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“El espíritu de la letra” y un señor que se fue a vivir a Australia

Lectura de Verano de J. M. Coetzee

—Alberto R. Torices—

Y entonces va Julia y pregunta: «¿Para qué son los libros si no es para cambiar
nuestras vidas?» Su interlocutor no sabe qué responder. Y más tarde, frente a otro personaje del
mismo relato, un tal John Coetzee que escribe libros y es su amante, insiste, añade, se responde
a sí misma: «Un libro debería ser un hacha para romper el mar congelado en nuestro interior.
¿Que otra cosa debería ser?»
Algo muy personal —algo, habría que decir, muy íntimo— impregna la voz de este
autor nacido en Ciudad del Cabo en 1940; algo que abarca y trasciende la singularidad de su
estilo, su pronunciada personalidad literaria o ese discreto virtuosismo en el manejo de las
herramientas de su oficio. Nos parece que la palabra más adecuada para nombrar ese algo es
“honestidad”. Una honestidad valiente y radical, abundaríamos. Cualidad poco frecuente, la
honestidad, quizá desatendida en favor de otras que brillan más y se venden mejor. De modo
que una honestidad valiente y radical, además de infrecuente, impregna la voz de John Maxwell
Coetzee, esto es, la del narrador habitual y tan característico de sus obras, y ese aire se une a un
estilo desnudo y pulcro, explotando en toda su magnitud el impredecible potencial del artefacto
llamado libro, que en este caso quizá merezca nombres más contundentes. Hacha, por ejemplo.
Y sin embargo, quizá sea necesario matizar esto de la honestidad, si nos proponemos
atribuírsela al autor de obras como Verano. Matizar, explicarnos un poco. Desde su debut en
1974 con la portentosa, la extrañísima Tierras de poniente, Coetzee se ha utilizado a sí mismo
como personaje de sus ficciones. Casi hasta podríamos decir que su curioso apellido fue la
primera palabra que escribió, la que puso en marcha todas las que vinieron después y siguen
llegando hasta hoy. Allí, en la primera página y tras la parca presentación del narrador, un tal
Eugene Dawn, da comienzo el primer capítulo del libro y lo hace así: «Coetzee me ha pedido
que revise mi ensayo. Se le atraganta. Lo quiere más fácil de digerir, en caso contrario lo quiere
ver eliminado.» Desde entonces, decimos, Coetzee se ha divertido utilizándose a sí mismo
como personaje de sus ficciones (bueno, que se haya divertido sólo lo suponemos). Y no es
sólo su apellido lo que le ha venido bien para fabular; de hecho, se ha servido de toda la
constelación de objetos, personas y referencias que integran su vida, su historia y su identidad.
Así pues, leemos y descubrimos cuál ha sido la vida de Coetzee, es decir, la de un personaje
llamado John Coetzee que aparece en los libros de Coetzee, cómo y cuáles han sido su familia y
su país, su infancia y su juventud, sus amigos, sus colegas, sus amantes… Un simple vistazo a
Internet, a la breve ficha que le dedica la Wikipedia por ejemplo, nos confirma la coincidencia
de algunos datos sobresalientes en las biografías de personaje y autor (fecha y lugar de
nacimiento, origen familiar, formación y estancia en otros países…), y sin embargo, si lo más
sobresaliente parece cierto ¿podemos deducir que todo lo demás es cierto también? Queremos
decir: ¿podemos aventurarnos a dar por supuesto que todo lo que se nos cuenta sobre el
personaje John Coetzee es lo que ha vivido su autor, el hoy septuagenario J. M. Coetzee? Y
peor todavía, ¿hemos de basar en esa fidelidad de la narración a los hechos de una vida la
honestidad de nuestro autor, esa actitud tan valiente y radical que nosotros hemos percibido con
tanta nitidez?
Acudamos de nuevo a Julia, personaje inolvidable, y veamos lo que responde a una
pregunta muy parecida. Joven, casada, madre de una niña pequeña y herida por la infidelidad de
su marido, decide meter en su cama matrimonial a un hombre con el que se tropieza un día en el
supermercado, un hombre que «tenía un aire de sordidez, un aire de fracaso» y en el que Julia
ya se había fijado en ocasiones anteriores, mientras hacía las compras. Ese hombre se llama
John Coetzee y los hechos tienen lugar en el verano sudafricano de 1972, en una zona suburbial
de El Cabo. Julia habla de aquel hombre, de aquel país y de un tiempo crítico de su vida desde
su despacho en Ontario, Canadá, donde ha desarrollado su carrera profesional como
psicoterapeuta y donde contesta a las preguntas que le formula, en mayo de 2008, un estudioso
de la obra del escritor ya fallecido Coetzee. Han pasado muchos años, más de tres décadas, y
sin embargo Julia nos ofrece un relato largo y pormenorizado de aquellos meses de su vida, una
narración que incluye detalladas descripciones, anécdotas, diálogos; un discurso, en suma, de
cuya veracidad se podría sospechar, pues no es creíble semejante memoria, no es humana. Ella
misma intuye la duda en la mirada de su interlocutor e interrumpe su relato para explicarse (y
explicarnos):

«Imagino que se estará usted preocupando. “¿Para qué me he metido en esto —debe
preguntarse—. ¿Cómo puede esta señora pretender que recuerda en su totalidad conversaciones
triviales que tuvieron lugar hace tres o cuatro décadas? ¿Y cuándo irá al grano?” Así pues,
permítame que le sea franca: por lo que respecta al diálogo, lo estoy inventando sobre la
marcha, lo cual supongo que me permitirá usted, puesto que estamos hablando de un escritor.
Tal vez lo que le cuento no sea cierto al pie de la letra, pero es fiel al espíritu de la letra, no le
quepa duda de ello. ¿Puedo continuar?»

Eso admite Julia, que quizá su relato no sea cierto al pie de la letra, y eso reclama, su
indudable fidelidad al espíritu de la letra. Este excurso acoge una declaración de intenciones y
toda una poética aplicable no sólo lo que cuenta este personaje, sino al conjunto de la novela en
que se inserta. Más allá, nos parece que esta cuña metaliteraria afectaría —iluminaría— a todo el
conjunto de la obra del autor que nos ocupa. En toda o casi toda su obra, y de la manera más
acusada en Verano, Coetzee habla de su vida y de su familia, de su país, de sus colegas, de sus
alumnos o de sus alumnas, de las mujeres que lo metieron en su cama. Quizá —¿muy
probablemente?— no todo sea “cierto al pie de la letra”; quizá —¿seguramente?— se haya
permitido más de una ‘licencia literaria’… Y sin embargo, leemos y cuanto más leemos más
nos seduce y convence; leemos y no podemos evitar que nos envuelva ese aire que decíamos,
un aire tan fresco y gustoso de respirar por otra parte; leemos, en fin, y resulta incuestionable
esa fidelidad —radical, valiente— al espíritu de la letra, a lo que entre líneas y en el fondo se
nos está queriendo comunicar. Ahí y de esa manera es donde y como nosotros hemos sentido la
honestidad de este escritor, rara y preciosa cualidad que lo convierte, en nuestra opinión, en un
espécimen insólito, miembro de una especie tan rara como preciosa, perdida en el corazón de
ese planeta emocionante y azul —o sepia y azul…— que es la literatura.

*
Todos hemos leído por ahí, en artículos, en reseñas, en cosas y sitios, que Coetzee es
un hombre muy discreto y celoso de su intimidad, un tipo muy reservado, merecedor incluso
del calificativo de huraño. Que tiene fama, vaya, de repeler la fama. Parece ser que apenas
concede entrevistas, que le incomodan las apariciones públicas y procura evitarlas. No dejan de
ser rasgos de un personaje, obviamente, construido un poco entre todos: él y los demás y
nosotros mismos. Un personaje que no deja de tener su punto de interés, su discreto encanto,
aunque ya lo conocemos de otros casos y veces. Pero dicen que en alguna ocasión ni siquiera
se ha presentado a recoger un premio. No se trataba del Premio Nobel de Literatura, era otro,
pero el dato (si lo es) tiene su punto. Su puntazo incluso.
A nosotros nos parece —a la luz de sus libros, o de alguno de ellos— que quizá
Coetzee haya sumado, a las inclinaciones de su carácter (introvertido, reservado, todo eso) la
opción, o mejor, la determinación de enterrar su historia personal, su biografía, su pensamiento
y todo el espectro de su afectividad, en sus libros y sólo en sus libros, eludiendo cualquier otra
vía de acceso a su persona y a su intimidad y obligando a quien tenga algún interés en él (un
interés que no se sacie con migajas), a leer sus libros. O más: obligando a quien tenga algún
serio interés en él y lea sus libros, a desentrañar y comparar, a dilucidar e interpretar, a discernir
y releer y dudar hasta descubrir por fin y hacerse con el tesoro, ese corazón que comparten su
vida y su obra, en el caso de que quepa distinguir sin error una de otra.
Si hemos de dar, no obstante, algún crédito a lo que dice la Wikipedia —y alguno
habrá que darle, qué remedio—, lo que tenemos es un varón blanco residente en Australia y
nacido en 1940 en Ciudad del Cabo. Ese Cabo y esa Ciudad, por cierto, es en lo que acabó
convirtiéndose el primer asentamiento de europeos en la zona, una avanzadilla de comerciantes
que, trescientos años antes, bajo bandera holandesa y al mando de un tal Jan van Riebeeck,
hicieron un alto en su ruta hacia las Indias Orientales para reponer provisiones. Descendiente,
pues, de hombres que se sumaron a la moda colonizadora, a la vanidad de conquistar y
apoderarse de tierras exóticas, Coetzee pasó su infancia y primera juventud en un lugar en el
que ya de crío vio que no iba a terminar de acomodarse, por mucho que le gustara. Aún
imberbe pero Licenciado en Matemáticas e Inglés por la Universidad de Ciudad del Cabo, se
trasladó a Londres y allí le dieron trabajo como programador, nos dicen. Viajó después a Texas,
USA, en alas de los animados 60, y allí se doctoró en Lingüística Computacional. Su tesis,
aclara Mrs. Wikipedia, consistía en un “análisis computerizado de la obra de Samuel Beckett”, e
invitamos al lector a detenerse en la dialéctica: Matemáticas-Inglés, Lingüística-Computación,
Análisis computerizado-Samuel Beckett. Una vez doctorado en la cosa, dio clases en Búfalo,
Nueva York, clases de Lengua y Literatura Inglesas, hasta 1983, cuando regresa a Sudáfrica. O
eso pone al menos. Desde entonces, continúa su carrera como docente en la Universidad de
Ciudad del Cabo hasta retirarse en 2002. Y más tarde, ya en 2006, recibe la nacionalidad
Australiana «sin que ello, según él, lo aleje de Sudáfrica».
Más o menos eso es lo que recoge ‘la enciclopedia libre’, eso y la lista de sus premios,
influencias y publicaciones. Premio Booker en dos ocasiones (1983 y 1999, y ninguna acudió a
recogerlo), Premio Jerusalem (1987) y finalmente Premio Nobel (2003); se le adjudican
influencias de Dostoyevsky, Defoe, Kafka o el computerizado Beckett, entre otros; y se nos
desglosa su obra en cuatro apartados:
1. Novelas, doce títulos de los que escogemos por espacio y por gusto los de título
más atractivo: Tierras de poniente (1974), En medio de ninguna parte (1977), Esperando a los
bárbaros (1980), La edad de hierro (1990), Desgracia (1999) u Hombre lento (2005).
2. Tres volúmenes de “autobiografía novelada” que en nuestra opinión no merecerían
categoría aparte, es decir, que son novelas y ya, pero bueno. Se trata de: Infancia (1998),
Juventud (2002) y la que nos proponemos destrozar aquí, Verano (2009). Las tres se han
publicado de forma conjunta bajo el título Escenas de una vida de provincias (edición española
de 2013), que es el subtítulo que comparten por separado.
3. Un tercer apartado que parece un cuarto trastero, un cuarto no muy ordenado donde
encontramos “ensayo, crítica y correspondencia” y en el que nos llaman la atención títulos muy
sencillos, muy hermosos e —intuimos— muy significativos: Aquí y ahora (2012), que recoge
la correspondencia que cruzó con Paul Auster entre 2008 y 2011, Mecanismos internos (2007),
Costas extrañas (2001), y White Writing: On the Culture of Letters in South Africa (1988), que
al parecer no ha sido traducido y valdría aproximadamente como “Escritura blanca: Sobre la
cultura de las cartas en Sudáfrica”. Pero destacaremos por encima de todas, la obra que dio
comienzo a su trabajo como crítico y ensayista y estudioso del asunto, un volumen que al
parecer tampoco ha sido vertido a nuestro idioma y que, sin leerlo, sólo por su título, nos parece
capital en Coetzee; nos referimos a Truth in Autobiography (1984), publicado por la
Universidad de Ciudad del Cabo justo cuando JMC regresó de Estados Unidos a su país natal,
si las referencias wikipédicas son exactas (y sospechamos que no). Para quienes no dominamos
la lengua de Shakespeare, sería más o menos “La verdad en la autobiografía”, e intuimos que
podría apuntar a la misma diana que tenemos nosotros en mira cuando hablamos de honestidad.
4. Un cajón, finalmente, que recoge sus trabajos como traductor, por ejemplo
Landscape with Rowers: Poetry from the Netherlands (2004), tampoco editado por acá, así que
valga como “Paisaje con remeros: Poesía de los Países Bajos”, y una serie de introducciones a
obras de otros, y conviene dar nombres: Defoe, Greene, Bellow, Musil.
Y ya. Todo esto nos ayuda a situarnos, pero hemos de avanzar.

Asunto clave a la hora de aprehender el trabajo de un escritor es el despiece de sus


temas esenciales, esos asuntos en los que tiende a encharcarse una y otra vez, motivos que
vemos reaparecer y que se agrandan a medida que nos adentramos en el charco, en su particular
territorio literario. Los temas de un escritor podrían ser, teóricamente, fruto de una elección libre
y personal, pero a nosotros nos parece que más bien le vienen dados, es decir, preseleccionados
e impuestos por factores determinantes como son su historia y la de su familia y la de su tribu o
país, o como la educación que recibió, es decir, los padres y maestros que tuvo o no tuvo y, en
suma, el conjunto que circunstancias que dieron forma a su vida y a su carácter cuando aún es
posible dar forma a esas cosas, es decir, en los estadios más tempranos del desarrollo de las
personas humanas. Bien, esta es nuestra opinión y según ella los temas esenciales en la obra de
Coetzee se pueden reducir a:
· Uno: la crueldad, la violencia, la pura fuerza bruta y la dominación sin
contemplaciones de los unos por parte de los otros. Un vector que, nos guste o no, se ha
erigido a lo largo de la historia (de hecho, desde la prehistoria) como motor de cambio, de
evolución (véase Darwin), tanto en lo referido a las comunidades humanas —clanes, tribus,
naciones— como en lo que afecta al desarrollo de los individuos aislados. Muy aislados, de
hecho.
· Y dos, claramente relacionado con el anterior: la dificultad —mayor o menor pero por
lo general enorme— con que se topa el individuo a la hora de abrirse paso en la vida y el coste
que ello le supone, un coste que se traduce básicamente en términos emocionales y que
podemos advertir en el corpus de su personalidad en forma de muescas, cortes, roces, golpes,
desgastes, raspaduras y todo tipo de deformaciones.
De uno y otro se nutre la obra novelística de Coetzee, pautados por las coordenadas de
una vida, la propia, y un país, el suyo, que son los materiales que ha elegido para construir
todas o casi todas sus ficciones, de manera particular las ‘autobiográficas novelas’ que integran
esas Escenas de una vida de provincias. Así lo vemos en Verano, y descendamos otro poco.
Cuando aparece el tercer volumen de esta trilogía, Coetzee tiene casi 70 años, han
pasado ya siete desde que puso fin a su carrera como docente (aunque siguen reclamándolo en
calidad de profesor invitado en universidades de aquí y de allá), seis desde que le dieron el
Premio Nobel y tres desde que le fuera concedida la nacionalidad Australiana «sin que ello,
según él, lo aleje de Sudáfrica». Bien, atrás quedan también los dos primeros volúmenes,
Infancia y Juventud, aparecidos en 1998 y 2002 respectivamente, dos títulos que comparten un
mismo planteamiento y estilo: el autor nos cuenta su vida, es decir, la vida que quiere contarnos,
sirviéndose de un narrador omnisciente que construye su relato en tercera persona y en
presente. Esto último, el presente como tiempo verbal que rige la narración, estaría entre lo más
vistoso y reconocible del estilo coetziano, pues lo encontramos en todas sus ficciones. Sirvan
aquí como ejemplo los arranques de Infancia y Juventud que, además de compartir persona y
tiempo verbales, se asemejan por el tipo de información que ofrecen y por una curiosa y similar
imagen ferroviaria:

Infancia: «Viven en una urbanización a las afueras de Worcester, entre las vías del
ferrocarril y la carretera nacional.»
Juventud: «Vive en un apartamento de una sola habitación junto a la estación de
ferrocarril de Mowbray que le cuesta once guineas al mes»

Esos serían, decimos, el planteamiento formal y el estilo comunes a los dos primeros
volúmenes de la “autobiografía novelada” de Coetzee, dedicados como es obvio a narrar las dos
primeras etapas de su vida. Con tales antecedentes, cabría esperar que el autor prolongara la
línea de trabajo ya trazada, esto es, que siguiera tirando de ese hilo para ofrecernos el relato de
la siguiente etapa, la tercera, que podríamos atribuir al período de la Edad adulta o la Madurez,
por ejemplo. Pero resulta que no. Coetzee no nos da como cabría esperar una Edad adulta o
una Madurez. Nos da Verano. O si preferimos atenernos un poco más al título original
(Summertime), nos da “Tiempo de verano”. Por otra parte, tampoco quien nos habla es el
narrador habitual, ni mucho menos. ¿Qué es lo que está pasando? Confusos, un poco
mosqueados a lo mejor también, acudimos entonces a la contraportada en busca de una
explicación, y leemos: Un joven biógrafo inglés está preparando un libro sobre el difunto
escritor sudafricano John Coetzee… ¿Mande?
Coetzee ya tenía su trilogía definida y en marcha, y además tenía casi setenta años, era
un señor más bien mayor cuya carrera literaria ya había recibido el honor más grande que puede
cosechar un escritor. Razonablemente podría haber elegido un camino desahogado, el camino
ya desbrozado por el que venía. Pero… Pero no.
Es verdad que Verano narra —es decir, novela— una etapa posterior de la vida del
autor, concretamente los años 70: sus treinta y tantos, lo que podríamos considerar el comienzo
de su vida adulta o, si nos gusta verlo así, el “verano” de su vida. Unos años de los que la
Wikipedia no dice casi nada o nada, aunque sabemos por el profesor Joe Pellegrino (algo
hemos hurgado por ahí…) que en 1972 Coetzee «regresa a la Universidad de Ciudad del Cabo
como profesor de literatura tras serle denegada la residencia permanente en EE.UU». Dato que
contrasta, digámoslo de una vez, con el de ‘la enciclopedia libre’, según la cual en esos años
estaría dando clases en Búfalo, ya que no regresó a Sudáfrica hasta 1983. O a lo mejor es un
error de la Señora Wikipedia, que puso 1983 donde debería haber puesto 1973, lo cual
supondría un error un poco más pequeño, apenas un errorcito… Demonio de Internet.
Lo que es cierto es que Verano comienza ubicándonos en los primeros años 70 y en
sus páginas habla y se nos habla de un hombre llamado John Coetzee —el mismo que
protagonizaba Infancia y Juventud—, que acaba de regresar a Sudáfrica tras verse obligado a
abandonar Estados Unidos en circunstancias algo turbias, pero ya hablaremos de eso. O tal vez
no. Por ahora nos interesa subrayar el giro metaliterario y radical que da el autor en esta tercera
—¿y última?— entrega de su “autobiografía novelada”, si insistimos en llamarla así. Un giro
más bien poco autobiográfico, la verdad, pues consiste efectivamente en comentar que ha
muerto y enviar a un biógrafo a entrevistar a las personas que le conocieron y tuvieron alguna
relevancia en su vida durante aquellos años. Esas personas son cinco, cuatro mujeres y un
hombre, y responden a los perfiles siguientes: una amante, una prima, una mujer de la que se
enamoró y que le no le hizo ni caso, un amigo y colega de profesión, y por último otra
profesora con la que mantuvo una relación algo más duradera pero que también acabó
fracasando. Estas cinco personas, perdón, estos cinco personajes son quienes van a retratar, a
través de sus respuestas a las preguntas del biógrafo, al individuo —¿persona? ¿personaje?—
que era John Coetzee a principios de los 70; época crítica para él, según vamos descubriendo,
marcada por la asunción de sus primeras y muy serias responsabilidades como hombre adulto,
por el inicio de su carrera literaria (en este momento nuestro personaje está escribiendo Tierras
de poniente, su primera novela, que se publicará en 1974) y también por la forzada y
problemática relación que mantiene con su padre; asunto, este último, que yace en el corazón
mismo de la novela y que merecerá una atención muy especial en nuestra lectura.
Este sería, por lo tanto, el cuerpo central de la novela: las cinco entrevistas que realiza y
transcribe con mayor o menor fidelidad el señor Vincent, estudioso y biógrafo del fallecido
Premio Nobel de Literatura John Coetzee; entrevistas en las que reconstruye, es un decir, un
período muy concreto de la vida del autor, período por el cual él se muestra especialmente
interesado. O exclusivamente interesado, en realidad. Dicho cuerpo central ocupa la mayor parte
de la novela, pero no toda: las primeras y últimas páginas se reservan para incorporar
fragmentos de unos “Cuaderno de notas”, fechados entre 1972 y 1975 los primeros, sin fecha
los últimos. En esos fragmentos volvemos a encontrarnos con el narrador en tercera persona y
presente, pero esta vez no en la primera línea, de hecho no hasta el cuarto párrafo, donde, tras la
descripción de un crimen racial recogido en la prensa, leemos:

«Él lee las noticias y se siente sucio. ¡De modo que es a esto a lo que a regresado! Sin
embargo, ¿en qué lugar del mundo puede uno esconderse donde no se sienta sucio?»

¿En Australia, tal vez…? A lo que vamos: abrimos el libro, empezamos a leer y nos
encontramos con fragmentos o entradas de un “cuaderno de notas” que más bien parece un
diario («En el Sunday Times de ayer […]» es la primera frase) aunque en seguida vemos que
no está escrito en primera persona. No tardamos en advertir que se nos habla de John Coetzee,
ese personaje, ese indiscutible trasunto del J.M.Coetzee que firma la portada del libro. Lo
advertimos porque ya hemos leído Infancia, o Juventud, o ambos, o quizá otros libros suyos, o
por lo menos reseñas, críticas, comentarios tan impertinentes como este, alguna contraportada
como mínimo; lo advertimos porque por un motivo u otro ya estamos más o menos
familiarizados con el autor y sabemos o intuimos cómo se las gasta. Y si tenemos la suerte
enorme de no advertirlo porque este es nuestro primer contacto con este autor y no sabemos
nada de él, si resulta que no tenemos ningún prejuicio, ninguna idea preconcebida a cerca de sus
artimañas, si —cosa harto improbable— ni siquiera hemos leído la contraportada del libro,
mejor todavía: el estupor, la sorpresa, los interrogantes tardarán un poco más en aparecer y los
mecanismos internos de la narración funcionarán a la perfección. Estupendo. Pero antes o
después, decimos, empezaremos a dudar: ¿qué es esto? ¿son de verdad fragmentos de un
cuaderno de notas y la novela empieza más tarde, o son ya parte de la novela, son ya ficción o
por lo menos “autobiografía novelada”? Por otro lado, esos cuadernos ¿recogen hechos vividos
al modo en que los recogen los diarios personales? ¿están supeditados a otra cosa? ¿realmente
los escribió J.M.Coetzee en aquellos años? ¿Que significa, qué implica, qué se deduce de las
acotaciones en letra cursiva que siguen a cada fragmento, acotaciones tales como A
desarrollar: / A explorar: / Pregunta: / Precaución: / Continuación? ¿No parece más bien
tratarse de materia prima en bruto, material quizá narrativo, esto es ficticio, que los autores de
novelas elaboran de manera preliminar cuando se ponen a trabajar? En definitiva: ¿es verdad,
ocurrió de verdad lo que ahí se cuenta y de verdad fue escrito cuando se nos dice que fue
escrito, o es ficción, es pura, simple y plenamente una… novela? Truth in autobiography,
recordemos. ¿Por qué ventana salta la verdad cuando entra por la puerta la autobiografía?
Ese es el resbaladizo tablero de juego, el terreno poco seguro que pisamos al abrirnos
paso por Verano. Los fragmentos preliminares anuncian ya la naturaleza metaliteraria del relato,
y en ese sentido su indefinición es en el fondo informativa. Su forma nos informa sobre su
función, o nos permite intuirla, y sirven además para elaborar un retrato preliminar del
personaje y un primer esbozo de sus circunstancias, así como para plantear temas básicos que
vertebrarán el conjunto del relato: temas tales como la violencia, la brutalidad y la sangre que
recorre una Sudáfrica convulsa, o la dificultad del individuo para abrirse paso en la vida,
dificultad agravada por un carácter que, en el caso del personaje que nos ocupa, no contribuye a
su éxito en su lucha por la supervivencia, más bien todo lo contrario. Temas como esos y como
el de la relación entre un padre y un hijo que no se quieren, que no se interesan el uno por el
otro y se ven obligados a tolerarse y a convivir muy a su pesar. Este último, al igual que los
anteriores, atravesará toda la novela, la teñirá con sus colores aunque no esté en el primer plano
de la acción, y reaparecerá en la parte final, en los fragmentos ya sin fecha de esos mismos u
otros “Cuadernos de notas” con los que se cierra el libro. Insistamos otro poco más: estos
fragmentos pueden parecer elementos menores dentro del conjunto, secundarios con respecto a
lo que aquí hemos llamado cuerpo central. Pero no lo son. No lo son.
Curiosa manera, en fin, o a nosotros nos parece curiosa, de construir una novela, de
seleccionar y ordenar los materiales. Curiosa porque, a pesar de todo, seguimos habituados a
viejísimos esquemas y esperando la consabida trayectoria: planteamiento-nudo-desenlace, con
la que nada tiene que ver esta novela.

Nada o muy poco, vaya. Pero hablemos ya de lo que más gozo nos ha procurado en
este ‘tiempo de verano’. Porque lo de la verdad y la ficción, lo de la novela y la autobiografía,
no deja de ser un barrizal en medio del camino, un vado pantanoso lleno de sapos y culebras en
el que resulta inevitable acabar chapoteando, hundiéndose a lo peor demasiado. Mejor es
cruzarlo cuanto antes y seguir. Tenemos mucho que andar, además, mucho y magnífico.
Uno de los mayores logros de Coetzee en Verano, y no admitimos duda al respecto, es
la asombrosa galería de personajes, casi todos femeninos, que va desplegándose ante nuestros
ojos. Aparte del padre, tan presente en esos “Cuadernos de notas” y constante también aunque
ya en desde un discreto y mudo segundo plano en todo el resto de la novela, además de ese
padre que es un personaje construido casi exclusivamente a base de silencios, además del
personaje crítico y fundamental del padre, y nunca insistiremos demasiado, tenemos a Julia,
Margot, Adriana, Martin y Sophie, que son los cinco elegidos por Vincent, el biógrafo y
estudioso de Coetzee, como fuentes informativas. ¿Por qué cinco, y por qué esos cinco? La
pregunta tiene sentido y tiene respuesta, pero no nos la dan hasta la parte, la entrevista, de
Martin. Hagamos trampas, adelantémosla. Tomamos un pasaje algo largo, y pedimos disculpas,
pero con mucha enjundia, muchas capas y muchos méritos, entre otros la simpática pirueta por
la que entrevistador y entrevistado acaban intercambiando sus papeles. En cursiva, el biógrafo:

«¿Hay algún otro de sus aspectos que le gustaría sacar a colación? ¿Alguna
anécdota que valga la pena contar?
¿Anécdotas? No lo creo. John y yo éramos colegas y amigos, nos llevábamos bien.
Pero no puedo decir que le conociera íntimamente. ¿Por qué me pregunta si tengo anécdotas?
Porque en la biografía es preciso encontrar un equilibrio entre la narración y la
opinión. Opiniones no me faltan, pues la gente está más que dispuesta a decirme lo que
piensan o pensaban de Coetzee, pero hace falta algo más que eso para que una biografía
tenga vida.
Lo siento, no puedo ayudarle. Tal vez sus demás fuentes le serán más útiles. ¿Con
cuántas personas hablará?
Con cinco. He reducido la lista a cinco.
¿Sólo cinco? ¿No cree que es arriesgado? ¿Quiénes son los cinco afortunados? ¿Cómo
nos ha escogido?
Desde aquí viajaré de nuevo a Sudáfrica para hablar con Margot, la prima de
Coetzee, de la que era íntimo. A continuación iré a Brasil para ver a una mujer llamada
Adriana Nascimento, que vivió en Ciudad del Cabo durante unos años, en la década de 1970.
Y luego, la fecha aún no está fijada, iré a Canadá para entrevistar a una mujer llamada Julia
Frankl, que en los años setenta se llamaba Julia Smith. También me propongo entrevistar a
Sophie Denöel en París. ¿Conoce usted o conoció a alguna de ellas?
Conozco a Sophie, pero no a las demás. ¿Cómo nos ha escogido?
Básicamente, he permitido que el mismo Coetzee realizara la selección. Me he
limitado a seguir las pistas que ha dejado en sus cuadernos de notas, pistas acerca de quiénes
eran más importantes para él en la época. El otro requisito indispensable era estar vivos […].
Me parece una manera muy peculiar de seleccionar las fuentes biográficas, si no le
importa que se lo diga.
Tal vez. Pero no me interesa llegar a un juicio definitivo sobre Coetzee. Eso se lo dejo
a la historia. Lo que estoy haciendo es relatar una etapa de su vida, y si no es posible un
relato único, entonces varios relatos desde varias perspectivas.
¿Y las personas que ha elegido no tienen intereses personales ni ambiciones propias
para pronunciar un juicio definitivo sobre Coetzee?
[Silencio]»

De modo que tenemos cinco supervivientes, cinco fuentes biográficas, cinco relatos
que irán reconstruyendo, capa a capa, el retrato de un hombre. Cinco: cuatro damas y un
caballero que iluminarán, cada uno con su propia luz y desde su propio ángulo, al individuo —
persona, personaje o marciano— que responde al nombre de Coetzee. Eso parece y eso resulta
ser en buena medida. Y sin embargo, los cinco y de manera sobresaliente las cuatro mujeres, se
constituyen como personajes tan sólidos, tan logrados, tan convincentes y tan seductores que
resulta inevitable dudar, preguntarse: ¿Coetzee se sirve de ellos —y en particular de ellas— para
hablar de sí mismo, de quién y cómo era en aquella época? ¿O más bien se sirve de sí mismo,
se toma a sí mismo como excusa y carnaza para crear y alimentar esos personajes fascinantes,
que crecen y se agigantan hasta eclipsar casi por completo al supuesto protagonista? Sí y sí,
diríamos: al final lo que tenemos son cinco retratos de cinco grandes personajes que,
superpuestos, configuran el retrato (es decir, el autorretrato) de Coetzee. Un retrato, éste último,
duro, amargo, francamente no muy favorable, más bien patético y hasta risible por momentos.
Pero eso lo iremos viendo poco a poco, porque lo que nos proponemos, querido lector —
nuestro semejante, nuestro hermano…— es empuñar el hacha de Julia y destrozar la novela de
cabo a rabo, y todavía la tenemos prácticamente intacta. De momento, este anuncio: Julia,
Margot, Adriana y Sophie, sobre todo, y aunque en menor medida también Martin, configuran
una de las galerías de personajes literarios más asombrosas que hemos tenido ocasión de
conocer. Tendríamos que remontarnos a épocas muy lejanas para encontrar colosos de su
tamaño. A los Karamazov y por ahí. Y ahora vayamos sin prisa.

Si hemos de creer al señor Vincent —y quizá no demasiado—, Julia no es la primera


entrevistada de los cinco elegidos. La preceden Adriana y el propio Martin. Pero por algún
motivo su aportación nos es ofrecida en primer lugar, ella protagoniza la primera de las cinco
partes o capítulos que componen el cuerpo central de la novela; partes o capítulos que llevan por
título los nombres de cada superviviente. Es decir, que tras las páginas dedicadas a esos
“Cuadernos de notas 1972-1975” con que comienza Verano, lo que tenemos es un primer (o
segundo) capítulo titulado “Julia”. El capítulo comienza en cursiva porque habla el
entrevistador, y comienza así:

«Doctora Frankl, ha tenido usted oportunidad de leer las páginas que le envié de los
cuadernos de notas de John Coetzee correspondientes a los años 1972-1975, más o menos los
los años en que eran ustedes amigos. A fin de entrar en materia, quisiera saber si ha
reflexionado sobre esas anotaciones. ¿Reconoce en ellas al hombre con quien se relacionó?
¿Reconoce el país y los tiempos que describe?»

Un tono algo duro, quizá más propio de un estrado y un tribunal, pero ya veremos que
el tal Vincent también tiene su propio estilo, también constituye todo un personaje. Así arranca
la primera entrevista y esta es la primera respuesta que obtiene:

«Sí, recuerdo Sudáfrica, recuerdo la vía Tokai, recuerdo los furgones atestados de
presos camino de Pollsmoor. Lo recuerdo todo con absoluta claridad.»

Así se presenta Julia: recuerdo, recuerdo, recuerdo todo… y de ese modo da comienzo
al relato magistral, absorbente, pormenorizado y para decirlo todo impúdico, de su relación con
Coetzee en aquellos años. ¿Y quién es Julia, por qué fue importante para él? En el 72, ya lo
hemos anotado, Julia era una mujer joven y atractiva, estaba casada y tenía una niña pequeña, y
un día descubre que su marido le es infiel. Rabiosa, despechada, decide convertir a alguien, a
uno cualquiera, mismamente a ese tipo al que viene observando últimamente en el
supermercado, en su amante. Decide usarlo para vengarse. Ese tipo resulta llamarse John y
apellidarse Coetzee, y es un hombre blando y débil, perfectamente manejable, que por supuesto
no ofrece ninguna resistencia. Un clavo saca a otro clavo.
Lo que nos brinda soberanamente Julia, ya desde su edad y su posición y su despacho
como Doctora Frankl, es el largo, intenso y detallado relato de su relación con Coetzee. Tan
largo, intenso y detallado que corre el riesgo objetivo de perder verosimilitud, pues la entrevista
con Vincent, el biógrafo, tiene lugar muchos años después, concretamente en mayo de 2008, y
más concretamente en Kingston, Ontario, Canadá. Ya decíamos que ella misma daba señales de
advertir ese riesgo, y de ahí la justificación, la excusatio non petita: «Tal vez lo que le cuento
no sea cierto al pie de la letra, pero es fiel al espíritu de la letra». Y a nosotros, desde luego, no
nos importa lo primero, nos importa lo segundo. No la certeza y sí la fidelidad, de la que no
podemos dudar en ningún momento.
Julia convence línea a línea, convence y además conmueve, y ello se debe a la
transparencia absoluta de su voz, a la franqueza y la desnudez emocional con que reconstruye y
desvela un período de su vida también crítico, y sumamente intenso en lo afectivo y sentimental,
y también en lo erótico, en lo puramente sexual. Dejaremos que el lector descubra y goce los
jugosos detalles, y reduzcamos a dos los trazos que aporta al retrato de Coetzee:
Uno, el de sus posiciones literarias, las ideas e intenciones que le mueven como
incipiente escritor; su poética, en fin, en un momento en que está dando comienzo a su carrera
literaria. Cuando hablan sobre libros y Julia esgrime las contundentes imágenes del mar
congelado y el hacha capaz de romperlo, John replica aduciendo lo que los libros son para él, y
para él no son más que «Un gesto de rechazo ante la cara del tiempo. Un intento de alcanzar la
inmortalidad.» Parca, pobre respuesta, y más en boca de un escritor. La que cabe esperar, no
obstante, cuando quienes discuten son un hombre tibio y una mujer fogosa. ¿Tibio? Ya
veremos. Más adelante, recordando la novela que Coetzee escribía en aquel momento, Tierras
de poniente, y que Julia llegó a ver recién editada, nos da su interpretación de la misma, aunque
ya en palabras de la Doctora Frankl, para quien esa novela es «un proyecto de terapia que el
autor se administró a sí mismo». Según ella, según lo que ella pudo ver en Coetzee, éste «había
decidido bloquear los impulsos crueles y violentos en todos los aspectos de su vida, incluida su
vida amorosa […] y canalizarlos en su escritura, que, en consecuencia, iba a convertirse en una
especie de ejercicio catártico e interminable.» ¿Tibio, decíamos? Sí, desde luego, como amante y
en opinión de Julia. ¿Es tibio Verano, lo es el relato y el personaje de Julia, lo es la literatura de
Coetzee?
Y dos, muy estrechamente relacionado con lo anterior: la general actitud de John
Coetzee hacia las mujeres, hacia sus compañeras sentimentales y sexuales. Una actitud
ejemplificada en la figura de Julia y que se caracteriza por su íntima reserva y su falta de
entrega, de compromiso y de pasión; por la interposición de una última barrera que Coetzee no
quería o no podía saltar. En el recuerdo que Julia conserva de él, vemos un hombre que
mantiene su corazón encerrado o protegido por una coraza. Si en él había un fuego interior, se
lo negaba a la mujer, lo reservaba para sí mismo o para su arte. Las mujeres percibían esa
frialdad, esa reserva, y no se enamoraban de él, lógicamente. Podían quizá entretenerse a su
lado, utilizarlo si de algún modo servía a sus propósitos, pero antes o después acabarían
pasando de largo, como pasó la propia Julia.
No sale muy bien parado, Coetzee, en el relato de Julia, no es muy favorecedor el
retrato que de él presenta: frío, inmaduro, desapasionado e incapaz de entregarse… Todo eso y,
sin embargo, capaz de dejar en Julia una huella aún visible muchos años después. Una
profunda huella de despecho, de agrio resentimiento, según se deduce de su recuerdo de cierta
«noche fundamental», la que pasaron juntos en en hotel Canterbury y supuso el cenit afectivo y
sexual de su relación. Recuerda Julia, amargamente:

«Para él, esa primera apertura del corazón pudo y debió suponer un cambio radical.
Pudo haber marcado el inicio de una nueva vida juntos. Pero ¿qué sucedió en realidad? John se
despertó en plena noche y me vio durmiendo a su lado, sin duda con una expresión de paz en la
cara, incluso de dicha, una dicha que no se puede alcanzar en este mucho. Me vio, me vio tal
como yo era en aquel momento, sintió miedo y se apresuró a atar de nuevo la coraza alrededor
de su corazón, esta vez con cadenas y un candado doble, y salió a hurtadillas en la oscuridad.
¿Cree usted que me resulta fácil perdonarle por eso? ¿Lo cree?»
Burla burlando, hemos tocado el corazón de la novela. Hemos llegado, queremos decir,
a atravesar la coraza. Vean. El entrevistador, impresionado por lo que Julia acaba de echarle a la
cara, balbucea:

«Se muestra usted un tanto dura con él, si me permite que se lo diga».

Y entonces Julia remata, sin piedad y sin errar, enunciando frases inolvidables y
fundamentales, aquí y en todas partes:

«No, no soy dura. Solo estoy diciendo la verdad. Sin la verdad, no importa lo dura que
sea, no puede haber curación. Eso es todo.»

En realidad, todavía le queda por pronunciar la última palabra («Váyase»), pero esa es
la verdad y el corazón palpitante de la novela. Una verdad, no lo olvidemos, que no tiene que
ver con lo que es cierto al pie de la letra sino con la fidelidad al espíritu de la letra. Y eso es
todo, en efecto. Fin de la primera parte.

Comienza la segunda, “Margot”, y lo hace dando un volantazo. En una obra ya de


entrada netamente metaliteraria, el segundo (o tercer) capítulo le da otra vuelta de tuerca al
discurso y constituye una nueva muestra de la renuencia del autor a seguir por el camino ya
trazado, para aventurarse por sendas colaterales, nuevas, donde haya algo que descubrir, algo
que añadir, algo que divertirse.
Advertimos que el entrevistador, ahora, se reserva para sí la letra redondilla y le endosa
la cursiva a la entrevistada. El ego, ay… Advertimos enseguida, también, que la entrevista ya
tuvo lugar días atrás y que nuestro biógrafo, que también es un personaje de la novela —por si
en algún momento se nos olvida— ha decidido rescribir las respuestas de su entrevistada. O
más exactamente: «Eliminé mis apuntes y preguntas y dispuse la prosa para que se leyera como
un relato ininterrumpido contado por usted.» Es decir, Mr. Vincent decide dejar de ser mero
oyente y otorgarse un protagonismo mayor, convirtiéndose en narrador, a su manera (esto es, a
la manera de Coetzee) de lo que Margot le ha contado previamente. Al principio, ella acepta el
planteamiento, lo acepta con un parco: «Muy bien». Pero el relato da comienzo y a Margot no le
parece ni muy bien ni mucho menos: cada poco lo interrumpe para protestar, negarse,
cuestionar, rectificar, reclamar cambios… Así se va desenredando un relato inestable y
conflictivo, pero al mismo tiempo dinámico, fresco, y asistimos a un segundo asalto entre dos
púgiles ya conocidos: la certeza de los hechos, defendida y reclamada en este caso por Margot,
y la “fidelidad al espíritu de la letra”, esta vez en la esquina del biógrafo. Este es el tour de force
metaliterario, que pone sobre la mesa de operaciones el propio estilo coetziano («No comprendo
—interrumpe Margot—. ¿Por qué me llama “ella”?», a lo que el biógrafo responde: «El “ella”
que uso es como yo pero no es yo.») y que nos dará a conocer otra intensa y conmovedora
historia, la de los primos John y Margot Coetzee.
En su niñez, Margot y John pasaban juntos sus vacaciones en Voëlfontein, la granja
que en su día adquirió e hizo próspera el abuelo Coetzee, y que servía de lugar de encuentro a
los hijos ya mayores y dispersos. Muchos años después, ya en los años setenta y en la treintena
de sus vidas, una y otro vuelven a coincidir allí, en la fuente del pájaro, esta vez para celebrar
unas fiestas navideñas. John, que ha combatido y perdido en unas cuantas batallas, ya huérfano
de madre por otra parte, acude a la meca familiar con su padre viejo y achacoso, acude cargando
con él como un nuevo y decadente Eneas. Margot, por su lado, está sola como casi siempre: no
tiene hijos, no puede tenerlos, y su marido pasa demasiado tiempo en la carretera, es
transportista de ganado. Allí, en mitad del veld, la vasta y desértica pradera sudafricana, es
donde transcurre este segundo o tercer capítulo, o lo que es lo mismo, “en medio de ninguna
parte”. El veld: un lugar inmenso y crucial en la geografía física de Sudáfrica, inmenso y crucial
también en la geografía emocional de Coetzee. De Margot, nos dice el ‘nuevo’ narrador que
«siempre ha sentido debilidad por John. En su infancia hablaban abiertamente de casarse
cuando fuesen adultos.» Ahora, tanto tiempo después, después de que John abandonara la
incómoda y violenta Sudáfrica por la civilizada Inglaterra, después de dejar la civilizada y fría
Inglaterra por los prometedores Estados Unidos, después de ser expulsado de los prometedores
y belicosos Estados Unidos y verse obligado a volver a la vieja Sudáfrica y, aún peor, a la casa
de su padre, los primos se reencuentran, y el marco de su reencuentro es una familia ya
considerablemente mermada y una granja que hace tiempo dejó de ser el próspero negocio que
puso en marcha el abuelo. La circunstancia es significativa, además, porque como apuntábamos
John «ha reaparecido entre ellos en circunstancias poco claras […] Cuentan entre susurros que
ha estado en una cárcel norteamericana».
John y Margot ya han crecido, ya hace mucho que han dejado de ser los niños que
«hablaban abiertamente de casarse cuando fuesen adultos». No se han visto durante muchos
años y ahora se reencuentran y reanudan su vínculo, una relación que de ninguna manera puede
ser la misma, claro, pero que sí recobra la estrechez y la intensidad de entonces, una relación en
la que su mutuo afecto inevitablemente adquiere tintes de ambigüedad. La intensidad, la
estrechez y esta ambigüedad intrínseca a cualquier relación entre primo y prima se extreman en
el episodio que ilustra la portada del libro, tanto en la edición original de Sumertime, como en
nuestro Verano español: durante una excursión por el veld, la vieja furgoneta de John se
estropea obligando a los dos primos a pasar la noche juntos, solos, dentro del vehículo y en
mitad de ningún sitio. Pero no, se trata de “eso”. No ocurre nada de “eso”. Es cierto que, según
admite John, en su niñez estuvo enamorado de ella y que, desde entonces, estar enamorado
consiste para él en sentir lo que sintió entonces por ella, un estado al que ya no tiene acceso y
que consiste en «ser libre de decir todo lo que siento»; es cierto, dicho de otro modo, que
Margot logró fijar siendo niña «la pauta de su amor hacia otras mujeres». Pero no es eso
porque ya no puede serlo. La circunstancia, sin embargo, hace que se reavive el antiguo afecto
que Margot sentía por su primo, afecto que reaparece en forma de ternura, de preocupación, de
cariño. Un cariño sincero y puro… O no tan puro, de hecho desagradablemente contaminado
por lo irritante que le resulta el carácter de John: su frialdad y su reserva, su carácter distante e
introvertido, su tendencia al aislamiento, su propensión a la melancolía y esa muralla, en fin,
que ha levantado en torno a su intimidad. Margot siente una inevitable y poderosa necesidad de
cuidar de su John, una sincera preocupación por su situación y sus problemas (entre otros, el
“problema” de su padre), así como el deseo de ayudarle aun a riesgo de resultar entrometida.
Pero también se siente frustrada por la frialdad con que John declina su interés y sus
ofrecimientos; frustrada y enfadada, por momentos da la sensación de que si pudiera le daría
unos buenos azotes.
El episodio no sólo hace vanos los desvelos de Margot, ese instinto protector que
despierta en ella su primo y que algo tendrá que ver, suponemos, con su insatisfecho instinto
maternal. Sin embargo, y al igual que le sucediera a Julia, el frío y reservado John logra tener en
ella un considerable impacto emocional, es capaz de desatar toda una crisis vital en la que la
vemos encarando el amargo balance de su propia vida: no puede tener los hijos que deseaba
tener, su marido se pasa la vida en la carretera y ella se ve obligada a desempeñar un odioso
trabajo que la mantiene fuera de casa cinco días a la semana. Su reencuentro con John, en fin,
sólo sirve para que se plantee las duras preguntas que dejan al descubierto su insatisfacción
vital. Y concluidas las vacaciones navideñas, de vuelta cada cual a su mundo y a sus rutinas, y
tras un breve y más frustrante cruce de cartas entre prima y primo, oímos cómo se pregunta,
cuestionando su propia vida y ya de paso toda la historia reciente de Sudáfrica:

«¿Qué estamos haciendo en esta parte yerma del mundo? ¿Por qué nos pasamos la
vida haciendo un trabajo monótono si esta tierra jamás ha sido adecuada para habitarla, si todo
el proyecto de humanizar la zona ha estado mal concebido desde el principio? […] ¿Quién tuvo
la ida de construir carreteras y tender líneas férreas, levantar ciudades, traer a la gente y ligarla a
este lugar, ligarla con remaches a través del corazón, de modo que no pueda marcharse?»

Su primo, en cambio, sí pudo. John pudo marcharse «porque, entre los hombres de la
familia Coetzee, él era el único bendecido con la mejor oportunidad. Estaba bendecido con la
oportunidad y no la aprovechaba.» Pero para ella no existió esa opción, a ella la ligaron a la
tierra con remaches, con remaches a través del corazón. Para ella no existía la posibilidad de
irse, sólo la de quedarse en esa dura tierra inadecuada para vivir, y amarla.
Finalmente, y a pesar del amargo trance, vemos a Margot reponiéndose, levantándose
y reafirmando su propio estilo de vida, ligada a un hombre y a una tierra por amor, por el
corazón, muy contrario al estilo de vida de su primo John, que es cobarde y huye, su primo
egoísta y encerrado en sí mismo, ese Coetzee incapaz de vincularse, de amar:

«Esa es la pregunta que quisiera plantearle a su inteligente primo, el primero en huir de


Sudáfrica, que ahora habla de liberarse. ¿De qué quiere liberarse? ¿Del amor? ¿Del deber?»

Y no olvidamos que en última instancia, bajo una y otra capa, es Coetzee quien habla,
es decir, quien se formula esas preguntas a sí mismo.
El final del capítulo, sobrecogedor, viene a subrayar el abismo biográfico y emocional
que separa a los dos primos: la madre de Margot cae enferma y vemos con qué calor y cuidado
cuida de ella, con qué entrega y diligencia, con qué amor. Justamente lo contrario que cabe decir
de la relación de John con su padre: fría, tensa, silenciosa, esquiva. Una relación forzada, que
no desea ninguno de los dos. Este contraste reaparecerá aún más crudamente en el desenlace de
la novela. Pero para eso aun nos queda mucho, qué bien.

Podría parecer a estas alturas que la trayectoria de Verano sería una línea recta: primero
habla Julia, luego Margot, luego… y es verdad que primero habla Julia y luego Margot y
luego… Podríamos verlo como una línea de ferrocarril pautada por las estaciones donde vamos
parando, una línea que al final acaba dibujando un rostro, el de Coetzee. También nos gusta
imaginar que esa línea adopta forma de espiral, dando vueltas en las que pasamos por los
mismos sitios siempre pero cada vez un poco más alto. Y aún más nos gusta ver cómo nuestra
línea narrativa adopta una forma acampanada, parabólica, con una línea base de la que partimos
y sobre la que vamos ascendiendo y creciendo hasta alcanzar un punto cenital de vértigo para
descender luego suavemente hasta regresar a la línea base, ya siendo otros. Bien, si fuera así, si
estuviéramos en lo cierto, Adriana sería el cenit de Verano. Menudo vendaval, Adriana.
Podrían ponerle su nombre a uno de esos huracanes.
Se trata, o así nos lo parece, del episodio de mayor intensidad, y no sólo en el plano
sentimental; asistimos al clímax de la novela, hábilmente colocado en su centro más o menos…
Igual que el verano ocupa el centro del año más o menos, y el resto ya es ir descendiendo hasta
el final.
Adriana es la tercera entrevistada y su aportación adopta la forma de largos relatos —
respuestas—, apenas pautados por el entrevistador, cuya intervención aquí es mínima; en
realidad, a menudo ni pregunta, y se limita a acompañar comprensivamente una exposición de
gran carga emocional.
De origen brasileño y forzada a abandonar su país por las odiosas y consabidas
‘circunstancias políticas’ latinoamericanas, Adriana nos habla del momento más angustioso de
una huida que la llevó primero a Angola y después a Sudáfrica. Allí, su marido encuentra
empleo como vigilante nocturno y es brutalmente golpeado (con un hacha, precisamente) por
unos asaltantes; tras un angustioso e interminable período en coma, macabra e inútilmente
utilizado como conejillo de indias por sus médicos, muere dejando a Adriana con dos hijas
adolescentes «en aquel extraño país donde no se sentían a sus anchas, en un continente al que
nunca deberíamos haber ido.» De las dos, la mayor es fea y su único talento es la bondad: ha de
ganarse la vida como pueda, como cajera en un supermercado por ejemplo, mientras su
hermana pequeña, pequeña y bonita, prosigue sus estudios en un buen colegio porque «Ella era
la inteligente. Le gustaban mucho los libros» y su madre quería que se licenciara. Maria Regina,
que es el imponente nombre de la hija bonita, la lista, la amante de la poesía («Una somnolienta
languidez embarga mis sentidos…» recita de memoria), recibe clases de refuerzo de inglés,
clases que le imparte un extraño y poco ortodoxo profesor, que desde el primer momento
suscita la total desconfianza de Adriana. Apasionada, impresionable, Maria Regina cae bajo el
hechizo de ese hombre, un tal Coetzee cuyo magisterio no se ciñe al aprendizaje de la gramática
y la correcta dicción inglesas, un hombre que basándose en su particular “filosofía de la
enseñanza” prefiere servirse de los versos de Keats para transmitir a sus alumnos y también o
sobre todo a sus alumnas un fuego interior en el que arder conjuntamente, emitiendo una luz
más intensa y elevándose así, juntos, fundidos, a una esfera superior. Filosofía del aprendizaje,
afirma Coetzee, que «procede de Platón, modificada». Evidentemente, Adriana no ve en este
tipo, que además ni siquiera es inglés, más que a un cazador de jovencitas, un hombre inmaduro
que aprovecha su ascendiente intelectual para obtener de las adolescentes lo que es incapaz de
conseguir entre mujeres de su edad. Y se propone apartarlo a toda costa de su hija, que
comienza a arder en otro fuego, el del resentimiento hacia su madre, al mismo tiempo que el
profesor Coetzee empieza a interesarse por ella, por la madre, la muy atractiva y exótica y
brasileña Adriana, ‘la que vino del mar’. Impactado como una bola de billar, obligado a desviar
la trayectoria que llevaba, vemos ahora a nuestro hombre embarcado en una carrera por alcanzar
el favor de Adriana, que por si fuera poco es además bailarina y da clases de baile latino en una
academia. Brasileña, atractiva, bailarina… ¿qué hombre podría resistirse? No desde luego uno
como Coetzee. Un hombre blando, débil, sin carácter; un hombre inmaduro, desprovisto de
fuerza de carácter y hasta de virilidad, a los ojos de Adriana, que no ve en él sino a un pobre
célibataire: «Quiero decir que no solo no estaba casado sino que no era adecuado para el
matrimonio, como un hombre que, al pasarse la vida entera en el sacerdocio, ha perdido su
virilidad y se ha vuelto incompetente con las mujeres. Tampoco se comportaba correctamente
[…]. Parecía fuera de lugar, deseoso de marcharse cuanto antes.» Coetzee desea marcharse
siempre pero también la desea a ella, no puede resistir su fuerza de atracción igual que no puede
resistirse la polilla a la luz, el mosquito al lagrimal del león. Cada vez más insistente en su
cortejo, en sus reclamos, Coetzee no obtiene de Adriana otra cosa que desplantes y rechazos
más y más duros, más y más brutales. Nuestra exótica y curvilínea bailarina sólo siente
desprecio y aversión hacia ese estirado descendiente de contables holandeses, de fríos y rígidos
calvinistas, y aún más que eso: repulsión, puro asco. Acaba mostrándose rabiosa por
deshacerse de él, que insiste e insiste e insiste… hasta que finalmente ella le suelta: «¿No ves
que te detesto?»
Adriana descubre el perfil más duro y descarnado de Coetzee, el más desfavorable y
patético: «Es un hombre débil [le dice a su hija enamorada]. Un hombre débil es peor que un
mal hombre. Un hombre débil no sabe dónde detenerse. Un hombre débil está indefenso ante
sus impulsos, te sigue adondequiera que lo lleves.» Y dice también: «[…] le faltaba una
cualidad que una mujer busca en un hombre, una cualidad de fuerza, de virilidad». Y sentencia
por fin: «No era un hombre, era todavía un muchacho».
El entrevistador, atraído a su vez por el olor de la carnaza, insiste, sonsaca, quiere más
detalles. Le interesa mucho y muy morbosamente saber si, a pesar de todo, llegó a tener
relaciones íntimas con Coetzee. Entonces ella, dueña absoluta de la situación y de su vida, se
yergue cual furia hacia el entrevistador: «¿Qué significa esto? ¿Por qué me hace esa clase de
preguntas? […] ¿Se cree autorizado a interrogarme sobre mis “relaciones”? ¿Qué clase de
biografía está escribiendo?» Adriana se enfurece, su intimidad y su memoria son suyas y sólo
suyas, y sin embargo… Sin embargo accede a responder, quizá porque necesita hacerlo,
soltarlo y liberarse al fin: «No, no tuve “relaciones” con el señor Coetzee. Para mí no era natural
sentir algo por un hombre como él, un hombre que era tan blando.» Y nos parece ahora que lo
que Coetzee inspira a Adriana se parece mucho a la instintiva repulsión que nos producen los
animales de piel gelatinosa y fría. Una salamandra, una culebra, un hombre llamado Coetzee.
Como Margot, como Julia, también Adriana resulta ser una mujer que, décadas
después, aún se muestra profundamente marcada —profundamente resentida— por el laureado
y ya difunto escritor John Coetzee, cuya reputación como literato tampoco la impresiona
demasiado: «[…] ¿era realmente un gran escritor? [la pregunta va dirigida al entrevistador, pero
sus ecos alcanzan al lector, al propio autor] Porque, a mi modo de ver, tener talento narrativo no
basta si uno quiere ser un gran escritor. También tienes que ser un gran hombre, y él no lo era.
Era un hombre pequeño, un hombrecillo sin importancia. […] Por eso le pregunto: ¿cómo
puedes ser un gran escritor si no eres más que un hombrecillo normal y corriente?» Y aún hay
más, ¿no queríamos carnaza? Ahí va, punto y aparte.

«[…] ¿cómo podía ser ese escritor suyo un gran hombre cuando no era humano? Es
un interrogante serio, ya no se trata de una broma. ¿Por qué cree que, como mujer, no podía
responderle? ¿Por qué cree que hice cuanto pude por alejar a mi hija de él cuando aún era
demasiado joven y carecía de experiencia que la orientase? Porque de semejante hombre no
podía salir nada bueno. El amor: ¿cómo puedes ser un gran escritor cuando no sabes nada del
amor? ¿Cree usted que puedo ser mujer y no saber en lo más hondo de mi ser qué clase de
amante es un hombre? Créame, me estremezco al pensar en cómo debían de ser las relaciones
íntimas con un hombre así. No sé si llegó a casarse, pero si lo hizo me estremezco por la mujer
que se casó con él.»

Recordando una vez más a Julia, aquella conclusión a la que nos condujo en su relato
(«Sin la verdad, no importa lo dura que sea, no puede haber curación») y también aquello del
«proyecto de terapia que el autor se administró a sí mismo»; en un intento de curarse, en fin,
que ya nos parece un tanto desesperado, casi agónico, termina Adriana: «Esta no es la historia
que quería escuchar, ¿verdad? […] No le doy ningún romance, le doy la verdad. Tal vez una
verdad excesiva. Tal vez tanta verdad que no habrá lugar para que encaje en su libro».
Una reflexión que no hace sino aumentar las muchas capas que envuelven el núcleo
duro de este Verano.
(No hemos dicho nada del padre esta vez, inevitablemente: el padre no habla, no
interviene, pero no deja de estar presente. Silencioso, ensimismado, mustio… Adriana le
describe como «Un hombre muy reservado, muy humilde, o tal vez asustado por todo.» Parece
una prefiguración de lo que será algún día el propio Coetzee. Un fantasma llegado del futuro,
parece, y a nuestros ojos también una figura de cuya muda presencia se desprende un reproche,
una burla: quizá en el fondo se esté riendo de ese patético hijo que se arrastra por una mujer
inalcanzable, una criatura superior que solo se molesta en pisotearlo igual que se pisotea una
culebra. ¿Se estará vengando de algo, el padre, de algún viejo agravio enquistado, y su
venganza consiste precisamente en eso, en su impertinente y gravosa presencia en la vida del
hijo? Las respuestas hay que buscarlas más lejos, más atrás, en la época en la que somos
impresionables, moldeables; en ese momento en el que nos estamos formando, o deformando…
En la Infancia, en efecto, de Coetzee.)

Tomémonos un descanso, a todos nos hace falta. El propio autor parece necesitarlo sin
falta y se concede y nos concede un breve y ligero contrapunto masculino tras los largos e
intensos relatos de las tres mujeres que hemos conocido. Breve y ligero, de acuerdo, pero
tampoco nos confiemos: los asuntos aquí tratados, aquí en la cuarta entrevista, no dejan de ser
serios e importantes. Y muy personales.
Martin y John se conocieron en una sala de espera, mientras aguardaban a ser
entrevistados como candidatos a un puesto de docente en la Universidad del Cabo. Despachado
el engorro, se van a tomar algo y da así comienzo una amistad que encuentra su base en ideas y
actitudes compartidas y que nos permitirá iluminar mejor algunos ángulos de ese perfil que
decimos. Ángulos quizá no tan íntimos, tan impúdicos queremos decir, pero de importancia
crítica.
Sudáfrica, por ejemplo. Ese dolor de muelas que John Coetzee no consigue calmar por
muchas píldoras de la distancia que se tome. «[…] él y yo compartíamos una actitud hacia
Sudáfrica y nuestra permanencia en ella», indica Martin. Una actitud que no es otra cosa que la
mala conciencia de quien se sabe poseedor de algo que no le pertenece: «Esa actitud, por decirlo
en pocas palabras, estribaba en considerar que nuestra presencia en aquel territorio era legal
pero ilegítima […]. Nuestra presencia se cimentaba en un delito, el de la conquista colonial,
perpetuado por el apartheid […] Nos considerábamos transeúntes, residentes temporales, y en
ese sentido sin hogar, sin patria». Por esa razón «Éramos reacios a integrarnos demasiado en el
país, puesto que más tarde o más temprano sería preciso cortar nuestros vínculos con él», lo
cual nos recuerda la declaración más emotiva y personal de John a aquella mujer ligada a
Sudáfrica “con remaches a través del corazón”, su adorable prima Margot: «Lo mejor es
separarte de lo que amas [declamaba John mirando al horizonte], separarte y confiar en que la
herida se cure». Digamos pues, que lo de Coetzee con Sudáfrica, en fin, se parece mucho a un
amor imposible, un amor ilegítimo hacia alguien que no puede ser nuestro. Como amar a la
mujer de otro, un despropósito y una catástrofe. Martin y John comprenden y aceptan su
posición, y sin embargo, justamente les encontramos disputándose un puesto de trabajo, es
decir, un lugar más seguro y sólido en esa tierra que no les pertenece, o lo que es lo mismo,
coqueteando en el ascensor con la guapa del tercero izquierda, que ya está felizmente casada.
Pero es que, como admite Martin, «Ni él ni yo éramos Robinson Crusoe».
Tan humana incongruencia se repite en otro de los asuntos que aborda Martin: la
dedicación de John Coetzee a la docencia durante décadas, hasta su jubilación y retiro en
Australia, también conocida como “the land of no worries”. El entrevistador acude a palabras
del propio Coetzee para formular: Escribe que no estaba hecho para ser profesor. ¿Está de
acuerdo? Y poco después incide aún más: ¿Cree usted que dedicó su vida a una profesión
para la que no tenía talento? De modo que, tras haberse dejado por los suelos como amante,
como primo, como hijo, como ciudadano sudafricano e incluso como escritor, Coetzee se
dispone a evaluar ahora sus aptitudes como profesor. Nos imaginamos por adelantado el
veredicto, claro; nos imaginamos que un tipo como ese John Coetzee que vamos conociendo no
parece hecho precisamente para ejercer magisterio alguno sobre la maleable juventud (sirva
como ejemplo el caso de la pobre Maria Regina), y que mejor sería disponerle un cuarto donde
pueda entretenerse a solas, donde no haga daño a nadie, ¿verdad? Eso opinaba él mismo, y así
lo recuerda Martin: «Cierta vez me dijo que se había equivocado de profesión, que debería
haber sido bibliotecario». Pero es tan fácil confundirse y enredarse en los caminos de la vida…
y tan difícil deshacer el entuerto después… Poco proclive a la indulgencia, sin embargo, el
señor Vincent insiste, es decir, insiste Coetzee: ¿No le parece extraño que un hombre que
carecía de talento como docente hiciera de la enseñanza una profesión? A lo que Martin
responde con franqueza y más datos:
«Sí y no. Como usted debe de saber, las filas de la profesión docente está llenas de
refugiados e inadaptados.
¿Y qué era él, un refugiado o un inadaptado?
Era un inadaptado. Y también era muy precavido. Le gustaba la seguridad de un sueldo
mensual.»
A John Coetzee, pues, “le gustaba la seguridad de un sueldo mensual” y no seremos
nosotros quienes le tiremos la primera piedra. No lo haremos aunque podemos conjeturar, con
Martin, con el propio Coetzee, que «Si no hubiera dedicado tanto tiempo a corregir la gramática
de los alumnos y asistir a aburridas reuniones, podría haber escrito más, tal vez incluso haber
escrito mejor». Pero eso es lo que tiene “la seguridad de un sueldo mensual”, ese pacto con el
diablo.
Acabamos con Martin no sin antes recalar en una tercera incongruencia. La muy
humana y coetziana incongruencia, esta vez en asuntos netamente literarios. Afirma Martin: «A
John le gustaba mucho la poesía exuberante, expansiva: Neruda, Whitman, Stevens». ¿Eh?
Cómo es posible que tenga tales preferencias un autor de estilo tan comedido, tan parco, tan
poco dado a expansiones y exuberancias verbales. ¿Acaso le atraía la poesía exuberante y
expansiva del mismo modo —y por las mismas razones— que le atraían las mujeres expansivas
y exuberantes? ¿Acaso Neruda era para Coetzee tan irresistible como Adriana, y tan
inalcanzable también? ¿Será que todos necesitamos desesperadamente un contrario que nos
compense, que nos equilibre y estabilice, que nos dé lo que nos falta y nos cure un poco de
tanta neurosis?
La alusión a la poesía exuberante y expansiva aparece unida, por lo demás, a “las
fuentes de su propia creatividad”, fuentes que manan de “los recursos del inconsciente” y que el
propio Coetzee prefería no sondear, «como si ser demasiado consciente de ellas pudiera
paralizarlo».
Eso es lo que está escrito pero lo que nosotros leemos es que tales fuentes han sido
perfectamente detectadas e inspeccionadas, y que no hacen sino fluir ante nuestras manos,
iluminadas para el lector por la luz del autoconocimiento, que es un fuego difícil que sólo se
enciende a fuerza de valentía y honestidad.

Y vamos ya con la última capa del retrato, los últimos trazos y retoques. Colega en la
Universidad del Cabo, colega al principio y después también pareja, Sophie completa nuestro
perfil subrayando algunos rasgos que ya estaban apuntados y aportando otros nuevos,
relacionados con las actitudes políticas de John Coetzee.
Una vez más nos encontramos, ya lo habíamos anunciado, con una ‘mujer de carácter’,
una personalidad en claro contraste con la de Coetzee. En palabras de la propia Sophie, John era
«más serio, más reservado, y yo más abierta, más exuberante». Ay, la exuberancia…
Y nos encontramos también con el mismo tipo de relación hombre-mujer, o el mismo
arquetipo: él se siente atraído por ella pero es incapaz de abrirse y entregarse, de vencer sus
últimas reservas; ella, por su lado, se acerca y lo olfatea, lo intenta o por lo menos lo utiliza y
finalmente pasa de largo, cuando comprende que él no da más de sí y que no hay nada que
hacer.
Muy discreta, muy madame y muy francesa, Sophie se muestra fría con el biógrafo y
entrevistador, pero admite que «Tuvimos una relación». Afirma que Coetzee «Pensaba que
hacíamos buena pareja», pero lo cierto es que «No duró, era insostenible». Eso es todo lo que
Sophie parece dispuesta a decir al respecto, y claro, Vincent insiste, trata de obtener más
detalles. Ella se resiste, le cuestiona de un modo que tampoco es nuevo para nosotros:

«¿Le gustaría añadir algo más?


¿Si me gustaría añadir algo más para su libro? No antes de que me diga qué clase de
libro es. ¿Se trata de un libro de chismorreo o es una obra seria? ¿Tiene autorización? ¿Con
quién hablará aparte de mí?»

El biógrafo se ve obligado a exponer sus objetivos y a justificar sus métodos, y de


paso el autor se brinda la excusa para remachar el marco metaliterario que sostendrá su
autorretrato. Por qué, para empezar, ceñirse a los años 70: «Me concentro [explica Vincent] en
los años transcurridos desde el regreso de Coetzee a Sudáfrica, en 1971-1972, hasta su
primer reconocimiento público en 1977 […] es un período importante de su vida […] en el
que aún se estaba habituando a su condición de escritor.» Un período, podríamos añadir, de
formación temprana y de elección de itinerarios para los que ya no habrá vuelta atrás; un
momento que condicionará todo lo que vendrá después, Nobel y Australia incluidos. Y por qué
entrevistas, por qué no otro tipo de fuentes biográficas y bibliográficas. Tal como reconoce la
propia Sophie, John «Creía que la historia de nuestra vida es nuestra para edificarla como
deseemos, dentro de las restricciones impuestas por el mundo real e incluso contra ellas». Y
queremos subrayar nosotros: incluso contra ellas. Vincent, como estudioso de Coetzee, es muy
consciente de ello: «En las cartas crea una ficción de sí mismo para sus corresponsales; en los
diarios hace algo muy similar para sí mismo, o tal vez para la posteridad […]. Si quiere usted
saber la verdad tendrá que buscarla detrás de las ficciones y oírla de quienes le conocieron
personalmente».
Tales son las razones del biógrafo, que no consiguen sin embargo que Sophie aporte
más datos y detalles de su relación con Coetzee. Tant pis! Vincent renuncia a obtener esos
detalles y desvía la conversación en busca de otro tipo de aportaciones. Surge entonces el perfil
político de John, inevitablemente ligado a las tensiones y transformaciones que está
experimentando esa amante irresistible e imposible que es Sudáfrica. Dos amantes
irreconciliables, Sudáfrica y Coetzee, que en esos años setenta se hallan en un momento crítico
de su desarrollo; una época, podríamos decir, de inestabilidad y mudanzas, de conflicto interior
y tránsito hacia la madurez. Así resume Sophie las posiciones políticas de John Coetzee, en la
violenta Sudáfrica previa al final del apartheid: «No era un militante. Su actitud política era
demasiado idealista, demasiado utópica para ello. En realidad, carecía de actitud política, la
despreciaba. No le gustaban los escritores políticos, los que abrazaban un programa político.»
Y al ser preguntada si Coetzee entraría en la categoría de los “apolíticos”, matiza y completa:
«No, apolítico no, más bien diría antipolítico. Creía que la política hacía aflorar lo peor de la
gente y también sacaba a la superficie a los peores tipos de la sociedad.» No podríamos estar
más de acuerdo, dicho sea de paso, con lo anterior y con lo siguiente: «En opinión de Coetzee,
los seres humanos jamás abandonarán la política porque esta es demasiado conveniente y
atractiva como un teatro en el que representar nuestras emociones más innobles. Las emociones
más innobles abarcan el odio, el rencor, el despecho, los celos, el deseo de matar y así
sucesivamente. En otras palabras, la política es un síntoma de nuestro estado de degradación y
expresa ese estado». Nosotros lo votamos, e igualmente votaríamos la utopía coetziana
consistente en «El cierre de las minas. El arrasamiento de los viñedos. La disolución de las
fuerzas armadas. La abolición del automóvil. El vegetarianismo universal. La poesía en las
calles. Esa clase de cosas.»
Sí, esa clase de cosas. Pero la utopía del joven Coetzee también tenía mucho de
negación de la realidad, de ficción arcádica, de fuga y evitación: «Ansiaba el día en que los
habitantes de Sudáfrica no estarían etiquetados, no se distinguirían llamándose africanos ni
europeos ni blancos ni negros ni ninguna otra cosa, cuando las historias familiares estaría tan
embrolladas y mezcladas que la gente sería étnicamente indistinguible […]. A eso lo llamaba
[atención] el futuro brasileño. Aprobaba Brasil y a los brasileños. Naturalmente, jamás había
estado en ese país».
La utopía, en fin, sólo sirve para ir dando pasitos y para levantarse después de
tropezar, y nosotros deberíamos ir acabando.
El balance final, de Sophie y de esta parte central de Verano, regresa a
pronunciamientos más personales y dolorosos, a lo que en resumidas cuentas tiene Sophie que
decir sobre Coetzee. Estos son, querido lector, los últimos tortazos: «A menos que tengas una
fuerte personalidad, no dejas una huella profunda, y John no tenía una fuerte personalidad».
«Nunca tuve la sensación de que me encontraba con una persona excepcional». «Jamás vi que
emitiera un destello de luz que iluminara el mundo». Aunque también es cierto que «me ayudó a
huir de un mal matrimonio, por lo que sigo estándole agradecida». Algo es algo.
Como traca final nos reserva la valoración que hace de su literatura, en la que nosotros
vemos una bellísima incongruencia, una contradictio in terminis que es como el triple mortal
con que concluye su número el trapecista; son palabras entre las que bucea graciosamente “el
espíritu de la letra” y una última prueba de valentía y radicalidad en la que casi podemos oír el
grito del kamikaze antes de estrellarse contra el objetivo, la verdad.
Leamos:

«¿Qué valoración hace de sus libros?


No los he leído todos. Después de Desgracia perdí el interés. En general, yo diría que
su obra carece de ambición. El control de los elementos es demasiado férreo. En ningún
momento se tiene la sensación de un escritor que deforma su medio para decir lo que nunca se
ha dicho antes, que, a mi modo de ver, es lo que distingue a la gran literatura. Demasiado frío,
demasiado pulcro, diría yo. Demasiado fácil. Demasiado falto de pasión. Eso es todo.»

No lo es, perdón. Este Verano termina un poco más tarde y un poco más de todo.
Como en las sinfonías, y con similar propósito de armonizar el conjunto, se añade un último
movimiento, una coda que nos remite a la obertura: de nuevo nos encontramos con fragmentos
de unos “Cuadernos de notas”, aunque aquí se trata de “Fragmentos sin fecha”, como si ya no
tuviera mucho sentido seguir fingiendo… En estos últimos fragmentos recobra pleno
protagonismo ese personaje que durante las cinco entrevistas se había mantenido en un
significativo y elocuente silencio, en un segundo plano: el padre, en efecto. Cabría esperar, tal
vez, un final suave, dulce, amable. No lo es. Es desgarrador, es trágico y es tristísimo. Y lo que
es peor: es insufriblemente bello.
Un viaje de autoconocimiento ha de incluir necesariamente una parada en la dolorosa
infancia y en sus heridas siempre abiertas. Aquí se nos da, junto con las correspondientes
explicaciones, que se suman a las conocidas en Infancia y Juventud, o se sumarán cuando las
leamos.
Las últimas páginas de Verano nos hacen pensar en aquel chalado que hablaba de
reservar el mejor vino para el final del banquete. En efecto, es posible que aquí estén las
mejores páginas del libro, muy posible, lo cual es mucho decir y mejor que lo decidan ustedes,
que nosotros ya hemos dicho bastante.
En «su tercer libro de memorias, el que nunca vio la luz» (son de nuevo palabras del
biógrafo Vincent), Coetzee desliza como sin querer la que lo mismo acaba siendo su
insuperable obra maestra, y lleva unas cuantas. Así se las gasta un autor que afirma negando,
que mintiendo dice la verdad, y que a fuerza de reserva y discreción acaba haciendo desnudos
integrales, casi en plan exhibicionista. Un señor al que vemos un poco como vemos el océano
desde la playa. Sí, eso: como vio Núñez de Balboa el Mar del Sur, por ejemplo, después
llamado Océano Pacífico. Así Coetzee y así el inmenso charco que baña las ansiadas playas
australianas, el mar bajo cuya superficie tranquila se desplazan las corrientes más poderosas y
se abisman las simas más profundas.

VF, diciembre de 2013 / enero de 2014