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Permiso para matar

UMBERTO ECO 24/10/2010 10:04 Actualizado: 24/10/2010 10:09

Teresa Lewis fue ejecutada el mes pasado en Virginia con una inyección letal;
nadie será castigado por su asesinato porque había sido condenada a muerte
legalmente. Había planeado el asesinato de su esposo e hijo adoptivo -lo que, por
supuesto, era ilegal- y los que la mataron, consecuentemente, actuaron con la
bendición de las autoridades.

Tal vez deberíamos reformular el sexto mandamiento para que diga: "No matarás
sin permiso". Después de todo, durante siglos hemos venerado las banderas de
soldados que, estando en guerra, tienen permiso para matar, como James Bond. Y
ahora se dice que el presidente iraní, Mahmoud Ahmadineyad, ha respondido a los
exhortos occidentales de clemencia para una supuesta adúltera sentenciada a
morir lapidada -el castigo ha sido rechazado, pero las autoridades afirman que
sigue siendo una posibilidad- diciendo, en esencia: ¿se quejan porque queremos
matar legalmente a una mujer iraní cuando matan legalmente a una
estadounidense?

Una objeción para la lógica de Ahmadineyad es que la estadounidense orquestó el


asesinato de su esposo, mientras que la iraní, Sakineh Mohammadi Ashtiani, sólo
fue infiel. Y la estadounidense murió sin dolor, mientras la iraní corre el riesgo de
morir de forma brutalmente dolorosa. Pero una respuesta de este tipo implica dos
cosas: que mientras una adúltera no debería ser castigada con más que una
separación legal, sin derecho a pensión, es aceptable castigar a asesinos con la
pena capital, siempre y cuando el método de ejecución no sea muy doloroso.
Si nuestro juicio no estuviera tan nublado, tal vez veríamos el punto más general:
que ni siquiera los asesinos deben ser sentenciados a muerte, que las sociedades
no deberían matar a sus ciudadanos, ni siquiera luego de un debido proceso, ni
siquiera si la ejecución es relativamente indolora.

¿Cómo responderían los ciudadanos de los países democráticos al líder de un


país más bien antidemocrático cuando nos pide que no critiquemos la pena capital
de Irán, si se tiene en cuenta que algunos estados occidentales todavía tienen
crueles castigos mortales?

La situación es más bien rara, y me gustaría saber si estos occidentales -en cuyas
filas figura la primera dama de Francia, Carla Bruni Sarkozy-, que protestan contra
la pena de muerte en Irán, también han protestado contra la de Estados Unidos.
Sospecho que la mayoría no lo ha hecho. Los occidentales se han desensibilizado
con el alto número de ejecuciones legales en Estados Unidos. No obstante, nos
horroriza la idea de que una mujer muera en Irán masacrada por una lluvia de
piedras. Ciertamente, no soy inmune a esta situación: cuando me enviaron una
solicitud para que me manifestara contra la lapidación de Ashtiani, la firmé
inmediatamente. Al mismo tiempo, pasé por alto el hecho de que la virginiana
Teresa Lewis iba a ser sacrificada. Nosotros, los occidentales, ¿hubiéramos
protestado con la misma intensidad si Ashtiani hubiese sido condenada a morir por
inyección letal? ¿Nos indigna la lapidación o la ejecución de infractores del séptimo
mandamiento -"No cometerás adulterio"- en lugar del sexto? No estoy seguro, pero
el hecho es que las reacciones humanas muchas veces son instintivas e
irracionales.

En agosto pasado encontré una página de internet que describía varias formas de
cocinar un gato. Sin que importara si era broma o en serio, los defensores de los
derechos de los animales elevaron la voz en todo el mundo. Adoro a los gatos.
Son de las pocas criaturas que no se dejan explotar por sus dueños -al contrario,
los explotan con cinismo olímpico- y su afecto por la casa prefigura una forma de
patriotismo. Entonces, me repugnaría que me dieran un plato de estofado de gato.
Por otra parte, los conejos me parecen igual de lindos que los gatos, y aún así me
los como sin ningún escrúpulo.

Me escandaliza ver perros pasear libremente en sus casas chinas, jugando con los
niños, cuando todo mundo sabe que serán comidos a fin de año. Pero los cerdos
-animales altamente inteligentes, según me dicen- vagan en las granjas
occidentales y a pocos les preocupa el hecho que su destino sea convertirse en
jamón. ¿Qué nos inspira a considerar incomibles ciertos animales cuando los
antropomorfizamos mientras otras criaturas adorables -terneros, por ejemplo, o
corderitos- nos parecen eminentemente apetitosas?

Los humanos somos animales muy raros, capaces de mucho amor y de cinismo
aterrador, igual de dispuestos a proteger un pez de color que a hervir una langosta
viva, aplastar un ciempiés sin remordimientos y tildar de bárbaro al que mata una
mariposa. Similarmente, aplicamos una doble moral cuando enfrentamos dos
sentencias capitales: nos escandalizamos con una y hacemos la vista gorda con
otra. Algunas veces me siento tentado a coincidir con el escritor rumano Emil Mihai
Cioran, quien afirmó que la creación, una vez que escapó de las manos de Dios,
debe haber quedado a cargo de un demiurgo: un chapucero torpe, incluso tal vez
un poco ebrio, que se puso a trabajar teniendo en mente algunas ideas bastante
confusas.

Léspresso, distribuido por The New York Times Syndicate


*ILUSTRACIÓN: Federico Yankelevich