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Violencia

La violencia1 es el tipo de interacción entre sujetos que se manifiesta en


aquellas conductas o situaciones que, de forma deliberada, aprendida o
imitada,2 provocan o amenazan con hacer daño o sometimiento grave
(físico, sexual, verbal o psicológico) a un individuo o a una colectividad;3 o
los afectan de tal manera que limitan sus potencialidades presentes o las
futuras.4 Puede producirse a través de acciones y lenguajes, pero también
de silencios e inacciones.

Se trata de un concepto complejo que admite diversas matizaciones


dependiendo del punto de vista desde el que se considere; en este
sentido, su aplicación a la realidad depende en ocasiones de
apreciaciones subjetivas.

La violencia fue asociada desde tiempos muy remotos a la idea de la


fuerza física y el poder. Los romanos llamaban vis, vires a esa fuerza, al vigor
que permite que la voluntad de uno se imponga sobre la de otro. Vis
tempestatis se llama en latín el ‘vigor de una tempestad’. En el Código de
Justiniano se habla de una ‘fuerza mayor, que no se puede resistir’ (vis
magna cui resisti non potest).

Cabe agregar que vis, el vocablo latino que dio lugar a esta familia de
palabras, proviene de la raíz prehistórica indoeuropea wei-, ‘fuerza vital’.

El elemento esencial en la violencia es el uso de la fuerza tanto física como


psicológica para lograr los objetivos y contra la voluntad del violentado.
Esto puede manifestarse de múltiples maneras (por ejemplo, los estímulos
nocivos de los que depende) y asociado igualmente, a variadas formas
como humillaciones, amenazas, rechazo o agresiones verbales. Una
consecuencia puede ser de destrucción a través de lesiones físicas, por
ejemplo:

Es destacable también el daño (en forma de desconfianza o miedo) sobre


el que se construyen las relaciones interpersonales, pues está en el origen
de los problemas en las relaciones grupales, bajo formas como la
polarización, el resentimiento, el odio, etc., que, a su vez, perjudica las
redes sociales y de comunidad.
En el espejo

Diego era un niño de siete años, vivía en un barrio de una gran ciudad,
tenía muchos amigos y una gran familia. Era hijo único, por lo que en casa
no tenía con quien divertirse, su madre era ama de casa y su padre
trabajaba mucho y solía llegar tarde, pero eso sí, no faltaba a ningún
desayuno con él y su madre.

Mamá era todo ternura y papá era un poco más frío pero no por ello le
quería menos. Era un día de febrero cuando se levantaron los tres y ocurrió
algo que él nunca había visto, ¡mamá llevaba un ojo morado!

Él preguntó
– ¿Qué te ha pasado mamá?-
Pero papá irrumpió rápidamente y le dijo
– Nada Diego, es normal.
Pero todos los desayunos empezaron a hacerse extraños por la apariencia
de mamá y por el silencio. Un día mamá despertó con el labio partido y
Diego preguntó
– ¿Qué te ha pasado mamá?
De nuevo irrumpía papá
-Nada Diego, es normal.
Pasaban los días y mamá levantaba con golpes en el cuerpo, en las
mejillas… y Diego quería saber
– ¿Qué te pasa por las noches mamá? Mamá callaba y papá decía
– Diego, no pasa nada, es normal.

Un día papá apareció en casa antes de lo normal, había discutido con


unos socios y llevaba el labio partido, los ojos hinchados y morados y el
brazo no paraba de sangrar.

Diego no preguntó, lo cogió de la mano y de la otra cogió a mamá, los


llevó al espejo y le dijo a papá

– No te preocupes, no es nada, es normal.

Desde aquella mañana, el monstruo en el que se había convertido papá


al maltratar a mamá cesó y todas las mañanas mamá levantaba con
buena cara, desde entonces papá era el que preparaba el desayuno y se
volvía a reír y a disfrutar del desayuno como antes de los golpes.

Fin
Desaparecida

Desaparecida. Alicia Salinas. Cuento perteneciente a la Antología ¡Basta!


editada en Chile contra la violencia de género.

La llamaba “flaca”, solo así. Lo que menos importaba eran sus datos.
Nunca fueron necesarios, hasta hoy, cuando al pasar divisé su figura.

Intenté acercarme. Iba por la calle con la misma gracia de hace años. La
vi entrar al edificio, la seguí. La esperé en la entrada con la cabeza plena
de recuerdos.

Temí que cruzara sin darme cuenta. El conserje me miró extrañado. Reparé
en la hora, la gente que pasaba ya iba de regreso.

A la mañana siguiente, corro al edificio. Diviso a la mujer de ayer. Se le


parece, pienso. La miro de frente. Ella me mira amable, pero no es la flaca.

No es la mujer de mis noches completas, la que partía muerta de risa


cuando yo moría de miedo.

Mientras camino pienso en lo que mi madre siempre me dice cuando me


ve así.

– No la busques más, ella está muerta.


Me llamo Julia y tengo 22 años, hace un par de años empezó todo.
Mi viejo siempre fué camionero y pasaba más tiempo en el Puerto que en
casa. Mi hermano, mi mamá y yo siempre agauntabamos las quejas
cuando venía, que la comida, que los ruidos, que las moscas, que la plata,
que esto y aquello... Pero siempre en un grado soportable.

Hace 2 años le dió un ACV lo que lo dejó con una incapacidad para
caminar bien como antes asi que se jubiló por incapacidad.

Se volvió depresivo por verse inútil y también eso lo hizo agresivo, con mi
hermano de 18 discutían todo el tiempo... cuando llegaba de trabajar le
decía él:
- ¿Y? ¿Te cagaron mucho a pedos en el trabajo? Porque te tienen
cagando ahí, te tratan como perro... bla bla Y tus amigos esos vagos que
no pisen más acá porque los hecho bla bla bla...

Y mi hermano se ponía loco y se insultaban de pies a cabeza y mi vieja y


yo ahí sin poder comer, al final nunca nadie comía.

Después se la fué agarrando más con mi vieja, todo el día insultandola , a


la familia de ella y a todos.

En un momento se volvió insoportable, empezó a inventar que gente que


ya había muerto ( uan tía de mi vieja) había llamado por tel para decirle
que mi vieja tenía otro.. y desde ese día empezó con cosas como de 20
años atrás... empezaba .. ¿Te acordás, hace 20 años, cuando fuimos a ese
velorio que te saludó un tipo? Con ese seguro qeu andabas... bla .. bla...

Bueno el caso es que una vez la agarró de los pelos y mi hno la defendió, y
otra vez qeu mi hno no estaba la tuve que defender yo agarrándolo de las
orejas y tirándolo para atrás paar sacárselo de encima. Se me vino, me
corrío por parte de la casa, me tiró una silla y se calmó.

Igual le diej de todo lo que nunca le había dicho... Que se muera, que
para qué vivía si nadie lo quería ni él quería a nadie tampoco, que no
dejaba ser feliz a nadie, que no lo podiamos ni ver, que se inyectara todas
las dosis de insulina que consume juntas asi se moría, que como no me
tocó otro padre, etc, etc...

Desde ese día supe que alguien tenía que hacer algo. No les dije nada a
mi hermano ni mi vieja, y me fuí a la Comisaría de la Mujer, el menor y la
Flia. Mucha bola no me dieron... aúin siendo yo mayor de edad no me
quisieron tomar al denuncia, que la tenía que hacer mi vieja me dijeron.
Igual me anotaron en una hojita.. uan citación para mi viejo.. asi nomás en
uan fotocoia mal sacada y cortada, anotó la policía con uan letra de
nene de primer grado, hora y fecha para que se presentara...
Y me dijo:
-Mirá qeu después se puede volver peor... pero bueno...
-¿No se la podés dar vos?
- Yo no hablo con él, llevensela ustedes...
- Es que solo tenemos un auto viejo, a nafta... pero bueno se al vamos a
llevar...

Pasaron los dias y nada... yo llamaba a diario para ver si la habían traido y
nada...
Hasta que a la semana vinieron, estaba mi hermano solo en casa y se la
dejaron a él nomás.

Se presentó a la cita. No sé qué le habrán dicho pero resultó en que


quisiera internarse en un geriátrico. Pero cobran arriba de $2000 asi que
no.

Yo ya el había avisado que lo iba a denunciar proque no se podía manejar


más la situación. Le inventé un par de mentiras: Que 3 vecinos con los que
él habla en al vereda siempre, habían firmado que escuchaban gritos y
amenazas, que era violento.
Y que a las 3 denuncias un juez podía sacarlo de la casa.

Después mi mamá dijo que lo mejor era que fuera a un psicólogo, lo


convencieron y entre las 2 cosas se calmó bastante. En realidad no sé si
fué por eso o porque la diabetes lo está dejando ciego y ya no se puede
hacer tanto el malo.

A mi novio que siempre le contaba estas cosas nunca hizo mucho para
ayudarme... hoy salgo con un médico de 56 años, y en poco nos vamos
unos dias a Brasil. Será complejo de Edipo o solo que me gustó desde el día
en que lo ví. No sé, pero así estan las cosas.

Hace unos dias escuché algo inquietante, le decía que " la iba a cagar a
palos como la otra vez" y como yo aveces no estoy en casa, trabajo, no sé
lo que pasa cuando no estoy y si ella no dice nada.

En fin, no siento qeu haya ganado totalmente pero se que hay que seguir
en la lucha.
Gracias por haberme escuchado.
Hoy os contaré un cuento muy real.

Hace años hubo dos niñas que eran las mejores amigas.

Tan amigas, que juraron que su amistad duraría toda la vida y más allá de
ella. Lo compartían todo y aunque no se veían nada más que los fines de
semana y en vacaciones, se escribían cartas en las que se contaban sus
secretos.

Esas niñas fueron creciendo y siendo jovencitas una de ellas conoció al


amor de su vida. Y la otra, se alegró, porque por eso eran amigas y aunque
entendía que la situación había cambiado y había momentos en los que
la echaba de menos, aprovechaba el tiempo que pasaba con ella al
máximo.

Pero cada vez ese tiempo era más pequeño y cuando estaban los tres
juntos la amiga sentía que al novio no le caía bien, sobre todo cuando
recordaban momentos que habían vivido juntas y con los que tanto
habían disfrutado.

Poco a poco fueron cambiando las cosas y cada vez se veían menos.

Un día, fue a verla a su casa y al ver que no estaba su novio con ella la
invito a que salieran a tomar algo. Pero la amiga le dijo que no, que si se
enteraba su novio se enfadaría.

La amiga no lo entendía y trataba de hacerla ver que ella tenía que vivir
por ella y no por él. Pero hasta su familia en esto apoyaba al novio. ¿Qué
queréis que os diga? Una familia un tanto a la antigua.

No se cuántos fines de semana la amiga fue a buscarla, estando su novio o


no, para salir a dar un paseo, o para hablar simplemente, pero la respuesta
siempre era no.

Hasta que un día le preguntó a su amiga por qué no le caía bien a su


novio porque estaba claro que esa era la razón, y ella le respondió que él
no podía soportar pensar que habían pasado momentos felices en los que
él no estuviera, que sentía miedo de que pudiera cambiarla y que por ello
le había hecho prácticamente prometer que si quería seguir con él no
podría verla, si no estaba él presente.

Cuántos días lloró la amiga al sentir que esa amistad tan bonita se moría.
Pasaron algunos años y aunque, cuando se veían siempre, se saludaban,
la confianza que tanto las había unido había desaparecido. Sólo quedaba
el cariño de un recuerdo de infancia.

Pero una tarde se encontraron las dos. El novio no estaba y disfrutaron de


unas horas recordando buenos momentos. Hasta que surgió el tema del
por qué todo había cambiado entre ellas y llegaron las confesiones.

En un momento, la amiga, con miedo, le confeso que su novio era muy


celoso, y, aún no entiendo el por qué, llorando la relató como hacía un
tiempo le había pegado una paliza porque le había visto hablando con un
amigo de toda la vida.

Pensé de todo al ver a mi amiga, ahí delante de mi, sintiendo cómo


necesitaba contárselo a alguien, y me ofrecí a ayudarla a ir a su casa,
hablar con sus padres, incluso denunciarle... Pero al tiempo de enfrentarla
a su miedo, ella sintió aún más y me quiso hacer jurar no decírselo a nadie
porque ella lo quería y no podía dejarle. Además él le había prometido no
volver a pegarla, y llevaba tiempo que no lo había vuelto a hacer.

Dios mío, según contaba ella, le había tirado al suelo y le había dado
patadas en la espalda y en la tripa. Y al levantarla la dijo que sólo ella
tenía la culpa. ¿Eso era amor?

Aquella noche no dormí, y no podía parar de llorar. Recuerdo que al


despertar se lo conté a mis padres para ver si me podían ayudar porque
no podía consentir lo que le estaba pasando a mi querida amiga, y mis
padres me dijeron que si ella no quería dejarle no podrían hacer nada,
pues tampoco habían sido testigos de nada.

Después de hablar con ellos, decidí ir a su casa a hablar de nuevo con


ella, dispuesta a si era necesario decírselo a sus padres, pero al llegar ella lo
negó, diciéndome que tampoco era para tanto y que quizás lo había
exagerado.

Recuerdo que su madre escuchó la conversación y me echó muy


educadamente de su casa, diciéndome que había mujeres que a lo mejor
podían permitirse el lujo de perder el tiempo en estudiar una carrera, pero
que su hija era ya una mujer que pronto se casaría y que no tendría tiempo
para jugar con chicas que no pensaban como ella.

Yo, tenía diecinueve años y ella dieciocho.


Antes de irme la dije "Siempre estaré para lo que necesites", pero después
de ese día ni siquiera volvimos a compartir recuerdos.

Se casó con él, y todavía está casada. No me invitó a la boda.

A veces pienso en ella y quiero creer que les va todo bien y que aquello no
volvió a repetirse, aunque en mi mente sí se ha quedado grabado. ¿Tenía
que haber hecho algo más? ¿Qué podía haber hecho?. Quizás si su
entorno hubiera sido otro todo hubiera sido diferente.

Cuando nos vemos, nos damos dos besos, pero nada nunca volvió a ser
igual. Creo que siempre se ha arrepentido de habermelo contado.
Historia de la violencia
Desde el siglo XIII la violencia disminuye en Europa Occidental de forma
continua e imparable. En el resto del mundo se repite el mismo fenómeno
aunque con menor intensidad. Esta es la atrevida tesis que Robert
Muchembled (Liévin, Francia, 1944) despliega a lo largo de estas páginas
en una revisión sociohistórica que abarca desde el final de la Edad Media
hasta la actualidad.

Quizá choque una postura tan contundente y que parece ir en contra de


textos y autores que contemplan el siglo XX como uno de los más
sanguinarios de la historia de la humanidad. La Organización Mundial de la
Salud (OMS), en su Informe Mundial sobre la Violencia y la Salud del año
2002, declaró la violencia uno de los principales problemas de Salud
Pública en todo el globo. Si pensamos sólo en formas actuales de violencia
como el mobbing -violencia en el trabajo-, el bullying -violencia escolar- o
la violencia doméstica y cotidiana, se hace evidente que la posición de
Robert Muchembled requiere, para que sea convincente, sustentarse en
una argumentación sólida. Profesor de Historia en la Universidad Paris XIII,
Muchembled se doctoró con una investigación sobre violencia y sociedad.
Posteriormente su obra escrita se ha diversificado dentro del amplio
territorio de la cultura popular.

El lector entra en este estudio a través de las sociedades rurales


medievales. La brutalidad juvenil era algo admitido y se dirigía contra los
congéneres próximos y vecinos. Fueron las instituciones de socialización,
como la Iglesia, la escuela o el ejército las que comenzaron a domar los
comportamientos violentos. Hacia 1530, el clima intelectual avanza en esa
dirección gracias, en buena medida, a dos obras cruciales para la época:
De la urbanidad en las maneras de los niños, de Erasmo de Roterdam, y El
cortesano, de Castiglione. Posteriormente, en el Versalles de Luis XIV la
violencia entre jóvenes cortesanos es fuertemente censurada y se reserva
para la guerra contra los enemigos exteriores.

Históricamente, la criminalidad ha sido cosa de varones. Los implicados,


como vemos en estas páginas, son sobre todo hombres entre 20 y 30 años.
Las mujeres son hoy responsables de tan sólo un 10% de los delitos. En la
actualidad se ha producido un cambio lleno de interés. Mientras en Europa
Occidental y en Estados Unidos la violencia continuaba descendiendo, en
los antiguos países del Este se mantenía. La tasa de homicidios en la
Comunidad Europea, antes de la ampliación, fluctuaba entre el 0,7 y el 1,9
por cien mil habitantes, mientras que en Rusia dicha tasa, en el año 2000,
alcanzó el 28,4.
Palacio a la fuga
Hace mucho, mucho tiempo, cuando la tierra estaba tan llena de magia
que hasta la piedra más pequeña podía tener mil secretos, existió un
palacio que estaba vivo. Solía estar dormido, así que casi nadie conocía el
secreto. Y así siguió hasta que la princesa que lo habitaba se casó con un
príncipe muy guerrero y valiente, pero con tan mal carácter que ante
cualquier contrariedad lanzaba objetos por los aires o golpeaba puertas y
ventanas. Tras su última victoria, el príncipe dejó que fuera la princesa, de
carácter más dulce y amable, quien viajara para negociar la paz, y pasó
una larga temporada viviendo solo en el palacio.

El aburrimiento empeoró el carácter del príncipe, y según pasaron los días


el palacio descubría nuevas marcas en las paredes y golpes en el suelo.
Además estaba cada vez más sucio y descuidado. Y así, disgustado por
aquel trato, el palacio despertó y aprovechó una salida del príncipe para
moverse por primera vez en muchísimos años, y esconderse tras una colina.
Pero el palacio era demasiado grande y el príncipe no tardó mucho en
encontrarlo.

Así trató de escapar otras veces, pero el príncipe lo encontraba sin


dificultad. Y luego desataba su ira provocando destrozos cada vez
mayores. Hasta que una noche, cansado de todo aquello, el palacio cerró
puertas y ventanas mientras el príncipe dormía. Y con él dentro y
encerrado, corrió durante días y días, sin importarle los golpes y destrozos
de su dueño. Cuando por fin se detuvo y abrió sus puertas, el príncipe
descubrió que se encontraban rodeados de hielo y nieve, en medio de un
frío espantoso.

- ¿El Polo Norte? ¿Y ahora cómo salgo de aquí? - se dijo el príncipe


mientras salía a explorar los alrededores.

Después de investigar durante toda la mañaba sin encontrar nada, el


príncipe volvió al palacio para calentarse. Sin embargo, al intentar entrar,
descubrió que la puerta estaba fuertemente cerrada. La aporreó furioso,
pero lo único que consiguió fue destrozarse sus manos casi heladas. Al
ratito, la puerta se abrió ligeramente, y el príncipe corrió hacia ella. Solo
para terminar llevándose un buen portazo en las narices justo antes de
entrar.

- ¡Estúpido palacio! ¡Parece que estuviera enfadado conmigo!

¡Y claro que lo estaba! Y para hacérselo saber sacudió todas sus ventanas.
- ¿Con que esas tenemos, eh? - gritó el príncipe- Pues prepárate ¡Esto es la
guerra! Y nunca he perdido ninguna.

Durante los días siguientes, el príncipe y el palacio tuvieron la pelea más


extraña que pueda imaginarse. Mientras uno trataba de entrar rompiendo
cristales y ventanas, el otro hacía lo que fuera por mantenerlo fuera. Y en
mitad de aquella tonta guerra, fue el frío quien comenzó a congelar los
pies del príncipe, y a agrietar las pareces del palacio.
A punto de morir helado, el príncipe, ganador de mil batallas, comprendió
que la única forma de ganar aquella era buscar la paz. Y, sin decir nada,
comenzó a reparar el palacio, controlando que sus enfados y su furia no
volvieran a causar destrozos. El palacio descubrió que aquellas
reparaciones le gustaban mucho más que sus locas peleas, y que
precisamente aquel bruto príncipe era el único que podía repararlo. Así
que no tardó en abrir sus puertas, y el príncipe pudo resguardarse del frío
por las noches, y limpiar y reparar el castillo durante el día.

Para su sorpresa, el príncipe descubrió que disfrutaba enormemente


realizando todas aquellas reparaciones y cuidados, y poco tiempo
después el aspecto del palacio era magnífico. Tanto, que una de aquellas
noches el palacio terminó de perdonar al príncipe, y cerrando sus puertas
tomó el camino de vuelta a su país de origen.

Llegaron allí poco antes que la princesa, que se mostró encantada con
estado del palacio y con la mejora del carácter de su marido, que apenas
volvió a interesarse por las guerras. Y aquella paz duradera, junto con los
cuidados del príncipe, hicieron que el palacio volviera a su silencioso
sueño.

De aquel palacio único solo se sabe que fue desmontado piedra a piedra
y repartido por todo el mundo. Y que puede que alguna de sus piedras sea
hoy parte de tu casa, así que no dejes que tus enfados y tu mal humor
puedan causarle algún daño.