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______

o si so

-
AO / //

LO QUE SON

LOS PAPAS.
EL PODER TEMPORAL
DE LA SANTA. SEDE

ANTE LA HISTORIA, LA RAZON Y EL DERECH0,

D.D. INRIQUEPRESBÍTERO,
DE MINERAYDEPAIMA, '
4.

Canónigo de la Santa Iglesia Catedral de Jaca y predicador de S. M.

CON LICIENCIA DEL ORDINARIO,

Erit enim tempus cum sanam doctrinam non


sustinebunt, sed ad sua desideria coacervabunt
sibi magistros, prurientes auribus et à veritate
quidem auditum avertent; ad fabulas autem com
vertentur: tu verð..... ministerium tuum imple.
(Epist. 2.º. S. Pauli ad Timoth., cap. 1v,
vers. 3, 4 et 5.)

IMPRENTA DE LA ESPERANZA, Á CARGo DE D. A. PEREz


DUBRULL..-PEZ, 6, PRINCIPAL.

11855,
Es propiedad.
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Aza/ aé4ca euda oára

&t &Uutov,
AL LECTOR.

Carece de pretensiones este opúsculo. Es tan solo el grito


de la razon, de la historia y el derecho contra la maldad de
los hombres, á los que intento recordar sucesos que parecen
haber olvidado exprofeso para marchar libremente por el
sendero del crímen. Así, pues, espero indulgencia para este
pobre trabajo, que me aconsejan mi deber y el dolor de todos
los católicos á vista de las tribulaciones que contristan el
alma bondadosa de nuestro Santo Pontífice el noble y gene
groso Pio IX.

Si el pueblo cristiano, para el cual no existen nacionali


dades ni fronteras, recordando el pasado y examinando el
presente observa quién fue siempre el verdadero amigo y
protector de Italia; si, recogiendo mis lágrimas, llora con
migo las actuales angustias del Pontificado, y un rayo de
luz ilumina las almas de los enemigos de esa gran institu
cion, habrá entonces conseguido la gran recompensa á que
aspira
EL AUTOR.

_----"
-----
INTRODUCCION.

Si de mundo fuissetis, mundus, quod suum


erat, diliarret: quia vero de mundo non estis,
sed ego elegivos de mundo, proptereà odit vos
mundus.
(Evang. de S. Juan, cap. XV, v. 19.)

Triste cosa es, en verdad, haber de recordar en


pleno siglo xx, cuando la razon canta orgullosa sus
conquistas y piden plaza las luces de todo género,que
altiva esparce la ciencia, todas las lágrimas que el
Hijo de Dios vertió; y repitiendo las frases que su
amargura demuestran, tener que dar al olvido al mis
mo tiempo todos los momentos de su gloria. Pero es
forzoso, puesto que el hombre lo quiere, dar un las
timero adios á la cumbre del Tábor, en tanto que los
ojos y la mente absorta se fijan en la cima del Calva
rio,y en tanto que es necesario llorar con Jesus el
Nazareno sobre Corozain y Bethsaida, suspirando sin
cesar sobre la Jerusalen de nuestra sociedad moderna,
que desdeñando al Hijo, rechaza con desprecio al Pa
dre. Sí; es preciso. La humanidad ha gritado en los
dias de su tenebrosa oscuridad: «Jesus, Maestro , ten
piedad de mí (1);» y cuando la luz de la fe y de la

(1) Occurrerunt ei decemviri leprosi... dicentes: Jesu praeceptor, mi


serere nostri... Unus autem ex illis, utviditquia mundatus est, regressus
est... magnificans Deum. Respondens autem Jesus, dixit: Nonnè decem
mundati sunt? et novem ubà sunt? Non est inventus qui rediret et daret
gloriam Deo, nisi hic alienigena. (S. Lúcas, cap. XVII, versículos 12,
13, 15, 17 y 18.)
VIII

razon católicas, divinamente enlazadas, han disipado


la noche en que se encontraba el mundo, sus nueve
décimaspartes se han marchado indiferentes al bien
que consiguieron y por el cual clamaron, y solo una
porcion, parte estranjera, ha vuelto hácia el punto de
su partida, cantando gloria á su Dios. ¿No ha sucedido
así con las naciones católicas, colmadas de dones y de
beneficios sumos por el Pontificado, al cual deben su
civilizacion y su gloria, y al que, sin embargo, han
abandonado, mientras la Bulgaria ha sido la única que,
recordando estar desierta la casa de su antigua Madre,
ha entonado su pública profesion de fe católica, apre
surándose á sentarse en derredor de la mesa paternal,
como los renuevos de la oliva de que nos habla Da
vid (1-2)? Sí; es menestertraer á la memoria escenas
y palabras de tristura que nos entristezcan á su vez, y
el don tengan de arrancar lágrimas á nuestros secos
ojos. Es forzoso: que la gran obra del que dió su san
gre por un mundo ya maldito sufre en estos dias de
confusion y desórden crudos y horribles embates, y el
Sumo Gerarca de la Iglesia, prenda de paz entre la
tierra y el cielo, ángel de buenas nuevas para el orbe,
luz que ha alumbrado todas las inteligencias, llegando
á todos los siglos y á todas las generaciones, viene
sosteniendo una terrible guerra que la hipocresía y la
impiedad, reunidas en fraternal y en amigable con
sorcio, le han declarado entre el estrépito infernal de
sus inmundas orgías. Y cuando se trata de conmover

(1) La Bulgaria, manchada con el cisma griego,volvió á la unidad


católica justamente en la misma época en que unas naciones combatian
á la Iglesia en su Cabeza suprema, y en que otras permanecian en cri
minalinaccion, contemplando la lucha de la fuerza y el
fraude contra la justicia y el derecho.
(2) Filitui sicut novellae olivarum in circuitu mensae tuae. (Sal
mo cxXVII, v. 3)

- - -- - *
IX

esa base secular, fundamento perpetuo de toda la ver


dad; cuando arrebatando la paz á las conciencias se
intenta sumir á las naciones creyentes en todos los
horrores de un desquiciamiento universal, en que el
error nos circunde y nos oprima; cuando se proyecta
levantar muro de bronce entre la tierra y el ángel
que con sus protectoras alas la custodia; cuando se
hacen esfuerzos sobre humanospor apagar ó á lo me
nos por oscurecer esa luz que ilumina á todo hombre
que viene á este mundo (1), justo es que nosotros los
hijos de su amor, los gozadores de sus celestialesbene
ficios, los católicos, en fin, nos levantemos á protestar
contra tamaño crímen, y con sus riquezas unos, con
sus esfuerzos los otros, derramando su sangre estos,
hablando aquellos, escribiendo esotros y orando to
dos (2), gritemos á la impiedad que se desborda, al
mal que osa levantar su asquerosa mano sobre el ta
bernáculo del bien: ¡Atras! ¡Paso al Pontificado!
Vosotros, los que atentais á la palabra de Dios y á
la justicia de los siglos, que han confirmado con su
potente sancion la obra de la Providencia, ¡sed bien ve
nidos! Con amor inefable de hermano cariñoso yo os
recibo, y en el nombre de Jesucristo os saludo al sal
tar á la arena á lidiar con fe por Dios y por la buena
causa. Voy á daros á vosotros, los amantes de la tur
bacion y los horrores que está presenciando la patria
de Dante y de Petrarca; á vosotros, los que con toda
sinceridad habeispreguntado cómo el hombre del Evangelio,
que bendice, será el hombre de la ley que castiga (3); á vos
otros, los que habeis querido juzgar al Pontificado por
(1) Erat (Verbum) lux vera, quae illuminat omnem hominem ve
mientem in hunc mundum. (S. Juan, cap. I, v.9)
(2) Gaume: Nuestra situacion. Dolores,peligros, deberes y consuelos
de los católicos en los tiempos actuales. (Cap. XI, pág. 102)
(3) La Guéronnière: El Papa y el Congreso.

---- - ,
X

las relaciones de la diplomacia francesa (1), unos peque


ños APUNTEs HistóRicos que os ruego tengais presentes
al constituir la unidad de Italia con Roma por capital.
Con Roma, la cabeza delCristianismo, asiento del ele
gido de Dios, y en cuyo recinto podreis ver, siempre
que plazca á vuestra voluntad, que en todo tiempo
Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera (2).
¡Roma! ¡Roma! ¡Ciudad de los tribunos y los Césa
res, ciudad del circo y los crímenes, charco inmundo
en que todos los cienos se acomodaron un dia! ¡La
grandeza de tu maldad pasada me llena de estupor y
pasmo, y henchido de espanto te abomino!...
¡Roma! ¡Roma! ¡Sepulcro de los mártires, centro
venerando de la santa Religion, poseedora feliz de los
inmensos tesoros que las artes y las ciencias te han
donado, silla y asiento del Obispo de todos los obis
pos, corazon de lajusticia y el derecho, fuente de todo
bien, yote saludo lleno de dulce emocion, y, arrodilla
do ante ti, te venero desde lejos! ¡Ven á mí en el silen
cio de la media noche, da inspiracion á mi mente, y
pueda cantar las glorias del Pontificado, que en ti
asienta, fortalecido con su bendicion, que imploro!!

El príncipe Napoleon Bonaparte: El Pontificado juzgado por la


diplomacia francesa.
2) Obelisco de Fontana, en Roma,mandado erigir por SixtoV.
LO QUE SON LOS PAPAS.

PRIMERA ÉPOCA.

I.

Persecuciones.

Hasta 311.

La Providencia Divina, que decretara la redencion del


hombre en el momento dado; Ella, que por sus Patriarcas y
Profetas habia anunciado las circunstancias que acompañarian
hasta en sus menores accidentes á ese Redentor, por el cual
suspiraba impaciente la Casa de Israel; Ella, que inspirando
al Rey-Profeta habia cantado con él la estension del reino
futuro de santidad y justicia (1), cuyos cimientos echaria
Aquel á quien instintivamente aguardaban todos los pueblos
del mundo, inclusos los paganos, que en sus teogonías druídi
cas escribieron el gran nombre del Salvador que vendria, no
podia olvidarse de prepararlo todo, en peso, número y medi
da, para la realizacion de su inmenso y trascendental objeto.
Su pensamiento, el pensamiento de la eternidad, buscó un
punto para fijar la Cruz ignominiosa del esclavo, símbolo de
infamia, padron eterno de afrenta, y eligió á Jerusalen, que
ya bebiera á grandes tragos la sangre de los hombres inspira
dos que para anunciarle penitencia le suscitó el Eterno: qui

Postula ô me, et dabo tibi gentes in haereditatem tuam.(Salmo 2,


v. 8.

* ----- - -
a — ------ -
12

so una ciudad en que elevar esa misma Cruz, limpia de todas


las manchas, purificada de todos los crímenes que en ella des
cansaron, esplendorosa de gloria y de majestad, ysus ojos se
fijaron en aquella que era el centro de todas las grandezas al
par que de todas las corrupcionesy maldades: su idea se fijó
en Roma.
Las inmensas conquistas materiales que por la fuerza de
sus armas, siempre victoriosas, llevóá cabo; la grandeza de
sus monumentos, su lujo deslumbrador, la magnificencia de
sus patricios y la molicie y laxitud de sus hermosas matro
nas, la fama de sus oradores y poetas, sus placeres, siempre
nuevos y sin cesar agotados por su procaz y bulliciosa juven
tud, todo contribuyóá atraerá su suelo á los hijos de las na
ciones todas de la tierra, que presurosos vinieron, como pre
cipitados acuden hácia el mar los torrentes que de los mon
tes descienden á pagarle su tributo. Sin embargo; sordos ru
mores cuyo eco venia de vez en cuando á oscurecer la frente
de los señores del mundo, hacian presagiarterribles sucesos y
grandes expiaciones para aquella cortesana inmunda, que cu
bierta de oropel se recostaba indolente á la falda del célebre
Aventino.
El yugo romano se habia impuesto por la violencia, y los
pueblos que sobre su cerviz le tenian, odiaban á su conquis
tador tanto como admiraban y envidiaban su fortuna. No
habia, pues, unidad en Roma ni en Italia: la unidad existia,
por el contrario, en los pueblos subyugados, en que un solo
pensamiento, el de sacudir la dominacion de sus fieros ene
migos, y una sola ambicion, la de emanciparse de su autori
dad, los enlazaba á todos con vínculos de profunda simpatía.
Y este afecto que les hacia mirarse como hermanos, ese cui
dado con que los acontecimientos seguian las Galias, la Espa
ña y las regiones del África y del Asia, era tambien comun á
la Italia: á la Italia, llorando entre cadenas su perdida liber
tad desde que áCésar plugo salvar osado el paso del Rubi
con. Entre amargos sollozos y suspiros lastimeros recordaban
los tristes hijos del Lacio los hermosos dias de su indepen
dencia y libertad, y el triunfo siempre memorable de las lla

2--------------------------
13

nuras de Cannas (1), en tanto que ahora, esclavos del poder,


veian sus tierras, sus bienes y su oro en poder de un estran
jero, cuyos hombros encubria un pueblo siempre mudable con
un pedazo de púrpura. Y este malestar y este despego de los
hijos de la Campania tenia un poderoso eco en la ciudad im
perial, en gran modo disgustada y siempre murmurando del
poder, que despues de arrancarles sus franquicias, despues de
burlarse de su aspiracion á la grandeza social, le arrojaba ig
nominiosamente un pedazo de pan y otro de carne para sus
tentar sus fuerzas: limosna miserable y terrible afrenta para
aquellos fieros hijos de los que combatieron en las guerras rea
les contra el poder de Tarquino.
Y luego, las costumbres cada dia mas corrompidas, el robo,
el asesinato, la deshonra, que por doquier se hallaban; aquellas
matronas que arrojaban una nota de infamia sobre su lecho
nupcial, vendiendo su nombre al mejor postor; aquellos eter
nos conspiradores que desde el conciliábulo marchaban á la or
gía, y que así teñian en el vino sus vestidos como sus manos
en sangre; aquellos pretorianos, siempre dispuestos al mal, vi
viendo de rapiñas y exacciones; aquellas cortesanas que insul
taban el público decoro atrayendo á sus pies á los hombres
mas notables de la época; todo, todo contribuia á desunir vo
luntades,á separardeseos, á cercenar aspiraciones,producien
do un malestar semejante al que agita al enfermo agonizante,
que se revuelve sobre su lecho de muerte. César adoptando el
ateismo como única creencia, y Caton, el severo Caton, pro
testando por respeto á las antiguas costumbres; la ley Escan
tinia esceptuando á los hijos de familias distinguidas de ul
trajes horrorosos; las tituladas Julia, de maritandis ordini
bus, y Papia Popea, en que se procura atraer al hombre al
matrimonio por medio de la avaricia, y Ciceron entregándose
á los mas brutales escesos, son la encarnacion viviente, la mas
genuina representacion de aquella época de horror en que la
República cedia su puesto al Imperio, preparando así en la

(1) Se dió esta batalla en 321 de la fundacion de Roma, segun


Varron.
14

corrupcion y el vicio á los que mas adelante mancharán el


trono de los Césares, como sus padres cubrieron de ignominia
los haces y la silla de marfil. Por eso, en la sazon de que ha
blamos, Lucrecio poetizaba el materialismo, y Séneca anun
ciaba no haber cosa alguna mas allá de la muerte, que era en
realidad la nada (1):por eso el pueblo, aplaudiendo las blas
femias que á Júpiter se prodigaban en la escena, divinizando
el vicio y difundiendo la crápula mas vil y repugnante, así
profanaba templos como hollaba los palacios, como invadia
calles, campos y plazas, gritando con toda la fiereza de los
antiguos ciudadanos romanos: Panem et circenses; pan y
diversiones.
Lo que Roma era entonces, lo dicen algunos nombres.
Desde la muerte de nuestro Señor hasta la de San Pedro, Ca
lígula habia sucedido áTiberio, Claudio á Calígula y Neron á
Claudio. Á medida que estos monstruos invadian el poder su
premo, el Senado los declaraba dioses. Todo era dios en Roma,
dice Bossuet, escepto Dios. El Senado sacrificaba víctimas hu
manas á esos dioses que se llamaban Tiberio, Claudio, Calí
gula y Neron. Un dia Neron matóá su madre: el Senado dió
solemnes acciones de gracias en todos los templos de Roma. Á
Tiberio le habia parecido que los senadores le adulaban dema
siado; pero estos no se avergonzaron de ello, y adoraron á Ne
ron como habian adorado á Tiberio, entregando á Tiberio
como á Neron aquellos de entre sus colegas que fatigaban las
miradas del tirano, sea porun resto, sea por una apariencia
de virtud. El senador Tácito es quien esto cuenta, y debe
creérsele, porque probablemente seria cómplice en ello: Tácito
era uno de los hombres mas recomendables de Roma. Por
aquel tiempo habia tambien otro gran filósofo y gran escritor
que publicaba tratados de moral en los que enseñaba el des
precio de las riquezas, el amor de la justicia y el perdon de
las injurias. Se llamaba Séneca, habia sido preceptor de Ne
ron, llegó á ser su ministro, y en cuatro años que logró soste
ner su favor atesoró por sus estorsiones y por la usura dos

(1) Séneca: Post mortem nihil; ipsaque mors nihil. (Tragedia.)


15
cientos treinta millones de nuestra moneda. Cuando Neron le
consultó sobre la intencion que abrigaba de matará su ma
dre, el moralista Séneca solo le preguntó una cosa, á saber:
por qué soldados iba á hacerla degollar, y escribió en bellísi
mo estilo la apología de este crímen; apología que el Empera
dor se dignó recitar en el Senado. En cuanto á la manera con
que el sabio Séneca vengaba las injurias, baste decir que hasta
el mismo Neron le encontró demasiado severo, teniéndole que
imponer la clemencia hácia sus enemigos.
Tales eran los maestros, los filósofos y los grandes de Ro
ma. Reconociendo oficialmente, segun el Catálogo de Varron,
treinta y dos mil dioses, y en el fondo llenos de desprecio por
toda esa plaga olímpica nacida de las supersticiones y de las
corrupciones del pueblo, los maestros, los filósofos y los gran
des de Roma se contentaban con la filosofía materialista de
Epicuro. En cuanto á sus deberes para con la humanidad, te
nian por regla estas palabras de Julio César, el mejor tal vez
de sus grandes hombres: La especie humana es una presa que
pertenece al mas fuerte. Debiendo por política procurarse el
favor del pueblo, lo compraban y lo conservaban haciendo
degollar en los juegos públicos á millares de víctimas: de
suerte que, sea para satisfacer la avidez y los caprichos del
príncipe, sea para divertir á la multitud, no cesaba de correr
sangre humana. Los sacerdotes y las vestales asistian á esos
espectáculos que la religion consagraba, derramando la pri
mera gota de sangre por la mano de los ministros de los dio
ses. Del otro lado de las paredes, bajo los arcos del circo y
entre las cabañas en que rugian las fieras y se adiestraban
anima vili los aprendices de gladiadores concluyendo de matar
á los heridos, habia sitios de prostitucion. Lo que eran las cos
tumbres de las clases elevadas, todo el mundo lo sabe; Cha
teaubriand se ha atrevido á describirlas;pero, ¿quién se atre
veria á contar las ceremonias de los dioses inmortales y sus
impuros misterios?... No hay punto ninguno en la historia
del género humano en el que el pudor se vieradesterrado con
mas cuidado que lo que lo era en los misterios de la re
ligion.
16

Bajo esta plebe que se creia libre, y bajo estos patricios


que no tenian mas bienes, mas vida ni mas honor que lo que
les dejaba el César, gemia el pueblo inmenso de los esclavos,
privados de todos los derechos de la humanidad, y aun de la
cualidad de hombres. Trabajaban, morian, servian segun el
capricho y el interes de sus señores. El proverbio decia que
para el esclavo no debia haber reposo: Non est otium servis.
El esclavo no tenia alma: la Grecia le llamaba un cuerpo, sóma;
Roma una cosa, res. No era sino un instrumento del que era
lícito servirse sin tregua y sin escrúpulo hasta que se gastara.
Y cuando la vida del esclavo duraba mas que sus fuerzas,
la celebrada prudencia de Caton enseñaba á matarle de ham
bre. Algunos patricios dedicaban sus esclavos á la mendici
dad,mutilándoles con la ingeniosa crueldad de la avaricia,
con el fin de que escitaran mas fuertemente la piedad de los
transeuntes. Esta industria era muy practicada, y, como su
cede en toda industria, habia en ella competencia. Si alguno
de los poseedores de esclavos mendigos veia en alguna parte
á un esclavo mas estropeado que los suyos ó cubierto de lla
gas mas terribles y espantosas, escogia en su rebaño á aque
llos que le cuadraba para asemejarles con el que habia visto;
condenándoles á un suplicio tan largo como su miserable vida,
para que le llevaran por las noches algunas monedas mas.
Para proteger la vida de los señores contra la desesperacion
de los esclavos, la ley no apremiaba á los primeros á que los
trataran mas humanamente: por el contrario, condenaba á
los esclavos, aun cuando fueran toda una nacion, al supli
cio, si su señor moria de muerte violenta. Así es cómo fueron
esterminados en tiempo de Neron por órden del Senado, y á
pesar de los murmullos del pueblo, los cuatrocientos esclavos
de Pidanius Secundus, á quien se asesinó en su casa.
Esta era la gran Roma, señora orgullosa de las naciones;
esa Roma que recitaba los versos de Horacio y de Virgilio;
esa Roma en la que la voz de Ciceron acababa de apagarse;
esa Roma en la que Tácito y Séneca escribian; la Roma, en
fin, de César y de Augusto, llena de monumentos, de rique
zas, de obras maestras, llena hasta de sabiduría, y la Roma
17

que, dice Montesquieu, estableció su imperio sobre la despo


blacion del universo (1).
Tal fue la Roma pagana. Siempre el carro vencedor, á
que estuvieron ligados por la fuerza los pueblos todos del
mundo; siempre la cadena, que aherrojaba libertades, y la
espada, que destrozaba impasible independencias ajenas: nun
ca el corazon, que sabe sostener la vida en los miembros mas
distantes de su centro; nunca el alma, que sabe inspirar vir
tudes: ni un lazo de amor, ni un vínculo de fraternal amistad.
Grande con la magnitud del mal, con la estension aterradora
del crímen espuesto en todas sus fases, jamás pudo causar un
sentimiento de admiracion ni escitar un motivo de justo
agradecimiento. Los hombres sensatos, los verdaderos filóso
fos que habian bebido su ciencia en las doctrinas de Epicteto
y de Zenon, calificaban de locura el vértigo que la Ciudad
Eterna padecia; y solo los malvados, los criminales todos á
quienes la capital del mundo prodigaba un maternal amparo,
y sus legiones refugio, se estasiaban ante el Capitolio, en que
Tiberio, Claudio y Neron consumaron sus maldades; ante las
Termas, mudas espectadoras de horribles y de tremendos crí
menes, y ante los templos en que las orgías de Baco precedian
á las lúbricas saturnales con que á Vénus se tributaba el mas
infame culto; solo ellos podian suspirar por el circo, como ellos
solos pudieron aplaudir al Senado al votar la proscripcion de
los pobres, y á Calígula al hacer arrojar sobre la arena del
circo á los espectadores de las luchas cuando no hubo gladia
dores, despues de mutilar sus lenguas para ahogar sus la
mentos y quejidos; sí, ellos solos; los que con el fango de sus
vicios escribirán una asquerosa historia en que las generacio
nes venideras aprendan á conocer que el ángel de la corrup
cion y de la muerte habia batido sus negras alas sobre la Ro
magentil, preparándola así á su trasformacion por medio del
Cristianismo.
En efecto. La hora habia sonado, y el universo entero se

(1) Louis Veuillot: Refutacion de algunos errores sobre el Pontifica


do, cap. I, párrafo tercero, pág. 30 y siguientes.
18

habia conmovido al saber que el hombre muerto en la Cruz


en las alturas del Gólgotha,y que tantas maravillas habia
obrado, habia resucitado; y trémulo, esperaba algo desconoci
do de los discípulos que en Jerusalen dejara la inocente y
pura Víctima sacrificada á la envidia farisáica. Hé aquí que
de allá, de los confines de Judea, con paso lento, cual convie
ne al servidor que lleno de fe descansa en la palabra del Se
ñor, caida la cabeza sobre el pecho en pensativa actitud, su
barba flotando á la merced del viento, bien así como sus tos
cos cabellos, descalzo, envuelto en la túnica de los hijos de
Jacob, hinchado por las auras el manto con que sus miem
bros encubre, el báculo del peregrino entre sus manos, col
gando mística cruz de su bronceado cuello, y un signo de tris
teza profunda y lástima sin igual sobre su espaciosa frente,
descendia un hombre pobre, cercano á la ancianidad, que allá
en los exaltados sueños de su acalorada mente habia pensado
y soñaba con la conquista de Roma. Y él, solo, desprovisto de
riquezas, exhausto de ciencia, falto de relaciones sociales; él,
preso, milagrosamente evadido de las cárceles judías, sucio y
andrajoso, hijo de un pueblo esclavizado por los Césares, cuyo
yugo maldecian los que con dolor veian roto el cetro de la
casa de Judá, creyente de un nuevo culto condenado y per
seguido, osaba en su profundo delirio penetrar resuelto en
la ciudad de los tribunos, de los Emperadores y de los jugla
res y poetas, predicando un Dios desconocido hasta enton
ces... ¡Oh! ¡sin duda era esto el desvarío de un loco ó una
empresa digna de todo el poder de un Dios (1). ¿Qué pasó en
el alma de ese hombre al posar su planta sobre la altiva Reina
del orbe? Algo grande escucharia en el fondo de su sencillo
corazon, porque con mano trémula escribió en un muro antes
de entrar: Pedro, Apóstol de Jesucristo. Y Pedro iba á
Roma á proclamar al Dios único, al Dios casto, al Dios justo,
al Dios misericordioso y compasivo, al Dios terrible, al verda
dero Dios. Iba á establecer la humildad en ese reino del or

(1) Augusto Nicolás: Estudiosfilosóficos sobre el Cristianismo, to


mo III, cap. VI, pág. 266.
19

gullo, la pureza en ese centro de la lujuria, la libertad cris


tiana en ese infierno de la tiranía. Iba á llevar la familia con
la indisolubilidad del lazo conyugal, y el respeto á la vida de
los hijos: iba á restituir al esclavo su cualidad de hombre,
añadiéndole la dignidad de hijo de Dios: iba, donde estaba el
imperio de Neron, á establecer el imperio de Jesucristo (1).
Tal era su voluntad, tan tremenda su mision; pero su volun
tad era la voluntad de Dios, y su mision la recibió de los cie
los. ¿Quereis saber lo que hace ese pobre pescador de las ri
beras del mar de Galilea en el recinto de la opulenta y orgu
llosa Roma? Venid á las plazas, corred á los templos, llegad á
las encrucijadas, y doquiera que haya gente aglomerada, do
quiera la multitud rugiente de furor, pero muda de asombro,
se agolpe y se estremezca, deteneos allí, prestad atencion,
ved... y oid. Es que aquel estranjero, despues de escandalizar
al gentilismo, elevando sobre él la Cruz de los esclavos y ban
didos, osa condenará Roma en sus mas caras costumbres, en
su mas preciado culto: es que el rústico filosofa en térmi
nos que los sabios bajan su vista avergonzados; es que el
pobre reparte las riquezas de su caridad inmensa de modo
que las familias consulares se miran sorprendidas á vista de
tanto escándalo; es que el pescador habla al pueblo en un
lenguaje que nunca usaron Demóstenes ni Ciceron; es que el
creyente se eleva hasta el trono de su Dios y publica las mi
sericordias que con el universo ha usado por el ministerio de
la Cruz; es que el Apóstol predica la Religion esencial, espiri
tual, la Religion de la verdad, de la gracia, de la justificacion
y de la santidad; es que, en cumplimiento á la promesa de su
divino Maestro, pesca hombres (2), y, como primer Pontífice
Sumo de la católica Iglesia, toma posesion de Roma en el
nombre de su Dios, desde el trono de la palabra con que vie
ne á renovar la faz del mundo.

(1) Louis Veuillot: Refutacion de algunos errores sobre el Pontifica


do, cap. I, párrafotercero, pág. 36.
(2) Ambulans autem Jesus juxta mare Galileae, vidit duos fratres,
Simonem, quivocatur Petrus, etAndream,fratrem ejus... Et ait illis:
Venite post me, et faciam vos fieri piscatores homimum. (S. Mateo,
cap. IV, versículos 18 y 19.)
20

Ya ha establecido la Iglesia este hombre estraordinario,


cuya alma inflama el fuego del Espíritu Santo que sobre él
descendió en el Cenáculo, por toda la Judea, el Ponto, la
Galacia y Antioquía, y viene ahora á buscar una capital digna
de ella, allí donde mayores dificultades ofrece la realizacion
de su aventurada empresa; y por eso viene á fijar su poder
invisible y misterioso allí donde con mas facilidad habrá de
servir á la regeneracion universal. Ha arrostrado las iras de
los fariseos y saduceos coligados; ha vencido á Herodes desde
la oscuridad de su prision tenebrosa, y henchido de fe se
presenta cabe las siete colinas á derrotar las falanges de un
paganismo insensato: ¿qué le importan, pues, los anatemas
del pueblo que le escucha, ni la estúpida rabia del parricida
Neron? Ha arrojado la simiente cristiana entre el satánico
estruendo de los himnos que á los falsos dioses se elevan en
la metrópoli del mundo, y confiando en que un dia fructifica
rá, continúa impasible su marcha hácia el suplicio que en
lontananza le espera. Y el hombre que ha sido constituido
fundamento de la nueva Iglesia (1), el Pontífice máximo
que ha hablado ante sus hermanos por inspiracion del Espí
ritu de Dios (2), el representante de Dios, que disponiendo de
las almas (3) ha castigado los cuerpos de Ananías y Safira con
la muerte temporal, cual prueba de su elevado poder (4); el
Apóstol cuya palabra ha conmovido á la Jerusalen deicida, y
cuyo sobrehumano acento ha sido un suspiro de esperanza
para la Ciudad Eterna, humilde, paciente y resignado, sale un
dia de la cárcel Mamertina, atraviesa lleno de placer el Foro,
en el que el Senado tenia sus sesiones en frente á la tribuna
muda (5), llega al camino de Ostia, donde encuentra á su com
(1) Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam.
(S. Mateo, cap. XVI, v. 18)
(2) Hechos de los Apóstoles, cap. I, v. 16.
(3) Quodcumque ligaveris super terram, erit ligatum et in coelis; et
quodcunque solveris super terram, erit solutum et in caelis. (S. Mateo,
cap. XVI, v. 19.)
(4) Ananías... cecidit, et expiravit... Uxor ipsius... Confestim ceci
dit ante pedes ejus (Petri) et expiravit. (Hechos de los Apóstoles, cap. V,
versículos 5, 7y 10.)
(5) Louis Veuillot: Refutacion de algunos errores sobre el Pontifi
cado, cap. I, párrafo cuarto, pág. 37.
21

pañero Pablo, que iba tambien á morir, condenado por el Cé


sar, y derrama su sangre cabeza abajo desde la Cruz con que
hizo su entrada en Roma, al mismo tiempo que entrega su
pobre báculo, signo de su suprema potestad, á un desconoci
do, á Lino, que confundido entre la plebe y próximo al lugar
donde se consumaba el drama, el suplicio del Apóstol contem
plaba con dulce y tierna sonrisa.
Y, sin embargo, Neron se equivocó. Creyó ahogar en la
sangre de los dos grandes Apóstoles aquella rígida Religion,
que se elevaba imponente condenando sus maldades y los crí
menes de su pueblo, y cristianos surgieron por doquiera, con
testando con valor al mudo soplo que desde el Sepulcro apos
tólico les recordaba la doctrina que escucharan; y Galba, Oton,
Vitelio y Vespasiano se encontraron impotentes para conte
ner aquel torrente de fe que empezaba á formarse manso y
tranquilo á su vista, y que un dia, desafiando la cólera de
Domiciano, los edictos de Trajano, las órdenes de Marco
Aurelio, los preceptos de Septimio Severo, las exigencias de
Maximino el Tracio, las persecuciones de Decio, las cruelda
des de Valerio, los proyectos de Aureliano y los sanguinarios
decretos de Diocleciano y Maximiano, habian de invadirlo todo
y ocuparlo todo, segun la hermosa frase del gran apologista
Tertuliano: De ayer somos, y todo lo llenamos: ciudades, islas,
castillos, consejos, campamentos, tribus, decurias, palacio,
Senado y Foro; solo os dejamos vuestros templos (1).
¡Ay! La gran capital pagana estaba herida de muerte
desde el principio de su ser por la corrupcion que siempre ali
mentó en su seno; y el Eterno, fijando en ella una inefable
mirada de inmensa misericordia, quiso probará los siglos que
nada resiste á su poder, aunque para cosas grandes se sirva de
instrumentos pequeños, débiles y groseros, segun el espíritu
del hombre. Y luego, sobre el sepulcro de aquel pobre pesca
dor de Galilea, hecho pescador de hombres; sobre aquella tierra
del Janículo empapada en la sangre de Simon, se asentaron
en los tiempos subsiguientes los sucesores de Pedro, Gerarcas

(1) Tertuliano: Apologético ad Romanos.


22

sumos de la Religion católica, llenos de fe, armados de valor,


henchidos de caridad y despidiendo destellos esplendentes de
santidad y virtud que atraian y confortaban. En las Cata
cumbas, durante la celebracion de los divinos oficios; al pie de
los patíbulos en que inocentes y tranquilos rendian sus almas
á Dios los mártires del Cristianismo; en las vias donde se les
daba fraternal sepultura; entre los pobres que padecian las ne
cesidades del hambre y los tormentos de la enfermedad; en
todas partes, en fin, donde habia un consuelo que prestar, una
lágrima que verter ó una oracion que elevar, allí estaban pre
dicando la moral mas pura, la mas rígida virtud, la santidad
de vida mas singular; sosteniendo á los fuertes, animando á
los débiles, conteniendo á los mas atrevidos, y recibiendo el
mas profundo homenage de amor y veneracion de todos aque
llos por quienes á su vez derramarán la sangre con placer y
con valor. Tal fue en los tres primeros siglos de la Iglesia la
mision de los sucesores de San Pedro. Sufrir siempre persecu
ciones; orar por la grey universal á su solicitud confiada;
reprimir los escesos de los novadores y herejes; bendecir al
hombre en el nombre de su Dios; dirimir las pequeñas con
tiendas suscitadas en su rebaño; predicar á Jesus crucificado,
y perder luego la vida en confirmacion de la doctrina que en
señaron y de la creencia cuyos primeros ministros, sostene
dores y mártires fueron. Y, sin embargo, despues de diez y
nueve siglos canta la humanidad sobre el sepulcro de Pedro
Tu es Petrus, y se arrodilla confusa para recibir la bendicion
de su Santo sucesor... ¡Oh! Si el Circo y las Catacumbas ha
blaran, ¡cuántas lágrimas no caerian de nuestros ojos, cuántas
oraciones no elevaríamos á Dios, cuántas veces no nos heri
ríamos el pecho por nuestros pasados crímenes, y cuántas
gracias no tributaríamos al Eterno, que aun nos deja lanzar
un acento de dolor en defensa del Pontificado, tan vil éinicua
mente oprimido!
Vosotros los que escarneceis su santa majestad; vosotros
los que desoís su voz, porque soñais con el gentilismo anti
guo;vosotros los que buscais el orígen y el principio del po
der pontificio, ¿quépretendeis?... Preguntais cuál fue en los
23

tres primeros siglos la jurisdiccion de esos hombres estraordi


narios, siempre perseguidos, siempre pobres, y que no obstan
te han legado á sus sucesores en herencia la triple corona del
Padre, del Rey y del Sacerdote. ¡Por Dios! Si en la parte es
piritual abrigais dudas, preguntad á Cerinto, á Basílides y
Saturnino,á Valentin y Marcion, á Montano, á Celso, á Bar
desanio y Carpócrates, á Praxéas, Teodoto y Artemon, á Fe
licísimo y Novato, á Novaciano y Sabelio; preguntad á Ter
tuliano, y el gran escritor os dirá, entre ayes y sollozos, que es
su poder el de Dios, y que el que choca contra esa piedra
queda deshecho por siempre (1). Sí; su jurisdiccion espiri
tual existe y se revela dictando preceptos, condenando here
jías, y separando de la comunion de la Iglesia al gran Oríge
nes en pena de sus errores. Por lo demas, en la parte tempo
ral os he citado la muerte de Ananías y Safira, en castigo de
la estafa con que mintieron á Dios: ahora ved á qué tribunal
acuden los cristianos á dirimir sus contiendas y á arreglar sus
diferencias. No se citará jamás un solo ejemplo de controver
sia ó litigio llevado al tribunal de los Césares á buscarle solu
cion: los Papas deciden con su suprema razon, con su inmu
table equidad sobre lo justo y lo injusto, amparan al huérfa
no, protegen á la viuda, levantan su voz en defensa de los in
justamente oprimidos, y por el ministerio de sus diáconos
prodigan el vestido y el sustento á los pobres que á su bon
dad acuden, en vez de demandar el trigo que los Emperadores
reparten. Pedid noticia de ello, si esto no os basta, á tres siglos
de persecuciones, de desolacion, de prisiones y de sangre, de
cadenas y tormentos, de peregrinacion, de hambre y de mise
ria y muerte, en que tienen los Pontífices por diadema la co
rona del martirio, por manto el harapo del proscrito, por
cetro una miserable cruz y por trono un vil cadalso, y en los
que, sin embargo, se inclinan ante su autoridad porcion respe
table de criaturas, que besan, ebrios de amor y trémulos de
respeto, sus encallecidos pies, ellos, que evitan la ocasion de

(1) Omnis qui ceciderit super illum lapidem, conquassabitur; su


per quem autem ceciderit, comminuet illum. (S. Lúc., cap. XX, v. 18.)
24

estampar sus labios sobre la pulcra mano del César. ¡Su juris
diccion, su poder!! Escritas están sus crónicas con la sangre
que vertieron; buscadlas, leedlas, enseñadlas á los pueblos, y
decidles que suspirais sin cesar por la vuelta de aquellos tiem
pos de infamia y de crímen sin término ni fin. ¡Su jurisdic
cion, su poder!! Con caractéres brillantes de imperecedera glo
ria, que nunca podrá oscurecer el hombre, aparecen entre el
fango de la maldad gentílica, orladas por el amor, circunda-
das del respeto, rodeadas de la filial sumision de millares de
personas que han menester su creencia para escuchar con ve
neracion y ejecutar al punto las órdenes de paz y de obedien
cia que, como debidos á los Césares, que buscan su sangre con
un indecible afan, recomiendan constantemente á los hijos de
la Iglesia que Dios puso á su cuidado. Sí; mal que pese á la
impiedad desbordada de nuestros dias, por mas que el espíri
tu de Lucifer, que parece animar al mundo en estos tiempos
de corrupcion y de escándalo, se agite y se revuelva, siempre
será una verdad que, ademas del supremo poder espiritual,
ejercieron los Papas desde su principio, por una admirable dis
posicion de la Providencia eterna, cierto género de jurisdic
cion temporal que en vano se podrá negar. No dominaron so
bre los pueblos paganos, pero hicieron respetar sus decisiones
de la sociedad cristiana, que á su autoridad recurriera en todo
tiempo; no tenian Estados temporales, como tampoco tuvie
ron una existencia oficial en materias religiosas, como care
cieron en la Iglesia, tan cruelmente perseguida entonces, del
esplendor de que el Pontificado ha gozado desde la paz de
Constantino á nuestros dias; mas es un hecho innegable que
tuvieron súbditos que mas se reputaban hijos suyos que va
sallos del César, y que á su prudencia y autoridad acudian
los que jamás hubieran pisado lostribunalesgentiles, á no ser
para confesar sufe. Y no era solo entre los cristianos entre
los que se admiraba y bendecia aquella autoridad protectora
y justa: los mismos paganos, que á su patria amaban, odian
do el incesto, el asesinato, la embriaguez y el crímen, que á
su vez se sentaron en el trono del imperio, admiraban las vir
tudes de los cristianos y confesaban la grandeza de sus Pon
25

tífices, al mismo tiempo que se elevaba en sus almas un sen


timiento de horror contra el despotismo cruel, loco, horrible,
insensato, de los Césares-Pontífices, cuya memoria era execra
ble al mundo; porque ese recuerdo era la época de Tiberio,
Calígula, Claudio, Neron, Caracalla y Heliogábalo.
Entre tanto la calma renacia por todas partes, y una espe
ranza sonreia á los cristianos. Constantino habia subido al tro
no, y, declarado Augusto, devolvia la pazá la Iglesia por
medio de edictos encaminados á contener la efusion de san
gre que hacia tiempo amenazaba ahogar al universo. Los Em
peradores romanos, sus predecesores, quisieron arrancar de
cuajo la Cruz que Jesucristo plantó, y sus esfuerzos fueron
inútiles y vanos: intentaron borrar hasta el recuerdo del
Evangelio, predicado por Pedro, con sus órdenes de proscrip
cion y muerte, con sus tormentos, sus ejecuciones y sus ver
dugos, con sus ejércitos y su oro, con la firmeza que presta
la posesion y la fuerza que da siempre á las naciones el apoyo
de su gerarquía sacerdotal, con todos los medios de triunfar,
anonadando aquella doctrina estraña que vino á turbar la pla
centera calma en que Roma se encontraba absorta, y fueron
derrotados y vencidos por hombres, mujeres, ancianos y niños,
débiles, pobres é indefensos, cuyas armas, cuyo oro, cuyas in
fluencias estaban reconcentradas en sus heróicas virtudes y
en su inquebrantable fe. Y toda esa inmensa multitud de cris
tianos, aprestada á la muerte por medio de su insigne santi
dad, y que será semilla de siglos y de generaciones cristianas,
toda esa muchedumbre de fieles que nacen, viven y mueren
á la sombra del sepulcro del Príncipe de los Apóstoles y bajo
el báculo de los Pastores que rigen la Iglesia universal desde
San Pedro hasta San Melquiades, apacible, mansa, humilde,
sin exhalar una queja, sin proferir un grito, animada de la
mas santa caridad, pudo respirar al fin el aura de la tranqui
lidad en el momento en que la division del imperio entre los
dos Augustos, los dos Césares y los dos usurpadores parecia
amenazar mas de cerca su existencia. Pero plugo á la Provi
dencia de otro modo, concediendo gracia á Constantino y co
ronándole una y otra vez con el laurel de la victoria, hasta

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26

que vencido Magencio por el ministerio de la Cruz en la jor


nada del Monte Milvio, el gran Emperador concedió por su
edicto de Milan derecho de tolerancia á la Esposa del Cordero
en 311, triunfando así el Cristianismo de la supersticion pa
gana, y el Pontificado católico del imperio de los Césares ro

II.

Constitucion.

Desde 312 á 554.

Las eminentes cualidades que descollaban en Constantino,


lo arduo de la empresa que sobre sí echaba con el gobierno
del territorio inmenso que bajo su cetro puso la Providencia,
y las circunstancias difíciles en que empezó su reinado, hicie
ron fijar en él todas las miradas, como despues se han elevado
contra el mismo Emperador la crítica y las exigencias de la
historia. Sin embargo, por mas que alguna vez haya olvidado
esta lo difícil que es el arte del gobierno en épocas de una
transicion tan radical como la en que Constantino empezó á
imperar, unánimemente le ha otorgado en todo tiempo el epí
teto de Magno con que los siglos le conocen, mal que pese á
escritores poco concienzudos, que han intentado, aunque en
vano, oscurecer su renombre con los recuerdos de Licinio, de
Ascanio, de Maximiano, de su hijo Crispo y de su esposa
Fausta (1). Su nombre es de esos que viven eternamente y
que jamás podrán empañarse con impuro aliento, y su memo
ria se elevará constantemente por cima de las pasiones huma
nas, por mas que, como frágil mortal, cometiera sus desmanes.
Dotado de gran talento natural y de una asombrosa acti
vidad, la precision con que alcanzaba el éxito en los asuntos
mas difíciles y arduos venia siempre á probar la grandeza de

(1) Todos ellos fueron muertos por órden de Constantino, en justo


castigo á sus escesivos crímenes. La traicion causó la muerte de los
unos, y la infidelidad y el deshonor prepararon el suplicio de los otros.
27

su inteligencia y la estension de su superior comprension. De


alma elevada y noble, aunque tardo en olvidar agravios, era
fácil en recordar favores, que siempre con mano pródiga re
compensó:y si no tuvo en ocasiones el valor de sus creencias,
cúlpese al intolerante gentilismo, ya que él supo hacerlas res
petar, respetándolas él mismo. Con estas prendas, pues, no era
penosa para Constantino la eleccion entre el paganismo, que
llevaba al mundo á la disolucion y al caos y á Roma á una
ignominiosa ruina cierta é inevitable, y el Cristianismo, que,
ennobleciendo al mundo con virtudes que no conoció jamás,
venia á ornará la ciudad de los Césares con todos los resplan
dores de la Cruz, salvándola de su segura muerte. Así lo com
prendió sin duda el Emperador de que nos ocupamos. La hija
de los triumviros, de los cuestores y de los tribunos estaba
abrasada de la fiebre del crímen que venia consumiendo su
existencia; y los pueblos, con marcada repugnancia y con vi
sible asco, rechazaban ya aquel culto insensato, pueril y ver
gonzoso que solo engendraba el vicio, deificando las pasiones
todas, para llevará la humanidad á lo mas profundo y ab
yecto del abismo. Y en tanto que Luciano se mofaba de los
prosélitos que el Cristianismo hacia, Constantino estudiaba
el Evangelio, y comprendia que si esta Religion salvaba al
mundo, el Pontificado era tambien á su vez la única salvacion
de Roma. Corrompida esta gran ciudad, segun dijimos en el
capítulo anterior, no era bastante el poder de los jefes del im
perio para hacerla entrar de su grado en la senda que las na
ciones cultas recorren. La fuerza, por otra parte, que puede
destruir crímenes, no sabe inspirar virtudes; era preciso, por
lo tanto,otropoder mas alto que el de los Césares, mas vigo
roso, mejor organizado, con mas vida, y que, teniendo por
suyo el porvenir, no tuviese tras sí un solo recuerdo de que
tener que avergonzarse. No era suficiente, no, el brazo de
hierro de los Emperadores para sujetar tantas pasiones desbor
dadas, anonadar tantos vicios desencadenados, domeñar tan
tas maldades en perpetua agitacion, y asentar sobre el trono
de lo bueno, de lo justo y de lo bello á la verdad, que huyó
de las orillas del Tíber para no volver sino con Pedro. Se ne

---------------- — - -" -
28

cesitaba otra mano, otra fuerza moral que por el ministerio


de la palabra, hablando á la razon del hombre, á su concien
cia aletargada y á su alma adormecida, le elevase hasta sí
mismo para elevarlo hasta Dios. Y esta fuerza siempre mul
tiplicada por sí misma, este poder sobrehumano é inmutable
como la voluntad divina que lo sostenia, eran la fuerza y el
poder de los Papas, que entre el ruido de las cadenas que los
aprisionaron, de las voces que los condenaron y de las hachas
que hicieron rodar sus cabezas ungidas por el óleo santo, su
pieron hacer lo que no pudieron consumar los Césares en sus
tronos con sus leyes, con sus ejércitos, su magistratura y su
Senado: formar una sociedad llena de vida, de lozanía y de
vigor, moralizar á las masas, y hacer conocerá aquellos de
gradados ciudadanos la dignidad de hombres y la cualidad de
hijos de Dios.
Estas y otras maravillas que la Iglesia naciente obrara en
el órden social, sus brillantes y múltiples conquistas en la re
gion de las almas, el renacimiento de los pueblos, que impulsó
con sus preceptos sobre la caridad fraterna, y la solidez de su
estructura esterior, hirieron tan profundamenteáConstantino,
que, no contento con su edicto de tolerancia, promulgó otro
concediendo entera y absoluta libertad á los cristianos para
profesar públicamente su culto. Y él mismo, pagano y Pon
tífice Máximo, gentil aun, se apresuró á dar á esa Iglesia un
brillante testimonio de admiracion y respeto, concediéndole
en 321 el derecho de recibir donativos y legados ad tempus
et in perpetuum, colmándola al mismo tiempo de dádivas sin
gulares, cuya posesion garantizaba para siempre. Y aquella
filial veneracion de los primeros cristianos, aquel respeto re
ligioso con que sus pequeñas diferencias llevaban al tribunal
Pontificio, diera tantos y tan magníficos resultados en pro de
la paz y el bienestar de las familias, que el hombre estraordi
nario de quien hablamos creyó hacer un bien de gran valía á
sus súbditos otorgando á los Obispos el derecho de juzgar en
las materias civiles, ordenando que sus sentencias tuviesen
fuerza de ley, en cuya inmediata ejecucion vigilarian los ma
gistrados y jueces del imperio.
29

Hé aquí, pues, el derecho siguiendo directamente al he


cho. La Iglesia y sus Pontífices, porque son inseparables, en
la oscuridad de las Catacumbas y entre el rugir de horrenda
persecucion, administran y distribuyen las ofrendas que los fieles
ponen á sus pies; apaciguan, calman sus sentimientos, pro
nuncian su fallo en equidad y justicia, y hacen desaparecer
sus quejas. Pues bien: en el momento en que la persecucion
cesa, cuando el templo se eleva grandioso y lleno de majestad
en el sitio que antes ocupó el cadalso, y la Cruz se ostenta
gloriosa en los aires, nuevo símbolo de la alianza que el cielo
ha establecido con la tierra; cuando la Iglesia es reconocida
oficialmente y la ley viene águardar su existencia y á prote
gerla en su modo esterior de ser, lógica y consecuentemente
se pone entre sus derechos el imprescriptible jusin re: es mas;
se la otorga facultad para que sus Prelados ejerzan jurisdic
cion ordinaria en asuntos temporales, y el Emperador pone
por fianza de ello su firma y su solemne palabra. El Pontifica
do, suprema autoridad cristiana, ocupó en las criptas un lugar
de privilegio, bien así como en los tormentos y el patíbulo:
el Pontificado, pues, ademas del derecho que su poseedor
como ciudadano representa, debe tambien obtener un puesto
de preeminencia en las adquisiciones que la Iglesia haga y en
la potestad temporal que á los Obispos se otorga.
Dos acontecimientos de gran importancia y de trascenden
cia suma ocurrieron por este tiempo. Trescientos diez y ocho
Obispos, sacerdotes y diáconos, se unieron en Nicea; y aque
llos personajes venerandos, de los que muchos ostentaban en
sus cuerpos las señales del martirio que sufrieran en las pasa
das persecuciones, condenaron la herejía de Arrio, fijando el
símbolo de la fe, que canta aun la Iglesia de Jesucristo al
cabo de quince siglos. Vencido Donato, condenado Arrio y cu
briendo la Cruz con su protectora sombra á los pueblos, que
la humedecian con las lágrimas de su amor y su respeto, es
taba ya completa la revolucion en el órden religioso.
El Cristianismo, entre tanto, se estendia por todas partes,
y á todos los puntos del globo llevaba la vida y el bienestar
social. Ennobleciendo á la mujer y haciéndola la tierna com
30

pañera del hombre en este valle de dolores y de penas; compa


deciendo al huérfano y dándole una cuna en la cual pudiera llo
rar el abandono en que el mundo le tenia; señalando un rango
al pobre yadmitiéndole á las grandezas de la gerarquía católica;
consolando al esclavo y manumitiéndole en nombre del espí
ritu de Dios, que es la libertad (1); venerando al anciano y
mostrando á las generaciones sus blancos cabellos como coro
na de majestad y gloria, la nueva Religion, que santificaba el
matrimonio y erigia hospitales y recogia á los sanguinolen
tos (2), probaba á la sociedad que hay tambien felicidad y go
ces en el bien que se practica. Así es que sus ministros, cons
tantemente respetados, mirados con gran veneracion sus Obis
pos, y su Pontífice Sumo recibiendo los homenages de la ciu
dad del Tíber, debieron decir á Constantino que era forzoso
olvidará Roma; que no era él, pobre mortal, frágil y mise
rable pecador, quien habia de borrar los recuerdos republica
nos, que eran la memoria ignominiosa de la Ciudad Eterna, ni
destruir aquellas falsas deidades que se hallaban entregadas
al olvido, y cuyos oráculos yacian en un aterrador mutismo.
Ygrande en esta ocasion, como siempre, marchó el Empera
dor á las orillas del Bósforo, y entre el Asia, que iba quedando
en tinieblas, y la Europa, cuyo cielo iluminaba el sol del Evan
gelio, echó los cimientos de Constantinopla sobre el sitio que
en lo antiguo ocupó Bizancio. Concluidos los trabajos en 330,
apareció á la faz del mundo una nueva Roma con su Senado,
sus tribus y sus curias, con palacios, acueductos, pórticos, ter
mas y miliarios.
Constantino fijó en ella su residencia con su brillante cor
te, abandonando así la capital del mundo al benéfico influjo
de los Papas, y comprendiendo que, grande la majestad del
Imperio, é inmensa la gloria del Pontificado, no habia punto
ni lugar alguno en el mundo, por mas que fuese Roma, en

(1) Ubà autem Spiritus Domini, ibàlibertas. (S. Pablo, Ep.2ºá los
Corint, cap. III, v. 17.)
(2) Llamábanse así los recien nacidos que sus padres abandonaban,
y que durante la noche solian ser devorados por los lobos que bajaban
de los Abruzzos.
- T -------

31

que pudiesen encontrarse juntos el báculo del Pastor y el ce


tro del Soberano, á menos que una misma mano los reuniese
ambos. Él observó que los Emperadores pudieron existir en
Roma en tanto que fueron Pontífices gentiles; que la ciudad
Foro era la ciudad pontificia, y por eso en el momento en
e su título de Pontífice Máximo no es mas que una irrision;
n el instante en que la supremacía sacerdotal del paganismo
se eclipsa ante el Pontificado católico, y los ídolos se pulveri
zan en presencia del Cristianismo, cede el puesto humilde
mente á la santa autoridad de los Papas, y realiza en parte el
hermoso sueño de la capital del orbe. Lejos del Emperador,
queda bajo la custodia del Pontificado, y esta salvaguardia,
esta égida protectora era la que sin duda necesitaba para ser
culta ciudad antes que cabeza de una nacion, cuyos límites se
rian los polos sobre que descansa el mundo.
Veinticuatro Emperadores ocuparon el trono de los Césa
res en los ochenta años últimos, y dos únicamente murieron
en el lecho del dolor. Todos los demas perecieron violenta
mente á manos del puñal ó del veneno; y esto, mejor que nin
guna otra consideracion, puede decirnos la diferencia in
mensa que existia entre aquellos tiranos, siempre ávidos de
sangre y de esterminio, en los que al fin se cebaba el furor
de los soldados ó la indignacion del pueblo, y aquellos ancia
nos, siempre respetados, siempre bendecidos,siempre amados
de ese mismo pueblo, que con puro acento tributaba gracias á
aquellos que en el nombre del Señor vinieron á sentarle al
festin de la civilizacion y de la paz. Así, instintivamente,
aquellas turbas, siempre groseras y revueltas en tiempos del
paganismo, se hicieron mansas, generosas y obedientes bajo
el báculo de los sucesores de San Pedro, cuyas virtudes respe
taban y encomiaban, en tanto que despreciaban con un pro
fundo desden los vicios que el cesarismo encerraba.
Sin embargo, el imperio habia sufrido una gran trasforma
cion desde la propagacion del Cristianismo y predicacion del
Evangelio entre los hijos del Lacio, y á proporcion que los
falsos dioses se veian abandonados, las costumbres se rehacian
sobre el fundamento de la moral cristiana, se suavizaban, fun
32

diéndose en el crisol de la caridad evangélica,y los horrores


del vicio desaparecian al soplo misterioso que, penetrando en
todas partes, todo lo vivificaba. Con tal y tan radical mu
danza, con el entusiasmo que presidió á la fundacion de Cons
tantinopla, esforzándose todos á porfía por hacer de ella una
ciudad enteramente cristiana con las luces importadas de Ro
ma, con la esperiencia que engendraron los sucesos y con la
nueva creencia que henchia las almas todas de fe para el por
venir que risueño se ostentaba en lontananza, como la albo
rada de un bello dia de primavera, el trono de los Césares no
fue ya el asiento del crímen, ni su palacio el templo de la mal
dad, en tanto que con verdad se inclinaron ante la Cruz, que
ya ornaba y ennoblecia sus coronas. Joviano borró con sus
virtudes el recuerdo de Magencio y de Constancio; y Valen
tiniano, con su severidad en castigar los malhechores, con sus
leyes sobre los espósitos, sobre la disciplina de las escuelas,
sobre la creacion de médicos dotados para la asistencia de los
enfermos pobres de Roma, sobre el establecimiento de patro-
nos por ciudades, oscureciendo los crímenes y las maldades
del apóstata Juliano, vino á probar al mundo que si la Iglesia
sabe educar á los pueblos en la ley de la obediencia, conoce
tambien el modo de instruir á los príncipes en el arte difícil
de reinar; y á mas de esto, que no fue estéril tampoco el ejem
plo de todas las virtudes de los Papas.
En efecto: en el tiempo en que los Emperadores citados
ocuparon el solio se sentaron en la Silla de San Pedro los Su
mos Pontífices San Silvestre, San Márcos, San Julio I, Li
berio y el español San Dámaso, que en los honores y en el
título que la Iglesia les ha concedido llevan la apología de su
virtud y su fe, si ya no hubiesen mostrado tan singulares
y preclaras prendas en las persecuciones sufridas por causa de
los arrianos, y en el mejoramiento de costumbres que por do
quier se observaba.
Un paso mas, y el paganismo muere y pertenece su fu
nesto recuerdo á la historia, y la civilizacion entona el himno
de sus triunfos al son alegre de los placenteros vítores del
mundo. Ese paso lo dió Graciano por este tiempo rehusando
33

el título vano de Pontífice augusto, arrojando por el polvo el


último baluarte y la esperanza postrera del gentilismo, y con
fesando que uno solo es el augusto, Dios, y uno solo el gran
Pontífice, su Vicario aquí sobre la tierra.
Pero no parecia sino que la Providencia se habia propuesto
renovar de un todo á Roma limpiándola de todas sus malda
des, como se purifica la atmósfera por medio de la tempestad.
El imperio se habia dividido, en el reinado de Valentiniano,
entre este y su hermano Valente, elevado por él al rango de
César, rompiéndose una vez mas ese sueño que se llamaba uni
dad bajo el cetro de la Roma pagana, por exigirlo así el equi
librio social y la razon. Poco avisado Valente, receloso, débil,
cruel y turbulento, prodigó su proteccion á los secuaces de
Arrio, inquietando á los cristianos, conmoviendo al mundo
católico, arrojando á los Obispos de sus Sedes y haciendo sen
tar en la de Constantinopla á un intruso heterodoxo; y sin
duda que hubieran sido mayores los sufrimientos de la Igle
sia si los acontecimientos políticos hubieran permitido á este
Soberano responderá todas las exigencias de los herejes. No
contento con los males que causara, hizo profesar la doctrina
arriana al Obispo Ulfilas, que acababa de convertirá los go
dos, preparando así enormes calamidades al universo, de que
"el cielo sabria sacar sus ventajas por medio del Pontificado en
pro de la sociedad y de la civilizacion de las naciones. Por
fortuna subió al trono de la Ciudad Eterna el gran Teodorico,
y prohibiendo severamente el culto pagano, privando de ho
nores á los herejes contumaces y rebeldes, que enemigos de la
Iglesia lo eran tambien de la paz de los Estados, honrando
los últimos dias del imperio, mostrando virtudes que el solio
no estaba acostumbrado á sobrellevar ni los pueblos á admi
rar, detuvo por algun tiempo aquel tremendo golpe que á la
Europa amenazaba, y cuyos primeros siniestros resplandores
empezaban á iluminar el horizonte con luz tenebrosa y espan
table. Pero murió al fin, y dividido el mando entre sus hijos
Arcadio y Honorio, aquel para Oriente- y este para Occi
dente, en el momento en que el gentilismo muere, en que el
Cristianismo triunfa y en que los bárbaros lo ocupan y lle
34

nan todo en el ejército y en las provincias, avanzó impo


nente la tormenta que en lontananza rugia amenazadora y
terrible.
Alarico habia obtenido de Eutropo, ministro de Arcadio,
que se cuidaba bien poco del gobierno, el mando de la Iliria;
y jefe de un pueblo nómada y osado, poco satisfecho con la
presa que á su voracidad se diera, anduvo largo tiempo er
rante, soñando con una conquista mas espléndida, hasta que
alfin se presentó en son de guerra por los Alpes Julianos
en 403, sufriend9 una horrorosa derrota en el mismo dia de
Pascua. Mas estos no fueron otra cosa que los tristes prelu
dios, el ruido sordo, desconocido y vago que presagiaba la
llegada del torrente invasor que todo lo habia de destruir. Y
así fue en verdad. Aquella irrupcion que por tanto tiempo es
tuvo amenazando á Europa, llegó al fin: y tres años despues,
los vándalos, los alanos, los suevos y los burgondos, á las ór
denes de Regadaise, aparecieron á su vez en los Alpes: y si
bien fueron vencidos, si bien la Providencia no permitió por
entonces que su bárbara planta llegase á hollar el suelo de la
Península, el imperio se conmovió hasta en sus cimientos,
vió la tempestad que sobre sí venia, y lleno de terror con la
sublevacion que por el mismo tiempo consumaron la Bretaña,
las Galias y la España para reconquistar su independencia,
como al fin lo consiguieron, dejó caer su refulgente cetro que
solo el Pontificado podrá levantar del polvo.
La situacion era grave, pero se complicó mas aun con el
asesinato de Stilicon, general de las tropas de Honorio, y que
fue como la señal para entregar al furor de las legiones las
mujeres, los hijos y los bienes que los godos habian dado en
rehenes, cual prenda de su lealtad para el imperio. Un grito
de indignacion, lanzado portreinta mil mercenarios, godos ó
sármatas, llamó en auxilio de los bárbaros á Alarico, que vino
entonces sin dificultad alguna á acampar bajo los muros de
Roma, interceptando sus puertas y cortando la navegacion
del Tíber. El Senado de la Ciudad Eterna, débil y miserable,
se apresuróá parlamentar con los invasores, en nombre de
los que pidió Alarico todo el oro y la plata toda que hubiese
35

á la sazon en Roma, entrando al fin en la ciudad de los Césa


res y revistiendo con la púrpura á un hombre oscuro, reser
vándose el mando de las tropas: acuerdos que fueron servil
mente aceptados por la magistratura y representantes del
pueblo romano, los de Milan y gran parte de la Italia. Mas
el desprecio que este bárbaro hacia del culto que ya profesa
ba Roma, el disgusto con que los ciudadanos miraban la dis
tribucion de oficios entre los paganosy los herejes, la derrota
sufrida por el usurpador en su espedicion al África, y las di
sensiones ocurridas entre este y Alarico, impulsaron al pue
blo, cansado de aquel señor que no daba prez ni honra, á pro
clamar nuevamente á Honorio que estaba refugiado en Ráve
na, negando al mismo tiempo al monarca visigodo la entrada
en la ciudad de los Césares.
La cólera se apoderó de Alarico: nada oyó, nada escuchó.
Marchó al punto sobre Roma, cuyas puertas le fueron abier
tas por los siervos en la noche del 24 de agosto, y ávidos sus
soldados de botin y de matanza, cual fieras lo arrasaron todo,
siguiendo el ejemplo de los esclavos que dieron la señal del
saqueo y de la efusion de sangre. Noche de horrores, de crí
menes sin par, en que el fuego consumió gran parte de her
mosos monumentos; en que las vírgenes consagradas al Señor
fueron vilmente ultrajadas; en que el oro, la plata, la púrpura
y la seda adornaron los carros triunfales de los godos, y en
que los prisioneros hechos, ó fueron atormentados, óreducidos
á la mas degradante servidumbre. No obstante; un edificio
fue esceptuado de tantas crueldades y tamañas profanaciones,
y un hombre débil obtuvo ventajas y mereció respetos que
no consiguió la ciudad del Tíber. El Papa San Inocencio dió
asilo á cuantos buscaron un refugio en la iglesia de San Pedro
y San Pablo, y él permaneció con sus atribulados hijos cu
briéndoles con su manto protector. El Pontificado fue de
nuevo el ángel que preservó á Roma de sangrientos episodios,
dignos de la horrorosa noche en que sin cesar gimió la capital
del mundo; porque el bárbaro no osó levantar su mano sacrí
lega sobre el templo del Señor, y á virtud de órden espresa
del mismo monarca godo, respetaron sus soldados aquella
36

frágil valla que la caridad inmensa de un anciano elevaba


entre su pueblo desolado y sus fieros invasores.
El mundo todo se estremeció, y sus ojos se volvieron hácia.
el Pontificado, que aparecia nuevamente como el ángel de los
divinos consuelos para los hijos de Roma; y San Gerónimo
pudo esclamar desde el fondo de su gruta de Belen: ¡Provi
dencia de Dios! ¡Ha sido vencida y subyugada! ¡Ella, la que
dominó un dia al universo entero y le oprimió con su pesado
yugou Mas este sentimiento de piedad, de veneracion y de
amor que hacia elevar todas las miradas al cielo, dirigiéndolas
desde allí al Trono de los Papas, se sobreescitó estraordinaria
mente sin conocer límites, cuando, saliendo Alarico de Roma
por causa del"hambre y de la peste que amenazaban diezmar
sus tropas, cayó enfermo en la Calabria, siendo conducido por
sus soldados á Cosenza: pero las aguas del Busantin, dice
un historiador (1), saliéndose de cauce, arrebataron el cuerpo
de Alarico, volviendo luego á su curso natural, y robando de
este modo á la posteridad el sepulcro del Rey bárbaro. La
Providencia eterna intervenia así en tantas calamidades; no
parecia sino que ella, que hiciera suya á Roma para los tiem
pos futuros, castigaba de un modo tan terrible la profanacion
inmensa que el Rey godo consumara en la Ciudad Eterna; y
los pueblos que tan tremenda é inmediata pena observaron,
volvieron con nuevo respeto sus atribulados ojos hácia el
hombre singular que así obtenia de Dios una prueba irrecusa
ble de la autoridad divina que ejercia y del derecho que á él
solo concediera de imperar en las orillas del Tíber, con la
doble autoridad del Padre y del Pontífice.
Faltaban aun nuevas victorias al Pontificado, y no tarda
ron en llegará iluminar su grandeza con nuevos y refulgen
tes resplandores. Roma habia perdido el África, y Atila inva
dia la Galia en 451, reclamando de Valentiniano III, á la
sazon Emperador, despues de aterrar á Constantinopla, la
mano de su hermana la princesa Honoria, y la mitad del im
perio como dote. Aetius,jefe de las tropasimperiales, al saber

(1) Julio Zeller: Historia de Italia, tomo I, cap. II, pág. 49.
37

que los hunos habian penetrado en el pais franco, reunió todos


sus soldados, marcha al encuentro del Rey bárbaro, que le
aguardaba en las llanuras de la Champagne, y gana sobre
aquel la memorable victoria de los Campos Cataláunicos. Pero
Atila no era hombre que olvidase fácilmente su venganza ni
diese tregua al rencor; y cuando al año siguiente, rugiendo de
furor, invadió la Italia, Aetius no fue ya tan afortunado como
lo fuera antaño. Abandonado de los suyos, tuvo que dejar
libre paso al jefe de los hunos, cayendo terrible el monarca
bárbaro sobre la desgraciada Aquila, que, defendida con valor
y gran denuedo, fue al fin tomada, saqueada y destruida. El
Emperador huyó de Rávena; el Senado romano, tembloroso y
trémulo, se dispersó fugitivo; el pueblo vertia lágrimas de es
panto, y la desolacion y el miedo se retrataban en todos los
semblantes. Un solo hombre permanecia firme en su puesto;
un solo hombre se conservaba sereno, y tranquilo aguardaba
los sucesos; un solo hombre tenia valor suficiente para esperar
áAtila, y ese hombre no era Emperador, ni general, ni jefe de
una cohorte, ni magistrado, ni juez. Ese hombre era el Papa
San Leon. No tenia un ejército, ni siquiera una espada, como
Pedro en Gethsemaní; no tenia oro; ni aun la robustez de la
juventud tenia: solo poseia su ancianidad inerme, sus blancos
cabellos, sus sagradas vestiduras y su palabra severa y elo
cuente: mas esa ancianidad y esa palabra salvaron de nuevo
á Roma. El pueblo en masa acudió á las plantas del Pontífice
rogándole á grandes voces, que la congoja interrumpia, le
librase de la calamidad tremenda que amagaba su existencia;
y aquel que siempre fue el padre de todos los desgraciados y
el consuelo de todos los afligidos; aquel que con gran fre
cuencia, frente áfrente á la impiedad, sostuvo con teson la
dignidad de su escelsa autoridad; aquel cuya supremacía uni
versal reconoció y confesó el Concilio de Calcedonia, marcha
al encuentro de Atila... y Atila se detiene y se postra en su
presencia; escucha las terribles frases que el Pontífice le dirige,
trae á su memoria el triste fin de Alarico, y el feroz huno,
que se llamaba á sí propio el Azote de Dios, retrocede con
sus legiones y no osa penetrar dentro de los muros de Roma.

- "------.
38

Al llegará este punto, los historiadores todos, escuchando


la voz justiciera de la conciencia, inclinan sus altivas frentes
ante el poder y la autoridad de los Papas, mostrándose admi
rablemente unánimes en confesar que el Pontificado salvó á
Italia, declarando al mismo tiempo que, á contar desde ese
instante, Roma perteneció de derecho á la única institucion
que se mostró á la altura de su grandiosa mision, y al único
hombre que tuvo valor bastante para arrostrarlo todo por
librarla de su destruccion y su ruina.
Sin embargo, los crímenes de los Emperadores, que no se
avenian fácilmente al freno religioso, las inmundas maldades
de Valentiniano, el deshonor del senador Máximo y la afrenta
de Eudoxia, Emperatriz viuda, atrajeron sobre Roma en 455
á Genserico, quien, despues de invadir la Sicilia, se habia es
tablecido al pie de los Alpes orientales. Los descendientes de
Bruto y de Caton se estremecieron de nuevo llenos de terror
y espanto; y en el paroxismo de su infinito temor asesinaron
sin piedad al usurpador del trono, clamando nuevamente
hácia el Pontífice para que les salve de la gran calamidad que
á la Ciudad Eterna amenaza. Menos afortunado San Leon con
Genserico que con el Rey de los hunos, solo pudo alcanzar
del arriano el respeto y la conservacion de las vidas, siendo
entregada Roma al mas horrible saqueo por espacio de cator
ce dias y catorce noches. Las riquezas que la ciudad encerraba
fueron presa del terrible vencedor, y la Emperatriz, sus hijos
y gran número de familias distinguidas conducidos cautivos
al África, en tanto que el Papa quedaba árbitro de la Ciudad
Eterna, entregada al colmo del dolor y abandonada de todos
aquellos que tenian el deber de protegerla y consolarla. ¡Jus
ticia de Dios, que tan terriblemente hacia purgar á aquella
mujer criminal y á sus afeminados nobles el olvido en que su
dignidad tuvieron, y la embriaguez en que por su mal caye
ron adormecidos, arrojando durante la serie de sus impuros
sueños el peso del gobierno sobre los hombros de aquel que
dirigia las almas, y á quien con suma razon apellidó el pueblo
el Padre de la república romana.
Las consecuencias de estas violentas invasiones en que el
39

imperio esperimentó tan fuertes y recias sacudidas, fueron in


mensas. Los bárbaros se sucedieron sin interrupcion en el
mando, las exacciones se aumentaron, los crímenes se multi
plicaron, y en tanto que el pueblo se agrupaba agradecido en
torno á los Pontífices, el Senado de Roma abdicaba su poder
y dignidad, y abyecto, bajo y miserable suplicaba áZenon,
Emperador entonces en Oriente, quedase sin sucesion el trono
de Italia, y reduciéndola á provincia del lejano imperio, se
dignase otorgará Odoacro, en nombre de la república, el go
bierno de toda la Península. ¡Cosa singular! Mientras el pue
blo, lleno de profundo amor, rodea con entusiasmo infinito la
Silla de sus Pastores, y á ellos se adhiere con toda la fuerza
de su reconocida voluntad, el Senado, los nobles, los grandes,
los que todo lo deben á la patria, asesinan á Roma sin piedad,
rompen su pasado, borran sus tradiciones, rasgan su historia,
arrojan por el fango su diadema de Señora del mundo, y des
trozan su manto imperial, el manto de los antiguos Césares.
Y es el Senado, sí, quien consuma la obra destructora; es
el Senado el que pide la abolicion de su nacionalidad y
su entrega al estranjero; no son los Papas, que, mudos de
estupor y asombro, estienden sus manos consagradas sobre
aquel pueblo que no cuenta con otra proteccion, otra defen
sa, otro apoyo que el que siempre debió á los sucesores de
San Pedro.
Pero, á despecho del Senado, el vacío que él mismo deje
en Roma se llenará á su tiempo, y la Roma gentil desapare
cerá por completo; y, mal que pese á aquellos patricios degra
dados, la Roma cristiana, la gran Roma, volverá á ser la Se
ñora y la Reina del universo, no por la fuerza que embrutece,
sino por el convencimiento que ennoblece. En efecto: los pue
blos, que vieron en los Papas sus únicos protectores; los pue
blos, que admiraron sus virtudes y presenciaron sus esfuerzos
en pro de la civilizacion y sus efectos; los pueblos, cuyas lá
grimas enjugaron siempre, cuyos derechos sostuvieron, cuyas
necesidades calmaron, seinclinaban diariamente mas hácia el
Pontífice, infinitamente mas que hácia aquel monarca desco
nocido que habitaba en las regiones de Oriente, al cual no

*------------ —- - -
40

deben mas que sinsabores y el perpetuo correr de sus amargas


lágrimas. La Revolucion, como se ve, se operaba lenta pero
eficazmente, á despecho de los Césares y con terror de los
Pontífices que ven desmoronarse la autoridad imperial, la cual
se adhiere, por la fuerza de las cosas, de los hombres y de
los acontecimientos, á la autoridad de los sucesores de San
Pedro.
Sin embargo: para que acabase de constituirse aquella so
ciedad, que gradualmente caminaba á la perfeccion marchan
do al gobierno patriarcal de los primeros siglos, era necesario
que nuevos laureles ciñesen la frente de la Iglesia y que nue
vos triunfos ennobleciesen la gran figura de los Vicarios de
Cristo. Por eso triunfó el Pontificado en su lucha con Odoacro,
conquistando así la Iglesia su entera y absoluta libertad para
la libre eleccion de sus Pontífices: por eso el Papa Gelasio re
partió á la Italia todo el trigo de las tierras que ya poseia la
Iglesia, como patrimonio sagrado, en la Emilia y la Toscana,
cubriendo la horrible necesidad de toda una nacion azotada
por el hambre: por eso Dios permitió que un anciano, Teodo
rico, despues de posesionarse del imperio, se inclinase reve
rente ante la autoridad de la Tiara, aumentandoy enaltecien
do con esto la estima y veneracion en que los pueblos tenian
al Jefe del Cristianismo.
El nuevo Emperador, que abrigaba el deseo de renovar las
antiguas costumbres romanas, las cuales veia renacer el pueblo
con marcada repugnancia, echó por este tiempo los cimientos
del feudalismo con la institucion de los Condes de justicia, que
gozaban de un poder verdadero y real, por mas que estuvie
sen sometidos á la autoridad cesárea; porque esta sumision
era mas bien de proteccion que de dominio. Á pesar de todo,
la nueva institucion mereció bien poca atencion por parte de
los pueblos, que fiaban mas en la fuerza misteriosa de sus
Papas que en el poder de sus Condes.
La hemótica (1) de Zenon, Emperador de Oriente, se pre

(1) Edicto de union religiosa publicado por Zenon, y en el cual no


se reconocia como ecuménico ógeneral el Concilio de Calcedonia, á fin
41

sentó entonces con pretensiones á turbar la paz de la Iglesia,


bajo especiosos pretestos; mas la autoridad pontificia obtuvo
sobre ella y sobre el poder cesáreo, que representaba, una gran
victoria; porque Teodorico, encontrándose incompetente para
dictar su fallo en tan espinoso asunto, remitió la decision de
la contienda á un Concilio, con cuya resolucion condenatoria
se conformó, espresando su gozo por ver al Papa Símmaco
relevado de las injustas acusaciones que sobre él pesaban, y
declarado único Pontífice legítimo, en contraposicion al anti
papa Lorenzo. Y luego el mismo Emperador depositó, por sus
manos, magníficas ofrendas sobre el sepulcro de los Apóstoles,
y con respeto profundo visitó los templos católicos, orando en
algunos de ellos. Y el pueblo, siempre impresionable y enton
ces sincera y verdaderamente creyente, aumentó en su ánimo
la estima y el concepto y la valía en que hacia tiempo tenia
al representante de una Religion que así se hacia admirar y
venerar de sus mismos enemigos.
Por desgracia estas buenas disposiciones duraron poco
tiempo; y si la conducta contraria atrajo una gran injusticia
sobre el Papa, sobre Teodorico llamó un gran castigo, sobre
Roma un dia de luto, y sobre el Pontificado un rayo mas de
esa gloria que, cubriéndole, le ha hecho invulnerable.
El disgusto con que los católicos observaron el castigo á
ellos impuesto por las violencias que los judíos cometieron en
Roma, Rávena y algunos otros puntos; la Galia convertida á
la ortoxodia, y los burgondos separados de Arrio éinclinados
ante las decisiones de Nicea, deslizaron la desconfianza en el
alma del César, que hizo partir al Papa y á cuatro senadores
con direccion á Constantinopla, para exigir en su nombre al
Emperador Justino la revocacion de sus edictos contra los sec
tarios arrianos. Y en tanto que el sucesor de San Pedro mar
chaba agobiado de fatiga, en cumplimiento á la tiránica órden
del señor del Occidente, Albino, senador romano, era acusado
de traicion en las márgenes del Tíber, reclamando su parte en

de contemporizar con los herejes eutiquianos, que, como es sabido,


solo admitian una naturaleza en Jesucristo.
42 .

el crímen de dolerse de la esclavitud de sus Pontífices el gran


Boecio, que obtuvo en recompensa de su heróico valor un in
mundo calabozo en la torre de Pavía. Allí escribió su hermosa
obra El Consuelo de la Filosofía, que sin duda aceleró su
muerte; porque, incapaz el César de comprender la grandeza
de alma del ilustre cautivo, henchido de saña contra el que se
reputaba feliz en sufrir por la verdad, le condenóá los tormen
tos de la rueda, en cuyo suplicio espiró. Símmaco, su suegro,
sufrió poco despues la misma muerte, y el Sumo Pontífice, al
regresar de su viaje, fue tambien constituido en una estrecha
prision en castigo de no haber alcanzado con sus ruegos ni
con sus lágrimas lo que el bárbaro queria. Roma entera se
conmovió: los ciudadanos murmuraron públicamente de se
mejante crueldad, y si bien los contuvo en su furor la cólera
del monarca, llegó un dia en que, mirando al cielo con gozosos
ojos, lanzaron al fin un grito inmenso de júbilo. Teodorico su
cumbia: lleno de una tristeza indefinible, agobiado de un do
lorinesplicable, atormentado por los remordimientos, sufriendo
horribles insomnios, perseguido á todas horas por fantasmas
ensangrentados que le pedian estrecha cuenta de sus pasadas
maldades, murió por último en 526, siendo sepultado en Rá
vena. ¡Castigo tremendo y justo que el cielo impuso siempre
á los sacrílegos opresores de la Santa Sede, y triunfo sin igual
para esa misma Silla, piedra, en verdad, en que se deshacen
como menudo polvo cuantos vienen á chocar con ella!
El complot tramado contra Amalasunta por algunos seño
res godos, pocos años despues de los sucesos que acabamos de
referir, y la muerte que Teodato dió á la misma haciéndola
estrangular en un baño, fueron motivo bastante para que Jus
tiniano, Emperador de Oriente, ordenase al célebre Belisario,
su general, que con algunas tropas ocupase la Sicilia y toda
Italia. Grande fue el gozo de los romanos al ver que por fin
venian á librarles, por la fuerza de las armas, de aquellos fero
ces señores, enemigos de su culto, espoliadores de sus bienes
y frecuentemente verdugos ó carceleros de sus venerados Pon
tífices. Así fue que la Sicilia primero, y despues toda la Penín
sula, se rindieron al primer aviso: solo Nápoles opuso alguna

-— - —–— -- –
43

resistencia. Aclamado por los romanos, que debian maldecirle


un dia, entró en la Ciudad Eterna el general afamado, que
tembló al ver la soledad del Capitolio y al observar cómo el
eco contestaba con su profunda y lúgubre voz al resonar de
sus clarines guerreros. Fortificada la ciudad en todas direc
ciones, trasformada en fortaleza la tumba de Adriano (1) y
ocupadas militarmente todas las avenidas de Roma, rechazó
Belisario durante mas de un año cuantos asaltos intentó el
ejército sitiador, manteniéndose á la defensiva, aunque el
hambre y la peste empezaban á dejarse sentir ya entre las
gentes del pueblo. Los ciudadanos se lamentaron de la cala
midad que sobre ellos pesaba, y el Papa San Silverio, que á
Belisario acudió en nombre de un pueblo que sufria, fue de
puesto por el osado guerrero de su propia autoridad, olvidan
do los ejemplos que ya guardaba la historia, y sin prever que
él podria sufrir tal vez alguno de esos castigos con que Dios
venga siempre á su Vicario. Y así fue: los enemigos levanta
ron su campo al acercarse el refuerzo que la esposa de Belisa
rio le proporcionó y al saber la insurreccion de Milan en fa
vor del Emperador de Oriente; pero, poco tiempo despues, este
hombre afortunado, este general orgulloso á cuyo carro estu
vo siempre uncida la victoria, no era mas que un miserable
mendigo, andrajoso, sucio y ciego, errante, fugitivo y desvali
do, que llevado de la nano por su hija cantaba sus penas y
sus dolores al triste son de sus ayes, que acompañaba con sus
amargas lágrimas. La ingratitud del César vengó las injurias
que recibió la Santa Sede.
T- talia quedó, pues, sujeta al imperio de Oriente, vién
"ose reducida á la simple condicion de provincia, especialmen
te despues de la muerte de Totila. Narses entró victorioso en
la Península luego que consumó la derrota de los godos, y al
punto se hizo cargo de su gobierno bajo el cetro del mismo
Justiniano. Entonces fue cuando este Emperador publicó sus
códigos y ordenanzas, dando leyespara Italia que la dejaban

(1) Hoy es el renombrado castillo de San Ángelo.


44

en cierta libertad, aunque siempre bajo la escrupulosa inspec


cion y severa autoridad de los jueces militares.
Solamente Milan y el Piseno habian perdido en estas lu
chas trescientos cincuenta mil hombres; y las propiedades des
trozadas, y los caudales perdidos, y los campos sin cultivo, y
la miseria y el hambre en perspectiva, y la sociedad próxima
á la anarquía, hacian suspirará la Península por tiempos mas
bonancibles, en que la paz se hermanase con el órden.

III.

Exarcado ó Vicariato.

Desde 554 á 750.

El triunfo que Narses habia conseguido sobre sus enemi


gos, la rapidez con que deshizo y destruyó la dominacion
goda, y la necesidad que en la Península habia de un gobier
no estable y duradero, bajo cuya paternal administracion
pudiese cada cual sentarse en paz á la sombra de su vid ó de
su higuera, hicieron que los romanos dispensasen una cordial
acogida al enviado de un Emperador cristiano, que sin duda
deseaba reparar los males infinitos que originaron las inva
siones bárbaras. Narses, pues, que en un cuerpo deforme en
cerraba un alma grande dotada de eminentes cualidades, ob
tuvo el título de Vicario, con el cual gobernó á Roma por
espacio de quince años, procurando cicatrizar sus llagas y en
jugar las muchas y amargas lágrimas que hacia tiempo
vertia.
Con la toma de Brescia consumó la sumision de los go
dos; y, tranquilo ya sobre este punto, trató de la organiza
cion de la provincia de Italia, que en verdad bien lo necesi
taba. El exarcado ó vicariato se revistió de una forma com
pletamente militar, quedando bajo su dependencia y autori
dad el prefecto del Pretorio. En cada ciudad se instituyó para
la defensa y custodia de su territorio un Duque militar, que
no reunia, como los Condes godos, el poder judicial y admi
45

nistrativo con el guerrero. Los Obispos, que por sus eminentes


virtudes, por su prudencia y bondad, por su instruccion y su
esperiencia habian merecido nuevas y honrosas distinciones
del Emperador, fueron de nuevo encargados en vigilar sobre
los magistrados y su administracion de justicia, tuvieron in
tervencion en los asuntos comunales de los pueblos, y su au
toridad se hizo estensiva á otros varios puntos del dominio
temporal. Con facilidad se comprende que estas atribuciones
tan latas otorgadas á los Prelados, fueron tambien concedidas
en mucha mayor escala al sucesor de San Pedro, si bien la
autorizacion del César no añadia un quilate mas de precio á
la intervencion que en todos los asuntos tenia el Sumo Pon
tífice á peticion de los interesados, ni á la jurisdiccion de que
gozaba por derecho ypor costumbre. Mas, sea como quiera,
siempre aparece la Italia libertada del yugo pagano, civiliza
da por los Papas, por ellos defendida de los bárbaros, y por
ellos sostenida contra los Césares de Oriente y Occidente. La
Península es hasta aquí un tierno infante puesto bajo la tu
tela de los Romanos Pontífices, que se esfuerzan siempre gran
demente en pro de los intereses que tan generosamente se
han confiado á su ciencia y su virtud. Estos fueron, dice Ju
lio Zeller, los nuevos elementos de civilización que debian te
ner gran influencia en el porvenir y en la constitucion de
Italia (1). Y así fue con efecto; hubo entonces equidad y
justicia para todos, griegos, godos ó romanos; hubo oidos para
las quejas del pobre, que bendecia á la Iglesia; y el vencido
no fue ya, como hasta entonces lo fuera, el vil juguete de in
humano veneedor. Losjueces temian aquellos semblantes se
veros sin dejar de ser dulces, que elevaban sus miradas hácia
el cielo, y aquellas frases tiernas, sin dejar de ser enérgicas,
que sus desmanes condenaban; realizándose el bello cantar
del Rey David, cuando inspirado dice: La justicia y la paz
se han dado el ósculo de la fraternidad; la misericordia y la
verdad se han unido ya entre sí (2).

(1) Julio Zeller: Historia de Italia, tono I, cap. III, pág. 87.
(2) Misericordia et veritas obviaverunt sibi: justitia et pax osculatae
sunt. (Salmo LXXXIV, v. 11.)
46

Por lo demas, tuvieron al fin un freno las exigencias arria


nas, y los católicos pudieron respirar con libertad. Las Basí
licas empezaron á nacer, se elevaron en todo su esplendor y
majestad, y el arte, que aun conservaba restos del antiguo
paganismo, recibió su bautismo cristiano en la construccion de
los bellísimos templos que por todas partes se erigian á Dios,
en justa accion de gracias por los beneficios que dispensaba á
la Italia. El cisma, empero, asomaba su repugnante cabeza, y
amenazaba sembrar la zizaña en el campo del Padre de fami
lias; mas la condenacion de Honorato y varios otros que se
negaban á condenar la doctrina de los tres capítulos (1), re
chazada y condenada por el Papa Pelagio y por la Iglesia en
Concilio, cortó el mal de raiz éimpidió quizás su propagacion,
y con ella nuevos conflictos y escisiones. La unidad religiosa
garantizaba la unidad política: era otro gran beneficio que
Italia debia á la Silla de San Pedro.
Pero Narses fue destituido por la ingratitud de la Empera
triz Sofía, que añadió el insulto á la afrenta de su decreto, y
Longinos vino á ocupar el puesto de aquel, siendo recibido
desde luego con gran prevencion por parte del pueblo. No
tardó esta en justificarse, porque el nuevo Vicario empezó á
introducir reformas y consumar variaciones de todo género
desde el primer dia, sin consultar el carácter, las inclinacio
nes ni los hábitos del pueblo sometido á su autoridad. Mal
recibidas sus innovaciones por los ciudadanos, que comenza
ron á inquietarse, escuchando Longinos la voz de su desme
dido orgullo, impuso diversas penas, que sin calmar la ansie
dad general produjeron honda impresion en los ciudadanos,
los cuales no. tardaron en murmurar de Bizancio. El Sumo
Pontífice Juan III calmó con sus consejos los ánimos; pero
poco satisfecho, y deseando prevenir grandes males, no leja
nos, marchó á Constantinopla á querellarse en nombre del
pueblo romano de las vejaciones causadas por el Vicario y del

(1) Con este nombre se conocen en la historia de la Iglesia la carta


de Ibas, los estractos de Teodoro y los escritos de Teodoreto, condenados
en el quinto Concilio general, segundo de Constanti
Inopla.
47

desprecio insólito con que el mismo conculcaba desdeñosa


mente los privilegios y fueros, usos y costumbres de la Ciu
dad Eterna. Mision que, si no tuvo el resultado apetecido, no
por eso dejó de probar una vez mas al mundo que el Pontifi
cado es el protector y defensor de todos los oprimidos; que
odia las tiranías y que jamás transige con el derecho de la
fuerza.
Por este tiempo principióá rugir de nuevo en lontananza
la tormenta, moviéndose con ademan inquieto los longobar
dos, que Narses sujetara en la Pannonia, y cuyo territorio ce
dieron á los avasos, en tanto que Alboin, su jefe, al frente de
un número inmenso de sármatas, búlgaros, suevos y sajones,
todos paganos, y unidos á los lombardos, que aun profesaban
las doctrinas de Arrio, avanzaban hácia las márgenes del Tí
ber, introduciendo por todas partes la confusion y el espanto.
Los pueblos quedaron desiertos; el terror se apoderó de sus
habitantes, que huyeron desalados en el instante en que los
Alpes resonaron con el guerrero estruendo de los clarines bár
baros. Poco tiempo despues estaba conquistado el Véneto, é
imperaba en todo su territorio como supremo señor un sobrino
del invasor, cuyo nombre era Guisulf. Los grandes, los patri
cios, los nobles, aquellos que mas debieron esforzarse en ani
mar á los pueblos, dándoles ilustre ejemplo de una heróica
resistencia, fueron los primeros en fugarse cobardemente, de
jando libre el paso al nuevo conquistador, que pasando el Po,
e invadiendo la Toscana, la Umbría y parte de la Emilia, se
situó con prudencia sin igual en Espoleto, dejando en esta
ciudad porcion respetable de sus tropas, como una amenaza
eterna para Roma y para Rávena. Y no disfrutó Alboin mu
cho tiempo el fruto de su conquista; porque pocos dias des
pues, celebrando su victoria en bacanales y orgías, uno de sus
oficiales le dió muerte, de acuerdo con su esposa Rosamunda,
cuyo padre asesinara aquel feroz longobardo.
Muerto Alboin y fugitiva Rosamunda, los conquistadores
se hicieron un nuevo Rey en la persona de Klepk, que con
sumó la invasion apoderándose de todo el pais, degollando sin
piedad á los griegos residentes en la Península y reduciendo á
48

los demas á la clase de colonos. Salváronse, sin embargo, de la


general desolacion Roma, Rávena y varios otros puntos, á que
quedó reducida la autoridad imperial desde entonces: sucum
biendo entre tanto Klepk á manos de sus soldados, que en él
ejercitaron la crueldad de que el lombardo diera tantas y tan
repetidas pruebas.
La rapacidad y la ambicion, consejeras perpetuas de los
bárbaros, les inspiraron la idea de establecer y fundar la di
vision del pais, echando los cimientos del feudalismo, como
un medio de engrandecerse todos: todo ello en nombre de la
unidad de la Península, que así desgarraban mas y mas. Be
nevento, Espoleto, Pavía, Bérgamo y otras ciudades recibie
ron en su seno á los nuevos señores, que en número de treinta,
segun unos, y de treinta y seis, segun otros, se repartie
ron, con el título de Duques, el pais conquistado por las ar
mas; arrebatando al labrador sus tierras y al ciudadano la
gestion de sus negocios. Los guerreros menos notables por sus
hechos de armas ó por su gerarquía, ocuparon las villas y lu
gares inferiores, donde, entregándose á todos los crímenes,
destruyeron toda propiedad y destrozaron todo legítimo dere
cho, haciendo esclamar á San Gregorio: ¡En verdad que esto
realiza el fin del mundo!
Sus crímenes, sus orgías, sus inmundos vicios les debilita
ron al fin, y los que no se encontraron fuertes contra Nápo
les, teniendo que abandonar vergonzosamente su asedio, fue
ron todavía suficientemente valerosos para atacar y destruir
totalmente el monasterio de Monte-Casino, fundado por San
Benito, dispersando á indefensos religiosos, que, como la ma
yor parte de los ciudadanos de la comarca, se vieron obliga
dos á buscar su salvacion en Roma. En Roma, entonces tran
quila merced á la solicitud de los Papas; en Roma, cuya
paz y bienestar miraban con envidiosos ojos los pueblos que
sufrian el tiránico dominio longobardo; en Roma, donde siem
pre hubo un lugar de asilo para todo el que carecia de patria,
un refugio para todo el que huia de la maldad humana, un
consuelo para todos los dolores, un alivio para todos los su
frimientos, un lenitivo para todos los pesares, y un defensor
49

vigoroso, constante y resuelto para todos los oprimidos. En


Roma, salvada en esta ocasion de tan feroz conquista por el
Papa Pelagio II, que obtuvo del Emperador de Oriente un
ejército con que defender los muros de la Ciudad Eterna é
impedir á la invasion hollase con su impura planta el sepul
cro que ha dado su esplendor á Italia. Y así fue; el duque de
Espoleto se adelantó en el camino de Roma; pero los impe
riales le cortaron con valor el paso, y batido en todas direccio
nes, rechazado por todas partes, huyó ante aquella ciudad que
el ángel del Pontificado defendia.
Algun tiempo despues, y cuando ya Autaris era muerto,
dió Theodelinda su mano áAgilulf, duque lombardo, y pudie
ron preverse algunos de los consuelos que á la desventurada
Península guardaba la Providencia de Dios. Por otra parte,
el desconcierto que por donde quiera se advertia, tanta y
tan perpetua zozobra, tan continuadas invasiones con su obli
gado acompañamiento de exacciones, de servidumbre y de
sangre, tantas nubes, en fin, como vomitaban el rayo asola
dor sobre Italia, tantas dominaciones y tan diversas bajo tan
distintosjefes, prepararon el camino para la soberanía tempo
ral de los Pontífices que hacia tiempo ejercian los Papas sobre
Roma. Ocupaba la Silla de San Pedro San Gregorio, descen
diente de la familia Anicia, y que á su antigua nobleza añadia
la hermosura que todo lo embellece y la ilustracion que lo
realza todo. Habia abandonado los cargos civiles en su juven
tud, y, refugiado en la soledad del claustro, estaba entregado
á Dios, cuando en 579 fue enviado á la corte de Bizancio como
secretario y embajador de Pelagio, obteniendo en su mision
grandes ventajas para la libertad de la Iglesia, y no pocos be
neficios para Roma, que no supo recompensarle de otro modo
que elevándole por unánime aclamacion á la Silla Pontificia.
En vano fue que huyera: la ciudad en masa acudióá su soli
tario retiro, y con lágrimas le suplicó rendida aceptase el tre
mendo cargo, á la sazon complicado con la multitud de graves
asuntos que tanto en el órden espiritual como en el temporal
buscaban su solucion en la Sede de San Pedro. Grandes cuali
dades adornaban al nuevo Papa; pero sobrepujó todas las es
4
50

peranzas, cuando haciendo valer sus derechos como Jefe Su


premo de la Iglesia, apoyado en la tradicion y los cánones, en
las disposiciones de Constantinopla y Calcedonia y en los de
cretos de la Santa Silla, rechazó y combatió con sin igual ener
gía las pretensiones del Patriarca bizantino, que empezaba á
titularse Sacerdote universal. Su victoria fue grande: todas
las naciones reconocieron al punto sus derechos, dejando así
satisfechos los deseos de este Pontífice, á quien deben la luz
del Evangelio las provincias del Norte de Europa, hasta en
tonces sentadas á la sombra de la muerte.
Todo esto ornaba su frente con una diadema de gloria y
de esplendor tales, que el pueblo estaba orgulloso de la elec
cion que hiciera en tan críticas y espinosas circunstancias. Por
otra parte, las posesiones y bienes que en gran suma pertene
cian ya al Patrimonio de la Iglesia de Roma por donaciones
antiguas, los feudos y territorios que esa misma Iglesia poseia
en perpetua propiedad en el Mediodía de la Península, en la
Galia y la Sicilia, la supremacía de autoridad y jurisdiccion
que el Pontífice ejercia sobre los Obispos, censores y jueces á
su vez de los magistrados encargados de la administracion ci
vil y de justicia; todo ese conjunto de causas y de motivos,
unidos á la prontitud con que proveyó de trigo á la ciudad
durante su escasez, á la bondad y energía con que á otras pro
tegió ante el Emperador, y á las virtudes insignes que en él
resplandecian, le hicieron adquirir una talla colosal; y todo
ese cúmulo de gloriosos sucesos y de providenciales aconteci
mientos obligaron, por la fuerza de las cosas y la lógica de los
hechos, á los Reyes, á los patricios y al pueblo á inclinarse
ante su autoridad sacerdotal y ante su majestad Pontificia.
Ademas de esto, es preciso estudiar aquel tiempo, verá los
bárbaros amenazando eternamente á Roma, joya por todos co
diciada, y cuyos señores jamás saben defenderla; cuyosgran
des, ó se enervan en la molicie, ó se ceban en la maldad y el
crímen: es necesario observar el cansancio que de tantas re
vueltas y trastornos se retrata en los semblantes todos, y así,
escudriñando los corazones que odian aquel exarcado, fecundo
semillero de todo mal, se encontrará en todos los pechos

" – “---- ...


51

amor para aquel que les protege, la veneracion y el respeto


mas profundos para aquel que hace inclinar las cabezas de los
Reyes. De este modo se comprende que al acercarse Agilulfá
la ciudad del Tíber todos huyan, todos callen, todos teman, y
que todas las miradas, todas las manos se dirijan y se eleven
hácia aquel que en tan solemnes momentos habla, dicta órde
nes, acude á todos los sitios, abona sus atrasos y soldadas á
las tropas, rescata prisioneros, repara fuertes y revista las le
giones, animando á todos con su valor y ejemplo, y salvando
de nuevo á la Ciudad Eterna, salvando á un mismo tiempo la
ortodoxia y el exarcado, ya moribundo, de Rávena.
En estos momentos supremos en que todo el mundo huia,
en que los vicarios del Emperador, los patricios, los magis
trados y los jefes militares abandonaban cobardemente sus
puestos, ¿por qué no protestaron los Césares? ¿por qué no re
clamaron los romanos contra las órdenes que daba el Papa
para salvará la Ciudad Eterna ? ¡Malicia de los hombres! Se
quiere que los Papas se sacrifiquen por Roma y por Italia du
rante siglos y siglos: se quiere que ellos la civilicen; que la en
noblezcan, ornándola con la diadema cristiana; que la defien
dan cuando todos la abandonan, y la guarden cuando sus hi
jos la miran con un cobarde desden: se pretende que la Pe
nínsula toda se acostumbre árespetar sus acuerdos, que busca
con afan, y á obedecer sin réplica sus órdenes, que salvan al
pais, y luego se cree que está todo hecho con decir á ese pue
blo: Ese no es tu Soberano, y á este Soberano: Ese no es tu
pueblo...!u
La ignorancia suma, ademas que por todas partes impera
ba apoderándose aun de las personas constituidas en los prin
cipales cargos civiles y militares; el desbordamiento inmenso
que llevaba á los bárbaros de una y otra invasion á cometer
todo género de atropellos y de escesos; aquellas turbas feroces
que no parecia sino que acababan de evocar los misteriosos es
píritus de sus salvajes bosques escandínavos, y que todo lo
hollaban gozándose en el llanto, en el luto y en la desolacion
general, precipitaron, ó, mejor dicho, consumaron los hechos
que ya estaban en la mente de la Providencia eterna. Así,
52

cuando los pueblos, y los hijos de Roma sobre todo, compara


ban aquella estúpida carencia de los conocimientos mas pre
cisos con los adelantos maravillosos que en la ciencia hacian
los hombres del monasterio, del báculo ó la tiara; cuando aque
llos preciosos manuscritos que con un sentimiento irresistible
de profunda veneracion guardamos religiosamente en nues
tras bibliotecas de hoy, salian de las manos de aquellos seres
benéficos que Dios envió á la tierra para su ilustracion y or
nato; cuando cotejaban aquella barbarie horrible de los con
quistadores con la bondad, dulzura y demas virtudes que
resplandecian en el clero y sus Prelados, un suspiro de satis
faccion inmensa salia de todos los pechos, y el hosanna que
entonaban las naciones, dirigiéndose hácia el cielo, refluia di
rectamente sobre su representante aquí en la tierra. Y cuando
veian á aquellos señores débiles, á aquellos Emperadores que
los abandonaban á todo género de horrores y de males, á
aquellos exarcas que en su residencia de Rávena se olvidaban
de la existencia de Roma y de que la Península tenia fijos en
ellos sus ojos, y luego observaban á los Papas, que, con soli
citud sin igual y con un afan verdaderamente paternal, se sa
crificaban por el bienestar de los que llamaban sus queridos
hijos, y sin descansar momento á todo acudian, de todo cui
daban y en todo entendia su celo, ¿qué quereis? Roma y la Pe
nínsula se inclinaban ante los Papas, y un sentimiento de
lástima desdeñosa guardaban á los monarcas, que su dignidad
rebajaban de tal modo.
El tiempo, pues, los sucesos, la lógica de los hechos, el re
conocimiento de los pueblos y la admiracion de los mismos
Emperadores prepararon y echaron los cimientos al edificio.
de la soberanía temporal de los Pontífices, que era ya un he
cho, y condujeron las cosas al estado en que se hallaban en
el Pontificado de aquel Gregorio á quien con razon sobrada
llamaban ya en su tiempo el Grande. Porque, aparte de los
grandes bienes que á la Ciudad Eterna produjera su espiri
tual reinado, la Gran-Bretaña se convertia á la fe, que mas
tarde deberá abjurar en un momento de locura y de delirio;
Recaredo inauguraba en España una nueva era con su con
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version al Catolicismo, que sabrá arraigarse en su suelo, sin


que nada baste á conmover su fe,y la Lombardía se estreme
cia de gozo con la retractacion de Agilulf, realizándose así
por todas partes la conversion de los bárbaros, y produciendo
con ella sorprendentes resultados en el órden religioso como
en el órden social. ¡Inmenso y gran beneficio que la civiliza
cion aplaudirá en todo tiempo, y que agradecerán sobre todo
las razas oprimidas por la invasion y la conquista!... En efec
to; el pueblo opresor y el oprimido pudieron al fin confundir
se y formar así esas grandes sociedades que hoy llamamos
naciones; y el Catolicismo, que condena todos los odios, que
reprueba todas las tiranías y anatematiza todas las cruelda
des; el Catolicismo, que sabe producir bienes y goces cuyo
número jamás se agota, unióá vencedores y vencidos, suavizó
el yugo estranjero, fundió en una sola las distintas razas por
medio de afecciones religiosas de índole idéntica, siempre las
mas caras al corazon del hombre, y elevándolos á todos, inva
sores é invadidos, á las dignidades como á los derechos de la
tierra, á todos obligó con el deber de amarse y de prestarse
ayuda en los grandes sucesos de la vida, haciendo de este
modo mas feliz la triste condicion de los vencidos. Bajo el
imperio de una fe comun que condena las divisiones y maldi
ce los rencores, la mezcla de las poblaciones, dice Zeller, fue
cada dia mas activa: las franquicias se multiplicaron, la len
gua germana y la italiana se confundieron en una; los anti
guos habitantes conquistaban por el ascendiente, el talento y
la habilidad práctica lo que á su vez cedian á la superioridad
física de los vencedores; los matrimonios nivelaban las clases,
igualaban las familias en derechos, y amalgamándose las cos
tumbres con las razas, y la índole con las creencias, unas ya
por fortuna entre ambos pueblos, risueño se alzaba el sol en
el horizonte, iluminando con su esplendente luz la ventura del
mundo y la felicidad de Italia (1).
El Sumo Pontífice Gregorio I podia ya morir. Su Pontifi
cado hacia época en la historia de aquel siglo, y marcaba una

(1) Julio Zeller: Historia de Italia, tomo I, cap. Iv,pág. 99.


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nueva faz á los sucesos futuros, por las grandes empresas á que
diera feliz cima. Pero ¡ay! las lágrimas del mundo todo que
hizo así el elogio fúnebre del último Papa no se habian enju
gado aun, cuando nuevos acontecimientos vinieron á turbar
el dolor universal. Poco avezados los lombardos al yugo se
vero del Catolicismo; poco acostumbrados á la represion legal
los que siempre tuvieron por regla de conducta su capricho y
mudable voluntad; mal avenidos con la igualdad en que se
encontraban ellos, los hijos de la victoria, con aquellos otros
siervos de la desgracia y el llanto, la exaltacion de sus béli
cas pasiones algun tiempo reprimidas, y la poca conciencia que
de sus deberes tenian, produjeron un movimiento estraño,
precursor de nuevas y de terribles desgracias, mas tambien de
no pequeños triunfos para la Sede de Pedro.
La descendencia directa de Theodelinda se habia estin
guido, y subido al trono su pariente Ariperto, de orígen ente
ramente bárbaro, pero de grandes y profundas creencias orto
doxas. Mostráronse estas muy en breve con motivo del Tipo (1)
ó formulario que Constantino II, Emperador de Oriente y
muy dado á las discusiones teológicas, acababa depromulgar.
La Santa Sede condenó esta obra, como sospechosa de herejía
monotelita, en un Concilio celebrado en San Juan de Letran,
cabeza y madre de todas las Iglesias del mundo, y en el cual
pronunciaron anatema contra el referido formulario los ciento
cinco Obispos, algunos de ellos lombardos, que asistieron al
citado Sínodo, remitiendo el Papa al Emperador las actas de
él, para que en su vista se abstuviese de patrocinar errores
que la Iglesia condenaba. A fuerza de engaños y supercherías
indignas logró el César arrancar de Roma al sucesor de San
Pedro y llevarle á Constantinopla, haciendo sufrir al Santo
Pontífice, afligido entonces con una grave dolencia, todo gé
nero de indignos tratamientos en una travesía de quince me
ses, en que muchas veces no tuvo ni aun ropa con que cubrir

(1) Llamose así un edicto publicado por el Emperador Constanti


no II con motivo de las reyertas y cuestiones suscitadas por los herejes
monotelitas, que no reconocian en Jesucristo mas que una sola volun
tad, pretendiendo hermanar este error con las verdades católicas.

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y abrigar sus desnudas y ateridas carnes. Insultado, escarne


cido, hollada su dignidad por los servidores del imperio, con
una argolla de hierro al cuello, arrastrado y vilipendiado cual
jamás lo fue hombre alguno, no atreviéndose el Emperador á
condenarle á muerte, le desterró al Quersoneso á que muriese
allí, dando testimonio de su fe. El Papa Martino I sucumbió
á los golpes de la muerte; la herejía cantaba gozosa sus triun
fos luego que le tuvo aprisionado; pero cuando sus mengua
dos himnos resonaban con mas fuerza, Eugenio I ocupaba la
Silla del Pescador, y Ariperto le restituia solemnemente en el
dominio y propiedad de todos los feudos y posesiones que en
los Alpes tenia la Iglesia de Roma, por medio de un acta es
crita con caractéres de oro. Y como siempre que el sepulcro
apostólico ha sido conmovido por los crímenes que en las ve
nerandas personas de los Papas se han llevado á cabo, el cas-,
tigo ha seguido á la maldad cometida, Constantino, derrotado
algunos años despues por Grimoaldo y los bárbaros, atormen
tado de continuos remordimientos, errante, intranquilo y
desinquieto, tuvo que refugiarse en Sicilia, donde al fin fue
asesinado en los baños de Siracusa, áfines de setiembre de
668. Terrible expiacion que debiera servir de advertencia y
de leccion á cuantos, llevados de su ambicion ó inspirados
por horribles vértigos, osan levantar su mano sobre la piedra
en que descansa la Iglesia!
Estas maldades, consumadas en lo que habia de mas que
rido y respetable para los romanos, escitaron en todos los co
razones un mismo sentimiento, en todas las voluntades un
mismo deseo y en todas las inteligencias un mismo pensamien
to: el de eliminarse de la autoridad de aquellos señores bizan
tinos, cuya tiranía se dejaba sentir perpetuamente sin com
pensacion alguna, y que, frecuentemente separados de la
comunion católica, solo sabian oprimir y alarmar las concien
cias de sus súbditos de Italia, sin saber, ni poder, ni querer
defenderlos jamás contra el mal que á ellos venia.
Constantino Pogonato, á la sazon Emperador, que com
prendió sin duda el peligro que á su poder amenazaba en una
lucha con aquel cuya supremacía espiritual era universal

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56

mente aceptada, reconocida y acatada, y que ademas advirtió


la amenaza que para su dominacion encerraban aquellos ros
tros serios, á la par que graves, de los hijos de Roma, que con
torvos ojos volvian su vista á Bizancio, rehusó, motu proprio,
el tributo que el imperio exigia en las elecciones de los Sumos
Pontífices, como derechos por la confirmacion cesárea, y obli
gó al mismo tiempo al Arzobispo de Rávena á que con ins
tancia y súplicas se la concediese el Papa. Sin embargo, los
multiplicados ejemplos que ofrecia la historia, bien de las
deferencias que átodos mereció siempre la Silla de San Pedro,
bien de los castigos tremendos que siempre vinieron sobre
sus opresores, fueron muy pronto olvidados por Justiniano II,
que, fundado en la negativa del Sumo Pontífice Sergio I, el
cual no quiso confirmar, pero ni aun leer los cánones del Con
cilio quinisexto in Trullo (1), dió órdenes para que se apode
rasen de la persona del Papa, pretendiendo (imbécil) destituir
le de toda autoridad. Tal atentado fue sabido por el pueblo y
la milicia de Roma, promoviendo tan descabellado intento
una sedicion muy respetable en aquel pueblo, decidido á de
fenderá su Padre, mostrando de esta manera su afecto hácia
aquella Sede, orígen y fundamento de todo lo bueno y grande
que Italia tenia en su seno. Amenazado de muerte el enviado
del Emperador, Zacarías, se vió obligado á buscar su salvacion
en las habitaciones pontificias, hácia las que avanzaba impo
nente y decidido el pueblo todo de Roma. El Papa mandó
abrir al punto todas las puertas, recibiendo á cuantos se acer
caron con aquella bondad y dulzura que siempre caracterizó
á los Vicarios de Jesucristo; mas no pudo reducirles á que se
retirasen, porque temerosos todos de que el comisionado del
César consumase su feroz propósito, permanecieron en la cus
todia de Sergio hasta que cesó todo peligro. Serios motines
estallaron con este motivo en todo el vicariato y aun en
el resto de Italia. En Venecia los jefes militares, los patri
(1) Se da este nombre al Concilio celebrado en Constantinopla en
tiempos de Constantino Pogonato, por ser una continuacion del quinto
Concilio general. Tambien se llama Trulense del palacio en que se
celebró, llamado Trullum. Tuvo lugar el año 692, y en él fue condena
da la herejía monotelita.

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cios y la plebe, reunidos en la isla de Heraclea, invistieron


con la autoridad suprema de todo el territorio veneciano á
Paulino Anafesto, contestando así á la imprudente osadía y
sacrílego atrevimiento de aquel Emperador tan insensato. Esta
fue la primera ocasion en que el poder y autoridad de los
Césares fueron abiertamente desconocidos por el pueblo de
Italia; pero esta hostilidad contra Bizancio probó á los ami
gos y á los enemigos del Pontificado cuánto era el amor que á
tal institucion se prodigaba, cuánta la estimacion que mere
cian los nobles esfuerzos que siempre practicó en pro de la
felicidad de la Península.
Justiniano no tuvo tiempo de consumar la atroz venganza
que meditaba: el que osó poner su autoridad de hombre sobre
la jurisdiccion divinä del Pontificado, fue bastante atrevido
para destruir un templo dedicado á la Vírgen, á fin de her
mosear su palacio, pidiendo para este fin sus rogativas al
Patriarca bizantino, que con varonil firmeza respondió al alu
cinado monarca que la Iglesia tenia preces para edificar sus
templos, mas no para destruirlos. El gobernador de la ciu
dad recibió órden de hacer asesinar al Prelado, pasando á
cuchillo á una parte de la poblacion que se oponia á sus mal
vados fines; mas aquella misma noche el pueblo amotinado
se apoderó del Emperador, que fue desterrado al Quersoneso,
despues de cortarle la nariz. ¡Afrenta horrible con que Dios
castigó al orgulloso señor que quiso dominará aquel á quien
solo domina desde el cielo el Juez de vivos y muertos!
El Papa Sergio murió al fin, despues de destruir el cisma
de Aquileya, que duraba hacia ciento cuarenta y dos años,
ocupando su puesto Juan VI, que sucumbió bien pronto, no
sin haber libertado al pueblo romano de las varias invasiones
con que durante su pontificado le amenazaron los lombardos,
llorándole en gran manera la ciudad entera, justa apreciadora
de sus bondades sin fin. Juan VII, que ocupó la Silla del Pes
cador por muerte del anterior, rechazó de nuevo el ejemplar
de las actas del Concilio quinisexto que remitieron nuevamen
te á Roma. Mas afortunado que el Papa Sergio, nada tuvo
que sufrir por ello.
58

La proclamacion de Leon para el trono de Oriente, y el


advenimiento de Gregorio II al Pontificado poco tiempo des
pues de los sucesos referidos, marcaron muy en breve la si
tuacion decisiva en que debian hallarse los respectivos po
deres. La proscripcion del culto de las imágenes ordenada
por el César en todas las provincias del imperio, y la perse
cucion feroz y vandálica á que con este motivo se dejó llevar,
hicieron estallar en último resultado la escision, que, sorda
aun, fermentaba largo tiempo habia en los hijos de la Ciudad
Eterna, produciendo así un conflicto mas para Bizancio, y un
nuevo triunfo para Roma. Las imágenes, que hablan al mate
rialismo del hombre, demasiado grosero, por desgracia, para
elevarse á la region de los espíritus comprendiéndolos y pene
trando su esencia; las imágenes, representando mortales que
tuvieron pasiones cual nosotros, pero que supieron domarlas,
erigiendo así un templo á cada virtud dentro de sus puras al
mas, eran demasiado queridas á los pueblos, considerada la
cuestion bajo el punto de vista religioso: vista por el prisma
artístico, tenian un valor inmenso las preciosidades de escul
tura y de pintura que los templos encerraban, y que, ocupan
do al mismo tiempo un gran número de brazos, formaban la
atmósfera de las artes que siempre respiraron los hijos de
Roma y de la Italia toda. Fáciles, por lo tanto, comprender la
impresion que produciria semejante acuerdo en aquella Pe
nínsula, creyente siempre, en todos tiempos artista. Los ro
manos, pues, volvieron sus rostros demudados á la Silla Pon
tificia en demanda de un consejo, pidiendo un remedio á la
desgracia que así los afligia y un lenitivo al dolor que de tal
modo se complacia en atormentarlos. Estaban acostumbrados,
como hemos visto, á que de aquel centro partiesen todos los
consuelos para sus corazones, todas las luces para sus espíri
tus, todas las medidas que á su bien se encaminaban, y allí
recurrian ahora, lo mismo que hicieran siempre. Como va di
cho, ocupaba la Silla Pontificia Gregorio II, que habiendo
sustentado á los romanos durante lasinundaciones del Tíber,
rescatando á Cumas á precio de oro de manos de los lombar
dos, que la tomaron por sorpresa, reedificando el monasterio

- - - - -
59

de Monte-Casino, destruido por los mismos, enviando á San


Bonifacio á predicar la fe en Alemania, por su actividad, por
su celo, por sus virtudes y por sus beneficios, gozaba en toda
la Península de un poder ilimitado y absoluto, á que sola
mente su prudencia y su bondad eran capaces de poner un
dique. Por otra parte, el César se habia hecho odioso destro
zando los objetos mas venerandos del culto, incendiando la
biblioteca de Constantinopla, en que perecieron preciosidades
sin cuento, aboliendo las escuelas fundadas por Constantino
Magno, y, finalmente, llevando á cabo una persecucion hor
renda contra cuantos se negaban á entregar aquellas imáge
nes, en que siempre tuvieron gran devocion y confianza. El
Sumo Pontífice se negó constantemente, como no podia me
nos, á la ejecucion del sacrílego decreto iconoclasta, escribien
do diferentes veces al Emperador para hacerle desistir de tan
criminal empresa, fundándose en razones de piedad, de digni
dad, de entusiasmo y hasta de conveniencia; mas Leon nada
escuchó. Su avaricia se unióá su herética impiedad, y apode
rándose de los vasos sagrados so pretesto de que tenian gra
badas imágenes de algunos Santos, impulsó mas la devasta
cion que su espíritu malévolo ordenó. Varias veces intentó
ademas el asesinato del Papa; pero sus planes fallaron en to
das ocasiones, haciendo pública de este modo la aversion que
profesaba al Pontífice, y dando lugar con esto á que, indig
nados los pueblos, destrozasen las estatuas y los bustos de
aquel que no respetaba las efigies de los Santos.
Conocida en Roma la repulsa del Papa Gregorio, que los
ciudadanos esperaban, se armaron al punto todos, acudiendo
presurosos para engrosar su número, no solo los habitantes de
las ciudades vecinas, sino tambien los lombardos de Espoleto.
En vano fue que el exarca Pablo enviase sus tropas contra
Roma; la decision y el valor del pueblo aterraron á las hues
tes del Vicario, de modo que no osaron acercarse, huyendo, por
el contrario, y coronando la victoria á los hijos de las orillas
del Tíber. Era el momento por que suspiraba Italia, el instante
con que venia soñando Roma. El pueblo todo acudió á la mo
rada del Soberano Pontífice, otorgándole con entusiasmo in

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- - "
60

definible una especie de superintendencia sobre la ciudad y


su distrito: las ciudades comarcanas nombraron para su go
bierno duques independientes, como antes hicieran en Vene
cia; Pablo fue asesinado en Rávena; batieron y mataron los
romanos al duque de Nápoles, que sobre ellos vino con ánimo
de sojuzgarlos, y varias poblaciones se entregaron á Luitpran
do, Rey de los lombardos, á condicion de que el nuevo Mo
narca respetaria sus leyes y costumbres, obteniendo así fran
quicias y libertades de que no gozaron antes. ¡Una cuestion
religiosa promovió, á lo menos por entonces, la independencia
de Italia, conquistada con la espada de la fe!
Sin embargo, dice el baron Henrion, algun tiempo des
pues el Rey Luitprando hizo alianza con el eunuco Eutiquio,
exarca de Rávena, y convinieron en que el Rey sujetaria á su
obediencia á Espoleto, en tanto que el Vicario se apoderaria
de Roma para ejecutar las órdenes del Emperador contra el
Pontífice. Luitprando se dirigió con efecto á las puertas de la
Ciudad Eterna: el Papa, tranquilo y sereno, resuelto á libertar
á su pueblo y á sacrificarse en su defensa, marchó al encuen
tro del lombardo, y le habló en términos que, dejándole con
fuso, enternecieron á todos. El Monarca longobardo cedió al -
punto: postrado"á las plantas del sucesor de San Pedro, ofre
ció no hacer mal á persona alguna, y, despojándose de sus ar
mas, fue á depositar ante el sepulcro de los Apóstoles su es
pada, su tahalí y su manto, con una corona de oro y una cruz
de plata, haciéndoles donacion irrevocable del territorio de
Sutri (1).
Mas, á pesar de los disturbios que el furor bárbaro del
César encendió por todas partes, no obstante los golpes que
su autoridad sufrió, y á pesar de la desmembracion que su
poder esperimentó en Italia, insistió Leon en la promulgacion
de su edicto, que tuvo osadía bastante para remitir al Papa,
ofreciéndole el olvido si lo aceptaba, y la destitucion si no lo
cumplimentaba al punto. El Santo Pontífice rechazó amena
zas y promesas, duplicó sus oraciones, y prescribió rogativas,

(1) Henrion: Historia de la Iglesia.


61

ayunos y procesiones, exhortando á los fieles todos á la fir


meza en la fe y á la perseverancia en las creencias que de sus
antepasados recibieron. Pero ya los romanos habian tomado
su partido en vista de los atentados que constantemente se
intentaban contra su libertad y su fe, y contra el Padre y
Maestro que la Providencia les diera. Solemnemente se obli
garon con juramento á perder la vida antes que tolerar el me
nor desman contra las sagradas efigies y contra el Pontificado,
y se ratificaron en las medidas adoptadas al principio del mo
vimiento, viniendo áunirse con ellos en la misma identidad
de sentimientos, respecto á la Religion y al Papa, el Rey y
los magnates lombardos. Gregorio II, mal que pese á sus de
tractores, recomendaba entre tanto la obediencia á las débiles
reliquias del poder que los Emperadores encarnaban, forman
do así un muy notable contraste la abyeccion infamante del
imperio con la cristiana y generosa lealtad del Pontificado.
La herejía iconoclasta fue por fin condenada solemnemente
en el Pontificado de Gregorio III, varon de gran virtud y de
misericordia y de bondad insignes, en un Concilio celebrado
en la iglesia de San Pedro, al cual asistieron noventa y tres
Obispos, algunos de ellos súbditos temporales de Leon. Los
diversos Estados de Italia reunidos dirigieron sobre el mismo
objeto una representacion precisa y terminante, aunque res
petuosa, al príncipe heresiarca, que nada quiso escuchar. Una
escuadra formidable envió contra las costas de Italia; pero la
Providencia la deshizo en una tremenda borrasca, y sus dis
persos restos, que intentaron cebar su rabia y su furor en los
muros de Rávena, fueron tambien destruidos y aniquilados
por los ciudadanos que unánimes acudieron presurosos á las
armas. El coraje y la saña del Emperador no tuvieron lími
tes: las vejaciones mas odiosas, las mas monstruosas é injus
tas exacciones, y las medidas mas execrables y dignas de re
probacion y vituperio, se llevaron á cabo; mas la fe, el senti
miento religioso y la conciencia de la propia dignidad anima
ban á los pueblos, y todo se estrelló ante la constancia de
aquellos heróicos fieles, dignos hijos del Pontificado, que, edu
cándolos en el Catolicismo, supo ennoblecerlos con virtudes
62

que á su tiempo les harán el primer pueblo del mundo civi


lizado.

IV.

Poder temporal.

Desde 750 á 814.

Llegamos á un período de la historia en que al fin se des


envuelven de una manera consecuente y lógica todos los gran
des sucesos que hasta aquí han ocurrido. Es una solucion per
fecta de todo ese cúmulo de hechos heterogéneos que han
conmovido á la Italia, y la consecuencia precisa y legítima
de los grandes sacudimientos y de las memorables victorias
por que ha pasado la Silla del Pescador. Nuevas amarguras la
esperan sin duda alguna; pero tambien ¡cuántos y qué glorio
sos triunfos sobre la maldad del hombre!
Carloman, Rey de los francos, habia descendido las gradas
de su trono, y despojándose de sus insignias reales, habia
vestido la cogulla, cediendo el imperio galo á su hermano Pi
pino. Y al mismo tiempo que la virtud se despojaba volunta
riamente de las grandezas humanas y trocaba la diadema del
monarca por la corona de espinas del monge, el vicio, repre
sentado en Hildebrando, era arrojado ignominiosamente del
solio lombardo que ocupaba, viniendo á sucederle Ratchis,
duque de Frioul, electo Rey longobardo por aclamacion de
todo el pueblo.
Todavía resonaban en lontananza los vítores que su ele
vacion al Trono produjera, cuando ya, poco contento con la
monarquía que la Providencia sometia á su cuidado, quiso
aumentar sus dominios, fijando para ello sus ambiciosas mira
das en el feraz territorio que circundaba á la Ciudad Eterna:
y en tanto que la tranquilidad imperaba por todas partes,
sagaz y disimulado, preparó un copioso ejército, con el que
sitió á Perusa, despues de asolar y de aterrar con sus cruelda
des la Pentápolis. Italia entera se conmovió nuevamente en
63

vista del peligro que otra vez la amenazaba cuando menos po


dia esperarlo, y Roma se estremeció una vez mas al verse
hecha siempre el blanco de las codicias del hombre: mas el
Papa Zacarías, que á la sazon ocupaba la Sede de San Pedro,
animado del deseo de salvará la Península, siguiendo el gran
dioso y noble ejemplo de sus predecesores, marchó al punto
hácia Perusa, rodeado de todo el clero de Roma y acompa
ñado de las oraciones que al cielo elevaba un pueblo agradeci
do que la piedad pontificia bendecia. La severa elocuencia
del Papa no fue inútil con el monarca invasor. Ratchis levantó
el asedio, comprendió el mal que intentara y el escándalo
causado, confesó su enorme culpa, y al tiempo que el Pontí
fice volvia gozoso hácia Roma, el Rey lombardo abdicaba su
corona y pedia un asilo en el monasterio de Monte-Casino,
vestido ya con el hábito del mas humilde servidor de Dios.
Entre tanto era aclamado Pipino Rey de los francos, y
por la gracia de Dios ocupaba el trono galo, apresurándose á
restituir á los monasterios é iglesias los bienes y territorios
que por efecto de las pasadas circunstancias estaban en poder
de la Corona, dando con ello un placer al Papa San Zacarías,
que murió por este tiempo.
Estéban II, llamado por otros III, subió al Trono de San
Pedro en los momentos solemnes en que la dominacion griega
se hundia en la Península y en que el poder imperial des
aparecia de Italia con la destruccion total del exarcado de
Rávena. Eutiquio, último Vicario, no tuvo valor bastante
para defender aquellos restos de autoridad que le encomendó
Bizancio, y huyendo presuroso áGrecia, dejó libre campo al
Rey Astolfo para que consumase sus ambiciosos deseos; pues
no contento este monarca con su corona lombarda y con su
anterior conquista, pensó tambien apoderarse de Roma y de
todos sus contornos, empleando para ello las mas duras ame
nazas, y exigiendo anticipadamente un tributo anual de un
sueldo de oro por cabeza. El Santo Padre le envió comisiona
dos que á nombre del Papa hablasen al atrevido monarca,
que no consintió escucharlos: el Pontífice volvió sus ojos en
tonces á Constantinopla en demanda de socorros, que no vi
64

nieron ahora, como jamás llegaron en otras ocasiones; el mal


amenazaba de cerca, la tempestad arreciaba, la consternacion
cundia, y el bárbaro estrechaba el cerco de la Ciudad Eterna,
pidiendo su inmediata rendicion. ¡Él tambien soñaba, sin duda
alguna, con la unidad de Italia, teniendo por capital á Roma!
Pero Roma, contenta con el poder benigno y justiciero de los
Papas, no queria rendirse al Rey lombardo. Ninguno de los
grandes señores cuyos dudosos descendientes hacen hoy valer
sus pretendidos derechos á la corona de Italia con la Cruz de
Roma en ella, se presentó á defender entonces á la ciudad de
San Pedro; ¿por qué entonces no arrostraron los peligros in
herentes á aquella angustiosa situacion, y, cumpliendo como
buenos, lidiaron por la santa causa de la patria, vilmente
amenazada? ¡Miserables! ¡Estaban de acuerdo con el ruin ene
migo, y proyectaban, como Esaú, vender su primogenitura por
un plato de lentejas! Un solo hombre, débil y achacoso, hizo
esfuerzos admirables; y despreciando peligros, desdeñando
temores y arrostrando contrariedades sin fin, marchó á Fran
cia, á cuyo soberano ya habia escrito de antemano su pro
yecto, en busca de los socorros precisos, despidiéndose entre
sollozos de sus hijos los ciudadanos de Roma, que puso bajo
la proteccion de Dios y de los Santos Apóstoles.
El hijo primogénito de Pipino salió á recibir al Papa á
treinta leguas de la residencia real; y su padre, el monarca
franco, avanzó hasta una legua al encuentro del Pontífice.
Apenas le descubrió, se apeó de su caballo, imitándole cuan
tos le acompañaban; y postrados él, la Reina, sus hijos y la
corte toda, recibieron la bendicion de aquel santo y generoso
anciano, que peregrinaba á lejanas tierras para salvará su
pueblo. Á pie, descubierta la cabeza y en actitud humilde y
respetuosa, acompañó el soberano franco al sucesor de San
Pedro, que en vano le instó por que ocupase el puesto que á
su dignidad correspondia.
Enterado Pipino de la peticion del Papa, ofreció conjura
mento satisfacer cumplidamente sus deseos; y despues de ha-
ber sido consagrado por el Pontífice; despues de haber inti
mado áAstolfo por tresveces la devolucion de sus usurpacio
65

nes y la cesacion de los horrores con que se vengaba de la


resistencia que en las orillas del Tíber encontraba, salió al fin
el monarca francés de sus dominios al frente de un ejército
numeroso y aguerrido, y forzando el paso de los Alpes y lle
nando de terror al Rey lombardo, le obligó á encerrarse pre
suroso dentro de los muros de Pavía, cuya ciudad sitió. El
Papa, siempre generoso y grande, quiso evitar la efusion de
sangre, é interpuso su valimiento para la celebracion de un
tratado en que se ofrecia devolver todo lo malamente adqui
rido; tratado que no debia cumplirse por parte del falaz Astolfo.
En efecto; pocos meses hacia que Pipino volviera á su pais y que
los romanos saludaban gozosos con cánticos mil de júbilo la
vuelta de su amado Padre, cuando el monarca lombardo, re
novando sus tiranías y olvidando la fe y la palabra empeña
das, puso cerco á la Ciudad Eterna y cometió los escesos mas
horribles y las mas espantosas crueldades, asolando la comarca
toda. El Sumo Pontífice se dirigió de nuevo en una carta no
table al Rey de los francos, el cual no se hizo esperar por mu
cho tiempo. Entró al punto por la Lombardía, sitió de nuevo
en Pavía áAstolfo, y le obligó al cumplimiento de lo pactado
en el año anterior, estrechándole hasta consumar la devolu
cion de lo usurpado, que entregó con tanto mas sentimiento
el longobardo, cuanto que le costó tambien esta guerra la pér
dida de importantes y no escasos territorios.
Embajadores de Bizancio llegaron por este tiempo al cam
pamento francés, exigiendo al monarca galo la entrega de las
tierras y posesiones conquistadas á los lombardos, y que estos
habian arrebatado al imperio en nombre de Constantino Co
prónimo, entonces Emperador de Oriente. ¡Vergüenza y bal
don eternos sobre aquellos Césares innobles que tan impu
dentemente declinaban el honor de sostener la justicia de su
causa en los campos de batalla, muriendo, si era preciso, con
las armas en la mano! ¡Vergüenza sempiterna para los cobar
des Emperadores de Oriente, que, dejando arrastrar su coro
na por el fango, osaban pedir al noble caballero que desenvai
nó su espada por la fe y la justicia oprimidas, el reconoci
miento de sus caducos y abandonados derechos! ¡Y era Cons
66

tantino Coprónimo, el perseguidor de la católica creencia, el


destructor de las imágenes santas, el Emperador perjuro á la
fe de su bautismo, el caballero degradado y el hombre cor
rompido, que cobardemente calló á la vista del peligro; era él,
el que osaba enviar su legacía, reclamando el dominio de la
Roma católica, de la Roma patricia, de la Roma artista, de
la Roma que abandonó al enemigo por miedo ó por impoten
cia!... Por fortuna Pipino, lleno de indignacion á vista de se
mejante proceder, contestó con airado semblante á los envia
dos imperiales: Los francos no han derramado su sangre por
los griegos, sino por San Pedro y por la salvacion de sus al
mas. Esos Estados, que en vano reclamais y sobre los que
ningun derecho teneis, están donados de un modo irrevocable
á San Pedro, á la Iglesia y á los Papas perpetuamente; y,
creedme: no hay fuerzas ni tesoros en la tierra que me hagan
faltará mi palabra. ¡Y era verdad! Rávena, Rímini, Péssaro,
Fano, Cesena, Sinigaglia, Forlimpópoli, Forli, Gesi, Comman
chio y Narni pertenecian ya al dominio sagrado de la Iglesia.
Concluida la campaña de 755, hizo Pipino solemnemente
donacion perpetua, duradera, irrevocable de todo el exarcado
griego, en los términos indicados en su respuesta á los legados
de Oriente, cumpliendo así el proyecto concebido por él en
Ponthion, y aprobado despues en un Concilio celebrado en
Querci del Oisa, donde se reconoció la utilidad y la necesidad
de la soberanía temporal de los Pontífices con Roma como
centro de ella. Tan notable documento se depositó en los ar
chivos de la Basílica de San Pedro, y el Papa Estéban fue
puesto al punto en solemne, real y actual posesion de todo el
exarcado y la Pentápolis. El edificio, pues, del poder tempo
ral de los sucesores del Pescador sube lenta pero firmemente,
como se ve; mas es un hecho tan natural y tan lógico, que
el mundo lo acepta con júbilo, la Italia lo recibe con alegría,
y las únicas reclamaciones no justificadas que origina, las aho
ga el ruidoso gozo de la ciudad del Tíber, que trueca gustosa
la Corona de los Césares por la santa Tiara Pontificia. Y como
Dios protege siempre á aquellos cuyas fuerzas le son consagra
das para la defensa de lo bueno y de lo justo, el Rey franco,
67

el monarca semi-bárbaro Pipino, se vió buscado y solicitado


de todos los soberanos que anhelaban su amistad y su alianza;
y al par que la prosperidad de su nacion crecia, recibia nue
vas embajadas del César bizantino, que con ricos y magnífi
cos presentes le pedia la mano de su hija Gisela para el pri
mogénito imperial Leon. Noble y digno en todo tiempo el
fiero monarca galo, que pudiera dar lecciones de caballerosi
dad real á algunos soberanos del siglo XIX, respondió tranqui
lo que entre él, hijo sumiso de la Iglesia, y los enemigos de
esta, no cabia alianza alguna. ¡Leal y generosa conducta que
el universo católico aplaudió con entusiasmo
El dia, 25 de abril de 757 murió el Sumo Pontífice Esté
ban II, llorado por los romanos, que se cubrieron de luto por
su Padre y bienhechor. Once años despues fallecia tambien el
soberano francés, verdadero hijo primogénito de la Iglesia, á
quien siempre respetó y defendió con el mayor celo y con el
mas puro afecto. El reino fue dividido entre sus dos hijos, su
biendo Carlo-Magno al trono, que debia ennoblecer con sus vir
tudes y hacer inmortal con su grandeza y sus victorias. Un
nuevo Constantino deparaba la Providencia á la Iglesia, y un
gran monarca á una gran nacion. ¡Ay! Cuando, comparando
tiempos y cotejando circunstancias, se ven mil años trascurri
dos como si no hubiesen pasado, y se encuentra á la Iglesia y
á los Papas, á la justicia y el derecho, en el mismo abandono
y opresion en que los Emperadores de Oriente y los bárbaros
de Occidente los tuvieron, involuntariamente vuelve uno los
ojos á todas partes, y exhalando suspiros pregunta al espacio,
que se calla: ¿En dónde existe hoy un Constantino? ¿Qué se
ha hecho de la fe en la patria inmortal de Carlo-Magno?...n
El Sumo Pontífice Estéban III no vió las grandes cosas
que reservaba la Providencia á la Iglesia; sucumbió el 1º de
febrero de 772, y en su lugar subióá la Silla de San Pedro el
Papa Adriano I. Didier reinaba por este tiempo sobre los
lombardos; y malcontento y celoso, miraba con torvos ojos la
felicidad francesa, y oprimia cuanto le era dable á la Iglesia.
El Papa se habia negado á marchará Milan á consagrar á los
nietos del soberano longobardo, y este se vengaba negándose
68

á consumar la restitucion que solo empezara Astolfo. Adriano,


dulce y piadoso siempre, hizo amargas reflexiones á aquel Rey
desatentado, que así hollaba el derecho y la justicia; mas, des
oidas sus paternales voces y sentidas quejas, volvió sus ojos á
Francia, que entonces podia decir con orgullo ser en verdad
defensora de todas las causas nobles.
Las victorias que Carlo-Magno habia obtenido sobre los sa
jones habian hecho ilustre su nombre y habian aguerrido á
sus ejércitos; y los muchos triunfos que en los campos de ba
talla alcanzó fácilmente, le elevaron áuna gran altura, dán
dole una reputacion gigante como Rey y como sabio y enten
dido capitan. Sin embargo, sintiendo hacer resonar sus clari
nes en la Península itálica, y deseando evitar los males que
en su pos lleva la guerra, envió diversas embajadas á Di
dier, rogándole cumpliese lo ofrecido con solémne juramento
ante los ojos de Dios y á la vista de todo el universo. Propo
siciones varias, en que se agotó el espíritu de conciliacion y
paz, se hicieron al Rey lombardo, que, ciego, despreció las
ventajas que se le ofrecian, y, henchido de soberbia, preten
dió obtener mejor éxito fiándolo todo ásu arrogante pujanza;
pero pronto conoció su error, al presentarse en los Alpes el
ejército francés, destruyendo todas sus defensas y cayendo im
ponente y rápido sobre los campos lombardos, que abandona
ron desbandados los aterrados soldados de Didier. El pánico
se apoderó de los descendientes de los bárbaros; los ciudada
nos de Espoleto cortaron sus barbas y sus cabellos al estilo de
los romanos, y corrieron á los pies del Papa, implorando su
clemencia y rogándole les admitiese por súbditos de la Silla
Pontificia. No fueron menos presurosos ápedir el reinado de
San Pedro sobre ellos, los hijos de Terni, Ancona, Foligno y
otros puntos, que renegando de aquellos soberanos, que fue
ron una calamidad permanente, suplicaron al Papa Adriano
los cubriese con el manto de la soberanía de la Iglesia.
Deseoso Cárlos de pasar en Roma las fiestas de la Pas
cua, que ya se aproximaba, y de rendir sus homenages á los
Santos Apóstoles, sus patronos, marchó á la Ciudad Eterna,
cuyos senadores, magistrados y patricios salieron á recibirle
69

á gran distancia, en tanto que el Pontífice le esperaba á la


puerta de la Basílica de San Pedro, entonces estramuros de la
ciudad. El Rey francés, que caminaba á pie desde que avistó
las cruces, se arrodilló ante las gradas de la iglesia, besolas
una por una, y despues de saludar al Papa con las mayores
muestras de respetuoso afecto, le pidió licencia para entrar y
residir por algun tiempo en aquella Roma que tan grandes
cosas viera. Al punto se otorgó al soberano franco el permiso
que solicitó, haciendo su entrada en Roma eclipsado volunta
riamente por respeto al sucesor de San Pedro. Conmovido en
presencia de las maravillas que los Sumos Pontífices, despro
vistos de todo, habian obrado en aquel inmenso sepulcro del
paganismo; enternecido al ver tantas virtudes y tan grandes
dotes como siempre brillaron en los Vicarios de Cristo; ad
mirado al ver aquella Cruz que hacia ocho siglos era un pa
dron de infamia, y entonces mandaba al mundo; sobrecogido
de respeto ante aquella tumba, la cual encerraba el cuerpo de
un pobre pescador, que, conmoviendo al mundo pagano con
su estraña doctrina, conquistó á ese mundo para la civiliza
cion y el bien, dándole á Roma por capital; impresionado
hondamente en aquellas Catacumbas y en aquellas vias, en
que se escuchaba el acento de los mártires cantando las gran
dezas y la gloria que acumuló el Pontificado sobre la Ciudad
Eterna; absorto al considerar el sincero y filial afecto que la
Italia toda profesaba á sus Pontífices, no solo confirmó las li
beralidades de su escelso padre, sino que, por un documento
solemne, hizo donacion, usando de su derecho de conquista,
á la Iglesia de Roma y á los Papas de todo el territorio com
prendido desde la ribera de Génova, añadiendo el puerto de
Spezzia, la isla de Córcega, las ciudades de Bardi, Reggio y
Mantua, las provincias venecianas, todo el antiguo exarcado
de Rávena y los ducados de Espoleto y Benevento.
El Sumo Pontífice, pues, á contar desde este instante, es
un soberano poderoso que, sin tener fuerzas bastantes para im
poner recelos á los demas monarcas, tiene, sin embargo, Es
tados suficientes para disfrutar de la independencia que su al
tísima mision exige.
70

El acta de la importante donacion que queda reseñada,


firmada con el monograma real, fue colocada sobre el cuerpo
de San Pedro por el monarca francés; pidiendo al cielo favor
si su palabra cumplia, y castigos tremendos y terribles si él,
sus sucesores ó algun otro faltasen á la observancia del pacto
que con la Providencia hacia, y rompian el compromiso que
ante el Eterno voluntariamente contraia. No parecia sino
que el gran Rey con su claro talento y maravillosa perspica
cia, veia á través de los siglos los siniestros acontecimientos
futuros y la maldad sin freno de los siglos que le sucederian.
No parecia sino que vislumbraba en el porvenir la ingratitud
de los monarcas y la indiferencia de algunos pueblos que un
dia habian de olvidar de mancomun los inmensos beneficios
que al establecimiento de las naciones, á su civilizacion y á
los adelantos de la Península itálica prodigaron en todo tiem
po los Papas, segun obligaba con fuertes y terribles lazos, y
precisaba los términos de aquella inolvidable donacion, llama
da por el franco justa restitucion.
Irrevocable por su naturaleza, como toda donacion inter
vivos, gozando sobre los paises donados el derecho de propie
dad y dominio absoluto que el uso guerrero prestó siempre á
la conquista, él adopta todos los medios disponibles para cum
plir su deseo y afirmar sólidamente la ejecucion de su piadosa
voluntad. Congrega en torno de sí á los hombres mas ilustres
y mas sabios de Francia y de Italia, declara ante ellos su su
prema aspiracion, pídeles consejo, y con su asentimiento dona
los Estados referidos, estiende acta pública y solemne de ello,
confirma su palabra con el rescripto real, que firma, y to
mando al universo por testigo, á los Santos Apóstoles por
acusadores ante Dios y al Eterno por su Juez, invoca las ben
diciones del cielo sobre los cumplidores de su regia voluntad,
demandando sus anatemas para los detentadores impíos de lo
que á la Iglesia lega libremente y en uso de su derecho. El
soberano francés pide el dictámen de los hombres, que asienten
gozosos ásu cristiano proyecto; reclama el auxilio del cielo,
que siempre le protegió, y que le favorece hasta el fin de su
existencia; su espada, pues, su palabra, su firma, el asenti
71

miento de los pueblos, la alegría de Roma confirman la dona


cion; ¿quién ha reclamado contra ella?... ¿Han protestado los
pueblos, se ha resentido el equilibrio europeo, ha padecido
detrimento la pública moral, se han conmovido los funda
mentos de la sociedad, se ha violado la justicia, se ha lasti
mado el derecho, ó ha sido la desgracia, compañera insepara
ble de la donacion, y suscitando guerras justas por parte de
los que han codiciado el sagrado patrimonio, han caido tal
vez sus defensores, maldiciendo con moribunda voz en los
campos de batalla la obra de los Carlovingios en Italia?... No;
nada de eso ha sucedido. Roma ha recibido con entusiasmo al
soberano francés, gritando á su paso: ¡Bendito el que viene
en el nombre del Señor!. Los guerreros francos han doblado su
cervizante el sepulcro apostólico, y han rendido sus armas en
presencia del sucesor de San Pedro; los sabios han aplaudido;
los patricios se han alborozado; Italia se ha regocijado hasta
llegar al delirio; la paz se ha afirmado en la Península; los
lombardos han callado; el acta es válida; la firma real es legí
tima; el derecho es incontestable, y los Emperadores bizanti
nos que en tiempo de Pipino protestaron, ahora han enmude
cido, sin que su reclamacion haya existido. Añadamos que
los pueblos católicos saludaron este acontecimiento ebrios de
gozo, como un gran suceso que venia á tranquilizar todos los
escrúpulos y todas las conciencias. El Papa, pues, es sobe
rano legítimo. Tiene el derecho de la tierra, la voluntad de
los príncipes, el asentimiento de los pueblos y la sancion del
cielo por el ministerio de la Iglesia. El Estado de San Pedro
está constituido por lo tanto, y la Corona de hierro de Theo
delinda y de Astolfo ciñe las sienes del monarca galo, que,
concluida la campaña de 787 contra Ariquiso, duque de Be
nevento, despues de confirmar nuevamente sus donaciones
anteriores, añadióá ellas las ciudades entonces conquistadas,
entre las que Capua ocupaba el principal lugar. ¡Qué diferen
cia entre aquellos hijos del Lacio, descendientes de Bruto y
de Caton, que desgarran los miembros de su madre, vendién
dolos al mejor postor ó dándolos al mas osado, y este estran
jero que así cicatriza las heridas de la hermosa Italia! ¡Qué
72

distancia entre aquellos abyectos senadores, que piden á Jus


tiniano reduzca la Península á simple provincia del imperio
de Constantinopla, y este monarca, que á la voz de su honor
va uniendo los retazos del manto de los Césares, que su es
pada recoge bajo la soberanía de la Iglesia, dando así una vez
principio á aquella unidad por tanto tiempo y por todos sus
pirada! ¡Y era un estraño, que se llamaba administrador del
reino francés y del lombardo en nombre de Jesucristo,único
Rey Eterno, el que realizaba la gran obra con que la Italia
soñaba, auxiliado para ello por los sucesores de San Pedro.
Diplomáticos, monarcas, guerreros, filósofos, sucesores de
Carlo-Magno y católicos sinceros, ¿no teneis alguna solucion
para este enigma, que pone así en todo tiempo á la Iglesia y
á los Papas al frente de todo lo grande y bello que en el mun
do se consuma?.
El Papa Adriano I, que tan magníficas cosas viera reali
zadas en su glorioso Pontificado, habia fallecido en 795, po
niendo fin con su muerte á un largo período de veintitres
años, durante los cuales se esmeró en adornar tambien la
Ciudad Eterna con innumerables templos, reparando al mis
mo tiempo las murallas de Roma y construyendo acueductos
que la surtiesen de aguas en todas las estaciones. Así proba
ban los Papas que sus tesoros enriquecian á Roma á propor
cion que el mundo les enriquecia á su vez. Y nunca se diga
que la formacion y la constitucion del Estado de San Pedro
fue la causa eficiente de que perdiese su libertad, su indepen
dencia ó su autonomía, como hoy se dice, el reino lombardo,
no. Los Pontífices, celosos defensores de los derechos de to
das las naciones, como siempre lo han probado; ellos, que, aun
que obligados á Pipino por el reconocimiento, por un senti
miento de respeto hácia el imperio de Oriente, disuelto ya en
la Península, solo concedieron al soberano francés el título de
patricio óprotector de Roma, siempre de acuerdo con el Se
nado y el pueblo; ellos, que tuvieron valor bastante para de
tener al Monarca franco en la pendiente que intentó recor
rer con motivo de su célebre divorcio; ellos, que en repetidas
ocasiones intercedieron por Astolfo y por Didier, jamás, de
73

fensores constantes del derecho y la justicia, hubieran dejado


de condenar el uso de la fuerza que destrozase á un gran pue
blo; nunca se hubieran vestido con el ropaje del prójimo.
Adelchis fugándose de Verona, y llamando la ciudad al Rey
conquistador; Hunaldo ocultándose en Pavía, cuyas puertas
abre el pueblo al soberano francés, y los hijos de Italia acu
diendo á solicitar el dominio temporal de los Papas, demues
tran claramente la voluntaria abdicacion de los jefes y de los
duques lombardos y el deseo de aquellos pueblos, cuyo ple
biscito se invoca hoy con estruendo, y que entonces ciñeron
espontáneamente al gran Pipino la diadema de la Italia. Ade
mas, la Francia tenia resentimientos de Didier, que despreció
sus múltiples embajadas y los consejos y amonestaciones que
el protector de la Ciudad Eterna le dirigió con frecuencia; con
mengua de su dignidad soberana y de su decoro real, faltó al
cumplimiento de obligaciones sagradas y quebrantó sus jura
mentos; Cárlos, pues, usó de su derecho conquistando aquel
pais, que era gérmen fecundo de males para la Italia, y que soste
nia la revolucion permanente en la Península, cediéndolo lue
go en todo, ó parte, á quien mejor le vino en mientes (1).¡Ah!
Si las donaciones de Pipino y Carlo-Magno hubiesen recaido en
algun príncipe óseñor feudal de los muchos que, promoviendo
aventuras, pululaban en Italia, como ha sucedido en pleno
siglo XIX, entonces esas donaciones se hubiesen invocado como
(1) Hé aquí cómo cuenta el Obispo de Perpiñan los sucesos de aque
lla época: “En el siglo mismo en que la soberanía temporal se engran
deció por la piedad de Carlo-Magno, tuvo la Santa Sede un enemigo
terrible en Didier, Rey entonces de los lombardos, á pesar de los ilus
tres ejemplos de piedad que en su familia tenia, y de la cristiana edu
cacion que recibió. Por sí y por sus ministros prometió repetidas veces
el territorio de los Estados de la Iglesia; pero le atormentaba
:
el deseo de anexionar á su reino las comarcas vecinas, de las cuales se
hallaban algunas bajo el augusto cetro del Soberano Pontífice. Los emi
sarios hábiles y atrevidos que pagaba, le servian bien; así fue que pro
testando de su profunda veneracion hácia el Jefe de ía Iglesia, el Rey
de los lombardos se apoderó de Bolonia, Ferrara, Faenza, Imola, Rá
vena y otros lugares comprendidos particularmente en la provincia
que entonces se llamaba Emilia, y que es hoy la Romanía. Entonces
fue cuando intervino Carlo-Magno para castigar estas usurpaciones y
restituir á la Santa Sede sus antiguas posesiones, donándole nuevos y
mas estensos territorios. (Carta del Sr. Obispo de Orleans á M. Gran
guillot, 4 de febrero.)

--- -.. - --- - - — —


74

el mejor derecho, aunque, como en nuestros dias, hubiera sido


preciso para ello hacer la apología de la mala fe y del dolo!
¿Qué mucho, si tiene defensores aquel abyecto imperio en que
reinaron un dia los corrompidos iconoclastas?.
Sucedió al Pontífice Adriano el presbítero Leon, que fue
consagrado al punto. La pureza de sus costumbres, dice un
historiador verídico (1), su piedad, su caridad y su manse
dumbre, unidas á su rectitud y su amor á la justicia, su for
taleza insigne y su elocuencia irresistible, le granjearon tanto
la estimacion y el afecto públicos, que fue elegido por una
nimidad y sin escepcion alguna, con aplauso de los grandes y
del pueblo. Noble, liberal y generoso, no tardó en distinguirse
por sus continuas dádivas, captándose de este modo el frené
tico cariño con que Roma se complacia en saludarle por do
quiera. ¡Y, sin embargo, con tan escelentes dotes y tan per
fectas virtudes, debia verter lágrimas muy amargas, y pere
grinar á un pais estraño en busca de un asilo contra la mal
dad y la injusticia coligadas: que el espíritu del mal inspira
siempre á mezquinas almas, y halla en todos tiempos cora
zones pobres en que depositar su venenosa semilla!
Tan pronto como Leon III ocupó la Sede Apostólica, di
rigió cartas anunciándolo así á todos los monarcas de la cris
tiandad. España, Francia, Inglaterra y Alemania le dirigieron
al punto sus mas sinceras salutaciones y las felicitaciones mas
respetuosas y espresivas, por medio de embajadores estraor
dinarios nombrados para este fin. Poco debia durar, á pesar
de todo, el gozo del Pontífice y del mundo; dos indignos
sacerdotes, movidos por un resorte misterioso que no cono
ce la historia, preparaban al universo un dia de luto y á
Roma un espectáculo jamás visto en su recinto.
El Papa Leon salia á caballo de su palacio de Letran en
799, cuando de entre las turbas que le vitoreaban con entu
siastas aclamaciones, se destacó un grupo de revoltosos, á
quienes nadie conocia, capitaneado por Pascual, primicerio
de la Iglesia, y por Campulo, tesorero de la misma, ambos

(1) Alzog: Historia general de la Iglesia.


75

parientes del Pontífice Adriano. Dirigiéndose al Papa, que


caminaba lentamente á causa de la multitud que le obstruia
el paso, le arrojaron del caballo, y arrastrándole, hicieron es
fuerzos sobrehumanos por arrancarle los ojos y la lengua. El
terror del pueblo fue inmenso. Mudo de asombro, huyó en
todas direcciones, en tanto que los amotinados, no osando
atentará la existencia del Papa, se contentaron con encer
rarle en el monasterio de San Silvestre. El noble Vinigiso voló
alpunto á libertarle al frente del pueblo, repuesto de su pri
mera impresion, y le condujo á Espoleto, desde donde se diri
gió el Pontífice átodo el mundo católico, manifestándole por
medio de nuevas cartas los ultrajes recibidos, las violencias
ejercidas con su persona y la ignorancia absoluta en que se
hallaba de la causa que pudiese haber originado tan criminal
y sacrílego atentado, protestando su inocencia, cualquiera que
aquella fuese.
Desconsolado Carlo-Magno con tan tristes nuevas, envió
sin tardanza legados al Santo Padre para que dispusiese en
tan amargo trance de su persona y su reino, y el Papa decidió
pasar á Francia á visitará aquel noble y generoso hijo. El
soberano francés salió á recibirle á Paderborn, adelantándose
su hijo Pipino hasta el encuentro del Pontífice. Cuando este
fue avistado por la corte, el Rey, las tropas, el clero, los no
bles y el pueblo, todos se postraron pidiendo de rodillas la
bendicion apostólica; y el atribulado sucesor de San Pedro
pudo disfrutar al fin, en medio de su amargura, un momento
de consuelo, que le hizo entonar con acento conmovido el him
no sublime de los ángeles: Gloria in excelsis Deo (1).
Pocos dias habian trascurrido desde la llegada del Papa á
Francia, cuando Carlo-Magno, ardiendo en indignacion, envió
comisionados áRoma siete Obispos y tres condes encargados de
acabar con los alborotos que Pascual y Campulo promovian
diariamente, escitando las justas quejas del pueblo, y de inves- .

(1), Et subitô facta est cum angelo multitudo militiae colestis, lau
dantium Deum et dicentium: Gloria in altissimis Deo, et in terra
pax hominibus bonae voluntatis. (S. Lúc., cap. II, versículos 13 y 14.)
76

tigar al mismo tiempo la verdad de las acusaciones que for


mulaban contra el poder temporal de Leon III.
El juicio se abrió, y el Papa resultóinocente de todos los
cargos que se le imputaban, remitiendo los jueces nombrados
para este efecto las investigaciones practicadas al soberano,
para que en su vista resolviese. Por de pronto Leon III vol
vióá Roma, que lloraba su ausencia y que al saber su regreso
salió á recibirle, dispensándole una ovacion indescriptible, en
la cual el clero, los patricios, el Senado, la milicia y el pueblo
todo en masa se precipitaron á su encuentro, vitoreándole
con ardimiento, llevando estandartes y banderas y cantando
himnos que el universo todo repitió y aplaudió con entusiasmo.
Al año siguiente volvió Carlo-Magno á Roma por cuarta
vez en su vida, siendo tambien recibido con gran afecto y
magnificencia suma. El Pontífice, los Obispos y el clero salie
ron al encuentro de aquel que traia por objeto juzgar las
justicias de los hombres. Pocos dias despues se reunieron el
soberano francés, los Prelados, el Senado y el clero para de
nuevo examinar la causa Pontificia y pronunciar su senten
cia; mas esta ilustre Asamblea declaró que en modo alguno
queria ni podia erigirse en juez de la Cabeza Suprema de la
Iglesia. Esto no podia quedar así; el Pontificado habia sido
hollado por perversos sacerdotes con varios y fútiles pretes
tos, y era preciso deshacer las imposturas que intentaban
manchar la limpia reputacion del Santo Padre. ¿Qué hacer,
pues? El Rey declina su competencia; el Concilio se recusa á
sí propio por falta de jurisdiccion; nadie se atreve á acusar;
nadie osa levantar su voz; nadie quiere juzgarle ni piensa en
humillarle defendiéndole... ¿Qué hacer?... ¿Qué hacer? Cs olvi
dais de la santidad de los Papas y de su amor á la justicia,
vosotros, los que le maldecís; vosotros, los que tambien
le acusais en su gobierno temporal; vosotros, los que in
tentásteis un dia reuniros en Concilio político por medio
de un Congreso para juzgar y sentenciar sin duda al que
conoce vuestros enredos y miserias diplomáticas. ¿Qué ha
cer? Escuchad: nYo, dice el Papa, quiero seguir las hue
llas de mis predecesores. Habla, y abrazando el libro de

-
-" " - "___- -" " - " -
-------- -- "
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-------------
77

los Santos Evangelios, sube al púlpito, y poniendo sus ma


nos sobre el sagrado libro, ante el concurso anhelante y
mudo de asombro, pronuncia así en alta voz: Yo, Leon,
Pontífice de la Santa Iglesia Romana, motu proprio y con
libre voluntad, juro delante de Dios, que está leyendo mi
alma, en presencia de sus ángeles, de los bienaventurados
Apóstoles y de todos los que me oís, que no he ejecutado ni
mandado ejecutar las acciones criminales que se me imputan;
invoco por mi juezá Dios, en cuyo tribunal hemos de compa
recer todos, y á cuya vista estamos en este momento. Obro
así sin estar obligado á ello por ley alguna, y no quiero que
este ejemplo sea de consecuencia para mis sucesores. Un
grito unánime, en que millares de voces vitoreaban al sucesor
de San Pedro, fue la contestacion que obtuvo el Vicario de
Jesucristo. La Silla Apostólica, pues, acababa de lavarse de
la afrenta que sobre ella intentaron arrojar dos de sus dege
nerados hijos, y era preciso y justo imponerá estos el castigo
que su maldad merecia.
Carlo-Magno habia sido proclamado Emperador de Occi
dente por el Papa, el Senado y el pueblo en las fiestas de Na
tividad del año 800, y Roma y la Italia aplaudieron la resur
reccion de aquel título, que no despertaba ahora, como anta
ño, temores y recelos en los ciudadanos de aquella bella Pe
nínsula. Con el carácter de Emperador, procedió por lo tanto
el soberano francés al juicio de los sacrílegos Pascual y Cam
pulo, que fueron sentenciados á muerte, si bien no se llevóá
cabo la condena y sí solo su destierro, merced á los ruegos
del Soberano Pontífice.
Tal vez se acuse á este Papa de usurpador osado de dere
chos ajenos respetables, por haber proclamado Emperador á
Carlo-Magno, con detrimento de los que poseia la lejana corte
de Bizancio. Para formular semejante acusacion es necesario
olvidar que los innobles Emperadores que reinaron en Orien
te, desde Constante hasta el dia, tuvieron siempre en el mayor
abandono á la Península; que en ciento ochenta años que
duró su dominacion en Italia, solo supieron conmoverla, alar
mando las conciencias y matando con sus exacciones la rique
78

za, que nacia entonces; que en todo ese tiempo jamás acudie
ron en su favor cuando vieron la Italia combatida por sus
muchos enemigos, enviando cortos y miserables auxilios una
sola vez, á instancias del Pontífice Pelagio; que ya tenian
perdido el imperio en Italia desde las insurrecciones de la
Península, en tiempos de Leon Isauro; y que los Papas, aman
tes de aquella hermosa region en todas épocas, se mostraron
grandemente patriotas al arrancarla de las garras de aquellos
señores degradados, para ponerla bajo el amparo de un pro
tector eficaz; y, por último, que los Césares de Oriente acep
taron y reconocieron el hecho consumado, que admitió la
Emperatriz Irene, entonces reinante, enviando sus plácemes
al nuevo Emperador, que mereció conjusticia el sobrenombre
de Padre que la Península y la Francia le otorgaron (1).
Catorce años despues de su coronacion como Emperador
de Occidente, el dia 28 de enero de 814, Carlo-Magno no era
mas que un cadáver sobre el que lloraba el mundo, y al que
bendecia la Iglesia.

(1) En corroboracion de esto, citaremos algunas autoridades nada


sospechosas que confirman nuestro aserto.
Juan Muller, en sus Viajes de los Papas, tomo xxv, se espresa de
este modo: "Si hemos de atenderá los fallos de la justicia natural, el
Papa es de derecho señor y dueño de Roma, porque sin el Papa, Roma ya
no existiria.
Savigny, en su notable Historia del Derecho romano en la Edad
Media, tomo I, pág. 357, dice así: "Las donaciones de Carlo Magno no
pueden considerarse nunca como una usurpacion hecha al Emperador
de Oriente, que en Italia no era un usurpador; porque conviene
no olvidar que, lejos de querer restablecer este imperio, no trataban los
griegos á la Italia sino como se trata un pais conquistado; así es que
nunca la devolvieron ni su dignidad, ni su constitucion, ni su fuerza
primitiva.
Cárlos Menzel, en la Historia de los alemanes, lib. III, cap. xvI, pá
gina 448, habla de este modo: "Ni se puede ni se debe poner en duda
la justicia de la donacion. Despues de la conquista de Belisario y de
Narses, Constantinopla consideraba la Italia, no como una parte, ni
como una de las Sillas del imperio, sino como una provincia conquis
tada. ¡Con qué derecho pretendieron los tiranos de Oriente conservar
conquistas que ni sabian gobernar ni defender? Si hubiéramos de
creerá algunos historiadores modernos, la Europa entera hasta el Rhin
y el Danubio continuaria sujeta al yugo de Bizancio; porque, segun
ellos, al sacudirlo cometió Roma, una injusticia imperdonable. Sin
embargo, ¡la Europa está en idéntico caso que la ciudad de los Papas!...
Por lo demas, se ha respondido hace ya mucho tiempo á la objecion
79

Plenitud de autoridad.

Desde 814 á 1085.

La admiracion que en el hombre pensador engendra la


multitud de grandes hechos llevados á cabo por los Papas, y
la profunda simpatía que la causa de la Santa Sede escita en
todos los corazones amantes de la verdad y el órden, del dere
cho y la justicia, son una consecuencia legítima y forzosa de
la marcha constante y uniforme, al par que mesurada y digna,
emprendida por todos los Pontífices Romanos desde San Pe
dro hasta nuestros dias. La Italia y el universo lo sintieron
siempre así; pero, pese á los que desconocen voluntariamente
el bien, nunca se manifestaron esos sentimientos tan vivos y
tan fervientes como en la gloriosa época en que, despojada la
atmósfera de las pasiones de sus nebulosas contradicciones,
pudo el Pontificado presentarse al fin esplendoroso y radiante
en el cénit de los destinos humanos. Ha luchado, porque su
vida es un combate sin tregua; ha levantado su voz autori
zada para reprenderá Reyes y ávasallos sin arrogancia y sin
temor, porque tal era su deber; ha aceptado de los hombres
lo que la Providencia le entregaba, porque no á él, sino á la

sacada de la pretendida incompatibilidad entre las funciones episcopa


les y doctrinales del Padre de la cristiandad y las de su gobierno tempo
ral. Roma no existiria hoy si no la hubiesen defendido y protegido
sus Obispos. La gratitud hizo encontrar al pueblo el gobierno que
mas le convenia; y los Papas en Roma eran príncipes de hecho, sino de
nombre, mucho tiempo antes de la donacion de Rávena.
Por último, Herver, en sus Ideas sobre la filosofía de la historia,
tomo Iv, pág. 108, acaba de fortificar estas consideraciones con el peso
de su autoridad, espresándose de esta manera: "Si todos los Empera
dores, Reyes y príncipes hubiesen de presentar los títulos por virtud
de los cuales están en posesion de su autoridad y de sus tronos, el gran
Lama de Roma, adornado con su triple corona y en hombros de sus
pacíficos sacerdotes, podria bendecirles, diciéndoles á todos: Sin mí,
vosotros no hubiérais llegado á ser lo que sois. Los Papas han salvado
la antigüedad, y Roma es digna aun de ser el santuario pacífico en que
se conserven todos los preciosos tesoros del pasado." .
80

Iglesia, se daban garantías con la corona temporal. Pues bien:


en una serie de dos siglos vamos á ver ahora á la Santa Sede
vivir de su vida peculiar y propia, y, como hasta aquí, siem
pre la encontraremos terrible con el crímen, imponente con
los enemigos de Italia y de Roma, bondadosa é indulgente
con el alucinado y el arrepentido,y amorosa con el orbe todo,
que sin cesar renueva las demostraciones de su respetuoso
afecto para con el sucesor de San Pedro.
Sensible fue en estremo la muerte de Carlo-Magno; mas el
cielo otorgó á la Iglesia un especial favor con la subida al Tro
no de Francia del jóven Rey Luis, hijo de aquel. Este monar
ca, siguiendo los consejos de su escelso padre, confirmó las do
naciones de Pipino y Carlo-Magno al ocupar la Silla Apostólica
en 817 el Papa Pascual I. No contento con esto el nuevo So
berano francés, añadió otras á las ya anteriores, agregando á
ellas la donacion de toda la Sicilia.
Algunos años despues, en 823, envió á su hijo Lotario á
Roma, donde fue proclamado y coronado como Emperador y
Rey de Lombardía, recibiendo la espada de manos del Santo
Padre para defensa de la Sede Apostólica y del imperio.
Aunque hasta entonces no se habian originado entre las
dos potestades otros conflictos que los ocasionados por la corte
de Bizancio, convenia que se deslindasen las dos potestades, la
Pontificia y la imperial, con sus derechos y sus deberes recí
procos. La sentencia de muerte pronunciada contra Teodoro,
primicerio de la Iglesia romana, y el suplicio de su yerno
Leon, dieron motivo á que se esclareciesen las respectivas
jurisdicciones que el Pontífice y el César ejercieron. Habién
dose esparcido la voz, sin fundamento alguno, de que se
habian sacado los ojos á Teodoro y á Leon, presos entonces,
decapitándoles luego por mandato del Santo Padre, la corte
imperial pretendió abrir un juicio para fallar sobre la con
ducta sin razon atribuida al Papa. Tal humillacion, abdica
cion tan vergonzosa de la autoridad que desde San Pedro
venia ejerciendo el Pontificado, no podia consentirla la Santa
Sede, siquiera fuese un bienhechor de la Iglesia el que la
exigiese; porque sobre sus beneficios y bondades estaban el
81

decoro, la dignidad y la independencia del Pontificado. Es


verdad que el Papa Pascual I estaba inocente de todo, y no
tuvo participacion alguna en la causa seguida á los reos, acu
sados y convictos del crímen de lesa majestad; mas, á pesar de
todo, no consintió en someterse al juicio del soberano francés,
disputando con calma, mas tambien con entereza, al nuevo
César la soberanía de Roma con todos sus atributos y dere
chos, sin reconocer en el Emperador mas que un señor feu
dal y protector de Italia. El patriotismo de este Pontífice, que
la Iglesia venera en sus altares, su dignidad y su noble inde
pendencia salvaron, siquiera por entonces, la libertad de la
Península, amenazada con estranjero yugo. Al fin, el nuevo
César comprendió su yerro, y en prueba de ello garantizó con
su palabra imperial completa independencia á la Santa Sede
y al Pontífice romano, como Jefe de la cristiandad y como
Soberano temporal de los Estados de la Iglesia.
Parecia ya que derrocadas las dominaciones bárbaras, des
vanecidos los peligros esteriores y vencidos los enemigos del
interior; colocada en su verdadero lugar la potestad cesárea
y constituido de un modo estable el poder temporal de la
Santa Sede, debia todo marchar hácia la perfeccion, sin que
nuevas nubes viniesen á empañar el limpio cielo de Roma,
ni nuevos sinsabores á llenar de amargura el corazon de los
sucesores de San Pedro. Bien pronto, sin embargo, se desva
necieron estas hermosas esperanzas.
Habian pasado algunos años, y ocupaba la Sede Apostóli
ca Gregorio IV, el cual, despues de decorar los templos como
correspondia á la magnificencia del culto, enriqueció á la
Ciudad Eterna con bellísimos y suntuosos monumentos. Los
sarracenos se habian apoderado de Sicilia, y en sus correrías
solian acercarse demasiado al Tíber, buscando quizás una oca
sion para apoderarse de Roma, con la cual siempre soñaron
los invasores de todas las naciones y de todos los siglos. Para
oponerse á estos intentos y asegurar de un modo estable la
embocadura del Tíber, punto el mas á propósito para realizar
una invasion repentina, emprendió Gregorio IV una obra
colosal, que el mundo no ha admirado bastante, haciendo
6
82

reedificar á Ostia, completamente destruida entonces, convir


tiendo sus ruinas en una hermosa ciudad, cercada de altas
murallas con grandes y profundos fosos, asegurándola con
sólidas y macizas puertas de hierro, rastrillos, máquinas y
demasinstrumentos de guerra conocidos del arte guerrero de
aquel tiempo. Por entonces desistieron de su empresa los hijos
de Mahoma, y no vinieron sobre la Península, que, gracias
á la prevision Pontificia, se vió libre de los horrores por que
atravesaba España. Sin embargo, á pesar de las precauciones
del Papa y de la solicitud con que atendia al estado general
de Italia, hubo nobles bastante miserables que para obtener
el ducado de Benevento, que se disputaban, llamaron en su au
xilio á los mahometanos, los cuales no se hicieron esperar. Acu
dieron los de España á favorecer la causa de Siconulfo; los del
África llegaron para auxiliará Redelgiso, y unos y otros anun
ciaron su llegada á la Península con todos los horrores y todos
los escesos del fanatismo y de la barbarie. La desolacion fue
inmensa, el saqueo general, los estragos sin límites; solo se
apagó el fuego producido en las propiedades y pueblos incen
diados por los hijos de Mahoma, cuando se hubo vertido san
gre bastante para con ella estinguir aquel voraz elemento. La
Iglesia de San Pedro, estramuros, fue violada bárbaramente;
sus riquezas arrebatadas, y Roma se vió en inminente peligro
de sufrir mayores calamidades que las que habia esperimenta
do hasta entonces.
¿Quién trajo sobre los campos de la Península itálica esta
calamidad que todo lo asoló? ¿Quién llevó hasta las puertas
de Roma el incendio, la devastacion y el latrocinio? ¿Quién
defendió á la Ciudad Eterna?... ¡Oprobio sempiterno sobre los
degenerados patricios que, imitando al D. Julian español,
llevaron á su patria, por mezquinas cuestiones de ambicion, á
los fieros enemigos de su Dios y su civilizacion! ¡Baldon eter
no sobre aquellos grandes cuyos hijos buscan, aunque en vano,
una ejecutoria de patriotismo ideal, que no parece porque no
tuvo existencia! ¡Bendicion y prez para los Papas que nueva
mente supieron libertará Roma, por mas que la calumnia se
ensañe contra ellos en pleno siglo XIX?!
83

El 11 de enero de 844 falleció Gregorio IV, subiendo á


la Silla de San Pedro el arcipreste Sergio, que fue consagrado
al punto, sin esperar la confirmacion imperial. Este suceso dió
nuevamente ocasion á que se deslindasen y esclareciesen los
derechos del imperio; porque Lotario, César á la sazon, envió
á Roma á su hijo Luis, nombrado ya Rey de Italia, para pro
testar á nombre de la corte de Francia y sostener las exigen
cias del Emperador. El nuevo Papa, á quien la conciencia
de su derecho no le hacia olvidar las atenciones debidas al
representante de la majestad imperial, ordenó que se hicie
sen al príncipe los honores que su rango y comision exigian;
y al efecto dispuso que el Senado y la Milicia con sus jefes
saliesen á recibirle á gran distancia. El Sumo Pontífice y el
clero le aguardaron en las gradas de San Pedro; mas con las
puertas cerradas. Al llegar el príncipe y saludar al Papa, le
dijo el Sumo Pontífice: Si venís por el bien de la Iglesia y
del Estado, os mandaré abrir las puertas; si no, jamás con
sentiré en que se abran. Palabras que demuestran bien cla
ramente que si bien estaba muy lejos la Santa Sede de desco
nocer lo que se debia al imperio, se hallaba resuelta por otra
parte á hacer entenderá los Césares que su poder en Italia era
tan solo de proteccion y defensa, nunca de señorío ni de do
minio absoluto.
Algunos dias despues de la llegada del príncipe imperial,
que se abstuvo de tocar en cosa alguna la eleccion pontificia,
y en confirmacion del celo que en sostener los derechos de la
Silla Apostólica y de Italia animaba al nuevo Papa, ordenó
Sergio II cerrar las puertas de Roma, sin permitir la entrada
en la Ciudad Eterna á las tropas que vinieron con el hijo de
Lotario, formulando al mismo tiempo quejas graves y pidien
do una satisfaccion cumplida por los escesos y tropelías come
tidos por los soldados franceses en los alrededores de la capi
tal del orbe. Ademas, el carácter firme é inflexible de este
Papa, su dignidad y su prudencia salvaron la independencia
de Italia una vez mas; porque habiendo exigido el Emperador
que los italianos jurasen fidelidad al príncipe Luis como Rey
de Italia, se opuso fuertemente el Papa Sergio á ello, y solo
84

permitió que se prestase el vasallaje nominal acostumbrado,


salva la fe debida á la Santa Sede. Grandes cuestiones se sus
citaron con este motivo, agriándose fuertemente los ánimos de
los señores francos y el espíritu de los pueblos italianos; mas
al fin triunfó el Pontífice, salvando el decoronacional; y para
dar ejemplo entonces, él primero, los Obispos luego y los gran
des despues, prestaron el homenage debido á la alta autori
dad del Emperador, negándose siempre á hacerlo con el Rey.
En 848 ocupó la Sede Apostólica Leon IV, y en el mismo
año, con una prudencia singular que honrará siempre su nom
bre, llevóá cabo la obra gigante de edificar, estramuros de
la Ciudad Eterna, otro pueblo nuevo, á fin de que la Iglesia
de San Pedro estuviese resguardada de nuevas depredaciones
semejantes á las consumadas por los sarracenos. Las murallas
de Roma fueron, pues, reconstruidas; se hicieron nuevas
puertas; levantáronse quince torres, añadiendo otras dos sobre
el Tíber en el paso que guiaba á Porto, y colocáronse cadenas
fuertes y sólidas en el rio á fin de cerrar el paso del Tíber
aun á las embarcaciones mas pequeñas. Todo lo animaba el
Papa con su presencia durante estos importantes trabajos; él
recorria los talleres sin temor al frio, á la lluvia ni al calor;
el animaba con dulces y patrióticas palabras á los trabajado
res; él inspeccionaba sus obras y elogiaba sus adelantos, con
siguiendo al fin ver satisfechos sus deseos al cabo de cuatro
años de cuidados y fatigas. Con pompa y regocijo estraordina
rios se celebró en Roma la ereccion de la nueva ciudad, que
salia de la tierra al soplo misterioso de un Pontífice á quien
el pueblo quiso demostrar su reconocimiento, llamando á la
nueva obra la ciudad Leonina.
No se acabaron aquí los cuidados de Leon IV. Fortificó
de un modo inespugnable la ciudad de Porto y la repobló de
familias estranjeras, á quienes repartió propiedades y territo
rios inmensos, comprendiendo que todas las precauciones eran
pocas para evitar una sorpresa de los vigilantes sarracenos.
Así, en tanto que los patricios dormian entregados á volup
tuoso sueño, solo el Pontificado velaba;y mientras los duques
y los nobles se entregaban al descanso y la molicie, los Papas,
_—-- —- ====

85

con su prodigioso celo, acudian átodas partes, preparando por


todos los medios posibles la defensa de aquella hermosa patria,
en que muchos de ellos no nacieron.
Entre tanto, las revueltas y disensiones de los duques,
que no habian cesado, empezaron á alarmará la Península,
hasta que al fin estalló un movimiento en que los pueblos to
dos, y Roma especialmente, pudieron apreciar la prevision
pontificia. El Emperador Luis II, deseoso de unir y armoni
zará los príncipes italianos rivales en el Mediodía, y que para
sus fines habian impetrado la ayuda de los sarracenos, marchó
con un ejército lombardo contra los sectarios de Mahoma, ha
ciéndoles retroceder hasta Gaeta. Por desgracia, una parte de
las tropas italianas pereció en una emboscada, y cobraron
nuevos bríos los hijos del desierto. Roma, dice el ya citado
Zeller, se vió en muy grande peligro, y la capital del cristia
nismo se hubiera convertido tal vez en una ciudad morisca si
el Papa Leon IV, con mano enérgica, no la hubiese salvado,
y con ella la civilizacion cristiana (1). En efecto; el Sumo
Pontífice invirtió todas sus riquezas y los tesoros de la Iglesia
en fortificar el recinto de la Ciudad Eterna; armó á los roma
nos, llamó á los italianos á las armas, escitándoles á defender
el suelo patrio; y cuando llegó el momento de la lucha, en
todas partes se mostró activo y lleno de entusiasmo, animan
do con su presencia á los combatientes, que le vitoreaban sin
cesar. Al fin los sarracenos se pronunciaron en vergonzosa
fuga, y pudo el Papa dará Dios rendidas gracias por tan es
pecial favor, al mismo tiempo que el pueblo saludaba á
Leon IV con los nombres de Padre y Salvador de Roma, de
Italia y de la civilizacion. ¡Ah! Hijos de aquellos duques, que
llamaron á los hijos de Agará la Península; hijos de aquellos
príncipes que os llamais hoy patriotas italianos; sin Leon IV,
sin el Papa, ¿qué hubiera entonces acontecido en Roma? ¿De
quién, pues, el patriotismo que salva la unidad y libra á la
patria de sus fieros enemigos, y de parte de quién la abyec
cion innoble que rompe por ambicion los lazos que unen ála

(1) Julio Zeller: Historia de Italia, tomo 1, cap.v, pág. 130.


86

nacion entre sí? ¡Vergüenza para el siglo XIX, que tales cosas
olvida, y baldon para aquellos que en actitud criminal se co
ligan contra el bienhechor del mundo!
No fueron estos los únicos beneficios que á manos llenas
prodigó Leon IV en su Pontificado. Destruidos los muros de
Centumcelas y temerosos sus moradores de verse acometidos
por los osados enemigos del nombre cristiano, acudieron al
Papa rogándole atendiese su afliccion, hartos ya de vagar por
los campos y los bosques. El Sumo Pontífice, compadecido de
aquellos infelices y sencillos habitantes, marchó al punto á
visitarles, haciendo construir sobre la marcha y en una altu
ra de difícil acceso, no distante de Centumcelas, una ciudad
nueva, que el pueblo agradecido llamó Leópolis. Algun tiem
po despues, y cuando el peligro hubo desaparecido por com
pleto, volvieron á sus antiguas moradas, que reedificaron, lla
mando á la ciudad primitiva Civita-Vecchia. Apenas puede
formarse una idea ni comprender el egoista esclusivismo de
nuestros grandes hombres cómo en ocho años pudieron ha
cerse tan costosas y admirables obras; y, sin embargo, todo
lo llevó á cabo y á todo dió feliz cima un Papa; uno de esos
fantasmas con que el espíritu mentiroso de nuestra época in
tenta asustar sin duda á las generaciones del siglo XIX.
Algunos años han trascurrido; y por mas que los Papas
hayan continuado impasibles en la línea de conducta que su
piedad y su patriotismo les ha dictado, se desmorona la obra
de Carlo-Magno y el imperio se hunde lentamente. El magní
fico ejemplo del gran Pontífice Nicolao I y el esquisito celo
de Adriano II, ni han conmovido á Cárlos el Calvo, ni han
enseñado la ciencia del gobierno á Carloman, ni han podido
sostener la diadema imperial en las débiles sienes de Cárlos el
Gordo. La Península ha perdido su antiguo esplendor, á pesar
de los esfuerzos de la Santa Sede ; y una Dieta de grandes y
magnates ha pronunciado una sentencia de deposicion sobre el
último descendiente de aquel que formó un imperio con su
victoriosa espada y con su genio activo y civilizador. La dia
dema de los Césares ha dejado de pertenecerá la raza carlo
vingia; los Papas no aspiran á cubrir sus hombros con el
87

manto purpúreo imperial... ¿Quién recogerá el cetro de Italia,


que yace por el suelo, hecho pedazos, entre el fango y el ol
vido?... Dos pretendientes se presentaron: Berenguer y Gui
do. Los italianos, divididos en dos bandos, se hicieron una
guerra á muerte; y á los horrores de esta lucha intestina se
añadieron las crueldades perpetradas por los estranjeros, lla
mados de nuevo á la Península por aquellos mismos que para
deslumbrar á los pueblos escribieron en sus fratricidas estan
dartes: Libertad é independencia. Los alemanes protegian á
Berenguer; los franceses auxiliaban á Guido.
En malaventurada sazon olvidaron los hijos del Lacio las
prudentes enseñanzas y consejos de la Santa Sede, é invoca
ron el socorro de aquellos que eran una amenaza eterna para
la independencia del territorio italiano. Como en pais con
quistado entraron en Italia alemanes y franceses, consumando
toda clase de violencias, llevando á cabo las mayores malda
des y cebándose en todo género de crímenes los respectivos
caudillos, en nombre de la unidad de Italia, que, segun de
cian, iban á reconstituir. ¡Vana esperanza! Los que así hala
gaban al pueblo, llevados solo de un miserable deseo de do
minar la Italia, fueron los primeros en destrozarla sin piedad;
y olvidando su decoro, envolvieron en las funestas consecuen
cias de aquella innoble lucha al Pontificado, que en defensa
propia se vió obligado á abandonar la neutralidad que hasta
entonces observó.
La tentativa del reino italiano fue una vez mas funesta
para el pais, ingrata para los Papas y odiosa para los pueblos,
que volvieron áverá los sucesores de San Pedro en la escla
vitud mas ominosa bajo la dominacion toscana. En vano Guido
y su hijo Lamberto hicieron esfuerzos sobrehumanos por cica
trizar las llagas abiertas á la Península con sus pretensio
nes á la Corona de hierro, manchada con la sangre vertida
en mil revueltas; en vano Arnulfo pretendió corresponder á
los deseos del pueblo que, al aclamarle por Emperador, pedia
su proteccion y el pronto castigo de aquellos que desolaban la
Italia. Todos los esfuerzos fueron inútiles; el crímen habia
echado raices muy profundas, y el cisma de Bonifacio y de

- - --
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88

Estéban, así como la ejecucion del Papa Formoso (1) y el ase


sinato del Pontífice Estéban VI vinieron á probarlo. En nom
bre de la unidad de Italia se habia introducido en la Penín
sula la division y la guerra civil; en nombre de un reino qui
mérico reinaban el pillaje como derecho y la fuerza como ley.
La independencia italiana estaba, pues, en peligro entre las
manos toscanas; la Península estaba en disolucion, la Santa
Sede oprimida, el pueblo famélico y desmoralizado. Como se
ve, la época era terrible para Italia, que empezaba á sonro
jarse del papel indigno que en este vergonzoso drama hacia.
Empero debia llenarse hasta el colmo la copa del envileci
miento que Italia se veia obligada á apurar. Muchas eran las
calamidades que aquel hermoso pais tenia que agradecer á los
promovedores de una campaña de ambiciones personales y
mezquinas aspiraciones al Trono de Italia, una é indivisible;
mas la criminal Teodora y sus impudentes hijas preparaban
á la Península el amargo brebaje de un triste y gran desen
gaño en el laboratorio satánico de sus inmundas maldades.
Despues de muerto Arnulfo en 899, lucharon con varia
suerte por dominar el pais Berenguer, duque de Frioul, y
Luis, Rey de Provenza, ciñendo el primero la corona, gracias
á los crímenes con que aterró á los pueblos, que los húngaros,
sus auxiliares, asolaron por completo. Roma en tanto gemia
bajo el yugo de Adalberto de Toscana y de la repugnante Teo
dora, que con sus hijas Teodora y Marozzia reportó una gran
victoria haciendo sentar en la Silla Apostólica al Papa Ser
gio III. En vano intentó este romper los lazos con que el par
tido toscano le tenia aprisionado, impidiéndole desplegar sus
buenas cualidades en los tres años que duró su inquieto y la
borioso Pontificado.
Juan X ocupó la Sede de San Pedro por fallecimiento del
anterior, justamente en los momentos tremendos en que las
luchas civiles tenian en disolucion la Italia, y en que los sar

(1) El cadáver del Papa Formoso fue exhumado y conducido á pre


sencia de sus enemigos, que lejuzgaron, condenándole á ser decapitado
y arrojado despues al Tíber. Esta sentencia se cumplió literalmente de
un modo odioso y repugnante.

-- r- -
-
89

racenos amenazaban de nuevo invadir la Ciudad Eterna. La


voz pública arrojaba vergonzosas manchas sobre la reputacion
del nuevo Papa; mas, á pesar de todo, tuvo la conciencia de
su deber: comprendió lo que de él exigia su altísima dignidad,
y rompió al fin la inmunda valla que á la accion Pontificia
oponian Teodora y sus hijas, sin arredrarse ante las muchas
contrariedades que le opusieron aquellas. Buscó á los maho
metanos, reunió todas sus fuerzas contra ellos, presentoles ba
talla, y cortados por el mar, atacados en todas direcciones, fue
ron al fin arrojados de los Apeninos, destruyendo todas sus
fortalezas del Garigliano en 916. En seguida se aprestóá lu
char con los enemigos que en su seno alimentaba Italia.
Sin duda los recuerdos del pasado despertaron un senti
miento de pesar profundo en el alma de Juan X, é hicieron
colorar su frente con encendido rubor; sin duda comprendió á
los Pontífices que le precedieron, y veneró su prudencia y su
virtud; sin duda se apercibió de la necesidad que habia en la
Península de un poder bastante fuerte y enérgico que pudiese
resistirá todos; un poder que, elevándose sobre todas las pa
siones, colocándose por cima de los hombres y á la altura de
las circunstancias, domeñando la maldad de los unos y la per
version de los demas, fuese el salvador de la sociedad italiana,
herida entonces de muerte. Sí; sin duda Juan X soñó con ese
poder, y soñó con libertará Italia, haciendo á la Santa Sede
independiente de las diversas facciones que sin cesar la opri
mian; porque ese sueño fue la señal de su prision y su muerte,
consumada violentamente por órden de Marozzia, que impe
raba á su antojo en aquel revuelto mar de negras y bastardas
ambiciones.
La maldad inaudita de esa mujer criminal habia causado
hondos y terribles desastres en aquel pais, que maldecia con
todo su corazon al partido tusculano; los húngaros habian in
cendiado á Pavía, y el Norte de Italia habia sido puesto áver
gonzoso rescate. La hija de Teodora dominaba en todas partes;
su poder era universal, y se hacia sentir por las inmensas ca
tástrofes que originaba y por las calamidades sin cuento que
le acompañaban por doquiera; solo faltaba que arrojase su

- -----=
90

manto de cortesana sobre la Cátedra de San Pedro, y al fin lo


consiguió
Juan XI, hijo de Marozzia, subió al Trono de los Papas;
pero su hermano Alberico, aprovechando tan magnífica oca
sion para sus malvados fines, arrojó de Italia á Hugo de Pro
venza, con quien últimamente habia casado aquella mujerin
munda, y encerró al nuevo Papa en el castillo de San Ángelo,
donde providencialmente le tuvo largo tiempo privado del uso
de la autoridad de los Pontífices. Hecho esto, impedida toda
comunicacion entre los pueblos y Juan XI, se erigió Alberico
en senador de Roma, ygobernó el pais segun las leyes de su
soberano capricho desde 932 hasta 954. En vano fue que los
ciudadanos intentasen erguir sus frentes, marcadas con el sello
de la infamia; en vano los Papas Leon VII, Estéban IX, Mar
tin III y Agapito II procuraron recobrar su autoridad usurpada
y vilmente escarnecida. Una mano de hierro pesó sobre todos
ellos, y la dura esclavitud á que se vieron reducidos por las
diversas facciones que ejercieron el mando fue superior á los
nobles deseos de todo un gran pueblo y á las generosas aspi
raciones de cuatro Sumos Pontífices.
Entre tanta confusion, el imperio, y con él la Italia, esta
ban á punto de ser presa del primer aventurero osado que pro
nunciase palabras de valor y de consuelo; pero el esceso de los
crímenes cometidos por unas facciones y por otras, y la ver
güenza, que enrojecia los semblantes italianos, hicieron pensar
en tomar un último recurso en alas de la desesperacion y del
deseo de reconquistar el puesto antiguo que en el globo marcó
la Santa Sede á la Península. Los romanos se sublevaron, y
rompieron al fin las tiránicas cadenas que oprimian á Italia,
derrocando aquel gobierno que, envuelto entre los pliegues de
la prostitucion y el crímen, pisaba con planta innoble la tiara
de los Pontífices, el cetro de los Césares y la corona de Theo
delinda y Agilulfo.
El Rey Hugo, hiriendo en el rostro áAlberico, proporcio
nó al pueblo un pretesto, y á la plebe, que en voz baja mur
muraba, el jefe que en aquella ocasion necesitaba. Alberico
juró vengarse del ultraje recibido, y ardiendo en ira se puso
91

al frente de los ciudadanos amotinados que rugian de furor; y


dirigiéndose al castillo de San Angelo libraron á la Santa
Sede de un baldon, á la patria de un monarca imbécil, y á
Roma de una prostituta vil (1).
La ruidosa venganza que llevó á cabo la indignacion del
pueblo, ávido de rehabilitarse ante los ojos del mundo del
tiempo en que fue su dignidad hollada y la Santa Sede envi
lecida, hizo esperar que la Silla Apostólica, é Italia con
ella, podrian salir al fin de su abatimiento. Comprendiéndolo
así varios señores, llamaron á Othon I, conocido con el so
brenombre de Othon el Grande. Este monarca, Rey de Alema
nia, era en verdad digno de que se fijasen en él las miradas
de toda la Península. Respetado de los vasallos teutónicos
que habia civilizado; vencedor en cien batallas de los daneses,
los eslavos y los húngaros; protector, casi regente de Francia
por sus hermanas Edwigis y Gerberga, esposas y madres de
Monarcas y de duques francos, tenia casi un derecho á recoger
de entre el polvo, en que yacia, la esplendente diadema que
Carlo-Magno ciñó. Así es que, cuando en 921 pasó los Alpes,
el clero, los nobles y el pueblo italiano en masa se precipita
ron á su encuentro, acompañándole en triunfo hasta Pavía,
donde por el pronto se detuvo.
Ocupaba la Cátedra de San Pedro Juan XII, antes sena
dor y príncipe romano. Su elevacion á la Santa Sede habia
sido mirada con torvos ojos por todos los que observaron su
corta edad y su ninguna prudencia en su vida anterior.
Este Papa, pues, deseoso de librará la Silla Apostólica y
á Italia de la profunda abyeccion en que hacia tiempo se en
contraban, se puso de acuerdo con los Obispos, con los patri
cios y el pueblo, y llamó á Othon, que al punto se presentó
ante las puertas de Roma. ¡Cosa admirable! Aquel cuya corta
edad dió motivo á presentir muy tristes sucesos para la Santa
Sede, con una prevision que antes no tuvo, exigióá Othon ju

(1) Marozzia sucumbió en este motin,siendo muerta por las turbas,


que, reconociéndola por autora de todos los males que afligian á Italia,
saciaron su furor, acabando con la vida de la inmunda cortesana en el
castillo de San Angelo, á donde se habia refugiado.

__ “a
92

ramento de respetar las libertades pontificias é italianas, en


tonces, como siempre, estrechamente unidas entre sí. El sobe
rano aleman lo prestó en la forma siguiente: Lo juro, ¡oh Papa
Juan! en presencia de Dios Padre, de Dios Hijo y de Dios
Espíritu Santo. En cuanto entre en Roma, si de ello me juz
gais digno, mediante la gracia del Señor, levantaré con todas
mis fuerzas la Iglesia romana y sus Pastores; no daré sin
vénia suya fallo ni órden alguna concerniente áVos ni á los
romanos, restituyendo con gran presteza cuanto logre resca
tar del dominio de San Pedro. Y si alguna vez enajeno el
reino de Italia, haréjurará su nuevo dueño que será de todo
corazon vuestro apoyo y la defensa de los pueblos italianos.
Ante tan solemne como esplícita declaracion, cl Papa permi
tióá Othon su ingreso en Roma; y ademas de la corona lom
barda que el Rey teuton recogió con la punta de su espada,
ciñó la diadema imperial, vacante ya hacia treinta y ocho
añOS.

Ya era tiempo; porque Italia retrogradaba, en nombre de


la civilizacion y del progreso, á los siglos bárbaros, en tanto
que perdia su libertad é independencia en nombre de una
quimérica unidad. Ya era tiempo; porque la Silla Apostólica
no podia soportar las cadenas que la esclavizaban, y por efec
to de esta esclavitud, á que la redujeron las facciones, habia
sido señalada con el dedo del escándalo en los pontificados
tristísimos de Juan X, Juan XI y Juan XII.
El nuevo Emperador confirmó las donaciones anteriores
por medio de una escritura pública, nombrando y designando
en ella una por una las posesiones y provincias que formaban
los Estados temporales de la Iglesia. Sus acciones y su respeto
á la Santa Sede y á los fueros de Italia probaron que no se
habian engañado los que volvieron sus ojos á Othon, cuando
buscaban un hombre bastante fuerte y enérgico para ser el
restaurador de la gloria de un gran pueblo y el libertador de
la Silla de San Pedro, inicuamente oprimida.
¡Por fin fue una realidad la alianza proyectada por Carlo
Magno entre la Santa Sede y el imperio! ¡Al fin caminaron de
acuerdo la Iglesia y el Estado luego que ciñó Othon la corona
93

de los Césares! La Península pudo al cabo disfrutar de las


ventajas que esta armonía le ofreció, y el suelo italiano, en
paz, se vió muy pronto próspero y feliz, como hacia largo
tiempo no lo era.
Libre ya la Santa Sede de las innobles trabas que el par
tido tusculano habia impuesto á su benéfica accion, pudo
atender con desembarazo á todas las gravísimas cuestiones
que estaban tiempo hacia pendientes de su autoridad supre
ma, pudiendo arreglarse y resolverse no pocos asuntos espiri
tuales de la mayor importancia. La Iglesia de Oriente, objeto
por tanto tiempo de la solicitud pontificia, ocupó al momento
la atencion de la Santa Sede, que al fin lanzó un grito de
dolor, repetido por el orbe entero, cuando Focio introdujo el
cisma en aquella porcion brillante de la católica grey. Es ver
dad que Adriano II habia condenado á este osado heresiarca
en el Concilio constantinopolitano IV, VIII general, cele
brado en 870; pero el mal se habia contenido, y solo habia
salvado los diques todos de la fe debida á la Iglesia católica
y del respeto á la Santa Sede, en el Pontificado de Juan XIII
y del intruso Leon VIII.
Tambien en la parte temporal se dejó ver el celo de la
Santa Sede en los cuidados prodigados á los pueblos del Es
tado de San Pedro para estinguir los males que los traian
agobiados por efecto de las revueltas anteriores. Los hechos
probaron entonces que sin autoridad independiente y libre de
toda presion, no pueden los Papas llenar las grandes funcio
nes y los sublimes deberes que su escelsa dignidad les impo
ne. Por lo demas, el Emperador, respetando aquella gran auto
ridad pontificia, sin superior en la tierra, venerándola por su
grandeza, amándola por su bondad, fue el cumplido caballero
que constantemente protegióá la Iglesia y amparó á los pue
blos que se acogieron á la sombra de su purpúreo manto, ma
nifestando así que entre los Papas y los soberanos de la tierra,
entre el sacerdocio y el imperio, son posibles las buenas rela
ciones para el bien y la felicidad social, siempre que los Mo
narcas no son osados á levantar su mano para posarla sobre el
Arca Santa, y siempre que, defiriendo á la verdad, al derecho
94

y á la justicia, saben inclinar sus frentes ante el representante


de Aquel que ha dicho á las potestades de la tierra: Por mí
reinan los Reyes y decretan cosas justas los legisladores; por
mí imperan los grandes y son justos los poderosos del mun
do (1).
Todavía, sin embargo, debia manifestarse mas claramente
esa union que favorecia en estremo á Italia y que lisonjeaba
á los romanos, á quienes entusiasmaba el aspecto de un gran
Emperador. Adalberto, hijo de Berenguer, que en las pasadas
revueltas tomó el título de Rey de Italia, unido á algunos
señores mal avenidos con el freno que á sus desmanes puso
la severidad de la Santa Sede, arrojó de Roma al nuevo Papa
Juan XIII, intentando proclamar la república como medio de
consumar mayores cosas. El Sumo Pontífice fue aprisionado
por los revoltosos, que al punto nombraron un tribuno y doce
prefectos, desafiando así las iras del César, á cuyo vasallaje
faltaban de este modo los mismos que le llamaron, los que
primero le aclamaron y los que á grandes voces pidieron la
consagracion de Othon para el imperio. Mas el Emperador no
abdicaba tan fácilmente sus derechos. Revolvió contra los
amotinados, colocó al Pontífice en la Silla de San Pedro en
medio de los aplausos del mundo, y ahorcó ó desterró á los
tribunos y prefectos, destituyendo á cuantos nobles y patri
cios tomaron parte en tan descabellada empresa. Á continua
cion hizo coronará su hijo Othon II como su legítimo sucesor
en el imperio.
Poco tiempo hacia que Othon Ihabia muerto, cuando una
nueva fraccion, á la cual animaba el espíritu de la tristemente
célebre Teodora, asomó su repugnante cabeza, conmoviendo
los ánimos en la Península. Tenia por jefe el nuevo bando á
un nieto de Teodora, llamado Crescencio, que, á no dudarlo,
soñaba con renovar en Roma los tristes dias de la dominacion
toscana. Al fin lo consiguió; encarcelado el Papa Benedic
to VI, que luego fue asesinado en su prision por los rebeldes,

(1) Per me Reges regnant, et legum conditores justa decernunt; per


me principes imperant, et potentes decernunt justitiam. (Lib. de los
Prov., cap. VIII, versículos 15 y 16.)

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95

Crescencio se hizo proclamar tribuno de Roma y comenzó á


ejercer la autoridad suprema. Hallábase entre los rebeldes el
Cardenal Bonifacio Franco, cismático contumaz, que se habia
hecho nombrar antipapa, y que, despues de despojar los
templos de sus inmensas riquezas, habia escapado á Constan
tinopla. Este, pues, en nombre de una autoridad usurpada,
entregóá los revoltosos el castillo de San Ángelo y renovó el
sacrílego saqueo de lasiglesias de Roma.
Entre tanto, Crescencio tomaba el título de patricio y cón
sul de la Ciudad Eterna, á pesar de sus alardes republicanos;
y encerrando en la mole de Adriano al nuevo Pontífice
Juan XIV, asentaba su dominacion sobre el terror y el espan
to. La dura esclavitud y la profunda humillacion á que some
tióCrescencio la Silla de San Pedro, que ya ocupaba Juan XV,
exasperaron al pueblo, y llenas de furor las turbas, cebaron
su cólera en el Cardenal apóstata, justamente en los momen
tos en que Othon III se presentaba en Italia y Gregorio V subia
á la cátedra apostólica, para ceñir la diadema de los Césares á
las sienes del hijo del milagro.
Educado Othon III por su madre y por su abuela, griega
la primera, italiana la segunda, é instruido en las ciencias por
el hombre mas sabio de su siglo, que á su vez bebió sus cono
cimientos en las escuelas de España, el nuevo Emperador re
unia la prudencia griega á la vivacidad de los hijos de Italia,
y la nobleza y generosidad del alma juvenil á la gravedad de
la ciencia que debia á Gerberto. Tal era Othon III. Este era,
por lo tanto, el Emperador que necesitaban los pueblos, hartos
de la tiranía republicana.
Á pesar de todo, no bien habia salido de Roma el nuevo
jefe del imperio, cuando Crescencio se agitó nuevamente, pro
moviendo alborotosy conflictos sin fin y arrojando de la Silla
de San Pedro al Pontífice Gregorio. La firmeza de este Papa
fue la salvacion de Roma. Usando de su santa autoridad, es
comulgó al rebelde, que osaba usurpar la soberanía de San Pe
dro y levantar su mano sacrílega sobre la Santa Sede, sustitu
yendo la legítima autoridad de Gregorio V con la del in
truso Philagathos, electo tumultuariamente antipapa bajo el
96

nombre de Juan XVI. Dos veces habia Crescencio proclamado


la república, y dos veces introdujo el cisma en la Silla Apos
tólica; dos veces persiguió á los sucesores de San Pedro, y
dos veces introdujo la guerra civil en el territorio romano. El
Emperador, en su cualidad de protector de Italia, ni podia ni
debia permanecer impasible en presenciar tales atentados;
volvió, pues, presuroso á la capital del mundo, bastando su
severo aspecto y su sola presencia para aterrar á los insur
rectos y tranquilizar al pueblo. Los ciudadanos que se habian
visto lastimados por los revoltosos en sus familias ó en sus
haciendas, cobraron valor con la venida de Othon, y sobrees
citados con el recuerdo de las maldades con ellos consumadas,
dieron principio al castigo de los rebeldes, apoderándose del
antipapa griego, paseándole por la ciudad montado al revés
sobre un asno, y entregándole al fin para el suplicio, que su
frió, perdiendo la nariz y las orejas. Sin duda el pueblo fue
en esta ocasion mas allá de los límites debidos; sin duda fue
ron las turbas crueles con el rebelde Philagathos; pero antes,
¿no habian perseguido los perturbadores al legítimo Pontífice
y habian herido á Italia, hiriendo en sus derechos á la Santa
Sede? ¿No sabian aquellos abyectos republicanos el triste fin
de Marozzia y de cuantos como ella combatieron y oprimie
ron á la Cátedra apostólica? ¿Por qué, pues, escitaban las iras
populares, tanto mas terribles, cuanto mas tiempo comprimi
das por la violencia y la fuerza?... Y luego aquel impío sacer
dote, que en alas de su ambicion se olvidó de sus tremendos
deberes para ocupar sacrílegamente el Trono mas augusto de
la tierra y llevar la turbacionálas conciencias, contribuyendo
con su doble usurpacion á la opresion de un pueblo y á la
agitacion de la sociedad cristiana, ¿no era digno, por ventura,
de un escarmiento ejemplar, en el cual mostrase Roma el des
precio que al usurpadorprofesaba y el cariñoso respeto que
dispensaba á los Papas?. Al poco tiempo, cuando en Italia y
en el universo se supo el tristefin del antipapa, Italia y el
universo aplaudieron.
Algunos dias habian pasado, cuando una muchedumbre
inmensa elevaba sus ojos contemplando con terror una horca
97

de setenta pies de altura, en cuyo medio se balanceaba un ca


dáver horrible, siguiendo las oscilaciones del viento. Pues
bien; ese cadáver era Crescencio, condenado á muerte por sus
crímenes; ese pueblo, el pueblo de Roma, que admiraba la se
vera justicia del nuevo é inflexible César.
Por este tiempo se veia la Francia honrada en uno de sus
hijos con la subida al Trono Pontificio del Papa Silvestre II,
que ceñia la tiara en 999. El Catolicismo podia enorgullecerse
de una cabeza tan santa, tan sabia y tan pura; pero debe
aterrarse el mahometismo contra el que se apresta el nuevo
Papa á lanzar la primera cruzada que lleva la civilizacion á
luchar con la barbarie, y á las naciones cristianas á rescatar el
sepulcro del Salvador del mundo. Por desgracia los dos gran
des hombres que regian á la sazon los destinos del universo
tenian un enemigo implacable, que, oculto en las tinieblas,
meditaba la perdicion de ambos.
Crescencio habia legado á su viuda una venganza que cum
plir, y en 1002 la satisfizo. El Emperador murió envenenado
en Civita-Castellana, pereciendo del mismo modo el gran Sil
vestre, á quien esta mujer criminal acusaba entre la plebe de
haber vendido su alma al demonio en cambio de la ciencia
inmensa que el referido Papa poseia.
Othon III falleció sin hijos; y esto que era un mal de tras
cendencia para el imperio, nunca podia ser un bien para Ita
lia, que se veia nuevamente espuesta á la guerra civil y á ser
presa de las distintas facciones que aspiraban al poder supre
mo. Uno de los mas distinguidos personajes italianos, en cu
yos labios estaban siempre las palabras de unidad éindepen
dencia, y en cuyo corazon se albergaba un ardiente deseo de
dominacion y mando, convocó, por su propia autoridad, una
dieta de magnates y señores, á fin de hacerse proclamar Rey
de Italia. En tanto que esto hacia Arduin, marques de Ivrea,
los alemanes elegian para ocupar el imperio á Enrique II, de
raza sajona y nieto de un hermano de Othon I el Grande. La
influencia de Arduin, que era grande por los muchos feudos
y riquezas que poseia, alcanzó fácilmente de sus allegados y
parciales el logro de sus deseos; mas á pesar de que procuró

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--- —----- =-=
98

atraerse á los pueblos con sus liberalidades y sus pomposas


ofertas, el llamado Rey de Italia estuvo muy lejos de mere
cer el afecto de la Península. Recordaba Italia sucesos pasa
dos, que habian dejado muy triste recuerdo para el pais, y
traia á su memoria las grandes calamidades que las facciones
trajeron sobre ella en nombre de la unidad y de la indepen
dencia. Miró, pues, con malos ojos aquella nueva tentativa,
que en su esperiencia creia que solo seria un medio para sa
tisfacer mezquinas ambiciones personales.
Entre tanto la Península se veia agitada por gentes des
conocidas que, favoreciendo ya áArduin, ya á Enrique II,
dividian los ánimos y atizaban la guerra civil, que en algu
nos puntos empezaba á asomar su repugnante cabeza. Es ver
dad que Arduin obtuvo en un principio grandes ventajas en
aquella lucha contra los alemanes; pero oponiendo los que se
guian el partido germánico una Dieta á otra Dieta, se reunie
ron en consejo,y aclamando á Enrique II por legítimo Empe
rador en los campos de Roncaglia, le obligaron á presentarse
en Italia y á desenvainar la espada. Arduin tuvo que retirar
se, cediendo el campo á su enemigo, y viéndose obligado á
buscar un refugio en las montañas; pero, vária la suerte de las
armas, pudo volver al poco tiempo, gracias á los desastres
ocurridos en Pavía á San Enrique, que entonces tuvo que re
fugiarse del otro lado de los Alpes.
Diez años trascurrieron sin que Enrique II volviese á la
Península. En este tiempo ejerció omnímoda autoridad en
Italia el ya citado Arduin. Al llamar la historia á juicio su
dominacion cruel y despótica, ¡triste es decirlo! solo se obser
va el afan de absorberlo todo, de encadenarlo todo, de humi
llarlo todo. Ni un pensamiento grande, ni una idea noble, ni
un sentimiento generoso en aquel que pretendia constituir la
unidad de Italia, haciéndola independiente y libre. ¿Es quizás
que la unidad y la independencia de Italia son un imposible?
No; es que, por una aberracion inconcebible, se ha soñado
siempre con una absurda unidad territorial bajo un solo cetro,
quetendria que ser ó el tirano óel juguete de la Santa Sede,
al par que ofreceria grandísimos peligros para todos los Esta
99

dos colindantes y para la paz y el equilibrio de Europa; es


que, sin querer comprenderá la Península en lo que tiene de
distinto y de semejante entre sus partes óprovincias, se pre
tende reunir lo que Dios ha separado con inclinaciones, con
lhábitos, con localidades y con costumbres diversas; es que,
por una demencia incomprensible, ha sido siempre el vicio,
que todo lo divide y lo separa, el que ha intentado unir bajo
su asqueroso manto las tradiciones y las inclinaciones de dis
tintos pueblos; es que siempre se ha entregado la espada de
la libertad de Italia á los déspotas y advenedizos que, faltos
de virtudes y de fe, no han procurado mas que su satisfaccion
personal, presentando, por lo tanto, ante el mundo, inmenso
monton de ruinas regado con generosa sangre, allí donde debió
levantarse el majestuoso edificio de una Península que siem
pre han querido los Papas unir, confederando los diversos
Estados de la Italia. Por eso, esos llamados Reyes de Italia,
los de ayery los de hoy, han dado á la Península en todo
tiempo, en nombre de la libertad, opresion, tiranía y despotis
mo; en nombre de la independencia, bajeza, abyeccion y ser
vilismo; en nombre de la unidad, la division y las contiendas
civiles. Sí; no nos cansaremos de repetirlo. Desde los duques
innobles, que para constituir la unidad de Italia llaman á los
sarracenos en su auxilio, hasta el monarca alucinado, que con
el propio fin invoca el socorro de la Francia, á la que debe la
limosna de la Lombardía y á la que ha vendido su casa sola
riega de Saboya, cuantos ambiciosos han pretendido saciar su
sed de mando, llamándose soberanos de la Italia una, no han
hecho otra cosa que fraccionarla mas y mas, sin que jamás se
haya afirmado en sus deprimidas sienes la corona que, con ba
jezas sin cuento, mendigaron.
Así es que Arduin no reinó; no sostuvo la unidad que
proclamó en un principio y de la que se turbaron sus secuaces
los condes tusculanos y los partidarios de Juan, el hijo de
Crescencio. Tampoco defendió Arduin la independencia de
Italia, con cuyo nombre conmovió los corazones todos de
una gran nacion; porque desde el momento en que invocó tan
dulces nombres, hubo en la Península un ejército estranjero que,
100

dominando en gran parte de Italia, aclamaba porsoberano del


referido pais á Enrique II, el Santo. Arduin no restituyó la
calma á la parte de la Península en que dominó, porque hasta
allí se dejó sentir el espíritu de agitacion y revuelta, duran
do la guerra civil hasta 1015; no satisfizo á la Santa Sede,
porque desde Juan XVII hasta Sergio IV se vieron todos los
Papas oprimidos y esclavizados en el ejercicio de su autori
dad apostólica; no pudo intervenir en los asuntos de Europa,
porque Europa le señalaba públicamente á la indignacion uni
versal, como un ambicioso sin honor, y como un tirano de
Italia é inicuo opresor de la Silla de San Pedro. ¡Tal fue el
nuevo proyecto de unidad! Guerras, incendios, saqueos, de
vastaciones, odios, crímenes y rencores sin término y sin fin.
Tal fue el nuevo proyecto de monarquía italiana con Roma
por capital. ¡Servilismo, esclavitud, abyeccion y venganzas
generales y parciales!
Tiempo era ya de que tantos males tuviesen un eficaz re
medio. Enrique II volvió á Italia en 1015, y obligóá Arduin,
contra el cual se levantaron los pueblos indignados, á encer
rarse en el monasterio de Fructuaria, haciéndole vestir el há
bito de monge, en tanto que dispersaba los últimos restos de
la faccion de Crescencio, y calcaba las bases de su gobierno
sobre la política de Othon I. La grandeza de alma de Enri
que II, á quien la Iglesia venera en sus altares, su bondad,
su dulzura y su piedad, cautivaron todos los corazones, espe
cialmente cuando arrojó de Italia á los sarracenos, lanzándo
los de Sicilia. Por desgracia sucumbió demasiado pronto, sin
dejar sucesion, estinguiéndose en él la raza sajona de Enrique
el Cazador.
Trascurrió algun tiempo, y en 1049 fue elegido para ocu
par la Cátedra Apostólica el Papa Leon IX. Un hombre oscuro,
hijo de un herrero de Savona óSienne, llamado Hildebrando,
venia en su compañía. Era Hildebrando monge benedictino,
austero, activo, emprendedor y prudente, al par que sacerdote
piadoso y grandemente versado en las ciencias entonces cono
cidas. La Providencia le llamaba á sostener con su vigor y su
celo de consejero justo y equitativo la gran obra que en bene
101

ficio de la civilizacion del mupdo venian levantando los Papas


de los siglos medios. Grandes eran los males que por conse
cuencia de las pasadas circunstancias habia que corregir; in
mensos eran los vicios que el Pontificado tenia que estirpar;
¿podria la Santa Sede, aunque ayudada por hombres del tem
ple de Hildebrando, realizar sus generosas aspiraciones?
Era el monge de que nos ocupamos en este momento pa
triota ardiente, entusiasta por todo lo grande y noble. Tribu
taba religioso culto á la Santa Sede, y enlazaba con este res
peto, que rayaba en adoracion, el entusiasmo con que se es
presaba siempre sobre los destinos de su hermosa Italia. Veia
con dolor profundo el abatimiento de su patria, la desolacion
de la Península y la esclavitud á que estaba espuesta, cuando
no sujeta, la Silla inmortal del Pescador. Sin duda Hilde
brando creyó posible la emancipacion de la Santa Sede de
toda presion indigna; sin duda juzgó que produciria al mundo
beneficio inmenso la plenitud de su poder justiciero; sin duda
soñó con la grandeza pontificia como un medio de engrande
cerá Italia y civilizar al mundo, libertándole de los tiranos
que oprimian su cuello; porque desde su humilde puesto de
consejero imparcial trazó al Pontífice y al Rey los grandes de
beres que era forzoso llenar, y á cuyo cumplimiento consagró
por su parte una voluntad de hierro, una imaginacion viva y
una conviccion profunda, que nada podia doblegar, y que se
hallaba dispuesto á intentarlo y á emprenderlo todo.
Las revueltas, que, aunque en pequeña escala, duraban
aun, como una consecuencia forzosa de los movimientos ante
riores, no permitieron á Hildebrando por el pronto desarrollar
su plan, ni á la Santa Sede usar de su poder y de sus esce
lentes disposiciones para el bien. Pero los viajes, las observa
ciones, el conocimiento de los hombres, la esperiencia de la
sociedad, los estudios sobre los monarcas y los pueblos y las
reflexiones que por resultado de todo esto hizo el referido mon
ge en los Pontificados de Leon IX, Víctor II, Estéban I, Nico
lás II yAlejandro II, le sirvieron de mucho, cuando en 1073
se vió elegido por unánime aclamacion á la Cátedra Apostólica
con el nombre de Gregorio VII.
102

Tanto es lo que se ha calumniado á este gran hombre, y


tanto lo que sobre su genio y sus pretensiones se ha dicho y
se ha escrito, que nos parece muy oportuno retratarle con pin
celadas que no son nuestras y con colores que no pertenecen
al Catolicismo.
Un escritor protestante, Neander (1), refutando la acusacion
tantas veces lanzada contra este Papa de querer absorberlo y
dominarlo todo, se espresa en aquestos términos: Encontra
mos en Gregorio el desarrollo de una idea preexistente, segun
la cual el poder sacerdotal es el único verdaderamente insti
tuido por Dios, como el único capaz de hacer entrar en el ór
den á todos los demas poderes (2). Como se ve, ese hombre,
que se ha pintado al mundo como un déspota ansioso de do
minacion y mando, no era otra cosa que un Papa muy libe
ral, fenómeno que solo podia producir en aquel tiempo, en
el buen sentido de la palabra, la Cátedra Apostólica, inspira
dora siempre de grandes y generosas ideas. Esa opinion que
hoy se anatematiza de que todos los poderes de la tierra están
sometidos al poder de Dios, y por lo tanto de su Gerente en
la tierra, necesariamente debia sostener la dignidad del hom-
bre ante las potestades del siglo, sin hacerle doblar su frente
mas que ante Dios, inspirándole así la idea de sus derechos y
echando las semillas de las franquicias municipales en Italia
en un plazo no lejano.
¡Oh! ¡El Papa que siendo simple monge habia rogado al
Emperador Enrique IV que se opusiese á su elevacion á la San
ta Sede, porque el primer uso que haria de su autoridad apos
tólica seria condenar sus maldades y sus vicios, es seguramen
te un gran Pontífice!
Mas no es bastante lo dicho; Luden, al elogiar las brillan
tes cualidades de Hildebrando, dice así: Lo que, segun su
idea, debe realizarse en este mundo, puede encerrarse en tres
proposiciones enlazadas entre sí: Santidad y unidad de la

(1) Hist. eccles., tomov, P. 1, pág. 112.


(2) Dirit autem Dominus ad Audi vocem populi...; non
enin te aljecerunt, sed me, ne regnem super eos. (Lib. I De los Reyes, ca
pítulo vIII, v.7)
103

Iglesia por medio y bajo la direccion de los Papas; libertad e


independencia de la Iglesia por medio de su poder temporal
sobre el Estado de San Pedro; subordinacion de toda potestad
á la Iglesia y á sus Jefes los Romanos Pontífices (1). ¡Gran
de y generoso pensamiento, que siempre hará latir de entusias
mo los corazones nobles, y que tuvo su orígen, ya en la de
gradacion y envilecimiento en que yacian los pueblos, ya en
la opresion á que se vió reducida largo tiempo la Silla del Pes
cador! Sí; esa, luesa es la idea católica, diremos con Ratisbone;
esa es la gran idea cristiana. La unidad de su plan es catolizar
al mundo, sujetando los poderes sociales á los poderes religio
sos; su mision, regenerar al mundo por medio de la accion ci
vilizadora del Pontificado. Por una parte, la autoridad espiri
tual que gobierna las almas; por otra, la temporal que gobier
na los cuerpos; pero ambas armonizadas en un centro comun,
que es el Pontificado (2). Su plan, que consistia en fun
dar la vida política de los Estados sobre los principios del
Cristianismo, dice Alzog, se nos presenta en todo su desarro
llo; y concebimos fácilmente el asentimiento unánime de to
dos los espíritus generosos de aquella época y el entusiasmo
de los pueblos, QUE EN ESTos TIEMPos DE VIoLENCIA seNTIAN
LA NECESIDAD DE UNA. AUTORIDAD MORAL CAPAZ DE DOMINAR

LA FUERZA DESPóTICA DE Los PoDERES TERRENos (3).


Con semejantes prendas, con una inteligencia tan superior,
con ideas tan altas y tan nobles, y hallándose el universo todo
en el estado de corrupcion en que generalmente se encontraba,
fácil era prever un choque en un término, no muy lejano, con
cualquiera de aquellos orgullosos señores que tenian usurpa
das sus atribuciones á la Iglesia, y que lo mismo osaban le
vantarsu voz en el sagrado recinto que colocar una mitra en
una cabeza criminal. La oferta, pues, que el monge Hilde
brando hizo á Enrique IV, llegó el momento de que la cum

(1) Luden: Historia de los pueblos alemanes, tomoviII, pág. 463.


(2) Data estmihi omnis potestas in coelo et in terra. (S. , capí
tulo xxvIII, v. 18.)
(3) Alzog: Historia general de la Iglesia,tomo III, cap. 1,pág. 14.

4--------—
104

pliera Gregorio VII, para el cual era una herejía política la


dominacion de los alemanes en Italia.
El Emperador habia consumado grandes escesos, llevando
su osadía hasta el punto de elevar al Episcopado á hombres
tan corrompidos como los canónigos de Goslar, y de apoderarse
por la fuerza de las alhajas de los templos y de las imágenes,
cuyos adornos y aderezos lucian las cortesanas imperiales con
impúdico descaro. Al mismo tiempo, despótico y cruel el Cé
sar, oprimia convejaciones sin cuento y de un modo brutal y
sanguinario á los sajones, vencidos por él recientemente. El
defensor de las nobles causas no debia permanecer en silencio;
hubiera sido un crímen. Levantó, pues, su severa voz; habló
con lenguaje enérgico á aquel príncipe desatentado, y le citó
para que compareciese en Roma á justificarse de las odiosas
maldades que públicamente se le imputaban (1).

(1) ¡Cuánto mas racional y mas justo era esto que el sistema de las
revoluciones modernas ! Si los pueblos supiesen que sobre la autoridad
de los Reyes hay otro poder que aun en esta vida les toma cuenta de
sus desafueros y desmanes, mas tranquilos estarian, y la historia no
registraria ese cúmulo de revoluciones que tantos Tronos han derro
cado, y tantos paises han desmoralizado y degradado. Y si los Reyes,
acatando la suprema autoridad de la Santa Sede, inclinasen sus frentes
ante su justo arbitraje, ni Cárlos I de Inglaterra hubiera sucumbido
bajo el hacha del verdugo, ni Luis XVI de Francia hubiese perecido
en la guillotina.
En odio á la Iglesia, que dió derechos é hizo libres á los pueblos,
hicieron los espíritus inquietos y malévolos un tirano de cada Rey; es
citaron á los Monarcas á no sufrir el yugo de la Santa Sede yá romper
las brillantes tradiciones del pasado, destruyendo los fueros de las ciu
dades y la independencia señorial y municipal. El siglo XVIII vió en su
última mitad cómo se realizó todo esto; pero vió tambien el castigo.
Ese siglo vió déspotas en todos los Tronos de Europa; vió el reparto
inicuo de una gran nacion por tres tiranos que, al mismo tiempo que
se decian liberales, oprimian á sus pueblos, destruian la
polaca y se burlaban del Papa. Ese siglo vió á Clemente XIV martiri
zado por las potencias que se llamaban católicas, y á Pio VI cobarde
mente abandonado al desprecio de un aleman grosero y á los ultrajes
de una república que se bañaba en sangre. Pues bien: cuando esto su
cedió; cuando vieron esos genios malos que estaban los Reyes solos,
acometieron á ellos, y la cabeza del desgraciado Luis XVI, la de la
de Francia y la de la Santa princesa de Lamballe rodaron por el
: alSO...

Hoy se ven errantes muchos Soberanos cuyas coronas han sido re


ducidas á polvo por el huracan de las revoluciones. La descendencia
de Cárlos X de Francia está en el destierro, así como la de Luis Feli
pe. Othon I de Grecia ha sido destronado por los súbditos que un dia
105

El Emperador consumó un crímen mas al verse emplazado


de este modo ante un tribunal que sabria hacer justicia. Re
unió la Dieta de los señores en Worms, y de acuerdo con ella
proclamó la deposicion del Papa, al cual insultó muy grave
mente en la carta que le escribió y que iba dirigida A Hilde
brando, no Papa, sino monge apóstata. Un enviado, que es
tuvo espuesto á ser despedazado por el pueblo, y que el Papa
pudo salvar con trabajo inmenso, se presentó á Gregorio VII
con el escrito citado, requiriendo al Sumo Pontífice la depo
sicion de la Tiara, por efecto de la destitucion decretada en
Worms.
El Pontificado, así escarnecido por un hombre que no de
jaba de ser súbdito de la Santa Sede como hijo de la Iglesia,
por mas que ciñera una corona, elevó su acento conmovido, y
pronunció su anatema sobre Enrique IV, al cual condenaron
á su vez ciento diez Obispos, que juraron morir por la Santa
Sede y por su autoridad, indignamente escarnecida. Entonces
fue cuando este gran Pontífice dispensó á los súbditos del
Emperador del juramento de fidelidad que le habian presta
do, fundado en que jamás puede obligar un juramento á obe
decerá un príncipe que marcha por los senderos del mal, y
que se subleva contra el que ha sido puesto por Dios á la ca
beza de la cristiandad entera como Jefe de Reyes y de pue
blos (1). Nada hizo ceder al inflexible Papa, escudado en la
fuerza de su justicia y en la conciencia de su derecho; consi
guiendo así que los alemanes abandonasen á aquel Monarca,
que llevaba sobre sí una sentencia de condenacion eterna, y

le llamaron, y Francisco II de Nápoles por aquellos á quienes dispensó


su proteccion y sus favores.
Comprendan los Soberanos de la tierra que hay una Providencia en
el cielo; y el dia en que se nieguen á levantar sus cetros contra la San
ta Sede; el dia en que se resistan á plegar sus mantos, para así dejar mas
amplitud á sus súbditos, ese dia, amparados por la Cátedra Apostólica
y escudados por sus pueblos, ni rodarán sus coronas por el polvo, ni
sus caerán por el suelo, como hace un siglo les viene aconte
C18ICO. nos
(1) Omnia mihi tradita sunt à Patre meo. (S. Lúc., cap. X, ver
sículo ). Sicut misit me Pater, et ego mitto vos. (S. Juan, cap. xx,
V. 21.
106

que la Dieta de Friburgo obligase al Emperadorá abstenerse del


gobierno de sus reinos en tanto que no obtuviese la absolucion
de aquel poder Romano, único santo, infalible y omnipotente
en la tierra.
ElCésar se aterró al encontrarse solo;y al verse abando
nado de todos, reconoció sus pasados estravíos y se humilló
ante la inmensa autoridad de atar y desatar (1). Marchó al
castillo de Canosa en busca de aquel Pontífice que de tal
modo juzgaba á los Monarcas para nivelarlos con los pueblos
ante la justicia de Dios, y sus lágrimas y gemidos le anuncia
ron á Gregorio VII. Sin embargo, tres dias permaneció Enri
que IV en el segundo recinto de la fortaleza, en ayunas y con
los pies desnudos sobre la nieve que cubria el pavimento; al
cuarto fue recibido por el Papa y alzada la escomunion. Al
dia siguiente debia dar Gregorio VII al real penitente y al
universo entero una prueba de su ardiente fe y un testimonio
de la justicia con que procedió contra el Emperador.
Decia el Papa la misa de reconciliacion, y en medio de
ella, dividiendo la Santa Hostia en dos pedazos y elevando en
su mano derecha uno de ellos, pidió á Dios, con lágrimas y
con acento inspirado, le hiciese morir en el acto si era crimi
nal, consumiendo en seguida aquella porcion. de la Sagrada
Forma. La otra mitad la presentó al César para que hiciese
lo mismo; pero Enrique IV, pálido y aterrado, rehusó some
terse átan terrible prueba.
Tanta grandeza, tanta y tan sobrehumana majestad, con
movieron hondamente á la condesa Matilde. Instituyó á la
Iglesia romana por heredera de sus inmensos bienes, inclusos
el ducado y Estados de Parma con todo el Placentino, y por
mas esfuerzos que algun tiempo despues practicó su esposo
Welf de Baviera, no fue posible obligarla á retirar su espon
tánea donacion. La Iglesia recorria, pues, un período brillan
tísimo. Su poder espiritual respetado,pero querido al mismo
tiempo por los pueblos, que veian en él la salvaguardia de sus

(1) Quodcumque ligaveris super terram, erit ligatum et in coelis; et


quodcumque solveris super terram, erit solutum et in coelis. (S. Matt.,
cap. XVI, v. 19.)
_----

107

derechos y franquicias, se estendia por todo el mundo enton


ces conocido; su poder temporal dejaba sentir su benéfica in
fluencia sobre Italia entera. La unidad principiaba á ser una
verdad; la independencia lo era ya de hecho.
Desgraciadamente la maldad de los príncipes alemanes y
la molicie de los pueblos italianos llevaron á Gregorio VII á
Salerno, donde su existencia se consumió lentamente, obliga
do á la inaccion que le impusiera el destierro. El dia 25 de
mayo de 1085 esclamaba esa figura gigante de la historia pon
tificia, lleno de pena y próximo á la agonía: He amado la
justicia y odiado la iniquidad ; por eso muero en el destierro.
El pesar, los sollozos y las lágrimas que la ingratitud del mun
do le arrancaron, ahogaron la voz en su garganta. Uno de los
Obispos que se hallaban presentes y rodeaban aquel lecho don
de pronto no habria mas que un cadáver, contestó al afligido
Gregorio VII: Santísimo Padre: no hay lugar de destierro
para vos en toda la estension del globo. Como Vicario de Je
sucristo y sucesor de San Pedro, habeis recibido en herencia
los pueblos todos de la tierra, ypor patrimonio el mundo (1).
El gran Pontífice, restaurador del órden social; el que habia
dado á la Santa Sede y conquistado para ella la plenitud de
poder que Dios le concedió; el que habia pretendido hacer de
la sociedad, lográndolo en parte, un pueblo de hermanos, con
el Evangelio por ley y por Monarca á Dios, falleció aquel
mismo dia.
La Iglesia le venera en sus altares y celebra su festividad,
que es simpática átodo corazon católico y amante de la Santa
Sede, el 25 de mayo. El destierro de Gregorio VII y su
muerte en Salerno son el triunfo del monge Hildebrando y la
gloria de la Cátedra Apostólica.
Concluiremos con algunas frases de un historiador impar
cial: Vencido en la apariencia, dice Alzog, Gregorio murió
en realidad triunfante; porque su gran pensamiento le so
brevivió todo entero, y la Iglesia no pensó ya mas que en

(1) Dabo tibi gentes inhaereditatem tuam, et possessionem tlam ter


ninos terrae. (Salmo II, v. 8)
108

libertarse de todo yugo temporal, dando la independencia y


la libertad necesarias á sus Obispos. Los altares fueron pronto
un asilo contra las violentas demasías del Trono, y poco á
poco las ciudades, instruidas con las lecciones de la Santa
Sede, se fueron emancipando, conquistando de este modo sus
libertades parciales, orígen de la libertad del mundo (1).

VI.

La cautividad de Babilonia (2).

Desde 1085 á 1517.

Una serie inmensa de humillaciones, una pesada cadena,


un yugo tiránico y opresor esperan á la Santa Sede; y esta,
que divisa en lontananza el amarguísimo cáliz que la maldad
de los hombres habrá de darle á beber, resignada como el
divino Maestro, pregunta, como Él, á las naciones en qué ha
hablado mal y en qué ha faltado á sus deberes. Los pueblos no
responden; avergonzados callan; pero el espíritu del mal em
puja y precipita los sucesos, que solo vendrán para oprimirá
la Cátedra Apostólica con su despótico yugo.
El advenimiento de Urbano II en 1088 á la Silla de San
Pedro; el movimiento que por todas partes se observaba; la
tendencia general á la emancipacion de la autoridad cesárea;
la cuestion de las investiduras siempre viva é imponente, y
la actitud hostil en que el imperio germánico se colocó res
pecto de la Santa Sede, hicieron presagiar graves sucesos que
viniesen á resolver de una vez el gran problema, cuya solu
cion se buscaba por todos con afan á través de muchos siglos.
Las miradas del universo estaban fijastodas en el Trono Pon

Alzog: Historia general de la Iglesia, tomo III, cap. I, pág. 22.


2) Se llama así en la historia de la Iglesia la prolongada época en
que la Santa Sede se vió esclavizada por la Francia en Aviñon. Setenta
años estuvieron cautivos los hebreos en Babilonia, y sesenta y seis
duró el cautiverio de los Papas en la ciudad francesa.

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109

tificio, esperando la resolucion del nuevo Papa, que habia de


conquistarle el afecto ó el odio de la Península.
No en vano se volvian todos los ojos á Urbano II. El alma
de Gregorio VII, sus ideas, su virtud, su energía, su celo y
su ardiente patriotismo parecian trasladados á su piadoso
SU1CCSOI.

El Papa Urbano no podia olvidar las inmensas maldades


de Enrique IV, ni su vergonzosa deposicion del trono de los
Césares; habia visto ademas el sacrilegio horrible de aquelin
noble monarca, que despues de reconciliado con Hildebrando
le persiguió y afrentó, insultando su autoridad y sus blancos
cabellos ante la faz del orbe, mudo de indignacion y asombro;
presenció la salida de Gregorio VII de Roma, y vió morir al
sucesor de San Pedro en el destierro, y renovarse la impía
guerra que hacia el Emperador á la Santa Sede. Urbano, pues,
que tantos crímenes vió, aunque ausente de Roma, porque
las violencias imperiales y el antipapa Clemente no le permi
tian ocupar su puesto, llamó á suceder en la corona imperial,
respetando aun la tradicion y queriendo conciliarla con los
deseos de Italia, al príncipe Conrado, hijo del criminal Enri
que. Hecho esto, tranquilo con su obra, confiado en Dios y
su derecho, volvió su rostro á la Siria, y preparó el suceso
mas sublime que jamás vieron los siglos.
El Jefe de la cristiandad llamó álas armas al Catolicismo.
Europa se conmovió á su voz y los primeros cruzados, llenos
de entusiasmo, acudieron á recibir las órdenes del sucesor de
San Pedro. La epopeya se aprestó á cantar gloriosos hechos,
y las naciones católicas, confundidas en el comun deseo de
rescatar el sepulcro del Redentor, profanado por los infieles,
marcharon al punto á Palestina para vengar los ultrajes que
á Europa hiciera con frecuencia la inmunda descendencia de
Ismael. Urbano II se conmovió en presencia de tanto he
roismo y de tan sublime abnegacion; bendijo á los ejérci
tos, los enriqueció con mil y mil gracias espirituales, y arro
jó á la Europa entera contra el Asia, enviando la civilizacion
cristiana á destruir el fanatismo musulman. De este modo la
barbarie islamita, que amenazaba con repetir los tristes dias
110

en que Atila cebaba su caballo con la sangre de sus víctimas,


y con su maza derrocaba los tronos y las naciones de la tier
ra, se vió atacada de frente cuando menos lo esperaba, devol
viéndose á los sectarios del Corán en el siglo XI la guerra que
al Cristianismo declararon ellos en el siglo vIII.
La vista de ese glorioso ejército, en que gozosos marcha
ban á Palestina confundidos los nobles con los plebeyos, llenos
de entusiasmo y con una sencilla cruz sobre sus hombros (1);
ese ejército brillante y numeroso que á una voz del sucesor
de San Pedro se presentaba armado y equipado, dispuesto á
morir en la peligrosa empresa designada por la Santa Sede,
aterró á Enrique IV. Comprendió entonces algo de la gran
deza eterna de ese poder estraordinario, con el cual osó luchar
un dia; conoció en parte la inmensidad del abismo que habia
abierto para sepultar su trono, y cedió de sus pretensiones.
En esta disposicion de ánimo solo faltaba ya el último golpe
á la justicia de Dios; y cuando en el Concilio de Placencia
su esposa Práxedes descubrió de un modo irrecusable las in
fames torpezas de ese príncipe, el odio y el desprecio que le
mostraron los pueblos le hicieron gemir por el momento;
mas, furioso siempre, anhelando destruir el Pontificado y
derrocar al Papa Urbano, le suscitó, aunque en vano, dos im
píos antipapas. Abrumado al fin por los remordimientos, ven
cido en la satánica lucha que toda su vida vino sosteniendo
con la Santa Sede, severa siempre con su despotismo cruel y
siempre inflexible con sus asquerosos vicios, marchó al fin el
desgraciado César á la oscura villa de Siego, y allí murió
abandonado de todos, sin que una voz amiga endulzase los úl
timos momentos del Emperador Enrique IV.
La Cátedra Apostólica acababa de vencer nuevamente al
Imperio. Y como si el universo se hubiese puesto de acuerdo
con los Papas, el Concilio de Clermont apoyó las pretensiones
pontificias, pronunciándose abiertamente contra el homenage
exigido á los Obispos por los señores feudales, como peligroso

(1) Una cruz en el hombro derecho fue el signo de los cruzados,


segun Balderico: Hist. Hierosolymitana.(Bougars, tomo I,pág. 88)
111

para las libertades de la Iglesia. El Concilio declaró que ese


homenage á los poderes del siglo obligaba al Papa y los Pre
lados á una dependencia muy humillante de los príncipes,
en lo general violentos y groseros para con los reprensores de
sus maldades y escesos. Y, en efecto, las iniquidades consuma
das por los Emperadores y por la faccion tusculana contra la
Santa Sede, y los sufrimientos del Obispo Ivo de Chartres (1),
reputado y castigado por el Rey de Francia como felon y
traidor, por haberse opuesto con santo celo á ciertos desmanes
del Monarca, autorizaban á la Iglesia á levantar su voz con
tra el pleito-homenage exigido por los señores legos. Muy
justamente, pues, reclamaba la Iglesia que en lo sucesivo no
hubiese entre Soberanos y Prelados otros lazos que los natu
rales de amor y de respeto y fidelidad que deben unir en
todo tiempo al súbdito con el legítimo Soberano. En cuanto á
la Santa Sede, era universal el deseo de que recobrase su ab
soluta libertad y su entera independencia de los poderes ter
renos para cumplir cual debia su apostólica mision.
La escomunion que Urbano II fulminó contra Felipe y
Bertranda, perseguidores del citado Ivo, fue la confirmacion
pontificia de las resoluciones adoptadas en Clermont; y la ova
cion que Roma tributó al sucesor de San Pedro al hacer su
entrada en la Ciudad Eterna, probó terminantemente que el
sentimiento italiano estaba conforme en todo con el gran Papa
que terminaba su obra dando la investidura de Sicilia al
conde Roger, como legado perpetuo de la Santa Sede (2). "
Los Césares sin duda comprendieron que á la independen
cia de la Silla de San Pedro estaba íntimamente unida la

(1) Los desórdenes de todo género á que se entregaban Felipe y


Bertranda, Reyes de Francia, escitaron el celo apostólico de Ivo, Obis
po de Chartres, el cual les reconvino fuertemente. El monarca francés
acusó de traicion y felonía al citado Obispo, le hizo perseguir y le pro
digó todogénero de insultos y de males, que heróicamente sufrió el
dignísimo Prelado. Haga contra mí el Rey todo lo que pueda y quie
ra. Encarcéleme, proscribame; he resuelto sufrirpor la ley de Dios, y
no hay consideracion que pueda obligarme á tolerar las faltas de los
príncipes, de cuyo castigo no quiero participar, ni antes ni despues de
mi muerte." (Ivo Camotens: Ep. 15 et ep. 20.)
(2) Monarchia ecclesiastica Siciliae. (Muratori,tomo V, pág. 601.)
112

libertad de Italia, porque no cejaron en su temerario empeño


de oprimir á la Cátedra Apostólica. Así fue que en 1110 vol
vieron á encontrarse frente áfrente el Pontificado, represen
tado por Pascual II, y el Imperio, encarnado en Enrique V.
La cuestion de las investiduras llegó á ser una lucha gi
gantesca.
El Emperador exigió del Pontífice Pascual, bajo la pre
sion del terror y de la fuerza, que desplegó en todo su lujo en
la entrevista que tuvo con el Papa en Sutri, la renuncia del
gobierno temporal de la Santa Sede y la entrega al Imperio
de todos los dominios de la Iglesia, en cambio de la cesion
que hacia el César de todos sus derechos á dar las investidu
ras. El Papa no podia renunciar lo que no le pertenecia en
propiedad absoluta; derecho tenia la Iglesia á ser libre y tam
bien á ser independiente. Pascual II pidió tiempo para con
sultar y resolver; y cuando demandando consejos á los hom
bres mas eminentes de su tiempo, estos emitieron su dictámen
contrario á las exigencias imperiales, y reprocharon amarga
mente al Papa su falta de entereza en la entrevista tenida con
el César, el sucesor de San Pedro se llenó de pesar, y desean
do borrar hasta las huellas de su pasada flaqueza, se negó
rotundamente á satisfacer los deseos del César, advirtiéndole
al mismo tiempo sobre las libertades de la Iglesia, para que
desistiese del empeño de las investiduras, caducadas ya hacia
tiempo.
En mal hora comunicó Pascual II estos acuerdos al César,
porque el señor teutónico, violento y arrebatado, hizo prender
al Pontífice en la Iglesia de San Pedro, con todo el clero que
le rodeaba, y al que, así como al Papa, colmó de injurias y
de malos tratamientos. Sesenta dias permaneció en prisiones
el sucesor de San Pedro; mas al fin Enrique Vbuscó y ofreció
un arreglo, que se deshizo al punto, porque la muerte de la
condesa Matilde volvióá recrudecer las ya pasadas querellas.
Con motivo del testamento de la enunciada condesa, que
legaba á la Santa Sede las ciudades de Mántua, Módena, Sa
vona, Pisa y Luca, se disponia la Iglesia á tomar posesion de
estos dominios, cuando Enrique V atacó la donacion. El Santo
113

Padre protestó; levantó su voz contra el detentador impío del


cumplimiento de una voluntad sagrada en perjuicio del Patri
monio de la Iglesia; pero el descendiente de aquella raza, que
tuvo siempre un placer en vejará la Cátedra Apostólica, pro
movió una asonada en la Ciudad Eterna, y al fin consiguió
que sus parciales arrojasen de Roma al Soberano Pontífice
que en 1118 murió en el lugar de su destierro. La Iglesia con
testó á tamaño crímen elevando inmediatamente á la Silla de
San Pedro al Papa Gelasio II (1).
El soberano aleman no se satisfizo, al ver la actitud mesu
rada y digna de la Iglesia, con la perturbacion política que
ocasionó en Italia. Añadió á los males, ya causados, el mayor
del cisma, é hizo elegir al antipapa Gregorio, que, despre
ciado de todos, no pudo sostenerse. Entonces, ciego de ira el
César, marchó resuelto á su objeto; atizó la rebelion, sedujo
á la familia del nuevo Papa, la obligó á vomitar el imprope
rio contra su Santo pariente, al cual maltrató con crueldad
inmensa, y concluyó por reducir á prision al Pontífice Ge
lasio (2).

(1) Hé aquí una copia del acta de donacion: In nomine Sanctae et


individuae Trinitatis. Ego Mathildis, Dei gratiá comitissa, pro remediis
animae neae et parentum meorum, dedi et obtuli Ecclesiae S. Petri, per
interventum domini Gregor. VII, omnia bona mea, jure proprietario,
tàm quae tunchabueram quàmea quae in anteà acquisitura eram, sive jure
successionis. Omnia, sicut dictum est, per manum domini Gregor. VII,
Romanae Ecclesiae dedi et tradidi, etchartulam indèfieri rogavi. Sedquia
chartula nusquäm apparet, et timeone donatio et oblatio mea in dubium
revocetur, ideö ego, quae supra comitissa Mathildis, iterium de presenti die
dono et offero eiden Romanae Ecclesiae, per manum Bernardi, Cardi
nalis et legati ejusdem Romanae Ecclesiae, sicut in illo tempore dedi per
monum domini, Gregor. VII omnia bona mea, etc. (Raumer: Hist. de
los Hohenstauffen, tomo I, pág. 289)
(2) Sobre esta época de la historia de los Papas, y acerca de lo que
ha dado en llamarse por algunos espíritus malévolos intrusiones de la
corte de Roma, hé aquí lo que Alzog dice, basando su narracion en au
toridades que no son recusables, atendidos sus antecedentes: "Jamás
se elevó ni se estendió mas el poder temporal y espiritual de los Papas
que en la época que acabamos de recorrer. Por todas partes vemos á
los Pontífices interviniendo como mediadores entre los príncipes y los
vasallos; juzgando en nombre de Dios á los Reyes y á las naciones; opo
niéndose á toda clase de injusticias; deteniendo, en cuanto es posible,
las guerras y las revoluciones; apareciendo á los ojos de todos como el
representante inmediato de Dios, como el verdadero Vicario de Jesucris
to; como jefe responsable de su autoridad solo ante Dios y su Iglesia;
8
114

El pueblo, que ya murmuraba de semejantes escesos, re


petidos con frecuencia lamentable, aterrador éimponente, se
amotinó contra Enrique, gritó contra el imperio, y puso en
libertad al punto al oprimido por la causa del derecho y la
justicia. Enrique V no cejó en su desatentada empresa; suscitó
al Papa una persecucion sin tregua, y le hizo huir para no
volverá Roma, porque tambien este Pontífice sucumbió lejos
de la Ciudad Eterna, en 1119.

como Rey que lleva en su triple corona el símbolo de la Iglesia pa


ciente, militante y triunfante, signo de un imperio superior á todos los
reinos de este mundo, que abraza en su inmensidad el cielo, la tierra y
las profundidades del abismo. Sobre todos los estandartes es gloriosa
la bandera de la Iglesia, es decir, la de Cristo crucificado. A Cristo va
dirigido todo homenage, todo honor, toda obediencia. En nombre de
Cristo se promulgan todas las leyes y se cumplen por amor á Cristo: el
desprecio, pues, al Jefe visible de la Iglesia cae necesariamente de re
chazo sobre su Jefe invisible.
Esta influencia de los Papas, tan vasta en el mundo y en la Iglesia,
y tan bien representada por la bendicion solemne que el V: de Je
sucristo da á todo el universo, urbi et orbi, y esa diversidad de derechos
de la primacía, han hecho muchas veces concebir los juicios mas erró
neos á los historiadores y á los canonistas de todos los partidos. La si
tuacion de la Iglesia y la actividad de los Soberanos Pontífices en esos
tiempos estraordinarios han sido, sin embargo, debidamente apreciadas
por autoresinteligentes éimparciales. Segun ellos, el clero, ysobre todo
el Papa, eran los únicos que tenian la superioridad moral necesaria para
llenar en el mundo el papel divino de mediadores. Fuera de la Iglesia
no habia ninguna otra autoridad que fuese capaz de tanto. Fortalecidos
los Papas con su propia mision, se oponian esforzadamente á las pasiones
de los pueblos, y protestaban valerosamente contra los vicios de los Reyes,
sin temer la cólera de los nobles. La elevacion de sus miras, su espíritu
conciliador, su mision pacífica, la naturaleza de sus intereses, les inspi
raban necesariamente en política ideas grandes y generosas, que no po
dia concebir la nobleza, ni aun el estado llano de aquel tiempo.
Cuando los Papas ponian el entredicho á un reino, y sobre todo
cuando hacian comparecer ante la Santa Sede á los Emperadores para
que diesen cuenta de su conducta, es indudable que hicieron un gran
servicio á la humanidad, porque indujeron á los Reyes á ser mas cir
cunspectos ante una autoridad que era un freno para los príncipes y
una égida para los pueblos... Si en medio de Europa se elevase hoy un
tribunal que en nombre de Dios juzgase á los Reyes y á los súbditos,
y previniese las revoluciones y las guerras destruyéndolas poco á poco,
¿quién duda que se le proclamaria como el apogeo de la perfeccion so
cial y como la obra maestra de la política? Pues bien: los Papas quisie
ron y estuvieron muy cerca de ese fin. Concluyamos diciendo
con Chateaubriand que la realizacion de tan hermoso sueño no es posi
ble sino por medio del Cristianismo." (Manin, tomo xx, pág. 1,099.
–Cf. Gregor., 7, lib. V, ep. 11; lib. VI, ep. 14–Chateaubriand: Genio
del Cristianismo, tomo IV, cap. XI.—Alzog: Historia Universal de la
Iglesia,tomo III, cap. I, pág. 88)
115

La Providencia quiso al fin dar un momento de reposo al


Pontificado y concederle algunos meses de paz. Contento el
cielo con los triunfos obtenidos por la Santa Sede, y satisfe
cho con las derrotas que en el órden moral ha sufrido aquel
imperio, próximo ya á su ruina, ha sublimado á Calixto II á
la Cátedra Apostólica, reservándole el Concordato de Worms.
Sin embargo, no concede la paz á la Iglesia ni la tranquilidad
á Italia hasta la muerte del César en 1125, cuando ya ocu
paba la Silla de San Pedro el Papa Honorio II.
No obstante; los desórdenes se repitieron al fallecer este
Pontífice. La agitacion habia sido mucho tiempo el elemento
en que los Césares vivieron, y el partido de los nobles no se
acomodaba fácilmente con una paz que, acabando con sus in
fundadas exigencias, tenia por objeto destruir la esclavitud
perpetua en que al Pontificado y la Italia tuvieron los Empe
radores, desde que desapareció la raza de los Carlo-Magnos y
Othones. El imperio era ya por este tiempo el genio maléfico
que perseguia á la Santa Sede y que oprimia á la Península.
Ya los mismos señores teutónicos, con sus escesivas exigen
cias, con sus altivas demasías, con sus innobles cadenas y sus
continuas revueltas, justificaron por último ante la faz del
orbe la prevision y las ideas de Gregorio VII, y la entereza y
la energía de Urbano II. Las maldades de los Césares demos- .
traron al mundo la razon con que la Santa Sede reclamaba al
imperio su libertad absoluta, y la justicia con que el Sínodo
de Clermont se opuso al dominio de los señores legos sobre
cosas y personas eclesiásticas.
Inocencio II acababa de ocupar la Silla de San Pedro,
cuando un antipapa, el Cardenal Pedro de Leon, que tomó el
nombre de Anacleto, originó un cisma de ocho años entre por
cion de motines y alborotos con los cuales obligó al Papa á
refugiarse en Francia, abandonando la Ciudad Eterna; pero el
derecho triunfó al fin, é Inocencio volvió á Roma, que le reci
bió en triunfo con júbilo inesplicable. El Papa correspondió
á tanto amor concediendo nuevas franquicias y derechos á la
Ciudad Eterna, que conservaba las formas republicanas en el
gobierno, y las municipales en la administracion. Los Obispos
116

de Italia imitaron el generoso ejemplo del Soberano Pontífice,


y, renunciando á sus derechos sobre las ciudades, dejáronlas en
libertad de gobernarse segun su voluntad y de acuerdo con
sus necesidades.
El Emperador Lotario II no se atrevió á combatir contra
los que de tal manera daban la libertad á sus pueblos y les
concedian instituciones que lisonjeaban su amor propio. Guar
dó silencio sobre las medidas adoptadas por el Papa y los
Obispos, y en 1133 vino á Roma á pedir la consagracion al
sucesor de San Pedro. En aquel mismo año fue coronado el
nuevo Emperador en San Juan de Letran, y dieron cima los
dos grandes poderes italianos á un tratado sobre los bienes de
la condesa Matilde. Por este convenio el César obtuvo los feu
dos de la margrave; mas no recibió las propiedades alodiales
sino á condicion de prestar homenage, como soberano de Tos
cana,á la Cátedra Apostólica.
Las rivalidades que existian entre muchas de las ciudades
de Italia, las primeras en repelerse mutuamente; la guerra que
sin tregua y sin descanso se hacian por interes mercantil, y las
exorbitantes pretensiones de cada una de ellas, que se juzgaba
con derecho á dominará las demas, produjeron al fin una es
cision entre los pueblos de la Península, y conmovieron la
tranquilidad en Roma, concluyendo por originar grandes mal
dades y por consumar no escasos y pequeños crímenes.
Un monge italiano, discípulo del célebre Abelardo, se pre
sentó en Brescia predicando contra el poder temporal de la
Iglesia en general y de sus ministros en particular. Las falsas
elucubraciones teológicas de Pedro Abelardo produjeron erró
neas aplicaciones en el terreno de los hechos por parte del alu
cinado Arnaldo. Por lo demas, el discípulo se mostraba digno
del maestro.
El monge italiano negaba al clero el derecho de poseer;
condenaba el de propiedad que los Obispos tenian, y anate
matizaba el poder temporal de la Silla de San Pedro. La au
toridad sobre las almas, el juicio sobre las conciencias y el
diezmo de los frutos de la tierra, eran los únicos derechos de
la Iglesia, segun Arnaldo, para quien era un crímen imper
117

donable que la Santa Sede poseyese Estados que, segun él,


debia abandonar la Iglesia al punto, á fin de no realizar mas
tiempo las abominaciones de la antigua Babilonia.
¡De este modo, un fraile ignorante, que no sabia gobernar
su conciencia, se atrevia á dar consejos á quien gobernaba el
mundo; así, un hombre que por la vez primera abria sus
ojos á la vida de los pueblos, se creia con accion á condenar
el derecho de propiedad en la Iglesia; de esta manera, un
pobre visionario arrojaba á los Césares, que naufragaban, ese
cable poderoso para que, asidos á él, procuren abordar la na
ve del Pescador!... ¡Y se llamaba patriota é italiano, católico
y sacerdote, el que indignado clamaba contra el dominio de
San Pedro, contra las riquezas de los templos y contra las
propiedades que el clero poseia!... ¡Mentira! Como patriota,
animó las exigencias imperiales sobre los bienes de la Iglesia;
como italiano, tomó partido entre los enemigos del Pontifica
do, que salvó á Italia de los bárbaros; como católico, se re
beló contra la autoridad del Supremo Gerarca de la Iglesia;
y como sacerdote, faltó á la fe del juramento que le obligaba
á la sumision, obediencia y reverencia á la Santa Sede. ¡Y él
osaba anunciar que devolveria su libertad y su esplendor á
Roma! ¡Él, que, como un tipo al cual debia ajustarse todo,
recordaba á las ciudades de Italia la Iglesia de los Apóstoles
y la Roma de los ediles y tribunos! ¿Y era el hijo de la fe el
que en nombre de la libertad pedia para la Iglesia tres siglos
de persecuciones y de sangre, y para Roma recuerdos de es
clavitud y abyeccion, que, sin la Cruz, la hubiesen destruido
para siempre?..
Las predicaciones de Arnaldo en un pueblo como el de
Italia, siempre soñador y amigo de novedades, produjeron al
fin en 1138 una insurreccion general, en la cual agotó la Santa
Sede todo el inmenso caudal de su constante dulzura. Pero
llegó un momento en que Inocencio II, cumpliendo con sus
tremendos deberes, recordase que no debia permanecer calla
do por mas tiempo, ni permitirá aquel monge la propaganda
de la criminal doctrina que tan honda herida abria al dere
cho de propiedad en toda su estension. Ademas, la Iglesia po

----------- “- -_--- -
118

seia legítimamente; en nombre de un derecho divino ejer


cia su poder espiritual sobre el mundo, y su autoridad
temporal sobre los Estados de la Santa Sede ; en nombre
de un derecho humano poseia desde Constantino; ¿quién
era, pues, aquel monge que, atacando los principios en que
la propiedad descansa, combatia el derecho de poseer, allí
donde mas títulos legítimos habia para ello? ¿Quién era aquel
demente que así abusaba de su mision evangélica para con
mover los pueblos, levantando su atrevido acento contra la
voz de la Iglesia, que aprobó lo que él osaba condenar en ab
soluto? Y, con dolor lo decimos, ¿quién era aquel pueblo que
de tal modo se sublevaba contra el que le hizo ocupar el pri
mer puesto entre las naciones cultas, salvándole de la barba
rie y cubriéndole de una gloria que los demas envidiaron? ¿Con
qué derecho se buscaba, y en dónde se hallaba, mintiendo
justicia, la distincion falaz entre el hombre del Evangelio,
que eleva su alma á Dios y da su capa al necesitado, y el
hombre de la sociedad, que reclama á esta el respeto á sus
derechos. (1)?
Á vista de tanto escándalo, Inocencio II reunió en Letran
el décimo Concilio general en 1139, al cual asistieron cerca
de mil Prelados de todos los paises del universo. El Santo
Sínodo confirmó lo hecho por la Santa Sede para la paz de la
Iglesia; escomulgó á Roger de Sicilia, aspirante á la corona
de Italia y principal motor de los desórdenes que á la Penín
sula agitaban; destituyó á los protegidos de los antipapas, y
de un modo solemne condenó y pronunció su anatema contra
Pedro de Bruis y contra Arnaldo de Brescia, y contra sus
fautores y secuaces (2), sentenciando á destierro perpetuo al
monge italiano, que sucesivamente fue arrojado de su terri

(1) Arnaldo solia establecer este paralelo para hacer resaltar lo mu


cho que, segun él, se habia apartado la Iglesia de la pureza de la doc
trina evangélica. Como se ve, nuestros utopistas modernos nada han
inventado. Ni aun ha propuesto nada nuevo el católico sincero que se
oculta bajo el antifaz del vizconde de La Guéronnière.
(2) Ténganlopresente los que retienen las propiedades de la Iglesia
á viva fuerza y los que aspiran á realizar las doctrinas del discípulo
de Abelardo.
119

torio por los habitantes de Italia, de Francia y de Suiza. Los


pueblos temian el contagio de su disolvente doctrina; la pro
piedad se estremecia á su vista, y el derecho le señalaba á la
condenacion de las naciones.
Por este tiempo reinaba en la Ciudad Eterna mas que
nunca el espíritu de rebelion que sobreescitaron las prédicas
de Arnaldo. Pasado algun tiempo, recibió el Sumo Pontífice
el juramento de fidelidad de los tiburtinos, y el pueblo romano,
celoso del pequeño Tívoli, prorumpió en gritos contra el
Papa, corrió al Capitolio, instaló un Senado, proclamó la
república, anuló el poder pontificio, y resucitó las antiguas
iniciales S. P. Q. R., que volvieron á aparecer por todas par
tes. Tan odiosa ingratitud ocasionó la muerte de Inocencio
en 1143.
Sucedió á Inocencio el Papa Lucio II, y aunque desde su
exaltacion á la Silla de San Pedro se aplicó á apaciguar los
ánimos y á calmar las pasiones en desórden, no pudo conse
guirlo. El vírus revolucionario se habia infiltrado con esceso
en la Península, y la agitacion en que se hallaban Italia y
Roma misma produjo un crímen inspirado por los mismos
que atizaban el fuego de la rebelion. La Ciudad Eterna, in
grata entonces para la Santa Sede, dió un paso mas en el
sendero del mal; el prefecto de Roma fue sustituido por los
revoltosos con un patricio de nombramiento popular, y la
pretendida república fijó en cincuenta y seis el número de
senadores, y organizó militarmente los seis cuarteles en que
dividió su territorio. No contentos aun los sublevados con
esta usurpacion violenta de una autoridad legítima, cuyo
poder invocaron ellos mismos en los dias del peligro, preten
dieron reducir á la Santa Sede á no percibir otras rentas que
el diezmo y las ofrendas voluntarias de los fieles, declarando
que el poder temporal de los Papas habia concluido, y que
solo la república tenia derecho á percibir los tributos. Como
se ve, el pueblo habia aprovechado las lecciones del monge
osado que, á pesar de todo, no habia encontrado un asilo en
la Península.
En medio de tanto celo por la causa de la república, y

- * --,
----
120

para probar al mundo que Italia se agitaba entonces como


siempre, gracias á las escitaciones de los ambiciosos, que in
tentaban medrará costa de la Santa Sede, invitaron los revol
tosos, los fieros republicanos, al Emperador Conrado III á
que fijase su residencia en Roma, para que de este modo el
Pontificado, cumpliendo con lo ordenado por el Salvadorá
San Pedro, pagase tributo al César, reservándose lo que á Dios
perteneciese. ¡En verdad que cree uno estar soñando cuando
ante su vista se presenta tan grosera trama! ¡Así, con un mi
serable subterfugio, bajo el pretesto de un mentido respeto al
Evangelio, que hollaban, buscaba Roma las cadenas imperia
les, que tanto odió en un tiempo, y que los Papas procuraron
romper constantemente para hacer libre á la Italia! ¡Así, los
que rechazaban la autoridad paternal de los Pontífices, ahora,
escitados por mentirosas ofertas de quien pretendia dominar
los, sujetándoles con brazo de hierro, buscaban, en nombre de
la libertad, la servidumbre cesárea,y pedian de rodillas al
imperio una intrusion en territorio que no le pertenecia, y
una proteccion que siempre fue tiránica y despótica para la
Italia enteral
Lucio II no pudo ya sufrir tantos insultos, ni debia tole
rar tanta y tan negra alevosía; y por mas que los motines, que
sin interrupcion se sucedian, tratasen de cohibir su autoridad,
teniendo presente el Papa que Roma y la Península debian á
la Santa Sede su civilizacion, sus artes, su Religion, sus cons
tituciones, sus costumbres, sus franquicias y sus municipali
dades, levantó su voz de Pontífice y su acento de soberano, y
condenó enérgicamente lo hasta entonces practicado, en per
juicio y en desprecio de la autoridad de la Santa Sede. La fe
lonía de aquellos republicanos vergonzantes, que llamaban á
un estranjero prefiriéndole á un príncipe italiano, que siempre
les favoreció, era inmensa. El Papa, pues, debia mostrarse á la
altura de su incomparable dignidad, y reclamó sus derechos.
La Cátedra Apostólica tenia, tiene, tendrá siempre sobre Roma
y sobre Italia multiplicados derechos; derecho de martirios y de
sangre; derecho de virtudes, derecho de proteccion constante;
derecho en nombre de San Leon, en nombre de Gregorio IV,

---_ - ---,
==-- = ----
121

de Leon IX y de Gregorio VII; derecho en nombre de las do


naciones; derecho de aclamacion, de eleccion y de inmemorial
posesion; derecho sobre todos los derechos. Á las palabras del
Papa contestaron los sediciosos con un tumulto espantoso,
atizado por manos estranjeras. Lucio II fue arrojado por los
balcones de su morada, y muerto á pedradas en el acto.
Á tan alevoso y sacrílego asesinato, que horrorizó al uni
verso, contestó la Iglesia elevando á la Santa Sede en 1145 á
Eugenio III, discípulo de San Bernardo; los insurrectos lla
maron áArnaldo de Brescia. Los discípulos se encontraron
frente áfrente en el terreno de los hechos, como sus maestros
se encontraron un dia en el de las doctrinas.
Arnaldo, convertido ya en franco revolucionario, olvidado
de sus antiguas máximas evangélicas y de sus teorías sobre
la primitiva Iglesia, llegóá Roma al frente de dos mil suizos
de las montañas, ante cuyas fuerzas tuvo que ceder el Papa,
retirándose áViterbo, donde supo con dolor la toma de Edes
sa por los turcos. El monge-tribuno comenzó sus alocuciones
en las calles, destruyó los castillos y edificios de los nobles que
habian seguido al Pontífice, y, como siempre, la Revolucion,
que ni puede ni sabe edificar, elevó por todas partes monto
nes asquerosos de humeantes y de sangrientas ruinas.
Federico I, Barbaroja, habia sido elegido en este tiempo
jefe del imperio por una Dieta de señores alemanes, y ocupaba
la Cátedra Apostólica el Papa Adriano IV, que, principiando
porser mendigo en Inglaterra, supais, habia subido grado por
grado la escala que le condujo á la Silla de San Pedro. El
espíritu demagógico que dominaba á la Ciudad Eterna, y las
revueltas que desangraban á Italia, dieron ocasion al César
para pensar en visitar la Península, que en verdad lo deseaba.
Muchas ciudades que por mas juiciosas venian sufriendo el
cruel y duro yugo de aquella república improvisada que todo
lo destruia; los católicos que veian entre cadenas al Pontifi
cado y que contemplaban con terror la sangre impiamente
vertida del Papa Lucio II; Roma cansada ya de motines y
de horrores; el clero harto de sufrir humillaciones sin cuento;
la Santa Sede llorando su opresion; todo,finalmente, llamaba
122

con mudo pero espresivo lenguaje al nuevo Emperador, que


en 1154 apareció por fin en los llanos de Roncaglia, rindién
dose la Península á sus pies, abriéndole las puertas de sus
ciudades y plazas, y proclamándole su soberano y su juez
Al punto se le presentaron los fieros hijos de la república,
acompañados de varios representantes del Senado, que venian
á ofrecer al César coronarle en el Capitolio en nombre de la
antigua república, señora del universo.
Federico I rechazó con semblante descompuesto y con
adusto ceño las proposiciones de los insurrectos; recordó á
aquellos ilusos ciudadanos la decadencia del antiguo imperio,
la caida de Roma y su salvacion por la Santa Sede; hízoles
ver que el pasado era irrealizable para el presente, y, última
mente, les concedió un plazo para someterse al Papa.
Entre tanto, Adriano IV pronunció entredicho sobre la
Ciudad Eterna; los senadores y el pueblo se aterraron con las
amenazas del César y con las censuras del Pontífice, y la ca
pital del mundo cristiano, agitada con aquel tremendo anate
ma, quedó desierta en pocos dias. Como si el Príncipe de los
Apóstoles, levantándose amenazador y severo del fondo de su
sepulcro, hubiera maldecido á la ciudad que recibió su san
gre, así todos huyeron, todos abandonaron á Arnaldo, que
vino de esta manera á caer en manos del Emperador, al mis
mo tiempo que, con la sonrisa del mas profundo desden en
sus labios, se apoderaba el César de la ciudad Leonina. El
Papa habia enviado á sus comisionados para felicitar al Em
perador; este, pues, entregó el monge visionario á los legados,
que á su vez le remitieron al prefecto de Roma para que le
juzgase y castigase. Arnaldo fue ahorcado en 1155, y sus ce
nizas arrojadas al Tíber. Aquel mismo año Federico fue coro
nado en la iglesia de San Pedro, y el Papa, reintegrado en su
autoridad, otorgó nuevas franquicias á sus pueblos.
Á pesar de todo, se aprestaban graves conflictos causados
por los sediciosos, que con sus crímenes atrajeron sobre Italia
la atencion del nuevo señor que le deparaba el cielo. Mas la
Santa Sede, previendo los sucesos, se aprestaba á sostener la
lucha, en que al fin tendria que verse envuelta con el imperio.
123

Apenas coronado Federico, hizo declarar á los cuatro pro


fesores de Derecho mas antiguos en Bolonia que al César
correspondia la omnipotencia de los antiguos Augustos; y en
vista de tal declaracion, monedas, impuestos, investiduras,
propiedades, todo fue considerado por el señor teuton como
una regalía de su imperial diadema. Los pueblos, mudos de
estupor, comprendieron, aunque tarde, el mal que habian
causado á Italia. Entonces fue cuando, en presencia de las
exorbitantes exigencias cesáreas, conocieron las ciudades la
falta gravísima que cometieron sublevándose contra la Santa
Sede y dando orígen así á que crugiese sobre la Península el
látigo de los señores alemanes. Tambien el Sumo Pontífice
quedó pasmado en presencia de tales pretensiones, opuestas á
los pactos celebrados y al derecho legítimamente adquirido.
Todos los ojos se volvieron á la Santa Sede en el momento
en que comprendió Italia el género de cadenas que le reserva
ba el César. Adriano IV no defraudó las esperanzas que se
fundaron en él. En nombre de la Península y en el suyo pro
pio, levantó su voz, declaró abiertamente á Barbaroja que es
taba resuelto á sostener la causa de la Iglesia y de Italia, y
murió cuando se aprestaba á condenar al César, en 1159.
El fallecimiento de Adriano fue una nueva causa de dis
cordia. Los imperialistas eligieron al antipapa Víctor, la Igle
sia á Alejandro III, cuya elevacion saludaron ebrios de entu
siasmo los pueblos, que veian amenazadas su libertad y su in
dependencia. El Emperador pretendió sostener al primero,
haciéndole reconocer por Papa en Alemania y proclamándole
tal en la Dieta celebrada con este objeto en Pavía; la cris
tiandad contestó á Federico inclinando su frente ante la
eleccion de la Iglesia. La cuestion política se complicaba con
un cisma.
La destruccion de Milan y la dispersion de sus habitantes
por los pueblos comarcanos fueron la señal primera del furor
germánico; pero esa misma crueldad, escitando la cólera de
Italia, produjo una insurreccion general en la Península, que
obligó á Federico á retirarse á Alemania en 1164. Alejan
dro III, que habia abandonado la Ciudad Eterna al presen
124

tarse el César, volvió á Roma, siendo recibido con entusiasmo


inmenso por el Senado y el pueblo, que veian en el Pontifica
do el defensor de sus privilegios y derechos. La Italia se unia
al fin bajo la direccion de un Papa, y como un solo hombre
se levantaba, con el sucesor de San Pedro á la cabeza, para
sacudir el yugo estranjero, como en otros tiempos. En cambio
el Emperador, muerto el antipapa Víctor, suscitaba otro en el
que se nombró Pascual III, cuyo reconocimiento exigió á los
Obispos alemanes reunidos en Wurtzburgo; mas fue en vano.
Aquellos ancianos resistieron al despotismo de Barbaroja, que,
ardiendo en ira, marchó nuevamente á Roma, de donde salió
el Pontífice, despues de escomulgar al César. Italia se levantó
entonces unánime, y al grito de ¡San Pedro y libertad! reno
vó el juramento de no hacer paz nitregua con el Emperador,
ni con su esposa, ni con su hijo, aplaudiendo con frenesí al
Papa Alejandro, que predicaba en Lombardía una verdadera
cruzada de independencia en nombre de Dios y de la patria.
Habian pasado algunos años cuando el incendio de Sues
anunció la presencia de Federico I en Italia; pero el César
tuvo que detenerse entre las fortalezas de Alejandría, cons
truidas por la Confederacion, y cuyo sitio se vió obligado á
levantar el Emperador, perdiendo la batalla de Legnano. La
cohorte de la muerte, compuesta de milaneses, que en nombre
de Dios y de San Ambrosio habian jurado vencer al tirano ó
morir gloriosamente, introdujo el terror en las huestes ale
manas, y obligó á Barbaroja á pensar muy seriamente en su
apurada situacion.
Federico I, al verse derrotado, temió las consecuencias
de una insistencia temeraria. Celebró, pues, el tratado de paz
de Venecia, reconoció la autoridad y derechos de la Santa
Sede, y las inmunidades y franquicias italianas, y concluyó
por arrojarse á los pies de aquel enérgico anciano, cuya exis
tencia venia amargando hacia tiempo. De este modo, el Pon
tificado, luchando al frente de Italia contra el imperio, hizo
conocer á la Península el precio infinito de una noble inde
pendencia; y al sacar la Santa Sede incólume de entre las
garras cesáreas la autoridad de San Pedro, salvó de un nau
125

fragio cierto los derechos populares que la Italia entera debia


á los Soberanos Pontífices.
Para completar esta obra de renacimiento á la libertad y
la grandeza, solo hacia falta que ocupase la Cátedra Apostó
lica uno de esos genios que Dios se complace en suscitar en
las grandes ocasiones, como una pequeña muestra de su om
nipotencia eterna. La Providencia suscitó ese genio; y al ele
varlo á la Silla de San Pedro, le designó al mundo con el
nombre de Inocencio III. El reino de la paz universal que
Gerohus entreveia, y las ventajas que encontraba en la mo
narquía espiritual, debian realizarse en este Pontificado tan
glorioso para la Religion como para la Península italiana.
El primer acento que Inocencio III dirigió al universo en
nombre de la Iglesia fue de reconciliacion, de olvido y de
union entre los monarcas y los pueblos; su primer encargo
á la Península, en nombre de la patria, fue la concordia
y la union entre todos los hijos de aquel hermoso pais. Gre
gorio VII y Urbano II estaban encarnados en el nuevo Papa.
Fácil era, por lo tanto, prever que no tardaria Inocencio en
remediar los males que á la Iglesia y á Italia continuaban
afligiendo.
En efecto; las facciones desgarraban siempre el seno de la
madre patria, y los diversos partidos que en la Península se
agitaban, mas atentos, como sucede en todo tiempo, á su par
ticular provecho que al bien comun, continuaban promoviendo
frecuentes asonadas en que solia hollarse la autoridad de los
magistrados y maltratar á los ciudadanos pacíficos, que, no
encontrando apoyo en parte alguna, elevaban su vozá la San
ta Sede, quejándose de los atropellos que sufrian, y pidiendo
algun remedio á los males que sobre ellos venian. Aunque ocu
pado el Papa en hacer fortificar de nuevo los Estados de la
Iglesia, en librará la Península de la dominacion teutónica,
en recobrar la influencia que al Jefe de la cristiandad corres
pondia de derecho, y en procurarse la independencia necesaria
para el ejercicio de su santo ministerio, no desoyó las quejas
que hasta la Silla Apostólica llegaron. Nombró para Roma un
senador que le prestó juramento de fidelidad; hizo alianza
126

ofensiva y defensiva con las ciudades lombardas y toscanas


para defender la Iglesia y la libertad de Italia, y se declaró
abiertamente adversario del partido germánico, que tantos
males causara.
Este fue el principio del antagonismo entre estranjeros é
italianos. La guerra secular de la independencia principió de
nuevo con mas teson que nunca, teniendo al Pontificado á su
cabeza. Comenzaba, pues, la lucha entre güelfos y gibe
linos.
Othon IV fue el Emperador que los güelfos opusieron al
gibelino Federico de Suavia; pero, apenas coronado por el
Papa, se olvidó de los compromisos contraidos, holló los pri
vilegios de las ciudades, escarneció á Inocencio, se mofó de
la Iglesia, y pretendió esclavizará Italia. Mudos de indigna
cion los pueblos, dejaron en un principio que el desatentado
Othon cometiera sus infamias; mas, repuestos bien pronto,
protestaron contra su despotismo, y al fin, reunidos los prín
cipes italianos en Nuremberg, declararon destronado á Othon,
sobre el cual pesaba ya el anatema de la Santa Sede. Fede
rico II renunció al punto á sus antecedentes gibelinos, se obli
góá defender la libertad de Italia, proclamóá Inocencio III
en la Dieta de Eger como el bienhechor del mundo, y recibió
la corona en Aquisgram en 1215.
La Italia volvió á ser grande y poderosa. Guerras contra
los griegos, que se unian al fin á la Iglesia latina; guerras con
tra los moros almohades, que sentian al mismo tiempo el peso
de las armas castellanas y perdian sus mas importantes pla
zas; guerras contra los albigenses, contra los catharinos y pa
tharinos, que desaparecian por último; guerras contra los ene
migos de Italia, que concluian por reconocerle sus derechos;
guerras, en fin, contra los serviles esclavos del poder teutó
nico, que huian con terror ante la Santa Sede. Era aquello
una cruzada inmensa en que la Santa Sede y la Península
ocupaban el puesto principal; y se disponia Inocencio á po
nerse al frente de los ejércitos que debian partir al Asia, cuan
do le sorprendió la muerte en 1216.
Gran desgracia era para Italia el fallecimiento de Ino
127

cencio III! El imperio, ambicioso siempre de dominacion y


mando, comprendiendo sin duda que el espíritu público re
chazaba su existencia, queriaá lo menos sucumbir destruyén
dolotodo; y al efecto, olvidando sus promesas y susjuramen
tos, violando de un modo indigno la fe solemnemente empe
ñada, despreciando los compromisos contraidos, invadió Fe
derico II las atribuciones de la Iglesia, usurpó la autoridad
Pontificia, y oprimió á los pueblos con vejámenes sin cuento.
¡Estaba visto! Los Césares no eran compatibles con las aspira
ciones que alimentaba Italia.
La lucha empezó de nuevo en el Pontificado de Grego
rio IX, teniendo el Emperador la triste gloria de iniciar su
campaña al frente de diez mil sarracenos, que destruyeron y
arrasaron la Lombardía y la Emilia, arruinando las poblacio
nes güelfas, destrozándolo todo y derramando á torrentes la
sangre por donde quiera que pasaron. El Sumo Pontífice es
comulgó á Federico por la violacion sacrílega de sus solemnes
juramentos; el César se vengó del anatema llevando á todas
partes el incendio, la devastacion y la muerte. El Papa reite
ró la escomunion,y convocó un Concilio en San Juan de Le
tran, en 1241. Génova puso á las órdenes de sus Obispos una
escuadra, que el César destruyó, cargando á los Prelados de
cadenas; mas el Pontífice, enérgico y firme á pesar de su avan
zada edad, resuelto á combatir sin tregua por las libertades
de la Iglesia y por la independencia de Italia, formó una liga
con los genoveses y venecianos, volvió á escomulgar á Fede
rico, dispensó el juramento de fidelidad á los súbditos del im-
perio, y agobiado al fin por la fatiga y el dolor, murió el 21
de agosto de 1241, á la edad de cerca de cien años.
En Anagni fue promovido al Pontificado Sinibaldo Fies
chi, que, con el nombre de Inocencio IV, se adelantaba, sere
no é imponente, á pedir razon al César de la destruccion de
Albano y de los horrores consumados en la Península por los
feroces mahometanos que llamó Federico en auxilio del impe
rio. El César, al saberlo, vino sobre Roma, devastándolo todo,
con ánimo de saquear la Ciudad Eterna y apoderarse del
Papa; pero este, puesto de acuerdo con los genoveses, huyó
128

por Sutri y marchóá Lyon, para donde convocó el Concilio


que su antecesor quiso reunir en Letran.
Efectivamente, el Concilio se reunió en la ciudad francesa
en 1245, asistiendo á él Balduino II, Emperador de Constan
tinopla; San Luis, Rey de Francia; el conde Raimundo de To
losa, y ciento cuarenta Obispos, que unánimemente declara
ron al Emperador Federico II sacrílego y perjuro, y despoja
do de la corona imperial como indigno de ella, concluyendo
por absolverá los súbditos del César del juramento de fideli
dad que le tenian prestado. En vano fue que Tadeo de Suecia
y los embajadores de Federico hablasen en su defensa; en vano
que apelasen al Concilio y al Papa futuros: tranquilo Inocen
cio IV, y satisfecho el Concilio con haber llenado sus respecti
vos deberes, desoyeron aquellas protestas, no tardando mucho
el César en tocar los resultados de aquella condenacion solemne.
Federico II intentó caer sobre Lyon para apoderarse de los
Prelados y del Papa, deshaciendo así aquella augusta reunion;
pero los güelfos, penetrando las intenciones del Emperador, se
apoderaron de Parma, y le cortaron así el camino que debia
recorrer. El César puso sitio á Parma, y edificó ante sus mu
ros la ciudad á que llamó Victoria, para demostrar que nun
ca levantaria el asedio. Sin embargo, Victoria fue reducida á
cenizas por los güelfos, y Federico tuvo que apelará la fuga,
viendo con rabia indescriptible que sus mejores poblaciones
se entregaban sin resistencia á los patriotas italianos.
Al verse el Emperador contrariado por tantas calamidades,
pidió una tregua á la Santa Sede, que nada quiso resolver sin
consultará la Península. Italia contestó unánime que no ha
bia transaccion posible con la raza de víboras que cobijaba el
manto de los Césares. El vencido Emperador, al verse así des
preciado y odiado por los pueblos, frenético, loco de ira, pi
dió á los sarracenos un nuevo contingente, ofreciéndoles los
bienes que apresasen en el saqueo de Roma, á la que pensaba
acometer. La sangre corrió á torrentes nuevamente; mas los
pueblos, firmes en su propósito, hicieron una resistencia he
róica. Por fortuna, la muerte de Federico puso fin á este cú
mulo de horrores.
129

Á pesar de todo, no cesó la agitacion de los ánimos en Ita


lia. Güelfos y gibelinos se hacian cada vez una guerra mas
encarnizada, especialmente desde que se complicaron los su
cesos con la dominacion angevina, que todo pretendió absor
berlo. Las diversas exigencias de los numerosos partidos que
en la Península se disputaban el mando; la desmedida ambi
cion de las distintas facciones que, cuidándose poco del pais,
solo aspiraban á dominar en Italia; los señores alemanes, ita
lianos y franceses, que únicamente buscaban una presa en el
triunfo; todas estas causas, unidas al escepticismo que forzosa
mente engendran los desengaños, produjeron un malestar pro
fundo é inmenso, que en vano procuraron calmar los Papas
Alejandro IV, Urbano IV, Clemente IV, Gregorio X y
Juan XX, durante una serie de veintitres años, en que se mul
tiplicaron los crímenes, y en que las mismas ciudades de Ita
lia, á escepcion de Florencia, fueron tan pronto güelfas como
ardientes gibelinas.
En medio de este malestar profundo, que por doquier se
notaba, suscitó la Providencia en 1277 al Papa Nicolás III,
ante cuya entereza se estrellaron las intrigas de la Francia y
la ambicion insolente de la Casa de Anjou.
Noble romano el Sumo Pontífice, comprendia los deberes
que como tal tenia para con su trabajada patria; sucesor de
San Pedro, conocia las obligaciones que habia contraido con la
Iglesia. Pronto lo demostró; obligóáCárlos de Anjou, que im
peraba en Sicilia, á renunciar sus títulos de senador de Roma
y de Vicario del imperio: en cuanto al Emperador, le hizo re
nunciar sus pretendidos derechos á Sicilia, y le probó los que
la Santa Sede tenia al alto dominio de la Isla. Por lo demas, el
nuevo Papa hizo entenderá entrambos que era llegado el mo
mento de que Italia perteneciese esclusivamente á los ita
lianos.
Con una energía admirable, con un celo esquisito, con un
tacto especial, obligó Nicolás III á los estranjeros á desapare
cer de la escena del mando; y para asegurarse la realizacion de
sus patrióticos proyectos, nombró á su sobrino Bertoldo Or
sini, senador de Roma, y legado en la Península á otro perso
130

naje, que le era en estremo adicto. Huyendo de preferencias


que hubieran podido suscitar rivalidades, agriar los ánimos y
promover disturbios, procuró asegurar la paz, por la cual ya
suspiraba el pais. Comprendió que los güelfos se inclinaban
hácia la Casa de Anjou, con perjuicio de Italia, y se apartó de
ellos, debilitándolos con su separacion; conoció que los gibeli
nos eran un peligro para la independencia de la patria, y los
rechazó lejos de sí. Su gran penetracion, su indisputable talento
y su inmenso celo le sirvieron grandemente en la obra que
emprendió en pro de la Iglesia y en beneficio de Italia. Su
ambicion se limitóá estinguir los antiguos odios, á unir á los
pueblos y ciudades de la Península, y á identificar á los no
bles y patricios con la plebe, afirmando el poder de la Santa
Sede por medio de un justo equilibrio entre la monarquía me
ridional y las repúblicas italianas del Norte. Idea grande, sen
cilla y noble, que debia y podia asegurar la independencia de
Italia, pero que los mismos italianos, con sus frecuentes va
riaciones y continuas veleidades, con sus simpatías en favor de
la Casa de Anjou y con su indiferencia hácia todo lo que se
relacionaba con las libertades patrias, no dejaron prosperar, ni
dar sus frutos, hasta que, pasados algunos años, acabaron las
Vísperas Sicilianas con el poder francés en Italia, ocupando
la Silla de San Pedro el Papa Martino IV.
Poco tiempo se sentó en la Cátedra Apostólica el Sumo
Pontífice último. Y Honorio IV, Nicolás IV y Celestino IV,
como su antecesor Martino, tambien pasaron como sombras
por la Sede de San Pedro.
En 1294 subió á la Cátedra Apostólica Bonifacio VIII; y
tanto el lujo deslumbrador como la asombrosa opulencia que
en su coronacion desplegó, demostraron á la Península que es
taba resuelto este Papa á devolver á la Santa Sede el presti
gio y esplendor de los pasados tiempos; convirtiéndose en rea
lidad esta presuncion, cuando al poco tiempo prohibióá Feli
pe el Hermoso de Francia los impuestos y exacciones enor
mes con que venia oprimiendo al clero. De un modo inconve
niente y poco digno de un monarca, contestó al Pontífice el
Soberano francés; pero decidido Bonifacio VIII ásostener los
131

derechosde la Iglesia, publicó la Bula Clericis laicos, en que,


dirigiéndose á los ministros del altar, les prohibe terminante
mente pagará los príncipes temporales los tributos que estos
imponianá los templos, pena de deposicion y de entredicho, ha
ciendo entender separadamente á Felipe que, pues como cris
tiano y ratione peccati estaba sujeto á la Santa Sede, no des
oyese ni despreciase su voz. Las injurias mas violentasfueron
la respuesta del Rey de Francia.
Bonifacio VIII, contristado con semejante contumacia por
parte de un soberano que se llamaba Católico, convocó un
Concilio en Roma, al cual asistieron,á pesar de la prohibicion
del Monarca francés, cuatro Arzobispos, treinta y cinco Obis
pos y seis Abades de aquel pais, que en union de otros mu
chos Prelados de la cristiandad hicieron grandes esfuerzos
para dar solucion á aquel conflicto; pero Felipe á nada quiso
acceder. Visto esto, aquella augusta Asamblea, de acuerdo
con el Sumo Pontífice, presentó las bases de la Bula Unam
Sanctam, en que la Santa Sede establece y marca la diferen
cia y las relaciones que median entre la potestad espiritual y
la temporal, entre los Papas y los Reyes. Lejos de escuchar
el Soberano de Francia el acento paternal que á él se dirigia,
robustecido con la voz de eminentísimos Prelados que opina
ron unánimemente como el Papa, Felipe persistió en lo que
llamaba sus derechos, escarneció al Sumo Pontífice, le ame
nazó, é insultó á los Prelados que apoyaban la causa de la
Iglesia. En vista de tanta contumacia y de tan sacrílega im
piedad, Bonifacio VIII escomulgó en 1303 al Rey de Fran
cia; depuso y anatematizó á los perjuros Cardenales Pedro y
Jacobo Colonna; y luego, aquel anciano, lleno de vigor y de
energía, se presentó al pueblo en las calles de la Ciudad Eter
na, siendo aplaudido con entusiasmo cuando, desafiandoá sus
estranjeros enemigos, declaró que los romanos no tenian mas
Rey que el sucesor de San Pedro.
En presencia de estos sucesos y de estos aplausos, que se
tomaron por un insulto al Soberano francés, marchó á Roma
Guillermo Nogaret, canciller de Francia y acérrimo partida
rio de Felipe,á pedir esplicaciones á aquel altivo y majes
132

tuoso anciano. Para conseguir sus fines se alió con los de


puestos Colonna, y al fin, seduciendo á algunos miserables,
penetraron en el palacio del Pontífice, en medio de un motin
improvisado, á los gritos de ¡muera el Papa, yviva el Rey
de Francia!
Á los primeros gritos apareció Bonifacio VIII ante sus
enemigos, presentándose con toda la grandeza digna del su
cesor de San Pedro. No parecia sino que presentia este Papa
la decadencia venidera y la esclavitud futura del Pontificado;
no parecia sino que, previendo que la luz de la Santa Sede
habia de colocarse un dia bajo el celemin de la opresion (1),
queria lanzar sus últimos resplandores con fuerza tanta, que
deslumbrase á los enemigos de la Iglesia. En efecto; con la
tiara en la cabeza, la capa pontifical sobre los hombros y la
Cruz del poder universal entre las manos, salió el Pontífice al
encuentro de los amotinados, recibiendo una bofetada sacríle
ga de manos del canciller francés.
Firme en su puesto el representante de Dios, con la con
ciencia de su derecho, con la conviccion de tener cumplidos
sus altísimos deberes, digno, enérgico y severo, se negótenaz
mente á abdicar su poder, como lo exigia el Rey de Francia,
á pesar de tener todavía sobre el rostro el guantelete de
hierro de aquel brutal francés. Y cuando, arrojado al suelo, se
le amenazaba con la muerte si no accedia á los deseos del So
berano de Francia: Hé aquí mi cabeza, esclamó con voz ro
busta el sucesor de San Pedro; si es preciso morir, moriré á
lo menos como Papa.
Entre tanto, el pueblo comprendió de lo que se trataba,
averiguó los insultos sufridos por Bonifacio VIII, y conocien
do que la causa del Pontificado era la causa de Italia, ebrio
de furor contra los estranjeros, se lanzó á la prision en que
Nogaret y los Colonna tenian aherrojado al Papa, y ponién
dole en libertad, le pasearon por la Ciudad Eterna entre víto
res y aclamaciones, arrojándose luego sobre los franceses, que

(1) Nunqud venit lucerna ut sub modio ponatur? Nonnè ut super


candelabrum ponatur? (S. Márcos, cap. IV, versículo 21.)
133

tuvieron que huir ante la plebe, abandonando las márgenes


del Tíber. Sin embargo, la mano de Nogaret, que heria el
rostro del Santo Padre, era la mano de la Francia que infa
maba la Cátedra Apostólica, para reducirla al fin á la innoble
servidumbre á que se vió sujeta en Aviñon por espacio de
setenta años, que con razon se han llamado la gran cautivi
dad de Babilonia (1).

(1) Sobre esta época de la historia de los Papas, tan notable por la
fuerza de majestad y de grandeza que desplegaron en su lucha con el
imperio, copiamos á continuacion lo que Luis Veuillot ha dicho en su
magnífica obra El Perfume de Roma, hablando de los dos siglos que
abraza esa titánica lucha, en que el imperio germánico contó tantas
derrotas como batallas presentó á la Santa Sede:
GREGORIO VII.

mLa luz que irradiaba de Roma, inflamando santamente el corazon


de los Reyes bárbaros, no vencia la frialdad del de los Emperadores.
El imperio trasferido á los alemanes se convertia poco á poco en pa
gano; los sucesores de Carlo-Magno se portaban como herederos de Cé
sar. Anotaban y ponian en práctica la estraña doctrina de que el impe
rio es el único soberano, el solo propietario del mundo y la ley viva de
los príncipes y de los particulares. La Iglesia vivia bajo este yugo. El
César queria ihvestir por sí mismo á los Obispos y nombrar al Papa.
El Pontificado, apenas libre de los innobles lazos con que le habian
sujetado los insurrectos de Roma, tenia que luchar con una desmedida
pretension del poder secular. Con sorpresa del mundo y de la historia,
el Papado se levantó de la postracion en que le tenia y el
Emperador Enrique IV se encontró frente áfrente del monge Hilde
brando, hombre oscuro y de humilde orígen, pero que habia llegado.á
ser Gregorio VII.
nY ese hombre dice al Emperador que solo Dios es el Soberano; que
Jesucristo, Hijo de Dios, hecho Hombre, ha sido investido con esa so
beranía absoluta; que no existe poder entre los hombres, ni estos pue
den tener el derecho de mandar, si ese derecho no les viene de Dios por
medio de su Verbo, y que el único intérprete infalible de la ley divina
" es la Iglesia católica; que, en su consecuencia, el Emperador trata, sin
derecho alguno, de hacerse considerar como la ley viva del mundo, siendo
vana esta pretension; que la conciencia de los pueblos nace de la Igle
sia católica y no del poder secular, y que esta misma Iglesia no aban
donará á los pueblos, ni á sí misma, ni á Dios, sino que por medio de
uno de sus jefes decidirá los casos de conciencia entre los pueblos y los
628.

Pontífice no tiene mas que su derecho, y el Emperador dispone


de toda la fuerza humana. La lucha empieza. Otro que no fuera un
Papa no la habria emprendido jamás, porque la hubiera juzgado impo
pero los Papas saben que su mision en el mundo es hacer imposi
bles cuando el interes de las almas así lo exige, porque tal es la volun
tad de Dios, y porque desde aquel instante la obra comenzada será la
obra de Dios. Emprenden, pues, el combate con toda la esperanza de
un buen éxito: si uno abandona el campo, ocupa otro su puesto. Las
134

No se engañaron por desgracia los que entonces presagia


ron algo de funesto para la Santa Sede, no. Dante, oprimido
de pesar, inspirado ante aquel sangriento ultraje que Bonifa
cio VIII devoró, templó su armoniosa lira, y entre sollozos
cantó: ¡Veo al Cristo cautivo en su Vicario, burlado por la
segunda vez, bebiendo hiel y vinagre y condenado á morir
entre bandidos!' Así exhalaba el gran poeta la indignacion

derrotas se suceden y se acumulan, y llega un dia en que, si bien han


muerto todos los héroes, el enemigo victorioso viene á caer sobre su
misma tumba.
Gregorio VII tenia de su parte la conciencia y la admiracion del
género humano. Enrique IV le echa en cara haber ganado el favor del
pueblo, pero este favor es pasajero; hoy aplaude á quien vituperará
mañana. El generoso Pontífice murió en el destierro y se le creyó ven
cido. Tuvo sucesores. Antes de ser elevado al Pontificado habia desig
nado cuatro Papas; en el momento de espirar designó tres, que reina
ron despues de él. ¿Qué pueden los hombres contra una Providencia
que suscita tales combatientes y les da tal constancia, prolongando de
tal modo su noble vida? Puede decirse que el Pontificado de San Gre
gorio VII tuvo su principio en San Leon IX (1048-1054), su primer
protector y su primer discípulo, hasta el de Pascual II (1099-1118),
esto es, setenta años. Pero Pascual II, á su vez, tuvo sucesores alenta
dos por el mismo espíritu, Santos y magnánimos, y que hasta Inocen
cio IV (1243-1254) contuvieron los esfuerzos de los Césares alemanes,
y destruyeron, si no sus pretensiones, al menos sus esperanzas.
Los Césares de Alemania no fueron hombres de mediana condi
cion, ni de escaso poder. Cien años despues de Enrique IV, lo era Fe
derico Barbaroja; al mismo tiempo era Papa Adriano IV, hombre os
curo como Hildebrando, y como él monge tambien. Un dia le fueron
abiertas las puertas del monasterio, á que acudia para implorar su ali
mento. Hé ahí los obstáculos que se oponian á las pretensiones des
medidas del imperio. Barbaroja, proclamado Emperador de Roma y
del mundo, quiso que esta aclamacion no fuese un vano título. Al
efecto consultóá una comision de jurisconsultos, los cuales decidieron
que el Emperador ejercia por derecho propio un dominio universal y
absoluto, del CUAL No HAY PUEBLo, CIUDAD NI INDIVIDUo QUE PUEDA
ExIMIRsE. De esta manera declaraban los legistas imperiales contra
las ciudades lombardas que pedian alguna libertad. Ademas de estos
juristas, tenia el César un ejército á sus órdenes y numerosos partida
rios en Italia.
Elegido Papa Adriano, mandó á decir á este soberbio que viniera
á rendirle homenage y á tener las riendas de su montura, segun el uso
legal. Semejante costumbre probaba al Emperador que habia un poder
superior á su fuerza y un derecho superior á su voluntad. Los juristas,
y los demócratas mas todavía, se estremecen de furor al oir las exigen
cias del Papa. Quieren Emperadores que sean la ley viva... en sus
manos, pero no que sean sagrados. Las ciudades lombardas aplaudie
ron al Papa, y el Emperador tuvo al fin que doblegarse. Mas tarde,
despues de diez y ocho años de reinado y de triunfos, despues de
haber elegido un antipapa que no defendia las libertades lombardas,
135

de que se hallaba poseido en presencia de los insultos inferi


dos á la Santa Sede, vaticinando la triste suerte que á la
Cátedra Apostólica estaba reservada en una larga serie de
años, si la Europa no ponia coto á las demasías francesas. Pero
mas debia sobreescitarse aun la cólera del genio gibelino
cuando, muertos Bonifacio VIII y Benedicto XI, subiese á la
Silla de San Pedro el francés Clemente V, para dejar encade

Barbaroja tuvo de nuevo que doblegarse ante Alejandro III, ante un


pobre anciano á quien el poder imperial habia perseguido por todas
partes y de todas arrojado, arrasando hasta los cimientos de las ciuda
des que le eran fieles. Cuando el Emperador se hubo saciado de victo
rias, fue necesario despedir al antipapa, que seguia á la corte, y buscar
al Papa legítimo, que andaba fugitivo. se le buscó efectivamente
largo tiempo, á través de los campos. Rehusó, no obstante, el
apa entrar en ninguna clase de tratados, á menos que no reconociese
el César los derechos de las ciudades; pero el César tenia necesidad de
la paz, y cedió. El Papado, por respuesta á las pretensiones del César,
habia dado la libertad á la Iglesia, y habia fundado los Estados
italianos.
Pero todavía no habia concluido la lucha. Un nuevo César se
levantó despues con la pretension de ser Dios, y con un carácter ente
ramente nuevo. Hasta los enemigos de la Iglesia habian sido cristia
nos en aquellos Estados fundados por la Iglesia; bárbaros, ignorantes
y llenos de orgullo, sí, pero creyentes. Muchos de ellos hicieron peni
tencia: Barbaroja murió en las Cruzadas; Federico II de Suavia fue
verdaderamente un pagano; y, lo que es peor aun, un pagano hipócrita.
Pupilo todavía del grande y piadoso Inocencio III, empezó ya, al par
que hincaba la rodilla, á llevar á cabo una guerra cruel contra la Igle
sia y una larga traicion contra la cristiandad. Tomaba la cruz al mismo
tiempo que maquinaba la pérdida de Damieta, y á la par que publi
caba leyes contra los herejes, se proponia introducir el mahometismo
en Europa. ¡Horrible tipo del ingrato y del traidor! Desleal, voluptuo
so, vengativo, pacífico, lleno de astucia y de seduccion, falso hasta el
punto de arrojar la máscara para mentir mejor; pródigo de juramentos,
pero siempre perjuro, multiplicaba unos tratados que no se ejecutaban
jamás. Habia llegado á constituir un poder de la notoriedad misma
de su bellaquería, tratando de ser tanto mas temido cuanto menos
estimado era. No dándose por satisfecho con estas armas, empleaba
aun otras mas funestas quizás: al mismo tiempo que comunicaba'á
Italia la infeccion de sus costumbres musulmanas, esparcia en ella los
escritos contra la Religion. Tres impostores, decia, han aparecido sobre
la tierra: Moisés, Jesucristo y Mahoma. Sus cancillerías estaban pro
vistas de escribas ejercitados en el sofisma, que sabian perfectamente
acariciar y escitar toda pasion abyecta, y debilitar y emponzoñar toda
verdad. Les obligaba á que difamasen todo cuanto pretendia que dejara
de existir. Tenia formada alianza íntima con todos los perversos y
todos los impíos, y adormecia, engañaba ó asustaba á los otros sobe
ranos que permánecian fieles. Dios le concedió un reinado de trein
ta años.
mAbrumaba á los soberanos con sus continuos manifiestos, hábil

- -- - -----"--------
--------*-_- ------- ---
136

nar la Iglesia con los hierros de la Francia, y ligar al Pontifi


cado con las miserables cadenas de Aviñon.
Así sucedió porfin; la capital de Occidente se vió aban
donada; la Silla de San Pedro quedó viuda; el Sepulcro de
losApóstoles no fue la piedra en que los Pontífices se asenta
ron. ¡Oh! ¡la obra de la Francia fue una gran iniquidad, fue
una obra satánica de impiedad y destruccion! La nacion de

mente redactados por Pedro Desvignes, jefe de sus secretarios. El


Papa Inocencio IV decia, hablando de estos documentos, que eran el
acíbar endulzado por sirenas. Federico se en ellos como el
defensor de los Reyes contra la tiranía clerical; como el vengador de
Dios y el salvador de la misma Iglesia. El decia que queria evitarla
una ruina inminente, porque estaba oprimida bajo de un poder
y de unas riquezas de las cuales debia descargarla el Emperador, como
de unos bienes perniciosos, á fin de conducirla nuevamente á los tiem
s primitivos, en los que los Papas llevaban una vida apostólica é
imitaban la humildad de Nuestro Señor. Jesucristo. Queria que volvie
sen aquellos tiempos en que esos mismos Papas veian á los ángeles,
curaban las enfermedades, resucitaban á los muertos y sometian á los
Reyes, no con las armas, sino con su santidad. La Iglesia libre en el
Estado libre.
m Hasta al mismo San Luis escribia Federico en este sentido para
pedirle que trabajase con él, á fin de libertar á la Iglesia del peso de
sus bienes temporales. Así creia engañar la rectitud de aquel Santo
Rey, y no hacia mas que darle nuevas luces. La serpiente no sabe que
la paloma tiene alas. Federico lo envolvia todo en sus nudos; se veia
jóven y se encontraba poderoso. Sin embargo, habia sonado ya la hora
de su decadencia, y su fin estaba próximo. Escomulgado cuatro veces,
habia logrado engañar á cuatro Papas; pero Inocencio IV, librándose
de sus astucias, de sus juramentos y de sus traiciones, acababa de
lanzar por quinta vez el rayo del anatema. Federico iba á sentir con
moverse la insolencia de su fortuna ante ese Pontífice despojado y
fugitivo, pero invencible.
mInocencio IV aceptó el debate ante los Reyes. Sostuvo el derecho
superior y primitivo del Pontífice contra las pretensiones ilegítimas y
el abuso del poder secular. Planteó tan claramente la cuestion, cual era
propio del Pontificado, que jamás tuvo nada que ocultar, y como la ha
planteado siempre ante el mundo entero. Dijo que Jesucristo, verdade
ro Rey y Sacerdote, fundó en las manos del bienaventurado Pedro, no
solamente el principado sacerdotal, sino tambien la soberanía real,
confiándole las riendas de ambos imperios, como lo demuestra bien
terminantemente la pluralidad de las llaves. Entonces fue cuando
quedó abolida la tiranía, ese gobierno sin freno y sin ley, que antes era
general en el mundo. Constantino le abdicó en manos de la Iglesia, y
en cambio recibió de ella el título auténtico y legítimo del poder
cristiano.
n El Pontífice añade que hasta el poder ó la fuerza de la cuchilla se
deriva de la Iglesia. Esta es quien en la coronacion del Emperador se
la entrega solemnemente, y la Iglesia es, por lo tanto, quien tiene de
recho para decirle:"Vuelvetu acero á la vaina. Así, pues, cuando el
137

Carlo-Magno obligó al Papa á romper con un pasado glorioso,


y arrojando una mancha sobre Clemente V, le hizo digno de
que Roma llorase por el Pontificado y no por el Pontífice, que,
sumiso y obediente á la voz de un cruel tirano, marchó á po
nerse de hinojos ante los Soberanos franceses.
No obstante, llegó un dia en que Clemente V comprendió

Emperador, en vez de cortar los abrojos corta los fértiles retoños,y en


lugar de proteger á los inocentes protege á los malhechores, comete
una gran prevaricacion; y no es, por lo tanto, usurpacion ó injusticia,
sino caridad, quitar la cuchilla al que con su insensato uso pierde loca
mente al mundo y á su propia alma. Tal era el lenguaje del Papa
ante los mismos Reyes; el lenguaje del derecho.
Ademas, el Papa hacia observará los soberanos que Federico, tan
fecundo en falsedades cuando se ocupaba de peligros con que la auto
ridad legítima y desarmada de la Iglesia amenazaba á los príncipes,
habia cuidado guardar un absoluto silencio acerca de las pretensio
nes de los Emperadores que aspiraban al dominio universal. Esto era
un hecho constante, vivo, perpetuo; y sus legistas no daban á los demas
soberanos otro título que el de REYEs DE PRovINCIA; porque para ellos
no habia en el mundo mas que provincias del imperio. Los Emperado
res, no pudiendo tener por cómplice á la Iglesia, querian subyugarla y
destruirla, con el fin de que no pusiese obstáculos á su ambicion. Sin
embargo, los príncipes no se atrevieron á defender á la misma Iglesia
que los defendia, y el Papa no fue ayudado mas que por el partido que
sostenia las libertades municipales en Italia. Pero Dios se sirvió de este
débil medio para humillar al Emperador apóstata. Federico fue batido
los aldeanos de Parma, y poco tiempo despues cayó él mismo bajo
mano vengadora.
Murió, no obstante, en su lecho; unos dicen que de muerte natural,
y otros que ahogado por uno de sus hijos bastardos. Poco tiempo antes
de su fallecimiento, el rayo vengador hirió á casi todos los que le rodea
ban. Perdió á sus parientes, á sus amigos y á sus mas íntimos conse
jeros. Hizo sacar los ojos á su favorito Pedro Desvignes, por sospe
chas de que habia querido envenenarle, y este miserable servidor se
suicidó, temeroso de los tormentos con que podria afligirle aquel cuyas
virtudes habia alabado tanto: le conocia perfectamente. Dícese que ilu
minado por las luces de la cólera divina, Federico vió con claridad lo
que habia hecho, y se arrepintió. Dios persiguió á su raza. Sus hijos
murieron sucesivamente acusados de fratricidio, y su fortuna desapa
reció, estinguiéndose hasta su nombre. Así terminó despues de dos si
glos el gran episodio de la lucha entre el Sacerdocio y el Imperio. Du
rante este tiempo, el Pontificado habia organizado las Cruzadas, venci
do á la herejía àlbigense, bendecido la institucion de las nacientes Or
denes de San Francisco y Santo Domingo, multiplicado las universi
dades, fundado los Estados italianos, libertado á la Iglesia en una bue
na parte de latiranía de los republicanos capitolinos, que conspiraban
con los Emperadores, y dirigido, enfin, el trabajo de civilizacion mas
verdadero que se hizo jamás en el mundo. Solo entonces le concedió
Dios algun descanso. (El Perfume de Roma, por Luis Veuillot, li
bro III, páginas 126 hasta 134.)
138

su yerro y pretendió reparar la falta cometida, volviéndose á


la Ciudad Eterna. La Francia le detuvo y no le permitió vol
verá Roma, el gran vergel del mundo, segun Dante, conver
tido ahora en un horrible desierto. Y así era: aquellas calles
silenciosas, cuya calma solo se interrumpia á los gritos de las
multiplicadas víctimas que sucumbian bajo los golpes del ase
sino que llevaba á cabo su infernal vendetta; aquellas plazas
solitarias que solo adquirian vida animadas por algun motin
ópopular reyerta, á favor de los cuales se consumaba el crí
men; aquel cielo sombrío y triste, que ya no reflejaba la pe
drería ni el oro de las grandes solemnidades Pontificias; muda
y callada la morada de los Papas, solitarios los palacios,
abandonados los templos, desiertos los paseos y cubiertas de
verde musgo las vías, Roma presentaba un aspecto terrible é
imponente, y ante aquella desolacion y aquel silencio, las lágri
mas de la Península se hicieron mas abundantes y mas ardien
tes y amargas. Como los hijos de Israel en las orillas del Éufra
tes (1), así los ciudadanos de Roma y los pocos estranjeros que
entonces acudian á visitarla, sentados á las márgenes del
Tíber, arrojaban sobre la arena las liras á cuyo compás can
taron sus pasadas glorias, y rompian las últimas cuerdas de
sus arpas, que al saltar suspiraban de dolor.
Entre tanto, Clemente V moria lejos de la Ciudad Eterna,
y subia á la Cátedra Apostólica otro francés, Jaime d'Eusse,
que, animado del mejor deseo, intentaba regresar á Roma.
¡Vano intento! Juan XXII se vió imposibilitado de cumplir
lo que tanto ambicionaba, y sus gestiones por volverá la ciu
dad de San Pedro, solo obtuvieron por recompensa los mas
graves y desatentados insultos por parte de los Monarcas de
Francia, opresores de la Santa Sede.
Benedicto XII aligerando los impuestos que gravitaban
sobre los Estados de la Iglesia, é Inocencio VI poniendo un
freno á la vergonzosa corrupcion que los Cardenales franceses
habian introducido en Aviñon, intentaron, aunque hijos de la

(1) Superflumina Babylonis, illàc sedimus et fevimus, cum recor


daremur Sion. (Psalm. 136, versículo 1.)
139

Francia tambien, sacudir el yugo que sobre la Cátedra Apos


tólica venia pesando; mas en vano. Cuando la Ciudad Eterna,
en todo el paroxismo de su punzante dolor, gritaba con Dante:
¡Pueda Roma volverá verá su desposado y la Italia besar
sus santos pies! no debia contestarle otro acento que la tré
mula voz de Urbano V, y esta ¡ay!por poco tiempo.¡Francia,
su patria, le llamaba, y era forzoso no disgustar al tiranol.
Esta conducta indignó á un gran genio. Petrarca levantó
su voz en nombre de Italia y del mundo, que con tedio y pre
vencion miraban las tiránicas cadenas que retenian en Fran
cia á los sucesores de San Pedro; y con un entusiasmo ardien
te, en que se reflejaba su profunda pena, preguntó el poeta
florentino al Papa Urbano si preferiria resucitar un dia en
tre las maldades de Aviñon, ó entre los Apóstoles y los már
tires y Santos de la Ciudad Eterna. El Sumo Pontífice se
conmovió. No sin tener que luchar con la oposicion tenaz de
los Cardenales franceses,y so pretesto de ajustar un tratado
con el vizconde Barnabo, dictador de Milan, emprendió el
Papa su viaje para Roma en 1367, siendo recibido confervien
tes aclamaciones y frenéticos aplausos. ¡Vergüenza inmensa
que hace enrojecer el rostro! ¡El sucesor de San Pedro bus
cando pretestos para marchará ocupar su Silla y saludar su
Iglesia, siquiera por breves dias, porque un monarca insensato
le tiene aherrojado en sus Estados! ¡Baldon eterno sobre el
menguado soberano que á tal punto llevó su tiránica demen
cia! ¡Vergüenza y maldicion sobre los miserables que prestaron
su ayuda á tanto crímen!
No disfrutó Roma mucho tiempo de la presencia de Ur
bano. El soberano francés exigió al Papa el regreso inmedia
to á Aviñon; los Cardenales, que veian desierta la Ciudad
Eterna, y que echaban de menos la vida de Aviñon, repre
sentaron al Sumo Pontífice, que en vano rogó é inútilmente
trató de sostenerse. Las dos terceras partes del Sacro Colegio
eran franceses, y dominado el Papa por semejante mayoría,
no solo se veia privado de toda libertad de accion, sino que
en lontananza podia divisar, para un tiempo no lejano, el
cisma que, como consecuencia forzosa de la cautividad de
140

Aviñon, venia á coronar la obra de la Francia con la serie de


antipapas que se aprestan á dividir los ánimos y á producir
la alarma en las conciencias.
Roma volvió á quedar viuda é inconsolable, al verse
hoy sola y recordar aquellos tiempos en que el mundo todo
contemplaba admirado su gloria y su majestad. Cubierta de
negro crespon ella, hija de la solicitud Pontificia; contrita y
pesarosa de su antigua inobediencia, ella, esposa arrepenti
da de sus pasadas veleidades; ella, madre tierna, acongojada
con el gemir de sus hijos, como Raquel, ni podia ni queria
consolarse (1). Los ciudadanos corren al Aventino esparciendo
al viento sus cabellos, dando al aire sus gemidos y vertiendo
sin fin amargas lágrimas; los ancianos, con los ojos airados,
vuelven su vista hácia Francia y levantan sus rostros hácia
el cielo, y maldicen como Job el dia de su concepcion (2), y
caen al fin desfallecidos en tierra; las matronas exhalan des
garradores ayes, que en pavoroso son repiten las colinas, y
las turbas, corriendo de un lado á otro, se estrechan las ma
nos en silencio, señalan hácia los Alpes y revelan la indigna
cion que les consume, y que solo es una ráfaga de la cólera de
Italia. Pero, escuchad. Prestad atencion á esos sonidos armo
niosos que, en el silencio de la media noche, sonoros y paté
ticos vienen á revelar amarga pena ante la faz del orbe. Es
cuchad, que Dante canta: "No es bastante que el César mere
ciese la cólera divina y no montase los argones de la Italia;
será preciso ver un inmenso cementerio donde antes vimos
el jardin ameno de la patria mia.? Yo le veo, sí; yo oigo á
San Pedro esclamar desde su trono de Apóstol: Mi Silla, dice;
mi Silla está cubierta con el luto de la viudez; ante el Hijo
de Dios y en presencia de los hombres, la están convir
tiendo los tiranos en una cloaca inmunda de sangre y de
corrupcion.

(1) Vox in Rama audita est; ploratus et ululatus multus. Rachel


filios suos, et noluit consolari. (Jerem., cap. XXXI, versícu
o 15.)
(2) Pereat dies in qua natus sum, etnox in qua dictum est: concep
tus est homo. (Job., cap. III, versículo 3.)
141

Con efecto; el vicio habia llegado á exhibirse en toda su


cínica desnudez, y el escándalo habia llegado á su colmo. Ita
lia entera vagaba incierta como un bajel sin brújula en las
inmensidades del Océano, y solo subsistian eternamente
aquellos odios de güelfos y gibelinos que hacian esclamar al
gran poeta: ¡Ven! ¡Mira las facciones destrozarse en tus ciu
dades! La Italia está plagada de tiranos, y de cada criminal
se hace un héroe. Y así era en verdad. La guerra entre los
patricios y la plebe adquiria proporciones colosales, aseme
jándose aquellas ciudades, en espresion del poeta gibelino, á
los enfermos que, no pudiendo hallar reposo, se agitan sin
descanso en el lecho del dolor. ¡Grande, inmensa la gloria de
una institucion cuya servidumbre arranca acentos tales á
toda una gran nacion; pero tambien grande, inmensa la res
ponsabilidad de los que tales lamentos arrancaron! Y cuando
Dante, lleno de profunda pena, grita desesperado y llora por
la soledad de Roma, forzoso es suspirar con él y llorar con la
Península la esclavitud de Aviñon.
Mas no fue solo Dante en llorar el cautiverio á que la
Francia redujo á los Papas, ni el pueblo bajo de Roma el
único que vertió lágrimas al contemplar la viudez de la Ciu
dad Eterna. Petrarca tambien elevó su dulce voz en amargos
cánticos al ver abandonada y solitaria la gran Ciudad de San
Pedro por una miserable poblacion francesa; porque la anar
quía hollaba con su inmunda planta el sepulcro de los Após
toles, y en tanto que los Colonna, atrincherados en el Coli
seo, saqueaban á los ciudadanos y renovaban los tiempos de
Tarquino, los Orsini violaban las iglesias y se atrevian á po
ner á precio la libertad y la vida de los piadosos peregrinos,
que todavía acudian ávisitar la ciudad del Tíber. Entonces,
en presencia de estos y otros crímenes, fue cuando Petrarca
exhaló en armoniosos versos torrentes de indignacion y de có
lera. Y cuando, elevado en aquellos dias á la categoría de los
antiguos Augustos, y cubierto con la púrpura imperial y co
romado de laurel, subia en triunfo el gran poeta florentino al
Capitolio, las lágrimas empezaron"á rodarpor sus mejillas, y,
sin poderse contener, esclamó al fin: ¡Italia! ¡Mansion de do
142

lor, bajel que sin brújula navegas, ya no eres la señora del


mundo! ¡Los que te rodean te hacen una guerra cruel, y te
despedazan sin piedad los que debieran custodiar tus muros
¡Vuelve tus ojos por doquier, y no hallarás en tu recinto la
paz!
Era en 1341 cuando Petrarca recibia esta ovacion, que
debia dar sus resultados.
Henchido de entusiasmo con el triunfo del autor de la Di
vina Comedia, un hijo de un aguador intentó despertará Ro
ma del marasmo en que yacia desde la marcha de la corte
Pontificia. Nicolás Rienzi principióá dirigir su voz al pueblo,
exaltando los ánimos con sus palabras; y aclamado tribuno
por las turbas sobre los restos del antiguo Capitolio, se dedicó
á renovar la vida que tanto necesitaba la capital del mundo.
Con mano firme reprimió los escesos de los nobles, á los cua
les obligó ájurar la paz sobre los Santos Evangelios; pero,
comprendiendo que sin la sancion Pontificia seria su autori
dad una usurpacion manifiesta, acudió áClemente VI pidién
dole la confirmacion de su eleccion. El Papa nombró á Rienzi
su Vicario.
El jóven tribuno se trazó su plan; pensó en la reconcilia
cion de Italia, aspiró á hacerla independiente del estranjero,
y pidió su parecer al Santo Padre, que no solo le alentó en
esta empresa, sino que envió un legado á Roma para que
acompañase al tribuno y le prestase ayuda, apareciendo desde
entonces enlazadas las armas pontificias con las de la Ciudad
Eterna.
No obstante estas buenas disposiciones de una y otra par
te, la ambicion, mezclada con el sentimiento de lo ideal, que
Rienzi cultivaba con ardor, le sepultó al fin en una especie de
demencia en que el misticismo cristiano se confundia con los
recuerdos gentiles. Así fue que cuando un dia el tribuno, que
se creia representará la antigua y á la moderna Roma, se re
vistió la dalmática de los Césares, se ciñó las siete coronas, y
en medio de una fiesta singular, en que se hizo armar caba
llero de la Cruz de Cristo y del Águila Romana, esclamó, se
ñalando á los cuatro puntos cardinales: Esto es mio;u cuan
143

do, en el nombre de Dios y de la república, proclamó destro


nados á los Monarcas de Italia, y citó para que compareciesen
ante su autoridad al Soberano Pontífice, á Luis de Hungría
y áJuana de Nápoles, se elevó de todas partes un grito ge
neral condenando tan absurda pretension de dominarlo todo;
protestó el Papa contra semejante arrogancia, la nobleza se
indignó, y el pueblo, que veia levantarse un aprendiz de aris
tócrata donde solo buscaba un tribuno de la plebe; el pueblo,
á quien ya trabajaban el hambre y la miseria, murmuró, sor
damente primero, en voz mas alta despues, y al fin se amotinó
contra Rienzi, que fue asesinado por el capitan de su propia
guardia al tiempo de escaparse del palacio en que tenia el tri
buno su morada. Su cadáver fue arrastrado por la plebe hasta
el Aventino, donde quedó espuesto á todo género de ultrajes
y de infamias, consumadas en él por el mismo pueblo que la
víspera le aclamó con entusiasmo.
La peste de 1348 dió el último golpe áItalia; y aunque el
jubileo de 1350 devolvió alguna vida á Roma con la concur
rencia de doscientos mil peregrinos que acudieron de todo el
orbe á visitar la tumba de San Pedro,todavía tardó mucho la
Península en reponerse de sus pasadas desgracias y de las ca
lamidades que aun la esperaban.
El cisma, el gran cisma vino á colmar la medida de los
horrores engendrados por la servidumbre de Aviñon, gracias á
la preponderancia de los Cardenales franceses, que no se de
tuvieron ante ningun respeto. Ocupaba la Cátedra Apostólica
Urbano VI, primer Papa italiano que regia los destinos de la
Iglesia despues de sesenta y dos años que Francia tuvo vincu
lada la Tiara. Deseoso el nuevo Pontífice de concluir con la
inmunda tiranía que oprimia á la Santa Sede, condenóá cinco
Cardenales franceses á sufrir la muerte en un patíbulo, nom
bró treinta Cardenales italianos, y se aprestó á pedir cuentas
á la Francia sobre la proteccion que dispensaba al antipapa
Clemente, llamado á sostener la preponderancia francesa en
los asuntos de la Iglesia.
La Silla Pontificia se restableció en Roma, que con júbilo
inesplicable recibió al restaurador de sus antiguas glorias, sa
144

ludándole con frenético entusiasmo y con cariñosos vítores;


pero la cristiandad se encontró dividida, merced á la ambicion
francesa que pretendia dominarlo todo, entre Urbano XI y
Clemente XII, entre Bonifacio IX y Benedicto XIII, y, sobre
todo, entre Juan XXIII, otro Benedicto XIII, y Gregorio XII.
Tal fue el resultado de la dominacion angevina en Italia,y
tales los efectos de la política dominante seguida por la Fran
cia con la Santa Sede. Afortunadamente la Iglesia pudo mos
trarse satisfecha con una cabeza tan pura en sus costumbres
como conciliadora de intereses, en el Papa Martino V, que lo
gró restablecer la paz, terminando el Concilio de Constanza
en 1418, al mismo tiempo que rescataba la Ciudad Eterna de
manos de los napolitanos, que se habian introducido como
amigos y ya pretendian dominar como señores. En los dias de
este Pontífice se pusieron bajo la autoridad de la Santa Sede
los habitantes de Bolonia, cansados de las muchas inquietudes
que les ocasionó el gobierno republicano, por el cual se rigie
ron hasta entonces.
Eugenio IV, volviendo á unir en el Concilio de Florencia
á las Iglesias de Oriente y Occidente; Nicolás V protegiendo
el renacimiento de las letras y las artes; Calixto III equipando
á su costa un ejército y mandándolo á vencer á los sarra
cenos, restaurando las bellezas de la antigüedad y fundando
la biblioteca pontificia; Pio II poniéndose al frente de una
cruzada y retractando los errores de Eneas Silvio; y Paulo II
imprimiendo en el arte y en las ciencias el gusto y el carácter
del Cristianismo, dieron gran impulso á la regeneracion de
Italia, y la hicieron salir de su pasado abatimiento; mas las
revueltas y las guerras que los condottieri italianos y los ca
pitanes angevinos y aragoneses continuaban promoviendo en
el pais á fin de saciar sus ambiciones personales; las contien
das entre ellos suscitadas, y de las que se resentia precisa
mente la Península, y la desconfianza que á los ánimos lleva
ban siempre estos osados aventureros, inutilizaron en gran
parte los afanespontificios, y no dejaron producir sus resul
tados á las generosas medidas de la Santa Sede. Á pesar de
todo, el pueblo italiano dió en aquella sazon pruebas de
145

afecto á la Santa Sede, apresando y ejecutando por sí á


Stéphano Porcaro, que, erigido en tribuno por su propia auto
ridad, declaró abolido el poder temporal de los sucesores de
San Pedro.
Con tan dolorosas y frecuentes convulsiones los espíritus
se hallaban preocupados, los ánimos decaidos y las fuerzas de
la Península en un abatimiento lamentable. El terror llegó á
su colmo cuando, despues de caer un rayo en la cúpula de la
iglesia de Santa Reparata, anunciaron los hijos de Carreggi
que de noche se iluminaba el espacio con grandes fuegos de
procedencia desconocida, al mismo tiempo que á su luz se di
visaban sombras gigantescas que combatian en el aire, dando
atronadores gritos que conmovian la comarca y causaban en
las ciudades y en los campos asombro y espanto singulares.
Á estas noticias, el pueblo, cuya impresionable imaginacion
presentia gravísimos peligros, se llenó de un temor indeci
ble; y los habitantes de toda la Península, henchidos de un
miedo que nada era suficiente á desvanecer, huyeron en to
das direcciones, y abandonando sus hogares, acudieron á los
templos á pedir misericordia á Dios por sus pasados estra
víos.
El presentimiento del pueblo se realizó. Gerónimo Savona
rola, fraile dominico de Ferrara, apareció en esos dias, conmo
viendo á las turbas de Florencia con su entusiasta palabra y
su elocuente diccion. Ocupaba á la sazon la Cátedra Apostó
lica el Papa Alejandro VI, que como hombre tenia algo de qué
reconvenirse. Su Pontificado se prestaba indudablemente á los
ataques del vulgo, y dió algunos prosélitos al dominico. Por
que aunque la política de Alejandro VI tendiósiempre á fa
vorecer la independencia de Italia y á hacerla dueña de sí
misma; aunque su táctica especial tuvo siempre por objeto
burlar la ambicion de los gobiernos estranjeros; aunque sus
tendencias se dirigieron en todo tiempo árechazar influencias
estrañas, siempre nocivas á Italia, el pueblo, que no distin
guia entre el Papa y el hombre, miraba con prevencion al
Pontífice español, y pronunciaba contra él, aunque en voz
baja, tremendas acusaciones, apartándose de la causa que Ale
10
146

jandro VI representaba, para unirse á la que sostenia el fraile


Savonarola.
Predicador y tribuno el dominico, impresionado con las
convulsiones que agitaban á la Península y con los portentos
que su cielo viera recientemente, soñó con una renovacion
absoluta en las creencias y con un cambio radical, tanto en
el órden religioso como en la esfera civil. Clamando contra el
clero, suspirando por una libertad que no dejase al hombre
freno alguno, condenando la restauracion del arte, al que bor
raban los Papas sus últimas huellas paganas, y señalando á la
pública execracion el Pontificado de Alejandro VI, pedia á Dios
un castigo aterrador para los prevaricadores que se ocultaban
en Roma, y creyéndose con la mision de salvar al mundo, Haec
dicit Domimus Christo meo Ciro, esclamaba: El dia terrible
ha llegado; la abominacion de la desolacion ha penetrado
hasta el lugar santo; un hombre vendrá que, sin desenvainar
la espada, se apoderará de Italia, y en su presencia caerán
deshechas la rocas, las murallas y los montes. La gente, con
movida, prestaba atencion á aquellas palabras, mezcla singu
lar de presuncion y de misticismo ardiente; las turbas se so
breescitaban cada vez mas, y los ciudadanos acudian presu
rosos en tropel á escuchar al tribuno apocalíptico.
Sin duda pensó el dominico que era llegada la hora de ma
nifestar su plan; porque al verse tan favorecido un dia y otro
dia con numeroso auditorio, pidió la inmediata destruccion de
cuanto habia por cima de él; y consecuente con estas preten
siones, el Sumo Pontífice, los Prelados, los monges y los So
beranos temporales fueron violentamente atacados por el cé
lebre dominico, quepoco á poco se fue estraviando, hasta que
rompió por último todo freno y holló todos los respetos. Su
calenturienta imaginacion le arrebató cada dia mas; su pala
bra fue progresivamente mas virulenta é insultante, y al fin
cayó en una especie de demencia, cuando el franciscano Apulo
rebatió enérgicamente sus doctrinas y le retó á sufrir entram
bos la prueba judicial del fuego. Savonarola se negóá some
terse á semejante prueba; y el pueblo, siempre versátil, se
encolerizó contra el dominico, se burló de él, desoyó sus pré
147

dicas, y se mofó de su pretendida santidad. El fraile tribuno


maldijo en su último sermon á Florencia, y Florencia se
vengó, entregándole á los tribunales de justicia, que le con
denaron al suplicio. Savonarola fue ejecutado al fin en 1498
en presencia de una inmensa muchedumbre florentina, que
así acudia áver al dominico en la horca, como antes buscara
con afan una ocasion oportuna para escuchar sus brillantes
giros oratorios.
No era Italia solamente la que estaba inquieta. La ebulli
cion de ideas completamente nuevas y desconocidas para los
pueblos, las mil y mil utopias que diariamente aparecian,
mezclándose, chocando y confundiéndose entre sí, tenian al
universo todo en movimiento. El mundo entero se revolvia
inquieto, conocia que estaba en combustion con los cismas, las
guerras y las revoluciones, que lo trabajaban sin cesar. Y en
tanto que el enérgico septuagenario Julio II renovaba áRoma,
procurando reunir con mano firme los dispersos restos de su
poder generador; en tanto que principiaba una nueva era
para la Ciudad Eterna, que absorta de pasmo y de entusiasmo
asistia al acto de colocarse la primera piedra de aquel monu
mento gigante, que se llamará Basílica de San Pedro; en tan
to que hacia respetar su autoridad el Papa Julio, arrojando
al Tíber las llaves de San Pedro y empuñando la espada de
San Pablo, para entrar por la brecha en el asalto de la Mi
rándola, que al fin tomóá los franceses, sordos rumores llega
baa de Alemania presagiando una horrible tempestad, que el
anciano Pontífice no llegóá presenciar por su dicha.
Leon X, señor de Florencia y sucesor de Julio, era el lla
mado á resistir el violento empuje de una herejía vergonzante,
que, empezando por conmover la Alemania, cubrió al universo
de luto y desolacion; pero tambien era el elegido por la Provi
dencia para abrirá la Santa Sede un nuevo campo y para
probar al mundo la falta de justicia con que siempre acusaron
á la Cátedra Apostólica los díscolos de todos tiempos, y Martin
Lutero en el siglo XVI.
El genio del mal, encarnado en un fraile apóstata y sober
bio, venia á sembrar la division en el campo del Padre de fa
148

milias. La herejía política y el cisma religioso aparecian uni


dos, engendrados ambos por el miserable agustino de Isleb,
que separó á la Germania del camino de la verdad. ¡Ay! gran
des horrores esperan al universo, que ha de verse trastornado
por la gran herejía, que viene á destruir la obra del Apóstol
Bonifacio; pero grandes victorias y singulares triunfos aguar
dan al Pontificado, que con sus beneficios, con sus glorias, con
sus bondades y con sus bendiciones para todo lo que es gran
de, generoso, sublime y justo, probará á las generaciones futu
ras, en la segunda mitad de su existencia, lo mucho que valen,
lo que siempre son los Papas.
SEGUNDA ÉP00A.

VII.

Las ciencias y las artes.

Desde 1513 á 1714.

Al empezará escribir la segunda época y postrer período


de nuestros apuntes, Dios sabe que temblamos. Es verdad que
hemos espuesto en su horrible desnudez las pequeñas huellas
que en nuestra memoria han dejado diez y seis siglos de lu
chas y de combates, en que ha guerreado la Silla de San Pedro
por Dios y por la patria; pero tambien es cierto que los tres
siglos que aun debemos inspeccionar superan á los anteriores
en la multiplicidad de hechos que la fiebre demagógica de la
Reforma ha impulsado, y en las innobles circunstancias de
que han sido acompañados. En la barbarie de los pasados
tiempos se observa algo de grande, siquiera sea la grandeza
de la maldad y el crímen, que oprimen con frecuencia al Pon
tificado; pero en adelante, desde que la Protesta da su pri
mer grito de salvaje guerra contra la Iglesia y los Papas, no
es el terror el que engendran los sucesos; es solo repugnancia
y asco; porque rastrera, baja y miserable la política por Lu
tero enseñada á los Reyes y á los pueblos, es la astucia de la
serpiente, que se arrastra silenciosa bajo tierra para clavar su
emponzoñado dardo en el noble leon que tranquilo reposa de
sus pasadas fatigas, descansando en la fuerza de su derecho y
en el esplendor de su justicia. Sí, lo repetimos. Cuando coli
150

gados vemos al protestantismo y al jansenismo, dándose fra


ternalmente la mano para oponerse á la mas grande institu
cion que jamás vieron los siglos; cuando la refinada hipocresía
de entrambos observamos, por un sentimiento invencible vol
vemos el rostro hácia otro lado, marcándose en nuestros labios
la sonrisa del desprecio: solo, pues, un deber gravísimo de
conciencia, solo una conviccion profunda que quiere decir la
verdad, pero no intenta lastimará nadie, puede obligarnosá
marchar sobre el cieno asqueroso de tres siglos en que se sepul
tan á su vez creencias, tronos, libertades, pueblos, imperios,
repúblicas y dinastías; pero queremos señalar el dedo de la
Providencia que de ese fango que siempre crece, de ese fango
que sube sin cesar en confuso torbellino, ahogando cuanto á
su paso encuentra, cuanto no ha sabido oponerle un dique de
lealtad y de entereza, ha podido y logrado salvará la Cátedra
Apostólica, de quien decia Maquiavelo, en la época en que
iniciamos esta segunda parte de nuestros apuntes, que era la
única institucion que, grande, fuerte y generosa, sabia atraerse
el respeto y el amor de los Monarcas y de las naciones de la
tierra.
La Italia se hallaba en combustion. Era un volcan, cuyo
inmenso cráter arrojaba ardiente lava por doquiera en el mo
mento en que LeonX subia á la Silla de San Pedro. La an
tigua, la eterna cuestion de dominará la Península existia
siempre en pie, y la ambicion de poseer tan codiciada y tan
envidiable presa no dejaba de inquietar el sueño de todos los
estranjeros. Luis XII de Francia habia enviado á La Tremoui
lle para apoderarse del Milanesado: los venecianos luchaban
con los españoles al mando de Ramon de Cardona: los suizos
acampaban en Novara aclamando á Maximiliano Sforza: las
querellas no cesaban, las luchas no concluian, los horrores se
sucedian sin interrupcion, y los choques se repetian sin fin en
el hermoso pais que parecia condenado al suplicio sin térmi
no de Sísifo. La batalla de Marignan entregó por último todo
el Milanesado y parte del Véneto á Francisco I, ya Rey de
Francia, que inclinó de este modo la balanza en su favor,y
esta nacion pudo volverátener en Italia un pie, en tanto que
151

buscaba apoyo para asentar el otro y hacer su dominacion


completa. Grandes ventajas obtuvo de todos estos vaivenes el
Papa que dió su nombre al siglo que le vió: se acusaba á
Roma de estacionaria en el arte, de profana y de bárbara en
las ciencias, de escasa virtud y de ninguna paz, por efecto de
un gobierno apegado á sus antiguas tradiciones. Leon X, por
un sentimiento, por una inclinacion muy natural á los Mé
dicis, se encargó de dar un mentís solemne á los mal inten
cionados que, aprovechando el movimiento de Alemania y la
inquietud y agitacion de Italia, acusaban á la Sede Ponti
ficia, y arrojaban sobre ella sin órden, sin concierto, sin unidad
y sin acuerdo, cuantas imposturas parecíanles buenas á produ
cir el imposible desquiciamiento de la Cátedra Apostólica.
La restauracion Pontificia, tan enérgicamente iniciada por
Julio II, debia continuarla Leon X. Si el primero habia hecho
respetable la Cátedra de San Pedro sosteniendo con las armas
sus derechos, el segundo debia presentarla ante la faz del
mundo esplendorosa de gloria y amada de la Península con su
proteccion á las ciencias y á las artes. Es verdad que el hijo
del magnífico Lorenzo, el discípulo del filósofo Marcelo y del
poeta Policiano, no tenia las vastas miras ni la energía varo-
nil de su anciano antecesor; pero ambicionaba engrandecerá
la Ciudad Eterna; y comprendiendo el espíritu artista que
siempre animó á la Italia, aspiraba á reanimar las artes y las
letras para probar así al mundo que no era la Sede de los
Papas una rémora al adelanto inteligente de la ciencia, ni un
obstáculo á las inspiraciones del genio. El poeta Bibiena y el
ciceroniano Bembo vistieron la púrpura cardenalicia, y su ele
vacion fue el programa del nuevo Pontífice como Soberano
temporal. La literatura habia muerto en Italia, y el arte care
cia de patria en la Península: las guerras del Milanesado y de
Nápoles, las revueltas de Florencia, las catástrofes de Urbino,
la ruina de Venecia, habian matado la inspiracion y la inteli
gencia que se ahogaba entre el humo de los combates y la
sangre de los combatientes. Roma fue, pues, el centro á que
acudieron los sabios, el punto de reunion de los artistas, el
lugar en que se dieron cita los ingenios de la Italia. Láscaris

"... - -1.
"" -
- -
152

y Márcos Musuro echaron los cimientos del colegio y de la


imprenta helénicos para la enseñanza y propagacion de la li
teratura griega. La universidad latina, dice Zeller, se resti
tuyóá su primitivo esplendor con mas de cien profesores los
mas notables de la Península, teólogos, filósofos, profesores de
idiomas, poetas y gramáticos:y Beroalde, el jóven, puesto al
frente de la Biblioteca Vaticana, agotó casi el Tesoro pontifi
cio para procurarse los mas raros manuscritos (1). Era un
gran Pontificado aquel, en que se aprendia á conocerá Aris
tóteles, en que se descubria la geografía de Ptolomeo, la botá
nica de Dioscórides, la medicina, sepultada en el olvido, de Ga
leno y de Hipócrates, y en que se profundizaba á Ciceron. Pe
dro Pomponazzo escribiendo sus Principios filosóficos; Pablo
Jove haciendo historia; Vida cantando en la Epopeya la reno
vacion del mundo por la fe cristiana; Trissino con su poema
sobre la restauracion de Italia; Ariosto con el Orlando furioso
y Ruccellai adquiriendo un nombre con la tragedia en Ros
mondo y Orestes, volvieron á sentar la primera piedra de
aquella colosal pirámide que elevaban los Papas en honor de
las ciencias y el ingenio. Miguel Ángel, que ya habia sido co
nocido en el Pontificado anterior, y Rafael de Urbino, á quien
el generoso hijo de los Médicis sacó de la oscuridad y la mise
ria, vinieron á completar el cuadro y á coronar tan grandiosa
obra. El primero se dióá conocer en la Basílica de San Pedro;
el segundo en sus frescos del Vaticano, en la Transfiguracion y
en la escuela de Atenas.
Tanta gloria hubiera inundado de satisfaccion á Leon X
sin la amargura que en su corazon producian las cuestiones
religiosas de Alemania, que cada dia empeoraban por la cre
ciente osadía de los sectarios y la incalificable apatía de los
príncipes católicos; pero el mal subió de punto cuando electo
Emperador Cárlos, Rey de España, de Nápoles y de los Paises
Bajos, se presentó en Italia pidiendo el Milanesado, y amena
zando con sus ejércitos la independencia de la Península y la
libertad de Roma. Maquiavelo gritó entonces: Es menester

(1) Julio Zeller: Historia de Italia, tomo II, cap. xv, pág. 40.

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153

que Italia vea á su redentor(el Papa). Llenas de amor y de


gozo le verán esas provincias, que tanto han sufrido con las
invasiones estranjeras. ¿Qué pueblo le negará obediencia, y
qué ciudad homenage? El imperio es odioso á todos, y este es
el momento de tomar una resolucion enérgica. El Santo Pa
dre queria realizar los deseos de su alma, que eran los sueños
de Italia y las aspiraciones del autor de El Príncipe. En vano,
sin embargo, se opuso con todas sus fuerzas á un nombramien
to que tantas amenazas encerraba para el pais y para la Ciu
dad Eterna: Cárlos I de España fue proclamado V de Alema
nia como Emperador, y el triunfo que poco despues obtuvo en
Milan, y que le entregó gran parte de la Península, coincidió
con la muerte de Leon, que daba un rudo golpe á la patria del
Dante y Rafael. Su grandeza y su liberalidad fueron grande
mente lloradas por el pueblo, que vió con prevencion subir á"
la Silla de San Pedro al noble y virtuoso Adriano VI.
¡Y, sin embargo, era un piadoso y grave anciano! Sencillo
y austero en sus costumbres, venia á dar el toque de la virtud
al cuadro de su antecesor, en que la ciencia ocupaba el primer
lugar y el arte se hallaba en primer término. Su mision era
santificará Roma, como Leon la habia ennoblecido; elevará
Italia, como el descendiente de los Médicis la habia embelle
cido; pero los hijos de la ciudad del Tíber tomaron sus dulces
reconvenciones y su pacífica abnegacion por traicion á la causa
del pais, y acusaron sus mas generosas intenciones. Creyeron
que el santuario romano se estaba profanando con la planta
de aquel melancólico y tierno Padre, que lloraba en silencio el
furor con que el universo se lanzaba en pos del mal, y lla
mándole el bárbaro Pontífice, no quisieron comprender su no
ble afan para librará Italia del poder de los franceses, á fin
de entenderse luego con su antiguo discípulo el nuevo Empe
rador. Italia amargó su vida, y en el dia en que la batalla de
la Bicoca hacia justicia á sus planes, moria lleno de pesar el
Papa, que se creyó desgraciado por no poder hacer todo el
bien que deseaba. La mayoría de Roma, creyendo que Adria
no VI habia reputado como su mayor desgracia el verse obli
gado á reinar, fue mas justa que aquella porcion ingrata y
154

desconocida, que á las puertas del médico que le asistió puso


la inscripcion siguiente: Liberatori patriae S. P. Q. R.
Clemente VII ocupó la Cátedra de San Pedro. Era italia
no, y su orígen y sus antecedentes hicieron concebir esperan
zas de que, iniciando una política activa, procuraria por to
dos los medios posibles salvar la independencia de la Penín
sula, tan rudamente amenazada. ¡Mas ¡ay! que los dos enemi
gos que combatian entre sí sin tregua y sin descanso, Cárlos I
y Francisco I, justamente luchaban por dominar en Italia!.
El equilibrio europeo se habia roto en 1524 con la victoria
imperial: el pais italiano se encontraba á merced del vence
dor, y los dominios franceses se hallaban amenazados por el
César. El Papa levantó su voz y habló de paz, cual convenia
al comun Padre de los fieles; pero Italia no escuchó su acento,
y se puso de parte del francés, que apareció de pronto en los
Alpes, poniendo sitio á Pavía. El Santo Padre presagiaba hor
rores inmensos para la Península que así marchaba en pos de
su ruina, y de acuerdo y en union con Venecia, se declaró
neutral: mas la batalla de Pavía, en que Francisco I quedó
prisionero del imperio, la batalla de Pavía, tan gloriosa para
España, entregó la Italia toda en manos de Cárlos V, cuyos
generales pusieron el pais á saco. En vano Clemente VII y
Venecia, deseosos de evitar catástrofes á la Península y em
pobreciéndose, dieron veinte mil ducados por que las tropas
abandonasen sus escesos y saliesen al punto de sus respectivos
territorios, cuya neutralidad se habia hollado: los jefes reci
bieron el dinero sin cumplir las condiciones pactadas, y Ve
necia se vió obligada aun á satisfacer un nuevo impuesto de
cien mil ducados, con que pagó su patriotismo.
Era, pues, necesario luchar, y luchar con fe, con energía,
con valor. Italia se veia amenazada como en tiempo de los
Hohenstaufen, y el Pontificado observaba que, á pesar del
sincero catolicismo de Cárlos, este, fiel representante del im
perio, jóven, arrogante, osado y altivo, no respetaria cosa
alguna, ni se detendria ante ningun obstáculo para añadir, á
su diadema de dos mundos, nuevos y mas preciados florones.
Giberti, el amigo, el entusiasta ardiente de la independencia
155

italiana, fue llamado á los consejos del Papa, que vió con
gran placer á los pueblos todos de Italia formar una liga, para
la cual pidieron la presidencia y la proteccion pontificia, gri
tando con el citado Giberti: ¡Esta guerra va á decidir de la
libertad ó de la esclavitud de la Italia! Pero los Colonna,
pidiendo insidiosamente al Santo Padre el licenciamiento de
sus tropas como medio de desarmar la cólera de los enemigos,
destruyeron cuanto se hacia en pro de la Península y cuanto
se intentaba para la defensa de la Ciudad Eterna. Al fin ellos,
los traidores, los serviles esclavos del estranjero, á quien ven
dian su patria, se quitaron la máscara con que sus innobles
rostros encubrian, y el 20 de setiembre de 1526, Pompeyo
Colonna, con ocho mil paisanos, sorprendió las puertas de
San Juan de Letran y se dirigió hácia el Vaticano, atravesan
do la ciudad, en que no se encontraba ya un solo soldado. En
vano llamó el Pontífice al pueblo á las armas, escitándole á
combatir contra el siervo infiel que venia á abrir al estranjero
las puertas de Roma: desde el castillo de San Ángelo pudo
presenciar el saqueo horrible y sacrílego del Vaticano, de la
iglesia de San Pedro, de los palacios de los Cardenales y del
Buorgo Nuovo : desde allí pudo observar la indiferencia de
aquel pueblo, que, gritando libertad é independencia, no
sabia defender en el momento supremo tan queridos objetos,
por mas que á la lucha le escitaban el clero y los monges,
que anunciaban grandes calamidades para Roma. ¡Y no se hi
cieron esperar! El condestable de Borbon no podia contenerá
sus tropas, que, despues de triunfar en el Milanesado, desea
ban una presa, como Florencia ó la ciudad de los Papas. In
decisos se hallaban, cuando los luteranos se unieron al ejér
cito imperial, bajo el mando de Jorge Frunsberg, y arrastraron
á las huestes del César, pidiendo con todo el furor de los secta
rios destruirá hierro y fuego á la nueva Babilonia, que, segun
decian, se recostaba impura en los siete collados, solazándose
con la posesion del antecristo. En vano los jefes intentaron
contener su rabiosa aspiracion: sublevados, y creyendo eje
cutar una obra meritoria, asesinaron á los oficiales, amenaza
ron de muerte al de Borbon, y pasando el Po, acamparon bajo
156

los muros de Roma. El Papa se esforzó en balde por contener


la tormenta que á la Ciudad Eterna amagaba: inútilmente
armó al pueblo todo y levantó trincheras: el 6 de mayo se dió
el asalto, y escaladas la murallas, se precipitaron como furias
las tropas imperiales sobre Roma, asesinando sin piedad á
los habitantes y destruyendo cuanto á su paso encontraban.
El Santo Padre tuvo que refugiarse en el castillo de San Án
gelo, donde quedó prisionero, mientras que Roma presenciaba
horrores que no viera desde el tiempo de los hunos y los go
dos. El César entre tanto ordenaba públicas rogativas por la
libertad del sucesor de San Pedro, mientras en la Ciudad
Eterna se multiplicaban los crímenes y la maldad lo despre
ciaba todo. Los santuarios hollados y escarnecidos, los cadá
veres cubriendo las calles todas, violadas las mujeres, profa
nados los altares, vilipendiadas las religiosas, saqueada y des
truida la gran Biblioteca Vaticana, destrozadas las obras maes
tras del arte que la ciudad encerraba, no descansaron aquellos
nuevos bárbaros hasta que pudieron reclinarse sobre un infor
me y aterrador monton de cadáveres, cenizas y ruinas, ama
sado con la sangre de los hijos de la Ciudad Eterna.
Italia volvióá caer, y Clemente VII se vió forzado á resig
narse con la suerte que cupo á la Península, nuevamente en
combustion, y sufriendo de nuevo los efectos de las guerras y
de las ambiciones que la destrozaban sin piedad. Al Norte
como al Mediodía, revueltas, sangre, matanza, innobles ven
ganzas, bastardas aspiraciones. El Papa se encontró débil en
la fuerza de su dolor para combatir el mal, y llorando sobre el
pais que cuarenta años de guerras y de rapiñas habian des
truido y arruinado, suspirando por aquellos pueblos desfalle
cidos y próximos á morir del hambre ó de la peste, recordó
que era Padre del género humano ennoblecido con el bautis
mo, antes que Soberano, y se decidió al fin á coronar á Cár
los V, como lo verificó en Bolonia en 1529. Elimperio, como
se ve, habia resucitado, y se presentaba pujante, fuerte y lleno
de vigory vida;pero su pujanza era una amenaza para Italia;
su fuerza un motivo de temor para el pais; suvigorun recelo
para la Península; su vida una desconfianza inmensa que se
157

interponia entre el imperio y el Pontificado y los pueblos, que


rechazaban el yugo de los Césares, á quienes tenian dados al
olvido. Es verdad que Cárlos, hijo sincero de la Iglesia, se es
forzó en tranquilizarla obligando á Venecia á devolver á la
Santa Sede Rávena y Cervia; es cierto que precisó áAlfonso
de Este á declarar el derecho con que se hacia feudatario de
la Cátedra Apostólica por Módena y por Reggio: es indudable
que Florencia poco despues proclamaba al Cristo por Rey per
petuo de su república entre el mayor entusiasmo; pero nada de
esto pudo consolar al Pontífice, que al fin sucumbió agobiado
de dolor en 1534.
Paulo III surgió al punto del cónclave. No le ligaban com
promisospasados con el Emperador ni con el Rey de Francia;
no tenia ofrecida cosa alguna á Italia ni á la Ciudad Eterna;
podia, pues, seguir la política que mas conforme creyese al es
píritu de la época, á las circunstancias en que se hallaba la
Península, á las necesidades del mundo, yá sus dobles deberes
y atenciones de Pontífice y de Soberano. Así lo hizo, y enver
dad que remedió mucho mal. Creyó desde luego que la refor
ma de la Iglesia (necesaria sin duda entonces bajo algun as
pecto), que la restauracion de la fe y la santificacion de las
costumbres eran las bases principales de la libertad del Pon
tificado, como esta lo era de la independencia del pais. Y no
juzgó mal: al punto vistió la púrpura al virtuoso Contarini, al
ascético Carafa, al docto Sadolet y al ardiente patriota Gi
berti. Varió el modo de ser de la Rota, alteró costumbres añe
jas en la cancillería, y suprimió abusos que, merced á la agi
tacion, con facilidad se habian introducido; pero se abstuvo
de los negocios políticos, mar proceloso en que naufragaron
siempre los hombres, y no tomó parte en las luchas en que
veia un escollo para su plan, porque reservaba sus fuerzas
para el Concilio de Trento. El arte recibió una nueva forma,
y la ciencia, que, merced á la libertad de que gozaba, se iba
inficionando con las doctrinas heterodoxas, encontró en el In
dex un dique que solo le permitió la espansion para lo bueno
y lo justo: prodigó sus elogios y su apoyo á Ignacio de Lo
yola; y Ariosto, Tasso y Bernicanta se agruparon en torno á
158

la Sede de San Pedro, que protege á Sangallo, á Benvenuto


Cellini y al inmortal Ticiano, y dispensa sus últimos favores
áMiguel Ángel, que finaliza la cúpula de San Pedro y sella
su obra con el Juicio final. Sin embargo, llegó un instante,
cuando la fe y la ciencia, la virtud y el arte se hubieron abra
zado y realizado el sueño Pontificio, en que Paulo III vió que
era tiempo de luchar para que Italia fuese libre, y en ese mo
mento lo intentó, pero en vano: no pudo alcanzar su objeto.
Una red inmensa cubria todo el pais; y esa red, compuesta de
españoles, alemanes, flamencos, suizos y franceses, entorpecia
la marcha de las cosas, haciendo caer al que intentaba poner
su planta sobre ella. El archiduque Felipe, hijo del César, es
taba con ojo avizor inspeccionando la Italia por órden de su
padre; y al futuro político no podia ocultársele el movimiento
que empezaba; mas los intentos de la Santa Sede concluyeron
por entonces con la muerte de Paulo III.
Cinco años duró el Pontificado de Julio III, y su resigna
cion fue la resignacion de Italia, cuyo porvenir se presentaba
menos nebuloso. Todo la favorecia: la abdicacion del Empera
dor, que dejó una corte por una celda estrecha en Yuste, y el
advenimiento de un nuevo Papa. Paulo IV, que habia conocido
la Italia libre del siglo anterior; Paulo IV, que por ella suspi
raba, era de suyo una esperanza que daba la Providencia á la
Península, la cual se encontró asímas animada á volverá em
pezar su interminable lucha. En efecto; vigoroso y ardiente, á
pesar de su avanzada edad, deseaba intentar el nuevo Pon
tífice la resurreccion de su pais, y pretendia templar la lira de
Italia, poniendo acordes sus cuatro cuerdas de Roma, Milan,
Nápoles y Venecia. Tenia frente á sí á un Rey que valia mas
que un César, al gran Felipe II; y, sin embargo, luchó, luchó
con él hasta que el tratado de Château-Cambressis, restable
ciendo la paz, arregló la suerte de la Península itálica. La
Santa Sede fue la única que quedó malparada; se habia sa
crificado por Italia, y la Italia la dejó en un cobarde abando
no: habia combatido por Roma, y Roma se ensañó de un
modo innoble en las obras del Pontífice, destruyendo sus
estatuas despues de su fallecimiento. La ingratitud se levan
159

taba allí donde debia mostrarse el reconocimiento. Pio IV ocu


pó su puesto, y conformándose con la expiacion que Dios
ofrecia á la Italia, que se hallaba sin fuerzas y sin vida, sin
pensar en luchas ni en combates imposibles, solo se ocupó en
embellecerá Roma y en concluir la obra gigantesca de Trento.
La Ciudad Eterna se vió engalanada con la Porta-Pia y la
calle de Monte-Caballo; y las costas le debieron sus defensas
contra los piratas, en especial Borgo, Ancona y Civita-Vec
chia, que fortificó de nuevo. En cambio, el Concilio Triden
tino, confesando la suprema autoridad de los Papas, decla
rándolos árbitros en la disciplina, como infalibles en el dogma
y la moral, como intérpretes de los Cánones y Obispos de los
Obispos, dióá conocer al mundo la grandeza y majestad de
aquel poder que, si era atacado en Alemania por un fraile
apóstata y por pueblos y magnates corrompidos, era en cam
bio respetado y bendecido en el Mediodía de Europa, donde
las naciones todas humillaban su frente ante el Vicario de
Dios. Pio IV habia hecho, pues, en el órden religioso como en
el temporal, cuanto era dable practicar en aquellas difíciles
circunstancias, y antes de morir quiso dejar á la Iglesia un
legado precioso, elevando á su sobrino Cárlos Borromeo al
cardenalato, como un recuerdo viviente de su espíritu en el
Sagrado Colegio.
Pio V subió á la Sede Pontificia, y continuó la obra de su
antecesor. Este imponente y santo anciano, que siempre mar
chaba con la cabeza descubierta ante el pueblo, el cual le esti
maba profunda y sinceramente; este piadoso Papa, cuya blanca
barba larga y majestuosa era la admiracion de Roma, que se
inclinaba respetuosa ante su incontrastable virtud, veló ante
todo por la pureza de la fe y la perfeccion de las costumbres,
como punto de partida para emprender grandes cosas. Com
prendia que sin una moral rígida, digna y decorosa no po
dian subsistir los pueblos; y las comparaciones que hacia entre
los horrores que el protestantismo multiplicaba en Alemania
y Escocia, y la paz relativa que las naciones católicas goza
ban, le afirmaron en sus creencias. La reforma regular se llevó
á cabo con inflexible teson, y los Prelados fueron obligados á
160

residir segun el espíritu canónico. El Colegio germánico dió


sacerdotes llenos de fe y de ciencia para Italia y Alemania;
se corrigieron los pequeños abusos y cesaron los escándalos
que restaban, como otros tantos recuerdos de las pasadas
agitaciones. Tomaron asiento en el Sacro Colegio hombres tan
eminentes como el político Gallio de Como, el hacendista Sal
viati, San Severino y Madruzzi, el Caton de la Roma de los
Papas; y en todas partes dejó Pio V, una huella y un recuer
do de la incansable actividad de la Santa Sede para el bien,
que nace de la semilla evangélica. Desprovisto de ambicion,
queriendo realizar el reino de Dios sobre la tierra, grande
como la mayor parte de sus antecesores, fijó sus ojos en los
turcos, en aquel peligro que la herejía se complació en hacer
mas inminente para Europa con su indigna apostasía y su
cobarde lucha, y tuvo el gozo inefable de contribuir con la
escuadra de San Pedro á la destruccion del poder sarraceno
en la gloriosa jornada de Lepanto, de imperecederos recuer
dos para España, que tantos y tan gloriosos los cuenta, como un
premio de su nunca desmentida fe. ¡Oh! Acusaban á la Iglesia
como una rémora para la ciencia y el arte, y la Iglesia daba
inspiracion al genio y riquezas al artista: la llamaron pagana
en sus monumentos y en sus hombres, y la virtud lo purifi
caba todo: reprocháronle sus abusosy defectos, y ella los cor
rigió con espíritu de amor: la maldecian, y, como siempre, se
mostraba grande, digna, paciente y llena de vigor y de en
tusiasmo: murmuraban de su Jefe, y este se presentaba es
pléndido con Leon X, severo con Paulo IV, con Pio V como
un sagrado y conmovedor recuerdo del antiguo apostolado.
Mas no se mostraba Pio V solamente como un gran Pon
tífice: era tambien un digno soberano de Roma, y queria pro
barlo y lo probó con el impulso que dió á las ciencias y á las
artes, en tanto que abandonaba el mundo con sus miserables
ambiciones y vanas pequeñeces á las cuestiones y disputas de
los hombres. Pero el arte debia ser cristiano en la capital del
Catolicismo, y la ciencia debia servir al bien en la Ciudad
Eterna: la Religion, pues, debia inspirarlo todo, embellecién
dolo todo. Baronio escribió sus históricos anales, y Conti,
161

Campana y Tarcagnota ilustraron á Italia con sus obras: Car


rochio creaba el ideal cristiano con su pincel inimitable; Luis
en la Vocacion de San Mateo y Augusto en su San Gerónimo
revelaron al mundo la inspiracion religiosa del artista. Las
Madonas lo adornaron todo y cubrieron todos los muros; y
Palestrina en su Miserere y sus Improperia asentó las
bases de la música religiosa grave, sonora, sentimental y ma
jestuosa. El título de Gran Duque conferido á Cosme de Mé
dicis, y la publicacion de la famosa y antigua Bula que debe
ria leerse en todo el mundo católico en la Feria V In Coema
Domini, fueron los últimos actos de este Papa, que con gozo
venera la Iglesia en sus altares. Es verdad que el título con
ferido á Cosme escitó quejas de parte de los duques de Ferra- .
ra y de Saboya; pero no fue por el hecho, ni menos por negar
el derecho pontificio: se querellaron, sí, ante las cortes de
Madrid y de Viena porque se habia infringido el derecho de
precedencia en favor de quien no presentaba los títulos herál
dicos y feudales que ellos; prueba clara que reconocian el de
recho de la Santa Sede á conceder tal honor, cuando solo se
mostraban resentidos y clamaban al estranjero por no haber
recaido en ellos. Es cierto tambien que la Bula arriba men
cionada suscitó reclamaciones de parte de algunos soberanos,
mal avenidos consigo mismos y poco sufridores de yugo algu
no; pero ese notable documento, obra de muchos Papas de los
siglos XIV y XV, solo tendia á conservar la accion y la influen
cia de la Iglesia como una garantía para los pueblos contra la
tiránica opresion de los Príncipes y Reyes, y como un salvo
conducto á estos contra el furor de los pueblos insurrectos.
Su sucesor Gregorio XIII pudo hacer mas aun en beneficio
de sus Estados y del mundo. Dotado de vastos y profundos
conocimientos en la ciencia del Derecho, ordenó una nueva
compilacion y publicacion de él; fundó en Roma los colegios
de los irlandeses y alemanes; de los judíos, los griegos y los
maronitas, y liceos y aulas para la juventud romana; y aman
te de las artes y las ciencias, no por vanidad, sino en interes
de la Iglesia y de su pueblo, embelleció á la Ciudad Eterna
con magníficos y costosos monumentos. La administracion, re
11
162

sentida de los violentos ataques que los antiguos tiranos es


tranjeros la habian dado, acabó de organizarse de un todo, y
la Romanía y las Marcas, gobernadas, segun Zeller (1), con
moderacion y justicia por los legados, gozaban de prosperidad
al lado de Ancona, cuyo puerto se veia henchido de mercade
res griegos, turcos y armenios, que con gran solicitud busca
ban los productos de los Estados de la Iglesia, entre los cua
les sobresalian el lino de Faenza, el cáñamo de Perusa y el
vino de Montefiascone. Pero en lo que dispensóun beneficio
inmenso al mundo todo fue en la correccion del Calendario,
segun el cual el año civil se hallaba entonces diez dias atra
sado respecto al año solar, haciéndose por ello el Papa digno
del reconocimientouniversal. Por desgracia no pudo completar
su obra, estirpando las bandas de salteadores que infestaban
los Apeninos y aun las cercanías de Roma, al mando de los Co
senza y los Piccolomini, nobles degradados que descendieron
hasta el puesto del bandido. El Cardenal Sforzza luchó en vano,
autorizado por el Papa, que sucumbió en 1585 rendido de can
sancio y de fatiga. Como se ve, la Santa Sede iba adquiriendo
nuevo vigor, y, dando abundante vida al dominio de San Pe
dro, dispensaba sus grandes beneficios á la Península y al
mundo entero. Roma se engrandecia y prosperaba de un modo
visible y siempre creciente, embelleciéndose cada vez mas, mer
ced á la solicitud de los Papas, que cifraban su gloria como
soberanos en dar el bien á sus pueblos y en resucitar las
grandezas de la Ciudad Eterna por medio de nuevos y bri
llantes monumentos. La nobleza antigua, magnífica y nume
rosa, rivalizaba en esplendor y gloria con la nueva, y las re
formas de la corte pontificia y la opulencia de las casas ilus
tres daban á la ciudad del Tíber una prodigiosa actividad y
una importancia suma, que nunca tuvo en los tiempos del
Imperio. Solo restaba limpiar el pais de malhechores, y esto lo
alcanzó cumplidamente el humilde Pastor Félix Peretti, que,
por muerte de Gregorio, se llamó Sixto V.
Este Papa comprendió toda la estension de sus deberes, y

(1) Julio Zeller: Historia de Italia,tomo II,cap. XVI, pág. 86.

- —– – = – —=
163

desde los primeros dias de su exaltacion á la Sede de San


Pedro, conociendo todo lo que de su genio se esperaba, tomó
serias medidas para reprimir desmanes tan criminales. Ya lo
habia dicho: Mientras viva, todo malhechor sufrirá la pena
capital; y lo cumplió, poniendo á precio sus cabezas, y no
dejándoles un momento de reposo. Á los dos años, los emba
jadores de todas las potencias cumplieron un deber de grati
tud felicitando al Santo Padre por la seguridad con que se
viajaba por los caminos pontificios. Su carácter resuelto éin
flexible hizo de él un Papa como se necesitaba en aquella
época: obligóá las naciones católicas á agruparse en torno á
la Silla de San Pedro; aumentó la vida, la actividad y la in
dustria; agrandó y hermoseó la Biblioteca Vaticana con gran
magnificencia y suntuosidad; salvó las obras del arte antiguo
de los insultos que sufrian, reduciéndose á ruinas; hizo una
edicion de los Setenta y otra de la Vulgata; dió el último to
que á la administracion con la creacion de Congregaciones para
todos los negocios; y uniendo lo útil á lo recreativo, dióá Ro
ma en veinticuatro horas veintisiete fuentes abundantemente
provistas del agua que tanto escaseaba en la Ciudad Eterna.
Por medio de acueductos inmensos la llevó tambien al Quiri
nal y sus alrededores, que convirtió en magníficos jardines; y
dejó un recuerdo eterno levantando, con ayuda de Fontana,
el obelisco que Calígula habia hecho traer de Egipto: y para
que no se acusase su intencion en tan grandes y sorprenden
tes obras, lo coronó con la Cruz, desde la cual Cristo vence,
Cristo reina, Cristo impera. Hizo ademas ahorros por valor
de un millon de escudos anuales, y tranquilo ya en cuanto al
interior, estendió su mirada por Italia. En efecto: con su ener
gía, con su celo, con su ardiente patriotismo, no podia estar
satisfecho mientras el estranjero ocupase alguna parte de la
Península. Sabia que era la cabeza del cuerpo italiano, y que
ria mostrarse digno de su mision: hizo, pues, una alianza con
Fernando I de Toscana, y ambos recurrieron á Venecia, agre
gándoseles despues Mantua yGénova. Para, contrarestar la
influencia española en Italia comprendió Venecia, con consejo
de Sixto V, que debia reconocer á Enrique IV como Rey de
164

Francia, y así lo hizo: Fernando I siguió su ejemplo, y el


Santo Padre recibióá los embajadores franceses que vinieron
á noticiarle la elevacion de su Soberano. Olivares, represen
tante de España, protestó y amenazó: el Papa, asombrado
ante tamaña osadía, tuvo fuerza bastante para contestar dig
namente y con acento entero al enviado español, que al punto
se dirigióá su Soberano Felipe II. En vano reclamó este: el
Pontífice contestó con la nocion de su derecho como Jefe Su
premo del Catolicismo y como Rey de sus Estados tempora
les; y firme el sucesor de San Pedro, no cejó un ápice en su
empresa, por mas que la Casa de Austria principiase á mur
murar. Pero el Papa murió en 1590, cuando esta cuestion
empezaba: y el pueblo, que debió arrodillarse ante su tumba,
destruyó sus estatuas y maldijo la mano que, reprimiendo sus
crímenes, le elevó al apogeo de la grandeza y de la gloria.
Urbano VII, Gregorio XIV é Inocencio IX no hicieron mas
que aparecer en la Silla de San Pedro. Clemente VIII fue lla
mado á sucederles, y su elevacion fue saludada con voces de
inmenso júbilo por Italia, que en este nombramiento acababa
de obtener una victoria sobre la influencia estranjera. Con la
elevacion al Trono Pontificio del Cardenal Aldobrandino coin
cidió la retractacion de Enrique IV, que fue solemnemente re
conocido por la Santa Sede. El Papa declaró al Soberano de
Francia Monarca legítimo, hijo de la Iglesia y restaurador del
equilibrio europeo, que favorecia la independencia de Italia y
las libertades Pontificias. El ducado de Ferrara, por estincion
de la Casa de Este, pasó á formar parte de los Estados de San
Pedro, y Clemente VIII tomó posesion de él apresurándose á
fortificar la capital del nuevo territorio,á pesar de las instan
cias de Felipe II, que por esta vez se vió forzado á ceder. La
Península entre tanto se reponia de sus pasadas fatigas y co
braba alientos, adquiriendo vigor con el descanso para lanzarse
á la lucha de nuevo, cuando llegase el momento. Creyó que
era llegado, cuando el dominico Campanella empezóá predicar
en la Calabria, su pais, contra la dominacion estraña; por lo
cual, conmovido el pueblo, bien así como en Milan y en Nápo
les, se declaró en estado de insurreccion, en nombre de Dios y
165

de la patria; mas el conde de Lemos ahogó aquella tentativa en


sangre, y Felipe III, Rey de España, fortificando todas las ciu
dades de su dominio, aumentó las guarniciones en aquellos
puntos para reprimir nuevos intentos. Por esta vez quedaron
frustradas las esperanzas de los italianos; pero el deseo de in
dependencia crecia á proporcion que la voluntad de los pue
blos se comprimia, y su ambicion de libertad tomaba incre
mento segun la Ciudad Eterna marchaba por las vias de la
prosperidad, engrandeciéndose cada vez mas. La pérdida que
el pais sufrió con la muerte de Clemente VIII retrasó la reali
zacion de sus deseos, que no pudo satisfacer Paulo V por las
cuestiones que surgieron con Venecia; mas, arregladas las di
ferencias que se suscitaron, y ocupando la Cátedra Apostólica
Gregorio XV, la Península en masa, escepto Toscana, se unió
á la voz del Santo Padre, y obligó á la Casa de Austria á de
sistir del paso de sus tropas por Italia, que con frecuencia se
veia amenazada por aquellas fuerzas estranjeras. Victoria fue
esta que, animando al pais, hizo renacer sus esperanzas, con
fiando siempre en el auxilio de la Santa Sede. La autoridad
del Pontificado llegó á ser tal con este motivo, que mereció la
honrosa confianza de tener en depósito la Waltelina hasta su
devolucion á los Grisones, pagando así un tributo de respeto
á Roma, que á su vez veia enriquecer la gran Biblioteca Va
ticana con los despojos en libros y manuscritos de los rebeldes
electores palatinos.
La Casa de Austria creyó recuperar el terreno perdido en
la Península á la muerte de Gregorio XV; pero el cónclave,
lleno de fe en su mision y henchido de un noble patriotismo,
proclamóá la faz del mundo á Urbano VIII por sucesor de San
Pedro. Verdadero hombre de Estado, sin dejar de ser Pontí
fice, de alma ardiente y espíritu levantado, sabio eminente y
literato distinguido, este Pontífice, que sin duda meditaba
grandes cosas, venia á dar estraordinario impulso á la obra
que con creciente anhelo consumaba Italia bajo la Santa Sede.
Fortificando con nuevos y sólidos muros el castillo de San
Ángelo , levantando fuertes murallas en todo el circuito de la
ciudad en que se hallaban deterioradas, construyendo arsena

- —- —L--
166

les y fábricas de armas, preparando un puerto, que al fin vió


terminado, en Civita-Vecchia, reuniendo un ejército numeroso
y bien acondicionado, se puso al frente de Italia, adoptó por
suya su causa, y pronunció palabras de consuelo para la Pe
nínsula, que ahora, como siempre, vió su capital en Roma y
su Jefe en el sucesor de San Pedro. No por eso descuidaba
Urbano la parte espiritual y religiosa: dió la última mano á
la Bula de la Cena, añadió un colegio á la Congregacion de
Propaganda fide, y en tanto que como poeta escribia sus
odas y colecciones rítmicas, como Pontífice escribia sus
himnos y secuencias, reputados entre las mejores produccio
nes de su tiempo. Por esta época formaba parte de los Estados
de la Santa Sede el ducado de Urbino, al cual se conservaron
sus privilegios y exenciones, por muerte del último duque de
la Casa La Rovère, y San Marino retenia su antigua libertad
bajo el alto dominio Pontificio. Así, de un modo lento, pero
seguro, dando vida lo espiritual á lo terreno, Roma volvia á
ser la señora del mundo, é Italia volvia á adquirir nuevos
bríos con el esplendor que despedia el sepulcro de los Após
toles. El Pontificado estendia ademas su círculo de accion por
medio de las nunciaturas, verdaderas embajadasitalianas es
tablecidas en las principales cortes de Europa; y apoyado en
la ciencia de hombres tan grandes como Belarmino, Suarez,
Mariana ySantarén, obteniendo la presentacjon á su autori
dad suprema de todas las prelacías que en la Iglesia universal
se hubiesen de proveer, y reservándose algunas, aumentaba su
esplendor y hacia conocer su omnipotente autoridad, que era
la autoridad protectora del territorio italiano.
Entre tanto las artes continuaban pagando su tributo á la
Santa Sede. Bernini circundaba la plaza de San Pedro de su
magnífica columnata, dando así á la primera Iglesia del mun
do un atrio digno de su grandeza inmensa: Boromini adquiria
un nombre en San Juan de Letran y en la portada de Santa
Inés; y Algardi en su estatua de Atila, y Fiammengo en sus
pequeños ángeles, probaron que la escultura se sostenia digna
mente. Carrasco, Guido, el Gueretim, Albano, Salvador Rosa,
d’Arpino y Giordano tejian con sus pinceles una guirnalda
167

de gloria á la Italia, cuyo verdor no ha podido marchitar el


tiempo.
Inocencio X, romano, de la noble familia Pamphili, subió
á la Sede de San Pedro por este tiempo á la edad de setenta
años. Su alta y majestuosa estatura, su porte grave y majes
tuoso y sus intachables antecedentes, la elevacion de su alma
y su firmeza y su penetracion maravillosas, hicieron concebir
grandes esperanzas, que no pudo satisfacer de un todo por sus
continuas dolencias y por las discordias domésticas que su
existencia amargaron. Sin embargo, no dejó de condenar, como
Jefe de la Iglesia, las cinco famosas proposiciones del Augus
tinus de Jansenio; y, como Soberano, supo sostenerse en su
derecho con la Casa de Francia, que se declaró protectora de
los Cardenales Barberini, á quienes obligó.á rendir cuentas
del tiempo que manejaron los tesoros de San Pedro. La corte
de España no obtuvo tampoco las ventajas que esperaba, y en
los once años de su Pontificado se mantuvo digno y decoroso,
pormas que algunos intenten manchar su veneranda memo
ria, mostrándose ante el mundo como convenia á un patricio,
á un Monarca y á un Pontífice. Embelleció á Roma con dos
magníficas iglesias; levantó palacios suntuosos, y dejó la Ha
cienda en un estado tan próspero, que cubrió las atenciones
de la vacante y sirvió de mucho á su sucesor. Tan poco fácil,
leemos en un escrito jansenista, para lo superfluo como liberal
en lo necesario, distinguióá sus súbditos con amor de padre,
y defendió en todo tiempo el honor de la Iglesia, cuyo primer
ministro era (1). Fue, no obstante, desgraciado. La paz de
Westfalia, que tan rudamente trató al Catolicismo, no mereció
su consulta; la Casa de Austria no quiso olvidar su pasada
decepcion, y cedió ante los protestantes, que secularizaron de
su propia autoridad los bienes de la Iglesia y gran porcion
de abadías y obispados. En vano reclamó el Papa: los Monar
cas, llevados de la locura que un dia los habia de perder, aho
garon el acento pontificio en sus cobardes orgías, y queriendo

(1) Abrégé de l'histoire ecclesiastique. (Armand, Saint-Ciram, etc.:


Colonia, 1715)
168

eliminarse de aquel freno que á sus escesos ponia la Santa


Sede, no prestaron oidos al tremendo y desgarrador suspiro
que exhalaba aquel anciano. El Catolicismo,pues, fue sacrifi
cado por la Reforma ante el innoble interes de los Reyes de
la tierra. Inocencio no pudo resistir mas, y sucumbió bendi
ciendo antes á los que le hicieron beber la amarga copa del
sufrimiento.
Grandes luchas emprendieron los partidarios del poder es
pañol y los que protegian al francés; pero todas se estrellaron
ante el inflexible patriotismo de los Cardenales, que elevaron
á Alejandro VII. Débil para con su familia, á la cual en un "
principio prohibió presentarse en Roma, el Papa, que habia
entregado las riendas del gobierno temporal á la congrega
cion de Estado, vió al fin á sus sobrinos cercarle, y, con gran
pesar de su secretario Pallavicini, ejercer actos que perjudica
ban al buen nombre del Soberano Pontífice, por mas que los
ignorase. El Cardenal Sachestti se creyó en el deber de ad
vertir á Su Santidad, haciéndole ver que aquellos pueblos
que no estaban bajo la presion de la conquista, sino bajo el
yugo del amor, que los habia llevado á ponerse voluntaria
mente á la sombra de la Silla de San Pedro, no podian sufrir
los desmanes que su familia ejercia. Desgraciadamente el Papa
se encontró impotente para evitar el mal, aunque remedió mu
cho, por consecuencia del fuego que atizaba la corte de Francia,
la cual no habia visto con agrado la elevacion de aquel, á quien
miraba con prevencion desde que fue Nuncio en Munster. La
tristeza comenzó á morar en el alma del sucesor de San Pe
dro; solo pudo gozar ya un instante de satisfaccion con la con
version de la Reina Cristina de Suecia, hija de Gustavo Adol
fo; pero este placer duró poco. El duque de Créqui, embajador
francés, no podia sufrir que la corte de Francia no dictase ór
denes en Roma; y creyendo con esto rebajada su nacion, se
permitió en ocasiones un lenguaje bien impropio de un ca
ballero y de un representante de una potencia católica. A tal
punto llegaron sus bravatas, que sobreescitada la guardia
corsa del Papa, injurió al embajador, y no respetó ni aun su
palacio. Luis XIV, el Rey que todo quiso dominarlo por efec
169

to de la altura en que se vió y de sus pocos años, acostum


brado al incienso y la lisonja, hizo salir, en su furor, al Nun
cio del Papa de sus Estados, acompañado de una escolta; y
ocupando la ciudad pontificia de Aviñon y el condado Vene
sino, aprestó tropas para caer sobre Italia, pidiendo satisfac
cion. El sucesor de San Pedro no quiso esponer á la Penínsu
la á una nueva guerra: licenció su Guardia, y contestó con
amargura profunda al jóven que osaba amenazará un anciano,
al Rey que se atrevia á denostar al Pontífice. Alejandro VII
solo tuvo tiempo para concluir el colegio de La Sapienza, con
que á su vez hermoseóá Roma; porque su dignidad lastimada
y su inmenso dolor le condujeron al sepulcro en 1667.
Una guerra tremenda, guerra á muerte cual debia ser la
lucha entre la libertad y la opresion, entre la civilizacion y
la barbarie, sostenia Venecia en estos dias. Atacada la repú
blica por todas partes y en todas direcciones por los sarracenos,
que deseaban apoderarse de Candía, mostró con su heroismo
que el sentimiento de lo grande no habia muerto, sino que
se sostenia vigoroso y fuerte á la sombra del leon de San
Márcos. Sola y abandonada en su empresa por la cristiandad
y por Italia; débilmente socorrida por el Austria, única
mente encontró auxilios poderosos, prontos y desinteresados
en la Santa Sede. El sucesor de San Pedro le concedió para
subvenir á los gastos de la guerra las propiedades del clero
regular, suprimido en parte, y el diezmo del secular, que hen
chido de patriotismo se lanzaba al peligro, animando á los
combatientes á morir por la independencia patria. Esta con
ducta, que en verdad no necesitaba estímulo, adquirió nuevos
grados de fuerza y de vigor cuando el Papa Alejandro VII les
autorizó, antes de morir, á prestarse á todos los sacrificios
posibles para el bien de la república: entonces, alhajas, cua
dros, bienes, todo se puso á disposicion del Consejo, que, con
movido ante aquella noble conducta, llamó espontáneamente
á los Jesuitas, que antes habia espulsado. En esta época subió
á la Cátedra Apostólica Clemente IX, que, en el corto perío
do que su pontificado duró, se mostróá la altura de su mision.
Despues de establecidos los vínculos de amistad y respeto en

_-_-_
= – "— ——=—
170

tre las cortes de Roma y de Toscana, el Santo Padre volvió


con afan sus ojos hácia Venecia, y lleno de entusiasmo ante
aquella lucha que, como gigantes, sostenian los hijos del
Adriático, intentó, aunque inútilmente, hacer de aquella guerra
particular un asunto nacional y aun europeo; pero ¡ay! Euro
pa se repartia los despojos del Catolicismo en Alemania, y la
Península no perdonaba á Venecia su grandeza y su esplen
dor. El Papa, viendo así posponer sagrados y nobles intereses
á abyectas y mezquinas ambiciones y á ruines envidias, vien
do fracasar sus deseos y susgestiones, sacrificando las aten
ciones propias á las necesidades perentorias de Venecia, hizo
á la república, en nombre del Tesoro Pontificio, un envio de
ciento treinta mil escudos, y no dejando sus ruegos, y gestio
nando aun é instando con afan á Italia, alcanzó al fin de los
duques de Toscana, da Saboya y de Mantua el que ayudasen,
como al fin lo hicieron, á Venecia con tropas, con armas y con
dinero. No descuidaba por eso Clemente IX los asuntos este
riores: obtuvo tambien la reconciliacion entre España y Fran
cia por el tratado de Aix-la-Chapelle; reconoció á D. Pedro
como legítimo Rey de Portugal, y dió nuevo impulso á las
misiones; pero la toma de Candía por los turcos afligió de tal
modo al Papa, que á los tres dias de haber recibido la noticia
murió de quebranto y de dolor. Su sucesor, Clemente X, sucum
bió tambien sin dejar rastro alguno en pos de sí; pero ocupó
en su lugar la Cátedra Apostólica el Papa Inocencio XI, dota
do de raras y escelentes cualidades para el Pontificado. Ínte
gro y austero, dió á los negocios del Estado la direccion nece
saria y oportuna para estinguir los nuevos abusos, mejorar la
Hacienda y reducir los impuestos, al mismo tiempo que to
maba sus medidas para impedir las tropelías enormes y la es
cesiva altivez de que hacian gala en Roma, con desprecio de
la Santa Sede, los embajadores estranjeros. El asunto del du
que de Créqui era una leccion que convenia no olvidar. Su
Santidad llamó á los representantes de las naciones católicas
y les hizo comprender que convenia á la mejor organizacion
de los procedimientos de justicia concluir con el derecho de
asilo que disfrutaban las casas-embajadas en pro de los crimi
171

nales; mas no atreviéndose á resolver cosa alguna por sí, los


plenipotenciarios lo pusieron en conocimiento de sus cortes
respectivas. Todos los soberanos asintieron, elogiando el celo
del Soberano Pontífice en dar seguridad á sus Estados: solo
se negó Luis XIV, que pretendia hacer un templo de cualquier
lugar en que su nombre imperase; pero cuando su embajador
notició al Papa la negativa del Monarca francés, la medida
estaba ya tomada de acuerdo con los demas Príncipes, que
habian cedido de buen grado sin pedir compensaciones. Este
negocio se complicó con la apelacion que á la Silla Apostólica
elevaron los Obispos de Pamiers y de Alais, con motivo del
esceso á que el gran Rey quiso llevar el derecho de regalía en
sus Estados. El Papa admitió la apelacion: Luis XIV ocupó á
Aviñon y al Venesino de nuevo; apeló del Pontífice al futuro
Concilio universal; sedujo al Episcopado francés, al que impu
so los cuatro famosos artículos de las llamadas Libertadesga
licanas, é hizo que su representante en la Ciudad Eterna se
produjese, en union de su servidumbre, como no se hubiera
hecho en un pais conquistado. El pueblo, que veneraba á Ino
cencio XI como á un Santo, no quiso escuchar la voz francesa,
que le pedia su ayuda para apoderarse de Messina,y que pre
tendia llevarlo á Sicilia á combatir por el estranjero: y la
mayor parte de Italia, negándose á secundar, por odio al ene
migo del Papa, al ambicioso Soberano de Francia, le obligó al
fin con su pasiva resistencia á humillarse ante el mundo, fir
mando con España la paz de Nimega en 1678. Entre tantas
amargumras, todavía tuvo el sucesor de San Pedro el gran con
suelo de ver el amor de su pueblo y de la Península toda hácia
su sagrada persona, y pudo morir tranquilo en 1683, sonriendo
de satisfaccion á la vista de la victoria ganada por Sobiesky
ante los muros de Viena sobre los hijos de Agar.
Entre tanto, el Rey de Francia veia venir sobre sí la cóle
ra de la Europa, que no podia sufrir su arrogancia; y á fin
de tener menos enemigos, comprendiendo que el Jefe de Ita
lia estaba en Roma, devolvió el condado Venesino y Aviñon
áAlejandro VIII, que ocupaba la Cátedra de San Pedro; pero
este Papa, para impedir sospechas injuriosas á su carácter,

- ===
172

publicó al punto una Bula en que condenaba los cuatro ar


tículos de la Iglesia galicana. Es verdad que no se unió á los
enemigos del Soberano francés; pero es tambien cierto que,
despues de hablarle tan alto como debia, le hizo comprender
todo el abismo que á sus pies cavaba con sus violencias y
exabruptos. Hijo amante de Venecia, ayudó con todas sus
fuerzas á su patria contra los turcos que siempre la molesta
ban, y tuvo el consuelo de ver que la república obtenia gran
des ventajas, recuperando á Coron, Lepanto, Atenas, Tébas
y otros puntos. Enriqueció la Biblioteca Vaticana con la mag
nífica é incomparable coleccion que le legó la Reina Cristina,
y sucumbió en paz en 1691.
El soberano francés intentó por entonces hacer descargar
la cólera de Italia sobre el Austria, escitando al pais todo á
una liga contra el Emperador, que en nada le molestaba, pero
que conservaba posesiones en la Península desde el César Cár
los V. El Papa Inocencio XII, que comprendió que la Francia
queria introducir la lucha en Italia, para enseñorearse nue
vamente del pais, fue el primero en rechazar toda participa
cion en el plan. Ademas, los turcos amenazaban de nuevo á
Venecia, y ante semejante peligro su deber de Pontífice le
ordenaba socorrer y atender al Cristianismo, y su patriotismo
italiano le obligaba á fijar sus ojos ante todo en la barbarie,
que pedia carta de naturaleza en la Península, intentando
conquistar la gran república. El gran duque de Toscana siguió
sus huellas, y la Italia toda, en fin, desoyó la peticion fran
cesa. La lucha entre Austria y Francia, lucha de miserias y
de innobles pequeñeces, que destruyó á Cassale, se concluyó
así mas pronto: la paz se firmó al cabo, y se hizo general
cuando Luis XIV firmó el tratado de Riswich con el duque de
Saboya, que recuperó sus Estados, consolándose Venecia de
la pérdida de Candía con las adquisiciones que logró en Morea,
y suspendiendo sus hostilidades con los sarracenos. Inocen
cio XII, aquel que llamaba á los pobres sus sobrinos, y para
quienes habia convertido su palacio de Letran casi en un hos
pital; el que dominó la altivez del gran Monarca francés, obli
gándole á dejar sin efecto sus ordenanzas de 1682; el que es
173

cuchó palabras de arrepentimiento del clero francés, el cual se


reprochaba su debilidad en el asunto de las cuatro proposicio
nes, quiso pedir las bendiciones del cielo para el universo en
paz; abrió los tesoros de su amor al mundo nuevamente equi
librado, y celebró un jubileo de concordia y amor que el orbe
entero agradeció, porque calmaba así la agitacion general de
los espíritus.
Cárlos II de España acababa de morir sin descendencia, y
la guerra de sucesion al Trono español iba á afectar sin duda á
la Península italiana, por las posesiones que en ella conserva
ba la Casa de Austria. El Rey Cárlos, conservando la integri
dad de la monarquía ibérica, habia dispuesto de ella en favor
del duque de Anjou, nieto de Luis XIV, con todos los Esta
dos que en Italia poseia. Inocencio XII, que preveia un gran
peligro para el pais en esta cuestion, empezaba á formar una
liga con los demas príncipes italianos para rechazar al estran
jero, fuese el que fuese, cuando desgraciadamente falleció. Su
sucesor Clemente XI varió de conducta; felicitó á Felipe V y
escribió enhorabuenas á Luis XIV; mas retuvo la investidura
de Nápoles en su calidad de señor feudal. Pero apenas el Papa
reconoció al de Anjou como Rey de España, cuando Vaude
mont, gobernador de Milan, y Medinaceli, virey de Nápoles,
le proclamaron tambien, arrastrando su ejemplo al duque de
Toscana, al de Saboya, Parma y Módena, y á las repúblicas
de Venecia, Génova y Luca, prestando así un gran apoyo mo
ralá aquel Monarca, que venia á recoger su corona con la punta
de su espada. De este modo se creia dar tranquilidadá Italia y
conservar la paz en la Península; ¡no fue así, sin embargo! El
Emperador Leopoldo reclamó enérgicamente á nombre del ar
chiduque Cárlos, y las tropas que se presentaron en los Alpes
desengañaron á los italianos. El Papa quiso impedir la entra
da de los austriacos en la Península; pero le abandonaron
cobardemente los demas soberanos, y se encontró solo para
sostenerse: hizo un último esfuerzo para proclamar siquiera su
neutralidad y asegurar la independencia de Italia, amenazada
por las tropas imperiales, españolas y francesas; pero en vano.
El duque de Saboya, que, como Esaú, vendió su dignidad de
174

Soberano y de noble por un plato de lentejas, á cambio de la


promesa de obtener el Monferrato; el duque de Saboya, cuyos
descendientes quieren presentarse como los campeones de la li
bertad de Italia, fue el Judas de la Península: cuando vió
que Francia no le ofrecia ventaja alguna se pasó al partido
del Austria. Y, con efecto; obtuvo ventajas el Piamonte en la
victoria que el imperio reportó de los franceses en los cam
pos de Turin: y le pagaron su traicion á la causa del pais
con el Monferrato, que tanto ambicionaba, cuando llegó el
momento de repartir los despojos de la Península, hecha gi
rones en aquella guerra. El ducado de Milan fue para el ar
chiduque Cárlos; Alejandría, Valenza, la Valvería y la Lo
melina para Víctor Amadeo, que ávido recogió la limosna que
le daban. El duque de Mantua pagó su infidelidad á la patria
uniéndose á los franceses, con la privacion de susterritorios,
que el Austria se adjudicó, y Toscana se vió castigada, tenien
do que satisfacer quince mil doblones por la misma aposta
sía que obligó á Parma á entregar nueve mil al vencedor.
Los imperiales marcharon contra Nápoles, que tambien se
entregó cobardemente, recibiendo con los brazos abiertos á los
soldados del César; poniendo en manos del general austriaco
las llaves de la antigua Parténope, y rompiendo los bustos y
las armas del de Anjou. El Emperador se creyó ya omnipo
tente: habia revuelto y deshecho á su placer á Italia, que le
aclamaba y se rendia á sus pies, y, lejos de quejarse los duques
y soberanos de la Península, eran sus mas serviles esclavos:
creyó llegada la hora de imponer un castigo á la Santa Sede,
disponiendo del Patrimonio de la Iglesia, y se apoderó de
Commástico; mas el Papa no era uno de aquellos señores que
se vendian al mejor postor; ni era traidor á su patria, ni in
fiel á su empeñada palabra. El Papa conocia un gran peligro
para Italia en la dominacion austriaca; y viendo á través de
los siglos, observaba la pérdida de la independencia penin
sular en el apogeo del imperio; no pudiendo callar, pues, lo re
chazó: protestó con toda su energía contra la violacion de su
territorio; armó al pueblo, cuando vió que el desprecio con
testóá sus patrióticas palabras; formó un pequeño ejército,
175

y, aunque derrotado, se mantuvo firme; firme sin ceder un


ápice de su derecho; y solo se resignó á reconocer al archi
duque Cárlos como Rey de España á las once de la noche del
15 de enero de 1709, cuando los imperiales se hallaban en las
puertas de Roma, y sus cañones apuntaban hácia el Vaticano
amenazando á la Ciudad Eterna.
Los príncipes católicos, que empezaban ya á hacer un ins
trumento para su política de la Religion, gracias á las leccio
nes que el protestantismo les dió, abandonaron al Santo Pa
dre y mataron su justa y racional influencia en los destinos
del mundo, cuando con su indiferencia sacrificaron á Italia en
la paz de Utrecht. Las previsiones de Clemente XI se realiza
ron: el archiduque Cárlos ocupó por este tiempo el Trono del
imperio, y unió á él Nápoles, Milan y la Cerdeña: Víctor
Amadeo obtuvo el suspirado título de Rey con la Sicilia, y el
Austria exigió imperiosa el reconocimiento de sus derechos
al alto dominio y presidencia de Toscana y del Mantuano, que
los respectivos duques le otorgaron. Como se ve, solo triunfaba
lo que era austriaco: lo noble, lo independiente se sacrificaba
sin piedad. Así pasó la Península de las manos españolas á
las del imperio por culpa suya, por sus miserables ambicio
nes y por falta de nobleza en las demas naciones de Europa,
que reconocian entre tanto á Felipe V como Rey legítimo de
España, cuya nacion perdia sus posesiones de Italia del mismo
golpe que le robaba su propiedad de Gibraltar.

VIII.

Sufrimientos.

Desde 1714 á 1789.

Italia se veia de nuevo aprisionada con rudas y muy pe


sadas cadenas, y se encontraba otra vez agitada y desinquieta,
gracias á aquellos que, ocultando su ambicion con el velo de
un mentido patriotismo, la habian entregado nuevamente en
manos del estranjero. ¡Y qué estranjero! El que el pueblo abor
176

recia porsus pasadas iniquidades y antiguo despotismo; aquel


que era una amenaza eterna para la Península, á cuyas puer
tas se encontraba siempre al frente de numerosos ejércitos.
Clemente XI, el único Soberano que conservó en Italia la
conciencia de su dignidad y la nocion de su deber, fue el pri
mero, decimos mal, el único que protestó contra aquella rapaz
invasion, que así infringia tratados como escarnecia derechos;
y, hablando con entereza, protestó ante el mundo todo de la
violacion de la justicia, por medio de cuyo crímen se entre
gaba á Víctor Amadeo la Sicilia y la Cerdeña, feudos ambos
de la Santa Sede. El nuevo Rey, á quien los sicilianos mira
ron con el mas profundo desden, y la Península toda con un
insigne desprecio, justa recompensa de su pasada apostasía,
osóá su vez pasar los límites de sus Estados que le separaban
del territorio Pontificio, con que sin duda soñaba. El Papa no
debia permanecer inactivo: su dignidad y su conciencia de
Soberano le exigian defender la integridad de su territorio,
contra la cual atentaba el Monarca de Saboya. Providencial
mente cayó sobre Cerdeña, enviado por Felipe V de España,
el Cardenal Alberoni, su primer ministro, alfrente de una es
cuadra con que iba á socorrerá Venecia, y en menos de dos
meses se apoderó de todo el territorio sardo; mas no contento
el Soberano español con esta primer victoria, y deseoso, por
otra parte, de influir en la Península cual antes lo efectuó la
Casa de Austria, envió al año siguiente otra escuadra, al man
do del citado Cardenal, para posesionarse de Sicilia, cuyos ha
bitantes le llamaron á fin de vengar los ultrajes que los hi
jos de Palermo recibieron del despótico brazo de Víctor Ama
deo. Así este hombre funesto, que antes habia ocasionado la
ruina de la independencia. por su inconcebible defeccion á la
causa del pais, dió ahora tambien motivo á que la cuádruple
alianza, bajo pretesto de poner un dique á su arbitrariedad
inmensa, remachase las cadenas que sujetaban á Italia, y de
nuevo repartiese la Península, como los antiguos pretorianos se
dividian el botin tras larga y sangrienta accion. Por el célebre
tratado, pues, de 1720, el Austria se posesionó de las Dos-Si
cilias, á cada una de las cuales dió un virey; Palermo se vió
177

amenazado con la inespugnable fortaleza que sobre su cabeza


se elevó; Milan obtuvo un simple gobernador; los españoles
se retiraron ante el águila negra de cabeza doble, y Víctor
Amadeo cambió su título de Rey de Sicilia por el de Rey de
Cerdeña, cuya monarquía tuvo en tan cumplido patricio su
orígen y fundamento. Quizás se nos llame exagerados cuando,
hablando el lenguaje de la verdad, juzgamos severamente al
primer Monarca sardo; sin embargo, no lo somos. Cuando con
templamos en nuestros dias á la seducida Italia, la cual, hacien
do coro á un Rey de Cerdeña que tiene mucho parecido con el
fundador de su dinastía, y que de comun acuerdo, sencilla
mente por parte de los pueblos alucinados, maliciosamente
por parte del actual Soberano del Piamonte, se acusa á la San
ta Sede de haber entregado á Italia en manos del estranjero,
que la Casa de Saboya llamó,á quien la misma ayudó y al que
debe su Trono y su Corona y provincias enteras recibidas en
pago de su anterior desercion, compréndase que la indigna
cion debe consumirnos, y que es preciso que la propia digni
dad venga á templar los arranques de nuestra justa cólera.
Entre tanto los Farnesios y los Médicis tocaban á su fin,
y la historia se aprestaba á recoger sus nombres, que no de
bian resonar de nuevo, brillando sobre los Tronos de Parma y
de Toscana. El heredero legítimo del ducado de Parma lo
era un príncipe español, nieto del Duque reinante é hijo del
Rey de España; pero el Emperador, que destruyó el derecho
feudal de la Santa Sede sobre Sicilia yCerdeña, invocando el
derecho que la usurpacion le dió, exigió el homenage debido á
la Cátedra Apostólica para su imperial diadema. Á tan absur
da exigencia, que hacia gala de hollar los derechos Pontifi
cios que los Papas reclamaban sin cesar;á tan infundada pe
ticion, que humillaba á la Cátedra de San Pedro y al futuro
Duque; á trasgresion tan manifiesta y osada del derecho de
los siglos, ni podia acceder la Silla del Pescador, lastimada en
justa causa, ni asentir el orgullo de la Casa de Borbon.
Por otra parte se enredaba mucho la sucesion al ducado de
Toscana, que estaba tambien vinculado al mismo Príncipe
D. Cárlos, pero á quien se pedia tambien, para ceñir la ducal
12
178

corona, el reconocimiento del alto dominio de los Césares. Los


ánimos empezaban á exasperarse, y la antigua enemistad del
Austria y de España comenzaba á renacer de sus cenizas,
conmoviendo la Península, que si antes padeció por su íntima
union y demasiada afeccion, ahora sufria los efectos de su des
acuerdo y de sus celos, los cuales al fin se revelaron en una guer
ra en 1730. El Emperador ordenó á sus guarniciones de Milan
que se posesionasen de Parma y de Plasencia; Felipe V mandó
á su hijo que ocupase militarmente la Toscana. Entre tanto, y
en medio de los choques y las luchas que engendró la ambicion
estranjera, habian hecho oir al mundo sus protestas contra la
violenta éinjusta usurpacion, consumada en menosprecio de
los derechos pontificios, Inocencio XIII y Benedicto XIII,
que solo consiguió recobrará Commachio de entre las manos
del Austria: en cuanto á Clemente XII, su voz se perdió entre
el estruendo de las armas, y se estrelló ante los nefandos pla
nes de los que intentaban esclavizar masy mas á Italia. Como
el mismo decia: Parecia que desde principios del siglo se ha
bian encargado las cortes de Europa de reemplazar la antigua
veneracion que á la Santa Sede se profesaba, con la mas in
conveniente altanería y la mas inicua arbitrariedad. En
vano, pues, reclamó: el príncipe español se avino al fin á pres
tar el homenage pedido por el Austria, y el Pontificado se vió
vilmente despojado de un legítimo derecho que hacia doscien
tos años le venia perteneciendo. En vano se hicieron negocia
ciones con objeto de que la Santa Sede renunciase á lo que le
habian arrebatado; el Papa, por el contrario, invocando la jus
ticia de su causa, protestaba de nuevo,y reclamaba la propie
dad violentamente usurpada al Patrimonio de San Pedro y de
la Iglesia.
La derrota que en la eléccion de Rey para Polonia sufrió
Luis XV de Francia por este tiempo, abocó al mundo á una
guerra europea, yvolvióá conmover mas hondamente la Pe
nínsula, para acabarla de hacer girones. Víctor Amadeo habia
abdicado la corona de Cerdeña en su hijo Cárlos Manuel I,
en quien la ambicion lo absorbia y dominaba todo, como lo
probó obligandoá su padre, que pretendió volver al trono, á

-
179

que se restituyese á su retiro. Francia y España se unieron, y


el Monarca sardo, que vió una ocasion fácil para estender sus
dominios, se coligó con las dos naciones ya citadas para hacer
la guerra al Austria, que habia destruido los planes de
Luis XV. Convinieron las potencias aliadas en el reparto del
botin antes de empezar la lucha, y decidieron que el infante
D. Cárlos abandonase Parma y Toscana á su hermano D. Fe
lipe, y que él ceñiria la corona de las Dos-Sicilias: que áCer
deña se uniria el Milanesado, y que Francia agregaria á sus
dominios la Saboya con todo su territorio. Átan innobles pro
yectos, que intentaban acabar de reducir á la servidumbre á
Italia, ni Roma, ni Génova, ni Venecia quisieron asentir: veian
al estranjero dominando el pais del uno al otro confin, y pre
firieron la medianía de que nos habla Horacio, á la opulencia,
, fruto de la traicion y el crímen. La guerra empezó al punto;
las tropas francesas lucharon con buen éxito: la marcha de don
Cárlos no encontró obstáculos; pero Cárlos Manuel vacilaba, y
solo prestaba un apoyo dudoso: era, pues, preciso concluir si
la Italia se habia de dividir entre austriacos, españoles y fran
ceses. El tratado de Viena de 1735 consumó la obra de la es
clavitud peninsular, y aunque con algunasvariaciones, nuevos
grillos sujetaron al pais. El príncipe español fue proclamado
Rey de las Dos-Sicilias con la presidencia ó dominio feudal so
bre Toscana: el Austria conservó el Milanesadoyse quedó con
Parma y el Plasentino en cambio de Tortona y de Novara,
adjudicadas á Cárlos Manuel: solo Francia conservó el statu
quo. De esta manera perecia un nuevo Estado italiano, el du
cado de Parma y de Plasencia, en beneficio del Austria: de este
modo se volvian á hollar los derechos de la Santa Sede, que
de nuevo levantaba su voz ante el universo entero, reclaman
do y protestando contra aquel reparto impío, verdadero aten
tado contra la justicia de la Cátedra Apostólica y contra la li
bertad de un pueblo. Así la Toscana se hacia tambien patri
monio de la Casa de los Césares, por el archiduque Francisco
Estéban de Lorena, que lo obtuvo; y la unidad y la indepen
dencia,á cuyo nombre intentaron las naciones estranjeras con
moverá Italia, fueron de nuevo una mentira cruel y un sar
180

casmo impío. Solo el Rey de Cerdeña vió en la Península au


mentado su territorio, como un premio á la cooperacion pres
tada á los pueblos estraños, que dividieron y destrozaron el
pais.
El Emperador murió en 1740, y la sucesion á la diadema
imperial debia producir nuevos conflictos. La Reina de Espa
ña, Isabel de Farnesio, pidió al punto el ducado de Parma y
de Plasencia para su hijo D. Felipe, y Cárlos Manuel exigió la
entrega inmediata del Milanés; pero María Teresa de Austria,
débil mujer, se negó á humillar su dignidad obedeciendo tan
imperiosas y desmedidas pretensiones. España, Francia, Nápo
les y Cerdeña la declararon la guerra, y encendieron de nue
vo en la Península aquella horrible tea, que tantos siglos ha
cia la venia consumiendo. Para hacer mas simpática su accion
y que no se acusase al estranjero de intervenir en los negocios
de Italia, á la cual se oprimia, volvióá hablarse de independen
cia por los dominadores, que los pueblos rechazaban, y se enta
blaron negociaciones con la Santa Sede y con Venecia para
mezclarlas en la lucha, y tomar parte en su propia ruina, que
veian en los planes de la Casa de Borbon y de Saboya. Bene
dicto XIV, el gran Lambertini, acababa de ocupar la Cátedra
Apostólica, y su primer paso de Soberano fue la noble res
puesta dada á los Monarcas aliados. El Papa pedia la retirada
inmediata de las tropas estranjeras, que empezaban á invadir
la Península; exigia se dejase á los pueblos obrar por sí, y
creia que siendo asunto peculiar de Italia, solo los Soberanos
italianos tenian derecho á inmiscuirse en ello, formando entre
todos alianza para combatir al enemigo comun, y uniéndose
en confederacion, segun la idea del inmortal Alejandro III.
Venecia siguió en un todo el dictámen pontificio, adhiriéndose
con entusiasmo á tan grandiosa idea. Mas como no era la li
bertad de Italia lo que se queria por las potencias unidas, vien
do que no se podia burlar el patriotismo de los dos mas ge
nuinos representantes de la independencia del pais, se acordó
empezar las hostilidades sin contar con ellos, como lo verificó
el general Montemar invadiendo el Parmesano con las tropas
españolas, que arrollaron cuanto detuvo su paso. Cárlos Ma
181

nuel I, sin favorecerá la Península, fue en esta ocasion el


que desbarató los planes de los Borbones en beneficio propio.
Recordaba lo ejecutado por su padre, y seguia su política en
todo: no recaudaba nobleza, es verdad; pero adquiria territo
rios con que engrandecer su reducido reino. Calculando que
los aliados no le entregarian el Milanesado con el cual soñaba,
como premio de su ayuda en la obra de dividir y esclavizará
Italia, se hizo regatear, dice Zeller, para ganar de seguro; y
despues de negociar con ellos, trató de repente con el Austria,
con quien se comprometió á defender el Milanés, Roma y Pla
sencia contra sus antiguos compañeros de armas, á condicion
de una nueva cesion de territorio en beneficio de Cerdeña (1).
Como se ve, el hijo era digno del padre: consumaba una traicion
mas, con la cual heria á su pais y se cubria de oprobio fal
tando á su palabra real; pero el engrandecimiento de su novel
monarquía lo encubria todo, y su ambicion desmedida re
putaba por buenos todos los medios, si daban el fin apetecido.
Así fue que al punto unió sus soldados á las tropas austria
cas, y en combinacion con una escuadra inglesa que asestó
sus cañones sobre Nápoles, derrotó á las fuerzas coligadas en
la accion de Campo Santo.
El orgullo de la victoria cegó á los ejércitos austro-sardos,
que osaron invadir el territorio Pontificio; pero los súbditos
de la Santa Sede no se dejaban engañar tan fácilmente, y
aquellas tropas aguerridas tuvieron que desalojará Viterbo,
cuyos habitantes las arrojaron á palos y pedradas, sufrien
do un revés inmenso. Con efecto: una derrota indecible
en que las fuerzas del Austria se vieron arrolladas hasta el
Mincio, perdiendo á Alejandría, Parma, Plasencia, Toscana y
Milan, y en la que los ejércitos del Piamonte fueron deshechos
en Bassignano por las tropas españolas, que los arrojaron á los
Alpes, decidióá Cárlos Manuel á intentar composiciones con
la Francia y las demas potencias unidas. Francia le ofreció
el Milanesado al Monarca sardo, que no satisfecho con tal pre
sa retiró sus proposiciones; mas era preciso recompensar tam

(1) Julio Zeller: Historia de Italia, tomo II, cap. XVIII, pág. 152.

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182

bien á Génova, que se habia unido á los aliados, y no fue


dable complacer al Soberano sardo. Entre tanto se dió en 1746
en los campos de Plasencia la batalla que decidió de la lucha,
en la cual los franco-españoles fueron vencidos por completo,
perdiendo mas de doce mil hombres en la accion, y ya se hizo
forzoso pensar en la paz, que se firmó por fin en Aquisgram
en 1748, volviendo ávariar el modo de existir de Italia. El
príncipe español D. Cárlos fue confirmado en el trono de las
Dos-Sicilias: el Austria obtuvo áToscana por el Emperador
Francisco de Lorena, á condicion de hacerla independiente con
un príncipe á su cabeza: Milan continuó formando parte del
imperio: el infante D. Felipe obtuvo á Parma, el Plasentino y
Guastalla, y Cárlos Manuel se vió recompensado con el alto
Novarés y Vigavanno. De esta manera el Monarca de Cerdeña,
que, segun el dicho de Zeller, comparaba la Italia á una alca
chofa, que se comia hoja á hoja, pudo estender su territorio y
acrecentar sus dominios, merced á la defeccion que consumó
con todos los que trató, y gracias al celo que mostró en ayudar
al Austria, á quien su padre introdujo en la Península, y á la
que sus hijos hacen hoy tan cruda guerra.
Á tantos horrores, á tamaños desastres, á tan miserables
luchas, en que el egoismo y el orgullo lo hacian todo, vinie
ron á agregarse las convulsiones que debia producir el janse
nismo, lleno de odio á la Esposa del Cordero y de saña contra
el Pontificado. En 1759 pasó el Rey Cárlos de Nápoles á ocu
par el trono de España con el nombre de Cárlos III, por falle
cimiento de su hermano mayor Fernando VI, abandonando la
diadema siciliana á su hijo segundo Fernando IV, que quedó
bajo la tutela del primer ministro Tanucci. Al mismo tiempo
moria D. Felipe de Parma, y entraba á regir el ducado, du
rante la minoría del jóven Fernando, el célebre Dutillot, en
tanto que Leopoldo I, hermano del Emperador José II de
Austria, ocupaba el trono ducal de la Toscana. Era este el
gran dia con que soñaba el jansenismo, el cual con tantos secta
rios suyos soberanos en Italia tomaba así posesion de la Penín
sula para conmoverla mas, añadiendo la escision religiosa á
las disidencias civiles que dividian los ánimos. Muchos dias de
183

angustia esperaban á la Iglesia y á su Jefe, pero tambien vic


torias inmarcesibles; que no se ciñe el laurel sin dar antes la
batalla. El pacto de familia celebrado en 1761, y que hacia
un asunto particular de las cuestiones mas grandes é impo
nentes que jamás agitaron al mundo, dió su apoyo al janse
nismo y llevó las ideas francesas áItalia para acabarla de des
garrar el seno. Cátedras, liceos, gimnasios, escuelas, todo se
vió invadido por la doctrina heterodoxa, que llevaba como
auxiliar en su destructora obra á la inmunda filosofía del si
glo XVIII, la cual debia á su vez derrocarlo y envilecerlo todo.
Las ciencias, la administracion, la justicia, hasta el arte, la
agricultura y el comercio, fueron jansenistas; y unidos todos,
Soberanos y maestros, filósofos y artistas, principiaron á la
faz del sol su innoble guerra, arrancando á la Iglesia los diez
mos, que dijeron antes ser su único derecho y propiedad, abo
liendo el fuero y la inmunidad eclesiástica, que hasta los pue
blos mas bárbaros respetaron en sus sacerdotes y en sus tem
plos, y sometiendo las Bulas Pontificias al exámen del Consejo
y pase del Soberano. Estos no fueron mas que los anuncios de
lo que despues ocurriria; porque al poco tiempo Viena, Par
ma, Nápoles, Toscana y la Cerdeña, reunidos y convenidos,
hicieron verá la Italia que, en nombre de la libertad y del
progreso, retrocedian á los tiempos del bajo imperio, y escla
vizaban al verdadero Jefe de la Península, al sucesor de San
Pedro, sin duda por no haber querido participar en el crímen
que á ellos les fue comun cuando con sus armas destrozaron
impíos la independencia de Italia.
En efecto; Roma habia sido el muro de bronce que nada
habia podido avasallar; y ante aquella firmeza severa éin
flexible se estrellaron entonces, como siempre, los consejos de
los Reyes y los planes de los diplomáticos y empiristas. La
Francia, que era el manantial fecundo de los males que á la
Península aquejaban; la Francia, que hacia caer sobre el ter
ritorio italiano las doctrinas jansenistas como otros tantos con
ductores de la desolacion y de la muerte; la Francia, que inun
daba el pais con las ateas é infames producciones de Voltaire
y de Rousseau, no podia ver con satisfaccion que la capital

* -- * --- * --,
184

del mundo cristiano, el centro de la verdad católica, el asiento


de la justicia y el derecho, y el ángel de la independencia, con
denasen los escesos en Italia cometidos, y que ciudades de la
importancia de Venecia, que se mantuvo firme hasta enton
ces, y de Génova, vuelta al buen acuerdo, aplaudiesen las no
bles palabras y justas protestas de la Santa Sede. Mientras
llegaba, pues, la hora de herir á la Ciudad Eterna, forzoso era
lastimará sus poderosas aliadas. Con este fin el gobierno fran
cés introdujo la division en Córcega, alimentó sus quejas, y
poniéndole en abierta rebelion con Génova, cayó luego sobre
ella, deshizo el gobierno que los corsos se dieron, y un de
creto de Luis XV anunciaba pocos dias despues al mundo que
la Córcega formaba parte de Francia. ¡Providencia de Dios!
¡El 15 de agosto de 1769 nacia francés Napoleon para castigar
mas tarde los errores de los Reyes y las aberraciones de los
pueblos
Durante estos sucesos se habian declarado en abierta lucha
con el Pontificado y con la Iglesia los gobiernos de Francia,
España y Portugal, con motivo de la injusta y arbitraria es
pulsion de los Jesuitas. Nápoles tambien siguió la senda que
en otros paises emprendieron los Borbones, y Parma no quiso
ser menos que los anteriores Estados en una guerra que podia
ser abundante en despojos, aunque en tiempos dados abun
dante tambien en terribles y justas expiaciones. Era aquel un
complot justamente contra la Cátedra Apostólica, á quien to
dos debian sus Coronas: la Casa de Braganza por D. Pedro de
Portugal, al cual sostuvieron los Papas, reconociendo su legi
timidad contra las pujantes reclamaciones de la España: la
Casa de Borbon por Enrique IV de Francia, al que prestaron
un inmenso apoyo moral Sixto V y Clemente VIII, que por
sostener la causa del Bearnés chocaron mas de una vez con la
prepotente Casa austro-española. Clemente XIII, que á la sazon
ocupaba la Silla de San Pedro, como Jefe de la Iglesia, pro
testó, reclamó y levantó su voz tan alto como pudo contra
aquel nuevo atropello que despóticamente consumaban los
Monarcas de la tierra: como señor feudal legítimo de todo el
ducado de Parma, hizo ver al Gran Duque, su vasallo, la felo

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—– - — - — — ---=— –—. —
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185

nía que llevaba á cabo rebelándose contra el príncipe á quien


debia homenage; y viendo, en fin, que el acento de su autori
dad era desoido, pidió sus luces al cielo, y, severo é imponente
como la justicia del Eterno, declaró temerarios los actos que
consumaron los gobiernos, atentatorios á la Iglesia y á los Pon
tífices y á sus seculares éinalienables derechos; lanzó la esco
munion sobre los que llevaron á cabo tal cúmulo de maldades
como se habian perpetrado, y tranquilo esperó resignado los
sucesos. El Duque de Parma protestó: las cortes de Paris y
Nápoles exigieron la retirada del Breve de condenacion, mas
el Papa se negó. No dejaron perder esta ocasion ni Choiseul
en Francia ni Tanucci en Nápoles; porque en tanto que el
primero se apoderaba por la fuerza de Aviñon y el Venesino,
el segundo retenia violentamente á Benevento y Pontecorvo.
Era la guerra de siempre; lucha innoble y miserable, cuyo
objeto era dominar á la Santa Sede para imponerle con la
opresion sus caprichos, y hacer santificar aquellas múltiples
maldades, que siempre condenaban con teson y apostólica
firmeza los sucesores del antiguo Pescador.
Al mismo tiempo Venecia echaba en olvido pasados favo
res, cubria con el velo del desprecio los inmensos beneficios
que á la Cátedra Apostólica debia, y se unia á los enemigos
de la Santa Sede. Y como en la senda del mal no es posible
detenerse fácilmente, añadió la república á la ingratitud el ul
traje, y al mismo tiempo que prohibia, las donaciones de in
muebles al clero, que de ellos se despojó por cubrir las necesi
dades de la patria en sus antiguas luchas con los sarracenos,
ponia con impiedad pasmosa un dique á los votos religiosos.
Sin embargo, nofue Venecia la única que holló con su ingrata
planta los recuerdos del pasado: Francisco de Módena abolió
la inmunidad eclesiástica, y pidió la entrega de Ferrara, mien
tras que Génova obligaba al Nuncio á pagar seis mil ducados
por llenar su legacía y cumplir su cometido. Finalmente, el
Cristianismo en masa se sublevaba, inspirado por la Reforma,
el jansenismo y la falsa filosofía, contra los Papas, tan unáni
memente como en pasadossiglos se levantaba ásu acento para
cruzarse y morir en Palestina... ¿Cómo se esplica aqueste gran

- "
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186

misterio...? ¡Ah! por mas que sea preciso encenagarse en ese


lodo inmundo en que las naciones del siglo XVIII se revuelven
y se agitan; por mas que la conciencia y el honor se subleven
á la vista de tanto y tan asqueroso fango, fuerza será entrar
por él, si hemos de contestará la pregunta que dejamos con
signada. Por parte de los gobiernos habia hambre de sacudir
todo yugo, y rechazaban y condenaban el Pontificado como
añeja institucion: por parte de la Reforma y el jansenismo,
de la herejía y la impiedad, habia sed de destruir á los Jesui
tas, que los desenmascararon, que los dieron á conocer en su
horrible deformidad; y siendo sostenedores de la Santa Sede,
como esta lo fue siempre de la verdad y el bien, preciso era
asestar tiros enormes á tan gran institucion: por parte de los
Reyes y los pueblos habia hambre y sed de los bienes de los
hijos de Loyola; y esa hambre y esa sed de Reyes y de go
biernos, de pueblos y de heterodoxos, combinada, revuelta y
confundida entre sí, daba vida á aquella rabia terrible con
que á la Cátedra Apostólica, siempre firme en su derecho, se
combatia y se insultaba. Ademas, España no olvidaba que la
Santa Sede se negó á prestarle apoyo para volverá dominar
en Italia: Francia recordaba los buenos tiempos de Aviñon, y
traia á su memoria las repulsas que sufrió del sucesor de San
Pedro en sus planes liberticidas; Nápoles pretendia eliminarse
del vasallaje debido á la Cátedra de San Pedro por sus domi
nios de Sicilia; Cerdeña aspiraba á la reduccion del territorio
Pontificio en provecho del Piamonte; Módena queria á Ferra
ra; Venecia buscaba la vida, que ya empezaba á faltarle en
pena de su apostasía, en aquella agitacion que consumia las
fuerzas del pais; Génova solicitaba tesoros que la elevasen so
bre su eterna rival del Adriático, y Portugal, sometido á su
primer ministro Pombal, deseaba vengar el ultraje que se le
hiciera negando la púrpura á su criminal hermano. Tales fue
ron las causas de esa guerra inmund que parecia no poder
recibir incremento alguno, y se creia medio activo y suficiente
para anonadar al Pontificado. Y sin embargo de que el ataque
se hizo mas terrible por la unidad de accion que le imprimió
el Austria, á cuyas manos vinieron todos los cetros de Italia
187

por los matrimonios celebrados con los Soberanos de Nápo


les, Cerdeña, Parma y Módena, ¡ellos pasaron y el Pontificado
vive!
Entre tanto, habia sido suprimida por Bula pontificia, ar
rancada con la amenaza y la fuerza al inerme Clemente XIV,
la Compañía de Jesus. En vano rogó el Papa le dejasen morir
en paz y le evitasen un remordimiento eterno: en balde se ar
rastróá los pies de los embajadores, y con lágrimas, que árau
dales brotaban de sus ojos, les suplicó compadeciesen su an
cianidad, se doliesen de sus enfermedades y respetasen sus
canas: inútilmente rasgó sus vestiduras y mostró su cuerpo
seco, descarnado, horrible, consumido y cubierto de herpes, á
aquellos mentidos caballeros, que altaneros é inflexibles goza
ban con el dolor del anciano, con la pena del sacerdote, con el
llanto del Padre, con el abatimiento del Soberano y con la es
clavitud del Pontífice. Los representantes de las potencias, que
en su profundo delirio se habian hecho una necesidad de es
tirpar el nombre de Jesuita, y que en su odio á tan gran insti
tucion hubieran deseado borrar los recuerdos, llenos de gloria,
de la Compañía, no escucharon nada, no vieron, no quisieron
ver cosa alguna. Floridablanca, enviado de España, fue el prin
cipal verdugo del Santo Padre, á quien no dejó un momento
de reposo, un instante de sosiego, constituyéndose en su som
bra, y pidiéndole altivo y amenazador acabase de una vez,
manifestando su voluntad de hacer la paz ó la guerra con Eu
ropa. Clemente XIV era hombre de paz, espíritu lleno de man
sedumbre y de uncion, débil quizás... y accedió, tras un pro
longado martirio, en que el cielo no le concedió la gracia de
sucumbir, publicando en medio de una espantosa agonía la
Bula Dominus ac Redemptor, que vino á herir la vocacion ge
nerosa de los hijos de Loyola, los cuales solo encontraron un
asilo en la protestante Prusia y en la cismática corte de los
Czares. El Papa coronó su obra dando el capelo al hermano de
Pombal, el obispado de Coimbra al jansenista Pereira; pero
nada le pudo devolver la salud por que tanto suspiraba. Bien
pudo decir que los Soberanos de Europa le habian asesinado;
porque desinquietoy con remordimientos eternos que no le

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188

dejaban gozar un instante de sosiego, teniendo que soportar


las arbitrariedades de los gobiernos jansenistas, recorriendo á
grandes pasos los inmensos salones del Vaticano, en que lúgu
bre resonaba su voz, cuando esclamaba: Compulsus feci,
Perdon, vino por fin á morir de un modo súbito éinespera
do, que debió llevar el remordimiento á las naciones que su
existencia amargaron , si hubiesen sido capaces de tener
remordimientos.
Pio VI ocupó su puesto, anunciando al cónclave que su
eleccion consumaba su desgracia. En efecto, la Italia, dice el
ya citado Zeller, se veia impulsada á recorrer una pendiente,
en que ya no le era posible retroceder (1); tenia que bajar
hasta el abismo si luego queria subir á la cima en que el sol
de la verdad y la justicia iluminase su descompuesto rostro;
porque habia algo mas fuerte que la política que la arrastra
ba, y eran las ideas francesas. Sin embargo: preciso es decirlo.
Los dueños de Italia hicieron una eleccion arbitraria de sus
principios, y los aplicaron con frecuencia sin medida y con
precipitacion. Adoptaron menos lo que era útil á los pueblos
que lo que era favorable á su poder; pensaron mas en refor
mar las instituciones eclesiásticas que las políticas; trabajaron
menos por la prosperidad moral y material de sus Estados,
que por el triunfo de sus opiniones filosóficas y jansenistas; y
declamando contra el despotismo clerical, lo destruyeron para
no tener freno en sus caprichos; y al mismo tiempo que grita
ban contra los abusos de la Iglesia, cuyos usos abolieron en
provecho propio, conservaron los defectos y hasta los crímenes
de sus gobiernos propios (2). Esto era tanto mas notable,
cuanto que del rompimiento de la alianza entre la Iglesia y el
Estado, fundamento en que siempre descansó la armonía so
cial, no podian menos de seguirse grandes trastornos, que, agi
tando las conciencias, concluyesen por ponerlo todo en com
bustion, con gran detrimento de los pueblos. Y así sucedió exac
tamente, con especialidad despues de la elevacion de Pio VI,

(1) Julio Zeller: Historia de Italia,tomo II,cap. xvIII, pág. 170.


(2) Id, id., id., pág. 171.

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que si bien comprendia la necesidad de algunas y determina


das reformas en el órden temporal, rechazaba en absoluto, con
ánimo enérgico y resuelto, cuanto tendiese ávariar el modo de
ser de la Iglesia. De una elocuencia persuasiva y de una firme
za singular, ardiente defensor de los derechos de la Santa
Sede, se levantaba como la imágen de la Justicia eternalá pe
dir cuenta de sus estravíos pasados á los Reyes y á los pue
blos. Mas no por eso le faltaba la calma, la prudencia, la bon
dad, no; y como una prueba de ello, dió tiempo á todos para
pronunciar una frase de arrepentimiento, mientras creaba en
Roma el museo Pio Clementino y hacia construir la magní
fica sacristía de San Pedro. Dejó que la conciencia hablase á
los pasados prevaricadores, en tanto que, mejorando la admi
nistracion, aplicando los conocimientos que el estudio y la es
periencia declararon útiles y cegando las lagunas Pontinas, foco
perenne de insalubridad y mal, terminaba el canal Sixto. Y
solo cuando aquella frase no se escuchó, cuando no se oyó la voz
del hijo pródigo, que llamaba angustiado á su buen Padre, solo
entonces cedió el Soberano el puesto al sucesor de San Pedro.
Yjustamente; porque el Austria se hallaba en fermenta
cion con las usurpaciones que en el órden religioso llevó á
cabo el Emperador José II. El César, que despreciaba la voz
de la ciencia, la cual le proponia en sus Estados las reformas que
imperiosamente exigia en los otros; el hombre que no tenia
ojos para ver las necesidades de su pais, mucho mas atrasado
en su época que ningun otro, se ocupaba en tanto en dismi
nuir las casas religiosas y en poner las pocas existentes bajo la
jurisdiccion episcopal, de su propia autoridad. Pretendia al
mismo tiempo, como Soberano, el derecho de nombrar los Obis
pos, variará su placer el número y los límites de las diócesis,
someter á un tipo las rentas de las iglesias, variar la categoría
parroquial, y ascender segun su voluntad al clero, mientras
que se hacia el mas absoluto y despótico de todos los Empe
radores, concentrando entre sus manos todo el poder adminis
trativo, legislativo y ejecutivo, aboliendo los consejos y comi
siones establecidas como un dique al poder. Fernando IV de
Nápoles, por otra parte, se negaba al pago del tributo de la
190

hacanea y de los seis mil ducados debidos á la Santa Sede,


combatia los institutos religiosos, y dispersaba al clero; pero
no osaba atacar al feudalismo, que hacia de la Sicilia un mon
ton inmenso de ruinas, sobre las que lloraba el colono, mas
sobre las cuales celebraba sus orgías el jefe de bandoleros, la
impudente prostituta ó el delicado baron, que se nutria con el
sudor de susvasallos, reduciéndoles á la mas grande miseria
que jamás vieron los tiempos. El duque de Toscana se habia
convertido en una especie de Pontífice en sus Estados, que de
jaba empobrecer y arruinar, al mismo tiempo que los oprimia
violentamente. Y en tanto que licenciaba su ejército, so pre
testo de vivir en paz, llevaba la guerra á los espíritus y la
duda á las conciencias, redactaba el programa á que se habian
de ajustar las oposiciones á curatos, prohibia devociones y
prácticas piadosas, y así condenaba la lectura de ciertas obras
místicas y ascéticas como recomendaba con todo su poder el
Augustinus, que, segun su dictámen, se dió al hombre para
ilustrar su fe y elevarle al estado de la gracia. El Sínodo de
Pistoya, convocado por su mandato, y congregado bajo la pre
sidencia de Scipion de Ricci, fue el summum de las aberracio
nes de aquel vertiginoso Leopoldo, á quien la locura de refor
mar la Iglesia trastornó completamente. Hechura el Prelado
Ricci del Gran Duque, y entusiasta como él por las doctrinas
de Jansenio, fácil era prever que el espíritu heterodoxo del
mal inspiraria á los asistentes al tan renombrado Sínodo. Con
verdad se opinó así, porque los congregantes no se detuvieron
en su marcha. Roma no tenia jurisdiccion sobre los Obispos
y presbíteros de los demas paises; el Sumo Pontífice no era
mas que el Obispo de la Ciudad Eterna, y solo merecia un
primado de honor y de respeto; su infalibilidad era dudosa; el
culto debia darse y celebrarse los misterios religiosos en len
gua vulgar; debian abolirse las imágenes y las indulgencias, y
por tanto el purgatorio se eliminaba tambien de la doctrina
que el Sínodo queria imponer á los pueblos para satisfacer los
deseos del Gran Duque Leopoldo (1), Italia toda se conmovió,

(1) JulioZeller: Historia de Italia, tomo II, cap. xvIII, pág. 173.

* _=
191

y probó entonces que es el pais de la fe: la Península puso en


aquella ocasion de manifiesto sus virtudes religiosas al lado
de los vicios y locuras de sus alucinados Soberanos.
Pio VI, conociendo que José II era el instigador de cuanto
ocurria en Italia, habia marchado ya á Viena para avistarse
con el Emperador, y ver de arreglar las cuestiones que traian
profundamente revuelto al pais en toda su estension. Es ver
dad que el viaje del Papa fue un verdadero triunfo: es cierto
que encontró todo el camino cubierto de poblaciones enteras
que, arrodilladas, pedian su bendicion; pero tambien lo es que
el Pontífice y el Soberano fueron indignamente tratados por
el César, que no supo hacer respetar su majestad respetando á
su vez la ajena. José ll y su primer ministro hicieron enten
der al Papa que les era molesta su visita. Ánadie, ni aun á los
Obispos y al clero, se permitió la entrada en las habitaciones
que ocupaba el Santo Padre, las cuales se circundaron de guar
dias y de centinelas, que mas parecian tenerle cautivo que
huésped; ni el Emperador asistió al oficio Pontificio, ni el mi
nistro pasó á visitar al sucesor de San Pedro; ni el César es
cuchó los clamores de Pio VI, ni aquel grosero aleman, que
ocupaba el ministerio, se dignó estrechar la mano del Papa,
que, por el contrario, rechazaba con toda fiereza, sacudiéndola
fuertemente. Por todas partes, en fin, amarguras, sufrimientos,
humillaciones. Restaba aun que intentar la última, y el Sumo
Pontífice la intentó, deseoso de sufrirlo todo por la causa
de la Iglesia. Aunque el ministro no le habia visitado,
como hemos dicho, el Papa, con pretesto de ver la galería de
pinturas de aquel personaje, se dirigió á su casa, á fin de
hablarle sobre la escision que estaba asesinando sin piedad á
Italia; pero el ministro osó hacer lo que no hubiera llevado á
cabo el hombre mas abyecto y miserable; se presentó á Pio VI,
Pontífice Máximo de la Iglesia católica, Soberano temporal de
los Estados de San Pedro, en traje completo de mañana. El
Santo Padre tuvo dignidad bastante para retirarse al punto,
convencido de que no era posible obtener cosa alguna de los
hombres, y se decidió á marchar de nuevo á Roma, despues
de haber fortalecido con su presencia al clero, que se mostró
192

á la altura de su sagrada mision. José II le acompañó hasta


Mariabrunn; pero para demostrar que no deseaba conservar
recúerdo alguno del noble y santo viajero, que acababa de par
tir, en el momento de retirarse Pio VI suprimió el monasterio
en que se consumó la despedida.
El dolor y la amargura inundaban el alma del Pontífice,
que al fin tuvo que usar de su omnipotente autoridad. En pre
sencia de tanto escándalo, y cuando los Soberanos no habian
querido escuchar la voz del Monarca, forzoso era que el mun
do todo oyese el acento del Pontífice:y, con efecto, en 1789 pu
blicó la Bula Auctorem fidei, en la cual condenó los principios
proclamados en Pistoya, y que se habian infiltrado en algunos
otros puntos de la Península que empezaba á inficionarse.
Pero pronto los ánimos, preocupados con los males que traba
jaban á Italia, se volvieron hácia Francia, donde acababa de es
tallar con toda su fuerza y su pujanza la Revolucion mas im
pía y mas horrible que nunca presenció la tierra, como para
hacer justicia á las previsiones y consejos de los Papas.

IX.

Reino italiano.

Desde 1789 á 1814.

La Revolucion francesa, iniciada en 1789, podia mostrarse


satisfecha de su destructora obra. Poco á poco habia avanzado
en el camino del crímen; y prendiendo á Luis XVI é introdu
ciendo el cisma, habia arrojado la máscara con que en un prin
cipio se encubrió. En su rabiosa sed de sangre, habia decapi
tado y dado muerte á la parte mas noble y digna de la Fran
cia; y en su afan de esterminio y de venganza, habia insulta
do y escarnecido cuanto la sociedad respeta. El martirio fue la
recompensa de la dignidad, la virtud y la abnegacion sacerdo
tal; el cadalso el premio otorgado á las bondades de Luis XVI
y á las debilidades de su familia; el llanto y la desolacion la
retribucion concedida al buen sentido.¡Oh! La Francia escribia
193

en aquellos dias sobre fango, y con caractéres destilando san


gre, su historia, que no es por cierto la del pueblo que des
ciende de Carlo-Magno y San Luis, de Enrique IV y de
Luis XIV. Y entre el cieno que la filosofía hacinaba y la san
gre que vertia la demagogia; entre el vicio que la enciclope
dia entronizaba, y la herejía y el ateismo que el jansenismo
traia, imponente y aterrador, surgió el año 1789, y con él la
Convencion. Y se hundieron tronos, y rodaron coronas, y ca
yeron cabezas, y reinó el Terror, y los hijos de la Francia del
siglo XVIII pudieron, en nombre de la libertad, de la igualdad
y de la fraternidad, envidiar los tiempos en que poblaban los
drúidas sus bosques, y en que prestaban su culto al dios mis
terioso de las selvas los antiguos y feroces galos: porque los
templos fueron violados, el culto del verdadero Dios y su Santo
nombre abolidos, las fiestas suprimidas, las propiedades par
ticulares y de la Iglesia arrebatadas, los nobles cazados como
fieras, y la Bretaña diezmada y destruida. Así, cuando en
nombre de la razon, que todo venia á ilustrarlo, segun el
lenguaje filosófico, se proscribia á Dios, se perseguia, encar
celaba y hacia morirá sus ministros, se profanaban los luga
res santos, y sin respetar las tumbas de los que fueron, se
hacia de la Francia un enorme monton de cadáveres y de rui
nas; cuando al mismo tiempo que toda la familia Real moria
en el cadalso, se entregaba al inocente Delfin al miserable y
cruel zapatero Simon para que á latigazos lo educase; cuando
mientras se reducian á cenizas las efigies de los Santos, se ce
lebraban las sacrílegas fiestas de la Libertad y de la Razon;
cuando sucumbian en los patíbulos mas de ocho millones de
franceses ilustres por su virtud, su cuna, su ciencia ó su hon
radez, en tanto que en la tribuna gritaba Robespierre: ¡Ma
tad, matad; sangre, sangre; si no, perecemos!'; cuando se fes
tejaba á Voltaire en el panteon con la hecatombe humana, al
mismo tiempo que merecia un lugar en los altares la peluca
de Rousseau al ronco son de las voces que entonaban el Zairá;
cuando por decretos supremos se prohibia el estudio de la ora
toria, la música, la metafísica y la poesía,y se ordenaba que
fuesen absolutamente iguales los talentosy los espíritus;cuan
13
194

do se preceptuaba que nadie fuese osado á enseñar la medici


na, la jurisprudencia y la teología y se cerraban todas las aca
demias del reino; cuando se robaban por los tiranos que regian
la Hacienda seis mil millones de libras, las cuales enriquecian
á las cortesanas, empobreciendo al pueblo aterrado; cuando
las calles de Paris, cubiertas de sangre y de restos humanos
durante seis años, ofrecian á la vista un ejército de perros
que devoraban los cuerpos inanimados de los que en el suplicio
perecieron; cuando el convencionista Classel proponia la venta
de todas las iglesias y se prohibia todo culto que no fuese el
decretado por la nacion, seguro era, era cierto que no dejaria
de inquietarse y de atormentarse por todos los medios posi
bles é imaginables al representante de aquel Dios, que la Con
vencion eliminó de sus creencias (1).
Con efecto; si alguno tenia derecho para reprochar sus
maldades á la Revolucion, y ponerse frente á frente de ella y
combatir su impiedad, era sin duda la Santa Sede, que no
habiendo sostenido sus principiosy sus horribles teorías como
los demas soberanos de Europa, no estaba ligada, como ellos,
á sufrir las consecuencias de su anterior conducta, ni menos
abrigaba, como los demas Monarcas, el remordimiento inmen
so de haber atraido sobre el mundo aquellos infaustos dias de
vertigo y de locura, en que todo se sacrificaba sin piedad.
Pio VI, pues, desde su elevado puesto, condenó por la Bula
Charitas los primeros pasos que en la senda del mal dió la
Revolucion con la constitucion civil del clero, declarando
nulas las consagraciones de los Obispos intrusos y suspen
diendo á los que ya estaban consagrados. Y despues de lanzar
su mas tremendo anatema sobre la Asamblea, que tantos
desastres engendraba, esperó tranquilo los sucesos, que no se
hicieron aguardar por mucho tiempo. El Austria declaró la
guerra á la Francia,y la Italia se vió envuelta entre el humo
de los cañones republicanos y los gritos de los poderes janse
nistas, que veian descargar la tormenta, que ellos provocaron,
sobre sus casas y tronos. Dios les hacia encontrarse en su ca

(1) Ceballos: Juicio final de Voltaire.


195

mino de iniquidad para que, duramente castigados, pesasen


en su conciencia los males que causaron á la Iglesia y á la
sociedad entera los que con su conducta y sus obras llamaron
á la Revolucion, que luego no pudieron contener.
Entre tanto trabajaban los francmasones en la Península
en pro de los intereses franceses, y suspiraban por el dia en
que la bandera tricolor republicana ondease en todas las for
talezas de Italia, cubriéndolas con su sombra. No tardó mucho
en verificarse así; porque las tropas de Víctor Amadeo II, que
no quiso abandonar al Austria, cuyos despojos se le ofrecieron
por los franceses, poco disciplinadas y nada aguerridas, huye
ron ante los soldados franceses acostumbrados á los combates,
los cuales se apoderaron de Saboya, Niza, Montalban y Vi
llafranca. Un decreto de la Convencion unió la Saboya y el
condado de Niza á la república francesa; pero la guerra habia
empezado, y no podia concluir con esta derrota del monarca
sardo, que no era mas que un auxiliar perpetuo del imperio,
objeto principal del odio y del rencor francés. Por otra parte,
las logias minaban el pais, le conmovian y escitaban á la re
belion, en tanto que inducian á los pueblos, en nombre de la
libertad, á arrojarse en brazos de los ejércitos estranjeros; y la
Península, desinquieta y turbada, vacilante éindecisa, no sabia
qué resolver en presencia del noble patriotismo y sublime
dignidad de la Santa Sede, del profundo desconcierto y abati
miento sin igual que trabajaba al Austria, Nápoles, la Cerde
ña y la Toscana, y á la vista de la traicion de Venecia que,
reconociendo la república, desertó de la causa del pais y
atrajo sobre su frente grandes manchas y horribles calamidades,
que hoy deplora todavía entre la sarcástica sonrisa de la Fran
cia, que la vendió, y el adusto ceño del Austria, que con sus
bayonetas la custodia cual prenda de gran valía.
La paz que Francia hizo por este tiempo con la Prusia y
con España permitió al Directorio llevar todas sus tropas á
Italia, poniendo al frente de ellas al jóven general Bonaparte,
el cual en pocos dias con sus aguerridas huestes derrotó á los
austriacos en Montenotte, Millesimo y Dego, desafiando de
nuevo al imperio en los llanos de Mondovi, y avanzando hasta
196

acampará diez leguas de Turin. Pueblos de Italia, decia el


vencedor en la proclama que dió el 21 de abril: el ejército
francés viene á romper vuestras cadenas: el pueblo francés es
amigo de todos los pueblos; venid á su encuentro: vuestras
propiedades, vuestras costumbres y vuestra religion serán
respetadas: hacemos la guerra como enemigos generosos á los
tiranos que os tienen esclavizados. Estas palabras que sesen
ta años mas tarde debian resonar de nuevo en la Península,
produjeron el eco que se deseaba; los pueblos abandonaroná
sus soberanos como estos habian abandonado á la Santa Sede
y á la Iglesia, y mientras todos los tronos vacilaban á impul
sos del vendaval revolucionario, que comenzaba á rugir entre
las turbas, y Víctor Amadeo, amagado de perder la corona en
la rebelion que promovieron los piamonteses á la voz de Bo
nafons y Renza, se veia obligado á solicitar la paz, entregando,
como garantía de su neutralidad durante la guerra, las plazas
de Alejandría y de Coni, solo la Silla Apostólica veia á sus
súbditos agruparse en torno á sí, y mirar, si no con odio, con
indiferencia al menos, los movimientos que presagiaban á
Italia los dias de su inmensa desventura.
Bonaparte habia conseguido del Monarca de Cerdeña lo
que apetecia: libre el camino por Alejandría, que le ofrecia
un paso seguro, custodiado por la guarnicion francesa que
ocupó al punto la plaza, avanzó hácia el corazon de Italia.
Parma tuvo que pagar dos millones, suministrar forraje y
granos á la caballería francesa, y enviar al Museo de Paris
veinte cuadros á eleccion del general republicano: Módena se
vió obligada á satisfacer seis millones; y cuando la batalla de
Llodi entregó el Milanesado á Bonaparte, que lo dominó todo
hasta el Mincio, impuso á la Lombardía una contribucion de
veinte millones. De este modo el amigo de todos los pueblos
se apoderaba de sus cajas, tesoros y museos, que iban á enri
quecer al abyecto Directorio. Mas no siempre se conformaban
con tales exacciones los pueblos que cayeron en el lazo que
las tropas francesas les tendieron. Pavía se alborotó, y negán
dose al pago de la contribucion que á la fuerza se le impuso,
se lanzó el pueblo sobre la guarnicion estranjera lleno de ira
197

y de enojo; pero el general, que venia á combatir á los tira


nos, acudió con nuevas tropas y castigó á la ciudad, entre
gándola, durante toda una noche, al capricho y á la furia de
la feroz soldadesca. Era preciso ocultar este hecho, que así po
dia animará los pueblos, que se veian oprimidos por los ejér
citos republicanos, como desacreditar al caudillo que incitaba
á las masas á que viniesen á su encuentro, para así sin duda
dominarlas con mas facilidad. Al efecto se publicó una nueva
proclama, en que se decia: Que los pueblos estén tranquilos:
nosotros somos amigos del pueblo. Restablecer el Capitolio,
despertar de nuevo á Roma despues de siglos de esclavitud;
ese será el fruto de nuestras victorias. Y al mismo tiempo
que esto decia Bonaparte, ocupaba áBérgamo, tomaba á Bres
cia, derrotaba de nuevo al ejército austriaco sobre el Mincio,
entraba en Verona, se apoderaba de Legnano y bloqueaba á
Mantua, para caer, como al fin lo hizo, sobre los Estados-Pon
tificios, entrando en Bolonia y declarándola ciudad libre y re
publicana. Poco debia ya tardar en constituirse la Italia una,
porque, á escepcion de Roma y las suburbanas, el resto de la
Península obedecia á Bonaparte. Ferrara, prestando oidos á la
voz de los emisarios franceses, y Ancona escuchando muy se
ductoras promesas, se eliminaron de la autoridad Pontificia, y
acudieron á los pies del vencedor, mientras que en union con
Reggio, Bolonia, Massa, Carrara, la Lunigiana y Módena, en
viaban sus diputados para dar principio á la obra de la uni
dad con los transpaduanos, á Milan, que se mostraba ardien
temente partidario de Bonaparte, lisonjeándose así merecer ser
el centro del nuevo cuerpo italiano. ¡Ciegos que no veian á la
serpiente bajo su dosel de rosas! ¡Necios que no escuchaban
la historia de diez y ocho siglos, la cual les probaba de un modo
siempre uniforme lo que el estranjero podia consumar en Ita
lia!... El Rey de Nápoles se retiró del Austria para atenderá
su propio sostenimiento, que hacia muy dudòso el estado de
combustion en que se hallaban sus pueblos: el embajador de
España, D. Nicolás Azara, pidió un armisticio para la Santa
Sede, ya que no era posible eliminarla del plan de destruc
cion que el Directorio se tenia propuesto. Veintiun millones,
198

cien cuadros á eleccion y quinientos manuscritos, fueron el


precio que se puso á la paz con los Estados de la Iglesia, por
aquel que venia á resucitar el Capitolio. El Mediodía de Ita
lia estaba, pues, todo en poder de los ejércitos franceses: sin
embargo, no era esto bastante; se hacia preciso dominarlo
todo desde los Alpes al Adriático, y al fin lo consiguió Bona
parte, derrotando nuevamente al Austria en Lonato, Casti
glione y Bassano, obligando á las tropas imperiales á buscarse
un refugio en la ciudadela inespugnable de Mantua.
Parecia que dominada ya la Península entera, Bonaparte
debia cumplir lo que al pais ofreció, cuando apareció en los
Alpes; pero ¡ay! que Italia estaba llamada á sufrir un nuevo
y cruel desengaño, llevando en él el castigo, á que se hizo
acreedora con su profundo despego hácia las nobles palabras
de la ciencia, la virtud y la esperiencia, que desde la Silla
Apostólica le hablaron para precaver su mal. El jefe de las
fuerzas francesas habia triunfado... ¿Qué le importaba ya Ita
lia?... ¿Quién le hablará de unificar y hacer independiente su
hermoso territorio, que con esas condiciones ha pisado?... Un
Consejo de Estado fue todo lo que logró Milan, mientras se
organizaba la república transpaduana: y Bolonia, Ferrara,
Módena y Reggio tuvieron que reunirse al territorio cispa
duano, en virtud de las instrucciones del vencedor, que entre
tanto se atraia á Cerdeña á su partido, y cobraba cuatro mi
llones á Génova por concederle la amistad de Francia. Cree
uno estar soñando cuando ve el territorio mas bello que Dios
concedióá los hombres, hecho el juguete del primer ambicioso
advenedizo que se presenta mintiendo patriotismo; y produce
ese sueño un malestar profundo, cuando se observa en ese pais
privilegiado la escision, las convulsiones y la muerte, que
siempre le trabajan, presentando ante la vista admirada ese
monton de ruinas que el estranjero dejó siempre"en pos de sí,
como un recuerdo funesto que no supo por desgracia enseñar
á los hijos de la Italia.
El Papa y el Soberano de Nápoles eran los únicos que, fir
mes en su puesto, se sostenian en su derecho, sin inclinarse al
francés, ni abdicar su poder entre sus manos, si bien sufrian

- -
-
199

las consecuencias de la permanencia en la Península del ejér


cito republicano. Y en tanto que recostada la antigua Parté
nope en la piedra de su pasada independencia, lloraba sus an
tiguos estravíos, la Santa Sede deploraba ante la tumba apos
tólica la ceguedad de los pueblos; y previendo el fin de aque
los terribles sucesos, vertia lágrimas amargas al ver el estado
á que se hallaba reducida Italia. Mas no convenia esto al ge
nio corso: y así, despues de vencer aun en Arcole y Rívoli, y
de hacer capitulará Mantua, atacó los Estados-Pontificios, sin
previo motivo ni declaracion de guerra, atravesó la Romanía,
llegó hasta Tolentino, donde obligó á Pio VI á firmar la paz,
imponiéndole como condicion la cesion de Aviñon, y el Vene
sino para la Francia, y las Legaciones á la república Cisalpi
na; y, por último, á mas de treinta millones de francos que es
trajo del Tesoro de San Pedro, como contribucion de guerra,
pidió y obtuvo la entrega de un número inmenso de manus
critos y de objetos preciosos del arte, que salieron entonces
de Italia para enriquecer la Francia. Pero si el Santo Padre,
viéndose abandonado y solo en medio del mundo todo, ó cóm
plice ó indiferente con el crímen, tuvo que cederá la mas bru
tal coaccion, Venecia, que fue la primera en reconocer á la re
pública francesa y hacer suyas sus doctrinas, quiso intentar
un esfuerzo para sacudir la tormenta que, habiendo desolado
á la Península, empezaba á rugir sobre su suelo. Bérgamo,
Brescia y Crémona habian sido arrebatadas al Véneto por sus
fieles aliados los franceses, que nada sabian ni querian res
petar.
El Senado comprendió su pasado yerro y quiso remediar
lo: armó diez mil esclavones y cuatro militalianos, y llamando
á las armas á los hijos de las montañas, que estaban ansiosos
de batirá los hijos de la república regicida, les lanzó al com
bate. Terrible fue el choque cuando, despues de recuperará
Brescia y Bérgamo, cayeron sobre Verona: porque sorprendi
dos los franceses, perecieron todos ellos en horrible é inmensa
matanza en sus calles y en sus plazas. Por una fatalidad para
Italia, que pudo entonces empezar la reconquista de su liber
tad perdida, el Austria firmó en aquellos dias los preliminares
200

de Leoben, y Venecia se encontró sola frente áfrente á la ven


ganza, que juró el general Bonaparte. Aterrado el Senado, en
vió al campamento francés diputados que fueron rechazados,
aumentándose así el pánico que dominaba á Venecia. Sublimes
estuvieron entonces los nobles y los grandes, que voluntaria
mente abdicaron sus privilegios y honores para salvará su
patria, aplacando así al francés; pero nada alcanzaron. Bara-
guay d'Hilliers entró en Venecia al frente de cinco mil solda
dos, y ocupó al punto las Cajas del Tesoro, las fortalezas, los
buques y los puestos estratégicos, haciendo entender así á la
consternada Señoría que las amenazas proferidas por Bonapar
te tendrian su cumplimiento. El tratado de Campo-Formio,
que reconoció la república Cisalpina, en que se fundieron, se
gun el capricho del vencedor, las cispaduana y transpaduana,
sacrificó áVenecia en aras de la venganza que se queria tomar
de un pueblo celoso de sostener su independencia, y en ob
sequio de los proyectos de futura dominacion del que con su
espada hizo girones el noble manto de la hermosa Italia. Con
Istria, la Dalmacia y el Frioul, fue el Véneto entregado al
Austria, burlándose de este modo el general vencedor de sus
pomposas promesas, y haciendo ver al mundo entero, al mis
mo tiempo que se burló de los pueblos que en su palabra cre
yeron, que la copa con que el estranjero brinda, siempre con
tiene en su fondo algo de repugnante y amargo, que trastorna
los sentidos y destruye la existencia de aquellos que seduci
dos la beben. El último dia de Venecia, dice Zeller, fue des
garrador y sublime. La municipalidad revolucionaria, que sus
tituyó al Senado de los nobles, rehusó la oferta que se le hizo
de librar sus intereses de la ruina comun: se sepultó ella mis
ma con la independencia de su patria, y recibió á los austria
cos el 19 de enero de 1798 (1).
La paz firmada con el Austria fue, sin embargo, estéril
para la Península, que quedó siempre esclavizada al invasor, y
que solo consiguió ver sus tesoros y sus monumentos tras
ladados á las Cajas y á los Museos de Francia. El imperio ger

(1) Julio Zeller: Historia de Italia,tomo II, cap. XIX,pág. 192.

" -

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201

mánico habia sufrido golpes de muerte, de que con dificultad


podia sanar, durante la pasada lucha. Nápoles se veia reducida
á la neutralidad por las convulsiones que su interior agitaban;
Cerdeña observaba la rebelion que cundia en sus dominios, ati
zada por los franceses, los cuales escitaban á los piamonteses á
proclamar la república, mientras ayudaban á Cárlos Manuel á.
vencer á los pueblos de la monarquía sarda, que se bamboleaba,
en Cariñano, Novara y Mondovi; la república Cisalpina se ha
llaba bajo la presion de veinte mil hombres, que Bonaparte dejó
en suterritorio á lasórdenes de Berthier para sostener la influen
cia francesa; y los Estados de la Iglesia, mermados en sus me
jores provincias, agitados y revueltos por las logias y los agen
tes del Directorio, no tenian un momento de sosiego, viéndose
con frecuencia envueltos en un absurdo é inesperado motin.
En uno de estos, perseguidos los revoltosos por las tropas pon
tificias, buscaron un asilo en el palacio del embajador fran
cés, el cual protegia el movimiento, teniendo osadía para de
clararse protector de los insurrectos: el pueblo y las tropas se
indignaron, y el general Duphot murió. El Directorio recibió
con júbilo una noticia como esta, que le proporcionaba un me
dio para dar el golpe de gracia á la Santa Sede, cuya influen
cia conocia que era la que alentaba el escaso patriotismo que
en Italia subsistia. Berthier, al frente de una fuerte division,
entró en la Ciudad Eterna, y al dia siguiente de su llegada
declaró abolido el gobierno Pontificio y proclamó la república
de Roma. Pio VI protestó: su protesta fue escuchada con sar
cástica risa por aquellos estranjeros que disponian de la Pe
nínsula á su placer, y con admiracion de los franceses, acos
tumbrados á verá todo el mundo humillarse en su presencia;
y, no pudiendo resistir su enojo, aprisionaron al Papa y le con
dujeron á Toscana. Los transtiverinos y montañeses, llenos de
furor con tal ultraje, cayeron, rugiendo de coraje, sobre las
tropas del Directorio; pero los refuerzos llegados al estranjero
le permitieron ahogar en sangre la noble fe de esos hijos del
Pontificado, apresurándose á constituir la proclamada repú
blica, á la que impusieron una Constitucion francesa en nom
bre de la libertad de Italia. El Santo Padre fue conducido á

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202

Florencia; pero los hombres que gobernaban la Francia no


habian aherrojado al Papa con sus innobles cadenas para que
recibiese homenages como los que mereció en su tránsito:y
pues no era el Soberano de un reducido territorio, y á quien
hacia algun tiempo que Italia no escuchaba por su mal, el que
estorbaba á la criminal república, pues era el Pontífice el que
inquietaba el sueño de los cínicos y corrompidos hombres del
Directorio, forzoso era acabar con esa secular institucion,
eterno obstáculo que el mal tropezaba en su camino. Se pensó
para ello en conducirá Pio VI á España óáCerdeña; pero la
guerra, que por entonces empezó de nuevo, impidió realizar
estos proyectos, concluyendo por llevarle á Valence, donde el
Santo Padre murió al poco tiempo de su horrible cautiverio.
Cuatro meses estuvo insepulto su cadáver: desde el 29 de
agosto de 1799, en que falleció, hasta el 30 de diciembre del
mismo año, en que un decreto consular de Bonaparte ordenó
se le diese sepultura sin pompa esterior alguna.
Entre tanto habíase dado principio nuevamente á la guerra
por parte del Austria y de Nápoles, que, vueltas en su acuer
do por la desgracia que las heria con las mismas armas que
contra la Iglesia forjaron, pesarosas de sus antiguas faltas,
vieron en la prision de Pio VI una violacion esplícita del tra
tado de Campo-Formio. El momento era oportuno, porque los
pueblos murmuraban de la brutal conducta observada con el
Papa; Cárlos Manuel veia que sus aliados los franceses eran
los primeros en atizar el fuego de la rebelion en sus Estados
del Piamonte, y se separaba de ellos; la república Cisalpina
sentia que la mano del protector que se diera era de hierro, y
se enrojecia su frente al verse reducida á una colonia francesa
con veinticinco mil franceses de guarnicion y diez millones de
francos de contribucion á Francia: finalmente, Roma malde
cia la mano que habia cubierto de luto á la Silla del Pescador,
y la Península toda se agitaba con los atropellos y las exac
ciones cometidas por los invasores, en tanto que, echando de
menos su antigua paz, recordaba con lágrimas los consejos
pontificios. El instante, pues, era favorable para las dos na
ciones, que hicieron brillar al sol sus espadas. El Monarcana

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203

politano fue el primero que hizo sentirá los franceses la dife


rencia de tiempos y fortuna, derrotándolos, entrando en la
Ciudad Eterna y aboliendo el gobierno republicano. La inde
cision del Soberano de Cerdeña, sus dudas, sus temores, su
perplejidad, lo perdieron todo en esta ocasion, como otras
veces habia ya sucedido. ¡Era ese trono el genio maléfico de
Italia! Habia roto sus relaciones con la Francia; pero luego se
arrepintió, y no atreviéndose á solicitar de nuevo la alianza
de la república, se aisló, se negó á unir sus esfuerzos con los
demas Estados de Italia, y puesto en medio del camino que
italianos y franceses necesitaban recorrer para sus operaciones
militares, era un estorbo á los soldados del Directorio yun
obstáculo á los ejércitos de la Península. Francia castigó su
falta de resolucion y de patriotismo; y bien empleado hubiera
estado áCárlos Manuel este castigo,si Italia no hubiese tenido
que llorar sus fatales consecuencias. Las tropas de la república
cayeron sobre el Piamonte, del cual se apoderaron, y cuyo
ejército fue incorporado á las legiones francesas, destronando
al Monarca sardo, que tuvo que refugiarse en su isla de Cer
deña; y cuando el general Championet vió asegurada con este
golpe su retaguardia, vino sobre Nápoles, tomó nuevamente á
Roma, y obligó al Rey Fernando y su familia á salvarse en
una escuadra inglesa, mientras el 23 de enero de 1799 se
proclamaba la república partenopiana por el general francés.
Volvió la Península á caer bajo el yugo de la Francia, este
nuada con el último esfuerzo que hiciera; pero siempre llena de
indignacion hácia aquellos que, mas que vencedores, la domina
ron con la traicion y el fraude. Roma, Nápoles, Cerdeña, Tos
cana y Parma eran republicanas: ¡Venecia habia muerto! Su
nombre se habia borrado del catálogo de las naciones por aquel
que mintiendo desprendimiento y hablando, con su engañadora
lengua, de libertad, unidad éindependencia, esclavizóá Italia,
cubriendo su territorio con las tropas que en sus bayonetas
llevaban la ley á los pueblos, á quienes forzosamente se impo
nia el gobierno republicano. Y luego, ¡en qué manos se ponia
la suprema potestad! Siempre pertenecia de derecho el gobier
no de los pueblos, por la Francia esclavizados, á aquellos que,
204

traidores á la causa de la patria, eran los primeros en vender


al Directorio su dignidad, su patriotismo y su conciencia.
¡No! Italia no podia estar de acuerdo con la Francia; y, lejos
de agradecer su intervencion, con razon odiaba cada vez mas
al estranjero, y conjusticia maldecia su yugo. La aristocracia
y los paisanos, continúa el ya citado Zeller, protestaban con
tra el nuevo estado de cosas y volvian su vista hácia sus an
tiguos soberanos: las nuevas instituciones solo se sostenian
con el apoyo, ya sospechoso y temido, del estranjero, á quien
se acogió con precipitacion en un principio (1). Estas ideas,
ideas desgarradoras y penosas, que afectan profundamente á
los pueblos, que su libertad desean; la vista de aquellos ejérci
tos que por todas partes se encontraban y que todo lo holla
ban y destruian; el aspecto de aquellos generales que se
conducian en la Península como en pais conquistado, y el
recuerdo siempre vivo de su pasado bienestar, produjo serios
alborotos que, aunque contenidos al principio por el desarme
que Championet ordenó, estallaron al fin en todo su vigor y
fuerza, obligando á los franceses á pensar en su defensa. Sche
ser, general en jefe del ejército republicano en Italia, fue der
rotado en Magnano; Moreau perdió la batalla del puente de
Cassano, y Macdonald tuvo que batirse en retirada abandonan
do á Roma, Florencia, Liorna y Nápoles, entre las impreca
ciones de la Península entera, que no podia olvidar los escesos
de los franceses; viéndose unidos en mancomunidad de senti
mientos para Francia, lo mismo los partidarios del poder
francés, que los secuaces del Austria, que los independientes y
patriotas, así monárquicos como republicanos. No es estraño,
pues, que las repúblicas impuestas á Italia por la fuerza ca
yesen al punto entre las burlas populares, tan pronto como el
Directorio dejó de pesar en los destinos del pais. Hasta la re
pública Cisalpina, hija primogénita de Bonaparte, cansada de
los cambios que en su gobierno habian ocurrido por el capri
cho de los embajadores franceses Trouvé, Touché y Jouvert,
verdaderos dueños donde ni aun protectores podian ni debian

(1) Julio Zeller: Historia de Italia, tomo II, cap. XIx,pág. 197.

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205

ser; harta de ver enriquecerse á los comisarios y asentistas, que


á su costa medraron; satisfecha de verse hecha el juguete del
insaciable vencedor, se deshizo al momento y se disolvió es
pontáneamente. El Rey de Nápoles volvió á sus Estados y
ocupó con sus tropas á Roma, mientras el Austria hacia lo
mismo en Ancona, en tanto que Toscana llamaba á su legítimo
Soberano y volvian las cosas á su pasado ser.
Durante estos sucesos, reunidos los Cardenales, fugitivos
de la Ciudad Eterna, en cónclave en la iglesia de San Jorge
de Venecia, eligieron para ocupar la Cátedra Apostólica al que
se llamó Pio VII, mientras el Directorio anunciaba al mundo
que habian concluido ya los Papas. Roma deseaba ver de
nuevo al sucesor de San Pedro dentro de sus muros, segun
manifestó al Santo Padre la comision que la ciudad del Tíber
envió á felicitar á su nuevo Soberano y á presentarle su res
petuosa sumision desdé las cadenas republicanas en que se
hallaba, por gracia de las bayonetas de la Francia; y la Euro
pa se apresuró á desmentir al innoble Directorio, inclinán
dose reverente ante aquel nuevo astro, que se levantaba para
iluminar al mundo con su fe, con su constancia, con su virtud
y con su prolongado martirio. Austria, Cerdeña, España, Ná
poles y Rusia enviaron al Santo Padre sus plácemes y home
nages, que con enternecimiento sumo recibió el sucesor de
San Pedro. Lo que mas profundamente le afectó fue su entra
da en Roma, donde el pueblo le acogió con himnos y con ar
cos, y con banderas y músicas, que su frenético entusiasmo
demostraban, mostrándole al mismo tiempo sus numerosas
llagas, sobre las que caian candentes las lágrimas de los ciu
dadanos, que se veian conducir al abismo por la mano de la
Francia. Pio VII se dedicó al punto á curar con la mayor so
licitud los males que aquejaban á sus Estados, merced á la
pasada lucha; y en la memorable Encíclica que entonces publi
có, ya indicó los medios que proyectaba para realizar sus san
tos fines. En efecto; restablecida de un todo la autoridad
pontificia en su antiguo territorio, recobrada Ancona, Perusa
y los demas puntos invadidos por los franceses, se declaró
libre el comercio de granos,para hacerfrente á la miseria y la
206

escasez que al dominio de la Iglesia amenazaba, como un re


sultado preciso del despojo consumado por las autoridades y
la guarnicion francesa. Redujo el Papa sus gastos desde ciento
cincuenta mil escudos átreinta y seis mil; mejoró con su celo las
costumbres, y publicó una amnistía, en la cual generosamente
tendia el manto del olvido sobre los acontecimientos pasados,
al mismo tiempo que la Hacienda y la administracion, la jus
ticia y el municipio sufrian las reformas que el buen espíritu
de la época y los justos y racionales adelantos reclamaban.
Nuevos acontecimientos vinieron á inutilizarlo todo, y la
Italia se volvió á encontrar nuevamente perturbada desde los
Alpes hasta el golfo de Tarento.
El Austria no habia cesado en sus hostilidades con la Fran
cia; y despues de arrollar á los soldados de la república en la
Península, tenia en gran aprieto al general Massena en Géno
va, cuyo puerto bloqueaba la escuadrá del imperio. Bonapar
te, vencedor en Egipto, donde al acercarse á Jerusalen mos
tró su escepticismo declarando que la Ciudad Santa no entra
ba en su línea de operaciones, estaba de vuelta en Francia.
Habia domado á la Revolucion el 18 Brumario, y era primer
cónsul en los momentos en que Massena volvia sus ojos supli
cantes á Paris. Al punto descendió el jefe de la Francia por el
gran San Bernardo, y ocupando el Piamonte, marchó sobre
Milan y proclamó la república de nuevo. Ya era tarde, sin em
bargo: Génova se encontraba en poder del Austria. Preciso era
vengar esta afrenta; y en los llanos de Marengo obtuvo Bona
parte satisfaccion cumplida, marchando desde el campo, que le
vió vencedor de los austriacos, sobre Génova, que nuevamen
te volvió al poder de los franceses. El Emperador solicitó un
armisticio, que obtuvo tanto mas fácilmente, cuanto que era
de necesidad á Francia, dueña otra vez de la Italia, á la cual
intentaba constituir, amoldándola á sus deseos, que no eran por
cierto los de antaño. Ya no le convenian trastornos. ¡Bonaparte
se habia hecho conservador desde que era primer cónsul!. Es
verdad que ahora, como antes, iba á perecer la independencia
de Italia; pero de distinto modo. Cuando Bonaparte no era
mas que un general osado, á quien sonreia la fortuna, repú
—-=- —-------

207

blicas: cuando fue el primer magistrado de una gran nacion,


oligarquías; mas tarde las monarquías; pero repúblicas, oligar
quíasy monarquías, siempre bajo su mano, siguiendo su ins
piracion y su impulso, marchando en la direccion por él tra
zada. ¡Oh! aquel hombre era el verdugo de las naciones, á quie
nes quitaba la vida de la libertad ; pero así cumplió una mi
sion providencial, azotando con su despótico látigo á los pue
blos, que no quisieron dejarse guiar por el silbo amoroso del
Pastor, y á los Reyes, que se coligaron insanos contra Dios y
contra su Cristo!
Á pesar de haber renacido las repúblicas Cisalpina y Li
guriana, manifestó el primer cónsul sus tendencias aristocrá
ticas, esforzándose en atraer ásu partido con halagos y pro
mesas á las clases privilegiadas y á las corporaciones altas,
mientras se olvidaba completamente del pueblo. El Austria
conoció los planes de Bonaparte y denunció el armisticio, for
tificándose sobre el Mincio y el Adige, mientras Nápoles y
Toscana se aprestaban á concederle su ayuda. Pero la derrota
que los imperiales sufrieron produjo el resultado que era de
esperar, inutilizando mas al Austria, afectando mas á la Pe
nínsula y atentando al dominio Pontificio en virtud de los
tratados de Lunneville. El Papa fue violentamente despojado
de las Legaciones, y una guarnicion francesa se posesionó de
Ancona: Nápoles tuvo que ceder sus presidios á la Francia, y
el duque de Parma se vió precisado á abdicar en su hijo, que
debia casarse con una hermana del primer cónsul, y obtener
el ducado de Toscana, elevado al rango de monarquía bajo el
nombre de Reino de Etruria. Á pesar de todo esto, dice Ze
ller, á quien con repeticion citamos por lo mismo que es amigo
de la Francia, no se halla aquí ni la libertad, ni la indepen
dencia que los italianos habian soñado para su patria. La Pe
nínsula lo pagaba todo, cayendo en una especie de dependen
cia de la Francia. Guarniciones francesas ocupaban los puntos
mas importantes de la costa: Otranto, Tarento, Brindis, An
cona y Liorna. El general francés Murat instalaba, como á un
vasallo, al jóven Luis de Parma en el reino de Etruria, ha
ciéndose realmente dueño de él, cuando su hijo menor Cárlos
208

Luis le sucedió en el Tronobajo la regencia de su madre, her


mana, como se ha dicho, de Bonaparte. Sin haber adjudicado
á Francia todavía el Piamonte, Parma y Plasencia, las gober
naba en realidad. El Piamonte, considerado como un distrito
militar, subdividido en seis departamentos, sometidos á leyes
francesas, estaba confiado á la administracion de Jourdan;
Parma y Plasencia estaban de igual modo bajo la dependencia
de Moreau de Saint-Méry (1), ¡Oh, no! ¡Mentiral Ávista de
este cuadro, en que un escritor entusiasta por la Francia de la
Revolucion, nos dice que Italia estaba conmovida, domina
da y ahogada por el Consulado, como antes lo estuvo por el
Directorio; en presencia de ese precioso relato, que nos enseña
que la libertad y la independencia italianas fueron holladas y
vilmente escarnecidas por los que tan gloriosos nombres invo
caron, fingiéndose, como dice nuestro Iriarte de los cartagine
ses, los traidores, amigos para ser señores... ¡Mentira, repeti
mos! ¡No es la espada de la Francia la que defiende las nobles
causas desde que pasaron los ilustres Carlovingios!...
Alfieri, el ardiente poeta republicano, que caminaba á su
ocaso, patriota antes que todo, llenaba de maldiciones en sus
postreros versos á la Francia, que despues de inundará la Pe
nínsula con sus ejércitos, daba en Bonaparte un amopara el
Piamonte, las Legaciones, Parma y Etruria; un presidente para
las repúblicas Cisalpina y Liguriana; un protector, casi un
jefe, para el aristocrático gobierno de Génova y de Luca; un
perseguidor para la Santa Sede, y un olvido profundo para el
Capitolio, que iba á reconstituir!!...
No era solamente en Italia donde se murmuraba de Bona
parte y donde el disgusto cundia, revelándose en motines, que
en Brescia, Rímini y Bolonia fueron ahogados en sangre. Si
en la Península, por medio de actos aislados, que eran castiga
dos y reprimidos con severidad al punto, se protestaba contra
la invasion estranjera, en Francia se hablaba en voz bastante
alta contra el primer cónsul, desde el momento en que, domi
nada la Revolucion, no se ponia fin al cisma, que introdujo la

(1) Julio Zeller: Historia de Italia, tomo II, cap. XIX, pág. 204.
209

constitucion civil del clero; y los ánimos, que no vivian sola


mente con la gloria del pabellon francés, se preocupaban á la
vista de aquellos templos cerrados que se arruinaban por su
base, bajo el peso del mas punible abandono. Bonaparte lo ob
servó. Sagaz, comprendió que á su falaz política convenia la
hipocresía, y solicitó de Pio VII la celebracion de un Concor
dato. El Santo Padre escuchó benigno los ruegos del primer
cónsul, que así se dirigia á la autoridad Pontificia, reconocién
dola implícitamente, y accedió al momento á sus deseos. Gran
destrabajos fueron precisos para darle cima; pero á todo acu
dió la bondad inmensa y la omnipotente jurisdiccion del
Papa, logrando ver el Concordato ratificado y publicado con
gran contento de la católica Francia; mas, desleal siempre Bo
naparte, éingrato á los beneficios recibidos, añadió de su pro
pia autoridad al Concordato los llamados artículos orgánicos,
que destruian por su cimiento el convenio todo, y otorgaban
omnímodas facultades al poder seglar en asuntos completa
mente eclesiásticos, introduciendo con esto la perturbacion
en la disciplina y la escision en la unidad de obediencia. En
vano protestó la Santa Sede; sus quejas y sus acentos se per
dieron entre los sarcasmos y las burlas de los compañeros del
primer cónsul, que pretendian, dice Alzog, que el pabellon
francés no se habia cubierto nunca de tanta gloria como des
de que no era bendecido. Mas los planes de Bonaparte se frus
traron en gran modo con el pacto concordado: la reaccion re
ligiosa probó á aquel espíritu escéptico que Francia era mas
católica que republicana, y las obras del ilustre Chateaubriand,
que inició su pacífica lucha con Atala, interesaron á la nacion
en masa en pro de aquella causa tan noble, tan digna y tan
santa, que sabia mostrarse grande despues de diez y ocho si
glos de combates y victorias.
Napoleon entre tanto fue proclamado Emperador en 1804
por un Senatus consultus; y deseando robustecer su po
der y sancionar el voto que le elevaba al imperio por medio de
la Religion, invitó á Pio VIIá pasar á Paris, con el objeto de
que le consagrase. El Papa se negó: mas Bonaparte, que en
ello tenia sus miras, insistió, manifestando al Santo Padre
14
210

los grandes bienes que á la Iglesia vendrian en Francia con


la presencia Pontificia y los acuerdos que entre sí podrian to
mar, concluyendo de un modo directo las disensiones que se
habian suscitado. Á estas consideraciones, Pio VII cedió: y
despues de prolongadas vacilaciones, dice Alzog, á pesar de
las exigencias contrarias de las grandes potencias de Europa
y de las solemnes protestas de Luis XVIII, resolvió el Santo
Padre ir á Paris, porque veia en aquel viaje, segun declaró
en el Consistorio de 29 de octubre, los intereses de la Reli
gion, de los cuales podria tratar verbalmente con el Empera
dor; tomando al cielo por testigo de que no obraba en tan
solemne ocasion mas que para la salvacion de las almas y los
progresos de la Religion católica (1). En efecto; acompañado
de cuatro Cardenales, de cuatro Obispos y dos Prelados de su
corte, atravesó los Alpes en noviembre, recorriendo en triunfo
la Saboya y la misma Francia. Lo que Lyon hizo, cayendo su
inmensa poblacion de rodillas al ver al Papa en el balcon de
su alojamiento, lo practicaron los pueblos todos por donde
pasó, y lo verificó Paris, que dejó burladas las esperanzas que
en su escepticismo se fundaron. Aquella ovacion espontánea,
generosa, franca, universal, debió haber sido un aviso para el
nuevo Emperador; pero ciego este de orgullo, sin ver otra cosa
que la diadema imperial que halagaba su ambicion, creyendo
haber humillado ante la Europa á Pio VII por haberle traido
con engaño hasta Paris, se mostró innoble, falto de dignidad,
mal caballero, en fin, en la conducta que con el Santo Padre
observó, como hace notar Thiers en su Historia del Consu
lado y del Imperio, á pesar de su inclinacion á Bonaparte.
Napoleon fue consagrado el 2 de diciembre de aquel año: y
celoso de las ambiciones y respetos que á Pio VII se prodiga
ban, mal avenido con la idea de que el mundo reconociese un
poder superior á su poder, apenas conseguido su objeto, sin
ocultar la mala fe que á su deseo presidió, sin cubrir siquiera
las apariencias para no ser llamado por la posteridad traidor
á su palabra, redujo al Papa á una total esclavitud; le impidió
---

(1) Alzog: Historia general de la Iglesia,tomo III, $.389,pág.322.


211

practicar las visitas piadosas que queria, y sin la Emperatriz


Josefina, el que osó mas de una vez hablará voces al Sobe
rano y al Pontífice, quizás hubiera realizado entonces algo de
lo que consumó despues. En vano el sucesor de San Pedro
quiso volverá sus Estados; llena de amargura el alma al ver
la burla sangrienta que su dignidad sufria, en balde manifestó
su deseo, cuando observó que habia una voluntad decidida de
no concederle nada de lo que antes se ofreció, anulando los
artículos orgánicos. Pio VII no pudo emprender su marcha
hasta que Bonaparte le llevó en su comitiva para mas humi
llarle, cuando fue á ceñir la corona con que le brindó la Ita
lia. ¡La Italia, que en nombre de la independencia daba su
diadema á un estranjero; la Italia, que en nombre de la liber
tad se encontraba esclavizada con cuarenta mil soldados fran
ceses en su territorio; la Italia, que en nombre de su unidad
se veia hecha pedazos y observaba los girones de su manto
revoloteando al aire que de la Francia soplaba!... El Papa vol
vió entre tanto á la Ciudad Eterna, que lloraba su ausencia,
y despues de dar cuenta del resultado de su viaje á los Carde
nales, mtomó de nuevo con firmeza, concluye el referido Al
zog, las riendas de la administracion y se dedicó con toda su
alma al gobierno de la Iglesia universal, procurando al mismo
tiempo hacer florecer las artes en sus Estados, mientras ve
nian tiempos mas bonancibles, que ¡ay!debian tardar en lle
gar (1).
En tanto que Pio VII con noble afan cumplia sus múltiples
deberes, Bonaparte recibia en Milan una corona, que, en es
presion deJulio Zeller, no dejó de solicitar, obligando á la
Italia á que se la ofreciera. La Liguria pidió su incorporacion
al imperio francés por medio de sus principales magistrados,
serviles aduladores del poder, y un decreto del nuevo Sobe
rano exigió el principado de Piombino para su cuñado Pas
cual Bacciochi, agregándole el ducado de Parma y el territorio
de la república de Luca, que murióá manos del mismo que le

(1) Alzog: Historia general de la Iglesia,tomo III,$.389, pág.324.


212

dió la vida. ¡Italia tenia ya un Rey! ¡La Península podia estar


satisfecha de su obra, porque el mundo no la conocia! ¡Sí! Que
ese Rey era el estranjero que impuso su voluntad al pais, y lo
destrozó y unió sus retazos á la Francia, regalando con otros
á su familia y hermanos. Sí; se realizaron las aspiraciones de
Italia, que ni tenia Capitolio, ni casi encontraba el Vaticano
sobre su antiguo asiento; porque era la esclava del poder fran
cés, á quien habia engrandecido y á quien habia ceñido la an
tigua diadema de Carlo-Magno, Othon I y Cárlos V; porque
no tenia libertad ni independencia, y porque era una mentira
innoble aquella unidad, de que se burló cruelmente el nuevo
señor que por su mal se escogiera Italia. Mas todo esto hizo
al fin abrir los ojos á los hijos de la Península, que empezaban
á distinguir la causa de la patria, que se hundia, de la fortu
na y la grandeza de Francia, que á su costa se labraba. El
Austria y Nápoles comprometieron estas buenas disposiciones,
anticipándose al momento en que convenia obrar, y acabaron
de sumergirá la Italia en el abismo del mal. Austerlitz vino
á esclavizar aun mas á la Península, y consumó la depredacion
napoleónica, proclamando á José Bonaparte Rey de Nápoles;
hasta que por traslacion de este á España, donde le era nece
sario á su hermano el Emperador, ciñó la corona partenopiana
Joaquin Murat. El César corso no reconoció ya freno alguno
ni se detuvo ante consideracion alguna; iba á la monarquía
universal como habia ido al consulado y al imperio; y para
ello, dispuso de Italia á su placer, distribuyéndola entre sus
parientes ó añadiendo sus Estados á la Francia, como sucedió
con el Piamonte y Toscana, ó dividiéndola en feudos para sus
generales y servidores que debian disfrutar de renta sobre los
territorios de sus respectivos títulos. En vista, prosigue Ze
ller, de estas usurpaciones por capricho, sin pretesto ni dis
culpa, no es asombroso por cierto que el sentimiento italiano
empezase á protestar contra este órden de cosas en el momento
mismo en que el poder de Napoleon y la preponderancia de
la Francia llegaban á su apogeo en la Península. Pero no allí,
sino contra la Santa Sede, fue donde encalló la influencia, la
preponderancia y la popularidad de Napoleon y de la Fran
213

cia (1). ¡Confesion preciosa que una vez mas viene á demos
trarnos que han sido ahora, como antes y despues, los Sobe
ranos Pontífices el grande, el invencible tropiezo en que han
chocado los déspotas que en todo tiempo quisieron tiranizar á
Italia!
El Papa era el único Monarca que por derecho propio se
conservaba en Italia, como habia sido el único en prever con
tiempo los males que los italianos atraian sobre sí. Á su con
ducta noble y á su proceder sincero y franco, recto y justo,
debia sin duda alguna aquella estabilidad, que los demas Sobe
ranos le envidiaban, y que miraba con enojo el Emperador
francés. Bonaparte se introdujo por su mal en el terreno sa
grado de la Religion, buscando así un pretesto para hundir la
soberanía temporal de la Santa Sede, la cual le avisó su intru
sion. Napoleon no escuchó la voz del Vaticano, y nombró los
Obispos italianos, que no podia en modo alguno nombrar, ca
reciendo del derecho de patronato en Italia, segun el Concor
dato celebrado con la república Cisalpina, y el Papa les rehusó
la confirmacion. En vano Bonaparte, llamándose Emperador,
pretendia reasumir en su persona el señorío feudal de los
Césares, que pertenecian á la historia, con sus deberes y con
sus privilegios todos: Pio VII le hizo ver que la Santa Sede
no reconoce superior mas que en Dios; le recordó que jamás
habia habido ningun Emperador con derechos reales ni con
dominio útil sobre la Ciudad Eterna; y, por último, negó la
existencia actual del santo imperio, que el mismo Napoleon
deshizo en Alemania, pretendiendo vestirse con sus despojos
para esclavizará Roma. Un ejército penetró en los Estados
Pontificios, y un decreto imperial unió al reino de Italia á An
cona, Urbino y Camerino, al mismo tiempo que los soldados
franceses se posesionaban del castillo de San Ángelo y asesta
ban sus cañones contra el Palacio del Papa. El Santo Padre
protestó; los cañones se retiraron; pero Bonaparte exigió que
se cerrasen los puertos pontificios á los ingleses, porque, de
cia, sivos sois el Soberano de Roma, yo soy el Emperador, y

(1) Julio Zeller: Historia de Italia, tomo II, cap. XIx, pág. 213.
214

mis enemigos deben ser siempre los vuestros. Rechazando


estas palabras y estas aspiraciones, Pio VII declaró que le
era imposible sin mancillar su honra, sin atraer sobre sí el
odio de Europa, sin encontrarse en un estado de guerra per
manente con el universo entero, y sin hacer traicion á su de
ber y á su conciencia, declararse enemigo de los adversarios
del Emperador, haciéndose cómplice en una lucha general y
eterna, que en modo alguno convenia á su mision de paz; y
que él ni podia ni debia declarar la guerra á la Gran-Bretaña,
de quien no habia recibido ofensa alguna. Irritado Napoleon
con esta noble respuesta, que le hacia encontrar una resis
tencia digna y generosa en el único Soberano que carecia de
ejércitos y de fuerza, aumentó sus tropas en los Estados de la
Iglesia, y consumó enormes violencias, que él llamaba el re
sultado forzoso de la terquedad Pontificia. La conciencia ale
targada de Italia despertó de su profundo sueño, y reconvino
á los hijos de la Península su pasada cobardía, llenándoles de
rubor y de vergüenza, en tanto que señalaba á su estudio y á
su meditacion el último de sus antiguos Soberanos, casi pri
sionero en sus Estados. Una reaccion vigorosa se operó en Ita
lia, avergonzada de verse la sierva de la Francia, que á lati
gazos la trataba, cuyos soldados incorporaba al ejército fran
cés, y cuyos magistrados se veian obligados á prestar jura
mento de fidelidad á Bonaparte.
¡No era esto todo, sin embargo! El 17 de mayo de 1809 se
dió un decreto imperial, en que se unian á la Francia los Es
tados de la Iglesia, señalando al Papa una renta de dos millo
nes de francos, que desde luego rehusó, y declarando á Roma
ciudad libre é imperial. Pio VII firmó al punto una protesta,
que se fijó en los principales puntos de Roma, y el Cardenal
Cappa recibió las instrucciones necesarias para publicar la
Bula de escomunion, que algunas horas despues, en medio del
dia y en presencia de las tropas francesas, apareció en las puer
tas de las tres iglesias principales de la Ciudad Eterna. Tran
quilo el Santo Padre, que dejaba el cumplimiento de su sen
tencia de condenacion al Juez Soberano de Reyesy de pue
blos, con la conciencia de su derecho, permanecia retirado en
215

su Palacio, cuyas puertas habia hecho tabicar, dedicado á


la oracion. En la noche del 5 de julio fue invadida la mo
rada Pontificia por las tropas francesas, y el general Radet,
que confesó haberse sentido turbado en presencia del Papa,
el cual revestido con sus hábitos pontificales y acompañado
de algunos Cardenales, le recibió, pidió á Pio VII la renuncia
definitiva y solemne de la soberanía temporal, que el que se
llamaba sucesor de Carlo-Magno le tenia ya usurpada. Con
noble entereza contestó el Santo Padre á esta demanda: y su
negativa, ya presentida, era justamente lo que llevaba áRadet
para conducirle, segun las órdenes que tenia de Bonaparte,
fuera de la Ciudad Eterna, la cual empezaba á conmoverse y á
alarmarse con tantos y tan impíos ultrajes. Momentos despues,
el sucesor de San Pedro, en un coche cerrado con llave y fuer
temente escoltado de caballería francesa, era arrebatado del
Quirinal, y arrastrado por Florencia y Turin hasta Grenoble,
desde donde, atravesando el Delfinado y la Provenza, se le hizo
volver á Savona, en cuyo punto se le dejó sin libertad alguna,
teniendo que dar las pocas audiencias que se le permitieron
ante un centinela de vista, que nunca le abandonaba. Pio VII,
en vista de esto, se redujo á la soledad; declaró que nada que
ria de las manos de aquel que habia despojado á la Iglesia;re
chazó cuanto se le ofreció para las comodidades de la vida, y
manifestó de un modo terminante su resolucion de vivir de
las limosnas de los fieles antes que acceder á los deseos de
Napoleon, que intentaba ¡insensato! seducirle, ofreciéndole dos
millones de renta y la libertad, si renunciando á Roma queria
vivir en Paris (1).

(1) Napoleon llevó su osadía hasta el punto de hacer trasladar á


Paris los archivos de la Santa Sede y las oficinas del Santo Padre. En
su maquiavélico plan entraba manejar á su voluntad al Pontificado,
sirviéndose de él, si esto hubiese sido posible, como de una poderosa
palanca para inclinar al mundo á favor de sus ideas y proyectos. Véase,
si no, lo que dice un historiador acerca de este Emperador, que tantas
lágrimas arrancó al orbe, y sobre los planes que abrigaba con referencia
al Colegio de Propaganda fide:
"El Emperador Napoleon, al cual gustaba todo aquello que sirviese
para mover al mundo, quiso tener la Propaganda en su mano, y la con
servó. Segun pensaba, este Colegio podia ayudar admirablemente á la
216

Tiempo hacia que la libertad de la Península habia sufrido


hondas heridas de parte del despótico poder francés; pero el
corazon de Italia se encontró lacerado de muerte, y desfalleció
desde el momento en que aquel cuya voz era la única salva
guardia que restaba al suelo italiano, habia sido destronado y
reducido á prision por un Emperador advenedizo, que preten
dia que los Estados-Pontificios no pertenecian á la Santa Sede
mas que en calidad de feudo. Italia rugia ya de furor en pre
sencia del desacato y de la felonía con que el nuevo César
habia procedido; Roma se estremecia al ver mudo el sepulcro
de los Apóstoles; Nápoles se resistia al yugo despótico de Mu
rat, el cual, al mismo tiempo que lo tiranizaba sin piedad, se
negaba á concederle la Constitucion que le ofreció en un prin
cipio; el Piamonte se sonrojaba al encontrarse provincia de
un reino estranjero; Venecia lloraba lágrimas de sangre, y su
indignacion caia como una maldicion eterna sobre Bonaparte,
que la vendióá su ambicion, entregándola vilmente al Austria;
Toscana, Parma, Luca, Génova, habian dejado de existir: su
vida era la vida de Francia, que las unció con las cadenas
pesadas de una innoble servidumbre á su carro victorioso. Y
todos estos Estados juntos, levantando su acento conmovido,
condenando la hora en que Napoleon apareció en los Alpes,
pedian al cielo venganza; y el cielo les escuchó, enviando su
castigo al que sacrílegamente ceñia la corona de la Ciudad
Eterna á las sienes de su pequeño hijo, en cuya cuna se leia:
m¡Rey de Roma!n
Durante esta agitacion, que no dejaba á la Península un
momento de paz ni de sosiego, fue obligado Pio VII, por las
órdenes de Bonaparte, á marchará Francia, á donde se ha
bian conducido la mayor parte de los archivos de Roma y de
la Iglesia, exigiendo al Santo Padre que se despojase de sus

diplomacia y á la política; habíale gustado principalmente porque una


: cabeza gobernaba y movia infinitos subalternos, distribuidos por
todo el mundo. El hallazgo pareció bello á Napoleon, que no era hom
bre que dejase de servirse de ello; y así como se habia servido de la Reli
gion para dominar la Francia, queria servirse de la Propaganda para
dominar al mundo." (Botta: Historia de Italia, lib. xxiv.)

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217

hábitos pontificales para emprender el viaje, en el cual espe


raba Napoleon vencer la resistencia del Papa y precisarle á
aceptar su residencia en Paris. Cruel hasta lo sumo el jefe de
la Francia, que pudo ser Emperador, pero nunca caballero,
hizo caminar al sucesor de San Pedro durante la fuerza del
calor en el mes de junio de 1812, siempre cercado de fuerza
armada, hasta llegar al Cenis, donde cayó enfermo de tanta
gravedad, que, á pesar de las severas instrucciones que tenian
sus conductores, compadecidos y lastimados pidieron á Paris
órdenes, que no se hicieron esperar. Napoleon dispuso que con
tinuase la marcha átodotrance, como se verificóen la mañana
del 14 de junio, á pesar de haber recibido Pio VII aquella ma
drugada los últimos sacramentos, concediéndole el cielo, sin
embargo, fuerzas bastantes para poder concluir su viaje, como
lo realizó el 20 del mismo mes, en que llegó á Fontainebleau,
donde por algunos meses tuvo que guardar el lecho, inspiran
do serios temores su combatida existencia. No sin motivo ha
bia obrado de este modo el Emperador francés: la campaña
de Rusia, en que habia perecido todo el cuarto ejército y de
la que habia ya vuelto Bonaparte con tristes presentimientos,
los descalabros que continuamente sufria en la lucha que con
tanto heroismo sostuvo la católica España, y la coalicion de
Europa contra su ambicion y su tiránico yugo, fueron las cau
sas que decidieron á Napoleon á traer junto á sí, como en re
henes, al sucesor de San Pedro. Conoció que este era la gran
palanca que al universo inclinaba del lado de la justicia y el
derecho, y queria tenerle sujeto; y pretendia engañarle de
nuevo y burlarse de la Europa, llevando á cabo con Pio VII
una reconciliacion cualquiera, verdadera ó simulada. Bona
parte vió con asombro que los católicos eran mas numerosos
de lo que en un principio creyó; observó que sus indignas
exigencias y cruel trato con el Papa le hacian odioso á los
pueblos que regia, y execrable á la Italia y al mundo, y varió
de conducta para no dar nuevas armas á los Soberanos, que le
señalaban á las generaciones como el impío perseguidor del
Santo Padre. El dia 1º de enero de 1813 cumplimentó Napo
leon á Pio VII por medio de sus ayudantes, y se informó del
218

estado de su salud: el Papa envió al Cardenal Doria para


darle las gracias por su filial interes.
Entre tanto el territorio francés fue invadido por los ejér
citos coaligados de toda Europa, y el Emperador tembló por
la primera vez de su vida. Como Cain, se encontraba mancha
do con la sangre del inocente Abel, y temia que la voz del
universo, llamándole fratricida, le preguntase qué habia hecho
de su hermano; se estremecia al pensar que el Catolicismo iba
á llamarle parricida, á él, que tambien tenia un hijo, en quien
podia castigarle la Providencia, y temblaba, creyendo escuchar
la voz que le pedia estrecha cuenta de su anterior conducta
con el Santo Padre. En su consecuencia hizo saber á Pio VII
que podia volverá Roma, restituyéndole por un decreto todo
lo que últimamente le habia arrebatado el imperio; pero el
Papa se negóá volverá sus Estados, á menos que no se le de
volvieran en toda su integridad. Bonaparte le forzó á partir,
sin permitir que ningun Cardenal le acompañase, y haciéndo
le escoltar por tropas, que presenciaron los afectuosos y entu
siastas testimonios del respeto y del amor que los pueblos
profesan á la Santa Sede, manifestados durante el tránsito del
Santo Padre por los caminos que se vió obligado á recorrer.
Mas donde el entusiasmo rayó en delirio fue en Savona, que
le volvia á ver dentro de sus muros despues de tantos y tan
varios acontecimientos; pero este estruendo de animacion, es
tas ruidosas manifestaciones cesaron de repente. Pio VII supo
con asombro que continuaba prisionero: su dolor, sin embar
go, tuvo algun consuelo luego que pudo desahogarse con los
Cardenales que iban llegando, á cada uno de los cuales acom
pañaba un oficial de gendarmes, y que, como el Papa, se en
contraron presos en la ciudad florentina.
Por este tiempo el general austriaco Bellegarde entró por
el Lombardo con un fuerte ejército, y llegó hasta Milan, que
al punto le abrió sus puertas, gritando con el resto de Italia:
¡Abajo los franceses!u Estos eran los resultados, mas que de
los horrores de Rusia, de los desastres de Leipsik y de la in
mensa derrota de España, de la ambicion y de la tiranía que
hundió al coloso del siglo. Á partir desde este dia, Bonaparte
219

no podia contar con la Península, que odiaba su despótica


dominacion. Aturdido Napoleon con el golpe tremendo que
sufria; asombrado ante su desgracia el que no se pasmó de su
fortuna; en presencia del orbe que le maldecia, y ante la cuna
de aquel niño cuyos destinos eran tan inciertos, y al que
amaba con todo el amor de un padre, Bonaparte rompió en
amargo llanto. ¡Ay! ¡Era lo que necesitaba aquel hombre de
granito! Porque aquellas lágrimas refrescaron su abrasada
mente y refrigeraron su seco corazon, haciéndole versus anti
guos desaciertos. El 10 de marzo de 1814 dió órden de poner
en libertad á Pio VII, á quien remitió el decreto en que le
devolvia cuanto retenia la Francia procedente de los Estados
de la Iglesia, escepto las Legaciones, que estaban unidas al
reino de Italia, ordenando al mismo tiempo fuesen puestos en
libertad tambien los Cardenales que acompañaban al Papa.
El 25 de marzo del mismo año el Santo Padre, escoltado por
las tropas francesas y por los habitantes de los pueblos por
donde pasó, fue entregado en las márgenes del Tarno á las
potencias aliadas, y el 31 arribó, con toda felicidad, á Bolonia.
En Cesena le felicitó su secretario el Cardenal Consalvi, que
ya no se separó de Pio VII, acompañándole en su entrada so
lemne y triunfal, el 24 de mayo, en la Ciudad Eterna, en
medio de las mas brillantes fiestas y de las mas entusiastas
aclamaciones de sus súbditos, los cuales en número prodigioso
acudieron á Roma para saludar, con los acentos de su amor, al
Santo Padre, ausente ya hacia cinco años de su puesto, mer
ced á la injusta arbitrariedad de Bonaparte.
Por último: el 21 de junio Víctor Manuel I, de Cerdeña,
se posesionó del Piamonte y sus antiguos Estados, uniendo á
ellos la república de Génova, que naufragó en tan deshecha
borrasca; el 16 de julio volvió Francisco IVá Módena, obte
niendo para su madre la restitucion de Massa-Carrara; el 17
de setiembre el gran duque Fernando entró de nuevo en Tos
cana; el príncipe de Mónaco se restituyóásu territorio, y San
Marino reconstituyó su antigua éinofensiva república. En
cuanto á Parma, el Plasentino y Guastalla, se erigieron en
ducadopara la Emperatriz de los franceses María Josefa; y

== ---------
220

Nápoles continuó en poder de Murat, que fue traidor á Na


poleon por conservar aquel Trono que no le pertenecia.
Parecia, pues, que, en vista de una restauracion tan com
pleta, no debian renovarse por entonces los dolores de la Ita
lia ni las amarguras de la Santa Sede. Sin embargo, no fue
así. Napoleon, despues de abdicar la corona que la Francia le
ciñó, habia sido declarado Soberano de la Isla de Elba, par
tiendo para su destino, donde, recordando sus pasados esplen
dores, maldecia la inaccion forzosa á que la Europa le tenia
sujeto, á él, el genio de los combates y de las revoluciones.
El reinado de los cien dias, durante el cualvolviótriunfante á
Paris haciendo huirá Luis XVIII en su presencia, probó cumpli
damente que Bonaparte era el hombre que todo lo trastornaba
en grande escala; porque sin duda que él era grande tambien.
Grande para cumplir su mision, aterrando á los Reyes y do
minando á los pueblos; y esa grandeza no dejaba conformar
con su retiro al general victorioso en cien batallas, al Empe
rador que dominó al mundo y con su espada gobernó sus Es
tados á su antojo, viendo caer en su presencia á los Monarcas
todos; al Rey que hizo de Italia un patrimonio para sus pa
rientes y amigos, y al hombre que tuvo el funesto don de
conmover el universo entero, cubriéndole de sangre, que la
traicion vertia. Murat se aprovechó de la vuelta de su cu
ñado al imperio éinvadió los Estados Pontificios, obligando al
Santo Padre á abandonar á Roma; Italia se conmovia nueva
mente, al mismo tiempo que Francia: esta, porque veia rena
cer el tiempo de las guerras y de la tiranía; aquella, porque
temia por su libertad y porque veia al Papa emigrará Génova,
donde encontrógenerosa hospitalidad. Pero dos meses despues,
mientras Murat moria miserablemente junto á la villa de
Pizzo, y Waterlóo vengaba á la Europa, Pio VII volvió á
Roma para ocupar su puesto de sucesor de San Pedro, en
tanto que Napoleon I caminaba al lugar de su suplicio, con
ducido por sus eternos enemigos, los ingleses, que le llevaban
á morir en Santa Elena.
221

X.

Reformas.

Desde 1815 á 1846.

No en balde habian pasado por Italia veinticinco años de


trastornos y de convulsiones, en que todo se habia honda
mente conmovido, cuando en 1815 se reunieron en Viena los
representantes de las grandes potencias de Europa para deli
berar sobre los medios que era preciso emplear á fin de llevar
á cabo la reconstitucion del mundo todo, desquiciado por com
pleto á consecuencia de la liga, en que se unieron el protes
tantismo y el jansenismo para engendrar la revolucion, que
puso en conflagracion al universo. Cansado de oscilaciones
que grandes peligros entrañaban, segun vieron las naciones,
el orbe se echó en los brazos de la diplomacia europea, en
cargada de arreglar sus diferencias; y satisfecho con el supli
cio á que habia condenado al gran genio de la invasion y la
conquista, no se acordó de pedir lo que justamente se le de
bia, despreciando el ilustre ejemplo de la Santa Sede, que por
medio del Cardenal Consalvi protestó ante el Congreso contra
todo acto atentatorio al derecho y la justicia que en sus recla
maciones asistian al Pontificado. Italia fue la que mas tuvo
que lamentar su descuido en imitar la prevision apostólica;
porque en virtud de los tratados entonces celebrados, el Aus
tria se encontró poseedora en la Península de un Estado con
mas de cinco millones de habitantes y una renta de ochenta
y cuatro millones, mientras sujetaba á Venecia é introducia
sus legiones en Ferrara, Plasencia y Commachio, y en tanto
que el Piamonte hacia desaparecer á Génova, recuerdo glorio
so del pasado. Y este Congreso, llamado á poner en órden lo
que la espada y la ambicion de Napoleon habian trastornado,
continuó la obra de Bonaparte, poniéndose siempre de parte
del fuerte contra el débil, por mas que en el principio de las
restauraciones seguiase únicamente por su odio al antiguo Em
222

perador francés. Así, en tanto que se permitia al Austria la


formacion del Lombardo-Véneto, donde antes no poseia mas
que á Milan, y en tanto que se le concedia una posicion para
ser en todo tiempo una amenaza contra Italia por el Tessino,
la Iglesia sufria el despojo de las provincias situadas sobre el
Pó, y protestaba en vano contra la ocupacion militar austria
ca en sus pueblos y ciudades, y contra la pérdida de Aviñon
y el Venesino, que se legaban á Francia. Y aquellos Sobera
nos que sin la firmeza Pontificia y el heroismo español no hu
bieran vuelto quizás á sentarse en sus tronos, aplaudian este
despojo del débil en beneficio del fuerte, en nombre de igno
rados derechos y de mentidas necesidades, haciendo conocer
al mundo que la maldad de los hombres era siempre la misma,
ya manejasen la espada, ya manejasen la pluma; y el orbe pudo
convencerse entonces de que era la Santa Sede el blanco de
todos los odios, así en los campos de batalla como en los Con
gresos soberanos, así durante la Revolucion como en los dias
de la Restauracion.
Un consuelo tenia, sin embargo, Pio VII para tanta ingra
titud. Si la Europa, olvidando que el Santo Padre habia sido
el único Monarca que no se habia humillado ante el poder de
Napoleon, luchando siempre con ese poder inmenso que ma
nejaba el universo á su antojo y pudo aprisionarlo, pero no
dominarlo; si el mundo, dando al olvido la significacion y el
apoyo que á la causa de la verdad y la justicia prestó el Papa
durante los pasados acontecimientos, llegando al fin á vencer
al Capitan invencible en cien batallas, le despojaba de su de
recho, recortando su manto de Soberano en nombre de la
pretendida omnipotencia de sus Congresos y de la risible in
falibilidad de sus diplomáticos, Pio VII podia probar á los
Monarcas todos que era digno de ceñir la triple corona, ocu
pando el puesto de honor entre ellos, y á los pueblos que era
capaz de conducirlos al bien, como lo hicieron sus antecesores
todos, convencidos de sus tremendos deberes. Reiteró sus pro
testas; y mientras su acento soberano caia entre los represen
tantes de la Europa severo é inflexible, como una imágen de
lajusticia de Dios, que les pedia estrecha cuenta de su inicuo
223

desacierto, el Santo Padre publicaba la Bula Sollicitudo om


nium ecclesiarum, restableciendo á los Jesuitas, á quienes
de justicia se debia una reparacion tan solemne como lo fue
la ofensa recibida. Y cuenta que no se tenia á Pio VII por
afecto á la Compañía, cuyo renacimiento pidieron los mismos
Estados que iniciaron su estincion; pero vió á la juventud del
universo todo hambrienta de virtud y de ciencia, y al punto
envió á los hijos de San Ignacio á llenar la inmensa falta que
deploraba el mundo, abriéndoles el Papa sus colegios, que de
bian ser la arena en que se fortaleciesen aquellos que mas ade
lante debian oponer un fuerte muro á las ideas perniciosas
que, como recuerdo del pasado, se cernian aun sobre los pue
blos. Y cuando sus deberes de Pontífice estuvieron satisfechos
atendiendo á cuanto la Religion pedia á su Gerarca Supremo,
dividió el Soberano sus Estados en diez y ocho legaciones con
cuarenta y cuatro distritos y seiscientos veintiseis ayunta
mientos, facilitando así la inspeccion y la mas pronta reso
lucion de los negocios, y dando de este modo un soberano men
tís á aquellos que aseguraban que nunca fue el municipio el
principio por el cual se rigieron los Estados de la Santa Sede.
Roma vió nuevamente á los conservadores y el Senado, que
suprimió Bonaparte poniendo en su lugar un prefecto, el cual
siempre fue francés; y Bolonia recuperó su Consejo, compuesto
de cuarenta sabios y de seis conservadores, con toda la impor
tancia que esta magistratura exigia. Creáronse los jueces de
paz y se restablecieron los tribunales de primera instancia y
las Audiencias de Roma, Bolonia y la Macerata, conservando,
sin embargo, como prueba de tolerancia y rectitud, el sistema
rentístico francés. Se aprobó la creacion de la Academia Ca
tólica, fundada por Mons. Coppola; volvieron á su antiguo es
plendor los colegios inglés, escocés, germánico y de la Propa
ganda, que habian sido cerrados por los ilustrados franceses,
y se fundaron en la Universidad Romana gran número de cá
tedras, que hasta entonces no habian existido. Y para ser gran
de en todo, al mismo tiempo que Pio VII elevaba su voz ante
los Monarcas de Europa, mudos de asombro, escandalizados
easi, pidiendo á la Inglaterra que aliviase los tormentos que
224

hacia sufrir en Santa Elena á su antiguo perseguidor, Napo


leon, por un sentimiento noble que el mundo quizás no com
prendió, concedió afable y decoroso asilo en sus Estados á la
madre de Bonaparte y á sus hermanos y demas familia, re
chazados de todas partes, como en todas partes perseguidos;
defendiéndolos ante las cortes de Europa, que osaron pedir al
Santo Padre la razon de su generosidad y su piadoso olvido.
Pero la agitacion comenzaba á revelarse de nuevo en la
Península, merced á los carbonarios, que, á falta de tribuna
pública desde donde insultar á los gobiernos y de prensa libre
para deprimir y hacer odioso y despreciable todo principio de
autoridad, se dieron á conocer en la literatura, en la cual, aban
donando las tradiciones latinas y griegas, pretendieron buscar
sus armonías,para mejor seducir las masas, entre un falso mis
ticismo y la misma libertad, en cuyo nombre se alzaron con
tra el francés, que maldijeron un dia. Manzoni, Berchet, Gros
si, Leopardi y Mai lanzaron sus poesías, llenas de cólera,
sobre la Península, al mismo tiempo que Silvio Pellico se atraia
las miradas con su Enfermo de Messina. Cubria el carbonaris
mo la Italia toda, donde tenia numerosas ventas y adeptos
fanáticos y osados, poniéndola en movimiento y combustion:
la mina estaba cargada...; la revolucion de España de 1820
vino á hacerla reventar. El reino de Nápoles fue el primero
que dió la voz de la rebelion al mando de Guillermo Pepé; y
los muchos muratistas que Fernando I, llamado así por haber
unido los dos gobiernos de aquende y allende el Faro con el
título de Rey de las Dos-Sicilias, conservaba en sus ejércitos,
nutridos de la savia de la traicion, hicieron causa comun con
los rebeldes y obligaron al Monarca á proclamar la Constitu
cion española. Mientras tanto se ponia en fermentacion la
Lombardía é impetraba la ayuda del Piamonte, en nombre
del cual le ofrecia su apoyo el príncipe de Saboya Carignan,
aspirante á ceñir las dos coronas por la union del Lombardo
con la Cerdeña, para sacudir el yugo que le hacia sufrir el Aus
tria: Sicilia tambien se sublevaba pidiendo un Parlamento
independiente y libertad absoluta; y el Mediodía de Italia
empezaba á arder, en tanto que la guerra civil asomaba su re
225

pugnante rostro por las tierras de Labor y la Campania. El


Congreso de Leybach creyó deber tomar parte en estos sue
sos á nombre de la Santa Alianza, é invitó al Soberano de
Nápoles á presentarse en su seno. El Rey Fernando marchó;
y tan pronto como se vió libre de la coaccion con él ejercida,
dirigió un manifiesto á la nacion haciéndola saber su resolu
cion de destruir al punto lo que por medios criminales le ha
bia sido impuesto, y su deseo de volver para restablecer el
órden. Con efecto; el 6 de febrero de 1821, el general austriaco
Frimont pasó el Pó con cuarenta mil hombres, y dirigió al
pueblo napolitano una proclama escitándole á separarse de los
que osaban desconocer la autoridad del Monarca. Esta noticia
fue la chispa eléctrica que puso en conmocional resto de Italia,
la cual, siguiendo el ejemplo del Piamonte, se colocó en abierta
rebelion al grito de ¡Guerra al Austria! Víctor Manuel I
abdicó en su hermano Cárlos Félix, ausente á la sazon en
Módena, é instituyó regente del reino al príncipe de Saboya
Carignan Cárlos Alberto, que publicó la Constitucion con
grande solemnidad. Solo los Estados-Pontificios permanecieron
tranquilos, viendo cómo todo aquello venia por tierra en el
momento en que Guillermo Pepéy sus tropas fueron derrotados
por los austriacos en Rieti, y en el instante en que, vencidos
los soldados sardos en Novara, se desquiciaba la Revolucion,
volviendo la pazá la Península, que tuvo que deplorar la san
gre entonces vertida para asegurar la tranquilidad de Italia.
La voz que Pio VII elevó para condenar el carbonarismo, el
cual bajo la máscara del patriotismo hacia renacer el espíritu
demagógico de la Convencion francesa en la Península, fue su
último acento. El 21 de agosto de 1823 murió este gran Pon
tífice, á los ochenta y dos años de su edad, despues de haber
presenciado las mas violentas persecuciones y los mas brillan
tes triunfos de la Religion y de la Iglesia en un Pontificado
laborioso sin duda, pero tan largo como glorioso. Ni las ame
nazas, dice Alzog, ni el destierro, ni el cautiverio, ni los mas
indignos tratamientos, nada, nada pudo abatir al intrépido
anciano, que defendió hasta el último dia de su larga vida los
derechos de la Iglesia con una confianza inmutable y con he
15
226

róico valor, y cuya muerte vino á hacer que se mezclasen las


lágrimas del universo con el llanto de la Italia (1).
Al mismo tiempo que el Congreso de Verona, celebrado
en 1823, tomaba resoluciones á propósito para asegurar la paz
de Europa, ocupaba la Silla de San Pedro el Cardenal della
Genga, con el nombre de Leon XII; mitigando tan acertada
eleccion el dolor ocasionado por el fallecimiento de su santo
antecesor. Leon XII era todo bondad, dulzura y mansedumbre;
mas, á pesar de todo ello, se vió obligädo, en cumplimiento de
su altísimo deber, á elevar su acento contra los Peregrinos
blancos, especie de secta político-religiosa que todo lo ponia
en combustion, de acuerdo con los barnabitas de Sicilia y con
los carbonarios del resto de Italia, teniendo entre tanto el
consuelo de poner en órden los asuntos religiosos de la eman
cipada América española y del Brasil, y de publicar el jubi
leo, que no pudo celebrarse en 1808 por los disturbios que
conmovian al mundo. Tranquilo fue por lo demas su Pontifica
do, que le ciñó una corona de gloria con el restablecimiento
del Colegio irlandés y con el esplendor que las universidades
y liceos adquirieron; pero su voz paternal no fue suficiente á
cortar la propaganda revolucionaria, que afectaba á la Penín
sula, y que debia ponerlo todo en conflagracion en 1830, des
pues de su fallecimiento, y cuando ya Pio VIII se sentaba en
la Cátedra Apostólica.
Este bondadoso Pontífice se apresuró á publicar una En
cíclica en que, con motivo de su exaltacion, prevenia al mun
do contra la indiferencia religiosa, las sociedades bíblicas y las
secretas, al mismo tiempo que, como Soberano, ocupado en
mitigar las angustias de los pobres, disminuyó los impuestos
y proporcionó trabajo al pueblo. Los católicos armenios, arro
jados de su patria, le debieron un arzobispado que para ellos
creó en Constantinopla, y obtuvo de la Sublime Puerta la
vuelta de los desterrados por los sucesos de Andrinópolis, el
reconocimiento de sus derechos y la restitucion completa de
sus confiscados bienes. Pero cuando se mostró á toda la altu

(1) Alzog: Historia general de la Iglesia, tomo III, $.389,pág.347.


227

ra de su civilizadora y santa mision, mereciendo las bendicio


nes de Europa, fue en el momento en que de un modo apre
miante se dirigió al Emperador del Brasil, pidiéndole la abo
licion de la esclavitud en sus Estados, y consiguiendo que
D. Pedro defiriese á las nobles palabras del Padre de toda la
cristiandad. La Providencia le recompensó con dos grandes
sucesos que vinieron á regocijar su espíritu: el 13 de abril de
1829 se decretó por las Cámaras inglesas la emancipacion de
la martirizada Irlanda, y en junio de 1830 Argel caia en poder
de los franceses, que destruyeron aquellas guaridas en que los
piratas se hicieron fuertes tantos siglos, aterrando con su
crueldad y osadía á la humanidad entera, que siempre le pagó
tributo en los millares de víctimas cobijadas en sus horribles
mazmorras. Por último, el 30 de noviembre del mismo año
sucumbió Pio VIII, lleno de dolor al ver los males que ame
nazaban á Europa, hondamente conmovida desde la Revolu
cion francesa consumada en julio en beneficio de la rama de
Orleans, que pudo ocupar el Trono sentando en él al astuto y
sagaz Luis Felipe.
La agitacion era general en Europa á la muerte de Pio VIII,
verdadera desgracia que vino á complicar los sucesos en Ita
lia, donde resonaba el eco de la conmocion francesa,poniendo
en combustion, los agentes enviados por las sociedades secre
tas, todo el territorio Pontificio, desde Bolonia hasta Roma.
Con júbilo se recibió la nueva del advenimiento á la Santa
Sede de Gregorio XVI, sabio religioso camaldulense, de piedad
sincera, de firmeza incontrastable y de inagotable bondad y
eminentes cualidades, cuales eran precisas, por efecto de aque
llas graves y escepcionales circunstancias, para regir la Iglesia
y los Estados confiados al sucesor de San Pedro, que inició su
Pontificado haciéndose amar y haciéndose respetar. Su enér
gico celo, su inquebrantable virtud y su absoluta confianza en
Dios se necesitaban en verdad para recoger aquel cayado que
habia caido de las cadavéricas manos de Pio VIII; porque al
poco tiempo de su exaltacion ya se encontró frente á frente
con la Revolucion, que hacia tiempo pretendia destruir el poder
de la Tiara, y que ahora intentaba humillar y escarnecer la
228

autoridad Pontificia. Bolonia, la Romanía, Módena y Parma,


de dias atras se habian puesto de acuerdo para sublevarse en
comun; y el 4 de febrero de 1831. Bolonia dió la señal,
presentándose en abierta rebelion, declarando abolido el poder
Pontificio en la ciudad y su distrito, haciendo huir al legado y
enarbolando la bandera tricolor. Módena contestó haciendo á
su Soberano abandonar la capital:yá fines de mes, Ferrara,
las Legaciones, Péssaro, Urbino, Fano y Sinigaglia se habian
adherido al movimiento, en pro del cual se agitaba Ancona,
que al fin rompió con la Ciudad Eterna, siguiendo el ejemplo
trazado por los rebeldes, cuyos esfuerzos por comprometer en
tan repugnante motin á los ciudadanos de Roma se estrella
ron contra la fidelidad de los hijos de las orillas del Tíber.
Gregorio XVI apuró todos los medios que su dulzura y su
bondad le inspiraron para atraer á aquellos hijos espúreos é
ingratos, que así lastimaban el corazon de su padre: envió á
Bolonia como legado d latere al Cardenal Benvenuto, que fue
preso por los revoltosos, al mismo tiempo que llegaban tristes
noticias de la Umbría: Perusa, Spoletto, Foligno, Terni y otras
villas secundaban la insurreccion de Bolonia; ¡aquello era un
complot infame, inicuamente tramado para hacer morir de pe
sar y de dolor al Santo Padre! Digno el Papa, impasible, seve
ro consigo mismo, humillado en su desgracia ante Dios, Señor
de Soberanos y de pueblos, no lanzó una queja ni profirió una
amenaza; volvió sus ojos al cielo, y esperó. El 4 de marzo,
reunidos en Asamblea en Bolonia los diputados de todas las
ciudades rebeldes, proclamaron el Estatuto constitucional in
terino de las provincias unidas de Italia, y se declaró cons
tituido el gobierno central, de que formaron parte Bianchetti,
Armandi y Mamiani.
Los mismos agitadores, que tales conmociones produjeron,
se asustaron de su obra: y encontrándose débiles, y conocien
do el grave delito cometido contra el derecho de gentes con
la prision del legado, volvieron sus ojos á la Francia; pero
esta habia proclamado el principio de no-intervencion, y ade
mas, habiendo recogido Luis Felipe su diadema por el voto
popular, en todo tiempo inconstante ni se atrevia ni le con
229

venia luchar con el espíritu católico de la Francia, chocando


con el poder siempre estable de la Santa Sede, por mas que no
fuese estraño á los movimientos de los Estados-Pontificios, en
virtud de los cuales, creyó sin duda hacerse el hombre necesa
rio de los Papas. Mas las ciudades rebeldes se engañaron en
sus esperanzas, como se equivocó en sus aspiraciones el Rey
de los franceses. Contaban las villas referidas con un alzamien
to en el Piamonte, cuya corona ceñia ya Cárlos Alberto, quien
sin duda recordó que habia ahogado la tentativa de 1821, y se
mantuvo consecuente á los principios que sentó entonces, por
mas que el demonio de la ambicion le hablase de poseer los ter
ritorios sublevados, uniéndolos ásus dominios. Nápoles tampoco
vino en ayuda de los insurrectos; porque Fernando II, previ
sor y sabio, contuvo el volcan que iba á estallar al pie del Vesu
bio; y de este modo la Revolucion se encontró aislada. Por otra
parte, los austriacos habian pasado el Pó, so pretesto de no
permitir en su frontera una agitacion que se comunicaba á sus
Estados, y despues de restituir á sus Tronos á Francisco de
Módena y áMaría Luisa de Parma, avanzaron el 20 de marzo
en columna cerrada por Ferrara hasta Bolonia, que les abrió
sus puertas, mientras los jefes del movimiento, llevándose pri
sionero al Cardenal Benvenuto, se retiraban á Ancona. En
vano buscaron para su refugio una plaza fuerte, donde tampo
co pudieron sostenerse; porque el 26 de marzo se vieron obli
gados á capitular en las manos del mismo Cardenal. Con gran
dolor de su alma, de suyo independiente y noble, se vió obli
gado el Santo Padre, para prevenir la seduccion de sus pueblos
y los sucesos ulteriores, á encargar la guarnicion de los puntos
sublevados álos soldados del Austria, en tanto que él organiza
ba un ejército, que nunca creyó preciso en sus Estados. Y si
al dar este paso, costoso en estremo á su dignidad, hubo algu
nos que dijeron que el Pontificado caminaba hácia su ocaso,
pronto pudieron convencerse de su lastimoso error.
Las cinco grandes potencias de Europa se reunieron para
sentenciar aljusto y humillarle con motivo de los pasados
sucesos:y al efecto publicaron un Memorandum, que fue en
tregado al Cardenal Bernetti, pidiendo á la Santa Sede refor
230

mase la administracion, y variacion en la marcha política por


que se regian los Estados de la Iglesia. Sin duda olvidaron
esas naciones lo que Tournon, prefecto francés de la Ciudad
Eterna en los tiempos de Napoleon, desde 1810 á 1814, decia
en sus Estudios estadísticos sobre Roma, impresos por enton
ces, en 1831, en Paris: sin duda no recordaban que bajo las
formas de un gobierno absoluto se encuentran allí realmente
la mayor humanidad y la administracion mas benéfica, al
mismo tiempo que es preciso precaverse contra las reformas,
que pueden aumentar los abusos en vez de estinguirlos; sin
duda dieron al olvido los grandes beneficios dispensados á sus
pueblos por Pio VII, Leon XII y Pio VIII, y no quisieron
traerá su memoria cómo y por qué se habian sublevado las
provincias de la Santa Sede. Sí; sin duda creyeron que á los
Papas les era imposible producir el bien cuando de bienes lle
naron la Península y el mundo; pero erraron en sus cálculos.
El Cardenal Bernetti anunció que luego de restablecida total
mente la tranquilidad en los Estados-Pontificios se abriria
para estos una nueva era de prosperidad y de paz, que Gre
gorio XVI reservaba á los hijos de la Santa Sede para cuando
no quisieran ni intentaran violentar su soberana voluntad.
Así el Santo Padre quiso enseñar á aquellos mal aconsejados
Monarcas que se dejaban conducir por perniciosa pendiente,
que su cariño y su solicitud por la felicidad de los pueblos que
puso la Providencia á su cuidado eran los únicos móviles á
que podia ceder, sin que ni las insurrecciones de sus súbditos
ni las escitaciones de potencia alguna pudiesen obligarle en
tiempo alguno á faltará lo que á su dignidad debia. Al efecto»
esperó á que cesasen todos los sordos rumores que pudieran
parecer influir en sus proyectos; y cuando vió que el mundo
respetaba su noble independencia y su firmeza; cuando obser
vó tranquilos á sus pueblos y sumisos les vió volver hácia él
sus ojos, entonces empleó el Papa su energía en remover abu
sos y prevenir desórdenes; y abriendo sus manos, derramó
copiosos y abundantes beneficios á los Estados sometidos á su
paternal cuidado. Las universidades y colegios que habian
estado cerrados durante la revolucion se abrieron al momento;
231

y reorganizados y mejorados, vieron en sus cátedras hombres


tan eminentes como Pascual Galuppi, Ventura, Orsi, Rosmi
ni-Serbati, Bonelli, Perrone, Delsignore, Tizzani, Palma, Gas
seti y César Cantú: inmensas economías se llevaron á cabo en
todos los ramos de la administracion, y al mismo tiempo que,
siguiendo la costumbre introducida desde 1817, se revisaban
los gastos y los ingresos, estableciendo la debida proporcion,
no fueron pocos los altos funcionarios que sufrieron una afren
tosa destitucion, como justo castigo á la opresion que ejercie
ron con los pueblos, ó á la poca pureza con que se condujeron
en sus cargos. Se promulgó una nueva coleccion de leyes; se
formó un Código penal, oyendo antes á los tribunales del Es
tado y sometiéndolo luego á su dictámen; se hizo un reparto
mas equitativo en la contribucion de inmuebles, que obtuvo la
aprobacion de todos los diputados que se convocaron para su
exámen, y con privilegios, pensiones y subsidios se animó y
se protegió el arte y la industria: estableciéronse tribunales
de comercio en Roma, en las capitales de provincia y en to
dos los puertos de mar; y mientras los tribunales todos que
habian de entender en asuntos criminales sufrian una modifi
cacion radical que los hacia componerse de jueces seglares, la
mas severa justicia, recta é imparcial, se administraba por to
das partes, con los eclesiásticos como con los legos, segun
mas tarde lo probó el suplicio en que perdió la cabeza el
sacerdote Domingo Ato en el recinto de la fortaleza de San
Ángelo.
Y no fue esto todo; fundose entonces tambien el Museo
etrusco del Vaticano; salió de entre las cenizas, que su super
ficie cubrian, la Basílica de San Pablo, y entre tanto que Lam
bruschini, nombrado secretario de Estado, era una garantía
de órden y de acierto, el gran filólogo Ángel Mai vestia la
púrpura, y al poco tiempo tomaba asiento en el Sagrado Co
legio el eminente polígloto, el pasmo de su siglo, el modesto
Mezzofanti. Y todo esto lo llevaba á cabo un hombre que ha
bia visto aquellos pueblos muchos años en poder del estran
jero, que los dejó inermes, sin fuerzas y esquilmados: un hu
milde religioso que, durmiendo sobre duros jergones, comien
232

do poco, acostándose tarde, trabajando mucho y orando en


toda ocasion, prodigóá sus Estados, desprovisto como se ha
llaba de recursos y de auxilios, mas beneficios que aquellos
otros Soberanos que, blasonando de cultos y de liberales, atro
naban al mundo cantando los adelantos que hacian, mientras
sus dominios yacian estacionarios, ó retrogradaban lastimosa
mente en la carrera de la civilizacion y el bien.
Entre tanto se hacia popular en Marsella un jóven, natu
ral de Génova, desconocido hasta entonces, llamado José Maz
zini, el cual, en union de varios emigrados, fundó el periódico
y la sociedad secreta La Jóven Italia, que tantos estragos de
beria causar, y en los que, rompiendo en un todo con el pa
sado, solo se admitia la unidad republicana como medio radi
cal y único de hacer á Italia feliz. Todos los espatriados, los
revolucionarios y los sectarios todos, acudieron presurosos á
inscribirse, haciendo una propaganda activa, que al fin debia
dar sus frutos en 1834. Pero la Saboya y el Piamonte, con
quienes contaron Mazzini y el polaco Ramorino para consu
mar sus proyectos en la Península, permanecieron tranquilos,
y con gran indiferencia escucharon la voz de los que, á fuerza
de seducciones y promesas, solo lograron reunir unos ocho
cientos hombres para destruir todo lo entonces existente y
edificar sobre sus ruinas aquella patria ideal, con cuyo nom
bre encubrian sus planes. En un dia se desvanecieron, pues,
las esperanzas que el trabajo de muchos años habia hecho con
cebir á los revolucionarios, y en ese dia pudieron convencerse
los agitadores de que Italia reprobaba y desdeñaba al mismo
tiempo sus esfuerzos, contenta con sus respectivos Soberanos.
Durante la paz de que la Península disfrutó, el comercio,
la industria, las artes y las ciencias cobraron gran desarrollo;
y no fue quien menos hizo en el camino de los adelantos em
prendido por el Austria, Cárlos Alberto, Leopoldo de Tos
cana y Fernando II de Nápoles, el Papa, tan injustamente
calumniado, y el cual, ademas de los grandes beneficios arriba
citados que dispensó á su pueblo, creaba por este tiempo en la
Ciudad Eterna un jardin botánico y una escuela de agricul
tura, mientras cubria el Tíber de vapores, que ponia á la dis
233

posicion de los literatos de sus Estados para que acudiesen á


las reuniones y asambleas científicas que solian celebrarse en
toda Italia.
Algun tiempo despues de las tentativas que la desgraciada
Polonia practicó en 1838 para reconquistar su independencia,
perdida en el último siglo merced á la division de su terri
torio consumada por José II de Austria, Catalina II de Ru
sia y Federico II de Prusia, monarcas jansenistas, cismáticos
d herejes, pero liberales todos y enemigos de la Iglesia, y en la
cual la noble nacion de San Estéban no tuvo otra voz amiga
que la consolase y protestase contra el mal que sin razon ni
asomo de justicia se la inferia, que el digno y santo acento
de la Cátedra Apostólica, se recrudeció en la Península el espí
ritu revolucionario y empezó de nuevo la agitacion que tan
conmovida y sobreescitada tuvo á Italia hasta 1843, en que
se dieron á luz las diversas aspiraciones que inquietaban á los
individuos y á los pueblos. Los unos, viendo en el Austria la
fuerza y la grandeza que cubrieron en su cuna á los antiguos
Césares, se decidian en su favor, y haciendo fervientes votos
por su preponderancia en la Península, pedian la restauracion
del poder imperial en toda su estension; otros intentaban
oponer en el Pontificado el principio güelfo ó patriota á la
idea gibelina y estranjera que el Austria representaba: aquí
se combatia al Papa y al imperio y se optaba por la república;
quién pensaba con entusiasmo en la gran idea de Alejan
dro III de confederará Italia; quién queria Constituciones;
y entre tanto la efervescencia se aumentaba, y no dejaba un
momento de reposo á los cerebros de esta manera agitados.
Algunos escritores se hicieron en sus obras el eco de las di
ferentes voces que en Italia resonaban, y defendiendo la jus
ticia de los deseos de aquellos que á su partido pertenecian,
aumentaron la confusion que en las voluntades se encontraba,
uniendo á ella el vértigo y la locura, que originaron los es
critos, en las imaginaciones ya por de mas calenturientas. Mon
tanelli pedia Constituciones y gobiernos libres con todas sus
consecuencias: Gioberti, en su Primado moral y civil de Ita
lia, pedia la confederacion de todos los Estados italianos bajo
234

la presidencia del Papa, y luego en su famosa obra del Je


suita lanzaba el insulto sobre el Pontificado y cubria de afrenta
y de ignominia la misma institucion que queria hacer respe
table en sus primeros escritos: el conde Balbo, en La Espe
ranza de Italia, pedia que se dejase á los Soberanos la inicia
tiva generosa de las reformas; solicitaba la Lombardia para
la Casa de Saboya, y fundaba su confianza para el porvenir de
la Península en las fuerzas con que el Piamonte contaba; Ma
miani recurria á las elucubraciones filosóficas mas absurdas
para unir la razon y el sentimiento: Niccolini divinizaba en
su tragedia Arnaldo de Brescia al famoso visionario, al mon
ge apóstata, al primer tribuno de Italia, al enemigo de la
Santa Sede, al iniciador del pensamiento republicano en la
Península: Giusti, en sus cantos y en sus versos, se rebelaba
contra el Austria y prodigaba el insulto á los Pontífices, y
Mazzini resucitaba La Jóven Italia, mientras, estableciendo en
religion la mas sacrílega teofilantropía, cuyos dos términos
eran Dios y el pueblo, anunciaba la Roma de la plebe como
complemento de la Roma de los Césares y la Roma de los
Papas. En medio de este caos y de esta confusion, entre esta
mescolanza informe y heterogénea de aspiraciones y deseos,
llegó el año 1846, que vió el conato de rebelion de los ilusos
romañoles. El marques d'Azzeglio, no estraño á aquellos su
cesos, que tal vez debian servir para satisfacer la ambicion
de los Soberanos de Cerdeña, tomó la defensa de los revolto
sos en sus Últimos casos de la Romanía, que publicó por en
tonces, buscando en Europa para aquellos estravíos simpa
tías, que no contestaron á su voz. Cino Capponi se ocupaba
en tanto en insultar indigna y mentirosamente á la Santa
Sede, que suponia sumida en la barbarie mas abyecta; y los
toscanos Galeoti y Canuti sobreescitaban el sentimiento de
las ciudades con engañadoras promesas y seductoras palabras,
por medio de las que pretendian inducirá los pueblos á que,
respetando la autonomía de cada Estado, pidiesen á la Euro
pa que el Papa, retirado en su iglesia de Letran, reinase y no
gobernase,á fin de que el hombre de la paz no se viese en modo
alguno envuelto en el torbellino que agita á la humanidad.

- --
---- ----
- --
– —
- - " --- --- -
235

Así, creciendo siempre la efervescencia como las olas de


un agitado mar, iba tambien en aumento la honda escision
que dividia los ánimos y los pueblos, los cuales, en su honor
lo decimos, supieron mostrarse mas católicos é italianos de lo
que sus agitadores esperaban. Mas su credulidad y la fe que
prestaban á aquellos escritores que insultaban á la Santa
Sede, verdadero orígen y fecundo manantial de todo lo gran
de y noble que poseia la Italia, solia estraviarles de su verda
dero camino y confundirles y hacerles caer en la desespera
cion, derramando silenciosas y amargas lágrimas en el lugar
de su retiro, desde donde se revelaban por sus comprimidos
suspiros y profundos ayes. La Península, pues, merced á los
hombres que su unidad y su dicha invocaban, se encontraba
dividida é inquieta; era aquel pueblo, en cuyo corazon se
agitaban las mas encontradas pasiones, un inmenso volcan en
cuyo fondo se revolvia ardiente y amenazadora la lava que
amenazaba destruirlo todo en el momento de la erupcion, en
el cual su cráter se abriera vomitando ardiente llama que áto
das partes llevase la devastacion, los horrores y la muerte. Y
en tanto, aparecian en lontananza negras y aterradoras nubes,
cuyos lejanos truenos, correspondiendo á los rumores subter
ráneos que inquietaban al honrado y tranquilo ciudadano,
presagiaban horrible tormenta y una deshecha borrasca. En
estas críticas circuntancias, presintiendo los males que Italia
debia llorar, y viendo subir las ondas de la iniquidad como las
aguas del diluvio, sucumbió Gregorio XVI, el gran Pontífice,
despues de bendecir á su pueblo, el dia 14 de mayo de 1846

XI.

Peregrinacion.

Desde 1846 á 1849.

La noticia de la muerte de Gregorio XVI cayó como una


bomba en medio de Italia, poniendo en insólita ansiedad á la
Europa entera, por efecto de las críticas circunstancias en que
236

la Península se hallaba. En efecto; hacia algun tiempo que


Italia era una amenaza para el órden y para la paz del mundo;
y el mundo queria á todo trance conservar esa paz y sostener
ese órden, sin los cuales no podia continuar su progresiva
marcha en pos de la perfeccion á que aspiraba. No es estraño,
pues, que las naciones volviesen sus miradas hácia el cóncla
ve, cuyas puertas quedaron definitivamente cerradas y tapia
das el dia 14 de junio de 1846. ¡Cuántas esperanzas, cuántos
deseos, cuántas aspiraciones debian realizarse ó quedar burla
das con la eleccion que el Sacro Colegio consumase! Y ¡cuán
to valor, cuánta fe no eran precisos para encerrarse y aislarse
de ese modo ante el universo que se mostraba impaciente, y
en presencia de aquella multitud romana que, rugiendo como
las olas del mar, acudia presurosa á pesar el patriotismo de
los Príncipes de la Iglesia y á medir la fe de los Cardenales
que iban á emitir su voto...! Un grito unánime, estentóreo,
lleno de emocion y gozo, que partiendo de la Ciudad Eter
na resonó en el orbe todo, contestó al Cardenal camarlengo
cuando el 17 de junio anunció desde el gran balcon del
Quirinal que el Cardenal Mastai-Ferreti era el Papa elegido
para reinar sobre Roma...! El universo podia regocijarse.
La voz de M. Guizot, que, interpretando los sentimientos
y los deseos del mundo, habia dicho en las Cámaras francesas:
Queremos un Papa italiano que comprenda el espíritu de su
siglo y otorgue al pueblo las concesiones que la razon aconse
ja, habia sido escuchada, porque Pio IX era la representa
cion viviente, la encarnacion del principio cristiano que venia
á ennoblecer el sentimiento patriótico, fusionándose con él;
porque era santo y sin mancha, grande y humilde á la vez:
era, en fin, el hombre que el orbe necesitaba y que la Provi
dencia le otorgaba. Su infinita caridad, que tuvo ocasion de
revelarse en la direccion del hospicio apostólico de San Mi
guel; su dulzura inmensa, que logró reconciliar los encontrados
rencores de sus diocesanos de Spoletto y de Imola; su esclare
cido talento, que siempre le reveló sus altísimos deberes y la
angelical bondad de su piadosa alma, que le hizo dar un amo
roso y digno asilo al príncipe Luis Napoleon, fugitivo del cas

er--- ---
237

tillo de Ham, en que el Rey Luis Felipe le retenia prisionero;


finalmente, su alejamiento de la esfera en que la pasion políti
ca se agitaba, su abstraccion del mundo y su completa dedica
cion á los honrosos cargos con que le enalteció la Iglesia, ha
cian del nuevo Pontífice un cristiano de los primitivos tiem
pos, un sacerdote santo, un Padre espansivo y amoroso, un
Soberano lleno de abnegacion y patriotismo, un Pontífice de
los bellos tiempos apostólicos.
No es estraño, con tan relevantes y singulares prendas,
que Roma, Italia y el mundo se alborozasen sin término, y
llenos de regocijo, con fiestas y manifestaciones espontáneas,
celebrasen suceso tan placentero y glorioso. Y el dia en que
el Santo Padre tomó solemnemente posesion de la gran Basí
lica Lateranense, cabeza y madre de todas las iglesias de la
ciudad y el orbe, pudo el mundo convencerse, con el entusias
mo por los romanos mostrado, de que la elevacion del Carde
nal Mastai-Ferreti era un acontecimiento fausto que celebra
ban acordes la Iglesia, Roma y el mundo; porque nada mas
grande, nada mas majestuoso, nada mas tierno ni mas conmo
vedor que aquellas inmensas masas que al paso de su Sobera
no se arrojaban, vitoreándole con lágrimas que el placer ver
tia, elevando al espacio un himno entusiasta y noble, que
debió llegar hasta el Trono del Eterno. ¡No! ¡Nada mas estu
pendo que aquellas voces que por doquier resonaban cantan
do bendiciones al que en el nombre del Señor venia, demos
trando de este modo el gozo que en todos los pechos resonaba,
en tanto que una lluvia de flores caia á torrentes sobre el
hermoso Pontífice, cuyo paso se veia obstruido por la com
pacta muchedumbre, la cual, arrodillada, pedia su bendicion
al generoso hijo de la hermosa Italia!
Y, sin embargo, pocos dias habian trascurrido, y ya se ob
servó alguna variacion entre aquellos que aclamaban al nuevo
Soberano, y que eran sin duda los mismos que saludaron al
Rey de Prusia con el título de Rey de Alemania y á Cárlos
Alberto con el de Rey de Italia. El atento observador se pudo
convencer entonces de lo corta que es la duracion del placer y
de lo mudable que en todos tiempos se ostenta la voluntad
238

popular. El dia en que el Pontífice tomó posesion solemne desu


supremo cargo, el pueblo, el verdadero pueblo, gritaba: ¡Viva
el Papa! El dia 15 de julio, durante la iluminacion y las fies
tas que en Roma se improvisaron para dar las gracias al hom
bre generoso que en aquel mismo dia promulgaba su decreto
de amnistía, abriendo las puertas de los calabozos á los delin
cuentes políticos, los cuales en un escrito notable se dirigieron
al Papa, comprometiéndose á respetar su autoridad bienhecho
ra, se vió obligado por gente que nadie conocia, y que con gri
tos y descompuestas voces le llamaba, á darle su bendicion du
rante la noche, á la cual se contestó con la voz hasta entonces
desoida de ¡Viva Pio IX! ¿Por qué esta variacion? ¿No es ya
el Papa desde el momento en que grande y generoso se mues
tra, el Soberano de Roma? ¿O es que se rechaza al Pontífice y
solo se aclama al hombre? ¡Ay! ¡Sí! La dignidad Pontificia se
eliminó del júbilo portentoso de aquellos dias, y solo se conser
vó la dignidad del Monarca: no se queria sin duda saludar al
sucesor de San Pedro, y se aclamaba al Soberano de Roma. No
era el pueblo de la Ciudad Eterna, que se admiraba al escuchar
tan insólita aclamacion, el que así saludaba á su Monarca, no.
Cuando en julio, dice el P. Antonio Bresciani, concedió el
Papa amnistía y perdon á los que por crímen de lesa majestad
se hallaban presos en las torres de las fortalezas y ciudadelas,
no hubo término para las ovaciones, para las glorias ni para
los triunfos del Pontificado Sumo, que Pio IX representaba
con tanta dignidad y con una clemencia y sabiduría celestia
les. Algunas plumas infernales, que hacia años derramaban en
las páginas que escribian los mas venenosos y amargos con
ceptos contra la Silla de San Pedro; que denigraban á los Pa
pas, emponzoñaban sus mas sanas intenciones y deprimian en
el polvo y en el fango sus mas nobles acciones; que profana
ban las virtudes, exageraban los defectos, detestaban la forta
leza, calumniaban la justicia y declamaban contra el cielo; es
tas plumas, pues, convirtiendo la censura en alabanza y el
envilecimiento en homenage, no encontraban palabras bastan
tes para ensalzar el reinado de Pio IX, convertido repentina
mente en la delicia y el ídolo de los pueblos, el objeto del
239

amor de los católicos, el deseado de los protestantes y la ad


miracion de los mismos musulmanes (1).u Y no era el recono
cimiento el que sus alabanzas inspiraba, no; eran estas efecto,
como la desgracia enseñó mas tarde, de un plan preconcebido
y con estudio satánico meditado; era el resultado de un gran
crímen que preparaba los medios para conmover el mundo.
Así, aunque el pueblo abrigaba un rencor profundo hácia esos
hombres y por instinto desconfiaba de sus loas, como ahora
les veia decir la verdad, que Italia conocia á fondo, ensalzan
do al generoso Pontífice puesto por Dios para regir su Igle
sia, ese pueblo crédulo y sencillo, cuyo temor desaparece al
punto, marchaba en pos de esos hombres, abandonaba sus pa
sados recelos, y, arrepentido de sus antiguos juicios, les acla
maba á su vez, uniéndose á ellos para ir al Quirinal á pedir
con frenético entusiasmo su santa bendicion al Papa.
Por consecuencia de esta fusion, que se llevó á cabo entre
el Mal, que siniestramente sonreia al ver la prontitud con que
seducia al pueblo, el cual íntimamente se le adheria lleno de
confianza, y el Bien, que, lleno de fe, creia asistir al triunfo de
la verdad y la justicia, la divisa blanca y amarilla del estan
darte Pontificio, que fue antes objeto de vituperio, volviose de
improviso en el resplandor del sol y de la luna, que cubren de
oro y plata el azul del firmamento. Las salas se tapizaban con
estos dos hermosos colores, y los mismos se veian en los cor
tinajes de las camas, de los balcones y de las ventanas, en las
colgaduras de los palcos del teatro, en todas partes, en fin.
Blancos y amarillos eran los pañuelos de las señoras mas ele
gantes de Roma, las cintas de los sombreros, las guarniciones
y adornos de los vestidos, y hasta los esmaltes de los collares,
brazaletes y pendientes (2). El color pontificio fue de moda;
pero este furor era sospechoso desde que lo ostentaban y en la
Ciudad Eterna lo propagaban hombres como Renzi, Sterbini
y Galletti; porque esos hombres incitaban á la plebe á acudir
al Quirinal, así de dia como de noche, para pedir la bendicion

Bresciani: El Hebreo de Verona, tomo I, cap. III, pág. 31.


2) Id., id., id., pág. 32.
240

cual energúmenos, riéndose luego de las veces que su rodilla


doblaron para ello, y mofándose de la angélica bondad del
Papa; porque esos hombres, que ensalzaban á Pio IX pública
mente, maldecian la memoria de Gregorio XVI, y eran y fue
ron siempre los enemigos perpetuos de todo sacerdocio y de
toda autoridad. Mas no lograron engañar al Santo Padre ni en
estas ocasiones ni en aquel solemne dia, 1º de agosto, en que
con su consagrada mano administró el Soberano Pontífice la
sagrada Eucaristía á los amnistiados, los cuales tuvieron osadía
bastante para hacer público alarde de los espantosos sacrile
gios en tan tremenda ocasion cometidos por los que hipócri
tamente se ostentaron compungidos. Si la bondad de Pio IX
llegaba á vencerlos y arrepentidos de su pasada vida conocian
el mal que practicaron y buscando la paz dejaban en tranqui
lidad á Italia, á costa de algunas incomodidades habria conse
guido el generoso Pontífice su mas constante deseo: si, por el
contrario recalcitrantes y tenaces abusaban de esa bondad, y
siguien en su perfidia se obstinaban en continuar atacando
toda autoridad legítima y rebelándose contra Dios, contra la
Iglesia y el órden, entonces se manifestaban en su horrible
desnudez, en este caso los hombres de honor, los Reyes, los
gobiernos y los pueblos, puestos de parte de la Santa Sede, la
defenderian, reconociendo la escelencia de su causa, y severa
mente castigarian á los malvados, que de tal modo abusaban
de la clemencia que con ellos se ejercia.
El Santo Padre, pues, continuó en la senda que habia em
prendido, escuchando solo los nobles sentimientos de su gene
roso corazon, y el 8 de agosto nombró secretario de Estado al
Cardenal Gizzi, que pasaba por sostener las ideas liberales:
varió el personal de las legaciones, á cuyo frente puso eminen
cias respetables, á las cuales ningun compromiso anterior liga
ba; disminuyó en mucho los gastos de su corte, y reunió una
comision de jurisconsultos para que, examinando detenidamen
te las leyes civiles y criminales de los Estados romanos, propu
siese las reformas y mejoras que estimase conveniente; avocó
comisiones que entendiesen en los diversos ramos de la admi
nistracion, y mejoró notablemente la educacion popular, que
24.1

rápidamente se estendió. De todos estos actos, que revelaban


la grandeza de alma de Pio IX, se tomó ocasion por los clubs
de las sociedades secretas para conmover los demas Estados
de Italia, haciendo presente que, pues Pio IX marchaba por
el camino de las reformas, era forzoso emprender aquesa via,
santificada con las huellas del Jefe del Cristianismo. Y acerta
ron; porque la Península se puso en movimiento, y en Turin
Cárlos Alberto se vió precisado á hacer concesiones, que ágran
des voces le pidió su pueblo; y el Gran Duque de Toscana tuvo
que ceder á las peticiones que tumultuariamente se le hicie
ron; y el de Parma dejó hacer contra la Compañía de Jesus á
los que mas adelante obrarian contra él; y el de Módena veia
detras de su vacilante Trono, que con insegura planta pisaba
por vez primera, nubes de pésimo aspecto; y la cogitabunda
Pisa se inquietaba con las discusiones que en su universidad
se suscitaban; y Petitti, con su Revista política, atizaba las
pasiones que en revuelto torbellino empezaban á inflamarse,
despidiendo chispas, que un incendio general amenazaban ; y
Mazzini regalaba á la Península, desde su emigracion de Lón
dres, despues de haber escrito felicitando á Pio IX, su libro
De la Italia en sus relaciones con la libertad y la civiliza
cion modernas; y Ricciardi, en sus Comforti all Italia, esci
taba á los hijos del Lacio á no desmayar en las esperanzas
concebidas; y Thiers animaba desde el banco de la oposicion
de las Cámaras francesas al Santo Padre; y Guizot, mas co
nocedor del principio por que se forman las revoluciones, in
tentaba moderar aquel ardor que lord Minto, embajador inglés,
promovia con su activa propaganda en pro de todas las liber
tades; y como consecuencia forzosa de todo cuanto acabamos
de decir, el dia 5 de diciembre de 1846 aparecia Italia ilumi
nada de un estremo á otro en toda la estension de los Apeni
nos por hogueras nocturnas, mientras con voz estentórea se
repetia en la Península el antiguo grito de ¡Fuera los bárba
ros! que se lanzaba al rostro de la dominacion austriaca.
Mucho se sorprendió Pio IX cuando supo las consecuen
cias que de sus palabras y sus actos deducian los mismos que
tanto le ensalzaban; pero tranquila su conciencia, convencido
16
242

de haber cumplido gravísimos deberes, continuó su comenza


da obra. Su noble corazon se alarmó, sin embargo, con los
motines que estallaron en Bolonia y en Ferrara, tomando por
pretesto la escasez de granos, cuando justamente abundaban,
merced á las precauciones tomadas y á los generosos socorros
dispensados átodas las poblaciones de sus Estados, especial
mente áBolonia, cuya riqueza aumentó con los grandes privile
gios otorgados á su universidad, la cual se vió al punto poblada
de escolares de todas las naciones; pero mayor fue su sorpresa
cuandosupo que en tan repugnante insurreccion no se pedia
pan, ni se solicitaban alimentos, que no faltaban; sino el esta
blecimiento de la Guardia nacional (1). El Santo Padre probó
que era inagotable su bondad, concediendo á las dos poblacio
nesya citadas la institucion que pedian. Lleno de una inmensa
pena y de profunda amargura, pero confiando siempre en la
justicia de su causa y en el amor que le mostraba su pueblo,
publicó el Soberano Pontífice el 23 de diciembre una notable
Encíclica, en que la Religion, hablando un lenguaje de grave
majestad, de inefable mansedumbre y de caridad divina, venia
á conmover, con su uncion y su dulzura, las fibras mas deli
cadas y esquisitas del humano corazon; pero todo fue en vano.
Las masas habian empezado á contagiarse con el vírus ponzo
ñoso del mal, y como si Pio IX vacilase en su sendero, se le
gritaba cada vez que se presentaba en las calles de la Ciudad
Eterna : ¡Valor, Santo Padre!u Y como si no estuviese de
mostrando de un modo bien palpable cuánta era su generosa

(1) En estos motines, así como en las ovaciones reglamentadas que


se tributaron á Pio IX en los primeros dias de su exaltacion al Trono,
se conocia la mano de los clubs á tiro de ballesta. El entusiasmo tenia
sus jefes, como los tenia la insurreccion, y las masas se hallaban regi
mentadas con sus oradores y sus guias. Así fue que si en la ovacion del
8 de setiembre de 1846 pudo conocerse el espíritu que animaba á los
revolucionarios, al verles cerrar el paso á los carruajes de los Prelados
de la escolta Pontificia, para que no pasasen por debajo de los arcos
triunfales erigidos por *: á Pio IX, en el motin de 7 de di
ciembre del mismo año, promovido para pedir el establecimiento de
una escuela politécnica, pudo verse que los estudiantes, que así obraban,
cedian á presion determinada; á la misma presion que les obligó luego
el dia 27 ágritar con Angelo Brunetti:/ Viva Pio IX solo/ Algunos
tambien gritaban ya: ¡Viva Pio IX y abajo el Papal
243

abnegacion, y cuán infinito el amor que profesaba á sus súb


ditos (1), todavía se ponian ante su vista cartelones inmensos
que las sociedades secretas preparaban, y en los que se leian
estas palabras, que eran sin duda una condenacion espresa de
la perversa conducta de aquellos que las trazaron: uJusticia
para el pueblo! ¡Justicia para el pueblo, en beneficio del cual
hacia el Papa sus reformas, se privaba de sus comodidades,
abandonaba su reposo y se despojaba de sus prerogativas de
Soberano absoluto! ¡Justicia para el pueblo á quien daba pan,
cuyas cadenas rompia, cuya obediencia ennoblecia, y al que
otorgaba sus inmensos beneficios...! ¡Oh! ¡No! ¡No era el pueblo
el que esto escribia, porque el pueblo gritaba como siempre:
¡Viva el Papa!, y se arrodillaba gozoso en su presencia, con
tento con recibir su Apostólica y santa bendicion!
Entre tanto continuaban sus trabajos las comisiones nom
bradas para la reorganizacion del ejército, establecimiento de
Bancos agrícolas y estension de la instruccion popular por me
dio de las escuelas, y se preparaban las bases indispensables
para hacer una eleccion acertada de los mas ilustrados habitan
tes de todas las provincias pontificias, los cuales deberian formar
un cuerpo consultivo con facultad de emitir su voto y delibe
rar sobre la Constitucion que debia regirá los pueblos someti
dos á la Santa Sede, y sobre las leyes que convenia promulgar.
El 15 de mayo de 1847 Pio IX concedió la libertad de im
prenta con facultad de censurar libremente los actos de su
gobierno temporal, y el 31 ofreció solemnemente el estableci
miento de la Guardia cívica, y mayor amplitud á los derechos
de que gozaba el municipio romano.
Poco á poco, y como en el lugar de una cita, se habian
reunido en la Ciudad Eterna los sectarios mas influyentes del
feroz iluminismo, oculto bajo el nombre de La Jóven Italia

(1) A principios de enero de 1847 se hizo un arreglo en la adminis


tracion de justicia,porvirtud del cual se suprimieron los tribunales
del Uditore y del Capitole, refundiéndolos en la Sacra Consulta. El
Cardenal Gizzi recordó al pueblo el 17 de abril del propio año los mu
chos beneficios que al Santo Padre debia, entre los cuales se contaba
la Consulta de Estado, entonces en proyecto.
244

á las órdenes de Mazzini, Zaleski y Weithing. Hallábanse


entre ellos, dice el citado Bresciani, los sicarios que asesinaron
á Emiliani y Lazzareschi en Rödes; los que dieron muerte á
los comisarios de policía y á otros empleados del gobierno
Pontificio en la plaza de Rávena, en el puente de Faenza, bajo
los pórticos de Bolonia y al pie del castillo de Cesena, y los
asesinos de Liorna, que hacia años se ejercitaban en los cami
nos dando de puñaladas á los que la sociedad les señalaba.
Todos estos bandidos, bajo diversos nombres y tomando todos
los disfraces, presentábanse por todas partes; los unos se
hacian pasar por artistas, otros como mercaderes, estos como
vendedores de estampas, aquellos como caballeros; y por
medio de señas convenidas ó con los sellos de la sociedad,
tenian sus citas y se comunicaban las noticias, órdenes ó
avisos y resoluciones que era preciso saber. Entrometíanse en
las reuniones, sentábanse con el pueblo á la mesa en las
tabernas, en las fondas y demas establecimientos públicos,
donde tentaban el vado y sondeaban el corazon de los
desprevenidos romanos. Aquí soltaban una espresion, allí
una mentira; en unos sitios se hacian del partido Pontifi
cio, en otros republicanos, segun el ambiente de que se veian
rodeados. Y detras de la Lungara ocultaban las prensas en
que se imprimian infernales folletos, que, con gran admiracion
de los hombres de bien, aparecian en todas las manos y esci
taban al pueblo á todo género de maldades y de crímenes.
Allí se ordenaba quién habia de sucumbir con el puñal ó el
veneno, y qué posesion habia de ser reducida á cenizas con la
tea infame del incendiario: allí estaba el depósito de aguarrás,
los tósigos y el espíritu de vitriolo que para tales horrores se
dedicaban; y allí se consumaban las cínicas orgías y tremen
das saturnales que Roma no vió desde los tiempos gentílicos:
allí, en fin, precisamente en el monte Janículo, en que San
Pedro murió, se elevaban los altares de Baal, frente á frente
á los altares del único y verdadero Dios (1). Y estos hom

(1) Bresciani: El Hebreo de Verona, tomo I, cap. vi, pág. 79.

== --- --= =
245

bres, mezclados siempre con la plebe, á la cual seducian insen


siblemente, conduciéndola hácia el mal, la hicieron sospechar
de las rectas y puras intenciones de Pio IX; la hablaron de
una historia Pontificia forjada siempre por ellos y en la cual
los Papas aparecian como el azote del mundo, y la enseñaron
á desconfiar de aquel grave y hermoso Pontífice, que no tenia
mas que justicia y piedad en el fondo de su alma, amor y
bondad dentro de su corazon. Y el pueblo, que nada sabe
ocultar, porque jamás es malvado, receloso del Santo Padre,
dejó ya de aplaudirle con su pasado entusiasmo; y, frio y
amenazador, empezó á practicar aquellas demostraciones que
amenazaban el órden público y atentaban á la libertad del
Papa, sobre el cual querian pesar, y que el Cardenal Gizzi se
vió obligado á prohibir desde el momento en que observó la
tendencia radical de algunos estranjeros, que á las masas con
movian, con motivo del Motu proprio del dia 12 de julio, en
que el Papa se lamentaba de la ingratitud de algunos de sus
hijos.
Y no era un sueño: La Jóven Italia habia decretado la
muerte de varios personajes adictos al Santo Padre y entu
siastas por el poder Pontificio, entre los que se contaban Nar
doni, Freddi, Benvenuti y algunos otros. La policía lo des
cubrió, y avisando á los interesados, les hizo tomar sus pre
cauciones, y ella misma redobló la vigilancia. Desde el mo
mento en que la policía desbarataba los planes de los impíos
iluminados, se hacia forzoso acabar con esa institucion, eter
no obstáculo con que siempre tropezaban los planes de los
malvados. Al efecto, varios sectarios difundieron por el Trans
tiber, Rippa grande y Rippetta, la voz de que el 17 de julio,
en que debia celebrarse con una gran funcion cívica el ani
versario de la amnistía, iba á estallar en Roma una gran con
juracion, en la cual la policía pasaria á cuchillo á los conoci
dos por susideas liberales. Acusábase de estar al frente de la
tal conspiracion al Cardenal Lambruschini, al P. Roothaan,
general de la Compañía de Jesus, al P. Bernardo Paulotto,
santo religioso mínimo, al venerable sacerdote Pallotta, al jefe
de la policía Grassellini, y al ya mencionado Freddi, que pa

- ------------*-
246

saban por pertenecer al partido que se llamó Gregoriano (1).


El dia tan temido por la Ciudad Eterna llegó: todo estaba en
calma; pero de repente unos cuantos ociosos, pagados para
ello, que se hallaban en el Pópolo, echaron á correr; no fue
menester mas. La Guardia nacional, que aunque no se halla
ba organizada, si bien otorgada su formacion, hasta el presen
te, y que deseaba empezar sus proezas, se presentó en seguida
y se apoderó de los principales puntos de Roma, so pretesto
de proteger el órden; y una comision de su seno pasó á su
plicar á Pio IX decretase la disolucion de la policía, que no
era necesaria desde el momento en que la Milicia urbana se
encargaba de vigilar en la ciudad del Tíber sobre los malhe
chores, de dia como de noche, produciendo con semejante
medida un ahorro al Erario Pontificio. El Cardenal Gizzi, que
en todo esto vió un símil de la historia de Pisístrato, presen
tó su dimision, sustituyéndole el Cardenal Ferreti: la policía
fue disuelta, y los cívicos empezaron su servicio dando guar
dias, patrullando, celando, en fin, con afan por la tranquilidad
y el órden. ¡Infeliz Pastor, que ve su amado rebaño custodia
do por los lobos! ¡Pobre pueblo, que se encuentra á merced de
sus fieros enemigos!... ¿Estarán ya satisfechos?... ¡No! (2).
Por una coincidencia casual se supo al dia siguiente que
los austriacos habian reforzado su guarnicion le Ferrara á fin
de estar prevenidos contra los movimientos de que era centro
la Ciudad Eterna, y que Roma comunicaba á los Estados li
mítrofes. Pio IX protestó con noble independencia contra ese
aumento de fuerza, que parecia una amenaza para su pueblo,

(1) Con este nombre eran designados los verdaderos católicos, fieles
servidores de la Santa Sede. Reputábase como una afrenta este dicta
do, que como una injuria arrojaba el populacho al rostro de los Carde
nales y Prelados que desempeñaron altos puestos durante el Pontifica
do de Gregorio
(2) En efecto; el abate Gioberti y el P. Ventura, que tantas lágrimas
vertió despues al recordar, como San Pedro, su debilidad y su apos
tasía, sostenian que siendo el gobierno popular, y teniendo una fuerza
popular, como lo era la Milicia urbana, debia licenciarse á los suizos,
que eran una fuerza gubernamental. Esto mismo defendian con gran
calor los asiduos tertulianos del estanquero Piccioni, en cuya casa, si
tuada en el Corso, se reunian los anarquistas de la Ciudad Eterna.
247

en cuyo buen sentido confiaba aun el generoso corazon del


Santo Padre: mas á pesar de esa protesta, que fue pública y
que obtuvo, al par que el apoyo de Cerdeña y de Toscana, las
censuras y reconvenciones de la Francia, la cual se inclinaba.
al Austria, los amnistiados principiaron á inflamar los ánimos
de la multitud con sus discursos, y los sectarios, murmurando
á los oidos del pueblo mentiras estudiadas, hicieron que sur
giese en los corazones un mal deseo, y en todas las cabezas
una sospecha, en tanto que á la plebe persuadian de la mala
voluntad con que Pio IX dispensaba los inmensos beneficios,
que á manos llenas derramaba sobre su pueblo. Así ya no se
escuchó el antiguo grito que al Soberano ensalzaba: los que
olvidaron al Pontífice por el Monarca, relegaron ahora á este
al olvido, y en su lugar gritaban: ¡Viva la Constitucion y la
independencia, y mueran los austriacos!
Las noticias que diariamente llegaban de Toscana y de
Cerdeña, donde los respectivos Soberanos habian tenido que
cederlo todo á las exigencias de sus súbditos, animados como
los romanos con las promesas y escitaciones del embajador
inglés, no eran las mas convenientes para calmar los ánimos.
Ya el Gran Duque Leopoldo habia tenido que obedecer las in
dicaciones de El Alba, La Patria y El Liornés, periódicos
de sus Estados que dirigian la pública opinion á su capricho,
y que habian solicitado la formacion de un nuevo ministerio,
el aumento del ejército y la creacion de la Milicia nacional, lo
cual consiguieron al fin. Ya tambien Cárlos Alberto, cediendo
á su sueño de formar un reino italiano, cuya corona se creia
llamado á ceñir, habia despertado de su pasado sopor, y sa
liendo de su acostumbrada apatía, habia pronunciado enérgi
cas frases contra el Austria, á quien hacia la guerra por medio
de decretos y aranceles. Pero Turin, Niza y Génova no se
contentaron con esto, y obligaron al Monarca á llamar á los
emigrados, árefrenar el celo de la policía y á abolir la censura
en sus Estados. El peligro, pues, iba siendo grande para los
Soberanos, que cada dia veian levantarse nuevas exigen
cias y surgir diferentes peticiones. Para templar y dirigir
con acierto este ardor que á la Península agitaba, se pensó en
248

regenerará Italia reformando sus instituciones, y en hacerla


libre para hacerla despues independiente. Los embajadores de
la Santa Sede, de Cerdeña y de Toscana, reunidos en Turin,
firmaron las condiciones de una íntima alianza entre los tres
Estados, invitando á tomar parte en esta union á los Sobera
nos de Nápoles y de Módena. Pero las divisiones que en el
ducado de Parma se suscitaron con motivo del fallecimiento
de la Duquesa María Luisa hicieron apresurar el momento
en que los austriacos entrasen en Parma y en Módena para re
primir el fuego, que empezaba á levantar su devastadora llama.
Entonces el comité central revolucionario, cubriéndose con la
máscara de un mentido patriotismo, predicó la insurreccion á
los pueblos como medio de vengar la afrenta inferida por el
Austria á aquel pais, cuyos Soberanos, decian, eran cobardes
para hacer grande y glorioso el nombre de la conmovida
Italia.
Llegados á este punto, la Revolucion no se contuvo ya ante
respeto alguno: y en los primeros dias de setiembre se dióá co
nocer en Nápoles con la noticia de la sublevacion de Reggio y
de Messina. Todas las miradas se volvieron hácia Roma y hácia
Turin ; pero Pio IX solo se cuidaba de ir cumpliendo noble
mente, y á pesar de todo, las promesas hechas, sin creerse en
su grandeza de alma dispensado de su cumplimiento por el
aspecto amenazador de que la Península se revestia al espirar
el año de 1847: en cuanto á Cárlos Alberto, permanecia si
lencioso, prestando atento oido á las encontradas voces que
en Italia resonaban.
Al comenzar el año de 1848 se hallaba la Península en
combustion: una desconfianza instintiva obligaba á los Sobe
ranos todos, escepto el Santo Padre, á tomar sus precauciones
contra la propaganda revolucionaria, que todo lo conmovia,
siendo Pio IX el único que continuaba confiando en aquel
pueblo á quien tanto amaba, y el solo Monarca que no se
preparaba ni se armaba como los demas de Italia. Los pueblos
por su parte se sobreescitaban mas y mas, y se animaban mu
tuamente á la lucha en presencia de las tropas con que el
Austria aumentaba sus guarniciones de Lombardía, á la vista
249

de las nuevas conscripciones que llevaba á cabo Cárlos Alber


to, multiplicando su ejército, ya puesto en pie de guerra, y
con noticia de las escuadras que Francia reunia en Tolon y
en Marsella, y de la inglesa que cruzaba á la vista de Sicilia.
El embajador francés, cumpliendo las instrucciones de su go
bierno, recorria la Península de un estremo á otro para cal
mar su ardor; el plenipotenciario inglés, por el contrario, para
estimular la efervescencia popular que ya se dejó observar el
3 de enero en las calles de Milan.
El dia 12 estalló la rebelion en Palermo, que despues de
rechazar á las tropas reales napolitanas en los dias 15 y 16,
comunicó su fuego de la parte acá del Faro, en tal disposicion,
que el 18 enviaba diez mil hombres sobre Nápoles para sa
carla de su indolente sopor, lográndolo al fin el 27, en que se
insurreccionó la patria de Masaniello. El 28 se vió obligado á
ceder el Rey Fernando, que tuvo que nombrar un ministerio
impuesto por el pueblo, comprometiéndose al dia siguiente á
publicar la Constitucion, que al fin apareció el 11 de febrero,
apresurándose á imitarle prontamente el Rey de Cerdeña y el
Gran Duque de Toscana. El reino Lombardo-Véneto no podia
mirar con indiferencia los adelantos que hacia la rebelion en
Italia: queria sacudir el yugo austriaco, y deseaba para ello
imitar el ejemplo de los demas Estados de la Península que
dictaban la ley á sus Monarcas. Notáronse desde luego algu
nos síntomas que precisaron al viejo mariscal Radetzky, co
mandante general del territorio, á tomar sus precauciones: el
pueblo se negó á fumar, y rehusó cuanto de Viena venia. La
mina estaba cargada. La caida de Luis Felipe, que sufrió la
pena del Talion, el 24 de febrero, la hizo reventar con horro
roso estruendo, conmoviendo á Europa, y produciendo un in
menso movimiento y una gran oscilacion en la Península, en
cuyos ámbitos resonaron los ecos del tremendo trueno des
pedido por aquel volcan que se ponia en erupcion. La procla
macion de la república en Francia animóá los radicales, que
no tuvieron ya rebozo en sus exigencias ni se detuvieron ante
consideracion alguna, obligando á Pio IX, á Cárlos Alberto y
áFernando II á hacer nuevas concesiones, que dieron por re
250

sultado el encontrarse la constitucional Italia abocada á una


feroz anarquía (1).
El Austria se habia visto tambien en la necesidad de su
cumbir, accediendo á los deseos del pueblo insurrecto de Vie
na, que á grandes gritos pedia la caida del viejo diplomático
Metternich, que con toda su ciencia no habia podido parar el
golpe que su influencia mató. Yesta noticia,prueba ostensi
ble de la debilidad imperial ó de las fuerzas y poder con que
la Revolucion contaba; esta noticia, decimos, difundida en la
Península con la rapidez y la velocidad del rayo, puso en mo
vimiento á todos los pueblos, y precipitó los sucesos en Milan,
donde con impaciencia suma se aguardaba una ocasion favo
rable para desembarazarse de la dominacion cesárea. En efec
to; el 17 de marzo, en que se recibió tan fausta nueva, los
ánimos se exaltaron, los ciudadanos de la antigua corte lom
barda se regocijaron, formáronse numerosos grupos en las ca
lles y en las plazas, y comenzaron esos mil rumores, que pre
ceden siempre á los grandes movimientos. El virey, encon
trándose, ó, mejor dicho, creyéndose impotente para contener
un mal que su espanto y su terror le aumentaban,se fugó con
direccion á Verona, mientras el gobernador se veia obligado
á decretar el armamento de la Milicia cívica. Hasta el mismo
Radetzky creyó llegado el momento de que el Lombardo-Vé
neto se emancipase de la absurda autoridad del Austria:y
previendo los sucesos, se retiró al castillo, en tanto que sus
tropas ocupaban militarmente la ciudad; pero nada consiguió
Al dia siguiente empezó la lucha, en que las barricadas defen
dian á los milaneses, los cuales invocaban á San Ambrosio en su
ayuda para recuperar su libertad perdida; y desde ellas acribi
llaban con su certero fuego á los soldados del Austria, que á
cuerpo descubierto sostenian la lucha, continuando el 20 y
el 21 con gran energía de una parte y otra. Pero el 22 en la
noche tuvieron que batirse en retirada las legiones austriacas,
abandonando el pais, que al fin se vió libre de la dominacion

(1) Hasta Mónaco tuvo su Constitucion, arrancada por elpueblo al


príncipe Florestan I
251

imperial, y juzgó ver en el horizonte levantarse hermoso el


sol de su antigua libertad. ¡Vana esperanza! En el mismo dia
el leon de San Márcos sacudia sus perezosas melenas, y la Rei
na del Adriático, la infortunada Venecia, se estremecia de gozo"
al escuchar en la plaza de los recuerdos ducales el grito de
¡Viva la república! que Manin lanzaba. Florencia tambien
evocó sus pasados recuerdos, y se levantó imponente; pero in
justa en su agresion, lanzó de sus legítimos Tronos á los Du
ques de Módena y de Parma. Un solo acento se oyó entonces
en la Península: voz de amenaza, canto de muerte para las
águilas imperiales, que avergonzadas huian de aquel pais
que unánime gritaba: A las armas, guerra al Austria!
Este era el instante que esperaba impaciente Cárlos Alberto
para echar su espada en la balanza:y aprovechando sagaz la
sobreescitacion de Italia, que abundante cosecha le ofrecia,
dictó al punto sus mandatos,y el dia 24 pasaron el Tessino
sus primeros batallones, que iban á combatir al imperio. ¡Oh!
Si en esta lucha hubiese habido un sentimiento grande y ver
daderamente noble; si el amor de la patria hubiese inspirado á
Italia; si la Península hubiese escuchado el acento generoso de
Pio IX, Italia seria hoy libre; porque no era un imposible la
vuelta de aquellos tiempos en que el mundo se asombraba
ante Alejandro III y la fiera liga lombarda; pero solo se es
cuchó á la ambicion mezquina, y se tomó consejo de la pasion,
para mas remachar de esa manera las cadenas en que parte de
la Italia volvió de nuevo á caer.
No podia Roma permanecer indiferente en presencia de
aquestosgrandes sucesos, que variaban de un todo la faz de la
hermosa Italia. El ardor guerrero de que se hallaba poseida la
Península debia contagiará los hijos de la Ciudad Eterna,
que con placer recordaban á las antiguas legiones invictas; y
preciso era que Roma, de donde partió la primera palabra de
esperanza que oyó Italia, no se mostrase ahora esquiva á los
grandes acontecimientos que sin duda se aprestaban. Mas ay
los siete collados se negaron á escuchar el acento con que el
patriotismo y la generosidad les hablaron por boca del Santo
Padre: la demagogia habia trastornado por completo los cere
252

bros de los hijos del Tíber, y no era ya la capital del mundo


lo que en un principio fue la gran ciudad Apostólica. Ilumina
ciones, tiros, voces, ruido, blasfemias, resonaron al pie de las
colinas en que se asienta la Cátedra de San Pedro; pero no era
esto bastante: era forzoso, como dice el citado Bresciani, que
se hiciese al Austria un gran ultraje; era preciso hollar el de
recho de gentes, mancillar la blanca estola de la Iglesia roma
na, ofender los respetables fueros de la hospitalidad, violar el
hogar doméstico del pacífico embajador imperial, y asaltar su
palacio que la bandera del Austria protegia; y con gritos de
furiosa rabia amenazarle de muerte y arrancar el escudo de las
armas cesáreas y cubrirlo de lodo y de inmundicia, y arrastrar
lo por las calles de la Ciudad Eterna, y destrozarlo y hacerlo
varios pedazos, que fueron alfin quemados en una gran hogue
ra, alrededor de la cual bailaban, vomitando imprecaciones,
los héroes de tal hazaña,á los cuales nadie conocia, y cuya
procedencia se ignoraba (1).
Toda esta hiel que el Austria apuraba á grandes tragos
en Italia, obligaba al imperio á tomar sus precauciones, á fin
de satisfacer su deseo de venganza y de obtener el triunfo en
la lucha, ya empezada, para llevará cabo un escarmiento ejem
plar en los que su poder y su fuerza despreciaron. Con gran
cuidado y diligencia suma buscaba el triunfo, que debia hacer
le saborear lentamente el tremendo castigo que en su mente
meditaba, y huia cuidadosa la derrota, que era la muerte, y
ademas la humillacion. Radetzky comprendió toda la amargu
ra que inundaba el corazon de su Soberano, y se fortificó en
el terrible Cuadrilátero, donde esperó con la sonrisa en los la
bios á aquellas legiones, compuestas de la hez de la sociedad,
formadas de elementos tan heterogéneos y tan poco dispuestas
áentenderse como á obedecer ála disciplina: tales eran los que
con el nombre de voluntarios marchaban á la guerra que lla
maron Santa. Los hombres sensatos, sin embargo, los verdade
ros amantes de su patria, los que con toda verdad suspiraban
por la libertad de Italia, movieron tristemente sus cabezas:

(1) Bresciani: El Hebreo de Verona, tomo I, cap. xix,pág. 209.


253

veian á la ambicion en el Trono de Cerdeña, y desconfiando del


auxilio de Cárlos Alberto, no se dejaron seducir. Y con razon,
en verdad; porque veian á legítimos monarcas italianos, fugiti
vos de sus Estados, conmovidos por el radicalismo, en tanto
que la diadema temporal del Santo Padre se convertia en corona
de punzadoras espinas. Sí, razon tenian. Cárlos Alberto, que
intentaba amoldar el entusiasmo de la Península á sus intere
ses personales por medio de la diplomacia, manifestaba el mó
vil que dirigia sus acciones, desde el momento en que hacia
ostensible su disgusto por la proclamacion de la república de
Venecia y desde el instante en que ponia por precio de su ayu
da la dominacion del Lombardo-Véneto, que se habia escapa
do de las manos del imperio:y los disturbios ocurridos en Mi
lan desde su llegada, y el deseo por él mostrado de hacer ves
tir al ejército lombardo el uniforme piamontés, y el sardo So
brero ocupando el ministerio de la Guerra en la corte de
Agilulf, y el mal semblante, puesto por el Soberano á los lími
tes marcados á la alta Italia en las cumbres del Brener, con
mas patriotismo que razon, todo ello indicaba claramente que,
preocupado Cárlos Alberto con la idea de seguir el curso de
los siglos y el del Pó, segun la tradicion de su familia, queria
someterlo todo á su dominacion sin choques y sin luchas, mar
chando á su objeto por medio de evoluciones y de arreglos y
tratados, que los pueblos que no se habian levantado para en
grandecerle á él no podian comprender ni estimar en precio
alguno. Ademas, estos mismos pueblos recelaban y temian la
existencia de un gran reino, que sobre ellos pesase con la fie
reza del Austria, y solo buscaban en la guerra el medio de al
canzar su independencia, formalizando luego su unidad por
medio de una confederacion que, dejando á salvo la autono
mía particular de cada Estado, los uniese á todos en un cen
tro y bajo una direccion comun para apoyarse y defenderse
mutuamente. Así es que Italia batia palmas al ver resucitará
Venecia, y con gozo saludaba aquel dia memorable en que el
Austria dejó de dominar en Lombardía. Habia, pues, en el prin
cipio de la lucha una desconfianza instintiva por parte de Cár
los Alberto hácia las ciudades que entonaban himnos á su in
254

dependencia: por parte de estas se miraba con recelo sumo al


Soberano sardo.
Y no eran únicamente los pueblos los que desconfiaban de
los proyectos del que, ápesar de todo, llamaban el Gran Capi
tan de Italia. Las negociaciones que entabló con Módena y
con Parma para unirlas á sus Estados hicieron tambien abrir
los ojos á los demas Soberanos, que miraron con recelo sumo á
aquel Monarca, que asíviolaba la justicia, lastimando el dere
cho ajeno, y sostenia su dignidad de Rey aliándose y humi
llándose ante las mismas repúblicas, que con altivo desden le
imponian sus condiciones. Y si Inglaterra fruncia el ceño á la
sola idea de ver al duque de Génova en el Trono de Sicilia; si
ponia mal gesto á la posibilidad de que Cárlos Alberto reunie
se en el Mediterráneo áGénova y á Venecia, la Francia repu
blicana, dispuesta á favorecerá Italia en su lucha con el Aus
tria, no queria sacrificar sus tesoros y sus legiones en benefi
cio de una ambicion soberana; y la Confederacion Germánica
dirigia su vista hácia el Tirol para ver si en la frontera se oia
la voz del Monarca sardo, y en este caso, acudir al punto con
sus fuerzas para imponerle silencio. La Italia y el mundo,
Reyes, duques y pueblos, desconfiaban de Cárlos Alberto: ¿qué
mucho que aquella lucha fuese estéril para la Península, si la
única espada italiana que en ella combatia se asemejaba mas
al gancho repugnante del trapero que al terrible mandoble de
los antiguos duques saboyanos (1)?..
Pio IX por su parte, deseoso de no ser un obstáculo á lo que
sus pueblos creian su felicidad, habia dejado reunirse á las legio
nes romanas, cuya efervescencia era imposible calmar, y para
contener su temerario ardor las puso á las órdenes del general
Durando, al cual recomendó la corte de Turin; pero presintiendo
el noble corazon del Santo Padre algo de lo que debia aconte

(1) El príncipe de Canino decia al general Pepé, hablando de Cár


los Alberto, bajo los muros de Ancona, que el Rey de Cerdeña era
hombre defe muy dudosa.
En efecto; por este tiempo seguia correspondencia secreta para re
solver el difícil problema, cuya solucion buscaba la Peninsula, con el
Austria, con el Papa, con el Rey de Nápoles y con LAJóveNITALIA.
(Historia de las revoluciones de Italia, por el general Pepé, pág. 84.)
255

cer, despues de darles su bendicion el dia de la partida, como


una prueba de su inmenso amor, les dijo desde la tribuna del
Quirinal: m Que él, Padre de toda la cristiandad, bendecia con
efusion á la Italia, á la que deseaba ver en paz: que no tenia
ni queria guerra con nacion alguna, puesto que á todas amaba
y á todas las abrazaba, sin que ninguna fuese estraña para su
amor, ni estranjera para su amante corazon. Que adviertan y
contemplen los voluntarios romanos que son súbditos del Pa
dre de la paz, y por lo tanto conozcan su mision: y que, gra
ves y prudentes, fijos en los límites de los Estados de la Igle
sia, sin osar pasarlos, se defiendan si son atacados, pero de nin
gun modo aumenten con su presencia en la guerra los conflic
tos por que la Italia atraviesa (1). Los guardias nacionales
romanos, sin embargo, debian despreciar estas palabras que la
Religion y la justicia dictaron, y probar una vez mas que no
hay gobierno posible cuando las sociedades secretas, dominan
do á las masas, las ponen en abierta rebelion con la autoridad
legítima (2).
El dia 6 de abril empezaron las operaciones de aquella lu
cha, que se llamó Guerra de la Independencia de Italia. De
todos los puntos de la Península afluyeron al campo de bata
(1) Bresciani: El Hebreo de Verona, tomo I, cap. xx, pág. 225.
(2) Son muy curiosas, en verdad, las noticias que encontramos en
La Italia roja del vizconde d'Arlincourt, sobre algunos personajes de
los que mas figuraron en esta guerra.
l ex-coronel de la Guardia nacional, Delgrande, hombre célebre
por su profunda inmoralidad, era públicamente acusado de haber ase
sinado á un cultivador, cuya existencia perjudicaba sus intereses; y en
casa de este valiente, elevado á la categoría de jefe de una de las legio
nes romanas que marcharon á la guerra, fue donde se celebró la reunion
en que se decretó la muerte del leal coronel Freddi.
Angelo Brunetti, llamado por apodo Cicer. Vacchio, se quedó en
Roma, muypersuadido de que su presencia era allí necesaria para sal
var al pais; pero envió á su hijo en su lugar.
El ex Padre Gavazzi, nombrado limosnero de la division Ferrari,
salió huyendo á la primera derrota, llevándose la caja del regimiento.
Para justificarse, aseguró por medio de los periódicos que una bala de
cañon se habia llevado la caja, hecha mil pedazos.
En cuanto al general Ferrari, se condujo de tal manera en el ata
que del fuerte de la Cavanella, que, segun elgeneral Pepé, debió, por
lo menos, ser destituido por un consejo de guerra. Sus soldados qui
sieron matarle, ytuvo que apelar á la fuga, lo cual no impidióque mas
tarde le nombrase teniente general el triunviratoromano.(D'Arlincourt,
La Italia roja, cap. Iv,pág. 100)
256

lla porcion de voluntarios, que por sus escesos, tropelías éin


famias hacian avergonzará las tropas regulares de verlos á
su lado, perpretando grandes crímenes y relajando su severa
disciplina. La Guardia cívica de todos los Estados insurrectos
envió su contingente, y el Rey de Nápoles hizo marchar diez
y seis mil hombres, que no debian hacer valer la fuerza de
sus armas hasta el último momento y en virtud de órden es
presa del Monarca, el cual no queria en modo alguno hacer
de aquella guerra el escalon que ayudase al Soberano sardo á
encumbrarse sobre el resto de la destrozada Italia. En cuanto
á los voluntarios, puestos á las órdenes del general Durando,
infringieron el mandato de Pio IX tan pronto como llegaron
á las orillas del Pó, alegando como justa causa de ello El Con
temporáneo, La Palas, La Epoca y La Esperanza, periódi
cos que se publicaban en Roma, que siendo todos italianos,
debian reunir sus esfuerzos y sus recursos para arrojar al
estranjero de Italia: que la guerra era nacional, y que el Santo
Padre habia bendecido aquella lucha, que tomaba el carácter
de sagrada, desde el momento mismo en que á los voluntarios
bendijo antes de marchar para Bolonia, donde se estableció el
cuartel general de las legiones romanas. El Papa no podia
guardar silencio ante la embozada acusacion que se le dirigia
de haber fomentado la guerra, él, representante de un Dios
que es todo paz; en su consecuencia, despues de destituir al
general Durando del mando de las tropas el mismo 10 de abril
en que supo su desobediencia, la cual tan grandes conflictos
podia originará la Santa Sede, espiritual y temporalmente
considerada, elevó su noble acento en el Consistorio secreto
del 29, y pronunció una notable Alocucion en que declaraba
no haber autorizado el armamento y marcha de las legiones
romanas á los campos de Lombardía, sino que únicamente lo
habia tolerado todo por encontrarse incapaz de refrenar el
ardor de aquella parte de sus súbditos, que se mostraba ani
mada del mismo espíritu de nacionalidad que los demas ita
lianos (1). Esta Alocucion, que desde luego revelaba muy

(1) Lafuente: Revista Europea,pág. 90.


257

á las claras la emocion profunda de que el Santo Pontífice se


encontraba poseido, y que ponia las cosas en su verdadero
puesto, escitó la indignacion del Círculo popular, sociedad
patriótica que aspiraba á imponer la ley á Pio IX: y lanzán
dose sus individuos á la calle, alborotaron la Ciudad Eterna,
y con engaños yfraudes y artificios mil, hicieron poner sobre
las armas á la Guardia urbana, que así lo efectuó presurosa,
cerrando las puertas de la ciudad del Tíber, las cuales no vol
vieron á abrirse, ni aun para dar paso á los estranjeros ilustres,
á quienes cogió desprevenidos fuera de Roma la resolucion de
la Milicia nacional. Grandes patrullas se estendieron por todo
el amurallado recinto de la Ciudad Eterna, ocupando militar
mente los puntos principales; fuertes retenes ocuparon los
puestos estratégicos, y aumentadas las guardias y escitada la
animosidad del pueblo por los individuos de La Jóven Italia
y del Círculo, comenzóá rugir en Roma la tormenta que de
bia estallar algun tiempo despues.
En efecto; el dia 1º de mayo, mientras se adiestraba á
las masas por los sectarios para que ágrandes voces pidiesen
á Pio IX lanzase su excomunion contra el Austria, se apode
raron los urbanos traidoramente del castillo de San Ángelo,
con el silencio de cuyos cañones se hacia forzoso contar para
llevará cabo aquel tremendo complot que entre manos se
traia. Cuando en el castillo apareció la señal de antemano
convenida, empezó la agitacion, y al fin se presentó el motin;
pero fuerte, unido, compacto, organizado, procaz, osado, bu
llicioso. Varias comisiones se dirigieron al Quirinal para exi
gir del Papa la retractacion solemne de lo dicho en el Con
sistorio secreto por el Pontífice y la declaracion de guerra al
Austria: mas el Santo Padre, con su nobleza acostumbrada y
su generosa franqueza, se negó resueltamente á tal humilla
cion y tan manifiesta injusticia, manteniéndose firme en su
anterior resolucion. Nuevamente declaró que no queria la
guerra, porque le repugnaba la efusion de sangre y porque
su conciencia no se lo permitia; entonces se indicó vergon
zantemente la formacion de un ministerio seglar, que apoya
ron los representantes de Cerdeña y de Toscana. El Papa,
17
258

sin embargo, no transigió: tenia tomada su resolucion; mas,


á pesar de ello, recordó á todos que al otorgarles la Constitu
cion habia advertido que habia hecho cuanto le era dable en
beneficio" de su pueblo, y que no podia hacer ya mas: en su
consecuencia, se negó á aquellas exigencias, que deprimian al
Pontífice y escarnecian al Soberano. Hubo algunos que, in
sistiendo, le hicieron observar el furor de la plebe y las con
gojas de las familias; reconocian hipócritamente que era digna,
santa ygenerosa la intencion que presidió á la Alocucion;
pero advertian que las legiones romanas se encontraban en
frente del enemigo, el cual, no considerando á sus individuos
como soldados de la Santa Sede, les pondria fuera del derecho
de la guerra; por consiguiente, opinaban que debia reunirse
un ministerio lego, compuesto de hombres populares que, ejer
ciendo el poder temporal, descargasen al Santo Padre de ese
peso y de los inconvenientes que encontraba á la declaracion
de guerra, la cual el nuevo ministerio podria llevar á cabo.
Pio IX les advirtió que enviaria suslegados al campo piamon
tés,y que rogaria áCárlos Alberto recibiese bajo susbanderas
las legiones de los Estados-Pontificios, las cuales deberian po
nerse á las órdenes del Monarca sardo, evitando así el que fue
sen tratadas como grupos de bandidos; por lo tanto no habia
que insistir mas. El Círculo popular se habia declarado en se
sion permanente; y tan luego como supo la digna resolucion
Pontificia, rugiendo de furor dictó sus órdenes, que volaron por
los ángulos todos de la Ciudad Eterna. La primera de ellas con
sistia en apoderarse diariamente del correo, examinando dete
nidamente la correspondencia, inclusa la dirigida á la Dataría y
á la Penitenciaría, dándose lectura de ella en la casa de correos,
bajo la inspeccion de un tribunal presidido por un carretero
y barquero, el llamado Cicer-Vacchio: la segunda armarse el
pueblo, y, unido con la Milicia, acudir al Palacio Pontificio.
Todo se llevó á cabo inmediatamente en medio de las voces
de muerte, que poblaban el aire, contra los Cardenales, á
quienes se constituyó en prision en sus propias casas, sin per
mitir la salida á ninguno de ellos, por mas que el mayordomo
del Papa se presentó para acompañará algunos al Quirinal.
259

Ya no se buscó el misterio para hablar ni para obrar; y


mientras el magnánimo Pio IX escribia su carta autógrafa al
Emperador deAustria; mientras en ella hacia observar á este
Soberano que todas las naciones tienen un derecho indispu
table á constituirse, citándole el ejemplo de la Alemania mis
ma, y haciéndole ver que despues de los últimos sucesos le
era ya moralmente imposible intentar la reconquista, que no
podia ser duradera ni gloriosa, de aquellas que fueron sus po
sesiones de Italia, hablábase á voz en grito por las calles de
la Ciudad Eterna de la proclamacion de la república y del
asesinato de los indefensos Cardenales. ¡Oh! ¡Asco y repug
nancia inspiran, en verdad, los que tan vil recompensa prepa
raban en su innoble rabia al generoso Pontífice, que tan mul
tiplicadas muestras diera, con harta frecuencia, de su inmen
so amor al pueblo...! Pero aun no se habia saciado la impía
sed que á las sociedades secretas aquejaba: así, pues, reunidos
en número prodigioso, formando masas inmensas é imponen
tes, en que descollaban torvos y feroces rostros que Roma no
conocia, se apresuró el Círculo á cercar con la Milicia el Qui
rinal, marcando al angustiado Pio IX un número determinado
de horas para resolver sobre los puntos propuestos á su san
cion por el pueblo, á saber: 1º Ningun eclesiástico, de cual
quier clase ó dignidad que sea, obtendrá empleo público ó
cargo civil de ningun género. 2.º Formal declaracion de guerra
al Austria. 3º Publicacion de un Boletin diario del ejército de
la independencia. 4º Llamamiento á la juventud para que,
tomando las armas, vaya áLombardía á arrojar á los bárbaros
(sic). La lucha moral del noble Pio IX, dice D. Modesto La
fuente, debia ser terrible. Acosado por las instancias de sus
ministros y por los consejos de sus amigos, rodeado de Carde
nales refugiados á su amparo., mientras el pueblo romano en
masa esperaba palpitante y en un silencio sombrío é imponen
te, aguardando con los ojos fijos en el reloj de Palacio la hora
fatal en que iba á cumplirse el plazo perentorio de su ultima
tum. Las doce iban á dar. El pueblo parecia haber olvi
dado en aquellos momentos todas las virtudes del Santo Pa
dre, todos sus beneficios dispensados á aquel mismo pueblo y
260

á toda la causa italiana, y acaso si tarda ahora unos momentos


mas en complacerle, este pueblo pronunciará una sentencia de
despojo temporal. Momentos antes de sonar las doce, el Papa
hizo anunciar al pueblo que habia nombrado un ministerio
investido de la facultad de declarar la guerra al Austria bajo
su responsabilidad, y que, para apartar los males que pudieran
recaer sobre la Iglesia, iba á reemplazar con seglarestodos los
funcionarios públicos pertenecientes al clero (1). Grande
fue el gozo de aquellos furiosos demagogos cuando vieron
realizados sus proyectos con el triunfo que acababan de re
portar, colocando al conde de Mamiani en el ministerio que
con tanta ansia pedian. El primer paso del nuevo gobierno fue
la convocatoria para elecciones, por sufragio universal, de los
individuos que habian de formar el Parlamento romano: en con
testacion á este decreto, dictó otro el Senado desde el Capitolio
invistiendo al general, coroneles y tenientes coroneles de la
Guardia cívica con la facultad de administrar justicia en lo
civil y criminal. Ya no se contaba para nada con el Santo Pa
dre; de su propia autoridad dió el ministerio sus pasaportes al
embajador de Austria, y del mismo modo dictaba y promulgaba
sus leyes, órdenes y mandatos. Desde el 1º de mayo de 1848
era nominal la autoridad temporal de Pio IX, el cual yacia en
cerrado en el Quirinal, odiado por los mismos republicanos á
quienes devolvió su libertad y sus derechos; despreciado por los
ministros, que su poder escarnecian y hollaban, y olvidado, qui
zás maldecido, por aquel pueblo seducido, en beneficio del cual
consumó tan grandes y tan amargos sacrificios. La firma Pon
tificia no apareció tampoco en el notable decreto, que precep
tuaba la formacion de un cuerpo de ejército de 6.000 hombres,
el cual deberia marchar al punto á reforzar las legiones que
combatian en Lombardía y en Venecia.
Entre tanto se aproximaba el momento en que se decidie
se de una manera solemne la suerte de la Península por me
dio de aquella guerra de bastardas ambiciones por parte de
la Cerdeña, y de frio egoismo por parte del imperio. Parma y

(1) Lafuente: Revista europea, pág. 93.


261

Módena habian sido definitivamente incorporados á los Esta


dos sardos, con desprecio del derecho y la justicia: la Lom
bardía abria sus comicios con el mismo objeto: Venecia se re
sistia; pero manifestaba que no era un imposible su union con
el Piamonte; y las influencias de Turin reportaban en Italia
victorias, que Cárlos Alberto no creia conseguir á tan poca
costa, conduciendo á los pueblos, que no dejaban de emitir al
gunos votos en favor de la dominacion Pontificia, al rebaño
comun, que debia regir la Casa de Saboya. Mazzini empezóá
quejarse; los emigrados levantaron su voz: veian que los es
fuerzos de las sociedades y el patriotismo de la Península
eran solamente favorables al Piamonte, y comprendian que
lhabian conmovido al mundo para engrandecerá Cerdeña, y
que arrebataban al Austria su presa para saciar con ella la
voracidad de la corte de Turin. El 6 de mayo fueron desalo
jadas las tropas piamontesas de la posicion de Santa Lucía
por Nugent y sus austriacos; el 8 fue Durando rechazado con
los restos de sus voluntarios hasta Vicencio. Aquellas pérdi
das eran el principio de una gran derrota que solo podia evi
tar el general Pepé, el cual, desobedeciendo á su Soberano, se
habia lanzado tambien á la refriega con el ejército napolita
no puesto bajo sus órdenes. Pero Pepé no pudo presentarse
mas que con unos ochocientos hombres de los diez y seis mil
que le acompañaban en un principio. Los demas le habian
abandonado.
El 15 de mayo la Milicia nacional de Nápoles habia hecho
fuego villanamente sobre un peloton de soldados que, sin ar
mas, se adelantaron para deshacer algunas barricadas; y sus
compañeros, ardiendo en ira, deseando vengar la muerte de
sus hermanos, y hartos de sufrir ultrajes, se habian lanzado
á las calles, desoyendo la voz de sus jefes, acometiendo á la
Guardia cívica, que desalojó de sus puestos, y destruyendo
las barricadas de las calles de Toledo y San Fernando. El
mismo dia quedó disuelto el Parlamento, desarmada la Mili
cia urbana y vencida la Revolucion. Deseoso Fernando II de
acabar de una vez con aquel desórden y aquella descomposi
cion que traia agitada á toda la Península,dió órden á Pepé de

-
------- ---- - - - ---- --
262

volverse con las tropas, que por otra parte se hacian indispen
sables para pacificar la Sicilia. El general napolitano creyó po
der desobedecer el precepto de su Soberano; mas tan pronto
como los batallones entendieron las órdenes recibidas, volvie
ron con sus banderas en direccion al suelo patrio, sin que los
ofrecimientos ni las amenazas del general en jefe fuesen sufi
cientes á detener mas que un corto número de infantes y al
gunos pocos caballos.
Radetzky tuvo noticias de todos estos sucesos, y tomó en
consecuencia sus medidas. El 28 entró en la fortaleza de Man
tua al frente de cuarenta mil hombres, y el 29 por la mañana
empezó sus operaciones sobre el Goito, que concluyeron con la
batalla de Custozza el 25 de julio. El Austria triunfaba, y
Cárlos Alberto, derrotado en aquella triste jornada, veia con
espanto cómo el mundo le pediria cuentas de la sangre verti
da por una ambicion mezquina, marchando á ocultar su afren
ta y su dolor en Villafranca. ¡Qué de horribles fantasmas de
bieron agitar el sueño de aquel Rey aventurero, que veia
maldecir su nombre en el mismo punto en que juzgó llegará
hacerlo inmortal! ¡Cuán terribles sufrimientos debieron acon
gojará aquel corazon real, viendo su espada de Soberano rota,
allí donde creyó cubrirla de gloria y de fama secular. Y lue
go, aquel adolescente que debia trocar la corona ducal de la
republicana Génova por la diadema real de la constitucional
Sicilia, ¿qué diria? ¿No se destrozaria su jóven corazon al
verse tan cruelmente burlado en sus mas caras esperanzas?
Y la Península, que le oyó esclamar con gran fiereza Italia
fara da se, ¿no le arrojaria sobre su frente gota ágota aque
lla sangre que los campos de Custozza cubre, como recuerdo
eterno de la derrota que la Península sufrió? Y el universo y
los Reyes y los pueblos y los partidos todos en hórrido con
sorcio, ¿no le maldecirian á él, cuya espada de soldado no supo
guiará Italia al campo de la victoria?... Forzoso era luchar de
nuevo; y pues no contaba con recursos suficientes para lavar
se de su pasada vergüenza,invocará el apoyo del estranjero;
la patria perecerá, su honor de Monarca se empañará con el
aliento republicano; pero su ambicion se verá al fin satisfe
263

cha. Con efecto; mientras sus correos marchaban á Francia


pidiendo socorros para el Rey Cárlos Alberto, este daba al dia
siguiente en Volta una pequeña accion, en que era derrotado
nuevamente, sin poder ganar el tiempo que se propuso en
sus planes. Radetzky le persiguió sin descanso durante cuatro
dias, sin dejarle un momento de reposo, sobre el Oglio, ni en
Crémona, ni sobre el Adda, abandonándole solamente ante
los muros de Milan, que vieron á aquel, á quien aclamaron Rey
de Italia, entrar en su recinto vencido, desanimado y fugitivo,
destrozado su manto real, roto su cetro italiano, sin la corona
de hierro, que buscó en los campos de batalla, sobre su frente,
y á la cabeza de los dispersos restos de un ejército desbandado
y lleno de un pánico indecible. Milan recibió friamente á su
Monarca; y milaneses y piamonteses, que mutuamente se
acusaban, concluyeron por venir á las manos en las calles de
la capital lombarda.
En tan triste situacion, Cárlos Alberto ya no se hizo ilu
siones: conoció que su ambicion, quizás tambien algo de pa
triotismo, le habia engañado; y despues de capitular el 6 de
agosto, cediendo las fortalezas de Peschiera y de Rocca y el
material de defensa, y ofreciendo abandonará Venecia, reti
ró de allí sus fuerzas todas y salió aquella noche de Milan.
Al dia siguiente, al mismo tiempo que las tropas sardas aban
donaban la ciudad, Radetzky entraba nuevamente en ella al
frente de su ejército orgulloso; y en la órden del dia, comuni
cada á las tropas el 10, pudo decir con su habitual fiereza:
La bandera imperial flota de nuevo sobre los muros de Mi
lan, y no se encuentra un solo enemigo en toda la estension
del territorio lombardo.
La pérdida de la batalla de Custozza, en que tantas espe
ranzas tenia la demagogia, era indudablemente la derrota de
la Revolucion. Los pueblos no pensaron ya en su quimérica
unidad; pero el radicalismo comprendió que era llegada ya la
hora de su agonía, y al punto sus principales jefes se disemina
ron, abandonando á Milan, y marchando á buscarun refugio
en Roma y otras ciudades, las cuales asívieron aumentarse el
contingente revolucionario, que en perpetua agitacion las sos

- - - -- -- --------
264

tenia. Mientras tanto, Radetzky ordenaba al general austriaco


Welden avanzase hasta Bolonia, hecha entonces el foco detoda
conmocion, por efecto de los sucesos ocurridos en el territorio
lombardo. Bolonia abrió al punto sus puertas á los austriacos,
deseosa de verse libre de los crímenes que sin cesar la inquie
taban; mas los demagogos, que conocian que su última espe
ranza se concentraba en los Estados del Papa, con un furor
desesperado lucharon sin cesar, hasta que lograron arrojará
los soldados del imperio del otro lado del Pó. Pio IX protestó
con noble entereza de aquella violacion de su territorio, que
tenia por objeto obligar al ministerio Pontificio á separarse
del pacto que con la Revolucion hiciera; mas el Santo Padre
no admitia, no reconocia en sus Estados más soberanía que
la suya, y no podia doblegarse ante la intervencion armada
que venia á dar leyes en el dominio de San Pedro. Mamiani
hizo dimision: abandonó su puesto, y un ministerio provisio
nal, compuesto de otros hombres con las mismas ideas y prin
cipios, ocupó al punto su lugar, empezando por prorogar la
legislatura del Parlamento, que votó la guerra.
Quedaba aun la Sicilia, cuya corona habian ofrecido sus
hijos al duque de Génova, el cual no se atrevió á aceptarla des
pues de la derrota de Custozza. Fernando II envió contra
Messina, despues de apurar todos los medios conciliatorios,
ocho vapores de guerra y seis mil hombres de tropas escogi
das, con órden de tomar por asalto la ciudad, cuyos habitantes
se encontraban grandemente divididos, desde que el Parlamen
to puso el sello á su traicion declarando destronada á la Casa
de Borbon y llamando para sucederle en el Trono de Sicilia á
la dinastía de Saboya. No fueron pocos los que quisieron abrir
las puertas de la ciudad á las fuerzas napolitanas, como medio
de impedir estragos y de evitar la efusion de sangre; pero los
sectarios de La Jóven Italia, que en número inmenso poblaban
la Isla, no lo permitieron, y con cuatro mil hombres fuerte
mente parapetados en la ciudadela y socorridos por tierra, pro
longaron la defensa, cometiendo los mayores crímenes, hasta
que intervinieron los embajadores francés é inglés, arreglan
do un armisticio entre el Rey y el Parlamento siciliano.

-==- ==
265

Venecia tambien se sostenia bajo las órdenes delgeneral


Pepé, fortificado en la Laguna y grandemente confiado en Cár
los Alberto, que poco á poco, cual si estuviese pesaroso de su
anterior compromiso, y como si no hubiese renunciado á sus
pasados proyectos, retiraba sus buques del Adriático, indeciso
entre resignarse con su suerte ó comenzar una nueva guerra,
segun le aconsejaba el Parlamento sardo. Y estas resistencias
y estas luchas aumentaban en tanto la sobreescitacion, soste
nian el ardor y daban vida á la efervescencia popular, espe
cialmente en los Estados de la Iglesia y en los de Cárlos Al
berto, donde las pasiones radicales no quisieron sujetarse á
freno alguno ni escuchar ninguna voz. Allí solo se veia á Ve
necia regida por un triunvirato con Manin al frente, y se
acusaba al Monarca de Nápoles de traidor y de perjuro, al de
Cerdeña de tibio y de poco diestro; al Santo Padre ¡oh! al
Papa se le acusaba de ser la causa del mal que Italia esperi
mentó en la serie de los siglos. Y esto lo escuchaban los pue
blos, mal de su grado, en todos los tonos y en todos los acentos,
de los labios de los sectarios, que, á cara descubierta, pedian
para la Italia una república unitaria ó federativa en Roma,
en Bolonia, en Génova, en Liorna y en Florencia.
Liorna fue la primera que dió el grito á favor de la repú
blica el 5 de setiembre de aquel año, tan memorable y tan fe
cundo en sucesos. Pio IX se decidió á sostener su derecho, á
no dejar escarnecer la justicia de su causa, á hacer ver la po
tente majestad de su elevado poder y á no contemporizar por
mas tiempo con los hombres criminales é incorregibles, que se
burlaban de su bondad inmensa y su generosidad constante. En
presencia del reto que Liorna arrojaba á la faz de los Sobera
nos de Italia, el Santo Padre llamó el 15 para formar minis
terio, otorgándole la presidencia, á Pelegrin Rossi, antiguo
embajador francés en Roma y ciudadano de Génova.
Difícil era la mision de Rossi en aquellos tremendos dias,
en que el mas furioso radicalismo lo conmovia todo; pero
firmemente resuelto á corresponderá la honrosa distincion y
á la singular confianza que habia merecido, se decidióá cum
plir con sus deberes, realizando los deseos de Pio IX, que no

"" - ----__" --
266

desistia aun de hacerá la Italia libre con el ejemplo de la ar


monía, que intentaba en sus Estados, entre la autoridad del
Monarca y la libertad del pueblo. Zuchy se puso á la cabeza
del ejército romano, y el abate Rosmini trabajó en un pro
yecto de Constitucion federal. Una nueva faz se presentaba á
los negocios de Roma, y una era desconocida en sus anales
empezaba para aquel pais, tan trabajado por la alevosía y el
crímen. Pero Rossi no contó con los demagogos, á quienes
impuso con su energía, á quienes aterró con su valor, á los
que sujetó con su justicia. El Círculo popular y sus amigos
le desacreditaron al momento: dijeron á los radicales que era
amigo y secuaz de Metternich: á los moderados les recordaron
el proscrito de 1815. Así le aislaron y consiguieron hacerle
antipático y odioso á aquellas turbas de ignorantes, que mar
chaban hácia donde las empujaban los motores de aquellos
tristes acontecimientos. En cuanto á los absolutistas, deplo
raban el cáncer que corroia á la Península, retirados en el
campo ó en el estranjero, y el verdadero pueblo lloraba desde
el fondo de sus talleres cerrados las penas que la Revolucion
causaba al noble corazon del Santo Padre. En vista, pues, del
nuevo sesgo que los sucesos tomaban, se resolvió por los afi
liados de La Jóven Italia en Turin que se estableciese la repú
blica á todo trance en la Península: en Liorna se ordenó que
se observase con cuidado sumo á Rossi en su marcha antira
dical: en Frascati se decretó su muerte. Pocas noches despues
se conducian, desde el Hospital general de Roma al teatro
Capránica, tres cadáveres, en los que, y á presencia de un
cirujano de la Sociedad, se ensayó la manera de dar el golpe
sin errarlo por otros tantos sicarios que en aquel local se
adiestraron en el modo de cortar la artéria carótida, á fin de
que la muerte fuese instantánea y la herida no ofreciese cura
cion (1). Al dia siguiente, La Palas y Don Pirlone, periódi

(1) Véase cómo narra esto mismo el vizconde d'Arlincourt en La


Italia roja: "Rossi no era ya el hombre de las sociedades secret hu
bo de incurrir, por lo tanto, en el anatema que contra él *:
ni: ¡Muera el carbonario traidor!
nMamiani,Canino, Sterbini y otros varios de la misma estofa salie

---- - ---- _-"


267

cos romanos, aseguraban en sus columnas que de la cuna al


sepulcro hay solo un paso (1).
El dia 15 de noviembre debia tener lugar la apertura de
las Cortes, cuyo discurso inaugural habia leido Rossi al Papa,
el cual lo aprobó en todas sus partes, no sin hacerle presentes
las dificultades con que tendria que luchar. Mas el ministro
tranquilizóá Pio IX; pidiole su bendicion, y tomó sus pre
cauciones para sostener el órden, distribuyendo guardias, co
locando centinelas, y disponiendo, en fin, lo preciso para caer
sobre los criminales que intentasen algun motin ó disturbio,
con la rapidez del rayo; pero Rossi no veia el puñal que ama
gaba su existencia, y deslumbrado con la gloria de ayudar al
gran Pontífice en su generosa empresa, no advertia que la
atmósfera se cargaba, y que en lontananza se divisaban nubes
siniestras, que hacian temblar aun á los mas osados.
La noche del 14, que los conjurados emplearon tambien
en tomar sus medidas para no errar sus proyectos, escribió una
dama á Rossi (2) para que al siguiente dia no se presentase en

ron para el Congreso científico de Turin, en donde se reunian todos los


demagogos de Italia; y á su paso por Liorna de regreso, fue cuando se
etó, segun se dice, la muerte de Rossi en una reunion secreta, que todos
ellos tuvieron con Guerrazzi. Aquella misma noche se adoptó igual reso
lucion en la fonda de Feder y en el club de Gioberti en Turin.
Segun una version muy acreditada en Toscana, se decretó tambien en
Florencia el asesinato del ministro romano en una casa de la Via Santa
Apollina y en presencia de Montanelli, Sterbini y Galletti. Echose á la
suerte la designacion del matador de la víctima, y recayó en Canino: ne
gocio arreglado de antemano, porque nadie mejor que él, atendidas su
posicion y sus riquezas, se hallaba en estado, no de asesinar por sí mis
mo, sino de encontrar puñales obedientes. Dícese que al asesino se le
prometieron ocho ó diez mil piastras.
Verdad es que esto último no esta probado; lo que sigue es mas
seguro.
En el teatro Caprámica de Roma se reunia, dos veces á la semana,
una sociedad de mazzinianos, á la cual servia de cajero el Sr. Freebor
ne, agente consular inglés. En ella se decidió, por órden de Mazzini, sa
car por suerte de entre ciento diez y seis asesinos, á cuarenta, que tuvie
sen el encargo especial de protegerá su jefe; y de estos cuarenta elegir
tres por escrutinio, á los cuales se dió el nombre de feratori, encargán
edose uno de ellos de dar la muerte á Rossi." (D'Arlincourt, La Italia
roja, cap. VIII, pág. 138.)
(1) Bresciani: El Hebreo de Verona, tomo II, cap. Xv, pág. 245.
(2) La condesa de Menou remitió á Rossiun billete, en el cual lede
cía: "Guardaos de concurrir al Palacio legislativo, porque os espera en
268

la apertura de la Cámara. El ministro acogió con la sonrisa del


desden aquel aviso, y al emprender en la mañana del 15 su
marcha para el Palacio de la Cancillería, entró á recibir la
bendicion Pontificia, decidido á ocupar el puesto de inestima
ble honor que Pio IX le tenia señalado. El Santo Padre le
rogó con acento conmovido y triste que no asistiese á la so
lemnidad que se preparaba, porque su corazon le anunciaba
grandes y horribles desgracias. Rossi le contestó: Santísimo
Padre, Dios defiende la justicia devuestra causa. Dadmevues
tra bendicion, y no temais á los cobardes que quisieran man
cillar la gloria de la Santa Sede. Al punto se arrodilló: con
lágrimas en los ojos y acento balbuciente bendijo Pio IX al
ministro que no debia volver á ver, y que con seguro paso
bajó las escaleras de Palacio. Al pie de ellas se le interpuso
Mons. Morini lleno de ansiedad, aterrado y pálido como un
cadáver, diciéndole: Señor conde, no vayais; ved que la muer
te os aguarda—Monseñor, le contestó el ministro; el deber
me llama, y Dios me protegerá. Pelegrin Rossi caminaba á
su perdicion cegado con aquella gloria en la cual vió á lo le
jos envuelto su antes oscuro nombre: marchaba hácia la muer
te; iba á verter su sangre, mar inmenso que en lo sucesivo de
bia separar al Santo Padre de la senda hasta entonces recor
rida con tan leal y tan noble perseverancia; porque aquella
senda debia obstruirla un cadáver, y ese cadáver era el de su
primer ministro.
En efecto; Rossi salió acompañado de Righetti, sustituto
del ministerio de Hacienda, y llegó á la Cancillería, en cuyo
punto la turba que aguardaba empezóá agitarse y removerse
desde el momento en que le vió venir (1). El ministro bajó con
aire tranquilo, á pesar de los murmullos que empezaron de un
modo harto significativo; y, no obstante los silbidos y los sar
casmos que se le lanzaron, siguió adelante sin alteracion algu
na: mas al poner el pie en el primer peldaño de la escalera
él la muerte." En el mismo sentido le escribió la duquesa de Regnano.
(D'Arlincourt, La Italia roja, cap. Ix, pág. 141.)
Desde por la mañana se hallaban apostados en las escaleras del
Palacio los asesinos de la Sociedad Capránica. De los cuarenta, no faltó
mas que uno. (D'Arlincourt, La Italía roja, cap. IX, pág. 141.)
269

sintió un golpe en un hombro; vuelve el rostro á ver de dón


de procedia, y al mismo tiempo el puñal le cortaba la vena
yugular, que el movimiento de la cabeza habia dejado descu
bierta. El ensayo practicado por los sicarios no habia sido
inútil, porque Rossi solo pudo esclamar: ¡Dios mio!u subir tres
escalones, y espirar (1). La noticia de la muerte del primer
ministro se difundió con una rapidez eléctrica por las masas,
que se fueron retirando lentamente del lugar en que tan odio
so espectáculo presenciaron impasibles, y una voz desconocida
anunció tan triste nueva á los diputados, que indiferentes la
escucharon. Ninguno, dice Bresciani, volvió la cabeza ni le
vantó la vista, ni manifestó la menor alteracion (2).;cada cual
continuó hablando ó escribiendo en su banco. Los embajado
res y los ministros, al ver tanta infamia y desfachatez en los
diputados, se salieron de aquella cueva de conspiradores, y les
siguieron los representantes de Bolonia, de quienes era socio y
compañero el asesinado ministro (3). Sin embargo, para ate
nuar el horrible efecto y la indignacion ardiente que tal si
lencio y cobardía tanta hacen nacer en los corazones nobles,
ha dicho un diputado romano: Es necesario conocer las cos
tumbres de nuestro pais para juzgar semejante conducta: es
necesario saber que el hombre que hubiera dicho una sola pa

(1) En el mismo momento, uno de los jefes de La Italia roja decia


en Bolonia, mirando á su reloj: "Acaba de realizarse un acontecimiento
importantísimo; ya no tenemos nada que temer de Rossi."
Habíase dicho que el asesino se llamaba Bruto Gergo, y no faltó un
periódico que asegurase haber sido asesinado despues por órden de las
sociedades secretas; pero estas noticias fueron falsas; porque, segun pare
ce, se llama Félix Neri, y fue detenido en la oficina de pasaportes de
Ancona en el acto de marchar á Grecia, hallándose actualmente (1851)
en la cárcel. Falta saber ahora si no será este un nuevo error, pues na
da hay aun definitivamente probado.
De todos modos, es *: que el matador se habia estado ensayan
do sobre un cadáver en uno de los hospitales de Roma. (D'Arlincourt,
La Italia roja, cap. IX, pág. 143)
(2) Informada la Cámara de tan odioso atentado, escuchó todos sus
pormenores, segun nos han referido los periódicos progresistas, con fria
y severa majestad, separándose en seguida sin proferir ni una sola pala
bra; única conducta que podia seguir, porque no le quedaba mas recurso
que el silencio para no ser víctima á su turno..... ANTE LA VENGANZA
DEL PUEBLo ERA Forzoso INCLINAR LA CABEzA. (La Voix du peuple,
febrero, 1850.—D'Arlincourt, La Italia roja, cap. IX, pág.
(3) Bresciani: El Hebreo de Verona, tomo II, cap. XV, pág. 248.
270)

labra para denunciar al culpable, habria sido asesinado al dia


siguiente. ¡Átal estremo llevaron su organizacion y su poder
los sectarios, que imponen terror y causan miedo á aquellos le
gisladores, los cuales temen ser conculcados por la planta vil del
asesino encubierto!¡Oh! ¡Vergüenza para los que no supieron
imitar el noble ejemplo que Rossi les dejó, muriendo, si era
preciso, en defensa del derecho y la justicia! ¡Baldon eterno
sobre los que temieron el puñal de los sicarios! Si cómplices
fueron en el crímen y su complicidad revelaron con su infa
mante silencio, ¡oh! entonces, ¡que Dios les demande la sangre
del primer ministro, y les tome estrecha cuenta de las lágri
mas que arrancaron al generoso corazon del Santo Padre!
El terror se apoderó de Roma, la cual, llena de espanto y
de atonía, observaba la mancha que su frente enrojecia; pero
los conspiradores, sin freno y sin rebozo alguno, despreciando
el luto y el silencio sepulcral de la Ciudad Eterna, que de este
modo protestaba contra la iniquidad y el crímen; insultando
al público dolor y escarneciendo el llanto de los buenos hijos
de las orillas del Tíber, pasearon en aquella noche por el Cor
so y otros puntos, á la luz de las antorchas, á un malvado que
representaba al asesino, y en cuya mano, bastante descubierta
por ir elevado en hombros de la furiosa multitud, se ostenta
ba el puñal, ensangrentado aun, que sacrificó al ministro, al
mismo tiempo que las turbas, que le cercaban, gritaban á com
pás: Bendita sea la mano que áRossi asesinó... Y no era bas
tante este brutal alarde de salvaje furor y de bárbara cruel
dad, no. Se hacia preciso herirá Rossi hasta en su posteridad,
hasta en los objetos de su especial amor, y profanar el duelo
en que toda una familia se encontraba:y para ello acudieron
aquellas fieras á las puertas de la casa donde se hallaba la in
consolable viuda y los desolados hijos del ministro, al pie de
cuyos balcones repitieron con furiosas voces el canto horrible
de su execrable triunfo, insultando y escarneciendo con sus
inmundas lenguas á aquella familia á quien una gran desgra
cia obligaba á verter amargas lágrimas (1).

(1) Capitaneaban la turba de terroristas dos coroneles piamontescs,


271

Entre tanto, el Círculo popular se habia reunido, y apro


vechando los primeros momentos de la confusion general, de
la angustia de Pio IX, del terror de las autoridades y del es
panto del pueblo, se declaró constituido en Comité de salva
cion pública, bajo la presidencia de Sterbini, dictando órdenes
y decretos á todas las autoridades y empleados que cobarde
mente doblaron su cerviz, haciendo traicion al Soberano legí
timo á quien abandonaban en el peligro. Llenos de satisfaccion
y orgullo al ver cómo se obedecia al nuevo poder, que su tro
no levantaba sobre el cadáver de Rossi, se rodearon deguar
dias y centinelas, mientras continuaban dictando sus manda
tos con desprecio del Santo Padre, que generosamente les habia
otorgado su perdon, les habia concedido la vida y la libertad,
y les habia escuchado con su infinita bondad, y al cual ha
bian jurado fidelidad eterna y gratitud duradera en el memo
rable dia en que al Redentor recibieran de sus manos consa
gradas, que ahora maldecian en medio de sus imprecaciones y
blasfemias.
La demagogia, que creia haberse librado de un gran obs
táculo con el asesinato del infortunado Rossi, y que aspiraba
á consumar su nefando crímen proclamando la república, re
unió gran porcion de gente perdida al dia siguiente, y marchó
con ella, en medio de un espantoso tumulto, á pedir al Santo
Padre que sancionara la usurpacion del Círculo popular,
nombrando un nuevo ministerio en que debian tener entrada
Mamiani, Sterbini y Galletti, al mismo tiempo que el Quiri
nal retemblaba á impulso de las voces de numerosos grupos
que pedian con furiosas maldiciones la Constituyente italiana.
Galletti fue el intérprete de los deseos que animaban á aquel
asqueroso motin;y, osadoy audaz hasta el cinismo, se atrevió
llamados áRoma por La Jóven Italia, en union con el mayor Ravi
netti, y otros varios oficiales.
Esta sangrienta bacanal, que duró hasta el amanecer del dia siguien
te, fue llamada ¡UNA PIADosA soleMNIDAD!!
No es estraño: Galletti habia dicho que la muerte de Rossi habia sa
lido directamente del sufragio universal como espresion de una necesidad
imperiosa, y Mazzini escribió en una carta, que vió la luz en Roma,
que el asesinato de Rossi fue necesario y justo." (El Pueblo en Roma,
febrero, 1850–D'Arlincourt, La Italia roja, cap. Ix, pág. 145)
272

á presentar á Pio IX la solicitud de aquellas masas ebrias de


furor y de locura. El Papa respondió con noble acento que,
como Soberano, no podia consentir que sus súbditos le impu
siesen la ley ni le ordenasen lo que debia practicar. El enviado
de la plebe lo hizo saber así á aquella multitud frenética, que
rugió de ira al verse contrariada en sus proyectos, y envió
nuevamente al mencionado Galletti hácia la presencia Ponti
ficia; mas Pio IX, sereno é impasible, contestó que mal dia si
guiente sabria el pueblo su resolucion. No bien fue esta res
puesta conocida de aquellos malvados, en su mayor parte es
tranjeros en la Ciudad Eterna, cuando corrieron á las armas,
mientras otros atacaban el Palacio; pero los suizos habian cer
rado todas las puertas, por lo que pegaron fuego aquellos des
almados á la de las Cuatro Fuentes, tratando de entrar por
las ventanas y por los balcones. Entonces se creyeron los
suizos en el deber de defenderá su Soberano y su morada con
las armas, y dispararon sobre aquella muchedumbre que ame
nazaba el Palacio. Al pronto se dispersó; mas pasados algunos
instantes se presentó nuevamente con dos cañones, que se
apuntaron á la puerta principal del Quirinal, mientras algunos
bandidos, armados de carabinas, se colocaban tras la estatua
de Polux, acechando á los balcones para hacer fuego sobre el
Papa, si este se presentaba en ellos para calmar la agitacionin
fernal que conmovia á aquellos feroces radicales. No consiguie
ron su intento; porque los embajadores de España, Francia,
Rusia, Prusia, Baviera, Portugal, Bélgica, Holanda y el Bra
sil aconsejaron al Santo Padre que preservase su sagrada per
sona de todo ataque directo ó indirecto, y que, como medio á
calmar en alguntanto el movimiento, concediese á los rebeldes
lo que con tan horrible furor solicitaban. Pio IX protestó ante
los Soberanos de Europa, allí representados, de la violencia
que se le hacia y de la fuerza con que se le obligaba á otorgar
lo que solo concedia como un medio para evitar la efusion de
sangre. Mamiani, Galletti y Sterbini formaron el ministerio
que pedia la insurreccion; pero al otro dia intimaron los secta
rios que dejasen los suizos de dar la guardia en el Quirinal,
sustituyéndoles la Guardia nacional; y de su propia autoridad
273

atacaron á los suizos, que tenian órden de no defenderse, y los


desarmaron ocupando sus puestos la Milicia, que tuvo osadía
bastante para poner centinelas en las mismas habitaciones del
Pontífice. El objeto estaba conocido: se trataba de espiar al
generoso Pio IX, á quien se rodeaba de traidores, que sabrian
entregarle indefenso en las manos de La Jóven Italia y del
Círculo popular.
Esta situacion no podia durar; era violenta, insostenible.
Los nobles romanos, los enviados estranjeros y el ministro de
Estado tuvieron un consejo en que se decidió librar al Santo
Padre de tan angustiosa situacion, trasladándole en secreto á
España, cuya católica y magnánima nacion mereció siempre
las mayores simpatías del sucesor de San Pedro. Fácilmente
se contaba con el noble orgullo con que el caballeresco y reli
gioso espíritu español acogeria semejante distincion,y el em
bajador de la piadosa Reina Isabel manifestó, en nombre de
su escelsa Soberana, que España se tendria por honrada con
dispensar hospitalidad al Vicario de Jesucristo en la tierra;
mas el Papa estaba irresoluto. Temia, por una parte, que su
partida incitara á los demagogos á cometer mayores escesos
que los consumados hasta entonces; y sabia, por otro lado, que
el 27 se le habia de obligar á renunciar solemnemente al go
bierno temporal, amenazándole con la muerte, que un cente
nar de sicarios estaban prontos á llevará cabo. La Providen
cia le sacó de su vacilante apuro: por el correo del 15 de oc
tubre recibió un pequeño bulto, que con aquella fecha habia
salido de Francia, y que contenia el copon que Pio VI llevó
pendiente del cuello durante su peregrinacion á Valence y su
prision en el citado punto, cuyo Obispo se lo enviaba al Santo
Padre para que de él hiciese el uso que tuviese á bien. Pio IX
se decidió á partir: el conde Spaur, Martinez de la Rosa, el
duque d'Harcourt y el caballero Arnao, secretario de la em
bajada española, lo prepararon todo para la salida del Pontí
fice, que con el vestido de simple clérigo, acompañado de su
ayuda de cámara Filippani, salió del Quirinal en aquella mis
ma noche, marchando á San Pedro y Marcelino, donde el em
bajador de Baviera le aguardaba con la mayor ansiedad. Lá
18
274

grimas silenciosas corrian por las mejillas de Pio IX desde el


momento en que se vió obligado á despojarse de sus pontifi
cales vestiduras; pero se hicieron mas frecuentes y mas amar
gas cuando, despues de pasar por delante de la iglesia cuyo
título cardenalicio llevó, tropezaron sus miradas con la Basí
lica de Letran, donde hacia dos años habia tomado en triunfo
posesion del Pontificado, y que cual un enorme gigante se
destacaba, soldado de la fe, en las sombras de la noche para
velar sobre Roma. Pocos momentos despues, á pesar de al
gunos entorpecimientos, pero protegido por el cielo, Pio IX
salia por la puerta de San Juan y se encontraba fuera de la
Ciudad Eterna (1).

(1) Aunque se nos tache de difusos y de insistir demasiado en cuan


to á algunos sucesos del Pontificado de Pio LX, vamos á copiar íntegro
un magnífico trozo de la bellísima Biografía de Pio IX, escrita por
M. Louis Veuillot. Dice asi:
Nada acaso ha igualado nunca al hosanna de los primeros dias del
reinado de Pio IX, que, salvo raros intervalos, no muy tranquilos tam
poco, no ha sido mas que una larga tempestad. El himno de admiracion
y de amor que resonó en aquellos dias, no ha cesado aun; pero falso ó
sincero, era unánime. El mundo tuvo, por decirlo así, un desvaneci
miento de ternura; entreveíase la posibilidad de armonizar eso que
se llama los deseos de los pueblos con las exigencias del órden.Grego
rio XVI, que se veia apremiado con harto esceso por los gobiernos para
hacer ninguna concesion con honor, harto entrado en años para reali
zar con éxito grandes cambios, y harto atacado para salir de las vias
de la resistencia y descuidar la represion, tuvo que mantenerse firme
hasta el último momento. Su sucesor, jóven y adorado, quiso aprove
char desde luego lo favorable de las circunstancias que le daban tiem
y lo propicio del movimiento público que parecia darle corazones.
n tales circunstancias, hizo reformas importantes, concedió las liberta
des que se le pedian, y prometió otras, pidiendo solo el tiempo necesa
rio para prepararlas; hizo reinar, en fin, la misericordia. Su primer acto
fue una lata amnistía para todos los desterrados, condenados y acusa
dos políticos, dada con la única condicion de que le reconociesen por
su legítimo Soberano, y se comprometiesen, bajo su palabra de honor,
á conducirse en adelante como súbditos leales.
mLa voz de los romanos era un grito no interrumpido de alegría;y
ese grito levantaba ecos en el mundo entero. Losgobiernos aplaudian
tambien como los pueblos, aunque no sin alguna inquietud. Los cinco
Estados, Austria, Rusia, Francia, Inglaterra y Prusia, qme, obrando en
comun, habian querido imponer al Papa Gregorio XVIel peligroso
Memorandum de 1831, y que despues se habian complacido en turbar
su reinado con ese programa insidioso, redactado por un diplomático
protestante, empezaban á temer que el nuevo Pontífice, en fuerza de
ser dulce con estremo, llegara á conquistar demasiada popularidad.
Pio IX nada pretendia vender,y nada se dejaba arrancar; obraba fran
275

Mientras el Supremo Pastor del católico rebaño se veia


precisado á buscar en pais estraño la libertad de que el radi
calismo le privó en el suyo, el periódico Don Pirlone repre
sentaba al Santo Padre, vestido de harapos, sentado en una
barquilla componiendo las redes, y en el Círculo popular se
sostenia con calor que era forzoso destruir el Pontificado y
arrancar de cuajo aquella vieja supersticion, que hacia consi

camente, como un hombre de Estado que sabe hasta dónde puede ir;
como un hombre honrado que no quiere sospechar la traicion y la in
gratitud; como un hombre resuelto á arrostrarla en los límites estremos
de la prudencia, con tal que pueda ganar en ello el poner de relieve su
propia lealtad. Es esta una política grande y sana; pero es una política
que solo pueden seguir los justos, únicos hombres fuertes y pacientes;
política tradicional de los Papas, con la cual han conquistado siempre,
mas pronto ó mas tarde, la adhesion de la conciencia humana.
Es verdad que, en cierto sentido, ninguna de las concesiones, nin
guno de los beneficios de Pio IX ha tenido buen éxito. Sus gracias y
sus favores han recaido en ingratos; y locos y traidores se han armado
con sus concesiones, sirviéndose de ellas. Los políticos han sonreido á
vista de su candor; se le ha acusado de debilidad, al mismo tiempo"
que de temeridad; y por cierto que este último reproche aun puede sor
prenderse en ciertos : que hoy deploran, si no su temeridad, su
tenacidad. Así son los vanos juicios de los hombres; pero, y esto se está
viendo hoy al hacer generosamente esta esperiencia, que, como hemos
dicho, gran número de sus amigos pedia con una insistencia igual á la
de sus adversarios, el Pontífice se aseguró la estimacion del género
humano. Pio IX creyó que el bien era posible, y se ha obstinado en ha
cer el bien; creyó en la libertad, y la tendió los brazos; creyó en el agra
decimiento y en el honor, y descansó sobre la fe juroda. Es verdad que
ha sido víctima de esto; sin embargo, nada prueba todavía que los
traidores y los hábiles hayan ganado con eso tanto como él ha ganado.
Tienen, sin razon, por muy poca cosa la adhesion de la conciencia pú
blica, y se prefiere traficar con lo que se llama la OPINION, poder mas
fácil de formar y de manejar; pero la adhesion de la conciencia pú
blica es un fondo que no se agota; que, cuando una vez se adquiere,
dura; y cuyas protestas, aunque hechas en voz baja, no dejan de apa
gar, temprano ó tarde, los clamores calculados, arreglados y pagados de
la opinion.
A la abundancia de los beneficios de Pio IX respondieron los revolu
cionarios con el lujo de sus traiciones, distinguiéndose en ellas los amnis
tiados. Al firmar el compromiso de honor de no emprender nada contra
el poder legítimo, la mayor parte de esos amnistiados añadió protestas
que á ninguno de ellos se pidieron; la mayor parte de ellos tambien,
apenas entraron en Roma, reanudaron y prosiguieron sus complots
con tanta habilidad como diligencia. Esos hombres hicieron del entu
siasmo popular un motin permanente, y la sedicion, llevando flores en
sus manos, se postraba ante el Pontífice y le pedia rugiendo que la
bendijera. Con eso contaba seducirle, y no hizo otra cosa que desper
tar su prudencia; creyó despues intimidarle, y le encontró tan firme
como dulce habia sido. Entonces emprendió la tarea de violentarle, y
276

derar al Obispo de Roma como Padre y Jefe de toda la cris


tiandad; proponiendo por lo tanto que se asaltase el Quiri
nal y se acabase con la existencia de Pio IX, como medio de
principiar una nueva era de reparacion social. De este modo
aquellos hombres perversos pasaron, como dice un escritor,
de la alegría del perdon á las protestas de gratitud, á los
juramentos de fidelidad, al llanto de ternura yá los ofreci

para ello le mostró el puñal; pero tampoco con eso consiguió otra cosa
sino desgarrar su corazon sin hacerle menos clemente.
n Pio IX habia resuelto dar ensanche á la libertad, sin cesar de ser
Pontífice, Rey y Padre. La Revolucion, enseñoreada primero de Suiza
por la impericia de los gobiernos; despues de Francia; mas tarde de
Alemania, y ya preparada para triunfar en Italia, se habia hecho so
berana en Roma. La Revolucion exigia del Papa que sancionara sus
doctrinas, y que, tomando sus banderas, combatiera por ella. El Papa
condenó las doctrinas y las obras de la Revolucion; mantuvo altamente
los derechos que ella pretendia hacerle abdicar, y se negó á declarar la
guerra al Austria. Ese Non possumus, que despues ha repetido á otros
adversarios, le opuso desde luego firmísimamente á la sedicion, que
le hablaba, por decirlo así, frente á frente: Non posso, non debbo, non
voglio, no puedo, no debo, no quiero. La traicion, que aun fingia
halagos, se atrevió á interpretar sus actos y sus palabras como otros
tantos aplausos para los revolucionarios. El Papa la castigó con el
mentís indignado de su honor y de su fe. Declaró altamente que sus
esfuerzos, "completamente estraños á toda mira de política humana,
solo tendian á la difusion de la Religion santísima del Crucificado."
Añadió que sí deseaba que los príncipes, guardando la ley de la jus
nticia, marchando segun la voluntad de Dios, y defendiendo los dere
nchos y la libertad de la Santa Iglesia, no cesaran nunca, tanto por
ndeber de Religion como por humanidad, de trabajar en la dicha y
prosperidad de los pueblos; pero que no por eso habia dejado de
recordar la obediencia que es debida á los poderes; obediencia de la
ncual nadie puede separarse sin cometer un crímen, como no sea en el
ncaso de que se ordene alguna cosa contraria á las leyes de Dios y de
la Iglesia." Finalmente, Pio IX protestó sobre todo contra aquellos
que de su caridad con las personas deducian su tolerancia con las doc
trinas, y suponian que, á sus ojos, no solo los hijos de la Iglesia, sino
- todos los demas hombres, por que estén de la unidad cató
lica, se hallan igualmente en la via de la salvacion y pueden conseguir
la vida eterna. "Las palabras Nos faltan, decia, para espresar nuestro
nhorror y condenar esta nueva injuria. Sí; Nos amamos á todos los
hombres con el mas profundo afecto de nuestro corazon; pero no de
otro modo que en el amor de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo,
ha enviado á sus discípulos por el mundo entero para predicar el
n Evangelio á todas las criaturas; declarando que aquellos que creye
sen y fuesen bautizados se salvarian, y que aquellos que no creyesen
nserian condenados. Que aquellos, pues, que quieran salvarse, se ape
nguen á este fundamento de la verdad; á la verdadera Iglesia de Cristo,
nque en los Obispos y en el Pontífice Romano, Jefe Supremo de to
ndos,posee la sucesion no interrumpida de la autoridad Apostólica;
277

mientos de perder la vida en defensa de la Santa Sede: luego


á las súplicas de alguna reforma; de la reforma á las franqui
cias, de las franquicias á la libertad, de la libertad á la licen
cia, de la licencia al desórden, del desórden al desenfreno,
hasta llegar al asesinato del primer ministro de un soberano
tan generoso; hasta el ataque del Palacio Pontificio, y hasta
las amenazas de muerte hechas á su mismo bienhechor y Pa
dre (1). Verdadera raza de víboras, que el Santo Padre de
bió aplastar sin piedad, pero á quienes su corazon generoso
concedió con su amor calor bastante para que animasen su
amenguado ser, y que luego llevasen la maldad, la ingratitud
y la felonía á un punto que hará estremecer á las generacio

que todos tambien se acuerden de esto : el cielo y la tierra pasarán;


pero ninguna palabra de Jesucristo pasará nunca: nada puede ser
cambiado en la doctrina que la Iglesia católica ha recibido de Jesu
ncristo para conservarla, defenderla y enseñarla."
Estas declaraciones, renovadas sin cesar, condenaban los actos de
la Revolucion, y negaban radicalmente lo que puede llamarse su doc
trina interna. Con ellas desaparecia para Pio IX el falso oropel de la
popularidad de estos tiempos; pero lo que perdia por el lado de la opi
nion, ignorante óviolentada, lo ganaba centuplicado con el apoyo de
las conciencias conquistadas por su conducta.
Al verse vencidos de este modo, los demagogos romanos arrojaron
la máscara, apelando al crímen. El ministro del Papa, Rossi, concien
cia de las conquistadas, fue asesinado: Rossi, que antes habia estado
unido con los revolucionarios, amaba verdaderamente á la Italia; pero
comprendiendo, en fin, que la causa de la libertad italiana era la causa
misma del Pontificado, tuvo la gloria de dar su vida por la verdad
que tanto tiempo habia desconocido. Hiriole el asesino en el dintel de
la Cámara de los diputados; á la vista, por decirlo así, de doscientos
miserables, que se decian representantes del pueblo romano, y que, ó eran
cómplices del asesinato, ó se callaban cobardemente" atemorizados ante el
crímen. Ninguno de ellos se levantó para lavarse aquella sangre que
sobre ellos caia; ninguno se atrevió á decir que aquella puñalada aca
baba de concluir con la Constitucion romana. El Papa, despojado de
hecho de su poder, prisionero,ynoteniendo en el seno de un pueblo,
armado por él, otro apoyo que el de los representantes de las naciones
católicas, hubo de huir para salvar su libertad de Pontífice y para qui
tará los romanos la responsabilidad de uno de esos crímenes que Dios
castiga, no solo en los culpables, sino tambien en sus hijos. Salió, pues,
de Roma, vestido de simple sacerdote. En las puertas de la ciudad, los
soldados le dirigieron algunas palabras, sin reconocerle, y por fin le
dejaron pasar. Sobre su frente, aquel simple sacerdote llevaba intactas
la corona temporal y la Tiara, envueltas en una aureola de honor y
de santidad. (Louis Veuillot: Biografía del Papa Pio IX, v, páginas
20 hasta la 26.)
(1) Bresciani: El Hebreo de Verona, tomo II, cap. XV, pág. 255.

---------. - -.. -------__. -- -


278

nes cuando estas vean la amarga recompensa que los que se


llamaron liberales otorgaron á un Monarca tan digno, tan
noble, tan grande, tan bondadoso como el angelical Pio IX.
El Sumo Pontífice se dirigió á Gaeta, á donde vino pre
suroso á ofrecerle sus homenages y respetos el Rey Fernando II
con toda su familia, rogándole de rodillas, con palabras que
inspiraban la fe del cristiano y la nobleza del Monarca, que no
abandonase á Italia, tan hondamente conmovida,para marchar
á ninguna otra nacion, evitando así la emulacion y la envi
dia. Que en Gaeta se encontraba seguro, dispuesto el Reyá
custodiarle con su ejército, que seria muy honrado con ello, y,
finalmente, que estando cercano á sus Estados, podria inspec
cionar fácilmente y ver con claridad el sesgo que los asuntos
tomaban en los dominios de la Iglesia y la direccion que á los
negocios imprimian los rebeldes. El Papa, enternecido, accedió
á los deseos del Monarca napolitano, no queriendo por otra
parte privará la Italia de la presencia Pontificia; permaneció,
pues, en Gaeta grandemente respetado y con solícito amor ro
deado por los representantes de todas las potencias civilizadas
del mundo, que se hicieron un deber de aminorar sus amar
guras.
Al dia siguiente de la salida de Pio IX de Roma, se di
fundió esta noticia por el pueblo, que se quedó como herido
del rayo en presencia de la inmensa responsabilidad que sobre
sí habia echado la Ciudad Eterna: no quedaron menos sobre
cogidos y estupefactos los demagogos que las siete colinas
dominaban por la fuerza y en virtud del terror; mas para
cohonestar sus crímenes y encubrir su gran maldad con el
negro velo de una pérfida hipocresía, quizás tambien con ob
jeto de ejecutar algun impío crímen, que satisfaciese sus
deseos de venganza, envió el Parlamento romano una diputa
cion de su seno hácia Gaeta para rogar á Pio IX que volviese
á sus Estados ; pero el Santo Padre, que no podia transigir
con aquellos furiosos republicanos, en cuyas frentes habia una
mancha de sangre ilustre é inocente, y que ademas no debia
abatirse hasta entrar en transaccion con los que escarnecieron
y amenazaron al Pontífice é insultaron y despreciaron al So
279

berano, se negóá admitirles en su presencia. Mamiani y el


Parlamento se estremecieron de furor ante tan noble altivez
y tan digna majestad: sin embargo, no se desanimaron en el
plan que tenian preparado, y en cuya ejecucion malignamente
avanzaban paso á paso; antes bien, decididos á llevarlo á cabo,
sacaron el partido que pudieron de aquella repulsa, que su or
gullo infinito no esperaba. Así fue que el 8 de diciembre se
presentó una peticion á las Cámaras, reclamando la destitu
cion de Pio IX y el nombramiento de un gobierno provisio
nal. El Parlamento votó la proposicion favorablemente, y
nombró un triunvirato compuesto del príncipe Corsini, sena
dor de Roma; á Zucchini, senador de Bolonia, y á Camerata,
jefe de bandera en Ancona, invistiendo con el poder ejecu
tivo á una junta que cesaria en su cometido al presentarse
el Papa. El Santo Padre protestó al momento contra ese go
bierno, que osaba atentará su autoridad inalienable, y el Car
denal Antonelli, secretario de Estado, dirigió á las naciones
de Europa un célebre y notable documento, en que la razon,
el derecho y la justicia hablaron su noble y elocuente lenguaje
para reprobar á la faz del universo el crímen y la osadía de
aquellos rebeldes súbditos.
Roma se hacia durante estos acontecimientos el centro de
todos los desterrados y fugitivos de Austria, Nápoles y Lom
bardía (1), entre los cuales se contaba un atrevido aventurero,
corsario antes en los mares de América, y que tenia por nom
bre Giuseppe Garibaldi. Á voz en grito pidieron todos ellos,
que no tenian derechos algunos que sostener ni representar
en la Ciudad Eterna, la Constituyente italiana. Mamiani quiso
encubrir las apariencias; no tuvo la franqueza de su crímen,
y se retiró del ministerio: el triunvirato le imitó. Otro nue

(1) Preguntado Mazzini, despues de la evasion del Papa, por el


conde Pablo Fontani acerca del plan que tenia, en vista de las com
plicaciones á que daria lugar el estado escepcional en que Pio IX se
veia colocado, merced á la Revolucion, contestó el célebre demagogo:
Hasta ahora no tengo plan fijo ni determinado; nuestro objeto es la
destruccion completa del actual órden social; conseguido esto, ya ve
remos despues de reconstruirle sobre nuevas bases. No mas Papas, ni
mas Reyes." (D'Arlincourt, La Italia roja, cap. XI, pág. 163)

"-- " - - - --------


---. --------
280

vo, compuesto de Galletti, Sterbini y Armellini, se hizo cargo


del poder el 20 de diciembre. El 26, las Cámaras llamaron al
pueblo al sufragio universal para la eleccion de la Constitu
yente, y se declararon disueltas. El 6 de febrero de 1849 se
reunió la Constituyente al fin (1), y en su primer decreto de
claró solemnemente, por medio del abogado consistorial Cárlos
Armellini: El Papa queda depuesto de toda autoridad, do
minio, jurisdiccion y señorío temporal del Estado de Roma, el
cual recae en el pueblo, verdadero señor de sí mismo, fuente
de toda autoridad, principio de toda dominacion y esencia
de toda ley. Queda proclamada, como forma de gobierno en
los Estados Romanos, la república democrática, que reconoce
al pueblo por su Dios, sirviéndole con devocion y prestán
dole el homenage de su culto y de su adoracion. Por él los
padres conscriptos derramarán hasta la última gota de su san
gre, y gustosos sacrificarán sus vidas (2).
El mundo todo estaba pasmado de la locura que se habia
apoderado de aquellos pobres ilusos, á quienes despreciaba
desde el fondo de su alma y á los que deseaba castigar para
hacerlos el escarmiento de los tiempos venideros: y una
muestra de ese desden y este deseo fue la prontitud con que
todas las potencias retiraron sus representantes de aquel pue
blo, al cual conducian al abismo los miserables radicales que
ostentaban en sus frentes la escomunion, lanzada al fin so
bre ellos por el Vicario del Redentor del mundo. Y este mis
mo mundo, esas naciones y aquellos pueblos, que odio y ren
cor profesaban sin medida á la demagogia que triunfaba en
Roma por breve espacio de tiempo, se agrupaban en derredor
de Pio IX, á quien pedian el honor de una visita los jefes
protestantes de un buque norte-americano, los cuales, llenos
de júbilo, demostraron con sus honores, finezas y delicados

(1) En Florencia apareció por entonces,fijado en las paredes, este


pasquin: En el nombre de Dios y del pais/ Considerando que el
oder del Papa es una usurpacion fraudulenta, que clama venganza...
onsiderando que el actual Pontífice ha dado la sagrada comunion al
infame asesino Borbon de Nápoles... ¡Maldicion sobre el Papa Pio IX
Enero de 1849."
(2) Bresciani: El Hebreo de Verona, tomo II, cap. XVI,pág.284.
281

obsequios, en cuánto tenian la honra que se les otorgó, en


presencia de las innumerables embarcaciones venidas de todo
el globo para custodiar y defender á Gaeta. La China, la
Tartaria, la India, la Armenia, la Mesopotamia, el Líbano, la
Moldavia, la Servia, el Egipto, Argel, los Estados de América
desde el Canadá hasta Chile, la Europa desde la polar No
ruega hasta Cádiz y Lisboa, todos los gobiernos y en todas
las lenguas del universo consolaron y fortalecieron el desgar
rado corazon del Santo Padre, que lleno de emocion leia
aquellos mensajes en que se desbordaban el respeto y el amor,
proclamando en todos los acentos el tremendo crímen cometi
do por la innoble demagogia contra el Padre y protector de
las naciones católicas (1).
No fue esto solo. Los Soberanos todos del mundo civiliza
do se miraron entre sí, fijaron sus ojos en la historia, y se vie
ron muy pequeños al lado de la Santa Sede; con muy pocos
fundamentos en presencia de aquella roca, que el mar revolu
cionario conmovia. Si pues los Monarcas de Europa recono
cieron la monarquía temporal de la Santa Sede como la mas
antigua, la mas legítima y la mas respetable de todas las
existentes, por reunir en su favor todos los derechos que ro
bustecen el principio de autoridad, los pueblos á su vez tré
mulos corrian al pie de los altares y elevaban su acento con
movido hasta los cielos, pidiendo un castigo aterrador para
los prevaricadores que se agitaban en Roma. El universo todo
se hallaba sobreescitado, inquieto, fuera de su centro, agi
tado y lleno de un profundo malestar; las cancillerías no
bastaban á emitir despachos importantes; el telégrafo se ha
cia insuficiente á comunicar órdenes y decretos, y el vapor
no era bastante á llevar con la rapidez precisa á los diplomá
ticos y hombres de Estado, que con adusto ceño iban y ve
nian, revueltos en inquieto afan. Y si los Reyes se estre
mecian de espanto, y la diplomacia, abandonando sus recelos
y tortuosas sendas, hablaba el noble lenguaje de la franqueza
y la verdad, y lloraban los pueblos y daban al aire sus gemi

(1) Bresciani: El Hebreo de Verona, tomo II, cap. XVI, pág. 285.
282

dos, y se aprestaban ejércitos, y escuadras numerosas se dis


ponian á levar sus anclas con rumbo hácia la afligida Italia,
no era por otra causa sino porque veian en la destitucion cri
minal del Santo Padre la abominacion de la desolacion, pene
trando osada hasta el Santo de los Santos.
No; nunca presentará aquella execrable reunion de sacrí
legos espoliadores un testimonio fehaciente que pruebe el re
conocimiento del despojo por ellos consumado entonces. Ja
más osarán decir que ninguna potencia, ni aun de las infieles,
herejes y cismáticas, vino á reconocer su existencia, dándoles
de esta manera algun pobre é insignificante apoyo. En todo
tiempo tendrán que ocultar sus rostros los que la república
romana proclamaron; porque el orbe no tuvo mas que odio y
desprecio para ellos, en tanto que de rodillas pedia su santa
bendicion al Santo Padre, refugiado en los muros de Gaeta.

XII.

Triunfos y ovaciones.

Desde 1849 á 1858.

La Revolucion estaba consumada. Ante los altares del


Dios vivo podia entonar sus nefandos himnos, y, profanando
la majestad del santuario, cantar entre el estruendo de sus
inmundas orgías sus satánicos hosannas. La Silla Pontificia no
descansa ya sobre la tierra que Pedro el Pescador de Galilea
regó con su preciosa sangre; el sepulcro de los Apóstoles está
cubierto con funerario crespon, que su soledad y su dolor in
dica, y la capital cristiana se ha trasladado á una roca, erizada
de cañones, cuyo estampido saluda lleno de inmensa gravedad
al sucesor de San Pedro. El Rey que imperaba en Roma, en
lenguaje mudo pero elocuente y espresivo, ha protestado con
tra el mal que le circunda, y la iniquidad que sin tregua le
persigue, abandonando el caos á su propia confusion, despues
de haberse esforzado en vano por ser el ángel de los grandio
sos consuelos; y con el báculo del peregrino entre sus manos,
283

ha caminado hácia cercana region buscando paz para su alma


agitada, tranquilidad para su inquieto corazon. ¡Unitarios de
Italia! ¿qué os detiene? Vuestros deseós están satisfechos: su
bid al Capitolio, proclamad que Roma es vuestra, y decid en
cien idiomas que la Roma de los cónsules y los tribunos ha
renacido á la vida. Y derramando vuestras miradas por la
Península, erguíos con altivez, coged los haces, sentaos sobre
la silla curul, empuñad la varita de marfil, estended el brazo,
y clamad ante las turbas atónitas: Esto es mio... ¡Oh! ¡Mi
serables, que en nombre de la unidad desgarrais el seno de la
madre patria; traidores, que en nombre de mentida indepen
dencia la vendeis al estranjero, y en nombre de una falsa li
bertad la esclavizais, descended, descended pronto, que no
está en el Capitolio vuestro puesto!Vuestro lugar se halla al
pie de la roca de los antiguos Tarquinos, y mereceis distin
cion, situados entre Tiberio y Calígula, entre Neron y Cara
calla, entre Heliogábalo y Decio. Callad, humildes parietarias
que osais desafiar el cedro que en la cumbre del Líbano se
mece, coronado majestuoso de blanca y esplendorosa nieve;
cárabos, que solo podeis lanzar vuestro lastimero acento en
tre las ruinas en que dais vida á vuestros horribles hijos, ¡si
lencio!... ¿Cómo osais cantarjunto al Trovador de la civiliza
cion cristiana? ¡Ved vuestras pálidas frentes, vuestros corazo
nes llenos de hiel y de odio, vuestras manos sacrílegamente
ensangrentadas, y, estremecidos de espanto, asombraos, y
callad!!...
Quisiéramos poder saltar por cima de ese inmenso lago de
sangre generosa y noble que la Revolucion vertió en su fu
riosa embriaguez; pero ya que esto no nos sea dado, veremos
al menos de contemplar tan execrable obra rápidamente y
como á vuelo de pájaro. Con efecto; Mons. Palma habia sido
vilmente asesinado en el mismo Palacio Pontificio: el marques
Luis Honorati sucumbió traidoramente de varias puñaladas,
que por la espalda le asestó un sicario: el teniente de carabi
neros Magagnini y el mismo gobernador de Roma fueron
muertos de igual modo; y, finalmente, solo en la Ciudad Eter
na cayeron uno tras otro bajo el puñal homicida Domingo
284

Negri, Salvador Planetta, Federico Guemeri, Santiago Leoni,


un tal Manzzoni y otros varios sugetos distinguidos que no
pudieron preservarse de la cólera radical, bien así como otra
gran porcion de hijos del pueblo, que con la muerte expiaron
su adhesion al Santo Padre. Y en las provincias murieron de
esta manera Francisco Liberani, el padre de los pobres, arce
diano de la catedral de Forli, santoypiadoso sacerdote; el
íntegro magistrado Luis Finuoci; el valiente y leal Halter,
comandante del segundo regimiento de suizos; el moderado
Antonio Paccici y otros muchos, debiendo á la Providencia su
salvacion milagrosa el marques Francisco Borbon del Monte.
Anníbal Rondinini sucumbió en Favencia, y el inspector Án
gel Ballardini recibió treinta estocadas en presencia de su des
graciada esposa, que, abrazando los pies del asesino, pedíale
fuera de sí que dejase á lo menos á su esposo tiempo bastante
para confesar y arrepentirse:y, por último, los tres hermanos
Borghigiani cayeron á un mismo tiempo bajo el puñal asesino
á vista de sus esposas y sus hijos, que con sus tiernas manos
intentaban, aunque en vano, detener los rudos golpes que á
sus padres inmolaban!.
Así, pues, la demagogia imperaba en Roma y en los Esta
dos-Pontificios en virtud de la odiosa ley del terror; y la vida
del ciudadano pacífico, del honrado industrial, del noble de
elevada alcurnia, del tranquilo comerciante; sus riquezas, sus
casas y hasta su honor y su nombre, se veian entredichos y
amenazados de muerte en castigo de su amor al hombre que
siempre les amó, al Soberano que constantemente les protegió
y defendió, y al Pontífice que en todo tiempo les bendijo con
la efusion de un padre cariñoso y tierno.
Entre tanto el Círculo popular, erigido tumultuariamente
en poder dictatorial que el triunvirato representaba, convocó
á todos los criminales, y disciplinándolos, les agregó al corto
ejército infiel á sus juramentos, el cual organizó segun sus
miras, para que le ayudase á imponer el yugo feroz del radi
calismo á aquellos desgraciados, que con amargas lágrimas y
dolorosos gemidos expiaban su antigua decepcion. Y como
una consecuencia precisa del desquiciamiento en que los Esta
285

dos de la Iglesia puso la Revolucion, el socialismo asomaba


su repugnante cabeza, y como siempre, impotente el mal para
edificar cosa alguna, por ser una perpetua negacion, destruia
la demagogia con satánico rencor la obra de la civilizacion
que nutrió con su savia el Evangelio (1). Sin leyes y sin pre
ceptos aquella turba soez, que por todas partes aparecia con
el sello del embrutecimiento y la señal del crímen sobre su
asquerosa frente, perpetraba grandes maldades, siempre impu
nes y siempre repetidas, porque no habia autoridad posible
allí donde se habia desconocido y hollado la santa y legítima
autoridad del sucesor de San Pedro; y donde el derecho habia
sido escarnecido, nada podia la usurpacion; y donde la justi
cia se habia desconocido, el crímen tenia que fraternizar con
el crímen, la maldad debia llamar en su socorro á la ini
quidad, y recorrer ápasos de gigante la senda que á la per
dicion conduce. ¡Justa aunque terrible ley á que siempre ten
drá que deferir la humanidad por su voluntario mal: á la
ausencia de la luz, las mas estensas tinieblas; en pos del bien
que, desolado, busca un refugio en el cielo, el mal que viene
á castigar al mundo; tras la verdad que llorosa abandona al
universo, el fraude, el error, el dolo y la mentira que vienen
á hacerle el juguete de sus nefandos caprichos!... Así el comer
cio cesó, y el numerario desapareció asustado desde el momento
en que los bienes eclesiásticos fueron agregados, no al Esta
do, que fue mas pobre que nunca, sino á los hombres crimi
nales que gobernaron á la Ciudad Eterna; y los capitales des
aparecieron desde que aquella desatentada revolucion emitia
su famoso papel-moneda é imponia un empréstito forzoso á
toda la clase rica. ¡Ah! ¿Qué se hicieron los caudales existen
tes en la ciudad Pontificia? ¿En qué se invirtieron las sumas
fabulosas que se hicieron pagar por la ley de la fuerza á la
industria, á la agricultura, al capital y al comercio? ¿Qué se
hicieron los infinitos objetos preciosos que de los templos, los
museos y los palacios desaparecieron? ¿Que orígen tuvo la
(1) Sobre el trono de las barricadas, decia el general Pepé: "Todo
pueblo es Rey y Papa. (Revoluciones de Italia, por el mismo, pá
gina 366)
286

Deuda, no conocida antes, que se elevó á millones, merced á


la rapacidad insaciable de aquellos abyectos revoltosos?... ¡Hi
pócritas! Sed francos, y no engañeis á los pueblos. Decidles
que venís á ser su azote; que vais á arrebatarles el pan que
con su sudor regaron; que os presentais para arruinar el co
mercio y apoderaros del capital y destruir la industria, y ver
ter sangre sin fin y amontonar ruinas, y renovar, en fin, los
tiempos del feroz Atila, y entonces direis verdad. ¡¡No mancheis
con vuestros impuros labios las palabras de mágico valor de
libertad é independencia, porque sois vosotros los que con la
anarquía oprimís á las naciones y con el cisma inquietais la
paz de las conciencias!..
En efecto; la cuestion política se mezclaba con la cuestion
religiosa; que si el Soberano temporal de Roma habia tenido
que emigrar en busca de la libertad de que le privaban sus
rebeldes súbditos, el Pontífice Sumo de la Religion Católica
se habia visto precisado á peregrinará tierra estraña en pos
de la independencia que su santo ministerio reclamaba, y que
le arrebataron los impíos sectarios del feroz iluminismo. Mas
como ni el corazon del Padre podia ver con indiferencia el
mal que á sus hijos oprimia, ni el alma del Soberano perma
necer en indolente sopor en presencia del crímen que su
Trono habia escalado, ni la conciencia del Pontífice guardar
silencio ante el error que sus cánticos entonaba en son de in
fernal triunfo, el 18 de febrero solicitó Pio IX, por conducto
de su ministro de Estado, el auxilio de las cuatro grandes po
tencias católicas, apresurándose á contestarle con protestas de
sentido y filial reconocimiento, por tan insigne honor, Austria,
España, Francia y Nápoles, cuya ayuda se invocó, y cuyos
ejércitos y escuadras se pusieron al punto en movimiento.
Cárlos Alberto, que habia impetrado el socorro de los ejércitos
franceses para vencer al Austria en la pasada lucha, temió la
intervencion de la Europa en los asuntos de Italia; quiso evi
tarla, restableciendo el poder de los Soberanos caidos, por su
misma influencia, y pretendió impedir la ejecucion de aquella
gran obra de restauracion que fatídicamente resonaba en sus
oidos; pero no le fue posible. El Parlamento de Turin, abierto
287

nuevamente el 1º de febrero, lejos de consentirlo, pedia en


son de amenaza que comenzase la guerra contra el imperio, y
Génova se removia aprestándose á proclamar la república. En
vista de esto, entre la república que amenazaba suTrono,y la
intervencion que amenazaba á Italia,Cárlos Alberto desen
vainó por segunda vez su espada, y,á pesar de las reclamacio
nes de la Francia y las protestas de Inglaterra, denunció el 12
de marzo el armisticio á Radetzky y rompió nuevamente con
el Austria. El Piamonte, dice Zeller, estaba completamente
solo, y el ejército marchaba con repugnancia á esta guerra en
teramente política, impuesta al Rey por el Parlamento. El
Monarca, triste y sombrío, conociendo que no hacia la guerra
en su nombre, sino en el de los que le impelianá ella, obedeció
como á una necesidad fatal, para verse libre por el triunfo ó
la muerte de tan desesperada situacion. Por desgracia, la elec
cion de oficiales tenia mucho que mejorar; habia todavía en el
ejército un cierto número de reclutas poco prácticos, y se
echaba mucho de menos el tino en la administracion y en la
intendencia (1). Á pesar de todo ello, decidido Cárlos Alber
to á jugar el todo por el todo, avanzó el primero sobre el
puente de Buffalora, en el Tessino,y quedaron rotas las hos
tilidades el dia 20 de marzo. El 23 era derrotado el Soberano
de Cerdeña con sus tropas por las armas austriacas en Nova
ra (2), despues de desesperados esfuerzos, y en aquella misma

(1) Julio Zeller: Historia de Italia, tomo II, cap. XXI, pág. 319.
(2) Al mismo tiempo que el general polaco Chrzanowskyperdia la
causa italiana en Novara, otro polaco, Mierolawsky, perdia la de Sici
lia en Catana.
En medio de la refriega, y viendo áCárlos Alberto espuesto al fue
go de los austriacos, que perseguian muy de cerca á las fugitivas tropas
sardas, agarró al Rey uno de los generales, llamado Jacobo Durando,
para sacarle á viva fuerza fuera del lugar del combate. "No,no: quiero
morir aquí, decia el desgraciado Monarca rechazándole; ¡dejadme mo
rir, general! ¡Dejadme! / Hoy es mi último dia/
fin le retiraron con mil esfuerzos de entre las bombas y balas
que silbaban á su alrededor. Al llegar á los muros de Novara, se volvió
á los que le acompañaban, entre los cuales estaban sus hijos los duques
de Saboya y de Génova, sus ayudantes de campo, el ministro Cordona
y el general en jefe polaco,y les dijo repentinamente: "Ya no soy Rey;
abdico; mi hijo esvuestro Soberano, y abrazó á sus hijos, de los cuales
se separó á media noche para marchará Oporto, lugar de su volunta
rio destierro. (D'Arlincourt, La Italia roja, cap. XI, pág. 181.)
288

noche abdicó en su hijo Víctor Manuel, partiendo al punto,


sin designar el lugar donde iba á buscar un asilo para su in
menso dolor. Poco despues apareció en Oporto.
Tristemente, en verdad, empezaba su reinado el nuevo
Monarca Víctor Manuel II. El que soñó con la corona de Si
cilia en un principio, y tal vez vislumbró en el horizonte la
diadema de hierro de la Italia toda, veia vacilar sobre sus
sienes la de Cerdeña, que su padre le entregaba hecha peda
zos; tenia que firmar la paz con terribles condiciones, y debia
someter por la fuerza de las armas á Génova que, en abierta
insurreccion, habia proclamado la república. Lamarmora cum
plió con su mision, y el 9 de abril era dueño de la ciudad. Si
cilia y Florencia tambien cedieron: Filangieri ocupó la prime
ra el 4 de mayo; Peruzzi recobró el poder en la segunda á
nombre del Gran Duque, el 12. La derrota de Novara era la
derrota de la Revolucion que habia dominado áCárlos Alber
to, y que le habia lanzado á los campós de batalla para que
perdiese su corona, como antes le llevó áCustozza á que per
diese su nombre de soldado y sus ilusiones de italiano; su
fama de general y su ambicion de Monarca. Solo quedaba
Roma.
Como si la Ciudad Eterna debiera ser en todo tiempo el
murado recinto en que, segun las edades y los siglos, se atrin
cherasen sucesivamente el errory la verdad, el bien y el mal,
así ahora como en los dias del paganismo, como en los prime
ros tiempos del Cristianismo, como en los buenos y hermosos
siglos del Pontificado, en que vicio, virtud y santidad se sostu
vieron con teson y fe en las riberas del Tíber, tambien se de
fendia la iniquidad, que osaba entonar sus lúbricosy nefandos
himnos sobre el sepulcro santo de los Apóstoles que conquis
taron el mundo para el cielo. Mazzini, llegado á Roma el 6 de
marzo, habia formado parte del triunvirato el 29, en que se
supo la catástrofe de Novara en la Ciudad Eterna, y llamando
en seguida á los italianos á las armas, dispuso una leva en
masa, y anunció la guerra republicana. Poco debian durar sus
sueños, porque á este tiempo los austriacos tomaban posicion
en Parma y Módena para caer al momento sobre Bolonia: el
289

Garigliano resonaba con el estruendo de las armas napolita


nas: Barcelona saludaba con frenético entusiasmo á los ejérci
tos españoles que se embarcaban para la nueva cruzada, y el
general francés Oudinot aparecia con 7.000 hombres en el
puerto de Civita-Vecchia. La república romana, que se olvida
ba sin duda de que su usurpacion era un despojo sacrílego,
cuyo eco resonaba en todas las conciencias alarmadas, no vió
en sus actos mas que una insurreccion comun contra la auto
ridad soberana, y continuó tranquila, concibiendo lisonjeras
esperanzas en frente de los preparativos que la Europa hacia
para castigar su crímen. Sin embargo, para halagará la Fran
cia en la persona de Luis Napoleon Bonaparte, presidente de
su república, elevaron á la presidencia de la de Roma á Cárlos
Bonaparte, príncipe de Canino, primo del jefe del gobierno
francés, y fijaron en diversos puntos del camino que á la Ciu
dad Eterna guiaba, varios artículos de la Constitucion france
sa de 1848. Pero despues de varios altercados, de contestacio
nes fuertes, de severas demandas y de conferencias serias, el
mariscal Oudinot declaró tener órden de entrar cuanto antes
en Roma, y el 29 de abril acampó bajo sus muros. El 30 por
la mañana avanzó el ejército francés con las músicas á su ca
beza en direccion á las puertas Angélica, Portése y San Pan
cracio, siendo recibido con un fuego bastante vivo desde las
alturas de San Antonio y por la villa Pamphili: Oudinot se
retiró, ofreciendo volver para no retroceder de nuevo.
Treinta mil hombres de guarnicion contaba la Ciudad
Eterna, sin contar los muchos paisanos que pululaban por sus
calles vestidos de todas armas, entre los siete regimientos de
línea organizados por el triunvirato, los dos batallones lom
bardos, las legiones de la Milicia cívica y los voluntarios del
célebre Garibaldi. Como ya dijimos en el capítulo anterior, era
este un famoso y atrevido aventurero, que sucesivamente sol
dado, contrabandista, corsario y pirata, habia formado en Tos
cana una legion que era el terror de Italia por sus continuos
escesos y abominables maldades. Compuesta de facinerosos,
parte alistados en Montevideo, parte en toda la Marina de Oc
cidente, y, por último,parte escogidos entre los mas feroces
19
290

bandidos de Lombardía, de Provenza y de la Romanía, de los


Abruzzos y de la Calabria, estaban divididos en secciones de
infantería y de caballería, sin que pudiera decirse cuáles eran
los mas fieros. Hombres atrevidos, arrebatados, de bronceada
tez, de musculatura recia, de vista siniestra y torva, de negras
y espesas cejas. Llevaban cabellera que les caia por cima de
los hombros, y largas greñas que les cubrian las sienes se jun
taban con sus grandes y cerdosos mostachos: sus barbas sucias
y enmarañadas formaban como un marco á sus bocas, que no
se abrian sino para blasfemar ó devorar. Su uniforme se com
ponia de unos calzones anchísimos y arrugados en la cintura,
una pequeña túnica de escarlata color de fuego ajustada al
cuerpo por medio de una canana, y cubríales la cabeza un
gran chambergo con el ala doblada, adornada con plumas de
gallo... Van armados con lanzas, pistolas, sables, alabardas, fal
conetes y picas de toda especie: llevan la carabina á la espalda,
una larga bayoneta ó estoque á su lado izquierdo, y en el pe
cho un puñal ó cuchillo de monte. Dos de estos matones ha
cian centinela en todo tiempo á la puerta de la casa"que Ga
ribaldi ocupaba en la plaza de piedra de Césari (1). Tales eran
los héroes que habian de defenderá Roma; tales los recursos
con que el Círculo popular contaba. El cuerpo francés en
cambio constaba tan solamente de 7.000 hombres, segun ya
tenemos dicho. La situacion era por lo tanto grave: grave si
los republicanos se defendian con la desesperacion que es pro
pia de la fiera que se encuentra acorralada; mas grave aun
tratándose de Roma, á la que no se podia combatir como á otra
cualquiera ciudad, por ser el museo universal de todas las be
llezas, detodos los monumentos, de todos los recuerdos y de
todas las preciosidades, que era forzoso enseñará respetará
aquellos vándalos del siglo XIX. Ademas, la nacion francesa
con Luis Napoleon, que sin duda recordaba su bautismo de
cristiano y su asilo de Spoletto, pedia la posicion inmediata de
la Ciudad Eterna: era, pues, necesario pensar, estudiar y tomar
medidas con el detenimiento suficiente á obtener un resul

(1) Bresciani: El Hebreo de Verona, Apéndice, pág. 461.


291

tado ventajoso en las operaciones, que debian empezar muy


pronto.
El 16 de mayo capituló Bolonia y entraron los austriacos,
que el 25 se encontraban bajo los muros de Ancona, festeja
dos y vitoreados por los pueblos: el 26, el marcial ejército
español rendia sus armas, lleno de fe y bizarría, ante el Santo
Padre, cuya bendicion recibia en Gaeta. El triunvirato veia
aumentarse los peligros y estrecharse en su derredor el círcu
lo de hierro en que por su mal se situó con su sacrílego crí
men; porque el Monte Mario se encontraba cubierto de fran
ceses, que se aprestaban para comenzar el sitio. Con efecto,
empezó el 3 de junio, tomando á la bayoneta el general Sau
van el Ponte-Mole y apoderándose Mollière de las villas Cor
sini y Pamphili. El 12 principió en toda regla el bombardeo.
Durante los quince dias que duró la lucha, dice el referido
Zeller, puede asegurarse que el ataque fue conducido con tan
tas precauciones, como fue desesperada la resistencia. La
Francia queria dar una prueba de su respeto á la Ciudad
Eterna, y los defensores de Roma comprendian que defen-
dian entonces el último baluarte de la Revolucion, ya vencida
en todas partes. El 21 fueron abiertas tres brechas: france
ses y romanos se encontraron cara á cara. Por último, el 29
tuvo lugar un combate decisivo. Era el dia de San Pedro:
la accion duró hasta la noche. El gobierno romano (usurpa
dor) hizo encender, como de costumbre, aquella magnífica y
deslumbradora girándula de luz que no alumbra generalmen
te mas que una gran fiesta: esta vez alumbró una derrota.
• Los romanos, despues de una larga resistencia, cedieron al
valor francés dos bastiones y parte del Janículo, contenido en
la villa, para retirarse sobre Montorio, detras de las nuevas
fortificaciones. Aun allí la resistencia no podia ser larga. Ga
ribaldi y los suyos querian abandonar el Transtiverim y li
mitarse á defender el resto de la villa. Pero se supo bien pron
to... que Ancona estaba tomada, y se convencieron de que
todo habia ya concluido (1). Con efecto; el 30 de junio, el

(1) Julio Zeller:Historia de Italia, tomo II, cap. XXI, pág.327.


292

diputado Cernaschi propuso la capitulacion, á la que enérgica


mente se opuso JoséMazzini, recordando la heróica defensa
de la noble Zaragoza; mas Bartolucci, acusando al triunviro,
pidió que se oyese la opinion de Garibaldi, el cual manifestó
no ser posible defensa de ninguna especie á la altura en que
estaban los sucesos. En su consecuencia la Asamblea decre
tó: La Constituyente cesa en una defensa que se ha hecho
imposible, y permanece en sus puestos.
Ya era tiempo, porque Oudinot se exaltaba, y su furor
podia ser terrible para los triunviros, que cobardes huyeron
al punto llenos de terror y espanto, abandonando la Ciudad
Eterna al borde del abismo á que su frenesí la condujo. El
dia 2 de julio entró el ejército francés en Roma, y el 4 fue
disuelta la Asamblea, que sin duda se creyó lastimada en sus
pretendidos derechos; porque entregó al coronel francés, que
la disolucion intimó, una protesta sobre aquel acto, ella que
habia mirado con sempiterno desprecio las justas protestas de
Pio IX (1).

(1) El Sr. Freeborn, agente consular de la Gran-Bretaña, que ha


bia publicado durante el sitio una protesta contra el bombardeo de
Roma por los franceses, dió pasaporte inglés á todos los revoluciona
rios que quisieron escaparse, escusándose luego con decir que si no hu
biera provisto de tales papeles á los valientes que defendian la ciudad,
todo lo hubieran y saqueado.
Laprincesa de Belgiojosotuvo que salir mas que deprisa del Qui
rinal, donde se habia instalado con un botiquin para curar á los dema
ogos heridos en la refriega, abandonando su farmacia y sus drogas.
lo que hace á Garibaldi, que si bien pudo ser cogido, se le dejó
escapar á drede, marchó hácia San Marino con unos tres mil hombres,
pidiendo asilo á aquella república Tom-Pouce para sus anarquistas
Goliats.
Poco despues salió de allí, y su gente se dispersó. Habiéndose
embarcado mas tarde, el viento le arrojó á las playas de Toscana,
donde murió su mujer de dolor y de fatiga, en medio de un bosque
desierto. Arrestado en seguida en el Piamonte, fue puesto en libertad
por órden del gobierno; y el general Lamarmora le envió á Cerdeña
el despacho y la faja de general, señalándole al mismo tiempo una
sion, á condicion de marchar á Tánger á disfrutarla. Partió en
efecto Garibaldi, y estuvo por allá algun tiempo, pasando luego, á
Nueva Yorck, á donde le llamó el general Avezzana, ex ministro de la
Guerra de la república romana, el cual posee en aquella ciudad una
tienda de comercio no muy acreditada..."
El antiguo maestro de escuela de Niza, y posteriormente tabernero
de Cincinnati, fue perfectamente recibido en Nueva-Yorck por los de
mócratas americanos. (D'Arlincourt, La Italia rqja, cap. XIV, pág. 212)
203

Los Cardenales della Genga, Vannicelli y Altieri, comi


sionados al efecto por el Santo Padre, se posesionaron nueva
mente del poderá nombre del Soberano Pontífice, apresurán
dose á anular, en conformidad con las reclamaciones del Papa,
las monstruosidades ordenadas y consumadas por el triunvi
rato (1), y resucitando el antiguo régimen, con gran presteza
trabajaron en los preparativos necesarios al regreso del suce
sor de San Pedro, por cuya vuelta suspiraban los pueblos. El
dia 8 de setiembre el generoso corazon de Pio IX otorgó una
amnistía para los complicados en los últimos sucesos, escep
tuando á los triunviros y á los individuos del gobierno provi
sional, cuidando de dejar espedita la accion de la justicia con
respecto á los delincuentes por delitos comunes, que, como
queda dicho, en abundancia suma se habian perpetrado en los
Estados-Pontificios, merced á las pasadas revueltas. Estas me
didas de justa represion para el crímen fueron el orígen de la
carta que el entonces presidente de la república francesa diri
gióá su ayudante de campo Edgardo Ney (2), en la que se la

(1) Muchos males habia que reparar. Las religiosas lanzadas de


sus claustros; los archivos conventos quemados; los palacios, las
iglesias y las propiedades pontificias saqueadas para convertir en di
nero sus alhajas; las campanas fundidas; malbaratadas una infinidad
de preciosidades artísticas; exhausto el Tesoro, y cargado como nunca
de deudas, á pesar de la creacion de un papel moneda que no pudo
cotizar la demagogia á mas de 42 por 100; enormes tributos y emprés
titos forzosos decretados; en fin, cerca detreinta y dos millones de
francos gastados por el triunvirato en socorros estraordinarios, ademas
de los siete millones en bonos emitidos por el Banco de Roma.
Al siguiente dia de la caida de la república, ó sea el 4 de julio, se
supo que los cuestores de la Asamblea, no contentos con los 480,000
francos que habian percibido, obtuvieron un suplemento de otros
90,000;que el abogado Sturbinetti cobró 120,000; que á la Guardia mo
vilizada se le pagaron 342,000; que el poder ejecutivo recibió en cuatro
meses 240,000; que la comision de barricadas percibióportrabajos que
el gobernador habia pagado ya de otros fondos, 384,000; que un tal
Fabri,per el papel y la impresion de los bonos romanos, se habiagra
tificado á sí mismo con la suma de 369.000; que Manzzoni se llevó con
sigo 198000; y, por último, que el ministro de la Guerra se habia
apoderado de 34.000,000, cuya inversion se ignora aun, pues todavía se
sus cuentas.m. (D'Arlincourt: La Italia roja, cap. XIV,
pág. 214.
2) Antes de que Pio IX entrara en Roma, un programa célebre
(la carta de Napoleon áNey) le imponia la clemencia como si se hu
biese podido dudar de su corazon, y le escitaba á hacer reformas radi
cales que,tales como se las exigian, significaban su destronamiento
294

mentaba de que no fuese tan grande la influencia francesa,


como creia tener derecho á esperar; reasumiendo su pensa
miento en estas concesiones, que en el citado escrito indicaba
como absolutamente precisas é indispensables: Amnistía ge
neral, secularizacion de la administracion, Código Napoleon
y gobierno liberal. Breves palabras diremos sobre estas exi
gencias poco nobles, que pareciendo querer imponerse por la
fuerza al Santo Padre, revelaban en quien las hacia, óuna in
signe necedad, ó una malicia sin fin. Motu proprio, y sin esci
tacion de persona alguna, el Santo Padre, cuya alma estuvo
siempre abierta para el perdon y el olvido, concedió una am
plísima amnistía para cuantos pudieron ser seducidos y con
falsas promesas pervertidos. En cuanto á los causantes de su
mal, á los motores de la Revolucion y sostenedores de ella en
causa propia, cítese un solo Estado que no los escluya de su
seno y que no los rechace como hijos indignos de su amor.
¿Por qué la Francia cerró sus puertas á hombres eminentes
que no aceptaban la república, como rechazan hoy el imperio?
En uso de un derecho incuestionable, cual es el de la propia
conservacion, los gobiernos alejan de su derredor á los hombres
que intentan desgarrar la patria y sumirla en la anarquía y les
advierten que nó perdonan su pasado crímen. Pues bien; el
Santo Padre fue mas generoso que esos gobiernos; tuvo pala
bras de amorpara sus ilusos súbditos, y severamente habló
á aquellos estranjeros que, mintiéndose italianos, recalci
trantes en la maldad y el crímen, á pesar de las exhortacio

irremediable é inmediato. Escitósele á que diera una amnistía; á que


admitiera el Código Napoleon, y á que secularizase su gobierno.
este modo, la diplomacia conservadora hacia suya la obra del triunvi
rato, porque puesto en esas condiciones, el Papa no era mas que el
Obispo de Roma. Pio IX declaró que pretendia perdonar y gobernar
por sí mismo, y que preferia el destierro á la abdicacion. Ante estas
palabras el programa napoleónico cedió, pero no sin que dejara de
existir. Sin embargo, con eso comprendió Pio IX que, hiciera lo que
hiciera, ese nuevo Memorandum mantendria en su pueblo la ingrati
tud y la rebelion; y de aquí la onerosa necesidad de un socorro esterior,
y la cansada perpetuidad de ese reproche absurdo, pero por lo mismo
tan poderoso en estos tiempos, reducido á decir que el Papa no puede
mantener su gobierno sin el apoyo de las bayonetas estranjeras." (Louis
Veuillot: Biografía del Papa Pío IX, VI,28)
====--—-==

295

nes Pontificias, despreciando las amonestaciones de la Europa,


cubrieron de luto á Roma y llevaron el duelo y la consterna
cion á los pueblos agrupados bajo la Cátedra Santa del antiguo
Pescador. En cuanto á la administracion, Código Napoleon y
gobierno liberal, recuérdense las reformas que espontáneamen
te otorgó la bondad del Santo Padre y la recompensa que tu
vieron. Pues qué, ¿un Soberano no es un padre? Y el padre
que ve el abuso que sus hijos hacen de su continua indulgen
cia, ¿no debe, mal de su grado, poner un término á ella y
recordar su absoluta autoridad? Así,pues, si la administracion
se habia secularizado poniéndose al frente de los negocios
Rossi para ser asesinado y Mamiani para vender traidoramen
te al que fue su Soberano, ¿la esperiencia del pasado no debia
decir nada al corazon de Pio IX? Y luego, la ciencia de aque
los hombres, ¿eclipsaria la ciencia de los hombres de la púrpu
ra, ó el patriotismo de aquellos venceria al patriotismo de
estos, ó será quizás, como por algunos se pretende, que la ton
sura clerical hace al hombre inútil para el gobierno? ¡Cómo!
¿Se pueden gobernar las almas, con todas sus pequeñeces y
miserias, con todas sus maldades y sus vicios; se puede dar
direccion y organizar debidamente al espíritu que mueve, que
inicia, que impulsa y que se agita, y no se podrá gobernar á
la materia inerte, que ni piensa, ni tiene accion, ni es capaz
de movimiento, ni sabe ejecutar el bien, ni puede realizar el
mal? Y, ¿con qué derecho se pide la intrusion de una ley es
tranjera que ha sufrido tantas oscilaciones como variaciones
han ocurrido en el régimen de gobierno de la Francia, en una
nacion cuyo carácter, costumbres, habla é inclinaciones son,
por cierto, bien distintos? Ademas, ¿será quizás mas perfecto el
Código Napoleon, que lastima todos los derechos en nombre
de un deber supremo, cuya solucion solo Dios sabe, que los
preceptos sancionados por la tradicion, admitidos por una
sabia esperiencia, bebidos con la educacion y respetados por la
justicia que dictó su formacion, por la imparcialidad que á su
aplicacion preside y por su venerable antigüedad? ¡Libertad,
gobierno liberal! ¿Quién mas liberal que Pio IX de acuer
do con su Dios y su Evangelio? Y, como este Evangelio, ¿no

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- -------
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296

ha sufrido persecuciones? Y, como ese Dios, ¿no ha tenido su


pasion y su Calvario? Y luego, ¿dónde están esos gobiernos
modelo de libertad? Tiranos que oprimís la tierra y quereis
imponer vuestra voluntad al cielo, ¡callad! Per me reges reg
nant et legum conditores justa decermunt (1).
La Francia es una gran nacion:nos admira y seduce su
grandeza que ensalzamos, y respetamos su fe, que nos anima;
pero doliéndose el espíritu francés de que al dar las gracias los
Cardenales comisionados por Su Santidad, por la católica
piedad y decidida actitud de Europa en su favor, se mostrasen
reconocidos en público concierto al brazo invencible y glorio
so de los ejércitos católicos, muestra ese pueblo una pequeñez
de alma, que en modo alguno favorece á su nobleza y á su
gran historia. No parece sino que la bandera francesa lo hizo
todo entonces en Italia, y se echa en el olvido que en aque
llos memorables dias se hallaban muy cerca ejércitos aguerri
dos y valientes, y daban al aire sus colores los pabellones aus
triaco y napolitano, y el glorioso estandarte de Castilla, que
en tiempo alguno podrá eclipsar la bandera tricolor francesa.
Vuelto á Roma,gracias á la Francia, escribe Zeller... ¡No,
mil veces no! No volvió Pio IX á ocupar su esplendorosa Sede
merced á la Francia solamente; el Santo Padre volvió, porque
la conciencia universal alarmada y el mundo todo honda
mente conmovido pedian á grandes voces su retorno á la
capital del orbe; volvió, porque le llevaron las simpatías, el
afecto, el respeto y la voluntad de todas las naciones, cuyos
representantes formaron su guardia de honor en los muros
de Gaeta. Si la república francesa envió sus ejércitos diciendo
que iba á reponer á Pio IX en la Silla augusta del antiguo
Pescador, los sucesos posteriores han probado, hasta la sacie
dad, que, contra el espíritu católico de la Francia, esas tropas
fueron á contrarestar las influencias del Austria, á oponer
se al ascendiente español, y á sacrificar ó á estinguir las
afecciones y los recuerdos de Nápoles. Y aun así, no fueron
solos los heróicos soldados franceses, que lloraban de alegría

(1) Libro de los Proverbios, cap. viII, v. 15.

-—==
=".-----" –

297

al saludar á la Ciudad Eterna; porque tuvieron la ayuda


de las bravas tropas austriacas, del noble ejército napoli
tano y de los soberbios tercios españoles, que no cejaron
por cierto en su grandiosa empresa ni temblaron jamás á
la vista del peligro, estremeciéndose de dolor la piadosa
Isabel, la nacion, el gobierno y su indomable ejército, por
que la diplomacia francesa se interpuso entonces, como des
pues y siempre, en el camino que deseaba recorrer el es
píritu católico de la generosa España. Sí, mil veces sí. Mas
noble el gobierno español que el ambicioso francés, sus
pendió sus peticiones, cesó en sus exigencias y enmudeció so
bre el Concordato, que tanto necesitaba la nacion: y dejó tras
currir algunos años sin molestar á Pio IX con reclamaciones
que, otorgadas, hubieran parecido el precio puesto á la ayuda
con desinteres prestada, mientras el presidente francés esten
dia su programa en la carta que citamos, y daba sus instruc
ciones al general Rostolan para que hiciese valer su autoridad
de señor allí donde solo le concedia el espíritu católico francés
el nombre de protector. Español el que esto escribe, tiene or
gullo en sostener el buen nombre de su patria y la caballerosa
fe de su querida España; mas no por eso cree ni puede jamás
creer que la noble y católica nacion francesa quisiera en aque
llos dias de espansion y regocijo amargar el corazon del Santo
Padre, ni menos autorizar las absurdas éinconvenientes exi
gencias de su gobierno, en el momento mismo en que el decoro
y la propia dignidad le ordenaban guardar respetuoso silencio.
Finalmente; si acusamos al gobierno de la Francia, siempre
en cambio sostendremos que la nacion de Carlo-Magno y San
Luis no quiso vender la ayuda, que el hijo siempre deberáá su
padre, por algunas miserables influencias que nunca prevale
cerán en Roma, donde en todo tiempo reina el decoro de los
gobiernos que no se venden y la dignidad de la conciencia
que no se ultraja con mezquina huella.
El dia 4 de abril de 1850 entró Pio IX al fin en Roma,
satisfaciendo así los deseos de su pueblo y el voto mas ar
diente de su noble alma. Jamás Pontífice alguno obtuvo el
triunfo que el sucesor de San Pedro mereció en esta ocasion;
298

jamás ningun Soberano fue tan cordialmente recibido ni con


tanto amor saludado; jamás hubo pueblo que mostrase la in
mensidad de su cariño á su Monarca del modo portentoso y
entusiasta que la Ciudad Eterna lo hizo (1). De muchas leguas
(1) Hé aquí cómo describe el brillante triunfo de Pio IX el ilustre
vizconde d'Arlincourt: "El Padre Santo abandonó á Pórticial principiar
el mes de abril de 1850, escoltado por el Rey de Nápoles hasta las
fronteras de sus Estados, para volver al Vaticano. ¡Qué viaje! ¡Qué
triunfos!...
En Welletri, en el mismo sitio en que Garibaldi creyó vencer á la
Tiara para siempre, corrian hácia el Santo Pontífice ciento cuarenta
mil hombres con ramos de oliva en la mano, llevando impresa la alegría
en el semblante y el arrepentimiento en el corazon.
La entrada del Papa en la Ciudad Eterna, mas que el triunfo de
un Soberano, era la restauracion de la cristiandad; el Catolicismo,
reintegrado en el Vaticano; una alta manifestacion de la justicia divi
na; y por eso ofrecia tambien uno de los mas sublimes cuadros que el
hombre haya podido contemplar: el cuadro de Roma arrodillada para
recibir la bendicion del Jefe de la Iglesia, y recobrando su eterna pal
ma en medio de aclamaciones europeas.
"¡Oh Santísimo Padre! decia Napoleon á Pio VII; teneis las almas,
yo no tengo mas que los cuerpos; estais á mil varas por encima
nde mí.
No hubo allí inspiraciones oficiales de aquellas que solo remue
ven las masas con secreto terror; la alegría y el entusiasmo, eställando
con unanimidad, brotaban como las fuentes de agua viva, bajo los ar
dores del doble sol de la naturaleza y de la Religion. Esta vez salia
realmente de las entrañas de la nacion la gran conmocion popular. La
Basílica de San Juan estaba colgada con ricas telas; Pio IX, que era
esperado á las cuatro de la tarde, debia hacer en ella la primera es
tacion.
nHacia un tiempo magnífico, en armonía con la solemnidad. El
cañon se oyóá la hora en punto, y á lo lejos se elevaban olas de polvo,
entre las cuales centelleaban las brillantes armaduras. El Santo Pontí
fice entraba en Roma; tocaban á vuelo las campanas; y el bronce reli
gioso, mezclando sus armonías de paz al estruendo de los rayos de la
guerra, saludaba al Vicario de Cristo.
Todas las casas ostentaban ricas colgaduras y preciosas guirnaldas;
todas las calles vistosos tapices de césped y de flores. A la derecha del
coche del Papa cabalgaba sobre un hermoso corcel de guerra el general
en jefe Baraguay d'Hilliers, y á lo largo de sus marciales mejillas cor
rian lágrimas de ternura y de piedad. Formaba la línea á su paso la
infantería francesa, que postrando su gloria y sus laureles, presentaba
humildemente las armas al primer ministro de Dios; y doblada la ro
dilla, humedecidos los párpados, prosternaba sus banderas. Sentia sin
duda que en aquel Sacerdote humilde, sin otra fuerza que la oracion ni
otras armas que la fe, habia alguna cosa mas que el poder de aquí aba
jo; alguna cosa mejor que el esplendor de la tierra.
Mas adelante estas mismas tropas, como ilustradas por el Señor,
debian probar con su admirable conducta... que entre ellas y el Papa
se habia hecho un cambio maravilloso; le habian dado su valor, y él
las comunicaba su fe.
299

en derredor acudieron presurosos miles de individuos ansiosos


de saludará su idolatrado Rey, y ganosos de obtener la ben
dicion de su venerado Pontífice. Multiplicados los arcos triun
fales, sinnúmero las banderas, los gallardetes y las inscrip
ciones, entre una inmensa y no interrumpida lluvia de flores,
en medio del estampido del cañon y del repicar de las campa
nas á vuelo, escoltado por el príncipe Altieri, jefe de la Guar
dia noble, y por Baraguay d'Hilliers, comandante del ejército

El coche pontificio se adelantó lentamente en medio de los tras


portes de la multitud. La cruz de Carlo-Magno habia salido al encuen
tro del sucesor de San Pedro. Ya no se oia el grito fatal de los sedi
ciosos, Viva Pio IX / El pueblo, con el admirable buen instinto que
le es propio cuando no se deja estraviar, esclamaba conmovido: / Viva
el Papa, viva el Padre Santo/ No era entonces el instrumento de los
ridículos parodistas del viejo Bruto, sino que obraba por sí mismo; y
era él, él solo, en fin, en la franca sencillez de la fe de las primeras
El Soberano Pontífice subió las gradas de la iglesia al son de los
tambores y de los vítores. En aquel momento era tal la embriaguez po
pular, que precipitándose los romanos á sus pies con el rostro en tierra,
le formaban un tapiz humano.
Desde San Juan de Letran fue el Papa á San Pedro en una mag
nífica carroza de seis caballos, precedido y seguido por sus guardias
nobles, pertenecientes á las primeras familias de Roma, y acompañado
ademas de sus Cardenales y del cuerpo diplomático. El cortejo pasaba
por medio de un bosque de bayonetas inclinadas y ante toda una nacion
bajo los arcos de blancas banderas, y atravesando nubes
Parecia que no bastaban los dilatados ámbitos del aire á las acla
maciones gran ciudad católica, de la Reina del mundo cristiano.
El Vaticano recobraba á la par su poder y su prestigio; y la Europa iba
á inclinarse de nuevo ante sus antiguas glorias. La república mazzinia
na se habia desvanecido como un sueño de oprobio y de miseria. Roma,
la primera de las potestades, porque estiende una mano sobre la tierra
y se apoya con la otra en el cielo, Roma habia lavado sus manchas y
reconquistado su corona.
mY durante la noche de este feliz dia, ¡qué inmenso mar de resplan
dores! La cúpula de Miguel Angel, iluminada desde la base hasta la
cúspide, dominaba la ciudad entera con sus masas de fuego. La torre
yel palacio del Capitolio resplandecian; la metrópoli centelleaba.
Desde el Capitolio al Pópolo, desde el Pincio al Vaticano, no ha
bia una casa, un pórtico, una ventana, una azotea, un balcon, que no
estuviese espléndidamente iluminado con morteretes detodas formas,
vasos de todas dimensiones y faroles de todos colores. La multitud
circulaba alegremente entreparedes de fuego, en medio de una fila de
coches descubiertos.Se diria que aquello era un vasto incendio, ó, mas
bien,una aurora inflamada; porque no habia allí brasero revoluciona
rio; porque Roma, descendida allí anticipadamente de los cielos,
cia presentar á la vista la nueva Jerusalen. (D'Arlincourt, La Italia
roja, concl, pág. 367 hasta la 370)
300

francés de ocupacion, con lágrimas en los ojos y la sonrisa en


los labios, Pio IX atravesó lentamente aquella multitud in
mensa que reia, que lloraba, y que, despues de aclamarle, do
blaba humildemente sus rodillas pidiendo su santa bendicion.
Era admirable el espectáculo que ofrecia aquel innumerable
pueblo que, lleno de emocion, vitoreaba sin cesar á su Mo
narca, y henchido de entusiasmo, al par que instruido por
su pasada desgracia, daba al viento su antiguo y acostumbra
do grito, que hacia retemblar las siete colinas, las cuales, con
su profundo eco, respondian al acento popular: ¡Viva el Papa!
¡Oh! ¡Cuántas cosas debieron decir al alma generosa del So
berano Pontífice las aclamaciones entusiastas de todo aquel
pueblo, que á su presencia olvidaba su dolor y su desgracia
de pasados dias y con vítores frenéticos le saludaba amoroso!
Y aquellas lágrimas que pausadamente surcaban las mejillas
de Pio IX y el aire angelical con que bondadosa y tierna
mente sonreia á sus súbditos,¡cuánto no debieron demostrar
les el profundo é inmenso afecto que aquel gran corazon guar
daba para los hijos de su constante amor.
Los elevados sentimientos del Santo Padre mostráronse
nuevamente, apenas descansó de las fatigas que acababa de su
frir. Desquiciado el órden social en sus Estados, dirigió sus
generosos esfuerzos á reconstituirle á todo trance:y la Ha
cienda hundida y la administracion desorganizada, llamaron
tambien con preferencia su atencion. Organizáronse al punto
los departamentos ministeriales con toda la latitud necesaria
para remediar los males que aquejaban al Estado como un
funesto recuerdo de la revolucion; dió nueva vida, propia é
independiente, á la provincia y al municipio para que libre
mente girasen en la esfera de sus atribuciones posibles; esta
bleció el Consejo de Estado, cuya opinion debia ser siempre
consultada para la promulgacion de las leyes; formó la Con
8ulta de Hacienda, compuesta de las diputaciones ó consejos
provinciales; dividió los Estados-Pontificios en las cuatro le
gaciones de Bolonia, Ancona, Perusa y Benevento, conser
vando Roma y sus cercanías su régimen especial de gobierno;
organizólos ayuntamientos de libre eleccion popular, dándo
301

les un carácter comunal que tal vez no tengan en los Esta


dos que mas exigentes se muestran con la Santa Sede, é in
trodujo grandes mejoras en la instruccion, que amplió; en el
comercio, que favoreció con exenciones inmensas, y en la in
dustria y en el arte, llamados á público y perpetuo certámen
en las obras colosales que inmediatamente comenzaron con
afan. Los territorios de la Santa Sede empezaron á cubrirse de
caminos, sobre los cuales algun tiempo despues estudiaban
los ingenieros la construccion de vías férreas, y el ejército se
reconstituyó, formándole sobre sólidos cimientos de valor,
confianza,instruccion y disciplina.
El mas importante, dice un historiador, de los ministros
del Santo Padre, segun la nueva organizacion, es el ministro
secretario de Estado, presidente del Consejo y encargado á la
vez de las relaciones con el estranjero, de la firma y de la pro
mulgacion de las leyes en el interior. Este ministro lo es esa
gran figura que se llama el Cardenal Antonelli; ese hombre
singular, digno ministro de Soberano tan grande; ese cristiano
de inalterable fe en la Providencia; ese servidor fiel de la
Iglesia, cuya causa sostiene con valentía inimitable; esa emi
nencia que se eleva por cima de las miserias que á la diplo
macia mueven. Hay en el Sacro Colegio, dice un ilustre ju
risconsulto español, un Cardenal de alta estatura, delgado, de
frente despejada, de marcadas facciones y de ojos grandes, vi
vos y penetrantes: su mirada goza el privilegio de avasallar
la de los demas. Afable y complaciente en su trato, revela
en sus modales distinguidos la circunspeccion y la prudencia
que le adornan; y su pálida fisonomía hace sospechar en él al
hombre de Estado, que, en continua meditacion, absorbe toda
su vida en la inteligencia. Al verle cruzar con grave dignidad
por los salones del Vaticano saludando atentamente á cuantos
encuentra á su paso, su tipo, que parece el genuino del diplo
mático, le denuncia al desconocido: y no es posible mirarle
con las insignias purpúreas sin adivinar al punto que aquel
personaje es el Cardenal Antonelli. En 1847le nombró Pio IX
Cardenal del órden de los diáconos. Pocos meses antes del
asesinato de Rossi, en 1848, le nombró su pro-secretario, ha
302

biendo merecido algun tiempo despues los nombramientos de


secretario de Estado, presidente del Consejo de ministros, del
Consejo de Estado, de la Congregacion formada para la con
servacion de la Iglesia de San Pablo, y prefecto de los Pala
cios apostólicos. Tanto en Gaeta y Pórtici, como en Roma,
despues de la vuelta del Santo Padre, el Cardenal Antonelli,
previendo y dominando los acontecimientos políticos del pais,
disputando palmo á palmo á la Revolucion sus conquistas, se
ha granjeado el aprecio de Su Santidad, y ha elevado á en
cumbrada altura su reputacion como escelente repúblico (1).
En cuanto á su política, tan dura y tenazmente combatida
sin átomo de justicia ni razon por el radicalismo y la demago
gia, por los católicos que se dicen sinceros y por los individuos
que ni conocen ni estudian las personas, los tiempos ni las
cosas, es la gran política que podria salvar al mundo del cata
clismo y la conflagracion que le amenazan, si los gobiernos
quisieran convencerse de todas las ventajas que tiene la ver
dad sobre el error, y del inmenso respeto que, aun á la Revo
lucion, merece la santidad de la justicia y el derecho. El Car
denal Antonelli es diplomático, porque es hombre de Estado;
pero lo es ¡cosa rara! con la verdad en sus labios, con la since
ridad en su corazon; lo es con la frente alta, con el alma tran
quila y sosegada. Es hombre de Estado porque conoce la his
toria, ese gran libro en que la Providencia nos enseña á dedu
cir del pasado útiles y provechosas lecciones para el porvenir:
porque no le es inútil la esperiencia que ha adquirido, y porque
conoce á los hombres que, si como Lucifer proclaman su li
bertad, es para intentar usurpar el Trono invisible del Eterno;
y si como el primer hombre hinchen su pecho de orgullo y
dícense independientes, es para ser como Dios, y en último
resultado establecer, como Luzbel, esa sempiterna guerra en
que el mal combate al bien, fundando, como el primer pecador,
el reino de la iniquidad y el crímen, que, empezando con
Cain, cesará con el terrible Antecristo. Es político, y gran po
lítico que admiran las naciones y los hombres, porque su amor

(1) Historia de la canonizacion de los mártiresjaponeses, pág. 246.


303

es para la verdad, su norte es la justicia, su respeto del dere


cho, su conciencia de la Iglesia, su corazon del Pontificado, y
su alma para Dios. Sí; se le combate porque se le envidia; se
le impugna porque se le admira, y solo se le ridiculiza por
aquellos que no tienen, como él, el valor de sus convicciones,
y que, despreciando la verdad, la retienen cautiva en el fondo
tenebroso de sus almas, mientras á los pueblos seducen con
las frases del error y la accion de la mentira. Tal es el Carde
nal Antonelli, tal es su política;á lo menos tal comprendemos
al uno y tal nos parece la otra.
Como esplendente corona de la piedad Pontificia, Pio IX
debia una muestra de su reconocimiento áAquella que destru
yó todas las herejías en el universo entero: como comple
mento de la solicitud soberana, el Monarca debia inspeccionar
por sí mismo el estado de aquellas provincias que mas habian
sufrido durante la revolucion, presentándose con la confianza
y el amor de un padre que va en busca de sus hijos, entre
aquellos pueblos á quienes mas se acusaba de poco afectos á
la dominacion de la Iglesia y poco adictos á su sagrada per
sona. El Pontífice se debia á María, y Loreto le esperaba; el
Soberano se debia á su pueblo, y las provincias suspiraban por
su angelical presencia. El Santo Padre no vaciló: ante tan
grandes deberes se decidió á partir; con el convencimiento de
su tremenda obligacion, emprendió su marcha al fin, y se diri
gió, lleno de fe, á la augusta y santísima morada en que se
dió el primer paso en la senda de la redencion; á la casa en
que una humilde doncella Nazarena fue llamada por un ángel
bendita entre todas las mujeres, y Madre del Dios tres veces
Santo (1).

(1) En el Congreso de Paris convocado á consecuencia de la guerra


de Crimea, los representantes de Francia, Cerdeña é Inglaterra for
contra el gobierno del Papa quejas que muy luego fueron pú
1C38...
El conde de Cavour, representante del Piamonte, se habia lamen
tado de la suerte de las Romanías, que, segun él, eran víctimas de la
arbitrariedad, y estaban privadas de toda libertad y todo órden. Para
contestar á este abogado oficioso de la desgracia de su pueblo, Pio IX
emprendió un viaje por las provincias cuya situacion era tan misera
ble y cuyos deseos eran tan poco atendidos, y llamóá los principales del
304

Imposible nos es describir lo que en caminos, aldeas, cam


pos y ciudades ocurrió. Masas inmensas de criaturas que,
arrodilladas por todas partes, estendian sus brazos pidiendo
la bendicion pontificia; poblaciones que se iluminaban como
por ensalmo de un modo fantástico y admirable; músicas que
con arrogantes himnos saludaban al Salvador de Italia; arcos
triunfales;vítores, aclamaciones sin término nifin, todo,todo
se reunió para festejar al Santo Padre, para demostrarle su
adhesion, para significarle su profundo amor. Y las ciudades y
las aldeas, y los nobles y los plebeyos, y los ricos y los pobres,
y la ciencia y la ignorancia, todos, todos tambien acudieron
presurosos á tributar su homenage al Pontífice Santo, al Sobe
rano amado de su pueblo, querido de todos los corazones, cu
yos sentimientos espresaba la poesía, que en inspirado estro y
con acento elevado cantaba: ¡Gloria á Pio IX, bendecia al
Pontificado y ensalzaba al sucesor de San Pedro, que reanu
daba de este modo su no interrumpida tarea de unir á los hom
bres como hermanos en una misma sociedad de amor, con el
Evangelio por ley y por Monarca á Dios. ¡Oh! ¡Cuán grata
mente deben recordar ese Soberano y esos pueblos el año
de 1857.
Y como si estas ovaciones pudiesen recibir aumento, ya á
la ida de Pio IX á la Casa Santa de Loreto, ya ásu regreso
á Roma, los Soberanos de los Estados limítrofes enviaban á
sus representantes, que venian á deponer sus respetos á los
pies del sucesor de San Pedro, y á hacerle presente su inmensa
veneracion. Mas entre esta cohorte de discípulos é hijos que
ridos ysiempre amados, no dejó de aparecer un Judas, que
venia tambien á saludar al Maestro con el beso del traidor

pais, y sobre todo á los descontentos. Algunos de estos, el marques Pé


poli, entre otros, habian sido colmados de beneficios. Preguntolès lo que
querian; pero, no pudiendo decirlo, hicieron mil protestas de fidelidad,
uniendo sus mentirosas aclamaciones á las sinceras de la adhesion po
pular. Pio IX lo examinó todo; se enteró de las necesidades verdade
ras; las satisfizo segun los impulsos de su natural generosidad, es decir,
escediendo con mucho á los medios regulares del Estado. Pero¿se tra
taba acaso de las verdaderas necesidades y de los verdaderos sentimien
tos del verdadero pueblo?..." (Louis Veuillot: Biografía del Papa
Pio IX,VIII, pág. 32)
305

apóstol en nombre de Víctor Manuel II, el cual se aprestaba á


vender al Justo por algunas monedas miserables, que habrian
de quemar sus manos al tiempo de recogerlas.

XIII.

Non possumus.
Desde 1858 á 1862.

La derrota de Novara y la vuelta de Pio IX á sus Esta


dos, el viaje del venerable Pontífice á sus provincias y las
ovaciones recibidas en su tránsito, eran, á no dudarlo, unos
golpes que, hiriendo de muerte á la Revolucion, ensalzaban el
derecho y la justicia, sin lo que jamás podrán subsistir los
pueblos. Esos grandes sucesos, con tanta acrimonia y perver
sidad de ánimo juzgados por aquellos que tenian un interes
en la sobreescitacion funesta que aquejaba á Italia, lastimán
dola sin par y llevando la corrupcion y el mal por sus grandes
artérias al corazon de la Península, eran los dos polos en que,
descansando el órden para lo sucesivo, debia girar el mundo
de la infortunada Italia. De una parte, la Revolucion en ver
gonzosa fuga; de la otra, la santidad del derecho mereciendo
los honores del triunfo: como consecuencia de esto, la justicia
y la razon, la dignidad y el derecho, representados por el su
cesor de San Pedro, aclamados sin fin y sin par vitoreados
por la Península entera.
La paz, pues, habia vuelto á aquel hermoso pais; quizás
podrian concebirse esperanzas para el porvenir; tal vez el Án
gel de la felicidad vaciaria el contenido de su dorada copa so
bre la porcion escogida por Dios para jardin de Europa. Sin
embargo, habia Monarcas que guardaban un rencor profundo
á la Santa Sede, que vió pedir la corona con que Dios quiso
aumentar su esplendor por el ministerio de Pipino y Carlo
Magno, por la abnegacion de la condesa Matilde y por la
aceptacion y el respeto de los siglos: habia Soberanos que en
cerraban un odio inmenso en su alma para las potencias que
20
306

de su vista arrebataron, en nombre de la justicia, el cetro de


Sicilia, la diadema de Lombardía, la corona ducal del Véneto
y el manto soberano de Parma, de Módena y Toscana. Ese
Monarca era Víctor Manuel II, Rey de Cerdeña: ese Soberano
era el hijo de Cárlos Alberto, menos católico que este; menos
general que su padre; nunca tan italiano como su antecesor: sí
mas ambicioso; sí mas amigo de traiciones; sí mas dado á la
• perfidia y mas pronto para escuchar los consejos del mal. ¡Gran
peligro era para la Italia un Monarca semejante! No obstante,
la Península, blandamente halagada al arrullo de la paz y al
suave movimiento de su vida renaciente, se durmió con la
sonrisa en los labios, volviendo su bello rostro hácia la már
gen del Tíber. Este sueño no fue, á pesar de todo, tranqui
lo: alguna que otra pesadilla le aquejó, é hizo oscurecer el sem
blante de la dulce patria en que los trovadores cantaron las
risueñas inspiraciones de la gaya ciencia. El Parlamento pia
montés amargaba con sus recriminaciones los últimos instan
tes del Rey Cárlos Alberto, moribundo en Oporto, y el Rey
Víctor Manuel II tomaba su parte en aquel impío concierto
de bajezas y de insultos, jurando nuevamente la Constitucion,
en virtud de la cual los diputados sardos usaban de su dere
cho, acusando á su antiguo Soberano de la ruina de Italia. Esto
no era noble; mas diremos: era indigno; pero al menos era ló
gico. Un Rey estrechaba entre las suyas las manos de aquellos
que el baldon y el improperio arrojaban á la frente de otro
Rey: un cristiano hacia inviolables á los que osaban perturbar
los últimos instantes de un Monarca moribundo: el hijo abra
zaba con la efusion de su amor á los que no dejaban al padre
en paz en la hora de la muerte y el insulto vomitaban sobre
aquel lecho soberano, en que un Rey se agitaba en sus últi
mos momentos. ¡Y ese Rey, y ese cristiano, y ese hijo llevaba
sobre sus siones la corona que su padre le cedió, y tenia en sus
oidos los consejos que un anciano que le amaba le diera sobre
el campo de batalla, en el cual su diadema se oscureció, se hu
milló su espada,se rompiósu cetro,y su corazon se hizo peda
zos!... ¡¡No importal.
Llegó un dia, sin embargo, en que Italia esperimentó una
307

brusca y honda conmocion en medio de su tranquilo sueño, y


por un movimiento involuntario su rostro volvió hácia Paris.
Un ministro piamontés acababa de proponer al Congreso, que
debia fallar sobre el Oriente y la cuestion de Crimea en 1856,
uque se acabase con el poder temporal de los Papas, motivo de
censura, piedra de escándalo, objeto de odio, móvil de perpe
tua turbulencia en Italia. Se sabia que no es la verdad la que
roza los labios del diplomático; pero se ignoraba que los hom
bres de Estado tuviesen mala fe, y menos que con tanto des
caro pretendiesen engañar al mundo, burlándose de la Europa,
á la que proponian participacion en el gran crímen. Ese ministro
era el conde de Cavour, el compañero de d'Azzeglio y de La
marmora. Ese hombre era el que por conducto del ministro de
Justicia, Siccardi, pedia la abolicion del fuero eclesiástico, des
preciando las paternales reflexiones de Pio IX; era el que en
causaba y desterraba á los Arzobispos de Turin y de Sassari,
que, en cumplimiento de su pastoral deber, representaron la
ofensa que á la Iglesia se inferia; era el que protegia al profe
sor de derecho, Nuitz, que públicamente enseñaba el jansenis
mo, y quizás el protestantismo, asegurando que defendia las
doctrinas del Estado; era, en fin, el que osaba rebajar el ma
trimonio hasta el concubinato, encubierto bajo las formas de
un simple contrato civil (1). Finalmente, el asesinato del se

(1) Al iniciarse estas reformas en el Piamonte, escribian los perió


dicos ingleses lo que copiamos á continuacion:
Llega un dia en la historia de los pueblos, en que estos deben
ocuparse de la tiranía eclesiástica que sobre ellos pesa, so pena de ver
aralizado el manantial de toda accion política. Los sardos se ocupan
dia en cuestiones semejantes á las que llamaron la atencion del mi
nistro Cromwell, de Crammer, de Cecil y de Burleigh. Hace algunos si
los que nos hemos librado de los estorbos que se nos suscitaban por ese
y sin embargo que los piamonteses empezaron hace poco á lu
char con los mismos, el éxito ha coronado felizmente sus esfuerzos... Sea
cualquiera el destino que esté reservado á la Cerdeña, lo cierto es que
hace muy bien en sacudir, ya que es posible, el yugo, y en librarse lo
mas pronto que le sea dado de la servidumbre en que yace respecto de
Roma. La Cerdeña representa en Italia un principio que está en oposi
cion completa con el que Roma representa. La Cerdeña representa la
causa del progreso nacional, de un movimiento, que con el tiempo pro
ducirá sus frutos." ,
Así se espresaba el Times del 28 de mayo de 1855. En cuanto al “
Daily-News, véase cómo se esplicaba algun tiempo despues, el 20 de
308

cretario de Radetzky, el del asesor general de la policía de


Roma, las conspiraciones abortadas, los motines que estallan y
se reprimen,y las sociedades de pugnalatori que se descu
bren con frecuencia, dicen muy claro al pais que su paz no es
duradera; que es de transicion su estado; que los emigrados se
agitan y se revuelven;que los comitéstrabajan; que es forzoso
despertará Italia, y que si el bien, como lluvia saludable, deja
sentir sus efectos en la Península, el mal se apresta, abre con
furor sus ojos, y estrecha entre sus manos la horrible y exe
crable bomba, que sobre Italia arrojará para ponerla nueva
mente en combustion.
Y agitábase intranquila la Península en el lecho de rosas
en que Dios la recostó, y, en su inquieto sueño, pronuncia
ba entrecortadas palabras que, en son de terrible profecía, ve
nian á anunciar al mundo nuevos y horribles trastornos. De
ducíase de ellos (sueños al fin) que Luis Napoleon, Emperador
de los franceses á la sazon por la gracia de Dios y la volun
tad nacional (1), abrigaba cierta sombra de rencor al Pontí

junio de 1856: En el mapa político de la Italia moderna no hay mas


que un solo lugar privilegiado; el reino subalpino, con sus cinco millo
nes de habitantes, tanto continentales como isleños." Finalmente, el
Morning-Post del 17 de junio de 1857 hallaba la causa de los distur
bios ocurridos en España, en Bélgica y en Nápoles, en el Catolicismo,
que, al proporcionar males por todas partes, ofrece una leccionmuy
instructiva al que estudia la filosofía política, y proporciona un comen
tario de no escasa fuerza sobre la prosperidad de las naciones." (Mar
ghotti: Roma y Lóndres, cap. I, pág. 4.)
No es estraño que los periódicos protestantes se espresasen de este
modo. El célebre abate Gioberti habia dicho ya en El Jesuita moderno
que nuestros Santos, vistos tan solo por de fuera, quedan oscurecidos
por los hombres heróicos de Plutarco y Tito Livio; y los diputados ro
manos habian ejecutado la danza pírrica en derredor del ídolo de Qui
rino, por ellos colocado con toda solemnidad en una de las salas del Ca
pitolio.
(Véase sobre esto El renacimiento del paganismo en Italia, publi
cado por La Civiltà Cattolica, serie segunda,tomo I,pág. 161.)
(1) Al ocupar Luis Napoleon el Trono de Francia, hé aquí cómo se
espresaron sus buenos amigos los ingleses, pormedio del Morning Chro
mile, el Times, y en especial el Morning Advertisser: "Ápesar de todas
las protestas del nuevo Emperador por la paz;á pesar de la reduccion
del ejército, la Francia y su jefe no anhelan mas que la guerra; no es
peran otra cosa que poder caer sobre Europa, siendo necesaria, por lo
- tanto, una nueva liga para hacer frente á su insaciable ambicion.
Segun la prensa inglesa, "el pueblofrancés, aclamando Empera
309

fice, que si antes le dió asilo y proteccion, cuando Arzobispo,


negábase ahora á presentarse en Paris con el fin de consagrar
le : adivinábase en otras ocasiones que el mismo Soberano
deseaba una ocasion en que, sin escitar recelos ni promover
alarma, le fuera dable cercar á la Francia con sus fronteras
naturales, estendiendo sus dominios hasta los Alpes, y ornan
do su corona popular con las preciosas piedras de Saboya y
Niza: recelábase, ya que el Piamonte codiciase la Ciudad
Eterna, ya que los ejércitos que preparaba el Austria cayesen
sobre el pais; mas todo era sin duda un sueño. Es verdad que,
con admiracion del universo entero, la Cerdeña tomó parte en
la lucha de Crimea; es cierto que, sin motivo hi pretesto algu
no, armaba y ponia en pie de guerra un inmenso ejército que
sus arcas no podian sostener; es verdad que los embajadores
francés é inglés y las escuadras de ambas naciones, en son de

dor á Luis Napoleon, se dióá conocer como el mas despreciable y el mas


vil de todos los pueblos; y los hombres de Estado, los generales, el
ejército y todos los que tomaron parte en el 2 de diciembre no eran
mas que unos miserables esclavos, instrumentos de la tiranía."
El dia 1º de enero decia el Morning-Chronicle : El bonapartismo
sin gloria militar y sin engrandecimiento territorial es un contrasentido.
En todas partes reina gran desconfianza hácia Luis Napoleon; y la cau
sa de este sentimiento puede atribuirse. parte á su carácter, parte á sus
actos, y especialmente á los recuerdos del imperio. El usurpador, acon
sejado por unos cuantos aventureros, ha intentado reorganizar el go
bierno imperial..."
El Times del 2 de enero, despues de haber trazado el cuadro de las
usurpaciones de Luis Napoleon, añadia: Un Senado mas cobarde que
el de Tiberio, confirió al Emperador el mas exorbitante poder, y estin
guió de una sola plumada todas las garantías que quedaban á la na
cion. Favoritos ahogados entre los honores; empleados sin conciencia;
impuestos inauditos; crímenes, hé aquí el gobierno. Mas se está prepa
rando el castigo; la Europa está alerta... y no pasará un año sin que
estalle algo terrible.
El Morning-Advertisser del 7 del mismo mes decia : Nada hay so
bre la superficie de Europa que pueda compararse al despotismo que
esa sobre la Francia y á la degradacion en que yace abismada. Las li
rtades de ese pais han sido puestas bajo los tacones de las botas de
Napoleon, cuyo nombre es sinónimo de opresion y de tiranía. Luis Na
poleon es el mayor tirano, el mas culpable perjuro que ha pisado la
tierra, y el monstruo mas abominable que ha cubierto de infamia á la
humanidad. Nopasará mucho tiempo sin que los franceses estén se
pultados en tanta barbarie, cuanta no se encuentra en la historia de
ningun pueblo.
¡Basta!!!
(Marghotti: Roma y Lóndres, nota, pág. 195)
310

terrorífica amenaza, exigieron algun tiempo antes al Rey


Fernando de Nápoles ciertas variantes en el régimen de sus
Estados, las cuales rechazó el heróico Soberano, que se negaba
á reconocer el derecho de la fuerza y la intrusion; es inne
gable que se intentó crear atmósfera con la cuestion Morta
ra (1), en que el Santo Padre se mostró tan grande como
Soberano, y tan Santo como Pontífice (2); es cierto que el
Austria, en vista de la actitud amenazadora del Piamonte,
ponia sobre las armas un innumerable ejército que aproxima
ba al Tessino; es irrecusable que se exigió su desarme y que
redujo sus fuerzas en gracia de la paz, pidiendo que así lo hi
ciese tambien Victor Manuel II; no cabe duda que este Mo
narca, burlándose de la buena fe del imperio, se negóá prac
ticarlo, y con vanas promesas dejó llegar el tiempo que su

(1) Esta cuestion es muy sencilla. Infringiendo la ley, que prohibe á


los judíos avecindados en los Estados de la *: tener criados católi
cos, tenia un hebreo, residente en Bolonia y llamado Mortara, una
sirvienta católica. El citado Mortara tenia y entre esta
un hijo que cayó gravemente enfermo, hasta el punto de ser desahu
ciado por los médicos. La criada católica, al ver al niño en la agonía,
quiso abrirle el cielo con el bautismo, y pronunciando las frases sacra
mentales, y con intencion de producir el efecto que causa la Iglesia
con este sacramento, bautizó al pequeñito. Dios le devolvió la vida y la
salud al punto, de un modo tal, que la sirvienta se creyó en el deber
de revelar lo que habia hecho, á un celoso sacerdote. Este lo comunicó
á sus superiores, quienes á su vez lo avisaron al Santo Padre, el cual
dispuso que se sacase al niño de casa de sus padres, colocándole en un
colegio á costa de Su Santidad, hasta tanto que tuviese edad suficiente
para regresar al error de sus padres voluntariamente, ó espontánea
mente confirmarse en las creencias católicas, á fin de que la seduccion,
el temor, la coaccion ó el fraude no privasen á aquella alma de la gracia
recibida en el bautismo.
(2) Sobre este particular tan debatido, véase cómo se espresa
M. Louis Veuillot: Conforme á la ley de la Iglesia y á la ley del Es
tado Pontificio, un niño que habia nacido judío fue sacado de casa de
sus padres, porque, bautizado en peligro de muerte, pertenecia ya á
Jesucristo. El niño, recogido en Roma, era educado por cuenta del
Santo Padre; separado sí de su familia, pero no secuestrado. Sus pa
dres podian verle cuantas veces quisiesen. Esta aplicacion de la ley
pareció, sin duda, una injuria al espíritu generoso del siglo; un crímen
contra la naturaleza, y una prueba, en fin, de que el gobierno Pontifi
cio debe ser arrancado del mundo como la última mancha que queda
de los tiempos de barbarie. El clamor, ó mas bien el rugido de la
prensa, llegó á ser universal. La diplomacia unió sus votos á este con
cierto de periódicos. ¡La Inglaterra, los Estados-Unidos y la Rusia en
viaron notas á Pio IX para enseñarle á ser humano!" (Biografía del
Papa Pio IX, VIII, pág. 33.)
311

voluntad ambicionaba; finalmente, es claro, como la luz del


medio dia, que el matrimonio del príncipe Napoleon, primo
del Emperador francés, con la princesa Clotilde, hija del Sobe
rano sardo, cargaba la atmósfera de electricidad, mientras
gruesos nubarrones amenazaban á Italia con borrascosa tor
menta, y el rayo se forjaba por igual en Paris, Viena y Turin.
Algunos decian, con el mayor sigilo, que la Península se
conmovia porque en Francia habia un interes en romper con
la punta de la espada los tratados de Viena (1) y los acuerdos
tomados en Verona; pero, ¡bah! ¿quién disparará el primer
cañonazo? El Austria teme por el Lombardo-Véneto: ya no
tiene un Radetzky que con teson defienda sus posiciones y
causa; conoce que no es amada, y se resigna; pero quiere, sí,
tiene voluntad de satisfacer á los lombardos, y desea no apa
recer como el azote y la rémora de Italia: el Piamonte tiene
que cicatrizar sus llagas de Custozza, de Novara y de Crimea;
no ignora que se desconfia de él, y por eso da á su Rey el
nombre, que es para su Monarca un verdadero disfraz, de Ré
Galantuomo: la Francia, ¡oh! la Francia tiene una inmensa
fuerza material desde que Napoleon la rige, y una incontras
table fuerza moral desde el instante en que tremoló su bande
ra en los fuertes y en los castillos de Roma; mas ha visto muy
de cerca al socialismo, sus calles se han ensangrentado, y, con
tenta con su presente, se limita á observar su porvenir.
Á pesar de todo ello, Italia despertó El estampido del cañon
la sacó de su pasado sopor, y si dormida se agitaba y su cuerpo
estremecido retemblaba, despierta se aterró; y al terror sucedió
una profunda atonía. La guerra la visitaba. ¿Qué buscaban en
Italia los ejércitos franceses que en Génova desembarcaban?
¿Cuál era el móvil, el motivo de esta guerra? El Austria, ¿ha
bia faltado á sus antiguos juramentos, ó habia hollado el derecho
de gentes? El Piamonte, ¿qué tenia que pedir ó qué debia ven

(1) El Emperador de los franceses ha declarado ya que esos trata


dos están rotos; pero ni ha devuelto las posesiones y provincias quepor
ese tratado se anexionaron á la Francia, ni ha procurado que vuelvan
las cosas al statu quo que tenian antes de 1815, como lo pèdia la justi
cia, siquiera para que ese statu quo sirviese de base á nuevos tratados
y nuevas convenciones.
312

gar? ¿Era esta lucha quizás el resultado preciso y ya previsto


del sacrílego consorcio en que el Orden y la Revolucion se
unieron por medio del matrimonio que enlazó al príncipe rojo
con una piadosa infanta.? De todos modos, tranquila puede
estar la Europa, tranquila la Francia, tranquilos los católicos.
Luis Napoleon, el hijo primogénito de la Iglesia, ha pedido
sus oraciones en favor de los ejércitos franceses, que uno van á
Italia á deprimir el poder del Santo Padre, sino á robuste
cerlo y defenderlo. Y aunque despues de asegurar en cierta
ocasion solemne que el imperio es la paz, haya amenazado al
mundo con una guerra europea, fruto de la lucha de Crimea,
en que batió á la Rusia, no es lo mismo impedir la preponde
rancia moscovita en el Oriente que estender la francesa en
Occidente: no es igual cortar el paso áquien tiene osadía para
intentar acabar con la barbarie que en Bizancio reina, que ser
el generoso adalid de todas las causas nobles. ¡Oh! diremos
con el desgraciado Lamennais: uJusticia de los hombres, ¡cómo
tienes que temblar de espanto en el dia del juicio, ante la jus
ticia inmutable del Eterno (1)!n
Hemos dicho que el cañon resonó nuevamente en la Pe
nínsula. Austriacos y piamonteses vinieron al fin á las manos
en aquellos bellos campos que escucharon las armonías del
Dante y el acento inspirado del Petrarca. Los puertos franceses
se llenaron de naves, que pronta y velozmente conducian los
soldados de la Francia á Italia,á combatir por una causa hasta
entonces ignorada. Pronto se supo cuál era la noble causa
que era preciso triunfase. Emisarios piamonteses recorrian los
pueblos, ofreciendo encantos y dulzuras sin término ni fin,
derramando el oro, concitando las pasiones, llamando á la
Revolucion, prodigando armas y esparciendo con profusion
escritos incendiarios que á la rebelion escitaban, y sus traba
jos no fueron infructuosos. El derecho y la justicia fueron
nuevamente hollados, y si una corona de gloria debieron ceñir
las banderas de la Francia en Magenta y Solferino, donde
tuvo que retroceder el estandarte austriaco ante la espada de

(1) F. Lamennais: De la esclavitud moderna.


313

Francia, con el crespon de un tenebroso luto debiera cubrir


sus tres colores, desde que á su sombra fueron lanzados de
sus legítimos Tronos los Duques de Parma, de Módena y de
Toscana.
Y, sin embargo, no era esto quizás lo mas grave que ocur
ria, porque se realizaban otros sucesos que tenian una relacion
directa con las creencias del mundo civilizado y con la fe de
Europa. Por consecuencia de los sucesos de 1848, y para pre
venir oscilaciones y movimientos criminales en los Estados de
la Iglesia, mientras se organizaba de un todo el ejército pon
tificio, y su disciplina y su número le hacian capaz de ser el
muro de bronce que á la demagogia contuviese, habia queda
do en Roma y en algunos otros puntos de importancia un
ejército francés de ocupacion: en las Legaciones, y sobre todo
en Bolonia, otro austriaco. Con un sentimiento de dignidad
que siempre enaltece á la Cátedra Apostólica, y que es su pa
trimonio, movido de la piedad que siempre distinguió á los
Romanos Pontífices, y dominando al porvenir con prevision,
que honra al sucesor de San Pedro, Pio IX exigió de ambos
ejércitos que, pues las tropas pontificias eran bastantes á cu
brir el servicio y guarniciones, y pues el Sumo Pontífice habia
proclamado su neutralidad y no tenia que temer á enemigos
de ninguna clase, desalojasen las plazas y puntos que ocupaban,
y no quisiesen con su presencia comprometer al Santo Padre,
quien encarecidamente les rogaba no continuasen en un pais
cuya neutralidad podrian hacer dudosa con su permanencia,
ó donde al fin podrian venir á las manos, llenando de luto el
corazon del Padre comun de los fieles todos. Mas tenaz, mas
maliciosa ó con mas piedad la Francia, retuvo sus tropas al
rededor del sepulcro de San Pedro: menos perspicaz, mas hi
pócrita ó con mas buena fe el Austria, abandonó la Emilia al
punto (1). Era el momento por que en Turin suspiraban. Pocos
(1) Hemos visto en una obra que "Las Romanías quedaron des
guarnecidas, á causa de una maniobra del ejército francés," y que, por
lo tanto, no se retiraron los austriacos voluntariamente, ni espontánea
mente abandonaron el puesto de honor que les habia sido confiado, en
union de los franceses, por la restauracion de 1849.
Sea como fuese, el resultado fue el mismo. Y las mejillas se enroje

"---------------, -------
314

dias despues la insurreccion se enseñoreaba de Bolonia, se


estendia á las orillas inmediatas, y el Cardenal legado, des
pues de protestar, se retiraba á la Ciudad Eterna, no sin ver
con gran dolor de su alma sustituir la bandera tricolor de
La Jóven Italia al blanco y amarillo pabellon de los Pon
tífices.
La Emilia se declaró independiente de Roma; pero juzgando
que su crímen no estaba consumado aun, siguiendo el ejemplo
de Módena, de Parma y de Toscana, y escuchando el consejo de
los que en nombre del Piamonte le hablaban, envió sus dipu
tados al Rey Víctor Manuel, rogándole admitiese bajo su glo
rioso cetro aquellos pueblos, que espontáneamente se separa
ban de Roma. Hijo de la Iglesia, no debo luchar con ella, con
testó el Monarca sardo. Es preciso recordar que combatimos
contra el estranjero, y Pio IX es un Monarca italiano: no
puedo aceptar vuestros votos. En esta respuesta el mundo
entero vió la contestacion de la Francia; pero era demasiado
noble para que el Soberano piamontés no se arrepintiese de
haber hecho uso de ella; así es que llegó un dia en que el hijo
de Cárlos Alberto, sacrílego y perjuro, unió esos territorios á
Cerdeña. Contra el derecho de gentes, atentando á la justicia,
escarneciendo la santidad de la cosa juzgada y sentenciada por
diez siglos, y hollando las prescripciones de Trento, el aluci
nado Monarca de Cerdeña realizó en 1859 los temores que su
padre concibió diez años antes, cuando se lamentaba del odio
que los llamados patriotas profesaban á la Santa Sede, prin

cen cuando se ve á las naciones católicas cruzadas de brazos en presen


cia de los latrocinios de la Revolucion, ya que no fraternicen con ella,
reconociendo y aceptando sus conquistas, y cuando se ve á la demago
gia cantando sus triunfos con ademan insultante, frente á frente á las
potencias conservadoras de Europa. Porque, una de dos: si la Revolu
cion es bastante poderosa para que ante ella tiemblen los poderes de la
tierra, ¡qué es lo que la detiene á ella, que ante nada retrocede? Y si,
como creemos, no es otra cosa que un fantasma vano, ¡qué haceis, go
biernos de Europa, que no arrojais el fantasma lejos de vosotros, para
que vuestros hijos no se acostumbren á temer lo que es tan solo digno
de desprecio! Si es justa, ¿por qué no le cedeis el puesto? Si es crimi
nal é ¡por qué contemporizais con ella y haceis así vuestra su
justa,
315

cipio, segun él, de todo lo grande, y fuente de la gloria que


ilumina con su esplendor á Italia (1).
Mas no es estraño que aquesto sucediese, porque al lado
del estandarte de la Francia y junto á la cruz de Saboya se

(1) *En 1859, despues de lo que se ha llamado la sublevacion de las


Romanías, pero antes del falso voto por el cual quedaron estas provin
cias en posesion del Rey del Piamonte, tratose con insistencia de re
unir un Congreso para arreglar los asuntos de Italia. Pio IX, al con
sentir en ese Congreso, escribió por su propia mano al Rey del Pia
monte para comprometerle á que se presentase en él, como defensor de
los derechos de la Santa Sede. Algun tanto sorprendido al recibir se
mejante mision, Víctor Manuel creyó la coyuntura oportuna para pro
poner al Papa que entrara en tratos con él.
mEn aquel tiempo no se decia aun: "¡Roma ó la muerte!" y el Rey,
al contestar al Papa, le pedia únicamente las Legaciones, que entonces
eran, segun decia, muy felices, y que iban siendo muy católicas desde
que habian salido de la dependencia del Jefe de la Iglesia. Víctor Ma
nuel llegaba á creer que, en virtud de la suerte brillante de esas pro
vincias, podia entregarle el Papa, bajo un título cualquiera y con el fin
de proporcionarlas la misma prosperidad, las Marcas y la Umbría.
En esta carta, que era en verdad muy poco digna de la gravedad
real y de la lealtad comun, el monarca engrandecido no dejaba de hacer
ostentacion de sus sentimientos religiosos. "Hijo fiel, decia, de la Igle
nsia; descendiente de una raza piadosísima, como lo sabe Vuestra San
ntidad, siempre he abrigado sentimientos de sincera adhesion, respeto y
nveneracion hácia la Santa Iglesia y hácia su augusto Jefe. Nunca tuve,
mni tampoco ahora tengo, la intencion de faltar á mis deberes de prín
ncipe católico, ni la de restringir, en lo que de mí dependa, los derechos
y la autoridad que la Santa Sede ejerce sobre la tierra en virtud del
ndivino mandato del cielo. El Galantuomo terminaba "estas reflexio
nnes, dictadas por un corazon sincero y lleno de respeto á la persona
del Vicario de Jesucristo, espresando el deseo y la esperanza de que
el Papa se dignara concederle su santa bendicion."
El Rey recibió á correo seguido esta respuesta: "La idea que V. M.
mba tratado de esponerme, es una idea imprudente é indigna á todas
luces de un Rey católico y de un príncipe de la Casa de Saboya. Mi
ncontestacion está ya á punto de aparecer impresa en la Encíclica á los
Príncipes de la Iglesia católica, y allí podreis leerla.
Por lo demas, me aflijo, no por mí, sino por la desgraciada situa
ncion del alma de V. M., que se halla ya bajo el peso de las censuras
mimpuestas, y de las que las seguirán tan pronto como se haya consu
mmado el acto sacrílego que vos y los vuestros teneis la intencion de
realizar. Desde el fondo de mi corazon ruego al Señor á fin de que os
milumine, y os haga la gracia de conocer y de llorar los escándalos que
han tenido lugar, y los males espantosos que con vuestra cooperacion
han venido á herir á Italia.—PIo, P. P. el Vaticano, 14 de
nfebrero de 1860.
El Rey del Piamonte no supo guardar silencio, y el 20 de marzo
volvió á escribir al Papa. Para entonces, y por medio del sufragio uni
versal, combinado con sus bayonetas y sostenido por una suma de
cuatro millones, segun acaba de confesarse en el Parlamento italiano, el
316

elevaba la enseña de la demagogia, que venia á prestar su ayu


da á la Cerdeña: bandera enarbolada por Garibaldi y sus vo
luntarios, vueltos á presentarse en la escena para ser el azote de
la desventurada Italia. Con efecto; los llamados Cazadores de los

Galantuomo habia adquirido las Legaciones; pero, sin entrar en esos


detalles, notificaba su anexion al Papa, como hija de las inspiraciones
del mas puro patriotismo. "Al aceptar, decia, el voto legítimo de los
pueblos, no creo faltar, como príncipe católico, á los principios inmu
tables de la Religion, que me glorío de profesar con una lealtad filial
minalterable. Sin embargo, en interes de la paz, seguia ofreciendo
rendido homenage á la soberanía suprema de la Santa Sede, disminu
yendo así sus cargas, y contribuyendo á sostener su independencia y á
mproveerá su seguridad. La carta concluia suplicando humildemente
Papa le concediera la bendicion Apostólica.
La respuesta del Papa fue inmediata,y en ella se descubre la dig
nidad de un corazon leal y la indignacion de un alma generosa, reasu
miéndose tambien admirablemente toda la historia de la anexion, todos
los sofismas diplomáticos y toda la verdad que la Santa Sede les opone
en nombre del deber y en nombre del derecho. Dice así:
"Los acontecimientos que han tenido lugar en algunas provincias de
los Estados de la Iglesia imponian áV. M., segun me ha escrito, el
ndeber de darme cuenta de su conducta en esos acontecimientos. Po
ndria limitarme á combatir ciertos asertos contenidos en su carta, di
nciendo, por ejemplo, que la ocupacion estranjera de las Legaciones se
mhallaba hacia tiempo circunscrita á la ciudad de Bolonia, que nunca
nformó parte de las Romanías; podria decir que el pretendido sufragio
muniversal fue impuesto y no voluntario, absteniéndome, por otra parte,
nde preguntar á V. M. su opinion sobre el sufragio universal, así como
tambien de decirle la mia; podria insistir sobre esta y otras considera
nciones. Pero lo que sobre todo me impone el deber de rechazar la
midea de V. M., es estar viendo la inmoralidad creciente en esas pro
nvincias, y los insultos que en ella se hacen á la Religion y sus minis
mtros. Aun cuando no estuviera obligado á mantener intacto el Patrimo
minio de la Iglesia por juramentos solemnes, juramentos que me prohi
mben accederá toda tentativa que tenga por objeto disminuir ese Patrimo
mnio, me veria forzado á rechazar todo proyecto hecho en ese sentido,
por no manchar mi conciencia con una adhesion, que me llevaria á
participar y sancionar indirectamente esos desórdenes, concurriendo
nada menos que á justificar un despojo injusto y violento. Por lo
ndemas, no solo no puedo acoger benévolamente los proyectos de V. M.,
nsino que, al contrario, protesto contra la usurpacion que se efectúe en
detrimento de la Iglesia; usurpacion que deja en la conciencia de
V. M. y de todos los que hayan cooperado á este insigne despojo, las
nfatales consecuencias que en él se entrañan. Estoypersuadido de que
V. M., al leer con ánimo mas tranquilo, menos prevenido y masins
mtruido de los hechos, la carta que me dirige, encontrará en ella
nnumerosos motivos de arrepentimiento. Suplico á Dios dé á V. M. la
ngracia, que bien necesita en las difíciles circunstancias del momento.—
n PIo, P. P. IX.–En el Vaticano, 2 de abril de 1860.
(Lonis Veuillot: Biografía del Papa Pio IX, cap. viII, pág. 35
hasta la 39.)

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317

Alpes fueron la plaga mayor que pudo afligir á la Península.


Estranjeros la mayor parte en Italia, criminales que sus na
ciones rechazaron lejos de sí con horror, encontraron una ca
misa roja que vestir á las órdenes del célebre aventurero, el
cual debia servirse de ellos para recorrer una vasta senda de
maldades y de infamias, como las que pusieron en ejecucion
durante la lucha con el imperio.
Tristes presentimientos debieron acudir á la mente del
Emperador Napoleon en presencia de aquellos Tronos que se
hundian por la perfidia, y de aquellas dinastías que la traicion
hacia desaparecer. Y esos presentimientos debieron presen
tarse con el carácter de una gran verdad al político francés, y
hablarle un lenguaje grave que amargase la satisfaccion de las
victorias obtenidas en los campos italianos sobre el Austria,
porque se apresuró á solicitar un armisticio del Emperador
Francisco José II, que al punto se lo otorgó. ¿Cuál era el mó
vil del moderno Maquiavelo?... Hombres eminentes han in
tentado descifrar este problema, fijando sus miradas en el for
midable Cuadrilátero que esperaba al ejército francés; en la
causa del Pontificado, que en su existencia temporal se ha
llaba vivamente amenazado, y en el temor de un golpe atre
vido que parecia amagará la nacion francesa; pero ninguno
ha podido con certeza sostener razonablemente su opinion.
Nosotros, emitiendo la nuestra, creemos que las tres causas
pudieron influir en la resolucion de Luis Napoleon. Era muy
posible que no quisiese perder la inmensa fuerza moral, adqui
rida en la Península, con una derrota probable en las orillas
del Mincio: fácil era que, atendiendo al espíritu sinceramente
religioso y eminentemente católico de la Francia, recordase
su antigua proteccion al Pontificado, y no osase luchar con su
conciencia, con su pasado y con las creencias del noble pueblo
francés: era posible que, aprovechando su ausencia, la Revolu
cion, que no sabe perdonarle el 2 de diciembre de 1851, quisiese
atentará la existencia del imperio, y que Bonaparte suspirase "
por terminar una guerra, que mal de su grado le arrastraba á la
demagogia, á la impiedad y á la mas desatentada de todas las
revoluciones, que amenazaba sin duda su Trono y su existencia.
318

Sin embargo, mambos queremos la salvacion y la vida del Ponti


ficado, dijo al Emperador de Austria al reunirse las dos majes
tades en los campos de Villafranca. En la apariencia, pues, esta
era por lo menos la idea culminante en el pensamiento del So
berano francés, y á ella se subordinaban los demas. Por otra
parte, ¿quién sabe lo que se habló en aquella modesta casa, en
que los dos Emperadores á solas conversaron largo tiempo?
¿Quién conoce lo que allí ocurrió entre los dos grandes repre
sentantes de la culta Europa?... ¡Ah! ¡Villafranca, Villafranca!
Con cuánto gozo de su alma te saludó el que esto escribe, mo
desto cura de aldea entonces, desde la cátedra del Espíritu
Santo (1)! Tú fuiste en 1859 para las conciencias alarmadas
lo que el íris despues de horrorosa tempestad; lo que el faro
para el náufrago, juguete de las olas; lo que la aureola de la
luna, que presagia la fecundidad de los rocíos de la mañana,
para la tierra abrasada con los ardores del sol. Tú fuiste una
esperanza... ¿por qué no la has realizado, ciñendo á la frente
del siglo XIX una gran corona que otros tiempos le hubieran
envidiado?...
Jóven y generoso el de Austria, jóven y caballero el de
Francia, debian entenderse, y se entendieron. Viena renun
ciaba á imperar sobre el Lombardo, conquistado por la Fran
cia: Paris lo cedia á Turin; pero los Duques destronados de
bian volverá sus puestos; Pio IX debia reintegrarse de sus
provincias usurpadas y el órden restablecerse en Italia. Víc
tor Manuel sufrió el desaire de no ser consultado para tratar
de la paz, y no fue considerado como parte beligerante para
tomar asiento entre los dos Emperadores. Y con razon; que
un Monarca cubriendo su frente con el gorro demagógico, es
altamente risible. Así, pues, partiendo del principio de que
(1) Cuando se firmaron los preliminares de la paz de Villafranca, el
autor de esta obra era cura párroco de una aldeita de Sierra-Morena,
llamada La Cañada del Gamo, y perteneciente á la dióceside Córdoba.
Varios particulares quisieron celebrar tan grato acontecimiento,
dando gracias á Dios por él y por la terminacion de la guerra, y encar
garon el discurso religioso al autor, que lo predicó en la iglesia parro
quial de la villa de Fuente-Ovejuna.
Algun tiempo despues se confirmaron la mayor parte de sus apre
ciaciones, si no todas.
319

si Napoleon habia dicho que la Italia debia ser libre desde los
Alpes al Adriático, no habia asegurado que iba á establecer su
unidad, se hicieron nobles esfuerzos por realizar el deseo cons
tante de la Italia y la aspiracion suprema de los Romanos
Pontífices. Y convenia para ello que hubiese una Confedera
cion italiana, en la cual cada Estado conservase su autonomía
particular, ayudándose mutuamente para todo; y se establecia
la unidad rentística y se echaban los cimientos de una sólida
amistad por medio de una sabia trabazon que á todos agrupa
se en derredor de la Santa Sede, representante de las glorias
y libertades de Italia, cuya Confederacion debia presidir el
sucesor de San Pedro. Hé aquí los preliminares de la paz de
Villafranca. Un Congreso estaba llamado á ampliar aquestas
primeras bases, y Zurich lo vió reunirse en su seno, á despe
cho de Turin y de Inglaterra, confirmando lo hecho en Villa
franca, en tanto que, proclamada la paz, el ejército francés
regresaba á sus hogares.
Pero si la lucha entre los dos imperios cesaba, no sucedia
lo mismo con la innoble guerra que la Revolucion hacia á la
eausa del órden y la justicia. Fermentaba en el seno de Italia
la devoradora lava, que todo lo habia de arrasar y destruir en
el momento en que la erupcion estallase; y era que la dema
gogia se agitaba, y que el radicalismo trabajaba sin tregua y
sin descanso por vengar la gran derrota que en 1849 sufrió
en los bellos campos de la Península. Bandas asquerosas de
criminales osados recorrian el pais, que asolaban, en tanto
que venales diplomáticos pedian la caida del Justo, y su de
posicion y su sentencia de muerte. Y se evocaba el recuerdo
del niño Mortara, salvado de la perdicion y el fanatismo por
Pio IX, á fin de hacer odiosa la causa de la Santa Sede;y se
decia que era un tirano el Papa, que todo lo concedió á sus
súbditos; y con orgulloso acento se traian á la memoria las
victorias de Crimea, donde el ejército sardo ocupó el puesto
de la mosca de la fábula, y se ensalzaban sin fin los laureles
recogidos en los campos de Lombardía, merced á la espada
de la Francia. Así en Italia, dice Bresciani, el fuego de la
Revolucion ardia en parte, y en parte estaba bajo cenizas,
320

pronto á propagarse al menor esfuerzo. Desde el año anterior,


antes de la sangrienta guerra de Lombardía, el gobierno del
Piamonte habia sobornado, por medio de su ministro en Flo
rencia, al ejército del duque de Toscana; y por medio de sus
legados y emisarios habia corrompido y seducido, á fuerza de
oro y de promesas, á los jóvenes mas díscolos, atrevidos y an
siosos de libertad, en Parma, Plasencia, Módena, Reggio, Bo
lonia, Emilia, Umbría y en la misma Roma, todos los cuales
debian reunirse en Toscana y la Liguria para ejercitarse en
las armas y pasar luego á conmover y revolucionar las provin
cias, desterrando á sus antiguos Monarcas,y entregándoles
despues en manos de los piamonteses, que acudian, segun
ellos, para librarles de sus antiguos tiranos, poner órden en
el pais, y hacerlo tan feliz como tenia derecho á esperar.
El gran ducado de Toscana, los ducados de Parma, Mó
dena, Massa y Carrara, fueron anexionados con fraude, trai
cion y manifiesta violencia al reino sardo; y no satisfechos
los revolucionarios con tantas y tan enormes rapiñas, pusie
ron por fin sus sacrílegas manos en las posesiones de la Igle
sia, arrebatándola toda la Emilia y arrancando á la Tiara su
mas opulenta joya. Y como si tántos robos y tantas persecu
ciones... y tantas impiedades fuesen poco, el gobierno del Pia
monte preparaba las cuadrillas de todos los revolucionarios
de Italia, reuniéndolas en los confines de Toscana, para em
pujarlas al fin sobre el Patrimonio de San Pedro.

Era opinion comun en Italia que aquellas partidas esta


ban destinadas contra Roma; pero que haciéndose á la vela
con municiones, ocultamente recibidas del Piamonte, y de
jando un buen número de revoltosos en Orbitello, tomaron
el rumbo hácia Sicilia. Allí tiempo hacia que las conjuracio
nes estaban preparadas en todas las ciudades de la Isla; y
mas de un general del ejército real y de la armada habian sido
comprados con el oro del Piamonte. Así, apenas Garibaldi
puso el pie en tierra, cuando el reino de Sicilia cayó en sus
manos. Con la misma seguridad, en esta parte del Faro, se
apoderó de Reggio y de toda la marina hasta Salerno, sin dis
321

parar un tiro; de allí marchó despues sobre Nápoles. Obliga


do el Rey á abandonar su capital y á refugiarse en Gaeta,
merced á la traicion de sus ministros y de sus generales, en
tró Garibaldi en la ciudad y corte como en su casa, con gran
de asombro de toda la Europa, indignada de tanta villanía.
Tras estos sucesos, aquella horda de foragidos que des
embarcó en Orbitello, ávida de revolucionar y de apoderarse
del Patrimonio de San Pedro, pasó los confines de Toscana y
se internó hácia el lago de Bólsena, saqueando, persiguiendo
á los aldeanos, imponiendo contribuciones y derribando las
insignias pontificias para enarbolar la bandera de la rebe
lion (1).
En vista, pues, del estado tristísimo de Italia, con cono
cimiento de lo que se maquinaba contra la Santa Sede, y
viendo con dolor la burla inmensa que de la debilidad mate
rial de los Pontífices hacian los que habian resucitado el reino
pagano de la fuerza, Pio IX se decidió á hacer un llama
miento á los corazones católicos del mundo todo, y procedió
á buscar un general digno de colocarse al frente de los nobles
defensores de la Apostólica Silla. Los ojos del sucesor de San
Pedro se fijaron en el general francés Lamoricière, breton de
orígen, entusiasta, piadoso y aguerrido. Gozaba de un renom
bre, con gran justicia adquirido en la guerra de la Argelia y
en las luchas de Paris. Él mereció justos elogios en la con
quista de Argel; él dominó á Mascara; y despues de subyuga
dos los terribles Flitta, aseguró á la Francia la posesion de
aquella parte del África, forzando al frente de sus zuavos el
inespugnable paso de las Puertas de Hierro, venciendo el ás
pero Teniah en los ataques de los Kiban, reduciendo al domi
nio de la Francia las célebres fortalezas de Medeah, Milianah,
Chercel y Constantina, y concluyendo por su victoria sobre
Abd-el-Kader, cuya espada recogió Lamoricière para entre
garla al duque D'Aumale, gobernador general de la Argelia á
la sazon. Tal era el hombre llamado á ponerse á la cabeza de
la generosa juventud, que de todas partes acudia presurosa á

(1) Bresciani: El Zuavo Pontificio, $. 5º, pág. 89.


21
322

defender el Pontificado, al cual públicamente se escarnecia por


la Revolucion, que amenazaba su indestructible existencia.
Con efecto; el 19 de mayo de 1860 avanzaron unos tres
cientos aventureros hasta la aldea de Grotta, cometiendo todo
género de infamias con los tranquilos vecinos, que permane
cian fieles á la Silla Pontificia. Esto no era mas que una esca
ramuza con que se intentó probar el espíritu de aquellos pue
blos fronterizos á las bandas radicales; mas el general Pimo
dan, tambien noble breton, tan ilustre por su cuna como por
su piedad y su valor, mostrado con gloria en la campaña de
Italia de 1848 y 1849 á las órdenes del mariscal Radetzky,
se encargó de su escarmiento, que llevóá cabo felizmente, der
rotando y dispersando con solos sesenta carabineros pontifi
cios á los osados criminales que invadian temerariamente el
territorio de la Santa Sede. Con fundamento, pues, y cono
ciendo el carácter de todas las revoluciones, decia Lamoricière,
que tanto contribuyó á vencer el socialismo en las calles de
Paris en 1848, que incon 10.000 hombres se atrevia á vencer
todas las bandas que en alas de la demagogia recorrian la Ita
lia á su placer (1). ¡Y era verdad! Que si Garibaldi y sus se
cuaces solo encontraron en Nápoles traidores como Landi, Li
borio Romano, Briganti y Anguisola; si algun general austria
co no habia sido tan fiel como debiera á sus banderas en Ma
genta y Solferino; no habia, no, traidores ni almas venales
entre las nobles tropas que como general en jefe mandaba La
moricière. Eran, sí, corazones generosos, hombres como Pimo

El ejército pontificio constaba de 20,000 voluntarios.


obre esto véase este hermoso párrafo de M. Luis Veuillot: "Gran
desgracia es para el Papa y gran humillacion para la Europa, que el
Vicario de Jesucristo se vea obligado á tener un ejército. En el pueblo
del Príncipe de la paz no debia haber mas fuerza pública que la de la
policía; porque, ¿á quién quiere hacer la guerra?. Mas ya que la necesi
lo impone, ya que en modo alguno depende del Soberano el des
truir la causa determinante de ello, que no está en él ni en su pueblo, se
creó un ejército que subia á cerca de 20,000 hombres; porque el Papa
no consiente que se establezca la contribucion de sangre. Este ejército,
instruido y disciplinado á la francesa, garantizaba perfectamente el
órden interior; y dos de sus regimientos supieron recobrar en un mo
mento la ciudad de Perusa, cogida por un golpe de mano de los revolu
cionarios. (Biografía del Papa Pio IX, cap. viII, pág.33)
323

dan, Schmid, Curten, Vogesland y Kauzzaler. No; allí no ha


bia hombres de Estado que, como Cavour, asegurasen á la faz
de Europa que nada tenian que ver con Garibaldi, al cual
acusaba ese desventurado ministro de aventurero audaz, de
temerario trastornador de los destinos gloriosos de Italia,
mientras le alentaba sigilosamente á la mas repugnante in
vasion, y en su socorro enviaba los ejércitos sardos para des
tronar al jóven Soberano de las Dos-Sicilias. ¡No! allí no ha
bia Palmerstones que, declarándose neutrales, armasen y so
corriesen á los sicarios que al hijo de Niza acompañaban: ni
habia Monarcas que, como Víctor Manuel II, pidiesen, sombre
ro en mano, á la Revolucion aquello mismo cuya participa
cion negaban á la faz del universo bajo su fe de Soberanos
y su palabra de caballeros: ni habia generales que se vendie
sen, ni ejércitos que se prostituyeran, dándose al mejor
postor.
Grande, inmensa, pues, debió ser, y con efecto lo fue, la
sorpresa de Lamoricière, cuando recibió el embozado aviso de
guerra, que á sus manos hizo llegar el general del Piamonte,
Fanti. ¡Cómo! ¡Se ha acusado á la Santa Sede en un Congreso
europeo de inhábil para reprimir escesos por no tener un ejér
cito de 100.000 soldados, y ahora se le declara la guerra por
que tiene uno, si pequeño por el número, grande por los nom
bres que cuenta entre sus filas, y capaz de contenerá la Revo
lucion allí donde se presente! ¿Cómo podrá esplicarse esto, ni
cohonestarse jamás? Y luego, ¿no ha dicho el Soberano sardo y
repetido sus ministros que no darán un paso mas allá de la
línea de fronteras que ellos mismos se trazaron? ¿Cómo po
drá conciliarse esto?... ¡Es tan fácil! Hacia algunos dias que,
por mandato de Cavour, Farini y Cialdini, eminencias polí
ticas y militares del Piamonte, habian pasado á Saboya, ane
xionada con Niza áFrancia en nombre de la unidad de Italia,
para cumplimentará Luis Napoleon, entonces en Chambery,
y hacerle presente que pues Garibaldi se habia apoderado del
reino de Nápoles, y amenazaba trasformarlo en una república
infernal, impidiendo así la codiciada unidad de Italia, y con
moviendo hondamente la Península, convenia batirle, desba
324

ratar sus planes y echarle de las Dos-Sicilias, para lo cual se


hacia forzoso el paso de las tropas sardas por la Umbría y las
Marcas, si daba para ello su aprobacion el protector generoso
de la Santa Sede. El Emperador Napoleon exigió el respeto á
la Ciudad Eterna, que protegia la bandera de la Francia, lo cual
juraron aquellos osados mensajeros, á sabiendas del perjurio
que intentaban:y como una prueba del respeto que la santi
dad del juramento les inspiraba, avanzaron al punto sesenta
mil piamonteses contra el pequeño ejército pontificio, que,
fiado en la palabra real del Monarca sardo de que sus tropas
no darian un paso mas allá de la Emilia, creia no tener que
combatir mas que con las bandas indisciplinadas de Garibal
di, de Nicotera y de Zambianchi, compuestas de ingleses, pola
cos, franceses, húngaros, suizos y holandeses. Y, sin embargo,
la guerra era ya un hecho. ¡Guerra innoble, en que solo im
perará el derecho del mas fuerte, que se propone combatir y
anonadar al que reputa mas débil, tomando por pretesto la
formacion de aquel heróico ejército, compuesto de nobles y
valientes católicos, á quienes se llama estranjeros mercena
rios! ¡Y esto por los mismos que protegieron en Génova y
Toscana las levas de voluntarios de todos los paises con des
tino á las bandas de los rojos; por los mismos que pidieron la
disolucion del poder temporal de los Papas, fundados en su
debilidad material... Y ¿quiénes son estranjeros para el Padre
comun de la católica familia? ¿Son mercenarios tal vez los
guias, los cazadores y los zuavos pontificios, compuestos de
los miembros mas ilustres de Europa y que ostentan nombres
tan gloriosos y tan grandes, que bien pudieran lucir sobre los
tronos del orbe?... Bien claro se ve en lo fútil del pretesto, en
lo miserable de la intimacion, en el número de tropas que se
pone en juego, que el Piamonte no pudo, ni con el fraude ni
con la seduccion ni el oro, rebelar las Marcas y la Umbría,
quitándose al fin la repugnante máscara con que vergonzan
temente se cubria, y apelando á la fuerza de las armas para
conseguir su innoble intento.
Inmenso debia ser el marasmo que dominaba á la Euro
pa, cuando en masa no se alzaba contra depredacion tan
325

inaudita, contra tan manifiesta violencia; grande la corrup


cion del mundo, cuando los gobiernos no pronunciaron su
anatema sobre Cavour y comparsa; cuando no aprestaron las
naciones sus ejércitos para pedir cuentas á Víctor Manuel II
de la mala fe piamontesa, y para castigar las proclamas dig
nas de Alarico, Atila ó Genserico, que Fanti y Cialdini pu
blicaron, ultrajando á la Santa Sede y denostando á enemigos,
que siempre les fueron superiores.
Entre tanto el ejército sardo habia formado su plan, y con
arreglo á él se habia fraccionado. Veinte mil piamonteses ca
yeron sobre Perusa, defendida solamente por mil seiscientos
soldados pontificios, que, á pesar de su corto número, hicie
ron tan heróica defensa y de tal modo aterraron á las tropas
enemigas, que su general Sonnaz tuvo que pedir una tregua,
á la que fue desleal. Los suizos y demas pontificios, fieles al
pacto jurado, cesaron en las hostilidades; mas durante su inac
cion y su reposo, los rebeldes de la ciudad abrieron una de
sus puertas al ejército sardo, en pos del cual penetró en Pe
rusa Fanti al frente de los suyos, invadiendo las calles y las
plazas, y posesionándose de todos los puntos estratégicos de
la poblacion. La guarnicion, fiel á la Santa Sede, se repuso
prontamente de la sorpresa que semejante traicion le originó,
y quiso defenderse; pero la defensa era imposible. La plaza se
rindió bajo capitulacion honrosa y digna, que tampoco mere
ció respeto á los piamonteses. Las tropas pontificias saldrán
con armas y bagajes y banderas desplegadas, y serán libres
de volver á Roma, se estipuló en la capitulacion; mas, á pe
sar de todo, se consumó por los sardos una horrible felonía,
sin ejemplo en los anales de la guerra, apoderándose de los
soldados del Papa, desarmándoles, quitándoles sus gloriosos
estandartes y mandándoles áTurin con fuerte escolta, á re
cibir en su camino los infamantes ultrajes con que por el Pia
monte se premió la inaudita bravura de aquel puñado de va
lientes. Inmediatamente despues fue fusilado el venerable
sacerdote Santi, á quien lloró Perusa largo tiempo.
Para unir, como Fanti lo queria, el ejército invasor de la
Umbría al de las Marcas, era forzoso apoderarse de la ciu
326

dadela de Espoleto, que defendian trescientos zuavos irlande


ses, ciento cincuenta suizos, diez y seis zuavos franco-belgas
y algunos otros soldados pontificios. Diez y seis mil hombres
de tropas sardas cayeron sobre Espoleto. Al aproximarse las
tropas sardas, el 16 de setiembre de 1860, á la ciudad, el legado
del Papa protestó con entereza contra tan impío atentado; fijó
su protesta en los puntos principales de la poblacion, y se reti
róá la fortaleza en compañía de los seiscientos hombres que la
guarnecian. En vano el general piamontés, Brignone, envió par
lamentarios; en balde hizo ofrecimientos, que no fueron escu
chados: aquellos valientes, franceses en su mayor parte, se re
sistieron á todo lo que no fuera una heróica lucha y una cum
plida defensa; y la hicieron tan formidable, que las huestes pia
montesas fueron terriblemente diezmadas, obligándoles á pedir
una tregua para sepultar sus muertos y trasladar los heridos al
hospital de sangre. Durante este pequeño descanso, el coman
dante de los pontificios, O'Reylli, pudo convencerse de la es
tenuacion de los suyos y de la falta de municiones; razones por
las que hizo presente al legado la necesidad de capitular, toda
vez que era imposible continuar la defensa. Á la una de la ma
drugada del 17 se firmó el tratado, en virtud del cual la guar
micion pontificia saldria con los honores militares y seria tra
tada con el decoro y el honor que se debe á los valientes; pero
si al dia siguiente de mañana, las cajas, los clarines, las músi
cas y el ejército piamontés, les tributaron sus honores, despues
que estuvieron fuera de la ciudadela se apoderaron de los no
bles defensores de la Santa Sede, y declarándoles prisioneros
de guerra, les enviaron á Foligno, en cuyo tránsito tuvieron
que sufrir todo género de insultos y de ultrajes.
Un suizo, á quien un pillete habia escupido en la cara,
se quejó al oficial de la escolta, y por respuesta obtuvo otro
insulto aun mayor: en la plaza de San Felipe, porque un ir
landés se incomodó por una inmundicia que le arrojaron al
rostro, un lancero piamontés le dió una lanzada en el corazon,
y apenas cayó muerto, cuando el populacho lo pisoteó, lo des
pedazó y esparció sus miembros, sin que las tropas de la es
colta se opusiesen á aquel horrible desman. Otro fue asesinado
_—---==

327

antes de salir de la ciudad, y un tercero fue muerto de un tiro


por un cazador de los Alpes, fuera de la puerta de San Gre
gorio, en el lugar que llaman Los Casinos (1). ¡Oh! ¡Con
cuánto asco y con cuánta repugnancia entramos en estos de
talles y seguimos las pisadas de esos modernos vándalos,
odiosos á la verdadera Italia, que como su azote y su castigo
les mira! ¡Con cuánta violencia nos dejamos arrastrar por ese
inmenso cenagal de crueldades, sacrilegios, asesinatos y rapi
ñas, formado por el Piamonte, el cual en tanto que en nombre
de la unidad de Italia, y burlándose del sufragio universal,
roba impudentemente los ducados de Parma, Módena, Massa,
Carrara y Toscana, y sacrílegamente se anexiona la Emilia,
las Marcas y la Umbría, vende á Niza, y, como Esaú, cede
su primogenitura y su casa solariega de Saboya al Empera
dor francés! ¡Con cuánto trabajo navegamos por ese asqueroso
lago de crímenes y de sangre, á fin de marcar al Piamonte con
el sello de la reprobacion y condenar su maldad, para, pasando
por Castelfidardo, llegar bajo los muros de Ancona, donde va á
tener su desenlace la apatía de la Francia, la inercia de Euro
pa, la traicion de la Cerdeña y la venta de la justicia y el de
recho que el Piamonte ha consumado... (2)
Mientras esto acontecia en la Umbría, los zuavos ponti
ficios se adelantaban para reunirse al general Lamoricière.
Cialdini habia pasado el dia 10 de setiembre las fronteras de
la Emilia, y penetrando en las Marcas, se dirigió sobre Péssa
ro. Obstinada fue la resistencia que, aquí como en Perusa y
Espoleto, opusieron un puñado de valientes á un ejército nu
meroso y bien provisto, con doce mil piamonteses y cuarenta
(1) Bresciani: El Zuavo Pontificio, $. 11, pág. 186.
(2) Para probar la lealtad con que en los asuntos de Italia ha pro
cedido la corte de Turin y poner de manifiesto los manejos de que se
ha valido para conseguir sus fines, citaremos un párrafo de
una comunicacion pasada por M. Thouvenel, ministro de Relaciones
estranjeras del vecino imperio, al embajador francés en Cerdeña. Esta
comunicacion lleva la fecha del 24 de febrero de 1860, y dice así: Ha
llegado el momento de esplicarse con entera franqueza; el Piamonte
debe cuidar de no engrandecerse tanto ni tan pronto, haciendo para
esto las anexiones de modo que no ofendan á nadie."
M. Thouvenel sabia lo que habia acontecido en las Romanías, y
tal vez no ignoraba lo que iba á suceder en las Marcas y en la Umbría.
328

cañones de grueso calibre. En el fuerte, solo se encontraban


mil doscientos pontificios y el legado del Papa, que ya habia
dado á conocer su noble y digna protesta. El 11 y el 12 duró
el ataque que aquellos bravos resistieron con un valor sin igual;
mas el daño que la artillería enemiga les hacia, la falta de fuer
zas y de municiones y de víveres les llevaron al estremo de te
ner que rendirse, para lo cual y ajustar las condiciones salió el
legado, á quien se tenia preparada por los piamonteses una
emboscada, en que no pereció el mensajero de paz porque pro
videncialmente se hundió el puente en que se hallaban apos
tados los cazadores sardos que debian consumar el crímen. Por
último, las tropas y el legado fueron hechos prisioneros, es
carnecidos, insultados y burlados hasta su llegada áTurin, á
donde se les envió acompañados del populacho de las ciuda
des, cruel, bajo, soez y repugnante. Esto mismo aconteció en
la jornada de San Ángelo, en que la traicion, el dolo y el frau
de consumaron lo que no pudo alcanzar el número; pero en
vano, porque el pequeño ejército papal que mandaban los
bravos de Curten, Vogesland y Kauzzaler, se abrió al fin paso
por entre un ejército diez veces mayor, y pudo llegar con glo
ria hasta dentro de las murallas de Ancona, donde impaciente
aguardaba á los suyos el bravo Lamoricière.
En aquellos dias ofrecia la villa de Loreto un aspecto sin
gular por lo desusado; y la animacion y el movimiento y la
vida que rebosaban de su seno, indicaban claramente que algo
de estraordinario ocurria. Con efecto; no era que llegasen
grandes caravanas de peregrinos, ansiosos de saludar aquella
maravillosa casa, en que el Verbo se hizo carne; no era que se
repetian las escenas de pacífica algazara, que algun tiempo
antes viera en su recinto la ilustre y Santa Ciudad con la lle
gada del angelical Pio IX, no; era que un ejército acampaba
en sus calles y en sus plazas; era que este ejército invocaba en
apoyo de su noble causa al Dios de las batallas; era que, lleno
de fe y de piedad, no abandonaba aquel templo que tantas ora
ciones escuchó; era que los zuavos, los guias, los carabineros,
los gendarmes y los soldados pontificios se reunian allí para
marchar luego áAncona, amenazada por el Piamonte impío,
329

por su Monarca perjuro á su fe de Soberano ytraidor á su


palabra de caballero; era que los nobles hijos de todo el mun
do católico, y los ilustres descendientes de cien preclaras fami
lias, trocando el descanso, la ociosidad y los goces por los su
frimientos de la guerra, habian vestido el humilde uniforme
de los cruzados de Pio IX, é iban á sostener sus derechos en
torno de la bandera pontificia, que llena de majestad ondea
ba en son de guerra sobre los muros de Ancona. Pero ¡ay! an
tes de arribar al puerto y de llegará la plaza fuerte, es preciso
pasar porCastelfidardo... ¡Castelfidardo! ¿Quién ignora el hor
rible asesinato cometido en sus llanuras por 50.000 pia
monteses, que avanzan dando seguridades de paz, contra 2,600
heróicos defensores de la Santa Sede, que tranquilos espe
ran á los que en nombre de Cerdeña han dado su palabra de
honor de sostener la paz en toda la estension de Italia?... ¡Hé
roes de Monsone! ¡Vosotros los que por cuatro veces seguidas
vencísteis á la infamia piamontesa, desalojando sus mercena
rias tropas de las fuertes posiciones que ocupaba, un español
os saluda! ¡Mártires del Pontificado! ¡Vosotros los que llenos
de fe hubiérais vencido y derrotado á los soldados sardos sin
el vil asesinato de vuestro jóven general, el noble Pimodan,
aceptad el himno que en vuestro honor entona un sacerdote
que os ama y os bendice ! ¡Oh siglo XIX que te precias de
grande y generoso! ¿qué hacias en tanto que tus gallardos y
mas nobles hijos, cortos en número, y con un solo cañon, sos
tenian el honor del glorioso estandarte pontificio, sucum
biendo al fin á la traicion y al número?... Á la traicion, sí; no
retiramos la palabra: ¡que el ejército piamontés hizo en Castel
fidardo una guerra innoble de acechanzas y emboscadas, con
las cuales alcanzó por fin esa victoria, que deberia sonrojar al
Piamonte y su Monarca, si el Piamonte pudiera sonrojarse y
Víctor Manuel II conservase un recuerdo de lo que deben ser
los Reyes!
El dia despues de la batalla, dice el P. Bresciani, los
pontificios, rodeados por el ejército de Cialdini y por el de
Fanti, tuvieron que capitular, á cuyo fin se convinieron con
honrosas condiciones; pues los piamonteses prometieron á los
330

pontificios que usaldrian de Loreto con banderas desplegadas,


con armas y á son de cajas; los piamonteses los recibirian
en Recanati y les saludarian militarmente, y al pasar las
tropas pontificias por delante de los piamonteses entregarian
las armas y quedarian prisioneras; los oficiales pontificios
conservarian sus bagajes y tendrian entera libertad de mar
mchar ó de quedarse, sin ser molestados en lo mas mínimo.
Mas no solo no guardaron los piamonteses su palabra, sino
que, en vez de honrar á los pontificios, parecia que habian pac
tado envilecerles con toda suerte de infames y viles vituperios,
como ya hemos visto (1).
Los gloriosos restos del ejército que en Castelfidardo su
cumbió por la traicion y el fraude, sus jefes y sus heridos,
exhaustos de todo recurso, abandonados á la Providencia, sin
alimento, sin médico y sin alivio alguno, fueron conducidos
prisioneros, recibiendo, segun costumbre, en su tránsito los
mas viles insultos y los mas infames ultrajes del feroz popu
lacho áquien el Piamonte se complacia en darle tan misera
ble espectáculo. Los papistas, segun les llamaban, tuvieron
que sufrir así las consecuencias de su noble proceder y tenian
que llorar aun los resultados de aquella célebre jornada, en que
hubieran sido muy felices sucumbiendo en el campo de batalla.
La ciudadela de Alejandría, el fuerte de San Benigno en Gé
nova y las cárceles de Turin conservarán largo tiempo un re
cuerdo de aquella época de horror y luto, en que nobles solda
dos de una noble causa se vieron tratados como bandidos,
recibiendo un alimento grosero, escaso y malsano, y durante la
cual tuvieron que vender en varias ocasiones el pan que se
les daba, para comprar un pedazo de jabon con que lavar la
única camisa que los sicarios piamonteses dejaron á los
ilustres descendientes de la grandeza de Europa. Al menos,
los franceses fueron reclamados por su generosa nacion; pero
los belgas, irlandeses y suizos se vieron entregados á la saña
del Piamonte por los mismos gobiernos que debieron proteger
les; porque esos gobiernos reclamaron á aquellos de sus súbdi

(1) Bresciani: El Zuavo Pontificio,$. 18, pág. 307.

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331

tos que militaban á las órdenes de Garibaldi, mientras á los


heróicos defensores de la Santa Sede les dejó entregados á la
miseria que el mundo civilizado jamás podrá comprender. Sí.
¡El anatema del mundo sobre Cerdeña, que por tanto tiem
po tuvo á los que con la astucia y el engaño hizo prisioneros,
devorados de gusanos, desnudos, llenos de hediondez, faltos de
luz y alimento, y sin derecho á quejarse!
Á Castelfidardo debia seguir Ancona. Ancona, último ba
luarte de la caballerosa fe de los que acudieron á defender los
inviolables derechos del sucesor de San Pedro; Ancona, única
esperanza ya de los soldados pontificios; Ancona, guarnecida
por dos mil hombres escasos al mando de Lamoricière, y que
no contaba en sus baterías mas que ciento veinte cañones an
tiguos, enmohecidos y de diversos calibres, para contestará
las seiscientas piezas rayadas, que desde el mar la bombardea
ban y la amenazaban desde tierra! ¡Tristemente se engañó el
noble Lamoricière cuando creyó que la Europa no permitiria
el ataque de Ancona, fundado en razones de generosidad, que
¡ay! no escucharon las naciones!Tan tristemente se equivocó el
invicto general francés, que, á pesar de la heróica defensa de
la plaza y de la derrota de Cialdini, que no pudo avanzar un
solo paso, teniendo que refugiarse en sus reductos de Borgo el
dia en que intentó aproximarse; á pesar del inalterable valor
con que las tropas pontificias defendieron por la parte del mar
el Lazareto, que perdieron y recobraron al punto; ápesar del
ataque de la Puerta Pia, que rechazó la guarnicion de la plaza;
cuando por la traicion voló el depósito de pólvora y el fuerte
de la Linterna quedó hecho un monton informe de ruinas y de
escombros, y cayó el lienzo de muralla que sostenia la cadena
que defendia el puerto, Lamoricière se vió obligado árendirse,
arriando la bandera pontificia entre las lágrimas que el senti
miento arrancaba á sus soldados, y el terror que dominó á los
habitantes de la destrozada Ancona (1).

(1) Entre los documentos reunidos por el vizconde La Guéronnière


para esclarecimiento de los sucesos ocurridos en los Estados de la Igle
sia, no aparece el despacho que el gobierno francés pasó á su cónsul en
Ancona, cuando la invasion de las Marcas y la Umbría. Este documen
332

Sesenta mil hombres atacaron la ciudad pontificia, que con


mengua suya no pudieron hacer suya, tomándola por asalto,
por mas que lo intentaron, cuando solo la defendian dos mil,
que pocos dias antes hicieran su aprendizaje en el campo del
honor. Y cuatrocientos cañones rayados por la parte de mar y
mas de doscientos por la de tierra, vomitaron por muchos
dias sus mortíferos proyectiles contra la noble ciudad que
quisieron destruir.: ¡No es estraño! Mandaba la escuadra sar
da el almirante Persano, y las tropas de tierra eran regi
das por el célebre Cialdini, el cual hacia prisioneros en Cas
telfidardo á los capellanes que auxiliaban á los moribundos
en el lugar de la accion, y luego enviaba el cuerpo del he
róico Pimodan á la marquesa viuda, su esposa, con un verso
de comedia sobre la tapa del féretro: le acompañaba Fanti,
el feroz Fanti, que solo osó acercarse áAncona para bombar
dearla por espacio de nueve horas seguidas, cuando vió en
las murallas la bandera blanca, por mas que el jefe de la
Marina le habia noticiado, y repetidas veces le avisó, la rendi
cion de la ciudad pontificia.
Destrozado y disperso el pequeño ejército del Papa, anexio
nada la Emilia al Piamonte, y con innobles armas conquista
das las Marcas y la Umbría, todo el mundo creyó llegada la
to hubiera arrojado mucha luz sobre acontecimientos tan graves; pero
sin duda se ha creido que estaba dicho todo con la proclama publicada
por Luis Napoleon á su entrada en Milan, y quizás sea verdad.
La proclama á que aludimos, despues de decir que los franceses no
habian ido á Italia á despojar á los Soberanos, sino á combatir á los
enemigos del pais, y á mantener el órden interior, sin querer poner
ningun obstáculo á los votos legítimos de los pueblos, añadia: La
Providencia favorece algunas veces á las naciones, dándoles ocasion de
engrandecerse de un solo golpe... Aprovechaos de la fortuna... Organi
zaos militarmente; voladá poneros bajo la bandera del Rey Víctor Ma
nuel... Animados del fuego sagrado de la patria, sed hoy solo soldados,
mañana sereis ciudadanos libres de un gran pais. Como se ve, la indi
recta no podia ser mas directa; porque si el Emperador no queria despo
jará los Soberanos, no se oponia á que los pueblos los despojasen.
En cuanto al Papa, ya era otra cosa. El Cardenal Milesi, legado de
Bolonia, decia á las autoridades de las Legaciones: El gobierno fran
cés ha asegurado en los términos mas formales al gobierno pontificio
que en el curso de la presente guerra no permitirá el Emperador que se
intente la menor cosa en detrimento de las consideraciones debidas á la
augusta persona del Santo Padre, ó que tenga por objeto arruinar su
poder temporal." (LouisVeuillot: El Papa y la diplomacia, II,pág.25.)
333

hora en que debia hundirse el poder temporal de la Santa


Sede, de cuya obediencia se esperaba que se desprenderian los
cörtos dominios que á su autoridad restaban. Mas, caso de no
ser de este modo, sin duda que era llegado el instante de rea
lizar algunos de los mil proyectos intentados por los falsos
amigos del Pontificado, nuevosJudas, que pretendian entre
gar al Maestro con el saludo del amor y el ósculo de la paz
¡Y, sin embargo, no fue así!
Tiempo hacia, desde el momento en que osada y sacríle
gamente se apoderóVíctor Manuel II de las Romanías, unién
dolas á su dominio bajo el especioso pretesto de que no podia
oponerse á las exigencias del sufragio universal, que se traba
jaba con afan por que la aquiescencia pontificia, reconociendo
la absurda teoría del hecho consumado, prestase su soberana
sancion á la obra de la iniquidad y el crímen. Si al presentar
se, como dejamos indicado, la comision que, en nombre de la
Emilia, iba á prestar al Monarca de Cerdeña sus respetos y
homenages y á ofrecerle su sumision, un resto de pudor im
pidió al Soberano del Piamonte utilizarse por entonces del
resultado de la traicion y la maldad, que consumó su gobierno
con el oro, la astucia, el fraude y la violencia, mas tarde, como
tambien hemos observado, osó manifestar sus deseos de ver
reunidos los llamados comicios romañoles, para que decidiesen
por el voto general qué resolucion deberian tomar las provin
cias insurrectas en las críticas circunstancias en que volunta
riamente se colocaron. Como esperaban cuantos no se dejaron
engañar por aquella innoble farsa, el sufragio universal fue
favorable á la dominacion de la Casa de Saboya: decimos mal;
no merecia decirse hijo de esta Casa el alucinado Monarca
que vendia su cuna solariega á la nacion francesa; porque por
este mismo tiempo el sufragio universal anexionaba tambien á
Francia la Saboya y Niza, todo para mas adelantar sin duda
en el camino de la unidad de Italia, de esa unidad que exigia
la resurreccion de la fuerza pagana y de las demencias gentí
licas; de esa unidad sobre la cual se espresaba el célebre José
Proudhon de esta manera: La Italia, dice, por naturaleza y
configuracion, es federalista: lo fue en la antigüedad hasta la
334

conquista de los romanos, cuya mision histórica no fue, como


se sabe, la de formar la unidad italiana, sino la de convertir
el mundo hasta entonces conocido á un derecho y á una reli
gion únicos. Conseguido este objeto y derribado el imperio de
Occidente, la Italia volvióá su naturaleza y ásus atracciones,
á la ley de sus intereses y de sus destinos. La razon de esto
es visible.
mLa Italia se compone principalmente: primero, de una
larga Península en forma de bota, limitada al Noroeste por la
cadena semicircular de los Alpes, y de los demas lados por el
mar; segundo, de tres grandes islas: la Cerdeña, la Córcega
y la Sicilia. La superficie del pais es de cerca de diez y ocho
mil leguas geográficas cuadradas, de las cuales catorce mil
seiscientas son de la parte continental, mil seiscientas de la
Cerdeña, y mil trescientas sesenta de la Sicilia. La poblacion
total es de veinticinco millones de almas; mas densa en Lom
bardía, mas escasa en la Cerdeña.
mY, en primer lugar, en lo que concierne á las Islas, ha
ciendo abstraccion de la Francia, que se ha incorporado la
Córcega, pregunto: ¿Dónde está para ellas la razon de la uni
dad? ¿Qué argumentos de commodo et incommodo, qué razon
de vecindad, de relaciones comunes, de conexidad territorial,
de solidaridad, de cultivo, de industria y de administracion
pueden invocar?
mLa misma observacion para la parte peninsular. Se conci
be que el lecho del Pó y de sus afluentes, el mas considerable
y el mas rico de todos, forme un solo grupo político. Pero
¿qué hay de comun entre este lecho con el del Tíber, que corta
oblicuamente la Península por el medio, con toda la parte Su
deste, desde las lagunas Pontinas hasta Reggio y Tarento?
Toda esta Península, á partir del gran lecho del Pó, que se
llamaba antiguamente Galia cisalpina, y que no se le consi
deraba como parte de Italia, forma una especie de ramal, divi
dido en su longitud por la cadena de los Apeninos, de cuyo
vértice se estienden á derecha é izquierda, como formando es
calones, una serie de valles independientes, que tienen por lí
mite el mar.
335

Aquí la unidad es una cosa ficticia, arbitraria, pura in


vencion de la política, combinacion monárquica ó dictatorial,
que no tiene nada de comun con la libertad. Antes de estos
últimos años, la crítica de los liberales hostiles á la Casa de
Nápoles hacia notar que los sicilianos no han podido nunca
sufrir á los napolitanos: ¿por qué se quiere hoy que soporten
di los piamonteses (1)?
La quimera de esta unificacion se evidencia mas clara
mente cuando se piensa en la capital que se trata de dará la
nueva Italia; Roma.
No se necesitan grandes investigaciones en la historia,
en la política y en la economía política para descubrir la ra
zon que ha determinado la formacion de las mas célebres capi
tales, Nínive, Babilonia, Menfis ó el Cairo, Corinto, Paris, Lón
dres, Viena, Moscow, Lisboa, Pavía ó Milan. Basta echar una
ojeada sobre el mapa. Roma misma (hablo de la Roma antigua),
colocada sobre el bajo Tíber, dominando todo aquel importan
te valle, Roma tuvo, como capital de la república latina, su
razon de existencia. Pero desde que Roma hubo conquistado
el mundo, tendió á decaer: sus triunfos, sus juegos, sus monu
mentos, su Senado, no le sirvieron de nada. El gobierno, obli
gado á seguir al Emperador, tuvo su corte en todas partes, en
Alejandría, en Nicomedia, en Constantinopla, en Tréveris, en
Paris, en Rávena; el título de capital no fue para Roma mas
que un título honorífico.
Los siglos y las revoluciones no han cambiado la posicion.
(1) La guerra civil que sostienen prueba muy claramente que no
uieren sufrirlos. Y en este momento viene á nuestras manos un perió
ico, en el cual encontramos la siguiente noticia, que espresa muy bien
cuán deseosos están los sicilianos de sacudir el yugo que por la fuerza
y el fraude se les ha impuesto. Dice así: "Los autónomos forman un
artido poderoso en Sicilia; y el autonomismo en aquella Isla significa
a independencia de aquella. Estos partidarios se han puesto de acuerdo
para negarse á pagar el impuesto (al Piamonte). El general Médicis ha
marchado con tropas para apoyar las reclamaciones de los recaudado
res. Con ayuda de este medio, ha conseguido hacer ingresar en las Ca
jas del Estado 534,000 frs. en el espacio de tres meses. Pero hoy existe
un impuesto de muy difícil cobro: el de la riqueza mueble. Es preciso
que los comisarios penetren en el santuario de la familia, y que valúen
, las la vajilla, etc. " (Esperanza, 21 de agosto
e 1865.
336

¿Qué es hoy Roma? Un museo, una iglesia, y nada mas. Como


centro de negocios, de comercio, de industria, como punto es
tratégico, influencia de poblacion, nada. Roma vive del estran
jero, ó, como decia el economista Blanqui, de las limosnas de
la cristiandad. Quitadle sus sacerdotes, será la ciudad mas
triste, mas nula de la Italia y del globo; una necrópolis.
Pero, veamos. Se quiere justamente para la Italia unita
ria,á Roma con su prestigio pontifical: se quiere el Pontifica
do, pero acondicionado á la moda constitucional. La Italia,
dígase lo que se quiera, es siempre papista; los sarcasmos de
Garibaldi y de Mazzini contra el sacerdocio no destruyen este
hecho (1).
Para cohonestar, para justificar, si esto fuese posible, ese
violento despojo de la ajena propiedad, que hasta Proudhon ha
calificado de iniquidad, cometida en nombre de una ficcion
que se llamó unidad de Italia, se pusieron en planta grandes
amaños, y se hicieron jugar todos los ardides que el genio ma
léfico de la Revolucion puede inspirará sus adeptos. El espíritu
de la demagogia creyó, jinsensato! como el espíritu de la ten
tacion en el desierto, hacer caer en error á Aquel que tiene la
verdad cautiva, y á quien asiste el espíritu de Dios, y se enga
ñó miserablemente, por mas que sus trabajos fueron de todos
los instantes, y por mas que tomó todos los nombres.
Víctor Manuel II pidió, en nombre de todas las exigencias
posibles, al Santo Padre el-vicariato de las provincias que le
tenia usurpadas, respetando y reconociendo el alto dominio
de la Santa Sede: Pio IX contestó al Monarca sardo con la
mano sobre su conciencia: Non possumus! El principado
civil de la Santa Sede y sus derechos yposesiones temporales
pertenecen al mundo católico, como una garantía, que le ha
otorgado la Providencia, de la independencia de los Vicarios
de Dios: como tales son inalienables. Los Papas no pueden
cederlos en todo ni en parte, porque no son suyos, ni son
propiedad de ninguna dinastía, ni familia: podrán cederá la
fuerza, pero jamás dejarán de protestar contra ese brutal de

(1) José Proudhon: De la unidad de Italia.


337

recho, porque quieren y deben, ahora como siempre, defender


y conservar íntegros los dominios que la Iglesia les entregó
en usufructo. Esos dominios y esos territorios, esas provincias
y esos pueblos, de los que gran parte se sometieron volunta
riamente á la autoridad Pontificia, fueron donados primero á
la Iglesia, despues á los Papas perpetuamente. Napoleon III
creyó, sin duda como tutor del reino italiano durante su
menor edad, deber intervenir en esta lucha, entre lo que él
llamaba impaciencia de Turin y tenacidad de Roma, y que
no era en realidad mas que la lucha entre el libertinaje y el
deber, entre la ambicion y la rapacidad y el derecho y la jus
ticia (1).
Al efecto escribió el Emperador francés el 13 de diciem

(1) En la Encíclica de 19 de enero de 1860 aparece la contestacion


solemne que el Santo Padre dió á las primeras cartas del Emperador
francés. Dice así: "Nos hemos declarado abiertamente al Emperador
que no podíamos en manera alguna aceptar su consejo, porque encierra
insuperables dificultades respecto de Nuestra dignidad y la de Nuestra
Santa Sede ; de nuestro carácter sagrado y de los derechos de esta
misma Silla, que no pertenecen á la dinastía de ninguna familia Real,
sino á todos los católicos. Y al mismo tiempo hemos declarado que Nos
no podíamos ceder lo que no era nuestro, y que Nos comprendemos
perfectamente que la victoria concedida á los sublevados de la Emilia
seria un estímulo para los perturbadores indígenas ó estranjeros que
quieran cometer iguales atentados en otras provincias. Y entre otras
cosas, Nos hemos hecho conocer al mismo Emperador, que Nos no po
demos abdicar nuestro derecho de soberania sobre las dichas provincias
de nuestro dominio Pontificio, sin violar los solemnes juramentos que
Nos ligan ; sin escitar quejas y sublevaciones en el resto de nuestros
Estados; sin perjudicar á todos los católicos; sin debilitar, en fin,
los derechos, no solo de los príncipes que han sido injustamente despo
jados de sus dominios en Italia, sino tambien de todos los príncipes
cristianos, que no pueden mirar con indiferencia la introduccion de
ciertos principios funestos. No hemos omitido hacer observar que S. M.
no ignora por qué clase de hombres y con qué recursos se han escitado y
realizado los recientes atentados de rebelion en Bolonia, Rávena y otras
ciudades, en tanto que la inmensa mayoría de los pueblos yacia sumi
da en el estupor, á causa de esa rebelion, que de ningun modo espe
raba y que no se muestra dispuesta á seguir."
La respuesta del gobierno francés á este notable documento está
en un despacho del ministro de Relaciones estranjeras al embajador de
Francia en Roma, de fecha 12 de febrero. Es un documento indigno
de un hombre veraz y justo, y que altera la bílis al mas flemático ho
landés. "Si la Santa Sede, dice en uno de sus párrafos, el mas impor
tante, se decidiera en fin á descender de las regiones místicas, en las
cuales la cuestion no está bien colocada,para entrar en el terreno de
los interesestemporales, únicos comprometidos en el debate; si á la
22
338

bre de 1859una carta al Santo Padre, exhortándole á hacer


el sacrificio de las provincias rebeldes, como las llamaba, pro
metiéndole que de este modo las potencias de Europa le ga
rantizarian la posesion del resto de sus dominios y la vuelta
del órden, como justa recompensa á la noble abnegacion con
que Pio IX aseguraba á la Italia reconocida la paz, y al mundo
todo la delicada solucion de un gran conflicto. El 29 de junio
de 1860 contestaba el sucesor de San Pedro: Non possumus!
No podemos renunciar á aquello que no nos pertenece en
propiedad absoluta. ¡Esto respondia un débil anciano, iner
me, sin flotas, sin ejércitos y sin salud, al gran Emperador, al
temible político, al vencedor de Rusia y Austria