos pu-
«nibles que ejecuten ó puedan ejecutar terceras porsonas con el objeto
■de impedir que lo ejercite, es una teoría para mí desconocida, y que
»de seguro no habní visto V. E . consignada en ningún código antiguo
»n i moderno de ningún pueblo civilizado. L o que sí he aprendido,
■es que debe ampararse al que sea víctima de semejante atropello,
» reprimiendo con mano fuerte al que lo cometa y entregándole á
"los tribunales, para quo se le aplique el correctivo que en justicia
«proceda.
• Y si bc desconociesen tan triviales principios d é la ciencia penal,
■yo preguntaría: en la hipótesis de que se hubiera alterado el órden
«público en alguna localidad al ejecutarse el decreto del Gobierno de
« la República de 9 de Marzo de este año, que suprimió en España
»las Órdenes Militares, ¿se le hubiera ocurrido á alguno el absftrdo
»de considerar como causante y responsable personalmente en prim er
• término de semejante acontecimiento, al funcionario encargado do ln
» ejecución de aquel Decreto? Creo que nadie hubiera tenido tan pore-
ogrina y extraña ocurrencia. No eabia en efecto poner en duda, que
•tal funcionario procedió en virtud de ln obediencia que al Gobierno
■debia, ó lo que es lo mismo, en cumplimiento de su deber.
■Estas son exactamente las circunstancias en que yo me encuen-
•tro. Si el Gobierno de la República, en uso de su autoridad, creyó
■conveniente suprimir en cuanto á lo político y civil lns Ordenes
«Militares, Su Santidad ha creído necesario en consecuencia de dicho
■decreto, y por las otras consideraciones expuestas en m i comunica-
■cion de 6 del corriente, que asimismo cesen en lo eclesiástico las
■atribuciones de índole espiritual, que por gracias y concesiones pon­
tific ia s se habian otorgado n dichas Órdenes. Y ni que ha sido bon-
177
»rado por Su Santidad con el alto encargo de llevar a ejecución
•aufl Letras Apostólicas, y que procede en virtud de tan sagrada y
• debida obediencia, ¿podrá en justicia exigídsele una responsabilidad
«que, por lo absurda, nadie hubiera pensado ni siquiera en anunciarla
»a l funcionario civil autorizado para ejecutar igual resolución en lo
• político, en el propio é idéntico caso de que se verificase el aconte­
cim ien to que ahora se provee? L a conminación que se me hace por
• cumplimentar las disposiciones pontificias ¿se hubiera nunca hecho
• á aquel funcionario por más que, cul llevar á efecto el citado decreto
•del Gobierno de la República, hubiese llegado á alterarse el órden
• público?
« E l Gobierno, por lo mismo, no puede ni debe considerarme en
•situación mas desfavorable que la de cualquier funcionario en el
• caso indicado. Mas puesto que, según parece, no es asi, yo, que no
• por m i dignidad de Cardenal de la Santa Iglesia Romana y de Pre-
• lado español, debo ser privado de la protección y amparo tutelar que
» las leyes del pais dispensan al último ciudadano, las invoco en mi
• favor y en el de cuantos en cumplimiento de su deber me auxilian
•en el desempeño de mi encango, y desde ahora protesto formalmente
• contra la conminación que se me hace y contra todas sus conse­
cuencias, y declaro del modo mas solemne que repruebo y condeno
•cualquier desorden, ya sea real ó aparente, ya espontáneo ó resul­
t a d o de extrañas y miserables intrigas, para impedir se cumpla lo
•dispuesto por la Santa Sede.
» No creo sin embargo que este triste suceso llegue á realizarse.
•Las disposiciones que contienen las Letras Apostólicas do que se
• trata, han sido deseadas por la generalidad de los pueblos hasta tal
• punto, que á raíz de la revolución de Setiembre de 1868, se me
•presentó una comision de la Junta revolucionaria de uno de ellos
• perteneciente ú la Orden de San Juan, á manifestarme que habia
• acordado incorporarse á esta diócesis, y á pedirme que por m i porte
•gestionase la Bancion canónica necesaria. Existen además en mi
• poder importantes comunicaciones oficiales, adhesiones espontáneas
»y muy expresivas de virtuosos eclesiásticos y escritos de particulares,
•que demuestran el respeto y sumisión con que se han recibido en
■"Bus respectivos territorios privilegiados la&Bulos, que estoy encargado
•de ejecutar. Sus disposiciones lastimarán tal vez los intereses de al-
*gun individuo seglar ó eclesiástico. L o propio sucedió con laabolicion
»de las jurisdicciones privilegiadas en el fuero secular, y sin embargo
■el legislador no tuvo para nada en cuenta los perjuicios individuales
«que tal reforma pudiera ocasionar, porque en materias de esta ela­
pso, el bien general debe anteponerse al particular ó privado.
12
178
aEn el fuero eclesiástico se observa también en cuanto «í la disci­
p lin a la misma regla de equidad natural y de conveniencia pública;
« y de aquí es que aun entre los que resulten perjudicados, serán muy
■■raros los que en momentos desgraciados de impremeditación, se
• consideren injustamente ofendidos; y entre estos no habrá ni uno
«solo, así lo espero, que impulsado por la ambición ó por la avaricia,
«prescinda de su fe, de su honor y de su conciencia, Be rebele contra
•la autoridad legítima del Papa, acuda á indignos recursos pora en-
■torpecer el libre ejercicio de esa suprema y divina autoridad, y final-
» mente, se atreva ú promover disturbios en los pueblos. No hay por
■tanto, en mi concepto, serio fundamento para temer que esta refor-
• mft, de índole puramente espiritual, pueda dar lugar ú desorden de
>ninguna clase.
•Mucho menos puede haberlo para atribuirme tenacidad a i dcs-
• conocer tos derechos de Ui Nación. Si entro ellos se enu merára el
• l'e g im i exseqmtur, las antiguos leyes pátriaB anteriores á la época
• de Carlos I I I no lo hubieran desconocido, al menos en la forma y
• extensión que este Monarca le dió; y aun en el coso de que desde su
■época se quisiera enumerarlo entre esos derechos, la legislación mo-
• dema lo La abolido, y á mayor abundamiento el Gobierno d é la R e­
p ú b lica lo acaba de renunciar en el proyecto de la ley de separación
•de la Iglesia del Estado, proyecto que el mismo Gobierno considera
•con fuerza obligatoria, toda vez que se funda en él para eximirse
•del cumplimiento de cargas eclesiásticas, como aparece del decreto
•del Poder Ejecutivo comunicado por ese Ministorio en 28 de Agosto
• último al Sr. Comisario general d e Cruzada. ¿Cómo s u p o n e r, pueB,
•que la Nación tiene hoy semejante derecho? Y no teniéndolo, como
•en efecto no lo tiene, ¿puede racionalmente dirigírseme el cargo de
• q u e e n mí hay tenacidad en desconocerlo?■ No: eso q u e Be califica d e
• tenacidad, no es sino el nobilísimo empeño del hombre honrado en
•no faltar i sus deberes, es la obligación sagrada que tiene el Obispo
• de defender siempre y sin temor de ninguna clase el derecho y la
■justicia, la libertad y la independencia de la Ig le s ia ......

X X X II.
Nada contestó el Gobierno á esta comunicación; pero el cisma se­
guía adelante en algunas poblaciones, cosa que no debe extrañarse,
conociendo el m óvil que guiaba n los disidentes, que por otra parte
contaban con el apoj'o de las Autoridades. Tampoco sorprendió esto
en Roma, como Monseñor Marini se lo manifestó á m i hermano en
el mismo despacho antes citado.
179
• No se ha extrañado, le doeia, pues se había previsto ya, que al-
»gunoa Priores y Gobernadores eclesiásticos de las Ordenes Militares
»se Layan opuesto á la supresión de sus territorios, y hayan además
“ intrigado cerca del Gobierno para conseguir de este una órden de
«suspensión; pero la contestación triunfante que le lia dado V. Emma.,
• desbaratará el plan de restablecer el Gran Maestre, y dejará
■á V. Emma. plena libertad: para acabar de ejecutar las Bulas.»
Esta esperanza de ese venerable Prelado se realizó mas tarde,
psTo por de pronto, los trabajos de los disidentes cerca del Gobierno
no debieron ser infructuosos, cuando despue3 de algunos meses, el
Señor Ministro de Gracia y Justicia comunicó al Cardenal ejecutor
una órden, mas extraña si cabe que las anteriores, en la cual se ca­
lificaban de atentatorios al Maestrazgo los autos que había dicta­
do, agregando á varias diócesis territorios que habían dependido de
la jurisdicción eclesiástica especial del Obispado-Priorato de Uclés,
con otras declaraciones á cual mas improcedentes. En esa órden ya no
se le hablaba ni del jioste, ni de la responsabilidad en que incurriría
de suscitarse desórdenes en cualquiera localidad por efecto de la eje­
cución de las Bulos. Ahora, de lo que se trataba era de defender los
derechos del Maestrazgo, <le ese Maestrazgo suprimido por el mismo
Gobierno en el hecho de extinguir las Órdenes Militares! L a respues­
ta fué la que se verá á continuación, fechada en 14 de Febrero
de 1874.
«H e recibido la órden que ol Gobierno de la República se ha ser-
•vido dictar, á consecuencia de haber sabido oficialmente que he
» agregado á las diócesis de Cuenca y de Toledo varias parroquias que
■dependían de la suprimida jurisdicción eclesiástica especial del
•Obispado-Priorato de Uclés.
<En esa órden que V . E . me ha comunicado con fecha 9 del cor-
oriente mes, se califican los actos que la motivan de atentatorios á
■'los derechos del Maestrazgo; se afirma que en ningún caso ni tiem-
■po me corresponde exclusivamente hacer división territorial alguna
■bíü anuencia y aprobación de la potestad temporal; se me habla de
» conflictos que el Gobierno no puede consentir se provoquen; y se m 3
■previene, por último, me abstenga de dictar autos análogos al de
■que se trata, y disponga la suspensión del mismo y de los demás de
•igual índole qne hubiese dictado.
• Observo que en esta órden, cuyo extracto acabo de hacer, se
■omite decir que las disposiciones que contienen mis providencias
■emanan de la suprema autoridad de la Iglesia, particularidad im -
'portantisima, porque tratándose de un asunto puramente religioso,
» y atendido el órden de cosas que hoy rije en España, y el estado en
180
ii que se hallan laa relaciones del Gobierno con la Iglesia, es de la ex­
clu siva competencia de la potestad espiritual. Supongo que seme­
ja n t e omision procede de que V . E ., por efecto de las graves ocupa-
» ciones que le rodean, no ha podido enterarse bien de todos los ante-
■ sedentes de este negocio. Y como en él no obro yo sino en virtud de
i obediencia debida á Su Santidad, mi respuesta en otras circunstan­
c ia s á la órden del Gobierno de la República, debiera reducirae &
• decir: «cuando el Papa manda una cosa en el órden religioso, todo
«católico, y con especialidad el Obispo, tienen un deber sagrado de
«obedecerle, aunque otra cosa les manden los Poderes de la tierra.»
*Mas debiendo en las presentes dar ni Gobierno un testimonio de
■mi consideración y respeto, voy á manifestar á V. E . las razones
» que justifican m i proceder, y los motivos que me impiden cumplir lo
»que previene la órden que ha tenido ií bien comunicarme.
• Para hacerlo con el mismo método que en esta se sigue, empe­
g a r é por decir que no comprendo por qué se califica de atentatorio á
» los derechos del Maestrazgo el auto que he dictado en el expediente
»de la diócesis de Cuenca, cuando no exiBts en el dia tal Maestrazgo.
» Desapareció de la nación con los Reyes Católicos de España, á cuya
• Corona se habia unido por concesiones Apostólicas. Y como bí la
«supresión de tan elevado cargo, causada por este hecho, no fuese
• suficiente para que ae le tuviese por abolido, despues que se convir­
t i ó en República la antigua Monarquía espaüola, uno de log prime­
a o s netos del Poder Ejecutivo fué dictar el decreto de 9 de Marzo del
«año próximo pasado, extinguiendo y aboliendo las cuatro Ordenes
• Militares, instituciones que, por ser aristocráticas y eminentemente
• monárquicas, se consideró incompatibles con la nueva forma de G o­
b ie rn o establecida en la nación. Desde entonces hay necesidad de
• considerar igualmente auprimido el Maestrazgo, & menos que se
• pretenda sostener que esc decreto, al abolir la institución, conservó
«subsistente su Jefatura, que siendo entre nosotros una misma cosa
•que la dignidad Real, es todavia mas opuesta é incompatible con el
«régimen republicano que la misma institución.
• L a verdad es que se expidió dicho decreto por creerse que esta
• no se podia sostener en el órden político y civil; y abolida como lo
»fué, parecia natural que se le considerase del miemo modo en el ór-
»den religioso, en lo tocante á la jurisdicción eclesiástica especial que
• ejercía en sus territorios, y que le fué concedida en contemplación
• precisamente á la grande y merecida importancia política que ella y
• sus Grandes Maestres habían adquirido. Sin esa importancia, pre-
• ciso es confesar que hace muchos años que las Órdenes Militares,
• como institución religiosa, hubieran quedado reducidas á una mera
181
«a w m c io ii ó confraternidad de la Órden del Císter, que solo Be dis­
tin g u ía de las demás de su clase por el color y la diversa forma de
• la cruz do sus respectivos escapularios. Hubiera venido ú ser mas
«bien, á pesar de bus gloriosos recuerdos, una asociación piadosa pa­
decida á la venerable Orden Tercera de Nuestro Podre San Francis-
»eo, que por mas que cmeran bu humilde cordon Beyes ton grandes
» como Isabel la Católica, magnates tan ilustres y opulentos como los
■que en las principales ciudades de Castilla adornaron sus palacios
• rodeándolos de ese mismo cordon, y literatos tan célebres como
'■Cervantes, no liabia razón para que los superiores de esta Urden go-
«zagen loa privilegios concedidos á los Grandes Maestres de las M ili-
• tares, cuando el derecho patrio los consideraba como uno de los pri-
» meros y mas brillantes ornamentos de la Monarquía; y esta es tam-
-bien la causa de que el Jefe del Estado, siendo la forma de su Go-
» biemo republicana, esté imposibilitado para sustituir á los Beyes en
«e l desempeño del Maestrazgo.
• Establecida esta forma de gobierno en España, la Sante Sede, en
«vísta del citado decreto de 9 de Marzo, creyó con sobrado funda-
amento que estaba en el caso de suprimir y abolir la jurisdicción ecle-
» siástica especial, que en virtud de antiguos privilegios babia conce-
•dido á los Grandes Maestres de las referidas Ordenes Militares,
•puesto que con la destrucción del Trono católico, primero, y con el
«mencionado decreto despues, había desaparecido de hecho y de de-
brecho esa alta dignidad, sin qua hubiese nadie que válidamente pu-
» di ese ejercer los derechos espirituales con qiie la habia enaltecido.
« A este fin Be dignó expedir en 13 de Julio del año anterior la Bula
»Q uo gra tim , honrándome con el cargo de ejecutor de sus disposicio­
n e s , y que yo mismo, procediendo con la lealtad debida, puse en
"conocimiento del Gobierno. Es cierto que este se opuso ú que le
«diese cumplimiento, paro también lo es que con mis respuestas sa­
tis fic e por completo á sus reparos; y profesando el actual Gobierno,
» respecto del Catolicismo y de la Iglesia, principios muy distintos de
«los funestísimos í que el anterior conformaba su conducta en mate­
m o s religiosas, se pondría en contradicción con lo que tiene ofrecí-
«do en su programa, de no desatender ni ofender á la Iglesia, si tro-
otase ahora de suscitar obstáculos para impedir el cumplimiento de
«las disposiciones de la Bula, apoyado en los actos del Gobierno fe-
■>deral, cuyo proceder en este particular implica también la contra-
» dicción mas terminante y manifiesta con sus extrañas doctrinas.
«Semejante modo de obrar sería tanto ma9 injustificable, cuanto
“ Que en la indicada Bula no se establece nada nuevo. Previénese solo
»en ella, que habiendo sido suprimidas las órdenes Militares, se lleve
182
«desde luego á efecto lo que la Santa Sede habia estipulado solemne-
» mente con el Gran Maestre muchos íiíIob antes, y cuando se empezó
»á aplicar en España á todos los diversos ramos de la administración
«pública, el principio de la unidad do fueros. L o estipulado entonces no
»fuó otra cosa, según aparece del artículo 9.° del Concordato de 1851,
»que la supresión de los territorios actuales de l.os Ordenes Militares, y
«la agregación de sus pueblos á las diócesis respectivas, menos lo3que
■en un número determinado habían de formar, para recuerdo de tan
«gloriosa institución, el territorio especial, ó naa el coto redondo, que
«con arreglo al mismo Concordato debia titularse Priorato de las Ó r-
dtiene» M ilitares.
«E n vista de tale» antecedentes y de los razones que acabo de ex-
■>poner, ¿puede calificarse el auto dictado por mí en el expediente de
«la diócesi» de Cuenca y en los de la mayor parte de las de Espaüa,
«agregando á ellas diversos territorios ó pueblos pertenecientes á los
«Ordenes Militares, de atentatorio á los derechos del Maestrazgo,
«cuando este no existe? Y aun en el caso do que existiera, ¿podría en
«justicia darse esa odiosa y grave calificación ií las disposiciones que
«contienen esos autos, procediendo aquellas, como proceden, de ln
"autoridad suprema de la Iglesia, que fue la que concedió los referí-
«dos privilegios, y que al abolidos lia lieclio uno d j un derecho in-
■»cuestionable, y que además están enteramente conformes con lo
» convenido por el Gran Maestre con la Santa Sede?
o Me prometo de la imparcialidad y justificación del Gobierno de
»la República, que rectificará el juicio tan desfavorable que ha forma­
ndo de mis providencias de ejecución de la mencionada Bula; y me
« lo prometo con tanto mayor motivo, cuanto quo el respeto al eupri-
* ruido Maestrazgo me ha obligado, de conformidad con lo que se pre­
cep tú a en la misma Bula, ú consignar en dichas providencias la po ■
» oibilidad del restablecimiento legal y canónico de esta importante
«institución; y así en ellas se dice expresamente, que todas sus dispo­
siciones se entiendan sin perjuicio de lo que se ordene cuando Be es-
■■tablezcft el Priorato de las Ordenes Militares, ó sea el territorio es-
«pecial determinado en el,Concordato. ¿Cabe más respeto y conside-
» ración á los derechos del Maestrazgo?
• Confio también en que el Gobierno de la República no volverá á
«dirijirm e el cargo igualmente infundado, de que estoy haciendo por
«m í y ante mi una nueva división territorial. No: yo no me he ocupa­
ndo, ni tenia para qué ocuparme, en hacer tal división; además de quo
«tampoco era necesaria para dar cumplimiento á lo prevenido en la
• Bula. Su Santidad, en vista de los sucesos extraordinarios ocurridos
» en España con posterioridad al Concordato, y en vista también del
J83
•decreto de 9 de Marzo, teniendo además presente lo estipulado por
«ambas Potestades en el referido Tratado, y ejerciendo su divina au­
toridad, abolió por medio de dichas Letras Apostólicas la, jurisdic-
«eion eclesiástica especial en los territorios de las cuatro Órdenes
“ Militares de Santiago, Alcántara, Calatrava y Montes*, mandando
•agregarlos á la-a Diócesis respectivas, y sometiéndolos á la jurisdic-
»eion ordinaria de los Prelados de los mismas.
«Esto C3 lo único que ha mandado la Santa Sede, y al ejecutarlo
»yo, no he tenido que hacer ninguna nueva división territorial, como
»no habría que hacerla en él órden judicial 0 1 el caso de que, por La­
mberse suprimido algún juzgado, se hubiera expedido una órden
«mondando que los pueblos pertenecientes ú su Partido, se agregasen
»al juzgado inmediato. Para ejecutar esta órden no había necesidad
«de hacer división territorial alguna, pues bastaba saber cuáles eran
•los pueblos dependientes dsl juzgado suprimido, para entender que
»estos eran los que debían agregaras al otro.
■Una cosa muy parecida es lo que acabo de hacer por medio de
«los autos de ejecución de la Bula; y ton lejos he estado de ocuparme
•en hacer nueva división territorial eclesiástica, que en todos estos
•autos he cuidado de expresar, según en la misma Bula 33 previene,
•que lo en ellos ordenado sobre este partic.ilar queda depsndientc
» de lo que Be disponga cuando se haga la nueva circunscripción de
•Diócesis, determinada también en el Concordato. Y bí para esa
•época, que deseo no esté lejana, se lia restablecido en España, como
» ea de esperar, la provechosa concordia entre el Sacerdocio y el Im-
•perio; si vuelven á reanudarse lns relaciones, que nunca lian debido
» romperse, de la IgleBÍa con el Est ido, y se observa por este lo esta­
blecido en el Concordato, de seguro que la división territorial ko eje­
cutará, no con la anuencia y aprobación de la potestad temporal,
■puesto que tanto ellft como la espiritual son igualmente soberanas
»é independientes, sino de común acuerdo, y en la forma sancionda
«por el derecho público eclesiástico prevenida en el Concordato.
•Mas si desgraciadamente para la religión y para la patria no liay
•esa buena armonía entre ambas; b í el Estado sigue, de hecho al me -
•nos, separado de la Iglesia, como en la actualidad se encuentra, es-
■ta, en virtud de la amplia libertad de cultos establecida en la Cons-
•titucion vigente, tiene igual derecho que el Protestantismo y demás
«falsas religiones para hacer por sí misma la división territorial que
“ crea mas conveniente al mejor régimen y bien espiritual délos fie-
» les, pues la circunstancia de ser el catolicismo la religión dominante
•en España, y en realidad la única que profesan I03 españolea, no
*puede ser motivo para que se la considere de peor condicion que á
184
•las sectas, ni para privarla del derecho de hacer dicha división
•territorial, que en el ejercicio de la libertad religiosa, les concede la
«ley fundamental.
» Solo separándose arbitrariamente de este principio inconcuso de
•derecho constitucional, puede ocurrir el conflicto de que Be habla en
•la última parte de la órden del Gobierno de la República, de que
«me estoy ocupando. Conflicto gravísimo, que yo no provoco, toda vez
•que, al dictar esos autos, no he hecho otra cosa que usar do un de-
•recho que me garantizan las leyes de la nación, y cumplir un deber
«religioso del que no me es lícito prescindir. Conflicto de inmensas
•consecuencias, que estoy persuadido de que las Ordenes Militares
•tampoco han de provocar, ponqué además deque con un acto do esta
«especie, que sería de rebelión contra la divina autoridad del Papa, y
•que produciría la mayor deshonra de aquella ilustre institución,
«haria incurrir ipso /acto á sus individuos que en él tomasen parte,
•ya fuesen seglares ya eclesiásticos, en la excomunión mayor reser­
v a d a de un modo especial á Su Santidad, pues en ella incurren, se-
•gun 1a Constitución Apostólica Scdis, los que acuden al poder laical
•para impedir Letras ó actos cualesquiera emanados de la Sedo ApoB-
•tólica, ó de sus Legados ó delegados, y los que prohíben directa ó
•indirectamente su promulgación ó ejecución. Conflicto muy grave en
•todos sentidos, porque una vez publicados ó notificados mis autos,
i como lo están ya en la mayor parte de las Diócesis do España, ni
•loa Obispos pueden desprenderse de la jurisdicción ordinaria que, en
•virtud de las disposiciones Pontificias que en ellos se contienen, les
«corresponde en los territorios y pueblos incorporados á sus respecti­
v a s Diócesis, ni desentenderse de estos territorios y pueblos que for­
m a n ya parte de la grey encomendada á su Bolicitud pastoral; ni los
•encargados de las jurisdicciones privilegiadas suprimidos pueden eje­
cutar lícita y válidamente actos de tales jurisdicciones, ni finalmente
•puedo yo suspender los referidos autos, porque no facultándome
•para esto la Bula, podría muy bien, lo mismo que los encargados
•de los jurisdicciones suprimidas, que después de la publicación tic
•aquellos intentáran ejercerlo, incurrir igualmente ipxo Jacto on la
«excomunión mayor reservada también á Su Santidad, en la que,
•según la citada Constitución Apostólica Sedist incurren los que im-
»piden directa ó indirectamente el ejercicio de la jurisdicción eclesiás-
«tica, ya Bea en el foro interno ó externo, y los que recurren con tal
•objeto al foro secular, ejecutan sus mandatos ó les prestan auxilio,
•consejo ó favor. Conflicto gravísimo, vuelvo á repetir, y que el Go-
•biemo ningún interés tiene, ni puede tener, en que ocurra, y que
■por el contrario debe (i todo trance evitar. Lo que está pasando en
18ó
«diferentes países de Europa, hondamente párturbados por cuestio -
•nes religiosos, y el hallarse el nuestro en circunstancias especialísi-
*mas, «a, en mi concepto, suficiente para que, obrando en este asunto
«cual corresponde á la elevación y rectitud de sus sentimientos, des­
d ig a las quejas infundadas, que tal vez hayan dado causa á la ór-
»den que V. E. se ha servido comunicarme.
■ Si hubiese motivos racionales para crearse posible, no obstante
»la actual forma política de la nación, el próximo restablecimiento
•de las Órdenes Militares con todo su antiguo esplendor é importan­
c ia , puede dirigirse el expediente que se instruye en ese Ministerio,
»y del que se me habla también en la citada órden, á que en sil dia
•se erijan canónicamente el Priorato y el coto redondo deque se hace
-mérito en el Concordato. Así podrí terminarse este asunto de una
•manera beneficiosa y digna para los individuos de esa respetable
•closej y sumamente honrosa para el Gobierno......»

XXXIII.

Esta contestación no filé del agrado del Gobierno, y con el objeto


de anular las providencias de ejecución, se dispuso & restablecer ah
■irato el suprimido Tribunal de las Órdenes Militares. Alentábanle
con b u conducta los disidentes á llevar tv cabo tan desatentado pro­
yecto, prosiguiendo entre tanto ellos en el mal camino que habían
comenzado. En los pueblos en qus dominaban, que por fortuna fue­
ron pocos, patrocinados por las Autoridades, en virtud de la orden
antes citada (1), se apoderaron de los templos, cerraron hasta las
iglesias de las monjas, que, como era justo, no S2 le3 sometieron, y
los fieles pe encontraron sin tener dónde oir uno Misa los diaa festi­
vos, viéndose precisados para oírla ó ir á los pueblos inmediatos.
La efervescencia fué grande con este motivo, sobre todo en una

Í1) Esa orden ilol Señor M inistro do G racia y J u sticia , de [echa 21 de Kebrero do
1871, dirigida ol M inisterio F iscal, d ice así:
«Siondi? noqi'sario para sostener lp& d erech os que al G obierna correspon den ?o b rt la
^ ju risd icción de las Órdenes M ilitares, resistir las intrusiones que puedan intentarse
^contra lu expresada ju ris d icc ió n , liu rj V . S. ¿rd ea i los Prom otores F iscales, en cu y o s
w listriles « islán p oblacion es sujeLus ú la ju risd icc ió n M aestral, pora que presten todo
"e l a u x ilio m oral j material do su ou lorid od , cuando pera ello sean requeridos por los
^Priores y V icarios de la s Órdenes M ilita res.»
Igual circu lar se dirigid ¿ los Presidentes de la s A u d ien cia s, los cu ales la co m u n ica ­
ron i todos lo s ju e c e s d e s ú s resp ectiv os territorios; cotno usimiernti se dirigió í los G o ­
bernadores de p ro v la cio , q u ienes la transcribieron i su vez A lo s alcaldes de sus dis­
tritos.
186
ciudad, donde de resultas de un grave escándalo, promovido por los
cismáticos con ocaaion de un entierro, faltó poco para que b u s pacífi­
cos habitantes, liortos da tan repetidos desmanes y cansados de ton­
tos atropsllos, no los expulsasen ignominiosamente y de una manera
muy ruidosa, diciéndoles con no menos energía que eficacia: aDejad­
nos en paz, y abandonad esta tranquila ciudad, cuyos derechos maB
sagrados, coma son los de b u Religión, habéis tenido el arrojo de
violar.»

Tanta ne vos yeneris tenuit fidttcia veatrif


Jam ccelum terramqiie......
Miscere, et tanta* audetis tollere mola.'
Maturate fitgam, et dulcía linquita arca ( l j .

Estos escándalos no tomaron mayores proporciones, gracias á la


digna actitud de los Capítulos, los cuales, compuestos , como están,
do ilustres caballeros, verdaderamente cristianos, condenaron el cis­
ma y se sometieron á las decisiones del Vicario de Jesucristo, por me­
dio de una reverente exposición que le elevaron. Algunos de esos Ca­
balleros, entre otros el Sr. D. Manuel Pineda de las Infantas, De­
cano hoy del Tribunal de las Ordenes Militares, no contentos con
este paso, que tonto les enaltecía, dirigieron -un escrito al Cardenal
ejecutor, en el que, además de reprobar el cisma, manifestaban su
mas completa y absoluta adhesión á lo mandado por el Papa; escrito
que, con no poco riesgo de sus personas, por hallarse la revolución
on su período álgido, quisieron que se publicara en los periódicos,
pues decian que para ellos era una gloria sin igual poder dnr, en cir­
cunstancias tan críticas, un público y brillante testimonio de su fer­
viente catolicismo.
Vóaae ahora lo que acerca del noble y cristiano proceder de los
Capítulos decía en su despacho de 28 de Agosto Monseñor Marini,
al Cardenal Moreno. «Snnto que algunos desgraciados Sacerdotes
«de......sigan fomentando allí el cisma; pero creo que muy pronto
»ellos también Be sujetarán á la legítima autoridad, tonto mas, euan-
»to que los Caballeros de las cuatro Ordenes Militares han dirigido j'l
•Su Santidad una exposición, en la que loablemente se someten á lo

(1) jE n e iá ., llk . I, v. 182 y s i g u i ó l e s , £ c lo g , 1, v . 3 . La tiialc/i q u e se advierte en


«I ú ltim o T erso, com p uesto co a lijeras va ria cion es, q u e no so notan en o íros lugares de
V irgilio, tiene la autoridad de tan insigas p ocla en este elcgnnle y d e scrip tiv o verso:
...... Ur snnt conati ímpontre Pello Ouam (G eorg., 2, v . 2 81 ); fuera de o l r w a tr io s ejem ­
p los.
187
«dispuesto en la Bula Quo gracias, solicitando, empero, se procada
«cuanto antes á la formacion del coto redondo bajo algunas condicio­
n es, que ¿ mi parecer presentan sérias dificultades. Sin embargo, sü
•La conseguido lo principal, y hay esperanzas de que lo demis ha de
»arreglarse satisfactoriamente.»
Por desgracia, esos eclesiásticos no se sometieron á la Autoridad
legítima, y esto obligó al Santo Padre á hacer una reclamación enér­
gica. Aprovechando la ocasion de haber necesidad de contestar á
cierta petición que le había dirigido el Gobierno, el señor Cardenal
Antonelli, en una Pro-Memoria que, por via de respuesta, le dirigió,
decia, entre otitis cosas: «La Santa Sede no encuentra dificultad en
•prestarse ú una plena composicion de la cuestión nacida acerca de
•las Órdenes Militares, ayudando por su parte á la formacion del
•coto redondo, del cual se hace mención en el Concordato de 1651, y
•también en las Lstros Apostólicas del Pontífice reinante, que fueron
■expedidas en el pasado año, y que principian Quo gracias. Antes
•bien, la Santa Sede está dispuesta & dar los oportunas facultades é
«instrucciones al Emmo. Cardenal Arzobispo de Valladolid , que es
•el ejecutor de dichas Letras, para que se ponga de acuerdo con el
“ Gobierno español, á fin de proponer á la aprobación de la Santa
•Sade la designación de un territorio que deberia servir para el sobre-
“ indicado objeto. Entre tanto, empero, no puede callar la Santa
"Sede acerca de la indigna conducta observada por el eclesiástico que
«pretende ejercer jurisdicción sobre el territorio que antes pertenecia
»al Priorato de San Marcos de Lean, y ahora está incorporado, en
•virtud dalas susodichas Letras Apostólicas, u la diócesis de Bada­
jo z . La administración de aquel territorio, siendo del todo irregular
»y de ningún efecto canónico, y revistiendo, por tanto, el carácter
“de una verdadera intrusión, no puede menos de tener agitadas las
■>conciencias de los fieles, al propio tiempo que suministra un motivo
•di escándalo á todo el Catolicismo. Es, por consiguiente, una nece­
sidad imperiosa que el Gobierno español, que ton deferente se muee-
•tra por el bien de la Iglesia, dé las órdenes oportunas á fin de que,
•sin dilación alguna, aquel indigno eclesiástico sea separado del
■puesto que arbitrariamente ocupa, con tanto daüo de las almos y
•abierto ultraje de loa disposiciones pontificias.»

XXXIV .
No cabe mayor energía eu un documento diplomático. Doloroso,
sin embargo, es decirlo; por muy deplorable que fuese la conducta
del indicado eclesiástico, lo era mucho mas la del Gobierno, porque,
188
en vez de reducirlo al buen camino, lo mismo que á b u s compañeros
de desobediencia, hizo todo lo contrario, y de esto es una prueba con­
cluyente el no haberse contentada con dar la consabida órden, man­
dando que se les prestase apoyo por las Autoridades, sino que además
restableció por si el suprimido Tribunal dd las Órdenes Militares. No
se le ocultaba al Cardenal Moreno que esta anti-canónica medida
iba á producir muy desastrosas consecuencias. Era un acto de abier­
ta hostilidad contra la Santa Sede; y á fin de formular la mas enér­
gica protesta, atajar el mal en su origen y evitar que el cisma tóma­
la mayores proporciones, dirigió al Presidente de lo República, en 80
de Abril de 1874, la siguiente exposición:
«Con harto sentimiento mió me veo precisado ú ocupar por un
«breve rato la ilustrada atención de V. E. Muclm pena me causa;
«maB el Decreto de 14 del corriente, que dispone el restablecimiento
■del Tribunal de las Órdenes Militares, en opoaicion á lo preceptuado
■en la Bula Quo gravius, que abolió y extinguió la jurisdicción ecle-
- Elástica que aquel ejercía anteriormente, é incorporó los territorios
■de diebas Ordenes á las diócesis respectivas, me obliga, como ejecu-
■tor que he sido de la expresada Bula, y como Obispo español, á acu-
■dir á V. E ., con el laudable objeto de ver si evito que un cisma re -
■ligioso venga &agravar las inmensas desventuras de la patria.
■Guiado por tan buen deseo, pido respetuosamente al Poder Eje­
cutivo es digne revocar dicho Decreto, y me fundo pam pedirlo, en
■que sus disposiciones atacan uno de los dogmas fundamentales del
"Catolicismo, cual es el de la obediencia en materias religiosas al
■Romano Pontífice. V. E. se persuadirá de que desgraciadamente es
♦exacto lo que afirmo, si se sirve oir las razones que voy á someter ií
■su consideración, ofreciéndole que procuraré exponerlas con la cía-
bridad y concision posibles.
■Séame licito antjs lamentar que en el preámbulo del menciona­
dlo Decreto, no bo hayan guardado todos los miramientos y respetuo-
•sas atenciones de que los Gobiernos, aun muchos que no son cató­
dicos, nunca prescinden cuando tratan de la Santa Sede. Suponer
■que por parte de la Autoridad pontificia no lia habido la detención
■necesaria, que ha procedido bíh enterarse bien del asunto, y de paso
■darle, siquiera sea de una manera indirecta, lecciones de derecho
■público eclesiástico, no me parece muy digno ni propio do documen-
•tos de esta clase, los cuales deben ser modelo de cortesía, principal-
•mente cuando lmy que ocuparse en ellos de la augusta personalidad
■del Papa ó de la divina Autoridad que ejerce.
«Pero lo mas original es que se le dirija ese cargo á renglón se-
•guido de decir que el Decreto de 9 de Marzo de 1873, que dictó uno
m
•de los Gobiernos anteriores, «fué inspirado quizás por las preocupa­
ciones del momento, y mirando á las Órdenes Militares institutos
"privilegiados, extraños á la época, y al parecer incompatibles con la
«nueva organización política, en lo que tienen de nobiliarias, procla-
»mó bu extinción, sin considerar que, no obstante las salvedades mas
*ó menos explícitas en pro de la jurisdicción y de cuantos derechos
■correspondían á la nación y al Estado, seria difícil cohonestar la
•existencia do aquella y el mantenimiento de estos, por falta de ma­
teria propia y de representación externa.»
• Confesándose todo esto en el preámbulo, despues de habers3 afix-
•mado que, en virtud- del Decreto-ley de 2 de Noviembre de 1866,
•fué arrancada la jurisdicción de los jueces propios, que Caballeros
■de las distintas Ordenes ejercían conforme £ leyes, Bulas,prácticas y
»costumbres, * y que imposibilitado el alto Tribunal civil que sustitu-
*yó á dichos jueces para ejercerla, por los diferentes motivos que allí
»se expresan, y otros mas graves que se callan, «se Labia llegado al
«extremo doloroso, pero inevitable, de una verdadera denegación de
■justicia, yaciendo entra el polvo y relegados al olvido gran copia de
»asuntos de índole beneficial y sacramental, de fuero eclesiástico y
*de fuero mixto,» lo racional y lo lógico hubiera sido que, en vez de
«atribuir lijereza á la Autoridad pontificia, y de poner en duda ol
■acierto con que juzgaba en peligro ó abandonados intereses rcligio-
•sos, se confesase y afirmase con ingenuidad que las disposiciones de
•la Bula Quo gravita eran absolutamente necesarias, á consecuencia
>de la extinción de las Ordenes militares, acordada en el Decreto de 9
•de Marzo. Fuese ó no inspirado este por las preocupaciones del mo-
•mentó, lo cierto ea que se expidió; y si es una verdad también que
«extinguidas aquellas, era difícil cohonestar la existencia de la juris-
»dicción que disfrutaban por falta de materia propia y de repretmta-
- cion externa, y bí aun antes de dicho Decreto, ya no podia funcionar
•ni canónica ni legalmente el Tribunal con que se Labia pretendido
•reemplazar al especial de los Órdenes, y ni siquiera existia ol Gran
•Maestre, á quien se pudiera acudir para el nombramiento de Minis­
tros que compusieran otro con los requisitos y condiciones preveni-
•doB en lns Bulas y privilegios apostólicos, ¿por qué se extraña y se
» censura entonces que la Santa Sedo haya abolido y extinguido esa
“jurisdicción, y mandado que revierta á los Obispos para que la ejer-
° zan, como la ejercían antes de que la hubiera concedido á los Gran*
•des Maestres de las expresadas Ordenes?
■No: Su Santidad no ha procedido de lijero, sino con el mayor
•detenimiento y con suma sabiduría, como procodo siempre- Creyó
"que el Gobierno que había dictado el Decreto de 9 de Marzo, era un
190
“Gobierno reflexivo y sério, y no pudo imaginar que á los pocos mo­
isés había de venir otro Gobierno que desbaratase la obra de su an-
•tecesor, y que por añadidura dirigiese á la Autoridad pontificia tnn
•injusto cargo. En el órden político, aunque con descrédito y daño
•de la nación, podrá pasar que boy se desbaga lo que sa hizo ayer;
♦mas en el órden religioso, no; y por eso e3, quo la Bula Quo gracius,
•mucho mas estando ejecutada ya, se encuentre en todo su rigor, lo
•mismo antes que despues del Decreto de 14 de Abril, quo por razón
•de la causa y fin, de la forma y fondo de sus disposiciones, perjudi-
•ca á las distinguidas Órdenes Militares mucho mas que el que orde­
n ó la extinción de tan ilustres instituciones, y al propio tiempo es
•una prueba evidente de la conveniencia, y necesidad de que expidie-
»se la referida Bula.
•En vano en el preámbulo del Decreto que estoy examinando bc
•acude al principio de la soberanía civil y á las modernas teorías que
•sobre la misma ha admitido y proclamado la revolución, pora de-
aducir consecuencias que en manera alguna pueden aceptarse, por-
•que pugnan con otros principios inconcusos de que no es licito pres­
cindir, y de los que se deducen muy distintas y contrarios conclu-
•siones. Con arreglo á estos últimos, debe forzosamente reconocerse
•que la potestad civil no es la única soberana, sino que lo es iguol-
»mente la potestad espiritual, y que por virtud de esta cualidad pe­
culiar á las dos, puede cada cual funcionar en su respectiva esfera
•de acción libremente y con mutua independencia, porque si inde-
»pendiente es la una, la otra lo es también.
•Supuesta esta verdad, no sé á qué conduce decir que el principio
»de la jurisdicción, que Id competencia á favor del poier que sea el
símbolo de la soberanía civil, y que la necesidad tle impedir to la in­
ferencia que tienda á limitar aquel, son punto* esenciales, cuyo detco-
•nocimienio ó negación envuelven el menosprecio luida luí derechos su-
»periores de la nación y la intrusión mas funesta y peligrosa á la in-
•dependencia de ¡a autoridad del Estado.
• No puedo ni quiero persuadirme de que en esto párrafo se haya
•pretendido aludir al Papa ó á mí, como delegado suyo, en el con-
•cepto de ejecutor de la Bula Quo gravius ; ni que con ¿al propósito
•se diga, al final del mismo preámbulo, que el Gobierno, obrando
•de la manera que allí se indica, mantiene en teda su. integridad
•los derechos de la soberanía, que no pueden renunciarse sin caer en
•vergonzosa abdicación, y pone justo límite & cualquier ingerencia quet
•to pretexto de velar por los intereses religiosos, tienda á cercenar aqae-
•lia ó lastimarla. Pero si, lo que no es creible, se hubiera escrito todo
» esto con motivo de haber expedido Su Santidad dicha Bula y haber-
m
»la yo ejecutado, y bí al redactar ambos párrafos presidió el mismo
»pensamiento quo al dictar 1a órden comunicada por el &eñor Minis-
■*tro de Gracia y Justicia á algunos Obispos, en la que, además de
‘ encargarles suspendan la ejecución de mis autos, se habla también
•de intrusiones, dichos párrafos entrañarían entonces un error, con­
denado en la Constitución dogmática Pustor retcrnils del Sacrosanto
•Concilio del Vaticano.
»E1 Papa, cuando en materias religiosas dicta alguna disposición
•quo considera conveniente ó necesaria para el bien espiritual de los
“ fieles, no se intrusa ni se ingiere en cosas que no le concteimsn. Él.
•según enseña esa Constitución dogmática, tiene plena y suprema
■jurisdicción en toda la Iglesia, no solo en las cosas que tocan á la
“fe y á las costumbres, sino en las que pertenecen á lft disciplina y al
«régimen de la Iglesia esparcida por todo el mundo; y así, al expedir
“la Bula Quo gravita, lejos de intrusarte é ingerirse en lo que no era
"de su incumbencia, y lejos también de limitar el jxxler que sea el
»símbolo de la, soberanía, de menospreciar los derechos superiores de la
»nación y poner en peligro la independencia de la autoridad del Esta-
"do, no hizo otra «osa sino ejercitar esa suprema potestad que Dios
■le ha dado en toda la Iglesia.
•Siendo esto innegable, no lia habido esa intrusión ni esa inge­
rencia por parte del Papa. La hay, atendida la materia del Decreto
“de 14 de Abril, por parte de la potestad civil, que La restablecido
■un Tribunal cuya jurisdicción eclesiástica había Bido suprimida por
•la Bula Quo grnviua, resolviendo de este modo por sí, y en sentido
■opuesto á lo que canónicamente estaba resuelto, y sin meditar tam-
•poco las consecuencia?, un asunto espiritual y de índole puramente
■religiosa, y como tal, de la exclusiva competencia de la Santa Sede.
•Para afirmar lo contrario, es preciso suponer, como equivocada-
•mente se supone en el preámbulo, que los derechos abolidos por la
•citada Bula constituyen una parte integrante de la soberanía civil,
•y son inherentes ti la misma, suposición que rechazan, de consuno
•la ciencia y la Religión. Basta conocer el origen que en el referido
■preámbulo se atribiye con acierto á esos derechos, para determinar
•su verdadera naturaleza, y sostener que no son ni mas ni menos
4que gracias y privilegios apostólicos, y como tales, sujetos al cono-
■cido principio legal, cjus est tollerc, enjas est condcre; el que da los
•privilegios, lo mismo que el que da las leyes, puede derogarlos. De-
’ rechos que reconocen ese origen y tienen esa naturaleza, ¿pueden
■ser reputados como derechos majestáticos? Creo que no habrá ningún
•publicista, digno de este nombre, que se atreva á asegurarlo.
■No faltan algunos, sobre todo entre los protestantes, que
]92
•atribuyen á lft soberanía civil derechos y facultades en lo religioso,
«que por la divina constitución de ln Iglesia no puede tener sino en
■virtud de concesiones de esta; pero no ha habido ninguno, que yo
•recuerde, que eleve los derechos adquiridos por este medio ií la cate-
«goría de aquellos que forman parte integranta de la soberanía civil,
•y los repute como inherentes á la misma, y en tale3 términos, que
•no puedan renunciarse sin caer en vergonzosa abdicación; porque
•esto equivaldría á reconocer á la Autoridad pontificia como fuente
•de la soberanía civil, ó de la que al menos nacen ó se derivan algu­
n a s de sus integrantes atribuciones.
•Ni en este último error del mas exagerado, y hasta hoy desco­
nocido ultramontanismo que ee advierte en el preámbulo, ni cu el
•anterior de los protestantes, incurrió el Emperador Carlos V. Cono­
cedor profundo de loa fueros y derechos que lo correspondían como
•soberano, no tuvo la arrogante presunción de creer que so hallaban
•comprendidos entre esos derechos de la majestad los espirituales que,
•sobre laa cosob y personas religiosas de laa Ordenes Militares, disgu­
staban sus Maestrea por indultos apostólicos. Así es, que para conse-
•guirloa, acudió al Papa en solicitud de que uniera ú perpetuidad
•esos Maestrazgos 4 la Corona de España; y como Bu intención no
•era tampoco convertir con el trascurso del tiempo los djinchos espl­
ínrituales adquiridos poruña graciosa concesion de la Santa S¿de, en
•derechos integrantes é inherentes de la referida Corona, aceptó con
•gusto y lleno de reconocimiento la Bula Dum intra en los términos
•en que se encuentra redactada, y que ea preciso no haber leido sino
•en el cortisimo é incompleto extracto que de elLi se bace en una de
•las notas de la Novísima Recopilación, para querer dar el carácter
•de irrevocable, de imprescindible y de irrenunciable & ese insigne
•documento pontificio, y de esta suerte sacar partido de él en contra
•de la Bula Quo gravius.
■ Con la unión á la Corona de los Maestrazgos, logró Carlos V, no
•precisamente consolidar en soberanía, como ee indica en el prenm-
•bulo que, merced á los esfuerzos de los Beyes Católicos y á la sabi­
du ría y entereza del eminente hombre de Estado el Cardenal Jiino-
■nez de Cisneros, la tenia tan asegurada, que no necesitaba del apoyo
•que podían darle algunas facultades espirituales, por apreciables é
•interesantes que fuesen, sino afianzar la pa¡s y tranquilidad del Bci-
■•no, y evitar en ocasiones dadas sublevaciones y disturbios, algunos
•de los que presenció e], mismo Adriano VI antes de ocupar la Silla de
«San Pedro, como lo indica en la Bula Dum intra. Y es de notar que,
>jaunque por efecto de su benignidad para con el Soberano que habia
-sido su discípulo, se las otorgó generosamente, lo hizo, sin embar-
193
“go, con importantísimas salvedades, cortapisas y condicione^. No
«parece mas sino que este venerable Pontífice preñó el caso de que
•habió de llegar un din en que se pretendiera hacer extensivos aque­
j a s gracias y privilegios n los que no habían sucedido al Empera­
d o r en el Trono católico, y hasta que se quisieran invocar en contra
-de la Autoridad pontificia.
•Léase íntegra esa Bula, y se verá la exactitud de la anterior ob­
servación. Despues de enumerarse en ella los grandes servicios pre.v
»todos á la Religión por los Caballeros de las Ordenes Militares de
'Santiago, Calatrava y Alcántara, así como por el Emperador Cár-
«los V, tanto contra los turcos como contra Martin Lutero y sus se­
cuaces, refiere con elogio los hechos gloriosos de igual naturaleza
«ejecutados por los Reyes Católicos y otros progenitores suyos, y et-
» presa además que el ün de las mencionados Órdenes Militares habia
-sido el procurar la exaltación de la santa fe, la destrucción de los
* bárbaros infieles y la guerra contra, los mismos. Y manifestando en
«seguida lo conveniente que sería para la paz y quietud del Reino,
» no menos que para la guerra contra loa infieles, dar al Emperador
•en perpetuidad la administración de dichas Órdenes, que por conce-
•sion de la Santa Sede ya habían desempeñado otros Reyes anterio­
re s, uneé incorpora perpetuamente á la Corona Real los Maestraz­
g o s de las referidas Ordenes Militares, concediendo á dicho Empe­
rador y á los Reyes Católicos, sus sucesores, ya sean varones ó liem-
•bras, todos las preeminencias, jurisdicciones, facultades y derechos
“propioB de los indicados Maestrazgos, y disponiendo que el derecho
■de administrarlos pase con la Corona al va.on ó hembra que la po-
■sea, y tenga facultad de hacer y ejercitar todas las cosas y derechos
uque los Maestres solían hacer y ejercitar en sus tiempos; con la pre­
vención de que el mismo Rey Católico, Emperador electo, y sus su-
-cesorea loa Reyes de Castilla y do León, deben y estén obligados á
«hacer que se ejerza bien y laudablemente todo lo que concierne ¿ las
«cosos espirituales por medio de personas religiosos de las referidas
•Ordenes, nombradas por los mismos Reyes que entonces fuesen,
«amovibles ad nniuvi de los mismos. Mus con el objeto de que nada
•se hiciese en perjuicio de esta unión é incorporacion por los Ca­
balleros y Freires de las Ordenes mencionados en virtud de elec­
ción , de postulación ó de otro medio; se les priva en la vacante del
•Trono, Accedente rege vcl regina, qtú didox Ordincs adminisirarerU,
«de todo derecho y potestad de elegir, hacer postulación ó provisión
■de nuevo administrador perpetuo, y bajo los mas severas penas ea-
•nónicns, cuya absolución se reserva de un modo especial al Romano
•Pontífice; »e prohíbe á todos y á cada uno usar de esa facultad de
jy
m
«que Be lea bu privada. Y haciendo, por último, otraa declaraciones y
«prevenciones que na afectan á la cuestión del din, termina su parte
«dispositiva con las palabras textuales siguientes: «Y cualquiera de
■ellos (los Reyes), que en ulgun tiempo se apartare, lo que Dios no
>permita, de nuestra obediencia y devocion, y (le la del Romano Pon­
tífice que entonces fuere canónicamente tal, y de la de la Iglesia
■Romana, ó hiciere guerra, contra él, ó en su daño, y en detrimento
•de su honor ó intereses moquilloso directa ó indirectamente por sí
«ó por medio de otros, quede privado de esta gracia, y sean las pre­
nsentes Letras do ninguna fuerza y valor, y disuella, por lo tanto, la
■misma unión, y entiéndase que vacan por esta disolución los mis­
amos. Maestrazgos, y de ellos pueJe disponer libremente ln Santa
»Sede.*
■ He procurado hacer un extracto corto, pero fiel, de dicha Bula,
■y he copiado literalmente la cláusula final, para poder deducir de su
■letra y de su espíritu las siguientes incontrovertibles conclusiones.
•Primera: que las gracias y privilegios á quo aquella se refiere fueron
•concedidos personalmente y en términos precisos y concretos, al Em­
perador Carlos V y á los Beyes Católicos de Castilla y de León, sus
•sucesores, y no en general á la nación, ni á la soberanía civil, ni ú
•cualquiera que en lo sucesivo y por las vicisitudes de los tiempos
■pudiera ejercer la autoridad suprema del Estado. Segunda: que por
■consecuencia es de todo punto improcedente para la resolución de
•este asunto, cuanto en el preámbulo mencionado se dice repetidas
•veces acerca de los elemento» y funcione» de la soberanía, de los ti­
tulados dogmas de l-i soberanía, del símbolo de la soberanía, de los
oderechos de la soberanía, y de que la soberanía civil esfuente de toda
*jurisdicción, como si se quisiera dar á entender, porque en otro caso
■no habia para qué decirlo, que lo es también de la eclesiástica. Ter­
uteru: que concedidos esos privilegios solo á los Beyes Católicos, como
•aparece terminantemente de la susodicha Bula, 110 pueden en manera
■alguna hacerse extensivos á ninguna, colectividad, ni á ninguna otra
•persona, por elevada, distinguida y caracterizada que sea, que no
■haya sido objeto expreso de los referidos privilegios, porque es un
•principio do jurisprudencia universal reconocido por el Tribunal
■Supremo de Justicia, que en lo rolativo á privilegios, las leyes de-
■ben interpretarse estrictamente, y no ampliarse á casos que no so
•hallan en ellas clara y terminantemente consignados; y como este
■principio está fundado en 3a equidad y en la justicia, es aplicable á
■toda clase de privilegios. Cuarta: que por consiguiente, con arreglo
■á las disposiciones de la misma Bula, solo los Reyes Católicos de
■España pueden lícita y válidamente nombrar peraonas religiosos de
t9o
“dichas Órdenes para el ejercicio de la jurisdicción eclesiástica. Qtiin-
•ta: que no teniendo los Caballeros y Freires de loa indicadas Órdenes
•facultad alguna para proveer de nuevo administrador, esto es, de
»Gran Maestre, en las vacantes naturales del Trono, no la tienen
•tampoco derrocado éste por modio de una revolución, porque con él
•desapareció también el Maestrazgo que le estaba unido á perpetui­
d a d y que no puede reaparecer en otra forma, al menos por lo que se
“ refiere & sus facultades espirituales, Bin nueva concesion apostólica.
“ Sexta: que mucho menos pueden tener esa facultad los demás que
" no perteneciendo ¿ las Órdenes, carecen de todo título para creerse
“ Con el derecho que á las Órdenes Militares y no á los Poderes Pú­
blicos les correspondía antes do la unión é ineorporacion de los
«Maestrazgos á la Corona católica de España. Sép&ma: quo todavía es
•mas insostenible que los mismos que hicieron esa revolución, y los
•Poderes que de ella han nacido, hayan llegado á ser los sucesores
■de los Reyes Católicos en el Maestrazgo y en la suprema Jefatura
■do las Órdenes Militares, sin elección ni nombramiento de nadie, y
•sin la aprobación y confirmación de la Santa Sede, que por derecho
•se requiere para el legítimo ejercicio de la jurisdicción eclesiástica,
•toda vez que, como se doja probado, no les alcanzan los privilegios
■concedidos en la Bula T)um mira. Ociara: quo aun en la hipótesis
■de que realmente fuesen ó pudiesen ser tenidos por sucesores de los
•Reyes Católicos on el Maestrazgo, lo hubieran perdido con arreglo
•á la cláusula final de la citada Bula.
■ Para probar esta última conclusión, empezaré por decir que aun
•admitiendo que esos Poderes sean sucesores legítimos de los Beyes
“Católicos en el Maestrazgo, y como tales deban disfrutar en el órden
■religioso de las prerogativas y privilegios que aquellos disfrutaban,
•es indudable que estos prerogativas y estos privilegios no tendrían
“hoy mas extensión que en la época de la monarquía, ni mfls duración
•que la que determina la Bula Dnm iutra. Y si caducarían inevita­
blemente en cualquier tiempo en que el Rey se apartare do la devo­
c ió n y obediencia del Romano Pontífice y de la de la Iglesia Roma-
•na, como terminantemente se previene en esta Bul», hubieran ca ­
ducado también, sin ningún género de duda, en el coso de que el Rey
“hubiese destruido la unidad católica en España, felicitado ol usur-
•pador de los Estados del Papa y de la misma Roma, elevado el con­
cubinato á la categoría do matrimonio, y vilipendiado el matrimonio
•cristiano hasta el punto de no reputarlo lcgalmcnte por tal matri-
•monio, y considerar ilegítimos á los hijos nacidos en él. Si ese Rey
•además hubiese expulsado los Órdenes religiosos, echado abajo sin
“necesidad alguno de los conventos de Comendadoras de las Ordenes
196
>Militares, privado á la Iglesia de la dotacion que de rigurosa justicia
» se le debia como indemnización de sus cuantiosísimos bienes, de que
•w apoderó del Estado, quedando de sus resultas abandonado el culto
■y reducido el Clero y las infelices monjas ¿la mas espantosa miseria;
•si hubiera hecho pedazos el Concordato celebrado con la Santa Sede,
■y sido causa de un cisma tan escandaloso y funesto como el de Cuba,
•donde se considera como Arzobispo á un clérigo excomulgado nonii-
•iralirn por el Papa, y se tiene en un calabozo y se persigue como ií
•criminales al dignísimo Vicario Capitular, Prelado legítimo de dicha
«diócesis, y á su fiel y virtuoso Secretario; si ese Rey hubiera elegido
«un Ministro, sabiendo que en pleno parlamento se atrevió á decir
•que tenia declarada la guerra á Dios, y le hubiese permitido proveer
«Obispados; sí, por último, hubiera recogido las Bulas á unos Obispos
•preconizados por el Papa, previo ucuenlo con él; si hubiera menos-
»preciado un mandato de Su Santidad consignado solemnemente en
•una Bula, dando órden á los Presidentes de las Audiencias, ú los
•Fiscales y 4 los Gobernadores civiles para que prestasen el auxilio
» moral y material de su autoridad, cuando para ello fuesen requeri-
•dos por los Vicarios y Priores de las Ordenes Militares que quisieran
•rebelarse contra aquel mandato; y si hubiese restablecido el tribunal
->de dichas Ordenes a pesar de hallarse abolida su jurisdicción ecle-
“ siñstica por la Santa Sede, ¿no es verdad que ese Rey habría perdido
•necesariamente todos los derechos, prerogativas y privilegios que
•alcanzó en virtud de la Bula Dum intra! Constituido por esa larga
•serie de hechos, que tanto daño hubieran causado al Catolicismo,
■en manifiesta oposicion, por no decir en abierta hostilidad, contra
•la Iglesia, ¿cómo había de seguir gozando de esas prerogativas y
«privilegios que esta sola concede á sus bienhechores, y do los que por
•sus santas leyes les priva, como no podia menos, desde que dejan
•de serlo para convertirse en lo contrario? Con arreglo á estas leyes y
•á lo diapuesto por dicha Bula en la cláusula final antes cítala, cual­
quier Rey, aunque fuese un Carlos V ó un Felipe II, que hubiera
•ejecutado algunos de los actos que acaban de referirse, hubiera per-
•dido de sagino esos privilegios y prerogativas; ¿y podrían conservar-
•los lo« Poderes que se han ido sucediendo desde la revolución de
•Setiembre de 1868 acá, habiéndolos ejecutado todos?
•Con el mayor sentimiento me veo precisado á valerme de esta
•clase de reflexiones, cuando al presente nada estarnas distante de
•mi ánimo que el recriminar á ninguno de esos Poderes. Mi objeto al
•hacerlas es otro muy distinto. Solo me propongo, en cumplimiento
•de sagradas obligaciones, demostrar la improcedencia y la injusticia
•del Decreto de 14 de Abril é impugnar las ideas equivocadas y gra-
]¡>7
■ viaimos errores de bu preámbulo. En él hasta se llega ií afirmar que
«de resultas de loa privilegios concedidos por los llomanos Pontífices
-á los Maestros de laa Órden ea Militares, que en el órden eclesiástico
«no eran otra cosa que unos simples religiosos legos, superiores de sus
“respectivos Institutos pertenecientes ¡í las Ordenes de S. Agustín y
«del Cister, se cavtituilui patinada, pero firmemente, salea la suprema
“unidai de la Iglesia unirerset’, al restablecimiento de la Iglesia nació•
"ital con elementos propios y caracteríiticos. Por mas esfuerzos que lie
«hecho para comprender lo que se ha pretendido decir en esta cláu-
■sula, confieso ingenuamente que no me ha sido posible lograrlo.
«¡Unidad suprema! ¡Iglesia nacional! ¡restablecimiento de esta!
° ¡elementos propios y característicos! he aquí otras tantas ideas
«nuevas que no habrá español alguno instruido en la ciencia canónica
«y medianamente enterado de la historia eclesiástica de España, que
-pueda concebir ni explicar. ¿Dónde se hft visto que la unidad de h
»Iglesia católica admita la distinción de grados que supone el adjeti­
v o sitprejiutJ ¿En qué época, existió y cuándo fué extinguida esa 11a-
eiuada Iglesia nacional, á cuyo restablecimiento, se asegura con el
«mayor aplomo, se caniinaim, pnma'la, pero firmemente? ¿Cuáles son
«esoa elementos propios y característicos de dicha Iglesia? ¡Ah! no: en
•España no se lia conocido nunca otra Iglesia que la fundada por el
•Apóstol Santiago y los esclarecidos Obispos enriados con esto objeto
■por el mismo Principe de los Apóstoles. Ella ha formado siempre
■•parte de la Iglesia universal. Jamás se la ha denominado con el im-
» propio y sospechoso título de Iglesia nacional. La celebérrima Iglesia
»particular de España, en la que brillaron los Leandros, los Fulgen­
cio s , los Isidoros, los Braulios, los Ildefonsos y otros mil preclaros
«varones, y á la que desde el tiempo mismo de su fundación inmor­
talizaron sus mártires, y despues dieron gloria impereeedara sus
-Concilios, nunca ha desaparecido de nuestra querida patria. Siempre
>se ha mantenido firmemente unida y en íntima comunicación con la
‘ Iglesia universal, sin t3ner otros elementos propios y característicos,
•que la sumisión al Romano Pontífice y la obediencia á b u s legítimos
•Obispos. Esa Iglesia particular, de la cual son hijas predilectas
•loa Ordenes Militares, se hallaba en la época á que se refiere la
•cláusula que voy examinando, con la vida y vigor necesarios para
11extender sus limites de un modo que parecería fabuloso si no lo
•atestiguase la historia, llevando la luz del Evangelio y propagando
»la fe católica en mundos antes desconocidos, vida y vigor de que po-
•coa añoB despues dió una prueba elocuentísima por medio de sus
»ilustres Obispos, de sus profundos teólogos y sabios Canonistas en el
«Concilio de Trento. Esa vida y ese vigor no los ha perdido por for-
198
•tuna en los tiempos modernos, como tuvo ocasion de acreditarlo á
•la. faz del mundo en ol reciente Concilio del Vaticano, donde los
"Obispos españoles, que acompañado» de sus teólogos y canonistas
•asistieron ¿ é l, supieron, con la sola excepción del que suscribe, si
*no dar nuevo brillo, conservar al menos los glorias adquiridas en el
•de Trento, habiendo cabido á uno de ellos, que con el mayor gusto
«le he visto preconizado por el Papa para ln insigne Silla de Santia-
•go de Compostohi, la honra señalada de hacer terminar con su elo­
cuente y persuasiva palabra el mas empeñado «importante délos de­
sbates conciliares, y contribuir con sil ciencia, al triunfo mas com-
•pleto de la doctrina que respecto á la infalibilidad pontificia había
«sostenido y enseñado siempre esa Iglesia particular de España.
«Mucho mas pudiera añadir en refutación de las Aserciones erró­
neas que se hacen en el mencionado preámbulo; pero por no abusar
"de la benévola atención de V. É. y habiendo rebatido ya, algunas de
•ellas, y con especialidad las que se refieren al ¡>ase en mis comuni-
•caciones al Sr. Ministro de Gracia y Justicia, me concretaré á ma-
»infestar que el decreto de 14 de Abril ha restablecido ds un modo
«notoriamente anticanónico el llamado tribunal especial de las Órde­
n e s Militares, tribunal que en lo religioso no tiene ni jurisdicción ni
«territorio donde pudiera ejercerla, y por consiguiente, ni negocios
«de que conocer, ni eúbditos á que mandar. Es un tribunal quo se
•ha establecido con notoria infracción de los layes eclesiásticas, y con-
utra la expresa voluntad del Papa, ora se atienda ií lo dispuesto en la
■•Bula Dum intra, oro 6 lo que, al derogarla, se ha prevenido en la Quo
»gravita. Si se atiende á la primera, los ministros que lo componen
«han sido nombrados por quien no tiene facultad para hacerlo, pues
«solo la tenían, aegim dicha Bula, como acabo de demostrar, los Re-
Dyes Católicos en concepto de grandes Maestros de las referidas Or-
•denes; dignidad en la que en manera alguna ha sucedido, ni puede
«suceder, como no sea por medio de concesion apostólica, el actual
«Gobierno, Y si se atiende á la segunda, ni aun esta concesion podrá
«obtener mientras no llegue el caso de erigirse canónicamente el
^nuevo Priorato de las Ordenes Militares, ó uoa el territorio especial,
«ó coto redondo determinado en el Concordato. Entre tanto, el estado
«canónico y legal de esto asunto es, el de liiillinno extinguida de hecho y
»de derecho la jurisdicion eclesiástica especial, que anteriormente cor-
"respondía al Gran Maestre délas citadas Ordenes, y el de encontrarse
«todos sus territorios legítimamente incorporado» ú los diócesis ree-
"pectivos y dependientes do la jurisdicción ordinaria de sus Obispos,
->puesto que, dígase lo que se quiera en el preámbulo tantas voces
»citado, no solo está ejecutada la Bula (Jim fimvius en España, Bino
19<>
«ademas remitidas á Su Santidad Iris copias autorizadas de loa autos
“de ejecución dictados por mi en los espedientes canónicos que al
«efecto se lian instruido en coda una de las diócesis en que existían,
»ó á las que, Begun las disposiciones do esta Bula, habia que agregar
"los territorios de las mencionados Órdenes.
• Ese tribunal, poi consecuencia, no es canónico. Carece de toda
“ autoridad. Las disposiciones que adopte en asuntos eclesiásticos ó
areligiosos, serán nulas, do ningún valor ni efecto, y tanto los que
»l(is dicten como los que las obedezcan, incurrirán irremisiblemente
«en los graves penas canónicas señaladas por derecho y en los tér-
»minos que el mismo previene. Privado de la comunion con la Santa
•Sede ese tribunal acéfalo, no puede ser tenido por católico: habrá
•queconsiderarlo como intruso, y los Obispos, á quienes no es licito
»desprenderse de la jurisdicción ordinaria que tienen en loa nuevos
•territorios que Be han agregado á sus respectivas diócesis, S2 verán
•precisados & cada paso ú levantar su voz, y hacer uso de su auto­
ridad divina en defensa de estos nuevas porciones de su rebaño,
■porque cualquiera que sea la aflictiva situación en quo lo? coloque
•si citado decreto y las medidas que se adopten para llevarlo á efecto,
•todos cumplirán con su deber; todos se opondrán á los mandatos da
•ese tribunal, arrostrando sin temor toda clase de responsabilidad,
•menos la terrible que contraerían por no defender á sus ovejas, en
» el trance supremo de querer ser arrebatadas por una autoridad ilegí-
•tima rebelada contra el Papa.
> No serán tampoco los nobles é ilustres Caballeros y respetables
•Freires que componen las cuatro Ordenes Militares, los que presten
•obediencia y sumisión á dicho tribunal. Entusiastas todos desús
■pasadas glorias adquiridas en defensa de la fe católica, ni como cru­
zados, ni como españoles, han do querer perderlas en un solo mo-
•mentó, por poneree en una situación de verdadera rebeldía contra
-ltv Santa Sede. Ellos saben que en asuntos religiosos, cuando se
•trata de cosas espirituales, no hay medio para los católicos, ó con el
•Papa, ó contra el Papa; y que en esta alternativa, no le3 queda mas
•recurso que el de continuar ni lado de la Iglesia Católica, obede-
•ciendo la Bula Quo rp-arim, ó pasarse al opuesto, en que se La colo­
reado el referido tribunal por solo el hecho de habsrse instalado para
•lo religioso, sin otra autorización que la del decreto de 14 del cor­
riente, que lo reduce á la triste condicion de jefe y cabeza de cis-
•máticos.
■Cortísimo es hasta ahora el número de los que, ol ejecutarse la
■Bula Quo granas, se han resistido á cumplimentar bus disposiciones.
•Desgraciadamente la mayor parte de este coito número la componen
200
>eclesiásticos, que ftep&i'iindose en mala hora y por motivos que olios
■sabrán, de los dignísimos que forman casi la totalidad del respetable
•Clero de las Ordenes, y no imitando el noble ejemplo que les han
■dado muchos de los mas distinguidos dignatarios del mismo con su
*espontánea obediencia y sumisión á lo mandado por el Pontífice,
■lian sido en algún punto, ú causa de mi hostilidad manifiesta ó ds
■ bus insidiosas maquinaciones, lajiiedra de escándalo para los buenos.
■Loa pueblos, no obstante, han acptudo con júbilo y obedecido
■con respeto el mandato apostólico, sin que haya sido suficiente para
■desviarlos de este camino, la presión que en sus ánimos lian procu-
»rado ejercer los funcionarios públicos en ciertas localidades por eum-
•plir lo que en obsequio de los expresados eclesiásticos rebeldes les
■habia prevenido el Gobierno.
•Lo propio ha de suceder en lo sucesivo. El catolicismo se en­
cuentra muy arraigado en el pueblo español, y si por medios vio­
lentos Be quisiera obligar á los fíelos ií separarse de los preceptos y
■enseñanzas del mismo, y se inténtala compelerles ú que en un asunto
■tan grave y delicado como el de la jurisdicción eclesiástica, que
«afecta hasta la validez do los sacramentos do la penitencia y del míi-
■trimonio, desobedecieran al Papa, se verían con frecuencia en los
» pueblos escenas parecidas ú la que no ha muchos dins tuvo lugar on
*nn Convento de Monjas que habían estado sujetna á la extinguida
«jurisdicción especial de las Ordenes. Llamadas al locutorio y recon­
venidas bruscamente Ins ejemplares Eeligiosas por una autoridad lo-
»cal, á consecuencia de haber reconocido como legítimo Prelado al
»11. Obispo de la diócesis, eu virtud de lo dispuesto en la Bula Quo
•grariut, y habiéndolas ameuauado <le una manera muy poco deli-
«cada con privarlas de la Misa, de su dotacion y hasta con expulsar­
la s del Convento, si inmediatamente no volvían ií someterse á la
«indicada jurisdicción ¡suprimida, lo dieron á una voz esta hermosa
»respuest'i: <jim hiciera lo que quisiese, que estaban dispuesUw todas á
•íuifo; rjueti era preciso, irían con mucho rítalo al mopücio á recibir la
¡¡corona del martirio, anta que desobedecer á Su Santidad.»

XXXV.

Este escrito mereció la aprobación de la Santa Sede. Véase lo que


eu 6 de Junio de 1874, decia al Cardenal Moreno el Señor Cardenal
Pranchi.
«Con suma satisfacción he leido 3a protesta que Y. Emma. diri-
»gió al Gobierno eBpañol contra el restablecimiento del Tribunal de
201
*las Ordenes Militares, encontrándola digna de su autor. Tengo ade-
*más la satisfacción de poner en conocimiento de V. Emma., que Su
* Santidad se enteró de ella con vivo interés, y ha quedado suma-
»mente complacido, tanto por el mérito del escrito, como del buen
«efecto que ha producido.»
No estuvo menos expresivo Monseñor Marini, quien en sn des­
pacho de 17 de Mayo anterior, le decía: «Ha llegado también á mis
11manos la «irt.i muy apreciada de V. Emma. de 5 del corriente, en
■la que me adjuntaba dos ejemplares de la reclamación dirigida
■por V. Emma. al Presidente del Poder Ejecutivo, contra el escanda­
loso decreto restableciendo el Tribunal de las Órdenes Militares, y
■derogando ol anterior de extinción de las mismas. He cumpido la
■órden de V. Emma., entregando al Señor Cardenal Antonelli los dos
■ejemplares de dicha reclamación. El Padre Santo, á quien se h&co-
«miinicado este luminoso documento, no solo lo ba aprobado, sino
■también justamente ba elogiado la firmeza y habilidad con que
»V. Emma. lia deshecho los sofismas de que se ha servido el Ministro,
■pretendiendo dejar sin efecto la Bula Quo firariiis. Creo que todo
»hombre serio se habrá sonreido al enterarse de semejante extrava­
gancia; pero c b muy sensible que algunos eclesiásticos extraviados
■hagan oposicion á la Bula, buscando apoyo en los desmanes del
■Gobierno. Sin embxrgo, Su Santidad espera que, tanto este asunto
■como los demás, á la par desagradables, tendrán un desenlace satis-
»fuetorio, contando con el sentimiento religioso y la sensatez pro­
verbial de la generosa nación española, de que ha dado recien te-
■mente una prueba el ilustre Capítulo de los Caballeros de Montesa,
«cuyo ejemplo imitarán sin duda los Capítulos de las demás Ordenes.
»Con este motivo felicito al Señor Conde Teodoro Moreno, y le pre-
■sentó mis afectuosos respetos.*
No menos aplaudida fué en EBpaña la anterior Exposición. Ten­
go ú la vista un legajo de caitas y documentos, en los que de la ma­
nera mas expresiva se manifiesta el entusiasmo que en todos produjo
su lectura. Bien quisiera insertarlos- aquí sin omitir ninguno, porque
formarían una especie de corona de bellas y olorosas flores en honor
de mi hermano. Mas por no dar demasiada extensión n este escrito,
mo contentaré con copiar solo tres do esos documentos, uno debido á
la pluma de un Obispo, otro escrito por un insigne jurisconsulto, y
el último, obra de un conocido escritor público.
El Obispo es el docto y venerable Prelado de Oviedo, quien en la
parte oficial de fu Iioletin del 23 de Mayo de 1874, mandó insertar
el siguiente suelto.
«Publicamos con el mayor gusto la Exposición que el Emmo. Se-
202
«flor Cardenal Arzobispo de Valladolid, con motivo de la reorganiza­
r o n del Tribunal de loa Órdenes Militares, cuyo importante docu-
» mentó ha recibido de Su Emma. nuestro limo. Prelado, quien ha
'•dispuesto darlo &conocer por este medio al clero de la diócesis, regi-
»da un dia por tan distinguido Pastor. No dudamos que serón leídas
>con el urna vivo interés estas brillantes páginas, dignas de que se
■los tribute el homenaje de admiración y aplauso, y de que sean
o conservadas en los archivos parroquiales como nn monumento de
«sabiduría, como una preciosa lección de disciplina eclesiástica, y
«como un testimonio del apostólico celo del Gran Principe de la
«Iglesia, que tan bien sabe defender sus mas sagrados derechos, lu­
chando contra las dificultades que á la conservación de los mismos
«oponen las Potestades de la tierra.»
El Sr. D. Santiago Tejada es el insigne y distinguido juriscon­
sulto, cuja carta voy á copiar: «He recibido los dos ejemplares de
ala Exposición, protestando contra el restablecimiento del Tribunal
•de las Órdenes. Doy á V. Emma. las debidas gracias: no tiene res-
apuesta su contenido. Es una argumentación formidable; muy mal
rparada queda la víctima que ha cometido ese y otros desaciertos......
■Un ejemplar he remitido á N. para él y sus hermanos, que vacilan
»sobre ayudar 0 no al nuevo llamado Tribunal. Y otro para los de
•Alcántara y Montosa, á fin de que vean la luz y no vayan por ma­
llos caminos. El 25 del corriente se reunirá el Capítulo de los de
•Santiago. También deberá reunirse el de Calatrava, y espero quo no
•se apartarán de la verdadera senda, ni contribuirán á nada que
•menoscabe el respeto filial que todos debemos al Padre común, que
•es siempre, y masen los presentes dias, la única guia segura.»
El escritor público es el Director de la Gaceta del Notariado Es­
pañol, quien en el número correspondiente al dia 24 de Mayo do
dicho año, insertó en esta ltcvista el siguiente articulo: «Nuestros
- compañeros y antiguos condiscípulos de lince veintiocho años, so-
•ben muy bien el gran cariño y profunda consideración que ú todos
»nos merece nuestro sábio y virtuoso maestro é inolvidable catedráti-
“CO, hoy Principe de la Iglesia, Señor Cardenal Moreno, y el respeto
•que prestamos á sus esforzados escritos en defensa de los fueros del
•Catolicismo. El sábio Cardenal Moreno, aquel que se ocultaba para
•vivir en los hospitales socorriendo á los pobres, despues do enseñar­
l o s sus puras doctrinas; que creó nuestro entusiasmo por la Imtitw-
■cion dt la verdad en los cátedras, será siempre para sus alumnos la
»mayor de sus glorias. Nuestra mayor honra es proclamar que somos
•sus discípulos. Cuanto al Señor Cardenal Moreno atañe, sus discí­
pu los lo aceptan como causa propia; pues tal es su cariño y decidí-
203
«da adhesión. Sus consejos y sus doctrinas hallarán siempre un lu-
“ gar distinguido en las columnas de la Gaceta del Notariado. Por lo
» mismo creemos rendir un tributo de respeto á nuestro sábio maes-
" tro, insertando á continuación el notabilísimo escrito qne ha dirigí-
ido al Gobierno reclamando contra el decreto de 14 de Abril último,
«por el que fué restablecido el Tribunal de las Ordenes Militares,
«seguros que nuestros compañeros, sus numerosos discípulos, habrán
•de tener una verdadera satisfacción en conocer tan importante tra­
b a jo eanónico-legal......i»
Tal fué el efecto que produjo en Boma y en España la expresada
Exposición, y allí, lo mismo que aquí, causó también la mas agrada­
ble sorpresa, que la célebre Bula Quo gravita quedase del todo ejecu­
tada, á pesar de la tenaz oposicion del Gobierno, y despues de venci-
doe obstáculos formidables y todo género de contrariedades. Solo fal­
taba saber el juicio de Su Santidad acerca de los autos ejecutoriales
que on número considerable se liabia apresurado el Cardenal ejecu­
tor á remitirle, copiados primorosamente por uno de los mejores pen­
dolistas de España. Y ese juicio se lo hizo conocer el Señor Cardenal
Antonelli, por medio de su despacho de 18 de Mayo de aquel año, que
traducido literalmente al español es como sigue.
«Con la apreciada comunicación de Y. Emma. del 11 de Abril
■último, he recibido las copias auténticas de los veiiitítret autos eje-
•entónales de la Bula Apostólica Quo (jraviux, cuya ejecución habia
»sido confiada á V. Emma. Habiendo dado cuenta á la Santidad de
*Nuestro Señor, del modo con queV. Emma. ba procedido en ejecu-
"tar la mencionada Bula, tengo el placer de significarle que el Padre
*Santo, no solo se ha dignado dar bu soberana aprobación, sino que
»me ha ordenado también tributar los debidos elogios al celo y pru­
dencia «on que Y. Emma. ha desempeñado el encargo que le fué
»confiado. Al cumplir las venerandas órdenes de Su Santidad, apro­
vecho con gusto esta nuevu ocasion para rjibrar á V. Emma. los
•sentimientos de mi mas profundo respeto......»
En los mismos expresivos y honrosos términos el expresado Señor
Cardenal le dió igualmente las gracias en nombre de Su Santidad,
por haber llevado á feliz término la ejecución de lúa Bulos Qu<c di~
imcr»a y Ad Apoatolicam, de la cual fué también ejecutor, debiéndose
tí su habilidad y celo, que muy pronto quedosa designado el coto re­
dondo de las órdenes Militares, y erigida la Iglesia Prioral de Ciudad-
llcal.
204

XXXVI.

Antes de haberse restablecido el tribunal anticanónico de las Or­


denes Militares, y antes por consiguiente de expedirse estas Bulas de
Su Santidad, se dictó en odio de la Iglesia una medida de la mayor
gravedad, encaminada á que pereciesen de hambre y de miseria sus
ministros, pues á esto tendía el privarles de las asignaciones que de­
bían percibir sogun el Concordato. Primero se alegó por pretexto para
no pagarlas, la penuria del Erario público; mas tarde que el Clero se
liabia negado á prestar el juramento á la Constitución del Estado; y
por último, 83 quiso aparentar deseo en el Gobierno de cubrir estas
atenciones, cuando lo que procuraba era seguir adelante en su sistema
de afligir á la Iglesia. Y lo demuestra bien á las claras el proyecto
que presentó el Ministro de Gracia y Justicia á los Cortes, para ¿jar
definitivamente (como él decia) el presupuesto de obligaciones ecle
stósticns y las relaciones económicas entre el Clero y el Estado; por-
que en ese proyecto no solo se rebajaban considerablemente las do­
taciones estipuladas en el Concordato, sino que la corta parte de ci­
tas asignada al Clero, se mandaba hacer efectiva por las Diputacio­
nes provinciales y á los Municipios, que era notorio carecían en su
generalidad de medios, no solo para esto, sino aun para atender á sus
obligaciones ordinarias.
Los Prelados españoles, con ul objeto de evitar se cometiese tama­
ña injusticia, ó por lo menos para protestar contra ella, caso de co­
meterse, elevaron á las Cortes la siguiente Exposiciou, que redactó mi
hermano en Zaragoza, donde se hallaba entonces para asistir á la
consagración del templo del Pilar, recientemente restaurado. Esta
Exposición, que fué redactada con fecha 12 de Octubre de 1872 por
encargo de I03 Prelados que allí se hallaban, y á la que se adhirieron
los demás, es como sigue.
«Loa Prelados que suscriben, reunidos en esta ciudad con motivo
«de la Bolemne consagración del Templo Metropolitano del Pilar,
^acuden respetuosamente al Congreso con el objeto de cumplir un alto
•y muy sagrado deber. Se dirigen á los Señores Diputados para lia-
•cerlea presente, que la Iglesia de España ha visto con sumo dolor ol
•Proyecto remitido á las Cortee por el Sr. Ministro de Gracia y Jus­
ticia, fijando definitivamente, como se dice en el mismo, el presu­
puesto de obligaciones eclesiásticas y las relaciones económicas entre
•el Clero y el Estado.
•Este Proyecto introduce graves y trascendentales variaciones en
205
•la actual organización de las diócesis y del personal del Clero; en
"las dotaciones que en equivalencia de sus antiguas rentas le están
«canónica y legalmente señaladas; en la asignación del culto ó ma-
«terial de laa Iglesias y Seminarios; en la inversión de fondos de Cru-
•zada, y hasta en la aplicación de los pertenecientes á la obra pin de
«los Santos Lugares. Nada de lo existente en estas materias se ba
•respetado en ese Proyecto, con el que se viene á dar el último golpe
“al Concordato celebrado coa 1» Santa Sede en 1851, y al Convenio
•adicional de 1859, infringiéndose de un modo injusto, y notoriamente
•ilegal, los principios de eterna justicia, que son la sólida base del de-
oreclio público eclesiástico, y que constituyen el fundamento de las
•relaciones de la Iglesia- y del Estado. No parece sino que para el
•Sr. Ministro, que en mala hora lo ha redactado, no existe en Espa-
Ȗa ni ley, ni autoridad, ni justicia, ni derechos, ni obligaciones, ni
•cosa alguna que el Gobierno, lo mismo que las Cortes, tengan por
•lionor y por conciencia la indeclinable precisión de reconocer y res­
upetar, en lo relativo al sostenimiento del culto católico y manuten­
ció n de sus ministroB.
•De aquí proviene que para ocultar la arbitrariedad, injusticia y
•nulidad de las disposiciones propuestas en el Proyecto, haya habido
•que escribir un larguísimo y difuso preámbulo, en el que reina la
•mas lamentable confusion de ideas y doctrinas, expuestas con cierto
•artificio, mezclándose la verdad con el error, la razón con el sofisma,
•la sana doctrina con los principios más detestables, y todo con el fin
•de buscar el medio de eludir el cumplimiento de un tratado solem­
n e , de privar á la Iglesia de lo suyo, de reducirla á la última miseria
•y á la más humillante servidumbre. ¡Ah! es muy cierto que de la
•era que se habría de inaugurar con la aprobación de tal Proyecto, y
»ú la que, acomodándonos al lenguaje del preámbulo, podríamos 11a-
•mar era novísima, no se dirá jamás ni aun irrisoriamsnte lo que el
•Sr. Ministro afirma en dicho preámbulo, cuando con seriedad ase-
•gura que la Iglesia de España lia entrado en la era nueva, ó sea en
•la del Concordato, con la ostentosa forma de la antigua.
•No hay que indicar ¿ los Señores Diputados que nada de lo que
•se propone on el Proyecto respecto A la dotacion del culto y Clero,
•puede hacerse sin faltar á las leyes divinas y humanas, con inclusión
•de la misma ley fundamental que, al disponer en su artículo 21
•que la. Nación se obliga á mantener el Culto y los ministros de la re-
•ligion católica, es claro que habla del culto y de los ministros según
•la organización canónica y legal que tiene la Iglesia de España, y no
•Begun la que á su arbitrio quiera darle un Ministro de Gracia y Jus­
ticia, mucho más cuando, por confesión propia, es incompetente para
206
■ello. May bueno hubiera sido que esa preciosa confesion la hubiera
«hecho extensiva á la reforma da otros puntos del Concordato: porque
*es indudable que en este coso habría desistido completamente do su
«Proyecto, puesto que habiendo intervenido las dos Supremas Potes-
•tadea en la celebración de aquel solemne tratado, no podría la potes-
■tad civil, sin el concurso <le la eclesiástica, modificarle en todos ni en
«cualquiera de sus artículos ó disposiciones.
•Mas no &e debe extrañar que el autor del Proyecto haya proccdi-
»do de otro modo, toda vez que se ha creído autorizado también para
•sostener en ese documento oficial, que secularizadas en España la
»instrucción pública y la beneficencia, han cesado para el Clero, res-
«pecto de ambas cosas, obligaciones inherentes á la misión divina de
•la Iglesia. Este es un nuevo error teológico, moral, canónico y so-
•cial, en que, quizá sin advertirlo, ha incurrido el Sr. Ministro. Nun-
»ca más preciso que al presente el fiel y exacto cumplimiento del de-
»l>er, que tienen los Obispos de ocuparse en todo lo concerniente á la
«enseñanza de sus diocesanos. Y la razón es muy sencilla, pues como
-hoy, con arreglo á la Constitución, puede confiarse la escuela, la cá-
«tedra y la designación del libro do texto al hereje, al judío y al ateo,
«llegado este caso, sería lo natural que en algunas, en muchos ó en
•todas las escuelas y cátedras oficíales, se omitiera la enseñanza re-
•ligiosa, ó que en ellas se propinara 4 la juventud católica el veneno
«de la mala doctrina. Para evitar da algún modo esto grave mal, ó
“aminorar á lo ménos sus funestos efectos, no hay en el dia, según
«la legislación vigente, otro medio legal, que el de oponer á la ense­
ñanza irreligiosa la enseñanza católic.1 on escuelas y cátedras, esta­
blecidas á expensas ú con el auxilio del clero; deduciéndose de aquí
«quo, lejos de haber desaparecido para él el deber de atender á la ins-
•truccion, bí ha hecho tanto más grave y urgente, cuanto su cumpli-
«miento es uno de los medios mns eficaces para preservar á los jóve •
•nes de la corrupción y del error, y para satisfacer esta verdadera y
■apremiante necesidad de lo que en el preámbulo se llama servicio
•religioso.
•Tampoco el Cloro español, por apurada y aflictiva que sea su si­
tuación, puede considerarse dispensado del cuidado de los pobres, á
■pretexto de que en España existen establecimientos civiles de bene-
«ficencia. Obrar do otra suerte sería apartarse con desdoro propio de
»la celestial doctrina de Jesucristo y admirables ejemplos de los Após-
•toles, así como de lo que, según se reconoce en el mismo preámbulo,
•ha practicado siempre la Iglesia católica.
•Los Obispos y todo el Clero español, á imitación de lo que con
«gran desprendimiento hicieron b u b benéficos y esclarecidos, predece-
207
*sores, seguirán partiendo con el enfermo y el indigente los últimos
•recursos con que cuenten para su propia manutención, y los Expo-
- nentes declaran en alta voz estar decididos á arrostrar con el favor
•de Dios las mayores privaciones, antes que desamparar en sub dió-
»ce8Ís al necesitado y al desvalido, hállese dentro ó fuera de los se­
cularizados establecimientos de beneficencia, que en número consi­
derable fueron fundados por caritativos y generosos eclesiásticos.
-¿Pero qué es lo que ee propone el Sr. Ministro con bus ingenio-
osas suposiciones y extraño deslinde de los deberes del Clero? ¿Preten-
»de por ventura inferir de bus capciosos razonamientos, quelalgle-
»sia de España no tiene derecho á percibir íntegra toda su actual do-
•tacion? Así es en efecto, mas sin razón ni justicia alguna. La dota-
»«ion actual del Clero español ha Bido adquirida á un gran precio,
■por el valor de los cuantiosos bienes de que fué despojado ó se le ha
«obligado á permutar, y que puestos ea venta por la Hacienda, con
•mucha depreciación en alguna época, produjeron para el erario pú-
■blico la enorme suma de muchos miles de millones, á la que hay
«que agregar la no ménos considerable que importaba el diezmo su­
prim ido, y por el que fueron indemnizados, como era justo, los par­
tícipes legos.
■ Tal es el título en virtud del cual la Iglesia da Espani adquirió
«derecho á la dotacion que so le señaló en el Concordato. Ningún
»acreedor en el mundo podrá presentar otro ni mis justo, ni más le­
gítim o, ni más sagrado, y sin embargo ¡quien lo creyera! coa espj-
•cialidad despues de la revolución de Setiembre, se la está echando
■en cara todos los dias esa reducida dotacion. Se pondera con estré­
p ito y sin cesar se censura su cuantía, cuando esta, según cálculo
«que se tiene por exacto, no llega ni con mucho al medio por ciento
■de pai te del capital do que so la desposeyó, ó sea solo de los bienes
•enajenados: dato importantísimo, de que ha prescindido el Sr. Mi­
nistro de Gracia y Justicia, y que ha debido tener muy presente
■para no incurrir en lamentables equivocaciones y errados juicios,
■como le ha sucedido desgraciadamente, por valerse de otros datos
■estadísticos muy inexactos, verdaderas vulgaridades para el hombre
«entendido y de buena fé, y que consuma importunidad aduce en el
■preámbulo del Proyecto. A posar de esto, se suspende el pago de di-
•cha dotacion sin motivo; y mientras que con puntualidad cobran
•sus haberes los demás clases, se le deben ya por el personal dos
•anualidades y media, y poco ménos aJ culto y á las infelices monjas.
•Contra lo expresamente estipulado, se las cercena también con des-
■cuentos enormeB, que no se imponen á loa otroa ocreadores. Se ame­
n a za con suprimirla ó reducirla ála nada siempre que llega el tieiu-
208
»po de ocuparse del exátnen y aprobación de los presupuestos; y rnién-
»tras tonto se buscan con avidez pretextos los más irritantes, como
-el del juramento, para dejar de satisfacer esta sagrada obligación.
» Así se trota 4 la Iglesia on la católica España.
• De muy diferente modo se conduce la Francia. A pesar de sus
» inmensas desgracias, y de la revolución tan radical y violenta que ba
•cambiado por completo la forma política de su gobierno, no lia pen-
•sado siquiera, ni ea los momentos de mayor apuro, en suscitar con -
•flictos religiosos, en modificar ó destruir el Concordato, en turbar ó
•romper las buenas relaciones que con la mayor sabiduría conserva
•cuidadosamente con la Santo Sede. No ha pensado tampoco ea dis-
•minair ó suspender el pago, ni mucho menos privar ú la Iglesia de
i sus rentas, ni inferirle el menor daño en los ínteroses y otras sub­
venciones con que, además de la dotación señalada en los presupues-
•tos generales, cuenta para la decente manutención de sus ministros
•y decoroso sostenimiento del culto, sin que la inquiete, la asuste ni
■la alarme que cada francés católico contribuya para dicho objeto,
»segun cálculo de un célebre economista de eso pais, no con una po-
•seta y diez y siete céntimos, como equivocadamente se afirma en el
•preámbulo, sino con casi doble cantidad de la que se supone en el
-expresado documento paga, cada español.
»Y se conduce así, porque sobe, aleccionada por una larga y cos­
to s a experiencia, que tiene el deber de respetar la religión católica
•que profesa la mayoría de loa franceses; que esto religión divina,
•única verdadero, es una grande y urgente necesidad para el liom-
•bre, la familia y la sociedad; que solo ella con la luz de sus-dogmas,
•el poder de su moral, y el fuego de la caridad, cuya práctica pres­
cribe, es capaz de salvar á los pueblos de la destrucción y de la rui-
»na, sobre todo en los momentos supremos de agitación y de desór-
«den, en que á veces se decide para siempre la suerte y el bienestar
•de las naciones. Sabe igualmente la religiosidad con que estas debo»
■guardar los tratados; que no es menos inviolable el derecho que la
•Iglesia tiene al percibo de sus rentos, que el de propiedad de los
•particulares; y que si sería un acto reprobado é inicuo privar de lo
•misma á cualquier ciudadano, mucho más lo sería despojar de aquel
•fi la Iglesia. Sab:, por último, que un Gobierno justo, en lugar de qui­
ntar, garantiza los derechos adquiridos por título legal, y que aun el
•Sultán, creyéndose árbitro de lo vida y bienes de bus vasallos, res-
•petft las propiedades destinados a las mezquitas como cosas sagra-
»das, sin que jamás alguno de ellos se haya atrevido ni aun á dismi­
n u ir los fondos una vez asignados Al ejercicio del culto y al sosten i-
r>miento de bus sacerdotes.
209
»¿Y será posible que el Congreso español observe en tan importan-
»té y trascendental materia una conducta ménos justa, equitativa y
•patriótica? No. Sin faltar á Bagrados deberes, ni prescindir de laa
•elevadas consideraciones que el honrado y hábil político debe tener
•muy presentes para-el acierto en sus acuerdos y determinaciones, no
•es creible que preste au aprobación á un proyecto, en el que contra
•toda, razón y toda justicia, de una manera irrisoria y con escándalo
»del pais, se deja á la Iglesia Bin recursos, se dan por suprimidas mu -
»ellas diócesis para el efecto dsl pago, se deprime á loa Párrocos h&s-
»ta el punto de hacerlos depender de los Ayuntamientos, se considera
»á los demíis eclesiásticos constituidos en dignidad; y á los mismos
•Obispos, como empleados subalternos de la Administración, some­
tiéndolos á los Diputaciones provinciales, y se impona á los pueblos
•la carga de pagar el sostenimiento del culto y del Claro, despues de
•haberse el Erario aprovechado de los cuantiosos valores de los bie­
n es eclesiásticos vendidos. Sa qniere, en ñn, que cambiándose sin
»consentimiento del acreedor la persona del deudor, se subroguen las
•Provincias y loa Municipios en lugar del Estado, y por consecuencia
«que los pueblos paguen las obligaciones eclesiásticas, sin darle, para
•que lo pueda ejecutar, otro recurso que el de los fondos de Cruzada,
•los cuales acabarán de desaparecer, en el momento en que los ñeles
•sepan que su impórtese entregaálos Ayuntamientos, y que el poder
•civil, sin anuencia de la Santa Sede, lia variado el objeto de bu in­
mersión, que según el Convenio adicional, debe ser erelusivamente el
•sostenimiento del culto;, y se pretende imponer á los pueblos ose
•gravamen, cuando apenas pueden ya solventar las enormes contri -
•buciones que sobre ellos pasan, y cuando necesariamente han de au­
gmentarse de un modo extraordinario y progresivo, si Legan á apro-
•baree los proyectos presentados á las Cortos por el Señor Ministro da
«Hacienda.
•Claro os que las consecuencias de esa incalificable medida habría
•de sentirlas muy pronto la Iglesia de España. Quedaría indotada por
•completo, y desde 1,® de Enero del presente año no podria reclamar
•ni aun lo quo tiene devengado durante el mismo, y se lia pagado ya
’ á, los eclesiásticos juramentados, y también a algunas Diócesis mas
•afortunadas que las restantes; pues para quenada falte á dicho Pro­
vecto, adolece de otro vicio que lo hoce todavía mas odioso, y que
•procuraron evitar siempre los BábioB y justos legisladores, cual os,
»el dar efecto retroactivo á sus desastrosas disposiciones.
•Sancionarlas por medio de una ley, equivaldría á apoderarse de
•nuevo violentamente y con engaño de lo que á la Iglesia pertenece,
«atentado sacrilego, que solo han cometido los malos Gobiernos y los
11
210
»maloa Príncipe»; u:i Juliano el Apóstata, uu i'telúrico de Sajorna,
>un Enrique VIII, y algunos otros por el estilo, que en vano busca-
bron pretexto para cohonestar 511 conducta, bija tan solo de la irrali*
>gion y de la avaricia.
•Deber, pues, del Obispo católico e3 oponerse á que se sancionen
-esas medidas tan injustas, entre los cuales hay algunas que restriii-
>gen la libertad de adquirir que tiene la Iglesia, cuando nuestras le-
»yes no lo hacen con ningún particular, corporacion ó compañía ge-
ocular, sino para impedir la usurpación do bienes ó derechos ajenos.
•La justicia apenas sufriría que se les prohibiera hacer nuevos ad­
quisiciones, ni que se pusiera tasa á estas; y ambas cosas se estable-
»cen en el referido Proyecto. La rftzon levantaría el grito al cielo si
» enmudeciera la religión.
•Apoyados los que Buscrlben en ln una y en la otra, elevan su
•voz para rogar al Congreso lo deseche, acordando se guarde y cumpla
•en todos sus partes el Concordato, ó en otro caso admitirles la pro-
•testa que desde ahora formulan, por no reconocer en la potestad
otemporal competencia alguna para modificar por b í sola, alterar, va­
cia r y ménos revocar en todo ó en parte dicho pacto solemne, cele­
brado entre la Nación y la Santa Sede. El es en la actualidad la úni-
»ca ley vigente en la materia, y A laque, mientras no se reforme con
•inter vención de la autoridad de la Iglesia, se atendrán aiempro, con­
siderando nulas y de ningún valor ni efecto cuantas so formulen en
contrario.
•Estos leyes no producirían otro resultado que el de promover
•nuevos y gravísimos conflictos, introduciendo una gran alarma y
•perturbación en las conciencias. Los Prelados, en cumplimiento do
agua deberes y en uso de la divina autoridad de que están revestidos,
•viendo perecer al Clero y que el culto no puede sostenerse, se en-
•contrarían precisados á señalaren s u b respectivas Diócesis las cuotas
•en frutos ó en dinero con que los fieles debían atender A tan urgentes
•é imperiosas necesidades. Acatando sus diocesanos las prescripcio­
n e s de la ley de Dios, natural y positiva, no podrían menos de oba-
•decer aquellos mandatos, si fuesen buenos católicos; y los compra-
adores de bienes eclesiásticos, además del dnño que recibirían en el
•precio y estimación de estos, experimentarían las pasadas ansieda­
d e s que se habían calmado con el Concordato.
»La Iglesia de España no debo quedar indotada. Tiene un dere-
ncho inconcuso á toda su actual dotacion, al mismo tiempo que el de-
•ber de oponerse decididamente á toda ley ó disposición en que no se
»le reconozca eBte derecho, y el de impedir por cuantos medios legí­
tim os están á su alcance, quo sin el expreso consentimiento de la
211
•Santo Sede, j por sola la voluntad del poder civil, se lleve ¿ efecto,
•en lo relativo á las obligaciones eclesiásticas y modo de satisfacerlas,
•el Proyecto de que se trata, cuyo objeto, dígase lo que se quiera en
■*la exposición que le precede, en realidad no es otro que el de acabar
»de destruir y anular el Concordato, con gravo daño de la Iglesia y
•del Estado.
«Los que suscriben incurrirían ante Díob y los hombres en una
»grande responsabilidad, si no se apresurasen h jiresentar ol Congre •
«so esta respetuosa reclamación y protesta.»

XXXVII.

El proyecto á que se refiera la anterior Exposición iba á discutirse


en las Cortes; y temiendo los Prelados, con mucho fundamento, que
esta» lo aprobasen, prepararon para este caso una enérgica y razonada
protesta. Tengo á la vista la qus tenia escrita con tal objeto el di'
funto Cardenal de Santiago, Sr. Cuesta, que, sobre ser muy notable,
es de pocos conocida, y conviene que se publique, porque acaso algún
dia podrá ser útil para escribir la historia de la Iglesia de España en
ese infausto periodo. Dice así este documento.
«El Metropolitano de Santiago, por sí y en nombre de sus sufra-
»gáneos los Obispos de........ los cuales le lian autorizado para ello,
•no puedo menos de manifestar á V. E., que todos hemos visto con
''profundo dolor, publicada en la Gaceta de..... la ley fijando el pre­
supuesto de obligaciones eclesiásticas y las relaciones económicas
- ontre el Clero y el Estado.
» Ya Io b Prelados, reunidos hace poco en Zaragoza con motivo de
“la consagración del templo del Pilar, elevaron ol Congreso una ra­
bonada exposición y respetuosa protesta, á que se adhirieron los de-
•más, sobre el proyecto convertido hoy en ley, deseando evitar el con­
v ic to & que se nos ha reducido, con harto sentimiento nuestro, al
“vernos en la triste necesidad de decir como un dia los Apóstoles: «Si
•es justo delante de Dios oiros 6 vosotros antes que ¿l Dios, juzgadlo
"Vosotros mismos.* Al publicarse esta ley se ha planteado para nos­
otros una gravísima cuestión de moral, á saber: si nos es lícito ó no
•consentirla y aceptarla; cuestión que nosotros debamos resolver se-
*gun el criterio de la moral cristiana, coya enseñanza nos fué enco­
mendada por ol divino Maestro. La ley habla directamente con nos­
otros, y á nosotros toca juzgarla bajo el aspecto moral para determi­
n a r nuestra regla de conducta.
«Por el nuevo presupuesto de obligaciones eclesiásticas, se priva á
212
»ln Iglesia española, de una parte no pequeña de la dotacion estipu­
la d o on el Concordato de 1851, y que venia pagándose por el Estado
•con alguna regularidad, como una exigua indemnización por los
«bienes y derechos de que él se habia incautado; y esto es ya, sin gé-
»nero alguno de duda, una cosa poco conforme con la eterna justicia
•que manda observar religiosamente los pactos, siendo ella laregula-
«dora de las leyes humanos, y superior á la voluntad de los legislado-
«res, aunque obren en nombre de lo que se llama soberanía nacional.
«La justicia constituye el derecho supremo. Así que, mientras la otra
•paiie contratante, que es el Romano Pontífice, no consienta en esa
«rebaja en el presupuesto de obligaciones eclesiásticas, nosotros no
i podemos aceptarla.
»A V. E., por otra parte, no se oculta que ol Santo Concilio do
¿Trento, en la sesión 22, capítulo 11, castiga con la terrible pena de
•excomunión, no solo á los que usurpan, aunque estén constituidos en
«la mas alta dignidad, aun en la imperial, los bienes, los derechos,
•lofl frutos, los emolumentos ó cualquiera clase de obvenciones desti-
•nados al sostenimiento de las iglesias, manutención de sus minis­
tr o s y socorro de' los pobres, ó estorben que los perciban las perso­
n a s á quienes de derecho perteneces, sino que hiere con la misma
•pena al Clérigo autor del fraude ó usurpación, ó que consintiere en
-ella, quedando además privado de su beneficio y del ejercicio de los
•sagrados órdenes. Los Obispos y los católicos verdaderos no pueden
«mirar coa indiferencia estos disposiciones de un Concilio Ecuméni-
»co, que declara la moral en una materia determinada, imponiendo
«severas penas espirituales ¿ los que las conculquen, y mas especial-
“ mente al Clero que en ello consiente; y nosotros seríamos consenti-
» dores si aceptásemos y nos prestásemos A cooperar A la ejecución de
» la ley, en lo que se refiere al nuevo presupuesto do dotacion del
•Culto y Clero.
• Pero hay en la citada ley otra cosa, no menos grave, que la re­
b a ja considerable de las dotaciones estipuladas en el Concordato, y
•os la nueva manera de hacer efectiva la parte que se fija para dotar
•el Culto y Clero, traspasando el Estado, sin consentimiento del
■acreedor, esa mayor parte de una deudo de justicia d las Diputacio­
n e s provinciales y á los Municipios, que es notorio carecen, general­
mente hablando, de medios para pagaría, puesto que ni aun los
•tienen para hacer frente d sus atenciones ordinaria?. Y por esto se
•ha dicho desde un alto puesto con franca rudeza: «Los Maestros do
■escuela al Estado, y el Clero á los Municipios. * Lo que quiere decir:
«el Estado, que paga con cierta regularidad sus cargas, debo dar di-
•rectamente sus sueldos n los Maestros, y los Municipios, que no las
213
■lian podido pagar, se encargarán de hacer efectiva la dotacion del
«Culto y Clero parroquial que señalamos. De esta suerte, esa ya mer-
-mada dotacion, vendría á ser ilusoria, si no en todo, por lo menos
»en su porte mas considerable. ¿Cómo es posible que aceptemos una
«ley que viene á dejar realmente indotada nuestra Iglesia, por mas
•que aparezca otra cosa?
» Y bí se dice que se autorizará á las Diputaciones y Municipios
«para aumentar los impuestos á fin de cubrir las dotaciones del Cul-
»to y Clero, esto sería entregarnos á la odiosidad de los pueblos, car-
«godos ya, como están, con tributos insoportables, y mas riendo por
«otra parte que, aunque la partida dol Culto y Clero no figura ya en
«el nuevo presupuesto general de gastos del Estado, no por eso se lia
«disminuido este, por razones sin duda que se habrán creido podero-
■sas para ello. Añádase á esta odiosidad la dependencia humillante
•á que se nos reducirá al tener que mendigar de los Diputaciones y
•Municipios nuestras mezquinas dotaciones; y no habria de ser raro
•desgraciadamente el caso en que un alcalde, por ejemplo, que puede
•ser á veces un hombro sin religión y que aborrezca á sus Ministros,
•ó que tenga con ellos rencillas de localidad, se aprovechase de su
■posicion para inventar mil subterfugios con que eludir el cumpli-
•miento de la ley, por mas que el Gobierno quisiera que se cumplie-
*so. Malo es para la Iglesia que la dotacion ilsl Culto y Clero depon-
•da inmediatamente del Gobierno, pero sería pésimo que dependiese
•de laa Diputaciones y Municipios. Antes que aceptar esa odiosidad
•y esa ton humillante dependencia, preferimos encomendarnos á la
»piedad de los ñeles, para que con sus oblaciones y limosnas nos den
•el indispensable alimente, y contribuyan ¿ sostener el culto del Se -
•ñor, dador de todos los bienes.
•Esto no obBtante, debemos declarar que, mientras la suprema
•potestad eclesiástica no preste su consentimiento á la citada ley,
•tendremos por válido y subsistente, aun en cuanto á las dotaciones
»y modo de satisfacerlos, el Concordato, cuyo cumplimiento reclama­
dnos y continuaremos reclamando del Gobierno, y por consecuencia
•también el pago de todos loe haberes que se adeudan al Culto y
•Clero de nuestras diócesis, ora estuviesen devengados antes de la
*publicación de la citada ley, ova se devenguon en lo sucesivo. La
•Iglesia habia sido despojada de sus antiguos bienes, y parte había
•sido permutada por inscripciones intransferibles, y habia creido de
•buena fe, en vista de su generosidad, que se abonaría religiosamen-
*t3 por el Estado lo pactado como indemnización muy exigua del
■antiguo patrimonio de que ha sido privada; jy ahora se da el últi-
»mo golpe al Concordato y se la despoja de esa indemnización! La
214
-justicia clamará siempre contra semejantes disposiciones, que no pue-
»den tener valor mientras el lio mano Pontífice no consienta en ellas.
«Porque esta es la condicion esencial (le todos los convenios ajustados
» con formalidad.
• Solo nos resta hacer otra observación importantísima, y es que,
«por la nueva ley, se suprimen casi todos las Colegiatas que se con­
servan en el Concordato, y loa Seminarios Conciliares, que ni aun
«se nombran, subrogándose, en lugar de ellos, una cantidad insigui-
■ficante para la enseñanza del Clero, cantidad que apenas bastaría
•para conservar el edificio en que aquella kabia de darse. Nada dire-
«moa de la supresión que indirectamente se Lace, en el liecho de su­
prim ir los dotaciones de iglesias metropolitanas y sufragáneas, de
•canongías y beneficios, dando por supuesta una nueva organización,
■que no tiene existencia canónica en la Iglesia española. Nada, en
■fin, del destino que bo da á los rendimientos de la Bula de la Cru­
zada,, diverso de aquel que le Labia dado el Sumo Pontifico, autor
■ lo la gracia, en el Convenio adicional de 1850, donde se establece
» [Ue esa renta, que Juiee parte de lii ticUtal dotacion, se destinará excla-
onivamentc en adelante á los gastos del Culto; y aliora por la nueva ley,
«habría de invertirá®, en gran parte, en otras atenciones que, por
»sagradas que sean, no son Ion que ha querido con razón el Padre
«Santo se satisfagan con esos rendimientos.
•Si V. E. quiere recordar los sanos principios de derecho públí-
»co eclesiástico, ó del simple derecho natural, no podrá menos de re-
•conocer que las disposiciones de la nuera ley que llevamos indica-
•das, sin hacer mención de alguna otra, además de ser contrarias ií
-las máximos mas obvias de la justicia y el derecho, lian sido dicta-
odas por una autoridad incompetente para legislar por si en materias
«que están ya arregladas por solemnes convenios. Repetimos, pues,
•que no ¡Melemos ocsptarlas sin hacernos reos de un gran crimen,
•sobre todo, cuando acaba de desaprobarlas el Santo Padre de un
■modo público y solemne, uniendo en la Alocucion de 23 de Diciem­
b r e último su reclamación, á las que anteriormente Labia hecho el
-Episcopado oapañol...... No pretendemos privilegios, sino simple-
emente que so nos Laga justicia, cumpliendo lo pactado, y aun el ar­
tícu lo 21 de la Constituciou, por el que la nación so obliga á man­
utener el Culto y los Ministros de la Religión Católica, cuyo sentido
«obvio es Bostener el Culto y los Ministros según estaba estipulado
«ai solemnes Concordatos con la Santa Sede, hasta quo las dos par -
■tes, y no una sola, acordasen variarlo......»
21ó

XXXVIII.

Esta era la protesta redactada por el inolvidable y sábio Carde­


nal Cuesta. Véase ahora la que tenia preparada mi hermano.
«Excrao. Sr,=L os Prelados de la provincia eclesiástica de Va-
»lladolid hemos visto con profundo pesar en la Gaceta de......la ley en
»que se establace un nuevo presupuesto de obligaciones eclesiásticas,
«y 03 varlíin sustanciabaent:; l:w relaciones económicas entre el Clero
»y el Estado.
»Con e3a ley se da el último golpa al Coucordito, y S3 despaja ú
“ la Iglesia da España de lo quo la habia quedado para el soste-
»nimiento del culto y do sus ministros. Inútiles ban sido los esfuer-
*2os que para evitarlo ha hecho el Episcopado español. Su voz no ha
«sido escuchada ni por los Cortes ni por el Gobierno; antesalcontra-
*rio, haciendo alarde los innovadores, unas veces de incredulidad
■y otras de un muy original catolicismo, se ha negado la verdad,
«desconocido el derecho, contrariado la justicia, y sin ningún respeto
*m consideración, se ha privado á la Iglesia, desús legítimos y sagra­
d o s intereses.
»No es lícito á los Obispos consentir semejante despojo, ni tam-
*poco podría hacerse esto impunemente, pues prescindiendo del se-
» vero juicio de Dios, que nadie puede eludir, incurren en graves pe-
»nas canónicas los que usurpan los bienes de la Iglesia, y nosotros
■>incurriríamos también en ellas si tuviésemos la desgracia de pres-
» tamos á la ejecución de una ley que priva por completo de su dota-
-eion tí casi todas laa Colegiatas canónicamente erigidas; que deja
•reducidas poco menos que á la nulidad las dotaciones de las demás
* clases del clero, así como las asignaciones del culto y de los Semi-
»narios, y que manda pagarlas á corporaciones que notoriamente se
■sabe carecen de recursos para cumplir esa nueva obligación.
• Esta ley, por consiguiente, despoja á la Iglesia por completo du
«todos sus actuales haberes, y como sabe V. E., los Sagrados Cáno-
" nes, y mas particularmente el Santo Concilio de Trento, en el capí­
t u lo 11 de la sesión 22 De Ilefunnatione, castiga con excomunión
“ tanto al clérigo como al seglar, cualquiera que sea la dignidad de
■que esté revestido, aun la imperial y real, que uBurpe por engaño ó
" por fuerza los bieneB, los derechos, los frutos, los emolumentos ó
“ cualquier clase de obvenciones destinadas al sostenimiento de las
3iglesias, manutención de sus ministros y socorro de los pobres, óes-
" torbaBen que Ion perciban las personas á quienes de derecho perte-
21G
«necen, como también al eclesiástico que füéaó autor do ese detestable
«fraude y usurpación, ó que consintiese en ella.
. Para no faltar en matern tau delicada á I03 deberes que á lo»
«Obispos impone su sagrado ministerio, nos oponemos á que esa ley
“tenga aplicación en nuestra diócesis. Y ratificando ante el Gobierno
«y la nación la protesta que hicieron ante el Congreso los Prelado»
«reunidos eu Zaragoza, por medio de su Exposición del 12 de Octu­
b r e último, y á la que se han adherido todos los demos del reino
«con su respectivo clero, declaramos que lejos de aceptar ninguna do
•sus disposiciones en lo relativo á la dotacion del culto y da sus mi­
nistros, las consideramos injustas, nulas, y de ningún valor ni
»efecto.
*Lo son en realidad, no solo por la insigue injusticia que envuo!-
•ven; por ser completamente ilusorios los medios á que recurre para.
•satisfacer las exiguas asignaciones eclesiásticas que establece; por el
»gravamen quo irroga ú los pueblos, tí quienes por separado y en fo-
»vor de la Hacienda, se les cobra adornas la contribución que estaba
«destinada ñ tan sagrado objeto; por lo depresiva que es para el clero
«en razón á la dependencia indebida con que se le quiere sujetar á las
«provincias y á los municipios, en quienes, faltándose á los principios
»de equidad natural y de eterna justicia, se traspasa sin el conten-
*timiento del acreedor, la deuda qua el Estado tenia contraída con la
•Iglesia, sino también poique es un modo de eludir la obligación
»que la ley fundamental, en virtud de lo establecido en públicos tra
»todos, impone ú la nación y no á los Ayuntamientos y Diputacio­
n e s provinciales, de sostener el culto católico y sus ministros, y so-
»bre todo, por ser notoria la incompetencia de la potestad civil para
«legislar por sí en esta materia, sin la necesaria concurrencia de la
»suprema potestad eclesiástica.
"Declaramos igualmente, que inientraa eutu, no preste su sanción
*á la indicada ley, tendremos por válido y subsistente, eu lo tocante
ȇ las dotaciones y medios de aatisfucerlua, el Concordato, cuyo cum-
«pliraiento exigimos y continuaremos exigiendo del Gobierno, y por
« consecuencia también el pago de todos los baberos que se adeudan
«al culto y clero de nuestros diócesis, ora estuviesen devengados an-
«tes de la citada ley, ora se devenguen en lo sucesivo; porque Y. E.
•aabe que el derecho no se destruye por ningún acto de poder ó de
»fuerza, y ese derecho lo tiene la Iglesia do España para reclamar la
•dotacion que se le señaló en lugar de los bienes de que fué privodu
«ó que permutó con el Estado, en la persuasión de que los Concor-
»datos son para ambas partes contratantes algo mas quo un vano y
■pueril pasatiempo; en la creencia de quo producían obligación para
217
°Ias mismas, con especialidad cuando una de ellas, por haber hecho á
■favor de la otra importantes concesiones, tiene un título muy legíti­
m o y sagrado para exigir lo que por via de compensación ó indem-
■nizacion se le había ofrecido de la manera mas formal y solemne; y
»en la confianza de que, cedidos ó permutados por ella los bienes de
"que era propietaria, sería religiosamente cumplido en la noble y ea-
■tólica España un convenio que, sin grande hostilidad al catolicismo,
•se respeta en todos los países del mundo donde se conserve algún
•■resto siquiera de honor y de conciencia.
»No se moleste, pues, el Gobierno en dictar medidas para plan­
tea r dicha ley en las diócesis que componen esta provincia eclesiás­
tic a . Ilotas completamente todas las relaciones entre el Estado y la
■Iglesia sin culpa de esta, se atendrá para su régimen únicamente ú
«los Sagrados Cánones y á lo que de nuevo ordenare la Santa Sede,
»y mientras no se satisfagan al culto y al clero las asignaciones mar­
ceadas en el Concordato, ó se le devuelva su antiguo patrimonio,
•atenderá á estos objetos con los recursos eventuales que le proporcio­
n e la Divina Providencia y las oblaciones de los fieles. A ellos acu­
diremos, invocando el precepto divino de subvenir á las necesidades
•de la Religión y de sus ministros, y estamos seguros de que no
•abandonarán á la Iglesia en este conflicto. Y si, lo que no espera-
*inoB, fuese desoída nuestra- excitación, no por eso desistirá el clero
•español de la resolución que tiene formada de sufrir toda clase de
•privaciones y padecimientos, antes que faltar á lo que exijen el de-
*coro y la dignidad de su sagrado ministerio......■■

XXXIX .

Poco despues de ocurrir todo esto, hubo un cambio ministerial, y


el nuevo Gobierno, con menos prevenciones contra la Iglesia que el
anterior, dirijió en 17 de Mayo de aquel mismo año, por medio del
Heñor Ministro de Gracia y Justicia, una comunicación al Cardenal
Moreno, en que le manifestaba sus deseos de restablecer la armonía
con la Iglesia, haciendo en términos corteses no pocos ofrecimientos
para obtener eee bien que, en su concepto, habia de redundar en bene­
ficio do todos. La idea era excelente, pero irrealizable, porque el Mi­
nistro no ocultaba, sino que lo decía claramente, que esos ofrecimien­
tos se entendían y debían entenderse en cuanto no menoscabasen
tos derecho* jiolíticox de la Xacion. Cabalmente en esto estribaba la
dificultad para obtener el bion á que aspiraba aquel Gobierno, por­
218
que esos supuestos derechos políticos pugnaban con los principios del
Catolicismo y con los derechos sagrados de la Iglesia.
£1 Cardenal Moreno comprendió desde luego que no darían nin-
gun resultado laa gestiones que se trataba de iniciar, sin duda con
ol mejor deseo; mas, precisado á contestar ú dicha comunicación, lo
hizo con fecha 5 de Junio en los siguientes términos.
• Muy Sr. mío y de mí mas distinguida consideración: digno de
•los mayores elogios es el pensamiento que respecto de los asuntos
«religiosos tiene Y. formado, y se sirve manifestarme en su atenta
«carta del 27 del pasado. Conforme en un todo con él, tengo el ho-
»nor de asegurarle que el Gobierno puede contaT con mi decidida
«cooperacion en todo lo que se refiera á facilitar el pronto y completo
»restablecimiento de loa relaciones de la Iglesia y el £stado, que en
•mala hora y sin culpa alguna de aquella, se rompieron desde que
•tuvo principio ln revolución del 68. El ofrecimiento que hago ú
»Y. con el expresado objeto es tanto mas sincero, cuanto que estoy per-
•suadido de la rectitud de sus intenciones, no menos que de la de los
'demás Señores Ministros, asi como de la del Sr. Presidente del Po-
»der Ejecutivo, lo que me hace confiar que ese patriótico pensamiento
»ha de realizarse, procurando todoB queden ó salvo los principios del
•^catolicismo y los derechos de la Iglesia.
«Vulnerados lastimosamente unos y otros, sería honrosísimo pora
»el Gobierno ir decretando las oportunas reparaciones. Habrá algu-
•n&s que tal vez no puedan desde luego hacerse por completo, en ra­
nzón &los trabajos prévios que requieran, ó á la necesidad de apro­
vechar ocasiones oportunas para ejecutarlas; pero hay otras muchas
«que no están en este caso, y por cuyo medio se podría dar principio
»á esa obra reparadora, que espera con ansia la inmensa mayoría del
•pueblo español, y que no puede negarle un Gobierno que do veras
•desea su apoyo para poder restablecer el orden sobre sólidas bases,
»y librar á la Nación de nuevos y peligrosos sacudimientos, igual-
»mente que de los horrores de la guerra civil.
•Y ya que Y. ha tenido la bondad de permitirme le exponga con
•entera libertad cuanto crea conveniente para el logro de tan suspi-
»rado fin, me atrevo á indicarle que es urgentísimo que el Gobierno fije
•su ilustrada consideración, principal y preferentemente sobre la nece­
sidad quo hay de que se entreguen desde luego las Bulas tí los Obis-
•pos preconizados por Su Santidad, cualquiera que sea la forma en
»que dichas Bulas vengan extendidas, porque la forma en que lo os-
"tiíD, es la que procedía en las circunstancias on que se hizo, y ade-
*mós hubo inteligencia previa con el Gobierno de entonces.
«Dados estos antecedentes, ó yo estoy equivocado, ú me parece
219
» indudable que la justicia, la dignidad nacional y la conveniencia
«públicareclaman del Gobierno actual quo acepte loa naturales efec-
•toe de eso importante acto pontificio, mucho mas, cuando no perju­
d ic a en lo mas minimo al Patronato Real, cuyos derechos tampoco
«lia tratado de menoscabar Su Santidad; antes aj contrario, custodio
- fiel de cuantos privilegios tiene concedidos la Santa Sede ¿ la Corona
■•de España, y exacto observador de todo lo convenido en el Concor -
"dato, ha mostrado con hechos y con palabras que desea vivamente
«llegue el dia en que, «segurado el órden y constituido el pais de una
•manean definitiva y estable, sobre principios que uo pugnen eou los
°santos é inmutables del catolicismo y con los sentimientos religiosos
oda la casi totalidad de los españoles, pueda reconocer de nuevo en
» d Jefe supremo del Estado el ejercicio del indicado Patronato.
• Es de lamentar que el antecesor de V. no haya esperado á que
«llegue ese dia para hacer la provisión general de cargoB eclesiásticos
“Con que se ha despedido del Ministerio, confiriéndolos á personas,
•que, salvas algunas honrosas excepciones, ó carecen, con arreglo á
-los disposiciones vigentes, de los cualidades pnra desempeñarlos, ó
*por sus antecedentes, el actual Gobierno hubiera destituido ya á va-
•rioe, si en vez do piezas eclesiásticas, se tratoae de destinos civiles.
«Aunque no fuese mas que pora alejar todo recelo de que se hiciese
>mivl uso del Patronato, con gravísimo perjuicio de la Iglesia y de la
-sociedad, entiendo que la prudencia aconsejaba abstenerse de pro-
»veer los mencionados cargos, ó al menos, haber procurado que la
» elección recayese únicamente en Sacerdotes respetables por sus me­
recimientos y virtudes, que afortunadamente abundan en España.
«Otra de las medidas también urgentísimas á mi juicio, es que
»con mano fuerte so corte pronto el cisma religioso, que se ha inicia-
» do ya bajo las formas mas repugnantes en algunas poblaciones, con
•motivo de las órdenes dadas por ese Ministerio á consecuencia de
"haber- expedido Su Santidad la Bula Quo gradúa. Nada diré del
»restablecimiento del tribunal do las Ordenes Militares para lo reli-
•gioso, contra lo expresamente mandado en dicha Bula, porque ya lo
•dejo manifestado en mi comunicación de 30 de Abril ultimo, que
»tuve el honor de dirigir al Señor Presidente del Poder Ejecutivo.
•Séame permitido, sin embargo, rogar n V. que influya con su auto*
«ridad para que cuanto antes se adopte la resolución que en dicho
“ escrito tengo solicitada, por exigirlo así la justicia y ser acaso la que
»mas ha de contribuir á facilitar el único medio de avenencia eon la
■Santa Sedo que cabe en este asunto, cual es la erección del coto re-
•dundo; haciendo extensivo mi ruego á quo se procure por todos los
«medios que V. conceptúe á propósito, que cesen los grandes escán-
220
■dalos que están cometiéndose en Llerena, Mérida y otros pueblos de
■Estremadura, donde no han ocurrido ya lamentables conflictos,
•merced al celo y prudencia, del venerable y dignísimo Obispo de
■Badajoz.
■Este peligro no puede continuar, ni el Gobierno, por propio de-
■coro, consentir que todas los Autoridades de esa provincia, desde la
■Audiencia con su presidente hasta los Jueces municipales, desde el
•Fiscal hasta los Promotores y desde el Gobernador civil hasta el úl-
■timo de los Alcaldes, sean, con el desprestigio y odiosidad consi­
guientes, y por efecto de las órdenes indicadas, instrumentos dóciles
•de algunos eclesiásticos sin honor y bí& conciencia, que prevalidos
■de la protección oficial que de continuo y con una actividad pasmosa
•se les dispensa, pretenden subyugar á los fieles y vejar hasta tí las
■infelices monjns, para obligarlas, sirviéndose de la fuerza pública
■en bastantes ocasiones, tí que les reconozcan como legítimos pasto­
res, y á que se separen de la obediencia debida á Su Santidad.
■ Esto que allí pasa me parece tan grave y tan indecoroso para las
•mismas Autoridades, que creo prestar un gran servicio al Gobierno
«y i mi patria por medio de este ruego amistoso, que coadyuvando
»al que oficialmente le tiene hecho el Sr. Obispo de Badajoz, no lie
■vacilado en dirigir 6 Y., porque constándome desde hoce mucho
■tiempo la rectitud y nobleza de sus sentimientos, abrigóla confianza
•de que no me negará lo que le pido, con especialidad si considera
«que se trata de un acto de justicia que reputo como uno de los preli­
minares indispensables para la realización del levantado pensa­
m iento del Gobierno.
»En cuanto á la situación del Clero ¿qué he de manifestar á Y. qm
■no conozca? No puede ser mas tríete, ni mas apremiante el deber de
■remediarla. Bien lo merece esa clase benemérita, por mas que algu­
n o s de sus individuos, como V. indica, se hallen en hostilidad or-
■moda. Lo propio puede decirse de las demás clases de la sociedad,
■con la diferencia de que bí se les hubiera sometido 6. la durísima
•prueba ó que se ha sujetado al Clero desde hace cerca de seis años,
•hubieran sucedido estos dos cosas; que la m ayor ¡>arte de los in di-
■>vi dúos de aquellas clases hubiesen abandonado bus puestos, y
•que en número muy considerable se encontrarían en esa situación
■de hostilidad armada. El Clero, sin embargo, no ba hecho ni
•lo uno ni lo otro en su inmensa mayoría. Cada uno de bus in di­
v id u o s se halla en su puesto de honor sin otro estimulo que el de la
•virtud. Y virtud, extraordinaria se necesita para sufrir con resigna-
ación heroica los inmensos males con que les ha afligido una revolu­
ticion que se ha empeñado en distinguirse por su odio encarnizado con-
221
»tra el catolicismo; males que es preciso cuanto antes remediar, si de
•veras se desea restablecer con firmeza el órden y la paz del Estado.
>Me contemplaría dichoso si pudiera contribuir de algún modo á
»que lo mas pronto posible se realizase eaa gran obra de reconstruc-
»cion social, por laque suspiran los pueblos y anhela vivamente el
•Clero español.»

XL.
Esta comunicación, según aupé despues, fué leída con aprecio, j
muy elogiada; pero el Cardenal Moreno nada consiguió de lo que en
olla pedia. No sé si hubiera sido mas afortunado en las reclamacio­
nes que, debidamente autorizado por la Santa Sede, hizo al Gobierno
que sucedió al anterior, ftl quereres entender con él para Ter el modo
de llegar á un arreglo con la Iglesia. Los primeros trabijoa estaban
bastante adelantados. Habia avenencia en ciertos puntos, y cuando
se esperaba la resolución de Eoma, ocurrió el suceso de Sagunto; y,
como era natural, concluido aquel órden de cosas con la proclama­
ción del Rey D. Alfonso XII, todo quedó en tal estado.
A pesar de tantos y tan importantes trabijos extraordinarios á
que tuvo que consagrarse el Cardonal Moreno, atendía con solicitud
pastoral al cuidado de su diócesis. Fomentó en ella to lo lo bueno;
promovió la devocion y la piedad de mil maneras; dió impulso á las
asociaciones católicas; consiguió establecer tina residencia de PP. Je­
suítas, ¿quienes dsspue3 expulsó la revolución; llamó á las Carmeli­
tas de la Caridad, que muy luego abrieron varias «acucias pira niños
y ninas pobres, encomendándoles también el Colegio de doncellas no­
bles de aquella ciudad; raformó el Seminario Conciliar; y ordenó que
hubiese misiones en la capital y en diferentes pueblos. En una pala •
bra, no hubo sacrificio que no hiciese en favor de s u b diocesanos. A
él se debió que aquella universidad literaria no íuess suprimida, y
cortó además muchos abusos. Entre ellos, deba enumerarse el que se
cometía todos los años el primer domingo de Cuaresma, en cuya no­
che había baile de miscaras; y como el pretexto que 33 alegabi para
cohonestar una diversión tan poco cristiana, y tan impropia de aquel
santo tiempo, fue&e quo el producto de la función se destinaba á la
Beneficencia, daba el Arzobispo anticipadamante para este objeto la
cantidad quo le decian los promovedores de semejante diversión, evi­
tando así, en los años que precedieron 6 la última revolución, aqtiíl
escándalo. En el alzamiento republicano ocurrido & principios del
año de 1874, y que fué causa de que 83 derramase mucha sangre,
quiso ir, en medio de los balas, d. interponerse entre los contcndien-
222
tes, y lo hubiera hecho, á no haberle detenido, ya en la puerta do bu
palacio con el sombrero puesto, varias personas, temerosos de una
catástrofe, logrando despues con sus amonestaciones que los coraba*
tientes del bando republicano se retirasen tranquilamente á sub casas,
con lo que evitó inmensos desgracias.
Tenia siempre presente el dicho de un Doctor de la Iglesia, «que
no hay sacrificio mas agradable á Dios que el que se hoce por la sal­
vación de las almas.» (1) Así estuvo animado de un celo grande para
impedir que se le extraviase ninguna de las que le estaban encomen­
dadas; celo verdadero y perfecto, valiéndome de los inspiradas pala­
bras de otro santo Doctor, porque eon santas meditaciones, fervientes
deseos, lágrimas, oraciones, vigilias, predicaciones, confesiones, con­
sejos, doctrina y otras buenas obras, trabajaba por la salud de sus
hermanos (2).
No olvidaba tampoco la gran máxima del santo Fundador de los
Benedictinos, «que así como el celo amargo es malo, porque separa
de Dios y condena al jn&erno, así también es bueno cuando va acom­
pañado de la calidad , porque entonces aparta de los vicios y encami­
na á la vida eterna (8);* teniendo asimismo presente 'que á los Pre­
lados conviene mns, como dice San Bernardo, el celo que busca la
justicia pOT la suavidad del cariño, quo por el calor de la cólera ó del
odio que inspira la iniquidad.* (4)
Sabia que nada edifica tanto al prójimo como la dulzura en el
modo de conducirso; bella cualidad quo le es natural, y que yo siem­
pre le envidié, porque de ella estovo dotado desde niño. No era po­
sible de otro modo que, sin esfuerzo alguno, cautivase á todos por su
dulzura; y tan enamorados quedaban de él los que iban á verio 6 tra­
tar cualquier negocio, que en Asturias decían no haber conocido hombre
mas dulce; añadiéndome un caballero asturiano que al contemplarlo
en una ocasion en medio de grandes montañas, ú manera de anfitea­
tro, rodeado de inmensa muchedumbre que deseaba oirlo predicar; al
observar á los muchachos, y no pocos aldeanos, trepados en losárbo •
les cual otro Zaqueo, para no perder ni una palabra del sermón; y al
presenciar las entusiastas demostraciones de aquella buena gente, so­
bre todo de las mujeres, algunas de las que, á imitación de la del
Evangelio, con amito conmovido, y como fuera do sí, porque acaba­
ban de sentir en sus almos ol secreto indujo de la gracia, le gritaban

(1) S. Greg. Magn. Buper Psnlm. IV, v. 1-1.


(2} S- Alberl. Mogn., J)t poraáUo animé. |var l. VF.— De Tirlirtilms, cap. 2*7.
(3) S. Itenedlcl., in regula, car. '>*.
[1) Serm. I. de NirtMt.
223
en b u gracioso dialecto: *Bendita sea la intuiré que te dió el aór,» le
}>arecia encontrar eu él una imagen viviente de la bondad del Sal­
vador. Todos estaban prendados de b u ternura y mansedumbre, y el
mismo D. Pedro José Pidal, liomu de Asturias, solía decir ¿ b u s ami­
gos, que lo encontraba muy semejante á Pío IX, y que por lo dulce y
entrañable, y hasta por b u figura, no veia otro coa quien comparar­
le, y lo propio decían en Boma. Si tenía que negar algo, bu negativa
no ofendia, por observarse en ella la expresión de una sinceridad ver­
dadera, vestida con las formas mas caritativas y corteses. ¿Se veia
precisado á reprender á alguno? Entonces, por áspera que tuviese que
ser la reprensión y grave el defecto que la motivaba, sabia suavizar­
la con cierto tinte de compasion, porque consideraba que era el me­
jor modo de poner en punto el remedio y darle eficacia para enmen­
dar al culpable, el que, exasperado tal vez al verse tratado con du­
reza, lejos de aprovecharle la reprensión, podría convertirse en su
daüo, con no pequeño también de la sociedad y de la Iglesia.
En medio de esa dulzura tiene una fuerza de voluntad como p o ­
cos, Tina energía que sorprende, con la que sabe oponerse á toda in­
justicia, sin temer nada ni ó nadie, como lo demostró muchas veces,
habiéndose impuesto, por la actitud resuelta en que se colocó, á la
misma revolución. No descansaba cuando veia algo malo en su dió­
cesis, porque procuraba enmendarlo, deseaba corregirlo, y sino podia
lograrlo á pesar de sus esfuerzos, como le sucedió principalmente en
la época revolucionaria, durante la que se cometieron atropellos inau­
ditos en Valladolid, entre otros apoderarse de los dos Seminarios,
profanar las iglesias, y hacer pedazos casi todas las campanas, pro­
testaba enérgicamente, yendo en persona á quejarse y é clamar con­
tra tales infamias ante aquellos desgraciados que componían el Co­
mité de salud pública, ó Junta revolucionaria, lo cual era el mayor de
los sacrificios pora un Obispo, y gomia con amargura grande de su
corazón.
Mucho sufrió al ser testigo de tantas escenaa desgarradoras como
se presenciaron en la capital de su Diócesis. No se me olvida, no, lo
que sucedió entonces. Tengo muy presente la manera inhumana con
que fueron tratadas las infelices monjas, sobre todo las Salesas, á las
que, á pesor de haber entre ellas muchas enfermas y bastantes an­
cianas, Be las expulsó de su monasterio, donde acababan de gastar
en la reparación del edificio muchos miles de duros; y mi hermano,
lleno de aflicción, y sin saber qué hacer, porque se las dió un cortísi­
mo plazo para salir del monasterio, no tuvo mas remedio que acomo­
darlas en otro convento, el único capaz que habia, pero desmantela­
do todo, y sin condiciones para albergarse en él nadie, y menos en e l
224
invierno, muy frío en aquella ciudad. Allí fueron, aquellas santas se­
ñoras, sin tener mas dormitorio que un claustro descubierto, y que
se cerró como se pudo con bastidores de lienzo, que ú poco aire quo
h¡cíete 86 renian abajo, como sucedió algunos veces n media noclie.
A pesar de tanto padecimiento, ni la menor queja salió de sus Mbios,
y toda la venganza que tomaron contra sus perseguidores fué orar
por ellos, pedir muy de veras á Dios que los perdonase, y que no les
tomase en cuenta la saña con que las habían tratado. S í: las trata­
ron muy mal, y lo mismo trató la revolución A las Salerna del pri­
mer monasterio de Madrid. Lo recuerdo muy bien, y no exagero al
afirmar qué en los hombres que así se condujeron, no encontraron la
menor compasion; esa compasión que se insinúa con dulzura» inefa­
bles en el corazon liumano, que lo ennoblece cuando S3 aflige con el
afligido, que se encuentra aun en el gentil, quien, 6, impulso de na­
turales sentimientos, se identifica con el desgraciado, cuyas lágrimas,
tí las veces, se mezclan con las suyas......

,,.,. Molliwhna corda


Humano generi daré se natura fatelu.r,
Qiue lacrxfmas cledii: htec noatri p a n óptima senmt ( 1 ) .

]Ah! no bay nada mas crucl que la impiedad, como dice la Sa­
grada Escritura. Por eso no es de extrafiar que sucediese lo que aca­
bo de referir, y gracias que mi hermano logró mas tarde lo que no
consiguieron los de Madrid, pues pudo convencer á un Gobernador
que fué allí, el Sr. Somoza, digno funcionario, y de los mejores de­
seos, de que era de rigurosa justicia que se devolviera su monasterio
h las Salesas, como se las devolvió, y en 61 se instalaron poco des­
pués con gran contentamiento de casi todo el vecindario de Vallado-
lid. Gestionó eficazmente también para que se le restituyesen los Se­
minarios, y, merced á bus esfuerzos lo consiguió, bí bien por enton­
ces, y según lo aconsejaba la prudencia, solo tomó poseslon del ma­
yor, consiguiendo además que lo respetasen el patronato que, como
Arzobispo de Valladolid, tenia sobre el Colegio de Doncella» nobles,
del cual quiso apoderarse el Ayuntamiento.
A eBte interés con que defendía las propiedades de su Iglesia,
unía el ser muy caritativo con los necesitados. Díganlo los infinitos
pobres que socorrió, siendo muchos loa dios en. que daba limosna 6
mas de quinientos infelices. Recuerdo que innumerables veces no pudo

Í1) J u v e n ., S a ly r. |r>, v, 131 y j-iguienleí.


225
penetral' en el gran patio del Palacio Arzobispal, por estar atestado de
pobres que iban á recibir la limosna. Y cuando, por efecto de haber­
se perdido la cosecha en el año de 1868, creció la miseria de una
manera alarmante, ofreció al Ayuntamiento su coche con las muías
para que, vendido, remediasen algunos desgraciados, en cuya época
multiplicaba los socorros que daba en secreto á pobres vergonzantes.
No por eso desatendía los necesidades de las iglesias. A muchas so­
corrió con largueza, y no omitió medio para que el culto divino
fuese lo mas ostentoso posible, colocúndosa en la Catedral, y restau­
rándose ú sus expensas, el magnifico órgano del célebre monasterio
de San Benito de aquella ciudad, convertido hace años en cuartel,
una de cuyas sillerías mondó trasladar, despues de restaurada, tam­
bién á su costa, á la Sala capitular de dicha Tglesia Catedral. Costeó,
por último, las dispendiosas obras de la Capilla Arzobispal, reunien­
do en ella tantas preciosidades del arto cristiano antiguo, que boy es
la admiración de los muchos extranjeros y personas entendidas que
van á visitarla (1).

XLI.
Otra de loa cosas que procuró con gran cuidado, lo mismo en Ya­
lladolid, que en Oviedo y Toledo, fué hacer buena elección de sugetos

(1) Es La) U riqueza artística de esta C apillo, que no úudo se leerJt con (rusto el si­
guiente a rtícu lo q g c en o r a d la 6poca es crib í, y se p u b licó, para dar Á con ocer el m érito
d e este p recioso m onum ento.
Knlre las ebras del arle que existen en la capital de C ostilla la V ie jo , una de las
que mas cautivan lo atención do Iocíq9 las personas Inteligentes, es la capilla del pala­
cio arzobispal. F ue bendecida el dio 21 de N oviem bre de lt&G por el E m m o, S r. Don
Juan Ignacio M oreno, A rzobispo de V allod olid , y hoy Curdenal de la sania iglesia rom a -
iiu del líla lo de Santo María de lo Paz, quedando abierta ni culto,, despu es de la d ifícil
y costosa restauración que se hifco ú expensas de este Prelado.
Ks tal el m érito de diclia capilla y lioy la n ío que adm irar en ella , qu e solo vién dola,
puede formarse idea cabal de su belleza, Por esta razón nos abstenem os de describirla
m inuciosam ente, y en vez de este trabajo, quo seriu dem asiado p rolijo, preferim os in d i­
car algo respecto de la s preciosidades m as notables <|iio con tiene. S on en su m ayor
parte del siglo \ V r slelo glorioso para las orles, y en el que la arquitectura gótica tuvo
t<>do su desarrollo. A este órden de orquitecturn , ul gótico mus llorido, y á eso m ism a
f*poco, pertenece el retablo, verdadera m aravilla del orle o jiv a l.
H ollábase en el estado mas lam enlable do deterioro en la arruinada iglesia de San
Esteban de P ortillo, y gracias á, la solicitu d del Km ino, Sr. M oreuo, y á los esfuerzos de
d istin gu idos artistas, se con sigu ió librarlo d eu n u d estru cción inm ediata y restitu irlo^
su p rim itivo estado.
Ahora a o v e en loda su herm osura este m agnífico m onum ento. Es do un e fe cto tan
sorprendente, ofrecen un con ju n ta lo o b ello sus in flu jo s aguja6 y ch ap iteles, sus « l a ­
d os y cresti>rÍosr sus estatuas y dcseleles, sus pilastras y colu m m las, y liay tul prolijidad
y delicadeza en sus Innumerables y voriodoB detalles, q n r no ?c sabe qué odmirar mas,
226
para los puestos eclesiásticos. No admitía para, esto recomendación de
nadie, y el procurarla, era ya un obstáculo pora nombrar ol que la
había obtenido. Asi so vió el acierto de sus nombramientos. Solo mi­
raba el bien de la Iglesia; y de la oscuridad, cuando era necesario, ó
do los lugoreB mas remotos, Lacia venir ¿ su lado sacerdotes benemé­
ritos, sin conocerlos mas <jue por sus virtudes. Asi eligió para Auxi­
liar suyo al Sr. D. Ciríaco Sancha, varón verdaderamente apostólico,
gao sufrió mil penalidades en Cuba por defender los sagrado» dere­
chos de la Iglesia; y así nombró igualmente á eclesiásticos tan distin­
guidos, como son los que en la actualidad desempeñan en Toledo, Ma­
drid y otras ciudades del Arzobispado los principales cargos eclesiás­
ticos: siendo una prueba también de lo acertado de sus elecciones, el
que de los tres Secretorios que ha tenido, el uno, como D. Santiago
Pastor Juat, abandonándolo todo, su familia, su brillante poBÍcion y
su dignidad de Canónigo de Toledo, está dispuesto á ingresar en la
Orden santísima de la Compañía de Jesús, y los otros dos, los Señores
D. Cesáreo Rodrigo y D. Jaime Catalé, hayan ascendido &la alta
dignidad episcopal; y no creo ex&genulo asegurar quo ambos Prelados
son un bello ornamento de la Iglesia de España.
Entregado el Cardenal Moreno á tan santas y constantes ocupa­
ciones, el suceso de Sagunto le obligó á interrumpirlas, porque creyó
que era un deber suyo Ter el malo de sacar en el orden de cosas qne

al ln riqueza de su orn am entación, la pureza y corrección del d ib u jo , 6 la valentía y e s ­


m ero do su ejecu ción . C lisa d o se le con tem pla, ¡tareco ú primera visto uno preciosa jo y a
de filigrana con adornos tan delicad os, cjuc por su delgadez y cap rich oso e stilo so ase­
mejan, ú los filam entos y bordados dé un r ic o encaje de oro. Encucnlr-an&c en esto obm
recuerdos de los mas prim orosas del siglo ea q u e se liizo y do los anteriores, 'viniendo á
formur una especie d e alfam cu riosísim o, en q u o están reunidas con arto Inim itable y
soncillezcn cantailoru los mas lindos d elalles do lus catedrales de L eón , Burgos, T oledo
y de olro9 m onum entos no m enos fam osos de aquella época. Esta obra e s, en una pala­
bra, el d estello del genio de un gran Artista, que al d esen volver ea pensam iento, supo
con servar una severa unidad en m edio de la mna rico \ortedadp presentando en cadn
uno do sus rangos los m as peregrino? con trastes*
Adem ás de su ornam entación arquitectón ica, con tien e otra preciosidad de extraordi­
nario valor. Nos referim os ú las labias qu e forman los tres cuerpos del retablo. Todos
lleva n el sello del siglo ú f u e pertenecen. La fe y la piedad, que son et d istin tiv o de ese
siglo, parece q u e han dado vida y sentim iento ú esto s p in tu ra s, com u n icán d olesclertu
unción religiosa, que con m u eve dulcem ente el ánim o del que la ? contem pla < Son q u in ­
c e , sin conLar la pequefía del sagrarlo, de la s cu ates och o representan lo s pasajes m as
interesantes da la historia de San E ste b a n ,» c u y o g lorioso m ártir estd dedicado el oltaT,
E se m ism o asu n lo fue rep rod u cid o m as tarde por Juan do Juanes en las b ellísim os ta­
blas que se hallan en el Real M useo de M adrid, y disfrutan justam en te de gran n om ­
bradla e n lo d a s parles. H ay tal afinidad entre la? com p osicion es de unas y otras, p rinci­
palm ente las que representan el a cto del apedream iento dol santo y el de su enterra­
m ien to, que n o ha faltado quien sostenga que e l insigne m aestro valenciano se inspiró
sin duda en lus <lel retablo para pintar algunas de las suyas. Com o quiera que s eo, basta
2CT
ss inauguraba entonces, todo «1 partido posible en favor de la Iglesia.
El Ministerio-Begencia que se formó & rais de ese acontecimiento,
parecía animado de los mejores deseos; y así lo dió á entender á los
Obi ¿pos, en la eomunicacion que les dirigió con tal motivo, auuque
guardando un estudiado silencio acerca dol restablecimiento de la uni­
dad religiosa. Pronto comprendió mi hermano loque esto significaba,
y con el disgusto que ea consiguiente al que sufre un doloroso desenga~
ño, contestó en 7 de Enero de 1875 al Sr. Ministro de Gracia y Justi­
cia, por medio de una comunicación en la que, despues de un corto
exordio Adecuado á aquella» circunstancias, 1c decin. lo que voy á
copiar.
*Lob justos y legítimos deseos de la imn y de la otro (de la Nación
- y de la Iglesia), en lo concerniente á la cuestión religiosa son idén-
»ticos. La primera, por ser eminentemente católica y estar alecciona-
»da ademas por una reciente y dolorosa experiencia, aspira como la
“segunda ó que esa cuestión sea de una vez resuelta en consonancia
»con los gloriosas tradiciones, con la brillante historia, con los ká-
*bitos y costumbres de España, y con lo que siempre se ha consignado
»en sus códigos y leyes fundamentales. Solo hn habido una entre es-
"tfifl, la mas moderna de todas, que formada en el hervor de las pa­
ciones, que no lograron calmar expertos y eminentes hombres de Es-
“ tildo que profesaban opuestas convicciones, contrariólos S3iitimien-

*Il*6 existan entre ellas Ion pronunciadas analogías, para que pueda formarse Mea del
m érito do las do la ca p illa , con especialidad de las d os en que se hallan representados
lo s referidos a su ntos.
Las dem ás que forman e| cu erp o bajo son tam bién m u y prim orosas. Bn sft¡* de elíos
l>»y pintadas figuras de m edio cu erpo <lo vurlos santos y santas, sobre ricos fondos de
oro y pinta adm irablem ente cincelad os y estofad os, figurando herm osas tap icería ?. Una
de d ichos santas es sania Elena, on cu ya í mugen 60 lio creido por alguno q u e el p intor
q u iso retratar ú lo reino cotólica Docta Isabel.
Lo séplim a tabla, que ocu pa el c e n tr o d e c s to m ism o cu erp o bajo, representa la V íb I-
toeioa de N uestro S ciW a d su prim o Sonta Isabel. La V irgen ra b aila vestid a de reina
uL e stilo del s i-lo X I V , con un m agnífico trage de corte de tisú de oro, de largo co la , con
l a n g a s perdidos y pieles do arm iño en su parle interior, salpicadas do pequelías m otos
negros. i.ag told a s del cinturón cst,in 0«lornodas con una. orla m uy caprichosa y elegante,
formada de caracteres góticos casi m icroscúpicosj en la cual se leen las siguientes pala­
bras. f.Au¿ tiH, S ania Isabel y San J o s¿, el cual se halla ca actitud de ir acorajiafiaiidó á
lo V irgen, visten tam bién ricos trojes d e o ro , forn ia n d olostres p erson ojesu n gru p oad raí-
ro b lc.E s te cuadro se asem eja en el estilo ú algunos de la escuela de lo s hermanos V a n -
E ycV , aunque es de época anterior; y A pesar de sus in correcciones, y si se qu iere ex*
IravQgaocios^ tien e tal originalidad, hay en 61 la níos rasgos de de esos que caracterizan
á algunas obras clá sica s dol sSglO X V y X V I , com o Io9 del Beato A ngélico y P e ru a n o ,
^ u c poreec divisa rse ya com o en lontananza lo s escuelas de laa afam ados maestros*
S eríam os interm taftbks fii deficribiéM iaos m inuciosam ente todos lo s dem ás objetos
de arte que encierra la C ap illa. D ebem os, sin em bargo, bacer m ención de la S illa que
ella se ha coloca d o, y que en lo su cesiv o ocuparán 1«?3 A rzobispos de V a lla d o lid .
22a
•tos dol puebla español, y por medio de muchas do bu» disposiciones,
■y sobre todo con la destrucción de la anidad católica, nunca bastan-
‘ temente llorada, destruyó también la base de la sociedad y de la
■■familia, y ha sido la causa principal de grandes desgracias y de in-
»mensas desventuras para la patria.
»La Iglesia y la Nación esperan del Rey D. Alfonso XII que di-
»cha ley, abolida hoy de hecho, según b u s propios expresiones, se
•*sustituya por otTa que sea conforme, y no pugne con los sentimien-
■tofl, hábitos, historia y tradiciones del pueblo español. La Iglesia
•espera también que cesará el divorcio que, sin culpa suya y lamen-
■•tándolo mucho, existe entre ella y los Poderes públicos; que se repa­
garán los grandes agravios inferidos al Catolicismo; y que se obser­
vará escrupulosamente el Concordato, único medio, porque no hay
■otro, de restablecerla concordia entre el Sacerdocio y el Imperio,
»de reanudar las relaciones con la Santa Sede, y de cimentar el Trono
■del nievo Rey, que si lia de tenor condiciones de estabilidad, ha de
■apoyarse necesariamente en la Beligion.
•Para todo lo que contribuya á llover á cabo tan grande y gloriosa
«empresa, puede el Ministerio-Regencia contar con mi insignificante
■auxilio; y al asegurárselo así, me es muy gralo felicitarle cordial-
•mente y congratularme con Y. £ ., por el venturoso acontecimiento
»que acaba de realizarse, el de la proclamación del Bey Don Al-
»fonso XII.

lis la abacial da la antigua C olegiala, fundada en esla ciudad á A ucsd el siglo XI |ior
q! benéfico Condo do A n iu r c s , y formaba «I cen tro <1* la ítiogníflcá sillería gó-licn que
había en este tem plo. Se com pone dicha S illa de cin c o cu erp os, y tenia ella, contando
lo linterna y elegante chapitel quo le sirven <lc rem óte, m ide U «llu ra de se is metros*
A l verla se recuerda la (le la Cartuja de Miraftorcs do Uúrgos y las de los R eyes C a tó ­
lico s di; S onto Tom ás de A v ila ; y si bien son todu9 de lo m¡6ma ép oca, la s exced e tal
vez aquélla en m agnificencia. Es una suerte, de fjuc debem os felicitarn os, que se hayo
salvado de la d estru cción , y que se con serv e cu id oriosom cnle, tanto por su m érito, que
e s extraordinario, cu an to por haberla ocupado Prelados m u y ilustres, entre otros el c e ­
lebre Cardenal Mendoza. £1 alto relieve del segundo cu erp o le da un asp ecto sorpren­
dente. R epresenta al A póstol S on re d ro , casi del tamaño natural, vestido con un manto
guarnecido de perlas, y se halla colocad o debajo de una ornocina ojiv a l, grociosam ente
decorada con nnas hojas de cardo, sirviénd ole de fondo un rico tapiz. Está desempeñada
esta obra m apistralm enle. H oy m uch a valentía en la «Jecuclon , y ni m ism o tiem po tal
suavidad de estilo y tanto soltura en los detalles, q u e parece modelada en cera. BI
cu erp o bajo se halla labrado con el m ayor esm ero, tanto en su parle e ite r io r com o en la
interior, y principalm ente el tablero que sirve de espaldar, es una verdadera preciosi­
dad, teniendo tam bién m uch o m érito le* cariátides que se observan en lo s brazos y de­
bajo del asiento.
De la m ism a tutor de la Silla son las grandes puertas de entrada, la s oirás mas pe­
queñas de los dos costados, el zócalo del retablo y e l m agnífico arm ario ú ornacina d es­
tinada para creden cia y para guardar lo s ornam entos. Todas estas piezas forman c o le e -
d o n , y se hallan construidas con tableros del frigio X V , de nogal negro, lo liados, y p ro -
229

XLII.

No abrigaba «1 Cardenal Moreno esperanza alguna, de que con esta


comunicación sa variase de modo de pensar en Jo concerniente al
restablecimiento de la unidad religiosa, por los hombres que se ha­
llaban al frente de la nuera situación. Pero era un deber en él no
omitir medio para conseguir ese bien tan suspirado y que se mejorase
la suerte de la Iglesia. Y así, cuando se le invitó para que presidiese
la comisión de personajes que iban ó recibir en Valencia á S. M. el
Bey, se prestó gustoso á desempeñar tan honroso encargo, tanto para
dar esta muestra de respeto y consideración al Soberano, cuanto para
poder trabajar despues con algún éxito en favor de I o b sagrados fue­
ros del Catolicismo.
Con esta doble idea marchó ¿ Madrid el 6 de Enero por la noche,
sin importarle nada las acerbas censuras de que le hicieron objeto con
tal motivo algunos de quienes menos debia esperarse. En cuestiones
de honor y de conciencia, se cuida poco de' lo que pudieran decir
sus amigos ó bus adversarios; y tiene razón, poique al que bien obra,
en vano podrá censurar ó condenar el mundo entero, pues su con­

eedentes do la antigua (¿Qtegiaia, en Ice cu ales se v e a relieves de p jj a r o s y llores coa


otros m il adornos y ca p rich os del puslo m as esqu lslto y do una ejecu ción adm irable. £1
llustrísím o C abildo m etropolitano, con el celo propio de su instrucción y piedad, puso é
d isp osición de S . E m m a. «s o s tableros, que conservaba sin a so en su s dependencias.
Lo restauración de todos estos ob jetos, así com o tam bién la del retablo y toda la obra
de talla y ebanistería, han sido o jccu U d os por D. Evaristo CanUilapiedra. La gran lin­
terna, & manera do pirám ide, que corona lo C apillo, es uno obra que honra sobre m ane­
ra ú este «rl¡$ U . Ya que hublatnos de la linterna, ind icarem os tam bién que en ta faja
que le sirve de busa, se halla escrita con caracteres góticos lu «¡gu íen le leyen da: «E l
'►Bscmo. C* lim o, Sr. D , Juan Tgnacio Moreno, A rzobisp o de V allod olid , hizo decorar á
*6us expen sas esta C apilla, y coloca r en ella, despu és de una restauración d ifícil y e o s -
^loso, e l retablo que la sirve de ollar, logrando pof este m edio salvar ose m onum ento
Miel siglo X V , erigido por el arle y por la piedad en honor de la R e lig ió n .»
La parle del dorado del retablo, que era m u y delicada y difícil» ejecutada por
D. Julián V allejo con el esmero que exigía el m érito de la obra, y lod o lo relativo á la
recom posición de d ich o Capilla se h izo b ajo lo d irección del inteligente y con ocid o ar­
q uitecto d. A n ton io H u m ld e .
Esta restauración honra 4 todas las personas que en ella lian intervenido, y , m er­
ced al esm ero con que lian llev a d o a cabo un trabajo U n d ifícil, y al c e lo y desp ren d í-
Hítenlo de S. E m m a., posee h oy Valladolid una jo y a inapreciable, d e q u e antes carecía,
y aunque escerrada en un pequeño recin to, es un verdadero m useo de antigüedad?? sa­
gradas, m u y raras ya pordesgraeia, d e que con n iion podría envanecerse cualquiera de
las co pítales mas célebres de Buropa.
230
ciencia, serena y tranquila, le absolvería y reclamaría contra la pre­
vención común.

Populas........ ídem si clamel.


Mordear opprobriis faUiia, mutaiija-: miaren' ( l j

Lo principal para e] Cardenal Moreno es cumplir su deber,


y lo cumplió durante bu estancia on Madrid, como se verá muy
pronto. Abí no es extraño que uno de los que entonces le censuraron
moa por medio de un anónimo, viniera en persona & pedirle perdón,
no bien vió la ruda campaña que sostenía paro defender altísimo» in­
tereses de la religión, diciéndole con la mayor sinceridad, que le dolia
en el alma Ja injusticia y poca caridad con que habia procedido. Mas
llegó á Madrid, y entró en 1» casa en que habitaba su familia en un
momento muy aciago. Acababa de morir repentinamente nuestro
inolvidable hermano D. Teodoro, y mi pluma es muy torpo para des­
cribir la dolorosa sorpresa y acerbo dolor que le produjo la noticia de
tan funesto como inesperado acontecí miento. No quiero recordar lo
demás que entonces posó, porque conservo todavía muy lacerado mi
corazon: sí dire únicamente, que en aquel mismo din. el Cardenal
Moreno, caliento aún el cadáver de su hermano, empezó ií trabajar
en defensa de la unidad católica, haciendo ver con razones incontes­
tables á varios elevados personajes, de los que mas. influencia gozaban
en aquella situación, y que habían ido á visitarlo, que era una ne­
cesidad imperiosa su pronto restablecimiento.
Todavía con las lágrimas en los ojos, instó á los gobernantes de
entonces para que se reparasen los grandes agravios inferidos á ln
Iglesia, y no tuvo poca parte en que se aboliese casi por completo el
matrimonio civil; que se cortaso el cisma de Cuba; que se premiase,
como era justo, á los Señores Orberá y Sandia por los relevantes ser­
vicios que prestaron ¿ la Iglesia en aquella Antilla durante ese cis­
ma; que desapareciesen loa motivos ó pretextos que embarazaban el
legítimo ejercicio de la jurisdicción castrense, en lo cual trabajó re­
sueltamente durante el corto tiempo en que con expresa autorización
de Su Santidad, desempeñó por órden de S. M. el lk y, oomo Patriar­
ca interino de las Indias, la Pro-Capellanía Mayor del lteal Palacio
y el Vicariato general Castrense. También contribuyó á que se hicie­
sen acertadas elecciones de Obispos, consiguiendo además otras mu­
chas cosas en beneficio de la Religión, hasta entonces tan perse­
guida y ultrajada.

(I) I|o ra (. lib . I, 1(5,


231
Todo esto, aunque bastante, no le satisfacía por completo. Era
para él una espina que le atravesaba el corazon, el observar que ha­
bía un decidido empeño en no restablecer la unidad religiosa. Pronto
ee verá todo lo que hizo en su defensa despues que fué nombrado Ar­
zobispo de Toledo.

XLIII.
No es inoportuno indicar, ú propósito de este nombramiento, quo
si bien S . M. el Rey y su Gobierno lo hicieron muy gustosos, tuvo
una parte muy principal en él Su Santidad Pió IX, que lo Labia de­
signado para ese alto puesto desde hacia mucho tiempo. Y afirmo
esto con tanta Beguridad, porque tengo ú la vista documentos de la
mayor importancia, que demuestran esa resolución del Papa. Uno do
estos documentos es un despacho del Cardenal Francki, de 16 de
Agosto de 1878, en el que, hablándole á mi hermano por órden de
este gran Pontífice de un asunto muy grave, le anadia:
»Su Santidad ha manifestado deseos de que V. Emma. pase de
•Valladolid ú Toledo, y esto por muchísimas causas, que sería inútil
■repetir......Sobre esto, pues, no'cabe cuestión.» Mi hermano, viendo
tan terminante manifestación, al coatestar ti ese despacho, rogó que
no se le nombrase para esa alta dignidad, y propuso en su lugar al
venerable Arzobispo de Zaragoza, diciendo que era mas merecedor que
nadie de ocupar la primera Silla de la Iglesia de España. También
instó para que á este venerable Prelado le nombrasen Cardenal antes
que A él, cuando Bupo quo se le iba á conferir tan alta dignidad.
Otro de los documentos que tengo á la vista, es una preciosa car­
ta autógrafa de S. M. la Reina Isabel, donde se ven retratados su
talento y su piedad, y en que se manifiesta esa gracia en el bien de­
cir y en escribir, que ea tan peculiar de esta augusta Señora. Lle­
vada de su bondad, y entrañable y cariñosa como BÍempre, se dignó
escribir á mi hermano desde París en 9 de Mayo de 1874 esa carta, y
en ella le dice entre otras cosos lo que me permito copiar, persuadido
de que no lo llevará á mal, porque es indulgente como nadie.
«En Roma, donde puedo asegurará V. Emma. que he pasado los
‘ días mas felices de mi vida al lado del Santo Pío IX, que es, como
•allí decía, un pedazo de cielo en la tierra, he tenido la satisfacción
»ospeeialísiraa de oir liablqi’ de V , Emma. de la manera quo mere-
•ce. El Papa me ha dicho que era Y. Emma. uno de los Prelados
*que mas valian y él mas quena, y que por eso pensaba nombrarle
•para el Arzobispado de Toledo, según yo le tenia pedido. Le di las
‘ gracias mas expresivas por ello, pues sé que Y. Emma. es el único
232
•que puede llevar abora esa Mitra. Así lo decia también el difunto y
•excelente Cardenal Cirilo, á quien tanto todos apreciábamos, pues él
»me rogó siempre que cuando él faltosa, hiciese yo par.i que V. Emma.
■lo sustituyese, y nsi se lo prometí. Figúrese V. Emma. mi alegría
•cuando le oí al Papa que le iba á nombrar pora Tohdo. Sé que s¡-
»gue resuelto í hacerlo así. ... ■
Ea vista de estos documentos, no hay que oxtrafíar lo que sucedió
despues, porque nombrado mi hermano por Su Santidad p an el Ar­
zobispado de Todelo, el Gobierno tía la República quiso inutilizar
este nombramiento. Recordaba, uin duda, todo lo que acababa de
hacer en defensa de la Iglesia y del Catolicismo, y no olvidaba que á
despecho suyo habia ejecutado las Bulas Quo (jrnrim y Quo diversa;
y así m muy natural que ese Gobierno lo rechazase aun á riesgo de
desagradar al Papa, que era el principalmente desairado. Y ií fin do
que Su Santidad no insistiese en llevar adelanto su propósito, nombró
primero á un ilustre Cardenal español, que sabedor de lo que pasaba,
se apresuró á renunciar desde Roma; y mas tardo á un Obispo de
reconocido mérito por bu saber y por su virtud. Nada, sin embargo,
consiguió aquel Gobierno, porque Su Santidad no ajíroW esta nomi­
nación, y solo admitió para, el Arzobispado de Tolwlo al Cardenal
Moreno. Así fué, y no de otra manera, como obturo mi hermano esta
alta dignidad.

XLIV.
Dejemos ahora hablar á su biógrafo tantas vecas citado. «Vacan­
t e la Silla Toledana por muerte del Emmo. Cardenal Alameda y
•Brea, el Arzobispo de Yalladolid fué designado por el Gobierno es-
»pañol para aquel Primado, como merecida recompensa » sus gran-
»dcs esfuerzos en pro de la Religión. A este alto puesto se dignó pro-
»niovorb Su Santidad, preconizándole en el Consistorio de 5 de Julio
-de 1875, y en esta nobilísima diócesis, cabeza de todas las Sed-js
■cspairiólas, el Emmo. Señor Cardenal Moreno, perpetúa boy las
•grandes virtudes y brillantes glorias de los Eugenios, Ildefonsos,
•González d3 Mendoza y Gimenea de Cisueros. Djide ln Silla Pr:-
•nincla de las Españas ha dirigido ol insigne Cimlenal Moreno repe-
•tidns vocea la voz al Gobierno y ií los fieles, predicando caridad y
•justicia, corno base de toda virtud. La notabilísima defensa que por
•medio de elocuentes escritos hizo de la unidad católica, lo lia valido
-el aplauso del Orbe cristiano, de lo que es perenne testimonio lace-
fiebre carta que en 4 de Marzo de 1876 envióle Su Santidiwl, eomo
•prueba del profundo afecto que en todo tiempo le ha profesado. Es-
233
«paña, pues, regocijada, contempla hoy al primor Prelado de bu Igle­
s ia como firme aoaten de la Beligion, que tanta gloria ha derrama-
»do sobre su adorado suelo, como ¿ uno de los mas brillantes orna-
«meatos de estos tiempos. Y no poi contar ilustres y numerosos títu­
l o s , altaa y preciadas distinciones, es grande ol Emmo. Cirdenal
«Moreno, sino por la inagotable riqueza da sus virtudes, entra las
«cuales resplandece hermosamente una modestia exenta de toda afee-
«tacion, que da n sus acciones y pensamientos un sello de inefable
•dalzura. *
Agradeciendo como debo estos elogios, recordaré, para reanuda;
el hilo de la narración, que en esta época iba á resolverse la gran
cuestión sobre la unidad católica. El Cardenal Moreno, como Prínci­
pe de la Iglesia y como súbdito, debia ssr muy leal con el Rey, n
quien tanto ama, y no debiendo tampoco olvidar qne le habia cabido
la honra sin igual de haber sido su padrino de Confirmación, y que
este cargo le imponía también gravísimos deberes en aquellos críticos
momentos, el primer paso que dió en e3te delicado asunto, fué ha­
blarle privadamente y despues en público, con gran respeto á la vez
que con mucha franqueza, para qne nunca fie dijese que le habia
ocultado la verdad. Se la manifestó toda, sin disimular nada; y de
que esto es asi, no hay mejor prueba que la Exposición que le elevó
en unión de los demás Prelados de su provincia eclesiástica. Está fe­
chada en Madiid á 15 de Enero de 1876, y su contexto literal es
como sigue.
«El Cardenal Arzobispo de Toledo y los demás Prelados de esta
«provincia eclesiástica, se acercan con el mayor respeto al Trono de
»V. M., en cumplimiento de un sagrado deber. Vienen á pedirle, no
«riquezas, ni honores, ni intereses mundanales, sino lo que rale mas
«que todo esto, lo que la nación anhela, lo que la Religión reclama,
■y lo quo V. M., como Soberano que lleva el glorioso renombre de
«Católico, no puede negarles. Unicamente piden que se conserve la
«Unidad Católica en nnestra querida patria.
» Muy ajenos estaban los Exponentos de tener que formular esta
«respetuosa petición, cuando supieron que habia Bido restaurada ]a
«Monarquía Católica en la augusta persona ds V. M. Creyeron que
■no sería ya posible se pusiese en tela de juicio si el error habia de
«disfrutar de Iob mismos privilegios que la verdad, y si la Beligion
■de Jesucristo habia de tener por competidores en esta tierra clásica
•del Catolicismo, á la herejía y ú la impiedad. Nunca imaginaron
»que despues de tantas lágrimas y de tanta sangre derramada, y des-
«pues de los pasados desastres on el período revolucionario, debidos
«en gran parte ú los ensayos antíreligiosos que &e hicieron para que
234
■los puebloB perdiesen bu fe y la saciedad quedase sin Dios, hubiera
■todavía quien quisiese vulnerar los derechos de la Iglesia, é infringir
«en su parte mas esencial un tratado solemne como el Concordato,
•que es ley del Estado, procurando por mil medios que la Unidad
■Católica desaparezca pora siempre entre nosotros. Y menos pudie-
■ron persuadirse de que se intentase dar este nuevo golpe al Catoli­
cism o, solo por complacer ú una exigua é insignificante minoría,
■que trata de sobreponerse á la mayoría inmensa de los españoles en
■un punto tan capital como el de la Unidad religiosa, que es el alma
•y In vida de la nación.
«Esto no ha sucedido nunca, ni aun en loa países en que existe
•la tolerancia religiosa ó la libertad de cultos. V. M. snbe quo en
•todos ellos, el hecha precedió al derecho. Solo cuando lian visto casi
■la mitad de su poblacion compuesta de habitantes que abrazaron
•cultos distintos; cuando han sufrido repetidas, largas y sangrientas
•guerras civiles por motivos religiosos; ó cuando han formado colo­
n ias de hombres de diversas sectas, y todos con igual derecho n ser
•fundadores, es cuando han promulgado la tolerancia religiosa, y
•siempre con mil restricciones y fatalos consecuencias. La historia de
•Inglaterra, Francia y otras partes atestigua esta verdad. Unica-
•mente en nuestro desgraciado país so lia seguido un procedimiento
•inverso. El dereelto ha precedido al hecho. La ley estableció la liber-
•tad de cultos, lastimando en lo mas vivo los sentimientos del pueblo
•español, que en vano se opuso ú que se promulgase, fundado, entre
•otros razones, en que en España no existían, sectas, ni ninguna de
•las falsas religiones. Habia un solo culto y un solo Aliar, y se con-
•servaba íntsgra la Unidad Católica, símbolo de nuestras glorias y
•lazo Bagrodo que unía á todos los españoles, principalmente cuando
•peligraban los altos intereses de la patria.
•Era natural, por consiguiente, que, á pesar do haberse promul-
•gado la expresada ley, y de cuanto se lia hecho y se está haciendo
•en favor de la libertad de cultos, no se haya aclimatado todavía en
•España. Ha sucedido lo que á aquel que edificase hospitales en to-
•das nuestras poblaciones con destino á enfermos de una dolencia
•desconocida hoy entro nosotros, por ejemplo, la lepra; y viendo que
•despues de concluidos los hospitales se hallaban vacíos, procurase
•hubiese enfermos con que llenarlos. La alarma que semejante oon-
•ducta produciría en el país, sería extraordinaria. Daria un grito de
•horror al presenciar que se practicaban diligencias on busca de le-
•prosos qnc contaminasen á los sanos, solo por el prurito de llenar
•loe hospitales edificados para esta clase de enfermos.
»Puea una cosa pareoida, aunque de mucha mayor gravedad en
235
•el órden moral y religioso, y aun 011 ol político, está sucediendo eu
«la actualidad. Se lia proclamado en la Constitución de 18(59 la mas
•omnímoda libertad de cultos; y no obstante de que van trascurri-
*dos algunos años sin que los españoles bajan apostatado de la fe
•para, ser herejes, mahometanos ó judíos; y no obstante también de
•que C60S mismos españoles lian protestado y signen protestando
«enérgicamente contra una libertad que detestan, porque conocen
•que ocasionaría la ruina.de la patria, que es á lo que aspiran algu-
•nftó nociones extranjeras, interesadas por esta razón en que se esta­
blezca la libertad de cultos en España, hay todavía políticos que,
•en vea de procurar que se derogue esa, Constitución, que desde que
» so promulgó solo ha estado vigente en la parto irreligiosa que con­
tiene, hacen esfuerzos inauditos, con general reprobación y asom­
b r o , para que sancionándose de nuevo cu una ú otra forma el per-
«nicioso principio de la tolerancia religiosa, se abran de par en pai­
l a s puertas de la patria á los leprosos de todos los países, esto es, á
•cuantos quieran venir al nuestro á fundar sectas del error, contando
» con la protección legal, y adquiriendo corta de naturaleza, si les
•conviniese, para poder tranquilamente, y sin el menor rie3go, pro-
apagar la horrible lepra del indiferentismo, de la li&rejía y de la im-
»piedad.
«¿Y en favor de estos advenedizos se quiere establecer la libertad
•religiosa? Será preciso confesar entonces que no se trata de que los
•protestantes y sectarios españoles ejerzan libremente sus respectivos
•cultos, porque caso de haberlos, son en número insignificante, como
•no sean mas bien incrédulos ó racionalistas, y la política 110 dicta
•leyes para raro» y extravagantes caprichos. Habrá que convenir
•también que lo que se pretende es descatolizar al pueblo español;
•que aventureros ds tolas partes vengan ¿ ser propagandistas del
•error, mediante el salario que reciben de las sectas; y que se permita
•quo unos cuantos malos religiosos, despues ds haber huido del eLauü-
•tro y quebrantado sus votos, se conviertan en apóstoles de la irreli-
•gion, cubriéndose con la máscara del protestantismo, para poder ií
•mansalva y bajo el amparo de la ley, insultar ú la Iglesia, mofarse
•de lo mas santo que hay en nuestra religión, escarnecer á sus mi-
•uistros, escandalizar á los fieles, vivir á sus anchas, y dar rienda
•suelta á torpes y vergonzosas pasiones.
» A e&te sistema de corrupción y de inmoralidad se le llama libar-
•íod de cultos ó tolerancia religiosa, y ciertamente que no os, nipue-
•de ser otra cosa en un pais como el nuestro, en qne no existen sec-
•tai-ios entre sus naturales, y donde solo hay buenos y malos catolí­
ceos. Así so explica que la inmensa mayoría de la nación deteste una
23G
“libertad que mas. tarde ó mas temprano dará por resultado, uo quo
•los españoles se vuelvan protestantes ó abracen cualquier otra de
•las sectas ó falsas religiones, porque esto no es posible, atendido bu
•carácter, sus hábitos y hasta su temperamento, sino, lo que acuso es
•todavía peor, que muchos que son creyentes hoy, dejen de serlo ma-
•ñaña para no ser nada en punto de religión, ni conseguir otra cosa
•que perder con la fe su dicha presente y su felicidad futura. Este
•mal inmenso, digno de ser llorado, aun políticamente hablando, se
•procura acelerar, lo mismo en la capital de la monarquía que en las
•pequeñas poblaciones. No hay medio que no se haya puesto en juego
•para conseguirlo; expendicion de malo9 libros, predicaciones perver-
•sos, publicación de periódicos irreligiosos, y establecimiento de es-
•cuelas para arrancar del seno de la Iglesia católica ú infelices niños,
•á quienes los propagandistas engañan y seducen lo mismo que ú bus
•padres. La perversión de las almas es, en una palabra, el fin prin­
cipal de la llamada libertad religiosa, que por segunda vez se quiere
•sancionar en España.
»¿Y quién puede ser partidario de semejante libertad? Aunque no
•fuese católico, ni le importase nada el bienestar de la patria, obran-
ido recta é imparcialmente, tendría que reprobarla, no solo por in-
®necesaria, sino por perjudicial á los intereses morales y sociales»
•que deben ser respetados por todos, y mucho mas por los extranje­
r o s , en cuyo favor no puede la ley conceder una libertad que recha-
•zan los españoles. Sería un privilegio odiosísimo, contra toda razón
•y toda justicia, que nadie tiene derecho de reclamar, á menos quo
•se quiera que las leyes y las constituciones se hagan en España á
•gusto de los extranjeros y » disgusto de los naturales, lo cual no lia
•sucedido jamás en ningún país del mundo.
«Sin la libertad de cultos han venido siempre aquellos á nuestra
•patria; ¿y se retraerían de venir hoy, en el caso de conservarso la
» unidad religiosa? ¿Por semejante motivo, habrían de interrumpirse
•nuestras relaciones diplomáticas y mercantiles con loe demás paises,
•y de sus resultas dejarían de prosperar entre nosotros el comercio,
•la navegación, la agricultura, las artes y la industria? Cuando Es-
•paña no tuviese en su seno los manantiales de riqueza, y necesitase
•mendigar la prosperidad á puertas ajenas, si esto hubiese de ser n
•precio de su fe y de sus virtudes cristianas, debería contestar animo-
•sámente con el Profeta: «Bienaventurado llaman al pueblo que tiene
•sus arcos llenos de oro, que tí proporción de aun tesoros ostenta mas
-brillante lujo en sus hijas, que abunda en ganado y rebosa de ale-
•gría en la plenitud de todos los bienes do la tierra; mas yo digo me-
•jor: Bienaventurado el pueblo que tiene al Señor por bu Dios. - Los
237
» hombres y las riquezas pasan: solo Dios permanece, y no es lícito tro-
»car por todo el oro del mundo la herencia que nos dejó Jesucristo.
»Mas no: no es inconciliable la religión católica con los legítimas
«aspiraciones de los hombres, sino con bub errores; ni buscándola
•eterna felicidad de los ciudadanos, lea obliga á olvidar la felicidad
'•presente de su patria. Nunca fue mas grande y poderosa España que
«en las épocas de bu mayor fe, y cabalmente entonces acometió y lle-
•vó i cabo empresas colosales, que asombraron al mundo, sin el auxi-
-lío do los extranjeros. Déseles & estos garantios de órden y de paz;
■dispénseseles la protección racional y prudente que les es debido, y
•sin que haya libertad de cultos ni tolerancia religiosa, Tendrán mu-
«chos, como han venido siempre, cuando por razón de intereses, ó
•por cualquier otro motivo les convenga vivir entre nosotros.
«Ssrian interminables I03 Exponentes, y molestarían demasiado la
•respetableatención de V. M., si fuesen á refutar todos los pobrísimos
•argumentos que se aducen en favor de la libertad y tolerancia reli-
«giosa. Hasta ha llegado á sostenerse por algunos, que habiendo en to­
ados los países la expresadalibertad ó tolerancia, es de absoluta necesi-
» dad que la haya también en el nuestro, so pena de que nos quedemos
«rezagados en la marcha del progreso europeo y fuera del concierto
•de las naciones mas civilizadas. Se contrista el ánimo al oir esto dia­
dam ente, á pesar de haberse demostrado muchas veces que seme­
jan te argumento no merece la consideración de tal, sino de sofisma
•muy vulgar, que para cualquier persona medianamente instruida
•tiene una contestación sencillísima. ¿Es un bien ó un mal la unidad
•religiosa? No hay una sola nación que carece de ella que no lo la-
>mente. Sus hombres de Estado mas ilustres han declarado en mil
•ocasiones que es un gran mal la pluralidad de cultos, y todos ellos
•hubieran hecho cualquier sacrificio por conseguir que desapareciese
•de b u s respectivos paises. ¿Y será, justo y patriótico que solo porque
•esas naciones se ven privadas de un bien tan grande como el de la
•unidad religiosa, por no haber sabido ó podido conservarle, so prive
»de él á la nuestra, qu3 pide á voz en grito que se le conserve? ¿No
•sería esto un retroceso y vergonzosa ignominia, en vez de un ade­
lanto en la senda de la civilización y del verdadero progreso?
•Precisamente por ser la unidad católica una singularidad que
«nos envidian las demás naciones, no solo hayqiia conservarla, sino
«quees necesario defendsili con la sanción penal que establecen nues-
•tras leyes. Importa muy poco que en los paises cultos sea cosa abo­
lid a y condenada que se persiga á nadie por puros motivos de fe, lo
•que tampoco os exacto; porque en esos paises, £ pesar de su decan-
»toda cultora, si bien se tiene mucha tolerancia con los que comba-
238
«ten el catolicismo; hay mucho rigor con los que lo profesan y na
»quieren faltar á los sagrados deberes que les prescribe su religión. Para
«estos se reaervan las causas criminales, los procedimientos adminis-
•trativos, las prisiones, los destierros, las confiscaciones de bienes,
«penas gravísimas qae se les imponen por puros motivos de fe. Nada
•de esto piden los Exponentes para los que profesan opiniones falsas
•en materias religiosas. Kq pretenden que se empleen contra ellos
»eBOs injusticias, esas crueldades y esos persecuciones; antes por el
•contrario, desean que la ley respeto las creencias de todos, y que no
»se entrometa en el santuario de la conciencia. Si un sectario ó un in­
crédulo guardasen para si solos su doctrina, es cierto qne solo peca-
»rian contra Dios. MaB si quisieran hacer prosélitos, ó ejercer otro
•culto del que el país reconoce como verdadero, entonces insultan á
•la religión del Estado, escandalizan á los débiles, y atacan la
•propiedad mas preciosa de los ciudadanos, la de su fe y religión. ¿Y
•se quiere que en España, bollando todos los principios dé justiciay
•desconociendo lo quo exige la conveniencia pública, se permitan ta­
lles excesos, ó lo qae es mucho peor, que los autorice la ley, pues á
«esto equivale el sancionar en ella la libertad ó la tolerancia de los
•falsos cultos en perjuicio de la nación y de mis mas caros y vitales
•intereses?
• ¡Ah! no: V. M. no puede permitirlo sin faltar á los deberes quo
•la conciencia y el honor le imponen. Indulgente y bondadoso con
«todos, comprenderá desde luego que loa Exponentos faltarían tam-
•bien á los suyos si, al terminar esta respetuosa exposición, no le ro­
basen encarecidamente se oponga con la energía propia de su noble
•carácter, á qne se vuelva á sancionar en España la indicada libertad
•ó tolerancia; y no le pidiesen que, separándose de lo que respecto A
»la cuestión religiosa se expresa en el preámbulo del decreto en que
•se convocan las Cortes generales del Reino, ordene, en uso de su
»lteal prerogativa, que en el cubo de que se juzgue conveniente que
•su Gobierno tome en las mismas la iniciativa al tratarse de la refe­
rid a cuestión, lo haga on un sentido conforme al Concordato y á los
•legítimas aspiraciones del pais, porque V. M. no lia de querer ser
•el primer Rey de Castilla que proclame en las Cortes por medio de
•sus Ministros, en daño de la religión, como beneficioso y bueno, lo
«que Dios reprueba y la Iglesia tiene repetidas veces condenado. Dig­
nándose oír esta reverente súplica, dará, nuevo brillo, cxplendor y
•firmeza tí sil trono, cuya base mas sólida es esa misma religión, y
•defenderá al propio tiempo la causa del catolicismo, que es la de la
•civilización, del derecho y de la justicia; causa gloriosa, que los au­
gustos Predecesores de V. M. defendieron valerosamente en Covn-
239
•donga, en Clavijo, en las Navas de Tolosa, en el Salado, en Grana -
oda, y ea Lepante. A bu triunfo se debió nuestro poderío, nuestra na-
“cionalidady nuestra independencia, y ó él Be deberá también el qae
•en su dia volvamos & ser lo que fuimos cuando íbamos delante de
«loe demás naciones.
■En el estado de decadencia en que nos hallamos, solo nos queda
«una joya Bin igual, de valor inapreciable, y que adquirieron nues­
tr o s padres, derramando su sangró y sus tesoros en las luchas gi-
•g&ntescas que tuvieron que sostener con enemigos formidables du-
?rante muchos Biglos. La unidad católica es esa joya querida, resto de
«nuestra antigua grandeza. ¿Y será posible que la perdamos en el
°reinado de Alfonso XII, sucesor ilustro de Beearado, do Alfonso el
-Católico, de Femando el Santo, de Isabel I, de Carlos V y de Feli-
»pe II? ¡Ah! no Be lo pueden persuadir los Exponentes. V. H . ha
■>ofrecido ser como bus antepasados buen católico. Pues ahora. Señor,
»es la ocasion de cumplir esa palabra, que es palabra de Bey. Ahora,
«que, por lo visto, hay decidido empeño en arrebatamos esa joya muy
-amada y asestar un nuevo golpe al Catolicismo en España; ahora,
•que la Iglesia se halla perseguida en Italia, en Alemania y en todas
«partes, y que se encuentra cautivo ol santo é inmortal Pontifica
•Pió IX, su Cabeza visiblo; ahora, en lin, que la Potestad de las ti-
»nieblas hace satánicos esfuerzos para aniquilar la Beligion de Jesu-
*crÍBto, apagar 1a sagrada antorcha de la fe, y sumir á la humani-
•dod en las tinieblas y sombras de muerte en que se hallaba envuel­
c a eu los ominosos tiempos del paganismo.
¡Dichoso Y. M. si en estos críticos momentos, haciéndose supe­
r io r á vulgares preocupaciones, y sin temer sino solo á Dios, se
•constituye en defensor do la Iglesia oprimida, y logra sacar ileso el
•gran principio de nuestra unidad religiosa! La historia lo consigna-
•rá con. letras de oro en una de sus páginas, y colocará bu excelso
-nombre al lado del de los inae grandes y esclarecidos Monarcas. Los
•pueblos, en los trasportes do la mas pura alegría, y llenos de calo*
-roso entusiasmo, le aclamarán como al mejor de los Beyes, le ama-
»rán y respetarán como al mejor de los padres, y Dios, que no en
•vano ha colocado n Y. M. en el trono de sus mayores, le raimará de
•bendiciones, y le concederá un largo, próspero y glorioso reinado.»
240

XLV.

Antea de elevar á S. M. esta enérgica ú la par que reverente ex­


posición, el Cardenal Moreno mandó hacer rogativas públicas en to­
das las iglesias del Arzobispado, á fin do implorar las luces del cielo,
para que, iluminando con ellas á loa altos Poderos del Estado, se re­
solviese como era debido esa gravísima cuestión religiosa. Y no con­
tento con esto, dirigió otra exposición, en su nombre y en el de b u s
venerables Sufragáneos, al Senado y Congreso de Diputados, aún mas
enérgica, si cabo, que la anterior. Algún dia parecerá imposible que
hubiese que hacer tantos esfuerzos para sacar triunfante nuestra Uni­
dad religiosa. Y lo parecerá, mucho maB, citando la historia consigno
lo que Be consiguió con haberla destruido las Cortes ele 1869. Se dijo
entonces quo la libertad de Cultos era un adelanto, uuít conquista de
la civilización moderna, cuando en realidad, y la experiencia de aque­
llos años vino á demostrarlo, no era sino un verdadero retroceso quo,
si Dios no se compadece de esta infortunada nación, acabará por
reducirla al triste estado en que se hallaba el mundo antes de sor
iluminado por el Evangelio. Se dijo también, que con eso libertad
se iba á aumentar la riqueza pública, viniendo ¡i nuestra patria ca­
pitales extranjeros. Proclamada fué en la Constitución de 1860, y á
suB autores bien hubiera podido preguntárseles: «¿Dónde esta ese
aumento de riqueza pública; qué extranjeros han venido á negociar
con sus capitales; dónde esa felicidad y esa abundancia que había de
traemos la decantada libertad religiosa?» Mas no obstante que los
hechos vinieron á dar á sus defensores un triste y doloroso desenga­
ño, no se desistió ¡quién lo creyera! de proclamarla de nuevo; y los
mas conservadores pensaron hacer una gran cosa invocando el prin­
cipio de tolerancia, no menos funesto que el de la absoluta libertad
religiosa, como la experiencia 83 encargó de demostrarlo muy pronto.
Con el objeto, pues, de alejar del pais los males inmensos que
inevitablemente iba á acarrear sobre él la destrucción de la Unidad
católica, el Cardenal Moreno, en unión do sus Sufragáneos, además
de la exposición que en la propia forma elevó á K. M. el Rey, dirigió
otra, según acabo de indicar, á las Cortes, cuyo documento, por ha­
ber motivado la famoBa carta de Su Santidad, de que me ocuparé
despues, creo que debo insertarla también, en la seguridad de que lia
de recordarse con gusto. Está también fechado en Madrid a 15 de
Febrero del mismo año, y sil contexto literal es el siguiente.
211
«El Cardenal Arzobispo de Toledo y los demás Prelados de esta
•Provincia eclesiástica, acuden respetuosamente al Congreso, con la
■petición de que se consigne en la ley fundamental del Estado, que
“la religión católica, apostólica, romana, única verdadera, es la que
•profesa la nación española, y que se prohíbe en su territorio el ejer­
c ic io de cualquier otro culto.
«Nada á la verdad mas (listante del ánimo de los Exponentes, qne
»el intentar mezclarse en ninguna de las cuestiones puramente polí-
•ticos que van ú decidir las Cortes. Como Prelados y como Españoles,
»desean que á todas ellas se les den soluciones sabias y justas, y asi-
“mismo tienen el mayor interés on que cuantas leyes dicte la Bepre-
■>Bentacion Nacional, sean dignos de los renombrados legisladores de
■■Castilla, y tan acertados, vigorosas y establea, como lo requieren la
•situación del país y el bienestar de esta nación magnánima, por cuya
•felicidad y engrandecimiento dirigen sin cesar oraciones al cielo.
■El fiel desempeño de f=u sagrado ministerio les obliga sin em-
»bargo á presentar al Congreso la anterior petición, que en sus tér-
“ minos es idéntica á la que los Prelados de esta Provincia eclesiástica
■formularon ante las últimas Cortes Constituyentes, cuando en ellas
«se trató de la gravísima cuestión religiosa. Entonces pidieron, como
-piden hoy, que se conserve y mantenga legalmente en España la
•unidad católica, y esta psticion la fundaron en razones que nadie
•lia podido contestar, y menos rebatir hasta ahora. ¡Tan poderosas y
»convincentes son! En cambio, todos los argumentos en favor de la
» libertad ó tolerancia de los falsos cultos han sido pulverizados con
•razonamientos tales, que bien puede afirmarse con verdad que el
•salvador principio de nuestra unidad religiosa está ya, como ha de-
•Indo estar siempre, fuera, de toda controversia.
> Solo falta que se consigne en la Constitución de que van á Ocu-
»paree los Cortes generales del ltaino; y esto es lo que vienen á pedir
“loe Exponentes al Congreso, confiados en que no podrá menos de acee-
»der á tan justa petición, bí es que quiere que la nueva Constitución
«tenga fuerza y eficacia legal, y no corra igual suerte que la de 1869,
»que por haber sido formada en el hervor de las pasiones revolucio­
narios, que no pudieron calmar expertos y eminentes hombres de
■Estado de opuestas convicciones; haber herido en lo mas vivo los
■sentimientos del país al resolver la cuestión religiosa, y vulnerado
•los principios de eterna juBticia que rigen en la materia, fue abolida
“ile ltecho, según so asegura en un augusto y memorable documento;
■siendo sin duda la causa de esta abolicion, que es el modo mas hu-
-millante de anular una ley fundamental, el haber sido considerada
'desde que se promulgó -nula de dfrerho, como lo es toda ley contra.
K>
242
aria al bien público y á esos invariables y sacrosantos principios. No
“ merece entonces el nombre do ley, jurídicamente hablando, porque
*ley tanto quiere decir como leyenda en que yace enseñamiento, c casti-
»go wci iplo que liga <>apremia la vida del lióme, que no faga mal, í
» muestra í amena el bien que el hume debe facer, é mar. Y la ley de
■Partida, de donde b o u estas admirables palabras, como sabe el Con-
■greBO, Añade: E otrofí es dicha ley, porque todos los mandamientos
adelfa deben ser leales é derechos, é comalidos según Dios, e según jus-
» tifia.
»Tales son lo» caracteres de la ley para quo sea verdadera ley; y
■claro es que le fultmiau todos ¿ la nueva Constitución si, lo que no
«es creíble, llegara A sancionar la llamada libertad ó tolerancia reli­
a o s » , porque en vez de mostrar, í enseñar el bien que el lióme debe
«facer, é usar, le ligaría, é apremiaría que Jieiese el nud, como es el
» obligarlo á quo respete, ú mire con indiferencia, lo que puede rodun-
•(lar en detrimento de su fe y la de sus hijos y ocasionar la perdición
■*de bus almas; el facultarle para que pueda impunemente apoBt&tar
■de esa misma fe, y hacerse hereje, judio, ateo, ó lo que mejor le
*parezca; y el precisarle ú que admita como honesto y lícito, y auii
»á que apruebe como beneficioso y bueno, lo que la religión prohíbe y
«la moral condena.
«Sus mandamientos tampoco serian leales, ó dcreehon, é eomplidox
*seguft Dios, é segttn justicia, sino todo lo contrario, porque pcijudi-
•caiian en alto grado á los mas caros y vitales intereses de la nación,
>y pugnarían además con la ley de Dios y con los sublimes enseñan-
-zas y doctrina de la Iglesia católica. No obligarían en conciencia,
■pues antes hay quo obedecer ií Dios que i! los hombree; ni el Poder
«público podría encontrar razón, ni manera de justificarlos ante el
»país y ante el mundo, porque la verdad es, qne la historia no regis-
-tra ni un solo casado que se haya impuesto, ó Be quiera imponer la
■libertad ó tolerancia religiosa ú un pueblo como el nuestro, que las
«rechaza, y que en el trascurso de los Biglos lia conservado á costa de
•inmensos sacrificios bu unidad católica. Y en vano sería que ese Po-
»der contase con la suficiente fuerza para llevar & cabo y hacer eje-
•cutar loa expresados mandamientos ó preceptos, puea no por eso
•quedarian estos purgados del vicio que los invalida y anula legal-
»mente, ni se borraría el sello de la arbitrariedad y de 1a injusticia á
•que debieron sn origen.
*No: no sería ley, sino un abiwo de poder, un acto de opresion
■y de violencia, contra el cual clamarían á una voz la religión, la
■moral, la justicia, el derecho y la honrada sociedad española. Con-
■tra él clamarían también los Espon entes; y en su doble cualidad do
24:1
"Preltulud de Ju, Iglesia católica y de Españoles, protestarían además
oenérgicamente, como desde ahora protestan ante Dios y ante los
- hombrea, si 6a qué se trata de sancionar otra vez en la nueva Cons­
titución, en una ú otra forma, la libertad ó tolerancia de los falsos
«cultos, destruyendo de un golpo la obra secular y magnífica do
■nuestra unidad religiosa.
»No es posible que las Cortes generales del Reino acuerden ton
■injusta y desastrosa medida, ni que se presten á hacer lo que está
•Vedado á tocio católico; lo que ha do desagradar y ofender altamente
» h la mayoría inmensa de los Españolea; y lo que nadie puede apro­
b a r y menos aplaudir, como no sean cuatro extranjeros y unos
■cuantos incrédulos y racionalistas, enemigos encamizodos, lo mís-
*mo los unos que los otros, de la religión de nuestros padr^B, y que
■solo aspiran á arruinarnos por completo.
•En su penetración habrá adivinado ya el Congreso, que lo que
«las Cortea no pueden hacer sin faltar á gravísimos deberes, es el dar
»su autorización pora levantar altar contra altar donde solo se adora
4al verdadero Dio» del modo que quiera y manda se le adore; para
■que en nuestras ciudades, en nuestros pueblos y hasta en nuestras
•aldeas, sa establezcan, en daño de sus habitantes, cátedras de pesti­
lencia y sinagogas de Satanás; y para que cualquier aventurero ó
«mal español, cubiertos con el repugnante y asqueroso disfraz del sec­
utarlo, puedan públicamente, con el mayor descaro y de la manera
•mas soez, atacar todos los dogmas del catolicismo, ridiculizar los
, ■misterios mas augustos, escarnecer las ceremonias mas sagrados, y
■despreciar los puntos mas capitales de la disciplina, como está su-
»cediendo en la actualidad. Tamaños excesos, escándalos tan inau-
•ditos» no pueden ser autorizados por las Cortes, ni por nadie que no
•hayaperdido todo sentimiento de religión, toda idea de honor y de
•justicia. Sería una Afrenta para el país, una vergonzosa ignominia,
■que el Congreso no puede consentir, así como los Señoras Diputados
■tampoco han do querer que por culpa suya, haya quien pervierta á
■sus hijos, seduzca á sus hijas, ponga asechanzas á la fe de sus es-
■posas, introduzca la perturbación en las familias, y lleve la discor­
d i a y la desmoralización » los pueblos.
■Esto y mucho mas hay que temer desdo el momento que desapa­
rezca de nuestra patria la unidad católica; porque con tantos ele­
m entos do perversión y de inmoralidad como se irían hacinando en
■ella, se Terina amenagadas de perecer, no solo la pureza y la annti-
«dod de las costumbres, sino la vida misma de la sociedad. Y lo que
■alarma y aflige también es que, desmoralizada esta, no liabria ya
"pnra nosotros ninguna esperanza de poder recobramos algún din de
244
«nuestras dolencias, adquirir nuestra antigua pujanza y salir del es­
ta d o de postmcion y abatimiento en que estamos. Todo, todo lo ha­
bríamos perdido, y también el lionor, si desatontados arrojásemos
«al lodo la joya mas preciosa que tenemos, y que como una inesti-
»raable herencia nos dejaron nuestros padres. Perdida esa joya por
•un vano capricho nuestro, ¡ah! no hay que dudarlo, quedaríamos
•perdidos y deshonrados para siempre; y aunque sea doloroso repe­
tirlo , es preciso que en estos instantes de verdadera crisis para el
«país, se diga en voz muy alta, no ima sino muchas veces, y de
«manera que todo el mundo lo oiga, ya se hable en el seno de la
«familia ó en la calle, asi en las reuniones públicas ó privadas, en
»la cátedra, en la nendemin, en el periódico, en la tribuna y en todas
•partes, que sin la unidad católica no hay salvación posible para
•nuestra querida patria.
«Divididos y destrozados como nos hallamos por nuestras ambi­
ciones, por nuestras lucha3 intestinas y por nuestros disensiones
•políticas, ¿qué sucedería si llegase á establecerse la libertad ó tole-
«rancia do los falsos cultos, y si, como único remedio de todos nues-
«tros males, se nos lanzase esa nueva manzana de discordia con que
-se nos brinda, y que acabaría de agravar esas disensiones, enconar
«nuestros rencores y envenenar las pasiones que nos agitan y contur­
b a n ? ¿Ni qué esperanza podia haber para esta nación desventurada,
«desde que nos faltase el único elemento de cohesiou que nos queda,
"la única idea nacional y regeneradora que lia permanecido en pié on
•medio de los mus espantosos trastornos, esa uniilad do pensamiento
'•religioso, que en las ocasiones mas críticas, en los momentos de ma-
'•yor angustia, ha hecho, en expresión do un sabio contemporáneo,
•que nuestro pueblo aparezca como tm solo hombre, y la que le ins-
•piró energía, constancia y los sentimientos mas puros de elevación
-y de grandeza? ¿Podremos permanecer tranquilos, 110 deberemos
«temer que nos viésemos reducidos h la abyección mas degradante,
•que fuésemos tal vez el juguete de cualquiera nación ambiciosa, que
jquedásemos uncidos al carro de algún poderoso extranjero, y que
•acaso en dia 110 lejano peligrase también nuestra nacionalidad y
■*nuestra independencia?
»E1 corazon se oprime al pensar los azares á que quedaríamos
«expuestos, y las desgracias que podrían sobrevenirnos, si cometiéBe-
»mos la insensatez de borrar de nuestras leyes el gran principio de
•nuestra Unidad Católica, ese principio que no es constituyente, Bino
*fundamental, en el sentido mas riguroso y verdadero de esta pala-
ábra, y que por tener semejante carácter y ser la base de nuestra so-
•ciedad, es también indwittlble, pues en sano juicio nunca, se discu-
245
«te si, arrancado de cuajo y ol impulso de un solo golpe el profundo
*y sólido cimiento en que descansa un ediñcio secular y gigantesco,
-cuya altura se confundiese con las nubes, puede quedar en pié sin
•desplomarse y hacerse pedazos. Es, por ultimo, eminentemente w -
» cionnl y grandemente popular, y lo es hasta tal punto, que nuestro
-pueblo lo ama y lo quiere como á las niños de sus ojos, porque en­
cuentra en él secretos atractivos, delicados armonías y encantos ine­
fables que le enamoran y cautivan dulcemente, y porque no olvida,
«sino antes bien reconocido y entusiasmado condesa, que le es deu-
■dor de cuanto ha sido y es en el órden religioso, moral y social; que
»]e BÍrvió de sosten y apoyo en b u s mayores apuros, de consuelo en
«sus grandes infortunios, y que lo infundió esperanza y aliento siem­
b r e que se vió desprovisto de todo humano socorro, creciendo su en.
"tusiasmo cuando observa que ese salvador y fecundo principio se
«enlaza con todos nuestras glorias, se identifica con nuestros hábitos
Ȏ inclinaciones, despierta los mas bellos y embelesantes recuerdos,
-y se halla encarnado eu nuestra sociedad, como que presidió ¿nues­
t r a civilización.
»Y tiene razón para entusiasmarse nuestro pueblo, porque lo
•cierto es, que á ese mismo principio se debe quo los sublimes pen-
■samientos que la Beligion Católica inspira al hombre, estén eu
-nuestra inteligencia, su moral ea nuestras costumbres, su caridad
-en nuestras instituciones, su justicia en nuestra legislación; que su
•nombro haya venido á unirse y ú formar uno solo con el nuestro;
-que su acción se vea reflejada on el heroismo de ese pueblo; que su
-bandera haya sido la enseña gloriosa que dió ¿ nuestros padres va-
"lor en los combates, que los condujo á la victoria, que los guió por
-derroteros desconocidos en el descubrimiento del Nuevo Mundo, y
-la que sirve en este, lo mismo que en el antiguo, de divisa, esclare­
c id a do nuestra nacionalidad y de símbolo de nuestras glorias.
»Y cuando el Catolicismo nos ha dispensado tan grandes y tan
-señalados beneficios, ¿habrá eu esta tiurra clásica do la hidalguía y
"de la lealtad, quien se atreva á herirle arteramente y 6 clarar ale-
“ Voso puñal en sus entrañas, pues nada menos que esto es el esta­
blecer en nuestro pais la Libertad ó tolerancia da los falsos cultos?
• Sin inferir una grave ofensa, al Congreso, 110 pueden los Expo-
-nentes atribuirle semejante propósito, persuadidos como están de
*que ninguno de los señores Diputados ha de querer incurrir en la
-tremenda responsabilidad de haber contribuido á que se extinga ó
-debilite el sentimiento religioso del honrado pueblo español, que
•con instinto mas certero que el que algunos imaginan, conoce su
-situación, sabe quiénes son los que quieren arrebatarle su Unidad
24G
“religiosa, y por qué; no su le ocultan los medios ijus ge ponen en
-juego para realizar este proyecto; le cb notoria la criéis por que
«atraviesa en la actualidad; y presintiendo todo lo que puedesuceder-
t e si le sobreviniere la inmensa desgracia de que se re amenazado,
»no quiero desasirse de su fe, &e abraza ú ella fuertemente como el
«náufrago ií la tabla del navio destrozado en deshecha borrasca, y
» con loe ojos fijos en Dios, de quien lo espem todo, rechaza indigna-
u do al que le propone que admita en su b c i i o ni reptil venenoso que

«ha de emponzoñar su corazon, corromper su espíritu y hacerle per-


j.der la vida que le sostiene; esa vida vigorosa y pura que Jesucristo
«comunica á las sociedades cristianos, vida que es ln verdadera vida,
-como que encierra el germen fecundo de todo lo grande, de todo lo
«bello, de todo lo magnífico, y de ella brotan, como de un manantial
« inagotable y rico, las virtudes mas sublimes, los sentimientos mas
» generoaoa, las accionc3 mas heroicas; vida, en fin, que, elevándole
« en los tiempos pasados al mas alto grado de esplendor y grandeza,
»le hizo ocupar el primor lugar entre los pueblos mas adolantodoa y
i poderosos de la tierra.
»No seriín, ciortamante, las Córte3 generales del Roiuo las quo
»canti'íU’iou esos nobles y magnánimos sentimientos del pueblo espa­
ñ o l, ui el Congreio, A quien los Exponentos tienen la honra de diri-
- girse, puede prescindir en lo concerniente íi la cuestión religiosa, de
•lo que quiere y desea la nación ú quien representa, y en cuyo nom­
b r e hace las leyes.
«Conocidos son de los señores Diputados la opinion do la genora-
»lidad de sus respectivas provincias; los encargos ó instrucciones que
«en lo tocante á la expresada cuestión religiosa recibieron algunos de
«muchos de sus comitentes antes y despues de las elecciones; las no­
bles y francas explicaciones que no pocos do ellos dieron gustosos ftl
»presentarse candidatos; y los luminosos escritos que en periódicos y
»folletos 6e han publicado sobre el mismo asunto. Conocidos le son
«igualmente la zozobra y angustia que se ha apoderado de los espíri-
«tus, como sucedió el año 69, cunudo malamente sa puso á discusión
«nuestra unidad religiosa; la ansiedad con que se forman estadisti-
«cas y cálculos para saber si habrá esperanza de que esta se salve; el
«asombro quo causa que en una Monarquía católica, y apenas aca-
«bada do restaurar, quiera hacerse lo quo solo se atreve ft llevar ú
»cabo con temeraria audacia una revolueion desenfrenada, quo cual
■►impetuoso torrente lo devasta todo, y no íuspefca ni lo mas sagrado:
•el entusiasmo religioso, avivado en estos dins, y que, como por re-
»sor te, mueve los corazones de millares de personas para que acudan
«ul templo ú lmcer públicas rogativas, y ií pedir á Dios que se constr-
247
»ve en España la fe, que subsista la unidad de creencias qus se dc-
“riv&n de esta miama fe, y que la inmunda planta del sectario no
i*deje impresa huella alguna on nuestra patria. Los señores Diputa­
d o s conocen, por último, y con admiración habrán observado, h
«sorprendente y explícita manifestación de la verdadera y deliberada
•voluntad del pueblo español, significada por ese número fabuloso
ule exposiciones que se están firmando para presentarlas á las Cór­
aos, suscritas por mile3 do miles de personas ds todo sexo, condiciou
»y estado, pidiendo S9 mantenga legalincnta la Unidad Católica.
«Hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, letrados, comerciantes,
«labradores, industriales, artistas, propietarios, empleados, milita-
■*rea, eclesiásticos, seglares, ríeos y pobres de las distintos opiniones
'políticas, se lian apresurado tí suscribirlas en todas partes; hab ten­
ido sido presentadas ya al Rey dos muy brillantes, en que se formu-
-la idéntica petición, una con las firmas de innumerables señoras,
•que en estos críticos momentos, y sin importarles nada las acerbas
»censuras de la incredulidad, ni la sonrisa con que procura disimu­
l a r su enojo, se lian gloriado de hacer solemne ostentación de su
- Catolicismo, suscribiendo ese precioso y razonado escrito, que fue
•ipuesto en manos de S. M. por una comision de damas de nuestra
•alta aristocracia, mas ilustres todavía por su piedad cristiana que
■por su noble y esclarecida estirpe. Igual honor tuvieron algunos
•egrégios personajes, que al suscribir y paner al pié del Trono la
•otra exposición, firmada por eminentes hombres de Estado, por bi­
zarros y beneméritos generales, por renombrados literatos, por dis-
•tinguidos caballeros y por otras muchas personas do las diversas
•clases sociales, quisieron <lar, lo mismo que los que firmaron tan
•notable documento, un público testimonio de amor á su Religión y
•de lealtad á su Soberano.
• ¡AJi! Estos hechos, mas elocuentes que las palabras, demosfcra-
«rán al Congreso, al Senado y al mundo todo, que la inmensa ma-
»yoría de la nación quiere se conserve » todo trance sa unidad reli-
•gÍ03a. ¿Y será posible que las Cortes denieguen lo qu3 con tanta
•razón pido y reclama? Su propio honor, y hasta su conciencia están
•interesados en 110 oponerse á esos justos deseos y elevados senti-
«inientos. Respetándolos el Congreso, lograra que el importante acto
•legislativo sobro un asunto que es de vida ó muerta para el pnís,
•además de la sanción legal, lleve la que acaso es todavia mas nece-
•soria, la que á los leyes sábias y justas dan el acatamiento, el
•aplauso y la aceptación general. Conseguirá también que ese acto
•legislativo no adolezca do ningún defecto ó vicio de nulidad que lo
•invalido jurídicamente; que sus mandatos sean halen, ó áerecko», »'•
248
fmomplidot «egm Dios, é según justicia; y losMñoreB Diputados, li­
brando á la nación de los terribles desastres que inevitablemente
* vendrían sobre ella con la destrucción de la Unidad Católica, que
«os la mfte preciosa da nuestras glorias, experimentaran ln dulco sa-
» tiefacción de haber cumplido con un gravísimo deber do justicia, y
«prestado un gran servicio á su patria.»

XLVI.
Honda impresión debió producir «n liorna esta Exposición. Lo
cierto es que Su Santidad, enterado de ella por habérsela remitido mi
hermano, quiso que se oyese su voz en todas portea, & fin de que se
supiese lo mucho que habia trabajado para defender el catolicismo
en España, haciendo cuanto pudo á fin de impedir se destruyese su
unidad religiosa. El medio que escogitó Su Santidad, con el objeto de
que le oyese el mundo entero, fué el dirigir una curta al Cardenal de
Toledo para que la publicase, loque hizo en 10 de Marzo de aquel año
con la mayor solemnidad, por medio de una Pastoral que mandó leer
en todas las Parroquias del Arzobispado. La fecha de la cuta es de
■t del mismo mes, y copiados á la letra ambos documentos, dicen así.
«Cumplimos hoy, venerables hermanos y amados hijos, el grato
«deber de participaros un suceso que ha llonado nuestra alma de ex-
-traordinario consuelo, y que esperamos ha (le influir eficazmente en
•que se resuelva con el acierto debido la gravísima cuestión religiosa
»que hoy se ventila en España.
«Nuestro Santísimo Podre el Papa Pió IX, á quien creimos con­
teniente, y aun necesario, dar cuenta de nuestros insignificantes
«trabajos, y loe de nu astros dignísimos Sufragáneos, en defensa de
■>la unidad católica, enterándole de todo, como era justo, y remitién­
dole además una copia impresa do la Exposición que todos los Pre­
gados de esta Provincia eclesiástica, imidos, dirigimos con tan santo
*objeto, según sabéis, ¿ las Cortes generales del Beino, se ha dignado
►contestamos con b u acostumbrada benignidad por medio do la si-
>guiente corta, cuya alta-importancia y gran significación compren»
•deraie, no lien leáis ton magnífico documento. Su contexto litoral y
*la traducción, que con la mayor fidelidad hemos hecho para mejor
»intelij«ncia de todos, son como sigue.
«Amado Hijo nuestro y Venerables Hermanos, salud y bendición
«apostólica. Nos ha sido presentada vuestra carta, & la cual iba uni-
■do un «jemplaz impreso do la exposición ó petición que habéis escrito
*y presentado á los Supremos Congresos de la Nación, en defensa de
249
•la unidad del culto católico en «se mismo Reino. Con una singular
•complacencia hemos leído, tanto la citada carta, como el insigne
«documenta publicado por vosotros, en el que resplandece el celo sa-
» cerdo tal, y que está lleno de sabios, gravea y nobles pensamientos,
«■cual corresponde á los que defienden una causa santa y justa; y con
-gran consuelo hemos visto que habéis prestado animosos un servicio
•digno de vuestro ministerio pastoral á la verdad, á la religión y á la
•patria. Por lo cual no podemos menos de tributaros las debidas ala­
banzas á Vosotros, y también á todo ese católico Reino, quo de tal
•manera manifiesta al mundo ser grata ií su corazon la unidad reli-
•giosa, que on la manifestación del empeño de conservar esa unidad
•Be adunan los Prelados y Clero de las Diócesis y provincias aciesias-
•ticas, los caballeros mas ilustres, las nobles señoras y los demás fie-
-lee que pertenecen á todas las clases sociales. Y este deseo lo mani-
•fiestan, ya con sus exposiciones elevadas á los que gobiernan el Iíei-
•no, ya también con fervorosas plegarias que dirijen al Señor en el
•B eñ o de las familias y públicamente en las iglesias, animados de un
•mismo zelo. EBte nobilísimo esfuerzo de todos Vosotros responde
•grandemente á todos nuestros desvelos y cuidadosa solicitud, puesto
•que nada deseamos con mas vehemencia como el que mal tan funesto
•y pernicioso, cual sería la ruptura, de la unidad religiosa, no llegue
•á introducirse entre vosotros. Para este fin no hemos dejado de em-
•plear con todo afan, según exijia nuestro cargo, cuantos trabajos y
«oficios nos han sido posibles cerca [de aquellos que era conveniente
•hacerlo. Pues desde el momento mismo en que, accediendo á las
•reiteradas instancias de ese Gobierno, enviamos Nuestro Nuncio á
»Madrid, dimos comision al mismo Nuncio para que por todos los
•medios que estuviesen ásu alcance, procurase, con lo»que gobiernan
•la Nación y con el Serenísimo Bey Católico, que fuesen reparados
■plenamente los daños inferidos a la Iglesia de España por las tur­
bulencias civiles durante el tiempo de la revolución, y paca que todo
•aquello que se habia pactado en el Concordato de 1851, y despue-s
«en los convenios adiciónalos, fuese con toda fidelidad observado. Y
•como por la Constitución de 1869, establecida la libertad de cultos,
•se infirió una gravísima injuria a la Iglesia en ese Reino y al citado
•Concordato, que tenia fuerza de ley, Nuestro Nuncio, según loe ins­
trucciones que de Nos habia recibido, aBÍ que llegó á Madrid puso
«todo su cuidado y esfuerzo en que se restituyese enteramente todo
•su vigor al Concordato, rechazando absolutamente toda novedad
•contra lo estipulado en los artículos de dicho pacto que cediese en
•detrimento de la unidad religiosa. Al propio tiempo Nos mismo juz­
gam os ser de nuestro deber declarar al Rey católico nuestro modo
250
•de sentir «obre este pauto, en carta que ú este Jiu Je dirijimos. F ob -
»teriormente, habiéndose publicado en los periódicos españoles una
•fórmula y modelo de la futura Constitución, que h&bia de ser soino-
- tido ni examen de loe supremos Congresos del reino, cuyo artículo
•undécimo tiende ú que se establezca en España la libertad 6 toleran-
•cía de los cultos no católicos, determinamos al punto que se tratase
•esta cuestión por el Cardenal nuestro Secretario de Estado con ol
•Embajador de España cerca de esta Santa Sede, entregándole una
•nota fecha 13 de Agosto de 1875, en la que se declarasen las justas
•causas de nuestras protestas, que contra el dicho artículo exijift de
•Nos el derecho y nuestro elevado cargo. Las declaraciones dadas con
•esto motivo fueron reiteradas por esta Santa Sede en la respuesta
•que creyó conveniente dar ú nlgunaa observaciones liecbas por el
•>Gobierno español en su defensa; declaraciones que tampoco dejó de
•repetir nuestro Nuncio en la Corte de Madrid al Ministro d-j Estado,
•exijiéndole, en conferencias tenidas con él, quede sus oficiales recla­
maciones se tomase acta en el Ministerio de su cargo. Pero con gran­
adísimo dolor vemos que todos cuantos esfuerzos hemos hecho, ya
•por Nos mismo, ya por medio del Cardenal Nuestro Secretario de
•Estado, ya finalmente por Nuestro Nuncio en Madrid, no lian teni-
»do hasta ahora el éxito deseado. También Vosotros, ainado Hijo
-nuestro y Venerables Hermanos, con toda razón y justicia habéis
•desplegado vuestro celo, habéis hecho reclamaciones, habéis presen­
ta d o exposiciones con el fin de alejar de vuestra patria el funesto
»mal de la referida tolerancia. A estas reclamaciones, & las demás
•que lian hecho los Obispos y á las que provienen de una grandísima
•porto do los fieles de la nación española, unimos de nuevo en esta
*ocasion las nuestras, y declaramos que dicho artículo, que se pre­
bende proponer como ley del Reino, y en el que se intenta dar poder
•y fuerza de derecho público ú la tolerancia de cualquiera culto no
•católico, cualesquiera que sean las palabras y la forma en que se
•proponga, viola del todo los derechos de la verdad y de la religión
•católica; anula contra toda justicia el Concordato establecido entre
•esta Santa Sede y el Gobierno español, en la parte maB noble y pro-
ociosa que dicho Concordato contiene; hace responsable al Estado
•mismo de tan grave atentado; y abierta ln entrada al error, deja
•expedito el camino para combatirla religión católica, y acumula
•materia de funestísimos males en daño de esa ilustre nación, tan
•amante de la religión católica, que mientras rechaza con desprecio
•dicha libertad y tolerancia, pide con todo empeño y con todas b u s
•fuerzas, se le conserve intacta ó incólume la unidad religiosa que les
«legaron sus padres, y la cual está unida h hu historia, » sus monu-
251
‘ meatos, á sus costumbres, y con la qne estrechisimamente se enla-
“ zan todas las glorias nacionales. Y esta nuestra, declaración manda-
»mos Be liftgd pública y fi todos conocida, por Vosotros, amado Hijo
»nuestro y Venerables Hermanos, y deseamos al mismo tiempo que
*todos loa fieles españoles estén bien persuadidos de qne Nos halla-
»mos enteramente preparados ó defender &1 ludo de Vosotros, y jun-
»tamente con Vosotros, la causa y los derechos de la religión católica,
*valiéndonos de todos los medios que están en nuestra potestad. Y de
»lo intimo de nuestro corazon rogamos n Dios Todopoderoso qne ins-
•>pire consejos saludables á los que din jen la suerte de esa nación;
•que les dé el auxilio poderoso de su gracia, para que con la gloria
»de su virtud, lleven esos saludables consejos A cabo con un éxito fe*
- Liz, para el bienestar y prosperidad de ese Reino. Y á este mismo fin
»Vosotros, amado Hijo nuestro y Venerables Hermanos, seguid ele-
*vondo vuestras preces al Señor con fervor y constancia, como ya lo
•estáis haciendo, y recibid la bendición apostólica que, tanto & Voso-
»tros y á loa fieles rebaños cuyo cuidado se os lia encomendado, como
•á todos los fieles del Reino español, con todo amor en el Señor os
«concedemos. Dada en Roma en San Pedro á 4 de Marzo de 1876,
*año trigésimo de nuestro Pontificado. = P i o Papa IX .* (1)

(I) El texto literal latino do esta p reciosa ca ria , es com o £igue.

Uilecto Filie Xostro Jitanni IguniU), S. S . i). Pi'eibyUro CarHk&U ilottM , ArehUfiMttfi
Totetano, et VcutraJiitUus Fratritm» Efus SKffragaHri».

PIUS 1‘ - P- I X .— D llrclc l'H i N osler Pl VenCTabiles Fralrcs, ealulem et A pbstolicaiu


UencdiclioDstn. P o r la ls sutil (id Koe Hilera] v cs ln u , quilm a od ju u clu m erat oxem plum
l i p i s iinprebfium cx p osltion is scu p oslu lotlom p, quam csoru slis pro d e/en slon e u a ilo lis
ca H o lici c u llu s in j 6 Lo U fg n o , ol oil suprem a oju fd om Ilogni con ti lia ubliillslle. L ib cn -
ler adm odum perlegiinug, tum prn'tliciiis litlcra s, tum egreglum docum eD lum k V obis
viilgotu m , plCDUtn &acerdololü aaim i zelo, a c «e jiie n lit u s , grorifcua e l oobiU bue stns-í-
bUB, qunlG 9 il co cu i « o s , (jui ju sla in e l sonrlam causain tu en lu r; e l c o m co n so la lio o e v ¡-
diin u s, V o s dignu m pastoraii m in isterio vestro ofllrium erg» ve rilo le m , religi&nem «<•
palrium nnlm opc p n rstitisse. Q u a in re Tocctc non pupsum us quin d ebitas laudes V obis,
atque adeo universa; isli coltiollca- Nailon i irib u a m u s, quo; euam In re ligión » uDltalem
ila s c s í cordi litlK ré osUjjulil, til in ídem stu diu m pjus uaitolie M iDfervonds', oliarum
elinm Diocccslum el t'rovinclariim lipiscop i e l C ie r t a nec non prim arii civ e s , nob ilot
m olrviiiv, alüqtie Fideles ex o m n l « rd ln o , luin s u i s postu la lion iku s «d R e ip a b llc tc U o -
deraloree e ililb lt is , tum t a v ld is p r e c ib u s opud D euin patHico o l firlra llm eC nete. com -
nw n l ¡telo con sp ira rin l. Hirc aulem p n rd u ro oioa iu m Y estrum colllciU id o sliwliis c u -
risque Dostris apprlma resp on d er i|u i non aliud veliem enlius t u p ir ía s quom u l no f u -
ncslum disclssffi rellglosm u n lta lls m a h im in l e r V o s Inveliotur; ct In k u n c flnem opera di
om n«ra et on i9 l« nostra penes eos i|iiid q u os a]>oflebal pro rá lion e m n n trls u u t r i Btu-
dlose con Ierre u o n p ralerm laím u a. Hum ub eo temiiore q u o a on u en les iteralie p o e lu la -
lionibu s, q u n ab Jeto C uberD ¡« ud Kvs dvlattt fu eren l, N unliun» aoslru m ad M o lrile n -
se m C iv ilu !e m m isluius, eldem N u r lio In m andatis d ed im u s, ni m o ilis óm n ib u s spnd
252
■Tai es, venerables Hermanos y amados Hijos, la carta que he-
>moe tenido la alta honra de recibir, y que en justa y debida obc-
- diencia á lo mandado en ella por Su Santidad, noa apresuramos á
•publicar en la forma mas solemne que nos ba sido posible. T al
•cumplir tan B&grodo deber, tenemos completa seguridad de que será
»recibida por todos con el mas vivo interés, con el mayor acatamien­
t o y la mas profunda veneración; prometiéndonos al propio tiempo
-que sa contenido derramará un torrente de luz, que disipe muchas
tinieblas en ofuscadas inteligencias, desvanezca engañosas ilusiones,
•qne malévolos extraños fomentan en incautos y sencillos corazones,
•y haga aparecer la verdad católica con todos sus divinos resplando­
r e s , para que en la legislación, en la política y en los diversos m-
•mos de la Administración pública, ocupe el lugar que le correspon-
»de, y que hoy le disputan tenazmente funestos novadores, apoyado»
•en falsas razones de Estado y en supuestas ó exageradas conve-
•nienoias.
• Os encargamos, por lo mismo, que leáis con toda reflexión, una
-y otra vez, esa carta veneranda. Y nú os contentéis con leerla solo
•vosotros; es preciso además que la bagais conocer á vuestras fami­
lia s y á vuestros amigos, persuadidos de que bu lectura les servirá
•de preservativo contra toda seducción ó error en un asunto tan vital

I le ip u b lic » admití islru lores « t S eronissium m Hogom c&tholicuin egereL, u l daauia fíc ­
eles Iib H isp á n ico illa la turbulenlis civ lliu m coov crsion u in tem poribus p le o e repararen-
tur, a lqu e ea ([U « alatuta fuerant in conveD tiono in iU anno 1 8 5 ], et ¡a p a clis delude
a d je ctis, e x ecu liou i íldcliler m andarenlur. Et (¡uunium in C un slilu llon e edita anuo
1869, libertóte cu ltuu ni p u blice saü cíU , gravíssim a injuriu Ecclesiiu ia ísi<> H cguo el
prawlict® C on yen liom * quie vim legis lia b cb a l, fueTul irrógala, N untius noster ubi suam
ad sedero p c r v c o il, confcsÜ m eo curas e l sluJia co n v crlit ex m anduiís a c c e p lí», ut sua
v is eldem C on ven lion i plene reslitucreU ir, n oviln ios (juaslíbel om n in o rejicicos- circa
res ln ea con vea tion e s la lu la s, ([un ia reLigioss u n ltulis detrSmenlum eedereat. Eodeni
U inp orc Nos ip&i m unerie noslri frese p u ta viin u s, ut, litteris uil 1tejera ca tbolicu m d a -
tis, censúa nostros in liac re Kidem dedararerouB . l'orro, cum in e|>hGmer¡dibus Iiíf-
panicis forma e l exem plur no\ © C ocslitu lion ia Supreinorum R cgu i Ordinuin exam ini
s u b jic ie n d » \ulgntuin fu is se l, cu ju s undeeiraum ca p u l ad libertalem seu toler&ntiom
B ca lh olicoru in cu llu u m lege san cieodem s p e c le l, de cu re slulim v olu im u s A Cardinal!
noslro ¿ seeretis elatug cura L «¿6 to Hlapaniett N otionis tipiul fí. h&nc Sedem agí, trique
docum ento lra d ilo,q u od p crlinet ad diem II) A u g u s lio . ltn¡3,jusLos noslrarum e x p o s tu -
lationuin ¿busos declarar), quad tón lra pra ^ iclu m ca p u l ju s e l ©íficium & N dbfc exigP-
bal. H as ea&dein declaratiODes ea occa sion e editas Suncla ha»c Sedes deinde ileru v il, i ti
e a s c ilic e t responeione, quam non nullis a oim u d\ ersionibus á G u bern io H ispánico iu
rem suam p r c p o s ills deberi ju d ic u v il; ñeque hoc ipsum ayere desLitil ln CivilaLe M a -
Iriteosl N u n líu s N oster apud M m ietrum SiatA s, ub co poslulan& in c o llo q u ils cum Ipsu
lia b ilis , ut recU m alion ea bu© in p u b lic ó m in islcrii oju s a clis ub ¡lió ÍnBercr«ntuT. $e<l
l i c c o m n ia ^ u s cgitn us tum per Nos ip sos, lum per C ordinalcm n ostru m é S ecretis Sla.-
tus, nec non per MatritoiiMm N untium » op iato ¿x ilu cerniese adUuc, véliem ehlissiknc
d o le m u s . Jnm vero ad funes l u m memofQUe toleran lia: malura A Patria vestrn averie i t -
253
» para, nuestra patria., como es la conservación legal de su unidad re­
ligiosa; y que encontrarán en ella una regla segura á que debe su­
jetarse el católico en dicha materia, cualquiera que sea el criterio
«político de que estime oportuno valerse para apreciar y resolver las
«demás cuestiones que solo afectan, á loa intereses moramente tempo-
»rales.
• ¡Tan grande ea la importancia del espresado documento! Por su
«medio el santo é inmortal Pontífice Pió IX, ha creido conveniente
•on estas criticas circunstancias levantar su sagrada y vigoroBa voz
oen defensa de nuestra unidad religiosa, y para declarar como con-
«trario y perjudicial á los derechos de la verdad católica y de la Re­
ligión, asi como á lo estipulado en públicos y solemnes tratados,
«cualquier proyecto que tienda á destruir dicha unidad, y á estable­
c e r en España, en una ú otra forma, la libertad ó la tolerancia de
° los falsos cultos.
■Oigan todos con docilidad esa voz; al menos oidla vosotros, ve­
nerables hermanos y amados hijos, con lfl sumisión debida, guar­
dando en vuestros corazones cuanto el excelso Pontífice expone en
•dicho augusto y memorable documento. Miradlo corno un rico teso-
»ro de doctrina bajado del cielo; y aunque un ángel quisiera enseña-
aros otra contraria n la suya, no le creáis. Anatematizadle ( San Pa-

d u m ju r e n c m érito V os, Díl&ctc F ili N oeter, e l V enerubiles F ra lrcs, vcslru m 2*1 um


c s p l¡c u is iis , \ eslra s Teclam aliones et e x p o s tu la lio ce s a d h ib u is lis . H ís reclam alionibus.
aliis<pie q u n afe B p iscop is et lü o tim o parte HiSpAnia F id tliu m p rod ieru u l, costras
ellam t a c occa s ioa c ileru m adjungim us, a c declaram us sup rad iclo capí le legis F egui
l u * rogando í i t , $uo loleron liic cu ju sq u e a ca lholicl cu ttu s p u b licl ju r is vía e t polestas
tribuí in len d ilu r, qucecunique s-il verboTiim forma qua proponaltir, oznnioo le d i ca lh o -
licte yCriUilis e l T tligionis ju ra , SoncU e h u ju s Sed¡6 ConventioDern cu m H ispánico <Su-
bernio inltnm contra om ne ju s abrogo rl in f o porto quro p olior e l pretJosior e s l, grovi
fuclnore ipsani obligari R em p u bllca m , ac re clu so error! aditu, C a lb o U c« R eligión i o p -
p u g n a n d e rlnm m u n iri, funeslorum quo m alorum malcriara com parari in datnnum illu s-
Iris islius nation is, Caihollcoc religionis stiidlosissiroflo, queedum liberlalem seu to le -
rantiom prrcdictom re s p u il, «►mni ope él virib u s óm n ib u s p oslu lat, u l Iradila eíbi ¿
m ajoribus R elig ion is u n ilas, q u ® cu m sued hisloriie m on u m en lis, cu m su's m oribus,
cu m patria gloria QTclissime con ju n cta e s l, incolun us e l inviolala sí'rvelur. H anc decla­
ra ttonem noslram per V o s, D ilecto F ili D osier, e l V enerabiles F ralres, óm nibus notam
llerl m andam us, ac cu pirou s persuasum esse óm n ib u s H ispauift F id ílib u s , N os o n n in o
páralos esse CalholfCft R olig ion is causam ol ju ra apud V os et udb lo b is c u m , óm n ib u s
m edils q u © sunt ln nostra p otesla le, lu eri. Iíogam us aulcm ex corde O m uipoleotem
Deum, til iis, qui sorU s isliu s N aÜonis <l¡r¡|?unt. solu laria con silia Insp irel, e l potens
Rraliae a uxillum a d jicia t, quo en cu m gloria vixlu lis suie, e l cum saluLc ac p rosp eri-
lale isliu s Itegni íclíciter im plcrc possi ni. lu hu nc fine tu et V m , D ilecto F ili
X osler, o c V enerabiles Fralres, Veatras apud De uro preess, ul fa cilis,co n & U n te ra c fer-
v i ií c eiTunderc pergile, ac a ccip ü e A p ostolicem H enfidictionem , quam lu m Y o b is , tum
K ídolibus G fegibaa ca r® V e g lr » con cred ilis, tum u n iv ersís H ispanici K egni F id e lib u s
peram anler in D om ino iinpeilim us. Dalum H om o: opud S . P elrum , di e 4 Marti i I87G.
P^nliflralu? No?lri onno IfjCfSiJTlO P- T*- IX.
251
*bto, Epist. ad Galat., cap. 1, vcre. 8J, desechadle con horror y te-
inedia por ángel de tinieblas, por espíritu de Satanás.
»Esta es la conducta que debe observar todo católico, lo mismo
-en la yida pública que en la vida privada, subiendo, como sabe, que
•esa doctrina nos la enseña Aquel, que por razón de su eminente
•dignidad es en la tierra, según San Bernardo, lo mas grande do
•uno y otro Testamento. Un Abraham, un Melquisedech, un Moisés,
•un Aaron, un Pedro, un Jesucristo. (San Bern,, lib. 2 de Conaid.,
•cap. 8.J Nadie como Él merece nuestro respeto, nuestra obediencia
•y nuestro amor.
• Mirad si no el sublime espectáculo que absorto está presencian-
ido el mundo en nuestros mismos dios. Observad ese tropel de gente,
•esas caravanas de peregrinos que de todas partes corren presurosos
•& admirar y á consolar al Romano Pontifico, al inmortal Pió IX.
•Van de tierras lejanas, como la Reina de Sabá, á ver y oír a esto
•nuevo Salomo», á inspirarse en su celestial doctrina, á confortar
•sus almas. Y cuando ven su sagrada persona, ante la cual todos,
>hasta los no creyentes, doblan casi involuntariamente la rodilla;
•cuando oyen su palabra, esa palabra que embelesa, atrae y enterne-
»ce los corazones, impolidps por una fuerza irresistible, so ven preci-
•aados á exclamar como la citada lteina en presencia del gran Bey de
■Israel: Verus est sen no qiiem andivi in ierra mea. fLib. 3 de los Ite-
•yc8, cap. 10, vera. G.J Mucho y muy bu9no, oh Pontífice, habíamos
•oido de ti en nuestros respectivos países: todo ello es verdadero,
•pero ni la mitad de lo que realmente eres. Mayor es tu sabiduría y
•mas grandes tus obras de lo que ha publicado tu fama. ¡Dichosos
•los que dependen de tu divina autoridad, y gustosos viven sometidos
ni tu suprema jurisdicción espiritual! ¡Bendito sea el Sañor nuestro
jiDÍos, que en bien de la sociedad, y cuando esta se halla en mayor
«peligro, y por el amor que siempre lia tenido &su Iglesia, te ha co -
•locado en el Trono pontificio, y te ha establecido por Rey para que
•hagas equidad y justicia! ('Lib. y cap. cit., vers. 7, 8 y 9.J
»Repitamos también nosotros, venerables Hermanos y amados
•Hijos, con santo entusiasmo, ese cántico de júbilo, estos tan justas
*y merecidas alabanzas; y aun cuando os censure ú os motejs con
«epítetos ridiculos la impiedad de nuestra siglo, que tiene la loca
» pretensión de dar lecciones de moral y da Ruligion al mismo á quien
•Jesucristo encomendó el supremo ó infalible magisterio de esa mo­
rral y de esa Religión, estad sbmpre atentos á lo que os diga nues­
t r o santo Pontífice. Amad lo que Él ama, aborreced lo que Él alwr-
»rece, condenad lo que Él condena. Y en lo relativo & la grave cues­
tión religiosa, quo en el dia, pon razón, tanto preocupa á nuestra
255
»querida España, 110 os separeis ni ea un ápice de lo que con tanta
«elocuencia y sabiduría se nos dice en la admirable carta que pu­
blicamos. Perseveremos en la oracion, como en ella Be nos manda,
»procurando que esta sea cada día mas humilde, fervorosa, y eons-
»tante.
»E1 santo tiempo de Cuaresma en que nos hallamos, es muy á
“ propósito para interesar en nuestro favor al Dios de las misericor-
»dias; mus á este fin se hoce preciso que observeis Sel y exactamente
«los preceptos del ayuno, de la abstinencia, de la confesión y Comu-
*nion pascual. Cumpliendo vuestros deberes cristianos, conducién­
d oos como verdaderos católicos, ¡ah! no lo dudéis, el Señor se eom-
" padecerá do nosotros, iluminará y derramará sus gracias sobre lo »
»Poderes públicos para que, conformándose con la doctrina y sabias
4enseñanzas de la Santa Iglesia y del augusto Pontífice, su Cabeza
«visible, resuelvan la cuestión religiosa cual corresponde á la digni-
"dad y reclama el bienestar de la nación católica por excelencia.*

XLVII.
Esta carta de Su Santidad se leyó con indecible entusiasmo y
universal regocijo. En algunos produjo el efecto contrario, é irritados
con su lectura y con la publicación de dicha carta, no supieron en
los primeras momentos disimular su enojo. Perjudicaba á sus miras
que en aquella ocasion resonase la palabra infalible del Vicario de
Jesucristo, porque sabion quo esa palabra es viva, y mas penetrante
que toda espada de dos Jilos, y que alcanza hasta la división del alma y
del espíritu, y aun de las coyunturas y de las médulas de los huesos, y
que (Hfcicriia loa pensamientos é intenciones del corazon.
Palabra maravillosa, á cuyo eco brotó en aquellos tenebrosos dias
una luz muy clara y refulgente, que esparció los más vivos resplan­
dores, y con ellos disipó la oscuridad del error, las espesas nieblas del
sofisma, y no hubo nadie que, de bueu ú mal grado, no conociese que
lo que se habia tratado de oscurecer, lo que se habia querido confun­
dir, lo qne manifestaron los Obispos en sus exposiciones y miles de
railes de personas en las suyas, era la pura verdad; y que sin oponer­
se á las divinas enseñanzas del Papa, sin contrariar los mas legíti­
mos deseos del país, olvidar bus tradiciones, su historia, todo su pa­
sado, y quitarle hasta el último resto de una halagüeña esperanza
para el porvenir, no era posible Bostener los falsos y disolventes prin­
cipios en que se basaban la libertad de cultos ó la tolerancia religiosa.
Fne preciso prescindir de esas divinas y sublimes enseñanzas, pam
256
lincer prevalecer un criterio que pugnaba con la moral y con los sen­
timientos de la generalidad del pueblo español. ¡Quién sabe si algún
día los que, desoyendo al Papa, contribuyeron ¿ que la unidad del
culto católico desapareciese de nuestra patria, no tengan que exbalar
un ¡ay! desde el fondo del corazon lacerado por el remordimiento,
y si en loo umbrales de la eternidad no se vean precisados á clamar
con un bello genio de la antigüedad:

;Dt, 'prohíbele minas, Di, tolera avertite ctisumJ ( í j

¡Suspended, ó Dioses, vuestra venganza, apartad de nosotros tama­


ña desgracia! Grito lastimero, que revela ansiedad indecible, intran­
quilidad grande de espíritu, sobre todo en momentos supremos, por­
que el gusano del sepulcro, dice Chateaubriand, empieza £ roer la
conciencia del que obra mal, antes de devorar su corazon (2).
¡Ah, no permita el cielo que tal suceda! Antes bien se compadezca
de todos, porque todos con nuestros desarreglos, nuestra poca íe y
ninguna piedad, hemos provocado su cólera, y sido causa de que no
se haya conservado la unidad católica en nuestra querida patria. Por
doloroso que sea decirlo, ponga cada cual la mano en su pecho, y no
podrá menos de confesar que esto es la pura verdad.
Entre tanto el Cardenal Moreno se alegró mas y mas de haber
adoptado la resolución que tanto desagradó & algunos; la de venir »
Madrid á sostener esa nueva lucha, y n trabajar en favor do la Igle­
sia, porque se libró de emoles remordimientos quo en otro caso hu­
biese experimentado, creyendo que no habia hecho lo que él solo po­
día y debía hacer en aquellas circunstancias en defensa del catolicis­
mo. DeBpueB de esa lucha, le quedó el consuelo de haber agotado los
medios que en lo humano eran posibles para libro r á su país de la
mayor desgracia que podia aucederle, cual es la pérdida de su unidad
católica; y con la conciencia tranquila, aunque sin poder arrancar do
ku corazon aquella espina, que lia sido su tormento desde que presin­
tió esa inmensa desgracia, siguió trabajando con el mismo ardor que
siempre, para hacer respetar los sagrados intereses de la Religión
cuando Iob ha visto amenazados. Díganlo sus no interrumpidas ges­
tiones para impedir que se secularicen los cementerio» y se establez­
can las llamadas Necrópolis, nombre pagano, que revela bien á las
claras el pensamiento qno preside n semejante proyecto, y que de

(1) V lrg. jEneíil.' 3 , v . 28.-.


4?) Pensam lenlos, opfnlonrp y m áxim ns.
257
realizante, lulemaa dj la profanación á que doria lugar, y que haría
necesario reconciliar á cada paso los sitios venerandos donde descan­
san los reatos de los fíeles difuntos, se privaría á la Iglesia de una
propiedad sagrada, j & las parroquias de Madrid de los recursos mas
indispensables con que poder sostenerse,
Al mismo tiempo qne practicaba estas gestiones, combatía otro
proyecto igualmente funesto para la Religión y para la moral, cual
era el do Instrucción Pública, en que también Be secularizaba, aunque
embozadamente, la Enseñanza, y que con el mejor acuerdo retiró el
Gobierno. Eso no obstante, conviene dar ¿ conocer la Exposición que
con tal motivo le dirigió ei: 18 do Mayo de 1878, por versar sobre un
asunto tan vital para el Catolicismo como para la sociedad, y puede
ademas suceder que haya que reproducirla, si se vuelve n presentar
» las Cortes ese malhadado proyecto. Copiada literalmente esta Expo­
sición, es como sigue,
«Muy justo es, Señores Diputados, que los Obispos españoles, en
•cumplimiento de los deberes que les impone su sagrado ministerio,
•procuren por cuantos medios estén á su alcance, que la instrucción
■pública y privada se conforme en nuestra patria con las prescripcio­
n e s de la ley de Dios, con las enseñanzas de la Iglesia Católica, y
■con lo estipulado solemnemente en el último Concordato, que es ley
■del Beino.
»No otra razón mueve 6 los Exponentes ¿ pedir a-1 Congreso que
■reforme en sentido verdaderamente católico el proyecto de instruc­
c ió n pública, presentado por el Gobierno de S. M. á las Cortes, y que
■va áser objeto de sus deliberaciones.
■ Desgraciadamente dicho proyecto dista macho de estar en conso-
-nanciíL con esas prescripciones y enseñanzas, y se separa en parte
»muy esencial de lo establecido respecto del particular en el expresa­
ndo Concordato. El Congreso, en su sabiduría, formará igual juicio,
"si se digna oir las razones que van A exponer respetuosamente á su
«consideración los Prelados que suscriben.
oCon viene antes de todo tener muy presente en e3tft delicadísima
»materia, que como consecuencia del artículo 1.® del Concordato, en
-que se dispone la conservación de la Beligion Católica con todos los
•derechos y prerogativns do que debe gozar según la ley de Dios, y
■lo dispuesto en los Sagrados Cánones, ordena el artículo 2.® que «la
•instrucción en las Universidades, Colegios, Seminarios, y escuelas
•públicas ó privadas, de cualquiera dase, sea en toda conforme á la
“ doctrina de la misma Religión Católica, y Qiic <í esU fin no se pondrá
oimpedimento altpino tí los Obispos y demás Prelados diocesanos enciu'-
» gados por su ministerio de retar sobre la pureza de la doetrina, de la
258
¡>fe y de lat costumbres, y sobre la educación religiosa de la jureuhul en
»cí ejercicio de este cargo, aun en las escuelas pkhUcas.*
«Recientemente la nueva Constitución lia concedido á los disiden-
»tea del culto católico la facultad de practicar los actos del suyo
•respectivo; pero al consignar esta tolerancia, los autores de dicho
•Código declararon que no entendían romper el Concordato; por cu-
»ya razón, aun á bus mismos ojos, están vigentes los dos artículos
•del Concordato arriba mencionados, de los cuales el segundo es con-
•secuencia del primero en orden á la enseñanza.
•Bien será recordar que dicho artículo segundo no es otra cosa
•sino el reconocimiento del derecho que asiste á la Iglesia, de ejerci-
»tor su acción doctrinal en la enseñanza, para que esta sea católica,
•y del deber que tiene el Estado de procurar esc mismo fin por los
•medios que estén en su mano. Este deber es tan evidente tratando*
»se de un Gobierno que blasona de católico, qu3 legisla para un pue­
b lo también católico, que sería ofender la ilustración del Congreso
«el aducir pruebas para demostrarlo. En cuanto al derecho de la
•Iglesia de ejercitar su acción en la enseñanza del pueblo, conviene
•recordar algunas ideas quo conducen al objeto que los Expelientes se
•proponen.
■ El derecho da ensañar procedi precisamente de la verdad, que
•pido ser ensañada: los que la ignoran ó dudan de ella, no pueden
•ejercer ni aspirar al magisterio. Y como la Iglesia lia recibido de
•Dios el depósito de la verdad revelada, en que 82 comprenden las
»verdades naturales del órden moral y religioso, 03 forzoso reconocer
•el derecho de la misma en todo lo que se refiero n la enseñanza. A
■>qua se a'iside la misión que sobro esto recibió del divino Salvador
«para enseñar á todas las gentes: de donde procede no ya solo ol de­
c e b o , sino el deber de enseñar, que la misma Iglesia está encarga-
•da de cumplir.
•Deber es asimismo de la Iglesia usar de los medios oportunos
•para la salud de sus hijos, entre los cuales, despues de los Sacra­
mentos, pocos habrá tan eficaces como la instrucción que rsciben los
-niños en las escuelas, y los jóvenes en los Instituios y Universida­
des. En tales establecimientos se forman la inteligencia y el cora-
■zon mediante la instrucción y la educación, laa cuales se hallan ton
•estrechamente unidas, que no pueden separarse, si bien la instruc­
ció n se ordena necesariamente á la educación, pues apenas hay co-
•nocimiento quo no despierte algún afecto, ó que no mueva á alguna
•acción, buena ó mala, según sea la semilla que recibe el entendi-
•miento de los encargados de cultivarle.
■No puede desconocerse tampoco que muchos de los elementos
259
»que forman la enseñanza de loe escuelas públicas y privadas, se or­
denan directamente á fines temporales, j a de los mismos intereea-
» dos, á quienes conviene instruirse en las artes ú oficios que deben
"luego desempeñar, ya de la sociedad en general, interesada en que
«los aprendan y desempeñen bien; poro en cambio debe confesaras que
»la parte mas útil de la enseñanza, ó es religiosa, ó 83 baila estre­
chamente ligada con la Religión, y que hasta en las materias que
-parecen mas indiferentes ó neutrales, los profesores buenos y los
«malos respectivamente, saben ingerir conceptos que edifican ó des­
truyen- Fuera de que todos los fines temporales de la vida presente
».->e enderezan al fin supremo, al que mira la Religión, y por consi­
guiente, la acción que tiende al fin tsmporal debe estar subordinada
°ú la acción suprema de la Iglesia, que il todos nos enseña á buscar
" á Dios e n todas las cosas, y particularmente por medio de I 03 e s t a ­

llo s y vocaciones que se inician y desenvuelven en las escuelas y co-


"legios.
■La Iglesia, por último, recibe en calidad de hijos suyos á quie­
n e s no puede abandonar, á todoB los que entran en su asno por me­
d i o del bautismo, y los confia á la solicitud de los padres, pira que
«astos los enseñen y doctrinen, bien directamente por sí mismos, ó
■bien por medio de otras ¡íersonas qne bagan sus veces, siendo en
•uno y otro caso eso doble magisterio una participación del magiste-
“ rio divino de la misma Iglesia. El maestro, en efecto, que se consa­
g r a á la educación ó instrucción do la infancia y de la juventud,
•tiene cierto carácter sagrado, y cierta misión recibida de la sociedad
«espiritual, instituida por el mismo Dios para conducirá los hombres
»por los caminos de la salvación.
•En esta y otros razones análogas se funda el derecho, y aun el
«deber de la Iglesia, de provesr á la instrucción y educación de los
»hombres, singularmente en los primeros períodos de la vida, fun-
»dando y dirigiendo las instituciones ó casas erigidas al intento.
«Cómo ha cumplido Id Iglesia esta divina misión, la historia lo acre­
d ita con páginas muy elocuentes. No bien se habían reunido al pié
»de la Cruz en Alejandría los primeros fieles, dice un sábio contsm-
‘ ponineo, cuando ya al lado de la filosofía pagana surgía la cristiaua
«que bien pronto había de combatirla, y oponer ñ los Celsos y Porfi­
rios, loa Clementes y los Orígenes: la misma escuela defendía en
•Atenas la verdad cristianizada, y en los bancos de los Estoicos y del
"Pórtico, veia sentados á los Basilios y Naziancenos: poco á poco
■cada monasterio se iba convirtiendo en una Academia, asilo de las
■ciencias perseguidas por la bárbara cimitarra: á los monasterios su­
cedían la? caBas de canónigos regulares: los Concilio» particulares y
260
«ecuménicos se erigían en magistrados y reformadores de los estudios
•públicos; á los Concilios sucedían los Pontífices, fundadores de las
■Universidades católicas; y cuando, por efecto de la rebelión luterana
■su augusta voz era desoída por muchas naciones do Europa, nume­
rosos profesores y maestros gratuitos se ofrecían á los católicos vaci­
lantes de los pueblos heterodoxos, para instruirlos y afirmarlos en
•laa doctrinas de la salud, délo cual dan testimonio tantos institutos
■religiosos como se han consagrado por espíritu de sacrificio católico
«á instruir ú la niñez y á la juventud, en todos los grados y condicio­
n e s de la vida social.
■En nuestros mismos dias abundan y florecen infinidad de institu­
ciones católicas, fundadas por la Iglesia para atenderá las necesida-
»des de la enseñanza, los cuales están ordenadas y distribuidas de
■modo que, recibiendo al hombre para formarlo desde los primeros
■años en brazos de los Hermanos de la doctrina cristiana, ó de los
■Escolapios, por ejemplo, no le dejan sino despues de haberle hecho
•hombre perfecto. L is Universidades libres que hoy mismo han sui-
■gido en Francia, ¿qué otra cosa son sino creaciones de l a Iglesia, y
«testimonio vivo y glorioso del derecho que siempre ha ejercido, de
"fundar instituciones docentes aun fuera de aquellas en que e s p e c ia l ­
m ente se forma la milicia sagrada?
•No negarán los Exponentes al Estado, la facultad de crear asi-
■mismo establecimientos de enseñanza, antes puede decirse que tiene
•la obligación de establecerlos donde no los haya, y esto por dos m -
•üones: la primera, porque debiendo atender al bien temporal de los
•súbditos, nada mas conveniente y adecuado para este intento, que
«proporcionar los medios que promuevan y faciliten la instrucción en
•las ciencias y las artes A que lian de dedicarse, según su condicion y
•vocacion; y la segunda, porque á la sociedad interesa mucho que
•cada uno de sus miembros desempeñe bien su oficio, para lo cual es
«preciso que se prepare con tos estudios y ejercicios necesarios, me-
■diante &los que adquiere la aptitud precisa n juicio del mismo Esta­
ndo, á quien está encomendado el bien social. Pero sobre estos inte­
reses de órden temporal, está el interés de la vida eterna, á la cual
•debe conducir la instrucción de l.i niñez y de la juventud en las ca-
»sas destinadas á la enseñanza. Por esta razón, lo que el Estado ca­
c h e o debe procurar ante todo, es que la instrucción sea en todo
“Conforme á la doctrina de la misma Beligion católica, que ea preci­
osamente lo que prescribe el artículo segundo del Concordato.
•Moa ¿de qué modo habrá de cumplir religiosamente el Estado
•esta obligación? La respuesta es muy sencilla: reconociendo y prote -
•giendo la libertad ó derecho esencial de la Iglesia, de establecer toda
261
«claM de instituciones dedicados á la enseñanza, y no impidiéndole
••que vele sobre las escuelas públicas y privadas, conforma al snsodi-
»cho artículo segundo del Concordato vigente.
»Examínese ahora imparcialmente si ese doble derecho de la
“Iglesia se ve respetado en laa bases presentadas por el Gobierno ií
«las Cortes.
oPor lo que respecta al primero, llama mucho la atención que el
«proyecto no menciona ni una sola vez el derecho de la Iglesia, de
«fundar ni dirigir instituciones docentes: hablase en él de los Ayun-
•tainíentos y Diputaciones provinciales, lí quienes concede la facultad
»de fundar otros establecimientos de instrucción, distintos de los que
•>tienen obligación de sostener; también se concede la facultad de
•fundar establecimientos, aunque solo de carácter privado, á todo
•español mayor de 25 años; pero de la Iglesia no se habla á este pro-
opósito ni una sola palabra. Los Obispos, en este punto, no gozan
»como tales de ningún derecho; á lo mas podrán, como meros ciuda-
»danos, fundar algún establecimiento libre, cuyos estudios carezcan
•de todo carácter y valor académico, y sujeto al Gobierno mismo
•hasta en la parte moral. Ahora bien, esta inconcebible preterición,
■‘tratándose de una sociedad sobrenatural y divina, que ha civilizado
»al mundo en general, y á nuestra España en particular, por medio
ode la enseñanza, es uno de los mayores agravios que puede recibir
»la Iglesia del Estado.
•En cuanto al &egundo derecho que á esta corresponde, el pro­
v ecto del Gobierno, lejos de conformarse con el artículo 2." del
•Concordato, puede decirse que lo viola por completo, tomándole de
•todo punto vano é ilusorio. En efecto, para que la Iglesia pueda vc-
>Iar eficazmente sobre la pureza de la fe y de las costumbres, y sobre
»la educación religiosa de la juventud, ejercitando este derecho en
»lns escuelas públicas y establecimientos oficiales, es de todo punto
•necesario que tenga en ellos la intervención debida: si no interviene
•en la ordenación y administración de la enseñanza; si esta no se
•desenvuelve ante sus ojos, y con su aprobación ó beneplácito; y en
•suma, si la ley civil no cuenta con ella para construir y mover el
•organismo de los estudios, sino antes los dispone de suerte que pue-
»dan proceder y procedan sin necesidad del concurso esencial de la
‘•Iglesia, la vigilancia consiguiente á esta sagrada misión es comple-
“ tómente ilusoria. ¿Cómo ha de velar la Iglesia sobre la fe, las cos­
tumbres, y la educación religiosa déla juventud, allí donde no está
•legítimamente representada, donde no asisto constantemente con
■su presencia y con su acción? ¿Cómo ha de velar una madre sobre la
•familia del hijo emancipado, á quien únicamente reconoce este por
562
■jefe, y en cuya casa vive, pero Jejos de laa miradas ele diclia
•madre?
• El nuevo proyecto de instrucción pública, prescindiendo absolu -
•tamente de la Iglesia, declara por jefe superior de la Instrucción pú­
blica. al Ministro de Fomento, y encomienda la administración cen-
•tral de la misma al Director general, y tilos Rectores de las Univer
«sidades auxiliados respectivamente del Rtal Consejo de Instrucción
•pública y de los Consejos universitarios. Otro de los bases dico, que la
«ley determinará las atribuciones de las autoridades civiles y sus rela-
•ciones con las del ramo; pero ninguna indica siquiera las relaciones que
■han de tener con estos, ui las atribuciones que han de ejercer en la
«enseñanza las autoridades eclesiásticas. Importa poco que en la base
■se diga que la enseñanza será conforme á la Religión del Estado en
«lo tocante al dogma y ií la moral, porque esta disposición llegará ñ
•ser una letra muerta, en razón á que todo lo relativo al nombramien­
t o y separación de profesores, ala ordenación de programas, ú desig­
nación de asignaturas, á aprobación de obras do texto, ¿ exámenes
•y grados, todo es, según la? bases presentadas, de incumbencia ex­
clusiva del poder civil. Nada ss concede raal y positivamente á la
•autoridad de la Iglesia: la secularización es absoluta, por mas que á
•primera vista aparezca otra cosa, y no sea esa la intención del Go­
bierno.
•Este se reserva además la facultad de mandar al extranjero á
•alumnos y profesores que estudien alli, y luego introduzcan en E s-
■paña los adelantos de las ciencias; y aunque en tal pensamiento hay
opeligros que una dolorosa experiencia tiene confirmados, peligros
«contra la pureza de la L\ sobre la cual debe de velar la Iglesia, ni si­
guiera se invoca en este punto su prudencia. Más todavía: otra base
•dispone que en todas las cabezas de partido haya bibliotecas popu­
lares; pero no exige la aprobncion, ni mucho ménos la recomenda­
ció n por parte de loa Pre laidos de loa libros quo hayan de componer
•semejantes bibliotecas; por donde es muy de temer que se introduz-
•can en ellos libros malos y reprobados, que corrompan al pueblo.
■ Despues añade la misma base, que se establezcan lecturas sobre
apuntos y temas de utilidad general que designe la junta municipal
«respectiva. Es decir, que á las juntas municipales se les atribuye la
•autoridad y criterio suficientes para discernir absolutamenta lo útil
•de lo nocivo en materia de lecturas, donde aun habiendo buen deeoo,
•si no se procede con sabiduría, y sobre todo en nombre y con facul-
■tades recibidas de la Iglesia, fácilmente se toma el error por la ver
"dad, y se pervierten los ánimos con lo mismo que se reputa sa­
ludable.
263
«¿Nú está demostrando todo esto. Señorea Diputados, que la aaciik-
•rizacion de la enseñanza es el fondo y la forma literal del nuevo pro-
-yeoto? El resultado de esa secularización será necesariamente, aten-
«dida la corrupción humana, y el desorden y malicia de las ideas que
•hoy pululan en la sociedad moderna, que nazcan todo género de er­
rores y peligros en la instrucción y educación déla juventud. Así ha
■sucedido en todas partes, y también entre nosotros, desde que ese
»falao principio fué aplicado á los planes de estudio por donde &e vie-
•ne regulando la enseñanza.
•Podrá decirse que para prevenir tan perniciosos efectos, reconoce
■una de las bases en los Diocesanos la facultad que les corresponde,
•de inspeccionar la instrucción pública, asi en los escuelas de primeras
■letras, como en los demás establecimientos en que se dé la oficial; pero
•si bien se mira, esta es una frase de mera cortesía, porque sobre es-
■*tar redactada la ba&e con cierta ambigüedad, no indica en qué for-
■ma Be ha de ejercer tal inspección, y claro es que en la práctica será
•completamente ilusoria. Cuando más 6e reduciría á alguna visita
■accidental é intermitente, que hicieran los Prelados en este ó aquel
•establecimiento oficial, por medio de la cual procurasen enterarse
■del modo de haberse los profesores en las cátedras, de su doctrina y
•enseñanza, y de testos adoptados por los profesores en la respectiva
•asignatura. Pero á cualquiera se le ocurre que el profesor que viera
■su class visitada por algún Prelado, no es de creer que en el acto
•descubriese la malignidad de su espíritu, en el caso de hallarse po-
■>acido de él, ni es tampoco de creer que le denunciasen los superiores
•que vinieran sufriéndole. La visita bajo este concepto sería inútil. Y
■por lo que toca ú los libros de texto, como estos no han de ser otros
•en las escuelas que los que señale el Consejo de instrucción pública,
•sin necssidad de la aprobación del Ordinario, claro es que á los Pre-
•lados no queda en este punto otro recurso que el muy ineficaz de
«acudir al mismo Consejo, para que se digne excluir de la lista de
»obras de texto los que hayan sido incluidas en ellas eon perjuicio
•de la fe.
•Porregla general el derecho de inspección, reconocido por el Go-
•biemo á loa Prelados diocesanos, no bc ordena a prevenir los abusos
■que puedan cometerse contra la pureza de las doctrinas y contra la
■educación de la j uventud, sino solamente ¿ corregirlos despues de
» cometidos, previa reclamación de los Prelados; más aun este derecho,
■de suyo secundario, porque lo principal es prevenir el mal, resultará
■ineficaz, pues como acaba de indicarse, semejante inspección habrá
»de ser externa, enterándose los Prelados de los yerros que ocurran,
■de un modo harto imperfecto, por noticias extraoficiales; y como por
264
•otra parte no puedan hacer nada por sí, aegun el proyecto que se
«examina, sino recurriendo á lo» jefes civilos de la instrucción, y ni
«mismo Gobierno, quienes podrán desoír sus clamores, como tantas
»veces ha sucedido, el resultado será casi completamente vano.
•Otro defecto muy grave de que adolece el expresado proyecto, y
•contra el que se ven obligados á reclamar los Exponentes, es que ú
»los niños se les obligue á concurrir ¿ las escuelas oficiales, porque la
•enseñanzaobligatoria que hoy se proclama es un atentado contra los
•derechos de la Iglesia, y contra los derechos también de la paterni­
d a d . La Iglesia tiene el derecho indisputable de velar sobre la ins-
•tracción y educación de sus hijos, que hijos suyos son los que reci-
»ben el santo bautismo; vigilancia que 110 puede ejercer en escuelas
•seculares, cuyoa maestros, formados exclusivamente por el Estado, no
•pueden inspirarle confianza. Por su parte los padres de familia son
•los encargados por Dios y por la misma Iglesia de formar á sus hi-
»jos, continuando en el órden moral la obra de la generación, me-
odiante la enseñanza y el ejemplo, y los demás medios y auxilios quo
•la Providencia pone en sus manos para este fin sagrado.
•Cuando los padres no pueden por si mismos cumplir esta especie
•de miBion, obligados están ciertamente ií encomendarla á quien hagu
•sus veces; pero esta obligación es de órden moral, no jurídico; con-
•viene á saber, que no se les puede exigir por el Estado haciendo uso
•de la fuerza, porque la ley civil no debe penetrar en el santuario iI j
•la familia, para escudriñar si los padres cumplen ó no el deber de
•instruir y educar á sus hijos; y aunque pudiera, no debería disponer
•de ellos para llevarlos & sus escuelas, en las que ningún padre cató­
dico puede tener por regla general confianza, pues son escuelas del
«Estado y no de la Iglesia, y del Estado separado en materia tan gra-
ove y delicada, do la Iglesia. La enseñanza obligatoria es por otru
•parte una invención del Estado moderno y pagano, que aspira al do-
i.minio universal de todas las cosas humanas y divinas, en las socie­
dades donde ya no impera nuestro Señor Jesucristo.
■Es fácil deducir de las consideraciones indicadas, que loa bases
•que han de servir para la formación de la ley de instrucción pública,
•se oponen á la doctrina expresamente definida y enseñada por ln
■Iglesia. Son contrarias también al Concordato, y nada mas natural
«ni mas justo, por porte de los Prelados que suscriben, que el oponer-
»se á la aprobación de dichas bases. La reforma, do las mismas en
«sentido católico y en consonancia con el referido Concordato, es lo quo
»pidcn al Congreso en nombre de la lleligion y de la Patria. •
265

XLVIII.

No solo se opuso el Cardenal Moreno por medio de la anterior Ex­


posición, á que ee aprobase dicho proyecto sobre instrucción publica.
sino que Be opuso igualmente á, cuanto creyó perjudicial al bien espi­
ritual de las almas. Por eso reclamó contra las extralimitacioiies de la
jurisdicción Patriarcal y contra otros muchos abusos, procurando, lo
mismo que en Oviedo y Valladolid, fomentar la piedad y devocion
en su vasta diócesis. Arregló también las parroquias, poniendo al frente
de ellas sacerdotes celosos y ejemplares, lteformó además el Seminario
conciliar, excitó el celo religioso protegiendo decididamente los con­
gregaciones piadosas, y todas las sociedades católicas. Y cuando ha te­
nido noticia de algún nuevo atentado contra la Santa Sede, lia protes­
tado enéticamente, pidiendo protección y defensa para el Papa. Véase
cómo se espresaba, no bien tuvo noticia de la célebre Alocucion Luc-
tuoíig de Su Santidad Pió IX, documento admirable, y cuya lectura
obligó al Cardenal Moreno á d irig ir al Rey la siguiente Exposición,
que suscribieran también los Prelados de las Provincias eclesiásticas
de Toledo y Santiago y el Sr. Cardenal Patriarca. Tiene la fecha del
4 de Mayo de 1877, y copiada á la letra es como sigue.
«Señor: Una voz sagrada y penetrante acaba de resonar en el
»mundo, y b u eco imponente y majestuoso, prolongado con rapidez
•pasmosa basta los mas remotos pueblos y naciones, lia producido
•una conmocion general, como no podia menos, habiendo denunciado
•hechos que hieren en lo mas vivo los corazones de los creyentes y
«asustan á todo hombre de buena voluntad, á todo espíritu recto, que,
ȇun extraviado en sus creencias, rinde homenaje alas prescripciones
«de lo honesto y de lo justo, á la santidad de la virtud y á los fueros
«de la libertad santa, que Dios ha dado á loa hombres para que le
•amen y adoren en espíritu y verdad. Esa voz es la del defensor in-
•quebrantable del derecho y de la justicia, la del Jerarca, Padre y
«Pastor supremo de la Iglesia; del Vicario de Jesucristo en la tierra,
«del inmortal Pió IX.
»V. M., que tiene la dicha de conocerlo, y le debe un amor entra-
»Sable, se habrá sin duda afectado dolorosamente al oir su voz en
•esta ocasion solemne, y sobre todo cuando Laya leído la série inter-
•minable de atentados de que se queja en su Alocucion LuctuosU,
«nunca bastantemente ponderada; y como Rey católico, y Rey de
»tantos millones de católicos, no habrá podido menos de alarmarse
«también en gran manera al ver que en la citada Alocucion se tifirmu
266
«que la J/jlesut tic D'm pmkce violencia y pcmcuciuit en Italia, y
«que el Vicario de Cristo ni goza, de libertad, ni del uso expedito y pie -
«no de m poder,
»Afirmación gravísima que, si no estuviera plenamente demos­
trada por los actos incalificables ejecutados en Italia y en la misma
-Boma á vista de todos, y que han reducido A la Santa Sede íí la
«lamentable y precaria situación en que hoy se encuentra, hallaría
«una confirmación completa y evidente en la circular del ministro de
«Justicia Italiano, fecha. 17 de Marzo último, dirigida á los funcio-
»nnrios del ministerio público.
• En esta circular no solo Be falta á todos los respetos y miromien-
>>tos que se deben al Soberano Pontífice, se le insulta en ella, y se le
oescarnece, sino que, erigiéndose además el Ministro en juez y en
•censor del Papa, se arroga la facultad de dar licencia para que pue-
•da la prensa reproducir dicha Alocucion; y como si esto fuese poco
ctodavía, la concede con tales cortapisas, que resulta permitido todo
•ataque, y prohibida toda defensa de tan insigne documento pon­
tificio.
«No calificarán los exponentes como se merece esa deplorable
•circular, ni tampoco pretenden afligir el ánimo de V. M. conloe re-
«flexiones á cual mas tristes á que la misma se preBta. No: no es e.s ■
•te el objeto que se proponen al elevar al pié del Trono esta reverente
•exposición, sino otro muy distinto.
«Lo que desean los Prelados que la suscriben, y lo que piden con
•el mayor encarecimiento á Y. M., es que, del modo que lo permitan
•las circunstancias, influya para que lo mas pronto posible cese lu
•opresion del Papa, se le restituya su libertad é independencia, y se
•aplique un correctivo, y correctivo eficaz, contra tantos y tan graves
•desmanes, contra los muchos desafueros que, en daño de la lieligion
•y ea perjuicio de la moral, se han cometido y siguen cometiéndose
•en Italia.
•Y esta psticion la dirigen A V. M. también en nombre de los
•españoles, los que, á pesar de las pruebas á que en dias aciagos han
•sido sometidas sus creencias y costumbres, continúan siendo casi en
•su totalidad, por la misericordia de Dios y por el religioso y recto
•sentido que les anima, dignos herederos de la fe y piedad do sus
•católicos padres.
•Ponderar la justicia de esta petición, seria ofender la ilustración
•de V. M. Es tan clara y evidente, que basta dirigir una rápida
•ojeada sobre lo que está pasando en Italia, pora conocer que el es­
atado de cosas allí establecido es cada dia mas insostenible, como
•que pugna contra todo derecho y toda justicia, y que si ha de hn-
267
»ber paz en el mundo, urge que las nociones tomen mano en este
«asunto, y contribuyan cuanto antes de coman acuerdo, á que con­
clu ya esa perturbación que lia cundido por todas partes y llevado la
» angustia y la alarma á las conciencias de sus respetivos súbditos
«católico».
• Hasta por propio decoro, y áun atendiendo solo í razones d j
«conveniencia, no puedan permitir que el Padre común de los fieles,
«el Soberano espiritual de mas de doscientos millonea de católicos,
«dependa de nadie, y menos de los qu? le cohíban el libre ejercicio de
«su ministerio Bagrndo, y se conducen con Él de trvl manera, que es
«lia visto precisado muchas veces á clamor contra la opresion y vio­
lencia que sufre, y á denunciar últimamente á esas mismas nació-
»nes, por medio de la Alocucion antes citada, que la Iglesia de Dio #
■padece violencia y persecución en Italia; y que el Vicario de Cristo mí

*goia de libertad, ni del neo expedito y pleno de su poder.


» La protección de esa libertad y de la independencia que el Papa
«necesita para ejercer sus elevadas funciones, es un deber sonto, im-
»puesto ¿ todos los Soberanos, y aún mas si son católicos, porque
«aunque su poder emana de Dios, no lo han recibido paca contrariar,
•sino para secundar lns superiores ordenaciones del mismo Dios.
»Y. AI., que comprende bien sus deberes de soberano católico,
«sabrá cumplirlos como corresponde, adoptando e n bu alta sabiduría,
«y por consejo de su ilustrado Gobierno, todas aquellas medidas pru-
«dentes que con seguridad conduzcan á que la Iglesia de Dios deje de
«padecer la violencia que sufre, y el Vicario de Cristo goe¿ de la libcr•
otad completa y del uso expedito y pleno de su poder.
•Este sení el modo de que Y. M. atraiga sobrj si las bendiciones
•del cielo y la abundancia y plenitud de sus dones, mereciendo ul
■propio tiempo el aplauso del pueblo español, que siente como nadie
■las amarguras y tribulaciones de nuestro Santísimo Padre, y que,
■aunque le vea ensalzado ó abatido, coronado de rosas ó de espinas,
■con cetro de oro ó de caña, será para él siempre, lo mismo en el
«Tabor que en el Calvario, el objeto de su admiración, de su respeto
•y de eu amor. Y á fin de demostrarle, déla manera que puede, estos
«nobles y cristianos sentimientos, desea vivamente proporcionarle al-
•gun consuelo; que terminen de una vez las injusticias de que eBt.í
«siendo víctima, y que por medio de resoluciones prontas y eficaces,
«se remuevan todos loe obstáculos que le impiden su plena y verdq, -
•dará independencia.*
208

XLIX.
No menor celo so descubre ea las dos Pastorales que publicó el
Cardenal Moreno, haciendo conocer á b u s diocesanos las Encíclicas
del aábio y animoso Pontifica León XIII, expedidas ea 21 de Abiil
de 1878 y ¿8 de Diciembre del mismo ano. La última de estas Pas­
torales, según despacho del señor Cardenal Nina, que tengo á la vis­
ta, fué tanto lo que agradó á Su Santidad, quo mandó traducirla al
italiano, y qu.e sa insertase en L' Oaservatore llomaiw, que, como an­
tes dije, es periódico oficioso del Papa. Ea el número de este exce­
lente diario, correspondiente al 12 de Febrero del presente año, se
baila inserta y traducida dicha Carta Pastoral, y por esta circuns­
tancia me parece que debo también insertarla íntegra, mucho mas
no siendo de largas dimensiones. Tiene la fecha de 25 de Enero de
este mismo año, y sa contexto literal es como sigue.
-La voz augusta de nuestro Santísimo Podre León XIII ha reso­
b ad o de nuevo, venerables hermanos y amados hijos, en todas las
•extremidades da la tierra por medio de su memorable Carta Encí­
clic a Qiwd Ápostolici, de 28 de Diciembre del año último.
•Al ver que en los pocos meses trascurridos desde que espidió b u
•anterior Encíclica en 21 de Abril de aquel mismo año, han crecido
•en progresión quo espanta., los males que afligen á las sociedades
•humanas, y que amenazan destruirlos, á consecuencia de laa ma­
quinaciones de las sectas formadas por los que se denominan goda-
*Uítas, comunistas ó nihilistas, lleno de oompasion y caridad «on to­
ados, vuelve á levantar su voz para poner otra vez de manifiesto la
•causa de esos males, y el remedio único que hay para curarlos, se­
ñalando á los pueblos y á los principes que los gobiernan, el puer-
»to donde han do refugiarse, si quieren saín- salvos de la deshe­
c h a borraaca que los combate, y advirtiéndoleB al mismo tiempo
•que osos males no se conjuran, ni con todas las leyes humanas, ni
•con laa órdenes de los magistrados, ni con las armas de los mo»
•aguerridos y formidables ejércitos.
•El único remedio que encuentra nuestro venerable Pontífice
•para curar tan grave dolencia social, consiste en devolver ú la Igle­
s ia Católica su libertad, para que pueda eficazmente desplegar su
•benéfico influjo en favor de las sociedades humanas, porque ella
•sola dispone de recursos poderosos para combatir la peste del socia-
•lismo. ¡Ay de las naciones que no acepten eata gran verdad! Porque,
•aunque para salvarse quisieran no contar con la Iglesia, y preacin-
26»
idir del elemento religioso, liada conseguirían, en razón á que esos
«males, como todas laa dolencias morales, no Be caían solo con re-
»medios humanos, los cuales tienen por lo general eficacia para exa-
»cerbarlos, pero no para curarlos. Solo la mano compasiva de Jesu­
cristo, por medio de la Iglesia, posee la virtud maravillosa de obte-
•ner, con procedimientos suaves, una curación completa, y de impe-
•dir que retoñes, arrancando fácilmente, y sin operaciones cruentas,
•sus hondas raicea, que penetran ya hasta las entrañas de la socie­
d a d . Emplear otro remedio, Bería lo mismo que pretender curar una
•llagacancerosa muy inveterada con medicamentos que, además de
»enconarla, dejasen intacta la causa morbosa de donde ella procede.
>Tal es el importante asunto de que La creído conveniente Su
•Santidad ocuparse en su importante Encíclica. ¡Y de qué manera
•tan magistral lo trata! Todo es admirable en este documento: su
•oportunidad; la sabiduría que en él se descubre; la profundidad y
■elevación de los pensamientos que en el mismo se desenvuelven; la
•sencillez y claridad on exponerlos; su estilo; sn lenguaje; los rasgos
•de encantadora y severa elocuencia en que tanto abunda, y la un -
•cion verdaderameate evangélica que, cual delicado perfume, se per­
cib e en todo su contexto, y que, aun al mas descreído, enamora y
»cautiva dulcemente.
•In medio Ecclmoe aperuit os ejm : et implevit cum Dominus spiri-
»£w sapientía et inteUectm. fEcclesiastiei, cap. 15, ters. 5.J León XIII
•La hablado en medio de la Iglesia, y el Señor le llenó del espíritu
■de sabiduría é inteligencia. Por eso no hay que admirar que los
•puebloB y naciones hayan escuchado con emocion su voz, y con res-
•peto las palabras de vida eterna que acaba de dirigirles; nueva y
•brillante prueba de la divinidad del Pontificado, de su vitalidad y
•perpetuidad.
•El mundo se halla plagado de errores, que le envuelven en som-
obraa de muerte, y amenazado de una crisis terrible y de espantosos
■sacudimientos, por efecto de las malas pasiones de los hombres. Y
ȇ la voz de Pedro, las sombras desaparecen, brilla la luz, los erro-
•res se descubren, y empieza á renacer la esperanza. Exhorta á los
«unos, predica á los otroB, conforta á los débiles, persuade á loe po­
derosos, para ver el modo de conjurarla crisis social y restablecer la
■calma; y mientras tanto É l, encerrado en su prisión y rodeado de
•enemigos, nada teme, porque sabe que ni las cárceles, ni los tormen-
•tos, ni los tiranos, ni las sectas, ni las revoluciones, ni toda la mu­
chedumbre de herejías y do pecados, ni el infierno junio pueden
■nada contra Él, y que son impotentes para anular su magisterio in-
» falible, aniquilar su autoridad divina, y destruir la piedra misterio-
270
■j& que quebranta loa señoríos y loa imperios que intentan remover-
-la, y sobre la que está edificada la Iglesia.
•Dios ha querido ostentar su poder, haciendo con su Vicario en
«!a tierra lo que hizo en otro tiempo con el arca del Testamento, la
» cual, mientras estuvo en país enemigo, obró mas y mayores haza-
•ñas que nunca. Derribó ídolos, destruyó sembrados, enfermó ciuda-
»des, y á medida que su prisión Be estrechaba, se mostró mas victo -
»ríoBa. (L ib. I (le los R ey., cap. 6, vers. 1 y arguicntes.J
•Pues lo m ism o sucede con el Papa. Parece débil y &in fuerzas;
-pero cuando se halla eu tierra de enemigos, esto e s, cuando ee ve
•perseguido, odiado, hecho el blanco de ia impiedad, calumniado,
•escarnecido, abandonado de los poderosos y encarcelado, ¡ah! enton­
c e s hace maravillas y ejecuta los mayores portentos. En tan triste
•situación, y á pesar de su aparente debilidad y flaqueza; on medio
»Í6 su desamparo, y como sucesor de Aquel que hasta con su sombra
•obraba prodigios, con solo su palabra conmueve el mundo, y á su
•voz caen con gran estrépito al atiolo, hechos pedazos, loe ídolos fa-
»bri codos por la soberbia, la liviandad y la malicia de los hombres;
•quedan desconcertados los planes de los inicuos, descubiertos y con-
•denadoe sus errores, y triunfante y victoriosa la verdad.
•Y la maravilla sube de punto al observar que ese mismo Papa,
•anciano débil y pobre; que no cuenta con ningún recurso humano;
•que no dispone ni de una sola bayoneta, ni de un solo soldado; que se
•halla desamparado hasta de los mismos que por propio interés de-
»hieran protegarle, logra imponerse por la persuasión y por el amor
•á sus mismos adversarios, muchos de los cuales, como acaba de su­
ceder ahora, han creido quo debian tributarle el homenaje de su
••admiración y de su respeto, confesando ingenuamente que León XIII
•es el único que sabe resolver la pavorosa cuestión social, que tanto
•preocupa á los Gobiernos; que la conoce y la ha estudiado mejor
•que ninguna de las Cancillerías de Europa; y que ln Encíclica Qiiod
•Apoatoliei es una obra acabada de sabiduría, escrita con habilidad
» suma, y con el tacto del mas afamado político y del mas fino diplo­
m ático.
•Muy justamente han formado, venerables hermanos y amados
•hijos, aun los mismos que, por su falta de fe, no tienen idea exacta
•de lo que en realidad es el Papado, un juicio tan ventajoso de ese
«insigne documento pontificio, y de seguro hubieran sido mayores,
•mas completos y cordiales sus elogios, si pudieran comprender el
■elevado espíritu de caridad que lo dictó, sin otra mira que la gloria
•de Dios, la salvación de las almas y el bien de las naciones y de los
•imperios; y que, como emanado de la Cátedra inmaculada de Pe-
271
-Aro, es un tesoro dé celestial doctrina, donde encuentran sublimes
•y salvadoras enseñanzas, y el preservativo contra las peligrosas do­
cencias morales del siglo, los reyes y los pueblos, los débiles y los
•fuertes, los ricos y los pobres, los sabios y los ignorantes, el indivi-
»dúo, lo mismo que la familia y la sociedad.
»Y á fin de que las tengaiB muy presentes en vuestras respectivas
»posiciones, y acomodéis á ellas vuestra vida pública y privada, y con
« j 1 objeto de secundar al propio tiempo los dessoj é intenciones de

» nuestro Santísimo Padre, nos apresuramos á haceros conocer esa


«célebre Encíclica, persuadido también (le que prestamos un gran
•servicio á la Beligion y á la patria.
»Oid, pues, amados Hermanos, con atención y respeto la tra-
» duccion del espresado documento, hecha con toda fidelidad de órden
«nuestra para vuestro aprovechamiento espiritual, y cuyo tenor es el
«siguiente.»
Aquí copia Su Emma. la Encíclica de Su Santidad, y á conti­
nuación añade:
•Despues de la lectura de este magnífico documento, venerables
■hermanos y amados hijos, el ánimo queda profundamente conmo-
vido, y en situación de tener que preguntar á nuestro Santísimo
«Padre: Si hale* brachium sicut Denv, et gimili roce tonas* (Job. ca-
‘■pítiifo 40, vers. 4.J Porque al oir, ¡oh venerable Pontífice! lo que
«os habéis dignado decimos, parece que teneis brazo de Dios y voz
«de Dios. Bien se ve que sois el sucesor do Pedro, quien por su nom-
»bre, por su miaion, por su autoridad, por su doctrina, por su forta­
leza , por su unción, por su infalibilidad y por b u e milagros, era un
«segundo Cristo y un segundo Dios. Y así, con la misma misión y
«autoridad que Él, decís al mundo, postrado y enfermo de enferme-
»dad muy grave é inveterada, como Pedro dijo al cojo de nacimien-
»to, que sin poder andar yacía ií la puerta del templo de Jerusalen;
•Surge et atribula ( A c t c a p . 3, vers. SJ; levántate y anda. Y de fijo
*8e levantará una vez mas, y saldrá del abismo en que se encuentra,
•y andará por los caminos de la paz y de la justicia, si es obediente
«como el cojo, si tiene fe como él, y si como él no rehúsa la mano
•que amorosamente le alargáis para ayudarle á ponerse de pié y en
«actitud de andar, y bí con docilidad adopta el remedio que le pro-
■poneiB, único que puede curar la dolencia que padecc, y que le ha
•puesto en peligro de muerte. ■
272

L.

Focoa días despues de escribir el Cardenal Moreno esta Carta Pas­


toral, escribió otra con motivo de la Cuaresma y del Jubileo concedi­
do últimamente por Su Santidad León XIII. Todavía dura en Espa­
ña la impresión que produjo la lectura de este documento. Es uno de
los mas bellos que han salido de la pluma de mi hermano; y en la
imposibilidad de insertarlo íntegro por ser bastante extenso, me limi­
taré á entresacar algunos párrafos, copiando al mismo tiempo un ar­
ticulo que publicó el S de Marzo último el excelente periódico católi­
co E l Siglo Futuro, despues de insertar el expresado documento.
Empieza la Pastoral con esta hermosa introducción.
•Una providencial y afortunada coincidencia es la causa, venera*
»bles hermanos y amados hijos, de que al ir á hablaros de la Cuarcv
»ma y de los sagrados deberes que e3te santo tiempo nos impone,
•tengamos también el incomparable consuelo de vernos precisado ií
•hacerlo á la vez del plenísimo Jubileo, que nuestro Santísimo Padre
» el Papa León XIII, siguiendo el ejemplo de sus venerables predece-
»sores, acaba de concedemos con motivo de su exaltación al Supremo
»Pontificado.
•Por esta m o n publicamos en nuestra Diócesis, y os hacemos
•conocer las Letras Apostólica», que vnn traducidas á nuestro idioma
»á continuación de esta Carta Pastoral, y on ellas encontrareis con-
»signadas las obras de piedad quo deben practicarse para ganar las
«Indulgencias, que con tanta largueza concede nuestro Santísimo
-Padre. Haciendo cuanto os ordena, no solo obtendréis sus gracias,
«sino que os dispondréis también dignamente para celebrar la solem-
«nisima fiesta de la Pascua. El santo tiempo de Cuaresma bieu
«aprovechado, os Bcrvirá de preparación para conseguir esos dos ob­
jetos: la digna recepción de los santos sacramentos do la Peniten­
c i a y de la Eucaristía, y ganar las abundantes gracias espirituales,
•que proporciona el Jubileo.
«No dudamos que todos nuestros hijos se apresurarán á practicar
'humilde y devotamente las obras mencionadas. El venerable Pontí-
»fice colocado por la mano del Todopoderoso, y de una manera seña-
•l&damente admirable, en la Cátedra Apostólica, ve desde este lugar
"tan elevado la intensidad de los males que añigen ií la Iglesia por
«efecto de los persecuciones que sufre en muchas partes; la triste si­
tuación en que se encuentran los pueblos y naciones; los peligros en
•qne se hallan (I consecuencia de lus perversas y disolventes doctri-
273
•ñas, que S3 esparcen por todo el mundo; los torrantes de sangre que
•Tiene derramándose á causa de las terribles guerras que van suce-
•diéndose sin interrupción desde hace algunos años; Jas plagas y en­
fermedades espantosas que se presentan en algunos paises; el ham-
•bre, la crisis mercantil é industrial que aquejan á otros, y el cáncer
■del socialismo que amenaza devorarlos a todos; y abrumado de do-
•lor, gima sabré la moataüa santa, eleva bu? mrao3 puma al cielo,
■procura desagraviar a Dio3 para qua Dios se apiade de los hombres,
»y nos concede un Jubileo, á fin de que purificados de nuestras cul-
»pasy aplacado su justo enojo, el espíritu de paz y de caridad des­
cienda sobre la tierra..... > Despues de este exordio, añade:
«Mas estos dones se convertirán en perjuicio nuestro, si se los
►desprecia; y un indicio seguro de haberlos despreciado sería, el que
•despues de estos dias de indulgeneia y de perdón, continuasen rei­
nando como basta aquí, los pecados, las iniquidades y las injus­
ticias.
•Todo en estos felices dios conspira á nuestra santificación, ¿ y no
•será muy justo y racional que trabajemos para conseguirla? Ya qua
»tenemos la buena Buerte de que el cielo nos envía un rocío nl>an-
•dante y benéfico, ¿por qué hemos de desaprovecharlo, fiiendo causa
»de que la tierra permanezca estéril en frutos de penitencia? ¿Volve-
•remos n presenciar despues del Jubileo los mismos desarreglos, los
•mismos malos hábitos, los mismos vicios, y los mismos escándalos?
•No hay que hacerse ilusiones: pora desagraviar á Dios es indis-
«pensable enmendarse, es necesario convertirseáEl de todo corazon.
»Y puesto que la religión no es una farsa, ni una vana ceremonia,
» urge que se la respete, que se guarden con fidelidad b u s preceptos, y

«con especialidad aquellos, que con dolor vemos mas frecuente y ge­
neralmente quebrantados, y uno de estos es, el de la santificación de
“los fiestas.
•Sí: urge en gran manera que se observe, como es debido, este
-divino precepto; y por consecuencia que dejemos de presenciar, aun
•en esta culta capital, el triste y escandaloso espectáculo de que en
•el Domingo y en el dia festivo se entreguen muchos á las faenas y
•ocupaciones, que solo son lícitas en los dias de trabajo. Urge que en
•el Domingo, y los pocas dias de fiesta que lian quedado subsistentes,
*cesen el comercio, los tráficos y todo género de contratación; que se
•cierren los establecimientos y tiendas, excepto aquellas en que se
•venden artículos de primera necesidad; que se interrumpan las
•obras, y no veamos on muchas de ellos trabajando'á infelices jorna­
leros, mas que por culpa suya, por la de los dueños y empresarios.
•Urge, en fin, que estos días santos se consagren á Dios, que se re-
1*
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•púse en ellos, á fin de conseguir nuevas gracias y nuevos favores
•para continuar en los dias de trabajo los tareas y obras suspendi­
d a s en el de fiesta, y que se guarde este sin entregares á diversiones
«que no sean muy honestas, despues do cumplidos los deberes que
•prescribe la religión.
»Al observar lo que en la actualidad pasa; al presenciar las iu-
•fracciones escandalosas y tan reiteradas de este santo precepto, po­
d i d o de la mas amarga aflicción, Nos vemos precisado á exclamar
•con un Santo Doctor: ¡Qué insigne locura la de muchos! Trabajan
•toda la semana por mantensr el miserable cuerpo, y trabajan el dia
•de fiesta por la condenación de la infeliz alma. ¡Estupenda locura!
•Trabajar todas las Romanas en obras lícitas, y profanar y manchar
•el dia del Domingo con juegos, liviandades, embriagueces y bai-
ales. (San Bernardino de Sena, Seria. 10, Dom. 1." Quadrag. arí. 2.",
»cap. I.J
«¡Ah! muy distinta sería sil conducta, si comprendiesen que no
•han de medrar mucho con los ganancias adquiridas á costa da una
«infracción de ley divina; que su mal ejemplo 03 perjudicialísimo á
•sus hijos y dependientes; que no procurando que aprovechen el dia
•festivo en la santificación de sus almas, han de vivir desarreglnda-
•mente los unoi y los otros; que «cría vana ilusión esperar que les
1se:vn fieleí y sumisa*, quo no han do abusar do su confianza, que no
■han de defraudarles ni dilapidar su caudal, y que este se conserva y
•aumenta, obrando en justicia, viviondo cristianamente, dando bin­
ónos ejemplos á los domésticos, y no escandalizándolos con la profa­
nación de las fiestas,
• Dios lia ofrecido esto y mucho mas al que las guarda religiosa-
¿mente. Si santificares la fusta, dice el Señor por Isaías f m ¡ s ,
» rers. 13 y l i J no gastándolas en malos pasos, ni en hacer tu voluntad
•contra la inia, guardando muy delicadamente y con toda solicitud lo
•que mando en eso dia, entoncas te deleitarás en el Señor, y ts levan­
taré sobre todas las alturas de la tierra, te daré despuss la hartura
•y abundancia do aquella preciosa heredad, qao prometí Yo ú Jacob
•tu padre, porque la boca del Señor ha hablado.
♦Mas á la par de esta» magníficas promesas, hay también seña-
•lados, como no podia ménos, grandes castigos contra los infractores
•de la santificación de lns fiestas. Dios es muy bueno, y tan miseri-
»c0rdi030, que se a>ntenta con muy poco de parte de nosotros. De Iob
•siete dias de la semana nos dió los seis, y 53 reservó uno solo para
•su servicio. De los frutoB de la tierra solo exigía el uno por diez, y
•de nuestra hacienda las sobras fLuc. 11, v. 4 1 ). Pero si eso poco
•que nos pide, se lo negamos, siendo el caudal que tenemos mas su-
275
« jo que nuestro; si no le consagramos el dia que nos pide, y que se
»reservó pora bí, y antes bien lo profanamos y manchamos, ¡ah! en-
«fconces provocamos bu cólera, y le ponemos en la triste necesidad de
»castigarnos.
•Fijaos sino en un hecho espantoso, que para nuestro eícarmien-
»to se halla consignado en la Sagrada Escritura. Refiere el libro 11a-
«mado do loa Níimeros fcap. 15, ven . 32 y »ig ni entes), que estando
»un hombre en un dia santo haciendo una cftrgi de leña, fué por ello
»acusado, preso y llevado delante de Moisés, el cual mandó que que-
» ilnse detenido hasta consultar el caso con Dios, y saber qué castigo le
«mandaría dar. Fué la respuesta del Señor ¿Moisés, que mandase sa­
near aquel hombre al campo, y que allí mismo muriese apedreado por
«todo el pueblo, y asi se ejecutó. Tal pina quedó desde entonces es-
»tablecida para los tranagrosoroí do este precepto, y con esa severidad
•eran castigados en la antigua ley.
• En vista de este pasaje bíblico, ocurre naturalmente preguntar:
•bí por solo hacer una carga de leña en dia festivo, impuso Dios tan
«terrible pena ¿qué sucederá ú los que habitualmente, un mes y otro
«mes, un año y otro aflo, desobedecen al Sí Sor, desprecian su santa
•ley, y dedican el dia consagrado á su servicio n trabajos corporales
■y a distracciones pecaminosas? ¿Cómo no han de concitar contra si
»Ia cólera del cielo I03 que, en vez de sarvir n Dios en el dia fe3tivo,
•lo emplean en ofenderle?
■La espada de la Justicia divina ¡ah! no hay que dudarlo, está
" pendiente de un hilo sobre sus cabezas, y á fin de sacarlos del peli-
»gro de condenación eterna en que se hallan, le? rogamos encareci-
•damente, lo mismo que á todos vosotros, y les pedimos por laa en­
trañas de Jesucristo, que obs3rven con el mayor cuidado este santo
«precapto; que lo bagan guardar escrupulosamente i sus hijos, do-
•másticos y dependientes, y que no olviden que se les exigirá estre­
c h a cuenta en el Tribunal divino, por haberlo infringido, ó por ha-
•berlo dejado infringir. Y al dirigiros ese ruego amoroso, tenemos el
»deber gravísimo de amonestaros también, y de advertiros que os pre-
■cavais de otro peligro que de fijo ocasionaría la perdición de vuestras
•almas. Nos referimos á las precauciones que debeis adoptaren ma-
■tería de lectura, con el objeto de que podáis preservaros del contagio
«funestísimo de los malos libros é impresos, que desgraciadamente
■circulan con una profusión que asombra. Este ea otro punto intere-
»santísimo, sobre el que debemos hablaros, aunque sea lijeramente,
•al prepararos para la Cuaresma y el Jubileo......>
Yéase ahora cómo se expresan loe redactores del Siglo Futuro,
•Retiramos una porcion de originales para publicar íntegra la
27C
"magnífica Pastoral que, con motivo de la Cuareaumy Jubileo, dirige
»íil Clero y fieles de su diócssis nuestro Prelado el Emmo. Cardenal
»Arzobispo de Toledo.
•Exhórtanos en ella á la penitencia., tan necesaria siempre, y mas
«ahora que nunca, para aplacar la justicia de Dios, y lineemos dig-
•nos de ln divina misericordia; condena Sn Emma. eon apostólica
«elocuencia las continuas infracciones del divino precepto de santi-
»ficor las fiestas; con mayor energía, si cabe, pinta ol horror de la
»blasfemia, hoy tan frecuente; y con no menos energía y elocuencia
«señala I o b daños y condena la maldad dj la prensa anticatólicn.
«Despues de copiar la pintora que el Apóstol San Judas lioce de
► los impíos qus maldicen de todo lo que ignoran, y se dejan corrom-
«per por las inclinaciones de la naturaleza depravada, que sienten en
«sí mismos, como si fuesen b estia s irracionales, nuestro venerable
«Prelado dice.
•No puede darse un retrato mas íiul y mas acabado de esos escri-
"torea que, abusando de sus talentos, procuran por medio de sus per­
versas producciones, Bembrnr la duda sobre materias religiosas en
»cl corazon de b u s lectores, para hacerles perder ln fe, y eon ella ln.
«paz de s u b almas, y el asilo que encontraban en la religión.»
Y mas adelante añade:
«En otro tiempo, la herejia no combatía la Religión en gjneral,
«sino algunos de sus dogmas, y la dificultad de reproducir los ejem­
plares en que debia correr y propagarse por la escritura de mano, la
•contenía dentro de límites muy estrechos. Pero lioy la impiedad,
«con mayor atrevimiento que la herejía, aspira á mucho mas: preten-
-(le destruirlo todo, absolutamente todo: la Religión, la sociedad y la
"familia, y cual otro Caligula quisiera que las sociedades humanas
»tuviemn una sola cabeza para cortársela.
• El ilustre Purpurado no se refiere únicamente á los impíos de­
clarados y escandalosos, sino á todos los quo franca ó hipócrita-
- mente lmcen guerra á la Iglesia de Dios, y á continuación añade.
«Ella (la prensa impía) se presenta en la escena del mundo, unas
‘ veces descocada y resuelta, con aspecto siniestro, armada de hacha
■y de puñal, eon la toa encendida en su mano, yen toda su horrible
«desnudez. Otras con la máscara de la hipocresía, acompañada del
•tren y aparato de las ciencias, de las artes y de la erudición, y ata­
viada con las galos de nn estilo florido, y con todas las gracias con
»que sabe vestirla un bello ingenio; y auxiliada por la moderna y ma*
•ravillosa invención de la imprenta, multiplica hasta lo infinito las
^fuentes por donde derrama su ponzoña en todas lm» naciones, y la
-lince correr rápidamente de un extremo iv otro de la tierra.»
s;7
Después de este párrafo, liay otro que uo in tartán los ilustrados
redactores del Siglo Futuro, pin duda por no dar demasiada exten­
sión ií su brillante artículo, y que me purece debo yo insarlar tam­
bién. Este párrafo es el siguiente.
•Así emplea el impío bu talento. Se vale de él para volverse con-
■tra Dios que se lo dió, y por efecto de este monstruoso abuso, que
siii proveerse pudo eu la época feliz de la restauración délas ciencias
■en Europa, la ilustración, la elocuencia y el buen gusto, degeneran*
■do de la nobleza de su destino, han venido ú ser, como dice la 8a-
Escritura (Sapient. cap. 1-1 vas. 11), un lazo y una piedra
■de escándalo pora el mundo; y la tipografía, que debiera servir solo
■de vehículo de las verdaderas luces, se ha convertido en una especie
■de largo conductor eléctrico, para lanzar casi instantáneamente el
«rayo de la impiedad y de la revolución desde el centro da la Europa,
■donde Be forma en el hervor de aviesas pasiones, hasta loa últimos
■confines del universo......
Véase ahora lo que continúan diciendo esos entendidos escritores
en su artículo.
•Y todavía precisa su pensamiento mas adelanta (el Cardenal
-Arzobispo), exhortando á formar la inquebrantable resolución de no
•contribuir con el trabajo, ni con lns suscriciones, ni por ningún
•otro medio, al sostenimiento de publicaciones, sean ó no psriódicns,
•tengan ó dejen de tener carácter político, que constantemente en
•todas las cuestiones, sin tergiversaciones, con toda claridad y valen­
tía , no sigan y sostengan la pura doctrina de la Iglesia.
■Contra esta prensa impía, contra la prensa que ataca los dog-
»ma& de la Iglesia, contra la que no sostenga la pura doctrina de la
■Iglesia en todas las cuestiones, sin tergiversaciones, con toda clari­
d a d y valentía, quiere nuestro venerable Prelado que trabajemos
•todos, sin esceptuar ú nadie.
«Todos los que tenemos la dicha incomparable de ser católicos,
■dice, nos hallamos con el imperioso deber de luchar por la conser­
vación de la fe contra los que, por medio ds sus impre.:03, la im-
■pugnan y 2>ersiguen. La obligación es general: alcanza ií todos,
•aunque varía en el modo con que cada cual haya de cumplirla. El
•sacerdote deberá ejecutarlo con su doctrina y predicación, el sabio
•con la pluma y la persuasión, y cualquiera de los fieles con la ora-
»cion, con las santas obras de la propaganda católica, con la entiie-
•zapara rechazar la impiedad, con el animado clamor contra la irre­
ligión, y muy particularmente con el santo y perseverante horror á
. l a lectura de los libros é impresos que la propaguen—
-Quéjase Su Emma. de que, por pirte As no pocos fieles, se ca-
278
•lia, y Be reciben esos impresos y esos píriydicoa, y se buscan y se
«compran, y Be leen sin recelo ni temor alguno. Y en otra parte dice,
•quo bí todos con generosa é invariable decisión ee negasen á sumi-
-nistrar recursos, por pequeños que fuesen, y Ií tener la menor par­
ticipación en las empresas que publican impresos contra la fe y la
•moral; si todos se declarasen contra lfl notoria impiedad de loe que
•se dedican á esa inicu